jueves, 19 de febrero de 2009

159

Con un gesto preciso y mecánico se ajustó las delgadas lentes sobre el puente de su recta nariz y examinó las diferentes flores con ojo crítico y gesto serio. Por supuesto, elegiría las más adecuadas. Iori nunca hacía nada sin asegurarse de que lo hacía milimétricamente calculado para que fuera perfecto, aunque se tratase de elegir un simple ramo de flores.




Suspiró, si es que era posible compararlo así, con la exactitud de un reloj, mientras se acercaba al mostrador. Iori rara vez fallaba en algo, pero hasta él admitía que no tenía ni idea del lenguaje de las flores.




- Disculpe.- llamó a la joven dependienta con voz neutra.- Necesito que me ayude.- y sonó más como una petición que como una orden.




La interpelada, una veinteañera de cabello castaño recogido en una coleta, alegres ojos a juego, vaqueros, camiseta verde pistacho y mandil blanco, en el que brillaba una pequeña plaquita con el nombre "Claire", se volvió hacia el cliente... secretamente encantada de atenderlo. Era un joven de aproximadamente su misma edad, con piel marfileña, ojos negros y cabello igualmente negro, cortado de manera formal pero con concesiones rebeldes como el flequillo de finos mechones. Tal vez pudiera ligar con él, aparentaba ser alguien serio y formal.




Sonrió mientras lo atendía.




- Por supuesto. Dígame que tipo de flores quiere.-




- Son para visitar a un ingresado en el hospital. Las quiero sencillas, sin ningún mensaje romántico.- un glaciar no hubiera sido más frío que la respuesta de Iori.




- Oh, pues... esto...- los nervios le iban a jugar una mala pasada a la novata, recién empleada en la floristería y obviamente no acostumbrada a una actitud tan formal y distante.




Recorrió con la mirada los diversos recipientes, pensando qué podría sactisfacer el pedido de aquel cliente de manera completa. Algo le decía que equivocarse no era una opción.




- Yo... le sugeriría unos crisantemos blancos y amarillo pálido.- hizo memoria acerca del significado de dichas flores para recitarlo.- Simbolizan alegría, optimismo, descanso y vida larga. Perfectas para un convaleciente. Sólo le costarán 10 guiles y le regalamos la envoltura.- hizo un nuevo y atrevido intento por simpatizar...




- El precio me conviene. No tarde, tengo prisa.-... que seguramente hubiera dado más frutos si lo aplicara a una roca cubierta de escarcha. Definitivamente este joven era un robot, pensó desalentada. Oh, bueno. No era el único de su tipo en todo el mundo, ya encontraría a otro más majo. Gafitas incluídas. A Claire le gustaban los gafitas.




Procurando no estropear el plástico, la chica envolvió el ramo y lo ató con una cinta blanca.




Iori pagó lo pactado y se marchó tras un leve "gracias". Ni tiempo le dio a Claire de decirla el clásico "Esperamos que vuelva a neustra tienda". Pero él no gastaba su atención en esas nimiedades superfluas. Educación sí, derrochar simpatía ni hablar. Eso era para seres patéticos que necesitaban agradar como fuese.




Arrancando su pulcro Youta IQ gris metalizado, puso rumbo al hospital donde estaba ingresado su mentor. En el asiento del copiloto, el ramo. A los pies de éste, su bolsa con el portatil, la agenda, los bolígrafos y otros ítems aburridos de detallar, impecablemente clasificados en compartimentos. En la radio, una canción de un viejo grupo, los Atomic Wasteland anunciaba el presentador... no era precisamente el tipo de música de Iori, que fue cambiando de emisora hasta encontrar la de clásica, con un concierto en violín de Yenessa Mae dispuesto a amenizar sus oídos. Conducir era algo que le gustaba: se trataba de una actividad tranquila, unipersonal y relajante. A veces cogía el coche y se daba una vuelta al sector por el puro placer de conducir.




Con lo cual, al llegar al hospital su alegría había subido un par de peldaños en la escala, aunque habría que ser un auténtico genio de la psicología gestual y facial para detectarlo, y aún así cabría la duda.




Aparcar, coger el ramo y encaminarse a la puerta no le llevó apenas tiempo. Su traje negro con corbata y su bata blanca le ayudaban a confudirse entre los pasillos atestados de médicos, enfermeros y pacientes, pero Iori no era médico, ni deseaba serlo. Él era un prometedor futuro científico, y eso era algo que le debía a...




Ajá, habitación 207. Allí estaba.




- Adelante, adelante, está abierto...- una voz vieja y cascada, débil coo el cruji del papel antiguo, contestó a sus toques.




- Saludos, maestro. Es un placer verle.- nada más ingresar en el cuarto depositó su ramo en la mesilla.




