miércoles, 1 de octubre de 2008

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YABUN GOEI.sin-blog.com


Último trago antes de encarar a la última fortuna.

Hoy algo negro y siniestro ha intentado matarme, solo por fijarme en una pequeña figurita artesanal. Ese gato parecía venido de las profundidades del infierno, y el color de su pelaje no era ningún buen augurio. Mi anciana obaasan se habría horrorizado, y me habría hecho cruzar siete veces siete arcos toori, acompañado de un sacerdote. Pero bueno, ya no estamos en el antiguo país, y en la ciudad los malos augurios caen ante una noche con crédito suficiente y buenas copas. Dekk y Carlitos me acompañaron, pero fue extrañamente imposible encontrar a Jim. Como Susan tampoco estaba, supuse que estarían juntos.
Brindamos con extraños combinados cuyo color no recuerdo, pero si su ingrediente principal: Vodka (no me produce resaca), y lo hicimos por los últimos días de nuestras vidas.
Mañana moriré.

Publicado a las 3:10 AM por Yabun Goei.




Yotoomaru Katsumashi esperaba conteniendo bostezos, vestido con su uniforme de Turco. Había llegado agotado a casa la noche anterior, con el tiempo justo para escribir una breve entrada, sobre la que aún pensaba como su propio panegírico, y había dejado preparado su uniforme para el día siguiente. Ahora esperaba frente a una cafetería, en la esquina de su calle, con su parco desayuno: Un café que quemaba y un par de donuts. Odiaba la bollería industrial, y odiaba a ese camarero retrasado que miró con cara rara su peinado, y su mueca fue a peor al decirle palabras tan simples como moka o latte. Katsumashi, llamado Yotomashi, o simplemente Mashi por sus amigos, tomaba notas en su PDA, anticipándose a lo que sabía, sería un giro a peor en su vida.
El vehículo de la fatalidad no era el negro carruaje, tirado por pálidos corceles y guiado por una figura encorvada, cubierta por una túnica de áspera tela negra: Era un coche familiar, un monovolumen de color azul metalizado, con tres niños en la parte de atrás que veían una película en DVD. Lo único que coincidía era la siniestrez del piloto, cuya figura era femenina y atlética, cuyo pelo era una melena corta, atada en una coleta. Dos de sus mechones eran demasiado cortos para llegar hasta la goma que sujetaba el peinado, así que los sujetaba bajo las orejas. Mashi lo miró con desaprobación. Él había tardado veinte minutos en arreglar su cabello, teñido en cuatro tonos distintos de dorado, para lucir su mejor peinado.
Esa terrible mujer bajó la ventanilla y se asomó para saludarle alegremente, cosa que le hizo recelar. ¡Era la mujer de hielo, maldita sea! ¿Qué mierda eran el coche familiar y los churumbeles? Aparte, ¡menudos niños! El más pequeño y la niña, ambos rubios y pálidos, apenas lo habían mirado de reojo, volviendo en seguida a su película, pero no había sido así con el mayor, de pelo negro y ondulado, que lo había mirado fijamente durante unos segundos, hasta que Mashi apartó su atención cuando la madre del trío llamó su atención. Mientras se giraba hacia ella, el joven turco pensó “¡Ese cabrón de pelo negro es el diablo!”

- ¿Subes o que? – Preguntó ella, mirando de reojo al tráfico.
- En seguida, señora... – Respondió Mashi, apurando su café.
- No has traído el chaleco... – Comentó ella, con gesto de leve preocupación.
- Nah, siempre lo dejo en la central. Me lo pondré cuando lleguemos. – Avanzó hacia la puerta del copiloto, cuando una voz infantil le hizo detenerse, con un escalofrío.
- ¡Ahí se sienta él!
- Vanya... Se educado. – La madre llamó la atención a su primogénito, fulminándolo con unos ojos acerados, capaces de congelar un soplete encendido, antes de que estos volviesen a dirigirse al novato. – Pero si, no te puedes sentar aquí. Ponte con los chavales. – Mashi, horrorizado, intentó que su pelo no rozase el borde de la puerta al subir al vehículo. Entonces ella se giró hacia él, y dos subfusiles Coldsting aparecieron en sendas pistoleras, sujetas a su torso. – Bueno, Yotomaru Katsumashi: Soy Svetlana Varastlova, y voy a ser tu niñera.
- Yotoomaru.
- ¿Qué? – preguntó ella, arrancando el coche con un aire distraído.
- Es Yotoomaru, no Yotomaru. – Corrigió, inseguro. – Dos “oes” juntas.
- Yotoomaru... – Repitió ella, aunque su tono era distante como el paisaje helado de Icicle. – Vale...


