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viernes, 9 de agosto de 2013

226

A pesar de los días transcurridos tras la confesión de su despido las cosas no iban mucho mejor en casa de Elliot. La relación con Marie se había vuelto tensa. No discutían, pero el científico casi habría preferido eso al silencio que seguía y que remarcaba cada cosa que se dijeran. Marie estaba ofendida, y sumamente decepcionada. Comprendía por lo que estaba pasando su marido, pero al mismo tiempo se sentía herida. En una relación que casi podría tildarse de perfecta, aquel era el primer golpe serio, y Elliot no tenía del todo claro cómo arreglarlo. El enfado de ambos (tanto el justificado de ella como el arrebato de él) había pasado, sí, pero le iba a costar mucho recuperar su confianza.

Elliot maldijo, no por primera vez, ser capaz de manipular la corriente vital en un laboratorio y al mismo tiempo ser incapaz de arreglar su matrimonio. Su trabajo no había sido perfecto, pero sí su habilidad para llevarlo a cabo. Su matrimonio sí que había ido a las mil maravillas, pero ahora quedaba claro que sortear aquella situación no era tan sencillo como ajustar un colector de salida de mako.

Por eso, al igual que antes de contarle su ignominiosa marcha de las oficinas de Shinra, ahora pasaba bastante tiempo fuera. Concretamente, en cualquier bar que tuviera hueco suficiente para un fracasado más con ganas de ahogar sus problemas empujándolos a unos rápidos de alcohol. Para un bebedor ocasional como Elliot esto era bastante fácil. A veces bebía cerveza en casa, para acompañar a la cena o por puro capricho, y los únicos días que tenía costumbre de tomar algo más era cuando quedaba con sus viejos amigos de la universidad. Así que cuando terminó de cogerse la borrachera había ahorrado mucho en tiempo y dinero en relación a otras personas más resistentes al alcohol. También consiguió una preciosa resaca, que le pareció la cosa más dolorosa e intensa que cualquier enfermedad o herida que hubiera tenido hasta la fecha.

Marie no dijo nada al respecto de sus ausencias. La situación no era de su agrado en absoluto, pero ¿qué podía decir? Seguía haciendo el día a día como de costumbre. El dinero entraba en casa gracias a su labor de redactora, con lo que había bastado con suprimir un par de cosas superfluas para compensar gastos domésticos. En cuanto a Elliot, ni se preocupaba ya por el dinero. No tenía ganas de ponerse a buscar otro trabajo. Además, ¿para qué? Con el Meteorito brillando sobre sus cabezas, sus pensamientos tenían un tinte aún más fatalista. Cualquier cosa que se le pasara por la cabeza, tanto buena como mala, se convertía en una trivialidad al lado de la gran bola de fuego. Y la resaca no se le sacaba de encima esas ideas. Para alguien racional que se servía de la mente para casi todo, era lo mismo que la invalidez.

Durante una de sus visitas a la Tower of Arrogance se encontró con Sigurd y Ranier, dos de sus viejos compañeros, que acababan de dejar la zona VIP del local al terminar un concierto. Hacía cerca de una semana que no los veía. El único contacto con la panda en ese tiempo era la llamada de Edmond. Ed sabía quedarse callado, y lo hacía, pero sólo cuando se acordaba de ello.

Como esperaba, no había tardado ni una hora en comentar los detalles de su confesión (los que Elliot le había contado, claro, sumado a sus propias impresiones y conjeturas) tanto a Sigurd como a Ranier. El primero estaba visiblemente preocupado. A Ranier, cuya cara solía permanecer siempre seria, se le notaba interesado. Sus reacciones no solían ser lo que se dice entusiastas, pero era bueno escuchando, justo al revés que Ed.

- Prolongar la agonía de la confesión sólo os habría supuesto más dolor en llegando el temido momento. Creo que has hecho bien – manifestó con su manía de hablar a la antigua.
- Claro, no iba a poder ocultárselo toda la vida. ¿Qué otro remedio me quedaba?
- Ninguno sincero, amigo mío. Ninguno sincero.
- Lo que no me gusta es que hayas decidido darte a la bebida. Si lo hubieras hecho en la universidad o con motivo de una cena sería otra cosa, pero así... Esto no te está sentando nada bien. Mírate. ¿Cuánto tiempo llevas en este estado? - le reprochó Sig.

En honor a la verdad cabe destacar que, junto al atildado y flemático Ranier, o el trajeado y apuesto Sigurd, Elliot parecía aún más desaseado en su ropa de calle. No se había preocupado de peinarse o afeitarse, y el rebelde cabello castaño estaba a su aire. La camisa blanca estaba arrugada, como si la hubiera estado usando varios días seguidos.

- ¿Qué te piensas? Sólo he tenido una pequeña borrachera, eso es todo. No es como si fuera alcohólico – dijo hoscamente.
- Puede ser, pero tú nunca has sido de darle a la botella, y que lo hagas no me parece buena señal.
- ¡Para señales estamos! ¿Quieres una señal? ¡Mira al cielo! Hay una señal preciosa, roja como un bom de miles de toneladas. Tranquilo si ahora la ves mal, no tienes por qué preocuparte… ¡porque se verá mejor conforme se acerque! – estalló. Ni Sigurd ni Ranier se lo tomaron a mal, ni tampoco se contagiaron con su pesimismo. Elliot estaba en el bar desde antes de que llegaran y el alcohol ya empezaba a obrar su efecto.
- ¡Oh, deja que Shinra se encargue de eso! Si por problemas fuera, también Arma lo es, uno bien grande, y no te veo despotricar sobre él. De todos modos, ¿no crees que si el cañón de Junon está aquí ahora puede ser precisamente para destruir ese pedrusco?
- Sigurd lleva razón en esto: le das muchas vueltas al majador, pero los únicos ingredientes que en él viertes son los pasados, los malos y los que están más allá de tu alcance. En lugar de tomar como propios problemas a los que no puedes poner coto y de los que no gastas responsabilidad, deberías centrarte en lo que puedes atajar – apuntó Ranier.
- Ya… ¿Y qué sugieres? – preguntó hoscamente. Sin embargo, fue Sigurd el que contestó.
- Para empezar, estaría bien que te saques de encima todo el asunto del despido, de Marie, y de Meteorito y Arma, y cualquier cosa que no puedas arreglar tú mismo. Lo que más necesitas es una ducha, un afeitado y algo de ropa decente. Después, cuando empieces a ser persona, podrás ponerte a buscar un trabajo. Tienes estudios y un buen currículum, algo te saldrá. Apuesto a que en cuanto Marie te vea de nuevo volver a tu antiguo tú, se lleva una alegría.
- Te olvidas de algo: esos estudios y ese currículum están especializados en el trato de materia y energía mako. Y Shinra ahora tiene paralizados unos cuantos de sus departamentos por culpa de ese dichoso cañón y su parafernalia. ¿Qué otra empresa conoces que trabaje con mako, Sig?

El administrativo abrió la boca dispuesto a responder, pero no dijo nada. La lógica de Elliot, aunque apestase a alcohol, era correcta. Claro que si se lo proponía encontraría trabajo, le pasaba a mucha gente. O así debía ser, porque era una frase que se escuchaba mucho entre otros técnicos de Shinra que habían recibido la patada de sus respectivos departamentos. Los tres se enmudecieron durante unos minutos, en los que no hicieron nada salvo beber en actitud pensativa y mirar fijamente la barra o ese punto tan atrayente que se encuentra más allá de todo lo que se tiene delante y que nadie más ve. En eso, Ranier giró la cabeza y miró a Elliot.

- ¿Qué hay de ese innovador industrio tuyo?

Elliot le miró sin comprender.

- ¿Qué pasa con eso? - inquirió volviendo a beber.
- ¿Aún tienes el proyecto, no? Si mal no recuerdo, no llegaste a alumbrarlo.
- Sabes que no – admitió –. Leman no quiso oír hablar de ello. Ya os he contado cómo es para con las cosas nuevas.
- ¿Y qué hay de construirlo tú mismo? Que sepamos, nunca llegaste a construir un prototipo de tu creación – aseveró. Sigurd le giró para mirar a su serio compañero. Creía saber por dónde iba Ranier.
- ¡Claro que no! Costaría demasiado. Necesitaría piezas, materiales caros… sin mencionar acceso a materia y a energía mako. De lo contrario sería incapaz de probar su funcionamiento – replicó, intrigado por ver a dónde quería llegar su amigo.
- Pero si tuvieras contante, lo fabricarías, ¿verdad? - dijo con intención. La sonrisa de Ranier se perfiló como un espejismo en el desierto.




Las asépticas salas de aquel lugar (un hospital de uso exclusivo para los SOLDADO, en la planta inferior a la de su departamento) eran de todo menos acogedoras. Muchos de los agentes detestaban tener que pasar por allí, tanto por lo que implicaba su estancia como por el aspecto de las habitaciones, que parecían haber sido hechas con el mismo patrón frío y anodino de una cubitera. Eso por no mencionar al personal; se asemejaba a la mezcla entre la típica imagen del enfermero siniestro y el médico autómata. Aunque podía ser peor; por suerte, en la mayoría de casos no se requería de la visita del jefe del departamento científico, alguien cuya atención absolutamente nadie deseaba.

Susurro había ido de visita. Su ración de cuidados médicos había durado un día, justo tras el incidente con el monstruo desconocido. Dado que la magia de regeneración curó la mayor parte del daño, únicamente necesitaba que le comprobasen la fractura del brazo. Todavía lo tenía en cabestrillo. No dolía, pero sí le irritaba de cuando en cuando. El Contable se había servido de eso para mantenerle en reserva. Y eso a pesar de haber demostrado que aún era capaz de causar problemas en combate.

Salvo eso, últimamente no había tenido grandes problemas con él. El director, en venganza por haberle pateado su amor propio, le dejaba encargado de trabajo administrativo o del entrenamiento de nuevos reclutas. A Susurro no le gustaba demasiado, y tampoco a la escuadra bajo su mando. Era un oficial terrible que no dejaba pasar una. Un par de días atrás, no obstante, había apoyado a uno de sus chicos, Álex Cove, en su futura promoción a Segunda Clase. Aún le quedaban cosas por hacer, pero ya estaba casi todo en marcha para su ascenso. Otro montón de papeleo, que al menos resolvería gustoso. Pero antes tenía algo que hacer.

El agente herido durante la desastrosa misión de búsqueda en el interior de la placa se encontraba en la siguiente habitación. Él era el motivo de la visita del Segunda Clase. Había formado parte de su unidad durante esa agobiante aventura por los túneles, y junto con el propio Susurro era el único superviviente. Llevaba más de una semana encamado. El resultado para él había sido de un brazo roto y heridas menores gracias a la regeneración mágica, pero su subordinado tenía casi todas las costillas fracturadas o astilladas, un brazo fisurado, y contusiones y rasguños varios. El monstruo le había aplastado el pecho con un latigazo de su cola, haciendo que saliera volando hasta dar contra la pared y arrollándolo. Un humano normal no habría durado mucho, pero él, como sus compañeros, no era del todo normal.

Susurro llamó a la puerta. Se escuchó un carraspeo y un “adelante”. El SOLDADO entró y echó una ojeada a la habitación. Las paredes eran lo bastante blancas como para deslumbrar si les daba luz directa. Tan fría y condenadamente sobria como todas las demás. La calefacción hacía que la temperatura fuera, por el contrario, un poco agobiante. Por suerte, le había tocado una de las pocas habitaciones con ventana (el resto tenía, como mucho, un gran marco electrónico con imágenes del exterior), que se encontraba abierta para paliar el calor.

Kal estaba tendido en la cama, con los brazos por encima de las sábanas. El derecho estaba en idéntico estado al izquierdo de Susurro. El agente de Tercera Clase había estado mirando por la ventana hasta que escuchó la llamada en la puerta. Habida cuenta de su cara de asombro, Kal no esperaba ni por lo más remoto una visita por parte de su superior.

- Buenos días, Kal. ¿Cómo te encuentras?
- Buenos días, señor…
- Deja a un lado el trato oficial. No estamos trabajando ahora.
- Oh… de acuerdo entonces. Pues de momento, no voy mal… aunque cada vez que estornudo tengo la impresión de que me va a estallar el pecho. Cuando llegué me crujía todo.

Susurro asintió satisfecho. Se acercó a la mesita, donde depositó unas revistas. No tenía idea de qué temas le interesarían a su subordinado, de modo que se decidió por traer varias: una de coches, otra de geografía del continente y una tercera sobre mitos y leyendas que él mismo solía comprar. Hubo una pausa de varios segundos, en la que ambos se dedicaron a mirar hacia la ventana. Fue Kal el primero a quien se le hizo incómodo el silencio.

- Gracias por venir a verme, Susurro. La verdad, estaba pensando que si todo seguía igual durante más tiempo, más me valdría largarme a las bravas, o saltar por la ventana. No te puedes hacer a la idea de lo jodidamente aburrido que es este sitio. Mucha tecnología punta pero no hay ni una maldita radio que me quite de darle vueltas a la cabeza.
- Tranquilo, ya no necesitas preocuparte por el monstruo. Lo abatimos hace unos días mientras intentaba escapar a través de los suburbios.
- ¿Sí? Estupendo, un engendro menos. Lamento habérmelo perdido. Si hubiera estado ahí te aseguro que lo habría pasado aún peor antes de diñarla.

Susurro se permitió una sonrisa. Llevaba con Kal desde que le asignaron a SOLDADO. Era un buen tipo, que no se metía con nadie. Sin embargo, como ocurría con todos salvo con Mallet, no trataba al Segunda Clase más que en lo estrictamente laboral, hablando lo mínimo posible de cualquier otra cosa. No es que le cayera mal; simplemente, el oficial parecía preferirlo así.

