miércoles 9 de diciembre de 2009

198

El autobús frenó bruscamente con el vengativo pie del conductor. Había sido un viaje largo y agotador patrocinado por una línea barata de viajes. El niño que da patadas en el asiento, la pobre mujer que se marea, el anciano que se queja de lo mal que están los tiempos… Lo tuvo todo, cosa que hizo que el conductor perdiese los nervios más de una vez.

Agarré mi destartalada maleta y respiré profundamente, absorbiendo el viciado aire del vehículo, un aire que sabía que venía de mi tierra y ya no podría volver a respirar. La estructura de la maleta tembló de terror de terror al saltar el último escalón del autobús y yo temí que tuviese que cargar con ella, pero las ruedas resistieron el asalto. Así me sentía yo, con miedo a que algo saliese mal, alguna pequeña cosa que me devolviese a la realidad y derrumbase aquél muro emocional que parecía haber alzado.

El sol había desaparecido hace horas, la placa se lo había comido, pero un leve resplandor asomaba por el sector siete. A nadie le gustaba aquél meteorito, pero yo lo odiaba. Lo odiaba por odiar algo, lo odiaba porque todo pareció empezar a salir mal desde que apareció, como una cuchilla circular que corta sin tocar, con herida profunda y sal.

Una anciana de pelo blanco y alborotado, que estuvo todo el viaje durmiendo, me cogió del brazo y me miró con ojos confundidos.

-perdona chico, ¿No sabrás cómo se va a al Mercado Muro ese?-Los surcos de su cara se movían con vida propia a cada movimiento de la mandíbula como un océano de arena.

-Lo siento, nunca he venido a Midgar- me excusé con cierta aspereza.

-Oh, vaya… ¿De Costa del Sol, verdad?-yo asentí- Se nota por el moreno… Y tienes unos ojos marrones de lo más bonitos. Yo vengo de Ciudad Cohete…

-Disculpe, pero tengo que irme- la dije con disimulada prisa.

En parte tenía razón, pero estaba claro que aquella mujer pretendía contarme toda la vida de cada uno de sus nietos.

Comencé a caminar entre grises paredes y sucias aceras, todas ellas con la etiqueta de “ciudad evolucionada”. Algún día volveré Max, dijo mi padre cuando se marchó de Costa del Sol. Pero nunca volvió, se quedó entre humos de coches y placas en el cielo hasta que se le vinieron encima, con todo el peso de la ciudad que no deja de devorarse a sí misma.

Yo no entendía nada. Me habían hablado alguna vez de Midgar y siempre me la imaginaba como un monstruo metálico, pero no me imaginaba a mi padre viviendo en ella. Y el hecho de que un marinero durante el viaje en mar me contase sólo cosas malas acrecentó mi repulsa hacia la ciudad. Que el sector siete lo destruyó Shinra me dijo… Era una idea tan descabellada que hasta podía tener sentido. Y mi padre justo paseando por allí ese día, qué suerte la suya… Y sería yo, meses después, el que me enteraría de que lo habían encontrado bajo una piedra, como los cangrejos.

-Pero mi padre no es un cangrejo- dije en voz alta al entrar en un conjunto de bloques de edificios- Mi padre nunca caminó hacia atrás.

Era cierto, nunca caminó hacia atrás, siempre hacia delante, dándolo todo de sí. Incluso marchó a Wutai llegado el momento, enviándonos dinero todos los meses. Y así se lo agradeció la ciudad que le atrapó durante quince años, con una parte de ella abriéndole el cráneo y aplastándole el pecho.

Yo tenía ahora treinta y dos y ni siquiera le vi la noche que se marchó, de puntillas para que no me despertara, el día que cumplía los diecisiete.

Metí la mano en mi abrigo marrón y saqué un sobre arrugado, en el que figuraba, con letra fina y estirada, mi nombre y apellidos. Una pequeña llave cayó entre los dedos de mi mano izquierda, fría e impasible, dispuesta a abrir la puerta a un nuevo inquilino y, sin embargo, sin cambiar a su antiguo dueño. Me quedé inmóvil, como si no supiese cómo se utilizaba aquél objeto, pensando en lo que significaba, temiendo encontrar dentro lo que no veía hace tanto tiempo.

Un joven rubio pasó con aire distraído por la calle con ropa de lo más extraña. Incluso llevaba un esqueleto metálico cosido a la espalda. Esqueletos maquillados, pensé, eso es lo que son la gente de esta ciudad.

Y sin embargo yo me iba a convertir en uno de ellos. Al día siguiente intentaría abrirme paso con mis estudios en ingeniería de caminos sin ilusión, augurando que sólo acabaría trabajando mucho, mal, y nada parecido a eso.

Finalmente introduje la llave en el portal y me adentré en el edificio. Me tocó subir la maleta por tres pisos de escaleras deterioradas y paredes resquebrajadas, heridas desde el derrumbamiento de su sector vecino, hasta que llegué a una puerta de madera con el barniz raspado. Saqué la segunda llave del sobre, ésta de forma triangular, y abrí sin pensarlo demasiado. Un aire cargado, de meses de edad, me atizó en la cara al empujar la puerta y avanzar por el pasillo de la casa. Paredes blancas, de yeso lleno de humedades, que me guiaron hasta un pequeño salón, lleno de la presencia de mi padre, Maximilian White.

El ornamentado reloj de arena que fabricó cuando yo tenía ocho años descansaba sobre una televisión en la esquina. Su colección de libros preferidos en una discreta estantería junto a la ventana y sobre ella una foto suya con mi madre y conmigo en la playa de Costa del Sol, cuando apenas sabía gatear.

Era una ciudad distinta pero todo me recordaba a él. Sentía su sonrisa despreocupada en el aire, sus chistes malos, su afición a las excursiones… Fue aquél salón el que definitivamente derrumbó ese muro emocional de un solo martillazo, diciéndome con rotunda seguridad que mi padre ya no estaba. Daba igual que llevase quince años sin verle, siempre sabía que estaba allí, lejos de casa pero cerca de la vez, sabiendo que algún día volvería sin avisar para darnos una sorpresa. Me senté en el único sofá y lloré. Lloré por él, por mi madre que se fue de paseo con el cáncer de pulmón hace ya años, por mis abuelos que apenas recuerdo, porque en ese momento me sentía sólo y desprotegido, con mi casa de Costa del Sol embargada, con mi problema con el whisky barato y con mi asquerosa soledad.

Lloré hasta que me sentí reconfortado, como si los problemas ya no estuviesen allí aunque todavía me ahogasen. Me peiné malamente con la mano delante de un pequeño espejo y con el pelo negro revuelto volví a salir a la calle. Sólo quedaba una cosa por hacer, decirle adiós en persona.

Avancé por estrechas calles decidido a acabar con el ritual en el menor tiempo posible. Entre dos amigos que mi padre tenía, que fueron los que me informaron del desastre, dos hombres que contraté para enterrarle y yo hacíamos cinco, en una ceremonia a la que sólo yo pertenecía de verdad.

El jardín apareció de la nada, entre los gruesos muros de cuatro edificios, como un pequeño paraíso dentro de Midgar que se escondía de malas miradas, con una vieja y oxidada verja rodeándolo y no más de de veinte piedras que hacían de epitafios. Por lo visto allí reposaban los restos de gente con la misma suerte que mi padre, víctimas del derrumbamiento.

Y allí también estaban los amigos, con la cabeza gacha y arropados con gruesos abrigos, viendo como otros dos hombres cavaban con esfuerzo. No me moví, sólo observaba la escena de lejos. No quería acercarme y ver cómo cavaban, todo el mundo sabe que siempre falta tierra, da igual todo lo que saques. A su lado descansaba una caja de madera de dos metros de largo, con los clavos relucientes. ¡Mi padre se merecía más joder, no una mierda de caja de zapatos gigante!

Terminaron de cavar y yo me disponía a dar media vuelta y no volver a ver a aquellas personas pero aquél presentimiento que ya me atenazó cuando las ruedas de la maleta se quejaron se materializó en ese preciso instante, cuando con absurda idiotez se les resbaló el féretro y cayó al agujero de lado, abriéndose la tapa. Los amigos de Maximiliam ahogaron un grito y se llevaron las manos a la cabezal ver que dentro no había más que sacos de arena y una carta con la letra de mi padre dirigida a mi nombre.

viernes 4 de diciembre de 2009

197

Desde su asiento de copiloto, Mashi miraba con gesto distraído a una mujer hermosa, envuelta en seda y coronada con un gesto triste, que cruzaba la acera en silencio. Parecía etérea entre la multitud, y le dio al turco un par de ideas para alguna que otra entrada en tono poético en su blog.
- ¿Qué haces esta noche, cachorro? – Preguntó Svetlana, a su lado.
- ¿Yo? – Se sorprendió el joven turco. – Uhhh… Nah, supongo que escribiré algo y me iré a dormirla. Con la mierda esa del cañón nos están haciendo encadenar un turno tras otro, y me siento como un zombi con resaca.
- Yo voy a darle otra pasada a la zagyev en la galería de tiro antes de irme, pero no mucho. No es plan dejar a Jorik tirado con los enanos. – Mashi sonrió. Siempre le hacía gracia ver a una agente de Turk tan expeditiva como Svetlana, actuando de esa forma tan maternal. Sin embargo, su compañera tenía la mirada en el retrovisor, desde el que veía su nueva escopeta, depositada en el asiento trasero, lista para la acción.
El sonido del PHS de Svetlana los interrumpió. Miró su pantalla, que le anunciaba la llegada de un mensaje de texto de su esposo. La turca temió por su sesión de tiro, pero esperó a que un semáforo en rojo le diese la oportunidad de leerlo.
“Vanya ha vuelto a meterse en una pelea. A las ocho tenemos una cita con el jefe de estudios del colegio. NO FALTES”. El humor de Svetlana se turbó al instante. Vanya siempre había sido un niño con un temperamento rebelde y algo agresivo, pero bien atemperado por la educación que Jorik le había dado. No era malo, y no hacía falta más que conocerlo un poco para ver que era bondadoso y protector. Sin embargo, nada comparable a la amabilidad y ternura de sus hermanos, Rozaliya y el pequeño Grigori. Probablemente, alguien se habría metido con ellos, y Vanya le partió la cara.


Mashi vio como el monovolumen familiar de Svetlana se alejaba a toda prisa hacia la salida del garaje del edificio Shin-Ra, mientras las puertas del ascensor se cerraban ante su cara. Tenía algo de tiempo libre, y ante la indecisión de cómo llenarlo, llegó incluso a plantearse ir al gimnasio a buscar a Kurtz para un repaso, pero cabalmente decidió en seguida que no quería ser él quien se lo llevase.
Tres pisos antes de alcanzar la planta que Turk tenía asignada para sus oficinas, Mashi abandonó el ascensor, despidiéndose del resto de ocupantes (un par de miembros de SOLDADO y algún que otro funcionario) con un leve gesto con la cabeza.
Subió sigilosamente las escaleras, mirando a su alrededor con precaución, cuando se encontró a Harlan e Yvette discutiendo frente a la máquina de café. Los llamó en voz alta, acercándose hacia ellos, que se apresuraron a saludarlo. Mashi odiaba el café de máquina, pero era un pequeño precio a cambio de su integridad física. Al fondo podía ver la fría mirada de Grim, clavada en él desde una rendija entre las persianas venecianas de su despacho. Tras él, Soto y Tex discutían. Nadie olvidaba a Creedan Dravo, ni la lección que supuso acerca de lo que puede suceder a alguien que se descuida y va por ahí solo.


- La entrevista terminó hace un cuarto de hora, Svetlana… - Jorik Varastlov esperaba sentado ante la puerta del colegio, sobre el capó de su coche: Un sedán de lujo, regalo de su esposa por un pasado aniversario de bodas.
- Lo siento… ¿Cómo ha ido? – Preguntó. Al fondo veía a Grigori y Rozaliya tirando de Vanya, que tenía un ojo morado, hacia un kiosco. Jorik les había dado dinero para chucherías y que así desapareciesen unos minutos.
- Deberías haber venido. – Su marido no era un hombre que se enfureciese de forma vistosa ni exacerbada: Nunca perdía los papeles, y atacaba usando un tono glacial.
- Jorik, se donde debería haber estado, pero tú deberías recordar en que situación estamos y lo mucho que me aprecia el capitán Jacobi.
- Sigue siendo un trabajo, y su importancia no debería ser comparable a la de tus propios hijos.
- Eres un civil y no lo entiendes: ¡Estado de excepción! – Insistió Svetlana, intentando moderar su tono y gestos para que sus hijos no notasen nada raro. - ¡Es casi como estar en guerra!
- Yo lo entiendo… Pero ¿realmente vale la pena? Los niños y yo nos estamos hartando de oír saltar alarmas sobre el fin del mundo, y tú nunca estás en casa para tranquilizar a los niños.
- Si el mundo se acaba, no entiendo que cojones haces tú preocupándote por tu ascenso a catedrático. – Acusó Svetlana.
- Si, tienes razón. Estoy siempre con mi tesis… ¡En casa! – Alzó una ceja, mientras la miraba con aires de superioridad. – ¡Mírate! ¡Te presentas con todo el uniforme arrugado, el chaleco puesto y esas dos metralletas abultando bajo la chaqueta! ¿Qué imagen es esa? ¿Cómo quieres que Vanya no se meta en peleas, viendo así a su madre? – Svetlana se echó hacia atrás, como si hubiese sido abofeteada. Miró un segundo a sus hijos, asegurándose de que aún seguían eligiendo chucherías, y se acercó a su marido, encarándolo.
- De modo que es eso, ¿no? ¡Sigues guardando rencor a Vanya! ¡Vanya es el mal hijo! ¡El agresivo! ¡El hosco! ¡El brutal! – Jorik había lanzado un golpe muy bajo, y muy certero.
- Tienes razón. No es culpa suya: Solo ha heredado las maneras de ese troglodita que es su padre. – Svetlana tragó saliva. Tras la puñalada anterior, con esto acababa de retorcer el cuchillo completando el golpe. Sin embargo, había llevado la discusión a un campo que le iba a salir caro.
- Puede que no te hayas dado cuenta, Jorik Varastlov, pero cuando te casaste conmigo, Vanya aún estaba en mi vientre. ¡Tú y solo tú eres el único padre que ha conocido nunca! ¿Quién es el troglodita entonces? – Cazado en su propia red, Jorik apretó los puños. Respiró profundamente e hizo un gesto con la cabeza a Svetlana hacia los niños, que ya caminaban hacia ellos, contentos con su nuevo botín.
- ¡Yo les enseñé a actuar de forma lógica! ¡Y sin embargo, le partió la cara a dos compañeros! – Svetlana se quedó mirando a su marido en silencio, calmándose súbitamente su enfado. Su rostro parecía pesaroso, pero no dejaba de mirar de reojo hacia los críos, cada vez más cerca, para que no la viesen así.
- Deberías ponerte de vez en cuando en el lugar de tu hijo.



Mashi comprobó su blog una vez más. Pocas entradas. La verdad, sabía que no hacía esta publicación por autobombo o por convertirse en una especie de “gurú online”. Sin embargo, Yabun Gobei había perdido mucho ritmo de visitas desde su separación del grupo de turcos. No era de extrañar: ¿Quién esperaría ver a perros viejos chateando o usando internet? Solo tenía los comentarios habituales, amén de un nuevo seguidor anónimo cuya identidad conocía bien pero que no delataba por no tener problemas. Eran cerca de las doce de la noche, y la cena ya era un grato recuerdo del pasado. Sin embargo, sabía de antemano que cualquier intento de ir a dormir acabaría siendo infructuoso. Decidió vestirse. Nada complicado, solo “casual”, y luego a dar un paseo. Incluso tardó menos de media hora en arreglarse el pelo.
La idea de Mashi de “casual” le hacía destacar enormemente entre la multitud, con su abrigo adornado con una placa de aluminio en la espalda, cortada con la forma de una especie de torso esquelético demoníaco, sobre tela malva. Sus botas estaban cubiertas de puas, romas todas ellas, por lo que pudiera pasar, y sus pantalones negros, holgados y llenos de desgarrones, mostraban por debajo unas mallas de color malva que completaban su indumentaria, junto con un leve toque de maquillaje. Algo discreto, a su modo de ver. Sin embargo, Katsumashi hubo de reconocer una cosa: Después de las semanas sirviendo junto a gente como Svetlana, Kurtz, Inagerr o Peres, se vio raro a sí mismo, de nuevo, maquillándose o buscando su ambiente habitual en el entorno visual. Buscó un espejo improvisado en algún escaparate, para ver si él también se había hecho viejo, pero no fue así, para su alivio. Sin embargo, algo era distinto: Ahora sentía una suerte de comprensión hacia sus compañeros: Una vieja guardia curtida en mil infiernos y apaleada, deseosa de un nuevo asalto por una mezcla de orgullo y tozudez.
Decidido a no pensar en el trabajo, por bien que le cayesen sus nuevos compañeros, Yotoomaru Katsumashi sonrió ante el cartel del Karasu. Una sala de conciertos a medio tomar por los góticos, pero que siempre acababa dando ventaja a los conciertos visual. Lleno a medias por puristas y la otra mitad por fans de los grupos, el Karasu era de las mejores salas de conciertos que se podían encontrar en el sector 8. La caída de su placa vecina le había causado graves problemas: Cierre para una inspección de urbanismo por si había sufrido daños estructurales, y una gran pérdida de su flujo habitual de clientes por la destrucción de los accesos desde el sector 7. Sin embargo, los grupos se habían apoyado mutuamente, y a fuerza de dar conciertos agotadores por precios meramente simbólicos, lograron mantener el local abierto. Desde el Karasu, todo el barrio logró crecer de nuevo, y mantenerse como territorio de los Visual Kei.
Mashi decidió no pedir alcohol. No le gustaba tanto la cerveza como los combinados de sabor más dulce, pero tenía la obligación de mantenerse sobrio ante la posibilidad de una llamada de emergencia. Svetlana lo despellejaría si llegaba a descubrir que había salido de casa sin chaleco, y con su triste revólver como toda potencia de fuego.



Svetlana tenía la mirada perdida. De repente, en menos de un segundo, se concentró y se arrojó hacia delante, donde un saco lleno de arena esperaba sus golpes. Sobre él, una foto de Mordekai Jacobi cada vez más destrozada sonreía con su habitual desdén, mientras una lluvia de golpes caía incesante sobre ella. Svetlana giraba en torno al saco, repartiendo golpes, esquivando las venidas, en las que su imaginario adversario intentaba alcanzarla, cansarla, y finalmente, derrotarla. Eso habría funcionado con cualquier pipiolo, pero ella había recibido demasiados golpes y partido demasiadas caras como para dejarse atrapar así como así: Dosificaba sus energías, coordinaba su respiración con sus movimientos, exhalando fuertemente en cada ataque. Podía combatir durante mucho tiempo antes de notar el cansancio. Le gustaría creer que horas, pero es mejor ser realista. Se lanzó contra el saco de nuevo, atacando en corto y rotando. Siempre atacando, nunca dando un respiro entre golpe y golpe. Los respiros al enemigo son una traición a uno mismo, como bien aprendió por las malas cuando ingresó en la 90 de fuerzas especiales.
Acabada su combinación dio un paso atrás y lanzó una potente patada lateral que debería haber lanzado el saco contra el fondo, pero este se chocó con algo y casi es Svetlana la que sale proyectada.
- ¿Tregua? – Preguntó Jorik, tras el saco. Traía una botella de agua y una toalla limpia. Svetlana refunfuñó y lanzó un golpe más contra el saco, pero tomó asiento.
- ¿Qué quieres? – Svetlana tenía la costumbre de aislarse en el trastero, tres pisos encima de su casa, donde se había construido un pequeño cuarto de entrenamiento. Era tan disciplinada que se frustraba enormemente cuando alguien que no fuesen sus hijos la interrumpía. Incluso a veces, sus hijos se encontraban un severo correctivo al llegar.
- Quiero acabar la discusión.
- ¿Y qué vas a decir al respecto? – Jorik sonrió. Él era el único con el privilegio de sacar de sus casillas a su mujer. No era algo que hiciese a propósito, sino que le salía sin pensar. Normalmente, de la agente Varastlova se conocía su faceta fría y violenta, y su faceta simplemente violenta. Con sus compañeros era amistosa, pero se comportaba como un hombre más, soltando bromas soeces y repartiendo golpes amistosos, pero que a Jorik le hacían bastante daño cuando le tocaba recibirlos. Sin embargo con él, era cuando tenía ante sí a Svetlana la mujer. Femenina, preocupada, y aunque a veces costase creerlo, vulnerable.
- Voy a decirte que ya sabía que yo era el único padre al que Vanya conoce, y para ello, voy a confesarte algo que he tenido miedo de que supieses.




