lunes, 15 de febrero de 2010

204

   Pasadas las ocho de la mañana, hubo un gran alboroto en la calle. O en lo que habría sido una calle, de no estar tan soberanamente llena de basura. Era lo acostumbrado en los suburbios: pasos estrechos entre montañas de chatarra inservible y atestada de vagabundos, delincuentes y otros desechos aún peores. Un rayo con forma de transporte oficial de SOLDADO se hizo un hueco entre los montones de basura metálica, tal como lo había hecho antes entre los coches en la carretera asfaltada de la placa del sector 6, de tal modo que muchos habían tenido que detenerse donde estaban y otros casi se subieron al edificio más cercano. Al paso de la unidad de élite quedaba una considerable congestión de tráfico y muchos juramentos.
   Y es que había prisa. La unidad, compuesta por varios SOLDADO de 3ª clase y dos de 2ª, mantenían el equilibrio como bien podían en el interior del transporte sin soltar sus armas. Alguno maldecía al conductor, aunque con cualquier otra persona ocupando su puesto habría sido lo mismo. Cada uno de los segunda tenía que comandar una mitad de la unidad hasta encontrar y neutralizar su objetivo. Ahora uno de ellos se entretenía bregando por hacerse entender por encima del ruido del motor, explicando la misión encomendada. El segunda sostenía el casco con una mano, dejando que se aireara su cráneo afeitado. Mientras, con la otra mano enguantada jugueteaba con la larga empuñadura de la espada de doble filo en una clara señal de impaciencia. Una vez que el vehículo tomó una ruta más estable, su voz ronca se escuchó con bastante claridad.
   -Es probable que alguno de vosotros, aficionado a programas del corazón y cotilleos de marujas, haya escuchado algo de esto. Se ocultó a los medios, como suele ocurrir en estos casos, para evitar el pánico, pero también para que no quedáramos como idiotas, ni nosotros ni la compañía; pero siempre hay alguno cuya lengua estaría mejor en su culo que esparciendo rumores. Para los poco informados, os diré que hace unos días, y por suerte para nosotros, un guardia de seguridad encontró a uno de su departamento desmembrado y colgado cabeza abajo de una escalera de incendios. Digo por suerte, porque de haberse tratado de un ciudadano de a pie, a estas alturas la historia estaría vendida al mejor postor y ya hay bastantes problemas con Arma y Meteorito como para añadir un crimen así a la prensa sensacionalista. Y más si tenemos en cuenta que el informe forense reveló que no se trataba de algo perpetrado por un asesino típico o un perturbado; las heridas del guarda habían sido producidas por garras. Su cuerpo había sido, según el informe, “atravesado por garras de unos cinco y ocho centímetros varias veces, recibiendo heridas en el torso, cuello y espalda.” Así pues, creo que está bastante claro que el culpable es un monstruo, o más de uno.
   El SOLDADO hizo una pausa, aprovechando un bache para tomar aliento. Al parecer, el conductor estaba tomando atajos de nuevo. El consecuente salto del transporte hizo que la cabeza de uno de sus hombres chocase contra el techo, para gran regocijo del resto. Aún así, las risas y comentarios no duraron mucho. Para algunos era la primera misión donde se les encargaba algo más que desfilar y entrenar en el cuartel, y estaban nerviosos y excitados. El otro segunda, más serio, se encargó de continuar la explicación. A éste no le hizo falta gritar. Quienes le conocían le llamaban Susurro. Solía pasar desapercibido casi siempre. Pelo negro corto, ojos castaños, rasgos anodinos de expresión seria e indiferente, y el uniforme característico, que vestía como si en vez de ponérselo se lo hubiera injertado. Una cosa le diferenciaba de otros oficiales de descripción parecida: su voz. Los que habían trabajado con él sabían que hablaba bajo siempre, como el siseo de una serpiente. También sabían que su voz tenía la cualidad de hacer que moderaran su tono los demás oficiales cercanos, y a veces hasta los oficiales de más rango que él. Claro que en parte era para poder escucharle, pero su forma de hablar decía algo a favor de sus agallas cuando un primera exigía una respuesta a voz en cuello de sus subordinados y él seguía contestando a su manera. En aquel momento a algunos les pareció que incluso el estruendo del motor bajaba el volumen.
   -Investigando la zona con ayuda de planos del Departamento de Desarrollo Urbano, se encontró una vieja red de tuberías, junto con una entrada al interior de la placa, inadvertida entre dos edificios durante años. El precinto estaba roto y la compuerta abierta. Con ayuda de dichos planos se confirmó que la entrada conecta con un tramo clausurado de la red de ferrocarriles, y ésta a su vez con los suburbios del sector 2. Nuestro cometido es encontrar el acceso bajo la capa de mierda del suburbio y acabar con el o los monstruos, si es que siguen ahí. La compuerta se ha sellado por el acceso de la placa, de manera que si intenta escapar en por la red ferroviaria estará acorralado; le reventaremos el culo y podremos volver el cuartel antes de que el marica de Mallet sienta que debe maquillarse de nuevo.
   -Me encanta que vayas siempre al grano, cariño.
   El 2ª clase más serio lanzó su casco hacia Mallet, pero éste ya se lo esperaba y no tuvo problema en pararlo con la mano que un segundo antes remoloneaba en la empuñadura del arma. Los 3ª clase rieron la gracia, cuidándose de no exagerar demasiado para evitar las represalias de Mallet. En esas estaban, cuando los ocupantes del vehículo notaron un fuerte tirón hacia la derecha y que se habían detenido. Habían llegado. Mallet se pasó la mano por la rapada cabeza y empezó a dar instrucciones.
   -Hora del vals. Recordad, que cada uno siga a su maestro de ceremonias y no se separe de su pareja de baile. No quiero que nadie, repito, NADIE, vaya por libre. Os quiero sincronizados como si esto fuera una puta exposición de relojes. ¡Venga, movimiento! ¡Quiero ver cómo los talones os azotan el culo al correr!
   Susurro se puso el casco y abrió la puerta del vehículo. No dijo nada: consideraba que lo dicho por su compañero valía para todos. Se habían detenido no muy lejos de la estación que unía la placa con el suburbio del sector 2. Cerca había un andén abandonado y también, alzándose sobre ellos como si fuera a aplastarlos bajo su mole, la imponente base de Midgar y de Shinra: lo que algunos llamaban el sector 0. Las vías del tren se perdían en el interior de un túnel, y a lo lejos se entrelazaban con otras igualmente añejas para ir a rodear la gigantesca estructura, antes de subir en una enorme espiral metálica y penetrar en el interior de la placa. Susurro hizo una seña y los SOLDADO a su cargo salieron rápida y eficientemente. Mallet hizo lo propio y al poco ambas unidades de élite estaban moviéndose.
   En honor a la verdad, ni Mallet ni su compañero habían contado todo a sus subordinados. Susurro lo había omitido, y Mallet no consideró necesario comentarlo si el SOLDADO de más edad prefería pasar de ello. Ciertamente, temía que el resto del informe pudiera acobardarles. Con tanta gente ocupada en el traslado del cañón y su instalación, y el últimamente perenne temor a ataques terroristas, a Sefirot, a Arma… les habían dejado a un puñado de novatos para encargarse de aquella tarea. El propio Mallet, al revés de lo que parecía, no estaba del todo tranquilo. Creía que Susurro tenía más experiencia que él y, de no ser así, era lo bastante inexpresivo como para aparentar que no le corroían los nervios. Tener que inspeccionar los olvidados entresijos de la placa en busca de un monstruo, aunque resultara ser un Lobo de Kalm (algo poco probable, dado el informe) se le antojaba demasiado surrealista. Era como estar dentro de una de esas angustiosas películas de bichos alienígenas. Bichos que desguazaban a los protagonistas como papelinas, a pesar de que éstos parecen ser siempre más duros que doblar una viga de mitrilo con los dientes.

