viernes, 19 de junio de 2009

177

- ¿Hoy nadie tiene nada que hacer? – Preguntó Harlan a la concurrencia de la sala común de Turk, en el edificio Shin-Ra, mientras tras él entraba Yvette. – Hola, Rookery. Cuanto tiempo.
- Esperamos a Kurtz. – Respondió Mashi, como siempre, ausente y con la mirada perdida en su PDA. Svetlana leía la primera prensa, aún bostezando por su nuevo cambio de turno, y al fondo de la mesa, el tercer turco, al que Har había saludado, custodiaba un maletín alargado que había apoyado sobre la mesa y esperaba tranquilo, con sus gafas oscuras de cristales redondos y su pelo corto y canoso. Devolvió el saludo a los recién llegados con gesto en silencio, mientras leía el mismo periódico que Svetlana y luego hacía gestos incómodos con la mirada perdida por la habitación tras haber acabado de leer la página antes que su compañera.
- Si, lleva media hora reunido con Jacobi y Van Zackal. De vez en cuando se oye algún grito. – Dijo Svetlana. – Hola, niña. Hoy traes más cara de puta bien follada que nunca.
- Eso es porque hoy soy una puta bien follada. – Respondió esta, de buen humor. – ¡Y joder si ya iba siendo hora!
- Ah… La juventud. – Dijo el tipejo de aspecto extraño, al fondo. – Tú eres esa novata de cuatro nombres que ha sacado de quicio a Svetlana tantas veces, ¿verdad? – Dijo tendiendo un brazo largo y extraño, cuyos huesos parecían bizarramente alargados y retorcidos palos, con articulaciones que parecían nudos de madera. La principal imagen que le vino a Yvette fue una especie de extraño espantapájaros.
- No hacen falta cuatro nombres para sacar de quicio a mamá oso, - Svetlana gruñó, pero su compañera la ignoró y siguió hablando, - es más, creo que con un apodo es más que suficiente. – Yvette estrechó la mano, que apenas hizo presión sobre la suya, mientras unos dedos largos y delgados, como palos, la rozaban. – No pareces nuevo, pero es la primera vez que te veo… - Dijo, intentando ser cordial. “Raro pero majo… Como todos los veteranos”, pensó.
- No soy nuevo, y no me viste, aunque yo a ti si, un par de veces. Aquí hago más que nada trabajo de apoyo. Soy tirador. – Dijo dando unas palmaditas sobre su maletín. – Solo me llaman para casos concretos.
- Lo llamamos “Rookery” por que siempre está en lugares altos. – Apuntó Harlan. – Y si también has pensado que parece un espantapájaros, te diré que se lleva muy bien con esos bichos.
- ¿Cómo has sabido que…? – Preguntó Yvette sorprendida
- ¿Qué me asociaste a un espantapájaros? – Rió el tirador, con unos dientes finos, tras unos labios delgados e inquietantes. – Todo el mundo lo hace, así que Har fue por la apuesta más probable.
- Entiendo…

La noche anterior, una testigo había despertado del coma, y Harlan tenía la intención de interrogarla, ya que los rumores la asociaban al criminal que había rajado el pecho a su compañera. Iba a decírselo, justo cuando la megafonía interrumpió sus cafés de máquina, anunciándoles que se presentasen todos en la sala de entrenamiento para un comunicado oficial. Con pereza pero con buen ritmo, los cinco turcos fueron por el pasillo, encontrándose con compañeros más o menos apreciados, hasta reunirse formando dos grupos en la zona despejada de máquinas de entrenamiento del gimnasio. Allí, a un lado, había un contingente de veinte jóvenes con uniforme de Turk, que poco a poco iban adaptando a sus gustos, mientras que al frente estaban Kurtz, con su traje más o menos arreglado y una cara de mala hostia más intensa de lo habitual, junto con Dekk Van Zackal. Erguido y arrogante como siempre, no dudó en aguantar durante un rato la mirada de Yvette, mientras esta le devolvía un odio que haría a Svetlana aplaudir de orgullo. Finalmente, entre los dos agentes se encontraba Mordekai Jacobi, capitán y principal valedor del grupo de novatos, causante de que los veteranos tuviesen las misiones más engorrosas y desagradables. Lucía su peinado de corte clásico, con su uniforme adornado con pequeños detalles, como gemelos o un alfiler de corbata, que muchos veteranos, especialmente aquellos venidos de divisiones militares, habían interpretado como galones y respondido con abierto desprecio a semejante gesto de vanidad.

