martes, 11 de marzo de 2008
108. EVENTO ESPECIAL
Recordé lo que había pasado pocas horas antes. Es curioso, pero en aquel momento toda mi vida pasó por delante de mis ojos. Seguramente la aparición del Meteorito tuvo algo que ver. Tal vez no era más que el presagio de mi muerte. Quién sabe. La cuestión es que sobreviví milagrosamente… Aunque el precio por mi salvación fue demasiado alto. Ahora me encontraba delante del televisor de un bar. Un pequeño incendio había comenzado un par de horas atrás en el Sector 2, a no más de un kilómetro de allí, justo en el lugar donde había quedado con Lydia. Se había retrasado diez minutos, algo poco habitual en ella. En condiciones normales, habríamos estado bastante lejos de allí cuando ocurrió el incidente. Simplemente decidí esperarla. A pesar de la aparición del Meteorito, decidimos no anular nuestra cita. Poco podíamos hacer nosotros. Seguramente había gente mucho más preparada elaborando un plan que salvaría el planeta del impacto de aquella inmensa bola de fuego. Shinra, los Turcos, SOLDADO… Seguro que ellos podían hacer algo, reparando de esta manera el daño que me habían causado durante toda mi vida. En cualquier caso, eso era algo que no dependía de nosotros. “¿Por qué preocuparse de algo que no está en nuestras manos?” me dijo Lydia cuando el Meteorito apareció. “Si el planeta es destruido, al menos habremos vivido plenamente nuestras últimas horas. Si conseguimos salvarnos, tendremos un bonito recuerdo de nuestra cita”. Siempre me gustó el optimismo y la alegría que constantemente mostraba Lydia en cada una de sus palabras.
Recordé mi pueblo natal mientras la esperaba. Una pequeña aldea de pescadores que se encontraba en la costa oeste del continente. De manera similar a Midgar, una enorme placa construida por Shinra se alzaba por encima de la pequeña aldea. Sobre ella construyeron una gran ciudad que recibió el nombre de Junon, por lo que el pequeño pueblo donde nací pasó a llamarse Bajo Junon. Era en aquella inmensa ciudad donde residía el vicepresidente de Shinra, Rufus, hasta que la reciente y repentina muerte de su padre lo convirtió en Presidente y se trasladó a Midgar. También se encontraba allí el cuartel general de casi todos los miembros de SOLDADO de 2ª clase. Es curioso, pero siendo el lugar más cercano al lugar donde nací, posiblemente Junon fue el único lugar que nunca llegué a visitar. Siempre recordé esos primeros años de mi vida con tristeza, una época en la que miraba al cielo y sólo veía metal.
Recordé la Costa del Sol, donde mis padres y yo solíamos pasar nuestras vacaciones. Para alguien que residía en Junon –o más concretamente en Bajo Junon-, la Costa del Sol era un lugar al que era muy fácil acceder. Se encontraba en la costa este del continente occidental, por lo que un simple barco bastaba para llegar hasta allí recorriendo las tranquilas aguas del mar interior. Fue allí donde conocí a Lydia cuando todavía éramos unos niños. Solíamos jugar la playa hasta caer muertos de cansancio, y pronto nos hicimos grandes amigos. A veces, simplemente nos sentábamos para mirar el sol, el mar, los peces, las gaviotas… Y siempre terminábamos mirando al cielo. A los dos nos apasionaba la naturaleza y el propio planeta en el que vivíamos. Sin embargo, nos veíamos obligados a separarnos cada vez que terminaban las vacaciones, puesto que ambos teníamos que regresar a nuestro lugar de residencia habitual para, once meses después, volver a reencontrarnos allí.
Recordé la ciudad de Wutai, el lugar donde mi familia se fue a vivir después de que las contaminadas aguas de Junon hicieran imposible ganarse la vida pescando, la actividad que mi padre había llevado a cabo durante toda su vida. Una vez más, volvíamos a estar rodeados de naturaleza. Una vida sencilla y apacible, justo lo que deseábamos. Contaba por aquel entonces con diez años, y aún recuerdo la decepción que me llevé al saber que no volveríamos a ir a la Costa del Sol de vacaciones, lo que significaría que tal vez no volvería a ver a Lydia. Sin embargo, no pasaron ni cinco meses cuando volví coincidir con ella. Casualidad o destino, su familia había decidido ir de vacaciones a Wutai a partir de ese año. Cambiamos las playas por los bosques, el mar por la montaña, y las gaviotas por los gatos que abarrotaban el lugar, pera la mayor parte de nuestro tiempo lo seguíamos compartiendo admirando la naturaleza. Y como ya era habitual, siempre terminábamos mirando al cielo. Lydia y yo nos prometimos que todos los años nos reencontraríamos allí en el mes de agosto, pasara lo que pasara. Y que si por alguna razón alguno de los dos no podía acudir, lo haría al año siguiente hasta que ambos pudiéramos coincidir. Desgraciadamente, dos años después de mudarnos allí, Shinra comenzó una guerra con Wutai, por lo que mi padre decidió que era necesario buscar un nuevo hogar. Esto hizo que me viera obligado a romper mi promesa, aunque decidí regresar en cuanto terminara el conflicto. Mi madre me intentó consolar diciéndome que tampoco Lydia podría volver a Wutai debido la guerra, por lo que de poco serviría que regresara.
Recordé Banora, la ciudad a la que nos fuimos a vivir tras dejar Wutai. Una pequeña aldea situada en una de las islas meridionales, un lugar apenas conocido si no fuera por las famosas bobozanas, una fruta que sólo podía encontrarse allí. Volvimos a tener una vida apacible durante ocho años. Ocho años que se me hicieron eternos, pensando cada día en la gran amiga que había dejado atrás. Pensando en mi promesa ocho veces incumplida. Y todos los días miraba al cielo con la esperanza de que ella estuviera haciendo lo mismo en ese momento. Pensando que allí arriba se cruzaban nuestras miradas. No lo supe hasta algún tiempo después, pero Lydia se encontraba más cerca de lo que pensaba, hasta el punto de que podría haberla visitado fácilmente si hubiera sabido dónde se encontraba el pueblo donde vivía. Aquellos ocho interminables años pasaron muy lentamente para mí, viendo cómo la guerra entre Wutai y Shinra nunca terminaba. Y una vez más, la tragedia llegó al lugar donde residía. El día en el que cumplí 21 años, el ejército de un tal Génesis atacó el lugar, acabando con la vida de casi todos los aldeanos. Fue entonces cuando mi padre murió, aunque mi madre y yo logramos escapar de allí milagrosamente.
Recordé Gongaga, la aldea a la que nos fuimos a vivir después del desastre de Banora. Muy poco memorias conservo de aquel lugar, del que sólo tengo malos recuerdos. Nunca tuve amigos allí, y el recuerdo de Lydia me atormentaba constantemente. El cielo era mi único consuelo, el lugar donde nuestras miradas convergían cada día. Mi madre cayó enferma al poco tiempo de llegar allí, pero se mantuvo relativamente estable durante las siguientes semanas. Sin embargo, la tragedia volvió a hacer acto de presencia, tal y como había ocurrido en todos los lugares anteriores. El Reactor Mako que allí se encontraba explotó, causando la muerte de numerosos aldeanos, incluida mi madre. Todos los fallecidos fueron enterrados en un pequeño cementerio situado en la propia aldea, o más bien en lo que quedaba de ella, pero nunca volvería a ver la tumba de mi madre. Ese mismo día llegó un rayo de esperanza a mi maltrecha vida. Después de diez años, la guerra entre Wutai y Shinra había llegado a su fin.
Recordé de nuevo Wutai, donde regresé en agosto de ese mismo año, después de seis meses de solitario viaje. Y allí estaba ella, mirando el cielo en el mismo lugar donde solíamos sentarnos durante horas disfrutando de nuestra mutua compañía. Pero ahora no era una niña, era la mujer más bella que había visto nunca. Me acerqué y me senté a su lado, sin decir nada. Ella bajó la mirada del cielo, me observó fijamente, y una dulce lágrima surgió de su ojo derecho y empezó a recorrer su mejilla. “¡Sabía que cumplirías nuestra promesa!” dijo, tras lo cual nos abrazamos, prometiéndonos que nunca nos volveríamos a separar.
Recordé la Posada del Carámbano, una pequeña aldea situada en el continente septentrional que, debido a su duro clima, estaba cubierta de nieve de manera permanente. Los dos decidimos ir allí para volver a disfrutar de la naturaleza, ahora que Wutai había sido invadida por Shinra y no era más que un lugar turístico donde se agolpaban incontables visitantes de tierras lejanas. Fue poco tiempo, pero aquella fue una de las mejores épocas de mi vida. Dejamos atrás las playas, el mar, los ríos y los bosques, pero a cambio teníamos la nieve, algo al menos igual de bello que todo lo que habíamos dejado atrás. Aún recuerdo el momento en el que surgió nuestro primer beso, justo después de haber presenciado en el cielo ese bello fenómeno conocido como la aurora boreal. Pero como si mi destino estuviera unido a Shinra, varios soldados aparecieron allí poco después, pues se preparaban para realizar un ataque contra una base enemiga. Lydia y yo decidimos abandonar aquel lugar, y fuimos en busca de la aldea más remota que pudimos encontrar.
Recordé Nibelheim, una pequeña aldea prácticamente desconocida para el resto del planeta. Un lugar tranquilo donde Lydia y yo podríamos haber pasado en paz el resto de nuestras vidas. Rápidamente hicimos amistad con una jovencita llamada Tifa, con la que solíamos pasar gran parte de nuestro tiempo. Sin embargo, el destino volvió a jugarnos una mala pasada. En un momento dado, dos miembros de SOLDADO llegaron al pueblo para cumplir una de sus misiones. Uno de ellos era Sefirot, héroe de la guerra de Wutai y SOLDADO legendario. El otro era Zack Fair, un joven originario de Gongaga. Algunos días después, la locura invadió a Sefirot, que incendió la aldea y mató a muchos de sus aldeanos. El caos hizo que me separara accidentalmente de Lydia. Aunque la busqué desesperadamente, no logré dar con ella. Debido al humo que penetraba en mi sistema respiratorio acabé desmayándome. Ignoro que pasó después, pero aparentemente alguien me llevó a las afueras del pueblo, salvándome la vida. No supe que había sido de Lydia o de Tifa, y cuando regresé a Nibelheim, lo único que encontré fueron los restos carbonizados de la aldea. Durante horas estuve buscando a Lydia, hasta que empezaron a llegar soldados de Shinra y Turcos, lo que me obligó a abandonar el lugar. Antes de marcharme, miré el cielo de Nilbeheim por última vez, y entonces supe que estaba viva en algún lugar, mirando aquel mismo cielo. Sin saber dónde dirigirme, mis pasos me llevaron al norte, muy lejos de allí.
Recordé aquel cohete que se suponía iba a ser el primer viaje tripulado a al espacio. Allí no había nada más, pero los ingenieros y trabajadores del lugar me dieron comida y un lugar donde cobijarme. Durante los días siguientes, miré con asombro aquel gigantesco artefacto. Estoy seguro de que a Lydia le habría gustado verlo. Un medio de transporte capaz de llevarnos a aquel cielo que mirábamos juntos cada día. Decidí quedarme allí los siguientes meses, ayudando a aquellos hombres a cumplir lo que también se había convertido en un sueño para mí, la posibilidad de viajar hasta el cielo. Por desgracia, el destino volvió a demostrar que no tenía piedad. Un sabotaje, o tal vez un error humano, obligó a anular el lanzamiento justo en el momento en el que debía producirse el despegue. Mi sueño, el sueño de todos aquellos hombres, se había desvanecido para siempre. El Departamento de Investigación Espacial fue disuelto, y muchos de los trabajadores que habían participado en el proyecto decidieron quedarse a vivir allí y construyeron una aldea. Éste fue el origen de Ciudad Cohete. Sin embargo, yo me marché con dos de mis compañeros, que decidieron regresar a su aldea natal.
Recordé Corel, el pueblo minero al que llegué junto a mis dos compañeros tras el fallido lanzamiento del cohete. Sin embargo, el destino siguió castigándome a los pocos días de llegar. El Reactor Mako del Monte Corel explotó. Shinra culpó a los aldeanos, por lo que decidieron incendiar el pueblo como represalia. Mucha gente murió, y la mayor parte de los supervivientes decidieron trasladarse al norte, donde construyeron Corel del Norte. Yo, completamente abatido, decidí quedarme a vivir entre los restos del pueblo carbonizado. No quise con los demás para que no compartir con ellos mi fatal destino, o tal vez mi mala suerte, quién sabe. Toda la zona circundante se convirtió en un desierto, pero aún me quedaba el cielo. Mi esperanza. Sin embargo, como si de una broma pesada se tratara, empezaron a construir un enorme parque de atracciones llamado Gold Saucer sobre lo que antiguamente fue Corel. Una vez más, el cielo volvía a serme esquivo, como lo fue en Junon durante mi infancia. Decidido a no perder lo único que me quedaba, abandoné aquel lugar, sin saber muy bien adónde dirigirme. Pensé en qué lugar podría encontrarse Lydia si aún se encontraba viva. Pensé en todo aquello que los dos amábamos: la naturaleza, el planeta, el cielo… Y entonces supe dónde se podía encontrar.
