Volutas de humo turquesa se elevaron con elegancia y refinamiento. Las ondas parecían rizarse unas sobre otras sin control aparente pero en perfecta armonía. En realidad llamarlo “humo” era incorrecto, pero no sabría como definirlo; le recordaba a los dibujos que formaba un tinte al caer al agua. Pero no había agua aquí. No había nada.
La oscuridad infinita.
El silencio.
La nada.
Y sin embargo todo.
En algún momento, no sabía si hacía mucho o poco, ni siquiera cuándo, porque el concepto de tiempo no existía, vio el reflejo de una luz titilando, ni cerca ni lejos, porque el concepto de distancia era difuso, quizá también inexistente. No tenia consciencia de haber visto nunca una luz en aquel mar de oscuridad, pero tan pronto como se dio cuenta de la existencia de aquella comenzó a ver el resto, a su alrededor, en todas partes, siempre habían estado allí, ¿Por qué no las había visto antes? Era como cerrar los ojos, al principio solo ves oscuridad, luego empiezas a ver pequeños puntos luminosos. Se sintió, o creyó sentirse, desconcertado por su propia obcecación.
Y así como empezó a ver las corrientes de humo o líquido turquesa, comenzó a oír un murmullo que creció y le ensordecía. Era una sensación extraña. El sonido parecía no entrar por sus oídos sino retumbar directamente en su mente, lo sentía.
En algún momento dado, sin saber cuándo ni cómo, aprendió a comprender el incesante galimatías auditivo y supo que eran voces, miles o millones de ellas. Susurros, gritos, risas, llanto. No lograba captar ninguna palabra en concreto, pero sabía con qué intención se pronunciaban algunos que aquellos ecos.
Escuchó un sonido cristalino, como el de una campanilla de viento. Al oírla supo, de algún modo, que hacía mucho aquella campanilla resonaba, pero, una vez, más, no se había dado cuenta de ello.
A su alrededor las pequeñas luces flotaban armónicamente, solo una de ellas no se movía. La miró fijamente, era lo único en aquel basto imperio de luces que parecía inmóvil. La luz se resquebrajó, de su interior nació una nueva luz, más brillante, más blanca, más hermosa. Plumas de luz, ojos turquesas. La pequeña ave salió de su cascarón y alzó el vuelo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que vio la luz inmóvil? Pudo haber sido hacía instantes, o pudieron pasar eternidades.
Sintió que debía seguir el rastro de plumas que el pájaro dejaba tras de sí, plumas que se desintegraban formando nuevas pequeñas luces titilantes. Alas de mariposa. ¿Cómo? ¿Cuándo? El ave se transformó en una bella mariposa blanca... y desapareció. Como si nunca hubiera existido.
¿De verdad hubo alguna vez una luz inmóvil? ¿Un pájaro de luz? ¿De verdad existían aquellas luces y aquel humo turquesa? ¿Aquellas voces?
La campana resonó más fuerte que la última vez. Sonaba como agua de cristal. Veía el sonido, creando ondas de azul irisado y turquesa que se prolongaban hasta alcanzarle. Vio la una luz cayendo, resonando con un eco impoluto, rompiendo las voces que se afanaban por hacerse audibles. Vio el pájaro de luz sobre una rama blanca de hojas de agua. Vio hierba turquesa y un río de campanas de viento.
La luz le cegó. ¿De dónde venía? Caía sobre él como rayos de oro, platino y púrpura y pequeñas luciérnagas blancas revoloteaban a su alrededor.
Se volvió. No había oscuridad. ¿Dónde estaba? ¿Había habido oscuridad alguna vez? Miró al pájaro, como si su presencia fuera a darle respuestas a preguntas que quizá nunca se había formulado. El ave ya no era ave si no ciervo, pero sabía que era la misma entidad. El venado bebía del río. Su cornamenta no tenía fin sino que se disolvía eternamente como el humo.
Finalmente el animal lo encaró, con sus ojos de luna. Se acercó con aire majestuoso, sus pasos sonaban como arpas. Pasó a su lado. Supo que no debía volverse a mirarlo, supo que si lo hacía volvería la oscuridad. Se quedó erguido mirando al frente, al árbol blanco de hojas de agua. Y el ciervo de desvaneció. Como si nunca hubiera estado allí ni hubiera existido.
Sintió dolor. Un dolor agudo que recorría todo su ser. Cerró los ojos pero el jardín, la luz y el río, seguían allí, inalterables, eternos.
- ¿Estás bien?
¿Qué era aquello? ¿Palabras?. ¿Era eso posible?
Abrió los ojos, pese a lo absurdo que le resultaba a sabiendas de que podía ver con ellos cerrados. Sin embargo sus pupilas encontraron una sorpresa de forma femenina cuando sus párpados se alzaron.
Un ángel de cabello de oro y ojos grises le observaban con ternura. Apoyaba su mano sobre él. Su tacto, era cálido y suave, como un rayo de sol. No tenía alas. No las necesitaba. El amor y la paz eran aquella sonrisa en sus labios rosados.
- ¿Eres Dios? - preguntó. No oyó su propia voz, pero sabía que había hablado.
La chica soltó una carcajada cristalina, sin acritud ni burla.
- Yo soy yo. El significado lo pones tú.
Volvió a mirar a su alrededor, el jardín había crecido, cambiado. El ángel se sentaba sobre una antigua columna derruida sobre la que la hiedra había crecido. Sólo quedaba en pie el arco de lo que otrora fuera la fachada de un templo, también cubierto por la vegetación. La luz caía tamizada por los numerosos sauces que escoltaban el transcurso del río. Multitud de flores habían crecido por doquier. No había fin. Y aunque no pudiera verla, sabía que la oscuridad estaba a tan solo unos pasos. Siempre detrás suyo. Siempre esperando. Siempre.
- Te he visto antes – seguía sin oír su propia voz.
- ¿Ah, sí? - el ángel ladeó la cabeza ligeramente, curiosa.
- Te vi caminar desorientada, siguiendo las luciérnagas. Al principio estabas asustada y confusa. - Hizo una pausa para comprobar la expresión de la chica, que conservaba la serena sonrisa. Y se dio cuenta.
¿Recordaba? Sí, claro que sí. Había tantas cosas que había visto y oído en aquel mar de oscuridad... y sin embargo la soledad, el no tener a otro ser a tu lado a quien contárselo, le había hecho olvidar. Pero los recuerdos venían a él en el mismo momento en el que los pronunciaba. Decidió seguir hablando, ¿Qué más recordaría?
-Volví a verte, no sé cuanto después. Tu cabello rubio, tus ojos azules. Esta vez eras decidida, sabías tu camino y cruzaste la oscuridad con seguridad. Había una anciana en una cama, te sentaste a su lado, un cuervo reposaba en tu hombro. No escuché tus palabras, pero sentí la paz de la mujer cuando siguió al ciervo blanco.
- ¿Piensas que era yo?
- ¿Cuántas personas hay aquí?
La chica se abrazó las rodillas, con gesto infantil.
- Tantas como luces. Todas esas pequeñas luces son universos en sí mismos. Como tú. Pero no todas saben que están aquí. Otras vienen a menudo.
- No te entiendo.
- ¿Quién eres? - preguntó el ángel, sin pararse a dar más explicaciones sobre sus propias palabras.
Iba a contestar automáticamente pero no pudo. ¿Quién era? ¿Cómo había llegado aquí? ¿Era esto la verdadera existencia?
Observó los ojos grises con desesperación. ¿Cómo era posible no poder responder a aquella sencilla pregunta? Se sintió abatido, tanto tiempo vagando para descubrir que había perdido por completo su concepto de sí mismo en aquella inconmensurable oscuridad.
Contempló como la hiedra que crecía sobre la columna que servía de asiento a la muchacha crecía rápidamente, enroscándose en los pies de éste, y florecían pétalos de agua sobre ella, que no tardaron mucho en dejarse arrastrar por la brisa púrpura. Al mirar de nuevo el jardín vio que la vegetación había crecido mucho. Las ramas de los sauces rozaban las aguas de cristal del río. El arco apenas era visible bajo su manto de hiedra. Pero ella, el ángel, permanecía inalterable.
- ¿Cuanto tiempo ha pasado? - preguntó, alarmado.
- El tiempo no es soberano de aquellos que desconocen su concepto - soltó una risita enigmática - ¿Quién eres? - volvió a preguntar – Háblame de ti. ¿Dónde naciste? ¿Cómo eran tus padres?
- Nací en Kalm – respondió de forma automática, y de la misma forma la imagen de su ciudad natal vino a su mente. Los tejados azules, al vieja muralla, la fiesta de verano con los farolillos decorando las calles de piedra. - Mi madre era ama de casa. Tenía las manos pequeñas y siempre olían a productos de limpieza, pero eran suaves y cálidas. Le gustaba cocinar. Mi padre era pescador. Se pasaba semanas fuera, en los mares del norte. A veces me traía peces raros que había capturado.
- ¿Eran bonitos?
Soltó una carcajada, y por fin pudo oír su propia voz.
- Eran horrorosos, pero a mí me encantaba verlos y enseñárselos a mis amigos.
- ¿Tenías algún sueño? - la muchacha apoyó la cabeza sobre las rodillas, observándolo con curiosidad, mostraba una sonrisa misteriosa, para nada temible, pero que no supo interpretar.
- Quería venir a Midgar para ser SOLDADO.
- ¿Y lo conseguiste?
- Sí. 1ª Clase, pero no lo disfrute demasiado tiempo.
- ¿Por qué?
- Porque...
"Porque... he muerto".
Una horrible sensación punzante le invadió al recordar por fin. Todo. Todo volvió a su mente de forma atropellada. Pero si estaba muerto, ¿Por qué podía sentir? ¿Qué clase de mundo era este en el que el dolor te acompañaba aún después de morir?
Se levantó y corrió por el jardín, buscando desesperadamente la oscuridad, al menos allí volvería a estar solo y a vagar sin sentir, ni ver, ni oir y llegaría a olvidar, tal como había olvidado una vez.
Le dolía el brazo terriblemente, notaba como el dolor se expandía como el fuego por todo su cuerpo, y miles de agujas se clavaban en su carne sangrante.
- No puedes volver. Te has despertado – le dijo el ángel. Su sonrisa era más fría y su mirada más triste.
- ¿Qué?
- No dejes que te domine. No dejes que tenga el control. Será doloroso y será duro. Eres más fuerte. No pierdas.
¿Quién había dicho algo así antes? No lograba recordarlo, pero esas palabras que en aquella ocasión habían sido esperanzadoras ahora sonaban como un terrible augurio.
- Gracias. Sea lo que sea lo que pase. Gracias. Por favor, recuerda mi nombre...
Gritó a la luz que había empezado a inundar el jardín. Un ruido terrible le impedía oírse a sí mismo pero supo que ella le había escuchado cuando la vio asentir al otro lado de la rivera.
Algo tiraba de él, como un huracán. Ya no veía el jardín, ni el río, ni la luz, ni siquiera la oscuridad. Creyó que se le iban a romper lo huesos por la presión.
Y cesó.
Sentía un ligero resquemor en el brazo. Podía oír un pitido regular y otro, más leve, irregular. Tenía los ojos cerrados. Sentía el cuerpo muy pesado.
- ¿Qué es todo ese barullo? - oyó una voz de hombre acompañada de unos pasos.
- Turk tiene nuevos reclutas y parece que el sargento les está poniendo al hilo – otro respondió.
Olía a hospital y a colonia barata. ¿Dónde coño estaba ahora?
- ¿Esos pintamonas que había esta mañana en el vestíbulo eran reclutas? Shin-Ra está de capa caída. ¿Qué será lo próximo? ¿Zeck Afro, SOLDADO de 1ª?
- ¿Quién es Zeck Afro?
- Bah, uno de esos que le gusta a mi hija, la mayor. Me tiene aburrido con sus pósters y sus canciones.
- Oye... ¿qué le pasa al gráfico?
Ambos hombres callaron unos instantes y de súbito se acercaron corriendo. Sintió una sensación fría sobre el pecho. Por fin reunió fuerzas suficientes para poder abrir los párpados. A penas había empezado a moverlos cuando uno de aquellos tipos se lanzó a examinarle los ojos con una linterna.
- Llama al Dr. Wolfe. ¡Ya!
- ¿Se ha despertado?
- ¡Sí! ¡Llámalo de una maldita vez!
Vio, como pudo, a un hombre con una bata blanca lanzándose a por un teléfono en la oficina, unos metros más allá de dónde él se encontraba. El otro seguía examinándole, con expresión sorprendida.
- Me duele el brazo – consiguió pronunciarse al fin. Al mirar su miembro vio una enorme aguja clavada en la flexura del codo. Con razón le dolía, joder.
- Te inyectaré unos calmantes – se ofreció el médico, quien se movió inexplicablemente rápido a buscar una jeringa.
- No quiero calmantes, quítame eso de ahí.
- Bueno, aún no... - el tipo parecía al borde de un ataque de pánico. Todo el tiempo desde que había venido a reconocerlo se había mostrado tenso. ¿qué pasaba?
La puerta metálica se abrió y un hombre de mediana edad entró en la sala. Exhibía una cautelosa sonrisa cortada por una cicatriz mal encubierta por una perilla.
- Buenos días, cabelleros – saludó. Dio una palmada al médico que le había atendido, quien entendió aquello como un permiso para largarse a cinco metros – Ahora mismo te quito esto del brazo.
El tipo nuevo parecía muy cómodo y se desenvolvía con premura y habilidad. Aflojó las correas que ceñían sus muñecas y pies. Ni siquiera había reparado en ellas.
- ¿Cómo te sientes?
- Como si hubiera despertado de un mal sueño – se acarició las muñecas, dándose cuenta por la intensidad de las marcas que las correas habían estado allí mucho tiempo.
- No me extraña, amigo -río levemente, con una broma que sólo él entendía- ¿Recuerdas algo?
- Absolutamente nada.
- Tu nombre, edad, rango...
- No.
- Comprendo - hizo una pausa para acariciar la cicatriz que cortaba su rostro- ¿Quieres comer algo? ¿Un café? ¿Té? ¿...Cerveza?
- Ni siquiera sé si me gusta nada de lo que me has dicho, pero necesito beber algo.
El tipo de la cicatriz sonrió, y se acercó a él con camaradería, apoyando la mano en su hombro.
- Vamos, pues. Te daremos una habitación. Dúchate, ponte algo de ropa y luego reúnete conmigo. Te explicaré como están las cosas mientras nos comemos unos donuts.
Una habitación blanca, recta, espartana. Le resultaba familiar. Era todo marcial, y estaba cómodo en esa estancia. No necesitaba más. El nombre de Shin-Ra estaba en todas partes, incluso en su propio cuerpo.
Tras la ducha se miró fijamente en el espejo. Un tipo de pelo castaño le devolvía la mirada azul oscuro, en las pupilas brillaba un fulgor turquesa. Turquesa. Le había recordado algo, pero no sabía qué. No se acordaba de nada, estaba totalmente en blanco. Ni qué hacía en aquella especie de hospital, ni qué había sido de su vida antes de despertarse atado en aquel camastro con esa aguja para chocobos clavada en el brazo.
Solo una imagen pervivía en el fondo de su retina: un ángel de cabello rubio, ojos grises y serena sonrisa. No sabía quién era, ni cuando la había conocido, ni siquiera si era real. Pero recordarla le hacía sentir como si una corriente eléctrica le atravesara el cuerpo. Ojalá pudiera volver a verla...
… pero antes debía ponerse al día con el tal Dr. Connor Wolfe y recibir unas cuantas explicaciones, como, por ejemplo, qué cojones era eso de de “Balance #03” tatuado bajo su clavícula izquierda.
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martes, 23 de junio de 2009
miércoles, 25 de marzo de 2009
martes, 10 de febrero de 2009
157.
Decenas de conversaciones se fundían en los vestuarios de la planta de Turk, en el Edificio Shin-Ra. Algunos hablaban de lo que iban a hacer esa noche, otros tan sólo tenían ganas de volver a casa a tirarse a la bartola. Y otros se preparaban para quedarse un rato más en las instalaciones.
Yvette acababa de anudarse la coleta alta, cerró la taquilla y se ajustó los protectores de los nudillos.
El chiquillo del peinado estrafalario y las lentillas azul eléctrico pasó a su lado al tiempo que ella se volvía.
- ¿No te vas? – le preguntó, levantando la vista de su PDA.
- No, voy a entrenar un rato con el viejo caracortada.
- Suerte entonces – el chico sonrío – Nos vemos mañana.
- Sayonara, Mashi.
Yvette palmeó el hombro del proyecto de canario antes de avanzar por el pasillo hasta llegar al gimnasio. En la sala sólo había una pareja que ya estaba recogiendo los bártulos y Jonás Kurtz, calentando al otro lado.
Se despidió con un gesto de cabeza de los otros compañeros y caminó a la esquina donde el veterano rotaba las muñecas.
- Más te vale que estés preparado porque te voy a machacar, nenaza – amenazó ella, bravucona.
- ¿Has tenido un mal día o es que buscas revancha por la paliza que te di el otro día? – Kurtz sonrío con aquella mueca extraña que deformaba sus cicatrices, sabía que eso siempre perturbaba a sus oponentes.
- Llevo con un mal día desde hace… yo qué sé, semanas – Yvette empezó a calentar, trazando círculos con la cabeza.
- Creía que la regla sólo duraba tres o cuatro días.
- Anda que no eres gilipollas ni nada – la rubia sonreía aunque su mirada parecía amenazadora
- ¿Entonces? – Kurtz dejó de calentar y se puso en guardia.
- Por culpa del idiota de tu amigo estoy que exploto – Yvette dio unos pasos de lado, buscando algún punto por dónde empezar el ataque.
- ¿Qué te ha dicho? – Jonás sonrió.
- ¡Ese es el puto problema! ¡No me ha dicho nada en semanas!– la rubia lanzó un gancho de derecha aunque al veterano no le costó demasiado esquivarlo – O sea que al final me he zurrado tanto la badana que los adolescentes pajilleros a mi lado son unas nenazas. Le envié un mensaje esta madrugada y como no me responda antes de terminar el día lo mando a tomar por el culo. Estoy tan cargada de hormonas que me follaría cualquier cosa.
Kurtz esquivó otro derechazo, esta vez agarrando el brazo y lanzando a Yvette al otro lado de la sala. Ella se volvió unos metros más allá para observar en el rostro de su maestro una cómica pero amarga expresión, con los ojos muy abiertos y la boca torcida en una mueca acusadora.
- ¿Perdona? – dijo él – Y yo qué, ¿eh? ¡Lo mío sí que es para llorar y no me oirás quejarme, ninfómana del carajo!
Yvette se llevó las manos a la boca al caer en la cuenta.
-¡Hostia, perdona! ¡No me acordaba, lo siento!
- Hay que joderse con la follodependiente esta – Jonás volvió a ponerse en posición, haciendo un gesto a la rubia para que atacase.
Ella adoptó una postura de ataque y se acercó con cautela.
- Pero tienes que reconocerme que a mi edad es normal.
- No creo que nada en ti sea normal.
Yvette lanzó un revés que fue bloqueado y acto seguido giro el tronco por debajo del brazo en alto para tratar de hincar el codo del otro en la nuez de Kurtz, aunque no esperó el golpe en la parte anterior de las rodillas que la desestabilizó, trastabillando hacia delante aunque sin llegar a caer ya que Scar hizo presa de su brazo derecho y lo retorció. Recuperado el equilibrio Yvette lanzó una patada hacia atrás sin llegar a impactar ya que fue capturado por la otra mano del turco.
- ¿Y ahora qué? – Jonás se sonrió ante la extraña postura de la chica en esos momentos, si se le ocurría dar otra patada él podría soltarla y caería de bruces, y con el otro brazo no tendría fuerza suficiente para liberarse.
Yvette gruñó, frustrada, se sacudió desesperadamente hasta que Scar accedió a soltarla, a penas recuperó sus miembros se volvió y le lanzó una patada baja que consiguió alcanzarle en la espinilla, a veces las acciones infantiles eran las que mejor funcionaban.
- ¡Por idiota! – le gritó ella, retrocediendo enseguida.
- Serás perra…
Kurtz parecía más violento en sus envites, sin duda buscaba venganza por aquella bajeza contra su espinilla. Yvette se aprovechaba de su estatura y su agilidad para esquivar a la iracunda mole. Recibió un par de golpes que logró bloquear con más o menos éxito.
En un momento dado Scar se abalanzó contra ella, los fuertes pasos retumbaron en la sala, extendiendo un sentimiento de alarma en la rubia. Ella se preparó, encogiéndose y adelantando un hombro para reducir el impacto aunque éste fue tal que logró arrancarla del sitio. Recuperó enseguida la postura defensiva aunque Jonás no volvió a embestir, en su lugar agarró una de sus muñecas y trató de separarla del torso de ella, Yvette se resistió pero finalmente el veterano se hizo con ella y ahora se lanzaba a por la otra haciendo que la rubia abriese los brazos de lado a lado, ella lanzó un cabezazo contra la mandíbula de Scar, mientras hacía fuerza con las piernas hacia abajo para liberarse. Kurtz devolvió el mismo golpe y causa de su movimiento hacia delante y la presión de ella hacia abajo acabaron en el suelo. Yvette fue lo suficientemente rápida para encoger las piernas sobre su pecho y tratar de hacer palanca para quitarse de encima al veterano. Él apoyó una rodilla en el suelo y puso la otra sobre las piernas de ella, oprimiéndole el pecho con el peso de ambos. Con un brazo a cada lado y las piernas inmovilizadas la turca se sintió atrapada y se convulsionó logrando únicamente cansarse más.
Jonás acercó el rostro al de su prisionera, para jactarse de su victoria. Ella jadeaba, sus pulmones estaban tan oprimidos que apenas podía respirar.
- Te tengo dominada, ¿qué piensas hacer aho... – una perla de sudor se desprendió de su frente y rodó por la mejilla de ella.
Yvette sonrió. Kurtz se dio cuenta demasiado tarde de lo comprometido de sus palabras en aquel contexto y con el recuerdo de su conversación anterior aún golpeándole en el fondo del hipotálamo.
