sábado, 10 de mayo de 2008

118.

Una pandilla de chavales comenzó a correr cuando un enfurecido redactor salió del envejecido edificio y lanzó cuatro blasfemias acompañadas de tres insultos. Asustados, el joven grupo, cuyo componente más adulto no aparentaba más de diez años, decidió emprender una huida por las calles del sector, hasta que las piernas dejaron de responderles. Jadeantes y apoyados sobre sus rodillas, los cinco chicos decidieron descansar y tomar el aire en una calle poco transitada, donde podrían reírse un rato y comentar nuevas trastadas que hacer a los vendedores de caramelos de la zona.

Tras unas pocas bocanadas de aire, un pecoso rubiales comenzó a carcajearse; los demás miraron atentamente al tiempo que respiraban fuertemente:

- ¡Sabía que llamar a gritos a ese viejo loco sería divertido!- tenía una voz aguda y chillona, similar a la de una rata; su constitución física tampoco ayudaba mucho a mejorar esa imagen- Deberíamos hacerlo más a menudo, creo que podríamos aprender algo de los insultos que nos ha lanzado y…

- Creo… que no… nos llamaba… nada a nos... a nosotros – dijo entrecortadamente un chaval moreno, bastante bien trazado, con el pelo algo largo y con unas ropas mejores que las de sus compañeros – Me pareció oír algo sobre unos redactores, o las madres de…

- ¡Te he dicho millones de veces que no me interrumpas! – profirió con chillidos la mezcolanza de niño y rata, asomando sus grandes dientes bajo su afilada nariz, mientras levantaba un amenazador puño con uñas que hacían de símil de unas garras- Voy a cumplir trece años, y por tanto soy el mayor, y por tanto el jefe, y por tanto a quien debéis hacer caso, y por tanto tenéis que dejarme acabar. ¡No me interrumpas!

- Perdona, Micky – se disculpó el muchacho bello, apartándose el flequillo de los ojos. Bajo el flequillo, situado en su lado derecho de la frente, se podía apreciar una gran marca redonda, como si una parte del hueso hubiese desaparecido y sólo la piel recubriera esa parte del cráneo, justificando el largo pelo que tenía.

- Que no vuelva a ocurrir, y eso va por todos,- bajo sus ojillos de roedor, sus facciones se relajaron un poco – porque no me gustaría tener que pegaros.

Cuando todo el grupo se hubo recuperado del agotamiento, uno de ellos, que llevaba una gorra beisbolera calada sobre un pelo pajizo muy mal cortado que no desentonaba con el sucio aspecto de la redonda cara, se giró sobresaltado y chilló furiosamente:

- ¡Nos hemos ido a otro sector! –dijo con una voz aguda y femenina: era una chica, aunque su aspecto era más parecido al de un joven de su edad - ¡Estamos en el sector 5! ¡Estamos en el…

Nuevamente, la pequeña ratilla volvió a hacer alarde de madurez, a pesar de su aspecto infantil y esmirriado, envalentonándose y dando a su voz un aire profundo y esotérico que quedo ahogado cuando lanzó sus primeros sonidos de roedor:

- Dicen que en este sector vive una sombra que se dedica a matar gente, y que luego deja los cadáveres en callejones como estos.

- Es-es-estas inten-intentan-intentan-dodo asustar-tarnos, ¿Nono ess así? –dijo el cuarto chaval, de pelo rizado más abultado en los laterales que en la parte superior de la cabeza y con un tono bastante apagado de color, confiriéndole un aspecto similar al de un payaso, opinión reforzada con el tinte rojo de la nariz congestionada y la pálida cara. Tartamudeaba siempre, y tenía un tono de voz algo enfermizo y debilitado – Nu-nunca he oí-i-ido hab-hablar de fafafan-tasmas…

- ¿Acaso yo os mentiría? Es en serio: según dicen, es un fantasma bastante lastimero y horrible, de un aspecto que da miedo, y que deja a los muertos en callejones, y que nunca se le ve, y que si le ves te mata, y que si te mata se come tu alma y que vas al infierno, y que luego te tira en la basura, y que…

- ¡Cállate, Micky! ¿No ves que asustas al pobre Desmond? – dijo la niña apuntando con su dedo índice al niño payaso, que temblaba y se veía al borde de las lágrimas, con la cara de un color rosado por el miedo contenido – Desde luego, parece mentira que seas el mayor…

- ¡Jajaja, pues seguro que en este sitio hay un cadáver, y seguro que está al fondo del callejón! – Cogió de la mano al asustado chico, y le arrastro por el sucio lugar.

Apestaba a basura y humedad, pero a pesar de ello el chiquillo continuaba arrastrando al otro, seguido de los otros tres que le gritaban y le pedían a gritos que se detuviese, dos de ellos más rápido que el pequeño de la cuadrilla. Cuando llegó al final, se detuvo, y soltó al chaval, que sin poder contenerse más, se orinó encima y comenzó una retahíla de sollozos y gritos parecidos a los de un becerro sufriendo al ser degollado.

- ¡Mira lo que has hecho! ¡Era la única ropa que le quedaba, y tú has hecho que se mee en ella! –le grito visiblemente enfadada el falso chico, hecha una furia - ¡Eres tonto, Micky! ¡Eres tonto!

- ¿Y si hay un muerto de verdad? – dijo el chico del largo flequillo, que había vuelto a colocar para taparse su hueco craneal – Seguramente este en…

De pronto, unas bolsas que se apoyaban contra el muro se desprendieron del montón acumulado cuando el joven del pelo largo y oscuro las movió, y entre ellos apareció un oscuro brazo. Parecía que la piel colgaba a tiras, y solamente quedaban unas pocas hebras de musculatura. Los tendones, similares a cables metálicos, aún permanecían tensos.

El chico, asustado, dio un bote hacia detrás cuando la basura cayó, armando un buen escándalo. Todos estaban aterrados, cuando de pronto una puerta lateral de un viejo edificio se abrió. De su interior, una figura muy oscura, horrible y lastimera, que era casi imposible de ver bien, salió y comenzó a dar voces, de forma bastante ronca:

- ¡Eh, vosotros! – dijo dando un paso al frente

- ¡Es el fantasma! –gritaron a coro todos, visiblemente asustados y con algún que otro sollozo de refuerzo, al tiempo que un desagradable olor a heces comenzó a flotar en el ambiente, procedente del miedoso chico que anteriormente se había evacuado la vejiga en sus pantalones.

Comenzaron a correr todos, chillando como presas asustadas ante su cazador. A través de las perneras del corto pantalón, una masa líquida y marrón iba cayendo, manchando tanto el suelo como las piernas y zapatillas de su dueño, ambas bastante sucias antes de la defecación.

Uno de los jóvenes, el más pequeño y lento, no se fijó en que la masa de comida ya digerida y ácidos había caído al suelo, y se resbaló con una mancha especialmente grande, cayendo al suelo de lado. Por el lado de la fortuna, no había caído sobre los excrementos que desperdigaba su compañero; pero por parte de la desgracia, su pierna ahora mismo estaba dividida en dos grandes trozos, separados por la rodilla y a una distancia de medio metro cada uno. Bajo su gorro de lana negra, el chico comenzó a lagrimear y a respirar difícilmente cuando vio a la sombra acercarse.

Sin poder aguantar la presión mucho más, se desmayó.

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El muchacho se despertó con mucho calor, a pesar de sus ropas cortas. Estaba apoyado en un envejecido sofá orejero, junto a un horno a través de cuya puerta se veían unas flamantes llamas anaranjadas. Una fina manta de color verde oscuro le tapaba desde las piernas hasta el pecho, asfixiándole bajo esa alta temperatura. Se destapó, y bajando del gran sillón, se dispuso a mirar la estancia, cuando de pronto cayó de bruces al suelo sin poder remediarlo: le faltaba su pierna derecha, desde la rodilla.

Era el interior de un edificio bastante antiguo, derruido en algunas zonas que permitían ver los neones de la placa. Varias vigas atravesaban la estructura, sobre un suelo de grisáceo cemento y paredes de ladrillo. El joven se asustó cuando, de pronto, vio algunas cadenas en cuyos extremos reposaban fragmentos de cuerpos: brazos, algún torso, un par de piernas… Sobre una mesa, varios instrumentos muy raros descansaban, manchados algunos de un líquido oscuro y viscoso.

Una puerta se abrió de golpe, y la oscura figura apareció tras ella. Tenía la cara muy negra, y la apariencia de ésta y de sus manos era similar a la de una piedra. Su pelo también era muy oscuro, y en ese momento no se podría decir que fuera largo, sino más bien alto: tenía una masa capilar que ascendía un buen trecho. Los ojos eran muy redondos y vidriosos, según la expectativa del chico, y bastante grandes, que reflejaban la expresión de terror del asustado niño que se arrastraba por el suelo. Balbuceó unas pocas palabras:

- Nnnnno... No te acerques, fafafafaaantasmaa… No te comas mi alma –estaba visiblemente asustado, y ya sentía como sus ojos comenzaban a acumular gotas. Se mordió un reseco labio, y se preparó para lo peor.

- Eh, chico ¿Estás bien? – dijo la figura con voz hosca y grave, como si se tratase de un retumbo. Se llevó las manos a los ojos, y se quitó unas gafas de protección: donde antes habían estado unos artificiales ojos de monstruo, ahora quedaban dos círculos de piel que no estaban llenos de hollín – Te has dado un buen golpe antes, e incluso se te ha roto la pierna ortopédica que llevabas. Ahora mismo te estaba haciendo un par de apaños, para que puedas largarte cuanto antes.

- Gr..gracias...gracias, señor fantasma.

- Deja de llamarme así, mocoso. La gente puede llegar a ser muy malhablada, y tú vas en camino.

Se alejó hasta una pila de ladrillo bastante grande, y sumergió las manos y la cara. Poco a poco, la arcilla que le había dado un aspecto pedregoso se desprendió, y la ceniza que le cubría dejó a la vista una piel bronceada y envejecida. El pelo por fin se bajo, y dio lugar a una melenilla que alcanzaba la altura del amplio mentón. En su barbilla, una larga y espesa perilla chorreaba, a lo que el respondió agitándose como un perro abandonado en la lluvia. Lo más curioso eran sus ojos, de un profundo y vivo azul celeste, aunque la mirada de cualquiera de perdía en la cicatriz, semejante a una grieta de la tierra árida, que recorría su ojo derecho.

Se quitó las pesadas ropas, y únicamente se quedó con unas botas negras de cuero, un pantalón negro también y un chaleco azul con numerosos bolsillos, dejando a la vista una musculatura algo escasa y un poco cargada de hombros. Se volvió hacia el niño, y le lanzó una serie de miradas seguidas de preguntas:

- ¿Cómo te llamas?

- Me llamo Timmy. Timmy Proudneck – el pequeño se mostraba más relajado, y pronto dio rienda suelta a su curiosidad -¿Y tú?

- ¡Oye, que yo hago las preguntas! Me puedes llamar Ixidor Bryce. ¿Dónde están tus padres?

- Mi papá me abandonó al nacer, porque me consideraba escoria. Mi mamá murió, porque yo estaba enfermo y me dio su “mélula”. Fue hace un par de semanas, y como el médico me dio unas cosas muy raras, “quiminosequé”, aún no me ha crecido el pelo – dijo descubriendo su cabeza calva, volviendo a ponerse de nuevo el gorro rápidamente.

- Ya veo –dijo como si no le importara demasiado- ¿Dónde vives?