Ella dejó las palabras colgando en el aire, como el eco del ruido del hielo al quebrar bajo los pies de uno. Mashi no acertaba a averiguar que tenía ese tono de voz, con la impresión de que por un lado parecía que ella fuese a decir algo más, o esperase que él dijese algo. Sin embargo, lo había dicho de forma tan sentenciosa que no se atrevía a abrir la boca ni para respirar. Miró a sus compañeros de asiento.



Y ahí estaba yo, en el expreso del infierno con forma de vehículo familiar, conducido por una mujer tan fría que solo me faltó ver como se formaba escarcha en el volante en torno a sus dedos. Iba vestida con el uniforme de Turk, chaleco antibalas incluido. Tenía unos ojos de color gris acerado y gélido, y unos mitones con agujeros en los nudillos. No pude evitar fijarme en ellos, romos y encallecidos. A su lado, mis manos son las de una masajista. Me ordenó sentarme junto a sus horribles retoños: Grigori era un niño rubio y tranquilo, y su hermana mediana Rozaliya una niña simpática, muy mona, como esas que protagonizan las películas que son adaptaciones de cuentos. El más atroz de todos era su primogénito, Vanya. El chaval es la personificación del mal, con su pelo negro revuelto y sus ojos oscuros. Pero lo peor es que nadie podría decirlo sin un buen vistazo. Es agresivo y hosco, aunque no de forma directa. A sus diez años tiene una especie de astucia con la que te mira, aparentemente tranquilo. Por suerte, también es un poco animal en otro sentido: Para él, su familia es como su territorio, y si lo molestas, prepárate para lo peor. He visto a gente gritar mucho y amenazar, pero ese chaval tiene los ojos de alguien que pelea sin pensar, que cuando las cosas empiezan, esta decidido a ser él quien las acabe, sin importar como deben ser. Y ahí estaba yo, como ya dije, sentado en la parte trasera de ese coche familiar, mientras el asiento del copiloto quedaba libre...




El chavalín joven no le hizo el menor caso, absorto en una película que ni tan siquiera había visto doscientas veces. La niña le miró de reojo, con un gesto tranquilo y carente de expresión. El mayor y más siniestro lo miraba de reojo, acomodándose en su espacio ahora más pequeño con movimientos pausados. A pesar de que le dedicó apenas un par de miradas, quedaba clara una cosa: No dejaba de vigilarlo. Avanzaron por un par de calles, antes de entrar en el túnel que descendía en espiral alrededor del pilar central para llegar hasta el sector inferior de Midgar. A ojos de Mashi, un lugar siniestro, lejos de la luz del sol y las estrellas. Sin embargo, algunos de sus compañeros habían comprado apartamentos en los mejores sectores de los suburbios, donde se dedicaban a hacer sensación recorriendo un club nocturno tras otro, con la mejor ropa y un fajo de billetes cargado y listo para matar. Fuera de sus noches sórdidas y salvajes, Mashi había descubierto los suburbios como un lugar sórdido y agobiante, con gente que le miraba de forma retorcida, con una especie de extraño y oscuro resentimiento. Solo por ser turco. Solo por haber triunfado en la vida. ¡Que se jodan!



- ¡Scar, maldito seas! – Un giro poco ortodoxo cruzando el carril contrario para cambiar de dirección en medio de un cruce sobresaltó a Mashi, mientras esa frase procedente de la película que estaba siendo reproducida resonaba en sus tímpanos. El coche se paró junto a una vieja y agrietada acera, en una esquina al lado de la que había una plaza vieja y vacía. Allí, pisoteando una colilla de puro, se erguía la figura más siniestra de todo el cuartel de Turk.