Deshizo el agarre y se levantó, ni demasiado lento ni demasiado apresurado, tratando de restar importancia a ese momento. Le echó una mano a su pupila, que miraba distraída hacia otro lado.
- ¿Qué tal una ducha y a casa?
- ¿A la tuya o a la mía? – dijo ella, socarrona, recibiendo una colleja por respuesta.
La ducha había sido fría y larga. Si tuviera polla se le habría más puesto más dura que una barra de pan de dos semanas. La verdad es que, y aún pareciéndole un tío atractivo, nunca se había planteado a Kurtz como una posibilidad pero si hubiera estado un segundo más en esa posición la cosa habría acabado en más que una ducha.
Se vistió con la ropa de trabajo y echó un vistazo al PHS, una vaga esperanza le llevaba a hacerlo pero en el fondo sabía que no habría nada… y hoy, para variar, se equivocó.
“Tengo libre la noche del jueves”
Tan escueto como él mismo.
Habían pasado los días e Yvette podía sentir como la tensión crecía en su interior. Sus compañeros de trabajo podrían decir que pese a verla más sonriente había crecido en susceptibilidad.
El jueves por la noche se encontró a sí misma esperando en una plaza del Sector 6 apoyada en su coche. No le gustaba ser la primera en llegar, y no se iba a admitir a sí misma que el motivo de que hoy hiciese una excepción era la impaciencia.
Eran las diez y media de la noche pero no se sentía insegura pese a encontrarse en uno de los Sectores más bajos de Midgar, nadie con dos pipas bien visibles lo estaría, y pese a que dos tipos de mala pinta la miraban desde el otro lado de la calle no se atrevían a acercarse: había dejado la placa de Turk a la vista sobre el salpicadero. Yvette era osada pero no idiota.
Obedeciendo a sus hormonas había decidido vestirse para poner el mundo a sus pies: minifalda de cuadros rojos, medias de látex negro de un corte original que recordaban a la silueta de los ligueros, botas de correas de tacón alto y para esa noche había elegido una ceñida cazadora de charol negro con múltiples cremalleras y zurcidos; su arma secreta se escondía bajo ella.
Recorrió con la mirada la destartalada plaza, zapateando en el suelo. La gente iba y venía de un lado a otro, algunos chiquillos fantasearon en voz alta con su despampanante figura. Ella clavó la mirada en un tío al que parecían haber pegado la paliza de su vida, con el brazo en cabestrillo y que avanzaba arrastrando los pies y rostro contraído, como si hubiese visto un fantasma.
Finalmente su cita se dignó a aparecer, cruzando la calle con paso ágil.
- ¿Llego tarde? – preguntó a un par de metros de la rubia.
- Nah… tengo el reloj adelantado – mintió ella.
Yvette recibió al chico con dos besos. Pudo captar el aroma a menta en su cabello y por un momento deseó que él hubiera sentido el mismo chispazo en la nuca al oler su perfume de flor salvaje de Nibel.
Se echó hacia atrás para echar un vistazo rápido a su acompañante, sorprendiéndose de que lo único que parecía distinto en él con respecto a su primer encuentro era que vestía camisa en lugar de nicky.
- No es que te mates eligiendo la ropa, ¿eh? – rió ella.
- ¿Es que eso importa? - aunque Paris amagó una sonrisa, Yvette notó cierta frialdad en sus palabras - ¿Las pistolas son parte de tu conjunto?
- ¿Te gustan? Si quieres podemos jugar con ellas – la rubia se arrepintió enseguida de esas palabras, estaba demasiado acostumbrada a jugar en su terreno. Para su sorpresa el chico se limitó a sonreír, descolocándola y dejándola sin saber cómo reaccionar.
- ¿Algún plan?
Una nota de frustración se coló en el ánimo de Yvette, que notaba cómo una vez más parecía que el chaval estuviera allí por obligación. Decidió darle el beneplácito de la duda y creer que sólo se trataba de inseguridad inicial.
- Trabajas en un bar ¿no? ¿Qué tal si tomamos allí la primera copa?
- No creo que sea de tu agrado.
- No me menosprecies, soy muy adaptable – por mucho que lo intentase no lograba que sus palabras no tuvieran un tono insinuante y ambiguo.
- Está bien.
Extrañamente y pese a que Paris se mostraba más hablador y atento, Yvette tenía la sensación de que algo raro pasaba. No sabía muy bien qué exactamente, pero él actuaba de forma muy condescendiente y amable, casi como cuando alguien está preparando la situación para soltar una mala noticia y mantiene una barrera emocional contra el aludido. Y ese pensamiento la desconcertaba.
Yvette se deshizo de la cazadora de charol mientras esperaba que su acompañante llegase con las copas. Era la técnica más antigua pero la que mejor funcionaba, sobre todo cuando se trataba de ella.
Cuando Paris llegó con sendos vasos de líquido turquesa se encontró a la rubia lanzando su cabellera hacia un lado, dejando ver el ceñidísimo corpiño negro con bordados y lazada rojos que realzaba su voluptuosa delantera, y un collar de intrincado diseño del que colgaban varias lágrimas negras.
- Vaya cicatriz – fue lo único que llegó a decir mientras posaba las copas sobre la mesa.
- ¿No te han dicho que es de mala educación mirar de forma tan descarada el pecho de una mujer? – reprendió ella, socarrona.
- No creo que llevases esa ropa si quisieses que no lo mirara – respondió con sencillez, haciendo que Yvette se atragantase con el primer sorbo.
- Touché – la rubia alzó su copa, proponiéndole un brindis – Pero deberías saber que no nos gusta que los tíos descubran nuestras tretas.
Paris rió.
- Lo tendré en cuenta – chocó su vaso contra el de su interlocutora y bebió un sorbo.
- ¿Para tus otros ligues? – aventuró ella, sin sonar demasiado acusadora.
- No sé por qué piensas que soy un ligón empedernido.
- Es lógico, eres un tío atractivo. Raro y un capullo, pero atractivo.
- Eh… no sé muy bien como debería tomarme eso – el chico se removió en su silla, buscando una postura más cómoda – Y no, no estoy muy interesado en ligar.
- La camarera no te quita ojo…
- Es una cotilla… y tiene novio.
- Ah… - Yvette lanzó una mirada significativa por encima del vaso.
- ¿Cómo te la hicieron? – preguntó Paris, indicando con el mentón la cicatriz en el pecho izquierdo.
- Blooder.
- ¿El psicópata?
- ¿Conoces a otro? Casi muero ese día. – Yvette hizo una breve pausa para analizar a su interlocutor.
Él alzó las cejas pero no dijo nada.
- ¿Y tu qué? ¿Nunca has tenido una experiencia cercana a la muerte? – a la rubia le pareció una conversación casi demasiado lúgubre para una cita.
- No tan cercana.
Se abrió un silencio que de haber sido breve habría sido cortés, pero que se prolongó hasta convertirse en un vacío incómodo. Yvette se entretuvo un rato mirando la decoración, con múltiples cuadros del dueño, suponía, fotografiado con diversos jockey, incluso el famosísimo Joe. La forma de chocobo era la más frecuente en los bártulos decorativos.
La rubia agitó su copa, luego tamborileó con las uñas sobre el cristal, con la cabeza apoyada sobre la otra mano.
- ¿Un billar? – preguntó Paris de pronto.
- ¿Eh? Ah… claro.
Decididamente las cosas no estaban saliendo bien. El muy idiota se había buscado una excusa perfecta para los largos silencios sin tener que sentirse demasiado incómodo. Yvette sintió la necesidad de romper su palo contra la espalda del muy maldito y dejarlo paralítico. Casi prefería su actitud monosilábica y abiertamente desinteresada a esta nueva faceta que no sabía cómo interpretar.
La turca trataba de descargar parte de su frustración arremetiendo contra las inocentes bolas y gritándole improperios a algún cliente habitual que según ella le entorpecía.
Paris decidió actuar cuando amenazó a la acompañante de un tipo con pinta de mafioso.
- Sería mejor que te relajases – sin llegar a ser amenazador, el tono se le antojó a Yvette demasiado autoritario.
- Sí, vayámonos ante de que le parta la cara a esta chupapollas.
Bebió de un trago el resto de su copa y cogió su cazadora, levantando un gran revuelo allí donde pisaron sus pies.
Una vez en la calle Yvette caminó delante todo el tiempo, teniendo que doblar su velocidad normal para mantener la distancia con su acompañante. Paris la seguía sin decir nada.
- Sube – ordenó ella al llegar hasta el coche en la plaza donde habían quedado hora y media antes.
El trayecto hasta la Tower of Arrogance fue silencioso, tenso y demasiado corto para estar a cuatro sectores de distancia, sin duda debido a que la bota de aguja no se había levantado del acelerador por un solo minuto.
- ¡Mal! ¡Ponme un chupito de lo más fuerte que tengas! ¡Ya! – gritó Yvette al llegar a la barra, espantando a un par de chiquillas que se agolpaban esperando que un chico viniera a cortejarlas.
- ¿Yv? ¿No tenías una cita?
- Mi cita está en el baño y yo al borde de un ataque de nervios.
Malcolm frunció el ceño, prometiendo una tortura larga y cruel al maldito “príncipe”.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó el camarero mientras se hacía con un par de botellas y un vasito de cristal.
- Eso me pregunto yo. El otro día terminamos de buen rollo y hoy vuelve a portarse como un gilipollas o peor. Vamos de culo.
Malcolm se apoyó en la barra, acortando la distancia entre su rostro y el de ella.
- ¿Puedo darte mi opinión? – aventuró él, arrimándole un vaso de chupito y llenando otro para sí mismo. Espero a que ella asintiese – Me parece del tipo de tío que te va a estar dando largas y te va a marear hasta que te aburras y pases de él. De esos que esperan a que seas tú quien corte.
- No sé, pensé que habíamos conectado y de verdad quería él fuera ese.
Yvette se mostró ligeramente abatida, cruzando los brazos sobre la barra.
- ¿Te alegraría un poco si le retuerzo el escroto con un alicates? – bromeó él, acariciando la rubia cabeza de su amiga.
Yvette hizo un puchero y asintió como una niña pequeña, siguiendo la broma pese a su desánimo.
A su entrada en el servicio Paris fue recibido por un gemido ahogado y un salvaje golpeteo contra una de las cabinas. “Mierda” pensó, azorado. Necesitaba un momento a solas con su cerebro pero los gritos cada vez agudos de la chica le incomodaban tremendamente.
Se enjuagó la cara con fuerza en el momento en el que el canto del cisne de la chica anunció su orgasmo. Buscó con la mirada el dispensador de servilletas de papel mientras oía el sonido de una cremallera y hebillas. A la mierda su momento de intimidad mental, se largaba antes de ver el careto de ninguno de los dos amantes pero la puerta del cubículo se abrió antes de dar dos pasos.
- ¡Principito! – exclamó el tipo de traje caro, el pelo cuidadosamente despeinado y los profundos ojos verdes.
- ¿Rolf? – Paris se sintió aún más incómodo a la vez la sensación de estar siendo manipulado por algún ser cósmico de siniestro sentido del humor creció en él.
- Justo estaba pensando en ti – dijo el aludido, dirigiéndose al lavabo.
- Espero que no…
Rolf sonrió con cinismo mientras tomaba una servilleta de papel. Iba a decir algo en el momento que oyeron algo dentro del cubículo, pero aún no salía nadie más. El tirador se mostró indiferente y encaró a Paris.
- Qué coincidencia. ¿Qué haces aquí? – preguntó Rolf, observando con ojo analítico el vestuario del chico.
- He venido con Yvette.
- Oh… entonces… ¿vas a intentarlo?
Paris se apoyó en el lavabo, cruzándose de brazos.
- No lo sé – hizo una pausa antes de continuar - Por una parte no creo que sea conveniente…
- ¿Para ti o para ella? – Rolf pasó el peso del cuerpo de una pierna a otra.
- Para… ella. – dudó al principio, para luego admitir – Y para mí también. Me ahorraría el preocuparme de que en algún momento yo pudiera…
- ¿… estamparla contra la pared? – aventuró el tirador, con un tono a medio camino entre la conciliación y el reproche.
Paris asintió no demasiado seguro.
- ¿Has hablado con alguien más de eso?
- No exactamente de eso, pero si de algo parecido, con Jonás.
- ¿Y qué te dijo?
- Me dio una charla sobre el vivir mi vida, barrer mi casa y esas cosas…
Rolf se apoyó también en el lavabo, al lado de su amigo.
- Mi consejo es que te diviertas mientras puedas, dentro de nada podríamos estar todos criando malvas. “Fuma, folla y bebe que la vida es breve”. Deja que sea ella quien decida si quiere estar con un tarado o no.
Paris sonrió con una mueca torcida.
- Eso no es muy responsable.
- ¿Y qué lo es? A veces hay que arriesgarse… y si sale mal sabes que tienes mi “apolladura”.
- No podías dejarlo pasar, ¿eh? – rió el rubio.
- ¡Nunca!
Paris se enderezó, dispuesto a volver con su cita, pero Rolf no le dejó ir.
- Espera, ¿no pensarás ir con estas pintas?
- ¿Qué pasa con mis pintas? – Paris, pese a ser consciente de que no tenía el sentido de la moda de su amigo, se sintió ligeramente ofendido.
- ¡Por favor! Me daría vergüenza si eres capaz de llegar algo serio con estas fachas – Rolf se quitó la chaqueta y la dejó sobre el mármol del lavabo – Mira, eres un tío con suerte y yo un amigo cojonudo. Ponte mi camisa.
- ¿Qué? ¡No!
- ¡Que si hombre! Si el que se lleva la peor parte soy yo, que voy a tener que llevar ese adefesio tuyo.
Rolf había terminado de desabrochar su cara camisa de color obsidiana, que había elegido cuidadosamente para realzar el color de sus ojos.
- ¡Venga! – le instó a Paris que lo miraba como si estuviera hablando en un lenguaje distinto.
Rolf echó las manos al primer botón de la camisa de su amigo, perdiendo la paciencia.
- ¡Quita! Ya lo hago yo – el rubio golpeó las zarpas del tirador.
Finalmente la puerta del cubículo se abrió, descubriendo a una preciosa mujer que trataba de ajustarse la línea del vestido. La escena con la que se encontró le hizo perder la extasiada sonrisa y la convirtió en una mueca de ira.
- ¿¡No te dejo ni dos minutos y ya estás poniéndole las manos encima a ese rubito?!
- Eh… ¿un trío? – aventuró Rolf, ganándose miradas letales por parte de ambos.
- Olvídalo, búscate a otra. Yo paso de tus jueguecitos.
Los tacones resonaron con fuerza en el cuarto hasta que su sonido fue engullido por la fuerte música que se coló al abrir la puerta.
- Lo siento, no quería joderte el plan – se disculpó Paris, deshaciéndose de su camisa negra y tomando la que Rolf le tendía.
- Bah, no te rayes, era una estrecha, ni siquiera me dejo hacerl…
- ¡No quiero saberlo!
Yvette esperaba en la puerta de los aseos. Iba a dejar las cosas claras de una vez por todas, se había hartado de segundas oportunidades y de esos tira y afloja que no llevaban a ninguna parte.
Abordó a Paris en el mismo momento en que puso un pie fuera del baño, justo detrás de él salió un tipo que se le antojó conocido, pero ahora mismo su mente estaba centrada en su cita.
- ¿Te importa si hablamos?
- Claro que no – el chico sintió la misma aura violenta que la primera vez en la pista de baile.
Yvette lo cogió de la mano y lo arrastró hasta una zona de descanso recogida en una semiesfera a un lado de la pista. El tejido aislante de la pared y la lejanía reducían el atronador volumen de la música unos cuantos decibelios y permitían una conversación más o menos entendible sin llegar el límite de la voz.
Una mirada de la turca sirvió a una pareja que estaba en los preliminares para tocar retirada; la chica hizo amago de resistencia pero él la arrastró, conocía, sin duda, la fama de la rubia.
- ¿Qué es lo que pasa? ¿Eh? ¿Es que no te pongo? – se volvió a su acompañante, con las manos en la cintura y la voz ligeramente contenida que le profería un tono más amenazador.
- ¿Qué?
- ¿No soy tu tipo o algo?
- No…
- El otro día quedamos de puta madre y hoy te vuelves a comportar como un capullo así que mira, si no quieres nada conmigo me lo dices y punto, soy mayorcita para poder superarlo. Pero no me gustan que jueguen conmigo ni que me mareen.
- Escucha…
- Y si te digo esto a la cara es porque creo que en el fondo no eres mal tío y porque creo que habíamos conectado. Pero si llegas a ser otro te hubiera partido la cara y santas pascuas.
- ¡¿Me dejas hablar?! – exclamó el chico que veía que ella no le estaba dando ninguna oportunidad de explicarse, con la manos crispadas a la altura del pecho – Primero que ya me partiste la cara, dos veces, para ser exáctos. Segundo, que si no quisiera nada contigo no te hubiera dejado pegarme la segunda vez sin responder.
El sonido de una guitarra rasgada cortó el aire, prometiendo una canción salvaje a medio camino entre el techno y el rock. Los haces de luz bailaron sobre toda forma que se encontraba a su paso, creando extraños claroscuros.
Yvette dejó sendos brazos caer a cada lado de la cadera, con el ceño fruncido y mirando fijamente los ojos grises que se alzaban una cabeza por encima de los suyos, sorprendiéndose de que no intentase esquivarla.
- Entonces… quieres…
La respuesta de Paris se hizo esperar, no estaba muy seguro de que hubiera querido decir lo que dijo… en realidad sí, pero no de que ella lo supiera. Respiró hondo y se dejó vencer por la obviedad.
- … Sí.
Yvette esbozó una sonrisa condescendiente, desconcertando más si cabe al chico, que no sabía qué esperar a continuación. La rubia echó las manos al rostro de él y lo trajo hacia sí.
- Eres un idiota.
Lo siguiente que sintió Paris fueron los carnosos labios de ella oprimiendo los suyos. A penas pudo reaccionar cuando una nueva maniobra de Yvette le sorprendió: le hizo abrir la boca e introdujo la cálida y húmeda lengua, buscando la suya.
La rubia hizo fuerza con todo el cuerpo para obligar al chico a retroceder, quien encontró que el chaise longue le impedía seguir hacia atrás. Una nueva embestida de ella le hizo perder el equilibrio, logró asir su brazo antes de caer sobre el mullido sofá cuando largo era, con una pierna colgando a un lado e Yvette sobre él en una postura un tanto incómoda. La rubia apartó algunos mechones de su rostro, ayudada por la mano que él tenía libre.
- ¿Y esto? – dijo con un tono una octava más baja de lo normal en ella, con una sonrisa.
- Si yo caigo, caemos todos.
Paris trató de apartar el cabello que le caía sobre los ojos soplándoles. Ahora fue ella quien le hizo el favor de ayudarle con eso.
Yvette se acomodó sobre él, provocando más roces que intensificaban el rubor de él y con los que disfrutaba enormemente. Jugueteó con las solapas de su camisa y notó como él hacía lo mismo con uno de sus largos mechones dorados.
- ¿Lo decías en serio? Lo de devolverme la hostia. ¿Lo harías aún siendo una mujer?
Paris miraba al techo, pero no parecía dudar acerca de la respuesta.
- Sí, lo haría. No te quepa duda.
Ahora buscó los ojos de ella, esperando encontrar un sentimiento contrariado pero la sonrisa seguía perfilada en sus labios.
- Eres un monstruo – le reprochó, antes de lanzarse de nuevo contra su boca, encontrando esta vez más cooperación por su parte.
Yvette mordisqueó el labio inferior de Paris antes de romper el beso. Se sentó sobre él, algo más seria. Él se recostó sobre los codos, dispuesto a oír lo que fuese que iba a decir.
- Sé que antes fui yo quien sacó el tema, pero no quiero que lo nuestro sea algo puramente físico – aclaró – Para eso no me habría complicado tanto la vida. De ti espero algo más que eso.
- Eso ya me lo habías dicho.
- Exactamente, tú aún no has dicho nada. Y como me digas que quieres estar conmigo porque estoy buena follaremos como conejos toda la noche y luego te meteré un tiro en la polla.
Paris dudó unos instantes. Finalmente se recostó en el sofá, dejando a Yvette sentada sobre sus piernas.
- ¿La verdad? – preguntó con voz grave.
- La verdad.
El chico expiró.
- No espero nada porque no sé qué debería esperar… – echó una breve mirada a la rubia, que mantenía la expresión seria pero parecía algo desilusionada - … pero me haces sentir inseguro y tus palabras y acciones me afectan hasta el punto de cuestionarme cosas que siempre han sido inamovibles para mí. No me gustan los cambios, me asusta perderme, pero en este caso no me importaría hacerlo.
Paris calló, había roto el contacto visual y jugueteaba con sus propios dedos.
- Creo que no era la respuesta que esperabas.
Cuando alzó la vista encontró el rostro de la rubia ligeramente enrojecido, con una sonrisa afligida en los rosados labios.
- No exactamente, pero me vale.
Paris se atrevió a traer a Yvette hacia sí, ella entrecerró los ojos esperando el beso… que recibió en la frente en lugar de en los labios. Roja de una súbita rabia tiró de las solapas de su camisa hacia abajo, obligándole a encararla.
- ¡No se te ocurra tratarme como a una princesita!
El rubio soltó una carcajada.
- Tú mandas – le dijo, en un tono ambiguo de arrancó una sonrisa cómplice en ella antes de que se lanzase con violencia a devorar su boca.
El local se fue vaciando progresivamente a medida que pasaban las horas. A eso de las siete de la mañana, la extraña pareja concordó que era un buen momento para irse ellos también.
Yvette a penas podía caminar, tantas horas con aquellos altísimos y puntiagudos tacones le pasaban factura, y el hecho de haber bailado durante un par de horas no ayudaban nada.
- Mira, ¡A la mierda! –exclamó de pronto, al llegar a la altura de un portal a la salida de la discoteca.
Se sentó en el pequeño escalón de la entrada y desamarró las correas de las botas.
- Nunca entenderé la manía que tenéis las mujeres de llevar tacón, siempre os acabáis quejando de ellos – dijo Paris.
- ¿Y qué quieres que lleve? Tira, anda – Yvette subió la pierna cuando pudo, indicándole a su acompañante que la ayudase a descalzarse.