- Antes tenía una casa muy, muy grande, arriba en el cielo; pero luego cuando mamá se murió unos señores con corbata y peinado de ir a ver a la familia se la quedaron, y yo me vine abajo. Ahora vivo en un bar donde las señoras bailando desnudas – dijo riéndose por lo bajo, divertido ante la situación – y trabajo allí llevando copas a señores que se tocan en el gusanito.

- ¡Bueno, vale ya! – le dijo apuntando a su cara con su mano izquierda, a la cual le faltaban la mitad de dos dedos. El muchacho miró extrañado y a la vez atraído, y sin contenerse preguntó.

- ¡Te faltan dos dedos! ¿Qué te ha pasado?

- Me los comió una tortuga en Wutai.

- ¿Qué es una tortuga?- Timmy otra vez estaba temblando, pues se imaginaba a las tortugas como enormes lagartos que tenían dos cabezas y que chillaban mucho, mientras que sus garras arrancabas los árboles del suelo.

- ¿Nunca has visto una maldita tortuga? – preguntó con un tono ligeramente enfadado Ixidor.

Acercándose a una mesa, cogió un cacho de arcilla húmeda y comenzó a moldearla. Poco a poco, la silueta del reptil con caparazón fue apareciendo; incluso las líneas de la concha estaban bien hechas. Cuando ya estuvo lista, la acercó al horno, y le enseñó la figurita al menor:

- Mira, esto es una tortuga. Puedes quedártela.

- Vaya, no sabía que las tortugas de barro pudieran comer dedos…

- ¡Eso no me comió los dedos, fue una tortuga de verdad la que lo hizo!

- No sabía que los fantasmas supieran hacer estas cosas tan bonitas… - dijo con un tono indiferente que provocó la ira de Ixidor.

- ¡Qué no soy un fantasma, carajo! ¡Soy un tío normal!

- ¿Y por qué tienes muertos en el techo?

- ¿Eso? ¿Lo dices por lo que vistes fuera?– volvió a la mesa y cogió un brazo. A la luz que desprendía el fuego, el joven pudo ver cómo el brazo estaba hecho de hierro. Era un brazo artificial, de una calidad bastante elevada. Sorprendido, Timmy usó su condición de niño curioso, y retomó el tema de nuevo.

- ¡Cuéntame tu aventura con la tortuga!

- ¿Pero que te piensas, que soy tu niñera o qué? – exclamó Ixidor; pero al ver la cara de enfurruñado que puso el niño, se rindió y comenzó el relato – Estaba en una misión en Wutai, perdido en la selva, cuando… ¡No me interrumpas!- dijo a voces al ver que Timmy daba saltitos sobre la butaca, abriendo ya la boca para preguntar – Estaba perdido en la selva, en unas maniobras de supervivencia cuando llegué a un oasis… A un lago, para que lo entiendas. Llevaba días sin comer, y cuando llegué vi a dos tortugas. Primero iba a comerme a una, pero era dócil e indefensa, y dejé que se marchara. Pero a la segunda me pegó un mordisco enorme en la mano…

- ¿Y qué hiciste? – preguntó excitado Timmy, con los ojos muy abiertos.

- ¡Le pegué en el caparazón hasta que se rompió y se murió! – Timmy hizo un gesto de asco, e Ixidor siguió – Se formó una pasta rosada, mezclando su carne con la sangre de los dos, y me la comí. Estaba muy buena…

- Qué asco… - dijo Timmy sacando la lengua y arrugando la nariz.

- ¿Oye, tú no deberías irte a tu casa… Digo, a tu bar de señoras desnudas?

Ixidor se dirigió a la mesa, y le trajo la pierna ortopédica. Tenía un par de remaches de metal, que servían para sujetar bien la pieza y evitar que quebrara más. Cuando el joven se la hubo puesto, el anciano le acompañó hasta la puerta; aunque Timmy no parecía dispuesto a marcharse:

- ¿Puedo venir otro día a que me cuentes más historias de tortugas?

- ¿Qué te has creído, niño descarado? – volvió a enfurecerse Ixidor, pero al cabo de unos segundos dijo con semblante agotado – Haz lo que quieras, pero no te prometo nada…

- ¡Gracias!

Desde el interior del callejón, Ixidor podía ver cómo Timmy se marchaba feliz, con su tortuga de arcilla en la mano. Aquel chico iba a darle quebraderos de cabeza, estaba seguro.

miércoles, 7 de mayo de 2008

117.

Desde el bus, Caprice miraba incómoda a su alrededor. No había sino miseria por todos lados, en los sectores más bajos de los suburbios. No era precisamente rica, pero tenía la ventaja de que su padre, propietario de una constructora, le había dado la educación propia de su clase, media acomodada, y un piso en el sector 6 de la placa superior, bajo el cielo, donde el humo apestoso de coches destartalados y hogueras donde los indigentes se reunían para ahuyentar el frío quedaba lejos. No era precisamente una niña pija... Por lo menos, no del todo. Asustada y nerviosa, sus ojos archivaban cada imagen, obligándose a atender y aprender todo lo posible sobre aquellas personas, ya que estos eran aquellos sobre los que quería escribir. Había pasado tantos años en su vida de lofts y clubs que ahora el mundo real abofeteaba sus retinas en cada calle.

Tenía bien a mano en el bolsillo de su abrigo el spray de defensa, listo para ser empleado al menor indicio de amenaza. En el fondo de su bolso, había un arrugado periódico de unos cuantos días atrás. Había cruzado esas calles, donde los jóvenes se drogaban para olvidar sus miserias, o recorrían sitios tan sórdidos como ese siniestro mercado muro. Incluso en algunas zonas de los sectores más miserables, las casas eran de madera. Habría sido más rápido e indoloro un viaje en taxi, pero eso supondría exponerse a ser secuestrada por esos falsos taxistas que daban caza a presas desprevenidas para organizar secuestros express. Por suerte, a medida que el bus avanzaba, su mente se consolaba con que le quedaba poco tiempo ahí abajo, entre miserias y ruinas. En su confianza, no estaba preparada para la mala pasada que le jugó el transporte público. En el sector 3, entre grandes edificios, vetustos y sin embargo conservados gracias al esfuerzo de los que los habitan, que no les queda otra que organizarse y costear ellos mismos las reparaciones pertinentes. A lo largo de varias calles, transitó a pie, con la mano cerrada como una garra en torno a su única defensa. Un paseo de media hora se convirtió en una temible travesía por un infierno, entre hombres de mirada aviesa que parecían violadores, mujeres que la miraban con desconfianza, y niños... A su mente venían escenas de películas donde los niños alertaban a los criminales de la presencia de víctimas a las que asaltar. Sin embargo, no podría estar tranquila hasta que lo hubiese visto con sus propios ojos. Finalmente, pudo encontrar el edificio que buscaba: Una edificación de nada menos que quince pisos, orgullo del Midgar del siglo pasado. Allí un portero avanzado en edad le franqueó la entrada con una cálida sonrisa hizo que se tranquilizase. Le deseó buenos días con una voz profunda, y llamó al ascensor para ella. Un par de guiles de propina alimentaron esa sonrisa, pero Caprice los pagó con gusto. Era la primera vez que se sentía tranquila desde que entro en el tren que descendía hasta los suburbios, y eso no tenía precio para ella.

Cuando abandonó el ascensor en el piso indicado, se vio sumergida por un hervidero de actividad que le hizo sentirse apabullada. La redacción del Midgar Lights, comparada con la del canal de noticias de la televisión oficial de Shin-Ra, era mil veces más frenética. Reporteros de todas las edades y aspectos corrían de un lado a otro, decididos a contrastar debidamente cada noticia, cada mínima reseña que fuese a ser impresa. A un periodicucho de segunda como este le era muy difícil mantenerse a flote, con lo que cada impresión debería ser compensada o las pérdidas lo ahogarían. Sin embargo, se mantenía fiel a los principios de honestidad y veracidad con los que el periódico se había fundado. Casi nadie lo compraba arriba, ya que su venganza al olvido al que lo sometió la ciudad fue dejar de informar sobre su zona principal. Casi todos los artículos reflejaban sucesos o noticias que concernían principalmente a los suburbios, dándole a estos la imagen de una ciudad aislada. Como si fuese un mundo dentro de otro mundo, más pequeño, pero más puro y honesto. Ella lo compraba desde que decidió tomarse en serio la facultad, cuatro años y pico atrás. Estaba a punto de cumplir 20, y decidió cambiar sus ídolos pop por otros que le pudiesen parecer más reales. Quería admirar a alguien por su forma de escribir, de expresarse y de encandilar a la gente. Buscaba alguien que la inspirase para ser la periodista que quería ser. Había elegido esta carrera para presentar el canal musical de Shin-Ra, pero tenía curiosidad por ver como sería el “periodismo de verdad”. Entonces lo encontró: King Tomberi. El misterio del anonimato combinado con unos artículos de opinión que llamaban a la reflexión intentando no imponer a nadie criterio alguno, salvo la obligación de formarse un criterio propio. Su admiración por este misterioso escritor le hizo seguir cada día el periódico, preocupándose como si de uno de sus parientes se tratase, cuando aquel cuyos escritos la encandilaban faltó tres días seguidos a su cita, la noche que el Cometa apareció en el cielo. Sin embargo, aunque la espera fue dolorosa por el miedo y la incertidumbre que lo provoca, la reaparición de este escritor fue aún más dura para ella.

De repente, un hombre de mediana edad, vestido con una camisa blanca decorada con manchas de sudor, arremangada hasta los codos y cubierta con un desabotonado chaleco se interpuso ante ella.

- Perdona, guapa... ¿Puedo ayudarte en algo?
- Si, verá... Soy licenciada en periodismo, y busco trabajo...




- ¡Ponte la maldita corbata! ¡He elegido la que mejor te queda! – Decía una mujer rubia, sentada en la mesa de un pequeño cubículo, mientras luchaba por completar un doble nudo.
- ¡Venga ya! ¡Odio las corbatas! ¡No quiero parecer un estirado como ese maldito...!
- ¡Kowalsky! – Gritó Grayson, el editor. Su índice le señalaba, con la mano firme de un macho lomo plateado. Su tupido vello corporal era visible en sus antebrazos, así como asomando bajo el abierto cuello de su camisa. Su corbata, bien aflojada, pendía sacudiéndose de un lado a otro, y su chaleco gris marengo estaba suelto, dejando libre la panza propia de un hombre de su edad. – ¿Aun no has resuelto esa puta mierda de la foto? Tu y tu mierda de salir del anonimato... ¡Ahora tenemos que imprimir una foto más en cada ejemplar!
- ¿Qué pasa? – Lo encaró Daphne. - ¿Tienes miedo de que ahora que es famoso te quite las novias?
- No, cariño. Solo de tener que sumar a estas las lectoras defraudadas ahora que saben quien es King Tomberi... ¡No voy a tener tiempo para satisfacer a tantas mujeres! – Su rubia oponente no pudo reprimir una carcajada ante esa respuesta.

- ¡Es él! – Caprice era incapaz de dar crédito a sus oídos. ¡Era imposible! ¡Kowalsky es un hombre tosco, rudo, bajito, desagradable y cínico, mientras que King Tomberi es elegante, irónico, culto y con estilo! ¡No pueden ser la misma persona! ¡Sin embargo ahí está, para hacerse la foto oficial! Se quedó bloqueada, sin saber que hacer, oculta tras la pared del cubículo, mientras los demás seguían bromeando.

