martes 14 de julio de 2009

182.

El impacto le hizo rebotar contra en el asiento mientras daba vueltas de campana. Tras el cuarto giro, por fin el coche se detuvo, y Tombside dio gracias.

También dio gracias por los cinturones de seguridad, las materias de barrera, coraza y curación, y por una resistencia natural adquirida mediante horas de ejercicio.

Maldijo al gigante de ébano y a la puta rubia que conducía, y a ShinRa. Y a los parientes de cada uno de ellos.

Se arrastró como pudo entre el amasijo de hierro que había formado el coche, clavándose en los antebrazos fragmentos de cristales de las lunas que habían reventado al impactar contra el suelo. Si hubiera tenido parabrisas podría haberse dado por perdido, pero gracias al turco este se había congelado y había saltado en pedazos contra su puño, salvándole de múltiples cortes e incluso de perder los ojos; pero aún así había recibido numerosos cortes y golpes en todo el cuerpo.

Un fino hilo de sangre corría mejilla abajo, y le dolía mucho la parte diestra de la cara. Se llevó dos dedos allí donde la gota carmesí descendía, y siguió el trayecto de manera ascendente, hasta que sintió una punzada. Retiró los dedos en cuanto notó el choque doloroso, y se palpó con más cuidado la cara. Blooder no tenía forma de saber qué le cortó, pero ahora en la cara lucía una herida perfectamente vertical, que avanzaba desde la frente hasta la comisura del labio derecho, sin dañar el globo ocular. Era un corte fino, que destacaba en cuanto a longitud por encima de los otros cortes menores que tenía en cara, orejas y cuello. Escocía terriblemente, como si hubieran echado sal y pimienta en la herida abierta. En el pelo, en la zona izquierda del hueso parietal tenía una costra a medio secar de sangre, mezclada con polvo y arena de suburbio, que goteaba por la nuca y se colaba a través de la negra camiseta. El codo izquierdo se negaba a moverse en absoluto, y tuvo que ir arrastrando la pierna derecha cuando por fin consiguió levantarse.

Siempre llevaba en la guantera un conjunto de ampollas y jeringas con sueros y tónicos, que ahora eran un líquido que goteaba hasta el techo, que estaba apoyado contra el suelo. La materia que tenía guardada en el vehículo había salido despedida mientras el coche volcaba, y ahora las esferas rodaban sin control sobre el suelo, lanzando destellos en un arco iris azul, verde, amarillo y rosa; el depósito de gasolina había empezado a escupir el líquido fósil refinado, y ya bañaba varias de las brillantes bolas mágicas. Era cuestión de tiempo que se incendiara, y Frank empezó a lanzarse todos los hechizos de recuperación y regeneración que pudo. No importaba qué extremidad colgaba, o qué hueso podía soldarse mal, lo único que importaba era escapar en ese momento.

La llamarada ascendió segundos después, empujándole contra un viejo coche de color crema. La muñeca se hizo añicos cuando la onda expansiva le alejó de la columna de metal y llamas. Apagarlo no era una prioridad, pero desde luego no podían dejar aquello ardiendo en mitad del solar; dos motos se acercaron rodeando la quemada estructura. Blooder reaccionó arrojándose al suelo, clavándose nuevamente más cristales en el pecho y en las piernas, para recoger una materia que había en el suelo. La primera moto, una Hardy Daytona z450 con dos soldados de tercera encima salió despedida cuando rayo impactó contra ella, mientras que la conducida por un soldado más veterano se estrelló contra el muro de tierra que surgió de la nada. El militar intentó reaccionar, pero la pared le alcanzó.

Cada vez llegaban más personas, y también era mayor el tiempo de realización de cada magia. Empezaba a sudar en abundancia, y tenía que respirar profundamente para oxigenar sus pulmones.

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- En exclusiva, les ofrecemos imágenes de la persecución del asesino que ha tenido en vilo a todos los cuerpos de seguridad de nuestra ciudad. En directo para ustedes, desde MidTv 2, las imágenes de la persecución y enfrentamiento con la autoridad de Blooder.

Pusieran la cadena que pusieran, todas emitían las mismas noticias: el sanguinario criminal estaba siendo detenido en esos momentos. Las imágenes en directo eran confusas y extrañas, tomadas desde un pequeño helicóptero que difícilmente podía circular entre las calles que había bajo la placa. Habían perdido la pista de los coches que perseguían y escapaban, pero habían recuperado la conexión visual gracias a la gran señal luminosa que emitía el ShinRa Vendetta en llamas. El pálido color hueso de la carrocería se tornaba carbón entre las lenguas anaranjadas y amarillentas que se negaban a morir bajo chorros de líquido espumoso y ráfagas de hielo que los operativos lanzaban. La pantalla se volvió negra cuando pulsó el botón rojo del mando a distancia.

El retirado detective había dejado de cambiar de canal sin meditación, buscando nuevas imágenes que revelasen algo más sobre la operación. A su lado, la amplia cama de pareja estaba ocupada por el cuerpo del tullido Jack Kened. Había perdido los tendones de las manos; las piernas estaban destrozadas y torcidas en ángulos extraños que McColder había llegado a calificar como “tres menos veinte”. El único ojo sano que le quedaba al antiguo turco no apartaba la vista del envejecido hombre, clavando en el un verde iris brillante.

Jerry dejó el mando apoyado sobre una mesilla de noche al lado de una radio-despertador de color rojo y se dejó caer en la cama, sentado al lado de la pierna derecha del hombre tumbado.

- Vaya putada, - McColder dejó caer los hombros y hundió la cabeza en los brazos – justo cuando van a coger al hombre que más ganas he tenido de pillar nunca, el hombre que me ha costado más que nada en el mundo, yo estoy aquí con un tipo moribundo.

- … - el silencio era la única respuesta que podía recibir de su acompañante. El ojo sano, correspondiente al izquierdo, se cerró a medias en una mueca furiosa.

- Me gustaría estar allí. – no parecía haberse dado cuenta de sus palabras- Ver su puta cara cuando le detengamos, reírme en ella y soltar una frase ingeniosa, igual que en muchas series y libros de detectives. Imagino que a ti también te gustaría estar allí, como uno de sus captores. La gloria, la fama, el dinero… Pero esto no es una película de detectives.

- … - el silencio permaneció.

- Aquí coche patrulla nueve nueve cinco. Tenemos al sospechoso vagando por el solar, y ha derribado a tres patrullas de SOLDADO. Solicitamos permiso para iniciar fuego hostil y eliminar al objetivo.

- Denegado, agente Inagger. Los altos cargos solicitan al objetivo vivo. Además, están retransmitiendo la pelea en estos momentos.

Jerry no esperó más, y encendió el televisor.

El vídeo tenía mucho que desear en cuanto a calidad se refería, pero aún era capaz de distinguir la vaga forma de una persona corriendo. La cámara se movía sin parar intentando mantener en el centro de la pantalla al fugitivo. La luz procedía de numerosos fuegos que se habían formado en diversos puntos, iluminando el solar donde una solitaria figura vagaba. La cámara intentaba acercarse lo máximo posible, tanto que casi podía apreciar la forma del hombre.

Sangraba abundantemente, con la ropa manchada de tierra y pequeños trocitos de cristales que brillaban bajo el brillo de las hogueras. El cabello ahora era una maraña costrosa con polvo adherido, confiriéndole un color grisáceo similar al que había adquirido la ropa. Las sombras danzaban sin parar, cambiando la tonalidad continuamente entre blancos y negros.

Se movía sin ninguna lógica, realizando movimientos aleatorios que le llevaban de un lado para otro, siempre alejado de la apertura que el destrozado coche había formado.

Y, durante apenas unos instantes, la cámara enfocó su rostro.

Allí estaba, en primer plano y para todos los espectadores, el rostro del hombre sin rostro. Ni siquiera se preocupó en taparse la cara. Estaba cubierto de cortes y magulladuras, y la sangre seca le había cubierto una cuarta parte de la cara; la más preocupante de las heridas era una vertical que bajaba desde la frente a la mejilla derecha y no paraba de sangrar, pronunciando una línea bermellón. Tenía muchas otras a lo largo de la cara, cubierta de líquido carmesí que resplandecía ante la luz, debido a los fragmentos de lunas del coche que se habían adherido a la piel. Se movía con tambaleos, confuso y desorientado, y más de una vez estuvo a punto de caer al suelo, tropezando con sus propios pies.

La mudez reinaba en la habitación. El aspecto del hombre al que buscaban, la quimera que tanto ansiaban era una sombra de lo que esperaban: habían imaginado a un hombre poderoso, experimentado en las esferas militares; pero la realidad se mostraba en forma de un joven que estaba a punto de desplomarse; era una imagen que podía verse los fines de semana con facilidad.

Si no hubiera sido por las explosiones y la expectación que había dado la visualización del rostro de Blooder, se podía pensar que MidTv 2 estaba grabando a un vagabundo borracho. Pero aquello no convencía al detective.

De pronto, McColder se levantó de la cama, sin decir ni una palabra. El verde ojo le siguió, viendo como le quitaba la almohada de la parte posterior de la cabeza para ponérsela en la delantera.

- Lo siento, Antonio… Jack.

-

Apoyó la tela contra la cara de su antiguo compañero de maniobras, ocultando el ojo acusador que le lanzaba miradas de odio y temor. Incluso podía sentir como a través del parche el globo ocular fantasma le observaba. Empujó con fuerza. El moribundo apenas podía removerse, y pronto quedó en paz, sin posibilidad de defenderse ni de pedir auxilio.

Gerald volvió a colocar la almohada, y se marchó en silencio.

--

Frank no sabría decir cuanto tiempo había estado vagando por las calles artificiales que los vehículos quemados y los muros de tierra habían formado. Temblaba y le dolía terriblemente el cuerpo, en especial el pecho. El corazón desbocado estaba latiendo a un ritmo frenético, exageradamente desorbitado. Se sentía como si hubiera tomado demasiado éxtasis, viendo todo brillante, en un efecto similar a si hubieran encendido las luces y a la vez, algún retorcido dios le hubiese subido el brillo con su mando a distancia particular. A duras penas podía mantenerse en pie, y las heridas y quemaduras eran tan dolorosas y lacerantes que rendirse y desmayarse suponía un placer mayor que la vida.

Incluso morir era una opción más fácil y placentera; pero se negaba a darse por vencido: esos hijos de puta no podían derrotarle de manera sencilla, que peleasen.

Pero la realidad era completamente diferente, y no para bien del asesino: había lanzado tanta magia que no le quedaba suficiente energía para curarse, y todas las materias que llevaba estaban prácticamente inutilizadas por ello. Cada vez que intentaba arrojar una brizna de poder, veía como las pequeñas chispas de la fuerza del mako condensado chisporroteaban entre sus dedos, negándole la posibilidad de lanzarse una mínima curación. Tenía mucha sed, y sudaba menos, como principio de deshidratación causado por la fatiga, y tenía que inspirar fuertemente para recoger oxígeno. El próximo ataque llegaría a ser fatal debido a su incapacidad de curarse o desaparecer. En aquellos momentos, maldijo a la compañía por no desarrollar una materia que volviese invisible. O por no venderla.

Respirar se había convertido en una tarea casi imposible debido al hollín y al penetrante olor de la carne quemada. La falta de energía mágica no favorecía esa situación. No sabía hacia dónde debía moverse, a dónde dirigirse. Se rindió.

En ese momento, una tanqueta de SOLDADO atravesó la valla del solar, saltando las placas de madera y la malla de alambre con un ruido mecánico, arrollando una moto que ardía aún con un cuerpo sujeto a los asideros. La trampilla se abrió, y de su interior surgieron una decena de miembros de segunda y tercera, comandados por un primera clase con cara de perro viejo y arrugado, que había visto desaparecer su pelo a excepción de unas escasas matas que raleaban encima de las orejas, muy corto. Tenía los ojos de un color aceituna con el tradicional brillo. Escupió al suelo, y gritó con voz que parecía más un gruñido:

- ¿Qué coño pasa contigo, hijo de puta? ¿Acabas la fiesta cuando llego yo, cabronazo? Joder, la puta pelea ha acabado. Que entren las ambulancias y se lleven a este – la bota del soldado impactó contra las costillas del asesino, arrancándole un grito espantoso que expulsó un hilo de saliva y sangre que cayó al suelo, igual que Tombside – mariconazo.

Las ambulancias tardaron veinte minutos en llegar, a través del hueco que el Vendetta había abierto. Dos coches patrulla de Turk llegaron escoltándolas, uno delante y otro detrás. El negro ShinRa Supreme que iba a la cabeza había perdido el parachoques delantero, y tenía abolladuras en el capó. La matrícula y el símbolo de la compañía se habían hundido dentro del morro, y los cristales del faro izquierdo habían reventado con el golpe. La rubia conductora bajó del coche para ver cómo los sanitarios administraban numerosos sedantes al asesino antes de subirlo a una camilla, en donde le pusieron más calmantes y opiáceos para paliar el dolor. Se acercó corriendo.

- Esperen – sacó dos juegos de esposas de la nada, y puso una en cada muñeca, amarrándole bien a la camilla. Su compañero, Harlan, se acercó e hizo lo mismo con los pies.

- ¿Quiere que además le pongamos unos cinturones para sujetarlo más? – sugirió el camillero más joven, moreno y con gafas.

- Mejor – la chica no pudo disimular una sonrisa –así no se moverá cuando haga esto.

Alzó el puño, y su enguantada mano hizo impacto con los nudillos en el pecho del hombre tendido. Apenas se movía ni se quejaba, así que la chica levantó de nuevo el brazo para golpear los cojones de su víctima, pero el golpe no se hizo efectivo cuando el camillero le agarró por la muñeca.

- Le quieren enterito y vivo. Recibimos órdenes, y debemos cumplirlas.

- ¿Y a mí que coño me importan las órdenes de un puto sanitario? ¡Soy la autoridad!

- Pues me temo que tendrá que leerle los derechos, e irse a golpear a otro. Las órdenes no vienen del hospital – levantó el índice y señaló hacia arriba tres veces.

- Este mamón se libra, Yvette – el gigante de ébano sacó sus dientes de marfil a relucir en una sonrisa – Por ahora.

Se iban alejando, pero aún se podía oír a la rubia gritando sus quejas a su compañero. “¿Cómo puede llamarme ese tipo niña? ¡Pero si ni siquiera llega a los treinta!”

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- Levanta, hijo de puta.

- ¿Carl?

Allí estaba, o eso creía ver. Todo era borroso, salvo la figura nítida de su amigo, erguido frente a él con sus habituales galas de ropa y botas negras, abrigo largo incluso en verano y mascarilla en la cara.

- Este no es el Frank que yo conozco. El poderoso Tombside se folla a la muerte, no se sienta para que ella le folle – su voz era despreciativa.

- No te jode, cabrón. – intentó ajustarse la máscara de oxígeno, pero sus brazos no conseguían moverse – Me gustaría verte a ti agotado, sin poder usar ni una puta materia, y rodeado de TODA la puta élite de combate.

- Desde luego, no me cogerían vivo.

- A ti no te cogen porque estás encerrado, hijo de puta. No sales si no te lo ordenan.

- Bueno, eso no es mi problema. ¿Cómo piensas huir?

Frank no contestó, y O’toole empezó a reírse. Cada vez más alto, cada vez más fuerte.

Se retiró la mascarilla, y ahí donde debía haber una boca, sólo había hueso, amarillento, que se burlaba de él. La piel caía a tiras, y el músculo se había podrido en la zona delimitada por la tela sanitaria, cubriendo la gastada encía de color negro. De pronto, el vendedor de droga y esclavas sexuales se transformó en un viejo mendigo, de luenga barba grisácea, dentadura picada y plagado de viruelas. Vestía las ropas de su amigo, excepto la mascarilla, que se había convertido en una botella de vidrio verde oscuro llena de vino tinto. Le dio la botella, y Frank la recogió, sin caer en la cuenta de que ahora estaba de pie y se movía con demasiada fluidez. Arrojó el recipiente contra el rostro picado, que se contrajo en una aullante mueca.

El vagabundo que le había tendido la botella comenzó a aullar, apretándose la cara fuertemente, al tiempo que Tombside sacaba la cuchilla y acababa con su sufrimiento.

Había renovado sus fuerzas, sacándolas del vacío más profundo de su ser, pero aún así seguía mareado. Comenzó una ciega carrera, atravesando un laberinto de calles que surgían y desaparecían milagrosamente. Los edificios nacían y morían, ramificándose y soltando sus frutos en el pavimento que se abría como gargantas deseosas de devorar el manjar arquitectónico. Miles de pájaros de acero pasaron volando por encima de su cabeza, a la vez que un conejo de hormigón se lanzaba contra un tigre de cemento, dispuesto a devorarlo con sus colmillos de hierro.

- Mierda. Estoy flipando.

Una gigantesca mujer de arena y viento se levantó, desnuda frente a él, y sopló su abrasador aliento encima de él, a la vez que un caballero con armadura y montado en caballo atravesaba con su lanza una sábana blanca tendida en una cuerda que se sujetaba en el infinito. La mujer comenzó a menguar, y surgió una mujer rubia de enormes pechos, uno de ellos con una herida mortal que había sido curada. De pronto, la mujer se metamorfoseó en un dragón de siete cabezas y diez cuernos, cada una con una herida mortal curada. Montado encima del dragón, había un coloso de azabache que sonreía con dientes de perla, y de pronto se fundió hasta mezclarse con el gigantesco reptil volador, que también se derretía hasta convertirse en un chorro de lava que atravesó su pecho. No le dolió, pero lo notaba, igual que sentía el aroma dulce de la mujer-dragón.

La lava endureció hasta formar un edificio de piedra negra, junto al que miles de personas desfilaban con trajes negros, grises, azules y morados. Dos figuras blancas se situaron a su lado, al tiempo que una luz se encendía en la estructura oscura.

- ¿Quién o qué coño sois? – espetó - ¡Apartad del camino de Blooder!

- Blooder tendrá que esperar –contestó la luz.

- ¿Quién eres? Sácame de aquí.

La luz se acercaba, cada vez más. Y salió de su sopor.

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Ahora recordaba dónde estaba. Seguía en el solar, medio muerto y rodeado de turcos y soldados que esperaban para matarle. Seguía con la vista el movimiento de las personas, que entraban y salían del solar. Frente a él, había un gran edificio oscuro, similar al que había tenido en su visión. Pero algo no le encajaba en aquella visión: ¿Qué eran los pájaros de metal, que el conejo de hormigón y el tigre? ¿Qué era la luz que hablaba?

Pensó en sus víctimas, y cada ave de metal adquirió un rostro: no siempre definido, ni real, pero simbolizaba algo. El tigre devoraba a los pájaros, y comprendió que era el mismo asesinando, mientras que el conejo era el sistema contra el que había luchado. Por fin entendía su trance, el momento en que pasado, presente y futuro se mezclaban en un punto que el podía observar al mismo tiempo: había subestimado a todos, y se había sobrevalorado a sí mismo. Se veía como un fiero animal que simplemente se asustaba de sus presas.

Quería reír: reír de pena por sí mismo. Se veía lamentable al recordar sus propias palabras:

“Yo soy aquel a quien vosotros llamáis Blooder. Yo soy quien libra una batalla, la batalla contra el mundo, dispuesto a sumirle bajo mi yugo gracias al poder que ejerce el terror. Tal es el terror que causo en vosotros, población de Midgar, que incluso los cielos se han venido abajo, y hoy una nueva estrella ha surgido para anunciar que yo soy aquel que subyugará a toda la basura de este mundo. El propio mundo es su basura, las gentes corrompen, queman, roban y destruyen todo cuanto tienen a su alcance. Yo limpiaré todo es, y para ello, comenzaré por causar tal miedo en este mundo, usando la corrupción, el fuego, el robo y la destrucción. Yo seré vuestro soberano, bañado en la sangre de miles de inocentes, bebiendo los fluidos de los recién nacidos. Yo soy Blooder, y a la vez soy vuestro asesino.

Yo te reto, ciudad de Midgar. Yo te reto, Rufus, a ti y a tu maldita compañía. Yo os reto, miembros de SOLDADO, que habéis creado a las mayores escorias del mundo. Yo os reto, departamento de Turk, que os paseáis con vuestra opulencia matando y riendo de vuestra barbarie.
También os desafío a vosotros dos, “Fantasmita” e “Inexistente”, asesinos que encabezan la lista; os desafío a encontrarnos y desangrarnos mutuamente hasta que solo uno sobreviva.

A todos vosotros, os reto. Hoy comienza la batalla que decidirá al mayor asesino del mundo. Ése seré yo, Frank Tombside”

Quería reír, pero ni siquiera podía lanzar una lágrima. Resolvía los enigmas, pero era incapaz de comprender que era la luz del edificio. Del edificio…

Alzó la vista, y se sorprendió al ver a un anciano en una de las plantas. Un simple vejestorio, carcamal que se rodeaba de soldados de élite, tropas de investigadores, y un largo etcétera. De pie, frente a la ventana abierta del segundo piso, en una vivienda.

Los helicópteros y furgones de noticias comenzaron a inundar el solar, saltando todas las prohibiciones e ignorando a los agentes de la ley. Todo querían ver al terrible asesino que había traído en jaque a las autoridades durante tanto tiempo, y nadie quería perdérselo. Alejar a las masas era una prioridad, pero para Tombside era otra.

- Has venido al final – dijo al viejo, que permanecía desafiante - ¿Quién eres tú: el fantasma o el inexistente?

Algo brillante refulgió en la palma del anciano, y el destello fugaz permitió a Frank Tombside reconocer al viejo detective. El foco de un helicóptero que grababa imágenes iluminó por completo el edificio, y el asesino pudo ver cómo murmuraba unas palabras. No podía oírlas, pero sabía cuales eran: Lo siento.

La fugaz luz inició una serie de disparos confusos, donde todo el mundo comenzó a disparar. Cámaras, periodistas, soldados, enfermeros, empezaron a correr sin sentido mientras algunos abrían fuego contra objetivos aleatorios. Nadie sabía cómo, pero se había iniciado un tiroteo en el solar.

Los sonidos comenzaban a disiparse en los oídos de Frank Tombside. Una bala había alcanzado a Edward Lambert, el asesino conocido como Blooder.

miércoles 8 de julio de 2009

181

El olor a ozono inundaba sus pulmones, mientras llevaba una mano hacia la herida. Se había visto sorprendido, y solo ahora, con la impresionante quemadura de su costado, había alcanzado a entender la gravedad de la traición de Yief. Si denuncias a Blooder, Shin-Ra va a ir a por todas, solo por la publicidad que ello conlleva. No había tenido la agilidad de pensarlo en ese momento, y ahora su chaqueta estaba adhiriéndose a la carne abrasada de su costado izquierdo. La fuerza de la descarga había recorrido su cuerpo como un vendaval, dejándolo aturdido y tembloroso. Tambaleante, Frank dejó que el instinto de supervivencia pensase en su lugar y lo arrastrase hasta el interior del edificio. ¿Quién cojones era capaz de lanzar rayos de esa potencia? Si le hubiese dado de lleno, no lo habría contado.

Desde lo alto de la azotea frontal, un hombre corpulento y siniestro sonreía, mostrando unos dientes blancos y brillantes que producían un efecto turbador en su imagen, enmarcados en su piel de ébano.
- Va hacia tu posición. Muy hecho, como a ti te gusta.
La respuesta procaz le arrancó una pequeña carcajada, antes de hacer un gesto que arrancó destellos de las distintas piedras de materia que llevaba engarzadas en su collar, y saltó hacia la calle.


El pecho le temblaba, tanto que temía que la descarga le hubiese dañado el corazón. Aún veía pequeños destellos, mientras se tambaleaba a lo largo de las paredes derruidas. Sabía donde estaba en ese momento: En una serie de edificios demasiado próximos al sector siete, que habían tenido que ser abandonados al declararse inhabitables desde la caída de la placa. Por desgracia para los habitantes de los suburbios, reconstruir sus hogares nunca había sido una prioridad para Shin-Ra.
La curación había remitido la gravedad del daño, pero la quemadura seguía cauterizando y tenía que quitar los restos de ropa antes de acabar de curarla con magia, o esta le traería una infección que acabaría con él.
Ahora solo tenía que lograr atravesar la manzana, encontrando huecos entre las paredes que separaban las viviendas, o abriéndolos el mismo gracias a la materia de golpe mortal, si fuese necesario. ¡Debía huir ya! Y el coche estaba demasiado lejos.

- A mi señal.

Todas las paredes parecían iguales. Sabía que seguía avanzando hacia el mismo sentido, pero aquella maldita manzana debía de tener por lo menos, quinientas putas viviendas. Edificios de la hostia de plantas, con seis putas casas por planta, todas hechas con materiales de mierda y jodidamente parecidas entre sí, con sus putos cascotes. Sabía que estaba caminando en la dirección indicada, y aún así, quedaban unos cuatrocientos metros hasta el callejón donde estaba aparcado su coche. Las sirenas lo atronaban, ayudadas por el zumbido que persistía en sus oídos. Todos sus sentidos le daban información confusa. Sus pasos resonaban en las viviendas abandonadas, más preocupados de la prisa que del sigilo. Su vista estaba emborronada por el dolor. Su boca estaba seca, y el sudor cubría su piel, mientras que el dolor lo mantenía consciente y alerta.
Pero el olfato volvió a traerle un perfume familiar. Azahar y vainilla…

- ¡Sin tregua!
La ancha hoja de la espada de un SOLDADO impactó fuertemente contra su escudo, cuya estructura se cubrió de grietas. Sobrepuesto al susto, su mano recordó el cuchillo al que estaba unida por las nudilleras, que le sirvió para desviar una segunda hoja, lanzada a por él. Retrocedió para intentar encontrar cobertura tras el hueco que acababa de cruzar, cuando una ráfaga de balas de MF22 surgió de su interior, destrozando lo que quedaba de su barrera. Tuvo la suerte de que sus restos desviaron las balas de los puntos vitales de su anatomía, pero varias lograron hender su carne, desgarrándola sobre su clavícula y agravando la quemadura. Los impactos lo aturdieron el tiempo suficiente para que los SOLDADOS, ambos de tercera clase, ahora que pudo ver el color de sus uniformes. Se levantó tan rápido como pudo y se preparó para esquivar sus ataques, mientras intentaba preparar un segundo conjuro de curación, con la esperanza de que eso acabase con los efectos secundarios del impacto anterior. Ambos estaban tomando posiciones a su alrededor, mientras desencadenaban una serie de golpes, pensados para no dejarle margen alguno al ataque. La serie se sucedía, mientras poco a poco los soldados daban pequeños pasos laterales para flanquearlo.
Sus cascos, con el visor bajado, los hacían parecer androides, y sus movimientos mecánicos y disciplinados acababan en golpes cuya fuerza descomunal empezaba a aturdir el brazo de Tombside. Si seguía bloqueando sus espadas con su pequeño cuchillo no iba a durar ni un minuto más. Miró de reojo al de su izquierda y saltó hacia él, adelantándose al golpe que este estaba lanzando, con una sonrisa maníaca y la hoja de su cuchillo brillando pocos centímetros a la derecha de su ojo, cuando la extraña fragancia volvió a inundar sus pulmones, y recordó donde la había olido con anterioridad.
- ¡Yo te maté! – Alcanzó a decir, mientras la porra extensible típica de Turk surgió de su ángulo ciego contra la quemadura, impactando de lleno.
El soldado, un novato, seguramente, se vio sorprendido por el grito que profirió, mientras sentía sus costillas romperse. Quiso reaccionar, pero entonces la presa rompió las reglas del juego. De repente todo se cubrió de llamas y la confusión se adueñó del lugar.
Tombside se abalanzó hacia la primera silueta que alcanzó a ver, agarrándola de la ropa y lanzando potentes puñaladas contra su pecho. Recordaba con ira la melena rubia, y la fragancia de azahar y vainilla.
- ¡Si Blooder te mata, te quedas muerto, maldita sea! – Gritaba, mientras la hoja de su cuchillo partía costillas al entrar en los agujeros intercostales. Busco la cara de su víctima y sintió frustración al encontrar sus dedos el casco, que pagó rajando la carne desprotegida del cuello de su víctima. La llamarada le había dado segundos, a costa de sus maltrechos ropajes y algunas quemaduras menores. No importaba. El pelo crecía de nuevo, los pulmones no.
Con un grito de frustración se giró rápidamente, apuñalando hacia su espalda por puro instinto. Cuando la punta de su cuchillo fue detenida por la parte plana de la espada del otro Soldado, sonrió de nuevo, estirando el brazo y lanzando una bola de fuego a quemarropa que lanzó a ambos despedidos hacia extremos opuestos.
Mientras volaba, pudo sentir como antes de verse contra la pared, la porra de Turk dio de lleno contra su zona lumbar, fallando su columna vertebral por pocos centímetros.
Se levantó magullado, lanzando una nueva barrera sobre sí mismo, que llegó justo a tiempo para detener varias balas de pistola, que cayeron inertes al suelo al perder su fuerza con el impacto. Tras ellas, pudo ver a una mujer rubia y enfurecida, que se alzaba contra él, empuñando una Aegis Cort en una mano y la porra que tan certeramente lo había machacado segundos atrás en la otra. A su alrededor también podía percibir el aire enrarecido que delataba que ella contaba con su propia barrera.
- Me alegro de volverte a ver, hijo de puta, y justo ahora que necesito un desquite más que nunca. – Sonrió ella. – A lo mejor me encuentras algo cambiada.
- Tu pistolita no tiene calibre para jugar con mi barrera, niña, y creo que habrías hecho mejor quedándote en casa para masturbarte con eso en lugar de haber ido hoy a trabajar.
- ¡Tu puta madre! – Escupió la turca sin contemplaciones, lanzando varios porrazos que fueron desviados por el peligroso cuchillo, cuya proximidad hacía que un sudor frío bajase por la columna de la turca.
- Parece que el ingenio haya muerto, niña. ¿Eso es todo lo que sabes hacer? – Dijo mientras se movía de forma escurridiza, evitando que su enemiga pudiese colar el cañón de su pistola dentro del escudo para empezar a disparar. Cada giro de cadera incrementaba la quemazón que surgía de su costado, pero Tombside ocultaba su dolor tras una viciosa sonrisa.
- Además de acordarme de tu madre y mantenerte a ralla, podría citar ahora mismo una colección de enfermedades de transmisión sexual a las que me recuerda tu cara de tarado sifilítico, salvo por un pequeño inconveniente… - Sonrió mientras lograba clavar una puntera bajo su rótula y desequilibrarlo, antes de lanzar la bola del extremo de su porra contra la sien del asesino, que se dejó caer hacia atrás para evadir el golpe. – El pequeño Frankie es virgen.
- ¡No te atrevas a llamarme así, sucia guarra!
El impulso tomado por el asesino al levantarse vino dado por la furia y la materia golpe mortal, lanzando a la turca contra la pared que había a sus espaldas de un poderoso puñetazo contra su vientre, que esta pudo cubrir, pero no contener su inercia. El golpe llenó la estancia de polvo y restos de yeso, de entre los que surgió la figura del asesino, cargando, con la punta del cuchillo por delante. La rubia se agachó y rodó, apartándose del rincón, mientras el brazo de Tombside se hundía hasta el codo en la pared.
Ese mismo brazo volvió a relucir con el resplandor amarillo de un golpe mortal, cuyo impulso fue utilizado para arrancar un pedazo de pared, grande como un adulto entero, y arrojado contra la turca.
Mientras el asesino conocido como Blooder se daba a la fuga por el boquete que acababa de abrir, su oponente vio con ojos como platos como una figura corpulenta se interponía entre ella y el pedrusco, tan fugaz que parecía un borrón, y con un gesto de apariencia casual, desviaba el trozo de pared, que reventó en mil cascotes al impactar contra una columna de hormigón.
- ¿Te ha herido ese rufián, moza?
- ¿Quién cojones…? – La turca no sabía si se encontraba ante una suerte de loco, gilipollas o tarado de alguna otra clase, pues el hombre que tenía ante ella era un tipejo grande y muy ancho de hombros, bien vestido. Llevaba una especie de casaca por encima de un uniforme gris, y sus botas de cuero tampoco parecían demasiado “reglamentarias”, salvo que se fuese un miembro de la “Guardia Real de Alejandría”, de esos dibujos que tanto le gustaban a su hermanastra pequeña. Al reconocer el uniforme se puso en pié y se irguió. - ¿Señor?
- ¿Ese es lenguaje para una señorita? – La reprendió, erguido y de espaldas para que esta no viese su sonrisa burlona.
- Probablemente no, señor. Si veo a alguna, me ocuparé de decírselo.
- Que fría… - Murmuró. - ¿Quién la ha entrenado así, agente…?
- Agente Yvette Marie Giulianna Louise de Castellanera e Bruscia, señor. Y me entrenó el agente Kurtz. – El oficial no pudo contener una risita. – Veo que lo conoce, Capitán.
- Llámame Galen, pero solo cuando hayamos atrapado a esa rata, moza. – Sonrió el oficial de SOLDADO.
Sonrió mientras la veía maldecir por el tiempo perdido, y se fue caminando tras ella, mientras hacía memoria: Kurtz. Alto, veterano de Wutai y como todos ellos muy despectivo con su unidad. Galen no le guardaba rencor por ello, pero tampoco lo aprobaba. Allí todos cumplían órdenes, y él mismo se había estado pateando campos de batalla desde mucho antes de que Kurtz empezase la instrucción.
Galen Hawthorne era toda una institución entre la unidad de SOLDADO, el más veterano, sin duda, aunque no el de mayor rango, dadas sus conocidas excentricidades. Nunca se le veía en público sin su casaca, sus botas, su cabello cano en las sienes, y recogido en una coleta, y su conocido sable, cuya empuñadura estaba cubierta por una ornada cazoleta, llena de arañazos y alguna que otra abolladura entre los rugosos y contundentes relieves, con los que le gustaba golpear en la cara a sus adversarios. Era imposible ver su uniforme, salvo en situaciones oficiales o misiones de campo, y de él se decía de todo a lo largo y ancho del sector cero. Se creía un pirata, un truhan, un héroe de novela barata… Pero la verdad era una sola. Poca gente escapaba de él cuando decidía que algo era “affaire privée”.
También era rápido reconociendo cuando algo era “privée” y ajeno, de modo que, a paso relajado, empezó a correr tras la tal “Yvette”, que tanto había atraído su curiosidad. Sobre todo con las referencias que traía consigo.


