viernes, 31 de octubre de 2008

144

Vivienda de Isabella Sciorra. Placa superior, sector 6, calle Dux. 4:19 horas.


Henton hizo el menor ruido posible al salir de la habitación, pero el murmullo de su novia despidiéndose de él confirmó su fracaso. Se volvió hacia ella, cuando esta encendió la luz.

- Lo siento... – Murmuró mientras la besaba en la mejilla. Isabella tomó su mano, y la encontró cubierta con una venda de boxeo.
- Pesas ciento quince kilos. ¿Cómo pretendías que no te oyese?
- ¡Ciento dieciséis! – Exclamó con orgullo. – Con un 8% de grasa corporal.
- Eso es porque tu polla aún está dando los buenos días... – Dijo ella, mientras apagaba la luz. – Ahora, déjame dormir mientras aún no ha amanecido.

Bajó diez pisos de escaleras sin inmutarse, sin dudar que luego los subiría yendo por el mismo camino. Acababan de dar las cuatro y media de la mañana, y era el momento de empezar su rutina de ejercicios. Los cardenales del día anterior molestaban, pero algo habían sido acallados gracias al ungüento de eucalipto con el que los frotaba cada noche. Estaba preparado para lo que tocaba: Coger el primer tren hasta los suburbios, y una vez allí, recorrería a un trote bastante veloz un par de barrios enteros, para luego dar ir al foso. Si no estaba allí antes de las seis, se pasaría dos horas enteras intercalando ejercicios extenuantes con golpes, a mayores de su rutina diaria. Sus manos estaban vendadas porque su calentamiento iba a ser algo más que correr: Los secuaces de Iván Quouhong le saldrían una y otra vez al paso, intentando darle una paliza. A cada manzana, Henton debería vérselas contra dos, tres o a veces cuatro matones, dispuestos a usar cualquier treta contra él. Si lograban hacerle llegar tarde, aunque solo fuese un minuto, tendrían lo que quisieran ese día: Drogas, alcohol, mujeres o dinero. Al día siguiente tendrán que volver a pelear para ganarse los vicios.



Con veintiséis hombres gravemente magullados durmiendo en la acera, a modo de brutal símil del cuento del niño diminuto que marcaba su camino con migas de pan, Henton entró en el Foso, donde le esperaban tres caras desconocidas: Dos hombres y una mujer.

- ¡Bienvenido, muchacho! – Exclamó animado el mafioso, a cuyo mecenazgo se había acogido el luchador, indicio inequívoco de un día notoriamente más duro de lo normal... Como todos. – He tenido que pedir algunos favores, pero estoy seguro de que este será el peor día de tu vida.
- ¿Qué tengo que hacer entonces? – Preguntó Henton, con una mirada tranquila. A pesar de su aspecto pausado, el luchador nunca se sentía tan vivo como cuando estaba envuelto en una pelea. No era astuto, como Rolf, ni inteligente, como Kazuro. Pero era fuerte, y podía resistir castigos físicos que matarían a un hombre normal, sin dejar de disfrutar del combate por ello. De hecho, las emboscadas del trayecto eran el motivo por el que siempre llegaba de buen humor.
- Algo muy simple: Un combate a cinco asaltos.
- ¿Solo cinco? – Pocas veces había visto Iván a su pupilo sorprendido, y ninguna de forma tan notoria como esta. - ¿Contra cuantos?
- Uno. – Respondió entre carcajadas.


Vivienda de la familia Zoser. Placa superior, sector 7, calle Wilkinson. 1:52 horas.


Era increíble la forma de insistir: Las dos de la mañana y seguían aporreando la puerta como locos. Por la urgencia de la llamada sería un incendio en el edificio o algún otro tipo de desastre. Cubierto con un batín, llegó casi corriendo a la puerta para que el ruido no despertase a sus hijos (ya era tarde para preservar el sueño de su mujer, que lo había echado a empujones de la cama para que fuese a ver quien llamaba).