   “La contusión más grande de la espalda es el resultado del primer impacto. El asesino habría asestado un fuerte golpe al guardia con un objeto dotado de puntas o púas, aunque no hemos sido capaces de determinar de qué se trata. El guardia debió de darse la vuelta, y fue entonces cuando recibió las heridas de los hombros, pecho y abdomen. Seguramente el asesino se abalanzó sobre él después de que se volviera. Sin duda fue en ese instante cuando el guardia, desequilibrado, se golpeó la cabeza contra uno de los contenedores. La contusión de la sien lo confirma. Seguramente aún estaba vivo cuando llegó a la mitad del callejón. A juzgar por las marcas dejadas en el tobillo, el asesino no se lanzó sobre él de nuevo, sino que lo sujetó por la pierna derecha, y debió levantarlo en el aire. Como resultado, la articulación se dislocó. Creemos que, dados los lugares del escenario donde se encontró sangre, y las contusiones y heridas de la cabeza de la víctima, fue golpeado contra los cubos de basura y la propia escalera de incendios en la cual se le encontró colgado. Hay otras heridas y hematomas que parecen consecuencia de dicho acto. Toda la sangre hallada pertenecía a la víctima.
   Aparte de las manchas de sangre, restos del uniforme y el casco, y los típicos desechos propios de un callejón, sólo hemos encontrado un par de muestras que asemejan escamas. Mostraban cierto nivel de mako, lo que confirma lo que se pensaba inicialmente: que se trata de un monstruo. Todavía no hemos podido determinar qué clase de monstruo asesinó al guardia; por ahora únicamente nos dedicamos a comparar patrones de ataques anteriores y descartar a las criaturas cuyas marcas no coincidan con las dejadas en la víctima.”


   Mallet sacudió la cabeza e hizo varios movimientos de calentamiento con los brazos al bajar del transporte. No necesitaba llenarse la cabeza con datos: únicamente tenía que encontrar al animal en cuestión y enseñarle que era fácil jugar con los del Departamento de Seguridad, pero que no se jugaba con SOLDADO a no ser que quisieras volver a casa llorando.