Militar licenciado con deshonor, decían. Un auténtico asesino, acusado de herir a varios de sus compañeros de unidad o de otras unidades en peleas de taberna, rápido a la hora de sacar un cuchillo y más rápido a la hora de usarlo. Violento, hostil... Había desaparecido del servicio activo por una excedencia, pero volvió cuando se declaró el estado de excepción, y lo hizo de forma más oscura y siniestra que nunca. Muchas veces estuvo a punto de empezar peleas en los pasillos o los vestuarios por algo como un tropiezo, o una mirada. Ese no es alguien de quien te puedas fiar. Es un psicópata. No me creo que nadie civilizado pueda haber sido criado así, pero se dice que proviene de los suburbios, y su historial de Wutai, por lo que el capitán nos hizo saber, es el de un criminal de guerra. No siento motivos para odiarle por haber atacado el país del que proviene mi familia, ya que desde mi abuelo hemos sido ciudadanos de Midgar, y Shin-Ra siempre nos proporcionó todo aquello que necesitamos. No entendí que pudo llevar a mi país a dar la espalda al progreso de esta forma. Sin embargo, el rechazo que siento hacia su simple presencia viene de todas esas cosas que pudo hacer en la oscuridad de la selva, protegido por el anonimato que proporciona el uniforme. Un soldado lucha, y lo hace por deber. Un asesino mata, destruye, y lo hace por su propio placer. Cualquiera en mi lugar habría sentido el mismo miedo.


- ¡Hola, tío Jonás! – Exclamaron los tres críos a la vez cuando abrió la puerta del coche, acomodándose y colocando a sus pies el viejo rifle de asalto que usaba. Un modelo de hace diez años, modificado por él mismo. Mashi habría apostado a que por lo menos, fue desmontado, limpiado y vuelto a montar esta misma mañana.
- Hola chavales. – Dijo mirando de reojo hacia el asiento trasero. Para él los niños eran encantadores chavales, que lo recibían con sonrisas. – Hola, Sveta.
- Hola, Jonás. Ya nos han asignado un crío. Se llama Yotoomaru Katsumashi. – La mención de un nombre relacionado con Wutai le hizo girarse súbitamente, y mirar hacia atrás. Su gesto mostraba cierta desaprobación al ver el excéntrico peinado. Se inspeccionaron mutuamente, el veterano reparó en un caro alfiler de corbata, varios piercings en orejas, labio inferior y cejas, y ese pelo teñido y engominado concienzudamente que le recordó a un pájaro exótico, cuyo peluquero sería un maníaco epiléptico con parkinson. El novato deseó no haber visto ese chaleco antibalas ya puesto, y esa funda sobaquera, de cuyas correas pendían un par de granadas.
- Encantado... – Le dijo, aunque era evidente que no era cierto. Mashi no lo sabía pero su destino en esa unidad, la trece, a partir de ahora, iba a ser desagradable. Kurtz, por su parte, se limitó a dar gracias por que no le hubiese tocado ninguno de los tres principales abortos: Montes, Van Zackal o el propio Jim “Grim” Garrison.
- Un placer... – Dijo Mashi, extendiendo dubitativamente su mano hacia el recién llegado. Tenía una forma ensayada de hacer el gesto que ya le salía de forma innata, que sirvió para disimular cierto temblor nervioso. Recibió un apretón breve y fuerte, con una mano áspera y fría.




Con esos horrendos impúberes marchando hacia el interior de un colegio privado, situado sobre la placa, arrancamos hacia el cuartel general en el edificio Shin-Ra, iniciando el que sin duda iba a ser el primer día del peor trabajo de mi vida. Apenas estuvieron un par de minutos en el vestuario, y me hizo sentir muy incómodo que mientras yo me equipaba con el kevlar y la MF22 A4, ellos se fuesen a esperarme al garaje. Parecía que estuviesen ansiosos por salir “a hacer preguntas y patear traseros”.



