viernes, 30 de julio de 2010

218

Han tenía un buen día. Un día cojonudo, de hecho, de esos en los que la ilusión y el optimismo convergen en un torrente de energía positiva con la que encarar un gran momento vital. Malcolm vio impresionado como su hermano estaba despierto cuando él llegó a casa, una hora después de amanecer, y compartieron un desayuno.
Charlaron durante media hora, compartiendo risas, zumo y cereales, y cuando su hermano se hubo ido a dormir, no sin antes desearle suerte, Han cogió y sus llaves y se subió al coche. El recorrido lo conocía perfectamente, pues aun no siendo un viaje diario, si que lo hacía varias veces al mes. Y esta, posiblemente, sería la última vez que se viese obligado a hacerlo. El alivio sumado a la ilusión y el optimismo.
Han nunca había hecho este viaje acompañado. Siempre le ha gustado hablar, y no le importa hablar de sí mismo, pero tampoco le gusta contar cosas importantes. Le gusta esa sensación, ya que así se siente como un hombre que oculta un gran secreto a la luz del día, a la vista de todos.

Han es estudiante de la escuela superior de ingeniería de Midgar, en la especialidad de ingeniería mecánica. Remache le ha enseñado muchas cosas, pero sin el conocimiento otorgado por la formación no habría podido comprender, y por ende, conducir, los coches tal y como lo hace. Es aquello que le ha permitido volar.


A primera hora de la mañana, tras un trayecto fugaz a lo largo de la ciudad, en el que casi incrusta su deportivo en un camión de mudanzas, Han se presentó frente al tablón de anuncios principal, encontrándoselo extrañamente vacío. Encogiéndose de hombros e incapaz de quebrantar su buen humor, recorrió pausadamente la facultad, mirando distraídamente anuncios, orlas o cualquier otra cosa que colgase de las paredes.

El edificio le gustaba, aunque nunca fuese alguien interesado en la arquitectura. Simplemente era bonito: Un edificio de estilo falso moderno, algo construido hace décadas, con la intención de que pareciese genial y futurista que ahora mismo evidenciaba ser anticuado. Exactamente igual que muchos de sus coches favoritos.
Una hora después, desde la cafetería, mientras disfrutaba del relajado placer de leer la prensa, a la luz del claro sol que inundaba el local desde las ventanas, vio a uno de los conserjes colgar un anuncio en el tablón que había estado vigilando. Lleno de ilusión, se levantó dejando un puñado de monedas al azar en la mesa y corrió hacia su destino. Sonrió, repasó los nombres y notas y…

- ¡Me cago en su puto dios! ¡Voy a follármelo con una puta sierra de calar!

Releyó la nota una y otra vez, asegurándose de que correspondía a su nombre. Incapaz de dar crédito se dio la vuelta, frotándose los ojos mientras algunos compañeros de clases a las que él no asistía, y por lo tanto, no conocía, intentaban abrirse paso para ver sus notas, mirándolo con miedo o desconfianza. Se volvió, pero el mensaje escrito en el papel era el mismo:

Han Parker Cliff. Notable.


- ¿Si?
- ¿Malcolm? – El camarero miró el número que aparecía en su PHS, pero no lograba reconocerlo y era evidente que la agenda del teléfono tampoco.
- Si. ¿Quién eres? La voz me es familiar…
- Soy Rolf. – A Malcolm se le atragantaron varios insultos. Sucedió porque intentaban salir todos a la vez. Finalmente hubo un ganador.
- ¿Cabroputochupapollas? ¡Que cojones le echas para llamarme!
- ¿Algún nuevo motivo para que te portes como un subnormal conmigo, escanciador?
- ¡Tu rubio maricón lleva meses sin hablar con mi amiga! ¡Lo niega, pero está destrozada! ¡Él y tú tenéis una deuda que saldar!
- Malcolm, negué toda responsabilidad sobre él, e incluso aconsejé un distanciamiento prudencial.
- ¡A ella no le puedes decir que hacer! – Protestó el camarero nuevamente.
- Inténtalo. – Rolf se detuvo a suspirar, recordando a su antiguo compañero y las complicadas circunstancias de la disolución del grupo. – Te he llamado para otra cosa: Sé que hoy le dan a tu hermano la nota de su proyecto de fin de carrera.
- Vaya, ¿te lo ha dicho? Suele ser bastante reservado con el tema. Solo se lo dice a sus mejores amigos.
- Tú lo has dicho. – Insistió Rolf, pillando a su rival en su propia lógica. – Le tengo preparado un regalo para esta noche y necesito tu ayuda.