***

   -¿Despedido?
   Elliot Rigar no salía de su asombro, aunque tampoco pudo disimular cierto alivio. Completamente estupefacto, no fue capaz de decir otra cosa que no fuera la tan temida palabra. Ante él, Gina Leman se mostraba seria, serena e implacable en su rol de jefa intransigente y puntillosa. Si en aquel momento el Meteorito hubiera caído sobre el sector de al lado, Elliot no se habría visto más sorprendido.
   El científico había temido que la imprevista charla con la jefa de departamento tuviera que ver con el robo, cometido no hacía mucho, de cierta pieza perteneciente a la máquina de refinamiento de mako que usaban en el laboratorio. Con una combinación de suerte, ingenio y la ambición impaciente de un compañero, había podido llevársela sin problemas, seguro de que le caería el muerto a él. La cosa había ido bien; a Dylan Metroy le había caído una condena por intento de robo. Le habían pillado con las manos en la masa, forzando el escritorio de un compañero que estaba de vacaciones y con el mecanismo de concentración de mako encima. Tras aquel turbio asunto, Elliot había deseado fervientemente poder olvidarlo por completo y que la investigación se diera por concluida. Confiaba también en que Metroy no relacionara su desgracia con él. En todo caso, los guardias habían registrado a Elliot antes de que pudiera salir del edificio la misma noche que sonó la alarma y no habían encontrado nada sospechoso entre sus pertenencias, y el científico ya no tenía la pieza consigo. Consideraba que no había indicios que le delataran.
   Sin embargo, aquel concentrador de mako no era la única pieza desaparecida desde hacía un tiempo. El misterioso chantajista de Elliot había seguido pidiendo de cuando en cuando no sólo relaciones de las materias que le tocaba tratar, sino también piezas. Elliot había aprovechado la excusa de hacer horas extras para entrar subrepticiamente en el almacén. Por suerte para él, la maquinaria estaba bien cuidada y no se estropeaba a menudo, pero los registros de costes de las piezas no mentían, y cada vez que un contable visitaba el departamento para ver a Leman, una garra fría le agarraba el estómago y no dejaba de estrujárselo hasta que la jefa estampaba indiferente su firma, sin siquiera mirar dónde plantaba su rúbrica. Tarde o temprano se notaría que faltaban cosas.
   Pero no tenía otra opción. Las últimas misivas, siempre entregadas de manos de distintas personas, eran cada vez más concisas en sus peticiones. Y también más explícitas en lo que pasaría si se acobardaba y la idea de pedir ayuda a las autoridades se le pasaba por la cabeza. Ya no amenazaban sólo con revelar sus aventuras, con divulgar sus proyectos, o directamente con sacar a la luz que era el responsable de los robos en el almacén de piezas de repuesto. Ahora hacían uso del perfecto conocimiento de su domicilio y su rutina para amenazarle de muerte, tanto a él como a su esposa. La última nota la había recibido hacía cerca de dos semanas, y Elliot deseaba que siguieran sin pararle vagabundos por la calle para entregarle sobres en blanco.
   La voz átona de Leman le sacó de su estupor como si le hubieran dado un latigazo.
   -Sí, eso me temo. Y también me temo que no será el último, Rigar. Cosas de la compañía.
   -Pero… no entiendo… ¿No será por algo que he hecho, verdad? Mi contrato no termina hasta dentro de dos años y…
   -Y ha estado haciendo una labor espléndida. Hasta había mejorado, tal como informé en su expediente. Son cosas de la compañía, y si por mí fuera no despediría a nadie y dejaría las cosas como están. No soy precisamente amiga de los cambios, como ya sabe… Pero es lo que ordena la plana mayor.
   Elliot se calló, como si en aquel mismo instante hubiera perdido el habla. Ni tan siquiera tartamudeó. Ante su reacción, Leman siguió hablando. Durante el tiempo que Elliot llevaba haciendo horas extras y puliendo detalles de su trabajo y su comportamiento, se sentía algo más inclinada a tratarle con respeto y hasta con algo de familiaridad. En la actualidad, se llevaban lo bastante bien como para ser cordiales el uno con el otro, pero no como para dejar de tratarse de usted ni presentar “ideas demasiado innovadoras”. A veces, el científico sentía que la estaba engañando vilmente. Sabía perfectamente que no metía horas por el trabajo atrasado precisamente.
   -Todo es a raíz de la época que estamos atravesando, Elliot. El Departamento de Seguridad Urbana está frenético. Nuestro gran jefe, Heidegger en persona, está que se sube por las paredes. Por si no fuera bastante con el asesinato del anterior presidente de la compañía, los atentados y el Meteorito, ahora se añaden las Armas. El presidente Rufus ha hecho instalar el cañón de Junon aquí como precaución en caso de ataque, o eso es lo que dicen, pero llevará tiempo acoplarlo y evitar que se desplome tras disparar. Desgraciadamente, el cañón funcionaba con un tipo de materia que era generada en el reactor submarino, y la que tenemos en Midgar no serviría para hacerlo arrancar. La materia enorme de los otros reactores la gastaron ya para tratar de volar el Meteorito en pedazos, así que no queda más. Por esto, han decidido conectar la salida de mako de los reactores con la cámara de disparo del cañón y adaptarla para que funcione con mako puro en lugar de con una materia enorme. Pero la presencia de ese armatoste hace algo más que chupar energía, Rigar. Nos afecta a todos, tanto a usted, como a los demás, como a mí misma.
   -Pero que el cañón esté ahí no debería afectar en nada a nuestro departamento… Nosotros nos dedicamos a refinar y procesar la materia que luego usarán los agentes de SOLDADO y los Turcos. ¿Qué tiene que ver la instalación del cañón? -preguntó el científico, confuso.
   -Pues sí que tiene que ver. Y créame, ojalá esa snob repelente de Escarlata y sus científicos locos de las armas hubieran encontrado otra solución. Están colocando conductos para trasladar la energía directamente de los reactores a ese inmenso industrio, su “Hermana Ray”, como le gusta llamarlo. Quieren que todos los reactores, todos, incluido el que surte a la sede central, estén conectados cuanto antes. Pero no verá más obras cerca del edificio que las que se realizan para mantener el cañón estable, no verá cables ni conductos desde el edificio al arma, ¿y sabe por qué? Porque piensan usar los sistemas de la propia sede para alimentarlo. Así que, mientras no termine la amenaza de esos monstruos y el cañón siga donde está, los sistemas que nos aportaban el mako para el refinamiento serán redirigidos hacia ese trasto. En otras palabras, no podremos trabajar, y eso nos hace prescindibles.
   Gina Leman se acomodó mejor en su silla, y suspiró con indignación. Por su parte, Elliot no quiso creerlo. Se negaba a creerlo. No sólo porque perdería su trabajo; eso era una faena, pero Marie seguía teniendo el suyo como redactora. Con eso podían vivir hasta que encontrase otro empleo. Lo que más le dolía era perder todo el esfuerzo que había hecho para llegar a ese punto, que no era ni por asomo su meta final. Todos sus progresos en la universidad, su emoción al entrar a formar parte de la mayor compañía energética del mundo, sus ideas y proyectos revolucionarios… Todo eso se echaba a perder. Y en el fondo de su pensamiento, una voz le decía que no era lo peor. No si su chantajista seguía pidiéndole favores relacionados con su trabajo. Deseó gritar para ponerle fin a aquel sinsentido, pero no funcionaría. Nunca funcionaba, por desgracia. Aquello no podía funcionar, y tampoco podía funcionar la medida adoptada por Shinra.
   -Pero, ¿por qué? Es decir… si hacen eso, llevará mucho tiempo volver a ponerlo todo como estaba, y durante ese tiempo ni nosotros ni los de Creación de Materia estaremos operativos. No habrá materia que valga para los agentes de SOLDADO.
   -Exacto. Pero supongo que mandarán a recoger la materia de otros reactores. Sea como sea, eso no es asunto nuestro, pero sí una mala jugada con la que tenemos que vérnoslas. Por eso me hacen tramitar todo este papeleo ahora -suspiró, señalando la pila de papeles e informes que esperaban a un lado del amplio escritorio-. Quieren que el cañón esté conectado cuanto antes, y empezarán por darle energía usando nuestro sistema de suministros, que es lo más rápido. De esta manera, en caso de que un gigante como el que atacó Junon se nos eche encima, tendremos algo que tirarle hasta que el resto de alimentadores estén colocados. O eso piensa Heidegger. Yo sólo pienso que está tirando por la borda el futuro de mucha gente sin necesidad.
   Hubo una pausa, mientras Leman esperaba que su subordinado se hiciera a la idea y se resignara. Estaba pálida y algo ojerosa. Nunca había sido especialmente atractiva, pero los efectos del trabajo acumulado, junto con la tramitación de los despidos, hacían que pareciera verdaderamente demacrada. Las canas que se infiltraban insidiosamente en su cabello castaño habían crecido en número. En el laboratorio estaba prohibido fumar; no había tardado diez segundos en dejar de hablar y ya tenía un cigarro de los caros encendido. Le daba igual. Sabía que pronto se le podía acabar aquel vicio. Finalmente, Elliot ordenó sus ideas y volvió a hablar.
   -De modo que… Todo el departamento se irá a la calle, sin más. ¿No hay garantías tampoco de volver cuando termine el estado de excepción?
   -Espere que se acuerden tan siquiera de pagar el finiquito -respondió la jefa, desabrida-. Creo que conservarán a algunos de los más “capacitados” de Creación de Materia para el mantenimiento. Ya sabes a quiénes me refiero. Pero no dejarán a nadie más -hizo una pausa mientras daba una larga calada al cigarro. Luego exhaló y bajó la cabeza. Empezaba a tener jaqueca, y acababa de empezar el día-. Dios, si yo fuera el presidente y de verdad tuviera que enchufar ese puto trasto al edificio, daría vacaciones indefinidas o nos trasladaría a otro departamento… pero despidos generales… Es demasiado.
   Ambos callaron de nuevo. Desde luego, las cosas no estaban bien. Si los despidos eran cosa de la plana mayor, estaba todo dicho. Heidegger seguiría tranquilo apoltronado en su sillón; sus guardias, Turcos y SOLDADO haciendo el trabajo sucio, patrullando, jugándose la vida o las tres cosas. Al menos cobraban por ello, y seguro que no les faltaba trabajo. Pero a la vista de los acontecimientos, los científicos de la compañía que se encargaban de suministrarles materia de calidad para facilitar sus labores tendrían que buscarse la vida en la ciudad. Una ciudad que en cualquier momento podía saltar por los aires de un canicazo astral, o bien convertirse en el patio de recreo de bestias colosales. Daba la impresión de que las cosas sólo podían ir a peor.
   Aquella misma mañana, Elliot recogió sus cosas. No fue el único. Leman había ido llamando uno a uno a los demás trabajadores del laboratorio, para comentarles el asunto y acordar sus finiquitos conforme a las horas de cada uno. A decir de la cuarentona mujer, no habían dado siquiera el aviso de despido quince días antes, y encima, tenían que desalojar el laboratorio el mismo día. A lo largo de la mañana, muchos otros científicos salieron de la sede central, varios ocultos bajo una máscara de estoicismo, maldiciendo unos, sollozando otros. Se quedarían solo cuatro gatos, enchufados la mitad, para gestionar el redireccionamiento de energía y hacer su mantenimiento. Con la excusa del estado de excepción, se habían saltado a la torera multitud de normativas creadas por la propia compañía, habían echado a la calle a muchos profesionales fiables y trabajadores, y habían aplastado los sueños de al menos uno de ellos.
   Eran apenas las nueve y media. El tercer jueves de aquel mes, de aquel año horrendo. Elliot tomó el tren para llegar a casa. Abrió como pudo la puerta sin soltar la caja con sus cosas y entró. Todo estaba silencioso, como era de esperar. Marie y él siempre comían fuera los días laborales. Sin siquiera un suspiro, se dirigió al armario que usaban como trastero y dejó la caja dentro, tapada con un mantel viejo que Marie no se decidía a tirar. Uno de los regalos horrendos de su madre.
   Los jueves solía quedar con los viejos compañeros de facultad para charlar y tomar algo. Normalmente procuraba no pasarse, pero Elliot tenía claro que colgar la bata era abandonar sus proyectos y sueños, y eso merecía que se les hiciera una despedida por todo lo alto. Uno de sus compadres siempre estaba hablando de un antro que organizaba peleas y juerga. Era perfecto. Mejor emborracharse en un sitio donde no le conocieran, que en uno donde Marie sabía que iba casi todas las semanas.