- ¡Joder, como mola tu pelo! - Dijo una joven rubia cuando Mashi apareció a su lado en la barra. Tenía la voz un poco ronca, aunque el joven turco supuso que era por el vaso casi vacío que tenía ante ella. – Si me cuentas el truco, te invito a un trago.
- Solo voy a tomar un refresco, y no estoy seguro de que mi secreto valga tan poco… - Dijo con picardía, haciéndose el interesante. La chica pareció pensárselo.
- Vale, te lo plantearé de esta forma, a ver si te gusta más: Si me das conversación, te invito a ese refresco.
- Gracias. – Pidió un mosto y luego se giró hacia ella. – Y la respuesta a tus dudas es esta: Mascarilla marca Mogu cada tres días, corte de puntas cada cuatro meses y laca de buena calidad para no quemar el pelo.
- Euh… Tomo nota. – Dijo la chica. Aún era una adolescente, pero más bien una adolescente tardía. Aparentaba unos diecinueve años, y su aspecto era una especie de Visual de fin de semana. Debía de ser universitaria para estar de fiesta un jueves. Se arregló un poco más el pelo, con un gesto casual que abrió un poco más su escote y se pegó a Mashi, casi tocándolo, e inundando sus fosas nasales con su perfume. – Por otro mosto, o algo un poco más fuerte… ¿Me responderías a otra pregunta?


Jorik avanzaba a zancadas a lo largo de la taberna Highlander Cavern. Sus pasos llamaron la atención de los parroquianos, pero nadie hizo preguntas al joven extraño delgado y algo desgarbado. Estaba furioso, y su cabello estaba revuelto. Encontró al hombre al que había venido a buscar y se sentó, quitándose las gafas y posándolas sobre la mesa ante una eventual escena violenta a punto de estallar.
- ¿Prefieres aquí mismo o fuera, hijo de puta? – Preguntó Jorik, con el tono dubitativo de alguien que no está acostumbrado a llegar a este nivel.
- Aquí mismo tendría un problema con el dueño. Fuera no, pero no veo como mierda va a acabar bien esto si te… - El otro hombre dudó apenas un segundo. - Si tú y yo nos damos de hostias.
- No me voy a ir sin lo que he venido a buscar.
- Pues lo tendrás que conseguir como siempre has dicho: Hablando. – Jorik sonrió. Precisamente él, ese neandertal, le venía a decir al licenciado cum laude y uno de los profesores universitarios más jóvenes de la universidad de Midgar, que iban a resolver las cosas hablando.
- Veo que evolucionamos… Incluso te han puesto una jarra, con asa y todo, para que las uses como un organismo desarrollado.
- Mira, tío… Que quiera resolver esto tanto como tú, no significa que te permita insultarme. – Dijo con tono firme y sombrío, mientras sus ojos parecían relucir en la oscuridad del rincón en el que estaba sentado.
- Bien. – Concedió Jorik. – Yo también me comportaré. – El otro asintió. Jorik tomó aire y esperó unos instantes, antes de decidirse a hablar. Apenas dos segundos. - ¿Por qué cojones no le echaste huevos y tomaste la iniciativa en lugar de dejar que yo siguiese adelante con la boda?
- No te casaste engañado, Jorik… - El extraño dio un trago a su pinta de cerveza negra, mirándolo desde encima de su vaso.
- No, eso es cierto. Sin embargo, ella tampoco. No creo que debiera haberme dicho que sí.
- ¿Por? – Preguntó el otro, a medio camino entre divertido y sorprendido.
- Porque cada vez estoy más seguro de que te quiere a ti. – Esta vez su interlocutor posó su vaso. Hizo sonar sus nudillos y se acomodó en su banco, con movimientos muy pausados. De repente, su puño estalló contra la pared con un sonoro golpe, pertinentemente ignorado por los parroquianos. A este le sucedieron otros, y cuando finalmente se calmó, juntó las manos sobre la mesa. La diestra estaba cubierta de sangre.
- ¿Sabes por qué me cabreo así? – Dijo con la voz llena de ira contenida. Jorik negó con la cabeza. – Porque has dudado de ella.
- ¿Dudar? No dudo. Es ya una certeza.
- ¿Qué certeza, idiota? ¡Ella lleva tu hijo! ¡Tu segundo hijo! ¡En su vientre! ¡Y también ha tenido tu niña!
- Muchas personas se casan por los motivos equivocados y tienen hijos juntos. – Respondió Jorik, fríamente. Ya se había planteado esa pregunta y tenía la respuesta preparada.
- Ella no. ¿Nunca te dijo como acabamos liados?
- Nunca quise saberlo.
- Pues ahora te jodes y lo oyes. – Jorik hizo un gesto de contrariedad. – Si no te gusta, no hubieras venido, aunque de todos modos no es nada del otro mundo: Nos emborrachamos.
- Por mucho que bebiese, no justifica…
- No. No lo justifica. Ella me explicó por qué lo hizo cuando hubo recuperado la razón: Le daba miedo casarse y cometer un error. Le daba miedo sentirse desgraciada.
- Al final yo fui un error… - Admitió el joven profesor.
- ¡Mira que eres idiota! Tu mujer es una tía orgullosa, fuerte e independiente. Tenía miedo de perder esa independencia. ¡No quería ser una jodida ama de casa! ¡Es una puta guerrera, maldita sea! ¡No está hecha para la aspiradora y las cocinitas!
- Pero eso… No llegó a suceder. Incluso vosotros, cabrones, hacíais chistes sobre mí, llamándome “su mujercita”.
- Ella nos pateó la cara, en cuanto hicimos medio chiste fuera de tono. Concretamente, a mí me soltó un puñetazo que me dejó flipando, y me hizo tragarme la coña por no tener un problema serio. – El otro dejó tiempo a Jorik para decir algo, pero este solo lo miraba, estupefacto. – Solo me había pegado más fuerte en una ocasión: Cuando se despertó a mi lado.
- Entonces…
- ¡Entonces nunca me quiso, idiota!
- Pero Vanya… Es decir… Sé que es hijo tuyo. Siempre lo supe.
- Pues yo debo de ser el único que nunca supo nada. Bueno, somos dos. Vanya y yo: Yo nunca he sido un padre para él. Y tú eres el único padre que él ha conocido, y que reconoce como tal.


- ¡¿Entonces no estás con el grupo?! – Preguntó la chica, medio histérica.
- ¿Por qué iba a estarlo? – Se defendió Mashi.
- ¡Joder, he estado pagándole los zumitos a un marica rarito cualquiera!
- ¡Oye, loca, que fuiste tú la que me buscó a mí! ¡Además, aún no has pagado nada!
- ¿Qué no te invité? ¿Me estás llamando mentirosa? ¡Y me llamas loca!
Tras ella, una pequeña multitud se estaba formando, rodeando a Mashi contra la barra. Por lo visto, la joven histérica tenía amigos. Amigos que contaban con pases, irse de fiesta con estrellas del rock y esas cosas. Por lo visto, las tías hacían de gancho. La sección femenina eran ella y otras cuatro igual de aputonadas y cubiertas de maquillaje barato. Sin embargo, tras ellas, estaba la habitual cohorte de novietes o aspirantes a ello, ansiosos por ganar puntos a ojos de sus conquistas apaleando a un pobre chavalín maquillado. “Así que eso es lo que hay, ¿eh?” pensó Mashi, “todos vosotros juntos sois tan duros como medio pedo de cualquiera de mis compañeros”.
- Hora de nadar o hundirse… - Dijo por lo bajo, mientras con un gesto llamativo, sacaba su porra extensible reglamentaria. – En total, entre chulos y putas sois nueve. – Dijo mientras levantaba la cabeza, sonriendo maliciosamente. – Alguno ha de ser el número uno. ¿No?
La multitud que tan rápido se había juntado, tardó algo más en dispersarse, con desgana, miradas de reojo y murmullos en voz baja. El camarero se acercó a Mashi para sugerirle otro local, pero este al sacar la cartera para pagar su consumición dejó entrever la placa, acabando el asunto. En vista de que solo le quedaba un tipo de contactos al que recurrir para entretenerse, sacó su PDA y la conectó a la red wifi del Karasu. Le habían dejado un mensaje.
- LOL! Tu dama ahora es una loli sin bragas. Raep you sai?
Mashi movió su rey hacia una posición más protegida. En el ajedrez por internet vio que su oponente estaba online y había recibido su envite, pensando su jugada.
- Ima chargin mah lazor.
- Habla como si fueras humano, cabrón. – Respondió Mashi. No soportaba que su oponente usase ese lenguaje, y aún era peor cuando usaba el 1337. Sin embargo, era el mejor de todo el foro.
- IMA CHARGIN MAH LAZOR! – Viniendo de él: Jaque mate.
- ¿En cuantas jugadas?
- Over 9000!
- ¡Vete a tomar por culo, Darius!
- Vale,noob. 3
- Algún día te cazaré… - Mientras acababa de teclear y enviar el mensaje, Mashi estaba saliendo por la puerta del Karasu.



Mashi estaba esperando más temprano de lo habitual a Svetlana, la cual casualmente también se había dado prisa. Su compañera parecía de buen humor. Sin embargo, lo primero que le extrañó fue ver que los chavales no ocupaban su lugar habitual en el asiento trasero. Ante la pregunta, Svetlana le dijo que hoy los llevaba al colegio su padre.


- Papá… - Dijo Vanya, algo asustado por una posible reprimenda ante lo que iba a decir a su padre. Tenía la mirada fija en la nuca de este, como si a través de ella lo estuviese vigilando sin dejar de atender a la carretera.
- Dime, Vanya. – Respondió este de un buen humor que se fue enfriando al ver que el chaval tardaba en responder.
- Yo… Ayer me dijiste que no, pero si que actué con lógica. ¡Te juro que lo hice! – Jorik no opinaba igual, pero en ese momento recordó lo que le dijo su mujer.
- ¿Y por qué es lógico pegarle varios compañeros?
- Porque estaban abusando de Grigori. – Respondió el crío, con la seguridad que le daba estar en un terreno conocido.
- ¿Y qué habría que hacer entonces? – Preguntó Jorik atento, mirando a su hijo a los ojos por el retrovisor.
- Chivarse. Pero pensé que mientras iba a buscar un profe, a Grigori le iban a pegar, y como yo soy más mayor que él, mejor que vaya Grigori a chivarse mientras me pegan a mí.
- Está bien, pero se dice “mayor”, no “más mayor”. Cuando eres mayor se entiende que lo eres más, no se dice “menos mayor”.
- Mayor… Vale… - Dijo el niño, un poco frustrado por la interrupción.
- ¿Algo más?
- Si: Si me iba a quedar peleando yo solo contra dos, lo más lógico era defenderme, ¿no?
- ¡Vanya solo se estaba defendiendo! ¡No lo castigues! ¡Es bueno! – Rozaliya corrió a ayudar a su hermano.
- Vanya es bueno, pero a veces es despistado. ¿No viste aún donde falla tu lógica? – Preguntó el padre. Vanya no respondió, aunque por la cara que Jorik podía ver en el retrovisor, parecía algo avergonzado. – Antes de decírtelo, tienes que prometerme que solo te pelearás con dos condiciones.
- ¿Cuáles? – Preguntó el niño, a la defensiva, temiendo algún tipo de castigo.
- La primera: Solo debes pelear como último recurso.
- ¡Esa ya me la sabía! – Bufó.
- Y la segunda: Solo para protegerte a ti mismo, a tus hermanos o a algún amigo, contra alguien más fuerte. – Vanya asintió. – Lo digo muy en serio. Si defiendes a los débiles, eres bueno. Si los atacas, eres un abusón, como los que querían pegarle ayer a Grigori.
- ¡Yo no soy ningún capullo! ¡Ni tampoco un abusón! – Protestó el niño.
- Entonces no tendrás problema en prometer que aceptas mis condiciones, porque… ¿Sabes qué? ¡Los que abusan de los débiles no merecen tener videojuegos!
- ¡Lo prometo! ¡Lo prometo! – Jorik aprovechó la detención en un semáforo para girarse y estrecharle la mano a su hijo. Luego se giró hacia los otros dos.
- ¡Sois testigos! ¡Vanya me ha hecho una promesa! – Los niños asintieron.
- Ahora dime en que no fui lógico. – Quiso saber el niño.
- Vanya: Si vas a chivarte, chívate. Si vas a defenderte, defiéndete. Si haces las dos cosas, cuando llegue el jefe de estudios te verá pegándole a otros dos y te castigará a ti. ¡Tienes que ser más listo!

jueves 3 de diciembre de 2009

Manifiesto por los derechos fundamentales de internet

Sé que, desde un principio, Azoteas de Midgar es el blog soporte para un juego en el que nosotros convertimos el escenario de un videojuego (cuya autoría y propiedad nunca hemos negado a Square/Enix) en todo un mundo lleno de personajes, escenas, situaciones, y en resumen: Vida.
Así que para decirlo claramente: Estamos creando. Somos el "sector de contenidos" del que habla la ministra Salgado, y nunca hemos recibido un céntimo por nuestro tiempo, esfuerzo y trabajo. Lo sabemos, lo aceptamos y seguimos adelante.
De modo que, aun reconociendo la internacionalidad de Azoteas, que aunque la mayoría de escritores seamos españoles, no cerramos la puerta a nadie, y el hecho de ser una obra literaria, ficticia, y para nada, política, considero necesario tomar parte aquí.
Por lo tanto, como creador de azoteas y gestor del blog (Noiry no ha tenido que ver en esta decisión, pero supongo que estará de acuerdo conmigo), posteo aquí y uno a Azoteas de Midgar y Rutas de Ivalice al Manifiesto por los derechos fundamentales de internet.

Si estáis a favor o en contra, usad los comentarios y pronunciáos al respecto. Si os oponéis, lo retiraré (Azoteas somos todos). Sin embargo, os pido que no solo lo apoyéis, sino que lo copiéis y posteéis en vuestros respectivos blogs.



Ukio.



Manifiesto 'En defensa de los derechos fundamentales en Internet'

Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

lunes 30 de noviembre de 2009

196

Cierre los ojos. Intente no pensar en nada. Si el experimento está surtiendo efecto, no verá más que un telón negro.
Resulta de lo más difícil no pensar en nada; incluso podría decir que eso es pensar en algo, pensar en no pensar, pero lo que en realidad debe conseguir es desconectar de los sentidos.
El cerebro es una máquina de lo más compleja y fascinante y explicar alguna de sus más curiosas funciones nos llevaría demasiado tiempo. ¿Sabe usted que sólo un diez por ciento es la parte consciente? Incluso el propio consciente se encarga de convertir acciones cotidianas en inconscientes. Por eso es imposible hacernos cosquillas, porque antes de pasar nuestros dedos por el pie, ya sabemos e intuimos cómo van a moverse.
Pero seamos sinceros, ha desconectado hará unas… Diez líneas. Y el telón negro se habrá sustituido, seguramente, por la imagen de un pie.
Concéntrese. Bien, prosigamos.
Como ya he dicho, esto es un experimento, pero la experiencia no es estrictamente necesaria. Un ejemplo. Imagínese que está en la selva, rodeado de hojas, de ramas, tierra, insectos… Angustiado ante la humedad y el calor del clima. ¿En su cabeza se arremolina esa sensación, verdad? Pero seguro que nunca ha estado en la selva, nunca ha tenido esas ramas atizándole la cara, ni ha tenido el placer de oler una superva de Wutai. Y sin embargo, aunque no conozcamos esa flor, ya intentamos atribuirle un aroma dulzón y un color vivo.
El cerebro analiza y completa con la información que mejor encaja, a su libre albedrío, tomándose completa libertad inventándose sensaciones y experiencias que jamás hayamos tenido.
Entonces la pregunta es: ¿Cómo crea el cerebro esa sensación virtual? ¿De dónde surgen esas imitaciones? ¿Reencarnación? ¿Quizá hayamos tenido otra vida como serpiente y nos hemos reptado por el suelo orgánico y oscuro de aquella selva?
Otra teoría sugiere que la mente humana se introduce en un imaginario éter donde se reúne toda la información del mundo y vuelve con las sensaciones necesarias al cráneo. Pero imagínese la cantidad de personas que hubiesen intentado alcanzar ese grado de concentración, intentado alcanzar la inteligencia infinita a su antojo. En unos antiguos escritos aseguran que un tal…

-¿Te has quedado con algo, Lucille?- preguntó Blackhole cerrando el pequeño libro con tapas de cuero.
-Hay algo que no entiendo-dijo ella hundiéndose en el sofá orejero, piernas rectas y manos apoyadas a los lados.
-Adelante-dijo el comensal agitando los brazos- Me muero por escuchar lo que estás pensando.

Se encontraban en una amplia biblioteca, con góticos ventanales y una crepitante chimenea de mármol que arrojaba la única y anaranjada luz sobre una alfombra de exquisitos bordados. Sólo estaban ellos dos, en el centro de la alfombra y con una mesilla con sendas copas de whiskey.

-¿No puede ser que esas sensaciones que inventa el cerebro sean a causa de la razón? Quiero decir que nos imaginamos cómo es la selva porque hemos vivido lo mismo en una escala mucho más pequeña. Hemos visto la hierba de un jardín, hemos olido alguna flor común. Racionalmente, montamos una recreación a lo grande de lo que ya tenemos.

Richard chascó los dedos y elevó los labios hasta formar una tremenda sonrisa.

-¡Efectivamente! Pero también es una respuesta de lo más arriesgada. No son pocos los pensadores que han primado la razón sobre todo, pero lo que tú acabas de plantear es como decir que es la razón la que nos engaña, y no los sentidos. Es el tacto el que nos dice que el fuego quema y no la razón, que nos dice cómo puede ser la sensación de ser quemado.

-Pero los sentidos son de lo más engañosos-rebatió ella echándose hacia delante- La vista es un complejo de acciones que la mayoría de las veces interpreta lo que le sale de las narices. Si estamos mirando hacia la izquierda, sin saber lo que hay a la derecha, y barremos el espacio con la mirada, va a inventarse lo que hay de por medio fijándose en lo de alrededor.

-¿Me estás diciendo que en este mundo no podemos fiarnos ni de ninguna parte de nuestro cuerpo? Realmente somos como un ciego de nacimiento. Siempre me he preguntado qué es lo que ven ellos. Pueden llegar a llevar una vida perfectamente normal, pero en un mundo muy muy lejano al nuestro. Si tienes una conversación con él, habla de mesas, de de agua, de frigoríficos… ¡Incluso es capaz de hablar sobre la selva! ¿Y cómo narices sabe esas cosas? Si coge una mesa, pasa los dedos por su patas, acaricia la madera, puede hacerse una imagen metal de ella, hace un reconstrucción mental en tres dimensiones, algo que es propio de los ojos y su visión estereoscópica- Blackhole paró un segundo y volvió a abrir el pequeño libro de bolsillo para después dejarlo en una mesilla de madera tallada- Pero entre tú y yo…Este libro es una soberana bazofia.

-¿Y eso?-preguntó ella confundida. Había visto a su captor leerlo más de una vez con entusiasmo.
-Porque, si te das cuenta, al principio pide que cierres los ojos y, que yo sepa, todavía no somos capaces de leer con los ojos cerrados.

Esta vez, con su horonda panza, simplemente producto de un excesivo buen vivir (sólo los ricos son gordos, se decía hace mucho tiempo) se levantó y acercó a la chimenea. Agarró un par de maderos y le dio de comer a la gran boca de fuego. La corteza comenzó a chisporrotear e impactar contra la rejilla que impedía que saliesen.

-Y bien… ¿Qué piensas hacer cuando te vayas de aquí? No te recomiendo que lo denuncies a Turk o algo parecido. Sería una locura, para ti y para Yief.
-Tampoco me has dado tu palabra de que después de esto nos dejarás en paz- contestó ella pasando su manos por la delicada seda roja de su brillante vestido, regalo de Blackhole.
-Es que eso, querida amiga, no lo haré. Me rompe el corazón tener que involucrar a una magnífica mujer como tú, de verdad que incluso he llegado a enamorarme de esos ojos tuyos, pero Yief sufrirá hasta que yo me muera.
-¿Pero qué es lo que te ha hecho?-gritó en un escueto acceso de histeria- ¿Qué ha hecho para que le atormentes de esta manera?

Blackhole se dio la vuelta y cogió una caja de música que había sobre la chimenea. Una bella bailarina de cristal comenzó a interpretar su danza al son de una suave, melancólica melodía.

-Te equivocas… Él no me ha hecho nada, si no su padre. Pero ese tema se quedará entre Yief y yo- Tras un largo silencio, la bailarina paró y la caja se cerró mediante un resorte- Espero que mi trato haya sido el adecuado estos días, Lucille, lo que menos querría en el mundo es que lo hayas pasado mal en mis paredes. Mañana podrás irte, uno de mis hombres te dará la dirección de la casa- la ancha mano de Richard bajó el pomo de la puerta y las bisagras se doblaron- Y recuerda, no te lo tomes a mal, pero el plan debe seguir en marcha. Yief saldrá mañana de la cárcel, si contactas con él…Le mataré.


