viernes, 12 de septiembre de 2008

137.

Luces resplandecientes pasaban fugazmente frente a mi, deleitándome con un estrambótico e incesante baile que me hacía marear.

Allí estaba yo, de nuevo drogado, sentado en un banco destartalado con las manos en la cabeza y los codos apoyados en las piernas. Me odiaba a mi mismo por volver a caer en las drogas, todas mis promesas habían sido apartadas a un segundo plano por culpa de un par de pastillas.

Las manos me temblaban y mi cuerpo se estremecía irregularmente; era como nadar en unas espesas y putrefactas aguas que intentaban inútilmente otorgarme placer…Cuando abrazas a la droga, es difícil dejar de amarla, ella te llama con sensuales palabras y te susurra en lo más profundo de tu subconsciente; “Quieres más…Quieres más…”

Todo empezó hace unos días, poco después de encontrarme a los matones de Blackhole (madre mía, ya solo con el nombre parece el malo de la película…)

Entonces me encontré aquella materia mellada, el comienzo de mi sufrimiento. Todo apuntaba a que era una materia sentir, salvo por el pequeño detalle de que con ella podía escuchar lo que pensaban las personas. Al principio parecía un disparate, estuve a punto de perder la cabeza (si es que no estaba ya loco) pero si dejaba a un lado aquella esfera las voces de mi cabeza desaparecían.

La noche anterior había decidido ser el cabrón más cabrón de todo Midgar y me prometí a mi mismo volver a la vida que Blackhole me quitó, así que le atribuí un gran valor a esa materia, podría servirme de mucha utilidad.

Pero al día siguiente seguía con las roídas y asquerosas ropas de mendigo y así no podía ir a ninguna parte, así que decidí pasearme por las calles bajo la placa de Midgar, a escuchar lo que pensaba la gente con la esperanza de poder timar a alguien.

-Ya que voy, cogeré algo para Szieska-dije mientras atravesaba un callejón camino del sector 4.

Los brazos me picaban y tenía la garganta seca, pero no quise prestarle atención; pronto pude escuchar el ajetreo de las calles transitadas. Lo tenía todo planeado, pero lo que ocurrió en ese momento me hizo pensar que la cabeza me explotaba en un espectáculo de sangre y cerebro, adornado con eslabones plateados de miles de pensamientos. Tanta gente allí…La materia parecía arder en el bolsillo de mi pantalón, suplicando un descanso ante tanto trabajo. Corrí hacia la puerta trasera del bar más cercano y solté un alarido de dolor.

-¡Iros, fuera de mi cabeza!-grité al cielo.

Era insoportable, quién iba a imaginar que bajo la placa había tanta gente pensando.

La vena del cuello se marcaba bajo la piel y palpitaba estremecida, como si mi cerebro necesitase un extra de sangre. Rápidamente metí la mano en el bolsillo y dejé caer la materia al suelo. Las voces cesaron de inmediato, yo estaba jadeando, de cuclillas con la espalda apoyada en la pared. La esfera vibraba con fuerza en el terroso suelo y emitiendo un pequeño destello amarillo. ¿cómo se supone que me iba a ayudar esa materia? Lo único que conseguiría con eso es matarme…Pero era algo muy valioso como para dejarlo allí tirado. Si los de SOLDADO son capaces de controlar la máxima potencia de un piro, yo tendría que ser capaz de manejar aquello.

-Eh-susurró una voz femenina-¿Estás bien?

Tardé en reaccionar, no levanté la mirada hasta que mi pulso volvió a ser normal, pero cuando miré a la mujer me llevé una sorpresa. En la penumbra de aquél pasillo, las farolas de la calle no me permitían ver bien su rostro, pero tenía unas curvas más que envidiables. “Corta” es poco para describir la falda que llevaba puesta, de un color carmesí y lentejuelas que lanzaban cegadores destellos, mostrando unas piernas delgadas y esbeltas que parecían gritar de dolor ante semejantes zapatos de tacón.

Por encima de la falda llevaba una blusa blanca, prácticamente transparente porque desde el suelo podía apreciar un sujetador negro. Su larga melena negra dejaba caer algún que otro rizo sobre los hombros, ofreciéndola un toque más sensual, y girando levemente en sus orejas había un par de pendientes de aro pequeños. Como ya he dicho antes, la luz del exterior no me dejaba ver bien su cara, pero en la oscuridad se apreciaban unos refulgentes ojos azules que daban a la mujer un halo misterioso que no más excitante. También brillaban ligeramente sus labios; de un tono rosado y un poco de brillo de labios, valga la redundancia.

No se que pensaría ella cuando abrí la boca, con el labio inferior adelantado cual estúpido, y balbuceé algo sin sentido. Sin duda aquella mujer era de algún “club nocturno” o algo similar, pero había algo en ella que me resultaba irresistible. Entonces, moviendo a tientas la mano izquierda, cogí la materia y las voces invadieron mi mente de nuevo. Pero esta vez era diferente, estaba excitado (por no decir “ardiente”) Deseaba saber lo que pensaba aquella mujer, que impresión tenía de mi y, con suerte, saber si podría hacerme un “favorcillo”.

Como acabo de decir, esa vez era diferente, sabía lo que tenía que hacer; aparté de mi mente todo lo que no me servía: “brindemos de nuevo…” “Esta noche esperó dormir acompañado…” “¿Has traído lo que te pedí?” “¡Por favor no me pegue!” Todo eso no me concernía así que lo hice desaparecer, y mi cabeza lo agradeció, toda la marabunta de pensamientos se redujo a la mitad. También noté otra utilidad, y es que dependiendo de lo que la gente pensaba, podía intuir dónde estaban. Varios de los pensamientos se reducían a gemidos y gritos de placer y, aunque parecía sugerente seguir escuchando, aparté a las personas que disfrutaban en la cama de su amado/a. Tras quedarme con asuntos de amores, prostitutas y vagabundos, pude escuchar lo que parecía el pensamiento de aquella muchacha (porque parecía bastante joven)

“¿Pero qué le pasa a este tío? Oh, vaya, no sabía que podía haber vagabundos tan guapos…¿Qué le habrá pasado?

Me estremecí al escuchar eso y rápidamente hurgué en mis amplios bolsillos de pana roída. Para mi sorpresa encontré diez guiles en el bolsillo trasero así que me levanté con rapidez.

-¿Quieres tomar algo?-dije yo tembloroso. La verdad es que aceptar una oferta así de un vagabundo desconocido era un bastante improbable, pero yo lo intenté.

“Vaya, eso no me lo esperaba, pero si me va a invitar a una copa no le diré que no”

-Como quieras-contestó ella, pero yo ya sabía la respuesta de antemano.

Ambos salimos de aquél estrecho pasadizo y nos dirigimos a la puerta de ese mismo bar. Ella iba delante y de nuevo ese extraño impulso bullía en mi al ver moverse esas caderas. Muchos lo interpretarían como lascivia, pero para mi era algo más, algo que no llegaba a comprender, como alguien que anhela algo que desconoce o el niño que termina por coger algo que le han prohibido.

Una música estridente retumbaba entre las calles, perdiendo fuerza por el camino y terminando en un grave e incesante murmullo. Eché un vistazo, buscando el origen de aquél torrente de melodías, pues del bar no provenía. Un poco más alejada, había una nave industrial; viviendo en la calle no era muy difícil no haber oído hablar de aquél lugar, todo se resumía en cadenas, fustas, cremalleras y gente enfundada en cuero bailando continuamente. Cuando eché un vistazo a lo lejos había dos personas: una mujer y lo que parecía un hombre vomitando todo el alcohol ingerido durante la noche, transformándolo en una asquerosa mezcla de tono anaranjado.

Al abrir la puerta una corriente de aire caliente me golpeó y se podía apreciar el amargo olor de sudor y suelo pegajoso. Era un bar poco frecuentado, ganaba los suficiente como para pagar el alquiler y poco más, pero eso me reconfortaba; sólo había dos hombres en la barra tomándose unas cervezas, con la cabeza hundida, absortas en sus solitarios pensamientos. Nadie nos miró al entrar pero nosotros tomamos asiento en unos mugrientos taburetes. Golpeé la madera barnizada de la barra con las monedas, con el fin de llamar la atención del camarero, pero él me ignoró por completo. No le guardo rencor, ver entrar en tu bar a un vagabundo acompañado de una mujer como ella…

Entonces ella levantó el brazo y chascó los dedos.

-¿Nos atiendes por favor?

El camarero, que en ese momento estaba secando unos vasos, no puedo resistirse al guiño que le ofreció y, echándose el paño al hombro, se dirigió hacia nosotros.

-Ponme una cerveza y…-dijo ella señalándome con un dedo.

-Otra para mí.

El camarero, mientras echaba el líquido en un par de vasos de cuello alto, me obsequiaba con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. No pude evitar coger la materia e intentar escucharle. Esta vez no me costó mucho, apenas había gente en el local, así que pronto descubrí sus pensamientos.

“En mi vida ha entrado una mujer a mi bar y ahora lo tiene que hacer acompañada de un puto mendigo…La suerte nunca ha sido lo mio”

No pude evitar una ligera risa y el hombre entrecerró más aún los ojos, sin darse cuenta de que la espuma de la cerveza se desbordaba en los vasos.

Cuando volvía, yo me dispuse a entregarle todo el dinero que tenía en mis manos, pero una mano suave y delicada me lo impidió.

-Tranquilo, no hace falta que lo pagues tu. Por cierto, ¿Cómo te llamas?-dijo ella mientras sacaba un monedero del bolso y pagaba al dueño del bar.

De mala gana nos sirvió los vasos completamente mojados y volvió a su oscuro rincón, cerca del aparato de música. Empezaron a sonar una serie de canciones de Death Metal, estas versiones instrumentales y relajadas.

-Yief Vanistroff-dije yo asombrado ante tal pregunta; esto parecía estar yendo bastante bien.

-Yo Lucille Kingston- y dicho esto me dio dos besos de bienvenida. Yo me quedé petrificado, tenía la ligera esperanza de conseguir algo con ella, pero esa esperanza la encontraba tan remota…Llevaba días sin afeitarme y el contacto de sus labios me hizo estremecer-No pareces el típico mendigo, tu cara me suena de haberlo visto en algún sitio.

Era un shock después de otro, por la cabeza pasó fugazmente la idea de que aquella mujer conociese a mi familia, o que hubiese estado con ella en una noche loca; Todo parecía tan irreal...Propio de una película romántica. Mujer conoce a vagabundo, comienzan a charlar en un bar, se enamoran, ella descubre quién es en realidad y juntos consiguen superar todas las adversidades, formando una familia y siendo felices para siempre. Toda una película se había formado en mi mente y en un arrebato estúpido deje de pensar en eso por si acaso ella también podía escuchar mis pensamientos. La idea de que Lucille fuese una prostituta se esfumaba de mi cabeza por momentos; su ropa así lo sugería, pero su comportamiento decía lo contrario y tampoco llevaba un kilo de maquillaje como suelen hacer las del oficio, es más el escaso brillo de labios y una ligera sombra de ojos era lo único que llevaba. Es difícil de ver, pero siempre he pensado que hay buena gente en Midgar, personas que te ayudan sin pedir nada a cambio, que no está metida en ningún asunto ilegal, etc.

-No creo-respondí yo dando un sorbo- Me habrás confundido con otra persona.¿Y tú que haces por aquí a estas horas?-me atreví a preguntar.

-No te ofendas, pero no me apetece hablar ahora mismo de eso-murmuró ella; acto seguido se bebió la cerveza de un trago y pidió una copa de vodka.

De nuevo me quedé en un estado de semiinconsciencia, abobado por la abrumadora belleza que irradiaba Lucille. Entonces me imaginé a ella paseando por una calle cualquiera; sería un sacrilegio no pararse y quedar prendado de ella, no quedar hipnotizado bajo esos increíbles ojos azules. En ese momento la quise sólo para mi, envidié a los hombres que podrían haber estado con ella y odié a los que en un futuro podrían acariciar su piel.

Ni siquiera se cuánto tiempo estuve mirándola fijamente, pero ella se dio cuenta y los colores ascendieron hasta los pómulos, sumiéndola en un soporífero momento de vergüenza.

-¿Qué te ocurre?-dijo ella observándome de reojo.

-Lo siento, es que me recuerdas a alguien-una sensación de deja vù invadió mis sentidos-Sí, me ocurre lo mismo que a ti.

Y por primera vez ambos nos reímos. El camarero lanzó un vaso contra el fregadero y uno de los zombis que bebían cerveza levantó ligeramente la cabeza.

-¿Perdona, puedes poner algo de jazz?-pregunté al camarero. En un primer momento pensé que me iba a echar del bar o se iba a abalanzar sobre mi para luchar como hombres por la fémina , pero finalmente murmuró algo inaudible e insertó un disco en el destartalado reproductor. El local mejoró increíblemente con el sonido de la nueva música y creo que el dueño del bar se dio cuenta de ello al elevar el oído derecho, como si no supiese cómo había llegado ese disco hasta allí.

-Vaya, ¿te gusta el jazz?- me preguntó asombrada.

-Entre otras cosas…¿A ti también?

-Me ayuda a relajarme…Definitivamente tu no puedes ser un mendigo, son cosas dispares. Hablas bien, eres educado, te gusta la buena música…¿Algún día me contaras quién eres en realidad?

