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sábado, 10 de enero de 2009

151

Rompió un beso que sabía a licor y brillo de labios cuando notó que le faltaba el oxígeno. La muchacha que tenía acorralada contra la pared de cerámica negra había entrado con su propio carnet; aunque era tan joven que podría llamarlo “papá” sin parecer exagerada. Tenía una risa estúpida y finalizaba las frases con una terminación ascendente. Clónica en cuanto a estilismo al resto de sus amigas, niñatas que sólo se diferencian por el color del pelo, no tenían nada que aportar salvó un cuerpo caliente de fácil acceso.

Tías como esas eran presas tan sencillas de obtener que quitaban sentido a toda esa cacería que era la seducción. Su precio eran una o dos copas, una cazadora guapa que aparentara cierto nivel adquisitivo y una actitud chulesca. Había escogido a esta porque... ¿Por qué era? A sí, porque se había sentado en su regazo con una minifalda indecentemente corta. Para lo que necesitaba en ese momento era más que suficiente. Un polvo rápido en los baños y de vuelta a la pista de baile.

La presa en cuestión sumergió las manos bajo su camiseta, más por formalidad que por verdadero interés. Movía las manos de forma poco hábil, sin saber muy bien si utilizar las uñas o no. Sólo detuvo los dedos en la cremallera quirúrgica por la sorpresa de lo inesperado.

–¿Qué te pasó? –preguntó con voz aflautada por el alcohol.
–Me rajaron –contestó, sincerándose a medias.
–¡Vaya...! –sus labios dibujaron una sonrisa blanqueada artificialmente.

Podrías haber preguntado por las del hombro y tendría una historia más interesante que contarte, y no que un cirujano estuvo cortando aquí y allá para extirpar un tumor, pensó Leroy. Pero ella parecía contenta con esa respuesta.

–¿Eres un chico malo? –dijo con voz melosa.
–No sabes cuanto –respondió con un susurro grave.

¡No tienes ni puta idea!, pensaba mientras ella fantaseaba con lo que podría contarle a sus amigas. Dominar lo suficiente para dejar que te quiten tu arma en la entrada, como un buen ciudadano, y no por ello quedarte desarmado. Sólo era un ejemplo de todo lo malo –lo peligroso –que era.

La chica intentó besarle de nuevo y él intentó deshacerse de sus dedos torpes, que lo distraían más que nada. Asió sus enjoyadas muñecas, inmovilizando sus manos con suavidad, y empezó a besarle el cuello y el escote. Le hacía cosquillas, su risa era una prueba de ello. Siguió descendiendo, alejándose del origen de ese ruido molesto, hasta que apoyó las rodillas en un suelo que olía a desinfectante. Limpio, pero no brillante, no se reflejaba casi nada en él.

–¿Qué haces?
–Vamos a probar a qué sabes – la frase fue un siseo ronco.
–¿Uh?

Ni su mente era un prodigio de la sagacidad ni el alcohol ayudaba. Las manos de Leroy se introdujeron bajo ese pedazo de tela minúsculo que llevaba alrededor de la cintura para retirar una prenda de lencería provocativa. Habría sido un juego sugerente si dicha prenda no hubiera enredado en uno de sus tacones de aguja. Pero ya daba igual. Lo único que deseaba era terminar rápido los preliminares para poder follársela de una vez y largase a buscar una presa mejor.

Si es que... ¿En qué estaría pensando cuando había propuesto a esa chica en concreto ir a un lugar más íntimo? En todo lo íntimo que eran los baños de un local saturado de gente, donde todo lo que podía esconderte de las miradas ajenas eran unos paneles de pladur. Y gracias que ahora no había nadie ocupando el cubículo de al lado. Se había dejado engañar por unos tacones de ocho centímetros... Se la iba a tirar en lugar de darle puerta sólo por la pérdida de tiempo y energía que había supuesto llevarla hasta allí. Eso, y una suerte de orgullo mal entendido.

Ella parecía encantada, mucho más que él, echando la cabeza hacia atrás y enredando los dedos en los rizos de su primer ligue de la noche. Algo en la reacción de su cuerpo mostraba que no estaba acostumbrada a esos placeres. Su suerte no solía llevarla hacia amantes tan atentos como él. Leroy notó la caricia de su muslo contra la mejilla cuando se movió, intentando conseguir una postura más cómoda contra la pared.

–No está nada mal… –más que una afirmación fue un gemido articulado.

Gemía, había algo en ese sonido que parecía fingido –¿estaba intentando ser sexy? –, pero la forma en que se aferraba a su cabello mostraba cierta ansiedad. Era la clase de chicas que prenden como la yesca, podría llevarla al orgasmo un par de veces en una hora y no tendría ningún mérito. Aunque le reportaría una buena publicidad entre sus amigas.

–¡Mmmmm… Dekk…!
–¿Qué?

Comprendió que había metido la pata cuando Leroy se alejó de ella, apoyándose en el otro extremo del pequeño cubículo. Los ojos de ella, desenfocados por la borrachera y la excitación, se encontraron con una mirada fija y desafiante. La chica sonrió nerviosa mientras él se ponía en pie.

–Oye guapa, ¿no tendrás un novio por casualidad? –preguntó él, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
–Uh, no…
–Entonces, ¿te gusta algún chico? ¿Un tal Dekk…?
–No, claro que no…
–¿Y con quién coño fantaseabas? –había una amenaza sutil en su forma de hablar, aun sonriendo.
–Era... ¡No te lo tomes en serio, cielo! Sólo para darle un poco de… emoción… ya sabes.

Sonreía y le besaba la mandíbula, en sentido ascendente desde la barbilla. A pesar de la diferencia de altura consiguió atraparle el lóbulo de la oreja izquierda y se lo mordisqueó. Exhibiendo que sabía hacer dos cosas a la vez, libró a su hombre del cinturón y la cremallera de los pantalones. En esta área parecía más experta, seguramente se había pasado la adolescencia haciéndole pajas a un novio del instituto. La rapidez sus movimientos descubría cierta urgencia en ser perdonada por papá.

Leroy se mostraba inalterable a todo ese cariño tan repentinamente recibido. ¿Quién se había creído que era esa niñata para tener la mente en otro sitio mientras le hacía un favor? Él ya atesoraba muchas muescas en el revólver antes de que esa muchachita clónica naciera. Pero en lugar de disfrutar del toque experto de un hombre de verdad, fantaseaba con Dekk, fuera quien fuese. Ahora era él quien tenía la mente en otro lugar, un lugar mucho menos placentero que la imaginación de ella llamado orgullo herido.

–Quién es Dekk –preguntó de nuevo.
–¿Te has puesto celoso? –hablaba con voz suave y melosa para ocultar un nerviosismo creciente –Vamos Sean, no seas así…
–Sebastian.

La chica tragó saliva mientras los ojos oscuros de Sebastian la taladraban. Errar el nombre de un amante dos veces en diez minutos –y encima, dos nombres distintos –era una metedura de pata digna de premio. No sabía que decir ni hacer para salir del atolladero. Leroy cogió la cara de la muchacha con ambas manos, obligándola a no apartar la mirada.

Entonces, sonrió. Una sonrisa cómica, enseñando todos los dientes. La tensión que se había ido acumulando por segundos en el cuerpo de ella se liberó, y también sonrió, incluso rió ante lo que ahora le parecía una broma. Sin dejar de sonreír, Leroy acercó la cara de la chica a la suya, rozando sus labios entreabiertos...

Y le estrelló la cabeza contra la pared de cerámica que tenía a la espalda.

El sonido fue sordo, extrañamente hueco, y no resonó en los baños vacios. La chica no había tenido tiempo a gritar, sorprendida por el golpe, y ahora ponía los ojos en blanco. Leroy la soltó, dejando que el cuerpo semiinconsciente resbalara hasta el suelo. En el lugar del impacto había una mancha pegajosa, rojiza, que no dejaba ver la diminuta telaraña de la cerámica esquirlada

Inspiró. Expiró. Miró a la chica aturdida en el suelo y sonrió. Sin espacio suficiente para ganar potencia con la trayectoria no podía haberle roto el cráneo, y aun así había sido un buen golpe. Aquel ataque repentino había liberado una gran dosis de adrenalina y testosterona en su torrente sanguíneo, su cuerpo respondía positivamente a las hormonas. Leroy chasqueó la lengua.

–Háztelo mirar, nena –replicó a la muchacha agredida –, porque si me pone más caliente pegarte que follarte es que tienes un problema.




Estaba cansado y aburrido. Más cansado que aburrido, y también más impaciente que nada, con un nivel de impaciencia que rallaba la saturación mental. Se masajeó las sienes, dando golpecitos con las yemas de los dedos, intentando aliviar la presión interna del cráneo. Dio un rápido vistazo a su alrededor, buscando un asiento: una butaca, una silla de despacho, un taburete plegable... lo que fuera por tal de no mantener la vertical por más tiempo. Pero el mobiliario más indicado para reposar eran las camillas médicas.

Airo se apoyó en una, demasiado alta para su gusto, y resiguió los cantos metálicos. Esquinas perfectas de noventa grados, en acero inoxidable, planchas de una sola pieza. La superficie rallada por la limpieza con productos agresivos devolvía un reflejo turbio, muy acorde con su presente estado mental. Golpeó la superficie con los nudillos, arrancando un sonido de percusión.

–Parecen cómodas, ¿a que sí? ¿Quieres tumbarte?

Terence Wallis, más conocido como Stork por su larga nariz, entró en la sala del forense con la bata ondeando a su espalda. Se colocó las gafas y se apartó el pelo castaño de la cara mientras se dirigía a su viejo amigo y camello ocasional.

–Van muy bien para los problemas de espalda –dijo palmeando la camilla.
–Problemas de espalda es lo que tendré si duermo en una habitación fría sobre una camilla de acero.
–¡Vamos! Mis pacientes nunca se quejan. Aunque ya están muertos cuando llegan.

Stork hizo un gesto de cómico televisivo, levantando las manos y adelantando un pie. Para ser forense tenía un sentido del humor de lo más macabro.

–Vamos, no están tan mal. Confieso que alguna vez me he echado una siesta en ellas.
–Me estas tomando el pelo – dijo alzando una ceja canosa.
–Es lo que tiene cuando una empresa rácana hace tres turnos de ocho horas en lugar de cuatro de seis. La gente del turno de noche acaba aburrida y hasta los huevos, y al final cualquier lugar es bueno para un sueñecito.
–Y yo que creía haber dormido en sitios raros...
–Pues quizás te interesaría saber que estas camillas también se usan para actividades... llamémosle lúdico-esportivas – Airo le dedicó una mirada mezcla de sorpresa y desprecio –. Una vez tuve una novia gótica, de esas que les molan los cementerios y van de negro de arriba abajo. Te imaginas, ¿no? Bueno, pues una noche que tenía guardia me la traje aquí porque le hacía ilusión ver como era una sala forense por dentro. La cosa es que entre autopsias y muestras de tejido nos pusimos tontos...
–Eres un gilipollas, ¿lo sabías? –siseó el viejo por encima del relato.
–¡... y de la emoción nos carguemos una camilla! Bueno, no se rompió, sino que se soltó el regulador y se bajó por un lado. Y era una camilla un poco vieja, ya había pasado lo suyo... El caso es que me caí y al intentar no darme una ostia contra el suelo puse el brazo de tal manera que me rompí el codo. ¡Tres meses de baja laboral con un brazo inmovilizado! Fue memorable...

El forense miró hacia arriba, entre la luz fluorescente y la juntura del panelado que formaba el falso techo, intentando atrapar el recuerdo. Airo chasqueó los dedos para llamar de nuevo su atención.

–Centrémonos, si vu plait, que hoy no tengo mi mejor día y quiero marcharme a casa.
–Vale, vale –murmuró, entregándole una carpeta azul –. Aquí tienes el kit de suplantación de identidad.

Airo abrió la carpeta y observó toda la documentación: partida de nacimiento, historial médico, documentos de identidad, pasaporte, cuentas bancarias, registros de propiedad –un piso y una plaza de garaje en un rascacielos del sector 6, sobre la placa –, tarjetas de visita, vida laboral, copias de llaves... todo lo necesario para ser Paul Smith a ojos de la ley.

–¿Esto es todo? –preguntó el viejo sin levantar la vista del material.
–¿¡Cómo que si es todo!? –exclamó melodramático –¿¡No te parece suficiente!?
–¿Y las huellas dactilares? ¿Y las muestras de ADN? ¿Y las firmas?

