viernes, 5 de septiembre de 2008

135.

La propietaria se abrió paso por las amplias puertas dobles, a la entrada del local, mientras los seis matones trajeados que la acompañaban apartaban a los curiosos, de modo que no tuviese que refrenar su paso ni un segundo. Lucía un vestido malva, cuyo escote se prolongaba hasta su vientre, donde un cinturón dorado lo sostenía. Iba calzada con unas altas botas de cuero, llenas de afiladas florituras, y sus manos lucían guantes de raso, manchados de sangre en los nudillos. Como nota discordante, llevaba atada en el brazo izquierdo una pañoleta de motero, que cualquier crítico de lo fashion y lo estilizado odiaría, pero la alabará hasta el paroxismo solo porque es ella quien la lleva.
También tenía un ojo morado y una pequeña herida en el labio, pero tras ella quedaban un grupo de diez macarras, sangrando y gimiendo en el suelo de la entrada. A su lado, el hombre conocido y envidiado como su amante, caminaba entre miradas de odio disimulado: Más de dos metros de amenaza y peligro se interponían entre ellos y su diva, su diosa, o el mejor coño del local, como pensó uno de los clientes, que repartía sus atenciones entre dos chicas. Una jugaba con su flequillo, y la otra con el piercing de su labio inferior.


- Vienes vestido como una puta, Malcolm, querido. – Dijo Isabella al camarero que imponía su dominio sobre la barra de la planta baja, la más conflictiva y atestada, al ser la más próxima a la pista de baile.
- ¡Eso es injusto, Izzy! ¡Hoy traje pantalones! – El hombre, protestó mientras buscaba una botella de los estantes. Era cierto: Su vestuario incluía un pantalón de cuero, ajustado, y las botas que llevaría cualquier superestrella de metal satánico si decidiese disfrazarse de vaquero. A partir de ahí, que el jurado decida si todas esas correas que se entrelazaban en la mitad superior de su cuerpo son considerables como prenda de vestir (o carencia de ella).
- ¿Todo bien?
- Relajado, ahora mismo. Voy a invitar al rubio ese de la barra a una copa, para que se quede algo más.
- Mal... Estas de servicio. – Recriminó ella con un suave tirón de la melena lisa y castaña del camarero, y una sonrisa socarrona, mientras tomaba un par de cervezas de la nevera y las abría.
- ¡No es para mi, pervertida! – Exclamó en su defensa. – Mira todas esas tías que lo miran. Si se va, ellas se van con él. Si se queda, ellas se toman algo mientras esperan una señal para entrarle.
- Entonces anímalo, que parece algo decaído... – Comentó mientras se iba.
- Decaído es lo último que va a estar Henton, ahora... – Dijo él, pasándole unos cuantos cubos de hielo envueltos en un paño. – Hazme sentir orgulloso.



El rubio en cuestión parecía hecho mierda. Hoy las marcas de puñetazo en la cara parecían estar tan de moda que Malcolm se estaba planteando insultar a Henton para ser el más fashion de todos. Estaba sentado en la barra, pero se había negado a tomar nada. Simplemente se limitaba a estar apalancado en silencio.

- Hola... – Saludó Malcolm con una sonrisa tranquila.
- No, no quiero nada, gracias...
- Invita la casa. – Malcolm guiñó uno de sus ojos marrones. – No soporto ver a nadie en mi barra, ocupando sitio sin más. Da la imagen de que mis combinados son malos.
- Bueno... – Se encogió de hombros. – Pero algo suave.
- No queremos perder el control, ¿eh? – “Uno difícil”, pensó.
- Mira... Yo también soy camarero, y conozco el rollo de dar conversación. Simplemente, no me apetece. No me sirvas nada si no quieres, ¿vale? –
- ¡Soy un camarero, no un ligón de discoteca! – Protestó, haciéndole sentirse incómodo.
- Lo siento... – Masculló, evitando mirarle a los ojos. – Es una noche rara.
- Muy bonito sería que lo normal fuese que no te quiten el ojo de encima todas las mujeres en cinco metros a la redonda.
- Créeme: Lo último que necesito ahora son más mujeres... – “Cuando quiera un hombre...”, pensó Malcolm, “Aunque como sea un poco más borde...”
- A ver... – Dijo con la infinita paciencia que caracteriza a los santos y a los buenos camareros. - ¿Qué pasó?
- Una loca... – Comentó disgustado. Su tono se iba endureciendo. – Monta una encerrona para salir conmigo y luego, cuando tiene lo que busca, se cabrea y me golpea.
- Hay de todo... – Dijo mientras depositaba ante él un vaso cuyo contenido parecía cambiar de color con la incidencia de la luz. – A ver... ¿Qué te parece? – El chaval tomó en silencio la copa, probándola con el ceño fruncido, pero apenas tardó dos segundos en sonreír con aprobación.
- Muy bueno... Lo reconozco: Mejor que yo.
- Soy Malcolm. – Se presentó el camarero, tendiendo su mano sobre la barra. El cliente la miró con suspicacia, pero luego tendió la suya, despacio.
- Yo Paris.


