jueves, 7 de agosto de 2008

130

–... pues me llamo Jennifer, pero puedes llamarme Jenni si te gusta más... Tengo veintiún años, soy pelirroja natural, metro sesenta y tres y muchas pequitas en el pecho, como salpicaduras de chocolate...

Airo exhaló una bocanada de humo por la nariz, sentado sobre la taza del retrete. Desde el cuarto de baño podía escuchar perfectamente a su vecina, al otro lado del tabique, hablando por teléfono. Sólo con la presentación debía haberse embolsado un par de guiles. Ella prosiguió su conversa, describiendo la ropa que –supuestamente –llevaba puesta con voz sensual.


–... una camiseta blanca ajustada, con mucho escote... y una mini falda vaquera muuuy corta. Y una medias de rallas, de esas que se cogen a medio muslo. ¿Zapatos? No cariño, estoy descalza, sentada en la cama, y muy aburrida –esas dos últimas palabras fueron como un puchero.


“Joder...” murmuró Airo mientras observaba el cigarrillo, que se había apagado. El papel estaba ligeramente húmedo y no prendía como es debido. Sacó un mechero, un zippo con publicidad de Shinra rallado que había rescatado de un contenedor, e intentó reavivar el cigarro. En el piso de al lado, Jenni se había empezado a quitar una media lentamente, deslizándola por sus largas piernas.


Siempre había fantaseado con las caras que pondrían los clientes de su vecina si supieran quien se encontraba realmente al otro lado del teléfono. No respondía al nombre de Jennifer, Sharon, Charlize o cualquier otra parodia de estrella de cine; ni era una pelirroja de veintiún años o una mulata de curvas generosas.


La verdad era que sus padres la habían bautizado con el poco comercial nombre de Berta, era rubia y ya había rebasado los cuarenta. Era una mujer normal, quizás tirando a guapa si el maltrato y el alcoholismo no hubieran dejado huella en su cara. Ahora llevaba una media melena corta, mucho más favorecedora que el largo cabello que había lucido durante tantos años sobre la cara, en un vano intento de ocultar las marcas que su marido –ex marido ya, afortunadamente –le dejaba tras las palizas. La entrada en la cuarentena le había regalado cierta obsesión por la juventud perdida, así que era una adicta a toda clase de cosméticos y dietas, aunque Airo seguía insistiendo que con cinco quilos más se vería mejor.


Ahora estaba intentado –intentado era la palabra –rehabilitarse de su adicción, aunque al parecer los doce pasos eran difíciles de seguir; y de vez en cuando Leroy descubría alguna botella de licor escondida en el piso durante su registro mensual. Ella justificaba que era sólo una medida tranquilizante. El saber que el alcohol estaba a mano por si le daba un bajón le hacía sentir menos ansiedad. No era algo fácil de creer, aunque Airo consideraba que las botellas precintadas eran una garantía de que realmente estaba haciendo un esfuerzo.


Leroy era el dueño de aquel viejo edificio en los suburbios del sector 3. De construcción antigua, con pocas plantas y pocos pisos en cada una de ellas, lo mantenía en condiciones mínimamente habitables y con alquileres a precio simbólico para blanquear sus cuentas bancarias. El negocio que llenaba sus arcas trataba sobre algo menos legal que el arrendamiento, pues Leroy era uno de los proxenetas de lujo más conocidos de Midgar, aunque él prefería considerarse “organizador de fiestas para caballeros.”


Además del dueño de su piso, también era el jefe de Berta, a la que tenía en aquel segundo plano del sexo telefónico por considerar que era demasiado mayor para el gusto de sus clientes. Airo, en cambio, la veía como un yogurín, aunque con más de sesenta años a sus espaldas aquello era fácil. Y mientras la escuchaba hablar por teléfono, sobria y con su especial don para la narrativa erótica; imaginaba la realidad de la mujer rubia que estaba sentada cómodamente en su sofá, con una vieja sudadera de su equipo de básquet favorito, con unos pantaloncitos de estar por casa que eran la mínima expresión de esa prenda, y calcetines gruesos de color chillón para cubrir esos pies con tendencia a enfriarse. A él esta imagen también le resultaba sexy, más incluso que la fantasía telefónica que relataba para el capullo que estaba pajeándose al otro lado de la línea.


Airo inspiró fuertemente el cigarro, intentado evitar que se apagara otra vez, sentado en la soledad de su minúsculo y oscuro baño. Más de una y más de dos veces había fantaseado con la idea de tener menos edad y más salud para intentar flirtear con su vecina. Pese a los cánones de belleza de Wutai, a él le resultaba atractiva en muchos aspectos. No iba a hablar de amor, pues consideraba que el mundo lo había curtido hasta que ser incapaz de experimentar tal sentimiento; pero celaba su compañía. Como amiga y confidente y quizás –si estuviera en mejor forma– como amante; pero el tiempo de establecer lazos emocionales ya le había pasado de largo. “Ni los quiero ni los necesito”, se decía a sí mismo; y más que el consuelo de un hombre mayor era una verdad tácita, lo cual a veces resultaba peor que la autocompasión.


La sinfonía de gemidos del piso contiguo le hizo saber que la conversa había llegado al punto donde se justificaban los 1,25 guiles más IVA que costaba el minuto de llamada. Aunque no se consideraba un entendido en el tema, creía que Berta no lo hacía nada mal. Quizás demasiado aire en todos aquellos sonidos, pero había entusiasmo y eso se agradecía. Pensó en el cliente, la única persona que debía estar disfrutando de un verdadero placer, y maldijo internamente la guerra que le había robado la salud. Todo el caos de nervios mal conectados se unió a la protesta en forma de dolor articular y un mareo que lo sumió en la oscuridad durante unos segundos.


Se le escapó un jadeo ronco mientras se sujetaba la cabeza entre las manos, con el cigarro colgando precariamente de sus labios. Al otro lado del tabique volvía a reinar el silencio: se había perdido la mejor parte. Mientras respiraba profundamente, aun con las palmas de las manos contra las sienes, unos golpes en la pared lo sorprendieron. Airo tensó la espalda como si fuera un adolescente al que hubieran pillado leyendo revistas para mayores.


–¿Estabas escuchando? –preguntó Berta con fingido enfado.

–Casas antiguas, paredes de papel –dijo con voz ronca.

–No estarías haciendo nada... sucio mientras escuchabas, ¿verdad? –preguntó con un susurro alto.

–Sabes que lo haría si pudiera –masculló, masticando el cigarrillo irremediablemente apagado.

–¡Oh vamos, no seas tan duro contigo mismo! –ella nunca había sido completamente consciente de las secuelas que arrastraba –Puede que sólo necesites es más cariño que otros hombres –añadió con tono seductor.


¿Era aquello una proposición o es que aun seguía en modo línea caliente? En ese instante Airo no tenía ganas de descubrirlo. Poniendo voz de interesante, dejó caer un “no es bueno coquetear con hombres de la edad de tu padre” y salió del baño cojeando.


La guerra... la guerra había minado su salud y lo había obligado a huir de su hogar. A veces, cuando miraba por la ventana del piso y veía el cielo artificial de acero y hormigón, recordaba cuando vivía en el valle de Wutai, a tocar de los campos. En las noches de verano la casa se llenaba de insectos de los arrozales, y en otoño entraba alguna libélula despistada y brillante por la ventana. El mundo colapsado bajo la placa que veía a través del vidrio sucio poco tenía que ver con él.


Sus abuelos habían sido campesinos. Sus padres también. Y entre todos ahorraron lo suficiente para que tuviera unos estudios que lo sacaran del campo. Había cursado idiomas y economía, creyendo que le abriría las puertas para negociar en el extranjero. Pero la guerra llegó, sin distinguir solados de civiles, amigos de enemigos.


Airo nunca llegó a pisar un campo de batalla, a sostener un arma entre sus manos; pero la guerra también lo hirió a él en su forma secreta y mezquina. Cuando Wutai ya veía quien perdería esa batalla, lo enviaron para negociar una rendición justa. Era algo tan noble por el país como empuñar un fusil en el frente, la lucha de las palabras. No veía vergüenza en reconocer la derrota si con ello salvaba la vida sus conciudadanos. Su familia, su mujer, sus vecinos estaban orgullosos de él.


Pero los extranjeros pensaban diferente. No se contentaban con ganar, querían masacrar a aquel país del oeste hasta borrarles todo gesto de valor y fuerza que tuvieran. Nunca lo reconocerían, pero cuando Airo cayó enfermo sabía que estaba siendo envenenado. Las negociaciones se abandonaron y él pasó varios meses en tierra de nadie, subsistiendo en el fino límite que separa la vida y la muerte, el latido del silencio.


El cuidado y la dedicación de los suyos le hizo regresar entre los vivos; pero no su salud. Las secuelas del veneno, fuera lo fuera aquella mezcla tóxica, había alterado las conexiones nerviosas de su cuerpo. Los nervios sufrían constantes cortocircuitos, enviando señales erróneas de dolor, hormigueo, entumecimiento y en el peor de los casos, absolutamente nada. El aparato locomotor resultó el más dañado, obligándolo a arrastrar un bastón hasta el fin de sus días.


Airo se comparaba con electrodomésticos a los que se les sale un cable de sitio. A veces uno da un golpe en ellos y los cables hacen contacto en el lugar correcto, haciendo funcionar el aparato. Pero un nuevo golpe descoloca las conexiones y vuelve a estropearse. Así una y otra vez, funcionando de forma intermitente.


El cuerpo de Airo funcionaba de forma intermitente, poniendo algunos días serias trabas para caminar, robándole el equilibrio, haciéndole ver y oír a veces cosas que realmente no estaban, perforando partes blandas de su cráneo en momentos de gran inspiración. Tardó años en aprender a convivir con aquel cuerpo tullido, y su convivencia era regular tirando a mala; pero a su edad se había resignado a que las cosas no iban a cambiar.


Su mujer, en cambio, no pudo soportarlo. Al parecer, no quería malgastar su vida al lado de un hombre que a veces necesitaba ayuda para incorporarse de medio cuerpo, que no podía trabajar de forma regular, al que le costaba cumplir con sus obligaciones conyugales –y no sin dolor–. Un hombre que muy probablemente no le daría hijos, y que no podría mantenerlos en el raro caso de que estos llegaran. Desesperada por su situación, buscó consuelo fuera de casa. Airo no tardó mucho en descubrirla en brazos de otro, con lo cual solicitó el divorcio y puso un océano entre los dos, trasladándose a Midgar.


Ahora estaba más cerca de la tercera que de la mediana edad. Su pelo, batiéndose en vergonzosa retirada sobre su frente, se había vuelto blanco. Su barba espesa ocultaba unas facciones cada vez más chupadas. Los ojos oscuros, circundados de arrugas, debían su forma rasgada ya no tanto a la ascendencia racial como al abuso de drogas. Cheeba eyes, lo había llamado una vez el emo que vivía en la planta superior. La respuesta de Airo había sido un golpe de bastón contra la parte interior de las rodillas, aunque con un cigarro de maría en la boca no parecía el más indicado para ofenderse.


Sacó del cajón una pitillera de latón, escupiendo el cigarro masticado a la basura. No habían ni hojas ni piedras. Siseó un juramento por lo bajo mientras iba a por la chaqueta, arrastrando la pierna por el suelo. No existía cura para era autopista de la información averiada que era su sistema nervioso; pero al menos había encontrado un pequeño refugio sin dolor en las drogas blandas. Sabiendo que algún día el fallo neuronal ordenaría erróneamente a su corazón que dejara de latir, Airo estaba de vuelta de todo, y más aun de los efectos secundarios de las drogas.


Se encasquetó un gorro de lana, intentando ocultar ese híbrido entre entradas y calvicie que no parecía decantarse hacia ninguna parte bajo el hilo de colores. Al igual que toda su ropa, vieja y fea, era comprado de segunda mano. Al menos ahora podía comprarse ropa, porque cuando llegó a Midgar tenía que rapiñarla de los cajones para la mendicidad. Se colgó el bastón del brazo y cogió una bandolera que en sus mejores tiempos había sido de piel cosida a mano, aunque ahora tenía varios refuerzos con hilo fuerte y parches de cuero.


–¡Eh, preciosa! –le gritó a Berta una vez hubo salido al rellano y cerrado la puerta con llave –Si viene Leroy le dices que me he ido al huerto.

