sábado, 5 de julio de 2008

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Hoy, estimados lectores, se me ha permitido ver un acto épico. Ante mis ojos, un titán, henchido de justa furia y orgullo, ha descendido a la arena de lucha. Es un hombre silencioso, observador y capaz de irradiar una fuerza tranquila y a la vez abrumadora, como las montañas o los océanos. Su voluntad de acero se impone sobre los límites de la resistencia humana, y sus combates son la prueba de ello.
Ese hombre es un luchador, uno de los últimos de una estirpe cuyos valores se hayan en su hora más oscura, en estos tiempos de egoísmo y depredación. Él es egoísta, pero en una forma superior, como una especie de orgullo, y es este orgullo el que le mueve a alzarse sobre sus desafíos. Es el orgullo y la fuerza, la voluntad de no caer nunca y ante nada lo que hace que se levante una y otra vez.
He visto a este hombre saltar al foso una y mil veces, noche tras noche, mientras yo tomaba un café y escribía notas sobre mi próxima columna, o durante mis malos momentos, buscando consuelo en el acogedor y cálido fondo de una botella de licor.
Él siempre quería entrar el primero en la arena, no para ser el primero en recibir el calor del público, sino porque ansiaba luchar. Como los guerreros de antaño, este hombre vive cada segundo de su vida a la espera del momento del combate. No es una persona violenta, ni agresiva, sino ansiosa de ponerse a sí mismo a prueba.
Tras un leve saludo para sus seguidores, separa los pies, flexiona levemente las rodillas y alza los puños, interponiéndolos ante su adversario. Luego agacha la cabeza y se defiende. Así es como luchó siempre, encajando cada golpe, lanzado por sus rivales o por la propia vida. Con una exhalación, tensando los músculos de la zona que lo vaya a recibir, recibe el impacto sin apenas verse desplazado por él. El símil entre la lucha sin reglas y la vida es muy fácil, pero también muy cierto, y nuestro guerrero protagonista encaja un golpe tras otro con paciencia y abnegación, esperando.
Cuando en esa inmisericorde lluvia de ataques se cansa y vacila, el momento ha llegado, y el titán, magullado pero erguido ataca. Su puño estalla en su oponente como el oleaje durante las tormentas, como el martillo de los dioses azotando la tierra. Un golpe nacido desde el impulso de sus pies, en contacto con el suelo del que parece obtener su fuerza, como los gigantes mitológicos, avanza por todo su cuerpo hasta sus nudillos, su codo, su rodilla o su cabeza, que con este estallido inicial hacen temblar al oponente, derribándolo incluso. No fueron pocas las veces en las que le he visto lesionar a hombres así, rompiendo huesos o causando peligrosas contusiones.

A lo largo de todo este tiempo, este hombre ha permanecido imbatido en todos los combates en los que ha tomado partido, y esto se ha resentido en las apuestas. Nadie quiere arriesgar su dinero apostando contra un oponente invencible, así que la organización decidió dar interés a sus combates. Derrotar a varios oponentes consecutivos, o incluso a la vez fueron sus siguientes desafíos, que encaró con el vigor de una fuerza de la naturaleza, y superó con su orgullo y voluntad de salir siempre adelante. Incluso pusieron un límite de tiempo a sus combates, obligándole a cambiar su estilo de lucha, resistente e incansable, por uno más expeditivo y violento. La imbatible montaña se convirtió en la furia del océano embravecido, y la violencia de las tormentas. Lanzó golpes rápidos con los que tantear y confundir a sus rivales, abriendo un hueco por el que lanzar su aplastante ofensiva, y aprendió en el judo las artes del derribo y la inmovilización. Si te agarraba, ibas a caer. Si te derribaba, ibas recibir golpes capaces de derribar los pilares de esta ciudad, y si aferraba bien alguna de tus articulaciones, la decisión sería simple: ¿Fractura o rendición? ¿Ser derrotado o quedar tullido de por vida?
Sus combates empezaban encajando golpes, y finalizaban casi siempre con la misma secuencia: Agarre, tirón, barrido y caer aplastando con su codo la cabeza del rival. Sus admiradores lo bautizaron como “La caída del indigno”. Así como es el poder y la furia, es la calma, la paciencia y la comprensión. Este hombre es mi amigo. En mis momentos de mayor desesperación, estuvo allí, escuchando mis delirios etílicos y leyendo cada uno de mis artículos. Conté siempre con su apoyo, su presencia y su desinteresado afecto, y uno de mis mejores recuerdos sobre él siempre será verlo sentado a mi lado, brindando conmigo por una reciente victoria, con una sonrisa de satisfacción, con el rostro machacado a golpes, la nariz rota y el labio partido, y el orgullo de que su rival no se despertará hasta dentro de unas cuantas horas. Su reciente melena y su barba le dan un aspecto tribal y agresivo, y sus colosales proporciones, por encima de los dos metros de altura y de los ciento diez kilos de músculos y huesos le dan la imagen del titán que es en realidad. Pero a diferencia de sus rivales, yo conozco también la calidez de su sonrisa y he visto como esos nudillos pétreos, que parecen forjados a martillazos y esos dedos gruesos y fuertes acariciaban a la mujer amada, o tendían una mano al amigo caído.
Además de fuerte, tiene esa forma de inteligencia que tienen los animales: Sabe con solo ver un combate quien va ganando y quien no, más allá de lo aparente. No es un hombre de ciencias, ni de letras, sino de vida. Conoce cuando la situación está tensa y cuando va a pasar algo. Con un vistazo rápido puede saber cuando una persona está tranquila, cuando no, y cuando va a suceder algo drástico. Es la forma más perfecta que he visto nunca de eso que el cine, la televisión y la literatura barata llaman “instinto”.

