miércoles, 3 de diciembre de 2008

149

Victoria suspiró. Aquella situación era para ella como un embarazo adolescente: totalmente inesperado y jamás piensas que te pueda tocar a tí.

Se removía intranquila junto a la farola en la que había quedado en esperar al memo pervertido... Alexandross. Aún admitiendo que él despertaba su curiosidad, también era cierto que la sacaba de sus casillas con una facilidad insultante, y tan sólo esperaba que la "cita" no acabase saliendo en lso periódicos como un asesinatpo en masa o una masacre en un fino restaurante. Bueno, vale, lo del restaurante fino sí lo esperaba. Al fin y al cabo, era una cita.

"No estoy segura de haber elegido bien la ropa..." pensó dudosa. "Tal vez debí haberme puesto algo más normal... más del tipo de lo que llevo siempre... sí, claro. No seas tonta, Vic. Un traje de combate no es apropiado para una... glub... cita."

La misma palabra le sonaba tan rara aplicada a ella misma como el nombre del octavo día de la semana. Apoyada en el cuerpo metálico de la iluminación, veía a la gente de Mercado Muro ir y venir en una divertida agitación. Abundaban las parejas jóvenes y los niños que aprovechaban las útlimas horas de juego antes de ir a casa.

Y ella era un manojo de nervios. Y de bochorno. Todavía le aleteaba por la cabeza el recuerdo de la reacción de su abuelo cuando supo que tenía una cita. No podía olvidar el alborozo. Ni las lágrimas. Y por supuesto las palabras cliché de "Ay, te estás haciendo una mujercita". Resoplando, había murmurado algo así como que cinco años más de apariencia le hubieran convertido en más mujer que esa cita, antes de intentar (infructuosamente) escaquearse por la puerta de la trastienda del "Club Saucer". Eduardo no lo había consentido, y la cuestión se había zanjado en una tarde entera de compras eligiendo ropa, zapatos, accesorios y maquillaje. Así a bote pronto, Vic tenía la impresión de ir disfrazada.

Y no en el mal sentido, por supuesto. El vaporoso y elegante vestido lila se ajustaba perfectamente a su cuerpo y le otorgaba un aire sofisticado, a la vez que hacía juego con su ojo izquierdo. Carecía de mangas, sustituídas por tirantes que se cruzaban en su espalda, y dejaba un sencillo y no muy abierto escote en V. Las torneadas piernas quedaban al descubierto hasta cinco centímetros por encima de la rodilla en el lado derecho, bajando en diagonal hacia el izquierdo donde la rodilla sí quedaba cubierta. La ropa interior, adquirida con una inmensa cara de vergüenza, poseía el interesante detalle de tener relleno, lo que simulaba unos centímetros de pecho en el torso apenas ondulado de la joven. Y las elegantes sandalias negras de tiras cruzadas y un poco de tacón alzaban su por lo demás baja estatura. Un par de juegos de pulseras plateadas, un anillo de dragón del mismo color y pendientes a juego completaban el conjunto (aunque su garganta desnuda deslucía ligeramente el cuadro general, no había podido permitirse comprar uno adecuado. Vic y Edu no nadaban en la abundancia precisamente, y de hecho gran parte del atuendo había sido comprado en el propio Mercado Muro, por lo que no era precisamente de marca).

Dado que el frío no parecía ser un problema aquella noche, y que no tenía ningún abrigo adecuado, Vic renunció a ponerse nada más. Una capa vieja le ayudó a llegar hasta la zona concretada para el encuentro sin ser asaltada.

Nerviosa en extremo, esperaba a su acompañante, Vic jamás había tenido preocupación alguna por su aspecto, así que era la primera vez que sentía ese regustillo de "Le gustará mi vestido?". Tampoco estaba acostumbrada a llevar ropa tan elegante, y temía tropezarse con los tacones si andaba mucho. Pero sobre todo, le preocupaba los comentarios que podían suscitar. Al fin y al cabo, su cara de niña no podía ocultarse con rellenos... pese a la gran labor combinada de maquillaje entre ella y Ed.

"No le va a gustar, no le va a gustar..." rumiaba angustiada. Antes de que tuviera tiempo de preguntarse qué demonios le importaba a ella lo que le gustase o no a ese presumido, una moto que hubiera hecho las delicias de más de ex-integrante de la banda de Isabella se detuvo ante ella con un ronroneo de motor. Sobre aquella preciosidad cromada en negro, plata y algunos toques de gris oscuro, en pose arrogante y seguro de sí mismo, estaba Alexandross. Llevaba unos pantalones negros y una cazadora de cuero, negra con remaches metálicos, que al ser retirada dejó ver una camisa de un deslumbrante blanco. La llevaba por fuera de los pantalones, con los dos primeros botones superiores e inferiores desabrochado, así como los de los puños, anchos y con pico. Un colgante plateado en forma de ala (sencillo pero indudablemente caro... seguramente marca Vicerey, calculó más de una chica mirando embobada) colgaba de un cordón de cuero negro, y algunos anillos relucían en sus dedos. Llevaba el pelo azabache alisado y ligeramente despeinado por el viento... no se había resistido a quitarse el casco durnate la parte final del trayecto. Su sonrisa presuntuosa lo atestiguaba.

Con pose de chico guay, se pasó una mano por el pelo y se acercó a Victoria, ignorando olímpicamente a las nenas que prácticamente lo devoraban con los ojos. Incluso la asesina tuvo que reconocerlo: era apuesto. El chaval tenía un cuerpazo y sabía como sacarle partido. Muy a su pesar se descubrió a sí misma mirándolo con las mejillas levemente ruborizadas. Y cabe destacar que "levemente", en una piel blanco albino como la suya, se traducía en algo bastante notorio.

- Vaya... estaba seguro de que iba a recoger una princesa, pero no pensaba que sería la de los ángeles.- fue su galante saludo, mientras tomaba la pequeña mano de Vic y se la llevaba a los labios para obsequiarle un beso.- Estás preciosa... casi no te reconocía. Aparentas más edad.-

- A... anda ya.- susurró ella, todavía roja e intentando mostrarse despectiva (fallando miserablemente).- Eres un cursi.-

- Y tú el sueño de cualquier chico esta noche.- la halagó él con su sonrisa traviesa.

Maldición. Aquello empezaba a afectarla más de lo que deseaba admitir. Vamos, Vic, contrólate, es sólo una cita obligada, el pago de una apuesta y nada más... y si te late tan rápido el corazón es por los nervios, claro que sí, no es por otra cosa, es por la tensión...

Alex, por su parte, estaba divirtiéndose de lo lindo con la turbación de la chica. Y deleitándose la mirada. No mentía cuando dijo que esa noche Victoria aparentaba más edad. El maquillaje, la ropa y los tacones habían obrado el milagro: uno podría haber dicho que se trataba de una quinceañera comenzando a desarrollarse. Con un poco de imaginación, podría ser una damita de diecisiete años poco crecida.

Vale, con mucha imaginación. Pero eso a él le daba igual.

Aunque, siendo como era el sitio donde pensaba llevarla, mejor así. Aparentando ella más y él menos, a nadie le extrañaría que saliesen juntos como una pareja. No obstante, si hubiera extrañezas no habría preguntas indiscretas. Ventajas del dinero, de la posición social y de la fama de aficcionado a las jóvenes aniñadas que Alex se había forjado.

- Sin mentiras, estás deslumbrante.- intentó relajarla un poco. Realmente esperaba que Vic disfrutase de la cita... al menos lo suficiente como para concederle otra.- Si te fijas en las miradas de la gente, verás que ellos también piensan que eres mayor...- la tomó delicadamente de la barbilla para girar su rostro hacia los transeúntes.- Tan sólo observa.-

- Lo... lo que la gente piense me da igual!!!- exclamó ella recobrando un poco de su fiereza habitual.- Espero que me lleves a un sitio decente.- sonrió con seguridad.- No concedo una cita a cualquiera.-

Alez sonrió, disfrutando del juego.

- Bueno, en un principio pensé que te hubiera gustado ir al Doors of Heaven... tengo entendido que hubo un asesinato el otro día, y como el tema te fascina tanto...- silabeó inocentemente.

Tocada y punto para el capullo. Victoria entrecerró los ojos fingiendo desdén, pero no pudo evitar que una risa temblase en la comisura de sus labios.

- ... pero como hoy tengo ante mí a una princesa refinada, he decidido que nos vamos al "Rincón del Gourmet". Es un restaurante exclusivo en la avenida Las Acacias. Te gustará.-

Victoria asintió, poco convencida. Si el sitio era lujoso y de clase alta, como bien se temía por el nombre, iba a cometer más torpezas que un carnicero novato ayudando a un forense. Iba a sentirse mal, lo presentía.

Su presentimiento, fue acertado, aunque no el motivo.


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Abrazada con todas sus fuerzas a la cintura de Alex y con un casco protegiendo su cabeza, la joven asesina temblaba, y no precisamente de frío, con los ojos bien cerrados e intentando no gritar.

Para cuando llegaron al lugar y se bajaron de la moto, poco le faltó para no devolver. Si bien no tenía nada en el estómago que pudiera echar.

- Podrías haberme avisado...- suspiró entre jadeos.-... que el sitio es... ahhhh... estaba sobre la placa.-

- Mis disculpas. Ignoraba que el cielo abierto te sentase tan mal. Falta de costumbre, supongo. ¿Te encuentras bien?- preguntó solícito, pasando un brazo por la fina cintura de Victoria y estrechándola suavemente contra sí para calmarla.

- No es el cielo abierto...- contestó entrecortadamente, demasiado agotada por el susto como para enfadarse.- Agradece haberme traído de noche, porque siendo de día no respondo de mis actos.-

Alex puso cara de no entender nada, Vic frunció el entrecejo. No tenía ganas de explicarle que, por ser hija de una mujer albina, ella había heredado un fuerte sensibilidad hacia la luz. Por eso, para ella vivir bajo la placa no era un sacrificio, si no un alivio. No quería imaginarse el suplicio de vivir a pleno sol. Además, si tantos informes había leído, seguramente ya lo sabía.

Victoria se sonrió. No, no lo sabía. Porque el moreno había mentido.

Sin quitar su brazo de la cintura de ella, y tras haber dejado la moto asegurada, Alex entró en "El Rincón del Gourmet" como si fuese el dueño y dio su nombre a un mâitre de cabello y bigotes grises retorcidos en una perfecta espiral, que los saludó con rimbonbancia y los condujo a la mesa más elegante que la asesina hubiera visto en su vida. Un mantel en tono melocotón suave con un sobremantel granate, dos estilizadas velas blancas en atírticos pies florales, tres copas de diferente tipo y fino crital y dos pares de cubiertos de (podía jurarlo) plata enmarcando dos platos de porcelana exclusiva de Wutai uno encima de otro para cada comensal, una servilleta a juego con el mantel por cabeza y una exquisita cesta con diversas clases de pan.

Alexandros, todo caballerosidad, apartó la silla de Victoria para que ella pudiera tomar asiento, muy cohibida por el lugar y los clientes (vestidos con carísimos trajes y espectaculares joyas), quienes lanzaban miradas de reojo a la joven pareja. Algunos de ellos, como los Bruscia o los Vassaly, ya conocía al joven de Castro e Andrade e hicieron sutiles gestos de saludo, levantando las copas y sonriendo con condescendencia. Aunque Alexandross Rui tuviera fama de ser la oveja rebelde de la familia, seguía siendo un niño rico adorabo por unos progenitores que había ganado tiempo ha su status y su fortuna... heredada a su vez de bastardos igualmente ricos y de alta cuna. Como todos ellos, por otra parte. Y dado que su aficción a chicas jovencitas era conocidas en los círculos de cotilleo de la alta sociedad, a nadie le extraño la delicada y diminuta trufa de chocolate que estaba sentada a su mesa.

Sentados uno frente al otro, ojeaban la carta: Alex con el gesto despreocupado de quien ya se sabe de memoria el menú y Vic con la intesnsidad de un crítico gastronómico. En realidad, intentaba conceentrarse en desentrañar los exóticos nombres de los platos... y estaba segura de que, por como lo pintaban, "Calimari" no era calamar.

