Una ovación se hizo presa del Highlander Caver, Garth y Aiden alzaron sus jarras y las chocaron en al aire, el golpe seco que se produjo fue el escopetazo de salida para las afiladas guitarras que pronto silenciaron cualquier otro sonido y establecieron su dominio seguidas de la salvaje batería, pronto la voz profunda del cantante tomó el control de la nueva jerarquía auditiva.
Interrumpido varias veces por borrachos que lo confundían con antiguas leyendas del rock, Paris se abrió paso hasta que una mano le asió el brazo con fuerza.
- ¡Hey, princesa! – exclamó Rolf desde su mesa con una sonrisa cínica curvando sus labios- Pensé que no ibas a venir. Siéntate un rato.
- No creas que estoy aquí por gusto – soltó el joven con la expresión resignada mientras apoyaba el brazo en la silla que su socio le ofrecía. Saludó con un gesto a Daphne y Kowalsky, él alzó su copa con aire ausente y ella le dedicó una preciosa sonrisa, a veces le costaba recordar que la imponente rubia había nacido como Steffan.
El enorme tipo barbudo al otro lado de la mesa extendió el brazo hacia el recién llegado con cordialidad.
- Soy Henton – dijo el uno.
- Paris – respondió el otro mientras su mano era sacudida con vigor.
- Si no has venido para pasar un buen rato, ¿qué haces aquí? – inquirió el tirador, con una mirada indescifrable, entre el recelo y la comicidad.
- Pensé que encontraría a Scar, le van este tipo de cosas y todos sus colegas están aquí.
- ¿Entonces no te ha respondido las llamadas?
- No. Desde la última… “fiesta” no he podido localizarle. Y aún no he tenido tiempo para acercarme al Sector 2.
- Antes ví a su chica – soltó Kowalsky como quien no quiere la cosa, observando con interés las pequeñas burbujas de su bebida en su ascenso para convertirse en espuma- Iba sola.
Paris torció el gesto, Rolf echó un largo trago a su cóctel y Daphne comprobó que sus zapatos aún seguían en sus pies. El joven decidió revisar su PHS por si acaso se había obrado el milagro pero en la pantalla únicamente se reflejaba la hora. No tenía muy claro qué coño estaba pasando pero sí sabía que fuera lo que fuera no podía ser bueno.
- Tengo que ir a trabajar – anunció finalmente con fastidio- Ya nos veremos.
- Llámame cuando sepas algo –Rolf le lanzó una mirada significativa, el asesino no estaba seguro si le preocupaba más lo que pasaba con Kurtz o el quedarse sin un entretenimiento.
Paris salió a la fría noche de los suburbios dejando el barullo del concierto atrás, sacó nuevamente su PHS y pulsó el botón de rellamada, los tonos se repitieron una y otra vez durante un buen rato pero nadie contestaba, una leve crispación recorrió la mano del joven mientras anulaba la llamada y guardaba el aparato en el bolsillo interior de su cazadora.
- Estoy empezando a cabrearme.
Y no era mentira, desde hacía cosa de una semana su ánimo general se había oscurecido: había comenzado a sufrir migrañas y sus oídos eran azorados por un incesante y lastimero quejido. Para colmo hoy se había levantado con el cuerpo en completa tensión, cada ínfima célula vibraba con fuerza como si quisiera explotar y cada músculo se contraía esperando el momento de entrar en acción. Había conseguido mitigar ligeramente esa sensación tras haber hecho deporte por la mañana pero ahora la notaba con más fuerza. Los calmantes conseguían mantenerle en su sitio aunque no hacían lo suficiente.
Antes de medianoche ya había alcanzado el Sector 6, su turno empezaba a las doce así que tendría tiempo para darse una ducha y cenar algo. El piso estaba en un completo y sepulcral silencio, las luces de neón del exterior se colaban por la ventana del salón reflejados en la mesita metálica sobre la que reposaba el ordenador portátil y arrojando haces verdes y rosados que bañaban la estancia. Nada en las paredes salvo estanterías repletas de archivadores, libros y CDs ordenados alfabéticamente. La única nota decorativa la daba un jarrón de cristal modelado sinuosamente que contenía una frágil rosa blanca, a su lado un peluche azul de ojos saltones. Dejó un cazo con pasta en el fogón, se descalzó y llevó las botas en la mano. Al pasar cerca de la rosa alzó la mano y la acarició con un dedo aunque no se detuvo, dejó el calzado a los pies de la cama y se desvistió tirando toda la ropa a una cesta a excepción de la cazadora que acabó colgada de un perchero tras la puerta. La manía le llevaba a asearse prácticamente siempre que venía o se iba a la calle así que su próximo destino fue la ducha; dejó que el agua templada, tirando a fría, le relajase, apoyó la frente en los azulejos y se quedó allí un rato sintiendo sus miembros más livianos.
“¿Puedes oírlo? Es como un gemido. Aeris dice que es el planeta”
- ¿Katthy?
Su voz se perdió en el sonido de la cascada de agua. La había oído claramente, como si estuviera allí a su lado. A veces el recuerdo de la voz de su hermana le asaltaba pero nunca había sido tan nítido, tan real. Cerró el grifo, había algún motivo para recordar precisamente esa frase. No tardó mucho en darse cuenta de lo que todo aquello significaba, era tan sencillo como mirar atrás.
- Tú siempre lo habías oído, Katthy – se sonrió con tristeza, alegre de poder compartir algo con su hermana aunque ella ya no estuviera a su lado.
El sonido del agua derramándose sobre el fogón lo sacó de su embelesamiento y le hizo apresurarse. Se secó con vigor y vistió con ropa limpia, hoy tocaba camisa, el jefe quería que sus camareros tuvieran un aspecto medio decente esa noche, se murmuraba que Don Genco volvería a la “Cuadra Ganadora” esta noche y había que dar buena imagen. Se ató el cabello con un coletero oscuro y se quitó los aros plateados de sendas orejas para dejarlos en una pequeña cajita lacada sobre la cómoda de su cuarto, Reynold, el dueño, no aprobaba la idea de que un hombre llevase pendientes aunque esto fuese algo bastante común.
Los tortellinni a penas le duraron un suspiro, tardaba menos en comer que en desenvainar su daga. Fregó todos los cacharros y pasó la gamuza varias veces sobre la encimera, luego lavó la propia bayeta y la dejó sobre el escurridor. Se lavó las manos un par de veces y acudió al cuarto de baño para lavarse los dientes.
El cuchillo asegurado en su pantorrilla y camuflado bajo la tela vaquera del pantalón y las botas de estilo militar, los auriculares de su reproductor en mp3 taponándole los oídos, las llaves en su mano derecha y los calmantes en la izquierda. Listo.
Bajó al trote la escalera del edificio saludando a la vecina del primero que lo miró con una mezcla de miedo y confusión, “ni que fuera la primera vez que me ve” pensó para sí. Una corriente cálida le saludó al alcanzar la calle, en Mercado Muro siempre hacía calor debido a la cantidad de luces y puestos de comida al aire libre que había. Hoy estaba especialmente transitado, vio un par de abejitas corriendo calle abajo apresuradas por llegar a su colmena, algunos hombres trajeados haciéndose pasar por grandes empresarios de la placa superior para timar a los incautos e indigentes apurando la última gota de alcohol de sus cartones de vino; la música se extendía por las vías entrelazándose las melodías folklóricas con otras más modernas. El callejón que escondía a la “Cuadra Ganadora” era fácilmente identificable por el chocobo de neón que corría con un jinete sobre sus hombros.
El local, como no, estaba abarrotado, la ola de calor y el olor a alcohol y dinero sucio fue la primera en recibir a Paris quien se escabulló entre las sombras hasta saltar tras la barra. Su compañera, Holy, ya estaba allí; había empezado su turno hacía un par de horas, su fino vestido de falsificación de seda dejaba a la vista sus pechos realzados, seguramente, con algún relleno, llevaba el pelo negro recogido en una coleta alta, con el flequillo teñido de rosa.
- ¿Qué tal? – preguntó ella enérgicamente sin siquiera mirarle mientras preparaba dos copas del cóctel más famoso del local, el “Mako Stream”.
- Como siempre – respondió él sin mucho ánimo.
Se dirigió al cuarto para el servicio y dejó su cazadora en un improvisado perchero, cuando regresó se topó de frente con Holy.
- ¿Qué llevas en los ojos? – ella le observaba sorprendida, esbozando una sonrisa.
- ¿Qué?
- Te quedan genial pero no sabía que te iban las lentillas – la camarera se acercó un poco más para observar bien las misteriosas pupilas de su compañero – Mi novio tiene unas parecidas pero son amarillas. Un día podría pedírselas e ir a dúo. ¡Pero que no te pille el jefe!
- ¿Eh?
Fue reclamado enseguida por un cliente así que no puedo preguntarle a Holy de qué coño hablaba. Durante un buen rato recibió miradas reprobatorias, temerosas o incluso seductoras dependiendo del cliente. Cuando vio la oportunidad Paris dejó la barra y fue al baño, suponía que como mucho le habrían reventado algunos capilares debido a la tensión que llevaba sufriendo todo el día pero no podía estar más equivocado: sus pupilas se estaban alargando tomando la forma de dos rendijas.
- Mierda… - eso no era bueno, nada bueno. Hacía mucho tiempo que no le pasaba y creía tenerlo bajo control.
Sacó el botecito con los calmantes y se metió una ración doble, estaba al borde de un ataque y ni siquiera se había dado cuenta. Apoyó los brazos en lavabo con la cabeza caída, esperando algún resultado positivo… y esperó lo que le pareció una eternidad con los ojos cerrados y los labios fruncidos, podía sentir los latidos de su propio corazón retumbándole en los oídos, una gota de sudor le resbaló por la mejilla y rodó sobre la cicatriz hasta desprenderse y caer al suelo. Temía alzar la vista y que su reflejo le devolviese otra vez esa mirada afilada y antinatural, odiaba esa parte de sí mismo que no podía controlar, odiaba profundamente su propia debilidad y depender de calmantes para poder controlarse, odiaba… odiaba… dejó la mente en blanco, aspiró hondo y contuvo la respiración.
Una ola de silencio asoló el local, quizá era sólo cosa de su aislamiento mental en ese momento pero eso no explicaría por qué sólo el murmullo producido por el televisor vencía al mutismo reinante. Paris, aún con el corazón latiendo en sus oídos, salió del aseo y encontró todas las miradas dirigidas a la enorme pantalla donde se proyectaba la filmación de un enorme astro rojo sobre el cielo de Midgar.
<<… aún no han confirmado nada. La población está a la expectativa de un comunicado de Shin-Ra. Los expertos han estimado que se trata de un objeto de grandes dimensiones debido a su tamaño, aún no han desvelado nada acerca de su trayectoria por lo que les informaremos a medida que se sepa más.
Ya se han registrado los primeros ataques de histeria en zonas de…>>
Dejó de oír el noticiario, a los latidos de su corazón se unió nuevamente el quejicoso lamento.
------------------------------------
La división de SOLDADO al completo había recibido un aviso de carácter urgente. Los de más alto rango habían sido informado primero: Sephiroth había invocado a Meteorito. No faltaron aquellos que se sorprendieron al comprobar que, efectivamente, el legendario héroe de SOLDADO seguía vivo y que tal como se había rumoreado se había vuelto en contra de Shin-Ra. Tenían orden de pasar las instrucciones a las divisiones inferiores pero no debían entrar en detalles en cuanto a explicaciones. Lo primero era salvaguardar el orden en Midgar, ya se habían comunicado brotes espontáneos de histeria y violencia y no querían que sucesos parecidos volvieran a repetirse. También se pretendía dar una imagen de normalidad para tranquilizar a la población por lo que las escuelas militares seguirían funcionando aunque con cambios en su plantilla.
Alma Farish volvía a ser SOLDADO en activo, sus días de entrenar cadetes habían terminado.
miércoles, 2 de enero de 2008
101. EVENTO ESPECIAL
Acabado el concierto, Yvette aun tarareaba entre dientes una de las canciones que más le habían gustado, aunque se la notaba distraída... Distante. Harlan la interrumpió justo cuando iba por "I watched with glee as your kings and queens fought for ten decades for the gods they made".
- ¿Que tal con tus viejos amigos? - Preguntó, refiriéndose al grupo de turcos jóvenes. - ¿Fue un bonito reencuentro?
Su compañera tardó en responder. Inagerr era lo suficientemente listo para darse cuenta de que había sido bastante desagradable. Estuvo hablando con ellos, pero los dejó en seguida, dando la espalda a sus gritos, y no les volvió a dirigir la palabra. Finalmente suspiró, mientras se sentaba en asiento del piloto.
- ¿Que tal te caigo, Har? - Su compañero, extrañado, encontró bastante sinceridad en sus ojos. Le aguantó la mirada impasiblemente para finalmente responder.
- Lo suficientemente bien como para que te deje llamarme "Har". – El tono suave y grave de su voz tranquilizó un poco a la agente de Turk. - ¿Por que lo preguntas?
- No lo se... Quería estar segura.
- ¿Que ha pasado, Yvette?
- Bueno... Fui a saludar a esos gilipollas... Me interesé por el brazo de Jim, y por sus avances buscando al que lo hizo, y ellos me dieron un regalo que me tenían: Un dvd de porno de viejos.
- Que chistosos... - Harlan había sido el compañero del violento Scar muchos años, y eso le había convertido en un experto "poli bueno". Sabía como crear un vínculo de confianza, y como decir lo justo para que la persona con la que hablaba se sintiese apoyada y siguiese dándole a la lengua. Yvette sonrió levemente.
- Te lo enseñaría, pero lo clavé en uno de los "pinchos" del flequillo de Van Zackal.
- ¿Ese no era el que te...?
- Y luego - prosiguió ella como si no lo hubiese escuchado. - le dije que la próxima vez me comprase uno de porno de enanos, que así vería rabos más grandes que el suyo. - Por respeto, Harlan se contuvo una carcajada, pero vio venir que la cosa no había acabado ahí. Por lo visto, aún quedaba lo peor. - Luego Jim Grim me miró a los ojos, desde su sillón, y me dijo con su reposado tono de sorna "Últimamente he percibido en ti una cierta decantación hacia tus mayores. ¿Ya conocen de tus... Artes?" - En ese momento Yvette notó ese sutil espasmo de crispación silenciosa que aparecía cada vez que Harlan se cabreaba en serio. En sus primeros días como equipo le indicó cuando había estado a punto de morir después de haber lanzado una pulla. Sus ojos se entrecerraron y respiraba profundamente, con las aletas de la ancha nariz muy abiertas y la mandíbula tensa y apretada. - Har... - La mirada seria, casi suplicante de su compañera logró instar al turco a tranquilizarse, muy en contra de lo que realmente deseaba, sin embargo, por respeto, Harlan Inagerr se calmó y la dejó proseguir.
- ¿Que le respondiste? - Preguntó al ver que ella no empezaba a hablar.
- Me ofendí... Sentí ganas de empezar a tiros con él, pero me contuve. Montes, Van Zackal, Grim, y unos cuantos más me miraban desafiándome a hacer algo, pero me mantuve quieta. "¿Probarme?", les dije. "¡Querrás decir que aún no los probé yo a ellos! Y siendo honesta: Despues de haberme divertido con vosotros, lo que me apetece es un hombre de verdad" - Harlan sonrió levemente, culpándose por no haberse dado cuenta de que ella sabía mantener el tipo sola.
- ¿Cual fue su respuesta? - Preguntó
- Me dijo que me mataría. Que no había mujer viva que no hubiese vivido la mejor noche de sexo de su vida con él, así que, por el bien de su reputación, yo debía morir por mentirosa. - Harlan había empezado a sonreír, lo cual era sinónimo de violencia casi inmediata. Ella se anticipó continuando la historia antes de que él tuviese tiempo de hacer nada. - Yo lo reté. Le dije "Se lo que tienes entre las piernas, pequeñín, y no vi cojones suficientes para algo así"... Y él sacó su pistola. Apuntó hacia mí y dijo "Bang!" mientras sonreía. Me limité a levantar una ceja, poner cara de poker e irme despacio, dejándolos con sus carcajadas. Si te digo la verdad, llegué a creer que me iba a disparar por la espalda.
- ¿Crees que hará algo?
- No lo se... Es un loco impredecible. No se si lo decía en serio o solo quería asustarme, pero ahora la pregunta: ¿Te caigo bien?
- Le caíste bien a Rosemary Krauser, niña. Eso es un voto de confianza para todo el grupo. - Intentó tranquilizarla.
- Bueno... Es un alivio saber que no me he quedado sin amigos... - Sonrió ella, no sin cierto sarcasmo. - Pero bueno... La verdad es que cuando se os conoce sois majos... Incluso Svettlana.
- ¿Majos? - Ahora si que Harlan estaba sorprendido. - Somos Peres, Varastlova, Kurtz e Inagerr. Somos los cuatro turcos más veteranos, duros y cabrones que han pisado Midgar, y no nos ascienden porque en el momento exacto en que uno de nosotros deje de pisar las calles el índice de criminalidad subirá un 10%. ¿Eres capaz de imaginarte cuantos años hace de la última vez que alguien nos llamó "majos"?
- Menos de los que merecéis, probablemente, pero todos tenéis ese encanto del rollo "vieja escuela"... ¡Hasta tengo ganas de conocer mejor al cara cortada!
- No me extraña... ¿Sabes quien pateó a Van Zackal y Montes y disparó en el brazo a Garrison?
- Estas de broma... - Los ojos azules cristalinos de Yvette se abrieron de par en par por la sorpresa.
-Oficialmente lo estoy: Esto no ha pasado nunca. ¿Entiendes? - Ella asintió, pero tenía esa sonrisa incrédula de alguien que acabase de ganar la lotería. - Pero bueno... Si quieres conocerle, arranca. Nos ha tocado el dudoso honor de ir a decirle que su excedencia ha sido revocada. – Algo parecido a una sonrisa había aflorado en los labios de Yvette, pero rápidamente se extinguió, consciente de que no les esperaba nada agradable.
-¿Qué órdenes tenemos?
-En hora y media tenemos que estar ante el trono, para recibir instrucciones sobre ese jodido meteorito de parte del presidente Rufus en persona: Se ha declarado el estado de excepción, lo que significa uso de armas especiales: Cuando recojamos a Scar, habrá que ir por el cuartel a por kevlar y artillería. – La alusión al principal despacho de la ciudad era clara: No se admitía demora alguna, y no iba a ser nada bueno.
Tras agilizar los tramites circulatorios con algo de la temeridad que caracterizaba el estilo de Yvette al volante, aparcaron el coche en el descampado del mercado viejo, en el sector dos, frente al edificio donde vivía el antiguo compañero de Harlan. El portal estaba abierto, y subieron los 5 pisos en silencio. Yvette estaba algo ilusionada, pero al ver la seriedad con la que iba su compañero se olió que no iba a ser agradable.
Nadie respondía a sus llamadas. El timbre parecía a punto de fundirse de tanto uso y el continuo aporreo hacía crujir la puerta. Dentro se oían los lamentos de un perro, y algunos ruidos extraños, concluidos con un “perro de los cojones” dicho con voz pastosa, antes de que la puerta se abriese. Lo que vieron ahí dentro, dejó a los visitantes anonadados: La casa estaba hecha una mierda, llena de muebles tirados y algunos rotos. Caminaron hacia el salón siguiendo los pasos que oían al dueño, errantes y torpes, seguidos de los gemidos de un perro negro al que veían dirigirse hacia un cuarto que parecía una zona de guerra. Había un par de pistolas tiradas sobre una mesita, rodeadas de botellas vacías de cerveza y vodka, y cargadores y balas esparcidos por todo el suelo. La televisión estaba encendida, ignorada en un rincón mientras un informativo especial interrumpía la emisión. El abnegado perro se subió a un sillón, encogiéndose para no provocar la ira de su amo, siendo su única compañía y vigilando que no levantase la voz, o rompiese cosas. El estado en el que Harlan e Yvette encontraron a Kurtz era desesperanzador. Estaba tirado en el sofá, totalmente borracho, acabando una botella de vodka mientras se entretenía cogiendo balas y lanzándolas contra el techo.
-Hola rubita. Hola, Har. – Comentó el anfitrión sin cesar en sus lanzamientos, con el ánimo apagado.
-Hola, Jonás. – Dijo su antiguo compañero, con voz grave y tono neutro, a la espera de que le diesen alguna explicación del caos reinante. El silencio no hizo sino confirmar sus peores sospechas. - ¿Por qué se fue?
-Miedo. – Dijo Kurtz, tras un breve silencio. Había estirado el cuello y dejado caer la cabeza desde el borde del sofá, y ahora miraba a sus visitantes bocabajo. – Tiene miedo de lo que yo represento. De lo que ha vivido, y de las pesadillas sobre la puta guerra que jodió su vida y la mía. Tiene miedo de vivir con un asesino de su pueblo, y de estar ignorando todo el sufrimiento y el horror de esos años al ser feliz aquí, conmigo, mientras su país lucha por reponerse y es pisoteado por ShinRa una y otra vez. Tiene miedo de no luchar por algo que cree que debe luchar, o no sabe porque, o que... No se, joder... El caso es que se ha ido.
-¿Lo habéis dejado? – Intervino Yvette, segundos tarde para darse cuenta de la mirada de Harlan que le sugería cederle el control de la conversación.
-¿Qué si lo hemos dejado? – Preguntó, enfocando sus ojos marrones hacia ella. Era una mirada llena de violencia contenida: Esa ira irreflexiva que producen en algunas personas el miedo y la incertidumbre. – “Dejarlo”... Puta palabrota... ¡Que mal suena, la hija de puta!... – Kurtz se incorporó. En un caso extremo, Yvette se creía capaz de defenderse: El veterano estaba borracho, y Harlan acudiría a separarlos... Pero el modo en el que la encaró la hizo dudar como no había dudado en mucho tiempo. - ¡No! – Dijo alzando la voz, con una sonrisa cínica. - ¡No lo hemos dejado! ¡Seguimos siendo novios! ¿Y sabéis por que? ¿Eh? – Scar los señalaba, haciéndoles sentir incómodos. - ¿Sabéis por que, malditos hijos de puta? – Gritó haciendo aspavientos, como si se lo dijese al mundo entero. - ¡Por que Shyun Tsuun Fo Aang es gilipollas! – Y rompió a reír.
Harlan e Yvette lo miraban sintiendo compasión hacia la piltrafa humana que se alzaba entre ellos, buscando una botella en la que quedase algo que beber, para dirigirse a la ventana y mirar largamente la calle, como si esperase verla entre las farolas, caminando hacia la entrada del edificio.
-Gilipollas... – Siguió Jonás, tras acabar el vodka. Tiró la botella al suelo, que cayó sobre la alfombra rebotando un par de veces y rodando hasta los pies de Yvette, que la recogió y la puso sobre la mesa. – La muy gilipollas me ama. – Rió mientras se dejaba caer contra la pared, sentándose en el suelo. – Me ama, y me teme. A mi y a todo lo que yo represento. Dice que necesita aclarar sus ideas, y olvidar la guerra del todo, antes de volver aquí.
-¿Y todo esto? – Preguntó Inagerr, señalando a las balas que Yvette recogía e iba colocando en cargadores. Él mismo cogía algunas y se las iba pasando, consciente de que era mejor ganar tiempo.
-Quería tener las pistolas cerca... Para... ¡No lo se!... Pero también las quería inutilizadas, para no hacer ninguna estupidez.
-¿Ibas a pegarte un tiro? – Harlan estaba escandalizado. Nunca habría esperado eso de su compañero. - ¡Maldita sea, Jonás! ¡¿Ibas a suicidarte y matar contigo cualquier posibilidad de volver a vivir junto a Aang?!
-¡Come mierda y muere, puto subnormal! – Gritó Scar, lanzando una botella contra su ex-compañero que estalló en mil pedazos contra una pared próxima. - ¡Siempre has tenido un jodido matrimonio perfecto, con dos hijos increíbles, puto maricón! ¡Ni te imaginas lo que es esto! ¡Ni te imaginas lo que es vivir sabiendo que eres la peor pesadilla de la puta persona más importante de tu vida! ¿Me has oído, cabronazo? – Harlan aguantó el tipo, pero agachó la cabeza. – ¿Sabes por qué hay un arma de fuego junto a mí? ¡¿Lo quieres saber?! – Yvette estaba asustada. Inagerr permanecía quieto, frente a su amigo, erguido e impasible, mientras Scar estaba poseído por la rabia. Tenía los ojos enrojecidos, respiraba fuertemente, y su cuello estaba totalmente tenso, como si apretase la mandíbula. Sus manos, crispadas, zarandeaban con fuerza a Harlan, al que tenía agarrado de las solapas. – La persona que más quiero en este mundo me miró fijamente, antes de irse, como si yo fuese un monstruo, Har. ¡Un monstruo! Y cada vez que se me pasa la borrachera no puedo evitar preguntarme si realmente seré un monstruo... Y si como tal no será mejor que me quite de en medio.
