viernes, 4 de diciembre de 2009

197

Desde su asiento de copiloto, Mashi miraba con gesto distraído a una mujer hermosa, envuelta en seda y coronada con un gesto triste, que cruzaba la acera en silencio. Parecía etérea entre la multitud, y le dio al turco un par de ideas para alguna que otra entrada en tono poético en su blog.
- ¿Qué haces esta noche, cachorro? – Preguntó Svetlana, a su lado.
- ¿Yo? – Se sorprendió el joven turco. – Uhhh… Nah, supongo que escribiré algo y me iré a dormirla. Con la mierda esa del cañón nos están haciendo encadenar un turno tras otro, y me siento como un zombi con resaca.
- Yo voy a darle otra pasada a la zagyev en la galería de tiro antes de irme, pero no mucho. No es plan dejar a Jorik tirado con los enanos. – Mashi sonrió. Siempre le hacía gracia ver a una agente de Turk tan expeditiva como Svetlana, actuando de esa forma tan maternal. Sin embargo, su compañera tenía la mirada en el retrovisor, desde el que veía su nueva escopeta, depositada en el asiento trasero, lista para la acción.
El sonido del PHS de Svetlana los interrumpió. Miró su pantalla, que le anunciaba la llegada de un mensaje de texto de su esposo. La turca temió por su sesión de tiro, pero esperó a que un semáforo en rojo le diese la oportunidad de leerlo.
“Vanya ha vuelto a meterse en una pelea. A las ocho tenemos una cita con el jefe de estudios del colegio. NO FALTES”. El humor de Svetlana se turbó al instante. Vanya siempre había sido un niño con un temperamento rebelde y algo agresivo, pero bien atemperado por la educación que Jorik le había dado. No era malo, y no hacía falta más que conocerlo un poco para ver que era bondadoso y protector. Sin embargo, nada comparable a la amabilidad y ternura de sus hermanos, Rozaliya y el pequeño Grigori. Probablemente, alguien se habría metido con ellos, y Vanya le partió la cara.


Mashi vio como el monovolumen familiar de Svetlana se alejaba a toda prisa hacia la salida del garaje del edificio Shin-Ra, mientras las puertas del ascensor se cerraban ante su cara. Tenía algo de tiempo libre, y ante la indecisión de cómo llenarlo, llegó incluso a plantearse ir al gimnasio a buscar a Kurtz para un repaso, pero cabalmente decidió en seguida que no quería ser él quien se lo llevase.
Tres pisos antes de alcanzar la planta que Turk tenía asignada para sus oficinas, Mashi abandonó el ascensor, despidiéndose del resto de ocupantes (un par de miembros de SOLDADO y algún que otro funcionario) con un leve gesto con la cabeza.
Subió sigilosamente las escaleras, mirando a su alrededor con precaución, cuando se encontró a Harlan e Yvette discutiendo frente a la máquina de café. Los llamó en voz alta, acercándose hacia ellos, que se apresuraron a saludarlo. Mashi odiaba el café de máquina, pero era un pequeño precio a cambio de su integridad física. Al fondo podía ver la fría mirada de Grim, clavada en él desde una rendija entre las persianas venecianas de su despacho. Tras él, Soto y Tex discutían. Nadie olvidaba a Creedan Dravo, ni la lección que supuso acerca de lo que puede suceder a alguien que se descuida y va por ahí solo.