Avanzaba por los pasillos de su casa, ladeando la cabeza, qué lástima de chica, con lo guapa que es… La puerta del recibidor se abrió de golpe y uno de sus hombres entró dando largas zancadas, con una capa de cemento que ya amenazaba con endurecerse.

-¿Un mal día?-bromeó Blackhole viendo al guardaespaldas con aquél ungüento surcando su cejas- Quítate eso o la gente te confundirá con un zombi.

martes 17 de noviembre de 2009

195

Tobías Marstrom ya le estaba dando de nuevo a su hobby favorito.
Un día soleado, relajante, estático, sería un día perfecto si no fuese por el tremendo ruido que montaban en el sector cero con ese monstruoso andamiaje.Además ese mismo día estaban haciendo aparatosas maniobras para colocar un titánico cilindro metálico sobre las obras. Todo el mundo rumoreaba, todos sabían de qué tenía forma ese cilindro, pero nadie lo decía en alto.

Bajando el pomo de la puerta con el codo, apareció en la azotea de su edificio con una silla plegable en un brazo y una botella de ron en el otro. Tampoco había hecho falta insistirle mucho, tan solo un par de comentarios subidos de tono y un susurro al oído con las palabras mágicas: vamos a follar a la jodida azotea otra vez.
Por una vez que Tobías se estaba tomando su trabajo en serio y ya le habían engatusado. Llevaba horas llamando a la casa de Alexandre da Silva, artista que se iba a encargar de la portada de un reciente best seller, pero nadie cogía el teléfono. Fue entonces cuando, oyendo los furiosos alaridos de su jefe, Silvia, su secretaria preferida, entró para tranquilizarle.

-Para que luego digan de los clichés de la secretaria-Tobías ya se había sentado y Silvia abalanzado sobre si regazo, mechones rubios sobre su pecho-No dejes nunca de trabajar para mí.
-Jaja… ¿Y qué pasaría si me fuese a otra empresa?-dijo ella mordiéndole en el cuello.
-Que iría hasta el despacho de ese cabrón y te secuestraría.

La secretaria se zafó un instante y lleno los dos vasos con el caro ron de Costa del Sol, con dos hielos cada uno.

-Tengo una sorpresa para ti.

Tobías alzó las cejas todo lo que los músculos le dejaron y puso una sonrisa de excitante emoción.

-¿Qué es? Venga, dímelo ya.
-Primero vamos a bebernos las copas-dijo ella dando un largo trago. El obedeció al instante y en cosa de diez minutos su vaso estaba vacío.
-Venga, ya está, ahora la sorpresa.
-Si ya te la has tomado, tonto-dijo con una carcajada propia de una niña.

Tobías tardó en comprenderlo, en parte porque la droga de la bebida ya comenzaba a hacer efecto. Los contornos de Silvia comenzaron a brillar y formar una silueta fluctuante. Miró a los edificios colindantes, miró a la mesa y finalmente alzó sus manos para observárselas. En cualquier lugar ocurría lo mismo: ondulados contornos que abarcaban todo el espectro de colores y se desplazaban por él.

-¿Qué mierda me has metido?-dijo empezando a asustarse y notando como la temperatura de su cuerpo ascendía.
-¿No es divertido?-rió ella tambaleándose y colocándose de rodillas para comenzar la función.

Silvia también se había tomado lo que fuese que había echado en las copas y eso por lo menos le relajó, ya no era algún asunto de venganza o algo similar. ¿Pero a qué coño jugaba entonces? Ahora Tobías no podía dejar de pensar en qué tipo de drogas podían causar esas alucinaciones, haciendo un repaso mental de todo lo que probó en su adolescencia.
Pero no pudo ni llegar a concentrarse porque la secretaria ya le había bajado los pantalones y comenzado a jugar con su miembro como sólo ella sabía.

-Más vale que luego no me acuerde de nada, Silvia, esto no me hace ni puta gracia-sin embargo no era consciente de que no se le quitaba una estúpida sonrisa de la cara.

Lo estaba “flipando” literalmente. La cabeza de la rubia se había convertido en un tormentoso borrón con el vaivén y la melena parecía tinta de colores que se esparcía por todas direcciones. Ahora le costaba mantener la cabeza quieta, como si los músculos de su cuello pareciesen de gelatina.

-¡Ay la hostia!
-Me lo ha dado un colega de mi primo-habló ella sacando la boca de su entrepierna. Entonces se le fue la mirada y se cayó de costado; se levantó con gran torpeza y emitió una risa distinta, con un matiz de nerviosismo tal vez- Son cristales de no se qué…Espero no haberme pasado.

Tobías sudaba a chorros y su cerebro, a parte de coordinar con dificultad, comenzaba a cruzar neuronas formando un revoltoso nudo marinero. El cielo le parecía morado y oía chapoteo de lodo, el suelo amarillo y olía a salsa de tomate, el aire parecía electrificado y le procuraba chispazos de placer directos a la espina dorsal.

-Joder Silvia…Esssssto esunaputalocura-dijo humedeciéndose los labios. Incluso a él le sonaba extraña su voz, con velocidades incontrolables y mala pronunciación-¿Silviiaa?

Pero ella no contestaba. Bajó la mirada y una supernova le estalló en los ojos, cegándole momentáneamente. Segundos después vio la mancha difusa que era Silvia con su mano derecha aún sujetando sus testículos, pero totalmente inconsciente.

-Pfffff… Serás gilipollas…Noooo aguantasnada-dijo riéndose en vez de preocuparse por la salud de su subordinada.

Entonces no supo cuánto tiempo pasó, pero se puso a pensar algo, a intentar recordar lo que solía hacer después de follar en la azotea. A ver, follamos, yo dejo el condón en la otra silla…No un eclipse si no tres fueron los que dieron un nuevo significado a la palabra oscuridad…No joder, eso es de la novela que me estoy leyendo ahora…Ella vuelve a su despacho y continúa trabajando…Tobías hijo, di hola a tu prima de Nibelheim…Es cierto, qué buena está mi prima, todavía me acuerdo del día que nos pillaron…Entonces yo cojo algo de la mesa. ¡Sí! Unos prismáticos y me pongo a mirar algo…La madre que me parió, pero si el meteorito ya está aquí. ¡Vamos a morir todos! Dame la patita Linneo, dame la patita… ¡Qué inteligente era ese perro! Puto el turco que se lo cargó cuando le meó en los pantalones… Observo a alguien del edificio de en frente…Me apetece un kebab, de esos que tiene dos carnes distintas… Hijo, te voy a meter dos hostias, tú verás cómo las esquivas. ¡No me puedes prohibir leer libros, estás matando mi cultura!

-¡Coño ya sé! ¡La jodida modelo que da el tiempo en el canal seis!-gritó a pleno pulmón en cuanto se acordó.

La aludida, asomada a la ventana, se quedó perpleja al oír aquél alarido. Entonces su novio apareció también entre los marcos de la ventana y alcanzó a Tobías con la mirada. Da igual cómo fuese físicamente, el jefe de la editorial vio a un hombre de dos metros, de unos cuarenta años, calvo, con una barba totalmente desordenada y un ojo de cristal.
Gritó algo desde el otro edificio, pero las palabras no llegaron hasta los oídos de Tobías.

-¿Qué dices puto zombi?-gritó de nuevo entrecerrando los ojos para ver si así los edificios dejaban de moverse.
El “zombi” dijo algo, desapareció y volvió a asomarse con un palo de golf. Esta vez Tobías sí que le escuchó perfectamente.

-¡Espérame ahí hijo de la gran puta, que te voy a meter esos prismáticos por el culo!
-¿Va en broma no?-dijo él hablando sólo-Ahora vendrá el poli guay y me salvará del zombi.

Pero algo en su trastornada cabeza le decía, con la poca cordura que mantenía, que eso no ocurriría y que un tipo cabreado le quería sacar la mandíbula con un hierro 9.

-¡Hostias, hostias!

Pegó un bote y la silla cayó hacia atrás. Ni siquiera reparó en la durmiente Silvia cuando dando tumbos abrió la puerta de la azotea y comenzó a bajar las escaleras hacia su despacho.
Ya había aprendido que cada ve que movía la cabeza bruscamente, otra supernova le estallaba en los ojos, así que con apariencia estúpida, intentaba mantener el cuello erguido.
Dejó atrás la salida de emergencia que daba al tejado e intentó parecer sereno caminando por los pasillos de su editorial. ¡Como si fuese tan fácil! Entre que le bailaban los ojos e iba más tieso que una espiga, lo raro es que no le dijesen nada.
Torció la esquina y se dio de morros con el encargado de la limpieza, que pasaba la fregona con parsimonia y unos auriculares a todo volumen que colgaban cuando se inclinaba.

-¿Está bien, jefe?

Tobías se quedó quieto, aguantando la respiración.

-Eso depende… ¿Eres tú el zombi?
-¿Qué si soy qué?
-Es cierto, el otro era más grande y calvo y… bueno, da igual. Me voy a mi despacho, si ves a un zombi con palo de golf le dices que no estoy.

Le dio unas palmaditas en el hombro y siguió andando erguido. Entonces se paró de nuevo y chascó los dedos.

-Ya se quién eres tú… ¡Eres Arcturus Black, el rebelde del Nexo!
-Ehh… ¿Jefe está bien?
-Que si joder, que sepas que eres un jodido cabrón, se te va mucho la cabeza, mira que matar a un pobre niño…Oh y me tienes que presentar a Lulu, tiene que estar como un queso, si no fuese porque ya se la ha quedado ese cabronazo de Wolt…
-Vaya a su despacho y duerma un poco-dijo el atónito empleado, que ya había decidido ignorar sus desvaríos-Catalogar tantas novelas le ha fundido los sesos.
-No sé qué has dicho pero lo haré…Recuerde avisarme si viene el zombi-ya se estaba yendo de nuevo cuando volvió y le zarandeó totalmente asustado-¡Tío, que tienes dos serpientes metiéndose por tus orejas!
-¿Pero qué coño te pasa?

Minutos después, el conserje se había encargado de llamar a un taxi y el empleado de la limpieza llevaba a Tobías en volandas hacia la puerta principal.

-No se preocupe jefe, aquí no hay nada importante que hacer, el taxi le llevará a casa.
-Eres un buen colega… ¿Te dije que una vez estuve hablando con Rufus? Resulta que es un jodido alienígena con trompa de elefante. Lo que pasa es que viajó en el tiempo hacia el futuro y consiguió que… ¡Me cago en la puta! Te dije que me avisaras si venía el zombi.

En efecto, entrando por la puerta circular de la editorial, apareció el gigante calvo y con barba, con el ojo de cristal emitiendo una luz roja que cegaba a Tobías y el palo de golf dispuesto a partir cráneos. Parecía exhausto, como si correr hasta el edificio de al lado le hubiese costado un gran esfuerzo.

-Maldito pervertido, ahora te vas a enterar.
-¡Rápido hay que ir a una iglesia o algo!
-¡Que no es un zombi, que este tío te quiere moler a palos!-ya hasta el de la limpieza gritaba, no se sabe si porque había respirado la droga de Tobías a través del sudor o porque estaba hasta los cojones del alocado día que le estaban dando.

Tobías se zafó de sus brazos y comenzó a correr, yendo de lado a lado y agitando los brazos. Entonces se tropezó con un cordón de sus caros zapatos y cayó justo cuando el palo del zombi pasaba a la altura de su cabeza.

-No podrás conmigo puto zombi, los palos de golf no me afectan-dijo incorporándose viendo millones de polillas de colores volar a su alrededor-Ahí te quedas.

La puerta giró y Tobías se largó con viento fresco, riéndose descontroladamente y llorando a la vez.

-Joder… ¿Cuándo se va a acabar esta jodida cogorza? Yo quiero irme a dormir ya… ¡Calla idiota, no pienso subirme a ese avión!-dijo incluso imitando dos voces distintas.

El calvo salió segundos después y comenzó a correr para intentar atrapar a Tobías, que ya torcía por una bocacalle.

[...]

-Lazarus… ¡Oh dios, menos mal que me has cogido la llamada!-susurró a su móvil escondido tras un contenedor-Estoy hecho mierda tío. Veo colores que ni siquiera existen, me va a explotar la cabeza y me persigue un zombi… ¿Qué? Que sí, no te rías de mí. Aiba espera, no cuelgues, que acabo de ver a un erizo naranja disfrazado de turco…Que sí, lleva un pelo la hostia de raro…Bueno, erizo, nutria, qué más da, creo que lleva el pelo pegado...Ya está, se ha metido en un local. Ven a recogerme tío… ¡Mierda, joder, si yo tenía un taxi en la puerta! Da igual, quedamos en el bar de la calle Rose… ¿Que ese bar es de gays? ¿Y por qué nadie me lo ha dicho hasta ahora?

[...]

-Eh, eh…-dijo el camarero cuando vio entrar a Tobías a toda prisa, con la única premisa de usar el lavabo y marcharse-Si quieres usar el servicio, mínimo una consumición.
-Veeenga tío, un poco de compasión-su voz era ahora ronca y pastosa, los efectos se iban pasando poco a poco, aunque todavía veía cosas que sólo existían en su imaginación- Si no te lo voy a manchar ni nada.
-No cederé, de alguna forma tendré que ganarme el pan.
-¿Sabes? Me habían dicho que tú molabas, pero parece que estaba equivocado-sacó su cartera de cuero negro y sacó unos cuantos guiles- Ya que estamos…Ponme una copa de ron.

El dueño del bar se dispuso a preparar su bebida, mientras Tobías observaba atónito con los brazos y el mentón apoyado en la barra. Cuando los tres hielos cayeron en el vaso, emitió una gran exclamación.

-Tiiio… ¿Cómo has hecho eso?
-¿Hacer el qué?
-bah, déjalo-dijo sabiendo que la sinfonía que había oído salir del vaso era fruto de su quebrada imaginación y era tontería seguir.

Entonces entró Lazarus, excitado y nervioso, agitando los brazos para que su amigo le mirase.

-Vamos Tobías, ese tipo está a punto de llegar y no creo que lo del cemento le haya hecho mucha gracia.
-Ya va, ya va-respondió acordándose de que todavía le perseguía un loco-voy a mear y nos piramos.

Se bebió la copa de un trago y fue al servicio arrastrando los pies.

-¿Pero qué haces loco, eso era ron?

No hizo falta respuesta. Con la puerta abierta de los servicios se pudo oír perfectamente la tremenda arcada que emanó de las entrañas de Tobías, cual dragón que ruge en su cueva. Cuando salió pasándose una manga por la boca, apuntó al camarero con el dedo pulgar y le dijo:

-¿Puedes ponerme otra de ron? Es que la mía se me ha caído en el retrete.

Lazarus pasó un brazo por sus hombros y se llevó a su amigo semiinconsciente fuera del bar, donde les esperaba un coche directo al fin de la intoxicada aventura de Tobías. Minutos después entraría un hombre de dos metros, calvo, con barba, palo de golf y una capa de cemento cubriéndole hasta el cuello.

-Señor, parece usted un zombi-bromeó el camarero.

La ira del muerto viviente se cebó con él y el bar estuvo cerrado durante tres semanas.

sábado 14 de noviembre de 2009

194.

El brusco sonido del motor del vehículo se abrió camino entre el resto de sonidos de la zona, y embotó la mente del recién llegado a la división de Turk. El pelo le caía desde lo alto de la cabeza en diversos jirones que iban desde un profundo negro en la raíz hasta un naranja chillón en las puntas, pasando por toda una variedad de tonalidades fulgurantes. Los seis mechones colgaban y caían hasta casi los hombros en un orden casi simétrico, como si fuesen radios de un hexágono regular. Llevaba profundas sombras pintadas bajo los ojos, ocultando la ya de por si oscurecida piel que se adentraba en las cuencas de una marcada calavera.
Tenía las orejas cubiertas, de lóbulos a hélix, cubiertas de pendientes de todas las formas y tamaños posibles, contando más de una decena en cada una. Dos franjas afeitadas en los exteriores de cada ceja, y un tatuaje inidentificable que ascendía desde algún punto perdido entre la vestimenta hasta la zona posterior de su oído derecho completaban los rasgos más significativos del joven, que se encontraba más cerca de los veinte que de los veinticinco años.

Llevaba la chaqueta negra completamente abierta, a punto de resbalar por sus enjutos brazos y caer. Le quedaba casi obscenamente larga y grande, y había pretendido solucionar ese exceso de longitud abriendo esas mangas con aberturas, de forma que los puños fuesen abiertos. Para contrarrestar el tamaño, se había puesto unos pantalones bastante ajustados.

Tenía la mirada perdida hacia el infinito, o lo que hubiera sido el infinito si no hubiera una marea de edificios coronados por una descomunal estructura cubierta de andamios, herraje retorcido y ennegrecido que convertía el sector 0 en una maraña de metal.
El joven perteneciente a la nueva hornada se volvió en dirección a una parada de taxis, donde llamó a uno de los pequeños modelos de color amarillo auto mientras jugaba con un pequeño mechero zippo con grabados en toda superficie, moviendo su tapa constantemente de un lado a otro hasta que por fin se decidió a encender un cigarro de tabaco rubio. Sacó de la negra chaqueta un paquete que representaba un animal jorobado sobre fondo de color crema, y extrajo de su interior el pitillo con la boca. Inspiró profundamente, y expulsó el humo por una pequeña ranura que se abrió entre sus labios, que aún sujetaban el cigarro mientras las manos reposaban pesadas en los bolsillos de la cazadoras, apoyado con la espalda y el pie derecho sobre un poste de llamada para taxis. Cogió el tabaco con la mano después de inspirar otra profunda aunque más corta calada, e introdujo el cuerpo dentro del habitáculo trasero del vehículo.

- Señor, aquí dentro no puede fumar – al igual que en los tópicos de muchas películas y series de televisión, el conductor era un extranjero con la piel del color del caramelo oscurecido, y un marcado acento de Costa del Sol. – Tengo que pedirle que… ¡Oh!

El silenciador acoplado al cañón de la Rhino se clavó en el respaldo del asiento del conductor, y este lo notó como si de un cuchillo se tratase. Lo había sentido ya muchas veces, demasiadas en su poco tiempo viviendo en la gran urbe.

- Mira, gilipollas de mierda – el turco inclinó la cabeza hacia delante, llevando el cuerpo consigo hasta que la nariz aguileña se clavó en el reposacabezas – ¿Alguna vez te has topado con uno de esos hijos de puta rapados llenos de bazofia ideológica sobre el poder de la raza blanca que se dedican a patear culos negros como el tuyo? – el conductor asintió, confundido – Bien, pues yo soy peor. Para empezar, mira mi placa.

Le acercó a la cara la mano derecha y le mostró la placa que lo identificaba como trabajador de ShinRa. Lo acercó tanto y a tal velocidad, que le golpeó el ojo derecho y le melló uno de los incisivos superiores.

- ¿Comprendes quién soy? – lo dijo con una entonación suave, una burla que pretendía decir “intento ser amigable y cariñoso”. El conductor volvió a asentir. – Bien. Pues ahora me vas a llevar a la calle Cariátide, sector 5. Ya - su tono se volvió tajante, y no admitía discusiones – No hace falta que pongas el cuentakilómetros, puto sin-papeles.
Pegó una suave calada mientras el hombre, aún escupiendo sangre mezclada con restos de diente, encendía el vehículo y soltaba lentamente el embrague mientras pisaba el acelerador. Conducía torpemente, muy nervioso, de manera similar a la de aquella primera vez que había cogido un coche.
El conductor no hablaba, ni siquiera pensaba en aquella licencia de armas que no había podido obtener ni aquella arma que no quiso comprar por su condición de ilegal. Tenía mujer, y tres hijos esperando a que llevase dinero a su casa del sector 8 para poder comer algo que no estuviese duro o en proceso de putrefacción.

El joven Turk sacó su PHS del bolsillo y se fijó en la hora. No era muy tarde, así que todavía podía entretenerse un rato más con su compañero de viaje. No quería que su visita disfrutase de comodidades, ni tampoco quería que aquel tipo al que tanto odiaba por su condición inmigrante se marchase sin recibir un trato justo.

El viaje se alargó más de lo previsto debido en gran medida a una explosiva combinación de nervios por parte del hombre de Costa del Sol, que no dejaba de calar el motor de su coche, y los gritos y golpes del joven turco, que hacían aún más mella en el delicado estado del conductor. Cada vez que el coche se paraba por un movimiento en falso o un despiste, el hombre de negro golpeaba el reposacabezas y comenzaba a gritar insultos xenofóbicos, repartiendo puñetazos con la oreja y la nuca de su chófer, lo que hacía que se asustase más y cometiese más descuidos, que a su vez desembocaban en más palabrería y violencia en un vórtice sin fin. Cuando por fin llegaron, la piel de ébano se había convertido en una hinchada masa roja, morada y negra por todas las zonas de la cara, lo que había inspirado un nuevo acertijo para el joven, que encontraba diversión en preguntar “¿Qué es negro, rojo y morado? ¡Tú!” al tiempo que golpeaba el asiento de una patada.