-Oh, eso significa que nos veremos más de un día ¿no?-actué yo de manera rápida y perspicaz. De nuevo ella profirió una ligera carcajada-Entre tu y yo, soy un hombre rico, pero me apetecía probar este mundillo-Proseguí guiñándola un ojo y pasándome una mano por mi corta y grasienta melena- Y tú…¿me contarás algún día qué hacías a estas horas por la calle?

Volvimos a reírnos, y yo creo que la cerveza me había hecho algo de efecto. Era como una especie de juego en el que nos devolvíamos la pelota con tal de sacar algún tema de conversación.

-Hagamos una cosa, ¿Por qué no nos reunimos aquí todas las semanas?

Sólo la idea me dio un escalofrío de placer así que asentí rápidamente con la cabeza como un bobo.

Estuvimos allí largo tiempo, hablando sobre temas banales; música, literatura...Por un momento me imaginé a mi mismo siendo un gran escritor, hablando con Lucille, una gran amiga y profesora de un colegio exquisito, de todos los temas que nos gustaban. Pero aunque hube vuelto del mundo utópico de los sueños, la situación en la que me encontraba no me desagradó del todo.

Entonces me di cuenta de que aunque apenas nos conocíamos, estaba siguiendo con Lucille el camino de los buenos amigos y por un momento me sentí confundido. En mi interior comenzó una batalla encarnizada llena de confusión y algarabía; no sabía si quería seguir ese camino o por el contrario me había enamorado de ella…

Por un momento me sentí mareado y un nombre quiso gemir entre la mezcla de pensamientos que embotaban mi cabeza: Szieska. ¿Qué había pasado con ella? Llevaba días sin verla y creía estar profundamente enamorado de ella, pero nada más ver a Lucille todo sentimiento de amor se había esfumado. “Lucille por lo menos tiene dinero…” decía una parte de mi, “Pero Szieska y yo somos iguales” decía la otra.

Entonces comprendí la fatal confusión que se había montado en mi cabeza. Volví a mirar fijamente a Lucille y lo comprendí…Eran diferentes en cuanto a comportamiento, movimientos, gestos, etc. Pero no había duda de que entre Lucille y Szieska había un parecido razonable; el color del pelo, el ángulo de la mandíbula, la forma de la nariz…Aunque Szieska tenía los ojos de un azul intenso y los de Lucille eran de un pálido cegador.

-De acuerdo-murmuré yo totalmente ausente.

-En casa creo tener ropa que mi hermano ya no usa, el próximo día la traigo-me ofreció ella. El gesto por su parte era inmenso, pero esas cosas siempre me han parecido que discriminan a la gente como yo.

Ahora maldigo aquél momento en el que estaba inmerso en mis pensamientos pues apenas pude darme cuenta del tímido beso que me dio Lucille , y mucho menos disfrutarlo. Fue un hecho sin importancia, pero para mi significaba mucho más.

Tal vez fue que no la escuché cuando se despidió pero cuando quise darme cuenta ya estaba atravesando la puerta y me quedé solo en el local.

Aturdido, pasé mis dedos por los labios, intentando disfrutar del aroma de su perfume lo máximo posible, y una vez se esfumó, también decidí hacerlo yo del bar.

Fuera hacía frío, así que la mayor parte del recorrido dirección sector 7 lo hice corriendo, sin pensar en que cuando llegase Szieska estaría esperándome.

Tal vez la moraleja de este relato es que no vayáis pensando en otras cosas mientras corréis, porque el golpe que e di al tropezar con una piedra fue bastante espectacular.

Ya estaba a escasos metros del edificio abandonado cuando me caí y por ironías del destino, la materia de mi bolsillo comenzó a funcionar y a mis oídos llegaron los pensamientos de Szieska, potentes, afilados e hirientes como unas tijeras.

“En cuanto vuelva Yief le diré que estoy embarazada, que un chulo me violó o algo así, está tan embobado conmigo que hará lo que sea por mí…quien sabe, quizá en un futuro herede toda la supuesta fortuna que dice tener jajaja”

“La arpía ha mostrado sus garras”-pensé en mi último momento de lucidez del día. Segundos después me dirigía encolerizado hacia el edificio, una fuerza extraña y demoníaca me poseía con los odios más profundos del averno; un indescriptible odio que me resulta imposible relatar aquí.

Me desperté al día siguiente en un banco con un tremendo dolor de cabeza y una amnesia temporal que no llegaba a comprender, pero que fue disuelta gracias a la radio que llevaba un hombre corpulento en la mano. Lo que sonaba parecía un programa de opinión más que informativo, aunque comentaban semejantes atrocidades con total naturalidad:

“-Por lo visto ha aparecido una mujer calcinada en un edificio del sector 7, aunque su identificación ha sido imposible dado que vivía en la calle y no había datos sobre ella. Tales sucesos desgraciadamente ocurren a menudo en Midgar, pero por lo visto éste ha visto la luz en los medios de comunicación, ya que hay varias pruebas que pueden atribuirse al famoso psicópata apodado como Blooder…

-“Si, por lo visto el hecho de que haya sido quemada ya se relaciona con una de sus víctimas antiguas, pero es más impactante las pruebas que se han hallado en el cuerpo del cadáver; por lo visto le arrancaron los ojos y han sido encontrados en el recto, además de la cabeza de un bebé de juguete dentro de la vagina...”

No pude evitar vomitar, tal aberración me mareó totalmente y al hombre que sujetaba la radio le cambió el semblante completamente, por la noticia y por verme vomitar.

No entendía nada, tenía una laguna temporal en mi cerebro que me hacía pensar lo peor.

Así que estuve el resto del día lo pasé en ese banco, borracho con una botella de bozka( no lo he escrito mal, en la etiqueta ponía Bozka y me costó sólo tres guiles), y totalmente noqueado con un par de pastillas que encontré en el suelo y no dude en tomar.

Todo el día en ese banco intentando pensar en cómo podía haber ocurrido semejante barbarie.
Aunque había algo que intentaba superponerse sobre todas esas cosas, un nombre que resonaba más que otra palabra en mi cabeza y que sabía que podría volver a pronunciar dentro de seis días: Lucille

miércoles, 10 de septiembre de 2008

136.

La gente había empezado a salir en masa del local cuando terminó el concierto, intentando buscar un espacio libre en el que volverse a reunir con sus respectivos grupos. Taranis Byron llevaba casi una hora fuera, ya que había tenido que salir con un amigo que se encontraba mal y estuvo a punto de vomitar en el local. Sus compañeros de trabajo habían insistido en que fuera con ellos a aquel lugar, a pesar de que a ella no le entusiasmaba ese tipo de música ni el rollo sadomasoquista que se inspiraba allí.

La verdad es que se lo había pasado bien a pesar de aquel incidente, pero los demás no tenían pinta de querer ayudar a su amigo mientras babeaban alrededor de esa tal Yvette. Buscó entre la multitud a alguien conocido, esperando volver a casa pronto una vez se hubieran reunido todos.

- Taranis... – dijo su amigo borracho.

- Dime – contestó ella sin prestarle mucha atención, mirando de puntillas por encima de la gente.

- Lo siento – se disculpó abrazándose a su pierna sin moverse del suelo, donde se había sentado para sentirse mejor -. Siento mucho que hayas tenido que salir.

- No te preocupes, me estaba agobiando ahí dentro – apartó un poco la pierna para soltarse.

Ya había tenido que soportar esa conversación de borracho durante bastante tiempo, pero no podía irse hasta que llegaran los demás, no iba a dejarlo solo. En parte era divertido, pues quien estaba disculpándose a sus pies era el jefe de su departamento, un hombre serio y responsable en el trabajo. Sin embargo sus compañeros ya se habían encargado de cambiar eso invitándole a unas cuantas copas. Ella misma también se había pasado con el alcohol, y se daba cuenta de ello.

Un hombre pasó entre ambos a toda velocidad y empujó a la chica, haciendo que cayera de golpe al suelo.

- ¡Imbécil! – gritó con todas sus fuerzas.

Le dio un vuelco el corazón al ver que el hombre paró al escucharla. No debería haber dicho eso. No convenía meterse en líos en esa situación, quizá había bebido demasiado. Se acercaba a ellos y su compañero se levantó como pudo.

- ¡¿Qué quieresh?! – balbuceó éste sujetándose a Taranis.

- No esperaba encontrarte aquí – dijo el hombre con una expresión seria, ignorando al amigo ebrio de la chica.

Era un hombre un poco mayor que ella, de unos treinta y algo o cuarenta. Sin embargo era bastante atractivo. Tenía el pelo negro, brillante y largo recogido en una coleta. Su expresión era rígida y solemne, pero interesante y profunda a la vez. Además vestía un elegante traje de chaqueta y olía bastante bien.

- Perdona, pero no...

- Ah, soy Darien Kane, un amigo de tu padre. Estuve en su funeral, aunque comprendo que no me recuerdes – le interrumpió, ahora con una media sonrisa elegante.

¿Un amigo de su padre en un lugar así? Bueno, los peces gordos también solían frecuentar sitios de ese estilo, pero de un modo más discreto. De todas formas, su cara le sonaba de haberlo visto alguna vez, por lo que seguramente estaba diciendo la verdad.

- Oh... Encantada – respondió sin saber qué decir.

Aquel hombre imponía respeto y un cierto temor a su alrededor, pero no sabía muy bien por qué. Llevaba un minuto a su lado y ya se sentía bastante incómoda.

- ¡Eh! – gritó uno de sus compañeros desde la multitud. Llevaba la corbata atada a la frente.

- Ah, ahí están – dijo Taranis señalando quien le había llamado la atención y dando la espalda a Kane. Era una forma de escapar de la tensión que le provocaba ese hombre.

Kane no se movió de su sitio, incluso cuando Taranis hablaba con sus amigos y él permanecía callado, fumando, mirando a la multitud que seguía amontonada en la entrada del local.

- Eh, bueno... Yo me voy ya – dijo mirando a Kane, una vez se hubo despedido de los demás.

- ¿Quieres que te acompañe a casa? – preguntó él.

Era un hombre raro. De hecho había estado esperando ahí hasta que ella había decidido irse. Por mucho que fuera un amigo de su padre, eso no implicaba que fuera una buena persona. Además tampoco le apetecía recorrer todo el camino hacia su casa con un hombre con el que no tenía nada de qué hablar.

- No, gracias – respondió de manera educada -. Puedo ir sola.

- Bueno, la verdad es que mi casa está en la misma dirección, así que al menos puedo acompañarte un rato – dijo dando media vuelta. No parecía dispuesto a admitir otra excusa.

Caminaron juntos en silencio hasta que se hubieron alejado bastante de la multitud. Las calles seguían llenas de gente, pero no era lo mismo que la aglomeración del local.

- ¿Cómo va la investigación acerca de la muerte de tu padre? – preguntó de golpe Kane.

Era algo que la había tenido ocupada durante varios meses, y todos los que conocían a su padre sabían lo extraña que fue su muerte. Sin embargo esa pregunta iba demasiado al grano y era, aún si cabe, más incómodo viniendo de un desconocido.

- Pues no se ha confirmado nada todavía... – tampoco sabía qué decir en esta ocasión.

- Hay algunas pruebas que apuntan a tu hermano – dijo Kane tajante.

Taranis se quedó callada y miró al suelo. ¿A qué venía ese tema ahora? Había salido a pasárselo bien, y en ese momento no tenía ganas de pensar en esas cosas.

- Y además no se le ha vuelto a ver desde el asesinato – continuó mirándola a la cara, esperando ver su reacción.

- No sé qué pensar – respondió ella al fin.

Pasaron varios minutos caminando en silencio en una solitaria y estrecha calle en la que varias farolas parpadeaban.

- Pero yo te puedo decir que él no fue quien lo asesinó – mintió Kane -. Está cumpliendo un trabajo para Turk que le pedí yo mismo como favor. No puedo darte ningún dato de su misión, pero puedo asegurarte que cuando tu padre murió, el ya estaba fuera.

- ¿Eres un turco? – no sabía qué decir, y eso fue lo primero que se le pasó por la cabeza. Realmente no le sorprendía. No todos los tipos con traje eran turcos, pero ese hombre tenía algo que lo delataba.

Se alegraba de saber que no había sido su hermano, y quería creer a ese hombre. Durante los últimos meses se había intentado convencer de que Atlas no era capaz de hacer algo así, pero una confirmación externa valía mucho más que todo ese esfuerzo que había hecho.

- Fui yo quien le dio la noticia a Atlas – dijo Kane con un tono melancólico -. No pareció afectarle mucho, pero se preocupó por ti. Hace poco que hablamos y me dijo que fuera a ver cómo estabas. Iba a buscarte mañana, pero al parecer hemos coincidido hoy.

En realidad estaba siguiéndole la pista a un hombre que debía dinero a ShinRa, pero este encuentro le había venido bien. Era muy fácil actuar ante esa chica, más aún si le contabas lo que quería oír.

- Oh, vaya... ¿Sabes cuándo podré volver a verle? Ya sabes, cuando termine el trabajo ese...

- No creo que tarde mucho. De hecho hace poco me llamó un compañero diciéndome que Atlas había progresado.

La llamada que recibió no fue muy diferente. Un contacto llevaba siguiendo a Atlas desde que Kane le pidió que matara a Lucita. Al parecer, cuando llegó a su casa se encontró una foto en la que salían Lucita y el propio Kane, demostrando que lo que en principio era un encargo de Turk, al final había sido un encargo de Kane. Estaba utilizando a Atlas y él se había dado cuenta. Tampoco esperaba menos de él. De lo que no tenía ni idea era de qué iba a hacer ahora. ¿Iba a matarlo? ¿Iba a dejar el encargo y hacer como si no hubiera pasado nada? ¿Mataría a Lucita sin importarle lo que había descubierto? Probablemente sería lo primero, ese chico tenía unos prontos muy raros, y el contacto le había dicho que no salió demasiado contento del edificio en el que vivía Lucita.

