sábado 6 de febrero de 2010

202

Taza de café en mano, despeinado y con unas ojeras bien marcadas, Kurtz entró en la cámara refrigerada del depósito en la medianoche del viernes. Ahí estaban Rookery, con su característica pose relajada y su inquietante sonrisa, y Svetlana, seria y expectante, sentada sobre el escritorio del agente forense, que los había dejado solos.

Tres cadáveres: Jóvenes, atractivos, con fortuna… Los tres se las habían arreglado para acabar tumbados en las frías mesas metálicas de la morgue del edificio Shin-Ra, en el mismo momento y por el mismo motivo: Meterse con quien no debían cuando no estaban preparados para ello.
Kurtz dudaba a la hora de atribuirse el dudoso mérito de la hazaña. Mientras lo hacía, contemplaba los cadáveres, apaleados hasta quedar casi irreconocibles y rematados a tiros. Un trabajo concienzudo, sin duda. Los tres pobres idiotas no tuvieron ninguna oportunidad.

Rookery miraba a Scar estudiando sus gestos, intentando leer alguna emoción. Si lo hizo o no, se guardó el resultado para sí mismo. Se encontró a Svetlana mirándolo y levantó sus gafas oscuras para guiñarle un ojo. Erguido entre ambos, Harlan era como una mancha en el universo. Un foco de negrura que atraía y consumía la luz a su alrededor. Siempre daba esa impresión cuando estaba de mal humor, y siempre se ponía de mal humor cuando algo que creía que podía salir mal acababa dándole la razón.

- Te resultan familiares, ¿a que si? – Kurtz contempló el contraste entre la sonrisa burlona de Rookery y la expresión de gravedad de los otros dos unos segundos y luego les correspondió con una carente de humor.



- ¡Joder, Jonás, no me dispares! ¡Por favor! – Gritó Paris.

Erguido sobre él, el turco lo miraba con odio y desprecio. Rolf estaba en silencio a su lado, aún doliéndose por el golpe recibido. Scar había sacado una pistola, y la sostenía en la mano izquierda, mientras seguía empuñando la llave inglesa en la derecha.

- No lo hará… - Respondió Rolf con un hilo de voz. – No hasta que lo sepa todo. – El tirador alzó la vista y vio al turco mirándolo fijamente. Su sonrisa dejaba entrever una cierta incredulidad. Se agachó al lado de Rolf, haciendo oscilar la llave inglesa ante él.

- ¿Sabes, Vassaly? Mi trabajo consiste precisamente en pegarle a la gente por decir cosas como la que acabas de decir teniendo razón. – Rolf le devolvía una mirada todo lo desafiante que era capaz de mantener. Tenía ganas de decir algo osado. Algo como “si, pero no vas a matarnos aún”, pero sabía que conllevaría uno o más golpes, y el no era tan dado a las estupideces por orgullo.



Rolf miraba su vaso, reluciendo a la luz coloreada del local. Era un bar ruidoso, para su gusto, pero cómodo y con un alcohol bastante barato. El sitio tenía además una lista de cafés elaborados y exóticos, que le habría apetecido más degustar en otro sitio, con otra gente y en otra coyuntura. Sin embargo, su decisión era irreversible. No afrontar el precio de sus actos sería una cobardía y una infamia, y ahora no podía permitirse esas cosas. Si hubo en su vida un momento en el que cambiar y esforzarse por ser mejor persona, era sin duda este.
Tras recorrer el local con la mirada, con los sofás al fondo, volvió la vista a su vaso. Un pequeño chupito, lleno de la combinación que acostumbraba a reservar para sus momentos introspectivos o románticos. No eran las únicas veces que los bebía, pero si le gustaba darle un cierto significado.

- Un trino más… - Dijo mirando el líquido dorado antes de apurarlo de un trago. Eso amortiguaría el dolor de los golpes del día anterior. Harían falta muchos chupitos para hacer justicia a la experiencia vivida.

Lo dejó caer y paró a una camarera para pedirle un café. Uno con algo de alcohol, nata y leche merengada, algo para tomar despacio y disfrutándolo. Luego, mientras la veía irse con cierto disimulo, oyó la campanilla de la puerta. Se giró y vio a la gente a la que esperaba, mientras se esforzaba por sonreír.




El Fenrir entró en el garaje, y el turco cerró la puerta tras él, dando dos vueltas a la llave. No soltó su pistola en ningún segundo, ni perdió de vista a Paris y Rolf, que seguían presos y magullados. Scar se había obligado a sí mismo a tranquilizarse. No era el momento de perder el control: Se la jugaba con Paris, sus habilidades sobrehumanas y toda la parafernalia que tuviese tras él. ¿Tendría un localizador? ¿Cuánto habría cantado? Si lo hubiese hecho, ¿no les habrían dado caza antes de dejarle entrar a saco en aquel piso lleno de black oppers? Tantas preguntas… Entonces se dio cuenta de algo malo: Solo Han se bajó del coche.

El piloto tenía el recipiente en una mano, el ordenador portátil en la otra y la pistola de Kurtz a un metro de la cara, cargada y lista para destrozarlo.

- ¿Por qué no has cumplido? – Por el tono, eso no era una pregunta: Era una orden. Terriblemente intimidado, Han titubeó. Miró hacia el recipiente de comida, y recordó su determinación.

- Decidí que no te entregaría a Fixer.

- Eso no es lo acordado. – El tono de la voz del turco era tan imponente, tan lleno de ira contenida y determinación que hizo a Han preferir suicidarse a morir a manos de él. - ¿Sabes lo que haré, verdad? – Han no era capaz ni de aguantarle la mirada. Le temblaba el pulso, y si fuese capaz de pensar en ello, se sentiría aliviado por no tener ganas de mear. Respiró profundamente un par de segundos, antes de dirigir su vista al frente, hacia el cañón de la pistola y hablar.

- ¡No harás una puta mierda! – Si le dijesen que él había dicho algo así a Scar Kurtz mientras le apuntaba con una pistola, no se lo habría creído. Sin embargo, ahí estaba. Cogió aire y levantó la vista un poco más, hacia los ojos del turco. Se sintió desnudo, encarando a una bestia feroz. – ¡El trato era que yo no desaparecía, y tú no levantarías un dedo contra mis amigos!

- No me has dado lo que quiero, Han.

El piloto le tendió el ordenador portátil, que han era incapaz de mantener recto. Kurtz lo tomó y renovó la diplomacia de la pistola, señalando hacia la esquina donde estaban retenidos Paris y Rolf. Al verlo marchar, posó el portátil y lo detuvo.

- Deja aquí tu PHS. Luego pon el recipiente sobre el coche y ábrelo. – Ordenó el turco. Han obedeció. De su interior salió el delicioso aroma de la carne de faisán, y la guarnición de trufas, zanahorias, guisantes y patatas, junto con una salsa de alta cocina. Kurtz probó un trozo de carne.

- Es mi cena. – Le recriminó Han.

- ¿De dónde ha salido?

- Fixer la tenía preparada, y me la dio como agradecimiento cuando decidí dejarlo al margen.

- Claro… - Dijo Kurtz. – Quédate donde he dicho y cómela, mientras seas capaz de masticar.




Sentado en el suelo del garaje, Han tenía la mirada perdida. Aparcados el uno al lado del otro estaban el Cavalier, modificado con el motor Blackbeast, y el Fenrir, al que había retirado muchas piezas que había que mejorar. Unos metros más adelante, varias manchas de sangre deslucían el suelo de hormigón. Tirada a un lado, junto a ellas, estaba la llave inglesa que Kurtz había usado.

Han no podía evitar pensar en lo cerca que había estado, mientras degustaba en silencio lo que Fixer había preparado. Pensó que tenía que llamarlo y felicitarlo por ello, aúnque no se le ocurría cual podría ser un buen momento. Ahora mismo, eran las doce del mediodía. Han había estado trabajando seguido en ambos coches alternativamente. Quitar piezas al Fenrir… Desmontar el carburador al “Pájaro”… Arreglos de chapa… Lo que fuese, con tal de no pensar, y sobre todo, de no mirar esa mancha de sangre.

Han agradecía que fuese fin de semana: Remache no aparecería por el taller, sino que se quedaría en esa cafetería roñosa de su barrio, viendo los deportes y discutiendo sobre política. Tenía tiempo para seguir negando los rastros de pelea unas horas más, antes de admitir que todo lo que había sucedido era cierto y limpiarlo.
Al menos, con el soldador, el aceite y la gasolina, ya no olía a pólvora quemada.




- Vas a acabar como nosotros, Han. Lo siento.

- Tus disculpas me llenan de alegría, Rolf. – El tirador mantenía su enfermizo humor, mientras que Paris permanecía en silencio. Le había dedicado al piloto una mirada carente de emociones mientras este leía el tatuaje de su pecho. Al hacerlo, su gesto era de absoluta consternación.

- Está bien querer ser feliz durante todo el tiempo que te quede, indiferentemente de cuanto sea.

- Pues yo preferiría ser feliz en otro sitio, con una de tus amigas chupándome la polla y la otra pasándome las tetas por la cara.

- Si no estuviese esposado y pegado al suelo, buscaría algo con lo que brindar por eso.

El piloto no respondió. Se quedó sentado, con la mirada perdida en los coches, intentando no pensar en nada. Rolf podía ver su mano temblando, cada vez que se llevaba el tenedor a la boca.

- Han. – Suspiró el asesino. - ¿Puedo ser sincero contigo? – El piloto le devolvió una mirada sarcástica, en silencio. – Hablo en serio, por favor.

- Habla.

- Lo siento.

- Ya, claro… - Bufó el piloto.

- ¡Hablo en serio! – Insistió. – ¡Por una puta vez, hazme caso!

- A buenas horas.

- Lo sé, ¿vale? Lo sé, pero probablemente antes de que amanezca, ese tío de ahí me habrá volado la cabeza y usará su materia terra para hacerme desaparecer bajo el cemento. Ni lápida, ni recuerdos, ni tías buenas de luto diciendo “Rolfhelm era un hijo de puta, pero hay que reconocer que te divertías con él”. No quiero llevarme esto, ¿vale? Me llevaré muchas malas acciones, pero siento haberte jodido a ti. No tenía que haberte disparado, pero no podía ir a por estos y dejarte.

- ¡Oh, vaya…! ¡La comprensión me desborda!

- No me extraña… Mira, tío. Sé lo que eres: Quieres pilotar, tocar la guitarra, y echar un polvo de vez en cuando. No juegas en la misma liga que nosotros, no eres un cabrón ni un quita vidas. Kurtz te puso delante un motorazo y un plan para ser un héroe de la resistencia y entraste.

- ¿Por qué lo hiciste, tío? Cuéntamelo desde el principio, porque lo que más me jode es que no entiendo una mierda. Y aún te tengo ganas por como trataste a Daphne.

- Lo hice porque si me odia no tendrá que llorar por mí.

- Ya, claro… ¡Muere como un héroe de western, desplomándote sobre tu caballo mientras te pierdes en el horizonte!

- Han… Tú no lo viste, porque estabas llevando a Darren al hospital, pero ese día me pillé una borrachera y como era incapaz de llegar hasta mi casa, aquí el príncipe rubio me dejó dormir en su palacio.

- Rolf… - Habló al fin el asesino, conminando al tirador a guardar silencio.

- El caso es que al día siguiente, por mirar algo que no debía, una habitación vacía y mantenida impoluta, el rubiales se me echó encima como un macho de lomo plateado enfurecido, y casi me rompe el brazo. Al girarme, me encuentro la sorpresa del tatuaje ese con marca y modelo en el pecho.

- ¡Rolf, eres un hijo de puta! – Gritó Paris, revolviéndose para intentar atacarles. Kurtz los vigilaba de reojo, pero decidió no intervenir.

- ¡Tú eres el hijo de puta, maricón mentiroso de los cojones! ¡Ni Han ni yo hemos ocultado nada, y si la vamos a palmar, lo menos es saber por qué!

- Pedazo de mierda… - Masculló el rubio, impotente y amargado.

- El caso es… – Dijo girándose a Han, que había seguido comiendo con gesto ausente durante la discusión, sin apartar los ojos del turco. – Que días más tarde, cuando supimos de Fixer, este preguntó a Kurtz si sabía si había existido el Comandante Elfo Oscuro. ¿Has oído hablar de él? – Han negó con la cabeza. – Es el que se dice en círculos de paranoicos conspiratorios que era el líder del escuadrón oculto de Shin-Ra: la 99 Fantasma.

- ¿Y quiénes son?

- Se dice que ellos ganaron solos la guerra de Wutai. Secuestros, asesinatos y sabotajes, todos los actos que ayudan a ganar una guerra pero que queda feo y poco heróico. Se dice que solo con lo que quemaron y dinamitaron, atrasaron al país varias décadas, en lo que se refiere a tecnología e infraestructuras.

- ¿Y yo?

- ¿Eh?

- Tienes indicios claros de que estos dos trabajan para Shin-Ra, y sin embargo, yo entré a la vez que tú en el grupo. Tienes las mismas pistas de que yo soy un cabrón, como las que yo tengo de ti.

- Cabos sueltos, Han… Ya sabes como funciona esto.

- Igualmente, eres un hijo de puta.

- ¿Yo? Me cité contigo para ponerte sobre aviso y saber en que bando jugabas. Sin embargo, te presentaste con Daphne y me quisiste partir en dos.

- Porque fuiste un hijo de puta. Además, tú me quisiste llenar de plomo.

- Apúntate la pelea como ganada y no me toques los cojones, anda… Y déjame probar eso. – Han lo miró. Con los ojos desencajados por la tensión, aguantó la mirada del tirador estoicamente, hasta que finalmente cedió, dándole un bocado.

- ¡No les des de comer! – Gritó el turco desde el otro lado de la habitación. – Uno te ha mentido, el otro ha intentado matarte. – Han no respondió, solo hizo un gesto con la cabeza, indicando que le había oído.

- Siento haber intentado matarte.

- Ya… Sientes que se haya quedado en el intento.

- Sí, pero solo por como voy a acabar por haber fallado. Lamento de verdad joderte, tío. Lo que te dije el otro día de que apreciaba tu amistad era totalmente cierto, y sigue siéndolo.


Un silencio incómodo volvió a llenar la habitación. Paris se giró como pudo, dándoles la espalda y mirando hacia la pared. Era el más tranquilo de todos. Rolf, por su parte, tenía un aspecto desastrado y los ojos rojos. Le temblaba el labio cuando no estaba hablando, y por eso había intentado por todos los modos mantener una conversación. Era un hombre acostumbrado a la posibilidad de la muerte, no a su certeza. Han, por su parte, comía en silencio, acostumbrándose poco a poco a los temblores.

- Parece que te tomas la espera mejor que nosotros.

- No estoy esperando lo mismo que vosotros.

- ¿Ah, no? ¿Y ese optimismo?

- Yo estoy esperando a que pase el camión de la basura y lo distraiga. –Al decir esto, se giró levemente, mostrando a Rolf la pistola que tenía oculta en la cintura, a la espalda.




Yvette lanzaba un golpe tras otro. Semanas atrás se había sorprendido por su propia habilidad al ponerla a prueba contra rivales distintos al propio Kurtz. Contra el veterano, la rutina era de una derrota tras otra, en peleas eso sí, cada vez más disputadas. Cuando se las vio por primera vez con Kaluta y Traviesa, hubo una sorpresa por todas partes: Ellos no esperaban encontrar un oponente tan astuto, instintivo y capacitado en la pija maquillada. Ella tampoco.

Hoy, sin embargo, se estaba levantando una vez más del suelo, con la mirada ausente. Kaluta había encontrado de nuevo un hueco en su guardia, derribándola con facilidad. Cuando se levantó, ni siquiera se tomó la molestia de provocarlo, llamándolo por su mote.

- ¿Seguro que estás bien? Realmente estás distraída.

- Pues en este trabajo, si estoy distraída y me crujen, me lo tengo que comer, ¿no?

- Tú misma. – Respondió el novato. – Venga, al rincón.

- No recuerdo haberme rendido… - Repuso Yvette.

- No, agente, pero me toca a mí. – Dijo Traviesa a sus espaldas. – Rey de la pista. – Por la mirada que la veterana le dedicó parecía que la estuviese viendo por primera vez. Definitivamente, la turca tenía la cabeza en otra parte.

- Si, vale… Decidid vosotros quien perderá los dientes en cinco minutos.

Ambos la miraron marchar, y bajar del cuadrilátero para sentarse junto a su bolsa a verlos combatir. Yvette se dejó caer pesadamente en una butaca. Tomó una toalla y empezó a secarse el sudor del rostro. Bebió algo de agua y se distrajo mirando al combate, intentando concentrarse. Podría comprobar una vez más el PHS, ¿pero para qué? No habría mensajes, llamadas perdidas, ni ninguna otra respuesta a todas sus llamadas, igual que todos los días anteriores.



- Han, has perdido tu oportunidad. Ahora deja eso.

El camión de la basura cumplió su horario, y el turco apartó la vista del portátil y de sus rehenes el tiempo suficiente como para que Han sacase el arma y apuntase. El piloto llegó a apretar el gatillo, pero este no se movió. Maldiciéndose, tiró rápidamente de la regleta, recordando que ese arma no era de juguete, pero cuando lo había hecho, un grito de Kurtz le hizo alzar la vista. El turco había gritado “¡No!”, y lo estaba apuntando a su vez.

- Yo diría que estamos en tablas.

- Tengo un chaleco de kevlar, mi cabeza es un blanco bastante pequeño y tu mejor posibilidad es apuntar al brazo del arma. Si me das, te freiré con magia.

- Y sin embargo, si te encajo un tiro en la frente…

- Escúchame, hijo de puta afortunado: Tenías papeletas para ver amanecer mañana, pasado y unos cuantos más, pero las estas tirando como confeti. Tira el arma. ¡Ya!

- ¡Cómeme la…!

La tierra tembló, mientras la materia oculta bajo el chaleco de Kurtz emitía un brillo verdoso que le daba un aspecto siniestro. El turco corrió a hacia el piloto, con la intención de acabar de reducirlo. Con la derecha seguía apuntándole, ya estiraba la mano izquierda para apresarlo y en ese momento, un grito de Rolf le hizo detenerse.

- ¡Quieto! ¡Ahora, maldita sea! – Scar pareció congelarse. El tirador sintió como el aura aterradora del turco lo envolvía, mientras lo veía mirarle de reojo. Han tuvo la precaución de pasar el arma al sentirse caer, y Rolf la recogió con sus manos esposadas. Ahora tenía al turco encañonado por el flanco, listo para abrir fuego como este se girase lo más mínimo.

- Vaya… Así que de repente os habéis hecho amigos de nuevo, ¿eh? Cabrones. – Rolf sintió la amargura en su voz. La ira y la determinación, en una lucha por sobrevivir, aún deteniendo el meteorito a puñetazos si hiciese falta.

- Kurtz… No te muevas ni un milímetro, ¿vale? – El turco lo miraba en silencio, con odio. Era fácil leer su mente, calculando estrategias y posibilidades. Era realmente intimidante. – Dime… ¿Lo que has leído concuerda?

- ¿Qué? – Preguntó sorprendido. El tirador estaba echando por tierra su oportunidad de ganar, hablando, cuando solo tenía que apretar el gatillo y luego leer por sí mismo lo que fuese.

- Lo de Paris. – Kurtz miró al asesino, que aunque taciturno, seguía impertérrito, contemplando la escena en silencio.

- Proyecto Balance. Un montón de documentos borrados, dos sujetos, supongo que él y la famosa hermana, y poco más. La anciana señora Carroll, con dirección y todo y el cementerio donde está la tumba de la hermana, Katherinna Barans. Causa de la muerte, hemorragia interna. Por lo visto algo la golpeó de forma muy brutal. Fracturas de hueso horrendas y órganos internos destrozados. Un atropello y fuga es la hipótesis más probable.

- ¿No hay vínculo suyo con Shin-Ra? ¿En la actualidad?

- Nada. Y yo tampoco. Acabada la guerra, acabada la 99. ¿A dónde quieres llegar, Vassaly? – Preguntó el turco intrigado. Sus ojos se centraban alternativamente en Han y Rolf. El segundo lo seguía teniendo encañonado, mientras que el primero había corrido a levantarse y salir del alcance del turco. Rolf sonrió, con su habitual teatralidad y soltó el arma, que quedó colgando del índice del gatillo, mientras levantaba las manos en un gesto de rendición.

- ¿A la mierda entonces? – Los otros tres sintieron que el corazón les daba un vuelco. Especialmente a Han y Paris, que creían haber visto un rayo de esperanza con Rolf que asumían que no iban a tener con Kurtz, y ahora este deponía las armas, entregándose a la benevolencia del turco.

- ¿A la mierda? – Preguntó Scar con desconfianza.

- A la mierda. – Asintió de nuevo el tirador. – Dejo este grupo, montado por el rubiales y por ti. Me voy a mi casa, sigo con mis negocios, vivo, bebo, follo y ya moriré otro día como me toque. Prometo incluso no aceptar nunca un contrato contra ti, y prevenirte si llegan a ofrecérmelo. – Se giró hacia Han. – Y eso te incluye, piloto.

- ¡Prometo no atropellar a nadie! – El aludido se apresuró a apuntarse al armisticio. – ¡Kurtz, te quedas tu grupo, el “pájaro”, el Fenrir y lo que quieras!


Ambos parecían contener el aliento mientras el turco parecía recapacitar. Estaba erguido, de modo que tenía al alcance de su pistola tanto a Rolf como a Han. Millones de cosas pasaban por su mente: Aang varias veces, y la mirada confiada del tirador cuando soltó el arma. Su vida podía haber acabado minutos atrás, pero en su mente, al final solo quedaban dos cosas: La sonrisa de Aang con un bebé mestizo en brazos y la voz de Krauser, recordándole una de las lecciones más importantes de su vida.

- Hay un problema, chavales. – Dijo con una sonrisa irónica. – Yo no decido eso. – Mientras los demás se preguntaban que pasaba, Kurtz quitó de un rápido tirón la pistola a Rolf y guardó la suya. A la otra, una versión de la Aegis Cort de bolsillo, típica para usar de arma de apoyo, que algunos agentes llevaban en una tobillera, le quitó las balas, la de la recámara incluida, y se la arrojó a Han. – No es “nuestro” grupo. El rubiales me reclutó a mí. De modo que, Paris… Ahí te quedas.

Fue en ese momento cuando el asesino reaccionó. El cemento del suelo liberaba sus pies, mientras Kurtz retiraba su conjuro. Rolf estaba quitándose las esposas, y se aseguró de alejarse, antes de lanzarle la llave a Paris. Han estaba sentado en el capó del coche, mientras Kurtz iba al portátil y eliminaba los archivos que Fixer había reunido sobre ellos. Probablemente, el hacker tendría copias, pero no interesaba dejar cabos sueltos.
Paris se levantó anonadado y los miró uno por uno: Kurtz le ignoraba, Han evitaba su mirada y Rolf sonreía como si no fuese con él.

- Pero… ¿Os dais cuenta de lo que hacéis? – Gritó. - ¿Os dais cuenta?

- Si. – Dijo Han, sin mirarle. El piloto se concentraba en buscar un asiento, acabar su cena y mirar al vacío, como si hacer algo normal y pacífico se hubiese convertido en un asunto de vida o muerte. Desde luego, su cordura lo demandaba como tal.

- ¡Vais a dejar que ganen! ¡Vais a dejar que todo se vaya a la mierda!

- Esto… ¿Exactamente lo qué se va a la mierda, Paris? – Preguntó Rolf.

- ¡Todo! – Gritó el asesino, cada vez más enfurecido. – Ellos están… ¡Mirad lo que hacen a la gente! ¡Nos manipulan! ¡Juegan con la vida, creando gente como…!

- Como tú. – Interrumpió Kurtz, con voz grave. – Sobrehumanamente ágil, atlético, fuerte, buenos reflejos, coordinación felina…

- ¡Y hasta está buenísimo! – Completó Rolf.

- ¡Ellos juegan con el mundo! ¡Kurtz, tú lo dijiste! ¡Cometen ellos los actos de terrorismo para poder promulgar estados de excepción! ¡Usan el miedo como política de control! ¡Inventan guerras para diezmar la población! ¡Están destruyendo el planeta!

- Si… Y puedo declararme culpable de algunos de esos cargos, así que… ¿Qué quieres que te diga? ¿Por qué debo ser yo el que salve al mundo?

- ¡Porque tú sabes cómo hacerlo! ¡Sabes donde golpear y donde defender! ¡Porque no eres su instrumento de control! – Paris gritaba en su llamamiento a la cordura. ¿Acaso no se daban cuenta de todo lo que se perdería si ellos renunciaban?

- Yo puedo proteger mi hogar y a los míos, Paris. Puedo asegurarme de que nadie jode en mi barrio y poco más. Tengo amigos que me ayudarán, y a los que he tenido que apuntar con un arma por esta loca cruzada estúpida. En mi trabajo, por primera vez, siento que estoy defendiendo algo. ¡Voy a ser padre!

- ¡Pues dale un mundo a tu hijo! – Paris encaró a Kurtz. El asesino era un poco más alto que el turco, y al gritarle, lo vio por primera vez como un hombre. No como el amigo confidente, ni como el perfecto soldado, sino como una persona, simple y vulgar, que tenía que levantar la mirada un par de centímetros para encontrar sus ojos, y que movía la cabeza de un lado a otro, negando tristemente.

- Paris, no lo entiendes… No me fío de ti. Supongo que esos dos tampoco se fiarán de mí, pero tú… Eres un misterio demasiado grande.

- Kurtz… ¿Qué importa eso? ¡Puedo prometer tu seguridad! ¡Puedo…!

- No me sirve: La confianza no es una cuestión de velar por mi pellejo, sino que va más allá. Te invité a mi casa, te presenté a algunas de las personas más importantes de mi vida, y me siento culpable por ello. Siento que las he expuesto a un peligro. – El turco, inconscientemente, intentaba alejarse todo lo posible de Paris. Pequeños gestos lo delataban, como echar un paso atrás, ponerse de lado, adoptar una posición defensiva… Ninguno de esos detalles escapó al asesino, que los asimiló como si fueran balazos.

- ¡Kurtz! ¡Jonás! ¡Soy yo, maldita sea! ¡Soy el mismo! ¡No voy a hacerte nada a ti, ni a tu familia! ¡Fue Rolf quien quiso matarte, no yo!

- Esto es más grande que tú y que yo: Eres uno de los bioterrores de Hojo, o de cualquiera de su sarta de tarados con bata blanca, y yo no quiero mezclarme con eso. Aún recuerdo las veces que hubo “fallos de seguridad”, y tuvimos que partirnos la cara contra seres salidos de novelas de terror escritas por mentes enfermas, y no. No voy a dejar que tú, uno de esos seres, esté cerca de mí, y mucho menos de mi gente.

- ¡¿Cuándo he hecho algo contra ti?! ¡Has peleado conmigo, y no has visto nada de novela de terror!

- Te he visto esquivar balas, Paris. Balas, metralla… No eres humano. Te he visto sangrar, y ni con esas me extrañaría que fueses un jodido robot.

- ¡No soy…!

