lunes, 15 de noviembre de 2010

220

La vaina era de madera, preciosa: Cerezo, lacado en los tonos rojos del amanecer. Al extremo superior tenía un reborde en cobre rojizo que completaba el conjunto. Delicioso. Ese mismo reborde rozaba con la hoja del tanto que esa vaina contenía, emitiendo un suave y lento roce.
La puerta se abrió de golpe, chocando duramente contra la pared y el estruendo hizo sobresaltarse al aún medio dormido prisionero. Dos hombres uniformados entraron en tropel y lo levantaron por la fuerza, solo para que uno de ellos recibiese un cabezazo en la boca que le hizo perder varios dientes. El sargento, un hombre de metro setenta, casi tan ancho como alto, entró en la celda. Llevaba la guerrera abierta y su cuerpo estaba cubierto de un vello hirsuto, al igual que el de su cabeza y patillas mal rapadas. Mientras el prisionero forcejeaba para librarse del otro guardia, el sargento lo agarró del hombro, lo giró de un brusco tirón y le atizó en la cara con un poderoso gancho. El prisionero cayó rodando sobre el suelo cubierto de paja empapada, hasta detenerse contra la pared. Abrió los ojos, miró hacia su agresor y sonrió.
- Buenos días, camarera… ¿Cuál es el desayuno del día?
El sargento no respondió. Solo se hizo a un lado, con el tanto presente en su mano derecha. A su espalda apareció un joven oficial. Un hombre de cuerpo fibroso, con la musculatura de un atleta, que vestía un uniforme impoluto del ejército de Wutai. Su gesto era la disciplina militar personificada, con el mentón alzado y la vista firme al frente. Desde luego, no sonreía, y el prisionero tampoco.


Kurtz llegó con una retorcida sonrisa en los labios. Nada como la satisfacción del sonido de las broncas y los rumores de pifias procedente de las dependencias de SOLDADO. Todas esas consideraciones acerca del disfrute del mal ajeno le importaban tres cojones, comparado con el disfrute de ver como los heroicos niños bonitos de Midgar las pasaban putas por culpa de los mismos mandos que cambiaron las vidas de centenares de soldados de infantería por el impacto propagandístico de ver a los impresionantes cuerpos de élite de Shin-Ra saliendo en la foto.
El turco no podía evitar sentir una cierta comprensión con ese tipejo de nombre impronunciable y reputación blindada que había organizado una partida de caza para dar caña a un bichejo en los suburbios. Un monstruo que podía aniquilar a decenas de civiles, cazado al coste de no pocas vidas, y eso que ellos eran la fuerza de choque.
- Hola… - Mashi apareció de la nada, husmeando y buscando ver las manos de su compañero. Sus horribles lentillas de color rosa hicieron a Jonás fruncir el gesto, y daban un efecto raro a su pelo, teñido de gris con mechones púrpura. ¿Has oído? Los niños guays andan a palos porque por lo visto ellos también tienen un cabrón malencarado que sabe montar emboscadas…
- ¿Yotoomaru?
- ¿Sí? – El chaval levantó la vista, con curiosidad e inocencia. El cambio, desde su anterior rubio con brillos áureos y sus ojos de color azul eléctrico eran notorios. - ¿Ahora te me pones formal?
- Agente Katsumashi, si quiere dejo de ser formal y le suelto una patada en los huevos… Porque con esas pintas de moñas…
- Habló el coletillas… - Respondió este entrecerrando los ojos y levantando la vista para buscar los de Kurtz, que sintió un nuevo escalofrío ante ese efecto bizarro. – El coletillas al que le tocaba hoy pasarse por el Fatso a por los cafés.
Kurtz sonrió. Apoyó sus manos sobre los hombros del niñato, mirándolo con cierto orgullo al ver como su confianza se iba sobreponiendo al miedo inicial que el veterano inspiraba. Mashi le sonreía, con ese matiz de duda: ¿Lo siguiente sería compartir una pose de compenetración masculina o esquivar un golpe? Kurtz, sin embargo, le hizo dar media vuelta y le pasó un brazo sobre los hombros, hablándole con familiaridad.
- ¿Ves ese pasillo? Sigue por ahí y dobla hacia la izquierda y encontrarás la sala de recreo. ¿Sabes llegar? – Mashi lo miró con desagrado, como si su compañero lo estuviese tomando por tonto. Este, sin embargo, lo miraba con una sonrisa de vendedor de coches usados poco honesto.
- Sé donde está la sala de recreo, gracias… - Respondió con gesto borde, y el veterano asintió.
- Bien: Ahí es donde están los cafés. – Cuando la cabeza de Mashi se giró hacia la sala, la palma de Kurtz impactó en su cuello causando un gran eco en todo el pasillo. - ¡Corre para que no se te enfríe! – Gritó antes de encaminarse hacia la sala de recreo.

