miércoles, 28 de abril de 2010

211

-Te digo que si los hielos son demasiado grandes el alcohol no se mezcla bien.
-Y yo te digo que la chatarra que tengo por máquina hace los hielos así y punto.

Ocho de la tarde en Blackson’s, un bar elegante, dentro de lo que cabe, de Mercado Muro. Es elegante por varias razones, como que los vasos están perfectamente limpios, la gente no se queda pegada a la barra o que los frutos secos que te ponen a veces no caducaron hace un año. Pero sobre todo destaca la galería de licores que reposan en inestables estanterías, en antiguas botellas de cristal cuya etiqueta ha perdido su color e incluso ha sido mordisqueada por ratones en oscuras bodegas. Distintos rones de Costa del Sol, tan oscuros como las manos que lo mimaron, magníficos licores de flores recogidas en Wutai… El orgullo de un hombre sibarita que en un tiempo viajó de aquí para allá deleitándose con las más diversas bebidas, pero que ahora las vendía en pequeñas copas para mantener un techo donde dormir. Su idea fue montar un bar y disfrutar sus tesoros entre amigos, tomando un buen copazo de whiskey o cogiéndose una cogorza a base de un licor cuya fruta creció cerca de un reactor Mako. Pero con el tiempo los amigos se murieron de sobredosis, se casaron o simplemente se largaron de Midgar.
Cual cuadro tenebrista propio del barroco, todo el bar parecía en absoluta oscuridad salvo una sección de la barra, en la que conversaban dos personas. Los demás parroquianos, antes sentados en los amplios sofás, discutiendo sobre banalidades o leyendo el periódico, parecían estar callados por alguna razón, dando pequeños sorbos a su taza de café y mirando de reojo al dueño del bar y su acompañante.
La barra barnizada con tono ambarino, una copa y una botella con un líquido amarillento y las bombillas arrojando luces doradas conformaban la gama de colores del tapiz. Más allá del bodegón, las dos personas charlaban tranquilamente. El dueño, pasando un trapo por la madera, enarcaba las pobladas cejas y asentía a su interlocutor. No alcanzaba los cuarenta, pero su calva lanzando destellos y su barriga apretando los botones de la camisa negra, dejaba claro que su vida era monótona y descuidada. Tenía una cara grande y redonda, con una nariz ancha que respiraba de manera brusca y un cuello que enrojecía al mínimo contacto.

-Pero Jack, es que no puedes presumir de tal colección de licores si luego no se pueden degustar en su máxima expresión…
-Hace tiempo que eso me la suda Arguish… ¡De qué me sirve servir de lo mejor si va a venir cualquier gilipollas y lo va a mezclar con un refresco de naranja!

Jack se dio cuenta del error y se mordió la lengua, pero le bastó con levantar un poco la mirada para ver que tres personas volvieron a sus cosas disimulando y otras dos se marcharon ofendidas. Resopló y miró a su compañero.

-No te molestes en pedir disculpas mi querido barman, la gente es así. Escucha conversaciones que no les incumben y después se hacen las víctimas- el cliente echó un suave sorbo a su vaso y lo volvió a dejar sobre su correspondiente posavasos, señalando con su índice izquierdo a una botella con cordón de terciopelo- Alcánzame esa botella por favor.
-¿Para qué?-preguntó el camarero con cierta desconfianza- Ya te he servido.
-Tengo la ligera impresión de que si añado un poco de esa botella, esto estará mucho mejor- explicó agitando su vaso.
-Ni hablar.
-Oh venga, esto no es lo mismo que mezclar un refresco de naranja, quiero mezclar este magnífico licor de avellana con un poco de aquella botella del cordón tan bonito.
-¡Que he dicho que no copón!