Frank corría. Había retomado su huída, esforzándose por pensar con frialdad por encima de la sangre que parecía hervir en su cabeza. Algo le gritaba que esa testigo viva sería su perdición, pero no importaría una mierda ahora que Yief había reventado su tapadera. Se maldijo por confiar en ese miserable hijo de puta, y la parte de él más encantada Blooder se alegraba de que esa sabandija respirase: Vivo para darle caza, vivo para alimentarle con su miedo, y por encima de todo, vivo para obligarle a ver morir a su adorada Lucille.
Su huída por el edificio llegó a su fin, mientras los pasos reaparecían a sus espaldas mientras aminoraba la velocidad para buscar a través de la ventana el mejor camino para cruzar la calle hasta su coche, ya a pocos metros. Aprovechó el respiro para aclarar sus ideas, mientras bajaba por los restos mal sujetos de una escalera de incendios, que solo llegaba hasta el primer piso. Había una pequeña escala metálica, extensible, que permitía alcanzar la acera, pero estaba destrozada y era imposible usarla, de modo que decidió no complicarse la vida: Respiró hondo, enfundó su cuchillo y saltó los tres metros que lo separaban de la calle.
Mientras cruzaba corriendo la carretera vacía, creyéndose lejos de las patrullas de soldados decididos a cazarle, se descubrió a sí mismo en un nuevo error, cuando el gemido de unos neumáticos al derrapar anunció la imponente presencia de un Shin-Ra Supreme oficial, apareciendo tras la esquina del edificio y cegándolo con sus luces como a un animal en medio de la carretera.
El asesino reaccionó por instinto, saltando hacia el callejón más cercano, pero el piloto estaba decidido a darle caza, siguiéndolo mientras barría a su paso viejos cubos de basura de metal, restos de la construcción y demás desperdicios, y espantando a los animales y alimañas que lo poblaban. Frank corría desesperado, lanzando todo lo que tenía a mano contra el parabrisas del vehículo de su perseguidor, pero lo único que logró de este fue agrandar su sonrisa voraz. El callejón estaba cortado por una valla de alambre, que la presa superó de un salto, apoyándose en el tubo de acero que había al tope superior de esta, tras la que dobló hacia la derecha. A su espalda, el Supreme atravesó la valla sin contemplaciones, arrancando la malla metálica del tubo que la sostenía.
Mirando hacia su espalda, Tombside vio al piloto, de piel oscura y aspecto siniestro, girar hacia él y seguirlo con intención de atropellarlo. Corrió a ocultarse en un segundo callejón, donde el Supreme no cabría, pero la valla que delimitaba el callejón era de madera. Mientras Tombside corría saltando una valla tras otra, huyendo por los patios traseros de una pequeña barriada de los suburbios, el coche lo perseguía destrozando todo a su paso. El asesino permanecía atento a lo que ocurría a sus espaldas, y rápidamente saltó hacia su derecha, hacia la desvencijada puerta trasera de una de las casas. El turco se había desviado y ya no invadía los patios traseros, sino que reventaba toda la valla que los comunicaba como un huracán negro. La madera podrida por el tiempo se quebraba al menor impacto, y el potente motor del coche lo movía como una bola de demolición en una tienda de porcelana. Tombside sonrió al verlo pasar de largo, mientras corrió de nuevo, hacia su izquierda esta vez. Al fondo podía ver el purísimo e impoluto color blanco de su deportivo. Su Shin-Ra Vendetta estaba lejos de la potencia del Supreme de su perseguidor, pero era un coche mucho más ligero y ágil, ventajas que favorecían su fuga.
Mientras el rugido del Supreme se alejaba, Blooder saltó al asiento deportivo del piloto, errando varios intentos de introducir las llaves en el agujero, y girándolas con fuerza desmedida hasta casi romper la cerradura. El motor de su roadster respondió al instante, dejando que el cambio automático hiciese su trabajo mientras él comunicaba su prisa al vehículo, hundiendo el acelerador tan hondo como podía. El coche ganó velocidad mientras salía del callejón, derrapando en la salida y obligando a Tombside a clavar frenos en un intento desesperado por recuperar el control, pero aún así el coche dio un trompo, quedando a ciento ochenta grados de la dirección que pretendía tomar. Giró lentamente para intentar hacerlo de una sola maniobra, cuando al dar media vuelta se encontró de nuevo al maldito Supreme taponando su calle, mientras una tanqueta cargada de varios soldados PM se acercaba a sus espaldas desde el fondo de la calle, disparando ráfagas de ametralladora. El mil veces maldito Supreme cubría toda la calzada, pero la esperanza tenía el ancho restante entre una vieja farola de hierro forjado y la pared. Frank acabó su giro en la acera, enfiló su ruta de huída y apretó los dientes y el acelerador, golpeando su retrovisor derecho contra la farola y quedando este colgando de los cables que manejaban su orientación.
- ¡Mierda!
En ese momento, ante los ojos confundidos del asesino, un hombre negro y corpulento salió del Supreme, con un collar iluminado por el brillo verde de la materia. Señaló a su coche mientras el asesino maldecía a gritos, y lanzó su conjuro. El gélido brote congeló casi al instante el parabrisas del Shin-Ra Vendetta, cegando a Tombside, que clavó freno sin pensar, derrapando de nuevo mientras golpeaba una y otra vez el parabrisas.
- ¡Maldita sea, joder! – El cristal de seguridad, reforzado por la capa de hielo, no cedía a los golpes de su puño, de modo que acudió de nuevo a la materia, destrozándolo con un golpe mortal que dejó su puño cubierto de cristales y escarcha. – ¡Mierda! – Exclamó de nuevo al ver que acababa de perder el retrovisor central. Sus restos volaron por la carretera, crujiendo bajo las ruedas de su perseguidor.
El roadster empezó a fluir entre el tráfico, seguro en su tracción trasera y mayor maniobrabilidad. Su piloto aprovechó la breve tregua para ponerse el cinturón. Se planteó la posibilidad de subir la capota, pero temía que esta fuese arrancada por el viento. Evitando los coches mientras pulsaba el claxon como un poseso, ganaba terreno poco a poco, y confiaba en ganar toda la distancia posible a sus perseguidores, pero algo le hizo sentirse incómodo. Los conductores ante él se apartaban mucho antes de que él llegase a tener que esquivarlos. Extrañado se giró para ver que sucedía a sus espaldas. Apenas echó el menor vistazo, casi saltó del asiento del conductor. Quiso acelerar, pero su instinto pisó el freno a fondo por él, mientras viraba todo hacia su derecha, y su torpeza precisamente fue lo que lo salvó: Un grupo de SOLDADO de tercera, motorizados, había salido a su persecución, y el rápido frenazo hizo que el que estaba a punto de hundir su espada en la nuca de Tombside errase el golpe y pasase de largo, mientras que el volantazo derribó a otro de su montura.
- ¡Hijos de puta! ¡Fuera de aquí, cabrones! – Gritaba desesperado, pero sus palabras se perdían entre el bullicio del tráfico y el rugido del aire que le daba en la cara, cegándolo.

- Aquí líder de manada. Lo tenemos, pero el cabrón es escurridizo, y bastante hábil.
- Mucho cuidado con él, Arsen. – La voz de su capitán sonó en el comunicador integrado en su casco de motorista. – Ha matado a dos terceras en el edificio, estando rodeado y en inferioridad numérica.
- Aquí también ha dado cuenta de uno, Capitán Hawthorne. Creo que ha sido Fendrad.
- Recibido, joven compinche. Haré que envíen sanitarios. Sigue al rufián, tenéis que marcarlo.
- ¡Eso, marcadlo bien! Os vemos a lo lejos. – Interfirió la tercera voz de una mujer furiosa en su comunicación.
- ¿Eres tú, moza? – Preguntó el oficial de SOLDADO.
- La misma, capitán corsario. Tu rufián se fue sin que le dijese un par de cosas.
- ¡No hables así al capitán Hawthorne! – Exigió Arsen. Esperaba una respuesta, pero solo se oían peleas: Déjame… ¡No!¡Suelta!... ¡Cierra la puta boca y conduce!... ¡Cómeme el…! ¡Ay! ¡Cabrón!
- Arsen, soy Inagerr. – Dijo el turco victorioso, sujetando firmemente la radio, mientras miraba de reojo a su compañera. – Tenemos un par de asuntos con ese bastardo, y ya te vemos a lo lejos. Te sugiero que te apartes, vamos a “pacificarlo”.
- Procede, Inagerr. – Dijo el Capitán, evitando una respuesta de su subordinado llamando al orden a la turca. La verdad es que le caía bien esa diablilla deslenguada, y eso de “Capitán corsario” sonaba realmente bien. – Mucho cuidado con los civiles.
- Oído, capitán. Corto y cierro.
- ¡Y embisto! – Añadió Yvette.

El roadster blanco había pegado necesitado un contravolanteo y un impacto contra unos contenedores de basura para reorientarse, empezando a zigzaguear entre el tráfico para evitar los soldados y sus espadas, que lo hostigaban como perros de presa. Con una mano ante los ojos para intentar bloquear el aire que lo cegaba y con un solo retrovisor lateral para vigilar su retaguardia, Tombside dejaba que fuese la paranoia quien marcase la ruta, sembrando el caos en todos los carriles de la calzada. A sus espaldas, el rugido del Supreme se perdía entre el ruido de su propio motor y el del viento atronando sus oídos. Yvette lo vio acercarse a su defensa frontal, reforzada con una barra de hierro, pero en el último segundo, su presa giró, a pocos metros de una bifurcación. Rugiendo, la turca se negó a dejarlo ir, atropellando una hilera de mohosos pivotes reflectantes a su paso. El hombre marcado como Blooder huía en línea recta, mirando hacia atrás con la tensión reflejada en el rostro, viendo como sus perseguidores le ganaban terreno.
Se iban internando cada vez más en los suburbios, en calles cada vez más degradadas y miserables, donde los desperdicios apilados a los bordes de la carretera impedían a Tombside encontrar un camino por el que desaparecer. Su búsqueda desesperada se vio interrumpida por un sonido metálico a sus espaldas: El Supreme, aprovechando todos los ángulos muertos del coche sin retrovisores, se había aproximado desde su derecha, asomando el morro hasta la altura de su eje trasero, y luego empujado hacia la izquierda, forzando al Vendetta a realizar un trompo en la estrecha calzada.
El Supreme pasó de largo, y pocos metros más adelante hizo su propio trompo, dando media vuelta con un sonoro derrape que acabó de frenar contra una pila de basura. Blooder, viéndolo arrancar a por él mientras un grupo de motoristas de SOLDADO se acercaba desde el lado contrario, hundió de nuevo el acelerador, dejando que el cambio automático de su coche se ocupase del resto, arrollando los restos de una verja e internándose por un callejón sin pavimentar. El suelo de tierra volvía su suspensión loca, y el rugido del motor acelerado llamó la atención de un grupo de delincuentes juveniles, pero Frank no era el tipo de hombre que se apartaba. Dos de los adolescentes salieron despedidos con el impacto, y el roadster del asesino salió desviado hacia la pared derecha del callejón que transitaba, arañando la carrocería contra el ladrillo. A su espalda, los tres motoristas habían esquivado el Supreme que les venía de frente, y se daban a su persecución por el callejón. El último se desvió por una callejuela lateral, mientras los otros dos se daban a su caza.
Arsen vio su oportunidad. Giró el acelerador hasta el tope y se inclinó hacia atrás, levantando la rueda delantera de su moto, mientras embestía el maletero del coche, aplastando la chapa y pasando a trompicones. Encajó su motocicleta en el asiento del copiloto mientras tomaba de nuevo su espada y empezaba a golpear con ella el escudo que aún protegía al desquiciado asesino. Frank intentó clavar frenos, pero el SOLDADO estaba demasiado bien sujeto al reposacabezas del copiloto con su mano libre, y lanzaba mandobles sin parar contra él. Levantó la mano derecha para cubrirse instintivamente, pero los tajos no habían llegado a alcanzarle… Aún. Con su cabeza hirviendo, empezó a dar volantazos mientras buscaba una salida. No podía darle un golpe mortal por las buenas. Como fallase podría hacer explotar la moto, y Piro tampoco era una buena idea… ¿O sí? Decidido a subir las apuestas, Tombside vio a lo lejos un puesto de comidas, y gesticulando con la mano derecha, prendió fuego a uno de los soportes del techo, que privado de su punto de apoyo empezó a combarse.
Arsen vio al alero del techo aproximarse a su cabeza, cada vez a más velocidad, y se tumbó sobre el maletero, agarrándose al reposacabezas como si fuese un bote salvavidas. El alero impactó en la moto, tirándola al suelo en varios pedazos, y el coche blanco se cubrió de chispas. Cuando el SOLDADO abrió los ojos de nuevo, su mirada se encontró con la de Blooder. Empuñaba un cuchillo ensangrentado, sujeto con una nudillera y con la hoja curvada hacia delante, y se había girado sobre su asiento para rematarlo. Apretando los dientes, Deemer Arsen lanzó un mandoble contra él con toda su fuerza de SOLDADO, intentando que su brazo izquierdo, cada vez más entumecido, no se soltase del reposacabezas, pero ante su mirada perpleja, Blooder desvió su ataque. Su sonrisa irradiaba satisfacción y una viciosa ansia. Alzó el cuchillo, y lo bajó rápidamente, pero solo logró hundirlo en la chapa del maletero. Su presa prefirió soltarse, y estaba rodando sobre la tierra, mientras se iba quedando atrás.

- ¡Quieto Ainsley! – Gritó el SOLDADO de primera desde la radio, justo cuando el novato pasaba con su moto zumbando a su lado.
- Puedo atraparlo… - Respondió este con los dientes apretados.
- ¡Quieto, es una orden! – Tras unos segundos de incertidumbre el veterano vio como su protegido se detenía y volvía junto a él. – Mi radio hace ruido de estática por la caída. Llama a urgencias y ordena que traigan dos ambulancias, y que permanezcan a la espera, ya que probablemente se vayan a necesitar más.
- Podía haberlo cogido y no se necesitarían. – Deemer lo miró fijamente. Hundió sus ojos claros de mako en el visor de su subordinado, que lo alzó pero no tardó en desviar la mirada y empezar a cumplir sus órdenes. Era tan parecido a Yzak… Y ese animal habría hecho picadillo con él. Ainsley necesitaba un par de hervores, antes de un desafío semejante.
- Obedece… Y di que me preparen un chequeo médico para cuando lleguemos. – Dijo mientras montaba en la parte trasera de la moto de su subordinado. – ¡Arranca!

Frank tiró de su cuchillo, frustrado por una nueva víctima que escapaba tras dar un buen vistazo a su cara. Posó el arma en el asiento de copiloto, manchado de restos de aceite y gasolina que habían saltado cuando esta impactó con el alero del tejado, y volvió a mirar al frente. El callejón doblaba a la derecha y seguía a lo largo de cien metros, ancheándose a medida que se aproximaba a su desembocadura en una especie de solar rodeado de partes traseras de edificios. Entró en él, reduciendo para buscar una salida. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas por culpa del viento que le había dado en la cara durante todo el trayecto, y sus manos aún crispadas, sujetaban el volante con furia. El ruido del motor cesó y de repente, fue capaz de volver a oírse pensar.
Lo que realmente empezó a oír fue un rugido atronador a su derecha, y al girarse vio al Supreme ganando velocidad y terreno, a escasos metros de su puerta derecha. Tras tanta tensión y pánico, su cuerpo estaba realmente sobrepasado. Había huido de SOLDADOS, PM y turcos, se había librado de un primera clase subido a su coche atacándole con su espada, pero finalmente había superado su propio límite. Hundió un pedal, sin fijarse ni siquiera en cual era, mientras veía como el turco negro que iba en el asiento de copiloto se agarraba a cualquier asidero disponible, y la rubia al volante lo miraba con odio en los ojos.
Las luces de freno se apagaron al instante, mientras el ruido del metal y el plástico chocando a toda velocidad recorría el sector VI de los suburbios de Midgar con la fuerza de un trueno.

domingo 5 de julio de 2009

180.

- Dioses, Yief… Ahh… Estás tan… Fogoso… Ah, ah, aahh.

Lucille seguía retorciéndose sobre las sábanas. Estaba excitada, demasiado para haberse recuperado hace tan poco, y seguía disfrutando después de cinco minutos de descanso. Por su parte, Yief no le había dado tregua, y tras unos intensos momentos abrazados juntos, besándose como si no existiera nada más, habían comenzado a desnudarse salvajemente, ejecutando un sensual vals que hacía rato había dejado agotadas las reservas de preservativos que él había bajado a comprar.

- Vuelve a la cama, nene – Lucille rogó arrastrándose sobre las sedas que habían caído de su cuerpo, dejando al descubierto sus redondos y grandes pechos. Cada vez que movía una pierna, se apreciaba el vello púbico oscuro y rizado vislumbrando entre sus caderas anchas, que remarcaban en su piel; sus muslos estaban enrojecidos por el contacto con las manos firmes del norteño, que tan agresivamente la había tomado tantas veces – Quiero que repitas eso de los cinco seguidos, mañana bajo a por pastillas a la farmacia.

- Tengo que irme, pequeña – se abrochó la camisa y, mientras se ponía el gorro de lana, bajó hasta besar los labios de su novia, apenas un ligero roce, pero que ella aprovechó para quitarle el gorro de la cabeza y ponérselo sobre la suya, adoptando una postura juguetona de coqueteo que consistía en sentarse con las piernas abiertas y las plantas de los pies juntas mientras se mordisqueaba el dedo índice de la mano derecha, mientras con la zurda bordeaba el erecto pezón del pecho siniestro. Yief no se lo pensó, y con su mano derecha agarró la nuca de la mujer para arrastrarla hasta sus labios, empujando su lengua dentro de su boca y lamiendo la otra lengua, mientras con la mano izquierda fue recorriendo el camino que iba desde sus senos y pasaba por su ombligo hasta el bosque de negros rizos, donde su mano se internó en la húmeda oquedad hasta acariciar el clítoris. Cuando separó sus labios de los de ella, se llevó el dedo corazón a la lengua y, chupándolo, puso una cara pícara y pronunció: Volveré, te lo prometo.

Cerró la puerta, y casi al instante volvió a entrar, con semblante aún más serio.

- Por cierto, vístete. Es posible que se pasen por aquí dos tipos vestidos de negro que digan que van a protegerte y que vienen de mi parte; deberías hacer una maleta con lo imprescindible. Cuando esto acabe, te prometo que volveremos aquí y follaremos hasta el Día del Juicio.

- Yief, me estás asustan… - su novio cerró la puerta, sin darle tiempo a acabar - …do.

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Hacía frío. Había mucho viento, que esquivaba los edificios y recorría las calles de la zona superior de la ciudad como un alma en pena que aullaba en las solitarias noches. Yief se encogió dentro de su abrigo, aún recordando el calor que había sentido cuando apoyó su cabeza entre los pechos de Lucille. Aunque su mente también recordaba hechos anteriores, hechos que había desencadenado la milagrosa recuperación de Lucille.

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- Puedo daros información. Puedo daros lo que queréis, pero a cambio quiero una serie de favores.

- Usted dirá, señor Vanisstroff – la voz era áspera, casi artificial.

- En primer lugar, protección. Para mí y para Lucille, mientras se lleva a cabo la operación. No quiero someterla a ningún riesgo.

- Bien. Puede estar seguro de que Lucille estará segura mientras usted nos lleva hasta Tombside.

--

Había pactado con Turk. Había traicionado al hombre más buscado de la ciudad. Había entregado al hombre que le golpeó y maltrató. Había dado a las autoridades a una persona que le ayudaba, que confiaba en él y le sacaba de apuros. Había traicionado, entregado, dado a las autoridades, a un amigo.

Y había protegido a Lucille.

No necesitaba nada más.

Lucille era, en ese momento, todo para él: su mundo, su universo, su alfa y su omega. Era su reina, su diosa desnuda de enormes pechos y tierno coño que esperaba sobre la cama a que él volviera a follarla cinco veces seguidas. ¿Era eso amor? Yief no había conseguido una vida fácil, y sus desvaríos relacionados con las drogas, el dormir en la calle, las brutales palizas que su padre le había propinado tanto a él como a su hermano, la muerte de su amigo de la infancia… Si en algo de eso había amor, entonces Blackhole era la prostituta más ninfómana y juvenil que existía sobre la faz de Gaia.

Olía a humedad y salitre, como si los vientos marítimos se hubieran desplazado kilómetros para recompensar a Yief por lo que iba a hacer. Recompensar, o quizás castigar. La única vez que Yief había podido ver el mar fue cuando aún vivían en el área de Iciclos, en Modeoheim, y los grandes bloques de hielo blanco tapaban el inmenso azul, que destacaba en el horizonte como una línea fina de contorno en un dibujo de paisaje invernal. Ni siquiera pudo verlo durante el viaje en barco, pues el inmenso mareo le impedía moverse de su camarote; era eso o vomitar hasta quedarse completamente seco, echando bilis, saliva, sangre, ácidos y cualquier otro líquido que existiera en su cuerpo: si se hubiera movido, estaba convencido de que se pondría a cagar por la boca. No pudo ver el océano, y cuando desembarcaron lo hicieron en un coche de cristales tintados de asientos muy amplios. Su posición en el centro del mullido sillón le impedía moverse, bajo la severa mirada de un padre más preocupado por ascender en una empresa para la que ni tan siquiera trabajaba en ese momento que en querer a su hijo. Pero no todo en ese viaje fue castigo: Björn iba a su izquierda, y él sí que podía ver el mar, quizás como recompensa por los sucesos que el futuro le iba a deparar.

Sacudió la cabeza, y aspiró el gélido aire salado. Era probable que esa fuera la última vez que respirase un aire tan limpio, antes de coger el tren que bajaba a los suburbios. Los hombres de negro habían rechazado la posibilidad de capturarle bajo cielo abierto, en un lugar tan importante como eran los sectores superiores. “Si debe hacerse, que sea donde menos daño se cause. Que mueran las ratas, no las personas.”

El aire del vagón era salado, pero diferente: estaba viciado, cargado de sudor y caliente, tan espeso que uno podía cortarlo. Cada paso que Yief daba sobre sus zapatos negros se clavaba en el suelo, como si de losas de cemento y hierro oscurecido se tratasen. Se sentó en un asiento de plástico amarillento a medio romper y hundió las manos en la cabeza; ni se dio cuenta de que no se realizó ningún control de seguridad. No se podía creer que estuviera a punto de entregar al hombre más buscado. Los recuerdos volvían otra vez a la mente.

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- ¿Cuál es su nombre?

- Yief – vaciló – Yief Vanisstroff.

- ¿Profesión?

- Ninguna. Perdí mi trabajo hace mucho tiempo.

- Bueno, si nos ofreces algo interesante podemos solucionarlo – esta vez habló una mujer, pero no podía ver su cara, pues una cortina de sombras le tapaba los ojos. Antes de entrar, le habían lanzado un hechizo de ceguera, como “medida de seguridad”.

- Puedo daros información. Puedo daros lo que queréis, pero a cambio quiero una serie de favores.

- Usted dirá, señor Vanisstroff – la voz era áspera, casi artificial.

- En primer lugar, protección. Para mí y para Lucille, mientras se lleva a cabo la operación. No quiero someterla a ningún riesgo.

- Bien. . Puede estar seguro de que Lucille estará segura mientras usted nos lleva hasta Tombside.

- También yo quiero información. Algo… No, todo lo relacionado con cierta persona.

- Cuando cumplas tu parte del trato, tendrás en tu buzón el dossier completo de dicha persona sí podemos dártelo. Ya nos dirás de quién se trata.

- Y por último… Me gustaría que se me liberase de cargos por lo que me vi obligado a hacer para Tombside. Tuve que espiar a una chica que trabajaba para ustedes –aunque no podía ver, Yief notó cierto movimiento por encima de la mesa – y me vi obligado a ocultar unos cadáveres en una obra, junto a un tipo que trabajaba con él. Un tal Carl Loco o algo así.

- ¿Carl Loc O’toole?

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Hacía dos semanas que había confabulado con los turcos, y hacía una y media los periódicos habían desvelado una operación que se había llevado a cabo y había desvelado un verdadero cementerio dentro de una construcción paralizada. Diez cadáveres enterrados entre hormigón y arena, y Yief conocía bien a uno de ellos. Jack. Wolt Dawson.

El sector 6 parecía desierto, en comparación con el bullicio de gente que se agolpaba en las chabolas y se peleaba por conseguir un mendrugo de pan duro. La grava se movía cuando pisaba, y no corría nada de viento. Se respiraba suciedad. Los grises edificios a duras penas podían mantenerse en pie, y sin embargo se erguían orgullosos, arrogantes ante lo que Yief estaba a punto de hacer, pero a la vez derrumbados por la misma acción del norteño.

Enfrente, le esperaba su objetivo, y el terror le invadió cuando rememoró de nuevo el contrato con los oscuros.

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- ¿Cuál es su nombre?

- Yief – vaciló – Yief Vanisstroff.

- ¿Profesión?

- Ninguna. Perdí mi trabajo hace mucho tiempo.

- Bueno, si nos ofreces algo interesante podemos solucionarlo – esta vez habló una mujer, pero no podía ver su cara, pues una cortina de sombras le tapaba los ojos. Antes de entrar, le habían lanzado un hechizo de ceguera, como “medida de seguridad”.

- Puedo daros información. Puedo daros lo que queréis, pero a cambio quiero una serie de favores.

- Usted dirá, señor Vanisstroff – la voz era áspera, casi artificial.

- En primer lugar, protección. Para mí y para Lucille, mientras se lleva a cabo la operación. No quiero someterla a ningún riesgo.

- Bien. . Puede estar seguro de que Lucille estará segura mientras usted nos lleva hasta Tombside.

- También yo quiero información. Algo… No, todo lo relacionado con cierta persona.

- Cuando cumplas tu parte del trato, tendrás en tu buzón el dossier completo de dicha persona sí podemos dártelo. Ya nos dirás de quién se trata.

- Y por último… Me gustaría que se me liberase de cargos por lo que me vi obligado a hacer para Tombside. Tuve que espiar a una chica que trabajaba para ustedes –aunque no podía ver, Yief notó cierto movimiento por encima de la mesa – y me vi obligado a ocultar unos cadáveres en una obra, junto a un tipo que trabajaba con él. Un tal Carl Loco o algo así.

- ¿Carl Loc O’toole?

- Sí, ése mismo. Alto, pelo castaño en media melena y barba, arrugas, y mascarilla blanca – había ganado algo más de seguridad en sí mismo, pero pronto se vio otra vez convertido en un manojo de nervios.

- O’toole murió hace meses, en un incendio. Encontramos su cadáver apuñalado y carbonizado en un local que regentaba.

--

- Yief – el tono de Tombside no era tan amistoso como otras veces, como si el frío que el nombrado sentía se hubiera introducido por los poros del asesino – Tenemos que hablar. Demos una vuelta y tomemos algo.

- No – el hombre, vestido de vagabundo, se negó firmemente, como nunca se había atrevido a hacer frente a aquel tipo – Hablaremos aquí, no pienso moverme.

- ¿Te ocurre algo? Te noto frío y cambiado, como si fuésemos… enemigos.

- No, no ocurre nada – mintió Yief – Bueno, sí que ocurre. Lucille ya ha despertado. Sigue en el hospital, pero parece que se recuperará en breve.

- Me alegro – Frank también mentía, se podía ver en sus ojos esmeraldas – Pero creo que no es eso lo que te preocupa, si no me equivoco. Dime, Yief Vanisstroff, - el aludido le miró fijamente a las pupilas felinas - , ¿Recuerdas cómo nos conocimos?

- No podría olvidarlo.

--

La bola amarilla se resbaló de sus manos y cayó en el bolsillo del pantalón, algo le había asustado. Esa mentalidad, esa barahúnda de bizarros pensamientos…Sólo podían ser de una persona. Alzó la cabeza y le vio.

-Tú…

No podía creerlo. Estaba frente al archiconocido Frank Tombside. Blooder. El hombre de los asesinatos sangrientos. El hijo de puta que se cargó a tantos turcos el día en que planearon encerrarle y huyó para contarlo. Si alguien no había oído hablar de él en la ciudad, sin duda debía ser ciego, sordo y gilipollas.

Si aquellos pensamientos no pertenecían al mencionado, entonces Yief podía ser perfectamente una bailarina erótica. Volvió a insistir, y le llamó de nuevo.

- Eh, tú. ¡Tú, el del abrigo rojo! – el aludido se giró, con cara de perro con malas pulgas. Sin duda, no esperaba que nadie le molestase, pero allí estaba: un tipo molestándole.

- ¿Qué coño quieres, tullidito? – se notaba, tanto por voz como por palabras, que obviamente el norteño no había hablado con la mejor persona.

- Hola. Verás, querría que me ayudaras con un tipo – Yief mostró una amplia sonrisa, tanto como le permitieron los calmantes.

- ¿Qué te has pensado, que soy el que limpia la basura, o tu niñera? Largo de aquí si no quieres salir con el culo ardiendo como un reactor de Mako.

- Pensé que podría pagarte… - se acercó al tipo de la gabardina roja, y le susurró con picardía – Verás, sé que eres Frank Tombside, que planeas un nuevo golpe y que tienes cerca una de tus bases de operaciones.

Lo siguiente que Yief recordó, fue aquella mezcla de vómito con gusanos morados que resultaban de mezclar fideos enlatados y vino de cartón de marca desconocida.

--

No podía olvidarlo.

- Sí, lo recuerdo. Fui muy estúpido al llamarte de aquella manera, pero quería cargarme a Blackhole de una vez por todas –Yief sonrió, aunque fue una risa breve y sin ganas – Lo bueno, es que conocerte me quitó la idea de que yo podía ser Tombside.

- ¿Creías que eras yo? ¿Tú? – Frank parecía a punto de reírse de Yief.

- ¡Eh!, tú no sabes lo que es despertarte y verte manchado de sangre, recordando haber matado a la mujer a la que amabas.

- Bueno, así exactamente, con esas palabras… Pues no.

- A lo que iba. El caso es que, cuando te conocí, empecé a pensar que tú y yo pudimos habernos cruzado antes de nuestro “primer” encuentro. Cuando mataste a Szieska.

Yief parecía esperar una respuesta del asesino, quien solamente encogió los hombros.

- ¿No recuerdas a Szieska? – Yief no sabía que pensar, casi estaba a punto de pegarle un puñetazo.

- No llevo una lista de las personas con las que trabajo. Y menos me acuerdo de unos nombres que raramente tengo el gusto de preguntar. Además, podría no haber sido yo el Tombside que se cargó a tu querida.

- No sé… - Yief comenzaba a dudar, tanto de sí mismo como del asesino.

- Además, - puntualizó – no creo que nadie te hubiera dejado vivir habiendo presenciado eso. Yo al menos no te hubiera dejado, bastante con que se me escapase uno.

- Eso significa… - Yief temblaba, temeroso de decirlo.

- Sí. Tú mataste a Szieska.

Yief estaba a punto de vomitar. Tenía la vista borrosa, como si todo diera vueltas y a la vez hubieran encendido todas las luces. Respiraba bocanadas de aire, apoyado contra sus rodillas. Respiró profundamente, e intentó relajarse. “Yief, vamos, ya barajaste esa posibilidad” se dijo a sí mismo. Cuando por fin recobró la compostura, se sentía aún indispuesto para hablar, así que Frank se adelantó y lo hizo él:

- Yief. Hay algo que quiero que sepas – el tono era aún más serio y oscuro – No he sido completamente sincero contigo, al igual que sé que tú no lo has sido conmigo.

- Qu… ¿Qué quieres decir? – casi le costaba hablar, reprimiendo una arcada.

- ¿Recuerdas cuando te interrogué? – su compañero asintió – Bien. Cuando te hice preguntas, me fijé en que tenías una mano metida en el bolsillo. Acertabas todas las preguntas, y por eso te paralicé. Después, cuando fuimos a casa de la chica… Verás, estaba espiándote con una cámara.

- ¡Por eso sabías lo que había ocurrido, sin haber estado allí! – Yief no había caído en ello hasta ese momento, y todo el mareo se fue de golpe. Aquella conversación estaba tomando un cariz que no le gustaba nada.

- Sí. Te he observado, Yief. ¿Puedes recordar qué dijiste cuando te hice la última pregunta? – clavó en el sus ojos verdes.

- Sí: que podía serte útil con mi habilidad.