Stork se alejó refunfuñado, medio en serio medio en broma, y trajo una caja metálica. La apoyó sobre la camilla para ir dejando su contenido sobre la superficie metálica, como un vendedor de la teletienda.

–He aquí como de una simple tarjeta –enseñó la tarjeta plastificada de las huellas dactilares –hemos conseguido un objeto muy útil –exhibió lo que parecían unos guantes de fregar de color rosado – Guantes con las huellas dactilares. Para dejarlas en un vaso, un libro... ¡Estampe su huella donde quiera y nadie podrá decir que no estuvo allí!
–De pequeño veías mucho programas de venta por catálogo –señaló el oriental.
–Siempre quise los cuchillos que cortaban un clavo y después un tomate.
–Joder... reconozco que es un trasto útil. Muy útil, de hecho –el forense esperaba un halago dando palmitas y se lo concedió –. Vale, me has impresionado caballerete.
–Pues aun hay más. En la oferta de hoy se adjuntan una firma electrónica válida en todos los bancos, empresas, sucursales y demás oficina donde sea requerida.
–¿Y si me la piden de puño y letra?
–Sellos, al uso de tu país –Airo hizo una mueca que no supo interpretar –. Es una especie de ex libris. Aquí son raros; pero legalmente válidos. Aprender a falsificar una firma manuscrita es algo que tendrás que hacer tú. En todo caso tengo un pequeño estudio grafológico de la letra de este tío. Caligrafía, direccionalidad, presión del trazo... con esto y práctica nadie notará la diferencia.
–Gracias, ya me las apañaré –cerró los ojos y se masajeó las sienes de nuevo–¿Y lo del escáner de retina? ¿Lo has solucionado?
–Lo siento, aun no. Es muy jodido, ¿sabes? No se soluciona con unas lentillas, no es tan fácil. Pero sí tengo un molde de su dentadura.
–¿Y eso de qué me sirve?
–No sé, para dejar un mordisco en un bistec, o en la rueda de un coche... nunca se sabe. ¡Ah, y tengo algo que te gustará...!

Stork sacó de la caja unos papeles con sellos oficiales y la firma de Smith. Eran fotocopias compulsadas, seguramente porque el original se había conseguido escaneando la firma.

–Estos son permisos para hacer operaciones en nombre de Paul Smith. Cualquier cosa: recoger mensajes, sacar dinero del banco, firmar documentos... es una carta en la que él te da permiso para que vayas a hacer estas operaciones en su lugar. Se usan cuando alguien está saturado de compromisos y no puede ir a todos a la vez.
–¿Y esto es normal? Quiero decir, si es un documento muy común o...
–Las grandes empresas los usan constantemente. De hecho, tienen uno o más trabajadores que se encargan exclusivamente en suplirlos para estas cosas. Los famosos recaderos que van y vienen de las oficinas de empleo y seguridad social, esos son... Para hacerlo presentas una solicitud que pone la fecha, el lugar y lo que debe hacer este recadero y se adjuntan dos fotocopias del carnet de identidad: la del interesado y la del recadero.
–¿Y cada vez que quiera ir a algún sitio tengo que variar el texto?
–Tengo la plantilla en un pendrive. La enchufas en el ordenador y cambias lo que quieras.
–Stork, hijo... yo no tengo ordenador.

En eso no había caído. El forense se quedó viendo la unidad de almacenamiento como si sólo fuera un trozo de plástico con un microchip inútil. Tanto desarrollo tecnológico para nada.

–Yo...
–No te preocupes, le diré a mi... socio que se encargue – le costó bastante pronunciar esa palabra –. Además, no tienen lógica que yo me encargue de sus asuntos, si no nos conocemos de nada.
–Pero tienes carrera. Economía e idiomas. Podrías decir que eres su secretario.
–¡Ja, para lo que me sirve aquí, que no esta reconocida! Además, las secretarias de verdad son jovencitas con falda y yo no tengo edad para lucirlas.

El forense se cogió la mandíbula con la mano derecha mientras se sujetaba el codo con la izquierda. Estuvo un rato moviendo la diestra ante su boca, presionando la cara plana de las uñas –recortadas y limpias por normativa laboral – contra sus labios. Era su postura de pensar, cada vez que le daba vueltas a un problema lo hacía. Según él, era la evolución de su antiguo vicio de mordisquearse las uñas. Sigo teniendo una obsesión con estas placas córneas de queratina endurecida, pero ya no es gastronómica, le había contado.

Stork y su sentido del humor... A veces resultaba bastante espeso, como un jarabe tan denso que cuesta sacar la cuchara de él. Demasiado espeso incluso para el viejo, que presumía de haberse relacionado con gente muy rara. La hierba le robaba las palabras y lo convertía en un hombre silencioso, algo que prefería a su particular humorismo. No era un mal tipo, pero joder... oírle hablar resultaba cansado. Conseguía que le doliera la cabeza...

...y que se le nublara la vista...

...y que le dieran náuseas...

...y que le temblaran las piernas...

–¿Oye, estás bien? ¿Airo? ¡Ey!, ¿me oyes?

Quizás era el efecto del fluorescente sobre la piel cetrina, pero Stork se veía bastante pálido. Miraba al oriental por encima de las gafas, aun sosteniéndolo con un brazo delgado que marcaba la única diferencia entre una verticalidad inestable y un golpe contra el enlosado. Sin ningún asiento a mano ni fuerza suficiente para cargar con él, apoyó a Airo contra pared para que se deslizara con suavidad hasta el suelo.

–Ya.. te he dicho... que no tengo mi... mejor día –más que hablar, masticó las palabras.
–Pues espera a estar en la consulta del médico para ponerte enfermo. Yo no trato con pacientes vivos.

Estuvo a punto de decirle que era su horrible sentido del humor lo que le enfermaba; pero se contuvo porque, si abría la boca una vez más, vomitaría la cena que no había tomado.




Mojó el pincel en el carmín líquido y resiguió el labio superior y el inferior sin llegar a las comisuras. Con el meñique retocó parte de la zona central, asegurándose que el maquillaje se extendía correctamente, y observó como los focos del baño arrancaban destellos rojizos sobre la película carmesí. Sonrió para ver el contraste del rojo sobre el blanco de su dentadura, sobre el blanco de su tez pálida.

Perfecto.

Pestañeó rápido, como el aleteo de una mariposa. Ojos oscuros y cabello azabache. Vestido negro y peep toes con suela roja, cinturón del mismo tono carmín que sus labios. Uñas en color burdeos, respetando la luna del nacimiento con un suave tono pastel, al estilo de los años cuarenta. Una orquilla con rubíes apartando la onda del flequillo. Sólo le faltaba un lunar en la mejilla para ser igual que las pin ups de la época.

Perfecta.

Sacó el móvil de la cartera, un capricho caro y tecnológicamente difícil de entender. El manual era mucho más grande que el teléfono en sí, y no se lo había leído por la pereza de ver tanta letra pequeña junta.

El número del jefe era el 0 en la marcación rápida.

Al primer intento el teléfono sonó hasta dar un tono de interferencia. No le extrañó, era la política del “si es importante ya volverán a llamar.” Le lanzó un beso a su reflejo mientras llamaba de nuevo. Otra vez se cortó la comunicación.

¿Reintentar?

Pulsó sí y paseó la mano derecha por el lavamanos, de mármol negro veteado en blanco. La combinación con el gres rosado de las paredes y los grifos dorados quedaba elegante, habría pecado de barroca si no fuera por la total ausencia de adornos.

Un insulto ronco demostró vida inteligente al otro lado de la línea.

–¿Qué coño quieres, Cherry?
–Buenas noches, jefe. ¿Interrumpo algo?

Se escuchó un sonido, una mezcla de siseo, gruñido y suspiro que dejaba patente el estado de impaciencia y hartura del interlocutor. A ella le gustaba ese sonido, le parecía seductor. Encontraba que un hombre enfadado, –siempre y cuando no estuviera enfadado con ella– era atractivo. Debía ser toda la carga de testosterona en vena que llevaban en ese instante, que los hacía ver más masculinos.

–¿¡Qué!? –azuzó el interlocutor.
–¿Puedes hablar ahora? –al otro lado del teléfono se oía un rumor de agua, un chapoteo.
–¿Qué-coño-quieres? –la traducción era no, y ya puede ser importante lo que tengas que decirme o lo lamentarás. A Cherry se le daban bien este tipo de interpretaciones.
–Bueno, nada en especial es sólo qué... Jacobi acaba de abandonar la fiesta a todo correr.

Dejó caer la información lentamente, como azúcar glass sobre una galleta, espolvoreando. El nuevo tono conciliador de su jefe mostraba que era una noticia digna la interrupción.

–¿Y a qué se debe?
–Algunos de sus subordinados más jóvenes han armado una gorda en un local.
–Así que la basura nueva está dando problemas... –paladeó al apodo que había dado a los Turcos noveles –¿Y que ha sido exactamente...?
–Bueno, esto último no lo he oído muy bien; pero al parecer se han visto envueltos en un tiroteo. No conozco los detalles... cuando Jacobi marchaba ha dicho algo de “atrincherados en un lavabo como ratas.”

Una carcajada resonó por el auricular. Algo en ese sonido gritaba ¡Victoria! El jefe recobró un poco la compostura y preguntó.

–¿No tienes más detalles para mí?
–Créeme, ha sido muy repentino... un guardaespaldas se ha acercado a la mesa donde estaba conversando con mi cliente, con una copa en la mano y el puro en los labios, y le a susurrado algo al oído. Qué le ha dicho exactamente no lo he podido escuchar, pero se ha puesto blanco como la cera y se le ha caído el puro en el regazo. Casi se incendia los pantalones –hubo otra carcajada –. Se ha disculpado demasiado deprisa, parecía muy nervioso.... ¡A sí! Han dejado caer que el follón ha sido en el Tower of Arrogance. –de pronto cierta duda asomó en la voz de ella – ¿Dónde estás?
–Relájate preciosa, estoy muy lejos de ese lugar.

Cherry calibró el tono jovial con el que hablaba su jefe, y un sonido gutural se sumó al chapoteo que se oía de fondo.

–¿Dónde estás? –aun con las mismas palabras, la pregunta era diferente.
–Por ahí, haciendo ruta por así decirlo.
–¿Y quien te acompaña? –atacó ante la evasiva.
–Bueno... creía que era una mujer pero veo que aun ha de madurar bastante para llegar a serlo.

Su voz había bajado hasta adoptar un matiz de insatisfacción y desprecio; y Cheery sabía que había dicho esto último mirando fijamente a su desafortunada acompañante. Eran unos cuantos años toreando el carácter exigente del jefe, algo había aprendido en ese tiempo.

–Bueno, querida –dijo el interlocutor dirigiéndose de nuevo a Cherry –, será mejor que regreses al lado de tu acompañante e intentes descubrir más cosas sobre este divertido incidente de los Turquitos.
–Ya sabes que la información tiene un precio –matizó.
–No te preocupes, te pagaré bien.
–¡Estupendo!, porque ¿sabes?, hay un bolso que necesito para seguir viviendo.
–Tomo nota. Ahora regresa con tu acompañante.
–¡Ok!
–Espero que jugar a los espías no te haga descuidar tu trabajo.
–¡Por favor! ¿Por quién me tomas? –su tono de ofensa era bastante realista.
–Está bien, está bien. Venga, regresa a la fiesta y divertíos. Los dos.

La orden subliminal no pasó inadvertida para Cherry, que colgó el teléfono tras una breve despedida y se evaluó frente el espejo antes de salir del baño.

En otro baño, ante otro espejo, Leroy se guardó el móvil en el bolsillo y se resiguió la perilla con dos dedos antes de dirigirse a su tercera conquista, arrodillada frente al retrete. La satisfacción experimentada por las alentadoras noticias se diluyó rápidamente, como un medicamento amargo en agua, regresando a la realidad del baño de cerámica negra.

–La chica con la que estaba hablando es una mujer de verdad, no una niñata que se no es capaz de chuparla sin vomitar.

La chica se pasó una mano temblorosa por la cara, extendiéndose el maquillaje. Parecía bastante disgustada; pero estaba tan borracha que seguramente mañana no se acordaría de lo sucedido.

–¿Y tú eras quién presumía de “mujer fatal”? ¿Tú y tus amiguitas? Pues vaya una panda de zorras de segunda fila que estáis hechas... No servís ni para hacerle una paja a un camionero en un callejón –bufó, cabreado –. Dile de mi parte a tu amiga la indecisa que no puede ir de calientapollas por la vida. No le he metido dos ostias porque soy un caballero, pero no tendrá tanta suerte la próxima vez. O se abre de piernas, o más le vale quedarse en casita. Y también va por ti. Y por todas.