- La entrevista terminó hace un cuarto de hora, Svetlana… - Jorik Varastlov esperaba sentado ante la puerta del colegio, sobre el capó de su coche: Un sedán de lujo, regalo de su esposa por un pasado aniversario de bodas.
- Lo siento… ¿Cómo ha ido? – Preguntó. Al fondo veía a Grigori y Rozaliya tirando de Vanya, que tenía un ojo morado, hacia un kiosco. Jorik les había dado dinero para chucherías y que así desapareciesen unos minutos.
- Deberías haber venido. – Su marido no era un hombre que se enfureciese de forma vistosa ni exacerbada: Nunca perdía los papeles, y atacaba usando un tono glacial.
- Jorik, se donde debería haber estado, pero tú deberías recordar en que situación estamos y lo mucho que me aprecia el capitán Jacobi.
- Sigue siendo un trabajo, y su importancia no debería ser comparable a la de tus propios hijos.
- Eres un civil y no lo entiendes: ¡Estado de excepción! – Insistió Svetlana, intentando moderar su tono y gestos para que sus hijos no notasen nada raro. - ¡Es casi como estar en guerra!
- Yo lo entiendo… Pero ¿realmente vale la pena? Los niños y yo nos estamos hartando de oír saltar alarmas sobre el fin del mundo, y tú nunca estás en casa para tranquilizar a los niños.
- Si el mundo se acaba, no entiendo que cojones haces tú preocupándote por tu ascenso a catedrático. – Acusó Svetlana.
- Si, tienes razón. Estoy siempre con mi tesis… ¡En casa! – Alzó una ceja, mientras la miraba con aires de superioridad. – ¡Mírate! ¡Te presentas con todo el uniforme arrugado, el chaleco puesto y esas dos metralletas abultando bajo la chaqueta! ¿Qué imagen es esa? ¿Cómo quieres que Vanya no se meta en peleas, viendo así a su madre? – Svetlana se echó hacia atrás, como si hubiese sido abofeteada. Miró un segundo a sus hijos, asegurándose de que aún seguían eligiendo chucherías, y se acercó a su marido, encarándolo.
- De modo que es eso, ¿no? ¡Sigues guardando rencor a Vanya! ¡Vanya es el mal hijo! ¡El agresivo! ¡El hosco! ¡El brutal! – Jorik había lanzado un golpe muy bajo, y muy certero.
- Tienes razón. No es culpa suya: Solo ha heredado las maneras de ese troglodita que es su padre. – Svetlana tragó saliva. Tras la puñalada anterior, con esto acababa de retorcer el cuchillo completando el golpe. Sin embargo, había llevado la discusión a un campo que le iba a salir caro.
- Puede que no te hayas dado cuenta, Jorik Varastlov, pero cuando te casaste conmigo, Vanya aún estaba en mi vientre. ¡Tú y solo tú eres el único padre que ha conocido nunca! ¿Quién es el troglodita entonces? – Cazado en su propia red, Jorik apretó los puños. Respiró profundamente e hizo un gesto con la cabeza a Svetlana hacia los niños, que ya caminaban hacia ellos, contentos con su nuevo botín.
- ¡Yo les enseñé a actuar de forma lógica! ¡Y sin embargo, le partió la cara a dos compañeros! – Svetlana se quedó mirando a su marido en silencio, calmándose súbitamente su enfado. Su rostro parecía pesaroso, pero no dejaba de mirar de reojo hacia los críos, cada vez más cerca, para que no la viesen así.
- Deberías ponerte de vez en cuando en el lugar de tu hijo.



Mashi comprobó su blog una vez más. Pocas entradas. La verdad, sabía que no hacía esta publicación por autobombo o por convertirse en una especie de “gurú online”. Sin embargo, Yabun Gobei había perdido mucho ritmo de visitas desde su separación del grupo de turcos. No era de extrañar: ¿Quién esperaría ver a perros viejos chateando o usando internet? Solo tenía los comentarios habituales, amén de un nuevo seguidor anónimo cuya identidad conocía bien pero que no delataba por no tener problemas. Eran cerca de las doce de la noche, y la cena ya era un grato recuerdo del pasado. Sin embargo, sabía de antemano que cualquier intento de ir a dormir acabaría siendo infructuoso. Decidió vestirse. Nada complicado, solo “casual”, y luego a dar un paseo. Incluso tardó menos de media hora en arreglarse el pelo.
La idea de Mashi de “casual” le hacía destacar enormemente entre la multitud, con su abrigo adornado con una placa de aluminio en la espalda, cortada con la forma de una especie de torso esquelético demoníaco, sobre tela malva. Sus botas estaban cubiertas de puas, romas todas ellas, por lo que pudiera pasar, y sus pantalones negros, holgados y llenos de desgarrones, mostraban por debajo unas mallas de color malva que completaban su indumentaria, junto con un leve toque de maquillaje. Algo discreto, a su modo de ver. Sin embargo, Katsumashi hubo de reconocer una cosa: Después de las semanas sirviendo junto a gente como Svetlana, Kurtz, Inagerr o Peres, se vio raro a sí mismo, de nuevo, maquillándose o buscando su ambiente habitual en el entorno visual. Buscó un espejo improvisado en algún escaparate, para ver si él también se había hecho viejo, pero no fue así, para su alivio. Sin embargo, algo era distinto: Ahora sentía una suerte de comprensión hacia sus compañeros: Una vieja guardia curtida en mil infiernos y apaleada, deseosa de un nuevo asalto por una mezcla de orgullo y tozudez.
Decidido a no pensar en el trabajo, por bien que le cayesen sus nuevos compañeros, Yotoomaru Katsumashi sonrió ante el cartel del Karasu. Una sala de conciertos a medio tomar por los góticos, pero que siempre acababa dando ventaja a los conciertos visual. Lleno a medias por puristas y la otra mitad por fans de los grupos, el Karasu era de las mejores salas de conciertos que se podían encontrar en el sector 8. La caída de su placa vecina le había causado graves problemas: Cierre para una inspección de urbanismo por si había sufrido daños estructurales, y una gran pérdida de su flujo habitual de clientes por la destrucción de los accesos desde el sector 7. Sin embargo, los grupos se habían apoyado mutuamente, y a fuerza de dar conciertos agotadores por precios meramente simbólicos, lograron mantener el local abierto. Desde el Karasu, todo el barrio logró crecer de nuevo, y mantenerse como territorio de los Visual Kei.
Mashi decidió no pedir alcohol. No le gustaba tanto la cerveza como los combinados de sabor más dulce, pero tenía la obligación de mantenerse sobrio ante la posibilidad de una llamada de emergencia. Svetlana lo despellejaría si llegaba a descubrir que había salido de casa sin chaleco, y con su triste revólver como toda potencia de fuego.