Mallet. Un bastardo que bien merecía jugar en Primera Clase, o eso pensaba. Al final había terminado más o menos como esperaba, zurrándose con un monstruo. Claro que seguramente le habría gustado un fin algo más épico que correr por un túnel, medio desangrándose por la falta del brazo y maldiciendo a la criatura. Y con él se habían ido su unidad y la del propio Susurro. Las heridas de Aeren, Linsen y Retrid ya eran demasiado graves para que nadie pudiera hacer nada por ellos. Como si supiera que sus pensamientos giraban en torno a ellos, Kal habló.

- Los demás... Los enfermeros no quisieron decirme nada, pero supongo que están...
- Sí – la contestación fue tan lacónica que parecía hasta cruel, aun con el tono neutro de siempre.
- Me lo imaginaba. Maldita sea...

Hubo otra pausa, en la que ambos se centraron en el escaso frescor que pugnaba por atravesar la cálida atmósfera de la habitación. No había mucho más que decir. Susurro ya había cumplido al informar del trabajo terminado, y no se le daba demasiado bien dar ánimos. Tampoco es que pudiera hacer nada por sacar a Kal de allí primero.

- He de irme. Tú descansa, y tranquilo. Te traeré algo más para que leas.

“Así no pensarás más en ello, al menos durante un rato. Porque no es algo que vayas a olvidar mientras vivas”. Susurro se calló esto. No era bueno dando ánimos, pero sí procuraba no desanimar. Eran hechos que el propio Kal descubriría, para su desgracia, a su debido momento. Se acababa de dar la vuelta y agarrar el pomo de la habitación cuando el convaleciente le llamó de nuevo.

- Hay una cosa... No se lo he contado a nadie aún. Antes quería confirmarlo. Contigo, ya que no con el resto de los chicos.

Susurró se volvió y le miró con curiosidad. ¿Algo que no ha contado? ¿De qué hablaba?

- Recuerdas... el último ataque del monstruo, ¿no? - Susurro lo recordaba sólo en parte, pues había sido el primero en ser golpeado por la espalda. El engendro había aparecido detrás de ellos, y tras arrollar al Segunda Clase y tras ensartar en sus garras a uno de los agentes y deshacerse de Kal, había cargado contra los demás y rematado a Mallet. Al último guerrero lo había asesinado casi junto al ascensor. Susurro asintió, dándole pie a seguir.

- Lo cierto es que no estaba seguro de si había visto algo. Casi ni lo estoy ahora... pero por más que lo repaso me digo que sí lo vi. Cuando ese... cuando eso se nos echó encima me di la vuelta. Al principio ni me di cuenta, porque tenía al bicho delante. Entonces sólo me pareció divisar un brillo más lejos, en el túnel por el que íbamos. Luego, medio inconsciente por el golpe contra la pared, seguía mirando en la misma dirección. Je, no podía ni girar la cabeza... Me pitaban los oídos, ni siquiera fui capaz de escuchar qué pasaba, sólo podía ver. Te vi a ti tendido en el suelo, con las heridas en un fulgor verde, y los reflejos de varios fogonazos.

Sin duda, lo de sus heridas era la magia de la materia de Recuperación. Lo otro seguramente habrían sido los fútiles intentos de los SOLDADO de contener a la bestia.

- Entonces me fijé mejor en lo que tenía delante. Me centré en esa lucecita. Era amarilla... un brillo afable. No estaba en la pared, sino en medio del corredor, así que no debía ser un piloto encendido. Vi que se movía poco a poco, y luego, cuando se acercó, me di cuenta de que había una sombra menos oscura que el fondo. Era una silueta que me recordó a una persona... pero antes de quedar inconsciente me dije “no puede ser, los que quedamos estamos aquí”.

Susurro escuchaba con interés, sobre todo al llegar al punto del “brillo en medio del corredor”. Tanto él mismo como su equipo habían sido recogidos por otro grupo de SOLDADO y fuerzas de seguridad de apoyo despachados en su busca en cuanto no contactaron ni regresaron a la central. Ellos, y los cuerpos de sus compañeros, eran lo único que había salido de allí entonces.

- Tú... ¿Tú lo viste? Estabas más cerca que yo.

El Segunda Clase negó con la cabeza. No recordaba haber visto nada así. Pensó que ojalá lo hubiera visto. Kal bajó la cabeza, meditabundo.

- Ya veo... quizá lo imaginé todo.
- No te preocupes por eso ahora. Hablaremos largo y tendido cuando salgas de aquí. Hasta entonces descansa – recomendó, y salió de la habitación. Su cara tenía algo más que la seriedad habitual. El ceño estaba levemente fruncido, y los párpados algo entrecerrados. Las palabras de Kal estaban haciendo que se perfilara en su cabeza cierta posibilidad. Ya era hora de aprovechar su tiempo libre en algo constructivo.




Por fin todo estaba dispuesto de nuevo. No había sido sencillo hacer el traslado desde el anterior refugio, pero consideraba que era un esfuerzo bien invertido. Si habían irrumpido una vez en la placa, bien podían volver a hacerlo. Había confiado en que al despedir al monstruo la atención se centrara en él. El éxito fue rotundo, o al menos a nadie se le ocurrió fisgar mientras se mudaba.

Trabajo, trabajo, trabajo... Parecía que nunca fuera a terminar. Ah, pero ya estaba algo más cerca. Le había costado mucho tiempo y esfuerzo alcanzar ese punto, pero la constancia daría sus frutos. Era una lástima que todavía quedara tanto por hacer. Por eso mismo, dentro de poco tendría que volver a hacer uso de su pequeño recadero. Una vez que comprobase que todo funcionaba después del traslado, necesitaría seguir consiguiendo piezas.

Sus otros subordinados continuaban funcionando también. Prométele droga gratis a un yonki y prácticamente te venderá su alma. Bastaba con enviciarles un poco con algo de mercancía. Robada, claro, y sin represalias por parte de nadie. A fin de cuentas, no era lo mismo robar a un camello y matarlo sin miramientos que añadir ciertos... toques monstruosos. El hecho de que desapareciera la bolsa de la mierda era lo de menos. Una vez muerto el mensajero, cualquiera podía hacerse con ella. Y nadie se iba a poner a buscar a un monstruo para convencerle por las buenas de no matar a cada infortunado de los suburbios porque esas cosas son malas para el negocio.

Así que los pobres diablos se pasaban horas rebuscando en los montones de chatarra piezas y tuberías que el óxido no hubiera echado a perder. A los que parecían más listos, les encargaba buscar piezas más específicas, aunque nunca les pedía nada que pudiera tener relación entre sí. Y por supuesto, el hecho de que les suministrara la droga debía quedar en secreto, o los traficantes se encargarían de buscarle para cerrar el grifo gratuito. Y así la cosa se iba manteniendo.

El hecho de estar relativamente cerca de los suburbios del sector 3 ayudaba. No eran pocos los locos de la velocidad que se dejaban caer por ahí. De cuando en cuando, alguno tenía más que un roce contra una pared. Otro buen momento para escarbar en la carroña, sin contar que en aquel agujero las fuerzas del orden solían estar de más por su propio bien. Con todo lo demás dispuesto, ya sólo quedaba una cosa. Una sonrisa curvó su amplia boca y convirtió sus labios en líneas más finas de lo que ya eran, revelando más dientes y colmillos de los que un humano tendría. La mano garruda rebuscó entre las cajas apiladas hasta dar con un puñado de papeles. No tardó mucho en garabatear una nueva misiva en uno de ellos. Luego uno de sus niños lo llevaría hasta su destinatario.

martes, 26 de octubre de 2010

Entrevistas: Skeith, Susurro, Lagarto

El ambiente en la habitación estaba impregnado a partes iguales con el relente a botes de pintura viejos y el olor habitual de un pequeño taller. Gran cantidad de trastos apilados en cajas de mudanza se habían apartado para hacer sitio, y ahora una mesa redonda con tres sillas aguardaba en el centro. El cuarto era angosto, y su estrechez la realzaba aún más la escasa luz procedente del portalámparas que colgaba del techo.

Sentado a la mesa había un tipo de pelo oscuro y corto, con una perilla algo descuidada que pugnaba por convertirse en barba de pleno derecho y gafas. Llevaba un chaleco negro sobre una camiseta de manga larga, y unos vaqueros algo pasados. Sus ojos se movían de izquierda a derecha mientras leía unos cuantos papeles. Tenía los párpados algo entrecerrados y el gesto torcido en una mueca de disgusto.

Detrás de él, apartado del cono luminoso que irradiaba la bombilla, se encontraba otra persona. La mayoría de él estaba tan cubierta de ropa y harapos que era complicado saber si se trataba de un hombre o una mujer. Fuera lo que fuese, debía tener el termostato roto. No hacía precisamente frío en aquel zulo. Este segundo personaje parecía un vagabundo. Iba con una capucha calada hasta los ojos y no se apreciaban sus rasgos. Mientras esperaba, se apoyaba pesadamente en un objeto alargado, también envuelto en tela. Era metálico, sin duda: el de pelo negro lo había oído tintinear al entrar su dueño.

-¿Y bien? No parece que vaya a venir, Skeith.
-Y bien nada. Ahora toca esperar. Él lo tiene más fácil que nosotros para venir aquí.
-¿Y vendrá?
-Supongo. Le he dado motivos para venir, y aunque parezca tímido, no es un cobarde. Ha tragado mucha mierda, durante bastante tiempo. Sólo le faltaba encontrarse con esto.

Antes de poder replicar al que se llamaba Skeith, una puerta se abrió por encima de ellos. Otro hombre, también moreno, acababa de entrar en escena. Por encima de ellos se oyeron los pasos, seguros y pesados, de sus botas. Iba vestido de manera informal, como Skeith, pero a diferencia de él, llevaba la ropa con bastante más estilo, y la llenaba bastante mejor. Tenía un cuerpo fuerte y atlético, vestido con una camisa blanca y unos pantalones marrones. En el cuello brillaban las placas con su nombre, rango y unidad en SOLDADO. Iba afeitado, y en su cara resaltaban los ojos de aquellos que han sido tratados con mako. Parecía enfadado.

-¿Qué hacéis aquí?
-Pues por de pronto, esperarte, Dwight. Tenemos unas cuantas cosas que tratar entre los tres. Antes de que preguntes, no, no hay ningún monstruo en este sitio.

El tipo envuelto en harapos hizo un ruidito, casi como una risa que se cortó abruptamente. Susurro miró extrañado a Skeith, y después dedicó una mirada tranquila a su acompañante. La serenidad de su cara no alcanzaba a encubrir el hecho de que estaba alerta ante aquellos dos. Sin embargo, también estaba intrigado. Conocía al tipo sentado en la mesa. El otro no le sonaba de nada.

-Tranquilo, está en tu misma situación.
-¿También le envías a matar bestias pardas con un séquito de novatos? – ante el comentario del soldado, el encapuchado volvió a reír. Skeith gruñó ante lo que consideraba una comparación con el Contable.
-No es momento de andar con tonterías, que tenemos trabajo. Al grano. Me han llegado estos días unos cuantos correos. Pensaba que eran spam y estaba por borrarlos, pero resulta que no van sólo dirigidos a mí, sino también a vosotros.

Se hizo el silencio ante aquella noticia. Para empezar, el vagabundo carecía de correo, y no le conocía absolutamente nadie... de manera que no se le ocurría que alguien pudiera ponerse en contacto con él, ni siquiera a través de terceros. En cuanto a Susurro, todo aquello empezaba a olerle a violación de intimidad.

-¿Y qué son?
-Preguntas. Simples preguntas de gente desconocida. Como os decía, al principio pensaba borrarlo, pero luego pensé que puede ser interesante contestar.
-¿Por algún motivo en concreto?
-No, son sólo preguntas que hace la gente. Hasta ahora me han estado apoyando desde la sombra y me parece adecuado devolverles el favor.
-¿Qué gente?
-Vuestras preguntas luego, por favor, estos otros interrogantes son más urgentes. Veamos, hice una lista para poder agilizar el proceso. Las tuyas son éstas, están marcadas como “Susurro”. Aquí están las tuyas. No sé por qué las marcaron como “Lagarto”.

En el silencio, se escuchó a Susurro atragantarse. Cuando le miraron, estaba completamente serio. Ninguno se había percatado, centrados como estaban en los papeles, de la sorprendente (y escasamente vista) sonrisa del SOLDADO.

-Bien, ¿quién quiere empezar?
-Yo. Cuanto antes acabe, antes podré volver a mis asuntos. No me ha sido sencillo llegar hasta aquí, de modo que prefiero aprovechar el tiempo. ¿Tienes un lápiz?
-No hace falta, yo apuntaré – comentó Skeith sacando una grabadora.

Sin pensarlo dos veces, el encapuchado plantó el papel en la mesa y con la uña recortó la palabra “Lagarto”, como si estuviera usando un cúter. Luego se puso a leerlo. Mientras leía, murmuraba para sí, repitiendo las preguntas. Conforme posaba sus ojos en algunas de ellas, los dedos se le crispaban. Un movimiento a sus espaldas tiró una caja, y un temblor de pura rabia recorrió su cuerpo. Parte de las capas de ropa cayeron al suelo cuando se levantó bruscamente y dio un puñetazo en la mesa. Susurro le miró asombrado, mientras que Skeith se tapó la cara con la mano.