- ¿Aún no te la has puesto bien? - Bramó Daphne, cargando hacia el joven periodista.
- ¡Joder, que hombruna eres, mujer! - Murmuró el editor, sorprendido.
- Gracias.
- Por cierto, Kowalsky. Tienes visita... – Se despidió Grayson, llevándose consigo a esa belleza rubia que Caprice había visto acompañando a su detestado compañero de redacción. Esta se volvió unos segundos para acabar de colocar la maldita corbata.
- ¿Gracias? - Preguntó Kowalsky antes de que se fuese. - ¡Te acaba de llamar "hombruna"!
- Si, pero también me ha llamado "mujer".


Entonces para su sorpresa, dos personas, de distintas edades pero aspecto parecido se abrieron paso a través de la redacción, entrando en el cubículo. El primero en entrar y notoriamente el mayor, vestía impecablemente, con un elegante abrigo de buena sastrería, bajo el que llevaba un traje de la mejor confección. Su figura era esbelta y atlética a pesar de su avanzada edad, y su blanca cabellera estaba peinada hacia atrás, mostrando sobriedad y estilo. El más joven llevaba un atuendo parecido, con la diferencia de que su peinado era más actual, y su cabello era castaño claro. El estilo de su ropa era más moderno. Su traje negro habría hecho fácil a cualquiera describirlo como un ejecutivo agresivo. Ambos, como era de esperar, iban acompañados de los gorilas corporativos de rigor. Dos, y tan grandes que no habían podido pasar a la vez por las amplias puertas dobles de la redacción.


- Woodrow Sebastian Pollard e hijo... – Comentó Kowalsky mientras su semblante se ensombrecía. - ¿A que debo el honor?
- El honor es nuestro. – Dijo el Pollard Sr. – No todos los días descubre uno entre sus filas alguien cuyos artículos sean presentables a un premio periodístico. – Los halagos dedicados por su padre hicieron que junior se resintiese en su silla, pero logró mantener la compostura.
- ¿Y que pretenden hacer ustedes con ese escritor? – Inquirió alzando una ceja.
- Promocionarlo, evidentemente. – El anciano aristócrata miraba a su alrededor mientras hablaba. – Siempre en el marco de un medio con la tirada que tal hombre merece.
- Es curioso como se diferencia lo que merecemos de lo que deseamos, señor... – Kowalsky seguía tanteando al que era su patrón. – ¿Por qué iba yo a desear trabajar para usted?
- Señor Kowalsky... Usted ya trabaja para mi. La diferencia está en que sus condiciones de trabajo podrían mejorar sustancialmente si usted quisiese. – Kowalsky miró a su alrededor. Grayson estaba espiando desde el pasillo, visiblemente preocupado. Mientras tanto, Daphne negaba con la cabeza en silencio. Sin embargo, el periodista mantuvo su expresión inmutable.
- Bueno... Mi salario ya es bastante más que generoso...
- Asociado a una condición laboral de “putilla traecafes”, y le ruego me disculpe por esa grosería. – El viejo era muy listo, conservando una calma absoluta, mientras que junior cada vez sudaba más. – Espero que sus aspiraciones vayan más allá de eso.
- Mis aspiraciones son, evidentemente, más elevadas, pero como no he nacido rico, necesito el dinero. Al fin y al cabo, soy un hombre con responsabilidades.
- Un alquiler, una tarjeta de transporte público y una persona a su cargo. No se que relación hay por medio, ni me importa lo más mínimo... Mi familia no se relaciona con ese tipo de gente. – Desde atrás, Daphne pensó que el viejo era un poco inconsciente. Incluso estuvo tentada de decirle como habían sido las cosas en realidad. Sin embargo Kazuro pudo ver perfectamente como los iris de color verde grisáceo del anciano se clavaban fijamente en su hijo. Tuvo muy claro que había cosas con las que el anciano magnate no jugaba, y una de ellas era la imagen de su familia.
- Usted propone esto como si fuese un nuevo trabajo... Bien pagado, con un cargo de renombre...
- Casa, coche... Pero como entenderá, esos trabajos exigen exclusividad.
- ¡Oh! ¿Y podré tener tarjetas de visita nuevas? – Preguntó con una cara de inocencia que haría conmoverse a un reo de muerte. – Algo sofisticado y elegante, como unas Van de Rauter...
- ¡Esto ya es inadmisible, puta! – Gritó junior, definitivamente fuera de sus casillas. – ¡Padre, puedo tolerar que quieras que trabaje para ti, y que porque sea un creativo no lo quieras amenazar, pero nos está...! – Ni lo vio venir. Kazuro se puso en pie, pegando un tirón de la corbata del joven y arrogante hijo de puta, con su mano izquierda, lo cual era lógico, ya que Kowalsky era diestro. Su otra mano había agarrado firmemente una vieja grapadora de oficina, de esas con muchos resortes y un pomo para golpear, y se la estaba estampando en la mejilla en ese preciso momento.
- ¿Inadmisible? – Le gritó a la cara, obligándole a encararle a tirones de la cara prenda que permanecía mal atada a su camisa. Pollard jr miraba con desesperación a su padre, pero ni este ni los brutales matones corporativos que los acompañaban movieron un mísero dedo. - Sin embargo, Kowalsky llamó su atención con más golpes. – ¡¿Inadmisible?! ¡Claro que es inadmisible, aborto de rata criada entre algodones! ¡Es tu puta biografía! ¡Tu eres el aficionado a las prostitutas transexuales! ¡Tu eres el que ordenó el asesinato de una cuando te vi con ella! ¡Tu eres el que me ha insultado cada día en la oficina, primero humillándome y después de que quisiese vengarme mediante chantaje, pisoteándome como a una cucaracha! ¡Tu eres el causante de que me diese a la bebida! ¡Tu ordenaste a tus matones que me golpeasen hasta dejarme hecho mierda, me humillaste en la oficina y me insultaste hasta convertirme en el puto hazmerreír! ¡No puedo volver a mirar a nadie de esa puta redacción a la cara desde entonces! ¡Especialmente...! – La rabia lo estaba sobrepasando, pero logró cerrar la boca a tiempo... Durante un segundo. - ¡Te jodes si no te gusta, pero no te que da otra que callarte y escuchar! ¡¿Ha quedado claro?! – Kowalsky decidió hacer más notoria la falta de opciones de su jefe empujando su cabeza contra la mesa y grapándole la corbata sobre la superficie de madera. El golpe debió afectar a su tabique nasal.
- ¡Estás muerto, Kowalsky! – Clamó furioso. - ¡Que alguien me quite esta mierda! ¡Juro que te mataré, hijo de puta!
- No te atrevas a moverte, Woodrow. – Los ojos de Pollard sr se entrecerraron en finas rendijas amenazantes, y sus palabras silenciaron a su hijo con la firmeza implacable de una maldición.
- ¡Padre! – Murmuró entre dientes el ofendido. - ¡¿Cómo puedes tolerar que nos haga esto?!
- Si alguien insulta mi familia, maldito putero sodomita... – Dijo el anciano sin mirarle ni mucho menos alterar su tono ni una octava. – Me aseguro de que recibe su castigo. Espero que te sirva de lección.

Grayson miraba la escena aterrado. Los matones habían echado a todas las personas de la redacción, menos a Daphne y a él. No solo iba a perder a su mejor escritor, sino que por presenciar esa escena se estaba ganando un enemigo poderoso. Daphne por su parte emitía gritos de júbilo, animando a Kowalsky a atizarle otra vez más. Sin que lo supiesen las siete personas que estaban en ese cubículo, Caprice se mantenía oculta bajo la mesa del cubículo vecino, cada vez más abrumada.

- Señor Kowalsky. Esta es mi oferta, y no podrá negar su generosidad. Un piso en la placa superior, sector tres, un Shin-Ra Cavalier, un despacho propio, un cargo en el canal y un sueldo mensual de cinco mil guiles netos. Eso sin tener en cuenta su futura columna en los suplementos dominicales del Diario de Midgar, cuyo estipendio será discutido aparte. – Dijo sin alzar una ceja, como quien da calderilla a un indigente. – Como gesto de generosidad hacia su especial situación, estoy dispuesto a despedir a toda la redacción del canal 4 de noticias, solo para asegurar su comodidad como trabajor. A cambio solo tiene que aceptar una renovación de contrato.
- Con la pertinente cláusula de exclusividad...
- Evidentemente. Al margen de su trabajo podrá emprender todos los proyectos que desee, pero siempre con nosotros. Dígame usted, entonces: ¿Se atreverá a salir de este cuchitril siendo el señor Kazuro Kowalsky, periodista de gran reputación, o prefiere seguir siendo King Tomberi, ídolo de minorías.
- Señor Grayson... – Dijo Kowalsky, buscando al redactor tras los matones. – ¿Tiene alguna contraoferta?
- ¿Qué? – El pobre redactor no daba crédito a sus oídos. ¿Acaso Kazuro creía que él podría superar algo así o simplemente se había vuelto loco?
- Por favor, señor Grayson – Dijo Pollard sr. – Me tengo por uno de los más firmes defensores del libre mercado. Le ruego que tome asiento y pronuncie su oferta.
- Yo... – Dijo sentándose mientras miraba con recelo al guardaespaldas que le estaba ofreciendo su silla. – Kazuro. Siempre te he tratado con respeto, y espero que valores eso. – Grayson era famoso por rugir como Bahamut embravecido en cuanto se entraba en la última hora antes del cierre de edición, y por proferir juramentos que harían sonrojarse avergonzados a los luchadores del Foso. Sin embargo, Kowalsky asintió. En el fondo respetaba a los que trabajaban para él y nunca hacía oídos sordos a las peticiones de adelantos de sueldo o días libres para sus subordinados. Por lo menos aquellos que él sabía que tenían cargas familiares o deberes parecidos. – Mi mejor oferta es un sueldo de ochocientos cincuenta al mes y un pase de prensa cuando quieras ver algún espectáculo.
- Es una oferta generosa para un medio con su tirada, lo reconozco. – Murmuró Pollard sr. – Señor Kowalsky, espero su decisión.


Kazuro permaneció quieto, con aire pensativo. Su decisión estaba claramente tomada de antemano: Había esperado durante años por una oportunidad así y ahora estaba paladeando cada segundo. Todo el esfuerzo de esos días, desde el periódico del instituto hasta la facultad, seguido de los días escribiendo para el Midgar Lights mientras entregaba un currículo tras otro a las oficinas de periódicos como el Diario de Midgar, o el Independiente. Su momento había llegado al fin, y este era el momento de su victoria definitiva. Mantuvo el semblante inescrutable y procedió a cobrar su premio.

