lunes, 12 de enero de 2009

152.

El ambiente en el Edificio Shin-Ra era tenso esa mañana: el hallazgo del turco apaleado en las escaleras de servicio había conmocionado a los trabajadores: desde la encargada de la limpieza que había encontrado su cuerpo moribundo a los altos mandos de varios departamentos. “Es como si le hubiera atropellado un Rey Bégimo” declaraba la mujer, respaldada por los gestos de asentimiento de los pocos que habían visto el desconfigurado cuerpo de Creedan Dravo.
A medida que transcurrían los minutos la expectación y susto iniciales se habían convertido en un sentimiento de confrontación y sospecha palpable. Habían empezado a correr rumores sobre el posible agresor: algunos aventuraban que era una bestia desarrollada por el Departamento Científico que se había escapado; otros, más lógicos, señalaban a los propios miembros de Turk.
Mordekai Jacobi, que a penas había podido dormir unas pocas horas esa noche, estaba de un humor de perros. No sólo le habían interrumpido una exquisita cena de sociedad en la que esperaba sorprender a una señorita que recordaba a las vedettes de hacía unas cuantas décadas, sino que ahora debía hacerse cargo de dos investigaciones que podían acabar en un juicio interno.
Perfecto, simplemente perfecto. Maldita manera de empezar un día. No tardó mucho en recibir sobre su mesa el primer informe médico sobre el estado de Dravo: un abanico de huesos rotos o que directamente habían desaparecido, contusiones salvajes, los pulmones perforados y la columna prácticamente pulverizada. El maldito niñato parecía haber querido echar un pulso contra una apisonadora, con las dañinas consecuencias que esto conlleva.
Sabía que esto era una vendetta por la velada de la noche anterior, lo que no sabía era por parte de quién. Varios rostros se dibujaron en su mente, aunque para su disgusto debió desecharlos, las evidencias no apuntaban a un hombre cualquiera.




El mundo parecía difuminarse en las alturas del piso 67 del Edificio Shin-Ra, hogar del Departamento Científico.
Pocas veces un SOLDADO tenía la oportunidad de encontrarse en los pisos superiores de la estructura, y una de esas pocas veces era el momento en que uno se convertía en SOLDADO propiamente dicho.
De no hallarse en estado de excepción las pruebas para el tratamiento con Mako serían mucho más estrictas y rigurosas. Los científicos debían asegurarse de que los miembros no saldrían perjudicados de ninguna manera, después de todo el Mako era una sustancia potencialmente peligrosa: demasiada exposición podría resultar en un estado vegetal permanente, o incluso la muerte. Por lo general se descartaban la gran mayoría de candidatos y sólo uno de cada diez SOLDADO manifestaba alguna reacción adversa, generalmente leve, aunque suficiente para no permitirle ascender. En cambio, en esta época de crisis el Departamento de Seguridad Pública insistió en engrosar las filas de su comando de élite fuera como fuera, así que muchos candidatos que en circunstancias normales hubieran sido rechazados estaban siendo sometidos ahora al tratamiento.
El 1ª Clase Deemer Arsen esperaba en el pasillo. El del hermano menor de su mejor amigo era uno de los escuadrones escogidos para convertirse en la nueva élite. En ausencia de Ike, que debía acudir primero a una cita con el psicólogo de la unidad y luego a una sesión de rehabilitación, él se encargaría de estar allí para ver al joven Ainsley Lebven convertido en SOLDADO. En realidad ya había solicitado tenerlo a su cargo, era lo menos que podía hacer.
Un matiz de inmerecida culpa por lo que le había sucedido Ike en Junon le hizo jurarse que cuidaría del novato como si fuera su propio hermano.
- No tienes buena cara – saludó el moreno de extraña cresta en cuanto salió del ascensor.
Dee le miró y su, hasta hacía unos segundos, cara de póker se desvaneció. Dos hoyuelos se formaron en sus mejillas al sonreír, así como varias arruguillas en las comisuras de los ojos.
- ¿Quieres otra dosis de Mako, Alban?
- No gracias, después de la jaqueca que tuve la primera vez prefiero no seguir dándole al vicio – bromeó, acercándose a el otro hombre y apoyándose contra una ventana.
- Eso es normal, es como si te hubieras sacado cinco diplomaturas en dos días El cerebrín se te queda hecho mierda de pavo.
El 2ª Clase sonrió ante la comparación. Se volvió hacia la ventana para contemplar cómo la gélida bruma envolvía la placa superior.
- Me han dicho que ya no estaremos en el mismo equipo – encaró nuevamente al veterano, no había reproche en sus palabras, después de todo los cambios de miembros eran frecuentes.
- Quiero hacerme cargo del crío –señaló la puerta del laboratorio con la cabeza.
- ¿El hermano de Lebven?
Arsen asintió.
- No está preparado para ser SOLDADO, no creo que ni lo estuviera para ser PM, así que al menos espero poder hacerle las cosas más fáciles.
- Esto no está bien – Alban se apoyó en el alfeizar interior, algo molesto- Están preparando a esos chicos para ser carne de cañón, seguro que algunos ni saldrán de ese laboratorio sobre sus propios pies.
Deemer permaneció con los brazos cruzados sobre su pecho. Aunque compartía opinión con su joven colega sabía cómo funcionaban las cosas en Shin-Ra, después de todo llevaba muchos años trabajando para ellos. Era inútil ser un idealista. Alban era joven y aún creía en valores íntegros e incorruptibles. Aunque con el tiempo aprendería, o eso esperaba, que sus ideales no se ajustaban a la realidad que exigía su mundo.





