El joven Tepec no hizo ni un ruido. Su respiración se redujo al mínimo, en un esfuerzo por controlar sus latidos, justo igual que le había enseñado su tío Ron. Piensa en un número alto. El número más alto que se te venga a la mente, y empieza a contar hacia atrás. Quinientos… Cuatrocientos noventa y nueve… Cuatrocientos noventa y ocho…
Un contenedor de basura se interponía entre su refugio, la entrada de uno de los túneles de ventilación de las alcantarillas, y el peligro, representado por un loco violento armado con un palo de golf y el hombre al que este había llamado “agente”. “Tepec, si no te ven, no habrá chance de que te vuelen la chola”. El viejo tío Ron sabía como escapar de los problemas. Por eso había llegado hasta la avanzada edad de treinta y cuatro años.
Se fueron, y Tepec pudo salir de su escondrijo. Entre los callejones, una rata más no llamaría la atención en los suburbios. Ver al crío corriendo por el sector uno, aún en los suburbios, sería todo un impacto para los vecinos, pero en este sector nadie vería con ojos extraños al hijo de unos inmigrantes corelianos.
Su familia llevaba ya muchas generaciones viviendo en Midgar. Es sabido que esta es de sobra una de las ciudades más antiguas del mundo, por no decir la que más. Sus cimientos de hormigón hunden sus garras en la tierra donde antes muchas otras edificaciones se alzaron antes de esta megalítica monstruosidad gris. Todas estas culturas, todos estos habitantes vieron como sus viviendas eran sepultadas por una cúpula que les cambiaría el sol por neón. Vieron como barrios enteros eran borrados para construir los soportes sobre los que se alzaría el vergel de las clases pudientes. Sin embargo, aquello que quedó abajo no fue olvidado.
Tepec había cumplido los quince años esta semana, lo que le daba derecho a convertirse en un huaquero, igual que lo habían sido antes su padre y su abuelo, y que lo era su tío. Así se llamaba en la zona de Corel y Costa del Sol a los saqueadores de ruinas: Hombres valientes y astutos, listos para burlar peligros, tan mundanos como las trampas o los derrumbamientos, y tan temibles como las maldiciones de los muertos, cuyo descanso eterno estaban perturbando.
Catorce años atrás, Tehuan, el padre de Tepec, no había vuelto. A los pocos meses, a su tío ya todo el mundo lo llamaba Ron, hasta dejar atrás su verdadero nombre. Había que protegerse, y los muertos nunca olvidaban nada. Tehuan murió aplastado por un derrumbamiento cuando dejaban atrás un cementerio de más de mil años de antigüedad. Otros compañeros de la expedición tampoco llegaron a ver la luz, sucumbiendo en su huída. Los dos últimos en morir, lo hicieron cuando ya habían vuelto a la civilización: Cayeron enfermos y sus cuerpos se vieron consumidos por la maldición. Debilitados y macilentos, antes de que la muerte les diese reposo, llegaron a tal extremo de delgadez que parecían esqueletos. Solo uno vivió para contarlo: el astuto tío Ron. Nadie lo ha vuelto a llamar por su verdadero nombre, por miedo a que los muertos lo encuentren.
Nervioso por empezar su aventura cuanto antes, Tepec llegó a casa. Allí le esperaba su madre, una mujer regordeta, de rasgos achaparrados, llenando un termo de café mientras le insistía una y otra vez a Ron para que usase sus mañas para proteger a su hijo. Tepec era lo único que le había quedado del amor de su vida. Era su único hijo y no quería perderlo. Al fondo de su chabola, una casa desocupada de la que se apropiaron aún cuando el cabeza de familia vivía, la abuela paterna del nuevo huaquero ultimaba las puntadas de un jersey de lana, en cuyas mangas había cosido sendos bolsillos ocultos. En uno había guardado una estampa de una santa de Corel, para que velase por su vida. En otro, un par de monedas viejas, para que si el cuerpo de su nieto quedaba perdido en las entrañas de la tierra, aún insepulto, pudiese pagar al barquero y llegar al otro mundo.
- ¿Qué hubo, man? ¿Ya estas listo? ¡Claro que sí! ¡Mírate! ¡Ya eres más alto que yo! – Saludó el tío Ron a su sobrino, revolviéndole su espesa mata de pelo con los dedos. Escupió en el fregadero de la cocina y volvió a introducirse un puñadito de tabaco de mascar en la boca. - ¿Quieres?
- No, gracias, tío… - Dijo con un acento menos marcado que el de su pariente, mientras sacaba tímidamente una cajetilla de tabaco y se introducía un cigarrillo entre los labios.
- ¡Orale, Tepec! ¿Y ahora tú también con el fumeque?
- Déjalo, Rosita, déjalo… Ya es un hombre. ¿A que sí, Tepec? – El joven asintió, conteniendo un arranque de tos. – Ya sabes que tu tío Ron siempre te trae un regalo, ¿no? – El joven asintió. – ¡Pues eso se acabó! – El joven no encajó bien la noticia, pero su tío sonreía. – ¡Ahora eres todo un chavón, y ya tienes que procurarte tú mismo la platita para ir por la vida como un hombre! ¡No puedes dejar que tu mamacita esté toda la vida limpiando casas de la gente rica para vivir! ¿O te paga ella el tabaco?
- No… Ahorro.
- ¿De dónde sale la plata para pagar eso, Tepec? - Su madre señalaba a la cajetilla de tabaco, de nombre escrito en caracteres orientales. Tabaco barato, comprado a un tendero de wutai, pero no así el mechero, que estaba fabricado en plata, con incrustaciones de marfil.
- Lo encontré… - Su madre no parecía convencida con sus excusas. – ¡Es la verdad! ¿Crees que lo robé? ¡Mira! – Levantó la cabeza, ofendido. - ¿Ves algún fierro? – Su madre lo rodeó, buscando algún revolver o cuchillo, pero no lo encontró. No acabó de estar satisfecha, pero cedió ante la insistente mirada de su cuñado.
- ¿Dónde te cuelas tú a buscar esos tesoritos, chavón?
- En las oficinas del ferrocarril. – Confesó el joven. – Están las cosas que la gente pierde, y ahí estaba el microondas.
- ¿Ves, Rosita? – Sonrió el tío. – Tu hijo ya apunta maneras de hombre, mirando por su familia.
La discusión no duró mucho más, pero cuando todo acabó, las dos mujeres veían como los huaqueros se iban, envalentonados por unos chupitos de aguardiente. A lo lejos se oía a Ron, contando las hazañas del difunto Tehuan. Sin embargo, lo único que se oía en la vivienda era a la anciana, murmurando con evidente descontento.
Con el tardío apagado de las luces de la placa, que sumían a los suburbios en un batiburrillo de pequeños neones comerciales de vistosos colores, un grupo de gente de aspecto extraño y diverso se reunió en la taberna Quetzalcoatl, en el sector seis. Allí esperarían tomando café reforzado con aguardiente a la hora de cierre del servicio de trenes para caminar hasta la estación de la zona despejada del Sector 7 y adentrarse en los viejos túneles ferroviarios.
Avergonzado, Tepec caminaba intentando mantener el paso de los demás huaqueros. Si iba igual de rápido que ellos, sus pisadas se oían resonar por todo el túnel. Si iba en silencio, lo dejaban atrás en cuestión de segundos. Su tío iba en la parte frontal de la columna, mirando hacia atrás de vez en cuando y dedicándole una sonrisa al joven Tepec para animarlo. Los recovecos por los que caminaban habían sido abandonados décadas atrás. Los raíles seguían allí, oxidados y negruzcos, mientras que los travesaños lucían mohosos y podridos. Ratas grandes como perros huían de la luz de las linternas, pero sus ojillos eran visibles en la oscuridad, observándolos como extraños invasores. Tepec no lograba ir cómodo. Acostumbraba a hacer sus pequeños allanamientos sin más equipo que una navaja multiusos, linterna y a veces una palanqueta o unos metros de cuerda. Ahora tenía que llevar casco, pico, una vara de hierro de dos metros, que según le habían enseñado, servía para horadar la tierra, en busca de bultos de cuerpos o algún otro objeto a desenterrar, y lo que más le había sorprendido: A escondidas, cuando se hubieron alejado unos cuantos metros de su casa, el tío Ron le había entregado un viejo revolver envuelto en un paño. “Por precaución”, fue todo lo que le dijo al respecto.
Se adentraban metro a metro, deslizándose y deteniéndose cada vez que aparecía alguna sombra sospechosa. Algunas veces pequeños destellos los sorprendieron, y más aún sorprendieron a Tepec: Nunca habría esperado ver aquellas cosas en semejante lugar: Viejo cableado de un bunker de guerra lleno de cadáveres con uniforme militar, ya despojados de sus medallas y posesiones de valor años atrás, un viejo altavoz de algún sistema de túneles que nadie se había acordado de apagar, que emitía música antiquísima interrumpida por un ocasional aviso que repetía como un mantra: En estos momentos, el servicio se encuentra suspendido por reformas. Rogamos, disculpen las molestias. Les recordamos que en caso de que vean aparecer un Bahamut, el gobierno les aconseja huir hacia el refugio más próximo. El gobierno no se hace responsable de los daños sufridos por desatender este consejo”. Nadie sabía lo que significaba ese mensaje.
Tepec llegó a pasar bastante miedo cuando, después de algo más de una hora de camino, todos se detuvieron. El camino pasaba junto a un canal. Todos se sumergieron en él y volvieron a salir, reemprendiendo la marcha. Tras unos minutos más de camino, el tío Ron le mostró a su sobrino el motivo de su baño:
- Mira, chavón. – Le señaló con la linterna. - ¿Lo viste? – Ante los ojos del joven huaquero se mostraba una criatura extraña, y nunca antes vista ni imaginada. Era como una especie de sierpe, como un lagarto cuyas patas eran demasiado pequeñas y casi inútiles, y que avanzaba serpenteando con su cuerpo alargado y sinuoso, de un inquietante color blanco lechoso. Era enorme, larga como un autobús, y sus fauces eran tan grandes que podrían arrancarle la cabeza de un bocado.
- Es enorme… - Susurró Tepec.
- Es una blancota. – Explicó su tío. – Comen carne y aunque son ciegas tienen muy buen olfato.
- ¡Por eso nos metimos en el agua! – Su tío asintió.
- No le apuntes con la linterna mucho rato o notará el calor de la luz y se pondrá alerta. Son muy sensibles.
- ¿Y qué vamos a hacer, tío? ¿Hay chance de rodearla?
- No. – Dijo un hombre extraño detrás de Tepec. Rubio, de ojos azules, pálido y amenazador. Lo llamaban “el Waingro”, y era conocido por ser de pocas palabras y menos dudas. Tenía un hacha en la mano y aunque su rostro apenas era visible en la oscuridad, el tono de su voz dejaba claro que su gesto era de determinación. – Silencio todo el mundo.
El rubio avanzó y con él iba otro hombre. Tepec no lo reconoció en la oscuridad. Sus pasos eran apenas audibles, y sus siluetas se perdieron de su vista en cuestión de segundos. Iban muy despacio, y mientras avanzaban, el resto de la expedición contenía el aliento a la espera. Les esperaba el sonido seco del hachazo. Había una linterna encendida, pero estaba apuntando contra el suelo para no dar luz directa que pudiese advertir a la monstruosa sierpe.
Entonces, un grito les hizo estremecerse a todos, seguido del sonido de un disparo. Corrieron a asomarse, armas en mano y lo que vieron detuvo a bastantes de ellos, sobrecogidos por el terror.
Tepec reconoció entonces al hombre que había seguido al Waingro: Era Oliveira. Un huaquero apenas cuatro años mayor que él. Era muy popular en su barrio, porque tenía una moto, y su novia era la más guapa de todo el vecindario. Oliveira iba cubriendo las espaldas del Waingro: Contra las blancotas, el mejor sistema era que el más veterano le atacase a la nuca mientras que otro se sentaba sobre su lomo y le golpeaba para evitar que huyese o se pudiese enroscar para atacar. Sin embargo esos extraños seres eran más listos de lo esperado, y el que vieron era solo el señuelo. Otra blancota más grande había alcanzado a Oliveira en el pecho y lo zarandeaba como un muñeco de trapo, mientras que una tercera desaparecía a lo lejos con una de las piernas del joven huaquero. El Waingro, preparado por años de enfrentarse a lo desconocido, no dudó en echar mano de una escopeta recortada y vaciar los dos cañones sobre la sierpe que los había atraído para poder concentrarse en luchar contra el ejemplar mayor que estaba destrozando a su compañero. Con la llegada del grupo las linternas recorrieron toda la sala, y acabaron con las dos sierpes restantes a tiros.
Tepec estaba paralizado viendo el cadáver de Oliveira, al que el Waingro lo había mirado unos segundos, planteándose dar uso a una materia de “cura”, pero decidió ser compasivo y lo remató con bastante poca delicadeza de un hachazo en la frente. A sus espaldas, los demás huaqueros recargaban sus armas a toda velocidad mientras discutían por donde seguir su camino. El tío Ron, al ver a su sobrino atontado, lo despejó de un tortazo.
- ¡Vamos chavón! ¡Como te quedes quieto te doy una golpiza que no te vuelves a detener en la vida! – Tepec se giró, pero en lugar de mirar a su tío, tenía la mirada perdida a espaldas del viejo Ron.
- Tío, ¿Dónde está Blasquez? – Preguntó el joven, señalando al grupo. Ron se giró, alarmado. En medio del pelotón de huaqueros, aún en tensión por el tiroteo, había un hueco en el que nadie había reparado aún. De él se iba un rastro de sangre que se perdía en una de las anchas grietas de la pared.
- ¡La concha que lo…! – Gritó. Tomó una de las botellas de barro que llevaba en su mochila y le arrancó el tapón, metiéndole un pañuelo por el orificio. Le prendió fuego y lo lanzó contra el lado de la estancia por el que se habían llevado a Blasquez y a la pierna de Oliveira. Luego revolver en mano, se encaminó hacia la dirección contraria, dando orden de seguirle. Ya solo había cuatro pares de pasos a sus espaldas.
Los corredores lóbregos y húmedos seguían, y el grupo de huaqueros continuó su avance. Su ánimo se había ensombrecido, pero no así su determinación. Todas las historias acerca de una tumba olvidada seguían frescas en sus mentes, y su intención era llevarse todo lo posible y desaparecer para no volver a mencionar nunca más este lugar. Esos dos desdichados sabían a que habían venido.
Burlando otras amenazas subterráneas, llegaron hasta un pozo sin fondo visible. Allí Ron les obligó a detenerse y sacar algo de sus respectivas mochilas.
- Hay que dejar algo para llevarse algo. – Explicó el viejo huaquero. – Debes pagar un tributo voluntario o la tierra se lo llevará todo por la fuerza.
Y así, uno por uno, tomaron alguna prenda de sus mochilas y la arrojaron a ese pozo, cuyo fondo no era visible a la luz de las linternas. Tanto si el valor de lo arrojado era monetario o personal, todos pagaron su precio. A la tierra no le importaba cuanto valiese lo que le dabas, sino cuanto importaba para uno mismo, y cada quien bien debía elegir su tributo. Si la tierra lo considerase insuficiente él mismo debería pagar las consecuencias.
Cuando le tocó a Tepec, pensó en su mechero de plata y marfil. Funcionaba igual que cualquier otro encendedor de plástico barato, pero le concedía un cierto estatus que lo ponía por encima de los demás chavales de su barrio. Sin embargo ya no era un chaval, era un huaquero, y un simple encendedor no valía tanto como lo que pudiese sacar de esta gruta. Tepec vio al mechero desaparecer entre las sombras. En pocos segundos salió del alcance de su linterna, pero por más que esperó nunca lo oyó caer contra el fondo. Su tío lo tomó del hombro y lo apremió a seguir.
- Dime, tío Ron. – Preguntó el novato. - ¿Qué vamos a buscar? ¿Una sucursal de banco? ¿Una oficina de Shin-ra?
- ¿Bancos? No, chavón… Esto es de mucho antes de que hubiese bancos. – Rió el veterano. – Ni bancos, ni Shin-ra, ni otras yararás por el estilo.
- ¿Entonces qué? ¿Qué vamos a…?
La respuesta vino por si sola: Un par de recodos descendiendo una gruta llevaron a Tepec a una sala distinta, abierta y tan grande que no era capaz de ver el techo. Las paredes ya no eran de roca excavada, ni de cemento, sino de mampostería. Piedras talladas una por una y unidas entre sí con mortero, tan antiguo y desgastado que daba la impresión de que podía venirse abajo en cualquier momento. También anunciaban esa posibilidad un par de rocas, caídas desde las insondables alturas. Aunque destrozadas, se reconocía al mismo estilo de rocas talladas que componían toda la muralla de la estancia. Tenían el peso suficiente para destrozar a cualquiera que tuviese la desdicha de ser alcanzado por una de ellas. Sin embargo, mientras los demás apuraban el paso entre contenidas exclamaciones, Tepec no pudo sino detenerse a contemplar aquello que tan grande sala contenía.
Era un extraño edificio, de construcción piramidal escalonada. Apenas tenía tres
pisos, pero todos ellos estaban hechos de roca primorosamente tallada y cubierta de relieves, muchos de los cuales Tepec solo había visto en algunas de las piezas que había visto de niño, cuando los huaqueros buscaban auténticos lugares sagrados abandonados, y no cualquier lugar que tuviese algo vendible o trocable por aguardiente.
Todo ello tenía un aura de misticismo sobrecogedor que hizo al joven sentirse minúsculo e insignificante. Muchos años atrás, mucho antes de la energía Mako y de los intereses empresariales, desde lo alto de ese pináculo algún extraño sacerdote contemplaría las estrellas, o recitaría algún extraño cántico ritual.
- Aquí se sacrificaban personas, Tepec. – Comentó el tío Ron. – Sé respetuoso, pero no olvides que vinimos a buscar.
Los huaqueros avanzaron a lo largo de las escaleras que subían por la cara frontal de la pirámide, hasta una puerta situada en lo alto, cuyas jambas tenían a cada lado una serpiente en relieve. Una sostenía el sol en sus fauces, y la otra la luna. Al cruzarlas, Tepec sintió algo frío en su pecho, tan terrorífico que no se atrevió a compartirlo con su tío, que caminaba tan solo un par de pasos a sus espaldas, cerrando la expedición.
Al frente de la marcha, se habían detenido a contemplar el hoyo de los restos de una escalera de caracol. El Waingro, decidido e impasible, ya estaba preparando una soga para descender. Los otros tres, un hombre enjuto y moreno llamado Gruschov, otro larguirucho y delgado llamado Sangchiao y el propio Tepec miraban indecisos al tío Ron, que supervisaba en silencio el nudo que el Waingro dejó en una de las estatuas, con forma de extraño felino. Junto a ella había una con forma de sierpe y una última con forma de ave.
- El jaguar significa que aquí hay un guerrero, la serpiente que también era sacerdote, y el pájaro que su familia era muy próspera. Podemos sacar mucho, pero debemos darnos prisa si no queremos que el fantasma se despierte. – Los demás asintieron.
El Waingro empezó el descenso, con el hacha colgando de la muñeca por una correa, sosteniendo su linterna con los dientes. Tras él iban Sangchiao y Tepec. Ron y Gruschov se quedaron arriba, guardando la cuerda y asegurando la huída.
El descenso fue largo, tanto que Tepec supuso que estarían unos cinco o seis metros por debajo del nivel de la estancia exterior. El Waingro los esperaba, y dejó caer una bengala para marcar el lugar. Una vez hubieron bajado todos, emprendieron el camino a lo largo de un pasillo, estrecho y sinuoso, cubierto de relieves. El olor a humedad y a moho era difícil de soportar, y todos llevaban el rostro cubierto con un pañuelo empapado en alcohol. El corredor giraba varias veces, hasta un tramo amplio, con baldosas de piedra lisas, separadas con líneas doradas entre ellas. El Waingro se detuvo a examinarlas, y Tepec se agachó junto a él, mientras Sangchiao seguía avanzando despacio, con paso cuidadoso.
De repente, el escuálido huaquero se detuvo en su posición anticipada. Su linterna había enfocado un gran relieve al fondo, señalizando una gran serpiente que miraba hacia el frente, como si pretendiese amenazar a los intrusos. El Waingro gruñó y Tepec entendió que algo no iba bien. Empezó a caminar esforzándose por seguir exactamente los mismos pasos que había dado Sangchiao, pero entonces se oyó un crujido: Una de las baldosas, mucho más fina que las demás se había roto bajo el pie del huaquero. Tepec miraba paralizado su cara de horror mientras lo veía arrojarse hacia un lado. En ese momento sintió un fuerte golpe: Era el Waingro, que lo había golpeado con el canto del hacha para derribarlo. Algo cruzó el aire sobre sus cabezas, emitiendo un desagradable silbido. Tepec se acurrucó a cuatro patas como si fuese una tortuga, y entonces oyó como algo caía desde el techo y golpeaba el suelo.
El joven huaquero abrió los ojos y se lo encontró cubierto de dardos, uno por cada baldosa. No había sentido pinchazo alguno, así que miró a su alrededor. El Waingro, tras golpearlo, había corrido a refugiarse en la entrada de la sala. Uno de sus pies había quedado fuera y el dardo se había clavado en la suela de su bota, librándose por los pelos. Cuando Tepec se giró hacia Sangchiao, se lo encontró de pie: Varios dardos lo habían alcanzado, en la mano, en el hombro y en una pierna. Se arrancó el de la mano y vio con horror como la zona alrededor de la herida se volvía de color azul, extendiéndose rápidamente. Mientras se miraba la mano, gritando cada vez de forma más entrecortada, a medida que sus pulmones se paralizaban, la infección de su hombro empezó a ascender por su cuello, alcanzándole la cabeza. Tosió y de su boca empezaron a surgir espumarajos negruzcos. Sangchiao se desplomó, demasiado débil incluso para llevarse las manos al cuello e intentar respirar. En apenas segundos, era ya un cadáver azul, víctima de violentos espasmos.
Tepec gritó. Empezó a palparse, temeroso de haber sido alcanzado el también. No se creía que no le hubiesen dado, y sentía extraños dolores por todo el cuerpo, creyéndose ya envenado. El Waingro caminó hacia él y lo derribó de una brutal bofetada.
- Tienes uno clavado en la mochila. Si te hubiese dado ya estarías como él. – Dijo, obligándolo a tranquilizarse. Tepec guardó silencio, prefiriendo no provocar al corpulento veterano a que le atizase otra vez, ya que no recordaba golpiza alguna en su vida que hubiese dolido tanto como ese golpe. Asintió, sin abrir la boca, y se puso en pie. – Sígueme y cállate.
Llegaron al fin del pasillo, y ante ellos se alzaba un sarcófago puesto en pie. Estaba tallado en piedra, imitando la figura que el cadáver había debido tener en vida. En una mano empuñaba un ornamentado sable de bronce, y en la otra un cetro enjoyado, y toda su superficie estaba cubierta de oro y piedras preciosas.
- Espera aquí. – Dijo el Waingro, y caminó cuidadosamente hasta llegar al sarcófago.
Sus pasos habían sido calculados, evitando pisar en sitios sospechosos, o tocar nada. Al llegar ante la majestuosa figura, se detuvo. Tepec lo observó en silencio, casi aguantando la respiración. El Waingro permanecía quieto, como si estuviese observando una y otra vez el sarcófago. No se movió en minutos. Tepec no le quitaba el ojo de encima, inquieto, esperando a que lo abriese o a que le indicase que podía acercarse.
Ni una cosa ni otra sucedió. De repente, una mano espectral apareció en medio de la espalda del Waingro, como si lo hubiese atravesado. La mano avanzó, y tras él apareció el resto del rey sacerdote. Era un ser majestuoso y terrible, cubierto de collares y brazaletes de oro, vistiendo una túnica brillante, tachonada en oro y jade, y una capa de piel de jaguar. Sobre su cabeza lucía una corona, decorada con oro, esmeraldas, plumas y materia. A través de su translúcida figura, Tepec pudo ver como el cuerpo del poderoso Huaquero se secaba y caía al suelo convertido en un pequeño montón de cenizas. El joven saqueador empezó a correr, perseguido por un aullido de ultratumba.