–¿Cómo dices? –preguntó ella asomándose a la puerta. Tenía unos auriculares colgados del cuello y vestía tal y como Airo se había imaginado, cambiando la sudadera por un jersey.

–Que me voy al huerto. A repostar. Ya sabes –hizo un gesto de fumar, poniéndose dos dedos sobre los labios.

–Mensaje captado –dijo ella imitando un saludo militar –¡Que te vaya bien la excursión!

–Te traeré un recuerdo –se despidió mientras desaparecía por el hueco de las escaleras.


El huerto, como lo llamaba Airo, eran unas naves industriales abandonadas a las afueras del sector 8. También era la razón por la que, sin tener ningún trabajo renumerado, ni jubilación anticipada ni pensión de minusvalía, podía ganar lo mínimo para mantenerse. No sabría que dirían sus padres y abuelos si descubrieran que, a pesar del esfuerzo para darle unos estudios, Airo subsistía cultivando la tierra. Concretamente, adormidera, coca y marihuana.


Era para él un orgullo extraño formar parte del escalafón originario y también más desconocido del universo de las drogas. La mayoría de los pijos de la placa que pagaban sesenta o setenta guiles por un gramo de cocaína no sabían que procedía de un arbusto aparentemente inofensivo. Había mucho kumba que llevaba hojas de marihuana impresas en su ropa; pero desconocían lo duro que era cultivarla. Y en cuanto al opio, prácticamente nadie sabía que la adormidera, su fuente, era una planta de flores blancas.


Además, Airo conocía otras propiedades de las plantas más allá de la sintetización de substancias ilegales. Las hojas de coca se masticaban para soportar las condiciones meteorológicas adversas. La infusión de opio servía para ayudar a dormir a los niños nerviosos. Y fumar maría era recomendable para gente con dolores crónicos como los suyos.


Airo llevaba diez años cultivando en esa especie de invernadero que había creado en aquellas naves. Bajo la placa no existía luz solar, pero había conseguido servirse de la iluminación propia de la fábrica para crear luz artificial suficientemente apta para las plantas. El suelo estaba cubierto por metro y medio de tierra fértil. El sistema de irrigación antiincendios se había trasformado en el riego. Con mucha ironía, Airo había clavado un espantapájaros en el suelo al que llamaba Kazuo; y a lo largo de los años había ido pintando las paredes para que imitaran un cielo estival.


Vistas desde fuera, las naves no parecían anda especial. Tenían puertas de acero cerradas con gruesos candados, y ventanas tapiadas que impedían ver su interior. La gente de los suburbios estaba demasiado acostumbrada al abandono como para interesarse por su interior. Pero por si algún chaval quería cruzar los limites como una prueba de valor; las verjas estaban llenas de alambre de espino, los muros tenían cristales rotos cimentados a las paredes y había una bonita valla electrificada con la alta tensión industrial de la zona. Como cualquier campesino, ganaba miseria por su trabajo en comparación con lo que conseguían los distribuidores de cara al publico. Lo mínimo que podía hacer era proteger la cosecha de los intrusos.


Era duro dedicarse al conreo para alguien de su edad y salud mellada; pero le resultaba gratificante oler la tierra húmeda y sentir el calor del sol artificial. Estaba más cerca de casa, y también más cerca de su refugio personal. De no haber sido por la colaboración de gentes menos honestas que le compraban la cosecha para manipularla en laboratorios y destrozar vidas ajenas con sus ganancias, no podría haber sacado su trocito de campo adelante.


Airo cruzó el límite del sector 7 tan aprisa como le permitían sus miembros. Allí vio a un vagabundo observando completamente embelesado dos materias. Recordó fugazmente sus tiempos de sentarse en las esquinas y estaciones para pedir una moneda, de gritar airado a quienes le lanzaban basura para hacer la gracia, y de pasar miedo y frío por las noches. Ahora parecía que todo eso le había ocurrido a otra persona, que él no tenía nada que compartir con el joven vagabundo. Pasó por su lado, fijándose en sus brazos heridos por otra clase de drogas que no conocía ni quería conocer. El gesto del tío fue aferrar las brillantes esferas con fuerza entre sus brazos, casi soltando un gruñido animal. Airo lanzó una moneda desde la distancia, prefiriendo no acercarse a aquel sujeto con síndrome de abstinencia.


Se internó en lo que quedaba del sector 7, recibiendo un corto espacio en ruinas donde el sol brillaba sobre el suelo mojado. Era raro poder observar las inclemencias del tiempo bajo la placa. Observó el vacío triangular sobre su cabeza, y el cielo le pareció tan falso como el techo sobreelevado que cubría los demás sectores, con sus estrellas eléctricas y sus nubes de hormigón.


Un ruido llamó su atención. Sonaba como si algo hubiera resbalado sobre los escombros. Medio saltando con la ayuda del bastón, Airo cruzó las ruinas hasta lo que quedaba de un edificio. Sus paredes proyectaban sombras sobres los contenedores de runas que Shinra había colocado cuando supuestamente iban a reconstruir el sector 7. Una figura corría descoordinadamente hacía ellos, cargando algo entre brazos de lo que se quería deshacer. Airo se acercó tan sigiloso como le permitía su pierna dolorida.


La figura resultó ser una chica, una adolescente que caminaba con un cojeo extraño. Vestía ropa holgada y descuidada aunque limpia, lo que le hizo pensar que llevaba un tiempo fuera del núcleo familiar y no estaba exactamente capacitada para cuidarse sola. La chica cargaba una bolsa de deporte que, a juzgar por su expresión horrorizada, cargaba algo horrible. Se acercó al contenedor y se puso de puntillas, intentando llegar al borde del enorme receptáculo de runa. Todo eso era demasiado sospechoso, pensó Airo. Se había acercado mucho más de lo prudente, bajo la sombra de los edificios.


–¿Qué haces? –preguntó con su voz curtida tras varios años fumando.


La chica le dirigió una mueca desproporcionada, mezcla de sorpresa y pánico. Tenía la frente perlada de sudor y la camiseta interior, que quedaba a la vista mientras alzaba los brazos, estaba manchada de lo que parecía sangre. Intentó por última vez hacer entrar la bolsa de deporte en el contenedor; empujándola y empezando a correr con pasos raros. No empujó con la fuerza suficiente, con lo la bolsa cayó al suelo con un sonido blando.


Airo, que empezaba a suponer lo que ocurría, siguió a la chica medio saltando sobre la pierna que se encontraba en mejores condiciones. La chica era más joven y rápida, pero estaba cansada y asustada y Airo tenía más experiencia; así que cuando se encontró a una distancia prudencial, le lanzó el bastón a la espalda. La muchacha pronunció un aullido lastimero mientras caía sobre las rodillas, llevándose las manos a la espalda. Llegó hasta ella, notando como le sudaba la cabeza bajo el gorro de lana, y la cogió por la sudadera, obligándola a levantarse.


–Vamos a ver que traías contigo.

–¡¡DejamedejamedejamaDEJAME!! –el alarido histérico chirrió en sus oídos durante unos segundos.

–¡En pie! –exigió tirando más bruscamente

–¡Muérete! –pataleó la chica sin muchas fuerzas a causa del cansancio.

–¡En pie, coño! –esta vez soltó la ropa de la chica para atraparla por el pelo, enmarañado y sucio de sudor.


Ante el dolor en el cuello cabelludo la chica se fue poniendo en pie y no intentó huir. Airo volvía a tener el bastón en una mano y el pelo de la chica en la otra, y su expresión dura mostraba que no iba a tolerar ninguna chiquillada. Se acercaron de nuevo al pie del contenedor, junto a la bolsa de deporte.


–Ábrela –ordenó él. La joven se retorció las manos nerviosa, murmurando algo –¡Qué la abras, joder!


La chica siguió tirándose de los dedos, haciéndolos crujir, mientras el murmullo crecía en volumen. Airo, que nunca había sido un ejemplo de paciencia, tiró hacia abajo de la chica, haciendo que trastabillar contra el suelo. Se agachó a su lado, frente a la bolsa, y antes de que ella pudiera ver como tiraba de la cremallera, esta ya estaba abierta.


–Eres una puta, ¿lo sabías? –siseó con voz siniestra.


Dentro de la bolsa, oscurecida y pegajosa por la sangre, había un niño recién nacido. Tenía la piel de color morado y la cabeza deformada, y estaba demasiado quieto. Alguien había intentado cortarle el cordón umbilical usando unos cordones de bambas para detener la hemorragia; pero lo había hecho tan mal que la criatura se había desangrado. Airo ni siquiera intentó reanimarlo, ya estaba muerto.


–Con este ya es el sexto crío al que veo que abandonan en un contenedor desde que llegué a esta cloaca. Normalmente los encuentro vivos; pero los pobres están tan mal después de horas entre basura y a la intemperie que mueren al poco. Veo que tú has decidido ahorrarle el sufrimiento.

–¡Ha sido un accidente! –gritó completamente histérica.

–Dile al padre, si es que sabes quien es, que es un idiota –explicó mientras tiraba del extremo del fallido torniquete –. Ni siquiera sabe atarse los cordones.

–No había nadie, estaba sola –soltó con una mezcla rara de pena y orgullo.

–¡Uh, que valiente, tú sola...! –se cachondeó –Más valiente habrías sido si no lo hubieras tenido nunca, o si lo hubieras dado en adopción. Más valiente habrías sido si hubieras aceptado las consecuencias de abrirte de piernas y lo hubieras cuidado.

–¡¡HASIDOUNACCIDENTE!! –quizás fuera causa del trauma o de alguna substancia externa; pero su forma de hablar indicaba que no estaba en total posesión de sus facultades.

–Lo que más me jode es que por no saber, no sabes ni reciclar siquiera –espetó Airo mientras cogía la bolsa con su contenido y se la ponía en brazos a la chica contra su voluntad –. Esto va en el contenedor de la orgánica.


Airo se incorporó mientras observaba a la chica soltar el bulto como si de algún bicho repugnante se tratara, para inmediatamente frotarse los brazos como si quisiera quitarse la suciedad. Aquella muchacha, totalmente fuera de control, le resultaba tan nauseabunda como ella encontraba al cadáver de su hijo.


Esta es la gente que arrasó Wutai, pensó con ira, masticándola como si fuera una hoja de coca. Esta gente miserable, irresponsable, asesina, que trata a los suyos como si fueran basura. A su memoria llegaron los cuerpos lanzados a los contenedores que había encontrado cuando hurgaba en busca de comida, los cadáveres abandonados en los callejones, el olor a descomposición y a sangre coagulada... Midgar era repugnante, la ciudad y la gente que vivía en ella. No tenía honor, ni valores, ni respeto por sus semejantes.


Midgar era una basura.


Dio un golpe con el bastón contra el contenedor, arrancando una nota grave como un gong. La muchacha lo miró por el rabillo del ojo, aun frotándose los brazos. Airo levantó el bastón por encima de su cabeza, observando a la chica con desprecio.


–Esto es lo que deberían haber hecho tus padres cuando tuvieron la oportunidad. Así las cosas habrían sido diferentes.


Midgar es una basura.


Cuando horas más tarde llegó a casa, Berta le preguntó por su excursión hasta el huerto. Airo se limitó a mirarla con gesto cansado, sin dar respuesta alguna, y se metió en la oscuridad de su hogar. Había regresado con las manos vacías –de hecho, ni siquiera había llegado al sector 8 –y ahora que necesitaba olvidar no tenía las substancias que deseaba. Como ultimo recurso, rescató una botella de un whisky horrible de la despensa. Tomó un trago rápido, sin paladear, para que sólo quemara en el estómago y no en la garganta.


Midgar es repugnante, la ciudad y la gente que vive en ella.


Él también vivía en Midgar, así que también era repugnante. Pero al menos, pensó mientras se miraba las machas de sangre en el jersey con la vista desenfocada, él lanzaba la basura orgánica en el contenedor correspondiente.

viernes, 1 de agosto de 2008

129

- Pero no te lo gastes en vino ¿Eh?

¿Por qué siempre dicen lo mismo? Estoy hasta los cojones de esa gente, te echan un guil y se creen santos.

Ya apenas me acuerdo de cómo terminé así: yo antes era alguien importante, vivía en el sector 2, tenía un trabajo decente… Sí. Me cuesta reconocerlo, pero yo antes era como ellos: me creía importante, hacía lo que me salía de las pelotas, despreciaba a todo ser vivo que estuviese por debajo de mí… La culpa de todo fue de ese tal Blackhole.