Recordé Cañón Cosmo, un famoso lugar donde solían reunirse los expertos en el ciclo de vida del planeta, situado en plena naturaleza y caracterizado por su enorme observatorio, claramente visible incluso a kilómetros de distancia. Qué mejor lugar que aquél para observar el cielo. Y allí estaba de nuevo, mirando aquel cielo estrellado frente a la Flama de Cosmo, la llama eterna que nunca se apagaba. Lydia había pensado exactamente lo mismo que yo, y se había dirigido hasta allí sabiendo que sería el lugar donde nos reencontraríamos. Siempre tuvo la esperanza de que nos volveríamos a ver, haciendo gala de ese optimismo que tanto la caracterizaba. Durante tres años, el destino decidió darme una tregua. Lydia y yo empezamos a trabajar como ayudantes de Bugenhagen, el más importante estudioso sobre la vida del planeta y el propietario del observatorio. Gracias a él, llegamos a amar la naturaleza, el planeta y las estrellas del cielo incluso más de lo que ya lo hacíamos. También hicimos amistad con su “nieto” Nanaki, uno de los últimos supervivientes de la raza de Cañón Cosmo. Sin embargo, tres años después de nuestra llegada, Nanaki fue secuestrado por los Turcos. Poco después, Lydia me pidió que volviéramos a su aldea natal.
Recordé Mideel, el pueblo donde nació Lydia y vivió toda su infancia y adolescencia. El lugar estaba situado en una isla del sur, la misma donde se encontraba Banora. Durante aquellos largos años en los que Lydia y yo estuvimos separados, en realidad nos encontrábamos a unos cuantos kilómetros de distancia. Una vez más, maldije mi mala suerte. Sin embargo, al fin teníamos un lugar donde podíamos vivir tranquilos… hasta que pasó aquello. Un día, mientras mirábamos el cielo, vimos llegar aquella enorme criatura alada. Más tarde supimos que se llamaba Arma Última, pero poco importaba su nombre. Aquel monstruo destruyó Mideel, dejando apenas un puñado de supervivientes. Ya quedaban pocos lugares seguros en el mundo, y temía marcharme a una nueva ciudad sabiendo que la destrucción me seguía a dondequiera que iba. Fue Lydia la que de nuevo me animó y me dio fuerzas, por lo que decidimos dirigirnos al norte. Durante nuestro viaje, visitamos Fuerte Cóndor, la Mina de Mitrilo, la Granja de Chocobos y Kalm, hasta que finalmente llegamos a nuestro destino.
Recordé nuestra llegada a Midgar, donde una vez más el cielo me volvía a estar vedado. Los suburbios de Midgar estaban cubiertos por una enorme placa, donde residían los empleados y ejecutivos de Shinra. Incapaces de vivir en un lugar sin cielo, Lydia y yo nos dirigimos a la zona superior de la placa. Afortunadamente, ambos encontramos trabajo rápidamente, ella como cuidadora de ancianos y yo en la construcción. Esto nos obligó a vivir relativamente lejos el uno del otro, pero quedábamos a menudo para mirar el cielo y recordar viejos tiempos. Y fue en uno de esos días cuando vimos aquella bola de fuego, un Meteorito que se dirigía hacia el planeta amenazando con destruirlo. Pero Lydia no dejó que aquello nos afectara. Pensé que una vez más había llevado la mala suerte conmigo, pero ella intentó convencerme de que no era así. De cualquier manera, decidí hacerle caso. El Meteorito no dependía de nosotros, por lo que había que aprovechar los siguientes días tanto si resultaban ser los últimos como si no lo eran.
Recordé de nuevo lo ocurrido dos horas antes. Tras un pequeño retraso, Lydia llegó al lugar de la cita, llevando con ella un regalo. Un muñeco moguri para celebrar el sexto aniversario de nuestro primer beso en la Posada del Carámbano, el motivo por el que se había retrasado esos diez minutos. Miramos al cielo para agradecer al destino que aún estuviéramos juntos a pesar de todo lo que había ocurrido. Y entonces la vi, una pequeña bola de fuego que se acercaba hasta nosotros. Lydia reaccionó rápidamente y logró empujarme salvándome la vida. Sin embargo, no pudo retirarse a tiempo, lo que significó su muerte. Las ondas producidas por el impacto también me alcanzaron a mí, dejándome malherido. Un incendio empezó justo entonces como consecuencia de lo ocurrido, momento en el que me desmayé.
Recordé el momento en que desperté hacía apenas media hora. Alguien me había salvado del incendio y me había llevado hasta un bar cercano al lugar del incidente. El televisor que había allí explicaba que la causa del incendio había sido un pequeño pedrusco del tamaño de un puño que se había desprendido del Meteorito. Aprovechando la inercia de propio Meteorito y su menor masa, la piedra había aumentado su velocidad hasta llegar al planeta, como un pequeño preludio del impacto principal que ocurriría varios días después si nadie lo evitaba. Saqué entonces el muñeco moguri que me había regalado Lydia dos horas antes. Era yo el que había visto pasar toda mi vida ante mis ojos. Era yo quien debía morir. Sin embargo, fue Lydia la que se convirtió en la última víctima de mi fatal destino.
sábado, 16 de febrero de 2008
107. EVENTO ESPECIAL
El rugido confuso de guitarras marcaba el final del concierto tras el muro de azulejos sucios.
- Todas sois unas mentirosas.
La mamada había quedado brutalmente interrumpida por el tintineo de las cadenas plateadas golpeando graciosamente el cañón de la pistola. Frente al arma, sentada sobre la tapa del retrete, había una chica regordeta que rodeaba la verga del tirador con sus dedos rechonchos. ‘Grim’, observando a través del marco borroso que había proporcionado el alcohol a su vista, podía distinguir, tras el punto de mira, la desenfocada figura de la muchacha, embutida en una camiseta de tiras muy escotada a juego con una minifalda negra y unas medias de lana a rayas, y la mirada asombrada y dudosa que lo escrutaba con ojos muy abiertos. Detrás de la puerta del excusado se oía a dos mujeres jóvenes conversando sobre la sombra de ojos y sus efectos de atracción sobre los machos incautos, aparte del estruendo y vocerío que hacía temblar el Highlandern Cavern desde su interior. Jim ‘Grim’ Garrison amartilló la pistola disfrutando del característico sonido de cerradura.
- Cómetela –observó la reacción torpe de la joven-. La pipa, idiota.
Ante la presencia de un calibre 45 siempre sobran las palabras y las vacilaciones, por desgracia las últimas son inevitables. Primero miró a ‘Grim’, luego a la boca del cañón, de nuevo a uno y otra vez a la otra. Un golpe de culata en la mejilla la animó a saborear la plata que bañaba la corredera de la Marcus 32. Vio cómo bajo el flequillo teñido el Turk se entrecerraban unos ojos ansiosos y sibilinos. Dirigió su mirada hacia el arma e imaginó diez planos diferentes de su propio cráneo reventando bajo la fuerza de una bala. Sus ojos comenzaron a lagrimar en dos ríos salados de abundante caudal que se llevaron por delante el maquillaje negro que marcaba más sus ojeras. Sus labios, también a juego con su oscuro atuendo, temblaban en un intento de abrir la boca. Su mano derecha soltó suavemente, con cuidado de cirujano, el falo de ‘Grim’, que no bajó de su erección, y tocó con la punta de los dedos la muñeca del trajeado. Se lamió los labios, reconoció el gusto del carmín y mordió el frío metal de la automática. Cerró los ojos y rezó por volver a abrirlos. Con mucho miedo notó cómo el cañón se deslizaba entre sus incisivos hasta que sintió la presión abultada del punto de mira en el paladar, provocándole una arcada que sacudió toda su garganta. Frotó con su lengua parte de los grabados de fábrica “HK MS32 MGSFCOM Cal. 45” y bañó con su saliva la boca del cañón. El calor de sus lágrimas comenzaba a quemarle alas mejillas. Empezó a describir un movimiento de vaivén que hizo que sus muelas chocaran un par de veces contra el duro armazón del cañón. Profirió como pudo un llanto que escapó sonoramente y sacó el arma de su boca. Sólo se le ocurrió besar el dedo que rodeaba el gatillo.
- ¿Por qué te tomas la libertad de detenerte? –inquirió él, que ya liberaba su brazo escayolado del cabestrillo que lo rodeaba-. Creéis que no doy la talla y sin embargo cedéis sumisamente ante la envergadura de un revólver. Sois unas furcias arrogantes que sólo pretenden mantener la vagina rellena con lo más enhiesto y grueso que tenéis a mano. Y luego nos ridiculizáis por puro entretenimiento, para celarnos. Ahora vais a recibir una lección de modestia a base de fuego y plomo. ¡Venga! ¡Chúpala como si fuera un polo, joder!
Fuera de sí, Jim introdujo la pistola tan violentamente en la boca de su víctima que casi hizo saltar uno de sus premolares. Se deleitó al ver cómo brotaba un hilillo de sangre y baba por la comisura de los carnosos labios. Acto seguido agarró su pene erecto con la mano vendada y comenzó a masturbarse evitando las rozaduras con el apósito. Miró a la chica realizar entre lágrimas y sollozos su morbosa labor y se excitó insanamente. Su raciocinio escapaba del éxtasis provocado por la presión, el movimiento y la calidez que hinchaba su miembro viril. Bajó la mirada y creyó ver la cabellera rubia de Yvette, cuyas puntas doradas rozaban sus genitales produciendo unas cosquillas que semejaban punzadas eléctricas quemando amorosamente sus nervios. El índice comenzaba a retorcerse sobre el gatillo empapado en sangre escarlata. El cénit orgásmico no tardo en apoderarse del cuerpo de ‘Grim’, que eyaculó en el opaco pelo negro de la muchacha. Dejó caer el brazo derecho, retirando su arma de la cavidad oral de la fémina.
- ¡Bang! –rió.
El joven trajeado empujó la puerta del escusado con la espalda. Las dos amigas que parloteaban frente al espejo se sorprendieron ante la oscura elegancia ceñida del Turk, presencia que, dado el uso poco ortodoxo de los baños que realizaban las parejitas más atrevidas, aun era difícil de ignorar. ‘Grim’, ebrio como estaba, oteó con el ojo izquierdo -aquel que su peinado de canas pintadas no cubría- el par de molestas gallinas presumidas, que ya habían advertido la bragueta abierta y la culata que asomaba por encima de la cintura del pantalón en una especie de saludo amenazador.
- Largaos –susurró el matón.
No hizo falta repetirlo; las aludidas supieron leer los labios gracias al miedo que casi las hizo añicos por dentro. Apuraron el paso hacia la puerta y cerraron ésta con fuerza. El ruido procedente del local remitió, ya se podía oír claramente el desconsolado y agudo llorar de la moza que permanecía sentada en el inodoro. Garrison, volviendo en sí tras el portazo, se remangó frente al lavadero y abrió el grifo. Las tuberías chillaron al mismo tiempo que un grito gutural a modo de llanto escapaba por la garganta afónica de la muchacha, que en su triste ostracismo forzoso ignoraba la escrupulosa forma en que el pistolero se frotaba tanto la mano sana como los dedos de la escayolada. Éste se volvió y avanzó sacudiendo la diestra mojada hacia la cara de ella, empapada en lágrimas y rímel corrido. La boca del grifo seguía expulsando agua acompañada del chirriar oxidado de una instalación deficiente de la fontanería. La suela del zapato de lona negra se clavó en el rostro femenino. La pobre niña intentó sacarse a ciegas la bota de la cara lanzando manotazos y profiriendo aullidos patéticos que llegaron a irritar enormemente al agresor. La angustia y la confusión que la poseyeron en forma de dolor, ceguera y ensordecedor chillar de tuberías no le permitieron ver a Garrison que, a sus ojos apenas videntes, parecía realizar un extraño ejercicio de manos tras la sucia cobertura de su pie. Al fin se vio liberada del suplicio y gritó, ahogada en lágrimas:
- ¡Déjame! ¡Déjame en paz, sádico hijo de puta!
- Faltaría más.
El punto y final lo puso el cañonazo silenciado por el supresor de la automática adornada con cadenas y calaveras metálicas. Se disparó una bala directa al estómago, el cual terminó reventando entre bilis y hemoglobina. La respiración de la chica fue interrumpida por el vómito de vísceras ensangrentadas, que salpicaron la pernera derecha de ‘Grim’. Un segundo proyectil callado terminó con la agonía ardiente de la ajusticiada atravesando su globo ocular y destrozando el interior del cráneo, cuyos sesos acabaron en los sucios azulejos de la pared y en parte de la cisterna. El asesino se deleitó al oler el familiar perfume de la pólvora, giró sobre sus talones y paseó fúnebremente hasta ponerse frente al espejo. Silbó entre dientes una nota de sorpresa. Ante su propio reflejo observó con detenimiento su flaco cuerpo vestido con una camisa a cuadros, engalanada por una corbata roja y un pañuelo blanco a modo de cabestrillo, y una americana desabrochada no muy apretada, dada la lesión del brazo. Apoyó la pistola en el borde de la pila y cerró la llave de paso del grifo. Observó, embelesado por el alcohol, su cara, algo pálida, y se enamoró de ella porque era hermosa, frágil y sólo para él y nadie más. Se relamía lascivamente el diminuto aro que atravesaba su fino labio inferior cuando reparó en sus ojos verdes, profundos como un pantano. Se hundió, por así decirlo, en sí mismo y besó su propio espectro invertido.
- ¡Mierda! –el clímax fue rasgado violentamente por el intenso hedor de heces proveniente del cadáver-. Se acabó lo que se daba.
El oscuro charco de sangre ganaba terreno paulatinamente, acercándose al caro calzado del Turk, que se arregló el flequillo a su gusto, recogió su Hogard & Kent del 45 modificada y abandonó el servicio de señoras.