En la entrada de la pirámide, Gruschov seguía vivo, pero no por mucho tiempo. El viejo y astuto tío Ron le había soplado, espolvoreándole un polvo que lo paralizó. En ese momento, sacó un extraño cuchillo de obsidiana y se lo clavó en el pecho. Eso había sido minutos atrás. Ahora mismo, Gruschov, que no era capaz de entender porque seguía vivo, estaba viendo como el líder de la expedición se había pintado la cara con su sangre y alzaba en una mano su corazón, mientras que con la otra sostenía la daga empapada de sangre. Lo más horrible era que el corazón aún seguía latiendo.
- ¡Oh, Tlaloctiz, sumo señor de la noche! ¡Vuelvo como cada siete años, y traigo conmigo el sacrificio que reclamas! ¡Te ruego, mi señor, que por esta vida que te entrego, olvides mi pecado, mi castigo y mi nombre, y que este no sea pronunciado! ¡Una vez más, Tlaloctiz, te entrego sangre de mi propia sangre!
- Sangre de su sangre… - Dijo el espectro con voz temblorosa y profunda. Tepec lo observaba, paralizado por el terror e indefenso. – Si, hijo de hombre, reconozco el olor de tu sangre, pues ya lo he probado en el pasado. Me fue ofrecida por aquel que juró lealtad eterna y tributo en almas a cambio de su miserable vida. Me ocultó su nombre, para que no pudiese reclamar su alma y me suplicó por su cuerpo, para que no pudiese torturar su carne… Intruso… Infiel…
- Mi… Tío… - Susurró Tepec, postrado boca arriba, intentando huir arrastrándose. Sobre su cabeza podía ver el hueco por el que había descendido, y bajo sus manos sentía la cuerda, cortada e inerte al fondo de la cripta. – Mi tío Ron.
- Ah, hijo del hombre… Has sido traído como esclavo al sacrificio, pero conoces la identidad de quien va a entregarte… ¿Qué significa tu captor para ti?
- No… - Dijo Tepec, haciendo acopio de valor. – El tío Ron no ha podido…
- Conozco tu nombre, Tepec, que me habías sido prometido, hijo de Tehuan, quien me fue entregado hace catorce años a cambio de la propia salvación. ¡Piensa ahora! Sabes quién te ha sacrificado, igual que sabes quién sacrificó a tu padre hace catorce años. ¡¿Quién te traicionó, Tepec, hijo de Tehuan?!
- ¡No! ¡Tío Ron! – Gritó el joven huaquero, entendiendo entonces el apodo por el que se conocía supersticiosamente a su tío, y el motivo por el que él tanto había insistido en que no se pronunciase su verdadero nombre. - ¡Athumoc!
El tío Ron, había guardado su daga, y huía llevándose todo objeto de valor que pudo sacarle a Gruschov. Se hacía una idea del valor de los tesoros que habría en la tumba, pero sabía que la propia vida era suficiente botín para estas expediciones. Bajaba las escaleras saltando los escalones a grandes zancadas y en pocos segundos se encontraba ya corriendo hacia el túnel de la entrada. Se introdujo en él y buscó a tientas su linterna. Cuando la hubo encendido, vio para su horror que algo había cambiado: No era capaz de vislumbrar el final del túnel, y todo parecía acabar en una gran roca, como si el pasadizo nunca hubiese existido. Se abalanzó sobre ella y empezó a arañarla, consciente de que mientras era retenido ahí, unos pasos que no emitían sonido alguno pero que si retumbaban en el interior de su cabeza estaban cada vez más cerca. El maligno rey Tlaloctiz, que había desafiado al Señor de la Muerte y de algún modo vencido, no necesitaba caminar para darle caza, pero encontraba un cruel divertimento en su pánico.
- ¡No puede salir del territorio sagrado! – Repetía una y otra vez Ron. - ¡No puede, o el Señor de la Muerte lo reclamará!
- Oh, pero tú nunca bajaste a mi tumba, ¿verdad? – Respondió una voz en su cabeza. – Las marcas del territorio sagrado cubren mucho terreno, y aunque no pueda sobrepasar sus fronteras, si puedo recorrer su interior, ¿y sabes qué? Dentro de ellas, mi poder es absoluto.
En ese momento, el muro que había cubierto su salida cobró vida y se abalanzó sobre Ron, empujándolo de nuevo hacia la cámara que contenía la tumba. Incapaz de resistirse, el huaquero se volvió y vio la figura de su sobrino, vestido con los ropajes reales, esperándole con una maligna sonrisa en el rostro. En sus ojos relucía una luz verdosa y al hablar su voz parecía salir de las paredes, del suelo y del aire mismo.
- ¡Mi señor! – Suplicó Ron - ¡He cumplido mi parte!
- Puedo hacer muchos pactos, mortal, y no me importa tu conveniencia al respecto. ¡Sobre todo si lo que intentas es encubrir un crimen contra mí!
- ¡No! ¡Soy inocente! ¡Tepec, díselo! ¡Dile que tu viejo tío Ron es inocente!
- ¡Un nombre falso no borrará tus pecados, Athumoc!
El cuerpo poseído de Tepec empezó a iluminarse con resplandor de ultratumba, y su brillo del color del jade inundó la estancia, cubriendo el grito de desesperación del condenado, hasta hacerlo desaparecer por completo.
martes, 25 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
213 (Incompleto)
El ruido del tren lo despertó. Abrió lo ojos y contemplo la habitación mientras se daba cuenta de que se habían olvidado de apagar la minicadena, continuando con la recopilación de viejos temas de stoner rock. Las notas fluían en cascada a través de la habitación mientras el vocalista iniciaba un misterioso canto chamánico.
"¿Que me está tratando de decir?"
El enigma zumbó como un abejorro mientras le daba una calada al pitillo. El alquitrán sabia a rutina. La misma sensación diciendo "Una y otra vez más volvemos a estar en el punto de partida. El cigarro encontró reposo mientras el se relajaba en el colchón, bocarriba, mirando como manchas de humedad comenzaban a surgir en en techo. No quería girar la cabeza, no quería verla. Prefería estar así, aguardando a que la princesa despertase, teniéndole a él dentro del cambio de visión. Se llevo la cabeza a la nuca, secuestró el Grial de su reino, y volvió a darle una calada.Una mano comenzó explorar el vello de sus pectorales. Una ráfaga de dulce y ardiente frescura se restregaba contra el. Tal y como esperaba, sintió posarse sus ojos en el sin necesidad de abrir los ojos. Sonrió. Satisfacción. El placer de acertar una vez mas.
- ¿Que tal, león? - ella iba agarrando diversos mechones del vello de su pecho mientras enunciaba la pregunta. Su sonrisa se amplió. Abrió los ojos y con un giro rompió el hechizo. La verdad, se le reveló a su vista: Era fogosa y tranquila a la vez, la inocencia que denotaba su cara se veía traicionada por su mirada astuta.
- Tu compañía ya me hace sentirme mucho mejor de lo que ya me sentiría solo – las palabras iban saliendo con un leve toque de seguridad y autoafirmación. Buscó el despertador a la vez que sonreía tranquilamente. Ella aprecio aceptar sumisamente ese ligero desdén. -Vaya, que tarde es. ¿No tenias turno hoy a primera hora?
- Si, como tu – respondió con infantil malicia. El se sento, apoyando la espalda en la pared, adoptando una pose de concentración.
- Creo que va siendo hora de movernos, o ya podremos tirarnos cuanto queramos en la cama todo lo que resta del día..
La gorra le encantaba. El aire marcial que exudaba tenia la guinda en el águila imperial posándose firmemente en la esvastica. Se puso los guantes lentamente, y cerro los puños, sintiendo como el cuero se estiraba. Volvió a repetir la misma operación varias veces, hasta darse por satisfecho. Busco el espejo de cuerpo entero de su habitación. Le gustaba lo que veía reflejado: Un bastardo de mirada cruel enfundado en un hermoso conjunto formado por la susodicha gorra, una camiseta de un viejo grupo heavy, enfundada dentro de un chaleco de cuero marrón; finalizado en un pantalón unas botas de cuero, ambas negras. Era el uniforme de guerrero. Un dragón de ardiente rabia surcaba el interior de su psique. Sentía ganas de mas. Dolor, destrucción y más dolor.
El palo de golf semejaba un cetro de sus manos. Su caminar y el ritmo de sus pasos trasmitían un incesante mensaje a todo el que el lo cruzase: "Esto es una cloaca y voy a incendiarla". La inmensa mole del cañón se recortaba a la lejanía, recordandole la oleada de terror que trataba de retener su silueta. Comenzó a cavilar, buscando algo con lo que matar el resto del día(era mediodía). El paisaje le resultaba cautivador. Podía vislumbrar en cada gesto de la gente como se trataba de retener el horror y pánico que trataban de aflorar. Una canción se reproducía en su mente.
"La decadencia esta servida..."
La creación se unió en un todo. Interior y exterior. Realidad e imaginación. Midgar entera se convirtió en un videoclip de rutilantes escenas mostrando un mundo marchito y degenerado a punto de sucumbir. El fin de tan largo invierno pronto iba a ser celebrado con un espectacular carnaval. Y el no se lo pensaba perder. El halo lleno de repugnancia del vagabundo corto sus reflexiones. Era asqueroso. ¿Quien se creía ese apestoso borracho para meterse en la película?. En un rápido movimiento, alzo el palo y lo convirtió en un destello metálico que impacto en su rostro. El mendigo callo de rodillas mientras de su boca comenzaba a manar sangre y dientes. Pensaba "Eso ya esta mejor", cuando la vibración del móvil se convirtió en una nueva interrupción. Rebusco tranquilamente en el bolsillo hasta hallarlo. La pantalla avisaba de un nuevo mensaje. Lo miró.
"Pub, tomamos unas rondas y vemos el partido. Después al Korova a maquinar como pasar la noche"
Devolvió el móvil a su lugar rápidamente, pero con suavidad. Ya tenia algo que hacer. Enfilo el camino hacia el lugar de encuentro con la misma fría calma que llevaba. Una sonrisa de malévola ilusión surcaba su cara. Enfiló el pasó de cebra sin fijarse en el semáforo en verde, tan absorto se hallaba en sus meditaciones que todo lo era ajeno. Hasta que una voz fuerte y chillona lo devolvió sus pies a la tierra.
- ¡Has agredido a un viejo! - El generador de tan potente voz era una mole de ciento veinte quilos de peso, una buena parte de ella concentrada en su voluminosa panza. Tenía el pelo cortado a cepillo y la delgada barba no lograba ocultar un eterno mohín de mala leche. Incluso las gafas de sol eran incapaces de contener el torrente de ira aflorando de su mirada.
- ¿Me habla a mi, caballero? - El muchacho, confiado y altanero, contemplaba con diversión a ese paleto pueblerino, con su ridicula camiseta a cuadros y esos pantalones cortos que mostraban unas piernas fofas y palidas.
- Si, tu, chaval. ¿Quien coño te crees que eres, maldito niñato? No me jugué el cuello en Wutai para ver a cabrones como tu pateando a la gente. - Aquello se estaba poniendo interesante: El gordo quería pelea. No vendría mal un precalentamiento antes de la noche. Adopto una pose de inmensa chulería a la par que se iba acercando. No pudo evitar una sorpresa cuando, de forma lenta y calmada, se dibujo una sonrisa en su cara.
- ¿Y que piensa hacer, señor? - Vocalizaba lenta y sibilinamente, como una cobra acercandose a su presa. - ¿Pegarme un par de azotes y llevarme ante mi progenitores para decirles que soy un niño muy malo.
- Será que no me calientes chaval, estas agotando tu credito. Estas muy cerca de conocer el dolor. - La pistola apareció en su mano derecha, de metal frio y duro, remarcando la naturaleza asesina y brutal de ese objeto. Pero no fue la pistola lo que evaporó toda su confianza y lo sumió en la duda y el miedo. Las siglas enmarcadas en la placa, que sostenia en la zurda, surcaron su mirada escupiendo, como balas de cañón, el mesaje duro, frio y brutal de su oficio: T.U.R.K.
Efectivamente, la ha cagado.
- Vas a conocer el dolor si dejas de portarte, ¡como un puto gilipollas! ¿Me has entendido, capullo? – Las malas pulgas, lejos de irse, punzaban su cuerpo, mantiendo constante la furia.
- Si..vale, señor agente, mantengamos la calma – Intentaba denotar calma, el miedo apenás se notaba, bajo su sonrisa. Podía salir bien de esta. – Seguro que podemos llegar a entendernos. ¿Sabes quien soy yo?
- Ya lo creo – Esa sonrisa, era mala seña. Muy mala señal. -Tu y yo vamos a realizar un viaje. Estaba en mi día libre, pero con alguien como tu, vale la pena dedicarle unas horas más a mi trabajo.
- Así que lo tienes en una celda, aguardando un interrogatorio. Muy bien, Walker, de puta madre. ¿Ahora me puedes explicar que cojones vas a hacer con el?
La bolera no estaba llena, como de costumbre. No había sido un mal lanzamiento. Ocho de un golpe, los otros dos en el siguiente. Hoy estaba de racha. Tomo asiento, y recogió la copa para darle un trago. Un coreliano blanco, como siempre, y en buen momento. No había sido ayer un buen día precisamente. Walker estaba sentado frente a el, y detrás suya, Bouzas.
El trió estaba compuesto tres figuras completamente distintas. El primero, el que acababa de hablar. Un hombre de complexión fuerte y algo musculosa, de melena y bigote con perilla rubias; vestido con una vieja camiseta de un antiguo grupo de rock psicodélico. Otro, de complexión delgada, una declinante mata de oscuro cabello que intentaba ocultar inútilmente, con una camisa de botones blanca y unos pantalones negros que remarcaban su delgadez. El último, Walker, es nuestro turco protagonista de la escena anterior. Se hallaban allí reunidos, como cada domingo por la noche.
- Evidentemente, voy a darle un pequeño escarmiento. A estos mocosos malencarados hay que meterlos en cintura antes de que sea tarde. - Se reclinó, mientras su escuálido compañero se levantaba para efectuar su turno, para ponerse más cómodo, mientras sostenía su cerveza. - Además, teniendo en cuenta su vestimenta nada barata, es evidente que su familia tiene un patrimonio, o sea, clase acomodada, lo cual significa que asustandolo un poco quizá nos den algo a cambio de sacarlo lo antes posible.
- ¿Pero que cojones me estás diciendo? ¿Es que no te puedes quedar tranquilo ni en tu puto dia de descanso? Joder, Walker, es solo un puto niñato que se dedica a hacer el vándalo. El mundo se está yendo al carajo, ¿ y no tienes nada mejor que ponerte a detener a putos niñatos que se dedican a hacer el vándalo? - Se sentía desconcertado y confuso. Llevaba una mala racha, y ahora su amigo le venia con toda esa mierda. Tomo otro trago, intentando expulsar las sensaciones negativas que lo invadían
- Jeff, ¿Te has parado a pensar en toda la gente a la que habrá hecho daño ese pequeño sinvergüenza? - Se agacho hacia delante, acercándose su cara a la suya, con el objetivo de remarcar sus gestos. - Está claro que tiene que hay que bajarle los humos. Shinra está demasiado ocupada con todo este cirio del meteorito y el cañón. Ahora mismo, tienen tantos asuntos entre manos, que les da absolutamente igual el destino del chaval. Como si lo ejecutamos y tiramos el cuerpo a un triturador de comida.
- Precisamente por eso, Walker – Iba a ser su último intento de razonar con el - ¿No crees, tal y como están las circunstancias deberíamos estar en lo que hay que estar, centrarnos en cosas más urgente?
- ¡Eso mismo decía mi sargento! - El nuevo aumento en decibelios acababa de indicar el fracaso. - ¡Y al final le voló una pierna un puto mocoso de ojos rasgados que trabajaba de limpiabotas! ¡Decenas de compañeros muertos por no estar atentos en todo! ¡Era como estar asediado, pero con el enemigo dentro de la fortaleza! -
- Bueno, vale, lo que tu digas. Que te den por el culo, tio. - Encendió un pitillo. Estaba harto de todo esto, el trabajo, ella y Walker. El tercer acompañante había vuelto a su asiento, con ganas de participar en la conversación
- ¿A quien has detenido, Walker?
- ¡Bouzas, no estás en tu elemento! - Bouzas se calló, intentando ubicarse en la conversación.- Cambiando de tema, ¿que tal te fue con tu amiguita pelirroja? - Walker tenía un defecto a parte de ser como un burro tirando como un arado, terco y sordo a todo. Además era incapaz de interpretar el lenguaje corporal de los demás. Jeff se llevo una mano a la cara y se masajeo los parpados con los dedos. Inspiró aire. Ya se sentía algo mejor.
- Fatal tio. Empiezo la mañana con ella, toda cariñosa y calientapollas, y termino en un puto restaurante vegetariano escuchando soplapolleces acerca de qué busca en una pareja. Por lo menos podía haberme invitado, ya que me dejaba... Ni siquiera esperó al final, lo dijo nada más empezar a comer. Allí nos veías a los dos: Rumiando como vacas nuestras ensaladas en un silencio sepulcral evitando mirarnos.
- Las mujeres de hoy en día son todas unas arpías – Walker, se llevó la birra a la boca – ¡Ni siquiera mi esposa es capaz de mantener un compromiso!
- Margaret no tiene nada que ver con en maldito tema. Esa tia simplemente se tiro el puto rollo conmigo para dejarme claro que aquello solo fui alguien con quien follar una temporada. - Si no te importa, voy a lanzar la bola que es mi turno.
"¿Que me está tratando de decir?"
El enigma zumbó como un abejorro mientras le daba una calada al pitillo. El alquitrán sabia a rutina. La misma sensación diciendo "Una y otra vez más volvemos a estar en el punto de partida. El cigarro encontró reposo mientras el se relajaba en el colchón, bocarriba, mirando como manchas de humedad comenzaban a surgir en en techo. No quería girar la cabeza, no quería verla. Prefería estar así, aguardando a que la princesa despertase, teniéndole a él dentro del cambio de visión. Se llevo la cabeza a la nuca, secuestró el Grial de su reino, y volvió a darle una calada.Una mano comenzó explorar el vello de sus pectorales. Una ráfaga de dulce y ardiente frescura se restregaba contra el. Tal y como esperaba, sintió posarse sus ojos en el sin necesidad de abrir los ojos. Sonrió. Satisfacción. El placer de acertar una vez mas.
- ¿Que tal, león? - ella iba agarrando diversos mechones del vello de su pecho mientras enunciaba la pregunta. Su sonrisa se amplió. Abrió los ojos y con un giro rompió el hechizo. La verdad, se le reveló a su vista: Era fogosa y tranquila a la vez, la inocencia que denotaba su cara se veía traicionada por su mirada astuta.
- Tu compañía ya me hace sentirme mucho mejor de lo que ya me sentiría solo – las palabras iban saliendo con un leve toque de seguridad y autoafirmación. Buscó el despertador a la vez que sonreía tranquilamente. Ella aprecio aceptar sumisamente ese ligero desdén. -Vaya, que tarde es. ¿No tenias turno hoy a primera hora?
- Si, como tu – respondió con infantil malicia. El se sento, apoyando la espalda en la pared, adoptando una pose de concentración.
- Creo que va siendo hora de movernos, o ya podremos tirarnos cuanto queramos en la cama todo lo que resta del día..
La gorra le encantaba. El aire marcial que exudaba tenia la guinda en el águila imperial posándose firmemente en la esvastica. Se puso los guantes lentamente, y cerro los puños, sintiendo como el cuero se estiraba. Volvió a repetir la misma operación varias veces, hasta darse por satisfecho. Busco el espejo de cuerpo entero de su habitación. Le gustaba lo que veía reflejado: Un bastardo de mirada cruel enfundado en un hermoso conjunto formado por la susodicha gorra, una camiseta de un viejo grupo heavy, enfundada dentro de un chaleco de cuero marrón; finalizado en un pantalón unas botas de cuero, ambas negras. Era el uniforme de guerrero. Un dragón de ardiente rabia surcaba el interior de su psique. Sentía ganas de mas. Dolor, destrucción y más dolor.
El palo de golf semejaba un cetro de sus manos. Su caminar y el ritmo de sus pasos trasmitían un incesante mensaje a todo el que el lo cruzase: "Esto es una cloaca y voy a incendiarla". La inmensa mole del cañón se recortaba a la lejanía, recordandole la oleada de terror que trataba de retener su silueta. Comenzó a cavilar, buscando algo con lo que matar el resto del día(era mediodía). El paisaje le resultaba cautivador. Podía vislumbrar en cada gesto de la gente como se trataba de retener el horror y pánico que trataban de aflorar. Una canción se reproducía en su mente.
"La decadencia esta servida..."
La creación se unió en un todo. Interior y exterior. Realidad e imaginación. Midgar entera se convirtió en un videoclip de rutilantes escenas mostrando un mundo marchito y degenerado a punto de sucumbir. El fin de tan largo invierno pronto iba a ser celebrado con un espectacular carnaval. Y el no se lo pensaba perder. El halo lleno de repugnancia del vagabundo corto sus reflexiones. Era asqueroso. ¿Quien se creía ese apestoso borracho para meterse en la película?. En un rápido movimiento, alzo el palo y lo convirtió en un destello metálico que impacto en su rostro. El mendigo callo de rodillas mientras de su boca comenzaba a manar sangre y dientes. Pensaba "Eso ya esta mejor", cuando la vibración del móvil se convirtió en una nueva interrupción. Rebusco tranquilamente en el bolsillo hasta hallarlo. La pantalla avisaba de un nuevo mensaje. Lo miró.
"Pub, tomamos unas rondas y vemos el partido. Después al Korova a maquinar como pasar la noche"
Devolvió el móvil a su lugar rápidamente, pero con suavidad. Ya tenia algo que hacer. Enfilo el camino hacia el lugar de encuentro con la misma fría calma que llevaba. Una sonrisa de malévola ilusión surcaba su cara. Enfiló el pasó de cebra sin fijarse en el semáforo en verde, tan absorto se hallaba en sus meditaciones que todo lo era ajeno. Hasta que una voz fuerte y chillona lo devolvió sus pies a la tierra.
- ¡Has agredido a un viejo! - El generador de tan potente voz era una mole de ciento veinte quilos de peso, una buena parte de ella concentrada en su voluminosa panza. Tenía el pelo cortado a cepillo y la delgada barba no lograba ocultar un eterno mohín de mala leche. Incluso las gafas de sol eran incapaces de contener el torrente de ira aflorando de su mirada.
- ¿Me habla a mi, caballero? - El muchacho, confiado y altanero, contemplaba con diversión a ese paleto pueblerino, con su ridicula camiseta a cuadros y esos pantalones cortos que mostraban unas piernas fofas y palidas.
- Si, tu, chaval. ¿Quien coño te crees que eres, maldito niñato? No me jugué el cuello en Wutai para ver a cabrones como tu pateando a la gente. - Aquello se estaba poniendo interesante: El gordo quería pelea. No vendría mal un precalentamiento antes de la noche. Adopto una pose de inmensa chulería a la par que se iba acercando. No pudo evitar una sorpresa cuando, de forma lenta y calmada, se dibujo una sonrisa en su cara.
- ¿Y que piensa hacer, señor? - Vocalizaba lenta y sibilinamente, como una cobra acercandose a su presa. - ¿Pegarme un par de azotes y llevarme ante mi progenitores para decirles que soy un niño muy malo.
- Será que no me calientes chaval, estas agotando tu credito. Estas muy cerca de conocer el dolor. - La pistola apareció en su mano derecha, de metal frio y duro, remarcando la naturaleza asesina y brutal de ese objeto. Pero no fue la pistola lo que evaporó toda su confianza y lo sumió en la duda y el miedo. Las siglas enmarcadas en la placa, que sostenia en la zurda, surcaron su mirada escupiendo, como balas de cañón, el mesaje duro, frio y brutal de su oficio: T.U.R.K.
Efectivamente, la ha cagado.
- Vas a conocer el dolor si dejas de portarte, ¡como un puto gilipollas! ¿Me has entendido, capullo? – Las malas pulgas, lejos de irse, punzaban su cuerpo, mantiendo constante la furia.
- Si..vale, señor agente, mantengamos la calma – Intentaba denotar calma, el miedo apenás se notaba, bajo su sonrisa. Podía salir bien de esta. – Seguro que podemos llegar a entendernos. ¿Sabes quien soy yo?
- Ya lo creo – Esa sonrisa, era mala seña. Muy mala señal. -Tu y yo vamos a realizar un viaje. Estaba en mi día libre, pero con alguien como tu, vale la pena dedicarle unas horas más a mi trabajo.