- ¡Cállate! ¡No me importa! ¿No te das cuenta? – Kurtz perdió la paciencia, y la discusión estaba llegando a un fin abrupto. - ¡No pareces saber ni lo que eres, no me puedo fiar de ti, y además esta mierda escapa a tu propio control! ¿Qué pasa si alguien te descubre? ¿Qué mierda mandarán a cazarte? ¿Turcos? ¿SOLDADOS? ¿Más engendros de Hojo? ¡No voy a permitir ni de casualidad que estés en mi puta casa ese día!

- Jonás… - Paris buscaba y buscaba, pero no había respuesta a ese incidente, salvo una. – Sabes que lucharía hasta la muerte para protegeros a Aang o a ti. ¿Y vosotros? ¿Dónde estuve yo, cuando hubo que pegarse por Kowalsky? ¿Eh, Rolf? ¿Y cuando los novatos entraron a tiros en la Tower of Arrogance?

- Paris… - Intervino Rolf. – Lo voy a simplificar: La muerte de tu hermana parece haber sido el detonante de todo esto, así que lo pondré simple: ¿Cómo murió?

Paris enmudeció. Sus ojos se volvieron vidriosos, mientras miraba suplicante a Rofl, a Jonás y a Han. Sin embargo, los tres mantenían el gesto adusto. El asesino los miró a todos una y otra vez, antes de agachar la cabeza y negar en silencio. Sabía que eso supondría la disolución del grupo, pero no podía compartir la carga.

- Lo siento, Paris. – Dijo Rolf con tono apesadumbrado. – Quédate la moto, y no te hagas matar por alguien que no volverá a la vida. – Dijo mientas se volvía.

- Tío… - Han se adelantó. No quería estar ahí cuando Kurtz hablase, o se sentiría muy fuera de lugar. – Lo siento, pero ya ves: No soy un héroe, solo un peligro para la circulación. – Paris lo vio dar media vuelta e ir hacia el otro lado del taller, y luego se giró hacia Kurtz, quedándose solo junto a él. En silencio, esperó la despedida del turco.

- Es demasiado grande, Paris, y te lo has callado todo este tiempo. Al hacerlo nos has puesto en un peligro mayor del que creíamos estar. Yo… Simplemente no puedo seguir con esto. No ahora, y no con lo que estoy esperando. – El asesino apartaba la mirada con cara de asco. ¿Se lo has dicho a Yvette? ¿Lo vio?

- No… Yo… Lo escondí con un vendaje.

- Mal asunto…

- Pero asunto mío. – Quiso zanjar el asesino. – Y si todos vosotros os vais a rajar, idos a tomar por culo. ¿Me oís? ¡A tomar por culo! Cobardes hijos de puta…

- Gracias por salvar el mundo, Paris, y no te mates conduciendo. – El rugido de la moto acalló la voz del tirador. Los tres lo vieron alejarse en silencio hasta perderlo de vista. Todos suplicaban a la vez porque nadie fuese a aparecer ante ellos con, con una identidad no reflejada en los archivos públicos y potestad para hacerlos desaparecer. Luego se giraron los unos a los otros, en una situación un tanto incómoda.

- Tíos… Sabed que ninguno de vosotros va a tener problemas por… Mi antiguo trabajo. – Dijo Kurtz.

- Es un alivio saberlo… - Respondió Han.

- ¿Ni siquiera por esto? – Rolf rebuscó y sacó de un bolsillo una chapa de reconocimiento en la que únicamente estaba visible la inscripción “Pastor”, junto con unas cuantas muescas. – Que conste que fue un duelo justo, aunque el tarado empezó a abrir fuego contra los transeúntes. - Los tres la miraron en silencio, y Kurtz la tomó y la hizo desaparecer en un bolsillo.

- ¿Por lo qué? – El tirador suspiró agradecido. – Nos has hecho un favor despachándolo. En Turk íbamos tras el culpable. Ya les diré que ha sido resuelto. En ese momento, el piloto sacó algo del bolsillo, y agitó una copia de las llaves del “Pájaro”. Kurtz asintió.

- Ya sé que el divorcio está siendo amistoso, pero…

- Tuyo. – Dijo el turco sin dudar.

- Tío me alegro muchísimo de que este “divorcio” esté siendo amistoso, y sé que fui el primero en empezar con los regalos, pero… ¿Ibas a matarnos y ahora eres Papá Noel? – Intervino Rolf.

- Soy un veterano de guerra, tengo derecho a mis desvaríos mentales, ¿no? – Rió el turco. – Además, Han ha sacrificado su antiguo coche por esto. Es justo que se lo quede.

- Ya, claro… Veinticinco litros a los cien. Cambios de aceite a los cuatro mil kilómetros, menos de la mitad que un coche normal. ¿Crees que soy rico?

- Yo sí. – Respondieron los otros dos a la vez.

- Si, y ninguno de vosotros lo es de forma honesta. – Bromeó el piloto. – Sin embargo, prefiero quedarme el Fenrir, gracias.

- Pues me lo quedo… - Suspiró Kurtz. – Pero tienes que enseñarme como morir hecho pedazos en esa fiera, y montarle el limitador que le quitaste al Fenrir.

- Sí, bueno, intentaré sacar tiempo… Y me ha quedado pendiente un detallito mecánico…

- ¿Un detallito mecánico? – Ambos estaban sorprendidos. ¿Realmente esa bestia podía ir a más?

- Si. En lugar de los dos carburadores de doble cuerpo, que hay que hacer malabares para alimentar a los diez cilindros, llevo un tiempo diseñando una solución. Un único carburador que alimente las diez tomas…

- Y eso… Lo va a hacer más rápido, ¿no? – El piloto sonreía como un salvaje.

- No te preocupes, no te daré nada que no haya probado antes.

- Vale… Puedo llegar a necesitarlo. Si lo estampo, niego toda responsabilidad.- Concedió el turco. – Tú dame clases de conducción atroz y yo pago la puesta a punto del blanco. – Los ojos del piloto tenían la forma del símbolo del Gil.

- Hecho.

- Pues me voy, que es tarde y el perro tiene que pasear.

- Y yo también me merezco unas copas… Por esto del hielo y las contusiones… - Rolf se giró y empezó a caminar tras el turco, pero Han lo atrajo hacia sí de un tirón. En la otra mano sostenía el PHS contra su oreja.

- Tú te quedas…




“Están encantados…”, pensó el sargento Kurtz con sarcasmo, viendo a su pandilla de inútiles quejarse y bostezar. Los habían arrancado a todos de la cama a las tres de la mañana, con órdenes de estar a las cuatro en el cuartel. Nunca los había visto tan pulcros y uniformados. La verdad es que este estaba siendo un buen ejercicio: Kurtz había aprendido cuales eran los que dejaban la ropa de payaso preparada la noche anterior y cuales “creaban” sobre la marcha. Algunos incluso se habían maquillado. El que no está aquí, pese a la situación es ese cabrón de Van Zackal… Probablemente le carguen a él todo el muerto. A estas alturas, ya casi todo le importa una mierda, de modo que ni siquiera se molesta en preguntar por el otro sargento instructor, o mandarlo llamar. Además, tiene que ser él quien se ocupe de esto. Ellos deben aprender como se resuelven este tipo de incidentes.

- ¡Buenos días, nenas! ¡Veo que estamos todos!

- No estamos todos… - Corrigió Traviesa, fiel a su carácter respondón.

- ¿Y quién falta? – Preguntó su sargento. A nadie se le escapó que había trampa en esa pregunta. La forma en la que sonreía el loco sargento Scar Kurtz era una promesa de horror y emociones brutales. – ¿Habéis entrenado juntos intensivamente durante todo este tiempo y ni siquiera os conocéis todos?

- Faltan Provonne, Angais y Echaie. – Dijo Maravloi con voz temblorosa, recordando a sus tres compañeros. Los dos primeros eran hombres delgados y esbeltos, siempre bien arreglados, aunque con un cuidado mínimo por su físico. Echaie era una mujer, de veintitantos, bien arreglada y con maneras agresivas y algo malhabladas. Los tres tenían en común todos los rasgos que el sargento despreciaba: La vanidad, el orgullo, la falta de cuidado…

- ¡Vamos a buscarlos! – Gritó Kurtz, sonriendo de forma cínica. - ¡Pertrechaos y en fila de a dos! ¡Ya! – Gritó, mientras se preparaba para encabezar la columna, con su chaleco de kevlar ya puesto y su MF22 colgando del hombro.


Entre maldiciones y quejas, el destacamento de novatos cruzó el edificio Shin-Ra dirigiéndose hacia sus entrañas. Apartaban a todos a su paso con gestos de agresivo desdén. Sin duda, Turk no era la unidad de la que alguien querría ser amigo. Simplemente querría no llamar la atención.
A su paso dejaron la sensación de que una procesión de ultratumba hubiese desfilado ante ellos: No te atrevías ni a mirar, y por lo más sagrado, ojalá no te lleven consigo.

Kurtz llegó ante la puerta y dio media vuelta, contemplando detenidamente la expresión de cada uno. Kaluta lo asumía como algo normal, y Traviesa estaba indiferente. Maravloi tenía el rostro medio desencajado, mientras asumía que la voz que le había advertido no había exagerado. Sus pupilas se clavaban en su sargento, que le devolvía una sonrisa de cinismo y resignación.
Seranzolo, por su parte, quería vomitar. Quería esconderse en un lugar lejos de todo el universo y vivir la vida tranquila de sexo, copas, rayas y risas que gente como Van Zackal le habían prometido. A cambio solo tendría que ser guapo, ingenioso y admirado.
Esa mentira se desintegraba poco a poco ante los ojos de sus pupilos. Kurtz los había preparado. Había sido honesto en el trabajo, pese a saber que no hacía sino reforzar al grupo de novatos que estaba esperando para vengarse por lo de Dravo.

A sus espaldas, la puerta abierta del depósito de cadáveres esperaba.




- Sargento, ¿es que acaso son tan pobres sus dotes como instructor? – Se burló Grim, antes de tocarle el culo a Soto y largarse con una carcajada.

Sentado en la sala común, Dekk van Zackal miraba las fichas de los tres novatos fallecidos en silencio, mientras esperaba a que Montes le acercase la bandejita donde le esperaba una hilera de blanco consuelo. ¿Realmente ese cabrón de Grim tendría razón?

- ¡Joder wey! ¡Una gotita de éter en la papela antes de cortarlo y tenemos el desayuno de los campeones! – Dijo su problemático compañero, mientras el sargento disfrutaba de su turno.

- Carlitos, te he dicho muchas veces que ahora tienes que llamarme sargento, o “sarge”.

- Ya lo hago, wey. Lo hago siempre que tú pagas los tragos.

- No tiene gracia, maldito cabrón costeño. – Gruñó van Zackal. – En este momento nada tiene gracia.

- Oye, Dekks… No es culpa tuya que esos tres pendejos se hicieran matar, ¿o sí? ¿Les dijiste tú que entrasen en ese sitio? ¿Qué sitio era, por cierto?

- El Basement Club. Un antro de punkarras, harapientos y gentuza de los suburbios.

- ¿Y qué pasó exactamente?

- No lo sé… Simplemente aparecieron en un contenedor, a unas calles de distancia. – Dijo el sargento. – Me jode porque eran buenos chavales. Provonne le echaba huevos, Angais sabía partir un par de caras, y Echaie… Hacía unas mamadas cojonudas. Y le echaba aún más huevos que Provonne. Buenos fichajes… Necesarios.

- Necesarios… ¡Bah! – Bufó su agresivo amigo. – ¡Aún espero la oportunidad de volver a vérmelas con ese pinche cabrón de Kurtz!

- Si… Pero Yvette espera la oportunidad de volver a vérselas contigo. La he visto, y le planta cara bastante bien a ese cabrón de Cagarruta.

- ¿Quién es Cagarruta?

- Kaluta. Te hablé de él, antes de Turk estaba en la 90 de fuerzas especiales. – Carlos asintió en respuesta. – Ese no se vendrá con nosotros. Ese cabrón de Kurtz se lo ganó con su rollo de disciplina y camaradería militar. “Amor duro” y esa mierda…

- ¡El “amor duro” sí que es lo que le va a ese hijo puta! – Exclamó, mientras imitaba con el brazo la forma de un falo. Dekk rió.

- Pues que lo siga dando. En menos de veinticuatro horas, todos esos novatos serán agentes de pleno derecho. Los viejos tendrán dos amiguitos nuevos y nosotros a quince. ¡Fuerza en número!

- ¡Fuerza en número! – Le respondió su compañero, chocando su puño con el de van Zackal.

Tumbado en un sofá, fingiendo dormir con el rostro cubierto por su sombrero de cowboy, Tex lo oía todo, mientras miraba de reojo por una ventana. Fuera solo había grúas y ruido. En pocos días acabarían de instalar el cañón. Definitivamente, este no era el momento para este tipo de problemas.




Maravloi tomó la iniciativa al grupo y había sido el primero y único en preguntar que le había sucedido a sus compañeros. Kurtz había sonreído y se había echado a andar. Eso fue hace diez minutos. Ahora mismo, el novato se arrepentía de haber formulado la pregunta.

- ¡He dicho que lo vuelvas a contar todo! ¡Desde el principio! –

Pocas cosas son tan crueles y desoladoras como ver a un hombre adulto llorar. Esta vez no era una excepción. El hecho de que ese tío fuese en parte responsable de la muerte de sus compañeros no lo convertía en una. La palabra “tortura” no era nueva para ninguno de ellos, pero esto realmente no cabía en una mente cuerda y civilizada.
El hombre respondió con más sollozos. No había nadie en la sala a quien contárselo, más que aquella turca de mirada acerada y modos bruscos. Ya había contado la misma historia una y otra vez, más de veinte, hasta perder la cuenta. Eso fue hace tiempo… Horas quizás. Días. No lo sabía. El dolor, los gritos y el maltrato lo hacían todo confuso. Ella agarró su mano y un latigazo de dolor llegó hasta su cerebro, golpeándolo como un vendaval. El chasquido de los huesos al romperse era desagradable de oír, pero lo era mucho más si lo sentías en tu interior.
El hombre gritó durante segundos, abriendo una boca ensangrentada a la que faltaban varios dientes. Tenía la voz ronca de tanto gritar y llorar, los labios hinchados y la lengua reseca. El dolor seguía, pero el miedo se impuso cuando sintió las manos de su captora cerrarse sobre uno de sus dedos sanos.

- ¡No! ¡No! ¡Lo cuento! ¡Eran tres! ¡Venían con el uniforme, o con algo parecido! ¡Entraron dando una patada a la puerta y exigieron unas cuantas copas, que decían que no iban a pagar!

- Vas bien… Si sigues así no tiene porque dolerte mucho.

- ¡Por favor! – Suplicó el hombre. – Yo… Yo… Estaba detrás de la barra, y el jefe me dijo que les sirviésemos. Les dimos una copa tras otra, mientras jugaban a apuntarnos con la pistola, rompían vasos o daban porrazos a las cosas. Iban de una silla a otra, echando a los ocupantes, y cuando se emborracharon…

- ¡Cuando los emborrachasteis! – Lo corrigió Svetlana, haciéndole gritar con el dolor de una nueva fractura. - ¡Les disteis una copa tras otra para emborracharlos y darles una paliza!

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Los metieron en el almacén a hostias y empezamos a pegarles! ¡Iba a ser solo eso! ¡Una paliza! ¡Nada más!

- ¿Solo eso?

Desde fuera vieron a Svetlana escupir en la cara del que parecía ser uno de los camareros del local. Luego le dio varias patadas en la cara que dejaron esta irreconocible. Kurtz oía murmullos a sus espaldas. Frente a ellos, los golpes de la suela de la bota de su superiora contra el rostro del detenido sonaban como cañonazos.

- La silla está atornillada al suelo. Eso hace que no puedan escapar, ni caer y romperse el cuello. Podéis aporrear con toda confianza. – Dijo a los novatos su sargento instructor. Ninguno se sintió con ánimos de responder nada.

- ¿Tan solo esa minucia? – Preguntó la agente Varastlova con tono dulce, dando una leve tregua a su presa. – ¿Solo una paliza? ¿Para que aprendiesen?

- ¡Sí! ¡No queríamos que nadie muriese!

- ¡Escúchame bien, hijo de puta, y apréndelo para los pocos segundos que te quedan de vida: Nadie jode a Turk! ¡Nadie le toca los huevos al departamento de investigación, me entiendes!

- ¡No! ¡Por fav…! – Svetlana le arrancó los dientes que le quedaban con un certero porrazo, luego sacó un inmenso cuchillo de combate y le atravesó la boca de mejilla a mejilla.

- ¡Cállate! ¡La ley en esta ciudad, la única ley que debes saber cada vez que levantes tus ojos de alimaña es que en medio ves un edificio grande que lo gobierna todo! ¿Sabes qué significa eso? ¡Que nosotros imponemos la ley! ¡Nosotros decidimos, y no puedes hacer nada al respecto! ¡Nada! – Dejó el cuchillo clavado, mientras el camarero la miraba al borde del shock, y encendió un cigarrillo. – Nosotros, por cabrones que seamos, somos la única protección que tenéis, y somos los únicos que estamos haciendo algo para que cuando os levantéis por la mañana haya una puta ciudad en la que vivir. A cambio, hay que jugar según nuestras reglas. Si no os gusta, id a vivir a otro puto lado, pero nunca, y con eso quiero decir que más os vale volaros los cojones antes de tan siquiera plantearos la idea, os atreváis a joder con nosotros. – Svetlana lo miró fijamente, luego apartó la mirada y echó el humo largamente. – Bueno… Vosotros no aprenderéis una mierda. Ya me imagino como fue todo: Unas hostias para que aprendan, pero uno de ellos se rebota y sabe dar un par de hostias, entonces se le golpeó en la cabeza con algo… Y cuando cayó, los otros no podían quedar con vida, de modo que no quedaba otra que ir a por todas, ¿no? – El camarero no respondió. Solo intentaba gritar, pero no se atrevía a hacerlo. – O simplemente, no hubo en ningún momento intención de advertir nada. Hemos comprobado el informe de balística, y a ninguno de los turcos se le disparó con su propia pistola, de modo que alguien tenía un arma. Esto es lo que va a pasar, pedazo de mierda: Me iré fuera de esta sala, acabaré mi cigarro, y cuando acabe, tú morirás. Y luego, nos vamos a follar ese puto bar. Con explosivos.

Svetlana se mantuvo erguida de espaldas al detenido, mientras lo oía mearse encima. Cerró la puerta lentamente y caminó hacia Kurtz y los novatos a los que entrenaba. Los más disciplinados lograron no dar un paso atrás, aunque fueron minoría. Svetlana se sintió decepcionada.

- Veo que habéis traído toda la artillería. – Dijo con una sonrisa. – Yo me perderé la redada. Llevo más de veinte horas, suficientes como para dejar de contarlas y seguir tomando café. – Algunos sonrieron, mostrando simpatía. Otros fueron brutalmente indiferentes. Por lo visto ella no representaba aquello que ellos aspiraban a ser. Suspiró y siguió con la charla. – Mirad, esto es importante: Tenemos toda la información. En ese bar han matado a tres de los nuestros, de vuestra misma generación. En Turk no devolvemos golpes. Aquí prendemos fuego, disparamos y pisoteamos las cenizas. Dentro de una hora, de ese bar no quedarán más que cadáveres y rescoldos humeantes. Nosotros no decidimos tirar la placa, pero lo hicimos. ¡Imaginaos de que seremos capaces ahora que sabemos que han matado a uno de los nuestros! ¿Qué vamos a hacer? – Un silencio tenso dejó la pregunta flotando en él.

- ¿Qué vamos a hacer, señoritas? – Preguntó Kurtz.

- ¿Matarlos a todos? – Kurtz se giró. Dio dos pasos y se plantó delante de “Virgen”. Pese a tener uno de los apodos más humillantes de todos, se las arregló para mantener la compostura.

- ¿Me lo estás preguntando, Gertschen? – El joven asintió. A Kurtz le sorprendió que era de los pocos que parecía venir levemente arreglado, con algo de sombra de ojos y el traje impecablemente vestido. Se preguntó si tendría algún ayuda de cámara.

- ¿De verdad vamos a matarlos a todos? – Preguntó una de las bulímicas por detrás.

- ¡Podías haber sido tú! – Gritó su compañera. Kurtz empezó a sentir vergüenza, y Svetlana se fue a mirar su PHS por consideración, fingiendo que no veía lo que sucedía.

- ¡Silencio! – Gritó Kurtz, haciendo que se pusiesen todos firmes. Por primera vez parecían darse cuenta de que estaba sucediendo: ¡Habían matado a tres de los suyos! - ¿Algún voluntario? Gertschen… Tengo entendido que Provonne era amigo tuyo… Y que con Echaie… Te llevabas bien. – Kurtz se internó en medio de los novatos, preguntando y viendo como sus ojos se apartaban por la vergüenza y el miedo. - Y vosotras dos, Felson y Kuzuma, decíais que Angais os gustaba. ¿Nadie va a hacer algo por ellos?

- ¿Cómo tengo que hacerlo, Sargento? – “Virgen ha hablado”, pensó Kurtz.

- Como te dé la gana, pero no tardes mucho. Tenemos que asaltarlos antes de que se den cuenta de que nadie ha visto a este idiota en lo que va de noche.

- ¡Yo también voy! – Una voz tronó desde el fondo del pelotón. El sargento se abrió paso a empujones hasta su fuente, y asintió lentamente al ver lo que se había encontrado.

- Vaya, Seranzolo… Al final había algo colgando entre tus piernas y le has encontrado utilidad… - El chaval tenía un aspecto totalmente desastroso. Sus ojeras eran inmensas, y su traje estaba tan arrugado que parecía haber dormido con él. – Tienes mala cara, chaval.

- Cené más fuerte de lo que estoy acostumbrado, sargento.

- ¡Vamos!

Kurtz fingió que a Virgen no le temblaba la voz. Él y Margarito entraron en ese cuarto. Miraron fijamente al tío, que lloraba. Margarito también lloraba. Con la mano temblándole, Margarito retiró el cuchillo de Svetlana y lo dejó caer en el suelo con cara de asco. Luego Virgen lo miró fijamente. Levantó su fusil y le estampó la culata en la cara. Miró a su compañero, que seguía paralizado, y volvió a golpear. Margarito miró hacia la ventana por la que había estado viendo todo el interrogatorio y se encontró un falso espejo. Se vio a sí mismo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Su pulso temblaba, y su fusil MF22A4 estaba a punto de caer. Era una imagen patética, y tras ese espejo estaría Kurtz, con su eterna mirada de desaprobación. “No eres lo suficientemente duro”, “eres una mancha en mi unidad”. ¡No sería él quien tuviese que oír eso! Margarito se giró y agarró el rifle tal y como ese maldito sargento barriobajero le había enseñado. Encadenó varios golpes contra la cara y estómago del hombre esposado a la silla, que gritaba y lloraba, sabiendo que estos serían sus últimos segundos.
Virgen lo apartó para dar él unos cuantos golpes, hasta que el hombre dejó de gritar y pasó a simplemente llorar desconsolado.
Entonces ambos dieron un paso hacia atrás, y aseguraron sus respectivos rifles en sus hombros. Como un solo hombre, quitaron el seguro y miraron al hombre en silencio. Apretaron el gatillo a la vez y vaciaron el cargador en su cuerpo. Iba a hacer falta una fregona para sacar el cadáver de la habitación. Sin embargo, de ella salieron Victor Gertschen y Mario Seranzolo: Sombríos, taciturnos, pero erguidos.




Daphne estaba subiendo las escaleras de un callejón, camino del Universal Coffee, donde se había citado con Han. Pudo ver aparcado a unos pocos metros el deportivo blanco del que el piloto había presumido una y otra vez. Sonrió al ver que no había llegado tan tarde esta vez. Se detuvo ante la puerta, queriendo ver a su amigo a través del cristal, pero este estaba cubierto por una cortina. Miró una vez más al coche, sorprendiéndose de que le gustasen coches tan viejos y cuadrados, y se dispuso a entrar.
Y era cierto: El Fenrir era más cuadrado, la puesta a punto de la chapa aún estaba a medias, y además era un coche muy poco estilizado de por sí. Tan cuadrado que no dejó que Daphne viese la motocicleta de gran cilindrada que había aparcada detrás, y entrase con aire alegre y distraído.

- ¡Hijo de puta! – Todo el bar se giró. Rolf se levantó lentamente de la mesa, alzando su copa de café y saludando con leves reverencias, mientras la gente los miraba confundida. Daphne se estaba arrojando contra él, pero algo la agarró por detrás, empujándola suavemente hacia una silla.

- Se dice “hola”. - Le dijo Han al oído con voz firme. – Y luego te sientas y preguntas que tal. De forma discreta, si eres tan amable: El marica y yo estamos un poco paranoicos últimamente…

- ¡Han! – Dijo ella, sonriendo con disimulo. - ¡Rolf! ¿Qué tal tu madre? – Preguntó con sarcasmo en voz más discreta.

- Una puta, pero no porque tú lo digas. – Dijo dando un sorbo a su café, mientras llegaba el camarero, mirando a Daphne con una cara que decía exactamente “no te serviré alcohol”.

- Café. – “¿Cafeína?”, pensaba el camarero, levantando una ceja de forma intimidante. – No, mejor un refresco de naranja… Sin azúcar. – Luego esperó a que el camarero se hubiese ido, y se giró hacia Han, expectante.

- Rolf es un hijo de puta, pero un hijo de puta entrañable. – El tirador correspondió con una cara propia de un arcángel en su duodécima noche consecutiva de putas y éxtasis non-stop. – Ha pasado una época trastornada y fue con motivos.

- ¿Qué motivos? – Daphne quiso oírlos directamente del tirador.

- Paris. El colega rubio guaperas… - Rolf vio la cara de Han, que resaltaba sus labios cerrados con fuerza. – Quise… Bueno. Quise probar suerte y se lo tomó mal, y la verdad es que hubo muy mal rollo dentro del grupo…

- Los que… Ayudasteis a Kazuro.

- Si. El caso es que ya no hay grupo.

- ¿Dejarás de jugarte la vida? – Preguntó esperanzada.

- No. – Rolf tomó un sorbo, inconscientemente con la intención de cubrir su cara como los malos mentirosos. – No dejaré de trabajar, cuando lo crea necesario, o de aceptar desafíos. Es el precio de estar arriba.

- ¿Y por qué no retirarse en la cumbre? – Preguntó ella, buscando una posibilidad.

- ¿Nunca viste esas pelis de la mafia en las que uno quiere dejarlo? ¿Cómo acaban todas? – A Rolf le dolió ver como los ojos de Daphne se humedecían. – Lo siento, pequeña, pero con un rifle en la mano tengo una posibilidad. Pero lo siento. Esto es difícil de entender desde fuera, y cuando tú lo estabas asimilando, yo me burlé de ti y fui hiriente. Lo siento, y prometo no volver a ser tan cabrón cuando no lo merezcáis.

- ¿Y cuando sí? – Han le dio un leve golpe en el hombro.

- ¿Quieres que sea cabrón contigo, Han? ¿”Cabrón” en el sentido de “desconsiderado” o en un sentido más… activo? – El piloto se quedó con cara rara, mientras Daphne contenía una risita. Cuando este la miró, ella acabó por confesar.

- Cabrón el que da, maricón el que recibe. ¿No lo sabías? – Han se puso tenso.

- Me da que voy a probar penetraciones dolorosas… Concretamente, voy a salir ahí fuera, coger mi coche y “penetrar” este bar hasta que seáis dos trofeos en esa pared del fondo.

