Era imposible que existiera una persona en toda la ciudad que no supiera que el alzamiento definitivo del cañón se estaba produciendo este día. La prensa y los medios de comunicación en general se habían hecho eco durante semanas de lo que llamaban una “muestra de ingenio y de capacidad de tomar decisiones difíciles para el aún reciente presidente Rufus”, ensalzando la decisión del traslado desde Junon de la monumental arma y detallando cada día las previsiones acerca de cuándo sería instalado definitivamente. Incluso si existiera alguien que hubiera estado aislado de cualquier medio de comunicación durante todo este tiempo, una simple mirada sobre la placa bastaba para ver la colosal instalación que se había realizado. Sólo en el supuesto caso de que esa persona no hubiese salido de los suburbios o estuviera ciega se podría dar el caso de que no identificara el monumental estruendo que se estaba produciendo en toda la ciudad, sobre y bajo la placa, seguramente pensando que ésta iba a derrumbarse una vez más, como ya ocurrió en el sector 7. El ruido era infernal: las grúas no paraban de chirriar y cada vez que una se venía abajo temblaba toda la placa; el estrépito de los gigantescos motores retumbaba como si la ciudad tuviera un corazón propio y estuviera forzándolo hasta su límite; algunos gritaban, otros observaban la maniobra con estupor y miedo, y muchos rezaban, suplicando que no se soltara y provocara una catástrofe.
En el interior del Midnight Bell la gente parecía haberse quedado estática. El pequeño pub ya tenía bastantes años y había pasado a sustentarse casi exclusivamente a base de clientes habituales, lo cual aportaba a Mijail, el dueño y único camarero del bar, el dinero suficiente para mantener su establecimiento en el sector 6 y poco más. Estos clientes que habitualmente charlaban de política o de la última carrera de Chocobos miraban ahora la pantalla de la televisión con miedo, como hipnotizados por el movimiento ascendente del cañón al elevarse por las grúas. Llevaban ya un buen rato sin pronunciar palabra, como temiendo que se cayese si alguien decía algo; tras la barra, Mijail, visiblemente nervioso, limpiaba el mismo vaso que cinco minutos atrás ya había dejado perfectamente pulcro, sin apartar la vista del televisor. Tan sólo una persona permanecía ajena a las imágenes retransmitidas, apoyada sobre la barra y más pendiente de su jarra, dentro del cual sólo quedaba un pequeño rastro de espuma en vertical, vestigio del último trago.
- Otra – Su voz se alzó por encima del reportero que comentaba la maniobra, acompañando su petición con un ligero golpe contra la mesa con el culo de la jarra.
El viejo barman despertó de su absorto estado, sirviendo raudo más cerveza para su cliente, a la vez que miraba el reloj. Éste solía pasarse bastante por el Midnight Bell, pero raramente compartía conversación con alguien. Quizás eso se debía en parte a que su aspecto intimidaba bastante: Warren Miller era un tipo muy corpulento y musculado, había pasado hace poco la treintena y no era especialmente conocido por su buen humor. Había tenido un par de peleas en ese mismo bar, pero el viejo barman poco o nada podía hacer para impedirle que volviese. Generalmente acudía al bar cuando había algún combate televisado, ya que a su chica nunca le había gustado ceder su programación predilecta por “un par de gorilas dándose palos”; pero esta vez no había bajado por ningún combate, aunque el motivo también tenía que ver con su chica, o bueno, con la que había sido su chica hasta hacía dos horas.
Warren dio un largo trago a su cerveza. “Maldita zorra...” suspiró para sus adentros. Cierto era que Bárbara llevaba bastante tiempo dando signos de que la relación no funcionaba adecuadamente. Ella nunca había querido dar palo al agua, y eso a él no le molestaba; tenía un trabajo bastante exigente pero que le aportaba un dinero más que suficiente para mantenerla y darle caprichos. Al principio ella colaboraba: se ocupaba de la casa, las compras, cuidaba su aspecto... Warren se había llegado a convencer a si mismo de que realmente era lo mejor, ya que si algún día tenían un hijo, idea en la que ella tantas veces había insistido, podría tener todo el tiempo para cuidarlo, y él no tendría que preocuparse en exceso por un jodido crío. Pero precisamente su dejadez en el tema de formar una familia fue lo que empezó a cansar a Barbara, y la relación empezó a replegarse sobre si misma. Ella dejó de hacer sus tareas e incluso de arreglarse, y él lo consideró un insulto, teniendo en cuenta que estaban viviendo en su casa y gracias a su sueldo. Las discusiones fueron convirtiéndose en el pan de cada día, creciendo cada vez más en intensidad. Y todo terminó la misma noche que ahora anunciaba su fin con los primeros rayos del amanecer, cuando ella cruzó la línea diciéndole que si no tenía los cojones para ser un padre, quizás tendría que buscar una polla que sí los tuviera. Warren había montado en cólera ante tal atentado a su hombría y había golpeado a su chica en la cara, no con todas su fuerzas, pero sí con intención de hacer daño. Ésta había quedado tumbada en el suelo, mirándole con incredulidad y los ojos llenos de lágrimas; él se había marchado con un sonoro portazo no sin antes advertirle: “cuando vuelva, espero no volver a ver tu cara, porque entonces te la partiré del todo”.
Y ahí estaba desde entonces, ajeno a la preocupación de la gente por el inmenso cañón que se alzaba sobre la ciudad apuntando a ese cráter en el norte del que tanto hablaba la gente. A Warren todas esas tonterías le importaban bien poco, igual que se la habían traído al pairo la explosión del reactor, la caída del sector 7 e incluso la aparición de Meteorito. Nada de eso le afectaba directamente, y estaba seguro de que a todos los inútiles que miraban la pantalla acongojados también, no entendía el por qué de tanta excitación. La puerta del bar se abrió, anunciando un nuevo cliente, al que Mijail saludó sin mirarle, centrado en la televisión. Él devolvió el saludo y se sentó justo al lado de Warren, apoyándose sobre la barra y pidiendo un vaso de ginebra con limón.
A Warren le llamó la atención el tipo, que era junto a él mismo el único que prefería tomar alcohol a un café para despertarse. Vestía muy elegante, incluso para lo que era habitual sobre la placa. Un conjunto de traje negro con la chaqueta abierta se pegaba a su figura delgada, sobre una camisa roja apagada y una corbata con rayas grises verticales. Parecía el tipo de tío que se toma un combinado en el pub elitista de moda del mes, no en una taberna ajada por los años y llena de clientes de clase media. Aparentaba estar más cerca de los veinticinco que de los treinta y era muy pálido. A juzgar por su constitución física, el corpulento Warren calculó que podría darle una paliza con un brazo atado a la pierna. Volvió a fijar la vista en su cerveza, y cuando estuvo dispuesto a perderse de nuevo en sus pensamientos acerca de Bárbara, el individuo habló.
- Supongo que a Rufus no le bastaba con que sus soldados portaran espadas de más de metro y medio de longitud, también necesitaba que Midgar tuviera un gigantesco cañón. - Alzó su vaso hacia la pantalla, en un brindis imaginario – ¡Por la ciudad con el presidente más acomplejado y el símbolo fálico más grande del mundo!
La gente no le siguió, mirándo con cierto resquemor al individuo, al que nadie había visto anteriormente, por andarse con bromitas en una situación tan crítica. Warren, por su parte, no había entendido muy bien lo que había dicho, pero agradeció que alguien rompiera el ambiente de tensión, necesitaba distraerse, no estar en un entierro.
- Estos tipos no te responderán nada – Dijo echando una mirada al recién llegado. - Están demasiado acojonados pensando que esa mierda se va a caer.
Warren se sumó junto al individuo a la lista de gente que no sería escuchada esa noche por los clientes del Midnight Bell. Éste, sin embargo, pareció apreciar que alguien respondiese a su comentario.
- En cambio a ti no parece preocuparte en absoluto. - Inquirió mientras se giraba hacia él.
- Tengo mis propios problemas. - Se encogió de hombros. - No veo la razón de interesarse por un cacho de metal, por muy grande que sea.
- ¿Y cuáles son esos problemas, amigo? - Adoptó pose de quien está dispuesto a escuchar una larga historia.
Warren se sintió algo confuso. Por una parte nunca le había gustado hablar demasiado con gente que no conocía, y menos con un pijo al que sacaría varios años; pero por la otra, se sentía con ganas de tener una conversación sobre el tema con otra persona, precisamente por su condición de desconocida, quizás así podría soltarse y los pensamientos no le reconcomieran tanto la cabeza. Además el ambiente era digno de un velatorio y realmente necesitaba alguna distracción. Volvió a encogerse bajo sus voluptuosos hombros y le contestó.
- Mujeres... - Bufó con desprecio. - Llegan a los 30 y si no se ponen a parir como cerdas ya sienten que están incompletas o algo.
- Vaya por dios. - El individuo chasqueó la lengua, dando un trago a su vaso antes de continuar. - El problema es que tu... ¿novia? ¿mujer? se está poniendo muy pesada con el tema familia unida y todo eso, ¿no?
- No es mi mujer, y desde hace unas horas tampoco es mi novia. - Hizo lo propio con su jarra, un chorro de cerveza se escapó por la comisura de su boca, mojando su perilla. - Y eso que desde el principio pensé que era la definitiva. He cogido el coche y bajado al bar para intentar despejarme, pero había olvidado que hoy era el jodido día del cañón ese.
- Vaya, amigo, lo siento por ti. ¿Llevabais mucho tiempo juntos?
- Casi tres años, ya estábamos viviendo juntos y con planes. Pero mira, que le follen. Tengo un piso sobre la placa y cobro más de lo que esa furcia puede ganar en un año. Que tenga todos los hijos que quiera y los cuide en las ruinas del Sector 7 si le sale del mismísimo coño, yo ya encontraré otros para mí.
- Así se habla – Chocó su vaso contra la jarra de Warren, aunque ésta estaba apoyada sobre la barra. - Parece que tienes un buen trabajo, ¿qué haces exactamente?
- Oh, bueno... - Hizo un gesto despreocupado con la mano, como queriendo apartar el tema. - Ya sabes, cosas aquí y allá, encargos... la gente con dinero paga sin problemas para que le traigan las cosas hechas. ¿Y tú? Por como vas vestido, diría que tampoco te mueres de hambre.
- Tampoco te creas que tengo muchos de estos – Dijo con una sonrisa ladeada, mientras se cogía el traje por el cuello, mirándolo – Tan sólo un par, lo que pasa es que les doy mucho juego. En mi trabajo decían que el traje daba buena imagen y respeto. Ya sabes, diferencia los que están arriba de los de abajo. Pero tampoco era nada impresionante, papeleo y poco más – imitó el gesto con la mano de Warren – Me cansé, ahora estoy buscando algo más interesante y...
Un gran estruendo se escuchó en el bar, para ser retransmitido un segundo después por la televisión. El cañón finalmente había alcanzado su soporte y había encajado con la pieza de unión. Todos suspiraron aliviados, y el ambiente retornó al bullicio habitual de una taberna; súbitamente parecían entusiasmados con la idea del cañón y no tardaron en escucharse vitores hacia el presidente de la compañía que gobernaba la ciudad.
- Vaya capullos... - Bufó Warren.
- Todo el mundo se siente más seguro con un arma, sobre todo si ésta tiene más de un kilómetro de longitud. - Dio un trago más a su cubata, que anunciaba ya su último estertor. - Sabes... yo también tuve una chica que consideraba la definitiva.
- ¿Y qué ocurrió? - Se fijó en que el gesto del tipo se había ensombrecido, esta vez era él quien miraba su vaso.
- Pues... digamos que se fue.
- ¿Se fue? ¿Así, sin más? ¿Por qué?
- Aún no lo sé... - Volvió a mirarle. - Pero créeme, lo acabaré sabiendo.
- ¿Y la acabarás trayendo de vuelta, no? Je... - Warren terminó su jarra, hablar le daba sed y estaba perfectamente dispuesto a pedir otra.
- No, ella no volverá... - El gesto terminó de ensombrecerse del todo, para un segundo después volver a la habitual cara de perfecto optimismo. - Pero... ¿quién las necesita, eh? Ambos somos hombres con una vida labrada y bien situados socialmente, pueden irse todas a tomar viento. - Llamó con un gesto al camarero. - Me has caído bien, amigo, y creo que todo cambio importante en una vida necesita un brindis para iniciarse. ¿Me permites invitarte a algo más fuerte que esa cerveza?
- Oh, déjalo, puedo pagármelo...
- ¡Insisto! - El joven exhibía una gran sonrisa – Me tendré que ir dentro de cinco minutos, pero no quiero despedirme sin al menos haberte hecho el día algo más llevadero. - El camarero acudió a su llamada, poniéndose frente a ellos. - Para mí, otro de lo mismo, para mi amigo, lo que él quiera.
- Está bien – Aceptó, realmente le apetecía algo más fuerte – Whiskey, con dos hielos.
El barman asintió, retirándose a preparar las bebidas. Warren volvió a observar al tipo, que pese a su aspecto, había que reconocer que le estaba cayendo bien. Y tenía toda la razón del mundo: él era un triunfador, ganaba dinero y tenía la vida solucionada; Bárbara no era más que una furcia que quería ser mantenida, engendrar críos y vivir una vida regalada. Pues que le dieran mucho por el culo, él no tenía por qué aguantar ese lastre. Estiró sus musculosos brazos, juntando las manos tras su nuca y dispuesto a despejarse e iniciar una nueva vida de soltero. Después de todo, ahora podría ver sus combates favoritos en casa, comer lo que se le antojara y tirar toda esa decoración cursi que se había adueñado poco a poco de la casa. Dio una palmada en la espalda del tipo, que aun sin ir con mucha fuerza casi lo derriba de la silla, lo que hizo reír a Warren mientras Mijail depositaba sendos vasos frente a ellos.
- ¡Haz algo de ejercicio hombre! ¡Que estás escuálido!
- Cualquiera parecería escuálido a tu lado, grandullón. - Sonrió mientras se recolocaba las gafas, cogiendo su ginebra y alzándola frente a él. - ¡Por el cambio que se producirá desde hoy en nuestras vidas!
- ¡Así sea! - Warren chocó su vaso con el del tipo y dio un copioso trago a la par que él. El fuerte licor recorrió su esófago directo al estómago, dejándole un sabor fuerte en la garganta, acentuado quizás por el hecho de estar bebiéndolo antes de las ocho de la mañana. - Por cierto, no me he presentado. Soy Warren, Warren Miller – Tendió la mano al individuo, el cual se quedó mirándola un par de segundos para después mirarle a él, con esos ojos grises amplificados por las gafas.
- Ya sabía como te llamabas, Warren.
- ¿Cómo? - No entendía, era muy temprano y realmente se encontraba algo somnoliento. - ¿Acaso nos hemos visto antes?
- Yo sé cosas de ti, y tu sabes cosas de mí. - El tipo simplemente le mantuvo la mirada, como si estuviera esperando algo.
A Warren le dolía la cabeza, quizás había bebido demasiado para ser esas horas de la mañana. Todo empezó a oscurecerse lentamente y los párpados súbitamente le pesaron como losas. No comprendía, no era capaz de entender qué estaba sucediendo. Ese tipo sólo seguía mirándole y él no sabía qué decir, se sentía confuso y desorientado. La sala empezó a tambalearse y los ruidos producidos por las obras del cañón se convirtieron en percusiones dentro de su cerebro. Se llevó las manos a la frente, la cual sentía muy caliente y sudada. Se sintió como si toda su sangre descendiera hasta sus pies y se escapara por un orificio. Ese individuo sólo le miraba, impertérrito, sin sorprenderse. Con sus últimas fuerzas, Warren intentó hacerle una pregunta.
- ¿Quien...? ¿Quien eres? - La voz sonó ajena en sus propios oídos.
- Soy Érissen, Érissen Colbert. Encantado de tenerte frente a mí, grandísimo hijo de puta.
Sin conseguir asimilar el nombre del todo en su cabeza, el gigante se derrumbó. Se cayó de la silla hacia atrás, produciendo un sonido similar al de una de las grúas del cañón al desplomarse. Todo el bar se giró hacia el lugar donde había aterrizado, observando el enorme cuerpo de Warren desparramado sobre el sueño de la taberna. Mijail, ya en edad de ser considerado viejo pero no anciano, salió tras la barra y, asegurándose de que todos le oían, exclamó:
- ¡Me cago en dios! ¡Esto le pasa por beber como un cosaco a estas putas horas! - Dio una ligera patada al cuerpo de Warren, el cual no se movió ni un centímetro. - Este cabrón está durmiendo la mona. ¡Es la segunda vez que tengo que pedirle un taxi!
- No hace falta. - Érissen dio un último trago a su copa, la cual quedó a medias, también asegurándose de que tods le oían antoes de continuar hablando. - Dijo que tenía el coche por aquí aparcado, puedo llevarlo a su casa si me dice la dirección. - Me siento mal por haberle casi forzado a tomarse una copa conmigo siendo que él no quería.
- ¡Pues mira, llévatelo! ¡Vamos! ¡Un par de voluntarios que ayuden a este tipo a transportar a éste mastodonte hasta su coche!
Los más allegados al dueño del bar acudieron raudos en su ayuda, un cuerpo de más de 150 kilos esparcido no daba buena imagen ante los posibles nuevos clientes. Poco a poco y con dificultad fueron arrastrando el cuerpo hasta su coche, situado a la salida del Midnight Bell y, después de que Érissen encontrara las llaves del coche en el bolsillo trasero de su pantalón, lo metieron en los asientos traseros, no sin cierta dificultad.
- ¡Hala! - Dijo el barman desde la entrada de la taberna. - ¡Y dile que no se atreva a volver a mi bar! ¡Siempre la está liando, de una forma o de otra!
- No se preocupe, se lo diré... - Érissen introdujo su mano en el bolsillo interior de su chaqueta, sacando una cartera. - Por cierto, no le he pagado las copas. - Sacó unos cuantos billetes, doblándolos. - Aquí tiene, quédese con el cambio, por las molestias.
Mijail observó desde el umbral de la puerta como el coche se alejaba, para probablemente no volver a verlo jamás. La oferta que ese niño pijo le había hecho había sido difícil de rechazar, máxime cuando implicaba la más que probable desaparición de la faz de la tierra del cliente más problemático de su bar tan solo vertiendo unas cuantas gotas en su bebida. Quizás al día siguiente tuviera la visita de algún PM o Turk, pero un bar entero resultaría testigo de que el joven trajeado se ofreció a llevárselo y a todos les pareció apropiado. De todas formas, cuando el barman volvió tras la barra, se cuidó muy bien de guardar sigilosamente en su bolsillo y no en la caja registradora los 500 guiles escondidos entre dos billetes de 10.
Aún sin sentirse despierto del todo, Joseph Hermann se veía prácticamente parapetado tras varias pilas de documentos. Su pelo revuelto formaba un telón asimétrico a unas gafas de pasta tras las cuales unos ojos oscuros, los cuales, pese al gran volumen de papeleo, permanecían fijos en el único folio que sujetaban sus manos, muy concentrados. Vestía ataviado con una bata amplia bajo la cual se apreciaba una camisa azul clara y una corbata negra. Una taza de café negro humeaba apoyada sobre el escritorio de caoba, iluminado por una luz artificial sumada a los primeros rayos de un atardecer tímido que se transparentaba por la gran ventana a las espaldas del doctor. Tras mantenerse pensativo durante un par de minutos más, pulsó el botón que abría la linea del micrófono que tenía acoplado.
- Helen, por favor, manda un correo al jefe indicándole que necesito reunirme con él urgentemente.
- Enseguida, señor Hermann. - Contestó una voz femenina muy dulce, aún distorsionada por el altavoz.
- Muchas gracias.
Volvió a fijar sus ojos en las 10 únicas palabras escritas en el folio, escritas con una caligrafía que conocía sobradamente, ya que él mismo había enseñado a escribir a la persona a la que pertenecía. Era un mensaje claro y directo; y eso, sumado a las compañías que había frecuentado el que les había entregado el mensaje, le inquietaba bastante. “Al renacuajo le han salido agallas”, pensó. El altavoz volvió a encenderse, pero la voz dulce de la secretaria hablaba ahora atropelladamente y nerviosa.
- ¡Señor Hermann! ¡Señor Hermann!
- Sigo aquí, Helen, ¿qué ocurre?
- Es... es ella señor. - La voz le tembló – Han llamado desde la sala de recuperación, ha montado en cólera y está destrozándolo todo.
- Mierda... Voy para allí, que no la dejen salir.
“Aunque me gustaría saber cómo”, pensó para sus adentros antes de ponerse en pié y salir por la puerta, guardando el folio dentro del bolsillo de su bata. Tenía que darse prisa, el último ataque de ira de la chica resultó extremadamente caro, tanto en material como en personal.
- Jodida Irina...
...
Mostrando entradas con la etiqueta Escritor:MEPHISTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escritor:MEPHISTO. Mostrar todas las entradas
domingo, 21 de febrero de 2010
martes, 22 de diciembre de 2009
199
Un espeluznante crujido se abrió paso por encima de los gritos de ánimo del público, transformándolos en exclamaciones de júbilo o insultos malsonantes dependiendo de por quién hubiera apostado cada uno. Valeriy Schatkov, el nuevo luchador tan prometedor al que muchos llamaban “El señor del foso” antes incluso de que participara en un solo combate legal, acababa de transformar el cráneo de su rival en un complejo rompecabezas tridimensional de un rodillazo contra la verja metálica de la jaula. Las muertes en el Foso ya apenas causaban una sombra del estupor de antaño, cuando pocas personas conocían el local; ahora prácticamente eran rutinarias, y la gente se mostraba más preocupada por los pocos guiles que habían ganado o perdido que por el cadáver que ahora mismo derramaba sangre por todos los orificios de su cara mientras los secuaces de Iván Quouhong lo arrastraban. La parte del público afortunada en el juego acudía entusiasmada a cobrar sus apuestas, mientras que algunos derrotados perdedores apuraban el licor de sus vasos preguntándose como iban a explicarles a sus esposas o familiares que habían perdido gran parte de sus ahorros en apenas diez minutos.
- Te lo juro, tío, cada vez me gusta menos este sitio.
- En serio, ¿qué te hicieron en ese interrogatorio, Johan? No pareces el mismo desde entonces. - Nadie que no se acercara lo suficiente como para observar sus ojos diría que eran miembros de SOLDADO; vestían de paisano, cada uno en su estilo. Johan lucía unos vaqueros desgastados por los años junto a una camisa negra con motivos blancos de formas onduladas y unas deportivas oscuras con punta roja. Daithi, por su parte, vestía con esa sobriedad que siempre le caracterizaba: Traje gris hecho a medida, camisa amarilla clara con el último botón desabrochado y zapatos de ejecutivo.
- Ya te lo he dicho, Dai... no me hicieron nada. - Dio un generoso trago a su whiskey mientras hacía un ligero gesto con la mano, indicando que iba a continuar. – Fueron unos auténticos hijos de puta. Me tuvieron cinco jodidas horas esperando para después hacerme cuatro preguntas sobre cosas que no les importaban una puta mierda, como si mi grupo sanguíneo o mi domicilio se correspondían con los de mi ficha. Esos cabrones hasta me preguntaron con una sonrisa si estaba contento con mi labor al servicio de Shin-Ra y si consideraba atractivo al Presidente... - Hasta el mejor de los amigos habría soltado una carcajada a esta altura, pero Daithi no se caracterizaba precisamente por su sentido del humor. – Fue un aviso claro y rotundo: Te tenemos vigilado, sabemos lo que piensas y no necesitamos decirte lo que pasará si volvemos a ver una actitud similar. No, no es el interrogatorio lo que se me pasa por la cabeza.
- ¿Tan fuerte te dio esa chica? - Esos ojos verdes podían leer el alma. No resultaba difícil entender por qué Daithi no tenía muchos amigos. Esa presencia constantemente firme, la tez morena, casi roja, el pelo negro cayéndole por los lados hasta los hombros, totalmente liso y cortado al milímetro... todo en él era símbolo de pulcritud, de seriedad, de estricta perfección. Y sin embargo Johan no podía imaginar un amigo mejor. Ambos eran lo que el otro no, y como si de dos piezas de un puzzle se trataran, habían vivido complementándose y apoyándose el uno en el otro durante casi quince años.
- Como una jodida bola de demolición, macho...
Y era cierto. Desde el momento en el que Eve entró en su vida, lo hizo para quedarse. No había conseguido dormir ni dos horas seguidas desde entonces, preguntándose constantemente qué le estarían haciendo; consciente de que ella estaba en una prisión con un destino más que negro. Lo peor de todo era que, por mucho que se devanase los sesos, no se le ocurría manera alguna de ir a verla, no hablemos ya de ayudarla.
