viernes, 21 de agosto de 2009

187.

No se si escribir estas líneas servirán de algo para futuras investigaciones, pero me siento en el deber de relatar lo sucedido, aunque sea por cuestiones personales y a razón de que pueda dormir una noche entera sin pesadillas.
Mi nombre es Jacob Andersson y no se si de verdad he perdido la cabeza por completo o si lo que he presenciado durante estos últimos días pertenece a un campo no muy lejano de la realidad.
Nací en Kalm, aunque ese pequeño pueblo es ahora un vano recuerdo emponzoñado por la amnésica urbe de Midgar. Mis padres, una gente honrada ante todo, traían comida a casa todos los días gracias a una tienda de antigüedades. Recuerdo las horas pasadas en aquella tienda, la fascinación que despertaban en mí diversos y extraños artilugios. Trasteaba con enormes relojes el doble de grandes que yo intentando descifrar para que servía cada rueda dentada, jugaba con soldados de madera que habían pertenecido a algún niño de tres o cuatro generaciones anteriores. Mis padres no se quejaban, yo era un chico muy silencioso y nunca rompía nada.
Hice los estudios básicos en una pequeña escuela, sacando sobresalientes en Historia y Lengua, asignaturas que desde siempre me han gustado.
Un día, un extraño hombre vino al pueblo y entró en la tienda. Yo sentí un escalofrío al verle; parecía alguien sacado de los cuentos de terror para que los niños se coman toda la comida.
Con una larga y canosa barba que le llegaba hasta el cuello y unas cejas igual de pobladas saludó al entrar en el establecimiento. Una gabardina negra le tapaba un cuerpo tremendamente abultado y unos mocasines hacían leves chirridos en el suelo.

-Vaya frío hace en este pueblo-bromeó el extranjero con un acento cargado de tonos graves. Pero lo cierto es que era invierno y hacía un tiempo terrible.

Mis padres sonrieron educadamente y enseguida el hombre se puso a revisar todos lo estantes; en total seis agrupados en tres filas. Aunque parecía no encontrar lo que quería, iba con una idea clara y desechaba el resto de antigüedades. A menudo se pasaba la mano por la barba y se quedaba unos segundos pensativo para luego buscar con más insistencia.
Como yo ya tenía doce años, dejé de jugar con los trastos y me encargaba de vigilar que nadie robase, así que seguí al anciano en todo momento.
-Chico-me dijo haciendo un gesto con la mano-Ven, ven…Estoy buscando un artilugio un poco peculiar.
-Si no me da más pistas no podré ayudarle-me excusé cortésmente.
-Ya…Es que es complicado. Seguramente el que os lo vendió pensaba que era una cafetera o algo parecido, de latón y con quemaduras a los lados… ¡Ah, ahí está!

Fue entonces cuando empezó a ponerse nervioso de alegría y cuando yo me fije en sus temblorosas y envejecidas manos; tenían costras y llagas por todas partes y las uñas chamuscadas.
Se preguntarán por qué les explico esto. Este hecho no tiene más relevancia hasta más avanzado el relato, pero ese día ocurrió algo que me hizo poder seguir con los estudios. Aquel hombre salió de la tienda y volvió con un pesado maletín. Decía que quería ese trasto a toda costa y pagaría lo que hiciese falta (yo recordaba haber estudiado esa chatarra varias veces sin encontrarle utilidad).
En cuanto el hombre se marchó, mis padres dieron saltos y gritos de alegría.
-¿Qué ocurre?-pregunté yo.
-¿No lo entiendes hijo?-dijo mi padre, un hombre curtido en el campo durante la juventud y de manos grandes-¡Con este dinero podrás ir a Midgar a estudiar!