Entonces llega el momento de levantar el telón, de destapar la bandeja, de abrir la caja con interrogante. Es como si una cámara ficticia hubiese estado observando la situación, grabando el escenario, los gestos… Pero siempre enfocando al mismo sitio, aquél tapiz barroco en el que uno de ellos nos da la espalda y el otro dirige la mirada al espectador. Ahora la cámara se mueve lentamente, como si tuviese un par de pequeñas alas o un ligero motor acoplado. Se va acercando con ritmo constante, ya podemos ver como va vestido el que se hace llamar Arguish. Está sentado en un taburete de cuero blanco, al igual que los sofás, con los pies apoyados en una fina barra de metal. Su espalda es amplia, nuestro teleobjetivo se sitúa sobre sus hombros mostrándonos una cara chaqueta americana de un perfecto negro; le queda un poco larga, pues el final termina colgando y tapa prácticamente el cuero blanco del taburete. Pero de todas formas es un hombre bastante alto y su cabeza supera prácticamente la altura a la que están las pequeñas bombillas de la barra, así que su rostro permanece en una misteriosa penumbra. Nuestra cámara imaginaria decide resolver el misterio y comienza a girar en torno a él hasta colocarse de espaldas al camarero, encuadrando un contrapicado del rostro misterioso. La americana va acompañada con su camisa blanca de rigor, abrochada hasta su último botón, y una corbata pintoresca que alterna franjas de color blanco y rojo, apretada con un nudo doble.
Y simplemente, cuando todos están expectantes, se quedan más extrañados que antes.
No hay rostro.
En efecto, no hay rostro, sino una máscara de látex que lo cubre. Es un plástico fino y translúcido, incluso se adivina ligeramente una barba de dos días bajo el color óseo que lo recubre. ¿Por qué están los demás clientes tan incómodos con su presencia? He ahí la respuesta. Aquella máscara de látex no emula otra cosa que una blanca calavera ceñida al cuello. Bajo ella se averiguan perfectamente sus rasgos, una mandíbula ancha y una nariz no muy grande, pero con el tabique torcido. Los ojos son dos simples círculos negros incapaces de mostrar expresión alguna; en algún dibujo, en alguna figura, el hecho de inclinar más o menos una línea te da ya la posibilidad de crear alguna expresividad, ya sea alegría, enfado, llanto… Pero esos ojos son distintos, castigados a no mostrar gesto alguno. La boca, cuya línea recta de la mandíbula superior no hace más que parecer una siniestra sonrisa, además tiene una pequeña abertura por donde asoman las comisuras de los labios, gruesos y mordidos, y unos dientes blancos que no hacen más que jugar de lado a lado con un chupa-chups de fresa, a juego con su vistosa corbata.


-Oh, ya sé lo que pasa… -intuyó Arguish sacándose el chupa-chups de la boca y señalándole con él.
-¿El qué?
-Sabía que había algo, lo sabía desde el primer día que vine aquí… Me ha costado un mes averiguarlo pero te he pillado Jack- Sus ojos negros seguían inmóviles, pero bajo la máscara era evidente su mirada burlona y su sonrisa victoriosa- Esa botella no es cómo las demás, tiene algo de diferente… ¿Me equivoco?

La víctima del descubrimiento dejó caer los hombros y soltó un largo soplido, cual delincuente se da por vencido cuando ve una grabación de su fechoría.

-No, no te equivocas.

Una sonora pero escueta carcajada resonó en las oscuras paredes del Blackson’s y los demás clientes sintieron un escalofrío en todo su cuerpo. No era porque hiciese frío, no era porque los asientos les hubiesen dado a cada uno un calambrazo, sino porque aquél hombre daba palmadas en la mesa y reía a pleno pulmón, dejando ver su propia boca bajo la de la máscara.
Sencillos y absurdos prejuicios corrompiendo sus entrañas… A Arguish no le hacía falta darse la vuelta para saber qué cara tenía cada uno, los gestos que ponían, los desvaríos que les pasaban por la cabeza. Da igual que fuese un honrado empresario que había decidido tomarse una copa, que tal vez fuese un soldado retirado, un físico teórico que había contribuido al correcto uso del Mako, un héroe que arriesgó su vida repartiendo medicamentos tanto a soldados de Wutai como de Shin-Ra… Yonqui, traficante, asesino a sueldo, mafioso, putero… Era lo más fácil, para qué complicarse más, joder, que era un tío enorme con una calavera en la puta cabeza.
Arguish tosió un par de veces, echó un leve sorbo a su vaso y volvió a meterse el caramelo en la boca.