El tío más duro de todo el cuartel de Turk estaba destrozado. Sus rodillas parecían incapaces de sostenerle, y su cara estaba enrojecida por la rabia. Llevaba días borracho, sin asearse o siquiera dormir en condiciones y estaba ojeroso y demacrado. Era la ruina de lo que había sido... Su voz estaba rota, evidenciando un nudo en la garganta. Parecía que iba a decir algo, pero no se veía capaz. Entonces gritó. Yvette se quedó bloqueada en un primer momento, tanto que cuando al fin fue capaz de moverse, Scar ya había estampado a Inagerr contra la pared, y lo tenía agarrado por el cuello con una mano, mientras la otra golpeaba su cara con la fuerza de un animal enloquecido. Cuando el turco finalmente logró alzar las manos para defenderse, su amigo lo agarró de las solapas, cruzándolas para estrangularle, mientras pegaba un tirón con el que desequilibró a su corpulento ex-compañero, aprovechando para clavar su rodilla en el plexo solar de este. Fue entonces cuando una botella se rompió en el lado izquierdo de la cara de Kurtz, cegándole con una nube de astillas y cristales rotos. Yvette sabía que no tendría tiempo para hablar, así que aprovechó la ventaja de atacar desde el flanco para castigar a puñetazos las costillas del enloquecido turco, mientras el perro ladraba furiosamente desde el otro lado de la sala, confuso, pero enseñando unos dientes muy seguros de si mismos. Intentando aprovechar el factor sorpresa, la turca pateó la parte trasera de la rodilla del veterano, intentando derribarlo, pero este dejó su pierna ir, cambiando el peso a tiempo y aprovechando el movimiento para patear la entrepierna de su otro rival, ganando tiempo para dedicárselo a la novata. Con su mano izquierda agarró una botella de entre las que había tiradas y la arrojó con fuerza contra ella, aprovechando el momento en que intentaba detenerla para abalanzarse y patearle el estómago. Acto seguido, empezó una serie de puñetazos a la cara esperando a que ella levantase los brazos para protegerse, momento en que agarró uno de ellos, pegando un tirón que dio paso a una llave sencilla pero efectiva, que hizo a la joven agente caer al suelo, vaciándose de golpe el aire de sus pulmones. Un fuerte puñetazo en la frente hizo que su cabeza rebotase contra el suelo, aturdiéndola aún más, junto a la falta de oxígeno. Al ver a Inagerr recuperarse, Scar actuó por reflejo, aprovechando el movimiento con el que se incorporaba para impulsar un codazo hacia el torso, pretendiendo dejar sin respiración al inmenso hombre negro, pero este vio venir el golpe y estaba preparado para encajarlo, y listo para sacudir la cabeza del violento borracho con dos puñetazos simultáneos, uno en cada sien. No dudó en aprovechar los segundos que acababa de ganar en atacar de nuevo, castigando la cabeza de Kurtz con una serie de puñetazos, haciéndole retroceder, mientras le partía el labio. Harlan se preguntaba cuanto aguantaría su ex-compañero antes de caer, pero perdió la oportunidad de descubrirlo cuando su serie de golpes se ralentizó medio segundo para respirar. Aún no había acabado de tomar aire cuando fue agarrado de la ropa por Scar, que se dejó caer hacia atrás, rodando ambos, de modo que quedó sentado sobre su amigo, que estaba tumbado boca arriba en el suelo, encajando un golpe tras otro. A Harlan lo salvó la caballería, formada por un único y valiente perro que demostraba ser más sensato que su amo. Etsu se arrojó contra Scar, derribándolo antes de que pudiese ensañarse demasiado contra Harlan. El perro, para su desgracia, no recibió un trato especial, sino que el puñetazo que tuvo que encajar fue el mismo que recibieron el resto de los que se opusieron a Kurtz, que se levantaba con una mirada asesina.
-¡Se acabó! – Gritó Yvette, amartillando su pistola. – ¡Maldito loco de cara rajada, si das un paso mas te vuelo las rodillas!
Kurtz se detuvo en seco, tanteando a escondidas en busca de algo con lo que improvisar una escapatoria, mientras Harlan se levantaba magullado, lentamente. Etsu ladraba como un poseso hacia Yvette, tras cambiar de bando descontento por la jugada de sacar un arma.
-Hijos de puta... – Murmuraba Harlan, interponiéndose entre sus compañeros levantando las manos, mientras Etsu se sentaba, aliviado de no ser el único cuerdo de la sala. – Yvette, guarda el arma. – Dijo con calma.
-¿Qué? Har, maldita sea... ¡Tienes que estar de broma! ¡Ese psicópata se abalanzó sobre ti sin motivo!
-No fue sin motivo, y ahora baja eso, por favor. No quiero que esta mierda vaya a más.
-¿Qué no que? – Preguntó ella, incapaz de pensar con claridad y temblando por el subidón de adrenalina, mientras un hilillo de sangre caía desde su frente y otro desde la comisura de sus labios. Sus ojos no se apartaban de él, agachado al otro lado del salón, mirándola atento a cada movimiento. Sus ojos oscuros ardían, mientras todo su cuerpo parecía inmóvil, excepto por la respiración. Desarmado, magullado y en inferioridad numérica, Jonás “Scar” Kurtz la miraba atento a cada gesto, a cada detalle. Para él la pelea aún no había acabado, simplemente esperaba. En ese momento, Yvette se dio cuenta de que, a pesar de sus diecisiete balas de nueve milímetros, no tenía el control de la situación. Levantó la mano izquierda y con la derecha guardó el arma, agachando la cabeza, derrotada. Satisfecho, su compañero se giró hacia Kurtz.
-Y tu, tíralo. – El aludido se incorporó, dejando sobre una mesa el puntiagudo trozo de vidrio que escondía en la mano izquierda, oculta tras su cuerpo.
-Joder... Lo siento mucho. – Dijo el anfitrión, recobrando la cordura. – Estoy hecho una mierda, Har. Peor que nunca. Necesito a esa mujer, y la necesito más que el aire.
-Tranquilo, tío... – Harlan le dio un abrazo, ante la confusa mirada de Yvette. – Ya sabes lo que se dice: Hoy por ti...
-Estáis locos... – A la pobre mujer le iba a dar algo. El sabio y maduro veterano se abalanzó como una bestia furiosa sobre los dos, y los habría matado de no ser por el maldito perro, y ahora se daban abrazos. Sin embargo, en el fondo, no pudo evitar entenderlo. Kurtz estaba destrozado... Desesperado. Estaba a punto de derrumbarse y necesitaba una válvula de escape. Perdió el control, pero a todo el mundo le podía pasar. Claro que con su entrenamiento era mucho mas peligroso que un ataque de rabia de cualquier hijo de vecino, eso había quedado patente, pero aún así, Yvette no pudo evitar reconocer el pobre intento de un hombre desesperado por no derrumbarse. – A ver, par de vejetes... Hacedme un sitio en el abrazo o vais a parecer gays. – Dijo ella, mientras los agarraba a ambos. – Y tu, cara cortada, por lo que más quieras: ¡Dime que te queda algo de vodka!
Una hora más tarde, Turk al completo se erguía en el despacho del presidente Rufus Shinra, escuchando órdenes precisas de acabar con cualquier alteración del orden que pudiese surgir a raíz de un fenómeno astral inusitado: Un cometa había aparecido en el cielo, y las suposiciones del departamento de ciencias eran unánimes: Su trayectoria era de colisión. Por el momento, el cometa no era más que una pequeña y lejana llama roja en el firmamento que se iba acercando a gran velocidad a cada segundo que pasaba, como un siniestro reloj en cuenta atrás, marcando el tiempo que le quedaba al planeta.
Los hombres y mujeres allí presentes vestían chalecos de kevlar reforzados, y llevaban escopetas, subfusiles y algunos fusiles de asalto. La situación no estaba para bromas, y no hubo chiste alguno entre las dos facciones en las que se dividía la organización.
Harlan e Yvette compartían aspecto impasible, desastrados por la paliza pero erguidos y orgullosos. Armados él con una escopeta Bonfire del calibre 12 y ella con una carabina MF22A4. El, a pesar de estar allí, escuchando órdenes que iba a cumplir aunque le pesasen, tenía claro que antes que turco, era marido y padre. En ultima instancia, Midgar entera podía irse al infierno, con tal que sobreviviesen Grace y los niños. Yvette, que no tenía tantas responsabilidades, se limitaba a observar sin mostrar la tristeza que la embargaba. El mundo se iba a la mierda, a pequeña y gran escala, y la peor sensación que había vivido nunca, volvía para tomar nuevamente el control de su vida: La impotencia.
Kurtz agarraba firmemente su viejo fusil MF22A1 modificado, erguido junto a su nueva compañera Svettlana, mientras escuchaban las órdenes. Los golpes y la resaca lo habían dejado para el arrastre, pero más le dolía llevar el arma que había destrozado el país de Aang, y ver que sus brazos agradecían su presencia y su peso, como si fuese un amigo largamente añorado. Sin embargo otra cosa había traído consigo, más cerca de su corazón, bajo el chaleco de kevlar y el uniforme de turco, enganchado a la cadena que tenía sus tres placas de identificación, dos con su nombre y grupo sanguíneo y una con su nombre en clave, la única que llevó durante su época en el batallón de black ops, en la que solo ponía “Tigre”. Al lado de esos tres testigos de su vida como soldado durante la que Scar había matado, por muchos y diversos motivos, pendía un anillo de oro, sencillo pero elegante, a la espera de ser entregado a la única mujer que podría suponer para un superviviente nato como Jonás, un motivo por el que dar la vida.
--------------
Llevo tres días sin salir de casa. No he padecido enfermedad alguna, si es lo que preocupa a mis lectores, sino que afortunadamente gozo de buena salud. El tema es que nunca os imaginaríais lo literal que puede ser la palabra “afortunadamente”. Hoy hace ya cuatro días desde que es visible un cuerpo celeste nuevo en el firmamento. Incluso su brillo es tal que prevalece sobre la contaminación lumínica de la ciudad (una de las muchas que tiene, todo hay que decirlo). No llevaba ese cometa diez minutos ahí arriba cuando las calles ya se habían inundado de teorías. ¿Es una profecía? ¿Una señal, quizás? ¿Una nave extraterrestre? ¿Un dios? ¿Será amistoso u hostil? Amigo o enemigo, en resumen.
Al principio la gente estaba maravillada. El cometa es una figura hermosa aunque inquietante, avistable a simple vista desde la puesta del sol hasta el amanecer. Me pasé una noche entera, observándolo desde la casa de un amigo que tiene la fortuna de vivir en la placa superior. Hicimos una pequeña reunión, una cena, vino, risas... La verdad es que lo pasé muy bien. Era un pequeño refugio de la dignidad humana, una Arcadia formada por mis cuatro mejores amigos, cena, vino y jazz. Pues bien: La cena acabó y salimos a la calle. No habíamos dado dos pasos cuando nos cruzamos con un hombre enloquecido por la visión de lo que el llamaba “un astro de la perdición, que viene a ejecutar nuestra sentencia”. Tenía materia de fuego, y desató el caos en la calle. Veinte personas murieron delante de mis ojos, destrozadas por descargas flamígeras que surcaban el aire más rápidas de lo que la vista era capaz de percibir. Ese pobre loco habría aniquilado toda la ciudad en nombre de la salvación. Preocupado por evitar que nuestras almas acabasen en el infierno, nos quiso mandar a todos al cielo cuanto antes. Había desatado su propio hades en la calle, y cuando estaba a un metro de distancia de donde yo me hallaba oculto, me miró. Sus ojos azules muy abiertos y su melena y barba crispadas y sus manos tensas... Era un hombre desesperado. Me miró, como ya dije y habló conmigo: “Entiéndalo, no podría soportar verlos sufrir”, fueron sus palabras, antes de ser abatido por tres disparos en el pecho. Al desplomarse pude ver su cara. Reflejaba incredulidad, pero también pena. Intenté ponerme en su piel y lo comprendí: No esperaba sobrevivir, solo “salvar” a todas las personas que pudiese. Era consciente de que sus intenciones serían malinterpretadas y se le mataría por ello, y eso quedó claro cuando oí como suspiraba sus últimas palabras: “Solo veinte almas... Tan pocas...”
He estado tres días enteros sin moverme de casa, pensando sobre ello, y en esos tres días solo se formó un silencio oficial por parte de Shin-Ra. Nadie anuncia, confirma o desmiente nada, y los rumores crecen. Hay optimismo a veces, y otras se cree que nos quedan dos telediarios. La vida se ha vuelto peligrosa y miserable, cada vez más. Estamos ante nuevas amenazas y nuevas formas de morir, con la presencia cada noche de una inmediata y drástica, que trata sobre la absoluta aniquilación de toda la vida del planeta, y con ella, el material del que nacen los héroes, los villanos, los amigos para siempre y las leyendas: El recuerdo. La imagen que queda de uno más allá de su propia vida.
Toda persona aspira a dejar su impronta en el mundo, cuando se haya ido. Sus planes para lograrlo son más o menos ambiciosos o a veces espectaculares, pero siguen estando ahí: Si hay un miedo mayor a la muerte, ese es el miedo a caer en el olvido. Por eso, muchas veces cometemos heroicidades y estupideces. Es un impulso egoísta quizás, que, pensándolo fríamente, no hace sino un flaco favor al mundo. De todos modos, escribir una columna de opinión es de por si un acto de egoísmo, aunque sin embargo no sería nada de esta sin contar con un grupo de lectores fiel al que se podría comparar casi con una segunda familia. Pues bien: Mi intención en este artículo es disculparme con todos ustedes, ya que quizás les estropee el pequeño placer que significa leer esta humilde reseña periodística a diario, motivada por el morbo de ser escrita por una persona desconocida de sexo indeterminado. Sin embargo, no puedo evitar hacer esto, aunque sepa que mi decisión está motivada por el egoísmo y el miedo. No quiero que en mi tumba ponga “Al soldado desconocido”, y espero que ustedes, apreciados lectores comprendan el paso que estoy dando:
Soy un hombre de veintinueve años que trabaja de colaborador en el canal 4 de noticias de Shin-Ra, llevando cafés y comiendo mierda en general, muerto de asco con la caterva de trepas que me impide crecer y vive bajo la placa, esperando a que surja su oportunidad de triunfar, como todos en esta vida. Me llamo Kazuro Kowalsky, y me alegro mucho de haberlos conocido. Hasta el artículo de mañana... Y hasta siempre.
Fdo: King Tomberi.
-----------------------------------
Vuestro mundo no es el mío... Vuestras vidas son tan distintas que parecemos especies diferentes, y aún así, no me distinguiríais entre vosotros si nos cruzásemos por la calle. Vuestra vida transcurre de día. La mía empieza al caer la noche. Muchos conocidos, románticos, chistosos o simplemente gilipollas, me han comparado a veces con los vampiros, pero no: Solo de noche es cuando vosotros desaparecéis, y dejáis de entorpecer mi mundo: Un mundo con unas reglas muy sencillas formadas por infinitas directrices variables y complicadas que se entrelazan cada vez que hay que aplicarlas, resumidas en una sola frase: Cágala y habrás muerto.
No estoy yo solo recorriendo la ciudad de noche, con la única compañía de la radio, sino que cada vez son más los que me acompañan. A veces compañeros, a veces rivales. Enemigos incluso, aunque esto no es nada raro. Es lo que tiene la competición.
He vendido mi alma y todo lo que me representaba para tener lo que ahora estoy probando, y aunque sé que el precio que habré de pagar, será caro, el premio lo vale. He perdido el contacto con el suelo, y cada tramo del camino parece más y más irreal. Tanto que a veces, el mundo se desdibuja mientras avanzo. La adrenalina surca mi cuerpo con la fuerza de las mareas, y el ruido ensordece mis oídos a la vez que acelera el ritmo de mi corazón. ¡Incluso me tiembla el pulso! Han pasado años desde la última vez que esto fue así, y sin embargo ahora no me cuesta recordar lo joven e inexperto que era entonces, pues exactamente así es como me siento ahora. Curvas que conocía como si me hubiese criado en ellas eran nuevas y extrañas. Cada maniobra era imprevisible, y poco a poco fue dominada a base de entrenamiento.
Mi mundo es simple, y así son sus reglas: Izquierda, derecha, freno, embrague, palanca y acelerador. Cualquiera puede creer que lo conoce. El coche es nuevo; un flamante Shinra Cavalier, y han hecho falta semanas de trabajo a tiempo completo para prepararlo, instalando el nuevo motor, corrigiendo el equilibrio en general, la suspensión, los frenos... Nadie que lo viese podría imaginarse la bestia que es en realidad, y sin embargo, ya no me siento igual con él. Ya no soy un espíritu negativo de perdición, ni un guerrero ni nada parecido. No soy ningún símbolo de autoridad ni sello de referencia para surcar las calles al volante de esta atrocidad mecánica. Simplemente, cuando lo conduzco, estoy vivo y soy libre. Esta no es la única forma que tengo de sentirme así, pero indudablemente es la mejor. En mi corazón no hay latidos, sino revoluciones por minuto. El porcentaje de agua en mi cerebro ahora es pura adrenalina. Mis ojos perciben todo: Las luces cambiantes de los semáforos, con su rutina habitual, las calles más transcurridas, los callejones transitables, los radares de tráfico... Simplemente busco la mejor carretera, piso el acelerador y vuelo.
Mi vista empieza a estar cansada, el depósito de gasolina llega a su fin y el motor empieza a calentarse demasiado. Además, estoy gastando demasiado los neumáticos. Sin embargo, algo me dice que debo hacerlo. El hombre a quien acepté seguir a cambio de este coche parecía preocupado por los acontecimientos seguros, y la aparición del cometa en el firmamento es sin duda un acontecimiento. Llevo cuatro horas seguidas al volante. Empiezo a estar agotado, pero es igual. Debo seguir entrenando... Algo va a pasar.
- ¿Que tal con tus viejos amigos? - Preguntó, refiriéndose al grupo de turcos jóvenes. - ¿Fue un bonito reencuentro?
Su compañera tardó en responder. Inagerr era lo suficientemente listo para darse cuenta de que había sido bastante desagradable. Estuvo hablando con ellos, pero los dejó en seguida, dando la espalda a sus gritos, y no les volvió a dirigir la palabra. Finalmente suspiró, mientras se sentaba en asiento del piloto.
- ¿Que tal te caigo, Har? - Su compañero, extrañado, encontró bastante sinceridad en sus ojos. Le aguantó la mirada impasiblemente para finalmente responder.
- Lo suficientemente bien como para que te deje llamarme "Har". – El tono suave y grave de su voz tranquilizó un poco a la agente de Turk. - ¿Por que lo preguntas?
- No lo se... Quería estar segura.
- ¿Que ha pasado, Yvette?
- Bueno... Fui a saludar a esos gilipollas... Me interesé por el brazo de Jim, y por sus avances buscando al que lo hizo, y ellos me dieron un regalo que me tenían: Un dvd de porno de viejos.
- Que chistosos... - Harlan había sido el compañero del violento Scar muchos años, y eso le había convertido en un experto "poli bueno". Sabía como crear un vínculo de confianza, y como decir lo justo para que la persona con la que hablaba se sintiese apoyada y siguiese dándole a la lengua. Yvette sonrió levemente.
- Te lo enseñaría, pero lo clavé en uno de los "pinchos" del flequillo de Van Zackal.
- ¿Ese no era el que te...?
- Y luego - prosiguió ella como si no lo hubiese escuchado. - le dije que la próxima vez me comprase uno de porno de enanos, que así vería rabos más grandes que el suyo. - Por respeto, Harlan se contuvo una carcajada, pero vio venir que la cosa no había acabado ahí. Por lo visto, aún quedaba lo peor. - Luego Jim Grim me miró a los ojos, desde su sillón, y me dijo con su reposado tono de sorna "Últimamente he percibido en ti una cierta decantación hacia tus mayores. ¿Ya conocen de tus... Artes?" - En ese momento Yvette notó ese sutil espasmo de crispación silenciosa que aparecía cada vez que Harlan se cabreaba en serio. En sus primeros días como equipo le indicó cuando había estado a punto de morir después de haber lanzado una pulla. Sus ojos se entrecerraron y respiraba profundamente, con las aletas de la ancha nariz muy abiertas y la mandíbula tensa y apretada. - Har... - La mirada seria, casi suplicante de su compañera logró instar al turco a tranquilizarse, muy en contra de lo que realmente deseaba, sin embargo, por respeto, Harlan Inagerr se calmó y la dejó proseguir.
- ¿Que le respondiste? - Preguntó al ver que ella no empezaba a hablar.
- Me ofendí... Sentí ganas de empezar a tiros con él, pero me contuve. Montes, Van Zackal, Grim, y unos cuantos más me miraban desafiándome a hacer algo, pero me mantuve quieta. "¿Probarme?", les dije. "¡Querrás decir que aún no los probé yo a ellos! Y siendo honesta: Despues de haberme divertido con vosotros, lo que me apetece es un hombre de verdad" - Harlan sonrió levemente, culpándose por no haberse dado cuenta de que ella sabía mantener el tipo sola.
- ¿Cual fue su respuesta? - Preguntó
- Me dijo que me mataría. Que no había mujer viva que no hubiese vivido la mejor noche de sexo de su vida con él, así que, por el bien de su reputación, yo debía morir por mentirosa. - Harlan había empezado a sonreír, lo cual era sinónimo de violencia casi inmediata. Ella se anticipó continuando la historia antes de que él tuviese tiempo de hacer nada. - Yo lo reté. Le dije "Se lo que tienes entre las piernas, pequeñín, y no vi cojones suficientes para algo así"... Y él sacó su pistola. Apuntó hacia mí y dijo "Bang!" mientras sonreía. Me limité a levantar una ceja, poner cara de poker e irme despacio, dejándolos con sus carcajadas. Si te digo la verdad, llegué a creer que me iba a disparar por la espalda.
- ¿Crees que hará algo?
- No lo se... Es un loco impredecible. No se si lo decía en serio o solo quería asustarme, pero ahora la pregunta: ¿Te caigo bien?
- Le caíste bien a Rosemary Krauser, niña. Eso es un voto de confianza para todo el grupo. - Intentó tranquilizarla.
- Bueno... Es un alivio saber que no me he quedado sin amigos... - Sonrió ella, no sin cierto sarcasmo. - Pero bueno... La verdad es que cuando se os conoce sois majos... Incluso Svettlana.
- ¿Majos? - Ahora si que Harlan estaba sorprendido. - Somos Peres, Varastlova, Kurtz e Inagerr. Somos los cuatro turcos más veteranos, duros y cabrones que han pisado Midgar, y no nos ascienden porque en el momento exacto en que uno de nosotros deje de pisar las calles el índice de criminalidad subirá un 10%. ¿Eres capaz de imaginarte cuantos años hace de la última vez que alguien nos llamó "majos"?
- Menos de los que merecéis, probablemente, pero todos tenéis ese encanto del rollo "vieja escuela"... ¡Hasta tengo ganas de conocer mejor al cara cortada!
- No me extraña... ¿Sabes quien pateó a Van Zackal y Montes y disparó en el brazo a Garrison?
- Estas de broma... - Los ojos azules cristalinos de Yvette se abrieron de par en par por la sorpresa.
-Oficialmente lo estoy: Esto no ha pasado nunca. ¿Entiendes? - Ella asintió, pero tenía esa sonrisa incrédula de alguien que acabase de ganar la lotería. - Pero bueno... Si quieres conocerle, arranca. Nos ha tocado el dudoso honor de ir a decirle que su excedencia ha sido revocada. – Algo parecido a una sonrisa había aflorado en los labios de Yvette, pero rápidamente se extinguió, consciente de que no les esperaba nada agradable.
-¿Qué órdenes tenemos?
-En hora y media tenemos que estar ante el trono, para recibir instrucciones sobre ese jodido meteorito de parte del presidente Rufus en persona: Se ha declarado el estado de excepción, lo que significa uso de armas especiales: Cuando recojamos a Scar, habrá que ir por el cuartel a por kevlar y artillería. – La alusión al principal despacho de la ciudad era clara: No se admitía demora alguna, y no iba a ser nada bueno.