Y así fue como proseguí los estudios, adentrándome en la gran metrópolis donde, según decían, era todo oportunidades. Era obvio que quién decía eso era porque nunca había estado.
Terminé la secundaria en la ciudad, hospedándome en la casa de un tío lejano por parte de mi madre. Como parte de la familia dejaba mucho que desear; él me daba dónde dormir, pero por lo demás tenía que buscarme la vida.
Contactaba con mis padres mediante correo cada seis días y ellos me mandaban algo de dinero, pero decidí buscarme algún trabajo a media jornada cuando tuve dieciséis para ganar algo de libertad.
En los dos últimos años de enseñanza obligatoria, me hice bastante amigo de un chico llamado Kyle Bwoski. No sólo compartíamos los mismos intereses sino que nuestros hígados se convirtieron en almas gemelas durante la infinidad de borracheras que vivimos juntos. Él era un joven donjuán y aunque yo tampoco me quejaba de mi vida amorosa, carecía del talento y la picardía que poseía Kyle con las mujeres.
Para cuando entramos en la universidad él se especializó en filología y yo en Historia, compartiendo piso en una residencia del sector 5, cuyas paredes amenazaban con aparecer en la primera página de los periódicos al caerse encima de los estudiantes.
Definitivamente no era mi idea de Midgar.
La juventud y el alcohol me pasaron factura, pero mis notas seguían siendo aceptables. Durante los dieciocho y los veinte años mi corazón estaba dividido en dos romances: uno las ciencias ocultas y las extrañas cábalas de chiflados sobre el origen del mundo, y otro una chica llamada Queen Pullman.
Era una mujer preciosa, con el pelo castaño y rizado y unos ojos almendrados que repetían una mueca que a mí me encantaba. Ella estudiaba una ingeniería y vivía con una amiga en un piso, así que no nos conocíamos de nada.
Un día me armé de valor y me colé en la fiesta de su facultad para declarar lo que sentía. Yo tampoco era tan reservado y tímido como parece, pero con ella era distinto, me costaba horrores atreverme a hablar con ella.
Ese día fue el fin de mi amistad con Kyle. Fue como si me sacasen las tripas y me las enseñasen riéndose. Incluso le hablé a mi amigo de lo que sentía por Queen pero poco le importó cuando le vi en la fiesta metiéndola la lengua hasta el fondo.
Ni siquiera se enteró de que yo estuve esa noche y les vi, y tampoco le hizo falta afrontar mi rabia porque al día siguiente recogí mis cosas y dejé la residencia para vivir en un hostal del sector 6.
Fue un duro golpe para mí, aparte de Kyle no tenía más amigos y además me había robado a Queen. A ella no la culpo, ni siquiera me conocía, pero si alguna vez me cruzaba con Kyle por la universidad le lanzaba la mirada más asesina posible y no le dirigía la palabra.
En cambio, en mi nuevo hogar me sentía a gusto. El precio era bastante bajo y me lo podía permitir; además eran cincuenta metros cuadrados para mí sólo. A quince minutos en bici, el hostal Margaret mostraba una fachada con pintura blanca desconchada y una puerta de acero oxidada. Tenía solamente tres pisos y en cada uno cuatro viviendas. Yo me encontraba justo en el medio, en el piso dos, letra C, es decir, según salías de las escaleras al fondo a la derecha. En mi piso sólo vivíamos dos personas, yo y una cariñosa mujer de cuarenta y tres años que enseguida me cogió cariño. Bajo mi suelo sólo vivía Margaret, la dueña, una mujer pequeña y rechoncha provista de bata y rulos en la cabeza que a menudo invitaba a sus inquilinos a tomar un café. Por último y sobre todo más interesante, sobre mi cabeza, en el tercer piso, vivía un hombre soltero algo huraño que pocas veces salía de su habitación.
Para entonces yo comencé a despreocupar mi figura y me dejé una barba de dos semanas. Blanca, la mujer que vivía justo en frente de mi puerta, apareció el primer día con un gran bizcocho dándome la bienvenida; yo la invité y nos sentamos en una pequeña mesa con mantel de ganchillo. Las sillas de madera chirriaron al sentarnos y Blanca soltó una tímida risotada.
-Esta casa tiene más años que yo…-bromeó señalando la vieja estantería que adornaba una esquina y el rascado parqué del suelo.
-No me importa, es más que suficiente para los dos años que me quedan de carrera.
-Oh, vaya, así que estudias.
-Así es.
-Pues te prometo que cuando necesites concentración no haré ruido-dijo levantándose de la silla con una amplia sonrisa-Espero que te guste el pastel.
Y así fue durante los días en que yo estaba hasta arriba de exámenes: ni un solo ruido que perturbase mi concentración. Después supe que Blanca se había divorciado hace diez años y que yo le recordaba a su hijo. Me lo dijo ella misma en una de las reuniones de café con Margaret. No tenía pelos en la lengua, decía lo que pensaba, pero a menudo se la veía melancólica y abatida; añoraba a su hijo.
Como ya he dicho, tenía dos amores y como uno de ellos se desvaneció, comencé a pasar horas muertas leyendo grandes volúmenes sobre sectas que adoraban a dioses naturales y teorías sobre la creación del mundo. Alguna me cautivaba más que otra, pero en ningún momento me llegaba a creer alguna, simplemente me fascinaba leer cosas que de algún modo podrían encajar con la realidad. La Materia era un complejo asunto al que se le había atribuido una explicación lógica: concentración de energía Mako alterada mediante diversos procesos. Pero había infinidad de libros que planteaban el origen de esa energía. Vivir en un mundo tan civilizado y poder lanzar fuego por las manos al mismo tiempo era algo que traía quebraderos de cabeza a muchos teóricos.
Una noche estaba leyendo un extenso artículo de una revista de ocultismo sobre la transmutación cuando, sin saber exactamente el origen, comenzaron a sonar unos débiles gemidos.
Enseguida encontré una explicación acorde. No era la primera vez que Blanca se traía a un hombre tras salir un poco de marcha. Pese a sus cuarenta y tres años se mantenía como una jovenzuela y muchos caían rendidos cuando hacía agitar su melena rubia en las discotecas. Incluso yo, llegado un momento, inicié un extraño pacto con ella. Fue un día en el que me invitó a tomar el café y la conversación pasó de “¿Cómo van los estudios?” a algo más candente. Por aquél entonces yo tenía veintidos y fue una experiencia totalmente diferente a las demás. Desde aquél momento, si a ella le apetecía, yo no me negaba.
Pero esa noche llegué a la conclusión de que no era Blanca la que gemía. Era un sonido ronco, carrasposo, y parecía venir de arriba. Dejé la revista encima del libro de Historia del Arte y me subí con extremo cuidado a la desvencijada silla. El techo no era muy alto y en cuanto acerqué el oído pude afirmar que los gemidos provenían del piso de arriba.
A los pocos minutos se puedo oír el abrir de una puerta y los gemidos cesaron.
No le di mayor importancia.
Al día siguiente tocaba pagar a Margaret así que bajé y llamé a su puerta. Como mujer a punto de jubilarse, no le apetecía que Midgar se quedase con el dinero de sus impuestos, así que nos hacía pagar en mano.
-¡Ay que salao! –dijo al abrir la puerta-Siempre eres el primero en pagar.
-Las obligaciones primero, ya lo sabes-dije sacando el pecho en señal de broma-Oye, El hombre del tercer piso… ¿En qué letra vive?
-¿Robert? En la A. Es un hombre raro, apenas sale de ahí y…
-Ya veo…-la corté yo. Si no, seguramente seguiría hablando de él durante media hora más- ¿Y encima de mí no vive nadie?
-¿En la C? No, en el tercero sólo vive Robert.
-No te preocupes-la dije cuando empezó a poner cara de desconfianza-Yo nunca haría nada sin tu permiso Margaret, sólo que pensaba que Robert vivía en la C.