- Así que lo tienes en una celda, aguardando un interrogatorio. Muy bien, Walker, de puta madre. ¿Ahora me puedes explicar que cojones vas a hacer con el?
La bolera no estaba llena, como de costumbre. No había sido un mal lanzamiento. Ocho de un golpe, los otros dos en el siguiente. Hoy estaba de racha. Tomo asiento, y recogió la copa para darle un trago. Un coreliano blanco, como siempre, y en buen momento. No había sido ayer un buen día precisamente. Walker estaba sentado frente a el, y detrás suya, Bouzas.
El trió estaba compuesto tres figuras completamente distintas. El primero, el que acababa de hablar. Un hombre de complexión fuerte y algo musculosa, de melena y bigote con perilla rubias; vestido con una vieja camiseta de un antiguo grupo de rock psicodélico. Otro, de complexión delgada, una declinante mata de oscuro cabello que intentaba ocultar inútilmente, con una camisa de botones blanca y unos pantalones negros que remarcaban su delgadez. El último, Walker, es nuestro turco protagonista de la escena anterior. Se hallaban allí reunidos, como cada domingo por la noche.
- Evidentemente, voy a darle un pequeño escarmiento. A estos mocosos malencarados hay que meterlos en cintura antes de que sea tarde. - Se reclinó, mientras su escuálido compañero se levantaba para efectuar su turno, para ponerse más cómodo, mientras sostenía su cerveza. - Además, teniendo en cuenta su vestimenta nada barata, es evidente que su familia tiene un patrimonio, o sea, clase acomodada, lo cual significa que asustandolo un poco quizá nos den algo a cambio de sacarlo lo antes posible.
- ¿Pero que cojones me estás diciendo? ¿Es que no te puedes quedar tranquilo ni en tu puto dia de descanso? Joder, Walker, es solo un puto niñato que se dedica a hacer el vándalo. El mundo se está yendo al carajo, ¿ y no tienes nada mejor que ponerte a detener a putos niñatos que se dedican a hacer el vándalo? - Se sentía desconcertado y confuso. Llevaba una mala racha, y ahora su amigo le venia con toda esa mierda. Tomo otro trago, intentando expulsar las sensaciones negativas que lo invadían
- Jeff, ¿Te has parado a pensar en toda la gente a la que habrá hecho daño ese pequeño sinvergüenza? - Se agacho hacia delante, acercándose su cara a la suya, con el objetivo de remarcar sus gestos. - Está claro que tiene que hay que bajarle los humos. Shinra está demasiado ocupada con todo este cirio del meteorito y el cañón. Ahora mismo, tienen tantos asuntos entre manos, que les da absolutamente igual el destino del chaval. Como si lo ejecutamos y tiramos el cuerpo a un triturador de comida.
- Precisamente por eso, Walker – Iba a ser su último intento de razonar con el - ¿No crees, tal y como están las circunstancias deberíamos estar en lo que hay que estar, centrarnos en cosas más urgente?
- ¡Eso mismo decía mi sargento! - El nuevo aumento en decibelios acababa de indicar el fracaso. - ¡Y al final le voló una pierna un puto mocoso de ojos rasgados que trabajaba de limpiabotas! ¡Decenas de compañeros muertos por no estar atentos en todo! ¡Era como estar asediado, pero con el enemigo dentro de la fortaleza! -
- Bueno, vale, lo que tu digas. Que te den por el culo, tio. - Encendió un pitillo. Estaba harto de todo esto, el trabajo, ella y Walker. El tercer acompañante había vuelto a su asiento, con ganas de participar en la conversación
- ¿A quien has detenido, Walker?
- ¡Bouzas, no estás en tu elemento! - Bouzas se calló, intentando ubicarse en la conversación.- Cambiando de tema, ¿que tal te fue con tu amiguita pelirroja? - Walker tenía un defecto a parte de ser como un burro tirando como un arado, terco y sordo a todo. Además era incapaz de interpretar el lenguaje corporal de los demás. Jeff se llevo una mano a la cara y se masajeo los parpados con los dedos. Inspiró aire. Ya se sentía algo mejor.
- Fatal tio. Empiezo la mañana con ella, toda cariñosa y calientapollas, y termino en un puto restaurante vegetariano escuchando soplapolleces acerca de qué busca en una pareja. Por lo menos podía haberme invitado, ya que me dejaba... Ni siquiera esperó al final, lo dijo nada más empezar a comer. Allí nos veías a los dos: Rumiando como vacas nuestras ensaladas en un silencio sepulcral evitando mirarnos.
- Las mujeres de hoy en día son todas unas arpías – Walker, se llevó la birra a la boca – ¡Ni siquiera mi esposa es capaz de mantener un compromiso!
- Margaret no tiene nada que ver con en maldito tema. Esa tia simplemente se tiro el puto rollo conmigo para dejarme claro que aquello solo fui alguien con quien follar una temporada. - Si no te importa, voy a lanzar la bola que es mi turno.
lunes, 3 de mayo de 2010
212 (incompleto)
Se filtraba una pálida luz azulada por el ligero resquicio de la ventana, producto resultante del brillo de una luna que distaba mucho de ser llena y por el suave parpadeo celeste del neón situado junto a la ventana. Todo tenía una tonalidad negra o gris en enorme contraste, proyectando oscuras sombras y reflejando luces en los muebles, en los objetos, en la lisa piel de la chica que se encontraba sobre la cama.
Un fino rocío de sudor bañaba su piel desnuda, lanzando ligeros destellos cuando la luz incidía directamente sobre las perlas acuosas a través de las diminutas rendijas que dejaba la persiana. La suave cabellera cobriza caía sobre los hombros en forma de ondas similares a las de las olas del mar, bailando al ritmo de los tenues balanceos de la mujer, cuyos leves gemidos se acompasaban con el movimiento de sus caderas. Su respiración, profunda y penetrante era lo único que cortaba el silencio de la noche.
La gran mano de su acompañante le había atrapado uno de sus pechos, el izquierdo, mientras que la otra se había apoderado de la humedad que tenía entre las piernas; el hombre se hallaba tumbado bajo ella, con las rodillas de su compañera pegadas a sus flancos y apretando ligeramente. Retiró el dedo índice de la cara interna de sus muslos para introducir dos, lo que supuso una explosiva sorpresa llena de placer para ella. Echó su cuerpo hacia delante y acarició el vello en el torso de él, mientras pasaba la fina punta de su lengua por el lateral de su cuello hasta lamer el lóbulo de su oreja, recreándose en la redondez y suavidad hasta finalizar con un suave mordisco.
Se irguió en todo su esplendor y extrajo la mano que se introducía en su coño para, con la otra, agarrar el erecto miembro con fuerza e introducírselo en la boca, realizando un rítmico movimiento mientras rodeaba la morada cabeza con la saliva que escapaba de su lengua. La sacó hasta llegar a la punta y dio un ligero mordisquito, para volver a lamer. Tras varios bamboleos con el cuello, la sacó de su cavidad bucal y se apresuró a llevar la polla hasta sus chorreantes muslos, para deleite de ambos. Los gemidos se pronunciaron más, y comenzaron a aumentar su intensidad a medida que la velocidad del coito aceleraba.
El grito anunció el clímax, y la mujer cesó sus movimientos para tumbarse sobre el pecho de su compañero. Estaba exhausta, agotada, y jadeaba fuertemente, como un animal que hubiera perseguido a su presa incansable durante eternas distancias hasta, por fin, recrearse en el cansancio sobre el cadáver de su víctima. Arañó suavemente con sus uñas en el pecho sobre el que se apoyaba, mientras escuchaba la fuerte respiración del torso que subía y bajaba, mientras escuchaba el latir del corazón.
- ¿Sabes que tiene un ritmo demasiado irregular? Esos latidos no son normales. – intentaba no hacer demasiado ruido, temerosa de romper el encanto y extasiada por el agotamiento físico – A veces va rápido, y otros va más lento.
- ¿En serio? – pasó la enorme mano por la espesa melena negra corta, y rodeó con un musculoso brazo a su compañera, atrayéndola hacia sí mismo y besándola ligeramente – Será que tengo arritmias. Igual me muero.
- Idiota… - acarició el pezón izquierdo, y lo mordió, haciendo que su compañero de cama diese un respingo.
- Eh, podrías tratarme mejor. ¿Acaso no te apetece que haya una segunda?
- Preferiría que me follases durante mucho más tiempo. Ojalá no tuvieras que irte.
- Seguro que si estamos todos los días dale-que-te-pego tu novio va a acabar pillándonos – acarició el pecho de la chica, y apretó el derecho – Además, mañana van a venir a buscarme pronto, salimos a mediodía para Wutai. ¿No te doy pena? ¿Acaso no merezco una compensación? – puso una sonrisa picaresca, y se sorprendió cuando la mano de la chica le retiró el condón y le introdujo el miembro, todavía mojado, en el empapado coño.
- Anda, calla y córrete dentro, que ya le echaré la culpa a mi novio, Sargento.
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El hollín llenaba los pulmones mientras que las brasas quemaban la piel alrededor de las fosas nasales cada vez que alguien respiraba. Las explosiones cada vez eran más frecuentes y cercanas, y levantaban más trozos de tierra y vegetación. Las criaturas de la jungla avanzaban en una dirección mientras que los humanos lo hacían en la contraria, acercándose al llameante NAPALM y a las minas antipersona. El cielo tenía un tono rojizo, casi granate, cubierto de grandes nubes de espeso humo del mismo color que el carbón que comenzaba a arder, a través del cual apenas conseguía filtrarse una luz amarillenta producto de los últimos rayos de sol de aquella tierra alejada de toda civilización moderna. Una ráfaga de disparos atravesó la selva de forma aleatoria, alcanzando a dos hombres: uno tuvo suerte de ser golpeado en el pecho, en una zona cubierta por el chaleco, al contrario que su compañero, que recibió el cálido beso del proyectil en pleno cuello, regando con sangre la alta maleza.
La unidad había contado con cincuenta hombres en sus mejores tiempos, pero en aquellos momentos el número se había reducido a la quinta parte. Se movían por aquella salvaje tierra con cada vez más dificultad, debido a las numerosas trampas que los habitantes locales habían colocado para defender el pequeño poblado. El suelo se hundió a tres metros de distancia, tragándose a un hombre que fue devorado por afilados dientes de bambú que atravesaron carne y tela con la fuerza de un gigante. La compañía estaba siendo diezmada por el ataque enemigo, y los que no lo hacían bajo las balas o sobre estacas de madera ocultas eran asesinados por fuertes fiebres producto de la malaria.
El cielo se tornó negro de forma que era similar a una gota de tinta que había caído en el agua formando ondas y sinuosas figuras, para poco después quebrarse como si se tratase de fino cristal roto a martillazos. Un ave inmensa, de color dorado y envuelta en nubes eléctricas surcó el cielo en dirección al poblado, lanzando un chillido que se asemejaba a un trueno atravesando el aire en medio de una noche aparentemente tranquila. Un relámpago atravesó como una lanza el cielo, y de pronto una hondonada de rayos cayó en la misma zona, devastando el poblado en una gigantesca explosión. La descomunal ave chilló de nuevo, y se perdió entre las nubes, que retomaron el color ceniciento en un infinito naranja.
- ¿Quién cojones ha usado esa puta materia de invocación? – Gritó el militar con el rango más alto, que iba en cabeza y en esos momentos atendía al hombre que había sido disparado en el pecho - ¡No he dado la puta orden! ¡No he dado ninguna puta orden de ataque!
- ¡Con su permiso, Sargento, pero nos atacaban! ¡Las putas últimas frases del Coronel decían que matásemos a los puto amarillos!
- ¡No me toques los cojones, Torpe! – avanzó hacia él, y le golpeó con la culata del fusil en el estómago, mientras propinaba una fuerte patada a la mano que aún poseía un mortecino brillo carmesí - ¡El puto Coronal está muerto, te puedes meter sus frases por el culo! ¡Te someteré a un consejo de guerra!
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- Sargento Ixidor Bryce, sabe qué hace aquí, ¿verdad? – un hombre corpulento y calvo le miraba con una penetrante mirada.
- Sí, señor.
- ¿Se da cuenta de que sus cargos son demasiado graves, y que al ser reportado a Midgar pasará toda la vida en una prisión militar, si no es condenado a muerte por crímenes de guerra?
--
El pequeño de la granja había vuelto a meterse en problemas. Había golpeado a uno de los criadores y lo había atacado con la horca clavando esta en el brazo derecho. Los chocobos se habían agitado ante la visión de la sangre brotando, y habían salido corriendo del establo, agitados. El chico había tenido que responder personalmente ante su abuelo, y ahora se encontraba allí, frente a su madre, cubierto de arañazos y envuelto en polvo, con el pelo revuelto lleno de plumas amarillentas y la parte izquierda de la cara enrojecida y con el labio sangrando.
- ¿Y todo eso te lo ha hecho Saltador? – preguntó su madre mientras le aplicaba un desinfectante barato en la herida del labio partido, cada vez más hinchado, a la vez que le interrogaba sobre el suceso.
- No, eso me lo hizo el abuelo cuando se enteró de que tuve una pelea. Si no hubiera venido corriendo me hubiera seguido pegando. El abuelo me odia.
- ¿Por qué dices eso, hijo? Tu abuelo no te odia. – su madre comenzó a quitarle del pelo plumas, mientras frotaba con un paño húmedo el rostro de su hijo, limpiando la suciedad que se había agarrado en la cara de este.
- Todos lo dicen. Por eso me he pegado. Dicen que soy un bastardo, y que mi padre te violó, mamá. Que por eso el abuelo no me quiere, y tienen razón.
- Hijo… Tienes doce años, creo que ya eres suficientemente mayor para saber la verdad. Yo quería a tu padre, y de hecho quise casarme con él cuando supe lo de mi embarazo. Pero a tu abuelo no le gustaba la idea de casar a su única hija con un pobre mozo de cuadras que doblaba la edad a su hija. Me recuerdas mucho a tu padre, eres su vivo retrato, Ixidor.
--
Ixidor despertó. Se había quedado dormido sentado en el tren, y varias veces había pasado ya su parada. No recordaba nada de lo que había soñado, pero sentía que no había sido nada agradable, dejándole una mala sensación además de un humor bastante agrio.
Un fino rocío de sudor bañaba su piel desnuda, lanzando ligeros destellos cuando la luz incidía directamente sobre las perlas acuosas a través de las diminutas rendijas que dejaba la persiana. La suave cabellera cobriza caía sobre los hombros en forma de ondas similares a las de las olas del mar, bailando al ritmo de los tenues balanceos de la mujer, cuyos leves gemidos se acompasaban con el movimiento de sus caderas. Su respiración, profunda y penetrante era lo único que cortaba el silencio de la noche.
La gran mano de su acompañante le había atrapado uno de sus pechos, el izquierdo, mientras que la otra se había apoderado de la humedad que tenía entre las piernas; el hombre se hallaba tumbado bajo ella, con las rodillas de su compañera pegadas a sus flancos y apretando ligeramente. Retiró el dedo índice de la cara interna de sus muslos para introducir dos, lo que supuso una explosiva sorpresa llena de placer para ella. Echó su cuerpo hacia delante y acarició el vello en el torso de él, mientras pasaba la fina punta de su lengua por el lateral de su cuello hasta lamer el lóbulo de su oreja, recreándose en la redondez y suavidad hasta finalizar con un suave mordisco.
Se irguió en todo su esplendor y extrajo la mano que se introducía en su coño para, con la otra, agarrar el erecto miembro con fuerza e introducírselo en la boca, realizando un rítmico movimiento mientras rodeaba la morada cabeza con la saliva que escapaba de su lengua. La sacó hasta llegar a la punta y dio un ligero mordisquito, para volver a lamer. Tras varios bamboleos con el cuello, la sacó de su cavidad bucal y se apresuró a llevar la polla hasta sus chorreantes muslos, para deleite de ambos. Los gemidos se pronunciaron más, y comenzaron a aumentar su intensidad a medida que la velocidad del coito aceleraba.
El grito anunció el clímax, y la mujer cesó sus movimientos para tumbarse sobre el pecho de su compañero. Estaba exhausta, agotada, y jadeaba fuertemente, como un animal que hubiera perseguido a su presa incansable durante eternas distancias hasta, por fin, recrearse en el cansancio sobre el cadáver de su víctima. Arañó suavemente con sus uñas en el pecho sobre el que se apoyaba, mientras escuchaba la fuerte respiración del torso que subía y bajaba, mientras escuchaba el latir del corazón.
- ¿Sabes que tiene un ritmo demasiado irregular? Esos latidos no son normales. – intentaba no hacer demasiado ruido, temerosa de romper el encanto y extasiada por el agotamiento físico – A veces va rápido, y otros va más lento.
- ¿En serio? – pasó la enorme mano por la espesa melena negra corta, y rodeó con un musculoso brazo a su compañera, atrayéndola hacia sí mismo y besándola ligeramente – Será que tengo arritmias. Igual me muero.
- Idiota… - acarició el pezón izquierdo, y lo mordió, haciendo que su compañero de cama diese un respingo.
- Eh, podrías tratarme mejor. ¿Acaso no te apetece que haya una segunda?
- Preferiría que me follases durante mucho más tiempo. Ojalá no tuvieras que irte.
- Seguro que si estamos todos los días dale-que-te-pego tu novio va a acabar pillándonos – acarició el pecho de la chica, y apretó el derecho – Además, mañana van a venir a buscarme pronto, salimos a mediodía para Wutai. ¿No te doy pena? ¿Acaso no merezco una compensación? – puso una sonrisa picaresca, y se sorprendió cuando la mano de la chica le retiró el condón y le introdujo el miembro, todavía mojado, en el empapado coño.
- Anda, calla y córrete dentro, que ya le echaré la culpa a mi novio, Sargento.
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El hollín llenaba los pulmones mientras que las brasas quemaban la piel alrededor de las fosas nasales cada vez que alguien respiraba. Las explosiones cada vez eran más frecuentes y cercanas, y levantaban más trozos de tierra y vegetación. Las criaturas de la jungla avanzaban en una dirección mientras que los humanos lo hacían en la contraria, acercándose al llameante NAPALM y a las minas antipersona. El cielo tenía un tono rojizo, casi granate, cubierto de grandes nubes de espeso humo del mismo color que el carbón que comenzaba a arder, a través del cual apenas conseguía filtrarse una luz amarillenta producto de los últimos rayos de sol de aquella tierra alejada de toda civilización moderna. Una ráfaga de disparos atravesó la selva de forma aleatoria, alcanzando a dos hombres: uno tuvo suerte de ser golpeado en el pecho, en una zona cubierta por el chaleco, al contrario que su compañero, que recibió el cálido beso del proyectil en pleno cuello, regando con sangre la alta maleza.
La unidad había contado con cincuenta hombres en sus mejores tiempos, pero en aquellos momentos el número se había reducido a la quinta parte. Se movían por aquella salvaje tierra con cada vez más dificultad, debido a las numerosas trampas que los habitantes locales habían colocado para defender el pequeño poblado. El suelo se hundió a tres metros de distancia, tragándose a un hombre que fue devorado por afilados dientes de bambú que atravesaron carne y tela con la fuerza de un gigante. La compañía estaba siendo diezmada por el ataque enemigo, y los que no lo hacían bajo las balas o sobre estacas de madera ocultas eran asesinados por fuertes fiebres producto de la malaria.
El cielo se tornó negro de forma que era similar a una gota de tinta que había caído en el agua formando ondas y sinuosas figuras, para poco después quebrarse como si se tratase de fino cristal roto a martillazos. Un ave inmensa, de color dorado y envuelta en nubes eléctricas surcó el cielo en dirección al poblado, lanzando un chillido que se asemejaba a un trueno atravesando el aire en medio de una noche aparentemente tranquila. Un relámpago atravesó como una lanza el cielo, y de pronto una hondonada de rayos cayó en la misma zona, devastando el poblado en una gigantesca explosión. La descomunal ave chilló de nuevo, y se perdió entre las nubes, que retomaron el color ceniciento en un infinito naranja.
- ¿Quién cojones ha usado esa puta materia de invocación? – Gritó el militar con el rango más alto, que iba en cabeza y en esos momentos atendía al hombre que había sido disparado en el pecho - ¡No he dado la puta orden! ¡No he dado ninguna puta orden de ataque!
- ¡Con su permiso, Sargento, pero nos atacaban! ¡Las putas últimas frases del Coronel decían que matásemos a los puto amarillos!
- ¡No me toques los cojones, Torpe! – avanzó hacia él, y le golpeó con la culata del fusil en el estómago, mientras propinaba una fuerte patada a la mano que aún poseía un mortecino brillo carmesí - ¡El puto Coronal está muerto, te puedes meter sus frases por el culo! ¡Te someteré a un consejo de guerra!
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- Sargento Ixidor Bryce, sabe qué hace aquí, ¿verdad? – un hombre corpulento y calvo le miraba con una penetrante mirada.
- Sí, señor.
- ¿Se da cuenta de que sus cargos son demasiado graves, y que al ser reportado a Midgar pasará toda la vida en una prisión militar, si no es condenado a muerte por crímenes de guerra?
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El pequeño de la granja había vuelto a meterse en problemas. Había golpeado a uno de los criadores y lo había atacado con la horca clavando esta en el brazo derecho. Los chocobos se habían agitado ante la visión de la sangre brotando, y habían salido corriendo del establo, agitados. El chico había tenido que responder personalmente ante su abuelo, y ahora se encontraba allí, frente a su madre, cubierto de arañazos y envuelto en polvo, con el pelo revuelto lleno de plumas amarillentas y la parte izquierda de la cara enrojecida y con el labio sangrando.
- ¿Y todo eso te lo ha hecho Saltador? – preguntó su madre mientras le aplicaba un desinfectante barato en la herida del labio partido, cada vez más hinchado, a la vez que le interrogaba sobre el suceso.
- No, eso me lo hizo el abuelo cuando se enteró de que tuve una pelea. Si no hubiera venido corriendo me hubiera seguido pegando. El abuelo me odia.
- ¿Por qué dices eso, hijo? Tu abuelo no te odia. – su madre comenzó a quitarle del pelo plumas, mientras frotaba con un paño húmedo el rostro de su hijo, limpiando la suciedad que se había agarrado en la cara de este.
- Todos lo dicen. Por eso me he pegado. Dicen que soy un bastardo, y que mi padre te violó, mamá. Que por eso el abuelo no me quiere, y tienen razón.
- Hijo… Tienes doce años, creo que ya eres suficientemente mayor para saber la verdad. Yo quería a tu padre, y de hecho quise casarme con él cuando supe lo de mi embarazo. Pero a tu abuelo no le gustaba la idea de casar a su única hija con un pobre mozo de cuadras que doblaba la edad a su hija. Me recuerdas mucho a tu padre, eres su vivo retrato, Ixidor.
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Ixidor despertó. Se había quedado dormido sentado en el tren, y varias veces había pasado ya su parada. No recordaba nada de lo que había soñado, pero sentía que no había sido nada agradable, dejándole una mala sensación además de un humor bastante agrio.
miércoles, 28 de abril de 2010
211
-Te digo que si los hielos son demasiado grandes el alcohol no se mezcla bien.
-Y yo te digo que la chatarra que tengo por máquina hace los hielos así y punto.
Ocho de la tarde en Blackson’s, un bar elegante, dentro de lo que cabe, de Mercado Muro. Es elegante por varias razones, como que los vasos están perfectamente limpios, la gente no se queda pegada a la barra o que los frutos secos que te ponen a veces no caducaron hace un año. Pero sobre todo destaca la galería de licores que reposan en inestables estanterías, en antiguas botellas de cristal cuya etiqueta ha perdido su color e incluso ha sido mordisqueada por ratones en oscuras bodegas. Distintos rones de Costa del Sol, tan oscuros como las manos que lo mimaron, magníficos licores de flores recogidas en Wutai… El orgullo de un hombre sibarita que en un tiempo viajó de aquí para allá deleitándose con las más diversas bebidas, pero que ahora las vendía en pequeñas copas para mantener un techo donde dormir. Su idea fue montar un bar y disfrutar sus tesoros entre amigos, tomando un buen copazo de whiskey o cogiéndose una cogorza a base de un licor cuya fruta creció cerca de un reactor Mako. Pero con el tiempo los amigos se murieron de sobredosis, se casaron o simplemente se largaron de Midgar.