-Joder, que aún no tenía que ver nadie tu aspecto entero…
-¡¿Pero qué se creen esos bastardos?! ¡No tengo intención de responder algo como esto!
-Yo creo que sí la tienes… - replicó Skeith sacando un pequeño objeto de su bolsillo. Se trataba de un pedazo rectangular de una sustancia blanca y flexible. Skeith la hizo bailar sobre los dedos como si fuera una moneda, mientras en su otra mano sostenía un pliego de papel. El vagabundo reconoció la goma de borrar y tragó saliva. Junto con la saliva, se tragó la rabia.

-Oye, si yo no debía ver esto, ¿ahora qué? ¿Para el siguiente relato sabré cómo es?

Skeith miró a Susurro y le tranquilizó con un gesto. Lo que parecía un bolígrafo en su bolsillo tenía un cierto parecido a un neuralizador, junto a unas gafas de sol. El confiado tipejo sonrió para sí, puso en marcha la grabadora y empezó a preguntar.

Skeith: ¿Qué es lo que dices cuando entras en un restaurante tradicional de Wutai y no tienen tu plato favorito?
Lagarto: Nunca he ido a un restaurante tradicional de Wutai. Ni falta que hacía.

Sk: ¿Cuándo mantuviste tu primera relación sexual?
L: Nunca. Yo no he “mantenido relaciones”. No es fácil con mi aspecto… pero ya lo verás. Lo verás tú y todos.
Sk: Claro, claro, lo que nos faltaba, sexo reptiliano…
L: Que quede claro: yo no soy un reptil.
Sk: Vale, lo que tú digas, pero ellos lo creen así.

Sk: ¿Cuánto te miden las uñas?
L: Y yo qué sé. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer que tomarme las medidas?
Sk: Susurro, mira si hay un metro…

Después de un breve forcejeo, quedó comprobado: las uñas le miden más cuanto más ganas le tiene a la persona que tenga enfrente. Skeith decidió juiciosamente, tras vendarse los cortes, que había que conformarse con eso. Frotándose las heridas, pasó al siguiente punto.

Sk: ¿El jabón del mismo nombre que tú, Lagarto, te paga royalties? ¿Es así como compras los caramelos con los que sobornas a los niños?
L: No esperes ni por lo más remoto que responda eso…
Sk: Al menos podrías contestar a lo de los niños.
L: Yo no soborno a nadie. No cuenta como soborno si luego los matas y recuperas lo que pagaste.
Susurro: De modo que tenemos un delincuente aquí mismo.
Sk: Eh, nada de deformación profesional. ¿Desde cuándo trabajas gratis para el Contable?
Ss: Cierto…
L: De todos modos, no he sobornado nunca a un niño. Sólo secuestré a su madre y le pedí que me hiciera un recado, que luego ya le llevaría con ella.
Ss: …
L: ¡Vale, no fue un secuestro! ¡Le partí una pierna cuando la niña no miraba y me la llevé! No hace falta ser un genio para saber que la llevarían a un hospital. Luego la cría se creyó perdida, así que me acerqué y la convencí de que le diera mi mensaje a Elliot, que si lo hacía la acompañaría con su madre. Y eso hice, la dejé a la puerta del hospital y me largué.
Ss: Todo un samaritano…
L: Hey, si las hubiera matado habría tenido más agentes buscando “monstruos” o asesinos por los rincones. Ya me tocó liquidar a uno que me había visto desde demasiado cerca.

Sk: Sigamos (antes de que al SOLDADO se le pase por la cabeza sacar la albaceteña)… ¿Como logras colarte con tus horrendas pintas en lugares tales como edificios de oficinas o así?
L: Nunca he entrado en ningún sitio así. Por suerte, nunca me faltan voluntarios. Cualquiera en Midgar a quien le ofrezcas dinero o droga es capaz de tirarse de cabeza a un reactor.
Sk: Miles fue un ejemplo perfecto.
L: Pues no era el más tonto de los que “contraté”. Además, como Miles hay miles esperando un poco de droga imaginaria.

Sk: ¿Tienes alguna relación particular con Eliott o la jefa Lehman?
L: A la tal Leman no la conozco. En cuanto a Elliot, soy un ángel custodio… siempre que haga lo que le digo.
Sk: Vale, sí, pero ¿qué relación tienes con él?
L: Chantaje, o como yo prefiero, extorsión. Es una buena relación, si eres el que manda.

Sk: ¿Cada cuanto haces cambios de pieles? ¿Duelen?
L: Por última vez: no soy un lagarto. La siguiente pregunta quedará sin responder, da igual lo que hagas.
Sk: Bueno, no te sulfures. Tampoco a mí me atrae que te llamen así. A fin de cuentas, eres mi creación. Soy como tu padre.
L: Mi padre… Me están dando ganas de decirte lo que piensa Sefirot de su padre. Si él le detesta por convertirle en un asesino de masas con la popularidad por las nubes, figúrate lo que pienso yo de ti siendo un engendro furtivo que vive en alcantarillas.
Sk: Un engendro furtivo que comanda monstruos enormes, dilo todo.
Ss: De modo que era cosa tuya…

Aquí la grabación se interrumpió, justo cuando el siseo que se produce al desenfundar una espada se entrecruza con un rifle al ser cargado y de ello nace un chillido de dolor. Al momento, la grabación se reanuda, aunque parece que ha habido un lapso de tiempo en el cual a Skeith le han extraído una bala y cosido una herida de arma blanca, ambas aparecidas misteriosamente.

Sk: Bueno, calma ya de una vez, u os borro a ambos y hago venir a otro personaje, ¿eh?
Ss: Tus reclamaciones al maestro armero. Para eso creaste a uno.
Sk: Va, venga, las dos últimas para… para este. ¿Cuántos caimanes de los que pueblan las alcantarillas has cosido juntos para hacer esa mascota?
L: ¿Se refiere al monstruo que usé? Lo encontré por ahí… Pensaba que era un bégimo. Ya me estaba imaginando montado en él y lanzando Meteo a la gente de arriba, pero resulta que no tiene ese poder. Aún así, fue un excelente guardián, pero muy costoso de mantener.

Sk: A veces me pregunto por qué pareces un loco homicida… Y finalmente: ¿A que saben los SOLDADOS?
L: ¿Crees que como carne humana? Ni que fuera el Midgar Zolom.
Sk: No, pero lo de que no eres un reptil aún lo tienen que mirar los herpetólogos. Bueno, tu parte está terminada. ¿Vas a irte ya?

-No, esperaré a ver lo que contesta nuestro soldadito. Nunca está de más disponer de algo de información extra.

Susurro no parecía muy contento de oír aquello. La privacidad era para él algo de suma importancia. Nunca compartía gran cosa sobre su vida con los demás compañeros de trabajo, y a la empresa le daba la información mínima necesaria para trabajar en ella. Desgraciadamente, en una compañía como Shinra la información era importante. Y había que tener cuidado con quienes llevaban los archivos, pues estaban bastante cerca del departamento de los Turcos.

Sk: Bueno, vamos allá. Dwight Distr… Diastro… no, eso es un arma del Baldur.. “Diastraefen”. SOLDADO de 2ª clase, alias Susurro. La gente quiere saber… ¿Cuántos decibelios alcanzó tu grito más alto?
Ss: ¿Es una broma? ¿De verdad hay gente tan aburrida como para interesarse por eso?
Sk: No sé. Responde a la pregunta.
Ss: No lo sé. Nunca me ha dado por medirlo.
L: ¡Ja! A mí me intentas medir las uñas y a él nada, ¿no? ¿Es porque soy negro?

Sk: Anda, calla, que ni siquiera se sabe si eres humano, reptil o un tendal andante. A ver, Susurro, ¿por qué entraste en SOLDADO, y cómo lograste ascender?
Ss: Cuando vine a Midgar, estuve un tiempo en la universidad, pero mis padres no son lo que se dice ricos. Tuve que trabajar al tiempo que estudiaba, hasta que decidí que, puestos a trabajar, que fuera eso lo único que hiciera. En SOLDADO pagaban bien y daban un entrenamiento completo, de manera que no hacía falta tener una carrera terminada.
Sk: … Creo que es la primera vez que hablas tanto de una vez.
Ss: Si prefieres me callo.
Sk: No, no, está bien. Y de los ascensos…
Ss: En parte fue por méritos, en parte por las deserciones que ha habido recientemente.
L: “Deserciones”. Así es como llaman ahora a la chifladura por sobreexposición al mako en reacción a las células de Jénova, ¿eh?
Ss: Eso es confidencial. Cuando esto acabe, vas a tener que acompañarme.

Sk: Chicos que nos descentramos. Alguien quiere saber también qué te diferencia del otro millón de tíos duros silenciosos e inquietantes que pueblan estos lares.
Ss: …
Sk: …
Ss: …
Sk: … Ya veo. Eres más silencioso.
Ss: No sólo eso. No conozco a todos los tíos “duros y silenciosos”, pero apuesto a que cuando dicen lo de duros va a que son cracks en combate o algo así. Lo mío no es tanto el combate como el uso de materia y la planificación.

Sk: Vale, sigamos. ¿Qué es lo que más echas de menos de tu compi el calvo?
Ss: ¿Mallet? Era mi amigo… más o menos.
Sk: ¿Más o menos?
Ss: Sí. Por alguna razón, la gente no suele acercárseme demasiado, y yo no soy muy sociable tampoco. Mallet metía puyas a todos y a todo, y fue de los pocos en dirigirme la palabra más allá de las comunicaciones en misión. Podría decirse que era mi único amigo. Echo de menos su conversación y el intercambio de puyas.

L: Ya ves, y ahora está mue- GRUMFG
Sk: Caaallaaa, que la lías… A ver…¿Te criaste en Midgar? Si es así, ¿en que sector? Si no, ¿donde?
Ss: Me crié en una granja a las afueras de Nibelheim. Como dije, mis padres no son ricos; son granjeros y vivían en las afueras. Después de que el pueblo se incendiara, se mudaron a la zona de Corel. Con los ahorros que tenían lograron hacerse con un terreno y empezar de nuevo. Aún tenemos la granja de Nibelheim, pero hace tiempo que nadie vive allí.

Sk: Ajá, interesante. ¿Practicas alguna religión en particular?
Ss: No. Me gusta la mitología, pero soy ateo.

Sk: ¿Como te haces oír en discotecas y otros lugares ruidosos?
Ss: ¿Quién tendría que oírme? Si voy, voy solo; los de la barra se entienden bien por signos.

L: Es aún más soso que yo. Y mira que yo…
Sk: Lo tuyo digamos que es por necesidad, ¿vale? Bueno, y por último: ¿tienes algún amigo próximo? ¿Novia? ¿Familia? ¿Mascota?
Ss: Sólo mis padres, y el perro que tienen, Rust.

-Bueno, vuestra parte ya está… Queda la mía, que ya la haré y…

Las miradas del vagabundo y Susurro, ambas frías y duras como pedazos de hielo, se clavaron en Skeith. Ahora sonreían ambos. La sonrisa del encapuchado revelaba más dientes de lo debido, todos incómodamente afilados. La del SOLDADO no era mucho mejor.

-De eso nada.
-Nos has tenido aquí un buen rato para esta tontería. Ahora te toca a ti y vamos a estar aquí hasta que acabes - Una mano garruda aferró la grabadora y la encendió de nuevo, cogiendo el papel mientras Susurro se colocaba estratégicamente tras la silla de Skeith. Si se le ocurría intentar algo, tendría las fuertes y poco amables manos del agente prestas a hacer un nudo con sus piernas y mantenerle quieto. Aún sonriendo, el vagabundo cogió la hoja de papel. La información que saliera de allí bien podría ser usada para otro buen chantaje. O como prefería él, extorsión. Sin embargo, al leer las preguntas, su mueca risueña se convirtió en una de estupor.

-¿Qué demonios son estas preguntas? No hay por dónde coger la mayoría de ellas.

Antes de que ninguno de los otros dos pudiera reaccionar, Skeith se quitó las gafas, se puso las de sol y activó el neuralizador. Tanto el encapuchado como Susurro se quedaron completamente inmóviles y dejaron caer los brazos, inertes. Sus ojos se dedicaron a mirar al vacío.

-Bueno, creo que mejor yo me interrogaré a mí mismo, que vosotros tenéis demasiada experiencia. Por partes:

¿Observaremos nuevos encuentros entre Lagarto y miembros de SOLDADO?
-Sin duda. El Lagarto es el pj con el que quise entrar a Azoteas originalmente, desmarcándome de Turcos, asesinos, SOLDADO y demás clásicos del género... pero me di cuenta de que no sería sencillo utilizarlo sin alguien que mediara por él. Las relaciones con el resto de los mortales serían un reto de no haber contado con su divertido sistema de intermediarios. De ahí vino Elliot. En cuanto a los SOLDADO… su trabajo es cazar monstruos, ¿no? ¿Qué monstruo hay peor que uno dotado de la inteligencia de un humano?

¿Veremos a la jefa Leman en “actitudes picarescas” con sus empleados?
-Podría ser que apareciera más adelante, pero no es algo que tenga contemplado de momento. Por ahora, el único con lazos con Shinra es Susurro, y su departamento es completamente diferente… lo que no quita que la administrativa no pueda encontrarse con otros pjs fuera del trabajo.

¿Cómo descubriste azoteas?
-Fue hace tiempo, y si mal no recuerdo, debió ser a través del blog de Noiry. A través de Noiry fue fijo… ahora, que fuera su blog o alguno de los dibujos de los personajes de Azoteas con un link a la página no lo tengo tan claro.