Sveta venía desde el otro lado del pasillo, charlando con Harlan. Ella acababa de entrar, y se iría en pocos minutos de patrulla con su nuevo y horrible gotiquillo visualero galáctico. Har e Yvette, sin embargo, llevaban ya varias horas de patrulla, y tras el descanso para el informe del día, volverían a salir a la calle unas cuantas horas más. En el estado de excepción, la única excepción era tener un solo día libre a la semana.
Sveta y Har llegaron antes y se adentraron en la sala de recreo. Katsumashi avanzaba hacia confiado, pero su compañero dijo algo que lo incomodó.
- Que raro…
- ¿Qué pasa, Kurtz?
- No han dicho hola, y no me creo que a estas horas, la sala de recreo esté vacía. – Mashi frunció el entrecejo. Tampoco oyó nada negativo, como imprecaciones o juramentos, pero sabía que Svetlana Varastlova y Harlan Inagerr no acostumbraban a ladrar antes de morder, salvo que lo considerasen que un caso especial merecía una advertencia previa.
Al volverse vieron el motivo: Harlan y Sveta seguían cerca de la puerta, envueltos en un silencio amenazante. Sus cuerpos no hacían ningún movimiento hostil, pero sus ojos estaban clavados al fondo de la sala, y sus caras transmitían un mensaje muy poco amistoso.
Entraron, y entonces el motivo se volvió evidente. Allí estaban: Dos de las modelos locuelas y uno de los sicofantes que aún no habían aprendido a no cerrar los ojos al apretar el gatillo estaban riéndole las gracias a tres de los “líderes del nuevo mundo”: Sobre una silla, con los pies calzados en zapatos de diseño, Susan Soto reía con gesto lánguido. Montes estaba como siempre, sentado sobre el mueble lateral, al lado del mini bar. La sorpresa fue ver a Gerstschen a su lado, como uno más. Se ve que el chaval había sabido aprender de Kurtz a dar hostias como uno de los mejores y luego aprender de Van Zackal a medrar en la empresa. Él sentado y sus compañeros de promoción de pié. Eso lo decía todo.
Sin embargo, no estaban mirando a las paredes, sino que hacían dos cosas en ese preciso momento. La primera, reírle las gracias al líder de turno: El sargento van Zackal. Erguido, con su conocida cresta azul, su tatuaje sobre la ceja izquierda y su sonrisa viperina. Además de eso, estaban bebiendo café y comiendo donuts.
- ¿Querían algo?
- Habíamos venido por nuestros cafés, señor. – Respondió Svetlana en tono glacial. – Estaban en una bolsa como esa. – Indicó, señalando hacia una destrozada bolsa del Happy Fatso’s, que estaba tirada en el suelo. Paradójicamente, Francis, el simpático camarero y propietario también conocido como “Fatso”, tenía la costumbre de aprenderse los gustos de sus clientes, y tenía los pedidos listos para la hora adecuada. Cada vaso con una marca de un determinado color para un determinado cliente, desde el rosa de Yvette, hasta el púrpura de Mashi, el negro de Har, el azul de Sveta y el rojo de Kurtz. No era casualidad que ese mismo vaso de cartón con un asterisco rojo, lleno de un café doble cargado con leche y azúcar estuviese en la mano de van Zackal.
- Oh, vaya… Phinogg nos había dicho que eran del catering y los cogimos. – Respondió el sargento, negando una merecida disculpa.
- Finolis… ¿Es eso cierto? – Sus compañeras rieron nerviosas, y Gerstschen sonreía levemente incómodo. Ninguno quería que Kurtz sacase apodos delante de sus nuevos amigos. El sicofante, por otra parte, sonreía deseando que lo tragase la tierra en ese preciso momento.
- Finolis… ¡Ja! – Escupió una voz con socarronería desde la puerta.
Jim “Grim” Garrison, con una majestuosa entrada triunfal, entró en la sala. Sus andares siniestros hicieron a algunos de los novatos echarse contra la superficie sólida más próxima, haciendo todo lo posible por pasar desapercibidos. Este miró alrededor, sonriendo con agresiva lascivia y contemplando tanto los gestos de miedo mal oculto de los más bisoños, al gesto incómodo de sus compañeros de promoción para acabar con los desafiantes gestos de desprecio de la vieja guardia.
Saboreando el goloso placer de ser el centro de atención, caminó hasta encarar a Finolis, que palideció ante su escrutinio. Grim se irguió y apoyó sus manos en las caderas, echando hacia atrás su chaqueta en un modo en el que su Blackraven quedaba a la vista en su funda bajo la axila.
- ¡Fuera de ahí, Finolis! ¿No querrás que te tenga que violar para abrirme paso hasta la nevera, verdad? – Su víctima retrocedió dando tumbos para acabar trastabillando y cayendo de culo sobre los restos de la bolsa del Fatso’s. – Muuuuy bien…
Grim abrió la nevera en la que Phinogg había estado apoyado, sacó una petaca con un post-it donde habían escrito “No tocar” y luego lo habían regado con algunas gotitas de un líquido rojo no determinado. Kurtz decía que probablemente sería laca de uñas.
- Tenemos informe de reunión en cinco minutos. – Intervino van Zackal, severo.
- Nunca trabajo antes de mi primera mamada del día. – Dijo mientras se encaminaba hacia la puerta, antes de dar un trago a la petaca y exhalar fuertemente. – Dime, aerotransportado… - Se dirigió hacia Kurtz. - ¿La absenta de las ocho a.m. es comparable al napalm por la mañana? – Luego se giró hacia sus antiguos amigos. – ¿O es el café robado lo que sabe a victoria?
Un silencio incómodo quedó flotando en el aire, como la nube de pólvora posterior a un tiroteo. Estaba claro que la jugadita de los cafés había sido una pequeña y calculada invasión territorial: Joder, pero sin llegar al punto de justificar una respuesta agresiva. Algo para quedar guay delante de los novatos y del público. Sin embargo, Grim sigue siendo un factor hostil y descontrolado. El grupo prefirió desmarcarse de él y así no verse envuelto en la espiral de locura, violencia y sexo con daños colaterales en la que se había convertido la vida social y profesional del agente Garrison. Van Zackal vio la oportunidad y el cabronazo de Mordekai no dudó en aceptar su postulado, especialmente después del cristo que se montó en la Tower. Si Grim seguía sintiéndose fuerte, era capaz de organizar una intifada para vengar a Dravo, cuando lo que necesitaban era alguien sutil, y capaz de abrirse paso sin destacar.
Dekk, aún incómodo por la interrupción de su antiguo amigo, hizo un gesto a Soto, que tomó a una de las “modelos” y salió tras él. Como sargento designado por Jacobi, tener controlado al incontrolable era una de sus tareas. Luego miró a Kurtz, su antiguo compañero de rango, ahora degradado de nuevo a agente, que parecía estar a punto de empezar a aplaudir. Haciendo acopio de dignidad, mientras su grupo abandonaba la sala, se retrasó para sacar un billete de cincuenta giles de su cartera y dejándolo sobre la mesa. “Los cafés de toda una semana, pringaos… Porque por mucho que os riais, el que tiene sueldo de sargento sigo siendo yo”.