La multitud reunida en Highlander Cavern dejaba paso al personaje de negro, quien dejaba tras de sí un camino de miedo cercado por la gente intimidada ante el centelleo de su arma. Jim ‘Grim’ llegó a la mesa donde sus compañeros de armas: Carlos Montes y Dirk van Zackal, tan vendados como él, acompañados de las dos chicas Jennifer ‘Jelly’ Jellicos, la rubia despampanante, y Susan Soto, la morena esbelta. Van Zackal alzó su media pinta en señal de saludo al recién llegado y éste simuló un tropezón para caer encima de ‘Jelly’ y tocar las dos insignias que hacían honor a su nombre. Ambos se besaron larga y lascivamente. ‘Grim’ apoyó con cierta fuerza la punta del silenciador sobre el sugestivo pubis de la chica, quien dejó escapar un gemido que se perdió en el interior de la boca de su don Juan. Al fin sus labios se despegaron dejando inapreciables hilillos de saliva entre ellos. ‘Grim’ dejó el arma sobre la mesa, llamando la atención de sus camaradas.
- Vamos a por la última ronda –anunció para todos sin dejar de mirar a los ojos azules de la Turk rubia-. ¡Y esta vez invito yo!
Todos vitorearon y aplaudieron como monos ebrios al orgulloso Garrison al tiempo que éste iba hacia la barra acompañado de Jellicos, aferrada a su cuello con pretensión de montar a caballito. Ella brincó y rodeó con sus piernas el abdomen flaco de Grim, quien sonrió al sentir la presión afrodisíaca de los abundantes pechos escondidos bajo el top de cuero blanco de la chica.
- ¿Qué tal te ha ido en el baño con Mónica, cielo? –inquirió ella, acercando la boca a la oreja de su amante-. Estaba como loca por conocerte.
- Bastante bien–hincó los codos en la barra, buscando la atención del camarero-. La muy zote era la típica zagala totalmente obcecada en perder la virginidad antes de la mayoría de edad. ¡Qué chiquillada!
- ¿Sabe soplar? –mordió la oreja de ‘Grim’, acentuando más el doble sentido de la expresión.
- No puedo quejarme –admitió con siniestra modestia antes de que Liam le atendiera-. Pide tú las bebidas, que los nubarrones de mi cabeza no me permiten pensar con plena claridad.
Obedeció la aludida a la verborrea de su compañero y, desde la altura que le proporcionaba su ecuestre posición, enumeró de memoria las cuatro filas de cinco chupitos que deseaba. “Tequila, piruleta...”; a partir del segundo elemento de la lista recitada se perdió Garrison en sus propios pensamientos cuando vio que a su lado se encontraba Larry St. Divoir, compañero de oficio y nada más, que lo saludaba con un desganado gesto de cabeza y recogía dos botellas de cerveza fría para luego perderse de visto entre un montón de caras desconocidas. Unos toquecitos tímidos en su frente lo avisaron de que la bandeja con los vasitos ya estaba servida sobre la barra. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que vio a Divoir? El regente masculló algo que el cerebro de ‘Grim’ asimiló a medias: El trajeado sacó su cartera, unida a su cinturón por una cadena de hierro, y pagó los veinte giles. ‘Jelly’, aún montada, se propuso llevar la bandeja sobre la cabeza de su montura. Así, haciendo equilibrios y riéndose a pecho partido, acabaron por llegar a la mesa con los demás. La chica desmontó de Garrison, a quien le había vuelto parte de la lucidez.
- ¿Dónde han quedado el limón y el salero? –preguntó, algo exaltado, Montes.
- ¿Para qué quieres todo eso? –la inexperiencia de Susan quedo bien plasmada en cinco palabras.
- Para acompañar el puto tequila, hombre –a Carlos le ofendía la ignorancia etílica de la gente-. Bueno, ya da lo mismo.
Terminadas las quejas, los cinco Turk fueron sirviéndose de sus respectivos vasos de licor. ‘Grim’ empezó por las mezclas más suaves y coloridas, dejando el tequila para el final. Creyó oír a van Zackal advirtiéndole de que debía bajar el ritmo, pero desde el segundo trago, cuando el ardor en e estómago comenzaba a ser bastante notorio, Garrison ya no estaba para atender a razones. Observó el cilindro de cristal que contenía el tequila. Pensó en el insípido deglutir de ese licor barato, la desagradable quemazón de combustible secando húmedamente las paredes de su garganta y, en el peor de los casos, la posterior vomitona, lo que significaba el duro adiós a su querida borrachera. Todo por culpa de la negligencia del camarero. Cogió la pistola que descansaba sobre la mesa de madera, dio la espalda a sus atónitos compañeros y se dirigió dando empujones hacia la barra. Sin saber muy bien lo que hacía, impulsado por una molestia hinchada por un orgullo ridículo, su cuerpo no pesaba y los brazos parecían tan ligeros que escapaban a su control. Ya nada tenía sentido: la precaución, la amabilidad, la educación, la modestia, la conformidad, los gestos de aquél o de otro, los gritos, el miedo, la sangre ajena... Todo a tomar por el culo. La música que era un murmullo de cataratas y la destrucción llamaba a la puerta de la razón. El arma en su mano derecha era una pluma con la que plasmar lo que él creía en algo tangible.
Lo único que podría recordar de aquel corto lapso sería la cara de un camarero al que había agarrado y sacudido, los ojos de gacela cazada de Liam bajo el cañón, la elegante y transparente silueta de una botella de vodka que fulguraba con luz propia en el estante y sus propias palabras:
- Como compensación quiero ese puñetero bebedizo, o juro que los de la funeraria tendrán que recogerte con una fregona.
Seguido de un montón de imágenes borrosas y caleidoscópicas (las letras Dranoff grabadas en vidrio, sus jóvenes amistades corriendo hacia la salida y humo saliendo del orificio del silenciador) vio a pocos metros de él a Dawssen Peres, imponente y fumador, clavando sus ojos glaucos directamente en su alma. ‘Grim’ rió entre dientes y dedicó al Turk veterano su dedo corazón de la mano izquierda, que notaba dolorida y oprimida por la escayola. Firmada así su sentencia de muerte, salió del bar con litro y medio de vodka bajo el brazo armado.
A unos quinientos metros del Highlander, Montes, Soto y van Zackal, vigilantes, fumaban a la entrada de un callejón, dentro de éste, recostado contra la pared, ‘Grim’ carcajeaba escandalosamente frente a la acongojada Jellicos.
- Creo que voy a mear –balbució Garrison, y acto seguido se introdujo aún más en la oscuridad del callejón dejando su pistola y la botella a cargo de la chica.
- ¿Ya se ha calmado? –preguntó Susan desde la esquina.
- Acaba de irse a hacer pis –informó ‘Jelly’.
El móvil de Montes pitó y respondió con voz forzada a la llamada, parecía proceder del despacho del Mismísimo. La cara atenta y algo desencajada de Carlos profetizaba una tormenta diplomática de las gordas. Hablaba rápido y en voz baja, lo que insinuaba el carácter confidencial de la conversación. Van Zackal y Susan oían sin escuchar, se temían lo peor después de la aventura del bar, donde ‘Grim’ había disparado al dueño del local en un pie. Montes asentía por última vez y colgó.
- A ver... –asimiló lentamente el torrente de información y órdenes, cogió aire y se dispuso a resumirlo a sus dos compañeros-. Eran órdenes directas del trono: Parece ser que Sephiroth ha invocado un pedrusco enorme y... eh, va a estrellarse en Midgar. Esto... Por ahora no se sabe con seguridad cuándo va a caer. Dijo algo sobre el statu quo, un toque de queda y mano dura. Quiere que todos los Turk nos reunamos en el edificio ShinRa en menos de media hora.
Lo hubiera seguido un plomizo silencio de no ser por el salpicar de los orines de ‘Grim’ al fondo del callejón. Los tres miraron a la placa superior, en un intento inútil por confirmar la existencia del meteorito. Jellicos había escuchado toda la conversación y se asustó al ver a ‘Grim’ saliendo de las tinieblas. El trajeado conservaba una sonrisa dibujada en su cara. Rodeó los hombros de la rubia con el brazo izquierdo. Ella cayó inmediatamente en la cuenta.
- ¿Qué has hecho con tus vendas? –le dijo.
- Me molestaba horripilantemente y me la quité-explicó.
Se besaron.
- ¿Ya estás mejor?
- Sí, acabo de evacuar casi todo.
‘Jelly’ pensó por un momento en el meteorito, en la incertidumbre de una muerte inminente. Si lo decía Rufus no podía ser una broma. Temió la soledad, no poder aprovechar sus últimos días abrigada por el calor varonil. Su cuerpo le pedía a gritos huir con él y vivir.
- ¿Me quieres, Jim? –lo miró con ojos humedecidos.
- Ya sabes que yo os amo a todas, Jenny.
Y selló lo dicho con un último ósculo.
Cuando los cinco hombres de negro se fueron calle abajo y ya se desdibujaban sus figuras en las tinieblas urbanas, un vagabundo empapado salía a toda prisa del callejón que momentos antes vigilaban los matones, su mano agarraba lo que parecía ser un cilindro de escayola cortado longitudinalmente. Lanzó el objeto hacia donde habían ido los jóvenes Turk y gritó:
- ¡Cacho cabrones!
domingo, 3 de febrero de 2008
106. EVENTO ESPECIAL
No había arrancado una sola hoja del calendario que se encontraba al lado de su ventana desde la muerte de su hija. Ni siquiera había permitido al delincuente de su nieto hacerlo. Para él todos los días eran la misma rutina, y eso le hacía sentirse cómodo y seguro.
Se oyó un ruido de llaves seguido de un portazo. Su nieto Rick había entrado en casa.
- Habrá venido borracho – pensó para sí mismo.
Nunca se había llevado bien con él, y su comportamiento había empeorado bastante en los últimos años. Sin embargo, era lo que le separaba de la soledad absoluta, y en cierto modo le recordaba a la excelente relación que tiempo atrás había compartido con su hija.
- He comprado comida – dijo Rick con voz apagada. – Ordénala como quieras, yo me voy con mis amigos.
Al menos había tenido el detalle de hacer la compra antes de meterse en problemas. John Blackmore le hizo un gesto con la cabeza en señal de que le había escuchado y volvió a observar por la ventana.
El joven dejó su chaqueta y su gorro encima de la mesa de la cocina y sacó una pizza precongelada de una de las bolsas que había traído. La dejó unos cinco minutos al microondas mientras hablaba por teléfono móvil con alguno de sus amigos.
A Blackmore le molestaba esa forma de hablar. Esa forma despreocupada y entusiasta de hablar. Se levantó de su mecedora y encendió la radio
<< Sin embargo, el director del departamento astronómico de ShinRa, Boris Oldfield, ha comunicado públicamente que es nula la probabilidad de que el meteorito choque contra la Tierra. Pudo explicarnos en una detallada entrevista que pasaría a unos 40.000 kilómetros de la Tierra y que posteriormente desviaría su órbita, "no chocará contra la Tierra", nos aseguró el experto. Pero sigamos con el debate… >>
¿Un meteorito? Sí, había oído algo al respecto hacía unas horas en la misma cadena, pero realmente no era algo que le preocupase. Para él era un problema lejano, mucho menos influyente que ese desconocido mundo exterior.
El microondas empezó a pitar. Su nieto sacó la humeante pizza del microondas y la dividió por la mitad. Siempre le dejaba una parte, pero a él no le gustaba la pizza, así que terminaba tirándola.
- Me voy – anunció Rick una vez hubo terminado su trozo, y miró cómo su abuelo se volvía a sentar en la mecedora junto a la ventana.
Le irritaba ese comportamiento, pero le habían educado para ser amable con él. Sin embargo no era más que otro mueble de la casa: no aportaba conversación, ni afecto, ni dinero. Por su culpa tenía que pasar la mayor parte del día fuera de casa, si quería escapar de aquella presencia triste y gris.
Bajó las escaleras de su bloque y se dirigió a un grupo de jóvenes reunidos en círculo en la acera opuesta, en frente del Highlander.
- ¡Hola, tío! – gritaron varios al verle.
Había unas dieciséis personas en aquel grupo, cada uno con uno o más vasos de litro en sus manos o apoyados en el suelo.
- ¡Por el meteorito! – brindaron con guasa otras personas más mayores a su lado.
- ¿Cómo pueden tomárselo a broma? – preguntó un joven del grupo de Rick.
- Toma, bebe – le interrumpió otro ofreciéndole violentamente su vaso. – Y cállate.
Esto era muy diferente al ambiente de su hogar, y eso era algo que agradecía. Entró al local a por una bebida junto con unas amigas y pudo notar el humo en los ojos, mientras sus oídos y corazón retumbaron al son de los altavoces. Se acercó a la barra y pidió un litro de cerveza. Apenas le quedaba dinero para el resto de mes, pero esa noche no importaba.
105. EVENTO ESPECIAL
Todo empezó en la Higland Tabern, durante el grandioso concierto. Hasta el momento, la joven se había dedicado a disfrutar de la música mientras saboreaba un zumo de Nuez Kupó. Su abuelo era capaz de jurar que seguramente estaba trazando en su cabecita los próximos planes de asesinato y escogiendo a las víctimas. No estaba lejos de la verdad, hasta que a Victoria le dio por ojear el lugar.
Y una escena captó su atención.
Dos heavys melenudos, con chupas de cuero y garimbas en mano, reían con grandes carcajadas mientras se soltaban puyas criminales, acompañados por una chica alta de largo cabello oscuro y mismo estilo de ropa, que no hacía más que brincar junto a ellos y fingir atacarlos, o simplemente los abrazaba con espontaneidad.