¿Te sientes raro delante de las iguanas?
-No… Si acaso, ellas se sentirían raras delante de mí. De todas formas, la única iguana que vi en carne y hueso estaba algo pasada (muerta, en un plato. La trajo un amigo de mi tío, a saber por qué, yo era un crío y la vi de pasada).

¿Con quién te apuntarías a un crossover?
-Hombre, hay variedad. Tengo bastante que aprender de cualquiera de los escritores de Azoteas. Por si no se nota, hice bachiller de Ciencias (lo mismo vosotros también), así que sí, podría asimilar bastante de vuestros estilos. Si me pasa con Reverte, con Tolkien y con cualquier cosa que me lea, por qué no con vosotros.

¿Con qué personaje estás más cómodo? ¿Cual es más fácil de usar?
-El Lagarto, sin duda. Tengo claro lo que quiere, cómo lo quiere, cuándo lo quiere y qué medios usará para conseguirlo (todos). En el caso de Elliot, no es sencillo de manejar en algunos puntos (imagino que se habrá notado). En cuanto a Susurro, es fácil de usar… pero buscar las situaciones y crear las oportunidades para no convertirle directamente en un brutaco con espada más ya no es tan sencillo. Y luego está Gilford.

¿Qué personaje de otro escritor querrías pedir prestado?
-Buena pregunta. El problema es que aún no conozco bien a todos los personajes, y que no siempre dedico mi tiempo a andar leyendo por Internet. De los que conozco… Rolf es entrañablemente cabrón, para qué negarlo, aunque no estoy seguro de poder llevarlo bien. Soy más de personajes con cara de palo que se dedican a ser cabrones políticamente correctos.

-Y sin más, os dejo por hoy. Tengo que salir de aquí antes de que estos dos espabilen. Molaría ponerles recuerdos chungos, pero… realmente, no deben conocerse todavía.

***

-Bueno, qué, ¿cómo ha ido la cosa?

Elliot observó a Skeith a través de sus gafas y se fijó instantáneamente en las tres líneas rojas que aparecían sobre la venda del brazo. Tampoco escapó a su mirada el otro vendaje, que cubría el hombro, y en la cojera de la pierna izquierda. Casi lamentó haber preguntado, pero la curiosidad le podía. Skeith se sentó en una silla mientras el científico servía café en dos tazas.

-Bastante bien. No las tenía todas conmigo respecto a Susurro. Al final apareció, pero aún me pregunto por qué vino con ropa de calle.
-Ah, pues eso… Al parecer, le pillé cuando estaba de permiso. No veas con qué cara entró. Que si cómo tenía su número, quién era, etc… No le dije que me lo habías dado tú, descuida. Cuando le mencioné que era una emergencia, y eso del monstruo, es cuando realmente decidió bajar. Antes de eso me había dicho que llamara a la sede central si tenía algún problema, que él tenía fiesta.
-Ya veo…

Elliot se sentó también a la mesa y sorbió un poco de café. Eran ya las siete y media, y había estado en casa prácticamente todo el día. Seguía sin trabajo, y tenía demasiado tiempo libre. Se había propuesto, al menos para pasar el rato, ponerse a limpiar el garaje, que estaba atestado de trastos, pero la inesperada visita de Skeith le había dado otras cosas en qué ocuparse.

-¿A qué hora vuelve Marie? Tengo que irme antes de que llegue.
-Aún le queda un rato, así que hay tiempo para el café. ¿Han salido ya esos dos?
-¿Ellos? ¡Qué va! Tienen calambre cerebral. Despertarán dentro de poco. Les instalaré unos preciosos recuerdos aleatorios. Posiblemente acaben creyendo que pasaron una tarde escuchando algo de música o echando un vistazo a un bestiario de las minas de mitrilo.

Un tenue rugido interrumpió la conversación. Ambos miraron en dirección a la ventana.

-Oh, oh… Se está acercando.
-¡No jodas! ¿Ya? ¡Vamos, vamos!

Ambos recorrieron un trecho de escaleras y sin decir nada más que “¡Joder, joder, deprisa!” agarraron a Susurro y al vagabundo, aún zombificados, para sacarlos de ahí. En esas estaban cuando una gran puerta se abrió de golpe y dos puntos luminosos se ensañaron con sus retinas. Un rugido ominoso llenó el garaje al tiempo que el coche de Marie hacía su entrada.

Sk y E: ¡AAAAAAAAHH!
Ss y L: Ooohhh... Aaaghhh...

jueves, 5 de agosto de 2010

219

La copa sonó con un agudo "clinc" cuando la posó sobre la mesa de cristal. Ya había vaciado la mitad de su contenido, para intentar animarse. No tuvo demasiado éxito. Elliot estaba alicaído desde el día anterior. El científico seguía con la mirada vacía el movimiento de los rayos de sol que se colaban por los agujeros de la persiana. Era lo que llevaba haciendo desde que se había levantado, a las ocho. Marie ya se había ido a trabajar. Ahora el reloj de la sala marcaba las diez y veinte y le daba el compás a sus dedos nerviosos, que tamborileaban sobre su pierna. La televisión estaba encendida, y daban un programa llamado "de variedades", a pesar de que siempre salían más o menos los mismos personajes vendiendo su vida ante las cámaras. Y lo peor era que realmente les pagaban. Curiosamente, ese día habían aparcado los temas que envolvían a los habituales bufones e invitados, y en su lugar estaban hablando sobre un incidente ocurrido en el Midgar Ring. Por lo visto, algún desaprensivo había ido recorriendo la carretera circular que rodeaba Midgar con un coche de gran cilindrada y armando un ruido impresionante; impresionante para cualquier vehículo que no esté dotado de al menos cinco motores y un remolque lleno de los monstruos más ruidosos del continente. Los PMs estaban puestos en el asunto buscando el vehículo en cuestión y a su conductor, al que le iban a caer varias denuncias por desorden público y conducción temeraria. Al terminar eso, que debía ser lo único de relativo interés, volvieron a salir el presentador, los colaboradores y los invitados, hablando del tema con tanta autoridad y sapiencia como hablaría un fabricante de espadas de Wutai de los entresijos de una escopeta.

-Como si el desorden público no estuviera en el menú del día en los tiempos que corren... - masculló antes de apagar el televisor. Ya estaba bastante atontado, no necesitaba matar más neuronas. Elliot se levantó del sofá con un suspiro mientras trataba de organizar un poco su destartalada cabeza. El día anterior había logrado por fin reunir coraje para hablar con Marie acerca de su despido. Le había costado mucho empezar, pero como suele ocurrir con las cosas que resultan difíciles de tratar, una vez que comenzó no pudo parar. Le contó todo: la reunión inesperada con Leman, la charla con la desabrida jefa, la noticia del despido y la causa del mismo. Todo ello regado con la frustración de no haber tenido ocasión de desarrollar su proyecto personal, y carecer de apoyo para esa iniciativa en el laboratorio. Al final se había dejado llevar por el pesimismo, aduciendo que según Leman era casi seguro que no volvieran a contratarlo en el mismo puesto, al menos mientras el cañón siguiera siendo necesario, y quién sabe lo que pasaría cuando no lo fuera. Eso contando con que Meteorito fuera destruido; de no ser así, todo daba igual, ya no tendrían más de lo que preocuparse. En ese punto Marie le detuvo. Al principio, ella le había escuchado con tranquilidad, pero cuando terminó, lo primero que hizo fue darle la mayor colleja que jamás le habían dado, ni siquiera en el instituto. Elliot fue a quejarse, pero se encontró con el rostro furibundo de Marie.

- ¡Idiota! ¡Me has tenido preocupada! Sabía que algo te rondaba la cabeza, que por algo estabas tan callado. Llamé a Sigurd, pero no me quiso decir nada. ¿Por qué no me lo has contado primero? ¿Pensabas que te iba a reprochar algo o qué? ¡Si te hubieran echado por hacer el vago en el laboratorio, todavía! Elliot, pensaba que me conocías mejor, o al menos lo bastante como para saber que tu despido no va a hacer que te eche nada en cara.

En ese punto, Marie enmudeció y se sentó frente a él, pero no le miró a los ojos. Elliot bajó la cabeza; se dio cuenta de que sus amigos tenían razón y había sido una estupidez retrasar tanto la noticia. Se preguntaba qué estaría pasando por la morena cabeza de su esposa. No tuvo que esperar demasiado para saberlo. Ella se irguió, le miró a los ojos y Elliot vio en ellos una tormenta muy peligrosa que se dirigía hacia él. Marie tenía demasiada deformación profesional como redactora de una revista como para permitirse usar palabras malsonantes, aun en casa, pero el tono de voz ponía de manifiesto su ira tanto como la colleja.

- Lo que más me molesta - dijo como si masticara las palabras - es que me hayas engañado al contarme esa milonga de la "reducción de jornada". Sabes que detesto las mentiras, y más en temas importantes. Llevabas trabajando ahí bastante tiempo, y era la posibilidad de hacer tu proyecto realidad. Si te habían despedido, debiste habérmelo contado en el momento. ¡Qué más da que fuera culpa del cañón, de Arma o del Meteorito! ¡No me importa si ha sido porque te pillaron robando material de oficina - en este punto, Elliot tragó saliva visiblemente afectado. Marie no pareció notarlo o no le dio igual - o porque insultaras a Leman a la cara! Eso no me importa, siempre que me lo digas. Entre los dos podemos encontrar una solución, pero parece que no quieres que te ayuden. Entiendo que es algo que te ha alterado mucho, pero ¡es que nos afecta a ambos, no sólo a ti! ¡Aún no entiendo por qué te lo callaste!

- ¡Porque llevo meses dándote la espalda por trabajar en ese proyecto! ¡Meses que has tenido que aguantarme el mal humor y que no te prestara la menor atención! Has estado soportándome todo ese tiempo para al final no tener resultados. No quería que supieras que todo eso ha sido para nada. ¡No quería que me vieras como un fracasado! - estalló Elliot finalmente.

Marie estaba enfadada, pero eso era temporal. Lo peor para la redactora era la decepción. Había confiado siempre en su esposo, y nunca habían tenido secretos. Es decir, nunca hasta el momento en que él había traicionado su confianza. El hecho de sentirse engañada tardaría mucho más en desaparecer que el enfado. En cuanto a Elliot, acababa de pronunciar la palabra que llevaba rehuyendo toda la vida mientras buscaba la oportunidad de eludirla definitivamente. Su proyecto personal habría sido la manera de conseguirlo, de alzarse por encima de esa implacable perseguidora. Pero esa taimada palabra, "fracaso", le había alcanzado al fin, y había llegado más allá del ámbito laboral.

Esa misma noche ambos cenaron sin intercambiar una sola palabra. Marie acabó la primera, y se fue directa al dormitorio. Elliot aún se quedó un rato en la cocina, terminando una cerveza que se le iba haciendo cada vez más amarga. Cuando fue a la habitación, Marie estaba echada de espaldas. Él se desvistió y se tumbó a su lado. Ella ni siquiera se movió, pero Elliot creyó escucharla sollozar un par de veces. Aquella era la primera discusión de todo su matrimonio. Antes de que el sueño se llevara sus preocupaciones temporalmente, alcanzó a susurrar un "lo siento".

***

Los PMs habían armado un buen revuelo al salir. De hecho, tendrían que haber salido la noche anterior, pero eran pocos los que estaban de servicio entonces, y el área a cubrir (el Midgar Ring) era demasiado extensa sólo para ellos, de manera que tuvieron que esperar al día siguiente para poder movilizar a más personal e para investigar a fondo. Aquello distrajo un poco su pensamiento de lo que le iba a tocar afrontar en breve.

El segunda clase repasó mentalmente lo ocurrido hacía unos días. Recordó la misión donde se suponía que debía mantenerse al margen y dar apoyo estratégico. Al principio había hecho lo que se suponía que debía hacer; órdenes del director (aquel mismo director al que lanzaría sin remordimientos a una orgía de boms sólo para ver si sus cenizas cabían en una caja de cerillas). Aquello pronto se convirtió en una partida de ajedrez donde el rey enemigo, en vez de escapar cuando le hacían jaque, se dedicaba a comerse sistemáticamente las piezas que le amenazaban. Literalmente. Al final, cansado de tanto baile de lucecitas en aquel panel, encerrado en aquella furgoneta al margen de toda la zona acordonada, Susurro decidió tomar cartas personalmente. No fue complicado dirigir al monstruo hacia su posición. Una vez fue avistado, los de su unidad tuvieron que prepararse para lo que se avecinaba, y nadie se quejó cuando él se unió a la refriega. Sabía que el director le montaría el pollo con su voz chillona, pero se encargaría de eso en su momento. Y se encargó, sí. Disgustado, apartó de su mente la charla con su superior. En cambio, prefirió rememorar la pelea con el monstruo.

Aquel bicho se había cargado a casi toda su unidad. Más aún, había acabado con la de Mallet, y al propio Mallet primero le había dejado manco (un poco como él se había sentido durante el combate por su brazo roto) y luego lo había matado. Según el informe, le había aplastado la cabeza con esas mismas mandíbulas que veía chasquear ante él. No habría necesitado ningún incentivo para combatir contra un monstruo; para eso eran creados los SOLDADO, entre otras cosas. Pero tenía realmente un par de motivos para luchar. Uno de ellos implicaba a Mallet, que era de los pocos con los que se llevaba medianamente bien; otro era él mismo. Había oído una vez a uno de los veteranos hablando sobre lo que eran. "Un SOLDADO es un guerrero pensado para vencer. Si un monstruo mata a un SOLDADO, éste muere, sin más. En caso de que el SOLDADO sobreviva, significará que ha tenido la oportunidad de vencer y no la ha aprovechado, o de lo contrario habría muerto." Y consideraba que tener la oportunidad de vencer y desaprovecharla, por el motivo que fuese, era una derrota inadmisible.

