domingo, 28 de noviembre de 2010

El mp3 de...

Carl Loc O'toole:


Traficante de drogas y mujeres es la mejor manera de calificarle. Se ha pasado los últimos años dedicado a sus turbios asuntos, y desde que un día conoció a Tombside ha ido cada vez evolucionando su comportamiento hasta convertirse en un ser agresivo y reservado, preocupado por sí mismo. Cada vez se preocupa más por su salud.

En cuanto a sus gustos musicales, le gustan las canciones de sonidos potentes y fuertes, agresivas, procendentes del Trash Metal y del Death Metal, aunque no negará nada con un buen sonido. Double Nature es la canción para viajar en el coche y relajarse, eliminar los agobios de la circulación de camino a casa.

01. Raining Blood - Slayer
02. Hangar 18 - Megadeth
03. Cowboys from Hell - Pantera
04. Take This Life - In Flames
05. Indestructible - Disturbed
06. Heretic Anthem - Slipknot
07. Double Nature - Mustasch
08. Morphogenesis - Scar Symmetry
09. Master of Puppets - Metallica
10. Biggest & The Best - Clawfinger
11. Dragula - Rob Zombie
12. Twilight of the Thunder God - Amon Amarth
13. Rex Regi Rebellis - Turisas
14. Go into the Water - Dethklok
15. Replica - Fear Factory

lunes, 15 de noviembre de 2010

220

La vaina era de madera, preciosa: Cerezo, lacado en los tonos rojos del amanecer. Al extremo superior tenía un reborde en cobre rojizo que completaba el conjunto. Delicioso. Ese mismo reborde rozaba con la hoja del tanto que esa vaina contenía, emitiendo un suave y lento roce.
La puerta se abrió de golpe, chocando duramente contra la pared y el estruendo hizo sobresaltarse al aún medio dormido prisionero. Dos hombres uniformados entraron en tropel y lo levantaron por la fuerza, solo para que uno de ellos recibiese un cabezazo en la boca que le hizo perder varios dientes. El sargento, un hombre de metro setenta, casi tan ancho como alto, entró en la celda. Llevaba la guerrera abierta y su cuerpo estaba cubierto de un vello hirsuto, al igual que el de su cabeza y patillas mal rapadas. Mientras el prisionero forcejeaba para librarse del otro guardia, el sargento lo agarró del hombro, lo giró de un brusco tirón y le atizó en la cara con un poderoso gancho. El prisionero cayó rodando sobre el suelo cubierto de paja empapada, hasta detenerse contra la pared. Abrió los ojos, miró hacia su agresor y sonrió.
- Buenos días, camarera… ¿Cuál es el desayuno del día?
El sargento no respondió. Solo se hizo a un lado, con el tanto presente en su mano derecha. A su espalda apareció un joven oficial. Un hombre de cuerpo fibroso, con la musculatura de un atleta, que vestía un uniforme impoluto del ejército de Wutai. Su gesto era la disciplina militar personificada, con el mentón alzado y la vista firme al frente. Desde luego, no sonreía, y el prisionero tampoco.


Kurtz llegó con una retorcida sonrisa en los labios. Nada como la satisfacción del sonido de las broncas y los rumores de pifias procedente de las dependencias de SOLDADO. Todas esas consideraciones acerca del disfrute del mal ajeno le importaban tres cojones, comparado con el disfrute de ver como los heroicos niños bonitos de Midgar las pasaban putas por culpa de los mismos mandos que cambiaron las vidas de centenares de soldados de infantería por el impacto propagandístico de ver a los impresionantes cuerpos de élite de Shin-Ra saliendo en la foto.
El turco no podía evitar sentir una cierta comprensión con ese tipejo de nombre impronunciable y reputación blindada que había organizado una partida de caza para dar caña a un bichejo en los suburbios. Un monstruo que podía aniquilar a decenas de civiles, cazado al coste de no pocas vidas, y eso que ellos eran la fuerza de choque.
- Hola… - Mashi apareció de la nada, husmeando y buscando ver las manos de su compañero. Sus horribles lentillas de color rosa hicieron a Jonás fruncir el gesto, y daban un efecto raro a su pelo, teñido de gris con mechones púrpura. ¿Has oído? Los niños guays andan a palos porque por lo visto ellos también tienen un cabrón malencarado que sabe montar emboscadas…
- ¿Yotoomaru?
- ¿Sí? – El chaval levantó la vista, con curiosidad e inocencia. El cambio, desde su anterior rubio con brillos áureos y sus ojos de color azul eléctrico eran notorios. - ¿Ahora te me pones formal?
- Agente Katsumashi, si quiere dejo de ser formal y le suelto una patada en los huevos… Porque con esas pintas de moñas…
- Habló el coletillas… - Respondió este entrecerrando los ojos y levantando la vista para buscar los de Kurtz, que sintió un nuevo escalofrío ante ese efecto bizarro. – El coletillas al que le tocaba hoy pasarse por el Fatso a por los cafés.
Kurtz sonrió. Apoyó sus manos sobre los hombros del niñato, mirándolo con cierto orgullo al ver como su confianza se iba sobreponiendo al miedo inicial que el veterano inspiraba. Mashi le sonreía, con ese matiz de duda: ¿Lo siguiente sería compartir una pose de compenetración masculina o esquivar un golpe? Kurtz, sin embargo, le hizo dar media vuelta y le pasó un brazo sobre los hombros, hablándole con familiaridad.
- ¿Ves ese pasillo? Sigue por ahí y dobla hacia la izquierda y encontrarás la sala de recreo. ¿Sabes llegar? – Mashi lo miró con desagrado, como si su compañero lo estuviese tomando por tonto. Este, sin embargo, lo miraba con una sonrisa de vendedor de coches usados poco honesto.
- Sé donde está la sala de recreo, gracias… - Respondió con gesto borde, y el veterano asintió.
- Bien: Ahí es donde están los cafés. – Cuando la cabeza de Mashi se giró hacia la sala, la palma de Kurtz impactó en su cuello causando un gran eco en todo el pasillo. - ¡Corre para que no se te enfríe! – Gritó antes de encaminarse hacia la sala de recreo.

Sveta venía desde el otro lado del pasillo, charlando con Harlan. Ella acababa de entrar, y se iría en pocos minutos de patrulla con su nuevo y horrible gotiquillo visualero galáctico. Har e Yvette, sin embargo, llevaban ya varias horas de patrulla, y tras el descanso para el informe del día, volverían a salir a la calle unas cuantas horas más. En el estado de excepción, la única excepción era tener un solo día libre a la semana.
Sveta y Har llegaron antes y se adentraron en la sala de recreo. Katsumashi avanzaba hacia confiado, pero su compañero dijo algo que lo incomodó.
- Que raro…
- ¿Qué pasa, Kurtz?
- No han dicho hola, y no me creo que a estas horas, la sala de recreo esté vacía. – Mashi frunció el entrecejo. Tampoco oyó nada negativo, como imprecaciones o juramentos, pero sabía que Svetlana Varastlova y Harlan Inagerr no acostumbraban a ladrar antes de morder, salvo que lo considerasen que un caso especial merecía una advertencia previa.
Al volverse vieron el motivo: Harlan y Sveta seguían cerca de la puerta, envueltos en un silencio amenazante. Sus cuerpos no hacían ningún movimiento hostil, pero sus ojos estaban clavados al fondo de la sala, y sus caras transmitían un mensaje muy poco amistoso.
Entraron, y entonces el motivo se volvió evidente. Allí estaban: Dos de las modelos locuelas y uno de los sicofantes que aún no habían aprendido a no cerrar los ojos al apretar el gatillo estaban riéndole las gracias a tres de los “líderes del nuevo mundo”: Sobre una silla, con los pies calzados en zapatos de diseño, Susan Soto reía con gesto lánguido. Montes estaba como siempre, sentado sobre el mueble lateral, al lado del mini bar. La sorpresa fue ver a Gerstschen a su lado, como uno más. Se ve que el chaval había sabido aprender de Kurtz a dar hostias como uno de los mejores y luego aprender de Van Zackal a medrar en la empresa. Él sentado y sus compañeros de promoción de pié. Eso lo decía todo.
Sin embargo, no estaban mirando a las paredes, sino que hacían dos cosas en ese preciso momento. La primera, reírle las gracias al líder de turno: El sargento van Zackal. Erguido, con su conocida cresta azul, su tatuaje sobre la ceja izquierda y su sonrisa viperina. Además de eso, estaban bebiendo café y comiendo donuts.
- ¿Querían algo?
- Habíamos venido por nuestros cafés, señor. – Respondió Svetlana en tono glacial. – Estaban en una bolsa como esa. – Indicó, señalando hacia una destrozada bolsa del Happy Fatso’s, que estaba tirada en el suelo. Paradójicamente, Francis, el simpático camarero y propietario también conocido como “Fatso”, tenía la costumbre de aprenderse los gustos de sus clientes, y tenía los pedidos listos para la hora adecuada. Cada vaso con una marca de un determinado color para un determinado cliente, desde el rosa de Yvette, hasta el púrpura de Mashi, el negro de Har, el azul de Sveta y el rojo de Kurtz. No era casualidad que ese mismo vaso de cartón con un asterisco rojo, lleno de un café doble cargado con leche y azúcar estuviese en la mano de van Zackal.
- Oh, vaya… Phinogg nos había dicho que eran del catering y los cogimos. – Respondió el sargento, negando una merecida disculpa.
- Finolis… ¿Es eso cierto? – Sus compañeras rieron nerviosas, y Gerstschen sonreía levemente incómodo. Ninguno quería que Kurtz sacase apodos delante de sus nuevos amigos. El sicofante, por otra parte, sonreía deseando que lo tragase la tierra en ese preciso momento.
- Finolis… ¡Ja! – Escupió una voz con socarronería desde la puerta.
Jim “Grim” Garrison, con una majestuosa entrada triunfal, entró en la sala. Sus andares siniestros hicieron a algunos de los novatos echarse contra la superficie sólida más próxima, haciendo todo lo posible por pasar desapercibidos. Este miró alrededor, sonriendo con agresiva lascivia y contemplando tanto los gestos de miedo mal oculto de los más bisoños, al gesto incómodo de sus compañeros de promoción para acabar con los desafiantes gestos de desprecio de la vieja guardia.
Saboreando el goloso placer de ser el centro de atención, caminó hasta encarar a Finolis, que palideció ante su escrutinio. Grim se irguió y apoyó sus manos en las caderas, echando hacia atrás su chaqueta en un modo en el que su Blackraven quedaba a la vista en su funda bajo la axila.
- ¡Fuera de ahí, Finolis! ¿No querrás que te tenga que violar para abrirme paso hasta la nevera, verdad? – Su víctima retrocedió dando tumbos para acabar trastabillando y cayendo de culo sobre los restos de la bolsa del Fatso’s. – Muuuuy bien…
Grim abrió la nevera en la que Phinogg había estado apoyado, sacó una petaca con un post-it donde habían escrito “No tocar” y luego lo habían regado con algunas gotitas de un líquido rojo no determinado. Kurtz decía que probablemente sería laca de uñas.
- Tenemos informe de reunión en cinco minutos. – Intervino van Zackal, severo.
- Nunca trabajo antes de mi primera mamada del día. – Dijo mientras se encaminaba hacia la puerta, antes de dar un trago a la petaca y exhalar fuertemente. – Dime, aerotransportado… - Se dirigió hacia Kurtz. - ¿La absenta de las ocho a.m. es comparable al napalm por la mañana? – Luego se giró hacia sus antiguos amigos. – ¿O es el café robado lo que sabe a victoria?
Un silencio incómodo quedó flotando en el aire, como la nube de pólvora posterior a un tiroteo. Estaba claro que la jugadita de los cafés había sido una pequeña y calculada invasión territorial: Joder, pero sin llegar al punto de justificar una respuesta agresiva. Algo para quedar guay delante de los novatos y del público. Sin embargo, Grim sigue siendo un factor hostil y descontrolado. El grupo prefirió desmarcarse de él y así no verse envuelto en la espiral de locura, violencia y sexo con daños colaterales en la que se había convertido la vida social y profesional del agente Garrison. Van Zackal vio la oportunidad y el cabronazo de Mordekai no dudó en aceptar su postulado, especialmente después del cristo que se montó en la Tower. Si Grim seguía sintiéndose fuerte, era capaz de organizar una intifada para vengar a Dravo, cuando lo que necesitaban era alguien sutil, y capaz de abrirse paso sin destacar.
Dekk, aún incómodo por la interrupción de su antiguo amigo, hizo un gesto a Soto, que tomó a una de las “modelos” y salió tras él. Como sargento designado por Jacobi, tener controlado al incontrolable era una de sus tareas. Luego miró a Kurtz, su antiguo compañero de rango, ahora degradado de nuevo a agente, que parecía estar a punto de empezar a aplaudir. Haciendo acopio de dignidad, mientras su grupo abandonaba la sala, se retrasó para sacar un billete de cincuenta giles de su cartera y dejándolo sobre la mesa. “Los cafés de toda una semana, pringaos… Porque por mucho que os riais, el que tiene sueldo de sargento sigo siendo yo”.