Haber preguntado aquello me perturbó aún más. La noche anterior había alguien en ese piso, de eso estoy seguro. Pero si ese piso estaba vacío algo no encajaba. Lo primero que pensé fue que lo habían ocupado pero esa idea fue rechazada cuando Margaret, con la espina de la desconfiada aún clavada, subió, abrió la puerta y vio que dentro no había nadie.
El siguiente sospechoso era Robert. Quizá él también decidió llevar una chica aquella noche. Pero no, era absurdo. Si ya tienes un piso ¿porque entrar en uno ajeno?¿Para no tener que cambiar las sábanas? Además, Blanca le comentó una vez que Robert no se relacionaba con nadie y menos para tener un rollo de una noche.
Borrón y cuenta nueva. Decidí olvidar aquél extraño incidente.
Este último año, al acabar el curso me ha tocado estudiar porque al profesor de Historia del Arte no le pareció bien que relacionase las esculturas la ciudad de los Ancianos con el culto a un panteón orgiástico de hace siglos en el examen. Mi afición por las religiones esotéricas me pasó factura y me obligó a hincar codos para recuperar la asignatura unos meses más tarde.
Por primera vez en lo que yo llevaba de inquilino, Robert se dignó a bajar una tarde para tomar el café con nosotros. No exagero si digo que fue la primera vez que le vi la cara.
Era una persona alta pero delgaducha y portaba una espesa barba que debía cuidar todos los días. El pelo, echado hacia atrás, pintaba ya alguna cana.
-¿Y tú eres…?
-Jacob Andersson-le dije ofreciéndole la mano.
Él hizo caso omiso del saludo y señaló la revista que estaba leyendo.
-Un pasatiempo, me gustan las teorías místicas-dije con una carcajada.