- Que alguien apunte este día. Han. Has logrado matar mi libido.

- ¿No te da vergüenza? – Se sumó la transexual al reproche.

- ¿Os reconcilio y ahora os volvéis contra mí? Sois lo peor…

- ¡Vosotros sois lo peor! – Rolf alzó la voz, fingiéndose el ofendido. – Me hacéis esperar más de media hora, tú me insultas al llegar, tú te quejas de todo… ¡Me voy al baño! ¡Dos minutos sin vosotros serán unas vacaciones! – Se levantó con mucha dignidad y dio media vuelta de forma teatral, pero antes de que empezase a caminar le oyeron decir. – Tres, por otra parte, serían una condena.

Bajaron la vista mientras veían al tirador hacer una de sus jugadas más célebres camino del baño: Cruzarse con una pareja y guiñarle el ojo a él. Ella creería que es un amigo de su novio, él que quiere tirarse a su novia. Ambos fallan: Si le llaman la atención lo suficiente como para hacer la jugada, es que preferiría tirárselos a ambos.

- El hijo de la gran puta… - Murmuró han, mirándolo, mientras agarraba distraídamente su cerveza. – Es imposible guardarle el enfado.

- ¡Y eso que te sacó una pistola! – Acompañó Daphne.

- Sí, y a ti te dijo cosas impensables.

- Oye… Lo de Paris no es cierto, ¿verdad? – Dijo ella, intentando indagar algo más.

- No del todo, pero tampoco es del todo falso: Fue el detonante del problema y no lo veremos más. Rolf solo se puso así porque fue el primero en descubrirlo y no sabía cómo contarlo.

- ¿Y tú como lo contarías?

- No lo contaría. – Críptico como siempre, pero el mensaje era claro: Lo saben todos los que tienen que saberlo y punto. Para acabar de echar tierra sobre el asunto, Han cambió de tema. – Voy a volver a correr, con el blanco.

- Ya lo vi, es muy feo.

- Si: Lo es. Es cuadrado, tosco y brutal, y lo adoro por ello. – Sonrió el piloto. – Mi venganza para Rolf será pasarle unos meses por la cara que en ninguna moto ha sentido la velocidad como en el asiento de copiloto de mi coche. ¿Y tú?

- Pues viendo que día es hoy, probablemente salgamos todos… Tú incluido, ¿no? – El piloto asintió. – Luego beberemos, y luego follaremos. Entonces me vengaré con todo mi “amor”. – Algo golpeó la rodilla de Han. Llevó la mano al sitio y se encontró con un pequeño frasco de plástico que su amiga le estaba ofreciendo a escondidas, mientras sonreía a Rolf, que ya volvía del baño. – Haz desaparecer esto. – Dijo entre dientes, mientras se giraba para atender al camarero, que ya traía su consumición. Han sacó la cartera, y aprovechó el momento para guardar el bote, leyendo parte de su etiqueta: “Gel Lubr…”

- Hey, he tenido una idea. ¿Y si pasamos a recoger a Kazuro y a Caprice? Ya le ha de quedar poco para poder moverse, aunque sea en muletas, o en silla de ruedas, o algo, ¿no? – A Rolf le parecía una buena idea, pero tampoco era para tanto: Daphne y Han no paraban de asentir y sonreír.







- ¡Dale, maldita sea! ¡Apunta a la cabeza y dale!

- Ya voy, déjame apuntar bien. ¡Si fallo te heriré a ti!

- ¡Dale! – El impacto dio de lleno en el blanco, haciendo que la cabeza de un zombi de dos metros de alto y ciento veinte kilos de músculo putrefacto, reventase como una calabaza. El detective privado al que estaba levantando cayó sobre su ahora ya definitivo cadáver, cubriendo su traje y gabardina de restos de sangre, sesos y carne a medio pudrir.

- Eso no ha parecido muy agradable…

- No… Te lo aseguro.

El inspector estaba limpiándose con cara de asco. Su compañera, una mujer atractiva pero seria, hizo un ademán para que la siguiese. Era policía, y lo demostraba con fría precisión en cada disparo.
Avanzaron a lo largo de varios pasillos de una mansión en estado ruinoso, por los que rostros muertos décadas atrás los miraban reprobadores desde sus grandes retratos descoloridos. El suelo húmedo crujía bajo sus pies, y entonces, el detective se detuvo en seco, llevándose el índice a los labios. La policía obedeció, y a sus oídos llegó un ruido siniestro: Huesos de pies descarnados, arrastrándose por el suelo de madera. ¡Zombis! Sus pasos muertos vagaban sin rumbo en un gran salón, a pocos metros de donde ellos estaban ocultos. Aullaban levemente, helándoles los huesos de terror.
Ella se echó instintivamente contra la pared, y su compañero quiso imitarla, pero no vio los restos de un jarrón, tirados en el suelo. El leve estallido de la porcelana al partir dejó tras de sí un silencio palpable, asfixiante. Un rugido procedente de la otra habitación anunció un ataque inminente.
Sin perder tiempo, los intrusos corrieron hacia la puerta por la que habían entrado, pero esta estalló ante sus ojos. Tres de esas repulsivas criaturas, alertadas por sus inmundos hermanos, habían acudido a reclamar su parte de la pieza. A sus espaldas, los torpes pasos de los demás se acercaban. Como un solo hombre, ambos levantaron sus armas y se prepararon par a abrirse paso.

- ¡Dales! ¡En la cabeza! ¡Los otros llegarán en seguida!

- ¡Deja de gritarme lo que tengo que hacer y recarga!

- ¡Mierda! – Gritó ella, bloqueada. - ¡Mierda, mierda, mierda!

- ¡Dispara fuera de la pantalla, maldita sea! ¡Dispara fuera, que solo te quedan dos vidas!

- ¡Ya voy!

Tres minutos de estallidos, gritos y ataques, la policía y el detective privado se alzaban sobre un salón de té pavimentado con cadáveres en descomposición. Él había perdido una vida, pero habían dado a un par de monedas secretas y eso eran diez mil puntos cada una.

- Cada vez se nos da mejor… - Dijo Caprice.

- Si… Nunca te imaginé como una maestra de los videojuegos de tiros. – Respondió a esta Kowalsky, que disparaba con la mano izquierda. Su radio estaba casi bien, aunque su muñeca derecha necesitaría algo más de tiempo. Aún así, tenía que usar el brazo derecho para apoyar el izquierdo. – Lo que más me gusta es que nunca te imaginé jugando conmigo…

- Kazuro… Deja de decir que creías que yo era tan superficial…

- Si… El día en que me levante por la mañana, te vea a mi lado y me lo crea.

- Mira que eres… - Rió ella, dándole un beso rápido en la mejilla, sin dejar de mirar como en la pantalla un zombi le lanzaba un hacha. - ¡Mira! ¡Por tu culpa!

- ¡Dispara, mujer! ¡Aún te queda una vida!


Minutos y un par de continuaciones después, mientras disfrutaban del video que aparecía después de matar al jefe del nivel, ambos se permitieron relajarse un poco y hacer algún que otro estiramiento. Caprice rotaba las muñecas con la pistola de plástico en el regazo y Kazuro comía un puñado de palomitas.

- Deberíamos seguir haciendo esto, aunque dejemos de necesitar… Ya sabes…

- Prometido.

Ante ellos, en una pequeña mesa para café, la consola les preparaba un nuevo desafío. Mientras tanto, ellos permanecían atrincherados en su sofá. En la mesa tenían un bol de palomitas, una bolsa de patatillas, una botella de refresco (sin azúcar, que Kowalsky tiene que bajar kilitos y Caprice mantenerse), y dos Matryonas de nueve milímetros.





Kurtz permanecía inclinado sobre la barandilla del balcón. Desde su quinto piso, contemplaba relajado como la actividad del mercado viejo iba muriendo poco a poco a medida que anochecía. Etsu estaba tirado en su trono, como siempre, centrando toda su atención perruna en el telediario de las nueve. En la mesilla del salón, había perfectamente organizadas las piezas de dos pistolas: Una Aegis Cort, automática, y un autorrevolver Griffon de calibre 45. En medio de ellas una foto enmarcada, junto con una botella recién empezada de cerveza. Mientras volvía a montarlas, se veía a sí mismo en el espejo que había sobre el mueble de la entrada: Perfectamente afeitado y con un buen corte de pelo, aunque conservando la trenza. Su pelo húmedo ya se había secado, y se dejó caer pesadamente en el sofá. Al hacerlo, sus dientes se apretaron en una mueca de dolor. A pesar de la magia de cura, el brazo le seguiría doliendo mientras seguía recuperándose del todo. Es la forma que tiene el cuerpo de decirle a uno que aunque se puedan arreglar estas cosas por arte de magia, es mejor no dejarse disparar. Por suerte, la herida fue de servicio, así que no tendría que dar explicaciones.

Era un buen domingo, día de coincidencias: Svetlana, Harlan, Yvette y él tenían el día libre simultáneamente por primera vez en mucho tiempo. Habían coincidido en no tener nada que hacer, de modo que hicieron una pequeña comida familiar, en un restaurante del Sector 6. Svetlana eligió el sitio: Un cómodo restaurante al estilo de ciudad cohete, decorado con fotos antiguas de su construcción y desarrollo, fotos anteriores al cohete y retratos de sus ciudadanos. Un lugar agradable, más atento a la calidad de la comida que a su estilo modernista deconstruido.

- Entro al despacho y no hay sorpresa: Jacobi y van Zackal me esperaban, el primero sentado y el otro de pie detrás de él. El muy cagón tenía la chaqueta abierta, y la pistola a la vista, como si yo fuese a marcármela a lo loco y liarme a tiros por algo que supe desde que me llamaron “sargento Kurtz” por primera vez.

- Entonces se acabó el ser oficial, ¿no? – El turco asintió a Yvette y siguió su historia.

- “Agente Kurtz… Bueno… Le sorprenderá que le llame “agente”…” – Dijo el turco, imitando el tono snob y pretencioso de su superior. – “La verdad es que no, y si no hay nada más…”, le dije y me salta “¿Qué? ¿Ya le notificaron su degradación?”. Tenía cara de idiota, como si esperase el momento de darme la noticia como si fuese a echar un polvo, o algo. Me apuesto la piel a que a ese maricón solo se le pone dura cuando hace de jefe cabrón.

- Nunca miré para comprobarlo. – Dijo Svetlana. - ¿Y tú?

- Yo cuando llegué estaba explorando mi época lésbica, de milfs y todo eso, y solo tenía ojos para ti. – Yvette le devolvió la pulla.

- El caso es que se quedan los dos con cara de idiotas mientras yo me rio y les digo “Sabía que sería degradado en cuanto hubieseis sacado de mí lo que queríais, aunque aquí el bicho azul se los llevase de juerga y me llegasen hechos mierda”. Al cabrón casi le temblaba la voz: “¡Se dirigirá a su superior por su rango!” y salta el van Zackal “Sargento”, con tono de listillo. “Le tendré el mismo respeto que a usted, capitán.”, le dije. Y me piré.

- Joder… - Protestó Yvette. – Hago yo eso y me suspenden un mes.

- Ya, pero nosotros somos veteranos, y somos imprescindibles. Turk necesita músculo para imponerse. Los trajes, los coches y las pistolas dan miedo, pero necesitan alguien capaz detrás. – Intervino Harlan, que vigilaba de reojo a los críos mientras iban a por helados.

- Eso os pasa por ser funcionarios. No como yo, que trabajo en el sector privado. – Jorik se burlaba de ellos, aportando historias de bolas de papel y de lanzamientos de tizas a sus peleas y tiroteos.

- Tío… - Dijo Kurtz. – Algún día vamos a ir todos a tu clase y vamos a meterle tanto miedo a esos pequeños cagones que van a estar tiesos hasta que acaben la universidad.

- No te mates, Jonás. Para eso ya viene una capitana de SOLDADO todos los años, a dar una charla de seguridad y educación vial. – Yvette se rió, mientras Kurtz murmuraba un “¡joder como odio a los maricones esos!”.

- Está bien… Pero creo que la charla de prevención contra las drogas sería más efectiva si nos ocupásemos nosotros. – Dijo Harlan. – Al fin y al cabo, nosotros también somos padres preocupados…

- Padres preocupados con escopetas. – Svetlana terminó la frase, chocando la mano con la de su compañero.

Mientras hablaban, entretenidos, los chavales volvieron y Grace venía con ellos. Tironeó de la mejilla de Yvette, al descubrir que la joven había pagado la cuenta a traición. Esta se contuvo un “¡jódete, soy rica!” cuando vio que Grace estaba comiendo un helado y había traído otro para ella. Vio a los chavales y entendió el mensaje: “Si Yvette lo come, yo también, que quiero estar igual de buena”. Los ojos inocentes de Amira, la hija de Harlan y Grace, la miraban expectantes, mientras su helado permanecía intacto en su mano.

- ¡Vámonos! ¡Hay partido, y aprovechemos que ayer acabaron el montaje del cañón para tener un día sin ruidos! – Propuso Jorik.

Todos empezaron a caminar hacia la puerta, quedándose Harlan y Jonás al final. Kurtz estaba sacando un puro de su cazadora y Harlan poniéndose las gafas de sol.

- Jonás, acuérdate: A las once de la noche en San Justo. La puntualidad es vital. – Subrayó su compañero.




Era una noche fría, pero ideal para rondar los alrededores de un cementerio. Harlan supo que su amigo había sido puntual, al ver que el único coche que había en el aparcamiento cuando él llegó era el suyo. Se puso su levita y fue hacia la puerta del viejo Supreme.

- Hola, Har. – Sonrió Jonás desde el asiento. – Tres cafés: Uno negro con azúcar para ti, con leche y cargad para mí y uno sin azúcar y con “edulcorante”. – Dijo mientras daba un par de toques en su pecho, haciendo sonar la petaca metálica que llevaba en el bolsillo. – Harlan tomó el suyo en silencio. En la otra mano portaba una bolsa con una botella de ron y otra de contenido rojo, y llevaba una pequeña bolsa de gastado cuero marrón colgando del hombro por un cordel. Se puso su chistera y se adentró en el umbral del cementerio de San Justo.

Cuando Kurtz siguió sus pasos, al cruzar la entrada de acero forjado, sintió como si su cuerpo se aligerase. Turco de día, por las noches su amigo se convertía en el sacerdote Hana Garu, protector de almas y guardian del último cruce de caminos.
Caminar tras él en un cementerio, era como internarse en otro mundo. De repente, la luna era visible más allá del borde de la placa. Llena y sonriente, como una extraña calavera. Tenía los dos cafés sujetos con ambas manos, con miedo a que se le cayesen. Los pies de Harlan sonaban como golpes en la gravilla, en el silencio reinante, y su silueta era lo único que era capaz de ver en la oscuridad, recortada por el resplandor de la linterna que portaba. Los pasos se detuvieron, y Jonás también lo hizo. Sentía la boca tremendamente seca, y el vacío de la inquietud en el estómago, apretando como una garra helada.

- Siéntate, Jonás. – Dijo el sacerdote, mientras se ponía una chistera. Le dio la espalda y empezó a pintarse la cara usando los dedos. Cuando volvió, había una calavera blanca sobre su rostro negro como el ébano, que le sonreía de forma espeluznante. Kurtz creía oír tambores. Siempre tenía estas extrañas sensaciones de delirio. – Siéntate y apoya la espalda en el reverso de la lápida. – Kurtz obedeció. Sus pasos eran lentos y titubeantes. Sintió la tierra, húmeda bajo él. Sintió la piedra helada en la espalda. La hierba a su alrededor se revolvía, como si hubiese serpientes recorriéndola. El sacerdote se agachó ante él. Tenía las manos manchadas de sangre, y un puñado de plumas negras en una de ellas. Con la otra tomó un puñado de barro. – Sangre y plumas de un gallo negro, y tierra de camposanto en la primera luna fría del año. – Dijo mientas mezclaba todo. Lo puso en su mano izquierda y con la derecha untó la mezcla en el las manos y rostro de Kurtz. – Dedos para tocar. – Dijo al cubrir sus manos. – Orejas para oír, boca para hablar, nariz para oler, y ojos para ver al que acuda a tu encuentro. – El resto de la mezcla fue esparcido sobre la parte superior de la lápida en la que estaba apoyado Jonás. – Ahora cierra los ojos, Jonás Kurtz, y espera a ser llamado.

Kurtz obedeció. Tenía una sensación de quemazón en la cara, no en la piel, sino en su interior. El frío que emanaba de la lápida se extendió por todo su cuerpo, menos en su cabeza y sus entrañas, donde el calor del ungüento extendía su efecto ardiente. Los silencios del cementerio se incrementaron, con el rumor del aire de la noche entre las lápidas, haciendo danzar la hierba.
Su boca estaba seca, y olía a tierra húmeda y removida. Kurtz apretó los párpados, esperando, y entonces oyó la llamada. Era como si alguien aporrease la lápida desde dentro. No la sintió moverse, pero el ruido de cada golpe sonaba como un pesado llamador de bronce en una casa vieja y vacía. Golpes pesados, distantes y atronadores, como el sonido de un ataúd al cerrarse. Tres golpes. Kurtz abrió los ojos.

- Te he echado mucho de menos este año, amigo mío.

- Yo también, Donald. Yo también…

Kurtz se levantó, sonriendo mientras se preguntaba que decir. Llevaba toda la tarde intentando descartar temas de conversación, pero le era imposible. Primero quería hablar de todo, y ahora no le salía nada.
Esa noche, al igual que cada primera “noche de luna fría” del año, Harlan hacía uso de sus malas artes por media hora de conversación con Donald Krauser, su difunto mentor y rescatador. Donald se presentaba con el aspecto saludable que había tenido en vida. Harlan le explicó a Kurtz que cada uno aparecía como se veía, o como se había sentido en su mejor momento, y su amigo había tomado la del inspector de policía de treinta y pocos que acababa de ser padre por tercera vez. Vestía una camisa blanca, con el cuello abierto, con una chaqueta sujeta bajo el brazo. “El frío es para los vivos”, había explicado. A Kurtz se le hizo muy rara la primera vez que paseó junto a un Donald Krauser fantasma que aparentaba tener su misma edad.
Esa noche, como cada año antes, Krauser tomó el café que era para él.

- ¿Andamos? – Propuso el fantasma. Kurtz asintió. Sus pasos nunca emitían sonido alguno, y su cuerpo emitía un tenue resplandor azul al rozar la gravilla.

- ¿Qué te ha parecido este año?

- Estoy contento con lo que has hecho con esos chicos. Solo espero que no conviertan en costumbre lo de ayer.

- Casi me alegro de que no tengas que vivirlo…

- Pero lo veo, Jonás. – Dijo Krauser pesaroso. – Veo cada escena y cada falta de respeto. Veo a esos chavales que no son más que delincuentes del sistema, meándose en la gente a la que tienen que proteger. Veo a tus superiores, puteándoos porque saben que sois más aptos que ellos, y lamiendo culos para conservar su sitio y su título. Veo los problemas en los que te has metido y como has salido de ellos. Y me jode no poder hacer nada…

- Donald… Estás muerto. – Kurtz no quería hablar de novatos, ni de sus mierdas. - ¿Sabes? Siempre creí que de haber un paraíso, tú deberías estar en él.

- Chaval, mi paraíso es este: Preocuparme por Rosemary, por Donald jr, por Curtis y por Maggie… Y por ti, pedazo de cabrón, y por esa belleza de ojos rasgados que sigue soltera. ¡Jonás, eres tan tonto que cuando murió el mandril del zoo debieron ponerte a ti de sustituto! ¡Solo sirves para hacerte pajas y lanzar tus propias cagarrutas a la gente!

- ¡No me jodas! ¿Vale? ¿No te suena “me follé a Wutai como si fuera una puta de medio gil y dejé sus restos en llamas”?

- ¡Ella te quiere, maldito payaso! ¡Y si fueras un tío con dos cojones, esa mujer tendría un anillo y estarías con ella en las clases pre parto, en lugar de estar bebiendo cervezas y viendo la tele! – Se formó un silencio tenso, solo interrumpido por los pasos de Kurtz en la oscuridad.

- Así que tú ibas a las clases de preparación al parto, ¿eh? – Donald se detuvo en seco. No se había ofendido, pero tampoco se había tomado la pulla a broma.

- Hijo… Ser padre es lo más grande. Es tan grande que cuando tengas a tu hijo en brazos, no tardarás ni dos segundos en tener la cabeza llena de pájaros acerca de cómo lo vas a educar, que va a ser de mayor y como le enseñarás a dar un buen derechazo. Y a ti te queda poco para descubrirlo.

- Si sobrevivo… - Krauser sonrió.

- ¡Eres la hierba más mala que he visto nunca, Jonás! ¿No te dije que me entero de todo? ¡Te he visto hace apenas una semana sobrevivir al francotirador mariquita ese!

- Tú me dirás si alguien me quiere por ahí…

- Jonás… Eres un hombre justo. Otra cosa no, pero eso sí que lo he logrado, y los que son como tú siempre tienen quien cuide de ellos. – Aseguró el fantasma, guiñándole un ojo.

- Ya, claro… Ya veo como te fue a ti.

- Después de todos mis años de servicio, morir con la familia, en lugar de ser tiroteado en un supermercado, o devorado por alguna de las criaturas que recorren esos vertederos de los suburbios, no es tan malo. – El vivo asintió, concediéndole el punto. – Pero deja eso, que hay poco tiempo. ¿Qué tal todos? ¿Sveta?

- Bueno, ya no tiene tantos piques con Jorik, y hasta se lleva bien con Yvette.

- Buena chica esa Yvette… Que tenga cuidado con el rubiales.

- ¿Sabes algo de él? – Kurtz tenía curiosidad. Seguía preocupado por que alguno de sus ex compañeros no quisiese dar el tema por zanjado.

- No puedo saber nada. Sea lo que sea ese crío, han usado mako de una forma muy extraña con él. Quizás habrías podido enderezarlo… Pero no te culpes. Yo habría hecho igual.

- Gracias, Donnie.

- De nada, chaval. – El fantasma dio un sorbo a su café, Kurtz ya ni se preguntaba cómo, aunque le hacía gracia que el gusto por el vodka fuese más allá de la propia muerte. – Piensa que si la cosa salía mal podrías perderlo todo. – El turco vivo miró a su amigo con una cara de dignidad herida. Sabía que si llegase de nuevo esa pelea, el resultado volvería a ser incierto, especialmente ahora que Paris había aprendido unos cuantos trucos, pero se negaba a apostar contra sí mismo. – Hablo en serio. Tenemos poco tiempo, por ahí viene Harlan, así que abre tus putas orejas y escúchame, ¿vale? – Eso tenía que ser muy importante para que Donald usase ese lenguaje. – Mañana madrugas. Te pones guapo y apareces en casa de Aang, ¿y sabes que vas a decirle?

- ¿Qué me voy a casar con ella? – Rió Kurtz. – Ya lo sé, Donnie… ¿Y cómo se lo digo? ¿Cómo en las pelis? ¿Sigo la forma tradicional de Wutai, llamo a su familia y les regalo ganado?

- No me importa una mierda, Jonás, pero hazlo. Recuerda que cada segundo cuenta. – Mientras hablaba, su índice se vio translúcido en la luz rojiza que manchaba el horizonte como una herida sangrante. Los ojos de su ex compañero se abrieron como platos al interpretar el mensaje. – Las cosas van a ir a peor, hijo… - Jonás asintió.

El turco aún estaba asimilando lo que acababa de oír, cuando llegó Harlan, aún con el rostro pintado. Se quitó la chistera y ofreció una mano negra con el dorso pintado simulando huesos.

- Don…

- Padre Harry… - Respondió el fantasma, con amistosa sorna.

- ¿Es tan difícil llamarme “Har”? – Protestó el sacerdote.

- Después del susto que me llevé al creer que estaba descansando en paz y encontrarme con que tus brujerías eran ciertas…

- Muchas tienen algo de cierto. Yo simplemente muestro las cosas a través de un velo.

- Un velo que me deja apestando a sangre y barro… - Puntualizó Kurtz. – ¿Si todo tiene algo de cierto, no me podrías recomendar algo distinto?

- ¿Prefieres sacrificar animales? ¿Automutilarte? ¿Tomar drogas alucinógenas?

- ¡Ni de broma! – Interrumpió Krauser. – ¡No te imaginas lo inaguantable que era este bastardo cuando tenías que aguantarlo pasado de cualquier mierda! – Kurtz se sumó a reír la pequeña broma a su costa. Años atrás le parecían molestas, pero acabó por comprender que su ex compañero las hacía para demostrar que su mala época había quedado atrás. – Dime, Har. ¿Qué tal la familia?

- Amira está empezando a mostrar algunas aptitudes, así que es posible que algún día te pille curioseando por casa, y Rubanza está hecho un león. He de buscarle algún deporte. En cuanto a Grace, sigue siendo tan guapa como siempre.

- Tú también estás en el ajo, ¿no? – Preguntó Kurtz a Harlan. – También quieres bodorrio.

- Jonás… Hijo… Tú sabes lo que es que tu corazón no sea tuyo, ¿no?

- No te pongas ñoño, viejo. – Dijo Kurtz, intentando cortar el tema. – No te pega en absoluto.

- Piensa lo que quieras, chaval, pero mírame y no me olvides: Por la mujer adecuada, uno renuncia hasta al cielo. – Harlan asentía a su lado.

- ¿Queréis comentar algo más? Ya casi se ha acabado el tiempo.

- Sí, y va para los dos. – Dijo el fantasma. – Tened cuidado con esos novatos: Son más peligrosos de lo que aparentan, y si las cosas se salen de madre, no van a ser ellos quienes se coman el marrón. Sigo orgulloso de vosotros, protegiendo la ciudad a pie de calle. Y tratad bien a los nuevos: Kaluta, Adalia y Maravloi. Harán bien su trabajo, pero no dejéis que se desmadren demasiado…

- Joder, Donnie… ¡Pareces mi madre!

- El juego. – Recordó Harlan. - ¿Por quién quieres apostar esta vez? – El fantasma se quedó pensativo unos segundos.

- Ese chaval, Jackson. – Dijo tras una duda muy breve. – He visto que llegará lejos. – Dijo mientras sonreía a Kurtz, que le devolvió el gesto. Ahora ellos tendrían que apostar en el siguiente combate que tuviese Henton, y comprarle algo a Rosemary con las ganancias. Era lo que dictaban la costumbre.

- Todo dicho entonces… Es la hora, Donald. – Dijo el sacerdote. – Toca despedirse.

El fantasma asintió y se volvió hacia su pupilo. Para él, Kurtz era un hijo. Cuando lo conoció era un joven capaz de cargarse a cincuenta con un cuchillo de postre, y dispuesto a hacerlo a la menor provocación, y había hecho de él un hombre decente. Donald jr, Curtis y Maggie habían dado sus problemillas, pero hacer alguien decente de alguien tan violento, hostil y mentalmente destrozado como Kurtz era lo que, según decía, le haría ganarse el cielo.
Krauser avanzó con sus pasos silenciosos y abrazó a Kurtz, que podía sentir como se desvanecía la magia, a medida que el cuerpo de Krauser se iba convirtiendo en un frío vacuo.

- Un vodka cojonudo… Pero el año que viene tráeme la foto de la boda o te va a venir a aguantar el fantasma de tu abuelita.