- ¿Noé Zoser? – Preguntó el hombre de más edad, moreno y de cabello rebelde, con medio rostro desfigurado por cicatrices. Junto a él iban un joven demasiado acicalado y una mujer morena de mirada glacial. Todos vestían siniestros trajes negros con corbatas a juego.
- ¿Si? ¿En que puedo ayud...? – Su pregunta fue interrumpida y a la vez respondida con un derechazo en el plexo solar que vació sus pulmones e hizo lagrimear sus ojos, entre violentas toses.
- Venimos a hablar de su programa de hoy... Y del de mañana. – Volvió a decir el mismo.
- ¡Oiga! ¡No se quienes son ustedes, pero les advierto que voy a llamar a las fuerzas del orden! – Levantó el brazo derecho extendiendo la mano, intentando mantener alejado a su agresor.
- ¡Hágalo! – Exclamó este, agarrando su pulgar y retorciéndolo violentamente. – Enviarán a la unidad más próxima a su casa, que es... Nuestro coche.
- ¡Oiga, por favor! ¡Esto no es necesario! – Suplicó, incapaz de soltarse. El hombre, que finalmente espabilado por el miedo y el dolor, reconoció como un turco, hacía fuerza hacia abajo, obligándolo a arrodillarse. - ¡Me hace usted daño!
- ¿En serio? – Preguntó mientras mostraba una sonrisa salvaje.
- ¡En serio! – Suplicó levantando la voz.
- ¡No diga tonterías! Si quisiese hacerle daño en serio habría venido armado. – Dijo sin cesar de golpearle. – O habría traído algún utensilio de bricolaje.



Restaurante “Hogar de Corel”. Suburbios, sector 2, Calle Kagetoku. 14:21 horas.


Kowalsky esperaba nervioso, por no decir histérico. Había quedado con Rolf, Henton, Izzy y Daphne para comer algo, y que lo aconsejasen. El día más ansiado de su vida adulta finalmente había llegado: La llamada. Tras mucho recapacitar, Caprice Riedell, moderna Calíope, doncella de la luz, cuya sola sonrisa podría inspirar épica y tragedia a la vez... Caprice... Kazuro estaba tan trastornado que había escrito todas las columnas de dos semanas, y otras cuarenta y siete que no se llegarían a publicar, ya que trataban únicamente de la mujer que desvelaba sus noches y a la vez las llenaba de sueños. Aún ahora mismo garabateaba nervioso sobre una servilleta, dentro de un cómodo restaurante de barrio, mientras Rolf bostezaba, bromeando con Daphne, e Izzy miraba preocupada a través del cristal de la puerta, esperando a que Henton llegase.

- ¿Qué mierda es esto? – Preguntó Rolf, mientras Kowalsky palidecía: Le acababa de birlar la servilleta. - ¿Poesía?
- ¡No! – Gritó, casi con pánico, llamando la atención de los demás comensales.
- Léela, a ver. – Propuso Daphne. Incluso Isabella se giró, atenta a ver que ponía. Kowalsky simplemente ya se había ruborizado de antemano. Rolf lo leyó primero en silencio.
- Vaya... Es muy bonito: Tu pelo, lluvia de luz que se derrama sobre tus hombros, teje intrincados laberintos, de los que no podré salir jamás.
- ¿Por qué siempre tienes que avergonzarme? – Preguntó el escritor frustrado, mientras intentaba ocultar su rostro enrojecido tras un vaso de cerveza.
- ¿Avergonzarte de que? – Preguntó Isabella, aún con la mirada perdida pero esta vez estaba como saboreando aquello que acababa de leer.
- Kazuro... – Le explicó Daphne con amorosa paciencia. – Sé que no te has dado cuenta, pero acabas de convertirte en el hombre más deseado de esta mesa.

En ese momento, las campanillas de la puerta repiquetearon fuertemente, mientras un hombre del tamaño de un oso cruzaba la entrada cojeando, intentando que su brazo, sostenido en un cabestrillo, no tropezase con nada. Tenía la cara hinchada a moratones, hasta el punto de no poder ver nada con el ojo izquierdo. Parecía que lo hubiesen atropellado varios camiones, con bastante ensañamiento. Rolf y Kowalsky se levantaron corriendo a ayudarle, e Isabella fue a tomar su mano izquierda. No iba a ser capaz de tenderle la otra en diez días, por lo menos.


El foso. Suburbios. Ubicación desconocida. 6:18 horas.