Cual cuadro tenebrista propio del barroco, todo el bar parecía en absoluta oscuridad salvo una sección de la barra, en la que conversaban dos personas. Los demás parroquianos, antes sentados en los amplios sofás, discutiendo sobre banalidades o leyendo el periódico, parecían estar callados por alguna razón, dando pequeños sorbos a su taza de café y mirando de reojo al dueño del bar y su acompañante.
La barra barnizada con tono ambarino, una copa y una botella con un líquido amarillento y las bombillas arrojando luces doradas conformaban la gama de colores del tapiz. Más allá del bodegón, las dos personas charlaban tranquilamente. El dueño, pasando un trapo por la madera, enarcaba las pobladas cejas y asentía a su interlocutor. No alcanzaba los cuarenta, pero su calva lanzando destellos y su barriga apretando los botones de la camisa negra, dejaba claro que su vida era monótona y descuidada. Tenía una cara grande y redonda, con una nariz ancha que respiraba de manera brusca y un cuello que enrojecía al mínimo contacto.
-Pero Jack, es que no puedes presumir de tal colección de licores si luego no se pueden degustar en su máxima expresión…
-Hace tiempo que eso me la suda Arguish… ¡De qué me sirve servir de lo mejor si va a venir cualquier gilipollas y lo va a mezclar con un refresco de naranja!
Jack se dio cuenta del error y se mordió la lengua, pero le bastó con levantar un poco la mirada para ver que tres personas volvieron a sus cosas disimulando y otras dos se marcharon ofendidas. Resopló y miró a su compañero.
-No te molestes en pedir disculpas mi querido barman, la gente es así. Escucha conversaciones que no les incumben y después se hacen las víctimas- el cliente echó un suave sorbo a su vaso y lo volvió a dejar sobre su correspondiente posavasos, señalando con su índice izquierdo a una botella con cordón de terciopelo- Alcánzame esa botella por favor.
-¿Para qué?-preguntó el camarero con cierta desconfianza- Ya te he servido.
-Tengo la ligera impresión de que si añado un poco de esa botella, esto estará mucho mejor- explicó agitando su vaso.
-Ni hablar.
-Oh venga, esto no es lo mismo que mezclar un refresco de naranja, quiero mezclar este magnífico licor de avellana con un poco de aquella botella del cordón tan bonito.
-¡Que he dicho que no copón!
Entonces llega el momento de levantar el telón, de destapar la bandeja, de abrir la caja con interrogante. Es como si una cámara ficticia hubiese estado observando la situación, grabando el escenario, los gestos… Pero siempre enfocando al mismo sitio, aquél tapiz barroco en el que uno de ellos nos da la espalda y el otro dirige la mirada al espectador. Ahora la cámara se mueve lentamente, como si tuviese un par de pequeñas alas o un ligero motor acoplado. Se va acercando con ritmo constante, ya podemos ver como va vestido el que se hace llamar Arguish. Está sentado en un taburete de cuero blanco, al igual que los sofás, con los pies apoyados en una fina barra de metal. Su espalda es amplia, nuestro teleobjetivo se sitúa sobre sus hombros mostrándonos una cara chaqueta americana de un perfecto negro; le queda un poco larga, pues el final termina colgando y tapa prácticamente el cuero blanco del taburete. Pero de todas formas es un hombre bastante alto y su cabeza supera prácticamente la altura a la que están las pequeñas bombillas de la barra, así que su rostro permanece en una misteriosa penumbra. Nuestra cámara imaginaria decide resolver el misterio y comienza a girar en torno a él hasta colocarse de espaldas al camarero, encuadrando un contrapicado del rostro misterioso. La americana va acompañada con su camisa blanca de rigor, abrochada hasta su último botón, y una corbata pintoresca que alterna franjas de color blanco y rojo, apretada con un nudo doble.
Y simplemente, cuando todos están expectantes, se quedan más extrañados que antes.
No hay rostro.
En efecto, no hay rostro, sino una máscara de látex que lo cubre. Es un plástico fino y translúcido, incluso se adivina ligeramente una barba de dos días bajo el color óseo que lo recubre. ¿Por qué están los demás clientes tan incómodos con su presencia? He ahí la respuesta. Aquella máscara de látex no emula otra cosa que una blanca calavera ceñida al cuello. Bajo ella se averiguan perfectamente sus rasgos, una mandíbula ancha y una nariz no muy grande, pero con el tabique torcido. Los ojos son dos simples círculos negros incapaces de mostrar expresión alguna; en algún dibujo, en alguna figura, el hecho de inclinar más o menos una línea te da ya la posibilidad de crear alguna expresividad, ya sea alegría, enfado, llanto… Pero esos ojos son distintos, castigados a no mostrar gesto alguno. La boca, cuya línea recta de la mandíbula superior no hace más que parecer una siniestra sonrisa, además tiene una pequeña abertura por donde asoman las comisuras de los labios, gruesos y mordidos, y unos dientes blancos que no hacen más que jugar de lado a lado con un chupa-chups de fresa, a juego con su vistosa corbata.
-Oh, ya sé lo que pasa… -intuyó Arguish sacándose el chupa-chups de la boca y señalándole con él.
-¿El qué?
-Sabía que había algo, lo sabía desde el primer día que vine aquí… Me ha costado un mes averiguarlo pero te he pillado Jack- Sus ojos negros seguían inmóviles, pero bajo la máscara era evidente su mirada burlona y su sonrisa victoriosa- Esa botella no es cómo las demás, tiene algo de diferente… ¿Me equivoco?
La víctima del descubrimiento dejó caer los hombros y soltó un largo soplido, cual delincuente se da por vencido cuando ve una grabación de su fechoría.
-No, no te equivocas.
Una sonora pero escueta carcajada resonó en las oscuras paredes del Blackson’s y los demás clientes sintieron un escalofrío en todo su cuerpo. No era porque hiciese frío, no era porque los asientos les hubiesen dado a cada uno un calambrazo, sino porque aquél hombre daba palmadas en la mesa y reía a pleno pulmón, dejando ver su propia boca bajo la de la máscara.
Sencillos y absurdos prejuicios corrompiendo sus entrañas… A Arguish no le hacía falta darse la vuelta para saber qué cara tenía cada uno, los gestos que ponían, los desvaríos que les pasaban por la cabeza. Da igual que fuese un honrado empresario que había decidido tomarse una copa, que tal vez fuese un soldado retirado, un físico teórico que había contribuido al correcto uso del Mako, un héroe que arriesgó su vida repartiendo medicamentos tanto a soldados de Wutai como de Shin-Ra… Yonqui, traficante, asesino a sueldo, mafioso, putero… Era lo más fácil, para qué complicarse más, joder, que era un tío enorme con una calavera en la puta cabeza.
Arguish tosió un par de veces, echó un leve sorbo a su vaso y volvió a meterse el caramelo en la boca.
-¿Y cuál es el misterio de esa botella?
-No hay nada que contar…
-Anda, no seas así, si apenas hay gente ya en el bar.
-¡Claro! Yo tengo que hacer como que tú eres el hombre más normal del mundo sin rechistar y yo te tengo que contar todo lo que me pidas…
-¿Acaso me has preguntado por qué voy así?
-Está bien… ¿Por qué vas así?
-No te lo voy a decir.
-Te odio.
En ese momento la única pareja de clientes restantes decidió que era momento de marcharse y se acercaron a la barra con sus vasos aún por la mitad. Uno de ellos, con el pelo rapado, la nariz y las cejas llenas de piercings y una camiseta tan ajustada como sus brazos llenos de vitaminas se lo permitían sin romperse, tuvo el coraje de situarse junto a Arguish y dirigirle miradas furtivas mientras su compañero, con las mismas pintas llamaba la atención de Jack.
-¿Nos lo puedes poner en vasos de plástico?- solicitó cuando el camarero se les acercó.
Jack puso mala cara, sacó unos vasos estrechos de plástico transparente y echó el vodka de las elegantes copas cuadradas sin tener cuidado de si se caía algo fuera. Arguish se inclinó ligeramente hacia la derecha, miró a aquél chaval por encima de su hombro y soltó un bufido hinchando los carrillos. “El gesto indicado en el momento indicado hace saltar muchos resortes.” Eso lo sabía muy bien Arguish, que observaba la reacción del joven sin que se diese cuenta, mirando al frente, hacia un pequeño espejo que colgaba en la pared. Entonces la víctima de su pequeño juego hizo lo que esperaba que hiciese, esperó unos segundos después del bufido y volvió a observarle de reojo, esta vez con una ceja levantada. Entonces el hombre calavera giró su taburete todo lo rápido que pudo y se quedó frente a frente.
-¿Pasa algo?
-N-no…-aquella pregunta le pilló de improvisto, pero tampoco se echó atrás. Ante él tenía a alguien que le sacaba dos cabezas y cuya máscara podía expresar de todo y a la vez nada. Aún así, su orgullo no le permitía echarse atrás- Es que… Con ese traje… Pensaba que eras un Turco.
-¿Podría un Turco hacer esto?
>Con los vasos de plástico servidos en la barra, Arguish levantó el brazo derecho y su mano, con la palma abierta, cruzó el aire como un obús hasta impactar en la nuca del joven. La colleja sonó como un látigo y le empujó hacia delante hasta tirar las bebidas con la cara; cuatro dedos perfectamente marcados en el cuello del muchacho, las lágrimas costosamente retenidas en los ojos marrones, su amigo sin atreverse a levantar la mirada del suelo y Jack maldiciendo y limpiando el vodka derramado con una bayeta.
A Arguish le estaba costando un infierno contener la risa, mordiendo el palo de chupa-chups con fuerza. Se imaginaba perfectamente todo lo que le rondaba a aquel chaval por la cabeza, veía cómo apretaba los dientes y tensaba los nudillos, pero no le quedaba más remedio que tragar y agachar la cabeza. ¿Estaba un turco en su derecho de asestarle semejante hostia? Por supuesto. Y no podía arriesgarse a descubrir si de verdad era un agente de Shin-Ra o no.
Con el orgullo herido, giró sobre sus pies y se marchó sin su vodka y el cuello rojo, seguido de su indeciso amigo; así que el Blackson’s quedó vacío a las diez de la noche y Arguish se tiró sobre la barra desternillándose de la risa.
-Jajaja… ¿Has visto qué leche le he dado?
-¿No eres de Turk verdad?
-¡Qué coño voy a ser yo de esos!
Al barman se le contagió la risa y cogió la botella misteriosa junto con un vaso de vidrio rojizo lleno de arañazos y muescas.
-Este vaso me acompañó durante quince años por todo el mundo. Se lo compré a un vagabundo del sector 6 por un guil diciendo que lo fabricó soplando y moldeando una extraña esfera de color rojo- se echó un par de hielos y quitó el enmohecido corcho de la botella, aspirando el aroma encerrado en ella durante largo tiempo.
-¿Me estás diciendo que ese vaso fue una materia invocar?
-Ni más ni menos. En cambio, este licor… En uno de mis viajes me vi envuelto en la peor tormenta que he presenciado en toda mi vida. Al salir de Kalm ya me advirtieron de que el tiempo estaba cambiando, pero ignoré sus consejos. A media mañana comenzaron a formarse nubes en el horizonte, unas nubes bajas y vaporosas. Cuando me quise dar cuenta tenía sobre mí un cielo totalmente gris y turbulento y se levantó un viento que formaba remolinos aquí y allá. Te lo juro Arguish, era la naturaleza en estado puro. El viento parecía un grupo de camorristas zarandeándome de un lado a otro, el cielo parecía romperse a cada nuevo trueno… Yo ya pensaba que no llegaba a Midgar, que en cualquier momento me caía un rayo en la puta cabeza. Y es que encima, no sé cómo todavía, me perdí.
-¿Te perdiste de camino a Midgar?
-Ya se que suena absurdo, pero pronto empezó a anochecer y yo estaba bajo un jodido árbol esperando a que escampase. El suelo embarrado, charcos gigantescos, unas gotas tan grandes como canicas… Yo ya pensaba que me iba a dar una hipotermia o algo, tenía la ropa tan calada que el agua simplemente resbalaba por ella. El caso es que cuando ya era prácticamente de noche, vi una pequeña luz a lo lejos. Resultó ser una mujer con un pequeño candil, enfundada en un yukata de color caqui y un paraguas de color rojo.
-Eso te lo estás inventando…
-¿Me dejas seguir o no? Te juro por todo el alcohol de este bar que pasó de verdad.
-Continúa, continúa… Pero dame otro chupa-chups de esos que tienes ahí, que se me ha acabado este.
-Anda que eres raro… ¿Y ese vicio por los caramelos?- preguntó Jack sacando de un tarro de cristal un dulce de fresa.
-Saben mejor que el tabaco...
-Bueno…- continuó Jack, que había alargado el silencio para esperar una respuesta más extensa- Pues ella se acercó hasta mí y me cogió de la mano. Era una joven preciosa, de veinte años tal vez. Tenía el pelo, de un castaño color miel, recogido con una coleta, pero un par de mechones le caían empapados sobre la frente. Su piel era pálida y junto a la lluvia y la luz del candil, parecía frágil y suave.
-Se te da bien relatar eh…
-¿Quieres dejar de interrumpirme? El caso es que se me quedó mirando un buen rato y después tiró de mi brazo con fuerza. Sin que me diese cuenta estábamos corriendo por el bosque, sin poder ver apenas lo que había delante por culpa de la lluvia. Aquella chica tenía una agilidad impresionante, parecía saberse la posición de cada árbol, de cada piedra que podría hacerte tropezar, de cada desnivel… Imagínate yo, con una mochilla hasta arriba de frascos y botellas de alcohol, pocas veces lo he pasado tan mal. Aún así conseguía seguirla el ritmo, conseguía ser igual de rápido que ella con tal de que no soltara mi mano, como si el hecho de separarnos durante el trayecto supusiese que no volvería a verla jamás. Entonces apareció de repente una sencilla cabaña de madera de la nada, entre una salvaje vegetación tan verde que contrastaba con la oscuridad de la tormenta. Un escalón, una veranda, un tejado hecho con unas cuantas ramas… Entramos atropelladamente y yo caí rendido sobre la mohosa madera con los pulmones casi fuera. Yo la dije “muchas gracias por ayudarme”, pero ella ya estaba ajetreada como si aquella choza fuese su casa. Sacó una materia piro de entre los ropajes… Sí, no me mires así, no sé de dónde la sacaría pero tenía una materia piro. Entonces salió de nuevo cubriéndose la cabeza con las manos y volvió con unas cuantas ramas; las tiró en el centro del oscuro cuarto y te juro que las prendió aporreando el suelo con la materia. Al cuarto golpe salieron unas cuantas chispas y al quinto un chorro de fuego formó la hoguera. Yo quería ayudar de alguna manera pero ella no dejaba de moverse de manera sistemática y con una precisión que sólo podía haber heredado de la experiencia. Después fue hasta una esquina, levantó una tabla y sacó dos pasteles de arroz y un pequeño recipiente de madera con tapón, tallada de manera inexperta.
-¿Y eso era el licor que tenemos aquí delante?
-Así es, pero déjame acabar. Yo le agradecí mil veces su amabilidad, pero ella simplemente se quedaba quieta, mirándome fijamente con una sonrisa tan pura e inocente… Allí estuvimos, junto al fuego, mientras fuera, el bosque se convertía en una mancha totalmente negra y uniforme. Pues fue ofrecerme ella echar un trago y caí totalmente inconsciente. En el mismo momento en el que volqué su contenido por mi garganta, perdí el conocimiento. Además, fue una noche muy confusa, no sé si era que tenía fiebre por culpa de la lluvia o es que el alcohol realmente me había sentado tan mal, pero entre el sueño y la vigilia no hacía más que oír voces, gritos, susurros, llantos, risas… Desperté al día siguiente con cierta pereza. Esperaba algo de resaca o tal vez dolor de cabeza, pero era al contrario, me sentía totalmente reconfortado… ¿Quieres saber el verdadero secreto de este licor?
-¡Joder Jack, te he aguantado hablando durante media hora, cuéntamelo ya!
El barman se sacó un mechero del bolsillo de la camisa y lo suspendió en el aire con una sonrisa del que sabe que está generando expectación.
-Cuando desperté, salí de aquella caseta que había resistido la fuerza de semejante tormenta con vehemencia y busqué a aquella chica. La encontré unos metros más lejos agachada en la hierba, recogiendo flores de distintos colores y tamaños. Yo me acerqué con disimulo y ella me respondió con una de sus sonrisas inocentes- dicho esto, Jack giró la rueda del mechero y acercó la llama a la bebida. El alcohol prendió al instante, pero con un color verdoso intenso, casi fosforescente- En aquel bosque, tras la caseta, aquella chica recogía flores que luego hacía fermentar. Pero esas flores no crecían en cualquier sitio, sino que, formando un corro, se elevaban enérgicamente en torno a una minúscula brecha en la tierra. Una brecha que brillaba con un intenso y fluctuante color verde…
Arguish se echó para atrás y la máscara se estiró, formando una gran O en la abertura de la boca y dejando caer sin querer su querido chupa-chups.
-No puede ser…
-Exacto, corriente vital atrapada en este licor. Ahora dejemos de hablar tanto y brindemos con ello joder…- Arguish se bebió lo que quedaba en su copa y Jack le echó un escaso chorro de su tesoro, flambeándolo como había hecho con el suyo. Ambos brindaron y el líquido bajó por sus gaznates de un tirón- Y bien… ¿Qué te ha parecido?
-Pues la historia es verdaderamente bonita… ¡Pero esto está podidamente asqueroso! Ahí te quedas, otro día me cuentas qué pasó con aquella chica de los bosques.
-¡Que te jodan Arguish! No te vuelvo a dejar probar nada jamás- pero su último cliente de la noche ya había bajado del taburete y se despedía de él agitando la mano- ¡Y tú algún día me dirás por qué coño llevas esa ropa y esa máscara!
Ya por la noche las calles cambiaban totalmente. Mercado Muro seguía con su ritmo frenético, con sus luces caóticas por allí y sus prostitutas por allá, pero bastaba con alejarse unas cuantas calles para envolverse en una urbe solitaria y silenciosa.
En su paseo hacia ningún lado, Arguish apenas se encontró con gente, tan sólo un grupo de amigos que marchaba hacia la estación de trenes con ritmo hebrio y una pareja que, poseídos por las hormonas, les pareció conveniente ponerse a follar en una esquina hasta que se dieron cuenta de que un tío enorme con cara de calavera les observaba sin apartar la mirada. Ella pegó un grito tremendo y cayó al suelo al intentar echar a correr y tropezarse con las bragas; él la ayudó a levantarse y ambos se largaron a paso ligero por un callejón.
-¡Por mí no os cortéis eh…!
Arguish siguió a lo suyo caminando con las manos en los bolsillos. Se pasaba la lengua por los labios continuamente y tragaba saliva con cierto placer. La verdad es que aquél chupito le había encantado, no había probado algo similar nunca. Sentía la potencia del alcohol aún rascando su garganta, pero aquél cosquilleo reposó un momento en estómago y fue extendiéndose por todo su cuerpo después. Sin duda haría lo que fuese con tal de que Jack le volviese a dejar beber de aquél brebaje espirituoso.
Caminaba imaginándose a si mismo en aquél bosque bajo la tormenta, respirando aquél aroma tan delicioso de la hierba mojada y la corteza húmeda, que apenas se dio cuenta de que frente a él habían aparecido cuatro personas.
-Perdonen caballeros, pero me bloquean el… ¡Anda, si vosotros sois los dos que estaban en el bar antes!
En efecto, los dos jóvenes con ropas ajustadas, orejas llenas de pendientes y cabeza rapada que se fueron intimidados del Blackson’s estaban allí con los brazos cruzados. Sólo que ahora estaban respaldados por otros dos grandullones, cual camorristas ansiando su zurra diaria. Todos llevaban una ropa y un estilo parecido, uno con un brazo totalmente tatuado, otro con varios tubos metálicos que le atravesaban la nariz…
-Tú no eres turco… -se aventuró a decir el que fuera el compañero del golpeado en el bar. Ahora se sentía protegido entre los suyos, pero su voz no dejaba de ser débil. Desde luego aquél no era el líder del grupo.
-Sí lo soy- contestó simplemente Argish.
-Enséñanos la placa- el más grande de todos, el del brazo tatuado, habló con una voz torpe y lenta, pero que destacaba sobre todas las demás.
-Caballeros…- Argish estaba totalmente sereno, viendo a través de su máscara todas y cada una de las expresiones y gestos que ponían, leyendo perfectamente sus posibles reacciones- Obviemos el hecho de que a simple vista parezco un hombre peligroso, con traje de marca y una calavera que cubre mi bello rostro. Obviemos también que pueda llevar un arma bajo la chaqueta y que en cualquier momento os pueda coser a tiros. Voy a ser sincero caballeros, no soy turco…- entonces levantó el brazo y señaló con el dedo índice una señal de stop situada en la esquina de la acera de enfrente- Pero mi amigo sí y él si que es peligroso.
-Ahí no hay nada gilipollas- este vez fue la víctima de su colleja la que habló, sacando pecho con claro gesto de resquemor.
-Claro que sí. ¿No le veis? Ahí, atado a la señal con una cadena. Lo que pasa es que es bastante más informal que yo. Lleva la misma corbata que yo, pero ni siquiera la lleva anudada… Y su camisa, bueno, la lleva totalmente arrugada… También lleva una máscara, pero tiene mucho peor gusto que yo, es una de esas máscaras que se usan en las orgías de masoquismo y esas cosas… Yo ya le he dicho que no me gusta nada, pero él insiste en llevarla…
-¿No está vacilando?-preguntó de nuevo el grandullón tatuado a sus amigos.
-Yo no miento señores. Lo que pasa es que es mi amigo imaginario, pero bueno…- los muchachos estaban a punto de abalanzarse a por él y lo sabía, así que tranquilamente, y prologando el silencio que había creado, se llevó la mano a un bolsillo interior de la chaqueta. Sacó una pulcra pitillera metálica y sacó de ella un nuevo chupa-chups. Después hundió las manos en los bolsillos del pantalón con toda la calma que le era posible y los volvió a sacar con dos puños americanos en cada una, de color dorando aunque totalmente desgastado- Que no exista para vosotros no quiere decir que no exista… ¿No? Venga, acabemos con esto cuanto antes que me está pidiendo que le desate.
No hubo falta más palabras, el más canijo de los cuatro, harto de tanta palabrería absurda, corrió hacia él. Argish echó a un lado el chupa-chups en el interior de su boca y adoptó una posición de boxeo con sus armas en los nudillos. El chaval no conocía más allá de las simples peleas callejeras, donde lo importante era pegar más que el otro sin importar lo que recibieras, así que a Arguish no le costó ni un suspiro. Esquivó el primer puñetazo moviéndose rápidamente hacia la izquierda, desvió el brazo del contrario para desequilibrarle y hundió el metal de su mano derecha en estómago del rival. El chico despegó los pies del suelo por un momento y se elevó medio metro en el aire con el puño de Arguish aún apretándole. Al caer vomitó en el acto y después perdió el conocimiento.
-Caballeros, atended aquí por favor- les dijo llamando su atención. Arguish mostró el interior de su chaqueta; en uno de los bolsillos estaba la pitillera con los caramelos, pero en la otra todavía surgía un tímido brillo amarillo- Esto de aquí es materia, en concreto, materia golpe mortal. Con vuestro amigo me he contenido, pero si buscáis más leña… La tendréis.
Aquellos chicos no atendían a razones. Al hecho de haber pegado a uno de sus amigos, ahora se le unía el que el más grande de todos había dado un paso hacia delante, así que el resto se vio con suficientes ganas y energías como para dar una paliza a Arguish. El primero de ellos, el de la nariz perforada, intentó tirarle al suelo agarrándole por la cintura, pero el puño del enmascarado bajó hasta su coronilla y le dejó fuera de batalla nada más empezar. El cuerpo sin conocimiento le sirvió para empujarlo contra el resto de luchadores, que se vieron indefensos al intentar agarrar a su amigo. Ese fue tiempo suficiente para que Argish saltase sobre el que había vomitado y acabase propinando una patada en los riñones al que iba con una camiseta de tirantes negra. La materia brilló bajo la chaqueta y el chico salió despedido hasta chocar contra una farola cuatro metros más lejos. Las cosas estaban mal para ellos, así que el gorila del grupo decidió pasar a mayores sacando una navaja mariposa.
-Muchacho… Eso no te va a servir de nada.