En uno de sus ataque fingidos al más alto, éste se lo devolvió, y ambos empezaron un... ¿combate? No se podía definir así, teniendo en cuenta que el greñudo no tardó ni un minuto en perchar a la chica por el cuello y semi-inmovilizarla, mientras ella se revolvía como un gato furioso. Ambos ejecutaron diferentes llaves y movimientos de lucha, aunque el hombre siempre llevaba las de ganar.
Pero no era eso lo que había captado la atención de Victoria, si no el sencillo hecho de que, mientras todo aquello ocurría, la chica estaba sonriendo con ganas.
¿Dónde estaba la lógica? ¡Le había retorcido un brazo y la había aplastado contra el suelo! ¿Cómo podía reírse tan alegremente y a los dos segundos darle un abrazo de oso a su atacante, aderezado con un "Myuuuuuuuuuuuuuuuu..." mimoso? Se fijó más en la joven morena. No debía tener más de 19 años, cuando sus acompañantes tenían pinta de haber pasado los 22. Y allí estaban los tres, tan amigos.
Esa escena se grabó en la mente de Victoria. Y con ella bailándole por la cabeza, su expresión pensativa, se levantó de manera casi inconsciente y salió del local. Su abuelo no la detuvo, algo en su actitud le incitó a no hacerlo. Y ahora estaba allí, preguntándose algo que ni siquiera sabía lo que era.
¿Qué le pasaba? Ella nunca quiso amigos. Cuando fue consciente de lo que era, cuando sus síntomas se hicieron evidentes, entendió que jamás podría tener una vida normal, ni unas amistades normales, y por tanto se resignó. No hizo nada por cambiar una situación que hasta le convenía, pues hacía más fácil su trabajo. Pero ahora...
Al ver a aquellos tres amigos, algo se había removido en su interior. Recordó las palabras de su madre.
"Tú nunca crecerás más físicamente, hija mía. Serás una niña hasta tu muerte. Este es el resultado por el cual tu padre y yo fuimos tan torturados."
Sacudió la cabeza, pero la voz de Maya Renlen siguió retumbando.
"Si la gente descubre lo que eres, te rechazarán y te harán daño. No debes confiar en nadie. Todo lo que es diferente asusta a la gente, y lo que a la gente le asusta, la gente lo destruye. Y tú eres diferente, hija mía".
- Lo sé...- eran las primeras palabras que pronunciaba desde que salió de la Higland.- Lo sé, maldita sea, claro que lo sé, lo compruebo cada mañana cuando m veo al espejo...- su andar se detuvo, sus puños se apretaron.- Pero por qué...¡¿por qué no puedo ser como ellos?!- dejó escapar a la nada, revelando lo que realmente le dolía.
Porque cuando vio a aquellos chicos, por un fracción de segundo, quiso ser una de ellos.
- Madre... ¿realmente no puedo tener amigos? ¿Gente en la que confiar?- una lágrima rabiosa recorrió su mejilla izquierda.- ¿No puedo tener una vida normal, aunque sea sólo por unos instantes?-
Alzó la cabeza.
Frente a ella, el escaparate de cristal de una tienda de ultramarinos-licorería le devolvió su reflejo. Lentamente, extendió una mano para tocarlo, como si aquello fuese otra persona y no su imagen. Delineó con cuidado su cara y sus rasgos, deteniéndose levemente en sus ojos.
Niña. Adulta. Atrapada entre ambas realidades, nunca jamás podría ser normal. Pero podía encontrar personas que la aceptasen... ¿no? Suspiró, apoyando la frente contra el cristal. ¿Qué era lo que realmente quería? ¿Qué era aquél extraño vacío al que no conseguía dar nombre?
- ¡Ups! Disculpe, jovencita, pero ya hemos cerrado hace rato.- se excusó un hombre maduro de tranquilos ojos castaños que salía del local acompañado por dos jóvenes cuyo parecido facial permitían suponer un parentesco cercano. Seguramente un padre y sus dos hijos. Vic clavó en ellos su mirada errática como si no los viera realmente.
- ¿Eh?-
- Es que la vi junto al cristal, como mirando a ver si estábamos abiertos...- explicó el hombre. Su voz era serena y amable.- ¿Deseaba algo?-
- No... no realmente...- fue la vaga respuesta.
- Papá, tenemos que ir pronto o estará cerrado para cuando lleguemos.- protestó uno de los chavales, aparentemente l más joven, al tiempo que agarraba la manga de la chaqueta del señor.
- Cálmate, hermanito.- rió el otro.- Con la fiesta que va a haber, aún llegaremos a tiempo de escuchar un par de canciones.-
El joven puso morritos de niño enfadado, pero luego sonrió y le sacó la lengua al mayor.
Vic los miró con ojos vidriosos, ahí estaba otra vez esa punzada en su interior que no conseguía ignorar.
- Usted disculpe, señorita, pero hemos de irnos. ¡Adiós!- se despidió el hombre. Sus hijos hicieron gestos de despedida con las manos y luego los tres juntos continuaron camino.
Victoria avanzó unos pasos y se encaramó a un muro, sentándose a buscar aquello que se le escapaba. Hundió la cabeza entre las manos, agitada y confusa.
De un bar cercano llegaban voces apagadas y el sonido de un televisor barato, que en aquellos momentos daba noticias de última hora. Por pura curiosidad inconsciente, la joven tricolor prestó oído a lo que el presentador decía.
<<... la expectativa de un comunicado de Shin-Ra. Los expertos han estimado que se trata de un objeto de grandes dimensiones debido a su tamaño y distancia y que su trayectoria es de impacto. Ya se han registrado los primeros ataques de histeria en zonas de población elevada y…>
Eso definitivamente llamó su atención. Como guiada por un impulso irresistible, echó a correr, sus ojos no veían el camino pero su cuerpo lo conocía. No fue consciente de como entró en su "casa" (si así podía llamársele), ni de cuando encendió el televisor, pero el cuanto aparecieron las imágenes lo vio perfectamente. Aquella enorme cosa se acercaba al planeta.
Se le acababa el tiempo.
Su venganza no estaba completa, y era su prioridad, o lo había sido hasta hace unas horas. Pero ahora...
Aún podía hacer algo. Aún podía llenar su vacío, si dejaba su obsesión de lado.
Con ojos fijos, siguió mirando a Meteorito.
¿La venganza... o la redención?
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Cerca ya de la higland Tabern, Eisuke y sus hijos, Segu y Shindo, conversaban animadamente.
- Esa chica de antes...- murmuró Eisuke.- Creo haberla visto antes por Mercado Muro.-
- Tenía un pelo muy raro.- opinó Shindo.- Me parece que un día vino a encargar un licor especial a la tienda, de parte de su abuelo.-
- ¿Y cómo es que no lo recuerdo?- funricó el ceño su padre.
- Ese día estabas entregando un recado, se lo pidió a mamá.-
- Era muy guapa...- murmuró Segu, que hasta entomces había permanecido en silencio.
- ¿Ehhhhhhhhhhh? ¡A Segu le gusta, a Segu le gusta!- se burló Shindo.
Su hermano no respodnió a las provocaciones, pero el rubor se insinuó en sus mejillas.
Y así, entre un hijo ruborizado y uno jocoso, entró Eisuke en la Higland Tabern.
104. EVENTO ESPECIAL
Vestía una cazadora negra y sencilla, con la cual hacia el gesto de abrigarse de un frio inexistente, en busca de una protección contra los pensamientos que no dejaban de acompañarla desde aquella noche. Aang caminaba despacio rumbo al modesto hotel en el que se alojaba desde entonces, no estaba situado en una zona muy recomendable, pero con el escaso dinero que se llevó en la maleta, no podía permitirse mucho mas. Había sido una estúpida por pensar que ir a la reinauguración del Highlander iba a alejarle temporalmente de su pena, ahí no había encontrado sino multitud de detalles que le hacían acordarse de Jonás. Había visto a Harlan, y a Rolf de refilón, e incluso le pareció distinguir la melena rubia de Paris entre la aglomeración de personas. Sumida de nuevo en la espiral del recuerdo de sus sueños, se había visto incapaz de poder seguir en el local, no fuera que el mismo Jonás se presentara allí, sería muy violento volver a verle tan pronto… El decía haberla comprendido perfectamente, pero Aang sabía el dolor que le habían causado las palabras que le había dicho esa noche. No haberle visto en el pub significaba también que lo más probable fuera que se hubiera encerrado en casa, incapaz de levantar cabeza… La imagen en su cabeza de su amado sumido en una total miseria hacía que el mundo se le viniese encima, que le dieran ganas de correr hacia su casa y estar entre sus brazos para animarle, pero no podía, aún no podía, y ella lo sabía. Absorta en sus pensamientos, fue incapaz de distinguir el obstáculo delante de sus pies y tropezó.
Exclamó un improperio en su lengua natal, no se había hecho daño pero de no tener reflejos más que decentes de podría haber roto algo. Tras erguirse hasta recuperar la posición vertical, se giró en busca de aquello con lo que había tropezado.
Lo primero que pensó es que le habían puesto la zancadilla, pero enseguida se dio cuenta de que estaba inerte. Aang habia tropezado con la pierna de un individuo que estaba apoyado contra la pared, con dicha pierna extendida y la otra recogida. No pudo determinar a simple vista si estaba dormido, inconsciente o muerto, vestía una camisa negra a rayas blancas verticales, parecería elegante si no fuera porque el nudo de la corbata estaba desecho y en una posición bastante poco ortodoxa, como una pañoleta de boy-scout. Tenía el pelo largo y marrón oscuro, el cual le tapaba el rostro, impidiendo así determinar su estado, los pantalones color beige se le habían remangado, enseñando unos calcetines oscuros tapados por unos zapatos de punta redonda marrones, a la derecha de su cuerpo, se encontraban unas gafas muy finas que tenían el cristal derecho roto. Aang dudó si debía decir o hacer algo, el hombre debía rondar los veintitantos años y estaba famélico, sin embargo la ropa que llevaba no era la de un pordiosero en absoluto, y era demasiado joven para ser un ricachón que se había arruinado súbitamente. No parecía un mal chico. Siguió observándolo un par de minutos, no se movía.
Aang sentía cierta pena por el chico, impidiéndole seguir su camino como si aquello que había encontrado no fuera más que un adoquín que sobresalía un poco o algún trasto que alguien había arrojado a la calle. Decidió hacer lo que un ciudadano decente haría, llamar a la policía y que vinieran a ocuparse de él, estuviera vivo, muerto o entre los dos estados. Rebuscó entre su bolso y sacó un móvil que ya debía tener sus tres años de vida, y tecleó el siete del número 704, el de atención rápida de la policía de Midgar. No pudo llegar al cero, le interrumpió un hilo de voz
- N… gas… or… - Apenas era audible, había levantado la cabeza unos cuantos centímetros, aunque seguía enteramente tapada por el pelo.
Aang volvió a dudar, pero finalmente se inclinó hacia el
- ¿Cómo dices?
- Que no hagas eso… Por favor.
La idea de que el individuo no quisiera que llamase a la policía no era muy atrayente, la pena que sentía por él comenzó a disiparse poco a poco, optó por zanjar rápido el asunto.
- Mira, no sé quién eres ni que has hecho para estar hecho un trapo en medio de la calle con esos harapos tan caros ¿Hai? Si has tenido una noche de excesos a espaldas de tu pareja o algo peor me trae sin cuidado, voy a llamar a alguien que te recoja de aquí antes de que te pase algo peor, los órganos de mendigos a los que nadie echará de menos están a la orden del día en el mercado negro.
El tipo reaccionó de forma extraña, primero pareció enfurecerse ligeramente, lo que hizo a Aang retirarse un paso más hacia atrás, pero inmediatamente pasó a gimotear, levantando la cabeza y apoyándola contra la pared, de modo que el pelo cayó hacia atrás, revelando unos ojos grises y unas facciones muy afiladas. Aang pudo observar, aparte de sus facciones, un hilo de sangre desde el nacimiento de su cabello hasta las comisuras de su boca. Entre sollozos, el hombre que tenía delante se derrumbó, volcando en ella todo aquello que tanto tiempo llevaba callado.
- ¡Yo no quería!, ¿Vale? Yo no quería convertirme en un instrumento de cabronazos del más alto calibre. ¡Yo solo quería recuperar aquello que solo pude disfrutar dos años! ¡Una vida! ¡Todo es una puta mierda cuando sabes que llevas viviendo un sucedáneo de existencia toda tu vida! – Gimoteaba mientras gritaba, Aang pudo ver sinceridad en sus ojos, que apenas veían entre la miopía y las lágrimas que brotaban - ¡Un año! ¡Me dijeron nada más que un año de ser aquello que detestaba para salvarla! ¡Ni siquiera esperaba que siguiese conmigo! ¡Cómo iba a seguir conmigo! ¿¡Sabes lo que es amar a alguien y ser la causa de su sufrimiento!? ¿Sabes...
Estaba trastornado, gesticulaba con dificultad y parecía que iba a perder el conocimiento cada vez que hacia una pausa para respirar, siguió exclamando un montón de cosas sin mucho sentido hasta que rompió a llorar finalmente. Aang observó la herida de su cabeza, parecía grave, en un agitar de su pelo había visto otra en el cuello con una pinta similar, estaba dejando un reguero de sangre en el muro donde se apoyaba y el chico no parecía que fuera a desfallecer hasta que muriese desangrado.