Mientras oía como los botines de aquél pez gordo con aires de buen samaritano se marchaban, mis ojos observaban la moneda reluciente. Intenté sacarle brillo con el pulgar como hacen los estúpidos avaros con algo reluciente mientras mi cerebro sólo pensaba en una cosa: diez guiles más y podré ir a por pastillas. Metí la moneda en el único de los bolsillos de mi pantalón que no tenía agujeros y volví a suspender la mano en el aire para ver si alguien se dignaba a dar algo de dinero a un pobre vagabundo.

¡Un mendigo bajo la placa! Cómo si eso fuese algo extraño.

Recuerdo que ese día empezó a hacer frío, y yo me intenté cubrir inútilmente con un par de cartones mugrientos cubiertos de manchas de aceite procedente de las latas de sardinas que se agolpaban junto al contenedor rebosante. Me resultaba extraño: antes cuatro paredes me protegían del mundo exterior, y yo como buen rico que era encendía el aire acondicionado en pleno invierno, burlándome de aquellos que no tenían nada; y ahora ni dos trozos de cartón conseguían darme calor, convirtiéndome en aquello que despreciaba.

Se hizo de noche y las artificiales llamas de las farolas se iluminaron, proyectando tonos anaranjados y amarillentos contra las paredes de los ruinosos edificios. Eso significaba una cosa: ya no era hora de estar en la calle pidiendo.

Ya ni recuerdo cuantos años estuve viviendo en la calle; dos, tres tal vez, pero en poco tiempo tuve que aprender las leyes urbanas que regían aquellos barrios: si no quieres aparecer ahogado en tu propia mierda y cubierto de sangre a la mañana siguiente, busca un sitio seguro. Las bandas no tienen clemencia a la hora de divertirse, y los traficantes de órganos no son la compañía más apropiada para dormir.

Moví con dificultad mis piernas (largas horas sentado pidiendo limosna me las dejaba en un estado de aletargamiento) y las estiré. Allí apoyado en una fría esquina podía ver el enorme agujero que dominaba la punta de mi roída bota izquierda y la amoratada uña que sobresalía por él; no se cuando fue pero me di un golpe en el pie y desde entonces tengo la uña de ese color. Como un niño tonto me puse a hurgar el agujero de la bota y pronto pasé a quedarme embobado mirando mis manos. Llevaba puestos los típicos guantes rotos, como si de la última moda paupérrima se tratase, de los que salían unos escuálidos dedos manchados de hollín y otros tipos de suciedad en las que no quería ni pensar. Apenas tenía uñas, ya que una de mis estúpidas manías era mordérmelas hasta casi hacerlas desaparecer entre mis dientes, lo que me dejaba las puntas de los dedos en carne viva.

De las manos pasé a los brazos, como si de un estudio fisonómico se tratase. Ahí estaba lo peor de mí, mi propio demonio y a la vez falso ángel salvador: varias hendiduras ensangrentadas adornaban la piel entre el antebrazo y el bíceps, orificios que hacían evadirme por un corto período de tiempo de la asquerosa realidad a la que había llegado.

Y lo que no entraba por ahí, entraba por las fosas nasales; tenía el tabique tan resentido que a veces dudaba de si lo tenía en su sitio, tal vez por los efectos de la droga o tal vez por delirios propios.

Acerqué mi rostro a un charco cercano y me observé con cierto miedo; siempre que veía mi reflejo en algún sitio no podía evitar sentir repulsión hacia mí mismo. Me daba asco.

Me acordé de nuevo de cuando vivía en la placa superior, cuando me duchaba a diario y era un joven apuesto, creo que más o menos en esa época tendría unos veinticinco años.

Pelo oscuro siempre bien peinado, unos ojos marrones por los que más de una chica caía rendida, la nariz… Se podría decir que normal, no había nada en ella que resaltase y unos labios carnosos para ocultar una mandíbula perfecta.

Eso era entonces, ahora sólo era mi más profunda sombra: el pelo alborotado y grasiento, producto de la falta de higiene. Mis ojos vacíos, faltos de ese brillo peculiar que tenían antes y acompañados de una nariz ahora destrozada y con sangre reseca sobre los labios prácticamente despellejados a causa de la ansiedad que me producía el mono después de la droga.

Pegué una palmada al charco con rabia y aparte la vista de él. Me levanté con pereza y una fina brisa me hizo sentir frío en el costado; un harapo al que no me quedaba otra opción que llamarle camiseta me cubría hasta la cintura, con un cuello bastante amplio y sin mangas. Esa camiseta parecía un mural, apuesto a que en la placa superior eso se hubiera comprado diciendo que es arte. Sangre, vómito, restos de comida y más manchas desconocidas para mi eran lo que hacía a ese mugriento trapo único.

Los pantalones eran más de lo mismo salvo porque estos aún estaban decentes; unos pantalones vaqueros con más de un agujero que podrían pasar por unos de marca.

Recogí mi “casa” y comencé a caminar con pasos desganados. Mi cuerpo empezó a tener ligeros espasmos; mi metabolismo me pedía más droga aún sabiendo que eso lo destruía. De manera involuntaria me rasqué el brazo, ahí donde estaban los pinchazos, e inspiré profundamente.

Me dirigía a un edificio abandonado en el sector 7, donde varias personas lo habían ocupado. Recuerdo que vi con absoluta indiferencia caer aquél trozo de placa cuando yo aún vivía arriba. Ahora sus ruinas me servían para dormir algo más tranquilo por la noche.

Se me había hecho muy tarde y esa noche lo lamentaría profundamente. Atajé por un callejón, pese a lo que eso implicaba; solo pensaba en llegar a aquél edificio y dormir un poco, todo mi cuerpo se quejaba por la falta de droga.

En aquella estrecha calle apenas llegaba la luz de las farolas y lo único que brillaba era un bidón con un par de maderos ardiendo tímidamente; al otro lado se podía apreciar unas luces artificiales que parpadeaban llamando la atención de los más jóvenes.

Definitivamente ese callejón no me gustaba, enseguida supe cuál era aquél edificio: el Doors of Heaven. Y todo el mundo sabe que un callejón cerca de esa discoteca por la noche no es buen lugar para nadie.

Para más colmo empezó a caer una fina cortina de lluvia, seguramente cualquier agua inmunda que se colaba entre la placa. Con los cartones que llevaba bajo el brazo me cubrí la cabeza y por un rato el agua no me tocó( era ese tipo de lluvia fina y minúscula que te cala hasta los huesos). Pasados unos minutos, el material dejo de protegerme y el agua lo traspasaba como un coladero. No quería mojarme así que me metí a duras penas en un minúsculo portal de una casa semiderruída. No se cuanto tiempo pasé allí, cuando vives en la calle todo transcurre mucho más despacio, deseando que llegue la noche para poder abandonar el mundo material y despertar a la mañana siguiente frente a la cruda realidad.

Pero aunque despacio, el tiempo seguía transcurriendo y por nada del mundo quería pasar la noche a la intemperie, así que tras cavilarlo más bien poco, comencé a andar a paso ligero, justo cuando la dueña de aquella casa(una chiflada que vivía con veinte gatos) me gritó algo casi incomprensible.

-¡Fuera de mi casa que hueles a perro!¡Asqueroso, querías zumbarte a mis gatos!¡No te quiere nadie!

Tenía una alborotada y canosa melena que acentuaba más su carácter de local y sus ojos, de un color gris, habían dejado de ver hace tiempo.

Creo que en un momento, bastante gracioso por cierto, llegué a oír cada vez más lejanas palabras aleatorias

-¡Escafandra…Pirámide, Rododendro!¡Que eres un vórtice!

Creo que en ese momento me reí, me reí bastante a sabiendas de que esa mujer seguramente vivía mejor que yo, pero no tenía un momento así de hilarante desde hace mucho. Eso me alegró el día y aceleré más el paso con una sonrisa en mi rostro. “Cuando llegue al edificio del sector 7 se lo contaré a Szieska.” Pensé, imaginando el rostro de aquella mujer; la persona que me ayudó cuando me vio un día tirado en el suelo drogado hasta las trancas, que escuchó mi historia y se la creyó(parece una tontería, pero a más gente le conté mi tragedia y sólo ella me apoyó). Parece la típica historia del ángel salvador que ayuda al protagonista y juntos superan cualquier dificultad, pero no me importa. “Yo la amo y un día se lo diré, le contaré todo lo que siento por ella” me repetía a mi mismo un día si y otro también. Pero ese día nunca llegaba.

Pero como si de otro tópico se tratara, cuando me disponía a abandonar aquél lúgubre callejón, dos sombras se proyectaron cuan largas eran. Las farolas de la calle contigua proyectaban sus haces con fuerza y otorgaban a aquellas dos personas un aire mucho más siniestro, ocultando sus rostros en la oscuridad.

-Señor Yief Vanistroff venimos a hacerle unas cuantas preguntas-dijo el más grande de los dos.

Ambos iban bien vestidos: mocasines con una buena ración de betún, pantalones negros de seda, una americana del mismo color, camisa blanca bajo ésta y, para mi agrado, una corbata de color carmesí. La situación era complicada, pero algo me alivió: si su corbata era roja al menos no eran de Turk. Ni siquiera pensé en por qué sabían mi nombre, sólo en cómo podría escapar de ahí; estaba claro que esos hombres no me dejarían irme de rositas. Uno, el primero que había hablado, ocultaba sus ojos con unas gafas de cristal ahumado y rumiaba con descaro dando vueltas en su boca un chicle, acentuando sus vastas y afiladas facciones: una nariz ancha, un mentón muy pronunciado y la mandíbula de un simio. El resto de su cuerpo parecía estar comprimido en aquél traje, como si el metro y medio de espalda que poseía rugiese bajo la tela.

Su compañero, más escuálido, con las manos en los bolsillos, tenía algo siniestro; no se el qué, pero me daba mas miedo que el cemento que tenía el otro por músculos. Llevaba el escaso pero largo pelo estirado hacia atrás y recogido en una coleta, mostrando varias canas. Su piel estaba arrugada y yo apenas le echaba treinta años, esa era una de las cosas que me resultaba siniestra; otra era un extraño ojo de cristal que parecía bailar en su cuenca mientras que el otro no apartaba la vista de mi.

-Tranquilo, se imaginará que si colabora no sufrirá daños-volvió a hablar el hombre musculoso con cierto aire de chulería.

Hace tiempo, cuando vivía en la placa, me hubiese cagado de miedo y les hubiese tirado mi cartera llena de dinero para salir corriendo al instante, pero de nuevo la ley de la calle imperaba y si no quería acabar mal, por no decir muerto, debía actuar.

-¿Quiénes sois?-dije

-Nosotros no tenemos importancia, no tiene sentido que nos conozcas, pero nuestro jefe ha dejado claro que sepas quién nos manda. Su nombre es Richard Blackhole, supongo que te sonará-dijo de un tirón de nuevo el musculoso. Mucho músculo pero poca inteligencia, seguro que se ha traído el discurso aprendido de casa pensé.

Mi rostro apenas adoptó una expresión distinta, tal vez indiferencia, pero aquél nombre resonó en mi cabeza varias veces y me hizo pensar en varios motivos por los que quedarme allí un rato más.

-¿Y qué quiere ese hijo de puta?-pregunté escupiendo las palabras. Al oír el insulto, creo que el hombre delgado hizo una mueca.

-Ese “generoso hombre que nos ha pagado muy bien” que dices tú, quiere saber cómo le va a usted. ¿Cómo le sienta la vida en la calle?-recitó el musculoso. Y el delgado seguía con las manos en los bolsillos; verdaderamente me ponía nervioso.

-Oh, no se está mal. Como caviar a menudo, me lavó los dientes con un cepillo con diamantes incrustados y después me zumbo a su hija todos los días. Decidle eso-Me atreví a decirles. El humor irónico siempre me ha gustado, te hace parecer más inteligente.

Entonces una llamarada apareció a mi lado y me produjo una horrible quemadura en la oreja derecha. Sorprendido, miré hacia donde estaban aquellos dos hombres. Uno de ellos, el delgado, había sacado al fin las manos de los bolsillos y dejó mostrar una pulsera con una esfera de color verde; Materia.

-El señor Blackhole me sacó de una miseria similar a la tuya, no permitiré que manches su nombre-Habló por fin el compañero escuálido. Su voz era desagradablemente aguda y no paraba de escupir.

Ese tío era diestro con la magia, pero su ojo de cristal le impidió darme de pleno; eso o que tal vez lo hizo para intimidarme.