- Última oportunidad: Nombre, rango, unidad y ubicación.
No hubo respuesta, ni ulteriores amenazas. El sargento hizo un último esfuerzo, pero solo sirvió para salpicarse algo más de sangre en los nudillos. En medio de su andanada, el oficial superior, un coronel, lo detuvo. Lo apartó con un leve gesto y apoyó el filo del cuchillo sobre el rostro del prisionero.

Una explosión rompió el silencio. Pudo reconocer, aún en la distancia el tipo de carga y el impacto de la metralla en las paredes. Un sonido agradable, de metralla afilada. No esas toscas bolas de acero que usan los de wutai. Podía oír los gritos y las explosiones. Podía oír el caos y la muerte, y le relajaba. Música para sus oídos. No estaba seguro si sería un allegro triunfal o un canto del cisne, pero música, sin duda.
Seguía con los ojos cerrados. Atado a una argolla en la pared, no podía arriesgarse a que la sangre le entrase en los ojos y lo cegase, así que solo podía escuchar y esperar. La puerta estalló contra la pared, nuevamente.
- ¡Rápido! ¡Nombre, rango, unidad y ubicación!
- ¡Cállate y haz lo que has venido a hacer! – Respondió el prisionero, sin girarse ni mirar.
- ¡He dicho que…!
- Ya sé lo que has dicho, Galatea, pero corta la broma: Aparte de haber reconocido tu voz, por mucho que la cambies, mis guardias habrían abierto la puerta usando una llave, no reventando las bisagras a tiros.
- Me acabas de costar cincuenta giles, cabrón… - Respondió la tal Galatea. Una mujer difícil de describir para cualquier observador, ya que iba cubierta con un uniforme negro, del mismo color que su chaleco táctico, sus protectores de brazos y piernas y que su pasamontañas.
- ¿Y eso por…?
- Por mí. – La grave voz del segundo rescatador, de igual indumentaria, inundó la estancia, mientras el caos seguía desatándose a su alrededor.
- Santo… Eso hace reforzar algunas teorías… - Dijo, mientras a sus cegadas su compañero se acercaba, con un gran revolver negro mate en una mano y un cuchillo en la otra.



Van Zackal fue quien se ocupó de la exposición a la hora de dar el informe del día. Algo cada vez más habitual: Jacobi delegaba esa parte en su nueva mano derecha. Su enlace con el músculo de la organización veía su autoridad reforzada con estas pequeñas sesiones, y sin saberlo, se convertía en la cara que daba a la vieja guardia las órdenes de las misiones jodidas. El nuevo enemigo, al menos, para los que se creyesen que él decidía las guardias.
Los SOLDADO acaban de anotarse un tanto gordo, sin embargo, otro tarado del cometa con mako en las venas lleva semanas aterrorizando el sector seis. Asaltos rápidos a tiendas veinticuatro horas con robo de suministros: Comida, alcohol y armas. Era ilegal venderlas sin licencia, y más aún con los severos controles del estado de excepción, pero los vecinos de los suburbios se sentían inseguros y creaban una demanda dispuesta a pagar mucho por algo que creían que les daría seguridad. Un PM había logrado infiltrarse, y sus informes indicaban que su líder era un soldado de segunda, lejos del poder desatado por muchos primeras con los que se las habían visto, pero dotado con una mente táctica genial a la vez que perturbada, que había organizado a unos cuantos seguidores en una guerrilla a la espera de su líder, Sephirot. Su retorno a Midgar a lomos del cometa, como montura mitológica de la perdición, con el que castigaría el mal y la corrupción de este mundo, cuyos pecados están ya muy lejos de cualquier tipo de redención.

El plan había sido organizado con prisas, pero con mano firme y ojo experto: El PM tenía órdenes de buscar cualquier agujero en el que meterse hasta que los fuegos artificiales hubiesen acabado. Mientras tanto, un asalto con armas pesadas por parte de Turk con apoyo de un pelotón de infantería, aniquilaría al objetivo y a todos sus seguidores sin distinción. Cuatro equipos se harían cargo del asalto: Alfa, Bravo, Charlie y Omega. Alfa era el equipo principal, liderado por el agente “Scar” Kurtz, cuya misión era lanzar un ataque frontal en cuanto Charlie les diese el aviso de que el camino estaba despejado. Bravo, con el agente Montes al frente, lanzaría un asalto secundario desde la retaguardia para crear caos y hacer cundir el pánico. Charlie estaba formado por tiradores expertos, bajo el mando de Rookery, y su misión consistiría en abatir a los guardias de forma silenciosa y apoyar durante la refriega. Por último, Omega, liderado por el propio sargento van Zackal, estaba compuesto por expertos en el uso de materia, y su cometido era, en caso de encontrar mayores dificultades, asegurar el objetivo de la misión por medio de una gran descarga mágica.



- Muy bien, chavales, esta es la peli: Vamos a coger todo eso que hemos aprendido acerca de armas de fuego, despliegue táctico, disparar al centro de gravedad del cuerpo o el tipo de herida que produce nuestra munición, y lo vamos a aplicar sobre civiles. Muchos de ellos tienen poca o ninguna experiencia de combate, algunos no saben que pintan ahí, y muchos de ellos se irían si creyesen que pueden. Puede que hace una semana, aún conservasen su antiguo empleo, conduciendo autobuses, enseñando mates a los críos o perdonándole un par de monedas a las viejecitas que iban a su panadería a comprar el pan. ¿Jode? ¡Pues es lo que hay! ¡Hoy trabajáis para el departamento de investigación de Shin-Ra! ¡Llevamos armas de guerra, kevlar, y tenemos permiso para el uso a discreción de fuerza letal! ¡Ese es el trabajo!
Kurtz permanecía apoyado contra la puerta del camión de transporte de tropas que llevaba a su equipo. Con él iban Sveta, Mashi y el agente que le había sido asignado como compañero desde una semana antes: Maravloi. Junto a ellos iban un teniente de PM, con su cantoso uniforme rojo, y un par de sargentos, para hacer de enlace con la tropa.
- Bien. Ahora que todos habéis tragado la noticia de abrir fuego contra civiles, es cuando os cuento las malas noticias: Esto no va a ser fácil ni limpio. Muchos de esos tarados de secta abrirán los ojos cuando tengan dos balas dentro y estén agonizando. Vamos a abrir fuego entre gritos y súplicas, y no vamos a hacer caso de ninguna. Son un ejército de corderos, pero el lobo que hay al frente es un hijo de puta de primer nivel, de modo que sin concesiones. “Elige mejor a tus amigos la próxima vez”, “más suerte en tu próxima vida” y toda esa mierda… - Su rostro parecía ensombrecido ante la idea de cómo iban a ser los siguientes minutos. No quedaba nada del brutal regocijo del instructor al que “Mariflori” había conocido, pero la determinación sigue ahí. – El problema principal es su líder: Lars Rozmann, soldado de primera, capaz de despacharnos a todos en un solo segundo de despiste. El objetivo es decapitar al grupo cuanto antes. Si os dan pena los civiles, id a por él y a lo mejor se rendirán sin ofrecer resistencia cuando haya caído. Y tened por segura una cosa: Van Zackal ha dicho cinco, pero no confío en que retrase el bombardeo mágico más de tres minutos. Y no solo eso: Probablemente sea después de ese bombardeo cuando el equipo bravo entre a apoyarnos. – Kurtz guardó silencio. Miró alrededor y vio rostros serios y graves. Todos ellos rodeados de gestos de baja confianza: Miradas caídas, manos ocultas en bolsillos, armas interpuestas tapando el pecho… Kurtz sonrió. – Menos mal que me he rodeado de los mejores para esto. – Todas esas miradas caídas se centraron en él, pero seguía sin haber confianza en esas caras. - ¿Qué pasa? ¿No lo sois? ¿Por qué? ¿Es porque no sois tan guapos como Van Zackal? ¡Tú, Richardson! ¡A ti te he visto derribar a tres terroristas a culatazos! ¡A ti, Carballo, te vi entrar en una casa en llamas y salir con una niña y un perrito, y lo hiciste tan rápido que ni tuvimos tiempo a sacar el cronómetro! ¡Y tú, Kogazukai! ¿Eres tú ese Kogazukai que se dice que entró en un veinticuatro horas sin armas y logró que se rindiesen tres atracadores con automáticas?... ¿Y yo?... ¿Quién soy yo? – Esos ojos se iluminaron, y se rodearon de sonrisas sarcásticas.
- ¡Un hijo de puta imposible de tumbar! – Dijo una voz
- ¡Eh! – Se mostró ofendido. - ¡Mi madre es una santa! ¡Y además, si la tuviese aquí, podría resolver esa misión sin vuestra ayuda, panda de nenas! ¡Vamos! ¡Quedaré mal delante de mi madre si se entera de que necesito un equipo para un loco y una panda de civiles, pero a la mierda! ¡Yo soy imposible de tumbar, y vosotros venís conmigo!



Un profesional nunca dispara un arma sin comprobar que está cargada y bien mantenida… Siempre que tenga tiempo para asegurarse. Un MF22 exige además un cuidado exquisito. Han sido necesarios muchos encasquillamientos en combate para sacar la nueva versión, que además su unidad usaba como experimental.
- Ya sabes lo que toca, Tigre: Hay que recuperar tu arma como sea. – Dijo Santo. – Te hemos traído un KRG y un par de granadas. Maza-patatas de Icicle.
- Ya sabes lo que pienso de esas cajitas de canicas… - Respondió el prisionero, tanteando la posibilidad de obtener minas de fragmentación.
- Estás debilitado por tu cautiverio, Tigre… - Intervino Galatea, cautelosa. – Y tu cara…
- No necesitabas las rayas para creerte tu apodo, campeón. – Dijo Santo, antes de una nueva carcajada. – Pero la chica tiene razón: No estás en plena forma, y si te cazan, que no sea con más armas características.
Tigre los miró, incómodo. Tenía que reconocer que estaba debilitado por la pérdida de sueño, la tortura y las malas condiciones de su encarcelamiento, pero no era un buen perdedor. Si lo fuese, no estaría en esa selva de mierda.
- ¿Cómo es que no habéis venido a silenciarme? – Preguntó, mirándolos a los ojos, incómodo al encontrarse medio desnudo, frente a dos soldados de élite completamente equipados y a los que nunca había visto la cara. Ahora sentía que ellos tenían ventaja sobre él. Discretamente, uno de los puños de Tigre estaba cerrado a su espalda, y su otra mano empuñaba firmemente el rifle KRG.
- Las órdenes eran que si podías andar, mejor no tener que entrenar a otro. – Respondió Galatea. Su mirada era franca, y Santo tampoco hizo movimiento sospechoso alguno.
- Y la misión principal te va a encantar… - Anunció Santo. – Hemos venido a rajar a Tenkazu.

El general Tenkazu Soichiro es uno de los militares más brillantes de Wutai. Sus estrategias lograron frenar el avance de Shin-Ra muchas veces, y muchas veces solo lograron pasar sus defensas con ayuda de SOLDADO, o de la noventa y nueve fantasma. Está reconocido como un héroe de la nación, y ha servido durante más de veinte años. Tenkazu Takezawa, su hijo, es Coronel, y lleva una guarnición de medio tamaño en la zona norte del país. Es un experto en artes marciales, extremadamente disciplinado y fanático defensor del orgullo patrio de Wutai, y eso que apenas cuenta treinta años.
Tigre sonrió. Se colgó la bandolera con las granadas, amartilló una vez más su rifle y caló bien la bayoneta.



Rookery parecía totalmente inerte. Incluso los leves movimientos torácicos de su respiración eran difíciles de percibir. Ni siquiera su característica sonrisa inquietante era visible, en medio de tanta concentración. Satisfecho, bajó la tapa de su mirilla y acercó la boca a la radio.
- Tengo al alto. ¿Vosotros? – Una serie de asentimientos le dieron la respuesta. – Bien. Jefe Alfa. ¿Qué tal le va al pelotón de los pendencieros?
- Espero la orden, como todos… - Dijo una voz cansada en la radio.
- Se te ve que te vendría bien un cigarro. – Rookery volvió a abrir su mira telescópica y buscó a su compañero, asomado a la parte trasera del furgón. – ¡Y no estás fumando!
- Necesito los pulmones. En media hora, todo estará listo y disfrutaré de un maravilloso puro coreliano y de una llamada por teléfono a una tía buena.
- No te sobrará alguno de esos maravillosos puros corelianos, ¿verdad? – Preguntó Rookery.
- Solo para los amigos. – Rió Kurtz. – Asumo que este canal es seguro. ¿Tus chicos saben las instrucciones?
- Las saben. Todas.
- Perfecto.