Estaba cansado. Respirar le agrietaba la garganta. Perlas de sudor rodaban sobre su enrojecida frente y caían al impoluto suelo blanco. Le dolían todas las articulaciones. Los músculos se entumecían si permanecía más de un segundo quieto, y sin embargo moverse le parecía un esfuerzo sobrehumano.
El cansancio, la rabia, la impotencia y la frustración le llenaban los ojos de lágrimas, que ardían pero no caían. Los nudillos estaban pelados, hinchados y ensangrentados. Probablemente tuviera uno o varios dedos de los pies rotos. Las palmas le quemaban, la piel parecía cuero sin curtir, empezaba a despellejarse a causa del intenso calor del rayo.
Lanzó una mirada furiosa al hombre que se hallaban unos metros más allá, él también estaba algo magullado y sin embargo mantenía un porte digno y sólido.
- No sirves para nada – escupió con su grave y rasposa voz, los oscuros ojos se entrecerraron con desprecio – Niñato de mierda, eres escoria.
Un buen luchador nunca dejaba que las palabras afectasen a su estado de ánimo ni a su determinación. Un buen luchador mantenía la calma y estudiaba a su adversario. Un buen luchador nunca iba de frente contra alguien superior a él en altura y peso… Pero él no era un buen luchador. Él no conocía la calma ni la medida. Él era salvaje como un lobo acorralado e impredecible como un relámpago.
Se abalanzó contra las piernas de la mole que se postraba frente a él, esquivando malamente una patada que le rozó las costillas. Lanzó un fuerte puñetazo a la rodilla de la pierna que aún estaba en alto y una patada baja al tobillo de la que se afianzaba firmemente en el suelo; no logró derribarlo pero sí romper su centro de gravedad, haciendo trastabillar al siniestro hombre y aprovechando esos escasos segundos de baja guardia para acometer una segunda embestida. Invocó al rayo una vez más, que reventó con su calor las ampollas de las palmas mas un fuerte golpe en la mandíbula interrumpió el conjuro y lanzó al chico a un lado.
El hombre vio a su adversario rodar en el suelo, manchando su pálida camiseta de sangre. Se incorporó ligeramente para escupir otra poca.
- No sólo no sirves para nada sino que encima eres idiota – aunque sus palabras y su actitud estaban impregnadas de un inconmensurable desprecio, el leve temblor en su rodilla le recordaba que si alguien como él estaba aquí era por algo, y que el niñato de mierda no era tan inútil como se emperraba en hacérselo saber – Con esa estrategia de gatito enfadado no vas a llegar a ninguna parte.
Avanzó unos pasos. La respiración jadeante y la postura encorvada del chico le decían que no podía más y un ataque sorpresa ahora parecía del todo descartado. Aún así se acercaba con precaución, ya se conocía aquel truco tan común de hacerse el muerto –abatido en este caso- para luego lanzar un último ataque.
- Ya es suficiente por hoy – dijo una voz distorsionada por un comunicador – Nº2, vuelve.
El chico se levantó, no sin esfuerzo, dejando un camino de gotas de sangre allí por donde pisaba. Alcanzó la puerta metálica que hasta un momento había estado sellada y ahora se abría al pasar bajo el escáner de luz azul. Se paró en el umbral y se volvió para lanzar una última mirada a la mole que aún permanecía en el centro de la sala, ahora visiblemente más relajado. Éste le devolvió la misma mirada, teñida por el orgullo y el desdén.
- Espero que volvamos jugar otro día – dijo con retintín.
A penas vio la navaja que silbó a su lado y cortó su oreja izquierda, chocando finalmente contra el fondo de la sala blanca y marcando un punto rojo de sangre en la pared. Se volvió para verla, atónito, el chico no llevaba armas, no lo tenía permitido, en cambio él se permitía el lujo de llevar unas cuantas hojas escondidas por si las cosas se ponían demasiado feas.
- Zorro hijo de puta… como te atrape…





Habían transcurrido sólo un par de horas desde el descubrimiento del accidente en las escaleras de servicio y se habían abierto varios hilos de investigación: la Unidad 3 de Turk, que estaba bajo el mando inmediato de Tseng, o en su ausencia de Heidegger mismo, se encargaría de investigar a los propios miembros de Turk, una medida que Mordekai Jacobi aprobaba sólo a medias: por un lado se lavaría las manos si alguno de sus odiados veteranos resultaba estar en el ajo, por otro sus niños predilectos también podrían ser expedientados por mala conducta… y ese era el mal menor.
Ordenó a varias de las unidades a su mando investigar e interrogar a los testigos del “incidente” en la Tower of Arrogance, incluyendo al servicio y a la propietaria.
Él mismo se encargaría del 3º hilo aunque no por gusto, pero sabía que Seguridad no dejaría a nadie más investigar otro departamento bajo esas circunstancias, aún menos a su departamento más valorado.




La luz de la puerta mecánica cambió de rojo a azul, anunciando que la seguridad había sido levantada y por tanto, que el tratamiento de Mako había finalizado.
Uno a uno los nuevos SOLDADO salieron del laboratorio, prácticamente como si hubieran sido lobotomizados. Sólo seis de los diez chicos que habían entrado salieron, el resto permanecieron bajo observación por “reacciones adversas” al tratamiento.
Ainsley Lebven, ahora SOLDADO de 3ª, salió el penúltimo, aturdido. La plateada y difusa luz del corredor fue suficiente para levantarle un terrible dolor de cabeza.
- Ley – le llamó una voz conocida- Ley, ¿te encuentras bien? – la pregunta parecía absurda teniendo en cuenta que uno no se encontraba bien después de ese tratamiento, pero a lo que el tipo se refería era un “¿Sigues siendo persona?”
El novato volvió sus ojos de recién adquirido brillo espectral hacia su interlocutor, caminaba tambaleándose, casi como si hubiera estado una semana en el festival de la cerveza de Kalm.
- Dee…
- Sí chico, estamos aquí – Deemer lanzó una mirada de soslayo a Alban, que se acercó visiblemente preocupado, aunque el veterano sonreía ligeramente.
- Ser SOLDADO es horrible… es la peor resaca de mi vida.
Dee rió y Alban se relajó, si podía permitirse el lujo de bromear con la situación entonces no era nada grave.
- ¿Tendría yo esta pinta cuando salí del tratamiento? – preguntó el 2ª Clase, casi de forma retórica.
- Tú y todos – rió Arsen- Pero esto no lo enseñan en los videos promocionales para unirse a SOLDADO.