Ella no dio muestras de haber captado el mensaje. Simplemente palmeó la pared en busca del papel higiénico y tiró casi sin fuerza, aplicándoselo libremente por la cara mientras sollozaba. Leroy le dio una patada a la puerta del cubículo, obteniendo un breve instante de silencio con ello. La noche estaba resultando repugnante, en pocas palabras.

Todas las mujeres, sobre todo los proyectos de mujeres que visitaban ese local, eran un desperdicio de espacio. Se supone que quería divertirse, no desear romperle la boca contra el inodoro. Esta idea paseó por su mente: estaba en la postura idónea para fracturarle la mandíbula. Podría ser una accidente de una muchacha que no aguantaba el alcohol. Un desafortunado accidente, y alguien acabaría en el hospital.

Movió los dedos uno a uno, crispando los nudillos y flexionando los tendones, a espadas de la chica. Se acercó a ella, que seguía sin girarse, ensuciando el papel con los restos de rimel que no había conseguido limpiarse. Un portazo hizo que la muchacha se girará mientras él se incorporaba como un muñeco de resorte.

Un chaval había entrado tambaleándose en los lavabos, tropezado con sus pies y cayéndose cuan largo era, provocando las risas de sus compañeros. Los tres parecían muy perjudicados por otras substancias que no eran el alcohol. El que se había caído se medio incorporó, mirándolo fijamente. Aun controlaba lo suficiente para hacerse cargo de la situación.

–¡Perdona tío...! – farfulló entre una risita descontrolada – ¡Vosotros seguid, seguid, como si yo no estuviera!

El recién llegado sorbió la última palabra y a gatas se acercó al cubículo de al lado. Sus compañeros se tambaleaban en la entrada, incapaces de dar un paso más sin caer rodando.

¡Mierda!, pensaba. Estaba enfadado, cabreado, y tenía que pagarlo contra alguien o estallaría. Pero a través de toda la rabia aun podía asomar un rastro de inteligencia que le advertía lo poco conveniente que era iniciar una pelea con tres colgados o pegar una muchacha con testigos, por muy drogados que fueran. No, este no era el lugar ni el momento.

Salió del baño como una exhalación, empujando a los chavales que seguían riéndose en el marco de la puerta y sin dedicar un último insulto a la cría que no lo recordaría al día siguiente.




El agua empezaba a hervir, borboteando en la pequeña cazuela. Apagó el fuego y la retiró del fogón, vertiendo las hojas secas. Berta removió un par de veces la infusión antes de taparla y dejarla reposar unos minutos.

Abrió un armario de la cocina para buscar una taza. En el interior se cobijaba una vajilla para una sola persona: un vaso, un plato, un cuenco... una historia solitaria. Se puso de puntillas para alcanzar una taza grande sin asa, de estilo oriental. Siempre le habían gustado esas tazas, con pintura esmeril en verde y marrón negruzco. Como elemento ornamental le resultaban bonitas, pero no eran muy útiles para su gusto. Al menos ella no sabía muy bien como cogerlas sin quemarse, acostumbrada a sostenerlas por el asa.

Encontró una bandeja de madera sin barnizar y colocó la taza antes de filtrar la infusión en ella. El color resultante no le convencía, y el olor intenso prometía un sabor amargo. Estuvo a punto de buscar algo para endulzarla aunque no estaba muy segura de que aquella mezcla herbal admitiera azúcar. Al final llevó la bandeja al salón y la dejó sobre una mesa baja.

–Gracias –murmuró Airo incorporando medio cuerpo y apoyando el peso sobre la mesa.
–¿Qué tal te encuentras?
–Psé... me molesta más la humillación que el dolor en sí.

Berta dejó escapar un bufido mientras negaba con la cabeza. Según ella, se conocían lo suficiente para no sentir vergüenza en según que situaciones. No era la primera vez que alguien había recogido a Airo de la calle y lo había arrastrado hasta casa, argumentando había sufrido un ataque o algo similar. Tampoco era la primera vez que lo hacía tumbarse en el suelo y levantar las piernas, ofreciendo la escasa comodidad de un cojín y una manta; ni era la primera vez que le impedía descolgar el teléfono cuando intentaba llamar a un médico. Imaginaba que era una mezcla de miedo y ego lo que le impedía poner los pies en un hospital. Tampoco es que ella le insistiera mucho en este aspecto, porque en el fondo le gustaba jugar a ser enfermera. Le hacía sentirse útil, necesaria, algo que casi nunca había experimentado. Mientras su vecino siguiera enfermo, necesitaría de sus cuidados en los malos momentos.

Además, en lo más profundo reconocía que era esta enfermedad lo que le daba confianza. Airo era un hombre mayor y tullido, bastante frágil. Alguien que no podía hacerle daño porque no tenía la fuerza suficiente para ello. Un hombre sano y fornido le habría generado intranquilidad, y aunque su vecino había demostrado tener genio, sabía que se cansaba rápido. Era, según sus cánones, un hombre bastante inofensivo. Lejos quedaban las fantasías de juventud de encontrar un gallardo caballero que la protegiera: había aprendido que los hombres usaban la fuerza contra ella, y prefería un amigo débil que un posible enemigo fuerte.

Observó como su vecino cogía la taza con dos manos, una bajo la base y otras alrededor del cuerpo, y respiraba sobre la humeante infusión. Un deje de irritación exigía no recibir lástima. Poseía un gran orgullo, a pesar de los golpes de la vida, la baja posición social y la salud mermada. Seguramente, de haber vivido una situación más favorable, se parecería a su ex marido.

–Estás muy pensativa –murmuró Airo por encima del vapor de agua.
–¡Ah, mn...! –Berta atrapó uno de sus cortos mechones –Pensaba... ¿estás bien?
–Bueno, mi estómago parece haber vuelto a su posición habitual. Stork conduce muy mal. Él dice que tiene el GPS mal configurado, yo digo que no tiene ni puta idea de adonde va –sorbió un poco de infusión –. Son formas distintas de decir lo mismo.
–¿Quién era ese hombre? ¿Stork has dicho que se llamaba?
–Es un mote. Y es un conocido habitual. Ya sabes que a los viejos nos gusta sentarnos en los bancos y charlar con quien sea.

Berta ignoró esta mentira flagrante y fingió estar conforme con la respuesta. Si algo había aprendido de su antigua pareja y Leroy reafirmaba es que cuando un hombre mentía a una mujer es porque la protegía algo que podía hacerle daño. En la ignorancia estás más segura, solía decirle su ex mientras le acariciaba la mejilla. No había pasado por alto los trapicheos de su vecino y las conversas a media voz que tenían con personas claramente afectadas por el síndrome de abstinencia. Se suponía que Airo cultivaba, no comerciaba; pero en los últimos tiempos eso sólo se suponía. Y desde hacía unos días se había vuelto aun más hermético de lo habitual.

El silencio había vuelto a adueñarse del salón de Airo. No había sofás ni butacas, sino un suelo enmoquetado con algunos cojines haciendo las veces de asiento. Alguna vez le había contado que le gustaría poner un tatami, como en un antiguo hogar; pero resultaba demasiado caro para su economía. No le incomodaba ese silencio, pensaba ella mientras acariciaba la moqueta de color oscuro. Había pocas personas con la que podía compartir un tiempo sin conversas por el simple placer de la compañía mutua. Airo era una de ellas, con su especial don de simplemente estar allí para escuchar o acompañar, sin ningún contacto que la perturbara.

–Gracias por... todo en general –musitó él, mirando la taza medio vacía.
–No pasa nada, hombre –replicó, quitándole importancia con un gesto de la mano –. Ya sabes que estoy ahí para lo que necesites.
–Me gustaría compensarte.
–No es necesario. Con que seas un buen vecino me conformo.
–De que sirve un buen vecino que no puede ayudarte a subir la compra o al que puedas llamar cuando creas que se ha colado un ladrón –esa frase tuvo un regusto amargo, como la infusión que intentaba beberse.
–¡Por favor, ya soy mayorcita! –espetó con una sonrisa –¡No necesito un padre que me proteja!

No había mala intención en las palabras de su vecina, sino todo lo contrario; pero a Airo le sentaron igual que un insulto. Sabía que difícilmente podía protegerla, ni ahora ni cuando había sido necesario. Pasó la lengua por los dos molares que le faltaban, recuerdo de cuando años atrás había intentado alejar a su entonces marido durante una violenta pelea. Eso le dolía bastante, por él y por ella. Si hubiera sido más fuerte quizás hubiera podido partirle la cara a aquel capullo, y le hubiera ahorrado unos cuantos años de sufrimiento a Berta. Pero la verdad es que resultaba viejo e inútil, y sólo la astucia le había permitido sobrevivir tantos años en una jungla donde se comían a los más débiles.

La oscuridad y el silencio del piso invitaban a la reflexión, casi a la depresión; pero la puerta tembló sobre sus goznes al ser abierta bruscamente. Berta se puso en pie, cogiendo inconscientemente la bandeja a modo de escudo. Leroy hizo girar la llave maestra con la diestra mientras ingresaba en el pequeño piso. Airo notó una oleada de hostilidad que lo puso en guardia, como ver las orejas gachas de un tigre entre la maleza: estaba de muy mal humor y venía a cobrase algo para compensarlo. Cuando el recién llegado habló, un matiz amenazador se deslizó entre sus palabras.

–¡Hola viejo! Te veo... fatal –se giró a Berta con un tono menos amable –¿Qué coño haces aquí que no estás trabajando?
–Eso tendría que preguntártelo yo – amenazó Airo, alejándose de la mesa.
–¿A qué vienes tan tarde? –preguntó Berta, animada por la réplica de su vecino.
–Yo, tratar cosas importantes. Tú... follando no, desde luego, porque a este no se le levanta. A no ser que sepa darle un uso alternativo al bastón.

Airo se mordió el labio inferior, notando como la rabia y la vergüenza teñían su cara de rojo. Al menos Berta no se había girado a mirarle, escondiéndose tras la bandeja sin barnizar. El casero miró su reloj de maquinaria de cuarzo mientras se acercaba a los inquilinos. Eran casi las cuatro de la madrugada

–A estás horas – dijo mientras la cogía del brazo y la arrastraba hacía la puerta–, deberías estar al teléfono diciéndole cositas guarras a unos cuantos pervertidos sexuales. Tengo cosas que tratar con tu vecino.
–Airo no se encuentra bien –dijo ella, abrazando la bandeja.
–Me importa una mierda. Largo de aquí.
–Lárgate tú, Leroy –el viejo había alcanzado el bastón y se había puesto en pie con dificultad –. Estas no son horas de molestar a la gente honrada.
–¡Ja! –rió sarcástico – ¿Dónde ves tú a al gente honrada?
–No me encuentro bien. Lo que sea que tengas que decirme puede esperar a mañana.
–Ya es mañana –indicó, levantando la muñeca donde tenía el reloj.
–¡Pero Leroy...! –imploró ella con ademán conciliador.
–Escúchame atentamente porque sólo lo diré una vez –advirtió con un tono siniestro –. Vengo del sector 1, y estoy muy cabreado con todo lo referente al género femenino. Ya le he estrellado la cabeza contra la pared a una idiota y he estado a punto de abofetear a otra que “se lo ha pensado mejor” cuando estaba a punto de metérsela. A la tercera no le he hecho nada porque total, aun debe estar vomitando. Apúntalo, el alcohol y el semen no son una buena mezcla; pero creo que ya lo sabías.

Berta lo miró ofendida, desafiante, y él respondió al desafió asiendo con más fuerza su brazo. Notó que empezaba a entumecérsele por la falta de riego y le golpeó la mano para librarse de la tenaza.

–Venga, dame una razón para pegarte –la retó, zarandeándola.
–No voy a consentir semejante espectáculo en mi casa – advirtió el viejo, acercándose a un paso horriblemente lento.
–Te recuerdo que es mí casa, y tú –señaló al oriental –eres un inquilino que debería agradecerme el techo que le proporciono. Y tú –zarandeó a Berta de nuevo –, deberías estar al teléfono a la de ya si no quieres tener más problemas.
–¿Y por eso tienes que pagar tu mala ostia con nosotros? Si tienes problemas con las mujeres son culpa tuya, no nuestra –le espetó la rubia.

Esa era la razón que Leroy esperaba. Sin mediar palabra, le golpeó en la cara con el puño cerrado. Ella, anticipándose a sus movimientos tras años de maltrato, se había cubierto con la bandeja; pero sólo sirvió para golpearse con la madera y enfadarlo más. Forcejeó con su inquilina, intentado quitarle el improvisado escudo, impidiendo que se escabullera presionando aun más el brazo con el que la agarraba. La desesperación le daban fuerzas a ella, la necesaria para que el casero se viera obligado a usar las dos manos para quitarle la bandeja.