Sin embargo, sus lamentos no habían sonado en vano para sus oídos, Aang tenía cierta empatía, que desarrollaba especialmente con los animales, era una de las razones por las que estudió veterinaria. Sin embargo también tenía su cabida para seres de su misma especie, y no pudo sino contemplar enfrente suyo un reflejo de si misma a los límites de su propia desdicha. Claro que sabía lo que es amar a alguien y ser la causa de su sufrimiento… No hacía ni diez minutos que ese pensamiento invadía su cabeza, señor Sherlock. Lo de ser un instrumento de cabronazos ya le recordaba mas a Jonás… Pero al menos él había sabido seguir su propia justicia, parecía ser que a este pobre desdichado, se la habían impuesto. Pensó rápidamente, estaba decidida a no dejarlo aquí, pero con semejantes alaridos no tardaría en venir algún curioso, y en esos barrios los curiosos no eran precisamente hermanitas de caridad. La idea de entregarlo a la policía ya no le parecía tan obvia, sus razones tendría para que no quisiera que viniesen, es posible que esas heridas se las hicieran ellos. Mientras pensaba el sujeto se iba calmando, quizás por la debilidad que le causaba el estar desangrándose poco a poco. Aang tenía conocimientos de medicina, ¿Y si...?
- A ver, chico tonto, ¿Dónde vives?
El joven la miró con sus ojos grises, tan claros que parecían estar vacíos, y sin apartar la mirada, negó hacia los lados torpemente.
- Vaaale… Interpretaré eso como un “En este momento mi casa no está disponible, ha sido quemada o me matarán si voy ahí”. Está bien, escúchame atentamente porque no lo repetiré: Las heridas de tu cabeza y tu cuello pintan muy mal, y me he replanteado lo de llamar a la policía, tampoco yo les tengo demasiada simpatía. Así que vamos a hacer esto, vas a venir conmigo, voy a curarte eso como buenamente pueda, y cuando puedas razonar adecuadamente me dirás qué coño es todo ese embrollo de tu amada y demás tonterías, ¿Me has entendido?
El tipo parpadeó incrédulo, no terminaba de creerse lo que acababa de oír, ahora, en completo silencio entre los dos, solo se podía percibir la radio que un vecino había encendido un par de minutos atrás, entre sus llantos.
<<... no obstante, ShinRa afirma que la trayectoria del asteroide indica que pasará fuera de la orbita del planeta. ¡Sea como sea, parece qe vamos a tener un fantástico escenario celeste por una temporada! Te devuelvo la conexión Mike, simplemente…>
-¡Ah! Y que sepas que a la mínima que vea que intentas hacer el tonto más de lo debido te meteré un tiro. Estoy cansada de pirados por esta noche, pero si prometes ser un chico bueno haré un esfuerzo. ¿Hai? – Aang le sonrió, en cierto modo ver a alguien más hecho mierda que ella le había aliviado. Rebuscó entre su bolso en busca de un pañuelo – Ten, póntelo en la herida del cuello y mantenla prieta hasta que lleguemos, eso calmará un poco la hemorragia. Pero… ¡Date prisa! ¿O acaso tu amor es ahora esa pared?
Reaccionó. Con un gesto de incredulidad cogió el pañuelo que le había ofrecido con la mano izquierda y se lo puso en el cuello, con una ligera mueca de dolor.
- Euh... Si- No encontraba las palabras, Aang no se lo tuvo en cuenta - Gracias...
Se incorporó lentamente como mejor pudo, una vez erguido, se palpó la cara, notando que le faltaba algo, pues hacia tiempo que no veia con claridad mas allá de veinte centímetros.
- Creo que esto es tuyo – Dijo Aang tendiéndole las gafas. – El cristal derecho está roto, lamnetablemente. Por cierto, no me has dicho tu nombre.
Pero Érissen no acertó a decir su nombre en ese momento, de hecho, no acertó a encontrar ninguna palabra en el resto de la noche, y su rostro mantuvo un gesto de sorpresa durante un buen rato. Pues en el momento en el que se puso las gafas, con su ojo izquierdo pudo apreciar perfectamente que la mujer que le estaba salvando la vida era aquella que, de no haber sido por los acontecimientos recientes, él habría asesinado.
103. EVENTO ESPECIAL
Al abrir la portezuela y salir, sintió como sus pulmones se despejaban y sus ojos volvían a ver claramente una vez más. Edward era un chico de pueblo, y no estaba acostumbrado a los lugares cerrados y llenos de tabaco y gente. Cuando su vista se despejó, cosa que no podía decir de sus oídos, vio una calle despejada por completo, salvando a una mujer que atendía a un hombre tirado en la calle. Edward no prestó atención, y miró hacia la bóveda celeste artificial.
La luz artificial de los neones iluminó su cara y dibujó en el suelo su silueta, mientras el pensaba con los ojos cerrados. Ahora mismo, había sido encontrado por los turcos y encerrado (y posteriormente liberado, sin saber cómo); se encontraba prácticamente sin dinero, al haber sido confiscada la herencia que su amigo Steven le había dejado al morir prematuramente, y también había perdido dos de sus materias durante el ataque de Turk. Tan solo le quedaba una, oculta en una pequeña cajita de su apartamento; pero esto no era suficiente. Con sus escasos ahorros, tendría que comprar, al menos, otra materia.
Siempre le atormentaban los recuerdos, y los hechos actuales no tenían un aspecto de mejora en su vida: su maestro había muerto defendiendo Corel, tan solo unos años atrás, durante la rebelión. Steve también había muerto, aquejado de una terrible enfermedad que le consumió y le destrozó; había perdido a Ylsiv, su inseparable compañera, la única persona a la que había querido con tanta fuerza como para embarcarle en aquella misión suicida. Por si fuera poco, ahora parecía que su espectro se había levantado de la tumba, y se había introducido en el cuerpo de una doctora.
La vida no le pintaba muy bien, y por ello había decidido relajarse un poco bebiendo en el primer lugar que pudiera. La bebida y la euforia se habían adueñado de su cuerpo, y junto con un compañero que había conocido en el bar, un joven de 17 años, había comenzado a beber y pelear en una demostración de lucha.
Lamentablemente, la pelea acabó cuando Edward había lanzado un barrido para desequilibrar a su oponente y había impactado con una camarera que acabó cubierta de cerveza y vodka por toda la camiseta, marcando sus abultados pechos y provocando un sonoro espectáculo de berridos e insinuaciones por parte de los varones que antes observaban la pelea y ahora observaban el negro sujetador de la chica. Por fortuna, la camarera también llevaba unas cuantas copas encima de aquellas que le habían volcado, y alegre corrió a cambiarse de camiseta. Dejando a su compañero de combate mientras este vaciaba una jarra de cerveza fría, Edward se escabulló.
No tenía muchas ganas de fiesta, y se marchó a un tranquilo bar donde preparaban un famoso cóctel. No recordaba el nombre del bar ni de la bebida, pero un par de personas amables dirigieron sus pasos indicándole la dirección y los datos que necesitaba para llegar al mencionado pub. Poco a poco, llego a la zona del Sector 6 donde se encontraba dicho lugar.
La zona estaba muy silenciosa, parecía que el mundo entero había enmudecido repentinamente: únicamente se escuchaba el sonido de una televisión que daba las noticias.
<<… aún no han confirmado nada. La población está a la expectativa de un comunicado de Shin-Ra. Los expertos han estimado que se trata de un objeto de grandes dimensiones debido a su tamaño, aún no han desvelado nada acerca de su trayectoria por lo que les informaremos a medida que se sepa más.Ya se han registrado los primeros ataques de histeria en zonas de…>>
No necesitó escuchar más, quería comprobar qué era aquello. Echó a correr, tanto como le permitían sus piernas y sus músculos ahogados en alcohol, en dirección al siguiente sector. O al menos, a aquello que antes fue un sector: las ruinas del Sector 7. Desde la caída de la placa, y siempre que ninguna banda lo impedía con un enfrentamiento, se podía vislumbrar el cielo. Aunque la terrible iluminación artificial de los focos y la capa de nubes tóxicas no permitían ver las estrellas en todo su esplendor, siempre se podía admirar a los pequeños puntos que dejaban los más grandes luceros.
Los escombros amontonados de los edificios caídos delineaban una macabra silueta que reflejaba muerte y pobreza, pero esta vez una tenue aura rojiza envolvía todo, llenándolo de magia y belleza. Edward se acercó un poco más, allí donde la placa no le impedía ver. Al instante, sintió emoción y terror.
Una gran estrella de color rojo y violeta surcaba el cielo, era un gigantesco punto que a la vez asustaba y causaba eufórica alegría.
- Por fin te he encontrado – murmuró sin poder apartar la vista, con una sonrisa en sus labios – “Arma de los Ancianos”.
Surcando el cielo, cinco puntos fugaces atravesaron la figura que llenaba el cielo y se desperdigaron por el mundo.
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“Yo soy aquel a quien vosotros llamáis Blooder. Yo soy quien libra una batalla, la batalla contra el mundo, dispuesto a sumirle bajo mi yugo gracias al poder que ejerce el terror. Tal es el terror que causo en vosotros, población de Midgar, que incluso los cielos se han venido abajo, y hoy una nueva estrella ha surgido para anunciar que yo soy aquel que subyugará a toda la basura de este mundo. El propio mundo es su basura, las gentes corrompen, queman, roban y destruyen todo cuanto tienen a su alcance. Yo limpiaré todo es, y para ello, comenzaré por causar tal miedo en este mundo, usando la corrupción, el fuego, el robo y la destrucción. Yo seré vuestro soberano, bañado en la sangre de miles de inocentes, bebiendo los fluidos de los recién nacidos. Yo soy Blooder, y a la vez soy vuestro asesino.
Yo te reto, ciudad de Midgar. Yo te reto, Rufus, a ti y a tu maldita compañía. Yo os reto, miembros de SOLDADO, que habéis creado a las mayores escorias del mundo. Yo os reto, departamento de Turk, que os paseáis con vuestra opulencia matando y riendo de vuestra barbarie.
También os desafío a vosotros dos, “Fantasmita” e “Inexistente”, asesinos que encabezan la lista; os desafío a encontrarnos y desangrarnos mutuamente hasta que solo uno sobreviva.
A todos vosotros, os reto. Hoy comienza la batalla que decidirá al mayor asesino del mundo. Ése seré yo, Frank Tombside”
- Esas son las confesiones dejadas en la nota del psicópata conocido por el nombre de Blooder. Según las opiniones de esta cadena, el asesino planea una especie de juego macabro con las autoridades competentes de nuestra querida ciudad, e incluso podríamos aventurar a que juega con la propia ciudad. Según comentarios del propio alcalde de la ciudad, el ilustrísimo Domino, se está…
Jerry apagó la televisión: ya había visto demasiado. Enfurecido, golpeó la percha que sostenía su largo abrigo, rompiendo el cristal que servía para reflejar su imagen. “Ese gilipollas de Pollard Jr. … No solo ha permitido difundir esa nota que encontramos, sino que encima se ha atrevido a cambiar parte del mensaje para aterrorizar a la población. ¡Así Tombside será quien gane esta guerra!”
Furioso consigo mismo, volvió a coger las fotos que reposaban sobre una abultada carpeta marrón llena de documentos. Las fotos mostraban el cuerpo sin vida del miembro de SOLDADO de 2ª clase Jonhson, totalmente despedazado y cubierto de sangre. Inexplicablemente, el asesino era capaz de medirse con algunos de los luchadores mejor cualificados por el ejército de Shin-ra.
El detective comenzó a mirar nuevamente las fotos. De pronto, percibió algo anómalo que no había visto antes:
- ¡Eso es! – gritó el canoso personaje, ganándose unos cuantos golpes en la pared por parte de los vecinos más educados, y unos bonitos elogios a su madre por parte de los vecinos más normales – Tombside ha dejado una pista; al parecer el “soldadito” no lo hizo tan mal después de todo.
Convencido de su logro, cogió un viejo PHS y marcó el número de uno de los principales dirigentes de Turk. Antes de que el teléfono fuera descolgado al otro lado de la línea, McColder lanzó un vistazo al espejo hecho añicos. Frente a él, se reflejaban miles de viejos de pelo gris y torso desnudo, cubierto por completo de marcas. El original admiró esas cicatrices, producto de numerosos injertos y que le habían costado su plaza entre la élite de Turk, pero que le habían dado el sobrenombre de “Blastskin”. Lanzó una última mirada a su destrozado cuerpo, y volvió su atención al aparato que emitía una estruendosa voz que volvía a mentar cosas sobre su madre.
miércoles, 2 de enero de 2008
102. EVENTO ESPECIAL
Interrumpido varias veces por borrachos que lo confundían con antiguas leyendas del rock, Paris se abrió paso hasta que una mano le asió el brazo con fuerza.
- ¡Hey, princesa! – exclamó Rolf desde su mesa con una sonrisa cínica curvando sus labios- Pensé que no ibas a venir. Siéntate un rato.
- No creas que estoy aquí por gusto – soltó el joven con la expresión resignada mientras apoyaba el brazo en la silla que su socio le ofrecía. Saludó con un gesto a Daphne y Kowalsky, él alzó su copa con aire ausente y ella le dedicó una preciosa sonrisa, a veces le costaba recordar que la imponente rubia había nacido como Steffan.
El enorme tipo barbudo al otro lado de la mesa extendió el brazo hacia el recién llegado con cordialidad.
- Soy Henton – dijo el uno.
- Paris – respondió el otro mientras su mano era sacudida con vigor.
- Si no has venido para pasar un buen rato, ¿qué haces aquí? – inquirió el tirador, con una mirada indescifrable, entre el recelo y la comicidad.
- Pensé que encontraría a Scar, le van este tipo de cosas y todos sus colegas están aquí.
- ¿Entonces no te ha respondido las llamadas?
- No. Desde la última… “fiesta” no he podido localizarle. Y aún no he tenido tiempo para acercarme al Sector 2.
- Antes ví a su chica – soltó Kowalsky como quien no quiere la cosa, observando con interés las pequeñas burbujas de su bebida en su ascenso para convertirse en espuma- Iba sola.