El piso 49 se encontraba prácticamente abarrotado de chicos tambaleantes. Varios 3ª Clase con más experiencia y algunos de 2ª se encontraban allí para aconsejar y dar apoyo moral a sus nuevos compañeros. El único de 1ª en este momento era Deemer Arsen, que sabía que pronto el director del departamento vendría y daría lo que venía siendo su típico discurso de bienvenida, luego los chicos podrían tomarse el día libre y empezar a recomponer sus cerebros… los próximos días serían especialmente duros para ellos ya que comprobarían como sus nuevos conocimientos adquiridos potenciaban cada una de sus habilidades… y probablemente los accidentes se sucederían uno tras otro.
Alban contemplaba a esos chavales, no mucho más jóvenes, quizá incluso de su misma edad, vagar de un lado a otro. Algunos empezaban a salir de ese estado atorado mientras que otros parecían sombras de lo que pudieron haber sido. Seguramente muchos habían elegido la carrera militar para financiar sus estudios y no esperaban jamás ser aceptados como miembros aptos para el grupo de élite.
Se sentía en cierta medida culpable por sentir aversión a esos nuevos compañeros, pensaba que era demasiado soberbio no considerarlos suficientemente buenos o preparados sin conocerlos, pero sabía que no era culpa de ellos si no de Shin-Ra, que los había lanzado a esta peligrosa carrera sin haberlos entrenado correctamente.
El PHP vibró en el bolsillo de su pantalón, por su duración y frecuencia debía ser un mensaje. Al levantar la tapa pudo leer “Director” en el remite.


El puesto de Director de SOLDADO era prácticamente el de una marioneta. Desde hacía tiempo era el propio Heidegger, el cabeza del Departamento de Seguridad Pública, quien se ocupaba de dirigir a la unidad de élite, aunque relegaba varias de sus funciones al veterano Yuri Kischner, que había combatido en Wutai y Corel y quien ahora debía comerse el marrón que se le venía encima y tenía forma de Jefe en funciones de Turk.
Alban se encontró con la puerta del despacho abierto de par en par. Su sorpresa creció cuando encontró allí a Alma Farish, Gwendal Storm y Roberto Pino, exactamente los las mismas personas que habían sido convocadas durante la noche para solventar los disturbios en la Tower of Arrogance.
De pie, junto al escritorio circular, cerca de donde se encontraba sentado el director Kischner estaba aquel chupatintas pretencioso que respondía al nombre de Mordekai Jacobi, acompañado de tres de sus chicos, los tres bien altos y fuertes. No servían para impresionar a ninguno de los presentes pero sí para infundir una falsa sensación de seguridad al líder.
- Aquí los tiene, Mordekai – dijo el director, sin demasiada delicadeza. Se sentía insultado tan sólo por la idea de una mínima sospecha contra su grupo.
- Presumo que ya se han enterado de la terrible agresión que uno de mis agentes sufrió esta madrugada.
- Dicen que un bégimo encolerizado se lo encontró bajando las escaleras – la capitana fue quien se pronunció, aunque su rostro seguía totalmente impasible.
- Todos sabemos que no hay bégimos en Midgar, y menos aún en las escaleras de servicio de este edificio – una sonrisa falsa recorrió el rostro de Jacobi- Sin embargo, sí hay gente con la fuerza suficiente en este mismo lugar que tendrían la posibilidad de acometer tan despreciable acto.
- ¿Qué insinúas, Mordekai? – inquirió Kischner, haciendo pública una pregunta que todos se formulaban aunque ya suponían la respuesta.
- No insinúo nada… Yuri – el turco lanzó una rápida mirada a la placa sobre el escritorio antes de tutear al director- Como comprenderás debemos investigar a todos los que estuvieron allí, SOLDADO incluido, sobre todo cuando estamos ante hombres… y mujeres – lanzó una mirada aguda a la capitana- que pueden enfrentarse a zoloms en singular combate.
El tono petulante y los falsos y comprometedores halagos no hacían más que acrecentar la ya plantada semilla de la hostilidad hacia ese hombre. Por no mencionar ese detalle que suponía una acusación de agresión.
- ¿Qué motivo teníamos alguno de nosotros para apalear a ese tío? – Alban saltó, indignado.
- No es necesario enfadarse, muchacho – otra vez ese tono condescendiente – Esto es mera formalidad.
- Al chico no le falta razón, Mordekai – el director seguía sentado en su silla, impasible, con las manos cruzadas frente a su rectangular rostro – SOLDADO no se toma la justicia por su mano. Están entrenados para proteger los intereses de Shin-Ra, y en esos intereses se incluye tu departamento. Si no me equivoco, gracias a estos hombres tus chicos salieron ayer de esa discoteca sin un solo rasguño. Es muy feo insultarles ahora con tus sospechas paranoides.
- Por favor, caballeros… y dama, no hagamos de esto una montaña, simplemente queremos zanjar esta cuestión enseguida para poder enfocar la investigación por un mejor camino – El turco se movía por la habitación haciendo gestos grandilocuentes y pomposos - Si no tienen nada que esconder no les importará responder a unas sencillas preguntas. ¿Verdad?