El reflejo condicionado hizo que, en cuanto se vio libre y desarmada, se agachara en el suelo y se cubriera la cabeza con los brazos. Creía que no volvería a experimentar ese pánico tan conocido que venía justo antes de sentir el dolor de los golpes, ese instinto tan básico de la supervivencia que le hacía gritar y huir; actos que en la mayoría de los casos se quedaban en meros intentos.

El miedo parecía dilatar el tiempo, convirtiendo los segundos en minutos, hasta que se dio cuenta que su lento transcurrir no era una alucinación. No sintió el contacto furioso de los puños contra su piel porque no la estaban pegando. No estaba pasando nada.

Aun acurrucada contra el marco de la puerta, Berta separó lentamente los brazos para comprobar qué fuerza sobrenatural había cambiado el curso de los hechos. A sus pies, encogido en posición fetal, Leroy gemía y respiraba con dificultad. Tenía los ojos húmedos, y parecía que iba a vomitar de dolor. Airo lo miraba desde la altura, dando golpecitos con el bastón a la moqueta.

–Ahora sabes lo que siento yo muchos días –escupió el oriental.
–¿Qu-ué le has hecho? –acertó a preguntar Berta.
–Un sólo golpe. En la ingle. Si lo he hecho bien, le dolerá la pierna durante varios días. Si lo he hecho muy bien, se quedará impotente.
–¡Oh...! –estaba demasiado aturdida par añadir nada más.
–Lo importante no es golpear, sino hacerlo en el lugar correcto –dijo mientras movía el bastón como un taco de billar, representando el certero ataque.

Sería la vista en contrapicado que le ofrecía el estar sentada en el suelo; pero durante unos segundos Airo le pareció imponente. Él se mesó la barba con la mano libre y después se la ofreció para que se pusiera en pie. Berta observó a su jefe de nuevo y se permitió una sonrisa burlona. Aun exaltada por lo que acababa de ocurrir, se sentía cada vez más segura ante la indefensión de Leroy.

–Escúchame atentamente porque sólo lo diré una vez –parafraseó Airo –, si tenemos que convivir o trabajar juntos, tendrás que respetar algunas normas. Al parecer tu padre no supo educarte y no me extraña, porque imagino que no sabes ni quien es, así que tendré que hacerlo yo.

“Lo más importante es lo que no puedes hacer. No puedes presentarte en casa de los demás a la hora que te parezca, no puedes amenazar a vecinos e invitados, y básicamente, no puedes hacer lo que te salga de las pelotas. ¿Ha quedado claro?”

Leroy no contestó, simplemente dejó escapar una exhalación que sonó pesada y lenta.

–Creo que no está muy convencido –opinó ella, envalentonada por cómo se habían desarrollado los acontecimientos.
–Entonces deberíamos ponerle un castigo, para que aprenda –Airo bufó y miró a Berta –. Quizás prefieras irte.
–¿Qué vas a hacer?
–No será agradable –advirtió.
–Quiero... quiero verlo – Berta se retorció las mangas del jersey.

El oriental supuso que quería venganza, venganza por los hombres en general y no este en particular; el mismo tipo que venganza que buscaba Leroy y que tan mal le había salido. Airo inspiro y se regaló parte de la admiración y el agradecimiento que había en la mirada de su vecina. Era algo reconfortante y casi olvidado, como el recuerdo de un sabor dulce paladeado durante la infancia.

–No será nada original, pero muy efectivo, créeme. A mí me lo hicieron una vez y me convenció bastante. Y que conste –advirtió al casero –que te lo hago a ti porque sé que tienes el dinero suficiente para arreglártelo. No vamos a destrozar tu cara bonita de forma permanente.

Berta no apartó la mirada, no pestañeó siquiera cuando vio que el bastón dibujaba una trayectoria curvada de derecha a izquierda, pasando por la cara del proxeneta. La sangre brillo unos segundos en el suelo antes de ser absorbida por la moqueta. Leroy parecía demasiado aturdido para acusar el golpe, aunque dejó escapar un sonido indescifrable entre saliva y sangre.

Airo volvió al punto de origen para repetir el golpe.

–Hasta que le arranquemos dos dientes –miró a Berta –. ¿Te parece bien?

Ella asintió, mientras en su mente se cruzó la imagen de su ex marido y de todos los hombres que habría querido ver así; y una mezcla de mala conciencia y alivio se expandieron en su interior. En el fondo seguía siendo una inmadura, seguía queriendo alguien fuerte que la protegiera, aunque el tiempo lo pusiera en su contra.

viernes, 10 de octubre de 2008

142

En pie frente a la puerta, Airo comprobó por enésima vez su reloj –comprado por seis guiles después de un arduo regateo con un negro en el mercadillo – y la nota que habían dejado en el buzón de casa. Lo citaban a media mañana, lo que conociendo los biorritmos del anfitrión parecía demasiado pronto. Se recolocó la chaqueta de tweed, incómodo, antes de llamar al timbre otra vez.


–¿Qué, se nos ha quedado el dedo pegado al timbre? –gruñó una voz al otro lado de la puerta.


Hubo varios tintineos metálicos –llaves y cerraduras – sumado al pitido digital de una alarma desactivada –una muestra de paranoia por la seguridad personal–. La puerta sólo se abrió lo suficiente para que el anfitrión pudiera bloquearla con su cuerpo. Un hombre moreno y alto lo miraba enfocando los ojos, cubierto con un albornoz de color azul pálido que dejaba a la vista un cuerpo trabajado en el gimnasio y varias cicatrices quirúrgicas.


A los veintitrés años una prostituta le había apuñalado en una pierna mientras se la chupaba para robarle –un mal negocio, porque acabó con la cara cosida a balazos–. A los veintisiete le había pegado tres tiros en el hombro por un ajuste de cuentas. A los treinta y cinco una sobredosis de cocaína había estado a punto de matarle a causa de un paro cardíaco. A los treinta y nueve le había extirpado medio pulmón derecho por culpa de un cáncer. Ahora, con cuarenta y dos, había superado de largo la esperanza de vida media de los proxenetas; y Sebastian Leroy se jactaba de ello día tras día.


Airo miró a su casero con una abierta muestra de desprecio. Este parecía mejor arreglado con su albornoz de rizo que el oriental con su traje de tweed de segunda mano. Leroy levantó la mano derecha sólo lo suficiente para pasar un pulgar por la solapa de la chaqueta, con aire entendido.


–Me gusta esa combinación con la corbata lisa –opinó con voz modulada –. Esta muy bien para ser tú.


Para ser tú, repitió Airo mentalmente. Eso equivalía a un yo jamás me lo pondría. A él tampoco le emocionaba plantarse una vestimenta tan formal –y menos de ese tejido y color –; pero había que reconocer que el toque experto de Berta había conseguido que ese algo horrible fuera un atuendo vagamente aceptable.


–Te arreglas mucho para subir a la placa superior –dejó caer Leroy como quien habla del tiempo en un ascensor.

–Intento que la gente no me dé limosna al pasar.


Leroy no contestó, sólo dibujó una sonrisa no muy estable en sus labios. Airo, que había estado pensando en lo temprano de la hora para el proxeneta, cayó en cuenta que este aun no había dormido desde la noche anterior. Había un brillo vidrioso en sus ojos que sólo daban las drogas –¡Ah, que bien lo conocía él!– y algunas marcas rojizas en el lado izquierdo de su cuello. ¿Carmín? ¿Mordiscos? Debía estar corriéndose una buena juerga antes de que él llegara.


–Te traía un presente pero veo que no lo necesitas –comentó Airo mientras se metía una mano en el bolsillo interior de la chaqueta, para luego retirarla y golpearse el contenido contra el pecho.


–¿Qué es? –el hombre moreno se acercó con curiosidad.


Como cualquier yonki de a pie, pensó Airo mientras miraba la mano temblorosa de su casero; asiéndose al marco de la puerta. Leroy juraba y perjuraba que desde la sobredosis se cuidaba mucho más, aunque en el idioma de ese tío bien podría ser meterse sólo medio gramo en lugar de un gramo entero. Aun así, había algo en él que lo seguía haciendo muy intimidante, aun drogado o borracho. El oriental sacó el contenido de su bolsillo, envuelto en un pañuelo de tela y a su vez en plástico transparente. Una piedra de opio menor que una pelota de pin pong se encontraba en la palma de su mano, aparentemente inofensiva.


–Es de una de mis mejores cosechas. Buena calidad, tan pura que es casi transparente –ofreció Airo como un somelier experto ofrece un caldo añejo.


Leroy observó la piedra translúcida, valorando la calidad sobre la cantidad, y pareció satisfecho con el regalo.


–Muy amable. Nos vendrá muy bien. A los tres –Airo no estaba incluido en esos tres y maldijo la suerte de aquel hombre en las distintas lenguas que dominaba. Pero a su casero sólo le ofreció una fría indiferencia.

–Si no es mucho preguntar, ¿qué se celebra tan temprano? –o tan tarde.

–¿No lo sabes? Algunos de mis competidores se han retirado del negocio. ¡Y sin mi intervención!

–¿En serio? ¿Quiénes?

–Carl y Don Corneo. Salió en las noticias de la medianoche.

–¿Causa accidental o violenta?

–Aquí nadie dimite por accidente –siseó Leroy.


Dos competidores menos en tan poco tiempo era para celebrarlo, sopesó Airo. Al fin y al cabo, Midgar se estaba convirtiendo en una especie de mercado donde todo se podía obtener, si se pagaba el precio; y tantos buitres no se podían alimentar de la misma carroña. Comprendía su felicidad por la ausencia definitiva de Corneo, aunque no de Carl. Sabía por palabras propias del casero que nunca había considerado a este último como un igual, ya que se movían en esferas muy distintas del negocio. Las chicas de Leroy no hacían la calle ni estaban en un cuartucho de un prostíbulo: ellas viajaban en limusina y pasaban la noche en las mejores suites. Servicio exclusivo para caballeros selectos era su lema. Leroy vendía la exclusividad y el elitismo, y su cartera de clientes era reducida pero con nóminas escalofriantes. Tipos ricos y sin escrúpulos que firmaban cheques con varios ceros a la derecha sin que les temblara el pulso.


El invitado no pidió cruzar el umbral porque sabía que no se lo permitirían, e imaginaba la escena como si se tratara de un vendedor ambulante que intentaba convencer a alguien que se había caído de la cama que le comprara un juego de cuchillos de cocina. Airo azuzó a su casero para que fuera al grano.


–Aunque es muy amable por tu parte, con esto –levantó la piedra de opio en su mano –no saldas la deuda. Me debes un favor por lo de la chica del container.

–Para ser exactos, le debo un favor a Iroqu – Iroqu era el guardaespaldas de Leroy, o al menos así constaba en la nómina –; pero sí, digamos que tengo una cuenta pendiente que saldar.

–Conozco a los que son como tú, todo ese rollo moral sobre el honor y el orgullo de un hombre, así que te lo pondré fácil. Necesito que encuentres a una persona que se esconde en los suburbios.

–No pienso ir acompañarte a que rajes a algún putero o cliente moroso –objetó, aunque no estaba en situación de objetar.

–Tranquilo, es alguien del negocio legal. Un inversor fugado, pero no hay intención de rajar nadie que colabore lo suficiente.

–Y ya que esta es una misión de búsqueda y captura ¿no sería mejor que te llevaras a tu guardaespaldas?

–Sabes que me gusta tan poco bajar a los suburbios como a ti subir a la placa. Nunca está de más ir con gente experta. Conocedores del terreno, ya me entiendes... Evidentemente, Iroqu también vendrá con nosotros. Ya no tienes ni edad ni salud para partir cráneos si las cosas se tuercen.


A Airo se le retorció el estómago por varios motivos, entre ellos la promesa velada de violencia y el insulto añadido a la herida. Por viejo, lisiado, extranjero y pobre; el oriental encajaba en varios de los grupos de agresión favoritos del chulo. Hacía suya la frase de creo en una raza –y grupo social– superior, y se servía de ella para situar al prójimo en su escala de valores y tratarlos en consecuencia. Aun y así, su avaricia superaba sus prejuicios, y se rodeaba de los mejores para el bien de sus negocios sin importarle estatus ni procedencia.