- Te recomendaría que probases el filete de chocobo... es sencillamente delicioso.- le aconsejó él con voz seductora y hechicera.- Una de las especialidad de la casa. Algo me dice que no eres vegetariana, princesa.-

- Aciertas una vez más... y empiezo a preguntarme de dónde sacas tanta información.-

- Ya te lo dije, leí cierto archivos confidenciales que...-

- Mentira. Tú lo sabes y yo también. Ni siquera con todo tu poder de niño pijo y enchufado hubieras leido unos informes clasificados como TOP SECRET... y menos aún cuando esos informes se perdieron en el incencio.- Victoria apartó la carta y lo miró directamente a los ojos, apoyando su barbilla en sus manos entrecruzadas.- Lo que sabes de mí lo has sacado de otra fuente, y quiero saber cual es.-

- Me has pillado.- sonrió malévolamente Alex.- Eres muy lista. Pero tú también mientes. O me engañas. "No existence" no se habría comportado del modo en que tú lo has hecho. No aceptaría un reto, si no que me hubiera eliminado nada más saber que conocía su secreto, y no habría acudido tan legal y honestamente al sitio de duelo. Me hubiera emboscado para silenciarme. No actuaste en tu línea habitual, cosa que debo agradecer, y yo también deseo concoer tus motivos, princesa.-

Los ojos verdes desafiaron al par morado y dorado, pero no con agresividad, si no con deseo y ansia.

Un amable camarero con smoquin y delantal rompió el silencio preguntando amablemente las peticiones de la pareja. Alexandross ordenó su cena habitual en el local, bogavante de Costal del Sol acompañado por una exclusiva guarnición de verduras de Kalm y pain-aux-algues, mientras que Victoria se decantó por una chuleta poco hecha de moguri con arroz blanco, importado desde Wutai. En deferencia a su acompañante, el joven quiso declinar el oferta de un vino Gran Reserva, pero ella insisitó en que no debía privarse por hacerle un favor, y solicitó una copa para él y un zumo de nuez Zeio para ella. Entrantes, sopas y demases quedaron a cargo del chef, que, como muy ostensiblemente recalcó Alex, debía soprenderles con su ciencia culinaria.

Con la bebida delante y la comida en camino, la conversación se reanudó al abirgo de oídos indiscretos, pues las mesas estaban estratégicamente dispuestas apra que lso comensales de las mismas hablasen sin molestarse unos a otros. Ventajas de los locales chics, pensó Victoria.

- Alguien debe empezar la ronda de confesión.- sonrió.

- Yo inicié este asunto, así que es justo que yo comience.- la respuesta Profident de él no se quedó atrás.- Tu caso empezó a interesarme desde que oí hablar de el por primera vez. Un misterioso asesino en serie, que realizaba crímenes prácticamente imposibles en habitaciones cerradas donde un adulta jamás hubiera podido entrar... y que casualmente sólo atacaba altos directivos de SHINRA. Y siempre variando su modus operandi.- hizo girar la copa entre sus dedos.- Mi pregunta era... ¿por qué? ¿Y quién? Los lugares elegidos como escenario del crimen mee llevaron a suponer que el famoso "No Existence" vivía bajo la placa, pero eso fue todo. Nadie parecía saber nada, ni siquiera en los suburbios. Entendí que sólo buscando en persona encontraría una pista... recorrí de cabo a rabo varios sectores bajo la placa sin hallar nada más que rumores e hipótesis,a cada cual más loca.-

Se detuvo unos intantes para degustar el vino en un pausado sorbo. Diversos entrantes como embutido selecto y canapés extravagantes fueron servidos sobre la mesa. Ambos picotearon los preparados, él centrándose en sus favoritos y ella probando fascinada cada plato, experimentando los nuevos sabores.

- Decidí recopilar toda la información que la prensa y los diversos cuerpos de vigilancia tuvieran sobre tí, si bien algunos expedientes quedaban, como bien decías, fuera de mi alcance. Gracias a ellos puedo restringir la zona de búsqueda y hacerme una idea más concreta de cómo selecionaba y acechaba el asesino a sus víctimas. Pero de su aspecto, ni la más ligera sombra.- negó con la cabeza, sonriendo para sí.- En todo caso, jamás imaginé a una niña tan preciosa.-

- Pervertido...- musitó Vic entre dientes.- Entonces fue cuando fuiste a Mercado Muro, ¿verdad?-

- Tu inteligencia me fascina y me encanta, princesa.- repuso él guiñandole un ojo de manera tan seductora que algunas damitas de alta sociedad, sentadas en otras mesas y menos afortunadas en cuestión de acompañantes, lanzaron un suspiro colectivo.- Sí, fue en ese momento cuando comprendí que, si había algún lugar de tránsito obligado para quien busca vicios en los suburbios, era ése. Y una noche, cansado de buscar, entre en un adorable local... el "Club Saucer", estoy seguro de que te suena.-

La mirada de sorpresa y alarma de la joven fue su mejor rescompensa y estímulo para continuar.

- Mientras descansaba en una mesa, me fijé en una vieja caja de cartón olvidada sobre un estante. No tenía nada que hacer y el periódico me aburría, así que decidí curiosear y la cogí. Lo que había dentro puede traducirse como el mayor tesoro de un buscador. Documentos oficiles, un diario de experimentación... y notas personales de tu madre.-

Alex había dicho esto último con sumo cuidado, ante el cambio que sus palabras iban efectuando el la mirada y el rostro de Victoria. De impasibles pasaon a llameantes, para luego congelarse en una fría cólera y en un intenso dolor. Ella sólo había visto y leído una vez esos escritos, pero no necesitaba más. Eduardo, aterrado por la reacción de su nieta adoptiva al conocer aquella información, habia decidido sepultarla en el desván para que no volviera a sufrir releyendo el pasado. Ahora que se acordaba, su abuelo le comentó algo sobre una limpieza casera hacía un par de meses... ¿o un mes? No le había rpestado atención al tema y ahora lo lamentaba.

- Así descubriste mi secreto.- comentó con voz rota, vacía. Sus ojos se clavaron en el plato y no volvieorn a alzarse hasta que el camarero retiró los entrantes y trajo la sopa, humeante y de delicado aroma. Alex respetó su silencio, mientras la contemplaba con preocupación y... algo más.- Mi pasado... y lo que soy.-

- Sí... y fue una revelación.- asintió él, mientras cataba su plato. Entre otros sabores distinguió champiñones, aceite, orégano, albahaca y cebollitas; Victoria tampoco puso mala cara al placer gustativo.- Aunuqe aparentemente sin relación, entendí que aquellos escritos estaban describiendo algo... algo inconmensurable, que nadie imaginaría. Pero que de existir... los papeles daban el motivo para matar a gente de SHINRA. Venganza. Y si lo que ponían era veraz, si realmente existía una criatura con una mente adulta en un cuerpo infantil, entonces esa criatura disfrutaría de ventajas insospechadas. Nadie sospecharía de ella, Podría entrar por sitios inpracticables para cualquier otro.- sonrió de nuevo.- Quizás mi obsesión con "No existence", que me hacía tenerlo todo el tiempo en la cabeza, ayudo a que buscase una relación entre él y aquellos papeles, pero la cuestión es que, cuanto más lo pensaba, más lógico me parecía. Volví varias veces al "Club Saucer" y tuve ocasión de verte. Aunque finjes muy bien, a veces tus ojos, o tu manera de moverte, delatan que no eres una niña y que has recibido algún tipo de entrenamiento físico.-

Victoria le devolvió la sonrisa, internamente llena de admiración.

- Supiste atar muy bien los cabos. Y tuviste suerte. Mi enhorabuena.- aplaudió con discrección. Su expresión se volvió peligrosa, aunque no dejó de sonreír.- ¿ ahora qué? ¿Por qué ese estúpido reto? Podrías haberme apresado, denunciado a SHINRA mi existencia...-

- Porque no te mentí, Victoria.- era la primera vez en toda la noche que él pronunciaba su nombre... y también que la miraba tan intensamente. Que ella supiera, al menos.- Realmente entiendo por qué haces lo que haces. Y te apoyo, te admiro... me interesas. Tal vez mucho más de lo que imaginas. Quiero estar a tu lado, y no puedes negarte. Soy el único, fuera de tu abuelo, que sabe tu verdad. No vas a rechazarme porque sabes que, en el fondo, pocos entenderán y aceptarán como yo lo que eres.-

- Estás muy seguro de tí mismo... ¿y si yo prefiriese la soledad?-

- Si la prefirieses...- dejó que la pausa se alargara dramáticamente.- ... me habrías matado aquel día en el cementerio de trenes.-

Victoria tomó su copa y bebió sorbor de zumo para hacer tiempo y digerir el impacto. Aquella situación era totalmente nueva para ella y no sabía cómo reaccionar, con sus puntos de orientación perdidos. Era consciente de que su autoimpuesta reclusión había dado como resultado una nula capacidad para relacionarse con los demás, y ahora tenía miedo. Miedo de equivocarse.

- Ahora es tu turno... explícame por qué el sanguinario "No existence" me perdonó la vida y aceptó la apuesta... sabía que tu honor te haría cumplirla, pero sinceramente, esperaba que intentases matarme.-

- Porque quiero cambiar.- confesó ella, mirando hacia abajo.- Llevo años dedicada sólo a mi venganza, que es también la de mi madre, mi padre y aquellos a los que SHINRA torturó. Soy una aberración que no tiene cabida en este mudno, porque los humanos sólo aceptan algo cuando ellos peuden tenerlo o comprenderlo. La juventud eterna es el sueño de muchos, pero precisamente por eso no soportarían la existencia de alguien que la tuviera. Porque ellos no la tienen.- apretó los párpados para tratar de contener las lágrimas.- Cuando comprobamos que mi crecimiento se detuvo y que estaba condenada a quedarme tal cual, se destrozó mi vida entera. Me alejé de mis amigos de infancia, me aparté del mundo y me centré sólo en entrenarme para lograr, algún día, la venganza. Nadie debía saber quién era yo, o mi verdadera edad. Debía permanecer escpndida. Y con el tiempo, me acostumbré.- contuvo un sollozo. Relatar en alto su historia hacía que ésta cobrase una nueva forma, y desahogaba su corazón, congelado durante tanto tiempo.- Me volví insensible y fría, como corresponde a un asesino. Y rompí cualquier contacto con la vida normal, salvo mi abuelo.-

- ¿Cuál fue?- preguntó idolentemente Alex.

- Qué?-

- Si las cosas estaban verdaderamente como las describes, tuvo que ocurrir un evento muy gordo para abrirte los ojos. ¿Cuál?-

Volvieron a desafiarse con la mirada, altivos, arrogantes, y a la vez dependientes de las palabras del otro.

- El Meteorito.- fue la sencilla respuesta.- La noche que apareció visible en el cielo, tomé conciencia de una posible muerte cercana. Entendí que quizás un día todo acabase y yo habría dedicado mi vida únicamente a matar y a vengarme sin dar cabida a nada más. Pero también pensé que aún quedaba tiempo para cambiar eso.- suspiró, lenta, tranquilamente. Con ese gesto se fueron sus recticencias y, en cierto modo, su dolor.- Decidí cambiar, abrirme al mundo. Y juré que si se presentaba una oportunidad, una sola, de que alguien me aceptase sabiendo la verdad, la aprovecharía. Entocnes, tú apareciste y desvelaste que conocías mi secreto. Acepté el reto por orgullo y por... por si algo pasaba.- esbozó una sonrisa maliciosa y divertida.- Y mirá, síq ue pasó. Acabé enredada en una cita con un pervertido acosador de menores.-

El chascarrillo arrancó una carcajada a Alex, que olvidó incluso protestar alegando que no eran las menores las que le gustaban.

- Así pues... ¿a partir de ahora dejarás que te acose y conocerás más gente?-

- Sí... pero no dejaré mi venganza sin completar. Compatibilizaré ambas cosas por muy difícil que sea.-

- Así lo espero... si no, no serías tú.- Alex se inclinó hacia ella, tomándola de la mano.- Mi preciosa Victoria.

El consecuente rubor y las risas del joven sirvieron de interludio para el cambio a los platos fuertes, el bogavante y la chuleta.

Ahora, mutuamente sincerados, los dos se sentían más relajados y cómodos, listos para conversar temas más intrascendentes y, a la vez, tan importantes para unir a dos personas con un lazo de amistad, afecto o...

- ¡¡¡¡QUIETO TODO EL MUNDO O APRETARÉ EL BOTÓN!!!!!-

Su afable y recién comenzada charla se vió interrumpida por el grito y el murmullo de varias voces ahogadas por el meido. Muchos comensales (aquellos que no se habían desmayado) clavaban unas miradas horrorizadas y temerosas en el loco zarrapastroso que acababa de entrar en el local sin que el mâitre hubiera podido frenarlo.

El hombre tenía el pelo escrespado, revuelto y sucio, manchas y ronchas decorando su piel enfermiza, cuarpo esquelético, ojos iluminados por la locura, o las drogas, o quizás ambas cosas, y expresión de fanático peligroso. Se había despojado de la larga gabardina que le ocultaba al entrar, dejando ver unos andrajos sobre los que lucía un tremendo cinturón de explosivos, unidos por un cableado a lo que parecía un mando con interruptor de tiempos pretéritos. Sobra decir a quién pertenecía la mano que sostenía el mando.