- ¿Estás despierto?
Rolf parecía un muerto en el sofá, no se movía y su respiración era tan leve que parecía que no respiraba en absoluto. Fue un gruñido el que despertó la curiosidad del anfitrión, que se acercó para mover ligeramente ese cuerpo inerte.
La falta de respuesta y un leve murmullo gutural fueron los indicadores de que el tirador aún se hallaba inmerso en los brazos de Morfeo, algo que alivió a Paris, que en breves se veía participe de una de esas conversaciones en las que alguien acaba llorando y el otro tiene que animarlo. No sabía lo que era perder un amigo pero sí lo que era perder a alguien… y aún así no se veía capaz de dar aliento a nadie en esa situación. Pensaba que lo mejor era desahogarse y no recibir demasiados “lo sientos” ya que éstos no hacían más que empeorar el ánimo aunque fuesen dichos con la mejor intención.
Volvió a su habitación y se tiró sobre la cama, con los pies colgando fuera del colchón. Observó el techo de escayola que tan bien conocía. El corazón le empezó a latir con fuerza cuando en ese momento de sosiego había vuelto a él el recuerdo del sueño de esta extraña noche. Sueño que no era un sueño si no uno de sus muchas enterradas memorias que a veces se empeñaban en resurgir y recordarle quién era.
- Nº 2… - dijo para sí. Esas palabras le trajeron a la mente imágenes que ahora parecían muy lejanas, casi como de otra vida totalmente ajena a la suya.
Se incorporó y quedó sentado al borde de la cama, a través de la puerta abierta podía ver la cabeza de Rolf sobre el reposabrazos del sofá. Si hace diez años le hubieran dicho que alguna vez llegaría a esta situación habría sorprendido a todos soltando una caracajada. Y sin embargo, haciendo repaso, había conseguido sin saber exactamente cómo todo cuanto había rechazado antes. No podía evitar sentir un creciente sentimiento de culpa y aflicción por haber perdido esa conexión con su pasado, responsable de todo lo que hacía en su presente y que ahora parecía perder sentido poco a poco.
Se levantó y caminó hasta el baño, encarándose por primera vez al espejo que había estado allí desde que pisó ese apartamento por primera vez y al que sin embargo nunca prestaba atención. Se deshizo de la camiseta gastada que usaba para dormir y miró el reflejo que le mostraba tal cual era.
Seguía allí. Sabía que seguiría allí pero verlo, observarlo, fue como despertarse con el dolor de un golpe. En el pectoral izquierdo, sobre el corazón, con letras rectangulares y sencillas, como las impresas en los números de serie.

SHIN-RA
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BALANCE #02





- ¡Hijo de puta! – Pino quiso golpear una taquilla, pero Alban le detuvo antes de que les cayera una bronca por daños contra el mobiliario.
- Tranqui, Rober, no le des más motivos a ese relamido para investigarnos.
- ¡Prácticamente nos ha cargado al muerto!
- Aún no está muerto – puntualizó Gwendal, el más taimado de los tres.
- ¡Calla! “Las lesiones apuntan a una fuerza superior a la normal, similar a la de un 3ª o incluso un 2ª Clase” –repitió las palabras del turco que se encargó de su interrogatorio, un tipo alto con facciones del área de Cosmo – Te juro que me hubiera gustado partirle la cara a ese piel roja.
- No tienen pruebas en nuestra contra – Alban mantenía una postura firme y comedida, pero no parecía tan despreocupado como Gwendal Storm – Una acusación en falso a SOLDADO dañaría las relaciones entre nuestros departamentos.
- Más de lo que ya lo están… - apostilló nuevamente Storm.
La puerta del ascensor se abrió. La capitana mostraba esa impenetrable máscara en la que se había convertido su rostro desde que fue llamada nuevamente a SOLDADO en activo. Se dirigió a su pequeña tropa, que parecía ansiosa por saber si había alguna nueva.
- Confío en que nadie haya tenido nada que ver – la sentencia bien parecía una amenaza.
- No creo que ninguno de nosotros sea tan estúpido como para darle una paliza a un turco en el edificio – Alban habló por todos, ligeramente indignado.
- Ni siquiera teníamos un puto motivo, aunque ahora mismo de buena gana le partía las piernas a más de uno, por gilipollas – bramó Pino.
- ¿Aún prestaremos declaración por el asesinato del tipo de la discoteca? – preguntó Storm, con su siempre sosegado tono.
- Por supuesto. No me extrañaría que toda esta molestia fuera una cortina de humo para enterrar esa investigación… o al menos aparcarla lo suficiente para que nos olvidemos de ella hasta que haya concluido.
- ¿Entonces qué hacemos? – preguntó Pino, cruzando los bronceados brazos sobre el pecho.
- No permitir que nos dejen fuera, hay una pequeña posibilidad que esas estrellas del pop disfrazadas de agentes se queden sin trabajo y haremos todo lo posible para que ocurra. Sé que muchos turcos decentes y la familia del fallecido esperan que así sea.





- ¿Izzy? ¿Cómo estás? Lo sé, yo también. ¿Y Henton? – hubo una pausa bastante larga-Ah, bueno, me alegra oír eso. No creo que ese maldito hijo de perra vuelva a comer sólido en su puta vida. Claro, sin problema. No te preocupes, yo me encargo. Claro. Si necesitas cualquier cosa… Por supuesto. Te quiero, preciosa. Hasta luego.