- Bueno, pues seguía pensando en la chica de la heladería. Estaba intentando que leyeras que ella era mi novia. Así que, llegados a este punto… ¿Por qué no me das esa materia que guardas con tanto recelo y acabamos rápido con esto?

Yief hubiera echado a correr, si no hubiera sido por el disparo que se clavó en su hombro. En esos momentos, las sirenas de cinco coches patrullas comenzaron alocadamente a sonar, y una ráfaga de disparos de ametralladora comenzó a levantar la grava del suelo. Poco parecía importar a Turk que su gancho estuviese allí: quizás pensasen, maquinó Yief, que si él desaparecía se ahorraban su parte del trato.

Sin pensárselo dos veces, Tombside agarró a Yief por el abrigo y lo lanzó contra una ruinosa puerta de madera de un edificio cercano, ayudado por la materia de Golpe Mortal. Voló unos cuantos metros, al tiempo que veía como una bala se acercaba peligrosamente al lugar donde estaba la cabeza del asesino. Como si la trayectoria se hubiese ralentizado repentinamente, vio la estela de la bala, al tiempo que su espalda quebraba la astillada madera. Cayó dentro, entre trozos carcomidos, y entonces se desmayó, sin darse cuenta de que en su bolsillo había una pequeña caja que antes no estaba.

--

La bala avanzaba despacio, y Frank podía verla en el aire, suspendida en una trayectoria entre la que se encontraba su frente. La bala estaba detenida, inmóvil, y el asesino la miraba fijamente. Debía correr ahora que había dejado a salvo, o lo había intentado, a su compañero el vagabundo, antes de que el efecto del Muro se desvaneciese ante tal tiroteo. Lo suyo no eran las armas de fuego, sino las armas cuerpo a cuerpo, y eso era lo único que en ese momento tenía a mano. Echó a correr por una calle contigua mientras sacaba su cuchillo táctico, en cuyo mango habían colocado un refuerzo de hierro para los nudillos. Todas las calles parecían cortadas, incluso los callejones más pequeños tenían algún agente de SOLDADO o Turk acechando. Un piroclasto chocó contra la parte superior de su barrera, debilitándola considerablemente. Caminaba casi a ciegas, sin saber a dónde ir, cercado en un mar de magias, calibres, e incluso parecía que alguien estaba arrojando piedras desde alguna azotea.

Se dirigió a un callejón sin salida, donde un grupo de tres personas disparaba con un enorme BLG P-60 y dos MF 22. Perfecto, pensó, pues si había sólo tres personas y eran simples PMs la cosa no se complicaría tanto como podría haberse complicado si hubiera algún SOLDADO. Con un rápido movimiento, clavó la hoja en el cuello de uno, destrozó el casco de otro con un Golpe Mortal, y quemó al último, que corrió en llamas inútilmente hasta caer a la entrada del callejón, prendiendo un montón de basura que había.

La pared del fondo era alta pero quebradiza, y la materia hizo el resto del trabajo. Una lluvia de polvo y escombros cayó sobre su cabeza, protegida bajo los brazos. El abrigo negro ahora era de un tono gris lavado, e incluso el pelo había adquirido una tonalidad canosa.

Tenía que llegar al coche. Detrás de él había cerca de cincuenta personas, entre operativos de Turk y SOLDADOS; y a eso había que sumar refuerzos y los coches patrulla que había rondando las calles. El balance se había saldado con tres muertos por el momento, y parecía que habría muchos más si no conseguía dar esquinazo a la marabunta que le seguía.

Una furgoneta se lanzó a la carrera, hasta igualar su velocidad, y la puerta lateral se movió, desvelando a un hombre y una mujer en su interior. La mujer hablaba a través de un micrófono, mientras el hombre grababa con una cámara apoyada al hombro. Reporteros.

Y le enfocaban directamente a la cara.

Frank hizo acopio de sus energías, y lanzó una bola de fuego dentro de la furgoneta, rezando para que no estuvieran emitiendo en directo. La explosión le lanzó volando tres metros, y le chamuscó parte de la ropa. La bola de fuego rodante que era el vehículo continuaba rodando, e iba perdiendo trozos de metal ardiente por el camino, y parecía no frenar su avance en la recta calle, la más larga del sector. A la derecha desde su posición, Tombside pudo ver una pequeña plazoleta desde la que adentrarse en una maraña de calles donde evadirse. Estaba casi seguro de que habían cerrado todas las salidas del sector 6, pero de seguro no habían taponado los escombros que reinaban en el antiguo sector 7.

La marea de azules se agolpaba a través del destrozo de la pared, como hormigas celestes que afloraban de la boca de su madriguera en busca de un alimento prohibido de tan peligroso que era, pero cuya sabor era una recompensa demasiado dulce como para negarse a salir en su búsqueda para alimentar a la gran reina, que era la corporación energética ShinRa. Las ráfagas de disparos no cesaban, y a medida que los invertebrados azules se acababan, algunos negros comenzaron a salir; eran las hormigas aladas, los guerreros del enjambre. Y junto a la metralla, llovió fuego y azuzaron los truenos, y se unieron las hormigas de cinco cabezas y terribles garras venenosas: SOLDADO.

No dejaban de hostigarle con metal, fuego y roca. Tombside estaba casi acorralado, y no tenía más opción que adentrarse en la pequeña plaza de su derecha. Pero antes debía detener a la manada de depredadores que le seguía. Concentró las energías en la materia Sismo, y levantó una pequeña barrera en la carretera, que no detendría por mucho tiempo a tanta gente, pero sin duda les retrasaría e impediría usar los coches patrulla en ese sentido, teniendo que dar un gran rodeo a través de múltiples calles de cerradas curvas.

Dobló la esquina, se ocultó en un pequeño recodo que hacía un pequeño contrafuerte que sujetaba un edificio que estaba a punto de caerse. Justo en ese momento, algo impactó justo a su lado.

miércoles 1 de julio de 2009

179.

Alexandre Da Silva se sentó en el sofá de su casa y colocó una pequeña bolsa de plástico en la baja mesa de cristal, con varias revistas y diversos mandos a distancia.

Cogió uno fino de color gris y encendió el reproductor de música que reposaba en la estantería más cercana, de tres alturas.

Comenzó a sonar una pieza de cuatro violines y dos contrabajos en allegro.

En su sofá de cuero sintético color crema, parecía mirar extrañado la bolsa de plástico, como si fuese algo ajeno a él. La cogió con el índice y el pulgar y resopló.

-Será cabrón. Lo ha vuelto a hacer.

Pero lo que estaba hecho, no se podía deshacer. Así que se rascó la nuca y dejó la bolsita llena de tabaco de liar en su posición inicial.

Un cabrón con suerte se decía a si mismo a menudo, por lo menos en parte. Sus excéntricas obras de arte se vendían por cuantiosas sumas de menudo y siempre a los cuatro ricachones que adoraban su estilo.

Eso le había otorgado cierta fama, chicas y un piso en las “siempre a cielo abierto” calles del sector 6. Tampoco se lo tenía creído, pero exprimía al máximo los privilegios que le otorgaba ser adinerado.

Con un gran suspiro que rebosaba vagancia, se levantó y subió tres escaleras de madera que separaban el salón del estudio; botes de pintura, multitud de tarros con pinceles de la mejor calidad y varios lienzos, unos a medias y otros tapados con grandes telas manchadas de pintura.

Sentía un agotamiento mortal y no entendía por qué( o tal vez sí) A sus trenita y tres años poseía un cuerpo atlético pero no hacía nada por mantenerlo. Ver mucha televisión, asistir a fiestas y comer todo tipo de exquisiteces…Pintar cuadros no es que quemase muchas calorías. Y aún así siempre mantenía el tipo.

Un mentón firme soportaba el peso de una trenza hecha con su perilla, diez centímetros de pelo rizado que acababa en dos pequeñas gomas, una verde y otra roja; el resto de su mandíbula permanecía siempre afeitada con meticulosidad. Un golpe con la bicicleta de pequeño le había desviado ligeramente el tabique nasal y ahora se le marcaba más en la parte izquierda. Otra fina coleta trenzada le salía de la nuca y llegaba a la altura del esternón. El resto de la cabeza, rapada al cero, iba la mayor parte del tiempo cubierto de un gorro de lana verde, a juego con sus ojos de un verde cenizo.

-Poco tiempo, poco tiempo-gruñó retirando la tela de un lienzo de 100x70, cosa que le puso de más mala hostia todavía-¡Joder! Otra vez me has pintado parte del cuadro. ¿Es que yo nunca tengo autoridad en esta casa?

Siempre le hacían lo mismo, incluso un día probó a esconder una pequeña obra en A3 bajo su cama y a la mañana siguiente alguien había dibujado parte de un paisaje marino.

Exasperado, cogió el lienzo y se dirigió al caballete para descubrir un post-it en la pata más larga.

“Utiliza más colores mamón, que no tienes ni idea.”

Arrancó el papel amarillento y lo hizo trizas en un segundo. Estaba hasta los cojones de que le dijesen lo que tenía que hacer. ¡Se supone que el artista era él!

De su interior parecieron rugir las fauces de un bégimo al darse cuenta de que aquella nota anónima tenía razón.

Llamaron a la puerta con tres golpes en la robusta madera, suaves pero precipitados.

-Hoy va a ser un día muy largo- pensó mientras se dirigía a recibir a quien fuese. Si era alguien vendiendo libros de dietas milagrosas o “ adoremos al meteorito” le estamparía la puerta en las narices con placer.

Cuando fue a agarrar el pomo, el sonido de una llave introduciéndose en el cerrojo le dejó confuso

-¿Lucille?-preguntó alzando una ceja al ver a su vecina-¿Cuándo te di yo una llave de mi casa?

-La última vez que tus cuadros se incendiaron misteriosamente. Me la diste por si estabas en alguna fiesta y volvía a pasar- Alexandre se encogió de hombros- Da igual.

-¿Y tú dónde has estado? No te veo desde hace dos semanas por lo menos.

-Ya tomaremos un café y nos ponemos al día- Alexandre se dio cuenta de que sólo iba vestida con un albornoz azul- ¿Tienes condones?

El artista abrió los ojos como platos y se quedó indefenso ante tal pregunta. Instantes después el cabreo que arrastraba le formuló una respuesta inteligente.

-¡Si no tengo tiempo ni para follar!

-Vale señor vecino pintor borde- se quejó ella pensando en otro asunto que la esperaba dos pisos más arriba, en forma de novio, impaciente y empalmado- tendré que bajar a la farmacia antes de que a Yief se le corte el rollo.

-¿Con que Yief eh?- dijo él con sorna. Pero las puertas del ascensor ya se estaban cerrando- Siento no tener lo que buscas.

Volvió a su trabajo con una pequeña sonrisa dibujada en los labios y observó el cuadro durante unos minutos. Sobre un fondo púrpura la imagen en escorzo de un hombre se las ingeniaba para salir de un agujero. El espectador veía la escena desde algún punto sobre él, pero también era capaz de mirar su rostro. No parecía haber agujero alguno dibujado, sino que simplemente en algún momento el lienzo engullía las piernas del sujeto. Eran colores vivos y saturados allí y allá, pero la cara del atrapado tenía una mueca macabra. Con una mano se hundía el dedo anular en el ojo izquierdo y con la otra daba más expresividad al mudo grito que emitía su amplia boca.

Comenzó a hacer diversas mezclas en una pequeña paleta, siempre sacando colores saturados. Con una brocha hizo rápidos trazos alrededor de la cintura con un azul intenso, como si estuviese ahogándose en un río. Sin esperar a que se sacase, volvió a repetir el proceso una y otra vez con otros colores. Con un rojo borgoña bastante aguado hizo fugaces salpicaduras y dejó que varias gotas cayesen en vertical sobre la tela. Después vino el amarillo con manchas asemejándose a hierba y terminó con pequeños matices de naranja y un par de contornos blancos. Ahora daba la impresión de que aquél hombre en plano aberrante escapaba de una tumba compuesta de infinidad de colores.

De fondo sonaba un terceto de viento cuando llamaron de nuevo al timbre. Una voz al otro lado de la puerta anunció que traía algo.

-Paquete para el señor Lambb Schnapps.

-Se ha equivoc…-El artista se quedó en blanco unos segundos, se miró las manos y dejó los pinceles en un tarro con agua-Enseguida voy.

Se lavó las manos de manera rápida y abrió la puerta. Frente a él, un hombre con un uniforme caqui de una empresa de reparto esperaba impaciente con una caja de cartón en sus manos. Era igual de alto que de ancho y sudaba hasta debajo de su gran mostacho.

-Ya era hora, llevo toda la semana esperándolo-dijo Alexandre cogiendo la caja.

Al repartidor se le hincharon los carillos pero se contuvo en el último momento, ofreciéndole una carpeta para que firmara.

-Firme aquí, el pago se hará por transferencia bancaria.

-Pienso comprobar si me habéis cobrado de más-era una broma pero el repartidor bufó y casi incrustó el botón del ascensor.

-Jodidos bohemios, que gilipollas son todos- se oía mientras el ascensor descendía hasta la planta baja.

Alexandre(o Lambb según figuraba en la caja) llevó el paquete hasta la mesita de cristal y lo abrió como un niño abre los regalos de su cumpleaños. Antes de retirar todo el papel de embalaje cogió el mando a distancia de la música y cambió a un grupo punk con acento de Wutai.

-Cuantas veces le tendré que decir que no me gusta la música clásica.

Sacó todo el papel arrugado de la caja y contempló lo que le aguardaba en su interior: Un juego de dos Archer&Grossman de cañón largo en perfecto estado dispuestas a ser cargadas y probadas.

Cerró los dedos en torno a una de ellas e imitó el cargado del tambor. Los contrapesos a lo largo del cañón la hacían perfectamente equilibrada y el triple cierre funcionaba a las mil maravillas. Se notaba el paso de los años en el metal, pero su eficiencia se mantenía como el primer día: El tambor giraba con fluidez, la espuela del percutor retrocedía sin dificultad.

-Menuda joya-dijo en voz alta. Además, en el estrecho tramo metálico entre el gatillo y el tambor había dos ranuras de materia.- ¿Qué es este botón?

Ciertamente, en la parte más baja de la empuñadora había un botón de plástico del tamaño de una lenteja. Lo apretó y acto seguido bajó una cuchilla por una finísima línea hecha en la culata. El pintor se quedó mudo de admiración.

-Este tal Samuel G. Almond es un auténtico genio-dijo leyendo la tarjeta de visita que el creador de las pistolas había colado dentro de la caja-¡Una cuchilla en la culata! Esto se merece un descanso.

Abrió la bolsa llena de tabaco de liar y se sacó del bolsillo del pantalón el papel para fumárselo. Por lo visto sólo fumaba eso, porque poseía una habilidad pasmosa para liar cigarros; se pasaba el tabaco de una mano a otra y cuando te querías dar cuenta ya estaba sellando el papel con saliva.

Antes de prenderlo con el mechero, cogió un bolígrafo y dibujó un monigote a lo largo del papel.

-Bang! Bang!-decía riéndose tumbado en el sofá mientras fumaba y se acariciaba la perilla. Pronto se quedó dormido.

-Tíos, tíos.

Los aludidos se dieron media vuelta y vieron a Samuel con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Qué pasa ahora?-dijo Lazarus con voz cansada. Lo único que quería después de salir de la morgue era tomarse una caña en una buena terraza.

-¿Os acordáis de esas pistolas que os enseñé cuando éramos pequeños en mi casa?-Axel se encogió de hombros-Sí joder, esas que mi padre heredó del suyo-Esta vez Lazarus asintió, pero tampoco sabía de qué hablaba-¡Pues preparaos para una noche de alcohol y putas porque las he vendido por un porrón de dinero!

Llamaron al timbre de nuevo. Estaba siendo un día bastante concurrido.

El pintor despertó de un psicodélico sueño de tumbas arco iris y abrió los ojos un par de veces.

-¿Quién es?-dijo con voz ronca pero potente, para que el visitante lo oyera.

-Busco a un hombre.

-Pues depende de a quién busques…-dijo aún sin levantarse del sofá-Yo vivo sólo.

-A mí me habían dicho que sois dos.

Eso si que le desconcertó. Metió la bolsa de tabaco bajo un cojín y se acercó a la puerta.

-¿De qué me conoce?-todavía no estaba dispuesto a abrir la puerta, pero acercó sigilosamente un ojo a la mirilla; era una mujer- ¿Sabe en qué trabajo?

-He oído cosas buenas de su arte. Que usted pinta cuadros-Alexandre suspiró, pero fue demasiado pronto para dejar de desconfiar-Y que en sus tiempos libres hace ciertos trabajos.

-Pues yo soy el artista, no el que hace “ciertos trabajos”.

-No se enfade y ábrame la puerta-dije ella con tono sugerente-Se que ahora mismo es usted Alexandre Da Silva.

Para ser una jodida desconocida ya sabía más que su madre. La única manera de aclarar el tema era hablar con aquella mujer.

-Gracias-dijo atravesando el umbral sin dirigirle la mirada y sentándose en el sofá de cuero.

La mirilla de la puerta le había dado una visión distorsionada y totalmente distinta de ella. Tal vez fuesen de la misma edad, tirando más hacia los veinte que hacia los treinta.

Una melena de color castaño recogida con un pañuelo de seda roja le dejaba al aire una nuca esbelta y pálida. Sus ojos abundaban en pestañas, pero aún así llevaba rimel para acentuarlo más y resaltar unos iris del color del océano. Una nariz pequeña y ligeramente empolvada y unos labios con un pequeño aro de titanio a la izquierda.

De vestir llevaba una vaporosa blusa blanca acompañada de un largo collar de ligeras piezas de madera y azabache y unas medias negras en las piernas. Sus pasos sonaban mudos por la fina suela de las manoletinas que calzaba.

-¿Y tú eres?-preguntó apoyando las manos en el respaldo del sofá.

-Tu novia-dijo ella explotando una pompa de su chicle-Siéntate anda, y te lo explicaré.

Él obedeció totalmente intrigado “No me importaría que fuese mi novia” pensó.

-Yo salgo con Lambb y el otro día me contó vuestro pequeño secreto. Tenía ganas de conocer al que me roba a mi chico varias horas al día.

-Espera un momento-dijo él con tono seco y cortante.

Alexandre se acercó a una pila donde limpiaba los pinceles y las paletas y se lavó la cara un par de veces; luego sacó un bote de pastillas de un cajón bajo el grifo y se tomó una.

Volvió a sentarse junto a ella.

-Para los dolores de cabeza ¿Verdad?-preguntó ella señalando el cajón de las pastillas- Lambb me dijo que os tomáis como seis al día.

-Joder, ¿Pero hace cuánto que estáis saliendo?

-Dos meses. Lo que pasa es que nunca has coincidido conmigo. ¿Cómo decís que se llama lo que os pasa?

-Trastorno de identidad disociativo-las palabras le salían solas. Le habían acompañado desde los catorce años.

-Debe ser jodido-Alexandre no sabía si lo decía para quedar bien o si de verdad estaba preocupada por él. Por él o por Lambb.

-Mucho, pero es lo que me da de comer.

-¿A qué te refieres?- esta vez su pregunta cambió de tono y parecía más entusiasmada por saber la respuesta.

-Lambb siempre acaba mis cuadros-Alexandre suspiró- Me revienta que lo haga, pero si no fuese por él no vendería ni uno. ¿Sabes a qué se dedica él? Hostias, si no me has dicho cómo te llamas.

A ella se le escapó una carcajada.

-Iris Bank.

-Iris…Me gusta. Por eso has dicho antes lo de “ciertos trabajos” ¿Sabes quien de los dos es el que cuida y perfecciona sus armas?

A la joven le costó pillarlo, pero de nuevo se rió, esta vez de perplejidad.

-¿El pistolero pinta y el pintor dispara?

-Algo así.

Esta vez los dos rieron hasta que el sonido quedo ahogado por el silencio de la casa. Sólo se escuchaba un ligero rasgueo en el reproductor de música que indicaba que el disco había acabado.

-Eres majo-continuó ella mirándole a los ojos-Sois algo distintos, tal vez seas más tímido, pero me has caído muy bien. Se me hace demasiado extraño hablar ahora contigo y luego follar contigo también, aunque seas otro.

-¿Pero tú y Lambb…?

-así de veces-a la mente de Alexandre vino un día en el que otro post-it colgaba de una brocha con el mensaje de “Yo que tú no cogería eso”- Y tómatelo como un cumplido porque Lambb es un hacha.

-Será hijo de puta-murmuró sin que Iris le oyese-Yo llevo casi tres meses sin follar.

-¿Decías?

-No, nada-En la perversa mente del artista ya pasaba la idea de hacerse pasar por Lambb algún día. No, yo no soy así.

-Entonces no es esquizofrenia ni nada de eso?

-No tiene nada que ver. La esquizofrenia distorsiona la realidad y la confunde. Nosotros tenemos plena conciencia de lo que hacemos, sólo que unas veces es Lambb y otras yo.

-Como si fueseis dos personas en un cuerpo.

-Exacto. Pero uno no se acuerda de lo que ha hecho el otro, es una especie de amnesia.

-Lambb tiene un truco. Dice que cuando le entra sueño es que vas a aparecer tú.

-Gracias, lo tendré en cuenta.

Los dos se quedaron en silencio. Iris contemplaba los lienzos destapados alzando el cuello por encima del sofá y Alexandre pellizcaba el cuero sin saber qué decir. En un momento dado, ella advirtió la caja de cartón.

-¿Qué es eso?

-Pues si te digo la verdad, lo habrá traído Lambb, porque yo me he despertado ahora.

Iris se levantó y hundió la mano en la caja, sacando una de las Archer&Grossman.

-Vaaaya, parecen piezas de museo.

Alexandre quería ver lo que había dentro, pero ella se había puesto delante, de tal manera que le tapaba la vista. Sin embargo no se quejó, sino que se quedó sin aliento.

La blusa, con cierta transparencia, era sugerente, dejaba ver un sujetador de líneas horizontales de varios colores. Hasta ahí bien, ya era bastante sugerente, pero las medias que llevaba podían verse acabar por encima de la mitad del muslo y a no ser que llevase un tanga tan apretado que se le hubiese metido por el culo, no llevaba nada ahí abajo.

Fue entonces cuando ella se sentó en el hueco que hacían las piernas de Alexandre en el sofá y giró el cuello.

-¿Son buenas?-dijo ella enseñándole la pistola.

-E-eso… Parece-tartamudeó notando que la sangre bajaba a otro sitio.

Ella se levantó de nuevo y buscó entre el papel de embalaje.

-Oh, si hay otra- y se sentó de nuevo frente a él, más cerca que antes.

La blusa rozó el bulto que se estaba formando en la bragueta del artista e Iris, de espaldas a él, alzó el cuello sabiendo lo que había tocado. No dio ningún gritito ni giró el cuerpo para darle una bofetada o algo similar, sino que dejó las pistolas en su embalaje y se quitó el pañuelo de la cabeza.

-¡Qué cojones, a esto no se lo puede llamar cuernos!

Alexandre llevaba razón, no llevaba bragas. A una velocidad vertiginosa le bajó la cremallera y le quitó los pantalones de un tirón, para subirse la blusa y cabalgar en él durante una hora hora.

-¡La hostia! Eres mejor aún que Lambb.

Ahora estaban sobre un bajo taburete, dentro del laberinto de lienzos y caballetes, donde se había llevado a cabo la escena final. Seguían los dos desnudos, Iris sentada de lado sobre los muslos de él. La ventana estaba abierta y Alexandre ahora disfrutaba con el frío aire de la calle que rozaba su cuerpo sudado.

-¿Se lo vas a decir?

-Ya veré…-dijo con un risa aguda.

-Pues si lo que me has dicho es verdad, prepárate, porque estoy molido.

Tampoco hizo falta mucho tiempo para comprobarlo. Cuando en un momento se frotó los ojos para secarse el sudor, volvió a abrirlos y dio un grito.

Los primeros instantes se asustó e Iris, aún sentada sobre él, no sabía qué decir. Entonces Lambb comenzó a reírse de manera descontrolada hasta que ella se levantó y el cayó al suelo entarimado desternillándose.

-Jaja, puto Alex, poco a poco va aprendiendo de mí-Miró a Iris, desnuda y con cierto miedo en el cuerpo-Ven aquí preciosa, esperó que el cabrón haya estado a la altura de las circunstancias.

La chica corrió hacia él y ambos se besaron como sólo lo saben hacer dos enamorados.

-¿Esto cuenta como triángulo amoroso?-bromeó yendo a por su bolsa de tabaco escondida. Lió uno y escribió en él “Por el cabrón de mi alter ego”. Iris había recogido su ropa y se estaba vistiendo.

Sonó el teléfono.

A esa casa sólo se llamaba cuando alguien necesitaba los servicios del pistolero y eso le cabreó a Lambb.

-¿Sí? Si, soy yo. De ocho mil no bajo. De acuerdo. Sector 3. Sí, envíame una foto al PHS.

Colgó y segundos después su PHS, junto a los mandos a distancia, recibió un mensaje.

-¿Trabajo?

-Así es canija-le dijo el en tono cariñoso. Por otra parte estaba excitado, iba a usar por primera vez las nuevas pistolas. Dos fundas a cada lado de la cadera, un par de esferas brillantes y su gorro de lana, no necesitaba más- Y espérame despierta porque el próximo polvo te lo echaré yo.

Y allí se quedó Iris, en el silencio de una casa que no era la suya, esperando a que su novio volviese de arriesgar su vida y le echase un polvo.

Calles del sector 3 por la noche. No debía ser un trabajo difícil, simplemente que el dueño de un restaurante se negaba a pagar los tres meses atrasados a una mafia. Eran pocos e inexpertos, por eso no se atrevían a hacerlo ellos y contrataron los servicios del pistolero. Esta vez no era necesario matar, con una bala en cada rodilla le dijeron que valdría.

Su moto esperaba en una calle paralela a la del restaurante y atajaría por el callejón correspondiente si algo salía mal, pero cada vez que intentaba acercarse a la puerta trasera del restaurante había algún camarero tirando basura o echándose un cigarro.

Entre que le estaba entrando sueño y quería acabar cuanto antes para volver a casa, decidió coger la manera rápida. Noquear a un camarero, cogerle la ropa y colarse en la pequeña habitación en la que llevaba las cuentas el dueño. Se adentró en una zona oscura y sacó las pequeñas esferas brillantes como esmeraldas. Una en cada pistola, materia mutis.

No le dio tiempo, o mejor dicho no hizo falta.

Una ráfaga anónima barrió la calle y atravesó la carne de más de un individuo. El pistolero se parapetó en la esquina del callejón. A él no le engañaban, eso era munición de rifle y seguramente de algún duelo. Había oído hablar de ellos, pero nunca le había interesado ese mundillo.

Una de esas balas acabó en la cabeza del dueño, que salió para ver que pasaba.

El tirador anónimo dejó de disparar y el restaurante

Lambb se encogió de hombros.

-Diré que le maté yo-pero le jodía que muriese gente que estuviese fuera del contrato- Ahora vámonos a follar.

martes 23 de junio de 2009

178.

Volutas de humo turquesa se elevaron con elegancia y refinamiento. Las ondas parecían rizarse unas sobre otras sin control aparente pero en perfecta armonía. En realidad llamarlo “humo” era incorrecto, pero no sabría como definirlo; le recordaba a los dibujos que formaba un tinte al caer al agua. Pero no había agua aquí. No había nada.
La oscuridad infinita.
El silencio.
La nada.
Y sin embargo todo.
En algún momento, no sabía si hacía mucho o poco, ni siquiera cuándo, porque el concepto de tiempo no existía, vio el reflejo de una luz titilando, ni cerca ni lejos, porque el concepto de distancia era difuso, quizá también inexistente. No tenia consciencia de haber visto nunca una luz en aquel mar de oscuridad, pero tan pronto como se dio cuenta de la existencia de aquella comenzó a ver el resto, a su alrededor, en todas partes, siempre habían estado allí, ¿Por qué no las había visto antes? Era como cerrar los ojos, al principio solo ves oscuridad, luego empiezas a ver pequeños puntos luminosos. Se sintió, o creyó sentirse, desconcertado por su propia obcecación.
Y así como empezó a ver las corrientes de humo o líquido turquesa, comenzó a oír un murmullo que creció y le ensordecía. Era una sensación extraña. El sonido parecía no entrar por sus oídos sino retumbar directamente en su mente, lo sentía.
En algún momento dado, sin saber cuándo ni cómo, aprendió a comprender el incesante galimatías auditivo y supo que eran voces, miles o millones de ellas. Susurros, gritos, risas, llanto. No lograba captar ninguna palabra en concreto, pero sabía con qué intención se pronunciaban algunos que aquellos ecos.

Escuchó un sonido cristalino, como el de una campanilla de viento. Al oírla supo, de algún modo, que hacía mucho aquella campanilla resonaba, pero, una vez, más, no se había dado cuenta de ello.
A su alrededor las pequeñas luces flotaban armónicamente, solo una de ellas no se movía. La miró fijamente, era lo único en aquel basto imperio de luces que parecía inmóvil. La luz se resquebrajó, de su interior nació una nueva luz, más brillante, más blanca, más hermosa. Plumas de luz, ojos turquesas. La pequeña ave salió de su cascarón y alzó el vuelo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que vio la luz inmóvil? Pudo haber sido hacía instantes, o pudieron pasar eternidades.
Sintió que debía seguir el rastro de plumas que el pájaro dejaba tras de sí, plumas que se desintegraban formando nuevas pequeñas luces titilantes. Alas de mariposa. ¿Cómo? ¿Cuándo? El ave se transformó en una bella mariposa blanca... y desapareció. Como si nunca hubiera existido.

¿De verdad hubo alguna vez una luz inmóvil? ¿Un pájaro de luz? ¿De verdad existían aquellas luces y aquel humo turquesa? ¿Aquellas voces?

La campana resonó más fuerte que la última vez. Sonaba como agua de cristal. Veía el sonido, creando ondas de azul irisado y turquesa que se prolongaban hasta alcanzarle. Vio la una luz cayendo, resonando con un eco impoluto, rompiendo las voces que se afanaban por hacerse audibles. Vio el pájaro de luz sobre una rama blanca de hojas de agua. Vio hierba turquesa y un río de campanas de viento.
La luz le cegó. ¿De dónde venía? Caía sobre él como rayos de oro, platino y púrpura y pequeñas luciérnagas blancas revoloteaban a su alrededor.
Se volvió. No había oscuridad. ¿Dónde estaba? ¿Había habido oscuridad alguna vez? Miró al pájaro, como si su presencia fuera a darle respuestas a preguntas que quizá nunca se había formulado. El ave ya no era ave si no ciervo, pero sabía que era la misma entidad. El venado bebía del río. Su cornamenta no tenía fin sino que se disolvía eternamente como el humo.
Finalmente el animal lo encaró, con sus ojos de luna. Se acercó con aire majestuoso, sus pasos sonaban como arpas. Pasó a su lado. Supo que no debía volverse a mirarlo, supo que si lo hacía volvería la oscuridad. Se quedó erguido mirando al frente, al árbol blanco de hojas de agua. Y el ciervo de desvaneció. Como si nunca hubiera estado allí ni hubiera existido.
Sintió dolor. Un dolor agudo que recorría todo su ser. Cerró los ojos pero el jardín, la luz y el río, seguían allí, inalterables, eternos.
- ¿Estás bien?
¿Qué era aquello? ¿Palabras?. ¿Era eso posible?
Abrió los ojos, pese a lo absurdo que le resultaba a sabiendas de que podía ver con ellos cerrados. Sin embargo sus pupilas encontraron una sorpresa de forma femenina cuando sus párpados se alzaron.
Un ángel de cabello de oro y ojos grises le observaban con ternura. Apoyaba su mano sobre él. Su tacto, era cálido y suave, como un rayo de sol. No tenía alas. No las necesitaba. El amor y la paz eran aquella sonrisa en sus labios rosados.
- ¿Eres Dios? - preguntó. No oyó su propia voz, pero sabía que había hablado.
La chica soltó una carcajada cristalina, sin acritud ni burla.
- Yo soy yo. El significado lo pones tú.
Volvió a mirar a su alrededor, el jardín había crecido, cambiado. El ángel se sentaba sobre una antigua columna derruida sobre la que la hiedra había crecido. Sólo quedaba en pie el arco de lo que otrora fuera la fachada de un templo, también cubierto por la vegetación. La luz caía tamizada por los numerosos sauces que escoltaban el transcurso del río. Multitud de flores habían crecido por doquier. No había fin. Y aunque no pudiera verla, sabía que la oscuridad estaba a tan solo unos pasos. Siempre detrás suyo. Siempre esperando. Siempre.
- Te he visto antes – seguía sin oír su propia voz.
- ¿Ah, sí? - el ángel ladeó la cabeza ligeramente, curiosa.
- Te vi caminar desorientada, siguiendo las luciérnagas. Al principio estabas asustada y confusa. - Hizo una pausa para comprobar la expresión de la chica, que conservaba la serena sonrisa. Y se dio cuenta.
¿Recordaba? Sí, claro que sí. Había tantas cosas que había visto y oído en aquel mar de oscuridad... y sin embargo la soledad, el no tener a otro ser a tu lado a quien contárselo, le había hecho olvidar. Pero los recuerdos venían a él en el mismo momento en el que los pronunciaba. Decidió seguir hablando, ¿Qué más recordaría?
-Volví a verte, no sé cuanto después. Tu cabello rubio, tus ojos azules. Esta vez eras decidida, sabías tu camino y cruzaste la oscuridad con seguridad. Había una anciana en una cama, te sentaste a su lado, un cuervo reposaba en tu hombro. No escuché tus palabras, pero sentí la paz de la mujer cuando siguió al ciervo blanco.
- ¿Piensas que era yo?
- ¿Cuántas personas hay aquí?
La chica se abrazó las rodillas, con gesto infantil.
- Tantas como luces. Todas esas pequeñas luces son universos en sí mismos. Como tú. Pero no todas saben que están aquí. Otras vienen a menudo.
- No te entiendo.
- ¿Quién eres? - preguntó el ángel, sin pararse a dar más explicaciones sobre sus propias palabras.
Iba a contestar automáticamente pero no pudo. ¿Quién era? ¿Cómo había llegado aquí? ¿Era esto la verdadera existencia?
Observó los ojos grises con desesperación. ¿Cómo era posible no poder responder a aquella sencilla pregunta? Se sintió abatido, tanto tiempo vagando para descubrir que había perdido por completo su concepto de sí mismo en aquella inconmensurable oscuridad.
Contempló como la hiedra que crecía sobre la columna que servía de asiento a la muchacha crecía rápidamente, enroscándose en los pies de éste, y florecían pétalos de agua sobre ella, que no tardaron mucho en dejarse arrastrar por la brisa púrpura. Al mirar de nuevo el jardín vio que la vegetación había crecido mucho. Las ramas de los sauces rozaban las aguas de cristal del río. El arco apenas era visible bajo su manto de hiedra. Pero ella, el ángel, permanecía inalterable.
- ¿Cuanto tiempo ha pasado? - preguntó, alarmado.
- El tiempo no es soberano de aquellos que desconocen su concepto - soltó una risita enigmática - ¿Quién eres? - volvió a preguntar – Háblame de ti. ¿Dónde naciste? ¿Cómo eran tus padres?
- Nací en Kalm – respondió de forma automática, y de la misma forma la imagen de su ciudad natal vino a su mente. Los tejados azules, al vieja muralla, la fiesta de verano con los farolillos decorando las calles de piedra. - Mi madre era ama de casa. Tenía las manos pequeñas y siempre olían a productos de limpieza, pero eran suaves y cálidas. Le gustaba cocinar. Mi padre era pescador. Se pasaba semanas fuera, en los mares del norte. A veces me traía peces raros que había capturado.
- ¿Eran bonitos?
Soltó una carcajada, y por fin pudo oír su propia voz.
- Eran horrorosos, pero a mí me encantaba verlos y enseñárselos a mis amigos.
- ¿Tenías algún sueño? - la muchacha apoyó la cabeza sobre las rodillas, observándolo con curiosidad, mostraba una sonrisa misteriosa, para nada temible, pero que no supo interpretar.
- Quería venir a Midgar para ser SOLDADO.
- ¿Y lo conseguiste?
- Sí. 1ª Clase, pero no lo disfrute demasiado tiempo.
- ¿Por qué?
- Porque...