Tampoco me lo pensé mucho, ya le eché demasiadas flores a mi amigo Blackhole, así que me día la vuelta y eché a correr a lo largo del callejón. Me resultaba extraño correr para salvar mi vida sabiendo cómo era, pero supongo que hasta el último suspiro deseas aferrarte a ella por muy mala que sea.

Por lo menos la lluvia había parado.

Podía escuchar detrás de mí las potentes pisadas del más alto, mientras que de su boca salían todo tipo de improperios; al delgado apenas se le oía, era como una sombra.

-¡Dios cómo escuece!-grité mientras corría. La quemadura de mi oreja dolía de verdad.

El frenético camino de vuelta por el callejón me pareció eterno, por más que corría no veía el momento de salir de allí. En seguida me dio el flato, al estar sentado horas, días enteros, mi cuerpo no estaba acostumbrado a correr.

Una nueva llamarada me pasó rozando, pero esta vez impactó en la puerta de aquella vieja loca, la cuál se incendio como una pira, lamiendo las jambas y ennegreciendo la ya mugrienta fachada.

-¡Ahh, fuego, que alguien llame a los gusanos. Ayudadme gatitos!-Gritaba la loca desde su ventana en una nueva demostración de trastorno mental.

Pobre mujer, seguramente al día siguiente aparecería carbonizada junto a sus gatitos, pero de nuevo no pude evitar soltar una carcajada. Me reí abiertamente de aquella mujer mientras yo intentaba salvar mi pescuezo; cada vez que me acuerdo me doy asco.

Por lo menos si moría allí mismo sería con una sonrisa en la boca pensaba.

Miré hacia atrás. Para mi sorpresa les llevaba bastante distancia y se tapaban el rostro a causa del humo que expulsaba la madera mojada. Tampoco sabía a dónde ir, pero si seguía así seguro que les daba esquinazo; eso si antes no acababa yo con mi cuerpo. Cada vez me costaba más respirar y el cansancio iba venciendo la batalla contra mis músculos.

Conseguí salir del callejón y volví a mirar hacia atrás; una columna de humo asomaba ya entre los tejados de las casas más bajas y los gatos más avispados saltaban entre las cochambrosas tejas.

Esos dos cabrones no salían del callejón. Se han ahogado con el humo pensé. Apoyé las manos en las rodillas y respiré entrecortadamente.

-¡Ya decía yo que no erais muy listos! ¿Has oído eso Blackhole?-Grité con la cabeza hacia arriba, como si la placa me fuese a dar la respuesta-Así despacho yo a tus subordinados. Si tantas ganas tienes de verme viviendo en la mierda, baja tú mismo y compruébalo. ¡Te daré tal patada en el culo que tendrás que sentarte con cojín para el resto de tus días, puto gordo arrogante mal parido!

En ese momento me quedé exhausto, pero con un ligero cosquilleo en el cuerpo que me gustó. Supongo que mucha gente oyó mis alaridos y blasfemias, otras me tomarían por loco, pero me importaba una mierda. Justo cuando acabé de gritar, un joven atravesó la calle corriendo. Iba con ropa cara: Camisa de seda negra, chaleco rojo…Tampoco me acuerdo mucho de él, Sólo deseé haber corrido hace un rato como corría él. No se qué haría por allí, parecía alguien importante, pero llevaba una buena dosis de algún tipo de droga; sudaba a chorros y los ojos le iban de un lado a otro. Tan pronto como apareció, volvió a adentrarse en otra calle.

Se acabó, a partir de hoy reharé mi vida. Si el mundo no es amable conmigo yo no lo seré con él. Saldré de este pozo de miseria y volveré a mi trabajo en el sector 2. Me llevaré a Szieska conmigo y si hace falta…Mataré a Richard Blackhole. ¡Que se jodan, que se jodan todos! No pienso dejarme pisar por nadie, seré yo el que pise. No…no seré ese hombre que aprende una valiosa lección, o ese que descubre que si vida ahora es perfecta, no tiene dinero, pero sí AMOR. No, yo tendré dinero, tendré salud y tendré amor, y si hace falta lo conseguiré por la fuerza. Sí, esa es la verdad: dinero, poder, fama…Eso lo es todo ¿Cómo he podido estar viviendo así durante meses? Definitivamente ese Blackhole va a morir.

Sí, fue ahí cuando mi verdadera historia comenzó, cuando comprendí lo que tenía que hacer, cuando pensé que el único camino, y el más placentero, era la venganza.

Y tal vez el dios de la venganza me escuchó y su insaciable espíritu me quiso dar poder, porque algo inexplicable ocurrió.

Definitivamente aquellos dos hombres tenían que estar muertos, pasaron unos diez minutos y de aquél callejón no salió nadie. Así que volví a sentarme en una esquina, esperando a algo; no se explicarlo pero sabía que me tenía que quedar allí.

Entonces unos gritos inundaron el silencioso crepitar del fuego. Una persona envuelta en llamas surgió entre el negro humo.

Me levanté.

No hacía más que gritar, era insoportable; a juzgar por la complexión era el hombre delgado. No podía haber elegido una muerte más irónica, ahora entiendo mejor la frase de “niño, no juegues con el fuego”.

Me reí de él. No de la loca que gritaba palabras incoherentes no, me reía de su agonizante muerte; formaba parte de mi nueva y egoísta vida.

Vi cómo las llamas lamían su cuerpo, abrazaban sus ropas y se las despojaba; para un enfermo del sexo le hubiese parecido que estaba follando con el fuego.

-¡Jaja, pero si tiene una polla enana!- dije señalando con el dedo. Me daba miedo a mi mismo, pero me gustaba.

Con la cara desconfigurada y partes donde ya se veía el hueso, aquel tío corrió hacia mi, agitando los brazos. No lo pensé dos veces, en cuanto estuvo cerca le propiné una patada en lo que le quedaba de estómago y cayó con fuerza contra el suelo. De nuevo volví a reírme cuando en el suelo quiso pronunciar algo.

-¿Has dicho algo?

-Ayu…ayúdame.

-¿Lo dices en serio?-dije con indiferencia. Para mi era como hablar con una antorcha-No puedes intentar matarme y después pedirme ayuda. Me has hecho una herida en la oreja, me imagino que eso mismo por todo el cuerpo tiene que doler más.¿O me equivoco?

Creo que antes de acabar de hablar yo, ya había muerto, pero me importaba una mierda. Su piel comenzó a convertirse en una mezcla de carbón y tejido muerto y el ojo que tenía de cristal se hizo añicos en su cuenca.

-Oh, no me mires así.

Comencé a darle de hostias por todos los lados, lo hice rodar y le mojé con el poco agua que sobresalía de una alcantarilla. Una vez apagado pude ver aquella pulsera. La esfera que llevaba engarzada sólo tenía un significado para mí: algo que me ayudará a joder a quién se meta conmigo o, en todo caso, para venderla por droga.

Entonces…PUM, otro suceso oportuno; hubo una gran explosión en aquella casa, tal vez alguna bombona o yo qué se. Lo bueno es que estaba lo suficientemente lejos para que no me afectase, pero algo salió disparado a una velocidad vertiginosa y me golpeó de pleno en la cabeza.

El golpe fue tremendo e incluso se me nublo la vista unos segundos; lo último que quería en un momento como ese era perder el conocimiento.

-¿Pero qué cojones?-dije de mal humor. Un hilillo de sangre surco mi frente y notaba como la herida palpitaba continuamente hasta convertirse en un horrible chichón.

Me puse a buscar el origen de aquél golpe; la conmoción no me lo ponía fácil pero al incorporarme volví a caer al suelo con violencia, descubriendo el objeto con el que me había tropezado: más materia.

Ésta tenía un brillo amarillento pero cuando la fui a coger me llevé un fiasco.

-Joder, está rota.

En efecto, la materia estaba mellada y una esquirla se desprendió, no se que clase de poder hubiera tenido, pero seguramente ya no funcionase. Aún así me la metí al bolsillo; era hora de salir de allí pitando.

Di un rodeo y acabé en la calle del Doors of Heaven; pese al incidente de la casa en llamas tan cercana, parecía que allí nadie lo había advertido. Lo mejor era mezclarse entre la gente y olvidarse del tema por hoy.

Notaba cómo la gente me miraba, pero pasé del tema y me puse en la cola de la discoteca como alguien más.

“Puto mendigo, que no se acerque a mí”

-¿Eh?- dije yo-¿Quién ha dicho eso?

“Mírale, no sabe ni donde está ¿Cuánto vino has bebido hoy?

Nadie parecía hablar, pero esas voces resonaban en mi cabeza. No comprendía nada. Quería que esas voces parasen.

“Como me toque juro que le reviento”

“Fíjate, huele a humo, vete a morir a otro lado cabrón”

“Pobre hombre, pero el caso es que está cañón, si no fuese así sí que me le follaba”

-¡Callad ya, yo no me meto con la puta de vuestra madre!- grité tapándome las orejas con las manos.

“Se ha metido con mi madre, en cuanto pueda le parto la cara”

Me estaba volviendo loco, no paraba de oír voces en mi cabeza, de chicas, de hombres, incluso diría que la voz del gorila también. Tenía que ser por el golpe de antes, no me encontraba bien.

-¿Tienes algún problema?

Esa voz vino de los labios de alguien, eso si que había sido pronunciado de verdad. Levanté la mirada y frente a mí vi a un hombre de casi dos metros, traje negro y unos mocasines que parecían decir: bésame.

-Verás, gente como tú no puede entrar a estos sitios y además estás montando alboroto, por lo que eso no viene bien para el negocio.

-¡Pero es que oigo voces!

“Creo que me voy a divertir un poco con este tío”

“¡Que oye voces dice jaja!

-¡Otra vez!-grité yo al segurata. Me estaba poniendo verdaderamente paranoico.

El hombre se desabrochó los botones de las muñecas y con un tono sorprendentemente amable me dijo:

-Está bien, yo te ayudaré.

Durante unos segundos le creí, tal vez también por la conmoción, pero cuando vi acercarse esa mole de granito llamado puño a mi cara, creo que cambié de parecer. Se me nubló la vista hasta perder el conocimiento.

Al despertar, el carrillo izquierdo lo tenía hinchado y un hilo de sangre reseca caía por el labio. Ni siquiera sabía dónde me encontraba, pero los rayos de sol ya se colaban por el hueco del sector 7. En cierto modo debería haberle dado las gracias a aquél tío, al fin y al cabo me ayudó a dormir toda la noche.

Hurgué en mis bolsillos. Las dos materias seguían ahí.

Entonces una idea descabellada recorrió mi mente:

¿Y si aquella materia estropeada hubiese tenido algo que ver con oír voces?

-¡Claro!¿Cómo no he caído antes? Seguro que es una materia Sentir.

Parece una idea absurda, casi hilarante, todas esas voces las podría haber causado mi última dosis de pastillas, el calor del incendio, el golpe que me propinó aquella materia, o el que me arreó el portero de la discoteca, mi propia demencia…

Era una hipótesis que por lo menos debía comprobar.

jueves, 31 de julio de 2008

128.