Rolf corrió la tapa de su PHP y volvió a arrebujarse en la manta. Le gustaría volver a dormir pero la llamada le había desvelado completamente. Había sido una noche terriblemente siniestra. El estrés emocional al que se había sometido era tal que tenía la sensación de que no se recuperaría en días. Recordaba todo como si hubiera pasado hacía una semana y no tan solo unas horas atrás. ¡Ni tan siquiera hacía un día!
El mundo parecía hoy un lugar más vacío sin Darren y sólo pensar en ello hacía brotar en él un profundo sentimiento de melancolía y desazón.
Miró a su alrededor, al principio le costó reconocer la estancia, aunque el hermetismo y el racionalismo de su decoración le recordó que era la casa de Paris. Buscó al susodicho pero no parecía estar en ningún lugar a la vista, probablemente siguiese durmiendo. De haber sido otro día hubiera aprovechado esa situación para espantarlo, pero hoy no estaba de humor para atormentar a su ingenuo amigo.
Se levantó y vagó por el salón hasta la ventana cerca de la cocina, encontrándose con un paisaje desolador, al menos en comparación con el que estaba acostumbrado: Mercado Muro, oscuro y viciado, iluminado tan sólo por las luces piloto de la placa y los neones de los innumerables comercios, uno de los mejores ejemplos de supervivencia en condiciones adversas. En cierto modo esta visión le parecía un fiel reflejo de su mundo interior en estos momentos.
Apoyó la cabeza en el cristal, dejando que el frío entrase en su cuerpo y entumeciera aquellos sentimientos. De pronto reparó en la puerta a su lado, presumía que sería otra habitación, pero si así era no entendía por qué su anfitrión no se la había ofrecido; no es que le disgustase dormir en el sofá porque tampoco era la primera vez, pero le intrigaba. Miró a su alrededor por precaución y giró el pomo.
Un azote cálido le recibió con un fino olor a rosa. En comparación con el resto de la casa aquella habitación era un mundo totalmente distinto: las paredes estaban recubiertas de papel pintado con arabescos en color beige y blanco, decoradas con máscaras de madera, abanicos y piezas de gasa. Había adornos sobre la mesita de noche y en la estantería y el edredón de la cama estaba estampado de flores. Todo estaba ordenado pero una fina capa de polvo parecía cubrirlo todo, como si aquella estancia hubiera sido abandonada hacía ya tiempo.
Dio un par de pasos hacia el interior, intrigado por aquella insólita estancia dentro de un mundo en el que las formas rectas y el blanco eran el denominador común. Un gatito de porcelana parecía saludarle con una pata en alto desde la cómoda, a su lado una bola de nieve con un evocador paisaje de Íciclos. La agitó, dando vida a aquella esfera cristalina que parecía haber sido congelada en el tiempo. Posó ahora su mirada en la estantería, donde una fotografía empañada por el polvo dejaba entrever dos figuras gemelas. Se aproximó con cuidado, como si se encontrase en unas antiguas ruinas de incalculable valor, y alargó una mano para limpiar el cristal de irregular forma cuando algo le embistió por un lado y aprisionó su brazo, retorciéndolo contra su espalda. El fuerte golpe contra la pared lo aturdió unos segundos.
- ¡¿Paris?! – Exclamó, tratando de captar su figura por el rabillo del ojo - ¿¡Qué cojones…!?
Notó el como los tendones de la mano que lo sujetaba empezaban a tensarse, aumentando la presión poco a poco, tanto que empezó a sentir cómo las venas se hinchaban. La respiración a su espalda era profunda y sonora, casi como la de una bestia. Se empezaba a preguntar si realmente aquel era su amigo o no.
- Paris, lo siento… no quería – trato de volver el rostro pero el antebrazo de éste aprisionó su cuello contra el empapelado, casi podía oír el pulso acelerado que corría por el cuerpo de su captor. Le costaba respirar, su nuez estaba prácticamente aplastada.
Tragó aire como pudo, produciendo un silbido.
- Paris, por favor… no puedo respirar.
Notó una nueva presión a su espalda, y sintió como el cabello del chico rozaba su cabeza. Casi agónico oyó su respiración entrecortada, como si le costase trabajo inspirar.
Y en un momento la presión la liberó, notó que su camisa tiraba de él y le arrancaba del sitio. Todo fue tan repentino que no se dio cuenta que estaba fuera de la habitación hasta que oyó un portazo a la espalda y un sonoro golpe después.
Recobró el aliento, si había estado adormilado antes ahora se sentía totalmente despierto. La adrenalina provocada por el miedo se extendía por cada vaso sanguíneo.
No supo que hacer, en realidad ni siquiera un pensamiento cruzó su mente, sus ojos veían pero no procesaban la información.
- Lo siento – oyó la voz del chico tras la puerta, ligeramente ronca, pero no temblaba – Dame un momento, por favor.
Aunque no hubiera querido dárselo, los pies de Rolf no hicieron amago de moverse del sitio. Se echó una mano al pecho, tratando así de tranquilizar a un corazón que parecía haber corrido una maratón.
Oyó el gemido de la puerta tras de sí. Se volvió sin saber muy bien por qué, quizá para esperar una explicación o para asegurarse que quien salía era Paris y no un doppelganger maligno. El chico cerraba la puerta en el momento en el que Rolf posó la vista en él, descubriéndolo vestido únicamente con unos pantalones holgados que usaba de pijama.
- Lo siento – se volvió a disculpar. Su voz volvió a ser tal como solía ser – Era la habitación de Katterinna… nadie entra ahí desde hace…
Paris observó la expresión de Rolf mientras la mueca que pretendió ser conciliadora se desdibujaba en su rostro. El tirador abrió sus ojos verdes como si tuviera frente de sí a la misma parca. Siguió el recorrido de su mirada y fue lento a la hora de llevarse la mano al pecho.
- ¡JO-DER! – exclamó de pronto el moreno.
Se abalanzó sobre la mesa del salón y cogió su PHP para luego salir despedido por la puerta de entrada.
Paris se sorprendió casi más de su velocidad que de su reacción.
- ¡Rolf! – le llamó en vano, antes de correr tras de él.


Había días en que era mejor no despertarse, algo te decía que lo mejor era dormir hasta que la noche cayese de nuevo. Y hoy era uno de esos días.
Rolf buscaba entre sus contactos, sin saber muy bien a quién llamar ni qué iba a decir. Al pisar el descansillo del 2º había llegado a la “k” y Kurtz parecía el más indicado… o no. El maldito Jonás era turco. ¿Qué cojones pasaba aquí?
- ¡Rolf!
El susodicho se volvió a tiempo para ver como el motivo de su huída bajaba los escalones de seis en seis. Sintió la urgencia de echar a correr nuevamente, pero la mano de Paris apresó su muñeca antes de alcanzar el siguiente tramo de escalera.
- Por favor – la súplica le impactó lo suficiente para no intentar huir, pero seguía sintiendo una terrible desconfianza hacia el que, hasta hacía diez minutos, consideraba un amigo- Déjame explicarte.
- ¿Explicarme? ¿Explicarme qué, Paris? ¡Eres uno de ellos!
Un súbito arranque de rabia, provocado por la sensación de traición se apoderó del tirador, que trató recuperar su mano, aunque sus intentos fueron fútiles. El agarre no era agresivo, pero tampoco le daba opción a irse.
- No, no lo soy. Deja que…