Svetlana tenía la mirada perdida. De repente, en menos de un segundo, se concentró y se arrojó hacia delante, donde un saco lleno de arena esperaba sus golpes. Sobre él, una foto de Mordekai Jacobi cada vez más destrozada sonreía con su habitual desdén, mientras una lluvia de golpes caía incesante sobre ella. Svetlana giraba en torno al saco, repartiendo golpes, esquivando las venidas, en las que su imaginario adversario intentaba alcanzarla, cansarla, y finalmente, derrotarla. Eso habría funcionado con cualquier pipiolo, pero ella había recibido demasiados golpes y partido demasiadas caras como para dejarse atrapar así como así: Dosificaba sus energías, coordinaba su respiración con sus movimientos, exhalando fuertemente en cada ataque. Podía combatir durante mucho tiempo antes de notar el cansancio. Le gustaría creer que horas, pero es mejor ser realista. Se lanzó contra el saco de nuevo, atacando en corto y rotando. Siempre atacando, nunca dando un respiro entre golpe y golpe. Los respiros al enemigo son una traición a uno mismo, como bien aprendió por las malas cuando ingresó en la 90 de fuerzas especiales.
Acabada su combinación dio un paso atrás y lanzó una potente patada lateral que debería haber lanzado el saco contra el fondo, pero este se chocó con algo y casi es Svetlana la que sale proyectada.
- ¿Tregua? – Preguntó Jorik, tras el saco. Traía una botella de agua y una toalla limpia. Svetlana refunfuñó y lanzó un golpe más contra el saco, pero tomó asiento.
- ¿Qué quieres? – Svetlana tenía la costumbre de aislarse en el trastero, tres pisos encima de su casa, donde se había construido un pequeño cuarto de entrenamiento. Era tan disciplinada que se frustraba enormemente cuando alguien que no fuesen sus hijos la interrumpía. Incluso a veces, sus hijos se encontraban un severo correctivo al llegar.
- Quiero acabar la discusión.
- ¿Y qué vas a decir al respecto? – Jorik sonrió. Él era el único con el privilegio de sacar de sus casillas a su mujer. No era algo que hiciese a propósito, sino que le salía sin pensar. Normalmente, de la agente Varastlova se conocía su faceta fría y violenta, y su faceta simplemente violenta. Con sus compañeros era amistosa, pero se comportaba como un hombre más, soltando bromas soeces y repartiendo golpes amistosos, pero que a Jorik le hacían bastante daño cuando le tocaba recibirlos. Sin embargo con él, era cuando tenía ante sí a Svetlana la mujer. Femenina, preocupada, y aunque a veces costase creerlo, vulnerable.
- Voy a decirte que ya sabía que yo era el único padre al que Vanya conoce, y para ello, voy a confesarte algo que he tenido miedo de que supieses.