Sólo había una cama grande, y el ocupante era un hombre que ha visto pasar mucha vida ante sí. Escasos cabellos blancos, poblados bigotes y una venerable barba cana, unidas a unos rasgos tan arrugados como los de una tortuga y un cuerpo flaco y anciano componían al profesor Xero, doctorado en Ciencias de la Genética, laureado investigador en el pasado e inexplicablemente caído en desgracía unos años atrás. La vejez y la enfermedad habían hecho mella en su cuerpo, reduciéndolo a un estado inmóvil, pero pacífico. Su rostro amable mostraba la alegría calmada de quien ve llegar a la muerte y la saluda como una amiga.




- Iori, qué gusto verte. Mi mejor alumno, y también el único que se acuerda de su pobre y anciano profesor. ¿Quieres tomar algo? Sé que no aprecias los dulces, pero esas galletas de ahí son de jengibre amargo, sin azúcar ni glucosa.- el profesor Xero señaló la caja sobre la mesilla junto a su cama con una ducle sonrisa.




- Es usted muy amable, maestro. Ya sabe que me encanta conversar con usted y aprender de su experiencia.- aseguró el joven mientras se sentaba cerca y cogía la galleta ofrecida. Estaba rica, con un toque casero: la primera sonrisa del día, leve y tímida, asomó a sus labios.




- Me las prepara mi hija Laura, una muchacha estupenda. Es una lástima que no heredase mi pasión por la ciencia, pero me siento muy orgullosa de ella. Estuvo en el ejército, ¿sabes? Y fue de la unidad de francotiradores.- la respiración resollante del anciano daba fe de su debilidad.- Ojalá pudiera contarle a ella lo que llevo guardando tanto tiempo...-




- ¿Ese asunto del que nunca ha querido hablar, maestro?- preguntó de súbito Iori, repentinamente tenso e interesado.- Sabe usted que yo lo respeto y me siento muy agradecido por sus enseñanzas, pero...-




- Iori, eres inteligente y sabes que eres como un hijo para mí. Es evidente que deseo contártelo.-




- Maestro, no sé si será adecuado....-




- ¡Lo es, lo es!- la excitación creciente del profesor se convirtió en un acceso de tos que detuvo su perorata unos instantes, mientras su alumno le daba un vaso de agua.- Gracias, muchacho. Eres una buena persona. Es por ello, y por tus dones científicos, que quiero confesarte mi pecado. Tal vez tú puedas terminar mi empresa y darme la paz... Iori, yo no soy bueno.-




- No debe decir eso, maestro. Me brindó toda la ayuda, la beca de estudios y sus conocimientos cuando yo era un simple estudiante. Usted es bueno.-




- No, hijo, no... eso fue, en principio, para librarme de la culpa. Y luego, porque te empecé a querer. Pero debes saber que hice cosas terribles, cosas por las que debo pagar y por las cuales renuncié a seguir trabajando para Ellos.- la forma de pronunciar "ellos" mandó un escalofrío por la columna de Iori.




- SHINRA...-




- Yo trabajé para ellos en mi juventud, muchacho, en sus laboratorios. Por entonces tenía prestigio y una prometedora carrera: experimentábamos con MAKO y buscámabos combinaciones genéticas que nos permitieran crear mejores medicamentos. Diré en mi defensa que siempre busqué el bien para la gente... pero eso no me absuelve, hijo, no. Nunca debí aceptar el ofrecimiento. Pero la curiosidad de la ciencia es grande, tú lo sabes. No, no debí aceptar...-




Siguiendo el hilo tartamudeante del profesor Xero, Iori se asombraba internamente. Había ido con la idea de conversar un rato sobre genética con su antiguo mentor y protector, pero se encontró con un anciano consumido que deseaba entregarle sus oscuros secretos. Todo estaba ocurriendo demasiado rápido, pero no podía reprimir su ansia de saber más.




- ... es la enfermedad del científico y del investigador, hijo, y tú la tienes, más incluso que yo. Ay de aquellos que juegan a ser dios... y yo jugué, Iori, yo jugué por vanidad, por orgullo, por la ciencia... me creí capaz de arrebatar a Dios uno de sus misterios. Todo el equipo lo creíamos.- intentó mover su cuerpo frágil a un lado, dejando acceso cómodo a su almohada.- Bajo la almohada hay una carpeta. Quiero que la cojas y te la lleves, porque pasará a tus manos junto con el resto de mis archivos. Por favor, cógela...-




El joven no se vio con fuerzas para negarle aquella súplica y rebuscó hasta dar con la susodicha, gruesa y pesada. Una descolorida pegatina-letrero titulaba la carpeta.