- Última oportunidad: Nombre, rango, unidad y ubicación.
No hubo respuesta, ni ulteriores amenazas. El sargento hizo un último esfuerzo, pero solo sirvió para salpicarse algo más de sangre en los nudillos. En medio de su andanada, el oficial superior, un coronel, lo detuvo. Lo apartó con un leve gesto y apoyó el filo del cuchillo sobre el rostro del prisionero.

Una explosión rompió el silencio. Pudo reconocer, aún en la distancia el tipo de carga y el impacto de la metralla en las paredes. Un sonido agradable, de metralla afilada. No esas toscas bolas de acero que usan los de wutai. Podía oír los gritos y las explosiones. Podía oír el caos y la muerte, y le relajaba. Música para sus oídos. No estaba seguro si sería un allegro triunfal o un canto del cisne, pero música, sin duda.
Seguía con los ojos cerrados. Atado a una argolla en la pared, no podía arriesgarse a que la sangre le entrase en los ojos y lo cegase, así que solo podía escuchar y esperar. La puerta estalló contra la pared, nuevamente.
- ¡Rápido! ¡Nombre, rango, unidad y ubicación!
- ¡Cállate y haz lo que has venido a hacer! – Respondió el prisionero, sin girarse ni mirar.
- ¡He dicho que…!
- Ya sé lo que has dicho, Galatea, pero corta la broma: Aparte de haber reconocido tu voz, por mucho que la cambies, mis guardias habrían abierto la puerta usando una llave, no reventando las bisagras a tiros.
- Me acabas de costar cincuenta giles, cabrón… - Respondió la tal Galatea. Una mujer difícil de describir para cualquier observador, ya que iba cubierta con un uniforme negro, del mismo color que su chaleco táctico, sus protectores de brazos y piernas y que su pasamontañas.
- ¿Y eso por…?
- Por mí. – La grave voz del segundo rescatador, de igual indumentaria, inundó la estancia, mientras el caos seguía desatándose a su alrededor.
- Santo… Eso hace reforzar algunas teorías… - Dijo, mientras a sus cegadas su compañero se acercaba, con un gran revolver negro mate en una mano y un cuchillo en la otra.



Van Zackal fue quien se ocupó de la exposición a la hora de dar el informe del día. Algo cada vez más habitual: Jacobi delegaba esa parte en su nueva mano derecha. Su enlace con el músculo de la organización veía su autoridad reforzada con estas pequeñas sesiones, y sin saberlo, se convertía en la cara que daba a la vieja guardia las órdenes de las misiones jodidas. El nuevo enemigo, al menos, para los que se creyesen que él decidía las guardias.
Los SOLDADO acaban de anotarse un tanto gordo, sin embargo, otro tarado del cometa con mako en las venas lleva semanas aterrorizando el sector seis. Asaltos rápidos a tiendas veinticuatro horas con robo de suministros: Comida, alcohol y armas. Era ilegal venderlas sin licencia, y más aún con los severos controles del estado de excepción, pero los vecinos de los suburbios se sentían inseguros y creaban una demanda dispuesta a pagar mucho por algo que creían que les daría seguridad. Un PM había logrado infiltrarse, y sus informes indicaban que su líder era un soldado de segunda, lejos del poder desatado por muchos primeras con los que se las habían visto, pero dotado con una mente táctica genial a la vez que perturbada, que había organizado a unos cuantos seguidores en una guerrilla a la espera de su líder, Sephirot. Su retorno a Midgar a lomos del cometa, como montura mitológica de la perdición, con el que castigaría el mal y la corrupción de este mundo, cuyos pecados están ya muy lejos de cualquier tipo de redención.

El plan había sido organizado con prisas, pero con mano firme y ojo experto: El PM tenía órdenes de buscar cualquier agujero en el que meterse hasta que los fuegos artificiales hubiesen acabado. Mientras tanto, un asalto con armas pesadas por parte de Turk con apoyo de un pelotón de infantería, aniquilaría al objetivo y a todos sus seguidores sin distinción. Cuatro equipos se harían cargo del asalto: Alfa, Bravo, Charlie y Omega. Alfa era el equipo principal, liderado por el agente “Scar” Kurtz, cuya misión era lanzar un ataque frontal en cuanto Charlie les diese el aviso de que el camino estaba despejado. Bravo, con el agente Montes al frente, lanzaría un asalto secundario desde la retaguardia para crear caos y hacer cundir el pánico. Charlie estaba formado por tiradores expertos, bajo el mando de Rookery, y su misión consistiría en abatir a los guardias de forma silenciosa y apoyar durante la refriega. Por último, Omega, liderado por el propio sargento van Zackal, estaba compuesto por expertos en el uso de materia, y su cometido era, en caso de encontrar mayores dificultades, asegurar el objetivo de la misión por medio de una gran descarga mágica.