- ¡Joder, como mola tu pelo! - Dijo una joven rubia cuando Mashi apareció a su lado en la barra. Tenía la voz un poco ronca, aunque el joven turco supuso que era por el vaso casi vacío que tenía ante ella. – Si me cuentas el truco, te invito a un trago.
- Solo voy a tomar un refresco, y no estoy seguro de que mi secreto valga tan poco… - Dijo con picardía, haciéndose el interesante. La chica pareció pensárselo.
- Vale, te lo plantearé de esta forma, a ver si te gusta más: Si me das conversación, te invito a ese refresco.
- Gracias. – Pidió un mosto y luego se giró hacia ella. – Y la respuesta a tus dudas es esta: Mascarilla marca Mogu cada tres días, corte de puntas cada cuatro meses y laca de buena calidad para no quemar el pelo.
- Euh… Tomo nota. – Dijo la chica. Aún era una adolescente, pero más bien una adolescente tardía. Aparentaba unos diecinueve años, y su aspecto era una especie de Visual de fin de semana. Debía de ser universitaria para estar de fiesta un jueves. Se arregló un poco más el pelo, con un gesto casual que abrió un poco más su escote y se pegó a Mashi, casi tocándolo, e inundando sus fosas nasales con su perfume. – Por otro mosto, o algo un poco más fuerte… ¿Me responderías a otra pregunta?


Jorik avanzaba a zancadas a lo largo de la taberna Highlander Cavern. Sus pasos llamaron la atención de los parroquianos, pero nadie hizo preguntas al joven extraño delgado y algo desgarbado. Estaba furioso, y su cabello estaba revuelto. Encontró al hombre al que había venido a buscar y se sentó, quitándose las gafas y posándolas sobre la mesa ante una eventual escena violenta a punto de estallar.
- ¿Prefieres aquí mismo o fuera, hijo de puta? – Preguntó Jorik, con el tono dubitativo de alguien que no está acostumbrado a llegar a este nivel.
- Aquí mismo tendría un problema con el dueño. Fuera no, pero no veo como mierda va a acabar bien esto si te… - El otro hombre dudó apenas un segundo. - Si tú y yo nos damos de hostias.
- No me voy a ir sin lo que he venido a buscar.
- Pues lo tendrás que conseguir como siempre has dicho: Hablando. – Jorik sonrió. Precisamente él, ese neandertal, le venía a decir al licenciado cum laude y uno de los profesores universitarios más jóvenes de la universidad de Midgar, que iban a resolver las cosas hablando.
- Veo que evolucionamos… Incluso te han puesto una jarra, con asa y todo, para que las uses como un organismo desarrollado.
- Mira, tío… Que quiera resolver esto tanto como tú, no significa que te permita insultarme. – Dijo con tono firme y sombrío, mientras sus ojos parecían relucir en la oscuridad del rincón en el que estaba sentado.
- Bien. – Concedió Jorik. – Yo también me comportaré. – El otro asintió. Jorik tomó aire y esperó unos instantes, antes de decidirse a hablar. Apenas dos segundos. - ¿Por qué cojones no le echaste huevos y tomaste la iniciativa en lugar de dejar que yo siguiese adelante con la boda?
- No te casaste engañado, Jorik… - El extraño dio un trago a su pinta de cerveza negra, mirándolo desde encima de su jarra.
- No, eso es cierto. Sin embargo, ella tampoco. No creo que debiera haberme dicho que sí.
- ¿Por? – Preguntó el otro, a medio camino entre divertido y sorprendido.
- Porque cada vez estoy más seguro de que te quiere a ti. – Esta vez su interlocutor posó su vaso. Hizo sonar sus nudillos y se acomodó en su banco, con movimientos muy pausados. De repente, su puño estalló contra la pared con un sonoro golpe, pertinentemente ignorado por los parroquianos. A este le sucedieron otros, y cuando finalmente se calmó, juntó las manos sobre la mesa. La diestra estaba cubierta de sangre.
- ¿Sabes por qué me cabreo así? – Dijo con la voz llena de ira contenida. Jorik negó con la cabeza. – Porque has dudado de ella.
- ¿Dudar? No dudo. Es ya una certeza.
- ¿Qué certeza, idiota? ¡Ella lleva tu hijo! ¡Tu segundo hijo! ¡En su vientre! ¡Y también ha tenido tu niña!
- Muchas personas se casan por los motivos equivocados y tienen hijos juntos. – Respondió Jorik, fríamente. Ya se había planteado esa pregunta y tenía la respuesta preparada.
- Ella no. ¿Nunca te dijo como acabamos liados?
- Nunca quise saberlo.
- Pues ahora te jodes y lo oyes. – Jorik hizo un gesto de contrariedad. – Si no te gusta, no hubieras venido, aunque de todos modos no es nada del otro mundo: Nos emborrachamos.
- Por mucho que bebiese, no justifica…
- No. No lo justifica. Ella me explicó por qué lo hizo cuando hubo recuperado la razón: Le daba miedo casarse y cometer un error. Le daba miedo sentirse desgraciada.
- Al final yo fui un error… - Admitió el joven profesor.
- ¡Mira que eres idiota! Tu mujer es una tía orgullosa, fuerte e independiente. Tenía miedo de perder esa independencia. ¡No quería ser una jodida ama de casa! ¡Es una puta guerrera, maldita sea! ¡No está hecha para la aspiradora y las cocinitas!
- Pero eso… No llegó a suceder. Incluso vosotros, cabrones, hacíais chistes sobre mí, llamándome “su mujercita”.
- Ella nos pateó la cara, en cuanto hicimos medio chiste fuera de tono. Concretamente, a mí me soltó un puñetazo que me dejó flipando, y me hizo tragarme la coña por no tener un problema serio. – El otro dejó tiempo a Jorik para decir algo, pero este solo lo miraba, estupefacto. – Solo me había pegado más fuerte en una ocasión: Cuando se despertó a mi lado.
- Entonces…
- ¡Entonces nunca me quiso, idiota!
- Pero Vanya… Es decir… Sé que es hijo tuyo. Siempre lo supe.
- Pues yo debo de ser el único que nunca supo nada. Bueno, somos dos. Vanya y yo: Yo nunca he sido un padre para él. Y tú eres el único padre que él ha conocido, y que reconoce como tal.