Se iluminó un piloto en la radio y todos cambiaron al canal principal. Allí la voz de Van Zackal se oía clara y diáfana. El sargento al mando estaba sentado en un mirador, en lo alto de una nave abandonada desde la que se veía el antiguo edificio de viviendas que el tal Rozmann usaba como cuartel general. Unos cuantos metros más alto, en los andamios que rodeaban uno de los pilares que sustentan la placa, Rookery y el equipo Charlie de tiradores esperaban.
Los hombres del equipo Alfa, disfrazados de albañiles, se agolpaban alrededor de una furgoneta de comida rápida en cuyo interior, un siniestro veterano se preparaba junto con algunos hombres para encabezar el asalto. Bravo estaba en camino para asaltar desde el tejado, desembarcados desde helicópteros. Eso lo había dejado claro: Primero llegarían las explosiones, luego Bravo.
Todos los equipos dieron su confirmación al oficial al mando, mientras este repasaba sus planos. Con todo seguro, Van Zackal se acercó la radio a la boca, pulsó el botón y habló alto y claro.
- Bien: A mi señal.
En ese momento, los “albañiles” empezaron a sacar armas de gran calibre mientras la furgoneta se abalanzaba contra la puerta principal de la guarida de Rozmann. Medio segundo antes de eso, los guardias de las ventanas caían abatidos por los certeros disparos del equipo Charlie.



El odio era el único motor que movía el cuerpo magullado y maltratado de Tigre. Acostumbrado a las privaciones y entrenado para resistir la tortura, se esforzó para subir al piso superior de la vieja casa colonial que presidía el pueblo: Sin duda, ese era el cuartel general. Muros de sólida piedra, tres pisos, balcones tan sólidos como sus paredes, ideales para apostar una guarnición… Tigre agradecía tener un fusil KRG. Su característico sonido le permitía confundirse con los defensores. Mientras ninguno de sus compañeros le disparase por la espalda, todo iría bien.
Trepó hasta uno de los balcones, quedando oculto bajo la plataforma de este. Silencioso como un animal nocturno, se deslizó hasta una repisa, desde la que aniquiló a los centinelas desde la retaguardia.
Como operativo veterano, Tigre sabía exactamente que era lo siguiente que tenía que hacer: Uno de los guardias recibió un solo disparo en la sien. El otro fue acribillado hasta que cayó del balcón. Los gritos atraerían a alguien, pero uno de los fiambres seguía quieto, apoyado contra la barandilla y con su fusil colgando del hombro. Un joven oficial, probablemente un cabo, entró a la carrera. Probablemente habría visto que el centinela no estaba disparando y se acercó a ver si estaba herido. No sería raro, ya que el guardia no respondía a sus órdenes. El cabo había estado cerca en todo momento y no oyó ruido alguno distinto al esperado sonido de fusil KRG. En cuanto se asomó, sintió una serie de impactos candentes en la espalda, lacerando su carne y destrozando sus órganos internos, y lo que más le confundía, lo que más le dolía no entender, era el sonido que acompañaba a esos disparos: Un fusil KRG de Wutai.
Tigre entró en la casa en medio de la oscuridad. Unos pasos siguiendo los gritos y encontró una sala de mando, en uno de los antiguos salones de aquella vieja casona. Allí varios oficiales discutían la forma de repeler el ataque, entre ellos, el brutal sargento encargado de darle los buenos días cada mañana. En ese momento, Tigre agradeció la forma cilíndrica de las “machaca patatas”. La hizo rodar hasta colocarla bajo la mesa. Fue increíble la velocidad a la que reaccionó el sargento: Nada más oler el fulminante de la granada a punto de fundirse, agarró a dos de los presentes y los interpuso, usándolos de escudo humano. Cuando el humo se asentó, el sargento estaba tirado en el suelo, rodeado de cadáveres despedazados por las bolitas de metralla y las astillas que habían saltado de la destrozada mesa. Tigre entró, antes de que el maldito sargento pudiese sacar su arma.
- Si eres hombre, maldito gaijin, te enfrentarás a mí de igual a igual.
Tigre abrió fuego sin dudarlo, sin parpadear tan siquiera. Disparó una corta ráfaga en el estómago de su enemigo haciéndolo caer en una lenta agonía. El sargento gruñó, intentando sujetarse las heridas, y en ese momento recibió una patada en la cara.
- Has tenido diecisiete días para serlo tú, mientras yo estaba atado.

Tenkazu estaba sentado sobre sus talones, en el suelo, en la posición que en Wutai se llama seiza. Una katana, que a juzgar por la seda de su empuñadura, y el lacado de su saya, debía ser de una calidad excelente, estaba posada a su izquierda, y su propietario sostenía el wakizashi, apuntando a su torso desnudo.
- El prisionero, ¿eh? – Sonrió con amargura. – A mí no lograrás capturarme, Gaijin. – Tigre lo miró en silencio. Posó el fusil en el suelo y sacó un cuchillo.
- No he venido a ello.
Tenkazu parecía sorprendido, pero al instante entendió el mensaje: Volvió a guardar el wakizashi y se levantó, sosteniendo la katana envainada apoyada contra su cadera izquierda, como si la llevase colgando de la cintura. Miró a los ojos a su enemigo y, sin apartar la mirada, le dedicó una reverencia. Tigre inclinó la cabeza en respuesta. Echó el torso hacia delante y avanzó hacia él.



Tenkazu combinaba de forma brutal el karate y el kenjutsu. Tigre intentaba acercarse hasta el extremo en que la katana fuese más un impedimento entorpecedor que un arma homicida, pero en ese momento siempre salía despedido por una carga con el hombro, o se alejaba trastabillando a causa de un barrido. Al cuarto intento, el pie del oficial de Wutai encontró su talón y su espalda cayó al suelo, rodando primero hacia atrás hasta quedar boca abajo. Cuando creyó que era su oportunidad de levantarse, con las palmas apoyadas en el frío suelo de tierra comprimida, a medio incorporar, se dejó caer de nuevo, sintiendo como el golpe volvía a abrir las heridas de su rostro. De haberse quedado inmóvil habría perdido la cabeza.
Tigre vio un segundo ataque, vertical y descendiente y rodó, para luego abalanzarse sobre Tenkazu, derribándolo. Rodaron en el suelo, en un brutal forcejeo: La fría fuerza de la disciplina enfrentada a la incandescente llama de la locura. Tigre logró ponerse sobre él, pero la zurda de Tenkazu lanzó un puñetazo sobre su pómulo derecho antes de que lograse lanzar la puñalada mortal, y aprovechó esos segundos para colar la hoja de su katana entre ambos. La mano izquierda de Tenkazu buscaba el encrespado cabello de la nuca de su enemigo para arrastrarlo hacia la muerte contra su hoja, pero Tigre se había agarrado firmemente a su codo, empujándolo y apartando la amenaza de ese mortal filo wutaico.
Enzarzados en ese empate, Tenkazu sentía que su cuerpo, no afectado por maltratos y privaciones, ganaría en cuestión de tiempo, pero la mente de Tigre era un hervidero de ira y astucia. Con la sangre de las heridas de su rostro chorreando por su cara, aspiró una bocanada y la escupió a los ojos de su oponente, momento en el que este cambió su postura intentando defenderse, y la hoja de la katana volvió a interponerse con una fuerza inusitada. Sin embargo, Tigre ya no estaba ahí, pero antes de irse se acordó de hundir su rodilla entre las piernas de su enemigo.
Tras unos segundos de reposo, todo había vuelto al estado inicial: Ambos contendientes erguidos, cada uno en la postura inicial. Tigre había cambiado la orientación de su hoja, que esta vez asomaba hacia el exterior de su puño, pegada a su antebrazo, y Tenkazu había alzado su katana, en una posición vertical, con la pierna izquierda adelantada, y la empuñadura a la altura de la cabeza.
- Tonbo… La libélula. – Dijo Tigre.
- Veo que no eres un gaijin inculto… Y aunque tu forma de luchar sea infame e impráctica, tu corazón es valiente y agresivo.
- Demasiados movimientos innecesarios, ¿eh?
- Soy uno de los últimos descendientes de la más pura casta de guerreros que ha pisado este planeta, gaijin. – Dijo Tenkazu, ignorando las pullas de su oponente. – Tú eres un patán tosco e innoble, pero un guerrero ejemplar. Quiero disculparme por mi trato hacia ti. Ha sido impropio de un guerrero.
- La guerra es muy puta… ¿O qué te crees que he estado haciendo yo desde que me liberé? – Tigre intentaba que su tono fuese sarcástico. Intentaba insultar toda aquella nobleza que el coronel enemigo representaba, pero simplemente no era capaz: Dos hombres dispuestos a ganar y nada más, con el abismo insondable de luchar en bandos distintos. Nacidos en extremos opuestos del mundo, crecidos en mundos tan distintos como el día y la noche, no eran más que dos caras del mismo guerrero.
- Gracias por entenderlo.
Tenkazu gritó. Tigre gritó. Ambos cruzaron a la carrera los escasos metros que los separaban, el primero lanzando la katana en un arco descendente, y el segundo empuñando el cuchillo con ambas manos, listo para hundirlo.
En el último segundo, medio paso antes del último encontronazo, Tigre se desvió medio paso hacia su derecha. Con un potente movimiento de cadera, usando todos los músculos de su torso, giró hacia su izquierda, y sus manos chocaron con las de su oponente, desviando su golpe y apartando su arma. La afilada punta de la bayoneta esperaba al oficial de Wutai, hundiéndose profundamente en su pecho.
Era un hecho seguro que esa bayoneta había alcanzado el corazón del joven coronel Tenkazu Takezawa. Tigre seguía asiendo firmemente esa empuñadura, consciente de que su enemigo, mortalmente herido, se desangraría en segundos en cuanto retirase su arma de la herida.
Tenkazu lo miraba a los ojos. Su rostro estaba imbuido de la serenidad más absoluta.
- ¿Cómo se llama el hombre que me ha vencido? – Suplicó como última merced. Tigre cerró los ojos unos instantes. Su rostro seguía sangrando, y le ardía como mil demonios. Su cuerpo estaba totalmente agarrotado y entumecido, tras los días de privaciones sufridos y el desgaste de este último esfuerzo. Finalmente, los abrió y acercó el rostro al oído de su adversario. Habló durante un par de segundos y luego se apartó. Tenkazu sonrió despacio. - Un buen hombre para guardar mi daisho y el recuerdo de cómo he luchado y encarado mi final.
Tigre asintió. Asió con ambas manos la bayoneta y la arrancó de un solo tirón. Un chorro de sangre salió tras la hoja, y siguió brotando a cada latido. Tenkazu volvió a adoptar la posición Seiza, cerró los ojos, e irguiéndose, respiró profundamente dos veces, sumiéndose en un profundo trance meditativo. No llegó a respirar una tercera vez.



- ¡Objetivo caído! ¡Repito! ¡Objetivo caído! ¡Loco uno baja confirmada! ¡Abortar equipo Omega! ¡Que Bravo venga y nos ayude a pacificar el terreno! – La voz de Kurtz sonó alta y clara en el canal abierto de la radio. El líder Charlie lanzó un breve grito de júbilo, y desde Bravo solo había silencio.
- Aquí líder Omega: Si es un truco para entorpecer el curso de la operación, ha sido una mala decisión.
- Coja el phs, Sargento…
Cuando van Zackal oyó eso sintió al mencionado aparato vibrando en el interior de su chaqueta, no fue consciente de lo apretadas que estaban sus mandíbulas. A su lado, Gerstschen, cubriendo a su líder con su carabina, había descuidado su cometido, impresionado por el cambio de gesto del oficial. En su mano había un phs de última generación del que van Zackal no era capaz de apartar la mirada. La imagen de la pantalla era Lars Rozmann, inmovilizado por la combinación de un conjuro de hielo y otro que había alzado varias esquirlas de roca desde el suelo, marca de la casa de Kurtz. Con las piernas clavadas al suelo y su espada adherida a la pared, consumida por un bloque de hielo que alcanzaba hasta su muñeca, fue acribillado a tiros por media unidad Alfa.
- Se han anticipado… No han podido tener tiempo de hacerlo de otra forma. – Entendió, y al hacerlo, su ceño fruncido se agravó aún más. – Rookery no vio ninguna amenaza, simplemente se pusieron de acuerdo para ganar tiempo… - La mirada de Gerstchen iba desde el edificio cuyo interior estaba acabando de ser tomado por el equipo Alfa, de menor número que el enemigo y enfrentado a un hombre capaz de destrozar individualmente a cualquiera de sus componentes, “Scar” incluido. Ese cabrón no solo era ingenioso para los apodos. Mientras Gerstschen estaba distraído analizando los méritos del mentor al que había dado la espalda, la voz de su superior a su espalda lo sorprendió. – Bravo, entra y acaba. Vámonos cuanto antes.