"Porque... he muerto".


Una horrible sensación punzante le invadió al recordar por fin. Todo. Todo volvió a su mente de forma atropellada. Pero si estaba muerto, ¿Por qué podía sentir? ¿Qué clase de mundo era este en el que el dolor te acompañaba aún después de morir?
Se levantó y corrió por el jardín, buscando desesperadamente la oscuridad, al menos allí volvería a estar solo y a vagar sin sentir, ni ver, ni oir y llegaría a olvidar, tal como había olvidado una vez.
Le dolía el brazo terriblemente, notaba como el dolor se expandía como el fuego por todo su cuerpo, y miles de agujas se clavaban en su carne sangrante.
- No puedes volver. Te has despertado – le dijo el ángel. Su sonrisa era más fría y su mirada más triste.
- ¿Qué?
- No dejes que te domine. No dejes que tenga el control. Será doloroso y será duro. Eres más fuerte. No pierdas.
¿Quién había dicho algo así antes? No lograba recordarlo, pero esas palabras que en aquella ocasión habían sido esperanzadoras ahora sonaban como un terrible augurio.
- Gracias. Sea lo que sea lo que pase. Gracias. Por favor, recuerda mi nombre...
Gritó a la luz que había empezado a inundar el jardín. Un ruido terrible le impedía oírse a sí mismo pero supo que ella le había escuchado cuando la vio asentir al otro lado de la rivera.
Algo tiraba de él, como un huracán. Ya no veía el jardín, ni el río, ni la luz, ni siquiera la oscuridad. Creyó que se le iban a romper lo huesos por la presión.

Y cesó.

Sentía un ligero resquemor en el brazo. Podía oír un pitido regular y otro, más leve, irregular. Tenía los ojos cerrados. Sentía el cuerpo muy pesado.
- ¿Qué es todo ese barullo? - oyó una voz de hombre acompañada de unos pasos.
- Turk tiene nuevos reclutas y parece que el sargento les está poniendo al hilo – otro respondió.
Olía a hospital y a colonia barata. ¿Dónde coño estaba ahora?
- ¿Esos pintamonas que había esta mañana en el vestíbulo eran reclutas? Shin-Ra está de capa caída. ¿Qué será lo próximo? ¿Zeck Afro, SOLDADO de 1ª?
- ¿Quién es Zeck Afro?
- Bah, uno de esos que le gusta a mi hija, la mayor. Me tiene aburrido con sus pósters y sus canciones.
- Oye... ¿qué le pasa al gráfico?
Ambos hombres callaron unos instantes y de súbito se acercaron corriendo. Sintió una sensación fría sobre el pecho. Por fin reunió fuerzas suficientes para poder abrir los párpados. A penas había empezado a moverlos cuando uno de aquellos tipos se lanzó a examinarle los ojos con una linterna.
- Llama al Dr. Wolfe. ¡Ya!
- ¿Se ha despertado?
- ¡Sí! ¡Llámalo de una maldita vez!
Vio, como pudo, a un hombre con una bata blanca lanzándose a por un teléfono en la oficina, unos metros más allá de dónde él se encontraba. El otro seguía examinándole, con expresión sorprendida.
- Me duele el brazo – consiguió pronunciarse al fin. Al mirar su miembro vio una enorme aguja clavada en la flexura del codo. Con razón le dolía, joder.
- Te inyectaré unos calmantes – se ofreció el médico, quien se movió inexplicablemente rápido a buscar una jeringa.
- No quiero calmantes, quítame eso de ahí.
- Bueno, aún no... - el tipo parecía al borde de un ataque de pánico. Todo el tiempo desde que había venido a reconocerlo se había mostrado tenso. ¿qué pasaba?
La puerta metálica se abrió y un hombre de mediana edad entró en la sala. Exhibía una cautelosa sonrisa cortada por una cicatriz mal encubierta por una perilla.
- Buenos días, cabelleros – saludó. Dio una palmada al médico que le había atendido, quien entendió aquello como un permiso para largarse a cinco metros – Ahora mismo te quito esto del brazo.
El tipo nuevo parecía muy cómodo y se desenvolvía con premura y habilidad. Aflojó las correas que ceñían sus muñecas y pies. Ni siquiera había reparado en ellas.
- ¿Cómo te sientes?
- Como si hubiera despertado de un mal sueño – se acarició las muñecas, dándose cuenta por la intensidad de las marcas que las correas habían estado allí mucho tiempo.
- No me extraña, amigo -río levemente, con una broma que sólo él entendía- ¿Recuerdas algo?
- Absolutamente nada.
- Tu nombre, edad, rango...
- No.
- Comprendo - hizo una pausa para acariciar la cicatriz que cortaba su rostro- ¿Quieres comer algo? ¿Un café? ¿Té? ¿...Cerveza?
- Ni siquiera sé si me gusta nada de lo que me has dicho, pero necesito beber algo.
El tipo de la cicatriz sonrió, y se acercó a él con camaradería, apoyando la mano en su hombro.
- Vamos, pues. Te daremos una habitación. Dúchate, ponte algo de ropa y luego reúnete conmigo. Te explicaré como están las cosas mientras nos comemos unos donuts.


Una habitación blanca, recta, espartana. Le resultaba familiar. Era todo marcial, y estaba cómodo en esa estancia. No necesitaba más. El nombre de Shin-Ra estaba en todas partes, incluso en su propio cuerpo.
Tras la ducha se miró fijamente en el espejo. Un tipo de pelo castaño le devolvía la mirada azul oscuro, en las pupilas brillaba un fulgor turquesa. Turquesa. Le había recordado algo, pero no sabía qué. No se acordaba de nada, estaba totalmente en blanco. Ni qué hacía en aquella especie de hospital, ni qué había sido de su vida antes de despertarse atado en aquel camastro con esa aguja para chocobos clavada en el brazo.
Solo una imagen pervivía en el fondo de su retina: un ángel de cabello rubio, ojos grises y serena sonrisa. No sabía quién era, ni cuando la había conocido, ni siquiera si era real. Pero recordarla le hacía sentir como si una corriente eléctrica le atravesara el cuerpo. Ojalá pudiera volver a verla...


… pero antes debía ponerse al día con el tal Dr. Connor Wolfe y recibir unas cuantas explicaciones, como, por ejemplo, qué cojones era eso de de “Balance #03” tatuado bajo su clavícula izquierda.

viernes 19 de junio de 2009

177

INCOMPLETO PERO PRESENTABLE. Perdón otra vez por la tardanza.
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- ¿Hoy nadie tiene nada que hacer? – Preguntó Harlan a la concurrencia de la sala común de Turk, en el edificio Shin-Ra, mientras tras él entraba Yvette. – Hola, Rookery. Cuanto tiempo.
- Esperamos a Kurtz. – Respondió Mashi, como siempre, ausente y con la mirada perdida en su PDA. Svetlana leía la primera prensa, aún bostezando por su nuevo cambio de turno, y al fondo de la mesa, el tercer turco, al que Har había saludado, custodiaba un maletín alargado que había apoyado sobre la mesa y esperaba tranquilo, con sus gafas oscuras de cristales redondos y su pelo corto y canoso. Devolvió el saludo a los recién llegados con gesto en silencio, mientras leía el mismo periódico que Svetlana y luego hacía gestos incómodos con la mirada perdida por la habitación tras haber acabado de leer la página antes que su compañera.
- Si, lleva media hora reunido con Jacobi y Van Zackal. De vez en cuando se oye algún grito. – Dijo Svetlana. – Hola, niña. Hoy traes más cara de puta bien follada que nunca.
- Eso es porque hoy soy una puta bien follada. – Respondió esta, de buen humor. – ¡Y joder si ya iba siendo hora!
- Ah… La juventud. – Dijo el tipejo de aspecto extraño, al fondo. – Tú eres esa novata de cuatro nombres que ha sacado de quicio a Svetlana tantas veces, ¿verdad? – Dijo tendiendo un brazo largo y extraño, cuyos huesos parecían bizarramente alargados y retorcidos palos, con cuyas articulaciones parecían nudos de madera. La principal imagen que le vino a Yvette fue una especie de extraño espantapájaros.
- No hacen falta cuatro nombres para sacar de quicio a mamá oso, - Svetlana gruñó, pero su compañera la ignoró y siguió hablando, - es más, creo que con un apodo es más que suficiente. – Yvette estrechó la mano, que apenas hizo presión sobre la suya, mientras unos dedos largos y delgados, como palos, la rozaban. – No pareces nuevo, pero es la primera vez que te veo… - Dijo, intentando ser cordial. “Raro pero majo… Como todos los veteranos”, pensó.
- No soy nuevo, y no me viste, aunque yo a ti si, un par de veces. Aquí hago más que nada trabajo de apoyo. Soy tirador. – Dijo dando unas palmaditas sobre su maletín. – Solo me llaman para casos concretos.
- Lo llamamos “Rookery” por que siempre está en lugares altos. – Apuntó Harlan. – Y si también has pensado que parece un espantapájaros, te diré que se lleva muy bien con esos bichos.
- ¿Cómo has sabido que…? – Preguntó Yvette sorprendida
- ¿Qué me asociaste a un espantapájaros? – Rió el tirador, con unos dientes finos, tras unos labios delgados e inquietantes. – Todo el mundo lo hace, así que Har fue por la apuesta más probable.
- Entiendo…

La noche anterior, una testigo había despertado del coma, y Harlan tenía la intención de interrogarla, ya que los rumores la asociaban al criminal que había rajado el pecho a su compañera. Iba a decírselo, justo cuando la megafonía interrumpió sus cafés de máquina, anunciándoles que se presentasen todos en la sala de entrenamiento para un comunicado oficial. Con pereza pero con buen ritmo, los cinco turcos fueron por el pasillo, encontrándose con compañeros más o menos apreciados, hasta reunirse formando dos grupos en la zona despejada de máquinas de entrenamiento del gimnasio. Allí, a un lado, había un contingente de veinte jóvenes con uniforme de Turk, que poco a poco iban adaptando a sus gustos, mientras que al frente estaban Kurtz, con su traje más o menos arreglado y una cara de mala hostia más intensa de lo habitual, junto con Dekk Van Zackal. Erguido y arrogante como siempre, no dudó en aguantar durante un rato la mirada de Yvette, mientras esta le devolvía un odio que haría a Svetlana aplaudir de orgullo. Finalmente, entre los dos agentes se encontraba Mordekai Jacobi, capitán y principal valedor del grupo de novatos, causante de que los veteranos tuviesen las misiones más engorrosas y desagradables. Lucía su peinado de corte clásico, con su uniforme adornado con pequeños detalles, como gemelos o un alfiler de corbata, que muchos veteranos, especialmente aquellos venidos de divisiones militares, habían interpretado como galones y respondido con abierto desprecio a semejante gesto de vanidad.

- Señoritas… Caballeros… Me alegro de verles a todos reunidos con tanta premura. Como muchos habrán visto, se han reajustado algunos turnos, y también lo harán así algunos grupos. Confío en que no tendrán inconveniente en adaptarse a su nueva rutina de trabajo… - Ese silencio era un claro “y si lo tienen, es su problema”. Cualquiera sabía sin necesidad de mirar la hoja de turnos que sus favoritos se habían llevado los destinos más tranquilos, donde pudiesen lucirse entre “idols” y estrellas del celuloide y de la música, mientras que sus opositores iban a hartarse de ver la placa desde abajo. – La mayor novedad es que volvemos a jugar a las “parejas”. – Broma para que se rían los suyos. – Podemos considerar a nuestra nueva hornada como agentes de pleno derecho, dada la gran calidad de su labor. ¡Superior incluso en algunos casos a la habida antes de su ingreso en la unidad! – Un nuevo insulto, una nueva colección de miradas hostiles que Jacobi ignoró como bien estaba acostumbrado a hacer. – Es más: Quisiera animarlos a acompañarme en un breve aplauso a sus méritos. – Las caras nuevas del fondo aplaudieron, los ya no novatos aplaudieron, y el único de los veteranos que hizo algo en respuesta fue Kurtz, que escupió al suelo con desprecio. – Bien. Resuelto este asunto, quisiera pasar al segundo punto importante: Nuestros nuevos agentes. – Se giró y señaló con un gesto hacia las caras nuevas, que para horror de los veteranos, aún no llevaban un día en la unidad y ya habían buscado pequeñas modificaciones al uniforme para “distinguirse”: Pareos, mitones de colores llamativos, formas bizarras de atar corbatas, algunas de estas incluso de un color distinto del habitual, pins y chapas… Jacobi dio unos instantes para que todo el mundo los mirase bien, calándolos en seguida: Más de lo mismo. – Los agentes Van Zackal y… Kurtz… - Acostumbrado tono de desprecio. – Aquí presentes, han sido ascendidos al rango de sargento, y serán relevados durante dos semanas de sus labores de defensa de la ciudad para proceder a la preparación intensiva de nuestros nuevos agentes, de modo que prescindiremos del sistema de asignación de un tercer agente. – Luego se giró hacia los novatos. – Kurtz se encargará de prepararlos en el tema de las armas y esas cosas – nuevo gesto de desprecio. Las ansias de Scar por arrancarle el bazo con las manos allí mismo eran evidentes. – Van Zackal, por su parte, se encargará de hacer de ustedes seres civilizados y ejemplares en nuestra heterogénea y moderna sociedad… Pese a la influencia negativa con la que tenga que lidiar. – Ni siquiera miró de reojo a Kurtz. No fue necesario el gesto, para saber a quien iba dirigida esa puya. – Supongo que no tendré que decirles cual es cual. Espero de todos ustedes todo el esfuerzo del mundo para la mejor integración de estos agentes al servicio activo. Nada más que decir. Vuelvan a sus tareas.



- ¡Ni una puta risita! – Gritó Kurtz, mientras la puerta de la sala común que usaban los veteranos impactaba contra la pared. – ¡Ni media carcajada de mierda, o en cuanto acabe el turno, me contáis el chiste en el gimnasio, hijos de la gran puta!
- Eso significa que yo me puedo reír. Total, acabaré en el gimnasio de todos modos…
- ¡Tú…! – El veterano iba a blasfemar una respuesta, pero algo distrajo su atención, haciéndole perder el hilo. - ¡Joder, que cara de puta bien follada traes hoy, niña!
- Gracias… No ha estado mal, pero nada que no se resuelva con práctica.
- ¡Y aún encima se ensaña! – Rió Svetlana, también, para mayor humillación de su compañero.
- Igual que se debe haber ensañado ayer… - Sugirió Mashi por lo bajo, apartando su atención de su blog para chocar la mano con Svetlana.
- No tiene gracia, ¿vale? – Intervino Harlan conciliador, pero Kurtz no estaba dispuesto a dejarlo correr.
- Déjame diez minutos y la tendrá.
- Kurtz, ¿y cuando se supone que empiezas a trabajar de niñera? – Se oyó desde el fondo. Todos se giraron hacia la puerta, encontrándose con Peres y su joven compañero, Larry Divoir.
- Déjame mirar… - Kurtz consultó su reloj. – No te toca el próximo biberón hasta dentro de tres horas, así que tengo un tiempo para descansar.
- ¡Oh! ¿Tan malo he sido? – Suspiró, fingiendo estar dolido. - ¿Habrá azotes en el gimnasio entonces? ¿O es que he malinterpretado el tipo de azotes? – Guiñó un ojo a Yvette, resucitando las bromas sobre la diosa del BDSM.
- Joder, no se como los putos viejos no os habéis matado entre vosotros… - Suspiró Larry, cortando la discusión, mientras se abría paso hasta la máquina de café.
- Ni como Mashi, tú y yo sobrevivimos con este olor a viejuno. – Apuntilló Yvette.
- ¡Tú eres aún peor que ellos!

Las carcajadas y pullas siguieron durante diez minutos, mientras, al fondo de la sala, junto a una ventana que daba al patio interno desde la que podían ver a Jacobi dando instrucciones más concretas a Garrison, Van Zackal y Montes, Svetlana y Harlan se habían aproximado al tirador, intrigados por su presencia.

- Un duelo es mi mayor sospecha. – Respondió este. – Creo que no llegó a concluir, pero han abatido a un pipiolo, no se porqué. Ha ocurrido hace unas nueve horas, en el sector uno de los suburbios, y un par de soplones dicen haber oído una moto por ahí.
- ¿La reconocieron? – Rookery asintió.
- Hunter DBR. Mil cien centímetros cúbicos, negra y con un par de líneas metalizadas a lo largo del cuerpo. La moto de Élacor Königssen. – Se anticipó a las respuestas de sus compañeros. – Yo mismo estaba presente cuando esparcieron sus cenizas en Junon.
- ¿Se la habrá quedado su asesino? – Preguntó Svetlana.
- Es la hipótesis más probable, y por eso sospecho que dos tiradores han decidido vérselas. Sin embargo, cuando dos del gremio se las ven, suelen buscar lugares reservados, y no disparan por que sí. Creo que uno de ellos estaba mosqueado por algo, o simplemente es un tipejo bastante perturbado.
- ¿Quieres que haga preguntas? – Se ofreció el turco, mientras inconscientemente cerraba una mano sobre el amuleto que colgaba de una de las presillas derechas de su pantalón.
- Sería interesante. El chaval está ahora mismo en la morgue. Lo más curioso de todo es que solo uno de los tiradores disparó contra el público, ya que solo hubo un herido, y en un sentido concreto. Y lo mejor de todo: Tenemos un juguete artesanal. No tenía huella balística.
- Supongo que tú conocerás a quienes saben hacer o conseguir esos juguetes. – Preguntó Svetlana.
- Supones bien, pero llevo tres horas de llamadas y visitas y nada. Hablando de juguetes, tienes la Zagyev en la armería. Pruébala y me cuentas que tal. – Se irguió de repente, una cabeza por encima de sus interlocutores para dirigirse al hombre que estaba aplicando una maniobra de sumisión a dos novatos a la vez. Larry lo pasaba mal, con los tendones de sus dedos intentando no ser recolocados de cualquier manera, pero Mashi intentaba que su codo resistiese la tensión mientras era usado de escudo humano contra Yvette. – Kurtz, en ocho minutos empieza tu turno.
- ¿Eh? – Mashi fue arrojado contra su compañera, mientras Divoir recibía una patada en la parte trasera de su rodilla, siendo derribado. – Sí, tienes razón. Me piro, bastardos. Pegadle a unos cuantos y decid que vais de mi parte.



Los novatos permanecían erguidos, aceptablemente erguidos, y trajeados, en dos hileras de diez personas a lo largo del gimnasio. Miraban al frente, mientras su nuevo sargento instructor había colocado una silla tras ellos y depositaba en ella su arsenal. Se tomó su tiempo, tomando buena nota de quienes se giraban a mirar y quienes no. Luego paseó entre ellos, con gesto hosco, mientras respiraba ruidosamente tras sus nucas. Comprobaba algún que otro adorno, o alguna “personalización” del uniforme: Añadidos tales como viseras con una pañoleta por debajo, un chaleco, una pashmina a modo de cinturón, con un metro de tela púrpura colgando de la cadera, escotes, corpiños, o incluso uno que había cambiado la tradicional camisa blanca por una ajustada camiseta de rejilla que mostraba un complejo entramado de tatuajes. Hombres y mujeres, en la flor de la vida, exhibiendo maquillajes inspirados en los motivos más dispares, desde el teatro kabuki hasta la necrofilia. Peinados imposibles, algunos de los cuales suponían laca suficiente como para detener al cometa.
Sin embargo, Kurtz tenía dos favoritos, aún por bautizar. Uno de ellos, se había permitido el añadido del chaleco al traje, “por frío”, supuso Kurtz, aunque le daba más el aspecto de un abogado, empresario, o bastardo de cualquier clase distinta al bastardo que se suponía que debía ser. El otro era increíble: Vestía el uniforme impoluto, perfecto, con la Aegis reglamentaria en la reglamentaria funda junto a la axila izquierda, y la corbata perfectamente alineada. Bajo su pelo, cortado como si fuese un militar, a máquina, sus ojos marrones, y medio rasgados miraban a Kurtz con aires de superioridad.

- ¡Joder, sois todos peores de lo que me esperaba! – Dijo a modo de saludo. – No sois capaces de vestiros sin hacer que esto parezca una mierda de carnaval o un videojuego de héroes maricas y tías furcias, no sois capaces de estar erguidos, y apuesto a que ni siquiera seríais capaces de adivinar por que lado se sostiene un subfusil sin un curso de correspondencia.

Acabó de hablar, listo para esperar la respuesta a sus palabras, pero para su sorpresa los novatos no se limitaron a escuchar con abnegación y callarse, sino que Kurtz tuvo que oír protestas y quejas. “¿Voy a tener que empezar a hostias tan pronto?” se preguntó, mientras oía de la primera fila, a menos de un metro de distancia de su cara “y seguro que tú tampoco, sin tu medicación para el alzheimer”.

La bofetada no sonó demasiado, pero Kurtz usó el dorso de la mano, haciendo estallar sus nudillos en el pómulo de la listilla de turno. No pensaba hacerlo, por lo menos, no el primer día, pero simplemente apagó la razón y dejó que la parte de su cerebro que se ocupaba de partir caras tomase el control. La chavala que encajó la hostia lo hizo en silencio, sin verse sorprendida, como si en su impertinencia esperase verse castigada. No necesitó mirar a su alrededor para ver que se había convertido en el objetivo de diecinueve miradas de desprecio: Había golpeado a una mujer.

- Soy un turco, y como tal represento a la justicia más dura, implacable, infame y jodida que Midgar ofrece. – Les gritó a la cara. – Ella ha insultado a mi uniforme, mi persona, y la unidad a la que pertenezco, de modo que la primera reacción es el castigo. ¡Esto debe ser siempre así! ¡Me importa una puta mierda que tengáis que mutilar abuelas ciegas y tetrapléjicas para haceros respetar! Si alguno tiene dudas con eso, puede irse a tomar por culo ya mismo. – “Joder”, pensó decepcionado, “ni siquiera ese relamido de Van Zackal tendría inconveniente en cruzarle la cara a una guarrilla descreída”. - ¡Levántate! ¿Te duele mucho? ¡Eres el pedazo de mierda más patético y miserable que ha ofendido mis ojos! ¡Levántate, o juro por mis putos cojones que te abortaré como tu madre no tuvo la decencia de hacerlo!

La joven sonreía con cinismo, mientras limpiaba con el dorso de su mano un hilillo de sangre que caía por las comisuras de sus labios. Tenía el pelo moreno, y los ojos de color marrón oscuro. No demasiado alta, pero por encima del metro setenta, se las había arreglado para que su uniforme fuese bastante sexy, pero sin añadidos ni adornos raros.

- Ya estoy de pie. – No llegó a terminar la frase, cuando una nueva bofetada volvió a derribarla. Volvió a levantarse y a sonreír.
- ¿Perdón? – Preguntó Kurtz, tan cerca de su cara que ella podía ver las marcas del fondo de sus cicatrices.
- Señor, ya estoy de pie, señor. – Su tono no era precisamente marcial, pero por lo visto iba cogiéndole el truco. El sargento sonrió.
- ¿Tienes nombre o la gente se ha acostumbrado a llamarte furcia?
- Señor, Traviesa.
- ¿Qué?
- Traviesa, Señor. – Sonrió. – Así es como me llama todo el mundo. Señor.
- Por mí como si te llaman virgen de los molboles o adorapollas mayor del siglo veintiuno: ¿Cuál es tu puto nombre?
- ¡Déjala en paz! – Oyó Scar. Para su gran regocijo, uno de sus favoritos, el de aspecto marcial, sin abandonar la posición de firmes, le había gritado. A grandes zancadas, el veterano corrió a encararlo.
- Discúlpame un segundo, maricón medio amarillo: ¿Eres tú una furcia de medio pelo a la que le va que le den caña y quiere que su nombre de guerra sea “Traviesa”?
- Tampoco soy un veterano amargado y desfigurado al que le gusta abusar de alguien que pesa la mitad y no puede defenderse… Señor. – Dijo el novato, sin apartar la vista al frente, de forma disciplinada.
- ¿Y qué eres, pequeño maricón?- Rió Kurtz, con un gesto que los novatos habían aprendido a temer.
- ¿Permiso para hablar con libertad? – El sargento asintió. – Señor, probablemente soy todo lo que usted ha querido ser y nunca ha podido. Me he informado y sé que ha servido durante la guerra en una división de infantería aerotransportada.
- La doscientos ochenta y ocho. Sigue.
- Yo he llegado a Turk procedente de la noventa de fuerzas especiales. He recibido el mejor entrenamiento bélico que puede recibir una persona y soy la puta máquina de matar definitiva aquí presente. Sin embargo, usted prefiere abofetear a Traviesa.
- ¡Hostia, lo que me faltaba! Un chupapollas vestido de gala que me diga que es tan superior a mí que durante la guerra se quedó en la retaguardia para defender la ciudad, y que lo más duro y acojonante que ha hecho en su vida ha sido pertenecer a la guardia presidencial, y cagarla como un hijo de puta, por cierto. ¿Sabes por que lleváis uniforme granate en la noventa? ¡Para que parezca que tengáis sangre, atajo de maricones! ¿Sabéis como se os llama en el frente? ¡Los tampones! ¡Así que dime, sucia mancha de reglote en un pedazo de algodón! ¿Tienes nombre?
- Señor, Kaluta, señor. – Respondió el novato, apretando la mandíbula. Bajo su traje se podían notar los bultos de sus músculos, tensos y a punto de saltar.
- Muy bien, Cagarruta. Antes de seguir con mi instrucción, te recuerdo que dentro de cuatro horas mi turno habrá acabado y tendréis treinta minutos de descanso antes de que paséis a ser problema de Van Zackal – El veterano contuvo las ganas de hacer comentarios sobre “aprender a chupar pollas” o “medir las dosis de droga que echas en el cubata de las tías a las que violas”. Era pronto para empezar a hablar mal de otro oficial, aunque no contase con que el cabrón de pelo azul fuese a devolverle el favor. – Y que en esos treinta minutos, estoy dispuesto a discutir civilizadamente contigo o con quien haga falta cualquier sugerencia acerca de mi trato de hijo de puta sobre vuestros culitos blandos de mierda llorica. Podéis ir pidiendo turno. ¡Y ahora nombres!

En respuesta al grito y por orden desde “Cagarruta”, que presidía el extremo izquierdo de la primera hilera, empezaron a sonar apellidos, más o menos en orden: Maravloi, Gertschen, Provonne, Angais… Y en medio, “Traviesa” otra vez.

- ¡Mariflori! ¡Virgen! ¡Cojones! ¡Cagao! ¡Travelo! ¡Tomad ejemplo de “Cagarruta”! ¡Él si sabe ponerse erguido, como si no estuviese hecho de mierda! ¡Seguid su ejemplo! – Despacio, pero inexorablemente, fueron entrando en disciplina. Parecían muy esperanzados en que Cagarruta pudiese partirle la cara dentro de unas horas, los muy ilusos. – Este es el plan: Tengo dos semanas para intentar que no muráis en el atraco a un veinticuatro horas en vuestro primer día de servicio, así que este es el plan: Tres días de ejercicio físico, tres de combate cuerpo a cuerpo, tres de uso de materia, tres de armas de fuego, y lo que queda para ver como habéis aprendido todo. ¿Alguna pregunta? ¿No? ¡Pues empecemos por conocer las instalaciones, pedazos de mierda! ¡Paso ligero! ¡Venga!




Realmente era una jugada difícil de entender: Te cargas a un soplapollas y llamas la atención de todas las fuerzas del orden en tres sectores. ¿Qué ha conseguido? ¿Poner límite de tiempo al desafío? Rolf realmente estaba intrigado. Había forzado la puerta de un piso en el que había visto el cartel de una inmobiliaria y se había instalado ahí dentro. Hasta arriba de estimulantes para combatir el cansancio, el tirador había recorrido mil y una veces distintos recovecos y tejados, de forma minuciosa, con sus prismáticos. No había logrado vislumbrar nada en toda la noche, hasta que finalmente, con el sol ya ascendiendo, pudo ver varios destellos de un trozo de cristal. Rápidamente, esperanzado, tomó su Farsight a toda velocidad. Algunos tiradores cometían el error de destapar demasiado pronto las lentes de su rifle, o no usar unos prismáticos no reflectantes para buscar antes a su enemigo, pero se encontró con su oponente de pie, haciéndole señales reflectantes. Conocía las reglas: Fin del juego. Peligro. El tiempo había terminado, y ahora no serían capaces de apretar el gatillo y escapar al cerco policial. Otro día sería, ya acordarían otra cita por el canal de siempre.
Lo que más intrigó a Rolf era el aspecto del hombre, vestido con un traje de corte clásico bajo una holgada gabardina marrón y un sombrero de fieltro. Una silueta entre la multitud. Probablemente, en cuanto saliese a la vía pública, sombrero y gabardina serían historia, y no habría forma de reconocerlo. Lo más intrigante de todo era que el hombre se le había aparecido en un lugar en el que estaba seguro de haber buscado mil y una veces antes.
Sin responder al gesto, recogió sus bártulos, desmontando cuidadosamente el rifle y escondiéndolo en el doble fondo de una mochila, llena de sus viejos libres y apuntes universitarios, y forrada con una placa de kevlar, por si acaso. Pesada, pero en este oficio, uno no puede fiarse de nada ni de nadie.



Daphne, sin saber como, despertó en su cama. Sin saber por que, su cabeza dolía como si estuviese intentando frenar el meteorito con ella. Lo peor de todo era que sin saber en que momento había ocurrido, no estaba sola.
Se encontró una figura al otro lado de la cama, dándole la espalda. Su cabeza le daba vueltas, pero esos hombros anchos… Ese pelo negro y ondulado… Esa barba…

- ¡Han! – Gritó sobresaltada. Algo entre sus orejas se quejó del aullido, y cuando siguió hablando y agitando al piloto se había calmado. – Han, ¿qué haces aquí?
- ¡Vet’a’lamierday d’jam’dormir!
- ¡Han, despierta! ¡No me digas que hemos…!

El piloto se incorporó levemente, mostrando un muy mal despertar. Por lo visto, la idea lo había sobresaltado lo suficiente como para desvelarlo. Se apoyó en el codo, buscó su PHS en la mesilla para mirar la hora y murmuró una blasfemia entre dientes. Mientras tanto, Daphne, con su melena de dos colores completamente revuelta, lo miraba ansiosa por la incertidumbre.