- El Plantea ha sido condenado por Dios... ¡¡¡por vuestra codicia y vuestros vicios, que manchan Su creación!!!! En Su bondad os ha perdonado hasta hoy, pero ya no más. ¡¡¡¡Habéis condenado a la Humanidad entera!!!!- el hombre farfullaba con voz enloquecida pero firme, mientras hilillos de babas y espuma escapaban por la comisura de sus labios.- ¡¡¡Meteorito se acerca por mandato de ÉL, para que seamos todos purificados!!!! ¡¡¡Jajajajajaa!!! ¡¡¡La Humanidad se ha condenado por sus vicios, y sois vosotros, carroñeros, chupasangres, bastardos impíos, vosotros habéis sido los peores!!!!! ¡¡¡Vuestra inmundicia y vuestra hipocresía Le han disgustado y Su bondad acaba!!!! ¡¡¡Ahora todos moriremos!!!! ¡¡¡Jajajajajjaa!!!! ¡¡¡Yo os purificaré!!!! ¡¡¡YO OS...!!!-

Un sonido de disparo interrumpió el discurso por unos instantes antes de que un grito lo continuara.

- ¡¡¡¡¡¡¡¡OHDIOSJODERCOMODUELE!!!!!¡¡¡¡OHDIOSDIOSDIOSMIMANOMIMANOMEHAVOLADOLAMANO!!!!-

Mientras el personal de seguridad del restaurante reducía al berreante y recientemente manco fanático, ahora inofensivo al carecer de mano con la que pulsar el bamboleante interruptor que colgaba de su cintura, Alex guardaba su Aegis con total tranquilidad.

- Buen tiro.- comentó indolentemente Victoria mientras tragaba con educación.- Y no le has dado al mando, se nota que eres un profesional.-

- Me hubiera gustado meterle otro en la cabeza, pero los reflejos autmáticos de lso cadáveres son una molestia que podrían haberle hecho pulsar el botón.- asintió Alexandross. Por la calma que ambos manifestaban, parecía que estuviesen hablando del tiempo.

- ¿Ves? Son idiotas como estos los que me recuerdan por qué quiero seguir vengándome.-

- ¿Por la estupidez humana a la que representan?-

- No. Porque en el fondo su discurso, aplicado con lógica, tiene razón.-

jueves, 27 de noviembre de 2008

148.

- Coge un papel y un lápiz.
- Aquí los tengo. ¿Qué hago ahora?
- Muy bien – carraspeó, y después de toser dos veces en su puño, continuó – Ahora dibuja un círculo, y divídelo en 8 partes. Eso es. Ahora señálalos del uno al ocho, en orden. Da igual por donde empieces o si vas en sentido horario o no, pero que se sucedan los números. Muy bien, ahora marca los siguientes puntos: borde exterior de la zona cuatro, zona interior del cuatro, zona exterior del tres, zona interior del tres; ahora marca un punto intermedio del siete y otro igual en el dos, y ve haciendo unos catorce puntos hasta que unas estos dos últimos. ¿Lo tienes? Aja, pues ahora une esa curva de puntos entre sí, y luego traza una línea entre esos del tres, y luego une esos dos del cuatro. ¿Qué obtienes?
- ¡Su puta madre!

El acompañante no dijo más, y se quedó con una expresión que se suele calificar como “estúpido”. Esperó hasta que cerró la boca, y sin darle tiempo a pronunciarse, le dijo:

- Ahí tienes el patrón.

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El hielo se movió y golpeó el elegante vaso del caro whiskey. La mano lo movió un par de veces para escuchar el alegre tintineo cristalino antes de sorber una generosa cantidad del ambarino líquido. Miró sin ningún interés especial el vaso, durante un breve instante, y dejó caer el brazo pesadamente, aún con el recipiente entre sus dedos. Las piernas cruzadas se elevaban desde la inclinada silla hasta un aparador, donde los pies descansaban dentro de sus botas. Volvió a beber otro trago, más corto esta vez, y de nuevo dejó colgando el brazo. Respiró hondo, llenando sus pulmones del viciado aire de los suburbios, y dejó que este se escapara entre sus dientes. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que salió de fiesta, y por fin parecía estar de nuevo en plena forma para arrasar. Esa noche iba a disfrutar como si fuera la última, iba a triunfar

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- Los dos turcos del otro día tenían razón para meterme un balazo en la cabeza. Durante una operación, su jefe quedó tuerto, con la lengua cortada y los tendones que movían las manos… En fin, que quedó hecho un trapo. Fue el que peor parte se llevó, después de los que murieron. La chica sobrevivió sin mayor consecuencia después de ser intervenida, quizás una fea cicatriz; el guitarrista que servía de cebo no parece que viera nada, pero sigue en un estado de shock casi catatónico, menuda crisis nerviosa que arrastra… El borracho, también muerto. Ese creemos que pudo haberle visto de cerca, pero el hijoputa de él no soltaba prenda.

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Aqua di luna crescente, un buen peinado, y unos condones en la cartera junto a un par de billetes de los grandes. Ya había acabado, y podía salir a disfrutar.
Cerró la puerta lentamente, y bajó los escalones con cuidado. Pasaba completamente de que los vecinos se enterasen de que salía, pues en su edificio parecía que todos tenían la mala costumbre de asomarse cada vez que alguien cerraba una puerta, para después salir al patio de la escalera a cotorrear.

Al salir del portal, se fijó en la apagada actividad de la calle. Los comercios comenzaban a cerrar, y los neones habían empezado a apagarse, dando a los suburbios un aspecto nocturno que solo el Sector 7 y su falta de techo había logrado casi con plenitud. Ya casi nadie parecía recordar aquella bóveda, y todo el mundo había vuelto a la normalidad después del revuelo inicial que había causado aquel gigantesco estallido que había eliminado el Sector 7 y parte de los colindantes. Buena prueba de esa actitud despreocupada era la excursión de aquella tarde de un joven rubio para practicar en moto junto con otro tipo.

Llamó a un taxi, y se subió: no quería estropear el calzado ni manchar el bajo de los pantalones con el barro que había en el camino, que era largo y cansado para los zapatos que llevaba. La bromita le costó pagar al conductor más de veinte guiles: le hubiera partido la cara si no fuera porque tenía prisa, otros planes y pocas ganas de discutir con aquel maloliente ser que de seguro trabajaba sólo para llevarle a su gorda mujer el dinero que ésta le exigía, si no era al revés y él le propinaba soberanas palizas.

El vehículo le dejó a dos manzanas de la discoteca, diciendo que él no se adentraba más por aquellas calles llenas de niñatos colocados o follados, si no ambas. Seguramente por miedo a perder la licencia si atropellaba a aquellos niños de papá.
Caminando por el Sector 2, por fin llegó a las puertas de aquel gran edificio que se levantaba al margen de los edificios: la discoteca Doors of Heaven. A sus puertas ya comenzaban a agolparse chicas adolescentes y babosos que las observaban, admirándolas como ciegas diosas que desprecian a los simples mortales que pretenden acostarse con ellas.

Treinta minutos tardaron en abrir las puertas, vigiladas por el enorme gorila de cabeza afeitada que pasada, como siempre, el detector de metales, salvo a una chica, morena habitual que tenía un piercing en sus zonas íntimas. Cuando entró por las decoradas puertas, el cargado ambiente pasó de un polvoriento aire a una atmósfera cálida, donde todo el mundo bebía, bailaba, se metía mano por todas partes o jugueteaban con los sentimientos de los demás. Se mezcló entre la gente, y en la barra se pidió un vaso cargado de vodka con limón, para acto seguido dirigirse hacia la pista de baile. Allí, en medio de la gente, estaba una chica de 19 años, de largo flequillo negro y curvas exuberantes. Tenía un top negro y un pantaloncito con tutú del mismo color, que unido a la sombra de los ojos, le daba un bonito aspecto de chica mala y prohibida. Se acercó, disimuladamente, y cuando estuvo cerca de ella se chocó, derramando parte de su bebida:

- ¡Vaya! ¡Cuánto lo siento! – dijo, con un fingido aspecto de arrepentido - ¿Te he manchado?
- No, no ha sido nada… Ten más cuidado la próxima, ¿quieres?
- Me siento mal… Venga, te invito a una copa para disculparme
- No hace falta – la chica había vuelto de nuevo a bailar, sin apartar apenas la mirada de los ojos que suplicaban invitarla – No, en serio – le dio un golpecito amistoso en el hombro, y declinó – Venga, vamos a por un cubata…

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- ¿Y dices que se escapó camuflado y luego mató a los de la ambulancia? Yo eso lo he visto en una película.
- ¿En serio? Pensé que sería más original…
- Bueno, al menos en principio tampoco nos lo pareció. Crímenes sangrientos con temática religiosa o sexual, y resultó que todo era una tapadera para que no tuviéramos idea de lo que hacía en realidad.

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Tras tres vasos bien cargados de vodka, la chica se había vuelto muy simpática, y ahora hablaba con bastante tranquilidad a su acompañante. Charlaban amistosamente, pedían otra consumición y volvían a la pista de baile, para nuevamente repetir la operación. Ya había perdido la cuenta de cuánto había bebido la chica, que en esos momentos estaba susurrándole muy cerca del oído. Como quien no quiere la cosa, de pronto la chica deslizó sus labios sobre el lóbulo de la oreja, y agarrando su barbilla, acercó sus bocas hasta que ambas se fundieron en una sola. El piercing del labio inferior de la chica morena estaba frío, y resultaba agradable al tacto mientras lo saboreaba con la lengua.
Poco a poco, se separaron, y ella, agarrando su mano, caminó hacia la salida, en donde se agarró a su cintura metiendo la mano en el bolsillo trasero de su acompañante, que a su vez pasó la mano hasta situarla en la cintura de la chica, por encima del elegante tutú.

Dos callejones más abajo, encima del capó de un coche, ella se retiró el flequillo de la cara y volvió a darle otro apasionado y largo beso, más profundo y húmedo que el anterior. Casi sin aliento, se apartaron el uno del otro, y comenzaron a juguetear con sus cuerpos. Enredaron sus dedos entre los botones de la camisa, y ella besó su cuello. Encima del top, la boca hizo que el pezón se marcara con su forma redondeada, y el abrazo fue infinito y lleno de pasión. Sacó su cartera del bolsillo, y ambos quedaron desnudos casi por completo.


Pasó un largo rato, cuando unas calles más allá alguien vitoreó y aplaudió al gemido de la chica. Acarició su mejilla derecha, y volvió a besarla, más suavemente, y se fijó en la sonrisa que ella exhibía. Sonrió también:

- Me encanta tu pelo, no sé si te lo había dicho antes – la chica acarició la mano, y continuó elogiando su figura – Ha sido fantástico.
- Sí… Me va a dar pena hacer esto.

Colocó la mano izquierda sobre la sien derecha de la chica, y sin previo aviso golpeó la mejilla derecha de la muchacha, arrancándole la mandíbula inferior ante su mirada, que representaba un dolor atroz. Hizo un ademán de removerse, posiblemente para escapar, y hubiera gritado pidiendo ayuda si hubiera tenido lengua, pero el agresor y antiguo amante fue más rápido y agarró su cuello, que no pudo soportar la fuerte presión y se quebró con un crujido que resonó cuando el cuerpo cayó, inconsciente, contra el capó del coche.

- Hora de trabajar.

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- ¿Qué ha ocurrido allí?
- ¿Alguien sabe qué ha pasado? ¿Por qué hay tanto ruido? Seguro que algún crío ha hecho saltar la alarma de algún coche
- Pues por allí parece haber humo

Algunos de los clientes del “Doors of Heaven” habían salido a tomar el aire o simplemente a continuar con sus instintos reproductivos, y cual fue su sorpresa al encontrarse con que la alarma de un coche atronaba escandalosamente, apenas unas calles más allá de distancia. Pero mayor fue todavía cuando un inmenso humo negro apareció del mismo sitio.

Unos cuantos curiosos se acercaron, y no fueron pocos los que gritaron, chillaron o vomitaron: era una de las escenas más grotescas, si es que algo no lo era en aquella ciudad, que se habían visto en mucho tiempo.

En la pared del fondo, un cuerpo semicalcinado y colgado con clavos de la pared se cocía junto a unos bidones llenos de gasolina y papel quemados. Le faltaba la mandíbula, y habían sujetado su espalda con cuerdas que sobresalían y se ramificaban, ardiendo lentamente y dando el aspecto de alas ígneas para un ángel oscuro. En el suelo, crepitaban unas azuladas llamas producto de los hidrocarburos, otorgando unas gigantescas sombras que se proyectaban en el callejón como figuras acosadoras, poderosas e intimidatorias; aún podían verse los ojos oscuros sin párpados, mirando fijamente a los curiosos que se agolpaban para salir. Encima de su cabeza, grabado a fuego, estaba escrito el fatídico mensaje:


“Madres, esconded a vuestras hijas. Frank Tombside ha vuelto”

lunes, 17 de noviembre de 2008

147.