Clavó una mirada cansada e impaciente en los ojos claros del proxeneta. Lo odiaba, pensó Airo, pero sólo al nivel que puedes odiar a alguien que no puedes convertir en tu enemigo. Le debía muchas cosas a Leroy y eso le asqueaba a distintos niveles, ya que su mente estaba en la misma onda telepática de los estrategas de la guerra de Wutai y era esa clase de mercaderes del vicio que hacía de la corrupción de la ciudad un negocio. La razón por la que aun no le había golpeado en la columna con el bastón en vez de aceptar su ayuda eran los diez años en los suburbios que habían flexibilizado su tolerancia.


–Dime quien es y dalo por hecho –aceptó el viejo sin muchas más opciones.


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Para ser un día entre semana el bar estaba suficientemente lleno. No había ni la aglomeración ni el nivel de ruido típico de los sábados por la noche, y no se apreciaba mucha interactividad entre los clientes, reunidos en pequeños grupos o parejas. Los solitarios habían tomado la barra, defendiendo su espacio personal con los brazos extendidos sobre el metal y virando la vista alternativamente entre sus copas y la pantalla de televisión.


En la zona más alejada de la entrada, segundo tamborete contando desde la pared, se sentaba un hombre de aspecto gris e inofensivo. Traje insulso y gafas de pasta a juego con un pelo castaño común, corto y peinado hacía atrás con agua. Estatura media y complexión normal, ningún rasgo especial en su cara; era con diferencia la persona más aburrida que había visto jamás. Alguien tan insulso que uno podría atropellarlo sin darse cuenta, había sobrevivido más de treinta años gracias perfecto mimetismo con su entorno que lo hacía invisible a ojos de cualquier predador. Ajeno a que le observaban, Paul Smith siguió metiéndose cortezas en la boca una a una sin despegar la vista del televisor. Hasta el nombre es vulgar pensó Airo. Hizo una última inspección de local a través de las ventanas antes de ingresar en él.


Encogiéndose tras su disfraz de vagabundo –una colección de sus ropas más viejas y maltratadas con mucho acierto – Airo descendió los tres escalones de la entrada con una cojera parcialmente fingida. No llevaba el bastón para acentuar su aspecto de persona desvalida, pero si una especie de saco con asas amorfo que venía a significar todo lo que poseo cabe aquí dentro. Conocía suficiente el barrio y el local para saber que su entrada no era un acontecimiento extraño ni amenazador, al menos en un principio.


Se dirigió a uno de los seis hombres con traje que había divisado desde fuera, y con un marcado acento de Wutai pidió caridad para un pobre anciano. Ante la negativa inicial insistió un poco, siempre en voz baja y lastimera, para despertar cierta pena al posible benefactor sin invadir jamás su espacio personal. Airo conocía demasiado bien las normas del éxito de un pedigüeño, había conseguido sobrevivir a partir de limosnas durante más tiempo del que parecía humanamente posible. La gente tenía que sentirse en la necesidad de salvar a alguien más débil que ellos para lavar su mala conciencia.


El hombre acabó dejando caer unas cuantas monedas, formando una calderilla miserable que Airo agradeció con efusividad a bajo volumen. Se dirigió al segundo y al tercero entonando la misma cantinela con diferentes grados de éxito antes de dirigirse al hombre gris. Para todos los presentes se había establecido una pauta en la cual aquel vagabundo relacionaba la vestimenta con el poder adquisitivo, así que Smith no percibió nada especial al ser interrogado por el viejo.


–Una limosna para este pobre lisiado – pidió arrastrando las palabras como lo había oído hacer a sus conciudadanos.

–No tengo suelto –respondió sin apartar la vista de la pantalla.

–Sólo pido un poco de caridad, señor. Hace dos días que no como –al decir esto dejó caer una significativa mirada al plato de cortezas.

–No tengo suelto –repitió con voz automática, esta vez mirándolo por el rabillo del ojo.


Airo agachó la cabeza y miró sus pies embutidos en unas botas de montaña una talla mayor –llevaba dos pares de calcetines para que no le bailaran–, después los insulsos mocasines de Smith y finalmente las botas de suela pesada de quien acababa de ocupar el tamborete de al lado. Reconoció ese calzado amenazador que podía romper dos costillas de una sola patada, así como la señal preestablecida –un golpe con el empeine en el metal del asiento – y la mirada de Airo se posó de nuevo en el plato de cortezas.


Smith seguía mirando la pantalla luminosa, fingiendo sin mucho acierto que ignoraba al viejo. El falso vagabundo puso la mano sobra la barra y subrepticiamente la dirigió hacía el aperitivo. En el momento que atenazó el borde del plato, el hombre gris se dio cuenta y lo cogió por el otro borde. La cerámica chirrió sobre el metal cuando ninguno de los dos la soltó.


–¡Serás ladrón! –en lugar de gritar siseó.


Airo no dijo nada, apretando los labios mientras tiraba del plato hacía sí, ya con las dos manos. La actitud de Smith no parecía muy coherente, evitando montar una escena y procurando pasar inadvertido en lugar de quejarse a viva voz. Pero yo quiero que llames la atención pensaba el oriental cuando, al notar la fuerza exagerada que el hombre gris hacía por recuperar su aperitivo –esparcido ya sobre la barra – soltó el plato y dejó que el impulso lo empujara contra el nuevo cliente.


Ocultó la cara bajo los brazos en una muestra de miedo. Entre el hueco podía ver los asientos derribados y la cerveza derramada sobre la barra.


–¿¡A ti que te pasa, extranjero de mierda!? –gritó Smith con la camisa chorreando alcohol.

–¿Qué me has dicho? –exigió una voz irritada a su espalda.


Los dioses no habrían encontrado una frase mejor. Smith se giró para ver contra quien había chocado y se encontró cara a cara con un extranjero de metro noventa y tenso como la cuerda de un arco. No era originario de Wutai, sino de la raza que antaño habitó la región de Cañón Cosmo. Un vestigio superviviente del mestizaje al que se sometieron los nativos cuando el desfiladero fue tomado por hordas de hippies pseudo científicos que decían entender el planeta.


El hombre gris calibró al joven. No era excesivamente musculoso; pero la rabia que se escondía tras sus ojos oscuros aseguraba que, si lo provocaban, atacaría con la fuerza de un búfalo. Su rostro, airado, tenía el color de la tierra, y fruncía unas cejas gruesas y negras. Alzó un par de brazos completamente tatuados con cenefas geométricas y símbolos tribales, seguramente con profundo sentido místico para él; aunque a Airo la silueta de un hombre con cuernos le recordaba más al logo de una banda musical que a ninguna iconografía religiosa.


Los cálculos de Smith le decían que no debía iniciar una reyerta, así que colocó las manos frente a él intentando reclamar la calma perdida. El falso vagabundo, momentáneamente olvidado, aprovechó para empujar al hombre trajeado de tal manera que este a su vez empujó al extranjero. El recién llegado cayó hacía atrás, aferrándose a la barra en un intento de no estrellarse entre los asientos que había derribado.


–¿¡Pero a ti que cojones te pasa!? –exigió el joven moreno, incorporándose.


Ahora todo el bar les prestaba atención, esperando a que llovieran los golpes. Smith no entendía como él podía haber ejercido tanta fuerza sobre ese tipo, y sus dudas eran ciertas. Airo hizo un discreto mutis por el foro dirigiendo una mirada elocuente al joven nativo antes de desaparecer: Iroqu era un gran actor, y también un gran luchador si se terciaba. Este descargó un primer golpe contra la mandíbula del hombre gris. El oriental cerró la puerta, dejando tras de sí el clamor de la pelea.


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–¡Cuánto tiempo sin verte, Paul!


La voz de Leroy sonaba falsamente feliz ante el reencuentro. Estaban en el garaje de lo que en sus buenos tiempos fue un taller del sector 3 antes de que alguien dejara un mechero demasiado cerca del combustible. Ahora se había convertido en el cuarto de invitados de los morosos del chulo, y era tan siniestro y dejado de la mano de dios como parecía.


–¿Qué hacemos aquí? –preguntó Smith con voz estrangulada.

–Nada especial, sólo quería tener una charla contigo en mi garaje.


El hombre gris observó todo con los movimientos rápidos que otorga el miedo. Sus ojos se posaron sobre la puerta por la que le habían hecho entrar –a rastras y contra su voluntad – y comprobó que estaba firmemente cerrada. Aunque no estaba atado y ninguna arma visible apuntaba hacía él, le temblaban las rodillas cosa mala. Iroqu se encontraba a una distancia prudencial, preparado para saltarle al cuello en cualquier momento. Smith se pasó una mano por las magulladuras de la cara y centró su atención en Leroy. Una emboscada, me ha tendido una emboscada el muy...


–¿Sabes que eres al primero que invito a venir aquí? –explicó el chulo.


Era cierto en parte. Hasta la fecha, los problemas del negocio legal de Leroy –inversiones en bolsa –se iban solucionando a través de su abogado, Eric Nerve. Un hombre muy hostil con los que debían dinero; aunque no más hostil que el guardaespaldas. La razón por la que Leroy aun no había recurrido a la cirugía estética o fingido su propia muerte para vivir tranquilo era la discreción que la que llevaba su negocio de prostitución –amenazas y venganzas incluidas - y la forma que en blanqueaba sus beneficios a través de la bolsa. Era mucho más inteligente tener una cuenta en un paraíso fiscal que esconder dinero negro bajo la almohada.


–¿Qué quieres? –murmuró Smith, fingiendo inocencia.

–Sólo lo que es mío –esta vez dejó de mostrar ningún tipo de cordialidad.

–No tengo nada tuyo...

–¿Tengo que refrescarte la memoria? –no era una pregunta, era una amenaza –Las acciones de la química que te vendí...

–¡Te las pagué!

–A precio de saldo. El precio de las acciones cambia según el mercado, Paul. No puedes comprarme unas acciones de una empresa al alza como si estuviera en quiebra. Un inversor como tú debería saberlo.

–Será un error de la transferencia bancaria...

–La mía y la que todos tus socios han recibido, creo saber.

–No tengo dinero...

–¿En sólo tres semanas te has fundido todos los millones que has robado entre estafas y desfalcos a empresas? Muy mal, no deberías tener vicios tan caros.


Smith palideció, viendo que sus posibles defensas flaqueaban ante las pruebas aplastantes. Leroy dio un paso hacía su ex socio, y este repitió el gesto pero hacia atrás. Airo observaba desde una esquina como testigo obligado, sorprendido que alguien tan poco llamativo hubiera sido capaz de amasar tanto dinero por métodos poco ortodoxos. Debía ser muy insultante para alguien como Leroy ser estafado por un hombre tan vulgar.


–No me toques los cojones, Paul. No nací ayer. Dame el dinero que me debes y no te cortaré la piel a tiras.

–¡No tengo dinero, joder! –la voz de Smith sonó chirriante.

–Paul... –la escasa paciencia de Leroy se estaba agotando.

–¡Me robaron! ¿vale? ¡Iba a fugarme del país con toda vuestra pasta pero me la robaron, y ahora estoy atrapado en este puto sector sin poder salir! –hablaba atropelladamente.

–¿Pretendes que me crea eso? ¿Qué pasa, que eres tan gilipollas que decidiste llevarte el dinero en metálico en vez de transferirlo a un deposito seguro?

Los labios del hombre gris perdieron todo color, y sus rodillas chocaban una contra la otra al temblar. En la cara del chulo se dibujó una comprensión fatal.


–Eres idiota... –gruñó dos octavas por debajo de su tono normal.


Airo podía imaginarse la escena del atraco. Es más, podía imaginarse el porqué. Un tipo insignificante que había robado a varias personas y empresas con visible éxito debía sentirse muy importante. Querría llevar su trofeo bien cerca porque, al igual que alguien que palpa su arma constantemente bajo la ropa, se sentía poderoso por la proximidad del dinero. Quizás quería parodiar alguna película de mafiosos y observar su botín desde un asiento de primera clase en un vuelo al extranjero.


¿Y el atraco? ¿Debía haber sido una broma nefasta del azar? Un par de ladrones armados simplemente con destornilladores podían reducir fácilmente a ese tipejo. Smith no podía denunciar ese robo por razones evidentes, así que no se hizo eco en los medios. Era impresionante como una mente criminal podía bajar la guardia cuando saboreaba el éxito: su fantasía infantil le había costado unos millones de guiles que no le pertenecían.


¿Y ahora qué?
Era el pensamiento general. A pesar de la quiebra financiera de su ex socio, el viejo sabía que Leroy haría lo inimaginable para recuperar su dinero. Si los cálculos no le fallaban, la cuenta ascendía a sesenta mil guiles, amén de lo que debía a los demás damnificados. ¿Iban a resarcirse obligándolo a trabajos forzados? Smith no viviría lo suficiente para poder saldar su deuda con todos ellos. Además, el proxeneta quería el dinero en metálico, no un esclavo al que no podía sacarle ningún provecho.