- Señoritas… Caballeros… Me alegro de verles a todos reunidos con tanta premura. Como muchos habrán visto, se han reajustado algunos turnos, y también lo harán así algunos grupos. Confío en que no tendrán inconveniente en adaptarse a su nueva rutina de trabajo… - Ese silencio era un claro “y si lo tienen, es su problema”. Cualquiera sabía sin necesidad de mirar la hoja de turnos que sus favoritos se habían llevado los destinos más tranquilos, donde pudiesen lucirse entre “idols” y estrellas del celuloide y de la música, mientras que sus opositores iban a hartarse de ver la placa desde abajo. – La mayor novedad es que volvemos a jugar a las “parejas”. – Broma para que se rían los suyos. – Podemos considerar a nuestra nueva hornada como agentes de pleno derecho, dada la gran calidad de su labor. ¡Superior incluso en algunos casos a la habida antes de su ingreso en la unidad! – Un nuevo insulto, una nueva colección de miradas hostiles que Jacobi ignoró como bien estaba acostumbrado a hacer. – Es más: Quisiera animarlos a acompañarme en un breve aplauso a sus méritos. – Las caras nuevas del fondo aplaudieron, los ya no novatos aplaudieron, y el único de los veteranos que hizo algo en respuesta fue Kurtz, que escupió al suelo con desprecio. – Bien. Resuelto este asunto, quisiera pasar al segundo punto importante: Nuestros nuevos agentes. – Se giró y señaló con un gesto hacia las caras nuevas, que para horror de los veteranos, aún no llevaban un día en la unidad y ya habían buscado pequeñas modificaciones al uniforme para “distinguirse”: Pareos, mitones de colores llamativos, formas bizarras de atar corbatas, algunas de estas incluso de un color distinto del habitual, pins y chapas… Jacobi dio unos instantes para que todo el mundo los mirase bien, calándolos en seguida: Más de lo mismo. – Los agentes Van Zackal y… Kurtz… - Acostumbrado tono de desprecio. – Aquí presentes, han sido ascendidos al rango de sargento, y serán relevados durante dos semanas de sus labores de defensa de la ciudad para proceder a la preparación intensiva de nuestros nuevos agentes, de modo que prescindiremos del sistema de asignación de un tercer agente. – Luego se giró hacia los novatos. – Kurtz se encargará de prepararlos en el tema de las armas y esas cosas – nuevo gesto de desprecio. Las ansias de Scar por arrancarle el bazo con las manos allí mismo eran evidentes. – Van Zackal, por su parte, se encargará de hacer de ustedes seres civilizados y ejemplares en nuestra heterogénea y moderna sociedad… Pese a la influencia negativa con la que tenga que lidiar. – Ni siquiera miró de reojo a Kurtz. No fue necesario el gesto, para saber a quien iba dirigida esa puya. – Supongo que no tendré que decirles cual es cual. Espero de todos ustedes todo el esfuerzo del mundo para la mejor integración de estos agentes al servicio activo. Nada más que decir. Vuelvan a sus tareas.



- ¡Ni una puta risita! – Gritó Kurtz, mientras la puerta de la sala común que usaban los veteranos impactaba contra la pared. – ¡Ni media carcajada de mierda, o en cuanto acabe el turno, me contáis el chiste en el gimnasio, hijos de la gran puta!
- Eso significa que yo me puedo reír. Total, acabaré en el gimnasio de todos modos…
- ¡Tú…! – El veterano iba a blasfemar una respuesta, pero algo distrajo su atención, haciéndole perder el hilo. - ¡Joder, que cara de puta bien follada traes hoy, niña!
- Gracias… No ha estado mal, pero nada que no se resuelva con práctica.
- ¡Y aún encima se ensaña! – Rió Svetlana, también, para mayor humillación de su compañero.
- Igual que se debe haber ensañado ayer… - Sugirió Mashi por lo bajo, apartando su atención de su blog para chocar la mano con Svetlana.
- No tiene gracia, ¿vale? – Intervino Harlan conciliador, pero Kurtz no estaba dispuesto a dejarlo correr.
- Déjame diez minutos y la tendrá.
- Kurtz, ¿y cuando se supone que empiezas a trabajar de niñera? – Se oyó desde el fondo. Todos se giraron hacia la puerta, encontrándose con Peres y su joven compañero, Larry Divoir.
- Déjame mirar… - Kurtz consultó su reloj. – No te toca el próximo biberón hasta dentro de media hora, así que tengo un tiempo para descansar.
- ¡Oh! ¿Tan malo he sido? – Suspiró, fingiendo estar dolido. - ¿Habrá azotes en el gimnasio entonces? ¿O es que he malinterpretado el tipo de azotes? – Guiñó un ojo a Yvette, resucitando las bromas sobre la diosa del BDSM.
- Joder, no se como los putos viejos no os habéis matado entre vosotros… - Suspiró Larry, cortando la discusión, mientras se abría paso hasta la máquina de café.
- Ni como Mashi, tú y yo sobrevivimos con este olor a viejuno. – Apuntilló Yvette.
- ¡Tú eres aún peor que ellos!

Las carcajadas y pullas siguieron durante diez minutos, mientras, al fondo de la sala, junto a una ventana que daba al patio interno desde la que podían ver a Jacobi dando instrucciones más concretas a Garrison, Van Zackal y Montes, Svetlana y Harlan se habían aproximado al tirador, intrigados por su presencia.

- Un duelo es mi mayor sospecha. – Respondió este. – Creo que no llegó a concluir, pero han abatido a un pipiolo, no se porqué. Ha ocurrido hace unas nueve horas, en el sector uno de los suburbios, y un par de soplones dicen haber oído una moto por ahí.
- ¿La reconocieron? – Rookery asintió.
- Hunter DBR. Mil cien centímetros cúbicos, negra y con un par de líneas metalizadas a lo largo del cuerpo. La moto de Élacor Königssen. – Se anticipó a las respuestas de sus compañeros. – Yo mismo estaba presente cuando esparcieron sus cenizas en Junon.
- ¿Se la habrá quedado su asesino? – Preguntó Svetlana.
- Es la hipótesis más probable, y por eso sospecho que dos tiradores han decidido vérselas. Sin embargo, cuando dos del gremio se las ven, suelen buscar lugares reservados, y no disparan por que sí. Creo que uno de ellos estaba mosqueado por algo, o simplemente es un tipejo bastante perturbado.
- ¿Quieres que haga preguntas? – Se ofreció el turco, mientras inconscientemente cerraba una mano sobre el amuleto que colgaba de una de las presillas derechas de su pantalón.
- Sería interesante. El chaval está ahora mismo en la morgue. Lo más curioso de todo es que solo uno de los tiradores disparó contra el público, ya que solo hubo un herido, y en un sentido concreto. Y lo mejor de todo: Tenemos un juguete artesanal. No tenía huella balística.
- Supongo que tú conocerás a quienes saben hacer o conseguir esos juguetes. – Preguntó Svetlana.
- Supones bien, pero llevo tres horas de llamadas y visitas y nada. Hablando de juguetes, tienes la Zagyev en la armería. Pruébala y me cuentas que tal. – Se irguió de repente, una cabeza por encima de sus interlocutores para dirigirse al hombre que estaba aplicando una maniobra de sumisión a dos novatos a la vez. Larry lo pasaba mal, con los tendones de sus dedos intentando no ser recolocados de cualquier manera, pero Mashi intentaba que su codo resistiese la tensión mientras era usado de escudo humano contra Yvette. – Kurtz, en ocho minutos empieza tu turno.
- ¿Eh? – Mashi fue arrojado contra su compañera, mientras Divoir recibía una patada en la parte trasera de su rodilla, siendo derribado. – Sí, tienes razón. Me piro, bastardos. Pegadle a unos cuantos y decid que vais de mi parte.