De repente, Kane se volvió a Taranis y la besó. Ella se dejó llevar y continuaron así durante varios minutos. Finalmente ella le cogió de la mano y lo condujo hacia su apartamento. Se planeó si estaba haciendo lo correcto o si había bebido demasiado.

“¡¿Pero qué coño?!” – pensó -. “Hace siglos que no ligo y éste no está nada mal”.

Era una chica bastante atractiva, pero los últimos años los había pasado trabajando para ayudar a su padre a recuperar la importancia que perdió la empresa familiar con el tiempo, por lo que apenas se permitía momentos de ocio. Nada más entrar en la casa, Taranis se quitó los zapatos de tacón y los tiró tras un sillón.

- Sírvete algo del mueble bar, voy al baño un momento – dijo tras besarlo una última vez.

Kane obedeció y cogió dos copas de un estante. En el mueble bar había una gran variedad de botellas a medio terminar. Tras pensar unos instantes, cogió una que contenía ron.

Taranis se miró en el espejo del baño. Estaba totalmente despeinada, pero su cabello rizado de color escarlata solía quedarle bien de cualquier modo.

- Salvajemente sexy – dijo frente al espejo, desafiándose a sí misma con la mirada y echándose a reír después.

Oyó a Kane acercarse a la puerta del baño, por lo que supuso que se había reído muy alto. Se quitó el traje de fiesta y lo dejó encima del grifo. Luego cogió un pijama de seda que tenía guardado en un cajón. Tenía miedo de que el traje se rompiera con lo que fuera que hicieran después.

Kane notó vibrar su móvil dos veces en el bolsillo. Lo cogió y abrió un mensaje que acababa de llegarle mientras se quitaba la chaqueta con la otra mano.

“Atlas acaba de llamar a la puerta de tu casa”.

Si simplemente hubiera querido hablar le hubiera llamado al móvil, por lo que sus intenciones serían bastante diferentes. De cualquier forma, Atlas ya no era algo que le preocupase. Era poco probable que entrase a la fuerza en su casa si no estaba seguro de que él estaba allí. Y en el caso de que lo hiciera, no tenía nada de valor en aquel apartamento, pues su vivienda principal estaba sobre la placa. Volvió al salón y bebió la mitad de su copa.

Taranis salió del baño, se acercó a Kane y tiró de su corbata, llevándolo hasta su habitación. La cama estaba deshecha y chirriaba un poco al tumbarse en ella. Desabrochó poco a poco la camisa del hombre, aunque le desconcertó su expresión seria. Se incorporó y se puso sobre él para poder quitarle el resto de la ropa. Esperaba que él hiciera lo mismo con ella, pero al final tuvo que quitársela ella misma.

“Tu hermano quiere matarme” – pensó Kane.

Y sonrió.


Ya había amanecido, y Kane acababa de salir de la ducha. Apenas tuvo tiempo de dormir algo, pero ya aprovecharía algún rato libre más tarde. O se atiborraría a café, como solía hacer los días que tenía que seguir a alguien.

- ¿No te quedas a desayunar? – preguntó Taranis sin moverse de la cama.

- No, tengo mucho trabajo – respondió, serio.

Pudo ver cierta decepción en el rostro de la chica. Se acercó a ella mientras se ataba los botones de la camisa.

- Toma, mi número de teléfono – dijo sentándose en la cama y acercándole un papel -. Llámame regularmente, aunque sea para decirme que estás bien y que no ha pasado nada. Tu hermano se preocupa mucho por ti y quiero tener algo que contarle.

- Esto no se lo contarás, ¿no? – preguntó riendo, acariciándole la mejilla al turco.

- No.

Kane se levantó y se anudó la corbata. Poco después salió de la habitación y cogió su chaqueta.

- Bueno, me voy – dijo el turco abriendo la puerta.

- Adiós – dijo ella, que se había levantado de la cama y estaba mirándole desde el pasillo -. Te quiero...

Kane sonrió y cerró suavemente la puerta tras de sí. En aquel momento tuvo una sensación de dejà vu, pero no le dio mucha importancia. Bajó las escaleras para no tener que esperar al ascensor y notó una ola de calor antes de salir de nuevo a las calles del sector 6.

El móvil volvió a vibrar dos veces en su bolsillo.

viernes, 5 de septiembre de 2008

135.

La propietaria se abrió paso por las amplias puertas dobles, a la entrada del local, mientras los seis matones trajeados que la acompañaban apartaban a los curiosos, de modo que no tuviese que refrenar su paso ni un segundo. Lucía un vestido malva, cuyo escote se prolongaba hasta su vientre, donde un cinturón dorado lo sostenía. Iba calzada con unas altas botas de cuero, llenas de afiladas florituras, y sus manos lucían guantes de raso, manchados de sangre en los nudillos. Como nota discordante, llevaba atada en el brazo izquierdo una pañoleta de motero, que cualquier crítico de lo fashion y lo estilizado odiaría, pero la alabará hasta el paroxismo solo porque es ella quien la lleva.
También tenía un ojo morado y una pequeña herida en el labio, pero tras ella quedaban un grupo de diez macarras, sangrando y gimiendo en el suelo de la entrada. A su lado, el hombre conocido y envidiado como su amante, caminaba entre miradas de odio disimulado: Más de dos metros de amenaza y peligro se interponían entre ellos y su diva, su diosa, o el mejor coño del local, como pensó uno de los clientes, que repartía sus atenciones entre dos chicas. Una jugaba con su flequillo, y la otra con el piercing de su labio inferior.


- Vienes vestido como una puta, Malcolm, querido. – Dijo Isabella al camarero que imponía su dominio sobre la barra de la planta baja, la más conflictiva y atestada, al ser la más próxima a la pista de baile.
- ¡Eso es injusto, Izzy! ¡Hoy traje pantalones! – El hombre, protestó mientras buscaba una botella de los estantes. Era cierto: Su vestuario incluía un pantalón de cuero, ajustado, y las botas que llevaría cualquier superestrella de metal satánico si decidiese disfrazarse de vaquero. A partir de ahí, que el jurado decida si todas esas correas que se entrelazaban en la mitad superior de su cuerpo son considerables como prenda de vestir (o carencia de ella).
- ¿Todo bien?
- Relajado, ahora mismo. Voy a invitar al rubio ese de la barra a una copa, para que se quede algo más.
- Mal... Estas de servicio. – Recriminó ella con un suave tirón de la melena lisa y castaña del camarero, y una sonrisa socarrona, mientras tomaba un par de cervezas de la nevera y las abría.
- ¡No es para mi, pervertida! – Exclamó en su defensa. – Mira todas esas tías que lo miran. Si se va, ellas se van con él. Si se queda, ellas se toman algo mientras esperan una señal para entrarle.
- Entonces anímalo, que parece algo decaído... – Comentó mientras se iba.
- Decaído es lo último que va a estar Henton, ahora... – Dijo él, pasándole unos cuantos cubos de hielo envueltos en un paño. – Hazme sentir orgulloso.



El rubio en cuestión parecía hecho mierda. Hoy las marcas de puñetazo en la cara parecían estar tan de moda que Malcolm se estaba planteando insultar a Henton para ser el más fashion de todos. Estaba sentado en la barra, pero se había negado a tomar nada. Simplemente se limitaba a estar apalancado en silencio.

- Hola... – Saludó Malcolm con una sonrisa tranquila.
- No, no quiero nada, gracias...
- Invita la casa. – Malcolm guiñó uno de sus ojos marrones. – No soporto ver a nadie en mi barra, ocupando sitio sin más. Da la imagen de que mis combinados son malos.
- Bueno... – Se encogió de hombros. – Pero algo suave.
- No queremos perder el control, ¿eh? – “Uno difícil”, pensó.
- Mira... Yo también soy camarero, y conozco el rollo de dar conversación. Simplemente, no me apetece. No me sirvas nada si no quieres, ¿vale? –
- ¡Soy un camarero, no un ligón de discoteca! – Protestó, haciéndole sentirse incómodo.
- Lo siento... – Masculló, evitando mirarle a los ojos. – Es una noche rara.
- Muy bonito sería que lo normal fuese que no te quiten el ojo de encima todas las mujeres en cinco metros a la redonda.
- Créeme: Lo último que necesito ahora son más mujeres... – “Cuando quiera un hombre...”, pensó Malcolm, “Aunque como sea un poco más borde...”
- A ver... – Dijo con la infinita paciencia que caracteriza a los santos y a los buenos camareros. - ¿Qué pasó?
- Una loca... – Comentó disgustado. Su tono se iba endureciendo. – Monta una encerrona para salir conmigo y luego, cuando tiene lo que busca, se cabrea y me golpea.
- Hay de todo... – Dijo mientras depositaba ante él un vaso cuyo contenido parecía cambiar de color con la incidencia de la luz. – A ver... ¿Qué te parece? – El chaval tomó en silencio la copa, probándola con el ceño fruncido, pero apenas tardó dos segundos en sonreír con aprobación.
- Muy bueno... Lo reconozco: Mejor que yo.
- Soy Malcolm. – Se presentó el camarero, tendiendo su mano sobre la barra. El cliente la miró con suspicacia, pero luego tendió la suya, despacio.
- Yo Paris.


Malcolm se marchó cuando vino a llamarlo una camarera joven, que no apartaba los ojos de Paris. El joven acercó el frío vaso a su mejilla, calmando un poco la molestia. Esa histérica sabía pegar, y lo había cogido desprevenido. Sin embargo, la baja temperatura y el dulce sabor le hicieron relajarse un poco. Posó el vaso en la mesa y se volvió en el taburete, contemplando el lugar. La música era bastante de su gusto, a un volumen atronador que marcaba un ritmo constante, como el latir de un extraño corazón, que hacía a la gente seguirlo, convirtiendo la Tower of Arrogance en una especie de organismo vivo. Lo único que no le gustaba era toda esa estética sobrecargada con cadenas, collares de perros, amos y esclavos. Esas alusiones al sexo retorcido... ¡Y eso que esta planta era la más normal!
En el gran escenario del centro de la estructura con forma de teatro clásico, rodeado de dos pantallas sobre las que proyectaban extrañas imágenes y pin-ups eróticos, estaban apurando los preparativos para un concierto. Paris estaba pensando en que se quedaría a verlo, y así, de paso, nadie le podría acusar de haber desertado. Aún había posibilidades de arreglar la noche...

- ¡Eh tú, hijo de puta! – Una mano le tiró del hombro. Paris se volvió como un rayo, a tiempo de ver al camarero de antes lanzarle su copa a la cara, con gesto furioso. - ¿Quién coño te has creído que eres? – Paris se puso tenso, ofendido como si le hubiesen abofeteado. Sus manos se crisparon ante la posibilidad de responder con violencia, pero por encima de todo estaba confundido, y quería saber a que motivos obedecía esto. - ¿Cómo te has atrevido?
- ¿A qué? – Preguntó, sintiéndose acosado. Una parte de él quería agarrar a ese cabrón por el cuello, sacarlo de la barra a rastras y patearle la cara, pero no era el tipo de persona que agredía a otro sin motivo. No paraba de preguntarse que había hecho para merecer eso.
- ¿A qué? ¡¿Cómo has podido tratarla así?! – Gritó enfurecido.
- ¿Tratarla? A...
- ¡Yvette, maldito hijo de puta! ¡Se llama Yvette! – Malcolm levantó la mano blandiendo el vaso, ya vacío, pero los ojos de Paris se entrecerraron, dándole a entender que eso ya no era tolerable. Lentamente bajó el vaso y lo depositó en un fregadero. – Eres un cabrón. – Dijo con tono bajo.
- ¿Yo? – Paris no daba crédito a lo que oía. Esa mujer le había arrancado de su vida tranquila mediante el chantaje, y para colmo solo se lo estaba cobrando a él, ¿y ahora ella era la pobre víctima? – A ver... ¿Que mentiras te ha dicho?
- Me ha dicho que has pasado de ella. – Los ojos de Paris se abrieron de par en par, ofendidos.
- ¿Y que más te dijo? – Preguntó suspicaz.
- ¡Has actuado como si no existiese! ¡Lo único que dijiste en hora y media fueron veintiséis monosílabos! – Paris se quedó con la boca levemente entreabierta, con una respuesta a punto, que se vio interrumpida. – Si: Los contó.
- ¿Ella te contó como hizo para quedar conmigo? – Preguntó tras dudarlo un par de segundos.
- Espera... – Ahora era Malcolm quien se veía descolocado. - ¿Qué ELLA te propuso a TI quedar?
- ELLA... – Respondió Paris poniéndose de pie e imitando el tono. Se aproximó al camarero para poder hablar más bajo. – Me chantajeó. A MI.
- No me lo creo... – Malcolm se dejó caer sobre una nevera, con la incredulidad patente en el rostro. – No lo habría esperado de ella.
- ¿Por qué? – Paris sacó el cinismo a relucir. – ¿ Por su estilo y buenas maneras?