Desde el momento en el que entró por primera vez al edificio ShinRa después del interrogatorio cada uno de sus movimientos había estado controlado hasta el mas mínimo detalle. Su superior, el sargento Grey, no le quitaba el ojo de encima ni por un segundo, sin apenas molestarse en disimularlo. Ser un miembro de SOLDADO era más que un contrato: era un modo de vida. Desde el momento en el que alguien se comprometía a ser sometido a los tratamientos de Mako, era consciente de que nunca volvería a cambiar de trabajo o tendría retiro alguno; quien se convierte en SOLDADO, muere como tal. Johan era consciente de ello, al igual que de lo que les sucedía a aquellos que en algún momento se arrepentían... Nadie hablaba de ello, pocos se atrevían a mencionarlo, pero ningún SOLDADO con dos dedos de frente se jugaría el cuello a que todos los compañeros que se mandaba asesinar por la locura del Mako realmente la sufrieran. Tal acto, al cual se vería sometido si mostraba signo alguno de acercamiento hacia Eve, era conocido con el siniestro nombre de “La caza”.
- ¿Y qué piensas hacer al respecto? Te conozco lo suficiente como para saber que no te quedarás cruzado de brazos.
- No tengo ni puta idea, ahora mismo me tienen cogido por los huevos. Pero algo haré. Alguna manera encontraré, tenlo por seguro.
- ¿No crees que estás yendo un poco lejos con todo esto Johan? No es un jugueteo inocuo lo que estás haciendo... - Giró un par de veces los hielos de su vaso de bourbon a medio llenar y esperó a que se detuvieran del todo para beber un corto trago y continuar. – te estás jugando la vida.
- ¿Qué vida me voy a jugar, Dai? Yo no tengo ninguna vida ahora mismo. Pertenezco a ShinRa, vivo por ShinRa, mato por ShinRa y, más que probablemente, moriré por ShinRa. Si mañana el excelentísimo y divino Sargento Grey decide que tengo que despedazar a una docena de mendigos porque amenazan el orden social, no me quedará más remedio; si mañana la generala decide que hay que ir a por el Arma que se avista de vez en cuando bajo el mar uniformados con manguitos de piscina y gafas de buceo, tendré que hacerlo; si mañana a Rufus se le ocurre destruir el Meteorito a base de lanzar al espacio efectivos de SOLDADO en un tirachinas gigante para que se lo carguen a espadazos, yo seré el primero al que lancen... Yo no nací para esto, debí haberme quedado en PM. Ahí la vida era la misma mierda, pero al menos tenía la ilusión de poder jubilarme algún día.
- La verdad, no se que decirte. Los dos hemos sido adiestrados igual, Johan, y durante todo el tiempo que compartimos instrucción tuve claro que te gustaba este trabajo. ¿Es que los años te han vuelto cada vez mas agrio y cascarrabias?
- Tío, llamame idiota, pero cuando me apunté a las oposiciones para PM fue para... yo que sé, luchar por el bien, la justicia y la puta paz mundial, ¿sabes? Esos valores de Miss Universo me duraron hasta la tercera busca y captura de presuntos terroristas armados, ¿los recuerdas? Eran una familia activistas de GAIA, el grupo ecologista, que habían creado y repartido panfletos reclamando compensaciones económicas para las familias obreras cuyos padres, abuelos y maridos murieron durante la construcción de los reactores. Y digo murieron en el mejor de los casos; la sobreexposición al Mako les hizo verdaderas atrocidades. No volví a saber nada de ellos. Desde ese momento todo se convirtió en un trabajo, en un trabajo de mierda en el que me jugaba y ganaba la vida acabando con gente que, en la mayoría de los casos, era inocente. He arrestado, detenido o matado a muchísimas más personas que atentaban contra los intereses de Shinra que aquellas que realmente atentaban contra la ciudadanía. Años después, aquí me tienes. Soy la misma basura que antes solo que ahora resulto muchísimo más útil para la compañía que un simple PM.
- Sigue sin ser peor que otros trabajos. - La mirada de Daithi raramente se apartaba de los ojos de aquel con el que estaba hablando, ya que lo consideraba una falta de respeto, pero una voz metálica procedente del megáfono, que anunciaba el inicio de otro combate, distrajo su atención y sus retinas hacia la gigantesca jaula metálica que hacía a la vez de ring. - Además, no sé qué tiene que ver todo esto con que deje de gustarte el que ha sido tu antro favorito durante toda tu vida. ¿Qué será lo próximo? ¿Decir que el whiskey es veneno y que vas a dejarlo?
- Eso nunca, y lo sabes. - Johan sonrió levemente, apurando los restos de su vaso ante el recordatorio al que su amigo le había sometido. - Lo de que el foso me gusta cada vez menos tiene su lógica: Desde que Henton Jackson pasó a la liga privada, ya no puedo apostar sobre seguro; y yo odio perder. - Dijo a la vez que convertía en pedazos un boleto con el nombre del difunto luchador.
Los haces de luz en constante movimiento provocados por los faros del coche asustaron al par de gatos que rondaban el cubo de la basura, alejándolos de su propósito inicial durante el breve tiempo que este permaneció alumbrado. Como un fantasma solitario, el vehículo se desplazaba sin impedimento alguno sobre la placa por el extrarradio del sector 6. Midgar nunca dormía del todo, pero conforme más se alejaba uno del edificio ShinRa, el cual dominaba en altura y posición a toda la urbe, más tranquilos se volvían los barrios, siempre que se tratara de la placa superior, claro está.
El coche finalmente se detuvo ante un edificio cuyo conductor conocía bien: Un apartamento de nueve plantas situado prácticamente en el borde de la ciudad. El piloto, tras apagar el motor, abandonó el coche no sin antes recoger una bolsa de mano del maletero, la cual profirió un sonido metálico al asirse, evidenciando así su contenido. La puerta de la casa estaba abierta; “Él ya está aquí”, pensó mientras atravesaba la hilera de buzones tras el umbral, uno de los cuales observó fugazmente a modo de comprobación innecesaria.
El ascenso por las escaleras se le antojó más largo de lo que hubiera deseado. Nueve pisos son demasiados como para tener el ascensor estropeado, y la mala fortuna hacía que justo esa vez tuviera que subir hasta la azotea. Dedicó el tiempo que tardó en ascender el centenar y pico de escaleras en mantener la mente lo mas despejada posible; después de todo, la situación exigía mucha frialdad. Finalmente, se encontró ante la puerta que daba a la azotea. Durante medio minuto, reflexionó acerca de si lo mejor era dar media vuelta y no volver a saber del tema, o atravesar esa puerta y afrontarlo de una vez por todas, con el resultado que fuera. Al final pudo más la resolución de encarar el destino y, aferrando la bolsa con fuerza, abrió la puerta metálica.
Pese a estar preparado para ello, su corazón palpitó con fuerza cuando vio la figura frente a el. Estaba dándole la espalda, apoyado en el borde del muro de un metro de altura que delimitaba la azotea, separándola del vacío. Los mechones de su pelo caían sobre una chaqueta de traje azul marino, formando algunas ondas dentro de su rigurosa rectitud. Su pose era despreocupada, como resignada a que este momento debía llegar tarde o temprano. Sin embargo, lo que más acaparó la atención del hombre que acababa de atravesar la puerta fue la culata de la Aegis Cort que asomaba por el cinturón del hombre. Tras unos cuantos segundos de silencio, éste finalmente habló.
- Así que finalmente has decidido acudir... - Su voz denotaba cansancio, arrastraba las palabras como si cadú una requiriera de un gran esfuerzo para ser pronunciada.
- Sí. - Fue tajante. No podía demostrar debilidad, esto exigía una actitud totalmente rígida y tenaz.
- ¿Sabes que aun estás a tiempo de dar media vuelta y seguir con tu vida, no? Ya te echaste atrás una vez, no pasaría nada si volviese a suceder.
- Sí, pero no voy a hacerlo.
El sujeto se giró, mostrando su rostro. Unas gafas de aspecto frágil aumentaban considerablemente unos ojos grises que se clavaron en los suyos. Era bastante más joven que el y apenas había cambiado físicamente desde la última vez que se vieron, pero esa mirada, su actitud, sus palabras... evidenciaban un cambio exponencialmente mayor a nivel interno.
- Después de lo que va a suceder esta noche, no va a haber marcha atrás, piénsalo una última vez si quieres, Roy.
- Basta de tonterías, Érissen. - Su voz sonó gélida. La bolsa volvió a emitir el mismo sonido metálico cuando la abrió para empuñar su contenido. - Acabemos con esto de una vez.
Las patrullas nocturnas por las ruinas del sector 7 se habían convertido en rutina desde hacía ya varias semanas. Muchos SOLDADO enloquecidos habían hecho guarida ahí, según los informes del departamento de investigación, y lo cierto es que no podían haber escogido un sitio mejor. Con un sector enteramente urbanizado reducido a ruinas, debajo de cualquier cascote se escondía una trampilla que daba al antiguo sótano de algún bar, una escalera a la caldera de gas de cualquier domicilio o un hueco lo suficientemente amplio como para ser usado a modo de escondrijo. La labor era un auténtico coñazo, haciendo batidas en grupos pequeños a la luz de la luna y de Meteorito, levantando cada trozo de muro que se encontrara uno por delante durante horas y horas. Para colmo a Johan, después del interrogatorio de Turk, le habían encomendado el peor grupo que podía imaginar: el Sargento Grey y sus dos fieles lameculos, Christian Nimasso y Gabriel Brunetti; dos perfectos inútiles que no sabían ni por donde agarrar su espada, pero que se pegaban a su superior como si de dos granos en su rabadilla se trataran, lo cual parecía agradar sumamente al susodicho Sargento. Johan los consideraba basura y ellos hacían lo propio con él, especialmente desde que le partiera la nariz a Nimasso cuando éste intentó atacarle por la espalda, lo cual le acarreó la jornada extra de vigilancia en la que conoció a Eve.
-¡Nada por aquí, mi Sargento! - Exclamó el susodicho, con su nariz torcida oculta bajo el casco, orgullosísimo de no haber encontrado absolutamente nada.
-¡Sigan buscando, soldados! ¡Nuestros antiguos compañeros pueden estar en cualquier lugar! ¡Necesitamos acabar con su sufrimiento!
“Sí, sobre todo con el suyo”, pensó Johan con amargura. No entendía el extraordinario respeto con el que se pretendía eliminar a los SOLDADO que habían perdido el juicio. A los primera clase incluso se les celebraba funerales por todo lo alto, llamándoles “héroes de Midgar” y emitiéndolos por todas las cadenas oficiales de ShinRa. No quería ni imaginar lo que debía sentir alguien al ver que un psicópata con el seso fundido por el Mako había desmembrado a toda su familia para después ser vitoreado y tratado como un glorioso defensor de la ciudad. Levantó un pesado bloque de hormigón para encontrar lo que había sido algún tipo de mueble de madera, convertido ahora en un montón de astillas.
La patrulla estaba resultando tan sumamente aburrida y agotadora como siempre. Los brazos le dolían tras llevar horas y horas moviendo ruinas, y la compañía no hacía mucho más agradable la labor. Cuando las hacía junto a Daithi al menos tenía con quien conversar y resultaban mucho más amenas, ahora tenía que escuchar a ese par de inútiles alabando cada cinco minutos el ingenio del Sargento, el cual, en opinión de Johan, era similar al de algunos moluscos de Costa del Sol. Finalmente, encontró frente a él el límite del sector, lo que significaba que ya habían llegado al final de su batida. Suspiró con alivio.
- Bien, soldados, parece que no ha habido suerte. Volvamos al punto de partida, pero mantengan los ojos bien abiertos, alguno de ustedes podría haber olvidado comprobar algún sitio. – Dijo dedicándole una mirada sin ningún tipo de discreción.
-¡Usted siempre tan precavido, Sargento! - Exclamó Gabriel con un tono de admiración que hizo que Johan deseara que el Meteorito cayera inmediatamente sobre su sien.
- Son los años de experiencia, Brunetti - Su pecho se hinchó como si de un palomo antropomórfico se tratase. – ¡Andando! Yo me adelantaré para asegurarme de que el resto de grupos van llegando, no vaya a haber algún problema. ¡No dejen un solo hueco sin revisar! Y usted, Jeriel... - Volvió a mirarle, esta vez con un gesto amenazador. – Como me entere de que ha vuelto a demostrar una actitud rebelde con sus compañeros, me aseguraré de que sea encerrado en el calabozo, ¿entendido?
- Entendido, “Sargento”. - El tono irónico no fue captado por el susodicho, el cual giró sobre sus talones y se marchó a buen ritmo.
Los dos SOLDADO empezaron a charlar mientras volvían hacia el punto de partida acerca de sus más que seguras probabilidades de ascender a segunda clase de forma inmediata, despreocupándose totalmente de revisar los laterales del camino que habían seguido en la redada. Johan realizaba alguna comprobación de vez en cuando, absorto en sus propios pensamientos, ligeramente rezagado para escuchar lo menos posible al par de idiotas que tenía delante. Pensaba, para no variar, en Eve. Se le había ocurrido la posibilidad de pedirle a Daithi que le entregara un mensaje, el problema era que no sabía qué decirle exactamente. “Hola, soy el que te detuvo e hizo que te metieran en esta celda de la que dudosamente saldrás con vida. Quería saber qué tal estabas.” Con solo pensarlo le daban ganas de golpearse la cabeza contra alguno de los cascotes. ¿Cómo coño podía estar obsesionado con una mujer a la que había jodido la vida? La voz de Nimasso le arrancó de sus pensamientos.
- ¡Eh! ¡Vosotros! ¿Qué coño hacéis aquí?
- ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Sólo estábamos buscando! ¡AY!
- ¡No! ¡No! ¡Suelta a Tim! ¡Por favor!
Johan aceleró el paso, en dirección a los SOLDADO. Ese pedazo de hijo de puta había agarrado por el cuello de la camisa a un niño que no pasaría de los doce años, alzándolo a la altura de sus ojos mientras una niña aún menor lloraba cogiéndole del zapato.
- ¿Conque buscando, eh? ¿Se puede saber el qué? - Gabriel encontraba ciertamente divertida la situación, no les harían daño, por supuesto, pero podrían divertirse un rato tras un día de duro trabajo.
- ¡Su... su muñeca! - Dijo el infante mientras señalaba con un brazo tembloroso a la niña, la cual se trataba seguramente de su hermana. - Por aquí estaba nuestra casa. ¡Por favor suélteme!
- ¿Su muñeca? ¿Más de un año después del derrumbe del sector? ¿Pretendes que nos creamos eso?
- ¡Vinimos esta mañana y la perdí! ¡Venimos mucho a este sitio! ¡Por favor! ¡Por favor! - Las lágrimas de la niña manaban sin parar de sus ojos, mezcla de miedo y preocupación por su hermano.
- ¿Qué coño se supone que estás haciendo, Christian?
La sonrisa desapareció de la cara de los dos SOLDADO. Bajo los cascos Johan intuyó dos miradas de odio hacia su persona, sumadas al gesto de desprecio que se podía percibir en la parte sin cubrir del yelmo. Los niños lo miraron sin dejar de temblar, con el terror marcado en su rostro y lágrimas de desesperación.
- Vaya, ¿así que ahora me llamas por mi nombre, Jeriel? - La voz denotaba asco y rabia a partes iguales. – creía que por lo general te dirigías a mí por otro apodo.
- Nunca en horas de servicio, y esto no tiene nada que ver con eso. - Intentó no parecer amenazador, no mientras el crío siguiera colgando de la mano de ese imbécil. - ¿Qué ha hecho ese niño para que lo estés amenazando delante de su hermana?
- Verás Jeriel... - El idiota número dos tomó la palabra. Johan reconocía que no llegaba al nivel de idiotez de su compañero, pero eso seguía sin convertir su presencia en algo más deseable que una desagradable mancha de orín en la taza de un váter. – Chris y yo sólo nos preguntábamos qué hacían dos niños a estas horas de la noche en un lugar como este. - Exhibió la más falsa de las sonrisas mientras posaba su mano sobre la cabeza de la niña, paralizada por el terror, y le revolvía ligeramente el pelo. – Nos preocupábamos por su seguridad, bien sabes que esta zona no es precisamente segura... Espero que puedas entenderlo.
- ¿Y para “preocuparos por su seguridad” le tenéis que alzar del suelo de esa forma? ¿Por qué no les dejáis ir y tenemos la fiesta en paz? ¿O necesito informar a vuestro ídolo, el excelentísimo Sargento Grey, de lo que está ocurriendo? - Dijo mientras señalaba el walkie que colgaba de su cintura.
Se produjo un silencio tenso. Hasta la niña intentó contener sus sollozos lo máximo que pudo. Johan tuvo miedo por un momento de que el desgraciado que sostenía al chaval pudiera llegar a hacerle daño solo por el hecho de que eso le jodería. Tras unos cuantos segundos de tensión, Nimasso dejó al niño en el suelo y lo soltó. Éste cogió a su hermana de la mano inmediatamente y salió corriendo junto a ella hacia la entrada del sector, no sin antes dedicarle un sincero “gracias” con las pocas ganas que le quedaban de decir algo. Tras comprobar que tomaban la dirección correcta, y consciente de que los otros dos SOLDADO se habían quitado el casco y le miraban con desprecio, echó a andar hacia el lugar de encuentro, decidido a no darle al Sargento Grey la excusa que ansiaba para encerrarle.
- Vaya, ¿así que ahora quieres ser el nuevo superhéroe de los niños, Jeriel? - Dijo Nimasso con sorna.
- Vamos Chris, déjalo, no merece la pena.
- Eso, deja de tocar los cojones, anda. - Johan no quería entrar al juego, pero nunca le otorgaría la última palabra a alguno de esas dos babosas con los que compartía uniforme. – Te estabas pasando tres pueblos con el crío y punto. Dejémoslo estar.
- ¿Y desde cuando te importan los críos, eh? - No iba a dejarlo estar, ese imbécil sólo podía ver que el tipo que le había partido la nariz le había plantado cara, obligándole a hacer algo que no quería. - Si no haces otra cosa que no sea apostar, beber e irte de putas, lo sabe todo el escuadrón. Eres la vergüenza de SOLDADO, no sé cómo no te han echado ya...
- Porque hago lo que debo en lugar de aterrorizar críos para sentirme más realizado. - “Y porque puedo partirte la cara mientras hago las tres cosas a la vez”, pensó sin decirlo, para no llevar la discusión adonde no debía. - Ahora seguid hablando de vuestras putas cosas y dejadme en paz.
- Seguro que tú te sientes muy realizado haciéndote amiguito de esa chusma, te encuentras mejor entre iguales. - Escupió con desprecio al suelo, sonriendo después al ver que Johan se había parado. Gabriel soltó una risita ante el comentario de su amigo. – Reconócelo, Jeriel, llevas ese uniforme porque te tocó la lotería, pero no eres un SOLDADO de verdad, se nota en tus ojos, y en tu puta vida ascenderás a segunda.
- Mira, pedazo de mierda... - Johan se giró, caminando rápidamente hacia Nimasso, el cual no dio un paso atrás pero sí vaciló de forma casi imperceptible. Se puso frente a él antes de continuar hablando, a escasos veinte centímetros de su nariz torcida. Johan era ligeramente más alto, pero eso no pareció intimidar al SOLDADO. – Esa es la jodida diferencia entre tú y yo. A mi me la pelan vuestras putas conversaciones sobre cuándo ascenderéis a segundas y vuestros patéticos peloteos a Grey para ganaros su recomendación. Para mí esto es mi trabajo, ¿entiendes, escoria? - el otro no respondió, simplemente mantuvo la mirada y el gesto de estar oliendo mierda. - Llego, entreno, hago mi jornada, entreno otra vez y me piro a mi puta casa. Vosotros soñáis con llegar a ser héroes reconocidos de esta ciudad y a tener fuerza como para poder partir nueces a pestañazos, pero en el fondo no queréis ser SOLDADO, solo ansiáis el jodido título. Masacraríais a doscientos niños comos los de antes por una puta subida de rango.
- ¿Te crees mejor que nosotros? ¿Quién te da derecho a juz..?
- Me importáis una puta mierda, Maricomasso – La vena del cuello del susodicho comenzó a hincharse cuando éste escuchó su apodo. – Sólo espero el mismo trato de vosotros. Así que dejad de hincharme las gónadas y vámonos al punto de encuentro de una puta vez. Así, con suerte, en dos horas estaremos cada uno en nuestras respectivas casas y vosotros podréis pajearos pensando en el Sargento, ¿vale?
- Maldito hijo de puta...
Gabriel contuvo a su compañero, el cual ya se había llevado la mano a la empuñadura de la espada. Johan había traspasado el límite, y lo sabía, pero le importaba una mierda. Se dio media vuelta y caminó, cuidándose de estar atento a lo que decían esos dos imbéciles. Nimasso ya le había atacado por detrás una vez, y ahora llevaba un arma. Gabriel parecía poder contenerle diciéndole cosas como “es chusma” y “no merece la pena”. Todo podría haber acabado ahí, pero no, ese subnormal tuvo que abrir la boca una vez más, diciendo una de las pocas cosas que podrían haberle afectado realmente.
- Sí, tienes razón... - Jadeó ligeramente, conteniendo su enfado. – Además, no durará mucho: es carne de caza.
Johan se detuvo una vez más, pero esta vez no tenía una respuesta ingeniosa ni una réplica amenazante a punto de salir de sus labios, sino más bien pura bilis hecha palabras. No se giró, sólo intentó calmarse a la vez que escuchaba la risa amarga de Nimasso, al que Gabriel había chistado para que se callase, pero sin mucho éxito. Lo sabían, los dos, y tenía que saber cómo. Por suerte para él, el muy idiota siguió hablando.
- ¿Sorprendido, Jeriel? - Exhibía una sonrisa triunfal, como si finalmente hubiera atacado donde le dolía de verdad. – No todos tenemos una relación tan pésima con Turk como tú. En cuanto el Sargento Grey nos dijo que le ayudáramos a vigilarte de cerca en las patrullas y le informáramos de cualquier movimiento extraño le pregunté a un amigo mío del departamento administrativo. ¿Conque salvando niñitas, eh? - La risa se incrementó, resonando en gran parte del sector a la vez que Johan se giraba, con un gesto claramente hostil. Por primera vez no se encontraba con la indiferencia del SOLDADO ante sus palabras, y eso le hacía sentirse pletórico. - ¿Esperabas echar un polvo sin pagar por una vez en tu vida? ¡Qué ser más pateti...
La frase del SOLDADO acabó en un sonido gutural bastante desagradable. Su esófago acababa de ser atravesado por una espada reglamentaria como la que él mismo empuñaba. Había tratado de esquivarlo, pero se quedó en el intento, quedando su cuello seccionado casi en su totalidad. Con una última mirada a su asesino, se desplomó. Lo último que sus oídos escucharían jamás era la voz de Gabriel, la cual gritaba al Walkie-Talkie mientras este se echaba hacia atrás agarrando la espada.
- ¡NOS ATACAN! ¡NOS ATACAN! ¡Patrulla 1 solicita refuerzos! - Su cara reflejaba el shock, pero supo reaccionar al ataque del asesino de su compañero, el cual le lanzó un tajo horizontal que bloqueó con su arma por un pelo.
Johan corría en dirección al atacante, desenfundando su espada mientras echaba una mirada rápida al cadáver del SOLDADO que él mismo había pensado en asesinar de pura rabia; por lo visto se le adelantó el hombre que luchaba en estos momentos contra su otro compañero. Había salido de entre los escombros a una velocidad endemoniada, quizás suponiendo que habían descubierto su escondrijo al haberse quedado la patrulla delante de él tanto tiempo. Vestía un uniforme de segunda clase ajado y desgarrado, y su mirada reflejaba la locura del Mako. Su pelo, alborotado y cayéndole por todos los lados, se agitaba como si estuviera cabeceando en medio de un concierto de heavy metal cada vez que asestaba un golpe contra Gabriel, el cual se cubría como buenamente podía. Finalmente llegó hasta los dos, lanzando un golpe vertical al enloquecido rival, el cual supo apartarse a tiempo. Los encaró a los dos con una expresión facial que intimidaría a cualquier ser racional, lanzando enseguida un chorro de llamas que les obligó a echarse cada uno hacia un lado distinto para poder esquivarlo, separándose. Sin pensárselo dos veces, Johan tomó la iniciativa lanzándose el hechizo de prisa sobre sí mismo, igualando así la velocidad antinatural del segunda clase y abalanzándose sobre él. Los tajos se sucedían constantemente. El SOLDADO enajenado poseía una fuerza y una velocidad muy superior al racional, pero este poseía un cerebro que no se había fundido por la locura verde, lo que sumado a estar en superioridad numérica, le daba clara ventaja. Los ataques del segunda clase eran brutales y el cuerpo de Johan temblaba cada vez que tenía que bloquear uno, pero si seguía manteniendo este ritmo su rival no podría esquivar el ataque de Gabriel, el cual se estaba retrasando bastante, cabía decir. Tres segundos después, la ausencia de su compañero ya resultaba preocupante, y a los cinco se esperó lo peor.