El coche amarillo paró casi en seco cuando llegó a la entrada de la calle Cariátide. Los sollozos del hombre, que debía rondar los cincuenta, no mellaron la conciencia del hombre, que mandó “al puto negro avanzar hasta que el dijese que la puta escoria podía detener aquella mierda enlatada”. A la altura de una callejuela, que acababa en una pared llena de bolsas de basura, el vehículo se detuvo a petición del pasajero.

Se bajó, no sin antes advertir que “si el coche partía sin que el hubiera vuelto, le buscaría a él y a su familia y todos arderían combinando materia Fuego y litros de gasolina introducidos a fuerza por la garganta”. Puso un pie en el suelo, con tan mala fortuna que sus caros zapatos negros de marca Searched fueron a parar en un charco del que mucho dudaba fuera agua.
- ¡Joder! – pegó un portazo, y de nuevo pegó a la puerta. El conductor chilló – Arreglaremos esto cuando salga – dijo señalando con el índice derecho al suelo.

Dejó llorando acurrucado sobre su asiento al inmigrante, y se encaminó con gesto asqueado al interior del callejón. Se tapó la nariz con la larga manga, horrorizado por el olor que emanaba de los cubos de basura y las bolsas repletas que se amontonaban contra las paredes. Por suerte para él, el callejón era lo bastante ancho como para que tres bolsas alineadas no cortasen el paso.

Lo graffittis de colores rojizos y negros se habían empezado a agolpar sobre las paredes, comiéndose terreno los unos a los otros con gritos libertarios y frases de represión, símbolos olvidados mucho atrás y malsonantes palabras. Bajo una palabra que bien podía haber sido en un pasado “Coño” había una puerta de metal cuya pintura azul ya se había desprendido en su buena mayoría. Estaba ligeramente abombada hacia dentro, seguramente fruto de chiquillos que vienen a golpear la puerta y salir corriendo, según las palabras del joven miembro de Turk.

Golpeó una, dos, tres veces. Cuando nadie contestó, volvió a llamar, estas tres veces mucho más fuerte. Tenía poca paciencia, y no quería creerse que un tipo cuya edad era más cercana a los cincuenta que a los cuarenta había salido a dar un alegre paseo por un parque que no existía con los hijos que no tenía.

Sacó una materia amarilla del alejado bolsillo de su larga cazadora, que centelleó en contacto con sus huesudos dedos.

- Tú lo has querido, Bryce – dijo al tiempo que cargaba el puño hacia atrás.

Justo en ese momento se abrió la puerta.

Limpiándose los ennegrecidos dedos con un manchado pañuelo de papel se encontraba un hombre ancho de espaldas, cargado de hombros y rostro poco agraciado. Tenía una fea herida vieja a la altura de la ceja izquierda, y manos tan grandes que podía haber cogido al joven por la cara y cubrírsela completamente. La negra perilla estaba cubierta de un fino polvillo del color del carbón, al igual que un trozo de mejilla. Llevaba el pelo bastante enmarañado, y la piel áspera.

Los profundos ojos azul oscuro escrutaban con poca simpatía al hombre, y con menos gracia la materia.

- Tú no sabes cómo se ponen mis manos de carboncillo, no querrás que vaya dejando todo hecho un asco.
- Cualquiera diría que esto hubiera empeorado mucho – el recién llegado a Turk entró sin esperar una invitación, y se lanzó sin mucha educación sobre el sillón de alto respaldo y bajo asiento, quedando su espalda apoyada sobre un reposabrazos y sus piernas sobre el otro, dejando sus zapatos de marca colgando sobre el suelo.
- ¿En serio pensabas tirarme la puerta, hijo de puta? – se pasó el pañuelo por la perilla, extendiendo el polvillo por toda la mejilla derecha. Varias pasadas más lo difuminaron, dejando una leve mancha negra convertida en una extensión de color gris suave.
- ¿Y qué coño querías que hiciera, mamón? Me debes un mes, y hoy te toca pagar otro – encendió un cigarro sin pedir permiso alguno - ¿Tienes mi pasta?
- No. Tengo doscientos, pero no sé de dónde coño voy a sacar otros cuatrocientos para dentro de un mes – abrió un cajón, y sacó un sobre abultado del que se adivinaban varias monedas pequeñas y alguna grande.
- Para dentro de una semana, capullo – inspiró una amplia calada, poniendo una cara rara que mezclaba una expresión de placer y “me están apretando tanto los huevos que me van a estallar” – Dentro de ocho días voy a estar aquí para cobrarte esos cuatrocientos machacantes que faltan, más los correspondientes intereses mundanos… Digamos que pongo, no sé, unos ciento cincuenta más.
- ¿Estás loco, cabrón?
- Ixidor, Ixidor, Ixidor… - el turco se levantó del sillón mientras decía aquello, apagando su tabaco empujándolo contra el sillón, dejando una quemadura de bordes negros - ¿Qué prefieres, pagarme o tener que largarte de aquí?
- Preferiría reventarte la puta cara de gilipollas que tienes, pedazo de mamón – apretó el puño derecho estrujando el pañuelo, con los brazos muy estirados.
- ¡Ah! Se siente. ¿Ves esto? – dijo alzando su placa – Agente Quentin Torgle, de la unidad de Turk. ¿Y qué es esto? – se golpeó el pecho - ¡Kevlar! Dios mío, debe ser un estado de excepción… pegarme sería un suicidio. Piénsalo, paleto criachocobos. O me pagas, o me pegas. De una forma u otra, yo gano.
- Hijo de puta… Pago.
- Bien. Veo que dejar las armas por los pinceles te ha dado un bonito cerebro del tamaño de tus pelotas para pensar. Y creo que un cobarde como tú no tiene muchas pelotas, pero suficiente cerebro para él.
- ¡Qué te follen! Si no me tuvieras cogido de los cojones por detrás, haciéndome bailar tu mierda de música, te partiría el cuello. Ya veremos qué ocurre cuando se acabe tu salvoconducto – levantó su dedo índice y lo hincó en la pechera protectora de Quentin – Eres un mierda, maricona.
- Me lo dicen mucho, “soldadito”. Mi novio está encantado de mamármela y decirme guarradas al mismo tiempo. Me pega unos mordisquitos alucinantes, quizás deberías buscar una mujer a la que tirarte.
- Eres una aberración –puso cara de asco al oír aquellas confesiones sobre su vida privada.
- Y tú un subnormal. Ya no estamos en Wutai, ya no estamos en una jungla. Estás en mi territorio, y aquí son mis reglas. Si quiero que saltes, saltas. Si digo que ladres, ladras. Y sobre todo, si pido que pagues, pagas.
- Guau, guau. Te estaré esperando, putita de ojos verdes.
- “Welcome to the jungle, baby”. Más concretamente, a mi jungle.


Alguien llamó a la puerta de metal. Fue un golpe flojo, pero suficientemente audible. Tanto el turco como el artista se giraron en dirección al rítmico sonido.

- ¡Abra, señor Ixidor! Soy Timmy. Vengo a que me cuente más historias.

El turco le lanzó una mirada de incredulidad.

- ¡No me jodas! ¿Tú, soldadito, convertido en mamá?
- Una palabra más y te reviento la cara de gilipollas que tienes.

El turco abrió la puerta, y el niño entró cojeando con su gorra sobre la cabeza calva.

- En fin – el turco encendió un cigarro, el último que quedaba en su paquete, que se vio reducido en cuanto lo arrugó y lo lanzó a una pila llena de productos químicos, donde empezó a arder. – Nos vemos la próxima semana, Bryce. Acuérdate de mi regalo, niñera.

Cerró la puerta tras de sí con un sonoro estruendo, dejando solos a Ixidor el artista y Timmy el niño vagabundo.

- ¿Quién era, señor Ixidor? ¿Es su cumpleaños la próxima semana? – Timmy parecía contento - ¿Va a darle su regalo en una fiesta? ¿Puedo venir?
- Niño, será mejor que cierres la put…

Un disparo silenció al veterano soldado.

A través de la puerta metálica de desconchada laca azul situada en un retirado callejón de la calle Cariátide del sector 5, se podía oír gritos de personas, pero sobre todo a un hombre joven gritando.

- ¿Qué cojones pasa? ¿Qué coño importa un puto negro frente a un hombre de negro?

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El PHS comenzó a vibrar sobre el asiento del copiloto, lanzando intermitentes destellos. Lo cogió, esperando que fuese Paris.

- ¿Diga?
- ¿ Agente Yvette Marie Giulianna Louise de Castellanera e Bruscia? - la voz era de una mujer. Por su tono, parecía la clásica mujer bien educada, de buena formación.
- Sí. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
- Soy Helen Walter, de la oficina del Fiscal General. Necesitamos su cooperación en una sesión de tribunal.
- ¿Qué me está usted contando? - dijo visiblemente enfadada - ¿Para qué quieren que coopere?
- Para el juicio contra Frank Tombside.

miércoles 4 de noviembre de 2009

193

Han se limitaba a esperar instrucciones. Ni siquiera pensaba acerca de ello. Kurtz acababa de sentarse, y les había dado órdenes de ir hasta su propia casa. Bien. Sin problema. Media hora de conducción relajada, sin llamar la atención y a ver como se resuelve esto. No lo quiso reconocer, pero se sintió aliviado al ver que esto se podría solucionar sin tiros.

- Han, estoy cambiando de idea… ¿Podemos ir a tu taller?
- Por mí… - Respondió el piloto.
- Bien, he dejado ahí la moto. – Rolf levantó la vista al oír a Paris. Su moto, la que él le había regalado. Miró a su lado y vio a Kurtz, aún apuntando a Paris a través del respaldo de su asiento. El cabrón sabía fingir como un auténtico maestro. Nadie se había dado cuenta de que el muy cabrón permanecía atento para ser el único que saliese con vida del coche si fuese necesario.


El Fenrir serpenteaba entre el tráfico, superando ligeramente el límite de velocidad. El motor hacía un ruido bastante brusco, la suspensión no era suave y el habitáculo mucho más incómodo al del Cavalier al que se habían acostumbrado, pero Han estaba igualmente feliz. Poco a poco las calles fueron empeorando, mientras el coche se adentraba más y más en los suburbios, hasta llegar al garaje. El piloto se bajó para abrir la puerta y volvió a entrar para meter el coche. Una vez dentro, mientras Han apagaba el motor, Kurtz dio un toque a Paris en el hombro, antes de que se quitase el cinturón.

- Póntelas a la espalda. – Dijo, mientras arrojaba unas esposas sobre su regazo.
- Kurtz, ¿Qué broma es est…? ¡¿Qué?! – El turco se movió rápidamente, pegando un tirón del cinturón de seguridad y atrapando a Paris en el asiento.
- ¡Kurtz! ¿Qué cojones estás haciendo?
- Resolver este puto lío. – Respondió el turco. – Y por cierto, rubiales, te estoy apuntando con una pistola. Ni tú puedes esquivarme con estas condiciones. – Paris bajó la frente y cogió las esposas. Sintió el peso de su pistola en la cadera, y el de Katherinna a la espalda.
- No te entiendo… - Dijo mientras acataba las órdenes. No lo entendía, pero sospechaba lo que había pasado. A sus espaldas sonó el ruido de las esposas al cerrarse.
- ¿Se las ha puesto, Han?
- Si… - Respondió el piloto, mientras lo comprobaba.
- Mas te vale no mentirme, chaval, o ni tú ni yo saldremos de aquí con vida. – Soltó el cinturón y lo desenganchó, liberando al asesino. – Baja.

Paris Obedeció, entorpecido por las esposas. Han fue detrás, con las manos en alto, azuzado por un gesto de la mano de Kurtz. Los hizo ponerse el uno al lado del otro y entonces algo brilló en el interior de su cazadora: La materia Terra hizo moverse el cemento bajo los pies de ambos, aprisionándolos. Entonces, salió el turco, e instó a punta de pistola a Rolf a salir y colocarse junto a los otros dos, donde fue sometido al mismo proceso.

- Paris, quítate la cazadora. Luego metéis todos la artillería dentro y la arrojáis hacia ese lado. – Indicó con la mano libre. – Materia incluida, por supuesto.
- Jonás, no entiendo a que viene esto. – Dijo Paris, preocupado.
- ¡Venga ya! – Bufó Rolf a su lado. – Tú lo sabes, yo lo sé y ahora también lo sabe Kurtz. – Paris enrojeció a causa de la Ira. Se sentía traicionado. En un primer impulso fue a golpear a Rolf, cuando lo detuvo el sonido de un disparo, contenido por silenciador.
- Hijo de puta, traidor… - Murmuró el asesino sin apartar la mirada de Kurtz.
- No lo culpes, Paris. – Intervino el turco, extrañamente conciliador. - Lo único que Rolf sabía era que no tenía posibilidades de salir con vida, pero si lo que me ha dicho es cierto, tiene un motivo para creer que se está metiendo en un fregao de cojones y querer salir de ahí deshaciéndose de nosotros.
- Pues me gustaría oírlo… - Han se adelantó, con cinismo. Paris no dijo nada, pero sus gestos evidenciaban que él mismo lo iba entendiendo antes de que nadie dijese nada.
- Han, ven conmigo. – Dijo Kurtz, mientras usaba la magia para liberar al piloto. Traeme las armas de Paris.

Han cacheó al asesino, que entre ira contenida, se dejó desarmar. Su Starlight, su daga y unas cuantas materias acabaron en su propia cazadora, que fue depositada fuera de su alcance. Han dejó una navaja multiusos y luego siguió a Kurtz hasta el fondo del taller. Avanzaron en silencio, el turco caminando de espaldas para no perder de vista a los otros dos. Se detuvieron frente a una mesa de trabajo donde había una vieja radio, que Kurtz encendió a bastante volumen.

- Dependen de ti.
- ¿Puedo preguntar qué pasa? – Insistió Han. - ¿Y por qué dependen de mí?
- Piensa: Rolf ha sentido la necesidad de matarnos a los tres, porque nos vio como una amenaza. ¿Tú eres una amenaza?
- ¡Joder! ¡Le quiero partir la cara, pero tampoco es como para volarme la cabeza! – Protestó, y siguió la deducción. – Quedáis Paris y tú, tío. Tú eres turco, de modo que decir que tú estás con Shin-Ra… Nada nuevo bajo el sol, vamos. Queda Paris.
- ¿Y entiendes mi situación?
- Si: Sabes que Paris tiene un secreto jodido que no me quieres decir, y temes que Rolf vuelva a intentar volarte la cabeza. Como el pringao del piloto solo ha disparado en videojuegos, no lo considero ni amenaza, ¿no? – Rió, sin desprenderse del sarcasmo. – Pero no cuela, tío.
- ¿No cuela? – El turco alzó una ceja.
- Soy un testigo. Estas haciendo esto de forma demasiado profesional como para dejarme libre.
- Hay una salida, y por eso dependen de ti. Necesito confiar en ti, Han. Necesito obtener toda la información posible sobre estos dos, y poder decidir con las cartas al descubierto: Necesito hablar con Fixer.
- ¡Ah, bien, vale! ¡Maravilloso! ¿Solo esa tontería? – Gritó, con un falso tono de buen humor. – Y… ¿Quién cojones es Fixer? ¿Dónde lo encuentro? ¿Cómo lo reconozco? ¿Cómo lo traigo?
- ¡No levantes la voz, idiota! – Lo reprimió el turco, apuntándole con la pistola, lo que casi fue un conjuro de mudez. – Es simple: Cojes el PHS, lo llamas hasta que responda y lo traes en tu coche. Que se traiga toda la información que tenga sobre nosotros. ¡Y no se te ocurra intentar huír!
- Tranquilo, tío…
- ¡Hablo en serio, cabronazo! – Susurró el turco, entrecerrando los ojos y pegándose al piloto de forma intimidante. – Si desapareces, te encontraré y te haré desaparecer otra vez. Después a tu mentor, el vejete del taller, y su perro. Luego tu hermano, el camarero marica, tus compañeros de las carreras de coches y tu grupo de música. ¿Me crees?
- Joder, Kurtz…
- Entenderé eso como un sí. Ya sabes: Si vuelves, puede que mueras. Si te vas, te llevarás a quince personas contigo.



- Me has jodido… - Murmuraba Paris, sintiéndose estúpido por haber confiado en el tirador.
- ¡Que te den! – Respondió Rolf, sin molestarse. – ¡Tú y tus mierdas de secretos! ¿Por qué no lo dijiste cuando tuviste oportunidad?
- ¿Crees que es tan fácil? ¡Seguro que para ti sí, largando mierda sobre los demás y desentendiéndote! – Acusó el asesino.
- Mira, por lo que sé de ese amable señor de la pistola, si hubieses ido a la cara, ahora no estaríamos aquí a punto de morir en este agujero de mierda. – Rolf mostraba una frialdad que rayaba lo inhumano. Prácticamente asumía la fatalidad de su destino e intentaba mantener toda la entereza y concentración posibles.
- ¡Dijiste que lo entendías! ¿Por qué quisiste matarme?
- Porque surgieron cosas nuevas que ya no entendía, mi querida rubia tonta. – Respondió con sorna insultante el tirador. - ¿Recuerdas cuando leí ese dossier sobre Kurtz en tu casa?
- Si.
- ¿Recuerdas los años en blanco?
- ¡Vete al puto grano!
- Pues yo he descubierto que pasó entonces… - Empezó a decir Rolf, pero se cayó de golpe. Paris siguió su mirada hacia el turco, que caminaba lentamente hacia ellos, quitando el seguro a su pistola.



- Paris. Quítate la camiseta.
- Jonás… - Dijo el aludido, con los ojos abiertos de par en par. Sentía miedo y confusión. El hombre que tenía ante él volvía a ser igual al que le había apoyado una navaja en la garganta, meses atrás en el sótano de un generador Mako. – Jonás, soy tu amigo…
- No intentes ganar tiempo, Paris. – Respondió el turco con frialdad. – Te aseguro que cada segundo que logres arañar será un segundo muy doloroso. Quítate la camiseta. ¡Ahora!
Paris obedeció. Retiró su camiseta, de color azul marino, y la sostuvo en la mano, echando los hombros hacia atrás, de modo que pudiese leerse claramente.

SHIN-RA
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BALANCE #02

Kurtz reaccionó muy mal. Por muchos motivos, había albergado la esperanza de que Rolf hubiese mentido para salvar su despreciable pellejo, pero una parte de su interior le decía que no era así. La gente normal no esquivaba balas ni metralla de granada. La gente normal no tenía una hermana muerta de la que se negaba a hablar, y por último, la gente normal no iba por ahí cometiendo asesinatos para vengarse. Jonás dejó ir su ira, arremetiendo contra piezas destrozadas, contra un viejo coche abollado, tirado en una esquina del taller, a medio desmontar, o contra lo que fuese. Gritó de rabia, y arremetió a golpes contra la pared con una tubería de metal hasta que esta se hubo doblado. Le dolían las manos y sentía los brazos entumecidos, pero todas esas sensaciones se quedaban en nada contra la rabia de sentirse engañado. Contra la impotencia de todos esos meses en la inconsciencia, y especialmente contra la preocupación: Paris conocía a Aang. Si trabajaba para Shin-Ra, entonces Shin-Ra también conocía a Aang.
Tiró al suelo la barra de hierro. Tan torcida no serviría demasiado bien a sus propósitos. Abrió el armario de las herramientas y sonrió con malicia al encontrar en su interior lo que buscaba. Luego, se encaminó a zancadas hacia Paris.

- ¿Te acuerdas de esto, rubiales? – Dijo mientras descargaba una llave inglesa de gran tamaño contra el vientre del asesino. Lanzó varias estocadas con ella, pero este las apartó con sus manos aún esposadas.
- ¡Jonás! ¡Por favor! – Suplicó este, sintiendo con gran dolor los impactos de la llave en sus manos. - ¡Para!
- ¡Una mierda! – Bramó y golpeó de nuevo. – ¡Maldito follaperros mentiroso!
- ¡Te lo contaré todo! – Jonás se detuvo.
- ¿Todo? – Preguntó, alzando una ceja.
- ¡Si! ¡Por favor! ¡No hay necesidad de esto!
- ¡Tarde! – La llave impactó contra el brazo derecho del joven, en un contundente revés que lo derribó y lo lanzó contra Rolf, que cayó a su vez. Paris intentó levantarse, pero el pesado pie de Kurtz apareció sobre su pecho, inmovilizándolo contra el suelo. Ante sus ojos, la pesada herramienta oscilaba como la espada de Damocles, antes de estallar contra el suelo, a apenas dos centímetros de su oído. - ¿Cuál es la diferencia entre haber hablado hace meses y hacerlo ahora?
- Jonás… - Suplicó una vez más el asesino.
- La diferencia, pequeño Paris, es que entonces, habrías sido un compañero… Un amigo, confiando en mí el más oscuro de sus secretos. Contándolo ahora, no tengo garantías de que esto no sea una mentira rápida para salvarte.
- ¡Tú tienes tus propios secretos! ¡Yo los respeté! – Protestó Paris. Kurtz sonrió, de esa forma tan desagradable que solo él sabía, y cargó todo su peso sobre el pecho de Paris.
- Tú me reclutaste a mí y aceptaste mis condiciones.
- ¡Y tú las mías, turco! – Intervino Rolf. - ¡Creía que todos tendríamos intimi… Ough! – La pesada cabeza de la llave inglesa se hundió en el estómago del tirador, que de repente se vio intentando recuperar el aire, mientras una arcada subía por su garganta.
- El problema es que ahora mismo soy un hombre de familia ocupado, y ninguno de vosotros, pedazos de mierda, vale ni una puta mirada de mi novia. Así que si creéis que no os mataré para asegurarme de que vivo para volver a verla, es que no os hacéis a la idea de lo que va a pasar aquí.