***

   Unos ojos rasgados perforaban la oscuridad del interior de la placa, sin ver aún nada fuera de lo normal. Se habían abierto hace unos minutos y aún parecían soñolientos. El ruido de un ascensor en marcha había terminado de despertar al dueño de dichos ojos.
   Vivía dentro mismo de la placa. No sobre ella, en los barrios elegantes, ni debajo, en los suburbios. Al menos la zona donde se encontraba no era por donde discurría el alcantarillado, sino una cercana a la antigua red ferroviaria. Era una sombra que vivía en la oscuridad, a medio camino de una gran ciudad y una gran caída. Nadie pasaba nunca por esos lugares lóbregos y olvidados, ni tan siquiera personal de mantenimiento. Todos aquellos túneles de hormigón y vigas habían sido abandonados hace tiempo, al terminar la construcción de la urbe. Era como si su función hubiera terminado con un fundido en negro que iba a durar para siempre. Actualmente sólo se usaban unos cuantos para permitir que los ferrocarriles conectaran la placa con los suburbios y con el resto del mundo. Los demás permanecían clausurados, o sellados, durmiendo bajo la ciudad. Había algunos accesos para personal en la parte superior de la placa, casi todos precintados por Shinra. También existían muchos ascensores de los que habían llevado a innumerables técnicos, obreros e ingenieros desde el suelo hasta las obras, todos ellos cercanos a los pilares que mantenían los sectores en su sitio. Que la sombra supiera, nunca se usaban.
   Los ojos se volvieron en ambas direcciones. Nada por ninguna parte. El murmullo constante del viejo ascensor seguía resonando en el túnel ferroviario donde se encontraba. El elevador estaba situado en un pasillo lateral, un poco más adelante. Abandonó las vías y se acercó sigilosamente al hueco del ascensor. Sus ojos miraron hacia abajo. La profunda abertura estaba iluminada por luces rojas a intervalos regulares, que se reflejaban en sus iris haciéndolos brillar. Casi al límite de su vista, podía divisar cómo se apagaban mientras la cabina se dirigía hacia él. No sabía de quién se trataba, pero sí que debía tratarse de gente de Shinra. Por lo que recordaba, sólo el personal de la compañía podía tener acceso a aquel ascensor. La sombra pensó que quizá tenía relación con el cierre de la salida a la placa.
   No importaba. Fueran quienes fueran, tenía que hacer algo. Por el momento, únicamente tomaría precauciones. Si se trataba de encargados de mantenimiento, probablemente no habría ningún problema, siempre que no pasaran de cierto punto. En caso contrario…

