miércoles, 30 de abril de 2008

Queen of Spades




Uuu-eeeeeh! Más retratillos, puede que sea el último en una temporada, pero no lo sé fijo porque siempre que digo una cosa acabo haciendo la contraria así que...
Aquí teneis a la siempre hermosa Yvette Marie Giulianna Louis de Castellanera e Bruscia. Prácticamente recuperada del "furaco" que Tombside le hizo en el pechorl.

A Grim le sobran razones para estar obsesionado con ella XDDDDDDDDDDDDDD

domingo, 27 de abril de 2008

114.

Dime. Estuve allí. La vi, sí. Bien, bien. Fue un susto, nada más. Dijeron que se salvó por los pelos. En el pecho, justo. Ya me han avisado de que está fuera de peligro. Se habla de un milagro, incluso. Sí, estoy perfectamente. Aunque... bueno, ayer, después de lo de Yvette, fui con Van Zackal al Sector 7 a eso de las seis de la mañana y -¡Ja!- compramos... ¿Cómo se llama? ¿Peyote? Sí, peyote por un ojo de la cara. No, ya no me queda. Se siente. Te cuento: El caso es que procedimos a hacer el ritual, exprimimos uno de esos bulbos y lo mezclamos con agua caliente. Un suculento caldo podía olerse en el piso de Zackal como si fuera la sopa de una abuela hippie. El vapor que desprendía ya era como tragarse tres cervezas de una tacada. Sí, era fortísimo. Antes de nada pusimos un disco de los Puppeteer of Humans, para ambientar el cotarro. ¿Cómo íbamos a poner el primer disco? ¡Eso nos pondría al borde del coma! Preferimos el The Blackened Array por ser más... digamos alternativo. Al grano: Repartimos un cuenco entre los dos. Y esperamos. No dijimos una sola palabra. Creo que Zackal tuvo tiempo de encender un cigarrillo y darle un par de caladas, porque vi los hilos de humo deslizándose perezosamente por el aire, como una mortaja de un gris azulado al viento. En ese momento me di cuenta de que realmente era tela flotante y podía tocarla. Reaccionaba al tacto y se deslizaba alrededor y entre mis dedos, o al menos eso creo yo. Vislumbré, a mi derecha, la estela plateada de cenizas que dejaba Van Zackal, yéndose por un camino paralelo pero contrario al mío. No recuerdo que en ningún momento se incorporara sobre sus piernas. Se hundía. Volaba. La música agonizó, expiró y finalmente pereció en doce escalas de gris junto con el salón... Eso he dicho. Presta atención, porque paso de repetirlo.
Entonces miré mis manos. Estaban hinchadas y parecía que sudaban arañas, gusanos y milpiés, que empujaban la piel hasta brotar enérgicamente. Millones de diminutas patas correteaban tanto por encima como por debajo de la carne, como una marabunta de flujo continuo e ilimitado. El hormigueo acabó siendo bastante desagradable, como ese que sientes al tener una pierna dormida. Agité los brazos, esperando que los insectos se desprendieran de ellos. ¿Conoces esas canciones...? Las de ese grupo viejo. Sí, ya sabes... Los del globo de hidrógeno... Exacto. Esos eran. ¿Nunca escuchaste una canción en la que hay eco antes y después de que el vocalista diga nada? Pues cuando sacudí las manos sentí como si me desdoblara. Hacia atrás y hacia delante en el tiempo. Una secuencia de fotogramas puestos encima de otros. Era un déjà vu constante. Una y otra vez. Vez otra y una. Otra y una vez. Otra vez y -¡Je, je, ja, ja, ja! Ay...- Una movida, te lo juro. Cuando acabó era como soñar con los ojos abiertos de par en par. Lo que pasó luego es lo mejor de todo. Atenta.
Me convertí en luz. Sí. Era el puto sol, enorme, caliente y radiante. Mi hermosura cegaba todo lo conocido y por conocer, aunque no recuerdo haber estado en ningún sitio en especial. Me invadía una lujuria monstruosa. Me estaba poniendo tan cachondo que sentía la polla a punto de reventar los pantalones, aunque lo cierto es que me parecía estar desnudo. Y allí, en respuesta a mis plegarias de desesperado fervor sexual, apareció ella, Hécate, rubia, fría, mística y ctónica
(¿Yvette?). Señora lunar de la noche y de las fieras que la habitan, la hija de Perses, antiquísimo titán, clamó mi nombre: “Apolo”. Acudí sin demora al vocativo, entonado de tal forma que despertaba en mí impulsos más propios de Príapo...Sí, me acabo de fumar un canuto para darle mayor énfasis. Pues ahí que me encaminé, precedido por mi falo, y le quité el peplo que escondía los portentos de su anatomía divina. La seda se deslizó como agua por su nívea epidermis y las liras de Lesbos-ni idea de dónde cae eso- improvisaron mil himnos en honor a su belleza. Sus pechos perfectos, redondos, eran firmes al pulso de las palmas de mis manos. Juraría que Praxíteles vio su dichosa curva en las ondulaciones de la cintura y las caderas pálidas. Por Zeus que su pubis rasurado era merecedor de cientos de hecatombes o más. La besé con fuerza y ella me correspondió con mayor ansia, permitiéndome saborear el dulce néctar que pintaba sus labios. Abracé su torso suave y ella respondió a mis movimientos apretando su muslo contra mis gónadas, exigiendo que le diera placer más allá de lo mortal. Mordí sus pezones marmóreos y gimió a los vientos, empujando mil cóncavas naves aqueas a oriente. Desbocado, froté los labios de su vulva y de ella emanó lubricante que deslizó los dáctilos hacia su interior. Sus suspiros hipnotizaban como el canto de las sirenas que me llevaban a un destino fatal. Sin poder contenerme más –que el miembro ya me dolía de impaciencia- la penetré repetidas veces, multiplicándose tanto nuestro éxtasis que los gritos orgásmicos se oyeron en todas las esferas de la existencia. Ella decía que había tenido suficiente y que ya la matriz le dolía, pero yo la golpeé en su desagradecida cara con mi diestra mano y la obligué a seguir. Ambos estábamos furiosos y ya no éramos parte del panteón olímpico, sino demonios escuálidos condenados al lado más oscuro del mundo. Ella, Lilit, clavaba sus uñas afiladas en mis costillas, rechazándome y satisfaciendo su sed lujuriosa de sangre. Yo, Samael, dejé que lamiera mis heridas, lo que me unió más al irrefrenable y macabro sentimiento de violarla. Nos retorcimos, yo buscando nuevas y más pecaminosas formas de satisfacción prohibidas en lo más sucio de su cuerpo y ella buscando la forma de abrirme en canal a dentelladas. Rendí homenaje a Sodoma hasta que por su esfínter corrió la sangre y, parecía, algo más escatológico. Y ella lamió sus heridas, con más gusto, si cabe. Entonces el odio quemó mi ser entero y juré que esta mujer despreciable y patética no engendraría nada más a partir de mi semilla. La golpeé durante mil años y disfrutó de cada moratón y hueso roto, lo que me asqueó enormemente. La sujeté por una de sus maltratadas piernas, la que parecía más lacerada, y, agitando mis alas, la elevé hasta más allá de la Creación. Cuando en lo alto los cielos ya no tenían nombre, ella se transformó en una serpiente que oscureció todo con su enormidad y yo volvía a ser divino, luminoso. Marduk era mi nombre y Tiamat el del reptil en el que había prometido estrellar mi orden y mi venganza con golpe de cimitarra. No. Yo era Ra y ella era Apofis. ¡Joder, me estoy liando! El caso es que yo, Dios Supremo, descargué la ira de mi hoja afilada sobra la sierpe y súbitamente ante mis ojos comenzaron a brillar un montón de estrellas alrededor de una luna ensangrentada. Ahí fue cuando me di cuenta de que los efectos del alucinógeno se habían pasado. Estaba frente a la ventana mirando al meteoro –ya caía la noche- con una erección de caballo apretándome los calzones. Van Zackal estaba flipando en el suelo, con una colilla entre los dedos y un charco de vómito bajo su nuca. El panorama del salón era bastante desolador, jarrones hechos añicos, mesas y mesillas volcadas, libros fuera de sus estanterías y una pecera bastante grande que perdía agua por varias fisuras. Preferí no esperar a los señores Van Zackal y me largué.

El colchón de la cama de ‘Grim’ tembló cuando la mujer morena giró sobre las sucias sábanas.
- ¿Quién es? –preguntó, curiosa.
Jim le chistó y siguió hablando, pegando el teléfono móvil a su oreja.
- No, no sé nada de Zackal desde ayer –hizo una pausa para saborear el escándalo de las palabras de su interlocutor-. Como mucho lo dejarán una semana sin conexión a internet, si es que sigue respirando, claro –otra pausa, en la cual puso cara de hastío-. Nah, no puedo. Hoy me ascienden y voy a estar ocupado un par de semanas. O sea que no se te ocurra llamarme, que no tendré ni un momento de descanso –mintió.
Al otro lado de la línea telefónica alguien se lamentaba.
- Lo siento, nena. Tú no te preocupes. Estaré allí antes de que te des cuenta. Yo también te quiero. Chao –y continuó, casi inaudible-. ¡Cuelga, coño, cuelga!
Posó el aparato en la mesilla de noche, sobre la cual el despertador marcaba las doce y nueve minutos del mediodía. Se volvió para recibir la mirada inquisitoria de su compañera de cama.
- Repito: ¿Quién era?
- Jenny ‘Jelly’. ¿Quién si no? Desde lo del Highlander está insoportable.
- ¿Y por qué le sueltas toda la historia de ayer si no la aguantas? –aunque la chica no era muy despierta, reconocía las contradicciones.
- Porque sé que cuanto más le cuente, menos querrá saber -se excusó, aferrándose a una lógica muy particular.
- Supongo –fue la palabra comodín que ella sacó de la manga.
- Tú deberías conocerla mejor que yo, Soto.
Susan Soto, la Turk mulata del grupo de los novicios sonrió, mostrando su modestia.
- Debería. Pero a veces se deprime por nada, o por ti, y se encierra en su casa y luego, en las rondas nocturnas, apenas habla. Te quiere demasiado, ‘Grim’.
- Como si le faltaran pretendientes.
- Realmente sois tal para cual –se burló ella.
- ¡Qué más quisiera! Yo tengo más vida social –presumió, ultrajado.
- ¿A esto llamas “vida social”? –se abalanzó sobre Jim dejando al aire su figura voluptuosa.
- Así es cómo conozco gente.
Un silencio plomizo y cómodo como el cuerpo desnudo de Susan encima de Grim cayó sobre el cuarto. Los dos sabían qué querían. Soto apartó el pelo teñido de la cara de Grim y lo besó.
- Estás muchísimo más guapo cuando te despeinas.
- Estás de coña, ¿no? –inquirió con falsa modestia.
Procedieron a dejarse llevar y ella mordió el labio que atravesaba el aro de titanio. De repente, paró, como si recordara algo.
- ¿Seguro que a ‘Jelly’ no le importa? –preguntó, mostrando un respeto ya inútil hacia su amiga.
- Sabes que no.
Tres palabras suficientes para encenderse de nuevo, el uno contra el otro. Garrison cerró los ojos y durante un momento creyó volver a acariciar el pelo dorado de Yvette.

En otra parte de la placa superior, Jennifer Jellicos lloraba junto al teléfono inalámbrico que descansaba sobre la colcha de su cama. Sabía perfectamente por qué Susan tenía el teléfono apagado. Estuvo un buen rato pensando en su pistola, y en ‘Grim’.