- ¡¿Entonces no estás con el grupo?! – Preguntó la chica, medio histérica.
- ¿Por qué iba a estarlo? – Se defendió Mashi.
- ¡Joder, he estado pagándole los zumitos a un marica rarito cualquiera!
- ¡Oye, loca, que fuiste tú la que me buscó a mí! ¡Además, aún no has pagado nada!
- ¿Qué no te invité? ¿Me estás llamando mentirosa? ¡Y me llamas loca!
Tras ella, una pequeña multitud se estaba formando, rodeando a Mashi contra la barra. Por lo visto, la joven histérica tenía amigos. Amigos que contaban con pases, irse de fiesta con estrellas del rock y esas cosas. Por lo visto, las tías hacían de gancho. La sección femenina eran ella y otras cuatro igual de aputonadas y cubiertas de maquillaje barato. Sin embargo, tras ellas, estaba la habitual cohorte de novietes o aspirantes a ello, ansiosos por ganar puntos a ojos de sus conquistas apaleando a un pobre chavalín maquillado. “Así que eso es lo que hay, ¿eh?” pensó Mashi, “todos vosotros juntos sois tan duros como medio pedo de cualquiera de mis compañeros”.
- Hora de nadar o hundirse… - Dijo por lo bajo, mientras con un gesto llamativo, sacaba su porra extensible reglamentaria. – En total, entre chulos y putas sois nueve. – Dijo mientras levantaba la cabeza, sonriendo maliciosamente. – Alguno ha de ser el número uno. ¿No?
La multitud que tan rápido se había juntado, tardó algo más en dispersarse, con desgana, miradas de reojo y murmullos en voz baja. El camarero se acercó a Mashi para sugerirle otro local, pero este al sacar la cartera para pagar su consumición dejó entrever la placa, acabando el asunto. En vista de que solo le quedaba un tipo de contactos al que recurrir para entretenerse, sacó su PDA y la conectó a la red wifi del Karasu. Le habían dejado un mensaje.
- LOL! Tu dama ahora es una loli sin bragas. Raep you sai?
Mashi movió su rey hacia una posición más protegida. En el ajedrez por internet vio que su oponente estaba online y había recibido su envite, pensando su jugada.
- Ima chargin mah lazor.
- Habla como si fueras humano, cabrón. – Respondió Mashi. No soportaba que su oponente usase ese lenguaje, y aún era peor cuando usaba el 1337. Sin embargo, era el mejor de todo el foro.
- IMA CHARGIN MAH LAZOR! – Viniendo de él: Jaque mate.
- ¿En cuantas jugadas?
- Over 9000!
- ¡Vete a tomar por culo, Darius!
- Vale,noob. 3
- Algún día te cazaré… - Mientras acababa de teclear y enviar el mensaje, Mashi estaba saliendo por la puerta del Karasu.