***

   Llevaban ya cerca de una hora avanzando a través de metal retorcido, deshechos y óxido. Aproximadamente veinte minutos tras su llegada, habían dado con un viejo elevador de servicio que les había llevado directamente hasta la parte inferior de la placa; de ahí que aunque el suburbio quedase ahora a cientos de metros más abajo, siguieran rodeados de chatarra, si bien ésta tendía a ser más resistente por fuerza. En todo el tiempo que llevaban de misión, no habían tropezado más que con algunos engendros menores, monstruos de poca monta, que a pesar de todo tuvieron ganas de suicidarse contra la espada de los SOLDADO. Uno de ellos había recibido una herida, que estaba supurando con rapidez. Mallet le aplicó un vendaje, no sin antes darle radiarle con su materia esna para combatir el más que probable veneno. Hasta el momento, era el único incidente de la misión. El ascensor, aunque bastante viejo, era sólido y funcional. No tuvo problemas en cargar a los SOLDADO y llevarlos hasta el nivel de las vías en un solo viaje. A la salida del ascensor habían encontrado un pequeño panel de control, pero los intentos de iluminar los pasillos habían sido frustrantes e inútiles. Decididos a no perder más tiempo, recurrieron a las linternas incorporadas a los cascos.
   Susurro iba unos metros por delante, con sus muchachos. Los haces de luz de las linternas danzaban en las paredes y mostraban un tapiz interminable de tuberías, rejillas, cableado, vigas y hormigón. La unidad iba abriendo camino e inspeccionando el techo y el suelo, cerciorándose de que fuera seguro. Mallet y su unidad cubrían la retaguardia e inspeccionaban los túneles laterales que comunicaban aquel corredor con el resto del titánico laberinto que era el interior de la placa. No querían sorpresas. El aire estaba viciado, y la atmósfera lo bastante tensa como para escupir y que el esputo no llegara al suelo de rejilla metálica que pisaban. Más de una vez, uno de los 3ª clase se volvía en una dirección espada en ristre, sólo para que la linterna del casco hiciera escapar a una rata.
   Finalmente dejaron atrás los angostos pasillos y las vías de tren, y llegaron a un espacio más amplio, débilmente iluminado por algunas luces de servicio que llevaban años ahí. La unidad de Susurro bajó por una estrecha escalerilla y miraron a su alrededor. Estaban sobre una pasarela metálica de apenas dos metros de ancho, con barandillas de aspecto endeble. Por debajo de ellos sólo se veía oscuridad, pues las luces de las paredes no llegaban hasta abajo. A los lados y encima, podían ver un gran techo plagado de tuberías y canalones, y pasarelas exactamente iguales a la que pisaban; descendían hasta perderse de vista, o terminaban en la pared, junto a una escalerilla de mano que bajaba aún más. Otras ascendían suavemente y acababan en la pared, cerca una pequeña compuerta del techo. Eran los accesos a la parte superior de la placa. Sobre ellos se asentaba la ciudad, el edificio central y ahora, también el cañón. Uno de los chicos de Susurro empezó a sudar y a agobiarse. El segunda se le acercó y le tranquilizó. Todo aquello llevaba años así. No iba a caerse sin más. Una vez comprobada la situación, Susurro pulsó un botón en un aparato enganchado a su cinturón.
   -Vía libre por ahora, nada aquí delante. ¿Qué tal vais vosotros? -preguntó con su habitual voz serena.
   -Todo tranquilo, sin novedad. Nada aparte de mí te frotará la espalda si puedo evitarlo, cielo.
   El grupo de Mallet rió la gracia quedamente. El oficial de mayor rango creyó oír cómo uno de ellos incluso se atragantaba, al tiempo que se imaginaba a Susurro conteniendo una réplica malsonante. El 2ª clase siguió hablando.
   -Esperad un poco en el túnel. Vamos a echar un vistazo. Según el plano, la entrada por donde subió el monstruo está cerca de aquí. Quizá haya otro túnel de regreso a las vías al final de la pasarela, de modo que podríamos estar dando vueltas eternamente sin encontrar a ese condenado bicho. Si no hay nada, volveremos atrás y buscaremos por otra parte.
   La comunicación se cortó en ese punto. Confiado, Mallet hizo un gesto para que sus leales se relajaran. Dos de ellos se acercaron a la salida del corredor, por si pasaba algo. El resto permaneció en el interior. Pasaron apenas cinco minutos cuando Susurro volvió a comunicar con su igual.
   -Efectivamente, hay otra entrada de vuelta a las vías al otro lado de la pasarela. Y hemos encontrado rastros. Diría que a nuestro pequeño asesino le gusta afilarse las garras en las rejillas metálicas.
   -Bien, vamos para allá. Es hora de darle una clase de esgrima a ese puto engendro.
   Mallet dio la orden de marcha, pero se detuvo al notar un ligero toque en la bota. Inclinó la cabeza y vio que una gota de algo le había caído en la puntera. Enfrente, uno de sus chicos estaba apoyado en la pared y miraba hacia abajo, como arrepentido. Mallet hizo una mueca de desagrado.
   -Hay que joderse, Viner, mira dónde escupes la próxima vez. Cuando acabemos con esto me vas a limpiar las botas hasta que deje de parecerme divertido Y muévete, que hay trabajo -dijo el segunda, dirigiéndose rápidamente hacia el túnel. Otros agentes le siguieron y bajaron hasta la pasarela metálica.
   Viner se quedó donde estaba mientras sus compañeros pasaban. Uno de ellos le miró con sorna y pasó por delante mientras el SOLDADO seguía con la cabeza gacha. Ni su compañero ni Mallet se habían percatado de que Viner ya estaba camino de la corriente vital y de que la sustancia que manchaba la bota negra del oficial era sangre. Cuando todos los SOLDADO hubieron salido del pasillo, el cuerpo inerte de Viner se desplomó, con la espalda atravesada.
   El aire fuera del túnel estaba menos viciado, y los SOLDADO respiraron algo más a gusto. Una vez sobre la pasarela, avanzaron con cuidado. Era bastante amplia, pero chirriaba cosa mala, y la distancia hasta el suelo era más de lo que podrían aguantar sus cuerpos tratados con mako si les diera por hacer equilibrios en el pulido pasamano. Estaban ya por la mitad cuando notaron vibrar el metal bajo sus pies. Detrás de Mallet, alguien gritó. Toda la pasarela se movió, y acto seguido empezó a trepidar. Presas del pánico, los SOLDADO se agarraron como mejor pudieron. Mallet se giró para ver qué pasaba, y de pronto se encontró abriendo la boca para alertar a los suyos.