Margaret dejó un plato con pastas en la mesa (idéntica a la mía) y levantó el dedo índice frunciendo el ceño hacia Robert.
-Robert Gladew, vale que seas como uno más de la familia en este hostal, pero cuatro meses a deber me parecen muchos.
-Perdóname Margaret-dijo educadamente el soltero- Mañana mismo lo tendrás en tu puerta, siento el retraso pero he tenido problemas últimamente.

A Margaret se le pasó el enfado enseguida y seguimos con la típica tarde de café de los miércoles.
-Pues lo llevo bastante bien, gracias. Espero acabar la carrera en cuanto apruebe ese examen.
-Te echaremos mucho de menos si te vas al acabarla-dijo Blanca.

Nuestras miradas se cruzaron durante unos segundos. ¿Acaso nuestro encuentros esporádicos significaban algo más? De repente sentí una punzada en el pecho al pensar que no volvería a verla nunca más.
-Tranquilos, si no se ni lo que voy a hacer mañana-dije intentando quitar hierro al asunto.

Pero el hecho es que Blanca estuvo con la mirada perdida en su taza la mayor parte del tiempo.
-Si te interesan esas cosas-me dijo Robert señalando la revista al irnos- Ven un día a mi casa. Tengo bastantes libros al respecto.

Por una parte eso afirmaba que mi vecino era un tanto raro, pero por otra lo catalogué como una persona introvertida pero amable y educada. En el fondo se parecía bastante a mí.
Esa noche leí sobre el por qué la gente de Wutai tiene los ojos rasgados, un pequeño libro que exudaba racismo y etnocentrismo por todas sus páginas. Lo tiré directamente a la basura.
Al día siguiente acepté la oferta de Robert y decidí hacerle una visita. Tardó en abrir cuando apreté el botón del timbre, pero me recibió pidiendo disculpas.
-Es que justo estaba preparando la comida y cuando has llamado el jodido filete me ha escupido aceite-era cierto, tenía un par de tiritas y pegotes de pomada en cada mano-Entra, entra.

En el momento en el que entré en el hogar de Robert Gladew, tuve la sensación de haberme sumergido en algo más, un ponzoñoso y oscuro lugar del que ya no había marcha atrás.
La casa era indéntica a las demás que había en el hostal, pero ésta estaba totalmente desordenada: pilas de libros casi tan altas como yo apoyadas en el suelo, montones de folios desparramados en la mesa…Me acerqué a las hojas para echarlas un vistazo mientras Robert terminaba de freírse aquél filete. La mitad de ellos no tenían más que borratajos y caracteres totalmente desconocidos para mí; el resto contenían complejos cálculos y multitud de parábolas dinujadas.
-¿Qué es esto?-le pregunté con curiosidad.
Él llegó dando trompicones y con gesto enfadado.
-Cavilaciones-dijo simplemente. Después recogió los papeles y los metió en un cajón.