Los novatos permanecían erguidos, aceptablemente erguidos, y trajeados, en dos hileras de diez personas a lo largo del gimnasio. Miraban al frente, mientras su nuevo sargento instructor había colocado una silla tras ellos y depositaba en ella su arsenal. Se tomó su tiempo, tomando buena nota de quienes se giraban a mirar y quienes no. Luego paseó entre ellos, con gesto hosco, mientras respiraba ruidosamente tras sus nucas. Comprobaba algún que otro adorno, o alguna “personalización” del uniforme: Añadidos tales como viseras con una pañoleta por debajo, un chaleco, una pashmina a modo de cinturón, con un metro de tela púrpura colgando de la cadera, escotes, corpiños, o incluso uno que había cambiado la tradicional camisa blanca por una ajustada camiseta de rejilla que mostraba un complejo entramado de tatuajes. Hombres y mujeres, en la flor de la vida, exhibiendo maquillajes inspirados en los motivos más dispares, desde el teatro kabuki hasta la necrofilia. Peinados imposibles, algunos de los cuales suponían laca suficiente como para detener al cometa.
Sin embargo, Kurtz tenía dos favoritos, aún por bautizar. Uno de ellos, se había permitido el añadido del chaleco al traje, “por frío”, supuso Kurtz, aunque le daba más el aspecto de un abogado, empresario, o bastardo de cualquier clase distinta al bastardo que se suponía que debía ser. El otro era increíble: Vestía el uniforme impoluto, perfecto, con la Aegis reglamentaria en la reglamentaria funda junto a la axila izquierda, y la corbata perfectamente alineada. Bajo su pelo, cortado como si fuese un militar, a máquina, sus ojos marrones, y medio rasgados miraban a Kurtz con aires de superioridad.

- ¡Joder, sois todos peores de lo que me esperaba! – Dijo a modo de saludo. – No sois capaces de vestiros sin hacer que esto parezca una mierda de carnaval o un videojuego de héroes maricas y tías furcias, no sois capaces de estar erguidos, y apuesto a que ni siquiera seríais capaces de adivinar por que lado se sostiene un subfusil sin un curso de correspondencia.

Acabó de hablar, listo para esperar la respuesta a sus palabras, pero para su sorpresa los novatos no se limitaron a escuchar con abnegación y callarse, sino que Kurtz tuvo que oír protestas y quejas. “¿Voy a tener que empezar a hostias tan pronto?” se preguntó, mientras oía de la primera fila, a menos de un metro de distancia de su cara “y seguro que tú tampoco, sin tu medicación para el alzheimer”.

La bofetada no sonó demasiado, pero Kurtz usó el dorso de la mano, haciendo estallar sus nudillos en el pómulo de la listilla de turno. No pensaba hacerlo, por lo menos, no el primer día, pero simplemente apagó la razón y dejó que la parte de su cerebro que se ocupaba de partir caras tomase el control. La chavala que encajó la hostia lo hizo en silencio, sin verse sorprendida, como si en su impertinencia esperase verse castigada. No necesitó mirar a su alrededor para ver que se había convertido en el objetivo de diecinueve miradas de desprecio: Había golpeado a una mujer.

- Soy un turco, y como tal represento a la justicia más dura, implacable, infame y jodida que Midgar ofrece. – Les gritó a la cara. – Ella ha insultado a mi uniforme, mi persona, y la unidad a la que pertenezco, de modo que la primera reacción es el castigo. ¡Esto debe ser siempre así! ¡Me importa una puta mierda que tengáis que mutilar abuelas ciegas y tetrapléjicas para haceros respetar! Si alguno tiene dudas con eso, puede irse a tomar por culo ya mismo. – “Joder”, pensó decepcionado, “ni siquiera ese relamido de Van Zackal tendría inconveniente en cruzarle la cara a una guarrilla descreída”. - ¡Levántate! ¿Te duele mucho? ¡Eres el pedazo de mierda más patético y miserable que ha ofendido mis ojos! ¡Levántate, o juro por mis putos cojones que te abortaré como tu madre no tuvo la decencia de hacerlo!

La joven sonreía con cinismo, mientras limpiaba con el dorso de su mano un hilillo de sangre que caía por las comisuras de sus labios. Tenía el pelo moreno, y los ojos de color marrón oscuro. No demasiado alta, pero por encima del metro setenta, se las había arreglado para que su uniforme fuese bastante sexy, pero sin añadidos ni adornos raros.