Tigre estaba paralizado. Un chaval joven, un soldado enemigo al que el ataque había pillado con una chica en medio de la selva, no era más que eso, y ahora, ni siquiera eso: Tigre lo había oído venir, saltó tras él y lo degolló de oreja a oreja. Una baja más y a seguir adelante. El brutal momento en el que quitar algo tan individual e irrepetible como una vida se vuelve mecánico y monótono, como caminar o respirar.
El rostro de Tigre seguía siendo el mismo: Cansancio, hastío y ganas de una cama y una comida dignas de tal nombre. Huía sin dignarse siquiera a mirar al hombre que agonizaba a su espalda. A escuchar su último aliento y cerrar sus ojos. Ese deber quedó para la mujer que había aceptado, a regañadientes, ir con él al bosque.



La puerta se abrió con el crujido habitual. La luz del rellano inundó el recibidor del viejo edificio. Kurtz dio un par de pasos al interior y esperó a que Etsu caminase hacia él para pedirle ese paseo que siempre ansiaba tanto, pero Etsu no vino. Al principio, se sintió extrañado, pero entonces una sonrisa le llenó el rostro. Abrió la puerta del salón y allí estaba el perro: Fuera de su sillón imperial, tirado en el sofá de al lado, con la cabeza apoyada en el regazo de Aang. Estaba claro que el animal conocía el significado de su desarrollado vientre, y quería darle calor. Su alteza canina ni siquiera parpadeó cuando su dueño le usurpó el trono.
Jonás llevaba unos segundos sentados, antes de ver la katana y el wakizashi apoyados en la mesita del salón. Ambos lacados a juego, maravillosamente conservados y cuidados con esmero durante años. Podría decirse que durante generaciones incluso: Una herencia familiar, símbolo de nobleza en Wutai, y extrañamente guardados en el armario de un hombre de dudoso historial al otro lado del mundo.

- La tele está al otro lado. – Murmuró Aang, sin cruzar su mirada con la de su novio, que la observaba fijamente.
- He visto mucha tele estos meses, pero a ti no tanto.
- Hai, eso es cierto. Sin embargo, este programa acabará en diez minutos. – Respondió ella, aún resistiéndose. – Pero a mí me verás el resto de tu vida. – Kurtz sonrió. Solo con esa frase había ganado todas las apuestas del mundo. Incómodo, jugó un rato con su trenza, sin poder apartar la mirada del vientre de su novia.
- ¿No deberíamos ir a hacer compras para esos?
- Hoy no, Jonás. Hoy descansas, ¿hai? – Dijo ella levantándose pesadamente, y rechazando la oferta de Kurtz de ayudarla. – Corbata fuera, chaqueta fuera y botas fuera. Hoy has vuelto a salvar la ciudad, ¿hai?
- Bueno… - Reconoció el turco. – Si. Y a sobrevivir a una nueva intentona de matarme por parte del cabrón de van Zackal. La verdad es que el enano ese, Katsumashi, fue el que me ayudó a lograrlo: El cabrón sabe hacer virguerías con la materia. Solo había visto a Har y a algunos en la noventa y nueve tirando magia de esa potencia. Rook hizo lo que tenía que hacer por su parte, y todo funcionó como una máquina perfecta.
- Sigues siendo un militar, Jonás Kurtz. – Dijo ella mientras se sentaba sobre las rodillas de su novio. – Una perfecta máquina de matar y amar.
- Esas reflexiones vienen por... ¿Eso? - Preguntó Jonás, desviando su mirada hacia las armas.
- El daisho de Tenkazu.
- Lo reconoces...
- Evidentemente. - Respondió Aang. - Tú mataste al hombre que quería pedir mi mano esa noche. No lo amaba, pero... Bueno, era la guerra. Reconocería estas armas en cualquier lado. Pertenecieron a su familia durante generaciones. Estoy segura de que podrían cortar una roca... Y ahora las tienes tú.
- ¿Crees que las robé?
- No, Jonás. Tú eras un prisionero que había sido torturado durante días, la parte instintiva y animal de tu cerebro sabría perfectamente que lo importante era vivir para curarse, comer, dormir y reponer fuerzas. No habrías perdido tiempo en buscar algo que robar y que te entorpeciese. - Sonrió mientras sacaba el arma de su vaina. Dedicó unos segundos a ver sus ojos oscuros reflejados en la hoja y luego la guardó. Antes de envainar el último centímetro, pasó su meñique por el filo, cortándose y manchando de sangre la hoja. Kurtz se sobresaltó, levantándose del sillón, listo para correr a socorrer a su novia, pero la tranquilidad de esta lo detuvo, confundiéndolo. - La hoja no debe salir si no va a probar sangre, ¿hai?. - Dijo de forma sensual, antes de chupar su dedo. - Tenkazu te pidió que guardases tú sus armas. - Jonás asintió.
- Compartí sus últimos momentos. - De reojo, Jonás miraba a su mujer, esperando ese gesto de entendimiento: Estaba reconociendo haber matado al oficial wutaico.
- Una máquina de matar y amar...
- Soy un tío que entra, ficha y se muere de ganas de salir a casa con su mujercita. Lo único que al menos, no me aburro en el tajo.
- ¿Y en la cama?


Etsu hundió la cabeza… Aang no veía los dibujos, cosa que le frustraba ya que no le veía la gracia a los concursos, pero empezaba a temerse en serio que lo iba a tener difícil para conservar esos paseos en cuanto su amo llegaba de trabajar. De hecho, por el estruendo que llegaba desde el dormitorio, parecía que el amo siguiese trabajando. Asomó el hocico por la puerta, pero se retiró enseguida, entendiendo que a él también le molestaba mucho que le viniesen a molestar mientras comía, de modo que, a falta de más posibilidades, tomó el mando con los dientes y se tiró a su trono a reinar sobre los viejos tablones del parqué mientras pisoteaba el mando, buscando esos dibujos tan violentos que tanta gracia le hacían.

martes, 26 de octubre de 2010

Entrevistas: Skeith, Susurro, Lagarto

El ambiente en la habitación estaba impregnado a partes iguales con el relente a botes de pintura viejos y el olor habitual de un pequeño taller. Gran cantidad de trastos apilados en cajas de mudanza se habían apartado para hacer sitio, y ahora una mesa redonda con tres sillas aguardaba en el centro. El cuarto era angosto, y su estrechez la realzaba aún más la escasa luz procedente del portalámparas que colgaba del techo.

Sentado a la mesa había un tipo de pelo oscuro y corto, con una perilla algo descuidada que pugnaba por convertirse en barba de pleno derecho y gafas. Llevaba un chaleco negro sobre una camiseta de manga larga, y unos vaqueros algo pasados. Sus ojos se movían de izquierda a derecha mientras leía unos cuantos papeles. Tenía los párpados algo entrecerrados y el gesto torcido en una mueca de disgusto.

Detrás de él, apartado del cono luminoso que irradiaba la bombilla, se encontraba otra persona. La mayoría de él estaba tan cubierta de ropa y harapos que era complicado saber si se trataba de un hombre o una mujer. Fuera lo que fuese, debía tener el termostato roto. No hacía precisamente frío en aquel zulo. Este segundo personaje parecía un vagabundo. Iba con una capucha calada hasta los ojos y no se apreciaban sus rasgos. Mientras esperaba, se apoyaba pesadamente en un objeto alargado, también envuelto en tela. Era metálico, sin duda: el de pelo negro lo había oído tintinear al entrar su dueño.

-¿Y bien? No parece que vaya a venir, Skeith.
-Y bien nada. Ahora toca esperar. Él lo tiene más fácil que nosotros para venir aquí.
-¿Y vendrá?
-Supongo. Le he dado motivos para venir, y aunque parezca tímido, no es un cobarde. Ha tragado mucha mierda, durante bastante tiempo. Sólo le faltaba encontrarse con esto.

Antes de poder replicar al que se llamaba Skeith, una puerta se abrió por encima de ellos. Otro hombre, también moreno, acababa de entrar en escena. Por encima de ellos se oyeron los pasos, seguros y pesados, de sus botas. Iba vestido de manera informal, como Skeith, pero a diferencia de él, llevaba la ropa con bastante más estilo, y la llenaba bastante mejor. Tenía un cuerpo fuerte y atlético, vestido con una camisa blanca y unos pantalones marrones. En el cuello brillaban las placas con su nombre, rango y unidad en SOLDADO. Iba afeitado, y en su cara resaltaban los ojos de aquellos que han sido tratados con mako. Parecía enfadado.

-¿Qué hacéis aquí?
-Pues por de pronto, esperarte, Dwight. Tenemos unas cuantas cosas que tratar entre los tres. Antes de que preguntes, no, no hay ningún monstruo en este sitio.

El tipo envuelto en harapos hizo un ruidito, casi como una risa que se cortó abruptamente. Susurro miró extrañado a Skeith, y después dedicó una mirada tranquila a su acompañante. La serenidad de su cara no alcanzaba a encubrir el hecho de que estaba alerta ante aquellos dos. Sin embargo, también estaba intrigado. Conocía al tipo sentado en la mesa. El otro no le sonaba de nada.

-Tranquilo, está en tu misma situación.
-¿También le envías a matar bestias pardas con un séquito de novatos? – ante el comentario del soldado, el encapuchado volvió a reír. Skeith gruñó ante lo que consideraba una comparación con el Contable.
-No es momento de andar con tonterías, que tenemos trabajo. Al grano. Me han llegado estos días unos cuantos correos. Pensaba que eran spam y estaba por borrarlos, pero resulta que no van sólo dirigidos a mí, sino también a vosotros.

Se hizo el silencio ante aquella noticia. Para empezar, el vagabundo carecía de correo, y no le conocía absolutamente nadie... de manera que no se le ocurría que alguien pudiera ponerse en contacto con él, ni siquiera a través de terceros. En cuanto a Susurro, todo aquello empezaba a olerle a violación de intimidad.

-¿Y qué son?
-Preguntas. Simples preguntas de gente desconocida. Como os decía, al principio pensaba borrarlo, pero luego pensé que puede ser interesante contestar.
-¿Por algún motivo en concreto?
-No, son sólo preguntas que hace la gente. Hasta ahora me han estado apoyando desde la sombra y me parece adecuado devolverles el favor.
-¿Qué gente?
-Vuestras preguntas luego, por favor, estos otros interrogantes son más urgentes. Veamos, hice una lista para poder agilizar el proceso. Las tuyas son éstas, están marcadas como “Susurro”. Aquí están las tuyas. No sé por qué las marcaron como “Lagarto”.

En el silencio, se escuchó a Susurro atragantarse. Cuando le miraron, estaba completamente serio. Ninguno se había percatado, centrados como estaban en los papeles, de la sorprendente (y escasamente vista) sonrisa del SOLDADO.

-Bien, ¿quién quiere empezar?
-Yo. Cuanto antes acabe, antes podré volver a mis asuntos. No me ha sido sencillo llegar hasta aquí, de modo que prefiero aprovechar el tiempo. ¿Tienes un lápiz?
-No hace falta, yo apuntaré – comentó Skeith sacando una grabadora.

Sin pensarlo dos veces, el encapuchado plantó el papel en la mesa y con la uña recortó la palabra “Lagarto”, como si estuviera usando un cúter. Luego se puso a leerlo. Mientras leía, murmuraba para sí, repitiendo las preguntas. Conforme posaba sus ojos en algunas de ellas, los dedos se le crispaban. Un movimiento a sus espaldas tiró una caja, y un temblor de pura rabia recorrió su cuerpo. Parte de las capas de ropa cayeron al suelo cuando se levantó bruscamente y dio un puñetazo en la mesa. Susurro le miró asombrado, mientras que Skeith se tapó la cara con la mano.

-Joder, que aún no tenía que ver nadie tu aspecto entero…
-¡¿Pero qué se creen esos bastardos?! ¡No tengo intención de responder algo como esto!
-Yo creo que sí la tienes… - replicó Skeith sacando un pequeño objeto de su bolsillo. Se trataba de un pedazo rectangular de una sustancia blanca y flexible. Skeith la hizo bailar sobre los dedos como si fuera una moneda, mientras en su otra mano sostenía un pliego de papel. El vagabundo reconoció la goma de borrar y tragó saliva. Junto con la saliva, se tragó la rabia.

-Oye, si yo no debía ver esto, ¿ahora qué? ¿Para el siguiente relato sabré cómo es?

Skeith miró a Susurro y le tranquilizó con un gesto. Lo que parecía un bolígrafo en su bolsillo tenía un cierto parecido a un neuralizador, junto a unas gafas de sol. El confiado tipejo sonrió para sí, puso en marcha la grabadora y empezó a preguntar.