Tras agilizar los tramites circulatorios con algo de la temeridad que caracterizaba el estilo de Yvette al volante, aparcaron el coche en el descampado del mercado viejo, en el sector dos, frente al edificio donde vivía el antiguo compañero de Harlan. El portal estaba abierto, y subieron los 5 pisos en silencio. Yvette estaba algo ilusionada, pero al ver la seriedad con la que iba su compañero se olió que no iba a ser agradable.
Nadie respondía a sus llamadas. El timbre parecía a punto de fundirse de tanto uso y el continuo aporreo hacía crujir la puerta. Dentro se oían los lamentos de un perro, y algunos ruidos extraños, concluidos con un “perro de los cojones” dicho con voz pastosa, antes de que la puerta se abriese. Lo que vieron ahí dentro, dejó a los visitantes anonadados: La casa estaba hecha una mierda, llena de muebles tirados y algunos rotos. Caminaron hacia el salón siguiendo los pasos que oían al dueño, errantes y torpes, seguidos de los gemidos de un perro negro al que veían dirigirse hacia un cuarto que parecía una zona de guerra. Había un par de pistolas tiradas sobre una mesita, rodeadas de botellas vacías de cerveza y vodka, y cargadores y balas esparcidos por todo el suelo. La televisión estaba encendida, ignorada en un rincón mientras un informativo especial interrumpía la emisión. El abnegado perro se subió a un sillón, encogiéndose para no provocar la ira de su amo, siendo su única compañía y vigilando que no levantase la voz, o rompiese cosas. El estado en el que Harlan e Yvette encontraron a Kurtz era desesperanzador. Estaba tirado en el sofá, totalmente borracho, acabando una botella de vodka mientras se entretenía cogiendo balas y lanzándolas contra el techo.
-Hola rubita. Hola, Har. – Comentó el anfitrión sin cesar en sus lanzamientos, con el ánimo apagado.
-Hola, Jonás. – Dijo su antiguo compañero, con voz grave y tono neutro, a la espera de que le diesen alguna explicación del caos reinante. El silencio no hizo sino confirmar sus peores sospechas. - ¿Por qué se fue?
-Miedo. – Dijo Kurtz, tras un breve silencio. Había estirado el cuello y dejado caer la cabeza desde el borde del sofá, y ahora miraba a sus visitantes bocabajo. – Tiene miedo de lo que yo represento. De lo que ha vivido, y de las pesadillas sobre la puta guerra que jodió su vida y la mía. Tiene miedo de vivir con un asesino de su pueblo, y de estar ignorando todo el sufrimiento y el horror de esos años al ser feliz aquí, conmigo, mientras su país lucha por reponerse y es pisoteado por ShinRa una y otra vez. Tiene miedo de no luchar por algo que cree que debe luchar, o no sabe porque, o que... No se, joder... El caso es que se ha ido.
-¿Lo habéis dejado? – Intervino Yvette, segundos tarde para darse cuenta de la mirada de Harlan que le sugería cederle el control de la conversación.
-¿Qué si lo hemos dejado? – Preguntó, enfocando sus ojos marrones hacia ella. Era una mirada llena de violencia contenida: Esa ira irreflexiva que producen en algunas personas el miedo y la incertidumbre. – “Dejarlo”... Puta palabrota... ¡Que mal suena, la hija de puta!... – Kurtz se incorporó. En un caso extremo, Yvette se creía capaz de defenderse: El veterano estaba borracho, y Harlan acudiría a separarlos... Pero el modo en el que la encaró la hizo dudar como no había dudado en mucho tiempo. - ¡No! – Dijo alzando la voz, con una sonrisa cínica. - ¡No lo hemos dejado! ¡Seguimos siendo novios! ¿Y sabéis por que? ¿Eh? – Scar los señalaba, haciéndoles sentir incómodos. - ¿Sabéis por que, malditos hijos de puta? – Gritó haciendo aspavientos, como si se lo dijese al mundo entero. - ¡Por que Shyun Tsuun Fo Aang es gilipollas! – Y rompió a reír.
Harlan e Yvette lo miraban sintiendo compasión hacia la piltrafa humana que se alzaba entre ellos, buscando una botella en la que quedase algo que beber, para dirigirse a la ventana y mirar largamente la calle, como si esperase verla entre las farolas, caminando hacia la entrada del edificio.
-Gilipollas... – Siguió Jonás, tras acabar el vodka. Tiró la botella al suelo, que cayó sobre la alfombra rebotando un par de veces y rodando hasta los pies de Yvette, que la recogió y la puso sobre la mesa. – La muy gilipollas me ama. – Rió mientras se dejaba caer contra la pared, sentándose en el suelo. – Me ama, y me teme. A mi y a todo lo que yo represento. Dice que necesita aclarar sus ideas, y olvidar la guerra del todo, antes de volver aquí.
-¿Y todo esto? – Preguntó Inagerr, señalando a las balas que Yvette recogía e iba colocando en cargadores. Él mismo cogía algunas y se las iba pasando, consciente de que era mejor ganar tiempo.
-Quería tener las pistolas cerca... Para... ¡No lo se!... Pero también las quería inutilizadas, para no hacer ninguna estupidez.
-¿Ibas a pegarte un tiro? – Harlan estaba escandalizado. Nunca habría esperado eso de su compañero. - ¡Maldita sea, Jonás! ¡¿Ibas a suicidarte y matar contigo cualquier posibilidad de volver a vivir junto a Aang?!
-¡Come mierda y muere, puto subnormal! – Gritó Scar, lanzando una botella contra su ex-compañero que estalló en mil pedazos contra una pared próxima. - ¡Siempre has tenido un jodido matrimonio perfecto, con dos hijos increíbles, puto maricón! ¡Ni te imaginas lo que es esto! ¡Ni te imaginas lo que es vivir sabiendo que eres la peor pesadilla de la puta persona más importante de tu vida! ¿Me has oído, cabronazo? – Harlan aguantó el tipo, pero agachó la cabeza. – ¿Sabes por qué hay un arma de fuego junto a mí? ¡¿Lo quieres saber?! – Yvette estaba asustada. Inagerr permanecía quieto, frente a su amigo, erguido e impasible, mientras Scar estaba poseído por la rabia. Tenía los ojos enrojecidos, respiraba fuertemente, y su cuello estaba totalmente tenso, como si apretase la mandíbula. Sus manos, crispadas, zarandeaban con fuerza a Harlan, al que tenía agarrado de las solapas. – La persona que más quiero en este mundo me miró fijamente, antes de irse, como si yo fuese un monstruo, Har. ¡Un monstruo! Y cada vez que se me pasa la borrachera no puedo evitar preguntarme si realmente seré un monstruo... Y si como tal no será mejor que me quite de en medio.
El tío más duro de todo el cuartel de Turk estaba destrozado. Sus rodillas parecían incapaces de sostenerle, y su cara estaba enrojecida por la rabia. Llevaba días borracho, sin asearse o siquiera dormir en condiciones y estaba ojeroso y demacrado. Era la ruina de lo que había sido... Su voz estaba rota, evidenciando un nudo en la garganta. Parecía que iba a decir algo, pero no se veía capaz. Entonces gritó. Yvette se quedó bloqueada en un primer momento, tanto que cuando al fin fue capaz de moverse, Scar ya había estampado a Inagerr contra la pared, y lo tenía agarrado por el cuello con una mano, mientras la otra golpeaba su cara con la fuerza de un animal enloquecido. Cuando el turco finalmente logró alzar las manos para defenderse, su amigo lo agarró de las solapas, cruzándolas para estrangularle, mientras pegaba un tirón con el que desequilibró a su corpulento ex-compañero, aprovechando para clavar su rodilla en el plexo solar de este. Fue entonces cuando una botella se rompió en el lado izquierdo de la cara de Kurtz, cegándole con una nube de astillas y cristales rotos. Yvette sabía que no tendría tiempo para hablar, así que aprovechó la ventaja de atacar desde el flanco para castigar a puñetazos las costillas del enloquecido turco, mientras el perro ladraba furiosamente desde el otro lado de la sala, confuso, pero enseñando unos dientes muy seguros de si mismos. Intentando aprovechar el factor sorpresa, la turca pateó la parte trasera de la rodilla del veterano, intentando derribarlo, pero este dejó su pierna ir, cambiando el peso a tiempo y aprovechando el movimiento para patear la entrepierna de su otro rival, ganando tiempo para dedicárselo a la novata. Con su mano izquierda agarró una botella de entre las que había tiradas y la arrojó con fuerza contra ella, aprovechando el momento en que intentaba detenerla para abalanzarse y patearle el estómago. Acto seguido, empezó una serie de puñetazos a la cara esperando a que ella levantase los brazos para protegerse, momento en que agarró uno de ellos, pegando un tirón que dio paso a una llave sencilla pero efectiva, que hizo a la joven agente caer al suelo, vaciándose de golpe el aire de sus pulmones. Un fuerte puñetazo en la frente hizo que su cabeza rebotase contra el suelo, aturdiéndola aún más, junto a la falta de oxígeno. Al ver a Inagerr recuperarse, Scar actuó por reflejo, aprovechando el movimiento con el que se incorporaba para impulsar un codazo hacia el torso, pretendiendo dejar sin respiración al inmenso hombre negro, pero este vio venir el golpe y estaba preparado para encajarlo, y listo para sacudir la cabeza del violento borracho con dos puñetazos simultáneos, uno en cada sien. No dudó en aprovechar los segundos que acababa de ganar en atacar de nuevo, castigando la cabeza de Kurtz con una serie de puñetazos, haciéndole retroceder, mientras le partía el labio. Harlan se preguntaba cuanto aguantaría su ex-compañero antes de caer, pero perdió la oportunidad de descubrirlo cuando su serie de golpes se ralentizó medio segundo para respirar. Aún no había acabado de tomar aire cuando fue agarrado de la ropa por Scar, que se dejó caer hacia atrás, rodando ambos, de modo que quedó sentado sobre su amigo, que estaba tumbado boca arriba en el suelo, encajando un golpe tras otro. A Harlan lo salvó la caballería, formada por un único y valiente perro que demostraba ser más sensato que su amo. Etsu se arrojó contra Scar, derribándolo antes de que pudiese ensañarse demasiado contra Harlan. El perro, para su desgracia, no recibió un trato especial, sino que el puñetazo que tuvo que encajar fue el mismo que recibieron el resto de los que se opusieron a Kurtz, que se levantaba con una mirada asesina.
-¡Se acabó! – Gritó Yvette, amartillando su pistola. – ¡Maldito loco de cara rajada, si das un paso mas te vuelo las rodillas!
Kurtz se detuvo en seco, tanteando a escondidas en busca de algo con lo que improvisar una escapatoria, mientras Harlan se levantaba magullado, lentamente. Etsu ladraba como un poseso hacia Yvette, tras cambiar de bando descontento por la jugada de sacar un arma.
-Hijos de puta... – Murmuraba Harlan, interponiéndose entre sus compañeros levantando las manos, mientras Etsu se sentaba, aliviado de no ser el único cuerdo de la sala. – Yvette, guarda el arma. – Dijo con calma.
-¿Qué? Har, maldita sea... ¡Tienes que estar de broma! ¡Ese psicópata se abalanzó sobre ti sin motivo!
-No fue sin motivo, y ahora baja eso, por favor. No quiero que esta mierda vaya a más.
-¿Qué no que? – Preguntó ella, incapaz de pensar con claridad y temblando por el subidón de adrenalina, mientras un hilillo de sangre caía desde su frente y otro desde la comisura de sus labios. Sus ojos no se apartaban de él, agachado al otro lado del salón, mirándola atento a cada movimiento. Sus ojos oscuros ardían, mientras todo su cuerpo parecía inmóvil, excepto por la respiración. Desarmado, magullado y en inferioridad numérica, Jonás “Scar” Kurtz la miraba atento a cada gesto, a cada detalle. Para él la pelea aún no había acabado, simplemente esperaba. En ese momento, Yvette se dio cuenta de que, a pesar de sus diecisiete balas de nueve milímetros, no tenía el control de la situación. Levantó la mano izquierda y con la derecha guardó el arma, agachando la cabeza, derrotada. Satisfecho, su compañero se giró hacia Kurtz.
-Y tu, tíralo. – El aludido se incorporó, dejando sobre una mesa el puntiagudo trozo de vidrio que escondía en la mano izquierda, oculta tras su cuerpo.
-Joder... Lo siento mucho. – Dijo el anfitrión, recobrando la cordura. – Estoy hecho una mierda, Har. Peor que nunca. Necesito a esa mujer, y la necesito más que el aire.
-Tranquilo, tío... – Harlan le dio un abrazo, ante la confusa mirada de Yvette. – Ya sabes lo que se dice: Hoy por ti...
-Estáis locos... – A la pobre mujer le iba a dar algo. El sabio y maduro veterano se abalanzó como una bestia furiosa sobre los dos, y los habría matado de no ser por el maldito perro, y ahora se daban abrazos. Sin embargo, en el fondo, no pudo evitar entenderlo. Kurtz estaba destrozado... Desesperado. Estaba a punto de derrumbarse y necesitaba una válvula de escape. Perdió el control, pero a todo el mundo le podía pasar. Claro que con su entrenamiento era mucho mas peligroso que un ataque de rabia de cualquier hijo de vecino, eso había quedado patente, pero aún así, Yvette no pudo evitar reconocer el pobre intento de un hombre desesperado por no derrumbarse. – A ver, par de vejetes... Hacedme un sitio en el abrazo o vais a parecer gays. – Dijo ella, mientras los agarraba a ambos. – Y tu, cara cortada, por lo que más quieras: ¡Dime que te queda algo de vodka!
Una hora más tarde, Turk al completo se erguía en el despacho del presidente Rufus Shinra, escuchando órdenes precisas de acabar con cualquier alteración del orden que pudiese surgir a raíz de un fenómeno astral inusitado: Un cometa había aparecido en el cielo, y las suposiciones del departamento de ciencias eran unánimes: Su trayectoria era de colisión. Por el momento, el cometa no era más que una pequeña y lejana llama roja en el firmamento que se iba acercando a gran velocidad a cada segundo que pasaba, como un siniestro reloj en cuenta atrás, marcando el tiempo que le quedaba al planeta.
Los hombres y mujeres allí presentes vestían chalecos de kevlar reforzados, y llevaban escopetas, subfusiles y algunos fusiles de asalto. La situación no estaba para bromas, y no hubo chiste alguno entre las dos facciones en las que se dividía la organización.
Harlan e Yvette compartían aspecto impasible, desastrados por la paliza pero erguidos y orgullosos. Armados él con una escopeta Bonfire del calibre 12 y ella con una carabina MF22A4. El, a pesar de estar allí, escuchando órdenes que iba a cumplir aunque le pesasen, tenía claro que antes que turco, era marido y padre. En ultima instancia, Midgar entera podía irse al infierno, con tal que sobreviviesen Grace y los niños. Yvette, que no tenía tantas responsabilidades, se limitaba a observar sin mostrar la tristeza que la embargaba. El mundo se iba a la mierda, a pequeña y gran escala, y la peor sensación que había vivido nunca, volvía para tomar nuevamente el control de su vida: La impotencia.
Kurtz agarraba firmemente su viejo fusil MF22A1 modificado, erguido junto a su nueva compañera Svettlana, mientras escuchaban las órdenes. Los golpes y la resaca lo habían dejado para el arrastre, pero más le dolía llevar el arma que había destrozado el país de Aang, y ver que sus brazos agradecían su presencia y su peso, como si fuese un amigo largamente añorado. Sin embargo otra cosa había traído consigo, más cerca de su corazón, bajo el chaleco de kevlar y el uniforme de turco, enganchado a la cadena que tenía sus tres placas de identificación, dos con su nombre y grupo sanguíneo y una con su nombre en clave, la única que llevó durante su época en el batallón de black ops, en la que solo ponía “Tigre”. Al lado de esos tres testigos de su vida como soldado durante la que Scar había matado, por muchos y diversos motivos, pendía un anillo de oro, sencillo pero elegante, a la espera de ser entregado a la única mujer que podría suponer para un superviviente nato como Jonás, un motivo por el que dar la vida.
--------------
Llevo tres días sin salir de casa. No he padecido enfermedad alguna, si es lo que preocupa a mis lectores, sino que afortunadamente gozo de buena salud. El tema es que nunca os imaginaríais lo literal que puede ser la palabra “afortunadamente”. Hoy hace ya cuatro días desde que es visible un cuerpo celeste nuevo en el firmamento. Incluso su brillo es tal que prevalece sobre la contaminación lumínica de la ciudad (una de las muchas que tiene, todo hay que decirlo). No llevaba ese cometa diez minutos ahí arriba cuando las calles ya se habían inundado de teorías. ¿Es una profecía? ¿Una señal, quizás? ¿Una nave extraterrestre? ¿Un dios? ¿Será amistoso u hostil? Amigo o enemigo, en resumen.
Al principio la gente estaba maravillada. El cometa es una figura hermosa aunque inquietante, avistable a simple vista desde la puesta del sol hasta el amanecer. Me pasé una noche entera, observándolo desde la casa de un amigo que tiene la fortuna de vivir en la placa superior. Hicimos una pequeña reunión, una cena, vino, risas... La verdad es que lo pasé muy bien. Era un pequeño refugio de la dignidad humana, una Arcadia formada por mis cuatro mejores amigos, cena, vino y jazz. Pues bien: La cena acabó y salimos a la calle. No habíamos dado dos pasos cuando nos cruzamos con un hombre enloquecido por la visión de lo que el llamaba “un astro de la perdición, que viene a ejecutar nuestra sentencia”. Tenía materia de fuego, y desató el caos en la calle. Veinte personas murieron delante de mis ojos, destrozadas por descargas flamígeras que surcaban el aire más rápidas de lo que la vista era capaz de percibir. Ese pobre loco habría aniquilado toda la ciudad en nombre de la salvación. Preocupado por evitar que nuestras almas acabasen en el infierno, nos quiso mandar a todos al cielo cuanto antes. Había desatado su propio hades en la calle, y cuando estaba a un metro de distancia de donde yo me hallaba oculto, me miró. Sus ojos azules muy abiertos y su melena y barba crispadas y sus manos tensas... Era un hombre desesperado. Me miró, como ya dije y habló conmigo: “Entiéndalo, no podría soportar verlos sufrir”, fueron sus palabras, antes de ser abatido por tres disparos en el pecho. Al desplomarse pude ver su cara. Reflejaba incredulidad, pero también pena. Intenté ponerme en su piel y lo comprendí: No esperaba sobrevivir, solo “salvar” a todas las personas que pudiese. Era consciente de que sus intenciones serían malinterpretadas y se le mataría por ello, y eso quedó claro cuando oí como suspiraba sus últimas palabras: “Solo veinte almas... Tan pocas...”
He estado tres días enteros sin moverme de casa, pensando sobre ello, y en esos tres días solo se formó un silencio oficial por parte de Shin-Ra. Nadie anuncia, confirma o desmiente nada, y los rumores crecen. Hay optimismo a veces, y otras se cree que nos quedan dos telediarios. La vida se ha vuelto peligrosa y miserable, cada vez más. Estamos ante nuevas amenazas y nuevas formas de morir, con la presencia cada noche de una inmediata y drástica, que trata sobre la absoluta aniquilación de toda la vida del planeta, y con ella, el material del que nacen los héroes, los villanos, los amigos para siempre y las leyendas: El recuerdo. La imagen que queda de uno más allá de su propia vida.
Toda persona aspira a dejar su impronta en el mundo, cuando se haya ido. Sus planes para lograrlo son más o menos ambiciosos o a veces espectaculares, pero siguen estando ahí: Si hay un miedo mayor a la muerte, ese es el miedo a caer en el olvido. Por eso, muchas veces cometemos heroicidades y estupideces. Es un impulso egoísta quizás, que, pensándolo fríamente, no hace sino un flaco favor al mundo. De todos modos, escribir una columna de opinión es de por si un acto de egoísmo, aunque sin embargo no sería nada de esta sin contar con un grupo de lectores fiel al que se podría comparar casi con una segunda familia. Pues bien: Mi intención en este artículo es disculparme con todos ustedes, ya que quizás les estropee el pequeño placer que significa leer esta humilde reseña periodística a diario, motivada por el morbo de ser escrita por una persona desconocida de sexo indeterminado. Sin embargo, no puedo evitar hacer esto, aunque sepa que mi decisión está motivada por el egoísmo y el miedo. No quiero que en mi tumba ponga “Al soldado desconocido”, y espero que ustedes, apreciados lectores comprendan el paso que estoy dando:
Soy un hombre de veintinueve años que trabaja de colaborador en el canal 4 de noticias de Shin-Ra, llevando cafés y comiendo mierda en general, muerto de asco con la caterva de trepas que me impide crecer y vive bajo la placa, esperando a que surja su oportunidad de triunfar, como todos en esta vida. Me llamo Kazuro Kowalsky, y me alegro mucho de haberlos conocido. Hasta el artículo de mañana... Y hasta siempre.
Fdo: King Tomberi.
-----------------------------------
Vuestro mundo no es el mío... Vuestras vidas son tan distintas que parecemos especies diferentes, y aún así, no me distinguiríais entre vosotros si nos cruzásemos por la calle. Vuestra vida transcurre de día. La mía empieza al caer la noche. Muchos conocidos, románticos, chistosos o simplemente gilipollas, me han comparado a veces con los vampiros, pero no: Solo de noche es cuando vosotros desaparecéis, y dejáis de entorpecer mi mundo: Un mundo con unas reglas muy sencillas formadas por infinitas directrices variables y complicadas que se entrelazan cada vez que hay que aplicarlas, resumidas en una sola frase: Cágala y habrás muerto.
No estoy yo solo recorriendo la ciudad de noche, con la única compañía de la radio, sino que cada vez son más los que me acompañan. A veces compañeros, a veces rivales. Enemigos incluso, aunque esto no es nada raro. Es lo que tiene la competición.
He vendido mi alma y todo lo que me representaba para tener lo que ahora estoy probando, y aunque sé que el precio que habré de pagar, será caro, el premio lo vale. He perdido el contacto con el suelo, y cada tramo del camino parece más y más irreal. Tanto que a veces, el mundo se desdibuja mientras avanzo. La adrenalina surca mi cuerpo con la fuerza de las mareas, y el ruido ensordece mis oídos a la vez que acelera el ritmo de mi corazón. ¡Incluso me tiembla el pulso! Han pasado años desde la última vez que esto fue así, y sin embargo ahora no me cuesta recordar lo joven e inexperto que era entonces, pues exactamente así es como me siento ahora. Curvas que conocía como si me hubiese criado en ellas eran nuevas y extrañas. Cada maniobra era imprevisible, y poco a poco fue dominada a base de entrenamiento.
Mi mundo es simple, y así son sus reglas: Izquierda, derecha, freno, embrague, palanca y acelerador. Cualquiera puede creer que lo conoce. El coche es nuevo; un flamante Shinra Cavalier, y han hecho falta semanas de trabajo a tiempo completo para prepararlo, instalando el nuevo motor, corrigiendo el equilibrio en general, la suspensión, los frenos... Nadie que lo viese podría imaginarse la bestia que es en realidad, y sin embargo, ya no me siento igual con él. Ya no soy un espíritu negativo de perdición, ni un guerrero ni nada parecido. No soy ningún símbolo de autoridad ni sello de referencia para surcar las calles al volante de esta atrocidad mecánica. Simplemente, cuando lo conduzco, estoy vivo y soy libre. Esta no es la única forma que tengo de sentirme así, pero indudablemente es la mejor. En mi corazón no hay latidos, sino revoluciones por minuto. El porcentaje de agua en mi cerebro ahora es pura adrenalina. Mis ojos perciben todo: Las luces cambiantes de los semáforos, con su rutina habitual, las calles más transcurridas, los callejones transitables, los radares de tráfico... Simplemente busco la mejor carretera, piso el acelerador y vuelo.
Mi vista empieza a estar cansada, el depósito de gasolina llega a su fin y el motor empieza a calentarse demasiado. Además, estoy gastando demasiado los neumáticos. Sin embargo, algo me dice que debo hacerlo. El hombre a quien acepté seguir a cambio de este coche parecía preocupado por los acontecimientos seguros, y la aparición del cometa en el firmamento es sin duda un acontecimiento. Llevo cuatro horas seguidas al volante. Empiezo a estar agotado, pero es igual. Debo seguir entrenando... Algo va a pasar.
Dog Tags:
Escritor:UKIO,
EVENTO 100,
RELATOS
lunes, 24 de diciembre de 2007
100. EVENTO ESPECIAL
El gato volvió a respirar.