Se miraban... Sus visiones cruzadas llenaban el espacio que los separaba. Ninguno de los presentes habría querido estar opuesto a esa forma de encarar a una persona. No había odio, ni ira, sino una determinación por vencer como fuese que rozaba la locura. Su intensidad era tal que había barrido cualquier otro sentimiento o idea que pudiesen tener los contendientes. El luchador, orgulloso titán, altivo y fuerte, cojeaba visiblemente, mientras acababa de recolocarse el codo. Su rival, el soldado, a pesar de haber mermado las capacidades de su oponente, había recibido mientras retorcía su brazo un fuerte gancho de izquierda, que impactó en su oreja como una bala de cañón sobre un gong gigante. Su equilibrio se tambaleaba, e incluso cayó, aturdido. Fue su espíritu de luchador lo que le hizo cargar el peso de su caída sobre la articulación de su adversario, para agravar la luxación, y patear la cara interna de su rodilla nada más impactar el suelo. Si no lo hubiese hecho, ahora sería pulpa en los nudillos de ese gigante, pero el gigante también sabía que si su puñetazo hubiese fallado, sería él quien estuviese en el suelo, recibiendo golpes por todos lados. Sus articulaciones estaban destrozadas, pero su rival había encajado más golpes y más poderosos que todos los que había necesitado para deshacerse de los secuaces de Quouhong esa misma mañana, y seguía en pie. Allí, bajo los moratones, el dolor, la determinación y las ansias de victoria, ahí donde estaban rozando los límites de la resistencia humana, habían encontrado una cosa el uno en el otro, que no todos llegan a hallar en otro ser humano a lo largo de su vida: Habían encontrado comprensión. Ambos se observaban, luchaban, se golpeaban, y a la vez, compartían uno de los momentos que ninguno de los dos llegaría a olvidar nunca. El luchador era prácticamente un coloso. Había desarrollado su físico y su instinto a lo largo de centenares de combates contra miles de oponentes. Se había peleado con todo aquel que tuviese los huevos de enfrentarse a él y no había sido derrotado desde que se consideraba un hombre adulto. Era, simplemente, superior. Los golpes que lanzaba, los que encajaba o las mil y una formas de hacer daño que surgían cada vez que agarraba a su adversario se habían perfeccionado a lo largo de su vida, alcanzando la capacidad destructiva de una avalancha. Ahora, entre el dolor, el éxtasis, la adrenalina, el miedo y la tensión, era cuando sentía el latir de su corazón. Frente a él, el soldado lo miraba sin miedo ninguno, aunque con respeto. Luchando por su vida desde que tenía uso de razón, se había convertido en un demonio. Primero en las calles, luego en la guerra, y ahora de vuelta a las aceras y el asfalto, pero esta vez desde el otro lado de la ley, había luchado con todo tipo de armas por sobrevivir, empezando y acabando por su propio cuerpo. Las peleas con navajas, ladrillos o botellas, los bayonetazos cuando el cargador había escupido ya su última bala, los enfrentamientos en los bares o callejones, en inferioridad numérica... Cuando luchaba, lo hacía con todo: Cuerpo y alma, dedicados por completo a no perder, del modo que fuese. Muchos mienten, diciendo que han sido entrenados para matar con sus manos, y que prefieren no pelear porque les sale automáticamente el impulso de dar golpes letales. Es falso. A él, el único impulso que le sale, es ganar. Entiende que no tiene sentido matar a un pobre idiota solo porque te ha mirado de mala manera, y es capaz de limitarse, pero aunque solo haya un golpe que pueda usar, te atizará con él mil veces, si es necesario, y otras mil si con las de antes no es suficiente. Gracias a su entrenamiento, es perfectamente capaz de actuar sin pensar, solo por instinto e impulso, encontrando automáticamente docenas de puntos débiles que explotar y veintenas de formas en las que golpear cada uno de ellos, a cada cual más dañina.
Y ahora se miran. El coloso busca la forma de repartir su peso sin caer por verse obligado a hacer un movimiento brusco, y se prepara para defenderse usando un solo brazo. El demonio se tambalea, aturdido. Siente su cabeza flotar en un océano difuso, y si no ha caído inconsciente aún es por propia voluntad férrea. Se miran, y ya saben como se van a atacar. Empiezan a avanzar, buscando el mejor ángulo desde el que abalanzarse sobre su oponente, pero entonces el combate es detenido. Una maraña de hombres se interponen entre ellos, llevándolos hacia algún sitio donde sentarse o tumbarse. Ellos aceptan. Con el combate se acaba la excitación y la adrenalina, con lo que el dolor adquiere todo el protagonismo. Machacados de forma inhumana y extenuados por el esfuerzo se dejan caer en sillas bastante separadas la una de la otra, sin dejar de mirarse, con respeto. Ninguno sabe como se llama el otro, ni tiene interés alguno en preguntarlo. En sus pupilas, ahora no hay más que una admiración y respeto que pocos hombres han logrado arrancarles. Si están vivos, es solo por que el combate fue detenido a tiempo. Poca gente comprendería esto si intentasen explicárselo, pero ellos no son capaces de verlo de otra manera: No se odian, de hecho, no se habían visto nunca. Simplemente, tenían que luchar, y no podían perder. Ninguno de ellos daría la victoria por perdida, mientras fuese capaz de ponerse en pié y seguir. Ni siquiera les molestaba que hubiese un motivo para ello o no; había que hacerlo y punto.