-¿Y cuál es el misterio de esa botella?
-No hay nada que contar…
-Anda, no seas así, si apenas hay gente ya en el bar.
-¡Claro! Yo tengo que hacer como que tú eres el hombre más normal del mundo sin rechistar y yo te tengo que contar todo lo que me pidas…
-¿Acaso me has preguntado por qué voy así?
-Está bien… ¿Por qué vas así?
-No te lo voy a decir.
-Te odio.

En ese momento la única pareja de clientes restantes decidió que era momento de marcharse y se acercaron a la barra con sus vasos aún por la mitad. Uno de ellos, con el pelo rapado, la nariz y las cejas llenas de piercings y una camiseta tan ajustada como sus brazos llenos de vitaminas se lo permitían sin romperse, tuvo el coraje de situarse junto a Arguish y dirigirle miradas furtivas mientras su compañero, con las mismas pintas llamaba la atención de Jack.

-¿Nos lo puedes poner en vasos de plástico?- solicitó cuando el camarero se les acercó.

Jack puso mala cara, sacó unos vasos estrechos de plástico transparente y echó el vodka de las elegantes copas cuadradas sin tener cuidado de si se caía algo fuera. Arguish se inclinó ligeramente hacia la derecha, miró a aquél chaval por encima de su hombro y soltó un bufido hinchando los carrillos. “El gesto indicado en el momento indicado hace saltar muchos resortes.” Eso lo sabía muy bien Arguish, que observaba la reacción del joven sin que se diese cuenta, mirando al frente, hacia un pequeño espejo que colgaba en la pared. Entonces la víctima de su pequeño juego hizo lo que esperaba que hiciese, esperó unos segundos después del bufido y volvió a observarle de reojo, esta vez con una ceja levantada. Entonces el hombre calavera giró su taburete todo lo rápido que pudo y se quedó frente a frente.

-¿Pasa algo?
-N-no…-aquella pregunta le pilló de improvisto, pero tampoco se echó atrás. Ante él tenía a alguien que le sacaba dos cabezas y cuya máscara podía expresar de todo y a la vez nada. Aún así, su orgullo no le permitía echarse atrás- Es que… Con ese traje… Pensaba que eras un Turco.
-¿Podría un Turco hacer esto?

>Con los vasos de plástico servidos en la barra, Arguish levantó el brazo derecho y su mano, con la palma abierta, cruzó el aire como un obús hasta impactar en la nuca del joven. La colleja sonó como un látigo y le empujó hacia delante hasta tirar las bebidas con la cara; cuatro dedos perfectamente marcados en el cuello del muchacho, las lágrimas costosamente retenidas en los ojos marrones, su amigo sin atreverse a levantar la mirada del suelo y Jack maldiciendo y limpiando el vodka derramado con una bayeta.
A Arguish le estaba costando un infierno contener la risa, mordiendo el palo de chupa-chups con fuerza. Se imaginaba perfectamente todo lo que le rondaba a aquel chaval por la cabeza, veía cómo apretaba los dientes y tensaba los nudillos, pero no le quedaba más remedio que tragar y agachar la cabeza. ¿Estaba un turco en su derecho de asestarle semejante hostia? Por supuesto. Y no podía arriesgarse a descubrir si de verdad era un agente de Shin-Ra o no.
Con el orgullo herido, giró sobre sus pies y se marchó sin su vodka y el cuello rojo, seguido de su indeciso amigo; así que el Blackson’s quedó vacío a las diez de la noche y Arguish se tiró sobre la barra desternillándose de la risa.

-Jajaja… ¿Has visto qué leche le he dado?
-¿No eres de Turk verdad?
-¡Qué coño voy a ser yo de esos!