Si alguna vez había habido un momento peor para una intromisión… era ése en concreto. La puerta que tenían a su lado se abrió lanzando un quejido lastimero, que fue prontamente remplazado por un chillido que competiría con los agudos de las mandrágoras. Ambos hombres miraron a la silueta que se plantó en el umbral, generando en ambos sendas muecas de horror.
- ¡Agh! ¡No me lo puedo creer! ¡Zorra! –chilló Deryn al ver al moreno de los ojos verdes - ¿Qué haces aquí? ¿Mmh?
El excéntrico vecino estaba bajo el dintel, con los brazos cruzados sobre su escuálido pecho mal tapado por la bata de color rosa palo.
Ahogó un chillido al ver quien se encontraba al otro lado del brazo de su odiado Némesis: ni más ni menos que su ángel vespertino, el efebo rubio que le había robado el corazón, la criatura más perfecta de la creación, el regalo de los dioses a este mundo horrendo… PARCIALMENTE DESNUDO. Deryn regodeó su vista en el fibroso torso, deseando tocarlo, tan ensimismado en su visión que no recayó en el objeto de discusión de la extraña pareja. Paris reaccionó tirando del brazo del moreno y cubriéndose tras él, dejando visible la cabeza tras su hombro.
- ¿Deryn “la loca”? – murmuró Rolf, incapaz de creerse lo bizarro y surrealista del cuadro. No sabía si reír, llorar o tirarse por las escaleras.
- ¡Loca tu padre! – espetó el aludido, arrebujándose en su albornoz de imitación de seda - ¿Qué haces con éste? – se dirigió ahora a su ángel, exigiéndole explicaciones que no le eran debidas.
- Rolf, por favor – Paris se dirigió nuevamente al tirador, quien notó un tono de súplica que no supo si era por la necesidad de explicarle lo que fuera que quería explicarle o por huir de aquella extraña situación.
- Vale.
El tirador volvió sobre sus pasos, por fin el agarre sobre su mano cedió. Meneó la cabeza incrédulo y farfulló algo por lo bajini. Tras él, Paris parecía aliviado.
- ¡Eh! ¡EH! – chilló Deryn, con esa voz de flauta desafinada suya, profundamente indignado por el vacío absoluto al que se había visto sometido - ¡Zorra desgraciada! ¡Es mío! ¿¡Has entendido!?






- Entiendo…
- No te pediría esto si no fuese importante.
- No te preocupes, aún mantengo algunas amistades dentro de Turk.
Deemer se apoyaba contra la pared fuera de la sala de entrenamiento, que en esta ocasión hacía las veces de salón de conferencias. Frente a él Alma se mostraba ligeramente intranquila.
- Gracias.
- No tienes por qué darlas. ¿Qué te pasa? – preguntó finalmente el hombre, que notaba como la crispación deformaba las siempre impasibles facciones de la capitana.
- Nada – mintió, abriendo demasiado los ojos.
Dee esperó, sin decir nada. Lanzando un vistazo al interior de la sala a través de los cristales azules.
- Un Arma está atacando Mideel – confesó finalmente. Se apoyó en la pared frente a su interlocutor.
- Joder… no dan respiro.
- No es Arma quien me preocupa.
- Pues si no es Arma no sé qué más puede preocuparte, ya hemos visto lo que pueden llegar a hacer esos monstruos – Dee frunció el ceño, con el recuerdo de Junon aún reciente en la memoria.
- Weisz es de Mideel. Nos destinan allí. Temo que no pueda soportarlo.
El veterano dejó traslucir una sonrisa triste. La generala, aunque siempre se mostraba dura e impasible, seguía comportándose como una madre con todos sus subordinados. Quizá por eso era tan fiera en la batalla, como una madre loba defendiendo su camada.
- ¿Por qué sonríes así? – cuestionó ella, contrariada.
- No, por nada.
- Qué mal mientes, Dee – le increpó, aunque ahora sonreía, tras descifrar los pensamientos de su compañero.

La puerta mecánica se abrió unos metros más allá, los pasos se sucedieron rápidamente, en una carrera. Un chico salió despedido en dirección al ascensor, donde fue interceptado por los dos veteranos.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Alma, reteniendo al chaval que parecía terriblemente nervioso.
- E-es Danny, le-le ha dado algo, un chungo rarísimo. Ha caído al suelo y-y-y… ha empezado a murmurar cosas raras, se le ha ido la olla. El director me manda a buscar al equipo médico.
- Ve, date prisa.
El joven 3ª Clase tomo el ascensor en el momento en que ambos veteranos corrían a la sala de entrenamiento, donde vieron a varios chicos alrededor del tal Danny, que yacía en brazos del director Kischner.
- Reunión… debo…ir…
El joven tenía los ojos desorbitados y parecía que su mente estaba en otro mundo.
Kischner lanzó una mirada a Alma. Ambos lo habían visto antes pero pensaban que se había acabado.
Deemer buscó a Ley Lebven con la mirada y se alegró de encontrarlo aún sobre sus dos piernas y en sus cabales. Puso una mano sobre su hombro y el chico reaccionó.
- ¡Dee! ¿Qué coño le pasa?
- Una reacción adversa al mako – “creo” apostilló en su mente. La verdad es que ése no era un efecto que había visto en los tratamientos con mako.
Pero le recordó algo, un compañero que había sido asesinado. Alguna noche lo había oído hablar dormido, diciendo cosas similares.
Por fin el equipo médico irrumpió en la sala e hicieron el primer reconocimiento al catatónico niño, que seguía farfullando.
Dee se acercó a Alma, quien se hizo a un lado para dejar espacio a los sanitarios para trabajar. El director Kischner daba instrucciones al resto de chicos de ir a sus barracones y descansar, restándole importancia al incidente.
- Alma… esto lo he visto antes.
- Soren Brannan – la capitana se adelantó al veterano, quien se limitó a asentir.
Sí, Soren era el último a quien había conocido que padeciese ese extraño trastorno. Connor había mencionado algo del Proyecto Reunión, pero este chico no tenía nada que ver con eso, había seguido el mismo tratamiento que el resto de SOLDADOs comunes, el mismo al que ella, Arsen, Lebven y todos los demás se habían sometido.
Ella mintió al joven Brannan cuando le dijo que era algo que todos los SOLDADO padecían, no quería que pensara que estaba solo en eso y esperaba infundirle esperanza. Pero ¿Y si en realidad no le había mentido pero ella no lo sabía?
Notó cómo algo en su interior empezaba a resquebrajarse. Su fe había sido traicionada de más formas de las que podía contar.