La motocicleta de gran cilidrandada se detuvo en seco para dejar paso a una pareja de lo más extraño: él un vagabundo totalmente acabado, y ella una preciosa y escultural chica reina de las fantasías de los transeúntes masculinos. El piloto escaneó intensamente con la mirada a la semidiosa, quien aceleró el paso, indignada.
El motor de la BlackRacer 650 rugió al recibir la nueva inyección de potencia que la puso en marcha. Algún que otro chaval se volvió y soñó con tener algún día una de esas preciosidades que sólo algunos podían permitirse, principalmente los habitantes de la placa.
La luz roja de los pilotos traseros dejaba una impronta lumínica por todo el recorrido. Atravesó los suburbios a una velocidad de vértigo, divirtiéndose con los diversos baches que hacían saltar el vehículo y que arrancaban algún grito, fruto de la adrenalina, del tipo que la cabalgaba.
Utilizó un viejo atajo para irrumpir en el Sector 7, en el que ya habían empezado las obras para limpiarlo de escombros, dejando amplias áreas libres de obstáculos. Detuvo el vehículo junto a uno de los cascotes de la placa destrozada, cerca del Sector 0.

Hacía frío. Las estaciones a penas se notaban en los suburbios. Bajo la placa se creaba un microclima que se mantenía más o menos estable a lo largo del año, pero aquí, con el cielo abierto expuesto, el viento gélido del final del otoño se deslizaba entre los escombros. Los indigentes que solían habitar el derruido sector habían migrado ya a lugares más idóneos para pasar la noche, aunque de día aún se veía a alguien rebuscando entre los escombros.
El motero se quitó el casco decorado con motivos tribales que daban una trepidante sensación dinámica y lo posó entre sus piernas. Subió hasta el tope la cremallera de la gruesa cazadora de cuero, incómodo por la incesante brisa. Se pasó la enguantada mano por el cabello corto y oscuro, sacudiendo algunas perlas de condensación.
Parecía que habían pasado años desde la última vez que había estado allí. Recordaba aquella tranquila tarde: los somormujos habían cruzado el cielo destino a Mideel, su graznido atravesó el silencio impenetrable del Sector, como si tras y sobre aquellos muros y placas no existiera la enorme ciudad, o como si ésta hubiera callado también a la espera de oír el primer disparo. Aquí fue donde Élacor Königssen se dejó matar.
Y sin embargo ya no parecía el mismo sitio ni él la misma persona.

Cuando su mente volvió a su sitio se encontró con su mano recorriendo el lóbulo trepanado, como manía que había adoptado cuando reflexionaba. La BlackRacer aún ronroneaba debajo de él, recordándole su estancia en este lugar, y se divirtió al pensar que hoy le tocaba a él ser el maestro. Idea que se afianzó cuando vio a su pupilo acercándose, encorvando y con la capucha de la sudadera cubriéndole la cabeza. Los pantalones cortos hasta la pantorrilla le decían que no era precisamente por el frío.
- ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas? – se carcajeó el motero, que finalmente dejó dormir a la bestia.
El chico gruñó, lanzando una mirada esquiva al enorme espacio libre sobre sus cabezas. Tan encorvado como estaba, los ojos de ambos hombres quedaban a la misma altura.
- Preferiría el cementerio de trenes – rechistó el más joven.
- Eso cuando tengas más práctica, aquí hay más zonas limpias. Además, en el cementerio de trenes hay fantasmas – bromeó el motorista, haciendo alusión a algunos artículos de prensa sensacionalista que defendían la existencia de pequeños fantasmillas tocapelotas en la vieja estación.
El encapuchado lanzó otra mirada de soslayo al cielo, intranquilo, aunque su interlocutor notaba su intención de mantenerse en un estado sereno.
- Tranquilo, en cuanto subas verás como te olvidas de lo demás – le guiñó el ojo verde en gesto cómplice, logrando arrancar media sonrisa torcida del más joven.

Rolf desmontó para ponerse al lado de su pupilo, adoptando ese porte confiado y concentrado que adquiría cuando estudiaba planos y ángulos de tiro.
- ¿Has leído el libro que te di? – le preguntó.
- Sí, normas de circulación, señalización, blablabla – respondió el otro, no demasiado interesado por ese aspecto.
- Ten cuidado con los coches de aspecto caro y color negro. Podrían ser turcos, y sólo faltaría que te detuviesen por saltarle las normas. En mi caso no es mayor problema pero no podría decir lo mismo de ti.
- Ya, ya lo sé – el joven se encogió de hombros, la verdad es que ser interceptado por las autoridades le pondría en un grave aprieto, más de lo que Rolf pensaba.
Posó los ojos azules en la bestia en frente de él, de coraza negra brillante, con la horquilla y el basculante en rojo oscuro y la protección del motor en plateado.
- ¿Es la misma de siempre? – le preguntó, recordándola más robusta y en otros colores.
- No. Ésta es la “mía”, la que llevo ahora es un “regalo”.
- Ah.
- Y tú te quedarás con esta – Rolf captó por el rabillo del ojo la mirada indescifrable del chico – ¡Eh! Que no está en mal estado ni nada. De hecho anda como la seda, no llega ni al año de antigüedad. Además, su control es más sencillo.
- Vale…
- Bueno, te explico. Más o menos supongo que sabes dónde están las cosas – esperó la confirmación del joven antes de proceder- Este es el cuadro, los indicadores de combustible y velocidad, presión e inclinación; el controlador del faro delantero, luces de freno, intermitente, acelerador, maneta de embrague, freno delantero… - Rolf iba señalando cada parte, para situar su posición en la mente de su alumno, que asimilaba la información como una esponja.
Una vez ubicados todos los elementos, el tirador comenzó a explicar su función. Paris no pudo evitar recordar a Jonás cuando se ponía a hablar sobre coches, o pistolas: ambos disfrutaban de cada palabra y cada explicación, sintiéndose magnos cuando el inexperto chaval hacía alguna pregunta y se interesaba por algún detalle menor. Esta vez el joven no se sentía tan perdido, después de todo la lectura del manual le ayudaba a seguir y comprender la teoría sin demasiada complicación.
Paris se mantenía a cierta distancia del vehículo, observando como Rolf indicaba aquí y allá, se sentaba para enseñarle algo de dinámica, se volvía a levantar para hablar del amortiguador.

- Sube – dijo Rolf de pronto, tras una pausa.
- ¿Eh?
- No vas a aprender a conducirla por inspiración divina. Vamos.
Paris obedeció sin poner demasiadas quejas, después de todo no podía ocultar el naciente sentimiento de excitación. Rolf le dio el casco, el chico lo miró con cierto recelo, pero el semblante del tirador no ofrecía alternativa. Lo intentó poner un par de veces, aunque una y otra vez el cabello se le metía en los ojos, cada vez de forma más incómoda.
- Joder, qué puto manco - rió Rolf. Recibió un golpe en el pecho que le cortó la carcajada: era el casco, aún sujeto por su interlocutor.
- Coge – dijo éste.
Buscó una goma en su muñeca, lo suficientemente elástica para cubrir desde la base del cráneo hasta la frente, usándola de cinta para apartar todo el cabello del rostro.
- Con el pelo así pareces el erizo ese de la tele.
- Muérete.
Paris arrebató el casco y se colocó, seguía siendo incómodo de narices, pero al menos podía ver. Se sentó a horcajadas sobre la bestia, preguntándose cómo alguien con las piernas mucho más cortas que las suyas podría abarcar todo el ancho de la moto.
- Levanta la pata de cabra o no irás muy lejos – Sugirió el tirador, con su predefinida sonrisa adornando el rostro.
- No me digas, ¿en serio? – reprochó el chaval, sarcástico.
Inclinó la moto hacia un lado, apoyando el peso sobre una pierna y usando la otra para levantar el pie del vehículo.
- Dale al contacto, aprieta la maneta del embrague y pon la primera marcha… – Rolf lo observaba ejecutando la orden, con más o menos rapidez, fijándose bien dónde estaba qué para no darle a la palanca que no era – ve soltando el embrague despacio o…
La moto metió un acelerón de pronto para parar en seco un metro más allá, empujando al inexperto piloto hacia delante.
- ¡DESPACIO! – gritó Rolf, que perdió la sonrisa, aunque no llegaba a sentirse preocupado.
Paris sin embargo lucía una mueca que, de no haber sido porque el rugido del motor acalló los demás sonidos, apostaría era el residuo de un aullido o una carcajada.
- No te rías tanto, puedes cargarte el motor si haces eso – exageró el tirador, más preocupado por el vehículo que por el temerario chaval – Vuelve a intentarlo, esta vez despacio o saldrás disparado.
- Que sí…
Paris soltó el pedal de freno lentamente, notando como la moto se ponía en marcha a una velocidad más que moderada, tan lento que aún sus pies se mantenían en tierra, aunque avanzando. Rolf le seguía caminando, evaluándolo.
- Cuando ganes velocidad suficiente debes poner los pies en los estribos, así que deberás equilibrar la moto con el tronco para que se mantenga recta. Si hubieras montado alguna vez en bicicleta esto no tendría más problema…
No sabía muy bien por qué, quizá por la maestría con la que Rolf conducía, Paris se imaginaba que esos cacharros tenían algún sistema de equilibrio propio… pero las cosas nunca eran tan fáciles como parecían.
- Acelera – sugirió el tirador.
El vehículo adquirió velocidad suficiente para hacer al piloto elevar los pies, aunque su incursión no duró mucho, el mando viró violentamente hacia un lado obligando al chico a frenar y apoyar un pie.
- ¿Qué haces? Ibas bien – aseveró el tirador, para él era algo tan sencillo ahora que a penas recordaba cómo fue su iniciación en este mundo.
- Tenía… me daba la impresión de que me iba hacia un lado.
Rolf escrutó al chico unos instantes.
- No te falta sentido del equilibrio, joder, ¡Eres como una puta saltimbanqui! pero no estás aplicando tus conocimientos de la misma forma y en realidad es algo muy parecido. Debes mantener siempre el centro de gravedad estable.
Paris captó el mensaje, hasta ahora había pensado que conducir era un mundo totalmente diferente que desconocía, pero las palabras de Rolf le habían esclarecido el camino: tan sencillo como aplicar algo que dominaba a la perfección como era el equilibrio a un vehículo en movimiento.
Volvió a intentarlo, más concentrado esta vez. Dio un par de virajes a ambos lados antes de estabilizarse. Un ciclomotor de anciano iría más deprisa pero al menos se mantenía en su sitio, y esa sensación de vértigo por el balanceo fue pasando.
El tirador indicó al joven que conduciera hasta la verja del Sector 0 y volviese, lo que implicaba un giro de 180º. Para sorpresa de ambos, más para Paris que para Rolf, no hubo mayor problema con la maniobra, un alumno de la autoescuela no lo hubiera hecho mucho mejor en su primer día.
- ¡Vale, ahora mete la segunda, abuela! ¡Y no te olvides del embrague! – gritó el tirador, animado por que tanto moto como piloto aún siguieran enteros y sin rasguños.