El rubio tiró de la bota, que se resistió al principio. La puso a un lado y se dispuso a hacer lo mismo con la otra pierna.
- Pues botas normales.
- Bah… ¿Y qué tienen de sexy? – reprochó ella, poniéndose en pie sobre el escalón y cogiendo las botas – Aah… mucho mejor así.
- ¿No pensarás ir descalza? – inquirió el chico.
- Claro, total, el coche no está tan lejos – Yvette trató de restarle importancia, sin duda no era la primera vez.
- No – dijo él en tono autoritario – Podrías cortarte con cualquier cosa, o clavarte una jeringuilla o yo qué sé.
- ¡Venga ya! - la rubia vio cómo él se daba la vuelta y se encogía - ¿Qué haces?
- Sube.
- No, paso – fue la rotunda respuesta.
- Yvette… hazme el favor…
La aludida se resignó, encontrando la situación un tanto cómica e infantil.
- Se me va a ver el tanga – fue la excusa que dio, divertida.
- Eso no te preocupaba lo más mínimo cuando estabas bailando allí dentro – contrapuso él.
La turca cogió impulso y salto sobre él, sacudiéndole de paso con una de las botas.
- Imbécil – le regañó, fingiéndose ofendida.
- No pesas nada – se sorprendió él, irguiéndose y empezando a caminar.
- ¿Qué te pensabas?
Yvette se asió al cuello de su medio de transporte personal, con las botas colgando cada una de una mano. Se fijó en la rotura en la camisa de él: un botón había saltado y una de las solapas se había rasgado.
- Siento lo de la camisa – se disculpó ella, aunque en su expresión seguía dibujada una sonrisa triunfal – Tendrías que haber dicho antes que no era tuya… no digo que no hubiera acabado igual, pero podría habérmelo pensado.
- Tranquila… ya veré cómo se lo digo… ¿Una carrerita hasta el coche? – preguntó de pronto, Yvette pudo notar la sonrisa con la que había hablado aunque no pudiese verla.
- ¡Arre, caballo! – azuzó, animada.
Yvette acababa de anudarse la coleta alta, cerró la taquilla y se ajustó los protectores de los nudillos.
El chiquillo del peinado estrafalario y las lentillas azul eléctrico pasó a su lado al tiempo que ella se volvía.
- ¿No te vas? – le preguntó, levantando la vista de su PDA.
- No, voy a entrenar un rato con el viejo caracortada.
- Suerte entonces – el chico sonrío – Nos vemos mañana.
- Sayonara, Mashi.
Yvette palmeó el hombro del proyecto de canario antes de avanzar por el pasillo hasta llegar al gimnasio. En la sala sólo había una pareja que ya estaba recogiendo los bártulos y Jonás Kurtz, calentando al otro lado.
Se despidió con un gesto de cabeza de los otros compañeros y caminó a la esquina donde el veterano rotaba las muñecas.
- Más te vale que estés preparado porque te voy a machacar, nenaza – amenazó ella, bravucona.
- ¿Has tenido un mal día o es que buscas revancha por la paliza que te di el otro día? – Kurtz sonrío con aquella mueca extraña que deformaba sus cicatrices, sabía que eso siempre perturbaba a sus oponentes.
- Llevo con un mal día desde hace… yo qué sé, semanas – Yvette empezó a calentar, trazando círculos con la cabeza.
- Creía que la regla sólo duraba tres o cuatro días.
- Anda que no eres gilipollas ni nada – la rubia sonreía aunque su mirada parecía amenazadora
- ¿Entonces? – Kurtz dejó de calentar y se puso en guardia.
- Por culpa del idiota de tu amigo estoy que exploto – Yvette dio unos pasos de lado, buscando algún punto por dónde empezar el ataque.
- ¿Qué te ha dicho? – Jonás sonrió.
- ¡Ese es el puto problema! ¡No me ha dicho nada en semanas!– la rubia lanzó un gancho de derecha aunque al veterano no le costó demasiado esquivarlo – O sea que al final me he zurrado tanto la badana que los adolescentes pajilleros a mi lado son unas nenazas. Le envié un mensaje esta madrugada y como no me responda antes de terminar el día lo mando a tomar por el culo. Estoy tan cargada de hormonas que me follaría cualquier cosa.
Kurtz esquivó otro derechazo, esta vez agarrando el brazo y lanzando a Yvette al otro lado de la sala. Ella se volvió unos metros más allá para observar en el rostro de su maestro una cómica pero amarga expresión, con los ojos muy abiertos y la boca torcida en una mueca acusadora.
- ¿Perdona? – dijo él – Y yo qué, ¿eh? ¡Lo mío sí que es para llorar y no me oirás quejarme, ninfómana del carajo!
Yvette se llevó las manos a la boca al caer en la cuenta.
-¡Hostia, perdona! ¡No me acordaba, lo siento!
- Hay que joderse con la follodependiente esta – Jonás volvió a ponerse en posición, haciendo un gesto a la rubia para que atacase.
Ella adoptó una postura de ataque y se acercó con cautela.
- Pero tienes que reconocerme que a mi edad es normal.
- No creo que nada en ti sea normal.
Yvette lanzó un revés que fue bloqueado y acto seguido giro el tronco por debajo del brazo en alto para tratar de hincar el codo del otro en la nuez de Kurtz, aunque no esperó el golpe en la parte anterior de las rodillas que la desestabilizó, trastabillando hacia delante aunque sin llegar a caer ya que Scar hizo presa de su brazo derecho y lo retorció. Recuperado el equilibrio Yvette lanzó una patada hacia atrás sin llegar a impactar ya que fue capturado por la otra mano del turco.
- ¿Y ahora qué? – Jonás se sonrió ante la extraña postura de la chica en esos momentos, si se le ocurría dar otra patada él podría soltarla y caería de bruces, y con el otro brazo no tendría fuerza suficiente para liberarse.
Yvette gruñó, frustrada, se sacudió desesperadamente hasta que Scar accedió a soltarla, a penas recuperó sus miembros se volvió y le lanzó una patada baja que consiguió alcanzarle en la espinilla, a veces las acciones infantiles eran las que mejor funcionaban.
- ¡Por idiota! – le gritó ella, retrocediendo enseguida.
- Serás perra…
Kurtz parecía más violento en sus envites, sin duda buscaba venganza por aquella bajeza contra su espinilla. Yvette se aprovechaba de su estatura y su agilidad para esquivar a la iracunda mole. Recibió un par de golpes que logró bloquear con más o menos éxito.
En un momento dado Scar se abalanzó contra ella, los fuertes pasos retumbaron en la sala, extendiendo un sentimiento de alarma en la rubia. Ella se preparó, encogiéndose y adelantando un hombro para reducir el impacto aunque éste fue tal que logró arrancarla del sitio. Recuperó enseguida la postura defensiva aunque Jonás no volvió a embestir, en su lugar agarró una de sus muñecas y trató de separarla del torso de ella, Yvette se resistió pero finalmente el veterano se hizo con ella y ahora se lanzaba a por la otra haciendo que la rubia abriese los brazos de lado a lado, ella lanzó un cabezazo contra la mandíbula de Scar, mientras hacía fuerza con las piernas hacia abajo para liberarse. Kurtz devolvió el mismo golpe y causa de su movimiento hacia delante y la presión de ella hacia abajo acabaron en el suelo. Yvette fue lo suficientemente rápida para encoger las piernas sobre su pecho y tratar de hacer palanca para quitarse de encima al veterano. Él apoyó una rodilla en el suelo y puso la otra sobre las piernas de ella, oprimiéndole el pecho con el peso de ambos. Con un brazo a cada lado y las piernas inmovilizadas la turca se sintió atrapada y se convulsionó logrando únicamente cansarse más.
Jonás acercó el rostro al de su prisionera, para jactarse de su victoria. Ella jadeaba, sus pulmones estaban tan oprimidos que apenas podía respirar.
- Te tengo dominada, ¿qué piensas hacer aho... – una perla de sudor se desprendió de su frente y rodó por la mejilla de ella.
Yvette sonrió. Kurtz se dio cuenta demasiado tarde de lo comprometido de sus palabras en aquel contexto y con el recuerdo de su conversación anterior aún golpeándole en el fondo del hipotálamo.
Deshizo el agarre y se levantó, ni demasiado lento ni demasiado apresurado, tratando de restar importancia a ese momento. Le echó una mano a su pupila, que miraba distraída hacia otro lado.
- ¿Qué tal una ducha y a casa?
- ¿A la tuya o a la mía? – dijo ella, socarrona, recibiendo una colleja por respuesta.
La ducha había sido fría y larga. Si tuviera polla se le habría más puesto más dura que una barra de pan de dos semanas. La verdad es que, y aún pareciéndole un tío atractivo, nunca se había planteado a Kurtz como una posibilidad pero si hubiera estado un segundo más en esa posición la cosa habría acabado en más que una ducha.
Se vistió con la ropa de trabajo y echó un vistazo al PHS, una vaga esperanza le llevaba a hacerlo pero en el fondo sabía que no habría nada… y hoy, para variar, se equivocó.
“Tengo libre la noche del jueves”
Tan escueto como él mismo.
Habían pasado los días e Yvette podía sentir como la tensión crecía en su interior. Sus compañeros de trabajo podrían decir que pese a verla más sonriente había crecido en susceptibilidad.
El jueves por la noche se encontró a sí misma esperando en una plaza del Sector 6 apoyada en su coche. No le gustaba ser la primera en llegar, y no se iba a admitir a sí misma que el motivo de que hoy hiciese una excepción era la impaciencia.
Eran las diez y media de la noche pero no se sentía insegura pese a encontrarse en uno de los Sectores más bajos de Midgar, nadie con dos pipas bien visibles lo estaría, y pese a que dos tipos de mala pinta la miraban desde el otro lado de la calle no se atrevían a acercarse: había dejado la placa de Turk a la vista sobre el salpicadero. Yvette era osada pero no idiota.
Obedeciendo a sus hormonas había decidido vestirse para poner el mundo a sus pies: minifalda de cuadros rojos, medias de látex negro de un corte original que recordaban a la silueta de los ligueros, botas de correas de tacón alto y para esa noche había elegido una ceñida cazadora de charol negro con múltiples cremalleras y zurcidos; su arma secreta se escondía bajo ella.
Recorrió con la mirada la destartalada plaza, zapateando en el suelo. La gente iba y venía de un lado a otro, algunos chiquillos fantasearon en voz alta con su despampanante figura. Ella clavó la mirada en un tío al que parecían haber pegado la paliza de su vida, con el brazo en cabestrillo y que avanzaba arrastrando los pies y rostro contraído, como si hubiese visto un fantasma.
Finalmente su cita se dignó a aparecer, cruzando la calle con paso ágil.
- ¿Llego tarde? – preguntó a un par de metros de la rubia.
- Nah… tengo el reloj adelantado – mintió ella.
Yvette recibió al chico con dos besos. Pudo captar el aroma a menta en su cabello y por un momento deseó que él hubiera sentido el mismo chispazo en la nuca al oler su perfume de flor salvaje de Nibel.
Se echó hacia atrás para echar un vistazo rápido a su acompañante, sorprendiéndose de que lo único que parecía distinto en él con respecto a su primer encuentro era que vestía camisa en lugar de nicky.
- No es que te mates eligiendo la ropa, ¿eh? – rió ella.
- ¿Es que eso importa? - aunque Paris amagó una sonrisa, Yvette notó cierta frialdad en sus palabras - ¿Las pistolas son parte de tu conjunto?
- ¿Te gustan? Si quieres podemos jugar con ellas – la rubia se arrepintió enseguida de esas palabras, estaba demasiado acostumbrada a jugar en su terreno. Para su sorpresa el chico se limitó a sonreír, descolocándola y dejándola sin saber cómo reaccionar.
- ¿Algún plan?
Una nota de frustración se coló en el ánimo de Yvette, que notaba cómo una vez más parecía que el chaval estuviera allí por obligación. Decidió darle el beneplácito de la duda y creer que sólo se trataba de inseguridad inicial.
- Trabajas en un bar ¿no? ¿Qué tal si tomamos allí la primera copa?
- No creo que sea de tu agrado.
- No me menosprecies, soy muy adaptable – por mucho que lo intentase no lograba que sus palabras no tuvieran un tono insinuante y ambiguo.
- Está bien.
Extrañamente y pese a que Paris se mostraba más hablador y atento, Yvette tenía la sensación de que algo raro pasaba. No sabía muy bien qué exactamente, pero él actuaba de forma muy condescendiente y amable, casi como cuando alguien está preparando la situación para soltar una mala noticia y mantiene una barrera emocional contra el aludido. Y ese pensamiento la desconcertaba.
Yvette se deshizo de la cazadora de charol mientras esperaba que su acompañante llegase con las copas. Era la técnica más antigua pero la que mejor funcionaba, sobre todo cuando se trataba de ella.
Cuando Paris llegó con sendos vasos de líquido turquesa se encontró a la rubia lanzando su cabellera hacia un lado, dejando ver el ceñidísimo corpiño negro con bordados y lazada rojos que realzaba su voluptuosa delantera, y un collar de intrincado diseño del que colgaban varias lágrimas negras.
- Vaya cicatriz – fue lo único que llegó a decir mientras posaba las copas sobre la mesa.
- ¿No te han dicho que es de mala educación mirar de forma tan descarada el pecho de una mujer? – reprendió ella, socarrona.
- No creo que llevases esa ropa si quisieses que no lo mirara – respondió con sencillez, haciendo que Yvette se atragantase con el primer sorbo.
- Touché – la rubia alzó su copa, proponiéndole un brindis – Pero deberías saber que no nos gusta que los tíos descubran nuestras tretas.
Paris rió.
- Lo tendré en cuenta – chocó su vaso contra el de su interlocutora y bebió un sorbo.
- ¿Para tus otros ligues? – aventuró ella, sin sonar demasiado acusadora.
- No sé por qué piensas que soy un ligón empedernido.
- Es lógico, eres un tío atractivo. Raro y un capullo, pero atractivo.
- Eh… no sé muy bien como debería tomarme eso – el chico se removió en su silla, buscando una postura más cómoda – Y no, no estoy muy interesado en ligar.
- La camarera no te quita ojo…
- Es una cotilla… y tiene novio.
- Ah… - Yvette lanzó una mirada significativa por encima del vaso.
- ¿Cómo te la hicieron? – preguntó Paris, indicando con el mentón la cicatriz en el pecho izquierdo.
- Blooder.
- ¿El psicópata?
- ¿Conoces a otro? Casi muero ese día. – Yvette hizo una breve pausa para analizar a su interlocutor.
Él alzó las cejas pero no dijo nada.
- ¿Y tu qué? ¿Nunca has tenido una experiencia cercana a la muerte? – a la rubia le pareció una conversación casi demasiado lúgubre para una cita.
- No tan cercana.
Se abrió un silencio que de haber sido breve habría sido cortés, pero que se prolongó hasta convertirse en un vacío incómodo. Yvette se entretuvo un rato mirando la decoración, con múltiples cuadros del dueño, suponía, fotografiado con diversos jockey, incluso el famosísimo Joe. La forma de chocobo era la más frecuente en los bártulos decorativos.
La rubia agitó su copa, luego tamborileó con las uñas sobre el cristal, con la cabeza apoyada sobre la otra mano.
- ¿Un billar? – preguntó Paris de pronto.
- ¿Eh? Ah… claro.
Decididamente las cosas no estaban saliendo bien. El muy idiota se había buscado una excusa perfecta para los largos silencios sin tener que sentirse demasiado incómodo. Yvette sintió la necesidad de romper su palo contra la espalda del muy maldito y dejarlo paralítico. Casi prefería su actitud monosilábica y abiertamente desinteresada a esta nueva faceta que no sabía cómo interpretar.
La turca trataba de descargar parte de su frustración arremetiendo contra las inocentes bolas y gritándole improperios a algún cliente habitual que según ella le entorpecía.
Paris decidió actuar cuando amenazó a la acompañante de un tipo con pinta de mafioso.
- Sería mejor que te relajases – sin llegar a ser amenazador, el tono se le antojó a Yvette demasiado autoritario.
- Sí, vayámonos ante de que le parta la cara a esta chupapollas.
Bebió de un trago el resto de su copa y cogió su cazadora, levantando un gran revuelo allí donde pisaron sus pies.
Una vez en la calle Yvette caminó delante todo el tiempo, teniendo que doblar su velocidad normal para mantener la distancia con su acompañante. Paris la seguía sin decir nada.
- Sube – ordenó ella al llegar hasta el coche en la plaza donde habían quedado hora y media antes.
El trayecto hasta la Tower of Arrogance fue silencioso, tenso y demasiado corto para estar a cuatro sectores de distancia, sin duda debido a que la bota de aguja no se había levantado del acelerador por un solo minuto.
- ¡Mal! ¡Ponme un chupito de lo más fuerte que tengas! ¡Ya! – gritó Yvette al llegar a la barra, espantando a un par de chiquillas que se agolpaban esperando que un chico viniera a cortejarlas.
- ¿Yv? ¿No tenías una cita?
- Mi cita está en el baño y yo al borde de un ataque de nervios.
Malcolm frunció el ceño, prometiendo una tortura larga y cruel al maldito “príncipe”.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó el camarero mientras se hacía con un par de botellas y un vasito de cristal.
- Eso me pregunto yo. El otro día terminamos de buen rollo y hoy vuelve a portarse como un gilipollas o peor. Vamos de culo.
Malcolm se apoyó en la barra, acortando la distancia entre su rostro y el de ella.
- ¿Puedo darte mi opinión? – aventuró él, arrimándole un vaso de chupito y llenando otro para sí mismo. Espero a que ella asintiese – Me parece del tipo de tío que te va a estar dando largas y te va a marear hasta que te aburras y pases de él. De esos que esperan a que seas tú quien corte.
- No sé, pensé que habíamos conectado y de verdad quería él fuera ese.
Yvette se mostró ligeramente abatida, cruzando los brazos sobre la barra.
- ¿Te alegraría un poco si le retuerzo el escroto con un alicates? – bromeó él, acariciando la rubia cabeza de su amiga.
Yvette hizo un puchero y asintió como una niña pequeña, siguiendo la broma pese a su desánimo.
A su entrada en el servicio Paris fue recibido por un gemido ahogado y un salvaje golpeteo contra una de las cabinas. “Mierda” pensó, azorado. Necesitaba un momento a solas con su cerebro pero los gritos cada vez agudos de la chica le incomodaban tremendamente.
Se enjuagó la cara con fuerza en el momento en el que el canto del cisne de la chica anunció su orgasmo. Buscó con la mirada el dispensador de servilletas de papel mientras oía el sonido de una cremallera y hebillas. A la mierda su momento de intimidad mental, se largaba antes de ver el careto de ninguno de los dos amantes pero la puerta del cubículo se abrió antes de dar dos pasos.
- ¡Principito! – exclamó el tipo de traje caro, el pelo cuidadosamente despeinado y los profundos ojos verdes.
- ¿Rolf? – Paris se sintió aún más incómodo a la vez la sensación de estar siendo manipulado por algún ser cósmico de siniestro sentido del humor creció en él.
- Justo estaba pensando en ti – dijo el aludido, dirigiéndose al lavabo.
- Espero que no…
Rolf sonrió con cinismo mientras tomaba una servilleta de papel. Iba a decir algo en el momento que oyeron algo dentro del cubículo, pero aún no salía nadie más. El tirador se mostró indiferente y encaró a Paris.
- Qué coincidencia. ¿Qué haces aquí? – preguntó Rolf, observando con ojo analítico el vestuario del chico.
- He venido con Yvette.
- Oh… entonces… ¿vas a intentarlo?
Paris se apoyó en el lavabo, cruzándose de brazos.
- No lo sé – hizo una pausa antes de continuar - Por una parte no creo que sea conveniente…
- ¿Para ti o para ella? – Rolf pasó el peso del cuerpo de una pierna a otra.
- Para… ella. – dudó al principio, para luego admitir – Y para mí también. Me ahorraría el preocuparme de que en algún momento yo pudiera…
- ¿… estamparla contra la pared? – aventuró el tirador, con un tono a medio camino entre la conciliación y el reproche.
Paris asintió no demasiado seguro.
- ¿Has hablado con alguien más de eso?
- No exactamente de eso, pero si de algo parecido, con Jonás.
- ¿Y qué te dijo?
- Me dio una charla sobre el vivir mi vida, barrer mi casa y esas cosas…
Rolf se apoyó también en el lavabo, al lado de su amigo.
- Mi consejo es que te diviertas mientras puedas, dentro de nada podríamos estar todos criando malvas. “Fuma, folla y bebe que la vida es breve”. Deja que sea ella quien decida si quiere estar con un tarado o no.
Paris sonrió con una mueca torcida.
- Eso no es muy responsable.
- ¿Y qué lo es? A veces hay que arriesgarse… y si sale mal sabes que tienes mi “apolladura”.
- No podías dejarlo pasar, ¿eh? – rió el rubio.
- ¡Nunca!
Paris se enderezó, dispuesto a volver con su cita, pero Rolf no le dejó ir.
- Espera, ¿no pensarás ir con estas pintas?
- ¿Qué pasa con mis pintas? – Paris, pese a ser consciente de que no tenía el sentido de la moda de su amigo, se sintió ligeramente ofendido.
- ¡Por favor! Me daría vergüenza si eres capaz de llegar algo serio con estas fachas – Rolf se quitó la chaqueta y la dejó sobre el mármol del lavabo – Mira, eres un tío con suerte y yo un amigo cojonudo. Ponte mi camisa.
- ¿Qué? ¡No!
- ¡Que si hombre! Si el que se lleva la peor parte soy yo, que voy a tener que llevar ese adefesio tuyo.
Rolf había terminado de desabrochar su cara camisa de color obsidiana, que había elegido cuidadosamente para realzar el color de sus ojos.
- ¡Venga! – le instó a Paris que lo miraba como si estuviera hablando en un lenguaje distinto.
Rolf echó las manos al primer botón de la camisa de su amigo, perdiendo la paciencia.
- ¡Quita! Ya lo hago yo – el rubio golpeó las zarpas del tirador.