- ¡Da un paso más y estás muerto, pedazo de cabrón! ¡Voy a meter unas cuantas balas en tus pulmones y luego voy a bailar sobre tu cara mientras agonizas! – A Mashi casi se le cae su revolver Archer&Grossman 686 del susto. Svetlana había apoyado el cañón de uno de sus Coldsting en la espalda de uno de los atracadores, mientras Kurtz estaba pateando en el suelo al que los esperaba fuera, con el coche en marcha. Fue entonces cuando Mashi se fijó en su calzado, un par de botas con puntera reforzada y suela gruesa. Encontró algo parecido en los pies de Svetlana y se sintió raro al mirar de nuevo hacia sus zapatos de diseño, sujetos por una pequeña hebilla en el lado exterior.
- ¡Eh! – Algo gritó a escasos centímetros de su oído, haciendo brotar un dolor agudo. - ¡Estamos haciendo una puta detención, niño nuevo, así que coge la artillería y trae al cabrón ese que queda suelto para aquí!
- Pero... ¡Está armado! – Gimió el novato.
- ¡Yo también! – Volvió a gritar ese maníaco. - ¡Y ahora, decide rápido con cual de los dos te vas a jugar unas hostias!
- ¡Me rindo, joder! ¡No me matéis! – Gritaba ese desgraciado, tirando su arma al suelo.


Mientras Mashi esposaba a esos palurdos pudo sentir dos desagradables miradas fijas en su nuca. La agente Varastlova lo miraba con condescendencia, como si asumiese que iba a durar poco y el agente Kurtz le dedicaba claro y abierto desprecio. ¡Él ni siquiera había querido ir a por ese atraco de mierda! Había que llamar a los soldaditos azules y que se ocupen ellos; los turcos, simple y llanamente, están para cosas importantes, no atracos de mierda a ultramarinos cutres.


¿Qué será lo siguiente? ¿Bajar gatos de árboles? Quizás el loco se trajo las granadas para eso. ¡Esto no es serio, joder! Estoy plenamente convencido de que paramos el coche para que fuesen entrando en calor, partiéndoles la cara a tres indeseables sin importancia. Aún recordaba como el turco había asaltado al del coche, arremetiendo a tiros contra el motor, para luego usar la materia “golpe mortal” para arrancar la puerta de cuajo.
El día pintaba clara y abiertamente mal, tanto que cuando sucedió lo del motorista supe en todo momento que estaba a punto de presenciar un abuso..



- Lo has provocado... ¿Te das cuenta? – Gritó al repartidor de comida a domicilio, mientras señalaba hacia un accidente de coche que había sucedido a pocos metros de donde estaban. Svetlana había cruzado el coche en medio de la carretera para obligarlo a desviarse hacia un callejón sin salida, pero de ahí solo había salido Kurtz.
- ¡Tío, yo no he provocado nada! – Suplicaba el motorista.
- Mira, cabrón: Te vi. Te vi meterte sin mirar entre los coches, te vi invadir el carril contrario varias veces, y te vi cruzarte en medio, haciendo que la gente pegase frenazos y giros bruscos.
- Oye... ¡Lo siento! ¡Tengo que hacer tres entregas! – Gimió. - ¡Tres! – Kurtz pateó la moto, que rebotó contra un viejo contenedor de basura metálico, antes de caer al suelo en medio de un gran estruendo. La caja se abrió con la caída y de su interior solo salió aire. - ¡No me mates!
- No te voy a matar... – Sonrió mientras sacaba su navaja del bolsillo, puntiaguda y con la hoja pintada con rayas atigradas oscuras que no reflejaban la luz. – Pero vas a tener que ser muy cuidadoso para no matarte tu solo. – El niñato era incapaz de responder más allá de los balbuceos, distorsionados por el ruido de su propia orina al caer sobre el pavimento. El cabrón de Kurtz parecía tener práctica en esto de agarrar a alguien y hacerle encarar el terror absoluto desde un punto en el que no te salpiquen. – Mira, supongo que no tendrás herramientas encima, sino que estarán en el restaurante de mierda para el que trabajas, ¿no? Bien. – Dijo mientras se agachaba, cortando algo del manillar de la moto. – Bien. Ya no tienes freno trasero, así que ahora solo puedes detenerte de un modo: En seco. Yo de ti no pasaría de los diez por hora, chavalín...


Desde el coche Katsumashi estaba mirando atentamente como el que debería ser su instructor, volvía hacia el coche riéndose en voz baja. Era un sonido retorcido y cruel, y desde su asiento al volante, Svetlana le felicitaba con una sonrisa. Cuando se fueron de ahí, lo último que Mashi pudo ver fue el aterrorizado repartidor, aún paralizado por el miedo entre las sombras del callejón.