Rolf miró su caro reloj de cuarzo y correa de piel de adamantaimai, con la tontería habían pasado un par de horas. Alzó un brazo para llamar la atención del chico, que se encontraba practicando el giro de 180º cerca de la puerta del Sector 7 y volvió enseguida.
- ¿Qué tal? – preguntó el tirador cuando el chico frenó a su lado, aunque sabía la respuesta mejor que él mismo.
- Tengo que aprender a ir más rápido – respondió Paris, con una mueca mezcla de gozo y resignación, mientras se quitaba el casco, con el cabello húmedo pegado a las mejillas y el cuello, algunos mechones del flequillo se escaparon de la goma, quedando erguidos en el aire.
- Tranculo, follastero; cada cosa a su tiempo. Para ser la primera vez ha estado bastante bien, aunque te anticipas demasiado.
- A veces me daba la impresión de que ya lo tenía controlado pero… - Paris sacó su PHS para ver la hora, encontrando un mensaje por leer, tratando de aplastar el rebelde flequillo que adquirió vida propia tras quitarse la goma.
Rolf lo observó un momento antes de abordarlo con otro tema, aprovechando que el chico parecía más animado y accesible de que costumbre.
- Aún no me has dicho… - aventuró, siendo un alzamiento de las cejas del joven que no apartó la vista del aparato el gesto que le instó a seguir – que tal fue la famosa cita.
El tirador fingió no saber nada al respecto, como si él no hubiera estado allí velando por su esquivo amigo, quien, para su sorpresa, no hizo lo propio y le respondió.
- Bastante bien… al final – hizo hincapié en este último detalle.
- ¿Al final? – inquirió Rolf, haciendo que la pregunta adquiriese matices subversivos.
Paris guardó silencio antes de contestar, entrecerró los ojos hasta que fueron a penas dos rendijas azules y escrutó al tirador, decidiendo obviar el tono insinuante de la pregunta.
- Durante el concierto de Han- aclaró- antes de eso fue una noche de lo más rara.
- Ya me lo imagino… - Rolf rodó lo ojos verdes, no tenía en demasiada estima ni a la turca ni a su amigo el barman de sexualidad indefinida. Expiró largamente - ¿Te apetece tomar algo? – la pregunta era casi más pura formalidad que una verdadera invitación, aunque si el chico aceptase no dudaría en acompañarle.
- Va a ser imposible – Paris se apeó y se volvió a cubrir la cabeza con la capucha, el aire no paraba de agitarle el cabello haciendo que éste se le metiese en ojos, nariz y boca – Esta semana tengo horario diurno, entro en poco menos de una hora.
- Agh… dichosos trabajos – refunfuñó el tirador, con un comentario propio de alguien que no trabaja para vivir, en su caso era por diversión – A ver si te buscas algo más decente.
- No decías eso cuando quisiste repetir el Mako Stream – rió Paris, aunque la verdad es que un curro mejor remunerado y con un mejor horario no le vendría nada mal, ya no tanto por sus planes para limpiar Midgar sino por las facturas que, tras la crisis por la aparición del meteorito, se habían encarecido.
- Entonces me iré a llorar solito en un rincón de mi enorme casa porque el principito no quiere jugar más conmigo – así anunció Rolf su despedida, volviéndose levemente en una actitud que para nada correspondía con las palabras.
- Coge la moto, entonces – sugirió Paris.
- Ya te he dicho que esa es tuya.
- ¿Y cómo…?
- Por favor… - el tirador cortó la pregunta casi ofendido – Si puedo pagar la reparación de ese cacharro infernal que nos sacó del Edificio Loble, puedo pagar un taxi.

Ah, es verdad que aquellas cosas existían, para la gente de los suburbios eran casi como leyendas urbanas, algo que se veía una vez cada mucho tiempo.
Aún con todo, Rolf se empeñó en ir de paquete en el breve trayecto hasta el Sector 6, que resultó más accidentado de lo que cabría esperar debido a las numerosas correcciones y putadas que le hacía a su chofer, quien juro que sería la última vez que montaría con nadie en una moto.


Con Rolf camino a la placa superior y la moto a buen recaudo en el garaje del vendedor de maquinaria y artículos electrónicos, Paris pudo por fin llegar a casa y relajarse unos minutos antes de empezar la jornada laboral.
Revisó el mensaje de texto que le había llegado en el Sector 7.
“Tiene un nuevo mensaje de voz.
Pulse 1 para escucharlo.”
Se sintió intrigado, sólo se le ocurría una persona que pudiera haberle dejado un mensaje de voz, pero, para su sorpresa, la voz que sonó era hosca y masculina.
- “Buenas niño … Yo… Déjalo, da igual. [Fin del mensaje]”

martes, 11 de noviembre de 2008

146.

Vino, una mezcla de carne picada con largos tallarines rancios que encontré en una papelera y jugos gástricos fue lo que salió de mi estómago. Tenía tanta hambre esa tarde que apenas mastiqué los spaghetti, y el resultado fueron unos asquerosos gusanos entintados por el morado del vino. Verdaderamente repugnante para alguien normal, pero yo iba tan ciego que aquella anécdota se me antojó cómica.

-¿Todos esos gusanos han salido de mi estómago?

Me encontraba en un oscuro callejón(como no, mi relación con los callejones en los últimos días era más que habitual). No es que no quisiese traumatizar a los transeúntes con mi espectáculo de arcadas, más bien me avergonzaba que alguien me viese vomitando.

La pequeña luz de emergencia de la puerta trasera de un local brillaba tenue, parpadeando con cierta agonía. Eso, en mis ampliamente dilatadas pupilas era un festival de luces, cosa que no ayudaba a mi “mareo”.

Me encontraba en el sector 3(es lo bueno que tiene deambular por ahí, no hago más que visitar distintas calles todos los días) sin saber qué hacer. Bueno, en realidad no, mi plan era acercarme a la estación de tren, con la esperanza de ver de nuevo a Lucille; había pasado una semana exacta y ella me prometió volver a vernos en el mismo bar, pero yo era incapaz de esperar y fui directamente a la estación.

La verdad es que estaba allí hace horas, pero la espera me puso nervioso y me bebí aquél picado e insípido vino, lo que me hizo alejarme a un oscuro callejón dando tumbos.

Cuando acabé mi “retro-alimentación” me sentí mucho mejor y el efecto del alcohol se desvaneció ligeramente, aunque mi garganta quedó resentida y me producía picor. Con el agua acumulada en un oxidado bidón me lavé la cara y me eché el pelo hacia atrás; momentos después me dirigía de nuevo hacia la estación.

Ese día no me había metido nada por culpa de mi estúpido embobamiento por Lucille y, aunque en el fondo debería agradecérselo, de nuevo mi cuerpo pedía más.

Atravesando una calle llena de farolas y agobiante tránsito de personas, volví a la lúgubre estación de trenes.

Había poca gente allí: una pareja tonteando en un banco haciéndose caricias, un hombre leyendo el periódico a la luz de una parpadeante farola y un niño agarrado a la pierna de su madre suplicando y lloriqueando palabras ininteligibles. Yo me senté en uno de los bancos de roída madera y escamada madera y metí las manos en los agujereados bolsillos de mi chaqueta; Los dos tortolitos, al verme, se fueron dos bancos más lejos.

-Maldita sea ni que fuese un molbol- dije con un ebrio eructo.

Pasó media hora, una, dos…Lucille no venía. En una de las paradas bajaron dos hombres, uno joven y el otro con pelo entrecano y gabardina. Dos jóvenes Turcos intentaron burlarse del más mayor pero otro más veterano les dio un buen golpe en la cabeza a ambos. La cosa no llegó a más y la extraña rutina volvió a la estación.

Yo tenía mucho frío y el vómito de antes comenzó a sentirme peor de lo que pensaba. Estiré las piernas y ocupé todo el banco, acurrucado mirando hacia los barrotes de madera. Sin darme cuenta de que poco a poco se me fueron cerrando los ojos, sumiéndome en un frío y aletargado sueño, mezcla de somnolencia cansancio o alcohol.



-Te digo que Sephiroth gana a cualquiera.

-Pues mi padre siempre dice que está sobrevalorado.

Dos chicos andaban por las calles del sector 5, por encima de la placa. Los dos llevaban a la espalda mochilas con sendos y pesados libros de texto, uno rubio y con la raya en medio y el otro con una corta melena morena, que ondeaba libre al viento. Ambos, amigos inseparables iban al mismo colegio e iban vestidos con el mismo uniforme de verano; pantalones vaqueros de un azul marino y camisa blanca impoluta.

Era el último año que estaban en el colegio, pronto darían el salto a la enseñanza secundaria.

Mientras uno de ellos imitaba a su héroe lanzando estocadas con una quimérica espada gigante, el otro le reía las gracias y miraba al cielo con melancolía; ese verano su amigo se iría de vacaciones a Costa del Sol y no podrían verse hasta el comienzo del nuevo curso.

-Oye Wolt, ¿por qué no te quedas en mi casa este verano?-preguntó por infinita vez con tal de que su amigo se quedara en Midgar-Así no tendrías que irte a ese asqueroso paraíso de jubilados.

-Ya te lo he dicho Yief, mi abuela es muy cabezota, seguro que si no voy me tacha de su herencia-contestó el compañero bromeando-Además, después iremos a Wutai. Dicen que ahora está muy de moda ir a relajarse allí.

-Bueno, pero entonces quédate esta tarde conmigo, tengo un videojuego que te va a encantar, me lo ha regalado mi hermano.

-¿Tu hermano aún está en casa?

-Sí, dentro de dos meses se presentará a las pruebas de Turk-dijo Yief con ojos soñadores, a pesar de que no era él-Imagínate: Björn Vanistroff de turco, que envidia me da.

-¡Pero si tu siempre has sido un enclenque! Es imposible que llegues a ser como tu hermano-bromeó de nuevo Wolt.

-¿A que le digo que te pegue?

Entre risas y bromas continuaron los dos amigos andando hasta llegar a la fachada de una suntuosa casa. Era un recinto enorme donde se erigía un edificio de dos plantas con pintura de color crema. Fuera, un muro del mismo color que la casa cercaba el terreno, ocultando el interior con un cuidado y esbelto seto. Yief y Wolt pasaron a través de un arco natural, producto de los entrelazados espinos de un rosal, y empujaron hacia delante una puerta de barrotes de hierro, decorados con florituras y un baño de oro. Corrieron por un césped perfectamente regado y cortado, con varios juguetes tirados desde hace días, y un perro delgado les dio la bienvenida.

-¡Hola Fenrir!-saludó al perro Wolt-Vaya Yief, cada vez es más grande.

El perro, un pastor de Corel de pelaje totalmente negro y pecho blanco, hiperactivo desde que nació, saltaba, brincaba y babeaba de felicidad al ver a su dueño y su amigo. Tenía tres meses y ya le llegaba a Yief por la cintura.

Rápidamente llegaron a la puerta principal, decorada a los lados con tiestos de flores rojas y una enredadera que serpenteaba por la pared y se agarraba a unas columnas, las cuales soportaban el peso de un arco abovedado(el súmmun de lo hortera, así se resumía aquella casa. Lo que Yief no sabía es que la afición de su madre por la jardinería, no era más que para evadirse de los problemas que había en casa).

-¡Mamá, ya estoy en casa!-dijo Yief a grito pelado.

Los dos chicos tiraron las mochilas en la entrada y acto seguido fueron corriendo al salón; un mayordomo, con pantalones grises y chaleco negro de botones, recogió los bultos y los llevó escaleras arriba, escaleras de mármol pulido.

-Oh, si ha venido Wolt también-dijo una voz femenina y llena de ternura-Esperad que os haga un bocadillo para merendar.

La madre de Yief, una mujer corriente y modesta pese a su estatus social, apareció con un delantal decorado de mazorcas de maíz para saludar a los chicos y volver a la cocina. Tenía el pelo rizado y de un color tostado, acompañado de los mismos ojos que tenía Yief: de un hipnotizador marrón claro. También tenía los mismos labios, rosados y con cierta prominencia que resultaba sensual. Claro que Yief aún no había adquirido tales rasgos de adulto, aun le quedaba pasar por la adolescencia.

-Te vas a enterar, he estado entrenando y te voy a meter una paliza.

Yief encendió la videoconsola que se apoyaba al lado izquierdo de la televisión y metió lo que parecía el disco de juego. Ambos se sentaron en un amplio sofá de cuero blanco y comenzaron a jugar con un alarde de éxtasis y mala leche, aporreando los botones del mando.

-¿Pero qué haces cogiendo así el mando? Que no es una guitarra-dijo a carcajadas Yief al ver que su amigo agarraba el aparato de una forma muy extraña.

-Tu calla, ya verás como así te gano.

Tras diez minutos de tortura para Wolt en los que acabó sudando y no ganó ni una sola partida, una voz de mujer surgió de la cocina, contigua al salón por una de sus puertas. Yief se levantó y fue decidido a recoger su merienda…Para seguir jugando después. Abrió la puerta, enmarcada con cristal translúcido, risueño y feliz, sentimiento que se desvaneció al entrar en la cocina.

-Ah, hola Padre-saludó mirando de reojo al hombre que se erguía apoyado en la encimera-Pensaba que hoy estaba ocupado con su trabajo.

-Pues no es así…¿Quién es ese que hay en el salón?

Su padre, de donde salía todo el dinero que tenían, hombre de negocios que trabajaba en Shinra, era un hombre serio, sin pizca del humor y lo exigente que era consigo mismo le impedía estar con su familia habitualmente…Aunque eso no le importase. Sólo le importaba el dinero y creía estar inculcando en sus hijos un buen modelo de vida y doctrinas, cuando lo único que hacía era obligarles a hacer lo que le parecía a él bien.

Ahora estaba en la cocina de su casa, con un pantalón y una americana a juego(negro con rayas verticales grises) y una corbata roja perfectamente atada. Tenía el pelo ya entrecano y echado hacia atrás, marcando más las entradas de su frente. Unos ojos totalmente oscuros, unos labios caídos y las arrugas que se formaban en la frente, le daban un continuo aspecto sombrío y de enfado.

-Pues dile que se vaya pronto, no quiero desconocidos en mi casa.

-Somos amigos de toda la vida, no me conoces nada-murmuró Yief en un nivel casi inaudible

-¿Perdona?

-Nada Padre, si quiere se lo digo ahora mismo.

-Cuanto antes mejor. Juliet, estaré en mi escritorio, a las ocho hazme la cena.