Susurro no compartía del todo su punto de vista, y se había dicho que aquel veterano tenía una mente un poco cuadriculada. De todos modos, era cierto que enfrentarse a un enemigo y ser derrotado de alguna manera que no le dejase medio muerto le corroía. Le daba la impresión de no haberse esforzado lo suficiente. Y no se había sometido a un proceso del que algunos salían rebotados, en un trabajo donde se arriesgaba la vida enfrentándose a engendros de pesadilla y rarezas de la fauna, sólo para hacerse la víctima. Con esos dos acicates en mente, había salido de aquella furgoneta listo para dejarse la piel alrededor del cuello del monstruo y asfixiarle con ella.

La bestia había salido del laberinto mezcla de desguace y vertedero. Era imposible confundirlo con otro: cuerpo negro, seis extremidades, escamas negras recubriendo su lomo y cabeza y piel correosa en las patas. La cola de hueso con forma de lanza, la cabeza cónica con sus pequeños ojos depredadores y su aterrador cuerno de marfil se unían a sus garras para formar un conjunto de armas formidables. El monstruo hizo lo propio cuando vio lo que tenía delante. El furgón era un obstáculo, y lo primero que hizo fue girar su grotesca cabeza hacia otro lado en su búsqueda de una vía de escape. Además, junto al vehículo estaban algunos SOLDADO de tercera clase y unos cuantos PMs, que le habían visto venir y preparaban la ofensiva. Los de seguridad ya habían empezado a disparar sus armas. Las balas llovían certeramente sobre la dura cabeza del monstruo, que soltó un chillido estridente. Algunas se encajaron ligeramente en su cuerpo, pero otras rebotaron inofensivas. Las materias de los agentes de SOLDADO, al ser simples escoltas, eran más de tipo independiente, comando y algo de apoyo, y no servían para el combate a distancia. Por tanto, se colocaron delante de los de seguridad con las espadas a punto. Su superior inmediato era el propio Susurro, y al no recibir ninguna orden suya, no tenían muy claro qué hacer, de modo que se limitaron a prepararse y mantener sus posiciones. El segunda clase, por su parte, había salido de donde el director pretendía encajonarlo durante la misión y se había puesto en marcha.

Lo primero fue una generosa ración de Piro+ directamente contra la criatura. Para declarar intenciones. El fuego rugió en dirección a la cabeza astada, que al ver el fuego trató de esquivarlo. Tuvo suerte, y la mayor parte del ardiente proyectil pasó inofensivo a su lado, aunque la piel correosa de las zonas carentes de escamas siseó. El olor a piel chamuscada se sumó al propio hedor del ser. Con un chirrido, dio media vuelta y trató de escabullirse. No muy lejos de allí aguardaba la unidad E-3, que antes había obligado al monstruo a dirigirse hacia el furgón.

- ¡E-3, cortadle el paso!

Los agentes se permitieron un momento de duda. No era poca cosa parar los pies de un bicho como aquel, que sería capaz de ensartar a cualquiera de ellos con su cuerno frontal o de mandarlos por los aires sin muchas complicaciones. Sin embargo, habían reconocido en la voz de Susurro la de quien les había estado mandando instrucciones minutos antes, y se rehicieron a tiempo. El astuto engendro iba de frente, hasta que reparó en que le estaban esperando. Rápido como el pensamiento, dio un salto formidable para una criatura de su tamaño y trepó por un montón de chatarra. Pocos segundos despues se dejaron de escuchar sus rápidas pisadas. Los SOLDADO le perdieron de vista. Susurro murmuró una maldición. Era justo lo que quería evitar. Si se separaban o se despistaban un sólo momento, estaban jodidos. Susurro se volvió. Cerca de la furgoneta, se encontraba el técnico que le habían asignado para ayudarle a manejar los aparatos de seguimiento.

- ¡Vuelve dentro! ¡Infórmanos de sus movimientos si aparece de nuevo en pantalla! Estamos fuera del área acordonada. Si no quieres que abandone el perímetro, ¡haz lo que te digo!

El técnico no titubeó. A fin de cuentas, no era militar, y no le hacía demasiada gracia quedarse fuera del acogedor interior del furgón. Susurro carecía de comunicador, así que con pasos largos se reunió con los SOLDADO de E-3. El cabo estaba intranquilo. Manoseaba continuamente la empuñadura del arma, y miró preocupado el brazo en cabestrillo de Susurro. Quizá creía que no estaba capacitado para luchar. Susurro lo advirtió y su expresión se endureció.

- No hay rastro de ese cabrón. Lo mejor es que nos separemos y...

- Separarnos equivale a meternos en su boca con una manzana en la nuestra - repuso el segunda clase serenamente, mirando ceñudo al cabo.

- Entonces podemos intentar emboscarle cuando salga de...

- Eso funciona cuando sabes dónde está tu enemigo y él no sabe dónde estás tú. Es ese hijo de puta el que intenta emboscarnos a nosotros. Un cebo tampoco funcionaría, es demasiado rápido - dijo negando con la cabeza. Ya habían caído unos cuantos precisamente por dispersarse para buscarle, y ya había comprobado que aun estando como cebo toda una unidad, el monstruo se limitaba a atacar por la espalda a cualquiera de ellos y luego desaparecer. Desde luego, el muy cabrón sabía aprovechar el elemento sorpresa mejor que un asesino profesional. El cabo se encogió de hombros.

- Si al menos no fuera capaz de esconderse despues de atacar... - masculló uno de los soldados rasos. Susurro se le quedó mirando. Los demás se apartaron un poco de su compañero, temiendo que el normalmente sereno y taciturno SOLDADO de pronto pudiera convertirse en un avatar de Heidegger. Susurro dio un par de pasos y se colocó frente al SOLDADO.

- ¿Nombre?

El tímido tercera clase tragó saliva visiblemente nervioso.

- Álex Cove, sargento, digo señor...

Con deliberada lentitud, Susurro levantó el brazo derecho y lo posó sobre el hombro del tercera clase.

- Acabas de darme una idea. Usa tu trasto y llama al tipo del furgón. Dile que ordene a E-4 unirse a nosotros. Que se retiren los demás. De esa manera sólo tendrá un grupo al que hincar el diente.

Tal como había ordenado, las unidades E-1 y 5 se retiraron más allá del perímetro designado para la misión, cerca del equipo médico donde se encontraban los SOLDADO heridos de E-2. Pronto la unidad E-4 se reunió con ellos entre las pilas de metal y desperdicios. Cuando llegaron, Susurro les puso al corriente del plan. Los agentes escucharon con atención. Lo expuesto no les parecía menos desesperado o abocado al fracaso que los movimientos anteriores, pero podía funcionar. Tenían que confiar en que Susurro conociera bien al enemigo, y afortunadamente, ese era el caso. Durante unos minutos, el segunda clase mantuvo una conversación con el técnico de la furgoneta. Cuando consiguió la información que necesitaba, se ajustó la espada y fue a reunirse con los demás.

- Bien, el punto clave es ese - dijo señalando un gran montón de chatarra, formado por una gran máquina medio destrozada.

- ¿Está seguro de que es buena idea, señor? Es decir, antes ya intentamos conducirle a una trampa, y no es que diera resultado.

- Sí, estoy seguro. No le gusta enfrentarse abiertamente. Colocad vuestra materia como os he indicado. Ven, Cove. La idea es tuya y tendrás parte activa.

Susurro sacó su espada y quitó de ella una materia de fulgor verdoso y una que brillaba afablemente y se las dio. A cambio, tomó un par de las materias independientes de Álex. Al hacer el intercambio, el tercera vio sus dientes destacando durante apenas un segundo en una mueca feroz. La sonrisa se fue como vino, dejando al guerrero con la incertidumbre de haberla visto. Cuando todo estuvo dispuesto, los SOLDADO tomaron posiciones según el plan y esperaron.

***

El grupo de agentes avanzó cautelosamente por uno de los desfiladeros entre los restos de la ciudad. Iban con las espadas desenvainadas, atentos a la menor señal de peligro. Olían a metal, a sudor y a materia. Iban muy juntos, como si temieran un ataque. Hacían bien en temer. El brillo azulado de aquellos iris no les llamó la atención desde el interior de la pila de hierro retorcido. Ya no olía a los demás. Estaban solos. La criatura se relamió. Uno a uno, todos caerían. Con un quedo gruñido, se impregnó del mal contenido olor del miedo. Estaban ya cerca de su escondrijo. No habría que esperar mucho.

La unidad E-4 avanzaba de forma lenta, pero firme. No se molestaban en moverse con sigilo; no era parte de su misión. El nerviosismo aumentaba. Llevaban unos minutos de caminar entre los restos, y aún no habían visto ni oído nada que no fueran sus propias pisadas. Presa de un súbito temblor que se esforzó en dominar, uno de ellos se retrasó ligeramente. Apenas un par de pasos. Ese fue el momento. En una explosión de piezas de maquinaria, desperdicios y tornillos, emergió una cabeza negra seguida de dos par de garras aceradas. Las afiladas zarpas se dispararon en dirección al SOLDADO rezagado, que apenas tuvo tiempo de levantar la espada. Habría muerto si una violenta descarga eléctrica no hubiera frenado en seco las intenciones asesinas del monstruo. Ahora al descubierto y con un grupo enemigo delante, la criatura salió completamente de su escondite y echó a correr velozmente en dirección opuesta a la que llevaban. Tras un recodo, los SOLDADO lo perdieron de vista nuevamente, y la criatura saltó dispuesta a zambullirse nuevamente en la seguridad de los desechos. Los metales y restos no supusieron gran obstáculo para su fuerza y sus cuatro garras, así que pronto estuvo bajo lo que en tiempos debió haber sido un viejo panel inferior de la placa, alrededor de la cual se habían desplomado varios cascotes. Lo hizo sin problemas, pero justo cuando se estaba acomodando para esperar de nuevo a sus víctimas, un dolor agudo y un brillo azulado le hicieron aullar de dolor y sorpresa.

Y es que desde uno de los montones de chatarra, uno de los escoltas de Susurro, equipado con materia Electro, había saltado sobre la estructura derribada. Clavando la hoja en el metal, canalizó el poder de la magia por toda la superficie metálica. Un destello azulado se generó en el punto donde la espada había entrado, y se expandió por todo el panel, hasta alcanzar al monstruo. Con un estremecedor chillido, abandonó la estructura con la misma velocidad con que había atacado antes. El SOLDADO se tambaleó, pero consiguió mantener el equilibrio a tiempo. Sus compañeros se reunieron con él. La criatura, al verse de nuevo descubierta, huyó buscando un nuevo lugar desde donde poder emboscarlos. Ese comportamiento, astuto e instintivo, siempre le había dado resultado, pero no esta vez. Cada vez se refugiaba, no tardaba mucho en tener que abandonar la seguridad del amasijo de hierro, presa del dolor y con las escamas chamuscadas. Lo intentó tres veces más, y al ver que era imposible, trató de escapar. Sus patas estaban entumecidas por las descargas, y le costaba poner tierra de por medio.

Su huida se vio cortada por los agentes de E-4, que venía por una "cañada" lateral formada por escombros. Los tercera clase tuvieron tiempo de alcanzar con sus espadas las desprevenidas patas delanteras. La criatura aulló y retrocedió. Las materias brillaron y un par de bolas de fuego se estrellaron cerca de sus patas traseras. Pero el entumecimiento había pasado ya, y era demasiado rápido para ellos. Pronto fue capaz de dejarlos atrás. Agobiado, el ser buscó con sus ojos rasgados un lugar seguro donde ocultarse. A apenas cien metros, divisó un enorme montón de metal: se trataba de los restos de una vieja maquinaria. Estaba rodeada de estructuras caídas, que quizá fueran grúas cuando estaban en pie. Por un momento, algo brilló en la vieja máquina, pero no pudo distinguir de qué se trataba. Por si acaso, el astuto monstruo se acercó con cautela, bordeando los escombros de alrededor, para no ser visto. Escuchó gritos tras él. Los humanos se acercaban. Acosado, dio un gran salto y se metió entre los hierros de las grúas.

Un nuevo grito hizo que se volviera a medias. Por encima de él había otro SOLDADO. Álex Cove, al igual que los otros, no le atacó a él. Su espada, vibrando con la electricidad contenida, se descargó en el metal, y a través de éste llegó hasta las garras aferradas a la estructura. Una nueva oleada de dolor le invadió, más intenso que antes. Su primer impulso fue revolverse y arrancarle la cabeza de una dentellada al autor de su sufrimiento. Al dar media vuelta, se fijó en que detrás de él, venían el resto de sus compañeros blandiendo sus armas. Sabiendo que un ataque frontal podía acabar en más daño, optó por huir. La única manera posible de hacerlo ahora era subir hasta la gran máquina oxidada. Aguantando el dolor, la bestia trepó hasta situarse por encima de la grúa. Álex seguía electrizando el metal, y la duda ensombreció su rostro cuando vio que aquella monstruosidad, sobreponiéndose a los aguijonazos de la electricidad, seguía moviéndose. A pesar del temor que empezaba a hacer mella en él, aguantó y mantuvo el contacto de la espada electrificada con la grúa. La criatura, chillando, se preparó para encaramarse al industrio descompuesto, que aguardaba con la promesa de una vía de escape a un salto de distancia. Los poderosos músculos de las patas traseras le impulsaron en el aire.