Al barman se le contagió la risa y cogió la botella misteriosa junto con un vaso de vidrio rojizo lleno de arañazos y muescas.

-Este vaso me acompañó durante quince años por todo el mundo. Se lo compré a un vagabundo del sector 6 por un guil diciendo que lo fabricó soplando y moldeando una extraña esfera de color rojo- se echó un par de hielos y quitó el enmohecido corcho de la botella, aspirando el aroma encerrado en ella durante largo tiempo.
-¿Me estás diciendo que ese vaso fue una materia invocar?
-Ni más ni menos. En cambio, este licor… En uno de mis viajes me vi envuelto en la peor tormenta que he presenciado en toda mi vida. Al salir de Kalm ya me advirtieron de que el tiempo estaba cambiando, pero ignoré sus consejos. A media mañana comenzaron a formarse nubes en el horizonte, unas nubes bajas y vaporosas. Cuando me quise dar cuenta tenía sobre mí un cielo totalmente gris y turbulento y se levantó un viento que formaba remolinos aquí y allá. Te lo juro Arguish, era la naturaleza en estado puro. El viento parecía un grupo de camorristas zarandeándome de un lado a otro, el cielo parecía romperse a cada nuevo trueno… Yo ya pensaba que no llegaba a Midgar, que en cualquier momento me caía un rayo en la puta cabeza. Y es que encima, no sé cómo todavía, me perdí.
-¿Te perdiste de camino a Midgar?
-Ya se que suena absurdo, pero pronto empezó a anochecer y yo estaba bajo un jodido árbol esperando a que escampase. El suelo embarrado, charcos gigantescos, unas gotas tan grandes como canicas… Yo ya pensaba que me iba a dar una hipotermia o algo, tenía la ropa tan calada que el agua simplemente resbalaba por ella. El caso es que cuando ya era prácticamente de noche, vi una pequeña luz a lo lejos. Resultó ser una mujer con un pequeño candil, enfundada en un yukata de color caqui y un paraguas de color rojo.
-Eso te lo estás inventando…
-¿Me dejas seguir o no? Te juro por todo el alcohol de este bar que pasó de verdad.
-Continúa, continúa… Pero dame otro chupa-chups de esos que tienes ahí, que se me ha acabado este.
-Anda que eres raro… ¿Y ese vicio por los caramelos?- preguntó Jack sacando de un tarro de cristal un dulce de fresa.
-Saben mejor que el tabaco...
-Bueno…- continuó Jack, que había alargado el silencio para esperar una respuesta más extensa- Pues ella se acercó hasta mí y me cogió de la mano. Era una joven preciosa, de veinte años tal vez. Tenía el pelo, de un castaño color miel, recogido con una coleta, pero un par de mechones le caían empapados sobre la frente. Su piel era pálida y junto a la lluvia y la luz del candil, parecía frágil y suave.
-Se te da bien relatar eh…
-¿Quieres dejar de interrumpirme? El caso es que se me quedó mirando un buen rato y después tiró de mi brazo con fuerza. Sin que me diese cuenta estábamos corriendo por el bosque, sin poder ver apenas lo que había delante por culpa de la lluvia. Aquella chica tenía una agilidad impresionante, parecía saberse la posición de cada árbol, de cada piedra que podría hacerte tropezar, de cada desnivel… Imagínate yo, con una mochilla hasta arriba de frascos y botellas de alcohol, pocas veces lo he pasado tan mal. Aún así conseguía seguirla el ritmo, conseguía ser igual de rápido que ella con tal de que no soltara mi mano, como si el hecho de separarnos durante el trayecto supusiese que no volvería a verla jamás. Entonces apareció de repente una sencilla cabaña de madera de la nada, entre una salvaje vegetación tan verde que contrastaba con la oscuridad de la tormenta. Un escalón, una veranda, un tejado hecho con unas cuantas ramas… Entramos atropelladamente y yo caí rendido sobre la mohosa madera con los pulmones casi fuera. Yo la dije “muchas gracias por ayudarme”, pero ella ya estaba ajetreada como si aquella choza fuese su casa. Sacó una materia piro de entre los ropajes… Sí, no me mires así, no sé de dónde la sacaría pero tenía una materia piro. Entonces salió de nuevo cubriéndose la cabeza con las manos y volvió con unas cuantas ramas; las tiró en el centro del oscuro cuarto y te juro que las prendió aporreando el suelo con la materia. Al cuarto golpe salieron unas cuantas chispas y al quinto un chorro de fuego formó la hoguera. Yo quería ayudar de alguna manera pero ella no dejaba de moverse de manera sistemática y con una precisión que sólo podía haber heredado de la experiencia. Después fue hasta una esquina, levantó una tabla y sacó dos pasteles de arroz y un pequeño recipiente de madera con tapón, tallada de manera inexperta.
-¿Y eso era el licor que tenemos aquí delante?
-Así es, pero déjame acabar. Yo le agradecí mil veces su amabilidad, pero ella simplemente se quedaba quieta, mirándome fijamente con una sonrisa tan pura e inocente… Allí estuvimos, junto al fuego, mientras fuera, el bosque se convertía en una mancha totalmente negra y uniforme. Pues fue ofrecerme ella echar un trago y caí totalmente inconsciente. En el mismo momento en el que volqué su contenido por mi garganta, perdí el conocimiento. Además, fue una noche muy confusa, no sé si era que tenía fiebre por culpa de la lluvia o es que el alcohol realmente me había sentado tan mal, pero entre el sueño y la vigilia no hacía más que oír voces, gritos, susurros, llantos, risas… Desperté al día siguiente con cierta pereza. Esperaba algo de resaca o tal vez dolor de cabeza, pero era al contrario, me sentía totalmente reconfortado… ¿Quieres saber el verdadero secreto de este licor?
-¡Joder Jack, te he aguantado hablando durante media hora, cuéntamelo ya!