-De acuerdo cariño-contestó su mujer nerviosa ante tal tensión. Ella si que había oído lo que había dicho su hijo-Acabo de regar las petunias y me pongo a ello.

-Maldita sea…-murmuraba el padre mientras se iba-Algún día conseguiré vivir en el Sector 1…

Yief cogió el par de bocadillos que había en la mesa y se dirigió de nuevo al salón. Antes de que cerrase la puerta pudo oír a su madre des de el otro lado:

-Por favor, no hagas enfadar a tu padre.

Los dos amigos se comieron el bocadillo en absoluto silencio. Wolt rumiaba con energía el jamón del interior y Yief hacía una bola intragable en su boca inconscientemente; como el nudo que se le había quedado en la garganta.

-¿ha dicho algo tu padre?-preguntó al final Wolt.

La pregunta cogió a Yief por sorpresa y no sabía que responderle. “No quiero que mi padre se enfade, si no mamá llorará” pensó mirando a los ojos de su amigo, pero al instante un pensamiento rebelde y algo egoísta se colocó por delante en la lista de importancia, “qué narices, Wolt se va mañana, quiero pasar esta tarde con él”

-Que disfrutemos del jamón de estos bocadillos, que es muy caro.

Estuvieron jugando un rato más a la videoconsola hasta que se les hizo monótono y decidieron salir al jardín para entretener al perro.

Tiraban una pelota mugrienta y babeada una y otra vez y Fenrir, como un auténtico perro, la cogía cuantas veces fuesen necesarias. Cuando una de esas veces, el perro se abalanzó sobre Yief y comenzó a darle lametones, mientras Wolt se desternillaba de la risa tirado sobre la hierba, su hermano Björn entró en casa. El perro liberó a Yief y fue a saludar al nuevo dueño. Él le acarició detrás de las orejas y después ayudó a su hermano a levantarse del suelo; tenía toda la cara llena de babas.

-¿Qué tal hermanito?-dijo con un tono grave y desganado.

-¡El videojuego que me has regalado es genial! Salen ranas con espadas…Y tienes que rescatar a otra rana y…

-No subas al piso de arriba ¿De acuerdo?

Esa frase le heló la sangre a Yief, sólo podía significar una cosa: algo que de seguro enfadaría al cabeza de familia llamado Elric.¿Qué podría haber pasado para que Björn trajese una cara tan mustia? Los ojos marrones que también había heredado de su madre ahora reflejaban depresión y nerviosismo y bajo ellos dominaban un par de ojeras sombrías. Se llevaba continuamente la mano al costado derecho y hacía muecas de dolor.

-¿Ha pasado algo?¿Estás bien? No puedes entrar ahí dentro, Padre ha venido-dijo Yief cada vez más flojo.

-Algún día tendré que afrontar mis miedos y entrar en esta casa…Hazme caso y no subas por favor.

Björn agitó la cabeza de su hermano pequeño con ternura y le dirigió la sonrisa más creíble que pudo; después empujó la puerta para dar las noticias que fuesen, buenas o malas. Aunque todo parecía que malas.

Los dos amigos permanecieron en silencio durante un incómodo minuto, el cual rompió Yief con cierto nerviosismo en su voz.

-Tal vez deberías irte Wolt.

El aludido sabía que algo marchaba mal, pero no llegaba a entender el qué…Aunque sí notaba que allí sobraba, él tampoco quería despedirse tan pronto de su amigo.

-…Nos veremos en otoño-murmuró como si las palabras no quisiesen salir-Te prometo que te traré algo de Costa del…

-¡Yief Vanistroff, Ven arriba ahora mismo!-interrumpió el inconfundible alarido de Elric.

Yief, con lágrimas en los ojos, dio media vuelta y se las enjugó con la manga de la camisa.

-Vete por favor, y no me traigas nada de tu viaje, esos souvenir suelen ser horribles-lapidó sollozando.

Ni siquiera miró hacia tras para ver si su amigo se marchaba, cerró la puerta con fuerza y soltó un pequeño pero sonoro sollozo.”Toda la culpa es de mi padre, él siempre lo estropea todo”.

Las manos le temblaban mientras subía por las escaleras de mármol y se apoyaba sobre la barandilla. Las voces ya sonaban desde abajo, una de ellas enfurecida y la otra entre la ira y el lloro.

-¿Cómo que te han echado…?¡No vales para nada…!

Cuando Yief subió el último escalón vio a “Padre” y a Björn discutiendo en el baño. Juliet no estaba, seguramente se hubiese escapado para podar el seto o regar plantas con tal de no escuchar la conversación.

La bañera, al más puro estilo barroco, con detalles en oro y plata, estaba llena de agua tibia.

-Yief, ven aquí-ordenó Elric con siniestra amabilidad-Tú, Björn, de rodillas.

El hermano mayor se puso de rodillas frente a la bañera, ya con lágrimas surcándole las mejillas.

-Yief, eres un chico estudioso y muy educado, espero grandes cosas de ti, pero hoy Björn me ha decepcionado como hijo y como persona, así que merece un castigo y tú le escarmentaras.

-¡No, eso no! ¡No le obligues a hacer nada!-gritó Björn lloriqueando.

-¡Tú calla escoria! Yief, métele la cabeza en el agua.

Todo fue extrañamente rápido, como un instante que quieres pasar lo más veloz posible. Yief obedeció, con el rostro totalmente pálido, y agarró a su hermano mayor por la nuca, metiéndole la cara en la templada agua de la bañera.

Björn burbujeaba, gritaba bajo el líquido, se retorcía, tiraba, agonizaba.

-¡Padre, ya!

-No, no le sueltes.

-¡Se va a ahogar!

-Tú sigue.

Björn cada vez se revolvía menos y apenas salían burbujas. Cuando su cuerpo no hacía más que convulsionarse, Elric le sacó de un tirón. El chico volvió en si, emitiendo horribles arcadas y estertóreas toses; su cuerpo temblaba del frío y la conmoción.

-Espero que hayas aprendido la lección…O la próxima no te sacaré de ahí.

-Eres un hijo de puta-se atrevió a decir Björn con silbante respiración.

-¡¿Qué has dicho?!

-Lo que oyes, todo lo que piensas tú crees que está bien…

-Hermano para por favor…-quiso detenerle Yief.

-No, llevo veinte años aguantando demasiado. Que a ti te enseñaran con mano dura no significa que sea lo correcto. Además, tú apenas nos conoces, pasas diez horas a la semana en casa y te atreves a mandar en ella esclavizando a mamá y castigándonos a Yief y a mí.

-¡Cállate!- Bramó desde su mismísimo espíritu Elric- Ya has dicho demasiado en esta casa.

Después, cogió la alcachofa de la ducha y comenzó a asestarle fuertes golpes en la cabeza a su hijo mayor.

-¡Padre para, lo vas a matar!

-¿Y qué?-gritó de nuevo con los ojos inyectados en sangre.

Todo volvió a suceder extraña y rápidamente; Björn intentaba defenderse con patadas y se cubría la cabeza con los brazos, Yief agarraba el brazo de su padre con fuerza pero sin éxito y de repente su amigo Wolt apareció en el umbral de la puerta.

-¡No te dije que echaras a ese puto niño!



-Yief…¿Yief eres tú?

-¿Lucille?-dije desperezándome.

-Así es, ¿vamos a tomarnos una copa?

Y allí fuimos, al bar de hace una semana, a “nuestro bar”.

Yo fui todo el camino intentando borrar de mi mente aquél horrible recuerdo, después de aquél día no volví a ver a Wolt en la vida.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

145.

- Hola, me llamo Gerald McColder, y soy alcohólico.
- ¡Hola, Gerald! – el murmullo general de la sala fue lento, similar a esas voces que resuenan cuando sale una reunión en las películas.
- Yo antes pertenecía a Turk – tomó un sorbo de café humeante, y volvió a apoyar el vaso de plástico sobre la silla plegable de oscuro metal y con el acolchado asomando por diversos roturas -, pero fui expulsado. Estábamos en una misión de entrenamiento de varios días, y yo no podía aguantar la presión. Necesitaba un trago y una buena calada de hierba cuanto antes, y por mi culpa mi equipo fue duramente castigado. Después de eso, se vengaron, y sufrí una lesión que me impidió seguir en el cuerpo, con lo que comencé a beber todavía más que antes. Hubiera seguido fumando si no hubiera tenido que estar a base de colirios y oxígeno durante meses. Era un vaso tras otro, de ginebra, ron, o el alcohol de curar. El caso es que – volvió a beber otro sorbo, y carraspeó -, después de un escándalo de desnudez en una licorería, fui condenado a tres meses de prisión y de seis meses a año y medio acudiendo a reuniones como ésta. En fin, el caso es que hace poco estaba trabajando, o más bien colaborando, de nuevo con Turk, realizando una operación para detener a un tipo. Y volví al arroyo. Como no tenía un puto guil para pagar hipotecas, letras o mierdas de esas, me tuve que tirar a la calle a pedir hasta que un gilipollas millonario me cambió una tarde de mendicidad por pasta gansa que estuve cambiando por ginebra. ¡Ah, las viejas amigas transparentes y cuellilargas! Fue entre una de esas botellas cuando comencé a cavilar sobre mi despido, y por fin vi claro lo que debía hacer: pillar a ese puto psicópata. Lo tenía todo: patrón, fechas, víctimas… Podíamos asegurarlo todo. Sólo nos faltaban él y su motivo. Por eso, ahora que trabajo por mi cuenta, prefiero estar sobrio y despejado.
- ¿Y por qué sigues tras ese tipo, si puedes hacer lo que quieras ahora? – preguntó un tipo sin tabique nasal, que acudía a multitud de conferencias y reuniones sobre adicción – Te puedes pasar el día ebrío, tirado… Tiradote a la fresquicha de un árbol…
- Dos hombres me han jodido la vida. El uno es intocable, por pertenecer a los altos cargos de Turk. El otro, un hijoputa al que pienso destrozar.
- ¿Y no tendrás por ahí un cigarrico, o un algo de dinerillo… Dinerito para comer…? – la voz le tambaleaba bastante.
- Jefferson… - le reprendió el educador social.

Mucho café después y unos pastelitos de crema cerraron la sesión, y todo el mundo fue desapareciendo; incluso el hombre sin tabique nasal que parecía llamarse Jefferson se marchó a otra reunión sobre cocaína en una salita contigua. En la sala únicamente quedaron un envejecido Gerald que acababa su séptimo vaso de café especialmente cargado de azúcar y aquel educador social que dirigía la sesión: un chaval de pelo moreno y peinado en punta, que además poseía unos ojos dorados como monedas.

- Parece que ambos estamos destinados a ascender para luego caer desde muy alto… ¿No te parece a ti también, tío Jerry?
- Qué dejes de llamarme así, coño, ya te he dicho que no somos familia – dijo el detective mientras recogía de la silla su remendado abrigo de aspecto viejo y descuidado, que se parecía tanto al hombre que lo llevaba, que sí era verdad eso de que los perros se parecen a los dueños, al arrugado sabueso de McColder lo habían apaleado, despellejado y convertido en gabardina – Y tú mismo lo sabes.

Cierto era aquello de que ambos no poseían apenas parentesco: el abuelo del joven educador había sido primo de un tío del anciano. Como quien no quiere la cosa, tres grados de separación como mínimo, incluso puede que más.
Sin embargo, Jerry siempre había sido admitido dentro de la casa Lambert como uno más de aquella pandilla de baja nobleza empobrecida que poseía un título cuyo valor era tan reducido que hacía generaciones que se habían mudado a Mideel para trabajar el agro.

- Tras un incidente con los turcos, me decidí a dar un vuelvo a mi forma de vida. Dejé atrás las recompensas, la caza de gente, y me decidí a ayudar a los demás, a gente que se parece al pobre Stevenson, que en paz descanse. Creo que puedo mejorar el mundo de una forma más pacífica, así que he colgado las armas y me he volcado en ayudar a las personas. Gente como el pobre Stevey… - mencionó como rememorando – En lugar de cargarme a hijos de puta, ahora ayudo a desgraciados – había dicho eso último asegurándose de que nadie más que él mismo era capaz de oírle; aún estaba tomando calmantes, y la última cosa que quería era tener que atiborrarse con más pastillas porque algún yonki le pegaba un navajazo. Y mucho menos quería que alguien que conocía fuera quien daba el puñetazo contra la nariz.

Mesándose la perilla, se puso el raído abrigo, recogió la silla plegable y ya estaba a punto de marcharse cuando se topó con el brillo dorado de la mirada del chico, que sostenía una sonrisa de oreja a oreja.