- ¡¿Gabriel?! - Gritó mientras continuaba deteniendo golpes, los cuales cada vez se acercaban más a su piel sudada. - ¡GABRIEL! ¡¿Estás vivo maldita sea?!
- ¡Eso intento joder!
Se permitió mirar hacia atrás durante medio segundo para observar lo que atentaba contra la vida del SOLDADO. Un tercera clase con el uniforme en un estado similar al del rival de Johan había surgido del mismo refugio que él y luchaba fieramente contra su compañero. Se encontraba sólo, sólo contra un enemigo claramente superior a él en todo aspecto físico, de modo que ya podía encontrar una manera de acabar con él, y rápido, porque a ese paso no iba a poder aguantar hasta que llegaran los refuerzos. Los brazos, ya doloridos por la labor de búsqueda previa a la batalla, se le antojaban ahora dos extremidades agarrotadas que a cada golpe que bloqueaba sentía cada vez menos. El efecto de la materia se acabaría dentro de poco, y entonces dejaría de tener posibilidad alguna contra la velocidad del segunda clase, aunque este también mostraba algún signo de fatiga. Las espadas se entrechocaron una vez más, quedándose en el sitio. Un duelo de fuerza se produjo mientras los dos contrincantes se miraban fijamente y apretaban los dientes intentando ganar unos centímetros hacia la cara del rival. Sendas gemelas de acero empezaron a avanzar hacia él, a la vez que el enajenado adversario exhibía una sonrisa triunfal. Johan había forzado esta situación, sabía que sólo tenía una oportunidad, y la aprovechó.
Rotando sobre sus talones, Johan soltó la espada con su mano derecha, manteniéndola únicamente con la siniestra; esto provocó que su rival se abalanzara sobre él, o más bien donde antes estaba él. Consumiendo los últimos segundos de su hechizo de prisa, giró a una velocidad endiablada a la vez que sacaba un cuchillo de combate Cold Ratio de su funda en la parte trasera del pantalón y con un rápido movimiento cambiaba la posición de la empuñadura para asirlo con el filo hacia abajo. Utilizando el cuerpo como eje de giro, asestó una puñalada brutal todavía de espaldas en la nuca del segunda clase, el cual había continuado hacia adelante, sorprendido por el movimiento de su contrincante. Los 16 milímetros de hoja atravesaron piel, músculo, hueso y cervical superficial, acabando con la vida del enloquecido SOLDADO al instante, el cual mantuvo su expresión de sorpresa hasta que el suelo golpeó su frente, ocultando su rostro con su caída. Johan cayó al suelo, sentándose como buenamente pudo; estaba totalmente exhausto. Había gastado toda la energía vital que le quedaba en exprimir al máximo la materia prisa para poder hacer todos los movimientos a la velocidad necesaria, y ahora los brazos le colgaban, prácticamente inertes, demolidos por el esfuerzo.
- ¡Hijo de puta! ¡Vuelve aquí!
El otro SOLDADO enajenado, al ver a su compañero caer, había decidido poner pies en polvorosa y escabullirse en el laberinto de escombros que formaba el sector. Gabriel había intentado perseguirlo unos segundos, pero el otro era mucho más rápido y enseguida lo perdió de vista. Lanzó un grito de rabia destrozó un saliente de hormigón de un espadazo lleno de ira. Dejó la espada clavada ahí y se dirigió al cadáver de su amigo, el cual reposaba sobre un enorme charco de sangre; sus ojos, antaño con el brillo del Mako, parecían haberse apagado, quedando su mirada vacía de todo rastro de vida. Las lágrimas empezaron a agruparse en sus ojos, dejándose caer de rodillas ante el cuerpo de su compañero. Le cerró los párpados y contuvo el llanto, no así la ira, la cual desfogó en un grito.
- ¡Esto es por tu culpa! ¡Por tu puta culpa!
- ¿Pero qué coño dices? - Johan no daba crédito a lo que decía su compañero. Comprendía que la muerte de su amigo pudiera cabrearle sumamente, pero de ahí a acusarle...
- ¡Si no le hubieras provocado...! ¡Si no hubieras mantenido esa puta actitud de chulo de mierda y te hubieras callado la boca...! - La voz acongojada se tornó en desprecio y furia, encarando le con el rostro compungido. - ¡Él seguiría vivo!
- ¿Has perdido la jodida cabeza o qué? No se si te das cuenta de que esto – Dió una fuerte patada al cuerpo sin vida del segunda clase. – es el puto cadáver del loco que lo ha matado. ¿Y ves esto? - Sacó el cuchillo de su nuca, lo que produjo un ruido húmedo. – Es con lo que lo he matado. De nada, por cierto.
Se miraron fijamente, después Gabriel miró al cuerpo. Pareció calmarse, resignándose al hecho de que no podría vengarle de ningún modo. Su mirada se desvió al cuchillo que empuñaba el causante de su muerte.
- ¿Qué hacías con un arma no reglamentaria?
- ¿Has luchado alguna vez en callejones estrechos con ese armatoste que has dejado clavado ahí, Brunetti? - Tras pensárselo unos segundos, negó. Johan se subió la parte superior del uniforme, enseñando una cicatriz en el lateral. – Yo una vez, en mi primera semana como SOLDADO. Tres ladrones de poca monta me hicieron esto porque no era capaz de moverme con la espada. Ellos quedaron mucho peor, desde luego, pero desde entonces no voy a ninguna parte sin el cuchillo. ShinRa quiere a soldados con espadas grandes que digan “Somos la hostia de fuertes, molamos un huevo y tenemos la polla enorme”, pero yo prefiero sobrevivir, gracias.
Se formó un silencio entre los dos. Gabriel volvió a mirar el cadáver de su compañero, entonando una oración en voz baja. Johan quería hablar con él, pero consideró que era una falta de respeto interrumpir unas plegarias, de modo que registró el fiambre del segunda clase en busca de las materias y otras armas. Encontró fuego y golpe mortal, pero lo que más le sorprendió fue la muñeca de trapo que encontró dentro de su uniforme. Suspiró aliviado al pensar lo que hubiera ocurrido si no hubieran estado ahí para ahuyentar a los chavales. La columna de SOLDADO se empezó a divisar a unos 500 metros, tenía que darse prisa en hablar con su compañero, el cual ya había acabado de orar por su amigo.
- Gabriel, escucha, sé que te caigo como una mierda...
- ¡Qué va! ¡Con la de cosas bonitas que me dices!
- … pero necesito saber si eso que dijo Maric... digoooo Christian lo sabe alguien más en la unidad.
- A mi me lo contó en privado – se encogió de hombros – no creo que lo comentara con más gente, prácticamente solo hablaba conmigo.
- Ahá... - Suspiró aliviado, con que lo supieran los superiores ya resultaba un impedimento suficiente, necesitaba saber exactamente quién podía sospechar de sus actos para poder actuar algún día sin margen de error. - ¿Me harás el favor de no contárselo a nadie? Prometo dejar los insultos.
- Por mí como si te dan por el culo. No se a quién coño podría importarle que estés en el punto de mira.
- Gracias.
Johan se dejó caer en el suelo del todo, mirando el cielo estrellado que podía percibirse entre la zona de la placa del sector 6 y el 8. Sólo deseaba llegar a casa, quitarse su uniforme, tirarse en la cama y dormir; con un poco de suerte, soñaría con ella.
- Érissen, ¿me juras que todo es cierto? - La explicación acababa de concluir, y Roy apenas podía dar crédito a lo que había escuchado. Ni por asomo se esperaba algo así.
- Hasta el último detalle, llegados a este punto no tendría sentido ocultarte nada.
- La situación en la que está es... es un marrón muy grande.
- Es más que un marrón, Roy, es lo único que me queda en mi vida.
- Oh vamos, no digas eso. Tendrías que haber contactado antes conmigo; después de todo, soy tu hermano.
Una iluminación pálida y rojiza, producto de la mezcla de la luz desprendida por Meteorito con la del astro lunar, iluminaba la azotea. Los dos hermanos se hallaban apoyados contra el muro que la delimitaba, cada uno con una cerveza en la mano; dos latas vacías reposaban frente a ellos, y todavía quedaban un par más en la bolsa que había traído el mayor. Érissen suspiró ligeramente antes de reanudar la conversación. Llevaba mucho tiempo deseando dar este paso y le molestaba tener que perder todo el tiempo dando explicaciones, aunque comprendía perfectamente la necesidad de estas. Miró a los ojos de Roy, ligeramente más oscuros que los suyos, pues él poseía una vista perfecta, a diferencia del pronunciadísimo astigmatismo del hermano menor.
- No era tan sencillo. Mientras estuve chantajeado ellos me exigieron perder todo tipo de contacto con familia y amigos. Estaba sólo en esa empresa, y así fue como la afronté, mientras conservaba la esperanza de que al final todo saldría bien. - Dio un breve trago a la cerveza antes de continuar hablando. – Estaba ciego, ahora puedo verlo. Era obvio que jamás soltarían a Sarah con vida, quizás ni siquiera seguía viva mientras yo asesinaba una vez tras otra. Cuando finalmente caí en la cuenta de lo que había hecho en vano, ya habían pasado casi tres meses desde que Aang me rescató. Tenía miedo de hablar contigo, de contártelo todo y que supieras lo que había hecho. Pero sobre todo, tenía miedo de implicarte a ti y a tu familia en esto; y eso me sigue preocupando, Roy.
- No te preocupes por eso. Este piso es de Ernie, un antiguo compañero de trabajo y gran amigo mío. Le dije que iba a traer a mi hijo a observar la luna con su telescopio y él dejó la puerta abierta antes de irse a dormir. Tiene la suerte de vivir en una de las zonas más tranquilas de la ciudad. - Apuró el último sorbo de su lata, para después depositarla junto a las otras. - Nadie sabe que estamos aquí.
- Bueno... El caso es que no veía el momento de hablar contigo. Me repelía la idea de que no creyeras mi historia y pensaras que me había metido en un lío con las drogas o algo así, o que directamente no quisieras saber nada de mí después de tanto tiempo. Y de hecho, no me equivoqué mucho, no acudiste la primera vez que te lo pedí.
- ¿Tienes idea de cuánto tiempo quise saber algo sobre ti? No cogías mis llamadas, te habías cambiado de domicilio y en tu universidad sólo me dijeron que habías dimitido de tu puesto de becario sin excusa alguna. Cuando papá y mamá murieron en la caída del sector 7 ni siquiera acudiste al funeral o diste una sola señal. Y para colmo, meses después llega un señor a mi casa enseñándome fotos de un edificio totalmente carbonizado y un cuerpo en las mismas condiciones al que habían identificado como mi hermano el día anterior. ¿Qué creés que pensé cuando me encontré tu mensaje en el buzón? Sólo se me ocurrió que fuera una broma, pero ni siquiera sabía de quién. Sólo cuando vi tu foto la segunda vez que intentaste contactar conmigo creí realmente que podías seguir vivo.
- Siento no haber ido al funeral de nuestros padres... La noticia me llegó cuando aún seguía asesinando gente, y sólo podía pensar en Sarah. Acudir al entierro o ponerme en contacto contigo la hubiera puesto en peligro, y era incapaz de correr ese riesgo. ¿Acudió mucha gente?
- No demasiada, trajeron a la abuela desde Kalm pero la pobre ya no concibe la realidad bien. Creo que ni siquiera llegó a entender que era su hija la que estaba siendo enterrada.
- Vaya... - No sabía qué decir, todo lo que no tuviera que ver con la situación en la que estaba metido parecía haber ocurrido hace miles de años.
- Siento muchísimo lo de Sarah, Érissen – Roy cayó en la cuenta de que todavía no se lo había dicho, centrado en la incógnita de cómo él seguía vivo. – Era una chica fantástica, siempre tan amable y jovial. Amelia se llevaba de maravilla con ella, te aseguro que lo lamentará también.
- Gracias. - No le agradaba hablar del tema, pero era la primera vez que podía desahogarse con alguien, y no podría encontrar nadie con el que tuviera tanta confianza como con su hermano, de modo que se obligó a sacar las palabras que no había podido compartir aún. - La última noche que la vi, ¿sabes? Antes de que... de que se la llevaran. - La voz hizo un amago de quebrarse, pero continuó en su tono habitual. – al dormirnos juntos, abrazados... supe que me casaría con ella, supe que jamás podría amar a una mujer igual, que nunca valoraría a alguien tanto. Ella era el eje de mi vida, y me lo arrebataron, Roy. No tenía la culpa de nada; buscaban alguien que disparara y yo sabía hacerlo, pero ella no tenía nada que ver en todo esto.
- Y tú tampoco, Érissen. - Roy depositó la mano sobre el hombro de su hermano menor, apretándolo ligeramente. – A veces las cosas ocurren sin que nadie pueda hacer nada. Pero tú has conseguido otra oportunidad, no la desperdicies. Puedes irte a otra ciudad, donde no te encuentren, tienes el poder de reconstruir tu vida si quieres.
- Pero no quiero. No quiero irme, no quiero seguir huyendo agradeciendo que siga con vida, como si Sarah sólo hubiera sido eso para mí. ¡Sé lo que vas a decir! - Exclamó, cortando la replica de su hermano. – Sé que ella hubiese preferido que yo viviera feliz y siguiera con mi vida... pero no puedo, ni quiero, y algo en mí me dice que tampoco debo. Voy a encontrarles Roy, voy a descubrir quién son, qué hacen y qué querían conseguir, y después me voy a vengar. Me da igual si muero sin conseguirlo, lo único que lamentaré es no haber conseguido cargarme a más de los suyos por el camino. Me da igual lo que pienses, me da igual lo que opines o que me juzgues. Piensa lo que pasaría si te quitaran a Amelia y a Phelan, y hasta donde serías capaz de llegar por ellos; y piensa cómo reaccionarías si después de hacer todo por ellos descubrieras que te han utilizado y jamás fueras a volver a verlos. No es que no quiera seguir con una vida nueva, Roy, es que ésta es mi vida. Ellos me convirtieron en un asesino, y eso es lo que soy, y pienso actuar en consecuencia.
Roy miró a los ojos de su hermano, gemelos a los suyos salvo por la tonalidad, más apagada y fría. Vio una determinación incapaz de derribar con palabras, promesas o actos, y sintió una profunda lástima. Lástima por el hecho de que esa mirada, antaño tan inocente y llena de ilusión, fuera capaz de expresar ahora tanta ira, tanto odio, tanto dolor. Recordó sus infancias en Kalm, jugando a ser científicos que descubrían reveladores inventos hechos con piedras, madera y barro. Recordó cuando le ayudaba a estudiar su carrera, hallando en él una capacidad de aprendizaje que le hizo envidiar su talento. Recordó el día en que observó la imagen de lo que creía su cadáver, y la angustia que le envolvió sabiendo que, de toda la familia unida y feliz que habían sido, sólo quedaba él. Ahora contemplaba los ojos del hermano que hasta hace dos días había considerado fallecido, y en cierto modo, comprendió que algo en él sí que había muerto realmente; algo que no volvería jamás, por mucho que lo intentara. Se resignó a ello, aceptando el presente que tenía ante él de la única forma que podía hacerlo. Se metió la mano dentro de la camisa, sacando un sobre.
- Toma, aquí hay 5000 guiles. No es mucho, pero te dará para iniciar tu venganza, vendetta o como quieras llamarlo con algo más que esa pistola que tienes en el trasero.
- ¡Roy! No puedo aceptarlo... – Érissen se sorprendió. Esperaba un sermón de hermano mayor, una reprimenda, unas palabras de ánimo... cualquier cosa menos esto. – Tienes una familia a la que mantener, y sé que te has quedado sin trabajo.
- La razón por la que me he quedado sin trabajo es que acabamos un proyecto planeado para siete personas entre dos: Ernie y yo; y antes muertos que repetir esa hazaña. Nos han pagado muy bien y encontraré otro curro. Además, Amelia aporta mucho con su trabajo de profesora. No hay excusas, Érissen; cógelo.
- Érissen titubeó, cierto era que hasta ahora había vivido del escaso dinero de Aang y aún no había planeado como apañárselas para empezar su búsqueda. Esto le resolvería muchos problemas. Miró a su hermano, después miró el sobre, y finalmente cedió.
- Gracias Roy... de verdad. - Dijo mientras cogía el sobre, guardándolo dentro de su chaqueta. Él le sonrió, y Érissen cayó en la cuenta. - ¿Cómo es qué llevas 5000 guiles en efectivo en un sobre?
- Verás, en cuanto supe que realmente estabas vivo comprendí que sólo había una razón para querer contactar conmigo: necesitabas ayuda, y no tenías a nadie más. Era eso o te habías vuelto un psicópata fratricida, lo cual no creía, aunque he de reconocer que me acojoné bastante cuando vi la pistola. - Roy se rió ante la mirada atónita del otro. – Soy tu hermano mayor, Érissen, llevo toda la vida ayudándote y seguiré haciéndolo mientras me dejes. - Esta vez fue él quien cortó la réplica de su hermano - ¡No hay más que hablar! No es cuestión de lo que deba o no deba hacer, es cuestión de lo que quiero.
Ambos se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro. Érissen no tenía palabras para agradecer la actitud de su hermano, y ansiaba el día en el que pudiera devolver los favores, tanto a él como a Aang.
- Qué, ¿nos tomamos la última? Se van a calentar.
- Sí, genial.
Ambos se incorporaron, y mientras Roy iba en busca de las dos últimas cervezas, Érissen contempló las vistas desde la azotea. El edificio ShinRa se podía apreciar en toda su majestuosidad desde esa posición, dominando equidistantemente cada punto de la ciudad; era el constante recordatorio de a quién debía cada ciudadano de Midgar su luz, su comida, su casa... o la ausencia de ellas. Una enorme estructura de metal partía de la torre, e incluso desde el extremo de la ciudad se podía contemplar el colosal cañón que reposaba en el suelo, ya ensamblado y listo para ser colocado en su sitio próximamente. Un arma colosal, que Érissen suponía que se utilizaría como última esperanza para detener la gigantesca mole de roca y llamas que parecía dispuesta a impactar contra el mundo que conocía. Observó a Meteorito y se descubrió a si mismo sin inquietudes, sin miedo. No eran sólo palabras; le daba igual morir, le daba igual si ese gigantesco astro arrasaba todo Midgar. Le daba igual todo mientras él pudiera cobrarse su venganza. Una gota de lluvia cayó sobre su frente mientras continuaba observando el rojo caos, y no pudo evitar pensar en voz alta a la vez que su hermano le pasaba la última lata.
- Se avecina una tormenta...
- Te lo juro, tío, cada vez me gusta menos este sitio.
- En serio, ¿qué te hicieron en ese interrogatorio, Johan? No pareces el mismo desde entonces. - Nadie que no se acercara lo suficiente como para observar sus ojos diría que eran miembros de SOLDADO; vestían de paisano, cada uno en su estilo. Johan lucía unos vaqueros desgastados por los años junto a una camisa negra con motivos blancos de formas onduladas y unas deportivas oscuras con punta roja. Daithi, por su parte, vestía con esa sobriedad que siempre le caracterizaba: Traje gris hecho a medida, camisa amarilla clara con el último botón desabrochado y zapatos de ejecutivo.
- Ya te lo he dicho, Dai... no me hicieron nada. - Dio un generoso trago a su whiskey mientras hacía un ligero gesto con la mano, indicando que iba a continuar. – Fueron unos auténticos hijos de puta. Me tuvieron cinco jodidas horas esperando para después hacerme cuatro preguntas sobre cosas que no les importaban una puta mierda, como si mi grupo sanguíneo o mi domicilio se correspondían con los de mi ficha. Esos cabrones hasta me preguntaron con una sonrisa si estaba contento con mi labor al servicio de Shin-Ra y si consideraba atractivo al Presidente... - Hasta el mejor de los amigos habría soltado una carcajada a esta altura, pero Daithi no se caracterizaba precisamente por su sentido del humor. – Fue un aviso claro y rotundo: Te tenemos vigilado, sabemos lo que piensas y no necesitamos decirte lo que pasará si volvemos a ver una actitud similar. No, no es el interrogatorio lo que se me pasa por la cabeza.
- ¿Tan fuerte te dio esa chica? - Esos ojos verdes podían leer el alma. No resultaba difícil entender por qué Daithi no tenía muchos amigos. Esa presencia constantemente firme, la tez morena, casi roja, el pelo negro cayéndole por los lados hasta los hombros, totalmente liso y cortado al milímetro... todo en él era símbolo de pulcritud, de seriedad, de estricta perfección. Y sin embargo Johan no podía imaginar un amigo mejor. Ambos eran lo que el otro no, y como si de dos piezas de un puzzle se trataran, habían vivido complementándose y apoyándose el uno en el otro durante casi quince años.
- Como una jodida bola de demolición, macho...
Y era cierto. Desde el momento en el que Eve entró en su vida, lo hizo para quedarse. No había conseguido dormir ni dos horas seguidas desde entonces, preguntándose constantemente qué le estarían haciendo; consciente de que ella estaba en una prisión con un destino más que negro. Lo peor de todo era que, por mucho que se devanase los sesos, no se le ocurría manera alguna de ir a verla, no hablemos ya de ayudarla.
Desde el momento en el que entró por primera vez al edificio ShinRa después del interrogatorio cada uno de sus movimientos había estado controlado hasta el mas mínimo detalle. Su superior, el sargento Grey, no le quitaba el ojo de encima ni por un segundo, sin apenas molestarse en disimularlo. Ser un miembro de SOLDADO era más que un contrato: era un modo de vida. Desde el momento en el que alguien se comprometía a ser sometido a los tratamientos de Mako, era consciente de que nunca volvería a cambiar de trabajo o tendría retiro alguno; quien se convierte en SOLDADO, muere como tal. Johan era consciente de ello, al igual que de lo que les sucedía a aquellos que en algún momento se arrepentían... Nadie hablaba de ello, pocos se atrevían a mencionarlo, pero ningún SOLDADO con dos dedos de frente se jugaría el cuello a que todos los compañeros que se mandaba asesinar por la locura del Mako realmente la sufrieran. Tal acto, al cual se vería sometido si mostraba signo alguno de acercamiento hacia Eve, era conocido con el siniestro nombre de “La caza”.
- ¿Y qué piensas hacer al respecto? Te conozco lo suficiente como para saber que no te quedarás cruzado de brazos.
- No tengo ni puta idea, ahora mismo me tienen cogido por los huevos. Pero algo haré. Alguna manera encontraré, tenlo por seguro.
- ¿No crees que estás yendo un poco lejos con todo esto Johan? No es un jugueteo inocuo lo que estás haciendo... - Giró un par de veces los hielos de su vaso de bourbon a medio llenar y esperó a que se detuvieran del todo para beber un corto trago y continuar. – te estás jugando la vida.
- ¿Qué vida me voy a jugar, Dai? Yo no tengo ninguna vida ahora mismo. Pertenezco a ShinRa, vivo por ShinRa, mato por ShinRa y, más que probablemente, moriré por ShinRa. Si mañana el excelentísimo y divino Sargento Grey decide que tengo que despedazar a una docena de mendigos porque amenazan el orden social, no me quedará más remedio; si mañana la generala decide que hay que ir a por el Arma que se avista de vez en cuando bajo el mar uniformados con manguitos de piscina y gafas de buceo, tendré que hacerlo; si mañana a Rufus se le ocurre destruir el Meteorito a base de lanzar al espacio efectivos de SOLDADO en un tirachinas gigante para que se lo carguen a espadazos, yo seré el primero al que lancen... Yo no nací para esto, debí haberme quedado en PM. Ahí la vida era la misma mierda, pero al menos tenía la ilusión de poder jubilarme algún día.
- La verdad, no se que decirte. Los dos hemos sido adiestrados igual, Johan, y durante todo el tiempo que compartimos instrucción tuve claro que te gustaba este trabajo. ¿Es que los años te han vuelto cada vez mas agrio y cascarrabias?