Malcolm se marchó cuando vino a llamarlo una camarera joven, que no apartaba los ojos de Paris. El joven acercó el frío vaso a su mejilla, calmando un poco la molestia. Esa histérica sabía pegar, y lo había cogido desprevenido. Sin embargo, la baja temperatura y el dulce sabor le hicieron relajarse un poco. Posó el vaso en la mesa y se volvió en el taburete, contemplando el lugar. La música era bastante de su gusto, a un volumen atronador que marcaba un ritmo constante, como el latir de un extraño corazón, que hacía a la gente seguirlo, convirtiendo la Tower of Arrogance en una especie de organismo vivo. Lo único que no le gustaba era toda esa estética sobrecargada con cadenas, collares de perros, amos y esclavos. Esas alusiones al sexo retorcido... ¡Y eso que esta planta era la más normal!
En el gran escenario del centro de la estructura con forma de teatro clásico, rodeado de dos pantallas sobre las que proyectaban extrañas imágenes y pin-ups eróticos, estaban apurando los preparativos para un concierto. Paris estaba pensando en que se quedaría a verlo, y así, de paso, nadie le podría acusar de haber desertado. Aún había posibilidades de arreglar la noche...

- ¡Eh tú, hijo de puta! – Una mano le tiró del hombro. Paris se volvió como un rayo, a tiempo de ver al camarero de antes lanzarle su copa a la cara, con gesto furioso. - ¿Quién coño te has creído que eres? – Paris se puso tenso, ofendido como si le hubiesen abofeteado. Sus manos se crisparon ante la posibilidad de responder con violencia, pero por encima de todo estaba confundido, y quería saber a que motivos obedecía esto. - ¿Cómo te has atrevido?
- ¿A qué? – Preguntó, sintiéndose acosado. Una parte de él quería agarrar a ese cabrón por el cuello, sacarlo de la barra a rastras y patearle la cara, pero no era el tipo de persona que agredía a otro sin motivo. No paraba de preguntarse que había hecho para merecer eso.
- ¿A qué? ¡¿Cómo has podido tratarla así?! – Gritó enfurecido.
- ¿Tratarla? A...
- ¡Yvette, maldito hijo de puta! ¡Se llama Yvette! – Malcolm levantó la mano blandiendo el vaso, ya vacío, pero los ojos de Paris se entrecerraron, dándole a entender que eso ya no era tolerable. Lentamente bajó el vaso y lo depositó en un fregadero. – Eres un cabrón. – Dijo con tono bajo.
- ¿Yo? – Paris no daba crédito a lo que oía. Esa mujer le había arrancado de su vida tranquila mediante el chantaje, y para colmo solo se lo estaba cobrando a él, ¿y ahora ella era la pobre víctima? – A ver... ¿Que mentiras te ha dicho?
- Me ha dicho que has pasado de ella. – Los ojos de Paris se abrieron de par en par, ofendidos.
- ¿Y que más te dijo? – Preguntó suspicaz.
- ¡Has actuado como si no existiese! ¡Lo único que dijiste en hora y media fueron veintiséis monosílabos! – Paris se quedó con la boca levemente entreabierta, con una respuesta a punto, que se vio interrumpida. – Si: Los contó.
- ¿Ella te contó como hizo para quedar conmigo? – Preguntó tras dudarlo un par de segundos.
- Espera... – Ahora era Malcolm quien se veía descolocado. - ¿Qué ELLA te propuso a TI quedar?
- ELLA... – Respondió Paris poniéndose de pie e imitando el tono. Se aproximó al camarero para poder hablar más bajo. – Me chantajeó. A MI.
- No me lo creo... – Malcolm se dejó caer sobre una nevera, con la incredulidad patente en el rostro. – No lo habría esperado de ella.
- ¿Por qué? – Paris sacó el cinismo a relucir. – ¿ Por su estilo y buenas maneras?