Finalmente la puerta del cubículo se abrió, descubriendo a una preciosa mujer que trataba de ajustarse la línea del vestido. La escena con la que se encontró le hizo perder la extasiada sonrisa y la convirtió en una mueca de ira.
- ¿¡No te dejo ni dos minutos y ya estás poniéndole las manos encima a ese rubito?!
- Eh… ¿un trío? – aventuró Rolf, ganándose miradas letales por parte de ambos.
- Olvídalo, búscate a otra. Yo paso de tus jueguecitos.
Los tacones resonaron con fuerza en el cuarto hasta que su sonido fue engullido por la fuerte música que se coló al abrir la puerta.
- Lo siento, no quería joderte el plan – se disculpó Paris, deshaciéndose de su camisa negra y tomando la que Rolf le tendía.
- Bah, no te rayes, era una estrecha, ni siquiera me dejo hacerl…
- ¡No quiero saberlo!
Yvette esperaba en la puerta de los aseos. Iba a dejar las cosas claras de una vez por todas, se había hartado de segundas oportunidades y de esos tira y afloja que no llevaban a ninguna parte.
Abordó a Paris en el mismo momento en que puso un pie fuera del baño, justo detrás de él salió un tipo que se le antojó conocido, pero ahora mismo su mente estaba centrada en su cita.
- ¿Te importa si hablamos?
- Claro que no – el chico sintió la misma aura violenta que la primera vez en la pista de baile.
Yvette lo cogió de la mano y lo arrastró hasta una zona de descanso recogida en una semiesfera a un lado de la pista. El tejido aislante de la pared y la lejanía reducían el atronador volumen de la música unos cuantos decibelios y permitían una conversación más o menos entendible sin llegar el límite de la voz.
Una mirada de la turca sirvió a una pareja que estaba en los preliminares para tocar retirada; la chica hizo amago de resistencia pero él la arrastró, conocía, sin duda, la fama de la rubia.
- ¿Qué es lo que pasa? ¿Eh? ¿Es que no te pongo? – se volvió a su acompañante, con las manos en la cintura y la voz ligeramente contenida que le profería un tono más amenazador.
- ¿Qué?
- ¿No soy tu tipo o algo?
- No…
- El otro día quedamos de puta madre y hoy te vuelves a comportar como un capullo así que mira, si no quieres nada conmigo me lo dices y punto, soy mayorcita para poder superarlo. Pero no me gustan que jueguen conmigo ni que me mareen.
- Escucha…
- Y si te digo esto a la cara es porque creo que en el fondo no eres mal tío y porque creo que habíamos conectado. Pero si llegas a ser otro te hubiera partido la cara y santas pascuas.
- ¡¿Me dejas hablar?! – exclamó el chico que veía que ella no le estaba dando ninguna oportunidad de explicarse, con la manos crispadas a la altura del pecho – Primero que ya me partiste la cara, dos veces, para ser exáctos. Segundo, que si no quisiera nada contigo no te hubiera dejado pegarme la segunda vez sin responder.
El sonido de una guitarra rasgada cortó el aire, prometiendo una canción salvaje a medio camino entre el techno y el rock. Los haces de luz bailaron sobre toda forma que se encontraba a su paso, creando extraños claroscuros.
Yvette dejó sendos brazos caer a cada lado de la cadera, con el ceño fruncido y mirando fijamente los ojos grises que se alzaban una cabeza por encima de los suyos, sorprendiéndose de que no intentase esquivarla.
- Entonces… quieres…
La respuesta de Paris se hizo esperar, no estaba muy seguro de que hubiera querido decir lo que dijo… en realidad sí, pero no de que ella lo supiera. Respiró hondo y se dejó vencer por la obviedad.
- … Sí.
Yvette esbozó una sonrisa condescendiente, desconcertando más si cabe al chico, que no sabía qué esperar a continuación. La rubia echó las manos al rostro de él y lo trajo hacia sí.
- Eres un idiota.
Lo siguiente que sintió Paris fueron los carnosos labios de ella oprimiendo los suyos. A penas pudo reaccionar cuando una nueva maniobra de Yvette le sorprendió: le hizo abrir la boca e introdujo la cálida y húmeda lengua, buscando la suya.
La rubia hizo fuerza con todo el cuerpo para obligar al chico a retroceder, quien encontró que el chaise longue le impedía seguir hacia atrás. Una nueva embestida de ella le hizo perder el equilibrio, logró asir su brazo antes de caer sobre el mullido sofá cuando largo era, con una pierna colgando a un lado e Yvette sobre él en una postura un tanto incómoda. La rubia apartó algunos mechones de su rostro, ayudada por la mano que él tenía libre.
- ¿Y esto? – dijo con un tono una octava más baja de lo normal en ella, con una sonrisa.
- Si yo caigo, caemos todos.
Paris trató de apartar el cabello que le caía sobre los ojos soplándoles. Ahora fue ella quien le hizo el favor de ayudarle con eso.
Yvette se acomodó sobre él, provocando más roces que intensificaban el rubor de él y con los que disfrutaba enormemente. Jugueteó con las solapas de su camisa y notó como él hacía lo mismo con uno de sus largos mechones dorados.
- ¿Lo decías en serio? Lo de devolverme la hostia. ¿Lo harías aún siendo una mujer?
Paris miraba al techo, pero no parecía dudar acerca de la respuesta.
- Sí, lo haría. No te quepa duda.
Ahora buscó los ojos de ella, esperando encontrar un sentimiento contrariado pero la sonrisa seguía perfilada en sus labios.
- Eres un monstruo – le reprochó, antes de lanzarse de nuevo contra su boca, encontrando esta vez más cooperación por su parte.
Yvette mordisqueó el labio inferior de Paris antes de romper el beso. Se sentó sobre él, algo más seria. Él se recostó sobre los codos, dispuesto a oír lo que fuese que iba a decir.
- Sé que antes fui yo quien sacó el tema, pero no quiero que lo nuestro sea algo puramente físico – aclaró – Para eso no me habría complicado tanto la vida. De ti espero algo más que eso.
- Eso ya me lo habías dicho.
- Exactamente, tú aún no has dicho nada. Y como me digas que quieres estar conmigo porque estoy buena follaremos como conejos toda la noche y luego te meteré un tiro en la polla.
Paris dudó unos instantes. Finalmente se recostó en el sofá, dejando a Yvette sentada sobre sus piernas.
- ¿La verdad? – preguntó con voz grave.
- La verdad.
El chico expiró.
- No espero nada porque no sé qué debería esperar… – echó una breve mirada a la rubia, que mantenía la expresión seria pero parecía algo desilusionada - … pero me haces sentir inseguro y tus palabras y acciones me afectan hasta el punto de cuestionarme cosas que siempre han sido inamovibles para mí. No me gustan los cambios, me asusta perderme, pero en este caso no me importaría hacerlo.
Paris calló, había roto el contacto visual y jugueteaba con sus propios dedos.
- Creo que no era la respuesta que esperabas.
Cuando alzó la vista encontró el rostro de la rubia ligeramente enrojecido, con una sonrisa afligida en los rosados labios.
- No exactamente, pero me vale.
Paris se atrevió a traer a Yvette hacia sí, ella entrecerró los ojos esperando el beso… que recibió en la frente en lugar de en los labios. Roja de una súbita rabia tiró de las solapas de su camisa hacia abajo, obligándole a encararla.
- ¡No se te ocurra tratarme como a una princesita!
El rubio soltó una carcajada.
- Tú mandas – le dijo, en un tono ambiguo de arrancó una sonrisa cómplice en ella antes de que se lanzase con violencia a devorar su boca.
El local se fue vaciando progresivamente a medida que pasaban las horas. A eso de las siete de la mañana, la extraña pareja concordó que era un buen momento para irse ellos también.
Yvette a penas podía caminar, tantas horas con aquellos altísimos y puntiagudos tacones le pasaban factura, y el hecho de haber bailado durante un par de horas no ayudaban nada.
- Mira, ¡A la mierda! –exclamó de pronto, al llegar a la altura de un portal a la salida de la discoteca.
Se sentó en el pequeño escalón de la entrada y desamarró las correas de las botas.
- Nunca entenderé la manía que tenéis las mujeres de llevar tacón, siempre os acabáis quejando de ellos – dijo Paris.
- ¿Y qué quieres que lleve? Tira, anda – Yvette subió la pierna cuando pudo, indicándole a su acompañante que la ayudase a descalzarse.
El rubio tiró de la bota, que se resistió al principio. La puso a un lado y se dispuso a hacer lo mismo con la otra pierna.
- Pues botas normales.
- Bah… ¿Y qué tienen de sexy? – reprochó ella, poniéndose en pie sobre el escalón y cogiendo las botas – Aah… mucho mejor así.
- ¿No pensarás ir descalza? – inquirió el chico.
- Claro, total, el coche no está tan lejos – Yvette trató de restarle importancia, sin duda no era la primera vez.
- No – dijo él en tono autoritario – Podrías cortarte con cualquier cosa, o clavarte una jeringuilla o yo qué sé.
- ¡Venga ya! - la rubia vio cómo él se daba la vuelta y se encogía - ¿Qué haces?
- Sube.
- No, paso – fue la rotunda respuesta.
- Yvette… hazme el favor…
La aludida se resignó, encontrando la situación un tanto cómica e infantil.
- Se me va a ver el tanga – fue la excusa que dio, divertida.
- Eso no te preocupaba lo más mínimo cuando estabas bailando allí dentro – contrapuso él.
La turca cogió impulso y salto sobre él, sacudiéndole de paso con una de las botas.
- Imbécil – le regañó, fingiéndose ofendida.
- No pesas nada – se sorprendió él, irguiéndose y empezando a caminar.
- ¿Qué te pensabas?
Yvette se asió al cuello de su medio de transporte personal, con las botas colgando cada una de una mano. Se fijó en la rotura en la camisa de él: un botón había saltado y una de las solapas se había rasgado.
- Siento lo de la camisa – se disculpó ella, aunque en su expresión seguía dibujada una sonrisa triunfal – Tendrías que haber dicho antes que no era tuya… no digo que no hubiera acabado igual, pero podría habérmelo pensado.
- Tranquila… ya veré cómo se lo digo… ¿Una carrerita hasta el coche? – preguntó de pronto, Yvette pudo notar la sonrisa con la que había hablado aunque no pudiese verla.
- ¡Arre, caballo! – azuzó, animada.
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Escritor:NOIRY,
RELATOS
lunes, 26 de enero de 2009
Escuesta 3
Alma FarishSOLDADO 1ªClase de 39 años. Pertenece a la primera generación de SOLDADO y fue la primera y única mujer de la división hasta el ingreso de Jaune la Gualda.
Ha pasado los últimos 5 años de su carrera militar sirviendo como instructora.
Es una mujer alta y atlética, sus aptitudes físicas poco tienen que envidiar a las de sus compañeros varones aunque son su carisma y astucia las que la convierten en un miembro preciado dentro de la unidad.
Se define por su firme moralidad y su hermetismo emocional. Aunque no apoya del todo según qué acciones de Shin-Ra su lealtad es inquebrantable y arriegaría su vida y reputación por defender sus intereses.
Cuando era instructora se mostraba mucho más abierta y cercana y solía vérsela con dos de sus mascotas: Baljhet, un perro-lobo entrenado y Luna, una gatita lisiada que se encaramaba a su hombro. En la actualidad y tras su vuelta a SOLDADO en activo ha adoptado una actitud más marcial.
Desde hace varios años comparte su vida con el doctor Connor Wolfe, que trabaja para el Departamento Científico de Shin-Ra. Aunque su relación es fluída y compenetrada en ocasiones sus puntos de vista y sus propias profesiones chocan.
Además de sus misiones como SOLDADO, se le ha encargado encontrar y traer de vuelta a Balance, aunque no se sabe exáctamente qué relación hay entre ambos.
En cuanto al personaje en sí, creo que es evidente su inspiración: The Boss de Metal Gear Solid 3. El trabajo de desarrollo de este personaje me pareció soberbio y ella es tremenda, totalmente incorruptible y leal, la mujer más dura en un mundo de hombres. SOLDADO me pareció el grupo perfecto para desarrollar un personaje similar, porque nunca se ha hablado de miembros femeninos en él. Sin embargo al tratarse de un personaje en, digamos, nivel muy alto, me pareció más conveniente usarla como instructora en sus primeras apariciones y el meteorito fue la excusa perfecta para llevarla a su papel original.
Aún con todo y pese a su hermetismo, Alma es muy emocional, pero no es una mujer frágil.
Su nombre: por la época en la que la creé acababa de leer Blacksad: Alma Roja, en el que la protagonista femenina lleva este nobre, que siempre me ha parecido muy evocador y femenino. "Farish" es una mezcla de tributo a Faris de FFV y una variación del nombre árabe "Faris" que significa "caballero". La mezcla es uno de esos juegos de significados que tanto me gusta hacer.
Alban WeiszSOLDADO de 2ªClase recientemente ascendido. Sólo cuenta 19 años pero ya se ha convertido en la estrella más brillante de su promoción y no son pocos los que esperan de él al mejor miembro de SOLDADO de los últimos años.
Es originario de Mideel y auténtico paradigma de la salud y fortaleza de la juventud. Desde pequeño ha gozado de una buena estatura y es corpulento sin llegar a ser masivo.
Es el mayor de cuatro hermanos y por ello siempre ha pensado que su deber es proteger a los demás... y encontró la forma de llegar a más gente en SOLDADO.
Su juventud y el hecho de haberse criado en una ciudad pequeña y tranquila le hacen poseedor de una visión casi demasiado utópica del mundo, y se esfuerza porque la realidad se ajuste a ese ideal.
Al igual que Alma, es tremendamente leal pero no tanto a Shin-Ra como a sus compañeros y el ideal que estos representan.
Alban tiene un caracter tremendamente pasional, para lo bueno y para lo malo, costándole sudor y sangre reprimirse en muchas ocasiones. Es vivaracho, abierto y positivo, aunque sabe cuando es momento de ponerse serio.
El personaje en sí nació casi sin querer en el relato en el que SOLDADO volvía de Junon. Aproveche que marqué diferencias entre varios soldados y tiré del filón... y nació Alban, como muestra de una nueva generación y una especie de sucesor de Alma.
Pienso que Alban es como esperaba que fuera Zack en base a lo visto en FFVII y aunque en Crisis Core es adorable le faltaba esa determinación y madurez que aparentaba en el original.
Su nombre y apellido son alemanes y ambos significan "blanco". Me hacía gracia que tuviera un nombre tan ario y el fuera morenísimo XDD Sus hermanos responden a los nombres de Blaine (amarillo), Cyan y Ruby.
Aaron ConwayUn chico de 15 años que por problemas económicos en la familia tuvo que dejar su cómoda vida en la placa superior y mudarse a los suburbios.
Pese a este revés sigue estudiando en el Instituto Militar Shin-Ra Nº6, en la placa y al que acuden incluso chicos de buena familia.
Es nieto, hijo y hermano de militares y perdió a su abuelo, padre y hermano mayor en acto de servicio. De él se espera que siga el mismo camino que el resto de su familia pero Aaron no está muy por la labor, tras la muerte de su hermano Elijah ve la guerra con malos ojos y a los militares como carne de cañón. Unido a este pensamiento va su escasa fortaleza física y su poco interés en desarrollarla. Prefiere los retos mentales y entre sus pasatiempos están montar puzzles y maquetas y completar juegos de habilidad mental.
Aaron es un chico inseguro y con tendencia a menospreciarse al verse incapaz de hacer sentir orgullosa a su madre. Ese sentimiento se acentúa cuando entra en juego su mejor amigo, Evren Jeyd, que no sólo es heredero de una inmensa fortuna, sino un guaperas empedernido y bueno en prácticamente todo. Aunque por algún motivo, quizá una mezcla de envidia sana y orgullo cabrío le hace querer superarse y superarle a toda costa.
Aaron es un chaval de lo más normal, podría ser tu vecino o ese compañero de clase simpático que siempre está ahí. No hay una referencia ni inspiración clara para él, lo creé para el curso de escritura tratando de hacer un personaje corriente y realista para desligarme de ese manojo de perfección que es Paris. Al tener poco pasado tras él es un personaje complicado para desarrollar, pero poco a poco empezará a crearse su propio camino.
Su nombre, Aaron siempre me ha gustado y nunca tuve oportunidad de bautizar a un personaje con él. Su apellido es un nombre galés que significa "agua bendita". Más tarde tiré del filón y acabé usando nombres bíblicos para los tres hermanos: Elijah, Isaiah y Aaron.
Paris BaransJoven de 19 años que trabaja en un bar de apuestas como camarero... aunque esta es sólo parte de su vida: la otra es la de un justicieron enmascarado que busca limpiar las calles de Midgar de todo aquello que la infecta. Curiosamente, y pese a hacer un "servicio social" él en sí mismo es prácticamente asocial, evitando si puede cualquier situación que le lleve a tratar con otras personas, aunque en los últimos meses su estrictamente hermética personalidad ha empezado a salir a base del roce con sus compañeros de campaña.
Desde hace un tiempo trabaja en colaboración con un grupo de aliados que por una razón u otra decidieron unirse a su causa, descubriendo así nuevos lazos afectivos que había enterrado tras la muerte de su hermana gemela, Katterinna, la única y verdadera razón de todas sus acciones y su existencia.
Por lo general se muestra frío y retraído, amable y conciliador cuando trata con gente extraña, y ligeramente pícaro cuando está en confianza. Por otro lado es como una bomba de relojería, las situaciones más inesperadas pueden llevarle a un ataque de ira que debe tratar con medicación específica.
Su mente es como un papel en blanco, no tiene prejuicios arraigados por lo que le es fácil adaptarse a las situaciones y aprende rápidamente.
Por otra parte, su escaso conocimiento de la sociedad actual le pone en aprietos en muchas ocasiones y deja translucir en otras tantas una genuina inocencia e ingenuidad haciendo ver a sus conocidos que bajo el frío exterior asesino hay sólo un chico.
Pese a que odia esa acepción, es un asesino consumado, tiene conocimientos de varias disciplinas de artes marciales y es un experto en la lucha a corta distancia con cuchillo. Su mejor baza es la agilidad, pese a su gran estatura es rápido y fléxible. Se ayuda de distintos tipos de materia y tiene especial afinidad con el rayo, que suele usar canalizándolo desde la hoja de la daga.
Para Paris no hay momentos de relajación, parece estar siempre en tensión en espera de algo.
En acontecimientos recientes se ha echo patente su relación con Shin-Ra, para los que responde con el nombre de Balance Nº2.
Lo que más destaca de él, aparte del atractivo físico, son los fríos ojos azul-grisáceo que hacen honor a aquella expresión de "si las miradas matasen..."
Paris, todos ya lo conocéis. Es fruto de un sentimiento de resentimiento que tuve al ver un documental sobre la tortura a presos de guerra en Guantánamo. La idea de un justiciero imbatible vino a mí y decidí crear a un personaje con ese eje central. El plan era hacer un one-shot con un personaje que fuera casi como un ángel y se sin embargo se dedicase a asesinar a los malos como un demonio. El Paris del primer relato es totalmente pasional e incluso psicótico. Más tarde fue evolucionando y madurando, ganando más profundidad y pasando de personaje pajas estándar a personaje pajas con motivos.
Aunque no lo parezca, Paris es un personaje muy complicado porque con él caminas siempre en la línea que separa lo creíble de lo marysue, y por tanto tener sus luces y sus sombras muy bien equilibradas es importante, y al tratarse de un personaje relacionado con Shin-Ra conocer el juego como la palma de mi mano es vital.
Su diseño está inspirado en tres referentes muy claros: Hyoga de Saint Seiya, Raiden de Metal Gear Solid 2 y los rockeros de los 80. La aspiración era clara: crear un modelo de belleza casi nazi, lo más parecido a un ideal divino, para luego rellenarlo de un interior oscuro, quebrantado e inestable.
Su nombre es otro que siempre me ha gustado, a parte de las connotaciones épicas, principescas y trágicas que tiene. Su apellido... no creo que haga falta que diga de dónde viene. ¿verdad?
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Encuesta: mejor personaje,
Escritor:NOIRY,
EVENTOS
lunes, 12 de enero de 2009
152.
El ambiente en el Edificio Shin-Ra era tenso esa mañana: el hallazgo del turco apaleado en las escaleras de servicio había conmocionado a los trabajadores: desde la encargada de la limpieza que había encontrado su cuerpo moribundo a los altos mandos de varios departamentos. “Es como si le hubiera atropellado un Rey Bégimo” declaraba la mujer, respaldada por los gestos de asentimiento de los pocos que habían visto el desconfigurado cuerpo de Creedan Dravo.
A medida que transcurrían los minutos la expectación y susto iniciales se habían convertido en un sentimiento de confrontación y sospecha palpable. Habían empezado a correr rumores sobre el posible agresor: algunos aventuraban que era una bestia desarrollada por el Departamento Científico que se había escapado; otros, más lógicos, señalaban a los propios miembros de Turk.
Mordekai Jacobi, que a penas había podido dormir unas pocas horas esa noche, estaba de un humor de perros. No sólo le habían interrumpido una exquisita cena de sociedad en la que esperaba sorprender a una señorita que recordaba a las vedettes de hacía unas cuantas décadas, sino que ahora debía hacerse cargo de dos investigaciones que podían acabar en un juicio interno.
Perfecto, simplemente perfecto. Maldita manera de empezar un día. No tardó mucho en recibir sobre su mesa el primer informe médico sobre el estado de Dravo: un abanico de huesos rotos o que directamente habían desaparecido, contusiones salvajes, los pulmones perforados y la columna prácticamente pulverizada. El maldito niñato parecía haber querido echar un pulso contra una apisonadora, con las dañinas consecuencias que esto conlleva.
Sabía que esto era una vendetta por la velada de la noche anterior, lo que no sabía era por parte de quién. Varios rostros se dibujaron en su mente, aunque para su disgusto debió desecharlos, las evidencias no apuntaban a un hombre cualquiera.
El mundo parecía difuminarse en las alturas del piso 67 del Edificio Shin-Ra, hogar del Departamento Científico.
Pocas veces un SOLDADO tenía la oportunidad de encontrarse en los pisos superiores de la estructura, y una de esas pocas veces era el momento en que uno se convertía en SOLDADO propiamente dicho.