- ¿No me dirás que ya te vuelves a tus cartones? Tú te vienes conmigo, se acabó el mendigar. Hoy estreno piso, y tengo sitio de sobra para que te puedas venir.
- ¡Bah, déjalo! –dijo con gesto aburrido el anciano.
- ¡Venga, hombre! Sí no tienes que hacer nada, sólo venirte…
- Lo normal sería negarse un poco más, pero creo que voy a aceptar antes de que cambies de opinión – ambos soltaron una carcajada al unísono – Hoy un gigante se estaba pegando con unos matones y por poco no me aparca uno encima – comentó el detective como si fuera lo más corriente del mundo.

Nada más salir del centro social del sector 5, tomaron el tren para recorrer los dos sectores que les separaban de su nueva vivienda. El sucio tren lleno de pintadas estaba lleno de vagabundos, y en dos ocasiones, un poco antes de cada parada, se produjo un registro de identificación, cosa que no ocurría tan a menudo desde que Avalancha se encontraba en la ciudad. Quizás están intentando aparentar seguridad, pensó Jerry, o son tan sumamente subnormales que esperan que alguien tenga una tarjeta que le identifique como “Frank Tombside. Psicópata”.

La llegada a la estación no fue mucho mejor: cuando ambos bajaron, una pareja de turcos jóvenes que rondaban la zona les encararon. El aliento les olía a una extraña mezcla de anís y vodka, y quién se podría imaginar qué más se habían estado metiendo aquellas personas en el cuerpo:

- ¡Hola, McMasFríoQue! – dijeron ambos al unísono.
- ¡Hola tu puta madre! – les respondió Gerald, que cortó sus risas y les hizo sacar a ambos una pistola: el primero llevaba una Shadowstar alterada para añadir diversas estrellas grabadas a lo largo del cañón, mientras que el segundo Ravenwing del 97, niquelada. Ante aquella visión Edward se acobardó, y sintió un nudo en el estómago, pero Jerry hizo uso de su entrenamiento psicológico como Turk y no se achantó, y plantó cara.
- ¡Eh, niño! ¿Quieres que te dé un caramelo? –Edward casi se atragantó de la risa al oír eso y ver las caras que pusieron los dos tíos, mezcla de incredulidad y de duda, como si ambos estuvieran preguntándose al mismo tiempo “¿Qué nos ha dicho?” y “¿De verdad llevas un caramelo?”
- Te la estás ganando – dijo uno cuando por fin parecía que se hubo aclarado con lo que pensar – Tú eres de esos que tiran para otro lado, para otra acera. Eres de ellos, eres de ellos.
- ¡De la mala puta que os parió soy! ¡Corred con vuestros trajecitos, corred a colocaros! ¡Oh, mirad! Parece que papá viene a recogeros.

Un turco grande y de pelo castaño, que Jerry conocía de vista, apareció tras los dos turcos, y agarrando sus cabezas las entrechocó fuertemente, para después llevarles arrastrando por el suelo ante la atónita mirada de los transeúntes, que observaban cómo aquella pareja se marchaba forzados por una masa de músculos mientras gritaban que “aquello no quedaría así, y se vengarían por su padre y su jefe, que había sido mutilado por su culpa”. Gerald se alegró de acabar con aquello rápido, pues no estaba en su mejor momento; el mono le hacía estragos los nervios, apoderándose de él y haciéndole mella. Así que desistió de seguir discutiendo con aquel par de imbéciles, deseoso de una buena botella de ginebra helada en cuanto no le viera nadie.

Aún tardaron un buen rato en llegar al nuevo piso del antiguo cazarrecompensas y nuevo educador social. La verdad es que, sí se comparaba, había pasado de una chabola a un palacio: ahora por lo menos tenía estancias separadas, y no tenía que salir al pasillo cada vez que quisiera ir al baño. No había sido barato, pero gracias a la venta del anterior antro había podido adquirir ese nuevo antro superior.

McColder se quedó cohibido. Apenas se atrevía a moverse de la entrada, y se quedó mirando aquel mueble lleno de cajones sobre el que descansaba un espejo de pared y a cuyos lados había un par de ganchos a modo de perchero. Estaba completamente quieto, igual que cuando entraba en casa ajena donde no había un cadáver en el suelo o una caja fuerte vacía. Mientras Edward colgaba su abrigo y salía disparado a la cocina preguntando que si preparaba café, té y un sinfín de bebidas y alimentos a una velocidad pasmosa, el anciano Jerry se quedó allí parado, sin saber muy bien qué hacer o decir.

- O si no, siempre puedo bajar a por algún refresco de esos azulados y brillantes… - se quedó mirando como el detective encogía los hombros y se quedaba con una expresión de bobalicón, achaparrado - ¡Pero pasa, hombre! Ponte cómodo y relájate. Puedes dejar tus papeles por aquí, luego ya nos ocupamos de ellos.
- ¿Nos? - de pronto McColder abandonó la timidez, y recuperó el habla al oír que el muchacho pretendía ayudarle.
- Desde luego que sí. Tengo tiempo libre – no mucho, pensó – y me aburro, y nada me gustaría más que mejorar Midgar de una forma activa. Más de lo que ya hago, quiero decir.

Sirviendo un poco de té rojo en dos tazas, ambos se sentaron el uno junto al otro en un viejo y mullido sillón, mirando fijamente el humeante líquido que tenían entre las manos. Nadie dijo nada durante un buen rato, hasta que Edward, tras un sorbo, rompió el hielo:

- Tío Gerald…
- Dime – no había prestado demasiada atención a la palabra “tío”
- Me alegro de que estés bien.

“Yo también, Edward”. Las palabras quedaron ahogadas en la garganta, sumidas en los pensamientos. “Yo también”.

viernes, 31 de octubre de 2008

144

Vivienda de Isabella Sciorra. Placa superior, sector 6, calle Dux. 4:19 horas.


Henton hizo el menor ruido posible al salir de la habitación, pero el murmullo de su novia despidiéndose de él confirmó su fracaso. Se volvió hacia ella, cuando esta encendió la luz.

- Lo siento... – Murmuró mientras la besaba en la mejilla. Isabella tomó su mano, y la encontró cubierta con una venda de boxeo.
- Pesas ciento quince kilos. ¿Cómo pretendías que no te oyese?
- ¡Ciento dieciséis! – Exclamó con orgullo. – Con un 8% de grasa corporal.
- Eso es porque tu polla aún está dando los buenos días... – Dijo ella, mientras apagaba la luz. – Ahora, déjame dormir mientras aún no ha amanecido.

Bajó diez pisos de escaleras sin inmutarse, sin dudar que luego los subiría yendo por el mismo camino. Acababan de dar las cuatro y media de la mañana, y era el momento de empezar su rutina de ejercicios. Los cardenales del día anterior molestaban, pero algo habían sido acallados gracias al ungüento de eucalipto con el que los frotaba cada noche. Estaba preparado para lo que tocaba: Coger el primer tren hasta los suburbios, y una vez allí, recorrería a un trote bastante veloz un par de barrios enteros, para luego dar ir al foso. Si no estaba allí antes de las seis, se pasaría dos horas enteras intercalando ejercicios extenuantes con golpes, a mayores de su rutina diaria. Sus manos estaban vendadas porque su calentamiento iba a ser algo más que correr: Los secuaces de Iván Quouhong le saldrían una y otra vez al paso, intentando darle una paliza. A cada manzana, Henton debería vérselas contra dos, tres o a veces cuatro matones, dispuestos a usar cualquier treta contra él. Si lograban hacerle llegar tarde, aunque solo fuese un minuto, tendrían lo que quisieran ese día: Drogas, alcohol, mujeres o dinero. Al día siguiente tendrán que volver a pelear para ganarse los vicios.



Con veintiséis hombres gravemente magullados durmiendo en la acera, a modo de brutal símil del cuento del niño diminuto que marcaba su camino con migas de pan, Henton entró en el Foso, donde le esperaban tres caras desconocidas: Dos hombres y una mujer.

- ¡Bienvenido, muchacho! – Exclamó animado el mafioso, a cuyo mecenazgo se había acogido el luchador, indicio inequívoco de un día notoriamente más duro de lo normal... Como todos. – He tenido que pedir algunos favores, pero estoy seguro de que este será el peor día de tu vida.
- ¿Qué tengo que hacer entonces? – Preguntó Henton, con una mirada tranquila. A pesar de su aspecto pausado, el luchador nunca se sentía tan vivo como cuando estaba envuelto en una pelea. No era astuto, como Rolf, ni inteligente, como Kazuro. Pero era fuerte, y podía resistir castigos físicos que matarían a un hombre normal, sin dejar de disfrutar del combate por ello. De hecho, las emboscadas del trayecto eran el motivo por el que siempre llegaba de buen humor.
- Algo muy simple: Un combate a cinco asaltos.
- ¿Solo cinco? – Pocas veces había visto Iván a su pupilo sorprendido, y ninguna de forma tan notoria como esta. - ¿Contra cuantos?
- Uno. – Respondió entre carcajadas.


Vivienda de la familia Zoser. Placa superior, sector 7, calle Wilkinson. 1:52 horas.


Era increíble la forma de insistir: Las dos de la mañana y seguían aporreando la puerta como locos. Por la urgencia de la llamada sería un incendio en el edificio o algún otro tipo de desastre. Cubierto con un batín, llegó casi corriendo a la puerta para que el ruido no despertase a sus hijos (ya era tarde para preservar el sueño de su mujer, que lo había echado a empujones de la cama para que fuese a ver quien llamaba).

- ¿Noé Zoser? – Preguntó el hombre de más edad, moreno y de cabello rebelde, con medio rostro desfigurado por cicatrices. Junto a él iban un joven demasiado acicalado y una mujer morena de mirada glacial. Todos vestían siniestros trajes negros con corbatas a juego.
- ¿Si? ¿En que puedo ayud...? – Su pregunta fue interrumpida y a la vez respondida con un derechazo en el plexo solar que vació sus pulmones e hizo lagrimear sus ojos, entre violentas toses.
- Venimos a hablar de su programa de hoy... Y del de mañana. – Volvió a decir el mismo.
- ¡Oiga! ¡No se quienes son ustedes, pero les advierto que voy a llamar a las fuerzas del orden! – Levantó el brazo derecho extendiendo la mano, intentando mantener alejado a su agresor.
- ¡Hágalo! – Exclamó este, agarrando su pulgar y retorciéndolo violentamente. – Enviarán a la unidad más próxima a su casa, que es... Nuestro coche.
- ¡Oiga, por favor! ¡Esto no es necesario! – Suplicó, incapaz de soltarse. El hombre, que finalmente espabilado por el miedo y el dolor, reconoció como un turco, hacía fuerza hacia abajo, obligándolo a arrodillarse. - ¡Me hace usted daño!
- ¿En serio? – Preguntó mientras mostraba una sonrisa salvaje.
- ¡En serio! – Suplicó levantando la voz.
- ¡No diga tonterías! Si quisiese hacerle daño en serio habría venido armado. – Dijo sin cesar de golpearle. – O habría traído algún utensilio de bricolaje.



Restaurante “Hogar de Corel”. Suburbios, sector 2, Calle Kagetoku. 14:21 horas.


Kowalsky esperaba nervioso, por no decir histérico. Había quedado con Rolf, Henton, Izzy y Daphne para comer algo, y que lo aconsejasen. El día más ansiado de su vida adulta finalmente había llegado: La llamada. Tras mucho recapacitar, Caprice Riedell, moderna Calíope, doncella de la luz, cuya sola sonrisa podría inspirar épica y tragedia a la vez... Caprice... Kazuro estaba tan trastornado que había escrito todas las columnas de dos semanas, y otras cuarenta y siete que no se llegarían a publicar, ya que trataban únicamente de la mujer que desvelaba sus noches y a la vez las llenaba de sueños. Aún ahora mismo garabateaba nervioso sobre una servilleta, dentro de un cómodo restaurante de barrio, mientras Rolf bostezaba, bromeando con Daphne, e Izzy miraba preocupada a través del cristal de la puerta, esperando a que Henton llegase.

- ¿Qué mierda es esto? – Preguntó Rolf, mientras Kowalsky palidecía: Le acababa de birlar la servilleta. - ¿Poesía?
- ¡No! – Gritó, casi con pánico, llamando la atención de los demás comensales.
- Léela, a ver. – Propuso Daphne. Incluso Isabella se giró, atenta a ver que ponía. Kowalsky simplemente ya se había ruborizado de antemano. Rolf lo leyó primero en silencio.
- Vaya... Es muy bonito: Tu pelo, lluvia de luz que se derrama sobre tus hombros, teje intrincados laberintos, de los que no podré salir jamás.
- ¿Por qué siempre tienes que avergonzarme? – Preguntó el escritor frustrado, mientras intentaba ocultar su rostro enrojecido tras un vaso de cerveza.
- ¿Avergonzarte de que? – Preguntó Isabella, aún con la mirada perdida pero esta vez estaba como saboreando aquello que acababa de leer.
- Kazuro... – Le explicó Daphne con amorosa paciencia. – Sé que no te has dado cuenta, pero acabas de convertirte en el hombre más deseado de esta mesa.