- Tío, llamame idiota, pero cuando me apunté a las oposiciones para PM fue para... yo que sé, luchar por el bien, la justicia y la puta paz mundial, ¿sabes? Esos valores de Miss Universo me duraron hasta la tercera busca y captura de presuntos terroristas armados, ¿los recuerdas? Eran una familia activistas de GAIA, el grupo ecologista, que habían creado y repartido panfletos reclamando compensaciones económicas para las familias obreras cuyos padres, abuelos y maridos murieron durante la construcción de los reactores. Y digo murieron en el mejor de los casos; la sobreexposición al Mako les hizo verdaderas atrocidades. No volví a saber nada de ellos. Desde ese momento todo se convirtió en un trabajo, en un trabajo de mierda en el que me jugaba y ganaba la vida acabando con gente que, en la mayoría de los casos, era inocente. He arrestado, detenido o matado a muchísimas más personas que atentaban contra los intereses de Shinra que aquellas que realmente atentaban contra la ciudadanía. Años después, aquí me tienes. Soy la misma basura que antes solo que ahora resulto muchísimo más útil para la compañía que un simple PM.
- Sigue sin ser peor que otros trabajos. - La mirada de Daithi raramente se apartaba de los ojos de aquel con el que estaba hablando, ya que lo consideraba una falta de respeto, pero una voz metálica procedente del megáfono, que anunciaba el inicio de otro combate, distrajo su atención y sus retinas hacia la gigantesca jaula metálica que hacía a la vez de ring. - Además, no sé qué tiene que ver todo esto con que deje de gustarte el que ha sido tu antro favorito durante toda tu vida. ¿Qué será lo próximo? ¿Decir que el whiskey es veneno y que vas a dejarlo?
- Eso nunca, y lo sabes. - Johan sonrió levemente, apurando los restos de su vaso ante el recordatorio al que su amigo le había sometido. - Lo de que el foso me gusta cada vez menos tiene su lógica: Desde que Henton Jackson pasó a la liga privada, ya no puedo apostar sobre seguro; y yo odio perder. - Dijo a la vez que convertía en pedazos un boleto con el nombre del difunto luchador.
Los haces de luz en constante movimiento provocados por los faros del coche asustaron al par de gatos que rondaban el cubo de la basura, alejándolos de su propósito inicial durante el breve tiempo que este permaneció alumbrado. Como un fantasma solitario, el vehículo se desplazaba sin impedimento alguno sobre la placa por el extrarradio del sector 6. Midgar nunca dormía del todo, pero conforme más se alejaba uno del edificio ShinRa, el cual dominaba en altura y posición a toda la urbe, más tranquilos se volvían los barrios, siempre que se tratara de la placa superior, claro está.
El coche finalmente se detuvo ante un edificio cuyo conductor conocía bien: Un apartamento de nueve plantas situado prácticamente en el borde de la ciudad. El piloto, tras apagar el motor, abandonó el coche no sin antes recoger una bolsa de mano del maletero, la cual profirió un sonido metálico al asirse, evidenciando así su contenido. La puerta de la casa estaba abierta; “Él ya está aquí”, pensó mientras atravesaba la hilera de buzones tras el umbral, uno de los cuales observó fugazmente a modo de comprobación innecesaria.
El ascenso por las escaleras se le antojó más largo de lo que hubiera deseado. Nueve pisos son demasiados como para tener el ascensor estropeado, y la mala fortuna hacía que justo esa vez tuviera que subir hasta la azotea. Dedicó el tiempo que tardó en ascender el centenar y pico de escaleras en mantener la mente lo mas despejada posible; después de todo, la situación exigía mucha frialdad. Finalmente, se encontró ante la puerta que daba a la azotea. Durante medio minuto, reflexionó acerca de si lo mejor era dar media vuelta y no volver a saber del tema, o atravesar esa puerta y afrontarlo de una vez por todas, con el resultado que fuera. Al final pudo más la resolución de encarar el destino y, aferrando la bolsa con fuerza, abrió la puerta metálica.
Pese a estar preparado para ello, su corazón palpitó con fuerza cuando vio la figura frente a el. Estaba dándole la espalda, apoyado en el borde del muro de un metro de altura que delimitaba la azotea, separándola del vacío. Los mechones de su pelo caían sobre una chaqueta de traje azul marino, formando algunas ondas dentro de su rigurosa rectitud. Su pose era despreocupada, como resignada a que este momento debía llegar tarde o temprano. Sin embargo, lo que más acaparó la atención del hombre que acababa de atravesar la puerta fue la culata de la Aegis Cort que asomaba por el cinturón del hombre. Tras unos cuantos segundos de silencio, éste finalmente habló.
- Así que finalmente has decidido acudir... - Su voz denotaba cansancio, arrastraba las palabras como si cadú una requiriera de un gran esfuerzo para ser pronunciada.
- Sí. - Fue tajante. No podía demostrar debilidad, esto exigía una actitud totalmente rígida y tenaz.
- ¿Sabes que aun estás a tiempo de dar media vuelta y seguir con tu vida, no? Ya te echaste atrás una vez, no pasaría nada si volviese a suceder.
- Sí, pero no voy a hacerlo.
El sujeto se giró, mostrando su rostro. Unas gafas de aspecto frágil aumentaban considerablemente unos ojos grises que se clavaron en los suyos. Era bastante más joven que el y apenas había cambiado físicamente desde la última vez que se vieron, pero esa mirada, su actitud, sus palabras... evidenciaban un cambio exponencialmente mayor a nivel interno.
- Después de lo que va a suceder esta noche, no va a haber marcha atrás, piénsalo una última vez si quieres, Roy.
- Basta de tonterías, Érissen. - Su voz sonó gélida. La bolsa volvió a emitir el mismo sonido metálico cuando la abrió para empuñar su contenido. - Acabemos con esto de una vez.
Las patrullas nocturnas por las ruinas del sector 7 se habían convertido en rutina desde hacía ya varias semanas. Muchos SOLDADO enloquecidos habían hecho guarida ahí, según los informes del departamento de investigación, y lo cierto es que no podían haber escogido un sitio mejor. Con un sector enteramente urbanizado reducido a ruinas, debajo de cualquier cascote se escondía una trampilla que daba al antiguo sótano de algún bar, una escalera a la caldera de gas de cualquier domicilio o un hueco lo suficientemente amplio como para ser usado a modo de escondrijo. La labor era un auténtico coñazo, haciendo batidas en grupos pequeños a la luz de la luna y de Meteorito, levantando cada trozo de muro que se encontrara uno por delante durante horas y horas. Para colmo a Johan, después del interrogatorio de Turk, le habían encomendado el peor grupo que podía imaginar: el Sargento Grey y sus dos fieles lameculos, Christian Nimasso y Gabriel Brunetti; dos perfectos inútiles que no sabían ni por donde agarrar su espada, pero que se pegaban a su superior como si de dos granos en su rabadilla se trataran, lo cual parecía agradar sumamente al susodicho Sargento. Johan los consideraba basura y ellos hacían lo propio con él, especialmente desde que le partiera la nariz a Nimasso cuando éste intentó atacarle por la espalda, lo cual le acarreó la jornada extra de vigilancia en la que conoció a Eve.
-¡Nada por aquí, mi Sargento! - Exclamó el susodicho, con su nariz torcida oculta bajo el casco, orgullosísimo de no haber encontrado absolutamente nada.
-¡Sigan buscando, soldados! ¡Nuestros antiguos compañeros pueden estar en cualquier lugar! ¡Necesitamos acabar con su sufrimiento!
“Sí, sobre todo con el suyo”, pensó Johan con amargura. No entendía el extraordinario respeto con el que se pretendía eliminar a los SOLDADO que habían perdido el juicio. A los primera clase incluso se les celebraba funerales por todo lo alto, llamándoles “héroes de Midgar” y emitiéndolos por todas las cadenas oficiales de ShinRa. No quería ni imaginar lo que debía sentir alguien al ver que un psicópata con el seso fundido por el Mako había desmembrado a toda su familia para después ser vitoreado y tratado como un glorioso defensor de la ciudad. Levantó un pesado bloque de hormigón para encontrar lo que había sido algún tipo de mueble de madera, convertido ahora en un montón de astillas.
La patrulla estaba resultando tan sumamente aburrida y agotadora como siempre. Los brazos le dolían tras llevar horas y horas moviendo ruinas, y la compañía no hacía mucho más agradable la labor. Cuando las hacía junto a Daithi al menos tenía con quien conversar y resultaban mucho más amenas, ahora tenía que escuchar a ese par de inútiles alabando cada cinco minutos el ingenio del Sargento, el cual, en opinión de Johan, era similar al de algunos moluscos de Costa del Sol. Finalmente, encontró frente a él el límite del sector, lo que significaba que ya habían llegado al final de su batida. Suspiró con alivio.
- Bien, soldados, parece que no ha habido suerte. Volvamos al punto de partida, pero mantengan los ojos bien abiertos, alguno de ustedes podría haber olvidado comprobar algún sitio. – Dijo dedicándole una mirada sin ningún tipo de discreción.
-¡Usted siempre tan precavido, Sargento! - Exclamó Gabriel con un tono de admiración que hizo que Johan deseara que el Meteorito cayera inmediatamente sobre su sien.
- Son los años de experiencia, Brunetti - Su pecho se hinchó como si de un palomo antropomórfico se tratase. – ¡Andando! Yo me adelantaré para asegurarme de que el resto de grupos van llegando, no vaya a haber algún problema. ¡No dejen un solo hueco sin revisar! Y usted, Jeriel... - Volvió a mirarle, esta vez con un gesto amenazador. – Como me entere de que ha vuelto a demostrar una actitud rebelde con sus compañeros, me aseguraré de que sea encerrado en el calabozo, ¿entendido?
- Entendido, “Sargento”. - El tono irónico no fue captado por el susodicho, el cual giró sobre sus talones y se marchó a buen ritmo.
Los dos SOLDADO empezaron a charlar mientras volvían hacia el punto de partida acerca de sus más que seguras probabilidades de ascender a segunda clase de forma inmediata, despreocupándose totalmente de revisar los laterales del camino que habían seguido en la redada. Johan realizaba alguna comprobación de vez en cuando, absorto en sus propios pensamientos, ligeramente rezagado para escuchar lo menos posible al par de idiotas que tenía delante. Pensaba, para no variar, en Eve. Se le había ocurrido la posibilidad de pedirle a Daithi que le entregara un mensaje, el problema era que no sabía qué decirle exactamente. “Hola, soy el que te detuvo e hizo que te metieran en esta celda de la que dudosamente saldrás con vida. Quería saber qué tal estabas.” Con solo pensarlo le daban ganas de golpearse la cabeza contra alguno de los cascotes. ¿Cómo coño podía estar obsesionado con una mujer a la que había jodido la vida? La voz de Nimasso le arrancó de sus pensamientos.
- ¡Eh! ¡Vosotros! ¿Qué coño hacéis aquí?
- ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Sólo estábamos buscando! ¡AY!
- ¡No! ¡No! ¡Suelta a Tim! ¡Por favor!
Johan aceleró el paso, en dirección a los SOLDADO. Ese pedazo de hijo de puta había agarrado por el cuello de la camisa a un niño que no pasaría de los doce años, alzándolo a la altura de sus ojos mientras una niña aún menor lloraba cogiéndole del zapato.
- ¿Conque buscando, eh? ¿Se puede saber el qué? - Gabriel encontraba ciertamente divertida la situación, no les harían daño, por supuesto, pero podrían divertirse un rato tras un día de duro trabajo.
- ¡Su... su muñeca! - Dijo el infante mientras señalaba con un brazo tembloroso a la niña, la cual se trataba seguramente de su hermana. - Por aquí estaba nuestra casa. ¡Por favor suélteme!
- ¿Su muñeca? ¿Más de un año después del derrumbe del sector? ¿Pretendes que nos creamos eso?
- ¡Vinimos esta mañana y la perdí! ¡Venimos mucho a este sitio! ¡Por favor! ¡Por favor! - Las lágrimas de la niña manaban sin parar de sus ojos, mezcla de miedo y preocupación por su hermano.
- ¿Qué coño se supone que estás haciendo, Christian?
La sonrisa desapareció de la cara de los dos SOLDADO. Bajo los cascos Johan intuyó dos miradas de odio hacia su persona, sumadas al gesto de desprecio que se podía percibir en la parte sin cubrir del yelmo. Los niños lo miraron sin dejar de temblar, con el terror marcado en su rostro y lágrimas de desesperación.
- Vaya, ¿así que ahora me llamas por mi nombre, Jeriel? - La voz denotaba asco y rabia a partes iguales. – creía que por lo general te dirigías a mí por otro apodo.
- Nunca en horas de servicio, y esto no tiene nada que ver con eso. - Intentó no parecer amenazador, no mientras el crío siguiera colgando de la mano de ese imbécil. - ¿Qué ha hecho ese niño para que lo estés amenazando delante de su hermana?
- Verás Jeriel... - El idiota número dos tomó la palabra. Johan reconocía que no llegaba al nivel de idiotez de su compañero, pero eso seguía sin convertir su presencia en algo más deseable que una desagradable mancha de orín en la taza de un váter. – Chris y yo sólo nos preguntábamos qué hacían dos niños a estas horas de la noche en un lugar como este. - Exhibió la más falsa de las sonrisas mientras posaba su mano sobre la cabeza de la niña, paralizada por el terror, y le revolvía ligeramente el pelo. – Nos preocupábamos por su seguridad, bien sabes que esta zona no es precisamente segura... Espero que puedas entenderlo.
- ¿Y para “preocuparos por su seguridad” le tenéis que alzar del suelo de esa forma? ¿Por qué no les dejáis ir y tenemos la fiesta en paz? ¿O necesito informar a vuestro ídolo, el excelentísimo Sargento Grey, de lo que está ocurriendo? - Dijo mientras señalaba el walkie que colgaba de su cintura.
Se produjo un silencio tenso. Hasta la niña intentó contener sus sollozos lo máximo que pudo. Johan tuvo miedo por un momento de que el desgraciado que sostenía al chaval pudiera llegar a hacerle daño solo por el hecho de que eso le jodería. Tras unos cuantos segundos de tensión, Nimasso dejó al niño en el suelo y lo soltó. Éste cogió a su hermana de la mano inmediatamente y salió corriendo junto a ella hacia la entrada del sector, no sin antes dedicarle un sincero “gracias” con las pocas ganas que le quedaban de decir algo. Tras comprobar que tomaban la dirección correcta, y consciente de que los otros dos SOLDADO se habían quitado el casco y le miraban con desprecio, echó a andar hacia el lugar de encuentro, decidido a no darle al Sargento Grey la excusa que ansiaba para encerrarle.
- Vaya, ¿así que ahora quieres ser el nuevo superhéroe de los niños, Jeriel? - Dijo Nimasso con sorna.
- Vamos Chris, déjalo, no merece la pena.
- Eso, deja de tocar los cojones, anda. - Johan no quería entrar al juego, pero nunca le otorgaría la última palabra a alguno de esas dos babosas con los que compartía uniforme. – Te estabas pasando tres pueblos con el crío y punto. Dejémoslo estar.
- ¿Y desde cuando te importan los críos, eh? - No iba a dejarlo estar, ese imbécil sólo podía ver que el tipo que le había partido la nariz le había plantado cara, obligándole a hacer algo que no quería. - Si no haces otra cosa que no sea apostar, beber e irte de putas, lo sabe todo el escuadrón. Eres la vergüenza de SOLDADO, no sé cómo no te han echado ya...
- Porque hago lo que debo en lugar de aterrorizar críos para sentirme más realizado. - “Y porque puedo partirte la cara mientras hago las tres cosas a la vez”, pensó sin decirlo, para no llevar la discusión adonde no debía. - Ahora seguid hablando de vuestras putas cosas y dejadme en paz.
- Seguro que tú te sientes muy realizado haciéndote amiguito de esa chusma, te encuentras mejor entre iguales. - Escupió con desprecio al suelo, sonriendo después al ver que Johan se había parado. Gabriel soltó una risita ante el comentario de su amigo. – Reconócelo, Jeriel, llevas ese uniforme porque te tocó la lotería, pero no eres un SOLDADO de verdad, se nota en tus ojos, y en tu puta vida ascenderás a segunda.
- Mira, pedazo de mierda... - Johan se giró, caminando rápidamente hacia Nimasso, el cual no dio un paso atrás pero sí vaciló de forma casi imperceptible. Se puso frente a él antes de continuar hablando, a escasos veinte centímetros de su nariz torcida. Johan era ligeramente más alto, pero eso no pareció intimidar al SOLDADO. – Esa es la jodida diferencia entre tú y yo. A mi me la pelan vuestras putas conversaciones sobre cuándo ascenderéis a segundas y vuestros patéticos peloteos a Grey para ganaros su recomendación. Para mí esto es mi trabajo, ¿entiendes, escoria? - el otro no respondió, simplemente mantuvo la mirada y el gesto de estar oliendo mierda. - Llego, entreno, hago mi jornada, entreno otra vez y me piro a mi puta casa. Vosotros soñáis con llegar a ser héroes reconocidos de esta ciudad y a tener fuerza como para poder partir nueces a pestañazos, pero en el fondo no queréis ser SOLDADO, solo ansiáis el jodido título. Masacraríais a doscientos niños comos los de antes por una puta subida de rango.
- ¿Te crees mejor que nosotros? ¿Quién te da derecho a juz..?
- Me importáis una puta mierda, Maricomasso – La vena del cuello del susodicho comenzó a hincharse cuando éste escuchó su apodo. – Sólo espero el mismo trato de vosotros. Así que dejad de hincharme las gónadas y vámonos al punto de encuentro de una puta vez. Así, con suerte, en dos horas estaremos cada uno en nuestras respectivas casas y vosotros podréis pajearos pensando en el Sargento, ¿vale?
- Maldito hijo de puta...
Gabriel contuvo a su compañero, el cual ya se había llevado la mano a la empuñadura de la espada. Johan había traspasado el límite, y lo sabía, pero le importaba una mierda. Se dio media vuelta y caminó, cuidándose de estar atento a lo que decían esos dos imbéciles. Nimasso ya le había atacado por detrás una vez, y ahora llevaba un arma. Gabriel parecía poder contenerle diciéndole cosas como “es chusma” y “no merece la pena”. Todo podría haber acabado ahí, pero no, ese subnormal tuvo que abrir la boca una vez más, diciendo una de las pocas cosas que podrían haberle afectado realmente.
- Sí, tienes razón... - Jadeó ligeramente, conteniendo su enfado. – Además, no durará mucho: es carne de caza.
Johan se detuvo una vez más, pero esta vez no tenía una respuesta ingeniosa ni una réplica amenazante a punto de salir de sus labios, sino más bien pura bilis hecha palabras. No se giró, sólo intentó calmarse a la vez que escuchaba la risa amarga de Nimasso, al que Gabriel había chistado para que se callase, pero sin mucho éxito. Lo sabían, los dos, y tenía que saber cómo. Por suerte para él, el muy idiota siguió hablando.
- ¿Sorprendido, Jeriel? - Exhibía una sonrisa triunfal, como si finalmente hubiera atacado donde le dolía de verdad. – No todos tenemos una relación tan pésima con Turk como tú. En cuanto el Sargento Grey nos dijo que le ayudáramos a vigilarte de cerca en las patrullas y le informáramos de cualquier movimiento extraño le pregunté a un amigo mío del departamento administrativo. ¿Conque salvando niñitas, eh? - La risa se incrementó, resonando en gran parte del sector a la vez que Johan se giraba, con un gesto claramente hostil. Por primera vez no se encontraba con la indiferencia del SOLDADO ante sus palabras, y eso le hacía sentirse pletórico. - ¿Esperabas echar un polvo sin pagar por una vez en tu vida? ¡Qué ser más pateti...
La frase del SOLDADO acabó en un sonido gutural bastante desagradable. Su esófago acababa de ser atravesado por una espada reglamentaria como la que él mismo empuñaba. Había tratado de esquivarlo, pero se quedó en el intento, quedando su cuello seccionado casi en su totalidad. Con una última mirada a su asesino, se desplomó. Lo último que sus oídos escucharían jamás era la voz de Gabriel, la cual gritaba al Walkie-Talkie mientras este se echaba hacia atrás agarrando la espada.
- ¡NOS ATACAN! ¡NOS ATACAN! ¡Patrulla 1 solicita refuerzos! - Su cara reflejaba el shock, pero supo reaccionar al ataque del asesino de su compañero, el cual le lanzó un tajo horizontal que bloqueó con su arma por un pelo.
Johan corría en dirección al atacante, desenfundando su espada mientras echaba una mirada rápida al cadáver del SOLDADO que él mismo había pensado en asesinar de pura rabia; por lo visto se le adelantó el hombre que luchaba en estos momentos contra su otro compañero. Había salido de entre los escombros a una velocidad endemoniada, quizás suponiendo que habían descubierto su escondrijo al haberse quedado la patrulla delante de él tanto tiempo. Vestía un uniforme de segunda clase ajado y desgarrado, y su mirada reflejaba la locura del Mako. Su pelo, alborotado y cayéndole por todos los lados, se agitaba como si estuviera cabeceando en medio de un concierto de heavy metal cada vez que asestaba un golpe contra Gabriel, el cual se cubría como buenamente podía. Finalmente llegó hasta los dos, lanzando un golpe vertical al enloquecido rival, el cual supo apartarse a tiempo. Los encaró a los dos con una expresión facial que intimidaría a cualquier ser racional, lanzando enseguida un chorro de llamas que les obligó a echarse cada uno hacia un lado distinto para poder esquivarlo, separándose. Sin pensárselo dos veces, Johan tomó la iniciativa lanzándose el hechizo de prisa sobre sí mismo, igualando así la velocidad antinatural del segunda clase y abalanzándose sobre él. Los tajos se sucedían constantemente. El SOLDADO enajenado poseía una fuerza y una velocidad muy superior al racional, pero este poseía un cerebro que no se había fundido por la locura verde, lo que sumado a estar en superioridad numérica, le daba clara ventaja. Los ataques del segunda clase eran brutales y el cuerpo de Johan temblaba cada vez que tenía que bloquear uno, pero si seguía manteniendo este ritmo su rival no podría esquivar el ataque de Gabriel, el cual se estaba retrasando bastante, cabía decir. Tres segundos después, la ausencia de su compañero ya resultaba preocupante, y a los cinco se esperó lo peor.
- ¡¿Gabriel?! - Gritó mientras continuaba deteniendo golpes, los cuales cada vez se acercaban más a su piel sudada. - ¡GABRIEL! ¡¿Estás vivo maldita sea?!
- ¡Eso intento joder!
Se permitió mirar hacia atrás durante medio segundo para observar lo que atentaba contra la vida del SOLDADO. Un tercera clase con el uniforme en un estado similar al del rival de Johan había surgido del mismo refugio que él y luchaba fieramente contra su compañero. Se encontraba sólo, sólo contra un enemigo claramente superior a él en todo aspecto físico, de modo que ya podía encontrar una manera de acabar con él, y rápido, porque a ese paso no iba a poder aguantar hasta que llegaran los refuerzos. Los brazos, ya doloridos por la labor de búsqueda previa a la batalla, se le antojaban ahora dos extremidades agarrotadas que a cada golpe que bloqueaba sentía cada vez menos. El efecto de la materia se acabaría dentro de poco, y entonces dejaría de tener posibilidad alguna contra la velocidad del segunda clase, aunque este también mostraba algún signo de fatiga. Las espadas se entrechocaron una vez más, quedándose en el sitio. Un duelo de fuerza se produjo mientras los dos contrincantes se miraban fijamente y apretaban los dientes intentando ganar unos centímetros hacia la cara del rival. Sendas gemelas de acero empezaron a avanzar hacia él, a la vez que el enajenado adversario exhibía una sonrisa triunfal. Johan había forzado esta situación, sabía que sólo tenía una oportunidad, y la aprovechó.
Rotando sobre sus talones, Johan soltó la espada con su mano derecha, manteniéndola únicamente con la siniestra; esto provocó que su rival se abalanzara sobre él, o más bien donde antes estaba él. Consumiendo los últimos segundos de su hechizo de prisa, giró a una velocidad endiablada a la vez que sacaba un cuchillo de combate Cold Ratio de su funda en la parte trasera del pantalón y con un rápido movimiento cambiaba la posición de la empuñadura para asirlo con el filo hacia abajo. Utilizando el cuerpo como eje de giro, asestó una puñalada brutal todavía de espaldas en la nuca del segunda clase, el cual había continuado hacia adelante, sorprendido por el movimiento de su contrincante. Los 16 milímetros de hoja atravesaron piel, músculo, hueso y cervical superficial, acabando con la vida del enloquecido SOLDADO al instante, el cual mantuvo su expresión de sorpresa hasta que el suelo golpeó su frente, ocultando su rostro con su caída. Johan cayó al suelo, sentándose como buenamente pudo; estaba totalmente exhausto. Había gastado toda la energía vital que le quedaba en exprimir al máximo la materia prisa para poder hacer todos los movimientos a la velocidad necesaria, y ahora los brazos le colgaban, prácticamente inertes, demolidos por el esfuerzo.