De no hallarse en estado de excepción las pruebas para el tratamiento con Mako serían mucho más estrictas y rigurosas. Los científicos debían asegurarse de que los miembros no saldrían perjudicados de ninguna manera, después de todo el Mako era una sustancia potencialmente peligrosa: demasiada exposición podría resultar en un estado vegetal permanente, o incluso la muerte. Por lo general se descartaban la gran mayoría de candidatos y sólo uno de cada diez SOLDADO manifestaba alguna reacción adversa, generalmente leve, aunque suficiente para no permitirle ascender. En cambio, en esta época de crisis el Departamento de Seguridad Pública insistió en engrosar las filas de su comando de élite fuera como fuera, así que muchos candidatos que en circunstancias normales hubieran sido rechazados estaban siendo sometidos ahora al tratamiento.
El 1ª Clase Deemer Arsen esperaba en el pasillo. El del hermano menor de su mejor amigo era uno de los escuadrones escogidos para convertirse en la nueva élite. En ausencia de Ike, que debía acudir primero a una cita con el psicólogo de la unidad y luego a una sesión de rehabilitación, él se encargaría de estar allí para ver al joven Ainsley Lebven convertido en SOLDADO. En realidad ya había solicitado tenerlo a su cargo, era lo menos que podía hacer.
Un matiz de inmerecida culpa por lo que le había sucedido Ike en Junon le hizo jurarse que cuidaría del novato como si fuera su propio hermano.
- No tienes buena cara – saludó el moreno de extraña cresta en cuanto salió del ascensor.
Dee le miró y su, hasta hacía unos segundos, cara de póker se desvaneció. Dos hoyuelos se formaron en sus mejillas al sonreír, así como varias arruguillas en las comisuras de los ojos.
- ¿Quieres otra dosis de Mako, Alban?
- No gracias, después de la jaqueca que tuve la primera vez prefiero no seguir dándole al vicio – bromeó, acercándose a el otro hombre y apoyándose contra una ventana.
- Eso es normal, es como si te hubieras sacado cinco diplomaturas en dos días El cerebrín se te queda hecho mierda de pavo.
El 2ª Clase sonrió ante la comparación. Se volvió hacia la ventana para contemplar cómo la gélida bruma envolvía la placa superior.
- Me han dicho que ya no estaremos en el mismo equipo – encaró nuevamente al veterano, no había reproche en sus palabras, después de todo los cambios de miembros eran frecuentes.
- Quiero hacerme cargo del crío –señaló la puerta del laboratorio con la cabeza.
- ¿El hermano de Lebven?
Arsen asintió.
- No está preparado para ser SOLDADO, no creo que ni lo estuviera para ser PM, así que al menos espero poder hacerle las cosas más fáciles.
- Esto no está bien – Alban se apoyó en el alfeizar interior, algo molesto- Están preparando a esos chicos para ser carne de cañón, seguro que algunos ni saldrán de ese laboratorio sobre sus propios pies.
Deemer permaneció con los brazos cruzados sobre su pecho. Aunque compartía opinión con su joven colega sabía cómo funcionaban las cosas en Shin-Ra, después de todo llevaba muchos años trabajando para ellos. Era inútil ser un idealista. Alban era joven y aún creía en valores íntegros e incorruptibles. Aunque con el tiempo aprendería, o eso esperaba, que sus ideales no se ajustaban a la realidad que exigía su mundo.
Estaba cansado. Respirar le agrietaba la garganta. Perlas de sudor rodaban sobre su enrojecida frente y caían al impoluto suelo blanco. Le dolían todas las articulaciones. Los músculos se entumecían si permanecía más de un segundo quieto, y sin embargo moverse le parecía un esfuerzo sobrehumano.
El cansancio, la rabia, la impotencia y la frustración le llenaban los ojos de lágrimas, que ardían pero no caían. Los nudillos estaban pelados, hinchados y ensangrentados. Probablemente tuviera uno o varios dedos de los pies rotos. Las palmas le quemaban, la piel parecía cuero sin curtir, empezaba a despellejarse a causa del intenso calor del rayo.
Lanzó una mirada furiosa al hombre que se hallaban unos metros más allá, él también estaba algo magullado y sin embargo mantenía un porte digno y sólido.
- No sirves para nada – escupió con su grave y rasposa voz, los oscuros ojos se entrecerraron con desprecio – Niñato de mierda, eres escoria.
Un buen luchador nunca dejaba que las palabras afectasen a su estado de ánimo ni a su determinación. Un buen luchador mantenía la calma y estudiaba a su adversario. Un buen luchador nunca iba de frente contra alguien superior a él en altura y peso… Pero él no era un buen luchador. Él no conocía la calma ni la medida. Él era salvaje como un lobo acorralado e impredecible como un relámpago.
Se abalanzó contra las piernas de la mole que se postraba frente a él, esquivando malamente una patada que le rozó las costillas. Lanzó un fuerte puñetazo a la rodilla de la pierna que aún estaba en alto y una patada baja al tobillo de la que se afianzaba firmemente en el suelo; no logró derribarlo pero sí romper su centro de gravedad, haciendo trastabillar al siniestro hombre y aprovechando esos escasos segundos de baja guardia para acometer una segunda embestida. Invocó al rayo una vez más, que reventó con su calor las ampollas de las palmas mas un fuerte golpe en la mandíbula interrumpió el conjuro y lanzó al chico a un lado.
El hombre vio a su adversario rodar en el suelo, manchando su pálida camiseta de sangre. Se incorporó ligeramente para escupir otra poca.
- No sólo no sirves para nada sino que encima eres idiota – aunque sus palabras y su actitud estaban impregnadas de un inconmensurable desprecio, el leve temblor en su rodilla le recordaba que si alguien como él estaba aquí era por algo, y que el niñato de mierda no era tan inútil como se emperraba en hacérselo saber – Con esa estrategia de gatito enfadado no vas a llegar a ninguna parte.
Avanzó unos pasos. La respiración jadeante y la postura encorvada del chico le decían que no podía más y un ataque sorpresa ahora parecía del todo descartado. Aún así se acercaba con precaución, ya se conocía aquel truco tan común de hacerse el muerto –abatido en este caso- para luego lanzar un último ataque.
- Ya es suficiente por hoy – dijo una voz distorsionada por un comunicador – Nº2, vuelve.
El chico se levantó, no sin esfuerzo, dejando un camino de gotas de sangre allí por donde pisaba. Alcanzó la puerta metálica que hasta un momento había estado sellada y ahora se abría al pasar bajo el escáner de luz azul. Se paró en el umbral y se volvió para lanzar una última mirada a la mole que aún permanecía en el centro de la sala, ahora visiblemente más relajado. Éste le devolvió la misma mirada, teñida por el orgullo y el desdén.
- Espero que volvamos jugar otro día – dijo con retintín.
A penas vio la navaja que silbó a su lado y cortó su oreja izquierda, chocando finalmente contra el fondo de la sala blanca y marcando un punto rojo de sangre en la pared. Se volvió para verla, atónito, el chico no llevaba armas, no lo tenía permitido, en cambio él se permitía el lujo de llevar unas cuantas hojas escondidas por si las cosas se ponían demasiado feas.
- Zorro hijo de puta… como te atrape…
Habían transcurrido sólo un par de horas desde el descubrimiento del accidente en las escaleras de servicio y se habían abierto varios hilos de investigación: la Unidad 3 de Turk, que estaba bajo el mando inmediato de Tseng, o en su ausencia de Heidegger mismo, se encargaría de investigar a los propios miembros de Turk, una medida que Mordekai Jacobi aprobaba sólo a medias: por un lado se lavaría las manos si alguno de sus odiados veteranos resultaba estar en el ajo, por otro sus niños predilectos también podrían ser expedientados por mala conducta… y ese era el mal menor.
Ordenó a varias de las unidades a su mando investigar e interrogar a los testigos del “incidente” en la Tower of Arrogance, incluyendo al servicio y a la propietaria.
Él mismo se encargaría del 3º hilo aunque no por gusto, pero sabía que Seguridad no dejaría a nadie más investigar otro departamento bajo esas circunstancias, aún menos a su departamento más valorado.
La luz de la puerta mecánica cambió de rojo a azul, anunciando que la seguridad había sido levantada y por tanto, que el tratamiento de Mako había finalizado.
Uno a uno los nuevos SOLDADO salieron del laboratorio, prácticamente como si hubieran sido lobotomizados. Sólo seis de los diez chicos que habían entrado salieron, el resto permanecieron bajo observación por “reacciones adversas” al tratamiento.
Ainsley Lebven, ahora SOLDADO de 3ª, salió el penúltimo, aturdido. La plateada y difusa luz del corredor fue suficiente para levantarle un terrible dolor de cabeza.
- Ley – le llamó una voz conocida- Ley, ¿te encuentras bien? – la pregunta parecía absurda teniendo en cuenta que uno no se encontraba bien después de ese tratamiento, pero a lo que el tipo se refería era un “¿Sigues siendo persona?”
El novato volvió sus ojos de recién adquirido brillo espectral hacia su interlocutor, caminaba tambaleándose, casi como si hubiera estado una semana en el festival de la cerveza de Kalm.
- Dee…
- Sí chico, estamos aquí – Deemer lanzó una mirada de soslayo a Alban, que se acercó visiblemente preocupado, aunque el veterano sonreía ligeramente.
- Ser SOLDADO es horrible… es la peor resaca de mi vida.
Dee rió y Alban se relajó, si podía permitirse el lujo de bromear con la situación entonces no era nada grave.
- ¿Tendría yo esta pinta cuando salí del tratamiento? – preguntó el 2ª Clase, casi de forma retórica.
- Tú y todos – rió Arsen- Pero esto no lo enseñan en los videos promocionales para unirse a SOLDADO.
El piso 49 se encontraba prácticamente abarrotado de chicos tambaleantes. Varios 3ª Clase con más experiencia y algunos de 2ª se encontraban allí para aconsejar y dar apoyo moral a sus nuevos compañeros. El único de 1ª en este momento era Deemer Arsen, que sabía que pronto el director del departamento vendría y daría lo que venía siendo su típico discurso de bienvenida, luego los chicos podrían tomarse el día libre y empezar a recomponer sus cerebros… los próximos días serían especialmente duros para ellos ya que comprobarían como sus nuevos conocimientos adquiridos potenciaban cada una de sus habilidades… y probablemente los accidentes se sucederían uno tras otro.
Alban contemplaba a esos chavales, no mucho más jóvenes, quizá incluso de su misma edad, vagar de un lado a otro. Algunos empezaban a salir de ese estado atorado mientras que otros parecían sombras de lo que pudieron haber sido. Seguramente muchos habían elegido la carrera militar para financiar sus estudios y no esperaban jamás ser aceptados como miembros aptos para el grupo de élite.
Se sentía en cierta medida culpable por sentir aversión a esos nuevos compañeros, pensaba que era demasiado soberbio no considerarlos suficientemente buenos o preparados sin conocerlos, pero sabía que no era culpa de ellos si no de Shin-Ra, que los había lanzado a esta peligrosa carrera sin haberlos entrenado correctamente.
El PHP vibró en el bolsillo de su pantalón, por su duración y frecuencia debía ser un mensaje. Al levantar la tapa pudo leer “Director” en el remite.
El puesto de Director de SOLDADO era prácticamente el de una marioneta. Desde hacía tiempo era el propio Heidegger, el cabeza del Departamento de Seguridad Pública, quien se ocupaba de dirigir a la unidad de élite, aunque relegaba varias de sus funciones al veterano Yuri Kischner, que había combatido en Wutai y Corel y quien ahora debía comerse el marrón que se le venía encima y tenía forma de Jefe en funciones de Turk.
Alban se encontró con la puerta del despacho abierto de par en par. Su sorpresa creció cuando encontró allí a Alma Farish, Gwendal Storm y Roberto Pino, exactamente los las mismas personas que habían sido convocadas durante la noche para solventar los disturbios en la Tower of Arrogance.
De pie, junto al escritorio circular, cerca de donde se encontraba sentado el director Kischner estaba aquel chupatintas pretencioso que respondía al nombre de Mordekai Jacobi, acompañado de tres de sus chicos, los tres bien altos y fuertes. No servían para impresionar a ninguno de los presentes pero sí para infundir una falsa sensación de seguridad al líder.
- Aquí los tiene, Mordekai – dijo el director, sin demasiada delicadeza. Se sentía insultado tan sólo por la idea de una mínima sospecha contra su grupo.
- Presumo que ya se han enterado de la terrible agresión que uno de mis agentes sufrió esta madrugada.
- Dicen que un bégimo encolerizado se lo encontró bajando las escaleras – la capitana fue quien se pronunció, aunque su rostro seguía totalmente impasible.
- Todos sabemos que no hay bégimos en Midgar, y menos aún en las escaleras de servicio de este edificio – una sonrisa falsa recorrió el rostro de Jacobi- Sin embargo, sí hay gente con la fuerza suficiente en este mismo lugar que tendrían la posibilidad de acometer tan despreciable acto.
- ¿Qué insinúas, Mordekai? – inquirió Kischner, haciendo pública una pregunta que todos se formulaban aunque ya suponían la respuesta.
- No insinúo nada… Yuri – el turco lanzó una rápida mirada a la placa sobre el escritorio antes de tutear al director- Como comprenderás debemos investigar a todos los que estuvieron allí, SOLDADO incluido, sobre todo cuando estamos ante hombres… y mujeres – lanzó una mirada aguda a la capitana- que pueden enfrentarse a zoloms en singular combate.
El tono petulante y los falsos y comprometedores halagos no hacían más que acrecentar la ya plantada semilla de la hostilidad hacia ese hombre. Por no mencionar ese detalle que suponía una acusación de agresión.
- ¿Qué motivo teníamos alguno de nosotros para apalear a ese tío? – Alban saltó, indignado.
- No es necesario enfadarse, muchacho – otra vez ese tono condescendiente – Esto es mera formalidad.
- Al chico no le falta razón, Mordekai – el director seguía sentado en su silla, impasible, con las manos cruzadas frente a su rectangular rostro – SOLDADO no se toma la justicia por su mano. Están entrenados para proteger los intereses de Shin-Ra, y en esos intereses se incluye tu departamento. Si no me equivoco, gracias a estos hombres tus chicos salieron ayer de esa discoteca sin un solo rasguño. Es muy feo insultarles ahora con tus sospechas paranoides.
- Por favor, caballeros… y dama, no hagamos de esto una montaña, simplemente queremos zanjar esta cuestión enseguida para poder enfocar la investigación por un mejor camino – El turco se movía por la habitación haciendo gestos grandilocuentes y pomposos - Si no tienen nada que esconder no les importará responder a unas sencillas preguntas. ¿Verdad?
- ¿Estás despierto?
Rolf parecía un muerto en el sofá, no se movía y su respiración era tan leve que parecía que no respiraba en absoluto. Fue un gruñido el que despertó la curiosidad del anfitrión, que se acercó para mover ligeramente ese cuerpo inerte.
La falta de respuesta y un leve murmullo gutural fueron los indicadores de que el tirador aún se hallaba inmerso en los brazos de Morfeo, algo que alivió a Paris, que en breves se veía participe de una de esas conversaciones en las que alguien acaba llorando y el otro tiene que animarlo. No sabía lo que era perder un amigo pero sí lo que era perder a alguien… y aún así no se veía capaz de dar aliento a nadie en esa situación. Pensaba que lo mejor era desahogarse y no recibir demasiados “lo sientos” ya que éstos no hacían más que empeorar el ánimo aunque fuesen dichos con la mejor intención.
Volvió a su habitación y se tiró sobre la cama, con los pies colgando fuera del colchón. Observó el techo de escayola que tan bien conocía. El corazón le empezó a latir con fuerza cuando en ese momento de sosiego había vuelto a él el recuerdo del sueño de esta extraña noche. Sueño que no era un sueño si no uno de sus muchas enterradas memorias que a veces se empeñaban en resurgir y recordarle quién era.
- Nº 2… - dijo para sí. Esas palabras le trajeron a la mente imágenes que ahora parecían muy lejanas, casi como de otra vida totalmente ajena a la suya.
Se incorporó y quedó sentado al borde de la cama, a través de la puerta abierta podía ver la cabeza de Rolf sobre el reposabrazos del sofá. Si hace diez años le hubieran dicho que alguna vez llegaría a esta situación habría sorprendido a todos soltando una caracajada. Y sin embargo, haciendo repaso, había conseguido sin saber exactamente cómo todo cuanto había rechazado antes. No podía evitar sentir un creciente sentimiento de culpa y aflicción por haber perdido esa conexión con su pasado, responsable de todo lo que hacía en su presente y que ahora parecía perder sentido poco a poco.
Se levantó y caminó hasta el baño, encarándose por primera vez al espejo que había estado allí desde que pisó ese apartamento por primera vez y al que sin embargo nunca prestaba atención. Se deshizo de la camiseta gastada que usaba para dormir y miró el reflejo que le mostraba tal cual era.
Seguía allí. Sabía que seguiría allí pero verlo, observarlo, fue como despertarse con el dolor de un golpe. En el pectoral izquierdo, sobre el corazón, con letras rectangulares y sencillas, como las impresas en los números de serie.
- ¡Hijo de puta! – Pino quiso golpear una taquilla, pero Alban le detuvo antes de que les cayera una bronca por daños contra el mobiliario.
- Tranqui, Rober, no le des más motivos a ese relamido para investigarnos.
- ¡Prácticamente nos ha cargado al muerto!
- Aún no está muerto – puntualizó Gwendal, el más taimado de los tres.
- ¡Calla! “Las lesiones apuntan a una fuerza superior a la normal, similar a la de un 3ª o incluso un 2ª Clase” –repitió las palabras del turco que se encargó de su interrogatorio, un tipo alto con facciones del área de Cosmo – Te juro que me hubiera gustado partirle la cara a ese piel roja.
- No tienen pruebas en nuestra contra – Alban mantenía una postura firme y comedida, pero no parecía tan despreocupado como Gwendal Storm – Una acusación en falso a SOLDADO dañaría las relaciones entre nuestros departamentos.
- Más de lo que ya lo están… - apostilló nuevamente Storm.
La puerta del ascensor se abrió. La capitana mostraba esa impenetrable máscara en la que se había convertido su rostro desde que fue llamada nuevamente a SOLDADO en activo. Se dirigió a su pequeña tropa, que parecía ansiosa por saber si había alguna nueva.
- Confío en que nadie haya tenido nada que ver – la sentencia bien parecía una amenaza.
- No creo que ninguno de nosotros sea tan estúpido como para darle una paliza a un turco en el edificio – Alban habló por todos, ligeramente indignado.
- Ni siquiera teníamos un puto motivo, aunque ahora mismo de buena gana le partía las piernas a más de uno, por gilipollas – bramó Pino.
- ¿Aún prestaremos declaración por el asesinato del tipo de la discoteca? – preguntó Storm, con su siempre sosegado tono.
- Por supuesto. No me extrañaría que toda esta molestia fuera una cortina de humo para enterrar esa investigación… o al menos aparcarla lo suficiente para que nos olvidemos de ella hasta que haya concluido.
- ¿Entonces qué hacemos? – preguntó Pino, cruzando los bronceados brazos sobre el pecho.
- No permitir que nos dejen fuera, hay una pequeña posibilidad que esas estrellas del pop disfrazadas de agentes se queden sin trabajo y haremos todo lo posible para que ocurra. Sé que muchos turcos decentes y la familia del fallecido esperan que así sea.
- ¿Izzy? ¿Cómo estás? Lo sé, yo también. ¿Y Henton? – hubo una pausa bastante larga-Ah, bueno, me alegra oír eso. No creo que ese maldito hijo de perra vuelva a comer sólido en su puta vida. Claro, sin problema. No te preocupes, yo me encargo. Claro. Si necesitas cualquier cosa… Por supuesto. Te quiero, preciosa. Hasta luego.
Rolf corrió la tapa de su PHP y volvió a arrebujarse en la manta. Le gustaría volver a dormir pero la llamada le había desvelado completamente. Había sido una noche terriblemente siniestra. El estrés emocional al que se había sometido era tal que tenía la sensación de que no se recuperaría en días. Recordaba todo como si hubiera pasado hacía una semana y no tan solo unas horas atrás. ¡Ni tan siquiera hacía un día!
El mundo parecía hoy un lugar más vacío sin Darren y sólo pensar en ello hacía brotar en él un profundo sentimiento de melancolía y desazón.
Miró a su alrededor, al principio le costó reconocer la estancia, aunque el hermetismo y el racionalismo de su decoración le recordó que era la casa de Paris. Buscó al susodicho pero no parecía estar en ningún lugar a la vista, probablemente siguiese durmiendo. De haber sido otro día hubiera aprovechado esa situación para espantarlo, pero hoy no estaba de humor para atormentar a su ingenuo amigo.
Se levantó y vagó por el salón hasta la ventana cerca de la cocina, encontrándose con un paisaje desolador, al menos en comparación con el que estaba acostumbrado: Mercado Muro, oscuro y viciado, iluminado tan sólo por las luces piloto de la placa y los neones de los innumerables comercios, uno de los mejores ejemplos de supervivencia en condiciones adversas. En cierto modo esta visión le parecía un fiel reflejo de su mundo interior en estos momentos.
Apoyó la cabeza en el cristal, dejando que el frío entrase en su cuerpo y entumeciera aquellos sentimientos. De pronto reparó en la puerta a su lado, presumía que sería otra habitación, pero si así era no entendía por qué su anfitrión no se la había ofrecido; no es que le disgustase dormir en el sofá porque tampoco era la primera vez, pero le intrigaba. Miró a su alrededor por precaución y giró el pomo.
Un azote cálido le recibió con un fino olor a rosa. En comparación con el resto de la casa aquella habitación era un mundo totalmente distinto: las paredes estaban recubiertas de papel pintado con arabescos en color beige y blanco, decoradas con máscaras de madera, abanicos y piezas de gasa. Había adornos sobre la mesita de noche y en la estantería y el edredón de la cama estaba estampado de flores. Todo estaba ordenado pero una fina capa de polvo parecía cubrirlo todo, como si aquella estancia hubiera sido abandonada hacía ya tiempo.