- Muy bien, chavales, esta es la peli: Vamos a coger todo eso que hemos aprendido acerca de armas de fuego, despliegue táctico, disparar al centro de gravedad del cuerpo o el tipo de herida que produce nuestra munición, y lo vamos a aplicar sobre civiles. Muchos de ellos tienen poca o ninguna experiencia de combate, algunos no saben que pintan ahí, y muchos de ellos se irían si creyesen que pueden. Puede que hace una semana, aún conservasen su antiguo empleo, conduciendo autobuses, enseñando mates a los críos o perdonándole un par de monedas a las viejecitas que iban a su panadería a comprar el pan. ¿Jode? ¡Pues es lo que hay! ¡Hoy trabajáis para el departamento de investigación de Shin-Ra! ¡Llevamos armas de guerra, kevlar, y tenemos permiso para el uso a discreción de fuerza letal! ¡Ese es el trabajo!
Kurtz permanecía apoyado contra la puerta del camión de transporte de tropas que llevaba a su equipo. Con él iban Sveta, Mashi y el agente que le había sido asignado como compañero desde una semana antes: Maravloi. Junto a ellos iban un teniente de PM, con su cantoso uniforme rojo, y un par de sargentos, para hacer de enlace con la tropa.
- Bien. Ahora que todos habéis tragado la noticia de abrir fuego contra civiles, es cuando os cuento las malas noticias: Esto no va a ser fácil ni limpio. Muchos de esos tarados de secta abrirán los ojos cuando tengan dos balas dentro y estén agonizando. Vamos a abrir fuego entre gritos y súplicas, y no vamos a hacer caso de ninguna. Son un ejército de corderos, pero el lobo que hay al frente es un hijo de puta de primer nivel, de modo que sin concesiones. “Elige mejor a tus amigos la próxima vez”, “más suerte en tu próxima vida” y toda esa mierda… - Su rostro parecía ensombrecido ante la idea de cómo iban a ser los siguientes minutos. No quedaba nada del brutal regocijo del instructor al que “Mariflori” había conocido, pero la determinación sigue ahí. – El problema principal es su líder: Lars Rozmann, soldado de primera, capaz de despacharnos a todos en un solo segundo de despiste. El objetivo es decapitar al grupo cuanto antes. Si os dan pena los civiles, id a por él y a lo mejor se rendirán sin ofrecer resistencia cuando haya caído. Y tened por segura una cosa: Van Zackal ha dicho cinco, pero no confío en que retrase el bombardeo mágico más de tres minutos. Y no solo eso: Probablemente sea después de ese bombardeo cuando el equipo bravo entre a apoyarnos. – Kurtz guardó silencio. Miró alrededor y vio rostros serios y graves. Todos ellos rodeados de gestos de baja confianza: Miradas caídas, manos ocultas en bolsillos, armas interpuestas tapando el pecho… Kurtz sonrió. – Menos mal que me he rodeado de los mejores para esto. – Todas esas miradas caídas se centraron en él, pero seguía sin haber confianza en esas caras. - ¿Qué pasa? ¿No lo sois? ¿Por qué? ¿Es porque no sois tan guapos como Van Zackal? ¡Tú, Richardson! ¡A ti te he visto derribar a tres terroristas a culatazos! ¡A ti, Carballo, te vi entrar en una casa en llamas y salir con una niña y un perrito, y lo hiciste tan rápido que ni tuvimos tiempo a sacar el cronómetro! ¡Y tú, Kogazukai! ¿Eres tú ese Kogazukai que se dice que entró en un veinticuatro horas sin armas y logró que se rindiesen tres atracadores con automáticas?... ¿Y yo?... ¿Quién soy yo? – Esos ojos se iluminaron, y se rodearon de sonrisas sarcásticas.
- ¡Un hijo de puta imposible de tumbar! – Dijo una voz
- ¡Eh! – Se mostró ofendido. - ¡Mi madre es una santa! ¡Y además, si la tuviese aquí, podría resolver esa misión sin vuestra ayuda, panda de nenas! ¡Vamos! ¡Quedaré mal delante de mi madre si se entera de que necesito un equipo para un loco y una panda de civiles, pero a la mierda! ¡Yo soy imposible de tumbar, y vosotros venís conmigo!



Un profesional nunca dispara un arma sin comprobar que está cargada y bien mantenida… Siempre que tenga tiempo para asegurarse. Un MF22 exige además un cuidado exquisito. Han sido necesarios muchos encasquillamientos en combate para sacar la nueva versión, que además su unidad usaba como experimental.
- Ya sabes lo que toca, Tigre: Hay que recuperar tu arma como sea. – Dijo Santo. – Te hemos traído un KRG y un par de granadas. Maza-patatas de Icicle.
- Ya sabes lo que pienso de esas cajitas de canicas… - Respondió el prisionero, tanteando la posibilidad de obtener minas de fragmentación.
- Estás debilitado por tu cautiverio, Tigre… - Intervino Galatea, cautelosa. – Y tu cara…
- No necesitabas las rayas para creerte tu apodo, campeón. – Dijo Santo, antes de una nueva carcajada. – Pero la chica tiene razón: No estás en plena forma, y si te cazan, que no sea con más armas características.
Tigre los miró, incómodo. Tenía que reconocer que estaba debilitado por la pérdida de sueño, la tortura y las malas condiciones de su encarcelamiento, pero no era un buen perdedor. Si lo fuese, no estaría en esa selva de mierda.
- ¿Cómo es que no habéis venido a silenciarme? – Preguntó, mirándolos a los ojos, incómodo al encontrarse medio desnudo, frente a dos soldados de élite completamente equipados y a los que nunca había visto la cara. Ahora sentía que ellos tenían ventaja sobre él. Discretamente, uno de los puños de Tigre estaba cerrado a su espalda, y su otra mano empuñaba firmemente el rifle KRG.
- Las órdenes eran que si podías andar, mejor no tener que entrenar a otro. – Respondió Galatea. Su mirada era franca, y Santo tampoco hizo movimiento sospechoso alguno.
- Y la misión principal te va a encantar… - Anunció Santo. – Hemos venido a rajar a Tenkazu.