Ahora mismo, el joven recordaba la imagen con la que la había visto, desde que se subió al coche de ella en la plaza donde habían quedado. Llevaba un pantalón púrpura, ceñido y brillante. A Paris le había llamado la atención un material tan extraño, y ella le dijo que era látex. También llevaba botas altas hasta la rodilla, con adornos y altos tacones, y un top que parecía del mismo material que el pantalón, sujeto con un par de finas correas el cuello, y cordajes detrás. Llevaba también dos Aegis Cort en sendas pistoleras, sujetas a un extraño arnés hecho con varias correas, ceñido a su cadera y muslos. Se excusó, diciendo que el estado de excepción la obligaba a ir armada en todo momento.
Paris conocía el estilo: Mujeres astutas y atractivas que hacían de los hombres lo que querían por medio de un físico escultural y las insinuaciones adecuadas. Describió sus impresiones al atónito camarero, que escuchó con atención cada palabra.

- Acertaste... – Dijo finalmente. – Pero te quedaste corto. Yvette no es una seductora normal y corriente: Es una diosa. – Paris casi rompe a reír con sarcasmo, pero Malcolm lo ignoró, irguiéndose y mirando a lo lejos. - ¡Ahí está! ¡Mírala! – Paris se sentó de nuevo en su taburete, reticente, pero el camarero insistió a tirones de su camiseta.
- Está bailando... – Dijo sin interés. -¿Que es tan especial?
- ¡Mira a su alrededor! ¡Mira a los hombres que la rodean! ¡Y a las mujeres! ¿No lo ves? Mira la envidia y el deseo...

Paris intentó fijarse. Ella estaba bailando con una mujer de piel oscura. Una amiga suya, supuso. Jugaban a fingir el numerito lésbico, mientras bailaban al ritmo de la música, con sus largas cabelleras sacudiéndose con el ritmo estridente y salvaje. A su alrededor, la gente dejaba de atender a sus propios bailes para mirarlas. Incluso habían formado un círculo.

- Parece que no se atrevan a tocarlas... – Masculló.
- No sin su permiso. – Respondió Malcolm. Miles de hombres y mujeres habrían limpiado la ciudad con la lengua, por una oportunidad como la tuya. En los círculos de góticos, fetichistas y demás criaturas de la noche, Yvette es una musa. Su estilo, su actitud... ¡Ni te imaginas lo que llega a ofrecer la gente por humillarse a su servicio!
- ¿Y que quiere? ¿Qué yo me humille? – Preguntó con desprecio.
- ¿Por qué no pides otra copa, y así te la tiro también a la cara? – Malcolm tiró de Paris, para encararlo, y este alzó sus manos: Una lista para defenderse y la otra para noquearlo. Aún intimidado, no logró callarlo. – No te obligó a ponerte correas, ni la ropa que ella quiso, ni a caminar tras ella, abrirle las puertas o esperar de pie mientras ella tomaba algo... O incluso a ser el trono, y eso que esa es su favorita.
- ¿Ser el trono? – Paris se arrepintió de haberlo preguntado demasiado tarde. Si bien le costaba entender a la gente, el sadomasoquismo era algo tan fuera de su alcance como de sus apetitos.
- Ponerte a cuatro patas o como sea para que ella se siente encima. Llegué a ver como seis tíos se organizaban para hacerle una especie de butacón.
- ¿Qué? – Paris quería matar a Kurtz. Se juró que esta sería la última vez que se metía desprevenido en la boca del lobo.
- Uno para el asiento, otro para el respaldo, reposabrazos, un taburete para los pies y una mesa para su copa. – Paris ahora estaba directamente horrorizado. Nunca se había interesado lo más mínimo en una cita con nadie, pero esto era demasiado. - ¿A ti no te tocó hacer nada?
- No... – Respondió casi sin palabras. – Solo acompañarla, y darle conversación. – Malcolm fingió no haber oído eso último.
- Y eso que estás bajo chantaje...
- Si... – Paris pudo ver la trampa retórica, pero fue hacia ella de frente.
- Mira niño... Seré sincero: Si yo te tuviese chantajeado, a estas horas estaríamos por la vigésimo-séptima hora consecutiva de porno casero. ¿Y me estás diciendo que ella, la puta princesa de la Tower of Arrogance, porque la reina es Izzy, te ha invitado a salir, te ha traído y te ha tratado de igual a igual? ¿Teniéndote en sus manos? – Malcolm no controló el tono de voz y un corro de cotillas con el gesto igual de descompuesto por la sorpresa que el camarero. Avergonzado, Paris se volvió en silencio y desapareció entre la multitud.




El círculo de admiradores y esclavos se sintió ofendido al ver como ese chaval de aspecto profano se abría camino a empujones hasta la musa, y cometía la desfachatez de darle toquecitos en el hombro para llamar la atención, no una, ¡sino tres veces! ¡Y sin postrarse!

- Escucha... – Insistió, logrando al fin que se volviese.
- Hola. Paris, ¿verdad? – Dijo ella con una sonrisa angelical, seguida de un gancho a la mandíbula. El asesino pudo reconocer el estilo de cierto bastardo con muchas cicatrices en el golpe. - ¿Qué mierda quieres? ¿Obligarme a ver como pasas de mi?
- ¡Vete a la mierda, borde! – Algo ardía en el interior de Paris, pero lo contuvo. Con un pequeño ejercicio de abstracción, pensó que ella también había hecho concesiones en esta cita, y él igual no había sido todo lo atento que habría debido.
- Quiero hablar, ¿vale?
- ¿Hablar? – Gritó. - ¿De que? ¿De cómo me trataste como a una leprosa? ¿De cómo mirabas al paisaje mientras intentaba conocerte? ¿Qué pasa? ¿Qué como eres tan guapo y puedes tener a la mujer que quieras, no vale la pena molestarse, no? – Paris estaba empezando a hartarse seriamente de que le atribuyesen atractivo físico y arrogancia a juego.
- Mira... No se entender a la gente, pero igual no fui...
- ¿Igual? – Ella no bajaba el tono. Que subiesen el volumen de la música si querían oírla, que ella no se iba a cortar. - ¿Igual no fuiste que?
- ¡Igual fui como estás siendo tu ahora... Solo que más discreto! – Yvette se quedó paralizada, e incluso se ruborizó. El color se le contagió a Paris enseguida, cosa que la hizo sonreír levemente y tomarlo suavemente del brazo, aunque el primer impulso del joven tuvo un toque de jeet kune do, en previsión de otro golpe.
- Mira, vamos a ser sensatos. Nos vamos de la pista y lo hablamos. – Él asintió, acompañándola incómodo por el tacto de la mano de Yvette sobre la suya.




- ¿Quién empieza? - Preguntó ella, al llegar a una esquina de la barra, donde Malcom esperaba con un par de copas ya listas. Paris recibió otro combinado como el de antes, solo que este esperaba poder beberlo, y la copa de Yvette era de un tono rojo sangriento, con una rodaja de pomelo en el interior.
- Tú. ¿Querías salir conmigo en concreto por algo, o simplemente querías un esclavo más? – Ella se vio sorprendida por un comienzo tan directo, pero tras un segundo para reorganizar sus ideas, le dio su respuesta.
- Contigo en concreto, y el motivo es que no eres de estos círculos. – Paris no se esperaba una respuesta honesta, mientras ella lo miraba fijamente a la cara
- ¿Círculos? – Preguntó, extrañado e incómodo. – ¿El rollo sado y todo eso? – Ella asintió.
- Aquí todos se mueren por entregarse a mi...
- Ya me contó Malcolm. – Interrumpió Paris, con pocas ganas de que volviesen a entrar en detalles con esas historias extrañas. Sabía que con su pasado no era un ejemplo de cordura, pero recordar todas esas caras al borde del éxtasis mientras la admiraban le causaba escalofríos.
- Bueno... El caso es que eso está bien, y fue suficiente durante mucho tiempo. Ahora quiero algo más, o mejor dicho, distinto. Tengo la reputación que siempre he querido, pero ahora no puedo interesarme por un hombre sin descubrir que lo que a él le interesa no es conocerme a mi, sino a mi fusta.
- Ahá... – Murmuró Paris, para encontrarse con el nacimiento de una mirada furiosa. Recordó la recriminación del camarero sobre los monosílabos y sacó a relucir su experiencia tras la barra a la hora de hacer preguntas que incitasen a seguir hablando. - ¿Y por qué no buscas gente en otros sitios?
- Porque la otra gente es demasiado cerrada de miras, y me aburro en los sitios de fiesta normales, con su música electrónica cutre, o su pachangueo machacón.
- Y entonces aparecí yo... – Dijo el asesino. – Inmovilizado y medio aturdido en brazos de tu compañero de Turk.
- No solo eso... Me trasladaron en Turk hace algunos meses. Perdí la relación con mis antiguos compañeros, que demostraron ser un hatajo de cretinos de la peor clase, y cambié mi modo de ver algunas cosas. Y entonces SI que llegaste tu. Y la verdad es que no fue una entrada espectacular... – Paris se ruborizó, apartando la mirada.
- ¡Que tierno! – Exclamó Malcolm, asomándose tras la barra. – ¡Ese es el color de la virtud! – Yvette lo espantó lanzándole un hielo, con una sonrisa, mientras admiraba el creciente sonrojo de su acompañante. Pensó que para esta gente, tirarse cosas a la cara era una muestra de cariño. Entonces sus puñetazos deberían ser amor apasionado u odio visceral.
- Hay dos cosas que me hicieron pensar que valdría la pena ir a por un perfecto desconocido como tú y abrirse a él. – Ahora el asesino si que estaba intrigado. – La primera fue tu música.
- ¿Mi música? – Dijo Paris, mientras sintió que alguien le daba un suave golpe al pasar. Aún así, lo ignoró. - ¿Qué música?
- Harlan te quitó un reproductor mp3, con... Lo que habíais ido a buscar, y con música. – Paris asintió, recordando la lista de canciones que había ido escuchando mientas esperaba que lo viniesen a recoger, en la plaza. Se sentía levemente avergonzado.
- ¿Y la segunda?
- La segunda es el “Viejo Caracortada” – Dijo ella, en su turno para ruborizarse. Paris tardó en pillar el apodo.
- ¿Jonás? – Preguntó incrédulo. – ¿Has quedado conmigo por que soy amigo de Kurtz?
- Si... – Yvette buscaba la forma de explicarse. – Mira, hace poco tiempo que estoy con el grupo de los turcos viejos, pero se que son muy distintos. Son como esos hombres de las películas antiguas: Fuertes, pero a la vez protectores y justos. De esos que dicen “Por favor, no me obligues a abofetearte otra vez”. – Dijo imitado una voz ronca y varonil. - Ahora lo único que dicen es “Chorba, como no dejes de rajar, te parto la cara”. – Bufó con desprecio. – Aparte, recuerdo a esa mujer: Aang, y como está Kurtz desde que ella se fue. Pensé que yo quería llegar a ser amada así algún día, y como tu ibas con Kurtz, pensé que tendrías algo de esa fuerza y dignidad. – “¿Fuerza y dignidad?” pensó Paris, pensando en su amigo. “Es carismático y seguro de sí mismo, pero también es violento e inestable. Lo suyo sería más bien “Por favor, no me obligues a descuartizarte otra vez”.
- ¿Por ir con él?
- Bueno... Era una posibilidad remota, pero creí que valdría la pena arriesgarse. Eres su amigo, ¿no?

Esta pregunta confundió al joven justiciero más que todas las demás. Siempre había pensado en Jonás como en un aliado, pero para él su relación no iba más allá de las incursiones. Cumplían un cometido para el mundo, pero no se compenetraban más. Recordaba tomar unas cervezas en su casa, a la salida del trabajo, mientas planeaban asaltos, y a veces comentaban algún que otro tema, sin más importancia. No era un “amigo” en el concepto romántico de la palabra, ya que era algo que Paris siempre había rechazado. Evitaba tratar con la gente, y aunque no llegaba a considerar su relación con Kurtz “un mal necesario”, tampoco era para tanto.

- Mmmmseh... – Murmuró. – Pero somos muy distintos.
- Y sin embargo, sois justicieros. – Dijo ella. – Arriesgáis la vida por un ideal romántico.
- Arriesgamos la vida haciendo guerra sucia contra una empresa que hace su propia guerra sucia. No es romántico en absoluto. – Paris se dio cuenta mientras hablaba, de que había tardado en volver a ponerse serio.
- Lo que cuenta es la intención. – Dijo ella, con una sonrisa medio ausente, mientras miraba como el concierto empezaba.

Centrando todas las miradas en el escenario, donde dos guitarras afiladas y rugientes seducían a la multitud entre los truenos del doble bombo y la compañía de un bajo pendenciero, el cantante saludó al público, que respondió con gritos de entusiasmo. Paris volvió su atención hacia su copa, alegre porque acabaría empapando su estómago y no su cara. Mató lo poco que quedaba de un trago y se volvió hacia su acompañante.