“Grim” pegó la pastilla a la punta de la lengua, notando el ligero sabor del esmalte de su uña. Cerró la boca y comenzó mezclar el amargo disolver del MDMA en su saliva. El sabor de la droga le supuso una sorpresa, ya que pensaba que sería dulce como un caramelo de azúcar glas con sabor a frutas; quizás el color morado le hizo pensar que sabría a frambuesa. Tragó el polvo después de que fuera bien ablandado y desmenuzado contra el paladar y molido por los dientes. Los minúsculos cristales descendieron por su garganta provocándole una sensación cercana a las cosquillas o al hormigueo de una pierna dormida. Respiró hondo y esperó mientras la música de ritmos cardíacos comenzara a acelerarse. Los focos y lámparas de la pista de Doors of Heaven parpadeaban como el resplandor de ametralladoras. Hoy “Grim” Garrison iba informal, si para él formal era no ir ataviado con una camisa de seda negra cubierta por un chaleco de granate oscuro, casi a juego con la susodicha camisa y el pantalón vaquero muy ajustado. El día anterior había tenido tiempo de comprarse unas botas de cuero al estilo de los moteros, brillantes y con tres tiras que rodeaban el empeine, el talón y la suela gruesa unidos por una hebilla de plata situada en el tobillo. Costaron una pasta, pero –qué demonios- podía permitirse eso y un precioso par de calcetines de rombos blancos y negros de la marca Vermino Tracio, como bien demostraban las iniciales VT bordadas en un color verde trébol. Ropa especial para una ocasión también especial, acompañado de Carlos Montes y de unos amigos de éste metidos en el mundillo de las drogas de diseño. No eran más que camellos de segunda que compraban la mercancía barata en los laboratorios para luego venderla a precio de mithril a los niñatos discotequeros. A él le salía gratis, por ser amigo. Y, hablando del rey de Lindblum, Montes intentaba gritarle algo por encima de la música.
- Que si quieres beber algo – voceó, apartando a un chaval que meneaba la cabeza sin moverse del sitio.
Garrison empujó al gentío apelotonado entre ambos agentes de Turk para responderle al oído.
- Haga el favor de traerme el aguarrás con el que aviva las llamas, posadero –bromeó.
Carlos frunció el ceño y contrajo los labios, mostrando sus grandes dientes. El gesto parecía exigir una repetición de la jugada. “Grim” volvió a dirigirse a la oreja morena.
- Digo que cojas lo más fuerte que otees desde la barra, querido adlátere –canturreó.
Montes sonrió, riéndose de una broma que no entendía. Dio media vuelta y se aventuró entre las oleadas de jóvenes que saltaban y bailaban arrítmicamente siguiendo la música que añadía paulatinamente más sonidos de percusión electrónica. Jim no acababa de cogerle el gusto a la música house, pero ahora sentía que los demás le contagiaban ese ritmo constante e incansable, las ansias de saltar bajo los láseres y las luces cambiantes. Quería ser parte de la masa estúpida que se congregaba, se empujaba y bailaba como chamanes alrededor de un tótem sobre el que las gogós, desnudas, hermosas y –dioses- intocables, danzaban y se exhibían totalmente ajenas a los babosos que observaban desde abajo. “Grim” bailaría, sí, pero no sería otro descerebrado colocado hasta las cejas meneando las extremidades que ya no sentía. No, no. Él sería el amo de la pista, el único capaz de hacer sombra. Y en caso de que alguien se pasara de listo, empujándole u osando interrumpirle en su baile cavernario, acabaría atravesado por la punta hueca de su pequeña y letal Matryona, oculta en su funda bajo el chaleco. Aunque, bien pensado, los cuatro imbéciles colocados que lo rodeaban no serían merecedores de un plomazo y, además, no le parecían mala gente. Lo mejor sería moverse hacia la zona donde van los chulos, esos idiotas que creen tener potencial de mafioso cuando realmente no tienen ni media hostia encima y su media de vida supera difícilmente los treinta años. Estos macarras sí serían unos buenos candidatos a ser reventados como bolsas de basura. La imagen carmesí de la bala atravesando el torso seguida del chorro de sangre salpicando la ropa cara de los circundantes era más que excitante. “Grim” echó a andar hacia la zona cubierta por los balcones del segundo piso, en semipenumbra para disimular los chanchullos de esos mafiosillos de palo, echando delicadamente a un lado a la gente que se cruzaba con él. Su mano derecha palpaba el bulto del arma a la altura del pecho, casi en la axila. La pistola parecía presionarle el torso, que parecía más pequeño a medida que el pulso aumentaba vertiginosamente. La velocidad de los latidos ya era preocupante, ahora se sentía asfixiado entre tantos cuerpos sudorosos. Cuando estaba a punto de llegar a donde los bakalas, se dijo que no podía montar una buena con lo caldeado que estaba todo. Tenía que refrescarse ya si no quería caer redondo y ser pisoteado por un hatajo de borrachos. Cambió el rumbo hacia los servicios, atravesando la masa borrosa de cabezas y brazos alzados que aparecía y desaparecía según el capricho del juego de luces. El corazón de Jim “Grim” saltó dentro de la caja torácica cuando la música cambió violentamente a una rapidísima y caótica melodía techno que parecía presentar la salida a escena de una visión demencial.
Los potentes focos iluminaron la cabellera rubia. Resplandecía cegadoramente como una ciudad de oro bajo el sol que abrasa una selva húmeda, como una leyenda transformada en hilos de veintiocho quilates. Las pupilas dilatadas de los ojos verdes de “Grim” dejaban pasar demasiada luz, obligándole a parpadear y a entrecerrar los ojos, como mirando directamente al sol... o al mismísimo meteorito. La luz seguía emitiendo haces multicolores sobre ella, como si fuese la actriz principal de la obra, que seguramente lo era. Siguiendo las líneas de la larga melena, pasando por las líneas de luz que reflejaba el corpiño de cuero apretado, una minifalda a juego, negra como una mortaja, que a penas tapaba el muslo derecho. La carne visible pedía a gritos que la cataran, pero era un filete reservado para los privilegiados -Garrison era sobradamente uno de estos depredadores-. Las nalgas, insinuantes, subían y bajaban acompasadas por cada paso de top model que trazaban las finas y largas piernas de la chica. Volvió a subir su mirada por las crines doradas y reparó en el bolso, lo suficientemente grande para llevar lo justo, como maquillaje, dinero, tarjetas de crédito, tampones, droga y –por favor- preservativos. Todos los detalles, cada movimiento, cada prenda –tanto visible como oculta-, cada sacudida de su pelo... Toda ella, definitivamente, había sido creada y entrenada en el arte de la Seducción. Ella era el viento árido que avivaba la llama que quemaba a “Grim” empezando por la entrepierna y correteando por el resto del cuerpo, haciendo que su cabeza pareciera hincharse como un globo aerostático.

Yvette...
Clavó la mirada en la nuca del ángel rubio como dos alfileres candentes. Cerró un poco más el espacio de tabaco y aire viciado que los separaba. Quería respirar sobre ella, que supiera que la estaba siguiendo. La tentación de tocarla era demasiado fuerte, pero aguantaría; ya tendría tiempo de agarrarla y acariciarla más adelante. Y entonces, algo en el andar de la fémina cambió: se estremeció un rato, deteniéndose durante una milésima de segundo y volvió patear el suelo, mas exagerando el contoneo de sus caderas y pisando el entarimado y las colillas con pies de plomo, casi con cariño. Ella sabía que la seguían, lo que puso aún más cachondo a “Grim”. La mano fina subió a la altura del pecho y empujó la puerta del baño, decorada con un cartel en el que dos figuras antropomórficas –una con dos puntas que salían le salían de la cintura- se daban la mano. Garrison creía que el corazón le estallaría de un momento a otro a medio camino de los dos metros que lo separaban del marco metálico de la entrada. Y eso creyó cuando recibió un golpe en el hombro de un tipo con demasiada prisa en ir al baño. Era un hombre mayor que él, rozaba los treinta, como indicaban su forma de vestir, el vello facial que tapaba las primeras arrugas y su comportamiento autoritario frente a la media de veinteañeros que frecuentaban el local. El tipejo miró atrás, haciendo que su gabardina barriera el suelo a medida que giraba sobre sus talones. Un rápido vistazo era suficiente para notar que los bolsillos interiores del largo abrigo iban descompensadamente más cargados que los exteriores. La cara larga y pálida se iluminó con el destello de un rayo, emulado por los faros situados a quince metros del suelo. Los ojos azules –lentillas, seguro- y la melena larga y alisada a los lados daban a entender que se había arreglado para especializarse en los novicios del viejo rock ‘n’ roll. Por supuesto era un camello, y por su semblante parecía que había estado perdiendo dinero.
- Mira por dónde vas, imbécil –reprimió el traficante, volviéndose de nuevo hacia el servicio mixto.
Esta noche nadie iba a joderle la marrana: “Grim” agarró el cuello de la gabardina, tirando de los hombros del siniestro personaje. Éste se revolvió, liberándose de las zarpas del joven, y desenfundó una Rhyno, una pistola para pichas cortas y mujeres.

Yvette...
Mantuvo el cañón a la altura de la cadera. Lo último que el tipo quería era armar un escándalo, al contrario que “Grim”. La camarada Matryona vibraba contra su pecho, ansiosa por conversar un rato cara a cara sobre la Revolución con el fulano de la polla menguada. El ardor previo al tiroteo repasó el cuerpo del Turk, ofreciéndole la primera gota de sudor descendiendo por su espalda. El hombre del pelo largo sonrió y soltó una risilla entre dientes.
- Estás colocado –y amplió la sonrisa al ver la reacción evasiva de la cara del muchacho-. Lo sé por tu mirada, tiembla.
Y como si sus palabras tuvieran una especie de magia, el camello se desenfocó y se cubrió con la gabardina. No fue hasta que vio la luz amarillenta silueteando la mancha negra cuando “Grim” se dio cuenta de que realmente el hombre se estaba metiendo en los aseos. Dio un paso al frente y aporreó la puerta cuando ésta se cerró en sus narices. Giró el pomo inútilmente. El bastardo había echado el pestillo. Sus dedos ya estaban desabrochando la funda de su pistola cuando un nuevo golpe de calor le hizo pensar dos veces. Iba a darle un puñetazo a la puerta, pero se dijo que eso no haría más que calentarlo más. Dio media vuelta y cargó contra cualquiera que tuviera delante, haciendo que derramaran bebidas frías sobre él, lo cual fue un alivio insuficiente. Frente al gorila que custodiaba las verjas que precedían el local de Doors of Heaven, se acordó de Montes. Pero bueno... Él lo comprendería. El bueno de Carlitos.
No paró de correr hasta la estación de trenes, a un quilómetro de la discoteca. La euforia y el calor sólo se podían remediar con una carrera y la brisa golpeándole la cara. Se subió al tren de la una y media, uno de los pocos que subían a la placa de madrugada. A esas horas el vagón estaba desolado, salvo por un desarrapado que dormía a lo largo de dos asientos. Intentó mofarse del mendigo, pero el temblor de su barbilla sólo le dejaba silabear las palabras. Optó por callar y escuchar música por los auriculares de su reproductor de bolsillo. Después de un par de canciones se dio cuenta de que no podía remediar agitar la cabeza cuando el batería acompañaba el solo de guitarra de la vieja maqueta de los Adipose Tissue, un grupo punk que le habían recomendado poco antes de acabar el instituto, hacía casi dos años. El vagón pasó por cuatro escáneres antes de llegar a la última parada. Fuera esperaban los taxis, dispuestos en fila uno detrás de otro. La falta de costumbre hizo que “Grim” se subiera en el que tenía delante, que era el cuarto en la cola de vehículos. Le correspondió la advertencia borde y la bronca del conductor viejo y quemado, luego fácilmente silenciada cuando la pequeña Matryona pudo besar la frente de alguien en toda la noche. Y así, entre bocinazos de compañeros y unos cuantos golpes en las defensas, el veterano taxista propietario de una placa de identificación a nombre de Abhay Dutt volvería a hacer una carrera sin desvíos y de balde después de nueve días sin ser atracado. Lo peor de todo era que el capullo vivía en la zona rica, por lo que podía irse olvidando de denunciarlo.

“Grim” abrió los ojos de golpe y palpó las sábanas blancas en busca del móvil. Habría jurado que el teléfono había sonado como una campana enorme dando la medianoche. Se frotó los ojos para acabar por extender el maquillaje un poco más y cogió el aparato. Tenía cuatro llamadas perdidas. La última realizada a las siete y treinta y seis. Eran las ocho y diez pasadas según el despertador. Abrió el registro de llamadas:
La primera, de van Zackal a eso de la una menos veinte. Quizás le habían levantado el castigo.
La segunda, de “Jelly” Jellicos a las dos menos cinco, más o menos cuando él se había desplomado sobre la cama.
La tercera, de “Jelly” Jellicos a las cuatro.
Y la cuarta, de Dawssen Peres. Mierda. Hoy tocaba ronda de mañana.
En la pantalla digital apareció una nueva ventana anunciando un nuevo mensaje en la bandeja de entrada. El remite era de Peres:

Tengo que ir a
buscarte?o mejor,
para que me
entiendas:tng q r a
dart d ostias a l
kmita?tpp
(te parto las piernas)

Mientras lo leía Garrison ya se estaba cambiando de pantalón, esperaba batir el récord mundial.