Han tuvo que comer en la facultad. Las revisiones no serían hasta la tarde, y él se negaba a volver a subir a su coche sin una explicación. Durante la hora de la comida, la gente de las mesas contiguas se negaba a mirarlo tan siquiera, por miedo a que lo considerase un desafío. Su lenguaje corporal exudaba ira y un aura de odio intenso era casi tangible alrededor de su persona. Más que masticar la comida, la torturaba, mientras repasaba mentalmente el diseño de carburador que había entregado en su proyecto, intentando buscar fallos que enturbiasen su absoluta perfección.
Como un fantasma vengativo, recorrió los pasillos de la facultad con el ceño fruncido, mientras la gente se apartaba a su paso con temor. Ese hijo de la gran puta había tenido la enorme amabilidad de poner las revisiones a las siete de la tarde, probablemente para que fuese la menor cantidad de gente posible. Han había esperado ante la puerta del despacho desde las cinco. A las seis y cuarto, su reproductor mp3 murió, y la batería del PHS no estaba como para gastarla para entretenerse. En hosco silencio, esperó su turno de ser atendido, mientras el resto de sus compañeros, que también esperaban su turno para la revisión, lo miraban de reojo, visiblemente colérico.

- Pueden pasar de uno en uno para la revisión de sus proyectos.

El profesor no llegó a cerrar la puerta, antes de que Han la retuviese para entrar. Miró atrás y vio con desdén como el típico alumno con pintas de macarra parecía decepcionado porque su ridículo proyecto no habría aprobado.

- Pase. Deje que cuelgue la chaqueta y dígame su nombre.
- Han Parker Cliff. – Respondió este, secamente. El profesor, un cincuentón prepotente, llamado Maragnani, que se tomaba muy a mal no ser tratado por su título de doctor, rebuscó con desgana entre una pila de proyectos encuadernados, separando uno de factura y presentación cuidada, pero sin destacar a simple vista.
- Parker… Pocos tienen la desfachatez de venir a la revisión con un notable, y menos aún con su trabajo. ¿Qué nota quiere por esto? ¿Un sobresaliente?
- Quiero una matrícula de honor. – Dijo con fría calma. Maragnani respondió con un bufido, conteniendo una carcajada, que luego se tornó en un gesto mucho más serio.
- ¿Es consciente de lo que dice? ¿Esto? ¿Una matrícula de honor? – Han asintió.
- No veo por que no la merezco. Es funcional y perfecto.
- ¡Es un carburador, señor Parker! ¡Un carburador! ¿Ha oído hablar de los motores de inyección? – Preguntó con sorna, pero el alumno lo miró impasible. – Hace casi veinte años que es el único método usado en la automoción. ¡Y me dice usted que su carburador, un vestigio del pasado, es perfecto! Abusa usted de mi generosidad, señor Parker. He revisado sus cálculos, su “teórico motor” en el que lo aplica, un v10 de combustible, de gran cilindrada y con capacidad para quemar combustible a una velocidad atroz. ¡En la época de los motores de bajo consumo crea un depredador de carreras! ¿Le parece serio?
- Me parece plenamente en serio.
- Mire… Un carburador, que además depende de un motor utópico… ¿Sabe que? Me ha convencido. – El alma de Han se alzó en vilo. ¿Realmente no sería el doctor Maragnani tan cabrón como lo pintaban? – Le bajo la nota a un aprobado.

Algo explotó en el interior del piloto: Una furia sin precedentes, combinada con el ansia de resolverlo todo a hostias inmediatamente. Sin embargo, cuando estaba a punto de levantarse, sintió un escalofrío en el pecho, justo donde Rolf le había apoyado una navaja días atrás. “Antes de actuar, piensa en lo que puedes perder”: Si se atrevía a tocar al ilustre catedrático Inazio Maragnani, su carrera como ingeniero habría muerto antes de empezar.
Sin embargo, el piloto no era famoso por su falta de voluntad. Apretó los dientes y clavó sus pupilas en las de su profesor, que había alzado la barbilla, esperando su respuesta con gesto de desafío.