En el mundo de los combates ilegales, ser imbatible es un mal negocio, ya que, como ya dije, muy pocos apuestan contra algo seguro. A medida que su reputación crecía, sus ganancias iban a menos, hasta que finalmente, el luchador invencible se encontró con un ultimátum: Caer o dejarlo. Si no perdía nunca, nadie apostaría contra él, y no sería rentable, así que sus días en la arena habrían llegado a su fin.

Ayer, ese hombre, con algunas magulladuras leves, se puso en pié al finalizar el combate. Su rival no fue capaz, conmocionado, con la nariz y la mandíbula rotas. Erguido, se volvió a vestir su sencilla camiseta y cogió su cazadora de tela vaquera, y sin mirar atrás, abandonó el local donde se celebraban los combates entre aplausos y ovaciones. El público no sabía que su ídolo acababa de terminar su último combate, y contaba con verlo allí la noche siguiente, listo para luchar para su disfrute una vez más.
Cuando se fue, iban con él su hermano, su novia y sus amigos, y yo, tengo el orgullo de haber estado en ese pequeño e íntimo círculo.

King Tomberi (Kazuro Kowalsky)








El teléfono sonó, e Isabella sintió una mezcla de tensión y alivio cuando cogió la llamada, mientras desayunaba en el salón de su casa, algo de café y rosquillas, vestida con un albornoz de seda violeta.

- Hola... – Dijo una voz cansada al otro lado de la línea. – Acabo de leer el artículo de Kazuro.
- ¿Te gustó? – Preguntó ella, con una sonrisa.
- Si. Siento mucho no haber podido estar allí, pero confía en mi: Era un compromiso muy importante.
- No hace falta que digas nada... Lo entendemos, aunque es una pena.
- ¿Y Henton? ¿Sigue durmiendo?
- Como un tronco... Me ocupé de cansarlo del todo cuando llegamos a casa.
- Eres lo peor, Izzi... – Rió la voz al otro lado del teléfono, pero luego, al callarse, su silencio adquirió un matiz serio, casi fatalista - ¿Iván no dijo nada? – Iván Quouhong era propietario del Foso. Un hombre de aspecto brutal y reputación peor. Se decía que tenía contactos con la mafia local, y que varias veces, algunos luchadores del Foso habían trabajado para él cobrando deudas o ajustando cuentas.
- Nada. Permaneció en su oficina, viendo en silencio como Henton aplastaba a su nueva promesa y no dijo nada. Sin embargo, supongo que mantendrá su palabra. Henton nunca volverá a saltar al foso.
- Yo creo que habría cedido... Quouhong es un tipo peligroso. En fin: Me voy a dormir. Dile a Henton que estoy orgulloso de él. Ha sido admirable.
- Gracias, Rolf. Cuenta con ello. Hoy cuento contigo, ¿no?
- ¡Por supuesto! ¡Ya sabes lo que pienso de las fiestas!


Acabado su desayuno, Isabella, orgullosa mujer de la familia Sciorra, se vistió en silencio en su dormitorio, mientras Henton dormía. No roncaba, pero dado su gran tamaño, su respiración era pesada y sonora. Antes de salir, besó suavemente las yemas de sus dedos y con ellas deslizó una caricia sobre los nudillos de su novio.