Desde su piso en los suburbios, Kowalsky tenía la mirada perdida, a través de la ventana. Caprice estaba a su lado, tomando la mano del periodista entre las suyas. En las noticias podían ver la lluvia cayendo esa noche sobre las obras megalíticas que llevaban meses organizando alrededor del edificio Shin-Ra. Un día absolutamente depresivo.
Lo único que había supuesto un leve alivio era que Daphne había dejado de sollozar, aunque aún no se había asomado fuera de su cuarto. Caprice se puso en pié y empezó a caminar hacia la cocina.

- Quizás debería ir yo… - Propuso Kazuro.
- No. – Respondió su novia, mientras reaparecía camino del cuarto de Daphne, con pañuelos de papel y helado en la mano. – Cosas de chicas. – Se sorprendió a sí misma, por lo que estaba diciendo y por la persona de la que lo decía.
- Ya, pero Rolf también es mi amigo, y…
- En serio, Kazuro. Yo me ocupo. – Caprice le dedicó una cálida sonrisa que le hizo sentirse un poco más optimista. – Tú mira a la caja tonta o coge mi portátil. Hay que averiguar que pasa ahí fuera.



Sentada al volante de su deportivo rojo, Yvette veía a Harlan caminando hacia casa, mientras Amira y Rubanza la saludaban desde la ventana. Ella apenas les devolvió un gesto distraído con una mano, mientras con la otra pulsaba una vez más la tecla de llamada. Por lo visto, a Paris se lo había tragado la tierra. Cortó la llamada y se quedó mirando al aparato, pensando en intentarlo una vez más. Con esa serían ya ocho. Despacio, dejó caer al PHS sobre el asiento de copiloto y arrancó el potente motor, incorporándose despacio al tráfico de Midgar.




La mesa estaba preparada, cuando el pequeño grupo de música de cámara que interpretaba piezas clásicas desde su equipo de alta fidelidad sufrió un leve salto de estática. Algo acababa de “tropezar” con las ondas de radio, causando una turbación en el programa. Tomó su PHS y lo encontró vacío de toda actividad. Ni llamadas, ni mensajes de texto, ni triste spam. Con un suspiro, asumió que solo podía ser su “teléfono rojo”. Un aparato irrastreable, protegido por todo un baluarte de cortafuegos y contramedidas electrónicas que hacía prácticamente imposible a la mayoría de los expertos en telecomunicaciones intervenir ese PHS. Sin embargo, ahí estaba, sonando, con las iniciales HPC en su pantalla táctil. Dejó su mesa bien puesta, y su pequeña tartera plateada emitiendo calor desde el centro, sobre un elegante salvamanteles de madera de olivo.
Caminó despacio, con cierto fastidio, los metros que lo separaban hasta una librería llena de ejemplares antiguos que decoraba el fondo del salón. Con las puntas de los dedos, apartó un panel artificial, compuesto por falsos libros, tras el que se ocultaba una pequeña caja de seguridad que sobresalía de la pared. En ese momento, las interferencias se detuvieron, haciéndole detenerse en seco. Miró hacia un lado y otro, confundido, cuando el sonido se reinició. Apretó los labios con fastidio y abrió la puerta, aceptando la llamada.

- Buenas noches, señor Parker.
- Corta el rollo, tío. Eres tú, ¿verdad?
- Independientemente de quien yo sea, la respuesta a esa pregunta siempre podría ser “si”. Pero sí, señor Parker. Soy yo.
- Fixer. – Insistió
- Si: Fixer. – Respondió con fastidio el aludido. – ¿Quiere poner un anuncio? ¡Soy Fixer!
- Bueno. Si no le vale, dígame su apellido y le dispensaré el mismo trato que recibo, señor… - El piloto dejó ese silencio típico para que alguien se presente. Hizo al hacker sentirse enormemente incómodo.
- Discúlpeme. – Dijo mientras se masajeaba las sienes con el índice y el pulgar. – Me encuentra usted a punto de cenar, aunque reconozco que ya no es precisamente temprano. ¿Tendría la amabilidad de ser breve?
- ¡Brevísimo! – Exclamó el piloto. – Mete la cena en un trasto hermético, recoge tu ordenador con nuestros historiales y dime donde tengo que recogerte. – Fixer se quedó un rato en silencio, antes de responder.
- Sintiéndolo por mi cena, señor, quizás podría ser un poco menos breve. ¿Dónde está el fuego?
- Pues probablemente en la colección de materias de Kurtz: Rolf acaba de intentar matarnos a todos, y por lo visto ha destapado algo muy duro sobre Paris.

Ahora mismo están en mi garaje, jugando a la del poli malo, poli peor, y supongo que o se le cuenta al jefe algo que lo tranquilice, o nuestra pequeña hermandad de la justicia acabará en unas cuantas bolsas para cadáveres.
Fixer tenía las pupilas dilatadas por el miedo, y la espalda y la frente cubiertas por un sudor gélido. Conocía a Kurtz de sobra, y la situación ante la que se encontraba ahora no era halagüeña en absoluto: Scar ahora mismo estaría interrogando a esos dos pobres desgraciados, y él era el único que podía salvarlos. Sin embargo, para tan elevado propósito tendría que sacrificar su mejor baza dentro del grupo: El anonimato. Fuera de él, de la distancia y de la informática de por medio, sus posibilidades de supervivencia serían las de un herbívoro herido en la cueva del depredador.

- Esquina Antoleón con Natak. – Repitió el piloto las palabras que acababa de oír. – Sector tres, placa superior. Bien. Tardaré quince minutos.

Fixer se quedó en silencio. No fue consciente de que había aceptado hasta oír al piloto repetirle la dirección que él mismo había dado en su estupor. Con el gesto descompuesto, miró de nuevo la pantalla del PHS, encontrándose con que su interlocutor había cortado. Los minutos seguían transcurriendo en el reloj digital del aparato, dejando cada vez más lejos la llamada. Fixer suspiró, y entró en la cocina en busca de algún recipiente con el que transportar su cena.



Han miraba con los ojos desorbitados a la extraña figura que estaba entrando en su Fenrir. Sus movimientos eran pausados y muy torpes, costándole horrores introducirse por la puerta o tan solo agacharse lo suficiente para ocupar el bajo asiento del deportivo.

- Tío… Ni de lejos te imaginaba así.
- Lamento enormemente decepcionarle, Parker…
- Llámame Han.
- Muy bien, Han. – Respondió el pasajero, respirando pesadamente en cuanto hubo ocupado su asiento. – Usted llámeme Fixer, por favor. No creo que tarde en averiguar mi nombre, aunque me gustaría posponer ese momento todo lo posible. Ahora, tenga la amabilidad de contarme… ¿Qué pasa?
- ¿Eso es comida? – Dijo el piloto, señalando hacia la bolsa que tenía su pasajero en el regazo.
- Si: Mi cena.
- Espero que esté bien cerrada.
- ¿No puedo suplicar por un viaje tranquilo? – Fixer no había olvidado ni un solo segundo de lo que había visto en miles de cámaras de seguridad y reportajes informativos censurados, acerca de la terrorífica destreza de su chofer. De hecho, no podía dejar de recordarlo ahora mismo.
- No. Pero tendremos que ser discretos, así que sin alardes. – Dijo mientras comprobaba el tráfico. - ¿Cinturón?
- Oh, ah, si… - El pasajero encontró al fin el modo de abrocharlo sin soltar la comida. – Y ahora… Cuéntemelo todo.

Han tardó un rato en empezar a hablar. Al principio se limitó a conducir envuelto en un silencio taciturno, dejando que el ruido del motor cubriese su aislamiento. Mientras tanto, su pasajero iba preocupado, con una mano bien firme sobre su bolsa llena de envases y la otra fuertemente sujeta a la agarradera que había sobre su puerta. Esquivaba a los demás conductores, cada vez menos lentos, y cada pocos minutos se veía obligado a soltar el acelerador un buen rato para no llamar la atención más de lo que lo estaba haciendo ya. A su lado, Fixer contuvo una tras otra varias imprecaciones, dejando al piloto avanzar en silencio. Cada vez estaba más preocupado ante la posibilidad de verse envuelto en una escena de tensión sin ningún modo de sobrevivir.

- Se ha vuelto loco, tío… - Fixer en principio buscó algún patrón raro en los demás conductores, pero no tardó nada en darse cuenta de quien le estaban hablando. – Está loco, pero a la vez es perfectamente comprensible, lo que hace que me pregunte si no estaré loco yo también.
- Es posible, Han. – Respondió el hacker. – Al fin y al cabo, aún es pronto para que usted empiece a congeniar con sus captores. Por favor, cuéntemelo desde el principio. – Han lo miró en silencio, medio segundo, como si le costase entender que quería decir.
- Claro… Desde el principio… - Se rascó la mandíbula con los nudillos, antes de responder. – Rolf debe de haber descubierto algo. Algo de Kurtz y de Paris, y lo suficientemente gordo como para que intentase matarnos.
- ¿Usted sabe de qué se trata, Han? – Interrumpió Fixer.
- Bueno… Soltaste mucha mierda en el hospital, pero ha llovido desde eso. No se que pensar.
- Ha dado usted cerca. – Sonrió el pasajero, conteniendo una leve tos. – Por favor, aminore. Necesitamos tiempo para ir preparados.
- Bien… El tema es que Kurtz esperó a Rolf. Nos dijo que le iba a sacar todo y luego se ocuparía de él. Lo hablamos y decidimos que era lo mejor. Habíamos sobrevivido de suerte, y no podíamos arriesgarnos a que se nos acabase. Hasta ahí todo lógico y bonito. El problema es que Rolf debió decir algo a Kurtz que le hizo ponerse en plan inquisidor. Ahora quiere la base de datos de la que salió todo y leer el informe por sí mismo o nos podemos dar por muertos. Los tres… O los cuatro.
- No es ilógico que el señor Kurtz se pusiese así, si no sabía lo de Barans. – Murmuró Fixer.
- Yo no me olvidaría de que Kurtz, Paris y yo vivimos solo porque Rolf falló los tiros.
- Por supuesto, lo estoy teniendo en cuenta, pero déjeme decirle, Han, que los mayores secretos oscuros los tienen Kurtz y Paris. Rolf es un asesino a sueldo, hedonista y algo chabacano para mi gusto, pero de las conversaciones que tengo grabadas, todas las cartas están a la vista.
- Pues entonces, deja de decirme que no hay, tío. Dime que es lo que si hay. – El Fenrir paró al lado del aparcamiento que había alrededor de un restaurante en carretera, a unos doscientos metros del peaje del túnel que descendía hasta los suburbios. Fixer jugueteó con sus propios dedos, moviéndolos nerviosamente. Lucía unos cuantos anillos que recolocó con milimétrica precisión mientras organizaba sus ideas.
- Bien: Escúcheme atentamente, señor Parker. – Dijo recobrando la seriedad, mientras abría el portátil y empezaba a abrir carpetas protegidas con contraseñas de alta seguridad. – El señor Kurtz es un veterano de Wutai. Primero la doscientos ochenta y ocho aerotransportada, y luego la noventa y nueve fantasma. ¿Ha oído hablar de estos escuadrones?
- En mi vida.
- La doscientos ochenta y ocho se ocupa de tareas bastante típicas de la infantería: Saltar tras las líneas enemigas y molestar mientras ganan tiempo para que el grueso principal del ejército entre a saco. La noventa y nueve ya es otro tema distinto: Para empezar, no existe. Hay rumores acerca de formas de guerra sucia que Shin-Ra usó en Wutai, pero no hay pruebas, no hay datos, no se sabe nada.
- ¿Y entonces como sabes…?
- Porque siempre hay registros. Siempre quedan datos al borrar, y siempre queda algo que recuperar si se sabe como hacerlo, Han, pero esa es mi magia particular, igual que la suya es… Volar. – Sonrió con complicidad. – La noventa y nueve fantasma podría haber ganado la guerra por sí misma, con sus ataques a suministros, sabotajes o asesinatos. Sin embargo, SOLDADO como fuerza de choque heroica daba mejor impresión de cara al mundo.
- ¿Y Kurtz sigue ahí?
- No, la noventa y nueve no ha vuelto a hacer operaciones desde el asesinato del general Tenkazu, de nombre en clave “sol poniente”. Sus miembros volvieron y se ganan la vida de formas distintas. Hay algunos en Turk, otros en el sector privado y otros se han incorporado a la vida civil. De todos modos, se mantienen sus registros. Lo más curioso es que ninguno conoce el nombre ni el rostro de sus compañeros.
- Es raro… ¿Y Paris?
- Aquí llega lo problemático: Incluso mi información sobre Barans es incompleta, pero al menos se que no es Barans, sino Balance. – El piloto alzó una ceja, reprimiéndose las ganas de interrumpir. – Casi no hay nada al respecto, pero por lo visto Shin-Ra intentó varios proyectos para recuperar algo. Una estirpe o algo, no hay información al respecto, más allá de algunos escuetos memorándums. El señor Balance, o Paris Barans, como lo conoce, apareció de la nada junto a una hermana, en casa de una amable señora llamada Alaina Lys-Carrol. El epítome de la “viejecita afable”.
- ¿Hermana? – Esta vez no pudo contenerse.
- Gemela, muerta hace año y medio. – Han apretó los dientes, como si prestase sus condolencias al asesino, pese a encontrarse este ausente. - ¿Alguna pregunta?
- ¿Paris ha trabajado para Shin-Ra, o hecho algo alguna vez?
- Nada. Nunca. Al menos, no según mis registros, y puedo asegurar que sería imposible encontrar unos más exhaustivos.
- Entonces, no hay razón para todo este fregao de mierda… - Suspiró el piloto.
- Así es, suponiendo que Kurtz se conforme con esto. Shyun Tsuun Foo Aang acaba de entrar en su sexto mes de embarazo. Toda esa paranoia defensiva no deja de ser comprensibl… - El piloto abrió la puerta de golpe y salió del vehículo, rodeándolo y abriendo la puerta del copiloto. - ¿Qué pasa?
- Levántate, Fixer. Ahí tienes la parada de taxis. – Lo sorprendió Han. – No voy a hacerte la putada: No voy a entregarte al verdugo por que sí. Me llevo tu portátil y le enseñaré todo al turco. ¡Si no le gusta, que le jodan!
- ¿Y usted, Han? ¿Va a ir al matadero sin rechistar? - Fixer estaba confundido. Llevaba desde que recibió la llamada del piloto buscando la forma de apaciguar a Kurtz, sin encontrar ninguna idea que le sirviese y ahora iban a dar la cara por él. En ese momento, sintió que había acertado al elegir a que grupo apoyar. Solo quedaba que ellos también se diesen cuenta.
- Tío… Deja de tratarme de usted. Te debo algunas por la última carrerita, ¿no? – Sonrió, aunque tras la seguridad de su gesto se veía claramente la resignación. – Coge tu cena, ve a casa y espera a tener noticias nuestras, ¿vale? ¡Y disfruta eso!

El hacker lo miró en silencio, sintiendo un leve momento de debilidad. ¡Él no estaba hecho para estas escenas de hermandad masculina! Tragó saliva, despacio, y se dio media vuelta mientras rebuscaba en la bolsa. Han podía oírlo respirar pesadamente mientras lo hacía, y esperó en silencio. Esperaba sinceramente que la situación no fuese para tanto, pero la verdad era que tal y como estaban las cosas, no podía saberlo. Entonces Fixer se volvió, tendiéndole un envase de plástico lleno de comida. Su superficie transparente cubierta de vaho indicaba que esta aún estaba caliente.

- Toma, Han. Disfruta tú también de tu cena: Faisán con salsa de trufas de Kalm. – El piloto alzó las cejas, sorprendido.
- Vaya, gracias… - Dijo mientras lo tomaba. Al hacerlo, se sobresaltó al notar el frío plástico de una pistola bajo el envase.
- Encuentra la forma de seguir volando, amigo mío. – El piloto asintió en silencio.
- A ver…

jueves 29 de octubre de 2009

Preparación del evento 200 relatos




Se acerca el relato número 200, gente, y vamos a ir preparando las cosas. Como ya sabemos los que hemos jugado al juego, Rufus ordena la instalación del Cañón de Junon en Midgar para defender la ciudad contra el posible ataque de un Arma. En el relato número 200 y los siguientes, escribiremos que hacen nuestros personajes durante este suceso, y el procedimiento será el estandar: El que escriba el relato número doscientos deberá contarnos que hacen todos sus personajes en ese tiempo, disponiendo las escenas como prefiera, y los siguientes serán "relatos de evento", en los que los demás haremos lo mismo. Estos relatos son simultáneos, y por lo tanto no tienen por que llevar enlace. Cuando acaben, el primer relato de fuera del evento se enlazará con el último del evento.
La regla de turnos también cambia, de modo que todos los turnos de evento se resuelven antes que los normales, atrasándose estos hasta que todos los participantes de azoteas hayan tomado parte en él.
Tras eso se retoma la normalidad.

El tema, como ya sabéis es la instalación del cañón, y esto no sucede en un chasquear de dedos. Por lo tanto, vamos a tomarnos nuestro tiempo. Vamos a suponer que ya han empezado las obras hace tiempo. En el relato 195, el cañón llega a Midgar, y en el 200 está ensamblado, pero no preparado del todo, de modo que aunque sigue el montaje, los andamios, soportes, obras, ruidos y todos los efectos y molestias, que deben verse reflejados en los relatos. Confío en vuestra habilidad, de sobra demostrada, para plasmar eso. Cualquier duda, ya sabéis...

Supongo que os habréis fijado en que he dicho "el que escriba el relato 200". Pues bien, he aquí la mala noticia. Noiry no va a ser. Ella misma nos contará los motivos cuando vuelva. Por lo tanto, reabrimos la votación, sin Noiry. Pero bueno... Se que esta, en cuanto esté libre, vuelve. Ella misma me lo dijo.
Si el ganador no se presenta en tres días, escribe el segundo


Además, cuando se postee el 200, haremos la clásica votación, con las categorías:

- Mejor escritor
- Mejor personaje
- Mejor relato (y subcategorías)
- Mejor relato dramático
- Mejor relato de terror
- Mejor relato cómico
- Mejor relato extraño
- Mejor relato de acción
- Mejor trama (secuencia de relatos con varios personajes que hace un solo escritor)

De modo que, solo quedan los agradecimientos: Muchas gracias a todos vosotros por acompañarme en este proyecto. Desde a los que habéis estado aquí desde el principio (Sinh, Noiry, Kite y Charlie, aunque Charlie no haya vuelto a escribir. Podría contar a Meph, que fue el primero en pedir turno, no me olvido), hasta los que habéis ido llegando con los años (unos 3, ya). Os estoy agradecido por participar, por compartir vuestras historias conmigo y por darme un lugar desde el que compartir las mías. Honestamente, creo y defenderé ante quien sea, que probablemente este sea uno de los grupos de fanfic de más calidad que haya. No seremos escritores, pero tampoco somos infames "fanfickers". Somos relateros, y somos cojonudos. Hemos cogido un mundo, pero le hemos dado una impronta personal, unos personajes, unas situaciones propias y en resumen, una especie de carisma universal. Ya no es el Final Fantasy VII. Es Azoteas.
Gracias, y espero teneros por aquí, mientras el meteorito no caiga... Y luego, ya veremos.

Ukio. Creador de Azoteas de Midgar.

lunes 26 de octubre de 2009

Simplemente LOL




Texto:

Rolf era un mirón en busca de atención.

- Hey, estoy aquí fuera! Mírame! Te estoy grabando!



Cualquier comentario adicional es simplemente innecesario.

sábado 24 de octubre de 2009

192

Kurtz entró bostezando en el ascensor. Había dormido poco y mal, dándole vueltas a la discusión entre el piloto y el francotirador, días atrás. No alcanzaba a imaginar hasta que punto había llegado, pero comprendía a Han. El piloto había renunciado a su posesión más preciada, el Fenrir conocido como “La Muerte”, para poder pagar la preparación de un coche para sus “juerguecitas”, coche que no podía usar fuera de las misiones. Y ahora, para colmo de males, Shin-Ra había contratado los servicios de uno de sus rivales directos, había preparado a “La Muerte” para correr a la velocidad de la luz y se lo había regalado. Poniéndose en su lugar, él mismo estaría pegando tiros y repartiendo hostias y puñaladas por doquier. Sin embargo, si se ponía en el lugar de Rolf… Bueno… ¿Quién cojones entendía a Rolf?