- Joder con el tema…

- Hasta el año que viene, chaval… No intentes verme antes, ¿vale?





El local se llamaba “Goldfish”. Era un antro de mala muerte, de apuestas ilegales y trapicheo en un barrio de mala muerte, en los suburbios del sector cuatro. En la madrugada del viernes al sábado, a las cinco de la mañana, todos los clientes eran habituales del local, a los que se dejaba pasar cuando el resto del público se encontraba una verja cerrada. En su mayoría, eran de una pandilla de barrio. Simples delincuentes, aunque con poco miedo a mezclarse en delitos mayores.
El asalto fue torpe, caótico y brutal: Gas lacrimógeno y granadas aturdidoras, seguidas de una entrada a culatazos y armas blancas. Se lanzaron hechizos de confusión y freno, que aumentaron el caos para los defensores. Estos, impotentes, no podían sino intentar defenderse de un grupo de turcos que se movían el triple de rápido que ellos.
Se les apaleó a todos, pero los mejores tiradores de la unidad, no participaron en la paliza. Estos, entre los que estaban Kaluta y Gertschen, se dedicaron a cubrir a sus compañeros, abatiendo con certeros disparos a cualquiera que sacase un arma, o tan solo aparentase hacerlo. No iba a haber concesiones de ningún tipo. El propietario de local, su novia y un par de camellos fueron arrastrados por las malas hasta el centro del local, donde recibieron el mismo trato que habían recibido los tres difuntos novatos. Punto por punto: La paliza, la tortura y el tiro final en la cara. Seis de los novatos cometieron esa parte de la venganza, mientras que el resto se aseguraban de que ninguno de los presentes apartaba la mirada. El sargento, famoso por sus maneras brutales, dio orden de dispararles a todos los demás en las piernas. Luego se juntaron varios para arrastrar una nevera y bloquear la puerta con ella, de modo que ninguno de los heridos pudiese salir.
Estos estaban confundidos. Estaban heridos, y sangrando. Algunos de ellos habían sido alcanzados en la arteria femoral. Mientras algunos se esforzaban en vano por intentar salvar la vida de los tres ejecutados, el resto se dedicaba a gritar de dolor y suplicar por ayuda.

En el exterior, el sargento eligió a unos cuantos de los novatos. Les tendió granadas de fósforo blanco, a las que llamó “whiskey papa”, y estos entendieron las ordenes sin que hubiese que decirlas.
El bar, edificio de dos plantas, ardió como una maldita pira funeraria. Un funeral vikingo para tres aprendices de turco que durante un periodo de instrucción de dos semanas creyeron ser dioses, pero olvidaron en ello que eran demonios. El poder es parecido, pero la diferencia es que los mortales no te adoran, y te derribarán a la menor oportunidad.
Los diecisiete restantes vivían para aprender una lección que costó la vida a tres de sus compañeros y quince personas más. Eso es lo que supone ser turco: La ley es un pretexto, la cuestión es imponer el orden. Pueden salir de fiesta, posar para las revistas de famoseo y meterse coca con van Zackal junto a ricas herederas, actrices porno, estrellas del pop y gurús de la moda. El uniforme sirve para dar miedo, pero lo realmente importante debe ser el arma en la mano.

lunes 1 de febrero de 2010

201

Ya me estaba vistiendo cuando el sol apenas se dignaba a romper la barrera del horizonte con una fina explosión que convertiría la noche en un espectáculo cárdeno. No había conseguido dormir, aunque tampoco me esforcé en intentarlo. Sábanas viejas, frías, amarillas, una almohada hueca en el centro, un colchón que se hundió en cuanto me apoyé un poco… ¿Qué te pasó padre? Esa no era la cama de alguien que vino a Midgar a hacer fortuna y hacer feliz a su familia, esas eran las sábanas con las que saliste de Costa del Sol y que te arropaban ajenas al mundo exterior.

Sí, mi padre era carpintero, un oficio humilde que elevaba a su máxima categoría esforzándose como ninguno, sin ganar dinero como todos. En su monotonía preparaba marcos de puertas, grandes tablas, en su artesanía hacía cosas como el reloj de arena que ahora reposaba encima del televisor.

Llegó una guerra y él se fue con ella, arrancándole lo que yo más apreciaba, su gusto por la vida cómoda, sencilla, sin preocupaciones, su buen humor. Volvió con el rostro hundido por algo más que la delgadez, extrañamente silencioso y sin ganas de crear sus pequeñas maravillas de madera. ¿Qué te pasó allí? Decía mi madre por la tarde cuando los tres nos sentábamos frente al televisor. No me preguntes por ello, jamás. Contestaba él con una fiera chispa de locura en los ojos.

Luego, un día, cuando yo cumplía diecisiete, se marchó.

Y ahora, sus únicas palabras después de aquél día, me venían a través de una carta que apareció en lugar de su cuerpo aplastado.

Me puse una camiseta negra, que ya me quedaba pequeña dos años atrás, y el abrigo para salir a la calle antes que el amanecer, cruzando las húmedas paredes del piso sin girar el cuello, sin dirigir la mirada a ningún objeto, sin querer ver la carta que reposaba junto al reloj de arena.

Era una costumbre de mi padre, todavía me acuerdo perfectamente, comprar el periódico a primera hora y leerle tranquilamente en su bar de siempre, tomando un café.

Nada más salir del portal, busqué con la mirada el bar más cercano, del que mi padre se habría convertido seguramente en parroquiano. La luz artificial a través de dos grandes cristales todavía llamaba la atención en la penumbra de las calles, reclamandoa los madrugadores en el preludio del amanecer.

Ese tenía que ser, en la acera de enfrente, haciendo esquina a escasos metros. Crucé la carretera con el cuello hundido en el abrigo y empujé la destartalada puerta, de dos sucias piezas de cristal.

-Buenos días- me dijo el dueño, que todavía estaba bajando taburetes de la barra- ¿Qué te pongo?

-Un café con leche- le contesté sentándome en uno que yo mismo bajé. La verdad es que agradecí esa cortesía de reglamento, esas pequeñas frases que todo camarero debería recitar siempre, esa simpatía que, aunque falsa, me hizo sentirme más a gusto.

-Vas a tener que esperar unos minutos…La máquina es una antigualla y aún no se ha calentado lo suficiente.

Así que esperé los minutos de rigor, observando cómo aquél hombre con delantal negro, delgado y con perilla oscura ejercía su rutina con un ánimo estoico, aunque la mitad de las sillas estuviesen cojas y dos bombillas fundidas. Él seguía adelante, pasando la bayeta por las tres mesas que había pegadas al cristal, con pegajosos círculos de refrescos. Supongo que te terminas acostumbrando, pensaba mientras le miraba, será concienciarse de que te podría ir peor, de que podrías haber acabado aplastado bajo el sector siete como mi padre…

El café llegó humeando, con una cucharilla y un sobre de azúcar. Me echó un chorro de leche y le pagué.

-Gracias- él se dio la vuelta y metió las monedas en la caja registradora.

-No me suena tu cara…-me dijo apoyando los brazos en la barra- ¿Eres nuevo en esta pocilga?

-Se podría decir que no soy ni nuevo- tenía ganas de hablar con alguien, de dejar de pensar en mis tormentos pasados y presentes, así que entablé conversación con él – Vine ayer mismo desde Costa del Sol…

-Joder, casi nada… ¿Y cómo es que has venido? Con el calorcillo que hace allí…

-Mi padre murió y…

-¡Oh, lo siento!

-No pasa nada, el caso es que…

En ese momento se abrió la puerta y los dos miramos hacia esa dirección, contemplando a un gran hombre trajeado, silbando totalmente risueño una canción.

-Buenos días Richard- Saludó el dueño. Por lo visto era un cliente habitual.

-Sí, porque no… Aunque como sea verdad lo que dicen, tened preparado un bote de pastillas para el dolor de cabeza- el nuevo cliente se sentó a mi lado y cogió el periódico alzando las cejas.

El camarero debió ver mi gesto de confusión y rió con suavidad, dándome la espalda de nuevo y apretando un interruptor junto a la cafetera; Ya entraba suficiente luz en el local y las bombillas eran innecesarias.

-Lo que Richard quiere decir es que se rumorea que hoy van a colgar ese maldito cañón gigante.

Joder se rumorea dice! Mira- y enseñó un artículo del Midgar Lights con una imponente fotografía panorámica de los andamiajes- Como se caiga ese jodido tubo nos vamos a reír todos de lo que pasó en el sector siete…

Esa frase sentenció la conversación, un comentario que sólo pareció afectarnos al camarero y a mí, detalle que percibió el tal Richard y agachó la cabeza enfrascándose en la lectura del periódico.

Claro, como no, no hacía falta más que verle, un hombre dentro de semejante traje no podía vivir bajo la placa… Y esa gordura, desde luego que no se correspondía con los sueldos que se repartían allí abajo. Ya me había jodido la buena mañana, la buena impresión de aquél bar, humilde, siempre ajetreado. La gente sobre la placa no debería bajar para fardar de su fortuna, de lo fácil que es la vida para ellos, de todo lo encima que están de nosotros. Esas ideas me pasaban por la cabeza entre sorbos de café amargo, yo, que llevaba día y medio en Midgar.

-Perdona…- continuó el dueño del bar secando un vaso con un trapo.

-Oh, sí…- disimulé dando otro trago de café. Claro que sabía que aquél jodido adinerado me había cortado la conversación- Es que mi padre vivía por aquí y tenía la costumbre de tomar un café a primera hora, a lo mejor le conocías…

-Pues a estas horas sólo vienen dos personas, el que tienes aquí…

-Richard Blackhole- se autopresentó ofreciéndome la mano. Yo acepte el saludo por educación.

-…Y Callisto. Pero hace mucho que no viene ya por aquí.

- Es cierto- añadió Richard- ese cabrón solía quitarme el Lights de las manos.

-¿Con barba y una cicatriz en el tabique nasal?- pregunté esforzándome en imaginar su cara, más envejecida y chupada que la última vez que la vi.

Entonces recordé aquella descuidada cicatriz en su nariz, un día en el que yo apenas tendría seis años, un día de sol y cielo azul, sin nubes que distrajeran la atención de un monótono tapiz. Mi padre cogía una piedra lisa y la lanzaba con fuerza. Botaba una, dos, tres, cuatro… A veces incluso perdía la cuenta totalmente concentrado en el vasto mar. Estaba ofuscado, enfadado, cabreado de que a mí no me saliera, pero tan lleno de orgullo y admiración hacia él y su risa inocente que no me cansaba de intentarlo. Encontré la piedra perfecta, plana como ninguna. Empecé a dar vueltas sobre mí mismo, como si la fuerza me ayudase a hacer que rebotase diez, cien, mil veces sobre el agua. Ya me estaba mareando, no calculé el momento de lanzarla y el resto de la historia culminó en el hospital con dos puntos y una aterradora aguja de antitetánica que inyectó todo mi sentimiento de culpa en las napias de Maximilian White. No pude evitar reírme levemente allí, en el bar.

-Ese mismo.

¡Pero eso no hace más que enrevesar las cosas! Grité para mis adentros. Un padre que muere sin cadáver y que encima se ponía el sobrenombre de Callisto… Y para colmo estaba esa dichosa carta…

-Bueno, ponme un whiscazo- dijo Richard golpeando la barra con la palma de la mano. Ese “whiscazo” fue respondido con una “propinaza”- ¡Va, qué coño, pon una ronda! Total, no sé cómo va a acabar el día…

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-No podrían haber cambiado un poco las cosas no…

Me entretenía resoplando y formando vaho en la ventanilla, con el codo apoyado en el reposabrazos y una mejilla pegada al frío cristal.

-¿Qué dices ahora?- gruñótoole sin mover un solo músculo en su asiento de conductor, dirigiéndome una mirada iracunda a si acompañante, en los asientos traseros- ¡Y quita los pies de ahí joder!

-Es verdad, lo siento, que te puedo pegar la putitis

De las escasas veces que había coincidido con O’toole, Yief ya había sacado la conclusión de que nunca le tragaría, que nunca nos llevaríamos bien. Claro, él es un putero, camello y coleguilla de Tombside y yo no soy nada.

Sólo quería salir de la cárcel, lavar mi cara, tanto la pública como la física, consolidar de una puta vez la cómoda vida que todavía no había podido saborear. Una tarde tranquila de domingo, música de fondo… O tal vez una película. Lucille y yo tumbados en el sofá, abrazados, sin una muestra más grande de amor que el permanecer callados, grabando ese pequeño y simple recuerdo en nuestra mente…

Pero claro, era salir de la cárcel y saber que Blackhole tenía a Lucille, que me había ofrecido ir a recuperarla yo mismo, que todavía tenía ganas de seguir jodiéndome la vida, mis sueños de una tarde de un domingo cualquiera. ¡Por no hablar del otro tema! También era salir de la cárcel y saber que una jodida caja negra, escondida vete tú a saber dónde, me ligaba todavía a una gilipollez de enormes dimensiones, a un accidente y un pensamiento en voz alta en las puertas de un hospital, que picó el hormigón de la carretera que era mi destino y construyó un looping para acabar ayudando al peor homicida de la historia de Midgar.

A lo primero ya me había concienciado, voy a por Blackhole, le pregunto un par de cosas, me lo cargo y vuelvo a casa con Lucille como un héroe de videojuegos, a sentarme en el sofá y ver una película.

Pero tenía que estar mi novio, como dijo el turco idiota que me quitó las esposas, el colega hipocondríaco de Tombside para darme la bienvenida y ordenarme entrar en el coche porque “tenía órdenes secretas”.

-Que estoy hasta los cojones, eso digo… Además,- dije quitando los pies del la imitación de cuero- ¿Tú no tenías un coche más grande que éste?

-Mira, mientras tú has estado en tu nidito de amor con barrotes fuera han pasado cosas. Cosas que me ponen de mala hostia como lo de mi antiguo coche.

-Vale, vale, ya capto el mensaje- eché los brazos sobre el respaldo del copiloto- Tuerce en la siguiente calle a la izquierda.

toole se rió bajo la ridícula mascarilla, golpeando el claxon con el puño y llamando la atención de los transeúntes del sector 5, con una luz matinal que llevaba poco tiempo sobre el cielo.

-Esto no es un puto taxi chaval. Si he ido a recogerte es porque tienes cosas que hacer y…

-No- le interrumpí yo- ya te dije que primero tengo un asunto pendiente, así que tuerce a la izquierda en la siguiente calle.

El putero se giró en el asiento y me miró con una cara que parecía estallar de un momento a otro, pero sin apartar la mirada del semáforo con su bombilla roja aún encendida.

-Mira, tú y yo sabemos que nos caemos como el culo, pero no estás en condiciones de exigir nada y menos aquí dentro, que es mi coche.

-Ah, que ese es el problema, entonces tranquilo.

Realmente no puedo decir que no estuviese disfrutando con aquello, era cierto morbo que me gustaba, cabrear de esa manera a un tío más grande que yo, a un proxeneta que se la sudaba todo pero que había desarrollado una habilidad increíble para esquivar los ácaros que flotan en el aire.

Dicho aquello abrí la puerta y salí del coche, di unas palmadas al capó de su Shinra Levrikon y avancé a pasos cortos hasta alcanzar el paso de cebra que había a unos metros. Poco tardé en oír la puerta del coche abrirse y el ligero pero totalmente reconocible sonido de una pistola apuntándome. Situación peligrosa, sí, pero yo sonreía de espaldas a él, porque había actuado tal y como yo pensaba.

-¡Me cago en la puta, ahora por mis cojones vas a entrar en el coche y vas a ir donde yo te diga!

-Te repito que antes tengo que hacer una cosa, ¿qué mas te dará…?- su Rhino me apuntaba al pecho, pero era simplemente eso, un cañón amenazante- Entra y déjame en paz un rato, el semáforo ya se ha puesto verde.

En efecto, la luz había cambiado de color y el Levrikon de O’toole estaba desocupado, formando un atasco bastante considerable y una orquesta improvisada de cláxones de diferentes tonos.

-¿Te crees que por haber intimado con…- se mordió la lengua en el último momento, consciente de lo que aquél nombre acarreaba en la sociedad- y tener una jodida cajita negra te hace que los demás no te puedan tocar el pelo? Pues estás muy equivocado, entrá de una puta vez o la primera bala irá a la garganta.

-¿Recuerdas lo que me dijiste al salir de los calabozos?- asalté de nuevo- “No te puedo matar de momento, de momento…”

Me di media vuelta y me despedí agitando la mano, sólo para oír cómo el gatillo de una pistola era apretado una vez, otra, pero sin salir bala alguna. O´toole, con cara de gilipollas, aulló con un cabreo monumental.

-Dejar la pistola en el asiento del copiloto no ha sido una de tus mejores ideas, ni siquiera te has dado cuenta de que te he quitado la munición cuando me he echado hacia delante. Así que ahora sí, señores, Yief se marcha… Y no intentes seguirme o la primera bala irá a la garganta gracias a la pistola que me regalaste antes.

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Alexandre esperaba en las calles del sector 5, sentado sobre el respaldo de un banco de madera y escuchando su grupo de punk de Wutai a través de unos grandes auriculares que le amortiguaban del ruido; unos pantalones vaqueros desgastados con un par de rotos y una camiseta blanca ajustada.

Movía de manera inquieta la pierna derecha al ritmo de la música, pero de un modo instintivo, alejado y ausente del fuerte sonido de la batería. Estaba claro que se encontraba nervioso, que lo que iba a ocurrir aquella noche sería complicado y además no estaba convencido del todo.

Sacó de uno de los bolsillos un sobre de su marca favorita de tabaco y con la habilidad que le habían dado los años de fumador se lió un cigarrillo en cuestión de segundos. Sacó un bolígrafo del otro bolsillo y escribió en el papel “Por Lucille” para prenderlo y exhalar una larga bocanada de humo. Justo apareció Yief a paso rápido por una calle paralela, haciéndole señas con la mano. Alex bajó del banco con un brinco y se echó los auriculares al cuello, esperando a que el otro cruzase un paso de cebra.

-Ya estoy aquí- dijo Yief a secas, con aire distraído, como si no estuviese frente al hombre que causó sus días de reclusión- ¿Vamos?

Alexandre no contestó, pasó a su lado y abrió su coche con el mando a distancia. Era un vehículo antiguo pero elegante, con un diseño aerodinámico y redondeado, con un color cenizo y apagado. Ambos entraron y el pintor puso en marcha el motor, con un sonido limpio y potente.

-Dos manzanas más y ya estaremos allí, no queda muy lejos… Me gusta tu coche- añadió Yief contemplando la tapicería de color blanco- No entiendo mucho de coches y nunca me han gustado pero este tiene algo especial ¿De donde lo sacaste?

-Lo siento pero no lo entiendo…- Suspiró Alex- Todavía no me fío de ti y el hecho de que trabajemos juntos…

-Hombre, yo no lo llamaría trabajar.

-¡Déjame acabar! Digo que los dos queremos salvar a Lucille, así que sería estúpido que me estuvieses mintiendo, pero por mi culpa Turk te cogió y hoy llegas como si nada hubiera pasado y fuésemos amigos de toda la vida… ¡No me cabe en la cabeza!

-Digamos que hay cosas en mi vida que quiero tomármelas de otra manera, con vistas al futuro. Pienso que todo esto se va a resolver, que volveré a estar con Lucille mañana y que tú te convertirás en un buen amigo y vecino. Tal vez sea una manera de engañarme a mí mismo, pero me da igual.

Un breve silencio indicó que Alex trataba de comprenderlo, que era un argumento pobre pero con cierto sentido, pero que aún así no le entraba en la cabeza. Se encogió de brazos en señal de resignación y continuó con la conversación anterior.

-Este coche ya lo tenía mi padre cuando yo era pequeño y por aquél entonces ya tenía piezas de otros vehículos más antiguos. Lo único que he hecho yo es cambiarlo por dentro, un lavado de cara al motor, a la suspensión… Esas cosas, ya sabes. Pero si quieres saber su nombre, yo a veces le llamo Revolver.

-Revolver…- repitió Yief como si le envolviese un halo de misterio- Dime una cosa- prosiguió sacándose la Rhino del pantalón- ¿Esta pistola es buena?

Esto es una broma, pensaba Alexandre, esto tiene que ser una broma. No llegaba a alcanzar cómo un hombre como él había acabado ayudando a Tombside, sin tener idea alguna de armas, ni de vehículos, ni de…

-Es bastante potente, pero tal vez algo pesada, sin contar que pierde toda la gracia que puede llegar a tener un revolver- explicó señalando a su par de Archer&Grossman que descansaban en los asientos traseros, cargados, relucientes, dentro de las fundas de un cinturón y con destellos propios de la materia que había encajada cerca de los tambores.

-Revolver…-repitió por segunda vez Yief.

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Satisfecho con el espectáculo televisivo que había sido la ejecución de Frank Tombside, Samuel se acercó a la barra del bar y pidió el segundo vaso de vermouth, por mucho que él dijese que llevaba siete. El camarero le atendió pasados diez minutos, totalmente ajetreado y con la frente sudada. Se lo sirvió con mala leche y le cobró de más.

-Hijo de puta, ya verás como te pille por la calle…- dijo en un tono de voz que solo él podía oír.

Se dio media vuelta y apoyó los codos en la barra, observando el panorama del bar. Lazarus y Axel hablando de sus típicas chorradas y de lo mucho que le estaba gustando al antiguo forense la carrera de bellas artes, un grupo de muchachas adolescentes que estaban dejando el suelo asqueroso y lleno de servilletas mojadas, un viejo que iba de vinos hasta arriba y se presentaba a las chicas de la servilletas… Una noche de alcohol en un bar que tenía por costumbre ser tranquilo. Salvo ese día, que cualquier persona con algo de dinero estaba dispuesta a gastarlo en una copa mientras vitoreaban las chispas que recorrían el cuerpo del homicida.

Entonces se dio cuenta de que el que estaba a su lado, con los brazos sobre la barra y la cabeza hundida, o se había dormido o había perdido en conocimiento. Su copa estaba llena de agua, lo que antes fueron hielos y un último trago de whiskey. Samuel le zarandeó pero no obtuvo respuesta así que decidió consultar al camarero.

-¿Y a éste que le pasa?

-Pobre chico, me da pena- dijo el dueño del bar con un gesto condescendiente, consciente de que tenía que hacer algo con él- Vino ayer desde Costa del Sol y ha perdido a su padre… Ha venido esta mañana prontísimo, se ha ido a comer a su casa y ha vuelto hasta ahora…No se cuánto ha bebido ya, pero…

-¡Bah, yo ya llevo doce de estos!

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De todas las cosas que había visto en mi vida, esa sin duda era de las más extrañas. Aparcamos cerca de la gran casa de Blackhole, blanca, proporcionada, de un estilo totalmente calculado y racional que le daba una presencia imponente y horizontal. Todas las casas de ese lugar eran grandes y ostentosas y se dejaban unos metros de distancia entre ellas, como si mantuviesen una tregua secreta sobre el grado de riqueza de cada dueño. La casa de Blackhole tendría unos trescientos metros cuadrados incluyendo el pequeño jardín que rodeaba al edificio, de tres plantas de altura. Y ese fue el primer sentimiento de inseguridad, esa sensación que se tiene en ciertas ocasiones cuando algo no va como hubieras planeado. Yo esperaba algo de vigilancia, dos hombres en la puerta o algo así, pero no había absolutamente nadie.

Pero eso no fue lo que me dejó alucinado sino lo que hizo Alex antes de salir del coche. Primero sacó de la guantera un pequeño estuche de cuero y calculó una dosis mínima de somnífero en una jeringuilla.

-Es una mezcla muy diluída, así que no creo que dure más de diez minutos- me explicó antes de inyectarse el líquido en el cuello, directo al riego sanguíneo- Cuando pasen diez minutos intenta despertarme.

Y en efecto pronto perdió el conocimiento, con la cabeza echada hacia delante y los brazos sin fuerza. Yo seguía allí sentado, como un gilipollas, y cuando pasaron los diez minutos que me propuso, empecé a zarandearle y a darle pequeñas bofetadas en la cara. Se despertó a los doce minutos llevándose la mano al cuello, allí donde se había pinchado, me miró enarcando una ceja y me ofreció la mano.

-Tu debes ser Yief- me dijo con un semblante algo más serio, propio de alguien que sabe mantener las distancias en todo momento- Lambb Schnapps, Alex ya me ha contado todo este embrollo, así que hagámoslo cuanto antes.

Nada más acabar de hablar, se partió de risa al ver mi desconcierto; desde luego mi cara tenía que ser de chiste, pero en aquél momento me sentía el objeto de una broma sin sentido e inoportuna.

-Ya veo…- dijo él girando medio cuerpo y cogiendo el cinturón con los revólveres- Siempre me toca explicarlo a mí.

Entonces me explicó lo de su trastorno, algo tan raro e increíble que aún todavía me resulta de locos, aunque lo haya consultado en libros. “trastorno de identidad disociativo” me dijo de un tirón, dos personalidades independientes en un mismo sujeto. Ya desde el principio se notaban grandes diferencias en cuanto a su carácter. Lambb lo llevaba bien, disfrutaba contándolo y más aún viendo las reacciones de la gente, pero Alexandre lo mantenía como un secreto, como algo que no aportaba ningún bien y solamente tocaba los cojones. Y eso me llevó a otra duda. Si Lucille estuvo saliendo con él, sabría algo o sólo conocería a una parte… Y si era así a qué parte…

Eso nos llevo otros diez minutos y cuando yo ya iba a abrir la puerta del copiloto, echó mano del estuche de cuero de nuevo y sacó una minúscula bolsita de plástico atada con una goma. La desató con cuidado y esnifó el fino polvo blanco de su interior.

-Anfetaminas- aclaró él con cierto cargo de conciencia- Lo hago cuatro veces contadas, cuando algún encargo es realmente importante- que esa era otra, resulta que Lambb era un asesino a sueldo que poca gente conocía, el solicitante con sospechosos contactos y la víctima- No puedo permitirme caer dormido de cansancio o inconsciente o algo así… Ese inútil de Alexandre es el que cuida mis pistolas, pero no tiene lo que hay que tener para usarlas.

Así que después de aquél disparatado capítulo, los dos salimos del coche. Yo portando la Rhino, temblando de arriba abajo pero decidido, y Alexandre, o Lambb mejor dicho, con sus dos Archer&Grossman y los sentidos alerta a causa de la droga.

Llegamos hasta la tapia sin problemas, nadie a esas horas deambulaba por las calles y menos aquél tipo de gente, que se sentían tranquilos en la reconfortante seguridad de sus casas. Primero me aupó Lambb para que alcanzase el borde del muro y luego yo le ayudé ofreciéndole una mano desde arriba. Saltamos al oscuro jardín, sin ningún tipo de luz adornándolo salvo en una pequeña y lejana fuente que había dejado de soltar su chorro a través de la boca de una pétrea quimera.

-Sin luces, sin seguridad… Esto no me gusta- dijo el asesino con una pistola en cada mano y con las dos cuchillas fuera de su compartimento.

Eso no era más que afirmar lo obvio y sobre todo cuando, avanzando casi a ciegas, nos topamos con una ventana en el lado oeste, abierta con unos cortinajes blancos.

-Me ha dejado el camino hecho…- pensé en voz alta. Pero entonces me fijé en un ligero detalle, en algo que, si no me equivocaba, podría darme algo de ventaja- Pero a ti no te espera, piensa que voy a venir sólo… Escóndete y ve cerca de mí.