Leroy se pasó la mano por la cara, desde las cejas hasta la perilla, he hizo un gesto parecido a los practicantes de yoga para relajarse. Aquel intento de permanecer en calma no convenció al hombre gris, al que parecía que tanto las piernas como el esfínter iban a fallarle en pocos minutos.


–Verás, Paul... no soy una persona comprensiva ni misericordiosa, no con los que me roban. A mí nadie no se me roba nada –Smith balbuceó, era el único que no advertía el pero implícito en el discurso –. Aun así te daré una oportunidad. Estaría muy feo eliminar a alguien tan evidentemente retrasado como tú. Dejaré que me pagues a plazos. Con intereses.


Smith recuperó la capacidad de respirar, sólo en parte. Parecía estar a punto de agradecer su suerte; pero el chulo no se lo permitió.


–Ya me has puteado una vez, por lo que no puedo confiar en ti. Así que te buscaré un trabajo con un... conocido. Alguien que te vigile para que no te fugues y cumplas con tu parte. ¿Conoces a un hombre llamado Hyde?


Airo silbó entre dientes y Smith palideció. Hyde era un tipo amanerado e histriónico que vivía en el sector 2. Ostentaba el dudoso éxito de ser el único proxeneta al que Leroy no le deseaba una pronta muerte, ya que se dedicaba exclusivamente a la clientela gay. Uno no tenía que ser un sabio para entender que no pretendía colocar a Smith como contable o secretario. El chulo parecía contento por su futura venganza.


–La verdad es que dejas mucho que desear para los parámetros de Hyde; pero estoy seguro que algo podrá hacer contigo. Evidentemente no tienes ni experiencia ni atractivo para colocarte en un puesto de alto standing, así que tendrás que chupar muchas pollas y dejar que den por culo durante al menos un par de años para saldarme la deuda.

–¡No me hagas esto...! –la voz de Smith sonó como si hubiera tragado helio. Iroqu redimió una risita desde su posición.

–El que la hace la paga. Y da gracias que no decida entregarte a todos los demás a los que les has robado –puso mucho énfasis en el todos –. De momento.

–¡Por el amor de dios, no me hagas esto!

–Iroqu –el joven se irguió al oír su nombre –, sujétalo. Vamos a visitar a Hyde.


En dos pasos el guardaespaldas se colocó frente al hombre gris, que se movía erráticamente en un intento desesperado de cambiar su destino inmediato. En su huida disimulada acabó notando el duro tacto de la pared calcinada contra su espalda. Iroqu no se movía ni rápida ni bruscamente, pues en aquella ratonera no lo necesitaba. Hacía esperar a su rehén, permitiendo que el miedo fluyera ante la angustiosa espera.


Smith alzó un brazo, palpando la pared en busca de ayuda o un hueco, y notó contra sus dedos los restos de un vidrio de seguridad que colgaban precariamente del marco de lo que fue un armario. Cerró los dedos contra ellos y consiguió arrancar un trozo, negro de ceniza. Antes de que el guardaespaldas resultara herido por el impulso o pudiera desarmarlo, el hombre gris se colocó un vidrio en el cuello.


–¡Si te acercas más me mato! ¡Juro que me mato! – chilló.

–Paul, no hagas estupideces –advirtió el chulo.

–¡No pienso vivir siendo la puta de nadie y esperando a que los demás me encuentren! ¡Prefiero morirme! –la histeria hacía que su discurso menos melodramático de lo que podría parecer.


Iroqu se alejó marchando hacia atrás medio metro y Leroy, que había palpado instintivamente su arma bajo su ropa, levantó las manos frente a su cuerpo. Los ojos de Smith los miraban a ambos, con las manos y el cuello tiznados en contacto con el vidrio. Tenía los ojos desorbitados y su pulso era tan fuerte que casi podía oírse. Parecía que iba a cumplir su promesa, más por los fuertes temblores que sacudían su cuerpo que por su talante decidido.


Aquella era una medida de un hombre desesperado. El chulo parecía contrariado: su guardaespaldas podía desarmar al hombre gris en un santiamén; pero no estaba seguro que este saliera ileso del placaje. Mantener bajo mínimos el cupo de heridos y muertos por ajustes de cuentas era lo que le alejaba de la cárcel, no estaba por la labor de dar razones a los Turcos para hacerle una visita.


Airo observó a su casero, al joven guardaespaldas y finalmente el hombre gris de tentativas suicidas. Abandonó la esquina donde se parapetaba en silencio y se colocó al lado del proxeneta, visiblemente descolocado por el giro de los acontecimientos.


– La próxima vez que busques un socio para invertir en bolsa exígele un certificado de salud mental.

–Si te digo que prefiero los problemas con los clientes de mis chicas... –siseó Leroy –Al menos esos puedo solucionarlos con una paliza o un tiro en la sien.

–¡Ah, el delicado equilibrio entre la venganza personal y las leyes...! –dijo con tono leve.

–¡Ah...! –se burló el chulo sin pizca de humor.

–Déjame hablar con ese pobre diablo –sugirió el viejo.


Airo renqueó hasta el hombre acorralado y lo saludó con una leve reverencia, a la vieja usanza de su país natal. Con un gesto de la cabeza pidió a Iroqu que se retirara un par de metros. El único movimiento de Smith fueron sus ojos nerviosos, del viejo al guardaespaldas.


–Veo que eres un hombre con honor, y eso me gusta –dijo Airo –. En mi país, un hombre elige antes la muerte que al deshonor, así que si deseas quitarte la vida, adelante.


Smith lo miró incrédulo y Leroy alzó una ceja; pero contuvo su exclamación en el interior de su boca con muy buen juicio.


–¿No... no vas a detenerme?

–¡No! Sería cruel impedir que alguien se librara del deshonor por este camino. La sangre lava el pecado.

–Pero...

–Si quieres, gustosamente te asistiría en un suicidio ritual.

–¿Un qué?

–En mi nación el suicido es un ritual sagrado. Un hombre, arrodillado en el suelo, expresa las razones que le llevan a darse muerte y se corta el vientre de izquierda a derecha con un cuchillo. A su espalda, un hombre de confianza le corta de cabeza –Smith casi se desmayó al escuchar eso –. Este no es el lugar idóneo ni poseemos las armas adecuadas; pero igualmente me gustaría ayudar.


La cara del hombre gris, que inconscientemente había alejado el arma homicida de su cuello, era de incredulidad total. Esperaba que sus secuestradores, por evitarse problemas con la justicia, le dejarían huir ante las amenazas... ¡Y ahora un viejo de Wutai le instaba a suicidarse!

Tragó saliva y habló con dificultad, entre murmullos.


–... la deuda... –el resto de la frase se perdió entre balbuceos.

–Tranquilo, nos la cobraremos igualmente. Una vez haya terminado el ritual examinaremos tu cadáver para sacar una copia de tus huellas dactilares. Quizás por seguridad también deberíamos sacar una copia de las huellas de los pies y un escáner de retina. Tengo un amigo forense que me debe un par de favores. ¡Ah, y no debemos olvidarnos de conseguir algunas muestras de ADN, por lo que pueda pasar! Después entraremos en tu casa y buscaremos los documentos necesarios para hacernos pasar por ti: firmas, partida de nacimiento, documento de identidad...

–¿¡Pero que mierda...!? – Smith no se lo podía creer.


Leroy sonreía visiblemente ante el teatro que se estaba desarrollando. Airo continuó con la escena.


–Con todo esto estoy seguro que, una vez hayamos eliminado el cuerpo y la escena del crimen, podremos hacernos pasar por ti durante el tiempo que sea necesario. Podríamos, por ejemplo, cometer otros robos y estafas en tu nombre; pero no sería muy honorable. En mi opinión, sería mejor buscar y encontrar tus cómplices y recuperar el dinero.

–¿Qué cómplices?

–Los que dijeron que te sacarían del país por una parte del botín y te traicionaron llevándoselo todo –Smith abrió la boca –. He estado observándote durante más días de los que puedas imaginar, y sé que un tipejo insignificante como tú jamás se cruzaría en el punto de mira de un ladrón. Eres tan vulgar que te confundes con la pared que tienes a tu espalda –la forma en que lo dijo hizo que sonara como un insulto grave –. La única razón por la que alguien te escogería sería porque supiera que tienes ese dinero.


Lo que sea que siseara el hombre gris nunca llegó a entenderse. Airo empezó a alejarse de él, dejándole cierta intimidad para que procediera. Podía comprender, en el caso de que aquel hombre hubiera contemplado verdaderamente la idea de suicidarse, que prefiriera hacerlo en solitario y no con la ayuda de un desconocido. Eran tan diferentes las costumbres en Midgar...


–Gracias por facilitarnos el trabajo y evitar que nos manchemos las manos de sangre –dijo Airo con una nueva reverencia –. Que sea rápido, por favor. Se está haciendo tarde y a este viejo le gustaría irse a dormir.


El único que permaneció al lado del ex socio/ estafador/ suicida fue el guardaespaldas. Leroy y Airo se alejaron hasta un lugar donde no podían oírlos y empezaron a hablar en voz baja.


–¿Crees que va a hacerlo? –preguntó el chulo.

–No. Te ha juzgado mal, Leroy: piensa que eres como él, y en el caso inverso te habría dejado marchar libremente para evitar un escándalo. Es la clase de persona incapaz de infligir daño físico.

–¿Cómo sabías que le robaron sus cómplices?

–¡Oh, no lo sabía! –Airo parecía complacido de su descubrimiento –pero lo deduje. Al principio pensaba que era casualidad que alguien le robara; pero ahora ya no estoy tan seguro. Sabiendo como es y por lo que ha contado, debía confiar en que nadie robaría a un ladrón. Se creía más importante de lo que era. ¡Craso error! Sólo es una rata demasiado cobarde para sobrevivir a cualquier precio.

–Lo que... lo que has comentado antes que podríamos hacer si se matara... ¿es factible?

–Bueno, lo cierto es que sí. A mí también me deben favores, ¿sabes? No eres al único que regalo piedras translúcidas –alzó una ceja canosa con elocuencia

–Tu opción es peligrosa; pero mucho más rápida. Y sobre todo, mucho más rentable si realmente podemos cargarle la culpa esa rata cobarde.

–¿En que estás pensando? –tenía la sospecha pintada en la voz.

–¿No dicen que quien roba al ladrón tiene cien años de perdón?

–Leroy...


Los ojos de su casero brillaban con la misma avaricia que un bandido ante su próximo botín. Mierda, miera, mierda... las cosas estaban tomando un rumbo demasiado siniestro. ¿Realmente habían pasado de querer evitar que se hiciera daño a quitarlo de en medio en tan poco tiempo? ¿Pero en que coño piensa Leroy?, se preguntaba el oriental. O las drogas habían destrozado su percepción de las cosas, o estaba más cerca de la psicopatía de lo que demostraba a simple vista.


El proxeneta se giró, caminando con paso erguido hacía su ex socio, que seguía conmocionado contra la pared. En un gesto demasiado rápido para la vista humana desenfundo su arma y la encañonó en la cabeza del hombre gris. El vidrio resbaló entre sus manos, y antes de que las lágrimas del pánico abandonaran sus ojos la pistola ya se había disparado.


–Esto no supone nada para ti ¿verdad? –acusó el oriental mientras el cuerpo de Smith caía como un títere sin hilos.

–Que conste que esta no era mi intención original; pero las cosas han cambiado. He decidido que nos conviene más pasar al plan B.

–En esta ciudad no todas las vidas valen lo mismo... –murmuró con los dientes apretados.

–¡Vamos, vamos; no hay que ser tan melodramático! Alegra esa cara, viejo; porque si tu plan sale bien te recompensaré como nunca lo habían hecho.

–No quiero tu dinero, no lo necesito.

–Ya lo sé –se acercó a él y le palmeo la cara con la mano derecha. Olía a pólvora –. Pero hay algo que sé que quieres y necesitas. En mi cartera de clientes hay ciertos psicópatas de bata blanca que investigan toxinas, como esa que te dejó lisiado...


Airo notó como un cosquilleo nacía en su esternón y le recorría todo el cuerpo. Aquel tío jugaba fuerte y apostaba alto. Si alguna vez quería montar una partida de ruleta rusa –cosa que dudaba –lo llamaría.