Y de nuevo el mismo brillo de antes. En el mismo lugar hacia el que saltaba. El fulgor era verdoso y se reflejaba en la hoja de otra espada y en unos ojos azules colmados de despiadada frialdad. Ya era demasiado tarde para corregir la trayectoria, demasiado tarde para escapar. Sus garras delanteras ya estaban arañando el fuselaje de la máquina, y sus ojos se abrieron como platos, dejando las pupilas reducidas a estrechas rendijas a causa de la luz. En ellos se reflejó la cara, ceñuda y sonriente, de Susurro. El SOLDADO apuntaba con su espada directamente hacia el monstruo. Incapaz de detener su avance, el monstruo se encontró con la espada y parte del brazo de su oponente prácticamente dentro de su boca. Pero no tuvo tiempo de cerrarla. Sólo pudo dejar escapar un gemido chirriante, cortado bruscamente por las palabras del SOLDADO.

- Mallet te espera, hijo de puta.

La espada alcanzó una luminosidad rojiza cuando la materia Piro+ se activó, y una explosión sacudió el metal abollado de la maquinaria. La cabeza de la criatura estalló, arrojando pedazos de hueso y sesos. El fuego siguió su recorrido a través de las entrañas de la bestia y explotó en su interior. Susurro alcanzó a cubrirse detrás del panel tras el que se había escondido en espera de que llegase el momento adecuado. Había esperado demasiado para estar seguro, y se había chamuscado un poco. Desde abajo, Álex contemplaba la explosión, y tuvo el buen sentido de apartarse cuando cayeron los despojos del monstruo. Desde su aventajada posición, el segunda clase vio cómo el cadáver abrasado chocaba contra los tubos de la grúa y éstos se doblaban bajo su peso. Sus ojos no reflejaban ya nada, y únicamente le dedicaron una mirada fría e indiferente.

- Dale recuerdos mientras él y sus chicos te masacran en el infierno.

Despues de aquello, se reunió los demás; le vitoreaban. Él lo tomó con indiferencia, aunque no le resultó sencillo evitar contagiarse de parte del entusiasmo de los demás. Estaba algo cansado. No había sido demasiado duro, a fin de cuentas; al menos no para él, que sólo tenía alguna quemadura. Los tercera clase lo habían pasado bastante mal, como podían dar fe los heridos de E-2. Pero aún quedaba lo peor. Mientras los PMs se quedaban para limpiar la zona y un grupo del departamento científico llegaba como una manada de chacales para hacerse con la carcasa abrasada del monstruo, les llegaron órdenes de arriba. El director quería verle en su despacho. De inmediato.

***

El director había recibido una desagradable sorpresa en los comentarios que habían llegado a sus oídos. El técnico que manipulaba los detectores del transporte le había contado la manera de trabajar de Susurro. Inicialmente correcta, pero cuando le contó que había tratado de atraer al monstruo (con éxito) hacia el borde del área vigilada, el director torció el gesto. Y cuando el técnico le refirió la intervención del segunda clase, su cara se tornó roja, congestionada por la ira. Había sido eso lo que le había impulsado a llamar a los grupos destinados a esa misión al completo. Estaba decidido a que la desobediencia no quedara sin consecuencias.

Desde su despacho escuchó un gran alboroto cuando entraron los agentes. Muchos vitoreaban y aplaudían el plan del sargento insubordinado. A juzgar por lo que escuchaba, tomar una medida contra la desobediencia de Diastraefen podía resultar en una insubordinación mayor... si lo hacía en público. El director se rascó la incipiente calva extrañado; no recordaba que fuera tan popular. De hecho, siempre había creído lo contrario. Decidido a acabar con el jolgorio, salió del despacho. Al verlo, las unidades bajo el mando de Diastraefen y el propio sargento formaron ante el director. Todos estaban firmes, con la mirada hacia adelante y los hombros erguidos. La mirada y la cara enrojecida del director rebosaban indignación mal contenida. Susurro se hallaba a un lado, adelantado un par de pasos y en idéntica posición.

- Descansen - masculló. Con un gesto, hizo una seña al segunda clase y se dirigió hacia su despacho. Una vez en su interior, se sentó en su castigado sillón y le miró ceñudamente. Cuando habló, lo hizo entre dientes, como si masticara las palabras.

- ¡Esto es el colmo de la irresponsabilidad! ¡Desobedeció una orden directa! ¡Le dije claramente que no podía intervenir!

- No lo hice por gusto, señor. El enemigo amenazó con atacar la furgoneta. ¿Debería haberme quedado de brazos cruzados, en el interior, mientras el objetivo nos pasaba por encima y escapaba de la zona, señor?

- ¡No me venga con esas! El técnico asignado a su unidad me lo ha contado todo. ¡Debió dejar que sus escoltas se encargaran de él! - barbotó el Contable (apodo que le dedicaban los agentes a sus espaldas).

- Con el debido respeto señor, eso habría sido una locura. Los escoltas que iban conmigo carecían de materia de largo alcance. Y eran escasos. Lanzar a unos tercera clase contra una criatura así sin ninguna clase de apoyo es mandarles a la muerte. Fue por eso que decidí intervenir, señor.

El director pareció estar a punto de decir algo, pero casi se atragantó. Era como si las palabras se le atropellaran en la garganta. Cuando se recuperó de su indigestión de ira, estrechó los ojos y se enjugó el sudor con un pañuelo blanco. No podía permitirse tener a Diastraefen suspendido de empleo; él mismo había repetido varias veces que no contaban con muchos agentes con experiencia. No obstante, estaba decidido a no dejarle marchar sin aplicarle un correctivo por su falta de disciplina.

- Tiene suerte de que la misión haya sido un éxito y de que no haya resultado herido - empezó a decir -. Ya le avisé: no tenemos muchos efectivos ahora mismo, y de segunda clase menos aún; no quiero arriesgarlos cuando el trabajo puede ser hecho asignado a los tercera clase. Y de hecho...

- De hecho, tiene razón, señor - cortó bruscamente Susurro.

El director estuvo a punto de atragantarse de nuevo, y sus cejas subieron cómicamente en su cara como si intentaran ser un patético remedo de pelo en sus entradas. Susurro le alargó una hoja escrita por él.

- Aquí tiene el informe, señor - dijo tranquilamente -. Realmente es un borrador, dado que no he tenido tiempo de hacerlo como es debido. Como podrá comprobar, al final sólo hicieron falta dos unidades bien coordinadas y yo mismo. No era necesario haber enviado tantos agentes.

El director la arrancó el papel de la mano y leyó rápidamente el informe. Estaba bastante claro para haber sido hecho de prisa y corriendo. Casi al final, miró a Susurro con incredulidad; luego frunció el ceño de nuevo y terminó la lectura. Sus labios se fruncieron mientras depositaba de malas maneras el informe sobre su mesa. Estaba claro que había actuado de manera correcta, pero la desobediencia no pensaba pasársela por alto a pesar de haber conseguido su objetivo. Y encima, haberlo conseguido con menos efectivos de lo prescrito por su superior. Miró con ira a Diastraefen: no había nada que pudiera hacer despues de aquello.

- No crea que esto va a quedar así. Su insubordinación y desobediencia irán a parar a su expediente. Y no creo que al señor Heidegger le haga gracia ver que cuenta con rebeldes entre sus agentes. Si no es capaz de cumplir las órdenes, me aseguraré de que le saquen del servicio activo.

- Sí, señor - repuso suavemente Susurro. En su interior, estaba contento. Que aquel gordo tomase las medidas que creyera oportunas. Había sido modificado para ser un SOLDADO y eso sería. Y en el peor de los casos, ¿qué iba a hacer? ¿Despedirle? Él mismo había admitido andar corto de personal. A una seña del malcarado director, abandonó el despacho y se reunió con los tercera clase. Al ver su gesto neutro, pensaron que le había caído una reprimenda severa. Susurro se acercó a donde estaba Álex Cove. El SOLDADO le miraba sin saber bien qué hacer. Sin una palabra, Susurro le devolvió sus materias independientes. Todos bajaron la cabeza, dando por hecho que eso significaba lo peor. El director había ganado aquella baza. Luego, con un papirotazo, Susurro cogió de la espada de Cove sus materias Electro y Salto y se las guardó. Los agentes se animaron de nuevo.

- Gracias, Cove. Me harán falta.


El siguiente día que tuvieron de permiso no hablaron de otra cosa que de la patada que Susurro debía haber dado al amor propio del Contable.

sábado, 17 de abril de 2010

210

- Mirad, parece que va a haber bronca… - dijo uno de los tipos trajeados, mientras posaba la botella y observaba el fondo del local. Los otros dos parroquianos a su lado se volvieron un poco y centraron su mirada en el espacio reducido entre dos de las mesas de billar.
Estaba con sus compañeros de facultad, como cada jueves… sólo que no era jueves en absoluto. Desde su despido, con demasiado tiempo libre en su haber, y con ganas de evitar en lo posible a su esposa, el científico (ex científico, como se recordaba a menudo) quedaba más con los amigos. Elliot no tenía intención de contarle a Marie nada sobre su ignominiosa marcha de la compañía. Se le había pasado por la cabeza disimular y seguir con la misma rutina de siempre, para ahorrarse preguntas incómodas, pero al final lo había descartado. No podía dejar pasar la ocasión de dormir más, sobre todo teniendo en cuenta que le costaba cada vez más conciliar el sueño. Así que había dejado de madrugar.

Al preguntarle Marie sobre ese cambio de horario, Elliot se dio la vuelta, para que no le viera la cara.
- Ah… es que con todo el lío del cañón, y el estado de excepción… pues se ve que nos han reducido la jornada, y entramos más tarde.
Sorprendida, pero confiada, Marie se había alegrado por él. Como todas las mañanas, ella tendría que acudir a su cita con la redacción, pero aquel día no le importó llegar algo más tarde. Marie le abrazó, dejando caer el ondulado río negro de su cabello sobre su hombro y enlazando las manos por delante de él. Elliot las cogió entre las suyas y las besó, secretamente consolado en aquel abrazo.
- Bueno, estos días parecía que estabas como más inquieto. Puede que tener menos horas de trabajo te siente bien. Ojalá yo también pudiera ir más tarde - susurraba mientras le rodeaba con los brazos, besándole -. Y más lástima aún que no me den vacaciones. Tengo días libres, pero estamos hasta arriba. A este paso, no sé cuándo podremos hacer ese viaje, con la ilusión que te hacía - había contado haciendo un mohín. Le besó de nuevo y, con reticencia, se apartó de él para ir a trabajar, no sin despedirse.
Cierto, habían planeado hacía ya tiempo un viaje, como una segunda luna de miel. El destino era un hotelito en Costa del Sol, o quizá una escapada al Gold Saucer. Algo típico, pero siempre agradecido. Elliot sólo había ido al Gold Saucer un par de veces, de pequeño y tenía ganas de volver. Le encantaba pasearse por Wonder Square, y también era aficionado a los sustos del hotel que había en el interior del parque. A despecho de sus aventuras, Elliot deseaba con toda el alma hacer ese viaje con ella. Casi se sintió agradecido con su ahora silencioso chantajista; desde que había llegado su primer mensaje, había dejado de tener esas “excursiones”, y estaba más en casa, cosa que la encantaba. En eso pensaba, mientras sus pupilas reflejaban continuamente la desaparición de las burbujas en la cerveza, cuando la voz de Sigurd le sacó de su ensimismamiento.

- ¿Tío, estás bien?
- Has estado completamente ido desde que nos sirvieron. Diría que tu nivel de patetismo ha subido un 50% y sería quedarme corto
- soltó Edmond con una risita.
Elliot se apartó un mechón castaño de la cara y se puso de espaldas a la barra. Dos de sus amigos le observaban preocupados, y otro, preocupado y conteniendo mal la risa por su comentario. Era una panda en la que había de todo dentro de un abanico de edades limitado. Sigurd Lander era su viejo compañero de cuarto; de su misma edad, había empezado los mismos estudios que Elliot, pero aunque tenía buena cabeza para los números, lo del mako no se le daba bien, y en lugar de en un laboratorio, había terminado como uno de los administrativos de la compañía. No estaba casado, aunque tenía pareja estable. Posiblemente, de los tres, fuera el más cercano a Elliot, y el que mejor comprendía lo que le pasaba por la cabeza.
Luego estaba el más joven de los tres: Edmond Clerk, un sujeto relativamente alto y esbelto, con una increíble habilidad tanto manual como verbal. Muchas veces se habían librado de broncas, tanto en el instituto como más adelante, gracias a su verborrea (aunque ésta también les metía en líos a menudo). Cuando su palabrería no bastaba, era más que capaz de vérselas con cualquiera, pero le gustaba más ganar batallas con el ingenio. Jugador, bebedor y aventurero, decía que trabajaba en una cadena de montaje, pero no como obrero, sino como supervisor, algo que no creía casi nadie cuando lo contaba.
Finalmente, siempre envuelto en humo, Ranier C. Hind, el mayor, un tipo algo bajo, ancho de hombros, atildado y serio. Hablaba poco, salvo con sus amigos. Tenía por costumbre expresarse de forma completamente pasada de moda o definitivamente arcaica, una de sus no pocas rarezas. Había estudiado historia y lengua, algo que no dejaba de ejercitar, y muchas veces Edmond hacía traducciones no siempre correctas (¡y lo que se reía cuando le creían!) cuando alguien decía no entenderlo. No hacía mucho que había abierto su propia librería, tras años de currar en una de ellas. Pese a su rara parlamenta y gusto por el tabaco caro, era buen tipo, y había tenido concurso en muchas de las correrías de los otros tres. Cuando necesitaban algo y Edmond no podía conseguirlo, normalmente era Ranier, el de posición más acomodada, quien se encargaba de todo.