-De acuerdo- aceptó él- Estás yendo a la boca del lobo, ten cuidado… Yo mientras intentaré buscar a Lucille.

Apenas tuvimos que levantar un poco las piernas para cruzar la ventana y ya estuvimos dentro. Nos vimos dentro de un austero baño, en el que solamente había un lavabo y una bañera. Abrí la puerta con extremo cuidado, intentando hacer el mínimo ruido, y nos adentramos en el interior de la verdadera cueva, un amplio pasillo con alfombra roja que daba a todas las habitaciones de la planta baja. Todas, cinco en cada pared y una sola con la puerta entreabierta, con la luz de una chimenea arrojando una enorme sombra y una suave melodía de una caja de música de fondo. Era como seguir un camino de migas y el panadero ya me había descubierto.

-Adelante Yief, te prometo que no te voy a hacer nada… Si tú tampoco haces nada.

Resoplé decepcionado, decepcionado por todo el tinglado que había montado para llegar hasta Blackhole a hurtadillas, para cogerle desprevenido en su propia casa, pese a que fue él el que me ofreció el envite cuando me visitó en el calabozo. Así que me guardé la pistola en la parte de atrás del pantalón, dije a Lambb con gestos que permaneciese escondido y decidí entrar a charlar con el cabronazo de Richard Blackhole.

Era una biblioteca enorme, grandiosa, con aspecto gótico que hacía que las llamas de la chimenea se reflejasen en los gigantescos ventanales. Justo en el centro estaba él, sentado en una de las dos sillas de terciopelo y moviendo papeles de un sitio para otro de una mesa baja de mármol.

-Siéntate-dijo con un acento extraño, con poca pronunciación.

-¿Estás borracho?- y ahí estaba yo, el momento esperado de mi cara a cara con Blackhole y haciéndole tal pregunta.

-¿Y qué si lo estoy? Siéntate joder.

Yo obedecí, lleno de una falsa valentía, de un sentimiento de superioridad al contemplar a un Richard aparentemente agotado, cansado, hastiado, borracho. Obedecí, me senté y le miré a los ojos.

-¿Dónde está Lucille?

-¡A la mierda tu Lucille! Ahora ella estará durmiendo tranquilamente a tomar por el culo de aquí… ¿Todavía no te has dado cuenta? ¿Tan ciego eres? Bueno claro, nunca has sido capaz de ver las cosas como son en realidad.

-¿A qué te refieres?- pregunté con un nerviosismo totalmente nuevo, como si hubiese algo oculto en todo aquello, algo secreto.

-Toma, antes de empezar con lo importante, esto es tuyo- me dijo sacando de su bolsillo una caja negra. La Caja, pensé ahogando un grito de sorpresa. Un asunto menos del que preocuparse. La guardé en el bolsillo del pantalón y miré a Blackhole, que también me ofrecía un taco de papeles- ¿Sabes qué son esos informes?

Yo miré las hojas llenas de números, balances y letras pequeñas sin entender nada. Entonces vi en la esquina superior derecha un logotipo inconfundible, tres curvas formando un volante, la fábrica de coches de Blackhole, la misma que antes perteneciera a mi padre.

-Las cuentas de la empresa que nos quitaste- le dije yo con un odio bullente.

-Fíjate en la fecha- me señaló con el dedo índice mientras se bebía media copa de whiskey. En efecto, la fecha cuadraba a los tiempos en los que mi padre seguía vivo y manejaba la empresa- Y Ahora fíjate en las ganancias.

Observé las hojas grapadas varias veces, tiempo que Richard aprovechó para cargarse otro vaso hasta arriba y dar un trago largo.

-¿Y bien? Espera, no me digas nada, déjame adivinarlo. Tú pensabas que tu padre estaba forrado, que siempre le había ido bien en los negocios, pero en esos papeles no hay ganancias ¿verdad? Hay un coladero descomunal y el dinero se desparrama en vete tú a saber donde. Tu padre se arruinaba Yief…

-Pero…- balbuceé yo sin comprenderlo.

-Déjame seguir a mí por favor- continuó con una pronunciación cada vez peor- Pensarás también que fui yo quién mató a tu padre, de hecho todas las miradas se dirigían hacia mi cuando ocurrió. Y entonces… ¿Qué interés tendría yo en cargarme a tu padre y quedarme con una fábrica que se iba a pique?-fui a decir algo, pero de nuevo me interrumpió- Muy sencillo Yief, yo no maté a tu padre… Imagínate, doscientos puestos de trabajo, todos ganando un sueldo decente y no se enteraron hasta dos meses después de declararse en bancarrota que su dinero se había esfumado en pagar las deudas de su jefe. Eso hace a doscientas personas en sospechosos del crimen.

-¿Pero como que en deudas? –no entendía nada, me encontraba hundido en el sofá orejero, pálido y desconcertado.

Sí…deudas. Deudas que nadie entiende. Tu padre hacía inversiones de lo más disparatadas y nunca hacía caso a ninguno de los socios, entre los que me incluyo. Inversiones disparatadas que acababan en números que no existían, en la apertura de cuentas bancarias en las que aparentemente no se ingresaba nada, en la incorporación de subcontratas… Estaba claro Yief, tu padre era un jodido corrupto y se le fue todo de las manos.

Hizo una breve pausa, intencionada, para saborear la victoria aplastante de su superioridad, de dar a conocer que él lo sabía todo sobre mi padre, que yo estaba justo donde él quería. Sacó un vaso de un pequeño cajón bajo la mesa y sirvió whiskey para mí.

-Bebe, lo vas a necesitar, esto no es lo gordo- hice caso sin apenas prestar atención al ofrecimiento, necesitaba el sabor del alcohol, el tacto ardiente bajando por mi garganta para deshacerme de la incredulidad- Bien, sigo… No quiero que te pase nada Yief, ha llegado un momento en el que eres importante para mí, por muy extraño que esto te parezca. Reconozco que soy un hijo de puta, un hombre que usa su dinero para vivir bien y aplastar a los que no lo tienen para reírme de ellos. Por consiguiente, soy igual de cabronazo a la hora de ayudar. Si no te has dado cuenta, hoy es el día en el que tu padre murió, hace ya doce años. Hace doce años que murió para unos pocos, sin rastro del desafortunado incidente, sin cadáver, con la única y escueta noticia de que se había lanzado al gélido mar del norte, sin poder vivir con el peso de las deudas. Eso fue lo que nos contaron a los más cercanos, a los únicos… Hace doce años y doce son las cartas que me han llegado desde entonces un día como este…

Ya sólo faltaba eso, el último mal trago, la última retorcida noticia, la que daría mil vueltas a todo lo anterior. Doce sobres en la mesa, con doce trozos de papel y veinticuatro fotos, dos en cada uno, una de una panorámica de la fábrica de coches y otra de un retrato mío de cuando era pequeño.

Cogí uno de los papeles con la mano temblando descontroladamente y eché un vistazo.

-Devuélvemelo, MV- eso es lo que decían todos y cada uno de los papeles. MV, Mieszko Vanisstroff.

Yief, le hice una promesa a tu madre- sería mucho más tarde, con la sensación de estar viendo una película , cuando recordaría que en ese momento Richard Blackhole estaba llorando sin control- Yo la quería mucho, la quería más de lo que tu padre la quiso jamás. Por eso cuando Mieszko desapareció la dije que la ayudaría, que cuidaría de ti. Entonces empezaron a llegar estas cartas, todos los años. ¡Y yo tenía miedo de ti! De que realmente tu padre no estuviera muerto y quisiese algo de ti. ¡Maldita sea, ese hombre era un monstruo con sus hijos! Mira lo que le hizo a tu hermano… ¿Lo comprendes ahora Yief? Por eso me quedé impedí que heredases la empresa, la saqué a flote como pude, por eso te dejé tirado en la calle, siempre con vigilancia, siempre con pequeñas ayudas, por eso hice que te metiesen en el calabozo enseguida. Cuando vivías en la calle estabas protegido, eras un mendigo anónimo, pero por culpa de ese asesino saliste en todas las televisiones. Te metí en la cárcel porque allí estarías seguro.¿El fin justifica los medios... No?

Una nueva pausa, esta vez inconsciente, en la que Richard se secó las lágrimas. Fue a beber más whiskey, pero se le resbaló el vaso y estalló en pequeños fragmentos de cristal, dejando una mancha oscura sobre la alfombra roja.

-Por eso estoy borracho ahora, porque estoy hasta los cojones, porque ya no puedo más con esto, porque te he hecho pasar de todo sin pensar realmente si esas putadas eran necesarias, sino solamente en tu anonimato costase lo que costase. Al fin y al cabo soy un cobarde, ya no puedo protegerte más, la responsabilidad me pesa ya demasiado y ni siquiera sé más para poderte ayudar. No sédónde fue a parar el dinero que gastó tu padre, quién ese el jodido chalado que me manda estas cartas o si sólamente es una broma de mal gusto, no sé si tu padre está vivo o no y no sé por qué quieren encontrarte…

Yo estaba en otro mundo, en un mundo feliz lleno de colorines, en el que todo lo que me había contado Blackhole nunca había ocurrido, en el que yo me sentaba en el sofá con Lucille un domingo para ver una película. Frente a mí tenía a un hombre destrozado, debilitado, borracho, gordo, calvo… En un momento se me olvidó todo lo que sufrí por su culpa, en un momento sentí la más absoluta compasión por él, en un momento quise levantarme y abrazarle, decirle que ahora que ya lo sabía todo daríamos con el hijo de puta que le mandaba esas cartas y se acabaría todo. Todas esas cosas, sensaciones, totalmente contrarias, diferentes, paradójicas a todo lo que sentía antes hacia aquella persona. Todo hubiese sido perfecto, los dos trabajando juntos, recopilando información, hallando la verdad, ya me lo estaba imaginando, como dos detectives de película.

Pero no, estas cosas funcionan así, cuando un giro comienza, la inercia le hace dar otros dos o tres, hasta que vuelve a su posición original, pero totalmente desordenado e invertido. Y como estas cosas funcionan así, entró Lambb con sus dos revólveres y vació los humeantes cargadores sobre Richard Blackhole, doce balas sobre su pecho, como las doce amenazas que colmaban la baja mesa de mármol.

jueves 21 de enero de 2010

Evento: 200 relatos

Lo primero, muchas gracias a todos por vuestra participación. Sois vosotros los que con vuestro empeño, perseverancia, imaginación y habilidad, habéis dado vida a Azoteas hasta convertirla en lo que creo que ha de ser, si no el mejor, uno de los fanfics de más calidad que hay en la red.

Por otra parte, en los ya tres o cuatro años que llevamos en esto, hemos tenido cambios de plantilla: Nuevas incorporaciones, abandonos... Sin embargo, la puerta sigue abierta, pues las reglas son inflexibles en ese punto y así es como queremos que sea.


Otro punto que agradeceros es vuestra participación a la hora de leer y comentar relatos. Vuestras críticas siempre han sido constructivas, hasta el punto de no haber tenido nunca que moderarlas, y vuestra participación ha servido para animarnos a muchos a sentarnos frente al teclado una vez más.

De modo que Azoteas de Midgar alcanza su relato 200, que coincide con la instalación del cañón de Mako en el edificio Shin-Ra, y como siempre, toca votar. Estas son las categorías.

- Mejor escritor
- Mejor personaje
- Mejor relato (y subcategorías)
- Mejor relato dramático
- Mejor relato de terror
- Mejor relato cómico
- Mejor relato extraño
- Mejor relato de acción
- Mejor trama (secuencia de relatos con varios personajes que hace un solo escritor)
- Mejor One Shot

Los votos se harán en los comentarios, poniendo el número de cada uno relato votado y su autor (y quizás una descripción de que pasaba en ese relato, para recordárnoslo).


Una vez más, gracias por vuestra participación y que gane el mejor. Espero seguir contando con todos vosotros.


Ukio.

martes 19 de enero de 2010

200.

- ¡Joder, mamá, te he dicho mil veces que llames a la puerta!
- Lo siento, cielo, sólo quería colocar tu ropa interior en los cajones – Dora Sanks entró con una gran pila de camisetas blancas de tirantes y calzoncillos de colores que abarcaban todos los colores posibles. Entró golpeando con el muslo la puerta, que se abrió de par en par mientras la mujer, que rondaba los cincuenta, dejaba en un cajón medio abierto toda la colada. – Veo que por fin me haces caso y utilizas pañuelos de papel, no sabes lo molesto que es ver esas manchas blancuzcas que acartonan todo.
- ¡Me cago hasta en la puta de oros! Largo de aquí, mamá.
- Espera que coloque un poco tu cuarto. Parece que por aquí haya pasado un tornado. – Dora empezó a recoger cajas de videojuegos del suelo e insertó dentro los correspondientes discos, puso las revistas en las estanterías y dejó en un rincón un juego de pesas que no había sido tocado nunca, salvo para ser robado del gimnasio del barrio. Después, se acercó a la pantalla del ordenador, mientras su hijo escondía sus partes bajo la chaqueta del chándal – No sabía que te gustase ver a dos mujeres comiendo helado. Porque es helado, ¿verdad?
- ¡Joder, joder y joder, mamá! ¡Déjame tranquilo!

Su madre salió riéndose, y Samuel volvió a concentrarse en lo suyo. Le encantaba ver aquel video e imaginarse que estaba allí, con ellas. Por supuesto, suponiendo que aquella cosa era chocolate y nada más.

El ligero sonido traqueteante de fondo comenzó a ascender en potencia, hasta convertirse en un molesto ruido que le impedía concentrarse. Cuando le resultó imposible subir más el volumen, se fijo en que la tenía como un gusano y salió a encarar a su madre.

- ¡Me cago en la puta de oros! ¡Quita la puta aspiradora, mamá!
- Cielo, no tengo puesta la aspiradora. ¿Qué tienes puesto tú para que haya tanto ruido?
- Mamá, no creo que necesites ser un genio para adivinar que si he preguntado es porque no tengo ni idea de qué coño es.


Y así, la ciudad que nunca dormía se despertó.

Para muchos, siempre era de noche, pero en aquel momento los reflejos del amanecer eran más débiles que nunca bajo el siniestro brillo de Meteorito. Sin embargo, sobre la Placa la gente veía cómo los destellos dorados rebotaban sobre la superficie lisa del gran cilindro metálico, mientras era elevado por grúas y helicópteros. Poco a poco, el cañón fue elevándose desde las afueras de la ciudad, ascendiendo primero diez metros, después veinte, luego cincuenta. Los fuertes cables de acero trenzado parecían resistir el peso de la estructura, aunque la tensión ejercida amenazaba con partirlos de un momento a otro. Cien metros, ciento cincuenta. La grúas, inmensas y sujetas bajo bloques de hormigón y férreos cimientos comenzaron a combarse bajo las miles de toneladas de poder bélico. Doscientos metros. Fue entonces cuando el primero de los cables se partió, y los alambres de acero austenítico recubierto de molibdeno restallaron en el aire como si fuese el látigo de una cruel deidad, burlándose de los seres humanos que pretendían lograr una hazaña imposible. A los doscientos cincuenta, la grúa situada en el borde externo de la ciudad empezó a doblarse. William Grace, capataz de construcción de aquella zona y encargado de manejar el titánico brazo de hierro tuvo que soltar el enganche al cilindro para evitar que cediese la estructura, pero fue demasiado tarde. Tanto Bill como otros cinco operarios cayeron junto con su maquinaria. Casi arañando la cara exterior de la pared que separaba la ciudad del resto del mundo, descendieron cada vez más rápido, gritando, descendiendo cincuenta, cien, doscientos, trescientos metros, hasta convertirse en un cadáver de hierro con entrañas de carne y sangre junto a la puerta de bienvenida a la ciudad.

Trescientos metros.

Entonces, otras dos gruesas cuerdas de acero niquelado se rompieron, restallando en el aire como bífidas lenguas. Una de esas lenguas cayó sobre otra de las grúas, rompiendo el cristal que protegía al ocupante y matándolo al instante; ahora no era más que un cadáver con los brazos llenos de cortes y diminutos vidrios, mientras que su cara era pura pulpa y arañazos bajos el cable de diez centímetros de diámetro.
El otro cable fue a parar sobre una carretera que por fortuna estaba despejada, pero destrozó el pavimento e hizo que trozos de asfalto cayeran sobre un bloque de edificios situados en el sector cinco.

Trescientos cincuenta metros, cuando uno de los gigantescos vehículos aéreos tuvo que cesar su empeño. Cuatrocientos metros. El objetivo ya estaba cerca, pero lo complicado no había sido levantarlo.

A los cuatrocientos cincuenta metros, dejó de ascender. Sobre las cabezas de la gente flotaba un enorme cilindro cuya longitud era similar al diámetro de la ciudad. La gente estaba aterrada ante la posibilidad de que en cualquier momento los cables volvieran a ceder y aplastasen sus cuerpos, sus hogares, su vida.
Las inmensas estructuras comenzaron a girar sobre su propio eje al tiempo que los helicópteros empezaban a desplazarse. Susan Trade miraba, desde el pequeño balcón de su octavo piso del sector 3 como proyectaba su ancha sombra envolviendo en un halo de oscuridad hasta donde su vista alcanzaba. Su rosada bata de algodón se tiñó de un color amoratado a la altura de la ingle cuando el cañón pasó por encima.


Bajo la placa, todo era desconcierto. ¿Qué era aquel ruido? ¿De dónde procedía? Nadie tenía forma de saberlo, pero todo el mundo se temía lo peor: había llegado Meteorito, alarmas de evacuación, el ataque de un monstruo como el que atacó Junon o Mideel. El caos empezaba a estallar en los barrios marginales.

Por fin, el grandioso cilindro de miles de toneladas se situó encima de miles de andamios que recubrían un soporte de hierro y acero. Por encima sólo se alzaba el edificio ShinRa, que observaba con desprecio al cañón usando sus ojos de cristal. Yo he llegado más alto, decía el edificio, y por mí murieron cientos o miles de personas. Tú estás bajo mi mando, eres mío.

Lentamente, grúas de hierro y helicópteros de combate empezaron a bajar. La gente comenzó a respirar aliviada, incluso algunos lo celebraban. Vítores a Rufus, cánticos a dioses y otras formas de alegría se manifestaron en el aire cuando apenas faltaban veinte metros para acoplar definitivamente el cañón.
Soltaron los anclajes, las grúas dejaron de ejercer su fuerza, y el cañón descendió vertiginoso sobre la plataforma de sujeción. La precipitada caída sobre el andamiaje hizo que parte de este cayera sobre calles, edificios, coches, y arruinó el negocio de Ted Knukers, que a falta de tres meses para jubilarse, había visto como su pequeña pescadería era arrasada por meteoros de madera y metal. Mientras el mundo lo celebraba, un hombre arrugado de piel tostada lloraba arrodillado en el suelo.

Mientras miles de técnicos ocupaban sus puestos, haciendo llover chispas sobre la urbe mientras soldaban, o mientras algunos comenzaban a reparar desperfectos ocasionados en la maquinaria. Pero, por encima de todo, se alzó una voz:

- ¡No os relajéis! ¡Aún queda mucho por mover! ¡Empezad con los condensadores de mako!

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El club conocido como Antro de Chora estaba bastante vacío aquel día. El ruido de las obras era insoportable, y eso hacía que los clientes prefiriesen estar en sus casas que disfrutando de los exóticos bailes que ofrecían las estupendas bailarinas de Wutai, o los sensuales masajes de las chicas de Corel.

Un par de parroquianos habituales estaban disfrutando del baile en la barra de una recién llegada de diecinueve años, rubia de melena lisa y carnosos labios rojos. La joven había decidido obtener beneficio extra y se había quitado la parte superior de su conjunto, mostrando un par de pechos poco abultados, pero que en su pequeño cuerpo se hacían inmensos. Hasta el momento, había conseguido que aquella pareja de viejos verdes le lanzasen un buen fajo de billetes mientras babeaban.

Además del hombre calvo peinado con cortinilla y el de la incipiente papada triple, había otros dos hombres en cabinas privadas. En la número cuatro acababa de entrar un hombre, que cerró la puerta tras de sí e introdujo una moneda en la ranura, levantando la opaca barrera metálica que impedía ver a la mujer que se encontraba tras el cristal.
La mujer era ya mayor, podría decirse que una anciana para esa profesión, pero se conservaba muy bien: a pesar de rondar los cuarenta años, su piel estaba tersa y su vientre liso. Por los hombros caía una melena llena de rizos y ondulaciones, de un brillante color carbón a juego con sus ojos. Llevaba un conjunto de dos piezas de color rojo carmesí, imitación de cuero, y un largo fular negro de plumas que se extendía por los brazos y por la zona posterior del cuello.

Pero, al contrario que cualquiera de las bailarinas de Puño, dueño del local, no bailaba. Estaba sentada sobre los mullidos cojines de pluma, fijándose en el hombre de casi cincuenta años que esperaba, paciente. Tenía el rostro surcado de arrugas, y el pelo encanecido.

- ¿Qué, a pasarlo bien, Jerry?
- No soy de esa clase de pervertido que se pajea viendo como su hermana se desnuda, María – McColder se pasó una mano por el pelo, alisándolo – Vengo a lo de siempre.
- Ya lo sé, estúpido. Sólo quieres ver a tu hermana cuando tienes que desahogarte. ¿Qué coño pasa?
- ¿No lo sabes? Debes ser la única que no vea la tele en esta mierda de ciudad

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La sala era, de suelo a techo, de madera. O de algún plástico que imitaba la madera. Y estaba abarrotada de gente. Cámaras de televisión que monitorizaban toda la actividad del juzgado, curiosos que habían conseguido colarse para asistir a la sesión, vigilantes de seguridad, un abogado defensor recién salido de la facultad y el más experimentado de los fiscales. El novato, con traje azul y pelo de punta, sudaba a chorros, mientras que el fiscal, trajeado de color carmesí y con un pañuelo al cuello como si de una burla al letrado se tratase. El juez era totalmente opuesto a ambos, su edad ya era más cercana a los setenta que a los sesenta, y contrarrestaba la lisa calva con una espesa barba en tonos blancos y negros, no exenta de grises profundos. Tenía un rostro severo con un ceño marcadamente fruncido, lleno de arrugas que le aportaban sabiduría.

El público asistente hablaba organizando un alboroto digno de una plaza de mercado, que unos secos martillazos con la maza de madera silenciaron. Todo el mundo se puso en pie mientras el venerable juez iniciaba la sesión.

- Nos encontramos en el último aplazamiento del juicio con Edward Lambert, alias Frank Tombside. Hoy será el último día del juicio, donde por fin se decida el veredicto del acusado. ¿Está preparada la acusación, señor Bladeworth?
- Sí, señoría.
- Señor Gryphoon, ¿está preparada la defensa?
- L… lo está, señoría – el abogado sudaba a chorros, y en su cara se podían ver las ojeras marcadas.
- Bien, en ese caso, procederemos a entablar contacto con el acusado. Dado que hoy, bajo petición del gobierno, estamos televisando esta sesión, el acusado permanece bajo arresto en una celda de contención especial custodiada por Turk, y conectaremos con él gracias a una cámara integrada. Procedamos con la conexión.

La pantalla en cuestión era un sistema bastante extraño y novedoso, era circular y rodeaba una caja que conectaba en tres puntos diferentes con el panel. Estaba situada en pleno centro de la sala, curiosamente encendida mostrando la extraña niebla blanca y negra que sólo aparecía en las pocas televisiones que alguien podía permitirse en los suburbios. Al poco, la imagen se hizo nítida.
Presentaba un cuarto oscuro, donde una figura ataviada con una camisa de fuerza blanca situada en las sombras caminaba de un lado para otro sin detenerse.

- Que el acusado haga el favor de acercarse a la cámara, por favor.

Al oír esas palabras, el acusado se quedó inmóvil, respiró fuertemente y se acercó. Poco a poco, los rasgos de la cara se fueron haciendo más visibles, hasta que por fin se distinguió el biselado mentón cubierto de una fina barba de guerrilla de varios días, la nariz hinchada y el pelo revuelto largo y sucio cayendo sobre uno de los ojos. En un movimiento de cuello, el pelo se apartó lo suficiente como para ver un par de párpados de un tono violáceo. No había duda: habían pegado una paliza, o varias, a Blooder, el asesino sanguinario. Posiblemente hubieran sido los miembros de Turk, dado que habían intentado disimular las marcas con un poco de maquillaje barato y una iluminación insuficiente para causar “buena impresión” durante el juicio.
Un ojo de color dorado, similar a una moneda, asomó en la parte derecha de la cara. El rostro se repetía tres veces alrededor de la pantalla, apuntando una vez a su abogado, otra al acusador y una más al magistrado. Algunas personas se estiraron en los bancos para ver mejor, mientras otras se agolparon hasta casi abalanzarse encima del pobre defensor. Nadie se atrevió a hacer lo mismo en los bancos del fiscal, conocedores del carácter del mismo. “Esto ya no es un juicio, es un circo mediático” pensó Bladeworth.

- Que el acusado se presente, para que conste en acta.
- Detenido número 15834, Edward Lambert. – escupió en el suelo – También conocido como Frank Tombside, alias Blooder. – un fino hilo que mezclaba sangre con saliva corrió por la comisura del labio y se perdió en el bosque de pelos negros que tenía ahora por barba.

“Está hecho una piltrafa, y más muerto que vivo. Dará igual el resultado del juicio, su futuro está decidido”

- Bien, recapitulemos lo acontecido hasta ahora – dijo el juez, que estaba haciendo gala de su mejor actuación hasta el momento. – En las pasadas sesiones se debatió, sin mucho éxito debido a los numerosos aplazamientos – dirigió una fría mirada al abogado, que volvió a gotear en torno a las axilas – si el hombre que teníamos aquí era el conocido como Frank Tombside, y las condiciones de ese nombre.
- Señoría – dijo el fiscal, seguro de sí mismo y en una pose extraña, que consistía en curvar el cuerpo ligeramente hacia atrás y levantar una mano al frente -. No creo que debamos seguir con esto mucho más tiempo.
- ¿Cómo dice? – sobreactuando, el juez puso una cara de asombro que consistía en elevar las cejas y abrir exageradamente la boca en forma de o.
- Señoría, da igual que este hombre sea o no el citado asesino. Lo que está claro – sonrió – es que fue descubierto en el lugar de los hechos, rodeado por varias patrullas de Turk y de SOLDADO que estaban siendo atacadas por este individuo. Atacó, mató y mutiló a varias, e incluso se sabe que su abrigo apareció hace meses en el sistema de alcantarillado envolviendo a un agente de Turk con un puesto importante. ¿Me está diciendo que además de las condiciones especiales que le rodean, es coincidencia que dicho agente apareciera muerto en extrañas circunstancias el mismo día de su detención? Señoría, este hombre es culpable. No necesitamos de ningún nombre o seudónimo para llegar a esa conclusión. – hizo una reverencia y finalizó.
- ¿Algo que alegar, señor Gryphoon?
- Umm… bueno, verá… yo, quiero decir, esto… - nervioso, manoteó una serie de papeles que salieron volando, causando risas entre los asistentes. Salvo en el juez, cuya avinagrada cara no hizo más que acentuarse. – Debemos considerar… la opción de que mi cliente sufre… diversos, glups, trastornos basados en la múltiple personalidad, delirio paranoico y otras afecciones que han podido ser confirmados por el personal especialista tanto de Turk como de SOLDADO.
- ¡Ah, sí! La supuesta doble personalidad que hace que sus ojos se conviertan en los de alguien diferente, esos ojos verdes. Esos que todavía nadie ha conseguido ver. – Bladeworth lanzó un rápido vistazo a la pantalla, para ver como en la dorada moneda que le observaba atisbaba una pequeña brizna de hierba.
- ¡Basta! No permitiré infantiles puyas en mi sala. Señor fiscal, llame a su primer testigo.
- Como desee, señoría. – Hizo una reverencia – Que pase el testigo, nombre clave “Cosmos” –dijo al levantarse, hablando con un guardia cercano que se acercó a la puerta y llamó al testigo.