- ¿Quieres saber lo que pasó? – Preguntó vocalizando mal, aún medio dormido. Daphne asintió repetidas veces. – Ayer estaba haciendo horas en el taller, adelantando trabajo. Me llamó Keith, de la Tower, diciendo que habías entrado medio pedo dando tumbos en la sala vip, con la ropa mal puesta, el maquillaje corrido y montando un escándalo, y como el PHS de Rolf estaba apagado, me llamaron a mí. Vine a buscarte y me tomé un par de birras contigo para calmarte, pero estabas muy perturbada y decías cosas inconexas sobre Rolf, morir, un desafío, una fiesta y que estabas drogada. Incluso estuviste a punto de liarla cuando te quise sacar a rastras. Cuando te entró sueño te fui a traer a casa, pero paramos para vomitar cada medio kilómetro, hasta que al fin llegamos. La liaste parda en el váter y te dimos una infusión entre tu amiga la rubia y yo, que por cierto, no es tan borde como parecía en el coche la otra vez. Como yo me caía del sueño y llevaba dos cervezas, me dijo que me quedase a dormir aquí. – En la cabeza de la transexual, poco a poco, la historia iba cobrando sentido a medida que reaparecían piezas del puzle perdidas. Rápidamente, saltó de la cama y fue por su PHS, buscando el número del tirador en la guía. Tras varios segundos de espera, la noticia de “apagado o fuera de cobertura” no hizo nada por aliviar sus temores. Ya era mediodía, y no se sabía nada. – Oye, creo que en lugar de hacer llamaditas, deberías salir ahí y ayudar a arreglar un poco la que liaste ayer.
- ¿Y tú? ¿Quieres seguir durmiendo?
- Si, pero no creo que pueda, así que a la mierda. Además, tengo que devolver la furgona al curro.
- ¿Puedes esperar diez minutos?


Cuando Yvette salió de su cuarto, vestida con un pantalón de chándal y una vieja camiseta de universidad de Kowalsky que le encantaba llevar, se lo encontró como cada mañana, sentado en el sofá, con la pierna en alto y hojeando torpemente la prensa, mientras sonaba música en la radio. Vio a su amiga y le dedicó una sonrisa compasiva, a la que ella respondió con su conocido gesto de “lo siento”. Kowalsky iba a responder con el de “no importa”, pero en ese momento se abrió la puerta del apartamento, cambiando el gesto del periodista por un notorio “¡Oh oh!”.

- ¿Qué tal? – Gritó Caprice, lo que sentó como una tormenta de fuego en el sensible cerebro resacoso de Daphne. - ¿Has dormido bien? ¿De un tirón?
- Lo siento mucho…
- Menos sentirlo y más limpiar el baño, que por como huele parece que hayas estado emborrachándote con aguas fecales.
- ¿Tienes que ser tan soez? No tengo el estómago para imágenes tan bonitas.
- ¡Ni yo la paciencia para que me la líen así! ¿Tú amigo el conductor suicida ya se ha despertado?
- Me faltaba un poco, pero tus berridos han rematado la faena. – Murmuró Han con cara de cansancio desde la puerta del cuarto de Daphne, vestido con las ropas de la noche anterior. - ¿Dónde está el baño? Necesito lavarme la cara.
- Mejor vete a la cocina… - Murmuró Kowalsky.
- Lo siento… - Se disculpó de nuevo la transexual. – En serio. Pero tengo algo importante que deciros.
- ¿Una excusa para emborracharte como un adolescente en una fiesta de fin de curso? – Preguntó Caprice, un poco más relajada.
- Capri… - Reprendió Kowalsky.
- Es sobre Rolf. – Prosiguió Daphne, ignorando el sarcasmo de la periodista. – Y también explica por que acabé tan mal ayer por la noche.

Caprice se encontró con que de repente todos la estaban mirando, especialmente Kowalsky. En ese preciso momento supo que algo había sucedido, y todos lo sabían menos ella, y no le gustó darse cuenta. No es agradable ser el último mono, y menos aún recordando como habían abandonado el hospital.

- Caprice. – Dijo Kowalsky con un tono que usaba solo cuando la cosa era realmente seria. - ¿Recuerdas a Rolf?
- El tío bien vestido de entre tus amigos de aspecto peligroso que nos sacaron del hospital. ¿Qué pasa, Kazuro?
- Tiene un trabajo poco común y poco apreciado por las autoridades, sin embargo su amistad conmigo está más allá de toda duda. – Explicó el periodista. – Es muy sórdido, de modo que si no quieres saber nada, no te lo reprocharé. Solo tienes que irte y esperar a que te llamemos. Pero tampoco voy a ocultarte nada si quieres quedarte. – Daphne parecía bastante incómoda, y aún no parecía acostumbrarse a como la novia de su amigo había revolucionado la disciplina doméstica con su llegada. No sabía si era buena idea que supiese como se ganaba la vida su amigo, pero no encontró apoyo en Han, que se limitaba a mirar la escena de forma inexpresiva.
- Me quedo. – Dijo la periodista, tomando asiento. – Después de un SOLDADO dándote palizas, un conocido turco peleando por ti, insinuaciones, amenazas, y la persecución de película, estoy preparada para lo que venga. – Como única respuesta, Kowalsky dio un par de palmadas al sofá, indicándole con una sonrisa que se sentase a su lado. Cuando todos hubieron tomado asiento, Daphne volvía de la cocina con una botella de agua y, tras aclararse la garganta, empezó a relatar la noche anterior.




Todo había sido demasiado rápido: Kaluta, el hombre más rápido y hábil de su unidad, elegido expresamente para pararle los pies a cierto “subordinado testarudo de más” por el propio capitán de Turk, Mordekai Jacobi, estaba con su cara entre la lona y la rodilla de su oponente. Podía intentar levantarse, pero Kurtz se daría cuenta y seguiría aplicando presión a su brazo, lo que estaba a milímetros de costarle la muñeca y quizás el hombro.

- No creas que me has decepcionado, Cagarruta. Ni eres el primer tampón que crujo, ni serás el último.
- Es fácil hablar desde tú posición… Señor. – Dijo Traviesa, recuperándose de sus golpes a un lado del cuadrilátero. Kurtz se recordó a sí mismo que tendría que mirar como se llamaba la maldita novata en su ficha, si es que ellos habían logrado arrancarle media palabra al respecto.
- Si. Lo difícil es ganársela, ¿eh, Cagarruta? ¡Ríndete de una puta vez! Si lo haces, te concedo otro asalto.
Por la mente del novato pasaban miles de posibles respuestas, pero ninguna le parecía la adecuada. Una amenaza solo lograría dar otro motivo al hijo de puta para reírse. Apretó los dientes y palmeó el suelo con su mano libre. En cuanto la presión en su brazo y cara se liberó, rodó hacia la esquina contraria como quien huye del fuego, donde estiró sus doloridas articulaciones.
- ¿Crees que has avergonzado a tu unidad? Tampoco eres el primero. – Dijo Kurtz, vigilándole. Por lo visto se le vio al novato la intención de un nuevo ataque. – Tú querías probar suerte, ¿No, Mariflori? – Dijo señalando al novato del chaleco, con su peinado “moderno a la vez que formal”.
- Bueno, señor… Yo quería aprender algo de defensa personal, pero no creo estar a la altura.
- ¡Cagón! – Rió su compañera con evidente desprecio.
- Siempre puedes empezar por debajo, si Cagarruta o Travelo aceptan.

En ese momento, su conversación se vio interrumpida por la irrupción de Van Zackal en la sala. Iba acompañado de varios de los novatos, aunque Kurtz prefirió ahorrarse los chistes fáciles. Por

- Sargento, por lo visto gusta usted de abusar de sus subordinados.
- Oye, Van Zackal…
- Sargento Van Zackal, si no recuerdo mal. – Interrumpió.
- Acércate… - Dijo Kurtz, bajándose del cuadrilátero por el lado más próximo a su compañero, que contuvo el movimiento instintivo de retroceder, pero solo después de haber dado medio paso hacia atrás. Cuando estuvo pegado a él, se acercó y redujo el volumen de su voz.
- Hasta hace algunas horas, te llamaba “pedazo de mierda”, y eso solo cuando me pillabas de buen humor. Tú y yo sabemos de que va esta mierda, y tú y yo, y el soplapollas que nos puso aquí, sabemos los tres que soy el único turco de los que quedan en Midgar ahora mismo que puede lograr que este grupo de figurines y divas sobreviva a la primera semana. Aunque si tengo que serte sincero, apuesto a que uno o dos se llevarán un buen susto en muy poco tiempo, pero esto es desviarnos del tema: No respeto a un capitán, y menos aún voy a respetar su títere. Sobre todo, siendo tú. Puedes subir ahí e intentar ganártelo o puedes ir corriendo a llorar a la falda de Jacobi, me la come. Sé que mientras dure la quincena de prácticas, no tendréis cojones a tocarme, y cuando acabe, tampoco me importa demasiado lo que hagáis. No tenéis los huevos, el cerebro ni la habilidad para venir por mí y salir vivos. Sobre todo si nos vemos en algún burdel, fuera de servicio…
- Sargento, la veteranía es un punto, pero no es suficiente por sí solo. – Respondió Dekk con gesto tenso.
- Demuéstralo.

Se alejó hacia su rincón, donde había dejado su arsenal. Mientras caminaba, iba ajustándose la chaqueta y la corbata, que Kaluta se quiso quitar para pelear pero Kurtz no le dejó: Un turco es representado por su uniforme, y nadie le va a dar la ocasión de ponerse cómodo para luchar en cuanto cruce la puerta. Recogiendo sus cosas, hizo un repaso mental de lo que le tocaba: Unas horas en el despacho repasando historiales. Le habían asignado un cuartucho interior que apestaba a tuberías. Probablemente, el cuarto de los trastos de limpieza un poco acondicionado.

- Todos suyos, sargento. – Dijo a Van Zackal, reparando en una palidez más allá de lo que parecía el maquillaje que llevaba a veces. Kaluta y Traviesa se rezagaron unos instantes, mientras recogían sus cosas, y Kurtz se acercó a ellos. – No podíais ganar, bebés. No os hundáis por ello.
- A ver mañana… - Respondió la novata, con una sonrisa impaciente.
- ¡Ese es el espíritu, Travelo! – Rió el veterano. - ¿Y tú, Cagarruta? ¿Qué dices?
- ¿Honestamente, sargento? – Respondió tras suspirar, intentando contener su rabia.
- Siempre. – Concedió su superior con tranquilidad.
- Honestamente, grandísimo cabronazo, he sido entrenado para infantería y me he ganado los méritos para llegar a las fuerzas especiales. – Dijo, de espaldas a Kurtz, mientras comprobaba con gestos rutinarios su pistola, cargadores y demás equipo. – Y, honestamente, sargento, creo que o ha tenido mucha suerte, o no entiendo como cojones he podido perder con un simple “enanito azul”.
- Kaluta, te contaré una pequeña historia: Entrenar “tampones” era el retiro soñado de los que servimos en Wutai. Tú aprendiste en un cuartel y te quedaste a defender la ciudad. Por tu edad, diría que cuando ya no había nada de que defenderla. Yo me crié en un barrio chungo de cojones, lo que me llevó a Wutai, y de ahí a Lha Shau, Hanado, y miles de operaciones más donde luchas fuera de casa, en el terreno de otro y con las reglas de otro. A eso le sumas unos cuantos años de servicio como cabrón trajeado y podrás imaginarte levemente un asomo de lo hijoputa que puedo llegar a ser.
- Vaya, estoy impresionada… - Dijo Traviesa. – ¡Se ha aprendido su nombre!
- Y el tuyo en cuanto mire las fichas, Travelo. Y ahora Cagarruta y tú id corriendo con el creti… Sargento Van Zackal, a vuestra clase de etiqueta. E idos preparando, par de enteradillos chupapollas: Mañana a la misma hora tenéis una cita para que vuelva a haceros revivir el momento en el que vuestras putas madres os cagaron, pero hacia dentro. Aquí mismo, o me decepcionaréis. – Les anunció mientras cruzaba la puerta del gimnasio.




Caprice miraba con gesto de preocupación a Kazuro, pero no podía evitarlo. Cada día descubría algún asunto turbio relacionado con sus amigos: El luchador de combates ilegales, la ex líder de la banda de moteros y ahora el asesino a sueldo, que por lo visto se relacionaba con un piloto de carreras ilegales, allí presente, una especie de “vengador urbano” y el turco con la reputación más violenta de toda la ciudad. Daphne había roto a llorar a medio relato, angustiada, y ella le había tendido un paquete de pañuelos de papel, poniendo una mano sobre su hombro mientras Kowalsky sostenía la otra mano de la joven.

- Daphne… Tienes que entenderlo. – Dijo el periodista, mientras acariciaba el dorso de la mano que sostenía sobre su escayola. – Rolf es así. Se niega a vivir de la familia que le repudió, entró en el mundo y descubrió que se le daba demasiado bien.
- Pero… ¡Lo van a matar! – Sollozó ella. – Puede que hoy no, pero tarde o temprano…
- Lo sabe, pero lo asume. Rolf venció hace unos meses al que hasta entonces había sido el número uno de entre los tiradores de Midgar, Élacor Königssen, y ahora que está en la cima tiene que pelear por su posición.
- ¿Y no puede, simplemente, dejarlo?
- No creo… - Intervino Han. – Cuando tenía mi coche, todos querían derrotar a “La Muerte”. – Dijo no sin cierto orgullo. – No es cuestión de tener el título, sino vencer al que lo tiene. Además, ni yo mismo me imagino a Rolf entregándolo amistosamente: “Hala, toma. Ahora tu eres el “namber güan”. ¡Disfrútalo!”. – Al volver a mirar hacia Daphne se la encontró encarándolo con gesto furioso.
- ¿Le das la razón? ¿Tu amigo se juega la puta vida por orgullo y tú lo apoyas?
- ¿Acaso se puede hacer otra cosa? – Preguntó Kowalsky con resignación. – Rolf vivirá su vida, pienses lo que pienses y le digas lo que le digas.
- Y también morirá. No puede ganar siempre.
- Y también morirá… Con el orgullo de irse como ha vivido: Satisfecho de no haber dicho que no a nada. - Concedió Kazuro. – Una vez escribí sobre Rolf en el “Lights”. No puse su nombre, ni le dije que era sobre él. Lo comparé con el verano. Te anima, te ríes, te fastidia un poco a veces, pero siempre tiene a punto la broma que necesitas oír. Y un día, simplemente, se acaba. – En el silencio que sobrevino, la imagen habitualmente tristona del periodista era ahora prácticamente desoladora.




Los estimulantes mantenían a Rolf en un estado a medio camino entre la realidad y la introspección más bizarra. Se había sorprendido a sí mismo en repetidas ocasiones, desvariando sobre ideas entre la metafísica, el surrealismo y lo que alguien pasado de peyote llamaría “filosofía existencialista”. Un trago de una bebida isotónica impediría que su cerebro se resecase y… No. A centrarse. Había empezado a anochecer sobre las azoteas del sector tres, entre sus coloristas anuncios de neón, carteles, música de anuncios y murmullo de transeúntes. La zona comercial del distrito estaba siempre hasta arriba, para todos aquellos con dinero que gastar y demasiado refinados para el sórdido mercado muro (habían descubierto recientemente un tipo al que se creía desaparecido, medio hecho filetes en el congelador de un restaurante famoso por su especialidades en carne de moguri).

El lugar casi imposibilitaba localizar al rival: Los infrarrojos o la visión nocturna era impensable en un lugar con tanto neón, y la temperatura de los carteles luminosos impedía usar cualquier dispositivo térmico, de modo que solo quedaba la tradicional búsqueda a simple vista. A lo lejos, Rolf había visto algunos transeúntes cruzar los tejados, con uno u otro destino, pero un rápido vistazo con la mira los libró de toda sospecha, demostrando que no eran más que vecinos dedicados a sus extraños quehaceres nocturnos. El tirador no olvidaría al que se abalanzó sobre un gato y empezó a devorarlo allí mismo. Cansado, se recostó tras la barandilla de hormigón en la que se había parapetado, mientras repasaba de nuevo el cargador de su AT Farsight, modificado a mano con gran maestría por su anterior propietario, y tiraba de la regleta de su Aegis Cort, para asegurarse de que la bala de la recámara seguía ahí. Comprobó la hora en su reloj, intentando no pensar en cuantas horas llevaba despierto. No sentía sueño, dada la cantidad de química que recorría sus venas en ese momento, pero sí cansancio. Buscó sus pastillas en la mochila, cuando de repente, algo vibró en su pantalón. Rolf guardaba un PHS, pequeño y sencillo, sin juegos ni utilidades raras. Solo un número protegido de escuchas que usaba para los duelos. Lo abrió, desconcertado y este le anunció un mensaje de voz pendiente, que le hizo estremecerse, tanto por la rareza de sus palabras, como por el maníaco tono inhumano con el que fueron pronunciadas: Sé como tratar con mierda amarilla como tú.

No tuvo ocasión de intentar descifrar el mensaje, ya que en ese momento la respuesta estalló rompiendo el silencio: Un disparo, a menos de quinientos metros hacia el noreste, un poco hacia su derecha. Al poco rato lo siguieron los gritos de pánico, la confusión, y el caos, entre los que el oído entrenado del asesino reconoció más disparos. Rápidamente destapó su mira y empezó a repasar los tejados, hasta que los fogonazos del cañón atrajeron su atención. No dio crédito a lo que se encontró en su mira: Un hombre aproximadamente en la primera mitad de la cuarentena, con el pelo cano despeinado y pegado a su frente sudorosa, la camisa color caqui abierta hasta el pecho, donde podía ver una única placa militar colgando, y un rifle antiguo, que en lugar de mira telescópica tenía una pequeña alza metálica y una mira de escalera encima de la culata. El hombre tenía el aspecto más normal que uno podía imaginarse, con su barba bien recortada y sus sienes canosas, pero su cara reflejaba el frenesí homicida que estaba causando en ese momento, y el placer que este le proporcionaba.
Rolf esperó. El hombre, por lo visto, ni siquiera había reparado en él. Simplemente, se dejó llevar por una especie de frenesí homicida e interrumpió su duelo para emprenderla a balazos con los transeúntes. Rolf sintió sudor frío caer desde su nuca, deslizándose por su espalda, donde la camisa se le pegaba al cuerpo. Se esforzó por permanecer impasible mientras veía al hombre introducir una, dos, y hasta cinco nuevas balas en su rifle y manipular el cerrojo con una nueva sonrisa de placer. Empezó a contener la respiración mientras lo veía apoyar la culata en el hombro, apuntar, y en cuanto el rifle negro del psicópata se detuvo en un objetivo, su oponente empezó a acariciar su gatillo.

Ambos disparos sonaron a la vez, y un nuevo grito se alzó de las calles en el segundo que Rolf permaneció esperando a que su bala recorriese el camino que lo separaba de su objetivo. El impacto hizo su cabeza sacudirse como si lo hubiese atropellado un camión, e inmediatamente cayó al suelo. Rolf esperó unos segundos, pero nadie se levantó. Rápidamente, desmontó su equipo y bajó al callejón donde había dejado su moto, dejando la cazadora entreabierta y la pistola a mano. Sin saber exactamente que era lo que lo intrigaba tanto, su moto avanzó serpenteando por los callejones, entre basura y transeúntes que buscaban cobertura, hasta alcanzar el edificio en el que había sido derribado su oponente, reconociendo el cartel de neón que había visto desde la mira. No tardó en encontrar la escalera de incendios por la que ese loco había subido, y no le costó demasiado alcanzarla desde un contenedor de basura. Con la pistola preparada, se asomó de repente, apuntando a todos lados, por si había errado el tiro y su rival lo esperaba con el rifle preparado, pero el nauseabundo olor de la sangre y los sesos esparcidos a lo largo de metro y medio de distancia, más allá del cuerpo, fueron toda la confirmación que necesitó. Guardó su pistola y registró su equipo, reconociendo al instante el rifle modelo Marksman 70. Una reliquia, fabricada artesanalmente con pericia y devoción, y mantenida casi con mimo. Con sus manos enfundadas en sus guantes de motero, Rolf lo sostuvo, y pudo sentir como su perfecto equilibrado pedía inmediatamente ser utilizado. Como experto en ese tipo de armas, se reconoció impresionado por el arma, su perfección y sus acabados, pero entonces recordó el otro motivo que lo había llevado hasta ahí. Lo primero: Buscar la mochila de este hombre. No esperaba encontrar una tarjeta de identificación, pero si la apuesta. Ningún asesino se iba a jugar la vida por nada, de modo que nadie acudía a un desafío de este estilo sin veinticinco mil en efectivo en billetes usados no consecutivos. Mucho dinero, pero si eras lo suficientemente bueno para meterte en este tipo de desafíos, no tendrías problema en conseguir la cuota.
Intrigado, se acercó al cadáver y cogió del cuello el colgante que sostenía la chapa de identificación. Normalmente los soldados llevaban siempre dos, pero paradójicamente este hombre solo tenía una. La cogió y la examinó de cerca. Tenía una serie de marcas, como si le hubiesen intentado hacer agujeros con un cuchillo, marcando puntos en el metal con un extraño patrón. Al otro lado había inscrita una única palabra: Pastor. El sonido de las sirenas aproximándose lo trajo de nuevo a la realidad, y a la imperiosa necesidad de salir cagando hostias. Arrancó de un tirón la placa, preguntándose luego por qué lo había hecho. Encogiéndose de hombros, la guardó en un bolsillo de su camisa y corrió hacia las escaleras, no sin antes volver a mirar con pena esa maravilla de rifle, lamentando no poder llevárselo.
Acababa de volarle la cabeza a un tarado por un buen fajo de billetes, llevándose un extraño colgante y dejando un cadáver, una joya armamentística y muchas preguntas sin respuesta, en su cerebro cada vez más embotado por los estimulantes. Esforzándose por centrarse en lo evidente, Rolf subió a su moto y desapareció en la noche que empezaba su reinado.

domingo 7 de junio de 2009

176.

Esto que lees no son letras, ni siquiera son palabras. Esto que lees son mis pensamientos, posándose en el papel como lo hace un pétalo de cerezo sobre el agua, alterando con sus ondas el suelo líquido del caudaloso subconsciente.

¿Y si el papel desaparece?

La tinta se desvanecerá, el papel se pudrirá, pero las palabras se grabaran a fuego y secarán el río mientras mi espíritu perviva.

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Estás muerta, no importa cuánto lo intentes, el pétalo en el agua termina marchitando si no tiene raíces.

Regalar flores es algo estúpido. Sólo son reflejos de pensamientos, de emociones…

¿Entonces por qué te gustan tanto?

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Mira tu habitación. La cama, con dos cojines a cada lado, en el centro. Dos estanterías a los lados y un entarimado prodigiosamente pulido.

Está totalmente oscuro y aún así consigues colocarlo con perfecta simetría. Asombroso.

Ni ventanas, ni puertas, este es tu pequeño mundo y no quieres que nadie lo altere. Pero ya no eres así, abandonaste la simetría cuando conociste a Yief.

¿Quién eres tú?

Nadie, no existo materialmente.

¿Qué es lo que quieres?

Nada, sólo estás soñando.

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Encantado de verte nuevo Lucille. Como no me recuerdas no tengo rostro( una curiosa forma de ocultar un trauma. Pero entre tu y yo…Mejor, la verdad es que era muy feo).

¿Te has fijado? No paro de sangrar ahí donde me acuchillaste; si te acercas un poco puedes verme el estómago. Pero bueno, olvidemos eso.

Sí que te acuerdas de este sitio ¿No? Hacía frío esa noche, no nevaba, pero tu mente así lo ha imaginado. La luz de las farolas se reflejaba en cada copo acumulado en aceras y carretera.

Tú caminabas con un paraguas rojo y un grueso abrigo, pero te llevabas las manos a la cara y exhalabas vaho para intentar calentarlas.

Ni siquiera alteraste tu demacrado rostro cuando me viste aparecer de un callejón, ni siquiera dejaste de caminar, ni siquiera notaba tu respiración agitada ni tu pulso acelerado.

No, no, no hace falta que hables, echarías abajo el halo de misterio. Formo parte de tu mente así que se lo mismo que tu.

Te agarré del brazo y te susurré al oído: “Eres muy guapa”. Tenías la mirada perdida y no opusiste resistencia; ni respiración agitada ni pulso acelerado.

Nos adentramos en el callejón y tú dejaste caer el paraguas en un charco, proyectando tonos rojizos sobre la nieve. ¿Cómo podías estar tan calmada?¿Cómo podías dejarte arrastrar por un desconocido hacia un callejón manteniendo aquella mirada perdida en el infinito? Luego lo comprendí, justo después de que me mataras, pero en ese momento tus ojos me ponían extrañamente nervioso.

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-Papá…¿Para quién son esas flores?

-Para tu madre, pequeña.

-¿Va a volver hoy?

-¡No va a volver nunca!

Fue la primera vez que comenzaste a fijarte en las flores.

Un accidente de coche. Tu padre había bebido, pero no más de dos cervezas. No fue culpa suya cuando un loco invadiendo el carril contrario les embistió, pero tu madre murió y él no.

Eras demasiado pequeña para entenderlo, pero tu padre quedó destrozado y se culpaba continuamente por no haber muerto también en aquél accidente.

-¿Papá, cuando cenamos?

Pero él no te contestaba. Se sentaba frente al televisor y se olvidaba de ti.

Fue entonces cuando comenzaste a construir tu habitación simétrica dentro de tu cabeza. Te volviste callada, pragmática y autosuficiente. Con ocho años te viste obligada a aprender a cocinar mientras tu padre comenzaba a coger cierta predilección por el ron.

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-¡Por qué no te mueves zorra!¡No me mires de esa manera!

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Llegó la adolescencia y visitaste a la vecina del piso inferior. La suplicaste que te dejase trabajar en el pequeño supermercado que regentaba dos calles más abajo. Comenzaste a trabajar allí por las tardes y conseguías algo de dinero para que después vieses a tu padre gastándoselo en ron.

A los trece años dejaste de hablarle, era gastar energías en algo inútil y se convirtió rápidamente en algo menos que un fantasma que rondaba la casa.

Tenías pesadillas a diario, como si él fuese un fantasma de verdad y perturbase tus sueños, y siempre despertabas bañada en sudor. En ellas tu padre entraba en la habitación y te violaba gritando el nombre de tu madre.

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Suena el teléfono, debo cogerlo. Pero está todo muy oscuro y el timbre suena muy lejano. Comienzo a correr, mi sombra es blanca. Ya ha sonado cuatro veces y yo consigo verlo a lo lejos. No parezco avanzar casi nada, no importa cuánto lo intente, siempre salta el contestador:

“Lucille, soy Yief, despierta pronto anda.”

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-Joder, hostia puta, qué buena que estás.

A la luz mortecina de aquél callejón me pareciste la chica más bella de todo Midgar. Eh, no me mires así, lo digo en serio. Incluso sentí cierta pena por ti al principio, pero al pensar que te tenía toda para mí no pude resistirme.

Te empujé contra la pared y metí la mano en tus pantalones. Tú no te movías, tenías los brazos caídos y emitías ligeros gemidos.¿Por qué no hacías nada? Tal vez intuías que si te oponías iba a ser peor, o tal vez te estaba gustando de verdad. Vaaale, ya se que ése no era el caso.

No sabes lo burro que me puse cuando descubrí que eras virgen, un latigazo me recorrió toda la columna al pensar que te iba a otorgar un gran regalo. Me sentí joven de nuevo.

Pero había algo que me seguía causando repulsión, algo innatural que no dejaba de mirarme a través de aquellos apagados ojos; algo que, aunque pareciese irrelevante para la ocasión, no me permitía estar todo lo a gusto que quería.

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Hasta que un día la pesadilla se hizo realidad. Resulta irónico que tal sueño se convirtiese en una pesadilla tan palpable y desagradable como una barra de centelleante y ardiente hierro.

Entró en tu habitación con gran estrépito, apestando a alcohol y con un cuchillo en la mano izquierda. Se acercó a la cama y te acarició el sedoso pelo, desparramado con inocencia sobre la almohada como un torrente de agua oscura.

Tú tenías los ojos cerrados pero no estabas dormida; respirabas entrecortadamente y temblabas de arriba abajo.

-Lucy, cariño, la pequeña ya está durmiendo. Podríamos…Ya sabes. He traído esas rosas de Kalm que tanto te gustan.

Estaba totalmente trastornado. Su esponjoso y ebrio cerebro no discernía entre realidad o imaginación, danzando entre bucólicas y perversas fantasías y las sombras de la muerte. Había perdido la cordura y te confundía con tu madre. ¿Crees que el destino jugó contigo y te puso un nombre tan parecido al de ella para este preciso momento?

Viendo que las cosas empeoraban, intentaste levantar tu frágil cuerpo, pero él te aferró las muñecas contra la almohada. Pasó a una actitud más ofensiva y atrapó tus piernas colocándose a horcajadas. Tú llorabas porque sabías lo que iba a ocurrir, lo habías soñado cientos de veces.

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Te agarré del brazo y te susurré: “Eres muy guapa”

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De un tirón te arrancó la parte de arriba del pijama con detalles de flores de cerezo. Tu madurez precoz se hacía palpable en el comportamiento, pero tu cuerpo aún era el de una joven en transformación; las caderas no habían ensanchado demasiado y los pechos apenas eran grandes.

Te tocaba con su vasta mano derecha mientras se masturbaba con la otra. Tu propio cuerpo sentía ardor, pero tú lo interpretabas como dolor. Odiabas a tu padre con la fuerza de un espíritu cósmico y devastador; por haber matado a Lucy, por olvidarse de ti y más aún por tener el valor de poner la mano encima a una chica de trece años que además era su hija.

Él se masturbaba porque no tenía prisa, porque pensaba que te tendría para siempre, que utilizaría el momento oportuno para hacerte una mujer de verdad.

Cogiste el cuchillo, olvidado en un lascivo descuido entre las sábanas, y no lo dudaste. La hoja se hundió en su pecho, pasando por el hueco de dos costillas. Él profirió un grotesco quejido y en un último estertor eyaculó sobre tu vientre; después murió a tu lado, desangrándose entre sudadas sábanas.

Da igual que lo hubieses matado ¿no? Al fin y al cabo, el espíritu que le había invadido había llevado a cabo su misión. Te había mancillado igualmente aunque no llegó a penetrarte. Pero el viscoso líquido que reposaba en tu abdomen, sobre tu tersa y juvenil piel, con repulsivo calor, era la marca de la atrocidad que puede llegar a cometer un ser humano.

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No nevaba, pero tu mente así lo ha imaginado.

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El brillo perspicaz y picaresco de tus ojos que mostrabas al resto del mundo desapareció por completo y las lágrimas que surcaban tu rostro no parecían reflejar luz alguna.

Te pusiste de nuevo la parte de arriba del pijama. Dejaste el cuerpo de tu padre sobre la cama y saliste de la habitación. En la entrada, sobre una pequeña mesa, había un florero con un ramo de rosas verdaderamente bellas; tenían el haz de un rojo intenso y el envés de un pálido blanco. Te pusiste un grueso abrigo, cogiste un paraguas y acariciaste uno de los pétalos. También metiste el cuchillo del parricidio en un bolsillo interior del abrigo, pero tus movimientos eran tan innaturales y sonámbulos que ni siquiera te diste cuenta.

-Voy a dar una vuelta mamá, enseguida vuelvo.

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Me bajé los pantalones, te levanté una pierna y entré en ti con frenesí. Sangraste, como es natural, pero no hiciste mueca alguna que denotase dolor o sufrimiento. Con una mano sujetaba tu pierna derecha y con la otra apretaba el pecho opuesto con fuerza.

-¡Por que no te mueves zorra! ¡No me mires de esa manera!

La situación estaba perdiendo todo el encanto y me estabas poniendo enfermo.

Te tiré al suelo y quedaste boca arriba, con la cremallera del abrigo bajada y los botones del pijama arrancados. Me arrodillé y aparté tus piernas aferrándote los muslos(bendita sea la flexibilidad de las muchachas).

Comencé de nuevo con el movimiento pendular y tú ahora mirabas al cielo, con la boca entreabierta pero con la misma mirada vacía.

Ahora te imaginas que ese día caían pesados copos de nieve y que tu espalda ardía por culpa del gélido suelo, pero la realidad fue mucho más escabrosa: había cristales en el suelo y te desgarraban la piel a cada vaivén.

Yo no sabía dónde agarrar, me sentía extasiado. Estiraba todos los huesos de las manos, me movía continuamente, me colocaba de puntillas…Todo era perfecto para mí si no fuese por que me mirabas de aquella manera. Estiré tus piernas en ángulo recto y te mordí el talón de tu pie izquierdo; tampoco diste muestras de dolor.

¡Pero di algo puta!¡Gime, grita, pide socorro, haz algo!

Entonces me pareció oir un leve susurro saliendo de tus mortecinos labios, repitiéndolo una y otra vez. Eché el cuerpo hacia delante y seguí moviéndome apoyando las manos a los lados de tu cabeza. Poco a poco, acerqué la oreja para ver qué murmurabas.

-Voy a dar una vuelta mamá, enseguida vuelvo….Voy a dar una vuelta mamá, enseguida…

Puta loca, ¿Qué hacías hablando sóla sobre tu madre cuando te estaba violando? Eso me cabreó mucho, así que te pegué un fuerte puñetazo en la cara. Tú seguiste murmurando mientras el carillo izquierdo se amorataba , entonces sentí un escalofrío. Ya no era esa mirada carente de sentimientos ni que no hicieses nada, era ese aura siniestra que emanabas y me contaminaba con gelatinosos brazos, haciéndome perder el juicio.