A su lado, el surco dejado por la rueda de moto al pegar el frenazo seguía emitiendo calor, pero la máquina ya se había ido entre improperios de su piloto.
-¿Seguro que conoces el camino? Esto no parece un atajo...
-Lo es, ¿vale? Puede que hayas dado la puta vuelta al mundo, samurai, pero el sector 7 es mi territorio, y el cementerio de trenes es mi jodido campo de juegos.
-Ya veo... – Comentó con sorna el pasajero, mientras se agarraba más fuerte a cada nuevo balanceo de la moto.
-Esto es por el peso extra. Normalmente no suelo llevar a nadie de “paquete”.
-Vaya... No consigo imaginarme por que.
La motera estaba poniendo el candado a la rueda trasera, mientras el joven al que había llamado samurai la esperaba abriéndole la puerta del local, mientras una mujer de mediana edad y hermosos rasgos orientales salía. Al lado de esta, un cartel anunciaba la reinauguración del pub al que estaban entrando: La Highlander Tavern reabría sus puertas celebrando un concierto de los Rooftop Ravens, prometiendo una noche entera de clásicos del rock, oferta de 2x1 en primeras marcas y concurso de bebedores de cerveza. Liam, el dueño, se había retirado ya: Sobrevivir a 20 tiroteos es suerte, dijo, intentarlo con el 21 es estupidez. Ahora regentaban el local sus sobrinos, los gemelos Aiden y Garth, pelirrojos, peleones y carismáticos, como lo había sido su tío en su juventud. Dos melenudos amantes del heavy metal competían con un mastodonte pelirrojo de sonrisa fácil y aspecto peligroso y cerveza negra en la barra, mientras una delgada mujer vestida como ellos los miraba sus vasos con gesto de desagrado, mientras la música sonaba y los brindis se gritaban una y otra vez. El local estaba totalmente atestado. Una mujer trajeada, acompañada de un inmenso hombre de color seguía con la vista entre la multitud una melena rubia, antes de verse interrumpida por el resto de trajeados: Un cuarentón de aspecto tranquilo e impasible acompañado de un joven agresivo de gesto confiado. Una mujer de treinta y tantos, morena de mirada glacial completaba el grupo, que disponía de un cierto hueco entre la multitud gracias a sus uniformes.
Los recién llegados se sentaron a la mesa con un gigantón barbudo, cuyo pelo cada vez más largo estaba sujeto con una pañoleta. Con él había un hombre bajito, de aspecto desaliñado, sentado al lado de una rubia espectacular que hacía compañía a un joven apuesto, de ojos verdes con la oreja mutilada, cuya mirada se había desviado temporalmente hacia otro hombre, al que dudaba si reconocía o no. Este estaba sentado en la barra, trasteando con un reproductor mp3 y un portátil, pero no se había llegado a sentir observado.
Un chaval joven, de pelo largo, no paraba de parafrasear a un difunto poeta/estrella del rock, mientras él y otro mayor que él de gestos estrafalarios, contemplaban la libreta de dibujos de una mujer que a todas luces había copiado su peinado a algún personaje de dibujo animado, acompañada de otra que opinaba con un gracioso acento.
Los primeros compases de una pieza clásica de rock empezaban a inundar el ambiente, con algún que otro coro por parte de un dúo de jóvenes de aspecto cuidadosamente desaliñado que alzaban sus cervezas en el piso superior del local, mientras miraban sobre la barandilla a otro, unos cuantos años mayor que ellos, que llevaba unos cuantos libros de ciencias, debatiendo algo con una rubia impresionante, cuyo pelo le caía justo donde se centraban las miradas de los precoces cerveceros: El final de la espalda.
Un hombre mayor, de expresión severa y tranquila salía del baño, chocando con otro más joven, que se disculpó inmediatamente. Dijo no mirar por donde iba por estar atendiendo a algo que le comentaba en ese momento su mujer, sentada en una mesa contigua, tras la que dos adolescentes pasaron, para subir al piso de arriba a unirse a los que se deleitaban en las curvas de la rubia. Uno de ellos se quejaba, molesto por las acusaciones de ser comercial al grupo del que llevaba una sudadera por parte de los heavys que se habían adueñado de la barra del local, pero su amigo aun era incapaz de dejar de reírse de ello. El ruido de cristales rotos hizo detenerse a dos jóvenes más, un adolescente y otro entrado en la veintena rubio y vestido con gabardina, cuyo debate sobre artes marciales había pasado a una demostración amistosa entre ellos, pero que a la camarera que derribaron por accidente le hizo poca gracia.En medio del bullicio, Liam veía con orgullo como sus sobrinos habían logrado llenar el local, quizás gracias a las camareras, que paseaban sus bandejas entre las mesas, y su prenda más destacada era una especie de falda, que de no ser tan corta y ceñida, se le podría llamar kilt. Una de ellas, la que parecía más novata, se quejaba por el humo del local, especialmente cuando pasaba al lado de la mesa del tío de la gabardina sucia, que prácticamente encendía cada cigarrillo con la colilla del anterior. Sus dos compañeras de mesa, una gótica y una mujer morena, de aspecto tímido, ya parecían acostumbradas, pero la pobre camarera casi se desmaya. No cayó al suelo gracias a la rápida intervención de una mujer madura, de mirada profunda, que la agarró a tiempo, mientras miraba alrededor desde su mesa, en una esquina de la planta superior, que le daba una gran panorámica del local.
Una breve introducción de piano, de una canción melancólica se vio acallada bruscamente por el botón de stop del reproductor musical marcó un cambio en el ambiente que silenció algunos murmullos. La multitud, intrigada y ansiosa, concentró sus miradas en la barra del bar, donde Aiden golpeaba una maza medieval contra un escudo, llamando la atención del público para que su hermano Garth se pudiese dirigirse a ellos: El concierto que habían venido a ver iba a comenzar inmediatamente. Su anuncio fue respondido con vítores, alabando al nuevo local, a la bebida, a las camareras y a la madre que los parió a todos, en un ambiente distendido y festivo. Se habían abierto las mejores botellas de brandy, whiskey, bourbon y vodka, y la cerveza se contaba por barriles vacíos. Aiden seguía calentando los ánimos, caminando sobre la barra, con la maza en una mano y una jarra de cerveza en la otra, con la que propuso un brindis para todos, en honor a los años que había durado la antigua Highlander Tavern, propiedad de su familia durante 4 generaciones, con algunas de ellas presentes. Garth blasfemaba y maldecía a su hermano, que se divertía y brindaba mientras él se veía obligado a llenar vasos, pintas y jarras a la velocidad del sonido, y para colmo todos ellos parecían vaciarse aún más rápido. El karma se cobró su parte cuando Aiden resbaló, desplomándose tras la barra. Las risas llenaron el local, mientras Liam gritaba un sonoro “¡Trabaja!” que añadió más combustible al ambiente.
-Ahí tienes un adelanto del pago... – Dijo Garth a uno de los heavys que hacían servicio de barra, alto, de melena negra y ojos oscuros. Se saludaron con un apretón de manos, mientras una de las camareras le ofrecía una cerveza. – Ahora destrózalos.
Las risas seguían, mientras Aiden se levantaba. Desafiando a cualquiera que se atreviese a bailar con él sobre la barra y no morir en el intento. Fueron muchas las voces que respondieron a su reto, algunas bravatas, y otras dispuestas a todo. Mientras el tabernero elegía a la más guapa para tener contrincante, un trueno tocado con la guitarra irrumpió en el local, adelantándose al rayo. Un riff agresivo y rápido acompañado de bajo y batería que centró en el escenario toda la atención, mientras la guitarra, negra con detalles en dorado, subía el tono de su aullido hasta un armónico para luego bajar en una sucesión de notas rápidas hasta quedar el local entero en silencio. La multitud, cogida por sorpresa, dudo a la hora de empezar a aplaudir, pero la banda no hizo concesiones. Inmediatamente empezó con los acordes de un clásico de rock, solenme y poderoso. El público coreaba: “While the sun hangs in the sky... And the desert has sand…”. La canción, clásico célebre de una banda disuelta años atrás, unía a todas las voces de la Highlander Tavern, altas, bajas, discordantes o histriónicas, mejor o peor afinadas, en una sola. Liam lo negará mas tarde, pero le emocionaba ver que el local que había heredado de su abuelo seguía vivo, en cada tablón del suelo, en cada mesa, en cada vaso y en cada pared, latía de nuevo, como la primera vez que se colgó el cartel de abierto. Las camareras habían dejado de servir copas, porque estaban cantando con la multitud. Puede que algunos no conociesen la canción, pero unían su voz al coro, ansiosos por formar parte de la comunidad. La taberna había sido siempre eso: Era un espacio pequeño, y su cuerpo era de madera, acero y cerveza, pero su alma era toda la gente que la había pisado. Liam la creyó perdida con el último tiroteo, pero ahora que sus sobrinos llevaban el testigo, sabía que la taberna perduraría. Cuando la canción acabó, la voces no se callaron. Gritos y silbidos atronaban junto a los aplausos, y la cerveza volvió a fluir, como si el tiempo se hubiese detenido y ahora volviese moverse. El grupo estaba a tono, dispuesto a hacer saltar el techo del local, y la placa de Midgar si fuese necesario. Rápidamente, ajustaban sus pedales de efecto, mientras el cantante aprovechaba para aligerar un poco la cerveza, cortesía de Garth, y se dirigió al público, para ganar algo de tiempo para sus compañeros.
-Bueno, gente... Y vosotros también, Aiden y Garth. Somos los Rooftop Ravens, y estamos aquí por que esos dos de allí usaron todo su ingenio y cerveza para convencernos y que tocásemos hoy aquí. La verdad, no les habría costado, pero nos hicimos los duros solo para ver cuanta cerveza gratis éramos capaces de conseguir. – Cuando las risas se apagaron, el cantante prosiguió. – Por desgracia, los muy astutos nos conocen demasiado bien, ¡pero aún así logramos la suficiente para proponer un brindis por la Highlander!
-¡Brindar y no beber, siete años sin joder! – Gritó Garth, mientras la multitud se unía a él en un trago largo e intenso de licor.
- ¡Garth, con lo que bebemos, no viviremos tanto! Aun así, quiero saludaros a todos, conocidos y desconocidos, por estar hoy aquí. Algunos vinisteis por la fiesta y estáis descubriendo el mejor local que veréis en vuestra puta vida. Otros sois parte del mobiliario, y habéis estado aquí en lo mejor y lo peor, siempre con un trago para animar el espíritu y seguir adelante. Algunos estuvisteis y no habéis vuelto, y otros están a punto de cruzar esa puerta. Con todos vosotros, alzo mi copa y brindo: ¡Por cien años más de Highlander Tavern, y por teneros a todos aquí en todos los días que esos años duren!
A su lado, el surco dejado por la rueda de moto al pegar el frenazo seguía emitiendo calor, pero la máquina ya se había ido entre improperios de su piloto.
-¿Seguro que conoces el camino? Esto no parece un atajo...
-Lo es, ¿vale? Puede que hayas dado la puta vuelta al mundo, samurai, pero el sector 7 es mi territorio, y el cementerio de trenes es mi jodido campo de juegos.
-Ya veo... – Comentó con sorna el pasajero, mientras se agarraba más fuerte a cada nuevo balanceo de la moto.
-Esto es por el peso extra. Normalmente no suelo llevar a nadie de “paquete”.
-Vaya... No consigo imaginarme por que.
La motera estaba poniendo el candado a la rueda trasera, mientras el joven al que había llamado samurai la esperaba abriéndole la puerta del local, mientras una mujer de mediana edad y hermosos rasgos orientales salía. Al lado de esta, un cartel anunciaba la reinauguración del pub al que estaban entrando: La Highlander Tavern reabría sus puertas celebrando un concierto de los Rooftop Ravens, prometiendo una noche entera de clásicos del rock, oferta de 2x1 en primeras marcas y concurso de bebedores de cerveza. Liam, el dueño, se había retirado ya: Sobrevivir a 20 tiroteos es suerte, dijo, intentarlo con el 21 es estupidez. Ahora regentaban el local sus sobrinos, los gemelos Aiden y Garth, pelirrojos, peleones y carismáticos, como lo había sido su tío en su juventud. Dos melenudos amantes del heavy metal competían con un mastodonte pelirrojo de sonrisa fácil y aspecto peligroso y cerveza negra en la barra, mientras una delgada mujer vestida como ellos los miraba sus vasos con gesto de desagrado, mientras la música sonaba y los brindis se gritaban una y otra vez. El local estaba totalmente atestado. Una mujer trajeada, acompañada de un inmenso hombre de color seguía con la vista entre la multitud una melena rubia, antes de verse interrumpida por el resto de trajeados: Un cuarentón de aspecto tranquilo e impasible acompañado de un joven agresivo de gesto confiado. Una mujer de treinta y tantos, morena de mirada glacial completaba el grupo, que disponía de un cierto hueco entre la multitud gracias a sus uniformes.
Los recién llegados se sentaron a la mesa con un gigantón barbudo, cuyo pelo cada vez más largo estaba sujeto con una pañoleta. Con él había un hombre bajito, de aspecto desaliñado, sentado al lado de una rubia espectacular que hacía compañía a un joven apuesto, de ojos verdes con la oreja mutilada, cuya mirada se había desviado temporalmente hacia otro hombre, al que dudaba si reconocía o no. Este estaba sentado en la barra, trasteando con un reproductor mp3 y un portátil, pero no se había llegado a sentir observado.
Un chaval joven, de pelo largo, no paraba de parafrasear a un difunto poeta/estrella del rock, mientras él y otro mayor que él de gestos estrafalarios, contemplaban la libreta de dibujos de una mujer que a todas luces había copiado su peinado a algún personaje de dibujo animado, acompañada de otra que opinaba con un gracioso acento.
Los primeros compases de una pieza clásica de rock empezaban a inundar el ambiente, con algún que otro coro por parte de un dúo de jóvenes de aspecto cuidadosamente desaliñado que alzaban sus cervezas en el piso superior del local, mientras miraban sobre la barandilla a otro, unos cuantos años mayor que ellos, que llevaba unos cuantos libros de ciencias, debatiendo algo con una rubia impresionante, cuyo pelo le caía justo donde se centraban las miradas de los precoces cerveceros: El final de la espalda.
Un hombre mayor, de expresión severa y tranquila salía del baño, chocando con otro más joven, que se disculpó inmediatamente. Dijo no mirar por donde iba por estar atendiendo a algo que le comentaba en ese momento su mujer, sentada en una mesa contigua, tras la que dos adolescentes pasaron, para subir al piso de arriba a unirse a los que se deleitaban en las curvas de la rubia. Uno de ellos se quejaba, molesto por las acusaciones de ser comercial al grupo del que llevaba una sudadera por parte de los heavys que se habían adueñado de la barra del local, pero su amigo aun era incapaz de dejar de reírse de ello. El ruido de cristales rotos hizo detenerse a dos jóvenes más, un adolescente y otro entrado en la veintena rubio y vestido con gabardina, cuyo debate sobre artes marciales había pasado a una demostración amistosa entre ellos, pero que a la camarera que derribaron por accidente le hizo poca gracia.En medio del bullicio, Liam veía con orgullo como sus sobrinos habían logrado llenar el local, quizás gracias a las camareras, que paseaban sus bandejas entre las mesas, y su prenda más destacada era una especie de falda, que de no ser tan corta y ceñida, se le podría llamar kilt. Una de ellas, la que parecía más novata, se quejaba por el humo del local, especialmente cuando pasaba al lado de la mesa del tío de la gabardina sucia, que prácticamente encendía cada cigarrillo con la colilla del anterior. Sus dos compañeras de mesa, una gótica y una mujer morena, de aspecto tímido, ya parecían acostumbradas, pero la pobre camarera casi se desmaya. No cayó al suelo gracias a la rápida intervención de una mujer madura, de mirada profunda, que la agarró a tiempo, mientras miraba alrededor desde su mesa, en una esquina de la planta superior, que le daba una gran panorámica del local.
Una breve introducción de piano, de una canción melancólica se vio acallada bruscamente por el botón de stop del reproductor musical marcó un cambio en el ambiente que silenció algunos murmullos. La multitud, intrigada y ansiosa, concentró sus miradas en la barra del bar, donde Aiden golpeaba una maza medieval contra un escudo, llamando la atención del público para que su hermano Garth se pudiese dirigirse a ellos: El concierto que habían venido a ver iba a comenzar inmediatamente. Su anuncio fue respondido con vítores, alabando al nuevo local, a la bebida, a las camareras y a la madre que los parió a todos, en un ambiente distendido y festivo. Se habían abierto las mejores botellas de brandy, whiskey, bourbon y vodka, y la cerveza se contaba por barriles vacíos. Aiden seguía calentando los ánimos, caminando sobre la barra, con la maza en una mano y una jarra de cerveza en la otra, con la que propuso un brindis para todos, en honor a los años que había durado la antigua Highlander Tavern, propiedad de su familia durante 4 generaciones, con algunas de ellas presentes. Garth blasfemaba y maldecía a su hermano, que se divertía y brindaba mientras él se veía obligado a llenar vasos, pintas y jarras a la velocidad del sonido, y para colmo todos ellos parecían vaciarse aún más rápido. El karma se cobró su parte cuando Aiden resbaló, desplomándose tras la barra. Las risas llenaron el local, mientras Liam gritaba un sonoro “¡Trabaja!” que añadió más combustible al ambiente.
-Ahí tienes un adelanto del pago... – Dijo Garth a uno de los heavys que hacían servicio de barra, alto, de melena negra y ojos oscuros. Se saludaron con un apretón de manos, mientras una de las camareras le ofrecía una cerveza. – Ahora destrózalos.
Las risas seguían, mientras Aiden se levantaba. Desafiando a cualquiera que se atreviese a bailar con él sobre la barra y no morir en el intento. Fueron muchas las voces que respondieron a su reto, algunas bravatas, y otras dispuestas a todo. Mientras el tabernero elegía a la más guapa para tener contrincante, un trueno tocado con la guitarra irrumpió en el local, adelantándose al rayo. Un riff agresivo y rápido acompañado de bajo y batería que centró en el escenario toda la atención, mientras la guitarra, negra con detalles en dorado, subía el tono de su aullido hasta un armónico para luego bajar en una sucesión de notas rápidas hasta quedar el local entero en silencio. La multitud, cogida por sorpresa, dudo a la hora de empezar a aplaudir, pero la banda no hizo concesiones. Inmediatamente empezó con los acordes de un clásico de rock, solenme y poderoso. El público coreaba: “While the sun hangs in the sky... And the desert has sand…”. La canción, clásico célebre de una banda disuelta años atrás, unía a todas las voces de la Highlander Tavern, altas, bajas, discordantes o histriónicas, mejor o peor afinadas, en una sola. Liam lo negará mas tarde, pero le emocionaba ver que el local que había heredado de su abuelo seguía vivo, en cada tablón del suelo, en cada mesa, en cada vaso y en cada pared, latía de nuevo, como la primera vez que se colgó el cartel de abierto. Las camareras habían dejado de servir copas, porque estaban cantando con la multitud. Puede que algunos no conociesen la canción, pero unían su voz al coro, ansiosos por formar parte de la comunidad. La taberna había sido siempre eso: Era un espacio pequeño, y su cuerpo era de madera, acero y cerveza, pero su alma era toda la gente que la había pisado. Liam la creyó perdida con el último tiroteo, pero ahora que sus sobrinos llevaban el testigo, sabía que la taberna perduraría. Cuando la canción acabó, la voces no se callaron. Gritos y silbidos atronaban junto a los aplausos, y la cerveza volvió a fluir, como si el tiempo se hubiese detenido y ahora volviese moverse. El grupo estaba a tono, dispuesto a hacer saltar el techo del local, y la placa de Midgar si fuese necesario. Rápidamente, ajustaban sus pedales de efecto, mientras el cantante aprovechaba para aligerar un poco la cerveza, cortesía de Garth, y se dirigió al público, para ganar algo de tiempo para sus compañeros.
-Bueno, gente... Y vosotros también, Aiden y Garth. Somos los Rooftop Ravens, y estamos aquí por que esos dos de allí usaron todo su ingenio y cerveza para convencernos y que tocásemos hoy aquí. La verdad, no les habría costado, pero nos hicimos los duros solo para ver cuanta cerveza gratis éramos capaces de conseguir. – Cuando las risas se apagaron, el cantante prosiguió. – Por desgracia, los muy astutos nos conocen demasiado bien, ¡pero aún así logramos la suficiente para proponer un brindis por la Highlander!
-¡Brindar y no beber, siete años sin joder! – Gritó Garth, mientras la multitud se unía a él en un trago largo e intenso de licor.
- ¡Garth, con lo que bebemos, no viviremos tanto! Aun así, quiero saludaros a todos, conocidos y desconocidos, por estar hoy aquí. Algunos vinisteis por la fiesta y estáis descubriendo el mejor local que veréis en vuestra puta vida. Otros sois parte del mobiliario, y habéis estado aquí en lo mejor y lo peor, siempre con un trago para animar el espíritu y seguir adelante. Algunos estuvisteis y no habéis vuelto, y otros están a punto de cruzar esa puerta. Con todos vosotros, alzo mi copa y brindo: ¡Por cien años más de Highlander Tavern, y por teneros a todos aquí en todos los días que esos años duren!
Dog Tags:
Escritor:UKIO,
EVENTO 100,
RELATOS
99.
Hoy sería un nuevo día.
Shinyoru se deperezó lentamente, bostezando con parsimonia y estirando su cuerpo. Anoche un borracho había tirado de golpe los cubos de basura del callejón por donde solía pasar y la había asustado, desvelándola por completo. El estruendo había sido de infarto.
Así pues, había dormitado hasta bien entrada la mañana, y si no se daba prisa llegaría tarde.
Se sacudió su corto pelo negro y comenzó a andar con tranquilidad. Le gustaba mucho ver despertar a los suburbios bajo la placa. Midgar no sería el paraíso, pero era su hogar, y si se la buscaba se encontraba su belleza.
Los ojos azul grisáceo de Shinyoru se dirgían una y otra vez a las gentes que iniciaan sus quehaceres por la calle. Bajo la placa siempre parecía ser de noche, o si acaso el atardecer, pero eso le gustaba. Era bonito ver las mil luces brillantes que iluminaban Mercado Muro, o las tenues farolas que trataban de apartar las sombras de las calles menos transitadas.
Cada persona era un mundo: la joven chica de la tienda, tan tímida, el viejo dueño del pub (cuya nieta le había regalado una golosina un día), la señora del carrito de la compra... ella les conocía, pues jamás olvidaba una cara, y conocía pequeños detalles que los diferenciaban a todos y cada uno.
De hecho, Shinyoru podría presumir de conocer muchos de los secretos de aquel bajo mundo. Podría, pero jamás lo haría, porque para ella no eran cosas importantes. Simplemente ocurrían ante sus ojos y ella los recolectaba. Al igual que otros coleccionan mariposas o cromos, Shinyoru era una feroz coleccionista de secretos y de rostros.
Sus pasos se dirigieron sin titubear hacia el Cementerio de Trenes, donde la esperaban sus amigos. A veces, para evitar que la multitud la estorbase en su ruta, caminaba sobre el borde de los muros, o sobre montículos de escombros y chatarra, pero ella era ágil y eso no suponía un problema. Incluso la divertía. Se lo tomaba como una carrera de obstáculos.
Mientras llegaba a su destino, fue pensando en cómo estaba cambiando el ambiente allí, bajo la placa. Cada día había menos tranquilidad y más misterios, eso sin contar con todos aquellos que teñían de sangre los suburbios. Ella había sido testigo de muuuuuuuchas de estas actuaciones, sin ir más lejos, la que vio ayer en el callejón. Pero, al menos para Shinyoru, aquello era una molestia menor.
La curiosidad la había llevado a preguntarse por qué ellos mataban: la niña trcolor, el joven rubio, el hombre de las tarjetas... de algunos sabía el sentimiento que los impulsaba, de otros lo ignoraba todo excepto su cara. Shinyoru se planteaba seriamente empezar a coleccionar aparte los rostros cuyas manos estaban manchadas de sangre. Coleccionista de asesinos. Aquel pensamiento la hizo reírse para sus adentros.
Finalmente se encontró en la derruída zona que antaño había sido una estación concurrida, y se paseó por los viejos vagones de tren, encaramándose a ellos cuando le hacía falta. A los lejos, por otro callejón, se divisaban cuatro figuras menudas correr hacia un claro entre las ruinas. Una de las figuras era realmente rara, como con dos cabezas y el doble de corpulenta que sus compañeras. Aún así les sacaba una ventaja de cerca de tres metros.