Dio un par de pasos hacia el interior, intrigado por aquella insólita estancia dentro de un mundo en el que las formas rectas y el blanco eran el denominador común. Un gatito de porcelana parecía saludarle con una pata en alto desde la cómoda, a su lado una bola de nieve con un evocador paisaje de Íciclos. La agitó, dando vida a aquella esfera cristalina que parecía haber sido congelada en el tiempo. Posó ahora su mirada en la estantería, donde una fotografía empañada por el polvo dejaba entrever dos figuras gemelas. Se aproximó con cuidado, como si se encontrase en unas antiguas ruinas de incalculable valor, y alargó una mano para limpiar el cristal de irregular forma cuando algo le embistió por un lado y aprisionó su brazo, retorciéndolo contra su espalda. El fuerte golpe contra la pared lo aturdió unos segundos.
- ¡¿Paris?! – Exclamó, tratando de captar su figura por el rabillo del ojo - ¿¡Qué cojones…!?
Notó el como los tendones de la mano que lo sujetaba empezaban a tensarse, aumentando la presión poco a poco, tanto que empezó a sentir cómo las venas se hinchaban. La respiración a su espalda era profunda y sonora, casi como la de una bestia. Se empezaba a preguntar si realmente aquel era su amigo o no.
- Paris, lo siento… no quería – trato de volver el rostro pero el antebrazo de éste aprisionó su cuello contra el empapelado, casi podía oír el pulso acelerado que corría por el cuerpo de su captor. Le costaba respirar, su nuez estaba prácticamente aplastada.
Tragó aire como pudo, produciendo un silbido.
- Paris, por favor… no puedo respirar.
Notó una nueva presión a su espalda, y sintió como el cabello del chico rozaba su cabeza. Casi agónico oyó su respiración entrecortada, como si le costase trabajo inspirar.
Y en un momento la presión la liberó, notó que su camisa tiraba de él y le arrancaba del sitio. Todo fue tan repentino que no se dio cuenta que estaba fuera de la habitación hasta que oyó un portazo a la espalda y un sonoro golpe después.
Recobró el aliento, si había estado adormilado antes ahora se sentía totalmente despierto. La adrenalina provocada por el miedo se extendía por cada vaso sanguíneo.
No supo que hacer, en realidad ni siquiera un pensamiento cruzó su mente, sus ojos veían pero no procesaban la información.
- Lo siento – oyó la voz del chico tras la puerta, ligeramente ronca, pero no temblaba – Dame un momento, por favor.
Aunque no hubiera querido dárselo, los pies de Rolf no hicieron amago de moverse del sitio. Se echó una mano al pecho, tratando así de tranquilizar a un corazón que parecía haber corrido una maratón.
Oyó el gemido de la puerta tras de sí. Se volvió sin saber muy bien por qué, quizá para esperar una explicación o para asegurarse que quien salía era Paris y no un doppelganger maligno. El chico cerraba la puerta en el momento en el que Rolf posó la vista en él, descubriéndolo vestido únicamente con unos pantalones holgados que usaba de pijama.
- Lo siento – se volvió a disculpar. Su voz volvió a ser tal como solía ser – Era la habitación de Katterinna… nadie entra ahí desde hace…
Paris observó la expresión de Rolf mientras la mueca que pretendió ser conciliadora se desdibujaba en su rostro. El tirador abrió sus ojos verdes como si tuviera frente de sí a la misma parca. Siguió el recorrido de su mirada y fue lento a la hora de llevarse la mano al pecho.
- ¡JO-DER! – exclamó de pronto el moreno.
Se abalanzó sobre la mesa del salón y cogió su PHP para luego salir despedido por la puerta de entrada.
Paris se sorprendió casi más de su velocidad que de su reacción.
- ¡Rolf! – le llamó en vano, antes de correr tras de él.
Había días en que era mejor no despertarse, algo te decía que lo mejor era dormir hasta que la noche cayese de nuevo. Y hoy era uno de esos días.
Rolf buscaba entre sus contactos, sin saber muy bien a quién llamar ni qué iba a decir. Al pisar el descansillo del 2º había llegado a la “k” y Kurtz parecía el más indicado… o no. El maldito Jonás era turco. ¿Qué cojones pasaba aquí?
- ¡Rolf!
El susodicho se volvió a tiempo para ver como el motivo de su huída bajaba los escalones de seis en seis. Sintió la urgencia de echar a correr nuevamente, pero la mano de Paris apresó su muñeca antes de alcanzar el siguiente tramo de escalera.
- Por favor – la súplica le impactó lo suficiente para no intentar huir, pero seguía sintiendo una terrible desconfianza hacia el que, hasta hacía diez minutos, consideraba un amigo- Déjame explicarte.
- ¿Explicarme? ¿Explicarme qué, Paris? ¡Eres uno de ellos!
Un súbito arranque de rabia, provocado por la sensación de traición se apoderó del tirador, que trató recuperar su mano, aunque sus intentos fueron fútiles. El agarre no era agresivo, pero tampoco le daba opción a irse.
- No, no lo soy. Deja que…
Si alguna vez había habido un momento peor para una intromisión… era ése en concreto. La puerta que tenían a su lado se abrió lanzando un quejido lastimero, que fue prontamente remplazado por un chillido que competiría con los agudos de las mandrágoras. Ambos hombres miraron a la silueta que se plantó en el umbral, generando en ambos sendas muecas de horror.
- ¡Agh! ¡No me lo puedo creer! ¡Zorra! –chilló Deryn al ver al moreno de los ojos verdes - ¿Qué haces aquí? ¿Mmh?
El excéntrico vecino estaba bajo el dintel, con los brazos cruzados sobre su escuálido pecho mal tapado por la bata de color rosa palo.
Ahogó un chillido al ver quien se encontraba al otro lado del brazo de su odiado Némesis: ni más ni menos que su ángel vespertino, el efebo rubio que le había robado el corazón, la criatura más perfecta de la creación, el regalo de los dioses a este mundo horrendo… PARCIALMENTE DESNUDO. Deryn regodeó su vista en el fibroso torso, deseando tocarlo, tan ensimismado en su visión que no recayó en el objeto de discusión de la extraña pareja. Paris reaccionó tirando del brazo del moreno y cubriéndose tras él, dejando visible la cabeza tras su hombro.
- ¿Deryn “la loca”? – murmuró Rolf, incapaz de creerse lo bizarro y surrealista del cuadro. No sabía si reír, llorar o tirarse por las escaleras.
- ¡Loca tu padre! – espetó el aludido, arrebujándose en su albornoz de imitación de seda - ¿Qué haces con éste? – se dirigió ahora a su ángel, exigiéndole explicaciones que no le eran debidas.
- Rolf, por favor – Paris se dirigió nuevamente al tirador, quien notó un tono de súplica que no supo si era por la necesidad de explicarle lo que fuera que quería explicarle o por huir de aquella extraña situación.
- Vale.
El tirador volvió sobre sus pasos, por fin el agarre sobre su mano cedió. Meneó la cabeza incrédulo y farfulló algo por lo bajini. Tras él, Paris parecía aliviado.
- ¡Eh! ¡EH! – chilló Deryn, con esa voz de flauta desafinada suya, profundamente indignado por el vacío absoluto al que se había visto sometido - ¡Zorra desgraciada! ¡Es mío! ¿¡Has entendido!?
- Entiendo…
- No te pediría esto si no fuese importante.
- No te preocupes, aún mantengo algunas amistades dentro de Turk.
Deemer se apoyaba contra la pared fuera de la sala de entrenamiento, que en esta ocasión hacía las veces de salón de conferencias. Frente a él Alma se mostraba ligeramente intranquila.
- Gracias.
- No tienes por qué darlas. ¿Qué te pasa? – preguntó finalmente el hombre, que notaba como la crispación deformaba las siempre impasibles facciones de la capitana.
- Nada – mintió, abriendo demasiado los ojos.
Dee esperó, sin decir nada. Lanzando un vistazo al interior de la sala a través de los cristales azules.
- Un Arma está atacando Mideel – confesó finalmente. Se apoyó en la pared frente a su interlocutor.
- Joder… no dan respiro.
- No es Arma quien me preocupa.
- Pues si no es Arma no sé qué más puede preocuparte, ya hemos visto lo que pueden llegar a hacer esos monstruos – Dee frunció el ceño, con el recuerdo de Junon aún reciente en la memoria.
- Weisz es de Mideel. Nos destinan allí. Temo que no pueda soportarlo.
El veterano dejó traslucir una sonrisa triste. La generala, aunque siempre se mostraba dura e impasible, seguía comportándose como una madre con todos sus subordinados. Quizá por eso era tan fiera en la batalla, como una madre loba defendiendo su camada.
- ¿Por qué sonríes así? – cuestionó ella, contrariada.
- No, por nada.
- Qué mal mientes, Dee – le increpó, aunque ahora sonreía, tras descifrar los pensamientos de su compañero.
La puerta mecánica se abrió unos metros más allá, los pasos se sucedieron rápidamente, en una carrera. Un chico salió despedido en dirección al ascensor, donde fue interceptado por los dos veteranos.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Alma, reteniendo al chaval que parecía terriblemente nervioso.
- E-es Danny, le-le ha dado algo, un chungo rarísimo. Ha caído al suelo y-y-y… ha empezado a murmurar cosas raras, se le ha ido la olla. El director me manda a buscar al equipo médico.
- Ve, date prisa.
El joven 3ª Clase tomo el ascensor en el momento en que ambos veteranos corrían a la sala de entrenamiento, donde vieron a varios chicos alrededor del tal Danny, que yacía en brazos del director Kischner.
- Reunión… debo…ir…
El joven tenía los ojos desorbitados y parecía que su mente estaba en otro mundo.
Kischner lanzó una mirada a Alma. Ambos lo habían visto antes pero pensaban que se había acabado.
Deemer buscó a Ley Lebven con la mirada y se alegró de encontrarlo aún sobre sus dos piernas y en sus cabales. Puso una mano sobre su hombro y el chico reaccionó.
- ¡Dee! ¿Qué coño le pasa?
- Una reacción adversa al mako – “creo” apostilló en su mente. La verdad es que ése no era un efecto que había visto en los tratamientos con mako.
Pero le recordó algo, un compañero que había sido asesinado. Alguna noche lo había oído hablar dormido, diciendo cosas similares.
Por fin el equipo médico irrumpió en la sala e hicieron el primer reconocimiento al catatónico niño, que seguía farfullando.
Dee se acercó a Alma, quien se hizo a un lado para dejar espacio a los sanitarios para trabajar. El director Kischner daba instrucciones al resto de chicos de ir a sus barracones y descansar, restándole importancia al incidente.
- Alma… esto lo he visto antes.
- Soren Brannan – la capitana se adelantó al veterano, quien se limitó a asentir.
Sí, Soren era el último a quien había conocido que padeciese ese extraño trastorno. Connor había mencionado algo del Proyecto Reunión, pero este chico no tenía nada que ver con eso, había seguido el mismo tratamiento que el resto de SOLDADOs comunes, el mismo al que ella, Arsen, Lebven y todos los demás se habían sometido.
Ella mintió al joven Brannan cuando le dijo que era algo que todos los SOLDADO padecían, no quería que pensara que estaba solo en eso y esperaba infundirle esperanza. Pero ¿Y si en realidad no le había mentido pero ella no lo sabía?
Notó cómo algo en su interior empezaba a resquebrajarse. Su fe había sido traicionada de más formas de las que podía contar.
- ¡Ya me estás dando un buen motivo para no pensar que eres un puto traidor infiltrado! – bramó Rolf, interponiendo entre él y el acusado una distancia de un par de metros.
- Probablemente he asesinado más shinras que tú – se defendió el chico al otro lado, que empezaba a perder la paciencia.
- ¿Y? ¡Scar también! – el tirador hizo un aspaviento y su voz adquirió un tono agudo.
- Y sin embargo no desconfías de él – acusó el justiciero.
- ¡Por que no tiene un puto tatuaje que lo clasifica como un… proyecto o lo que sea de Shin-Ra, joder! – Rolf señaló la marca en el pectoral del rubio.
Éste frunció el ceño, incómodo. Tras una breve pero intensa mirada entre ambos relajó los tensos hombros.
- Ésto –se llevó la mano al pecho, sin saber muy bien si indicaba u ocultaba el tatuaje- es por algo que ellos nos hicieron.
- ¿Nos? ¿Quién… - Rolf se detuvo cuando la respuesta vino como una centella a su mente, aunque fue Paris quien la hizo audible.
- Katterinna.
A la mente del francotirador vino el recuerdo del día en el que “el fantasma de Midgar” había venido a reclutarlo, con una idea disparatada y sin dar nada a cambio. “Mi hermana está muerta por culpa de esos corruptos” habían sido las palabras exactas que le hicieron empezar a considerar aquel descabellado trato.
Rolf lanzó una mirada indescifrable a Paris, aún separados por la distancia que medía el sofá de largo. Se llevó una mano a la sien, como si procesar todos los pensamientos que corrían fugaces por sus neuronas le costara un terrible trabajo. Arrastró los pies y se dejó caer en el butacón, dónde aún podría seguir encarando al justiciero.
No hubo más que silencio el minuto siguiente.
- ¿Piensas que si hubiera querido matarte no lo habría hecho ya? – espetó Paris, impacientándose por la falta de respuesta, positiva o negativa, de su interlocutor – Te he tenido a mi merced todo el tiempo. ¡Has dormido en mi sofá! ¡Nada me impedía rajarte la garganta y enterrarte sin que nadie moviese una ceja! – el chico hizo un aspaviento y señaló la habitación de Katterinna- ¡Antes bien pude partirte el cuello y no lo hice!
- ¿¡Quién habla de matar!? – saltó Rolf, contagiado por el aura hostil que se había impuesto en el pequeño salón – ¡Podrías estar investigándonos, ser un doble espía o yo qué cojones sé! – se desplomó nuevamente sobre el sillón, masajeándose la frente con el índice y el pulgar.
Paris se irguió cuan largo era. Los haces de neón verde que se colaban por la ventana esculpieron oscuras sombras y mortecinas luces sobre su pálida piel y dotaron a sus ojos metálicos de un brillo siniestro.
- Soy un asesino. Créeme, si trabajara para Shin-Ra él único motivo por el que jamás llegaríamos a conocernos sería matarte.
Rolf escudriñó al tipo, que se le antojó una persona totalmente diferente a la que conocía. Encontró en sus palabras un alegato de inocencia y una extraña confesión. Paris nunca usaba las palabras “asesino” o “asesinar” para referirse a él o a sus actos, ya que consideraba que lo que hacía era pura y merecida justicia, y sin embargo ahora no había ni pestañeado al pronunciar esa odiada acepción.
- Mira… yo ya no sé qué pensar… ni siquiera sé si quiero pensar en absoluto.
El cansancio, el estrés y todo lo sucedido en las últimas veinticuatro horas cayeron sobre Rolfhelm como una losa. Quería golpear algo, o beberse una botella entera de tequila, o llorar hasta hartarse, o simplemente dormir, pero fuera lo que fuera sentía la urgencia de evadirse de su vida
– Estoy harto y estoy cansado, joder. Un buen amigo mío ha muerto esta noche delante de mis putas narices y otro ha intentado matarme ¿Pero qué cojones pasa hoy? ¿¡Qué mierda le he hecho yo al karma, hostia!?
Finalmente la copa de refinado cristal se desbordó. Había luchado por contenerlo todo en su sitio pero ya no podía más. Enterró la cabeza entre las temblorosas manos, ocultándole al mundo el dolor y tratando de dejarlo dentro de sí mismo. La respiración era espasmódica, sorbía el aire más que respirarlo. Sus músculos convulsionaban, incontrolables. De vez en cuando se pasaba el dorso debajo de la nariz. Le dolían tremendamente las sienes y le hormigueaban los párpados. Sus pulmones parecían haber encogido de pronto, obligándole a respirar más deprisa. Los oídos le pitaban, las extremidades le pesaban. Y las lágrimas caían.
Paris no supo cómo reaccionar. Aunque había esperado ese momento no esperaba que las cosas hubieran tomado este siniestro cariz. Consideraba que acercarse podría provocar una reacción hostil por parte del afligido, pero no hacer nada tampoco le parecía la mejor opción. Tomó la manta del sofá y avanzó hasta Rolf para echársela sobre los hombros, aunque no reaccionó. Luego se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el lateral del butacón.
- Siento lo de tu amigo… y siento todo lo que ha pasado – se disculpó honestamente, casi en un susurro.
No recibió respuesta, pero tampoco le importó. Ni tan siquiera sabía si Rolf le había escuchado.
Pasó un rato largo hasta que el afligido hombre dejó de temblar y decidió buscar un pañuelo en el bolsillo de su caro pantalón. La escasa luz solar que llegaba desde el exterior del sector rebotaba y se reflejaba en los edificios, brindando un paisaje ligeramente menos opresivo de Mercado Muro.
- Lo sé – dijo finalmente Rolf, con voz nasal, antes de sonarse – Supongo que a todos nos salpica la mierda.
Extendió un brazo fuera del butacón, alcanzando la cabeza del chico y alborotando los dorados mechones.
- Mira, me da igual quién o qué seas… pero como no me meta algo en el buche me va a dar algo.
Paris rió, aliviado y entrando por fin en un estado más relajado.
- Entonces… - se incorporó poco a poco, se le había quedado el culo dormido- Vamos a desayunar, te invito.
El dandi alzó una ceja oscura sobre sus enrojecidos ojos verdes, con una sonrisa demasiado afectada para lograr el efecto chulesco que pretendía.
- Te advierto que soy de gustos caros.
- Haré lo que pueda.
El joven había emprendido el camino hasta su cuarto cuando Rolf volvió a pronunciarse desde el sofá.
- ¡Y ponte algo de ropa de una vez o alegaré incitación!
- ¡Farish! – el alarido del 2ª Clase Alban Weisz resonó en los pasillos del piso 49, deteniendo en seco a la capitana.
- No estamos en el campo, Weisz. – recriminó- ¿Qué ocurre?
El muchacho llegó a su altura con el ceño fruncido y los labios apretados por la crispación.
- ¿Por qué me has dejado fuera? – trató de contenerse y mantener el respeto por su superior.
- Serás de más ayuda aquí – argumentó ella, restándole importancia al asunto, ya dispuesta a seguir su camino.
- ¡Y una mierda! – el chico se adelantó a la veterana y le cortó el paso.
La proximidad entre ambos era tan estrecha que Alma podía observar las más mínimas imperfecciones de la piel del mozo. Sin embargo no perdió la compostura ni se dejó amedrentar. No es que un cachorro le fuese a meter miedo a estas alturas de la vida.
- Alban, escúchame. – el tono de ella era conciliador pero determinado.
- ¡No! ¡Es mí pueblo! ¿Crees que es justo que me quede aquí mientras Arma arrasa Mideel?
- Weisz, no creo que sea conveniente para ti que estés allí.
- Ya, y estar en ascuas aquí será mucho mejor – replicó él con sorna.
La capitana respiró hondo y encaró los ojos color musgo de su subordinado.
- Has estado en Junon, sabes de lo que esos monstruos son capaces.
- Sí, lo…
- Calla y escúchame. Junon es una ciudad militar, estaba preparada hasta los dientes para enfrentarse a cualquier cosa. Y ya has visto el recuento de bajas y de víctimas. ¿Qué crees que pasará en Mideel que es una población totalmente pacífica? ¿Eh? Probablemente quede arrasada. Nuestra misión no es destruir a Arma sino evacuar a la ciudadanía. ¿Crees que vas a soportar eso? ¿La impotencia y la frustración?
Alban apartó la mirada, temblando de ira. La capitana alzó el rostro, esperando la próxima reacción del chico, porque conocía a los tipos como él y sabía que no se conformaría con la decisión.
- Quiero ser yo quien saque a mi familia de allí – dijo finalmente, adquiriendo un porte regio y haciendo alarde una voluntad inamovible – Aunque me sienta impotente y frustrado. Quiero hacer algo por mi pueblo, por pequeño que sea – su voz ganó un tono casi suplicante.
Alma sonrió, desconcertando al novicio, apoyó una mano en su hombro y siguió su camino.
- ¿Entonces qué? – preguntó él, que no supo cómo interpretar aquel extraño giro.
- ¡Ay de ti como llegues tarde al embarque!
El local había abierto no hacía mucho tiempo antes, quizá sólo un par de meses, pero ya se había convertido en uno de los sitios favoritos de los habitantes del Sector 6.
Aunque las cucarachas eran casi tan grandes como los donuts, al menos estos últimos estaban de vicio, lo que impulsó a Paris a elegir ese local pese a su aversión a la suciedad. De hecho había roto su rutina de aseo diario para solidarizarse con Rolf.
No habían hablado mucho desde que dejaron el piso, un par de frases de poca relevancia.
Rolf mojaba su rosquilla de relleno de fresa en el capuccino, ensimismado. Mareó el café un rato, sin terminar de llevarse el bollo a la boca. Observó a su acompañante cortar su dónut con cuchillo y tenedor.
- Paris.
El aludido alzó la vista y encaró los ojos verdes que le miraban fijamente.
-Dime.
El tirador cortó la conexión visual para entretenerse otra vez con su café. El rubio esperó, cercenando otra porción sin demasiado interés, sabía que más tarde o más temprano Rolf terminaría por preguntar.
- ¿Se lo vas a contar a los demás?
A medida que transcurrían los minutos la expectación y susto iniciales se habían convertido en un sentimiento de confrontación y sospecha palpable. Habían empezado a correr rumores sobre el posible agresor: algunos aventuraban que era una bestia desarrollada por el Departamento Científico que se había escapado; otros, más lógicos, señalaban a los propios miembros de Turk.
Mordekai Jacobi, que a penas había podido dormir unas pocas horas esa noche, estaba de un humor de perros. No sólo le habían interrumpido una exquisita cena de sociedad en la que esperaba sorprender a una señorita que recordaba a las vedettes de hacía unas cuantas décadas, sino que ahora debía hacerse cargo de dos investigaciones que podían acabar en un juicio interno.