Abarqué prácticamente toda tu cara con la mano y comencé a golpearte contra el duro adoquinado, haciendo saltar minúsculas esquirlas de cráneo; ya no me importaba follar, quería acabar con la maldición que cernías sobre mi.

Fue tan rápido que apenas pude darme cuenta. Introdujiste la mano en el abrigo y sacaste un cuchillo que acabó hurgando en mi estómago. Si no me hubiese apartado ligeramente estoy seguro que esa puñalada iba directamente al corazón.

Aunque bueno, al fin y al cabo me dio lo mismo. La sangre me salía a borbotones y taparme la herida con las manos no hacía mucho. Tú te levantaste como si de un espectro vengador se tratase y hundiste la hoja del arma quince veces más.

Ahora que estoy muerto…¿Puedo preguntarte una cosa? ¿De verdad fallaste esa puñalada? Parecías obsesionada y turbada por dañarme en ese sitio. Fue por tu padre ¿no? Por haberse corrido en tu vientre. No recuerdas mi cara porque cuando te violé pensabas que seguía siendo tu padre, pensabas que había escapado de casa y quería rematar el trabajo.

Lo siento, lo siento de veras. Pagué por ello pero hasta hoy no supe el daño que en realidad te hice.

Cuando caí desplomado tuve miedo de ti, de frente, tan imponente y terrorífica. Tú sugeriste una leve sonrisa que se convirtió en un gesto macabro que me acompañaría hasta las insondables sombras del infierno.

Mientras moría, tú veías una rosa de Kalm en el suelo; con sangrientos pétalos desparramándose sobre la pálida nieve. Pétalos que se deshacían lenta y pesadamente.

---

Es más, no hay más que ver tu nuevo piso. Hace años tu cuarto era cerrado y angosto, ahora vas y te compras un loft. Fuera paredes, fuera puertas, fuera barreras. Lo hiciste en un intento de borrar tus recuerdos, de pasar página; y parece que ha dado buen resultado, eres feliz con Yief.

¿Qué?¿Qué dices? Oh, ya se que vuestro encuentro fue accidental, pero ahora mismo no te arrepentirías por nada del mundo ¿Verdad?

Lo necesitabas. Años sin vida social, años de sufrimiento, años en los que pensaste en suicidarte. La vida nunca te había tratado bien y qué mejor manera que darla por el culo que intentando superarlo desde lo más bajo. Esa fue la verdadera razón por la que conociste a Yief, aunque luego haya ido mutando a un amor auténtico. ¡Qué sorpresa para ti cuando descubriste que el apellido Vanistroff era bastante ostentoso! Otra razón más para ayudarle. ¿O en realidad lo haces porque no quieres volver a estar sola nunca más?

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Suena el teléfono, debo cogerlo. Sigue estando oscuro, pero mis ojos se acostumbran a las sombras. Danzo entre ellas, pero no se atreven a tocarme; sus gélidas y gelatinosas manos ahora parecen mostrarme respeto.

-¿Crees que ha llegado el momento?

Quiero ver de nuevo a Yief.

Entonces toma el teléfono, llámale y sal de este repugnante abismo de malos recuerdos para siempre.



Se echaba la tarde encima cuando entré en el tren rumbo al hospital. Ya iba a sentarme cuando vi a un joven rubio, abstraído de la humanidad mediante dos auriculares, con una caja de bombones en su regazo.

-Mierda.

La verdad es que fue una gilipollez, pero no quería que aquél joven tuviese la misma idea que yo. Salí corriendo justo antes de que cerrasen las puertas y tiré la caja de dulces, comprada en una pastelería cercana, a una papelera.

-Bien Yief, acabas de malgastar el dinero en unos bombones porque a alguien más se le ha ocurrido tu ingeniosa idea y ahora pierdes el tren-pensé para mis estúpidos adentros.

Entonces la voz gorjeante de una anciana me llamó la atención. Sonaba cercana, pero con un timbre y una monotonía que a la gente que no ahuyentaba la inducía en una sórdida somnolencia. Era un pequeño puesto en el que una mujer mayor, rechoncha y con un pañuelo que le cubría la cabeza, vendía una escasa pero vistosa variedad de flores.

-¿Qué me recomiendas?-la pregunté con condescendencia. Seguro que esa mujer vivía a duras penas bajo techo.

-Oh, un apuesto jovenzuelo-dijo con tremendo carisma. Su sonrisa era radiante pero su ojo derecho, inundado de cataratas, me hizo pasar un instante peliagudo- Llévate estas rosas de Kalm, sin duda.

-Vaya, son preciosas.

-Lo son ¿Verdad? Se ve que eres una bella persona…¿Son para alguna chica?- desde luego su voz ronca te cautivaba como sólo lo sabe hacer una abuela. Una sonrisa más abierta resaltó las arrugas de sus carrillos.

-Así es.

-En ese caso te las regalaré, salao.

-No, no-me excusé con educación. La verdad es que el aura de bondad que irradiaba me estaba hechizando- Permíteme que la pague algo.

-Se siente, el ramo ya está hecho-me replicó ofreciéndome un ramo perfectamente construido. Apenas me había fijado en la rapidez con la que sus expertas manos lo habían formado.

Agarré las flores con extremo cuidado y cuando ella se distrajo un instante, la dejé un par de guiles y me fui corriendo. A mis espaldas pude oír una sonora y envejecida carcajada.

Así que una hora más tarde, me apeé al siguiente tren y me senté con un espléndido ramo de “rosas de Kalm”.

Esta vez dejé el falso traje de turco (obsequio del simpático psicópata) y me puse algo de la ropa que Lucille me regaló. Dudaba que ella tuviera hermano(algún jersey llevaba bordadas iniciales que no correspondían ) pero no me importaba. Ahora llevaba unos apenas usados pantalones vaqueros y una sudadera con capucha gris bastante holgada.

Tenía un presentimiento, una de estas sensaciones que no sabes explicar, que crees que ese día no te va a ocurrir nada malo. Durante el trayecto decidí que me quedaría a dormir en la habitación del hospital, por muy incómoda que fuese la silla.

Cuando las puertas del tren se abrieron, abandoné la fría barra a la que iba sujeto y me despedí de la mujer embarazada a la que cedí mi asiento.

Atravesé las calles con aire distraído, casi como un autómata, admirando el juego que daban las farolas y sus luces proyectadas en curiosos recovecos. Tuve el irrefrenable impulso de contemplar la gran ciudad desde una azotea, con sus colinas de edificios y sus mares de brillos nocturnos durante horas, pero mis pasos se dirigieron hasta el hospital.

Saludé a las enfermeras, que ya me conocían(especialmente Aoi, una chica de Wutai alegre y vivaracha que había convertido en amenos varios de mis días en el edificio), subí las escaleras hasta el tercer piso y anduve hasta la habitación 076.

Abrí la puerta y se me resbaló el ramo de entre los dedos, cuando Lucille me lanzó una suave sonrisa y me contempló con unos ojos llenos luz como una ciudad nocturna vista desde las alturas.

viernes 5 de junio de 2009

175

En algún extraño lugar entre las nubes, unas nubes muy raras, con cierta consistencia sólida, allí donde las estrellas fugaces volantes pueden ser interceptadas levantando el índice y poniéndose uno de puntillas, y donde los cometas y los ovnis se paran a saludar hay una gran puerta. Una puerta dorada, con un guardián celoso al que se conoce con muchos nombres.
Miles de personas a lo largo de la historia le han puesto miles de nombres, tanto al guardián como al lugar (ya sea en el sentido físico como metafórico de la palabra) que se alza tras él. Si logras cruzar las puertas, dicen, te encontrarás fuentes de las que mana miel dulce, y jardines soleados, donde los placeres están al alcance de la mente, más fácil todavía que extender la mano. No hay ni que desearlo, sino que es suficiente tan solo con empezar a imaginarlo. Tan rápido, que antes de que tu figuración ficticia concluya, ya se ha convertido en una experiencia real.
Tras la puerta, espera un universo de gozo y alegría, un premio a los justos, los soñadores y aquellos que experimentan con las drogas adecuadas. Místicos y capitalistas de buenas obras. Todos y cada uno de ellos, con sus barbas, sus túnicas, sus alzacuellos, sus turbantes, rosarios, libros, videoconsolas y tarjetas de crédito tienen una idea muy clara de lo que verán tras las puertas.

Lo que sorprende a todo el mundo, es el bar que hay tomando la segunda calle a la derecha.

- Joder… - Suspiró cabizbajo un ser de apariencia masculina, con un par de alas encogidas para que no le molestasen con el techo.
- ¿Qué ha sido? – Preguntó el barman celestial, una especie de metáfora hiperbólica del concepto de la paciencia y la comprensión. - ¿Granadas otra vez?
- Granadas otra vez. – Dijo el hombre, levantando la cabeza y dando un trago a su cerveza. Su rostro, cubierto de cicatrices sonreía intentando consolarse. – Al menos fue por una buena causa.
- ¡Buena causa mis ovarios! – Gritó una mujer pelirroja y airada un par de taburetes más a la derecha.
- Haya paaaaaz… - Suspiró el barman.
- ¡¿Sabes donde explotó la última granada?! – Insistió la mujer, ofendida, mientras sus alas se crispaban.
- ¿En tu glándula menstrual de los rayos de plasma, quizás? – Respondió el hombre de las cicatrices.
- ¡Jonás! ¡Irina! ¡Comportaos u os vais a beber al limbo!
- ¡Tirano escanciador de orines! ¡Estoy seco! – Gritó otro hombre, desde el fondo de la barra. Su pelo lacio, negro, caía sobre sus hombros mientras un mechón teñido de blanco cubría su rostro. - ¡Ofréceme bebercio o antes de que tenga que cumplimentar una protesta formal con tu sedición promoviendo la dictadura del sector “servicios”!
- ¡Ya va, maldito colgado! – Se quejó el barman, traicionando aquella virtud a la que representaba, pero recordándola mientras apartaba de su mente ideas creativas con su bate llameante, herramienta punitiva, ruina de los impíos, los blasfemos y los borrachos que buscaban tangana en su garito. – Y dile a tus amigos que dejen de acosar a la rubia cuarentona, no vaya a ser que la liéis otra vez.
- ¡Pero si a ella le gusta!
- ¡Claro que me gusta! – Exclamó la cuarentona, apareciendo al lado del hombre de flequillo blanco, mientras su túnica caía un poco, exhibiendo un hombro con aire coqueto. Dicha prenda, por cierto, quedaba muy bien con su cabello rubio, corto, y con sus ojos claros y brillantes, pero las botas militares producían un efecto raro. – ¿Venís a jugar al callejón, guapos? – La respuesta fue, literalmente, un coro celestial de afirmaciones. El primero en seguirla tenía el pelo y las alas teñidos de azul eléctrico, y el segundo iba lanzando piropos bastante impropios de su halo, mientras llamaba a la mujer cosas como “mamacita”. El del flequillo blanco, por su parte, tomó su bebida con deliberada parsimonia, antes de encaminarse hacia la promesa de próximos deleites en un sórdido callejón paradisíaco.
Salían por la puerta trasera, cruzándose con un hombre de ojos verdes que había apartado la mirada a su paso, levantando la mano para arreglarse el pelo con coquetería. Luego, se ocupó el lugar entre el hombre de las cicatrices y la pelirroja, apartando las alas para no sentarse sobre ellas.
- Hola, Rolfhelm. – Lo saludaron Jonás, Irina y el Barman.
- Se te ve extrañamente discreto, hoy. – Puntualizó Irina.
- Ya, bueno… Lamento no acosarte, pero creo que es el día equivocado para exponerse.
- ¿Exponerse a qué? – Preguntó Kurtz desde el otro lado.
- Tú espera un par de minutos y la respuesta vendrá sola. – Rolfhelm señaló hacia la puerta, mientras con la otra mano tomaba su cóctel, que procedió a paladear. – Delicioso, Malcolm. – Dijo al hombre que acompañaba al omnipaciente barman celestial tras la barra. – Mi protegido de ahí abajo realmente no sabe lo que se pierde.
- Gracias. – Agradeció este el halago. – Con suerte algún día el tuyo o el mío sepan comportarse como adultos.
Malcolm vio como la puerta se abría, pero tenía que estirar el cuello para ver la pequeña figura que acababa de entrar, de la que solo podía ver un par de alas cuyo color era negro en su raíz e iba aclarándose gradualmente hasta llegar al extremo.
- Absenta con zumo de frutas, marchando.
- ¡Que sea triple! – Exclamó la criatura de aspecto de niña, mientras hacía uso de sus alas para subir al taburete, ocupando el que quedaba entre Jonás y Rolfhelm.
- ¿Estamos estresados hoy, Victoria? – Preguntó el primero.
- ¡Estamos estresados siempre! – Bufó este. - Que si la venganza… Gatos… El novio este, que si no es novio, solo un cabrón adulador y manipulador, que si bueno… Algún encanto si que tiene… Que si no se como tomarme que me invitase a cenar… Que si osadía… Que si más venganza… Que si leer el diario de mamá una y mil veces… Que si más venganza… Que si le quedaba bien el pelo así al buenorro… Que si que cojones hago llamándolo buenorro… - Suspiró, engullendo el contenido de su vaso de un trago y dando un par de toques en la barra para pedir otra dosis. – ¡La enana esta me tiene histérica!
- Etimológicamente, “histérica” significa “dotada de útero”, y nosotros somos asexuados. – Corrigió Rolfhelm
- Tú no del todo… - Apuntilló Irina, arrancando algún asentimiento de los demás.
- Ya… Bueno… - Sonrió el aludido, cazado de pleno. – Todo se pega en esta vida, o en cualquier otra…
Del callejón se empezaron a oír gritos y gemidos, pero también golpes y sonoras amenazas procedentes de la voz, no demasiado delicada, de aquella mujer rubia que había invitado a los chavales a “pasar un buen rato”. No había duda de que ella si se estaba divirtiendo. Rolfhelm, desde la experiencia, les dedicó una comprensiva sonrisa y un silencioso brindis. El barman, mientras tanto, ofrecía a regañadientes las llaves del baño a un hombre esbelto, de facciones distinguidas.
- Frank, mira que he visto lo que hizo el tuyo con aquella prostituta en los baños de la discoteca. ¡Como hagas el tonto los limpias tú!
- Mira que eres cerrado a veces con las llaves del baño… - Suspiró Irina, mientras el tal Frank corría mostrando severos síntomas de incontinencia.
- ¡A mi me tuviste diez minutos aguantándome mientras decidías si me las dabas o no, cabrón! – Acusó Victoria al barman. – ¡Casi acabo necesitando una túnica limpia, en lugar de tus malditas llaves!
- Además… - Concluyó Rolfhelm. – Ni siquiera está tan limpio.
- ¿Tú que sabrás? – Protestó el barman celestial, lleno de justa indignación y orgullo herido. – Vosotros estáis más o menos cuerdos. Bueno, Irina, tu tienes que aguantar a una pájara de cuidado…
- Si matase a los nuestros, seguro que la tuya lo primero que haría sería masturbarse, o alguna bizarrada por el estilo. – Atacó Rolfhelm.
- Especialmente a alguno en concreto. – Irina miró de reojo a Jonás, pero el ceño fruncido del barman celestial le hizo pensárselo dos veces.
- El caso – prosiguió el avatar de la paciencia, relajando su gesto malhumorado, - es que muchos de estos, como el tarao de flequillo blanco, o el que acaba de entrar en el baño, muchas veces acaban adoptando costumbres de sus representados. Muchas de ellas, realmente impropias de un ángel de la guardia. ¿Y luego quien tiene que pasarse media hora con un estropajo y un frasco de detergente líquido celestial?
- ¡Pero si usas detergente del barato!
- ¡¿Como osas?! ¡Uso Bing Ambrosía!
- Pues se lo debes de comprar a los de Wutai, del barrio sintoísta, tío…
- ¡Rolfhelm, te voy a servir la próxima copa de detergente líquido, a ver si viene de Wutai o de donde viene!
- Calmaos - Intervino Malcolm, apaciguador, vaciando una coctelera en seis vasos de chupito. – A ver si nos apaciguamos todos. Al fin y al cabo, mucho quejarnos de jefes, manías vengativas, promiscuidad, sadismo lascivo o clientes guarros, cuando todo podría ser mucho peor. – Señaló discretamente con la cabeza a una figura encogida frente a la tele, en la que retransmitían el tercer encuentro de playoffs entre los Kami y los Bodhisattvas. La figura estaba sentada y abrazada con una mano a sus rodillas, mientras que con la otra revolvía su melena rubia, sin dejar de repetir “Medicación, roto… Lo he roto… Medicación… Afilar Bowie… Roto… Limpiar mundo. ¡Sucio! ¡Sucio! ¡Nosotros limpiaremos! Sssiiiiii… Tessssooooro…
- ¡No se que le ven! – Protestaba Deryn desde una mesa
- ¿Qué quieres que te diga? Da yuyu, pero tiene un no-se-que… -Respondió Yvette, dándole la razón.

- ¡Pitolitas y metralletas! ¿Eh? ¿No lo coges, moza? ¿Eh? ¿Eh? – Insistía un viejo verde, con el pelo largo recogido en una desastrada coleta, mientras rascaba una de sus patillas y con la otra mano acercaba un billete bajo la mesa a la mujer junto a la que se había sentado para probar suerte. - ¡Ñjehehehehieh! ¡El monstro de dos espaldas! ¿Eh? No seas tonta, moza. ¿Pitolitas y metralletas? ¡Bien sa’es de que t’hablo! – La aludida, de aspecto andrógino y pelo de dos colores, rubio y rosa, le hacía gestos para que abandonase la mesa.
- Créeme, abuelo: No quieres que YO te hable de “pitolitas” ni de “metralletas”.

- ¡He visto otro! ¡Otro! ¡Y me miraba!
- ¡Cálmate, ¿vale?! – Le gritó a su amiga, mientras le apartaba las gafas para enjuagarle las lágrimas de los ojos. Vestía con tonos muy alegres, aunque cada vez iba arraigándose en ella la costumbre de maquillarse para ser pálida y misteriosa, y con mucha sombra de ojos. – No puedes verlos, no aquí.
- ¡Te he dicho que veo vivos!

- La verdad es que sois raros de cojones todos… - Siguió Malcolm. – Y todos habéis cambiado por vuestros protegidos.
- ¿Qué quieres decir? – Preguntó Victoria, preocupada.
- Bueno, Vic… Tú aún no, pero cuando conocí a Irina, lloraba cada vez que veía un insecto muerto.
- Pobres… - Dijo, ella con sincero pesar.
- Y Rolfhelm se sonrojaba hasta las orejas si veía una falda por encima del tobillo.
- La carne es el primero de los pecados, ya sabes… - Respondió el aludido, un poco ruborizado, pero con cierta sonrisa de viciosillo.
- Y por último, Jonás, no podía soportar ver esas pelis de vaqueros, con tantos disparos, puñetazos y violencia.
- Era todo tan gratuito… - Suspiró con gesto ausente en el que se podía entrever cierto desagrado residual, mezclado con una buena dosis de atracción morbosa.
- ¿Entonces yo que? ¿Me volveré una psicópata?
- Es muy posible… - Puntualizó Rolfhelm.
- ¡No quiero ser una psicópata! ¡Quiero vida social! ¡Quiero sexo! ¡Quiero un hombre peludo y enorme que tenga las manos tan grandes como mi cabeza!
- Y yo quería la paz en el mundo, y ahora quiero pacificarlo yo mismo… - Suspiró Jonás.

- ¡Si! Jajajajaja – Bramó una voz de tono estirado y elitista, interrumpiendo su conversación. - ¡Va a ser genial! – Luego alzó la voz desde su mesa, llamando la atención de los de la barra. - ¡Eh, Jonás! ¿Viste la que te ha hecho mi chico?
- Mordekai, si te crees que es un buen momento, puedes…
- ¡Eh, Jonás! ¡No seas así! – dijo Nathaniel, que compartía mesa con Mordekai. - Al fin y al cabo, no te hemos hecho nada. Solo podemos orientar, nunca decidir por ellos.
- Ya, claro… - Bufó el aludido, mientras su mueca deformaba las cicatrices de su rostro. – Y supongo que las risas vienen para aliviar vuestra mala conciencia por guardar a auténticos hijos de puta, ¿no?
- ¡Jonás! – Mordekai puso rostro de fingido dolor. – Realmente me hiere que no podamos ser amigos. De hecho, mi protegido mostró gran interés en promocionar la vida social del tuyo.
- Si, muy gracioso… Mandándolo a hacer de guía para los novatos que llegaron ayer. – Respondió Jonás, antes de añadir por lo bajo a sus compañeros. – Como diga su frase, la lío. – El barman celestial le dedicó una mirada preocupada, mientras Malcolm se apresuraba a retirar vasos y demás posibles objetos arrojadizos de su alcance.
- La ocasión es inmejorable para hacer nuevos amigos, y si realmente tu chico se pone y le dedica todo el esfuerzo del mundo…
Jonás sintió una especie de espasmo. Sacó una billetera de entre su toga y pagó las consumiciones de todos, además de una generosa propina. Luego, se encogió de hombros, a modo de silenciosa disculpa.
- Jonás… ¡Con lo pacífico que tú eras! – Suspiró Rolfhelm.
- Todo se pega… - Suspiró este, mientras su sonrisa de resignación iba adquiriendo malicia. Se bajó de su taburete y de repente se giró, empuñándolo mientras cargaba contra la mesa de Nathaniel y Mordekai. - ¡Me cago en vuestro puto dios!



Le encantaba la heladería: Sus combinados siempre usaban la fruta más selecta, y así se aseguraba siempre de ser correctamente atendido. Además, había una televisión inmensa, no menos de treinta pulgadas, desde la que emitían una y otra vez películas clásicas. Realmente un lugar perfecto, y la verdad, no alcanzaba a entender como la gente podía atender a sus patéticas conversaciones sobre sus vidas insustanciales y efímera, mientras divas del cine en blanco y negro mostraban como su arte había dejado retazos de su alma impregnados en el celuloide, haciéndolas etéreas, divinas, eternas.
Sus cejas perfectas, su rostro pálido, su cabello primorosamente peinado y sus piernas… Esas piernas largas, enfundadas en medias y terminadas en zapatos elegantes y refinados… Esos tobillos. ¡Idiotas!
Una vez más, había tenido que contener las ganas de aplaudir a la pantalla, con el trágico y conmovedor final en el que la diva perdía a su amado entre sus brazos, pero no quería parecer un loco. ¿Qué sabrían ellos sobre la locura? ¿Qué sabrían de la pasión? ¿Del arte? Idiotas…
Sin embargo, la realidad era una: Su película había acabado, y su helado también, de modo que no quedaba más que hacer allí. Buscaba a la camarera, pero esta ya se dirigía a su mesa con la cuenta dentro de un pequeño platillo metálico. Como cliente habitual, conocían su costumbre de abandonar el local al final de la película.
- Parece que esta le ha gustado mucho. – Dijo ella, preciosa con su vestido de doncella. – Tiene los ojos empapados, se nota que lo ha conmovido.
Su cliente se ruborizó levemente, mientras se encogía de hombros asumiendo su culpa con una tímida sonrisa en su rostro. Nada se podía hacer para resistirse a los encantos de la Garvaux.
Despidiéndose con un gesto de su mano, cruzó la puerta disfrutando del dulce sonido de las campanillas y caminó hacia donde había estacionado su coche clásico: Un Shin-Ra Cavalli, de los años sesenta, en un precioso color rojo cereza. Su carrocería tipo spyder le permitía sentir el viento en el rostro, pero al ser descapotable, evitaba hasta los bordes de la paranoia conducir por los suburbios, ya que temía que los desagradables efluvios del deficiente alcantarillado y la miseria humana impregnasen su delicada tapicería de piel. Conducía con sumo cuidado, vistiendo unos delicados guantes de piel de chocobo, curtidos pero suaves, para no desgastar así la piel que recubría el volante ni la palanca de cambios, no vaya a ser. Todo cuidado es poco.



- Joder, gracias Han. ¡Hasta me encanta el color! – Exclamó Daphne, dejando de lado el nuevo PHS de Rolf, con el que había estado trasteando. Había tenido que ponerse de puntillas para besar al conductor en la mejilla.
- ¿Y eso? ¿Nos levantamos generosos hoy? – Intervino Rolf, sarcástico. - ¿A mi me toca algo?
- Una cerveza, si quieres. Si no, te jodes. – Obtuvo por respuesta. Mientras tanto, Daphne no paraba de mirar sus manos, enfundadas en un par de mitones de piel de color blanco, con agujeros en los nudillos.
- Realmente no hacía falta…
- Si hacía falta: El otro día casi te tiras a follar con los míos puestos, y dado que son míos, me gustan y ya están amoldados a mí, prefiero comprarte tus propios guantes a olvidarme de reclamar los míos algún día y no querer volver a ponérmelos nunca.
- Tienen morbo… - Reconoció el tirador. – Han, te corresponde el primer turno por haber hecho el regalo – el piloto tardó poco en darse cuenta del significado de “turno” pero Rolf siguió antes de que pudiese decir nada, - pero como te conozco, supongo que no te importará que haga los honores.
- Vicioso… - Rió Han.
- ¿Y si yo no quiero? – Respondió Daphne, tapándose la boca con una mano, fingiendo inocencia.
- Herirías mis sentimientos. – Rolf se inclinó sobre la otra mano de Daphne, tomándola entre las suyas. – Por favor… - Suplicó depositando un beso en sus nudillos que arrancó una carcajada de la ascendente estrella del porno.
Han aprovechó la distracción para desaparecer, despidiéndose cuando ya se había alejado un par de pasos para que no lo retuviesen, saliendo por piernas de la zona vip de la Tower of Arrogance, aún vacía. Faltaban horas para la apertura, pero Han había ido a discutir con Isabella que día le correspondía a su grupo para la batalla de bandas. Rolf era capaz de organizar una orgía en minutos, y se le veía con el humor adecuado, pero Han tenía una batalla de bandas pendientes, y un coche que volver a hacer funcional e impoluto (lo que incluía la ficha policial: La matrícula, y quizás también el color. Al menos, al no ser un motor de serie, no tenía que preocuparse por números de bastidor).


Una presencia nueva y extraña convulsionó el ambiente del “Cuadra ganadora”. La multitud se apartaba a su paso, renovando su interés por las pantallas que emitían ininterrumpidamente carreras de chocobos desde el circuito de Gold Saucer, entre muchos otros eventos en torno a los que fuese posible organizar una apuesta. Siendo honestos, lo que más les interesaba era evitar problemas, y el turco grande y negro que se abría paso con gesto hosco era una fuente inagotable de ellos para cualquiera que fuese lo suficientemente incauto para cruzarse en su camino, o lo suficientemente desgraciado para ser su objetivo en tan impropio ambiente.
- Hola, ¿en que puedo servirle? – Preguntó Holly, con prudencia.
- Tú en nada. – Respondió secamente el hombre, tras sus gafas oscuras. Al hablar se veían sus dientes, blancos y brillantes, mostrando un gran contraste con su piel, como el reflejo de una hoja en la noche. Sus trenzas, recogidas en una coleta, revolotearon mientras su cabeza giraba a izquierda y derecha. – Él. – Señaló a Paris.
- Bueno. No soy quien de hablar de los gustos de cada uno, per… - El turco no se movió, pero algo en ella la hizo callarse y escuchar. Era esa sonrisa inmensa, inhumana.
- Supongo que tendrás el cuidado de ser discreta y afable. – Dijo alzando sus gafas oscuras y clavando sus pupilas en las de ella.
Aún intimidada, la camarera no pudo dejar de entrever como con el gesto remarcaba la alianza dorada que llevaba en el anular, como si quisiese afianzar su hombría. En cualquier caso, no buscaba a Paris por su cara bonita, y eso no tenía pinta de nada bueno. Holly se giró hacia su compañero, pero este ya caminaba hacia el turco antes de que ella le dijese nada. El asesino había reconocido al turco, amigo de Kurtz, que lo había capturado en el edificio Shin-Ra. Un experto con todo tipo de materia, y con apariencia de que en el fondo había mucho más por descubrir. Se acercó lentamente y se apostó ante el turco.
- Hola. – Dijo, esperando a ver que le iban a decir, mientras sus músculos se tensaban y su mente se ponía en guardia.
- Hola. ¿Servís café para llevar?
- S… Sí. – Respondió, desconcertado por la pregunta.
- Un café largo y una rosquilla. – Dijo, mientras sacaba su cartera. Aún confuso, Paris lo preparó y se lo sirvió, junto a la rosquilla envuelta en un plástico hermético. – Son tres giles. – Dijo, mientras veía que el Turco le ofrecía un billete de cinco, doblado por la mitad y con un pequeño trozo de papel, del tamaño de una tarjeta de visita, en su interior. Al cogerlo, pudo entrever lo que parecía una dirección.
- Que… ¿Qué es esto? – Susurró al turco.
- Vete a verla. – Respondió este. – Se la ve mal últimamente. No nos dice nada, pero a ver si la animas. – Paris no acababa de entender. ¿No se habría confundido?
- ¿A quien? – Los ojos del turco se abrieron de par en par mientras se estaba girando para irse. Se volvió y encaró al rubiales, irguiéndose en todo su tamaño, aún más alto que el camarero.
- ¿Cómo que a quien? – Preguntó, con una mirada cargada de furia repentina. Como Paris no respondía, empezó a sonreír, como animándolo a decir algo, pero la mueca no hacía sino empeorarlo todo.
- Eh… Yo…
- ¿Tú? ¿Cuántas novias tienes?
- Yo… ¡Ninguna! – Si las miradas matasen, el turco podría desintegrar el meteorito en cuestión de segundos. “¡Yvette!”, recordó Paris. - Bueno… Ya se a que se refiere, pero… No se como definirlo… - Una de las posibilidades que se le habían ocurrido a Harlan para que su compañera estuviese decaída era que este guapito de cara la hubiese dejado, y el chaval parecía corroborarlo con su actitud. El “paseíto” que le iba a tocar era inminente. – No se si somos novios o no, y… - Dijo sonrojado.
- ¿Y qué?
- Y no soy ningún experto, ¿sabe? - Confesó. Si Kurtz sabía oler mentiras a millas, este turco bien podía saberlo, por su entrenamiento. Mejor ser honesto y apaciguarlo. La sonrisa seguía, pero lo que parecía ira contenida se tornaba buen humor de nuevo. – No se si le gusto seguro, ni nada.
- ¿A ti te gusta? – Preguntó el turco.
- Bueno… Ella es… Divertida, y guapa. Muy guapa.
- Y lista. – Lo ayudó Harlan.
- Si, lista. – Sonrió Paris, sintiendo cierta complicidad.
- Entonces quizás deberías hacerle esa visita cuanto antes, no vaya a ser que algún pajarraco quiera adelantarse. – Harlan se iba a volver de nuevo, pero el camarero lo retuvo por la muñeca, cosa que le fastidió bastante. Dada su autoridad como agente capacitado para defender el orden en Midgar, no estaba acostumbrado a estos gestos tan poco respetuosos con su autoridad.
- ¿Y que hago?
- ¡Anímala! ¡Cómprale algo bonito!... Improvisa. – El chaval se quedó meditabundo, y Harlan al fin pudo volverse. No había dado ni siquiera el primer paso, cuando sintió un nuevo tironcito de su chaqueta. Se detuvo en seco, respirando profundamente, mientras las miradas de los parroquianos se apartaban. Se volvió con las gafas oscuras puestas, enarbolando una nueva sonrisa homicida. - ¿Si?
- Se olvida la vuelta…


El Cavalli se detuvo con un ronroneo. Un motor suave, de sonido apaciguado que en absoluto necesitaba la cilindrada ni el molesto ruido de muchos otros vehículos, más modernos, donde el rendimiento estaba mucho más apurado, pero renunciando a la comodidad del viaje. Realmente solo le gustaba conducir de noche, lejos de la crispación y los ruidos del tráfico, con sus motores mal silenciados, sus bocinazos y sus maldiciones. Todas esas cosas eran muy malas para la salud, empezando por desgastar la paciencia y la calma, y llegando incluso a causar problemas nerviosos o circulatorios. Él prefería vivir a su ritmo, aunque supusiese ir a contracorriente. Aún no era de noche, y se permitió un paseo bajo las farolas. El sector uno era una delicia para pasear a estas horas, donde lo más notorio de la antigua Midgar luchaba por mantenerse boyante, como una mujer que en el declive de su belleza supiese seguir siendo atractiva con maquillaje, ingenio y savoir faire. Incluso con humo y espejos, si fuese necesario.
Los edificios lucían fachadas de aspecto clásico, con los no va más de la arquitectura de época. Los buzones, las bocas de riego… Sin embargo, sus favoritas eran las farolas. Iluminadas con baratas bombillas de luz amarilla, y construidas con hierro forjado, estaban decoradas con filigranas con forma de espiral en el punto de unión entre el poste y el brazo que sostenía su cabeza. Uno podía imaginarse a un gangster trajeado disparando a la policía con una ametralladora, a la luz de una de estas, o a una mujer huir corriendo y detener un taxi. El antiguo sector uno era casi irreal.
Entró en un restaurante, amplio, sin dejar de ser un negocio familiar. Manteles limpios, pan recién horneado y un servicio personalizado, sin duda una combinación ideal con la que disfrutar de una velada agradable. Decidió que un buen plato de tagliatelle con salsa de espárragos sería perfecto, quizás con una copa de tinto de Kalm.