- ¡Espérame, Segu!- jadeó un chiquillo, carente de aliento, que venía corriendo tras otro chaval.
- ¡Te falta entrenamiento, Shindo!- rió Segu, deteniendo su carrera. Llevaba a caballito a la pequeña hermana de ambos, Nadeshiko, que sonreía alegre mientras azuzaba a su hermano.
- Seguuuuuuuuuu...- protestó Shindo, en tanto que su mejor amigo, Maxie, le daba unas palmadas en el hombro a modod de apoyo.
- Menos quejas... ¡y vamos a jugar!- saltó Rika, la prima de Maxie.
Viendo acercarse a los pequeños (el mayor de los cuales no pasaba de los doce años) Shinyoru sonrió alegre.
- ¡Mirad, ahí está!- gritó Nadeshiko, señalándola.
Realmente, para ella aquellos asesinatos no tenían importancia, aunque conociese las caras de los asesinos. ¿Eso qué más le daba? No era como si lo fuese a contar a nadie.
- ¿Vienes de nuevo a jugar con nosotros, gatito?- preguntó Maxie.
- ¡Miau!-
Y con un brinco, la gata callejera se unió a los niños.
Sí, hoy era un nuevo día, pero igual que los anteriores. para la gata Shinyoru sería un día feliz.
Shinyoru se deperezó lentamente, bostezando con parsimonia y estirando su cuerpo. Anoche un borracho había tirado de golpe los cubos de basura del callejón por donde solía pasar y la había asustado, desvelándola por completo. El estruendo había sido de infarto.
Así pues, había dormitado hasta bien entrada la mañana, y si no se daba prisa llegaría tarde.
Se sacudió su corto pelo negro y comenzó a andar con tranquilidad. Le gustaba mucho ver despertar a los suburbios bajo la placa. Midgar no sería el paraíso, pero era su hogar, y si se la buscaba se encontraba su belleza.
Los ojos azul grisáceo de Shinyoru se dirgían una y otra vez a las gentes que iniciaan sus quehaceres por la calle. Bajo la placa siempre parecía ser de noche, o si acaso el atardecer, pero eso le gustaba. Era bonito ver las mil luces brillantes que iluminaban Mercado Muro, o las tenues farolas que trataban de apartar las sombras de las calles menos transitadas.
Cada persona era un mundo: la joven chica de la tienda, tan tímida, el viejo dueño del pub (cuya nieta le había regalado una golosina un día), la señora del carrito de la compra... ella les conocía, pues jamás olvidaba una cara, y conocía pequeños detalles que los diferenciaban a todos y cada uno.
De hecho, Shinyoru podría presumir de conocer muchos de los secretos de aquel bajo mundo. Podría, pero jamás lo haría, porque para ella no eran cosas importantes. Simplemente ocurrían ante sus ojos y ella los recolectaba. Al igual que otros coleccionan mariposas o cromos, Shinyoru era una feroz coleccionista de secretos y de rostros.
Sus pasos se dirigieron sin titubear hacia el Cementerio de Trenes, donde la esperaban sus amigos. A veces, para evitar que la multitud la estorbase en su ruta, caminaba sobre el borde de los muros, o sobre montículos de escombros y chatarra, pero ella era ágil y eso no suponía un problema. Incluso la divertía. Se lo tomaba como una carrera de obstáculos.
Mientras llegaba a su destino, fue pensando en cómo estaba cambiando el ambiente allí, bajo la placa. Cada día había menos tranquilidad y más misterios, eso sin contar con todos aquellos que teñían de sangre los suburbios. Ella había sido testigo de muuuuuuuchas de estas actuaciones, sin ir más lejos, la que vio ayer en el callejón. Pero, al menos para Shinyoru, aquello era una molestia menor.
La curiosidad la había llevado a preguntarse por qué ellos mataban: la niña trcolor, el joven rubio, el hombre de las tarjetas... de algunos sabía el sentimiento que los impulsaba, de otros lo ignoraba todo excepto su cara. Shinyoru se planteaba seriamente empezar a coleccionar aparte los rostros cuyas manos estaban manchadas de sangre. Coleccionista de asesinos. Aquel pensamiento la hizo reírse para sus adentros.
Finalmente se encontró en la derruída zona que antaño había sido una estación concurrida, y se paseó por los viejos vagones de tren, encaramándose a ellos cuando le hacía falta. A los lejos, por otro callejón, se divisaban cuatro figuras menudas correr hacia un claro entre las ruinas. Una de las figuras era realmente rara, como con dos cabezas y el doble de corpulenta que sus compañeras. Aún así les sacaba una ventaja de cerca de tres metros.
- ¡Espérame, Segu!- jadeó un chiquillo, carente de aliento, que venía corriendo tras otro chaval.
- ¡Te falta entrenamiento, Shindo!- rió Segu, deteniendo su carrera. Llevaba a caballito a la pequeña hermana de ambos, Nadeshiko, que sonreía alegre mientras azuzaba a su hermano.
- Seguuuuuuuuuu...- protestó Shindo, en tanto que su mejor amigo, Maxie, le daba unas palmadas en el hombro a modod de apoyo.
- Menos quejas... ¡y vamos a jugar!- saltó Rika, la prima de Maxie.
Viendo acercarse a los pequeños (el mayor de los cuales no pasaba de los doce años) Shinyoru sonrió alegre.
- ¡Mirad, ahí está!- gritó Nadeshiko, señalándola.
Realmente, para ella aquellos asesinatos no tenían importancia, aunque conociese las caras de los asesinos. ¿Eso qué más le daba? No era como si lo fuese a contar a nadie.
- ¿Vienes de nuevo a jugar con nosotros, gatito?- preguntó Maxie.
- ¡Miau!-
Y con un brinco, la gata callejera se unió a los niños.
Sí, hoy era un nuevo día, pero igual que los anteriores. para la gata Shinyoru sería un día feliz.
Dog Tags:
Escritor:MORGANA,
RELATOS
98.
Blakerdan corría atropelladamente por las calles de Midgar, sin fijarse bien en qué lugares recorría o a dónde iba. Tampoco es que lo hubiera pensado mucho, y únicamente lo que hacía era tropezar y realizar movimientos ondulatorios por la calle: John Blakerdan estaba borracho perdido.
Tras varias copas de “Anís del molbol”, un poco de absenta para calentar el cuerpo y un par de tragos más de dios sabe qué, era sorprendente que aun pudiera sostenerse en pie, y mucho más increíble que pudiera correr, aunque fuese de manera tan atropellada. Acababa de salir de un bar de mala muerte en el cual se había organizado una trifulca, durante la cual un tipo vestido con vaqueros y chupa negra había comenzado a disparar y rajar a todo el que pillaba. Johny (como a él le gustaba que le llamaran) se había salvado gracias a que en esos momentos se encontraba tirado por el suelo y pudo deslizarse hasta la puerta mientras el grandullón se enzarzaba en golpear al viejo camarero. En cuanto estuvo en la puerta, se levantó de golpe y comenzó a correr, tratando salvarse.
Chocó contra unos cubos de basura bastante llenos, tirándolos y esparciendo su contenido por la calle y cayendo él mismo al suelo. Se levantó con gran dolor en la cabeza, y observó su aspecto en el cristal de un escaparate. A pesar de tener solamente 22 años, su cuerpo ya se encontraba como el del más anciano: la bebida había arruinado su vida, confiriéndole un aspecto descuidado, además de dañándole seriamente el hígado y el sistema cardíaco. También le había causado demasiadas deudas económicas, y solo le permitía llevar su vieja sudadera azul, roja y blanca con capucha, bajo la cual llevaba una camiseta azul de tirantes, y un pantalón de chándal acorde con los colores. Su pelo, corto y rubio, y su cara joven y atractiva, ahora se encontraban manchados de barro y cubiertos por una raspa de pescado y restos de algo que no conocía, pero que tenía un color verdoso y tacto repugnante. Limpiándose un poco, comenzó a sentir sus tripas revolverse tras semejante carrera por medio sector, y se adentró en un oscuro callejón que había junto al montón de basura y desperdicios.
Un líquido amarillento acompañado de sonoras arcadas comenzó a extenderse por el charco que la lluvia artificial había ocasionado esa mañana sobre el sector 4. Tras expulsar el contenido de su estómago, su cabeza comenzó a despejarse un poco. Fue entonces cuando se dio cuenta de algo importante.
A su espalda, en el fondo del callejón, había dos figuras, una sujetando a otra por el cuello. La persona sujetada era una mujer de aproximadamente 30 años, desnuda completamente y con el cuerpo lleno de heridas. Por otra parte, las sombras impedían reconocer completamente la cara de la otra persona, aunque podía averiguar que era un hombre alto, con una gran gabardina o algo que se parecía mucho. En su otra mano, llevaba algo que parecía un gran cuchillo de caza, que fue levantando hasta llegar al pecho de la mujer. Seguidamente, lo clavó y comenzó a rasgar la piel como si escribiera o dibujara algo.
Asustado, Johny comenzó a caminar de espaldas, tratando de alejarse. Había oído hablar de aquel hombre, del nuevo asesino en serie que acechaba la ciudad. “Blooder”, “Bloodman”, o algo así era como le llamaba la prensa, en honor a sus asesinatos sangrientos y macabros. “Tengo que salir de aquí mientras pueda” pensó Johny, “No puedo hacer el más mín…”. Acababa de tropezar con otro montón de basura, y no pudo más que gritar:
- ¡Ay! Jodidos cubos de mierd…
Instantáneamente enmudeció, acordándose del asesino. Este se giró, e inmediatamente dejó caer el cadáver de la joven. Johny Blakerdan estaba asustado, el hombre se había girado hacia él, y con el cuchillo en la mano, dio un paso al frente. Johny sintió que sus pantalones de pronto pesaban más, y sintió el súbito terror que produce la cercanía a la muerte. De pronto, el hombre ensombrecido comenzó a correr en la dirección contraria a la que estaba Johny. Algo cayó de sus bolsillos, pero no se detuvo a recogerlo; fuera lo que fuera, se abrió y esparció algo por el suelo. Sin detenerse a mirar, Johny comenzó a correr, continuando con alguna ”S” accidental debido al mareo, hasta el puesto de SOLDADO más cercano. Entró atropelladamente, y comenzó a gritar a un miembro corpulento:
- ¡Dios mío! He visto a ese tipo… “Bloody Mary”, o “Bloodico”… ¡O cómo sea que le llamen al tipo ese!!! – dijo Johny entrecortadamente, salpicando de saliva la caja de rosquillas abierta que había encima de la mesa
- Aggh… Te apesta el aliento a alcoholazo del malo. Creo que deberías pasarte la noche encerrado en un calabozo, hasta que se te pase la mona.
- ¡Pero es cierto! ¡Vi al tipo ese que busca todo el mundo, al asesino en serie! ¡Qué nos caiga encima una piedra enorme del cielo si miento! Se lo puedo demostrar, está a tres manzanas de aquí y… ¡Oiga, suélteme!
Mientras dos soldados más delgados le arrastraban, el corpulento volvió a afanarse en leer su periódico mientras devoraba a conciencia las rosquillas salpicadas por las babas y el anís.
-----------------------------------------------
A la mañana siguiente, un furgón patrulla de SOLDADO se unía a un par de coches de Turk en un callejón oscuro del sector 4. De nuevo, el asesino había actuado.
Nuevamente, se habían reunido las personas encargadas de la investigación: Jerry McColder y el soldado de 2ª Jonhson.
- ¿Qué tenemos esta vez? – preguntó el detective mientras encendía un cigarro con un paquete de cerillas.
- Mujer blanca, de aproximadamente 30 años. No se ha encontrado su tarjeta de identificación, así que no sabremos nada de ella hasta que no la llevemos al depósito. A su alrededor, hemos encontrado esparcidos un paquete lleno de dedos de niños; esta vez había traído nueve en total. Había grabado sus iniciales en los pechos de la joven, y todo indica que iba a seguir su “modus operandi”. Según parece, fue interrumpido por un joven que estaba vomitando en el callejón.
- ¿Dónde se encuentra el joven ahora mismo?
- Está detenido. Anoche iba completamente ciego, había bebido más de la cuenta e iba gritando incoherencias, según el propio vigilante. Al parecer se enfadó cuando le escupió sobre el almuerzo…
- Que le mantengan detenido un par de días más. De momento, es el único que puede ayudarnos a atraparle: es el único que ha sido capaz de verle y hacerle huir. Nos ha ayudado a encontrar puntos débiles del asesino.
- Al a orden, señor – Dijo Jonson, y acto seguido se encaminó al furgón traspasando el cordón de seguridad.
Le habían visto, y había huido. Jerry sonrió para sus adentros, estaba un paso más cerca de encontrar al asesino.
Tras varias copas de “Anís del molbol”, un poco de absenta para calentar el cuerpo y un par de tragos más de dios sabe qué, era sorprendente que aun pudiera sostenerse en pie, y mucho más increíble que pudiera correr, aunque fuese de manera tan atropellada. Acababa de salir de un bar de mala muerte en el cual se había organizado una trifulca, durante la cual un tipo vestido con vaqueros y chupa negra había comenzado a disparar y rajar a todo el que pillaba. Johny (como a él le gustaba que le llamaran) se había salvado gracias a que en esos momentos se encontraba tirado por el suelo y pudo deslizarse hasta la puerta mientras el grandullón se enzarzaba en golpear al viejo camarero. En cuanto estuvo en la puerta, se levantó de golpe y comenzó a correr, tratando salvarse.
Chocó contra unos cubos de basura bastante llenos, tirándolos y esparciendo su contenido por la calle y cayendo él mismo al suelo. Se levantó con gran dolor en la cabeza, y observó su aspecto en el cristal de un escaparate. A pesar de tener solamente 22 años, su cuerpo ya se encontraba como el del más anciano: la bebida había arruinado su vida, confiriéndole un aspecto descuidado, además de dañándole seriamente el hígado y el sistema cardíaco. También le había causado demasiadas deudas económicas, y solo le permitía llevar su vieja sudadera azul, roja y blanca con capucha, bajo la cual llevaba una camiseta azul de tirantes, y un pantalón de chándal acorde con los colores. Su pelo, corto y rubio, y su cara joven y atractiva, ahora se encontraban manchados de barro y cubiertos por una raspa de pescado y restos de algo que no conocía, pero que tenía un color verdoso y tacto repugnante. Limpiándose un poco, comenzó a sentir sus tripas revolverse tras semejante carrera por medio sector, y se adentró en un oscuro callejón que había junto al montón de basura y desperdicios.
Un líquido amarillento acompañado de sonoras arcadas comenzó a extenderse por el charco que la lluvia artificial había ocasionado esa mañana sobre el sector 4. Tras expulsar el contenido de su estómago, su cabeza comenzó a despejarse un poco. Fue entonces cuando se dio cuenta de algo importante.
A su espalda, en el fondo del callejón, había dos figuras, una sujetando a otra por el cuello. La persona sujetada era una mujer de aproximadamente 30 años, desnuda completamente y con el cuerpo lleno de heridas. Por otra parte, las sombras impedían reconocer completamente la cara de la otra persona, aunque podía averiguar que era un hombre alto, con una gran gabardina o algo que se parecía mucho. En su otra mano, llevaba algo que parecía un gran cuchillo de caza, que fue levantando hasta llegar al pecho de la mujer. Seguidamente, lo clavó y comenzó a rasgar la piel como si escribiera o dibujara algo.
Asustado, Johny comenzó a caminar de espaldas, tratando de alejarse. Había oído hablar de aquel hombre, del nuevo asesino en serie que acechaba la ciudad. “Blooder”, “Bloodman”, o algo así era como le llamaba la prensa, en honor a sus asesinatos sangrientos y macabros. “Tengo que salir de aquí mientras pueda” pensó Johny, “No puedo hacer el más mín…”. Acababa de tropezar con otro montón de basura, y no pudo más que gritar:
- ¡Ay! Jodidos cubos de mierd…
Instantáneamente enmudeció, acordándose del asesino. Este se giró, e inmediatamente dejó caer el cadáver de la joven. Johny Blakerdan estaba asustado, el hombre se había girado hacia él, y con el cuchillo en la mano, dio un paso al frente. Johny sintió que sus pantalones de pronto pesaban más, y sintió el súbito terror que produce la cercanía a la muerte. De pronto, el hombre ensombrecido comenzó a correr en la dirección contraria a la que estaba Johny. Algo cayó de sus bolsillos, pero no se detuvo a recogerlo; fuera lo que fuera, se abrió y esparció algo por el suelo. Sin detenerse a mirar, Johny comenzó a correr, continuando con alguna ”S” accidental debido al mareo, hasta el puesto de SOLDADO más cercano. Entró atropelladamente, y comenzó a gritar a un miembro corpulento:
- ¡Dios mío! He visto a ese tipo… “Bloody Mary”, o “Bloodico”… ¡O cómo sea que le llamen al tipo ese!!! – dijo Johny entrecortadamente, salpicando de saliva la caja de rosquillas abierta que había encima de la mesa
- Aggh… Te apesta el aliento a alcoholazo del malo. Creo que deberías pasarte la noche encerrado en un calabozo, hasta que se te pase la mona.
- ¡Pero es cierto! ¡Vi al tipo ese que busca todo el mundo, al asesino en serie! ¡Qué nos caiga encima una piedra enorme del cielo si miento! Se lo puedo demostrar, está a tres manzanas de aquí y… ¡Oiga, suélteme!
Mientras dos soldados más delgados le arrastraban, el corpulento volvió a afanarse en leer su periódico mientras devoraba a conciencia las rosquillas salpicadas por las babas y el anís.
-----------------------------------------------
A la mañana siguiente, un furgón patrulla de SOLDADO se unía a un par de coches de Turk en un callejón oscuro del sector 4. De nuevo, el asesino había actuado.
Nuevamente, se habían reunido las personas encargadas de la investigación: Jerry McColder y el soldado de 2ª Jonhson.
- ¿Qué tenemos esta vez? – preguntó el detective mientras encendía un cigarro con un paquete de cerillas.
- Mujer blanca, de aproximadamente 30 años. No se ha encontrado su tarjeta de identificación, así que no sabremos nada de ella hasta que no la llevemos al depósito. A su alrededor, hemos encontrado esparcidos un paquete lleno de dedos de niños; esta vez había traído nueve en total. Había grabado sus iniciales en los pechos de la joven, y todo indica que iba a seguir su “modus operandi”. Según parece, fue interrumpido por un joven que estaba vomitando en el callejón.
- ¿Dónde se encuentra el joven ahora mismo?
- Está detenido. Anoche iba completamente ciego, había bebido más de la cuenta e iba gritando incoherencias, según el propio vigilante. Al parecer se enfadó cuando le escupió sobre el almuerzo…
- Que le mantengan detenido un par de días más. De momento, es el único que puede ayudarnos a atraparle: es el único que ha sido capaz de verle y hacerle huir. Nos ha ayudado a encontrar puntos débiles del asesino.
- Al a orden, señor – Dijo Jonson, y acto seguido se encaminó al furgón traspasando el cordón de seguridad.
Le habían visto, y había huido. Jerry sonrió para sus adentros, estaba un paso más cerca de encontrar al asesino.
Dog Tags:
Escritor:ASTAROTH,
RELATOS
97.
Ascer vio como la joven se iba del edificio a toda prisa, cogiendo un taxi, apurada posiblemente por algún problema de pareja. Dio un hondo suspiro. Odiaba Midgar y no quería tener que pasar mucho tiempo allí, pero su humilde origen no le permitía salir de allí y dirigirse a otro lugar cualquiera, sino tener que hacer trabajos que odiaba, tales como dar palizas a otros, robar o incluso, asesinar…
Aquello se tenía que acabar pronto, tenía que encontrar un buen trabajo, pero no podía, ya tuvo demasiados incidentes con la justicia, y nadie le permitiría entrar en su negocio a alguien como él. Su aspecto era el de un hombre delgaducho con el pelo enmarañado, inofensivo aparentemente, de unos veintidós años, pero en realidad era un arma de matar. Sí, tenía bajo su gabardina dos pistolas glock de 9 milímetros, por si algunas cosas se ponían feas durante el transcurso de sus trabajos, y una navaja en el bolsillo del pantalón vaquero “por si las moscas”. Apenas rozaba el metro ochenta de estatura.
Estuvo deambulando un buen rato por todo el sector, como era de costumbre, a aquellas horas de la noche casi nadie paseaba por las sucias y destrozadas calles de Midgar. Finalmente entró en un pequeño bar, desierto a primera vista, con la mayoría de las sillas tiradas por el suelo y algunas mesas rotas. Arqueó una de las cejas, una pelea posiblemente. El mostrador de detrás de la barra estaba con todos los vasos y botellas rotas, aquello no pudo ser una simple pelea de borrachos. Se llevó una mano a la navaja del pantalón, mientras la soltaba de su funda hábilmente. La puerta que daba a la trastienda estaba abierta.
Entró dentro, estaba completamente a oscuras, aunque unas pequeñas escaleras separaban el suelo de uno y otro piso. Oyó un tosido delante de él. Buscó el interruptor tanteando con las manos la pared. Finalmente pudo encontrarlo, lo apretó y una tenue luz se materializó en la bombilla que estaba en el centro de la bodega. Pudo ver una serie de barriles, luego un pequeño estante donde podría encontrarse con unas pocas botellas de vino. “¿De dónde narices vino el dichoso tosido?” Pensó para sus adentros, mientras bajaba las escaleras.
Dobló la esquina hacia la derecha, un hombre mayor, de unos cincuenta años estaba tumbado en el suelo con el rostro ensangrentado y con múltiples moretones, con un cuchillo militar clavado en un brazo.
Acudió a socorrerlo mientras se aseguraba que nadie más estuviera allí. El viejo abrió los ojos y volvió a toser.
-¿Qué ha pasado?-Preguntó Ascer.-¿Quién le ha hecho eso?
-E… él…-Dijo tartamudeando.
-¿Él quién?-Preguntó de nuevo
-E… el…-Levantó el brazo que tenía sano y señaló hacia atrás del asesino. Los ojos del anciano rebosaban de terror, por lo que Ascer se dio la vuelta, pero no había nadie.
-Viejo, aquí no hay nadie. Pero nadie, nadie.-Dijo mientras se intentaba fijar. Su sexto sentido le empezó a sugerir que abandonase aquel sitio. A pesar de estar completamente desprevenido, pudo esquivar un cuchillo que se dirigía hacia él, clavándose en un barril.
Una sombra se materializó detrás de todos los barriles, era casi tan alto como él, y un hombre de cabello del color de la sangre apareció por allí detrás. Iba vestido con pantalones vaqueros y una chupa de cuero negra, con una colt en la mano izquierda.
-Yo de ti abandonaba este lugar, chaval.
-Déjame que lo piense, Lais… No.-El hombre arqueó una ceja mientras reía:
-Venga ya Ascer, no seas ridículo, sabes que si me desafías no sales vivo.
-Sí, pero bueno… ya sabes lo que opino de estas cosas. Sacó ambas pistolas de debajo de la gabardina y empezó a apuntarle:-Te lo aviso, en dos años cambian muchas cosas.
-Sí, y tanto.- Levantó la Colt apuntando:- Pero por mucho que hayas mejorado seguirás muriendo.
-¡No lo creo!-Gritó exaltado mientras se ocultaba detrás de uno de los barriles y Lais empezó a disparar. Ninguno de los tres tiros le había dado por suerte, empezó a oir los pasos del asesino en su dirección. Se dejó al descubierto y disparó con ambas pistolas a la vez. Un tiro le dio en la pierna al asesino, mientras que el otro fallaba. El balazo desequilibró a Lais y lo hizo caer al suelo, mientras pegaba de nuevo un disparo. Tanto por el desequilibrio, tanto por la caida, erró el tiro. Con una sonrisa de satisfacción en la cara, Ascer se acercó a Lais y le dio una patada a su pistola, dejándolo indefenso.
-¿Ahora qué? ¿Eh?- El hombre no parecía asustado en absoluto, más bien tranquilo.
-Haz lo que tengas que hacer, chico.-Con toda la frialdad que pudo, Ascer disparó con la pistola derecha, acertándole al asesino en la cabeza, dejándolo sin vida.
-Lo siento Lais, pero como me dijiste hace años, hay sitio para uno solo.-Fue a ayudar al anciano, pero ya había muerto desangrado. Escupió una maldición mientras se escabullía del antro lo más rápido y discretamente que podía.