Al abrir se sorprendió al cruzarse con uno de los novatos. Un soplapollas cuyo nombre no recordaba, al que conocían simplemente como “Cremalleras”, porque tenía millones de ellas por todo el “uniforme”, menos la realmente necesaria en su puta bocaza. El turco, ya no un novato, se tuvo que recordar Kurtz a sí mismo, se estremeció al encontrárselo por sorpresa cuando se abrió la puerta del ascensor, pero la sonrisa maliciosa del veterano le hizo recobrar una forzada compostura, acompañada de una mirada de desprecio. Jonás no quiso seguir el juego. Ya bastante dormido estaba, ahora que madrugaba para ir cada día bien aseado y dar imagen de disciplina a sus polluelos, y hoy, además, había quedado.

- Hola, Clarisa. – Saludó a la recepcionista del piso dedicado al cuartel de Turk. – Tengo correo, ¿verdad? – La aludida lo miró fijamente, intrigada por tanta seguridad.
- Sí, señor Kurtz. ¿Cómo lo ha sabido? – La recepcionista era una mujer rellenita, con los cambios de humor propios de una menopausia que nadie mencionaba en su presencia.
- Instinto de veterano. – Rió el turco.
- Supongo que ese instinto le ha hecho venir media hora antes a por el correo… ¿Debería pasarlo por el scanner anti bombas? Tiene algo abultado dentro.
- ¿Buscando cosas abultadas en lugar de trabajar? – La mujer se quedó mirándolo con ira, quieta, como si un relámpago la hubiese fulminado allí mismo. Jonás se fue, sonriendo para sí y escuchando la respuesta de Clarisa mientras se cerraban las puertas del ascensor.
- ¡A mí no me mire! ¡Hablamos de su correo!



Han tenía unas ojeras que parecían llegarle a los pies. Él no era de madrugar, y le daba igual trabajar en el taller hasta las mil, con música puesta. Se concentraba, y el tiempo parecía dejar de existir, a veces hasta que Remache llegaba a primera hora para abrir, y lo encontraba dando los últimos toques a alguna reparación, o durmiendo en el cómodo asiento de la camioneta del taller, si se encontraba demasiado cansado como para ir a casa a dormir. Sin embargo, ahora ese cabrón de Kurtz lo había citado para primera hora de la mañana. De hecho, aún faltaban veinte minutos para que fuese “primera hora”. El piloto esperaba en una cafetería, leyendo el periódico de la noche anterior mientras sorbía el café más cargado que pudieron servirle sin tener que echar keroseno en la taza. Kurtz apareció finalmente por la puerta, llamándolo con un gesto de cabeza, para que pagase y saliese.

- ¿Qué horas son estas, tío? – Kurtz miraba detenidamente la cara del piloto, mientras este le hablaba. Había visto muchas películas de zombis, pero la cara de Han iba realmente mucho más allá.
- La única que tengo disponible, chaval, así que se siente. Ya dormirás en un rato.
- Bueno, pues que sea rápido… - Bostezó de nuevo. - ¿Qué quieres?
- ¿Qué cojones hace el coche ahí?
- ¡¿Qué?! –
- Sígueme, maldita sea…

Kurtz se había girado, guiando a Han poco a poco hacia una de las entradas del edificio Shin-Ra. Un gesto al vigilante y las luces rojas de las cámaras de seguridad se apagaron a su paso. El camino llevó a Han a lo largo de unos cuantos pasillos, hasta que el turco metió al piloto en un cuarto de baños perdido en las entrañas del edificio, destinado para minusválidos, con lo que no serían interrumpidos.

- Es una broma, ¿no? – Preguntó el piloto.
- ¡Hablo jodidamente en serio! ¿Qué cojones hace el coche ahí?
- ¡Qué conduzca el puto Rolf! – Respondió Han, reticente a alzar la voz, por miedo a oídos indiscretos.
- ¿Qué cojones pasa con Rolf?
- ¡Eso quisiera saber yo! – El piloto esperó unos segundos, pero el turco seguía mirándolo fijamente, esperando una respuesta. - ¿No lo sabes? Por lo visto le dio un ataque, o algo. Hace poco participó en un duelo, contra otro tirador, y Daphne se quedó toda jodida, por…
- ¿Quién es Daphne?
- ¿Daphne? Joder, la amiga de Rolf y Kowalsky, la del pelo rubio y rosa. Estaba con Kowalsky y su novia cuando los saqué del hospital. – Kurtz asintió.
- Si, Steffan, el travelo.
- Transexual. – Corrigió Han. Kurtz se desentendió con un gesto.
- Sigue. – Ordenó, con un tono implacable que no dejaba margen a oposición alguna.
- El caso es que me llevo con Daphne. Es una tía maja, y tal. Intentó evitar que Rolf fuese al duelo, pero no lo consiguió, y cuando le fue llorando, para decirle lo asustada que había estado, Rolf se rió en su puta cara, llamándola “engendro”.
- ¿Estabas ahí?
- ¡Joder si estaba! La hostia que se llevó el cabrón no la vio venir. Luego, el hijoputa sacó una pistola y nos amenazó. Me echó en cara que conduzco solo porque él paga… Me jodió la hostia.
- ¿Te insultó sin más? ¿Seguro? – Kurtz estaba intrigado, desde luego, la actitud del tirador no era normal en absoluto.
- Recuerdo sus palabras: Si fueses mínimamente inteligente, tendrías un grupo decente, un coche propio y quizás incluso una mujer de verdad.
- Y todo eso mientras te apuntaba con una pistola… Pues si. Entiendo que te cabreases, pero no puedes dejar el coche ahí, Han. Nos pones en peligro a todos.
- Tiene matrículas “limpias”, me he cuidado de eso, pero no puedo sacarlo. Dejé las llaves en el buzón del marica.
- Mierda… Llamaré al rubio. Esta noche nos toca ir a sacar el coche y arreglar esto.
- ¡No quiero arreglar una mier…!
- ¡No seas idiota! ¿No te das cuenta? – Lo increpó el turco, encarándolo. Pese al tono autoritario de su voz, esta vez no había amenaza en él. - ¿No recuerdas por qué hacemos esto? ¿Qué sacamos a cambio? – Preguntó. - ¿Vas a dejar a toda la puta ciudad tirada por un pique?

Han no respondió. Se quedó mirando a Kurtz fijamente, en silencio, pero sus gestos lo traicionaron. El turco tenía razón. Se giró para ir a lavarse la cara, teniendo que agacharse, ya que el lavabo estaba a la altura de una persona en silla de ruedas.

- Vale, pero quiero una explicación.
- Todos la queremos. – Dijo Kurtz, mientras abría la puerta. – Y ahora…
- No, antes responde a mi pregunta. ¿Es una broma?
- ¡No, joder! ¡Hablo en serio! ¿Es que no te enteras?
- No, idiota. ¡El baño! ¿Siempre hacéis los “interrogatorios” en un baño de minusválidos? ¿Es para que el interrogado se haga a la idea de cómo va a ser su vida?
- Eso solo cuando el interrogado tiene suerte.



Han salió primero, y esperó incómodo en el pasillo a que el turco le tomase la delantera. Lo siguió hasta la recepción, donde decenas de ciudadanos madrugadores y responsables intentaban cumplimentar trámites administrativos antes de que se llenase el edificio a media mañana de gente que pedía un visado para abandonar la ciudad o para traer a sus parientes. Unos creían que estarían más seguros en Midgar, otros creían que estarían mejor fuera, pero todos estaban de acuerdo en que en algún refugio tenían que estar como ese pedrusco celeste cayese.

El turco se metió detrás de las oficinas donde los burócratas trabajaban, seguido por el piloto, cuyos ojos volaban de un lado a otro, cada vez más nervioso. A su alrededor todo eran miradas de desconfianza por parte de funcionarios y guardias, y cámaras de vigilancia. Entraron en un ascensor, Kurtz giró una llave en los mandos, haciendo que el ascensor bajase hasta el último piso de la lista, al nivel del suelo de los suburbios. Cuando las puertas se abrieron, los ojos del piloto se abrieron más aún. Allí había coches. Muchos coches. Una cantidad obscena de vehículos, requisados, confiscados, decomisados, robados… Han no tardó en darse cuenta de que no había coches de lujo, todos eran de tipo medio.

- Todo es chatarra…
- Si. Los buenos se venden bajo mano. Normalmente tenemos incluso una lista de espera. – Respondió el turco, con la mirada perdida entre los coches.
- Y… me traes aquí, ¿para? – El piloto tenía en los ojos el brillo nervioso de un niño pequeño minutos antes de su fiesta de cumpleaños.
- Evidentemente, para darte un regalo. He logrado reservarte uno, pero lo tienes que pagar tú.
- ¿Y cual es?

Han saltó sobre un utilitario gris y algo desvencijado, mirando a su alrededor en busca de un coche para él. Su coche. Algo que tenía que llamarlo. Kurtz había sido su copiloto, de modo que conocía sus gustos y su agresividad, por no hablar de su reputación. Tenía que ser un coche fuerte, pero también exigente. Algo que tuviese que domesticar, pero nunca del todo, dejando un margen de salvajismo para que la máquina pudiese rugir y dominar la carretera como un soberano implacable. Sin embargo, también estaba el cambio experimentado al volante del “pájaro”. Ahora no era cuestión de perseguir y cazar, sino de volar. Ser su el propio enemigo de uno mismo, volar con las propias alas de uno, hasta un lugar más allá de la gravedad, el tiempo o el universo. Sin embargo, un coche capaz de eso tenía que ser algo que no destacase, un diamante en bruto, lo suficientemente poco lujoso como para que ningún millonetis untase a un par de seguratas para llevárselo de noche. Han pensó todo esto con los ojos cerrados. Los abrió y giró, mirando a su alrededor, y deteniéndose en seco.
Kurtz mientras tanto, se entretenía viendo al piloto. Su extraño comportamiento le hacía gracia, y a la vez lo intrigaba. Sin embargo, no tenía duda de que acabaría por acertar.

- Tiene que ser este. – No había ninguna excitación en su voz, sino que pronunció las palabras con la calma de quien afirma algo evidente y natural, como el día, el viento o la lluvia. – Fue corriendo por encima de cochambrosos sedanes y berlinas viejas hasta detenerse delante de un cupé de unos veinte años de antigüedad. Tenía varias abolladuras, y muchos desconchones en su pintura blanca, sucia y deslucida.
- ¿Estás seguro?
- ¡Es un Fenrir R32! – Han había desaparecido tras el coche, acariciando con los dedos el desconchón donde habían arrancado una insignia. – No solo eso: ¡Es el GTR! ¡Este coche aquí es como un dios caminando entre cucarachas! – De repente, su semblante se puso serio. - ¿Cuánto te ha costado? – Kurtz respondió arrojándole un sobre de color marrón, grande, que llevaba escondido bajo el chaleco de kevlar. En él, Han reconoció el bulto de los dos juegos de llaves, pero los ignoró, sacando un documento con varios sellos oficiales de Shin-Ra, que estudió con gran concentración. Kurtz no pudo evitar reírse de su cara de sorpresa.
- No es tan raro. Nadie puja contra un turco.
- ¿Cien giles?
- Lo podría haber tenido por uno, pero hay puja mínima.
- ¡Joder, casi me parece insultante para esta belleza!
- Págame lo que creas… - El turco se encogió de hombros, riendo. Han le lanzó un juego de llaves, que casi se le cae al pillarlo desprevenido.
- Entra, pon punto muerto y ábreme el capó.
- Oye, que yo tengo que entrar a trabajar… - Se defendió Kurtz.
- Si, si, si, si, sin problema… Solo será un minuto… - El piloto parecía poseído, mirándolo desde delante del capó con la impaciencia ardiéndole en el rostro.

Lo que pasó entonces ante los ojos de Jonás le causó una impresión sobrecogedora: Un deja vú, una experiencia ya vivida antes, muchos años atrás, ante un general de Wutai, al que tuvo el honor de contemplar practicando la ceremonia de té. Han echó un vistazo detallado a la superficie del motor, antes de extraer la varilla del aceite y examinarla con atención para luego devolverla a su sitio. Vio la sonrisa nerviosa en la cara del piloto, que tuvo que esforzarse por apartar la vista de la bestia mecánica para pedirle que arrancase. El estruendo del motor se dispersó por el aire como una onda expansiva, rápido y atronador. Han lo estuvo observando vibrar, mientras hacía gestos a Kurtz para que acelerase. El aceite estaba algo seco, probablemente el coche no lo habían arrancado en más de una semana, pero no lo suficiente como para dañar la maquinaria. Luego el piloto rodeó el coche, mirando el humo que salía del escape. Un poco negruzco, síntoma de que el motor quemaba aceite. Habría una fuga en algún lugar. Volvió al motor, indicando al turco que apagase.

- ¿Te gusta? – Preguntó este cuando iba a salir del coche, pero se detuvo ante un ademán del piloto, que estaba sacando una navaja multiusos de un bolsillo.
- Casi perfecto… - Dijo sumergiéndose tras el capó. Kurtz oyó un chasquido y un murmullo de satisfacción.
- ¿Qué acabas de hacer?
- Tú arranca.
Si antes el motor sonó como un trueno en una llanura, esta vez su intensidad sorprendió al turco, que soltó el acelerador de golpe. El capó bajó, y tras él apareció Han con una sonrisa de depredador y algo amarillo en la mano.
- ¿Qué es eso?
- En el ochenta y tres, un grupo de ingenieros de Shin-Ra propuso cambiar el coche oficial para Turk, cambiando el clásico Supreme por el Fenrir, mucho más potente y agresivo. Sin embargo, se rechazó por varios motivos. – Dijo mientras hacia un gesto al turco para que dejase libre el asiento del piloto. – El principal era que la imagen del Supreme se había hecho conocida, y su presencia solía causar la incomodidad que Turk deseaba. También se habla de la reticencia de los propios turcos, satisfechos con sus modelos, aunque las malas lenguas dicen otra cosa.
- Sorpréndeme…
- En el maletero de un Supreme caben más personas. – Respondió el piloto, exhibiendo una mueca macabra. - ¿Es cierto?
- Secreto de estado. – Se burló el turco. – ¿Y mi pregunta?
- Ah, si… Esto. El Fenrir tenía un diseño cojonudo, y decidieron venderlo como coche de lujo. La edición GTR tiene exactamente el mismo motor que ofrecieron a Turk, pero con esto. – Dijo poniendo la pieza a la vista. – Un limitador. Ahora, si me disculpas, tengo quinientos caballos a los que hacer correr juntos por primera vez en su vida.
- ¿No te estás lanzando? – El turco recobró la seriedad.
- Esta misma noche estaré corriendo. – Aseveró el piloto.
- Esta misma noche estaremos resolviendo la que Rolf y tú habéis liado. Luego… Ya veremos.



Kurtz entró en las dependencias de Turk con el tiempo justo para lo que tenía pensado. Él mismo quería ser riguroso con la puntualidad y la disciplina, a ver si lograba inculcarles algo, lo que fuese, a esa panda de desgraciados. Encontró a Maravloi, tal como contaba con verlo, esperándole delante del cuchitril que le habían asignado como despacho, sosteniendo un portapapeles bajo el brazo, que le acercó en cuanto Kurtz estuvo junto a él.

- Aquí no. Dentro. – Indicó mirando a su alrededor para incitar al novato a ser discreto. Este imitó su gesto, un tanto preocupado por la posibilidad de estar metiéndose en problemas, antes de seguir a su instructor a su despacho y cerrar la puerta a sus espaldas. Dentro, Kurtz tomó el portapapeles y hojeó su interior, alzando sus cejas en un gesto de sorpresa que se convirtió en una especie de sonrisa inquietante, enmarcada en sus retorcidas cicatrices. Sacó dos sobres, del interior, tirándolos sobre su mesa y dejó uno dentro.
- Señor… ¿Usted no quería…?
- Tengo lo que quiero. El de Van Zackal es para ti. – La cara de perplejidad de Maravloi no cambió. – Mariflori, sabes de sobra que aquí se están formando dos bandos. Por un lado están Cagarruta y Travelo, que aunque soy un cabrón, parecen haberme cogido cariño. Por otro están los demás, y luego en medio estás tú.
- ¿Y? ¿No puedo querer mantenerme al margen?
- Puedes… ¿Pero cuánto durará eso? ¿Hasta que uno de los veteranos crea que eres un niñato y pase de protegerte para salvar su culo? ¿Hasta que los niñatos te apliquen la de “con nosotros o contra nosotros”?
- ¿Harían eso? ¿Me…?
- ¿Matarían? No. Matar a un turco es condenarse a uno mismo. Pero… - Kurtz dejó la respuesta en el aire, pero el novato no tardó en cogerla.
- No tienen porque apretar ellos el gatillo. ¿Cierto? Y quedarán libres. – El instructor asintió. – Aún así, sigo sin ver a Van Zackal yendo tan lejos. Y… - Tragó saliva. Se sentía asustado, pero tenía la sensación de que Kurtz no le iba a pegar. No por decir la verdad. – A usted sí.
- A mí ya me conoces: Pandillero violento, licenciado con deshonor, y un historial de tanganas más grande que tu casa. Sé todo lo que necesito saber sobre ese cabronazo de Van Zackal. Ahora quiero que tú sepas donde estás entrando. – Maravloi lo miró en silencio, serio y meditabundo. Siempre adoptaba la misma postura cuando se detenía a pensar, Kurtz lo consideraba un defecto. Era como mostrar sus cartas, hacer saber al adversario que dudaba. Cuando eres un cabrón trajeado, no dudas: Golpeas, y mientras vas pensando algo.
- Lo estudiaré detenidamente, señor. Gracias por la advertencia. – Kurtz le abrió la puerta, y la cerró cuando se hubo ido.



El entrenamiento transcurrió con la rutina habitual: Tiro, asalto a zonas de conflicto, un edificio semiderruido que conservaban en la zona de entrenamiento, algo de lucha contra monstruos… Si se ponían, o veían una amenaza demasiado directa, eran capaces de actuar como una unidad: Cubrirse, pasarse cargadores o coordinar ataques, pero solo unos cuantos. La mayoría simplemente esperaban ansiosos, murmurando algo sobre la segunda parte del entrenamiento. Por lo visto, Van Zackal iba a llevarse a algunos de sus “elegidos” de juerga, a “patrullar la noche”. El veterano había decidido no ser compasivo, y al día siguiente tendrían que estar allí a las seis y media de la mañana, aunque se veía venir que su “patrulla instructiva” no acabaría hasta bien entrado el día siguiente.

- Señor… ¿Puedo hacerle una pregunta? – El que se había acercado a él era Margarito: Mario Seranzolo, un figurín anoréxico al que había pillado varias veces vomitando el rancho. Tenía un aspecto desastroso: Su debilidad apenas le permitía aguantar la carabina MF22 estándar, y movía mal el brazo derecho por los golpes del retroceso. Además, los restos de pólvora tan fijos en su cara confirmaron a Kurtz sus sospechas: Usaba base de maquillaje.
- Pregunta, Margarito, y serás respondido.
- Sé que usted me odia, pero…
- ¿Te qué? – Kurtz tuvo que aguantarse la risa, y no lo logró del todo. - ¿Qué yo te odio?
- Señor, seamos serios: Me tiene en el último puesto de la lista, me mira con desprecio y hace mofa de mí.
- Vale, Seranzolo. Voy a ser serio: Lo primero es que me dan igual tu maquillaje, tus esteticiennes o como mierda se diga, y tus manías, que no querría para mí mismo ni bajo tortura. Pero no te odio especialmente, sino que te desprecio igual que a los demás cachos de mierda.
- ¡Usted no es igual con todos! ¡Kaluta, Traviesa o Gertschen reciben trato de favor, los favoritos, de la primera fila!
- Ellos son distintos: Ellos vivirán. – La insinuación de Kurtz, junto con la dejadez con la que fue pronunciada, logró estremecer al novato.
- Vi… ¿Vivirán? Entonces nosotros…
- Vosotros lo lleváis claro: No sabéis defenderos, apenas sois capaces de resistir un par de golpes, desenfundar rápido un arma, responder a una amenaza o venir prevenidos.
- ¡Somos turcos! ¡Nadie ataca a los turcos! El sargento Van Zackal…
- El sargento Van Zackal es una estrellita del pop que se dedica a pavonearse por los clubs molones de la placa superior. Nadie le ataca, todos le admiran, y si alguien le hace algo, él saca una pistola y grita cuatro amenazas ingeniosas mientras le vuela la rótula a algún desgraciado. ¡Y tú no eres turco! ¡No mientras no acabe la puta instrucción!
- Si, pero se deja ver. Es una presencia continua del orden y de su fuerza, y con ello disuade a los delincuentes de actuar. – Argumentó el novato.
- Eso te ha dicho, ¿no? ¿Te ha contado cuantas veces ha patrullado bajo la placa el último año? ¿Cuantas operaciones de riesgo ha tenido que realizar? ¿Redadas? ¿Asaltos?
- Para esas cosas está SOLDADO… - Eso enfureció al infante aerotransportado que vivía dentro de su sargento.
- ¿SOLDADO? ¿Los putos SOLDADO? ¿Los “llevo una espadita y me convierten en un monstruo de feria para ganar una guerra a base de propaganda”? ¿Esos soldado?
- Eh… Si, señor.
- ¡Mierda, Margarito! ¿Tú no te enteras?- Se detuvo un momento, recordando que la información acerca de los Soldados que se volvían locos era clasificada. – Vas a durar menos que una cucaracha en un microondas. Tú, y toda esa panda de vedettes, furcias, posers, modelos y estrellas del pop.
- Con el debido respeto, eso está por ver, señor. – “Parece que míster maquillaje tiene huevos”, pensó el sargento.
- Si, por ver. Si me equivoco, seréis turcos. Si te equivocas tú, seréis pasto de los gusanos. Como te veo cansado y seguro de tus posibilidades, no tienes por que seguir entrenando si no quieres.