- James Grayson... – Murmuró despacio. – Me conociste hace ya once años y me ofreciste un trabajo para una pequeña columna que se ganó a pulso ser publicada diariamente en la primera página de los artículos de opinión. ¿Y usted, señor Pollard? ¿Cuándo me conoció?
- En persona ahora mismo. Sin embargo, podríamos decir que le conocí cuando di el visto bueno a su contratación tres años atrás. Ayer, alguien del departamento de personal vino a verme para comunicarme que teníamos al célebre King Tomberi en nómina.
- Señor Pollard... Creí que sabría quien era yo, pero veo que ni siquiera se ha fijado. – Dijo Kowalsky, mientras sacaba unas tijeras de uno de los cajones y liberaba al idiota del hijo de su jefe para que dejase de sangrar sobre su mesa. – Hace seis años me licencié en periodismo por la UCM, la Universidad Central de Midgar. ¿Sabe cual fue mi nota? ¡Fui el segundo de mi promoción! – Grayson se inclinó hacia delante, para no perder detalle, pero los ojos verdes de Pollard sr se abrieron como platos. Como hombre inteligente que era, lo estaba viendo venir. – Y como ya sabrá, el número uno fue Woodrow Sebastian Pollard junior, aquí presente. – Sentenció el joven periodista, arrancando una mueca al que había sido su compañero de clase. – Pero claro... Se lo ganó en base a sus estudios, sino me equivoco... Siempre con esas fiestas de fraternidad y esos exámenes entregados en blanco. Fue un digno rival, y sus notas siempre empataban a las mías... Menos en la última. El último examen de la carrera fue Ética de la información, y era una de mis asignaturas favoritas. Incluso el profesor que la impartía, Rossembach, llegó a ser considerado por mí como un amigo personal. Mi nota fue un nueve coma ocho, y cuando fui a la revisión del examen, a preguntar ultrajado el motivo de que no tuviese el diez que claramente merecía y que no había recibido, Rossembach ni siquiera pudo mirarme a los ojos. Me entregó un examen escrito de su puño y letra y firmado a mi nombre con los fallos necesarios para asegurarme un buen puesto en la graduación... Pero no el que merecía. Luego su hijo me contrató al reconocer mi nombre como el eterno pringao de la carrera, y el resto de la historia ya la sabe.
- ¿Cree que soborné a su profesor para que diese preferencia a mi hijo?
- Lo sobornó, lo chantajeó, lo amenazó... ¡No me importa! – Se produjo un silencio tenso, mientras Kowalsky sacaba un documento mecanografiado y firmado que entregó con serena seriedad al anciano magnate. – Simplemente me robó algo que era mío para dárselo a alguien que claramente no lo ha merecido nunca. Ahora, si me disculpa, debo pedirle que acepte este papel con mi solicitud de baja voluntaria y abandone este cubículo. Tengo trabajo pendiente. No se preocupe por mi presencia en el trabajo los quince días que quedan. Estaré allí.
- No se preocupe, señor Kowalsky... Tómeselos libres...


El anciano potentado se fue de la oficina, pero lo hizo con la fuerza, la serenidad y la elegancia que caracterizaron a una antigua aristocracia ahora pervertida. Su dignidad no menguó ni un ápice ante la derrota, y su frente se mantuvo siempre bien alta. Su hijo se limitó a mostrar como los hijos no siempre son lo que los padres querrían.


- ¡Estoy orgullosa de ti! – Daphne saltó sobre la mesa, abrazándose a su amigo hasta los límites del estrangulamiento, mientras que este intentaba mantener la calma. Ambos eran conscientes de que no se habían librado de jr, sino que lo habían convertido en un enemigo seguro, pero ese no era motivo para no celebrar esta pequeña victoria.
- Kazuro... – Dijo Grayson, aún medio paralizado por la impresión. – No se que decir...
- ¿Qué? – La cara de poker del periodista volvió a desvanecerse, mostrando ahora perplejidad. - ¡Falta poco más de media hora para el cierre, casi toda la redacción está en el bar, ¿y tu no sabes que decir?! – Ni siquiera tuvo tiempo de decirle que le había dejado la columna del día sobre la mesa de su despacho.
- ¡Mierda!...


Bahamut volvió a tomar el control de la situación, abalanzándose pasillo adelante hacia sus incautas presas, que estaban a punto de arder en las llamas de su ira. Mientras tanto, Daphne se sentó sobre las rodillas de Kowalsky, besándolo en la frente.

- Joder, Kowa... ¡Si yo hubiese nacido mujer entonces no tendrías excusa para no ser mío!
- Anda bájate... Que estoy... – Para su perplejidad, el día acabó de la forma menos lógica o previsible para él. Aún temblaba tras encarar a un hombre con el poder y la influencia de Pollard sr, pero llevaba años esperando ese encuentro. Sin embargo, para el encuentro que más ansiaba no lo estaba en absoluto. Por la esquina de la mampara que separaba el cubículo, el hermoso rostro de Caprice Riedell, enmarcado en una cabellera que los ángeles querrían para sí asomaba tímidamente. - ...Ocupado.

Kowalsky cayó mudo. En su estado de Shock, solo podía mirarla en silencio, mientras que ella permanecía asustada, escondida como una niña tras la mampara. Daphne vio su oportunidad de devolver a su protector el trato recibido, ya que si no hacía ella algo, nadie lo haría.

- Caprice Riedell, supongo... – Dijo mientras la sacaba de su escondrijo y la traía hacia la mesa cogida del brazo. – Soy Daphne, la compañera de piso de Kazuro. ¿Me permites tu abrigo?
- Yo... – Ella miraba con pánico como esa mujer tan extraña, de voz muy ligeramente ronca se llevaba la prenda, con el spray de defensa en el bolsillo, dejándola indefensa ante ese... ¿Genio? ¿Psicópata?
- Muchas gracias...

Colgó la prenda de un perchero y le ofreció una silla para sentarse y luego, ¡se fue! Caprice se quedó sola durante treinta interminables segundos ante ese hombre bajito y desgarbado, con su pelo despeinado por el arranque de furia anterior. Su mano agarraba con fuerza una grapadora ensangrentada, y había una corbata grapada sobre la mesa, en medio de un charco de sangre sobre el que también había un diente roto y unas tijeras. Entonces llegó esa chica de nuevo.

- Agua... – Kowalsky permanecía petrificado, sin hacer movimiento alguno. También había traído otro vaso para la invitada, pero la respuesta de esta fue la misma. - ¡Agua! – Siguió sin obtener resultado alguno. - ¡Agua! – Gritó arrojándole el líquido a la cara. Ahora si reaccionó, sacudiendo la cara, como si acabase de despertar. Rápido como el viento, tomó el otro vaso y lo engulló de un solo trago. – Traeré más... – Se limitó a decir Daphne.
- ¿Hay té? – Preguntó Caprice, aún confundida.
- ¡Té para la señorita Riedell! – Exclamó Kowalsky, servicial. – Y para mí café, por favor. – Daphne se fue con una sonrisa en los labios, dejándolo solo ante la oportunidad que tanto había deseado. – Yo... Puedo saber que le trae a esta oficina, señorita Riedell.
- Yo, eh... Verá... – Dijo ella con dificultad.
- Con perdón por sonar arrogante, pero... A usted le gustan mis artículos, ¿no es así?
- Si, pero no. – Dijo ella, aliviada por que se hubiese roto el hielo. – Los artículos de King Tomberi siempre me encandilaron, pero usted... Su comportamiento fue tan brutal y descortés... – Kowalsky sintió inmediatamente la necesidad de contraatacar.
- ¡Sin embargo usted me amenazó con un arma defensiva cuando fui a pedirle disculpas!
- ¡Eso fue porque usted, la primera vez que se dirigió a mi tras años de trabajar en la misma oficina, lo hizo llamándome de todo! ¡Me hizo sentirme como si fuese basura!
- ¡Es cierto, pero porque no sabía que era usted!
- ¡Ah, claro! ¡Porque a la rubia cachonda de la oficina se le dicen cosas soeces, pero de otro estilo! ¿No? ¡Y al resto se los trata como a mierda!
- ¡No! ¡Porque el resto no valen la cagada de un perro, mientras que usted...! – Kowalsky volvió a quedarse en blanco... Callado por no atreverse a decir lo que realmente sentía.
- ¿Yo que? – Preguntó ella, preocupada, pero a la vez, intrigada. - ¿Qué pasa conmigo? – Insistió. Con un asentimiento, Kowalsky se predispuso a ceder.
- Yo he estado jodidamente enamorado de usted como un estúpido colegial desde que la vi por primera vez. Nunca me atreví a decirle nada, ya que supuse que tendría pareja, o algo así, ya que usted es increíblemente guapa, e inteligente, pero esa idea no logró hacerme desistir de mis sentimientos. – Mientras hablaba, sentía que se veía a si mismo desde fuera, como si su propia voluntad no fuese capaz de detenerle en este momento. – He lamentado cada noche cada sílaba de cada palabra que le dije, pero temí ofrecerle mis disculpas por miedo a enfurecerla más. De hecho, no contaba con llegar a tener nunca una oportunidad como esta de hablar con usted, pero... Algo dentro de mí... Algo que nunca desistió, seguía aferrándose a la esperanza.
- No se que decir... – Confesó ella, mirándole a los ojos confundida. – He creído desde entonces que usted era una especie de ogro misógino, y sin embargo, he estado enamorada desde hace años de sus artículos, de su profundidad y de los sentimientos que estos embargaban y la razón que contenían. He estado en desacuerdo con algunos de ellos, y recuerdo su misiva de respuesta, respetuosa y educada.
- Supongo que mi cara de monstruo no es asociable a su idílico príncipe escritor... – Bufó el periodista, sintiéndose abatido.
- Lo siento, pero no... No estoy segura de lo que siento ahora mismo. – Dijo ella levantándose. – Incluso siento el impulso de dejar de leer sus columnas para arrancarlo de mi vida. – Kowalsky acusó ese golpe como si hubiese sido arrojado desde lo alto del edificio Shin-Ra. Sintió que el aire le faltaba en los pulmones, y el pulso le empezaba a temblar, pero entonces, cuando ella estaba a punto de desaparecer de su vista, quemó su último cartucho.
- Que extraña combinación de licores ha ingerido este humilde periodista para tratar ahora este tema, polifacético, extraño y controvertido… Tan… Abstracto. – Recitó de memoria. No sabía si había tenido éxito o no, pero ella se había detenido. Estaba de espaldas, y Kazuro no podía ver la lágrima conmovida que se deslizaba por su mejilla. – Sigue siendo tan cierto como cuando lo escribí, Caprice... Es el único de mis artículos que soy capaz de recitar de memoria. – Admitió con una mirada triste, mientras ella se volvía. - Quizás porque en cada palabra veo su rostro...


Ella se volvió en silencio.



Daphne bufó una maldición con fastidio. Había hurgado por media redacción buscando la jodida máquina de café, y las jodidas bolsitas de té, para luego pelearse con un microondas más viejo que el papel de las paredes. ¡Y todo eso para llegar con un café recalentado y un té barato a un cubículo vacío! Los dejó sobre la mesa y fue a por su abrigo, para coger su phs. Mientras tanto, a su alrededor, todo el personal de la redacción reocupaba sus puestos como ovejas volviendo al redil, perseguidas por un dragón.

- ¿Rolf? ¡Vaya, ya estás despierto! - Paró un segundo para escuchar las protestas procedentes del otro lado de la línea. - Anda, ponte algo y ven a buscarme, que te tengo que contar tantas cosas... - Más protestas. - ¡Vago de mierda! ¡Ya se que solo pasó un día, pero más te vale venir ahora mismo o te vas a tener que conformar con el puto palo de la escoba! ¿Ha quedado claro? ¿Que no tiene que? ¿Agujero? ¡Ven aquí, o sino...!

lunes, 5 de mayo de 2008

116.

La muchacha del largo jersey blanco parecía extranjera, tenía aquella expresión de incertidumbre, acongojo y cierta aversión que solía mostrar la gente que llegaba por primera vez a la inmensa ciudad. Subió por la amplia calle principal del Mercado Muro y se perdió entre la muchedumbre.

Atardecía, al menos así lo indicaban los luminosos números que marcaban la hora en el escaparate de la relojería Swssotzs y la cada vez menos cantidad de niños pequeños en la calle lo corroboraba. Para Isaiah aún era temprano, hacía media hora escasa que se había levantado de la cama; su vida se asemejaba más a la de los vampiros de las novelas de terror: despertando al caer la noche y acostándose al despuntar el día.