¿Qué te ha pasado en la cara?
¿Perdón?
“Perdón...” ¿qué más?
Perdón, señor.
Bien. Me refería a que hoy no tienes ojeras.
Tras su, digamos, ultimátum vía SMS no tuve tiempo de acicalarme debidamente, señor.
Espero que te hayas cagado encima, porque lo que recibiste por PHS es un fenómeno de la naturaleza que sucede cada vez que los planetas se alinean para bailar el Morris. Sólo con decirte que empecé a escribirlo después de llamarte... Que te lo cuente tu compi, si no lo crees.
Dawssen es un neofóbico, tío.
Chorradas. Sólo soy un viejo lobo con los pulgares agarrotados por el desuso. Al grano, niñato y cachorro. Sacaos la cera de los oídos. Hoy vamos a hacer guardia por el sector cinco, básicamente por el ruinoso barrio minero. ¿Razón? Repasemos la lección de historia y remontémonos cien años en el pasado, cuando Midgar lo formaban un puñado de chavolas más un par de mercados bien provistos, predecesores del actual Mercado Muro. En aquellos tiempos lo que movía a los ricachones era la energía que extraían de la tierra sin más ayuda que la de aparatos rudimentarios o de las manos del proletariado. Los mineros excavaban y morían cada día a la vez que los peces gordos de Shinra seguían engordando e invirtiendo en hacer una ciudad de trabajadores encima del enorme agujero que agrandaban día a día. Así fue que en menos de cuarenta años ya habían construido las primeras centrales de extracción de Mako y mejoraron los equipos de excavación y de protección. En estos años las radiaciones ya no podían matar instantáneamente a los trabajadores, pero los empleados tampoco salían ilesos tras cada sesión de trabajo en primerísima fila del núcleo terráqueo, no. Los viejos dicen que de aquella, cuando ni siquiera se había concebido la idea de una metrópolis dividida en sectores ni tapiada por una placa, los trabajadores de las minas encontraban en los yacimientos de Mako algo más que energía, Materia, mithril o diamantes. No se sabe si fue la radiación o si realmente había
algo más allí abajo. Muchos salían de la mina hechos unos completos místicos: decían oír lamentos o voces, ver cosas que aún estaban por suceder o hablar con seres ultraterrenales. La generación de mis abuelos fue la última en ser sometida a la toxicidad de Mako, luego los prejubilaron anticipadamente para ser sustituidos por maquinaria pesada más eficiente. El único favor que hizo la compañía eléctrica a los antiguos obreros fue no derribar sus casas cuando comenzaron a construir la Midgar actual. Pero centrémonos en lo que dije de las cosas raras del subterráneo: la quinta de personas que vio cosas extrañas bajo tierra acabó por interesarse por la magia o a algo peor, por lo que en el barrio apenas se veía un alma por la calle. Absolutamente todo el mundo se dedicaba a lo que fuera a puerta cerrada, creando un ambiente de luces multicolores en cada ventana y de gente zumbada en general. Lo cual nos lleva a la razón por la cual haremos guardia, y es que si a un barrio obrero, con sus ideas sobre la lucha de clases en un momento de crisis como este, le sumas la posibilidad de disturbios de hechicería arcana puede suceder que metan al sistema en graves apuros.
Eso no tiene ni pies ni cabeza, señor.
No para gilipollas como tú, niñato. Los que no vamos de marcha a la zona VIP y llevamos tiempo en la ciudad sabemos de sobra cómo es el barrio minero. Y te juro que allí no sólo hay viejos meando en esquinas. En esos tres quilómetros cuadrados el mundo puede ponerse patas arriba en cualquier momento. Créeme. Hay muchísimos testimonios en los informes de los militares. Y os lo digo muy en serio: allí no bajéis la guardia o acabarán por volveros el culo del revés. O sea que estad atentos, no os pongáis histéricos, obedeced todo lo que os diga y, por lo más sagrado, no os separéis ni habléis con nadie sin pedirme permiso. Y no abráis fuego si veis un perro verde, sólo buscamos sujetos subversivos para arrancarles las ganas de revolución de raíz. Borra esa sonrisa o te la quito yo con lejía, niñato. Bueno, ya lo sabéis. Ahora haceos un par de nudos en el escroto y rezad a Vishnú para que os bendiga apropiadamente.


Las calles adoquinadas del barrio minero estaban totalmente desiertas. Ni siquiera había ratas apelotonándose en las bocas de desagüe. No había rastro de envoltorios, papeles o envases de plástico por todo el suelo; los contenedores de basura parecían vacíos. Los edificios de viviendas, oscurecidos por la polución y el paso de los años, no llegaban a superar los cuatro pisos y eran bastante anchos, lo que demostraba su antigüedad y su finalidad de albergar al mayor número de familias posible en un espacio reducido. Sobraba decir que las familias se habían mudado hacía mucho tiempo; aunque uno no podía estar seguro del todo. La arquitectura era demasiado arcaica para el estilo hosco y simple de Midgar: los muros estaban formados por enormes bloques de granito azulado unidos por gruesas capas de cemento. Las puertas parecían empotradas en un hueco estrecho y de poca altura en la piedra labrada. Las ventanas eran alargadas y con marcos de madera pintada. En frente de los alféizares estaban los tendales totalmente carentes de prenda alguna. Los tejados estaban cubiertos de tejas granates que se inclinaban hacia canalones de plástico gris. Larry St. Divoir y “Grim” Garrison miraban atentos desde el interior del Bengal X5, dudosamente seguros. El conductor fue el valiente en abrir la puerta. La cerró inmediatamente.
- ¿Qué sucede? –rogó Jim.
- Sopla viento.
Garrison lo miró como si estuviera chiflado.
- ¿Viento bajo la placa?
Larry asintió al mismo tiempo que alguien daba unos golpecitos en la ventana. Dawssen escrutaba el interior del vehículo mientras la brisa hacía volar su corbata.
- ¡Puto viento!-gruñó-. Lo mejor será que llevemos la artillería pesada, Laurence.
Tras el cristal Larry alzó el pulgar y tiró de la palanca que abría el maletero. Dawssen brincó hacia él y se metió medio cuerpo en el compartimento. Sus dos compañeros salieron del automóvil cuando se aseguraron que fuera no existía la posibilidad de sufrir una combustión espontánea. Se situaron cada uno a un lado de su superior y recibieron un subfusil cada uno. A Larry le tocó el Krugger MP-7 equipado con culata plegable, cómoda y lo suficientemente pesada para aporrear con ella cuerpo a cuerpo. Jim “Grim” recibió su favorito: el BLG P-60, rápido y ligero, de armoniosas curvas y curioso cargador de balas giradas 90º a la izquierda.
- Vosotros id con vuestras pistolas de agua –Dawssen pasó un par de cargadores diferentes por cabeza-que yo me pillo la omnipresente y todopoderosa KRV49. Como en los viejos tiempos.
- Una pregunta, jefe –Larry cargaba su ametralladora y ya tiraba de la palanca que introducía la primera bala en la recámara-: ¿Dónde has dejado la moto?
- Pues a unos quinientos metros –alzó el dedo índice contra el viento, hacia el final de la avenida de adoquines-. Por si acaso.
Captada la indirecta, Divoir cerró el maletero y se introdujo en el coche. Sus colegas observaron como metía marcha atrás y se alejaba más allá del parquecillo que separaba las antiguas viviendas de las más nuevas y colosales pero pobres, al fin y al cabo. El puntito en la distancia que era Larry, trescientos metros más allá, echó a correr hacia al encuentro de los otros trajeados, pero parecía que no se movía del sitio. Dawssen sacó el móvil del bolsillo y llamó.
- Deduzco que te has quedado atascado en la “cinta mecánica” –al otro lado de la línea le respondió un tartamudeo-. No te preocupes, es lo menos grave que puede sucederte. Tan sólo da media vuelta y corre en la otra dirección –la voz aguda del auricular parecía nerviosa-. Hasta ahora.
A lo lejos el punto negro iba creciendo poco a poco. A medida que menguaba la distancia uno podría decir que el corredor trotaba de espaldas. “Grim” activó la cámara de vídeo del móvil para guardar un recuerdo para la posteridad. Larry pasó por su lado, mirando a su superior con los ojos desorbitados y deteniéndose con el arma sostenida por una mano. Acto seguido el chaval vomitó las tostadas y la leche del desayuno. Dawssen Peres no pudo evitar soltar una carcajada. Garrison seguía grabando el espectáculo, ahora con una nueva intención de futuro chantaje.
Un cuarto de hora más tarde las posiciones de los tres agentes de Turk formaban un triángulo equilátero que atravesaba como una flecha las calles que sólo parecían habitadas por sus propias sombras, proyectadas cinco metros por delante de ellos. El humo del cigarrillo que fumaba Peres iba hacia abajo, trazando una línea de niebla entre sus zapatos. Unas manzanas atrás se habían visto perfectamente reflejados en los tablones de madera que tapiaban unas ventanas. Una cosa que Larry seguía sin asimilar era que el viento siempre iba en su contra por mucho que giraran esquinas o se toparan de frente con un callejón sin salida. Delante de él vio el brazo de Dawssen señalar a un lado. Larry siguió la indicación y no notó nada extraño, hasta que vio los números de los portales: trece, quince, diecisiete, once, trece...
- A la mierda, tíos –paró en seco, frotándose los ojos-. Que se ocupen de esto Peter, Ray, Egon y Winston, por que yo no...
Abrió los ojos y se topó de frente con el Bengal X5. Los focos del coche apuntaban hacia la avenida del barrio minero, trescientos metros más allá, tras la alameda del parque.