Frente al magnífico y lujoso edificio de la placa superior, junto a una fuente colosal adornada con elementos barrocos, Larry St. Divoir intentaba mantenerse despierto escuchando música house en la comodidad de los asientos de cuero de su Bengal X5. El brillo del sol se reflejaba en el capó negro recién lavado, sin embargo la nueva luz púrpura con la que fulguraba el halo del meteorito añadía un tinte lóbrego a los vinilos de fuego que salían de los guardabarros delanteros. El ritmo repetitivo que retumbaba por los bafles producía pinchazos agudos entre los ojos del Turk. Retiró el disco del reproductor y lo tiró por la ventana. Un par de segundos de calma le hicieron recapacitar y concluyó que acababa de hacer una estupidez. De repente, como un fogonazo dentro de su cabeza, recordó el CD que le había prestado Dawssen. Removió el papeleo de la guantera y, debajo de todos los folios y carpetas encontró el álbum ajado. La portada mostraba la foto de una trompeta que reposaba sobre un tapiz de rojo oscuro. No prometía mucho, pensó. De todos modos introdujo el disco en la ranura del lector. El aparato emitió una serie de sonidos silbantes al reconocer el formato compatible de las pistas de audio y, sin previo aviso, el planto agónico de una trompeta solista hizo callar al mundo entero. Las tristes notas, como el canto de muerte de un cisne, subían lentamente por la escala del pentagrama para volver a bajar. El instrumento soplaba cada nota con la melancolía más terrible del orbe. Larry imaginaba ahora, con total claridad, un auditorio en semipenumbra, repleto de mesas de madera abrigadas por manteles escarlata. Ahora se veía a sí mismo, ensimismado frente a un pequeño escenario circular, sobre una silla metálica armonizada con un cojín. Quizás en ese lugar el aire de los pulmones alquitranados del trompetista se convertía en una corriente añil que insuflaba su tristeza en una audiencia llena de empatía y paciencia. Y no supo por qué, pero vislumbraba al trompetista como un hombre de color, viejo y ciego. Prejuicios, seguramente. El músico alargó una nota grave a mitad del jazz. Dos golpes en el cristal mandaron el clímax a tomar por culo, en opinión del oyente.
- Llegas media hora tarde, Garrison –Larry bajó la ventanilla del copiloto-. ¿Qué cojones estabas haciendo?
- Ejercicio –respondió el repeinado joven trajeado entrando en el coche-. ¿Qué es esto?
- Creo que es un blues -se aventuró a decir Larry, aun con cierto miedo por no conocer demasiados géneros musicales. Advirtió el paquete cilíndrico que traía ‘Grim’ consigo.
- ¿No cantan? –se extrañó Jim.
- Parece que no hace falta –soltó el otro sin pensar, sintiéndose como un iluminado.
El viaje hasta la torre ShinRa prometía un silencio incómodo desde el mismo instante en el que Larry hizo rugir el motor del deportivo. A medio camino, como gesto descarado de desprecio por los gustos musicales de su compañero, ‘Grim’ extrajo del bolsillo de su americana un reproductor de música portátil y, ajustándose los auriculares al oído, se puso a escuchar su selección personal de Faust metal a todo volumen. El piloto tuvo que aguantar con desgana el chirriante sonido que escapaba de las orejas de Jim hasta que se apearon en el aparcamiento subterráneo de la central de ShinRa. Divoir introdujo su tarjeta de identificación en la ranura del ascensor tubular y pulsó el botón marcado con el número de la última planta. Durante el trayecto ascendente, Larry no supo hacer otra cosa más que observar la pantalla digital que indicaba cada piso por el que pasaban, mientras ‘Grim’ observaba su reflejo en el cristal blindado que revestía el ascensor transparente, de vez en cuando lanzaba una ojeada al envase cilíndrico que agarraba su mano. Una campanilla anunció su llegada y las dobles puertas correderas se deslizaron a cada lado. En una de las sillas de la sala de recepción estaba Dawssen Peres, sosteniendo un cigarrillo entre los dedos. Jim miró a los lados con algo de reparo.
- ¿Esperabas al presidente, niñato? -preguntó el viejo Turk de ojos verdes desde su asiento.
- Ciertamente, sí –afirmó Garrison con orgullo y arrastrando las palabras.
- Llegáis tarde, por si no os habéis dado cuenta –señaló la esfera de su reloj, mostrándoselo a los recién llegados, con el dedo corazón, haciendo que éste último se viera bien-. Rufus es un hombre muy ocupado ahora mismo y no tiene tiempo para ceremonias. Lo mismo puedo decir de Jacobi.
- Lo siento, tío, pero fue Garrison el que se retrasó –Larry sacó la excusa rápidamente para evitar el enfado de compañero.
- Ni “peros” ni hostias en vinagre –sentenció el veterano-. Pudiste haberme llamado para que fuera yo mismo a arrancar a este cabroncete creído de su cuna meada.
Dawssen murmuró por lo bajo un par de improperios más para asegurarse de haber inyectado un poco de culpabilidad en ambos chavales. Larry bajó la mirada, como si buscara algo de comprensión en la punta de sus pies. En cambio la sonrisa insolente de ‘Grim’ no se alteraba lo más mínimo. Durante un instante Peres tuvo el antojo de curtir el bello rostro del gilipollas engominado a base de patadas. Por suerte, fue pasajero.
- Bueno, pasemos al bautismo –hundió la punta del pitillo en el cenicero plateado de una papelera y continuó-: Se te ha asignado, James Allen Garrison –la sonrisa del aludido se disolvió un poco al oír su segundo nombre-, la patrulla intensiva dentro del grupo de los veteranos, oficio que sólo desempeñan aquellos agentes de Turk que gozan del mérito de ser de plena confianza a la empresa ShinRa y desempeñan su trabajo con eficacia y firmeza. Temporalmente trabajarás bajo el mando de Dawssen Peres -o séase, yo- y Lawrence St. Divoir –a tu derecha-, quienes supervisarán tu labor inicial hasta que se asigne un nuevo compañero. En resumen, que somos tus niñeras hasta que asciendan a otro al que tú puedas dar por culo. ¿Ha quedado claro?
- Como el agua –confirmó ‘Grim’.
- Bravo por tus neuronas. El turno intensivo comenzó hace quince minutos y tenemos que ir cagando leches hasta el sector 6. ¿Lleváis kevlar?
Larry y Jim se golpearon el pecho al unísono, haciendo resonar los chalecos antibalas que cubrían sus camisas. Satisfecho, Peres se incorporó.
- En marcha, pues.
- Un momento, jefe –Garrison dio un paso al frente y le mostró el paquete alargado-. Un presente.
A continuación extrajo del envoltorio una botella de vidrio y se la entregó a Dawssen. Éste observó la etiqueta de la bebida y fulminó al novicio con la mirada. Agarró el cuello del litro y medio de Dranoff y rompió el culo de la botella contra la pared, dejando en su mano un improvisado instrumento cortante. Empujó a Jim contra las puertas del ascensor y lo acorraló con la botella rota en ristre, acercándosela peligrosamente a la cara del mozo, que temblaba de la cabeza a los pies. Regueros de licor incoloro descendían por el brazo del Turk, empapando las mangas del uniforme.
- Tienes un buen par de cojones, subnormal, queriéndome regalar el vodka por el que le pegaste un tiro a Liam.
A la memoria de Jim volvió la escena etílica en la que había visto los ojos glaucos de Dawssen y se había sentido con el valor suficiente para hacerle el corte de mangas. El impulso del miedo lo tiraba hacia atrás, pero no había escapatoria posible frente al terco veterano, que le susurró:
- Y ya no hablemos del desastre del baño.
Lo sabía. El chiflado lo sabía. ‘Grim’ no había vuelto a pensar en esa chica -¿Cómo se llamaba?- del aseo de señoras del Highlander Cavern. ¿Por qué coño le daban tanta importancia a esa gorda penosa? Pedía a gritos que acabara de una vez con su mugrienta vida. Del olvido alcohólico brotó el fuerte aroma de la pólvora, el triunfo del plomo sobre la carne y el vértigo previo al empuje del gatillo. Pronto lo disipaba el olor de la mezcla de sangre y mierda que volvía a taladrarle el tabique nasal.
No era el momento. El aliento de Dawssen levantaba su flequillo de platino y ya notaba la primera gota de sudor frío corriendo por su frente. Peres se mordió el labio inferior, reprimiéndose, y rió.
- Tienes suerte de ser el ojito derecho de Jacobi –dicho esto le propinó tal rodillazo en las pelotas que ‘Grim’ vio millones de puntos luminosos revoloteando alrededor de sus ojos.
El joven Turk cayó al suelo de rodillas, cubriéndose la entrepierna con ambas manos y aguantando como podía las ganas de vomitar. El veterano soltó el resto de la botella, que se hizo añicos al colisionar contra el piso, y saltó graciosamente por encima ‘Grim’ para entrar en el ascensor. Atónito, Larry miraba la agonía del posible eunuco, se volvió un momento hacia su superior:
- ¿Qué coño haces?
- Ir al sector 6. Os espero delante del cuartel.
- No vas a ningún lado sin mi coche, tío.
- Lo siento, pero te tengo que dejar a cargo del chupapollas -señaló la figura encogida de Jim-. Haz cuentas: Tienes un biplaza y somos tres. Voy en moto.
Larry no daba crédito a eso último.
- ¿Desde cuándo tienes...?
- Desde mucho antes de que corretearas por los huevos de tu padre, chaval –pulsó el botón del parking y lo último que vio antes de que se cerraran las puertas fue a un resignado Larry St. Divoir girando sobre sus talones para echarle un vistazo, entre divertido y preocupado, a Jim Garrison, que juraba entre dientes desde el suelo de piedra pulida.

Decenas de pisos más abajo, bajo una gruesa capa de lona, dormitaba una máquina de gran cilindrada que minutos más tarde rugiría ensordecedoramente abriéndose paso sobre el asfalto de la autopista.

sábado, 26 de abril de 2008

Jaune la gualda


woooooooo!
No me lo pueo creé!
Ukio siempre me anda pinchando para que siga con la serie de relatos de personajos midgarianos XDD Tenía este por ahí perdido en el disco duro externo y dije "conio! voy pintalo!" En realidad ya estaba empezado pero estaba horrible así que empecé de nuevo, con técnica nueva y ale hop! quedó chupitilerendi chachiguay. Ahora es cuando miro los viejos y quiero suisuidarme (aunque Kurtz me sigue dando morbillo <3)
Aleh, voy a enviárselo a Sinh pa alegrarle (o no) el día.

lunes, 21 de abril de 2008

Vamos a ver

Yo ya me he cansado de correr detrás de la gente para que estén pendientes de su turno (y esto lleva pasando desde tiempos inmemoriales)

EL QUE QUIERA ESCRIBIR EN AZOTEAS DE MIDGAR QUE MUEVA EL CULO Y SE ENTERE DE CUANDO LE TOCA.

Cojones ya. ¿Qué es eso de que tengamos que andar detrás vuestro en el foro o enviándoos e-mails? ¿No participáis por libre voluntad? Pues hala, poned algo de vuestra parte y molestaos en pasaros a vigilar cuando os toca. Ya os dije que podéis suscribiros al blog mediante RSS. Y estoy por activar una función del blog mediante la cual a cada nuevo post publicado se envía un e-mail a los usuarios (lo malo es que hay un máximo de 10... ???).
Y sé que los habituales os pasáis y os enteráis así que este mensaje no va para vosotros, aunque tampoco sé pa quién va porque los demás no se pasan a menos que se les avise ¬¬

A ver, el que quiera que le lleguen las actualizaciones del blog que me ponga aquí el e-mail.

Yo a partir de ahora paso de andar detrás de nadie. Si en sus 3 días para escribir no aparece se salta y santas pascuas. Coño ya.

miércoles, 16 de abril de 2008

113.

Todo era confuso y caótico, se sentía como si estuviese atada en el ojo de un huracán. Allí veía el mundo como si estuviese hecho en escala de grises. Etéreo y borroso, podía ver ante unos ojos que no sentía como suyos un círculo de hombres cuyas vestiduras, máscaras y gorros eran todos iguales. Le costaba un esfuerzo demasiado grande concentrarse en ellos, ya que aún no era capaz de percibir el mundo más que como algo negro y envolvente. Había mujeres en el círculo, las reconoció, concentrándose mucho. Aunque se esforzase, no podía. Todo se movía y todo parecía estático. Sombras de formas inquietantes reptaban por las paredes y los techos, inmóviles, goteando su esencia por toda la estancia sobre una gran lámpara que iluminaba al círculo.
Rodeó el círculo, reparando lentamente en cada persona que lo componía, aún así, todas las caras eran la misma a sus ojos. Una cara anónima cualquiera, incapaz de decirle nada o de significar nada para ella.
¿Y ella? Es decir, tenía un concepto femenino de si misma, pero no se sentía como tal. Ni siquiera se sentía, de hecho. Intentó contemplarse a si misma, pero su figura era incluso más borrosa y amorfa que las demás, gris, con pequeños puntos de luz blanca en medio, y a la vez, cubierta de pequeñas charcas de esas sombras de alquitrán que muy lentamente parecían desarrollarse hasta cubrirse. La más grande de todas iba creciendo desde lo que parecía ser su pecho.
Abrumada, pudo sentir una pequeña llama de pánico en su interior. Sin embargo, era incapaz de reaccionar. Se obligó a si misma a concentrarse y vio las manos de esas personas. Algunas de ellas salían del círculo para tomar pequeños objetos, sinuosos y afilados de dos pequeñas mesas situadas fuera del círculo. La llama del pánico estalló, avivada por el descubrimiento de su situación: Era una sala de operaciones. Corrió hacia delante, irrumpiendo en el círculo y abrió los ojos que no sentía tener de par en par.
Lo único que vio allí fue una mancha carente de forma, de color granate que poco a poco iba perdiendo brillo y apagándose. Los médicos concentraban sus esfuerzos, pero su incomprensible murmullo era como el ruido de una televisión sin sintonizar. El caos reinante era como estar sumergido en lodo durante una lluvia torrencial. Ruidos e imágenes borrosas y desdibujadas.