Y así, pisoteando a la gente uno tras otro, me guiaron a través de la ciudad y pude verla como ellos la veían: Para ellos era una mujer joven y delicada, indefensa, y ellos eran el vampiro. No tardé nada en entender los motivos que llevaron al presidente Rufus a renovar la institución: Estos hombres son monstruos, crueles e implacables: El puño de hierro del viejo régimen. Nosotros somos una mano más gentil de un padre, que solo es firme cuando realmente necesita serlo.
Sin embargo, esta experiencia está siendo bastante instructiva. Se aprende no solo viendo que ha de hacerse, sino también conociendo aquellas conductas nada deseables y aprendiendo a identificarlas y evitarlas.
Aún así, a veces te llevas sorpresas.



- ¡Cállate!
- ¡Pero el ladrón...! – El niño de diecisiete años al que se llamaba “ladrón” intentaba esconderse tras Svetlana, que permanecía tranquila y silenciosa y miraba a Mashi como si fuese una especie de bicho raro. Aún sostenía firmemente una barra de medio kilo de mortadela. El dueño de los ultramarinos acababa de reducir drásticamente el volumen de su queja en cuanto Kurtz sacó su navaja y le apretó el filo contra la mejilla, mientras tiraba de su solapa con la otra mano.
- ¡Aquí no hay ningún puto ladrón, salvo tú, que te atreves a pedir tres giles por una litrona! ¡Sal de mi vista antes de que te abra en canal!
- ¡Agente Kurtz! – Protestó Mashi. Kurtz lo miró fijamente en silencio, antes de apartar de sí al tendero.
- ¡Ningún puto ladrón! – Repitió. – El chaval ha pagado por su comida. ¿Ha quedado claro? – Kurtz pagó la mortadela, y esperó con gesto fiero a que el tendero, apenas capaz de controlarse por el miedo, le hubiese dado todo el cambio y un par de vales descuento.


Al salir abordó al novato, agarrándole de la nuca y apretando, pero sin llamar la atención de los transeúntes.

- Vuélvelo a hacer y te abriré a ti en canal, y luego me cagaré en tus pulmones. ¿Estamos? – Dijo antes de arrojarlo contra una farola, al lado del coche.

Por suerte para Mashi, logró controlar su rabia y no lo lanzó demasiado fuerte, pero en ese momento se quedó en shock. Era incapaz de responder. Mientras se volvía a levantar, frotándose una contusión leve en el brazo derecho, Svetlana lo ayudó. Kurtz esperaba en su asiento, mientras ella tranquilizó al novato.