Restaurante “La petite maison”. Suburbios, sector 1, Avenida Gran Metrópolis. 20:48 horas.


- ¿Es usted Kazuro Kowalsky? – Preguntó un extraño joven, con gafas oscuras y un extravagante peinado, teñido de rubio. Estaba rapado por las sienes y combinaba largas “estalagmitas capilares” de casi diez centímetros de largo con un mullet. Su traje y corbata negros eran tan reveladores de intenciones como lo habrían sido una túnica negra y una guadaña. Kazuro pudo sentir la mano de Caprice apretando la suya. Se giró, viendo como ella, increíblemente hermosa con un simple vestido de color crema, y el cabello recogido en la nuca, con un bonito pasador dorado. Pudo reconocer el miedo en sus ojos verdes, y no creyó que los suyos pudiesen ocultar el que él sentía ahora mismo, pero nunca iba a permitir que la tocasen. Nunca.
- Soy yo. – Musitó quedamente, intentando que su voz no le traicionase en este momento. La sonrisa del turco decía simplemente “pobre idiota”.
- Haga el favor de acompañarme...


Pareció que iba a añadir algo del estilo de “por su propio bien”, pero simplemente, ahí no había ningún bien que hacer. Al estirar el brazo para indicar el camino a la pareja de periodistas, se movió ligeramente la chaqueta, dejando entrever una pistola de considerable calibre. En silencio, tomó del brazo a Caprice y empezó a caminar, muy despacio, con aplomo, ayudándola a obligar a caminar sus temblorosas piernas. Avanzaron sin mirar atrás, en silencio, escuchando a sus espaldas los resonantes zapatos de su siniestro acompañante. Con órdenes sencillas y directas, los iba guiando a través de las calles, siempre acechados por su hosco caminar.


- Fin de trayecto... – Murmuró, haciendo detenerse a la pareja.

Ellos vieron como extendía nuevamente su brazo para señalar la entrada de un callejón húmedo y maloliente. Allí los cubos de basura no se vaciaban a diario, aunque se llenasen a cada minuto. Se podían ver las puertas traseras de varios restaurantes. Entraron por una de ellas, próxima al final del callejón, y caminaron entre cocineros y fogones, con algún apresurado camarero y un maitre que había perdido el acento entre órdenes y gritos. Ninguno pareció verlos, salvo el mozo de cocina de aspecto cuartelario que abrió una de las cámaras frigoríficas para ellos. Era grande como una casa entera, oscura, y vieja.
En ese momento, el turco agarró a Caprice y se la arrebató a Kazuro con un violento tirón.

- Ella se queda aquí. – Los ojos de la periodista parecían suplicarle que la sacase de ahí, pero él, impotente, a sabiendas de que esto era para él, rezaba al dios de los periodistas por que no quisiesen hacerle nada a su acompañante. Se limitó a asentir y acercarse a ella.
- Toma... – Dijo mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba de sus hombros.