Un chillido le hizo mirar a su alrededor. Lo emitían las sombras. Esos engendros espesos gemían y humeaban apartándose del techo. Era como si hubiese una zona que se abría como un río de pureza, repeliendo sus presencias llenas de rencor y tristeza, que le hacía sentirse extrañamente reconfortada. Quería saber que era eso, pero no tenía forma de hacerlo: Ni piernas para saltar, ni manos para romper el techo de piedra... Sin embargo, para confundirla más aún, empezó a flotar hacia ahí, como si algo extrañamente estuviese tirando de ella. A medida que se acercaba, mientras atravesaba por dentro un metro de hormigón y varias capas de material aislante, percibía una conversación.


- No me importa lo que vayas a hacer, simplemente hazlo si lo crees conveniente.
- ¿Me ayudarás entonces?
- No creo en esas cosas, tío, y lo sabes. Pero creo en ti. Te ayudaré. No permitiré a nadie subir aquí hasta que tú me lo digas.
- Gracias, amigo mío.
- Aún recuerdo como era esa frase: ¡Gren mwe fret! – La voz se iba alejando.

Al subir reconoció una silueta borrosa, rodeada de un aura que combinaba el rojo ardiente con el melancólico violeta. Al otro lado había un hombre, negro, corpulento e imponente. Su pelo estaba recogido en muchas trenzas, muy finas, que caían sueltas a su espalda, mecidas suavemente por el viento. Vestía un traje negro, con corbata del mismo color, y su camisa estaba manchada de sangre. Alrededor del cuello, una extraña cadena plateada pendía, con múltiples materias engarzadas en sus retorcidos eslabones.
Sus ojos oscuros la miraban fijamente, y alrededor de ese hombre podía ver el cielo abierto, gris y plagado de nubes blancas. Parecía que se encontrasen en la cima de algún sitio. Una azotea, a juzgar por los edificios situados alrededor.

- Veo que ya has llegado... – “¡Harlan!” pensó ella, incapaz de reconocer de donde venía ese extraño nombre. El hombre siguió hablando. – Perfecto. Vamos, tenemos que encontrarnos con Papa Legba. Allí veremos que se puede hacer contigo.

El hombre se puso sus gafas oscuras, giró sobre sus talones, y empezó a caminar. El mundo se volvió negro mientras el se volvía, desdibujándose la azotea para convertirse en un camino que surcaba una pradera, cubierta de césped fresco. Podía sentirlo, acariciando sus pies descalzos. Los pasos le hicieron entrar en un bosque pantanoso, donde los cantos de las aves acompañaban los siseos de serpientes y alimañas. Lechuzas de ojos brillantes la miraban, y sentía el acecho de muchos otros seres, y delante de todo, guiando sus pasos, el hombre caminaba en silencio.


Ella le seguía, a lo largo de lo que poco a poco se iba tornando una ciénaga, girando en cada recodo que él girase, saltando cada riachuelo que él saltase y pisando solo donde sus huellas estuviesen marcadas. Ignoraba por que, pero sentía que así era como debía ser. Se sentía sorprendida de verse ahora, en los reflejos de las charcas, nítidos a pesar de la suciedad de su superficie. Era ella, con su hermoso cabello dorado y liso, como hilos de luz, y sus ojos azules como zafiros. Llevaba como única prenda, un vaporoso vestido de blanco algodón, cuyo suave tacto acariciaba su piel mecido por la brisa nocturna. Se sentía plena de nuevo, al tener su cuerpo, aún con eso: Una inmensa herida roja, sangrante y profunda, justo en su pecho, sobre el lado interior de su seno izquierdo. Justo en el corazón. Aún así, no sentía dolor, y la sangre que derramaba parecía evaporarse, nada más abandonar su cuerpo. Contra toda lógica, la ignoraba y caminaba tras el hombre negro, temerosa de un mal mayor si lo perdía y quedaba abandonada en la ciénaga.


Corrió para recuperar el terreno que había perdido por ese despiste al detenerse a comprobar su estado. El bosque giraba y se retorcía a su alrededor, pero de un modo instintivo, sus pies encontraban el camino para seguir avanzando hasta llegar donde el hombre la esperaba. Era la entrada de una verja de hierro negro, antigua, oxidada y retorcida. Puntas de lanza con la forma de siniestras fleurs de Lis coronaban cada poste vertical. Delante de la verja, un camino se cruzaba con aquel que ella recorría, el cual iba directo hacia una puerta de hierro que permanecía cerrada. Allí, un anciano cuya piel de ébano estaba cuarteada como el pergamino, vestía un elegante frac de color rojo sangre, su mano estaba apoyada en un bastón y su cabeza cubierta por un sombrero de paja. Su pipa emitía un extraño humo, de olor suave y embriagador. Saludó con un leve asentimiento, al que el hombre que la guiaba respondió con una elegante reverencia. Ella se puso a su lado y saludó a su vez y con la misma solemnidad al anciano, confundida pero curiosa.

- Buenas noches, Hana-Garu. Siempre es un placer verte, al igual que al resto de tu estirpe. Los Loa agradecemos tu trato respetuoso y tu humilde servicio. – El hombre agradeció estas palabras con una segunda reverencia. – Y tu eres la joven Yvette... Un nombre precioso.
- Honorable Papa Legba, tu saludo enaltece a mi familia. Me postro ante tu sabiduría para rogarte que me permitas esta noche traspasar el cruce de caminos.
- ¡Osado eres! – Dijo el anciano, frunciendo el entrecejo. – Mucho te arriesgas, para poco ganar con ello. ¿Estás dispuesto a traspasar el cruce de caminos? ¿Y luego que harás? ¿Suplicar a Kalfu? ¿Crees que alguien apoyará tu súplica?
- Si, Papa Legba, así lo creo.
- Entonces ve, Hana-Garu, tienes mi favor, que tendrás que pagar algún día.
- ¡No!

Todos se sobresaltaron al oírla. El anciano alzaba una de sus cejas, con curiosidad, esperando una explicación que diese razón a tan grosero exabrupto, y el hombre joven con gesto horrorizado.

- ¿No qué? – Preguntó el anciano.
- Él no pagará. ¡Yo seré quien quede en deuda con usted!
- ¡No puede ser! – Sentenció el anciano. – No estás en situación de contraer deuda alguna, pues nada te queda ya para pagar.
- Papa Legba, os ruego que me permitáis explicárselo...
- Ve, Hana-Garu. Habla con ella.

El hombre se la llevó aparte, y entonces ella reparó en que sus ropas no eran ya los mismos. Sus duros y ásperos zapatos del uniforme de Turk se habían vuelto lustrosos y brillantes, y su traje negro era ahora un elegante frac. Sin embargo, de este solo llevaba los pantalones y la chaqueta, esta última abierta, mostrando su musculoso pecho.

- Yvette...
- ¿Hana-Garu? – El hombre sonrió, como si el mero hecho de reconocerle fuese un gesto propicio, y más aún conservando el ánimo de bromear aún en esta situación. Sin embargo esta vez ella no pudo ver en su sonrisa los rasgos de su impaciencia agresiva, o de su abierto sentido del humor.
- Yvette, pequeña... Creo que no sabes donde estás. – Ella iba a interrumpirle, como solía hacer, para decir algo sarcástico, pero lo que llegó a sus oídos la conmocionó. – Este es el otro mundo.
- ¿El otro mundo?
- Así es. Esta es la forma que tiene la vida tras la muerte.
- Pero... No he muerto.
- No, es cierto, pero no tardarás en hacerlo. La herida de tu pecho es demasiado profunda, y ha alcanzado tu corazón, rompiendo además tus costillas. En estos momentos estás siendo operada de urgencia, pero no se espera que salgas de ahí. La sangre se acumulará en alguna cavidad coronaria, atascándola y provocándote la muerte. Si logran evitar eso con drenaje, probablemente te desangres.
- ¿Y tu?
- Inagerr es la forma en la que un torpe oficial de inmigración pronunciaba Hana-Garu. En mi familia, los primogénitos nos entregamos al sacerdocio: Convertirnos en houngan, además de nuestros trabajos normales. He guiado a miles de almas al otro mundo, conversado con los dioses y visto con mis propios ojos la tierra de la tumba donde yo mismo habré de descansar algún día.
- Y... Has venido a guiarme, ¿verdad?
- Puede ser, pero esa no es mi principal intención. Si Papa Legba, el anciano que guarda el cruce de caminos, nos permite pasar, habremos de encontrarnos con el Barón, y si él nos deja seguir adelante, habrá que suplicar a Kalfu que no envíe maldiciones de vuelta.
- Harlan... No quiero que vendas tu alma por mí.
- ¿Alma? – Sonrió su compañero. – Los Loa no son el demonio, pequeña. Son benévolos o malévolos, pero todos son dioses, y están en su derecho a ser así. Están dispuestos a acceder a nuestras súplicas si se les dan motivos, pero reclamarán favores a cambio, y en mi familia es tradición que sea yo, el houngan, quien cumpla con esos favores.
- ¿Por qué no puedo ser yo? ¿Por qué tienes que dar la cara por mí en esto?
- Porque tu eres la muerta, Yvette, y los muertos no pueden cumplir favores. – Ella suspiró, desolada ante esa respuesta. Si ya estaba muerta, ¿de qué pretendía salvarla Harlan? Esto no parecía infierno alguno, y su concepción de la otra vida era muy distinta a la que se había encontrado.
- Así que esto es lo que hay después... – Dijo, suspirando de nuevo.
- Para mí si. – La respuesta formuló nuevas preguntas en la mente de la joven, pero el houngan se anticipó a ellas. – Yo he elegido adorar a los Loa, y seguir su camino, y este es el mundo que me espera al otro lado. Para los demás, quizás haya otras cosas, o quizás no haya nada. Depende únicamente de ellos. Los Loa, en el fondo, no son más que una de las muchas manifestaciones que toma el espíritu del planeta.
- Y entonces... ¿El planeta...?
- No. – Interrumpió el houngan. – Si esto sale bien, te dedicaré el tiempo que necesites para entenderlo, y si no lo descubrirás por ti misma. Hay que hacer las cosas ya.


Yvette murmuró un vago “tienes razón” como respuesta, pero su mirada parecía perdida. A Harlan no le dio tiempo a reaccionar, cuando ella lo esquivó de un salto y se lanzó corriendo hacia el anciano Loa. Harlan corrió desesperado.


- Honorable Papa Legba. – Empezó ella, antes de que el sacerdote pudiese detenerla. – Esta es mi postura: Aceptaré que Hana-Garu se someta a vuestra voluntad, con la condición de que si tengo yo ocasión de devolver este favor en su lugar, se me conceda el derecho. – El viejo sonreía astuto, y Harlan pensó que debería haberse dado cuenta de que el Loa sabía de antemano lo que iba a suceder, y que conociendo a Yvette, él también debería haberlo sabido.
- ¿Eres capaz de imaginar si quiera las obligaciones que una deidad del inframundo te reclamará? – Preguntó Papa Legba, dispuesto a medir la osadía de la joven.
- No, pero aún así, no soporto la idea de que otro se sacrifique por mí.
- Hana-Garu ya se está sacrificando, niña... ¿No lo ves?
- Si, lo veo. Y le ayudaré en todo lo que pueda. Si sobrevivo, también haré lo posible por agradecerle lo que está haciendo ahora.
- Entonces me gustará ver como lo haces, niña... Adelante.