Había conseguido salir del pequeño piso sin ser visto por ninguno de sus familiares, se esforzaba porque esto fuese así, no le gustaba que nadie controlase lo que hacía, sobre todo porque sabía que ellos sabían que nunca salía por un buen motivo. Caminó dando grandes zancadas con su paso desgarbado y encogido, no tardó mucho en salir de Mercado Muro y llegar al parque abandonado en frente del portón que sellaba el Sector 7, los motoristas precoces que se divertían haciendo carreras en la desvencijada carretera que unía los Sectores 6 y 5 se retiraban ya en mitad de profusas carcajadas, riéndose de la caída de éste o aquel, con evidente camaradería.

Isaiah tomó asiendo sobre uno de los columpios con forma de cabeza de gato rechoncho, aún había clavado en él una enorme astilla de metal que había salido disparada durante el derrumbamiento de la placa vecina. Rebuscó entre los bolsillos de su ajada guerrera que una vez había sido parte de su uniforme militar, sacó una piedra del tamaño de una moneda, un mechero y papel de fumar. Chamuscó ligeramente la punta de la piedra y esta cedió bajo la presión de sus dedos, transformándose en tiras de hierba seca que dejó caer sobre la liviana hoja de papel, repitió el proceso un par de veces hasta depositar una considerable cantidad de escoria sobre la hoja. Guardó la piedra a buen recaudo en el bolsillo de su pecho y sacó un pitillo, lo abrió por la mitad y depositó el tabaco sobre la hierba, arrancó la boquilla y la puso en un extremo de la hoja, la enrolló con delicadeza, asegurándose de que nada quedaba fuera, luego se lo llevó a la boca para lamer con cuidado uno de los lados del finísimo papel y lo pegó, formando un cilindro nada perfecto de un dedo de grosor. Lo encendió y por fin dio una honda calada, el humo le raspó la garganta con un regusto exquisito, soltó aire por la nariz y emitió un gemido apagado. Una presión comenzó a nacer justo en medio de las cejas, creciendo y expandiéndose a todo el centro de la frente, de pronto se liberó y su cuerpo ya no pertenecía al mundo…

… Pero su mente se aferraba a él con desespero, aunque ahora podía enfrentar algunos de sus problemas sin su característica irascibilidad, de forma objetiva, casi ajena. Pensó en cómo había llegado a todo esto, le gustaba darse ese aire de héroe trágico e incomprendido que había regresado de una guerra que no fue tal con el peso de la muerte de un hermano sobre sus hombros. Era su excusa para comportarse como un perfecto yonki antisocial, dar malas contestaciones y evadirse de todo aquello que requiriese de él responsabilidad, incluyendo el ser un ejemplo para su hermano menor.

Ah… qué malas eran las comparaciones y los ejemplos cuando el otro lado del espejo era el genio de la familia, Elijah, el buen hijo, gran soldado y mejor persona. Desde su infancia había sido el paradigma de la perfección, cierto es que había tenido sus grandes errores y rebeldías pero supo enmendarlos para convertirse en aquel que servía de icono para los demás. Isaiah era el travieso, el difícil, no había maldad en él, tan sólo la incapacidad de llegar al nivel que su madre le exigía para poder comenzar a compararse con Elijah. Siempre había sido la sombra que realzaba la luz, el antagonista que hacía valioso al protagonista, la eterna oveja negra. Llegaba a odiarse a sí mismo cuando odiaba a Elijah por intentar ayudarle, por ser tan bondadoso y compartir con él todo cuando sabía y tenía, parecía querer demostrarle cuánto más por encima estaba él, sabía que no era así… pero sabía que no podía evitar pensarlo.

Y él cayó, el buen hijo quedó atrapado en una casa en llamas durante la revuelta de Corel. Y Isaiah había deseado y negado eso a sí mismo mil veces, la oportunidad para poder hacer algo valeroso, ser la luz, el caballero, el bienhechor… pero su valentía no estuvo a la altura, fracasó, el fuego era incontrolable, ni siquiera pudo acercarse lo suficiente para derribar la puerta. La vorágine de luz y calor naranja reclamaba el edificio para sí; no había entrada, no había salida, sólo el fin. Tal fue el fin de Elijah, una vida corta y brillante, como una estrella fugaz, se permitió pensar el macabro chiste de que ambos habían desaparecido de igual modo, pero no hubo maldad en tal pensamiento, ni odio ni envidia, tan sólo un respiro que concedió a su atribulada mente, sabía que su hermano, de poder leer mentes ajenas desde el más allá -si tal cosa existía- no se lo reprocharía.

Una nueva calada lo trajo al presente, era testigo y culpable de la desdicha reciente de su mermada familia, su madre había invertido en él grandes cantidades de tiempo y dinero para poder hacerle encarar la vida sin la lacra de una muerte tras de sí. Ella era fuerte, lo era de verdad: hija, esposa y madre de militares, ella misma era fiscal militar, había encarado y superado la muerte en acción de padre, marido e hijo y ahora sacaba adelante como podía a un adolescente y la garrapata que él mismo era. Nunca la había visto llorar, pero desde hacía años tampoco la había visto sonreír… si pudiera ser como ella, disciplinar sus sentimientos, someterlos a su voluntad… ¿de verdad quería eso?

“Ahora que Elijah no está deberás ser un buen ejemplo para tu hermano”

Había dicho tras el funeral, reflexionó sobre ello, ¡qué pésimo ejemplo sería! No había nada que pudiera enseñar, que pudiera compartir, él mismo no se respetaba ¿Cómo iba a conseguir el respeto de nadie? La idea era absurda, una completa estupidez, no era más que un miserable yonki que temía enfrentarse a los ojos de color oliva de su hermano, tan terriblemente similares a los de Elijah. Sí, un miserable, triste y prescindible. Había rehuido todo tipo de contacto con aquellos que le querían, había rechazado toda mano que se le había tendido, no tenía trabajo, ni dinero propio, había robado cada billete que llevaba ahora en la desgastada cartera de la pequeña caja metálica escondida tras el somier de la cama de su madre; una vaga sensación de falso triunfo le invadía cuando cometía esos pequeños hurtos, pero había algo que le decía que su madre sabía que lo hacía y siempre dejaba dinero allí, era tan miserable que todos se daban cuenta de ello e incluso le ayudaban a serlo un poco más

Se recostó sobre la cabeza deformada del gato, las luces de la placa superior titilaban, queriendo ser verdaderas estrellas que coronasen un pequeño cielo, podía meterse con algún tipo grandote y feo y dejar que le diese una paliza de muerte. Sí, haría daño a su madre, pero a la larga sería mejor, al menos podrían volver a su casita con jardín sobre la placa, dejarían de respirar el cargado aire de los suburbios, volverían a ver los amaneceres y anocheceres, las verdaderas estrellas bailando sobre el inmenso terciopelo azul que tapizaba la noche.

Se levantó sin resolución alguna, las ideas iban y venían, ninguna quedaba retenida por largo rato. Se pasó la mano por el cabello oscuro, sacudiendo algunos restos de gravilla. Paseó con lentitud, observando como si fuera la vez primera los tubos de neón que daban forma a palabras y dibujos en Mercado Muro, algunas jovencitas -y no tan jovencitas- paseaban la mercancía, lanzando obscenos mensajes a los transeúntes. Se encaminó por un pequeño paso tras el gimnasio y llegó hasta una pista exterior llena de baches, en el interior del recinto había tres personas, enlazó los dedos en la rejilla, miró de soslayo a las dos figuras, el chico pelirrojo botaba un balón de baloncesto mientras charlaba animadamente con otro un poco más alto de pelo negro engominado, no muy lejos de ellos un hombre adulto con gafas oscuras vigilaba, parecía un chofer. El menor lanzó a canasta y encestó, el otro soltó un aullido de desaprobación y mencionó algo sobre faltas en tono de broma.

Los miró largo rato, embobado, no pensaba en nada, seguir el movimiento requería de todos sus embotados reflejos. A penas se dio cuenta cuando el partido acabó y los jóvenes se despidieron, el del cabello negro engominado marchó en un lujoso coche en dirección a la placa superior, el pelirrojo se acercaba a él con un amago de sonrisa en sus joviales facciones.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó con una mezcla de reproche y diversión.

- Mirar el partido – contestó él, con voz pastosa y gastada.

Los ojos verde oliva se le clavaron como dos puñales, estuvo a punto de volverse y dejar a su hermano sólo en la pista, pero los resistió, le devolvió la mirada a través de sus parpados cansados y sus oscuras ojeras. El incómodo silencio comenzaba a hacerse demasiado denso, el más joven amagó un paso, pronto Isaiah se pronunció sin pensar.

- Juegas bien.

Palabras sencillas, honestas, no había intención en ellas de romper el silencio por el único motivo de no poder soportarlo. Al chico se le iluminó el rostro, ver a su hermano era cosa rara, hablar con él prácticamente inexitente, no sólo se alegró por el elogio, sino porque Isaiah se parecía por fin a lo que en un tiempo fue, un hermano socarrón y bromista, a veces con mal temperamento pero un gran tío. Había echado de menos esa parte de él que admiraba.

- Gracias – respondió.

La sonrisa que acompañó cada silaba pronunciada supuso para Isaiah una especie de punto de partida, como si Elijah se hubiera asomado para perdonarle. Aún quedaba muchos errores por enmendar, mucha mierda que limpiar y muchas confianzas que recuperar, pero pensó que quizá si pudiera enseñarle algo a su hermano pequeño Aaron, no era perfecto, no era sobresaliente, ni un buen hijo ni una gran persona, pero sabía mucho sobre errores y podría enseñarle a no cometerlos.

- ¿Ese es mi balón? – preguntó señalando el esférico.

- Como tú no lo usabas…

- Un día te enseñaré a encestar de espaldas… cuando dejes de hacer trampas para encestar – rió el mayor, parecía más joven que hacía un momento.

- Eres un capullo – refunfuñó el menor, sabiéndose cazado por un ojo experto.


¿Me llamaste antes? Lo siento, estaba en el laboratorio. Sí, era yo. ¿Dónde estabas? Ah, es verdad. Bueno, déjame en paz, no puedo acordarme de todo. No claro tú sí, ya lo sé. ¿Si qué? No, aún no llegué a casa. Digo yo que no se morirá de hambre por no comer en ocho horas. No es un elefante. Que no. ¡Dios! Vale. Ah sí, eres tú la que me pregunta chorradas. ¿Recuerdas ese SOLDADO del que me habías hablado? Brannan, el mismo. No pertenecía a SOLDADO como tal, formaba parte de otro proyecto del Dr. Hojo, se le incluyó en la unidad como parte del experimento. Él mismo lo ha dicho, le encanta presumir de sus éxitos. Yo tampoco. No creo, los Turcos ya se han encargado de elaborar la lista. No. Otra cosa, quieren que termines la investigación. Eso no les importa. Lo quieren de vuelta. Tienen miedo de le ocurra lo mismo que estos que… eso mismo. Ya sabes que no creo que eso sea posible. En ese caso encárgate de ellos. No les importa. Haré todo lo que esté en mi mano. Lo sé. Te veo en casa.