El general Tenkazu Soichiro es uno de los militares más brillantes de Wutai. Sus estrategias lograron frenar el avance de Shin-Ra muchas veces, y muchas veces solo lograron pasar sus defensas con ayuda de SOLDADO, o de la noventa y nueve fantasma. Está reconocido como un héroe de la nación, y ha servido durante más de veinte años. Tenkazu Takezawa, su hijo, es Coronel, y lleva una guarnición de medio tamaño en la zona norte del país. Es un experto en artes marciales, extremadamente disciplinado y fanático defensor del orgullo patrio de Wutai, y eso que apenas cuenta treinta años.
Tigre sonrió. Se colgó la bandolera con las granadas, amartilló una vez más su rifle y caló bien la bayoneta.



Rookery parecía totalmente inerte. Incluso los leves movimientos torácicos de su respiración eran difíciles de percibir. Ni siquiera su característica sonrisa inquietante era visible, en medio de tanta concentración. Satisfecho, bajó la tapa de su mirilla y acercó la boca a la radio.
- Tengo al alto. ¿Vosotros? – Una serie de asentimientos le dieron la respuesta. – Bien. Jefe Alfa. ¿Qué tal le va al pelotón de los pendencieros?
- Espero la orden, como todos… - Dijo una voz cansada en la radio.
- Se te ve que te vendría bien un cigarro. – Rookery volvió a abrir su mira telescópica y buscó a su compañero, asomado a la parte trasera del furgón. – ¡Y no estás fumando!
- Necesito los pulmones. En media hora, todo estará listo y disfrutaré de un maravilloso puro coreliano y de una llamada por teléfono a una tía buena.
- No te sobrará alguno de esos maravillosos puros corelianos, ¿verdad? – Preguntó Rookery.
- Solo para los amigos. – Rió Kurtz. – Asumo que este canal es seguro. ¿Tus chicos saben las instrucciones?
- Las saben. Todas.
- Perfecto.

Se iluminó un piloto en la radio y todos cambiaron al canal principal. Allí la voz de Van Zackal se oía clara y diáfana. El sargento al mando estaba sentado en un mirador, en lo alto de una nave abandonada desde la que se veía el antiguo edificio de viviendas que el tal Rozmann usaba como cuartel general. Unos cuantos metros más alto, en los andamios que rodeaban uno de los pilares que sustentan la placa, Rookery y el equipo Charlie de tiradores esperaban.
Los hombres del equipo Alfa, disfrazados de albañiles, se agolpaban alrededor de una furgoneta de comida rápida en cuyo interior, un siniestro veterano se preparaba junto con algunos hombres para encabezar el asalto. Bravo estaba en camino para asaltar desde el tejado, desembarcados desde helicópteros. Eso lo había dejado claro: Primero llegarían las explosiones, luego Bravo.
Todos los equipos dieron su confirmación al oficial al mando, mientras este repasaba sus planos. Con todo seguro, Van Zackal se acercó la radio a la boca, pulsó el botón y habló alto y claro.
- Bien: A mi señal.
En ese momento, los “albañiles” empezaron a sacar armas de gran calibre mientras la furgoneta se abalanzaba contra la puerta principal de la guarida de Rozmann. Medio segundo antes de eso, los guardias de las ventanas caían abatidos por los certeros disparos del equipo Charlie.



El odio era el único motor que movía el cuerpo magullado y maltratado de Tigre. Acostumbrado a las privaciones y entrenado para resistir la tortura, se esforzó para subir al piso superior de la vieja casa colonial que presidía el pueblo: Sin duda, ese era el cuartel general. Muros de sólida piedra, tres pisos, balcones tan sólidos como sus paredes, ideales para apostar una guarnición… Tigre agradecía tener un fusil KRG. Su característico sonido le permitía confundirse con los defensores. Mientras ninguno de sus compañeros le disparase por la espalda, todo iría bien.
Trepó hasta uno de los balcones, quedando oculto bajo la plataforma de este. Silencioso como un animal nocturno, se deslizó hasta una repisa, desde la que aniquiló a los centinelas desde la retaguardia.
Como operativo veterano, Tigre sabía exactamente que era lo siguiente que tenía que hacer: Uno de los guardias recibió un solo disparo en la sien. El otro fue acribillado hasta que cayó del balcón. Los gritos atraerían a alguien, pero uno de los fiambres seguía quieto, apoyado contra la barandilla y con su fusil colgando del hombro. Un joven oficial, probablemente un cabo, entró a la carrera. Probablemente habría visto que el centinela no estaba disparando y se acercó a ver si estaba herido. No sería raro, ya que el guardia no respondía a sus órdenes. El cabo había estado cerca en todo momento y no oyó ruido alguno distinto al esperado sonido de fusil KRG. En cuanto se asomó, sintió una serie de impactos candentes en la espalda, lacerando su carne y destrozando sus órganos internos, y lo que más le confundía, lo que más le dolía no entender, era el sonido que acompañaba a esos disparos: Un fusil KRG de Wutai.
Tigre entró en la casa en medio de la oscuridad. Unos pasos siguiendo los gritos y encontró una sala de mando, en uno de los antiguos salones de aquella vieja casona. Allí varios oficiales discutían la forma de repeler el ataque, entre ellos, el brutal sargento encargado de darle los buenos días cada mañana. En ese momento, Tigre agradeció la forma cilíndrica de las “machaca patatas”. La hizo rodar hasta colocarla bajo la mesa. Fue increíble la velocidad a la que reaccionó el sargento: Nada más oler el fulminante de la granada a punto de fundirse, agarró a dos de los presentes y los interpuso, usándolos de escudo humano. Cuando el humo se asentó, el sargento estaba tirado en el suelo, rodeado de cadáveres despedazados por las bolitas de metralla y las astillas que habían saltado de la destrozada mesa. Tigre entró, antes de que el maldito sargento pudiese sacar su arma.
- Si eres hombre, maldito gaijin, te enfrentarás a mí de igual a igual.
Tigre abrió fuego sin dudarlo, sin parpadear tan siquiera. Disparó una corta ráfaga en el estómago de su enemigo haciéndolo caer en una lenta agonía. El sargento gruñó, intentando sujetarse las heridas, y en ese momento recibió una patada en la cara.
- Has tenido diecisiete días para serlo tú, mientras yo estaba atado.