- Proyecto Hesperia...-




- La locura del hombre sumado al poder de la tecnología, hijo. Yo trabajé en ese proyecto, y también en su ramificación.- tomó aire antes de soltarlo.- Era un experimento destinado a conseguir la eterna juventud.- una lágrima se deslizó por su arrugada mejilla.- Fuimos unos locos, hijo...-




- Pero maestro, eso es algo fabuloso, algo que hace tiempo que la humanidad busca. ¿Dónde estaba el problema?-




- Que experimentamos con humanos.-




- Cobayas voluntarias, claro está.-




- No, Iori... no fueron voluntarios. Nunca lo fueron.- otra lágrima cayó.- Los drogamos en secreto, y luego los secuestramos y lso turturamos con nuestras operacioens durante años, y todo por un sueño loco... fuimos unos monstruos, y nos alegramos de ello. Al principio todo era fiesta, champán, celebración de logros... los sujetos respondieron bien y pudimos ir avanzando. Pero...- incapaz de seguir, suelta un sollozo contenido. Un helado Iori no sabe que es peor: si la confesión digna de un demente o ver llorar a su respetado profesor.- ... pero eran seres humanos. ¡Niños! ¿Te das cuenta, muchacho? Tenían familia, amigos, vidas que nosotros les arrebatamos sólo porque ellos fueron marcados. Como instrumental. Como simple material. Tan horrible, tan inhumano, y al mismo tiempo tan apasionante... no podíamos parar... tan cerca...-




- Lo... ¿lo consiguieron?- preguntó con cautela.




- Nunca lo supimos, hijo... nunca lo supimos. El culmen de nuestro experimento se completó lejos de nosotros, y tal vez fuese mejor así.- tosió.- Pero yo sé que ella dio a luz. Siempre lamenté lo que hice desde el día en que la vi llorar cuando los separamos. Me acordé de mi mujer y de mi hija, y pensé como me sentiría si me alejasen de ella así de golpe. No pude seguir viéndola como una cobaya después de eso. Quise ayudarla, compensarla, pero ella desapareció, y jamás la pude encontrar por mcuho que la busqué.- de repente, el anciano bajó la voz a un susurro.- SHINRA quiso taparlo todo. ¿Sabes? Nos realojaron en otros puestos con el fin de olvidar el asunto. Pero yo no pude olvidarlo, muchacho, no pude. Fue una locura... y quise buscarla, compensarle todo el dolor. Fue entonces cuando te encontré.- lo miró con cariño.




- Maestro, sinceramente, no entiendo nada.- repuso un confuso Iori. Otros se hubieran hechaod a temblar, o esbozado caras incrédulas, o nerviosas, pero no él. Lo único que delataba su estado era el leve tic de su pierna derecha.




- Los archivos... está en ellos... ellos te mostrarán lo que pasó... leelos bien... y perdóname... perdóname... he querido redimirme... continué investigando solo después del incendio... también está en los archivos, mi trabajo... complétalo, hijo... complétalo...- la voz se extinguió.




El anciano seguía vivo, pero el agotamiento y los fármacos lo habían dejado fuera de combate, y sumido en un sueño reparador. Sin duda pronto vendría una enfermera a comprobar su estado. Su apreciado alumno se levantó, acomodó un poco el cuerpo del profesor y lo besó en la frente antes de irse.




El Iori que salió de la habitación era, en esencia, el mismo que había entrado: pragmático, metódico, perfeccionista, frío. Pero el gusanillo de la curiosidad había mordido su mente...




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Un rato más tarde, a solas en su estudio y tras leer los documentos, un Iori con la cabeza entre las manos, los cabellos mesados y los codos apoyados en su mesa lena de hojas desparramadas, apretaba los dientes y sudaba frío.




- Maestro... por esto podrían condenarnos a ambos. Pero tenía razón. La enfermedad del científico es nuestra perdición, y yo la tengo mas que usted.-

8 comentarios:

Ukio sensei dijo...

La verdad es que el relato necesita una revisión. A ver si logramos que te puedas conectar tu directamente de una vez, y luego lo corriges y adaptas márgenes y mierdas.

Además, dirás lo que quieras de las descripciones tediosas, pero sin ellas, las escenas dramáticas no tienen intensidad. Vale que en tu cabeza todo parece una secuencia cinematográfica perfectamente visible, pero hay que sacarlo de ahí.

Astaroth dijo...

Reitero lo dicho: se necesitan descripciones tediosas. Le ha faltado la emoción característica de esos momentos.

Se me ha hecho corto, la verdad, y había momentos en los que necesitaba volver atrás porque encontraba incongruencias y errores graves.

Yo, alma condenada dijo...

Gente, existe algo llamado IMAGINACIÓN que va de perlas para crear ambientes sin verte restringido por loe scriba el plomazo dele scritor. ¿Que él dice que está en un cuarto de hospital? Te imaginas el cuarto que quieres y te ahorrar leer siete líneas sobre decoración de interiores.