Skeith: ¿Qué es lo que dices cuando entras en un restaurante tradicional de Wutai y no tienen tu plato favorito?
Lagarto: Nunca he ido a un restaurante tradicional de Wutai. Ni falta que hacía.

Sk: ¿Cuándo mantuviste tu primera relación sexual?
L: Nunca. Yo no he “mantenido relaciones”. No es fácil con mi aspecto… pero ya lo verás. Lo verás tú y todos.
Sk: Claro, claro, lo que nos faltaba, sexo reptiliano…
L: Que quede claro: yo no soy un reptil.
Sk: Vale, lo que tú digas, pero ellos lo creen así.

Sk: ¿Cuánto te miden las uñas?
L: Y yo qué sé. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer que tomarme las medidas?
Sk: Susurro, mira si hay un metro…

Después de un breve forcejeo, quedó comprobado: las uñas le miden más cuanto más ganas le tiene a la persona que tenga enfrente. Skeith decidió juiciosamente, tras vendarse los cortes, que había que conformarse con eso. Frotándose las heridas, pasó al siguiente punto.

Sk: ¿El jabón del mismo nombre que tú, Lagarto, te paga royalties? ¿Es así como compras los caramelos con los que sobornas a los niños?
L: No esperes ni por lo más remoto que responda eso…
Sk: Al menos podrías contestar a lo de los niños.
L: Yo no soborno a nadie. No cuenta como soborno si luego los matas y recuperas lo que pagaste.
Susurro: De modo que tenemos un delincuente aquí mismo.
Sk: Eh, nada de deformación profesional. ¿Desde cuándo trabajas gratis para el Contable?
Ss: Cierto…
L: De todos modos, no he sobornado nunca a un niño. Sólo secuestré a su madre y le pedí que me hiciera un recado, que luego ya le llevaría con ella.
Ss: …
L: ¡Vale, no fue un secuestro! ¡Le partí una pierna cuando la niña no miraba y me la llevé! No hace falta ser un genio para saber que la llevarían a un hospital. Luego la cría se creyó perdida, así que me acerqué y la convencí de que le diera mi mensaje a Elliot, que si lo hacía la acompañaría con su madre. Y eso hice, la dejé a la puerta del hospital y me largué.
Ss: Todo un samaritano…
L: Hey, si las hubiera matado habría tenido más agentes buscando “monstruos” o asesinos por los rincones. Ya me tocó liquidar a uno que me había visto desde demasiado cerca.

Sk: Sigamos (antes de que al SOLDADO se le pase por la cabeza sacar la albaceteña)… ¿Como logras colarte con tus horrendas pintas en lugares tales como edificios de oficinas o así?
L: Nunca he entrado en ningún sitio así. Por suerte, nunca me faltan voluntarios. Cualquiera en Midgar a quien le ofrezcas dinero o droga es capaz de tirarse de cabeza a un reactor.
Sk: Miles fue un ejemplo perfecto.
L: Pues no era el más tonto de los que “contraté”. Además, como Miles hay miles esperando un poco de droga imaginaria.

Sk: ¿Tienes alguna relación particular con Eliott o la jefa Lehman?
L: A la tal Leman no la conozco. En cuanto a Elliot, soy un ángel custodio… siempre que haga lo que le digo.
Sk: Vale, sí, pero ¿qué relación tienes con él?
L: Chantaje, o como yo prefiero, extorsión. Es una buena relación, si eres el que manda.

Sk: ¿Cada cuanto haces cambios de pieles? ¿Duelen?
L: Por última vez: no soy un lagarto. La siguiente pregunta quedará sin responder, da igual lo que hagas.
Sk: Bueno, no te sulfures. Tampoco a mí me atrae que te llamen así. A fin de cuentas, eres mi creación. Soy como tu padre.
L: Mi padre… Me están dando ganas de decirte lo que piensa Sefirot de su padre. Si él le detesta por convertirle en un asesino de masas con la popularidad por las nubes, figúrate lo que pienso yo de ti siendo un engendro furtivo que vive en alcantarillas.
Sk: Un engendro furtivo que comanda monstruos enormes, dilo todo.
Ss: De modo que era cosa tuya…

Aquí la grabación se interrumpió, justo cuando el siseo que se produce al desenfundar una espada se entrecruza con un rifle al ser cargado y de ello nace un chillido de dolor. Al momento, la grabación se reanuda, aunque parece que ha habido un lapso de tiempo en el cual a Skeith le han extraído una bala y cosido una herida de arma blanca, ambas aparecidas misteriosamente.

Sk: Bueno, calma ya de una vez, u os borro a ambos y hago venir a otro personaje, ¿eh?
Ss: Tus reclamaciones al maestro armero. Para eso creaste a uno.
Sk: Va, venga, las dos últimas para… para este. ¿Cuántos caimanes de los que pueblan las alcantarillas has cosido juntos para hacer esa mascota?
L: ¿Se refiere al monstruo que usé? Lo encontré por ahí… Pensaba que era un bégimo. Ya me estaba imaginando montado en él y lanzando Meteo a la gente de arriba, pero resulta que no tiene ese poder. Aún así, fue un excelente guardián, pero muy costoso de mantener.

Sk: A veces me pregunto por qué pareces un loco homicida… Y finalmente: ¿A que saben los SOLDADOS?
L: ¿Crees que como carne humana? Ni que fuera el Midgar Zolom.
Sk: No, pero lo de que no eres un reptil aún lo tienen que mirar los herpetólogos. Bueno, tu parte está terminada. ¿Vas a irte ya?

-No, esperaré a ver lo que contesta nuestro soldadito. Nunca está de más disponer de algo de información extra.

Susurro no parecía muy contento de oír aquello. La privacidad era para él algo de suma importancia. Nunca compartía gran cosa sobre su vida con los demás compañeros de trabajo, y a la empresa le daba la información mínima necesaria para trabajar en ella. Desgraciadamente, en una compañía como Shinra la información era importante. Y había que tener cuidado con quienes llevaban los archivos, pues estaban bastante cerca del departamento de los Turcos.

Sk: Bueno, vamos allá. Dwight Distr… Diastro… no, eso es un arma del Baldur.. “Diastraefen”. SOLDADO de 2ª clase, alias Susurro. La gente quiere saber… ¿Cuántos decibelios alcanzó tu grito más alto?
Ss: ¿Es una broma? ¿De verdad hay gente tan aburrida como para interesarse por eso?
Sk: No sé. Responde a la pregunta.
Ss: No lo sé. Nunca me ha dado por medirlo.
L: ¡Ja! A mí me intentas medir las uñas y a él nada, ¿no? ¿Es porque soy negro?

Sk: Anda, calla, que ni siquiera se sabe si eres humano, reptil o un tendal andante. A ver, Susurro, ¿por qué entraste en SOLDADO, y cómo lograste ascender?
Ss: Cuando vine a Midgar, estuve un tiempo en la universidad, pero mis padres no son lo que se dice ricos. Tuve que trabajar al tiempo que estudiaba, hasta que decidí que, puestos a trabajar, que fuera eso lo único que hiciera. En SOLDADO pagaban bien y daban un entrenamiento completo, de manera que no hacía falta tener una carrera terminada.
Sk: … Creo que es la primera vez que hablas tanto de una vez.
Ss: Si prefieres me callo.
Sk: No, no, está bien. Y de los ascensos…
Ss: En parte fue por méritos, en parte por las deserciones que ha habido recientemente.
L: “Deserciones”. Así es como llaman ahora a la chifladura por sobreexposición al mako en reacción a las células de Jénova, ¿eh?
Ss: Eso es confidencial. Cuando esto acabe, vas a tener que acompañarme.

Sk: Chicos que nos descentramos. Alguien quiere saber también qué te diferencia del otro millón de tíos duros silenciosos e inquietantes que pueblan estos lares.
Ss: …
Sk: …
Ss: …
Sk: … Ya veo. Eres más silencioso.
Ss: No sólo eso. No conozco a todos los tíos “duros y silenciosos”, pero apuesto a que cuando dicen lo de duros va a que son cracks en combate o algo así. Lo mío no es tanto el combate como el uso de materia y la planificación.

Sk: Vale, sigamos. ¿Qué es lo que más echas de menos de tu compi el calvo?
Ss: ¿Mallet? Era mi amigo… más o menos.
Sk: ¿Más o menos?
Ss: Sí. Por alguna razón, la gente no suele acercárseme demasiado, y yo no soy muy sociable tampoco. Mallet metía puyas a todos y a todo, y fue de los pocos en dirigirme la palabra más allá de las comunicaciones en misión. Podría decirse que era mi único amigo. Echo de menos su conversación y el intercambio de puyas.

L: Ya ves, y ahora está mue- GRUMFG
Sk: Caaallaaa, que la lías… A ver…¿Te criaste en Midgar? Si es así, ¿en que sector? Si no, ¿donde?
Ss: Me crié en una granja a las afueras de Nibelheim. Como dije, mis padres no son ricos; son granjeros y vivían en las afueras. Después de que el pueblo se incendiara, se mudaron a la zona de Corel. Con los ahorros que tenían lograron hacerse con un terreno y empezar de nuevo. Aún tenemos la granja de Nibelheim, pero hace tiempo que nadie vive allí.

Sk: Ajá, interesante. ¿Practicas alguna religión en particular?
Ss: No. Me gusta la mitología, pero soy ateo.

Sk: ¿Como te haces oír en discotecas y otros lugares ruidosos?
Ss: ¿Quién tendría que oírme? Si voy, voy solo; los de la barra se entienden bien por signos.

L: Es aún más soso que yo. Y mira que yo…
Sk: Lo tuyo digamos que es por necesidad, ¿vale? Bueno, y por último: ¿tienes algún amigo próximo? ¿Novia? ¿Familia? ¿Mascota?
Ss: Sólo mis padres, y el perro que tienen, Rust.

-Bueno, vuestra parte ya está… Queda la mía, que ya la haré y…

Las miradas del vagabundo y Susurro, ambas frías y duras como pedazos de hielo, se clavaron en Skeith. Ahora sonreían ambos. La sonrisa del encapuchado revelaba más dientes de lo debido, todos incómodamente afilados. La del SOLDADO no era mucho mejor.

-De eso nada.
-Nos has tenido aquí un buen rato para esta tontería. Ahora te toca a ti y vamos a estar aquí hasta que acabes - Una mano garruda aferró la grabadora y la encendió de nuevo, cogiendo el papel mientras Susurro se colocaba estratégicamente tras la silla de Skeith. Si se le ocurría intentar algo, tendría las fuertes y poco amables manos del agente prestas a hacer un nudo con sus piernas y mantenerle quieto. Aún sonriendo, el vagabundo cogió la hoja de papel. La información que saliera de allí bien podría ser usada para otro buen chantaje. O como prefería él, extorsión. Sin embargo, al leer las preguntas, su mueca risueña se convirtió en una de estupor.

-¿Qué demonios son estas preguntas? No hay por dónde coger la mayoría de ellas.

Antes de que ninguno de los otros dos pudiera reaccionar, Skeith se quitó las gafas, se puso las de sol y activó el neuralizador. Tanto el encapuchado como Susurro se quedaron completamente inmóviles y dejaron caer los brazos, inertes. Sus ojos se dedicaron a mirar al vacío.

-Bueno, creo que mejor yo me interrogaré a mí mismo, que vosotros tenéis demasiada experiencia. Por partes:

¿Observaremos nuevos encuentros entre Lagarto y miembros de SOLDADO?
-Sin duda. El Lagarto es el pj con el que quise entrar a Azoteas originalmente, desmarcándome de Turcos, asesinos, SOLDADO y demás clásicos del género... pero me di cuenta de que no sería sencillo utilizarlo sin alguien que mediara por él. Las relaciones con el resto de los mortales serían un reto de no haber contado con su divertido sistema de intermediarios. De ahí vino Elliot. En cuanto a los SOLDADO… su trabajo es cazar monstruos, ¿no? ¿Qué monstruo hay peor que uno dotado de la inteligencia de un humano?

¿Veremos a la jefa Leman en “actitudes picarescas” con sus empleados?
-Podría ser que apareciera más adelante, pero no es algo que tenga contemplado de momento. Por ahora, el único con lazos con Shinra es Susurro, y su departamento es completamente diferente… lo que no quita que la administrativa no pueda encontrarse con otros pjs fuera del trabajo.

¿Cómo descubriste azoteas?
-Fue hace tiempo, y si mal no recuerdo, debió ser a través del blog de Noiry. A través de Noiry fue fijo… ahora, que fuera su blog o alguno de los dibujos de los personajes de Azoteas con un link a la página no lo tengo tan claro.