Tras mucho deliberarlo y horas de escuchar las surrealistas propuestas de Holly (Paris nunca habría imaginado que existiesen tantas variedades de preservativos), se decantó por los bombones. A todo el mundo le gustaba el chocolate, y además, había leído que producía algo llamado “endorfinas”, que producían sensación de placer y bienestar.
La dichosa caja le había costado casi un mes de propinas, y no traía demasiados, pero el que le había dado a probar la dependienta de la chocolatería le había encantado. Yvette no parecía de comer mucho, de modo que no quiso darle más vueltas. Se sintió tentado de usar la moto, ya que Rolf le había dejado guardar su vieja Blackracer en casa, pero no había forma segura de cargar con los bombones. Además, tampoco le hacía gracia la idea de conducir sobre la placa, dados los confusos sentimientos que le producía la exposición al cielo abierto. No quería tener un accidente por no estar suficientemente atento. Vale, la moto podría impresionar a Yvette, pero cuando se subiese tras él y disfrutase de un paseo a no más de veinte kilómetros por hora no iba a tener una buena impresión sobre Paris.
Por otra parte, lo que si iba a ser inevitable era una dosis extra de medicación. Con cuidado, Paris se tomó una nueva pastilla antes de su hora. Temía que lo atontase, pero la idea de perder el control y aún encima hacerlo ante Yvette le resultaba mucho peor.

El viaje en tren, como siempre, abstraído de la humanidad por medio de su reproductor de música, seguido de un pequeño trayecto en bus por las amplias y abiertas calles del sector 3. Los primeros rayos del atardecer empezaban a teñir los árboles de las aceras de rojo, y la gente se encaminaba hacia sus casas, haciendo poco o ningún caso al joven hombre de cabello rubio que caminaba encogido, como si estuviese cayendo un chaparrón. Consultó de nuevo la nota que había recibido del turco, antes de timbrar a un ático.

“Noventa y siete… Noventa y ocho… Noventa y nueve… ¡Se joda y espere! Cien” Yvette se negó a responder al timbre hasta haber completado su serie de patadas, y aún se planteó la posibilidad de dar por lo menos diez más con la otra pierna, antes de abrir. Una cuarta llamada la hizo suspirar con fastidio, mientras echaba mano de la toalla que había dejado sobre el respaldo del sofá. Caminó hacia la puerta, secándose el sudor de la cabeza, y despegándose la camiseta del cuerpo, y pulsó la tecla del interfono.
- ¿Quién? – Preguntó de malas. Entonces el visitante, ya con un pie fuera de la entrada, volvió a girarse hacia la cámara de la entrada. - ¡Paris! – Gimió sorprendida.
- Hola, ¿vive ahí Yvette? – Preguntó, visiblemente nervioso. “¡Maldito tarado!” pensó la turca, al borde de la histeria. Tarda semanas en tener tiempo para una cita, y ahora coge y aparece, así, por las buenas. ¿Qué le iba a decir? ¿Qué no? Entonces no podría llevarlo a casa sin delatar su mentira. ¿Qué si? ¿Y dejar que la viese con esas pintas? A lo mejor no era tan trágico… “¡Joder!” El espejo había sido claro en su mensaje: Entre la camiseta de promoción de un Ron que decía ser de importación y ocho años de edad, el pelo en una coleta chunga, ya casi deshecha, con el pelo enmarañado, como si acabase de pelearse. ¡El chándal! ¿Cómo iba a dejar que la viese en chándal? ¡Nonononono! ¡De ninguna manera! ¿Y si le decía que no era un buen momento? – Perdone las molestias. – Dijo Paris, girándose hacia la calle. Antes de que Yvette fuese consciente de lo que hacía, casi había incrustado el botón que abría la puerta del edificio. “Mierda”… Suspiró.
- Pasa.
Seco como siempre, el rubio entró sin decir nada. Yvette realmente no sabía si quería verlo. Era… Era incómodo. No era común en ella encerrarse y dar golpes al saco, no sin salir de fiesta y dejando de lado su vida social. ¡Era viernes, maldita sea! En un mundo normal, ella estaría tomando algo por ahí, vestida como una personificación del pecado. ¿Qué hacer? ¡La camiseta! ¡El pelo!

Paris estaba apostado ante la puerta. El ascensor había tardado un par de minutos en subir todos los pisos hasta el ático, pero no había más puertas en esa escalera que la de Yvette. Nervioso, casi podía sentir como cada músculo y tendón de su cuerpo se movía entre temblores hasta la puerta, hasta que su acopio de valor fue interrumpido por el ruido que atronaba el interior de la casa: Carreras, golpes, blasfemias… Paris se preocupó, pero no oyó que hubiese nadie con ella, de modo que esperó a que el revuelo se calmase, antes de timbrar.
- ¿Hola? – A Paris le costó reconocerla. Era Yvette, con su cara, su pelo, su cuerpo y todos sus rasgos, menos el de ser Yvette. Estaba medio asomada tras la puerta, y pudo ver sus ojeras, su piel sin maquillar, su pelo arreglado a toda prisa, que aún tenía la forma de la coleta, su camiseta con las arrugas que delataban que se la acababa de poner apresuradamente, y las manchas del sudor que impregnaban su piel extendiéndose a lo largo de su superficie. Era una nueva forma de verla, y muy sorprendente. Ella percibió su sorpresa, y se le notó en la cara la decepción.
- Hola… - Dijo aún turbado. – Eh… - Paris había olvidado una parte importante del plan: Que excusa poner para aparecer por su casa.
- Pasa… - Lo invitó, mientras aprovechaba para deslizar con su pie izquierdo la camiseta y la toalla sucias tras la puerta. Tragando saliva, Paris cruzó el umbral, quedándose tras la puerta a unos cuantos centímetros de ella, frente a frente. “¿Qué haría Rolf en esta situación?... ¡No! ¡Eso nunca! ¿Kurtz? ¿Han?”
- ¿Qué es eso? – Yvette señalaba el pequeño paquete envuelto para regalo que había traído Paris, que se quedó mirándolo extrañado, como si a su mano le hubiese salido un extraño apéndice y no lo diese reconocido en los primeros segundos.
- Eh… Bombones. – Recobró la seguridad. Al menos, a eso si que tenía una respuesta. – Los compré para ti. Están muy buenos.
- ¿Los has abierto? – Yvette estaba sorprendida. Paris tenía sus rarezas, pero ir comiendo los bombones que iba a regalar era más propia de un retrasado.
- No, me dieron a probar uno de muestra antes.
- Bueno, pues pasa y los pruebo yo también. – Sonrió ella, arrancando la misma respuesta de su visita.
Paris empezó a caminar hacia el sofá, suspirando aliviado. A sus espaldas, Yvette retocaba frenéticamente su pelo en un espejo que había en el recibidor.
La casa de Yvette era muy amplia, con un gran salón que era casi tan grande como el pequeño apartamento que Paris alquilaba. No compartía ese vacío espartano y funcional en el que él vivía, pero tampoco estaba sobrecargada, ya que había mucho que llenar. El sofá “pequeño” era tan grande como el de Kurtz, y en el grande podías tumbarte sin que tus pies llegasen al otro extremo. El salón estaba presidido por una televisión plana que podría usarse de mesa para una cena de seis comensales, y al fondo había una estantería, llena de libros, dvd’s y un equipo de sonido. De una de las baldas colgaba el extraño arnés en el que Yvette llevaba sus pistolas, aún con estas colgando. Lo que más le sorprendió fue ver hasta cinco plantas, de diversos tamaños, decorando distintos rincones de la estancia, o la estantería.
Se sentó y al volver a mirarla, la vio pateando algo rosa, de forma cilíndrica, hasta el fondo de lo que parecía la cocina, y volverse con una sonrisa de “aquí no ha pasado nada”.
- ¡Hostia, un saco! – Sonrió Paris, sorprendido. Yvette acabó por admitir que el niño era marciano. No es normal que te emociones cuando descubres que intentas ligar con una tía a la que le gusta golpear cosas.
- Si… Estaba dándole un poc… ¡Joder! – Casi se le cayó la mandíbula al suelo: A simple vista, Paris estaría a la altura del metro noventa, pero la rápida combinación de golpes que le soltó al saco, dejándolo balanceándose, acabó con una patada que impactó diez o quince centímetros por encima de su cabeza.
- ¿Qué pasa?
- No sabía que fueses tan rápido… - Respondió aún sorprendida. – Ni tan flexible.
- Siempre lo he sido. – Paris se dejó caer, separando sus piernas hasta que se formó un ángulo llano entre ellas, ante los sorprendidos ojos de la turca. Hasta le chocó que no reventase el pantalón.
- Eres todo un acróbata… - Aplaudió Yvette, intentando que su mente relajase todas esas ideas tan propias de ella. Su invitado sonrió, como quien accede a repetir un truco de magia ante un niño impresionado.
- Esto es más de contorsionista, pero… - Sin más palabras, Paris se lanzó corriendo hacia el sofá pequeño, que estaba orientado de espaldas a la entrada.
- ¡No! ¡Fedor!
- ¿Quién?
El aviso llego tarde. Paris saltó, combinando una voltereta con un tirabuzón completo, cayendo sentado sobre… ¿Un cojín grande y peludo? ¡Un cojín grande y peludo que ladra!
El pastor de Kalm se sobresaltó al sentir ochenta kilos de camarero acróbata sobre su lomo, revolviéndose y tirando a Paris al suelo, antes de huir gimiendo por el pasillo.
- ¡Fedor! – Lo llamó ella, intentando interceptar al lanudo e inmenso perro-oveja, pero este la esquivó, desapareciendo ofendido por un pasillo.
- Yo… Lo siento… No sabía que tenías perro. – Paris quería dar otra voltereta, pero por la ventana. Estaba tan sonrojado que parecía que se hubiese pintado la cara.
- Anda, siéntate y abre la caja. – Dijo ella, sonriendo con resignación, mientras volvía junto a él. – Ya te disculparás con él más tarde.


- ¡Abre de una vez! – Lo increpó Daphne, deslizando una mano dentro de su pantalón. – ¿No ves que no podemos esperar?
El vino había corrido, y la noche había seguido un ritmo que solo era natural bajo la batuta de alguien como Rolf. La desinhibición presidía la fiesta, mientras invitados iban llegando hasta su casa, en distintos coches. La puerta se abrió finalmente, y el anfitrión fue empujado hasta el primer sofá, donde lo derribaron allí mismo entre seis manos y tres bocas.
- ¡Eh! ¡Esperad! – Se revolvió, escapándose de la presa hacia la cocina.
- ¿Qué pasa, Rolf? ¿No nos quieres?
- ¿Qué clase de anfitrión sería si no os ofreciese nada? Tenéis que probar este vino…



El postre fue delicioso, un broche perfecto para culminar una cena sencilla pero exquisita. Tras comunicar personalmente su más sincera felicitación al cocinero, llegó el momento de levantarse para bajar la cena con un pequeño paseo. Las calles, a esta hora de sobremesa, estaban casi vacías y silenciosas. El momento ideal para que uno se abstrajese y se dejase llevar por el ritmo de la historia que estas calles habían vivido. En su mente, se sentía como un duro detective privado, un huele-braguetas con su personal sentido de la justicia, severo, pero honesto en el fondo. Abrió el maletero de su coche, antes de mirar hacia ambos lados, y con todo en orden, dispuso todo lo necesario y, tras cerrar manualmente con la llave y asegurarse de que el coche no quedaba a la vista, con la capota de tela cerrada, seguro en un callejón lateral, empezó a caminar.
Sus andares eran erráticos, como si no reconociese ningún lugar como interesante. Monumentos con restos de magnificencia y un hermoso pasado de grandeza se aparecían a un lado y otro, ante sus ojos, mientras él se deleitaba recordando aquellas personas o hechos que intentaban atar a la memoria de la ciudad, aún bajo una censura de toneladas de acero y hormigón. Los grupos de jóvenes no le interesaban en absoluto. Eran como una especie de mancha: Una rareza en su urbe eterna y atemporal. Clásica. Ahí no había necesidad de coches deportivos decorados con neón y vinilo, motos ruidosas y horteras, gente con viseras, reproductores de música portátiles o PHS. Todas esas fruslerías los habían desprovisto de su humanidad y sus pasiones, y ahora no eran sino seres condicionados que respondían como autómatas a los impulsos de la moda o la cultura del consumo.
Incluso uno de ellos tuvo la desfachatez de acercarse a él, con un aliento de cerveza barata y una visera de colores chillones ladeada con evidente mal gusto, en medio de un montón de ropas por encima de su talla. Era grotesco y esperpéntico, y sus maneras aún peores. Le giró la cara para no seguir viendo la depauperada condición de su masculinidad. ¿Dónde había quedado la elegancia propia de un hombre de verdad? Las maneras, la educación, el saber estar… ¿Realmente habían quedado tan atrás? ¿Dónde estaba esa masculinidad, cortés, pero fuerte ante la adversidad? Ahora actuaban a cada momento como animales en celo, como si creyesen tener que demostrar algo a cada momento, y creyesen además ser capaces de hacerlo.
Y por supuesto, memorizó sus rasgos y vestiduras. No los olvidaría.

Sus pasos lo llevaron a una antigua iglesia de estilo clásico, donde se detuvo con una sonrisa, admirando su superficie, aun pudiéndola reproducir en su cabeza con los ojos cerrados, padeciendo tan solo una mínima fracción de error. En su curiosidad y amor por la cultura había memorizado cada detalle, cada escultura, relieve, fuste, capitel, podio o su inolvidable frontón, repleto de iconos de primorosa manufactura artesanal.
El sector 1 aún en los suburbios, se permitía el lujo de ser una ciudad dentro de una ciudad, con su propia organización de autogobierno cuasi clandestina (tolerada por las autoridades), que gestionaba la limpieza de sus calles, la protección de sus ciudadanos, y la conservación, en la medida de lo posible, del estatus de la que fue la mejor barriada de la ciudad. Esto había alejado a los grafiteros de la iglesia, penándolos con severas multas y manteniendo sus ojos electrónicos siempre avizor. No tardó en encontrar una de las ya mencionadas cámaras, y en dedicar un pequeño saludo al vigilante, viejo amigo suyo, compañero de charlas sobre bellos pasados en blanco y negro.


- Nunca lo adivinarías… - Rió Yvette, llevándose una palomita de maíz a los labios.
- A ver. Sorpréndeme. – Suspiró Paris, mientras jugaba con el perro, mucho más sociable que Etsu, por cierto, y mucho menos territorial. - ¿Por qué se llama Fedor?
- Porque el perro lo compró mi padre, en principio, para mi hermanastra pequeña, y “feddo” era lo más cerca que había estado de decir “perro”. – Paris alzó las cejas, reconociéndose sorprendido, mientras su anfitriona chasqueaba los dedos sin dejar de mirar hacia la tele, momento en que el perro se acercó a ella, restregando su cabeza lanuda contra la mano que ella le tendía. Paris parecía a punto de preguntar algo. – Lo tengo yo porque todos pasaban de él en esa casa. Lo paseaba la chica de la limpieza y lo trataba bastante mal
- No era eso lo que iba a preguntar. – Rió Paris.
- ¿Y qué es?
- ¿Tendré yo también que acercarme a cuatro patas a rendirte pleitesía cada vez que chasquees los dedos? – Preguntó con picardía, recordando lo que Malcolm le había contado de ella en el intermedio de su primera cita. – Yvette sonrió maliciosamente unos segundos antes de responder.
- ¿Ves que a Fedor le disguste? No te dejes llevar por los prejuicios, Paris. Podrías perderte experiencias realmente fascinantes. – Su voz era apenas un susurro, por debajo del sonido de la televisión, pero su tono puso de punta el vello de la nuca del asesino como pocas veces lo había sentido. Indeciso, se quedó quieto, e Yvette aprovechó su iniciativa. – Parece que dudas… ¿Algo te inhibe? ¿Te asusta? – Rió con picardía, acercando su pie descalzo al regazo del asesino, donde separó sus piernas de un brusco empujón para luego apoyar suavemente su planta en la cara interior del muslo de Paris, que lo miraba como si fuese una serpiente. – Estás tenso…
- ¿Se supone que debo relajarme? – Recordó con cierto desagrado los chistes sobre sexo anal de Rolf.
- ¿Te hago daño? – Yvette retiró el pie, dejándolo justo al lado de la mano derecha de Paris, apoyada entre ambos en uno de los cojines. Justo a su alcance.
- ¿Son estos tus juegos de dominación? – Preguntó confuso. Se sentía, para su desagrado, como la presa de esta caza, y no era una experiencia que le gustase en absoluto.
- ¿Realmente te sientes así?
- ¿Cómo? – Preguntó extrañado, por esa pregunta al aire.
- Sometido. – Sonrió ella, mordiendo una nueva palomita, quedándose con la mitad restante entre sus finos dedos, a escasos centímetros de sus labios. Mientras Paris la miraba, intentando ganar tiempo para pensar una respuesta, ella arrojó la otra mitad a su boca, dejando su índice entre los dientes, lamiendo la yema.
- No veo nada que limite mi voluntad. – Respondió, apostando por intentar recuperar el control de lo que fuese que estaba hirviendo en su cerebro, pero ella no hizo sino reírse, con un toque de inocencia. Iba muchas jugadas por delante de Paris.
- ¿Tu voluntad? – Preguntó ella, fingiendo turbación mientras se revolvía, y gateaba sobre el sofá hacia Paris. Cuando llegó junto a él, se estiró para tomar una palomita del bol que había entregado al asesino antes de empezar la película, rozando la piel desnuda de su brazo con el pelo, al pasar, y dejando que su perfume inundase la mente y la libido de su víctima. Luego retrocedió, sentándose sobre sus talones y apoyando un codo en el respaldo, con su rostro a escasos centímetros del de Paris. Lentamente, devoró la nueva palomita de maíz, ante una víctima que parecía una mosca a la espera de que la araña se abalanzase sobre él, incapaz de apartar la mirada. Relamió su índice de nuevo y depositó un ligerísimo beso en la yema, acercándola a los labios del asesino. – No pretendo doblegar tu voluntad, Paris. De hecho, no pretendo tomar nada que tú no estés dispuesto a darme. – Casi sin hacer presión, Paris cedió y separó los labios, con la yema de Yvette acariciándolos y entrando para deslizarse sobre la superficie de su lengua. Cuando la retiró, lamió su dedo y lo chupó, como si acabase de pasarlo por la superficie de un pastel.

Paris realmente era incapaz de controlarse: No quería quedarse, sintiéndose preso. No quería irse. No quería… No sabía… No. ¡Joder! Ella se acercó despacio, dándole un beso en la mejilla, pero tan próximo a su boca que sus labios se rozaron. Acarició su otra mejilla, con la mano derecha y le sonrió.
- No estoy vestida para jugar a diva, Paris. Pero no me importaría vestirme para ti.
- No hace falta que te molestes… - Dijo, agradeciendo la pausa, aliviado.
- No es molestia. – Sonrió. – No si es para ti.
- Vaya… - Dijo él, tras el fracaso de acudir a la educación como evasiva. – Como quieras. Es tu casa. – “Se siente preso”, reconoció Yvette. “Le está gustando, pero está demasiado tenso y si no se relaja…”
- Iré a ver que tengo, por ahí. – Dijo con calma, deseando que un par de minutos le sirviesen para despejarse. Estaba segura de que se plantearía la posibilidad de salir corriendo por la puerta, pero no lo haría. De eso estaba aún más segura.

Se levantó y caminó lentamente hacia su habitación, al final del pasillo. La pausa le recordó que aún vestía un pantalón de chándal y una camiseta de andar por casa, cosa que la avergonzó. También vino a su mente el recuerdo de la última vez que había estado desnuda ante otro hombre, y este era cualquier cosa menos grato. Sin embargo, este no era cualquier hombre, sino Paris: Un reducto de integridad. Además, mientras fuese ella quien tuviese el control, no habría problema.
- Apaga la tele. – Pidió, volviéndose desde la puerta. Paris no se dio cuenta, pero incluso una orden tan simple e inocente en apariencia no era sino una nueva continuación del juego.
Lo que si lo interrumpió, fue la imagen que se encontró en la habitación: Fedor, desaparecido segundos antes en una muy breve distracción, había reaparecido, sentado sobre sus cuartos traseros en el centro de la cama, mirando a su ama con una sonrisa de aspecto bromista y bobalicón, mientras entre sus dientes sostenía el mismo cilindro rosa de antes.
- Eh… Paris… - Llamó ella. – Coge los bombones, de la cocina. – He ahí una buena excusa para ganar tiempo.
- ¿No los ibas a reservar?
- Y los he reservado, cariño… ¿No quieres saber para que?
Miró desde el pasillo, viendo que el rubio no estaba a la vista, sacó a Fedor hasta el salón, corriendo, para abrirle la puerta de la terraza y dejarlo allí, ordenándole tumbarse en una alfombrilla que le estaba reservada. También sacó el cilindro y lo escondió detrás de una maceta. “¿Dónde los dejaste? No los veo” se oía la voz de Paris, en la cocina. Ella esperó a haber vuelto a su habitación, antes de decirle que buscase en la nevera.

Paris entró en la habitación, encontrándose una cama medio deshecha con una superficie cuadrada de dos por dos. Colgando de un galán de noche, al fondo, el traje de Yvette, incluyendo un chaleco de kevlar y un rifle MF22, versión más moderna del que había visto en casa de Kurtz, apoyado dentro de un estuche mal cerrado. No tuvo tiempo de distinguir nada más, ya que en cuanto hubo puesto un pie dentro, Yvette se abalanzó sobre él, desde su derecha. Empujó la cara interior de su rodilla, mientras intentaba apresar su cuello con el brazo y cruzaba el otro sobre su cara, obstaculizando su visión. Desequilibrado y sorprendido, Paris se revolvió, intentando recobrar el equilibrio, pero ella se movía de un lado a otro, siempre escurridiza. Entonces ella cometió un error: Giró, colocándose entre Paris y la cama, y el asesino reaccionó por instinto, empujándola para que tropezase y cayese sobre el colchón.
Yvette logró aferrar a Paris con la fuerza suficiente para arrastrarlo a él también hacia la cama, y entonces a su mente vino con claridad meridiana el fruto de todas las horas de entrenamiento con Kurtz: Como moverse en esa situación, como forzar las articulaciones del oponente para que no pudiese hacer fuerza, como bloquearlo, como cortar su respiración… En resumen, como someterlo. Tuvo mucho cuidado de hacer justo todo lo contrario.
Cuando el revuelo hubo terminado, Paris estaba sentado sobre la cadera de Yvette, sujetando firmemente sus muñecas. Su respiración se había agitado un poco, por la adrenalina, y la miraba, expectante, intentando entender a que había venido esto. Encontró la respuesta en la sonrisa de la turca, justo medio segundo antes de que ella hablase.
- Mi elaborado plan para confundirte acaba en un sonoro fracaso… - Reconoció con fingida resignación. – Ahora que me tienes a tu merced, supongo que serás un caballero y no te aprovecharás, ¿verdad?
- ¿Cómo sabes que no me vengaré? – Preguntó él, creyendo tener la inciativa.
- ¿Vengarte de que? – Fingió confusión, pero sin dejar de sonreír con calma, y acercando la cara a él para susurrarle, dentro de lo que le permitía su presa.
- De lo que me hiciste antes, en el sofá.
- ¿Te hice algo malo? – Preguntó, fingiendo estar dolida. – Solo te hablé. – Sonrió de nuevo, acercándose un poco más para susurrar. Incluso Paris, inconscientemente, levantó un poco su presa, pero sin soltarle las muñecas. – Igual que te estoy hablando ahora.
El asesino se había quedado definitivamente sin palabras, incapaz de articular alguna, tanto como de tener alguna idea coherente que decir. Ella se dejó caer sobre la cama, con una sonrisa de suficiencia que incendió algo en el interior de Paris. Si. Iba a vengarse.
Soltó una de las muñecas de Yvette, trasladándola hasta la nuca la turca. La alzó levemente, mientras él se agachaba para aproximarse a ella, y entonces, tomó la iniciativa.


- ¡Rolf! – Gimió Daphne en su oído.
El tirador la había levantado, reteniéndola contra la pared, con las manos sosteniéndola firmemente de las nalgas. Le mordía suavemente el cuello, haciéndola perder el control mientras ella clavaba cada vez más sus uñas en la espalda de él. Luego Rolf se alejó, y Daphne sostuvo su cabeza con ambas manos, apoyando su frente contra la de ella. Al fondo, otras seis o siete personas gemían, igual de entregadas a la lujuria, en el salón de casa del asesino. Alejándose un poco de los labios de él, lo que supuso un esfuerzo de voluntad inmenso, buscó el espacio para hablar.
- Gracias. – Murmuró.
- ¿Por? – Sonrió el, socarrón.
- Por no aceptar ese desafío. – Rolf permaneció en silencio, acusando su curiosidad. – Vi el mensaje en tu PHS. Gracias.
- No quieres perderme, ¿eh? – Rió, besándola en la frente y apretándole firmemente el culo, lo que le arrancó un nuevo estremecimiento. – Pero no me des las gracias: He aceptado. – Ella se sobresaltó, pero fue incapaz de mantener el control, bajo las hábiles manos de su amante.
- Y… ¿Y esta orgía? No será una despedida… - Cada vez era más difícil pensar con claridad: Rolf no le daba tregua, hostigándola cada vez más intensamente con sus manos, su boca y el roce de su entrepierna.
- No, pequeña Daphne: Es una coartada. Todos recordaréis mañana que yo no me moví de aquí en toda la noche.
- ¡No te dejaré ir!
- No puedes resistirte… - Susurró él, con el tono de un lamento. – He echado éxtasis en el vino. No mucho, pero lo suficiente para que os entreguéis al placer sin ser conscientes ni siquiera de lo que os rodea. – Rió. – Al fin y al cabo, presumo de ser un buen anfitrión.
- ¡No! – Gimió ella, pero él la había levantado, llevándola de vuelta hasta la multitud.
- Si. Como comprenderás, he tenido mucho cuidado de tomarme algo que disipase sus efectos, pero no me queda para ti, de modo que tendrás que disfrutar del subidón. Lo siento. – Si no he vuelto en veinticuatro horas, limítate a avisar a Kowalsky. Él sabrá que hacer.
- Por favor… - Gimió una súplica, pero esta no fue escuchada. Rolf la depositó en el sofá, donde una cantidad indeterminada de manos se abalanzó sobre ella, erizándole la piel.
- No. – Sentenció el asesino. – Pero ahí va un regalo para asegurarme que tengas esa consideración conmigo. – La besó, hundiendo su lengua en la boca de ella, y luego, arrodillado ante el sofá, entre sus piernas, su boca fue a su barbilla e inició una trayectoria descendente.
Minutos después, solo Daphne era consciente de que Rolf se había esfumado en medio de la confusión. Desgraciadamente, no era capaz de hacer nada para evitarlo.


“Ahí está…”, pensó. Alzó su rifle, una joya de fabricación manual, sin esas miras de lentes telescópicas, tan artificiales y desnaturalizadas. Era como disparar a una televisión. Él no: Usaba un arma fabricada por sus propias manos con dedicación y exagerada atención al detalle, con una mira rectangular, graduada, situada sobre el inicio de la culata, donde no estorbase la maniobra de abrir y cerrar el cerrojo con el que liberaba los casquillos usados. Cinco balas descansaban, listas para su objetivo. Por orgullo se negaba a usar ni una sola más por cada objetivo. “Vamos a llamar su atención”.
Recorriendo en su moto las amplias calles del sector 1, Rolf transcurría indiferente a una pandilla de adolescentes, lo suficientemente ricos como para poder fingir que eran delincuentes juveniles. Estaban sentados en un par de bancos, a su izquierda, escuchando música y bebiendo cerveza barata, cuando el más grande de ellos cayó derribado antes incluso de que se oyese el estallido del disparo.
Rolf se detuvo en seco. “Está cerca…” pensó, “y me está llamando”. Ignorando al chaval, ya que supuso que sus sesos estarían dispersos por la acera, salió disparado con la moto, en busca de un lugar donde aparcarla y otro donde situarse para este nuevo duelo.


¡Que dos polvos! Luego, asumiendo que era demasiado tarde y los trenes se habían acabado, Paris se quedaría a dormir ahí, con lo que cayó uno más, y cuando más tarde a Yvette se le ocurrió que podría acercarlo a casa en su coche, se dieron cuenta de que la otra posibilidad era quedarse y echar un cuarto, al que no hubo discusión posible.
Con la mirada perdida en el techo, Paris intentaba volver a calibrar su mundo, recién volcado. Realmente, Yvette había logrado tocar algo dentro de él. Nunca había sentido interés por el sexo, ni siquiera cuando empezó a tener citas con la turca. Se enrollaba con ella, pero era cosa del momento, nada que le hiciese planear algo a mayores. Agradeció que ella respetase la venda con la que había ocultado su delatora marca en el pecho, aduciendo una herida en una de sus "salidas" con el grupo de Kurtz.
Sin embargo, tenía que reconocer dos cosas: La primera era que había sido mucho mejor de lo que habría imaginado nunca. La segunda era que quería más.
Unos pasos leves lo distrajeron, girándose hacia la entrada del dormitorio. Supuso que era Yvette, volviendo del baño, pero no: Era Fedor, con un pequeño cilindro rosa sujeto suavemente en su boca, como cuando Etsu traía un palo para jugar. Paris no tardó en reconocer esa forma, que sería familiar a todo hombre capaz de verse a sí mismo desnudo. No era una imitación realista, pero si, en cierto sentido, “ergonómica”. Fedor lo dejó en la cama, a su lado, ante sus ojos perplejos, para luego desaparecer ufano por la puerta. A medio camino entre la curiosidad morbosa y la repulsión instintiva, Paris cogió el juguete, sintiendo el tacto suave y un poco maleable del material. Inspeccionándolo, vio que la base giraba, regulando una agradable vibración hasta intensidades que le hicieron preguntarse si realmente era posible aguantar algo que le hacía temblar todo el brazo.
- ¿Paris? – La voz de ella lo sobresaltó desde la puerta. Intentó defenderse, pero ninguna excusa venía a su cabeza. - ¿Qué haces con…? Entiendo… - Sonrió Yvette, acercándose inexorablemente hacia él.

domingo 31 de mayo de 2009

174.

¿Cómo te fue con nuestro vagabundo rescatado de la calle favorito?

- Ni me hables. Menuda mierda montó el cabrón. Dos tipos tiroteados, y encima quiso que me sentase encima de un charco de sangre descomunal.

- Eso de descomunal es exagerar, Carl. Era una mancha en el asiento, nada más.

- ¡Y una puta mierda, Frank! – se quitó la máscara de la boca, y la bajó hasta el cuello, allí donde llegaba la melena de color bronce – Me había costado horas conseguir que en esa maldita cervecería me lavaran el vaso con agua y jabón al instante de pedírselo. ¡Una puta cervecería decente en los jodidos suburbios, y donde no te cobran 50 machacantes! Encima tu niño me obligó a ir a esa construcción llena de polvo y mierda. ¡Podía haber muerto!

- Oye, -los ojos verdes de finas pupilas y centelleante brillo le dirigieron una mirada de preocupación - ¿No crees que te has vuelto un poquito… hipocondríaco?

- ¿Quién, yo? – el traficante de drogas y mujeres se negaba a ver la verdad - ¿Debo recordarte que fui yo quien perdió ese bonito trozo de bazo? ¿Ese bonito treinta por ciento de bazo, que me convierte en un ser mortalmente propenso a las infecciones? ¡Los malditos barrios bajos son una gigantesca infección!

- Sigh…

Los dos hombres estaban sentados en una heladería de blancas paredes, en el piso inferior reservado a no fumadores, por petición expresa e insistente de Carl, uno frente a una tarrina con bolas de diferentes sabores, mientras que el otro se mostraba reticente ante su café capuchino (“Ni siquiera parece un café, joder”), charlando amistosamente sobre qué tal les había ido aquella semana. Cosa nada habitual siendo el uno un vendedor de droga y prostitución que apenas conseguía mantenerse con una chica y una reserva de marihuana y el otro un asesino buscado por la ley.

- ¿Por qué demonios le dejaste vivo? Cuando quiera puede delatarnos. Si al menos no me hubieras presentado, todavía podría cerrarle la boca si se pasaba de listo.

- Charles Loc O’toole – Tombside parecía menos alegre, cosa que hacía patente su tono de voz; sus pupilas se habían afilado más que nunca – Cierra la boca y deja de quejarte.