En ese momento, las campanillas de la puerta repiquetearon fuertemente, mientras un hombre del tamaño de un oso cruzaba la entrada cojeando, intentando que su brazo, sostenido en un cabestrillo, no tropezase con nada. Tenía la cara hinchada a moratones, hasta el punto de no poder ver nada con el ojo izquierdo. Parecía que lo hubiesen atropellado varios camiones, con bastante ensañamiento. Rolf y Kowalsky se levantaron corriendo a ayudarle, e Isabella fue a tomar su mano izquierda. No iba a ser capaz de tenderle la otra en diez días, por lo menos.


El foso. Suburbios. Ubicación desconocida. 6:18 horas.


Se miraban... Sus visiones cruzadas llenaban el espacio que los separaba. Ninguno de los presentes habría querido estar opuesto a esa forma de encarar a una persona. No había odio, ni ira, sino una determinación por vencer como fuese que rozaba la locura. Su intensidad era tal que había barrido cualquier otro sentimiento o idea que pudiesen tener los contendientes. El luchador, orgulloso titán, altivo y fuerte, cojeaba visiblemente, mientras acababa de recolocarse el codo. Su rival, el soldado, a pesar de haber mermado las capacidades de su oponente, había recibido mientras retorcía su brazo un fuerte gancho de izquierda, que impactó en su oreja como una bala de cañón sobre un gong gigante. Su equilibrio se tambaleaba, e incluso cayó, aturdido. Fue su espíritu de luchador lo que le hizo cargar el peso de su caída sobre la articulación de su adversario, para agravar la luxación, y patear la cara interna de su rodilla nada más impactar el suelo. Si no lo hubiese hecho, ahora sería pulpa en los nudillos de ese gigante, pero el gigante también sabía que si su puñetazo hubiese fallado, sería él quien estuviese en el suelo, recibiendo golpes por todos lados. Sus articulaciones estaban destrozadas, pero su rival había encajado más golpes y más poderosos que todos los que había necesitado para deshacerse de los secuaces de Quouhong esa misma mañana, y seguía en pie. Allí, bajo los moratones, el dolor, la determinación y las ansias de victoria, ahí donde estaban rozando los límites de la resistencia humana, habían encontrado una cosa el uno en el otro, que no todos llegan a hallar en otro ser humano a lo largo de su vida: Habían encontrado comprensión. Ambos se observaban, luchaban, se golpeaban, y a la vez, compartían uno de los momentos que ninguno de los dos llegaría a olvidar nunca. El luchador era prácticamente un coloso. Había desarrollado su físico y su instinto a lo largo de centenares de combates contra miles de oponentes. Se había peleado con todo aquel que tuviese los huevos de enfrentarse a él y no había sido derrotado desde que se consideraba un hombre adulto. Era, simplemente, superior. Los golpes que lanzaba, los que encajaba o las mil y una formas de hacer daño que surgían cada vez que agarraba a su adversario se habían perfeccionado a lo largo de su vida, alcanzando la capacidad destructiva de una avalancha. Ahora, entre el dolor, el éxtasis, la adrenalina, el miedo y la tensión, era cuando sentía el latir de su corazón. Frente a él, el soldado lo miraba sin miedo ninguno, aunque con respeto. Luchando por su vida desde que tenía uso de razón, se había convertido en un demonio. Primero en las calles, luego en la guerra, y ahora de vuelta a las aceras y el asfalto, pero esta vez desde el otro lado de la ley, había luchado con todo tipo de armas por sobrevivir, empezando y acabando por su propio cuerpo. Las peleas con navajas, ladrillos o botellas, los bayonetazos cuando el cargador había escupido ya su última bala, los enfrentamientos en los bares o callejones, en inferioridad numérica... Cuando luchaba, lo hacía con todo: Cuerpo y alma, dedicados por completo a no perder, del modo que fuese. Muchos mienten, diciendo que han sido entrenados para matar con sus manos, y que prefieren no pelear porque les sale automáticamente el impulso de dar golpes letales. Es falso. A él, el único impulso que le sale, es ganar. Entiende que no tiene sentido matar a un pobre idiota solo porque te ha mirado de mala manera, y es capaz de limitarse, pero aunque solo haya un golpe que pueda usar, te atizará con él mil veces, si es necesario, y otras mil si con las de antes no es suficiente. Gracias a su entrenamiento, es perfectamente capaz de actuar sin pensar, solo por instinto e impulso, encontrando automáticamente docenas de puntos débiles que explotar y veintenas de formas en las que golpear cada uno de ellos, a cada cual más dañina.
Y ahora se miran. El coloso busca la forma de repartir su peso sin caer por verse obligado a hacer un movimiento brusco, y se prepara para defenderse usando un solo brazo. El demonio se tambalea, aturdido. Siente su cabeza flotar en un océano difuso, y si no ha caído inconsciente aún es por propia voluntad férrea. Se miran, y ya saben como se van a atacar. Empiezan a avanzar, buscando el mejor ángulo desde el que abalanzarse sobre su oponente, pero entonces el combate es detenido. Una maraña de hombres se interponen entre ellos, llevándolos hacia algún sitio donde sentarse o tumbarse. Ellos aceptan. Con el combate se acaba la excitación y la adrenalina, con lo que el dolor adquiere todo el protagonismo. Machacados de forma inhumana y extenuados por el esfuerzo se dejan caer en sillas bastante separadas la una de la otra, sin dejar de mirarse, con respeto. Ninguno sabe como se llama el otro, ni tiene interés alguno en preguntarlo. En sus pupilas, ahora no hay más que una admiración y respeto que pocos hombres han logrado arrancarles. Si están vivos, es solo por que el combate fue detenido a tiempo. Poca gente comprendería esto si intentasen explicárselo, pero ellos no son capaces de verlo de otra manera: No se odian, de hecho, no se habían visto nunca. Simplemente, tenían que luchar, y no podían perder. Ninguno de ellos daría la victoria por perdida, mientras fuese capaz de ponerse en pié y seguir. Ni siquiera les molestaba que hubiese un motivo para ello o no; había que hacerlo y punto.



Restaurante “La petite maison”. Suburbios, sector 1, Avenida Gran Metrópolis. 20:48 horas.


- ¿Es usted Kazuro Kowalsky? – Preguntó un extraño joven, con gafas oscuras y un extravagante peinado, teñido de rubio. Estaba rapado por las sienes y combinaba largas “estalagmitas capilares” de casi diez centímetros de largo con un mullet. Su traje y corbata negros eran tan reveladores de intenciones como lo habrían sido una túnica negra y una guadaña. Kazuro pudo sentir la mano de Caprice apretando la suya. Se giró, viendo como ella, increíblemente hermosa con un simple vestido de color crema, y el cabello recogido en la nuca, con un bonito pasador dorado. Pudo reconocer el miedo en sus ojos verdes, y no creyó que los suyos pudiesen ocultar el que él sentía ahora mismo, pero nunca iba a permitir que la tocasen. Nunca.
- Soy yo. – Musitó quedamente, intentando que su voz no le traicionase en este momento. La sonrisa del turco decía simplemente “pobre idiota”.
- Haga el favor de acompañarme...


Pareció que iba a añadir algo del estilo de “por su propio bien”, pero simplemente, ahí no había ningún bien que hacer. Al estirar el brazo para indicar el camino a la pareja de periodistas, se movió ligeramente la chaqueta, dejando entrever una pistola de considerable calibre. En silencio, tomó del brazo a Caprice y empezó a caminar, muy despacio, con aplomo, ayudándola a obligar a caminar sus temblorosas piernas. Avanzaron sin mirar atrás, en silencio, escuchando a sus espaldas los resonantes zapatos de su siniestro acompañante. Con órdenes sencillas y directas, los iba guiando a través de las calles, siempre acechados por su hosco caminar.


- Fin de trayecto... – Murmuró, haciendo detenerse a la pareja.

Ellos vieron como extendía nuevamente su brazo para señalar la entrada de un callejón húmedo y maloliente. Allí los cubos de basura no se vaciaban a diario, aunque se llenasen a cada minuto. Se podían ver las puertas traseras de varios restaurantes. Entraron por una de ellas, próxima al final del callejón, y caminaron entre cocineros y fogones, con algún apresurado camarero y un maitre que había perdido el acento entre órdenes y gritos. Ninguno pareció verlos, salvo el mozo de cocina de aspecto cuartelario que abrió una de las cámaras frigoríficas para ellos. Era grande como una casa entera, oscura, y vieja.
En ese momento, el turco agarró a Caprice y se la arrebató a Kazuro con un violento tirón.

- Ella se queda aquí. – Los ojos de la periodista parecían suplicarle que la sacase de ahí, pero él, impotente, a sabiendas de que esto era para él, rezaba al dios de los periodistas por que no quisiesen hacerle nada a su acompañante. Se limitó a asentir y acercarse a ella.
- Toma... – Dijo mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba de sus hombros.

Ella aprovechó para agarrarlo de la mano, pero Kowalsky le devolvió una sonrisa tranquilizadora. Negó con la cabeza, se soltó y caminó hacia la pared del fondo, ajustando bien su traje y su corbata, dispuesto a encarar la muerte yendo bien vestido.
En el fondo del local le esperaba un hombre corpulento, cuya nariz aguileña era visible bajo las sombras de su capucha. Vestía ropa holgada, que no era capaz de ocultar su inhumana complexión física. Estaba apoyado en la pared, y se levantó al ver llegar al periodista. Alzó los puños y Kazuro sintió un latigazo de pánico al verlos. La carne estaba retorcida y quemada, apenas con piel. Ambas manos estaban reforzadas con prótesis metálicas de color mate, reforzando sus nudillos y dándole una fuerza sobrehumana. De su cintura, cruzados en su vientre, portaba dos machetes, cuyas vainas se cruzaban sobre su cinturón. Sin mutar el gesto, lo tomó por el cuello y empezó a golpearlo. Le atizó una y otra vez, hasta dejarlo sin resuello, y entonces le seguía dando puñetazos y patadas. El mundo se volvió negro varias veces, pero siempre estaba ahí el turco con un cubo de agua helada con la que despertarlo para que recibiese más. Era incapaz de mantener la noción del tiempo, o tan siquiera de llevar la cuenta de los golpes que recibía o de los crujidos que sentía en su interior. En medio de la distorsión del dolor, pudo oír como el turco murmuraba algo sobre no estropearle la cara, por respeto a su chica.
Caprice, por su parte, no apartaba la mirada ni un ápice. Aunque la brutalidad del espectáculo la horrorizaba, la sordidez del ambiente, con esos animales despiezados colgando de afilados ganchos en el techo y ese olor a muerte que lo impregnaba todo, y sobre todo, con ese turco, ese chacal salvaje de Shin-Ra, mirándola de reojo de vez en cuando. Ella deseaba gritar, irse, o apartar la mirada. El turco le había susurrado nada más irse Kazuro que ella no tenía por que quedarse a ver esto. Ella simplemente hizo oídos sordos. Si Kowalsky iba a encajar esa paliza, lo menos que podía hacer ella era no apartar la mirada. Ni siquiera lo hizo cuando se dirigió al agente, para decirle “Dígale a Woodrow S. Pollard, mi jefe y probablemente amigo del suyo, que no volveré a trabajar ni mañana ni nunca, por favor”.
La paliza cesó cuando el matón se cansó de sostener al periodista para poder golpearle, ya que las piernas de este eran del todo incapaces. Tras un par de patadas en la boca del estómago y la ingle, y un pisotón en la cabeza, lo dejaron allí. Inerte.



Hospital del distrito 1. Habitación 217. 5:21 horas.



Tumbado en la fría cama de su cuarto, impregnado con olor a desinfectante y esas muchas otras sustancias que componen el característico hedor de los hospitales, Kowalsky buscaba una postura mínimamente cómoda en la que el sopor no pudiese vencerle. Le esperaban varios días en observación, que probablemente serían largos y tediosos. Con cinco costillas rotas, era bastante doloroso respirar. De los doscientos seis huesos que componían su esqueleto, habría unos ocho fracturados, y un número aún por determinar de fisuras y pequeñas grietas. Iban a pasar meses, antes de que pudiese volver a mover su brazo izquierdo, con fracturas en el radio, el cubito y la clavícula. Aún así, Kowalsky se negaba a dormir o a tomar narcóticos para atenuar el dolor. Necesitaba estar concentrado, y a la vez despejado, para poder dictar su columna para la edición del Midgar Lights del día siguiente. Sentada en el sillón de la habitación, que había arrastrado un par de metros para aproximarlo a la cama, tomaba notas con un ordenador portátil la reportera del Midgar Lights, Caprice Riedell.