Ella aprovechó para agarrarlo de la mano, pero Kowalsky le devolvió una sonrisa tranquilizadora. Negó con la cabeza, se soltó y caminó hacia la pared del fondo, ajustando bien su traje y su corbata, dispuesto a encarar la muerte yendo bien vestido.
En el fondo del local le esperaba un hombre corpulento, cuya nariz aguileña era visible bajo las sombras de su capucha. Vestía ropa holgada, que no era capaz de ocultar su inhumana complexión física. Estaba apoyado en la pared, y se levantó al ver llegar al periodista. Alzó los puños y Kazuro sintió un latigazo de pánico al verlos. La carne estaba retorcida y quemada, apenas con piel. Ambas manos estaban reforzadas con prótesis metálicas de color mate, reforzando sus nudillos y dándole una fuerza sobrehumana. De su cintura, cruzados en su vientre, portaba dos machetes, cuyas vainas se cruzaban sobre su cinturón. Sin mutar el gesto, lo tomó por el cuello y empezó a golpearlo. Le atizó una y otra vez, hasta dejarlo sin resuello, y entonces le seguía dando puñetazos y patadas. El mundo se volvió negro varias veces, pero siempre estaba ahí el turco con un cubo de agua helada con la que despertarlo para que recibiese más. Era incapaz de mantener la noción del tiempo, o tan siquiera de llevar la cuenta de los golpes que recibía o de los crujidos que sentía en su interior. En medio de la distorsión del dolor, pudo oír como el turco murmuraba algo sobre no estropearle la cara, por respeto a su chica.
Caprice, por su parte, no apartaba la mirada ni un ápice. Aunque la brutalidad del espectáculo la horrorizaba, la sordidez del ambiente, con esos animales despiezados colgando de afilados ganchos en el techo y ese olor a muerte que lo impregnaba todo, y sobre todo, con ese turco, ese chacal salvaje de Shin-Ra, mirándola de reojo de vez en cuando. Ella deseaba gritar, irse, o apartar la mirada. El turco le había susurrado nada más irse Kazuro que ella no tenía por que quedarse a ver esto. Ella simplemente hizo oídos sordos. Si Kowalsky iba a encajar esa paliza, lo menos que podía hacer ella era no apartar la mirada. Ni siquiera lo hizo cuando se dirigió al agente, para decirle “Dígale a Woodrow S. Pollard, mi jefe y probablemente amigo del suyo, que no volveré a trabajar ni mañana ni nunca, por favor”.
La paliza cesó cuando el matón se cansó de sostener al periodista para poder golpearle, ya que las piernas de este eran del todo incapaces. Tras un par de patadas en la boca del estómago y la ingle, y un pisotón en la cabeza, lo dejaron allí. Inerte.



Hospital del distrito 1. Habitación 217. 5:21 horas.



Tumbado en la fría cama de su cuarto, impregnado con olor a desinfectante y esas muchas otras sustancias que componen el característico hedor de los hospitales, Kowalsky buscaba una postura mínimamente cómoda en la que el sopor no pudiese vencerle. Le esperaban varios días en observación, que probablemente serían largos y tediosos. Con cinco costillas rotas, era bastante doloroso respirar. De los doscientos seis huesos que componían su esqueleto, habría unos ocho fracturados, y un número aún por determinar de fisuras y pequeñas grietas. Iban a pasar meses, antes de que pudiese volver a mover su brazo izquierdo, con fracturas en el radio, el cubito y la clavícula. Aún así, Kowalsky se negaba a dormir o a tomar narcóticos para atenuar el dolor. Necesitaba estar concentrado, y a la vez despejado, para poder dictar su columna para la edición del Midgar Lights del día siguiente. Sentada en el sillón de la habitación, que había arrastrado un par de metros para aproximarlo a la cama, tomaba notas con un ordenador portátil la reportera del Midgar Lights, Caprice Riedell.

8 comentarios:

Ukio sensei dijo...

Como siempre hago el primer comentario para deciros de que quiero que opinéis.

Lo primero es el juego de los saltos temporales. Me gustaría saber que os parece.
Lo segundo el enlace, que esta vez, no es simultáneo: Los relatos no se cruzan inmediatamente, sino que hay horas en medio.
El tercero es la escena del "paseo hacia el patíbulo", en el que Kowalsky se comporta como esos hombres masculinos de cine negro, al más puro estilo Bogart.

Estoy especialmente orgulloso de dos detalles: La pelea entre Kurtz y Henton, y el momento en el que Kowalsky cubre a Caprice con su abrigo.

Yo, alma condenada dijo...

Joooder, tenías mono de escribir sobre violencia desatada o que? O_o menudo par de palizones!!!!