Aquello estaba decidido, y las cartas echadas, tenía que ejercer el oficio de asesino a sueldo.
Aquello se tenía que acabar pronto, tenía que encontrar un buen trabajo, pero no podía, ya tuvo demasiados incidentes con la justicia, y nadie le permitiría entrar en su negocio a alguien como él. Su aspecto era el de un hombre delgaducho con el pelo enmarañado, inofensivo aparentemente, de unos veintidós años, pero en realidad era un arma de matar. Sí, tenía bajo su gabardina dos pistolas glock de 9 milímetros, por si algunas cosas se ponían feas durante el transcurso de sus trabajos, y una navaja en el bolsillo del pantalón vaquero “por si las moscas”. Apenas rozaba el metro ochenta de estatura.
Estuvo deambulando un buen rato por todo el sector, como era de costumbre, a aquellas horas de la noche casi nadie paseaba por las sucias y destrozadas calles de Midgar. Finalmente entró en un pequeño bar, desierto a primera vista, con la mayoría de las sillas tiradas por el suelo y algunas mesas rotas. Arqueó una de las cejas, una pelea posiblemente. El mostrador de detrás de la barra estaba con todos los vasos y botellas rotas, aquello no pudo ser una simple pelea de borrachos. Se llevó una mano a la navaja del pantalón, mientras la soltaba de su funda hábilmente. La puerta que daba a la trastienda estaba abierta.
Entró dentro, estaba completamente a oscuras, aunque unas pequeñas escaleras separaban el suelo de uno y otro piso. Oyó un tosido delante de él. Buscó el interruptor tanteando con las manos la pared. Finalmente pudo encontrarlo, lo apretó y una tenue luz se materializó en la bombilla que estaba en el centro de la bodega. Pudo ver una serie de barriles, luego un pequeño estante donde podría encontrarse con unas pocas botellas de vino. “¿De dónde narices vino el dichoso tosido?” Pensó para sus adentros, mientras bajaba las escaleras.
Dobló la esquina hacia la derecha, un hombre mayor, de unos cincuenta años estaba tumbado en el suelo con el rostro ensangrentado y con múltiples moretones, con un cuchillo militar clavado en un brazo.
Acudió a socorrerlo mientras se aseguraba que nadie más estuviera allí. El viejo abrió los ojos y volvió a toser.
-¿Qué ha pasado?-Preguntó Ascer.-¿Quién le ha hecho eso?
-E… él…-Dijo tartamudeando.
-¿Él quién?-Preguntó de nuevo
-E… el…-Levantó el brazo que tenía sano y señaló hacia atrás del asesino. Los ojos del anciano rebosaban de terror, por lo que Ascer se dio la vuelta, pero no había nadie.
-Viejo, aquí no hay nadie. Pero nadie, nadie.-Dijo mientras se intentaba fijar. Su sexto sentido le empezó a sugerir que abandonase aquel sitio. A pesar de estar completamente desprevenido, pudo esquivar un cuchillo que se dirigía hacia él, clavándose en un barril.
Una sombra se materializó detrás de todos los barriles, era casi tan alto como él, y un hombre de cabello del color de la sangre apareció por allí detrás. Iba vestido con pantalones vaqueros y una chupa de cuero negra, con una colt en la mano izquierda.
-Yo de ti abandonaba este lugar, chaval.
-Déjame que lo piense, Lais… No.-El hombre arqueó una ceja mientras reía:
-Venga ya Ascer, no seas ridículo, sabes que si me desafías no sales vivo.
-Sí, pero bueno… ya sabes lo que opino de estas cosas. Sacó ambas pistolas de debajo de la gabardina y empezó a apuntarle:-Te lo aviso, en dos años cambian muchas cosas.
-Sí, y tanto.- Levantó la Colt apuntando:- Pero por mucho que hayas mejorado seguirás muriendo.
-¡No lo creo!-Gritó exaltado mientras se ocultaba detrás de uno de los barriles y Lais empezó a disparar. Ninguno de los tres tiros le había dado por suerte, empezó a oir los pasos del asesino en su dirección. Se dejó al descubierto y disparó con ambas pistolas a la vez. Un tiro le dio en la pierna al asesino, mientras que el otro fallaba. El balazo desequilibró a Lais y lo hizo caer al suelo, mientras pegaba de nuevo un disparo. Tanto por el desequilibrio, tanto por la caida, erró el tiro. Con una sonrisa de satisfacción en la cara, Ascer se acercó a Lais y le dio una patada a su pistola, dejándolo indefenso.
-¿Ahora qué? ¿Eh?- El hombre no parecía asustado en absoluto, más bien tranquilo.
-Haz lo que tengas que hacer, chico.-Con toda la frialdad que pudo, Ascer disparó con la pistola derecha, acertándole al asesino en la cabeza, dejándolo sin vida.
-Lo siento Lais, pero como me dijiste hace años, hay sitio para uno solo.-Fue a ayudar al anciano, pero ya había muerto desangrado. Escupió una maldición mientras se escabullía del antro lo más rápido y discretamente que podía.
Aquello estaba decidido, y las cartas echadas, tenía que ejercer el oficio de asesino a sueldo.
Dog Tags:
Escritor:DRAZHARM,
RELATOS
96.
Hombres y animales estallando en llamas. El titular de las noticias de la noche traía recuerdos incómodos a Aang, y de su aldea, en Wutai, en la provincia de Hanado. Allí la guerra había mostrado su cara más devastadora, entre los gases, la materia, los cadáveres, la desesperación y la continua lluvia de NAPALM. Jonás no había vuelto aún, lo que la dejaba sola en una ancha cama de matrimonio, donde las pesadillas la habían encontrado desamparada e indefensa.
En sus sueños, caminaba por las profundas selvas de Hanado, entre un estruendo infinito de explosiones, disparos, gritos de dolor y llanto. Pocas cosas eran capaces de hacer llorar a un hombre adulto, y esto hacía que ese sonido fuese aún más estremecedor. Era como si la esperanza se hubiese acabado en el mundo, solo por el hecho de distinguir ese sonido sobre los demás. A su alrededor, un pelotón de Shin-Ra y otro de sus compatriotas cruzaban disparos, órdenes, amenazas y maldiciones. Gritaban, y lloraban, sollozaban y reían con el abandono de maníacos. Estaban ocultos en la niebla, y cubiertos de camuflaje, pero Aang era capaz de verlos a todos y cada uno de ellos, y reconocer sus facciones. Ignoraba como, pero al verlos, era capaz de discernir cada rasgo: Cicatrices de la infancia, arrugas de preocupación o de sonrisas, o si tenían los ojos de su madre o la barbilla de su abuelo paterno. Sabía hasta la historia que contaba cada gesto. Sabía de memoria cada carta que llevaban encima, recibida de sus familias, novias o amigos, como si le hubiesen sido leídas en alto. Era un sueño extraño, mientras las balas y esquirlas de metralla volaban a su alrededor sin rozarla. Ella era consciente de que iban a velocidades increíbles, pero aún así, en su sueño era capaz de verlas volar. Sabía a quien le iba a dar cada impacto en el momento en que la bala era disparada. Cuando se giraba para ver quien sería la siguiente víctima, sus miradas se cruzaban, y en los ojos de Aang, los soldados señalados descubrían la inminencia de su propia muerte... Y la miraban con pena. Algunos se resignaban, y otros se desesperaban. Nadie permanecía indiferente. Uno incluso intentó evitar su mirada, pero en el último segundo los nervios lo traicionaron, y de reojo, encontró su fin. Aang no podía hacer nada. Vio niños. Chavales curiosos, temerarios e ignorantes del peligro que corrían allí ocultos entre la maleza. Uno de ellos tenía una pistola, y el resto registraban cadáveres en busca de armas. Aang los observaba con tristeza, consciente de que la guerra destrozaría sus vidas para siempre. Más soldados que niños, para ellos la guerra era un juego. Las muertes a su alrededor los dejaban indiferentes, y las armas eran tan normales en su vida como lo debían haber sido sus juguetes o libros de texto. De repente, un gran estruendo llamó su atención. Ella no fue capaz de ver nada más allá de las copas de los árboles, pero reconocía el sonido de los bombarderos AR-12. Todos miraron hacia el cielo con temor, menos la pequeña pandilla de niños, que saqueaba indiferente los pertrechos de un soldado caído. Sobre sus cabezas, la fronda se apartó para dejar paso expedito a una gran negra bomba de NAPALM que descendía casi a cámara lenta. Aang corrió. Sus piernas le pesaban, y estaban agarrotadas, pero se obligó a correr e intentar salvarlos. Gritaba con todos sus pulmones, tan alto que la garganta y el pecho le dolían. Les gritaba una y otra vez que se pusiesen a cubierto, que iban a morir. Intentó cubrirlos con su cuerpo, pero la bomba cayó inexorablemente, sumergiendo la selva entera en un mar de llamas. Cuando se desató el infierno ante ella, pudo distinguir cada segundo de agonía de los chavales. Una niña que iba con ellos aferraba fuertemente una pistola cubierta de barro, mientras la carne se caía de sus huesos. En el suelo, abandonada, una muñeca de trapo se resistía a las llamas.
De repente, empezó a llover. ¿O era ella, que lloraba? Cuando se llevó los dedos a la cara, vio por el camino que estos estaban cubiertos de una lluvia sucia y grisácea en la que sus lágrimas derramadas brillaban como plata líquida sobre una mancha de aceite. No quería volver a mirar. Si lo hacía, si abría los ojos, esta pesadilla seguiría adelante, pero no podía hacer otra cosa. Las explosiones, los disparos y los gritos no cesaban, y la gente caía a su alrededor, por el fuego de los fusiles o las llamas químicas del bombardeo. Ella debía acompañarlos en su último viaje, aunque le doliese. No podía abandonarlos, a ninguno de ellos. Mezclando resolución y resignación formó un trago amargo justo antes de erguirse, mientras hombres en llamas y cubiertos de balazos seguían luchando a su alrededor, esperando a que ella les diese la última despedida. Aang no quería. Anhelaba salvarlos, pero no encontraba la forma. No se atrevía a despertarse, ya que entonces todos aquellos cuyos nombres e historias aún no sabría caerían en el olvido, sin nadie que los recordase. Todos estaban heridos. Envueltos en llamas o con el cuerpo destrozado por la metralla. Matándose entre ellos, con fusiles, granadas, bayonetazos y puñaladas. Con palos y piedras, incluso... Era siniestro, era terrible y parecía tan real.
En ese momento, solo un hombre permanecía ileso. Estaba detrás de un árbol, recargando su fusil, cuando una bala le acertó en el casco, haciendo que extrañamente se cayese en pedazos. Era joven, de cabello castaño y revuelto, aplastado contra su cabeza por el sudor y la lluvia. En esos momentos estaba amartillando su fusil MF22, mientras se llevaba una granada a la boca. La lanzó, causando la distracción necesaria para asomarse y atacar, posicionándose y abatiendo enemigos a cada disparo. Aang lo había reconocido, aún sin necesidad de ver su rostro: Era el cabo Jonás Kurtz, de la 244 aerotransportada.
Las cicatrices de su rostro estaban abiertas, y la sangre se derramaba oscura y sucia sobre su piel pintada con maquillaje de camuflaje, como si su alma estuviese corrupta y enfangada con el odio y la ira. Abatía a cualquiera que encontrase, sin importar que fuese hombre o mujer, niño o anciano. A cada disparo que hacía, un nuevo muerto. A cada baja confirmada, su uniforme de aerotransportado, poco a poco, se iba transformando en el negro mono de polímeros que vestía cuando sirvió como black opper, y una nueva cicatriz surcaba su rostro, vertiendo más sangre oscura. Era un demonio salido del infierno, cruel e imparable. Su llegada cambió totalmente las tornas de la batalla, a favor de un ejército de muertos de Shin-Ra. Con el presente, a los demonios extranjeros las balas les impactaban, matándolos, pero aquello no era suficiente para detenerlos: Los muertos se alzaban con gesto de estar sufriendo un dolor indescriptible, mientras un hombre enajenado los guiaba hacia la victoria.
-¡Su base está a pocos metros, soldados! – Dijo mientras aplastaba la cabeza de un enemigo. Aang no comprendía como podía ser llamado “enemigo” alguien que apenas había cumplido quince años, sin embargo, Scar rugía y reía, entregado al salvajismo y a la matanza por entero. – ¡A eme efe, chaval!¡No quiero prisioneros!
-¡Jonás! – Gritó ella, intentando agarrarle, pero él se adentraba más y más entre la maleza.
Sin dejar de gritar su nombre, la desesperada soñadora siguió al infernal pelotón a lo largo de unos cuantos kilómetros de jungla, hasta llegar a su aldea natal. Allí solo quedaban mujeres, niños y ancianos. Estaban esperando bajo la lluvia, en el centro del poblado, entre las cabañas devastadas, frente al edificio más moderno de toda la aldea: La escuela, convertida en un improvisado hospital de campaña. Al fondo, los campos de arroz aparecían pisoteados y sembrados de cadáveres.
-¡Sacad a Willie Pete, chicos! – Ordenó Scar a sus tropas, de entre las que varios soldados siguieron el ejemplo de su líder, tomando granadas incendiarias de fósforo blanco, que luego arrojaron en el interior del hospital, ante la silenciosa mirada de impotencia de los habitantes del pueblo. Los gritos aumentaron de intensidad por un instante, mientras las llamas consumían de forma rápida y brutal todo el edificio. El olor de la carne quemada se mezclaba con el nauseabundo pestazo del fósforo blanco. – ¡Rock’n roll!
La orden era clara y concisa: Rifles en modo automático. Esto iba a ser una carnicería. Mientras los soldados apuntaban, su líder avanzó hasta agarrar a un matrimonio de avanzada edad y sacarlo del grupo de aldeanos a rastras, amenazando a la mujer con un cuchillo táctico.
-Papa-san... Mama-san... Debéis de ser importantes, ya que sois los mejor vestidos de esta pocilga... – Lo eran: A Aang no le costó reconocer a sus padres. Parecía que Jonás los conociese, aunque en la realidad nunca se habían visto. O al menos, eso esperaba ella. – En cuanto llegue la pequeña princesita amarilla, celebraremos la fiesta.
De repente, dos de los soldados muertos agarraron a Aang, llevándola a rastras allí donde la esperaban. Pudo sentir la pena en ellos, pero eso no bastaba para que le dejasen irse. La soltaron a pocos pasos del hombre al que creía amar, viendo como este jugaba con el cuchillo, acariciando el rostro de sus padres con el filo y abriendo pequeñas heridas.
-Hola, Shyun Tsuun Fo Aang. ¿Vienes a jugar? Veo que has venido preparada. – Cuando ella se dio cuenta, se fijó por primera vez en como iba vestida. Llevaba la guerrera verde que había usado durante la guerra, tenía el pelo corto, como el de un hombre, y en sus manos llevaba el KRV49; el rifle más usado por la infantería de Wutai. Reconoció el suyo por el grabado de la culata, con su apodo: Tigre dorado. Sus dedos, inconscientemente, acariciaron el gatillo, hasta que lo tiró al suelo.
-No es esto lo que quiero... Ni creo que tu seas el hombre al que quiero. Conozco a Jonás y no es así.
-¿No? – Rió él. - ¿Seguro? ¿Hablamos del mismo “Jonás”, el cabo de aerotransportados que luego será Black Opper?
-¡No! – Exclamó, mientras pensaba que responder. - ¡Yo hablo del hombre al que la guerra destrozó la vida, y que ahora al fin está reconstruyéndola! ¡Del hombre al que yo amo! – Mientas ella hablaba, él parecía ignorarla, mientras golpeaba a sus padres.
-¿Decías?
-Jonás nunca estuvo aquí. Nunca maltrató prisioneros, y mucho menos a mis padres.
-¿Estas segura? – Dijo riéndose.
-¡Él lucha por la justicia! – Gritó con fuerza. Le dolía admitirlo, pero se le acababan los argumentos.
-¡Meeeeeec! ¡Error! – Exclamó con gesto divertido mientas rajaba la garganta de su madre. – Tu querido Jonás mata gente en nombre de la justicia en la que él cree. Es un soldado de Shin-Ra, al igual que todos los que pisotearon tu país y lo dejaron en llamas, postrado y roto.
-¡Eso no es cierto! ¡Él no destruye! ¡El salva! – Cuanto más alzaba la voz para discutir, más le temblaba. Aang empezaba a estar desesperada.
-¿Qué dice su brazo? – Preguntó él, mientras cortaba la manga de su propia guerrera. – Aquí esta... 244 Shin-Ra Aerotransportados. ¿Es esto un tatuaje de soldado? ¡Parece que si! ¿Y que hacen los soldados? – Esperó unos segundos por una respuesta, pero como esta no aparecía, decidió ser él quien la diese, apuñalando al padre de Aang.
-Jonás es un soldado, pero no un asesino como tu.
-Las black ops incluyen asesinatos, zorra. Además, ¿qué sabe una puta como tu de guerra? – Aang miró y su vestuario de repente había vuelto a cambiar. Llevaba un vestido de tela muy fina, con un pronunciado escote y una falda que apenas alcanzaba la mitad de sus muslos. Bajo el vestido llevaba medias y liguero, y nada más. En el suelo, su fusil lleno de balas se había convertido en un bolso, lleno de billetes sucios y condones baratos. Podía sentir como las lágrimas resbalaban por su cara, arrastrando el maquillaje. – ¡Alégrate! ¡La guerra ha acabado para ti! Sigues siendo la puta infeliz que serás siempre, pero bueno! ¡Peor es morir en el barro que abrirse de piernas para desconocidos por unos billetes! ¿O quizás no lo sea?
Entonces, Aang lo golpeó. Fue un puñetazo lanzado con toda la furia que fue capaz de retener. Aprovechó esos segundos para arremeter contra uno de los cadáveres andantes, vestidos con el cuerpo de un soldado y derribarlo. El joven hombre muerto se convirtió en un barro rojo sangriento al desplomarse, pero Aang no quiso pensar en ello. Sin dudarlo, tomó su rifle mientras Kurtz intentaba responder al ataque. Ella no le dio tiempo. Le asestó un culatazo en la cara, que vino seguido de un arco que hizo al filo de la bayoneta deslizarse sobre los ojos del hombre al que creía amar.
-¡Zorra! – Gritó de rabia, mientras daba puñaladas al aire. – ¡No puedo ver, maldita puta!
-Es una pena que vayas a perderte esto, ¿hai? Rock’n’Roll, como decís los gaijin.
Aang casi apoyó el cañón sobre la cara de Scar, antes de presionar el gatillo. Las veintiocho balas de 5,56x45 milímetros reventaron contra su rostro, lanzándolo varios metros hacia atrás. La mujer conocida como El tigre dorado seguía llorando, de dolor y rabia, pero extrañamente, también se sentía más tranquila. Desde el cuerpo tumbado al que acababa de freír la cara a balazos sonó una carcajada estridente y metálica. Bajo la atenta mirada de su agresora, el hombre se levantó, pero ya no se ocultaba bajo el rostro de Kurtz. Ahora su cara era la de todos los gaijin que habían maltratado a Aang: Su chulo, Tommy Ho, el mafioso para el que este trabajaba, el oficial de inmigración que la chantajeó a cambio de sexo, los hombres que la maltrataron, la golpearon o la despreciaron... Todos. Sus facciones se mezclaban, pero era capaz de reconocerlos. Nunca había querido perdonarlos, ni mucho menos olvidarlos.
-Maldito cobarde... Me gusta más esta nueva cara tuya. – Dijo ella con insolencia. – Si el hombre al que has suplantado conociese a todos esos, los mataría lentamente uno por uno.
-¿Ah, si? ¿Y por qué no lo hace? – Preguntó con sorna.
-¡Ahora hago yo las preguntas, hijo de puta! – Gritó mientras recargaba el fusil con un cargador tomado de otro soldado al que rajó con la bayoneta. – Dime quien eres o te juro que vas a comer más plomo.
-Soy una pesadilla, estúpida mujer... – El monstruo contuvo una carcajada sarcástica. – No temo al dolor físico. Soy lo que ha destruido tu vida: Soy la guerra.
Aang se quedó paralizada. Con el único ruido de la lluvia, se quedó en silencio mirando como el rostro de sus demonios interiores cambiaba, mientras el sueño llegaba a su fin. A su alrededor, un destruido Wutai se disipaba como si fuese vaho. Su último recuerdo del país en el que había nacido: Una jungla infestada de cadáveres pudriéndose sin nadie que haya podido cerrarles los ojos por última vez y decirles adiós. Una tierra abonada con sangre y sueños, pisoteada por pesadas botas y orugas de infernales carros de combate. Con odio, Aang alzó su rifle.
-Hijo de puta... Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta... – Murmuró, mientras lo ponía en modo de un disparo y apuntaba a la cabeza del monstruo. - ¡Hijo de putaaaaa!
Se despertó dando vueltas en la cama, inquieta. Al mirar alrededor, con sus ojos acostumbrados a la oscuridad, la habitación de repente le parecía extraña. Encendió la luz, pero eso fue totalmente inútil. No había nada en esa habitación que reconociese como familiar, desde sus muebles hasta su olor. Poco a poco se fue ubicando, mientras se levantaba. Oyó pasos por la casa, y dedujo que su novio ya había regresado a casa. Después de lo que acababa de soñar, se le hacía raro pensar en Jonás como “novio”.
Llegó hasta la cocina, donde lo vio inclinado ante la nevera. Estaba cogiendo algo de comida y un par de cervezas. Aang se acercó silenciosamente, pero no lo suficiente. Como si le hubiese alcanzado un rayo, Scar cerró levemente la puerta de la nevera, apareciendo una pistola en aquella mano donde antes solo había un paquete de fiambre. Aang se sobresaltó, y en ese momento, toda la confusión de la pesadilla reapareció en su mente. A este Jonás no le sangraban las cicatrices, pero tenía la cara sucia de algo negro, y sus ropas eran del mismo color del que había sido su uniforme de black opper.
-Lo siento... – Dijo soltando el arma sobre la mesa. – Aun vengo algo sobresaltado por lo de esta noche. Necesito relajarme... – Kurtz esbozó una leve sonrisa, buscando la complicidad de su novia, pero esta permaneció inmóvil y seria. - ¿Pasa algo?
-Me siento mal... – Dijo ella. Fue lo único coherente que logró articular, pese a todos los pensamientos y sentimientos que luchaban en su cabeza. Le estaba siendo imposible actuar de modo racional. – Creo que debería irme...
-Vete a la cama... – Dijo él abriendo una cerveza. Estaba cansado y le costaba pensar tras el subidón de adrenalina de la misión, pero no tardó en darse cuenta. - ¿A dónde?
No recibió respuesta y corrió hacia el dormitorio. Allí Aang se estaba vistiendo algo de ropa sobre la vieja camiseta que usaba para dormir. Jonás intentó detenerla, pero ella se apartó, como si hubiese intentado golpearla.
-¿Qué pasa, Aang? ¿Por qué te vas? ¿A dónde? – Preguntó, casi frenético.
-Soñé que matabas a mis padres... – Dijo ella entre lágrimas.
-¿Eso es todo? – La sorpresa casi le impedía pensar. - ¡Joder! ¿Solo por un puto sueño?
-¿Has matado a mis padres, Jonás? – Él se quedó sin saber que responder a esa pregunta. - Se que no, porque mantengo correspondencia con ellos, pero bien pudiste hacerlo sin haberte siquiera enterado, ¿no lo entiendes?
-No. La verdad es que no lo acabo de entender... – Ella lo besó suavemente en la mejilla.
-Es la guerra... Sé que acabó hace siete años, pero no puedo dejarla atrás. No después de todo lo que vi, y eso me impide estar contigo.
-Soy incapaz de creérmelo... ¿No vas a luchar? – Preguntó dolido. - ¿No vas a pelear por superarlo? ¿Prefieres abandonarme como a un mal recuerdo?
-¡No eres un mal recuerdo! ¡Nunca! – Gritó en medio de la noche, con los ojos inundados en lágrimas mientras se abrazaba a él. - ¡No digas eso, por favor! ¡Tu no!
-¿Entonces que soy, Aang? ¿Por qué me dejas? – Preguntó Scar con voz queda. Parecía que algo se atrancaba en su garganta, impidiéndole hablar con claridad.
-Eres el mejor hombre que he conocido nunca, Jonás... ¡Te amo! ¡Te amo más que a mi misma, y quiero ser la madre de tu hijo! Sin embargo, no puedo quedarme. No mientras esté teniendo estos sueños... No mientras piense eso. A veces, te veo como a un enemigo, y no puedo perdonármelo a mi misma. No pienses que te estoy abandonando, porque no quiero hacerlo. Solo necesito tiempo para pensar, y dejar atrás el pasado.