Y en efecto así ocurrió. Aquél contrincante era igual de alto que él e incluso más ancho, pero carecía de la agilidad necesaria. Primero intentó sacarle las tripas con un tajo horizontal, pero Arguish se echó hacia atrás. Después dibujó una diagonal hacia arriba con la cuchilla, pero de nuevo consiguió esquivarla y el metal del puño americano rompió cúbito y radio desgarrando músculo de por medio. El enmascarado ignoró sus gritos de dolor y le asestó otro puñetazo en la cara, arrancando la mandíbula y deformando parte del cráneo.
Ahora ya solo quedaba el más miedoso de los cuatro, el que no sabía si quedarse ahí e intentar ayudar a sus amigos o salir corriendo y abandonarles a su suerte. Arguish se agachó y tomó prestada la navaja, que se había caído al romperle el brazo al grande. Temblando de arriba abajo, se encontró con un Arguish distinto al del bar, con una sombra más alargada, más siniestro, respirando agitadamente y con una sonrisa que incluso se veía a través del látex. Sintió cómo su cuello se oprimía y sus pies se levantaban del suelo, sentía que le faltaba el aire y que por primera y última vez era más alto que aquél asesino.
-A mi amigo imaginario le van mucho estas cosas, pero yo no soy muy partidario… ¿Sabes lo que me está gritando desde el otro lado de la calle? Que te raje de arriba abajo, que te deje morir sujetándote las tripas o demás aberraciones que son realmente asquerosas. Yo odio esas cosas, de verdad, pero es que si no le hago caso de vez en cuando… Pues se vuelve un pesado. Así que ya lo siento.
Clavó la navaja justo bajo el esternón y bajó como si fuese una cremallera. Entonces dejó de asfixiarle y lo lanzó al suelo, viendo cómo los intestinos se manchaban con la suciedad de la acera, cómo intentaba metérselos de nuevo y tapar con unos dedos cada vez más débiles el enorme tajazo. Pasados unos minutos la calle volvía a estar en silencio, pero con más de diez litros de sangre desparramados en el cemento.
Arguish sacó un minúsculo PHS del pantalón y marcó un número de trece cifras. Esperó paseando por la calle, teniendo cuidado de que la sangre no manchase sus caros zapatos, hasta que una voz modulada le contestó al otro lado de la línea.
-¿Qué ocurre?
-Necesito limpiar una calle cerca de Mercado Muro. Dos muertos, tal vez tres no sé… Tiene una brecha muy fea en la coronilla.
-Eso te costará…
-ya lo sé joder, pero qué remedio…
-Está bien, ten una buena noche, del resto nos ocupamos nosotros.
Arguish resopló y colgó, echó un último vistazo a la escena y cruzó la carretera para acercarse hasta la señal de stop. Hizo como que desataba una cadena invisible de la barra metálica y comenzó a andar de nuevo.
-Ya has tenido tu puto espectáculo, así que calladito. ¡Qué puto asco me das…!
Noche cerrada cerca de Mercado Muro, más bien ya altas horas de la madrugada. Un hombre vestido con americana negra y camisa blanca, acompañada de una corbata que recuerda a un caramelo de fresa y nata, una máscara de látex con forma de calavera y un palillo de plástico entre sus dientes camina hacia su casa. Parece cansado, tal vez ha tenido una noche ajetreada. Sólo tiene ganas de llegar a la cama y caer rendido en el colchón. Antes de llegar a su casa ya está sacando las llaves y juega dando vueltas a una arandela que tiene por llavero. Cuando llega a su portal, ve a un hombre de piel tostada hecho un ovillo, durmiendo. Se agacha y le zarandea hasta que despierta. Tras unos segundos de incertidumbre, el joven se levanta y le ofrece la mano.
-¿Fuiste tú quien me dio esta dirección?
-Y tú eres…- el hombre enmascarado parece desconcertado.
-Maximiliam… Max White. Es que verás, aquella noche estaba borracho y no me acuerdo de nada, pero… Creo que fuiste tú quien me dijo que sabía cosas de Callisto.
-¡Ahh! Sí, ya sé quien eres. Pasa, pasa, como si estuvieses en tu casa.
-Y yo te digo que la chatarra que tengo por máquina hace los hielos así y punto.
Ocho de la tarde en Blackson’s, un bar elegante, dentro de lo que cabe, de Mercado Muro. Es elegante por varias razones, como que los vasos están perfectamente limpios, la gente no se queda pegada a la barra o que los frutos secos que te ponen a veces no caducaron hace un año. Pero sobre todo destaca la galería de licores que reposan en inestables estanterías, en antiguas botellas de cristal cuya etiqueta ha perdido su color e incluso ha sido mordisqueada por ratones en oscuras bodegas. Distintos rones de Costa del Sol, tan oscuros como las manos que lo mimaron, magníficos licores de flores recogidas en Wutai… El orgullo de un hombre sibarita que en un tiempo viajó de aquí para allá deleitándose con las más diversas bebidas, pero que ahora las vendía en pequeñas copas para mantener un techo donde dormir. Su idea fue montar un bar y disfrutar sus tesoros entre amigos, tomando un buen copazo de whiskey o cogiéndose una cogorza a base de un licor cuya fruta creció cerca de un reactor Mako. Pero con el tiempo los amigos se murieron de sobredosis, se casaron o simplemente se largaron de Midgar.
Cual cuadro tenebrista propio del barroco, todo el bar parecía en absoluta oscuridad salvo una sección de la barra, en la que conversaban dos personas. Los demás parroquianos, antes sentados en los amplios sofás, discutiendo sobre banalidades o leyendo el periódico, parecían estar callados por alguna razón, dando pequeños sorbos a su taza de café y mirando de reojo al dueño del bar y su acompañante.
La barra barnizada con tono ambarino, una copa y una botella con un líquido amarillento y las bombillas arrojando luces doradas conformaban la gama de colores del tapiz. Más allá del bodegón, las dos personas charlaban tranquilamente. El dueño, pasando un trapo por la madera, enarcaba las pobladas cejas y asentía a su interlocutor. No alcanzaba los cuarenta, pero su calva lanzando destellos y su barriga apretando los botones de la camisa negra, dejaba claro que su vida era monótona y descuidada. Tenía una cara grande y redonda, con una nariz ancha que respiraba de manera brusca y un cuello que enrojecía al mínimo contacto.
-Pero Jack, es que no puedes presumir de tal colección de licores si luego no se pueden degustar en su máxima expresión…
-Hace tiempo que eso me la suda Arguish… ¡De qué me sirve servir de lo mejor si va a venir cualquier gilipollas y lo va a mezclar con un refresco de naranja!
Jack se dio cuenta del error y se mordió la lengua, pero le bastó con levantar un poco la mirada para ver que tres personas volvieron a sus cosas disimulando y otras dos se marcharon ofendidas. Resopló y miró a su compañero.
-No te molestes en pedir disculpas mi querido barman, la gente es así. Escucha conversaciones que no les incumben y después se hacen las víctimas- el cliente echó un suave sorbo a su vaso y lo volvió a dejar sobre su correspondiente posavasos, señalando con su índice izquierdo a una botella con cordón de terciopelo- Alcánzame esa botella por favor.
-¿Para qué?-preguntó el camarero con cierta desconfianza- Ya te he servido.
-Tengo la ligera impresión de que si añado un poco de esa botella, esto estará mucho mejor- explicó agitando su vaso.
-Ni hablar.
-Oh venga, esto no es lo mismo que mezclar un refresco de naranja, quiero mezclar este magnífico licor de avellana con un poco de aquella botella del cordón tan bonito.
-¡Que he dicho que no copón!
Entonces llega el momento de levantar el telón, de destapar la bandeja, de abrir la caja con interrogante. Es como si una cámara ficticia hubiese estado observando la situación, grabando el escenario, los gestos… Pero siempre enfocando al mismo sitio, aquél tapiz barroco en el que uno de ellos nos da la espalda y el otro dirige la mirada al espectador. Ahora la cámara se mueve lentamente, como si tuviese un par de pequeñas alas o un ligero motor acoplado. Se va acercando con ritmo constante, ya podemos ver como va vestido el que se hace llamar Arguish. Está sentado en un taburete de cuero blanco, al igual que los sofás, con los pies apoyados en una fina barra de metal. Su espalda es amplia, nuestro teleobjetivo se sitúa sobre sus hombros mostrándonos una cara chaqueta americana de un perfecto negro; le queda un poco larga, pues el final termina colgando y tapa prácticamente el cuero blanco del taburete. Pero de todas formas es un hombre bastante alto y su cabeza supera prácticamente la altura a la que están las pequeñas bombillas de la barra, así que su rostro permanece en una misteriosa penumbra. Nuestra cámara imaginaria decide resolver el misterio y comienza a girar en torno a él hasta colocarse de espaldas al camarero, encuadrando un contrapicado del rostro misterioso. La americana va acompañada con su camisa blanca de rigor, abrochada hasta su último botón, y una corbata pintoresca que alterna franjas de color blanco y rojo, apretada con un nudo doble.
Y simplemente, cuando todos están expectantes, se quedan más extrañados que antes.
No hay rostro.
En efecto, no hay rostro, sino una máscara de látex que lo cubre. Es un plástico fino y translúcido, incluso se adivina ligeramente una barba de dos días bajo el color óseo que lo recubre. ¿Por qué están los demás clientes tan incómodos con su presencia? He ahí la respuesta. Aquella máscara de látex no emula otra cosa que una blanca calavera ceñida al cuello. Bajo ella se averiguan perfectamente sus rasgos, una mandíbula ancha y una nariz no muy grande, pero con el tabique torcido. Los ojos son dos simples círculos negros incapaces de mostrar expresión alguna; en algún dibujo, en alguna figura, el hecho de inclinar más o menos una línea te da ya la posibilidad de crear alguna expresividad, ya sea alegría, enfado, llanto… Pero esos ojos son distintos, castigados a no mostrar gesto alguno. La boca, cuya línea recta de la mandíbula superior no hace más que parecer una siniestra sonrisa, además tiene una pequeña abertura por donde asoman las comisuras de los labios, gruesos y mordidos, y unos dientes blancos que no hacen más que jugar de lado a lado con un chupa-chups de fresa, a juego con su vistosa corbata.
-Oh, ya sé lo que pasa… -intuyó Arguish sacándose el chupa-chups de la boca y señalándole con él.
-¿El qué?
-Sabía que había algo, lo sabía desde el primer día que vine aquí… Me ha costado un mes averiguarlo pero te he pillado Jack- Sus ojos negros seguían inmóviles, pero bajo la máscara era evidente su mirada burlona y su sonrisa victoriosa- Esa botella no es cómo las demás, tiene algo de diferente… ¿Me equivoco?
La víctima del descubrimiento dejó caer los hombros y soltó un largo soplido, cual delincuente se da por vencido cuando ve una grabación de su fechoría.
-No, no te equivocas.
Una sonora pero escueta carcajada resonó en las oscuras paredes del Blackson’s y los demás clientes sintieron un escalofrío en todo su cuerpo. No era porque hiciese frío, no era porque los asientos les hubiesen dado a cada uno un calambrazo, sino porque aquél hombre daba palmadas en la mesa y reía a pleno pulmón, dejando ver su propia boca bajo la de la máscara.
Sencillos y absurdos prejuicios corrompiendo sus entrañas… A Arguish no le hacía falta darse la vuelta para saber qué cara tenía cada uno, los gestos que ponían, los desvaríos que les pasaban por la cabeza. Da igual que fuese un honrado empresario que había decidido tomarse una copa, que tal vez fuese un soldado retirado, un físico teórico que había contribuido al correcto uso del Mako, un héroe que arriesgó su vida repartiendo medicamentos tanto a soldados de Wutai como de Shin-Ra… Yonqui, traficante, asesino a sueldo, mafioso, putero… Era lo más fácil, para qué complicarse más, joder, que era un tío enorme con una calavera en la puta cabeza.
Arguish tosió un par de veces, echó un leve sorbo a su vaso y volvió a meterse el caramelo en la boca.
-¿Y cuál es el misterio de esa botella?
-No hay nada que contar…
-Anda, no seas así, si apenas hay gente ya en el bar.
-¡Claro! Yo tengo que hacer como que tú eres el hombre más normal del mundo sin rechistar y yo te tengo que contar todo lo que me pidas…
-¿Acaso me has preguntado por qué voy así?
-Está bien… ¿Por qué vas así?
-No te lo voy a decir.
-Te odio.
En ese momento la única pareja de clientes restantes decidió que era momento de marcharse y se acercaron a la barra con sus vasos aún por la mitad. Uno de ellos, con el pelo rapado, la nariz y las cejas llenas de piercings y una camiseta tan ajustada como sus brazos llenos de vitaminas se lo permitían sin romperse, tuvo el coraje de situarse junto a Arguish y dirigirle miradas furtivas mientras su compañero, con las mismas pintas llamaba la atención de Jack.
-¿Nos lo puedes poner en vasos de plástico?- solicitó cuando el camarero se les acercó.
Jack puso mala cara, sacó unos vasos estrechos de plástico transparente y echó el vodka de las elegantes copas cuadradas sin tener cuidado de si se caía algo fuera. Arguish se inclinó ligeramente hacia la derecha, miró a aquél chaval por encima de su hombro y soltó un bufido hinchando los carrillos. “El gesto indicado en el momento indicado hace saltar muchos resortes.” Eso lo sabía muy bien Arguish, que observaba la reacción del joven sin que se diese cuenta, mirando al frente, hacia un pequeño espejo que colgaba en la pared. Entonces la víctima de su pequeño juego hizo lo que esperaba que hiciese, esperó unos segundos después del bufido y volvió a observarle de reojo, esta vez con una ceja levantada. Entonces el hombre calavera giró su taburete todo lo rápido que pudo y se quedó frente a frente.
-¿Pasa algo?
-N-no…-aquella pregunta le pilló de improvisto, pero tampoco se echó atrás. Ante él tenía a alguien que le sacaba dos cabezas y cuya máscara podía expresar de todo y a la vez nada. Aún así, su orgullo no le permitía echarse atrás- Es que… Con ese traje… Pensaba que eras un Turco.
-¿Podría un Turco hacer esto?
>Con los vasos de plástico servidos en la barra, Arguish levantó el brazo derecho y su mano, con la palma abierta, cruzó el aire como un obús hasta impactar en la nuca del joven. La colleja sonó como un látigo y le empujó hacia delante hasta tirar las bebidas con la cara; cuatro dedos perfectamente marcados en el cuello del muchacho, las lágrimas costosamente retenidas en los ojos marrones, su amigo sin atreverse a levantar la mirada del suelo y Jack maldiciendo y limpiando el vodka derramado con una bayeta.
A Arguish le estaba costando un infierno contener la risa, mordiendo el palo de chupa-chups con fuerza. Se imaginaba perfectamente todo lo que le rondaba a aquel chaval por la cabeza, veía cómo apretaba los dientes y tensaba los nudillos, pero no le quedaba más remedio que tragar y agachar la cabeza. ¿Estaba un turco en su derecho de asestarle semejante hostia? Por supuesto. Y no podía arriesgarse a descubrir si de verdad era un agente de Shin-Ra o no.
Con el orgullo herido, giró sobre sus pies y se marchó sin su vodka y el cuello rojo, seguido de su indeciso amigo; así que el Blackson’s quedó vacío a las diez de la noche y Arguish se tiró sobre la barra desternillándose de la risa.
-Jajaja… ¿Has visto qué leche le he dado?
-¿No eres de Turk verdad?
-¡Qué coño voy a ser yo de esos!
Al barman se le contagió la risa y cogió la botella misteriosa junto con un vaso de vidrio rojizo lleno de arañazos y muescas.
-Este vaso me acompañó durante quince años por todo el mundo. Se lo compré a un vagabundo del sector 6 por un guil diciendo que lo fabricó soplando y moldeando una extraña esfera de color rojo- se echó un par de hielos y quitó el enmohecido corcho de la botella, aspirando el aroma encerrado en ella durante largo tiempo.
-¿Me estás diciendo que ese vaso fue una materia invocar?
-Ni más ni menos. En cambio, este licor… En uno de mis viajes me vi envuelto en la peor tormenta que he presenciado en toda mi vida. Al salir de Kalm ya me advirtieron de que el tiempo estaba cambiando, pero ignoré sus consejos. A media mañana comenzaron a formarse nubes en el horizonte, unas nubes bajas y vaporosas. Cuando me quise dar cuenta tenía sobre mí un cielo totalmente gris y turbulento y se levantó un viento que formaba remolinos aquí y allá. Te lo juro Arguish, era la naturaleza en estado puro. El viento parecía un grupo de camorristas zarandeándome de un lado a otro, el cielo parecía romperse a cada nuevo trueno… Yo ya pensaba que no llegaba a Midgar, que en cualquier momento me caía un rayo en la puta cabeza. Y es que encima, no sé cómo todavía, me perdí.
-¿Te perdiste de camino a Midgar?
-Ya se que suena absurdo, pero pronto empezó a anochecer y yo estaba bajo un jodido árbol esperando a que escampase. El suelo embarrado, charcos gigantescos, unas gotas tan grandes como canicas… Yo ya pensaba que me iba a dar una hipotermia o algo, tenía la ropa tan calada que el agua simplemente resbalaba por ella. El caso es que cuando ya era prácticamente de noche, vi una pequeña luz a lo lejos. Resultó ser una mujer con un pequeño candil, enfundada en un yukata de color caqui y un paraguas de color rojo.
-Eso te lo estás inventando…
-¿Me dejas seguir o no? Te juro por todo el alcohol de este bar que pasó de verdad.
-Continúa, continúa… Pero dame otro chupa-chups de esos que tienes ahí, que se me ha acabado este.
-Anda que eres raro… ¿Y ese vicio por los caramelos?- preguntó Jack sacando de un tarro de cristal un dulce de fresa.
-Saben mejor que el tabaco...
-Bueno…- continuó Jack, que había alargado el silencio para esperar una respuesta más extensa- Pues ella se acercó hasta mí y me cogió de la mano. Era una joven preciosa, de veinte años tal vez. Tenía el pelo, de un castaño color miel, recogido con una coleta, pero un par de mechones le caían empapados sobre la frente. Su piel era pálida y junto a la lluvia y la luz del candil, parecía frágil y suave.
-Se te da bien relatar eh…
-¿Quieres dejar de interrumpirme? El caso es que se me quedó mirando un buen rato y después tiró de mi brazo con fuerza. Sin que me diese cuenta estábamos corriendo por el bosque, sin poder ver apenas lo que había delante por culpa de la lluvia. Aquella chica tenía una agilidad impresionante, parecía saberse la posición de cada árbol, de cada piedra que podría hacerte tropezar, de cada desnivel… Imagínate yo, con una mochilla hasta arriba de frascos y botellas de alcohol, pocas veces lo he pasado tan mal. Aún así conseguía seguirla el ritmo, conseguía ser igual de rápido que ella con tal de que no soltara mi mano, como si el hecho de separarnos durante el trayecto supusiese que no volvería a verla jamás. Entonces apareció de repente una sencilla cabaña de madera de la nada, entre una salvaje vegetación tan verde que contrastaba con la oscuridad de la tormenta. Un escalón, una veranda, un tejado hecho con unas cuantas ramas… Entramos atropelladamente y yo caí rendido sobre la mohosa madera con los pulmones casi fuera. Yo la dije “muchas gracias por ayudarme”, pero ella ya estaba ajetreada como si aquella choza fuese su casa. Sacó una materia piro de entre los ropajes… Sí, no me mires así, no sé de dónde la sacaría pero tenía una materia piro. Entonces salió de nuevo cubriéndose la cabeza con las manos y volvió con unas cuantas ramas; las tiró en el centro del oscuro cuarto y te juro que las prendió aporreando el suelo con la materia. Al cuarto golpe salieron unas cuantas chispas y al quinto un chorro de fuego formó la hoguera. Yo quería ayudar de alguna manera pero ella no dejaba de moverse de manera sistemática y con una precisión que sólo podía haber heredado de la experiencia. Después fue hasta una esquina, levantó una tabla y sacó dos pasteles de arroz y un pequeño recipiente de madera con tapón, tallada de manera inexperta.
-¿Y eso era el licor que tenemos aquí delante?
-Así es, pero déjame acabar. Yo le agradecí mil veces su amabilidad, pero ella simplemente se quedaba quieta, mirándome fijamente con una sonrisa tan pura e inocente… Allí estuvimos, junto al fuego, mientras fuera, el bosque se convertía en una mancha totalmente negra y uniforme. Pues fue ofrecerme ella echar un trago y caí totalmente inconsciente. En el mismo momento en el que volqué su contenido por mi garganta, perdí el conocimiento. Además, fue una noche muy confusa, no sé si era que tenía fiebre por culpa de la lluvia o es que el alcohol realmente me había sentado tan mal, pero entre el sueño y la vigilia no hacía más que oír voces, gritos, susurros, llantos, risas… Desperté al día siguiente con cierta pereza. Esperaba algo de resaca o tal vez dolor de cabeza, pero era al contrario, me sentía totalmente reconfortado… ¿Quieres saber el verdadero secreto de este licor?
-¡Joder Jack, te he aguantado hablando durante media hora, cuéntamelo ya!
El barman se sacó un mechero del bolsillo de la camisa y lo suspendió en el aire con una sonrisa del que sabe que está generando expectación.
-Cuando desperté, salí de aquella caseta que había resistido la fuerza de semejante tormenta con vehemencia y busqué a aquella chica. La encontré unos metros más lejos agachada en la hierba, recogiendo flores de distintos colores y tamaños. Yo me acerqué con disimulo y ella me respondió con una de sus sonrisas inocentes- dicho esto, Jack giró la rueda del mechero y acercó la llama a la bebida. El alcohol prendió al instante, pero con un color verdoso intenso, casi fosforescente- En aquel bosque, tras la caseta, aquella chica recogía flores que luego hacía fermentar. Pero esas flores no crecían en cualquier sitio, sino que, formando un corro, se elevaban enérgicamente en torno a una minúscula brecha en la tierra. Una brecha que brillaba con un intenso y fluctuante color verde…
Arguish se echó para atrás y la máscara se estiró, formando una gran O en la abertura de la boca y dejando caer sin querer su querido chupa-chups.
-No puede ser…
-Exacto, corriente vital atrapada en este licor. Ahora dejemos de hablar tanto y brindemos con ello joder…- Arguish se bebió lo que quedaba en su copa y Jack le echó un escaso chorro de su tesoro, flambeándolo como había hecho con el suyo. Ambos brindaron y el líquido bajó por sus gaznates de un tirón- Y bien… ¿Qué te ha parecido?
-Pues la historia es verdaderamente bonita… ¡Pero esto está podidamente asqueroso! Ahí te quedas, otro día me cuentas qué pasó con aquella chica de los bosques.
-¡Que te jodan Arguish! No te vuelvo a dejar probar nada jamás- pero su último cliente de la noche ya había bajado del taburete y se despedía de él agitando la mano- ¡Y tú algún día me dirás por qué coño llevas esa ropa y esa máscara!
Ya por la noche las calles cambiaban totalmente. Mercado Muro seguía con su ritmo frenético, con sus luces caóticas por allí y sus prostitutas por allá, pero bastaba con alejarse unas cuantas calles para envolverse en una urbe solitaria y silenciosa.
En su paseo hacia ningún lado, Arguish apenas se encontró con gente, tan sólo un grupo de amigos que marchaba hacia la estación de trenes con ritmo hebrio y una pareja que, poseídos por las hormonas, les pareció conveniente ponerse a follar en una esquina hasta que se dieron cuenta de que un tío enorme con cara de calavera les observaba sin apartar la mirada. Ella pegó un grito tremendo y cayó al suelo al intentar echar a correr y tropezarse con las bragas; él la ayudó a levantarse y ambos se largaron a paso ligero por un callejón.
-¡Por mí no os cortéis eh…!
Arguish siguió a lo suyo caminando con las manos en los bolsillos. Se pasaba la lengua por los labios continuamente y tragaba saliva con cierto placer. La verdad es que aquél chupito le había encantado, no había probado algo similar nunca. Sentía la potencia del alcohol aún rascando su garganta, pero aquél cosquilleo reposó un momento en estómago y fue extendiéndose por todo su cuerpo después. Sin duda haría lo que fuese con tal de que Jack le volviese a dejar beber de aquél brebaje espirituoso.
Caminaba imaginándose a si mismo en aquél bosque bajo la tormenta, respirando aquél aroma tan delicioso de la hierba mojada y la corteza húmeda, que apenas se dio cuenta de que frente a él habían aparecido cuatro personas.