Perfecto, simplemente perfecto. Maldita manera de empezar un día. No tardó mucho en recibir sobre su mesa el primer informe médico sobre el estado de Dravo: un abanico de huesos rotos o que directamente habían desaparecido, contusiones salvajes, los pulmones perforados y la columna prácticamente pulverizada. El maldito niñato parecía haber querido echar un pulso contra una apisonadora, con las dañinas consecuencias que esto conlleva.
Sabía que esto era una vendetta por la velada de la noche anterior, lo que no sabía era por parte de quién. Varios rostros se dibujaron en su mente, aunque para su disgusto debió desecharlos, las evidencias no apuntaban a un hombre cualquiera.
El mundo parecía difuminarse en las alturas del piso 67 del Edificio Shin-Ra, hogar del Departamento Científico.
Pocas veces un SOLDADO tenía la oportunidad de encontrarse en los pisos superiores de la estructura, y una de esas pocas veces era el momento en que uno se convertía en SOLDADO propiamente dicho.
De no hallarse en estado de excepción las pruebas para el tratamiento con Mako serían mucho más estrictas y rigurosas. Los científicos debían asegurarse de que los miembros no saldrían perjudicados de ninguna manera, después de todo el Mako era una sustancia potencialmente peligrosa: demasiada exposición podría resultar en un estado vegetal permanente, o incluso la muerte. Por lo general se descartaban la gran mayoría de candidatos y sólo uno de cada diez SOLDADO manifestaba alguna reacción adversa, generalmente leve, aunque suficiente para no permitirle ascender. En cambio, en esta época de crisis el Departamento de Seguridad Pública insistió en engrosar las filas de su comando de élite fuera como fuera, así que muchos candidatos que en circunstancias normales hubieran sido rechazados estaban siendo sometidos ahora al tratamiento.
El 1ª Clase Deemer Arsen esperaba en el pasillo. El del hermano menor de su mejor amigo era uno de los escuadrones escogidos para convertirse en la nueva élite. En ausencia de Ike, que debía acudir primero a una cita con el psicólogo de la unidad y luego a una sesión de rehabilitación, él se encargaría de estar allí para ver al joven Ainsley Lebven convertido en SOLDADO. En realidad ya había solicitado tenerlo a su cargo, era lo menos que podía hacer.
Un matiz de inmerecida culpa por lo que le había sucedido Ike en Junon le hizo jurarse que cuidaría del novato como si fuera su propio hermano.
- No tienes buena cara – saludó el moreno de extraña cresta en cuanto salió del ascensor.
Dee le miró y su, hasta hacía unos segundos, cara de póker se desvaneció. Dos hoyuelos se formaron en sus mejillas al sonreír, así como varias arruguillas en las comisuras de los ojos.
- ¿Quieres otra dosis de Mako, Alban?
- No gracias, después de la jaqueca que tuve la primera vez prefiero no seguir dándole al vicio – bromeó, acercándose a el otro hombre y apoyándose contra una ventana.
- Eso es normal, es como si te hubieras sacado cinco diplomaturas en dos días El cerebrín se te queda hecho mierda de pavo.
El 2ª Clase sonrió ante la comparación. Se volvió hacia la ventana para contemplar cómo la gélida bruma envolvía la placa superior.
- Me han dicho que ya no estaremos en el mismo equipo – encaró nuevamente al veterano, no había reproche en sus palabras, después de todo los cambios de miembros eran frecuentes.
- Quiero hacerme cargo del crío –señaló la puerta del laboratorio con la cabeza.
- ¿El hermano de Lebven?
Arsen asintió.
- No está preparado para ser SOLDADO, no creo que ni lo estuviera para ser PM, así que al menos espero poder hacerle las cosas más fáciles.
- Esto no está bien – Alban se apoyó en el alfeizar interior, algo molesto- Están preparando a esos chicos para ser carne de cañón, seguro que algunos ni saldrán de ese laboratorio sobre sus propios pies.
Deemer permaneció con los brazos cruzados sobre su pecho. Aunque compartía opinión con su joven colega sabía cómo funcionaban las cosas en Shin-Ra, después de todo llevaba muchos años trabajando para ellos. Era inútil ser un idealista. Alban era joven y aún creía en valores íntegros e incorruptibles. Aunque con el tiempo aprendería, o eso esperaba, que sus ideales no se ajustaban a la realidad que exigía su mundo.
Estaba cansado. Respirar le agrietaba la garganta. Perlas de sudor rodaban sobre su enrojecida frente y caían al impoluto suelo blanco. Le dolían todas las articulaciones. Los músculos se entumecían si permanecía más de un segundo quieto, y sin embargo moverse le parecía un esfuerzo sobrehumano.
El cansancio, la rabia, la impotencia y la frustración le llenaban los ojos de lágrimas, que ardían pero no caían. Los nudillos estaban pelados, hinchados y ensangrentados. Probablemente tuviera uno o varios dedos de los pies rotos. Las palmas le quemaban, la piel parecía cuero sin curtir, empezaba a despellejarse a causa del intenso calor del rayo.
Lanzó una mirada furiosa al hombre que se hallaban unos metros más allá, él también estaba algo magullado y sin embargo mantenía un porte digno y sólido.
- No sirves para nada – escupió con su grave y rasposa voz, los oscuros ojos se entrecerraron con desprecio – Niñato de mierda, eres escoria.
Un buen luchador nunca dejaba que las palabras afectasen a su estado de ánimo ni a su determinación. Un buen luchador mantenía la calma y estudiaba a su adversario. Un buen luchador nunca iba de frente contra alguien superior a él en altura y peso… Pero él no era un buen luchador. Él no conocía la calma ni la medida. Él era salvaje como un lobo acorralado e impredecible como un relámpago.
Se abalanzó contra las piernas de la mole que se postraba frente a él, esquivando malamente una patada que le rozó las costillas. Lanzó un fuerte puñetazo a la rodilla de la pierna que aún estaba en alto y una patada baja al tobillo de la que se afianzaba firmemente en el suelo; no logró derribarlo pero sí romper su centro de gravedad, haciendo trastabillar al siniestro hombre y aprovechando esos escasos segundos de baja guardia para acometer una segunda embestida. Invocó al rayo una vez más, que reventó con su calor las ampollas de las palmas mas un fuerte golpe en la mandíbula interrumpió el conjuro y lanzó al chico a un lado.
El hombre vio a su adversario rodar en el suelo, manchando su pálida camiseta de sangre. Se incorporó ligeramente para escupir otra poca.
- No sólo no sirves para nada sino que encima eres idiota – aunque sus palabras y su actitud estaban impregnadas de un inconmensurable desprecio, el leve temblor en su rodilla le recordaba que si alguien como él estaba aquí era por algo, y que el niñato de mierda no era tan inútil como se emperraba en hacérselo saber – Con esa estrategia de gatito enfadado no vas a llegar a ninguna parte.
Avanzó unos pasos. La respiración jadeante y la postura encorvada del chico le decían que no podía más y un ataque sorpresa ahora parecía del todo descartado. Aún así se acercaba con precaución, ya se conocía aquel truco tan común de hacerse el muerto –abatido en este caso- para luego lanzar un último ataque.
- Ya es suficiente por hoy – dijo una voz distorsionada por un comunicador – Nº2, vuelve.
El chico se levantó, no sin esfuerzo, dejando un camino de gotas de sangre allí por donde pisaba. Alcanzó la puerta metálica que hasta un momento había estado sellada y ahora se abría al pasar bajo el escáner de luz azul. Se paró en el umbral y se volvió para lanzar una última mirada a la mole que aún permanecía en el centro de la sala, ahora visiblemente más relajado. Éste le devolvió la misma mirada, teñida por el orgullo y el desdén.
- Espero que volvamos jugar otro día – dijo con retintín.
A penas vio la navaja que silbó a su lado y cortó su oreja izquierda, chocando finalmente contra el fondo de la sala blanca y marcando un punto rojo de sangre en la pared. Se volvió para verla, atónito, el chico no llevaba armas, no lo tenía permitido, en cambio él se permitía el lujo de llevar unas cuantas hojas escondidas por si las cosas se ponían demasiado feas.
- Zorro hijo de puta… como te atrape…
Habían transcurrido sólo un par de horas desde el descubrimiento del accidente en las escaleras de servicio y se habían abierto varios hilos de investigación: la Unidad 3 de Turk, que estaba bajo el mando inmediato de Tseng, o en su ausencia de Heidegger mismo, se encargaría de investigar a los propios miembros de Turk, una medida que Mordekai Jacobi aprobaba sólo a medias: por un lado se lavaría las manos si alguno de sus odiados veteranos resultaba estar en el ajo, por otro sus niños predilectos también podrían ser expedientados por mala conducta… y ese era el mal menor.
Ordenó a varias de las unidades a su mando investigar e interrogar a los testigos del “incidente” en la Tower of Arrogance, incluyendo al servicio y a la propietaria.
Él mismo se encargaría del 3º hilo aunque no por gusto, pero sabía que Seguridad no dejaría a nadie más investigar otro departamento bajo esas circunstancias, aún menos a su departamento más valorado.
La luz de la puerta mecánica cambió de rojo a azul, anunciando que la seguridad había sido levantada y por tanto, que el tratamiento de Mako había finalizado.
Uno a uno los nuevos SOLDADO salieron del laboratorio, prácticamente como si hubieran sido lobotomizados. Sólo seis de los diez chicos que habían entrado salieron, el resto permanecieron bajo observación por “reacciones adversas” al tratamiento.
Ainsley Lebven, ahora SOLDADO de 3ª, salió el penúltimo, aturdido. La plateada y difusa luz del corredor fue suficiente para levantarle un terrible dolor de cabeza.
- Ley – le llamó una voz conocida- Ley, ¿te encuentras bien? – la pregunta parecía absurda teniendo en cuenta que uno no se encontraba bien después de ese tratamiento, pero a lo que el tipo se refería era un “¿Sigues siendo persona?”
El novato volvió sus ojos de recién adquirido brillo espectral hacia su interlocutor, caminaba tambaleándose, casi como si hubiera estado una semana en el festival de la cerveza de Kalm.
- Dee…
- Sí chico, estamos aquí – Deemer lanzó una mirada de soslayo a Alban, que se acercó visiblemente preocupado, aunque el veterano sonreía ligeramente.
- Ser SOLDADO es horrible… es la peor resaca de mi vida.
Dee rió y Alban se relajó, si podía permitirse el lujo de bromear con la situación entonces no era nada grave.
- ¿Tendría yo esta pinta cuando salí del tratamiento? – preguntó el 2ª Clase, casi de forma retórica.
- Tú y todos – rió Arsen- Pero esto no lo enseñan en los videos promocionales para unirse a SOLDADO.
El piso 49 se encontraba prácticamente abarrotado de chicos tambaleantes. Varios 3ª Clase con más experiencia y algunos de 2ª se encontraban allí para aconsejar y dar apoyo moral a sus nuevos compañeros. El único de 1ª en este momento era Deemer Arsen, que sabía que pronto el director del departamento vendría y daría lo que venía siendo su típico discurso de bienvenida, luego los chicos podrían tomarse el día libre y empezar a recomponer sus cerebros… los próximos días serían especialmente duros para ellos ya que comprobarían como sus nuevos conocimientos adquiridos potenciaban cada una de sus habilidades… y probablemente los accidentes se sucederían uno tras otro.
Alban contemplaba a esos chavales, no mucho más jóvenes, quizá incluso de su misma edad, vagar de un lado a otro. Algunos empezaban a salir de ese estado atorado mientras que otros parecían sombras de lo que pudieron haber sido. Seguramente muchos habían elegido la carrera militar para financiar sus estudios y no esperaban jamás ser aceptados como miembros aptos para el grupo de élite.
Se sentía en cierta medida culpable por sentir aversión a esos nuevos compañeros, pensaba que era demasiado soberbio no considerarlos suficientemente buenos o preparados sin conocerlos, pero sabía que no era culpa de ellos si no de Shin-Ra, que los había lanzado a esta peligrosa carrera sin haberlos entrenado correctamente.
El PHP vibró en el bolsillo de su pantalón, por su duración y frecuencia debía ser un mensaje. Al levantar la tapa pudo leer “Director” en el remite.
El puesto de Director de SOLDADO era prácticamente el de una marioneta. Desde hacía tiempo era el propio Heidegger, el cabeza del Departamento de Seguridad Pública, quien se ocupaba de dirigir a la unidad de élite, aunque relegaba varias de sus funciones al veterano Yuri Kischner, que había combatido en Wutai y Corel y quien ahora debía comerse el marrón que se le venía encima y tenía forma de Jefe en funciones de Turk.
Alban se encontró con la puerta del despacho abierto de par en par. Su sorpresa creció cuando encontró allí a Alma Farish, Gwendal Storm y Roberto Pino, exactamente los las mismas personas que habían sido convocadas durante la noche para solventar los disturbios en la Tower of Arrogance.
De pie, junto al escritorio circular, cerca de donde se encontraba sentado el director Kischner estaba aquel chupatintas pretencioso que respondía al nombre de Mordekai Jacobi, acompañado de tres de sus chicos, los tres bien altos y fuertes. No servían para impresionar a ninguno de los presentes pero sí para infundir una falsa sensación de seguridad al líder.
- Aquí los tiene, Mordekai – dijo el director, sin demasiada delicadeza. Se sentía insultado tan sólo por la idea de una mínima sospecha contra su grupo.
- Presumo que ya se han enterado de la terrible agresión que uno de mis agentes sufrió esta madrugada.
- Dicen que un bégimo encolerizado se lo encontró bajando las escaleras – la capitana fue quien se pronunció, aunque su rostro seguía totalmente impasible.
- Todos sabemos que no hay bégimos en Midgar, y menos aún en las escaleras de servicio de este edificio – una sonrisa falsa recorrió el rostro de Jacobi- Sin embargo, sí hay gente con la fuerza suficiente en este mismo lugar que tendrían la posibilidad de acometer tan despreciable acto.
- ¿Qué insinúas, Mordekai? – inquirió Kischner, haciendo pública una pregunta que todos se formulaban aunque ya suponían la respuesta.
- No insinúo nada… Yuri – el turco lanzó una rápida mirada a la placa sobre el escritorio antes de tutear al director- Como comprenderás debemos investigar a todos los que estuvieron allí, SOLDADO incluido, sobre todo cuando estamos ante hombres… y mujeres – lanzó una mirada aguda a la capitana- que pueden enfrentarse a zoloms en singular combate.
El tono petulante y los falsos y comprometedores halagos no hacían más que acrecentar la ya plantada semilla de la hostilidad hacia ese hombre. Por no mencionar ese detalle que suponía una acusación de agresión.
- ¿Qué motivo teníamos alguno de nosotros para apalear a ese tío? – Alban saltó, indignado.
- No es necesario enfadarse, muchacho – otra vez ese tono condescendiente – Esto es mera formalidad.
- Al chico no le falta razón, Mordekai – el director seguía sentado en su silla, impasible, con las manos cruzadas frente a su rectangular rostro – SOLDADO no se toma la justicia por su mano. Están entrenados para proteger los intereses de Shin-Ra, y en esos intereses se incluye tu departamento. Si no me equivoco, gracias a estos hombres tus chicos salieron ayer de esa discoteca sin un solo rasguño. Es muy feo insultarles ahora con tus sospechas paranoides.
- Por favor, caballeros… y dama, no hagamos de esto una montaña, simplemente queremos zanjar esta cuestión enseguida para poder enfocar la investigación por un mejor camino – El turco se movía por la habitación haciendo gestos grandilocuentes y pomposos - Si no tienen nada que esconder no les importará responder a unas sencillas preguntas. ¿Verdad?
- ¿Estás despierto?
Rolf parecía un muerto en el sofá, no se movía y su respiración era tan leve que parecía que no respiraba en absoluto. Fue un gruñido el que despertó la curiosidad del anfitrión, que se acercó para mover ligeramente ese cuerpo inerte.
La falta de respuesta y un leve murmullo gutural fueron los indicadores de que el tirador aún se hallaba inmerso en los brazos de Morfeo, algo que alivió a Paris, que en breves se veía participe de una de esas conversaciones en las que alguien acaba llorando y el otro tiene que animarlo. No sabía lo que era perder un amigo pero sí lo que era perder a alguien… y aún así no se veía capaz de dar aliento a nadie en esa situación. Pensaba que lo mejor era desahogarse y no recibir demasiados “lo sientos” ya que éstos no hacían más que empeorar el ánimo aunque fuesen dichos con la mejor intención.
Volvió a su habitación y se tiró sobre la cama, con los pies colgando fuera del colchón. Observó el techo de escayola que tan bien conocía. El corazón le empezó a latir con fuerza cuando en ese momento de sosiego había vuelto a él el recuerdo del sueño de esta extraña noche. Sueño que no era un sueño si no uno de sus muchas enterradas memorias que a veces se empeñaban en resurgir y recordarle quién era.
- Nº 2… - dijo para sí. Esas palabras le trajeron a la mente imágenes que ahora parecían muy lejanas, casi como de otra vida totalmente ajena a la suya.
Se incorporó y quedó sentado al borde de la cama, a través de la puerta abierta podía ver la cabeza de Rolf sobre el reposabrazos del sofá. Si hace diez años le hubieran dicho que alguna vez llegaría a esta situación habría sorprendido a todos soltando una caracajada. Y sin embargo, haciendo repaso, había conseguido sin saber exactamente cómo todo cuanto había rechazado antes. No podía evitar sentir un creciente sentimiento de culpa y aflicción por haber perdido esa conexión con su pasado, responsable de todo lo que hacía en su presente y que ahora parecía perder sentido poco a poco.
Se levantó y caminó hasta el baño, encarándose por primera vez al espejo que había estado allí desde que pisó ese apartamento por primera vez y al que sin embargo nunca prestaba atención. Se deshizo de la camiseta gastada que usaba para dormir y miró el reflejo que le mostraba tal cual era.
Seguía allí. Sabía que seguiría allí pero verlo, observarlo, fue como despertarse con el dolor de un golpe. En el pectoral izquierdo, sobre el corazón, con letras rectangulares y sencillas, como las impresas en los números de serie.
SHIN-RA
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BALANCE #02
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BALANCE #02
- ¡Hijo de puta! – Pino quiso golpear una taquilla, pero Alban le detuvo antes de que les cayera una bronca por daños contra el mobiliario.
- Tranqui, Rober, no le des más motivos a ese relamido para investigarnos.
- ¡Prácticamente nos ha cargado al muerto!
- Aún no está muerto – puntualizó Gwendal, el más taimado de los tres.
- ¡Calla! “Las lesiones apuntan a una fuerza superior a la normal, similar a la de un 3ª o incluso un 2ª Clase” –repitió las palabras del turco que se encargó de su interrogatorio, un tipo alto con facciones del área de Cosmo – Te juro que me hubiera gustado partirle la cara a ese piel roja.
- No tienen pruebas en nuestra contra – Alban mantenía una postura firme y comedida, pero no parecía tan despreocupado como Gwendal Storm – Una acusación en falso a SOLDADO dañaría las relaciones entre nuestros departamentos.
- Más de lo que ya lo están… - apostilló nuevamente Storm.
La puerta del ascensor se abrió. La capitana mostraba esa impenetrable máscara en la que se había convertido su rostro desde que fue llamada nuevamente a SOLDADO en activo. Se dirigió a su pequeña tropa, que parecía ansiosa por saber si había alguna nueva.
- Confío en que nadie haya tenido nada que ver – la sentencia bien parecía una amenaza.
- No creo que ninguno de nosotros sea tan estúpido como para darle una paliza a un turco en el edificio – Alban habló por todos, ligeramente indignado.
- Ni siquiera teníamos un puto motivo, aunque ahora mismo de buena gana le partía las piernas a más de uno, por gilipollas – bramó Pino.
- ¿Aún prestaremos declaración por el asesinato del tipo de la discoteca? – preguntó Storm, con su siempre sosegado tono.
- Por supuesto. No me extrañaría que toda esta molestia fuera una cortina de humo para enterrar esa investigación… o al menos aparcarla lo suficiente para que nos olvidemos de ella hasta que haya concluido.
- ¿Entonces qué hacemos? – preguntó Pino, cruzando los bronceados brazos sobre el pecho.
- No permitir que nos dejen fuera, hay una pequeña posibilidad que esas estrellas del pop disfrazadas de agentes se queden sin trabajo y haremos todo lo posible para que ocurra. Sé que muchos turcos decentes y la familia del fallecido esperan que así sea.
- ¿Izzy? ¿Cómo estás? Lo sé, yo también. ¿Y Henton? – hubo una pausa bastante larga-Ah, bueno, me alegra oír eso. No creo que ese maldito hijo de perra vuelva a comer sólido en su puta vida. Claro, sin problema. No te preocupes, yo me encargo. Claro. Si necesitas cualquier cosa… Por supuesto. Te quiero, preciosa. Hasta luego.
Rolf corrió la tapa de su PHP y volvió a arrebujarse en la manta. Le gustaría volver a dormir pero la llamada le había desvelado completamente. Había sido una noche terriblemente siniestra. El estrés emocional al que se había sometido era tal que tenía la sensación de que no se recuperaría en días. Recordaba todo como si hubiera pasado hacía una semana y no tan solo unas horas atrás. ¡Ni tan siquiera hacía un día!
El mundo parecía hoy un lugar más vacío sin Darren y sólo pensar en ello hacía brotar en él un profundo sentimiento de melancolía y desazón.
Miró a su alrededor, al principio le costó reconocer la estancia, aunque el hermetismo y el racionalismo de su decoración le recordó que era la casa de Paris. Buscó al susodicho pero no parecía estar en ningún lugar a la vista, probablemente siguiese durmiendo. De haber sido otro día hubiera aprovechado esa situación para espantarlo, pero hoy no estaba de humor para atormentar a su ingenuo amigo.
Se levantó y vagó por el salón hasta la ventana cerca de la cocina, encontrándose con un paisaje desolador, al menos en comparación con el que estaba acostumbrado: Mercado Muro, oscuro y viciado, iluminado tan sólo por las luces piloto de la placa y los neones de los innumerables comercios, uno de los mejores ejemplos de supervivencia en condiciones adversas. En cierto modo esta visión le parecía un fiel reflejo de su mundo interior en estos momentos.