- ¡Hijo de puta! ¡Vuelve aquí!
El otro SOLDADO enajenado, al ver a su compañero caer, había decidido poner pies en polvorosa y escabullirse en el laberinto de escombros que formaba el sector. Gabriel había intentado perseguirlo unos segundos, pero el otro era mucho más rápido y enseguida lo perdió de vista. Lanzó un grito de rabia destrozó un saliente de hormigón de un espadazo lleno de ira. Dejó la espada clavada ahí y se dirigió al cadáver de su amigo, el cual reposaba sobre un enorme charco de sangre; sus ojos, antaño con el brillo del Mako, parecían haberse apagado, quedando su mirada vacía de todo rastro de vida. Las lágrimas empezaron a agruparse en sus ojos, dejándose caer de rodillas ante el cuerpo de su compañero. Le cerró los párpados y contuvo el llanto, no así la ira, la cual desfogó en un grito.
- ¡Esto es por tu culpa! ¡Por tu puta culpa!
- ¿Pero qué coño dices? - Johan no daba crédito a lo que decía su compañero. Comprendía que la muerte de su amigo pudiera cabrearle sumamente, pero de ahí a acusarle...
- ¡Si no le hubieras provocado...! ¡Si no hubieras mantenido esa puta actitud de chulo de mierda y te hubieras callado la boca...! - La voz acongojada se tornó en desprecio y furia, encarando le con el rostro compungido. - ¡Él seguiría vivo!
- ¿Has perdido la jodida cabeza o qué? No se si te das cuenta de que esto – Dió una fuerte patada al cuerpo sin vida del segunda clase. – es el puto cadáver del loco que lo ha matado. ¿Y ves esto? - Sacó el cuchillo de su nuca, lo que produjo un ruido húmedo. – Es con lo que lo he matado. De nada, por cierto.
Se miraron fijamente, después Gabriel miró al cuerpo. Pareció calmarse, resignándose al hecho de que no podría vengarle de ningún modo. Su mirada se desvió al cuchillo que empuñaba el causante de su muerte.
- ¿Qué hacías con un arma no reglamentaria?
- ¿Has luchado alguna vez en callejones estrechos con ese armatoste que has dejado clavado ahí, Brunetti? - Tras pensárselo unos segundos, negó. Johan se subió la parte superior del uniforme, enseñando una cicatriz en el lateral. – Yo una vez, en mi primera semana como SOLDADO. Tres ladrones de poca monta me hicieron esto porque no era capaz de moverme con la espada. Ellos quedaron mucho peor, desde luego, pero desde entonces no voy a ninguna parte sin el cuchillo. ShinRa quiere a soldados con espadas grandes que digan “Somos la hostia de fuertes, molamos un huevo y tenemos la polla enorme”, pero yo prefiero sobrevivir, gracias.
Se formó un silencio entre los dos. Gabriel volvió a mirar el cadáver de su compañero, entonando una oración en voz baja. Johan quería hablar con él, pero consideró que era una falta de respeto interrumpir unas plegarias, de modo que registró el fiambre del segunda clase en busca de las materias y otras armas. Encontró fuego y golpe mortal, pero lo que más le sorprendió fue la muñeca de trapo que encontró dentro de su uniforme. Suspiró aliviado al pensar lo que hubiera ocurrido si no hubieran estado ahí para ahuyentar a los chavales. La columna de SOLDADO se empezó a divisar a unos 500 metros, tenía que darse prisa en hablar con su compañero, el cual ya había acabado de orar por su amigo.
- Gabriel, escucha, sé que te caigo como una mierda...
- ¡Qué va! ¡Con la de cosas bonitas que me dices!
- … pero necesito saber si eso que dijo Maric... digoooo Christian lo sabe alguien más en la unidad.
- A mi me lo contó en privado – se encogió de hombros – no creo que lo comentara con más gente, prácticamente solo hablaba conmigo.
- Ahá... - Suspiró aliviado, con que lo supieran los superiores ya resultaba un impedimento suficiente, necesitaba saber exactamente quién podía sospechar de sus actos para poder actuar algún día sin margen de error. - ¿Me harás el favor de no contárselo a nadie? Prometo dejar los insultos.
- Por mí como si te dan por el culo. No se a quién coño podría importarle que estés en el punto de mira.
- Gracias.
Johan se dejó caer en el suelo del todo, mirando el cielo estrellado que podía percibirse entre la zona de la placa del sector 6 y el 8. Sólo deseaba llegar a casa, quitarse su uniforme, tirarse en la cama y dormir; con un poco de suerte, soñaría con ella.
- Érissen, ¿me juras que todo es cierto? - La explicación acababa de concluir, y Roy apenas podía dar crédito a lo que había escuchado. Ni por asomo se esperaba algo así.
- Hasta el último detalle, llegados a este punto no tendría sentido ocultarte nada.
- La situación en la que está es... es un marrón muy grande.
- Es más que un marrón, Roy, es lo único que me queda en mi vida.
- Oh vamos, no digas eso. Tendrías que haber contactado antes conmigo; después de todo, soy tu hermano.
Una iluminación pálida y rojiza, producto de la mezcla de la luz desprendida por Meteorito con la del astro lunar, iluminaba la azotea. Los dos hermanos se hallaban apoyados contra el muro que la delimitaba, cada uno con una cerveza en la mano; dos latas vacías reposaban frente a ellos, y todavía quedaban un par más en la bolsa que había traído el mayor. Érissen suspiró ligeramente antes de reanudar la conversación. Llevaba mucho tiempo deseando dar este paso y le molestaba tener que perder todo el tiempo dando explicaciones, aunque comprendía perfectamente la necesidad de estas. Miró a los ojos de Roy, ligeramente más oscuros que los suyos, pues él poseía una vista perfecta, a diferencia del pronunciadísimo astigmatismo del hermano menor.
- No era tan sencillo. Mientras estuve chantajeado ellos me exigieron perder todo tipo de contacto con familia y amigos. Estaba sólo en esa empresa, y así fue como la afronté, mientras conservaba la esperanza de que al final todo saldría bien. - Dio un breve trago a la cerveza antes de continuar hablando. – Estaba ciego, ahora puedo verlo. Era obvio que jamás soltarían a Sarah con vida, quizás ni siquiera seguía viva mientras yo asesinaba una vez tras otra. Cuando finalmente caí en la cuenta de lo que había hecho en vano, ya habían pasado casi tres meses desde que Aang me rescató. Tenía miedo de hablar contigo, de contártelo todo y que supieras lo que había hecho. Pero sobre todo, tenía miedo de implicarte a ti y a tu familia en esto; y eso me sigue preocupando, Roy.
- No te preocupes por eso. Este piso es de Ernie, un antiguo compañero de trabajo y gran amigo mío. Le dije que iba a traer a mi hijo a observar la luna con su telescopio y él dejó la puerta abierta antes de irse a dormir. Tiene la suerte de vivir en una de las zonas más tranquilas de la ciudad. - Apuró el último sorbo de su lata, para después depositarla junto a las otras. - Nadie sabe que estamos aquí.
- Bueno... El caso es que no veía el momento de hablar contigo. Me repelía la idea de que no creyeras mi historia y pensaras que me había metido en un lío con las drogas o algo así, o que directamente no quisieras saber nada de mí después de tanto tiempo. Y de hecho, no me equivoqué mucho, no acudiste la primera vez que te lo pedí.
- ¿Tienes idea de cuánto tiempo quise saber algo sobre ti? No cogías mis llamadas, te habías cambiado de domicilio y en tu universidad sólo me dijeron que habías dimitido de tu puesto de becario sin excusa alguna. Cuando papá y mamá murieron en la caída del sector 7 ni siquiera acudiste al funeral o diste una sola señal. Y para colmo, meses después llega un señor a mi casa enseñándome fotos de un edificio totalmente carbonizado y un cuerpo en las mismas condiciones al que habían identificado como mi hermano el día anterior. ¿Qué creés que pensé cuando me encontré tu mensaje en el buzón? Sólo se me ocurrió que fuera una broma, pero ni siquiera sabía de quién. Sólo cuando vi tu foto la segunda vez que intentaste contactar conmigo creí realmente que podías seguir vivo.
- Siento no haber ido al funeral de nuestros padres... La noticia me llegó cuando aún seguía asesinando gente, y sólo podía pensar en Sarah. Acudir al entierro o ponerme en contacto contigo la hubiera puesto en peligro, y era incapaz de correr ese riesgo. ¿Acudió mucha gente?
- No demasiada, trajeron a la abuela desde Kalm pero la pobre ya no concibe la realidad bien. Creo que ni siquiera llegó a entender que era su hija la que estaba siendo enterrada.
- Vaya... - No sabía qué decir, todo lo que no tuviera que ver con la situación en la que estaba metido parecía haber ocurrido hace miles de años.
- Siento muchísimo lo de Sarah, Érissen – Roy cayó en la cuenta de que todavía no se lo había dicho, centrado en la incógnita de cómo él seguía vivo. – Era una chica fantástica, siempre tan amable y jovial. Amelia se llevaba de maravilla con ella, te aseguro que lo lamentará también.
- Gracias. - No le agradaba hablar del tema, pero era la primera vez que podía desahogarse con alguien, y no podría encontrar nadie con el que tuviera tanta confianza como con su hermano, de modo que se obligó a sacar las palabras que no había podido compartir aún. - La última noche que la vi, ¿sabes? Antes de que... de que se la llevaran. - La voz hizo un amago de quebrarse, pero continuó en su tono habitual. – al dormirnos juntos, abrazados... supe que me casaría con ella, supe que jamás podría amar a una mujer igual, que nunca valoraría a alguien tanto. Ella era el eje de mi vida, y me lo arrebataron, Roy. No tenía la culpa de nada; buscaban alguien que disparara y yo sabía hacerlo, pero ella no tenía nada que ver en todo esto.
- Y tú tampoco, Érissen. - Roy depositó la mano sobre el hombro de su hermano menor, apretándolo ligeramente. – A veces las cosas ocurren sin que nadie pueda hacer nada. Pero tú has conseguido otra oportunidad, no la desperdicies. Puedes irte a otra ciudad, donde no te encuentren, tienes el poder de reconstruir tu vida si quieres.
- Pero no quiero. No quiero irme, no quiero seguir huyendo agradeciendo que siga con vida, como si Sarah sólo hubiera sido eso para mí. ¡Sé lo que vas a decir! - Exclamó, cortando la replica de su hermano. – Sé que ella hubiese preferido que yo viviera feliz y siguiera con mi vida... pero no puedo, ni quiero, y algo en mí me dice que tampoco debo. Voy a encontrarles Roy, voy a descubrir quién son, qué hacen y qué querían conseguir, y después me voy a vengar. Me da igual si muero sin conseguirlo, lo único que lamentaré es no haber conseguido cargarme a más de los suyos por el camino. Me da igual lo que pienses, me da igual lo que opines o que me juzgues. Piensa lo que pasaría si te quitaran a Amelia y a Phelan, y hasta donde serías capaz de llegar por ellos; y piensa cómo reaccionarías si después de hacer todo por ellos descubrieras que te han utilizado y jamás fueras a volver a verlos. No es que no quiera seguir con una vida nueva, Roy, es que ésta es mi vida. Ellos me convirtieron en un asesino, y eso es lo que soy, y pienso actuar en consecuencia.
Roy miró a los ojos de su hermano, gemelos a los suyos salvo por la tonalidad, más apagada y fría. Vio una determinación incapaz de derribar con palabras, promesas o actos, y sintió una profunda lástima. Lástima por el hecho de que esa mirada, antaño tan inocente y llena de ilusión, fuera capaz de expresar ahora tanta ira, tanto odio, tanto dolor. Recordó sus infancias en Kalm, jugando a ser científicos que descubrían reveladores inventos hechos con piedras, madera y barro. Recordó cuando le ayudaba a estudiar su carrera, hallando en él una capacidad de aprendizaje que le hizo envidiar su talento. Recordó el día en que observó la imagen de lo que creía su cadáver, y la angustia que le envolvió sabiendo que, de toda la familia unida y feliz que habían sido, sólo quedaba él. Ahora contemplaba los ojos del hermano que hasta hace dos días había considerado fallecido, y en cierto modo, comprendió que algo en él sí que había muerto realmente; algo que no volvería jamás, por mucho que lo intentara. Se resignó a ello, aceptando el presente que tenía ante él de la única forma que podía hacerlo. Se metió la mano dentro de la camisa, sacando un sobre.
- Toma, aquí hay 5000 guiles. No es mucho, pero te dará para iniciar tu venganza, vendetta o como quieras llamarlo con algo más que esa pistola que tienes en el trasero.
- ¡Roy! No puedo aceptarlo... – Érissen se sorprendió. Esperaba un sermón de hermano mayor, una reprimenda, unas palabras de ánimo... cualquier cosa menos esto. – Tienes una familia a la que mantener, y sé que te has quedado sin trabajo.
- La razón por la que me he quedado sin trabajo es que acabamos un proyecto planeado para siete personas entre dos: Ernie y yo; y antes muertos que repetir esa hazaña. Nos han pagado muy bien y encontraré otro curro. Además, Amelia aporta mucho con su trabajo de profesora. No hay excusas, Érissen; cógelo.
- Érissen titubeó, cierto era que hasta ahora había vivido del escaso dinero de Aang y aún no había planeado como apañárselas para empezar su búsqueda. Esto le resolvería muchos problemas. Miró a su hermano, después miró el sobre, y finalmente cedió.
- Gracias Roy... de verdad. - Dijo mientras cogía el sobre, guardándolo dentro de su chaqueta. Él le sonrió, y Érissen cayó en la cuenta. - ¿Cómo es qué llevas 5000 guiles en efectivo en un sobre?
- Verás, en cuanto supe que realmente estabas vivo comprendí que sólo había una razón para querer contactar conmigo: necesitabas ayuda, y no tenías a nadie más. Era eso o te habías vuelto un psicópata fratricida, lo cual no creía, aunque he de reconocer que me acojoné bastante cuando vi la pistola. - Roy se rió ante la mirada atónita del otro. – Soy tu hermano mayor, Érissen, llevo toda la vida ayudándote y seguiré haciéndolo mientras me dejes. - Esta vez fue él quien cortó la réplica de su hermano - ¡No hay más que hablar! No es cuestión de lo que deba o no deba hacer, es cuestión de lo que quiero.
Ambos se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro. Érissen no tenía palabras para agradecer la actitud de su hermano, y ansiaba el día en el que pudiera devolver los favores, tanto a él como a Aang.
- Qué, ¿nos tomamos la última? Se van a calentar.
- Sí, genial.
Ambos se incorporaron, y mientras Roy iba en busca de las dos últimas cervezas, Érissen contempló las vistas desde la azotea. El edificio ShinRa se podía apreciar en toda su majestuosidad desde esa posición, dominando equidistantemente cada punto de la ciudad; era el constante recordatorio de a quién debía cada ciudadano de Midgar su luz, su comida, su casa... o la ausencia de ellas. Una enorme estructura de metal partía de la torre, e incluso desde el extremo de la ciudad se podía contemplar el colosal cañón que reposaba en el suelo, ya ensamblado y listo para ser colocado en su sitio próximamente. Un arma colosal, que Érissen suponía que se utilizaría como última esperanza para detener la gigantesca mole de roca y llamas que parecía dispuesta a impactar contra el mundo que conocía. Observó a Meteorito y se descubrió a si mismo sin inquietudes, sin miedo. No eran sólo palabras; le daba igual morir, le daba igual si ese gigantesco astro arrasaba todo Midgar. Le daba igual todo mientras él pudiera cobrarse su venganza. Una gota de lluvia cayó sobre su frente mientras continuaba observando el rojo caos, y no pudo evitar pensar en voz alta a la vez que su hermano le pasaba la última lata.
- Se avecina una tormenta...
Dog Tags:
Escritor:MEPHISTO,
RELATOS
jueves, 8 de octubre de 2009
190
Tres asaltos simbólicos representados por unos pitidos especialmente incómodos fue lo que duró el despertador digital antes de hacerse añicos contra el gotelé de la pared del dormitorio. Gruñendo y maldiciendo repetidas veces, su propietario se incorporó con movimientos torpes de la cama y examinó los restos del quinto reloj del mes, cuyo pedazo mas grande se veia adornado por un post-it en el que podía apreciar su propia letra formando la frase “Ni se te ocurra romper este, maldito capullo inutil”. Pensó con dificultad en la posibilidad de comprar alguno diseñado específicamente para resistir golpes, como uno que creía recordar haber visto en algún anuncio especialmente absurdo despues del telediario, pero la descartó rapidamente. Realmente era una buena forma, aunque algo cara, de desfogarse en un mal despertar. Tenía la seguridad de que si algún dia de los que se despertaba con ese humor no rompía algo antes de salir de casa lo haría con la mandíbula del primero que le pidiera la hora. Bastante tenía con aguantar todos esos sueños estrambóticos que parecían salidos de una alucinación propia de alguien que hubiera ingerido ácido. Prácticamente todos los dias se despertaba entre sudores con un torbellino de nombres e ideas que no eran suyas propias invadiéndole la cabeza. Sephiroth, Jénova, la corriente vital, ese coro de voces llamándole continuamente, el repentino deseo de partir hacia el norte… Era francamente molesto. Con gestos perezosos, se incorporó y tiró de la cuerda que abría la persiana. Ni una sola rendija de luz natural se coló por la despejada ventana. Ni siquiera había amanecido y no se podían apreciar los únicos minutos en los que el astro rey iluminaría los suburbios de la ciudad con el desequilibrio económico mas grande del mundo, antes de desaparecer por encima de la placa para bañar de luz a todos aquellos a los que la vida sí sonreía. Un ligero brillo rojizo se colaba por el borde de la placa, visible desde el apartamento bajo el sector 2 en el que se encontraba. No hacía falta estar muy puesto en actualidad para saber de donde venia. Venia de ese. Si, ese. Ese puto montón de roca espacial incandescente que el sabía que iba a impactar contra el planeta. Ese Sephiroth que tanto le llamaba lo había invocado para destruir todo. Muy simpático el. Apartó la mirada de la ventana y, desprendiendose de sus calzoncillos, se metió en el baño rumbo a la ducha. Cinco minutos después el espejo le devolvía la misma imagen de cada mañana. El verde esmeralda característico de los ojos de SOLDADO se fundía con el marrón caoba que su madre le había otorgado. Se pasó la mano por su cabeza, donde unas pronunciadas entradas se dibujaban entre la ligera pelusa de su rapada cabellera. Un dia mas, pero todo sigue igual, se dijo a si mismo. Contuvo las ganas de golpear al clon que le devolvía la mirada mas allá de la delgada capa de plata y aluminio sobre el vidrio y volvió a su habitación, dispuesto a ponerse su uniforme.
- ¡Brunetti! ¡Nimasso! ¡Por la derecha! ¡Clover! ¡Ruhama! ¡Por la izquierda! ¡Spark! ¡Jeriel! ¡Guardad la entrada y no dejeis escapar a nadie! ¡Al menor movimiento comunicadlo! ¡Si os superan en grupo retroceded hasta la entrada! ¡Ninguno de los que estan ahí dentro puede abandonar este puto edificio mientras su corazón lata! ¡Vamos allá!
Los SOLDADO de 3º se desplegaron a una velocidad muy superior a la habitual de un humano a la orden del primera clase, empuñando sus espadas reglamentarias y maniobrando con agilidad por los estrechos pasillos del edificio. En la entrada, Johan escupió al suelo con amargura y se sentó apoyándose en la cara exterior de la pared, mirando con desgana la placa superior sobre su cabeza.
- Johan, no seas capullo.
- Tio, sabes tan bien como yo que nadie va a aparecer por esta puerta aparte de los otros cinco cubiertos hasta arriba de salpicaduras de sangre – Sacó de su bolsillo un cigarrillo y se lo puso entre los labios.
- Como el capitán Grey se entere de que te has pasado la misión fumando sentado tranquilamente mientras el resto están luchando… - Daithi suspiró, estaba mas que acostumbrado a la actitud de su compañero y amigo, pero no podía evitar reprocharsela cada vez. Intentaba actuar como su conciencia, ya que la original parecía haberse tomado unas largas vacaciones.
- De entrada, el excelentísimo capitán Grey puede meterse su opinión al respecto por su perfecto culo de primera. Para seguir, esto no es una misión Dai, lo sabes perfectamente, es una puta masacre. – Encendió su cigarrillo y dio una amplia calada antes de continuar. – Ahí dentro hay diez personas, posiblemente desarmadas, cuyo máximo delito fué matar a uno de los nuestros tras que este hubiera aniquilado a unas quince o veinte personas mas.
- El SOLDADO solo estaba defendiendose, la masa de gente se le echó encima.
- Porque están desesperados joder. Son los putos suburbios del sector 8, no hace ni tres meses que un grupo de primeras enloquecidos carbonizaron a una comunidad entera. No quieren vernos ni en pintura, nos odian y no entienden que hacemos en Midgar mas que matarnos entre nosotros. Todo el mundo se está volviendo paranoico, hace tiempo que Meteorito dejó de ser un punto brillante en el cielo, ya es casi mas grande que el sol, y hay Armas vagando por el puto mundo causando estragos. La televisión y la prensa principal están manipuladas por ShinRa y no dan evidencias de peligro alguno, pero aquí abajo la gente lee el Midgar Lights, insilenciable y verídico casi en su totalidad. – Apartó la mirada de la placa, mirando directamente a los ojos de mako de su compañero.- He leido el informe de lo que pasó, el SOLDADO de marras debió pasarse de la raya con la Materia fuego y quemó practicamente toda una calle para acabar con uno de los locos. La gente no supo diferenciar entre cuerdo y demente y atacaron a aquel que vieron que destruía todo. Esto no es Le Renard Blanc, aquí estan las personas mas puteadas, pobres, amargadas y con el instinto de supervivencia mas desarrollado de todo Midgar. No quisieron matar a alguien gratuitamente, simplemente el miedo pudo mas que la pobre moral a la que estan acostumbrados. Y ahora van a ser masacrados por ello.
El silencio se adueñó de la situación, Daithi se fijó en un par de vagabundos que pasaban arrastrando un carrito al otro lado de la calle, no sabría distinguir si su mirada era de odio, de miedo o de una mezcla muy equitativa de las dos. Su compañero, ajeno a ellos, retomó la palabra con una voz que evidenciaba un cabreo en aumento.
- Y ademas ese capullo de Grey, con el pecho tan hinchado por su nuevo cargo que no se como cabe en su puto uniforme de primera clase recien estrenado, va y reclama seis soldados para una misión de matar civiles. ¡Seis! Ese mariconazo podría destripar a todos los que hay dentro con un cepillo de dientes mientras se depila las piernas. Dos de nosotros nos sobraríamos para esta misión. No se como no se la han encargado a los Turcos.
- Hay muy pocos Turcos ahora mismo, están reclutando nuevas remesas para solucionarlo. SOLDADO cuenta con bastantes efectivos actualmente, especialmente terceras y segundas.
- Y precisamente por eso están ascendiendo a capullos como Grey. – Johan escupió nuevamente a su derecha antes de volver a dar otra calada de su cigarrillo y apagarlo contra el esputo. – Por favor, en que coño están pensando. Ese chico que subió hace unos meses a segunda, Alban, tiene mas cabeza que siete como él juntos. Grey no es mas que una puta mula que corta por la mitad lo que le pongan delante.
- Pareces resentido con el tema de los ascensos, pero si no fuera por el reclutamiento masivo por el estado de excepción tu y yo seguiríamos siendo PM’s. – Daithi había sido compañero de trabajo de Johan desde hacía once años, cuando hicieron la instrucción juntos.
- Sinceramente, no sabria decirte si lo preferiría.
- No entiendo por qué, estamos en la élite de combate de la ciudad mas desarrollada del mundo, se nos respeta y se nos paga cuantiosamente, además de la fuerza que adquirimos gracias al Mako. ¿Recuerdas a ese tio tan prepotente que solia ir en nuestro grupo de acción cuando eramos PM? ¿William? Ayer le partió la cara un tio cualquiera al que retó en un callejón. ¿Qué razón hay para no ser SOLDADO? Es un privilegio que muy pocos alcanzan.