Estaban los tres trajeados, como era propio al salir de sus respectivos horarios, y destacaban bastante. Sigurd estaba tal cual iba en la oficina, mientras que Edmond tenía la chaqueta abierta, los dos primeros botones de la camisa desabrochados y la corbata le hacía un bulto en el bolsillo derecho de la primera. Ranier iba formal, pero sin corbata. Hacía rato se había quitado la gorra color marrón claro. Otra de sus peculiaridades era precisamente no llevar la cabeza descubierta salvo estando bajo techo. Elliot iba vestido de manera más informal; detestaba el traje, y si lo llevaba era a requerimiento de la empresa, de modo que ahora iba más a su gusto. Los cuatro compartían su bebida y vivencias cuando empezó a haber jaleo.

- Ah, conozco a ese tío moreno. Viene de cuando en cuando y a veces la lía justo en el mismo sitio.
- ¿Hace nada que la han vuelto a abrir y ya tenemos buscalíos?
– inquirió Sigurd.
- Tal parece- repuso Ranier secamente.
- ¿Cómo es que no le han echado ya? Conociendo a los gemelos, a poco que alborote le prohíben la entrada a él y sus monos…
- …Con las clavas de emergencia
… - puntuó Edmond.
- Poderoso caballero es don Dinero, que todas puertas abre y todas bocas cierra- sentenció Ranier en una de sus citas.
- Quizá les guste pagar tacos rotos, sí. Bueno, a ver si esta vez no… ¡Ouch! ¡Joder, eso tiene que hacer daño! - comentó Edmond, no sin alborozo. Han acababa de aplicarle al tipo moreno un bolazo en plena nuca.
- ¿Hacer daño? ¡Le ha collejeado con una bola de billar! ¡Eso no hace daño, directamente te revienta la cabeza! - exclamó Sigurd, llevándose inconscientemente la mano a la nuca.
- Pues aún se alza buscando más, y el fulano que le zurra gusta de dárselo.
-Elliot, te lo estás perdiendo…


Pero Elliot no estaba para nadie que no fuera la jarra de cerveza que había delante. Tenía la mirada perdida, como si buscara algo en una de las miles de burbujas doradas y, al desvanecerse esa, buscaba otra donde prender la vista. Mientras, Rolf zancadilleaba vilmente a uno de los pandilleros, para risa discreta de los tres compadres, que no perdían detalle. Al cabo, terminó la trifulca, saldada, a decir de Ranier, con buena mano de bastos servida para los pandilleros.
Una mano se posó en su hombro y le zarandeó suavemente.

- Oye, para ser la primera vez en tiempo que quedas con nosotros entre semana… - empezó Sig.
- Sin ser jueves… - apostilló Edmond, atento a todo, bebiendo a morro de la botella.
- … Sin ser jueves, sí, gracias, Ed. Pues eso, que te veo poco animado. ¿Ha pasado algo con Marie?
-No, aún no. Pero no sé lo que dirá cuando sepa que me han despedido. No, no se lo he dicho, y como a alguno se le ocurra comentarle algo se acuerda de mí - advirtió, cortando los posibles reproches -. Es complicado, ¿sabes? Buscar otro trabajo es lo de menos. Por poder, puedo meterme en cualquier sitio… pero es que todo, todo lo hecho hasta ahora, no ha servido de nada. Me revienta. Y me jode mucho más tener que decírselo a Marie. Pasé mucho tiempo sin prestarle atención por culpa de mi proyecto, metiendo horas y faltando de casa. Luego, años sin poder presentarlo, años de quejas que ha aguantado con paciencia de santa; y ahora me encuentro con que no tengo manera de hacerlo realidad y que se ha ido todo a la mierda. Trabajo, esfuerzo y tiempo, perdidos sin remedio para nada.

Edmond y Ranier se volvieron hacia ellos. Los tres colegas quedaron en silencio, mientras la trifulca a sus espaldas terminaba con tres tipejos inconscientes o dolientes, y un cuarto que ponía tierra de por medio. Por su lado pasó el bando ganador, en dirección a la puerta, mientras Aiden se llevaba la mano al bolsillo. A no tardar, entre él y Garth sacaron a los tipejos noqueados al callejón, quedándose con las caras por si volvían.

Pasó una hora en la que los compañeros siguieron en la taberna, comentando la pelea y otras minucias. Varios intentos de animar a Elliot se sucedieron, pero realmente había poco que decir. Tras una partida en una de las mesas de billar, ahora vacías, en la que Edmond apostó con Sigurd una ronda del copazo más caro del local, y el trasiego de dicha ronda (que pagó Sigurd, como era de prever), salieron del bar. Ya era hora de cada mochuelo a su olivo, que al día siguiente todos menos Elliot madrugaban. Todos vivían en la placa, pero de vez en cuando cambiaban de aires y bajaban a un par de sitios bien escogidos de los suburbios, como era el caso. Iban andando en dirección a la estación del sector 3, conversando. Ranier llevaba de nuevo puesta la gorra de piel y acababa de encenderse otro de sus caros cigarros.

***

Susurro se levantó una vez más. Llevaba aún el brazo en cabestrillo, y el torso vendado. A pesar de los avances médicos del departamento, los daños recibidos habían sido considerables y tardaría en volver al servicio activo, a decir de los especialistas y del director. Varias costillas rotas, que tardarían poco en soldarse, pero con las que había que andarse con cuidado para no ir a peor. Y luego, el brazo roto. Según el médico, estaba roto y astillado en varios puntos; fue gracias a la materia Cura que el dolor no le dejó inconsciente antes de ser encontrado. El atropello por parte del monstruo le había pillado por sorpresa, y combinado el peso de la bestia con la mala caída, el resultado había sido bastante malo. Aunque estaba vivo. De su unidad, sólo quedaba vivo otro agente, Kal, mientras que tanto el resto como la unidad de Mallet al completo, estaban muertos.

No, no todos. Recordó cómo alguien mencionó de pasada a uno al que habían encontrado casi exangüe. No había podido verlo, de modo que ignoraba de quién se trataba. Pudo escuchar que había sufrido heridas de importancia y tuvieron que hacerle una transfusión que casi resultó inútil, pues estaba más muerto que vivo. Milagrosamente, o quizá científicamente, tratándose del experimento andante que eran considerados los SOLDADO por algunas personas, había salido adelante. No había oído de ninguno más de sus subordinados o los de Mallet. Supuso que sus cadáveres ya habían sido recogidos de los túneles, y más tarde se lo confirmaron. Antes de caer inconsciente a causa del dolor, Susurro les había informado sobre la presencia del monstruo, de modo que fueron precavidos. Por lo visto, los encargados de recoger a los caídos habían ido con una fuerte escolta que trató de no internarse demasiado en los túneles. No encontraron más rastro del monstruo que grandes marcas de arañazos en las paredes metálicas y sangre, que bien podía ser de los SOLDADO y no de la criatura. Al final del recuento de bajas, faltó uno, al que encontraron días más tarde bajo la placa, convertido en una grotesca y sangrienta pegatina. El monstruo negro le había mandado volando fuera de una pasarela, y el suelo de los suburbios del sector 2 se había convertido en testigo de su caída y receptor de su maltrecho cuerpo. Cuando lo hallaron, faltaba la espada y la materia. Los carroñeros del suburbio, humanos y bichos, hacían su trabajo rápida y eficazmente.

El agente volvió a acercarse a la ventana, desde la que se apreciaba una buena panorámica de la urbe. Las luces de Midgar, que desafiaban a las estrellas a brillar sin parpadeo, iluminaban continuamente la ciudad. En alguna parte de ella se encontraba la Tower of Arrogance, con las luces acordes al evento que se celebraba en su interior. Un evento para el que Susurro tenía entradas… aunque carecía de ánimo para ir a disfrutar de la música y el ambiente. El plan habría sido ir con Mallet y otros compañeros de permiso… No tenía demasiados amigos (de hecho, prácticamente no tenía), así que se las había dado al primero de su promoción que encontró. El compañero le había mirado con extrañeza al principio, hasta que lo atractivo de la oferta venció su estupor y las entradas cambiaron de manos. El agente prometió brindar a su salud y se lo agradeció sin cuestionar el motivo del regalo.
Eso había sido hacia las siete, y eran las ocho y veinte. Se encontraba en las dependencias de SOLDADO, prácticamente solo. Había ido, como todos los días, pero no podía hacer realmente nada en ellas y era igual que si no se hubiera levantado esa mañana. El director le había obligado a darse de baja hasta estar completamente restablecido. Ni entrenar, ni combatir, ni tan siquiera patrullar por el más tranquilo y pacífico de los barrios pijos, y por supuesto nada de salir de la placa. Era un SOLDADO inhabilitado para luchar por sus superiores, a pesar de tener aún un brazo sano y en perfecto estado. Lo único que Susurro hacía era pensar. En sus vueltas y revueltas al tema del director, le vino a la mente Lazard Deusericus, que no hacía tanto tiempo había dirigido el departamento de SOLDADO, llegando incluso a estar bastante más cerca de la línea de frente de lo que le era recomendable. Era, además de un administrativo, un buen estratega e intendente. Se le echaba de menos, tanto a él como a su manera de hacer las cosas. Desgraciadamente, había desaparecido, como varios 1ª clase, por el mismo tiempo en que a Sefirot se le dio por muerto. Seguramente, Lazard se habría encargado de darle ocupación, por mísera que fuera.

El actual director de SOLDADO (un administrativo puesto por Heidegger, poco más que un contable que no tenía nada que ver con el anterior) le había amenazado con suspensión de empleo y sueldo, y hasta confiscación de su equipo y materia si se negaba a permanecer de baja, o si le pillaba yendo por su cuenta. Los agentes consideraban que aquel administrativo únicamente valía para asignar su número de identificación a las misiones que le llegaban y reducir el salario, pero era el que mandaba. Le podían las cifras, y más desde que muchos de los agentes se vieran afectados por una rara chifladura y se volvieran contra sus antiguos camaradas. “No tenemos tantos 2ª clase como para desperdiciarlos por ignorar los consejos de un médico”, le había dicho al salir del hospital, acompañando su advertencia de un gesto prepotente y la amenaza de suspensión.

- Qué sabrás tú de los SOLDADO, sean de segunda o decimoquinta clase… Sólo eres un cabronazo chupatintas en un cargo que le permite jugar con nosotros como si fuéramos soldaditos de plomo - murmuró irritado por enésima vez, pensando que le hubiera gustado decírselo de frente y ver qué cara se le ponía. Desgraciadamente, había dejado pasar la ocasión. Ahora no quedaba otra que aguantarse y esperar.

***

-Bueno, ¿ahora qué? ¿Tienes algún plan? -dijo Sigurd.
-¡Ya lo creo, Sig! El otro día conocí a una rubia que…
-Me refería a Elliot, Ed.

-Oh… - dijo visiblemente decepcionado.
-Antes o después tendrás que decírselo. No puedes ocultárselo toda la vida. Marie notará que no entra el mismo dinero en casa, se preguntará qué ocurre, y no puedes refugiarte siempre en los bares.
-¿Crees que no sé todo eso? ¡Lo he pensado y dado vueltas hasta que me ha dolido la cabeza!
-Dar la veraz noticia puede resultar complicado, pero es lo mejor. El mal trago, que pase rápido. Intentar fingir o engañar mucho tiempo puede dañar más que un segundo de verdad desnuda.
-Ya lo sé, ya lo sé, pero… necesito tiempo. Se lo diré, pero antes tengo que pensar la mejor manera de hacerlo y escoger el mejor momento. No quiero empezar a contárselo y terminar sollozando de pura frustración, y que me vea convertido en una patética imitación de mí mismo.

-A veces me pareces más estirado que Ranie, aquí presente, Elliot - empezó Edmond, apoyando a los demás -. Nunca hubiera pensado que le dieras tanta importancia a las apariencias, y menos en lo que respecta a tu esposa. Ni siquiera le has escondido tu inferioridad a la media. ¡Que esa mujer te ha visto desnudo, hombre! ¿Qué más da que te desnudes ahora por dentro delante de ella? Lo mismo hasta te ayuda, o hace que se sienta mejor con su elección de marido. Además, si nos cuentas esto a nosotros, que sólo te aguantamos porque nos invitas cuando estás de buen humor, bien puedes contárselo a alguien que te quiere de verdad.
A pesar del eterno tono de chanza, Elliot sabía que Ed tenía razón, al igual que sus otros dos compañeros, que le observaban con afecto. Sigurd le palmeó el hombro, satisfecho de que su amigo empezara a dejarse llevar por los ánimos que le daban.
-¡Y cuando lo hayas arreglado y estés contento otra vez, nos volverás a invitar! -
saltó Ed, sonriente.
El científico se le quedó mirando. Tardó apenas un segundo en intentar rodearle el cuello con el brazo, llamándole interesado, gorrón, buitre y lindezas más malsonantes, apropiadas todas. No fue complicado, porque Edmond se había echado a reír al ver la cara que se le había quedado y casi no tenía fuerzas para resistirse al agarre.
-Edmond tiene razón; es justo un pago por un servicio, Elliot. Si de verdad te dices amigo nuestro, nos devolverás la ayuda que te estamos prestando con obras y rondas. Y a no tardar esperamos otro incidente, para de nuevo socorrerte y ver crecer la deuda.
-¿Tú también? - exclamó el aludido, completamente desprevenido ante la situación.
-¡Ja, ja! ¡Agárrate, mundo, Ranie ha hecho su primera broma! No está mal para ser la primera, chaval.
-Lo dije hace años: que cuando Ranier hiciera una broma y tú fueras serio, se acabaría el mundo. Ahí tienes, Meteorito sobre nuestras cabezas y la broma. Creo que mejor te ponemos un bozal, no sea que se nos caiga encima antes de que encuentren la manera de destruirlo.