El novato parecía a punto de responder, pero Kurtz se fue, volviendo a prestar atención al entrenamiento de los demás, corrigiendo errores a gritos y tomando su fusil, cargado con balas de goma, para emboscar a un grupo de novatos que se dedicaban a actuar como si estuviesen en una puta peli. Mientras se marchaba, el recluta Seranzolo se dejó caer sobre unos escombros, sentándose con la mirada perdida que iba desde su propio fusil hasta sus compañeros, algunos de los cuales dejaron de entrenar para ir a sentarse con él. Estuvo tentado de hablarles de su conversación con el sargento, pero alguien sacó un PHS y puso música, y otra persona empezó a hablar de que ropa se pondría para esa noche. De ese modo, el recluta Seranzolo se dejó arrastrar de nuevo a una vida cómoda y cálida, lejos de soldados, armas de fuego y amenazas proferidas por ex-militares paranoides.



Kaluta esperaba solo en el gimnasio, trajeado y polvoriento por la sesión de tiros, aunque contento. Ahora tocaba posar con el modelito, pero antes tendría media hora para poner en aprietos al sargento. Sin embargo, no dejaba de mirar el reloj: Kurtz estaba llegando tarde.

- ¡Cagarruta! - El novato levantó la cabeza, buscando a quien le había llamado. Encontró a la tal Yvette, la rubia que se quedaba intercambiando golpes con Kurtz cuando ellos se iban con Van Zackal.
- ¡Tú no puedes llamarme así!
- Lo siento… Es fácil acostumbrarse a él. – Se subió al ring, dejando una bolsa de deportes a un lado. – Tu sarge me ha dicho que sea tu anfitriona, que él
hoy no puede.
- Me debe una pelea. – Murmuró molesto el novato.
- Conseguir una pelea con Scar Kurtz es más fácil que mojarse en una piscina descubierta, un día de lluvia intensa, así que yo me preocuparía por problemas más inmediatos… Cagarruta.
- ¡Me cago en tu p…! – Se contuvo justo a tiempo. Los soldados de élite están entrenados para dar siempre buena imagen y no ser malhablados.
- Cagarte si que te vas a cagar encima, pero mientras seas novato, te quedas el apodo. – Dijo mientras lanzaba los primeros golpes contra Kaluta, cogiéndolo desprevenido. - ¡Cagarruta!



Una suerte de intuición hacía que Traviesa se encontrase inquieta en ese momento. Abrió la puerta, y un suave torrente de música salió: Rock melódico y potente, cantado con una voz desgarrada. Dentro de su despacho, por llamar a ese agujero hediondo de alguna forma, el sargento revisaba papeles, y sin levantar la vista, le hizo un gesto con la mano para que se acercase, mientras cerraba dos carpetas de cartulina marrón y las colocaba bocabajo.
La novata se sentó en la silla metálica sin la sonrisa de seguridad que la había caracterizado, mientras Kurtz levantaba la cabeza, llevándose un puro a la boca y encendiéndolo relajadamente.

- ¿Tu nombre, recluta?
- Traviesa, señor. – Kurtz miró por encima de ella, comprobando que la puerta estaba bien cerrada.
- Mira, no sé si me han puesto bichos en el despacho, pero puedes contar con mi discreción. ¿Nombre?
- Bich… Ah, micros. – Susurró al darse cuenta. – Traviesa, señor. – Kurtz sacudió la cabeza en un gesto de negativa. Respuesta equivocada.
- Entonces, Traviesa… - Dijo mientras daba la vuelta a ambas carpetas. Cada una de ellas tenía una foto de una mujer morena sujeta con un clip. Las fotos estaban a la vista, y las mujeres eran tan parecidas como diferentes. De aproximadamente la misma edad, complexión y por lo que parecía, familia, una de ellas llevaba el pelo castamente recogido, y una sonrisa agradable que se reflejaba en sus brillantes ojos marrones. La otra tenía una mueca de asco y desprecio, con el rostro maquillado para hacerlo más pálido, los labios pintados de negro y una cantidad inmensa de sombra de ojos. – ¿Cuál de estas dos es más guapa? – La novata sintió que le fallaban las fuerzas. Kurtz había ganado la mano, siendo jodidamente listo. ¿De dónde coño había sacado eso?
- Yo soy esta. – Confesó, señalando hacia la que estaba a su izquierda, con la mujer formal y agradable.
- Guadalupe Verona… - Kurtz sonrió. – Alumna de matrículas, estudiante de la escuela de empresariales con beca, graduada cum laude, voluntaria en un comedor social de los suburbios del sector cuatro… - Pasó página y se entretuvo leyendo y dando una calada a su puro. Apenas unos segundos, pero en ese momento “Guadalupe” estaba apretando con fuerza los apoyabrazos de su silla. – Ha tenido dos novios y trabajaba en una tienda de mascotas.
- Aha… - Respondió nerviosamente. Por como sonreía ese cabrón parecía estar viéndola desnuda en ese preciso momento, o al menos, así era como ella se sentía.
- Y sin embargo, es Adalia la que tiene un tatuaje igual al tuyo. – Dijo el turco, mientras abría la otra carpeta, quedando una foto de la segunda mujer a la vista. – Y no es precisamente discreto: Un pájaro negro, un cuervo, supongo, cuyas alas y cola se extienden a lo largo de la espalda, como si fuesen llamas. Las alas llegan casi hasta el codo, y la cola baja por una pierna hasta la pantorrilla. Precioso, si quieres mi opinión. Yo también me puse algo de tinta en su tiempo, y tampoco fui discreto.
- Mi… Mi pobre hermana está…
- En el hospital, en coma. – Interrumpió el turco. – Un asalto en las poco seguras calles de Midgar.
- Y el tatuaje, ambas tenemos el mismo.
- ¿En serio? – Sonreía, y su incredulidad era notoriamente fingida, pero la novata seguía con la mirada hundida en la carpeta de “Guadalupe”. – Que poco le pega a una chica cum laude con solo dos novios en veintitrés años…
- Veintidós. – Corrigió. – Veintitrés tiene mi hermana mayor, Adalia.
- Perdón, fallo mío… Debería leer esto con más atención. A ver… Domicilio familiar en el sector ocho de la placa superior. – La miró a los ojos. – No está nada mal. Yo mismo vivo en los suburbios, pero porque me gusta la zona, y no me apetece una mudanza ahora.
- Ah…
- Mierda, sigamos: La agresión fue un miércoles, en los suburbios del sector cuatro.
- Eh… Mi hermana salía de juerga por esa zona. – Respondió a una pregunta que no había sido formulada.
- Claro, claro… ¿Un miércoles? Los miércoles no hay fiesta, salvo en zonas raras y para gente que tiene dinero para salir todos los días. La agresión fue hace dos años, y… - Se detuvo un instante. - ¿Dos años? Es decir, ¿acabaste la carrera con veinte? ¡Eres un genio, Guadalupe! – Hizo un gesto de disculpa por desvariar y siguió. – Alguien con veintiuno no suele poder pagarse una juerga miércoles, jueves, viernes y sábados. Y además, viviendo sobre la placa, igual no sabía que sitios abrirían los miércoles.
- Mi hermana tenía dinero. – Respondió la novata. – No lo quería mencionar, pero había trapicheado con droga. – Kurtz alzó las cejas, sorprendido.
- Todo un elemento, tu hermana, ¿no? – Preguntó, mientras se inclinaba sobre la mesa. Traviesa se sentía cada vez más arrinconada. - ¿Y vuestros padres? Una putada, seguro: Por un lado todo disgustos, por otro todo alegrías…
- Ya…
- Y tu hermana, agredida un miércoles cuando iba de fiesta… ¡Joder! Vivo casi al lado de esa zona y no se me ocurre ninguna zona de fiesta… - Kurtz clavó sus pupilas en ella y redujo su tono de voz, masticando las palabras y lanzándolas como si fuese una presa en torno al cuello de la novata. - Pero si varios comedores sociales…
- ¡Es cierto! Eh… No había ido de fiesta, sino que había venido a buscarme… Nuestros padres… Eh… Ellos no querían que me arriesgase sola, y… - Kurtz se levantó.
- Mira… Adalia. ¡O empiezas a cantar ahora mismo o vamos al hospital a la de ya a despelotar a tu hermana, a ver si tiene al pajarraco tatuado!
- ¡Oiga, no tiene derecho! Yo…
- No lo entiendes… - Kurtz se quitó el puro de la boca y puso su cara a escasos centímetros de la de su pupila. – Yo soy turco. Eso significa que sois todos los demás los que no tenéis derechos.
Adalia se quedó quieta. Sus ojos se tornaron vidriosos y empezó a notar un nudo en la garganta, pero logró sobreponerse. Alzó la vista y vio como el sargento se relajaba y se sentaba de nuevo en su silla. De un bolsillo interior de la chaqueta sacó una petaca, que ella aceptó gustosa. El vodka ardió por su garganta, pero abrió el camino para que le saliesen al fin las palabras.
- Lo primero, prométame que no se lo dirá a nadie. – Kurtz alzó las cejas al encontrarse con la exigencia y ella se dio cuenta, capitulando levemente. – Por favor se lo pido: No quiero que mis padres lo sepan, ni que lo sepa nadie.
- ¿No lo saben? – Kurtz estaba sorprendido. - ¿No saben que te has dado el cambiazo por tu hermana en coma?
- No: Ella siempre usaba ropa holgada, y yo les había escondido el tatuaje y los piercings durante toda la vida, de modo que les dolió creer que era yo la que tenía la vida truncada, pero no tanto como les dolería descubrir que quien está en coma es la buena hija.
- ¿Eso explica porque una mujer sobresaliente en los estudios deja todo para ingresar en el cuerpo de defensa como PM? – Preguntó el turco, sorprendido.
- ¡Por supuesto! Quería que no se repitiese lo que le pasó a “mi hermana descarriada”. – Kurtz sonrió. Esta vez era un gesto genuino y amistoso. Adalia se sintió incómoda, pero en cierto modo aliviada.
- Lamento lo que le pasó a tu hermana. – Dijo mientras cerraba las carpetas. – Puedes irte.
- ¿Qué? – La novata se levantó. Su cuerpo estaba tenso, como si estuviese a punto de golpear a Kurtz, pero se contuviese por miedo o respeto. Este la miraba en silencio, a la espera. - ¿Para qué mierda me ha hecho pasar por esto, señor?
- Te negaste a decirme tu nombre. – Respondió con voz tranquila.
- ¿Eso es todo? ¿Por esa mierda?
- ¿Te voy a confiar mi retaguardia en un tiroteo si no sé ni cómo te llamas? ¿Voy a depender de una mujer sin pasado y sin más distintivo que un apodo? ¿Voy a permitir que otro agente dependa de ti, sin conocerte? ¿Sin saber si eres de fiar?
- Creía que usted confiaba en mí, señor. – Respondió furiosa.
- Más que en el resto de la unidad, Adalia, pero alguien que se niega a dar algo tan básico, lo hace por algo. - La novata lo miró con los ojos enrojecidos por la ira, mientras apretaba los puños, sin embargo, suspiró y se dejó caer en la silla, relajándose.
- ¿Ahora qué puede usted confiar en mí, puedo yo confiar en usted?
- En mi entero apoyo y discreción.
- Perfecto. Tengo curiosidad por saber algo más de esas cicatrices…
- ¡No es una historia para reclutas, Travelo! ¡Y ahora levanta el culo de mi silla y lárgate a tu puta casa si es que tienes! ¡Esta noche el sargento pelo azul y tú tenéis una salida!





- ¡Pasa, mozo, pasa! - Paris saludo a Remache, el jefe de Han, que había salido a abrirle la puerta del taller. Junto a él estaba Chispa, una viejísima perra de ninguna raza en concreto, que lo seguía con aire cansado hacia la furgoneta. – ¿No queda ninguno más?
- Uno, pero ya lo iremos a buscar. – Respondió Paris, quitándose el casco y sacudiéndose el pelo.
- Ah, bien, bien. Me voy a casa, dale las llaves al chaval.

El viejo mecánico y su perra pasaron a su lado, camino de la camioneta que había estacionada ante el taller. Paris cerró tras él y llevó la moto despacio hacia el interior del lugar. Al fondo podía ver a Han bajando del elevador un coche blanco, de aspecto bastante destartalado.

- ¡Aleja ese objeto blasfemo de aquí! – Exigió el mecánico.
- ¿Qué?
- ¡La moto! ¡Ponla lo más lejos que te sea posible!
- ¿Qué cojones te pasa con mi moto? – Paris estaba confundido. ¿Cómo podía un amante de la velocidad odiar así una moto?
- Los motoristas sois todos unos maricas: Un cuerpo ligero, que necesite poca potencia y hala: ¡A correr! ¡No tenéis puta idea de mecánica! ¡No sabéis lo que es preparar un perfecto “cuatro ruedas” para hacerlo volar sobre el asfalto! ¡No sabéis lo que es competir!
- Eh… Yo aún no me he atrevido a pasar de sesenta. No la domino mucho, y tal… - El piloto se quedó en silencio, mirándolo sorprendido.
- ¿No? – Paris respondió negando con la cabeza. – Bueno… Al menos no tendré que mantener otra vez la típica discusión de mierda “motos contra coches”.
- ¡Pero si empezaste tú! – Protestó el asesino, pero el piloto ya había vuelto a sumergirse bajo el capó del coche blanco. Paris se acercó en silencio, recogiéndose el pelo en una coleta para no manchárselo e introdujo la cabeza a su vez, atento a ver si podía aprender algo que le sirviese para la moto.
- Como te oiga decir algo como “destartalado”, “viejo” o “cacharro”, te mato. – Murmuró Han. Paris asintió.
- ¿Qué coche es?
- Un Fenrir.
- ¿Cómo el que os atacó la otra vez? ¿El que tenías? – Han sonrió.
- Sí, pero este es un modelo anterior. Aunque también es bonito, ¿no? No tan ancho y agresivo como el otro, pero es un bastardo fuerte y poderoso. – Paris asintió. Estaba empezando a perderse. – Y tienen el mismo motor, pero el otro, el R34 lo tiene mejor optimizado, lo que significa tragar dos litros menos a los cien, y eso se nota.
- Aha…
- El motor es un RB26DETT, fabricado para Turk, pero rechazado, de modo que se vendió limitado electrónicamente como deportivo. Ya le he quitado el limitador y acabo de limpiarle de carbonilla el asiento de válvulas e instalar filtros nuevos.
- Entiendo… - Paris no entendía una mierda.
- Fliparías: En ese cubo tienes toda la que saqué y los filtros viejos. – Paris miró y vio un par de piezas raras, y un montón inmenso de suciedad. – También he mejorado el encendido, y tengo pedidos unos discos ventilados. Va a ser genial.
- ¿Y cuanta potencia va a ganar con los discos ventilados? – Han se levantó y lo miró con el rostro descompuesto. En ese momento Paris supo que su tiro a ciegas había salido por la culata.
- ¡Discos de freno, idioto! ¡Son ventilados para que se enfríen mejor y no se desgasten por las altas temperaturas y el rozamiento!
- Siempre se aprende algo… - Han sopesó en serio la llave inglesa que tenía en la mano, pero acabó por dejarla en el banco de trabajo que tenía a su izquierda, después de cerrar el capó del Fenrir.
- Me cambio y vamos a por Kurtz.
- Vale, te esperaré aquí…



Kurtz los esperaba. Estaba paseando a Etsu, y cuando vio llegar el deportivo subió corriendo a devolver a su alteza a su sillón y coger sus cosas. Como correspondía a un turco con una doble vida, incluía un arsenal decente, junto con el PHS, la cartera y las llaves de casa. Rellenó los cuencos de comida y agua del perro y se fue. El viaje hacia la casa de Rolf fue incómodamente silencioso. Han se negaba a hablar, centrándose en conducir y estudiar las sensaciones que le producía su coche nuevo, frustrado porque algún cabrón del depósito de coches le hubiese robado la radio. Paris, por otra parte, mantenía su habitual carácter taciturno, como siempre que subían hasta la superficie de la placa. Estaba sentado en medio del asiento trasero, mucho más pequeño e incómodo que el del Cavalier, con los ojos cerrados, escuchando música a volumen atronador con sus auriculares. A pocas calles de la casa del tirador, Kurtz tuvo que dar un grito para llamar la atención de sus compañeros.

- A ver, par de autistas. ¿Cuál es el plan?
- Eso es cosa tuya. – Respondió Han, sin dejar de mirar hacia la carretera.
- Si, Jonás. – Dijo Paris, alzando la vista. – Además, ¿necesitamos un plan?
- Bueno, al menos uno sabe de qué va esto. – Agradeció el turco. – Básicamente, es ir, saludar a Rolf, pedirle las llaves y charlar un rato. Por lo visto estamos algo tensos últimamente.
- ¿A qué hora habías quedado con él? – Volvió a preguntar el asesino desde el asiento de atrás.
- Dentro de quince minutos, así que vamos bien de tiempo. ¿Qué tal el coche, por cierto?
- Necesita un cambio de frenos, pastillas, un equipo de sonido y algo de mantenimiento, y voy a tardar un par de meses en tener esta suspensión al cien por cien, pero promete.
- Cuando lleguemos, yo me llevo este y tú el Cavalier.
- ¿Y por qué no vas tú en el pájaro? – Preguntó el piloto, molesto por tener que ceder tan pronto su nueva montura.
- Porque seguro que yo soy un piloto experto, capaz de controlar semejante bestia y evadirme si me reconoce alguna patrulla.
- ¡Si has llevado ese motor durante años! – Volvió a protestar Han.
- Con limitador. ¡De modo que no discutas, joder! ¡Llevo décadas conduciendo, así que sabré llevar un coche sin incidentes! Además, ¿de qué tienes miedo? ¿De qué lo arañe? – El piloto cedió con un gruñido, acabando el trayecto de peor humor.




- Pasad. La puerta está abierta. – Dijo la voz del tirador, desde el interfono del caro edificio. Kurtz respondió con una sonrisa a la cámara y un gesto a Paris y Han para que lo siguiesen. El segundo torciéndole el gesto a la lente, y el primero agradecido por volver a tener un techo sobre su cabeza.


Rolf los esperaba, cierto, y no solo por haberse citado con ellos. Llevaba meses pensando en este momento, sospechándolo, desde que acompañó a un atractivo asesino hasta la presencia del turco con peor reputación de la ciudad. El francotirador podía ser un hombre díscolo, vanidoso, lascivo, superficial y un millón de cosas más, pero por encima de todo, era un superviviente. Un hombre inteligente, dedicado a calcular riesgos, elegir una posición y defenderla. Y desde luego, aunque precoz, sabía lo suficiente para no fiarse de una sonrisa rodeada de cicatrices, una actitud impulsiva y aparentemente fácil de desentrañar y una cara bonita. Pulsó el botón que daba comienzo a su plan y corrió hacia la ventana, por la que llegó de un salto hasta el tejado de enfrente, a un metro de distancia y uno y medio más baja que su casa, desde el que trepó hasta el tejado del siguiente edificio, quedándose aproximadamente a la misma altura que el gran ventanal de su salón. Este estaba en una esquina de la estructura del edificio, de modo que el ventanal abarcaba dos paredes, dándole una espectacular vista panorámica de todo Midgar. Todo estaba preparado a la perfección: Había cronometrado el tiempo que tardarían en tener el ascensor, que había dejado en su piso, el veintitrés, y dejado sus cosas preparadas dentro de una de las chimeneas del edificio que usaría de nido, la cual, además, le daría una cobertura excelente.


- Pasad. Hay algo para picar y cervezas en el salón. Me reuniré con vosotros en cuanto salga del baño.