Su casa estaba situada en el sector 6, sobre la placa. Era un loft construido uniendo las viviendas de todo su piso, un noveno, en uno de los mejores barrios del sector. Henton vivía con ella desde hacía meses, cuando la banda de los Dragones de Neón fue disuelta, a causa de un joven tiburón empresarial de Shin-Ra ansioso de seguir la moda de tener a renegados y gente al margen de la ley como guardaespaldas. Logró llevarse a la mayoría de sus hombres mediante una chequera y la presencia de dos amenazantes ex-Soldados. Ellos se habían negado, pero cuando salieron las armas a relucir e Isabella prefirió verlos partir antes que verlos morir. Aún así, dos de sus compañeros acabaron bajo tierra y un tercero nunca volvería a andar, y Doran, orgulloso y aventurero, emprendió a los pocos días un viaje en moto alrededor del mundo. Isabella nunca sale de casa sin llevar la pañoleta que este le regaló ese día.
Hoy, sin embargo, se reuniría de nuevo con la mayor parte de su banda. El joven y próspero empresario llevaba meses desaparecido en extrañas circunstancias y sus hombres habían vuelto a estar desempleados. Formarían un buen cuerpo de seguridad para sus planes.
Vestida con un traje de raya diplomática y zapatos de tacón, era una imagen extraña, llevando su gastada cazadora de cuero por encima, el casco y recorriendo la ciudad a lomos de su potente Blackracer de seiscientos cincuenta centímetros cúbicos. De esta guisa, descendió hasta los suburbios, hasta los límites urbanos del sector 4. Allí aparcó su moto frente a una impresionante nave industrial reconvertida en macro-discoteca que había sido prácticamente devastada durante una redada que acabó a tiros meses atrás. Incluso Turk y Soldado tomaron parte en el asunto. Sin embargo, si conoces a la gente adecuada, puedes asegurarte de saber antes que nadie cuando ese local decomisado va a subastarse y con quien tienes que hablar para asegurarte de que tu oferta en sobre cerrado será la elegida, al margen de lo que vayas a pagar por el local. Durante meses, Isabella había estado trabajando en la reconstrucción del local, dotándolo de una forma interior de teatro, con un gran escenario, cuatro pisos abiertos al público y un quinto reservado para vips. Decorado con estatuas, imágenes de condenados, demonios, ángeles caídos, monstruos y dioses en las paredes, y dedicado al ambiente oscuro, gótico y fetichista que tanto había fascinado a Isabella desde su niñez. Lo malo es que también se le llenaría de niñatos adictos a la moda del Faust Metal, y tendría que satisfacer su demanda, pero era un mal necesario. Tenía un pequeño ejército de camareros, matones y proveedores en nómina, y en los círculos de pubs y discotecas de la ciudad, se hablaba de esta misma noche, en que se celebraría la inauguración de la sala Tower of Arrogance, nombre elegido como saludo a su propia familia desde su encantador papel de hija díscola, reforzado con la presencia de un nido de víboras en el letrero de la entrada del local. En su intimidad, Anselmo Sciorra, el siniestro patriarca, había aplaudido la osadía de su sobrina favorita.

Fue un día agotador, ultimando preparativos. Había que asegurarse de que todas las barras estaban bien surtidas, y de que los camareros sabían hacer bien su trabajo, pero como siempre, tenía que haber el típico torpe o la habitual patosa a los que contrataron solo por ser guapos. Entre sus antiguos pandilleros hubo quien puso problemas al uniforme, un traje de etiqueta, pero al final entraron en razón. Si aún trabajasen para ese bastardo misteriosamente desaparecido, además del traje, tendrían encima a esos ex-Soldado. Además de eso, habría varios asistentes, sobre todo en la zona vip, vestidos al estilo del local. Todo un despliegue de gastos, pero había conseguido que la ceremonia de apertura fuese todo un evento, en esta Midgar bajo la amenaza del Meteorito.