Paris torció el gesto, Rolf echó un largo trago a su cóctel y Daphne comprobó que sus zapatos aún seguían en sus pies. El joven decidió revisar su PHS por si acaso se había obrado el milagro pero en la pantalla únicamente se reflejaba la hora. No tenía muy claro qué coño estaba pasando pero sí sabía que fuera lo que fuera no podía ser bueno.
- Tengo que ir a trabajar – anunció finalmente con fastidio- Ya nos veremos.
- Llámame cuando sepas algo –Rolf le lanzó una mirada significativa, el asesino no estaba seguro si le preocupaba más lo que pasaba con Kurtz o el quedarse sin un entretenimiento.
Paris salió a la fría noche de los suburbios dejando el barullo del concierto atrás, sacó nuevamente su PHS y pulsó el botón de rellamada, los tonos se repitieron una y otra vez durante un buen rato pero nadie contestaba, una leve crispación recorrió la mano del joven mientras anulaba la llamada y guardaba el aparato en el bolsillo interior de su cazadora.
- Estoy empezando a cabrearme.
Y no era mentira, desde hacía cosa de una semana su ánimo general se había oscurecido: había comenzado a sufrir migrañas y sus oídos eran azorados por un incesante y lastimero quejido. Para colmo hoy se había levantado con el cuerpo en completa tensión, cada ínfima célula vibraba con fuerza como si quisiera explotar y cada músculo se contraía esperando el momento de entrar en acción. Había conseguido mitigar ligeramente esa sensación tras haber hecho deporte por la mañana pero ahora la notaba con más fuerza. Los calmantes conseguían mantenerle en su sitio aunque no hacían lo suficiente.
Antes de medianoche ya había alcanzado el Sector 6, su turno empezaba a las doce así que tendría tiempo para darse una ducha y cenar algo. El piso estaba en un completo y sepulcral silencio, las luces de neón del exterior se colaban por la ventana del salón reflejados en la mesita metálica sobre la que reposaba el ordenador portátil y arrojando haces verdes y rosados que bañaban la estancia. Nada en las paredes salvo estanterías repletas de archivadores, libros y CDs ordenados alfabéticamente. La única nota decorativa la daba un jarrón de cristal modelado sinuosamente que contenía una frágil rosa blanca, a su lado un peluche azul de ojos saltones. Dejó un cazo con pasta en el fogón, se descalzó y llevó las botas en la mano. Al pasar cerca de la rosa alzó la mano y la acarició con un dedo aunque no se detuvo, dejó el calzado a los pies de la cama y se desvistió tirando toda la ropa a una cesta a excepción de la cazadora que acabó colgada de un perchero tras la puerta. La manía le llevaba a asearse prácticamente siempre que venía o se iba a la calle así que su próximo destino fue la ducha; dejó que el agua templada, tirando a fría, le relajase, apoyó la frente en los azulejos y se quedó allí un rato sintiendo sus miembros más livianos.
“¿Puedes oírlo? Es como un gemido. Aeris dice que es el planeta”
- ¿Katthy?
Su voz se perdió en el sonido de la cascada de agua. La había oído claramente, como si estuviera allí a su lado. A veces el recuerdo de la voz de su hermana le asaltaba pero nunca había sido tan nítido, tan real. Cerró el grifo, había algún motivo para recordar precisamente esa frase. No tardó mucho en darse cuenta de lo que todo aquello significaba, era tan sencillo como mirar atrás.
- Tú siempre lo habías oído, Katthy – se sonrió con tristeza, alegre de poder compartir algo con su hermana aunque ella ya no estuviera a su lado.
El sonido del agua derramándose sobre el fogón lo sacó de su embelesamiento y le hizo apresurarse. Se secó con vigor y vistió con ropa limpia, hoy tocaba camisa, el jefe quería que sus camareros tuvieran un aspecto medio decente esa noche, se murmuraba que Don Genco volvería a la “Cuadra Ganadora” esta noche y había que dar buena imagen. Se ató el cabello con un coletero oscuro y se quitó los aros plateados de sendas orejas para dejarlos en una pequeña cajita lacada sobre la cómoda de su cuarto, Reynold, el dueño, no aprobaba la idea de que un hombre llevase pendientes aunque esto fuese algo bastante común.
Los tortellinni a penas le duraron un suspiro, tardaba menos en comer que en desenvainar su daga. Fregó todos los cacharros y pasó la gamuza varias veces sobre la encimera, luego lavó la propia bayeta y la dejó sobre el escurridor. Se lavó las manos un par de veces y acudió al cuarto de baño para lavarse los dientes.
El cuchillo asegurado en su pantorrilla y camuflado bajo la tela vaquera del pantalón y las botas de estilo militar, los auriculares de su reproductor en mp3 taponándole los oídos, las llaves en su mano derecha y los calmantes en la izquierda. Listo.
Bajó al trote la escalera del edificio saludando a la vecina del primero que lo miró con una mezcla de miedo y confusión, “ni que fuera la primera vez que me ve” pensó para sí. Una corriente cálida le saludó al alcanzar la calle, en Mercado Muro siempre hacía calor debido a la cantidad de luces y puestos de comida al aire libre que había. Hoy estaba especialmente transitado, vio un par de abejitas corriendo calle abajo apresuradas por llegar a su colmena, algunos hombres trajeados haciéndose pasar por grandes empresarios de la placa superior para timar a los incautos e indigentes apurando la última gota de alcohol de sus cartones de vino; la música se extendía por las vías entrelazándose las melodías folklóricas con otras más modernas. El callejón que escondía a la “Cuadra Ganadora” era fácilmente identificable por el chocobo de neón que corría con un jinete sobre sus hombros.
El local, como no, estaba abarrotado, la ola de calor y el olor a alcohol y dinero sucio fue la primera en recibir a Paris quien se escabulló entre las sombras hasta saltar tras la barra. Su compañera, Holy, ya estaba allí; había empezado su turno hacía un par de horas, su fino vestido de falsificación de seda dejaba a la vista sus pechos realzados, seguramente, con algún relleno, llevaba el pelo negro recogido en una coleta alta, con el flequillo teñido de rosa.
- ¿Qué tal? – preguntó ella enérgicamente sin siquiera mirarle mientras preparaba dos copas del cóctel más famoso del local, el “Mako Stream”.
- Como siempre – respondió él sin mucho ánimo.
Se dirigió al cuarto para el servicio y dejó su cazadora en un improvisado perchero, cuando regresó se topó de frente con Holy.
- ¿Qué llevas en los ojos? – ella le observaba sorprendida, esbozando una sonrisa.
- ¿Qué?
- Te quedan genial pero no sabía que te iban las lentillas – la camarera se acercó un poco más para observar bien las misteriosas pupilas de su compañero – Mi novio tiene unas parecidas pero son amarillas. Un día podría pedírselas e ir a dúo. ¡Pero que no te pille el jefe!
- ¿Eh?
Fue reclamado enseguida por un cliente así que no puedo preguntarle a Holy de qué coño hablaba. Durante un buen rato recibió miradas reprobatorias, temerosas o incluso seductoras dependiendo del cliente. Cuando vio la oportunidad Paris dejó la barra y fue al baño, suponía que como mucho le habrían reventado algunos capilares debido a la tensión que llevaba sufriendo todo el día pero no podía estar más equivocado: sus pupilas se estaban alargando tomando la forma de dos rendijas.
- Mierda… - eso no era bueno, nada bueno. Hacía mucho tiempo que no le pasaba y creía tenerlo bajo control.
Sacó el botecito con los calmantes y se metió una ración doble, estaba al borde de un ataque y ni siquiera se había dado cuenta. Apoyó los brazos en lavabo con la cabeza caída, esperando algún resultado positivo… y esperó lo que le pareció una eternidad con los ojos cerrados y los labios fruncidos, podía sentir los latidos de su propio corazón retumbándole en los oídos, una gota de sudor le resbaló por la mejilla y rodó sobre la cicatriz hasta desprenderse y caer al suelo. Temía alzar la vista y que su reflejo le devolviese otra vez esa mirada afilada y antinatural, odiaba esa parte de sí mismo que no podía controlar, odiaba profundamente su propia debilidad y depender de calmantes para poder controlarse, odiaba… odiaba… dejó la mente en blanco, aspiró hondo y contuvo la respiración.
Una ola de silencio asoló el local, quizá era sólo cosa de su aislamiento mental en ese momento pero eso no explicaría por qué sólo el murmullo producido por el televisor vencía al mutismo reinante. Paris, aún con el corazón latiendo en sus oídos, salió del aseo y encontró todas las miradas dirigidas a la enorme pantalla donde se proyectaba la filmación de un enorme astro rojo sobre el cielo de Midgar.
<<… aún no han confirmado nada. La población está a la expectativa de un comunicado de Shin-Ra. Los expertos han estimado que se trata de un objeto de grandes dimensiones debido a su tamaño, aún no han desvelado nada acerca de su trayectoria por lo que les informaremos a medida que se sepa más.
Ya se han registrado los primeros ataques de histeria en zonas de…>>
Dejó de oír el noticiario, a los latidos de su corazón se unió nuevamente el quejicoso lamento.
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La división de SOLDADO al completo había recibido un aviso de carácter urgente. Los de más alto rango habían sido informado primero: Sephiroth había invocado a Meteorito. No faltaron aquellos que se sorprendieron al comprobar que, efectivamente, el legendario héroe de SOLDADO seguía vivo y que tal como se había rumoreado se había vuelto en contra de Shin-Ra. Tenían orden de pasar las instrucciones a las divisiones inferiores pero no debían entrar en detalles en cuanto a explicaciones. Lo primero era salvaguardar el orden en Midgar, ya se habían comunicado brotes espontáneos de histeria y violencia y no querían que sucesos parecidos volvieran a repetirse. También se pretendía dar una imagen de normalidad para tranquilizar a la población por lo que las escuelas militares seguirían funcionando aunque con cambios en su plantilla.
Alma Farish volvía a ser SOLDADO en activo, sus días de entrenar cadetes habían terminado.
101. EVENTO ESPECIAL
- ¿Que tal con tus viejos amigos? - Preguntó, refiriéndose al grupo de turcos jóvenes. - ¿Fue un bonito reencuentro?
Su compañera tardó en responder. Inagerr era lo suficientemente listo para darse cuenta de que había sido bastante desagradable. Estuvo hablando con ellos, pero los dejó en seguida, dando la espalda a sus gritos, y no les volvió a dirigir la palabra. Finalmente suspiró, mientras se sentaba en asiento del piloto.
- ¿Que tal te caigo, Har? - Su compañero, extrañado, encontró bastante sinceridad en sus ojos. Le aguantó la mirada impasiblemente para finalmente responder.
- Lo suficientemente bien como para que te deje llamarme "Har". – El tono suave y grave de su voz tranquilizó un poco a la agente de Turk. - ¿Por que lo preguntas?
- No lo se... Quería estar segura.
- ¿Que ha pasado, Yvette?
- Bueno... Fui a saludar a esos gilipollas... Me interesé por el brazo de Jim, y por sus avances buscando al que lo hizo, y ellos me dieron un regalo que me tenían: Un dvd de porno de viejos.
- Que chistosos... - Harlan había sido el compañero del violento Scar muchos años, y eso le había convertido en un experto "poli bueno". Sabía como crear un vínculo de confianza, y como decir lo justo para que la persona con la que hablaba se sintiese apoyada y siguiese dándole a la lengua. Yvette sonrió levemente.
- Te lo enseñaría, pero lo clavé en uno de los "pinchos" del flequillo de Van Zackal.
- ¿Ese no era el que te...?
- Y luego - prosiguió ella como si no lo hubiese escuchado. - le dije que la próxima vez me comprase uno de porno de enanos, que así vería rabos más grandes que el suyo. - Por respeto, Harlan se contuvo una carcajada, pero vio venir que la cosa no había acabado ahí. Por lo visto, aún quedaba lo peor. - Luego Jim Grim me miró a los ojos, desde su sillón, y me dijo con su reposado tono de sorna "Últimamente he percibido en ti una cierta decantación hacia tus mayores. ¿Ya conocen de tus... Artes?" - En ese momento Yvette notó ese sutil espasmo de crispación silenciosa que aparecía cada vez que Harlan se cabreaba en serio. En sus primeros días como equipo le indicó cuando había estado a punto de morir después de haber lanzado una pulla. Sus ojos se entrecerraron y respiraba profundamente, con las aletas de la ancha nariz muy abiertas y la mandíbula tensa y apretada. - Har... - La mirada seria, casi suplicante de su compañera logró instar al turco a tranquilizarse, muy en contra de lo que realmente deseaba, sin embargo, por respeto, Harlan Inagerr se calmó y la dejó proseguir.
- ¿Que le respondiste? - Preguntó al ver que ella no empezaba a hablar.
- Me ofendí... Sentí ganas de empezar a tiros con él, pero me contuve. Montes, Van Zackal, Grim, y unos cuantos más me miraban desafiándome a hacer algo, pero me mantuve quieta. "¿Probarme?", les dije. "¡Querrás decir que aún no los probé yo a ellos! Y siendo honesta: Despues de haberme divertido con vosotros, lo que me apetece es un hombre de verdad" - Harlan sonrió levemente, culpándose por no haberse dado cuenta de que ella sabía mantener el tipo sola.