A pesar de lo serio del tema, el alcohol se encargaba de convertirlo en algo trivial. Siguieron durante un rato las chanzas y anécdotas de última hora, hasta que cuando el tren llegó a la placa, los compañeros de universidad se separaron para volver a casa. Ranier decidió que Edmond no estaba en condiciones de conducir, así que le acercó con su coche tras despedirse de los demás. Sigurd acompañó a Elliot hasta que enfiló su calle con un andar algo inestable. El científico iba relativamente contento. Parte de ello tenía que ver con el alcohol, pero la otra estaba alegre al contar con un poco más de resolución. Había decidido hacerles caso. Mañana por la mañana se lo contaría. Marie merecía saber la verdad dicha por él y sólo él, y ya vería lo que le deparaba el futuro, si es que había futuro con un amenazante asteroide sobre sus cabezas.

***

Al día siguiente, Susurro se vistió de uniforme, ese uniforme con el que decían que parecía haber nacido. Se puso el arnés, no sin complicaciones, y colgó en él la espada. También cogió su materia, y volvió de nuevo a la sede central como si fuera un día normal. Afortunadamente, el imbécil del director no había dicho nada en contra. Bastante le había costado convencer al tozudo agente de permanecer alejado de las misiones, hasta el punto de amenazar con la suspensión. Susurro estaba alegre, todo lo que se podía en su caso, de poder escapar de casa. Se sentía como un mueble más de su apartamento, y prefería cualquier cosa antes que quedarse apalancado ante la televisión hasta convertirse en una prolongación de los presentadores farsantes y los colaboradores chillones y cutres de la basura rosa. Antes le quitaría el trabajo de oficina a uno de los recepcionistas.

El día comenzó como los otros tres desde su salida del hospital. Identificación a la entrada, saludos insustanciales a un par de conocidos, aburrimiento en el ascensor hasta la planta 53, y tramo de escaleras hasta las dependencias para evitar el embotamiento y pereza típicos de las mañanas. Luego, horas de aburrimiento en las que trataba de encontrar algo que hacer en los terminales de la sala de reuniones, o comprobando sus puntuaciones en la sala de entrenamiento. Lo poco que le animaba el día era las charlas del resto de agentes.
Sin embargo, ocurrió algo que no esperaba. Estaba sentado en la sala de reuniones, moviendo inconscientemente la mano del brazo roto mientras con la otra tecleaba buscando noticias y comentarios sobre la juerga de la Tower of Arrogance del día anterior, cuando un SOLDADO de 3ª clase entró y le saludó, al tiempo que consultaba una libreta.

-¿SOLDADO de 2ª clase, Dwight Dastre… Diaestraf…? Oh, al diablo. ¿Susurro?
-Sí, ¿qué quieres?
- contestó en voz baja, como siempre.
-Te llama el Contable… digo, el director, a su despacho - corrigió con voz trémula el 3ª clase. Susurro tenía una expresión completamente neutra, pero el chaval parecía intimidado.
-Qué sorpresa. Si mal no recuerdo, estoy de baja gracias a él. ¿Te ha dicho para qué quiere verme?
-No, pero parecía preocupado. Estaba nerviosísimo, no paraba quieto y sudaba como un cerdo
- la cara del 2ª clase se movió en una socarrona sonrisa al escuchar eso.
-No podría sudar como otra cosa aunque quisiera. De acuerdo, ahora voy. Y el apellido es Diastraefen.

-Ya era hora, soldado Diastraefen.
-Siento el retraso, señor
- murmuró Susurro.
Tal como había dicho el emisario del director, éste estaba sudando, su cara ancha brillante enjugada a ratos con un pañuelo. Contable era el mote más suave que le daban los del departamento, y cuadraba bastante con él: un tipo algo bajo, rechoncho, con lentes y una incipiente calvicie, que se frotaba las manos como un tendero avaricioso. Apenas se cerró la puerta, alzó su voz de cotorra.
-Bien, vayamos al grano. El bicho ha aparecido.
-¿El bicho, señor?
- a pesar del tono de sorpresa, Susurro siguió manteniendo su cara de póker.
-Sí, el monstruo de nombre, características fisonómicas y hábitos desconocidos. Usted ya lo conoce, Dwight, es el que acabó con casi toda su unidad hace menos de una semana en el interior de la placa.
Los músculos del brazo sano se contrajeron con fuerza, y ambas manos de Susurro se crisparon, pero su expresión no cambió un ápice. La causa de su reacción eran tanto que aquel cerdo se tomase confianzas con su nombre como la mera mención de aquel asqueroso engendro.
-Una de nuestras patrullas que deambulaba por los suburbios lo ha encontrado. Se toparon con él cerca de la salida del sector 3, que estaba cerrada. Pensaban que era un Bégimo joven, pero coincide con la descripción que usted nos facilitó. Los muy idiotas no pensaron otra cosa que plantarle cara creyendo que estaba acorralado. Ahora mismo están en el hospital, y tenemos a nuestros efectivos y los PMs cerrando el tráfico a la zona y vigilando para que no salga. Cuando hayan acabado con eso, nuestros agentes dejarán a los de seguridad cuidando la retaguardia y rebuscarán entre la chatarra hasta enviarle al infierno.
-No veo que tiene eso que ver conmigo, señor. Por si no lo recuerda, estoy de baja
- replicó, sin importarle demostrar su resentimiento.
-¡Ya sé que está de baja, maldita sea! ¡Yo mismo se lo ordené! Sin embargo, hay una tarea que quiero que desempeñe en esta misión.
La ceja derecha de Susurro se alzó de manera casi cómica. Aquello no lo esperaba en absoluto.
-Quiero que usted acompañe a un equipo de 3ª clase y que dirija la captura. Nada de temeridades; permanecerá fuera del perímetro dispuesto para la misión, sin separarse de su unidad. Su único cometido será dirigir a los demás grupos y coordinar sus acciones por radio. Usted ha combatido a esa cosa, espero que algo habrá aprendido que nos sea de utilidad - concluyó secamente el director.
Al SOLDADO no dejaba de resultarle divertido ver a aquel tipejo patético referirse a sí mismo como parte del departamento o aun a considerar a los demás agentes “los nuestros”; y que encima se hubiera referido a la unidad que le acompañó en el desastre bajo la placa como de su propiedad, como si le culpara a él de sus muertes. Casi sonrió. Casi.
-Sí, señor, a la orden- masculló de forma casi inaudible.
-Así que por eso le llaman Susurro, ¿eh? Pues cuando hable conmigo más vale que le entienda, o le quitaré las ganas de poner motes a la gente. ¡Vamos, la compañía no le paga por asentir como un tonto! Un transporte le espera con su unidad. Espero que no la vaya a pifiar haciendo alguna locura. ¡No se le ocurra desobedecer y lanzarse a combatir, Diastraefen! No necesitamos a más locos en el departamento.

No habían tardado gran cosa en llegar a los suburbios del sector 3. Alrededor de aquel rincón de los suburbios se habían desplegado numerosos efectivos de seguridad, con pequeñas escuadras de SOLDADO como refuerzo para asegurarse de no dejar ni una brecha en la vigilancia. Contento de estar por fin cerca de la acción, tras algo más de una semana (que le parecía más de un mes) a Susurro le costaba no sentirse satisfecho. Ponía coto a su disfrute el hecho de que, si se le ocurría salir del vehículo donde se encontraba para ir a vérselas con el monstruo, los PMs serían testigos, y sin duda sus compañeros darían parte. No les caía bien el director, pero eh… era el jefe, y había que hacer puntos de alguna forma.
Así pues, estaba confinado a la parte de atrás de un furgón oculto tras una vieja grúa, conformándose con unos auriculares, un micrófono y el terminal portátil que marcaba las posiciones del resto de agentes. Junto a él, un técnico destacado para acompañarles controlaba a los pequeños autómatas de Shinra. Los diminutos droides usaban detectores de infrarrojos para localizar a la criatura. Era una apuesta segura, dado su tamaño, y no tardaron en detectar su presencia y transmitirla al terminal del furgón.
-E-1, se dirige hacia vosotros. Aguantad la posición - ordenó con voz serena.

A eso se reducía la misión encomendada por el director. A dirigir a otros y perderse la diversión. Susurro no sabía si creer que aquello era una compensación por su malestar o una venganza especialmente refinada: poner la miel en los labios, como se decía. Pero no estaba enfadado.
-E-4 y E-3, avanzad desde donde os encontráis y aprovechad para atacar por los flancos.
-Es rápido, señor. Y no sólo eso, también es escurridizo. Cuando intentaron…
-E-1, retroceded unos cien metros, recoged a los heridos de E-2 y replegaos, salid de ahí ya
- Susurro ignoró el comentario, y el técnico que controlaba los autómatas se interrumpió lo justo para ojear por encima del hombro de Susurro. Luego continuó con su charla.
-El muy cabrón se entierra bajo la chatarra, como si fuera tierra, señor y así puede llegar a burlar los detectores térmicos. Me han dicho que, antes de que usted llegara, intentó salir de la zona cerrada. No lo vieron venir hasta que un montón de basura saltó por los aires y cayó sobre la tropa. Por suerte pudieron rechazarlo, pero aún así…

Aún así no era fácil. Era un hijo de puta grande, sí, y metía ruido al moverse. Sin embargo era negro, y bajo el manto de oscuridad que lanzaba la placa, un segundo de despiste le garantizaba un blanco seguro. Tener contacto visual no servía de mucho cuando podía desaparecer tras cada montón de hierro oxidado y desperdicios. Se quedaba completamente quieto para no ser escuchado hasta que se le acercaban. Y siempre atacaba por sorpresa, dando escasa oportunidad a los soldados para plantarle cara. Cuando empezaban a rehacerse del susto y reforzar su ofensiva, el bicho huía y esperaba mejor ocasión. Ahí era donde la guía desde el furgón marcaba la diferencia. El monstruo debió sorprenderse cuando llovieron espadas de izquierda y derecha mientras avanzaba hacia los agentes de E-1, y el punto rojo que le representaba se fue por donde había venido rápidamente, seguido de cerca por dos luces amarillas que indicaban las escuadras.
-E-5, fuego de cobertura con materia de largo alcance. Haced bailar a ese cabrón hasta que se le derritan las patas.
Los puntos titilaban en la pantalla y se movían siguiendo una compleja danza de la que Susurro no perdía detalle. Ya le había cogido el punto a su adversario. Atacaba por sorpresa a grupos o agentes aislados. Si acababa con ellos, se ocultaba y aguardaba a que otros pasaran en ayuda de los que acababan de caer. Ya había perdido a la mitad de E-2 de esa manera, cuando fueron a socorrer a los compañeros. Si resistían, escapaba y buscaba un lugar desde el que acecharles. El 2ª clase no tardó en darse cuenta del sitio donde podía estar en aquel momento, por suerte para los que estaban a su cargo, y se dio cuenta también de que la mejor manera de acabar con él era usar una presa que no hubiera visto hasta el momento.
-E-1, retiraos hasta alcanzar el cordón de seguridad. E-3, avanza unos cincuenta metros y espera mi orden.
El técnico miró la pantalla. Sobresaltado, salió de la furgoneta y, pidió silenciosamente unos prismáticos de infrarrojos a uno de los 3ª clase de la escolta. Con ellos, distinguió las rojizas siluetas de la unidad E-3, a lo lejos. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando un espantoso chirrido rompió el silencio, primero a la izquierda de la unidad en espera, luego de la derecha… ¿o se trataba de un eco? Al agudo sonido siguieron otros, rítmicos, como los latidos de un corazón acelerado, si es que un corazón acelerado podía latir a esa velocidad. Tuvo el tiempo justo de volver al interior del furgón para observar a Susurro y escuchar su orden. Habría jurado que sonreía, enseñando los dientes como haría un lobo de Nivel que ha visto una liebre.

-¡E-3, lo tenéis enfrente mismo! ¡Está cargando hacia vosotros! ¡Fuego de supresión, ya!
El fulgor de numerosas bolas de fuego cortó el aire oscurecido de la placa y fueron a impactar entre la chatarra, con gran estruendo. De nuevo, algo chilló, y al hacerlo, heló la sangre en las venas del técnico. El acelerado pulso se escuchó más cerca. Al poco, acompañando otra instrucción de Susurro para E-4, el ruido de truenos y el brillo de las materias Electro sacudió otra vez los montones de basura. El técnico se acercó al 2ª clase, casi apartándolo de un empellón. El gran punto rojo iba derecho hacia ellos, escapando de las luces amarillentas que lo hostigaban.
-¡¿Pero está loco?! ¡Lo está trayendo directamente aquí!
-¿De veras? Qué torpe soy… no se me dan bien estos trastos. Pero tranquilo…
- dijo entre dientes.
Haciendo a un lado al técnico, Susurro se levantó, posó los auriculares y movió un poco el hombro derecho. En la espada, las mismas materias que había llevado durante la última misión brillaban amenazadoras, como anticipando lo que se avecinaba. Lentamente, el SOLDADO se encaminó a la puerta del furgón, mientras la mano derecha se cerraba fuertemente en torno a la empuñadura del arma y la desenganchaba del arnés. Antes de salir, dirigió otra mirada lobuna al técnico. Los ojos característicos de los que habían sido tratados con mako igualaron el brillo de la materia. Nuevamente una sonrisa se adueñó de su habitual rostro serio.

-Ahora mismo lo arreglo…