- ¡Ya me estás dando un buen motivo para no pensar que eres un puto traidor infiltrado! – bramó Rolf, interponiendo entre él y el acusado una distancia de un par de metros.
- Probablemente he asesinado más shinras que tú – se defendió el chico al otro lado, que empezaba a perder la paciencia.
- ¿Y? ¡Scar también! – el tirador hizo un aspaviento y su voz adquirió un tono agudo.
- Y sin embargo no desconfías de él – acusó el justiciero.
- ¡Por que no tiene un puto tatuaje que lo clasifica como un… proyecto o lo que sea de Shin-Ra, joder! – Rolf señaló la marca en el pectoral del rubio.
Éste frunció el ceño, incómodo. Tras una breve pero intensa mirada entre ambos relajó los tensos hombros.
- Ésto –se llevó la mano al pecho, sin saber muy bien si indicaba u ocultaba el tatuaje- es por algo que ellos nos hicieron.
- ¿Nos? ¿Quién… - Rolf se detuvo cuando la respuesta vino como una centella a su mente, aunque fue Paris quien la hizo audible.
- Katterinna.

A la mente del francotirador vino el recuerdo del día en el que “el fantasma de Midgar” había venido a reclutarlo, con una idea disparatada y sin dar nada a cambio. “Mi hermana está muerta por culpa de esos corruptos” habían sido las palabras exactas que le hicieron empezar a considerar aquel descabellado trato.
Rolf lanzó una mirada indescifrable a Paris, aún separados por la distancia que medía el sofá de largo. Se llevó una mano a la sien, como si procesar todos los pensamientos que corrían fugaces por sus neuronas le costara un terrible trabajo. Arrastró los pies y se dejó caer en el butacón, dónde aún podría seguir encarando al justiciero.
No hubo más que silencio el minuto siguiente.
- ¿Piensas que si hubiera querido matarte no lo habría hecho ya? – espetó Paris, impacientándose por la falta de respuesta, positiva o negativa, de su interlocutor – Te he tenido a mi merced todo el tiempo. ¡Has dormido en mi sofá! ¡Nada me impedía rajarte la garganta y enterrarte sin que nadie moviese una ceja! – el chico hizo un aspaviento y señaló la habitación de Katterinna- ¡Antes bien pude partirte el cuello y no lo hice!
- ¿¡Quién habla de matar!? – saltó Rolf, contagiado por el aura hostil que se había impuesto en el pequeño salón – ¡Podrías estar investigándonos, ser un doble espía o yo qué cojones sé! – se desplomó nuevamente sobre el sillón, masajeándose la frente con el índice y el pulgar.
Paris se irguió cuan largo era. Los haces de neón verde que se colaban por la ventana esculpieron oscuras sombras y mortecinas luces sobre su pálida piel y dotaron a sus ojos metálicos de un brillo siniestro.
- Soy un asesino. Créeme, si trabajara para Shin-Ra él único motivo por el que jamás llegaríamos a conocernos sería matarte.
Rolf escudriñó al tipo, que se le antojó una persona totalmente diferente a la que conocía. Encontró en sus palabras un alegato de inocencia y una extraña confesión. Paris nunca usaba las palabras “asesino” o “asesinar” para referirse a él o a sus actos, ya que consideraba que lo que hacía era pura y merecida justicia, y sin embargo ahora no había ni pestañeado al pronunciar esa odiada acepción.
- Mira… yo ya no sé qué pensar… ni siquiera sé si quiero pensar en absoluto.
El cansancio, el estrés y todo lo sucedido en las últimas veinticuatro horas cayeron sobre Rolfhelm como una losa. Quería golpear algo, o beberse una botella entera de tequila, o llorar hasta hartarse, o simplemente dormir, pero fuera lo que fuera sentía la urgencia de evadirse de su vida
– Estoy harto y estoy cansado, joder. Un buen amigo mío ha muerto esta noche delante de mis putas narices y otro ha intentado matarme ¿Pero qué cojones pasa hoy? ¿¡Qué mierda le he hecho yo al karma, hostia!?
Finalmente la copa de refinado cristal se desbordó. Había luchado por contenerlo todo en su sitio pero ya no podía más. Enterró la cabeza entre las temblorosas manos, ocultándole al mundo el dolor y tratando de dejarlo dentro de sí mismo. La respiración era espasmódica, sorbía el aire más que respirarlo. Sus músculos convulsionaban, incontrolables. De vez en cuando se pasaba el dorso debajo de la nariz. Le dolían tremendamente las sienes y le hormigueaban los párpados. Sus pulmones parecían haber encogido de pronto, obligándole a respirar más deprisa. Los oídos le pitaban, las extremidades le pesaban. Y las lágrimas caían.

Paris no supo cómo reaccionar. Aunque había esperado ese momento no esperaba que las cosas hubieran tomado este siniestro cariz. Consideraba que acercarse podría provocar una reacción hostil por parte del afligido, pero no hacer nada tampoco le parecía la mejor opción. Tomó la manta del sofá y avanzó hasta Rolf para echársela sobre los hombros, aunque no reaccionó. Luego se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el lateral del butacón.
- Siento lo de tu amigo… y siento todo lo que ha pasado – se disculpó honestamente, casi en un susurro.
No recibió respuesta, pero tampoco le importó. Ni tan siquiera sabía si Rolf le había escuchado.