El Dr. Connor Wolfe colgó el teléfono de su oficina con expresión seria, acarició la cicatriz que cortaba su labio con la yema del dedo, recorriéndola de arriba abajo lentamente, meditando. Sobre su espacioso escritorio había una pequeña montaña de archivadores y ficheros, todos ellos con el sello “Confidencial” en rojo sobre la cubierta de cartoné. La luz del atardecer se filtraba por la persiana parcialmente echada arrojando rectángulos luminosos sobre parte de la pared paralela y todo objeto que estaba a su paso. Las cosas se estaban complicando cada vez, desde la caída de la placa del Sector 7 el mundo parecía irse poco a poco a bajo. El “regreso” de Sephiroth, arma, ese monstruo colosal, atacando Junon y sobre todo el dichoso meteorito cuyo fulgor parecía convertir la noche en día. Comprendía a aquellos SOLDADOS que se habían vuelto en contra de todo y todos, ¿qué sentido tenía vivir sabiendo que el final estaba tan cerca?. El Dr. Wolfe no podía hacer demasiado desde su laboratorio pero sabía que mientras había vida había esperanza. En el Departamento de Defensa ya se hablaba de un plan para destruir, o como poco desviar, al meteorito.

Él debía seguir con sus investigaciones, sus órdenes eran claras, debía terminar su trabajo en un experimento que se había visto interrumpido hacía cinco años. Se había acabado el observar, tocaba actuar.

viernes, 2 de mayo de 2008

115.

Hacía una noche perfecta en Nibelheim. Las estrellas brillaban fuertemente en el cielo, lanzando fugaces destellos azulados sobre el pueblo e iluminando el molinillo que se alzaba en el centro del mismo. El silencio predominaba en el lugar, y era levemente interrumpido por el sonido de las aspas en el giro del molino, que lentamente rotaban sobre su eje gracias a la suave y fresca brisa que se filtraba por las montañas Nibel, pero no era el molino lo único que reflejaba la luz de las estrellas…

- Míralos a ellos. ¿Qué estarán tramando? - susurró la chica, oculta tras una de las múltiples casas que cercaban el molino. Su larga y rizada cabellera le caía por encima de la cintura, cintura perfeccionada con sutiles curvas y que solía convertirse en el deseo de más de uno. Esa noche vestía un jersey blanco y largo con capucha y que cubría poco más de los muslos. Bajo el jersey (o lo que debiera ser el comienzo de las caderas) pendía un pantalón, ni muy ancho ni muy ajustado y de color negro, que finalizaba en unas botas, de color marrón oscuro. Se volvió inquisitivamente hacia su compañero, que miraba ausente a la mansión abandonada que se alzaba tras las casas.

- ¿Tú que dices, eh? – sonrió la chica.

El chico dio un respingo. Desde luego, no estaba muy atento a lo que decía su compañera.

- Genial. Esa parejita de enamorados nos quita el sitio y tú ni le haces caso. ¡Ja! ¡La verdad es que no se para qué me has llamado esta noche! – bromeó ella.

El joven alzó la mirada, más obligado que otra cosa, hacia el molino. Allí se podían apreciar dos figuras sentadas en uno de sus polletes, espalda contra espalda y mirando el cielo.

- Oh...Menudo fastidio… nos han quitado el sitio. - se mofó el muchacho, poniendo tono de falsa tristeza y arrastrando las palabras.

- ¡Encima te ríes! ¡Esto no puede ser! ¡y yo creí que te importaba…!

- Si por algo te llamé, Mirlen, no era para sentarnos otra vez en el molino, como tantas veces hemos hecho ya.

- ¿Entonces? – se volvió extrañada a su compañero, que se miraba en ese momento a una de las ventanas de la ventana. La chica hizo lo mismo, observando su reflejo. El joven era un poco más alto que ella, y su rizada cabellera, negra también, le caía sobre los hombros. Tenía un semblante serio, como ella, y pocas veces sonreía. Vestía una camiseta negra oscura, que marcaba levemente sus músculos y llevaba unos pantalones de color azul oscuro que ocultaban la mayoría de su calzado, botas negras. Al darse cuenta de que lo miraban, el chico se giró rápidamente.

- Esta noche te noto un poco raro Egal…

- Si bueno, eso es porque… - buscó con la mirada algo. ¿Una excusa tal vez? Buscó… buscó… y se encontró con los ojos de Mirlen.

- ¿sí?

- Porque… tengo que… decirte algo importante.

- ¿importante…?

- Sí, veras…

Egal se giró rápidamente y comenzó a caminar por detrás de las casas, rumbo a la mansión. Encogiéndose de hombros, la chica lo siguió.

- Llevaba bastante tiempo queriendo decírtelo ¿sabes?

- Me estas asustando, quieres dejarte de misterios…

- Sí, sí…bueno… la verdad es que… - volvió a callarse. Mirando al suelo, esquivaba los árboles y todo tipo de obstáculos que se escondían tras las casas de Nibelheim, tal era su costumbre de atravesar aquellos vados (porque estaba ciertamente prohibido atravesar por allí). No se escuchaba apenas los pájaros piar y las hojas se mecían levemente, ocultando así la luz de las estrellas.

- ¿Quieres soltarlo de una vez? ¡Me pones de los nervios cada vez que haces eso!

- Esque es complicado. Todo parecía tan sencillo cuando lo ensayé en el espejo de mi casa…

Ante ellos apareció la verja trasera de la mansión. El óxido corroía el metal y le daba un tono más lúgubre de lo normal. Tras ésta, los jardines, llenos de flora y vegetación descuidada, cubrían la fachada de la mansión, que a estas alturas podemos deducir que estaba del todo abandonada.

- ¡Suéltalo!

- Está bien. La verdad Mirlen… yo quería decirte…

- ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

- ¿Pero qué demonios…?

La chica se giró asustada. Tras los matorrales comenzaron a salir niños y niñas, gritando y canturreando algo así como “Cumpleaños feliz…” o algo así. Le lanzó una mirada a Egal, el cual estaba sonriendo.

Eso es… te quería decir… feliz cumpleaños. – susurró entrecortadamente mientras intentaba librarse del abrazo que le estaba dando Mirlen. Eran las doce de la noche y había cumplido dieciocho años… los dieciocho años más felices de su vida…

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- Dicen que se lo han llevado…

- ¿Y por qué?

- No no… creo que se fue por su propia voluntad…

- ¿Qué dices Ephel? ¡Cómo podría Egal hacer una cosa así! ¡Sabes lo que opinaba sobre Shinra!

- Bueno, mejor dejémoslo por ahora. Mirlen está dormida, no deberíamos despertarla.

La voz de Ephel y Neam la despertó. La noche anterior había sido una verdadera locura y apenas recordaba cómo había llegado a su casa. Se desperezó levemente y se incorporó en su cama, rascándose vagamente su rizada y enmarañada cabellera.

- ¿Qué decís de Egal…? – pronunció, con la voz ronca.

- ¡Cariño! ¡Te has despertado! – Ephel, el chico más alto, se acercó a ella para darle un beso en sus tiernos labios. La chica sonrió.

- ¿Estas aquí porque es mi cumpleaños, verdad? ¡No teníais que haberos molestado, con lo de ayer fue bastante! – se volvió a tumbar en la cama, cerrando los ojos.

- Mirlen, tenemos que…

La otra voz, que fue acallada por una mirada fulminante de Ephel, provenía de otra chica, delgada y rubia. Muy consumida para su edad.

Al notar el silencio incómodo, abrió un ojo.

- ¿Qué ocurre…?

- Verás… es sobre Egal… él… - comenzó a decir Ephel.

- Se ha ido. – zanjó Neam.

- Jajaja… claro que se ha ido… era muy tarde ayer y tenía que volver a su casa…

Volvió a predominar silencio en el cuarto. Mirlen abrió los ojos de nuevo. Algo iba mal. Incorporándose miró a sus dos amigos.

- ¿Verdad…?

- No está en el pueblo. Ayer le vi con mis propios ojos subirse al camión de alistamiento de Shinra.

- ¿¿Qué?? – la congoja se apoderó de la chica. Ahora empezaba a comprender en extraño comportamiento de su compañero... tenía que decrile algo... importante... Pero... ¿cómo?

¿Cómo era posible? ¡Él odiaba a Shinra! No… no podía ser… tenía que ser una broma… Sus ojos se volvieron borrosos y una lagrimilla comenzó a resbalar por su mejilla izquierda.

- Mirlen… no sé cómo ni por qué…

- Dejadme sola… por favor…

Neam asintió, saliendo de la habitación. Ephel hizo un ademán de sentarse a los pies de la cama, pero la chica se lo impidió.

- Sola, por favor. - apenas pudo pronunciar esas palabras.

El chico se extrañó… a pesar de la relación amorosa que tenía con ella… daba igual… decidió hacerle caso. Justo antes de cerrar la puerta, pronunció preocupado:

- No sé la importancia que le dabas, Mirlen… pero él se ha ido… y se ha ido ÉL. Nosotros seguimos aquí.

- ¡Márchate!

La puerta se cerró con un portazo.

La chica se echó en la cama, abrazando la almohada y ahogando sus sollozos en ella.

Tenía algo que decirle… tenía algo que decirle y no pudo hacerlo…

Su corazón ardía de dolor… estaba ardiendo… se estaba quemando… se estaba quemando…

El rugir de un motor de gran cilindrada la despertó. Para cuando se hubo dado cuenta de dónde estaba, la moto estaba ya lejos de su alcance. Estaba tendida bocarriba, sudando a chorros y el traqueteo de la máquina en la que estaba subida le ayudó a recordar dónde estaba… Se deshizo de las bolsas y sacos de suministros que utilizaba para esconderse en la parte trasera de la camioneta y rodó hasta quedar en el borde. Esperó un poco, a que el conductor aminorara la marcha y entonces se dejó caer a la carretera. Pesadamente, y aún mareada por el despertar, se levantó del suelo y se sacudió el polvo de su jersey blanco... exactamente el mismo que llevaba dos años atrás en su cumpleaños. Al recordar ello, se entristeció un popco y su corazón rememoró los momentos que había pasado en Nibelheim... y las pesadillas que a partir de ese momento asaltaría su mente... tanto tiempo había pasado desde la partida de su amigo... y tan recientes tenía sus sentimientos...

Alzó la mirada, apesadumbrada y confirmando así que no se había equivocado de destino: Midgar. La gran placa se alzaba majestuosa sobre su cabeza, impidiendo el acceso de la luz solar y dándole un tono de pobreza total a la zona de los suburbios. Había escuchado historias sobre el hambre y el aspecto de los sectores de Midgar, pero aquello suplía con creces todo lo que habría podido imaginar de una ciudad cuya mayaría de la población vivía absentos de luz solar. Las carreteras apenas se podían diferenciar del terreno y los vehículos (los pocos que circulaban), tenían que atravesar por tablones de madera improvisados como puentes entre grieta y grieta que aparecía en el asfalto. Las paredes estaban manchadas de mugre y suciedad y apenas se podía apreciar rastro alguno de árboles u otra especie vegetal, motivo por el cual aparecían tantos mendigos y gente tirados en el suelo con aspecto demacrado y consumido.

Asustada, decidió apartar la mirada para toparse con una patrulla de soldados Shinra. A pesar de llevar el casco, la chica podía adivinar perfectamente la mirada con que la observaron. A pesar de todo, los soldados siguieron de largo y se internaron en una especie de bocacalle a la derecha, de donde se escuchaba el sonido alborotador de gente… ¿acaso era un mercado? Recordó el motivo por el que estaba en esa maldita ciudad y, armándose de valor, siguió a los soldados. Podía ser cualquiera de ellos… tenía que estar cerca... y qué mejor lugar que el… Mercado Muro.

miércoles, 30 de abril de 2008

Queen of Spades




Uuu-eeeeeh! Más retratillos, puede que sea el último en una temporada, pero no lo sé fijo porque siempre que digo una cosa acabo haciendo la contraria así que...
Aquí teneis a la siempre hermosa Yvette Marie Giulianna Louis de Castellanera e Bruscia. Prácticamente recuperada del "furaco" que Tombside le hizo en el pechorl.