Tenkazu estaba sentado sobre sus talones, en el suelo, en la posición que en Wutai se llama seiza. Una katana, que a juzgar por la seda de su empuñadura, y el lacado de su saya, debía ser de una calidad excelente, estaba posada a su izquierda, y su propietario sostenía el wakizashi, apuntando a su torso desnudo.
- El prisionero, ¿eh? – Sonrió con amargura. – A mí no lograrás capturarme, Gaijin. – Tigre lo miró en silencio. Posó el fusil en el suelo y sacó un cuchillo.
- No he venido a ello.
Tenkazu parecía sorprendido, pero al instante entendió el mensaje: Volvió a guardar el wakizashi y se levantó, sosteniendo la katana envainada apoyada contra su cadera izquierda, como si la llevase colgando de la cintura. Miró a los ojos a su enemigo y, sin apartar la mirada, le dedicó una reverencia. Tigre inclinó la cabeza en respuesta. Echó el torso hacia delante y avanzó hacia él.



Tenkazu combinaba de forma brutal el karate y el kenjutsu. Tigre intentaba acercarse hasta el extremo en que la katana fuese más un impedimento entorpecedor que un arma homicida, pero en ese momento siempre salía despedido por una carga con el hombro, o se alejaba trastabillando a causa de un barrido. Al cuarto intento, el pie del oficial de Wutai encontró su talón y su espalda cayó al suelo, rodando primero hacia atrás hasta quedar boca abajo. Cuando creyó que era su oportunidad de levantarse, con las palmas apoyadas en el frío suelo de tierra comprimida, a medio incorporar, se dejó caer de nuevo, sintiendo como el golpe volvía a abrir las heridas de su rostro. De haberse quedado inmóvil habría perdido la cabeza.
Tigre vio un segundo ataque, vertical y descendiente y rodó, para luego abalanzarse sobre Tenkazu, derribándolo. Rodaron en el suelo, en un brutal forcejeo: La fría fuerza de la disciplina enfrentada a la incandescente llama de la locura. Tigre logró ponerse sobre él, pero la zurda de Tenkazu lanzó un puñetazo sobre su pómulo derecho antes de que lograse lanzar la puñalada mortal, y aprovechó esos segundos para colar la hoja de su katana entre ambos. La mano izquierda de Tenkazu buscaba el encrespado cabello de la nuca de su enemigo para arrastrarlo hacia la muerte contra su hoja, pero Tigre se había agarrado firmemente a su codo, empujándolo y apartando la amenaza de ese mortal filo wutaico.
Enzarzados en ese empate, Tenkazu sentía que su cuerpo, no afectado por maltratos y privaciones, ganaría en cuestión de tiempo, pero la mente de Tigre era un hervidero de ira y astucia. Con la sangre de las heridas de su rostro chorreando por su cara, aspiró una bocanada y la escupió a los ojos de su oponente, momento en el que este cambió su postura intentando defenderse, y la hoja de la katana volvió a interponerse con una fuerza inusitada. Sin embargo, Tigre ya no estaba ahí, pero antes de irse se acordó de hundir su rodilla entre las piernas de su enemigo.
Tras unos segundos de reposo, todo había vuelto al estado inicial: Ambos contendientes erguidos, cada uno en la postura inicial. Tigre había cambiado la orientación de su hoja, que esta vez asomaba hacia el exterior de su puño, pegada a su antebrazo, y Tenkazu había alzado su katana, en una posición vertical, con la pierna izquierda adelantada, y la empuñadura a la altura de la cabeza.
- Tonbo… La libélula. – Dijo Tigre.
- Veo que no eres un gaijin inculto… Y aunque tu forma de luchar sea infame e impráctica, tu corazón es valiente y agresivo.
- Demasiados movimientos innecesarios, ¿eh?
- Soy uno de los últimos descendientes de la más pura casta de guerreros que ha pisado este planeta, gaijin. – Dijo Tenkazu, ignorando las pullas de su oponente. – Tú eres un patán tosco e innoble, pero un guerrero ejemplar. Quiero disculparme por mi trato hacia ti. Ha sido impropio de un guerrero.
- La guerra es muy puta… ¿O qué te crees que he estado haciendo yo desde que me liberé? – Tigre intentaba que su tono fuese sarcástico. Intentaba insultar toda aquella nobleza que el coronel enemigo representaba, pero simplemente no era capaz: Dos hombres dispuestos a ganar y nada más, con el abismo insondable de luchar en bandos distintos. Nacidos en extremos opuestos del mundo, crecidos en mundos tan distintos como el día y la noche, no eran más que dos caras del mismo guerrero.
- Gracias por entenderlo.
Tenkazu gritó. Tigre gritó. Ambos cruzaron a la carrera los escasos metros que los separaban, el primero lanzando la katana en un arco descendente, y el segundo empuñando el cuchillo con ambas manos, listo para hundirlo.
En el último segundo, medio paso antes del último encontronazo, Tigre se desvió medio paso hacia su derecha. Con un potente movimiento de cadera, usando todos los músculos de su torso, giró hacia su izquierda, y sus manos chocaron con las de su oponente, desviando su golpe y apartando su arma. La afilada punta de la bayoneta esperaba al oficial de Wutai, hundiéndose profundamente en su pecho.
Era un hecho seguro que esa bayoneta había alcanzado el corazón del joven coronel Tenkazu Takezawa. Tigre seguía asiendo firmemente esa empuñadura, consciente de que su enemigo, mortalmente herido, se desangraría en segundos en cuanto retirase su arma de la herida.
Tenkazu lo miraba a los ojos. Su rostro estaba imbuido de la serenidad más absoluta.
- ¿Cómo se llama el hombre que me ha vencido? – Suplicó como última merced. Tigre cerró los ojos unos instantes. Su rostro seguía sangrando, y le ardía como mil demonios. Su cuerpo estaba totalmente agarrotado y entumecido, tras los días de privaciones sufridos y el desgaste de este último esfuerzo. Finalmente, los abrió y acercó el rostro al oído de su adversario. Habló durante un par de segundos y luego se apartó. Tenkazu sonrió despacio. - Un buen hombre para guardar mi daisho y el recuerdo de cómo he luchado y encarado mi final.
Tigre asintió. Asió con ambas manos la bayoneta y la arrancó de un solo tirón. Un chorro de sangre salió tras la hoja, y siguió brotando a cada latido. Tenkazu volvió a adoptar la posición Seiza, cerró los ojos, e irguiéndose, respiró profundamente dos veces, sumiéndose en un profundo trance meditativo. No llegó a respirar una tercera vez.