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La chica me llamaba desde farola de la esquina. Estaba apoyada en la metálica superficie con la espalda y el tacón de un zapato de charol rojo, de buena imitación. Llevaba unas medias de rejilla fina ligeramente rotas, lo que le daba un atractivo aún mayor desde la distancia, y subía por sus largas piernas hasta perderse en el interior de una minifalda de cuero negro que podía pasar por un cinturón ancho más que por una prenda, donde se podía ver aparecer un vientre con un sensual ombligo. Subí la mirada, y me topé con un top que tapaba unos pechos grandes, sobre los que caía una rizada melena de mechas rubias sobre fondo castaño claro, supuse que era para darle un tono dorado más resplandeciente. Me acerqué, y me invitó a seguirla. Giramos la esquina, y subió por las escaleras de la portería de un edificio viejo de los Suburbios. De vez en cuando, giraba y me susurraba ven, pero a medida que subíamos su tono celestial se convertía en los chillidos de arpías, sirenas y gorgonas: la voz se convertía en quebradiza, al igual que su cuerpo. Sus grandes pechos estaban caídos y arrugados, sobrepasando el límite de lo humano. Lo que yo había tomado por un pelo dorado en realidad era canoso, y el castaño se tornaba gris a medida que subíamos las escaleras. Como si de una droga que me nublaba la vista y a medida que ascendía disipaba sus efectos, veía cada vez más la cruda realidad de aquella prostituta. Su embriagador olor a vino y frutas ahora era un perfume barato de flores mezclada con hedor de bichos. Ven, me volvió a decir, y pude ver en su rostro surcado de arrugas una dentadura rota de piezas separadas y torcidas. Muchas de ellas se montaban encima de otras, algunas incluso ocupaban el hueco de otras que faltaban, y su aspecto era amarillento y cubierto de fragmentos de pasta marrón. Tenía la uñas cubiertas de costras de esmalte morado, y bajo ellas la carne antes rosada se había cubierto de manchas propias de la vejez. El vientre se había metamorfoseado en una caída curva que sostenían unas flacas piernas cubiertas de pellejo. Seguía siendo igual que antes, y sin embargo era tan diferente… Empujó una puerta y se tumbó en una cama de la desconchada habitación, y volvió a decirme ven. Susurrando, cada vez sonreía más, y cada vez parecía repetirlo más y más rápido. Se subió la minifalda y mostró su coño… Lleno de pelo, rizado y viejo. Apestaba a perfume de flores barato y a bichos. Y sin embargo, me atrajo con sus frágiles brazos, y me introduje en ella. Una vez, dos, tres.

Me pidió que la penetrara, y la penetré. Hinqué mi polla, y cuando lo hice fue como atravesar la carne putrefacta y cubierta de miles de pequeños gusanos blancos de cabeza amarilla de un cadáver. Apestaba a colonia barata y a bichos.

De pronto, mis manos bailaban sobre sus senos caídos y estriados, pero estos ya no estaban allí. En su lugar, la osamenta de la mujer se burlaba de mí, con una amarillenta sonrisa torcida sobre su cráneo blanqueado. Su ropa había desaparecido, y llevaba una larga gabardina roja y, encerrado entre sus dedos gélidos y muertos, un cuchillo táctico. Su boca se movía, articulando palabras mudas que escapaban de su inexistente, y sus óseas falanges me arañaron la piel de la espalda cuando me atravesó el bajo vientre con el arma. Una vez, dos, tres.

Tantas veces me acuchillaba que la cabeza violácea y el venoso cuerpo quedaron reducidos a una gelatinosa masa de pulpa y sangre sobre la vieja colcha de cuadros. Se derramó el esperma cuando mis atravesados testículos cayeron, aún conectados, sobre el líquido borgoña que fluía desde mi recién adquirida cavidad hasta su pelvis teñida de carmín, atravesando los orificios de la cadera hasta manchar las sábanas ya manchadas. Y, sin embargo, seguía horadando, seguía empujando el cuchillo contra mis interiores, deseoso de que me hendiera más y más, hasta el éxtasis. Una vez, dos, tres.

La pelvis de hueso se volvió oscura en contacto con mis fluidos vitales y mi carne desparramada, y de allí brotó un erecto miembro que se unía mediante finas tiras de piel al cuerpo. Era similar al que yo tenía hacía un momento, como si a través de aquella masacre genital hubiera conseguido que la polla fuese una nueva ave fénix. Sin saber cómo, me había obligado a introducirla dentro de la boca y, con un golpe de muñeca, noté cómo mis mandíbulas se separaban ante el colosal pene. Crecía, más y más, y me llenaba la boca de su semilla y sangre. De mi propia sangre, la que habían derramado mis genitales sobre los recién formados suyos y la que manaba de mis destrozadas mandíbulas. Había crecido el músculo y la piel sobre el pálido hueso, e incluso podía ver en varias zonas los órganos. Su negro corazón palpitaba a un ritmo irregular, y las pulsaciones eran enviadas por invisibles conductos hacia las venas de su órgano. Y, cuando por fin me separó, me besó. Sus torcidos dientes amarillos ahora eran de perfecto marfil, pero ese era el único cambio apreciable. Seguía siendo una calavera hueca, unida a un cuerpo vivo. Su beso acabó, y ni tan siquiera se había ensuciado cuando tosí y escupí todo el contenido de mi boca. Un destello brilló en sus cuencas vacías, y de ese destello crecieron dos esferas de un color plateado aclarado, unos ojos sin iris, al tiempo que una lengua que no existía se recreaba lamiendo los jugos que fluían por las comisuras de los labios. Me penetró de nuevo, pero esta vez no con el cuchillo: atravesaba con la polla el hueco donde antes estaba la mía. Me dolía, pero no podía gritar. Me tenía justo debajo de él, no podía moverme. E hice lo único que podía: vomité. Los ácidos estomacales se unieron las viejas manchas de la cama, y todos mis fluidos convergieron en una masa negruzca con ligeras vetas blancas del semen del cadáver viviente. Cada vez más, el blanco ganaba terreno al negro, pues no hacía más que eyacular sin parar. El líquido me llenó y se desbordó, mientras que con un fugaz movimiento recogía el cuchillo y me cortaba los tendones de las manos y los pies, para después cortar mi arrugado cuello. Reía, pero no articulaba sonido o palabra algunos, pues no tenía lengua ni labios, ni tan siquiera cuerda vocales. La vida me iba dejando, tirado sobre una colcha y sin poder moverme, acostado sobre mis propios fluidos, violado por un muerto y cubierto de sus efluvios. Este cogió una tarjeta de su bolsillo, escrita con luz y fuego, y la introdujo entre la cavidad de mis piernas, al tiempo que el largo abrigo granate tapaba mi rostro. No podía ver lo que decía la tarjeta que ardía en mis muslos, pero yo ya sabía que nombre estaba escrito.

Se despertó bañado en sudor, frío y pegajoso, aunque su piel estaba cálida, casi al punto de arder. Quizás tuviese fiebre, porque no estaba más arropado que con una ligera sábana de lino blanco, tumbado sobre el sofá-cama del salón de Ed. La tele estaba encendida, y retransmitía un programa sobre sucesos impactantes, como espectaculares mordiscos de begimo o derrapes a doscientos por hora, iluminando la oscura estancia con mortecinos tonos grises que resaltaban los fantasmas de las cortinas e incluso convertían al ficus en una aberrante caja torácica.

El reloj mostraba las dos manecillas en un reloj de pared en un ángulo recto, señalando la pequeña al simple dos. Edward no había vuelto, había salido con los amigos mientras él se quedaba en casa para descansar. Por mucho que le había ofrecido llevarle para que se distrajera, Gerald sabía que realmente no lo deseaba en lo más mínimo, y había preferido quedarse en casa viendo una película mala en la televisión, atiborrarse de palomitas y dormirse pronto.

Volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada, y se durmió de nuevo. No se despertó en toda la noche, ni siquiera cuando Ed volvió a las cuatro de la madrugada.

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- ¿Qué llevas, Carl?

- Full de reinas y jotas

- ¡Ja! Vuelvo a ganar. Póquer de reyes.

- Mierda, Frank, ¿otra vez?

Los dos hombres intentaban pasar el rato sentados frente a una mesa en una sala llena de pantallas de vigilancia, mientras jugaban a las cartas y bebían de unos botellines de cerveza, que poco a poco se iban acumulando vacíos apartados de la acción que suponía la partida. También tenían una caja de pañuelos esterilizados encima de la mesa, que Carl utilizaba para limpiar a conciencia los bordes del orificio en el que luego ponía los labios (“Porque están llenas de enfermedades e infecciones, Frank”).

- ¿No deberíamos vigilar las pantallas, por si acaso? – dijo moviendo la cabeza en dirección a los monitores.

- ¿No deberías dejar de timarme jugando a las cartas? – respondió con tono burlesco el hombre de pelo castaño y mascarilla en torno al cuello.

- Cuando dejes de enviarme taxis, capullo.

Ambos rieron durante un rato. De sobra conocían los dos los problemas del asesino con los taxistas, y la manía que tenían estos de cobrarle más cuando le veían. Carl pegó un sorbo, y se limpió con un nuevo pañuelo. Desde que su puta favorita había le había partido el bazo en dos se había convertido en un obseso de las infecciones, y veía acechar a la muerte en cada rincón sucio, en cada germen que flotaba en el aire, en todos lados. Sólo se quitaba la máscara para beber, comer, y eso siempre que hubiera esterilizado y limpiado a conciencia. Era un grave caso de hipocondría, que lo llevaba a sospechar de todo.

- Dime una cosa, Frank – el tono del chulo era serio, y la tensión que exhalaba de sus labios casi podía verse - ¿Por qué has dejado vivo al tal Yief? ¿Qué tiene para que no haya muerto todavía?

- Fíjate en las cámaras 05, 06 y 07, Carl – dijo al tiempo que se levantaba y manipulaba el cuadro de mandos que había a los pies de las pantallas. Cada una debía tener de diecisiete a veinte pulgadas, en forma de cuadrados perfectos, y formaban un rectángulo de cinco pantallas de ancho por tres de alto – En la 05 está el vídeo de cuando encontramos a nuestro amigo, y fíjate en la 07. Sales muy guapo.

- ¡Cabrón! ¿Cómo pudiste grabarnos en la construcción? – casi había tirado la silla cuando se levantó de golpe, enfadado al verse a sí mismo junto al coche en el que Yief le había llevado.

- Calla, y fíjate en nuestro moribundo amigo. ¿No ves nada raro?

- ¿Qué quieres que vea? Peor era olerle – hizo un gesto de taparse la nariz. Nuevo gesto adquirido tras la agresión.

- En serio… ¿No ves nada raro?

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Gerald se volvió a despertar. Un vaso de cristal se había caído en la cocina, y le había desvelado. Eran las cuatro y media, y el ruido de alguien recogiendo los cristales mientras juraba consiguió despertar al retirado detective. Su mente aún seguía aturullada por el sueño, tanto por el que tenía en esos momentos como por el que había azotado su conciencia hacía horas. No dejaba de ver al esqueleto con su rojo abrigo, ni dejaba de sentir el dolor del filo del arma blanca.

Edward estaba recogiendo con un cepillo los fragmentos de cristal. Llevaba una cazadora negra sobre camiseta del mismo color y pantalones vaqueros, junto con aquellas botas que adoraba. Ni siquiera se fijo en Jerry hasta que le tuvo justo delante.

- Hola – Ed susurraba, en un tono demasiado bajo

- Hola. ¿Cómo te ha ido? – Gerald McColder susurraba en un volumen igualmente bajo.

- Bien, una pena que no quisieras venir. ¿Vuelves a la cama? – recogió el resto de los cristales y los echó a un pequeño cubo de basura.

- Sí, mañana quiero levantarme pronto. Tengo nuevas pistas.

Horas más tarde, Jerry viajaba en un vagón, enfrente de un hombre muy nervioso rodeado de vagabundos. Iba en dirección al sector 3, sobre la Placa, a visitar a la otra persona que había sobrevivido al ataque del asesino. Durante el asalto, un turco había sido herido, pero el asesino le dejó con vida.

La mansión del susodicho no era, para nada, un antro: trescientos metros cuadrados y tres plantas, además de unos jardines enormes llenos de árboles y fuentes de tallas clásicas que mostraban dioses desaparecidos y héroes olvidados de siglos ya pasados. Las criaturas mitológicas peleaban entre sí expulsando chorros de agua, a la sombra de frutales exóticos que nadie en la ciudad había visto antes.

A la puerta, un joven turco esperaba sentado en el porche, fumando tabaco de liar y jugando con el zippo. Jerry le conocía: era el mismo turco que le había intentado dar una paliza en la estación de tren, si no lo hubiera detenido antes su superior. Cuando le vio, dejó de jugar con el zippo y se levantó, y con una floritura empuñó una navaja mariposa.

- ¿Qué coño quieres, cabrón? ¡Déjanos en paz!

- Vengo a verle. ¿Qué haces tú aquí?

- Lo que me dé la gana: es mi padre. ¿No le has causado bastante daño?

- Verás, - se levantó ligeramente el jersey de punto de color rojo claro, y mostró el magullado abdomen – más daño ha hecho él.

Subieron al tercer piso, avanzando entre alfombras de importación y cuadros únicos. Al fondo de un largo pasillo, una puerta doble les esperaba. El joven avanzaba a grandes zancadas, que a McColder le costaba seguir. Abrió las puertas, y le vio tirado en la cama.

Con un parche en el ojo, diversas vendas sangradas en brazos y pies. Aunque ahora tenía el pelo más corto y se había dejado un frondoso bigote, Jerry podía conocer el brillo de su único ojo, por más que hubieran pasado una veintena de años desde su incidente.

Postrado en la cama estaba Jack Kened, que antes de hacía llamar Antonio Chandler.

martes 26 de mayo de 2009

173

    Elliot Rigar salió del centro comercial, malhumorado. Por un momento, pareció a punto de ir a increpar a uno de los guardias de seguridad que esperaban junto a la puerta el desalojo del centro comercial, sin más motivos que no tener otra cosa en la que descargar el estrés. Afortunadamente para él, su autocontrol se impuso. No tenía realmente ánimos (ni cuerpo) para enfrentarse con el guardia.
    No era suficiente con un día duro de trabajo, con una tarde libre, ahora desperdiciada, que había conseguido a base de hipotecar varias horas de la semana siguiente; no bastaba con tener una jefa intransigente y carente de creatividad, y con unos compañeros ruines incapaces de echarle una mano en determinados casos. No, no lo era. Además de eso, tenía que llamar su mujer para cancelar la cita que tenían. Dicha llamada no la hizo ni antes de las siete ni justo a esa hora (eso sería demasiado para su concepto de la puntualidad), sino que esperó hasta las ocho y cuarto antes de confirmar el plantón. Y ahora, además, adelantaban el cierre del centro. ¡Lo que se decía una tarde perfecta!
    Las causas de su estado de ánimo no eran tanto su trabajo o la ausencia de Marie como cosas que rondaban en el filo de su pensamiento. Asuntos que por ahora no quería tener en mente, porque sabía que se sentiría peor. No le gustaba nada que Marie se quedara hasta tarde en la oficina. De haber sucedido meses antes, quizás no habría importado. Elliot ya tenía quien la supliera cuando visitaba a su madre o cuando el trabajo se le acumulaba. Sin embargo, en esta ocasión no se acordó de amante alguna. Quería a Marie, pero su cuerpo le pedía movimiento, un movimiento que su esposa no siempre tenía tiempo o ganas para dar. Era por eso que de cuando en cuando se buscaba a alguien que le consolase brevemente en el sentido físico. Pero para Elliot, realmente Marie era un alma gemela y nunca se le habría pasado por la cabeza abandonarla o causarle algún mal, aunque sus ganas de sexo le impulsaran a echar una canita al aire ocasionalmente.
    De un tiempo a esta parte, sin embargo, ya no buscaba compañía cuando ella estaba ausente. De hecho, salvo la noche de los jueves, momento en el que salía con algunos viejos amigos de la facultad, los momentos fuera del trabajo en los que se encontraba solo los pasaba en casa. Los asuntos que entraban y salían de su pensamiento periódicamente le mantenían en vilo. Tenía pánico a permanecer en la calle, donde podía ser visto con suma facilidad por cualquiera, pero sobre todo por esa persona. ¿Quién lo sabía? ¿Cómo lo había averiguado? No era algo tan fácil de hacer, pero por más que le daba vueltas, no conseguía avanzar nada en sus pesquisas.
    Elliot era científico, un verdadero visionario en el campo del uso de la energía mako, atrapado, para su desgracia, en un puesto que no reconocía sus méritos ni explotaba su talento. No había ninguna vacante mejor por encima de su puesto que necesitara ser cubierta, por lo que le habían asignado a un departamentucho de poca monta, encargado del refinamiento de la materia imperfecta. Cada vez que pensaba en el sueldo y las oportunidades de reconocimiento de los técnicos que trabajaban asignados a SOLDADO o al departamento de Desarrollo de Armas, y sus casi ilimitados recursos para la creación y mejora de materia, la bilis se le subía hasta la boca por los celos y la frustración. Tenía un proyecto que podría revolucionar la creación de materia, pero por lo visto no conocería más que el fondo de su cajón. Y como si eso no fuera bastante, hacía poco más de tres semanas que un mensaje anónimo había llegado a sus manos para convertir su vida en algo aún peor.

    Llegó de la mano de un muchachito, cerca de la estación del sector 2. El chico le había entregado un sobre cerrado sin remitente alguno, y no había tardado precisamente mucho en desaparecer por los callejones. Elliot abrió el sobre, y lo primero que sacó, completamente confundido, fue un billete de a diez guiles. Le pareció algo completamente extraño. Quizá el mensaje no fuera para él. Luego sacó un papel doblado. Aquella misiva despejó sus dudas sobre que él era el destinatario, y a un tiempo, le llenó de miedo.

Conozco tus secretos.

    Esta sola frase hizo que primero esbozara una mueca de incredulidad. Luego, cuando se dio cuenta de lo que podía significar, casi se cayó contra la persona sentada a su derecha. Afortunadamente, el hombre, un tipo gordo trajeado, lo atribuyó a un movimiento repentino del tren, y no a una flojera de rodillas. Elliot tragó saliva varias veces. ¿Qué era aquello? ¿Una broma? ¿Una jugarreta de sus compañeros de trabajo? ¿Sería una especie de venganza por parte de su mujer, que quizá había descubierto sus engaños?
    Arrugó el papel y lo guardó. Una vez en el trabajo, en el piso 34 del edificio Shinra, se dirigió a su laboratorio. Colgó el abrigo en la entrada del mismo, dejó sus documentos sobre la mesa en la que reposaba su Terminal, pero no se sentó. En lugar de eso fue al servicio, sin acordarse de ponerse la bata blanca que era propia de su profesión ni dejar encendido el pequeño reactor donde pulían las imperfecciones de la materia defectuosa. Ni tan siquiera escuchó la frase seca de la señorita Leman, su “relamida jefa”, recordándole que se pusiera la bata para deambular por el laboratorio. Ésta, al reparar en su cara sudorosa y pálida, pensó que quizá le vendría bien despejarse antes de ponerse con su trabajo, y que la reprimenda podía esperar.
    Una vez en el servicio, Elliot dio el grifo y se lavó las manos y la cara. Se miró varias veces al espejo. No parecía que hubiera nada anormal, además de la palidez, que empezaba a remitir. Notó que tenía la boca algo seca, pero no bebió. Lentamente, esperando que fuera un mal sueño, metió la mano en el bolsillo del pantalón. De nuevo notó la suave superficie del papel. Con movimientos pausados, entró en una de las “pequeñas salas del trono”, como él las llamaba, y cerró la puerta. Una vez sentado sacó el papel y lo abrió. Sus ojos pasearon inquietos por las letras, pequeñas y retorcidas, pero no por ello ilegibles y carentes de una cierta regularidad.

Conozco tus secretos. Todos, tanto en tu trabajo como en tu propio dormitorio. Sí, aún recuerdo a esa furcia pelirroja del pub Nubes del sector 4, y el discurso de tu relamida jefa sobre tu proyecto de modificación alterna de la materia y lo que luego pensaste decirle sin atreverte a ello. ¿Pero sabes lo que más recuerdo? El olor a perfume caro de tu esposa, esa atractiva mujer morena de largas pestañas y aún más largas piernas que trabaja de redactora en el sector 3.

    Empezó a sudar copiosamente. Aquello tenía toda la pinta de ser la clásica nota que un psicópata enviaría a alguien a quien está espiando de continuo, con a saber qué intenciones malsanas. Intentó relajarse. Seguramente era una broma. Tenía que serlo. La carta aún seguía. Miró alternativamente hacia la carta y hacia el techo, y cuando logró reunir algo de valor, siguió leyendo.

Todos tus asuntos podrían salir a la luz. Claro que, entonces, esto no sería bueno para ti, ni provechoso para mí. A estas alturas te habrás dado cuenta de que si el contenido de esta carta se revela, o si intentas acudir a alguien para que te ayude, me daré cuenta al momento. ¿Te importa tu trabajo, aun cuando no puedas ascender hasta donde quieres llegar? ¿La vida de tu esposa, tan atareada en su oficina? ¿Tu propia vida? Creo que ambos sabemos la respuesta, de modo que nos saltaremos la retórica.

    Ahora estaba claro. Un chantaje. Chantaje, extorsión, amenaza, tanto da la palabra que usara. El desconocido quería algo a cambio de su silencio, y en caso de que divulgar los secretos no bastara para amedrentarle, recurriría a la fuerza. Los argumentos del autor de la carta eran lo bastante buenos como para que Elliot perdiera las ganas de hacerse el valiente o de intentar saber quién era. Sus ojos continuaron moviéndose de izquierda a derecha, casi febriles.

Esto va así: si haces lo que te digo, todo irá bien para ti. No me importa tu vida tanto como para divulgarla porque sí, de modo que mientras que nos llevemos bien, no tendrás ningún problema. Pero intenta dar a conocer esto, pedir ayuda o contratar a algún necio agente de seguridad, y lo perderás todo. Basta con que cumplas con lo que te diga. No me importa el tiempo que tardes en conseguir aquello que te pida, pero si mi paciencia alcanza su límite, tendré que llamarte la atención. Dentro de poco, te diré lo que espero de ti. Hasta entonces, ya hablaremos, Elliot Rigar."

    La carta carecía de firma.

    Y desde aquel momento había dejado de tener amantes. Su trabajo era igual de agobiante, pero hasta la señorita Leman se dio cuenta del cambio de actitud de su subordinado, de brillante pero rebelde a completamente sumiso, como si de pronto hubiera desaparecido toda su iniciativa. Sus salidas nocturnas se vieron limitadas a los jueves, cuando quedaba, como siempre, con su vieja hermandad universitaria, y a alguna cita ocasional con su esposa, como la que había mantenido aquella misma tarde. O mejor dicho, como la que habría mantenido, de no ser por su trabajo. Desde la llegada de aquella carta maldita, Elliot siempre estaba preocupado por los retrasos de Marie, y sentía un alivio exagerado cuando escuchaba su voz disculpándose por llegar tarde, o comentando el estado de su madre. Así y todo, aún no sabía nada del autor de la carta.
    Malhumorado y desganado para hacer cualquier cosa que no fuera sentarse, beber y tratar de considerarlo todo una pesadilla, Elliot se dirigió a la estación. No había traído el coche por mera paranoia. Hacía tiempo que no lo usaba, y consideraba que era mejor mantenerlo así. Con un poco de suerte, su guardián de secretos particular no sabría de su existencia. Era demasiado esperar, quizá, pero no le importaba.
    Estaba esperando en el andén cuando le pareció sentir algo. Se removió inquieto. Le pareció que algo en el interior de su ropa le había causado un escalofrío. Miró de reojo. Por todas partes había gente. Algunos iban para su casa desde el trabajo; otros eran clientes del centro comercial que, como él, habían visto frustrado su plan para la noche. Otros eran simples ciudadanos, algunas señoras cargadas con un par de bolsas de la compra, adolescentes con pintas de pandilleros y algún que otro vagabundo taciturno con la nariz enrojecida como efecto secundario de sus dosis de olvido bañado en alcohol.
    Seguía en su espalda esa gota de sudor frío. Echó un vistazo discretamente a su alrededor. No había nada especialmente sospe… Un momento… Sí. Sí que lo había. Acababa de volver la mirada, como si la cosa no fuera con él. Un tipo bajo, con barba de varios días y pelo desaliñado. Llevaba una chaqueta de piel bastante raída, unos vaqueros sucios y una pequeña gorra calada hasta las cejas, dejando la mitad de su cara en sombras. Elliot fingió no haberlo visto. Una casualidad, una sensación propia de su miedo. Estaba exagerando. Habían pasado ya tres semanas sin una sola noticia de su espía particular. Llegó el tren, y con su llegada desaparecieron parte de sus temores.
    Volvieron a no tardar, cuando el presunto mendigo se sentó casi frente a él, dos asientos más a la derecha. Junto a él, había ahora otro, resguardado con una gabardina y tan lleno de harapos que no se podía ver prácticamente nada de su cuerpo. La gente se apartó para dejarle paso cuando avanzó hacia el asiento renqueando. Se sentó pesadamente, con un gruñido. Una capucha cubría su rostro.
    La pareja de vagabundos y Elliot estaban separados únicamente el pasillo y la gente que en él había. Conforme se movían los pasajeros, el científico intentaba atisbar más detalles. Se dio cuenta de que el segundo mendigo parecía hacer lo mismo, mientras que el primero miraba por encima de Rigar el desfilar de los edificios de la placa. En la siguiente parada, el segundo mendigo se bajó cojeando, mientras que su acompañante desde la estación seguía mirando al vacío.
    Rigar se bajó en su parada. Unos cuantos viajeros más se apearon con él, pero no se atrevió a volverse para comprobar si el vagabundo le seguía. Enfiló su calle por un atajo cuesta arriba y empezó a caminar con garbo. El miedo pareció incrementar no sólo su rapidez, sino también sus sentidos. Detrás de él, alguien caminaba. Parecía seguir su mismo ritmo. La sangre en sus venas se aceleró cuando emprendió un trote rápido. Los pasos de detrás lo imitaron. Ya fuera de sí, echó a correr y torció a la derecha por una calleja plagada de basura y contenedores. Siguió corriendo. Casi parecía que detrás de él hubiera un bom a punto de estallar, y no paró hasta que pasó lo que tenía que pasar. No había salida. Se dejó caer de rodillas, completamente exhausto. Hacía poco que no tenía las pisadas machacando sus oídos como el repicar de un tambor a todo volumen. Poco a poco se calmó, y permitió que el aire escapara de sus pulmones con un suspiro.
    -Oiga… se… ¿se encuentra bien?-dijo una voz desconocida.
    La voz a sus espaldas le hizo volverse con tanta rapidez que a poco no perdió el equilibrio. Como había temido, se trataba del mendigo. Tenía demasiado miedo como para darse cuenta, pero el hombre le miraba con lo que parecía genuina preocupación. Dio dos pasos hacia él, pero Elliot retrocedió como pudo, ensuciándose los pantalones y las manos en su afán.
    -Perdone si le he asustado… pero me han dado esto para usted. No estaba seguro de si era la persona correcta, y por eso le seguí. Me dijeron que era importante y que usted me daría diez guiles si se lo traía. Iba a dárselo al salir del tren, pero…
    Ahí estaba, justo en su mano, como la otra vez, justo como la otra maldita vez. Un sobre en blanco. Elliot se levantó trabajosamente. Empezaba a ver aquello como algo irreal, tanto que daba igual o no que fuese en su contra; mañana despertaría y nada sería real. Ya ni siquiera sentía el sudor, el cansancio o el miedo. Con una expresión que sólo podía tildarse de seriedad completamente normal, miró en su cartera en busca de los diez guiles. Se le pasó por la cabeza no pagar, por si aquel tipo se estaba aprovechando de él y de su desgraciada situación.     Luego lo recordó: junto con la primera carta habían llegado diez guiles. Podrían llamarle paranoico, pero si aquello era una casualidad, él era un minero de Kalm. Sacó un billete de diez (ni siquiera sabía si sería el mismo, pero lo dudaba), cogió la carta y se volvió a casa con aire completamente ausente sin mediar palabra con el mendigo. Poco más tarde, Marie le preguntaría dónde había estado y por qué había tardado tanto, y él se habría desplomado en la cama, diciendo que le habían atracado para robarle diez guiles.

    Miles se guardó el billete, temiendo que algo tan normal como la corriente del callejón pudiera arrebatárselo. El hombre metió las manos en los bolsillos y subió calle arriba hasta llegar a un viejo inmueble en ruinas. El edificio debía haber sido derribado hacía ya una semana, pero una carta enviada al encargado de Obras Públicas del sector 2 había bastado para retrasar un tiempo la demolición. Miles abrió la puerta de la planta baja y subió los peldaños chirriantes de madera. En el cuarto piso había una puerta abierta. La sala a la que daba estaba velada por la oscuridad. Se golpeó la cadera contra una mesita casi invisible.
    -¿Señor…? ¿Está usted aquí…? Soy yo, Miles…
    -Acércate, Miles, y no hagas tanto ruido. Se supone que este sitio está abandonado - respondió alguien en el interior.
    La luz de la luna entraba en aquel momento por la ventana, y dibujaba con perfecta definición una sombra en el suelo. La sombra era arrojada por un bulto de telas que se levantó de la silla y cojeó sin mucho ruido hasta colocarse fuera de la luz. Se había descalzado, dejando a un lado un par de botas altas viejas, pasadas de moda. La capucha tapaba todavía la cara del segundo mendigo del tren. Cuando se apartó, el brillo lunar se reflejó en un arma, una Gunger, que reposaba apoyada contra la pared opuesta. En su cañón parecían haber soldado una pieza metálica que describía una ligera curva terminada en punta. Podría haber pasado por una bayoneta, de no ser porque estaba unida perpendicularmente al cañón.
    -Ya, lo siento… Verá, yo venía a por mi… pago. Ya sabe, entregué el mensaje, tal como me dijo, y también me dio los diez guiles… pero ya sabe, falta eso…
    -Ahh, sí… Tu droga, ¿verdad?
    Un brillo que no era sólo el producido por la luna destelló en la mirada de Miles.
    -Sí, mi parte. Mi parte, la convenida… Si he terminado y me la da, me iré, señor, y…
    -No tengo tu droga, Miles. No hay droga aquí - cortó el otro. Fue algo tan repentino que Miles quedó callado durante unos segundos. Balbuceó algo incoherente antes de retomar el control de su lengua.
    -Pero… pero usted me prometió que…
    -Lo sé, lo sé, Miles. Te engañé.
    Una expresión de incredulidad alteró las facciones de Miles; facciones que poco a poco se fueron contrayendo en un rictus de furia, acrecentada por el mono. Su cara casi se desfiguró por la ira. Con un gesto nervioso, y también veloz, sacó de un bolsillo una navaja automática. Su respiración se aceleró, al igual que un tic en el párpado. El otro mendigo no se movió de su sitio. Seguía de pie, en la esquina, fuera de la luz.
    -Me está engañando, claro que me engaña. Todos me engañan, todos dicen que no tienen… Pero seguro que sí que tienes… ¡Tienes que llevar algo encima! ¡Dámelo! ¡Dámelo o… o… te mataré, y luego me lo quedaré!
    El vagabundo avanzó hacia el yonqui con un paso firme y lento. Sus zancadas le llevaron de nuevo a la zona iluminada, que ocupó creando una sombra ominosa. Miles retrocedió un poco, y al hacerlo, tiró la Gunger, metiendo bastante ruido. El arma de su oponente estaba ahí, en el suelo, pero Miles no atacó aún. Algo le llamó la atención en el andar antes renqueante, en las manos, ahora visibles, de aquel individuo. Las manos no eran del todo manos, ni tampoco tenía pies. Aquello sólo podía describirse como garras, o zarpas; en definitiva, las extremidades de un animal o un monstruo.
    El yonqui no hizo demasiado caso de eso. Estaba ya demasiado lanzado como para detenerse. Quería su dosis y la quería ya. Quizá juzgó que su vista le engañaba, como tantas otras veces. El vagabundo encapuchado se dio la vuelta y quedó mirando hacia la ventana. Sus manos… garras… lo que fueran, se levantaron al tiempo que la tela que le cubría subía al encoger sus hombros, en lo que podía interpretarse como un vago ademán de disculpa. Fue entonces cuando Miles perdió el control y atacó, con la navaja por delante. Un ruido de piel desgarrándose y sangre fluyendo llegó a sus oídos, y creyó que había alcanzado a aquel listillo.
    No había sido así. Estaba demasiado lejos como para haberle herido. Pero Miles… Miles notó un gran dolor en su vientre. Algo sumamente afilado se había incrustado en él, algo afilado que salía de debajo de los harapos de su adversario. Algo parecido a una cola escamosa y cubierta de espinas se había alojado violentamente en su estómago, y ahora se retorcía ligeramente. Los ojos de Miles, dolorido y sorprendido, se abrieron como platos. El mendigo se giró, y con ello la cola espinada dejó un reguero de gotitas de sangre. La capucha estaba ahora echada hacia atrás. Miles enmudeció de horror. El rostro que vio alguna vez fue humano, sin duda, pero estaba terriblemente deformado, mutado. El hueso había crecido formando protuberancias que asomaban en su barbilla y mandíbula. Dos pequeños cuernos que se curvaban hacia atrás, casi pegados al cráneo, salían casi desde donde se habrían hallado sus cejas, ahora una línea de cerdas duras y negras. Por suerte para Miles, no vivió lo suficiente como para verse atormentado o enloquecido por lo que acababa de contemplar. El mendigo se despojó de sus andrajos y se estiró en todo su corrupto esplendor antes de acercar sus ojos azulados de pupila rasgada a la cara del pobre drogadicto. La voz del falso mendigo llegó suavemente a sus oídos, antes de transformarse en un gruñido gutural.
    -Pobre, pobre Miles. Te han engañado otra vez…

    En el breve plazo de unos días el edificio sería demolido al fin, y con él, el cadáver desmembrado de Miles se convertiría en restos y despojos. Si alguien lo encontraba, sin duda alguna lo achacaría al ataque de un monstruo, un hecho a veces frecuente en los suburbios, aunque muy esporádico en la placa. Quizá hasta movilizasen a los agentes de seguridad. En la acera de enfrente, una calle más abajo, Elliot apagaba las luces para ir a dormir mientras la luz de la luna se reflejaba en el cañón de un arma parcialmente oculta en un montón de telas y harapos que caminaba cojeando en dirección a la estación.