- El Mako no solo da fuerza. A mi me da unas pesadillas de cojones.
- Tu tambien lo escuchas, ¿No? Lo cierto es que ultimamente…
La frase fue interrumpida por el ruido que la ventana bajo la que estaban situados hizo al romperse. Una de las personas del interior del edificio había saltado por ella huyendo de la masacre que se estaba produciendo dentro. El hombre, de unos cuarenta años, cayó al suelo bruscamente pero consiguió levantarse con rapidez, ignorando el dolor por la adrenalina. Miró un segundo con el terror reflejado en sus ojos a los dos SOLDADO, uno de los cuales se estaba levantando del suelo tambien. Sin pensarselo, salió corriendo a trompicones como mejor pudo. Su trote no duró mas de cuatro segundos, un fuerte ardor recorrió la espalda del desdichado y avanzó en su interior. La pobre victima pudo apreciar justo antes de que sus ojos se cerraran para siempre como la punta de una gigantesca espada salía de su pecho, atravesando su columna y la caja torácica. Johan Jeriel aguantó la espada en el mismo sitio soportando el peso del cadaver unos instantes, despues la sacó de su cárnica funda para devolverla a la original, en su espalda. El peso del cuerpo al caer fue bastante desagradable. Gruñó con desgana y volvió a su sitio, aunque esta vez no se sentó, solo se apoyó en la pared. Su compañero, siempre serio, le miraba sin mostrar mucha sorpresa, pero habló con su tono neutro habitual de todos modos.
- Por un momento pensé que le dejarías escapar.
- Grey es un retrasado que no diferenciaría un bolígrafo de un consolador, pero ni siquiera el se creería que una persona normal y corriente hubiera podido escapar de dos SOLDADO, por muy de tercera que sean. Esto es mi trabajo, mi puto trabajo, nunca fue mas de eso. Que le jodan a la generala en su discurso de promoción con lo de “SOLDADO antes que persona”, que le jodan a Sephiroth y a su Meteorito, que le jodan al Mako, a la corriente vital y al puto mundo. ¿Salen de una jodida vez o qué? Quiero irme de este puto sitio ya.
El día estaba resultando una auténtica tortura. Primero los suburbios del Sector 8, luego casi cinco horas de mierda patrullando los restos del Sector 7 en busca de un enloquecido de segunda que según el informe se le había visto sembrando el caos por ahí, para al final no encontrarlo. Despues de una pausa para comer de diez minutos llegaron las sesiones de Mako habituales y un entrenamiento extremo para los de tercera y segunda. Para colmo durante la parte del entrenamiento de lucha otro SOLDADO se había resentido al perder una pelea contra el y le había intentado atacar por la espalda al salir del ring, con la consecuente rotura de su tabique nasal al estrellarse el codo de Johan contra el. Como castigo por agredir a un compañero, le había tocado hacer guardia nocturna en el reactor numero tres, una tarea que normalmente les tocaba a dos o tres PM. Y ahí estaba el, recordando a su amigo hablar con cierto orgullo de que eran la flor y nata del ejercito de la mejor ciudad del mundo, mientras se encontraba en un trabajo propio de un vigilante de una empresa de seguridad de tres al cuarto. Atacó su cuarto café de la noche, luchando contra el sueño que poco a poco se iba haciendo mas evidente en su cuerpo. A sus treinta y dos años de edad, tenía que convivir dia a dia con miembros de SOLDADO mucho mas jóvenes que el, la mayoría monísimos de la muerte, con peinados estrafalarios y mas mako del que sus cerebros aguantaban. Realmente lo único que salvaba a su trabajo de ser una puta mierda aparte del dinero era la compañía de Dai, que a pesar de ser un tipo jodidamente serio y tranquilo había demostrado a lo largo de los años ser un buen amigo. No era el tipo de tio que amenizaba una velada, sino mas bien de los que calla, escucha y responde cuando le preguntan con cruda sinceridad. Eso a Johan no le importaba lo mas mínimo, casi lo prefería. Despues de todo, con los indecentes turnos de trabajo a los que le somentía SOLDADO poco tiempo podría tener para salir de fiesta, no hablemos ya de ganas. Un par de visitas semanales al foso para hablar con su amigo y apostar algo de pasta eran mas que suficientes para el. Si había algo que caracterizaba a Johan, aparte de su mal despertar, era el hecho de ser una persona de gustos sencillos. Ganaba una pasta mas que considerable, pero el seguía en el piso de los suburbios que había heredado de su padre, fumaba la misma marca de tabaco cutre de siempre y no tenía mas gastos que el de la televisión por cable y alguna prostituta de vez en cuando. Una vida algo decepcionante para una persona normal, y muchísimo para un SOLDADO, pero a pesar de estar en el cuerpo de élite del ejercito Johan se seguía considerando una persona normal, y se cagaba en todo aquel compañero de trabajo que se sintiera superior solo por poder matar mucho mas efectivamente que un ser humano común. Todo en el discrepaba con la actitud de un SOLDADO habitual, incluso el Mako le afectaba menos que al resto, sus ojos ni siquiera habían abandonado totalmente su color inicial.
Un sonido metálico hizo levantar la vista al tercera del vaso de plástico que contenía el café. Guardando silencio, esperó a ver si se producían mas ruidos extraños. Y así fue. El ruido de unos pasos, totalmente inperceptibles si no se escuchaba con atención, avanzaba por el piso superior. Johan se incorporó, tomando el mango de su espada reglamentaria con su mano derecha, mientras con la otra se apoyaba en la mesa. Solo era una persona, a juzgar por la cantidad de pisadas y su frecuencia. Fuera quien fuera, estaba caminando por la sala del cableado auxiliar de energía, y eso solo significaba que no quería ser visto. Se fijó en el plano que había en la pared y se dirigió a la habitación por la que preveía que iba a salir el intruso: Una sala de operaciones para regular el flujo de energía. Subió las escaleras con celeridad, pero manteniendo el sigilo. Llegó a la sala casi a la vez de que las pisadas llegaran tras la puerta con el letrero de Alta tensión y un ligero sonido metalico empezara, signo de que se estaba forzando la cerradura. Johan desenfundó la espada y esperó a que terminara su labor, pegado a la izquierda de la puerta y escuchando atentamente por si llamaba a algún complice por el movil o desistía. Finalmente, con un ligero chirrido, la puerta se abrió, ocultando al SOLDADO de la vista del intruso. Con un rápido movimiento, Johan cogió el manillar y empujó la puerta de modo que golpeara al distraido. El sonido del golpe y un quejido evidenciaron la efectividad de la maniobra. Echandose a un lado, el SOLDADO bordeó la puerta y quiso poner la espada en el cuello del tipo, pero al verlo se sorprendió. La persona a la que había derribado era una chica que dificilmente superaría la veintena, la cual se tapaba con las manos la brecha que se había formado en su frente por el golpe y contenía las lágrimas de dolor. Esta le dirigió una mirada rápida y al ver su uniforme palideció. Pasaron así tres segundos, mirándose el uno al otro con incredulidad. Finalmente la chica reaccionó, llevandose la mano a la espalda. Johan fue bastante mas rápido que ella y le sujetó el brazo, retorciéndoselo para que soltara la pistola que acababa de agarrar. Ella gritó e intentó soltarse pero cuanto mas lo intentaba mas daño se hacía. Sin salir del todo de su estupor, Johan le arrebató la mochila a la chica y utilizó las esposas que colgaban de su cinturón para sujetarle las manos a la espalda por detrás de una tubería cercana, inmobilizándola casi totalmente. La chica no dejó de gritar e intentar resistirse en ningún momento.
- ¡JODER! ¡Sueltame cabronazo! ¡Sueltame! ¡Pedazo de hijo de puta! ¡Un puto SOLDADO ni mas ni menos! ¡Me cago en tu puta madre sueltame desgraciado! ¡Que te jodan! ¡Vete a…!
La tanda de insultos se continuó a lo largo de varios minutos, tiempo en el cual avisó por radio al departamento de de investigación administrativa. Turk, para los amigos. En quince minutos llegarían dos miembros de la unidad a llevarsela. Vaya con la niña, pensó mientras volvía a mirar el contenido de la mochila. Un cargamento de unos diez kilos de explosivo unido a un temporizador, todavía sin activar. No era suficiente para volar un reactor entero, pero si lo bastante para dejarlo inutilizado una buena temporada. Examinó la pistola: Una Giordano. No tenia muescas en la boquilla ni arañazo o mancha alguna en la superficie, por lo que dedujo que debía ser muy nueva. Lo más probable es que la chica no hubiera pegado un solo tiro en su vida. Esta dejó de gritar, para pasar a sollozar entrecortadamente. Johan la miró y ella apartó la mirada, intentando no mostrar debilidad. Era bastante bonita, con el pelo rúbio ondulado cayéndole hasta los omoplatos y unas facciones muy agraciadas. Se preguntó que demonios llevaba a una chica tan joven y bonita a intentar dinamitar un reactor, enfrentándose a la compañía mas poderosa del mundo.
- ¿Y ahora que? ¿Vas a matarme tú o lo harán los amigos a los que has llamado? – El llanto se transformó en una risa amarga. – Quedará genial en los medios de comunicación. Ya lo imagino. “Valiente miembro de SOLDADO impide una acción terrorista llevaba a cabo por un grupo de jóvenes trastornados. La única superviviente será ejecutada públicamente.”
- Mira niña, no me toques los cojones. Has intentado cargarte el recurso energético de una octava parte de la ciudad de forma pésima y yo te he detenido. Solo estoy haciendo mi puto trabajo.
- Oh, y estarás orgullosísimo de tu trabajo, ¿Verdad? “¡Mirad! ¡Ahí va uno de los salvadores! ¡Un héroe de Midgar!” – Dijo en un tono irónico, exagerando mucho los elogios. - Seguro que te haces pajas con la foto del SOLDADO de pelo canoso ese, Sefiros o como coño se llame y te corres cuando piensas en llegar a ser igual que el. – El llanto, la risa, o lo que fuera cesó. La chica le mostró una mirada tras los restos de las últimas lágrimas que evidenciaba un desprecio total. No le temía, no le odiaba, le veía como si fuera la cosa mas detestable, inferior y asquerosa del mundo. Johan empezó a cabrearse por la insolencia de la niñata, podría haberla cortado por la mitad y nadie preguntaría nada y lo único que hacía ella es provocarle y despreciarle.
- Al menos no soy tan patético de intentar bombardear un reactor yo solo. ¿Qué esperabas? ¿Una alfombra roja hasta la sala principal? Mucho te debe poner el rollo antisistema para intentar imitar a unos terroristas asesinos tu sola, niñata de los cojones.
- ¿Asesinos? ¿AVALANCHA? ¡Y una mierda! – La ira se apoderó de la chica, la cual retorció los brazos tras la columna y se zarandeó, sin resultado alguno. – AVALANCHA son las únicas personas que intentaron mover un puto dedo contra la injusticia y la tiranía en esta puta ciudad, ¡Y para acabar con ellos, pedazo de hijos de puta, destruisteis un sector entero! ¡Y me vienes llamándolos asesinos a ellos pedazo de comemierda mutante de los cojones!
Esto ya rozaba lo absurdo. La niñata tenía que tener heces de bégimo en lugar de cerebro para pensar que la mayor catástrofe en la historia de la ciudad había sido provocada por la compañía que la gobernaba. Se descubrió a si mismo discutiendo con una persona a la que sacaría mas de diez años y se calmó. Decidió dejar las cosas claras y no volver a hablar con tal idiota.
- Mira criaja, no se que mierda de rumores has escuchado pero tienes que estar jodidamente mal de la cabeza para creertelos. No pienso seguir di…
La cria en cuestión interrumpió su frase. Había empezado a reirse a voz en grito, una risa cruda, ligeramente forzada pero no del todo. Johan acabó de convencerse de que, realmente, tenía algun tipo de problema cerebral.
- ¡Rumores! ¡Rumores dice! Dios… - Cesó su risa - ¿Asi que no sabes realmente para quien trabajas? Te lo voy a decir: Trabajas para la mayor puta panda de asesinos, manipuladores, tiranos, criminales, villanos e hijos de puta jamas existida: ShinRa S.A
- Para empezar, no trabajo para ShinRa, trabajo para el ejercito que es independiente de…
- ¡Oh si claro! Y es una puta casualidad de que el Presidente de esta nuestra bella y perfecta ciudad sea a la vez el directivo de la empresa mas poderosa del mundo, ¿Verdad? Vosotros, pedazos de mierda uniformada, no luchais por la justicia, no luchais por la ciudad, luchais por los putos intereses de una compañía. Y esa compañía no conoce límites a la hora de exprimir, ya sea a la energía del planeta como a cada puta persona que habite en este. ¿Quién controla los putos bancos principales, listillo? ¿Quién controla la economía? ¿Quién maneja los medios de comunicación? ¿Quién está al mando de la investigación y el desarrollo tecnológico mundial? ¿Quién está al mando de todas las putas ciudades de este planeta entonces? – Johan no supo contestar, se sentía estúpido frente a una jodida cria de veinte años - ¿Y que pasa cuando un gobierno se resiste a pasar por el aro? ¿Eh, calvorota? Te lo diré, provincia de Hanado, año 1992. ¿Te suena? En todos los medios de comunicación dijeron que Wutai empezó la puta guerra bombardeando un barco de nuestro gobierno. ¡Y todo el mundo se lo cree! ¡Una puta provincia que en su vida había querido saber nada del mundo y que se basa en tradiciones arcaicas, conceptos como el honor, la sabiduría y el respeto, ¡Y todo el mundo se traga que de pronto les ha dado por declarar la guerra a la ciudad mas desarrollada y poderosa del mundo! ¿Pero tu eres idiota? ¿En serio sigues creyendo que luchas por la justicia? No eres mas que el último puto tentáculo de la compañía que está matando al planeta y a la gente por el dinero, ¡Eres la puta espada en manos de el asesino mas despreciable que jamás haya existido y que deja que le metan Mako por el culo para hacerse mas fuerte y poder matar mejor! No eres un ser humano, eres escoria, ¿Me oyes? ¡ESCORIA!
El corazón de Johan latía muy fuerte, no podía entender exactamente que le estaba pasando a su cuerpo, pero era como si acabara de encontrar el sentido a muchas cosas. Lo que esa chica estaba diciéndole no dejaba de ser una verdad detrás de otra, pero su cerebro simplemente nunca se había parado a pensarlo. ¿Sería realmente cierto? ¿Sería esa la razón por la cual odiaba su trabajo, su vida y era incapaz de ser feliz desde hacía tanto tiempo? Levantarse cada mañana y sentir como su vida no tenía mas sentido que el de trabajar matando a la gente que le mandaban, volver a casa, ver las noticias que la misma gente que le decía a quien matar dirigía, dormir y que todo volviese a empezar… ¿Cómo no se había planteado nada de esto antes? Pero algo seguía sin encajar…
- Pero… - Tragó saliva, sin terminarse de creer la situación en la que se encontraba. - ¿Qué gana ShinRa derribando un sector entero de su propia ciudad?
- De entrada acabar definitivamente con el grupo de personas que mas ha llegado a amenazarles jamás, y para seguir, los impuesto subieron casi un treinta por ciento para paliar los daños de la masacre y retirar los escombros. ¿Pero has visto tu alguna puta maquina excavadora en el sector siete? Claro que no… Ni la verás nunca. ShinRa se embolsa ese dinero constantemente, exprimiendo a las personas lo máximo posible, pero le importa una mierda lo que ocurre con los suburbios, no es mas que un estorbo para ellos ya que es donde ocurren mas problemas. Toda esa gente que murió en los suburbios, incluida toda mi familia, murió para que esos hijos de puta para los que trabajas tengan mas dinero. Igual que todos los muertos de la guerra, igual que todas las personas que murieron construyendo estos reactores … Solo seré una niñata con dinamita para ti, pero al menos he intentado hacer algo para parar todo esto, al menos moriré sabiendo que jamás podria arrepentirme de lo que he hecho hoy. ¿Y tu? ¿Puedes decir lo mismo?
La respuesta era clara.
- No. No puedo.
- Pues aún estás a tiempo.
Johan miró a los ojos de la chica. Fue como mirar a una mujer por primera vez en su vida. Se dio cuenta de lo que esa persona era realmente, era la verdad, la justicia, la lógica… Era mucho mas que una niñata con dinamita, esa chica era la realidad, la primera cosa auténtica que había visto en su vida.
- ¿Cómo te llamas? – No sabía por que lo preguntaba. Era como si acabara de despertar de un sueño, y estuviera intentando recomponer la realidad. Ella era lo primero que había visto, deseaba conocerla. La chica le miraba extrañada también, vió la duda en su mirada, en esos preciosos ojos mezcla de verde y azul.
- Eve… ¿Y tú?
No pudo responder, la puerta de la sala se abrió de golpe, dejando ver a dos individuos con el traje propio de Turk. El primero, que avanzaba hacia ellos, había personalizado su uniforme, de manera que unas cuantas cadenas colgaban de uno de los remaches de su pantalón para ir a parar a su bolsillo trasero. Carecía de corbata y su camisa, con el cuello levantado, estaba desabrochada hasta el segundo botón, dejando ver parte de su pecho decorado con un llamativo tatuaje que solo se veia parcialmente. La chaqueta estaba abierta, y era algo mas corta de lo habitúal. Tenía el pelo negro engominado hacia arriba y atrás sin estar excesivamente tieso, sino cayendo ligeramente. Unas gafas de sol fijaban el pelo en su sitio. Era atlético aunque bastante delgado, y caminaba con seguridad y una expresión muy seria en su rostro. Sin embargo, ni con un cartel luminoso habría llamado mas la atención para Johan que el segundo turco, el cual se había quedado apoyado en la puerta, con los brazos cruzados. Su uniforme era el estándar, sin modificación alguna, tenía el pelo corto y canoso, era extremádamente delgado y parecía perderse en el traje. Unas gafas oscuras de cristales redondos ocultaban su mirada, pero sabía perfectamente que estaba clavada en la suya, que le estaba escrutando, como si pudiera ver mas allá de carne y hueso, como si estuviera viendo sus ideas, sus sentimientos. Su complexión física parecía deplorable, como si fuera a romperse con tocarlo, pero la seguridad de su gesto, esa media sonrisa, esa presencia… Algo en ese hombre, que parecía un espantapájaros, le resultaba temible.
- ¿Soldado de tercera Johan Jeriel? – El primero se le dirigió cuando hubo llegado a su altura. – Somos el agente Legendre y el agente Rookery. Le agradecemos su colaboración a la hora de detener a la terrorista, puede estar seguro de que sus superiores estarán al corriente de ello cuando termine de colaborar con nosotros.
- ¿Cuando termine de colaborar? ¿Que se supone que tengo que hacer? – Eso no tenía ninguna lógica, Turk y SOLDADO no se llevaban especialmente bien, y no solian colaborar salvo que fuera estrictamente necesario.
- Oh, detalles sin importancia, pura rutina si se me permite la apreciación… Espero que no tenga problema en acompañarnos y responder a unas cuantas preguntas sin importancia. Descuide, ya hemos avisado a una patrulla de PM’s para que cuiden del reactor en su ausencia.
- ¿Algunas preguntas? ¿Sobre ella? Ya les he dicho todo lo que sé en el aviso de radio. ¿Desde cuando Turk necesita de testimonios de SOLDADO para este tipo de casos?
- Verá, señor Jeriel… - El hombre mostró una ligera sonrisa – Me temo que no serán preguntas acerca de ella, sino sobre usted.
Fue entonces cuando Johan se dio cuenta de la cámara situada encima suyo, y de que su actitud respecto al discurso de la chica que ahora le miraba pidiendo auxilio no había sido precisamente la mas adecuada. Estaba jodido, estaba muy jodido. Lo mas curioso de todo es que, de camino al coche de los Turcos, al pasar por delante del extraño hombre de pelo canoso, lo único en lo que podía pensar es que aún no le había dicho su nombre a la chica.
- ¡Brunetti! ¡Nimasso! ¡Por la derecha! ¡Clover! ¡Ruhama! ¡Por la izquierda! ¡Spark! ¡Jeriel! ¡Guardad la entrada y no dejeis escapar a nadie! ¡Al menor movimiento comunicadlo! ¡Si os superan en grupo retroceded hasta la entrada! ¡Ninguno de los que estan ahí dentro puede abandonar este puto edificio mientras su corazón lata! ¡Vamos allá!
Los SOLDADO de 3º se desplegaron a una velocidad muy superior a la habitual de un humano a la orden del primera clase, empuñando sus espadas reglamentarias y maniobrando con agilidad por los estrechos pasillos del edificio. En la entrada, Johan escupió al suelo con amargura y se sentó apoyándose en la cara exterior de la pared, mirando con desgana la placa superior sobre su cabeza.
- Johan, no seas capullo.
- Tio, sabes tan bien como yo que nadie va a aparecer por esta puerta aparte de los otros cinco cubiertos hasta arriba de salpicaduras de sangre – Sacó de su bolsillo un cigarrillo y se lo puso entre los labios.
- Como el capitán Grey se entere de que te has pasado la misión fumando sentado tranquilamente mientras el resto están luchando… - Daithi suspiró, estaba mas que acostumbrado a la actitud de su compañero y amigo, pero no podía evitar reprocharsela cada vez. Intentaba actuar como su conciencia, ya que la original parecía haberse tomado unas largas vacaciones.
- De entrada, el excelentísimo capitán Grey puede meterse su opinión al respecto por su perfecto culo de primera. Para seguir, esto no es una misión Dai, lo sabes perfectamente, es una puta masacre. – Encendió su cigarrillo y dio una amplia calada antes de continuar. – Ahí dentro hay diez personas, posiblemente desarmadas, cuyo máximo delito fué matar a uno de los nuestros tras que este hubiera aniquilado a unas quince o veinte personas mas.
- El SOLDADO solo estaba defendiendose, la masa de gente se le echó encima.
- Porque están desesperados joder. Son los putos suburbios del sector 8, no hace ni tres meses que un grupo de primeras enloquecidos carbonizaron a una comunidad entera. No quieren vernos ni en pintura, nos odian y no entienden que hacemos en Midgar mas que matarnos entre nosotros. Todo el mundo se está volviendo paranoico, hace tiempo que Meteorito dejó de ser un punto brillante en el cielo, ya es casi mas grande que el sol, y hay Armas vagando por el puto mundo causando estragos. La televisión y la prensa principal están manipuladas por ShinRa y no dan evidencias de peligro alguno, pero aquí abajo la gente lee el Midgar Lights, insilenciable y verídico casi en su totalidad. – Apartó la mirada de la placa, mirando directamente a los ojos de mako de su compañero.- He leido el informe de lo que pasó, el SOLDADO de marras debió pasarse de la raya con la Materia fuego y quemó practicamente toda una calle para acabar con uno de los locos. La gente no supo diferenciar entre cuerdo y demente y atacaron a aquel que vieron que destruía todo. Esto no es Le Renard Blanc, aquí estan las personas mas puteadas, pobres, amargadas y con el instinto de supervivencia mas desarrollado de todo Midgar. No quisieron matar a alguien gratuitamente, simplemente el miedo pudo mas que la pobre moral a la que estan acostumbrados. Y ahora van a ser masacrados por ello.
El silencio se adueñó de la situación, Daithi se fijó en un par de vagabundos que pasaban arrastrando un carrito al otro lado de la calle, no sabría distinguir si su mirada era de odio, de miedo o de una mezcla muy equitativa de las dos. Su compañero, ajeno a ellos, retomó la palabra con una voz que evidenciaba un cabreo en aumento.
- Y ademas ese capullo de Grey, con el pecho tan hinchado por su nuevo cargo que no se como cabe en su puto uniforme de primera clase recien estrenado, va y reclama seis soldados para una misión de matar civiles. ¡Seis! Ese mariconazo podría destripar a todos los que hay dentro con un cepillo de dientes mientras se depila las piernas. Dos de nosotros nos sobraríamos para esta misión. No se como no se la han encargado a los Turcos.
- Hay muy pocos Turcos ahora mismo, están reclutando nuevas remesas para solucionarlo. SOLDADO cuenta con bastantes efectivos actualmente, especialmente terceras y segundas.
- Y precisamente por eso están ascendiendo a capullos como Grey. – Johan escupió nuevamente a su derecha antes de volver a dar otra calada de su cigarrillo y apagarlo contra el esputo. – Por favor, en que coño están pensando. Ese chico que subió hace unos meses a segunda, Alban, tiene mas cabeza que siete como él juntos. Grey no es mas que una puta mula que corta por la mitad lo que le pongan delante.