- Creo que me toca... – Dijo, respondiendo a la mirada expectante que le dedicaban esos ojos azules profundos, enmarcados en piel pálida y melena rubia. “¿Por qué tiene que ser además rubia de ojos azules?”, se preguntó con fastidio. Cuando volvió a mirar tenía una copa llena junto a la vacía, y una sonrisa cómplice desde el otro extremo de la barra. Ese hijo puta de camarero le estaba haciendo lanzarse demasiado con el alcohol. – Me llamo Paris Barans y soy camarero. – Ella rompió a reír, y eso que nunca pretendió ser un chiste. – Vivo tranquilo, nadie me molesta, me dedico a mi... Cometido, y estoy aquí por lealtad a mis aliados.
- ¡Brindo por tus aliados! – Exclamó ella, arrancándole una sonrisa torcida y un sonrojo leve.
- Mira... – Dijo poniéndose serio. – Se que va a sonar mal, pero toda mi relación con cualquier ser que camine sobre dos piernas y respire es de desprecio. Las únicas excepciones son mis aliados, que son... Bueno... – Sonrió con la mirada ausente. - Rolf es un cabronazo al que le encanta provocarme y hacerme sentir incómodo, aunque sus bromas a veces son graciosas, y tiene unos cuantos amigos bastante raros.
- Probablemente estará tres o cuatro pisos más arriba, en este mismo local. – Añadió ella. – Y probablemente esté buscando su cuarto polvo de la noche. En cualquier caso, no le digas a Malcolm que conoces a Rolf. Su rivalidad es legendaria. – Entonces se dio cuenta de que lo había interrumpido. – Sigue, por favor...
- Jonás si es como esos hombres de cine clásico: Feo, fuerte y formal. No duda en patear a un rival hasta que sangre por partes de su cuerpo que no quería conocer, y tiene una especie de aura de hostilidad y violencia que le abre paso por las calles, pero en la intimidad es una especie de mentor raro... No entiendo que le ha llevado a confiar en mí, pero la verdad es que no entiendo a la gente en general. Sin embargo con él... No lo se. No es un amigo, pero se nota que es mucho más próximo que los demás. – Ella lo miraba en silencio, instándole a que siguiese. – Es como un hermano mayor. Cuando está tranquilo, ofreciéndote una cerveza, mientras te pregunta que te apetece ver en la tele... Estás bien, no sabría decírtelo. Me tengo pasado horas con ese tío, sentado en el borde del distrito, mirando más allá del muro. Él me cuenta cosas de cuando era pandillero, de joven, o de cuando estuvo en la guerra de Wutai, mientras paseamos al perro.
- A mi me pone... – Dijo ella con picardía. – Es tan viril que podría duplicar la natalidad de esta ciudad solo con darse un paseo por un colegio femenino religioso. – Esa broma hizo a Paris sentirse incómodo, e incluso un poco celoso, aunque se negó a admitírselo a sí mismo. Siguió para cambiar el tema rápidamente.
- Y Han es...
- ¡Y ahora, vamos a echarle un cable a un colega! – Gritó una voz desde las torres de bafles que rodeaban el escenario, antes de que un redoble de batería diera paso a los primeros compases de una canción de rock, con evidentes connotaciones sexuales. – I really love you baby... I love what you got!
- Han es ese del escenario... – Concluyó Paris, recordando el toque que le habían dado en el brazo minutos antes, para llamar su atención. – No lo conozco demasiado, pero es un tío bastante listo, y un experto haciéndoselo pasar mal a cualquiera que se suba a un coche con él.
- ¿Tan mal conductor es?
- ¿Recuerdas la fuga brutal en la que un conductor en un sedán de lujo dejó atrás a toda la policía de Shin-Ra y a media división motorizada de Soldado?
- Tres cuartos... – Corrigió ella, imaginándose lo genial que sería ir de copiloto en ese coche. Paris pareció reconocer sus intenciones en su cara.
- No estás segura de lo que deseas... – Murmuró, pero le quitó importancia.
- ¡Mata eso! ¡Vamos a disfrutar de nuestra canción! – Volvió a tirar de su mano, y Paris volvió a sentir como su vello se erizaba. Era una sensación horriblemente inquietante, aunque cálida.



Dos pares de ojos, unos marrones y otros verdes los veían alejarse hacia el escenario, con cierta malevolencia. A pesar de estar contemplando a la pareja, sus cuatro sentidos restantes y un par de poderes extrasensoriales adquiridos para la ocasión estaban concentrados en vigilarse mútuamente.

- ¿Qué haces tú con mi príncipe, pedazo de puta? – Dijo el hombre sentado a la barra, mientras miraba a Malcolm de forma amenazadora a través de su vaso de chupito lleno de licor.
- ¿Tu que? – Rió el camarero. – Es más... ¿”Tu”? ¿”Tu” el determinante posesivo?
- Ríete, pero no dejaré que le hagáis ninguna putada al crío, ¿vale? – Dijo mientras probaba el licor. – Es mi amigo, y como tal le tengo cierto aprecio.
- ¿”Amigo”? – Malcolm estaba disfrutando enormemente al provocarle. - ¿”Amigo” en el sentido de “me lo voy a follar a la primera de cambio”?
- “Amigo” en el sentido de... – Bebió su chupito de un trago, en un ataque de teatralidad. - “Te voy a meter tus botellitas por el culo y luego te tiraré desde un balcón para grabarlo con mi PHS y divulgar el vídeo como descubra que o tú o tu amiga la dominatrix le hacéis alguna putada”.
- Tranquilo... – Respondió mientras retiraba el vaso. – La dominatrix no tiene intención de hacerle nada que él no quiera.
- Creía que los esclavos no tenían decisión en eso...
- Eres un ignorante en lo referido al BDSM, pero no te lo tendré en cuenta. Sin embargo, como iba diciendo, Yvette está interesada en conocerlo, y la cosa tiene pinta de ir bien. Se conocerán, tendrán citas... Quizás se enamoren, aunque ella no lo admitirá nunca... Y yo me estoy esforzando porque ella sea feliz, por algo es mi “amiga”. – Se aseguró de usar el mismo tono en la palabra “amiga” que había oído usar al vividor. – Y como es mi “amiga”, si la haces infeliz, te arrancaré esa oreja mutilada que tienes con este sacacorchos, la pasaré por la licuadora y te la obligaré a beber mezclada con absenta. Y luego haré lo mismo con dos o tres más de tus apéndices. – El otro hombre sonrió ante la amenaza. – Te diré que entiendo perfectamente tu postura. ¿Entiendes tu la mía, Rolf?
- Sirve un par de “Trinos” más... – Respondió el francotirador, conservando su talante. Tendió uno de ellos hacia su adversario, para proponerle un brindis. - ¡Por los romances pacíficos!
- ¿Les deseas una relación aburrida y tranquila? – Malcolm lo encaró, tan cerca que Rolf pudo sentir su aliento.
- Nos la deseo a nosotros. – Su sonrisa era la de un zorro hambriento en un corral. – Así todos llegaremos a viejos.



El concierto duró un par de horas más, con dos bises y un tercero en el que la propia Isabella salió al frente del grupo, cantando una canción dedicada al fantasma de la ópera y otra era casi un himno épico, propio de una reunión de guerreros, que dedicó a su novio. El gentío, poco a poco fue obligándoles a pegarse más, una situación en la que el joven justiciero se habría sentido evidentemente incómodo. Sin embargo, centrado en el concierto, se dejó arrastrar por la fuerza de la música, a medida que esta subía de intensidad. Coreó, incluso, una o dos versiones de canciones famosas, sorprendiéndose de que Yvette también se supiese la letra, e incluso cuando ella apoyó su espalda en su pecho, pasando su brazo delante de su cuello, para que la multitud no los separase, sin darse cuenta, fue él quien la agarró a ella de la mano esta vez. Yvette disfrutó entusiasmada durante toda la actuación, recurriendo sin dudar a su estatus para lograr un hueco en primera fila, y un par de botellines de agua con los que evitar la deshidratación. Al comienzo del tercer bis, miró levemente hacia atrás, y vio a su acompañante con una sonrisa eufórica, disfrutando del concierto, para luego mirarla a los ojos con gesto ingenuo, mientras en el escenario Han e Isabella cantaban a dúo el estribillo.

Oh, rock from ages, do not crumble, love is breathing still!
Oh, lady Moon shine down a little people magic if you will!

134.

Relato ausente.


Kite, cabrón, date aire!!! Cuando esté me lo envías al email.

martes, 26 de agosto de 2008

133.

El continuo sonido del metal viajando a alta velocidad no ayudaba a relajarse mucho cuando tenías enfrente tuyo a alguien que tan pronto tiene los ojos entrecerrados como al segundo posterior los abría y movía tan rápido que parecían buscar partículas de luz bailando dentro del vagón. Ocasionalmente caía alguna babilla entre las comisuras, o resbalando en el labio inferior.

Jo-Der, separando bien las sílabas, remarcando cada una de las letras fue lo que pensó Ixidor, sentado frente a ese chico que amenazaba con caerse al suelo de un momento a otro. “Es la última vez que me quedo a viajar con colgados como estos”. Bajó la mirada, dejando al chaval divertirse con el mullido asiento tapizado, y se centró en la bolsa de plástico que llevaba entre las piernas, apoyada en el suelo. Un paquete de arcilla, un pack de 12 óleos, lienzos, un pincel del número 4 y unos 170 guiles menos en el bolsillo. Era una tienda cara para tratarse de los suburbios, pero era mejor eso que no tener nada con lo que poder trabajar. Bastante le costaba vender sus obras a una sala de exposiciones de los barrios marginales, y unido al coste de materiales eso le perjudicaba sobremanera. Podría decirse que “a duras penas llegaba a finales de mes” si todavía cobrase cada treinta días un sueldo regular.

El tren paró en el sector 5. Ixidor se alegró de abandonar aquel cacharro de metal lleno de orines, vómito y gente estúpida con tarjetas de identificación. No soportaba la compañía de la gente corriente, le ponía nervioso e irritado esa sensación de sentirse rodeado de personas: costumbre heredada de la guerra de Wutai. Pasar días enteros en la selva, comiendo únicamente aquello que podías cazar, sin descanso y siempre alerta… Aquello cambiaba a cualquiera.

Su viejo edificio de una sola planta le esperaba de pie, con sus viejos ladrillos ennegrecidos por la suciedad que se amontonaba bajo la placa y sus viejas vigas de madera reforzada con delgadas planchas metálicas que el propio hombre había puesto para evitar el derrumbe. Allí estaba la colección de basura en su callejón, amontonada junto a la pared de ladrillo antiguo que amenazaba con caerse a la mínima de cambio.
Y sin embargo era lo mejor que podía permitirse con el escaso dinero que quedaba entre material y alimento.

Avanzó hasta llegar a la puerta que se situaba junto a la agolpada inmundicia. En el mismo montón que nunca menguaba, apoyado sobre un viejo cubo de fregar dado la vuelta, estaba aquel niño calvo de ropas viejas y gorra. Ixidor no pudo negar un sobresalto cuando vio al chico salir de la oscuridad con sus ojeras crecidas y su pálido aspecto. Hacía días, semanas que no veía a aquella rata callejera, ese vagabundo que servía en los clubes de destape “copas a hombres que se tocaban el gusanillo” según las propias palabras lanzadas entre risas por el chiquillo.

- ¡Puto crío! – dijo sin poder contenerse Ixidor, aún con el sobresalto dentro del cuerpo – Me has acojonado, esa no es manera de tratar a la gente mayor
- Esas palabras feas no se dicen – dijo Timmy con gesto de enfado exagerado, apretando los labios y torciéndolos en una mueca que resultaba una burla al cabreo.
- ¿Qué palabras?
- Esa que has dicho. Puloquesigue… - el niño parecía nervioso, y movía las manos rápido en círculo frente al pecho con los índices extendidos.
- Niño, yo soy mayorcito. La otra vez me controle porque esperaba no verte – y en verdad, Ixidor lo esperaba – y no solté ninguna, pero ahora que te jodan. ¡Ya no me voy a callar ni una, hostia puta mierda cojones ya!

Ixidor se quedó bastante relajado con esa última frase, y Timmy parecía a punto de reírse por aquellas palabras malsonantes seguidas y asustarse por la misma razón. Fue un duro momento de tensas miradas entre los ojos azules del cuarentón y los iris grisáceos del mozalbete. Ninguno parecía ceder, y al final Ixidor se hartó y comenzó de nuevo a gritar:

- ¿Se puede saber qué cojones quieres viniendo aquí de nuevo? – si las miradas matasen, Timmy hubiera caído fulminado cuando Ixidor vio que aquel chico de la calle le observaba con expresión divertida y una pícara mueca en los labios - ¡De qué hostias te ríes!
- Ya no eres un fantasma. Ahora te pareces más al señor pobre que vino un día a pedir a casa y al que mamá dio un bocadillo para que se marchara contento.
- … la madre que parió al jodido crío de rata, me cago hasta en su puta estampa… - los juramentos se sucedían cada vez a una velocidad más rápida y con menor volumen; las palabras se perdieron con algo que sonaba a “si le cojo lo escoromollo contra la pared”.

Soltando la bolsa, el adulto comenzó a rebuscar en el bolsillo del pantalón un pesado llavero de zinc y níquel del que pendían tres llaves negras, una de ellas especialmente grande. Cogiendo esta, la metió en la cerradura e intentó abrir la puerta, acabando la tarea propinando una fuerte patada a la puerta para que esta cediera. Por fortuna no tuvo que seguir más, y ésta se doblegó ante su voluntad y su bota. Dejó la bolsa tirada contra el sofá orejero que ocupaba un lugar frente a la chimenea y se abalanzó casi de cabeza a una pequeña estancia, donde cerró la puerta.
Timmy, por su parte, había entrado lentamente con su pierna ortopédica y había cerrado con suavidad la puerta. Colocó la bolsa en una mesa llena de tornillos, tuercas y herramientas y se sentó cómodamente a esperar, dando botecitos sobre el mullido recubrimiento del sillón.