Cuando las puertas se abrieron, una niebla espesa surgió en su interior. Yvette pareció dudar un instante, pero Harlan avanzaba decidido y tranquilo. Fiel a su costumbre de no echarse atrás allá donde otros no lo hiciesen, siguió a su compañero, temerosa. La niebla era húmeda al tacto, y producía una desagradable sensación de ceguera opresora e incapacidad de movimiento. Sus pies seguían notando la hierba húmeda, pero sus oídos ya no sentían los reconocibles ruidos del bosque, sino desagradables susurros y carcajeantes voces, con un tronar percusivo de fondo.


- ¿Oyes mi voz, Yvette? – Preguntó Harlan, reconociéndolo esta apenas un par de pasos ante él. Sin embargo, era incapaz de verlo.
- La oigo. Oye, ¿que significa eso de Hana-Garu?
- Mi nombre. ¿No recuerdas? Inagerr. – Explicó su voz profunda con una carcajada.
- Es muy raro que te de por reírte aquí, con todos esos sonidos y esta niebla. – Respondió ella haciendo una mueca de desagrado.
- No pongas esa cara...
- ¿Cómo puedes verme? – La sorpresa fue mayúscula.
- Este es mi mundo, niña. Al fin y al cabo, yo soy el Houngan. Los tambores son música alegre, de danza y festejo, y los susurros son los otros celebrantes, con los que debemos ser igual de respetuosos que fuimos con Papa Legba.
- Oye, Har, soy rebotada, pero no estúpida... – Su compañero y guía se abstuvo de dar más respuesta que una carcajada.


De repente, Yvette chocó con algo. La asustó, pero cuando alargó la mano para tocarlo, vio que era Harlan, que se había detenido súbitamente. Él estiro uno de sus brazos hacia atrás, buscando la mano de su compañera, y al encontrarla la trajo a su lado y la obligó a inclinarse en una nueva reverencia.


- Os saludamos, señores de Radá, Petro y de Ghédé. – Dijo, recuperando su solemne tono de sacerdote. De entre la niebla se oyeron tres voces. Una era femenina y musical. Otra era masculina y hosca. La última fue una carcajada oscura que resonó en todo el lugar, pareciendo no venir de ningún punto concreto.

Ante los asombrados ojos de Yvette, la luz de la luna se abrió paso, disolviendo la niebla con su contacto. No creía haber caminado más de un par de centenas de pasos, mas ante sus ojos se desplegó un enorme cementerio, antiguo y por ello aún más tétrico. Sus lápidas multiformes eran de piedra gris, cubierta de musgo, y entre ellos se alzaban algunos esbeltos sauces, poco cubiertos con hojas y mecidos por un viento infernal que les hacía retorcer sus flexibles ramas en retorcidas formas. Ocasionales rayos la cegaban, iluminando parcialmente el siniestro escenario, mientras el ruido de tambores experimentaba un cescendo retumbante. Por ningún lado se veía a los extraños músicos que tocaban esta danza macabra, pero sus bailarines estaban por todo el cementerio. Extrañas parejas de baile, o grupos de más personas se movían al ritmo de la percusión, de forma caótica y continua, entregados a la fiesta. Su danza era insinuante, y extrañamente mórbida en más de un sentido. Yvette seguía inclinada en su reverencia, mientras que Harlan ya se había alzado para hablar. Ante él se alzaban una hermosa mujer de piel oscura y larga melena azabachada que se derramaba sobre sus hombros y espalda, casi arrastrándola por el suelo. Estaba ataviada con un vaporoso vestido de nívea gasa transparente que realzaba cada detalle de su perfecta figura. Un cinturón de plata y perlas le ceñía el vestido a la cintura, y sendas pulseras de oro remarcaban la delicadeza de sus muñecas. A su lado, un anciano permanecía erguido. Era exactamente igual que Papa Legba, pero a la vez totalmente distinto. Su rostro estaba retorcido en una mueca de desagrado, la chispa de su pipa emitía desagradables destellos rojizos cada vez que chupaba de ella, y sus manos sostenían firmemente su bastón, con el mismo inflexible puño de hierro que imponía su voluntad, tanto en este mundo como en el reino mortal.


- Erzulie, hermosa como el rocío del amanecer y las llamas del ocaso, te saludo. – Dijo Harlan con una reverencia, seguida de otra al anciano. – Kalfu, señor que guarda el cruce de caminos, te muestro humildemente mi respeto.
- Se bienvenido de nuevo, Hana-Garu. Tus servicios nos son gratos, y tu presencia da vida a nuestra fiesta. – Dijo Erzulie, con una voz que sonaba musical como el canto de los pájaros en la brisa, y fresca como una cascada en medio de una selva virgen. Por su parte, el anciano se limitó a emitir un gruñido de desagrado. – Se bienvenida tu también, Yvette Marie Giulianna Luise de Castellanera e Bruscia.
- Gracias, madamme Erzulie. – La Loa se mostró complacida con el título, pero inmediatamente se giró hacia Harlan.
- Hana-Garu, querido... Creo que soy capaz de ver por donde va esto. – Dijo señalando de forma grácil con su índice hacia la herida abierta de la muchacha. – Es injusto que tu, un houngan, nos pidas que perdonemos una vida.
- No hay que perdonar nada, mi señora. – Replicó el sacerdote-brujo. – Solo no reclamarlo, mientras los médicos hacen su trabajo.
- Eso se puede decir de muchos otros, y sin embargo han venido igualmente. ¿Por que debería hacer la excepción con esta?
- ¡Porque es como vos, mi señora! – Exclamó Harlan, aferrándose al argumento.
- Es joven y hermosa, cierto. Y ciertamente coqueta, pero aún así, esos argumentos no son suficientes. No puedo creerlo, Hana-Garu. Sabes que si tu ruego no nos complace, volverás acompañado de las atenciones de Kalfu, ¿no es así? – Yvette no necesitó preguntarse demasiado para saber que todo aquello en lo que el anciano Loa estuviese metido sería necesariamente malo. La retorcida sonrisa que el anciano le dedicó a su guía no hizo sino acentuar esa certeza.
- Yvette, díselo tu...
- ¿Lo que? – Preguntó la joven, perdida y desesperada.
- Háblame de ti, querida. Dime que tenemos tanto en común para que yo deba permitir que vivas el tiempo suficiente para que los cirujanos salven tu vida.
- Yo... – Empezó dubitativa. – Sigo sin saber que decir. Si tengo que expresar lo que tenemos en común vos y yo, madamme, es simplemente lo dicho por Harl... Por Hana-Garu. Me considero guapa, y se seducir a los hombres. Me gusta provocarles y vestirme de forma que atrape sus miradas. Juego con ellos y los seduzco. Incluso fui animadora en el instituto... – A Harlan le costó seriamente reprimir una carcajada, pero desde luego no era el mejor momento.
- Y es cierto, pequeña... Represento la belleza, pero también la compasión. Fuiste una hermosa animadora en el instituto, pero también fue ahí donde tu camino se acabó de truncar. Si ya entonces eras cruel con los que considerabas tus inferiores, te volviste desconfiada con lo sucedido entonces. No hace mucho, despreciabas a gente que ahora admiras, y no hace mucho insultabas a cualquiera por el mero hecho de cruzarse contigo. De hecho, aún lo haces, de vez en cuando. Donde yo soy compasiva, tu eres salvaje. También ambas somos guerreras, pero donde yo soy protectora, tu eres agresiva. Yvette, cariño. Te quiero, como a todas las mujeres enamoradizas y bellas, pues todas lo son igualmente a mis ojos, pero Hana-Garu se equivocó al acudir a mi.


Cuando la joven agente hubo finalmente digerido esas palabras, alzo sus ojos llorosos y dedicó una mirada a Harlan, que se la devolvía pesaroso. El houngan parecía desear perderse, pero la encaró, listo para escuchar lo que fuese que ella le quisiese decir. Sonriendo en silencio, Yvette le tomó la mano con las suyas y la acarició suavemente, mientras el pesar quedaba cada vez más marcado en el rostro del guía. Yvette solo recordaba a Harlan tan deprimido aquella noche que fueron en busca de Scar para reincorporarlo al servicio activo. Su ancha boca estaba entreabierta, con una disculpa a medio brotar, y sus ojos, esta vez bien visibles, sin sus gafas de sol, eran dos oscuros pozos de pesar, rodeados de blanco perlado plagado de vetas rojizas. Harlan había fallado, y le dolía no haber podido salvar a su compañera, que había puesto su fe en él para que la salvase.


- Gracias, Har... – Dijo ella. – No me creo que hayas hecho esto por cualquiera.
- No lo logré... – Respondió con un murmullo, incapaz de forzar el nudo que se había formado en su garganta. Al verlo así, Yvette sintió verdadera compasión por su compañero... Su amigo. De los pocos que le quedaban. Nunca creyó que el tosco grandullón que le había hecho la vida imposible en su primer día fuese a venir al otro mundo a intentar salvarla, y mucho menos, que el fracaso le dolería tanto. – ¡No pude, y te juro que lo siento muchísimo!
- No lo sientas por mi, Harlan. Más lo siento yo por ti. No confío en ese anciano... - El sacerdote contenía su dolor, pero Yvette lo dejó ir, llorando tristemente, mientras acariciaba la negra mejilla de su amigo. - Por favor... No quiero que te sientas así. - Suplicó entre sollozos, pero el sacerdote bajó la mirada.
- Nadie confía en Kalfu, salvo para saber que siempre cumple sus promesas. – Dijo él sonriendo con tristeza, besándola en los párpados para secar sus lágrimas. – Pero aún así se le respeta por lo que es. Debo cumplir mi palabra con él, como sacerdote y como hombre, niña... Y tu debes aceptar lo que te toca. Debes...


Harlan iba a proseguir, pero antes de que pudiese seguir hablando, los brazos de su compañera se cerraron en torno a él. Respondió al abrazo, levantándola suavemente del suelo. Era todo lo que podía hacer por ella: Llevarla hasta aquí y depender de la voluntad de seres más allá de la lógica mortal para que se salvase. Por desgracia sus argumentos no habían sido suficientes.


- Ambos debemos aceptar lo que nos toca... – Harlan rompió el encanto. Ella asintió entre sollozos, y lentamente soltó a su compañero. Entonces este se giró para encarar a Kalfu, y para su sorpresa, el anciano ya no estaba allí, ni tampoco había rastro alguno de Erzulie.
- ¡Maldita sea! ¿Dónde mierda...? – Con esta exclamación, Yvette retomaba en parte su verdadera naturaleza, despertando una siniestra carcajada a espaldas de ambos.


Cuando se volvieron, al unísono, había un único hombre erguido ante ellos. Era muy parecido a Harlan: Joven, atractivo y siniestro, de piel muy oscura y sonrisa muy blanca. Vestía unos pantalones negros, zapatos brillantes y un chaqué oscuro como la noche. Su pecho estaba pintado con las curvas formas de una caja torácica, sus manos estaban cubiertas de pinturas de falanges blancas y huesudas, y sobre su rostro habían perfilado una sonriente y siniestra calavera. Era calvo, y en la mano llevaba un bastón con un esqueleto en el pomo, y sobre la cabeza un alto sombrero de copa con gran elegancia. El grave y retumbante sonido de su carcajada iba creciendo en intensidad, a medida que los invitados en ese reino intentaban superar su estupor. Mientras que Yvette seguía confundida, Harlan logró reponerse y hablar.


- Mi señor de Guédé, el Barón Samedí... – Dijo entre dientes el Houngan, en medio de una reverencia. - ¿Cómo no lo supuse?







Al día siguiente, Yvette se despertó. Allí estaba Harlan, durmiendo en la silla dedicada a las visitas. En su mano pendía la extraña cadena de la que colgaban sus materias, e Yvette se sorprendió a si misma reconociendo algunos de los símbolos que la decoraban. El ruido que la hizo retomar la conciencia fue el irrumpir de la familia de su compañero en la sala, acompañada de su amigo “Scar”, cuyas ojeras habían disminuido, aunque no así su aspecto de cansancio en general. Por último, fue Svetlana quien entró en la estancia para saludarla.
Por lo que ella descubrió más tarde, su familia había enviado un ramo para felicitarla por su recuperación. Este aún permanecía a un lado de la cama, en el suelo, con su tarjeta aún sin leer. Ella sabía que la dedicatoria la habría inventado la florista de turno. Sin embargo, su familia, la que de verdad se comportaba como tal, la estaba visitando ahora mismo. Ninguna deuda, sin importar con quien, era demasiado cara para no verse compensada por esto.

sábado, 12 de abril de 2008

112.