Una impresionante chica rubia, alta y de dotes majestuosas entró en la sala, ataviada con su uniforme: el traje negro. “Está todo el pescado vendido”, pensó el fiscal cuando entró en la sala. “Ni siquiera tendré que jugar mis cartas secretas”

- Nombre y profesión, señorita – dijo el juez, mirando a la chica que se colocó en el estrado, justo a su lado.
- Agente Yvette Marie Giulianna Louise de Castellanera e Bruscia. Miembro activo de Turk, como es evidente – su voz era despectiva y furiosa, y no conseguía apartar la mirada de la pantalla.
- Orden, por favor. Bien, relate todo aquello relacionado con el caso.
- Hace meses tuvimos una redada. No puedo precisar el día, debido a que toda la información de aquella operación está clasificada. Sólo puedo citar los datos que se revelaron a las fuentes de información: veinte muertos, y dos heridos: uno fue el agente Jack Kened, y la otra víctima fui yo. Salí mejor parada, seguramente porque me dio por muerta. Lo siguiente que recuerdo fue la cama del hospital.
- Bien. Continúe, por favor.
- Mucho tiempo después, un tipo bastante extraño se presentó en mi casa. Me hizo preguntas, algunas sobre Tombside, pero cuando empezó a tocarse le golpeé y le cerré la puerta. Horas más tarde, otro joven vino por lo mismo, y ya no tuve tanta paciencia. Lo extraño era que ese joven no me sonaba en principio, pero durante la última incursión de Turk, con colaboración del primer joven que fue a visitarme, pude ver de nuevo al acusado. Sus ojos no me engañaron esa vez: el era Tombside. Agredió a varios de mis compañeros, a civiles y emprendió la fuga. Poco después le encontramos tirado en un solar.
- Y ahí me golpeaste, puta arpía.
- ¡Orden! ¡No toleraré ese lenguaje!
- Poco después, un único disparo procedente de un edificio cercano acertó al acusado en el hombro, alojando la bala cerca del omóplato. Se extrajo la bala de urgencia, a pesar de que su vida no corría peligro. Según nuestra investigación, o era un mensaje o bien el tirador tenía poca experiencia, quizás mal pulso.
- A propósito – el hombre de la camisa de fuerza se recogió un poco más en la sombra -, esto me tira un poco y me duele la herida. ¿Nadie puede desabrocharme una correa al menos?
- ¡Silencio! – el juez sobreactuó en demasía la falta de paciencia, provocando la risa de unos pocos, bochorno en el acusador y miedo en el abogado, que parecía a punto de morir deshidratado por el continuo goteo de sus glándulas sudoríparas. – Si nadie tiene nada más que preguntar, procederemos a escuchar el alegato del siguiente testigo
- Sí, señoría – Viejo cabrón, pensó el fiscal mientras pasaba la mano por el grisáceo pelo, no has permitido que nadie interrogue a este. Así sólo vamos a tardar más. – “Caos”

Esta vez, pasó un hombre algo más mayor, posiblemente sacaría quince años a la joven. Tenía el pelo moreno y corto, el pecho amplio y cara de aspecto chulesco. Otro agente.

- Nombre y profesión, por favor.
- Michael Wallace, agente de Turk.
- Proceda a contar su versión de los hechos – pidió el fiscal.
- Bien. Yo participé en la detención del acusado. Y pude ver los ojos verdes de los que se habla. Tenían el brillo del mako, igual que los Soldados. Pero en ninguno de los registros hemos encontrado que Edward Lambert, Frank Tombside ni nadie con el ADN del acusado hubiera pasado por el proceso.
- ¿Entonces se ha demostrado que el acusado posee un nivel de mako en sus células equivalente al de un miembro de SOLDADO? – el abogado dejó a todos impactados, parecía resurgir de sus cenizas como un fénix.
- Los resultados del análisis aún no han podido ser obtenidos, no es una prueba que se realice en cinco minutos. Se precisa de meses para encontrar los retazos del mako en el cuerpo de un anfitrión mediante un análisis de fluidos, la prueba más fácil de realizar es la de los ojos.
- Bien. No haré más preguntas. – se había vuelto a acobardar.
- Me gustaría mostrar una prueba a su señoría – el fiscal levantó un papel sobre su cabeza – Es la prueba clasificada bajo el nombre clave “Artema” – “La prueba definitiva, el nombre no podría haber sido mejor puesto” – La confesión escrita y firmada del testigo con nombre codificado “Omega”, Yief Vanisstroff. Se puede leer claramente, y cito textualmente: “Ese hombre me obligó a actuar bajo sus órdenes, a riesgo de matarme. Me amenazó a mí, y a mi actual pareja. Me obligó a espiar, y estuve a punto de asesinar bajo su yugo por miedo. Por suerte, no tuve que hacerlo, pero estuvo a punto de matarme por no hacerlo.” Como pueden ver, las pruebas son concisas y claras: ¡Este hombre es culpable, y merece un castigo ejemplar acorde con sus crímenes!
- ¡Un momento! – gritó, golpeando la mesa el abogado, de nuevo renacido - ¿Y ese testigo, dónde se encuentra?
- Está retenido por sus actos. Tenemos la grabación donde realiza y firma esta confesión, pero hicimos un trato con él considerando que fue instigado por el acusado a realizar sus fechorías, y no fue bajo motivación propia. – el abogado volvió a sudar chorros.
- Bien. Pónganse todos en pie.

La sala entera se puso en pie.

- Edward Lambert, has sido acusado por delitos varios y reiterados de homicidio, asesinato, robo, tortura, extorsión, chantaje, violación, y una lista que continúa mostrando crímenes y agravantes. En vista de las pruebas, declaro que definitivamente eres el asesino conocido como Frank Tombside, y por tanto te condeno a morir en un plazo de una semana, a las 21:00 horas del próximo miércoles por electrocución en la silla eléctrica. Que Dios se apiade de tu alma.

La conexión se cortó y las pantallas se apagaron. Bletf Gryphoon deseó que Dios se apiadase de su puesto, en su primer caso había conseguido que su protegido fuera condenado a muerte. El martillazo casi hizo que todos los esfínteres de su cuerpo abrieran a la vez.

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- Jerry – dijo María a la salida del club, ya vestida y cubierta con un largo abrigo negro – No sé si lo sabes, pero el “honorable” juez Gropius lleva viniendo una semana seguida y cogiendo a las mejores chicas. Por ahí se dice que después del juicio recibió una buena compensación por ello. Sí conseguimos una confesión grabada, podemos apelar y…
- María, no lo entiendes. ¡No he venido para liberarle! Simplemente no quiero estar frente a una pantalla en estos momentos. El juicio se celebró hace justo una semana. Le van a ejecutar justo ahora.

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Yief estiró los pies y los brazos nada más salir de su pequeña celda. Había estado encerrado semanas, y sentir de nuevo la brisa, aunque fuera pestilente y desagradable en aquella prisión infestada de mierda y piojos le había devuelto a la vida. Incluso durante el tiempo que estuvo detenido rememoró con melancolía su etapa en el arroyo, cuando no tenía nada.

- Vanisstroff – dijo el carcelero – Tienes suerte de haber sido declarado inocente, porque a tu amiguito le espera la silla – hizo un gesto con la mano, como si bajase una palanca fantasma. -. Y si no hubieran pagado una fuerte suma para que nos alejemos de ti, ten por seguro que en estos momentos estaríamos pegados a tu culo para vigilarte. Al menor descuido te la meteríamos todos a la vez, y aquí no tenemos vaselina. Enchironaríamos tu polla en menos que canta un gallo.
- Me alegra escuchar piropos por las mañanas.
- Que te jodan y no te guste. Con el puño. Ha venido tu novio a recogerte.
- ¿Quién? – no esperaba a nadie, a menos que hubiese venido el hijo de puta de Richard.
- Un tal Thomas Daniels. Un puto estirado con pinta de heavy viejo. Ve a que te lleve a recoger flores, ya no creo que tengas tiempo de llegar a la ejecución de tu puta.

Un heavy estirado y viejo. Sólo uno encajaba con esa descripción.

- ¡Hijo de puta! – empotró a Carl contra la valla en cuanto estuvieron fuera, sujetando su largo abrigo con ambas manos – Llevo semanas encerrado, y no has dado la cara, todos te dan por muerto. ¡Y ahora vienes a acabar el trabajo!

La Rhyno que se posó bajo su barbilla le impidió decir más.

- Mira, putita. No me caes bien, pero sigo órdenes. De momento no puedo matarte. De momento. Así que supongo que hasta que reciba nuevas órdenes o me salga de los huevos si todo sale mal, soy tu niñera. Ponme en peligro de nuevo con esos movimientos estúpidos y te vuelo los huevos hasta que dentro de la bolsa sólo queden casquillos. ¿Entendido? – Yief asintió – Bravo por tu cerebro. Toma – le tendió una Rhyno similar a la que le apuntaba, bajando el arma tan solo unos centímetros pero aún encañonándole. - ¿Tienes la caja?
- Por supuesto – no podía confesar que la había perdido, podía ser su único seguro en esos momentos. Tampoco tenía la materia, la había escondido en la derruida casa cuando Tombside le empujó, justo antes de desmayarse. Había hecho bien, pues todos los cuerpos de seguridad habían ido a buscarle. – Pero no he podido abrirla.
- Acabarás haciéndolo. Hasta entonces, tenemos asuntos pendientes.
- Sí – comprobó el cargador, y volvió a desplazarlo hasta su posición. Tengo un asunto pendiente. Con Richard Blackhole.

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- ¡Joder, mamá, te digo que me voy! ¡Que he quedado con mis amigos para ver cómo matan al cabrón ese en público! ¡Si me lo pierdo, ten por seguro que te mato!
- Cariño, antes límpiate, no vayas a manchar de nuevo los calzoncillos.
- ¡Si papá aún viviese, ten por seguro que no te haría ni puto caso, me cago en la puta de oros!

Su hijo desapareció tras un portazo.

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- Ha llegado la hora de ir a su trono, majestad – En el nivel cinco de Black Down, la pareja de Turk pasó entre celdas de máxima seguridad hasta llegar a la del prisionero número 15834. Unos ojos verdes asomaron por la pequeña ranura.
- Genial, supongo que vosotros me coronaréis.
- Ya nos hubiera gustado, pero los honores de la ejecución son para Jack Kened. Hijo. Mutilaste a su padre, ¿recuerdas?
- ¿Cuál de todos? – los turcos rieron.
- ¡Qué cabrón, cómo se regodea! Hubo muchas quejas por eso. Todos querían darte el chispazo. Incluso uno propuso plantar el cañón encima de tu cabeza. Pero ya sabes, tenemos órdenes…

La aguja entró limpia en el cuello del asesino, sin que este viera nada, y sus ojos se cerraron poco a poco. No supo en que momento alguien entró en la celda ni se acercó a él, pero lo último que pudo ver fueron los zapatos negros.

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- María, tengo ganas de ir un día a tu casa. No veo a mi cuñado ni a mis dos sobrinos desde que estos aún podían colarse bajo mis piernas. ¿Qué tal están?
- Bueno… John sigue como siempre, insistiendo en que debo cambiar de vida. El pequeño Alex ya se ha convertido en todo un hombre, está preparándose para entrar en Turk. Y Rachel está acabando la carrera de Fisioterapia, estamos pidiendo préstamos para abrir su propio centro de masajes.
- Turk… - María supo entonces que había hundido un poco más el puñal, y cambió de tema.
- ¿Y tú, cuándo me presentarás a la señora de McColder, mi cuñada?
- María, ya sabes que eso no va a ocurrir por mi parte. Como mucho, te podría presentar a tu cuñado, si tuviera un hombre esperándome en casa.

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La gente ovacionó dentro de la taberna. El joven, que a duras penas sobrepasaba la veintena, dejó de gritar en la silla. Sangraba por la nariz, aunque sus rasgos no podían verse bajo la máscara de cuero que le cubría gran parte del rostro. Por todas partes habían puesto pantallas gigantes para ver la ejecución, pero Samuel había elegido verla mientras se tomaba un par de cervezas heladas. Al principio le impactó ver al joven de pelo corto, con menos años que él, pero en cuanto la primera descarga de miles de voltios recorrió su espina dorsal animó como el que más.

- Señoras y señores, los médicos determinan que aún sigue vivo. Procedemos con la segunda descarga.

El pitido de la gente silbando, como si de una carrera de chocobos se tratase, dejó sordo a Samuel. Había prometido no enfadarse aquel día, pero tuvo que girarse cuando alguien derramó cerveza en su hombro. Se perdió cómo la electricidad atravesaba la columna del joven, que comenzó a gritar de nuevo en un aterrador y desgarrado espasmo, violento al principio y luego en forma de convulsión más relajada, hasta que la corriente cesó al tiempo que el condenado cerraba los ojos, que poco a poco se hacían más opacos.

- Habitantes de Midgar. Frank Tombside, el asesino, acaba de fallecer según nuestros médicos. ¡Volvemos a estar a salvo!
- ¡Que se joda el cacho hijo de puta! – dijo Samuel mientras terminaba de atizar a un pobre señor de sesenta años.

martes 22 de diciembre de 2009

199

Posteo el principio, que es lo único que tengo escrito decente, para que Astaroth pueda enlazar; acabaré pronto. Dudo de un momento en el que pudiera haberme pillado peor todo, la verdá.

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Un espeluznante crujido se abrió paso por encima de los gritos de ánimo del público, transformando estos en exclamaciones de júbilo o insultos malsonantes dependiendo de por quién había apostado cada uno. Valeriy Schatkov, el nuevo luchador tan prometedor al que muchos llamaban “El señor del foso” antes incluso de que participara en un solo combate legal, acababa de transformar el cráneo de su rival en un complejo rompecabezas tridimensional de un rodillazo contra la verja metálica de la jaula. Las muertes en el Foso ya apenas causaban una sombra del estupor de antaño, cuando pocas personas conocían el local; ahora prácticamente eran rutinarias, y la gente se mostraba más preocupada por los pocos guiles que habían ganado o perdido que por el cadáver que ahora mismo derramaba sangre por todos los orificios de su cara mientras los secuaces de Iván Quouhong lo arrastraban. La parte del público afortunada en el juego acudía entusiasmada a cobrar sus apuestas, mientras que algunos derrotados perdedores apuraban el licor de sus vasos preguntándose como iban a explicarles a sus esposas o familiares que habían perdido gran parte de sus ahorros en apenas diez minutos.
- Te lo juro tío, cada vez me gusta menos este sitio.
- En serio, ¿que te hicieron en ese interrogatorio, Johan? No pareces el mismo desde entonces.
- Nadie que no se acercara lo suficiente como para observar sus ojos diría que eran miembros de SOLDADO; vestían de paisano cada uno a su estilo. Johan lucía unos vaqueros desgastados por los años junto a una camisa negra con detalles blancos de formas onduladas y unas deportivas oscuras con punta roja. Daithi, por su parte, vestía con esa sobriedad que siempre le caracterizaba: Traje gris hecho a medida, camisa amarilla con el último botón desabrochado y zapatos de ejecutivo.
- Ya te lo he dicho Dai... No me hicieron nada. - Dio un generoso trago a su whiskey mientras hacía un ligero gesto con la maño, indicando que iba a continuar – Fueron unos auténticos hijos de puta. Me tuvieron cinco jodidas horas esperando para después hacerme cuatro preguntas sobre cosas que no les importaban una puta mierda, como si mi grupo sanguíneo o mi domicilio se correspondían con los de mi ficha. Esos cabrones hasta me preguntaron con una sonrisa si estaba contento con mi labor al servicio de Shin-Ra y si consideraba atractivo al Presidente... - Hasta el mejor de los amigos habría soltado una carcajada a esta altura, pero Daithi no se caracterizaba precisamente por su sentido del humor – Fue un aviso claro y rotundo: Te tenemos vigilado, sabemos lo que piensas y no necesitamos decirte lo que pasará si volvemos a ver una actitud similar. No, no es el interrogatorio lo que se me pasa por la cabeza.
- ¿Tan fuerte te dio esa chica?
- Como una jodida bola de demolición tío...
Y era cierto. Desde el momento en el que Eve entró en su vida, lo hizo para quedarse. No había conseguido dormir ni dos horas seguidas desde entonces, preguntándose constantemente qué le estarían haciendo; consciente de que ella estaba en una prisión con un destino más que negro. Lo peor de todo es que, por mucho que se devanase los sesos, no se le ocurría manera alguna de ir a verla, no hablemos ya de ayudarla.
Desde el momento en el que entró por primera vez al edificio ShinRa después del interrogatorio cada uno de sus movimientos había estado controlado hasta el mas mínimo detalle. Su superior, el sargento Grey, no le quitaba el ojo de encima ni por un segundo; ni siquiera se molestaba en disimularlo. Ser un miembro de SOLDADO era más que un contrato: Era un modo de vida. Desde el momento en el que alguien se comprometía a ser sometido a los tratamientos de Mako, era consciente de que nunca volvería a cambiar de trabajo o tendría retiro alguno; quien se convierte en SOLDADO, muere como tal. Johan era consciente de ello, al igual que de lo que les sucedía a aquellos que en algún momento se arrepentían... Nadie hablaba de ello; nadie se atrevía a mencionarlo; pero ningún SOLDADO con dos dedos de frente se jugaría el cuello a que todos los compañeros que se mandaba asesinar por la locura del Mako realmente la sufrieran. Tal acto, al cual se vería sometido si mostraba signo alguno de acercamiento hacia Eve, era conocido con el siniestro nombre de “La caza”.
- ¿Y qué piensas hacer al respecto? Te conozco lo suficiente como para saber que no te quedarás cruzado de brazos.
- No tengo ni puta idea, ahora mismo me tienen cogido por los huevos. Pero algo haré. Alguna manera encontraré, tenlo por seguro.
- ¿No crees que estás yendo un poco lejos con todo esto Johan? No es un jugueteo inocuo lo que estás haciendo... - Giró un par de veces los hielos de su vaso de bourbon a medio llenar y esperó a que se detuvieran del todo para beber un corto trago y continuar – te estás jugando la vida.
- ¿Qué vida me voy a jugar, Dai? Yo no tengo ninguna vida ahora mismo. Pertenezco a ShinRa, vivo por ShinRa, mato por ShinRa y más que probablemente moriré por ShinRa. Si mañana el excelentísimo y divino de la muerte Sargento Grey decide que tengo que despedazar a una docena de mendigos porque amenazan el orden social, tendré que desmembrarlos. Si mañana la generala decide que hay que ir a por el Arma que se avista de vez en cuando bajo el mar uniformados con manguitos de piscina y gafas de buceo, tendré que hacerlo. Si mañana a Rufus se le ocurre destruir el Meteorito a base de lanzar al espacio SOLDADOS en un tirachinas gigante para que se lo carguen a espadazos, yo seré el primero al que lancen... Yo no nací para esto; debí haberme quedado en PM. Ahí la vida era la misma mierda pero al menos tenía la ilusión de poder jubilarme algún día.
- La verdad, no se que decirte. Los dos hemos sido adiestrados igual, Johan, y durante todo el tiempo que compartimos instrucción tuve claro que te gustaba este trabajo. ¿Es que los años te han vuelto cada vez mas agrio y cascarrabias?
Tío, llamame idiota, pero cuando me apunté a las oposiciones para PM fue para... Yo que se, luchar por el bien, la justicia y la puta paz mundial, ¿sabes? Esos valores de Miss Universo me duraron hasta la tercera busca y captura de presuntos terroristas armados, ¿los recuerdas? Eran una familia activistas de GAIA, el grupo ecologista, que habían creado y repartido panfletos en defensa de las familias obreras cuyos padres murieron, en el mejor de los casos, durante la construcción de los reactores; la sobreexposición al Mako les hizo verdaderas atrocidades. No volví a saber nada de ellos. Desde ese momento todo se convirtió en un trabajo, en un trabajo de mierda en el que me jugaba y ganaba la vida acabando con gente que, en la mayoría de las veces, era inocente. He arrestado, detenido o matado a muchísimas más personas que atentaban contra los intereses de Shinra que aquellas que realmente atentaban contra la ciudadanía. Años después, aquí me tienes. Soy la misma basura que antes solo que ahora resulto muchísimo más útil para la compañía que un simple PM.
- Sigue sin ser peor que otros trabajos. - La mirada de Daithi raramente se apartaba de los ojos de aquel con el que estaba hablando, ya que lo consideraba una falta de respeto; pero una voz metálica procedente del megáfono, que anunciaba el inicio de otro combate, distrajo su atención y sus retinas hacia la gigantesca jaula metálica que hacía a la vez de ring. - Además, no se que tiene que ver todo esto con que deje de gustarte el que ha sido tu antro favorito durante toda tu vida. ¿Que será lo próximo? ¿Decir que el whiskey es basura?
- Eso nunca, y lo sabes. - Johan sonrió levemente, apurando los restos de su vaso ante el recordatorio al que su amigo le había sometido. - Lo de que el foso me gusta cada vez menos tiene su lógica: Desde que Henton Jackson pasó a la liga privada, ya no puedo apostar sobre seguro; y yo odio perder.


Los haces de luz en constante movimiento provocados por los faros del coche asustaron al par de gatos que rondaban el cubo de la basura, alejándolos de su propósito inicial durante el breve tiempo que este permaneció alumbrado. Como un fantasma solitario, el vehículo se desplazaba sin impedimento alguno sobre la placa por el extrarradio del sector 6. Midgar nunca dormía del todo, pero conforme más se alejaba uno del edificio ShinRa, el cual dominaba en altura y posición a toda la urbe, más tranquilos se volvían los barrios; siempre que se tratara de la placa superior, claro está.
El coche finalmente se detuvo ante un edificio cuyo conductor conocía bien: Un apartamento de nueve plantas situado prácticamente en el borde de la ciudad. El piloto, tras apagar el motor, abandonó el coche no sin antes recoger una bolsa de mano del maletero, la cual profirió un sonido metálico al asirse evidenciando así su contenido. La puerta de la casa estaba abierta; “Todo según lo planeado”, pensó mientras atravesaba el umbral seguido de un montón de buzones, uno de los cuales observó a modo de comprobación innecesaria.
El ascenso por las escaleras se le antojó más largo de lo que hubiera deseado. Nueve pisos son demasiados como para tener el ascensor estropeado, y la mala fortuna hacía que justo esa vez tuviera que subir hasta la azotea. Dedicó el tiempo que tardó en subir la centena y pico de escaleras en mantener la mente lo mas despejada posible; después de todo, la situación exigía mucha frialdad. Finalmente, se encontró ante la puerta que daba a la azotea. Durante medio minuto, reflexionó acerca de si lo mejor era dar media vuelta y no volver a saber del tema o atravesar esa puerta y afrontarlo de una vez por todas, con el resultado que fuera. Finalmente pudo más la resolución de encarar el destino y, aferrando la bolsa con fuerza, abrió la puerta metálica.
Pese a estar preparado para ello, su corazón palpitó con fuerza cuando vio la figura frente a el. Estaba apoyado en el borde del muro de un metro de altura que delimitaba la azotea separándola del vacío, dándole la espalda. Los mechones de su pelo caían sobre una chaqueta de traje azul marino, formando algunas ondas dentro de su perfecta rectitud. Su pose era despreocupada, como resignada a que este momento debía llegar tarde o temprano. Sin embargo, lo que más acaparó la atención del hombre que acababa de atravesar la puerta fue la culata de la Aegis Cort que asomaba por el cinturón del hombre. Tras unos cuantos segundos de silencio, este finalmente habló.
- Así que finalmente has decidido acudir... - Su voz denotaba cansancio, arrastraba las palabras como si cada una requiriera de un gran esfuerzo para ser pronunciada.
- Sí. - Fue tajante. No podía demostrar debilidad, esto exigía una actitud totalmente rígida y tenaz.
- ¿Sabes que aun estás a tiempo de dar media vuelta y seguir con tu vida no?
- Si, pero no voy a hacerlo.
El sujeto se giró, mostrando su rostro. Unas gafas de aspecto frágil aumentaban considerablemente unos ojos grises que se clavaron en los suyos. Era bastante más joven que el y apenas había cambiado físicamente desde la última vez que se vieron, pero esa mirada, su actitud, sus palabras... evidenciaban un cambio exponencialmente mayor a nivel interno.
- Después de lo que va a suceder esta noche, no va a haber marcha atrás, piénsalo una última vez si quieres, Roy.
- Basta de tonterías, Érissen. - Su voz sonó gélida. La bolsa volvió a emitir el mismo sonido metálico cuando la abrió para empuñar su contenido. - Acabemos con esto de una vez.

miércoles 9 de diciembre de 2009

198

El autobús frenó bruscamente con el vengativo pie del conductor. Había sido un viaje largo y agotador patrocinado por una línea barata de viajes. El niño que da patadas en el asiento, la pobre mujer que se marea, el anciano que se queja de lo mal que están los tiempos… Lo tuvo todo, cosa que hizo que el conductor perdiese los nervios más de una vez.

Agarré mi destartalada maleta y respiré profundamente, absorbiendo el viciado aire del vehículo, un aire que sabía que venía de mi tierra y ya no podría volver a respirar. La estructura de la maleta tembló de terror al saltar el último escalón del autobús y yo temí que tuviese que cargar con ella, pero las ruedas resistieron el asalto. Así me sentía yo, con miedo a que algo saliese mal, alguna pequeña cosa que me devolviese a la realidad y derrumbase aquél muro emocional que parecía haber alzado.

El sol había desaparecido hace horas, la placa se lo había comido, pero un leve resplandor asomaba por el sector siete. A nadie le gustaba aquél meteorito, pero yo lo odiaba. Lo odiaba por odiar algo, lo odiaba porque todo pareció empezar a salir mal desde que apareció, como una cuchilla circular que corta sin tocar, con herida profunda y sal.

Una anciana de pelo blanco y alborotado, que estuvo todo el viaje durmiendo, me cogió del brazo y me miró con ojos confundidos.

-perdona chico, ¿No sabrás cómo se va a al Mercado Muro ese?-Los surcos de su cara se movían con vida propia a cada movimiento de la mandíbula como un océano de arena.

-Lo siento, nunca he venido a Midgar- me excusé con cierta aspereza.

-Oh, vaya… ¿De Costa del Sol, verdad?-yo asentí- Se nota por el moreno… Y tienes unos ojos marrones de lo más bonitos. Yo vengo de Ciudad Cohete…

-Disculpe, pero tengo que irme- la dije con disimulada prisa.

En parte tenía razón, pero estaba claro que aquella mujer pretendía contarme toda la vida de cada uno de sus nietos.