A Grim le sobran razones para estar obsesionado con ella XDDDDDDDDDDDDDD

domingo, 27 de abril de 2008

114.

Dime. Estuve allí. La vi, sí. Bien, bien. Fue un susto, nada más. Dijeron que se salvó por los pelos. En el pecho, justo. Ya me han avisado de que está fuera de peligro. Se habla de un milagro, incluso. Sí, estoy perfectamente. Aunque... bueno, ayer, después de lo de Yvette, fui con Van Zackal al Sector 7 a eso de las seis de la mañana y -¡Ja!- compramos... ¿Cómo se llama? ¿Peyote? Sí, peyote por un ojo de la cara. No, ya no me queda. Se siente. Te cuento: El caso es que procedimos a hacer el ritual, exprimimos uno de esos bulbos y lo mezclamos con agua caliente. Un suculento caldo podía olerse en el piso de Zackal como si fuera la sopa de una abuela hippie. El vapor que desprendía ya era como tragarse tres cervezas de una tacada. Sí, era fortísimo. Antes de nada pusimos un disco de los Puppeteer of Humans, para ambientar el cotarro. ¿Cómo íbamos a poner el primer disco? ¡Eso nos pondría al borde del coma! Preferimos el The Blackened Array por ser más... digamos alternativo. Al grano: Repartimos un cuenco entre los dos. Y esperamos. No dijimos una sola palabra. Creo que Zackal tuvo tiempo de encender un cigarrillo y darle un par de caladas, porque vi los hilos de humo deslizándose perezosamente por el aire, como una mortaja de un gris azulado al viento. En ese momento me di cuenta de que realmente era tela flotante y podía tocarla. Reaccionaba al tacto y se deslizaba alrededor y entre mis dedos, o al menos eso creo yo. Vislumbré, a mi derecha, la estela plateada de cenizas que dejaba Van Zackal, yéndose por un camino paralelo pero contrario al mío. No recuerdo que en ningún momento se incorporara sobre sus piernas. Se hundía. Volaba. La música agonizó, expiró y finalmente pereció en doce escalas de gris junto con el salón... Eso he dicho. Presta atención, porque paso de repetirlo.
Entonces miré mis manos. Estaban hinchadas y parecía que sudaban arañas, gusanos y milpiés, que empujaban la piel hasta brotar enérgicamente. Millones de diminutas patas correteaban tanto por encima como por debajo de la carne, como una marabunta de flujo continuo e ilimitado. El hormigueo acabó siendo bastante desagradable, como ese que sientes al tener una pierna dormida. Agité los brazos, esperando que los insectos se desprendieran de ellos. ¿Conoces esas canciones...? Las de ese grupo viejo. Sí, ya sabes... Los del globo de hidrógeno... Exacto. Esos eran. ¿Nunca escuchaste una canción en la que hay eco antes y después de que el vocalista diga nada? Pues cuando sacudí las manos sentí como si me desdoblara. Hacia atrás y hacia delante en el tiempo. Una secuencia de fotogramas puestos encima de otros. Era un déjà vu constante. Una y otra vez. Vez otra y una. Otra y una vez. Otra vez y -¡Je, je, ja, ja, ja! Ay...- Una movida, te lo juro. Cuando acabó era como soñar con los ojos abiertos de par en par. Lo que pasó luego es lo mejor de todo. Atenta.
Me convertí en luz. Sí. Era el puto sol, enorme, caliente y radiante. Mi hermosura cegaba todo lo conocido y por conocer, aunque no recuerdo haber estado en ningún sitio en especial. Me invadía una lujuria monstruosa. Me estaba poniendo tan cachondo que sentía la polla a punto de reventar los pantalones, aunque lo cierto es que me parecía estar desnudo. Y allí, en respuesta a mis plegarias de desesperado fervor sexual, apareció ella, Hécate, rubia, fría, mística y ctónica
(¿Yvette?). Señora lunar de la noche y de las fieras que la habitan, la hija de Perses, antiquísimo titán, clamó mi nombre: “Apolo”. Acudí sin demora al vocativo, entonado de tal forma que despertaba en mí impulsos más propios de Príapo...Sí, me acabo de fumar un canuto para darle mayor énfasis. Pues ahí que me encaminé, precedido por mi falo, y le quité el peplo que escondía los portentos de su anatomía divina. La seda se deslizó como agua por su nívea epidermis y las liras de Lesbos-ni idea de dónde cae eso- improvisaron mil himnos en honor a su belleza. Sus pechos perfectos, redondos, eran firmes al pulso de las palmas de mis manos. Juraría que Praxíteles vio su dichosa curva en las ondulaciones de la cintura y las caderas pálidas. Por Zeus que su pubis rasurado era merecedor de cientos de hecatombes o más. La besé con fuerza y ella me correspondió con mayor ansia, permitiéndome saborear el dulce néctar que pintaba sus labios. Abracé su torso suave y ella respondió a mis movimientos apretando su muslo contra mis gónadas, exigiendo que le diera placer más allá de lo mortal. Mordí sus pezones marmóreos y gimió a los vientos, empujando mil cóncavas naves aqueas a oriente. Desbocado, froté los labios de su vulva y de ella emanó lubricante que deslizó los dáctilos hacia su interior. Sus suspiros hipnotizaban como el canto de las sirenas que me llevaban a un destino fatal. Sin poder contenerme más –que el miembro ya me dolía de impaciencia- la penetré repetidas veces, multiplicándose tanto nuestro éxtasis que los gritos orgásmicos se oyeron en todas las esferas de la existencia. Ella decía que había tenido suficiente y que ya la matriz le dolía, pero yo la golpeé en su desagradecida cara con mi diestra mano y la obligué a seguir. Ambos estábamos furiosos y ya no éramos parte del panteón olímpico, sino demonios escuálidos condenados al lado más oscuro del mundo. Ella, Lilit, clavaba sus uñas afiladas en mis costillas, rechazándome y satisfaciendo su sed lujuriosa de sangre. Yo, Samael, dejé que lamiera mis heridas, lo que me unió más al irrefrenable y macabro sentimiento de violarla. Nos retorcimos, yo buscando nuevas y más pecaminosas formas de satisfacción prohibidas en lo más sucio de su cuerpo y ella buscando la forma de abrirme en canal a dentelladas. Rendí homenaje a Sodoma hasta que por su esfínter corrió la sangre y, parecía, algo más escatológico. Y ella lamió sus heridas, con más gusto, si cabe. Entonces el odio quemó mi ser entero y juré que esta mujer despreciable y patética no engendraría nada más a partir de mi semilla. La golpeé durante mil años y disfrutó de cada moratón y hueso roto, lo que me asqueó enormemente. La sujeté por una de sus maltratadas piernas, la que parecía más lacerada, y, agitando mis alas, la elevé hasta más allá de la Creación. Cuando en lo alto los cielos ya no tenían nombre, ella se transformó en una serpiente que oscureció todo con su enormidad y yo volvía a ser divino, luminoso. Marduk era mi nombre y Tiamat el del reptil en el que había prometido estrellar mi orden y mi venganza con golpe de cimitarra. No. Yo era Ra y ella era Apofis. ¡Joder, me estoy liando! El caso es que yo, Dios Supremo, descargué la ira de mi hoja afilada sobra la sierpe y súbitamente ante mis ojos comenzaron a brillar un montón de estrellas alrededor de una luna ensangrentada. Ahí fue cuando me di cuenta de que los efectos del alucinógeno se habían pasado. Estaba frente a la ventana mirando al meteoro –ya caía la noche- con una erección de caballo apretándome los calzones. Van Zackal estaba flipando en el suelo, con una colilla entre los dedos y un charco de vómito bajo su nuca. El panorama del salón era bastante desolador, jarrones hechos añicos, mesas y mesillas volcadas, libros fuera de sus estanterías y una pecera bastante grande que perdía agua por varias fisuras. Preferí no esperar a los señores Van Zackal y me largué.

El colchón de la cama de ‘Grim’ tembló cuando la mujer morena giró sobre las sucias sábanas.
- ¿Quién es? –preguntó, curiosa.
Jim le chistó y siguió hablando, pegando el teléfono móvil a su oreja.
- No, no sé nada de Zackal desde ayer –hizo una pausa para saborear el escándalo de las palabras de su interlocutor-. Como mucho lo dejarán una semana sin conexión a internet, si es que sigue respirando, claro –otra pausa, en la cual puso cara de hastío-. Nah, no puedo. Hoy me ascienden y voy a estar ocupado un par de semanas. O sea que no se te ocurra llamarme, que no tendré ni un momento de descanso –mintió.
Al otro lado de la línea telefónica alguien se lamentaba.
- Lo siento, nena. Tú no te preocupes. Estaré allí antes de que te des cuenta. Yo también te quiero. Chao –y continuó, casi inaudible-. ¡Cuelga, coño, cuelga!
Posó el aparato en la mesilla de noche, sobre la cual el despertador marcaba las doce y nueve minutos del mediodía. Se volvió para recibir la mirada inquisitoria de su compañera de cama.
- Repito: ¿Quién era?
- Jenny ‘Jelly’. ¿Quién si no? Desde lo del Highlander está insoportable.
- ¿Y por qué le sueltas toda la historia de ayer si no la aguantas? –aunque la chica no era muy despierta, reconocía las contradicciones.
- Porque sé que cuanto más le cuente, menos querrá saber -se excusó, aferrándose a una lógica muy particular.
- Supongo –fue la palabra comodín que ella sacó de la manga.
- Tú deberías conocerla mejor que yo, Soto.
Susan Soto, la Turk mulata del grupo de los novicios sonrió, mostrando su modestia.
- Debería. Pero a veces se deprime por nada, o por ti, y se encierra en su casa y luego, en las rondas nocturnas, apenas habla. Te quiere demasiado, ‘Grim’.
- Como si le faltaran pretendientes.
- Realmente sois tal para cual –se burló ella.
- ¡Qué más quisiera! Yo tengo más vida social –presumió, ultrajado.
- ¿A esto llamas “vida social”? –se abalanzó sobre Jim dejando al aire su figura voluptuosa.
- Así es cómo conozco gente.
Un silencio plomizo y cómodo como el cuerpo desnudo de Susan encima de Grim cayó sobre el cuarto. Los dos sabían qué querían. Soto apartó el pelo teñido de la cara de Grim y lo besó.
- Estás muchísimo más guapo cuando te despeinas.
- Estás de coña, ¿no? –inquirió con falsa modestia.
Procedieron a dejarse llevar y ella mordió el labio que atravesaba el aro de titanio. De repente, paró, como si recordara algo.
- ¿Seguro que a ‘Jelly’ no le importa? –preguntó, mostrando un respeto ya inútil hacia su amiga.
- Sabes que no.
Tres palabras suficientes para encenderse de nuevo, el uno contra el otro. Garrison cerró los ojos y durante un momento creyó volver a acariciar el pelo dorado de Yvette.

En otra parte de la placa superior, Jennifer Jellicos lloraba junto al teléfono inalámbrico que descansaba sobre la colcha de su cama. Sabía perfectamente por qué Susan tenía el teléfono apagado. Estuvo un buen rato pensando en su pistola, y en ‘Grim’.