La luz del foco se encendió, cegándole por completo. Estaba sentado en una silla, sujeto con grilletes y rodeado de una extraña oscuridad, donde lo único que se veía era el reflejo de la luz sobre un espejo. Se encontraba luchando por adaptar las pupilas de su maltrecho cuerpo a la gran luminosidad, a través de la cual a duras penas podía distinguir las paredes donde debía estar la puerta. Una distorsionada voz resonó en la sala, desde todas las direcciones a la vez, como si la misma estuviera llena de altavoces, o incluso ésta misma fuera uno gigantesco.

- Nombre- el eco de la voz la hacía parecer muy artificial, igual que si estuviera producida por una máquina.

- ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted, y por qué estoy aquí?- parecía tener la garganta raspada y bastante seca, muy débil – Si es por aquello que dijo de la piedra gigante, era sólo una expresión, sólo…

- Limítese a responder a las preguntas. Si tiene que dirigirse a mí, puede llamarme “Agente”. Ahora responda, ¿Cuál es su nombre?

- John Blakerdan – su voz se notaba nerviosa, como si necesitara algo desesperadamente – Oye, necesito un trago, un chispacillo… ¿No podrías traerme un vasito de anisete… O una botella? También me valdría un…

- Edad

- ¿Cómo que edad? ¡Moríos todos, hijos de puta! ¡Argh! – acabó su queja con una mezcla extraña de grito y gruñido lleno de ira, lanzando saliva y restos de su escasa comida de calabozo, en lugar de los habituales residuos etílicos - ¡Soy el mejor, un puto dios! ¡Argh!

A su espalda, un hombre cubierto de negro y con una máscara de cristal ahumado se acercó con un extraño instrumento que aplicó una leve descarga sobre el individuo. Sujeto de pies y manos, el preso sintió el mordisco eléctrico sobre la espalda, justo antes de ser golpeado en el brazo por la porra de un segundo enmascarado, idéntico al anterior. John quedó paralizado, sin poder emitir ni un mísero grito de dolor. Durante ese tiempo, pudo fijarse más en la sala, con los ojos más acostumbrados al intenso foco y entornados por la descarga eléctrica: estaba en una sala cuadrada de blancos azulejos bastante manchados, adquiriendo un tono marrón. De las goteras del ennegrecido y alto techo caía silenciosa el agua, mientras que por las humedecidas tuberías las ratas se movían incansablemente correteando con sus patitas y arrastrando el óxido y la corrosión del metal con su cola. Aunque antes sólo había visto un espejo, realmente estaba rodeado de ellos, reflejando con sucia luz la habitación con formas macabras.

Cuando remitió el efecto paralizante de la descarga, comenzaron unos inaudibles jadeos de cansancio y fatiga, entre los que se intercalaban unas pocas palabras:

- Aff... Vient… Arfff…Veintidós…

- ¿Qué vio la noche del 15 de Junio?

Entre sofocos, comenzó a relatar los acontecimientos del día de su detención: cómo salió de aquel bar, el oscuro callejón con su oscura figura… Una vez hubo acabado, no pudo contener más la presión, y sintió como el estómago se le bajaba hasta el ano. La peste de la sala ya era insoportable, y cada vez entendía más porque llevaban máscara aquellos guardias. Su propio hedor, que se resbalaba por sus pantalones, se unió al dolor aún punzante de la electricidad, y sin poder evitarlo se desmayó. De las comisuras de sus labios comenzó a brotar un líquido amarillo que cayó sobre su regazo.

Al tiempo que la luz se apagaba, los dos hombres de negro salieron de la sala con paso firme utilizando una puerta estrecha situada en una esquina.
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- Vaya, parece que realmente ha sobrevivido frente a Tombside… ¿Un paleto con suerte, o quizás alguien que ha sido mejor que la bestia?

- No podemos decir que el tipo tenga muchas luces, McColder. Podemos usarle para capturar a nuestro pequeño asesino, a la vista del patrón que está llevando. Usaremos agentes de Turk y SOLDADO, y dispondremos de los dos testigos para tenderle una trampa.

- A propósito, el hijo de Hawkrad no tenía ni idea de nada. Simplemente tuvo una bronca con su padre, y se largó de casa. Es posible que Tombside aprovechara entonces para asesinarle. Cada vez Tombside ha ido ascendiendo más en su espiral de muerte… ¿Quizás piense llegar hasta el mismísimo Rufus?

- Es pronto para aventurarse, ahora lo único que podemos hacer es capturarle. Ya le interrogaremos en su momento.

- Desde luego, “Agente” – dijo McColder con una sonrisa pícara en la boca – Pronto tendremos a “Blooder”

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“Acabo de despertar. Son las 4 de la mañana, pero ya siento que el hambre me invade. Necesito saciar mi hambre, acabar con ella. Necesito hacer sangrar a alguien.

Me duele la cabeza. Imagino que será por culpa de esas malditas pastillas que me drogan mientras estoy durmiendo, escondido en mi cárcel viviente. No importa, es cuestión de tiempo el que mi plan se continúe completando según el esquema establecido, y continúe con mi espiral. Algunas gentes parecieron acudir a mi llamado. Hoy todos acudirán a mi juego: hoy todos nos convertiremos en “amiguitos” que jugaremos juntos. Jajajajajajaja.
Hoy el sector seis parece estar bastante despejado, es como si todo el mundo supiera que la sombra de la guadaña se encuentra sobre sus cabezas y cualquiera puede ser el siguiente. Que poco saben los necios, nadie ha conseguido aún ver como he ido colocando los objetos para que alguien gane el juego antes de que se acabe el tiempo.

Mandíbulas desencajadas, dedos amputados, las vísceras alimentando a los perros… La sangre me hierve cuando veo el macabro espectáculo que preparo. Midgar es un lugar horrible, donde no se puede estar nunca seguro; pero desde luego hoy el sector 6 es el eje de la espiral de muerte.
Todas las casas están cerradas, todas las farolas a oscuras. Incluso parece que los eternos neones han desaparecido, sintiendo la presencia de la Parca que corta los hilos del destino. Las luces de los clubes y los bares aún siguen encendidas, como si todo el mundo estuviera celebrando algo: espero que no estén celebrando su seguridad.

Me llama especialmente la atención un bonito club con un cartel muy sugerente, además de las fotografías que luce alrededor. Las putas y bailarinas desde luego son una presa fácil, pero es aquí donde viene ese transexual tan conocido en este día de la semana. Daphne, creo que se llamaba. Es conocida en toda la ciudad, y sin duda debe ser alguien muy importante para ricachones que buscan el placer en una verga descomunal. Que gracioso será cortársela para luego atascar su garganta con ella y asfixiarla lentamente.

El club está vacío, y solamente hay dos personas sentadas en una mesa, según parece esperando el siguiente número. Uno es un chaval de pelo largo: se parece mucho a aquel chaval cuyo padre maté la última vez, gracias a su inconsciente forma de dejarme las puertas abiertas. Estoy seguro de que me estará agradecido, podían oírse sus gritos resonando en toda la placa.

El otro también me resulta conocido. No sé aún de qué, pero sin duda me acercaré un poco más: es probable que tenga que matarles cuando llegue mi víctima; podrían reconocerme si no.

El corazón me late muy deprisa. Estoy nervioso, sudo a chorros, y no puedo dejar de temblar. El tipo al que no identificaba es el hijo de la gran puta que se escapó en el callejón, que logró verme. No sé si logrará reconocerme, parece estar borracho o drogado. Escoria… Debería cortarle la garganta lo más rápido que pueda, pero parece que ni siquiera sabe quién soy. Quizás no me vio. Sus ojos parecen vagar de un lado a otro, como si esperase algo, o buscase a alguien.

Sus ojos acaban de abrirse muy rápidamente.

Me ha reconocido. Acaba de levantarse y gritar “¡Es él!”, haciendo que de pronto hayan salido desde detrás de la barra dos agentes con chalecos de kevlar y armas de asalto. Parece que se han decidido a jugar, pero quieren ser ellos quienes pongan las reglas. Por su forma, parecen ser turcos.

Estiro el brazo, y a mis manos cae mi preciado juguete. Sin tiempo para preparativos, se lo introduzco entre los pulmones a mi querido amigo borracho, sintiendo como se introduce lentamente entre sus pulmones. El metal del puño de acero que va unido a la hoja me presiona los dedos, desplazando la piel y la carne por encima del hueso mientras el metal atraviesa lentamente los órganos del hombre. Me estaba alimentando, pero seguía con hambre.

Uno de los turcos dispara. La bala me pasa muy cerca, aunque por suerte no me ha conseguido alcanzar. Solo tengo tres formas de salir de ahí, y una se estaba llenando de más hombres y mujeres armados. La otra salida era la parte trasera, que daba a un pequeño callejón. La tercera salida era nuevamente la principal, pero dentro de la bolsa del forense. Sin duda, la mejor opción era atravesar a aquellos hombres y hacerles sufrir, sentir su carmesí líquido borbotear en el suelo; pero no puedo hacerlo mientras llevan sus chalecos puestos. Encarándome de nuevo con los dos primeros turcos, conjuro al primero de mis poderes, y envío un chorro de fuego contra ellos y contra las botellas de licor que tienen a sus espaldas. Nuevamente, mi hambre disminuye, pero no cesa.

Habiéndome librado de aquellos que me habían visto, comienzo la carrera. El local cada vez está más lleno de miembros de SOLDADO y de Turk: era una trampa bastante bien montada. El local presenta todavía los restos de las juergas y festividades que se brindaban los clientes con aquellos cachos de carne que vendían su cuerpo a aquel que tuviera dinero y algo que meter entre las piernas. También hay botellas vacías, y un par de fotos de celebridades con las prostitutas del lugar. La salida por donde arrojaban a los borrachos tras sus escándalos nocturnos está justo enfrente de mí tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sólo tengo que recorrer los dos metros que quedan, y sería libre. Pero la puerta está cerrada.

Llamo a mi segundo poder, y con un brillo amarillento en mi puño derribo la destartalada puerta. He hecho mucho ruido, pero por suerte el callejón estaba desierto, salvando los cubos de basura que se amontonaban contra el muro y el silencioso gato que caminaba encima de la pared. La luz de los faros de un gran coche negro me ciegan: han descubierto mi posición. Los helicópteros también me siguen, levantando mi abrigo e impidiendo que tuviera una correcta visión.

Estoy en el foso. A mi espalda, los gladiadores. Al frente, los leones. En el palco, el emperador da la orden de muerte. Mi única salida es asaltar al público del coliseo.

Usando las bolsas negras llenas de vidrios y condones usados, acabo de trepar el muro, y colarme dentro de un edificio. Al parecer el edificio tiene gente dentro; de lo contrario ya habría saltado por los aires. Tengo preparado mi arma, el puñal con puño de acero unido. Cualquier persona que entre, servirá para saciarme. Oigo la puerta del antiguo edificio: sigo sin saber cómo el Presidente no ha derribado esto para construir otro puesto de reclutamiento u oficina de recaudación. El moho se acumula por las paredes, y desde luego se parece bastante a una de esas casas de Corel que aparecen en los anuncios televisivos cuando quieren dar pena. Todos son escoria. Todos sucumbirán.

La puerta que tengo a mi lado se ha abierto. Acaban de entrar tres personas armadas. De nuevo, llamo al poder del Golpe mortal, y lanzo una estocada contra la cabeza del primero. Es un miembro de SOLDADO, apareció hace poco en un comunicado oficial. A pesar de su armadura militar, nada puede hacer por parar el golpe, y le incrusto el filo dentro del casco, rompiendo el cristal. Pedazos trasparentes salen volando, mientras que los restos que aun quedaban en su oscuro yelmo me rozan la mano derecha y me hacen sangrar. Maldición, nunca había visto mi sangre, nadie me había herido nunca. Así que esto es lo que se siente cuando te hieren.