Al cabo de unos minutos Ixidor apareció. Ya no vestía las ropas de calle, sino que volvía a llevar el viejo chaleco y pantalón corto azules, con las mismas pesadas botas y el collar negro al cuello. Una mano de tres dedos y dos mitades alborotó de nuevo la melena negra, ayudándose con el agua había en un sucio barreño. Acto seguido, la misma mano se deslizó a una cómoda que había a tres pasos de distancia y abrió el solitario cajón. La mano completa se internó en las oscuras fosas de madera y extrajo un bote anaranjado con una bonita etiqueta blanca impresa con muchas letras negras. Sacando dos pastillas, las metió en la boca y las tragó junto con un poco de agua del mismo barreño sucio. Sólo entonces volvió a darse cuenta de que el mismo niño se encontraba en el mismo lugar que él, exactamente en la misma posición que la vez anterior: sentadito, con las manos entrelazadas y las piernas dando patadas diminutas al aire, pendientes en el sillón.

Y por poco vuelve a sobresaltarse también.

- ¿Pero se puede saber qué haces ahí, desgracia humana? – la voz grave y altamente sonora parecía a punto de echar a volar desde la garganta; cada vez se volvía más aguda.
- Vengo a que me cuentes más historias de tortugas – dijo el chico con una inocente sonrisa que sin lugar a dudas conmovería a cualquiera. A cualquiera que no estuviera al borde de un ataque.
- ¡Tus muertos cagados por el Zolom, chaval! Yo pensé que no ibas a volver nunca más, carajo: por eso te dije que sí.
- Venga, cuéntame una y me voy…

La mirada del chico, a punto de estallar en un mar de lágrimas, no dejaron más opción a Ixidor, que estaba encantado con eso de “y me voy”

- Venga, una cortita. Te hablo del fin de la guerra y te piras, ¿Entendido?
- Sí – dijo con un tono que parecía más que dijera “chip” que una afirmación corriente.
- Al final de la guerra, mi unidad junto con otras dos se encargaban de diversas misiones con el fin de obstaculizar el paso de Wutai frente a ShinRa. Volar algún puente, saquear pequeños poblados que rodeaban la capital, arrasar con campos de arroz…
- Me encanta el arroz. Mamá me lo preparaba con tomatito frito y con una loncha de jamón.
- Y a mí, mi madre me fostiaba, pero eso no viene al caso. ¡Calla la boca, coño! – Timmy se tapó con las dos manos la parte baja de la cara, y el mayor pudo continuar con su relato – El caso es que un día, a través de una lancha que surcaba el río, nos llegó una orden: escoltar a la unidad B de SOLDADO y apoyarla en todo momento. Menuda unidad. Algún paquete de 3ª, cuatro destacados de 2ª, y Sephiroth. Pedazo de hijo de mierda. Qué mala leche gastaba con aquellos subnormales a los que comandaba y qué buen humor tenía para ser una misión seria. Cómo iba diciendo, apoyar en todo momento. Y su misión era acabar con la guerra de una vez por todas, la mala puta que les parió a todos. El caso es que, caminando por una jungla infestada de tigres y amarillos del Wutai, los muy cabrones nos emboscaron pero bien. La unidad B salió prácticamente ilesa, salvando cuatro jodidos pelagatos de los 3ª Clase y alguno de 2ª. Sephiroth se cargó a todo lo que pudo y no sé cómo. La otra escuadra de infantería que nos acompañaba quedó aniquilada por las trampas, un carro de combate… un tanque, para que lo entiendas, volando por los aires cuatro minas debajo suyo y dos granadas de mano dentro. Un caos, eso fue. Mi unidad fue capturada en parte, otra tanta se perdió en la jungla, yo incluido, y algunos sucumbieron a las heridas y enfermedades: tifus, cólera, y otras mierdas amarillas.
- ¿Y por qué nos os buscó ese… ese Sefirico o cómo se llamase?
- Sephiroth, niño. La misión no era buscarnos, era acabar la guerra. Y nosotros estábamos capacitados para sobrevivir, en teoría. Ahí fue cuando me encontré con la tortuga. Lo que venía diciendo, es que yo conocí a Sephiroth, el mejor de todos los 1ª Clase de SOLDADO. Una pena que muriera hace años, en Nibelheim durante una misión… Igual el podía parar ese jodido pedraco que viene para acá. Menudas hostias pegaba, manejaba su espada como si la llevara pegada al brazo. Y su espada era difícil de manejar, créeme. Pesaría unos 10 kilos, o más. Tanto metro de acero y seis ranuras de materia no son moco de pavo…
- ¿Y cómo saliste de la jungla?
- Si te lo digo… ¿Dejarás de venir a molestar? – dijo Ixidor completamente confiado.

El chaval pensó durante unos 10 segundos, y al final dijo con la boca muy grande:

- ¡Claro! Sólo vendré a que me cuentes historias, lo prometo.
- ¡Tu madre la del pueblo, que a gusto se quedó cuando te parió! Que en paz descanse, no es por ofender – el chico le miró con una cara rara, extrañada y torcida de desconocimiento – Si vas a venir más veces, por lo menos dime cuando para no darme esos sustos, coñe. Que yo no estoy bien del corazón, y eso que una vez me asaltó un tigre…
- ¡Cuéntamelo!
- Me cago en… Tú eres tonto, Ixidor, tú eres tontísimo. Tonto, tonto, tonto. Soy gilipollas… - y así continuó unos cuantos minutos, hasta que se detuvo al ver la cara impasible del pobre niño cojitranco que no entendía nada – Te cuento eso otro día, y ya también te cuento cómo salí de la jungla.
- Vale, que Micky nos quería enseñar a los chicos algo que ha aprendido y que es chuli. Por si te sirve de algo, el Sr. Lentorro sigue bien, ahora ya tiene color.
- ¿Señor Lentorro? ¿Pero quién co…?
- Mi tortuga, la que me distes. El próximo día la traigo, ya verás qué mona.
- ¡Ah, vale! Venga, vete de una vez o te meto al horno y te como. No me mires así, soy un fantasma: tú me lo has dicho, calvorotín – Ixidor hizo un ademán de sonrisa, y le abrió la puerta – Ahora vete a tu bar de señoras desnudas, o algún gusanito se las comerá.

El muchacho conocido como Timmy salió corriendo (cómo pudo, debido a su pierna ortopédica) agitando el brazo para despedirse. Ixidor estaba agotado. Iba a necesitar un buen copazo para relajarse, aquel chico le sacaba de sus casillas y, a la vez, le caía bien.

martes, 19 de agosto de 2008

132.

Los ojos vidriosos miraban como la extraña pareja que hasta hace un momento parecían haber estado bailando algún tipo de baile moderno que jamás había visto –o, probablemente no recordase- ahora charlaba la una en los brazos del otro. Se llevó la mano huesuda al bolsillo interior de la ajada cazadora, compañera y fiel testigo de sus aventuras y desventuras. Mierda. No había… no había. Me cago en las pitas de Kalm. ¿Y ahora qué? El porro de su mano aún seguía encendido y le ofrecería unos minutos extras de evasión.
Abandonó la estación de trenes arrastrando los pies, tropezando una y otra vez con los numerosos cascotes de hierro que poblaban el suelo y ofrecían hogar a inmundos bichejos. Juraría que un fastamilla de sonrisa burlona se le apareció en ese momento, pero lo espantó de un manotazo, metiéndose de mala manera con su santa progenitora. Agh… condenadas volutas felizonas, no era la primera vez que se le aparecía uno, siempre en el peor momento, cuando a penas le quedaban un par de dosis. Cabrones, seguro que eran ellos quien se las terminaban y le dejaban luego en la estacada.
El individuo de cuestionable apariencia se agarró a la roída farola de hierro negro, rebuscando en la cartera algo de dinero para el tren; la fortuna le sonreía: tenía lo justo para volver a la placa superior. De pronto sacudió la mano para quitarse de encima a una mosca de la fruta que había quedado encerrada dentro de la billetera. A penas voló un par de metros y se dejó caer agónica, sí, moriría, pero moriría libre, ¡Oh, cuan orgullosos estarían sus ancestros!

Llegó por fin a la parada del tren nocturno, el guardia le detuvo y le echó un vistazo de arriba abajo con mirada reprobatoria.
- ¿A dónde vas? – le preguntó, olvidándose de las buenas maneras, el maldito yonki no merecía ser tratado de “usted”.
- Eh… uhmmm.rriba – balbuceó, con el labio inferior colgante, tambaleándose levemente.
- No se permite fumar en el tren – el guardia perdía rápidamente la paciencia, la cercanía escandalosa del tiparraco no hacía más que incrementar su hostilidad.
El hombre miró su porro, le quedaba un poco más para matarlo pero se lo jugó todo a una calada, profunda como la fosa marina de Wutai, la más profunda de Gaia con 12.762 metros y una presión de 1.102 bares, hábitat de especies tan raras como el focarrol de linterna azul, el pez adamantai y el tiburón gusano… y juró que los tres pejesapos aquellos se le cruzaron en el mismo momento en el que se quitó el pitillo de la boca, viendo como el focarrol devoraba al pez amamanta-lo-que-sea y bailaba claque con la lombriz de agua.
El guardia lo miró horrorizado, ni por todos los infiernos dejaría a ese individuo subir a su tren. Su determinación era clara, cristalina, diamantina, espejiforme.
Por casualidades del destino, fíjese usted qué cosas, la cartera del tipo calló de sus resbaladizas manos en ese momento y ante la incapacidad de su dueño para recogerla el guardia lo hizo. Por puro azar vio el carné de identidad y abrió dos ojos como platos wutaienses.
- P-puede subir al tren, es-está a punto de partir… señor -¡Dios! ¡Cómo le dolía en el orgullo tener que llamar “señor” al jodido yonki ese!
El susodicho señor lo miró, todo cuanto podían sus obnubiladas pupilas, con expresión desconcertada pero no dijo nada, más por incapacidad que por falta de ganas y se sentó en un mullidito asiento forrado con tapicería de triangulitos de colores, con los que se entretuvo hasta llegar a la placa.

Dosmilmillones de haces de luz le cegaron al salir de la estación, caminó de forma instintiva, porque francamente, el instinto era lo único que le funcionaba en estos momentos… pero no demasiado bien, ya que algunos transeúntes lo vieron dar tres vueltas al mismo edificio antes de continuar por otra calle.
Dos horas y ciento diez vueltas adicionales después llegó por fin al altísimo edificio de acero reforzado y cristal con el elegantísimo portal y la elegantísima portería. El aparcacoches saludó el individuo diciendo algo como que se alegraba de verlo después de tantos años. ¿Años? ¿Qué decía ese zumbado?
El recepcionista casi soltó una lagrimilla, no se sabe si por nostalgia o por la mugrienta presencia que suponía el tipo en tan impoluta estancia. Mandó llamar a un mozo para que lo acompañase, viendo que por sí mismo no era capaz de hacer subir el ascensor sin darle al botón de alarma. El botones parecía cohibido, prometió que dejaría de fumar e iría a la iglesia todos los domingos, dejaría de ponerle los cuernos a su novia de 140 kg y la pediría en matrimonio. Todo si no acababa como el tío que le acompañaba.

- ¡James Astulfo Maximillian van Strupper! – gritó una voz una vez llegaron al piso.
Un hombretón de cerca de dos metros y espalda que competía con la de un Aegis del Acantilado de Gaea se acercó al joven colocado con andares airosos pero la expresión contraída por… algo, no sabría decir qué: ira, tristeza, alegría… quizá todas, quizá ninguna o quizá otra que aún no tenía nombre.
Estrujó a su chico con sus enormes brazos de oso, zarandeándolo de un lado a otro y haciéndole cosquillas con su tupido bigote aristócrata. El tal James si siquiera podía respirar, espachugado contra el amplio pecho de su padre.
- ¡Maldito drogadicto inconsciente! ¿Dónde has estado todos estos años? ¡Maldita sea! Te envié a la Academia de SOLDADO para ver si te enderezaban ¡y de pronto me dicen que has desaparecido!
- ¡James! – gritó la voz de una mujer.
Al otro lado de la estancia apareció una mujer delgadísima y bajita, con un amplio vestido de seda y una estola de mu sobre sus hombros. Corrió a increíble velocidad teniendo en cuenta sus puntiagudos zapatitos de tacón de piel de adamantaimai, empujando a su marido y haciéndolo a un lado con un par de manotazos, tomando en sus brazos a su añorado churumbel.
- ¡Mi Jamie! ¡Mi niño bonito! ¡Angelito! ¡Pastelito de mamá!
-mmm…amm…aa…… - consiguió proferir él, una vez recuperado el tan necesario para la vida basada en el carbono oxígeno.
- Tenías preocupada a mamá – la dama tomó el demacrado rostro de su progenie entre las manos, tratando de hacer resurgir los otrora rechonchos mofletes – El ogro de tu padre ni siquiera me avisó de sus aviesas intenciones y para cuando supe que quería enviarte a la Academia ya te habías marchado. No vuelvas a irte ¿eh? ¿Verdad que no te volverás a ir? – sacudió la cabeza del hombre con intención negativa.
A él le daba poco más o menos lo mismo, lo bueno que tenía volver a casa, y se preguntaba cómo lo había hecho porque no recordaba nada en absoluto, era que comería tres veces al día, o cuatro o cinco y que volvería a tener para sus malsanos vicios.
Alfred, el mayordomo, se hizo cargo del hijo pródigo de la familia van Strupper una vez sus padres habían terminado de zarandearlo y gimotear por su inesperada vuelta. Alfred era un hombre mayor, muy mayor, encorvado, con unas tremendas bolsas bajo los ojos, arrugado como uno de esos perros oriundos de Wutai, pero tenía la fuerza de un titán. Nunca hablaba pero siempre estaba allí incluso antes de que supieras que necesitabas sus servicios. Se había hecho cargo del jovencito James desde que se hacía caca por encima… vamos, de toda la vida, porque llegada su adolescencia y su gloriosa inmersión en el mundo de las drogas se habían dado un par de ocasiones en que el mayordomo hubiera deseado que el jovencito aún gustase de llevar pañales.
Arrastró al señorito hasta el inmenso cuarto de baño del piso superior del dúplex y, tras ataviarse con la máscara de gas, gafas de infrarrojos, guantes piel de vlakorados y botas de pesca, lo aseó enérgicamente.