Mashi estaba esperando más temprano de lo habitual a Svetlana, la cual casualmente también se había dado prisa. Su compañera parecía de buen humor. Sin embargo, lo primero que le extrañó fue ver que los chavales no ocupaban su lugar habitual en el asiento trasero. Ante la pregunta, Svetlana le dijo que hoy los llevaba al colegio su padre.


- Papá… - Dijo Vanya, algo asustado por una posible reprimenda ante lo que iba a decir a su padre. Tenía la mirada fija en la nuca de este, como si a través de ella lo estuviese vigilando sin dejar de atender a la carretera.
- Dime, Vanya. – Respondió este de un buen humor que se fue enfriando al ver que el chaval tardaba en responder.
- Yo… Ayer me dijiste que no, pero si que actué con lógica. ¡Te juro que lo hice! – Jorik no opinaba igual, pero en ese momento recordó lo que le dijo su mujer.
- ¿Y por qué es lógico pegarle varios compañeros?
- Porque estaban abusando de Grigori. – Respondió el crío, con la seguridad que le daba estar en un terreno conocido.
- ¿Y qué habría que hacer entonces? – Preguntó Jorik atento, mirando a su hijo a los ojos por el retrovisor.
- Chivarse. Pero pensé que mientras iba a buscar un profe, a Grigori le iban a pegar, y como yo soy más mayor que él, mejor que vaya Grigori a chivarse mientras me pegan a mí.
- Está bien, pero se dice “mayor”, no “más mayor”. Cuando eres mayor se entiende que lo eres más, no se dice “menos mayor”.
- Mayor… Vale… - Dijo el niño, un poco frustrado por la interrupción.
- ¿Algo más?
- Si: Si me iba a quedar peleando yo solo contra dos, lo más lógico era defenderme, ¿no?
- ¡Vanya solo se estaba defendiendo! ¡No lo castigues! ¡Es bueno! – Rozaliya corrió a ayudar a su hermano.
- Vanya es bueno, pero a veces es despistado. ¿No viste aún donde falla tu lógica? – Preguntó el padre. Vanya no respondió, aunque por la cara que Jorik podía ver en el retrovisor, parecía algo avergonzado. – Antes de decírtelo, tienes que prometerme que solo te pelearás con dos condiciones.
- ¿Cuáles? – Preguntó el niño, a la defensiva, temiendo algún tipo de castigo.
- La primera: Solo debes pelear como último recurso.
- ¡Esa ya me la sabía! – Bufó.
- Y la segunda: Solo para protegerte a ti mismo, a tus hermanos o a algún amigo, contra alguien más fuerte. – Vanya asintió. – Lo digo muy en serio. Si defiendes a los débiles, eres bueno. Si los atacas, eres un abusón, como los que querían pegarle ayer a Grigori.
- ¡Yo no soy ningún capullo! ¡Ni tampoco un abusón! – Protestó el niño.
- Entonces no tendrás problema en prometer que aceptas mis condiciones, porque… ¿Sabes qué? ¡Los que abusan de los débiles no merecen tener videojuegos!
- ¡Lo prometo! ¡Lo prometo! – Jorik aprovechó la detención en un semáforo para girarse y estrecharle la mano a su hijo. Luego se giró hacia los otros dos.
- ¡Sois testigos! ¡Vanya me ha hecho una promesa! – Los niños asintieron.
- Ahora dime en que no fui lógico. – Quiso saber el niño.
- Vanya: Si vas a chivarte, chívate. Si vas a defenderte, defiéndete. Si haces las dos cosas, cuando llegue el jefe de estudios te verá pegándole a otros dos y te castigará a ti. ¡Tienes que ser más listo!

7 comentarios:

Ukio sensei dijo...

No es un gran relato, ni nada espectacular. Sin embargo, dejamos enfriar un poco el tema y hacemos que haya algo más de ansia por la escena que quedó pendiente con el "equipo A".
Hala, a joderse y esperar. La espectación siempre viene bien.

Valent dijo...

El padre es quien creo que es?

Ukio sensei dijo...

Dilo claramente.

Valent dijo...

Pues lo digo sin mas reparos: El bueno de Kurtz.

Astaroth dijo...

Sí, todos pensamos en él y lo que nos dijiste en el evento de personajes.

Aunque si lo has dejado caer así de evidente, pienso que nos vas a sorprender.

Ukio sensei dijo...

Pero bueno! Os he mentido yo alguna vez?

Rokhsa dijo...

Todos llegamos a la misma conclusión, habrá que esperar para confirmarlo.