   Una criatura negra y enorme acababa de salir del túnel y se dirigía hacia ellos sigilosamente. Su cuerpo era alargado y a la luz de las linternas brillaba como si estuviera húmedo. La cabeza de la bestia era vagamente cónica, y sobre su morro crecía un amenazante cuerno de color marfil. El lomo estaba cubierto de escamas del tamaño de una mano abierta, y la cola terminaba en una protuberancia que parecía una maza negra. Desde su situación, Mallet no pudo verlo, pero el monstruo se movía sobre cuatro pares de patas armados con garras aceradas. Se movía con la certera y letal agilidad de un felino que sabe que su presa está delante de él. Sus ojos eran pequeños, propios de un depredador inmisericorde; teas azuladas que reflejaban la luz de las linternas y se entrecerraban al recibir de lleno la luz. Una vez descubierta su presencia por el SOLDADO que había gritado, abrió las fauces (unas fauces armadas de colmillos curvos y afilados como cimitarras), soltó un espeluznante chillido y cargó. El primer SOLDADO en su camino fue instantáneamente arrollado y aplastado por las desgarradoras zarpas. El que estaba a su lado no tuvo tiempo siquiera de sacar la espada y el cuerno del monstruo le alzó en el aire, por encima de la barandilla. Lo último que se vio de él fue la luz de la linterna de su casco desvaneciéndose en la oscuridad debajo de ellos. El resto de la unidad, aunque asustada, se mantuvo firme. El entrenamiento y la disciplina recibidas en la instrucción se impusieron al instinto de escapar, y desenfundaron sus armas, manteniendo el equilibrio a duras penas. Intentaron por todos los medios ignorar los movimientos quejumbrosos de la pasarela.
   Desgraciadamente, habían perdido la formación al tratar de sujetarse a la barandilla. El monstruo avanzó y su carga hizo que otro cayera al suelo. Su compañero atacó a la bestia, intentando alcanzar los ojos. La espada rebotó en el sólido cuerno y el SOLDADO fue lanzado hacia atrás. El agente caído se levantó y esquivó como pudo un certero golpe que le habría cortado en rebanadas. Quedaban ellos dos y Mallet. El 2ª clase no había perdido el tiempo, y tras alertar a los suyos había encendido el comunicador. Susurro estaba cerca y escucharía los gritos y el ruido de los golpes. Acto seguido activó su materia. Durante un segundo, su cuerpo brilló y una película translúcida le cubrió por completo. Con un alarido salvaje, cargó contra el monstruo.
   Éste había conseguido atrapar entre sus fauces a uno de los dos agentes de SOLDADO, y cuando Mallet cargó frontalmente volvió la cabeza y soltó a su presa, deslumbrado por la linterna del oficial. A pesar de estar libre de los colmillos de la criatura, el SOLDADO sangraba profusamente y no tardó en caer inconsciente.
   La espada de Mallet se incrustó profundamente en el cuello escamoso. El subsiguiente chirrido de dolor casi le dejó sin tímpanos, y un pitido se impuso al resto de ruidos propios de la situación. Satisfecho por haber causado daño, trató de retirar la espada para seguir atacando, pero la hoja estaba atrapada entre dos escamas. Sudaba copiosamente por el esfuerzo y las venas se le marcaron sobremanera en los músculos, pero no consiguió arrancarla de la carne. Fue el golpe de una gran zarpa lo que le ayudó a sacarla, siendo lanzado hacia atrás en el proceso. Afortunadamente, la magia Coraza que había conjurado momentos antes le salvó de tener siete costillas convertidas en catorce. Tardó una décima de segundo en recuperarse y volver a atacar, mientras su subordinado hacía lo propio tratando de rodear al enemigo y apartarse de las garras.
   Cuando la unidad de Susurro llegó, el agente de 3ª clase estaba tumbado en el suelo, cerca del túnel por el que habían entrado. Susurro ni siquiera se preguntó si vivía. Tenía el casco completamente aplastado y la sangre caía sobre su cara y su cuello. Sin duda un coletazo del ser de pesadilla que podían ver a partes, cuando la luz se posaba en su cuerpo viscoso. Mallet aún se mantenía en pie, esquivando a duras penas los golpes del monstruo, que rugía frustrado cada vez que fallaba. El 2ª clase había retrocedido y ahora apenas diez metros le separaban de la otra unidad. Susurro ya había desenfundado su arma y preparaba su materia.
   -Preparaos. Reld, tú y Aeren id por delante. No ataquéis frontalmente, procurad pasar por sus flancos y colocaros detrás de él antes de hacer nada. Kal, Retrid, apoyad a Mallet. Linsen, conmigo. Vamos a asar a ese hijo de puta. ¡Moveos, ya!
   Los 3ª clase desenfundaron sus armas y avanzaron a toda velocidad. La criatura apenas si se dio cuenta de que dos acababan de pasar bajo sus narices y a no tardar ambos agentes se ensañaban con las cuatro patas traseras y sus costados. Kal y Retrid se acercaron a Mallet, y mientras uno de ellos blandía la espada para mantener las garras del monstruo lejos, Retrid le dio una poción y sacó una bomba de humo, que lanzó por debajo del vientre de su enemigo. Una humareda empezó a crecer y espesarse. Mallet y el resto de agentes se retiraron hacia atrás. En ese momento, Susurro y Linsen alzaron los brazos. La energía se acumuló en sus manos y ardió.
   La nube de humo explotó mientras los SOLDADO lanzaban Piro una y otra vez a su interior. El monstruo chilló de dolor. Reld y Aeren notaron el temblor de la pasarela. Se apartaron a tiempo de no ser embestidos por la mole negra que, desprendiendo un tufo insoportable a carne quemada, enfiló el túnel por el que habían entrado anteriormente y desapareció por él. Los SOLDADO se reagruparon y se miraron sin bajar la guardia. Los novatos estaban temblando. Sus corazones latían desbocados y respiraban agitadamente. Mallet, aún herido, maldijo en voz alta.
   -Le hemos hecho gritar, al menos. No estoy tranquilo. Es mejor que salgamos de aquí.
   -En la pasarela puede lanzarnos por los aires cuando quiera. En los túneles podremos bombardearle con magia y no tendrá tanta libertad -convino Susurro.
   -Pues en marcha.
   Uno de los novatos preguntó qué pasaba con los muertos. Mallet no dijo nada, pero Susurro le dirigió una mirada significativa. No tenía sentido preocuparse por eso ahora, a no ser que quisieran acabar como ellos. Mallet maldecía.
   -Una puta película de alienígenas…