¿Te sientes raro delante de las iguanas?
-No… Si acaso, ellas se sentirían raras delante de mí. De todas formas, la única iguana que vi en carne y hueso estaba algo pasada (muerta, en un plato. La trajo un amigo de mi tío, a saber por qué, yo era un crío y la vi de pasada).

¿Con quién te apuntarías a un crossover?
-Hombre, hay variedad. Tengo bastante que aprender de cualquiera de los escritores de Azoteas. Por si no se nota, hice bachiller de Ciencias (lo mismo vosotros también), así que sí, podría asimilar bastante de vuestros estilos. Si me pasa con Reverte, con Tolkien y con cualquier cosa que me lea, por qué no con vosotros.

¿Con qué personaje estás más cómodo? ¿Cual es más fácil de usar?
-El Lagarto, sin duda. Tengo claro lo que quiere, cómo lo quiere, cuándo lo quiere y qué medios usará para conseguirlo (todos). En el caso de Elliot, no es sencillo de manejar en algunos puntos (imagino que se habrá notado). En cuanto a Susurro, es fácil de usar… pero buscar las situaciones y crear las oportunidades para no convertirle directamente en un brutaco con espada más ya no es tan sencillo. Y luego está Gilford.

¿Qué personaje de otro escritor querrías pedir prestado?
-Buena pregunta. El problema es que aún no conozco bien a todos los personajes, y que no siempre dedico mi tiempo a andar leyendo por Internet. De los que conozco… Rolf es entrañablemente cabrón, para qué negarlo, aunque no estoy seguro de poder llevarlo bien. Soy más de personajes con cara de palo que se dedican a ser cabrones políticamente correctos.

-Y sin más, os dejo por hoy. Tengo que salir de aquí antes de que estos dos espabilen. Molaría ponerles recuerdos chungos, pero… realmente, no deben conocerse todavía.

***

-Bueno, qué, ¿cómo ha ido la cosa?

Elliot observó a Skeith a través de sus gafas y se fijó instantáneamente en las tres líneas rojas que aparecían sobre la venda del brazo. Tampoco escapó a su mirada el otro vendaje, que cubría el hombro, y en la cojera de la pierna izquierda. Casi lamentó haber preguntado, pero la curiosidad le podía. Skeith se sentó en una silla mientras el científico servía café en dos tazas.

-Bastante bien. No las tenía todas conmigo respecto a Susurro. Al final apareció, pero aún me pregunto por qué vino con ropa de calle.
-Ah, pues eso… Al parecer, le pillé cuando estaba de permiso. No veas con qué cara entró. Que si cómo tenía su número, quién era, etc… No le dije que me lo habías dado tú, descuida. Cuando le mencioné que era una emergencia, y eso del monstruo, es cuando realmente decidió bajar. Antes de eso me había dicho que llamara a la sede central si tenía algún problema, que él tenía fiesta.
-Ya veo…

Elliot se sentó también a la mesa y sorbió un poco de café. Eran ya las siete y media, y había estado en casa prácticamente todo el día. Seguía sin trabajo, y tenía demasiado tiempo libre. Se había propuesto, al menos para pasar el rato, ponerse a limpiar el garaje, que estaba atestado de trastos, pero la inesperada visita de Skeith le había dado otras cosas en qué ocuparse.

-¿A qué hora vuelve Marie? Tengo que irme antes de que llegue.
-Aún le queda un rato, así que hay tiempo para el café. ¿Han salido ya esos dos?
-¿Ellos? ¡Qué va! Tienen calambre cerebral. Despertarán dentro de poco. Les instalaré unos preciosos recuerdos aleatorios. Posiblemente acaben creyendo que pasaron una tarde escuchando algo de música o echando un vistazo a un bestiario de las minas de mitrilo.

Un tenue rugido interrumpió la conversación. Ambos miraron en dirección a la ventana.

-Oh, oh… Se está acercando.
-¡No jodas! ¿Ya? ¡Vamos, vamos!

Ambos recorrieron un trecho de escaleras y sin decir nada más que “¡Joder, joder, deprisa!” agarraron a Susurro y al vagabundo, aún zombificados, para sacarlos de ahí. En esas estaban cuando una gran puerta se abrió de golpe y dos puntos luminosos se ensañaron con sus retinas. Un rugido ominoso llenó el garaje al tiempo que el coche de Marie hacía su entrada.

Sk y E: ¡AAAAAAAAHH!
Ss y L: Ooohhh... Aaaghhh...

lunes, 25 de octubre de 2010

El mp3 de...

Se me ocurrió esta pequeña chorradita para darnos vida y dar a conocer un poco a nuestros personajes de una forma ridícula, y a la vez, divertida. Y así de paso, compartir algo de cultura musical.
Esto funciona igual que las "Tracklist from hell" de mi blog, pero con una temática distinta. Hay que poner una lista de quince canciones que te podrías encontrar en el reproductor mp3 del personaje (sea este real o hipotético. Algún personaje puede ser un momio o un friki de los discos de vinilo, o tal, pero vamos, esto es lo de menos).
El fin es simplemente divertirse.

Y ahora las reglas:

Prácticamente, no hay. Piensa en una lista de canciones que le podría pegar al personaje por el motivo X y ponla con links a youtube. No hace falta pedir turno ni esperar.
El único requisito es que tienes que hablar de un personaje que se conozca, y por lo tanto, tienes que haber participado en Azoteas. Aunque seas partícipe, no vale poner la lista de "mi nuevo personaje secreto que veréis dentro de 5 relatos".

Y sin más dilación... para muestra, mi personaje insignia.


Jonás "Scar" Kurtz:



Kurtz es un veterano de guerra, amante de todas esas canciones que sonaban en la radio durante su estancia en Wutai. El rock clásico es una religión para él, aunque tiene un pasado de pandillas, callejones y garitos llenos de oscuridad y decibelios, con gusto hacia la nwojhm (new wave of junon heavy metal).

De modo que... Ahí va: El mp3 de Jonás "Scar" Kurtz.


1 Ace of Spades - Motörhead
2 Exciter - Judas Priest
3 Fortunate Son - Creedence Clearwater Revival
4 Machine Gun - Jimi Hendrix
5 Aces High - Iron Maiden
6 Burning Up - Tygers of Pan Tang
7 Seek and destroy - Metallica
8 Mötley Crüe - Bastard
9 Corre Corre - Leño
10 Hijos de Caín - Barón Rojo
11 Bad Company - Bad Company
12 Led Zeppelin - Ramble On
13 Great King Rat - Queen
14 Burn - Deep Purple
15 Winds of Change - Scorpions

Como veis, la mayoría tira de clásicos de rock o cosas de su época de bandarra, donde había colegas con los que cambiar casettes y tiempo para ir a conciertos cutres en garitos cutres de grupos que serían enormes en el futuro. Me faltó meter quizás un poco más de Thrash metal en general, o quizás un poco de Alice Cooper o Black Sabbath, pero bueno... Quince canciones dan para lo que dan.
Y por supuesto, Winds of change es para esos minutos de recostarse, olvidarse del curro 5 minutos y pensar en Aang.

Hala, si os gustó, animaos. Y si se os ocurre alguna canción que podría caber aquí, los comentarios están para eso.

PD: Como siempre, gracias a Noiry por el dibu.

jueves, 5 de agosto de 2010

219

La copa sonó con un agudo "clinc" cuando la posó sobre la mesa de cristal. Ya había vaciado la mitad de su contenido, para intentar animarse. No tuvo demasiado éxito. Elliot estaba alicaído desde el día anterior. El científico seguía con la mirada vacía el movimiento de los rayos de sol que se colaban por los agujeros de la persiana. Era lo que llevaba haciendo desde que se había levantado, a las ocho. Marie ya se había ido a trabajar. Ahora el reloj de la sala marcaba las diez y veinte y le daba el compás a sus dedos nerviosos, que tamborileaban sobre su pierna. La televisión estaba encendida, y daban un programa llamado "de variedades", a pesar de que siempre salían más o menos los mismos personajes vendiendo su vida ante las cámaras. Y lo peor era que realmente les pagaban. Curiosamente, ese día habían aparcado los temas que envolvían a los habituales bufones e invitados, y en su lugar estaban hablando sobre un incidente ocurrido en el Midgar Ring. Por lo visto, algún desaprensivo había ido recorriendo la carretera circular que rodeaba Midgar con un coche de gran cilindrada y armando un ruido impresionante; impresionante para cualquier vehículo que no esté dotado de al menos cinco motores y un remolque lleno de los monstruos más ruidosos del continente. Los PMs estaban puestos en el asunto buscando el vehículo en cuestión y a su conductor, al que le iban a caer varias denuncias por desorden público y conducción temeraria. Al terminar eso, que debía ser lo único de relativo interés, volvieron a salir el presentador, los colaboradores y los invitados, hablando del tema con tanta autoridad y sapiencia como hablaría un fabricante de espadas de Wutai de los entresijos de una escopeta.

-Como si el desorden público no estuviera en el menú del día en los tiempos que corren... - masculló antes de apagar el televisor. Ya estaba bastante atontado, no necesitaba matar más neuronas. Elliot se levantó del sofá con un suspiro mientras trataba de organizar un poco su destartalada cabeza. El día anterior había logrado por fin reunir coraje para hablar con Marie acerca de su despido. Le había costado mucho empezar, pero como suele ocurrir con las cosas que resultan difíciles de tratar, una vez que comenzó no pudo parar. Le contó todo: la reunión inesperada con Leman, la charla con la desabrida jefa, la noticia del despido y la causa del mismo. Todo ello regado con la frustración de no haber tenido ocasión de desarrollar su proyecto personal, y carecer de apoyo para esa iniciativa en el laboratorio. Al final se había dejado llevar por el pesimismo, aduciendo que según Leman era casi seguro que no volvieran a contratarlo en el mismo puesto, al menos mientras el cañón siguiera siendo necesario, y quién sabe lo que pasaría cuando no lo fuera. Eso contando con que Meteorito fuera destruido; de no ser así, todo daba igual, ya no tendrían más de lo que preocuparse. En ese punto Marie le detuvo. Al principio, ella le había escuchado con tranquilidad, pero cuando terminó, lo primero que hizo fue darle la mayor colleja que jamás le habían dado, ni siquiera en el instituto. Elliot fue a quejarse, pero se encontró con el rostro furibundo de Marie.

- ¡Idiota! ¡Me has tenido preocupada! Sabía que algo te rondaba la cabeza, que por algo estabas tan callado. Llamé a Sigurd, pero no me quiso decir nada. ¿Por qué no me lo has contado primero? ¿Pensabas que te iba a reprochar algo o qué? ¡Si te hubieran echado por hacer el vago en el laboratorio, todavía! Elliot, pensaba que me conocías mejor, o al menos lo bastante como para saber que tu despido no va a hacer que te eche nada en cara.

En ese punto, Marie enmudeció y se sentó frente a él, pero no le miró a los ojos. Elliot bajó la cabeza; se dio cuenta de que sus amigos tenían razón y había sido una estupidez retrasar tanto la noticia. Se preguntaba qué estaría pasando por la morena cabeza de su esposa. No tuvo que esperar demasiado para saberlo. Ella se irguió, le miró a los ojos y Elliot vio en ellos una tormenta muy peligrosa que se dirigía hacia él. Marie tenía demasiada deformación profesional como redactora de una revista como para permitirse usar palabras malsonantes, aun en casa, pero el tono de voz ponía de manifiesto su ira tanto como la colleja.

- Lo que más me molesta - dijo como si masticara las palabras - es que me hayas engañado al contarme esa milonga de la "reducción de jornada". Sabes que detesto las mentiras, y más en temas importantes. Llevabas trabajando ahí bastante tiempo, y era la posibilidad de hacer tu proyecto realidad. Si te habían despedido, debiste habérmelo contado en el momento. ¡Qué más da que fuera culpa del cañón, de Arma o del Meteorito! ¡No me importa si ha sido porque te pillaron robando material de oficina - en este punto, Elliot tragó saliva visiblemente afectado. Marie no pareció notarlo o no le dio igual - o porque insultaras a Leman a la cara! Eso no me importa, siempre que me lo digas. Entre los dos podemos encontrar una solución, pero parece que no quieres que te ayuden. Entiendo que es algo que te ha alterado mucho, pero ¡es que nos afecta a ambos, no sólo a ti! ¡Aún no entiendo por qué te lo callaste!

- ¡Porque llevo meses dándote la espalda por trabajar en ese proyecto! ¡Meses que has tenido que aguantarme el mal humor y que no te prestara la menor atención! Has estado soportándome todo ese tiempo para al final no tener resultados. No quería que supieras que todo eso ha sido para nada. ¡No quería que me vieras como un fracasado! - estalló Elliot finalmente.