Me dio la impresión de que no le gustó nada que hurgase en sus cosas así que dije lo primero que me vino a la cabeza.
-Me preguntaba si tenías ese libro sobre la energía Mako que salió hace años…
-¿El que sacó Shin-Ra para hacer publicidad?
-No, el que escribió aquél científico chiflado…No me acuerdo de su nombre.
-Creo que ya se cuál dices.

Dicho esto, entró en su habitación y cerró la puerta. “¡Cómo le gusta la intimidad al hombre!” pensé cuando me quedé de pie en mitad del salón, esperando a que saliese con el libro; hacía un calor espantoso y el aire estaba viciado.
Yo no sabía qué hacer, la verdad es que pretendía pasar la mañana estudiando y no quería perder mucho tiempo co Robert. Me pasé la mano por la frente para secarme el sudor y me acerqué a la puerta de su habitación.
-¿Quieres que te ayude a buscarlo?-no hubo respuesta.

Esperé un par de minutos más y arrime la oreja a la puerta. Lo cierto es que no se oía nada, ni cajones abriéndose, ni libros apartándose, nada.
-¿Robert?-Un infarto, pensé de manera rápida e irracional.

Giré el pomo y entré apresuradamente. Nadie. Ante mi sorpresa Robert se había esfumado. Sí que había señales en una pequeña estantería de que mi vecino había buscado el libro, pero de repente no estaba.
Ese fue el segundo incidente extraño que aconteció en el hostal, pero tampoco fue el último.
Yo bajé al piso de Blanca y le pregunté que se había visto a Robert, pero pasaron casi dos semanas hasta que el aludido volviese a aparecer, murmurando cosas sin sentido y como si hubiese envejecido treinta años. El pelo había encanecido considerablemente y la piel de sus brazos era oscura y llena de manchas.
-Sí, ellos me han visto, pero no saben que yo también les vigilo…-decía al subir las escaleras hacia su piso.

El día que comenté su desaparición, Margaret le quitó importancia argumentando que no era la primera vez que lo hacía.
-De repente se va y vuelve tras una semana, un mes, depende…