- Pareces resentido con el tema de los ascensos, pero si no fuera por el reclutamiento masivo por el estado de excepción tu y yo seguiríamos siendo PM’s. – Daithi había sido compañero de trabajo de Johan desde hacía once años, cuando hicieron la instrucción juntos.
- Sinceramente, no sabria decirte si lo preferiría.
- No entiendo por qué, estamos en la élite de combate de la ciudad mas desarrollada del mundo, se nos respeta y se nos paga cuantiosamente, además de la fuerza que adquirimos gracias al Mako. ¿Recuerdas a ese tio tan prepotente que solia ir en nuestro grupo de acción cuando eramos PM? ¿William? Ayer le partió la cara un tio cualquiera al que retó en un callejón. ¿Qué razón hay para no ser SOLDADO? Es un privilegio que muy pocos alcanzan.
- El Mako no solo da fuerza. A mi me da unas pesadillas de cojones.
- Tu tambien lo escuchas, ¿No? Lo cierto es que ultimamente…
La frase fue interrumpida por el ruido que la ventana bajo la que estaban situados hizo al romperse. Una de las personas del interior del edificio había saltado por ella huyendo de la masacre que se estaba produciendo dentro. El hombre, de unos cuarenta años, cayó al suelo bruscamente pero consiguió levantarse con rapidez, ignorando el dolor por la adrenalina. Miró un segundo con el terror reflejado en sus ojos a los dos SOLDADO, uno de los cuales se estaba levantando del suelo tambien. Sin pensarselo, salió corriendo a trompicones como mejor pudo. Su trote no duró mas de cuatro segundos, un fuerte ardor recorrió la espalda del desdichado y avanzó en su interior. La pobre victima pudo apreciar justo antes de que sus ojos se cerraran para siempre como la punta de una gigantesca espada salía de su pecho, atravesando su columna y la caja torácica. Johan Jeriel aguantó la espada en el mismo sitio soportando el peso del cadaver unos instantes, despues la sacó de su cárnica funda para devolverla a la original, en su espalda. El peso del cuerpo al caer fue bastante desagradable. Gruñó con desgana y volvió a su sitio, aunque esta vez no se sentó, solo se apoyó en la pared. Su compañero, siempre serio, le miraba sin mostrar mucha sorpresa, pero habló con su tono neutro habitual de todos modos.
- Por un momento pensé que le dejarías escapar.
- Grey es un retrasado que no diferenciaría un bolígrafo de un consolador, pero ni siquiera el se creería que una persona normal y corriente hubiera podido escapar de dos SOLDADO, por muy de tercera que sean. Esto es mi trabajo, mi puto trabajo, nunca fue mas de eso. Que le jodan a la generala en su discurso de promoción con lo de “SOLDADO antes que persona”, que le jodan a Sephiroth y a su Meteorito, que le jodan al Mako, a la corriente vital y al puto mundo. ¿Salen de una jodida vez o qué? Quiero irme de este puto sitio ya.
El día estaba resultando una auténtica tortura. Primero los suburbios del Sector 8, luego casi cinco horas de mierda patrullando los restos del Sector 7 en busca de un enloquecido de segunda que según el informe se le había visto sembrando el caos por ahí, para al final no encontrarlo. Despues de una pausa para comer de diez minutos llegaron las sesiones de Mako habituales y un entrenamiento extremo para los de tercera y segunda. Para colmo durante la parte del entrenamiento de lucha otro SOLDADO se había resentido al perder una pelea contra el y le había intentado atacar por la espalda al salir del ring, con la consecuente rotura de su tabique nasal al estrellarse el codo de Johan contra el. Como castigo por agredir a un compañero, le había tocado hacer guardia nocturna en el reactor numero tres, una tarea que normalmente les tocaba a dos o tres PM. Y ahí estaba el, recordando a su amigo hablar con cierto orgullo de que eran la flor y nata del ejercito de la mejor ciudad del mundo, mientras se encontraba en un trabajo propio de un vigilante de una empresa de seguridad de tres al cuarto. Atacó su cuarto café de la noche, luchando contra el sueño que poco a poco se iba haciendo mas evidente en su cuerpo. A sus treinta y dos años de edad, tenía que convivir dia a dia con miembros de SOLDADO mucho mas jóvenes que el, la mayoría monísimos de la muerte, con peinados estrafalarios y mas mako del que sus cerebros aguantaban. Realmente lo único que salvaba a su trabajo de ser una puta mierda aparte del dinero era la compañía de Dai, que a pesar de ser un tipo jodidamente serio y tranquilo había demostrado a lo largo de los años ser un buen amigo. No era el tipo de tio que amenizaba una velada, sino mas bien de los que calla, escucha y responde cuando le preguntan con cruda sinceridad. Eso a Johan no le importaba lo mas mínimo, casi lo prefería. Despues de todo, con los indecentes turnos de trabajo a los que le somentía SOLDADO poco tiempo podría tener para salir de fiesta, no hablemos ya de ganas. Un par de visitas semanales al foso para hablar con su amigo y apostar algo de pasta eran mas que suficientes para el. Si había algo que caracterizaba a Johan, aparte de su mal despertar, era el hecho de ser una persona de gustos sencillos. Ganaba una pasta mas que considerable, pero el seguía en el piso de los suburbios que había heredado de su padre, fumaba la misma marca de tabaco cutre de siempre y no tenía mas gastos que el de la televisión por cable y alguna prostituta de vez en cuando. Una vida algo decepcionante para una persona normal, y muchísimo para un SOLDADO, pero a pesar de estar en el cuerpo de élite del ejercito Johan se seguía considerando una persona normal, y se cagaba en todo aquel compañero de trabajo que se sintiera superior solo por poder matar mucho mas efectivamente que un ser humano común. Todo en el discrepaba con la actitud de un SOLDADO habitual, incluso el Mako le afectaba menos que al resto, sus ojos ni siquiera habían abandonado totalmente su color inicial.
Un sonido metálico hizo levantar la vista al tercera del vaso de plástico que contenía el café. Guardando silencio, esperó a ver si se producían mas ruidos extraños. Y así fue. El ruido de unos pasos, totalmente inperceptibles si no se escuchaba con atención, avanzaba por el piso superior. Johan se incorporó, tomando el mango de su espada reglamentaria con su mano derecha, mientras con la otra se apoyaba en la mesa. Solo era una persona, a juzgar por la cantidad de pisadas y su frecuencia. Fuera quien fuera, estaba caminando por la sala del cableado auxiliar de energía, y eso solo significaba que no quería ser visto. Se fijó en el plano que había en la pared y se dirigió a la habitación por la que preveía que iba a salir el intruso: Una sala de operaciones para regular el flujo de energía. Subió las escaleras con celeridad, pero manteniendo el sigilo. Llegó a la sala casi a la vez de que las pisadas llegaran tras la puerta con el letrero de Alta tensión y un ligero sonido metalico empezara, signo de que se estaba forzando la cerradura. Johan desenfundó la espada y esperó a que terminara su labor, pegado a la izquierda de la puerta y escuchando atentamente por si llamaba a algún complice por el movil o desistía. Finalmente, con un ligero chirrido, la puerta se abrió, ocultando al SOLDADO de la vista del intruso. Con un rápido movimiento, Johan cogió el manillar y empujó la puerta de modo que golpeara al distraido. El sonido del golpe y un quejido evidenciaron la efectividad de la maniobra. Echandose a un lado, el SOLDADO bordeó la puerta y quiso poner la espada en el cuello del tipo, pero al verlo se sorprendió. La persona a la que había derribado era una chica que dificilmente superaría la veintena, la cual se tapaba con las manos la brecha que se había formado en su frente por el golpe y contenía las lágrimas de dolor. Esta le dirigió una mirada rápida y al ver su uniforme palideció. Pasaron así tres segundos, mirándose el uno al otro con incredulidad. Finalmente la chica reaccionó, llevandose la mano a la espalda. Johan fue bastante mas rápido que ella y le sujetó el brazo, retorciéndoselo para que soltara la pistola que acababa de agarrar. Ella gritó e intentó soltarse pero cuanto mas lo intentaba mas daño se hacía. Sin salir del todo de su estupor, Johan le arrebató la mochila a la chica y utilizó las esposas que colgaban de su cinturón para sujetarle las manos a la espalda por detrás de una tubería cercana, inmobilizándola casi totalmente. La chica no dejó de gritar e intentar resistirse en ningún momento.
- ¡JODER! ¡Sueltame cabronazo! ¡Sueltame! ¡Pedazo de hijo de puta! ¡Un puto SOLDADO ni mas ni menos! ¡Me cago en tu puta madre sueltame desgraciado! ¡Que te jodan! ¡Vete a…!
La tanda de insultos se continuó a lo largo de varios minutos, tiempo en el cual avisó por radio al departamento de de investigación administrativa. Turk, para los amigos. En quince minutos llegarían dos miembros de la unidad a llevarsela. Vaya con la niña, pensó mientras volvía a mirar el contenido de la mochila. Un cargamento de unos diez kilos de explosivo unido a un temporizador, todavía sin activar. No era suficiente para volar un reactor entero, pero si lo bastante para dejarlo inutilizado una buena temporada. Examinó la pistola: Una Giordano. No tenia muescas en la boquilla ni arañazo o mancha alguna en la superficie, por lo que dedujo que debía ser muy nueva. Lo más probable es que la chica no hubiera pegado un solo tiro en su vida. Esta dejó de gritar, para pasar a sollozar entrecortadamente. Johan la miró y ella apartó la mirada, intentando no mostrar debilidad. Era bastante bonita, con el pelo rúbio ondulado cayéndole hasta los omoplatos y unas facciones muy agraciadas. Se preguntó que demonios llevaba a una chica tan joven y bonita a intentar dinamitar un reactor, enfrentándose a la compañía mas poderosa del mundo.
- ¿Y ahora que? ¿Vas a matarme tú o lo harán los amigos a los que has llamado? – El llanto se transformó en una risa amarga. – Quedará genial en los medios de comunicación. Ya lo imagino. “Valiente miembro de SOLDADO impide una acción terrorista llevaba a cabo por un grupo de jóvenes trastornados. La única superviviente será ejecutada públicamente.”
- Mira niña, no me toques los cojones. Has intentado cargarte el recurso energético de una octava parte de la ciudad de forma pésima y yo te he detenido. Solo estoy haciendo mi puto trabajo.
- Oh, y estarás orgullosísimo de tu trabajo, ¿Verdad? “¡Mirad! ¡Ahí va uno de los salvadores! ¡Un héroe de Midgar!” – Dijo en un tono irónico, exagerando mucho los elogios. - Seguro que te haces pajas con la foto del SOLDADO de pelo canoso ese, Sefiros o como coño se llame y te corres cuando piensas en llegar a ser igual que el. – El llanto, la risa, o lo que fuera cesó. La chica le mostró una mirada tras los restos de las últimas lágrimas que evidenciaba un desprecio total. No le temía, no le odiaba, le veía como si fuera la cosa mas detestable, inferior y asquerosa del mundo. Johan empezó a cabrearse por la insolencia de la niñata, podría haberla cortado por la mitad y nadie preguntaría nada y lo único que hacía ella es provocarle y despreciarle.
- Al menos no soy tan patético de intentar bombardear un reactor yo solo. ¿Qué esperabas? ¿Una alfombra roja hasta la sala principal? Mucho te debe poner el rollo antisistema para intentar imitar a unos terroristas asesinos tu sola, niñata de los cojones.
- ¿Asesinos? ¿AVALANCHA? ¡Y una mierda! – La ira se apoderó de la chica, la cual retorció los brazos tras la columna y se zarandeó, sin resultado alguno. – AVALANCHA son las únicas personas que intentaron mover un puto dedo contra la injusticia y la tiranía en esta puta ciudad, ¡Y para acabar con ellos, pedazo de hijos de puta, destruisteis un sector entero! ¡Y me vienes llamándolos asesinos a ellos pedazo de comemierda mutante de los cojones!
Esto ya rozaba lo absurdo. La niñata tenía que tener heces de bégimo en lugar de cerebro para pensar que la mayor catástrofe en la historia de la ciudad había sido provocada por la compañía que la gobernaba. Se descubrió a si mismo discutiendo con una persona a la que sacaría mas de diez años y se calmó. Decidió dejar las cosas claras y no volver a hablar con tal idiota.
- Mira criaja, no se que mierda de rumores has escuchado pero tienes que estar jodidamente mal de la cabeza para creertelos. No pienso seguir di…
La cria en cuestión interrumpió su frase. Había empezado a reirse a voz en grito, una risa cruda, ligeramente forzada pero no del todo. Johan acabó de convencerse de que, realmente, tenía algun tipo de problema cerebral.
- ¡Rumores! ¡Rumores dice! Dios… - Cesó su risa - ¿Asi que no sabes realmente para quien trabajas? Te lo voy a decir: Trabajas para la mayor puta panda de asesinos, manipuladores, tiranos, criminales, villanos e hijos de puta jamas existida: ShinRa S.A
- Para empezar, no trabajo para ShinRa, trabajo para el ejercito que es independiente de…
- ¡Oh si claro! Y es una puta casualidad de que el Presidente de esta nuestra bella y perfecta ciudad sea a la vez el directivo de la empresa mas poderosa del mundo, ¿Verdad? Vosotros, pedazos de mierda uniformada, no luchais por la justicia, no luchais por la ciudad, luchais por los putos intereses de una compañía. Y esa compañía no conoce límites a la hora de exprimir, ya sea a la energía del planeta como a cada puta persona que habite en este. ¿Quién controla los putos bancos principales, listillo? ¿Quién controla la economía? ¿Quién maneja los medios de comunicación? ¿Quién está al mando de la investigación y el desarrollo tecnológico mundial? ¿Quién está al mando de todas las putas ciudades de este planeta entonces? – Johan no supo contestar, se sentía estúpido frente a una jodida cria de veinte años - ¿Y que pasa cuando un gobierno se resiste a pasar por el aro? ¿Eh, calvorota? Te lo diré, provincia de Hanado, año 1992. ¿Te suena? En todos los medios de comunicación dijeron que Wutai empezó la puta guerra bombardeando un barco de nuestro gobierno. ¡Y todo el mundo se lo cree! ¡Una puta provincia que en su vida había querido saber nada del mundo y que se basa en tradiciones arcaicas, conceptos como el honor, la sabiduría y el respeto, ¡Y todo el mundo se traga que de pronto les ha dado por declarar la guerra a la ciudad mas desarrollada y poderosa del mundo! ¿Pero tu eres idiota? ¿En serio sigues creyendo que luchas por la justicia? No eres mas que el último puto tentáculo de la compañía que está matando al planeta y a la gente por el dinero, ¡Eres la puta espada en manos de el asesino mas despreciable que jamás haya existido y que deja que le metan Mako por el culo para hacerse mas fuerte y poder matar mejor! No eres un ser humano, eres escoria, ¿Me oyes? ¡ESCORIA!
El corazón de Johan latía muy fuerte, no podía entender exactamente que le estaba pasando a su cuerpo, pero era como si acabara de encontrar el sentido a muchas cosas. Lo que esa chica estaba diciéndole no dejaba de ser una verdad detrás de otra, pero su cerebro simplemente nunca se había parado a pensarlo. ¿Sería realmente cierto? ¿Sería esa la razón por la cual odiaba su trabajo, su vida y era incapaz de ser feliz desde hacía tanto tiempo? Levantarse cada mañana y sentir como su vida no tenía mas sentido que el de trabajar matando a la gente que le mandaban, volver a casa, ver las noticias que la misma gente que le decía a quien matar dirigía, dormir y que todo volviese a empezar… ¿Cómo no se había planteado nada de esto antes? Pero algo seguía sin encajar…
- Pero… - Tragó saliva, sin terminarse de creer la situación en la que se encontraba. - ¿Qué gana ShinRa derribando un sector entero de su propia ciudad?
- De entrada acabar definitivamente con el grupo de personas que mas ha llegado a amenazarles jamás, y para seguir, los impuesto subieron casi un treinta por ciento para paliar los daños de la masacre y retirar los escombros. ¿Pero has visto tu alguna puta maquina excavadora en el sector siete? Claro que no… Ni la verás nunca. ShinRa se embolsa ese dinero constantemente, exprimiendo a las personas lo máximo posible, pero le importa una mierda lo que ocurre con los suburbios, no es mas que un estorbo para ellos ya que es donde ocurren mas problemas. Toda esa gente que murió en los suburbios, incluida toda mi familia, murió para que esos hijos de puta para los que trabajas tengan mas dinero. Igual que todos los muertos de la guerra, igual que todas las personas que murieron construyendo estos reactores … Solo seré una niñata con dinamita para ti, pero al menos he intentado hacer algo para parar todo esto, al menos moriré sabiendo que jamás podria arrepentirme de lo que he hecho hoy. ¿Y tu? ¿Puedes decir lo mismo?
La respuesta era clara.
- No. No puedo.
- Pues aún estás a tiempo.
Johan miró a los ojos de la chica. Fue como mirar a una mujer por primera vez en su vida. Se dio cuenta de lo que esa persona era realmente, era la verdad, la justicia, la lógica… Era mucho mas que una niñata con dinamita, esa chica era la realidad, la primera cosa auténtica que había visto en su vida.
- ¿Cómo te llamas? – No sabía por que lo preguntaba. Era como si acabara de despertar de un sueño, y estuviera intentando recomponer la realidad. Ella era lo primero que había visto, deseaba conocerla. La chica le miraba extrañada también, vió la duda en su mirada, en esos preciosos ojos mezcla de verde y azul.
- Eve… ¿Y tú?
No pudo responder, la puerta de la sala se abrió de golpe, dejando ver a dos individuos con el traje propio de Turk. El primero, que avanzaba hacia ellos, había personalizado su uniforme, de manera que unas cuantas cadenas colgaban de uno de los remaches de su pantalón para ir a parar a su bolsillo trasero. Carecía de corbata y su camisa, con el cuello levantado, estaba desabrochada hasta el segundo botón, dejando ver parte de su pecho decorado con un llamativo tatuaje que solo se veia parcialmente. La chaqueta estaba abierta, y era algo mas corta de lo habitúal. Tenía el pelo negro engominado hacia arriba y atrás sin estar excesivamente tieso, sino cayendo ligeramente. Unas gafas de sol fijaban el pelo en su sitio. Era atlético aunque bastante delgado, y caminaba con seguridad y una expresión muy seria en su rostro. Sin embargo, ni con un cartel luminoso habría llamado mas la atención para Johan que el segundo turco, el cual se había quedado apoyado en la puerta, con los brazos cruzados. Su uniforme era el estándar, sin modificación alguna, tenía el pelo corto y canoso, era extremádamente delgado y parecía perderse en el traje. Unas gafas oscuras de cristales redondos ocultaban su mirada, pero sabía perfectamente que estaba clavada en la suya, que le estaba escrutando, como si pudiera ver mas allá de carne y hueso, como si estuviera viendo sus ideas, sus sentimientos. Su complexión física parecía deplorable, como si fuera a romperse con tocarlo, pero la seguridad de su gesto, esa media sonrisa, esa presencia… Algo en ese hombre, que parecía un espantapájaros, le resultaba temible.
- ¿Soldado de tercera Johan Jeriel? – El primero se le dirigió cuando hubo llegado a su altura. – Somos el agente Legendre y el agente Rookery. Le agradecemos su colaboración a la hora de detener a la terrorista, puede estar seguro de que sus superiores estarán al corriente de ello cuando termine de colaborar con nosotros.
- ¿Cuando termine de colaborar? ¿Que se supone que tengo que hacer? – Eso no tenía ninguna lógica, Turk y SOLDADO no se llevaban especialmente bien, y no solian colaborar salvo que fuera estrictamente necesario.
- Oh, detalles sin importancia, pura rutina si se me permite la apreciación… Espero que no tenga problema en acompañarnos y responder a unas cuantas preguntas sin importancia. Descuide, ya hemos avisado a una patrulla de PM’s para que cuiden del reactor en su ausencia.
- ¿Algunas preguntas? ¿Sobre ella? Ya les he dicho todo lo que sé en el aviso de radio. ¿Desde cuando Turk necesita de testimonios de SOLDADO para este tipo de casos?
- Verá, señor Jeriel… - El hombre mostró una ligera sonrisa – Me temo que no serán preguntas acerca de ella, sino sobre usted.
Fue entonces cuando Johan se dio cuenta de la cámara situada encima suyo, y de que su actitud respecto al discurso de la chica que ahora le miraba pidiendo auxilio no había sido precisamente la mas adecuada. Estaba jodido, estaba muy jodido. Lo mas curioso de todo es que, de camino al coche de los Turcos, al pasar por delante del extraño hombre de pelo canoso, lo único en lo que podía pensar es que aún no le había dicho su nombre a la chica.
Dog Tags:
Escritor:MEPHISTO,
RELATOS
miércoles, 12 de agosto de 2009
185
Incompleto. Si, soy consciente de que es mi segundo relato que dejo a medio completar, pero me han pillado en medio de las vacaciones y me he apañado como buenamente he podido, estoy escribiendo esto mientras termino de hacerme la maleta para irme en dos horas.. Posteo solamente la mitad del relato, la otra mitad la tengo que apañar para que quede como quiero, volveré en 5 dias.
---------
Un coche que le resultaba extrañamente familiar pasó muy cerca de la acera donde se encontraba, creando una corriente de aire que le levantó el bajo de la gabardina. Se sentía muy extraño con la nueva vestimenta que llevaba. Aang le había dicho que si seguía vistiéndose únicamente con traje cualquier memo le podría reconocer fácilmente, pero esto le parecía excesivo. Giró la cabeza para observarse en el escaparate por decimoquinta vez desde que salió del apartamento cinco minutos antes y nuevamente le chocó. La gabardina beige ya de por si resultaba estrambótica pero… ¿El sombrero de ala corta? Se sintió ridículo y le dieron ganas de volver por donde había venido a probar con otra cosa. Vaqueros, ropa deportiva, una camiseta de algún grupo… Lo que fuera, cualquier cosa la parecía menos absurda que como iba vestido en ese momento. Se lo planteó seriamente durante el tiempo que tardó en volver a recordar que lo realmente importante no era lo ridícula que resultara su ropa, sino el hecho de que le hicieran mucho menos reconocible. Volvió a mirarse. Érissen dudaba que su propia madre, de seguir viva, le reconociera si apareciera en su portal con tales pintas.
Caminaba despreocupadamente por los suburbios del sector 2, en dirección a la estación de tren que le subiría a la placa. Resultaba difícil hasta para el creer que no hacía ni dos meses habría sido incapaz de salir al exterior de su refugio compartido sin otear constantemente en busca de algún reflejo de la mirilla de un rifle francotirador en una ventana, desconfiar de cada mirada que se cruzaba o tener que contener la respiración cada vez que veía algún tipo trajeado. El peligro no había disminuido, de hecho, después de los acontecimientos en el centro comercial, lo más probable es que le estuvieran buscando con mucha más insistencia que anteriormente. No, nada relacionado con lo peligroso que resultaba salir a la calle había cambiado a mejor. Pero él si. Recordó la conversación que había tenido con Aang antes de salir.
- ¿Estas seguro?
- No creo que haya mucho problema, el único que sabe donde vivimos ahora es tu novio.
- Ya, pero esta es la única vez que decides salir por ti mismo de casa aparte de cuando que dijiste que te ibas y apareció Irina. – Aang sonrió, el carácter de Érissen había cambiado notablemente desde que vieron a Kurtz. Había mañanas en las que se levantaba de un humor sorprendentemente bueno, solían conversar con muchísima mas fluidez que anteriormente, incluso sobre anécdotas de su pasado que incluían a su novia. Realmente parecía una persona totalmente distinta al hombrecillo tembloroso que recogió la noche en la que apareció el Meteorito.
- Ya. Supongo que las cosas han cambiado un poco, creo que ahora estoy mas seguro en la calle que aquí, donde él sabe que estoy.
- No digas bobadas – Rió. – Jonás nunca te haría daño si no le das un motivo.
- Entonces, por si acaso, intenta no ir mostrando por ahí el cortecito que te hiciste en el dedo el otro día con las tijeras – Érissen bromeaba, pero no pudo evitar recordar la última frase que le dedicó el turco. La voz de Kurtz sonó en su cabeza.
“Si algo le ocurre a ella, por mísero y aleatorio que sea. Le cae un rayo, coge la gripe, se hace una ligera quemadura mientras cocina algún frito… Lo que sea, entonces la culpa será tuya. Y créeme, desearás haber muerto hoy.”