Es sumamente excitante.

El segundo tampoco tiene mejor suerte. El golpe entra por sus costillas, levantándola del suelo debido a la fuerza del impacto. Golpe mortal es fantástico. La rubia melena de esta mujer me golpea, y huelo su bello perfume. Hubiera sido un buen postre, pero desgraciadamente no tengo tiempo para ella. Quizás, si no es incinerada, algún día pueda sacar su cadáver del sepulcro y darle un final digno. Al menos, que ella me haga disfrutar a mí.

Parece que tiene bastante resistencia, aunque el golpe contra el suelo la ha hecho perder mucha sangre. Me da pena, no quiero que alguien con quien me lo hubiera podido pasar bien sufra. Me recuerda a aquella chica, la primera de las que violé. También tenía una delantera generosa, y una cara de ser capaz de comerlas de cuatro en cuatro. No va a sobrevivir, seguro. Pero al menos, verá como muere el último.

Siento dolor en el pecho.

La bala me ha atravesado, y la sangre sale a chorros. El tercero de ellos es un agente de pelo revuelto, irregular y caótico. La sangre se confunde con mi gabardina, y parece que él no se ha dado cuenta. Vuelve a dispararme, esta vez atravesando mi hombro derecho. O tiene muy mala puntería, o realmente me tiene miedo. Si yo hubiera sido él, hubiera jugado antes de matarme. Quizás esté jugando conmigo, pero su rostro no dice eso. Pero es quien más ha conseguido herirme. Merece una vida de sufrimiento en lugar de liberarse de la muerte.

- Una pena. Me hubiera gustado jugar con todos vosotros, en especial contigo, nena. – ni siquiera sé por qué digo esto.

Acabo de convocar al poder de Fuego.
Un último disparo acaba de resonar.”

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Lenguas de fuego salían de las ventanas. Era imposible que nadie hubiera sobrevivido en ese lugar. Justo antes de tener lugar la tremenda explosión, un disparo producido por un fusil había reverberado en la estructura, para después enmudecer bajo el estruendo de los cristales.

McColder estaba nervioso. Tenía a un gran despliegue de Turk y SOLDADO peinando el terreno, y un destacamento de los mejores hombres del teniente Jacobi habían entrado a buscar los restos del asesino. El incendio prácticamente había sido sofocado, y de la puerta salió un gran hombre con la cara llena de cicatrices. Junto a McColder, Jacobi se adelantó:

- Informe, Kurtz.

- Aquello es un jodido infierno: hace tanto calor que casi se me derriten las cicatrices. Dentro había tres cuerpos: uno de ellos es de SOLDADO, con el cráneo destrozado y fragmentos de cristal clavados, muerto en el acto. Los otros dos son nuestros: uno está a punto de morir, sin posible salvación, y el otro con heridas graves, pero se recuperará. Los servicios sanitarios acaban de llevársele, quizás pueda decirnos algo. Miembros de ambas divisiones están buscándole: al parecer había una trampilla que comunicaba con las alcantarillas, aunque por el rastro debe estar a punto de perder el conocimiento por la perdida de sangre – su voz estaba cargada de ira, y parecía estar a punto de sacar su famosa arma blanca para desahogarse contra aquel títere mediático de Turk; tenúa los ojos llorosos y cubiertos de hollín por el humo que aún expulsaba la ennegrecida estructura.

- Esperaremos a las nuevas noticias. Puede retirarse.

McColder estaba nervioso. Había tenido mucha suerte de haber conseguido cooperación por parte de las altas esferas de defensa en Shin-Ra, y un único desliz podía devolverle al sucio despacho antes de que llegara a prejubilarse. Si por lo menos hubiera llegado a ingresar entre las filas de los turcos en su juventud…

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Tres turcos avanzaban con los pies empapados y con la suciedad arrastrada por las aguas pegada a las botas. Estaban siguiendo un rastro de sangre que se acumulaba en la pared y formaba un camino rojizo. Les acompañaba un destacamento de soldados de tercera, avanzando silenciosamente. El camino les había llevado durante unos cien metros atravesando aquel cenagal, y cada vez el rastro era menos nítido. En un momento determinado, el rastro se torció en una esquina, llevando a un callejón sin salida. Junto a una rejilla, un hombre envuelto en un largo abrigo rojo se encontraba tendido en el suelo, junto a dos ratas muertas que estaban siendo devoradas por sus compatriotas en un charco verdoso. Con precaución, Svetlana se acercó al bulto rojo, apuntando con su KL57 a la figura tendida. Aquel hombre permanecía inmóvil, y por fin Svetlana estuvo lo suficientemente cerca como para poder verle.

Una malsonante palabra representó su sorpresa y su ira, y asustó al gurami que se encontraba a 150 metros de distancia.

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La máquina emitía un sonido constante, los pitidos marcaban el pulso cardíaco. Ya no notaba dolor, seguramente debido al calmante que tenía inyectado en el brazo. A su alrededor, dos sanitarios que viajaban con el en la ambulancia parecían ocupados.
Tenía la coleta ensangrentada, al igual que el chaleco; por suerte ya no tenía aquel asfixiante casco.

Bajo sus dedos, hizo presión sobre el mango del arma blanca con puño de acero.

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- Señor, acaban de llegarnos noticias. Han encontrado al objetivo, pero resultó ser un engaño: era el tercero de los que entraron, con la lengua cortada y con un ojo menos. Estaba envuelto en un abrigo rojo, y parecía haber sido arrastrado por el túnel. También han encontrado la ambulancia que salió de aquí: estaban todos muertos, y del paciente no se sabe nada. Según parece… Tombside nos engañó, y nosotros le hemos sacado de aquí – dijo el joven miembro de Turk, con voz temblorosa, temiendo la reacción de su jefe.

Sin embargo, la reacción esperada fue más sorprendente. Jacobi se giró, y le lanzó un fuerte puñetazo al detective en plena cara.

- ¡Hijo de puta! Por tu culpa, he perdido a dos de mis hombres, todos están más desmotivados, y no se ha solucionado nada. Ni testigos, ni nada para identificarle – el alto cargo escupió encima del empapado abrigo del anciano, y le lanzó una fuerte patada en el abdomen – Nunca debimos hacerte caso. Desde ahora, quedas relevado de la misión. No me extraña que nunca entraras en Turk, siendo un jodido mariconazo cubierto de heridas.

McColder estaba consternado y dolorido. Le dolía mucho el cuerpo, debido a aquella patada que Jacobi le había dado en sus resentidas cicatrices. Casi no podía levantarse. A su lado, una sombra gigantesca pasó corriendo, pero no pudo identificar quién era.

Tombside le había engañado. Jacobi le había recordado su horrible pasado. Ahora era algo personal.

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En una ventana de Shin-Ra, una figura que se ocultaba tras unas gafas lanzó una sonrisa:

- Eso es, mi pequeño. Continúa alimentándote.

Jim 'Grim' Garrison


Pa animar el cotarro, que parece que está apagao (ya os podéis meter caña ¬¬) Un dibujete de Jim "Grim" que hice para Kite en agradecimiento por su compilación de bocetos y porque me apetecía XDDDDDD

martes, 1 de abril de 2008

Nuevos bocetos

Bocetos frescos con un toque de humor, hechos por el menda:


"Compilación Extra 01: Harlan Inagerr, Yvette de Castellanera e Bruscia, Kazuro Kowalsky, Shinyoru, Lucita, "Noche de Satén", John Alexander, Paris Barans, Jim 'Grim' Garrison y Jonás 'Scar' Kurtz"

jueves, 27 de marzo de 2008

111.

Resoplando con fuerza, Eduardo quitó otra caja del ático. Hacía quién sabe cuantos siglos desde la última vez que lo limpiara, y estaba atestado de viejos objetos, baúles y antiguallas, a cada cual más extraña. Ed ni siquiera recordaba haber conseguido una garra de dragón... o draco... o el gran reptil que fuese. Claro que tal vez aquello fuese un inofensivo tronco. Pero el hombre dudaba de haber visto troncos tan lustrosos.

Ah, rayos... ya se acordaba. Había encontrado la garra en los bosques de Iciclos, durante su período de entrenamiento en el continente helado. Vaya que hacía tiempo de aquello... las sirenas y el bullicio que sonaban fuera le hizo fruncir el ceño. Desde la puesta en estado de excepción, las calles eran un infierno de ruidos, persecuciones y gritos. Era una suerte que Vic hubiera elegido justo ese tiempo para una "pausa de reflexión", como ella misma dijo. conociéndola, eso significaba que hasta dentro de una semana o dos no haría nada... prácticamente ni saldría de casa. Eduardo suspiró, sacudió la cabeza, y levantó otro pesado baúl, consiguiendo en el proceso una nube de polvo. Pobre niña.

El ruido afuera continuaba. Ed se preguntó que demonios habría provocado semejante barullo policial. Pero cuando giró la cabeza y revisó qué quedaba en el cuarto, dejó de oír las sirenas, los gritos y los coches. Tampoco oyó el golpe seco del baúl al caer al suelo, ni notó cuando lo había soltado. Casi se olvidó también de respirar.

Y todo por aquella caja.

Estaba cubierta de polvo y telarañas, medio escondida en las sombras, pero perfectamente conservada. Para lo que era, claro.

Olvidando la limpieza por el momento, Eduardo tomó la vetusta caja y bajó con ella al salón, depositándola suavemente sobre la mesa. El corpulento hombre de cabello gris acero contempló su hallazgo durante un largo rato, sin atreverse a abrirlo. Pasó la manga de su vieja camiseta marrón por su frente y no le sorprendió retirar una buena capa de sudor. Sacudiendo el polvo depositado en sus pantalones vaqueros, bastante ajados, se juzgó lo suficientemente limpio como para sentarse en el sillón sin tener que pasar la escoba luego... otra vez.

Le temblaba el pulso. ¿Por emoción? ¿O por miedo? La última vez que había visto aquella caja, la última vez que se había abierto, el terror se apoderó de sus células, y no porque leyese su contenido, si no por la reacción de su nieta.

Y es que ese estuche, de inofensivo y avejentado aspecto, era más peligrosa que una invocación descontrolada, al menos para ellos.

Porque allí dentro estaba el secreto de Victoria. De su concepción. De su vida. Y de lo que era.


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Una, dos, tres... las puntadas se sucedían sin pausa pero sin prisa, de manera delicada y cuidadosa.

Repantingada en su cama, Vic cosía. Podría resultar irónico para quien la conociera, pero la pequeña asesina encontraba muy relajante la confección de ropa. Coser o tejer le permitían ocupar las manos en algo que requería habilidad pero que le dejaba la mente libre para maquinar. De hecho, casi todo su vestuario se lo elaboraba ella misma... entre otras razones porque nadie hacía ropa de su estilo en su talla.

Una mueca burlona se asomó a su rostro cuando pensó en las prendas que solían vestir las niñas. Realmente no pegaban con ella.

Cuatro, cinco... la aguja se deslizaba como una pequeña lanza, callada y eficiente. Lobo, tumbado junto a Hiro, alzó perezosamente la cabeza y se reacomodó para seguir con su siesta. El refugio estaba tranquilo, tan tranquilo... justamente como le gustaba a su dueña. Aquí escapaba del ruido y el continuo movimiento del mundo exterior para dedicarse unos momentos a sí misma.

No es que fuese muy grande. La habitación principal (la única habitación de todo el lugar) tenía la forma de un círculo al que hubieran cortado un trocito y era un cruce entre dormitorio, taller y cocina, si bien los únicos elementos propios de una cocina eran la nevera y la pequeña encimera al lado de ésta. Aparte de que Vic solía aislar esa zona con un biombo. El "trocito faltante" era la única zona separada por pared, el baño.

Realmente, a un adulto aquello le hubiera parecido una casa de muñecas grande, ya que todo era de tamaño infantil. Para alguien mayor hubiera resultado pequeño e incómodo, pero para Vic era un alivio. Con todo a su medida, casi podía fingir que era alguien normal, con un cuerpo acorde a su edad. Casi. Hasta la entrada era minúscula, lo justo para que cupiera el cuerpecillo delgado de la niña o sus peludos acompañantes. Difícilmente podría entrar allí un adulto.