Y de Henton aún bueno, vale, es luchador y él solito se las busca... pero el porbe Kazuro, que la única vez que pegó a alguien fue cuando Woodrow se lo pidió a gritos... hay que ver, hay que ver. Al menos Caprice ha elegido el buen camino y al buen hombre que la hará feliz.

Yo es que lo siento, entiendo que los guaperas son guaperas, pero le doy la razón a Daphne. Con poemas así, uno se convierte en el hombre más deseado aunque sea un tirillas como Kazuro.

P.S: si, ya lo sé, Ukio, mi ex es un tirillas. Xd qué le vamos a hacer, es una de mis debilidades estéticas.

Astaroth dijo...

En cuanto a los saltos temporales, es algo novedoso y entretenido. Aunque tengo que confesar que en ciertos puntos me he perdido.

La verdad es que la parte de Kazuro me ha gustado soberanamente. Como ya dijimos en su última aparición, tenía un 9'5, y ahora llega al 9'7. Espero la continuación para darle definitivamente el 10

Ukio sensei dijo...

Para los saltos temporales, el encabezamiento con el lugar y la hora es algo que añadí al último minuto, y que luego, ya en el blog, edité para ponerlo en negrita.

Que raro que Morgana no diga nada de descripciones, cuando hay dos escenas que prácticamente son solamente eso. De todos modos eran obligatorias, especialmente cuando le toca a Kazuro recibir. No puedes reflejar el silencio imperante, el terror y la incertidumbre, y darle atmósfera sin tomarte tu tiempo. Es de esas cosas que en película, visto paso a paso, en silencio y con la música adecuada quedan guay, pero para escribirlas hay que esforzarse un poco más.

El Henton vs Kurtz era algo que tenía en mente desde hace tiempo, aunque la idea era que Kurtz saltase al foso por necesitar fondos para financiar al "Equipo A".

Kazuro tiene el físico de Dustin Hoffman. No es que sea un tirillas, pero no es fuerte. Las hostias, era evidente que no lo iban a dejar así los Pollard. Especialmente Junior. Ahora os desvelaré algo de Kazuro. Contando estas dos peleas conocidas, en toda su vida se ha peleado tres veces. Aunque la de este capítulo no debería contar, porque más que una pelea, es una paliza.

Astaroth, en el otro te dije que iría a por el 10, y lo haré.

Irvin dijo...

Vaya, no me había dado cuenta de que el contrincante de Henton era Kurtz. Había supuesto algo por lo de las cicatrices; pero no lo tenía tan claro.

Pobre Kazuro, le pasa de todo; pero parece que ahora la suerte le sonríe. ¿Que sentirá su ex-jefe al saber que como resultado de su venganza a perdido a otro periodista de la plantilla? No muy bien, me imagino; pero sería casi como una justicia divina.

Hay una cosa que me ha complicado la lectura, y es la falta de párrafos o la separación de estos mismo. La pelea en el foso parecía excesivamente larga a primera vista, te ibas perdiendo. Aunque creo que eso es culpa de la edición de este blog, que al colgar te elimina los espacios.

Concuerdo con Morgana sobre lo de la sensibilidad de Kazuro como escritor, que cosas más bonitas (aunque personalmente no me suelen agradar mucho XD)

Noiry dijo...

Toy pensando que como no empieces a bajarle los atributos a Kurtz lo vas a convertir en un MarySue de cuidado, ya poco le queda pa ir a pegarle una paliza a Sephiroth.

Sobre el relato, pese lo novedoso del formato y lo impactante de algunos hechos en ningún momento ha logrado despertarme un "feeling" real. No sé, tampoco sé decirte qué es lo que no funciona pero creo que tienes relatos mejores ·_·

Ukio sensei dijo...

No te preocupes, hija. Eso ya está pensado de antemano.

Irvin, tienes razón en lo del bloque de texto del combate. Lo vi en cuanto lo subí, pero por vagancias y demases lo dejé estar.

Valent Garves dijo...

Dios mio!! ¿pero que le has hecho a Kazuro, desgraciado?

Aunque mola el toque de dignidad que tiene al asumir lo que le espera.

Creo que a Kurtz ya te estas pasando con el, esta pasando de ser la ostia a ser un dios.

¿Que va a ser lo proximo? ¿Detener a Meteorito de un pedo, mientras les zosca a Sephiroth y Cloud a la vez?