–... nadie mejor que el creador del veneno para descubrir el antídoto –ofreció Leroy –. ¿No sería maravilloso dejar de cojear y de sufrir migrañas? Por no decir que podrías hacerle un favor a Berta, creo que se siente muy sola...


El tono sugerente con el que terminó la frase demostró que estaba mucho mejor enterado de lo que ocurría en su bloque de pisos de lo que aparentaba. Tenía que escoger entre ser un chivato, un testigo mudo o un cómplice del crimen. Airo luchó contra varios sentimientos contradictorios, entre la rabia por la facilidad con la que se mataba un hombre y la esperanza por la tentadora oferta. Leroy lo observaba con el móvil en la mano, esperando a que aceptara y le diera el número del forense. A su espalda Iroqu mantenía todo rastro de emoción lejos del alcance humano, y en el suelo estaba el cadáver del traidor traicionado.


–Dame eso –exigió el oriental con voz grave –yo le llamaré.


Ciertamente, su vida valía más que la del hombre gris.

jueves, 7 de agosto de 2008

130

–... pues me llamo Jennifer, pero puedes llamarme Jenni si te gusta más... Tengo veintiún años, soy pelirroja natural, metro sesenta y tres y muchas pequitas en el pecho, como salpicaduras de chocolate...

Airo exhaló una bocanada de humo por la nariz, sentado sobre la taza del retrete. Desde el cuarto de baño podía escuchar perfectamente a su vecina, al otro lado del tabique, hablando por teléfono. Sólo con la presentación debía haberse embolsado un par de guiles. Ella prosiguió su conversa, describiendo la ropa que –supuestamente –llevaba puesta con voz sensual.


–... una camiseta blanca ajustada, con mucho escote... y una mini falda vaquera muuuy corta. Y una medias de rallas, de esas que se cogen a medio muslo. ¿Zapatos? No cariño, estoy descalza, sentada en la cama, y muy aburrida –esas dos últimas palabras fueron como un puchero.


“Joder...” murmuró Airo mientras observaba el cigarrillo, que se había apagado. El papel estaba ligeramente húmedo y no prendía como es debido. Sacó un mechero, un zippo con publicidad de Shinra rallado que había rescatado de un contenedor, e intentó reavivar el cigarro. En el piso de al lado, Jenni se había empezado a quitar una media lentamente, deslizándola por sus largas piernas.


Siempre había fantaseado con las caras que pondrían los clientes de su vecina si supieran quien se encontraba realmente al otro lado del teléfono. No respondía al nombre de Jennifer, Sharon, Charlize o cualquier otra parodia de estrella de cine; ni era una pelirroja de veintiún años o una mulata de curvas generosas.


La verdad era que sus padres la habían bautizado con el poco comercial nombre de Berta, era rubia y ya había rebasado los cuarenta. Era una mujer normal, quizás tirando a guapa si el maltrato y el alcoholismo no hubieran dejado huella en su cara. Ahora llevaba una media melena corta, mucho más favorecedora que el largo cabello que había lucido durante tantos años sobre la cara, en un vano intento de ocultar las marcas que su marido –ex marido ya, afortunadamente –le dejaba tras las palizas. La entrada en la cuarentena le había regalado cierta obsesión por la juventud perdida, así que era una adicta a toda clase de cosméticos y dietas, aunque Airo seguía insistiendo que con cinco quilos más se vería mejor.


Ahora estaba intentado –intentado era la palabra –rehabilitarse de su adicción, aunque al parecer los doce pasos eran difíciles de seguir; y de vez en cuando Leroy descubría alguna botella de licor escondida en el piso durante su registro mensual. Ella justificaba que era sólo una medida tranquilizante. El saber que el alcohol estaba a mano por si le daba un bajón le hacía sentir menos ansiedad. No era algo fácil de creer, aunque Airo consideraba que las botellas precintadas eran una garantía de que realmente estaba haciendo un esfuerzo.


Leroy era el dueño de aquel viejo edificio en los suburbios del sector 3. De construcción antigua, con pocas plantas y pocos pisos en cada una de ellas, lo mantenía en condiciones mínimamente habitables y con alquileres a precio simbólico para blanquear sus cuentas bancarias. El negocio que llenaba sus arcas trataba sobre algo menos legal que el arrendamiento, pues Leroy era uno de los proxenetas de lujo más conocidos de Midgar, aunque él prefería considerarse “organizador de fiestas para caballeros.”


Además del dueño de su piso, también era el jefe de Berta, a la que tenía en aquel segundo plano del sexo telefónico por considerar que era demasiado mayor para el gusto de sus clientes. Airo, en cambio, la veía como un yogurín, aunque con más de sesenta años a sus espaldas aquello era fácil. Y mientras la escuchaba hablar por teléfono, sobria y con su especial don para la narrativa erótica; imaginaba la realidad de la mujer rubia que estaba sentada cómodamente en su sofá, con una vieja sudadera de su equipo de básquet favorito, con unos pantaloncitos de estar por casa que eran la mínima expresión de esa prenda, y calcetines gruesos de color chillón para cubrir esos pies con tendencia a enfriarse. A él esta imagen también le resultaba sexy, más incluso que la fantasía telefónica que relataba para el capullo que estaba pajeándose al otro lado de la línea.


Airo inspiró fuertemente el cigarro, intentado evitar que se apagara otra vez, sentado en la soledad de su minúsculo y oscuro baño. Más de una y más de dos veces había fantaseado con la idea de tener menos edad y más salud para intentar flirtear con su vecina. Pese a los cánones de belleza de Wutai, a él le resultaba atractiva en muchos aspectos. No iba a hablar de amor, pues consideraba que el mundo lo había curtido hasta que ser incapaz de experimentar tal sentimiento; pero celaba su compañía. Como amiga y confidente y quizás –si estuviera en mejor forma– como amante; pero el tiempo de establecer lazos emocionales ya le había pasado de largo. “Ni los quiero ni los necesito”, se decía a sí mismo; y más que el consuelo de un hombre mayor era una verdad tácita, lo cual a veces resultaba peor que la autocompasión.


La sinfonía de gemidos del piso contiguo le hizo saber que la conversa había llegado al punto donde se justificaban los 1,25 guiles más IVA que costaba el minuto de llamada. Aunque no se consideraba un entendido en el tema, creía que Berta no lo hacía nada mal. Quizás demasiado aire en todos aquellos sonidos, pero había entusiasmo y eso se agradecía. Pensó en el cliente, la única persona que debía estar disfrutando de un verdadero placer, y maldijo internamente la guerra que le había robado la salud. Todo el caos de nervios mal conectados se unió a la protesta en forma de dolor articular y un mareo que lo sumió en la oscuridad durante unos segundos.


Se le escapó un jadeo ronco mientras se sujetaba la cabeza entre las manos, con el cigarro colgando precariamente de sus labios. Al otro lado del tabique volvía a reinar el silencio: se había perdido la mejor parte. Mientras respiraba profundamente, aun con las palmas de las manos contra las sienes, unos golpes en la pared lo sorprendieron. Airo tensó la espalda como si fuera un adolescente al que hubieran pillado leyendo revistas para mayores.


–¿Estabas escuchando? –preguntó Berta con fingido enfado.

–Casas antiguas, paredes de papel –dijo con voz ronca.

–No estarías haciendo nada... sucio mientras escuchabas, ¿verdad? –preguntó con un susurro alto.

–Sabes que lo haría si pudiera –masculló, masticando el cigarrillo irremediablemente apagado.

–¡Oh vamos, no seas tan duro contigo mismo! –ella nunca había sido completamente consciente de las secuelas que arrastraba –Puede que sólo necesites es más cariño que otros hombres –añadió con tono seductor.


¿Era aquello una proposición o es que aun seguía en modo línea caliente? En ese instante Airo no tenía ganas de descubrirlo. Poniendo voz de interesante, dejó caer un “no es bueno coquetear con hombres de la edad de tu padre” y salió del baño cojeando.


La guerra... la guerra había minado su salud y lo había obligado a huir de su hogar. A veces, cuando miraba por la ventana del piso y veía el cielo artificial de acero y hormigón, recordaba cuando vivía en el valle de Wutai, a tocar de los campos. En las noches de verano la casa se llenaba de insectos de los arrozales, y en otoño entraba alguna libélula despistada y brillante por la ventana. El mundo colapsado bajo la placa que veía a través del vidrio sucio poco tenía que ver con él.


Sus abuelos habían sido campesinos. Sus padres también. Y entre todos ahorraron lo suficiente para que tuviera unos estudios que lo sacaran del campo. Había cursado idiomas y economía, creyendo que le abriría las puertas para negociar en el extranjero. Pero la guerra llegó, sin distinguir solados de civiles, amigos de enemigos.


Airo nunca llegó a pisar un campo de batalla, a sostener un arma entre sus manos; pero la guerra también lo hirió a él en su forma secreta y mezquina. Cuando Wutai ya veía quien perdería esa batalla, lo enviaron para negociar una rendición justa. Era algo tan noble por el país como empuñar un fusil en el frente, la lucha de las palabras. No veía vergüenza en reconocer la derrota si con ello salvaba la vida sus conciudadanos. Su familia, su mujer, sus vecinos estaban orgullosos de él.


Pero los extranjeros pensaban diferente. No se contentaban con ganar, querían masacrar a aquel país del oeste hasta borrarles todo gesto de valor y fuerza que tuvieran. Nunca lo reconocerían, pero cuando Airo cayó enfermo sabía que estaba siendo envenenado. Las negociaciones se abandonaron y él pasó varios meses en tierra de nadie, subsistiendo en el fino límite que separa la vida y la muerte, el latido del silencio.


El cuidado y la dedicación de los suyos le hizo regresar entre los vivos; pero no su salud. Las secuelas del veneno, fuera lo fuera aquella mezcla tóxica, había alterado las conexiones nerviosas de su cuerpo. Los nervios sufrían constantes cortocircuitos, enviando señales erróneas de dolor, hormigueo, entumecimiento y en el peor de los casos, absolutamente nada. El aparato locomotor resultó el más dañado, obligándolo a arrastrar un bastón hasta el fin de sus días.


Airo se comparaba con electrodomésticos a los que se les sale un cable de sitio. A veces uno da un golpe en ellos y los cables hacen contacto en el lugar correcto, haciendo funcionar el aparato. Pero un nuevo golpe descoloca las conexiones y vuelve a estropearse. Así una y otra vez, funcionando de forma intermitente.


El cuerpo de Airo funcionaba de forma intermitente, poniendo algunos días serias trabas para caminar, robándole el equilibrio, haciéndole ver y oír a veces cosas que realmente no estaban, perforando partes blandas de su cráneo en momentos de gran inspiración. Tardó años en aprender a convivir con aquel cuerpo tullido, y su convivencia era regular tirando a mala; pero a su edad se había resignado a que las cosas no iban a cambiar.


Su mujer, en cambio, no pudo soportarlo. Al parecer, no quería malgastar su vida al lado de un hombre que a veces necesitaba ayuda para incorporarse de medio cuerpo, que no podía trabajar de forma regular, al que le costaba cumplir con sus obligaciones conyugales –y no sin dolor–. Un hombre que muy probablemente no le daría hijos, y que no podría mantenerlos en el raro caso de que estos llegaran. Desesperada por su situación, buscó consuelo fuera de casa. Airo no tardó mucho en descubrirla en brazos de otro, con lo cual solicitó el divorcio y puso un océano entre los dos, trasladándose a Midgar.


Ahora estaba más cerca de la tercera que de la mediana edad. Su pelo, batiéndose en vergonzosa retirada sobre su frente, se había vuelto blanco. Su barba espesa ocultaba unas facciones cada vez más chupadas. Los ojos oscuros, circundados de arrugas, debían su forma rasgada ya no tanto a la ascendencia racial como al abuso de drogas. Cheeba eyes, lo había llamado una vez el emo que vivía en la planta superior. La respuesta de Airo había sido un golpe de bastón contra la parte interior de las rodillas, aunque con un cigarro de maría en la boca no parecía el más indicado para ofenderse.


Sacó del cajón una pitillera de latón, escupiendo el cigarro masticado a la basura. No habían ni hojas ni piedras. Siseó un juramento por lo bajo mientras iba a por la chaqueta, arrastrando la pierna por el suelo. No existía cura para era autopista de la información averiada que era su sistema nervioso; pero al menos había encontrado un pequeño refugio sin dolor en las drogas blandas. Sabiendo que algún día el fallo neuronal ordenaría erróneamente a su corazón que dejara de latir, Airo estaba de vuelta de todo, y más aun de los efectos secundarios de las drogas.