***

   Tardaron poco en dar con el rastro del monstruo. La herida en el cuello hacía que perdiera bastante sangre, por lo que era bastante fácil seguir su pista. Eso sí, no vieron ni oyeron ninguna otra señal de su presencia. Mallet estaba deseando convertir la cabeza de aquel bicho en un trofeo, y quizá hasta vender su cuerno a algún coleccionista. Era una de las pocas veces que había estado como jefe de grupo y había perdido a su unidad al completo. Peor aún, habían tenido que ayudarle los de la otra unidad. Iba tan furioso que cuando Susurro, que marchaba delante de él, se detuvo de golpe, estuvo a punto de empujarle para que le dejara pasar. No obstante, el sentido común se impuso a su ira.
   -¿Qué ocurre?-inquirió en voz baja.
   -El rastro se acaba. A partir de aquí no hay más sangre, pero no me cabe duda de que está cerca. Aún huele a barbacoa-dijo con una sonrisa desagradable. Y era cierto, aún se notaba una peste penetrante a carne quemada. Los SOLDADO sacaron las armas de nuevo y miraron en todas direcciones. En el techo había un gran agujero que sin duda daba a un conducto de ventilación. Algunos cables de las paredes estaban cortados, y la rejilla del suelo tenía marcas de arañazos. Seguramente estaban cerca de su guarida. Intranquilo, Mallet reparó en un boquete que había en el hormigón de una pared, una de las pocas partes libres de tuberías y canalones.
   El agujero parecía tener cerca de medio metro de profundidad. El fondo era irregular y parecía húmedo. Algo brillaba dentro del hueco con un color pálido. Lentamente, su mano fue hasta la linterna del casco y la apagó. El brillo no desapareció cuando la luz dejó de darle. Creyendo que quizá se trataba de una materia, Mallet se acercó. El objeto era redondo, perfectamente redondo. Un orbe azulado y brillante. Bajó el brazo del arma y se acercó. Miró a su alrededor. El resto de agentes seguía pendiente de Susurro, que examinaba el suelo. Uno de los 3ª clase observaba vigilante el techo, por si pudiera aparecer una de las ocho garras del monstruo a través de ella.
   Olvidándose de los demás, Mallet volvió su atención al objeto. Aún se encontraba ahí, en el hueco de la pared. Poco a poco, extendió la mano derecha en dirección al suave brillo. De pronto, Mallet sintió un escalofrío. Al acercarse vio que en su centro, una pupila rasgada le devolvía la mirada. El orbe parpadeó, y sintió que algo cálido y punzante se le clavaba en el brazo. Gritó, y al hacerlo el dolor se hizo aún mayor. Algo tiró de él hacia el interior del hueco con tanta fuerza que se golpeó la cara contra la pared. El resto de agentes de SOLDADO, asustados, se giraron. Al Al principio creyeron que era una novatada, una broma de mal gusto en un momento inadecuado, pero cuando escucharon gritar a Susurro que ayudaran a Mallet, se dieron cuenta de que era de verdad. Reld y Linsen agarraron al 2ª clase y tiraron de él para apartarle de la pared, consiguiendo que gritara aún más fuerte. Dentro del agujero, un horroroso chirrido les informó de quién trataba de apoderarse de él. Susurro se acercó y trató de lanzar una bola de fuego por el hueco, sin conseguirlo; el monstruo tiraba de Mallet demasiado fuerte y no había espacio suficiente.
   -¡Mi brazo! ¡Mi brazo! ¡Suéltame, jodido hijo de puta! ¡Voy a reventarte esa asquerosa cabeza, puto alien de serie B!
   El monstruo debió de tirar más fuerte, pues Mallet dejó de jurar y pasó a gritar sin más. Los alaridos del 2ª clase salían ahora con desesperación de él. Finalmente los esfuerzos de Reld y Linsen se vieron recompensados cuando lograron apartar a Mallet del hueco. Desgraciadamente para el oficial, la mitad de su antebrazo se quedó en su interior. Ni corto ni perezoso, Susurro abrió la mano frente al agujero y descargó una ráfaga ardiente que explotó en un espacio reducido. Su ataque se vio correspondido de forma aguda y chillona. Lo siguiente que escuchó fue un raspar metálico que se prolongó por la pared y desapareció. Interpuso la espada entre él y la negra abertura e iluminó el interior. El muy cabrón acababa de largarse, a saber en qué dirección.
   -¡Llevadle hasta el ascensor y atendedle! ¡Retiraos de forma ordenada! ¡Volvemos al ascensor!
   Los 3ª clase no necesitaban que los azuzara demasiado. Retrid se pasó el brazo sano de Mallet por detrás del cuello y tiró de él. Aeren tuvo que ayudarle, porque Mallet no ponía demasiado de su parte para moverse. Sólo maldecía entre dientes y miraba alternativamente en dirección al agujero de la pared y al lugar donde antes había tenido un brazo entero.
   -¡Ojalá mi mano te haga un nudo en el intestino, bichejo cabrón de mierda!-decía mientras intentaba desembarazarse de Retrid.
   Los SOLDADO se movieron ligeros de regreso al elevador. Salieron de los pasillos y llegaron hasta las viejas vías. Linsen iba el primero, espada en alto y con una materia Hielo brillando en la ranura del arma. Le seguían Mallet y sus guardianes y los otros dos 3ª clase. Susurro iba el último y tuvo tiempo de ver cómo la criatura aparecía una vez más de la nada, como si fuera un tren emergiendo del fondo del túnel. El chillido le ensordeció. El rancio aliento le provocó náuseas. Apenas pudo activar su materia y gritar mientras era pisoteado por las afiladas garras.

***

   El monstruo siguió corriendo tras los que escapaban. Le habían hecho daño. Mucho. Dolía y quemaba. Por si fuera poco hasta habían alcanzado la sensible piel bajo las escamas. Tras pisotear despiadadamente al humano que le había quemado, corrió tras el resto. Dos intentaron volverse y lanzaron más fuego, pero ya había tenido bastante de eso para mucho tiempo. Ahora con más espacio que en el estrecho pasillo o la angosta pasarela, no tuvo problemas para saltar a un lado y luego otra vez, sobre ellos. A uno le empaló con las garras delanteras. El otro, más rápido, fue obsequiado con un latigazo del hueso de la cola, que le alcanzó en pleno pecho y le mandó dando tumbos contra la pared. Quedaban tres más. Uno se dio la vuelta y echó a correr. Los otros dos le atacaron a la vez, y también murieron a la vez. Apenas le dirigió una mirada al otro humano, que tirado en el suelo gritaba mientras se sostenía el muñón. Se acercó lentamente y poniendo una mandíbula a cada lado de su cabeza, apretó. La sangre manó, dulce y cálida, como cuando le había arrancado el brazo.
   Una punzada recorrió sus nervios y le causó escalofríos en el cuello. ¡Las órdenes! La gran cabeza negra se giró en dirección a otro pasillo, por el que había escapado el último humano. El monstruo echó a correr. Unos metros más adelante vio a su presa. Hizo un esfuerzo más y esprintó. Sus garras repiquetearon en el suelo metálico y se confundieron con los violentos latidos del corazón del humano. Cuando casi estaba sobre él, saltó y abrió la boca. El agradable crujido al cerrarla le indicó que había tenido éxito. Pero… Sus ollares se movieron. Flotaba un olor conocido cerca. Miró hacia el frente, sin dejar de correr. Al final del túnel atisbó algo inesperado. Las garras levantaron chispas en el suelo hasta que quedaron encajadas en él, para evitar arrollar a la figura que se perfilaba delante de las luces del ascensor. Dicha figura parecía humana. Llevaba un amplio abrigo, quizá de una talla mayor de la que necesitaba, y estaba envuelta en tiras de ropa vieja. Una capucha cubría la cara. Tenía la mano derecha, de uñas largas y renegridas, a la altura del pecho. En ella, un orbe lanzaba destellos amarillentos. El encapuchado se aproximó al monstruo y le tocó la oscura cabeza. Ni le tembló el pulso. El aliento jadeante de la criatura apestaba, pero no se echó hacia atrás. Habló, y cuando lo hizo su voz sonó algo entrecortada. Como si hubiera hecho un gran esfuerzo.
   -Lo has hecho bien… Desgraciadamente, fueron más lejos de lo que debían. Lo peor es que ahora habrá que abandonar este sitio… Tarde o temprano mandarán… a otros a buscarles. Tú también te irás. No te necesitaré, y… de todas formas, no creo que pueda seguir… no podré seguir controlándote por más tiempo.
   Obediente, la criatura negra dio media vuelta y desapareció por los túneles. Aunque el ruido de las garras sobre el suelo se había apagado ya, el encapuchado no se relajó hasta pasados varios minutos. Cuando lo hizo estuvo a punto de caer, teniendo que apoyarse en la pared para mantenerse en pie. Usar aquella materia era agotador, pero la suerte le había acompañado. De no contar con aquel gran monstruo de su lado, se habría visto obligado a intervenir él solo. Él solo contra una escuadra formada por miembros de SOLDADO. Sin duda, un suicidio. Pero todo había salido bien. La materia de Manipulación sería inútil por un tiempo, pero tenía otras cosas en que pensar. Sentía tener que trasladarse, pero no quedaba más remedio. Volverían. Y él tenía mucho que hacer, mucho tiempo que recuperar.