Apoyó la cabeza en el cristal, dejando que el frío entrase en su cuerpo y entumeciera aquellos sentimientos. De pronto reparó en la puerta a su lado, presumía que sería otra habitación, pero si así era no entendía por qué su anfitrión no se la había ofrecido; no es que le disgustase dormir en el sofá porque tampoco era la primera vez, pero le intrigaba. Miró a su alrededor por precaución y giró el pomo.
Un azote cálido le recibió con un fino olor a rosa. En comparación con el resto de la casa aquella habitación era un mundo totalmente distinto: las paredes estaban recubiertas de papel pintado con arabescos en color beige y blanco, decoradas con máscaras de madera, abanicos y piezas de gasa. Había adornos sobre la mesita de noche y en la estantería y el edredón de la cama estaba estampado de flores. Todo estaba ordenado pero una fina capa de polvo parecía cubrirlo todo, como si aquella estancia hubiera sido abandonada hacía ya tiempo.
Dio un par de pasos hacia el interior, intrigado por aquella insólita estancia dentro de un mundo en el que las formas rectas y el blanco eran el denominador común. Un gatito de porcelana parecía saludarle con una pata en alto desde la cómoda, a su lado una bola de nieve con un evocador paisaje de Íciclos. La agitó, dando vida a aquella esfera cristalina que parecía haber sido congelada en el tiempo. Posó ahora su mirada en la estantería, donde una fotografía empañada por el polvo dejaba entrever dos figuras gemelas. Se aproximó con cuidado, como si se encontrase en unas antiguas ruinas de incalculable valor, y alargó una mano para limpiar el cristal de irregular forma cuando algo le embistió por un lado y aprisionó su brazo, retorciéndolo contra su espalda. El fuerte golpe contra la pared lo aturdió unos segundos.
- ¡¿Paris?! – Exclamó, tratando de captar su figura por el rabillo del ojo - ¿¡Qué cojones…!?
Notó el como los tendones de la mano que lo sujetaba empezaban a tensarse, aumentando la presión poco a poco, tanto que empezó a sentir cómo las venas se hinchaban. La respiración a su espalda era profunda y sonora, casi como la de una bestia. Se empezaba a preguntar si realmente aquel era su amigo o no.
- Paris, lo siento… no quería – trato de volver el rostro pero el antebrazo de éste aprisionó su cuello contra el empapelado, casi podía oír el pulso acelerado que corría por el cuerpo de su captor. Le costaba respirar, su nuez estaba prácticamente aplastada.
Tragó aire como pudo, produciendo un silbido.
- Paris, por favor… no puedo respirar.
Notó una nueva presión a su espalda, y sintió como el cabello del chico rozaba su cabeza. Casi agónico oyó su respiración entrecortada, como si le costase trabajo inspirar.
Y en un momento la presión la liberó, notó que su camisa tiraba de él y le arrancaba del sitio. Todo fue tan repentino que no se dio cuenta que estaba fuera de la habitación hasta que oyó un portazo a la espalda y un sonoro golpe después.
Recobró el aliento, si había estado adormilado antes ahora se sentía totalmente despierto. La adrenalina provocada por el miedo se extendía por cada vaso sanguíneo.
No supo que hacer, en realidad ni siquiera un pensamiento cruzó su mente, sus ojos veían pero no procesaban la información.
- Lo siento – oyó la voz del chico tras la puerta, ligeramente ronca, pero no temblaba – Dame un momento, por favor.
Aunque no hubiera querido dárselo, los pies de Rolf no hicieron amago de moverse del sitio. Se echó una mano al pecho, tratando así de tranquilizar a un corazón que parecía haber corrido una maratón.
Oyó el gemido de la puerta tras de sí. Se volvió sin saber muy bien por qué, quizá para esperar una explicación o para asegurarse que quien salía era Paris y no un doppelganger maligno. El chico cerraba la puerta en el momento en el que Rolf posó la vista en él, descubriéndolo vestido únicamente con unos pantalones holgados que usaba de pijama.
- Lo siento – se volvió a disculpar. Su voz volvió a ser tal como solía ser – Era la habitación de Katterinna… nadie entra ahí desde hace…
Paris observó la expresión de Rolf mientras la mueca que pretendió ser conciliadora se desdibujaba en su rostro. El tirador abrió sus ojos verdes como si tuviera frente de sí a la misma parca. Siguió el recorrido de su mirada y fue lento a la hora de llevarse la mano al pecho.
- ¡JO-DER! – exclamó de pronto el moreno.
Se abalanzó sobre la mesa del salón y cogió su PHP para luego salir despedido por la puerta de entrada.
Paris se sorprendió casi más de su velocidad que de su reacción.
- ¡Rolf! – le llamó en vano, antes de correr tras de él.
Había días en que era mejor no despertarse, algo te decía que lo mejor era dormir hasta que la noche cayese de nuevo. Y hoy era uno de esos días.
Rolf buscaba entre sus contactos, sin saber muy bien a quién llamar ni qué iba a decir. Al pisar el descansillo del 2º había llegado a la “k” y Kurtz parecía el más indicado… o no. El maldito Jonás era turco. ¿Qué cojones pasaba aquí?
- ¡Rolf!
El susodicho se volvió a tiempo para ver como el motivo de su huída bajaba los escalones de seis en seis. Sintió la urgencia de echar a correr nuevamente, pero la mano de Paris apresó su muñeca antes de alcanzar el siguiente tramo de escalera.
- Por favor – la súplica le impactó lo suficiente para no intentar huir, pero seguía sintiendo una terrible desconfianza hacia el que, hasta hacía diez minutos, consideraba un amigo- Déjame explicarte.
- ¿Explicarme? ¿Explicarme qué, Paris? ¡Eres uno de ellos!
Un súbito arranque de rabia, provocado por la sensación de traición se apoderó del tirador, que trató recuperar su mano, aunque sus intentos fueron fútiles. El agarre no era agresivo, pero tampoco le daba opción a irse.
- No, no lo soy. Deja que…
Si alguna vez había habido un momento peor para una intromisión… era ése en concreto. La puerta que tenían a su lado se abrió lanzando un quejido lastimero, que fue prontamente remplazado por un chillido que competiría con los agudos de las mandrágoras. Ambos hombres miraron a la silueta que se plantó en el umbral, generando en ambos sendas muecas de horror.
- ¡Agh! ¡No me lo puedo creer! ¡Zorra! –chilló Deryn al ver al moreno de los ojos verdes - ¿Qué haces aquí? ¿Mmh?
El excéntrico vecino estaba bajo el dintel, con los brazos cruzados sobre su escuálido pecho mal tapado por la bata de color rosa palo.
Ahogó un chillido al ver quien se encontraba al otro lado del brazo de su odiado Némesis: ni más ni menos que su ángel vespertino, el efebo rubio que le había robado el corazón, la criatura más perfecta de la creación, el regalo de los dioses a este mundo horrendo… PARCIALMENTE DESNUDO. Deryn regodeó su vista en el fibroso torso, deseando tocarlo, tan ensimismado en su visión que no recayó en el objeto de discusión de la extraña pareja. Paris reaccionó tirando del brazo del moreno y cubriéndose tras él, dejando visible la cabeza tras su hombro.
- ¿Deryn “la loca”? – murmuró Rolf, incapaz de creerse lo bizarro y surrealista del cuadro. No sabía si reír, llorar o tirarse por las escaleras.
- ¡Loca tu padre! – espetó el aludido, arrebujándose en su albornoz de imitación de seda - ¿Qué haces con éste? – se dirigió ahora a su ángel, exigiéndole explicaciones que no le eran debidas.
- Rolf, por favor – Paris se dirigió nuevamente al tirador, quien notó un tono de súplica que no supo si era por la necesidad de explicarle lo que fuera que quería explicarle o por huir de aquella extraña situación.
- Vale.
El tirador volvió sobre sus pasos, por fin el agarre sobre su mano cedió. Meneó la cabeza incrédulo y farfulló algo por lo bajini. Tras él, Paris parecía aliviado.
- ¡Eh! ¡EH! – chilló Deryn, con esa voz de flauta desafinada suya, profundamente indignado por el vacío absoluto al que se había visto sometido - ¡Zorra desgraciada! ¡Es mío! ¿¡Has entendido!?
- Entiendo…
- No te pediría esto si no fuese importante.
- No te preocupes, aún mantengo algunas amistades dentro de Turk.
Deemer se apoyaba contra la pared fuera de la sala de entrenamiento, que en esta ocasión hacía las veces de salón de conferencias. Frente a él Alma se mostraba ligeramente intranquila.
- Gracias.
- No tienes por qué darlas. ¿Qué te pasa? – preguntó finalmente el hombre, que notaba como la crispación deformaba las siempre impasibles facciones de la capitana.
- Nada – mintió, abriendo demasiado los ojos.
Dee esperó, sin decir nada. Lanzando un vistazo al interior de la sala a través de los cristales azules.
- Un Arma está atacando Mideel – confesó finalmente. Se apoyó en la pared frente a su interlocutor.
- Joder… no dan respiro.
- No es Arma quien me preocupa.
- Pues si no es Arma no sé qué más puede preocuparte, ya hemos visto lo que pueden llegar a hacer esos monstruos – Dee frunció el ceño, con el recuerdo de Junon aún reciente en la memoria.
- Weisz es de Mideel. Nos destinan allí. Temo que no pueda soportarlo.
El veterano dejó traslucir una sonrisa triste. La generala, aunque siempre se mostraba dura e impasible, seguía comportándose como una madre con todos sus subordinados. Quizá por eso era tan fiera en la batalla, como una madre loba defendiendo su camada.
- ¿Por qué sonríes así? – cuestionó ella, contrariada.
- No, por nada.
- Qué mal mientes, Dee – le increpó, aunque ahora sonreía, tras descifrar los pensamientos de su compañero.
La puerta mecánica se abrió unos metros más allá, los pasos se sucedieron rápidamente, en una carrera. Un chico salió despedido en dirección al ascensor, donde fue interceptado por los dos veteranos.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Alma, reteniendo al chaval que parecía terriblemente nervioso.
- E-es Danny, le-le ha dado algo, un chungo rarísimo. Ha caído al suelo y-y-y… ha empezado a murmurar cosas raras, se le ha ido la olla. El director me manda a buscar al equipo médico.
- Ve, date prisa.
El joven 3ª Clase tomo el ascensor en el momento en que ambos veteranos corrían a la sala de entrenamiento, donde vieron a varios chicos alrededor del tal Danny, que yacía en brazos del director Kischner.
- Reunión… debo…ir…
El joven tenía los ojos desorbitados y parecía que su mente estaba en otro mundo.
Kischner lanzó una mirada a Alma. Ambos lo habían visto antes pero pensaban que se había acabado.
Deemer buscó a Ley Lebven con la mirada y se alegró de encontrarlo aún sobre sus dos piernas y en sus cabales. Puso una mano sobre su hombro y el chico reaccionó.
- ¡Dee! ¿Qué coño le pasa?
- Una reacción adversa al mako – “creo” apostilló en su mente. La verdad es que ése no era un efecto que había visto en los tratamientos con mako.
Pero le recordó algo, un compañero que había sido asesinado. Alguna noche lo había oído hablar dormido, diciendo cosas similares.
Por fin el equipo médico irrumpió en la sala e hicieron el primer reconocimiento al catatónico niño, que seguía farfullando.
Dee se acercó a Alma, quien se hizo a un lado para dejar espacio a los sanitarios para trabajar. El director Kischner daba instrucciones al resto de chicos de ir a sus barracones y descansar, restándole importancia al incidente.
- Alma… esto lo he visto antes.
- Soren Brannan – la capitana se adelantó al veterano, quien se limitó a asentir.
Sí, Soren era el último a quien había conocido que padeciese ese extraño trastorno. Connor había mencionado algo del Proyecto Reunión, pero este chico no tenía nada que ver con eso, había seguido el mismo tratamiento que el resto de SOLDADOs comunes, el mismo al que ella, Arsen, Lebven y todos los demás se habían sometido.
Ella mintió al joven Brannan cuando le dijo que era algo que todos los SOLDADO padecían, no quería que pensara que estaba solo en eso y esperaba infundirle esperanza. Pero ¿Y si en realidad no le había mentido pero ella no lo sabía?
Notó cómo algo en su interior empezaba a resquebrajarse. Su fe había sido traicionada de más formas de las que podía contar.
- ¡Ya me estás dando un buen motivo para no pensar que eres un puto traidor infiltrado! – bramó Rolf, interponiendo entre él y el acusado una distancia de un par de metros.
- Probablemente he asesinado más shinras que tú – se defendió el chico al otro lado, que empezaba a perder la paciencia.
- ¿Y? ¡Scar también! – el tirador hizo un aspaviento y su voz adquirió un tono agudo.
- Y sin embargo no desconfías de él – acusó el justiciero.
- ¡Por que no tiene un puto tatuaje que lo clasifica como un… proyecto o lo que sea de Shin-Ra, joder! – Rolf señaló la marca en el pectoral del rubio.
Éste frunció el ceño, incómodo. Tras una breve pero intensa mirada entre ambos relajó los tensos hombros.
- Ésto –se llevó la mano al pecho, sin saber muy bien si indicaba u ocultaba el tatuaje- es por algo que ellos nos hicieron.
- ¿Nos? ¿Quién… - Rolf se detuvo cuando la respuesta vino como una centella a su mente, aunque fue Paris quien la hizo audible.
- Katterinna.
A la mente del francotirador vino el recuerdo del día en el que “el fantasma de Midgar” había venido a reclutarlo, con una idea disparatada y sin dar nada a cambio. “Mi hermana está muerta por culpa de esos corruptos” habían sido las palabras exactas que le hicieron empezar a considerar aquel descabellado trato.
Rolf lanzó una mirada indescifrable a Paris, aún separados por la distancia que medía el sofá de largo. Se llevó una mano a la sien, como si procesar todos los pensamientos que corrían fugaces por sus neuronas le costara un terrible trabajo. Arrastró los pies y se dejó caer en el butacón, dónde aún podría seguir encarando al justiciero.
No hubo más que silencio el minuto siguiente.
- ¿Piensas que si hubiera querido matarte no lo habría hecho ya? – espetó Paris, impacientándose por la falta de respuesta, positiva o negativa, de su interlocutor – Te he tenido a mi merced todo el tiempo. ¡Has dormido en mi sofá! ¡Nada me impedía rajarte la garganta y enterrarte sin que nadie moviese una ceja! – el chico hizo un aspaviento y señaló la habitación de Katterinna- ¡Antes bien pude partirte el cuello y no lo hice!
- ¿¡Quién habla de matar!? – saltó Rolf, contagiado por el aura hostil que se había impuesto en el pequeño salón – ¡Podrías estar investigándonos, ser un doble espía o yo qué cojones sé! – se desplomó nuevamente sobre el sillón, masajeándose la frente con el índice y el pulgar.
Paris se irguió cuan largo era. Los haces de neón verde que se colaban por la ventana esculpieron oscuras sombras y mortecinas luces sobre su pálida piel y dotaron a sus ojos metálicos de un brillo siniestro.
- Soy un asesino. Créeme, si trabajara para Shin-Ra él único motivo por el que jamás llegaríamos a conocernos sería matarte.
Rolf escudriñó al tipo, que se le antojó una persona totalmente diferente a la que conocía. Encontró en sus palabras un alegato de inocencia y una extraña confesión. Paris nunca usaba las palabras “asesino” o “asesinar” para referirse a él o a sus actos, ya que consideraba que lo que hacía era pura y merecida justicia, y sin embargo ahora no había ni pestañeado al pronunciar esa odiada acepción.
- Mira… yo ya no sé qué pensar… ni siquiera sé si quiero pensar en absoluto.
El cansancio, el estrés y todo lo sucedido en las últimas veinticuatro horas cayeron sobre Rolfhelm como una losa. Quería golpear algo, o beberse una botella entera de tequila, o llorar hasta hartarse, o simplemente dormir, pero fuera lo que fuera sentía la urgencia de evadirse de su vida
– Estoy harto y estoy cansado, joder. Un buen amigo mío ha muerto esta noche delante de mis putas narices y otro ha intentado matarme ¿Pero qué cojones pasa hoy? ¿¡Qué mierda le he hecho yo al karma, hostia!?
Finalmente la copa de refinado cristal se desbordó. Había luchado por contenerlo todo en su sitio pero ya no podía más. Enterró la cabeza entre las temblorosas manos, ocultándole al mundo el dolor y tratando de dejarlo dentro de sí mismo. La respiración era espasmódica, sorbía el aire más que respirarlo. Sus músculos convulsionaban, incontrolables. De vez en cuando se pasaba el dorso debajo de la nariz. Le dolían tremendamente las sienes y le hormigueaban los párpados. Sus pulmones parecían haber encogido de pronto, obligándole a respirar más deprisa. Los oídos le pitaban, las extremidades le pesaban. Y las lágrimas caían.
Paris no supo cómo reaccionar. Aunque había esperado ese momento no esperaba que las cosas hubieran tomado este siniestro cariz. Consideraba que acercarse podría provocar una reacción hostil por parte del afligido, pero no hacer nada tampoco le parecía la mejor opción. Tomó la manta del sofá y avanzó hasta Rolf para echársela sobre los hombros, aunque no reaccionó. Luego se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el lateral del butacón.
- Siento lo de tu amigo… y siento todo lo que ha pasado – se disculpó honestamente, casi en un susurro.
No recibió respuesta, pero tampoco le importó. Ni tan siquiera sabía si Rolf le había escuchado.
Pasó un rato largo hasta que el afligido hombre dejó de temblar y decidió buscar un pañuelo en el bolsillo de su caro pantalón. La escasa luz solar que llegaba desde el exterior del sector rebotaba y se reflejaba en los edificios, brindando un paisaje ligeramente menos opresivo de Mercado Muro.
- Lo sé – dijo finalmente Rolf, con voz nasal, antes de sonarse – Supongo que a todos nos salpica la mierda.
Extendió un brazo fuera del butacón, alcanzando la cabeza del chico y alborotando los dorados mechones.
- Mira, me da igual quién o qué seas… pero como no me meta algo en el buche me va a dar algo.
Paris rió, aliviado y entrando por fin en un estado más relajado.
- Entonces… - se incorporó poco a poco, se le había quedado el culo dormido- Vamos a desayunar, te invito.
El dandi alzó una ceja oscura sobre sus enrojecidos ojos verdes, con una sonrisa demasiado afectada para lograr el efecto chulesco que pretendía.
- Te advierto que soy de gustos caros.
- Haré lo que pueda.
El joven había emprendido el camino hasta su cuarto cuando Rolf volvió a pronunciarse desde el sofá.
- ¡Y ponte algo de ropa de una vez o alegaré incitación!
- ¡Farish! – el alarido del 2ª Clase Alban Weisz resonó en los pasillos del piso 49, deteniendo en seco a la capitana.
- No estamos en el campo, Weisz. – recriminó- ¿Qué ocurre?
El muchacho llegó a su altura con el ceño fruncido y los labios apretados por la crispación.
- ¿Por qué me has dejado fuera? – trató de contenerse y mantener el respeto por su superior.
- Serás de más ayuda aquí – argumentó ella, restándole importancia al asunto, ya dispuesta a seguir su camino.
- ¡Y una mierda! – el chico se adelantó a la veterana y le cortó el paso.
La proximidad entre ambos era tan estrecha que Alma podía observar las más mínimas imperfecciones de la piel del mozo. Sin embargo no perdió la compostura ni se dejó amedrentar. No es que un cachorro le fuese a meter miedo a estas alturas de la vida.
- Alban, escúchame. – el tono de ella era conciliador pero determinado.
- ¡No! ¡Es mí pueblo! ¿Crees que es justo que me quede aquí mientras Arma arrasa Mideel?
- Weisz, no creo que sea conveniente para ti que estés allí.
- Ya, y estar en ascuas aquí será mucho mejor – replicó él con sorna.
La capitana respiró hondo y encaró los ojos color musgo de su subordinado.
- Has estado en Junon, sabes de lo que esos monstruos son capaces.
- Sí, lo…
- Calla y escúchame. Junon es una ciudad militar, estaba preparada hasta los dientes para enfrentarse a cualquier cosa. Y ya has visto el recuento de bajas y de víctimas. ¿Qué crees que pasará en Mideel que es una población totalmente pacífica? ¿Eh? Probablemente quede arrasada. Nuestra misión no es destruir a Arma sino evacuar a la ciudadanía. ¿Crees que vas a soportar eso? ¿La impotencia y la frustración?
Alban apartó la mirada, temblando de ira. La capitana alzó el rostro, esperando la próxima reacción del chico, porque conocía a los tipos como él y sabía que no se conformaría con la decisión.
- Quiero ser yo quien saque a mi familia de allí – dijo finalmente, adquiriendo un porte regio y haciendo alarde una voluntad inamovible – Aunque me sienta impotente y frustrado. Quiero hacer algo por mi pueblo, por pequeño que sea – su voz ganó un tono casi suplicante.
Alma sonrió, desconcertando al novicio, apoyó una mano en su hombro y siguió su camino.
- ¿Entonces qué? – preguntó él, que no supo cómo interpretar aquel extraño giro.
- ¡Ay de ti como llegues tarde al embarque!
El local había abierto no hacía mucho tiempo antes, quizá sólo un par de meses, pero ya se había convertido en uno de los sitios favoritos de los habitantes del Sector 6.
Aunque las cucarachas eran casi tan grandes como los donuts, al menos estos últimos estaban de vicio, lo que impulsó a Paris a elegir ese local pese a su aversión a la suciedad. De hecho había roto su rutina de aseo diario para solidarizarse con Rolf.
No habían hablado mucho desde que dejaron el piso, un par de frases de poca relevancia.
Rolf mojaba su rosquilla de relleno de fresa en el capuccino, ensimismado. Mareó el café un rato, sin terminar de llevarse el bollo a la boca. Observó a su acompañante cortar su dónut con cuchillo y tenedor.
- Paris.
El aludido alzó la vista y encaró los ojos verdes que le miraban fijamente.
-Dime.
El tirador cortó la conexión visual para entretenerse otra vez con su café. El rubio esperó, cercenando otra porción sin demasiado interés, sabía que más tarde o más temprano Rolf terminaría por preguntar.
- ¿Se lo vas a contar a los demás?
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Escritor:NOIRY,
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