- Tendré esa matrícula de honor. Esta noche.
- ¿Y que va a hacer? ¿Secuestrarme? – Se burló el catedrático, intentando que su creciente temor no trascendiese sus formas. Han cogió aire y respondió con toda la educación que le fue posible.
- Le invito a comprobar esta misma noche las capacidades de ese carburador.
- ¿Qué quiere decir?
- Quiero decir que sé que funciona porque lo he construido. Esta noche a las nueve. – Dijo mientras se levantaba.
Inazio Maragnani no podía quitarse de la cabeza esa última mirada que le había dedicado al cerrar la puerta, mientras pronunciaba su siniestra despedida: Pasaré a recogerle.



Eran las nueve y cuarto, y el catedrático Maragnani ya se hallaba más relajado. Estaba en uno de los bares más elegantes del sector dos, el Gentlemen’s, mientras disfrutaba de un gin tonic y de la conversación de algunos de sus amigos, todos ellos venidos de su elevado estrato social.
El local no era precisamente ningún agujero de chusma: Decorado con maderas nobles, los camareros uniformados de punta en blanco servían cócteles y cigarros de las marcas más selectas del mercado. Sus aperitivos tenían una gran reputación entre los mejores círculos culturales, más aficionados a un toque clásico pero sin renunciar a la inventiva experimental de algunos de los mejores cocineros de Midgar. Muy pocos de sus clientes no iban de traje, y los que no, vestían ropa de sport, relajada sin ser del todo informal. El Gentlemen’s era, sin duda, el lugar donde los hombres poderosos de la ciudad disfrutaban de un relajado Vermouth a la salida del trabajo, antes de volver al infierno de sus esposas florero viejas y amargadas.

Inazio Maragnani no alcanzaba a ponerse cómodo: Sus amigos habían ocupado un sitio, cerca de la esquina del local, frente a un enorme Bengal disecado y a un viejo reloj de pared. Como fue el último en llegar, tomó el último asiento libre, y la blanca esfera del carillón lo contemplaba como un cíclope amenazador. Acercarse a las nueve fue inquietante. Pasarlas tantos minutos y que no haya sucedido nada aún era un canto a la paranoia. Probablemente ese alumno se haya pensado mejor las cosas, pero… Hay mucho loco suelto con esto del cometa.

- ¿Qué te pasa, Naz? No se te ve cómodo… - Preguntó uno de sus colegas. - ¿Acaso no te gusta la idea de unas buenas vacaciones?
- Pete, sabes que mis billetes para Gold Saucer han sido comprados hace meses. – Bromeó el catedrático. – Tengo unas ganas de dejar Midgar… ¡Que le caiga el meteorito encima de una maldita vez y se lleve a todo por delante! ¡A los alumnos idiotas, a los turcos, a los alborotadores y a la propia Shin-Ra al infierno con él! – Maragnani levantó la vista, más relajado por su bravata, y al hacerlo vio que sus colegas habían palidecido.
- Naz…
- ¿Qué os pasa? ¿Sahayid? ¿Pete? ¿Sergei? Parece que hayáis visto…
- Señor Inazio Maragnani, según tengo entendido… - Interrumpió una voz grave a sus espaldas. El catedrático entendió la reacción de sus compañeros. El reloj de pared tenía una cubierta de cristal en la que mostraba el péndulo y algunos mecanismos. En ella podía ver con bastante nitidez el reflejo de un traje negro a sus espaldas.
- Doctor… - Alcanzó a decir con voz trémula. – Soy el doctor Inazio Maragnani.
- Acompáñeme. – Dijo el turco con indiferencia.



El aterrorizado catedrático recorrió las calles de la ciudad, alejándose cada vez más del Sector 0, camino de los bordes de la placa superior. Allí se alzaba la autopista, y el llamado Midgar Ring: un anillo de carreteras, actualmente en obras por la caída del Sector 7. Llevaba mucho tiempo cerrado al público, y los últimos rumores apostaban a que Shin-Ra estaba adaptándolo como circuito de competición, reabriéndolo para uno de sus antiguos usos, en busca de la típica estrategia de “panem et circenses”.