- Mira... No me importa si te caemos bien o mal, ¿vale? – Dijo con una frialdad que paralizaba al novato, impidiéndole hablar. – En serio. Estamos ocho... Diez horas... Comemos juntos, e incluso a veces charlaremos un poco. Pero quiero que te quede clara una cosa, una regla que no admite discusión: Nos apoyamos siempre.
- ¡El chaval estaba mangando! – Alegó en su defensa.
- El chaval estaba mangando, si, pero comida barata, en lugar de golosinas, o algo que pudiese vender por bastante dinero. Estamos en el sector seis de los suburbios, y la gente aquí pasa hambre de verdad. Somos cabrones, ¿vale? Pero no hijos de puta...
- ¿Y el motorista? ¿Y los atracadores?
- Turk es miedo. Es un sistema de terror. Ven trajes negros y renuncian a pelear. El motorista no volverá a cruzarse entre los coches, y los atracadores, cuando acaben su condena, se lo pensarán unas cuantas veces antes de repetir la jugada. A veces, tienes que dar lecciones con alguien, es cierto, pero sintiéndolo mucho, así es como funciona todo, aunque sea una putada para el que le toca pringar.
- Somos una mafia, ¿no? – Recriminó él.
- ¡Desde luego, no somos putas estrellas del pop, saliendo de fiesta armados y uniformados, consumiendo cocaína y drogas de diseño, y bailando con gogos y camareras! – Katsumashi se sonrojó ante la acusación.
- No se a que te refieres. – Mintió, sonrojándose con un esfuerzo vano por no apartar la mirada.
- Kurtz te habría pegado tres o cuatro veces, y como siguieses por ahí sacaría la navaja o te daría una lección usando lo que menos te esperas. Yo voy a dejar que recapacites por ti mismo. – El novato tragó saliva. - Ahora... ¿Ibas a decirme...?
- ¿Cómo lo sabéis? – Preguntó, con las pupilas fijas en sus aún relucientes zapatos, que comparaba con las botas de ella. Su calzado era mucho más bonito, pero el de ella era más honesto, desgastado tras innumerables peleas y caminatas por las calles de la ciudad.
- ¿Quién creéis que limpia vuestra mierda? – Preguntó, levantándole lentamente la barbilla. Quería ver con que cara le respondía.
- ¿Nuestra mierda? – Svetlana negó con la cabeza, pensando en lo increíble que era que alguien pudiese ignorar hasta ese punto las consecuencias de sus actos.
- Vosotros salís de fiesta, pegáis tiros, gritáis, cantáis y os emborracháis. Kurtz, con el aprecio que Jacobi y él se tienen, va detrás, haciendo desaparecer putas muertas, juerguistas con sobredosis, camellos que reclaman dinero, o heridos de bala.
- ¿Haciendo desaparecer? ¿Los mata?
- No, no mata a nadie... Salvo algún camello que no quiso calmarse. Solo ofrece compensaciones, hace tratos e intenta resolver las cosas sin que salgan a la luz.


El novato se quedó callado. Sintió que sus piernas no lo sostenían y tuvo que apoyarse contra la farola. El “monstruo” era tal y como decían los rumores, pero la gente con clase que creía que eran el grupo de novatos, no eran sino un grupo de juerguistas salvajes e irreflexivos con demasiado poder para controlarlo y para controlarse a sí mismos. Svetlana había hablado incluso de gente muerta. Sobredosis... Balazos... Asesinatos... ¡Por eso Yvette no volvió a hablarles! Muchas cosas cobraban sentido de pronto. La gente con la que Carlos se peleaba para demostrar su fuerza no desaparecía, y esas lesiones no eran de mentira. Todas esas mujeres drogadas y aturdidas, a las que Dekk se llevaba a habitaciones privadas no siempre querían ir, pero a Dekk le gusta jugar con esas dos pistolas Giordanno mientras folla. Y Grim... Mejor no hablar de Grim... Solo con pensar en él le temblaron las piernas, pero su compañera lo sostuvo. Se había mentido a si mismo hasta ahora, pero ante la mirada glacial de Svetlana, no había nada que hacer.


- Los turcos no se desploman en público, lo dice el reglamento. – Ordenó. – Ahora siéntate al volante y conduce tu un rato. Yo estoy cansada, Kurtz está cabreado y a ti te vendrá bien hacer algo que te distraiga...


Cuando se sentó al volante, el veterano lo miró con desaprobación, entrecerrando los ojos, mientras exhalaba el humo de su puro. El Mashi de ahora, lo primero que hizo fue mirarle a los ojos, agachar la cabeza y disculparse. Ajustó el cinturón, colocó los espejos y arrancó, para incorporarse despacio al tráfico motorizado de Midgar.










- ¡Te mataré la próxima vez! – Gritó Yvette con su voz potente y rabiosa, mientras caminaba hacia su taquilla para coger una materia Cura con la que tratar todos esos hematomas, contusiones, luxaciones y laceraciones que cubrían su cuerpo. Tras ella, Kurtz cruzó la puerta del gimnasio. Llevaba una pistola descargada y su cuchillo, mientras que su aprendiza llevaba la misma pistola, una Aegis Cort, y la porra extensible: Las dos armas que daban de serie a un agente de Turk.
- Ya...ya... Eso dices siempre... ¿Y que pasa después? – Ella iba a responder hablando a esto, pero cambió de idea a medio camino.