Se encasquetó un gorro de lana, intentando ocultar ese híbrido entre entradas y calvicie que no parecía decantarse hacia ninguna parte bajo el hilo de colores. Al igual que toda su ropa, vieja y fea, era comprado de segunda mano. Al menos ahora podía comprarse ropa, porque cuando llegó a Midgar tenía que rapiñarla de los cajones para la mendicidad. Se colgó el bastón del brazo y cogió una bandolera que en sus mejores tiempos había sido de piel cosida a mano, aunque ahora tenía varios refuerzos con hilo fuerte y parches de cuero.


–¡Eh, preciosa! –le gritó a Berta una vez hubo salido al rellano y cerrado la puerta con llave –Si viene Leroy le dices que me he ido al huerto.

–¿Cómo dices? –preguntó ella asomándose a la puerta. Tenía unos auriculares colgados del cuello y vestía tal y como Airo se había imaginado, cambiando la sudadera por un jersey.

–Que me voy al huerto. A repostar. Ya sabes –hizo un gesto de fumar, poniéndose dos dedos sobre los labios.

–Mensaje captado –dijo ella imitando un saludo militar –¡Que te vaya bien la excursión!

–Te traeré un recuerdo –se despidió mientras desaparecía por el hueco de las escaleras.


El huerto, como lo llamaba Airo, eran unas naves industriales abandonadas a las afueras del sector 8. También era la razón por la que, sin tener ningún trabajo renumerado, ni jubilación anticipada ni pensión de minusvalía, podía ganar lo mínimo para mantenerse. No sabría que dirían sus padres y abuelos si descubrieran que, a pesar del esfuerzo para darle unos estudios, Airo subsistía cultivando la tierra. Concretamente, adormidera, coca y marihuana.


Era para él un orgullo extraño formar parte del escalafón originario y también más desconocido del universo de las drogas. La mayoría de los pijos de la placa que pagaban sesenta o setenta guiles por un gramo de cocaína no sabían que procedía de un arbusto aparentemente inofensivo. Había mucho kumba que llevaba hojas de marihuana impresas en su ropa; pero desconocían lo duro que era cultivarla. Y en cuanto al opio, prácticamente nadie sabía que la adormidera, su fuente, era una planta de flores blancas.


Además, Airo conocía otras propiedades de las plantas más allá de la sintetización de substancias ilegales. Las hojas de coca se masticaban para soportar las condiciones meteorológicas adversas. La infusión de opio servía para ayudar a dormir a los niños nerviosos. Y fumar maría era recomendable para gente con dolores crónicos como los suyos.


Airo llevaba diez años cultivando en esa especie de invernadero que había creado en aquellas naves. Bajo la placa no existía luz solar, pero había conseguido servirse de la iluminación propia de la fábrica para crear luz artificial suficientemente apta para las plantas. El suelo estaba cubierto por metro y medio de tierra fértil. El sistema de irrigación antiincendios se había trasformado en el riego. Con mucha ironía, Airo había clavado un espantapájaros en el suelo al que llamaba Kazuo; y a lo largo de los años había ido pintando las paredes para que imitaran un cielo estival.


Vistas desde fuera, las naves no parecían anda especial. Tenían puertas de acero cerradas con gruesos candados, y ventanas tapiadas que impedían ver su interior. La gente de los suburbios estaba demasiado acostumbrada al abandono como para interesarse por su interior. Pero por si algún chaval quería cruzar los limites como una prueba de valor; las verjas estaban llenas de alambre de espino, los muros tenían cristales rotos cimentados a las paredes y había una bonita valla electrificada con la alta tensión industrial de la zona. Como cualquier campesino, ganaba miseria por su trabajo en comparación con lo que conseguían los distribuidores de cara al publico. Lo mínimo que podía hacer era proteger la cosecha de los intrusos.


Era duro dedicarse al conreo para alguien de su edad y salud mellada; pero le resultaba gratificante oler la tierra húmeda y sentir el calor del sol artificial. Estaba más cerca de casa, y también más cerca de su refugio personal. De no haber sido por la colaboración de gentes menos honestas que le compraban la cosecha para manipularla en laboratorios y destrozar vidas ajenas con sus ganancias, no podría haber sacado su trocito de campo adelante.


Airo cruzó el límite del sector 7 tan aprisa como le permitían sus miembros. Allí vio a un vagabundo observando completamente embelesado dos materias. Recordó fugazmente sus tiempos de sentarse en las esquinas y estaciones para pedir una moneda, de gritar airado a quienes le lanzaban basura para hacer la gracia, y de pasar miedo y frío por las noches. Ahora parecía que todo eso le había ocurrido a otra persona, que él no tenía nada que compartir con el joven vagabundo. Pasó por su lado, fijándose en sus brazos heridos por otra clase de drogas que no conocía ni quería conocer. El gesto del tío fue aferrar las brillantes esferas con fuerza entre sus brazos, casi soltando un gruñido animal. Airo lanzó una moneda desde la distancia, prefiriendo no acercarse a aquel sujeto con síndrome de abstinencia.


Se internó en lo que quedaba del sector 7, recibiendo un corto espacio en ruinas donde el sol brillaba sobre el suelo mojado. Era raro poder observar las inclemencias del tiempo bajo la placa. Observó el vacío triangular sobre su cabeza, y el cielo le pareció tan falso como el techo sobreelevado que cubría los demás sectores, con sus estrellas eléctricas y sus nubes de hormigón.


Un ruido llamó su atención. Sonaba como si algo hubiera resbalado sobre los escombros. Medio saltando con la ayuda del bastón, Airo cruzó las ruinas hasta lo que quedaba de un edificio. Sus paredes proyectaban sombras sobres los contenedores de runas que Shinra había colocado cuando supuestamente iban a reconstruir el sector 7. Una figura corría descoordinadamente hacía ellos, cargando algo entre brazos de lo que se quería deshacer. Airo se acercó tan sigiloso como le permitía su pierna dolorida.


La figura resultó ser una chica, una adolescente que caminaba con un cojeo extraño. Vestía ropa holgada y descuidada aunque limpia, lo que le hizo pensar que llevaba un tiempo fuera del núcleo familiar y no estaba exactamente capacitada para cuidarse sola. La chica cargaba una bolsa de deporte que, a juzgar por su expresión horrorizada, cargaba algo horrible. Se acercó al contenedor y se puso de puntillas, intentando llegar al borde del enorme receptáculo de runa. Todo eso era demasiado sospechoso, pensó Airo. Se había acercado mucho más de lo prudente, bajo la sombra de los edificios.


–¿Qué haces? –preguntó con su voz curtida tras varios años fumando.


La chica le dirigió una mueca desproporcionada, mezcla de sorpresa y pánico. Tenía la frente perlada de sudor y la camiseta interior, que quedaba a la vista mientras alzaba los brazos, estaba manchada de lo que parecía sangre. Intentó por última vez hacer entrar la bolsa de deporte en el contenedor; empujándola y empezando a correr con pasos raros. No empujó con la fuerza suficiente, con lo la bolsa cayó al suelo con un sonido blando.


Airo, que empezaba a suponer lo que ocurría, siguió a la chica medio saltando sobre la pierna que se encontraba en mejores condiciones. La chica era más joven y rápida, pero estaba cansada y asustada y Airo tenía más experiencia; así que cuando se encontró a una distancia prudencial, le lanzó el bastón a la espalda. La muchacha pronunció un aullido lastimero mientras caía sobre las rodillas, llevándose las manos a la espalda. Llegó hasta ella, notando como le sudaba la cabeza bajo el gorro de lana, y la cogió por la sudadera, obligándola a levantarse.


–Vamos a ver que traías contigo.

–¡¡DejamedejamedejamaDEJAME!! –el alarido histérico chirrió en sus oídos durante unos segundos.

–¡En pie! –exigió tirando más bruscamente

–¡Muérete! –pataleó la chica sin muchas fuerzas a causa del cansancio.

–¡En pie, coño! –esta vez soltó la ropa de la chica para atraparla por el pelo, enmarañado y sucio de sudor.


Ante el dolor en el cuello cabelludo la chica se fue poniendo en pie y no intentó huir. Airo volvía a tener el bastón en una mano y el pelo de la chica en la otra, y su expresión dura mostraba que no iba a tolerar ninguna chiquillada. Se acercaron de nuevo al pie del contenedor, junto a la bolsa de deporte.


–Ábrela –ordenó él. La joven se retorció las manos nerviosa, murmurando algo –¡Qué la abras, joder!


La chica siguió tirándose de los dedos, haciéndolos crujir, mientras el murmullo crecía en volumen. Airo, que nunca había sido un ejemplo de paciencia, tiró hacia abajo de la chica, haciendo que trastabillar contra el suelo. Se agachó a su lado, frente a la bolsa, y antes de que ella pudiera ver como tiraba de la cremallera, esta ya estaba abierta.


–Eres una puta, ¿lo sabías? –siseó con voz siniestra.


Dentro de la bolsa, oscurecida y pegajosa por la sangre, había un niño recién nacido. Tenía la piel de color morado y la cabeza deformada, y estaba demasiado quieto. Alguien había intentado cortarle el cordón umbilical usando unos cordones de bambas para detener la hemorragia; pero lo había hecho tan mal que la criatura se había desangrado. Airo ni siquiera intentó reanimarlo, ya estaba muerto.


–Con este ya es el sexto crío al que veo que abandonan en un contenedor desde que llegué a esta cloaca. Normalmente los encuentro vivos; pero los pobres están tan mal después de horas entre basura y a la intemperie que mueren al poco. Veo que tú has decidido ahorrarle el sufrimiento.

–¡Ha sido un accidente! –gritó completamente histérica.

–Dile al padre, si es que sabes quien es, que es un idiota –explicó mientras tiraba del extremo del fallido torniquete –. Ni siquiera sabe atarse los cordones.

–No había nadie, estaba sola –soltó con una mezcla rara de pena y orgullo.

–¡Uh, que valiente, tú sola...! –se cachondeó –Más valiente habrías sido si no lo hubieras tenido nunca, o si lo hubieras dado en adopción. Más valiente habrías sido si hubieras aceptado las consecuencias de abrirte de piernas y lo hubieras cuidado.

–¡¡HASIDOUNACCIDENTE!! –quizás fuera causa del trauma o de alguna substancia externa; pero su forma de hablar indicaba que no estaba en total posesión de sus facultades.

–Lo que más me jode es que por no saber, no sabes ni reciclar siquiera –espetó Airo mientras cogía la bolsa con su contenido y se la ponía en brazos a la chica contra su voluntad –. Esto va en el contenedor de la orgánica.


Airo se incorporó mientras observaba a la chica soltar el bulto como si de algún bicho repugnante se tratara, para inmediatamente frotarse los brazos como si quisiera quitarse la suciedad. Aquella muchacha, totalmente fuera de control, le resultaba tan nauseabunda como ella encontraba al cadáver de su hijo.


Esta es la gente que arrasó Wutai, pensó con ira, masticándola como si fuera una hoja de coca. Esta gente miserable, irresponsable, asesina, que trata a los suyos como si fueran basura. A su memoria llegaron los cuerpos lanzados a los contenedores que había encontrado cuando hurgaba en busca de comida, los cadáveres abandonados en los callejones, el olor a descomposición y a sangre coagulada... Midgar era repugnante, la ciudad y la gente que vivía en ella. No tenía honor, ni valores, ni respeto por sus semejantes.


Midgar era una basura.


Dio un golpe con el bastón contra el contenedor, arrancando una nota grave como un gong. La muchacha lo miró por el rabillo del ojo, aun frotándose los brazos. Airo levantó el bastón por encima de su cabeza, observando a la chica con desprecio.


–Esto es lo que deberían haber hecho tus padres cuando tuvieron la oportunidad. Así las cosas habrían sido diferentes.


Midgar es una basura.


Cuando horas más tarde llegó a casa, Berta le preguntó por su excursión hasta el huerto. Airo se limitó a mirarla con gesto cansado, sin dar respuesta alguna, y se metió en la oscuridad de su hogar. Había regresado con las manos vacías –de hecho, ni siquiera había llegado al sector 8 –y ahora que necesitaba olvidar no tenía las substancias que deseaba. Como ultimo recurso, rescató una botella de un whisky horrible de la despensa. Tomó un trago rápido, sin paladear, para que sólo quemara en el estómago y no en la garganta.


Midgar es repugnante, la ciudad y la gente que vive en ella.


Él también vivía en Midgar, así que también era repugnante. Pero al menos, pensó mientras se miraba las machas de sangre en el jersey con la vista desenfocada, él lanzaba la basura orgánica en el contenedor correspondiente.