El barman se sacó un mechero del bolsillo de la camisa y lo suspendió en el aire con una sonrisa del que sabe que está generando expectación.

-Cuando desperté, salí de aquella caseta que había resistido la fuerza de semejante tormenta con vehemencia y busqué a aquella chica. La encontré unos metros más lejos agachada en la hierba, recogiendo flores de distintos colores y tamaños. Yo me acerqué con disimulo y ella me respondió con una de sus sonrisas inocentes- dicho esto, Jack giró la rueda del mechero y acercó la llama a la bebida. El alcohol prendió al instante, pero con un color verdoso intenso, casi fosforescente- En aquel bosque, tras la caseta, aquella chica recogía flores que luego hacía fermentar. Pero esas flores no crecían en cualquier sitio, sino que, formando un corro, se elevaban enérgicamente en torno a una minúscula brecha en la tierra. Una brecha que brillaba con un intenso y fluctuante color verde…

Arguish se echó para atrás y la máscara se estiró, formando una gran O en la abertura de la boca y dejando caer sin querer su querido chupa-chups.

-No puede ser…
-Exacto, corriente vital atrapada en este licor. Ahora dejemos de hablar tanto y brindemos con ello joder…- Arguish se bebió lo que quedaba en su copa y Jack le echó un escaso chorro de su tesoro, flambeándolo como había hecho con el suyo. Ambos brindaron y el líquido bajó por sus gaznates de un tirón- Y bien… ¿Qué te ha parecido?
-Pues la historia es verdaderamente bonita… ¡Pero esto está podidamente asqueroso! Ahí te quedas, otro día me cuentas qué pasó con aquella chica de los bosques.
-¡Que te jodan Arguish! No te vuelvo a dejar probar nada jamás- pero su último cliente de la noche ya había bajado del taburete y se despedía de él agitando la mano- ¡Y tú algún día me dirás por qué coño llevas esa ropa y esa máscara!