Paris y Kurtz saludaron, agradeciendo el detalle. Se pusieron cómodos, mientras Han recorría repisas y muebles con la mirada, buscando las llaves para abandonar el lugar cuanto antes. Se pusieron cómodos. La tele estaba encendida, con la retransmisión de un combate de artes marciales mixtas. Paris hizo algún comentario, sobre si lucharía ese Henton Jackson, antes de sentarse ante la tele y tomar un puñado de patatillas. Kurtz estaba paseando, de un lado a otro de la habitación, y también de un lado a otro de la mira de punto rojo de Rolf. El tirador estaba demasiado cerca como para usar la mira telescópica de su Farsight, de modo que la había cambiado por esta: Una simple lámina de plexiglás transparente con un punto rojo en el centro, con dos aumentos. Suficiente como para abatir a alguien a esa distancia con precisión. El problema era Han. Había colocado un temporizador en el cuadro eléctrico de su casa, que apagaría todas las luces en cuestión de segundos. Kurtz y Paris estaban perfectamente ubicados en el blanco, pero Han no. Ese cabrón no paraba de moverse de un lado a otro. Rolf tendría aproximadamente pocos segundos para disparar, y tras mucho meditarlo, Kurtz sería su primer objetivo. Los reflejos de Paris serían muy superiores, y saltaría a cubierto mucho más rápido, pero el turco tenía la mente táctica necesaria para sobrevivir y los recursos y los conocimientos para hacer que el resto de su vida fuese breve e infernal. Definitivamente, el turco debía morir a toda costa. Pero Han… Han podía salir con vida, delatar la ubicación de su casa, denunciarlo… Aunque Kurtz muriese, si los turcos obtenían una sola pista que apuntase hacia él… La imagen más halagüeña era la de su cuerpo mutilado y carente de vida, siendo devorado por las alimañas en una cloaca de la ciudad. El resto eran mucho peores. Sin embargo, Han lo había jodido todo. Él la había jodido por cabrear al piloto y predisponerlo en su contra, ya que él tenía que ser el primero en coger una cerveza, un puñado de aperitivos y coger el rincón más cómodo del sofá. Y la luz estaba a punto de apagarse…

- ¡Se acabó! ¡Voy a sacar a ese marica del baño y coger las putas llaves! – Gritó Han, mientras salía corriendo del salón.
- Me cago en tu dios… - Murmuró Kurtz levantándose, justo cuando las luces se fueron.

El ruido de cristales rotos inundó la habitación, seguida de los gritos de confusión que este provocó. No habían oído disparo alguno, pero las balas parecían seguirles por la habitación. Han estaba tirado tras la pared, mientras Kurtz reventaba la puerta del baño, lejos de la zona expuesta por el ventanal del salón. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, el piloto vio sorprendido como Paris colgaba del techo, con las manos apoyadas en una viga y los pies en la pared, como una extraña araña dorada.

- ¡Me cago en su puto dios! – Gritó Kurtz desde el baño. - ¡Una grabadora! ¡El chupapollas nos la ha jugado!

El turco escuchó en silencio las imprecaciones de sus compañeros, mientras su cerebro era un hervidero de actividad. Instintos entrenados durante años tomaron el control. Se echó al suelo y avanzó a rastras hasta la entrada de la sala. El tirador, desde su nido, buscaba y esperaba. Su mira tenía efecto de visión nocturna, y aún así no lograba ubicar a ninguno de sus objetivos. La propia mira, que mostraba el cuarto en una escala de verdes, no le permitía distinguir mancha de sangre alguna, y cadáveres, evidentemente, tampoco encontró. Se puso en la peor situación posible: Todos habían sobrevivido, o por lo menos algunos, ya que a sus auriculares seguían llegando algunos ruidos, y los buscaba frenéticamente en cada ventana de la casa.
Kurtz agarró el tobillo de Han, y cuando este se giró, con una blasfemia aflorándole en los labios, se encontró al turco llevándose el índice a los suyos. La orden era clara. Silencio. Rolf había preparado todo al milímetro, de modo que no sería raro que hubiese instalado micrófonos para ubicarlos. Se llevó la mano al pelo, haciendo un gesto de anuncio de champú que han entendió enseguida, respondiéndole con su índice, que apuntaba hacia el escondite de Paris. Cuando alzó la vista, se lo encontró con un gesto de fastidio. Una vez tuvo la atención de ambos, Kurtz gesticuló un mensaje, al que ambos respondieron con un asentimiento: Fuera de aquí. ¡Ya!

Rolf corría por la azotea, en busca de su segundo nido: Una cornisa desde la que podía ver su propia puerta.


- Joder, nos miran como si estuviésemos locos. – Protestó Han.
- Cierra la boca y sigue avanzando… O no te importará como cojones nos miren. – Respondió Paris.


Rolf murmuró una maldición: Se habían anticipado a ese gesto con algo que él no había calculado: En su caro edificio de lujo, el portero iba de piso en piso recogiendo la basura, cargándola en un contenedor de acero inoxidable con ruedas y dejándola fuera al final del día para que se la llevase el camión. Ahora esos hijos de puta lo habían cogido y avanzaban escondidos tras él, acabando con sus opciones, rodeados de civiles curiosos. Con el silenciador, su rifle no tendría la potencia suficiente como para atravesar el acero a esa distancia. Sin él, todo el mundo se alarmaría, y siendo esta una de las zonas más lujosas de la ciudad, la zona no tardaría en llenarse de PM. En un estado de excepción, seguro que enviarían a uno o dos de esos robots propulsados con hélices, y armados con ametralladoras vulcan de gran calibre. Definitivamente, no. Así no tendría opción alguna.



Rolf ignoraba cuanto tiempo había permanecido tumbado sobre el tejado, mirando hacia las estrellas. El dinero le sobraba y también las posibilidades de trabajo. Siempre había alguien que odiaba a otro alguien, o simplemente lo necesitaba muerto, y estaba dispuesto a pagar por ello. Aunque la verdad era que probablemente no necesitaría trabajar en absoluto. Fuera de Midgar podría entregarse al libertinaje hasta que la edad, la mala vida o las venéreas pusiesen fin a sus días. Viajaría en su propia moto hasta Kalm, donde conseguiría uno de esos apestosos chocobos y lo usaría para cruzar los marjales y evitar al famoso Zolom. Luego solo tendría que llegar a Junon, sobornar a un par de oficiales y desaparecer en la costa del sol, llenar el mundo de bastardos y asegurarse de dejar una huella imborrable en la que prometía ser una lista interminable de amantes exóticos y extranjeros. Si la cosa lo aburría, siempre podía seguir viajando: Cañón Cosmo, Ciudad Cohete, Wutai… Cualquier lugar, cualquier ciudad, cualquier vida. Podría comprárselas todas. Recogió el estuche para pesca donde estaba guardado el Farsight y sacó una gorra, con la que disimuló su rostro. Encontró la trampilla que daba al interior del edificio y forzó la cerradura. Descendió y salió, dando un rodeo hasta su casa. Al entrar se cruzó con el portero, que murmuraba acerca de los jóvenes energúmenos de hoy en día, que robaban hasta los contenedores de basura.
Cuando salió del ascensor aún sonreía. Sacó la llave y abrió la puerta, saboreando la idea que le hacía reírse del pobre portero: “Hace falta estar ciego de cojones para llamar joven a Scar Kurtz…”. Rolf pasó, cerró la puerta con llave y dejó el rifle dentro del armarito de la entrada, que localizó sin necesidad de encender la luz. Luego se dirigió hacia los fusibles, desactivando el interruptor temporizado y volviendo a dar luz eléctrica a la casa. Estaba pulsando el interruptor de la caja de fusibles cuando se dio cuenta: Han es joven, Paris es joven… Kurtz no iba con ellos.

- Has tardado dos horas en salir del baño, Rolf… Deberías comer más fibra. El corazón del tirador dio un vuelco. Empezó a girarse, necesitaba ver al turco ahí, ante sus ojos, para creerse que realmente se la había jugado. – ¡No! – Ordenó. - Si te mueves sin que te lo ordene, date por muerto. Si hablas y no es para responder a mis preguntas, date por muerto. ¿Has entendido?
- ¿Puedo respirar? – Preguntó con sorna.
- Interpretaré eso como un sí.

Kurtz se levantó. Rolf seguía de espaldas a él, con la caja de fusibles ante él. De un golpe le quitó la gorra, y le pasó la mano entre el pelo, buscando cualquier cosa. Rolf sintió el frío tacto de la pistola de Kurtz en la nuca durante medio segundo, lo justo para captar el mensaje: Ni parpadees. El cacheo que vino a continuación fue minucioso e intensivo. Kurtz encontró la Aegis Cort 26 que el tirador llevaba para imprevistos. Una versión de menor tamaño que una mano extendida, fácil de ocultar pero igual de efectiva. Rolf no pudo ver que hacía con ella.
Acabado el cacheo, Kurtz retrocedió paso y medio, ordenándole que avanzase hacia el salón. Allí, le ordenó tumbarse bocabajo en el sofá y pasar una mano entre las piernas y dejar la otra a la espalda. Sacó un juego de esposas y cerró las manos del tirador, una por delante y otra por detrás, encadenadas entre las piernas.

- A esto lo llamamos “el sobre”. Normalmente, lo que viene después implica porras, bates, tuberías o palanquetas, aunque supongo que tú serás cooperativo.
- No veo porque iba a serlo. – Respondió el tirador. – Te dispones a matarme. - Kurtz se sentó en el otro sofá, enfrente del tirador.
- Puedes sentarte, si encuentras el modo. Por cierto, para matar el rato estas dos horas, he encontrado un par de micros. – El tirador se revolvió hasta una postura más o menos bocarriba. Al volverse vio a Kurtz. Estaba en camiseta, y bajo ella podía reconocer el bulto de un chaleco de Kevlar.
- Joder… ¡El puto estado de excepción!
- Si: Tenemos que ir con el equipo estándar siempre: Chaleco, pistola, esposas y arma cuerpo a cuerpo. – Respondió el turco, cuya Aegis Cort apuntaba directamente a la cara del tirador. Rolf se fijó enseguida en un añadido del arma.
- ¿Silenciador? – Preguntó sorprendido. - ¿Puedes llevar silenciador?
- A veces hasta es una necesidad, para algunos trabajos que me tocan. – Respondió. – Pero te había dicho algo de no hablar.
- Dispárame entonces. – Bufó el tirador. – Se honesto: Me quieres vivo.
- ¿Por cuánto tiempo? – El rostro de Kurtz se desfiguró en una horrenda mueca de malicia, recordándole a Rolf algo en lo que él también había pensado: ¿Cuánto tiempo?
- No veo porque voy a decirte nada, Kurtz. – Desvió la mirada con desprecio.
- Porque merezco una explicación. – Respondió el aludido. – Los tres la merecemos.
- ¡No merecéis una mierda! ¡Yo me merezco la puta explicación! Además, si voy a hablar. ¿Por qué no están aquí los demás para participar de la “fiesta”? – Los ojos verdes del tirador se clavaron en Kurtz con ira, antes de abrirse en lo que se convirtió una mueca de burla. – Entiendo… Maldito santurrón, quieres ser el que se manche las manos, ¿verdad? Quieres ahorrarle a los demás el trabajo sucio, así ellos podrán ser héroes, mientras tú eres el que sacrificó su reputación y mantuvo el poder en la sombra. – Rió con evidente desprecio. – Conmovedor… Enormemente conmovedor. En la cocina tengo un cubo. ¿Me lo puedes traer para que vomite? – Kurtz se levantó y le pateó en el estómago. Luego se sentó lentamente. Su gesto impasible no se perturbó ni un ápice.
- No tienes puta idea de lo que significa ser el cuchillo en la sombra.
- Kurtz… ¡Soy asesino a sueldo! ¡Mato gente para que otra gente progrese o satisfaga sus bajos instintos! – Bufó en cuanto pudo recuperar el aliento.
- Bah… ¡No tienes ni puta idea! – Rolf se lo pensó unos segundos.
- Tienes razón: Tú lo sabes mejor. – El tono de Rolf se relajó, de la duda a una tranquilidad más honesta, y admitió no tener razón, sorprendiendo al turco. – De modo que quieres saber porqué he intentado mataros, ¿verdad?
- Si eres tan amable… - El sarcasmo de Kurtz no apartaba la pistola de su cara ni un segundo. Un movimiento en falso y Rolf estaría lleno de agujeros. Al menos, si iba a morir, mejor joder a esos hijos de puta.
- Os he descubierto. – Afirmó.
- ¿Ah, sí? ¿Tan torpes hemos sido?
- Casualidades, más bien. – Respondió ignorando el tono irónico del turco. – Aunque claramente, alguien como yo tiene que ser un perfecto estúpido para recibir la invitación de un turco para luchar contra Shin-Ra y no desconfiar.
- Recuerdo que Paris dijo que te sentías… “Romántico”, cuando aceptaste.
- Claro que sí. Uno siempre se siente melancólico cuando aprieta el gatillo contra alguien a quien… ¡Bah! – Bufó. – Que te vaya a contar como os descubrí no tiene que ver con esto. Esta historia es mía y solo mía. – Kurtz asintió, callándose para que prosiguiese. – Todo empezó a caer la noche que murió Darren, el hermano de Henton: Yo estaba jodidamente borracho, y Paris me llevó a su casa para que no tuviese que volver hasta aquí desde la Tower of Arrogance. Han dormía en la cárcel y tú volviste al cuartel de Turk para resolver lo que quedó del asunto de esos hijos de puta, como quiera que lo hicieses.
- Tú no me preguntas, yo no te miento. – Kurtz no quería airear temas que consideraba privados de su vida como turco. – Sigue.
- ¡Qué prisas! ¡Es mi canto del cisne! ¡Déjame llevarlo a mi ritmo! – Kurtz asintió, la pistola siguió quieta. – Ese día descubrí que Paris trabajaba para Shin-Ra, de modo que tú probablemente también estarías implicado. No tengo pruebas con Han, pero cuando le quise contar el asunto, me lo encontré con el PHS desconectado, y al no devolverme la llamada, asumí que se había reunido con vosotros, y mi hora se estaba acercando. Si él era un pringado fichado fuera, como yo, tendría que matarlo igualmente, las medias tintas no me servían.
- Solo nos queda descubrir cuando confirmaste que yo era tu enemigo.
- Esa me llevó dos pasos, los dos algo enrevesados, pero simples cuando puedes ver el puzle completo. Por un lado, en la habitación de Kowalsky, ese tal Fixer te hizo una pregunta muy concreta: ¿Existe el comandante Elfo Oscuro? Dijo confirmarlo, pero no compartió ese secreto con nosotros. La semana pasada, yo tuve un duelo, contra un hombre de mediana edad que disparaba con una precisión diabólica usando un rifle fabricado a mano, sin mira telescópica de ningún tipo. Un maestro, aunque bastante trastornado. En medio del duelo, perdió la paciencia y empezó a abrir fuego contra los transeúntes.
- Luchasteis cerca del Mercado Muro, ¿verdad? – Rolf asintió. La noticia corría entre los rumores populares, pero Shin-Ra aún no había dado confirmación oficial, ni confirmaría ningún incidente de ese estilo con todo el asunto del estado de excepción en vigor.
- De ese hombre me llevé una placa militar muy extraña: No tenía nombre, solo el tipo sanguíneo, y un apodo escrito: Pastor. En el reverso, estaba llena de pequeñas muescas y cortes. – La mirada de Kurtz se endureció, lo cual hizo sonreír a Rolf mientras avanzaba en su relato. – Me pregunté durante días que podían ser esas muescas hasta que me di cuenta: Palitos y puntos. Código Morse.
- ¿Y que ponía? – Kurtz mantenía la cara de póker, pero no servía para engañar a alguien que ya tenía toda la información necesaria.
- Ponía “99 Fantasma”. Existen miles de mentideros en la red de comunicación Shin-Ra acerca de esa unidad militar. Muchos de ellos leyenda, otros tantos más creíbles, pero casi todos coinciden en el nombre en clave de su líder: Elfo Oscuro. – Jonás negó con la cabeza, en un gesto que denotaba incredulidad. - ¿Puedo ver tu placa antes de morir, Kurtz?
- No tiene sentido: Yo también he leído al respecto y la información es clara en otro punto: La unidad se creó para la guerra de Wutai y se disolvió a su fin.
- Mentira. Si así fuese, tú no estarías haciendo black ops. ¿O me vas a volver a decir que las haces por un ansia de justicia social y defensa de los desvalidos? ¿eh? Venga… ¡Enséñame tu placa! ¿Cuál es tu nombre en clave? – Kurtz se recostó, sonriendo triste y vagamente.
- Tigre…
- ¡Que apropiado!
- Pero te equivocaste, Rolf. – Dijo el turco. – Soy turco, porque tras la guerra, y tras la noventa y nueve, había conseguido una serie de habilidades por las que Shin-Ra estaba dispuesta a pagar bien, siempre que las usase con el uniforme adecuado. Yo estaba tan cabreado que solo pensaba en el día a día, destrozando a hostias cualquier cosa que se interpusiese en mi camino.
- Seguro que sufrías mucho… - Se burló el tirador. – Rico y con carta blanca para mearte en los derechos de la gente.
- Habló el asesino a sueldo de buena familia…
- ¡Ouch! ¡Touché!
- Mi vida se volvió una mierda desde que una mina de fragmentación me rajó la cara, y eso solo fue el principio de lo que ves. – Se señaló a las cicatrices con un gesto. – Pero no, Rolf. El mundo se va a la mierda, y aunque nadie lo sepa, yo voy a ser padre en cuestión de muy pocos meses. Semanas, apenas. No quiero para mi hijo la misma mierda que tuve que tragar yo, o que se quede indefenso si le falto algún día.
- Realmente conmovedor… Lástima que no lo trague.
- ¡Créete lo que te dé la gana! – Jonás se enfureció. - ¡No te dejaré vivir para que cualquier día me vueles la cabeza y no pueda conocer a mi hijo! Simplemente, Rolf, no puedo permitírmelo. - Rolf le devolvió una sonrisa triste, comprensiva.
- Es lógico… Toda tu parte encaja, Jonás. Esa resignación, esa forma de asumir la violencia como algo normal que muestras cuando hablas de hacer operaciones sucias, o aceptas mancharte las manos… Yo he matado gente, y no es que esté orgulloso, pero conozco mis motivos y vivo con ello. - Levantó la vista, lentamente. - Pero tú, si es cierta la mitad de la mierda que circula sobre la noventa y nueve, te has follado a un país entero.
- ¿Y que falla? – Preguntó incómodo. Ya había revelado más de lo que quería, aunque Rolf tuviese los segundos contados.
- ¡Por favor! – Exigió indignado. – ¡Mi canto del cisne! ¿Recuerdas? – Kurtz hizo un gesto de disculpa, aunque evidenciaba que le daba igual. Rolf lo ignoró y se dispuso a proseguir. – Han está limpio. No tiene pasado en Shin-Ra, y aunque debería coleccionar denuncias por conducción temeraria, que saltarían a por él cuando lo cazaron la noche que murió Darren. Sin embargo, su historial delictivo está limpio como una patena. Probablemente Fixer estará detrás de eso. – Se recostó, regocijándose en su propia genialidad. – ¿No podrías darme agua? ¿O una de esas cervezas? Tengo algo de sed, de tanta charla. – Kurtz negó con la cabeza. - ¿Quieres oírme o no? – Esta vez el turco asintió, y su pistola ya no apuntaba a la cabeza del tirador, sino a su rodilla. – Entiendo: Eres un negociador implacable… Bien. ¿Por dónde iba? – Kurtz alzó una ceja. Eso parecía ser la última señal. – Paris… Paris es el que no encaja.
- ¿En qué? – Kurtz volvió a alzarse, interesado.
- ¿Qué cojones es el “proyecto Balance”?




Han esperaba aparcado en doble fila, a pocos metros de la puerta de casa de Rolf. Era noche cerrada, y llovía a cántaros. La lluvia era una experiencia poco habitual para un habitante de los suburbios, y al piloto lo frustraba enormemente no poder dar rienda suelta a sus ansias de probar al Fenrir con el desafío de un terreno mojado.

- Ahí vienen… Los dos. – Murmuró Paris. Han se giró. Ante sus ojos, Rolf se estaba empapando. Llevaba un abrigo puesto, y otro sobre las manos, que llevaba juntas por delante. El piloto supuso que ocultaría unas esposas. Kurtz iba detrás. El coche solo tenía dos puertas, de modo que Paris tuvo que salir para que entrasen. Primero Rolf, y cuando el joven rubio se disponía a ocupar la otra plaza del asiento de atrás, Kurtz lo retuvo y entró él. Encogiéndose de hombros, Paris se sentó de nuevo en el asiento del copiloto, cerrando la puerta.
- Arranca. – Han obedeció a Kurtz en silencio, incorporándose al tráfico.
- ¿A dónde vamos?
- A mi casa. Los cuatro. – Respondió Kurtz. El sonido de una pistola al ser amartillada acompañó a sus palabras. – Tenemos mucho de qué hablar. – Dijo mientras apoyaba cañón del arma en el respaldo del asiento de Paris.