- Ya estoy de pie. – No llegó a terminar la frase, cuando una nueva bofetada volvió a derribarla. Volvió a levantarse y a sonreír.
- ¿Perdón? – Preguntó Kurtz, tan cerca de su cara que ella podía ver las marcas del fondo de sus cicatrices.
- Señor, ya estoy de pie, señor. – Su tono no era precisamente marcial, pero por lo visto iba cogiéndole el truco. El sargento sonrió.
- ¿Tienes nombre o la gente se ha acostumbrado a llamarte furcia?
- Señor, Traviesa.
- ¿Qué?
- Traviesa, Señor. – Sonrió. – Así es como me llama todo el mundo. Señor.
- Por mí como si te llaman virgen de los molboles o adorapollas mayor del siglo veintiuno: ¿Cuál es tu puto nombre?
- ¡Déjala en paz! – Oyó Scar. Para su gran regocijo, uno de sus favoritos, el de aspecto marcial, sin abandonar la posición de firmes, le había gritado. A grandes zancadas, el veterano corrió a encararlo.
- Discúlpame un segundo, maricón medio amarillo: ¿Eres tú una furcia de medio pelo a la que le va que le den caña y quiere que su nombre de guerra sea “Traviesa”?
- Tampoco soy un veterano amargado y desfigurado al que le gusta abusar de alguien que pesa la mitad y no puede defenderse… Señor. – Dijo el novato, sin apartar la vista al frente, de forma disciplinada.
- ¿Y qué eres, pequeño maricón?- Rió Kurtz, con un gesto que los novatos habían aprendido a temer.
- ¿Permiso para hablar con libertad? – El sargento asintió. – Señor, probablemente soy todo lo que usted ha querido ser y nunca ha podido. Me he informado y sé que ha servido durante la guerra en una división de infantería aerotransportada.
- La doscientos ochenta y ocho. Sigue.
- Yo he llegado a Turk procedente de la noventa de fuerzas especiales. He recibido el mejor entrenamiento bélico que puede recibir una persona y soy la puta máquina de matar definitiva aquí presente. Sin embargo, usted prefiere abofetear a Traviesa.
- ¡Hostia, lo que me faltaba! Un chupapollas vestido de gala que me diga que es tan superior a mí que durante la guerra se quedó en la retaguardia para defender la ciudad, y que lo más duro y acojonante que ha hecho en su vida ha sido pertenecer a la guardia presidencial, y cagarla como un hijo de puta, por cierto. ¿Sabes por que lleváis uniforme granate en la noventa? ¡Para que parezca que tengáis sangre, atajo de maricones! ¿Sabéis como se os llama en el frente? ¡Los tampones! ¡Así que dime, sucia mancha de reglote en un pedazo de algodón! ¿Tienes nombre?
- Señor, Kaluta, señor. – Respondió el novato, apretando la mandíbula. Bajo su traje se podían notar los bultos de sus músculos, tensos y a punto de saltar.
- Muy bien, Cagarruta. Antes de seguir con mi instrucción, te recuerdo que dentro de cuatro horas mi turno habrá acabado y tendréis treinta minutos de descanso antes de que paséis a ser problema de Van Zackal – El veterano contuvo las ganas de hacer comentarios sobre “aprender a chupar pollas” o “medir las dosis de droga que echas en el cubata de las tías a las que violas”. Era pronto para empezar a hablar mal de otro oficial, aunque no contase con que el cabrón de pelo azul fuese a devolverle el favor. – Y que en esos treinta minutos, estoy dispuesto a discutir civilizadamente contigo o con quien haga falta cualquier sugerencia acerca de mi trato de hijo de puta sobre vuestros culitos blandos de mierda llorica. Podéis ir pidiendo turno. ¡Y ahora nombres!

En respuesta al grito y por orden desde “Cagarruta”, que presidía el extremo izquierdo de la primera hilera, empezaron a sonar apellidos, más o menos en orden: Maravloi, Gertschen, Provonne, Angais… Y en medio, “Traviesa” otra vez.

- ¡Mariflori! ¡Virgen! ¡Cojones! ¡Cagao! ¡Travelo! ¡Tomad ejemplo de “Cagarruta”! ¡Él si sabe ponerse erguido, como si no estuviese hecho de mierda! ¡Seguid su ejemplo! – Despacio, pero inexorablemente, fueron entrando en disciplina. Parecían muy esperanzados en que Cagarruta pudiese partirle la cara dentro de unas horas, los muy ilusos. – Este es el plan: Tengo dos semanas para intentar que no muráis en el atraco a un veinticuatro horas en vuestro primer día de servicio, así que: Tres días de ejercicio físico, tres de combate cuerpo a cuerpo, tres de uso de materia, tres de armas de fuego, y lo que queda para ver como habéis aprendido todo. ¿Alguna pregunta? ¿No? ¡Pues empecemos por conocer las instalaciones, pedazos de mierda! ¡Paso ligero! ¡Venga!