Increíble: Ante mis ojos, la que antes era una compañera lasciva y juerguista, deseosa de acabar cuanto antes para ir a reventar cualquier local que se le pusiese a tiro, ahora estaba lanzando un codazo a la cara de un hombre al que siempre había despreciado como el símbolo viviente de una policía represora y dictatorial. En medio de un pasillo de taquillas, Jonás “Scar” Kurtz e Yvette Marie Giulianna Louise de Castellanera y Bruscia, nacidos en ambientes extremadamente opuestos, se hacían amigos puñetazo a puñetazo. Ella estaba en el grupo de los veteranos. Había cambiado la cocaína y los licores por las cervezas en el garaje, los chistes en las duchas y las quedadas para ver deportes u organizar barbacoas.
He tenido una revelación, pero quiero verla por mi mismo antes de tomar decisiones definitivas. Mirando a Yvette, sin maquillaje, vestida con una camiseta ajustada y unas mallas de deporte, con el cabello recogido en una simple coleta, veo el que puede que dentro de unas semanas sea yo, menos estilizado, menos “fashion”... Sin embargo ella parece feliz.
Lo que dije ayer era cierto: Mi vida no es la misma que era entonces.


Publicado a las 11:57 PM por Yabun Goei.

7 comentarios:

Ukio sensei dijo...

Solo un par de detalles: El primero la Archer&Grossman 686

http://www.world.guns.ru/handguns/sw686.jpg

Segundo, bueno, a ver que os parece el nuevo. Kite me obligó a meter novatos en los escuadrones, y me inventé al pequeñín este. A ver que le toca a Har.

Como dato curioso, os diré que mientras escribía la presentación de Kurtz sonaron tres canciones: For whom the bells tolls, de Metallica, Sympathy for the Devil, de los Rolling stones y Seek and Destroy, también de Metallica, por este orden (viva mi Random!).

Yo, alma condenada dijo...

Jejejejeje XD bastante bien, bastante bien... :P el chavalín, dentro de lo que cabe, parece simpático y con más dedos de frente que el "trío de abortos". Éste por lo menos se ha parado a reflexionar.

Muy buen relato, me ha gustado. sobre todo porque por una vez (¡milagro, albricias!) has prescindido de las largas y tediosas descripciones XD.

Irvin dijo...

¿Pero cuantos millones de turcos nuevos hay? Yo es que sólo recuerdo a Yvette, Grim y sus amigotes (por razones obvias) y... yasta. Pero opinio que si, que la mayoría de novatos son una panda de niños de papa jugado al psicópata fashion.

Estaba curioso ir mezclando la entrada del blog con lo que iba sucediendo. Se me ha hecho ligerito, se leía rápido. Espero que el nuevo se quite el rubio porque en mi cabeza esa combinación de color no queda muy bien con sus rasgos.

Ukio sensei dijo...

Morgana, no cuentes con más relatos sin descripciones. Aquí, simplemente descripciones así habrían sido gratuítas, pero otras veces son necesarias.

Irvin, tanto los turcos nuevos como los viejos son "numerus apertus": Dicho de otra forma, no se concreta ninguna cantidad para que la gente pueda crear más personajes.
Me alegro de que se te hiciese ameno, y respecto a Mashi (Yotoomaru Katsumashi se le hace largo a cualquiera), la verdad es que me hacía gracia coger un personaje a lo japones hortera recién salido del barrio de Shinjuku o shibuya.

Astaroth dijo...

Nuevo personaje, y aparece con fuerza. Ameno, ligero y entretenido son las tres palabras para describir el relato.

Quizás como pega, decir que la aparición de Yvette pegándose con Kurtz surge así, sin más: de golpe y porrazo. ¿Cómo es que de pronto están zurrándose la badana?

Ukio sensei dijo...

Se supone que esa escena era al final del día, en el gimnasio de Turk, concretamente entrando ya en los vestuarios. Salto temporal, que lo llaman, encubierto con las entradas del blog.

Noiry dijo...

Cuidao que has puesto dos veces "esperar" cuando Mashi espera a Sveta.

Y Mashimaro (había un conejito monísimo con ese nombre XD) me cae bien, es visualero de Harayuku pero tiene cerebro, y el relato es ameno y llevado con ritmo.
Svetlana chupa poca cámara pero sale a relucir algo de su carácter.

Y Kurtz siempre riñendo al niñokinder y luego es él el que se pasa tres pueblos.
Ayss.....


Mashimaro luv <3