- Coño –susurró “Grim”.
Miraba embobado la columna de aire que hacía medio segundo, justo antes de haber parpadeado, era Divoir.
- Que no cunda el pánico –Peres mantenía la mirada fijada al frente, observando los adoquines-. Por su sombra yo diría que sigue de una pieza.
La proyección negra de la silueta de Larry seguía exactamente en su sitio incorrecto de siempre. Por su posición parecía que estaba sentado.
- Está encendiendo el coche. Puedes ver las llaves flotando –continuó el veterano-. Y ahora parece que está poniendo la radio. Por el bien de sus huevos, espero que no se mueva del sitio.
Y con el golpazo de un martillo contra un yunque se fue la luz en toda la calle. En las tinieblas se oyeron aleteos de pájaros, por el graznido parecían tórtolas. Luego se impuso el silencio de tal modo que hacía daño en los oídos. Las farolas revivieron y mostraron a Dawssen Peres tumbado boca arriba y apuntando su fusil a sus pies, donde a medio metro se consumía su cigarrillo. Contó hasta seis, bajó el arma y buscó a Garrison. Nada. El niñato se había esfumado junto con los pájaros.
- Qué puteo.
Se incorporó despacio, levantando sus casi cincuenta años de vida, y se quedó en cuclillas, posando el fusil de asalto en el suelo. Recogió el pitillo y le dio una calada larga. Expulsó el humo por la nariz y se irguió. Dobló la pierna hasta que el pie quedó a la altura del muslo. Golpeó la punta del cigarrillo contra la suela del zapato hasta apagarla y desmenuzó el papel que envolvía el tabaco. Pasó las hojas secas de la palma de la mano a la boca y se puso a mascar el tabaco. Después de un rato largo escupió el bolo marrón al suelo de modo que quedó una salpicadura negruzca en un adoquín.
- ¿Por dónde habré de girar?
El escupitajo fue extendiéndose siguiendo las formas de la piedra hasta crear una mancha alargada.
- Hacia la derecha. Gracias.
El Turco recogió su arma y echó a andar hasta el siguiente cruce, donde giró a la derecha. La nueva calle parecía darle la bienvenida con un cartel de neón que informaba de la situación de una parafarmacia a cincuenta metros. Dawssen siguió caminando hasta el escaparate en semipenumbra que mostraba diferentes tipos de hierbas medicinales envasadas en frasquitos, unas cuantas raíces que colgaban de unas cuerdas, velas aromáticas, botes de crema y algunos amuletos tallados en jade, lapislázuli y madera de olivo. Sobre la luna de cristal se encontraba el tablón pintado de verde donde se leía Ednas’s Herbs en letras blancas muy estilizadas. Peres apoyó el KRV49 en el ángulo formado por la pared de piedra y una tubería y abrió la puerta de la botica. Su entrada en el local la anunció una campanilla situada en el dintel de madera encima de la puerta. En el mostrador de madera no había nadie para despacharlo. De la puerta de la trastienda salía humo y llegaba un ligero olor a huevos podridos que se mezclaba con el aroma del incienso. El trajeado carraspeó sonoramente. En el almacén se oyó un grito ahogado, parecía el de una chica, seguido de un tumulto y unos susurros de queja. Dawssen echó un vistazo a las estanterías de aluminio llenas de potingues, cajas de medicamentos de los que nunca había oído hablar, perfumes, libros sobre yoga, técnicas de masaje, recetas para sopas y catálogos sobre los diferentes tés que aliviaban numerosos malestares, entre otras cosas. La puerta de la trastienda se abrió y apareció una anciana algo encogida en su bata blanca, pero realmente era alta, llena de vida y poseedora una mirada astuta. Tenía el pelo recogido en una larga coleta cana y un cigarrillo recién encendido entre los dedos. Al ver al visitante los ojos se le abrieron de par en par.
- ¡Hijito mío! –gritó, rodeando el mostrador-. Dame un beso, anda.
Dawssen se inclinó para que los brazos huesudos de la anciana y recibió el beso en la mejilla más los cuatro extras. El hombre de negro forcejeó un poco, pero la mujer se aferraba como una lapa.
- Yo también me alegro de verte, abuela –la sujetó suavemente por los hombros y la separó un poco de sí-. Ahora déjame respirar un rato.
La vieja Edna Yates introdujo el cigarrillo sin filtro entre los labios comprobó la ropa del Turco con mirada crítica.
- Siempre te lo digo, hijo: fuiste de la sartén a las brasas –le reprochó-. No te llegaba con ser soldado sino que tenías que caer en el pozo de la ambición. Estos jóvenes...
- ¿Hay alguien más contigo, Edna? –cambió rápidamente de tema para no darle cuerda a la anciana-. Oía voces en la trastienda.
- Imaginaciones tuyas, cariño –mintió, evitando mirarlo cara a cara.
Por el hueco de la puerta entreabierta se veía la sombra de una figura alargada. Un escalofrío recorrió el espinazo de Dawssen como una ventisca ártica erosionando los huesos. Lo mejor era dejarlo pasar, algo olía literalmente mal en el almacén. Edna lo sacó de su ensimismamiento.
- Bueno, hoy no es mi cumpleaños, así que –era una abuela cariñosa, pero no idiota- ¿a qué has venido?
Su nieto dio un pasó al frente, buscando las palabras adecuadas.
- Verás –titubeó-... Tuve que colarles una bola a unos compañeros del trabajo para pasar por aquí.
- ¿Una mentira? –la abuela no soportaba las mentiras.
- Que los viejos obreros que viven aquí podían planear una revolución contra la Shinra –admitió avergonzado.
- Los intereses de los vecinos se desviaron hace tiempo hacia otros campos, hijo –le recordó, insinuando que en el barrio estaban por encima de los deseos mundanos acerca del poder político-. Pero eso no es lo que quieres decirme, ¿eh?
- No –cogió aire-. Supongo que estás al tanto sobre lo del meteorito y Arma.
- Supones bien.
- Pues por esos motivos y los que vendrán con ellos... –le estaba costando soltarlo.
- Necesitas un “comodín”.
Dawssen asintió con la cabeza gacha.
- Mi pequeño –la abuela alzó la barbilla de su nieto para verle la cara surcada por las arrugas.
- Odio que hagas eso, Edna.
- ¿El qué?
- Por decirlo así –intentó encontrarle un eufemismo a lo que acababa de suceder-: “sacarme las palabras de la boca”.
- Ayuda a amenizar el diálogo, ya sabes –miró fijamente a los iris verdes de Dawssen-. ¿Estás seguro de que quieres un “comodín”?
- Dímelo tú.
Edna inspeccionó de cerca las pupilas de su nieto. Dawssen no se atrevía a parpadear.
- Tienes la marca –diagnosticó al fin-. Voy a por ella.
Dio media vuelta y desapareció tras la puerta. Más susurros seguidos del un chist de la anciana. Silencio otra vez. Ahora se oían pasos acercándose. Edna volvió a salir de la trastienda, esta vez asegurándose de cerrar la puerta tras de sí. La mitad del cigarrillo de la boca parecía haberse consumido en el medio minuto que la abuela había emprendido en rebuscar el objeto.
- Aquí la tienes –le tendió una forma alargada envuelta en lienzo grueso.
Dawssen cogió el “comodín” y notó que pesaba como si fuera plomo.
- Muchas gracias –guardó el artilugio en el bolsillo de la chaqueta-. ¿Cuánto te debo?
- Nada, hijo mío. Es un revitalizante milagroso, pero tiene efectos secundarios que le quitan mucho valor.
- Insisto –Dawssen sacó su cartera.
- No te va a servir de nada. ¿Ves por algún lado la caja registradora? –señaló el mostrador, completamente vacío-. Ya te ha costado encontrarme y eso basta.
Dawssen nunca había logrado cambiar la forma de pensar de su abuela y a estas alturas de la vida no valía la pena discutir con ella. Guardó la cartera y abrió los brazos para despedirse. Edna había dado media vuelta, paseaba tras el mostrador, cavilando.
- Si tu abuelo tuviera uno de esos en el 36...
Peres fue tras ella y apoyó su mano en los flacos hombros de la nonagenaria y ésta le acarició las puntas de los gruesos dedos.
- No vale la pena ponerse a pensar en ello, abuela.
- Lo sé –la voz le temblaba-. Lo único que me alivia es que antes de irse me dejó preñada de tu madre, que nacería en noviembre del año siguiente.
Dawssen comenzó a hacer cuentas.
- ¿Cuándo dices que murió el abuelo?
- El dieciséis de octubre de 1936 –la anciana se enjuagó una lágrima con la manga de la bata.
Su nieto dejó correr el tema. No le apetecía escarbar asuntos tan turbios y menos si venían de la anciana abuela. Lo mejor era dejarlo estar.
- Hice tantas cosas malas después de ese horrible año –las manos rugosas se posaron sobre el vientre-. Pero bueno, el río nunca deja de fluir.
El Turco no daba crédito a lo que acababa de oír y ver.
- Es agua pasada –mejor acabar cuanto antes y olvidarse del tema-. Venga, dame un abrazo, que me tengo que ir.
Edna rodeó con sus huesudos brazos el ancho y duro tronco de su nieto. Peres acarició el canoso pelo lacio y lo besó.
- Con un poco de suerte podré volver a verte.
- Edna, por favor.

Al fin pudo salir de la tienda y echarle un último vistazo a la cabellera morena de su abuela desapareciendo tras la puerta del almacén. No, un momento. Tiene que ser la luz jugándosela. Sí, eso tiene que ser. El fusil KRV49 seguía donde lo había dejado. Bueno, ya era el momento de volver con los pobres novatos. Sacó el PHS y llamó a Larry.
Un tono.
Tono y medio.
- Estaba a punto de pedir refuerzos –por el miedo en su voz se podría decir que así iba a ser.
- ¿Para que más niños se pierdan en el bosque? No, gracias –se burló mientras se servía un cigarrillo-. De todos modos me gusta tu estilo: llamar a la caballería para recoger dos posibles cadáveres.
- Lo siento, tío.
- Descuida –introdujo el filtro del pitillo entre sus labios-. ¿Has contactado con el niñato?
- ¿Con Garrison? No –calló un rato-. No me digas que ha desaparecido.
- Habrá acabado en la otra punta del barrio –acercó la llama del mechero a la punta del cigarro y aspiró-. Llámalo por la otra línea.
Larry lo puso en espera. Era gracioso el detalle de ponerle música reggae mientras esperaba. Everything’s gonna be all right... Joder, qué vieja. Menudos recuerdos le traía.
En el pecho de Dawssen comenzó a retumbar y a vibrar algo. El susto casi le hizo saltar del sitio. Palpó su chaqueta para encontrar un bulto a la altura de las costillas flotantes. Tenía algo en el bolsillo interior. ¿Qué cojones hacía eso ahí? Él tenía el suyo pegado a la oreja. Descubrió el pequeño aparato que armaba tanto escándalo y vio un mensaje en la pequeña pantallita. El cigarrillo se deslizó de sus labios, estrellándose contra los adoquines que temblaban al mismo tiempo que el extraño móvil vibraba y emitía una melodía ensordecedora como mil campanas subterráneas.

Llamada entrante:
Larry Divoir

- Me cago en la hostia.

viernes, 25 de julio de 2008

127.

Las noticias se sucedían a una vertiginosa velocidad en las diversas cadenas, que emitían especiales informativos. Por lo visto, una inmensa criatura marina había atacado Junon hacía escaso tiempo, causando el pánico y numerosos destrozos a la compañía. Y lo que menos importaba en las altas esferas: vidas humanas sesgadas ante el poderoso avance de uno de los espectáculos naturales más desastrosos de los últimos tiempos, al menos hasta que Meteorito colisionara contra la superficie. “Eso sí que será una verdadera putada” pensó Sonya en el mismo momento en que pasó del canal de noticias a uno de música pop de elevado índice de audiencia entre las adolescentes de la Plataforma. “Cuando esa piedra caiga, ya no podré irme de compras”.

A pesar de que el noticiario sólo mostrara el poderío armamentístico de la compañía energética, además del sufrimiento que los, según la opinión de la chica de quince años, “nobles y brutos perros de guerra” que formaban parte de las filas de SOLDADO. El disparo en la cara del monstruo fue el desencadenante del apagado del receptor, que justo en el momento de su desconexión escupía la imagen de un combatiente siendo trasladado en helicóptero. Apartó un mechón rubio de su cara y lo fundió con el resto de la cabellera dorada, únicamente enturbiada por unas mechas azabaches. Un gran ojo marrón pudo ver la luz gracias al involuntario gesto de la joven, acompañando a su gemelo en el resplandeciente día. Debían ser las once de la mañana, pues un intenso zumbido procedente de la estrecha pantalla del ordenador le indicó que Sussan, su mejor amiga, acababa de levantarse y estaba conectada. Ella siempre se levantaba a esa hora, como una mala costumbre heredada de las faltas de asistencia a clase y las altas horas de la madrugada que daban cuando se acostaba. La conversación no pudo empezar de manera más anodina:

S0n¥A (L) Xq mi hamor s lo uniko q mantien atado nuestro corazón (8) (K)(K)(K)!! dice:
Ya era ora, caxo perra. Q stuvists aciendo qe t levantas aora?
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
Bueno, anoxe stuve en ksa de Tato…
S0n¥A (L) Xq mi hamor s lo uniko q mantien atado nuestro corazón (8) (K)(K)(K)!! dice:
Q juarra ers!!! Y qe icistes?? :D
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
Stuvimos oras ayí, dale q t pego al asunto ;-)
S0n¥A (L) Xq mi hamor s lo uniko q mantien atado nuestro corazón (8) (K)(K)(K)!! dice:
Fnatasma!! N se pued star tanto…

Ella siempre tenía la mala costumbre de exagerar, mintiendo de mala manera.

[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
Ants de eso nos metimos 1 mnton d mierda. No m cabe un gramo +
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
Ad+ stoy toda skocida, kreo que dspues de darme estuvo +turbandom i chupando asta qe se durmió
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
Q le den x el kulo. Sta noxe m busco 1 tia q me kiera + q el, q m izo daño
S0n¥A (L) Xq mi hamor s lo uniko q mantien atado nuestro corazón (8) (K)(K)(K)!! dice:
Pues cnmigo oy no cuentes. Yo boy a volber al Tower, a ver si m dan + koka
S0n¥A (L) Xq mi hamor s lo uniko q mantien atado nuestro corazón (8) (K)(K)(K)!! dice:
M salío barata, x 500 giles me saq 20 gr.
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
20? Xo eso s 1 burrada, q icistes, comersla asta l fondo?
S0n¥A (L) Xq mi hamor s lo uniko q mantien atado nuestro corazón (8) (K)(K)(K)!! dice:
:D
S0n¥A (L) Xq mi hamor s lo uniko q mantien atado nuestro corazón (8) (K)(K)(K)!! dice:
Asta el mismo fndo. M parecia al humorista ese antiguo dl bigot i el puro
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
xD
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU ha enviado un zumbido
[There's sOmethinG in yOur eyes I knOw I can't resist (8)] Because I LOVE YOU dice:
Ntoncs sta noxe n nos damos mambo? Tia, sabs q yo pagaria x ti


Una sonrisa se dibujo en la redondita cara de la chica. Y es que su mejor amiga no había tenido ningún reparo en mostrar abiertamente su atracción por ella, y ella no se había negado. Por algo era su mejor amiga.
La blanca dentadura de Sonya acompañó a los labios carnosos en los versos finales de su declaración; “Debo dejarte. Voy a prepararme para la noche, desayunar, y puede que piense en ti mientras estoy en la ducha”. Le encantaba rabiar a su amiga con aquellas pullas sexuales, a pesar de que algunas más tarde se hubieran vuelto menos falsas de lo que su intención pretendía.