Pasó un rato largo hasta que el afligido hombre dejó de temblar y decidió buscar un pañuelo en el bolsillo de su caro pantalón. La escasa luz solar que llegaba desde el exterior del sector rebotaba y se reflejaba en los edificios, brindando un paisaje ligeramente menos opresivo de Mercado Muro.
- Lo sé – dijo finalmente Rolf, con voz nasal, antes de sonarse – Supongo que a todos nos salpica la mierda.
Extendió un brazo fuera del butacón, alcanzando la cabeza del chico y alborotando los dorados mechones.
- Mira, me da igual quién o qué seas… pero como no me meta algo en el buche me va a dar algo.
Paris rió, aliviado y entrando por fin en un estado más relajado.
- Entonces… - se incorporó poco a poco, se le había quedado el culo dormido- Vamos a desayunar, te invito.
El dandi alzó una ceja oscura sobre sus enrojecidos ojos verdes, con una sonrisa demasiado afectada para lograr el efecto chulesco que pretendía.
- Te advierto que soy de gustos caros.
- Haré lo que pueda.
El joven había emprendido el camino hasta su cuarto cuando Rolf volvió a pronunciarse desde el sofá.
- ¡Y ponte algo de ropa de una vez o alegaré incitación!





- ¡Farish! – el alarido del 2ª Clase Alban Weisz resonó en los pasillos del piso 49, deteniendo en seco a la capitana.
- No estamos en el campo, Weisz. – recriminó- ¿Qué ocurre?
El muchacho llegó a su altura con el ceño fruncido y los labios apretados por la crispación.
- ¿Por qué me has dejado fuera? – trató de contenerse y mantener el respeto por su superior.
- Serás de más ayuda aquí – argumentó ella, restándole importancia al asunto, ya dispuesta a seguir su camino.
- ¡Y una mierda! – el chico se adelantó a la veterana y le cortó el paso.
La proximidad entre ambos era tan estrecha que Alma podía observar las más mínimas imperfecciones de la piel del mozo. Sin embargo no perdió la compostura ni se dejó amedrentar. No es que un cachorro le fuese a meter miedo a estas alturas de la vida.
- Alban, escúchame. – el tono de ella era conciliador pero determinado.
- ¡No! ¡Es mí pueblo! ¿Crees que es justo que me quede aquí mientras Arma arrasa Mideel?
- Weisz, no creo que sea conveniente para ti que estés allí.
- Ya, y estar en ascuas aquí será mucho mejor – replicó él con sorna.
La capitana respiró hondo y encaró los ojos color musgo de su subordinado.
- Has estado en Junon, sabes de lo que esos monstruos son capaces.
- Sí, lo…
- Calla y escúchame. Junon es una ciudad militar, estaba preparada hasta los dientes para enfrentarse a cualquier cosa. Y ya has visto el recuento de bajas y de víctimas. ¿Qué crees que pasará en Mideel que es una población totalmente pacífica? ¿Eh? Probablemente quede arrasada. Nuestra misión no es destruir a Arma sino evacuar a la ciudadanía. ¿Crees que vas a soportar eso? ¿La impotencia y la frustración?
Alban apartó la mirada, temblando de ira. La capitana alzó el rostro, esperando la próxima reacción del chico, porque conocía a los tipos como él y sabía que no se conformaría con la decisión.
- Quiero ser yo quien saque a mi familia de allí – dijo finalmente, adquiriendo un porte regio y haciendo alarde una voluntad inamovible – Aunque me sienta impotente y frustrado. Quiero hacer algo por mi pueblo, por pequeño que sea – su voz ganó un tono casi suplicante.
Alma sonrió, desconcertando al novicio, apoyó una mano en su hombro y siguió su camino.
- ¿Entonces qué? – preguntó él, que no supo cómo interpretar aquel extraño giro.
- ¡Ay de ti como llegues tarde al embarque!





El local había abierto no hacía mucho tiempo antes, quizá sólo un par de meses, pero ya se había convertido en uno de los sitios favoritos de los habitantes del Sector 6.
Aunque las cucarachas eran casi tan grandes como los donuts, al menos estos últimos estaban de vicio, lo que impulsó a Paris a elegir ese local pese a su aversión a la suciedad. De hecho había roto su rutina de aseo diario para solidarizarse con Rolf.
No habían hablado mucho desde que dejaron el piso, un par de frases de poca relevancia.
Rolf mojaba su rosquilla de relleno de fresa en el capuccino, ensimismado. Mareó el café un rato, sin terminar de llevarse el bollo a la boca. Observó a su acompañante cortar su dónut con cuchillo y tenedor.
- Paris.
El aludido alzó la vista y encaró los ojos verdes que le miraban fijamente.
-Dime.
El tirador cortó la conexión visual para entretenerse otra vez con su café. El rubio esperó, cercenando otra porción sin demasiado interés, sabía que más tarde o más temprano Rolf terminaría por preguntar.



- ¿Se lo vas a contar a los demás?

5 comentarios:

Noiry dijo...

Me ha salido un relato bastante ambicioso casi sin proponérmelo. Ha habido partes que he tenido que dar vueltas y vueltas pero otras tantas han salido de la nada y me asombra que se hayan acabadado enlazando con otras de forma tan natural.
Lo siento si os hago hacer un ejercicio de memoria en algunos tramos.

El relato pretendía ser en un principio un punto para marcar donde va la historia del juego en este momento y al final me da la sensación de que hablo de SHIN-RA a través de diferentes personajes.

Ale, opinen ustedes.

Ukio sensei dijo...

Bunito y bien hecho. Lo único que no me gusta es que Rolf llore tanto en tan poco tiempo.

Yo, alma condenada dijo...

Jejejejeje :P un relato bien largo, sí señora. Se nota que le has dedicado tiempo.

Excelente, mi única queja es que hay varios saltos difíciles de percibir que hace que te emb rolles un poco con los personajes. Te sugeriría que separases los apartados con una barra de *****, yo muchas veces lo hago.

Por lo demás, muy interesante y muy revelador ^^ como siempre, nos sorprendes.

Astaroth dijo...

Si nos conocieramos más y no me cayeras tan bien te soltaría una blasfemia en la mismísima cara: ¡ahora tengo que hacer un relato con varios personajes para meter a Edward, que es de Mideel! xD

Bueno, bonito y barato. ¡Y sale Deryn la Loca!

Mephisto dijo...

Jur, despues de siglos entiendo lo de Balance xDDDD

Muy bien escrito, como siempre. La manera en la que cambias de escena se hace minimamente liosa en algunas ocasiones, pero lo bien redactado del texto lo hace muy legible.

Me ha gustao mucho, y facil de enlazar! xD