Henton llegó por los pelos. La zona vip aún no estaba abierta, y allí decenas de personas ultimaban preparativos. A un lado de ella estaba la oficina desde la que Isabella iba a controlar todo el local, y allí era donde le habían dicho que estaría. El cuarto en cuestión estaba compuesto totalmente de cristal negro reforzado. Desde fuera no se vería más que una estructura oscura, con una gran lámpara de araña colgando de él, pero desde dentro, uno podía contemplar todo el local como si estuviese colgado del propio techo. Allí había un perchero, un gran escritorio de roble negro, con dos cómodas butacas frente a él y una de esas amplias y cómodas sillas, con un gran respaldo. Henton nunca había conocido su nombre, así que las llamaba “sillas de jefe”. Allí estaba Isabella. Tenía sus pies, enfundados en unas botas con tacón que se prolongaban hasta sus bien torneados muslos, y vestía una especie de disfraz de jefe de pista de circo, con una especie de body carmesí, cubierto por una chaqueta del mismo color, con detalles en dorado y una especie de gargantilla de seda violeta ceñida a su cuello. Prácticamente era una especie de súcubo, deseable y sensual. Sobre la mesa reposaban un sombrero de copa, de seda negra, unos guantes de cuero del mismo color y algo que dio escalofríos a Henton: Un látigo. Habría hecho un chiste, pero la situación no era propicia. Isabella tenía el rostro fruncido en un gesto agresivo y a la vez expectante, pero no lo miraba a él. Entonces reconoció al hombre sentado en una de las butacas, por la cicatriz que cubría el lado derecho de su calva cabeza, por encima de la oreja, y que finalizaba en un ojo cuyo iris había perdido el color, siendo de un gris blanquecino y sucio, con el que Iván lo miró, volviéndose.


- Hola, Henton... – Digo Iván Quouhong, levantándose con una sonrisa que retorcía sus facciones. – Ayer te fuiste sin tan siquiera despedirte. Fue muy poco agradable por tu parte...
- ¿Qué quieres, Iván? – Preguntó el luchador, preparándose para entrar en liza en cualquier momento.
- Llevo media hora preguntándole eso. Las puertas del local se abrirán en 10 minutos, y aún hay que echar a sus matones.
- Mis “matones”, como tu los llamas, solo están aquí para asegurarme de que tenemos esta conversación.
- ¿Asegurarte de...? ¿Pretendías irrumpir por la fuerza si no te dejase entrar?
- Tienes quince moteros contigo, mujer. – Dijo con su ronco acento el propietario del Foso. - ¿Crees que soy estúpido? ¿Crees que me voy a presentar solo?
- Yo lo haría... – Dijo Henton
- Y yo te echaría a patadas de mi local usando a mis matones. Se que probablemente tres o cuatro no volverían a andar, pero tu tampoco. – Dejó claro Iván, levantándose.

A sus cuarenta y ocho años, era tan alto como Henton, e igual de corpulento. Su presencia era intimidante, como la de una bestia feroz. Tenía fuerza de sobra para matar a un hombre con sus manos desnudas y sabía como usarla. La respuesta de Henton fue dar un paso adelante para encararlo, lo cual preocupó a Isabella. A escasos minutos de la inauguración, una pelea en su oficina entre esos dos no era lo más deseable.