***

   Esa misma noche de jueves, Elliot acompañaba a sus antiguos compañeros de facultad a tratar de olvidar, bebiendo y viendo las luchas del Foso. Nunca había estado en aquel local, y conocía varios de los sitios más conocidos, tanto encima como debajo de la placa, de sus tiempos de estudiante. El cambio no le vino mal. Sus colegas no le habían visto beber tanto desde los tiempos en que el acné campaba por sus respetos en su cara. No dudaba que le esperase una buena bronca al llegar a casa, pero con todo no le importaba. Sus sueños de futuro se esfumaban a la misma velocidad que el alcohol del vaso que tenía delante. No le diría nada a Marie. No se merecía saber que su esposo había perdido su futuro, aun cuando fuera por culpa de un gigante creado por el planeta o por un estúpido pedazo de roca volador.
   Mientras, también esa misma noche, Susurro se despertó. Le dolía todo el cuerpo, pero estaba vivo. Como descubriría más tarde, era más de lo que podía decir el resto de los SOLDADO. La materia Cura que tenía le había salvado el cuello. Aplicándola como Regeneración, el daño infligido por el monstruo mermó progresivamente. Aún dolía el pecho, y el SOLDADO estaba seguro de que no bastaría la magia para curar eso. También tenía fracturado el brazo izquierdo, pero las piernas estaban en buen estado. Se incorporó lentamente, al tiempo que decenas de estrellas se agolpaban en su campo de visión si respiraba demasiado fuerte o se apoyaba accidentalmente en el brazo roto.
   No se oía nada en los túneles. Poco a poco, fue caminando sin hacer ruido hacia el ascensor. Por el camino descubrió asqueado los restos de Reld; Kal estaba prácticamente empotrado en la pared, y algo más alejado, el cadáver decapitado de Mallet, junto a Aeren y Linsen. No encontró rastro de Retrid. Su oído captó algo, y antes de darse cuenta de lo que hacía ya tenía la espada en ristre con ambas manos. El brazo herido mandó aguijonazos de dolor hasta el cerebro, pero no soltó el arma. Susurro se quedó quieto como una estatua. El ruido volvió. Parecía alguien tosiendo. El segunda se dio la vuelta y vio a Kal, tratando de coger aire para toser de nuevo. El oficial se acercó a él y le quitó el arnés para que respirara mejor. El novato tenía el pecho hundido, pero a juicio del escaso conocimiento médico de Susurro, quizá sobreviviera. Con cuidado, le cogió por el brazo y le ayudó a levantarse. Luego ambos fueron penosamente hasta el ascensor.

8 comentarios:

Mephisto dijo...

Joé, la tipografía no molesta, pero no entiendo por qué hacerla diferente al resto.

Muy chulo el relato, muy completo y detallado por lo general. Ya puede ser fuerte el bicho ese para cargarse a más de 8 SOLDADO, incluido dos segunda. Eso es lo único que me chirría, pero bueno, la narración es muy buena.

Un detalle: para referirse a desperdicios se dice "desecho", no "deshecho", eso es el participio de deshacer. Y utilizar sangría no es necesario una vez que se espacian los párrafos, es reiterar la pausa.

Pero buen relato, la verdad.

Skeith dijo...

Ah, gracias.

El bicho, más que fuerte FUERTE, quería que tirara más de sigilo (en la medida de lo posible). Por eso procuré que a más de uno se le cargara por sorpresa.

Luego todo es psicología: que te asalte un bicho enorme en túneles casi a oscuras da yuyu, y los tercera clase eran novatos. Mucha moral no tenían, no, y eso descentra xD.

Lo del desecho no me di ni cuenta (me centré en la parte media y final del relato y me debí descuidar el resto), y lo de la sangría lo miraré esta tarde, pero vamos, considéralo corregido. En cuanto a lo de que sea diferente... si te digo la verdad, no tengo idea de cuál es el estilo de fuente del resto de relatos... Si me lo comenta alguien, lo modificaré también y quedará más acorde al estilo de Azoteas.

Gracias de nuevo, Mephisto.

Astaroth dijo...

Pues te digo: si hubieras escrito más durante los últimos 100 relatos, podrías haber competido para llevarte el premio de "Mejor escritor". Está relatado de manera estupenda.

Muy bueno, espero que Susurro aparezca más y no se quede sólo en este relato.

Skeith dijo...

La falta de inspiración es lo que tiene. Y eso que despues de este he tenido una ideílla para un one shot. Va por temporadas...

Y gracias. Con dos destripadas a favor, espero ahora la crítica de Ukio; malo será que todos estéis de acuerdo xD.

Astaroth dijo...

Primero los chavales nos robaban los relatos, y ahora los bots nos venden viagra.

Skeith dijo...

Espero que no sea una indirecta por su parte... si lo es, tiene la misma sutileza que un elefante verde.

Rokhsa dijo...

Un relato genial con la parte de los túneles(aunque mi mente perversa ya se ha encasquillado en ver a la criatura como uno del Shadow of the Colossus xD)

Ukio sensei dijo...

Lo primero es lo primero, Skeith, y es que tienes que currarte un poco los márgenes, porque estos bloques graníticos de texto a palo seco hacen daño psicológico.

El relato está cojonudo, y no ha estado mal reencontrarse a Rygar y a Metroid, digoo... Ya me entiendes. Sin embargo, Elliot no deja de necesitar algo más de personalidad para que nos importe un poco. Una marca de birra favorita, una manía molesta... Esas cosas.

Susurro promete, también es cierto, y por último en lo referido a las hostias, vuelvo a insistir en los márgenes. Es una forma de jugar con el ritmo, acelerándolo o creando espectación según necesites. Aunque pese al bloque granítico, esta parte se hizo mucho más llevadera.

Recomiendo que hagáis como yo y lo leáis con Motörhead de fondo. Concretamente la versión de Overkill del 2007 y con Killers. XDDD

PD: El spambot ha muerto.