-El pasado nunca queda atrás, Aang... – Dijo Kurtz, con tristeza. – Lo que te han hecho, y lo que has hecho tu es lo que eres ahora. Negarlo, sería negarte a ti misma. Debes aprender a vivir con ello.
-Aún así, amor mío, debo irme... No podré enfrentarme a ello si no es estando sola.
Al contrario de lo que ella le estaba pidiendo, Jonás apretó su abrazo. Permaneció en silencio unos segundos, antes de soltarla y empezar a ayudarle a recoger sus cosas. Aang no se atrevió a decir nada, ya que veía en la mirada de su novio algo que tenía que salir. Estaba esperando a que él encontrase la forma. Ella lo esperó unos instantes frente al ascensor mientras fue a buscar algo en casa. Al salir, Kurtz le entregó una Giordanno: Una pistola de bajo calibre, fácil de ocultar. Luego metió la mano en el bolsillo y sacó su navaja, que le depositó en la mano, antes de cerrarle el puño.
-La navaja fue un regalo de un tío mío. Cuando empecé a andar con bandas callejeras, a los catorce años, me la dio para asegurarse de que, cuando la cosa se pusiese fea, tendría algo con lo que defenderme. La pistola se la quité a un idiota. Usa munición del calibre 22, es fácil de usar, de esconder y casi no tiene retroceso. – Aang tomó lo que se le ofrecía guardándolo en los bolsillos de su abrigo, pero siguió mirando a Kurtz a los ojos, con los suyos empañados en lágrimas, esperando a escuchar aquello que no daba salido. – Aang... – Dijo al fin. – Te entiendo perfectamente.
Ella no dijo nada. Se abalanzó sobre él y lo besó. Lo besó con todo su ser, intentando volcar toda su alma y todo lo que sentía en sus labios, para entregárselo a ese hombre dispuesto a sufrir la soledad a cambio de que ella estuviese bien.
-¡Te juro por mi vida que volveré! ¿Hai?
Aang entró corriendo en el ascensor para no darse tiempo a dudar. Lentamente, Scar entró en casa y fue a la ventana del salón para verla entrar en el taxi. “Tengo que irme”... Esa maldita frase se negaba a abandonar sus oídos, mientras volvía a la nevera. Siempre tenía una botella de vodka a mano, para brindar con Aang, normalmente. Odiaba beber solo, ya que eso no hacía sino magnificar la sensación de soledad, sin embargo, esta vez no le quedaba otra. Al llegar a la cocina y buscar el frigorífico, Kurtz encontró la pistola. La Aegis Cort de nueve milímetros que había usado desde que entró a servir en la unidad de black ops. La tomó entre sus manos, jugando con ella. Tiró de la regleta y vio una bala en el agujero de salida de casquillos. La soltó, escuchando el chasquido del muelle recuperador al devolver el arma a su posición original. Está cargada... Y no tiene seguro. Se la llevó a la habitación, donde se sentó en la cama. Las sábanas tenían ese dulce olor a la mujer que amaba, teñido de un oscuro tono de despedida. Las dobleces del edredón nórdico donde se había acostumbrado a dormir entre los cálidos brazos de Aang se antojaban una triste elegía. Estiró el brazo y abrió la puerta del armario. En una esquina estaba su guerrera, su uniforme de gala y bajo ellos una caja de madera. Esta contenía efectos personales: Varias condecoraciones, sus galones y el emblema de su antigua división. Volvió a mirar la pistola, despacio, recorriendo con la vista cada ángulo de su forma, antes de mascullar una maldición. Furioso consigo mismo, retiró el cargador y extrajo la bala de la recámara, lanzándolo todo de malos modos contra el fondo del armario. Cerró de un portazo y se fue hacia la cocina de vuelta, obligándose a pensar en el rayo de luz que ella había dejado en su partida: Había jurado volver. Repitió esa frase como si fuese un mantra, mientras cogía la botella de vodka e iba hacia el salón. Al fin y al cabo, era su cabo salvavidas. Si ella no volvía, ya nada tendría sentido. Odiaba pensar ello... Lo odiaba, le enfurecía y le asustaba. Y Kurtz odiaba estar asustado por encima de todo. Decidido a no pensar, se dejó caer en el sofá de su casa, y abrió la botella de vodka.
En sus sueños, caminaba por las profundas selvas de Hanado, entre un estruendo infinito de explosiones, disparos, gritos de dolor y llanto. Pocas cosas eran capaces de hacer llorar a un hombre adulto, y esto hacía que ese sonido fuese aún más estremecedor. Era como si la esperanza se hubiese acabado en el mundo, solo por el hecho de distinguir ese sonido sobre los demás. A su alrededor, un pelotón de Shin-Ra y otro de sus compatriotas cruzaban disparos, órdenes, amenazas y maldiciones. Gritaban, y lloraban, sollozaban y reían con el abandono de maníacos. Estaban ocultos en la niebla, y cubiertos de camuflaje, pero Aang era capaz de verlos a todos y cada uno de ellos, y reconocer sus facciones. Ignoraba como, pero al verlos, era capaz de discernir cada rasgo: Cicatrices de la infancia, arrugas de preocupación o de sonrisas, o si tenían los ojos de su madre o la barbilla de su abuelo paterno. Sabía hasta la historia que contaba cada gesto. Sabía de memoria cada carta que llevaban encima, recibida de sus familias, novias o amigos, como si le hubiesen sido leídas en alto. Era un sueño extraño, mientras las balas y esquirlas de metralla volaban a su alrededor sin rozarla. Ella era consciente de que iban a velocidades increíbles, pero aún así, en su sueño era capaz de verlas volar. Sabía a quien le iba a dar cada impacto en el momento en que la bala era disparada. Cuando se giraba para ver quien sería la siguiente víctima, sus miradas se cruzaban, y en los ojos de Aang, los soldados señalados descubrían la inminencia de su propia muerte... Y la miraban con pena. Algunos se resignaban, y otros se desesperaban. Nadie permanecía indiferente. Uno incluso intentó evitar su mirada, pero en el último segundo los nervios lo traicionaron, y de reojo, encontró su fin. Aang no podía hacer nada. Vio niños. Chavales curiosos, temerarios e ignorantes del peligro que corrían allí ocultos entre la maleza. Uno de ellos tenía una pistola, y el resto registraban cadáveres en busca de armas. Aang los observaba con tristeza, consciente de que la guerra destrozaría sus vidas para siempre. Más soldados que niños, para ellos la guerra era un juego. Las muertes a su alrededor los dejaban indiferentes, y las armas eran tan normales en su vida como lo debían haber sido sus juguetes o libros de texto. De repente, un gran estruendo llamó su atención. Ella no fue capaz de ver nada más allá de las copas de los árboles, pero reconocía el sonido de los bombarderos AR-12. Todos miraron hacia el cielo con temor, menos la pequeña pandilla de niños, que saqueaba indiferente los pertrechos de un soldado caído. Sobre sus cabezas, la fronda se apartó para dejar paso expedito a una gran negra bomba de NAPALM que descendía casi a cámara lenta. Aang corrió. Sus piernas le pesaban, y estaban agarrotadas, pero se obligó a correr e intentar salvarlos. Gritaba con todos sus pulmones, tan alto que la garganta y el pecho le dolían. Les gritaba una y otra vez que se pusiesen a cubierto, que iban a morir. Intentó cubrirlos con su cuerpo, pero la bomba cayó inexorablemente, sumergiendo la selva entera en un mar de llamas. Cuando se desató el infierno ante ella, pudo distinguir cada segundo de agonía de los chavales. Una niña que iba con ellos aferraba fuertemente una pistola cubierta de barro, mientras la carne se caía de sus huesos. En el suelo, abandonada, una muñeca de trapo se resistía a las llamas.
De repente, empezó a llover. ¿O era ella, que lloraba? Cuando se llevó los dedos a la cara, vio por el camino que estos estaban cubiertos de una lluvia sucia y grisácea en la que sus lágrimas derramadas brillaban como plata líquida sobre una mancha de aceite. No quería volver a mirar. Si lo hacía, si abría los ojos, esta pesadilla seguiría adelante, pero no podía hacer otra cosa. Las explosiones, los disparos y los gritos no cesaban, y la gente caía a su alrededor, por el fuego de los fusiles o las llamas químicas del bombardeo. Ella debía acompañarlos en su último viaje, aunque le doliese. No podía abandonarlos, a ninguno de ellos. Mezclando resolución y resignación formó un trago amargo justo antes de erguirse, mientras hombres en llamas y cubiertos de balazos seguían luchando a su alrededor, esperando a que ella les diese la última despedida. Aang no quería. Anhelaba salvarlos, pero no encontraba la forma. No se atrevía a despertarse, ya que entonces todos aquellos cuyos nombres e historias aún no sabría caerían en el olvido, sin nadie que los recordase. Todos estaban heridos. Envueltos en llamas o con el cuerpo destrozado por la metralla. Matándose entre ellos, con fusiles, granadas, bayonetazos y puñaladas. Con palos y piedras, incluso... Era siniestro, era terrible y parecía tan real.
En ese momento, solo un hombre permanecía ileso. Estaba detrás de un árbol, recargando su fusil, cuando una bala le acertó en el casco, haciendo que extrañamente se cayese en pedazos. Era joven, de cabello castaño y revuelto, aplastado contra su cabeza por el sudor y la lluvia. En esos momentos estaba amartillando su fusil MF22, mientras se llevaba una granada a la boca. La lanzó, causando la distracción necesaria para asomarse y atacar, posicionándose y abatiendo enemigos a cada disparo. Aang lo había reconocido, aún sin necesidad de ver su rostro: Era el cabo Jonás Kurtz, de la 244 aerotransportada.
Las cicatrices de su rostro estaban abiertas, y la sangre se derramaba oscura y sucia sobre su piel pintada con maquillaje de camuflaje, como si su alma estuviese corrupta y enfangada con el odio y la ira. Abatía a cualquiera que encontrase, sin importar que fuese hombre o mujer, niño o anciano. A cada disparo que hacía, un nuevo muerto. A cada baja confirmada, su uniforme de aerotransportado, poco a poco, se iba transformando en el negro mono de polímeros que vestía cuando sirvió como black opper, y una nueva cicatriz surcaba su rostro, vertiendo más sangre oscura. Era un demonio salido del infierno, cruel e imparable. Su llegada cambió totalmente las tornas de la batalla, a favor de un ejército de muertos de Shin-Ra. Con el presente, a los demonios extranjeros las balas les impactaban, matándolos, pero aquello no era suficiente para detenerlos: Los muertos se alzaban con gesto de estar sufriendo un dolor indescriptible, mientras un hombre enajenado los guiaba hacia la victoria.
-¡Su base está a pocos metros, soldados! – Dijo mientras aplastaba la cabeza de un enemigo. Aang no comprendía como podía ser llamado “enemigo” alguien que apenas había cumplido quince años, sin embargo, Scar rugía y reía, entregado al salvajismo y a la matanza por entero. – ¡A eme efe, chaval!¡No quiero prisioneros!
-¡Jonás! – Gritó ella, intentando agarrarle, pero él se adentraba más y más entre la maleza.
Sin dejar de gritar su nombre, la desesperada soñadora siguió al infernal pelotón a lo largo de unos cuantos kilómetros de jungla, hasta llegar a su aldea natal. Allí solo quedaban mujeres, niños y ancianos. Estaban esperando bajo la lluvia, en el centro del poblado, entre las cabañas devastadas, frente al edificio más moderno de toda la aldea: La escuela, convertida en un improvisado hospital de campaña. Al fondo, los campos de arroz aparecían pisoteados y sembrados de cadáveres.
-¡Sacad a Willie Pete, chicos! – Ordenó Scar a sus tropas, de entre las que varios soldados siguieron el ejemplo de su líder, tomando granadas incendiarias de fósforo blanco, que luego arrojaron en el interior del hospital, ante la silenciosa mirada de impotencia de los habitantes del pueblo. Los gritos aumentaron de intensidad por un instante, mientras las llamas consumían de forma rápida y brutal todo el edificio. El olor de la carne quemada se mezclaba con el nauseabundo pestazo del fósforo blanco. – ¡Rock’n roll!
La orden era clara y concisa: Rifles en modo automático. Esto iba a ser una carnicería. Mientras los soldados apuntaban, su líder avanzó hasta agarrar a un matrimonio de avanzada edad y sacarlo del grupo de aldeanos a rastras, amenazando a la mujer con un cuchillo táctico.
-Papa-san... Mama-san... Debéis de ser importantes, ya que sois los mejor vestidos de esta pocilga... – Lo eran: A Aang no le costó reconocer a sus padres. Parecía que Jonás los conociese, aunque en la realidad nunca se habían visto. O al menos, eso esperaba ella. – En cuanto llegue la pequeña princesita amarilla, celebraremos la fiesta.
De repente, dos de los soldados muertos agarraron a Aang, llevándola a rastras allí donde la esperaban. Pudo sentir la pena en ellos, pero eso no bastaba para que le dejasen irse. La soltaron a pocos pasos del hombre al que creía amar, viendo como este jugaba con el cuchillo, acariciando el rostro de sus padres con el filo y abriendo pequeñas heridas.
-Hola, Shyun Tsuun Fo Aang. ¿Vienes a jugar? Veo que has venido preparada. – Cuando ella se dio cuenta, se fijó por primera vez en como iba vestida. Llevaba la guerrera verde que había usado durante la guerra, tenía el pelo corto, como el de un hombre, y en sus manos llevaba el KRV49; el rifle más usado por la infantería de Wutai. Reconoció el suyo por el grabado de la culata, con su apodo: Tigre dorado. Sus dedos, inconscientemente, acariciaron el gatillo, hasta que lo tiró al suelo.
-No es esto lo que quiero... Ni creo que tu seas el hombre al que quiero. Conozco a Jonás y no es así.
-¿No? – Rió él. - ¿Seguro? ¿Hablamos del mismo “Jonás”, el cabo de aerotransportados que luego será Black Opper?
-¡No! – Exclamó, mientras pensaba que responder. - ¡Yo hablo del hombre al que la guerra destrozó la vida, y que ahora al fin está reconstruyéndola! ¡Del hombre al que yo amo! – Mientas ella hablaba, él parecía ignorarla, mientras golpeaba a sus padres.
-¿Decías?
-Jonás nunca estuvo aquí. Nunca maltrató prisioneros, y mucho menos a mis padres.
-¿Estas segura? – Dijo riéndose.
-¡Él lucha por la justicia! – Gritó con fuerza. Le dolía admitirlo, pero se le acababan los argumentos.
-¡Meeeeeec! ¡Error! – Exclamó con gesto divertido mientas rajaba la garganta de su madre. – Tu querido Jonás mata gente en nombre de la justicia en la que él cree. Es un soldado de Shin-Ra, al igual que todos los que pisotearon tu país y lo dejaron en llamas, postrado y roto.
-¡Eso no es cierto! ¡Él no destruye! ¡El salva! – Cuanto más alzaba la voz para discutir, más le temblaba. Aang empezaba a estar desesperada.
-¿Qué dice su brazo? – Preguntó él, mientras cortaba la manga de su propia guerrera. – Aquí esta... 244 Shin-Ra Aerotransportados. ¿Es esto un tatuaje de soldado? ¡Parece que si! ¿Y que hacen los soldados? – Esperó unos segundos por una respuesta, pero como esta no aparecía, decidió ser él quien la diese, apuñalando al padre de Aang.
-Jonás es un soldado, pero no un asesino como tu.
-Las black ops incluyen asesinatos, zorra. Además, ¿qué sabe una puta como tu de guerra? – Aang miró y su vestuario de repente había vuelto a cambiar. Llevaba un vestido de tela muy fina, con un pronunciado escote y una falda que apenas alcanzaba la mitad de sus muslos. Bajo el vestido llevaba medias y liguero, y nada más. En el suelo, su fusil lleno de balas se había convertido en un bolso, lleno de billetes sucios y condones baratos. Podía sentir como las lágrimas resbalaban por su cara, arrastrando el maquillaje. – ¡Alégrate! ¡La guerra ha acabado para ti! Sigues siendo la puta infeliz que serás siempre, pero bueno! ¡Peor es morir en el barro que abrirse de piernas para desconocidos por unos billetes! ¿O quizás no lo sea?
Entonces, Aang lo golpeó. Fue un puñetazo lanzado con toda la furia que fue capaz de retener. Aprovechó esos segundos para arremeter contra uno de los cadáveres andantes, vestidos con el cuerpo de un soldado y derribarlo. El joven hombre muerto se convirtió en un barro rojo sangriento al desplomarse, pero Aang no quiso pensar en ello. Sin dudarlo, tomó su rifle mientras Kurtz intentaba responder al ataque. Ella no le dio tiempo. Le asestó un culatazo en la cara, que vino seguido de un arco que hizo al filo de la bayoneta deslizarse sobre los ojos del hombre al que creía amar.
-¡Zorra! – Gritó de rabia, mientras daba puñaladas al aire. – ¡No puedo ver, maldita puta!
-Es una pena que vayas a perderte esto, ¿hai? Rock’n’Roll, como decís los gaijin.
Aang casi apoyó el cañón sobre la cara de Scar, antes de presionar el gatillo. Las veintiocho balas de 5,56x45 milímetros reventaron contra su rostro, lanzándolo varios metros hacia atrás. La mujer conocida como El tigre dorado seguía llorando, de dolor y rabia, pero extrañamente, también se sentía más tranquila. Desde el cuerpo tumbado al que acababa de freír la cara a balazos sonó una carcajada estridente y metálica. Bajo la atenta mirada de su agresora, el hombre se levantó, pero ya no se ocultaba bajo el rostro de Kurtz. Ahora su cara era la de todos los gaijin que habían maltratado a Aang: Su chulo, Tommy Ho, el mafioso para el que este trabajaba, el oficial de inmigración que la chantajeó a cambio de sexo, los hombres que la maltrataron, la golpearon o la despreciaron... Todos. Sus facciones se mezclaban, pero era capaz de reconocerlos. Nunca había querido perdonarlos, ni mucho menos olvidarlos.
-Maldito cobarde... Me gusta más esta nueva cara tuya. – Dijo ella con insolencia. – Si el hombre al que has suplantado conociese a todos esos, los mataría lentamente uno por uno.
-¿Ah, si? ¿Y por qué no lo hace? – Preguntó con sorna.
-¡Ahora hago yo las preguntas, hijo de puta! – Gritó mientras recargaba el fusil con un cargador tomado de otro soldado al que rajó con la bayoneta. – Dime quien eres o te juro que vas a comer más plomo.
-Soy una pesadilla, estúpida mujer... – El monstruo contuvo una carcajada sarcástica. – No temo al dolor físico. Soy lo que ha destruido tu vida: Soy la guerra.
Aang se quedó paralizada. Con el único ruido de la lluvia, se quedó en silencio mirando como el rostro de sus demonios interiores cambiaba, mientras el sueño llegaba a su fin. A su alrededor, un destruido Wutai se disipaba como si fuese vaho. Su último recuerdo del país en el que había nacido: Una jungla infestada de cadáveres pudriéndose sin nadie que haya podido cerrarles los ojos por última vez y decirles adiós. Una tierra abonada con sangre y sueños, pisoteada por pesadas botas y orugas de infernales carros de combate. Con odio, Aang alzó su rifle.
-Hijo de puta... Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta... – Murmuró, mientras lo ponía en modo de un disparo y apuntaba a la cabeza del monstruo. - ¡Hijo de putaaaaa!
Se despertó dando vueltas en la cama, inquieta. Al mirar alrededor, con sus ojos acostumbrados a la oscuridad, la habitación de repente le parecía extraña. Encendió la luz, pero eso fue totalmente inútil. No había nada en esa habitación que reconociese como familiar, desde sus muebles hasta su olor. Poco a poco se fue ubicando, mientras se levantaba. Oyó pasos por la casa, y dedujo que su novio ya había regresado a casa. Después de lo que acababa de soñar, se le hacía raro pensar en Jonás como “novio”.
Llegó hasta la cocina, donde lo vio inclinado ante la nevera. Estaba cogiendo algo de comida y un par de cervezas. Aang se acercó silenciosamente, pero no lo suficiente. Como si le hubiese alcanzado un rayo, Scar cerró levemente la puerta de la nevera, apareciendo una pistola en aquella mano donde antes solo había un paquete de fiambre. Aang se sobresaltó, y en ese momento, toda la confusión de la pesadilla reapareció en su mente. A este Jonás no le sangraban las cicatrices, pero tenía la cara sucia de algo negro, y sus ropas eran del mismo color del que había sido su uniforme de black opper.
-Lo siento... – Dijo soltando el arma sobre la mesa. – Aun vengo algo sobresaltado por lo de esta noche. Necesito relajarme... – Kurtz esbozó una leve sonrisa, buscando la complicidad de su novia, pero esta permaneció inmóvil y seria. - ¿Pasa algo?
-Me siento mal... – Dijo ella. Fue lo único coherente que logró articular, pese a todos los pensamientos y sentimientos que luchaban en su cabeza. Le estaba siendo imposible actuar de modo racional. – Creo que debería irme...
-Vete a la cama... – Dijo él abriendo una cerveza. Estaba cansado y le costaba pensar tras el subidón de adrenalina de la misión, pero no tardó en darse cuenta. - ¿A dónde?
No recibió respuesta y corrió hacia el dormitorio. Allí Aang se estaba vistiendo algo de ropa sobre la vieja camiseta que usaba para dormir. Jonás intentó detenerla, pero ella se apartó, como si hubiese intentado golpearla.
-¿Qué pasa, Aang? ¿Por qué te vas? ¿A dónde? – Preguntó, casi frenético.
-Soñé que matabas a mis padres... – Dijo ella entre lágrimas.
-¿Eso es todo? – La sorpresa casi le impedía pensar. - ¡Joder! ¿Solo por un puto sueño?
-¿Has matado a mis padres, Jonás? – Él se quedó sin saber que responder a esa pregunta. - Se que no, porque mantengo correspondencia con ellos, pero bien pudiste hacerlo sin haberte siquiera enterado, ¿no lo entiendes?
-No. La verdad es que no lo acabo de entender... – Ella lo besó suavemente en la mejilla.
-Es la guerra... Sé que acabó hace siete años, pero no puedo dejarla atrás. No después de todo lo que vi, y eso me impide estar contigo.
-Soy incapaz de creérmelo... ¿No vas a luchar? – Preguntó dolido. - ¿No vas a pelear por superarlo? ¿Prefieres abandonarme como a un mal recuerdo?
-¡No eres un mal recuerdo! ¡Nunca! – Gritó en medio de la noche, con los ojos inundados en lágrimas mientras se abrazaba a él. - ¡No digas eso, por favor! ¡Tu no!
-¿Entonces que soy, Aang? ¿Por qué me dejas? – Preguntó Scar con voz queda. Parecía que algo se atrancaba en su garganta, impidiéndole hablar con claridad.
-Eres el mejor hombre que he conocido nunca, Jonás... ¡Te amo! ¡Te amo más que a mi misma, y quiero ser la madre de tu hijo! Sin embargo, no puedo quedarme. No mientras esté teniendo estos sueños... No mientras piense eso. A veces, te veo como a un enemigo, y no puedo perdonármelo a mi misma. No pienses que te estoy abandonando, porque no quiero hacerlo. Solo necesito tiempo para pensar, y dejar atrás el pasado.
-El pasado nunca queda atrás, Aang... – Dijo Kurtz, con tristeza. – Lo que te han hecho, y lo que has hecho tu es lo que eres ahora. Negarlo, sería negarte a ti misma. Debes aprender a vivir con ello.
-Aún así, amor mío, debo irme... No podré enfrentarme a ello si no es estando sola.
Al contrario de lo que ella le estaba pidiendo, Jonás apretó su abrazo. Permaneció en silencio unos segundos, antes de soltarla y empezar a ayudarle a recoger sus cosas. Aang no se atrevió a decir nada, ya que veía en la mirada de su novio algo que tenía que salir. Estaba esperando a que él encontrase la forma. Ella lo esperó unos instantes frente al ascensor mientras fue a buscar algo en casa. Al salir, Kurtz le entregó una Giordanno: Una pistola de bajo calibre, fácil de ocultar. Luego metió la mano en el bolsillo y sacó su navaja, que le depositó en la mano, antes de cerrarle el puño.