- ¡Objetivo caído! ¡Repito! ¡Objetivo caído! ¡Loco uno baja confirmada! ¡Abortar equipo Omega! ¡Que Bravo venga y nos ayude a pacificar el terreno! – La voz de Kurtz sonó alta y clara en el canal abierto de la radio. El líder Charlie lanzó un breve grito de júbilo, y desde Bravo solo había silencio.
- Aquí líder Omega: Si es un truco para entorpecer el curso de la operación, ha sido una mala decisión.
- Coja el phs, Sargento…
Cuando van Zackal oyó eso sintió al mencionado aparato vibrando en el interior de su chaqueta, no fue consciente de lo apretadas que estaban sus mandíbulas. A su lado, Gerstschen, cubriendo a su líder con su carabina, había descuidado su cometido, impresionado por el cambio de gesto del oficial. En su mano había un phs de última generación del que van Zackal no era capaz de apartar la mirada. La imagen de la pantalla era Lars Rozmann, inmovilizado por la combinación de un conjuro de hielo y otro que había alzado varias esquirlas de roca desde el suelo, marca de la casa de Kurtz. Con las piernas clavadas al suelo y su espada adherida a la pared, consumida por un bloque de hielo que alcanzaba hasta su muñeca, fue acribillado a tiros por media unidad Alfa.
- Se han anticipado… No han podido tener tiempo de hacerlo de otra forma. – Entendió, y al hacerlo, su ceño fruncido se agravó aún más. – Rookery no vio ninguna amenaza, simplemente se pusieron de acuerdo para ganar tiempo… - La mirada de Gerstchen iba desde el edificio cuyo interior estaba acabando de ser tomado por el equipo Alfa, de menor número que el enemigo y enfrentado a un hombre capaz de destrozar individualmente a cualquiera de sus componentes, “Scar” incluido. Ese cabrón no solo era ingenioso para los apodos. Mientras Gerstschen estaba distraído analizando los méritos del mentor al que había dado la espalda, la voz de su superior a su espalda lo sorprendió. – Bravo, entra y acaba. Vámonos cuanto antes.



Tigre estaba paralizado. Un chaval joven, un soldado enemigo al que el ataque había pillado con una chica en medio de la selva, no era más que eso, y ahora, ni siquiera eso: Tigre lo había oído venir, saltó tras él y lo degolló de oreja a oreja. Una baja más y a seguir adelante. El brutal momento en el que quitar algo tan individual e irrepetible como una vida se vuelve mecánico y monótono, como caminar o respirar.
El rostro de Tigre seguía siendo el mismo: Cansancio, hastío y ganas de una cama y una comida dignas de tal nombre. Huía sin dignarse siquiera a mirar al hombre que agonizaba a su espalda. A escuchar su último aliento y cerrar sus ojos. Ese deber quedó para la mujer que había aceptado, a regañadientes, ir con él al bosque.



La puerta se abrió con el crujido habitual. La luz del rellano inundó el recibidor del viejo edificio. Kurtz dio un par de pasos al interior y esperó a que Etsu caminase hacia él para pedirle ese paseo que siempre ansiaba tanto, pero Etsu no vino. Al principio, se sintió extrañado, pero entonces una sonrisa le llenó el rostro. Abrió la puerta del salón y allí estaba el perro: Fuera de su sillón imperial, tirado en el sofá de al lado, con la cabeza apoyada en el regazo de Aang. Estaba claro que el animal conocía el significado de su desarrollado vientre, y quería darle calor. Su alteza canina ni siquiera parpadeó cuando su dueño le usurpó el trono.
Jonás llevaba unos segundos sentados, antes de ver la katana y el wakizashi apoyados en la mesita del salón. Ambos lacados a juego, maravillosamente conservados y cuidados con esmero durante años. Podría decirse que durante generaciones incluso: Una herencia familiar, símbolo de nobleza en Wutai, y extrañamente guardados en el armario de un hombre de dudoso historial al otro lado del mundo.