Frente al magnífico y lujoso edificio de la placa superior, junto a una fuente colosal adornada con elementos barrocos, Larry St. Divoir intentaba mantenerse despierto escuchando música house en la comodidad de los asientos de cuero de su Bengal X5. El brillo del sol se reflejaba en el capó negro recién lavado, sin embargo la nueva luz púrpura con la que fulguraba el halo del meteorito añadía un tinte lóbrego a los vinilos de fuego que salían de los guardabarros delanteros. El ritmo repetitivo que retumbaba por los bafles producía pinchazos agudos entre los ojos del Turk. Retiró el disco del reproductor y lo tiró por la ventana. Un par de segundos de calma le hicieron recapacitar y concluyó que acababa de hacer una estupidez. De repente, como un fogonazo dentro de su cabeza, recordó el CD que le había prestado Dawssen. Removió el papeleo de la guantera y, debajo de todos los folios y carpetas encontró el álbum ajado. La portada mostraba la foto de una trompeta que reposaba sobre un tapiz de rojo oscuro. No prometía mucho, pensó. De todos modos introdujo el disco en la ranura del lector. El aparato emitió una serie de sonidos silbantes al reconocer el formato compatible de las pistas de audio y, sin previo aviso, el planto agónico de una trompeta solista hizo callar al mundo entero. Las tristes notas, como el canto de muerte de un cisne, subían lentamente por la escala del pentagrama para volver a bajar. El instrumento soplaba cada nota con la melancolía más terrible del orbe. Larry imaginaba ahora, con total claridad, un auditorio en semipenumbra, repleto de mesas de madera abrigadas por manteles escarlata. Ahora se veía a sí mismo, ensimismado frente a un pequeño escenario circular, sobre una silla metálica armonizada con un cojín. Quizás en ese lugar el aire de los pulmones alquitranados del trompetista se convertía en una corriente añil que insuflaba su tristeza en una audiencia llena de empatía y paciencia. Y no supo por qué, pero vislumbraba al trompetista como un hombre de color, viejo y ciego. Prejuicios, seguramente. El músico alargó una nota grave a mitad del jazz. Dos golpes en el cristal mandaron el clímax a tomar por culo, en opinión del oyente.
- Llegas media hora tarde, Garrison –Larry bajó la ventanilla del copiloto-. ¿Qué cojones estabas haciendo?
- Ejercicio –respondió el repeinado joven trajeado entrando en el coche-. ¿Qué es esto?
- Creo que es un blues -se aventuró a decir Larry, aun con cierto miedo por no conocer demasiados géneros musicales. Advirtió el paquete cilíndrico que traía ‘Grim’ consigo.
- ¿No cantan? –se extrañó Jim.
- Parece que no hace falta –soltó el otro sin pensar, sintiéndose como un iluminado.
El viaje hasta la torre ShinRa prometía un silencio incómodo desde el mismo instante en el que Larry hizo rugir el motor del deportivo. A medio camino, como gesto descarado de desprecio por los gustos musicales de su compañero, ‘Grim’ extrajo del bolsillo de su americana un reproductor de música portátil y, ajustándose los auriculares al oído, se puso a escuchar su selección personal de Faust metal a todo volumen. El piloto tuvo que aguantar con desgana el chirriante sonido que escapaba de las orejas de Jim hasta que se apearon en el aparcamiento subterráneo de la central de ShinRa. Divoir introdujo su tarjeta de identificación en la ranura del ascensor tubular y pulsó el botón marcado con el número de la última planta. Durante el trayecto ascendente, Larry no supo hacer otra cosa más que observar la pantalla digital que indicaba cada piso por el que pasaban, mientras ‘Grim’ observaba su reflejo en el cristal blindado que revestía el ascensor transparente, de vez en cuando lanzaba una ojeada al envase cilíndrico que agarraba su mano. Una campanilla anunció su llegada y las dobles puertas correderas se deslizaron a cada lado. En una de las sillas de la sala de recepción estaba Dawssen Peres, sosteniendo un cigarrillo entre los dedos. Jim miró a los lados con algo de reparo.
- ¿Esperabas al presidente, niñato? -preguntó el viejo Turk de ojos verdes desde su asiento.
- Ciertamente, sí –afirmó Garrison con orgullo y arrastrando las palabras.
- Llegáis tarde, por si no os habéis dado cuenta –señaló la esfera de su reloj, mostrándoselo a los recién llegados, con el dedo corazón, haciendo que éste último se viera bien-. Rufus es un hombre muy ocupado ahora mismo y no tiene tiempo para ceremonias. Lo mismo puedo decir de Jacobi.
- Lo siento, tío, pero fue Garrison el que se retrasó –Larry sacó la excusa rápidamente para evitar el enfado de compañero.
- Ni “peros” ni hostias en vinagre –sentenció el veterano-. Pudiste haberme llamado para que fuera yo mismo a arrancar a este cabroncete creído de su cuna meada.
Dawssen murmuró por lo bajo un par de improperios más para asegurarse de haber inyectado un poco de culpabilidad en ambos chavales. Larry bajó la mirada, como si buscara algo de comprensión en la punta de sus pies. En cambio la sonrisa insolente de ‘Grim’ no se alteraba lo más mínimo. Durante un instante Peres tuvo el antojo de curtir el bello rostro del gilipollas engominado a base de patadas. Por suerte, fue pasajero.
- Bueno, pasemos al bautismo –hundió la punta del pitillo en el cenicero plateado de una papelera y continuó-: Se te ha asignado, James Allen Garrison –la sonrisa del aludido se disolvió un poco al oír su segundo nombre-, la patrulla intensiva dentro del grupo de los veteranos, oficio que sólo desempeñan aquellos agentes de Turk que gozan del mérito de ser de plena confianza a la empresa ShinRa y desempeñan su trabajo con eficacia y firmeza. Temporalmente trabajarás bajo el mando de Dawssen Peres -o séase, yo- y Lawrence St. Divoir –a tu derecha-, quienes supervisarán tu labor inicial hasta que se asigne un nuevo compañero. En resumen, que somos tus niñeras hasta que asciendan a otro al que tú puedas dar por culo. ¿Ha quedado claro?
- Como el agua –confirmó ‘Grim’.
- Bravo por tus neuronas. El turno intensivo comenzó hace quince minutos y tenemos que ir cagando leches hasta el sector 6. ¿Lleváis kevlar?
Larry y Jim se golpearon el pecho al unísono, haciendo resonar los chalecos antibalas que cubrían sus camisas. Satisfecho, Peres se incorporó.
- En marcha, pues.
- Un momento, jefe –Garrison dio un paso al frente y le mostró el paquete alargado-. Un presente.
A continuación extrajo del envoltorio una botella de vidrio y se la entregó a Dawssen. Éste observó la etiqueta de la bebida y fulminó al novicio con la mirada. Agarró el cuello del litro y medio de Dranoff y rompió el culo de la botella contra la pared, dejando en su mano un improvisado instrumento cortante. Empujó a Jim contra las puertas del ascensor y lo acorraló con la botella rota en ristre, acercándosela peligrosamente a la cara del mozo, que temblaba de la cabeza a los pies. Regueros de licor incoloro descendían por el brazo del Turk, empapando las mangas del uniforme.
- Tienes un buen par de cojones, subnormal, queriéndome regalar el vodka por el que le pegaste un tiro a Liam.
A la memoria de Jim volvió la escena etílica en la que había visto los ojos glaucos de Dawssen y se había sentido con el valor suficiente para hacerle el corte de mangas. El impulso del miedo lo tiraba hacia atrás, pero no había escapatoria posible frente al terco veterano, que le susurró:
- Y ya no hablemos del desastre del baño.
Lo sabía. El chiflado lo sabía. ‘Grim’ no había vuelto a pensar en esa chica -¿Cómo se llamaba?- del aseo de señoras del Highlander Cavern. ¿Por qué coño le daban tanta importancia a esa gorda penosa? Pedía a gritos que acabara de una vez con su mugrienta vida. Del olvido alcohólico brotó el fuerte aroma de la pólvora, el triunfo del plomo sobre la carne y el vértigo previo al empuje del gatillo. Pronto lo disipaba el olor de la mezcla de sangre y mierda que volvía a taladrarle el tabique nasal.
No era el momento. El aliento de Dawssen levantaba su flequillo de platino y ya notaba la primera gota de sudor frío corriendo por su frente. Peres se mordió el labio inferior, reprimiéndose, y rió.
- Tienes suerte de ser el ojito derecho de Jacobi –dicho esto le propinó tal rodillazo en las pelotas que ‘Grim’ vio millones de puntos luminosos revoloteando alrededor de sus ojos.
El joven Turk cayó al suelo de rodillas, cubriéndose la entrepierna con ambas manos y aguantando como podía las ganas de vomitar. El veterano soltó el resto de la botella, que se hizo añicos al colisionar contra el piso, y saltó graciosamente por encima ‘Grim’ para entrar en el ascensor. Atónito, Larry miraba la agonía del posible eunuco, se volvió un momento hacia su superior:
- ¿Qué coño haces?
- Ir al sector 6. Os espero delante del cuartel.
- No vas a ningún lado sin mi coche, tío.
- Lo siento, pero te tengo que dejar a cargo del chupapollas -señaló la figura encogida de Jim-. Haz cuentas: Tienes un biplaza y somos tres. Voy en moto.
Larry no daba crédito a eso último.
- ¿Desde cuándo tienes...?
- Desde mucho antes de que corretearas por los huevos de tu padre, chaval –pulsó el botón del parking y lo último que vio antes de que se cerraran las puertas fue a un resignado Larry St. Divoir girando sobre sus talones para echarle un vistazo, entre divertido y preocupado, a Jim Garrison, que juraba entre dientes desde el suelo de piedra pulida.

Decenas de pisos más abajo, bajo una gruesa capa de lona, dormitaba una máquina de gran cilindrada que minutos más tarde rugiría ensordecedoramente abriéndose paso sobre el asfalto de la autopista.

sábado, 26 de abril de 2008

Jaune la gualda


woooooooo!
No me lo pueo creé!
Ukio siempre me anda pinchando para que siga con la serie de relatos de personajos midgarianos XDD Tenía este por ahí perdido en el disco duro externo y dije "conio! voy pintalo!" En realidad ya estaba empezado pero estaba horrible así que empecé de nuevo, con técnica nueva y ale hop! quedó chupitilerendi chachiguay. Ahora es cuando miro los viejos y quiero suisuidarme (aunque Kurtz me sigue dando morbillo <3)
Aleh, voy a enviárselo a Sinh pa alegrarle (o no) el día.

lunes, 21 de abril de 2008

Vamos a ver

Yo ya me he cansado de correr detrás de la gente para que estén pendientes de su turno (y esto lleva pasando desde tiempos inmemoriales)

EL QUE QUIERA ESCRIBIR EN AZOTEAS DE MIDGAR QUE MUEVA EL CULO Y SE ENTERE DE CUANDO LE TOCA.

Cojones ya. ¿Qué es eso de que tengamos que andar detrás vuestro en el foro o enviándoos e-mails? ¿No participáis por libre voluntad? Pues hala, poned algo de vuestra parte y molestaos en pasaros a vigilar cuando os toca. Ya os dije que podéis suscribiros al blog mediante RSS. Y estoy por activar una función del blog mediante la cual a cada nuevo post publicado se envía un e-mail a los usuarios (lo malo es que hay un máximo de 10... ???).
Y sé que los habituales os pasáis y os enteráis así que este mensaje no va para vosotros, aunque tampoco sé pa quién va porque los demás no se pasan a menos que se les avise ¬¬

A ver, el que quiera que le lleguen las actualizaciones del blog que me ponga aquí el e-mail.

Yo a partir de ahora paso de andar detrás de nadie. Si en sus 3 días para escribir no aparece se salta y santas pascuas. Coño ya.