- ¿Cual fue su respuesta? - Preguntó
- Me dijo que me mataría. Que no había mujer viva que no hubiese vivido la mejor noche de sexo de su vida con él, así que, por el bien de su reputación, yo debía morir por mentirosa. - Harlan había empezado a sonreír, lo cual era sinónimo de violencia casi inmediata. Ella se anticipó continuando la historia antes de que él tuviese tiempo de hacer nada. - Yo lo reté. Le dije "Se lo que tienes entre las piernas, pequeñín, y no vi cojones suficientes para algo así"... Y él sacó su pistola. Apuntó hacia mí y dijo "Bang!" mientras sonreía. Me limité a levantar una ceja, poner cara de poker e irme despacio, dejándolos con sus carcajadas. Si te digo la verdad, llegué a creer que me iba a disparar por la espalda.
- ¿Crees que hará algo?
- No lo se... Es un loco impredecible. No se si lo decía en serio o solo quería asustarme, pero ahora la pregunta: ¿Te caigo bien?
- Le caíste bien a Rosemary Krauser, niña. Eso es un voto de confianza para todo el grupo. - Intentó tranquilizarla.
- Bueno... Es un alivio saber que no me he quedado sin amigos... - Sonrió ella, no sin cierto sarcasmo. - Pero bueno... La verdad es que cuando se os conoce sois majos... Incluso Svettlana.
- ¿Majos? - Ahora si que Harlan estaba sorprendido. - Somos Peres, Varastlova, Kurtz e Inagerr. Somos los cuatro turcos más veteranos, duros y cabrones que han pisado Midgar, y no nos ascienden porque en el momento exacto en que uno de nosotros deje de pisar las calles el índice de criminalidad subirá un 10%. ¿Eres capaz de imaginarte cuantos años hace de la última vez que alguien nos llamó "majos"?
- Menos de los que merecéis, probablemente, pero todos tenéis ese encanto del rollo "vieja escuela"... ¡Hasta tengo ganas de conocer mejor al cara cortada!
- No me extraña... ¿Sabes quien pateó a Van Zackal y Montes y disparó en el brazo a Garrison?
- Estas de broma... - Los ojos azules cristalinos de Yvette se abrieron de par en par por la sorpresa.
-Oficialmente lo estoy: Esto no ha pasado nunca. ¿Entiendes? - Ella asintió, pero tenía esa sonrisa incrédula de alguien que acabase de ganar la lotería. - Pero bueno... Si quieres conocerle, arranca. Nos ha tocado el dudoso honor de ir a decirle que su excedencia ha sido revocada. – Algo parecido a una sonrisa había aflorado en los labios de Yvette, pero rápidamente se extinguió, consciente de que no les esperaba nada agradable.
-¿Qué órdenes tenemos?
-En hora y media tenemos que estar ante el trono, para recibir instrucciones sobre ese jodido meteorito de parte del presidente Rufus en persona: Se ha declarado el estado de excepción, lo que significa uso de armas especiales: Cuando recojamos a Scar, habrá que ir por el cuartel a por kevlar y artillería. – La alusión al principal despacho de la ciudad era clara: No se admitía demora alguna, y no iba a ser nada bueno.
Tras agilizar los tramites circulatorios con algo de la temeridad que caracterizaba el estilo de Yvette al volante, aparcaron el coche en el descampado del mercado viejo, en el sector dos, frente al edificio donde vivía el antiguo compañero de Harlan. El portal estaba abierto, y subieron los 5 pisos en silencio. Yvette estaba algo ilusionada, pero al ver la seriedad con la que iba su compañero se olió que no iba a ser agradable.
Nadie respondía a sus llamadas. El timbre parecía a punto de fundirse de tanto uso y el continuo aporreo hacía crujir la puerta. Dentro se oían los lamentos de un perro, y algunos ruidos extraños, concluidos con un “perro de los cojones” dicho con voz pastosa, antes de que la puerta se abriese. Lo que vieron ahí dentro, dejó a los visitantes anonadados: La casa estaba hecha una mierda, llena de muebles tirados y algunos rotos. Caminaron hacia el salón siguiendo los pasos que oían al dueño, errantes y torpes, seguidos de los gemidos de un perro negro al que veían dirigirse hacia un cuarto que parecía una zona de guerra. Había un par de pistolas tiradas sobre una mesita, rodeadas de botellas vacías de cerveza y vodka, y cargadores y balas esparcidos por todo el suelo. La televisión estaba encendida, ignorada en un rincón mientras un informativo especial interrumpía la emisión. El abnegado perro se subió a un sillón, encogiéndose para no provocar la ira de su amo, siendo su única compañía y vigilando que no levantase la voz, o rompiese cosas. El estado en el que Harlan e Yvette encontraron a Kurtz era desesperanzador. Estaba tirado en el sofá, totalmente borracho, acabando una botella de vodka mientras se entretenía cogiendo balas y lanzándolas contra el techo.
-Hola rubita. Hola, Har. – Comentó el anfitrión sin cesar en sus lanzamientos, con el ánimo apagado.
-Hola, Jonás. – Dijo su antiguo compañero, con voz grave y tono neutro, a la espera de que le diesen alguna explicación del caos reinante. El silencio no hizo sino confirmar sus peores sospechas. - ¿Por qué se fue?
-Miedo. – Dijo Kurtz, tras un breve silencio. Había estirado el cuello y dejado caer la cabeza desde el borde del sofá, y ahora miraba a sus visitantes bocabajo. – Tiene miedo de lo que yo represento. De lo que ha vivido, y de las pesadillas sobre la puta guerra que jodió su vida y la mía. Tiene miedo de vivir con un asesino de su pueblo, y de estar ignorando todo el sufrimiento y el horror de esos años al ser feliz aquí, conmigo, mientras su país lucha por reponerse y es pisoteado por ShinRa una y otra vez. Tiene miedo de no luchar por algo que cree que debe luchar, o no sabe porque, o que... No se, joder... El caso es que se ha ido.
-¿Lo habéis dejado? – Intervino Yvette, segundos tarde para darse cuenta de la mirada de Harlan que le sugería cederle el control de la conversación.
-¿Qué si lo hemos dejado? – Preguntó, enfocando sus ojos marrones hacia ella. Era una mirada llena de violencia contenida: Esa ira irreflexiva que producen en algunas personas el miedo y la incertidumbre. – “Dejarlo”... Puta palabrota... ¡Que mal suena, la hija de puta!... – Kurtz se incorporó. En un caso extremo, Yvette se creía capaz de defenderse: El veterano estaba borracho, y Harlan acudiría a separarlos... Pero el modo en el que la encaró la hizo dudar como no había dudado en mucho tiempo. - ¡No! – Dijo alzando la voz, con una sonrisa cínica. - ¡No lo hemos dejado! ¡Seguimos siendo novios! ¿Y sabéis por que? ¿Eh? – Scar los señalaba, haciéndoles sentir incómodos. - ¿Sabéis por que, malditos hijos de puta? – Gritó haciendo aspavientos, como si se lo dijese al mundo entero. - ¡Por que Shyun Tsuun Fo Aang es gilipollas! – Y rompió a reír.
Harlan e Yvette lo miraban sintiendo compasión hacia la piltrafa humana que se alzaba entre ellos, buscando una botella en la que quedase algo que beber, para dirigirse a la ventana y mirar largamente la calle, como si esperase verla entre las farolas, caminando hacia la entrada del edificio.
-Gilipollas... – Siguió Jonás, tras acabar el vodka. Tiró la botella al suelo, que cayó sobre la alfombra rebotando un par de veces y rodando hasta los pies de Yvette, que la recogió y la puso sobre la mesa. – La muy gilipollas me ama. – Rió mientras se dejaba caer contra la pared, sentándose en el suelo. – Me ama, y me teme. A mi y a todo lo que yo represento. Dice que necesita aclarar sus ideas, y olvidar la guerra del todo, antes de volver aquí.
-¿Y todo esto? – Preguntó Inagerr, señalando a las balas que Yvette recogía e iba colocando en cargadores. Él mismo cogía algunas y se las iba pasando, consciente de que era mejor ganar tiempo.
-Quería tener las pistolas cerca... Para... ¡No lo se!... Pero también las quería inutilizadas, para no hacer ninguna estupidez.
-¿Ibas a pegarte un tiro? – Harlan estaba escandalizado. Nunca habría esperado eso de su compañero. - ¡Maldita sea, Jonás! ¡¿Ibas a suicidarte y matar contigo cualquier posibilidad de volver a vivir junto a Aang?!
-¡Come mierda y muere, puto subnormal! – Gritó Scar, lanzando una botella contra su ex-compañero que estalló en mil pedazos contra una pared próxima. - ¡Siempre has tenido un jodido matrimonio perfecto, con dos hijos increíbles, puto maricón! ¡Ni te imaginas lo que es esto! ¡Ni te imaginas lo que es vivir sabiendo que eres la peor pesadilla de la puta persona más importante de tu vida! ¿Me has oído, cabronazo? – Harlan aguantó el tipo, pero agachó la cabeza. – ¿Sabes por qué hay un arma de fuego junto a mí? ¡¿Lo quieres saber?! – Yvette estaba asustada. Inagerr permanecía quieto, frente a su amigo, erguido e impasible, mientras Scar estaba poseído por la rabia. Tenía los ojos enrojecidos, respiraba fuertemente, y su cuello estaba totalmente tenso, como si apretase la mandíbula. Sus manos, crispadas, zarandeaban con fuerza a Harlan, al que tenía agarrado de las solapas. – La persona que más quiero en este mundo me miró fijamente, antes de irse, como si yo fuese un monstruo, Har. ¡Un monstruo! Y cada vez que se me pasa la borrachera no puedo evitar preguntarme si realmente seré un monstruo... Y si como tal no será mejor que me quite de en medio.
El tío más duro de todo el cuartel de Turk estaba destrozado. Sus rodillas parecían incapaces de sostenerle, y su cara estaba enrojecida por la rabia. Llevaba días borracho, sin asearse o siquiera dormir en condiciones y estaba ojeroso y demacrado. Era la ruina de lo que había sido... Su voz estaba rota, evidenciando un nudo en la garganta. Parecía que iba a decir algo, pero no se veía capaz. Entonces gritó. Yvette se quedó bloqueada en un primer momento, tanto que cuando al fin fue capaz de moverse, Scar ya había estampado a Inagerr contra la pared, y lo tenía agarrado por el cuello con una mano, mientras la otra golpeaba su cara con la fuerza de un animal enloquecido. Cuando el turco finalmente logró alzar las manos para defenderse, su amigo lo agarró de las solapas, cruzándolas para estrangularle, mientras pegaba un tirón con el que desequilibró a su corpulento ex-compañero, aprovechando para clavar su rodilla en el plexo solar de este. Fue entonces cuando una botella se rompió en el lado izquierdo de la cara de Kurtz, cegándole con una nube de astillas y cristales rotos. Yvette sabía que no tendría tiempo para hablar, así que aprovechó la ventaja de atacar desde el flanco para castigar a puñetazos las costillas del enloquecido turco, mientras el perro ladraba furiosamente desde el otro lado de la sala, confuso, pero enseñando unos dientes muy seguros de si mismos. Intentando aprovechar el factor sorpresa, la turca pateó la parte trasera de la rodilla del veterano, intentando derribarlo, pero este dejó su pierna ir, cambiando el peso a tiempo y aprovechando el movimiento para patear la entrepierna de su otro rival, ganando tiempo para dedicárselo a la novata. Con su mano izquierda agarró una botella de entre las que había tiradas y la arrojó con fuerza contra ella, aprovechando el momento en que intentaba detenerla para abalanzarse y patearle el estómago. Acto seguido, empezó una serie de puñetazos a la cara esperando a que ella levantase los brazos para protegerse, momento en que agarró uno de ellos, pegando un tirón que dio paso a una llave sencilla pero efectiva, que hizo a la joven agente caer al suelo, vaciándose de golpe el aire de sus pulmones. Un fuerte puñetazo en la frente hizo que su cabeza rebotase contra el suelo, aturdiéndola aún más, junto a la falta de oxígeno. Al ver a Inagerr recuperarse, Scar actuó por reflejo, aprovechando el movimiento con el que se incorporaba para impulsar un codazo hacia el torso, pretendiendo dejar sin respiración al inmenso hombre negro, pero este vio venir el golpe y estaba preparado para encajarlo, y listo para sacudir la cabeza del violento borracho con dos puñetazos simultáneos, uno en cada sien. No dudó en aprovechar los segundos que acababa de ganar en atacar de nuevo, castigando la cabeza de Kurtz con una serie de puñetazos, haciéndole retroceder, mientras le partía el labio. Harlan se preguntaba cuanto aguantaría su ex-compañero antes de caer, pero perdió la oportunidad de descubrirlo cuando su serie de golpes se ralentizó medio segundo para respirar. Aún no había acabado de tomar aire cuando fue agarrado de la ropa por Scar, que se dejó caer hacia atrás, rodando ambos, de modo que quedó sentado sobre su amigo, que estaba tumbado boca arriba en el suelo, encajando un golpe tras otro. A Harlan lo salvó la caballería, formada por un único y valiente perro que demostraba ser más sensato que su amo. Etsu se arrojó contra Scar, derribándolo antes de que pudiese ensañarse demasiado contra Harlan. El perro, para su desgracia, no recibió un trato especial, sino que el puñetazo que tuvo que encajar fue el mismo que recibieron el resto de los que se opusieron a Kurtz, que se levantaba con una mirada asesina.
-¡Se acabó! – Gritó Yvette, amartillando su pistola. – ¡Maldito loco de cara rajada, si das un paso mas te vuelo las rodillas!
Kurtz se detuvo en seco, tanteando a escondidas en busca de algo con lo que improvisar una escapatoria, mientras Harlan se levantaba magullado, lentamente. Etsu ladraba como un poseso hacia Yvette, tras cambiar de bando descontento por la jugada de sacar un arma.