Ahora mismo, el joven recordaba la imagen con la que la había visto, desde que se subió al coche de ella en la plaza donde habían quedado. Llevaba un pantalón púrpura, ceñido y brillante. A Paris le había llamado la atención un material tan extraño, y ella le dijo que era látex. También llevaba botas altas hasta la rodilla, con adornos y altos tacones, y un top que parecía del mismo material que el pantalón, sujeto con un par de finas correas el cuello, y cordajes detrás. Llevaba también dos Aegis Cort en sendas pistoleras, sujetas a un extraño arnés hecho con varias correas, ceñido a su cadera y muslos. Se excusó, diciendo que el estado de excepción la obligaba a ir armada en todo momento.
Paris conocía el estilo: Mujeres astutas y atractivas que hacían de los hombres lo que querían por medio de un físico escultural y las insinuaciones adecuadas. Describió sus impresiones al atónito camarero, que escuchó con atención cada palabra.

- Acertaste... – Dijo finalmente. – Pero te quedaste corto. Yvette no es una seductora normal y corriente: Es una diosa. – Paris casi rompe a reír con sarcasmo, pero Malcolm lo ignoró, irguiéndose y mirando a lo lejos. - ¡Ahí está! ¡Mírala! – Paris se sentó de nuevo en su taburete, reticente, pero el camarero insistió a tirones de su camiseta.
- Está bailando... – Dijo sin interés. -¿Que es tan especial?
- ¡Mira a su alrededor! ¡Mira a los hombres que la rodean! ¡Y a las mujeres! ¿No lo ves? Mira la envidia y el deseo...

Paris intentó fijarse. Ella estaba bailando con una mujer de piel oscura. Una amiga suya, supuso. Jugaban a fingir el numerito lésbico, mientras bailaban al ritmo de la música, con sus largas cabelleras sacudiéndose con el ritmo estridente y salvaje. A su alrededor, la gente dejaba de atender a sus propios bailes para mirarlas. Incluso habían formado un círculo.

- Parece que no se atrevan a tocarlas... – Masculló.
- No sin su permiso. – Respondió Malcolm. Miles de hombres y mujeres habrían limpiado la ciudad con la lengua, por una oportunidad como la tuya. En los círculos de góticos, fetichistas y demás criaturas de la noche, Yvette es una musa. Su estilo, su actitud... ¡Ni te imaginas lo que llega a ofrecer la gente por humillarse a su servicio!
- ¿Y que quiere? ¿Qué yo me humille? – Preguntó con desprecio.
- ¿Por qué no pides otra copa, y así te la tiro también a la cara? – Malcolm tiró de Paris, para encararlo, y este alzó sus manos: Una lista para defenderse y la otra para noquearlo. Aún intimidado, no logró callarlo. – No te obligó a ponerte correas, ni la ropa que ella quiso, ni a caminar tras ella, abrirle las puertas o esperar de pie mientras ella tomaba algo... O incluso a ser el trono, y eso que esa es su favorita.
- ¿Ser el trono? – Paris se arrepintió de haberlo preguntado demasiado tarde. Si bien le costaba entender a la gente, el sadomasoquismo era algo tan fuera de su alcance como de sus apetitos.
- Ponerte a cuatro patas o como sea para que ella se siente encima. Llegué a ver como seis tíos se organizaban para hacerle una especie de butacón.
- ¿Qué? – Paris quería matar a Kurtz. Se juró que esta sería la última vez que se metía desprevenido en la boca del lobo.
- Uno para el asiento, otro para el respaldo, reposabrazos, un taburete para los pies y una mesa para su copa. – Paris ahora estaba directamente horrorizado. Nunca se había interesado lo más mínimo en una cita con nadie, pero esto era demasiado. - ¿A ti no te tocó hacer nada?
- No... – Respondió casi sin palabras. – Solo acompañarla, y darle conversación. – Malcolm fingió no haber oído eso último.
- Y eso que estás bajo chantaje...
- Si... – Paris pudo ver la trampa retórica, pero fue hacia ella de frente.
- Mira niño... Seré sincero: Si yo te tuviese chantajeado, a estas horas estaríamos por la vigésimo-séptima hora consecutiva de porno casero. ¿Y me estás diciendo que ella, la puta princesa de la Tower of Arrogance, porque la reina es Izzy, te ha invitado a salir, te ha traído y te ha tratado de igual a igual? ¿Teniéndote en sus manos? – Malcolm no controló el tono de voz y un corro de cotillas con el gesto igual de descompuesto por la sorpresa que el camarero. Avergonzado, Paris se volvió en silencio y desapareció entre la multitud.