Ya por la noche las calles cambiaban totalmente. Mercado Muro seguía con su ritmo frenético, con sus luces caóticas por allí y sus prostitutas por allá, pero bastaba con alejarse unas cuantas calles para envolverse en una urbe solitaria y silenciosa.
En su paseo hacia ningún lado, Arguish apenas se encontró con gente, tan sólo un grupo de amigos que marchaba hacia la estación de trenes con ritmo hebrio y una pareja que, poseídos por las hormonas, les pareció conveniente ponerse a follar en una esquina hasta que se dieron cuenta de que un tío enorme con cara de calavera les observaba sin apartar la mirada. Ella pegó un grito tremendo y cayó al suelo al intentar echar a correr y tropezarse con las bragas; él la ayudó a levantarse y ambos se largaron a paso ligero por un callejón.

-¡Por mí no os cortéis eh…!

Arguish siguió a lo suyo caminando con las manos en los bolsillos. Se pasaba la lengua por los labios continuamente y tragaba saliva con cierto placer. La verdad es que aquél chupito le había encantado, no había probado algo similar nunca. Sentía la potencia del alcohol aún rascando su garganta, pero aquél cosquilleo reposó un momento en estómago y fue extendiéndose por todo su cuerpo después. Sin duda haría lo que fuese con tal de que Jack le volviese a dejar beber de aquél brebaje espirituoso.
Caminaba imaginándose a si mismo en aquél bosque bajo la tormenta, respirando aquél aroma tan delicioso de la hierba mojada y la corteza húmeda, que apenas se dio cuenta de que frente a él habían aparecido cuatro personas.

-Perdonen caballeros, pero me bloquean el… ¡Anda, si vosotros sois los dos que estaban en el bar antes!

En efecto, los dos jóvenes con ropas ajustadas, orejas llenas de pendientes y cabeza rapada que se fueron intimidados del Blackson’s estaban allí con los brazos cruzados. Sólo que ahora estaban respaldados por otros dos grandullones, cual camorristas ansiando su zurra diaria. Todos llevaban una ropa y un estilo parecido, uno con un brazo totalmente tatuado, otro con varios tubos metálicos que le atravesaban la nariz…

-Tú no eres turco… -se aventuró a decir el que fuera el compañero del golpeado en el bar. Ahora se sentía protegido entre los suyos, pero su voz no dejaba de ser débil. Desde luego aquél no era el líder del grupo.
-Sí lo soy- contestó simplemente Argish.
-Enséñanos la placa- el más grande de todos, el del brazo tatuado, habló con una voz torpe y lenta, pero que destacaba sobre todas las demás.
-Caballeros…- Argish estaba totalmente sereno, viendo a través de su máscara todas y cada una de las expresiones y gestos que ponían, leyendo perfectamente sus posibles reacciones- Obviemos el hecho de que a simple vista parezco un hombre peligroso, con traje de marca y una calavera que cubre mi bello rostro. Obviemos también que pueda llevar un arma bajo la chaqueta y que en cualquier momento os pueda coser a tiros. Voy a ser sincero caballeros, no soy turco…- entonces levantó el brazo y señaló con el dedo índice una señal de stop situada en la esquina de la acera de enfrente- Pero mi amigo sí y él si que es peligroso.
-Ahí no hay nada gilipollas- este vez fue la víctima de su colleja la que habló, sacando pecho con claro gesto de resquemor.
-Claro que sí. ¿No le veis? Ahí, atado a la señal con una cadena. Lo que pasa es que es bastante más informal que yo. Lleva la misma corbata que yo, pero ni siquiera la lleva anudada… Y su camisa, bueno, la lleva totalmente arrugada… También lleva una máscara, pero tiene mucho peor gusto que yo, es una de esas máscaras que se usan en las orgías de masoquismo y esas cosas… Yo ya le he dicho que no me gusta nada, pero él insiste en llevarla…
-¿No está vacilando?-preguntó de nuevo el grandullón tatuado a sus amigos.
-Yo no miento señores. Lo que pasa es que es mi amigo imaginario, pero bueno…- los muchachos estaban a punto de abalanzarse a por él y lo sabía, así que tranquilamente, y prologando el silencio que había creado, se llevó la mano a un bolsillo interior de la chaqueta. Sacó una pulcra pitillera metálica y sacó de ella un nuevo chupa-chups. Después hundió las manos en los bolsillos del pantalón con toda la calma que le era posible y los volvió a sacar con dos puños americanos en cada una, de color dorando aunque totalmente desgastado- Que no exista para vosotros no quiere decir que no exista… ¿No? Venga, acabemos con esto cuanto antes que me está pidiendo que le desate.