Realmente era una jugada difícil de entender: Te cargas a un soplapollas y llamas la atención de todas las fuerzas del orden en tres sectores. ¿Qué ha conseguido? ¿Poner límite de tiempo al desafío? Rolf realmente estaba intrigado. Había forzado la puerta de un piso en el que había visto el cartel de una inmobiliaria y se había instalado ahí dentro. Hasta arriba de estimulantes para combatir el cansancio, el tirador había recorrido mil y una veces distintos recovecos y tejados, de forma minuciosa, con sus prismáticos. No había logrado vislumbrar nada en toda la noche, hasta que finalmente, con el sol ya ascendiendo, pudo ver varios destellos de un trozo de cristal. Rápidamente, esperanzado, tomó su Farsight a toda velocidad. Algunos tiradores cometían el error de destapar demasiado pronto las lentes de su rifle, o no usar unos prismáticos no reflectantes para buscar antes a su enemigo, pero se encontró con su oponente de pie, haciéndole señales de luz. Conocía las reglas: Fin del juego. Peligro. El tiempo había terminado, y ahora no serían capaces de apretar el gatillo y escapar al cerco policial. Otro día sería, ya acordarían otra cita por el canal de siempre.
Lo que más intrigó a Rolf era el aspecto del hombre, vestido con un traje de corte clásico bajo una holgada gabardina marrón y un sombrero de fieltro. Una silueta entre la multitud. Probablemente, en cuanto saliese a la vía pública, sombrero y gabardina serían historia, y no habría forma de reconocerlo. Lo más intrigante de todo era que el hombre se le había aparecido en un lugar en el que estaba seguro de haber buscado mil y una veces antes.
Sin responder al gesto, recogió sus bártulos, desmontando cuidadosamente el rifle y escondiéndolo en el doble fondo de una mochila, llena de sus viejos libres y apuntes universitarios, y forrada con una placa de kevlar, por si acaso. Pesada, pero en este oficio, uno no puede fiarse de nada ni de nadie.



Daphne, sin saber como, despertó en su cama. Sin saber por que, su cabeza dolía como si estuviese intentando frenar el meteorito con ella. Lo peor de todo era que sin saber en que momento había ocurrido, no estaba sola.
Se encontró una figura al otro lado de la cama, dándole la espalda. Su cabeza le daba vueltas, pero esos hombros anchos… Ese pelo negro y ondulado… Esa barba…

- ¡Han! – Gritó sobresaltada. Algo entre sus orejas se quejó del aullido, y cuando siguió hablando y agitando al piloto se había calmado. – Han, ¿qué haces aquí?
- ¡Vet’a’lamierday d’jam’dormir!
- ¡Han, despierta! ¡No me digas que hemos…!

El piloto se incorporó levemente, mostrando un muy mal despertar. Por lo visto, la idea lo había sobresaltado lo suficiente como para desvelarlo. Se apoyó en el codo, buscó su PHS en la mesilla para mirar la hora y murmuró una blasfemia entre dientes. Mientras tanto, Daphne, con su melena de dos colores completamente revuelta, lo miraba ansiosa por la incertidumbre.

- ¿Quieres saber lo que pasó? – Preguntó vocalizando mal, aún medio dormido. Daphne asintió repetidas veces. – Ayer estaba haciendo horas en el taller, adelantando trabajo. Me llamó Keith, de la Tower, diciendo que habías entrado medio pedo dando tumbos en la sala vip, con la ropa mal puesta, el maquillaje corrido y montando un escándalo, y como el PHS de Rolf estaba apagado, me llamaron a mí. Vine a buscarte y me tomé un par de birras contigo para calmarte, pero estabas muy perturbada y decías cosas inconexas sobre Rolf, morir, un desafío, una fiesta y que estabas drogada. Incluso estuviste a punto de liarla cuando te quise sacar a rastras. Cuando te entró sueño te fui a traer a casa, pero paramos para vomitar cada medio kilómetro, hasta que al fin llegamos. La liaste parda en el váter y te dimos una infusión entre tu amiga la rubia y yo, que por cierto, no es tan borde como parecía en el coche la otra vez. Como yo me caía del sueño y llevaba dos cervezas, me dijo que me quedase a dormir aquí. – En la cabeza de la transexual, poco a poco, la historia iba cobrando sentido a medida que reaparecían piezas del puzle perdidas. Rápidamente, saltó de la cama y fue por su PHS, buscando el número del tirador en la guía. Tras varios segundos de espera, la noticia de “apagado o fuera de cobertura” no hizo nada por aliviar sus temores. Ya era mediodía, y no se sabía nada. – Oye, creo que en lugar de hacer llamaditas, deberías salir ahí y ayudar a arreglar un poco la que liaste ayer.
- ¿Y tú? ¿Quieres seguir durmiendo?
- Si, pero no creo que pueda, así que a la mierda. Además, tengo que devolver la furgona al curro.
- ¿Puedes esperar diez minutos?


Cuando Daphne salió de su cuarto, vestida con un pantalón de chándal y una vieja camiseta de universidad de Kowalsky que le encantaba llevar, se lo encontró como cada mañana, sentado en el sofá, con la pierna en alto y hojeando torpemente la prensa, mientras sonaba música en la radio. Vio a su amiga y le dedicó una sonrisa compasiva, a la que ella respondió con su conocido gesto de “lo siento”. Kowalsky iba a responder con el de “no importa”, pero en ese momento se abrió la puerta del apartamento, cambiando el gesto del periodista por un notorio “¡Oh oh!”.

- ¿Qué tal? – Gritó Caprice, lo que sentó como una tormenta de fuego en el sensible cerebro resacoso de Daphne. - ¿Has dormido bien? ¿De un tirón?
- Lo siento mucho…
- Menos sentirlo y más limpiar el baño, que por como huele parece que hayas estado emborrachándote con aguas fecales.
- ¿Tienes que ser tan soez? No tengo el estómago para imágenes tan bonitas.
- ¡Ni yo la paciencia para que me la líen así! ¿Tú amigo el conductor suicida ya se ha despertado?
- Me faltaba un poco, pero tus berridos han rematado la faena. – Murmuró Han con cara de cansancio desde la puerta del cuarto de Daphne, vestido con las ropas de la noche anterior. - ¿Dónde está el baño? Necesito lavarme la cara.
- Mejor vete a la cocina… - Murmuró Kowalsky.
- Lo siento… - Se disculpó de nuevo la transexual. – En serio. Pero tengo algo importante que deciros.
- ¿Una excusa para emborracharte como un adolescente en una fiesta de fin de curso? – Preguntó Caprice, un poco más relajada.
- Capri… - Reprendió Kowalsky.
- Es sobre Rolf. – Prosiguió Daphne, ignorando el sarcasmo de la periodista. – Y también explica por que acabé tan mal ayer por la noche.