-Hijos de puta... – Murmuraba Harlan, interponiéndose entre sus compañeros levantando las manos, mientras Etsu se sentaba, aliviado de no ser el único cuerdo de la sala. – Yvette, guarda el arma. – Dijo con calma.
-¿Qué? Har, maldita sea... ¡Tienes que estar de broma! ¡Ese psicópata se abalanzó sobre ti sin motivo!
-No fue sin motivo, y ahora baja eso, por favor. No quiero que esta mierda vaya a más.
-¿Qué no que? – Preguntó ella, incapaz de pensar con claridad y temblando por el subidón de adrenalina, mientras un hilillo de sangre caía desde su frente y otro desde la comisura de sus labios. Sus ojos no se apartaban de él, agachado al otro lado del salón, mirándola atento a cada movimiento. Sus ojos oscuros ardían, mientras todo su cuerpo parecía inmóvil, excepto por la respiración. Desarmado, magullado y en inferioridad numérica, Jonás “Scar” Kurtz la miraba atento a cada gesto, a cada detalle. Para él la pelea aún no había acabado, simplemente esperaba. En ese momento, Yvette se dio cuenta de que, a pesar de sus diecisiete balas de nueve milímetros, no tenía el control de la situación. Levantó la mano izquierda y con la derecha guardó el arma, agachando la cabeza, derrotada. Satisfecho, su compañero se giró hacia Kurtz.
-Y tu, tíralo. – El aludido se incorporó, dejando sobre una mesa el puntiagudo trozo de vidrio que escondía en la mano izquierda, oculta tras su cuerpo.
-Joder... Lo siento mucho. – Dijo el anfitrión, recobrando la cordura. – Estoy hecho una mierda, Har. Peor que nunca. Necesito a esa mujer, y la necesito más que el aire.
-Tranquilo, tío... – Harlan le dio un abrazo, ante la confusa mirada de Yvette. – Ya sabes lo que se dice: Hoy por ti...
-Estáis locos... – A la pobre mujer le iba a dar algo. El sabio y maduro veterano se abalanzó como una bestia furiosa sobre los dos, y los habría matado de no ser por el maldito perro, y ahora se daban abrazos. Sin embargo, en el fondo, no pudo evitar entenderlo. Kurtz estaba destrozado... Desesperado. Estaba a punto de derrumbarse y necesitaba una válvula de escape. Perdió el control, pero a todo el mundo le podía pasar. Claro que con su entrenamiento era mucho mas peligroso que un ataque de rabia de cualquier hijo de vecino, eso había quedado patente, pero aún así, Yvette no pudo evitar reconocer el pobre intento de un hombre desesperado por no derrumbarse. – A ver, par de vejetes... Hacedme un sitio en el abrazo o vais a parecer gays. – Dijo ella, mientras los agarraba a ambos. – Y tu, cara cortada, por lo que más quieras: ¡Dime que te queda algo de vodka!
Una hora más tarde, Turk al completo se erguía en el despacho del presidente Rufus Shinra, escuchando órdenes precisas de acabar con cualquier alteración del orden que pudiese surgir a raíz de un fenómeno astral inusitado: Un cometa había aparecido en el cielo, y las suposiciones del departamento de ciencias eran unánimes: Su trayectoria era de colisión. Por el momento, el cometa no era más que una pequeña y lejana llama roja en el firmamento que se iba acercando a gran velocidad a cada segundo que pasaba, como un siniestro reloj en cuenta atrás, marcando el tiempo que le quedaba al planeta.
Los hombres y mujeres allí presentes vestían chalecos de kevlar reforzados, y llevaban escopetas, subfusiles y algunos fusiles de asalto. La situación no estaba para bromas, y no hubo chiste alguno entre las dos facciones en las que se dividía la organización.
Harlan e Yvette compartían aspecto impasible, desastrados por la paliza pero erguidos y orgullosos. Armados él con una escopeta Bonfire del calibre 12 y ella con una carabina MF22A4. El, a pesar de estar allí, escuchando órdenes que iba a cumplir aunque le pesasen, tenía claro que antes que turco, era marido y padre. En ultima instancia, Midgar entera podía irse al infierno, con tal que sobreviviesen Grace y los niños. Yvette, que no tenía tantas responsabilidades, se limitaba a observar sin mostrar la tristeza que la embargaba. El mundo se iba a la mierda, a pequeña y gran escala, y la peor sensación que había vivido nunca, volvía para tomar nuevamente el control de su vida: La impotencia.
Kurtz agarraba firmemente su viejo fusil MF22A1 modificado, erguido junto a su nueva compañera Svettlana, mientras escuchaban las órdenes. Los golpes y la resaca lo habían dejado para el arrastre, pero más le dolía llevar el arma que había destrozado el país de Aang, y ver que sus brazos agradecían su presencia y su peso, como si fuese un amigo largamente añorado. Sin embargo otra cosa había traído consigo, más cerca de su corazón, bajo el chaleco de kevlar y el uniforme de turco, enganchado a la cadena que tenía sus tres placas de identificación, dos con su nombre y grupo sanguíneo y una con su nombre en clave, la única que llevó durante su época en el batallón de black ops, en la que solo ponía “Tigre”. Al lado de esos tres testigos de su vida como soldado durante la que Scar había matado, por muchos y diversos motivos, pendía un anillo de oro, sencillo pero elegante, a la espera de ser entregado a la única mujer que podría suponer para un superviviente nato como Jonás, un motivo por el que dar la vida.
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Llevo tres días sin salir de casa. No he padecido enfermedad alguna, si es lo que preocupa a mis lectores, sino que afortunadamente gozo de buena salud. El tema es que nunca os imaginaríais lo literal que puede ser la palabra “afortunadamente”. Hoy hace ya cuatro días desde que es visible un cuerpo celeste nuevo en el firmamento. Incluso su brillo es tal que prevalece sobre la contaminación lumínica de la ciudad (una de las muchas que tiene, todo hay que decirlo). No llevaba ese cometa diez minutos ahí arriba cuando las calles ya se habían inundado de teorías. ¿Es una profecía? ¿Una señal, quizás? ¿Una nave extraterrestre? ¿Un dios? ¿Será amistoso u hostil? Amigo o enemigo, en resumen.
Al principio la gente estaba maravillada. El cometa es una figura hermosa aunque inquietante, avistable a simple vista desde la puesta del sol hasta el amanecer. Me pasé una noche entera, observándolo desde la casa de un amigo que tiene la fortuna de vivir en la placa superior. Hicimos una pequeña reunión, una cena, vino, risas... La verdad es que lo pasé muy bien. Era un pequeño refugio de la dignidad humana, una Arcadia formada por mis cuatro mejores amigos, cena, vino y jazz. Pues bien: La cena acabó y salimos a la calle. No habíamos dado dos pasos cuando nos cruzamos con un hombre enloquecido por la visión de lo que el llamaba “un astro de la perdición, que viene a ejecutar nuestra sentencia”. Tenía materia de fuego, y desató el caos en la calle. Veinte personas murieron delante de mis ojos, destrozadas por descargas flamígeras que surcaban el aire más rápidas de lo que la vista era capaz de percibir. Ese pobre loco habría aniquilado toda la ciudad en nombre de la salvación. Preocupado por evitar que nuestras almas acabasen en el infierno, nos quiso mandar a todos al cielo cuanto antes. Había desatado su propio hades en la calle, y cuando estaba a un metro de distancia de donde yo me hallaba oculto, me miró. Sus ojos azules muy abiertos y su melena y barba crispadas y sus manos tensas... Era un hombre desesperado. Me miró, como ya dije y habló conmigo: “Entiéndalo, no podría soportar verlos sufrir”, fueron sus palabras, antes de ser abatido por tres disparos en el pecho. Al desplomarse pude ver su cara. Reflejaba incredulidad, pero también pena. Intenté ponerme en su piel y lo comprendí: No esperaba sobrevivir, solo “salvar” a todas las personas que pudiese. Era consciente de que sus intenciones serían malinterpretadas y se le mataría por ello, y eso quedó claro cuando oí como suspiraba sus últimas palabras: “Solo veinte almas... Tan pocas...”
He estado tres días enteros sin moverme de casa, pensando sobre ello, y en esos tres días solo se formó un silencio oficial por parte de Shin-Ra. Nadie anuncia, confirma o desmiente nada, y los rumores crecen. Hay optimismo a veces, y otras se cree que nos quedan dos telediarios. La vida se ha vuelto peligrosa y miserable, cada vez más. Estamos ante nuevas amenazas y nuevas formas de morir, con la presencia cada noche de una inmediata y drástica, que trata sobre la absoluta aniquilación de toda la vida del planeta, y con ella, el material del que nacen los héroes, los villanos, los amigos para siempre y las leyendas: El recuerdo. La imagen que queda de uno más allá de su propia vida.
Toda persona aspira a dejar su impronta en el mundo, cuando se haya ido. Sus planes para lograrlo son más o menos ambiciosos o a veces espectaculares, pero siguen estando ahí: Si hay un miedo mayor a la muerte, ese es el miedo a caer en el olvido. Por eso, muchas veces cometemos heroicidades y estupideces. Es un impulso egoísta quizás, que, pensándolo fríamente, no hace sino un flaco favor al mundo. De todos modos, escribir una columna de opinión es de por si un acto de egoísmo, aunque sin embargo no sería nada de esta sin contar con un grupo de lectores fiel al que se podría comparar casi con una segunda familia. Pues bien: Mi intención en este artículo es disculparme con todos ustedes, ya que quizás les estropee el pequeño placer que significa leer esta humilde reseña periodística a diario, motivada por el morbo de ser escrita por una persona desconocida de sexo indeterminado. Sin embargo, no puedo evitar hacer esto, aunque sepa que mi decisión está motivada por el egoísmo y el miedo. No quiero que en mi tumba ponga “Al soldado desconocido”, y espero que ustedes, apreciados lectores comprendan el paso que estoy dando:
Soy un hombre de veintinueve años que trabaja de colaborador en el canal 4 de noticias de Shin-Ra, llevando cafés y comiendo mierda en general, muerto de asco con la caterva de trepas que me impide crecer y vive bajo la placa, esperando a que surja su oportunidad de triunfar, como todos en esta vida. Me llamo Kazuro Kowalsky, y me alegro mucho de haberlos conocido. Hasta el artículo de mañana... Y hasta siempre.
Fdo: King Tomberi.
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Vuestro mundo no es el mío... Vuestras vidas son tan distintas que parecemos especies diferentes, y aún así, no me distinguiríais entre vosotros si nos cruzásemos por la calle. Vuestra vida transcurre de día. La mía empieza al caer la noche. Muchos conocidos, románticos, chistosos o simplemente gilipollas, me han comparado a veces con los vampiros, pero no: Solo de noche es cuando vosotros desaparecéis, y dejáis de entorpecer mi mundo: Un mundo con unas reglas muy sencillas formadas por infinitas directrices variables y complicadas que se entrelazan cada vez que hay que aplicarlas, resumidas en una sola frase: Cágala y habrás muerto.
No estoy yo solo recorriendo la ciudad de noche, con la única compañía de la radio, sino que cada vez son más los que me acompañan. A veces compañeros, a veces rivales. Enemigos incluso, aunque esto no es nada raro. Es lo que tiene la competición.
He vendido mi alma y todo lo que me representaba para tener lo que ahora estoy probando, y aunque sé que el precio que habré de pagar, será caro, el premio lo vale. He perdido el contacto con el suelo, y cada tramo del camino parece más y más irreal. Tanto que a veces, el mundo se desdibuja mientras avanzo. La adrenalina surca mi cuerpo con la fuerza de las mareas, y el ruido ensordece mis oídos a la vez que acelera el ritmo de mi corazón. ¡Incluso me tiembla el pulso! Han pasado años desde la última vez que esto fue así, y sin embargo ahora no me cuesta recordar lo joven e inexperto que era entonces, pues exactamente así es como me siento ahora. Curvas que conocía como si me hubiese criado en ellas eran nuevas y extrañas. Cada maniobra era imprevisible, y poco a poco fue dominada a base de entrenamiento.
Mi mundo es simple, y así son sus reglas: Izquierda, derecha, freno, embrague, palanca y acelerador. Cualquiera puede creer que lo conoce. El coche es nuevo; un flamante Shinra Cavalier, y han hecho falta semanas de trabajo a tiempo completo para prepararlo, instalando el nuevo motor, corrigiendo el equilibrio en general, la suspensión, los frenos... Nadie que lo viese podría imaginarse la bestia que es en realidad, y sin embargo, ya no me siento igual con él. Ya no soy un espíritu negativo de perdición, ni un guerrero ni nada parecido. No soy ningún símbolo de autoridad ni sello de referencia para surcar las calles al volante de esta atrocidad mecánica. Simplemente, cuando lo conduzco, estoy vivo y soy libre. Esta no es la única forma que tengo de sentirme así, pero indudablemente es la mejor. En mi corazón no hay latidos, sino revoluciones por minuto. El porcentaje de agua en mi cerebro ahora es pura adrenalina. Mis ojos perciben todo: Las luces cambiantes de los semáforos, con su rutina habitual, las calles más transcurridas, los callejones transitables, los radares de tráfico... Simplemente busco la mejor carretera, piso el acelerador y vuelo.
Mi vista empieza a estar cansada, el depósito de gasolina llega a su fin y el motor empieza a calentarse demasiado. Además, estoy gastando demasiado los neumáticos. Sin embargo, algo me dice que debo hacerlo. El hombre a quien acepté seguir a cambio de este coche parecía preocupado por los acontecimientos seguros, y la aparición del cometa en el firmamento es sin duda un acontecimiento. Llevo cuatro horas seguidas al volante. Empiezo a estar agotado, pero es igual. Debo seguir entrenando... Algo va a pasar.