- La tele está al otro lado. – Murmuró Aang, sin cruzar su mirada con la de su novio, que la observaba fijamente.
- He visto mucha tele estos meses, pero a ti no tanto.
- Hai, eso es cierto. Sin embargo, este programa acabará en diez minutos. – Respondió ella, aún resistiéndose. – Pero a mí me verás el resto de tu vida. – Kurtz sonrió. Solo con esa frase había ganado todas las apuestas del mundo. Incómodo, jugó un rato con su trenza, sin poder apartar la mirada del vientre de su novia.
- ¿No deberíamos ir a hacer compras para esos?
- Hoy no, Jonás. Hoy descansas, ¿hai? – Dijo ella levantándose pesadamente, y rechazando la oferta de Kurtz de ayudarla. – Corbata fuera, chaqueta fuera y botas fuera. Hoy has vuelto a salvar la ciudad, ¿hai?
- Bueno… - Reconoció el turco. – Si. Y a sobrevivir a una nueva intentona de matarme por parte del cabrón de van Zackal. La verdad es que el enano ese, Katsumashi, fue el que me ayudó a lograrlo: El cabrón sabe hacer virguerías con la materia. Solo había visto a Har y a algunos en la noventa y nueve tirando magia de esa potencia. Rook hizo lo que tenía que hacer por su parte, y todo funcionó como una máquina perfecta.
- Sigues siendo un militar, Jonás Kurtz. – Dijo ella mientras se sentaba sobre las rodillas de su novio. – Una perfecta máquina de matar y amar.
- Esas reflexiones vienen por... ¿Eso? - Preguntó Jonás, desviando su mirada hacia las armas.
- El daisho de Tenkazu.
- Lo reconoces...
- Evidentemente. - Respondió Aang. - Tú mataste al hombre que quería pedir mi mano esa noche. No lo amaba, pero... Bueno, era la guerra. Reconocería estas armas en cualquier lado. Pertenecieron a su familia durante generaciones. Estoy segura de que podrían cortar una roca... Y ahora las tienes tú.
- ¿Crees que las robé?
- No, Jonás. Tú eras un prisionero que había sido torturado durante días, la parte instintiva y animal de tu cerebro sabría perfectamente que lo importante era vivir para curarse, comer, dormir y reponer fuerzas. No habrías perdido tiempo en buscar algo que robar y que te entorpeciese. - Sonrió mientras sacaba el arma de su vaina. Dedicó unos segundos a ver sus ojos oscuros reflejados en la hoja y luego la guardó. Antes de envainar el último centímetro, pasó su meñique por el filo, cortándose y manchando de sangre la hoja. Kurtz se sobresaltó, levantándose del sillón, listo para correr a socorrer a su novia, pero la tranquilidad de esta lo detuvo, confundiéndolo. - La hoja no debe salir si no va a probar sangre, ¿hai?. - Dijo de forma sensual, antes de chupar su dedo. - Tenkazu te pidió que guardases tú sus armas. - Jonás asintió.
- Compartí sus últimos momentos. - De reojo, Jonás miraba a su mujer, esperando ese gesto de entendimiento: Estaba reconociendo haber matado al oficial wutaico.
- Una máquina de matar y amar...
- Soy un tío que entra, ficha y se muere de ganas de salir a casa con su mujercita. Lo único que al menos, no me aburro en el tajo.
- ¿Y en la cama?


Etsu hundió la cabeza… Aang no veía los dibujos, cosa que le frustraba ya que no le veía la gracia a los concursos, pero empezaba a temerse en serio que lo iba a tener difícil para conservar esos paseos en cuanto su amo llegaba de trabajar. De hecho, por el estruendo que llegaba desde el dormitorio, parecía que el amo siguiese trabajando. Asomó el hocico por la puerta, pero se retiró enseguida, entendiendo que a él también le molestaba mucho que le viniesen a molestar mientras comía, de modo que, a falta de más posibilidades, tomó el mando con los dientes y se tiró a su trono a reinar sobre los viejos tablones del parqué mientras pisoteaba el mando, buscando esos dibujos tan violentos que tanta gracia le hacían.

4 comentarios:

Meph dijo...

Genial, completando aún más un personaje que ya parece que no puede ser más completo ampliando cosas que ya se sabían (lo de que mató al compañero de Aang) con mucho contexto. Quizás lo único que lamento es que pintaste taaaan bien el asalto que luego se echó de menos la caña ahí, pero bueno, sigues en tu línea de cojonudez.

Sé que te debo un turno, tranqui. Entretanto sigo leyendo.

Ukio sensei dijo...

Creí que dos escenas de acción consecutivas iban a ser sobrecargar. Hacerlo simultáneo, de forma cinematográfica, en una puta peli debería ser cojonudo, pero en relato...

Astaroth dijo...

Buen relato. Kurtz ha evolucionado mucho desde que leí algo suyo por última vez, y me alegra ver que Aang ha vuelto.

La acción, como siempre, sublime.

Rokhsa dijo...

Pensaba que había comentado, pero se me ha pasado por completo.

Un gran relato, todos en los que profundizas en Kurtz son muy interesantes y si además dejamos las calles de Midgar y nos vamos a la selva de Wutai más aún.