Seis, siete, ocho... y es que Victoria había situado su "hogar" bajo un montón de escombros y pedazos de trenes carcomidos y roídos por el óxido. No había sido fácil, claro. Primero había tenido que encontrar el lugar apropiado, luego construir poco a poco la estructura circular y, finalmente, acumular varias capas de trozos de roca y desechos metálicos sobre ella. Un pequeño derrumbe afortunado (afortunado porque no había destrozado la casa) aportó los escombros más grandes. A día de hoy, el "mini-bunker" como lo llamaba en broma su abuelo, era a toda vista un simple montón de chatarra que nadie se tomaría la molestia de remover. Una serie de respiraderos estratégicamente colocados garantizaban la renovación de aire, mientras que el aislamiento y la cubierta de desechos mantenían una agradable temperatura interna.

Victoria detuvo sus puntadas y meditó acerca de salir afuera.

- Myyyyyaaaaaaaaaa...- se lamentó un pequeño felino negro, golpeando con la patita un cuenco vacío.

- Ya voy, Yami.- sonrió la asesina mientras se levantaba a llenar el comedero de su mascota.

Tenía comida suficiente en la nevera y varias prendas por terminar... definitivamente podía posponer sus salidas unos cuantos días más. Aparte, sus armas necesitaban una buena limpieza.

Tarareando, volvió plácidamente a su tarea.

No habría estado tan serena de saber lo que su abuelo estaba haciendo en aquellos momentos.



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Con un respeto rayano en la reverencia, Eduardo acercó lentamente sus manos a la caja. Tenía un sello fechado el 19 de Abril de hacía diez años. El cumpleaños de Victoria. El año en que Maya murió.

Lo rompió sin dificultad. y quitó la tapa, a sabiendas de lo que vería dentro.

Varias carpetas, ficheros y documentos pulcramente ordenados y clasificados, junto con un viejo cuaderno, quedaron al descubierto. El instructor retirado tomó el primer grupo de folios, preguntándose qué iba a conseguir removiendo el pasado... un pasado que conocía demasiado bien. Pero una fuerza innombrable le impulsaba a leer.

Se puso las gafas que llevaba guardadas en el bolsillo (su vista ya no era lo que había sido) y comenzó.

"12 de Septiembre.

Hoy iniciamos el "Proyecto Hesperia". Debo confesar que estoy muy emocionado, y no sólo como científico. Si nuestros esfuerzos tienen éxito, habremos logrado uno de los mayores sueños de la humanidad. El rigor y el secreto deben ser absolutos, pero no puedo resistirme a plasmar estas impresiones. algún día, el mundo nos agradecerá por esto."

El nombre del firmante estaba borroso y corroído por la humedad, así como el año. Pero Eduardo no necesitaba verlo para saber cuando había sido. 28 años habían pasado desde entonces.

"15 de Febrero.

Hace ya seis meses que hemos terminado los prototipos y el diseño final del medicamento base. Las pruebas con animales han sido excepcionales y SHINRA nos autoriza a probarlo con humanos. El medicamento les será dado de forma encubierta a cierta gente de los suburbios, personas prescindibles que ayudarán con sus vidas a éste magnífico proyecto.

Las cobayas que reaccionen positivamente serán objeto de vigilancia y estudio antes de ser traídas al complejo. No puedo esperar a ver los resultados, pues nuestra quimera comienza a volverse realidad. Hasta el profesor está emocionado, pese a sus intentos por mantenerse impasible."

Los comentarios, cual diario de observación, estaban intercalados con un montón de apuntes técnicos sobre elementos químicos y fórmulas de biología. El redactor, quien quiera que fuese, se había tomado aquel trabajo muy en serio.

" 2 de Marzo.

Seis especímenes han dado resultados favorables a las primeras administraciones del medicamento. Huelga decir el revuelo que ello ha armado aquí en el laboratorio. el profesor está tramitando ya los permisos necesarios para que SHINRA los traiga discretamente al complejo.

No comprendo por qué hay que mantener todo en la más estricta confidencialidad. ¿Acaso la gente no entiende que hacemos esto por su bien? Un pequeño sacrificio ahora puede ser la llave de grandes futuros."

Aquella última frase le dio ganas a Eduardo de estrujar la indefensa hoja en su gran puño. Nada merecía el sacrificio al que habían condenado a su nieta. Nada.

"28 de Marzo

¡Por fin tenemos aquí a los especímenes! Es tan fascinante contemplar de primera mano la evolución de su estado... si supieran el bien que van a lograr, seguro que agradecían haber sido seleccionados para este honor.

El profesor afirma que en breves podremos pasar a la segunda fase del experimento, ya que los medicamentos se han revelado efectivos y quedan pocas dosis que administrar.

Me muero por iniciar las operaciones."

El hombre de ojos castaños jamás podría olvidar aquella fecha fatídica. El día en que Maya, su adorada sobrina de 15 años, había desaparecido sin dejar rastro. Fueron muchos los que colaboraron en la búsqueda, pero jamás apareció ni una pista. Eduardo, que entonces contaba con 35 había sufrido lo indecible por aquel entonces, pensando en la seguridad de la niña. Maya era albina de nacimiento, y una exposición larga al sol podía ponerla en serio peligro, cuando no matarla.

Pasarían tres años antes de que volver a verla, tres largos y dolorosos años en los que su hermana mayor y su cuñado se consumieron de pena y murieron.

"3 de Mayo.

Dos de los especímenes, nº 3 y nº 4, no han podido sobrellevar las operaciones y han fallecido. Nuestra esperanza yace ahora en los supervivientes, que parecen haber aceptado mejor las modificaciones internas de su organismo y la manipulación genética a los que los hemos sometido.

Los especímenes nº2 y nº5 en especial están teniendo un avance mayor que el de los otros. Nuestros esfuerzos no serán en vano.

Las pruebas indican un aumento en la producción de hormonas y agentes rejuvenecedores, así como una renovación celular no vista hasta entonces en ningún otro organismo. No obstante, algunos tejidos parecen no reaccionar al tratamiento. Debemos centrar en ellos nuestros esfuerzos."

Esta vez, Eduardo pasó varias hojas de anotaciones antes de posar su vista sobre un nuevo párrafo. La fecha denotaba un gran tiempo transcurrido desde la anterior inscripción.

"22 de Enero.

Algo está fallando. Los especímenes reaccionan favorablemente a las últimas modificaciones y hemos obtenido tres nuevas cobayas, pero el profesor cada vez está más hosco. Es como si el experimento, contra todo pronóstico, no fuese bien.

El espécimen nº 6 ha permanecido inalterado ante el tratamiento para la autorenovación por parte del organismo de las células del sistema nervioso. Quizás debamos afrontar un fracaso con él, pero nº 2 y nº5 siguen respondiendo de manera satisfactoria."

"3 de Marzo.

He preguntado al profesor la causa de su enojo. No me había dado cuenta de que todos los especímenes exhiben alguna imperfección genética que nos aleja de la perfección. Si no hallamos una solución, todo nuestro trabajo hasta ahora no habrá servido de nada.

Debemos ser cuidadosos, puesto que otro de los especímenes, uno de los tres últimos, ha fallecido también.

Nuestro triunfo parece alejarse, pero las otras cobayas lo hacen parecer cercano..."

"14 de Abril.

Revisando las fichas de los especímenes, he comprobado que en efecto todos sufren alguna tara insalvable. Por extraño que parezca, los medicamentos base no tuvieron efecto en individuos sanos, que hubieran sido preferibles para este experimento.

Lo menos sorprendente ha sido descubrir la procedencia de los sujetos. Todos ellos vienen de los suburbios bajo la placa, cosa natural si tenemos en cuenta que se buscaban personas prescindibles para la sociedad. Unos vagabundos de más o menos no harán la diferencia en las calles, pero en este laboratorio pueden ser la clave de uno de los grandes sueños de la humanidad. Deberían sentirse agradecidos por recibir nuestras atenciones en vez de tratarnos de "monstruos", pero les perdono por su ignorancia.

Los cuatro especímenes supervivientes de la primera hornada siguen reaccionando bien a las últimas manipulaciones genéticas. Los tres varones han visto incrementada su potencia muscular, mientras que la hembra ha desarrollado una gran flexibilidad.

Ruego por la fructificación de nuestras esperanzas."

"10 de Julio.

¡Era tan simple...! No entiendo como no vimos antes la solución.

Hemos bautizado esta ramificación del proyecto con el nombre de "Edén".

Realmente nuestro dos sujetos son como Adán y Eva, pues traerán hasta nosotros a un nuevo ser superior..."

Maya le había contado con gran dificultad como había sido para ella esa "fase" del experimento. Eduardo había presenciado verdaderos horrores en la guerra, pero su sobrina no se quedó corta con sus descripciones.

"22 de Agosto.

Los intentos de inseminar artificialmente a "Eva" han arrojado un resultado negativo.

Según las comprobaciones del profesor, la única manera de lograr la concepción será el proceso natural, así que pondremos a "Adán" en la misma sala. el tiempo que sea necesario. Esperemos que el instinto hormonal haga el resto.

Debemos resignarnos al tiempo."

Aquel factor había sido, según su sobrina, el único rayo de luz en su cautiverio. El hecho de que pusieran a Fire en su misma celda. Al principio no sabían qué hacer, tan retraídos los había vuelto el encierro y las torturas. Pasaron dos semanas, según las anotaciones, antes de que empezaran a hablar entre ellos, y cinco meses hasta que comenzaron una relación cercana. Pero ambos seguían siendo unos niños, retenidos durante un tiempo incontable y sin nociones de la sociedad. Debieron suplir la educación con instinto, lo cual hizo muy lento el proceso, por suerte para ellos y por desgracia para los científicos.

Tras ocho meses, las anotaciones confirmaban alegremente el "inicio de la cópula", transcripción literal. A Eduardo esa expresión le daba ganas de vomitar. Se trataba de dos seres humanos y se referían a ellos como si de cruzar dos perros de concurso fuera el asunto.

"4 de Abril.

Ha pasado un mes desde que los especímenes han comenzado a copular y aún no hay señales de una concepción.

El profesor afirma que debido a todas las operaciones y medicamentos su ritmo reproductivo podría necesitar más tiempo del previsto.

Mis compañeros siguen trabajando con los restantes especímenes, pero yo no puedo. Mi atención está totalmente concentrada en la ramificación "Edén", y es un gran honor que el profesor me haya elegido como encargado.

Sinceramente, soy como un elegido, al igual que el resto del grupo."

Al ex-instructor se le ocurría un término más adecuado para referirse a aquel montón de psicópatas, pero lo dejó pasar y siguió leyendo.

"30 de Agosto.

¡Los análisis muestran probabilidad de fecundación! Necesitamos un par de semanas más para estar seguros, pero todo apunta que "Adán y Eva" tendrán descendencia pronto.

"17 de Septiembre.

"Eva" está definitivamente preñada. Me siento tan emocionado como si fuese yo el padre, y es lógico, ya que en cierta manera lo somos. Ahora que "Adán" ya ha cumplido su función hemos separado de nuevo a los especímenes para que no turbe el embarazo.

Las operaciones para asegurarnos de que el feto no desarrolla el albinismo de su madre ni la debilidad cardiaca de su padre empezarán dentro de dos meses."

La separación de Fire fue devastadora para Maya, que se quedó de nuevo sola en su celda y, además, sometida a nuevos y más crueles experimentos destinados a la mejora y preservación del feto que portaba en sus entrañas. Pero la agonía no iba a durar mucho más.

Los últimos apuntes del científico anónimo se centraban en los experimentos de los cuatro meses siguientes, contando desde Septiembre. finalmente, cesaban sin explicación aparente. Eduardo leyó casi sin interés su última anotación.

"20 de Enero.

Estamos cerca, tan cerca... el nacimiento se espera en Abril.

Nuestros sueños están a punto de volverse realidad, tras tres largos años. El "Proyecto Hesperia" cumplirá por fin una de las más grandes y antiguas ambiciones de la humanidad. Vamos a lograr la juventud eterna".

Con gesto asqueado, el veterano retirado dejó a un lado la carpeta con los apuntes ya leídos y tomó la siguiente. Estaba llena de recortes y fotocopias de hojas de periódicos, todas con artículos sobre el misterioso incendio causado, al parecer, por unos fanáticos rebeldes y anarquistas que habían atacado porte del complejo SHINRA. El fuego había devastado el área por completo, así que no se sabía a qué dedicaba SHINRA la zona. Según declaraciones oficiales, era parte de los laboratorios dedicados a la investigación de fármacos para la salud.