-Perdonen caballeros, pero me bloquean el… ¡Anda, si vosotros sois los dos que estaban en el bar antes!
En efecto, los dos jóvenes con ropas ajustadas, orejas llenas de pendientes y cabeza rapada que se fueron intimidados del Blackson’s estaban allí con los brazos cruzados. Sólo que ahora estaban respaldados por otros dos grandullones, cual camorristas ansiando su zurra diaria. Todos llevaban una ropa y un estilo parecido, uno con un brazo totalmente tatuado, otro con varios tubos metálicos que le atravesaban la nariz…
-Tú no eres turco… -se aventuró a decir el que fuera el compañero del golpeado en el bar. Ahora se sentía protegido entre los suyos, pero su voz no dejaba de ser débil. Desde luego aquél no era el líder del grupo.
-Sí lo soy- contestó simplemente Argish.
-Enséñanos la placa- el más grande de todos, el del brazo tatuado, habló con una voz torpe y lenta, pero que destacaba sobre todas las demás.
-Caballeros…- Argish estaba totalmente sereno, viendo a través de su máscara todas y cada una de las expresiones y gestos que ponían, leyendo perfectamente sus posibles reacciones- Obviemos el hecho de que a simple vista parezco un hombre peligroso, con traje de marca y una calavera que cubre mi bello rostro. Obviemos también que pueda llevar un arma bajo la chaqueta y que en cualquier momento os pueda coser a tiros. Voy a ser sincero caballeros, no soy turco…- entonces levantó el brazo y señaló con el dedo índice una señal de stop situada en la esquina de la acera de enfrente- Pero mi amigo sí y él si que es peligroso.
-Ahí no hay nada gilipollas- este vez fue la víctima de su colleja la que habló, sacando pecho con claro gesto de resquemor.
-Claro que sí. ¿No le veis? Ahí, atado a la señal con una cadena. Lo que pasa es que es bastante más informal que yo. Lleva la misma corbata que yo, pero ni siquiera la lleva anudada… Y su camisa, bueno, la lleva totalmente arrugada… También lleva una máscara, pero tiene mucho peor gusto que yo, es una de esas máscaras que se usan en las orgías de masoquismo y esas cosas… Yo ya le he dicho que no me gusta nada, pero él insiste en llevarla…
-¿No está vacilando?-preguntó de nuevo el grandullón tatuado a sus amigos.
-Yo no miento señores. Lo que pasa es que es mi amigo imaginario, pero bueno…- los muchachos estaban a punto de abalanzarse a por él y lo sabía, así que tranquilamente, y prologando el silencio que había creado, se llevó la mano a un bolsillo interior de la chaqueta. Sacó una pulcra pitillera metálica y sacó de ella un nuevo chupa-chups. Después hundió las manos en los bolsillos del pantalón con toda la calma que le era posible y los volvió a sacar con dos puños americanos en cada una, de color dorando aunque totalmente desgastado- Que no exista para vosotros no quiere decir que no exista… ¿No? Venga, acabemos con esto cuanto antes que me está pidiendo que le desate.
No hubo falta más palabras, el más canijo de los cuatro, harto de tanta palabrería absurda, corrió hacia él. Argish echó a un lado el chupa-chups en el interior de su boca y adoptó una posición de boxeo con sus armas en los nudillos. El chaval no conocía más allá de las simples peleas callejeras, donde lo importante era pegar más que el otro sin importar lo que recibieras, así que a Arguish no le costó ni un suspiro. Esquivó el primer puñetazo moviéndose rápidamente hacia la izquierda, desvió el brazo del contrario para desequilibrarle y hundió el metal de su mano derecha en estómago del rival. El chico despegó los pies del suelo por un momento y se elevó medio metro en el aire con el puño de Arguish aún apretándole. Al caer vomitó en el acto y después perdió el conocimiento.
-Caballeros, atended aquí por favor- les dijo llamando su atención. Arguish mostró el interior de su chaqueta; en uno de los bolsillos estaba la pitillera con los caramelos, pero en la otra todavía surgía un tímido brillo amarillo- Esto de aquí es materia, en concreto, materia golpe mortal. Con vuestro amigo me he contenido, pero si buscáis más leña… La tendréis.
Aquellos chicos no atendían a razones. Al hecho de haber pegado a uno de sus amigos, ahora se le unía el que el más grande de todos había dado un paso hacia delante, así que el resto se vio con suficientes ganas y energías como para dar una paliza a Arguish. El primero de ellos, el de la nariz perforada, intentó tirarle al suelo agarrándole por la cintura, pero el puño del enmascarado bajó hasta su coronilla y le dejó fuera de batalla nada más empezar. El cuerpo sin conocimiento le sirvió para empujarlo contra el resto de luchadores, que se vieron indefensos al intentar agarrar a su amigo. Ese fue tiempo suficiente para que Argish saltase sobre el que había vomitado y acabase propinando una patada en los riñones al que iba con una camiseta de tirantes negra. La materia brilló bajo la chaqueta y el chico salió despedido hasta chocar contra una farola cuatro metros más lejos. Las cosas estaban mal para ellos, así que el gorila del grupo decidió pasar a mayores sacando una navaja mariposa.
-Muchacho… Eso no te va a servir de nada.
Y en efecto así ocurrió. Aquél contrincante era igual de alto que él e incluso más ancho, pero carecía de la agilidad necesaria. Primero intentó sacarle las tripas con un tajo horizontal, pero Arguish se echó hacia atrás. Después dibujó una diagonal hacia arriba con la cuchilla, pero de nuevo consiguió esquivarla y el metal del puño americano rompió cúbito y radio desgarrando músculo de por medio. El enmascarado ignoró sus gritos de dolor y le asestó otro puñetazo en la cara, arrancando la mandíbula y deformando parte del cráneo.
Ahora ya solo quedaba el más miedoso de los cuatro, el que no sabía si quedarse ahí e intentar ayudar a sus amigos o salir corriendo y abandonarles a su suerte. Arguish se agachó y tomó prestada la navaja, que se había caído al romperle el brazo al grande. Temblando de arriba abajo, se encontró con un Arguish distinto al del bar, con una sombra más alargada, más siniestro, respirando agitadamente y con una sonrisa que incluso se veía a través del látex. Sintió cómo su cuello se oprimía y sus pies se levantaban del suelo, sentía que le faltaba el aire y que por primera y última vez era más alto que aquél asesino.
-A mi amigo imaginario le van mucho estas cosas, pero yo no soy muy partidario… ¿Sabes lo que me está gritando desde el otro lado de la calle? Que te raje de arriba abajo, que te deje morir sujetándote las tripas o demás aberraciones que son realmente asquerosas. Yo odio esas cosas, de verdad, pero es que si no le hago caso de vez en cuando… Pues se vuelve un pesado. Así que ya lo siento.
Clavó la navaja justo bajo el esternón y bajó como si fuese una cremallera. Entonces dejó de asfixiarle y lo lanzó al suelo, viendo cómo los intestinos se manchaban con la suciedad de la acera, cómo intentaba metérselos de nuevo y tapar con unos dedos cada vez más débiles el enorme tajazo. Pasados unos minutos la calle volvía a estar en silencio, pero con más de diez litros de sangre desparramados en el cemento.
Arguish sacó un minúsculo PHS del pantalón y marcó un número de trece cifras. Esperó paseando por la calle, teniendo cuidado de que la sangre no manchase sus caros zapatos, hasta que una voz modulada le contestó al otro lado de la línea.
-¿Qué ocurre?
-Necesito limpiar una calle cerca de Mercado Muro. Dos muertos, tal vez tres no sé… Tiene una brecha muy fea en la coronilla.
-Eso te costará…
-ya lo sé joder, pero qué remedio…
-Está bien, ten una buena noche, del resto nos ocupamos nosotros.
Arguish resopló y colgó, echó un último vistazo a la escena y cruzó la carretera para acercarse hasta la señal de stop. Hizo como que desataba una cadena invisible de la barra metálica y comenzó a andar de nuevo.
-Ya has tenido tu puto espectáculo, así que calladito. ¡Qué puto asco me das…!
Noche cerrada cerca de Mercado Muro, más bien ya altas horas de la madrugada. Un hombre vestido con americana negra y camisa blanca, acompañada de una corbata que recuerda a un caramelo de fresa y nata, una máscara de látex con forma de calavera y un palillo de plástico entre sus dientes camina hacia su casa. Parece cansado, tal vez ha tenido una noche ajetreada. Sólo tiene ganas de llegar a la cama y caer rendido en el colchón. Antes de llegar a su casa ya está sacando las llaves y juega dando vueltas a una arandela que tiene por llavero. Cuando llega a su portal, ve a un hombre de piel tostada hecho un ovillo, durmiendo. Se agacha y le zarandea hasta que despierta. Tras unos segundos de incertidumbre, el joven se levanta y le ofrece la mano.
-¿Fuiste tú quien me dio esta dirección?
-Y tú eres…- el hombre enmascarado parece desconcertado.
-Maximiliam… Max White. Es que verás, aquella noche estaba borracho y no me acuerdo de nada, pero… Creo que fuiste tú quien me dijo que sabía cosas de Callisto.
-¡Ahh! Sí, ya sé quien eres. Pasa, pasa, como si estuvieses en tu casa.
sábado, 17 de abril de 2010
210
- Mirad, parece que va a haber bronca… - dijo uno de los tipos trajeados, mientras posaba la botella y observaba el fondo del local. Los otros dos parroquianos a su lado se volvieron un poco y centraron su mirada en el espacio reducido entre dos de las mesas de billar.
Estaba con sus compañeros de facultad, como cada jueves… sólo que no era jueves en absoluto. Desde su despido, con demasiado tiempo libre en su haber, y con ganas de evitar en lo posible a su esposa, el científico (ex científico, como se recordaba a menudo) quedaba más con los amigos. Elliot no tenía intención de contarle a Marie nada sobre su ignominiosa marcha de la compañía. Se le había pasado por la cabeza disimular y seguir con la misma rutina de siempre, para ahorrarse preguntas incómodas, pero al final lo había descartado. No podía dejar pasar la ocasión de dormir más, sobre todo teniendo en cuenta que le costaba cada vez más conciliar el sueño. Así que había dejado de madrugar.
Al preguntarle Marie sobre ese cambio de horario, Elliot se dio la vuelta, para que no le viera la cara.
- Ah… es que con todo el lío del cañón, y el estado de excepción… pues se ve que nos han reducido la jornada, y entramos más tarde.
Sorprendida, pero confiada, Marie se había alegrado por él. Como todas las mañanas, ella tendría que acudir a su cita con la redacción, pero aquel día no le importó llegar algo más tarde. Marie le abrazó, dejando caer el ondulado río negro de su cabello sobre su hombro y enlazando las manos por delante de él. Elliot las cogió entre las suyas y las besó, secretamente consolado en aquel abrazo.
- Bueno, estos días parecía que estabas como más inquieto. Puede que tener menos horas de trabajo te siente bien. Ojalá yo también pudiera ir más tarde - susurraba mientras le rodeaba con los brazos, besándole -. Y más lástima aún que no me den vacaciones. Tengo días libres, pero estamos hasta arriba. A este paso, no sé cuándo podremos hacer ese viaje, con la ilusión que te hacía - había contado haciendo un mohín. Le besó de nuevo y, con reticencia, se apartó de él para ir a trabajar, no sin despedirse.
Cierto, habían planeado hacía ya tiempo un viaje, como una segunda luna de miel. El destino era un hotelito en Costa del Sol, o quizá una escapada al Gold Saucer. Algo típico, pero siempre agradecido. Elliot sólo había ido al Gold Saucer un par de veces, de pequeño y tenía ganas de volver. Le encantaba pasearse por Wonder Square, y también era aficionado a los sustos del hotel que había en el interior del parque. A despecho de sus aventuras, Elliot deseaba con toda el alma hacer ese viaje con ella. Casi se sintió agradecido con su ahora silencioso chantajista; desde que había llegado su primer mensaje, había dejado de tener esas “excursiones”, y estaba más en casa, cosa que la encantaba. En eso pensaba, mientras sus pupilas reflejaban continuamente la desaparición de las burbujas en la cerveza, cuando la voz de Sigurd le sacó de su ensimismamiento.
- ¿Tío, estás bien?
- Has estado completamente ido desde que nos sirvieron. Diría que tu nivel de patetismo ha subido un 50% y sería quedarme corto - soltó Edmond con una risita.
Elliot se apartó un mechón castaño de la cara y se puso de espaldas a la barra. Dos de sus amigos le observaban preocupados, y otro, preocupado y conteniendo mal la risa por su comentario. Era una panda en la que había de todo dentro de un abanico de edades limitado. Sigurd Lander era su viejo compañero de cuarto; de su misma edad, había empezado los mismos estudios que Elliot, pero aunque tenía buena cabeza para los números, lo del mako no se le daba bien, y en lugar de en un laboratorio, había terminado como uno de los administrativos de la compañía. No estaba casado, aunque tenía pareja estable. Posiblemente, de los tres, fuera el más cercano a Elliot, y el que mejor comprendía lo que le pasaba por la cabeza.
Luego estaba el más joven de los tres: Edmond Clerk, un sujeto relativamente alto y esbelto, con una increíble habilidad tanto manual como verbal. Muchas veces se habían librado de broncas, tanto en el instituto como más adelante, gracias a su verborrea (aunque ésta también les metía en líos a menudo). Cuando su palabrería no bastaba, era más que capaz de vérselas con cualquiera, pero le gustaba más ganar batallas con el ingenio. Jugador, bebedor y aventurero, decía que trabajaba en una cadena de montaje, pero no como obrero, sino como supervisor, algo que no creía casi nadie cuando lo contaba.
Finalmente, siempre envuelto en humo, Ranier C. Hind, el mayor, un tipo algo bajo, ancho de hombros, atildado y serio. Hablaba poco, salvo con sus amigos. Tenía por costumbre expresarse de forma completamente pasada de moda o definitivamente arcaica, una de sus no pocas rarezas. Había estudiado historia y lengua, algo que no dejaba de ejercitar, y muchas veces Edmond hacía traducciones no siempre correctas (¡y lo que se reía cuando le creían!) cuando alguien decía no entenderlo. No hacía mucho que había abierto su propia librería, tras años de currar en una de ellas. Pese a su rara parlamenta y gusto por el tabaco caro, era buen tipo, y había tenido concurso en muchas de las correrías de los otros tres. Cuando necesitaban algo y Edmond no podía conseguirlo, normalmente era Ranier, el de posición más acomodada, quien se encargaba de todo.
Estaban los tres trajeados, como era propio al salir de sus respectivos horarios, y destacaban bastante. Sigurd estaba tal cual iba en la oficina, mientras que Edmond tenía la chaqueta abierta, los dos primeros botones de la camisa desabrochados y la corbata le hacía un bulto en el bolsillo derecho de la primera. Ranier iba formal, pero sin corbata. Hacía rato se había quitado la gorra color marrón claro. Otra de sus peculiaridades era precisamente no llevar la cabeza descubierta salvo estando bajo techo. Elliot iba vestido de manera más informal; detestaba el traje, y si lo llevaba era a requerimiento de la empresa, de modo que ahora iba más a su gusto. Los cuatro compartían su bebida y vivencias cuando empezó a haber jaleo.
- Ah, conozco a ese tío moreno. Viene de cuando en cuando y a veces la lía justo en el mismo sitio.
- ¿Hace nada que la han vuelto a abrir y ya tenemos buscalíos? – inquirió Sigurd.
- Tal parece- repuso Ranier secamente.
- ¿Cómo es que no le han echado ya? Conociendo a los gemelos, a poco que alborote le prohíben la entrada a él y sus monos…
- …Con las clavas de emergencia… - puntuó Edmond.
- Poderoso caballero es don Dinero, que todas puertas abre y todas bocas cierra- sentenció Ranier en una de sus citas.
- Quizá les guste pagar tacos rotos, sí. Bueno, a ver si esta vez no… ¡Ouch! ¡Joder, eso tiene que hacer daño! - comentó Edmond, no sin alborozo. Han acababa de aplicarle al tipo moreno un bolazo en plena nuca.
- ¿Hacer daño? ¡Le ha collejeado con una bola de billar! ¡Eso no hace daño, directamente te revienta la cabeza! - exclamó Sigurd, llevándose inconscientemente la mano a la nuca.
- Pues aún se alza buscando más, y el fulano que le zurra gusta de dárselo.
-Elliot, te lo estás perdiendo…
Pero Elliot no estaba para nadie que no fuera la jarra de cerveza que había delante. Tenía la mirada perdida, como si buscara algo en una de las miles de burbujas doradas y, al desvanecerse esa, buscaba otra donde prender la vista. Mientras, Rolf zancadilleaba vilmente a uno de los pandilleros, para risa discreta de los tres compadres, que no perdían detalle. Al cabo, terminó la trifulca, saldada, a decir de Ranier, con buena mano de bastos servida para los pandilleros.
Una mano se posó en su hombro y le zarandeó suavemente.
- Oye, para ser la primera vez en tiempo que quedas con nosotros entre semana… - empezó Sig.
- Sin ser jueves… - apostilló Edmond, atento a todo, bebiendo a morro de la botella.
- … Sin ser jueves, sí, gracias, Ed. Pues eso, que te veo poco animado. ¿Ha pasado algo con Marie?
-No, aún no. Pero no sé lo que dirá cuando sepa que me han despedido. No, no se lo he dicho, y como a alguno se le ocurra comentarle algo se acuerda de mí - advirtió, cortando los posibles reproches -. Es complicado, ¿sabes? Buscar otro trabajo es lo de menos. Por poder, puedo meterme en cualquier sitio… pero es que todo, todo lo hecho hasta ahora, no ha servido de nada. Me revienta. Y me jode mucho más tener que decírselo a Marie. Pasé mucho tiempo sin prestarle atención por culpa de mi proyecto, metiendo horas y faltando de casa. Luego, años sin poder presentarlo, años de quejas que ha aguantado con paciencia de santa; y ahora me encuentro con que no tengo manera de hacerlo realidad y que se ha ido todo a la mierda. Trabajo, esfuerzo y tiempo, perdidos sin remedio para nada.
Edmond y Ranier se volvieron hacia ellos. Los tres colegas quedaron en silencio, mientras la trifulca a sus espaldas terminaba con tres tipejos inconscientes o dolientes, y un cuarto que ponía tierra de por medio. Por su lado pasó el bando ganador, en dirección a la puerta, mientras Aiden se llevaba la mano al bolsillo. A no tardar, entre él y Garth sacaron a los tipejos noqueados al callejón, quedándose con las caras por si volvían.
Pasó una hora en la que los compañeros siguieron en la taberna, comentando la pelea y otras minucias. Varios intentos de animar a Elliot se sucedieron, pero realmente había poco que decir. Tras una partida en una de las mesas de billar, ahora vacías, en la que Edmond apostó con Sigurd una ronda del copazo más caro del local, y el trasiego de dicha ronda (que pagó Sigurd, como era de prever), salieron del bar. Ya era hora de cada mochuelo a su olivo, que al día siguiente todos menos Elliot madrugaban. Todos vivían en la placa, pero de vez en cuando cambiaban de aires y bajaban a un par de sitios bien escogidos de los suburbios, como era el caso. Iban andando en dirección a la estación del sector 3, conversando. Ranier llevaba de nuevo puesta la gorra de piel y acababa de encenderse otro de sus caros cigarros.
***
Susurro se levantó una vez más. Llevaba aún el brazo en cabestrillo, y el torso vendado. A pesar de los avances médicos del departamento, los daños recibidos habían sido considerables y tardaría en volver al servicio activo, a decir de los especialistas y del director. Varias costillas rotas, que tardarían poco en soldarse, pero con las que había que andarse con cuidado para no ir a peor. Y luego, el brazo roto. Según el médico, estaba roto y astillado en varios puntos; fue gracias a la materia Cura que el dolor no le dejó inconsciente antes de ser encontrado. El atropello por parte del monstruo le había pillado por sorpresa, y combinado el peso de la bestia con la mala caída, el resultado había sido bastante malo. Aunque estaba vivo. De su unidad, sólo quedaba vivo otro agente, Kal, mientras que tanto el resto como la unidad de Mallet al completo, estaban muertos.
No, no todos. Recordó cómo alguien mencionó de pasada a uno al que habían encontrado casi exangüe. No había podido verlo, de modo que ignoraba de quién se trataba. Pudo escuchar que había sufrido heridas de importancia y tuvieron que hacerle una transfusión que casi resultó inútil, pues estaba más muerto que vivo. Milagrosamente, o quizá científicamente, tratándose del experimento andante que eran considerados los SOLDADO por algunas personas, había salido adelante. No había oído de ninguno más de sus subordinados o los de Mallet. Supuso que sus cadáveres ya habían sido recogidos de los túneles, y más tarde se lo confirmaron. Antes de caer inconsciente a causa del dolor, Susurro les había informado sobre la presencia del monstruo, de modo que fueron precavidos. Por lo visto, los encargados de recoger a los caídos habían ido con una fuerte escolta que trató de no internarse demasiado en los túneles. No encontraron más rastro del monstruo que grandes marcas de arañazos en las paredes metálicas y sangre, que bien podía ser de los SOLDADO y no de la criatura. Al final del recuento de bajas, faltó uno, al que encontraron días más tarde bajo la placa, convertido en una grotesca y sangrienta pegatina. El monstruo negro le había mandado volando fuera de una pasarela, y el suelo de los suburbios del sector 2 se había convertido en testigo de su caída y receptor de su maltrecho cuerpo. Cuando lo hallaron, faltaba la espada y la materia. Los carroñeros del suburbio, humanos y bichos, hacían su trabajo rápida y eficazmente.
El agente volvió a acercarse a la ventana, desde la que se apreciaba una buena panorámica de la urbe. Las luces de Midgar, que desafiaban a las estrellas a brillar sin parpadeo, iluminaban continuamente la ciudad. En alguna parte de ella se encontraba la Tower of Arrogance, con las luces acordes al evento que se celebraba en su interior. Un evento para el que Susurro tenía entradas… aunque carecía de ánimo para ir a disfrutar de la música y el ambiente. El plan habría sido ir con Mallet y otros compañeros de permiso… No tenía demasiados amigos (de hecho, prácticamente no tenía), así que se las había dado al primero de su promoción que encontró. El compañero le había mirado con extrañeza al principio, hasta que lo atractivo de la oferta venció su estupor y las entradas cambiaron de manos. El agente prometió brindar a su salud y se lo agradeció sin cuestionar el motivo del regalo.
Eso había sido hacia las siete, y eran las ocho y veinte. Se encontraba en las dependencias de SOLDADO, prácticamente solo. Había ido, como todos los días, pero no podía hacer realmente nada en ellas y era igual que si no se hubiera levantado esa mañana. El director le había obligado a darse de baja hasta estar completamente restablecido. Ni entrenar, ni combatir, ni tan siquiera patrullar por el más tranquilo y pacífico de los barrios pijos, y por supuesto nada de salir de la placa. Era un SOLDADO inhabilitado para luchar por sus superiores, a pesar de tener aún un brazo sano y en perfecto estado. Lo único que Susurro hacía era pensar. En sus vueltas y revueltas al tema del director, le vino a la mente Lazard Deusericus, que no hacía tanto tiempo había dirigido el departamento de SOLDADO, llegando incluso a estar bastante más cerca de la línea de frente de lo que le era recomendable. Era, además de un administrativo, un buen estratega e intendente. Se le echaba de menos, tanto a él como a su manera de hacer las cosas. Desgraciadamente, había desaparecido, como varios 1ª clase, por el mismo tiempo en que a Sefirot se le dio por muerto. Seguramente, Lazard se habría encargado de darle ocupación, por mísera que fuera.
El actual director de SOLDADO (un administrativo puesto por Heidegger, poco más que un contable que no tenía nada que ver con el anterior) le había amenazado con suspensión de empleo y sueldo, y hasta confiscación de su equipo y materia si se negaba a permanecer de baja, o si le pillaba yendo por su cuenta. Los agentes consideraban que aquel administrativo únicamente valía para asignar su número de identificación a las misiones que le llegaban y reducir el salario, pero era el que mandaba. Le podían las cifras, y más desde que muchos de los agentes se vieran afectados por una rara chifladura y se volvieran contra sus antiguos camaradas. “No tenemos tantos 2ª clase como para desperdiciarlos por ignorar los consejos de un médico”, le había dicho al salir del hospital, acompañando su advertencia de un gesto prepotente y la amenaza de suspensión.