-La navaja fue un regalo de un tío mío. Cuando empecé a andar con bandas callejeras, a los catorce años, me la dio para asegurarse de que, cuando la cosa se pusiese fea, tendría algo con lo que defenderme. La pistola se la quité a un idiota. Usa munición del calibre 22, es fácil de usar, de esconder y casi no tiene retroceso. – Aang tomó lo que se le ofrecía guardándolo en los bolsillos de su abrigo, pero siguió mirando a Kurtz a los ojos, con los suyos empañados en lágrimas, esperando a escuchar aquello que no daba salido. – Aang... – Dijo al fin. – Te entiendo perfectamente.
Ella no dijo nada. Se abalanzó sobre él y lo besó. Lo besó con todo su ser, intentando volcar toda su alma y todo lo que sentía en sus labios, para entregárselo a ese hombre dispuesto a sufrir la soledad a cambio de que ella estuviese bien.
-¡Te juro por mi vida que volveré! ¿Hai?
Aang entró corriendo en el ascensor para no darse tiempo a dudar. Lentamente, Scar entró en casa y fue a la ventana del salón para verla entrar en el taxi. “Tengo que irme”... Esa maldita frase se negaba a abandonar sus oídos, mientras volvía a la nevera. Siempre tenía una botella de vodka a mano, para brindar con Aang, normalmente. Odiaba beber solo, ya que eso no hacía sino magnificar la sensación de soledad, sin embargo, esta vez no le quedaba otra. Al llegar a la cocina y buscar el frigorífico, Kurtz encontró la pistola. La Aegis Cort de nueve milímetros que había usado desde que entró a servir en la unidad de black ops. La tomó entre sus manos, jugando con ella. Tiró de la regleta y vio una bala en el agujero de salida de casquillos. La soltó, escuchando el chasquido del muelle recuperador al devolver el arma a su posición original. Está cargada... Y no tiene seguro. Se la llevó a la habitación, donde se sentó en la cama. Las sábanas tenían ese dulce olor a la mujer que amaba, teñido de un oscuro tono de despedida. Las dobleces del edredón nórdico donde se había acostumbrado a dormir entre los cálidos brazos de Aang se antojaban una triste elegía. Estiró el brazo y abrió la puerta del armario. En una esquina estaba su guerrera, su uniforme de gala y bajo ellos una caja de madera. Esta contenía efectos personales: Varias condecoraciones, sus galones y el emblema de su antigua división. Volvió a mirar la pistola, despacio, recorriendo con la vista cada ángulo de su forma, antes de mascullar una maldición. Furioso consigo mismo, retiró el cargador y extrajo la bala de la recámara, lanzándolo todo de malos modos contra el fondo del armario. Cerró de un portazo y se fue hacia la cocina de vuelta, obligándose a pensar en el rayo de luz que ella había dejado en su partida: Había jurado volver. Repitió esa frase como si fuese un mantra, mientras cogía la botella de vodka e iba hacia el salón. Al fin y al cabo, era su cabo salvavidas. Si ella no volvía, ya nada tendría sentido. Odiaba pensar ello... Lo odiaba, le enfurecía y le asustaba. Y Kurtz odiaba estar asustado por encima de todo. Decidido a no pensar, se dejó caer en el sofá de su casa, y abrió la botella de vodka.
Dog Tags:
Escritor:UKIO,
RELATOS
domingo, 25 de noviembre de 2007
95.
Las burbujas ascendían por el tubo lleno de un líquido de extraña densidad, de color verde azulado con toques blanquecinos. Los ojos le pesaban mucho, pero incluso entrecerrados estos le permitían observar a través del cristal una estancia cubierta por una hilera de los mismos cubículos, todos llenos de formas extrañas y del mismo líquido verdoso.Enfrente de esa fila, otra; llena de mesas con ordenadores y montones de papeles. Solo una, la mesa situada enfrente, se encontraba con un hombre trabajando.Todo el cuerpo le dolía. No sentía ninguna parte de su cuerpo, y sin embargo todo su cuerpo estaba dolorido. Era una sensación extraña.También sentía mucho frío. Su cuerpo estaba desnudo, y cubierto de algunos cables y placas. No. Su cuerpo no estaba cubierto por cables y placas. Estaba unido al metal. Asustado, comenzó a agitarse. Un fuerte sonido traspasó sus tímpanos, y se desmayó nuevamente.
------------------------------------------------------
Se despertó súbitamente, al notar que algo se le clavaba en las costillas de su costado izquierdo. Repentinamente, dio un salto, inspirado por el gran olor de la basura y los animales muertos que llegaba de ese vertedero.El lugar, desolado, era una mezcla de cementerio de animales muertos y almacén de residuos del laboratorio de Shin-ra. Aquella montaña artificial, en concreto, se encontraba formada por montones de animales, bestias muertas e incluso algún cadáver de aspecto humano.Le dolía mucho la cabeza; esta parecía a punto de explotar. Poco a poco, comenzó a generar recuerdos:“Mi nombre es Edward Lambert, soy cazarrecompensas. Odio al complejo Shin-ra.”“Dos hombres vestidos de negro me atacaron en el cementerio, cuando iba a visitar una tumba… No recuerdo muy bien de quién era la tumba, pero uno de los hombres habló de un asesinato. Poco después, mientras uno de ellos ardía, el otro me golpeaba y me llevaba arrastrando al coche”“Unos hombres con bata me sujetaron fuertemente a una camilla, mientras decían algo acerca de la materia y un gran avance en el desarrollo militar…”“Ylsiv”Con la cabeza más despejada, Edward comenzó a descender por la ladera de la montaña de desechos, teniendo especial cuidado en no tropezar y caer sobre algún hierro oxidado o sobre alguna aguja de inyección que contuviera restos de los experimentos de los científicos. Mientras bajaba, su cabeza aun seguía dándole vueltas al asuntos de Turk, su captura y el por qué había despertado en aquel montón de mierda experimental. ¿Acaso no había dicho el gigante de negro que iba a ser carne de cañón en los experimentos de algún desquiciado? ¿Se habían desecho de él, creyéndole muerto? Eran demasiadas preguntas, y el no tenía respuestas a ninguna.El lugar era una verdadera pocilga. La experimentación había tenido tan poco respeto, que había comenzado a adaptar el destruido sector 7 para ser el vertedero de la ciudad. Una pequeña área, vallada y sin vigilancia, era lo único que cubría esos errores de pruebas empíricas, producto de teorías absurdas.Escalando el vallado, consiguió salir del recinto. Con marcha lenta, comenzó a avanzar hasta el sector 5. Se escondería durante una buena temporada en su pequeño piso, hasta que pudiera volver a salir. Quizás tuviera que cambiar de residencia, e incluso tuviera que conseguir una tarjeta de identidad falsa del mercado negro: todo para evitar ser localizado.Era de noche, y su paso había comenzado a acelerarse. Ningún suburbio era seguro, pero el sector 7 era especialmente peligroso en comparación con los otros. Cuando ya había comenzado a correr, notó un fuerte dolor generalizado, en todo su cuerpo, que le impedía avanzar con suficiente velocidad. Afortunadamente, cerca de allí se encontraba el Hospital Central de Midgar. Si lograra entrar sin ser visto, podría robar algunos botes de tranquilizantes para mitigar el dolor, y quizás pudiera conseguir algún pase de identidad sin recurrir a mafiosos y estafadores. Lamentaba tener que hacer todo eso, pero el riesgo de no hacerlo era su cuello, mientras que las consecuencias de sus actos solo acarrearían una sanción económica y una reprimenda de algún directivo.Avanzando, decidió entrar por la puerta principal. “Sería muy sospechoso si entrara por otro sitio” pensó acertadamente Edward. Al tiempo que entraba, tres camillas con personas enfundadas en sus chándales entraban por la puerta de urgencias médicas. Edward aprovechó la ocasión de entrar y colarse rápidamente en una pequeña consulta vacía, sin fijarse cual era, mientras todo el mundo observaba a los heridos. Rebuscando, no pudo encontrar nada salvo unos palos de madera para observar gargantas y unos libros para colorear. Cogiendo una bata, salió de la consulta de pediatría, al mismo tiempo que entraba un hombre con todo el cuerpo cubierto de balas. Acordándose de su buen amigo Stevenson, Edward chocó con una doctora:-¡Mire por dónde va! Podría fijarse un poco, maldito novato. – Maldijo la doctora mientras se encontraba tirada en el suelo. Su carpeta había caído, y un bolígrafo de cristal que llevaba en el bolsillo de su bata voló por los aires, rompiéndose al caer estrepitosamente en el suelo.-Lo… Lo siento, señor… Quiero decir, doctora. Déjeme que le ayude a levantarse… - Dijo atropelladamente – Permítame ayudarla a levantarse. Yo…Al instante, enmudeció. La joven era una bella muchacha, con una edad aproximada a la suya. Su larga melena rubicunda llegaba hasta la mitad de la espalda, y sus ojos azulados se situaban tras unas gafas de ligera montura metálica. Tenía un precioso collar con una pequeña piedra preciosa de color rojo, y un precioso par de grandes pechos cubiertos por una camiseta azul celeste que realzaba su figura. Edward quedó sorprendido al verla, cosa que ella notó al instante y la hizo enrojecer.-Bueno… Tenga más cuidado la próxima vez… Soy la doctora Martha Kallalder, encantada.La doctora se giró sobre sí misma, lanzando una última mirada a Edward y se dirigió a una pequeña puerta sobre la cual un cartel rezaba “Solo personal auxiliar y de servicio”.Edward quedó un rato mirando, y cuando ella se marchó, él solo pudo levantar un brazo e intentar en vano que ella esperara.Edward no podía dar crédito a sus ojos. Cogiendo unos botes de calmantes, y unas cuantas inyecciones de morfina que había en la sala de enfermería, comenzó a correr a la desesperada. No podía creerlo, había pensado que ella estaba muerta. “Pero puede ser otra persona… Ella murió delante de tus ojos…”Sin prestar atención a dónde iba, Edward chocó nuevamente con una persona. Solo que esta vez quien cayó al suelo fue él.-¡Maldito hijo de puta! ¡Has tirado mi bebida! Ahora mismo me vas a pagar un nuevo cubata de ron, cola y “chocobo negro”, y me vas a dar todo tu dinero, y me vas a dar tu sangre, y te vas a llevar la mayor paliza de tu vida.El hombre, era un calvo grandote embutido en una gigantesca chaqueta de cuero cubierta de pinchos, cadenas y balas de gran calibre. Unido a ello, un enorme pantalón vaquero, lleno de rotos, descosidos y manchas oscuras, daban paso a unas botas metálicas. A su lado, un enorme perro negro de aspecto siniestro gruñía y babeaba, sujeto por una correa de hierro ennegrecido. El hombre, con los ojos cubiertos de ojeras, parecía bastante enojado, seguramente debido a la droga.-Perdona, ni siquiera te había visto…Pero nunca llegó a acabar la frase. Edward recibió un fortísimo puñetazo en el lado izquierdo de la cara, que le derribó. El gigantesco bruto soltó a su perro, el cual se abalanzó sobre Edward.Edward, aun tumbado, notó la baba caliente y el fétido aliento del sabueso en su cara. Levantando sus brazos, intentó sujetar las fauces del sabueso, las cuales se abalanzaban sobre su garganta. A pesar de todo el entrenamiento del cazarrecompensas, se encontraba debilitado y cansado, y el perro era bastante grande y musculoso. “Ojalá tuviera mi materia, así podría reventar a este chucho…”Y, al instante, el perro reventó.Cubierto de sangre, Edward no podía dar crédito a lo que veía. A pesar de no tener su materia Fuego junto a él, el perro había ardido desde el interior, dilatando sus gases y provocando una explosión. ¿Le habría ayudado alguien?No tuvo tiempo de girarse a mirar; su brazo chorreaba sangre y un dolor punzante le atravesaba el brazo.Una enorme navaja se retiraba, mientras el macarra gritaba de ira y alguien proclamaba “¡Pelea! ¡Pelea!”. Al instante, un corro de mirones, prostitutas y más bandidos rodearon a los dos combatientes y a los restos del can caído.El hombre calvo era muy fuerte, posiblemente por el efecto de alguna droga o estupefaciente. Si al menos tuviera aquí su materia Golpe mortal, podría equilibrar las cosas. Pero cuando Shin-ra le captura, perdió las dos materias que llevaba encima. Ahora solo le quedaba su habilidad, y su fuerza.El gigantesco hombre volvió a lanzar otra puñalada, esta vez directa a la cabeza. A pesar de toda su musculatura y su fuerza, el grandullón era lento en comparación con Edward, dándole así una ventaja. Esquivándole, rotó sobre su lado derecho; tras lo cual agarró de la manga de la chaqueta y golpeó.Unas gotas de saliva y sangre salpicaron sobre el asfalto.Sujetándose el costado derecho, el macarra se limpió la sangre de la boca con la lengua y lanzó un rugido, mezcla de ira, dolor e impaciencia. Volviendo a la carga, esta vez centró su puñalada en el corazón.Pero esta vez, no fue Edward lo suficientemente rápido. La puñalada acertó en su brazo izquierdo, justo debajo del hombro. Ahora tenía los dos brazos heridos, y apenas podía moverlos. Recibiendo un fuerte puñetazo en el estómago, cayó al suelo rodando, hasta detenerse contra el cuerpo sin vida del perro. Sangrando en abundancia, y casi sin conocimiento, Edward no sabía que hacer… Solamente deseaba que aquel indeseable muriese repentinamente.-¿Unas últimas palabras, pequeño hijo de la gran puta?-Sí. Ojalá te mueras aquí mismo, maldito bastardo. ¡Así revientes!Y dicho esto comenzaron los dos a reír. Uno reía del placer de matar, el otro reía porque no le quedaba otra cosa.Fuego. La chaqueta comenzó a arder, los pantalones comenzaron a arder, incluso la navaja emitía un fuerte destello anaranjado. Todo el cuerpo del bandido comenzó a arder espontáneamente. Entre gritos, empezó a rodar por el suelo, intentando apagarse, cuando su cuerpo dejó de moverse y estalló en un mar de llamas.Todo el mundo comenzó a gritar y a correr: unos de miedo, otros por las quemaduras de la explosión. Edward no comprendía quién le había ayudado… Pero comprendía que podía haberle ahorrado todos esos golpes y magulladuras.“¿Y si hubiera sido… Ella?Sonriendo, abrió un bote de calmantes y comenzó a caminar con paso lúgubre, directo a casa.
------------------------------------------------------
Se despertó súbitamente, al notar que algo se le clavaba en las costillas de su costado izquierdo. Repentinamente, dio un salto, inspirado por el gran olor de la basura y los animales muertos que llegaba de ese vertedero.El lugar, desolado, era una mezcla de cementerio de animales muertos y almacén de residuos del laboratorio de Shin-ra. Aquella montaña artificial, en concreto, se encontraba formada por montones de animales, bestias muertas e incluso algún cadáver de aspecto humano.Le dolía mucho la cabeza; esta parecía a punto de explotar. Poco a poco, comenzó a generar recuerdos:“Mi nombre es Edward Lambert, soy cazarrecompensas. Odio al complejo Shin-ra.”“Dos hombres vestidos de negro me atacaron en el cementerio, cuando iba a visitar una tumba… No recuerdo muy bien de quién era la tumba, pero uno de los hombres habló de un asesinato. Poco después, mientras uno de ellos ardía, el otro me golpeaba y me llevaba arrastrando al coche”“Unos hombres con bata me sujetaron fuertemente a una camilla, mientras decían algo acerca de la materia y un gran avance en el desarrollo militar…”“Ylsiv”Con la cabeza más despejada, Edward comenzó a descender por la ladera de la montaña de desechos, teniendo especial cuidado en no tropezar y caer sobre algún hierro oxidado o sobre alguna aguja de inyección que contuviera restos de los experimentos de los científicos. Mientras bajaba, su cabeza aun seguía dándole vueltas al asuntos de Turk, su captura y el por qué había despertado en aquel montón de mierda experimental. ¿Acaso no había dicho el gigante de negro que iba a ser carne de cañón en los experimentos de algún desquiciado? ¿Se habían desecho de él, creyéndole muerto? Eran demasiadas preguntas, y el no tenía respuestas a ninguna.El lugar era una verdadera pocilga. La experimentación había tenido tan poco respeto, que había comenzado a adaptar el destruido sector 7 para ser el vertedero de la ciudad. Una pequeña área, vallada y sin vigilancia, era lo único que cubría esos errores de pruebas empíricas, producto de teorías absurdas.Escalando el vallado, consiguió salir del recinto. Con marcha lenta, comenzó a avanzar hasta el sector 5. Se escondería durante una buena temporada en su pequeño piso, hasta que pudiera volver a salir. Quizás tuviera que cambiar de residencia, e incluso tuviera que conseguir una tarjeta de identidad falsa del mercado negro: todo para evitar ser localizado.Era de noche, y su paso había comenzado a acelerarse. Ningún suburbio era seguro, pero el sector 7 era especialmente peligroso en comparación con los otros. Cuando ya había comenzado a correr, notó un fuerte dolor generalizado, en todo su cuerpo, que le impedía avanzar con suficiente velocidad. Afortunadamente, cerca de allí se encontraba el Hospital Central de Midgar. Si lograra entrar sin ser visto, podría robar algunos botes de tranquilizantes para mitigar el dolor, y quizás pudiera conseguir algún pase de identidad sin recurrir a mafiosos y estafadores. Lamentaba tener que hacer todo eso, pero el riesgo de no hacerlo era su cuello, mientras que las consecuencias de sus actos solo acarrearían una sanción económica y una reprimenda de algún directivo.Avanzando, decidió entrar por la puerta principal. “Sería muy sospechoso si entrara por otro sitio” pensó acertadamente Edward. Al tiempo que entraba, tres camillas con personas enfundadas en sus chándales entraban por la puerta de urgencias médicas. Edward aprovechó la ocasión de entrar y colarse rápidamente en una pequeña consulta vacía, sin fijarse cual era, mientras todo el mundo observaba a los heridos. Rebuscando, no pudo encontrar nada salvo unos palos de madera para observar gargantas y unos libros para colorear. Cogiendo una bata, salió de la consulta de pediatría, al mismo tiempo que entraba un hombre con todo el cuerpo cubierto de balas. Acordándose de su buen amigo Stevenson, Edward chocó con una doctora:-¡Mire por dónde va! Podría fijarse un poco, maldito novato. – Maldijo la doctora mientras se encontraba tirada en el suelo. Su carpeta había caído, y un bolígrafo de cristal que llevaba en el bolsillo de su bata voló por los aires, rompiéndose al caer estrepitosamente en el suelo.-Lo… Lo siento, señor… Quiero decir, doctora. Déjeme que le ayude a levantarse… - Dijo atropelladamente – Permítame ayudarla a levantarse. Yo…Al instante, enmudeció. La joven era una bella muchacha, con una edad aproximada a la suya. Su larga melena rubicunda llegaba hasta la mitad de la espalda, y sus ojos azulados se situaban tras unas gafas de ligera montura metálica. Tenía un precioso collar con una pequeña piedra preciosa de color rojo, y un precioso par de grandes pechos cubiertos por una camiseta azul celeste que realzaba su figura. Edward quedó sorprendido al verla, cosa que ella notó al instante y la hizo enrojecer.-Bueno… Tenga más cuidado la próxima vez… Soy la doctora Martha Kallalder, encantada.La doctora se giró sobre sí misma, lanzando una última mirada a Edward y se dirigió a una pequeña puerta sobre la cual un cartel rezaba “Solo personal auxiliar y de servicio”.Edward quedó un rato mirando, y cuando ella se marchó, él solo pudo levantar un brazo e intentar en vano que ella esperara.Edward no podía dar crédito a sus ojos. Cogiendo unos botes de calmantes, y unas cuantas inyecciones de morfina que había en la sala de enfermería, comenzó a correr a la desesperada. No podía creerlo, había pensado que ella estaba muerta. “Pero puede ser otra persona… Ella murió delante de tus ojos…”Sin prestar atención a dónde iba, Edward chocó nuevamente con una persona. Solo que esta vez quien cayó al suelo fue él.-¡Maldito hijo de puta! ¡Has tirado mi bebida! Ahora mismo me vas a pagar un nuevo cubata de ron, cola y “chocobo negro”, y me vas a dar todo tu dinero, y me vas a dar tu sangre, y te vas a llevar la mayor paliza de tu vida.El hombre, era un calvo grandote embutido en una gigantesca chaqueta de cuero cubierta de pinchos, cadenas y balas de gran calibre. Unido a ello, un enorme pantalón vaquero, lleno de rotos, descosidos y manchas oscuras, daban paso a unas botas metálicas. A su lado, un enorme perro negro de aspecto siniestro gruñía y babeaba, sujeto por una correa de hierro ennegrecido. El hombre, con los ojos cubiertos de ojeras, parecía bastante enojado, seguramente debido a la droga.-Perdona, ni siquiera te había visto…Pero nunca llegó a acabar la frase. Edward recibió un fortísimo puñetazo en el lado izquierdo de la cara, que le derribó. El gigantesco bruto soltó a su perro, el cual se abalanzó sobre Edward.Edward, aun tumbado, notó la baba caliente y el fétido aliento del sabueso en su cara. Levantando sus brazos, intentó sujetar las fauces del sabueso, las cuales se abalanzaban sobre su garganta. A pesar de todo el entrenamiento del cazarrecompensas, se encontraba debilitado y cansado, y el perro era bastante grande y musculoso. “Ojalá tuviera mi materia, así podría reventar a este chucho…”Y, al instante, el perro reventó.Cubierto de sangre, Edward no podía dar crédito a lo que veía. A pesar de no tener su materia Fuego junto a él, el perro había ardido desde el interior, dilatando sus gases y provocando una explosión. ¿Le habría ayudado alguien?No tuvo tiempo de girarse a mirar; su brazo chorreaba sangre y un dolor punzante le atravesaba el brazo.Una enorme navaja se retiraba, mientras el macarra gritaba de ira y alguien proclamaba “¡Pelea! ¡Pelea!”. Al instante, un corro de mirones, prostitutas y más bandidos rodearon a los dos combatientes y a los restos del can caído.El hombre calvo era muy fuerte, posiblemente por el efecto de alguna droga o estupefaciente. Si al menos tuviera aquí su materia Golpe mortal, podría equilibrar las cosas. Pero cuando Shin-ra le captura, perdió las dos materias que llevaba encima. Ahora solo le quedaba su habilidad, y su fuerza.El gigantesco hombre volvió a lanzar otra puñalada, esta vez directa a la cabeza. A pesar de toda su musculatura y su fuerza, el grandullón era lento en comparación con Edward, dándole así una ventaja. Esquivándole, rotó sobre su lado derecho; tras lo cual agarró de la manga de la chaqueta y golpeó.Unas gotas de saliva y sangre salpicaron sobre el asfalto.Sujetándose el costado derecho, el macarra se limpió la sangre de la boca con la lengua y lanzó un rugido, mezcla de ira, dolor e impaciencia. Volviendo a la carga, esta vez centró su puñalada en el corazón.Pero esta vez, no fue Edward lo suficientemente rápido. La puñalada acertó en su brazo izquierdo, justo debajo del hombro. Ahora tenía los dos brazos heridos, y apenas podía moverlos. Recibiendo un fuerte puñetazo en el estómago, cayó al suelo rodando, hasta detenerse contra el cuerpo sin vida del perro. Sangrando en abundancia, y casi sin conocimiento, Edward no sabía que hacer… Solamente deseaba que aquel indeseable muriese repentinamente.-¿Unas últimas palabras, pequeño hijo de la gran puta?-Sí. Ojalá te mueras aquí mismo, maldito bastardo. ¡Así revientes!Y dicho esto comenzaron los dos a reír. Uno reía del placer de matar, el otro reía porque no le quedaba otra cosa.Fuego. La chaqueta comenzó a arder, los pantalones comenzaron a arder, incluso la navaja emitía un fuerte destello anaranjado. Todo el cuerpo del bandido comenzó a arder espontáneamente. Entre gritos, empezó a rodar por el suelo, intentando apagarse, cuando su cuerpo dejó de moverse y estalló en un mar de llamas.Todo el mundo comenzó a gritar y a correr: unos de miedo, otros por las quemaduras de la explosión. Edward no comprendía quién le había ayudado… Pero comprendía que podía haberle ahorrado todos esos golpes y magulladuras.“¿Y si hubiera sido… Ella?Sonriendo, abrió un bote de calmantes y comenzó a caminar con paso lúgubre, directo a casa.
Dog Tags:
Escritor:ASTAROTH,
RELATOS
Suscribirse a:
Entradas (Atom)