El círculo de admiradores y esclavos se sintió ofendido al ver como ese chaval de aspecto profano se abría camino a empujones hasta la musa, y cometía la desfachatez de darle toquecitos en el hombro para llamar la atención, no una, ¡sino tres veces! ¡Y sin postrarse!

- Escucha... – Insistió, logrando al fin que se volviese.
- Hola. Paris, ¿verdad? – Dijo ella con una sonrisa angelical, seguida de un gancho a la mandíbula. El asesino pudo reconocer el estilo de cierto bastardo con muchas cicatrices en el golpe. - ¿Qué mierda quieres? ¿Obligarme a ver como pasas de mi?
- ¡Vete a la mierda, borde! – Algo ardía en el interior de Paris, pero lo contuvo. Con un pequeño ejercicio de abstracción, pensó que ella también había hecho concesiones en esta cita, y él igual no había sido todo lo atento que habría debido.
- Quiero hablar, ¿vale?
- ¿Hablar? – Gritó. - ¿De que? ¿De cómo me trataste como a una leprosa? ¿De cómo mirabas al paisaje mientras intentaba conocerte? ¿Qué pasa? ¿Qué como eres tan guapo y puedes tener a la mujer que quieras, no vale la pena molestarse, no? – Paris estaba empezando a hartarse seriamente de que le atribuyesen atractivo físico y arrogancia a juego.
- Mira... No se entender a la gente, pero igual no fui...
- ¿Igual? – Ella no bajaba el tono. Que subiesen el volumen de la música si querían oírla, que ella no se iba a cortar. - ¿Igual no fuiste que?
- ¡Igual fui como estás siendo tu ahora... Solo que más discreto! – Yvette se quedó paralizada, e incluso se ruborizó. El color se le contagió a Paris enseguida, cosa que la hizo sonreír levemente y tomarlo suavemente del brazo, aunque el primer impulso del joven tuvo un toque de jeet kune do, en previsión de otro golpe.
- Mira, vamos a ser sensatos. Nos vamos de la pista y lo hablamos. – Él asintió, acompañándola incómodo por el tacto de la mano de Yvette sobre la suya.