Llegó el día de mi examen. Me desperté a las seis de la mañana porque los nervios podían más que el sueño. A la diez salí con una bandolera y cuatro cafés en el cuerpo. La verdad es que me estresé demasiado, salí de la prueba bastante conforme y con la fuerte confianza de que estaba aprobada.
-Ven, esta noche celebraremos tu éxito-me dijo Blanca al llegar al hostal.
-Pero si aún no se si he aprobado.
-Bueno, pero dices que te ha salido muy bien ¿no?
Fue una noche bastante extraña. Yo apenas conocía Midgar, tan sólo las calles de los alrededores y poco más, así que fue ella la que eligió el sitio: la Tower of Arrogance. “Madre mía” pensé al ver el edificio. Y eso es precisamente lo que me produjo un escalofrío; si un día Blanca me confesó que le recordaba a su hijo… ¿Suponía aquello que también se acostaba con su hijo? Desde aquél momento nuestra relación me pareció muy bizarra.
Al final, creo que bebí tanto ron que lo sudaba por la frente cuando me animé a bailar en la pista. Salimos del local al mismo tiempo que otro hombre, respaldado por dos gorilas y con un cabreo más que manifiesto.
Llegamos al hostal de Margaret hombro con hombro y recorriendo la calle de lado a lado. Ella me arrastró hasta su puerta, pero yo la rechacé. “Me recuerdas a mi hijo” me retumbó en la cabeza. Además, todo el café de la mañana, los nervios del examen y el ron me habían dejado destrozado. Blanca se enfurruñó y cerró su puerta con fuerza.
Yo subí las escaleras al segundo (no sin dificultad) y caí rendido en la cama, con la cabeza hundida en la almohada y la ropa aún puesta.
Si llegamos a las tres de la mañana, a eso de las cinco algo me despertó.
Otra vez aquellos gemidos.
Me quedé tumbado boca arriba, con los ojos abiertos como platos y el efecto del alcohol aún presente. Todo estaba en silencio menos los quejidos. De repente algo cambió.
Se oyó la apertura de una puerta, después unos pies presionando la tarima del tercer piso y luego bajando las escaleras lentamente. La temperatura subió repentinamente y las sábanas se pegaron a mis brazos.
No sabía qué hacer. ¿Si eran ladrones e iban armados? La idea de coger un cuchillo de la cocina y plantarles cara no me resultaba muy gratificante. Entonces me di cuenta de que las pisadas continuaron bajando y según el tiempo que tardaron en pararse, deduje que se quedaron en el primer piso.
Si lo pienso ahora, hubiera salido corriendo enseguida para evitar el desastre, pero en aquél momento cogí los extremos de la almohada y me tapé los oídos.
Hasta que aquél grito desgarrador recorrió los cimientos del hostal y reverberó durante unos segundos.
Fue entonces cuando salté de la cama y decidí salir con el cuchillo más grande que poseía. No quise dar la luz del pasillo porque no sabía si se habían ido o aún seguían rondando por allí, así que anduve en completa oscuridad apoyándome en la pared.
La puerta de Blanca estaba entreabierta. Entré con el mayor sigilo posible pero no sirvió de nada; Blanca no se encontraba dentro. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, sentí un miedo irracional, un mal presentimiento que me oprimía el corazón.
Seguí hacia abajo, me agaché en las escaleras y eché un vistazo (la luz de una farola bañaba el primer piso a través de una ventana en el extremo del pasillo). No había nadie, pero el calor allí era asfixiante. El suelo de madera presentaba arañazos negros, como si hubiesen rascado con varios hierros candentes, y esos arañazos habían arrancado astillas de la puerta de Margaret.
Intenté abrirla, pero el pomo estaba ardiendo y retiré la mano rápidamente. Entonces bajó Robert gritando juramentos y dando zancadas que hacían crujir a las tablas.
-¡Ya han venido! ¡Esos cabrones han venido y ya han empezado!

Sostenía una linterna en la mano derecha y cada vez que agitaba los brazos, la luz enfocaba un rostro totalmente desencajado por la locura, con la mandíbula formando gestos macabros y los ojos desorbitados.
-¿Quiénes?-pregunté yo aterrorizado. Aquél hombre hizo que se me erizasen los pelos de la nuca.

Me cogió del brazo fuertemente y me llevó hasta la ventana.
-¡Ellos!

Seguí la dirección de su dedo índice hacia la calle y después al cielo. Parte de una gran bola ardiente asomaba por el derruido techo del Sector 7, cegando al resto de estrellas a su alrededor.
Yo también quedé fascinado cuando ese meteorito apareció en el cielo hace tiempo, pero pese a mi afición por lo esotérico, no me pareció más que un gran meteorito y ya está. Supongo que si cae, las consecuencias serán catastróficas, pero espero que si no lo hace la locura, una soga en el cuello me ayudará a no estar aquí cuando ocurra.
-¿Crees que ese meteorito viene sólo? ¡Ellos van dentro y hoy han conseguido llegar hasta aquí!

Entonces pareció olvidar la conversación y se dirigió hacia la puerta de Margaret para abrirla de una fuerte patada.
En cuanto el pestillo cedió, el nauseabundo olor a carne quemada inundó el pasillo y una copiosa cantidad de humo ascendió por el marco de la puerta.
-¡Esto sólo es el principio, vendrán miles de ellos!

Yo, con la terrible sensación de esperar lo peor, me acerqué al piso de la dueña y encendí la luz de la entrada. Una terrible arcada me sobrevino al contemplar aquél horror.
En el centro del salón, con sus cuerpos cubiertos de una capa de piel carbonizada, descansaban Margaret y Blanca, en posición fetal y el rostro desencajado por el dolor y el terror.
-¡Pero conmigo no! ¡NO!-gritaba Robert totalmente demente.