Comencé a caminar entre grises paredes y sucias aceras, todas ellas con la etiqueta de “ciudad evolucionada”. Algún día volveré Max, dijo mi padre cuando se marchó de Costa del Sol. Pero nunca volvió, se quedó entre humos de coches y placas en el cielo hasta que se le vinieron encima, con todo el peso de la ciudad que no deja de devorarse a sí misma.

Yo no entendía nada. Me habían hablado alguna vez de Midgar y siempre me la imaginaba como un monstruo metálico, pero no me imaginaba a mi padre viviendo en ella. Y el hecho de que un marinero durante el viaje en mar me contase sólo cosas malas acrecentó mi repulsa hacia la ciudad. Que el sector siete lo destruyó Shinra me dijo… Era una idea tan descabellada que hasta podía tener sentido. Y mi padre justo paseando por allí ese día, qué suerte la suya… Y sería yo, meses después, el que me enteraría de que lo habían encontrado bajo una piedra, como los cangrejos.

-Pero mi padre no es un cangrejo- dije en voz alta al entrar en un conjunto de bloques de edificios- Mi padre nunca caminó hacia atrás.

Era cierto, nunca caminó hacia atrás, siempre hacia delante, dándolo todo de sí. Incluso marchó a Wutai llegado el momento, enviándonos dinero todos los meses. Y así se lo agradeció la ciudad que le atrapó durante quince años, con una parte de ella abriéndole el cráneo y aplastándole el pecho.

Yo tenía ahora treinta y dos y ni siquiera le vi la noche que se marchó, de puntillas para que no me despertara, el día que cumplía los diecisiete.

Metí la mano en mi abrigo marrón y saqué un sobre arrugado, en el que figuraba, con letra fina y estirada, mi nombre y apellidos. Una pequeña llave cayó entre los dedos de mi mano izquierda, fría e impasible, dispuesta a abrir la puerta a un nuevo inquilino y, sin embargo, sin cambiar a su antiguo dueño. Me quedé inmóvil, como si no supiese cómo se utilizaba aquél objeto, pensando en lo que significaba, temiendo encontrar dentro lo que no veía hace tanto tiempo.

Un joven rubio pasó con aire distraído por la calle con ropa de lo más extraña. Incluso llevaba un esqueleto metálico cosido a la espalda. Esqueletos maquillados, pensé, eso es lo que son la gente de esta ciudad.

Y sin embargo yo me iba a convertir en uno de ellos. Al día siguiente intentaría abrirme paso con mis estudios en ingeniería de caminos sin ilusión, augurando que sólo acabaría trabajando mucho, mal, y nada parecido a eso.

Finalmente introduje la llave en el portal y me adentré en el edificio. Me tocó subir la maleta por tres pisos de escaleras deterioradas y paredes resquebrajadas, heridas desde el derrumbamiento de su sector vecino, hasta que llegué a una puerta de madera con el barniz raspado. Saqué la segunda llave del sobre, ésta de forma triangular, y abrí sin pensarlo demasiado. Un aire cargado, de meses de edad, me atizó en la cara al empujar la puerta y avanzar por el pasillo de la casa. Paredes blancas, de yeso lleno de humedades, que me guiaron hasta un pequeño salón, lleno de la presencia de mi padre, Maximilian White.

El ornamentado reloj de arena que fabricó cuando yo tenía ocho años descansaba sobre una televisión en la esquina. Su colección de libros preferidos en una discreta estantería junto a la ventana y sobre ella una foto suya con mi madre y conmigo en la playa de Costa del Sol, cuando apenas sabía gatear.

Era una ciudad distinta pero todo me recordaba a él. Sentía su sonrisa despreocupada en el aire, sus chistes malos, su afición a las excursiones… Fue aquél salón el que definitivamente derrumbó ese muro emocional de un solo martillazo, diciéndome con rotunda seguridad que mi padre ya no estaba. Daba igual que llevase quince años sin verle, siempre sabía que estaba allí, lejos de casa pero cerca de la vez, sabiendo que algún día volvería sin avisar para darnos una sorpresa. Me senté en el único sofá y lloré. Lloré por él, por mi madre que se fue de paseo con el cáncer de pulmón hace ya años, por mis abuelos que apenas recuerdo, porque en ese momento me sentía sólo y desprotegido, con mi casa de Costa del Sol embargada, con mi problema con el whisky barato y con mi asquerosa soledad.

Lloré hasta que me sentí reconfortado, como si los problemas ya no estuviesen allí aunque todavía me ahogasen. Me peiné malamente con la mano delante de un pequeño espejo y con el pelo negro revuelto volví a salir a la calle. Sólo quedaba una cosa por hacer, decirle adiós en persona.

Avancé por estrechas calles decidido a acabar con el ritual en el menor tiempo posible. Entre dos amigos que mi padre tenía, que fueron los que me informaron del desastre, dos hombres que contraté para enterrarle y yo hacíamos cinco, en una ceremonia a la que sólo yo pertenecía de verdad.

El jardín apareció de la nada, entre los gruesos muros de cuatro edificios, como un pequeño paraíso dentro de Midgar que se escondía de malas miradas, con una vieja y oxidada verja rodeándolo y no más de de veinte piedras que hacían de epitafios. Por lo visto allí reposaban los restos de gente con la misma suerte que mi padre, víctimas del derrumbamiento.

Y allí también estaban los amigos, con la cabeza gacha y arropados con gruesos abrigos, viendo como otros dos hombres cavaban con esfuerzo. No me moví, sólo observaba la escena de lejos. No quería acercarme y ver cómo cavaban, todo el mundo sabe que siempre falta tierra, da igual todo lo que saques. A su lado descansaba una caja de madera de dos metros de largo, con los clavos relucientes. ¡Mi padre se merecía más joder, no una mierda de caja de zapatos gigante!

Terminaron de cavar y yo me disponía a dar media vuelta y no volver a ver a aquellas personas pero aquél presentimiento que ya me atenazó cuando las ruedas de la maleta se quejaron se materializó en ese preciso instante, cuando con absurda idiotez se les resbaló el féretro y cayó al agujero de lado, abriéndose la tapa. Los amigos de Maximiliam ahogaron un grito y se llevaron las manos a la cabeza al ver que dentro no había más que sacos de arena y una carta con la letra de mi padre dirigida a mi nombre.

viernes 4 de diciembre de 2009

197

Desde su asiento de copiloto, Mashi miraba con gesto distraído a una mujer hermosa, envuelta en seda y coronada con un gesto triste, que cruzaba la acera en silencio. Parecía etérea entre la multitud, y le dio al turco un par de ideas para alguna que otra entrada en tono poético en su blog.
- ¿Qué haces esta noche, cachorro? – Preguntó Svetlana, a su lado.
- ¿Yo? – Se sorprendió el joven turco. – Uhhh… Nah, supongo que escribiré algo y me iré a dormirla. Con la mierda esa del cañón nos están haciendo encadenar un turno tras otro, y me siento como un zombi con resaca.
- Yo voy a darle otra pasada a la zagyev en la galería de tiro antes de irme, pero no mucho. No es plan dejar a Jorik tirado con los enanos. – Mashi sonrió. Siempre le hacía gracia ver a una agente de Turk tan expeditiva como Svetlana, actuando de esa forma tan maternal. Sin embargo, su compañera tenía la mirada en el retrovisor, desde el que veía su nueva escopeta, depositada en el asiento trasero, lista para la acción.
El sonido del PHS de Svetlana los interrumpió. Miró su pantalla, que le anunciaba la llegada de un mensaje de texto de su esposo. La turca temió por su sesión de tiro, pero esperó a que un semáforo en rojo le diese la oportunidad de leerlo.
“Vanya ha vuelto a meterse en una pelea. A las ocho tenemos una cita con el jefe de estudios del colegio. NO FALTES”. El humor de Svetlana se turbó al instante. Vanya siempre había sido un niño con un temperamento rebelde y algo agresivo, pero bien atemperado por la educación que Jorik le había dado. No era malo, y no hacía falta más que conocerlo un poco para ver que era bondadoso y protector. Sin embargo, nada comparable a la amabilidad y ternura de sus hermanos, Rozaliya y el pequeño Grigori. Probablemente, alguien se habría metido con ellos, y Vanya le partió la cara.


Mashi vio como el monovolumen familiar de Svetlana se alejaba a toda prisa hacia la salida del garaje del edificio Shin-Ra, mientras las puertas del ascensor se cerraban ante su cara. Tenía algo de tiempo libre, y ante la indecisión de cómo llenarlo, llegó incluso a plantearse ir al gimnasio a buscar a Kurtz para un repaso, pero cabalmente decidió en seguida que no quería ser él quien se lo llevase.
Tres pisos antes de alcanzar la planta que Turk tenía asignada para sus oficinas, Mashi abandonó el ascensor, despidiéndose del resto de ocupantes (un par de miembros de SOLDADO y algún que otro funcionario) con un leve gesto con la cabeza.
Subió sigilosamente las escaleras, mirando a su alrededor con precaución, cuando se encontró a Harlan e Yvette discutiendo frente a la máquina de café. Los llamó en voz alta, acercándose hacia ellos, que se apresuraron a saludarlo. Mashi odiaba el café de máquina, pero era un pequeño precio a cambio de su integridad física. Al fondo podía ver la fría mirada de Grim, clavada en él desde una rendija entre las persianas venecianas de su despacho. Tras él, Soto y Tex discutían. Nadie olvidaba a Creedan Dravo, ni la lección que supuso acerca de lo que puede suceder a alguien que se descuida y va por ahí solo.


- La entrevista terminó hace un cuarto de hora, Svetlana… - Jorik Varastlov esperaba sentado ante la puerta del colegio, sobre el capó de su coche: Un sedán de lujo, regalo de su esposa por un pasado aniversario de bodas.
- Lo siento… ¿Cómo ha ido? – Preguntó. Al fondo veía a Grigori y Rozaliya tirando de Vanya, que tenía un ojo morado, hacia un kiosco. Jorik les había dado dinero para chucherías y que así desapareciesen unos minutos.
- Deberías haber venido. – Su marido no era un hombre que se enfureciese de forma vistosa ni exacerbada: Nunca perdía los papeles, y atacaba usando un tono glacial.
- Jorik, se donde debería haber estado, pero tú deberías recordar en que situación estamos y lo mucho que me aprecia el capitán Jacobi.
- Sigue siendo un trabajo, y su importancia no debería ser comparable a la de tus propios hijos.
- Eres un civil y no lo entiendes: ¡Estado de excepción! – Insistió Svetlana, intentando moderar su tono y gestos para que sus hijos no notasen nada raro. - ¡Es casi como estar en guerra!
- Yo lo entiendo… Pero ¿realmente vale la pena? Los niños y yo nos estamos hartando de oír saltar alarmas sobre el fin del mundo, y tú nunca estás en casa para tranquilizar a los niños.
- Si el mundo se acaba, no entiendo que cojones haces tú preocupándote por tu ascenso a catedrático. – Acusó Svetlana.
- Si, tienes razón. Estoy siempre con mi tesis… ¡En casa! – Alzó una ceja, mientras la miraba con aires de superioridad. – ¡Mírate! ¡Te presentas con todo el uniforme arrugado, el chaleco puesto y esas dos metralletas abultando bajo la chaqueta! ¿Qué imagen es esa? ¿Cómo quieres que Vanya no se meta en peleas, viendo así a su madre? – Svetlana se echó hacia atrás, como si hubiese sido abofeteada. Miró un segundo a sus hijos, asegurándose de que aún seguían eligiendo chucherías, y se acercó a su marido, encarándolo.
- De modo que es eso, ¿no? ¡Sigues guardando rencor a Vanya! ¡Vanya es el mal hijo! ¡El agresivo! ¡El hosco! ¡El brutal! – Jorik había lanzado un golpe muy bajo, y muy certero.
- Tienes razón. No es culpa suya: Solo ha heredado las maneras de ese troglodita que es su padre. – Svetlana tragó saliva. Tras la puñalada anterior, con esto acababa de retorcer el cuchillo completando el golpe. Sin embargo, había llevado la discusión a un campo que le iba a salir caro.
- Puede que no te hayas dado cuenta, Jorik Varastlov, pero cuando te casaste conmigo, Vanya aún estaba en mi vientre. ¡Tú y solo tú eres el único padre que ha conocido nunca! ¿Quién es el troglodita entonces? – Cazado en su propia red, Jorik apretó los puños. Respiró profundamente e hizo un gesto con la cabeza a Svetlana hacia los niños, que ya caminaban hacia ellos, contentos con su nuevo botín.
- ¡Yo les enseñé a actuar de forma lógica! ¡Y sin embargo, le partió la cara a dos compañeros! – Svetlana se quedó mirando a su marido en silencio, calmándose súbitamente su enfado. Su rostro parecía pesaroso, pero no dejaba de mirar de reojo hacia los críos, cada vez más cerca, para que no la viesen así.
- Deberías ponerte de vez en cuando en el lugar de tu hijo.



Mashi comprobó su blog una vez más. Pocas entradas. La verdad, sabía que no hacía esta publicación por autobombo o por convertirse en una especie de “gurú online”. Sin embargo, Yabun Gobei había perdido mucho ritmo de visitas desde su separación del grupo de turcos. No era de extrañar: ¿Quién esperaría ver a perros viejos chateando o usando internet? Solo tenía los comentarios habituales, amén de un nuevo seguidor anónimo cuya identidad conocía bien pero que no delataba por no tener problemas. Eran cerca de las doce de la noche, y la cena ya era un grato recuerdo del pasado. Sin embargo, sabía de antemano que cualquier intento de ir a dormir acabaría siendo infructuoso. Decidió vestirse. Nada complicado, solo “casual”, y luego a dar un paseo. Incluso tardó menos de media hora en arreglarse el pelo.
La idea de Mashi de “casual” le hacía destacar enormemente entre la multitud, con su abrigo adornado con una placa de aluminio en la espalda, cortada con la forma de una especie de torso esquelético demoníaco, sobre tela malva. Sus botas estaban cubiertas de puas, romas todas ellas, por lo que pudiera pasar, y sus pantalones negros, holgados y llenos de desgarrones, mostraban por debajo unas mallas de color malva que completaban su indumentaria, junto con un leve toque de maquillaje. Algo discreto, a su modo de ver. Sin embargo, Katsumashi hubo de reconocer una cosa: Después de las semanas sirviendo junto a gente como Svetlana, Kurtz, Inagerr o Peres, se vio raro a sí mismo, de nuevo, maquillándose o buscando su ambiente habitual en el entorno visual. Buscó un espejo improvisado en algún escaparate, para ver si él también se había hecho viejo, pero no fue así, para su alivio. Sin embargo, algo era distinto: Ahora sentía una suerte de comprensión hacia sus compañeros: Una vieja guardia curtida en mil infiernos y apaleada, deseosa de un nuevo asalto por una mezcla de orgullo y tozudez.
Decidido a no pensar en el trabajo, por bien que le cayesen sus nuevos compañeros, Yotoomaru Katsumashi sonrió ante el cartel del Karasu. Una sala de conciertos a medio tomar por los góticos, pero que siempre acababa dando ventaja a los conciertos visual. Lleno a medias por puristas y la otra mitad por fans de los grupos, el Karasu era de las mejores salas de conciertos que se podían encontrar en el sector 8. La caída de su placa vecina le había causado graves problemas: Cierre para una inspección de urbanismo por si había sufrido daños estructurales, y una gran pérdida de su flujo habitual de clientes por la destrucción de los accesos desde el sector 7. Sin embargo, los grupos se habían apoyado mutuamente, y a fuerza de dar conciertos agotadores por precios meramente simbólicos, lograron mantener el local abierto. Desde el Karasu, todo el barrio logró crecer de nuevo, y mantenerse como territorio de los Visual Kei.
Mashi decidió no pedir alcohol. No le gustaba tanto la cerveza como los combinados de sabor más dulce, pero tenía la obligación de mantenerse sobrio ante la posibilidad de una llamada de emergencia. Svetlana lo despellejaría si llegaba a descubrir que había salido de casa sin chaleco, y con su triste revólver como toda potencia de fuego.



Svetlana tenía la mirada perdida. De repente, en menos de un segundo, se concentró y se arrojó hacia delante, donde un saco lleno de arena esperaba sus golpes. Sobre él, una foto de Mordekai Jacobi cada vez más destrozada sonreía con su habitual desdén, mientras una lluvia de golpes caía incesante sobre ella. Svetlana giraba en torno al saco, repartiendo golpes, esquivando las venidas, en las que su imaginario adversario intentaba alcanzarla, cansarla, y finalmente, derrotarla. Eso habría funcionado con cualquier pipiolo, pero ella había recibido demasiados golpes y partido demasiadas caras como para dejarse atrapar así como así: Dosificaba sus energías, coordinaba su respiración con sus movimientos, exhalando fuertemente en cada ataque. Podía combatir durante mucho tiempo antes de notar el cansancio. Le gustaría creer que horas, pero es mejor ser realista. Se lanzó contra el saco de nuevo, atacando en corto y rotando. Siempre atacando, nunca dando un respiro entre golpe y golpe. Los respiros al enemigo son una traición a uno mismo, como bien aprendió por las malas cuando ingresó en la 90 de fuerzas especiales.
Acabada su combinación dio un paso atrás y lanzó una potente patada lateral que debería haber lanzado el saco contra el fondo, pero este se chocó con algo y casi es Svetlana la que sale proyectada.
- ¿Tregua? – Preguntó Jorik, tras el saco. Traía una botella de agua y una toalla limpia. Svetlana refunfuñó y lanzó un golpe más contra el saco, pero tomó asiento.
- ¿Qué quieres? – Svetlana tenía la costumbre de aislarse en el trastero, tres pisos encima de su casa, donde se había construido un pequeño cuarto de entrenamiento. Era tan disciplinada que se frustraba enormemente cuando alguien que no fuesen sus hijos la interrumpía. Incluso a veces, sus hijos se encontraban un severo correctivo al llegar.
- Quiero acabar la discusión.
- ¿Y qué vas a decir al respecto? – Jorik sonrió. Él era el único con el privilegio de sacar de sus casillas a su mujer. No era algo que hiciese a propósito, sino que le salía sin pensar. Normalmente, de la agente Varastlova se conocía su faceta fría y violenta, y su faceta simplemente violenta. Con sus compañeros era amistosa, pero se comportaba como un hombre más, soltando bromas soeces y repartiendo golpes amistosos, pero que a Jorik le hacían bastante daño cuando le tocaba recibirlos. Sin embargo con él, era cuando tenía ante sí a Svetlana la mujer. Femenina, preocupada, y aunque a veces costase creerlo, vulnerable.
- Voy a decirte que ya sabía que yo era el único padre al que Vanya conoce, y para ello, voy a confesarte algo que he tenido miedo de que supieses.




- ¡Joder, como mola tu pelo! - Dijo una joven rubia cuando Mashi apareció a su lado en la barra. Tenía la voz un poco ronca, aunque el joven turco supuso que era por el vaso casi vacío que tenía ante ella. – Si me cuentas el truco, te invito a un trago.
- Solo voy a tomar un refresco, y no estoy seguro de que mi secreto valga tan poco… - Dijo con picardía, haciéndose el interesante. La chica pareció pensárselo.
- Vale, te lo plantearé de esta forma, a ver si te gusta más: Si me das conversación, te invito a ese refresco.
- Gracias. – Pidió un mosto y luego se giró hacia ella. – Y la respuesta a tus dudas es esta: Mascarilla marca Mogu cada tres días, corte de puntas cada cuatro meses y laca de buena calidad para no quemar el pelo.
- Euh… Tomo nota. – Dijo la chica. Aún era una adolescente, pero más bien una adolescente tardía. Aparentaba unos diecinueve años, y su aspecto era una especie de Visual de fin de semana. Debía de ser universitaria para estar de fiesta un jueves. Se arregló un poco más el pelo, con un gesto casual que abrió un poco más su escote y se pegó a Mashi, casi tocándolo, e inundando sus fosas nasales con su perfume. – Por otro mosto, o algo un poco más fuerte… ¿Me responderías a otra pregunta?


Jorik avanzaba a zancadas a lo largo de la taberna Highlander Cavern. Sus pasos llamaron la atención de los parroquianos, pero nadie hizo preguntas al joven extraño delgado y algo desgarbado. Estaba furioso, y su cabello estaba revuelto. Encontró al hombre al que había venido a buscar y se sentó, quitándose las gafas y posándolas sobre la mesa ante una eventual escena violenta a punto de estallar.
- ¿Prefieres aquí mismo o fuera, hijo de puta? – Preguntó Jorik, con el tono dubitativo de alguien que no está acostumbrado a llegar a este nivel.
- Aquí mismo tendría un problema con el dueño. Fuera no, pero no veo como mierda va a acabar bien esto si te… - El otro hombre dudó apenas un segundo. - Si tú y yo nos damos de hostias.
- No me voy a ir sin lo que he venido a buscar.
- Pues lo tendrás que conseguir como siempre has dicho: Hablando. – Jorik sonrió. Precisamente él, ese neandertal, le venía a decir al licenciado cum laude y uno de los profesores universitarios más jóvenes de la universidad de Midgar, que iban a resolver las cosas hablando.
- Veo que evolucionamos… Incluso te han puesto una jarra, con asa y todo, para que las uses como un organismo desarrollado.
- Mira, tío… Que quiera resolver esto tanto como tú, no significa que te permita insultarme. – Dijo con tono firme y sombrío, mientras sus ojos parecían relucir en la oscuridad del rincón en el que estaba sentado.
- Bien. – Concedió Jorik. – Yo también me comportaré. – El otro asintió. Jorik tomó aire y esperó unos instantes, antes de decidirse a hablar. Apenas dos segundos. - ¿Por qué cojones no le echaste huevos y tomaste la iniciativa en lugar de dejar que yo siguiese adelante con la boda?
- No te casaste engañado, Jorik… - El extraño dio un trago a su pinta de cerveza negra, mirándolo desde encima de su vaso.
- No, eso es cierto. Sin embargo, ella tampoco. No creo que debiera haberme dicho que sí.
- ¿Por? – Preguntó el otro, a medio camino entre divertido y sorprendido.
- Porque cada vez estoy más seguro de que te quiere a ti. – Esta vez su interlocutor posó su vaso. Hizo sonar sus nudillos y se acomodó en su banco, con movimientos muy pausados. De repente, su puño estalló contra la pared con un sonoro golpe, pertinentemente ignorado por los parroquianos. A este le sucedieron otros, y cuando finalmente se calmó, juntó las manos sobre la mesa. La diestra estaba cubierta de sangre.
- ¿Sabes por qué me cabreo así? – Dijo con la voz llena de ira contenida. Jorik negó con la cabeza. – Porque has dudado de ella.
- ¿Dudar? No dudo. Es ya una certeza.
- ¿Qué certeza, idiota? ¡Ella lleva tu hijo! ¡Tu segundo hijo! ¡En su vientre! ¡Y también ha tenido tu niña!
- Muchas personas se casan por los motivos equivocados y tienen hijos juntos. – Respondió Jorik, fríamente. Ya se había planteado esa pregunta y tenía la respuesta preparada.
- Ella no. ¿Nunca te dijo como acabamos liados?
- Nunca quise saberlo.
- Pues ahora te jodes y lo oyes. – Jorik hizo un gesto de contrariedad. – Si no te gusta, no hubieras venido, aunque de todos modos no es nada del otro mundo: Nos emborrachamos.
- Por mucho que bebiese, no justifica…
- No. No lo justifica. Ella me explicó por qué lo hizo cuando hubo recuperado la razón: Le daba miedo casarse y cometer un error. Le daba miedo sentirse desgraciada.
- Al final yo fui un error… - Admitió el joven profesor.
- ¡Mira que eres idiota! Tu mujer es una tía orgullosa, fuerte e independiente. Tenía miedo de perder esa independencia. ¡No quería ser una jodida ama de casa! ¡Es una puta guerrera, maldita sea! ¡No está hecha para la aspiradora y las cocinitas!
- Pero eso… No llegó a suceder. Incluso vosotros, cabrones, hacíais chistes sobre mí, llamándome “su mujercita”.
- Ella nos pateó la cara, en cuanto hicimos medio chiste fuera de tono. Concretamente, a mí me soltó un puñetazo que me dejó flipando, y me hizo tragarme la coña por no tener un problema serio. – El otro dejó tiempo a Jorik para decir algo, pero este solo lo miraba, estupefacto. – Solo me había pegado más fuerte en una ocasión: Cuando se despertó a mi lado.
- Entonces…
- ¡Entonces nunca me quiso, idiota!
- Pero Vanya… Es decir… Sé que es hijo tuyo. Siempre lo supe.
- Pues yo debo de ser el único que nunca supo nada. Bueno, somos dos. Vanya y yo: Yo nunca he sido un padre para él. Y tú eres el único padre que él ha conocido, y que reconoce como tal.


- ¡¿Entonces no estás con el grupo?! – Preguntó la chica, medio histérica.
- ¿Por qué iba a estarlo? – Se defendió Mashi.
- ¡Joder, he estado pagándole los zumitos a un marica rarito cualquiera!
- ¡Oye, loca, que fuiste tú la que me buscó a mí! ¡Además, aún no has pagado nada!
- ¿Qué no te invité? ¿Me estás llamando mentirosa? ¡Y me llamas loca!
Tras ella, una pequeña multitud se estaba formando, rodeando a Mashi contra la barra. Por lo visto, la joven histérica tenía amigos. Amigos que contaban con pases, irse de fiesta con estrellas del rock y esas cosas. Por lo visto, las tías hacían de gancho. La sección femenina eran ella y otras cuatro igual de aputonadas y cubiertas de maquillaje barato. Sin embargo, tras ellas, estaba la habitual cohorte de novietes o aspirantes a ello, ansiosos por ganar puntos a ojos de sus conquistas apaleando a un pobre chavalín maquillado. “Así que eso es lo que hay, ¿eh?” pensó Mashi, “todos vosotros juntos sois tan duros como medio pedo de cualquiera de mis compañeros”.
- Hora de nadar o hundirse… - Dijo por lo bajo, mientras con un gesto llamativo, sacaba su porra extensible reglamentaria. – En total, entre chulos y putas sois nueve. – Dijo mientras levantaba la cabeza, sonriendo maliciosamente. – Alguno ha de ser el número uno. ¿No?
La multitud que tan rápido se había juntado, tardó algo más en dispersarse, con desgana, miradas de reojo y murmullos en voz baja. El camarero se acercó a Mashi para sugerirle otro local, pero este al sacar la cartera para pagar su consumición dejó entrever la placa, acabando el asunto. En vista de que solo le quedaba un tipo de contactos al que recurrir para entretenerse, sacó su PDA y la conectó a la red wifi del Karasu. Le habían dejado un mensaje.
- LOL! Tu dama ahora es una loli sin bragas. Raep you sai?
Mashi movió su rey hacia una posición más protegida. En el ajedrez por internet vio que su oponente estaba online y había recibido su envite, pensando su jugada.
- Ima chargin mah lazor.
- Habla como si fueras humano, cabrón. – Respondió Mashi. No soportaba que su oponente usase ese lenguaje, y aún era peor cuando usaba el 1337. Sin embargo, era el mejor de todo el foro.
- IMA CHARGIN MAH LAZOR! – Viniendo de él: Jaque mate.
- ¿En cuantas jugadas?
- Over 9000!
- ¡Vete a tomar por culo, Darius!
- Vale,noob. 3
- Algún día te cazaré… - Mientras acababa de teclear y enviar el mensaje, Mashi estaba saliendo por la puerta del Karasu.