- No te tomes al pie de la letra todo lo que te dijo, simplemente quería asegurarse de que te preocuparas por mi. ¿Hai?
- Bueno, no se puede decir que no esté preocupado. – Admitió con una media sonrisa.
- Cualquiera diría que le has perdido el miedo a esa organización.
- No creo que exista alguien tan idiota o loco en el mundo como para no tener miedo en mi situación. Nada ha cambiado, sigo temiendo que puedan hacerte daño a ti o acabar conmigo, tal y como hicieron con ella… - El rostro de Érissen se ensombreció ligeramente, fue apenas un momento, pero Aang pudo comprobar que en el fondo los sentimientos de su amigo no habían cambiado. – Pero no ganaré nada quedándome recluido y esperando que la próxima vez tenga tanta suerte como hasta ahora. Tú y Kurtz me habéis protegido, me habéis dado un nuevo futuro. Ahora tengo que amoldarlo al pasado. Puede que me arrebataran el eje de mi vida, pero creo que hay cosas que aun puedo recuperar.
Aang asintió, ligeramente orgullosa de la determinación que su amigo había adoptado, y más contenta que nunca de haber decidido ayudarlo desde un principio, pese a los problemas y peligros que ello había provocado.
- Está bien, pero recuerda lo que dijimos, tienes que variar tu forma de vestir. – Desapareció por la puerta durante unos instantes, para después volver con un conjunto de prendas en sus brazos y un sombrero en la cabeza. – Hoy te pondrás esto. ¿Hai?
Érissen miró atónito las prendas que le ofrecía su compañera.
- No importa qué me digas, no pienso ponerme eso ni muerto.
- Claro que te lo vas a poner.
- Ni de coña.
- ¿Y si llamo a Jonás diciéndole que me has hecho este corte?
Ya había sobrevivido las tres veces que habían intentado atacarle, aunque era totalmente consciente de que si seguía con la cabeza pegada al cuerpo era gracias a las compañías que había tenido hasta el momento. Él no podía permitirse mas ser una carga. Palpó la Aegis Cort que descansaba en la parte trasera de sus pantalones junto a dos cargadores y la navaja que Aang le dio en su día, que descansaba en su bolsillo derecho. Se sintió maá seguro. Casi había olvidado lo que era tomar las riendas de una vida propia, y en cierto modo estaba disfrutando levemente de ello.
El camino hasta la estación resultó mas corto de lo que había esperado, casi hubiera preferido caminar un poco más. El aire viciado y residual de los suburbios mezcla de la falta de ventilación y los atascos habituales no era agradable de respirar, pero no sentirse encerrado era una sensación bastante reconfortante. Se paró a comprobar los horarios que reposaban sobre la marquesina de la estación. Había tardado menos de lo que esperaba, aún quedaban siete minutos para que llegase el tren. Había un par de personas que compartían su espera: Una anciana que asía el asa de un carrito de la compra a medio llenar y un adolescente que jugaba distraído con una consola portátil. Se sentó en uno de los bancos y tomó prestado un periódico que alguien se había olvidado. Ya había ojeado los titulares poco antes de salir de casa, nada interesante, buscó el artículo de King Tomberi para leerlo tranquilamente. Costaba relacionar lo que escribía con la foto que acompañaba el titular, la verdad, parecía un tío de lo más normal. Cuando hubo acabado, decidió que no tenía interés en leer nada más, y se dedicó a observar a su alrededor. La estación estaba bastante oxidada, como la mayoría de las estructuras de metal de los suburbios. Se notaba que no había sido atendida en varios años, a Shin-Ra bien poco le importaba si la gente de los suburbios cogía el tétanos o se le caía una viga encima… O un sector entero. Contento debía estar de que las vías siguieran funcionando y no se partieran al paso del tren. ¿Qué coño…?
Tuvo que quitarse las gafas, frotarlas con suavidad con la tela de la camisa y volver a mirar para asegurarse de que lo que estaba viendo era cierto.
Un hombre, que aparentaba unos cuarenta y tantos bienes conservados o unos treinta y pocos mal, estaba situado en medio de la vía. Si esto ya resultaba de por sí chocante, el hecho de que llevara los ojos vendados lo hacía aún peor. Iba vestido con un traje gris bastante feo que le iba una o dos tallas mas ceñido de lo que debería sobre una camisa beige con una corbata francamente horrible sujeta al cuello. No acababa de entender si era un loco que quería suicidarse, un borracho o simplemente un idiota al que le habían hecho una broma pesada. Fuera la opción que fuera, no podía quedarse sentado esperando que el tren convirtiera su cuerpo en un montón de alimento para perros callejeros. Se levantó y se situó al borde del escalón que bajaba a las vías, de metro y medio de alto, a unos cinco metros de distancia del hombre.
- Oiga, usted…
No hubo respuesta, el tipo siguió en su sitio como si no hubiera escuchado absolutamente nada. Fijándose de cerca, pudo apreciar que el hombre movía constantemente los labios, como murmurando algo para si mismo.
- ¡Eh! ¡Caballero! – Fue alzando la voz, se giró para ver que hacían la anciana y el joven. Ella miraba al tipo y después a él como si estuviera viendo lo más normal del mundo, y el joven negaba con la cabeza desganadamente mientras seguía jugando con su consola. “¿Cómo demonios pueden ignorar la situación?” Se preguntó para si mismo, está claro que la vida de los suburbios quitaba a la mayoría el sentimiento de ciudadanía y generosidad, pero de ahí a no hacer nada para evitar que un tren arrolle a alguien… - ¡Señor! ¡Usted! ¡Oiga! ¡Escúcheme! ¡SEÑOR!
Nuevamente el tipo permaneció imperturbable. El silencio reinó la estación, y finalmente pudo comprobar por qué no lo oía. De los oídos del tarado salían sendos cables que se juntaban para después introducirse en el bolsillo de su chaqueta, pudo escuchar desde ahí el sonido de la música a todo volumen. No hubiera oído ni al Meteorito estrellarse contra el planeta. Nervioso, Érissen echó una mirada al reloj. ¡Menos de un minuto! Tendría que bajar a las vías y tirar de el. Se acuclilló, dispuesto a saltar.
- No coges este tren a menudo. ¿Verdad joven?
Érissen se giró, la anciana le miraba con tranquilidad.
- ¡Ese hombre va a matarse!
- No, no lo hará.
No sabía si debía confiar en una absoluta desconocida que probablemente chocheara. Ese tipo no podía ver ni oír, y el tren… Se le hizo un vacío en el estómago, el tren ya giraba la curva de camino a la estación, en apenas 10 segundos llegaría hasta el tipo. Se sintió totalmente impotente y se maldijo mil veces por no haber decidido saltar en su momento. Ahora solo podía asistir impasible al terrible espectáculo que se avecinaba. No quería mirar, pero al mismo tiempo era incapaz de apartar la mirada. El tipo no se movía. El tren se aproximaba y había empezado a frenar para parar en la estación pero seguía llevando una velocidad mas que suficiente para matar a cualquier ser vivo que se encontrara por delante. Finalmente llegó el momento, el tren llegó a la estación… Y en el último segundo, cuando esperaba ver el cadáver del tipo desmembrado en todas las direcciones, se apartó hacia el lado contrario a la estación. El tren le pasó a apenas medio metro de la cara, pero no le hizo daño alguno. Érissen se quedó paralizado, sin acabar de creerse lo que acababa de ver. El tren, que le impedía ver que había sido del tipo, se detuvo finalmente y abrió las puertas de los vagones, de las que se bajaron un par de personas, que no parecían sorprendidas en absoluto. El adolescente se metió en el vagón como si lo que acababa de observar fuera lo más normal del mundo. La anciana se levantó y se paró a su altura.
- Vamos joven, no querrás perder el tren.
La miró, todavía estupefacto. Se subió al transporte junto a ella, sin acabar de creerse del todo lo que había visto. Cayó en la cuenta y se pegó a las ventanas que estaban enfrente suyo, donde vio al tipo quitarse la venda de los ojos, mirar al tren con aburrimiento y apuntar algo en una libreta. Acto seguido, sacó de su bolsillo un reproductor de música, pulsó un botón, se quitó los cascos y se marchó como si nada hubiese pasado. Nadie en el tren parecía sorprendido tampoco. Érissen, definitivamente, pensaba que el que se había vuelto loco era el y estaba viendo visiones. Mirando los rostros de los diferentes viajeros, volvió a toparse con la cara de la anciana, la cual le sonrió y palpó el asiento libre que tenia al lado, indicándole que se sentara. Decidido a encontrar alguna respuesta, se situó al lado de ella sin dudarlo.
- No me has contestado antes. – Le hablaba con suavidad, pese a la avanzada edad, tenía una voz bastante agradable – No sueles coger el tren a menudo. ¿Verdad?
- No. - Reconoció Érissen. – Pero… ¿Me está diciendo que lo normal es que haya gente que juegue a la gallinita ciega con el tren?
- A mi también me chocó la primera vez que lo vi, hará ya dos meses. Cada día está en una estación diferente, una de cada sector tanto sobre como bajo la placa, y hace exactamente lo que acabas de ver. Al principio resultaba difícil de creer y mucha gente intentaba bajar a impedírselo, pero él nunca se mueve salvo cuando el tren estaba a menos de cinco metros de distancia. No se exactamente como, pero lo calcula.
- Es una locura…
- Puede ser. - La anciana se encogió ligeramente de hombros – Aunque reconocerás que no es que en esta ciudad ocurran pocas diariamente. Creo que llegar a mi edad ya resulta menos habitual que volverse loco, especialmente desde que esa enorme cosa en el cielo apareció.
La serenidad con la que la anciana hablaba del deplorable estado de la ciudad sorprendía a Érissen. Se lamentó de haberla confundido en un principio con una simple vieja que chocheaba. Ella le dedicó una sonrisa, entendiendo que no había otro tema del que hablar y volvió a mantener la mirada perdida en algún punto enfrente suyo. El viaje transcurrió sin más incidentes poco comunes y en menos de veinte minutos ya se encontraba en la estación del sector 4, sobre la placa. Se apeó dedicándole una despedida con la mano a la anciana, pero ella no se enteró, parecía haberse dormido. Observó la estación, mucho mejor cuidada que el amasijo de hierros que resultaba cualquiera situada en los suburbios. Así era Midgar, pensó negando con la cabeza, la ciudad más prospera y más pobre del mundo al mismo tiempo. Siguió oteando con detenimiento en busca de una persona, pero no parecía encontrarse ahí. Observó su propio reloj. Pasaban nueve minutos de la hora a la que habían quedado en reunirse. No se culpaba, pero desde luego, si decidía no aparecer, no podía negarle que tenía sus motivos.
...
---------
Un coche que le resultaba extrañamente familiar pasó muy cerca de la acera donde se encontraba, creando una corriente de aire que le levantó el bajo de la gabardina. Se sentía muy extraño con la nueva vestimenta que llevaba. Aang le había dicho que si seguía vistiéndose únicamente con traje cualquier memo le podría reconocer fácilmente, pero esto le parecía excesivo. Giró la cabeza para observarse en el escaparate por decimoquinta vez desde que salió del apartamento cinco minutos antes y nuevamente le chocó. La gabardina beige ya de por si resultaba estrambótica pero… ¿El sombrero de ala corta? Se sintió ridículo y le dieron ganas de volver por donde había venido a probar con otra cosa. Vaqueros, ropa deportiva, una camiseta de algún grupo… Lo que fuera, cualquier cosa la parecía menos absurda que como iba vestido en ese momento. Se lo planteó seriamente durante el tiempo que tardó en volver a recordar que lo realmente importante no era lo ridícula que resultara su ropa, sino el hecho de que le hicieran mucho menos reconocible. Volvió a mirarse. Érissen dudaba que su propia madre, de seguir viva, le reconociera si apareciera en su portal con tales pintas.
Caminaba despreocupadamente por los suburbios del sector 2, en dirección a la estación de tren que le subiría a la placa. Resultaba difícil hasta para el creer que no hacía ni dos meses habría sido incapaz de salir al exterior de su refugio compartido sin otear constantemente en busca de algún reflejo de la mirilla de un rifle francotirador en una ventana, desconfiar de cada mirada que se cruzaba o tener que contener la respiración cada vez que veía algún tipo trajeado. El peligro no había disminuido, de hecho, después de los acontecimientos en el centro comercial, lo más probable es que le estuvieran buscando con mucha más insistencia que anteriormente. No, nada relacionado con lo peligroso que resultaba salir a la calle había cambiado a mejor. Pero él si. Recordó la conversación que había tenido con Aang antes de salir.
- ¿Estas seguro?
- No creo que haya mucho problema, el único que sabe donde vivimos ahora es tu novio.
- Ya, pero esta es la única vez que decides salir por ti mismo de casa aparte de cuando que dijiste que te ibas y apareció Irina. – Aang sonrió, el carácter de Érissen había cambiado notablemente desde que vieron a Kurtz. Había mañanas en las que se levantaba de un humor sorprendentemente bueno, solían conversar con muchísima mas fluidez que anteriormente, incluso sobre anécdotas de su pasado que incluían a su novia. Realmente parecía una persona totalmente distinta al hombrecillo tembloroso que recogió la noche en la que apareció el Meteorito.
- Ya. Supongo que las cosas han cambiado un poco, creo que ahora estoy mas seguro en la calle que aquí, donde él sabe que estoy.
- No digas bobadas – Rió. – Jonás nunca te haría daño si no le das un motivo.
- Entonces, por si acaso, intenta no ir mostrando por ahí el cortecito que te hiciste en el dedo el otro día con las tijeras – Érissen bromeaba, pero no pudo evitar recordar la última frase que le dedicó el turco. La voz de Kurtz sonó en su cabeza.
“Si algo le ocurre a ella, por mísero y aleatorio que sea. Le cae un rayo, coge la gripe, se hace una ligera quemadura mientras cocina algún frito… Lo que sea, entonces la culpa será tuya. Y créeme, desearás haber muerto hoy.”
- No te tomes al pie de la letra todo lo que te dijo, simplemente quería asegurarse de que te preocuparas por mi. ¿Hai?
- Bueno, no se puede decir que no esté preocupado. – Admitió con una media sonrisa.
- Cualquiera diría que le has perdido el miedo a esa organización.
- No creo que exista alguien tan idiota o loco en el mundo como para no tener miedo en mi situación. Nada ha cambiado, sigo temiendo que puedan hacerte daño a ti o acabar conmigo, tal y como hicieron con ella… - El rostro de Érissen se ensombreció ligeramente, fue apenas un momento, pero Aang pudo comprobar que en el fondo los sentimientos de su amigo no habían cambiado. – Pero no ganaré nada quedándome recluido y esperando que la próxima vez tenga tanta suerte como hasta ahora. Tú y Kurtz me habéis protegido, me habéis dado un nuevo futuro. Ahora tengo que amoldarlo al pasado. Puede que me arrebataran el eje de mi vida, pero creo que hay cosas que aun puedo recuperar.
Aang asintió, ligeramente orgullosa de la determinación que su amigo había adoptado, y más contenta que nunca de haber decidido ayudarlo desde un principio, pese a los problemas y peligros que ello había provocado.
- Está bien, pero recuerda lo que dijimos, tienes que variar tu forma de vestir. – Desapareció por la puerta durante unos instantes, para después volver con un conjunto de prendas en sus brazos y un sombrero en la cabeza. – Hoy te pondrás esto. ¿Hai?
Érissen miró atónito las prendas que le ofrecía su compañera.
- No importa qué me digas, no pienso ponerme eso ni muerto.
- Claro que te lo vas a poner.
- Ni de coña.
- ¿Y si llamo a Jonás diciéndole que me has hecho este corte?
Ya había sobrevivido las tres veces que habían intentado atacarle, aunque era totalmente consciente de que si seguía con la cabeza pegada al cuerpo era gracias a las compañías que había tenido hasta el momento. Él no podía permitirse mas ser una carga. Palpó la Aegis Cort que descansaba en la parte trasera de sus pantalones junto a dos cargadores y la navaja que Aang le dio en su día, que descansaba en su bolsillo derecho. Se sintió maá seguro. Casi había olvidado lo que era tomar las riendas de una vida propia, y en cierto modo estaba disfrutando levemente de ello.
El camino hasta la estación resultó mas corto de lo que había esperado, casi hubiera preferido caminar un poco más. El aire viciado y residual de los suburbios mezcla de la falta de ventilación y los atascos habituales no era agradable de respirar, pero no sentirse encerrado era una sensación bastante reconfortante. Se paró a comprobar los horarios que reposaban sobre la marquesina de la estación. Había tardado menos de lo que esperaba, aún quedaban siete minutos para que llegase el tren. Había un par de personas que compartían su espera: Una anciana que asía el asa de un carrito de la compra a medio llenar y un adolescente que jugaba distraído con una consola portátil. Se sentó en uno de los bancos y tomó prestado un periódico que alguien se había olvidado. Ya había ojeado los titulares poco antes de salir de casa, nada interesante, buscó el artículo de King Tomberi para leerlo tranquilamente. Costaba relacionar lo que escribía con la foto que acompañaba el titular, la verdad, parecía un tío de lo más normal. Cuando hubo acabado, decidió que no tenía interés en leer nada más, y se dedicó a observar a su alrededor. La estación estaba bastante oxidada, como la mayoría de las estructuras de metal de los suburbios. Se notaba que no había sido atendida en varios años, a Shin-Ra bien poco le importaba si la gente de los suburbios cogía el tétanos o se le caía una viga encima… O un sector entero. Contento debía estar de que las vías siguieran funcionando y no se partieran al paso del tren. ¿Qué coño…?
Tuvo que quitarse las gafas, frotarlas con suavidad con la tela de la camisa y volver a mirar para asegurarse de que lo que estaba viendo era cierto.
Un hombre, que aparentaba unos cuarenta y tantos bienes conservados o unos treinta y pocos mal, estaba situado en medio de la vía. Si esto ya resultaba de por sí chocante, el hecho de que llevara los ojos vendados lo hacía aún peor. Iba vestido con un traje gris bastante feo que le iba una o dos tallas mas ceñido de lo que debería sobre una camisa beige con una corbata francamente horrible sujeta al cuello. No acababa de entender si era un loco que quería suicidarse, un borracho o simplemente un idiota al que le habían hecho una broma pesada. Fuera la opción que fuera, no podía quedarse sentado esperando que el tren convirtiera su cuerpo en un montón de alimento para perros callejeros. Se levantó y se situó al borde del escalón que bajaba a las vías, de metro y medio de alto, a unos cinco metros de distancia del hombre.
- Oiga, usted…
No hubo respuesta, el tipo siguió en su sitio como si no hubiera escuchado absolutamente nada. Fijándose de cerca, pudo apreciar que el hombre movía constantemente los labios, como murmurando algo para si mismo.
- ¡Eh! ¡Caballero! – Fue alzando la voz, se giró para ver que hacían la anciana y el joven. Ella miraba al tipo y después a él como si estuviera viendo lo más normal del mundo, y el joven negaba con la cabeza desganadamente mientras seguía jugando con su consola. “¿Cómo demonios pueden ignorar la situación?” Se preguntó para si mismo, está claro que la vida de los suburbios quitaba a la mayoría el sentimiento de ciudadanía y generosidad, pero de ahí a no hacer nada para evitar que un tren arrolle a alguien… - ¡Señor! ¡Usted! ¡Oiga! ¡Escúcheme! ¡SEÑOR!
Nuevamente el tipo permaneció imperturbable. El silencio reinó la estación, y finalmente pudo comprobar por qué no lo oía. De los oídos del tarado salían sendos cables que se juntaban para después introducirse en el bolsillo de su chaqueta, pudo escuchar desde ahí el sonido de la música a todo volumen. No hubiera oído ni al Meteorito estrellarse contra el planeta. Nervioso, Érissen echó una mirada al reloj. ¡Menos de un minuto! Tendría que bajar a las vías y tirar de el. Se acuclilló, dispuesto a saltar.
- No coges este tren a menudo. ¿Verdad joven?
Érissen se giró, la anciana le miraba con tranquilidad.
- ¡Ese hombre va a matarse!
- No, no lo hará.
No sabía si debía confiar en una absoluta desconocida que probablemente chocheara. Ese tipo no podía ver ni oír, y el tren… Se le hizo un vacío en el estómago, el tren ya giraba la curva de camino a la estación, en apenas 10 segundos llegaría hasta el tipo. Se sintió totalmente impotente y se maldijo mil veces por no haber decidido saltar en su momento. Ahora solo podía asistir impasible al terrible espectáculo que se avecinaba. No quería mirar, pero al mismo tiempo era incapaz de apartar la mirada. El tipo no se movía. El tren se aproximaba y había empezado a frenar para parar en la estación pero seguía llevando una velocidad mas que suficiente para matar a cualquier ser vivo que se encontrara por delante. Finalmente llegó el momento, el tren llegó a la estación… Y en el último segundo, cuando esperaba ver el cadáver del tipo desmembrado en todas las direcciones, se apartó hacia el lado contrario a la estación. El tren le pasó a apenas medio metro de la cara, pero no le hizo daño alguno. Érissen se quedó paralizado, sin acabar de creerse lo que acababa de ver. El tren, que le impedía ver que había sido del tipo, se detuvo finalmente y abrió las puertas de los vagones, de las que se bajaron un par de personas, que no parecían sorprendidas en absoluto. El adolescente se metió en el vagón como si lo que acababa de observar fuera lo más normal del mundo. La anciana se levantó y se paró a su altura.
- Vamos joven, no querrás perder el tren.
La miró, todavía estupefacto. Se subió al transporte junto a ella, sin acabar de creerse del todo lo que había visto. Cayó en la cuenta y se pegó a las ventanas que estaban enfrente suyo, donde vio al tipo quitarse la venda de los ojos, mirar al tren con aburrimiento y apuntar algo en una libreta. Acto seguido, sacó de su bolsillo un reproductor de música, pulsó un botón, se quitó los cascos y se marchó como si nada hubiese pasado. Nadie en el tren parecía sorprendido tampoco. Érissen, definitivamente, pensaba que el que se había vuelto loco era el y estaba viendo visiones. Mirando los rostros de los diferentes viajeros, volvió a toparse con la cara de la anciana, la cual le sonrió y palpó el asiento libre que tenia al lado, indicándole que se sentara. Decidido a encontrar alguna respuesta, se situó al lado de ella sin dudarlo.
- No me has contestado antes. – Le hablaba con suavidad, pese a la avanzada edad, tenía una voz bastante agradable – No sueles coger el tren a menudo. ¿Verdad?
- No. - Reconoció Érissen. – Pero… ¿Me está diciendo que lo normal es que haya gente que juegue a la gallinita ciega con el tren?
- A mi también me chocó la primera vez que lo vi, hará ya dos meses. Cada día está en una estación diferente, una de cada sector tanto sobre como bajo la placa, y hace exactamente lo que acabas de ver. Al principio resultaba difícil de creer y mucha gente intentaba bajar a impedírselo, pero él nunca se mueve salvo cuando el tren estaba a menos de cinco metros de distancia. No se exactamente como, pero lo calcula.
- Es una locura…
- Puede ser. - La anciana se encogió ligeramente de hombros – Aunque reconocerás que no es que en esta ciudad ocurran pocas diariamente. Creo que llegar a mi edad ya resulta menos habitual que volverse loco, especialmente desde que esa enorme cosa en el cielo apareció.
La serenidad con la que la anciana hablaba del deplorable estado de la ciudad sorprendía a Érissen. Se lamentó de haberla confundido en un principio con una simple vieja que chocheaba. Ella le dedicó una sonrisa, entendiendo que no había otro tema del que hablar y volvió a mantener la mirada perdida en algún punto enfrente suyo. El viaje transcurrió sin más incidentes poco comunes y en menos de veinte minutos ya se encontraba en la estación del sector 4, sobre la placa. Se apeó dedicándole una despedida con la mano a la anciana, pero ella no se enteró, parecía haberse dormido. Observó la estación, mucho mejor cuidada que el amasijo de hierros que resultaba cualquiera situada en los suburbios. Así era Midgar, pensó negando con la cabeza, la ciudad más prospera y más pobre del mundo al mismo tiempo. Siguió oteando con detenimiento en busca de una persona, pero no parecía encontrarse ahí. Observó su propio reloj. Pasaban nueve minutos de la hora a la que habían quedado en reunirse. No se culpaba, pero desde luego, si decidía no aparecer, no podía negarle que tenía sus motivos.
...
Dog Tags:
Escritor:MEPHISTO,
RELATOS
Suscribirse a:
Entradas (Atom)