Marie estaba enfadada, pero eso era temporal. Lo peor para la redactora era la decepción. Había confiado siempre en su esposo, y nunca habían tenido secretos. Es decir, nunca hasta el momento en que él había traicionado su confianza. El hecho de sentirse engañada tardaría mucho más en desaparecer que el enfado. En cuanto a Elliot, acababa de pronunciar la palabra que llevaba rehuyendo toda la vida mientras buscaba la oportunidad de eludirla definitivamente. Su proyecto personal habría sido la manera de conseguirlo, de alzarse por encima de esa implacable perseguidora. Pero esa taimada palabra, "fracaso", le había alcanzado al fin, y había llegado más allá del ámbito laboral.

Esa misma noche ambos cenaron sin intercambiar una sola palabra. Marie acabó la primera, y se fue directa al dormitorio. Elliot aún se quedó un rato en la cocina, terminando una cerveza que se le iba haciendo cada vez más amarga. Cuando fue a la habitación, Marie estaba echada de espaldas. Él se desvistió y se tumbó a su lado. Ella ni siquiera se movió, pero Elliot creyó escucharla sollozar un par de veces. Aquella era la primera discusión de todo su matrimonio. Antes de que el sueño se llevara sus preocupaciones temporalmente, alcanzó a susurrar un "lo siento".

***

Los PMs habían armado un buen revuelo al salir. De hecho, tendrían que haber salido la noche anterior, pero eran pocos los que estaban de servicio entonces, y el área a cubrir (el Midgar Ring) era demasiado extensa sólo para ellos, de manera que tuvieron que esperar al día siguiente para poder movilizar a más personal e para investigar a fondo. Aquello distrajo un poco su pensamiento de lo que le iba a tocar afrontar en breve.

El segunda clase repasó mentalmente lo ocurrido hacía unos días. Recordó la misión donde se suponía que debía mantenerse al margen y dar apoyo estratégico. Al principio había hecho lo que se suponía que debía hacer; órdenes del director (aquel mismo director al que lanzaría sin remordimientos a una orgía de boms sólo para ver si sus cenizas cabían en una caja de cerillas). Aquello pronto se convirtió en una partida de ajedrez donde el rey enemigo, en vez de escapar cuando le hacían jaque, se dedicaba a comerse sistemáticamente las piezas que le amenazaban. Literalmente. Al final, cansado de tanto baile de lucecitas en aquel panel, encerrado en aquella furgoneta al margen de toda la zona acordonada, Susurro decidió tomar cartas personalmente. No fue complicado dirigir al monstruo hacia su posición. Una vez fue avistado, los de su unidad tuvieron que prepararse para lo que se avecinaba, y nadie se quejó cuando él se unió a la refriega. Sabía que el director le montaría el pollo con su voz chillona, pero se encargaría de eso en su momento. Y se encargó, sí. Disgustado, apartó de su mente la charla con su superior. En cambio, prefirió rememorar la pelea con el monstruo.

Aquel bicho se había cargado a casi toda su unidad. Más aún, había acabado con la de Mallet, y al propio Mallet primero le había dejado manco (un poco como él se había sentido durante el combate por su brazo roto) y luego lo había matado. Según el informe, le había aplastado la cabeza con esas mismas mandíbulas que veía chasquear ante él. No habría necesitado ningún incentivo para combatir contra un monstruo; para eso eran creados los SOLDADO, entre otras cosas. Pero tenía realmente un par de motivos para luchar. Uno de ellos implicaba a Mallet, que era de los pocos con los que se llevaba medianamente bien; otro era él mismo. Había oído una vez a uno de los veteranos hablando sobre lo que eran. "Un SOLDADO es un guerrero pensado para vencer. Si un monstruo mata a un SOLDADO, éste muere, sin más. En caso de que el SOLDADO sobreviva, significará que ha tenido la oportunidad de vencer y no la ha aprovechado, o de lo contrario habría muerto." Y consideraba que tener la oportunidad de vencer y desaprovecharla, por el motivo que fuese, era una derrota inadmisible.

Susurro no compartía del todo su punto de vista, y se había dicho que aquel veterano tenía una mente un poco cuadriculada. De todos modos, era cierto que enfrentarse a un enemigo y ser derrotado de alguna manera que no le dejase medio muerto le corroía. Le daba la impresión de no haberse esforzado lo suficiente. Y no se había sometido a un proceso del que algunos salían rebotados, en un trabajo donde se arriesgaba la vida enfrentándose a engendros de pesadilla y rarezas de la fauna, sólo para hacerse la víctima. Con esos dos acicates en mente, había salido de aquella furgoneta listo para dejarse la piel alrededor del cuello del monstruo y asfixiarle con ella.

La bestia había salido del laberinto mezcla de desguace y vertedero. Era imposible confundirlo con otro: cuerpo negro, seis extremidades, escamas negras recubriendo su lomo y cabeza y piel correosa en las patas. La cola de hueso con forma de lanza, la cabeza cónica con sus pequeños ojos depredadores y su aterrador cuerno de marfil se unían a sus garras para formar un conjunto de armas formidables. El monstruo hizo lo propio cuando vio lo que tenía delante. El furgón era un obstáculo, y lo primero que hizo fue girar su grotesca cabeza hacia otro lado en su búsqueda de una vía de escape. Además, junto al vehículo estaban algunos SOLDADO de tercera clase y unos cuantos PMs, que le habían visto venir y preparaban la ofensiva. Los de seguridad ya habían empezado a disparar sus armas. Las balas llovían certeramente sobre la dura cabeza del monstruo, que soltó un chillido estridente. Algunas se encajaron ligeramente en su cuerpo, pero otras rebotaron inofensivas. Las materias de los agentes de SOLDADO, al ser simples escoltas, eran más de tipo independiente, comando y algo de apoyo, y no servían para el combate a distancia. Por tanto, se colocaron delante de los de seguridad con las espadas a punto. Su superior inmediato era el propio Susurro, y al no recibir ninguna orden suya, no tenían muy claro qué hacer, de modo que se limitaron a prepararse y mantener sus posiciones. El segunda clase, por su parte, había salido de donde el director pretendía encajonarlo durante la misión y se había puesto en marcha.

Lo primero fue una generosa ración de Piro+ directamente contra la criatura. Para declarar intenciones. El fuego rugió en dirección a la cabeza astada, que al ver el fuego trató de esquivarlo. Tuvo suerte, y la mayor parte del ardiente proyectil pasó inofensivo a su lado, aunque la piel correosa de las zonas carentes de escamas siseó. El olor a piel chamuscada se sumó al propio hedor del ser. Con un chirrido, dio media vuelta y trató de escabullirse. No muy lejos de allí aguardaba la unidad E-3, que antes había obligado al monstruo a dirigirse hacia el furgón.

- ¡E-3, cortadle el paso!

Los agentes se permitieron un momento de duda. No era poca cosa parar los pies de un bicho como aquel, que sería capaz de ensartar a cualquiera de ellos con su cuerno frontal o de mandarlos por los aires sin muchas complicaciones. Sin embargo, habían reconocido en la voz de Susurro la de quien les había estado mandando instrucciones minutos antes, y se rehicieron a tiempo. El astuto engendro iba de frente, hasta que reparó en que le estaban esperando. Rápido como el pensamiento, dio un salto formidable para una criatura de su tamaño y trepó por un montón de chatarra. Pocos segundos despues se dejaron de escuchar sus rápidas pisadas. Los SOLDADO le perdieron de vista. Susurro murmuró una maldición. Era justo lo que quería evitar. Si se separaban o se despistaban un sólo momento, estaban jodidos. Susurro se volvió. Cerca de la furgoneta, se encontraba el técnico que le habían asignado para ayudarle a manejar los aparatos de seguimiento.

- ¡Vuelve dentro! ¡Infórmanos de sus movimientos si aparece de nuevo en pantalla! Estamos fuera del área acordonada. Si no quieres que abandone el perímetro, ¡haz lo que te digo!

El técnico no titubeó. A fin de cuentas, no era militar, y no le hacía demasiada gracia quedarse fuera del acogedor interior del furgón. Susurro carecía de comunicador, así que con pasos largos se reunió con los SOLDADO de E-3. El cabo estaba intranquilo. Manoseaba continuamente la empuñadura del arma, y miró preocupado el brazo en cabestrillo de Susurro. Quizá creía que no estaba capacitado para luchar. Susurro lo advirtió y su expresión se endureció.

- No hay rastro de ese cabrón. Lo mejor es que nos separemos y...

- Separarnos equivale a meternos en su boca con una manzana en la nuestra - repuso el segunda clase serenamente, mirando ceñudo al cabo.

- Entonces podemos intentar emboscarle cuando salga de...

- Eso funciona cuando sabes dónde está tu enemigo y él no sabe dónde estás tú. Es ese hijo de puta el que intenta emboscarnos a nosotros. Un cebo tampoco funcionaría, es demasiado rápido - dijo negando con la cabeza. Ya habían caído unos cuantos precisamente por dispersarse para buscarle, y ya había comprobado que aun estando como cebo toda una unidad, el monstruo se limitaba a atacar por la espalda a cualquiera de ellos y luego desaparecer. Desde luego, el muy cabrón sabía aprovechar el elemento sorpresa mejor que un asesino profesional. El cabo se encogió de hombros.

- Si al menos no fuera capaz de esconderse despues de atacar... - masculló uno de los soldados rasos. Susurro se le quedó mirando. Los demás se apartaron un poco de su compañero, temiendo que el normalmente sereno y taciturno SOLDADO de pronto pudiera convertirse en un avatar de Heidegger. Susurro dio un par de pasos y se colocó frente al SOLDADO.

- ¿Nombre?

El tímido tercera clase tragó saliva visiblemente nervioso.

- Álex Cove, sargento, digo señor...

Con deliberada lentitud, Susurro levantó el brazo derecho y lo posó sobre el hombro del tercera clase.

- Acabas de darme una idea. Usa tu trasto y llama al tipo del furgón. Dile que ordene a E-4 unirse a nosotros. Que se retiren los demás. De esa manera sólo tendrá un grupo al que hincar el diente.

Tal como había ordenado, las unidades E-1 y 5 se retiraron más allá del perímetro designado para la misión, cerca del equipo médico donde se encontraban los SOLDADO heridos de E-2. Pronto la unidad E-4 se reunió con ellos entre las pilas de metal y desperdicios. Cuando llegaron, Susurro les puso al corriente del plan. Los agentes escucharon con atención. Lo expuesto no les parecía menos desesperado o abocado al fracaso que los movimientos anteriores, pero podía funcionar. Tenían que confiar en que Susurro conociera bien al enemigo, y afortunadamente, ese era el caso. Durante unos minutos, el segunda clase mantuvo una conversación con el técnico de la furgoneta. Cuando consiguió la información que necesitaba, se ajustó la espada y fue a reunirse con los demás.

- Bien, el punto clave es ese - dijo señalando un gran montón de chatarra, formado por una gran máquina medio destrozada.

- ¿Está seguro de que es buena idea, señor? Es decir, antes ya intentamos conducirle a una trampa, y no es que diera resultado.

- Sí, estoy seguro. No le gusta enfrentarse abiertamente. Colocad vuestra materia como os he indicado. Ven, Cove. La idea es tuya y tendrás parte activa.

Susurro sacó su espada y quitó de ella una materia de fulgor verdoso y una que brillaba afablemente y se las dio. A cambio, tomó un par de las materias independientes de Álex. Al hacer el intercambio, el tercera vio sus dientes destacando durante apenas un segundo en una mueca feroz. La sonrisa se fue como vino, dejando al guerrero con la incertidumbre de haberla visto. Cuando todo estuvo dispuesto, los SOLDADO tomaron posiciones según el plan y esperaron.

***

El grupo de agentes avanzó cautelosamente por uno de los desfiladeros entre los restos de la ciudad. Iban con las espadas desenvainadas, atentos a la menor señal de peligro. Olían a metal, a sudor y a materia. Iban muy juntos, como si temieran un ataque. Hacían bien en temer. El brillo azulado de aquellos iris no les llamó la atención desde el interior de la pila de hierro retorcido. Ya no olía a los demás. Estaban solos. La criatura se relamió. Uno a uno, todos caerían. Con un quedo gruñido, se impregnó del mal contenido olor del miedo. Estaban ya cerca de su escondrijo. No habría que esperar mucho.