Tomó su desayuno, compuesto de cereales de la marca más cara que existía, además de la leche mejor tratada y otro surtido escaparate de productos que únicamente las altas esferas de la placa podían comprar. Eran las doce cuando subió los escalones de una escalera que giraba en cuarto de círculo y se dirigió a su habitación. Lanzó el fulgurante vestido blanco por los aires, acompañado de las mudas correspondientes, y se dirigió con paso firme a una puerta de madera blanca adornada con un póster de un musculoso y bien marcado macho de actitud provocativa. Hizo un guiño dirigido al torso desnudo del papel plastificado y giró el pomo. Lo último que ese hombre inmóvil pudo ver fue la cabellera rubia y un terso trasero, firme y al que seguro hubiera dado un mordisco, o una más discreta palmada, si hubiese sido un hombre de verdad y no una fotografía impresa.

Gel de frutas silvestres y aguacate, champú de mango y melocotón con toques de jazmín, acondicionador con extractos de miel, melisa y hierbabuena. Crema de berenjenas, colonia de banora blanca, y un desodorante acorde con el olor de la fragancia.
Toallitas perfumadas de limpieza facial. Esponja de raíces. Esponja suave de tacto aterciopelado. Y un largo etcétera de productos para el cuidado que se disponían en fila a lo largo de diversas estanterías, a su vez dispuestas alrededor del espejo de pared donde ella admiraba su cuerpo. Se decía a sí misma que era hermosa y espectacular, y su vanidad no estaba alejada de la realidad: muchos (e incluso alguna mujer también) habían intentado lograr algo con ella, pero sólo los más afortunados habían conseguido una noche en su cama.

Movió una mampara de traslúcido cristal, introduciéndose en el interior de una ducha de aspecto caro, al igual que todo lo que se encontraba en la casa; en el sector 5 vivían jefes y ejecutivos, además de sus familias o los vanos intentos de imitar a estas. La familia de Sonya era una de estas últimas: su padre siempre estaba trabajando, y su madre no hacía otra cosa que no fuera acudir a fiestas y orgías encubiertas para elevar su caché. Pero todo eso le importaba poco menos que las miles de muertes que el monstruo marino acababa de cobrarse en la aldea porteña.

A ella lo único que le importaba era sacar dinero de su papi y gastárselo en diversión. Le sobraba el dinero, por ello nunca iba a clase; y a pesar de ello siempre intentaba sacar el máximo beneficio con el mínimo coste. Entre las últimas cosas que había hecho estaba el sorprendente hito de engañar a unos traficantes para sacar más droga de la que debía recibir y colarse en la nueva discoteca gracias a sus dotes naturales, cuando normalmente no hubiera podido entrar. Por suerte para ella, aquel hombre no podía resistirse a un poco de buen escote, cosa que a ella le encantaba: jugar con las personas.
Fue gracias a eso que pudo conseguir la cocaína. Aquel tipo de actitud desafiante y verga suelta no se dio cuenta de que Sonya le quitaba unas cuantas bolsitas del maletín mientras el tenía los ojos entrecruzados, respirando fuertemente y apuntando al techo con sus fosas nasales, sentado sobre el blanco mármol frente a la chica arrodillada en el negro suelo.

El agua resbaló por su piel, cuya extraña tonalidad era una difícil mezcla de tostada y blanquecina, y cayó en unas mortecinas últimas gotas cuando apagó el grifo. Finalmente no había cumplido la promesa sexual hacia su amiga, atareada en repasar mentalmente su lista de asuntos por resolver.
Salió de la ducha envuelta en una toalla al tiempo que toqueteaba con un limpio índice izquierdo la bolita azul que se situaba bajo el labio inferior. Comenzó un cuidado ritual, iniciado con las toallitas de limpieza facial; cremas hidratantes por todo el cuerpo constituían el siguiente paso. Siempre era igual. Todos los días. Todas las semanas. Todos los meses. Una y otra vez.
Cogió un potente secador y lo conectó al enchufe, para acto seguido extender su mano hasta un poderoso cepillo. La melena rubia con dos estrechas franjas azabaches ligeramente desvaídas se extendió hasta tocar el final de las escápulas, pero tuvo que rendirse ante el poder de la corriente de aire y las púas, hasta que estuvo seco en su mayor parte y quedó libre hasta un rato después, donde finalmente volvería a ser domado y tomado a la fuerza. La toalla cayó sobre el suelo en una irregular y caprichosa forma, quedando en la superficie hasta que de una patada la chica arrastró el azulado objeto contra la pared.

Nuevamente desnuda, volvió a dirigirse a su cuarto. Comenzó a remover cajones, abrir armarios y lanzar todo tipo de ropa y complementos, a fin de buscar el atuendo ideal: cosa complicada cuando tienes cuatro armarios, cada uno con cuatro cajones y todo lleno de diferentes prendas. Por fin encontró lo que buscaba, que voló hasta posarse sobre la cama, mientras que el resto yacía por el suelo. Lo apartó de diversas patadas, amontonándolo contra una pared. Era una malsana costumbre, producto de la atención de los sirvientes que papá y mamá contrataban a cambio de cuidar de su hijita perfecta.
En la cama quedaban ya los atuendos de la noche: un corpiño de cuero negro que ajustaba mucho la cintura realzando los atributos superiores, una falda corta de seda del mismo color que se alargaba tapando el muslo izquierdo, dejando a la vista el derecho. Acababa con unos zapatos de tacón altos y azabaches y un bolso pequeño pero suficientemente espacioso como para guardar objetos que abultasen.

Una vez vestida y con el pelo ya domado y alisado, miró de nuevo el reloj. Eran las ocho de la tarde. El cuidado personal le había consumido gran parte del día, y ya sólo tenía una hora para preparar los últimos detalles. Introdujo en el bolso una caja de preservativos con sabor a frutas silvestres, otra de extrafinos, dos tampones, monedero con billetes y tarjetas, llaves, chicles de melocotón y piña colada y algunos enseres de maquillaje. Esa noche iba a disfrutar como nunca en una vieja discoteca del 2º sector bajo la placa: Doors of Heaven.

Diez guiles de taxi por ir desde el Sector 5 hasta el Sector 8, atajando por la Avenida Loveless. Quince por tomar el tren que llevaba al Mercado Muro, y diez más por ir hasta la puerta del local. El alto y musculoso guardia de la entrada mantenía una cola expectante a la puerta por culpa del detector de metales, que pitaba cada vez que una bien dotada veinteañera pasaba. La negativa del portero finalizó cuando ella declaró a voces “que llevaba un piercing en el chirri”; y tras eso la cola avanzó más rápido de lo que en un primer momento se podía pensar.

Las luces de los láseres y los focos se mezclaban con la repetitiva y electrónica música, a veces mezclada con alguna canción de éxito en los canales musicales de la televisión. Varios hombres y mujeres bailaban con la menor ropa posible dentro de jaulas y encima de pasarelas, recreando con movimientos lascivos y sugerentes orgías que en otros tiempos habían visitado algunos de los presentes en la amplia sala. No era raro que a veces alguien fuera sorprendido intentando meter la mano en partes del cuerpo ajeno, o incluso ser pescado cuando la mano ya apretaba bien alguna zona. En cierta medida, aquello no se diferenciaba de las fiestas sexuales. Y sin embargo, todo se rodeaba de miseria fuera del edificio, contrastando salvajemente con la calle donde se encontraba. Era la ventaja de aquello que estaba bajo la placa: los impuestos y alquileres eran más baratos para alguien que vivía arriba.

En la barra, dos camareras en bikini y dos hombres con bañadores, todos cubiertos de pintura que brillaba bajo las luces servían copas por todos lados. Sonya se acercó y llamó a voces a uno de los camareros, igual de sugerentes que el póster que mantenía en la puerta del baño:

- ¿Oye, me pones uno de vodka con limón – dijo asomando un poquito más el canalillo, empujándolo contra la madera de la barra de manera que el camarero lo viera – y me añades un chorrito de licor de hierbabuena?
- Claro. Y a ese invita la casa, por maja.

Sonriendo pícaramente el camarero le puso el vaso sin escatimar en el alcohólico producto. Sonya lanzó un guiño y le plantó un beso en la mejilla, dándole además un papelito con un número escrito con tinta roja. Siempre llevaba unos cuantos de esos en el bolso, y no era raro que repartiera un par cada vez que salía de fiesta o cambiaba de lugar.
Ya con la bebida, se adentró dentro de la masa de gente, con ganas de buscar a otra persona a la que dar su teléfono o simplemente divertirse durante una hora. El calor era abochornante, conseguía asfixiar; y para empeorar las cosas el dueño no dejaba de encender y apagar más focos, caldeando el ambiente.

Tras media hora bailando, Sonya se volvió a abrir camino entre la multitud, dirigiéndose al baño. Necesitaba mojarse y refrescarse un poco, y desde hacía rato tenía la impresión de que alguien la miraba con interés. Y ella estaba dispuesta a seguir el juego.
La hilera de cubiles de madera oscura garabateada con obscenidad, iniciales amorosas y mensajes recibieron a Sonya con una oleada de frescor alegre y con tonos de pino y limón. Lo más destacable es que aquellos baños permanecían blancos y relucientes, al contrario que muchos urinarios masculinos de sitios similares.

El último de los habitáculos estaba vacío, y ella lo agradeció. No quería dar una victoria fácil, ni quería recibir ella nada gratis: le gustaba gemir, suplicar y gritar pidiendo lo suyo, lo quería pero odiaba que se lo dieran nada más suspirar por ello. Quería recibirlo al final y gozar del disfrute y el placer que le brindaban. Ella no era menos con nadie: ni con ellos ni con ellas.

Las puertas comenzaron a abrirse, una por una. Estaba impaciente, y no podía dejar de poner una sonrisa con aviesas intenciones, lista para sentarle e ir a saco con todas.
Por fin, la puerta se abrió y no pudo poner sino una mueca de sorpresa. Alto, con melena lisa y perilla con bigote castaños. Traje negro con botas de hebillas y un abrigo largo a pesar de la sofocante atmósfera. Por supuesto, ya conocía a aquel hombre: era el camello al que le quitó las bolsas de polvo blanco.

- Vaya – dijo volviendo a poner su dentadura blanca a relucir acompañada de un guiño – Parece que te gustó tanto que vienes a por más, bribón – Chascó la lengua y la pasó por los labios rojos y carnosos.

Un sonoro “paf” le dolió en la mejilla. Cuando quiso darse cuenta, estaba sangrando del labio y agarrada por el brazo derecho. Cada vez apretaba más, y en la cara de aquel demonio vestido de negro podía verse una furia a punto de desbordar por sus ojos, sus dientes, son oídos y su piel enrojecida.

- ¡Tan lista te crees que pensabas que no me daría cuenta de que me habías robado! ¡Puta!

Una nueva bofetada, que esta vez le arrancó un pendiente de la oreja dejando un bello corte en el lóbulo izquierdo.

- Ahora vas a devolverme la droga y vas a pagármela con intereses. Y sé muy bien de qué manera puedes hacerlo.
- Por… por favor – las lágrimas desbordaban, arrastrando negro petróleo bajo sus pestañas – Tengo dinero. Mi padre es rico, puedo pagarte, pero no me hagas daño…
- ¡Cállate! Da gracias a que la música está alta y no pueden oírte, porque de lo contrario te metería la pistola por el coño y te dispararía, desgarrándote como la furcia que eres. Claro que vas a pagarme, pero trabajarás para mí. Lo primero que vas a hacer será llevarme a tu casita y darme las bolsas. Así sabré donde vives, y a partir de mañana comienzas a trabajar en la puta esquina. Eso, o te vuelo la cabeza mientras te enculo – exclamó mostrando una automática, al tiempo que se metía una mano entre los pantalones.
- No, por favor… ¡A mí noooooooo!

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Lágrimas negras mancharon la blancura inmaculada de la almohada. La sangre se arremolinaba en la sábana, mientras que los llantos se ahogaban en el silencio de la gran casa que permanecía abandonada, a excepción de la solitaria quinceañera tumbada boca abajo sobre la cama.

Una deuda de 3000 guiles más los correspondientes intereses.

La profecía de su amiga Sussan se había cumplido. Ahora podría pagar por acostarse con ella.