- Qué sabrás tú de los SOLDADO, sean de segunda o decimoquinta clase… Sólo eres un cabronazo chupatintas en un cargo que le permite jugar con nosotros como si fuéramos soldaditos de plomo - murmuró irritado por enésima vez, pensando que le hubiera gustado decírselo de frente y ver qué cara se le ponía. Desgraciadamente, había dejado pasar la ocasión. Ahora no quedaba otra que aguantarse y esperar.
***
-Bueno, ¿ahora qué? ¿Tienes algún plan? -dijo Sigurd.
-¡Ya lo creo, Sig! El otro día conocí a una rubia que…
-Me refería a Elliot, Ed.
-Oh… - dijo visiblemente decepcionado.
-Antes o después tendrás que decírselo. No puedes ocultárselo toda la vida. Marie notará que no entra el mismo dinero en casa, se preguntará qué ocurre, y no puedes refugiarte siempre en los bares.
-¿Crees que no sé todo eso? ¡Lo he pensado y dado vueltas hasta que me ha dolido la cabeza!
-Dar la veraz noticia puede resultar complicado, pero es lo mejor. El mal trago, que pase rápido. Intentar fingir o engañar mucho tiempo puede dañar más que un segundo de verdad desnuda.
-Ya lo sé, ya lo sé, pero… necesito tiempo. Se lo diré, pero antes tengo que pensar la mejor manera de hacerlo y escoger el mejor momento. No quiero empezar a contárselo y terminar sollozando de pura frustración, y que me vea convertido en una patética imitación de mí mismo.
-A veces me pareces más estirado que Ranie, aquí presente, Elliot - empezó Edmond, apoyando a los demás -. Nunca hubiera pensado que le dieras tanta importancia a las apariencias, y menos en lo que respecta a tu esposa. Ni siquiera le has escondido tu inferioridad a la media. ¡Que esa mujer te ha visto desnudo, hombre! ¿Qué más da que te desnudes ahora por dentro delante de ella? Lo mismo hasta te ayuda, o hace que se sienta mejor con su elección de marido. Además, si nos cuentas esto a nosotros, que sólo te aguantamos porque nos invitas cuando estás de buen humor, bien puedes contárselo a alguien que te quiere de verdad.
A pesar del eterno tono de chanza, Elliot sabía que Ed tenía razón, al igual que sus otros dos compañeros, que le observaban con afecto. Sigurd le palmeó el hombro, satisfecho de que su amigo empezara a dejarse llevar por los ánimos que le daban.
-¡Y cuando lo hayas arreglado y estés contento otra vez, nos volverás a invitar! -saltó Ed, sonriente.
El científico se le quedó mirando. Tardó apenas un segundo en intentar rodearle el cuello con el brazo, llamándole interesado, gorrón, buitre y lindezas más malsonantes, apropiadas todas. No fue complicado, porque Edmond se había echado a reír al ver la cara que se le había quedado y casi no tenía fuerzas para resistirse al agarre.
-Edmond tiene razón; es justo un pago por un servicio, Elliot. Si de verdad te dices amigo nuestro, nos devolverás la ayuda que te estamos prestando con obras y rondas. Y a no tardar esperamos otro incidente, para de nuevo socorrerte y ver crecer la deuda.
-¿Tú también? - exclamó el aludido, completamente desprevenido ante la situación.
-¡Ja, ja! ¡Agárrate, mundo, Ranie ha hecho su primera broma! No está mal para ser la primera, chaval.
-Lo dije hace años: que cuando Ranier hiciera una broma y tú fueras serio, se acabaría el mundo. Ahí tienes, Meteorito sobre nuestras cabezas y la broma. Creo que mejor te ponemos un bozal, no sea que se nos caiga encima antes de que encuentren la manera de destruirlo.
A pesar de lo serio del tema, el alcohol se encargaba de convertirlo en algo trivial. Siguieron durante un rato las chanzas y anécdotas de última hora, hasta que cuando el tren llegó a la placa, los compañeros de universidad se separaron para volver a casa. Ranier decidió que Edmond no estaba en condiciones de conducir, así que le acercó con su coche tras despedirse de los demás. Sigurd acompañó a Elliot hasta que enfiló su calle con un andar algo inestable. El científico iba relativamente contento. Parte de ello tenía que ver con el alcohol, pero la otra estaba alegre al contar con un poco más de resolución. Había decidido hacerles caso. Mañana por la mañana se lo contaría. Marie merecía saber la verdad dicha por él y sólo él, y ya vería lo que le deparaba el futuro, si es que había futuro con un amenazante asteroide sobre sus cabezas.
***
Al día siguiente, Susurro se vistió de uniforme, ese uniforme con el que decían que parecía haber nacido. Se puso el arnés, no sin complicaciones, y colgó en él la espada. También cogió su materia, y volvió de nuevo a la sede central como si fuera un día normal. Afortunadamente, el imbécil del director no había dicho nada en contra. Bastante le había costado convencer al tozudo agente de permanecer alejado de las misiones, hasta el punto de amenazar con la suspensión. Susurro estaba alegre, todo lo que se podía en su caso, de poder escapar de casa. Se sentía como un mueble más de su apartamento, y prefería cualquier cosa antes que quedarse apalancado ante la televisión hasta convertirse en una prolongación de los presentadores farsantes y los colaboradores chillones y cutres de la basura rosa. Antes le quitaría el trabajo de oficina a uno de los recepcionistas.
El día comenzó como los otros tres desde su salida del hospital. Identificación a la entrada, saludos insustanciales a un par de conocidos, aburrimiento en el ascensor hasta la planta 53, y tramo de escaleras hasta las dependencias para evitar el embotamiento y pereza típicos de las mañanas. Luego, horas de aburrimiento en las que trataba de encontrar algo que hacer en los terminales de la sala de reuniones, o comprobando sus puntuaciones en la sala de entrenamiento. Lo poco que le animaba el día era las charlas del resto de agentes.
Sin embargo, ocurrió algo que no esperaba. Estaba sentado en la sala de reuniones, moviendo inconscientemente la mano del brazo roto mientras con la otra tecleaba buscando noticias y comentarios sobre la juerga de la Tower of Arrogance del día anterior, cuando un SOLDADO de 3ª clase entró y le saludó, al tiempo que consultaba una libreta.
-¿SOLDADO de 2ª clase, Dwight Dastre… Diaestraf…? Oh, al diablo. ¿Susurro?
-Sí, ¿qué quieres? - contestó en voz baja, como siempre.
-Te llama el Contable… digo, el director, a su despacho - corrigió con voz trémula el 3ª clase. Susurro tenía una expresión completamente neutra, pero el chaval parecía intimidado.
-Qué sorpresa. Si mal no recuerdo, estoy de baja gracias a él. ¿Te ha dicho para qué quiere verme?
-No, pero parecía preocupado. Estaba nerviosísimo, no paraba quieto y sudaba como un cerdo - la cara del 2ª clase se movió en una socarrona sonrisa al escuchar eso.
-No podría sudar como otra cosa aunque quisiera. De acuerdo, ahora voy. Y el apellido es Diastraefen.
-Ya era hora, soldado Diastraefen.
-Siento el retraso, señor - murmuró Susurro.
Tal como había dicho el emisario del director, éste estaba sudando, su cara ancha brillante enjugada a ratos con un pañuelo. Contable era el mote más suave que le daban los del departamento, y cuadraba bastante con él: un tipo algo bajo, rechoncho, con lentes y una incipiente calvicie, que se frotaba las manos como un tendero avaricioso. Apenas se cerró la puerta, alzó su voz de cotorra.
-Bien, vayamos al grano. El bicho ha aparecido.
-¿El bicho, señor? - a pesar del tono de sorpresa, Susurro siguió manteniendo su cara de póker.
-Sí, el monstruo de nombre, características fisonómicas y hábitos desconocidos. Usted ya lo conoce, Dwight, es el que acabó con casi toda su unidad hace menos de una semana en el interior de la placa.
Los músculos del brazo sano se contrajeron con fuerza, y ambas manos de Susurro se crisparon, pero su expresión no cambió un ápice. La causa de su reacción eran tanto que aquel cerdo se tomase confianzas con su nombre como la mera mención de aquel asqueroso engendro.
-Una de nuestras patrullas que deambulaba por los suburbios lo ha encontrado. Se toparon con él cerca de la salida del sector 3, que estaba cerrada. Pensaban que era un Bégimo joven, pero coincide con la descripción que usted nos facilitó. Los muy idiotas no pensaron otra cosa que plantarle cara creyendo que estaba acorralado. Ahora mismo están en el hospital, y tenemos a nuestros efectivos y los PMs cerrando el tráfico a la zona y vigilando para que no salga. Cuando hayan acabado con eso, nuestros agentes dejarán a los de seguridad cuidando la retaguardia y rebuscarán entre la chatarra hasta enviarle al infierno.
-No veo que tiene eso que ver conmigo, señor. Por si no lo recuerda, estoy de baja - replicó, sin importarle demostrar su resentimiento.
-¡Ya sé que está de baja, maldita sea! ¡Yo mismo se lo ordené! Sin embargo, hay una tarea que quiero que desempeñe en esta misión.
La ceja derecha de Susurro se alzó de manera casi cómica. Aquello no lo esperaba en absoluto.
-Quiero que usted acompañe a un equipo de 3ª clase y que dirija la captura. Nada de temeridades; permanecerá fuera del perímetro dispuesto para la misión, sin separarse de su unidad. Su único cometido será dirigir a los demás grupos y coordinar sus acciones por radio. Usted ha combatido a esa cosa, espero que algo habrá aprendido que nos sea de utilidad - concluyó secamente el director.
Al SOLDADO no dejaba de resultarle divertido ver a aquel tipejo patético referirse a sí mismo como parte del departamento o aun a considerar a los demás agentes “los nuestros”; y que encima se hubiera referido a la unidad que le acompañó en el desastre bajo la placa como de su propiedad, como si le culpara a él de sus muertes. Casi sonrió. Casi.
-Sí, señor, a la orden- masculló de forma casi inaudible.
-Así que por eso le llaman Susurro, ¿eh? Pues cuando hable conmigo más vale que le entienda, o le quitaré las ganas de poner motes a la gente. ¡Vamos, la compañía no le paga por asentir como un tonto! Un transporte le espera con su unidad. Espero que no la vaya a pifiar haciendo alguna locura. ¡No se le ocurra desobedecer y lanzarse a combatir, Diastraefen! No necesitamos a más locos en el departamento.
No habían tardado gran cosa en llegar a los suburbios del sector 3. Alrededor de aquel rincón de los suburbios se habían desplegado numerosos efectivos de seguridad, con pequeñas escuadras de SOLDADO como refuerzo para asegurarse de no dejar ni una brecha en la vigilancia. Contento de estar por fin cerca de la acción, tras algo más de una semana (que le parecía más de un mes) a Susurro le costaba no sentirse satisfecho. Ponía coto a su disfrute el hecho de que, si se le ocurría salir del vehículo donde se encontraba para ir a vérselas con el monstruo, los PMs serían testigos, y sin duda sus compañeros darían parte. No les caía bien el director, pero eh… era el jefe, y había que hacer puntos de alguna forma.
Así pues, estaba confinado a la parte de atrás de un furgón oculto tras una vieja grúa, conformándose con unos auriculares, un micrófono y el terminal portátil que marcaba las posiciones del resto de agentes. Junto a él, un técnico destacado para acompañarles controlaba a los pequeños autómatas de Shinra. Los diminutos droides usaban detectores de infrarrojos para localizar a la criatura. Era una apuesta segura, dado su tamaño, y no tardaron en detectar su presencia y transmitirla al terminal del furgón.
-E-1, se dirige hacia vosotros. Aguantad la posición - ordenó con voz serena.
A eso se reducía la misión encomendada por el director. A dirigir a otros y perderse la diversión. Susurro no sabía si creer que aquello era una compensación por su malestar o una venganza especialmente refinada: poner la miel en los labios, como se decía. Pero no estaba enfadado.
-E-4 y E-3, avanzad desde donde os encontráis y aprovechad para atacar por los flancos.
-Es rápido, señor. Y no sólo eso, también es escurridizo. Cuando intentaron…
-E-1, retroceded unos cien metros, recoged a los heridos de E-2 y replegaos, salid de ahí ya - Susurro ignoró el comentario, y el técnico que controlaba los autómatas se interrumpió lo justo para ojear por encima del hombro de Susurro. Luego continuó con su charla.
-El muy cabrón se entierra bajo la chatarra, como si fuera tierra, señor y así puede llegar a burlar los detectores térmicos. Me han dicho que, antes de que usted llegara, intentó salir de la zona cerrada. No lo vieron venir hasta que un montón de basura saltó por los aires y cayó sobre la tropa. Por suerte pudieron rechazarlo, pero aún así…
Aún así no era fácil. Era un hijo de puta grande, sí, y metía ruido al moverse. Sin embargo era negro, y bajo el manto de oscuridad que lanzaba la placa, un segundo de despiste le garantizaba un blanco seguro. Tener contacto visual no servía de mucho cuando podía desaparecer tras cada montón de hierro oxidado y desperdicios. Se quedaba completamente quieto para no ser escuchado hasta que se le acercaban. Y siempre atacaba por sorpresa, dando escasa oportunidad a los soldados para plantarle cara. Cuando empezaban a rehacerse del susto y reforzar su ofensiva, el bicho huía y esperaba mejor ocasión. Ahí era donde la guía desde el furgón marcaba la diferencia. El monstruo debió sorprenderse cuando llovieron espadas de izquierda y derecha mientras avanzaba hacia los agentes de E-1, y el punto rojo que le representaba se fue por donde había venido rápidamente, seguido de cerca por dos luces amarillas que indicaban las escuadras.
-E-5, fuego de cobertura con materia de largo alcance. Haced bailar a ese cabrón hasta que se le derritan las patas.
Los puntos titilaban en la pantalla y se movían siguiendo una compleja danza de la que Susurro no perdía detalle. Ya le había cogido el punto a su adversario. Atacaba por sorpresa a grupos o agentes aislados. Si acababa con ellos, se ocultaba y aguardaba a que otros pasaran en ayuda de los que acababan de caer. Ya había perdido a la mitad de E-2 de esa manera, cuando fueron a socorrer a los compañeros. Si resistían, escapaba y buscaba un lugar desde el que acecharles. El 2ª clase no tardó en darse cuenta del sitio donde podía estar en aquel momento, por suerte para los que estaban a su cargo, y se dio cuenta también de que la mejor manera de acabar con él era usar una presa que no hubiera visto hasta el momento.
-E-1, retiraos hasta alcanzar el cordón de seguridad. E-3, avanza unos cincuenta metros y espera mi orden.
El técnico miró la pantalla. Sobresaltado, salió de la furgoneta y, pidió silenciosamente unos prismáticos de infrarrojos a uno de los 3ª clase de la escolta. Con ellos, distinguió las rojizas siluetas de la unidad E-3, a lo lejos. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando un espantoso chirrido rompió el silencio, primero a la izquierda de la unidad en espera, luego de la derecha… ¿o se trataba de un eco? Al agudo sonido siguieron otros, rítmicos, como los latidos de un corazón acelerado, si es que un corazón acelerado podía latir a esa velocidad. Tuvo el tiempo justo de volver al interior del furgón para observar a Susurro y escuchar su orden. Habría jurado que sonreía, enseñando los dientes como haría un lobo de Nivel que ha visto una liebre.
-¡E-3, lo tenéis enfrente mismo! ¡Está cargando hacia vosotros! ¡Fuego de supresión, ya!
El fulgor de numerosas bolas de fuego cortó el aire oscurecido de la placa y fueron a impactar entre la chatarra, con gran estruendo. De nuevo, algo chilló, y al hacerlo, heló la sangre en las venas del técnico. El acelerado pulso se escuchó más cerca. Al poco, acompañando otra instrucción de Susurro para E-4, el ruido de truenos y el brillo de las materias Electro sacudió otra vez los montones de basura. El técnico se acercó al 2ª clase, casi apartándolo de un empellón. El gran punto rojo iba derecho hacia ellos, escapando de las luces amarillentas que lo hostigaban.
-¡¿Pero está loco?! ¡Lo está trayendo directamente aquí!
-¿De veras? Qué torpe soy… no se me dan bien estos trastos. Pero tranquilo… - dijo entre dientes.
Haciendo a un lado al técnico, Susurro se levantó, posó los auriculares y movió un poco el hombro derecho. En la espada, las mismas materias que había llevado durante la última misión brillaban amenazadoras, como anticipando lo que se avecinaba. Lentamente, el SOLDADO se encaminó a la puerta del furgón, mientras la mano derecha se cerraba fuertemente en torno a la empuñadura del arma y la desenganchaba del arnés. Antes de salir, dirigió otra mirada lobuna al técnico. Los ojos característicos de los que habían sido tratados con mako igualaron el brillo de la materia. Nuevamente una sonrisa se adueñó de su habitual rostro serio.
-Ahora mismo lo arreglo…
Estaba con sus compañeros de facultad, como cada jueves… sólo que no era jueves en absoluto. Desde su despido, con demasiado tiempo libre en su haber, y con ganas de evitar en lo posible a su esposa, el científico (ex científico, como se recordaba a menudo) quedaba más con los amigos. Elliot no tenía intención de contarle a Marie nada sobre su ignominiosa marcha de la compañía. Se le había pasado por la cabeza disimular y seguir con la misma rutina de siempre, para ahorrarse preguntas incómodas, pero al final lo había descartado. No podía dejar pasar la ocasión de dormir más, sobre todo teniendo en cuenta que le costaba cada vez más conciliar el sueño. Así que había dejado de madrugar.
Al preguntarle Marie sobre ese cambio de horario, Elliot se dio la vuelta, para que no le viera la cara.
- Ah… es que con todo el lío del cañón, y el estado de excepción… pues se ve que nos han reducido la jornada, y entramos más tarde.
Sorprendida, pero confiada, Marie se había alegrado por él. Como todas las mañanas, ella tendría que acudir a su cita con la redacción, pero aquel día no le importó llegar algo más tarde. Marie le abrazó, dejando caer el ondulado río negro de su cabello sobre su hombro y enlazando las manos por delante de él. Elliot las cogió entre las suyas y las besó, secretamente consolado en aquel abrazo.
- Bueno, estos días parecía que estabas como más inquieto. Puede que tener menos horas de trabajo te siente bien. Ojalá yo también pudiera ir más tarde - susurraba mientras le rodeaba con los brazos, besándole -. Y más lástima aún que no me den vacaciones. Tengo días libres, pero estamos hasta arriba. A este paso, no sé cuándo podremos hacer ese viaje, con la ilusión que te hacía - había contado haciendo un mohín. Le besó de nuevo y, con reticencia, se apartó de él para ir a trabajar, no sin despedirse.
Cierto, habían planeado hacía ya tiempo un viaje, como una segunda luna de miel. El destino era un hotelito en Costa del Sol, o quizá una escapada al Gold Saucer. Algo típico, pero siempre agradecido. Elliot sólo había ido al Gold Saucer un par de veces, de pequeño y tenía ganas de volver. Le encantaba pasearse por Wonder Square, y también era aficionado a los sustos del hotel que había en el interior del parque. A despecho de sus aventuras, Elliot deseaba con toda el alma hacer ese viaje con ella. Casi se sintió agradecido con su ahora silencioso chantajista; desde que había llegado su primer mensaje, había dejado de tener esas “excursiones”, y estaba más en casa, cosa que la encantaba. En eso pensaba, mientras sus pupilas reflejaban continuamente la desaparición de las burbujas en la cerveza, cuando la voz de Sigurd le sacó de su ensimismamiento.
- ¿Tío, estás bien?
- Has estado completamente ido desde que nos sirvieron. Diría que tu nivel de patetismo ha subido un 50% y sería quedarme corto - soltó Edmond con una risita.
Elliot se apartó un mechón castaño de la cara y se puso de espaldas a la barra. Dos de sus amigos le observaban preocupados, y otro, preocupado y conteniendo mal la risa por su comentario. Era una panda en la que había de todo dentro de un abanico de edades limitado. Sigurd Lander era su viejo compañero de cuarto; de su misma edad, había empezado los mismos estudios que Elliot, pero aunque tenía buena cabeza para los números, lo del mako no se le daba bien, y en lugar de en un laboratorio, había terminado como uno de los administrativos de la compañía. No estaba casado, aunque tenía pareja estable. Posiblemente, de los tres, fuera el más cercano a Elliot, y el que mejor comprendía lo que le pasaba por la cabeza.
Luego estaba el más joven de los tres: Edmond Clerk, un sujeto relativamente alto y esbelto, con una increíble habilidad tanto manual como verbal. Muchas veces se habían librado de broncas, tanto en el instituto como más adelante, gracias a su verborrea (aunque ésta también les metía en líos a menudo). Cuando su palabrería no bastaba, era más que capaz de vérselas con cualquiera, pero le gustaba más ganar batallas con el ingenio. Jugador, bebedor y aventurero, decía que trabajaba en una cadena de montaje, pero no como obrero, sino como supervisor, algo que no creía casi nadie cuando lo contaba.
Finalmente, siempre envuelto en humo, Ranier C. Hind, el mayor, un tipo algo bajo, ancho de hombros, atildado y serio. Hablaba poco, salvo con sus amigos. Tenía por costumbre expresarse de forma completamente pasada de moda o definitivamente arcaica, una de sus no pocas rarezas. Había estudiado historia y lengua, algo que no dejaba de ejercitar, y muchas veces Edmond hacía traducciones no siempre correctas (¡y lo que se reía cuando le creían!) cuando alguien decía no entenderlo. No hacía mucho que había abierto su propia librería, tras años de currar en una de ellas. Pese a su rara parlamenta y gusto por el tabaco caro, era buen tipo, y había tenido concurso en muchas de las correrías de los otros tres. Cuando necesitaban algo y Edmond no podía conseguirlo, normalmente era Ranier, el de posición más acomodada, quien se encargaba de todo.
Estaban los tres trajeados, como era propio al salir de sus respectivos horarios, y destacaban bastante. Sigurd estaba tal cual iba en la oficina, mientras que Edmond tenía la chaqueta abierta, los dos primeros botones de la camisa desabrochados y la corbata le hacía un bulto en el bolsillo derecho de la primera. Ranier iba formal, pero sin corbata. Hacía rato se había quitado la gorra color marrón claro. Otra de sus peculiaridades era precisamente no llevar la cabeza descubierta salvo estando bajo techo. Elliot iba vestido de manera más informal; detestaba el traje, y si lo llevaba era a requerimiento de la empresa, de modo que ahora iba más a su gusto. Los cuatro compartían su bebida y vivencias cuando empezó a haber jaleo.
- Ah, conozco a ese tío moreno. Viene de cuando en cuando y a veces la lía justo en el mismo sitio.
- ¿Hace nada que la han vuelto a abrir y ya tenemos buscalíos? – inquirió Sigurd.
- Tal parece- repuso Ranier secamente.
- ¿Cómo es que no le han echado ya? Conociendo a los gemelos, a poco que alborote le prohíben la entrada a él y sus monos…
- …Con las clavas de emergencia… - puntuó Edmond.
- Poderoso caballero es don Dinero, que todas puertas abre y todas bocas cierra- sentenció Ranier en una de sus citas.
- Quizá les guste pagar tacos rotos, sí. Bueno, a ver si esta vez no… ¡Ouch! ¡Joder, eso tiene que hacer daño! - comentó Edmond, no sin alborozo. Han acababa de aplicarle al tipo moreno un bolazo en plena nuca.
- ¿Hacer daño? ¡Le ha collejeado con una bola de billar! ¡Eso no hace daño, directamente te revienta la cabeza! - exclamó Sigurd, llevándose inconscientemente la mano a la nuca.
- Pues aún se alza buscando más, y el fulano que le zurra gusta de dárselo.
-Elliot, te lo estás perdiendo…
Pero Elliot no estaba para nadie que no fuera la jarra de cerveza que había delante. Tenía la mirada perdida, como si buscara algo en una de las miles de burbujas doradas y, al desvanecerse esa, buscaba otra donde prender la vista. Mientras, Rolf zancadilleaba vilmente a uno de los pandilleros, para risa discreta de los tres compadres, que no perdían detalle. Al cabo, terminó la trifulca, saldada, a decir de Ranier, con buena mano de bastos servida para los pandilleros.
Una mano se posó en su hombro y le zarandeó suavemente.