- ¿Quién empieza? - Preguntó ella, al llegar a una esquina de la barra, donde Malcom esperaba con un par de copas ya listas. Paris recibió otro combinado como el de antes, solo que este esperaba poder beberlo, y la copa de Yvette era de un tono rojo sangriento, con una rodaja de pomelo en el interior.
- Tú. ¿Querías salir conmigo en concreto por algo, o simplemente querías un esclavo más? – Ella se vio sorprendida por un comienzo tan directo, pero tras un segundo para reorganizar sus ideas, le dio su respuesta.
- Contigo en concreto, y el motivo es que no eres de estos círculos. – Paris no se esperaba una respuesta honesta, mientras ella lo miraba fijamente a la cara
- ¿Círculos? – Preguntó, extrañado e incómodo. – ¿El rollo sado y todo eso? – Ella asintió.
- Aquí todos se mueren por entregarse a mi...
- Ya me contó Malcolm. – Interrumpió Paris, con pocas ganas de que volviesen a entrar en detalles con esas historias extrañas. Sabía que con su pasado no era un ejemplo de cordura, pero recordar todas esas caras al borde del éxtasis mientras la admiraban le causaba escalofríos.
- Bueno... El caso es que eso está bien, y fue suficiente durante mucho tiempo. Ahora quiero algo más, o mejor dicho, distinto. Tengo la reputación que siempre he querido, pero ahora no puedo interesarme por un hombre sin descubrir que lo que a él le interesa no es conocerme a mi, sino a mi fusta.
- Ahá... – Murmuró Paris, para encontrarse con el nacimiento de una mirada furiosa. Recordó la recriminación del camarero sobre los monosílabos y sacó a relucir su experiencia tras la barra a la hora de hacer preguntas que incitasen a seguir hablando. - ¿Y por qué no buscas gente en otros sitios?
- Porque la otra gente es demasiado cerrada de miras, y me aburro en los sitios de fiesta normales, con su música electrónica cutre, o su pachangueo machacón.
- Y entonces aparecí yo... – Dijo el asesino. – Inmovilizado y medio aturdido en brazos de tu compañero de Turk.
- No solo eso... Me trasladaron en Turk hace algunos meses. Perdí la relación con mis antiguos compañeros, que demostraron ser un hatajo de cretinos de la peor clase, y cambié mi modo de ver algunas cosas. Y entonces SI que llegaste tu. Y la verdad es que no fue una entrada espectacular... – Paris se ruborizó, apartando la mirada.
- ¡Que tierno! – Exclamó Malcolm, asomándose tras la barra. – ¡Ese es el color de la virtud! – Yvette lo espantó lanzándole un hielo, con una sonrisa, mientras admiraba el creciente sonrojo de su acompañante. Pensó que para esta gente, tirarse cosas a la cara era una muestra de cariño. Entonces sus puñetazos deberían ser amor apasionado u odio visceral.
- Hay dos cosas que me hicieron pensar que valdría la pena ir a por un perfecto desconocido como tú y abrirse a él. – Ahora el asesino si que estaba intrigado. – La primera fue tu música.
- ¿Mi música? – Dijo Paris, mientras sintió que alguien le daba un suave golpe al pasar. Aún así, lo ignoró. - ¿Qué música?
- Harlan te quitó un reproductor mp3, con... Lo que habíais ido a buscar, y con música. – Paris asintió, recordando la lista de canciones que había ido escuchando mientas esperaba que lo viniesen a recoger, en la plaza. Se sentía levemente avergonzado.
- ¿Y la segunda?
- La segunda es el “Viejo Caracortada” – Dijo ella, en su turno para ruborizarse. Paris tardó en pillar el apodo.
- ¿Jonás? – Preguntó incrédulo. – ¿Has quedado conmigo por que soy amigo de Kurtz?
- Si... – Yvette buscaba la forma de explicarse. – Mira, hace poco tiempo que estoy con el grupo de los turcos viejos, pero se que son muy distintos. Son como esos hombres de las películas antiguas: Fuertes, pero a la vez protectores y justos. De esos que dicen “Por favor, no me obligues a abofetearte otra vez”. – Dijo imitado una voz ronca y varonil. - Ahora lo único que dicen es “Chorba, como no dejes de rajar, te parto la cara”. – Bufó con desprecio. – Aparte, recuerdo a esa mujer: Aang, y como está Kurtz desde que ella se fue. Pensé que yo quería llegar a ser amada así algún día, y como tu ibas con Kurtz, pensé que tendrías algo de esa fuerza y dignidad. – “¿Fuerza y dignidad?” pensó Paris, pensando en su amigo. “Es carismático y seguro de sí mismo, pero también es violento e inestable. Lo suyo sería más bien “Por favor, no me obligues a descuartizarte otra vez”.
- ¿Por ir con él?
- Bueno... Era una posibilidad remota, pero creí que valdría la pena arriesgarse. Eres su amigo, ¿no?

Esta pregunta confundió al joven justiciero más que todas las demás. Siempre había pensado en Jonás como en un aliado, pero para él su relación no iba más allá de las incursiones. Cumplían un cometido para el mundo, pero no se compenetraban más. Recordaba tomar unas cervezas en su casa, a la salida del trabajo, mientas planeaban asaltos, y a veces comentaban algún que otro tema, sin más importancia. No era un “amigo” en el concepto romántico de la palabra, ya que era algo que Paris siempre había rechazado. Evitaba tratar con la gente, y aunque no llegaba a considerar su relación con Kurtz “un mal necesario”, tampoco era para tanto.