- Siéntate, Henton. – Dijo, señalando hacia la otra butaca. – Tengo una pregunta para ti. – Nuevamente, tanto el acento como el amenazante lenguaje corporal de Quouhong incitaron al luchador a estar preparado para encajar un golpe en cualquier momento, pero aún así, no opuso resistencia.
- Dime...
- ¿Y tu? – Se giró hacia Isabella. – ¿No tienes cosas de camarera que hacer? ¡Esto es una conversación de hombre a hombre!
- Mi despacho, mi local, igual a mi presencia. Si no te gusta, puedes irte, y llevarte contigo a todas esas cucarachas que están molestando a mis chicos en la planta baja.
- Di lo que sea... Ella se va a enterar ahora o cuando yo se lo cuente luego. – Dijo Henton, intentando atajar una posible discusión, aunque encontró muy optimista ese “luego”.
- Bien... – Pareció suficiente para Iván, aunque fue raro para sus interlocutores verlo claudicar. – Pregúntate ahora porqué luchaste ayer contra quien luchaste: Voronin.
- ¿Voronin? – Preguntó Henton, recordando al tío al que había noqueado. – Es de los mejores, pero tampoco fue...
- Voronin es el segundo mejor, después de ti. – Sentenció Quouhong. – Y el de ayer, para ser un combate entre los dos mejores luchadores del foso, no tuvo la emoción ni el espectáculo que se esperaba.
- Lo siento... – Dijo Henton, encogiéndose de hombros. Fue evidente que no lamentaba nada en absoluto.
- Mira, chaval. Siempre que alguien me dijo que no se iba a dejar caer, fue fácil saber como resolverlo, y lo viste más de una vez.
- Si: Te plantas tu mismo y lo destrozas. – Respondió el joven luchador. – Lo que no se es por que no lo hiciste ayer.
- ¿Tu me habrías dejado ganar? ¿Aunque te hubiese amenazado con que si me tocabas, mis chicos te partirían en dos?
- Nunca... – Isabella se sintió orgullosa de su novio en ese momento, pero Iván hizo lo que menos se esperaba de él: Sonreír.
- No salté a la arena, porque, si bien quedé un poco mal cuando te fuiste sin más, peor habría sido que me hubieses partido la cara delante de todo el mundo, sin embargo, deberás cumplir tu castigo: No volverás a luchar en el foso nunca más.
- ¿En que estás pensando? – Preguntó Henton.
- Estás en deuda conmigo, chaval. Ha sido un feo muy grande irte así, cuando te estuve manteniendo en nómina a pesar de que tus combates acababan causándome pérdidas. Ahora vas a seguir trabajando para mí.
- ¡No seré tu matón!
- ¡Si que lo serás, pero no como esa morralla que está ahí abajo! – Dijo señalando a través del suelo transparente. – Voy a apadrinarte para que entres en la liga privada.
- ¡¿Qué?! – El grito de Isabella se adelantó al de su novio: La liga privada era el escalafón inmediatamente anterior a los combates a muerte en los que Isabella había tomado parte durante su adolescencia, de los que Ukio ostentaba el título de campeón. En cada evento se cruzaban apuestas millonarias, y la brutalidad era la misma que en los combates en el foso, solo que aquí no luchaban pringaos sin formas mejores de ganarse la vida, sino auténticos profesionales entrenados para despedazar un Begimo con sus propias manos.
- Así es.
- Pero... ¿De verdad te puedes permitir pagar si pierdo? – Preguntó Henton, abrumado.
- No... Pero no perderás. Eres el mejor luchador que se ha visto en el Foso desde Puño de Hierro.
- ¿Y que fue de Puño de Hierro? – Preguntó Isabella, suspicaz. Iván se giró y la miró de reojo, sonriendo.
- Que se retiró, y se convirtió en mi.





- ... ¡Así que sed bienvenidos, hijos bastardos de la noche!

La multitud entera rugió en respuesta, alzando sus copas, puños, cuernos o saludando de cualquier otra forma, mientras la propietaria se retiraba, dando paso al primero de los grupos que iban a actuar esa noche. El Tower of Arrogance estaba lleno hasta la bandera. Mientras tanto, Henton, desde las balconadas del cuarto piso, que daban a la barra, vivía la fiesta junto a sus amigos. Estaba agradeciendo a Kazuro su columna sobre su último combate en el foso, con aire distraído. En su mente solo había sitio para dos cosas ahora. La primera era apoyar a Isabella en esta empresa en todo lo posible. La segunda era el régimen de preparación que empezaría al día siguiente, tan brutal como el instructor que lo iba a impartir.

5 comentarios:

Noiry dijo...

Ya te lo comenté en vivo y en directo pero bueno.
Es tranquilón, que después de tanta caña en el anterior se hace normal, a parte de ser un punto de inflexión para la historia de Henton e Izzi.
Tiene su punto de tensión en la escena del despacho y su parte más literata con el artículo de nuestro amigo Kowal.
Buen relato, nada que objetar.

Astaroth dijo...

Ídem al anterior comentario. Me ha gustado bastante el artículo de Kazuro, e incluso veía saltar las chispas en el momento del despacho.

Especialmente bueno es ver el desarrollo de Henton e Izzi, dos personajes de los que apenas recuerdo relatos.

EgalEstrenge dijo...

Siempre lo dije y diré, me encanta Kazuro. E sun personaje tan... real que me gusta mucho. Me gustó mucho Ukio.

Yo, alma condenada dijo...

Un muy buen capítulo ^^ no tan lleno de luchas y combates y sí con mas trama personal (lo siento, así es como me gustan a mí los relatos XD me cansa leer mucha escena de combate seguida).

Ha sido genial la descripción del Tower of Arrogance, ojalá hubiera un local así de verdad cerca, y la historia de Izzy y Henton es cada vez mas profunda.

A ver con qué nos vuelves a sorprender la próxima, que tú siempre nos sorprendes!!!!

KITE dijo...

El artículo de Kowalsky es sobresaliente, en lo que a descripción de personajes, sus antecedentes y su actitud. El estilo que le das a Kazuro es muy tuyo.
Por lo demás, es un prólogo de algo que, espero sea grande.
Me lo he imaginado todo como en viñetas oscuras de cómic noir. Eso es bueno.