La unidad E-4 avanzaba de forma lenta, pero firme. No se molestaban en moverse con sigilo; no era parte de su misión. El nerviosismo aumentaba. Llevaban unos minutos de caminar entre los restos, y aún no habían visto ni oído nada que no fueran sus propias pisadas. Presa de un súbito temblor que se esforzó en dominar, uno de ellos se retrasó ligeramente. Apenas un par de pasos. Ese fue el momento. En una explosión de piezas de maquinaria, desperdicios y tornillos, emergió una cabeza negra seguida de dos par de garras aceradas. Las afiladas zarpas se dispararon en dirección al SOLDADO rezagado, que apenas tuvo tiempo de levantar la espada. Habría muerto si una violenta descarga eléctrica no hubiera frenado en seco las intenciones asesinas del monstruo. Ahora al descubierto y con un grupo enemigo delante, la criatura salió completamente de su escondite y echó a correr velozmente en dirección opuesta a la que llevaban. Tras un recodo, los SOLDADO lo perdieron de vista nuevamente, y la criatura saltó dispuesta a zambullirse nuevamente en la seguridad de los desechos. Los metales y restos no supusieron gran obstáculo para su fuerza y sus cuatro garras, así que pronto estuvo bajo lo que en tiempos debió haber sido un viejo panel inferior de la placa, alrededor de la cual se habían desplomado varios cascotes. Lo hizo sin problemas, pero justo cuando se estaba acomodando para esperar de nuevo a sus víctimas, un dolor agudo y un brillo azulado le hicieron aullar de dolor y sorpresa.

Y es que desde uno de los montones de chatarra, uno de los escoltas de Susurro, equipado con materia Electro, había saltado sobre la estructura derribada. Clavando la hoja en el metal, canalizó el poder de la magia por toda la superficie metálica. Un destello azulado se generó en el punto donde la espada había entrado, y se expandió por todo el panel, hasta alcanzar al monstruo. Con un estremecedor chillido, abandonó la estructura con la misma velocidad con que había atacado antes. El SOLDADO se tambaleó, pero consiguió mantener el equilibrio a tiempo. Sus compañeros se reunieron con él. La criatura, al verse de nuevo descubierta, huyó buscando un nuevo lugar desde donde poder emboscarlos. Ese comportamiento, astuto e instintivo, siempre le había dado resultado, pero no esta vez. Cada vez se refugiaba, no tardaba mucho en tener que abandonar la seguridad del amasijo de hierro, presa del dolor y con las escamas chamuscadas. Lo intentó tres veces más, y al ver que era imposible, trató de escapar. Sus patas estaban entumecidas por las descargas, y le costaba poner tierra de por medio.

Su huida se vio cortada por los agentes de E-4, que venía por una "cañada" lateral formada por escombros. Los tercera clase tuvieron tiempo de alcanzar con sus espadas las desprevenidas patas delanteras. La criatura aulló y retrocedió. Las materias brillaron y un par de bolas de fuego se estrellaron cerca de sus patas traseras. Pero el entumecimiento había pasado ya, y era demasiado rápido para ellos. Pronto fue capaz de dejarlos atrás. Agobiado, el ser buscó con sus ojos rasgados un lugar seguro donde ocultarse. A apenas cien metros, divisó un enorme montón de metal: se trataba de los restos de una vieja maquinaria. Estaba rodeada de estructuras caídas, que quizá fueran grúas cuando estaban en pie. Por un momento, algo brilló en la vieja máquina, pero no pudo distinguir de qué se trataba. Por si acaso, el astuto monstruo se acercó con cautela, bordeando los escombros de alrededor, para no ser visto. Escuchó gritos tras él. Los humanos se acercaban. Acosado, dio un gran salto y se metió entre los hierros de las grúas.

Un nuevo grito hizo que se volviera a medias. Por encima de él había otro SOLDADO. Álex Cove, al igual que los otros, no le atacó a él. Su espada, vibrando con la electricidad contenida, se descargó en el metal, y a través de éste llegó hasta las garras aferradas a la estructura. Una nueva oleada de dolor le invadió, más intenso que antes. Su primer impulso fue revolverse y arrancarle la cabeza de una dentellada al autor de su sufrimiento. Al dar media vuelta, se fijó en que detrás de él, venían el resto de sus compañeros blandiendo sus armas. Sabiendo que un ataque frontal podía acabar en más daño, optó por huir. La única manera posible de hacerlo ahora era subir hasta la gran máquina oxidada. Aguantando el dolor, la bestia trepó hasta situarse por encima de la grúa. Álex seguía electrizando el metal, y la duda ensombreció su rostro cuando vio que aquella monstruosidad, sobreponiéndose a los aguijonazos de la electricidad, seguía moviéndose. A pesar del temor que empezaba a hacer mella en él, aguantó y mantuvo el contacto de la espada electrificada con la grúa. La criatura, chillando, se preparó para encaramarse al industrio descompuesto, que aguardaba con la promesa de una vía de escape a un salto de distancia. Los poderosos músculos de las patas traseras le impulsaron en el aire.

Y de nuevo el mismo brillo de antes. En el mismo lugar hacia el que saltaba. El fulgor era verdoso y se reflejaba en la hoja de otra espada y en unos ojos azules colmados de despiadada frialdad. Ya era demasiado tarde para corregir la trayectoria, demasiado tarde para escapar. Sus garras delanteras ya estaban arañando el fuselaje de la máquina, y sus ojos se abrieron como platos, dejando las pupilas reducidas a estrechas rendijas a causa de la luz. En ellos se reflejó la cara, ceñuda y sonriente, de Susurro. El SOLDADO apuntaba con su espada directamente hacia el monstruo. Incapaz de detener su avance, el monstruo se encontró con la espada y parte del brazo de su oponente prácticamente dentro de su boca. Pero no tuvo tiempo de cerrarla. Sólo pudo dejar escapar un gemido chirriante, cortado bruscamente por las palabras del SOLDADO.

- Mallet te espera, hijo de puta.

La espada alcanzó una luminosidad rojiza cuando la materia Piro+ se activó, y una explosión sacudió el metal abollado de la maquinaria. La cabeza de la criatura estalló, arrojando pedazos de hueso y sesos. El fuego siguió su recorrido a través de las entrañas de la bestia y explotó en su interior. Susurro alcanzó a cubrirse detrás del panel tras el que se había escondido en espera de que llegase el momento adecuado. Había esperado demasiado para estar seguro, y se había chamuscado un poco. Desde abajo, Álex contemplaba la explosión, y tuvo el buen sentido de apartarse cuando cayeron los despojos del monstruo. Desde su aventajada posición, el segunda clase vio cómo el cadáver abrasado chocaba contra los tubos de la grúa y éstos se doblaban bajo su peso. Sus ojos no reflejaban ya nada, y únicamente le dedicaron una mirada fría e indiferente.

- Dale recuerdos mientras él y sus chicos te masacran en el infierno.

Despues de aquello, se reunió los demás; le vitoreaban. Él lo tomó con indiferencia, aunque no le resultó sencillo evitar contagiarse de parte del entusiasmo de los demás. Estaba algo cansado. No había sido demasiado duro, a fin de cuentas; al menos no para él, que sólo tenía alguna quemadura. Los tercera clase lo habían pasado bastante mal, como podían dar fe los heridos de E-2. Pero aún quedaba lo peor. Mientras los PMs se quedaban para limpiar la zona y un grupo del departamento científico llegaba como una manada de chacales para hacerse con la carcasa abrasada del monstruo, les llegaron órdenes de arriba. El director quería verle en su despacho. De inmediato.

***

El director había recibido una desagradable sorpresa en los comentarios que habían llegado a sus oídos. El técnico que manipulaba los detectores del transporte le había contado la manera de trabajar de Susurro. Inicialmente correcta, pero cuando le contó que había tratado de atraer al monstruo (con éxito) hacia el borde del área vigilada, el director torció el gesto. Y cuando el técnico le refirió la intervención del segunda clase, su cara se tornó roja, congestionada por la ira. Había sido eso lo que le había impulsado a llamar a los grupos destinados a esa misión al completo. Estaba decidido a que la desobediencia no quedara sin consecuencias.

Desde su despacho escuchó un gran alboroto cuando entraron los agentes. Muchos vitoreaban y aplaudían el plan del sargento insubordinado. A juzgar por lo que escuchaba, tomar una medida contra la desobediencia de Diastraefen podía resultar en una insubordinación mayor... si lo hacía en público. El director se rascó la incipiente calva extrañado; no recordaba que fuera tan popular. De hecho, siempre había creído lo contrario. Decidido a acabar con el jolgorio, salió del despacho. Al verlo, las unidades bajo el mando de Diastraefen y el propio sargento formaron ante el director. Todos estaban firmes, con la mirada hacia adelante y los hombros erguidos. La mirada y la cara enrojecida del director rebosaban indignación mal contenida. Susurro se hallaba a un lado, adelantado un par de pasos y en idéntica posición.

- Descansen - masculló. Con un gesto, hizo una seña al segunda clase y se dirigió hacia su despacho. Una vez en su interior, se sentó en su castigado sillón y le miró ceñudamente. Cuando habló, lo hizo entre dientes, como si masticara las palabras.

- ¡Esto es el colmo de la irresponsabilidad! ¡Desobedeció una orden directa! ¡Le dije claramente que no podía intervenir!

- No lo hice por gusto, señor. El enemigo amenazó con atacar la furgoneta. ¿Debería haberme quedado de brazos cruzados, en el interior, mientras el objetivo nos pasaba por encima y escapaba de la zona, señor?

- ¡No me venga con esas! El técnico asignado a su unidad me lo ha contado todo. ¡Debió dejar que sus escoltas se encargaran de él! - barbotó el Contable (apodo que le dedicaban los agentes a sus espaldas).

- Con el debido respeto señor, eso habría sido una locura. Los escoltas que iban conmigo carecían de materia de largo alcance. Y eran escasos. Lanzar a unos tercera clase contra una criatura así sin ninguna clase de apoyo es mandarles a la muerte. Fue por eso que decidí intervenir, señor.

El director pareció estar a punto de decir algo, pero casi se atragantó. Era como si las palabras se le atropellaran en la garganta. Cuando se recuperó de su indigestión de ira, estrechó los ojos y se enjugó el sudor con un pañuelo blanco. No podía permitirse tener a Diastraefen suspendido de empleo; él mismo había repetido varias veces que no contaban con muchos agentes con experiencia. No obstante, estaba decidido a no dejarle marchar sin aplicarle un correctivo por su falta de disciplina.

- Tiene suerte de que la misión haya sido un éxito y de que no haya resultado herido - empezó a decir -. Ya le avisé: no tenemos muchos efectivos ahora mismo, y de segunda clase menos aún; no quiero arriesgarlos cuando el trabajo puede ser hecho asignado a los tercera clase. Y de hecho...

- De hecho, tiene razón, señor - cortó bruscamente Susurro.

El director estuvo a punto de atragantarse de nuevo, y sus cejas subieron cómicamente en su cara como si intentaran ser un patético remedo de pelo en sus entradas. Susurro le alargó una hoja escrita por él.

- Aquí tiene el informe, señor - dijo tranquilamente -. Realmente es un borrador, dado que no he tenido tiempo de hacerlo como es debido. Como podrá comprobar, al final sólo hicieron falta dos unidades bien coordinadas y yo mismo. No era necesario haber enviado tantos agentes.

El director la arrancó el papel de la mano y leyó rápidamente el informe. Estaba bastante claro para haber sido hecho de prisa y corriendo. Casi al final, miró a Susurro con incredulidad; luego frunció el ceño de nuevo y terminó la lectura. Sus labios se fruncieron mientras depositaba de malas maneras el informe sobre su mesa. Estaba claro que había actuado de manera correcta, pero la desobediencia no pensaba pasársela por alto a pesar de haber conseguido su objetivo. Y encima, haberlo conseguido con menos efectivos de lo prescrito por su superior. Miró con ira a Diastraefen: no había nada que pudiera hacer despues de aquello.

- No crea que esto va a quedar así. Su insubordinación y desobediencia irán a parar a su expediente. Y no creo que al señor Heidegger le haga gracia ver que cuenta con rebeldes entre sus agentes. Si no es capaz de cumplir las órdenes, me aseguraré de que le saquen del servicio activo.

- Sí, señor - repuso suavemente Susurro. En su interior, estaba contento. Que aquel gordo tomase las medidas que creyera oportunas. Había sido modificado para ser un SOLDADO y eso sería. Y en el peor de los casos, ¿qué iba a hacer? ¿Despedirle? Él mismo había admitido andar corto de personal. A una seña del malcarado director, abandonó el despacho y se reunió con los tercera clase. Al ver su gesto neutro, pensaron que le había caído una reprimenda severa. Susurro se acercó a donde estaba Álex Cove. El SOLDADO le miraba sin saber bien qué hacer. Sin una palabra, Susurro le devolvió sus materias independientes. Todos bajaron la cabeza, dando por hecho que eso significaba lo peor. El director había ganado aquella baza. Luego, con un papirotazo, Susurro cogió de la espada de Cove sus materias Electro y Salto y se las guardó. Los agentes se animaron de nuevo.

- Gracias, Cove. Me harán falta.


El siguiente día que tuvieron de permiso no hablaron de otra cosa que de la patada que Susurro debía haber dado al amor propio del Contable.