- Mmmmseh... – Murmuró. – Pero somos muy distintos.
- Y sin embargo, sois justicieros. – Dijo ella. – Arriesgáis la vida por un ideal romántico.
- Arriesgamos la vida haciendo guerra sucia contra una empresa que hace su propia guerra sucia. No es romántico en absoluto. – Paris se dio cuenta mientras hablaba, de que había tardado en volver a ponerse serio.
- Lo que cuenta es la intención. – Dijo ella, con una sonrisa medio ausente, mientras miraba como el concierto empezaba.

Centrando todas las miradas en el escenario, donde dos guitarras afiladas y rugientes seducían a la multitud entre los truenos del doble bombo y la compañía de un bajo pendenciero, el cantante saludó al público, que respondió con gritos de entusiasmo. Paris volvió su atención hacia su copa, alegre porque acabaría empapando su estómago y no su cara. Mató lo poco que quedaba de un trago y se volvió hacia su acompañante.

- Creo que me toca... – Dijo, respondiendo a la mirada expectante que le dedicaban esos ojos azules profundos, enmarcados en piel pálida y melena rubia. “¿Por qué tiene que ser además rubia de ojos azules?”, se preguntó con fastidio. Cuando volvió a mirar tenía una copa llena junto a la vacía, y una sonrisa cómplice desde el otro extremo de la barra. Ese hijo puta de camarero le estaba haciendo lanzarse demasiado con el alcohol. – Me llamo Paris Barans y soy camarero. – Ella rompió a reír, y eso que nunca pretendió ser un chiste. – Vivo tranquilo, nadie me molesta, me dedico a mi... Cometido, y estoy aquí por lealtad a mis aliados.
- ¡Brindo por tus aliados! – Exclamó ella, arrancándole una sonrisa torcida y un sonrojo leve.
- Mira... – Dijo poniéndose serio. – Se que va a sonar mal, pero toda mi relación con cualquier ser que camine sobre dos piernas y respire es de desprecio. Las únicas excepciones son mis aliados, que son... Bueno... – Sonrió con la mirada ausente. - Rolf es un cabronazo al que le encanta provocarme y hacerme sentir incómodo, aunque sus bromas a veces son graciosas, y tiene unos cuantos amigos bastante raros.
- Probablemente estará tres o cuatro pisos más arriba, en este mismo local. – Añadió ella. – Y probablemente esté buscando su cuarto polvo de la noche. En cualquier caso, no le digas a Malcolm que conoces a Rolf. Su rivalidad es legendaria. – Entonces se dio cuenta de que lo había interrumpido. – Sigue, por favor...
- Jonás si es como esos hombres de cine clásico: Feo, fuerte y formal. No duda en patear a un rival hasta que sangre por partes de su cuerpo que no quería conocer, y tiene una especie de aura de hostilidad y violencia que le abre paso por las calles, pero en la intimidad es una especie de mentor raro... No entiendo que le ha llevado a confiar en mí, pero la verdad es que no entiendo a la gente en general. Sin embargo con él... No lo se. No es un amigo, pero se nota que es mucho más próximo que los demás. – Ella lo miraba en silencio, instándole a que siguiese. – Es como un hermano mayor. Cuando está tranquilo, ofreciéndote una cerveza, mientras te pregunta que te apetece ver en la tele... Estás bien, no sabría decírtelo. Me tengo pasado horas con ese tío, sentado en el borde del distrito, mirando más allá del muro. Él me cuenta cosas de cuando era pandillero, de joven, o de cuando estuvo en la guerra de Wutai, mientras paseamos al perro.
- A mi me pone... – Dijo ella con picardía. – Es tan viril que podría duplicar la natalidad de esta ciudad solo con darse un paseo por un colegio femenino religioso. – Esa broma hizo a Paris sentirse incómodo, e incluso un poco celoso, aunque se negó a admitírselo a sí mismo. Siguió para cambiar el tema rápidamente.
- Y Han es...
- ¡Y ahora, vamos a echarle un cable a un colega! – Gritó una voz desde las torres de bafles que rodeaban el escenario, antes de que un redoble de batería diera paso a los primeros compases de una canción de rock, con evidentes connotaciones sexuales. – I really love you baby... I love what you got!
- Han es ese del escenario... – Concluyó Paris, recordando el toque que le habían dado en el brazo minutos antes, para llamar su atención. – No lo conozco demasiado, pero es un tío bastante listo, y un experto haciéndoselo pasar mal a cualquiera que se suba a un coche con él.
- ¿Tan mal conductor es?
- ¿Recuerdas la fuga brutal en la que un conductor en un sedán de lujo dejó atrás a toda la policía de Shin-Ra y a media división motorizada de Soldado?
- Tres cuartos... – Corrigió ella, imaginándose lo genial que sería ir de copiloto en ese coche. Paris pareció reconocer sus intenciones en su cara.
- No estás segura de lo que deseas... – Murmuró, pero le quitó importancia.
- ¡Mata eso! ¡Vamos a disfrutar de nuestra canción! – Volvió a tirar de su mano, y Paris volvió a sentir como su vello se erizaba. Era una sensación horriblemente inquietante, aunque cálida.