Durante todo el viaje, el turco lo llevó sentado en el asiento de copiloto de un potente Shin-Ra Supreme oficial, acompañado del rugido de un motor que era incapaz de callar los potentes latidos de su maltrecho y asustado corazón. Cuando Ya se veía el horizonte entre los edificios, coronado por los últimos rayos de la puesta de sol. El turco, cuyo lado derecho le quedaba a la vista, ahorrándole la imagen de su desfigurado lado izquierdo, mal oculto por unas gafas de sol, lo miró de reojo. Maragnani se dio cuenta del gesto y lo miró a su vez. Entonces el turco empezó a hablar.

- Muy bien, doc, estas son las condiciones: El motor es propiedad de Shin-Ra, y el coche es alto secreto. Usted no investigará ni revelará la existencia del motor ni del coche a nadie. Así mismo, tampoco podrá pilotar el coche ni realizar ningún tipo de estudio o control informático del estado del motor. – El Supreme iba reduciendo su velocidad, y el turco se había quitado las gafas de sol, ya más un incordio que un alivio, con la oscuridad ya reinante. Luego lo miró, y en sus ojos y sonrisa había una promesa de violencia expeditiva y de una tumba anónima en las llanuras, más allá de la ciudad. – Sé que tiene usted los planos de ese carburador. Mañana quiero un mensaje del señor Parker Cliff confirmando su devolución. Si descubro que ese carburador sale a la luz, y no lo ha sacado su inventor, tomaré medidas. ¿He sido claro?

Maragnani solo pudo apretar las piernas y asentir.



Al detenerse el coche, se encontraron al alumno, tirando unos guantes de látex manchados de gasolina y aceite de motor. Un último vistazo repasó todas las piezas de mecánica del “Pájaro”, la monstruosidad mecánica que había surcado la ciudad como un relámpago a ritmo de heavy metal, sembrando el caos circulatorio a su paso. En palabras de su piloto, con ese coche había volado, y ninguno de sus pasajeros iba a discutírselo.
Cerró el capó con gesto meditado y rodeó el vehículo, limpiando algunos últimos restos de polvo y comprobando la presión de los neumáticos con unos ligeros apretones. Acto seguido, tomó un par de mitones de cuero de uno de sus bolsillos, calándoselos en las manos con el lento y meditado gesto de un villano que dispone la máquina de tortura mientras sus secuaces le traen al héroe. Sonrió, animado por esa idea, y abrió la puerta del copiloto a su profesor.


- Buenas noches, doctor Maragnani. – Lo invitó con una sonrisa, antes de ocupar el puesto de piloto. – Está usted a punto de subirse al mejor coche del mundo.




Unas cuantas horas y una orgía lésbica más tarde, tres hermosas mujeres compartían un cómodo y amplio sofá con un hombre. Las mujeres eran todas exuberantes, y a la vez variadas. Todas llevaban cómodas camisetas viejas, a las que la gente caracteriza como “de dormir”. Sin embargo, sus atavíos también variaban bajo estas prendas: La primera mujer, de rasgos orientales y belleza delicada con un toque malévolo, había optado por brillante lencería de látex negro. La segunda, rubia de perfectos y pálidos matices, había preferido el encaje. La última era una pelirroja ardiente, con una sonrisa traviesa y unos ojos grises fulgurantes, cuyos gustos se inclinaban más por el cuero.

En medio de esas tres bellezas, había un hombre. Un hombre delgado y atlético, que se cuidaba y tenía unos abdominales realmente envidiables, a juego con una musculatura marcada pero no exagerada. También era atractivo, ya que acostumbraba a cuidar su imagen. El hombre, además, era homosexual, de modo que lo único que había podido ofrecerles a sus invitadas eran unos margaritas cojonudos y una serie entretenida para ver, mientras se lamentaba por su estúpido hermano ausente: ¿Dónde cojones se habrá metido Han?

4 comentarios:

Skeith dijo...

Han: el alumno que siempre he querido tener. Soy yo y le ponía notables sólo para ir en ese coche. Por si acaso, sólo notables, temo que con algo más bajo el viaje que me dé no sea en coche sino en puños.

Ukio sensei dijo...

En que coche? Porque el hecho de que venga un turco con el "venga a darse un paseíto con nosotros" no ha de molar nada...

Skeith dijo...

Evidentemente, en el coche de Han. El coche del turco casi parecería más un vehículo fúnebre... Y posiblemente lo sea en algún momento.

Ukio sensei dijo...

Ya sabes lo que se dice: Hay días buenos y días malos.