La fiesta del día siguiente se antojaba fastuosa, los van Strupper celebraban por todo lo alto la vuelta al hogar de su heredero, aunque no era más que una excusa para celebrar una fiesta de alta sociedad, reunir a las familias más importantes, hacer amistades aún más importantes y cotorrear sobre la última moda en los suburbios.
Ataviado con su smoking de haute couture, James observaba la ciudad desde la envidiable altura del carísimo piso que un día sería suyo. Los ojos caídos, las ojeras pronunciadas, el mono empezaba a hacer mella en su descocada mente, estaba claro que aunque en el incienso ese pusiese “opium” el efecto al fumarlo no era ni similar. Se volvió a la sala abarrotada de gente: miembros de la familia de Castellanera e Bruscia, los Rui de Castro e Andrade, los Vassaly, el “jeque” de los Jeyd, los Sciorra, algún primo de los Shinra y alguno más.
Mucha gente pero no conocía a nadie, en realidad aunque los conociera ni tan siquiera los recordaría. Aunque sí recordaba sus meses en la Academia y los únicos “amigos” que tuvo en toda su vida: un pirado esquizofrénico con manía persecutoria que no paraba de hablar de Wutai aunque nunca había estado allí, otro tipo no demasiado llamativo pero que siempre había estado allí dando color y el niñato rubio pelo-pincho.
Estaba pensando demasiado, de hecho, qué coño, estaba pensando. Era hora de largarse. Con tanta gente parloteando e inventando chorradas que contarse unos a otros nadie lo vería irse. Llevaba los bolsillos llenos de dinero en metálico, un par de tarjetas de crédito y un enchufe arrancado de la pared. Nunca se sabe cuando vas a necesitar un enchufe.

El aparcacoches fue el último en ver a James Astulfo Maximillian van Strupper, cogiendo un taxi y dando confusas direcciones al conductor “Aioioh Aioioioh” mientras señalaba algo. Lo más sorprendente fue que el taxista arrancó el coche, perdiéndose en la urbe.

viernes, 15 de agosto de 2008

131.

Unos maullidos junto a su estómago y algo cálido y húmedo rozando su mejilla la sacaron de su profundo sueño. Yami, acurrucada y pegadita a su vientre, protestaba por falta de comida en su plato, y Hiro lameteaba su cara con su lengua rosada en una babosa demostración de cariño perruno.


Desperezándose con lentitud y unos cuantos gruñidos, la niña se levantó de su cama.


- Ya voy, ya voy...- musitaba como incesante cantinela, mientras se acercaba a la alacena disimulada contra la pared y cogía de ella un saco de pienso para servir a sus mascotas. La gata se puso a tragar de inmedianto entre ronroneos de placer, pero Hiro prefirió acomodarse junto a Lobo en la inmensa manta extendida por el suelo del rincón destinado a ellos. Allí dormían hechos una piña los tres, siempre y cuando alguno no decidiera colarse en la cama de su pequeña cuidadora en busca de mimos.


A Victoria no le importaba. En lo que ella le concernía, probablemente esas ocasiones serían las que más cerca iba a estar de compartir cama con alguien. Con gesto pesado, recogió el libro que había estado leyendo antes de quedarse roque y lo colocó en la abarrotada estantería.


"Me empiezo a quedar sin espacio..." pensó. "Tendré que hacer reformas..."


El argumento del libro aún le daba vueltas por la cabeza mientras se preparaba su somero desayuno. Estaba escrito por un nativo de Wutai y narraba episodios de la guerra que los altos mandos de Midgar solían "olvidar". Relatos estremecedores por lo real de su argumento, con nombres, fechas y lugares auténticos.


"Son las cosas como ésas las que me hacen recordar el por qué lo que hago es justo y bueno..." meditó sorbiendo un poco de café. "La gente de aquí da asco. Los líderes de aquí dan asco. Lo que hicieron da asco."


Si se lo paraba a pensar, el café solo también daba asco. Había olvidado la leche.



************


Media hora más tarde, su enjunta figura paseaba por Mercado Muro con su mochila marrón a cuestas. Su suelto y alborotado cabello tricolor llamaba la atención allá donde pasaba y recibía miradas de envidia de muchos niños rebeldes con ganas de demostrar su antisistemismo ante sus padres.


La rutina de Vic había cambiado desde la aparición del cometa en el cielo. Ahora no se limitaba a vegetar en su casa mientras preparaba planes de muerte sigilosa, ayudar a su abuelo con el bar y revisar el arsenal. No, ahora también paseaba, iba más a menudo a las tiendas del lugar y charlaba con la gente. Distaba mucho aún de tener amigos en el sentido más común de la palabra, pero al menos no era una sociópata. O eso se decía a sí misma.


- ¡Vic, deja de mirar las musarañas! ¡Necesitos que me ayudes a colocar los vasos!- bramó Eduardo, que limpiaba una mesa del local con una bayeta amarillenta. La joven dejó su actitud ausente de lado para agacharse, coger con pereza los diferentes recipientes de cristal y ordenarlos bajo la barra.


- Vaso de tubo, vaso grueso, copa de pie, copa redonda...- fue murmurando para sí mientras contaba mentalmente la cantidad. Estaba tan ensimismada que no fue consciente de que la observaban hasta que se levantó.


Inmediatamente todos sus sentidos se pusieron en alerta, sus cabellos se erizaron y sus manos comenzaron a tensarse. El chico tenía unos brillantes ojos verdes que la miraban con descaro de arriba abajo, cabello azabache y en aquellos momentos encendía un cigarrillo con un zippo plateado. Su aire era presuntuoso, propio de alguien altamente seguro de sí mismo y de su ego.

Vestía un ceñido pantalón negro de cuero, una camisa blanca con los dos primeros botones sin abrochar y una imponentes botas con remaches en acero, de marca New Stone.


La envidia corroía a la pequeña adulta, quien por cuestiones de talla (y muchas veces tambíen de dinero) tenía vedadas cosas así. Debía conformarse con su habitual atuendo: pantalones cortos negros, camiseta blanca sin mangas, brazales coral y botas negras de caña alta.


Estaba claro que aquel guaperas con pinta chulesca no era de debajo de la placa ni por casualidad. Nadie de allí podría permitirse esa ropa, ni ese mechero exclusivo.


El chico siguió mirándola a placer, sin apartar por un segundo la vista ni siquiera para dejar caer lánguidamente la ceniza de su cigarro en el recipiente puesto a tal fin sobre la mesa. Y eso la molestaba mucho.


- Abuelo, tengo que irme ya.- masculló, colgando el trapo con el que secaba los vasos. El hombre, maduro pero aún musculado, la miró con los brazos en jarras. Llevaba unos simples vaqueros y una camiseta negra de un viejo grupo de heavy.


- Es temprano y prometiste ayudarme a limpiar.- advirtió con una sonrisa astuta.


- Por faaaaaaaaaaa, te lo compensaré otro día...- repuso ella, zalamera y poniendo ojitos.


- Te tomo la palabra, pequeña delincuente. Mañana y pasado, cena juntos. ¡Sin rechistar!-


- ¡Sí, señor!-


Saludo militar y abrazo posterior, Vic agarró su mochila del estante y salió. Sabía que Ed le había permitido escaquearse porque debido a su reciente cambio de actitud, a veces iba a jugar con niños del parque (sí, aun a pesar de su edad). Descubrir eso había sido como un reconstituyende para el viejo, que se había quitado diez años de encima de golpe. Su garito parecía más que nunca un pub heavy donde el dueño y barman se camuflaba perfectamente entre los grupos de entre veintitantos y treintaytantos que frecuentaban el local.


Probablemente si el ex-instructor militar supiera la verdadera causa de la marcha, hubiera dejado de sonreír en el acto.


"Tal y como pensaba, el muy bastardo me ha seguido..." lo contempló por el rabillo del ojo en el reflejo de un deslucido escaparate. Mercado Muro, a aquellas horas, tenía un caudal nada desdeñable de gente, pero aún no había comenzado el mogollón nocturno. Era el momento ideal para cosas del tipo que ambos pensaban. "El chaval está pecando de curioso. No me gustan los curiosos. Veamos a ver cuanto sabe antes de decidir si le hago un favor cortándole la garganta..." pensó.


Se paró ante una juguetería y esperó a que el chico se pusiera a su lado.


- ¿Te gustan los peluches?- su voz no hubiera desmerecido como barítono, era grave aunque juvenil. Sonreía con encanto. La asesina le calculó unos veintipocos años.


- ¡Sí, sí, sí, me encantan!- rió con tonito agudo e infantil, los ojos iluminados de inocencia.


- ¡Jajaja! ¿Te gustaría ese moguri blanco de ahí?-


- ¿Me lo conseguirías?- carita de niña, carita de niña...


- ¡Claro! Pero...- la sonrisa se volvió maliciosa, los ojos especuladores.- No me parece propio de una "SK" tan eficiente juguetear con peluches. ¿Tan infantil es Naomi Embell?-


Cara de niña a la mierda. La boca se desdibujó en un rictus de frialdad, los ojos se entrecharon convirtiéndose en dos rendijas felinas, el rostro cambió. La adulta Victoria miraba al insolente.


- Bueno, a veces le gusta ir a jugar al parque, así que debe de serlo. ¿Sabías que también le encanta contar los trenes de dos en dos?-


No servía de nada disimular por más tiempo, ni fingir incredulidad inocente. El tipo sabía quien era ella, había captado su sutil código a la perfección. Y él el de ella.


El chico sonrió, satisfecho, y le tendió una mano que ella no aceptó.


- Me llamo Alex. Y estoy sinceramente encantado...- la entonación que dio a esa palabra no acabó de tranquilizar los tensos nervios de la chica.- de conocerte, Victoria. Espero que seamos muy buenos y cercanos amigos...-


El brillo de diversión y algo más en las pupilas del ojiverde mosquearon a la tricolor.


- Yo no contaría con ello. No me gustan los sabihondos.-


- Sí, la verdad es que son una especie en extición... pero seguro que acabaré por convencerte de que yo merezco sobrevivir a mi especie.-


- Eso lo veremos con el tiempo.-


Dándole la espalda, se marchó.


Alex siguió mirando su pequeña figura hasta que desapareció entre la multitud. Rió con alegría.


- ¡Es todo un carácter!- sacó un nuevo cigarrillo con el que deleitarse los pulmones.- Esta chica cada vez me gusta más... ahora, veamos si logro mi misión...-



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¡MALDITO, MIL VECES MALDITO!


Poca gente conseguía romperle los nervios a Vic, pero aquel escuerzo había estado a punto de hacerle perder la compostura en público.


"SK". Naomi Embell. Serial Killer No Existence.


En otras palabras, "Sé quien eres".


Contar trenes de dos en dos.


Su reto, "A las dos en el cementerio de trenes, los dos solos".


Por su actitud, el chico parecía haber aceptado, pero no entendía a qué vino eso de ser amigos.


Ella bien se lo dijo, "Sabes demasiado para mi gusto".


Audaz su contestación, "Sé que matas a aquellos que saben sobre tí, pero yo lograré que no me mates."


"Eso lo veremos esta noche".


Qué cantidad de mensajes subliminales se podían soltar en una conversación de besugos... Vic sacó sus armas preferidas para ponerlas a punto y revisó su traje de combate. Era todo en negro, de hechura similar al de los ninjas de las series animadas. Le gustaba porque se ceñía al cuepro dándole libertad de movimiento y la ocultada en la oscuridad.


Pronto puso rumbo a su cita con el futuro cadáver.


Pero lo que Vic no sabíe es que había una parte del código que no terminó de descifrar en toda su complejidad...



**************************************************



Un viento gélido barría el lugar, silencioso y decadente. Los trenes amontonados, rotos y medio carcomidos por el óxidos no eran un lugar recomendable a las dos de la noche si se quería volver a ver amanecer. Era un lugar muy conocido para duelos de todo tipo... especialmente duelos que acababan con derramamiento de sangre y un muerto en las esquelas del periódico mañanero.


La zona preferente para aquellos asuntos solía ser una descampado circular entre los trenes, amplio y con algunos escombros por el suelo. El chico ya la estaba esprando allí, con la espalda apoyada en uno de los oxidados vagones y los brazos cruzados en actitud de suficiencia.


- Eres puntual.- murmuró Victoria tras la tela que le tapaba la boca. Ahora mismo, lo único visible de su cuerpo era la zona de los ojos. El resto estaba cubierto por el traje negro.