Caprice se encontró con que de repente todos la estaban mirando, especialmente Kowalsky. En ese preciso momento supo que algo había sucedido, y todos lo sabían menos ella, y no le gustó darse cuenta. No es agradable ser el último mono, y menos aún recordando como habían abandonado el hospital.

- Caprice. – Dijo Kowalsky con un tono que usaba solo cuando la cosa era realmente seria. - ¿Recuerdas a Rolf?
- Ese chico tan bien vestido, de entre tus amigos de aspecto peligroso que nos sacaron del hospital. ¿Qué pasa, Kazuro?
- Tiene un trabajo poco común y poco apreciado por las autoridades, sin embargo su amistad conmigo está más allá de toda duda. – Explicó el periodista. – Es muy sórdido, de modo que si no quieres saber nada, no te lo reprocharé. Solo tienes que irte y esperar a que te llamemos. Pero tampoco voy a ocultarte nada si quieres quedarte. – Daphne parecía bastante incómoda, y aún no parecía acostumbrarse a como la novia de su amigo había revolucionado la disciplina doméstica con su llegada. No sabía si era buena idea que supiese como se ganaba la vida su amigo, pero no encontró apoyo en Han, que se limitaba a mirar la escena de forma inexpresiva.
- Me quedo. – Dijo la periodista, tomando asiento. – Después de un SOLDADO dándote palizas, un conocido turco peleando por ti, insinuaciones, amenazas, y la persecución de película, estoy preparada para lo que venga. – Como única respuesta, Kowalsky dio un par de palmadas al sofá, indicándole con una sonrisa que se sentase a su lado. Cuando todos hubieron tomado asiento, Daphne volvía de la cocina con una botella de agua y, tras aclararse la garganta, empezó a relatar la noche anterior.




Todo había sido demasiado rápido: Kaluta, el hombre más rápido y hábil de su unidad, elegido expresamente para pararle los pies a cierto “subordinado testarudo de más” por el propio capitán de Turk, Mordekai Jacobi, estaba con su cara entre la lona y la rodilla de su oponente. Podía intentar levantarse, pero Kurtz se daría cuenta y seguiría aplicando presión a su brazo, lo que estaba a milímetros de costarle la muñeca y quizás el hombro.

- No creas que me has decepcionado, Cagarruta. Ni eres el primer tampón que crujo, ni serás el último.
- Es fácil hablar desde tú posición… Señor. – Dijo Traviesa, recuperándose de sus golpes a un lado del cuadrilátero. Kurtz se recordó a sí mismo que tendría que mirar como se llamaba la maldita novata en su ficha, si es que ellos habían logrado arrancarle media palabra al respecto.
- Si. Lo difícil es ganársela, ¿eh, Cagarruta? ¡Ríndete de una puta vez! Si lo haces, te concedo otro asalto.
Por la mente del novato pasaban miles de posibles respuestas, pero ninguna le parecía la adecuada. Una amenaza solo lograría dar otro motivo al hijo de puta para reírse. Apretó los dientes y palmeó el suelo con su mano libre. En cuanto la presión en su brazo y cara se liberó, rodó hacia la esquina contraria como quien huye del fuego, donde estiró sus doloridas articulaciones.
- ¿Crees que has avergonzado a tu unidad? Tampoco eres el primero. – Dijo Kurtz, vigilándole. Por lo visto se le vio al novato la intención de un nuevo ataque. – Tú querías probar suerte, ¿No, Mariflori? – Dijo señalando al novato del chaleco, con su peinado “moderno a la vez que formal”.
- Bueno, señor… Yo quería aprender algo de defensa personal, pero no creo estar a la altura.
- ¡Cagón! – Rió su compañera con evidente desprecio.
- Siempre puedes empezar por debajo, si Cagarruta o Travelo aceptan.

En ese momento, su conversación se vio interrumpida por la irrupción de Van Zackal en la sala. Iba acompañado de varios de los novatos, aunque Kurtz prefirió ahorrarse los chistes fáciles.

- Sargento, por lo visto gusta usted de abusar de sus subordinados.
- Oye, Van Zackal…
- Sargento Van Zackal, si no recuerdo mal. – Interrumpió.
- Acércate… - Dijo Kurtz, bajándose del cuadrilátero por el lado más próximo a su compañero, que contuvo el movimiento instintivo de retroceder, pero solo después de haber dado medio paso hacia atrás. Cuando estuvo pegado a él, se acercó y redujo el volumen de su voz.
- Hasta hace algunas horas, te llamaba “pedazo de mierda”, y eso solo cuando me pillabas de buen humor. Tú y yo sabemos de que va esta mierda, y tú y yo, y el soplapollas que nos puso aquí, sabemos los tres que soy el único turco de los que quedan en Midgar ahora mismo que puede lograr que este grupo de figurines y divas sobreviva a la primera semana. Aunque si tengo que serte sincero, apuesto a que uno o dos se llevarán un buen susto en muy poco tiempo, pero esto es desviarnos del tema: No respeto a un capitán, y menos aún voy a respetar su títere. Sobre todo, siendo tú. Puedes subir ahí e intentar ganártelo o puedes ir corriendo a llorar a la falda de Jacobi, me la come. Sé que mientras dure la quincena de prácticas, no tendréis cojones a tocarme, y cuando acabe, tampoco me importa demasiado lo que hagáis. No tenéis los huevos, el cerebro ni la habilidad para venir por mí y salir vivos. Sobre todo si nos vemos en algún burdel, fuera de servicio…
- Sargento, la veteranía es un punto, pero no es suficiente por sí solo. – Respondió Dekk con gesto tenso.
- Demuéstralo.