Dos pares de ojos, unos marrones y otros verdes los veían alejarse hacia el escenario, con cierta malevolencia. A pesar de estar contemplando a la pareja, sus cuatro sentidos restantes y un par de poderes extrasensoriales adquiridos para la ocasión estaban concentrados en vigilarse mútuamente.

- ¿Qué haces tú con mi príncipe, pedazo de puta? – Dijo el hombre sentado a la barra, mientras miraba a Malcolm de forma amenazadora a través de su vaso de chupito lleno de licor.
- ¿Tu que? – Rió el camarero. – Es más... ¿”Tu”? ¿”Tu” el determinante posesivo?
- Ríete, pero no dejaré que le hagáis ninguna putada al crío, ¿vale? – Dijo mientras probaba el licor. – Es mi amigo, y como tal le tengo cierto aprecio.
- ¿”Amigo”? – Malcolm estaba disfrutando enormemente al provocarle. - ¿”Amigo” en el sentido de “me lo voy a follar a la primera de cambio”?
- “Amigo” en el sentido de... – Bebió su chupito de un trago, en un ataque de teatralidad. - “Te voy a meter tus botellitas por el culo y luego te tiraré desde un balcón para grabarlo con mi PHS y divulgar el vídeo como descubra que o tú o tu amiga la dominatrix le hacéis alguna putada”.
- Tranquilo... – Respondió mientras retiraba el vaso. – La dominatrix no tiene intención de hacerle nada que él no quiera.
- Creía que los esclavos no tenían decisión en eso...
- Eres un ignorante en lo referido al BDSM, pero no te lo tendré en cuenta. Sin embargo, como iba diciendo, Yvette está interesada en conocerlo, y la cosa tiene pinta de ir bien. Se conocerán, tendrán citas... Quizás se enamoren, aunque ella no lo admitirá nunca... Y yo me estoy esforzando porque ella sea feliz, por algo es mi “amiga”. – Se aseguró de usar el mismo tono en la palabra “amiga” que había oído usar al vividor. – Y como es mi “amiga”, si la haces infeliz, te arrancaré esa oreja mutilada que tienes con este sacacorchos, la pasaré por la licuadora y te la obligaré a beber mezclada con absenta. Y luego haré lo mismo con dos o tres más de tus apéndices. – El otro hombre sonrió ante la amenaza. – Te diré que entiendo perfectamente tu postura. ¿Entiendes tu la mía, Rolf?
- Sirve un par de “Trinos” más... – Respondió el francotirador, conservando su talante. Tendió uno de ellos hacia su adversario, para proponerle un brindis. - ¡Por los romances pacíficos!
- ¿Les deseas una relación aburrida y tranquila? – Malcolm lo encaró, tan cerca que Rolf pudo sentir su aliento.
- Nos la deseo a nosotros. – Su sonrisa era la de un zorro hambriento en un corral. – Así todos llegaremos a viejos.