- Tú también. Pero yo me he adelantado por si acaso...- sonrió con arrogancia.- No es de caballeros hacer esperar a una señorita.-


La joven no contestó. Se limitó a desenfundar sus dagas. Colmillo Nocturno brillaba en su mano diestra, con bordes aserrados y hoja asimétrica. Redención (un kukri) ocupaba la siniestra, con su impecable y liso filo reluciente cual estrella, y dos diminutas dagas gemelas ocultas en su funda. Tradicionalmente servían para afilar la daga, pero vic había acabado por encontrarles mejores usos.


Alex extrajo un Cuchillo Militar LEC de su chaleco. Él también había elegido ropa negra y ceñida para el combate, con un pantalon largo y el chaleco cubriendo su torso, dejando ver sus brazos con tatuajes tribales, aunque sin renunciar a sus pesadas botas. La joven asesina tomó nota de este detalle, que la favorecía al quitarle rapidez y agilidad a su adversario. Pero más le valía que no la alcanzase una patada o le partiría todas las costillas.


- ¿Vamos a armas blancas, entonces?- rió el chico.


- Siempre podemos cambiar luego a los tiros, si te aburres.- siseó friamente en respuesta.


Se ojearon durante unos segundos, ambos en pose de combate, calibrando al enemigo. De repente, con un rápido movimiento, Victoria abandonó su posición, haciendo veloces fintas, y lanzó un corte directo al vientre. Alex lo detuvo en el último momento con su propio cuchillo y ella aprovechó la coyuntura para obsequiarle con un fino corte en el antebrazo propinado por su otra daga. De un salto hacia atrás, se aparto.


- Eres buena...-


- No lo sabes bien...-


Todo se volvió un confuso remolino de velocidad a partir de esas declaraciones. Brincando, saltando, rodando por el suelo, la joven puso en jaque a su rival a base de amagos, cortes e intentos de apuñalamiento que siempre eran detenidos por el LEC de Alex. Lo cual no significa que éste no se llevara su ración de cortes, y para cuando la niña pausó su agresivo ataque, tenía la ropa desgarrada en varios puntos y los brazos con tatuajes nuevos.


Entonces, con sorprendente destreza para el peso que llevaba en los pies, el chico se movió. dos pasos adelante, finta a la derecha para esquivarla, amago hacia atrás y... ZAS!!! El corte fue limpio y un tajo se abrió en el traje de la pequeña, cruzando diagonalmente su pecho. No la había herido, pero por acto reflejo ella se llevó el brazo izquierdo al torso, cubriéndose. Con rabia, enfundó a Redención y extrajo las pequeñas dagas cogiéndolas entre las falanges proximales. Alex tuvo que retroceder varios pasos para no ser víctima de los afilados intentos de matarlas, ya fuese a dagazos o a puñetazos con la izquierda, armada con los minifilos.


Ataque, ataque, esquiva, bloqueo, contrataque, doble parada, retroceso, ataque, contrataque... la sucesión de golpes era rápida y precisa. Un observador externo casi hubiera calificado aquello de una danza, más que de un duelo. Un baile letal para uno de los dos contendientes, cuya música era el entrechocar del acero. Poco a poco se fue haciendo evidente que por ese método nunca temrinarían. Con armas blancas, Victoria era superior, pero debido a su complexión en cansancio hacía mella en ella, y Álex, aunque más competente con armas de fuego, era bueno parando y esquivando y se cansaba menos.


Jadeando, ambos dieron un salto para retroceder y se quedaron mirando a una distancia de cinco pasos.


Álex arrojó su cuchillo al suelo.


- A tiros.- proclamó, serio.


- A tiros...- aceptó ella, guardando sus dagas en las respectivas fundas y dejando éstas en el suelo también.


El peligro era latente, la tensión palpable. El chico sacó una de sus dos Aegis Cort. La joven extrajo su prácticamente única arma de fuego de uso habitual, una Giordano bautizada como Crucifixion.


- Aaaaaaaay... no quería tener que recurrir a esto...- dramatizó Alex.- ¿Con lo que yo te quiero, por qué me haces sufrir?-


- Cállate, niño. Tú no sabes lo que es el sufrimiento.- escupió Victoria. Mira que decir que la quería, sin conocerla de nada y en medio de un duelo a muerte... si alguna vez llegaba a ver su lápida, le escribiría en ella un epitafio personalizado: "Pelmazo inconsciente y descerebrado".


- Tienes razón.-


La sonrisa se borró de repente del rostro masculino y fue sustituida por una expresión calculadora y fría. En ese momento, Vic se dio cuenta de que se enfrentaba a un profesional, y no a un simple chuleras. Eso la alteró. No entraba en sus planes medirse con un tirador entrenado, ya que a ella no le iban las pistolas. Prefería los filos y los aseinatos bien preparados. Por primera vez en mucho tiempo, "No Existence" se iba a enfrentar a un reto que la superaba.


Ambos duelistas cruzaron miradas durante un segundo antes de salir corriendo hacia los escombros y parapetarse. Alex, más alto que ella, lanzó una ráfaga de seis disparos que la obligaron a rodar lateralmente por el suelo antes de cubrirse tras un saliente oxidado. Desde allí ojeó el lugar ubicando la posición del otro y disparó dos veces. Una de las balas se incrustó en la pared, pocos centímetros por encima de la cabeza del joven. La segunda estuvo en un tris de perforarle el brazo, si no fuese porque se encogió tras su parapeto después del primer disparo.


Con agilidad, Alex saltó sobre una montaña de desechos y apuntó a Vic desde arriba. La pequeña tuvo que iniciar un rápido sprint en zigzag por entre los vagones para evitar sus balas. De duelo, aquello pasó a una carrera de obstáculos, con los dos contendientes dando saltos y corriendo sobre los desvencijados trenes. De vez en cuando, el sonido de un disparo correspondiente a una bala errada cruzaba en aire. Sintiendo el corazón a mil por hora y los pulmones a punto de estallar por el esfuerzo, Victoria no dejaba de darle vueltas a la situación. El tipo había demostrado ser un profesional del gatillo, y también del moverse en situaciones de riesgo. Con pistolas, la superaba, y era soprendentemente veloz teniendo en cuenta sus botas de medio kilo o más de peso cada una. Podría haberla cogido ya. Podría haberla liquidado hacía rato. Entonces, ¿por qué no lo hacía? ¿Acaso le apetecía jugar con ella al ratón y al gato?


Oyó un roce tras su espalda y se volvió con la giordano apuntando. Error fatal. Una sombra se cernió a su espalda.


- Has perdido.-


¡BANG!


La bala que se alojó entre sus omóplatos le daría la respuesta.


"Hijo de... putaaaaaaaa..." fue su último pensamiento antes de sumirse en la negrura.



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Cuando volvió a abrir los ojos no pudo creer que estaba viva. Pero el precioso dolor muscular que su cuerpo le regalabla proclamando a gritos una espectaculares agujetas para mañana se lo confirmaban. Aún tenía el mal vicio de respirar. Y a todas estas... ¿donde estaba?


- ¿Ya despertaste?-


Mierda.


- ¡BÁJAME AHORA MISMO!-


¡En su puto regazo! ¡El muy cabrón la había tomado en brazos! Alex esbozó una sonrisa sarrdónica.


- No quiero. Yo gané. Así que tengo derecho a un premio.-


- ¡¿Premio..?! ¡Vete al Infierno! ¡Eres un pervertido!- trató de retorcerse, pero sentía el cuerpo extrañamente aletargado.- No has usado munición letal, ¿verdad? Utilizaste anestesiantes.-


- ¡Correcto!- el chico rió contento como un niño.- La única manera de ganarte y poder hablar contigo luego. Los efectos terminarán de pasársete dentro de un rato.-


Victoria suspiró y se resignó a aquella humillante posición de damisela en apuros.


- Y por cierto, no soy un pervertido...- continuó diciendo como si nada.- Unos las prefieren rubias, otros gordas... a mi me gustan aniñadas. Es una filia como cualquier otra.-


Se podría jurar que había una hoguera en el pelo tricolor de la asesina, del humo que echaba. ¡Pero sería cerdo el muy...!


- Y además yo sé que no eres una niña.- sonrisa Profident.- Eso es lo que más me gusta de tí. Cuerpo de niña y mente de mujer. Eres como mi ideal, pero con más carácter.-


- ¿Y tú que cojones sabes de mí? ¿Quién eres tú, pervertido?-


- ¡Heyq, que tengo nombre! Me llamo Alexander Rui de Castro e andrade, y antes de que empieces a mirarme feo, yo no escogí nacer en familia pija. Tengo 22 años, naci el 12 de Octubre, soy Libra y mi tipo de sangre es el AB. Poseo un bonito ático sobre la placa y una estupenda moto de la que no te voy a decir la marca para que no te desmayes. Me gusta el tiro al blanco, los videojuegos y coleccionar mecheros. Y soy tu fiel, devoto y rendido admirador.- finalizó.


La cara de Victoria se traduciría por un: "Que alguien lo vuelva a encerrar en el loquero, por caridad". Alexander actuó como si no la viera y extrajo una libretita de su roto chaleco.


- Hace unos pocos años, descubrí entre viejos archivos de Shinra unos documentos medio roídos acerca de un viejo experimento cancelado llamado "Proyecto Edén". Por lo poco que pude leer, entendí que se trataba de unas pruebas destinadas a lograr la eterna juventud, o alguna chorrada similar. Mencionaba también que se logró gestar a un sujeto óptimo que hubiera sido el cúlmen del asunto. Pero no decía nada más.- fue pasando páginas.- Comencé entonces a buscar noticias y carpetas de archivos relacionados con las fechas en las que el experimento estaba en su última fase, y hallé varias referencias a un incendio ocurrido en las instalaciones del proyecto a causa de un ataque terrorista que SHINRA oculto bajo secreto de sumario. El rastro estaba ya frío después de tantos años. Decidí mirar entonces noticias de desapariciones en los años de inicio, elaboré una lista de nombres y cotejé los datos con los restos de documentos. Dos nombres en concreto eran mencionados con mayor frecuencia que los otros: Maya y Fire... para no aburrirte, terminé por descubrir que ellos eran los "Adán" y "Eva" del proyecto Edén, e inicié su busca por su lugar de origen, los suburbios. Para entonces, tú ya habías comenzado a matar, pero aún no se te conocía. Encontré la tumba de ambos en el cementerio, y por sus epitafios entreví que habían tenido un descendiente... demasiado clásico eso del "Devota esposa y madre", si me pides la opinión. ¿Pero donde estaba ese retoño? Muerto no. Hice pesquisas por Mercado Muro y me enteré de que, antes de fallecer, Maya había vivido con Eduardo Seeker, propietario del "Club Saucer". El mismo que tenía una adorable nieta... pensé que era imposible. ¿Una niña? La chica debía tener unos veinticinco años, no podía ser... a menos...- la miró de manera penetrante, con aquellos brillantes ojos verdes que parecieron exhalar rayos X. Vic se sintió como se le hubiera visto hasta el alma.- A menos que el Proyecto Edén hubiera tenido éxito. Eterna juventud.-


- Una maldición para quien la padece.- escupió Vic.- Y causa de muerte de muchos inocentes usados como sujetos de pruebas. Todo orquestado por SHINRA... ¡por tus malditos jefes!-


- Ohhhhhhhh, eres muy lista...- el chico fingió asombrarse.- ¿Cómo lo has descubierto?-


- Usas el arma más típica de los esbirros de SHINRA. Eres un profesional del combate y las armas, te he visto moverte. Y sólo alguien de SHINRA con pase especial podría haber tenido acceso a los documentos de la historia que cuentas.- ella lo miró con indescriptible odio y desprecio.- Eres mi enemigo jurado. SHINRA es una corporación de huevos pdoridos.-


- Completamente de acuerdo, pero su sueldo me ayuda a pagar mis facturas.- la broma no arrancó una sonrisa a la adusta asesina.- Soy un agente de los servicios "extraoficiales", en teoría no estoy fichado como trabajador de SHINRA CORP. y voy por libre. Pero no estoy aquí por trabajo, si no por gusto. No vengo a liquidar a "No Existence"... muy al contrario, quería conocerte. Cuando dije que era tu devoto y rendido admirador, no te mentí. Cuando te dije que merecía sobrevivir a mi especie, tampoco.-


Vic notó que ya podía mover su cuerpo y bajó con delicadeza de los brazos del chico. Éste aumentó el agarre un momento, como si no quisiese soltarla, y luego la depositó en el suelo, mirándola largamente. Suspiró.


- Sé que para tí soy un SHINRA, uno de los bastardos a los que matas por odio y venganza, y que estaría mejor a seis metros bajo tierra con un losa de mármol encima. Pero quiero demostrarte que estoy contigo, que creo en lo que haces y que lo apoyo. He sido testigo de la corrupción de SHINRA CORP. Quiero que dejes de verme como un SHINRA, y que me dejes vivir y ser... tu amigo, de momento.-


La niña lo miró con los ojos entrecerrados y las manos en las caderas.


- Supongamos que confío en tí. ¿Tú como supiste que yo era quien era?-


- Ahhhhhhhh, eso mejor te lo cuento en nuestra cita.-


- ¿Cita?-


- Claaaaaaaaaaaaro, he ganado el duelo y por tanto puedo pedir un premio. ¿Cena en el Uudon Shiro dentro de tres días? Co invito, claro, y te paso a recoger. Es sobre la placa, te gustará.-


Victoria sintió la tierra hundirse bajo sus pies. ¿Una cita? ¿Con el pervertido?


"¡¿Espers, por qué yooooooooooooooooooooooo...?!"