Muy pocos supieron que la verdad no era tan inocente. Fueron los propios SHINRA quienes provocaron el incendio tras el ataque rebelde con el fin de encubrir todo el proyecto. No era cuestión de que saliera a la luz pública que la todopoderosa Corporación había estado experimentando con seres humanos de una manera tan desalmada.

Del viejo cuaderno guardado en la caja se podían extraer más informaciones, pues se trataba del diario de Maya. Ed leyó algunos párrafos al azar.

"Me han traído a esta celda y me han dejado sola sin la más mínima explicación. No sé que hago aquí. Tengo frío y miedo. El tiempo pasa muy lento y no sé ni que día o mes es."

"Siguen sin explicarnos nada. Por lo visto no soy la única a la que han traído aquí. Nos obligan a tomar unas medicinas extrañas y no paran de hacernos análisis. Me pregunto cómo estarán papá y mamá... muertos de preocupación, seguro. ¡Ojalá pudiera estar con ellos!"

"Han empezado a hacernos... cosas horribles. Nos abren y nos manipulan por dentro. ¡¿Por qué nos torturan?! ¡No nos tratan como a personas con sentimientos! Somos como piedras para ellos. Me dan miedo. A veces me despierto y resulta que he dormido días enteros, llena de tubos por todas partes..."

"No sé ni como escribir esto. Me siento tan avergonzada... estos.... "hombres"... me han... dioses. ¡Me han estado introduciendo unas máquinas raras en el cuerpo! Es como... ¡como si me forzasen con una máquina! Dicen que es por el bien de la humanidad, pero yo sólo quiero volver a casa. Oh, dioses misericordiosos, sacadme de aquí..."

"Desde hace unos días tengo un compañero de celda. No me ha dicho nada aún, pero no me da tanto miedo como los otros. Él parece comprenderme, seguramente le han hecho lo mismo que a mí. Tal vez pueda saber su nombre..."

"Fire es ahora mi único consuelo. No sé por qué nos han puesto juntos, pero espero que dure. Entre nosotros podemos hablar sin temores, y apoyarnos mutuamente. Estamos unidos a un nivel muy profundo, tanto que nadie más puede comprenderlo. Es el dolor y las experiencias que nos han hecho pasar y que nadie más ha vivido o (dioses, rezo porque no) viva alguien nunca. Me pregunto como hacen los mayores para demostrar que se quieren. Fire y yo no tenemos ni idea. Llevamos tantos tiempo alejados del mundo.... juraría que años, aunque no tengo manera de medir el tiempo..."

"Fire y yo hemos hecho algo muy extraño... algo que nunca había experimentado antes. Creo que ahora sé que pretendían cuando me metían esas máquinas en el cuerpo, aunque no comprendo el por qué. ¡Fire no usó ninguna máquina! Él dice que es algo llamado "amor"... no, no el amor que le tengo a papá y a mamá. Pero por lo visto también se llama amor. Yo lo diría "juntar los cuerpos", pero se llame como se llame ha sido algo... ¡mágico! Sentía a Fire junto a mí, dentro de mí, y él me sentía a mí... era como si nos juntásemos en uno solo..."

Este párrafo hizo reír a Eduardo. La ingenuidad de Maya al hablar de su primera experiencia sexual demostraba lo aislados que estuvieron ambos jóvenes del mundo. ¡Ni siquiera sabían lo que era el sexo!

Sin embargo, las siguientes páginas no eran tan risueñas.

"Me quiero morir. Se han llevado a Fire y no me dejan verlo. Vuelvo a estar sola, y tengo miedo. ¿Por qué nos hacen esto? ¡Necesito saberlo! Necesito... a Fire..."

El hombre decidió saltarse varios párrafos. Los había leído hace mucho y sabía que estaban llenos de amargura y dolor, descripción de los tormentos a los que la sometían día a día. Finalmente llegó a la parte donde Maya describió cómo había llegado el fin de su Infierno.

"Por fin a salvo. No puedo creer que hayamos salido de allí. Voy a apuntar todo lo que pasó, simplemente para dejar constancia de ello. No creo que pueda olvidar nunca esa parte de mi vida, aunque quiera.

Todo ocurrió hace unos días. Estaba en mi celda, esperando con resignación el momento en el que me llevasen al quirófano. Siguen sin decirme nada, pero intuyo que todo esto tiene que ver con lo que hay en mi tripa. No deja de crecer. Mi niño... nuestro hijo, mío y de Fire...

Pero nadie llegó para llevarme a la operación. empecé a oír gritos, carreras y explosiones. Golpeé la puerta, gritando, suplicando saber qué sucedía. La temperatura aumentaba por momentos y comenzó a colarse humo por el bajo de la puerta. Golpeé con más fuerza, pero no podía hacer nada... el humo llenó mi celda, me costaba respirar... entre toses, caí al suelo...

Y cuando pensé que moriría allí, la puerta se abrió, y una sombra me tomó en brazos. quise debatirme, pero no me quedaba fuerza para nada. entonces, una voz familiar me susurró "Aguanta, pronto saldremos de aquí...". Era Fire. Me sacó de aquél lugar maldito, mi prisión, a un pasilla lleno de puertas blancas. Otras celdas, deduje. Una luz roja parpadeaba por todo el lugar acompañada de un sonido ensordecedor, interrumpido de tanto en cuando por ruido de explosiones.

Mi mente seguía inundada en parte por los humos, así que no recuerdo mucho del lugar. sé que salimos del pasillo a lo que parecía un gran laboratorio con salas anexas similares a quirófanos... quirófanos como aquellos donde nos habían torturado. Pero no estaban limpios y en paz, no: grandes montones de escombros, algunas partes en llamas, cristales rotos por el suelo y estanterías volcadas eran muestra de lo violento del ataque. Vi algunos cuerpos con bata blanca tirados por el suelo, pero no me paré a lamentarlo. Se lo merecían.

Un hombre se aproximó a Fire. Vestía de negro, llevaba un rifle y, cuando se quitó el embozo, vi su gran parecido con mi amor.

"Tenemos que salir de aquí, hermano!" gritó.

"Primero quiero hacerme con esos documentos que mencionaste. Tengo... tenemos derecho a saber por qué nos hicieron esto" replicó.

Su hermano asintió y nos llevó a un despacho junto a la sala. Fire me dejó con cuidado en el suelo y luego, él y su hermano llenaron una caja con todo lo que encontraron. Después de eso sólo recuerdo una huída apresurada en los brazos de Fire.

Nos sacaron del edificio y nos metieron en una furgoneta traqueteante. Cuando por fin salimos de allí, ya estábamos en los suburbios.

El hermano de Fire nos llevó a su casa. Se llamaba Ember, y había formado parte del grupo anarquista que atacó los laboratorios para poder rescatar a su hermano. Se lo agradecimos infinito, pero quedarnos allí le pondría en peligro.

Claro que... tampoco teníamos adonde ir. Mis padres... ayer me enteré de que murieron hace un año. Por suerte, mi tío Edu aún vive. Le pediremos que nos ayude. Él trabajó en el ejército, no creo que lo investiguen. De todos modos, parece que SHINRA quiere tapar el asunto negando su existencia. Ojalá sea así."

Por suerte para ellos, fue así. Por desgracia para Ember, SHINRA quiso taparlo de más. Nunca se pudo probar que ellos lo mataran, pero Maya y Fire lo sabían.

No había mucho más escrito en el cuaderno. La última página hablaba de la felicidad por el nacimiento, en Abril, de Victoria, y del negocio que estaban instalando con ayuda de Eduardo.

Y es que, aunque todos creyeran que Eduardo era el dueño original del "Club Saucer", no era del todo cierto. En realidad lo montó para Fire y Maya, para que tuvieran un modo de vida. Fueron muy felices durante esos días, y Ed aún más. Era como tener una familia, con su hija, su yerno y su nietecita adorable.

Tristemente, cuando Victoria cumplió tres años, la debilidad cardiaca de Fire se lo llevó a la tumba. Y aquello selló el odio de Maya Renlen hacia SHINRA. El odio que la consumió y que arrastró consigo el de Victoria, agrandándolo y azuzándolo. Recordaba con penosa claridad el día que Maya le pidió que comenzase a entrenar a Victoria igual que entrenaba a los soldados. ¡Y la niña aún no había cumplido los diez años! Eduardo se había jubilado hacía poco del ejército, en parte porque con cincuenta años ya empezaba a faltarle un poquitín de vigor, y en parte por ayudar a Maya con el pub.

Evidentemente se negó. Pero entre ambas lo atraparon. El día del cumpleaños de Vic, él le prometió cumplirle un deseo, el que quisiera. Ella le hizo jurar ¿"El que yo quiera?" "El que tú quieras" y acto seguido le pidió que la entrenase. La sonrisa satisfecha de Maya no dejaba lugar a dudas sobre quién había tenido la idea.

Eduardo no tuvo más remedio que cumplir. Sospechaba de las intenciones de su "hija adoptiva", realmente su sobrina, pero hasta que ella no les mostró los documentos no entendió el alcance del drama. el mismo drama que crecía ante ellos en la figura de una niña de pelo tricolor.

Cuando se puso de manifiesto que victoria no crecía más, que se quedaba en los doce años, Maya terminó de entrar en la locura. Aquello fue para ella como una burla del destino... ¡los bastardos habían logrado su deseo! ¡Era injusto! Se obsesionó con la venganza y alimentó la de su hija, furiosa y dolida por ver que se le negaba una vida normal. Ambas juraron destruir a los responsables de su desgracia... a SHINRA.

Maya Renlen no viviría para ver sus deseos satisfechos. Los terribles experimentos a los que fue sometida se cobraron su precio en su frágil salud, postrándola en la cama un año entero antes de fallecer. Victoria aún no tenía 17 años, pero cuando enterraron el ataúd de su madre, fue como si con ella enterrasen también las lágrimas de la niña. Eduardo no volvió a verla llorar jamás después de aquél día. vivía por y para su entrenamiento, para ella el camino hacia su venganza. Se volvió una experta con las armas blancas y muy diestra en el kung-fu.

Comenzó su "trabajo" a los 22 años. Habían pasado tres años desde entonces, pero debido a su método (limpieza absoluta, entrar por sitios excepcionalmente estrechos donde no cabría un adulto, cambiar el arma en cada asesinato y no dejar huellas ni cabellos ni marcas reconocibles) hizo que los investigadores tardaran en darse cuenta de que eran obra de la misma persona, o grupo de personas. Jamás pudieron adjudicarle figura, género o tamaño, así que la apodaron "No Existence". El rumor se filtró entre los círculos de asesinos y en los bajos fondos, lo que dio como resultado una fama que Vic no buscaba.

Porque todo lo que aquella chica quería era cumplir la promesa que le hizo a su madre en su lecho de muerte.

"- Victoria... mi niña... no me queda... mucho tiempo. - suspiró una pálida Maya. - Deseo que sepas... que te amamos profundamente... tanto tu padre... como yo... fuiste una niña muy querida... - Tosió desgarradoramente. - Vic... vénganos... a los tres... a ti, a mí... a Fire... hazles pagar...-

- Madre... - Victoria también estaba pálida, y anegada en llanto. Vulnerable, como la niña que era. - Te lo juro... madre... los destruiré... te quiero... -

- Te quiero... mi niña...- miró con sus cansados ojos a Eduardo, su tío y casi padre. - Tío... cuida de ella... ayúdala... adiós, mi niña... adiós...-"

Desde entonces, el carácter de victoria había empeorado. Se volvió fría y cruel. Sólo con Eduardo se mostraba cariñosa y tranquila.

"Pero yo no quería eso..." suspiró el ex-instructor mientras volvía a cerrar la caja y la dejaba en un estante. "La venganza, especialmente cuando es imposible, no conduce a nada. Quién te hará entender, pequeña mía, que debes vivir sin obsesiones... Maya, ojalá no la hubieses alentado."

Con desgana, regresó a la limpieza del ático.

Abandonada en una repisa, la caja de Pandora, pendiente como una espada de Damocles.

Pues quien leyera lo que ese recipiente guardaba, estaría en posesión de los secretos, y la vida, de "No Existence".

Definitivamente el "Club saucer" hoy no abría sus puertas. Tocaba limpieza.