No hubo falta más palabras, el más canijo de los cuatro, harto de tanta palabrería absurda, corrió hacia él. Argish echó a un lado el chupa-chups en el interior de su boca y adoptó una posición de boxeo con sus armas en los nudillos. El chaval no conocía más allá de las simples peleas callejeras, donde lo importante era pegar más que el otro sin importar lo que recibieras, así que a Arguish no le costó ni un suspiro. Esquivó el primer puñetazo moviéndose rápidamente hacia la izquierda, desvió el brazo del contrario para desequilibrarle y hundió el metal de su mano derecha en estómago del rival. El chico despegó los pies del suelo por un momento y se elevó medio metro en el aire con el puño de Arguish aún apretándole. Al caer vomitó en el acto y después perdió el conocimiento.

-Caballeros, atended aquí por favor- les dijo llamando su atención. Arguish mostró el interior de su chaqueta; en uno de los bolsillos estaba la pitillera con los caramelos, pero en la otra todavía surgía un tímido brillo amarillo- Esto de aquí es materia, en concreto, materia golpe mortal. Con vuestro amigo me he contenido, pero si buscáis más leña… La tendréis.

Aquellos chicos no atendían a razones. Al hecho de haber pegado a uno de sus amigos, ahora se le unía el que el más grande de todos había dado un paso hacia delante, así que el resto se vio con suficientes ganas y energías como para dar una paliza a Arguish. El primero de ellos, el de la nariz perforada, intentó tirarle al suelo agarrándole por la cintura, pero el puño del enmascarado bajó hasta su coronilla y le dejó fuera de batalla nada más empezar. El cuerpo sin conocimiento le sirvió para empujarlo contra el resto de luchadores, que se vieron indefensos al intentar agarrar a su amigo. Ese fue tiempo suficiente para que Argish saltase sobre el que había vomitado y acabase propinando una patada en los riñones al que iba con una camiseta de tirantes negra. La materia brilló bajo la chaqueta y el chico salió despedido hasta chocar contra una farola cuatro metros más lejos. Las cosas estaban mal para ellos, así que el gorila del grupo decidió pasar a mayores sacando una navaja mariposa.

-Muchacho… Eso no te va a servir de nada.

Y en efecto así ocurrió. Aquél contrincante era igual de alto que él e incluso más ancho, pero carecía de la agilidad necesaria. Primero intentó sacarle las tripas con un tajo horizontal, pero Arguish se echó hacia atrás. Después dibujó una diagonal hacia arriba con la cuchilla, pero de nuevo consiguió esquivarla y el metal del puño americano rompió cúbito y radio desgarrando músculo de por medio. El enmascarado ignoró sus gritos de dolor y le asestó otro puñetazo en la cara, arrancando la mandíbula y deformando parte del cráneo.
Ahora ya solo quedaba el más miedoso de los cuatro, el que no sabía si quedarse ahí e intentar ayudar a sus amigos o salir corriendo y abandonarles a su suerte. Arguish se agachó y tomó prestada la navaja, que se había caído al romperle el brazo al grande. Temblando de arriba abajo, se encontró con un Arguish distinto al del bar, con una sombra más alargada, más siniestro, respirando agitadamente y con una sonrisa que incluso se veía a través del látex. Sintió cómo su cuello se oprimía y sus pies se levantaban del suelo, sentía que le faltaba el aire y que por primera y última vez era más alto que aquél asesino.