La intensidad va en las conversaciones entre personajes, por los dioses!!!! Eso es lo que mola!!! Directos al cogollo de la cuestión!!!! Vale, ya sé que no compartís mi peculiar gusto y visión literaria de ir al grano de manera automática... pero así em gusta y así escribiré.

Lo de las incongruencias y errores graves ya me los explicarás, porque no percibo que sea un relato tan complejo como para tener que volver atrás.

Noiry dijo...

Hombre Morgana, la imaginación está bien, pero el cerebro necesita información y cuando lees la clave está en que las imágenes se formen solas en la mente, no para que tengas que pararte a hacer un cuadro mental de la situacióm. No soy fan de las descripciones de cuatro páginas de los maravillosos hilos de los bordados de Dorian Gray o del detallismo milimétrico de los vasos en las hojas del Clan del Oso Cavernario, pero de ahí a no hacer ningún tipo de descripción hay un trecho.
Es verdad que le falta emoción y profunidad a la escena, no la ves como un espectador si no como alguien que pasaba por ahí. No es sólo decir cómo era la habitación, sino qué expresiones ponían, si fruncían los labios, esquivaban la mirada, se sentían incómodos. Te centras tanto en lo que quieres contar que te olvidas que son personas quienes lo hacen.

Ukio sensei dijo...

Morgana, existe una cosa que se llama ESCRIBIR. Evidentemente leemos en lugar de esperar a que hagan la peli de Azoteas porque nos gusta imaginarnos las cosas y darles nuestro aporte y eso, pero también hace falta una base que tu estas dejando muy de lado.
Por un lado está lo que dice Noiry: La gente se expresa de más formas que las meramente verbales mientras habla, y otro aspecto que estas descuidando es la ambientación.
Por un lado tenemos la habitación de hospital.
Por otro lado tenemos la sala de paredes y suelo en colores netros, con un incómodo aroma a desinfectante que se te pega al interior de las fosas nasales evocando ideas de muerte agónica y solitaria y gente abandonada. Estaba la familia con el yayo o estaba tirado y muerto de asco? Tenía algún compañero de habitación? Pasó una enfermera por la habitación mientras hablaban? Ellos se callaron o la ignoraron y siguieron a lo suyo?
Cuando él repasaba los informes donde lo hacía? En la cama? En un escritorio? Ordenado conforme a sus manías o todo revuelto en un descuido absorto por analizar la información que estaba recibiendo?

La información hay que estimularla con pequeños detalles que funcionan como putos afrodisíacos. Tienes que lograr cerrar los ojos y ver una escena. De otro modo, lo que ves es una habitación de RPG años noventa con dos personajes pixelados planos que se miran sin hacer gestos mientras aparecen textos de su conversación.

Entiendo que en tu gusto quieres la historia, y la trama, pero este relato especialmente es como ver un esqueleto y tener que aportar tu el resto del organismo.

Yo, alma condenada dijo...

A mì me gusta así.

Y por otra parte, me resulta "curioso", por usar una palabra diplomática, que sólo habléis de cómo está escrito y NO de lo que se cuenta, que al final es lo importante.

Ukio sensei dijo...

Lo que se cuenta es el primer capítulo de lo que anunciabas en el spoiler. Vamos, que ni has esperado un poco para pillar por sorpresa. Además, es un poco a lo "prelude to darkness" de "Va a pasar las de dios!!!" pero no ha pasado aún.

Y si le damos tanto peso al como es que este ha sido especialmente resumido.
Evidentemente, la historia es lo que cuenta, pero la presentación suele valorarse. Tu deberías ser especialmente consciente de ello, que estudias pa artijta. Un cuadro puede contener toda la frustración y las pajas solitarias de 40 años de sífilis, pero una línea negra de mierda sobre fondo blanco sigue siendo una línea negra de mierda sobre fondo blanco. (Aunque tu no llegues a ese extremo).

Yo, alma condenada dijo...

¿Y de quienes será la culpa de que ya sepáis todo lo que está por venir ¬¬? Tenía planeado distintos argumentos y por vuestra obstinación maliciosa tuve que spoilearlos todos porque votasteis a todos mis personajes. Si ya no hay sorpresa, la culpa es toda vuestra.

Y en cuanto a lo de arte, te recuerdo que pa gustos colores, hay quien dice por ahí que Picasso y Dalí eran unos artistazos y yo personalmente opino que unos críos de primaria podrían imitar sus cuadros con suma facilidad. O que Mondrian era un geio, y a mi me parece un niño jugando con piezas de Lego.

Y en cambio adoro a Victoria Frances y tú la acusas de ser un travelo. ¡Aunque eso no tenga nada que ver con sus dibujos!