Corrió hacia las escaleras y las subió hasta el tercero. Yo le seguí, no quería quedarme ni un segundo más viendo ese calcinado horror.
Para mi desgracia, la noche no había acabado.
Al entrar en casa de Robert le vi colocando un artefacto en la mesita del salón.
-¡No estaré aquí cuando ellos vengan! ¡No me pillarán!

Ahí estaba, diez años después, la extraña cafetera que mis padres vendieron al anciano con barba, sólo que ahora no presentaba quemaduras y de los fino tubos que sobresalían a los lados ascendía un vapor ennegrecido.
-¿De dónde has sacado eso?
-¿No lo entiendes?-me contestó con una risa burlona que me ocasionó otro escalofrío-Me la vendieron tus padres. Sólo que iré a comprarla cuando yo tenga setenta y cuatro años y tú tengas doce.
No recuerdo más. Robert apretó un interruptor y un tremendo fogonazo seguido de un estruendo me hizo perder el conocimiento.
Desperté hace tres días en la cama de un hospital y me dieron el alta ayer. Tan sólo mostraba una fuerte quemadura en el antebrazo en forma de mano y un traumatismo en la cabeza producido por la caída.
-Te encontraron tirado en una calle del sector 6-me explicó una enfermera poco después de recuperar la consciencia.
-¡Tenéis que ir al hostal Margaret!-grité aturdido y asustado-¡Alguien ha matado a dos personas! Margaret Blascow y Blanca Irons.

La enfermera también se asustó al oír aquello y salió corriendo para avisarlo. Diez minutos después vino un doctor y me miró los ojos con un bolígrafo con bombilla.
-Señor Andersson, no existe ningún hostal Margaret en el sector 6 y menos las dos personas que ha mencionado.
-¿Y Robert Gladew?
-Tampoco, señor Andersson.

Yo quedé mudo. Me debieron tomar por un loco o un un yonqui con alucinaciones así que me empastillaron y me dieron el alta.
Ahora estoy en un pequeño hotel escribiendo estas líneas y cuando las acabe me colgaré con la soga. No puedo seguir así, desde que desperté en el hospital tengo pesadillas hasta despierto y no creo que esté loco. La marca que tengo en el antebrazo está justo donde Robert me agarró para señalarme el meteorito. He llamado a mis padres y se acuerdan del hombre que hace años compró el artefacto. Ahora miro al cielo y tengo miedo, miro esa gigantesca roca ardiente y palidezco de terror. No quiero seguir así, además está empezando a hacer calor en la habitación, el aire acondicionado debe estar estropeado.
Un momento…Oigo pisadas. ¡La puerta se está quemando! ¡Han venido a por mí! ¡Son ellos! ¡Noooo...!

4 comentarios:

Rokhsa dijo...

Payuunng! ONE SHOT

Skeith dijo...

Ha estado interesante, para ser el primero que leo en tiempo (por falta de ídem). No es que prefiera leerlos en orden inverso, simplemente me es más fácil xD.

Asumo que Andersson no va a aparecer más en el futuro, y es una pena. Uno se puede identificar con él bastante bien (yo no, pero habrá otros que sí) y la historia ha sido interesante. De hecho ya no esperas que vayan a nombrar más al barbas del principio salvo que esté liando algo muy gordo y resulta que ha aparecido antes de que se liara nada xD.

La explicación a toda la historia es bien simple, y se aplica siempre que explota algo misteriosamente: lo hizo un bom xD.

Astaroth dijo...

Bastante lovecraftiano, pero a la vez a sido normalito: la historia ha sido típica en cuanto a personajes que cuentan su historia, hasta el punto en el que aparecen los cadáveres y la cafetera-maquina del tiempo.

De todas formas, es tu primer One Shot, y aprueba bastante bien.

Ukio sensei dijo...

Si, es un buen One-Shot. Yo revisaría un par de detalles donde te reiteras (era cariñosa y no tardó en cogerme cariño) y cosas así.

Sin embargo está muy bien. Completo, redondo y abierto para un rescate futuro. Felicidades.