Se alejó hacia su rincón, donde había dejado su arsenal. Mientras caminaba, iba ajustándose la chaqueta y la corbata, que Kaluta se quiso quitar para pelear pero Kurtz no le dejó: Un turco es representado por su uniforme, y nadie le va a dar la ocasión de ponerse cómodo para luchar en cuanto cruce la puerta. Recogiendo sus cosas, hizo un repaso mental de lo que le tocaba: Unas horas en el despacho repasando historiales. Le habían asignado un cuartucho interior que apestaba a tuberías. Probablemente, el cuarto de los trastos de limpieza un poco acondicionado.

- Todos suyos, sargento. – Dijo a Van Zackal, reparando en una palidez más allá de lo que parecía el maquillaje que llevaba a veces. Kaluta y Traviesa se rezagaron unos instantes, mientras recogían sus cosas, y Kurtz se acercó a ellos. – No podíais ganar, bebés. No os hundáis por ello.
- A ver mañana… - Respondió la novata, con una sonrisa impaciente.
- ¡Ese es el espíritu, Travelo! – Rió el veterano. - ¿Y tú, Cagarruta? ¿Qué dices?
- ¿Honestamente, sargento? – Respondió tras suspirar, intentando contener su rabia.
- Siempre. – Concedió su superior con tranquilidad.
- Honestamente, grandísimo cabronazo, he sido entrenado para infantería y me he ganado los méritos para llegar a las fuerzas especiales. – Dijo, de espaldas a Kurtz, mientras comprobaba con gestos rutinarios su pistola, cargadores y demás equipo. – Y, honestamente, sargento, creo que o ha tenido mucha suerte, o no entiendo como cojones he podido perder con un simple “enanito azul”.
- Kaluta, te contaré una pequeña historia: Entrenar “tampones” era el retiro soñado de los que servimos en Wutai. Tú aprendiste en un cuartel y te quedaste a defender la ciudad. Por tu edad, diría que cuando ya no había nada de que defenderla. Yo me crié en un barrio chungo de cojones, lo que me llevó a Wutai, y de ahí a Lha Shau, Hanado, y miles de operaciones más donde luchas fuera de casa, en el terreno de otro y con las reglas de otro. A eso le sumas unos cuantos años de servicio como cabrón trajeado y podrás imaginarte levemente un asomo de lo hijoputa que puedo llegar a ser.
- Vaya, estoy impresionada… - Dijo Traviesa. – ¡Se ha aprendido su nombre!
- Y el tuyo en cuanto mire las fichas, Travelo. Y ahora Cagarruta y tú id corriendo con el creti… Sargento Van Zackal, a vuestra clase de etiqueta. E idos preparando, par de enteradillos chupapollas: Mañana a la misma hora tenéis una cita para que vuelva a haceros revivir el momento en el que vuestras putas madres os cagaron, pero hacia dentro. Aquí mismo, o me decepcionaréis. – Les anunció mientras cruzaba la puerta del gimnasio.




Caprice miraba con gesto de preocupación a Kazuro, pero no podía evitarlo. Cada día descubría algún asunto turbio relacionado con sus amigos: El luchador de combates ilegales, la ex líder de la banda de moteros y ahora el asesino a sueldo, que por lo visto se relacionaba con un piloto de carreras ilegales, allí presente, una especie de “vengador urbano” y el turco con la reputación más violenta de toda la ciudad. Daphne había roto a llorar a medio relato, angustiada, y ella le había tendido un paquete de pañuelos de papel, poniendo una mano sobre su hombro mientras Kowalsky sostenía la otra mano de la joven.

- Daphne… Tienes que entenderlo. – Dijo el periodista, mientras acariciaba el dorso de la mano que sostenía sobre su escayola. – Rolf es así. Se niega a vivir de la familia que le repudió, entró en el mundo y descubrió que se le daba demasiado bien.
- Pero… ¡Lo van a matar! – Sollozó ella. – Puede que hoy no, pero tarde o temprano…
- Lo sabe, pero lo asume. Rolf venció hace unos meses al que hasta entonces había sido el número uno de entre los tiradores de Midgar, Élacor Königssen, y ahora que está en la cima tiene que pelear por su posición.
- ¿Y no puede, simplemente, dejarlo?
- No creo… - Intervino Han. – Cuando tenía mi coche, todos querían derrotar a “La Muerte”. – Dijo no sin cierto orgullo. – No es cuestión de tener el título, sino vencer al que lo tiene. Además, ni yo mismo me imagino a Rolf entregándolo amistosamente: “Hala, toma. Ahora tu eres el “namber güan”. ¡Disfrútalo!”. – Al volver a mirar hacia Daphne se la encontró encarándolo con gesto furioso.
- ¿Le das la razón? ¿Tu amigo se juega la puta vida por orgullo y tú lo apoyas?
- ¿Acaso se puede hacer otra cosa? – Preguntó Kowalsky con resignación. – Rolf vivirá su vida, pienses lo que pienses y le digas lo que le digas.
- Y también morirá. No puede ganar siempre.
- Y también morirá… Con el orgullo de irse como ha vivido: Satisfecho de no haber dicho que no a nada. - Concedió Kazuro. – Una vez escribí sobre Rolf en el “Lights”. No puse su nombre, ni le dije que era sobre él. Lo comparé con el verano. Te anima, te ríes, te fastidia un poco a veces, pero siempre tiene a punto la broma que necesitas oír. Y un día, simplemente, se acaba. – En el silencio que sobrevino, la imagen habitualmente tristona del periodista era ahora prácticamente desoladora.