- Oye, para ser la primera vez en tiempo que quedas con nosotros entre semana… - empezó Sig.
- Sin ser jueves… - apostilló Edmond, atento a todo, bebiendo a morro de la botella.
- … Sin ser jueves, sí, gracias, Ed. Pues eso, que te veo poco animado. ¿Ha pasado algo con Marie?
-No, aún no. Pero no sé lo que dirá cuando sepa que me han despedido. No, no se lo he dicho, y como a alguno se le ocurra comentarle algo se acuerda de mí - advirtió, cortando los posibles reproches -. Es complicado, ¿sabes? Buscar otro trabajo es lo de menos. Por poder, puedo meterme en cualquier sitio… pero es que todo, todo lo hecho hasta ahora, no ha servido de nada. Me revienta. Y me jode mucho más tener que decírselo a Marie. Pasé mucho tiempo sin prestarle atención por culpa de mi proyecto, metiendo horas y faltando de casa. Luego, años sin poder presentarlo, años de quejas que ha aguantado con paciencia de santa; y ahora me encuentro con que no tengo manera de hacerlo realidad y que se ha ido todo a la mierda. Trabajo, esfuerzo y tiempo, perdidos sin remedio para nada.
Edmond y Ranier se volvieron hacia ellos. Los tres colegas quedaron en silencio, mientras la trifulca a sus espaldas terminaba con tres tipejos inconscientes o dolientes, y un cuarto que ponía tierra de por medio. Por su lado pasó el bando ganador, en dirección a la puerta, mientras Aiden se llevaba la mano al bolsillo. A no tardar, entre él y Garth sacaron a los tipejos noqueados al callejón, quedándose con las caras por si volvían.
Pasó una hora en la que los compañeros siguieron en la taberna, comentando la pelea y otras minucias. Varios intentos de animar a Elliot se sucedieron, pero realmente había poco que decir. Tras una partida en una de las mesas de billar, ahora vacías, en la que Edmond apostó con Sigurd una ronda del copazo más caro del local, y el trasiego de dicha ronda (que pagó Sigurd, como era de prever), salieron del bar. Ya era hora de cada mochuelo a su olivo, que al día siguiente todos menos Elliot madrugaban. Todos vivían en la placa, pero de vez en cuando cambiaban de aires y bajaban a un par de sitios bien escogidos de los suburbios, como era el caso. Iban andando en dirección a la estación del sector 3, conversando. Ranier llevaba de nuevo puesta la gorra de piel y acababa de encenderse otro de sus caros cigarros.
***
Susurro se levantó una vez más. Llevaba aún el brazo en cabestrillo, y el torso vendado. A pesar de los avances médicos del departamento, los daños recibidos habían sido considerables y tardaría en volver al servicio activo, a decir de los especialistas y del director. Varias costillas rotas, que tardarían poco en soldarse, pero con las que había que andarse con cuidado para no ir a peor. Y luego, el brazo roto. Según el médico, estaba roto y astillado en varios puntos; fue gracias a la materia Cura que el dolor no le dejó inconsciente antes de ser encontrado. El atropello por parte del monstruo le había pillado por sorpresa, y combinado el peso de la bestia con la mala caída, el resultado había sido bastante malo. Aunque estaba vivo. De su unidad, sólo quedaba vivo otro agente, Kal, mientras que tanto el resto como la unidad de Mallet al completo, estaban muertos.
No, no todos. Recordó cómo alguien mencionó de pasada a uno al que habían encontrado casi exangüe. No había podido verlo, de modo que ignoraba de quién se trataba. Pudo escuchar que había sufrido heridas de importancia y tuvieron que hacerle una transfusión que casi resultó inútil, pues estaba más muerto que vivo. Milagrosamente, o quizá científicamente, tratándose del experimento andante que eran considerados los SOLDADO por algunas personas, había salido adelante. No había oído de ninguno más de sus subordinados o los de Mallet. Supuso que sus cadáveres ya habían sido recogidos de los túneles, y más tarde se lo confirmaron. Antes de caer inconsciente a causa del dolor, Susurro les había informado sobre la presencia del monstruo, de modo que fueron precavidos. Por lo visto, los encargados de recoger a los caídos habían ido con una fuerte escolta que trató de no internarse demasiado en los túneles. No encontraron más rastro del monstruo que grandes marcas de arañazos en las paredes metálicas y sangre, que bien podía ser de los SOLDADO y no de la criatura. Al final del recuento de bajas, faltó uno, al que encontraron días más tarde bajo la placa, convertido en una grotesca y sangrienta pegatina. El monstruo negro le había mandado volando fuera de una pasarela, y el suelo de los suburbios del sector 2 se había convertido en testigo de su caída y receptor de su maltrecho cuerpo. Cuando lo hallaron, faltaba la espada y la materia. Los carroñeros del suburbio, humanos y bichos, hacían su trabajo rápida y eficazmente.
El agente volvió a acercarse a la ventana, desde la que se apreciaba una buena panorámica de la urbe. Las luces de Midgar, que desafiaban a las estrellas a brillar sin parpadeo, iluminaban continuamente la ciudad. En alguna parte de ella se encontraba la Tower of Arrogance, con las luces acordes al evento que se celebraba en su interior. Un evento para el que Susurro tenía entradas… aunque carecía de ánimo para ir a disfrutar de la música y el ambiente. El plan habría sido ir con Mallet y otros compañeros de permiso… No tenía demasiados amigos (de hecho, prácticamente no tenía), así que se las había dado al primero de su promoción que encontró. El compañero le había mirado con extrañeza al principio, hasta que lo atractivo de la oferta venció su estupor y las entradas cambiaron de manos. El agente prometió brindar a su salud y se lo agradeció sin cuestionar el motivo del regalo.
Eso había sido hacia las siete, y eran las ocho y veinte. Se encontraba en las dependencias de SOLDADO, prácticamente solo. Había ido, como todos los días, pero no podía hacer realmente nada en ellas y era igual que si no se hubiera levantado esa mañana. El director le había obligado a darse de baja hasta estar completamente restablecido. Ni entrenar, ni combatir, ni tan siquiera patrullar por el más tranquilo y pacífico de los barrios pijos, y por supuesto nada de salir de la placa. Era un SOLDADO inhabilitado para luchar por sus superiores, a pesar de tener aún un brazo sano y en perfecto estado. Lo único que Susurro hacía era pensar. En sus vueltas y revueltas al tema del director, le vino a la mente Lazard Deusericus, que no hacía tanto tiempo había dirigido el departamento de SOLDADO, llegando incluso a estar bastante más cerca de la línea de frente de lo que le era recomendable. Era, además de un administrativo, un buen estratega e intendente. Se le echaba de menos, tanto a él como a su manera de hacer las cosas. Desgraciadamente, había desaparecido, como varios 1ª clase, por el mismo tiempo en que a Sefirot se le dio por muerto. Seguramente, Lazard se habría encargado de darle ocupación, por mísera que fuera.
El actual director de SOLDADO (un administrativo puesto por Heidegger, poco más que un contable que no tenía nada que ver con el anterior) le había amenazado con suspensión de empleo y sueldo, y hasta confiscación de su equipo y materia si se negaba a permanecer de baja, o si le pillaba yendo por su cuenta. Los agentes consideraban que aquel administrativo únicamente valía para asignar su número de identificación a las misiones que le llegaban y reducir el salario, pero era el que mandaba. Le podían las cifras, y más desde que muchos de los agentes se vieran afectados por una rara chifladura y se volvieran contra sus antiguos camaradas. “No tenemos tantos 2ª clase como para desperdiciarlos por ignorar los consejos de un médico”, le había dicho al salir del hospital, acompañando su advertencia de un gesto prepotente y la amenaza de suspensión.
- Qué sabrás tú de los SOLDADO, sean de segunda o decimoquinta clase… Sólo eres un cabronazo chupatintas en un cargo que le permite jugar con nosotros como si fuéramos soldaditos de plomo - murmuró irritado por enésima vez, pensando que le hubiera gustado decírselo de frente y ver qué cara se le ponía. Desgraciadamente, había dejado pasar la ocasión. Ahora no quedaba otra que aguantarse y esperar.
***
-Bueno, ¿ahora qué? ¿Tienes algún plan? -dijo Sigurd.
-¡Ya lo creo, Sig! El otro día conocí a una rubia que…
-Me refería a Elliot, Ed.
-Oh… - dijo visiblemente decepcionado.
-Antes o después tendrás que decírselo. No puedes ocultárselo toda la vida. Marie notará que no entra el mismo dinero en casa, se preguntará qué ocurre, y no puedes refugiarte siempre en los bares.
-¿Crees que no sé todo eso? ¡Lo he pensado y dado vueltas hasta que me ha dolido la cabeza!
-Dar la veraz noticia puede resultar complicado, pero es lo mejor. El mal trago, que pase rápido. Intentar fingir o engañar mucho tiempo puede dañar más que un segundo de verdad desnuda.
-Ya lo sé, ya lo sé, pero… necesito tiempo. Se lo diré, pero antes tengo que pensar la mejor manera de hacerlo y escoger el mejor momento. No quiero empezar a contárselo y terminar sollozando de pura frustración, y que me vea convertido en una patética imitación de mí mismo.
-A veces me pareces más estirado que Ranie, aquí presente, Elliot - empezó Edmond, apoyando a los demás -. Nunca hubiera pensado que le dieras tanta importancia a las apariencias, y menos en lo que respecta a tu esposa. Ni siquiera le has escondido tu inferioridad a la media. ¡Que esa mujer te ha visto desnudo, hombre! ¿Qué más da que te desnudes ahora por dentro delante de ella? Lo mismo hasta te ayuda, o hace que se sienta mejor con su elección de marido. Además, si nos cuentas esto a nosotros, que sólo te aguantamos porque nos invitas cuando estás de buen humor, bien puedes contárselo a alguien que te quiere de verdad.
A pesar del eterno tono de chanza, Elliot sabía que Ed tenía razón, al igual que sus otros dos compañeros, que le observaban con afecto. Sigurd le palmeó el hombro, satisfecho de que su amigo empezara a dejarse llevar por los ánimos que le daban.
-¡Y cuando lo hayas arreglado y estés contento otra vez, nos volverás a invitar! -saltó Ed, sonriente.
El científico se le quedó mirando. Tardó apenas un segundo en intentar rodearle el cuello con el brazo, llamándole interesado, gorrón, buitre y lindezas más malsonantes, apropiadas todas. No fue complicado, porque Edmond se había echado a reír al ver la cara que se le había quedado y casi no tenía fuerzas para resistirse al agarre.
-Edmond tiene razón; es justo un pago por un servicio, Elliot. Si de verdad te dices amigo nuestro, nos devolverás la ayuda que te estamos prestando con obras y rondas. Y a no tardar esperamos otro incidente, para de nuevo socorrerte y ver crecer la deuda.
-¿Tú también? - exclamó el aludido, completamente desprevenido ante la situación.
-¡Ja, ja! ¡Agárrate, mundo, Ranie ha hecho su primera broma! No está mal para ser la primera, chaval.
-Lo dije hace años: que cuando Ranier hiciera una broma y tú fueras serio, se acabaría el mundo. Ahí tienes, Meteorito sobre nuestras cabezas y la broma. Creo que mejor te ponemos un bozal, no sea que se nos caiga encima antes de que encuentren la manera de destruirlo.
A pesar de lo serio del tema, el alcohol se encargaba de convertirlo en algo trivial. Siguieron durante un rato las chanzas y anécdotas de última hora, hasta que cuando el tren llegó a la placa, los compañeros de universidad se separaron para volver a casa. Ranier decidió que Edmond no estaba en condiciones de conducir, así que le acercó con su coche tras despedirse de los demás. Sigurd acompañó a Elliot hasta que enfiló su calle con un andar algo inestable. El científico iba relativamente contento. Parte de ello tenía que ver con el alcohol, pero la otra estaba alegre al contar con un poco más de resolución. Había decidido hacerles caso. Mañana por la mañana se lo contaría. Marie merecía saber la verdad dicha por él y sólo él, y ya vería lo que le deparaba el futuro, si es que había futuro con un amenazante asteroide sobre sus cabezas.
***
Al día siguiente, Susurro se vistió de uniforme, ese uniforme con el que decían que parecía haber nacido. Se puso el arnés, no sin complicaciones, y colgó en él la espada. También cogió su materia, y volvió de nuevo a la sede central como si fuera un día normal. Afortunadamente, el imbécil del director no había dicho nada en contra. Bastante le había costado convencer al tozudo agente de permanecer alejado de las misiones, hasta el punto de amenazar con la suspensión. Susurro estaba alegre, todo lo que se podía en su caso, de poder escapar de casa. Se sentía como un mueble más de su apartamento, y prefería cualquier cosa antes que quedarse apalancado ante la televisión hasta convertirse en una prolongación de los presentadores farsantes y los colaboradores chillones y cutres de la basura rosa. Antes le quitaría el trabajo de oficina a uno de los recepcionistas.
El día comenzó como los otros tres desde su salida del hospital. Identificación a la entrada, saludos insustanciales a un par de conocidos, aburrimiento en el ascensor hasta la planta 53, y tramo de escaleras hasta las dependencias para evitar el embotamiento y pereza típicos de las mañanas. Luego, horas de aburrimiento en las que trataba de encontrar algo que hacer en los terminales de la sala de reuniones, o comprobando sus puntuaciones en la sala de entrenamiento. Lo poco que le animaba el día era las charlas del resto de agentes.
Sin embargo, ocurrió algo que no esperaba. Estaba sentado en la sala de reuniones, moviendo inconscientemente la mano del brazo roto mientras con la otra tecleaba buscando noticias y comentarios sobre la juerga de la Tower of Arrogance del día anterior, cuando un SOLDADO de 3ª clase entró y le saludó, al tiempo que consultaba una libreta.
-¿SOLDADO de 2ª clase, Dwight Dastre… Diaestraf…? Oh, al diablo. ¿Susurro?
-Sí, ¿qué quieres? - contestó en voz baja, como siempre.
-Te llama el Contable… digo, el director, a su despacho - corrigió con voz trémula el 3ª clase. Susurro tenía una expresión completamente neutra, pero el chaval parecía intimidado.
-Qué sorpresa. Si mal no recuerdo, estoy de baja gracias a él. ¿Te ha dicho para qué quiere verme?
-No, pero parecía preocupado. Estaba nerviosísimo, no paraba quieto y sudaba como un cerdo - la cara del 2ª clase se movió en una socarrona sonrisa al escuchar eso.
-No podría sudar como otra cosa aunque quisiera. De acuerdo, ahora voy. Y el apellido es Diastraefen.
-Ya era hora, soldado Diastraefen.
-Siento el retraso, señor - murmuró Susurro.
Tal como había dicho el emisario del director, éste estaba sudando, su cara ancha brillante enjugada a ratos con un pañuelo. Contable era el mote más suave que le daban los del departamento, y cuadraba bastante con él: un tipo algo bajo, rechoncho, con lentes y una incipiente calvicie, que se frotaba las manos como un tendero avaricioso. Apenas se cerró la puerta, alzó su voz de cotorra.
-Bien, vayamos al grano. El bicho ha aparecido.
-¿El bicho, señor? - a pesar del tono de sorpresa, Susurro siguió manteniendo su cara de póker.
-Sí, el monstruo de nombre, características fisonómicas y hábitos desconocidos. Usted ya lo conoce, Dwight, es el que acabó con casi toda su unidad hace menos de una semana en el interior de la placa.
Los músculos del brazo sano se contrajeron con fuerza, y ambas manos de Susurro se crisparon, pero su expresión no cambió un ápice. La causa de su reacción eran tanto que aquel cerdo se tomase confianzas con su nombre como la mera mención de aquel asqueroso engendro.
-Una de nuestras patrullas que deambulaba por los suburbios lo ha encontrado. Se toparon con él cerca de la salida del sector 3, que estaba cerrada. Pensaban que era un Bégimo joven, pero coincide con la descripción que usted nos facilitó. Los muy idiotas no pensaron otra cosa que plantarle cara creyendo que estaba acorralado. Ahora mismo están en el hospital, y tenemos a nuestros efectivos y los PMs cerrando el tráfico a la zona y vigilando para que no salga. Cuando hayan acabado con eso, nuestros agentes dejarán a los de seguridad cuidando la retaguardia y rebuscarán entre la chatarra hasta enviarle al infierno.
-No veo que tiene eso que ver conmigo, señor. Por si no lo recuerda, estoy de baja - replicó, sin importarle demostrar su resentimiento.
-¡Ya sé que está de baja, maldita sea! ¡Yo mismo se lo ordené! Sin embargo, hay una tarea que quiero que desempeñe en esta misión.
La ceja derecha de Susurro se alzó de manera casi cómica. Aquello no lo esperaba en absoluto.
-Quiero que usted acompañe a un equipo de 3ª clase y que dirija la captura. Nada de temeridades; permanecerá fuera del perímetro dispuesto para la misión, sin separarse de su unidad. Su único cometido será dirigir a los demás grupos y coordinar sus acciones por radio. Usted ha combatido a esa cosa, espero que algo habrá aprendido que nos sea de utilidad - concluyó secamente el director.
Al SOLDADO no dejaba de resultarle divertido ver a aquel tipejo patético referirse a sí mismo como parte del departamento o aun a considerar a los demás agentes “los nuestros”; y que encima se hubiera referido a la unidad que le acompañó en el desastre bajo la placa como de su propiedad, como si le culpara a él de sus muertes. Casi sonrió. Casi.
-Sí, señor, a la orden- masculló de forma casi inaudible.
-Así que por eso le llaman Susurro, ¿eh? Pues cuando hable conmigo más vale que le entienda, o le quitaré las ganas de poner motes a la gente. ¡Vamos, la compañía no le paga por asentir como un tonto! Un transporte le espera con su unidad. Espero que no la vaya a pifiar haciendo alguna locura. ¡No se le ocurra desobedecer y lanzarse a combatir, Diastraefen! No necesitamos a más locos en el departamento.
No habían tardado gran cosa en llegar a los suburbios del sector 3. Alrededor de aquel rincón de los suburbios se habían desplegado numerosos efectivos de seguridad, con pequeñas escuadras de SOLDADO como refuerzo para asegurarse de no dejar ni una brecha en la vigilancia. Contento de estar por fin cerca de la acción, tras algo más de una semana (que le parecía más de un mes) a Susurro le costaba no sentirse satisfecho. Ponía coto a su disfrute el hecho de que, si se le ocurría salir del vehículo donde se encontraba para ir a vérselas con el monstruo, los PMs serían testigos, y sin duda sus compañeros darían parte. No les caía bien el director, pero eh… era el jefe, y había que hacer puntos de alguna forma.
Así pues, estaba confinado a la parte de atrás de un furgón oculto tras una vieja grúa, conformándose con unos auriculares, un micrófono y el terminal portátil que marcaba las posiciones del resto de agentes. Junto a él, un técnico destacado para acompañarles controlaba a los pequeños autómatas de Shinra. Los diminutos droides usaban detectores de infrarrojos para localizar a la criatura. Era una apuesta segura, dado su tamaño, y no tardaron en detectar su presencia y transmitirla al terminal del furgón.
-E-1, se dirige hacia vosotros. Aguantad la posición - ordenó con voz serena.
A eso se reducía la misión encomendada por el director. A dirigir a otros y perderse la diversión. Susurro no sabía si creer que aquello era una compensación por su malestar o una venganza especialmente refinada: poner la miel en los labios, como se decía. Pero no estaba enfadado.
-E-4 y E-3, avanzad desde donde os encontráis y aprovechad para atacar por los flancos.
-Es rápido, señor. Y no sólo eso, también es escurridizo. Cuando intentaron…
-E-1, retroceded unos cien metros, recoged a los heridos de E-2 y replegaos, salid de ahí ya - Susurro ignoró el comentario, y el técnico que controlaba los autómatas se interrumpió lo justo para ojear por encima del hombro de Susurro. Luego continuó con su charla.
-El muy cabrón se entierra bajo la chatarra, como si fuera tierra, señor y así puede llegar a burlar los detectores térmicos. Me han dicho que, antes de que usted llegara, intentó salir de la zona cerrada. No lo vieron venir hasta que un montón de basura saltó por los aires y cayó sobre la tropa. Por suerte pudieron rechazarlo, pero aún así…
Aún así no era fácil. Era un hijo de puta grande, sí, y metía ruido al moverse. Sin embargo era negro, y bajo el manto de oscuridad que lanzaba la placa, un segundo de despiste le garantizaba un blanco seguro. Tener contacto visual no servía de mucho cuando podía desaparecer tras cada montón de hierro oxidado y desperdicios. Se quedaba completamente quieto para no ser escuchado hasta que se le acercaban. Y siempre atacaba por sorpresa, dando escasa oportunidad a los soldados para plantarle cara. Cuando empezaban a rehacerse del susto y reforzar su ofensiva, el bicho huía y esperaba mejor ocasión. Ahí era donde la guía desde el furgón marcaba la diferencia. El monstruo debió sorprenderse cuando llovieron espadas de izquierda y derecha mientras avanzaba hacia los agentes de E-1, y el punto rojo que le representaba se fue por donde había venido rápidamente, seguido de cerca por dos luces amarillas que indicaban las escuadras.
-E-5, fuego de cobertura con materia de largo alcance. Haced bailar a ese cabrón hasta que se le derritan las patas.
Los puntos titilaban en la pantalla y se movían siguiendo una compleja danza de la que Susurro no perdía detalle. Ya le había cogido el punto a su adversario. Atacaba por sorpresa a grupos o agentes aislados. Si acababa con ellos, se ocultaba y aguardaba a que otros pasaran en ayuda de los que acababan de caer. Ya había perdido a la mitad de E-2 de esa manera, cuando fueron a socorrer a los compañeros. Si resistían, escapaba y buscaba un lugar desde el que acecharles. El 2ª clase no tardó en darse cuenta del sitio donde podía estar en aquel momento, por suerte para los que estaban a su cargo, y se dio cuenta también de que la mejor manera de acabar con él era usar una presa que no hubiera visto hasta el momento.
-E-1, retiraos hasta alcanzar el cordón de seguridad. E-3, avanza unos cincuenta metros y espera mi orden.
El técnico miró la pantalla. Sobresaltado, salió de la furgoneta y, pidió silenciosamente unos prismáticos de infrarrojos a uno de los 3ª clase de la escolta. Con ellos, distinguió las rojizas siluetas de la unidad E-3, a lo lejos. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando un espantoso chirrido rompió el silencio, primero a la izquierda de la unidad en espera, luego de la derecha… ¿o se trataba de un eco? Al agudo sonido siguieron otros, rítmicos, como los latidos de un corazón acelerado, si es que un corazón acelerado podía latir a esa velocidad. Tuvo el tiempo justo de volver al interior del furgón para observar a Susurro y escuchar su orden. Habría jurado que sonreía, enseñando los dientes como haría un lobo de Nivel que ha visto una liebre.
-¡E-3, lo tenéis enfrente mismo! ¡Está cargando hacia vosotros! ¡Fuego de supresión, ya!
El fulgor de numerosas bolas de fuego cortó el aire oscurecido de la placa y fueron a impactar entre la chatarra, con gran estruendo. De nuevo, algo chilló, y al hacerlo, heló la sangre en las venas del técnico. El acelerado pulso se escuchó más cerca. Al poco, acompañando otra instrucción de Susurro para E-4, el ruido de truenos y el brillo de las materias Electro sacudió otra vez los montones de basura. El técnico se acercó al 2ª clase, casi apartándolo de un empellón. El gran punto rojo iba derecho hacia ellos, escapando de las luces amarillentas que lo hostigaban.
-¡¿Pero está loco?! ¡Lo está trayendo directamente aquí!
-¿De veras? Qué torpe soy… no se me dan bien estos trastos. Pero tranquilo… - dijo entre dientes.
Haciendo a un lado al técnico, Susurro se levantó, posó los auriculares y movió un poco el hombro derecho. En la espada, las mismas materias que había llevado durante la última misión brillaban amenazadoras, como anticipando lo que se avecinaba. Lentamente, el SOLDADO se encaminó a la puerta del furgón, mientras la mano derecha se cerraba fuertemente en torno a la empuñadura del arma y la desenganchaba del arnés. Antes de salir, dirigió otra mirada lobuna al técnico. Los ojos característicos de los que habían sido tratados con mako igualaron el brillo de la materia. Nuevamente una sonrisa se adueñó de su habitual rostro serio.
-Ahora mismo lo arreglo…
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