Mashi estaba esperando más temprano de lo habitual a Svetlana, la cual casualmente también se había dado prisa. Su compañera parecía de buen humor. Sin embargo, lo primero que le extrañó fue ver que los chavales no ocupaban su lugar habitual en el asiento trasero. Ante la pregunta, Svetlana le dijo que hoy los llevaba al colegio su padre.


- Papá… - Dijo Vanya, algo asustado por una posible reprimenda ante lo que iba a decir a su padre. Tenía la mirada fija en la nuca de este, como si a través de ella lo estuviese vigilando sin dejar de atender a la carretera.
- Dime, Vanya. – Respondió este de un buen humor que se fue enfriando al ver que el chaval tardaba en responder.
- Yo… Ayer me dijiste que no, pero si que actué con lógica. ¡Te juro que lo hice! – Jorik no opinaba igual, pero en ese momento recordó lo que le dijo su mujer.
- ¿Y por qué es lógico pegarle varios compañeros?
- Porque estaban abusando de Grigori. – Respondió el crío, con la seguridad que le daba estar en un terreno conocido.
- ¿Y qué habría que hacer entonces? – Preguntó Jorik atento, mirando a su hijo a los ojos por el retrovisor.
- Chivarse. Pero pensé que mientras iba a buscar un profe, a Grigori le iban a pegar, y como yo soy más mayor que él, mejor que vaya Grigori a chivarse mientras me pegan a mí.
- Está bien, pero se dice “mayor”, no “más mayor”. Cuando eres mayor se entiende que lo eres más, no se dice “menos mayor”.
- Mayor… Vale… - Dijo el niño, un poco frustrado por la interrupción.
- ¿Algo más?
- Si: Si me iba a quedar peleando yo solo contra dos, lo más lógico era defenderme, ¿no?
- ¡Vanya solo se estaba defendiendo! ¡No lo castigues! ¡Es bueno! – Rozaliya corrió a ayudar a su hermano.
- Vanya es bueno, pero a veces es despistado. ¿No viste aún donde falla tu lógica? – Preguntó el padre. Vanya no respondió, aunque por la cara que Jorik podía ver en el retrovisor, parecía algo avergonzado. – Antes de decírtelo, tienes que prometerme que solo te pelearás con dos condiciones.
- ¿Cuáles? – Preguntó el niño, a la defensiva, temiendo algún tipo de castigo.
- La primera: Solo debes pelear como último recurso.
- ¡Esa ya me la sabía! – Bufó.
- Y la segunda: Solo para protegerte a ti mismo, a tus hermanos o a algún amigo, contra alguien más fuerte. – Vanya asintió. – Lo digo muy en serio. Si defiendes a los débiles, eres bueno. Si los atacas, eres un abusón, como los que querían pegarle ayer a Grigori.
- ¡Yo no soy ningún capullo! ¡Ni tampoco un abusón! – Protestó el niño.
- Entonces no tendrás problema en prometer que aceptas mis condiciones, porque… ¿Sabes qué? ¡Los que abusan de los débiles no merecen tener videojuegos!
- ¡Lo prometo! ¡Lo prometo! – Jorik aprovechó la detención en un semáforo para girarse y estrecharle la mano a su hijo. Luego se giró hacia los otros dos.
- ¡Sois testigos! ¡Vanya me ha hecho una promesa! – Los niños asintieron.
- Ahora dime en que no fui lógico. – Quiso saber el niño.
- Vanya: Si vas a chivarte, chívate. Si vas a defenderte, defiéndete. Si haces las dos cosas, cuando llegue el jefe de estudios te verá pegándole a otros dos y te castigará a ti. ¡Tienes que ser más listo!

jueves 3 de diciembre de 2009

Manifiesto por los derechos fundamentales de internet

Sé que, desde un principio, Azoteas de Midgar es el blog soporte para un juego en el que nosotros convertimos el escenario de un videojuego (cuya autoría y propiedad nunca hemos negado a Square/Enix) en todo un mundo lleno de personajes, escenas, situaciones, y en resumen: Vida.
Así que para decirlo claramente: Estamos creando. Somos el "sector de contenidos" del que habla la ministra Salgado, y nunca hemos recibido un céntimo por nuestro tiempo, esfuerzo y trabajo. Lo sabemos, lo aceptamos y seguimos adelante.
De modo que, aun reconociendo la internacionalidad de Azoteas, que aunque la mayoría de escritores seamos españoles, no cerramos la puerta a nadie, y el hecho de ser una obra literaria, ficticia, y para nada, política, considero necesario tomar parte aquí.
Por lo tanto, como creador de azoteas y gestor del blog (Noiry no ha tenido que ver en esta decisión, pero supongo que estará de acuerdo conmigo), posteo aquí y uno a Azoteas de Midgar y Rutas de Ivalice al Manifiesto por los derechos fundamentales de internet.

Si estáis a favor o en contra, usad los comentarios y pronunciáos al respecto. Si os oponéis, lo retiraré (Azoteas somos todos). Sin embargo, os pido que no solo lo apoyéis, sino que lo copiéis y posteéis en vuestros respectivos blogs.



Ukio.



Manifiesto 'En defensa de los derechos fundamentales en Internet'

Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

lunes 30 de noviembre de 2009

196

Cierre los ojos. Intente no pensar en nada. Si el experimento está surtiendo efecto, no verá más que un telón negro.
Resulta de lo más difícil no pensar en nada; incluso podría decir que eso es pensar en algo, pensar en no pensar, pero lo que en realidad debe conseguir es desconectar de los sentidos.
El cerebro es una máquina de lo más compleja y fascinante y explicar alguna de sus más curiosas funciones nos llevaría demasiado tiempo. ¿Sabe usted que sólo un diez por ciento es la parte consciente? Incluso el propio consciente se encarga de convertir acciones cotidianas en inconscientes. Por eso es imposible hacernos cosquillas, porque antes de pasar nuestros dedos por el pie, ya sabemos e intuimos cómo van a moverse.
Pero seamos sinceros, ha desconectado hará unas… Diez líneas. Y el telón negro se habrá sustituido, seguramente, por la imagen de un pie.
Concéntrese. Bien, prosigamos.
Como ya he dicho, esto es un experimento, pero la experiencia no es estrictamente necesaria. Un ejemplo. Imagínese que está en la selva, rodeado de hojas, de ramas, tierra, insectos… Angustiado ante la humedad y el calor del clima. ¿En su cabeza se arremolina esa sensación, verdad? Pero seguro que nunca ha estado en la selva, nunca ha tenido esas ramas atizándole la cara, ni ha tenido el placer de oler una superva de Wutai. Y sin embargo, aunque no conozcamos esa flor, ya intentamos atribuirle un aroma dulzón y un color vivo.
El cerebro analiza y completa con la información que mejor encaja, a su libre albedrío, tomándose completa libertad inventándose sensaciones y experiencias que jamás hayamos tenido.
Entonces la pregunta es: ¿Cómo crea el cerebro esa sensación virtual? ¿De dónde surgen esas imitaciones? ¿Reencarnación? ¿Quizá hayamos tenido otra vida como serpiente y nos hemos reptado por el suelo orgánico y oscuro de aquella selva?
Otra teoría sugiere que la mente humana se introduce en un imaginario éter donde se reúne toda la información del mundo y vuelve con las sensaciones necesarias al cráneo. Pero imagínese la cantidad de personas que hubiesen intentado alcanzar ese grado de concentración, intentado alcanzar la inteligencia infinita a su antojo. En unos antiguos escritos aseguran que un tal…

-¿Te has quedado con algo, Lucille?- preguntó Blackhole cerrando el pequeño libro con tapas de cuero.
-Hay algo que no entiendo-dijo ella hundiéndose en el sofá orejero, piernas rectas y manos apoyadas a los lados.
-Adelante-dijo el comensal agitando los brazos- Me muero por escuchar lo que estás pensando.

Se encontraban en una amplia biblioteca, con góticos ventanales y una crepitante chimenea de mármol que arrojaba la única y anaranjada luz sobre una alfombra de exquisitos bordados. Sólo estaban ellos dos, en el centro de la alfombra y con una mesilla con sendas copas de whiskey.

-¿No puede ser que esas sensaciones que inventa el cerebro sean a causa de la razón? Quiero decir que nos imaginamos cómo es la selva porque hemos vivido lo mismo en una escala mucho más pequeña. Hemos visto la hierba de un jardín, hemos olido alguna flor común. Racionalmente, montamos una recreación a lo grande de lo que ya tenemos.

Richard chascó los dedos y elevó los labios hasta formar una tremenda sonrisa.

-¡Efectivamente! Pero también es una respuesta de lo más arriesgada. No son pocos los pensadores que han primado la razón sobre todo, pero lo que tú acabas de plantear es como decir que es la razón la que nos engaña, y no los sentidos. Es el tacto el que nos dice que el fuego quema y no la razón, que nos dice cómo puede ser la sensación de ser quemado.

-Pero los sentidos son de lo más engañosos-rebatió ella echándose hacia delante- La vista es un complejo de acciones que la mayoría de las veces interpreta lo que le sale de las narices. Si estamos mirando hacia la izquierda, sin saber lo que hay a la derecha, y barremos el espacio con la mirada, va a inventarse lo que hay de por medio fijándose en lo de alrededor.

-¿Me estás diciendo que en este mundo no podemos fiarnos ni de ninguna parte de nuestro cuerpo? Realmente somos como un ciego de nacimiento. Siempre me he preguntado qué es lo que ven ellos. Pueden llegar a llevar una vida perfectamente normal, pero en un mundo muy muy lejano al nuestro. Si tienes una conversación con él, habla de mesas, de de agua, de frigoríficos… ¡Incluso es capaz de hablar sobre la selva! ¿Y cómo narices sabe esas cosas? Si coge una mesa, pasa los dedos por su patas, acaricia la madera, puede hacerse una imagen metal de ella, hace un reconstrucción mental en tres dimensiones, algo que es propio de los ojos y su visión estereoscópica- Blackhole paró un segundo y volvió a abrir el pequeño libro de bolsillo para después dejarlo en una mesilla de madera tallada- Pero entre tú y yo…Este libro es una soberana bazofia.

-¿Y eso?-preguntó ella confundida. Había visto a su captor leerlo más de una vez con entusiasmo.
-Porque, si te das cuenta, al principio pide que cierres los ojos y, que yo sepa, todavía no somos capaces de leer con los ojos cerrados.

Esta vez, con su horonda panza, simplemente producto de un excesivo buen vivir (sólo los ricos son gordos, se decía hace mucho tiempo) se levantó y acercó a la chimenea. Agarró un par de maderos y le dio de comer a la gran boca de fuego. La corteza comenzó a chisporrotear e impactar contra la rejilla que impedía que saliesen.

-Y bien… ¿Qué piensas hacer cuando te vayas de aquí? No te recomiendo que lo denuncies a Turk o algo parecido. Sería una locura, para ti y para Yief.
-Tampoco me has dado tu palabra de que después de esto nos dejarás en paz- contestó ella pasando su manos por la delicada seda roja de su brillante vestido, regalo de Blackhole.
-Es que eso, querida amiga, no lo haré. Me rompe el corazón tener que involucrar a una magnífica mujer como tú, de verdad que incluso he llegado a enamorarme de esos ojos tuyos, pero Yief sufrirá hasta que yo me muera.
-¿Pero qué es lo que te ha hecho?-gritó en un escueto acceso de histeria- ¿Qué ha hecho para que le atormentes de esta manera?

Blackhole se dio la vuelta y cogió una caja de música que había sobre la chimenea. Una bella bailarina de cristal comenzó a interpretar su danza al son de una suave, melancólica melodía.

-Te equivocas… Él no me ha hecho nada, si no su padre. Pero ese tema se quedará entre Yief y yo- Tras un largo silencio, la bailarina paró y la caja se cerró mediante un resorte- Espero que mi trato haya sido el adecuado estos días, Lucille, lo que menos querría en el mundo es que lo hayas pasado mal en mis paredes. Mañana podrás irte, uno de mis hombres te dará la dirección de la casa- la ancha mano de Richard bajó el pomo de la puerta y las bisagras se doblaron- Y recuerda, no te lo tomes a mal, pero el plan debe seguir en marcha. Yief saldrá mañana de la cárcel, si contactas con él…Le mataré.


Avanzaba por los pasillos de su casa, ladeando la cabeza, qué lástima de chica, con lo guapa que es… La puerta del recibidor se abrió de golpe y uno de sus hombres entró dando largas zancadas, con una capa de cemento que ya amenazaba con endurecerse.

-¿Un mal día?-bromeó Blackhole viendo al guardaespaldas con aquél ungüento surcando su cejas- Quítate eso o la gente te confundirá con un zombi.

martes 17 de noviembre de 2009

195

Tobías Marstrom ya le estaba dando de nuevo a su hobby favorito.
Un día soleado, relajante, estático, sería un día perfecto si no fuese por el tremendo ruido que montaban en el sector cero con ese monstruoso andamiaje.Además ese mismo día estaban haciendo aparatosas maniobras para colocar un titánico cilindro metálico sobre las obras. Todo el mundo rumoreaba, todos sabían de qué tenía forma ese cilindro, pero nadie lo decía en alto.

Bajando el pomo de la puerta con el codo, apareció en la azotea de su edificio con una silla plegable en un brazo y una botella de ron en el otro. Tampoco había hecho falta insistirle mucho, tan solo un par de comentarios subidos de tono y un susurro al oído con las palabras mágicas: vamos a follar a la jodida azotea otra vez.
Por una vez que Tobías se estaba tomando su trabajo en serio y ya le habían engatusado. Llevaba horas llamando a la casa de Alexandre da Silva, artista que se iba a encargar de la portada de un reciente best seller, pero nadie cogía el teléfono. Fue entonces cuando, oyendo los furiosos alaridos de su jefe, Silvia, su secretaria preferida, entró para tranquilizarle.

-Para que luego digan de los clichés de la secretaria-Tobías ya se había sentado y Silvia abalanzado sobre si regazo, mechones rubios sobre su pecho-No dejes nunca de trabajar para mí.
-Jaja… ¿Y qué pasaría si me fuese a otra empresa?-dijo ella mordiéndole en el cuello.
-Que iría hasta el despacho de ese cabrón y te secuestraría.

La secretaria se zafó un instante y lleno los dos vasos con el caro ron de Costa del Sol, con dos hielos cada uno.

-Tengo una sorpresa para ti.

Tobías alzó las cejas todo lo que los músculos le dejaron y puso una sonrisa de excitante emoción.

-¿Qué es? Venga, dímelo ya.
-Primero vamos a bebernos las copas-dijo ella dando un largo trago. El obedeció al instante y en cosa de diez minutos su vaso estaba vacío.
-Venga, ya está, ahora la sorpresa.
-Si ya te la has tomado, tonto-dijo con una carcajada propia de una niña.

Tobías tardó en comprenderlo, en parte porque la droga de la bebida ya comenzaba a hacer efecto. Los contornos de Silvia comenzaron a brillar y formar una silueta fluctuante. Miró a los edificios colindantes, miró a la mesa y finalmente alzó sus manos para observárselas. En cualquier lugar ocurría lo mismo: ondulados contornos que abarcaban todo el espectro de colores y se desplazaban por él.

-¿Qué mierda me has metido?-dijo empezando a asustarse y notando como la temperatura de su cuerpo ascendía.
-¿No es divertido?-rió ella tambaleándose y colocándose de rodillas para comenzar la función.

Silvia también se había tomado lo que fuese que había echado en las copas y eso por lo menos le relajó, ya no era algún asunto de venganza o algo similar. ¿Pero a qué coño jugaba entonces? Ahora Tobías no podía dejar de pensar en qué tipo de drogas podían causar esas alucinaciones, haciendo un repaso mental de todo lo que probó en su adolescencia.
Pero no pudo ni llegar a concentrarse porque la secretaria ya le había bajado los pantalones y comenzado a jugar con su miembro como sólo ella sabía.

-Más vale que luego no me acuerde de nada, Silvia, esto no me hace ni puta gracia-sin embargo no era consciente de que no se le quitaba una estúpida sonrisa de la cara.

Lo estaba “flipando” literalmente. La cabeza de la rubia se había convertido en un tormentoso borrón con el vaivén y la melena parecía tinta de colores que se esparcía por todas direcciones. Ahora le costaba mantener la cabeza quieta, como si los músculos de su cuello pareciesen de gelatina.

-¡Ay la hostia!
-Me lo ha dado un colega de mi primo-habló ella sacando la boca de su entrepierna. Entonces se le fue la mirada y se cayó de costado; se levantó con gran torpeza y emitió una risa distinta, con un matiz de nerviosismo tal vez- Son cristales de no se qué…Espero no haberme pasado.

Tobías sudaba a chorros y su cerebro, a parte de coordinar con dificultad, comenzaba a cruzar neuronas formando un revoltoso nudo marinero. El cielo le parecía morado y oía chapoteo de lodo, el suelo amarillo y olía a salsa de tomate, el aire parecía electrificado y le procuraba chispazos de placer directos a la espina dorsal.

-Joder Silvia…Esssssto esunaputalocura-dijo humedeciéndose los labios. Incluso a él le sonaba extraña su voz, con velocidades incontrolables y mala pronunciación-¿Silviiaa?

Pero ella no contestaba. Bajó la mirada y una supernova le estalló en los ojos, cegándole momentáneamente. Segundos después vio la mancha difusa que era Silvia con su mano derecha aún sujetando sus testículos, pero totalmente inconsciente.

-Pfffff… Serás gilipollas…Noooo aguantasnada-dijo riéndose en vez de preocuparse por la salud de su subordinada.

Entonces no supo cuánto tiempo pasó, pero se puso a pensar algo, a intentar recordar lo que solía hacer después de follar en la azotea. A ver, follamos, yo dejo el condón en la otra silla…No un eclipse si no tres fueron los que dieron un nuevo significado a la palabra oscuridad…No joder, eso es de la novela que me estoy leyendo ahora…Ella vuelve a su despacho y continúa trabajando…Tobías hijo, di hola a tu prima de Nibelheim…Es cierto, qué buena está mi prima, todavía me acuerdo del día que nos pillaron…Entonces yo cojo algo de la mesa. ¡Sí! Unos prismáticos y me pongo a mirar algo…La madre que me parió, pero si el meteorito ya está aquí. ¡Vamos a morir todos! Dame la patita Linneo, dame la patita… ¡Qué inteligente era ese perro! Puto el turco que se lo cargó cuando le meó en los pantalones… Observo a alguien del edificio de en frente…Me apetece un kebab, de esos que tiene dos carnes distintas… Hijo, te voy a meter dos hostias, tú verás cómo las esquivas. ¡No me puedes prohibir leer libros, estás matando mi cultura!

-¡Coño ya sé! ¡La jodida modelo que da el tiempo en el canal seis!-gritó a pleno pulmón en cuanto se acordó.

La aludida, asomada a la ventana, se quedó perpleja al oír aquél alarido. Entonces su novio apareció también entre los marcos de la ventana y alcanzó a Tobías con la mirada. Da igual cómo fuese físicamente, el jefe de la editorial vio a un hombre de dos metros, de unos cuarenta años, calvo, con una barba totalmente desordenada y un ojo de cristal.
Gritó algo desde el otro edificio, pero las palabras no llegaron hasta los oídos de Tobías.

-¿Qué dices puto zombi?-gritó de nuevo entrecerrando los ojos para ver si así los edificios dejaban de moverse.
El “zombi” dijo algo, desapareció y volvió a asomarse con un palo de golf. Esta vez Tobías sí que le escuchó perfectamente.

-¡Espérame ahí hijo de la gran puta, que te voy a meter esos prismáticos por el culo!
-¿Va en broma no?-dijo él hablando sólo-Ahora vendrá el poli guay y me salvará del zombi.

Pero algo en su trastornada cabeza le decía, con la poca cordura que mantenía, que eso no ocurriría y que un tipo cabreado le quería sacar la mandíbula con un hierro 9.

-¡Hostias, hostias!

Pegó un bote y la silla cayó hacia atrás. Ni siquiera reparó en la durmiente Silvia cuando dando tumbos abrió la puerta de la azotea y comenzó a bajar las escaleras hacia su despacho.
Ya había aprendido que cada ve que movía la cabeza bruscamente, otra supernova le estallaba en los ojos, así que con apariencia estúpida, intentaba mantener el cuello erguido.
Dejó atrás la salida de emergencia que daba al tejado e intentó parecer sereno caminando por los pasillos de su editorial. ¡Como si fuese tan fácil! Entre que le bailaban los ojos e iba más tieso que una espiga, lo raro es que no le dijesen nada.
Torció la esquina y se dio de morros con el encargado de la limpieza, que pasaba la fregona con parsimonia y unos auriculares a todo volumen que colgaban cuando se inclinaba.

-¿Está bien, jefe?

Tobías se quedó quieto, aguantando la respiración.

-Eso depende… ¿Eres tú el zombi?
-¿Qué si soy qué?
-Es cierto, el otro era más grande y calvo y… bueno, da igual. Me voy a mi despacho, si ves a un zombi con palo de golf le dices que no estoy.

Le dio unas palmaditas en el hombro y siguió andando erguido. Entonces se paró de nuevo y chascó los dedos.

-Ya se quién eres tú… ¡Eres Arcturus Black, el rebelde del Nexo!
-Ehh… ¿Jefe está bien?
-Que si joder, que sepas que eres un jodido cabrón, se te va mucho la cabeza, mira que matar a un pobre niño…Oh y me tienes que presentar a Lulu, tiene que estar como un queso, si no fuese porque ya se la ha quedado ese cabronazo de Wolt…
-Vaya a su despacho y duerma un poco-dijo el atónito empleado, que ya había decidido ignorar sus desvaríos-Catalogar tantas novelas le ha fundido los sesos.
-No sé qué has dicho pero lo haré…Recuerde avisarme si viene el zombi-ya se estaba yendo de nuevo cuando volvió y le zarandeó totalmente asustado-¡Tío, que tienes dos serpientes metiéndose por tus orejas!
-¿Pero qué coño te pasa?

Minutos después, el conserje se había encargado de llamar a un taxi y el empleado de la limpieza llevaba a Tobías en volandas hacia la puerta principal.

-No se preocupe jefe, aquí no hay nada importante que hacer, el taxi le llevará a casa.
-Eres un buen colega… ¿Te dije que una vez estuve hablando con Rufus? Resulta que es un jodido alienígena con trompa de elefante. Lo que pasa es que viajó en el tiempo hacia el futuro y consiguió que… ¡Me cago en la puta! Te dije que me avisaras si venía el zombi.

En efecto, entrando por la puerta circular de la editorial, apareció el gigante calvo y con barba, con el ojo de cristal emitiendo una luz roja que cegaba a Tobías y el palo de golf dispuesto a partir cráneos. Parecía exhausto, como si correr hasta el edificio de al lado le hubiese costado un gran esfuerzo.

-Maldito pervertido, ahora te vas a enterar.
-¡Rápido hay que ir a una iglesia o algo!
-¡Que no es un zombi, que este tío te quiere moler a palos!-ya hasta el de la limpieza gritaba, no se sabe si porque había respirado la droga de Tobías a través del sudor o porque estaba hasta los cojones del alocado día que le estaban dando.

Tobías se zafó de sus brazos y comenzó a correr, yendo de lado a lado y agitando los brazos. Entonces se tropezó con un cordón de sus caros zapatos y cayó justo cuando el palo del zombi pasaba a la altura de su cabeza.

-No podrás conmigo puto zombi, los palos de golf no me afectan-dijo incorporándose viendo millones de polillas de colores volar a su alrededor-Ahí te quedas.

La puerta giró y Tobías se largó con viento fresco, riéndose descontroladamente y llorando a la vez.

-Joder… ¿Cuándo se va a acabar esta jodida cogorza? Yo quiero irme a dormir ya… ¡Calla idiota, no pienso subirme a ese avión!-dijo incluso imitando dos voces distintas.

El calvo salió segundos después y comenzó a correr para intentar atrapar a Tobías, que ya torcía por una bocacalle.

[...]

-Lazarus… ¡Oh dios, menos mal que me has cogido la llamada!-susurró a su móvil escondido tras un contenedor-Estoy hecho mierda tío. Veo colores que ni siquiera existen, me va a explotar la cabeza y me persigue un zombi… ¿Qué? Que sí, no te rías de mí. Aiba espera, no cuelgues, que acabo de ver a un erizo naranja disfrazado de turco…Que sí, lleva un pelo la hostia de raro…Bueno, erizo, nutria, qué más da, creo que lleva el pelo pegado...Ya está, se ha metido en un local. Ven a recogerme tío… ¡Mierda, joder, si yo tenía un taxi en la puerta! Da igual, quedamos en el bar de la calle Rose… ¿Que ese bar es de gays? ¿Y por qué nadie me lo ha dicho hasta ahora?

[...]

-Eh, eh…-dijo el camarero cuando vio entrar a Tobías a toda prisa, con la única premisa de usar el lavabo y marcharse-Si quieres usar el servicio, mínimo una consumición.
-Veeenga tío, un poco de compasión-su voz era ahora ronca y pastosa, los efectos se iban pasando poco a poco, aunque todavía veía cosas que sólo existían en su imaginación- Si no te lo voy a manchar ni nada.
-No cederé, de alguna forma tendré que ganarme el pan.
-¿Sabes? Me habían dicho que tú molabas, pero parece que estaba equivocado-sacó su cartera de cuero negro y sacó unos cuantos guiles- Ya que estamos…Ponme una copa de ron.

El dueño del bar se dispuso a preparar su bebida, mientras Tobías observaba atónito con los brazos y el mentón apoyado en la barra. Cuando los tres hielos cayeron en el vaso, emitió una gran exclamación.

-Tiiio… ¿Cómo has hecho eso?
-¿Hacer el qué?
-bah, déjalo-dijo sabiendo que la sinfonía que había oído salir del vaso era fruto de su quebrada imaginación y era tontería seguir.

Entonces entró Lazarus, excitado y nervioso, agitando los brazos para que su amigo le mirase.

-Vamos Tobías, ese tipo está a punto de llegar y no creo que lo del cemento le haya hecho mucha gracia.
-Ya va, ya va-respondió acordándose de que todavía le perseguía un loco-voy a mear y nos piramos.

Se bebió la copa de un trago y fue al servicio arrastrando los pies.

-¿Pero qué haces loco, eso era ron?

No hizo falta respuesta. Con la puerta abierta de los servicios se pudo oír perfectamente la tremenda arcada que emanó de las entrañas de Tobías, cual dragón que ruge en su cueva. Cuando salió pasándose una manga por la boca, apuntó al camarero con el dedo pulgar y le dijo:

-¿Puedes ponerme otra de ron? Es que la mía se me ha caído en el retrete.

Lazarus pasó un brazo por sus hombros y se llevó a su amigo semiinconsciente fuera del bar, donde les esperaba un coche directo al fin de la intoxicada aventura de Tobías. Minutos después entraría un hombre de dos metros, calvo, con barba, palo de golf y una capa de cemento cubriéndole hasta el cuello.

-Señor, parece usted un zombi-bromeó el camarero.

La ira del muerto viviente se cebó con él y el bar estuvo cerrado durante tres semanas.