-A mi amigo imaginario le van mucho estas cosas, pero yo no soy muy partidario… ¿Sabes lo que me está gritando desde el otro lado de la calle? Que te raje de arriba abajo, que te deje morir sujetándote las tripas o demás aberraciones que son realmente asquerosas. Yo odio esas cosas, de verdad, pero es que si no le hago caso de vez en cuando… Pues se vuelve un pesado. Así que ya lo siento.

Clavó la navaja justo bajo el esternón y bajó como si fuese una cremallera. Entonces dejó de asfixiarle y lo lanzó al suelo, viendo cómo los intestinos se manchaban con la suciedad de la acera, cómo intentaba metérselos de nuevo y tapar con unos dedos cada vez más débiles el enorme tajazo. Pasados unos minutos la calle volvía a estar en silencio, pero con más de diez litros de sangre desparramados en el cemento.
Arguish sacó un minúsculo PHS del pantalón y marcó un número de trece cifras. Esperó paseando por la calle, teniendo cuidado de que la sangre no manchase sus caros zapatos, hasta que una voz modulada le contestó al otro lado de la línea.

-¿Qué ocurre?
-Necesito limpiar una calle cerca de Mercado Muro. Dos muertos, tal vez tres no sé… Tiene una brecha muy fea en la coronilla.
-Eso te costará…
-ya lo sé joder, pero qué remedio…
-Está bien, ten una buena noche, del resto nos ocupamos nosotros.

Arguish resopló y colgó, echó un último vistazo a la escena y cruzó la carretera para acercarse hasta la señal de stop. Hizo como que desataba una cadena invisible de la barra metálica y comenzó a andar de nuevo.

-Ya has tenido tu puto espectáculo, así que calladito. ¡Qué puto asco me das…!



Noche cerrada cerca de Mercado Muro, más bien ya altas horas de la madrugada. Un hombre vestido con americana negra y camisa blanca, acompañada de una corbata que recuerda a un caramelo de fresa y nata, una máscara de látex con forma de calavera y un palillo de plástico entre sus dientes camina hacia su casa. Parece cansado, tal vez ha tenido una noche ajetreada. Sólo tiene ganas de llegar a la cama y caer rendido en el colchón. Antes de llegar a su casa ya está sacando las llaves y juega dando vueltas a una arandela que tiene por llavero. Cuando llega a su portal, ve a un hombre de piel tostada hecho un ovillo, durmiendo. Se agacha y le zarandea hasta que despierta. Tras unos segundos de incertidumbre, el joven se levanta y le ofrece la mano.

-¿Fuiste tú quien me dio esta dirección?
-Y tú eres…- el hombre enmascarado parece desconcertado.
-Maximiliam… Max White. Es que verás, aquella noche estaba borracho y no me acuerdo de nada, pero… Creo que fuiste tú quien me dijo que sabía cosas de Callisto.
-¡Ahh! Sí, ya sé quien eres. Pasa, pasa, como si estuvieses en tu casa.

4 comentarios:

Astaroth dijo...

El amigo de Arguish necesita un nombre, no puede llamarse simplemente amigo imaginario. Me encata este nuevo personaje, a ver cómo se desarrolla.

Me gusta, aunque no tengo del todo claro si las materias pueden fundirse (aunque eso ya te lo comenté con la esfera rajada de Yief). A ver con qué nos sorprende el vaso.

Rokhsa dijo...

Mea culpa, a lo mejor no lo he descrito bien, realmente la materia estaría guardada en un bolsillo interior de la chaqueta, no en el propio traje.

Rokhsa dijo...

Ahh, coño, te refieres al vaso!! xDD
Nah, lo metí como algo anecdótico para hacer la gracia, no habrá mucha pega no?

Skeith dijo...

Ya ves, se usa mako para todo. Para todo, todo y todo... Y mira tú que si ese vaso un día invocara a un Leviatán de vodka, yo me parto xD.

La historia del barman ha molado, y te deja como diciendo "¿pero y la mujer esa por qué no se ha montado una franquicia? ¡Shinra le compra la receta fijo!"