El concierto duró un par de horas más, con dos bises y un tercero en el que la propia Isabella salió al frente del grupo, cantando una canción dedicada al fantasma de la ópera y otra era casi un himno épico, propio de una reunión de guerreros, que dedicó a su novio. El gentío, poco a poco fue obligándoles a pegarse más, una situación en la que el joven justiciero se habría sentido evidentemente incómodo. Sin embargo, centrado en el concierto, se dejó arrastrar por la fuerza de la música, a medida que esta subía de intensidad. Coreó, incluso, una o dos versiones de canciones famosas, sorprendiéndose de que Yvette también se supiese la letra, e incluso cuando ella apoyó su espalda en su pecho, pasando su brazo delante de su cuello, para que la multitud no los separase, sin darse cuenta, fue él quien la agarró a ella de la mano esta vez. Yvette disfrutó entusiasmada durante toda la actuación, recurriendo sin dudar a su estatus para lograr un hueco en primera fila, y un par de botellines de agua con los que evitar la deshidratación. Al comienzo del tercer bis, miró levemente hacia atrás, y vio a su acompañante con una sonrisa eufórica, disfrutando del concierto, para luego mirarla a los ojos con gesto ingenuo, mientras en el escenario Han e Isabella cantaban a dúo el estribillo.

Oh, rock from ages, do not crumble, love is breathing still!
Oh, lady Moon shine down a little people magic if you will!

8 comentarios:

Ukio sensei dijo...

Ladies and gentlemen, con todos ustedes, el romance. Espero vuestras opiniones, y como no: El concurso de siempre:

1) Que canciones salen citadas?
2) En que están sujetas las pistolas de Yvette?


Que os ha parecido Malcom?

Noiry dijo...

Ten cuidao que se te ha colado un párrafo dentro del otro (el del "cara cortada").
No te respondo porque yo ya lo sé.

Ahora:
Aayy... mi niñooooo ¡3¡ Ya te lo dije, me parece abrumadora la química que tienen estos dos, hay chispas en el aire. Me has matado con el final, es... ay dios... se me va de casa el niño, se me va XDDD
Curiosamente Yvette también muestra una faceta suya a la que no estamos acostumbrados.

Malcom (no se escribe Malcolm?) me parece un encanto de tío, parece caído del mismo árbol que Rofl pero de otra manera.
Y me hizo mucha ilu que Rolf apareciese en el relato.

No sé, con la tontería se me ha hecho corto XDDDD

Ays... después de tanto tiempo al fin tenemos la famosa cita :3

Astaroth dijo...

El estilo de Yvette en este relato me ha recordado exageradamente a Nina Williams.

Se me hizo corto, pero lo resumo en dos palabras:

¡Toma ya!

Al concurso ni contesto, no tengo ni idea.

PD: Coincido con Noiry. ¿No sé ha colado un parrafo entre medias? Porque se me hace raro...

Ukio sensei dijo...

Voto al diablo! Si lo he corregido!!!

Astaroth dijo...

Ok, fue corregido mientras leía

Yo, alma condenada dijo...

En fins... mejor no haré comentarios envenenados 8no estoy de humor, este finde ha tneido sus muy menos)... mu lindo y tiernas las conversaciones, aunque las descripciones siguen haciéndome densas.

En cuanto a la cita de Ivette y Paris, decir que no esperaba eso de ninguno de los dos (especialmente de Paris, Ivvy ya empezaba a apuntar maneras de menor reformada y arrepentida) y no me acaba de cuajar... no sé, es una pareja que me choca Xd quizás porque me imaginaba a Paris con una chica dulce, tímida y amable (y no, Ivette NO es así por mucho que se sonroje).

Ya veremos adonde conduce la situación...

Ukio sensei dijo...

Paris con una chica amable y tímida tiene un problema:

Es demasiado fácil

Noiry dijo...

Pues... nunca me he imaginado a Paris con alguien dulce y amable que no sea Kattherinna, pienso que es mejor así porque ese carácter ya lo conoce. Holly es un paso más allá, es más pícara, pero sigue siendo amable y dulce, Yvette es algo que se escapa a su concepción del mundo xD
A parte, Paris necesita alguien que lo mueva e Yvette alguien que la pare. Son como una pelota de tenis y una raqueta.