Los estimulantes mantenían a Rolf en un estado a medio camino entre la realidad y la introspección más bizarra. Se había sorprendido a sí mismo en repetidas ocasiones, desvariando sobre ideas entre la metafísica, el surrealismo y lo que alguien pasado de peyote llamaría “filosofía existencialista”. Un trago de una bebida isotónica impediría que su cerebro se resecase y… No. A centrarse. Había empezado a anochecer sobre las azoteas del sector tres, entre sus coloristas anuncios de neón, carteles, música de anuncios y murmullo de transeúntes. La zona comercial del distrito estaba siempre hasta arriba, para todos aquellos con dinero que gastar y demasiado refinados para el sórdido mercado muro (habían descubierto recientemente un tipo al que se creía desaparecido, medio hecho filetes en el congelador de un restaurante famoso por su especialidades en carne de moguri).

El lugar casi imposibilitaba localizar al rival: Los infrarrojos o la visión nocturna era impensable en un lugar con tanto neón, y la temperatura de los carteles luminosos impedía usar cualquier dispositivo térmico, de modo que solo quedaba la tradicional búsqueda a simple vista. A lo lejos, Rolf había visto algunos transeúntes cruzar los tejados, con uno u otro destino, pero un rápido vistazo con la mira los libró de toda sospecha, demostrando que no eran más que vecinos dedicados a sus extraños quehaceres nocturnos. El tirador no olvidaría al que se abalanzó sobre un gato y empezó a devorarlo allí mismo. Cansado, se recostó tras la barandilla de hormigón en la que se había parapetado, mientras repasaba de nuevo el cargador de su AT Farsight, modificado a mano con gran maestría por su anterior propietario, y tiraba de la regleta de su Aegis Cort, para asegurarse de que la bala de la recámara seguía ahí. Comprobó la hora en su reloj, intentando no pensar en cuantas horas llevaba despierto. No sentía sueño, dada la cantidad de química que recorría sus venas en ese momento, pero sí cansancio. Buscó sus pastillas en la mochila, cuando de repente, algo vibró en su pantalón. Rolf guardaba un PHS, pequeño y sencillo, sin juegos ni utilidades raras. Solo un número protegido de escuchas que usaba para los duelos. Lo abrió, desconcertado y este le anunció un mensaje de voz pendiente, que le hizo estremecerse, tanto por la rareza de sus palabras, como por el maníaco tono inhumano con el que fueron pronunciadas: Sé como tratar con mierda amarilla como tú.

No tuvo ocasión de intentar descifrar el mensaje, ya que en ese momento la respuesta estalló rompiendo el silencio: Un disparo, a menos de quinientos metros hacia el noreste, un poco hacia su derecha. Al poco rato lo siguieron los gritos de pánico, la confusión, y el caos, entre los que el oído entrenado del asesino reconoció más disparos. Rápidamente destapó su mira y empezó a repasar los tejados, hasta que los fogonazos del cañón atrajeron su atención. No dio crédito a lo que se encontró en su mira: Un hombre aproximadamente en la primera mitad de la cuarentena, con el pelo cano despeinado y pegado a su frente sudorosa, la camisa color caqui abierta hasta el pecho, donde podía ver una única placa militar colgando, y un rifle antiguo, que en lugar de mira telescópica tenía una pequeña alza metálica y una mira de escalera encima de la culata. El hombre tenía el aspecto más normal que uno podía imaginarse, con su barba bien recortada y sus sienes canosas, pero su cara reflejaba el frenesí homicida que estaba causando en ese momento, y el placer que este le proporcionaba.
Rolf esperó. El hombre, por lo visto, ni siquiera había reparado en él. Simplemente, se dejó llevar por una especie de frenesí homicida e interrumpió su duelo para emprenderla a balazos con los transeúntes. Rolf sintió sudor frío caer desde su nuca, deslizándose por su espalda, donde la camisa se le pegaba al cuerpo. Se esforzó por permanecer impasible mientras veía al hombre introducir una, dos, y hasta cinco nuevas balas en su rifle y manipular el cerrojo con una nueva sonrisa de placer. Empezó a contener la respiración mientras lo veía apoyar la culata en el hombro, apuntar, y en cuanto el rifle negro del psicópata se detuvo en un objetivo, su oponente empezó a acariciar su gatillo.

Ambos disparos sonaron a la vez, y un nuevo grito se alzó de las calles en el segundo que Rolf permaneció esperando a que su bala recorriese el camino que lo separaba de su objetivo. El impacto hizo su cabeza sacudirse como si lo hubiese atropellado un camión, e inmediatamente cayó al suelo. Rolf esperó unos segundos, pero nadie se levantó. Rápidamente, desmontó su equipo y bajó al callejón donde había dejado su moto, dejando la cazadora entreabierta y la pistola a mano. Sin saber exactamente que era lo que lo intrigaba tanto, su moto avanzó serpenteando por los callejones, entre basura y transeúntes que buscaban cobertura, hasta alcanzar el edificio en el que había sido derribado su oponente, reconociendo el cartel de neón que había visto desde la mira. No tardó en encontrar la escalera de incendios por la que ese loco había subido, y no le costó demasiado alcanzarla desde un contenedor de basura. Con la pistola preparada, se asomó de repente, apuntando a todos lados, por si había errado el tiro y su rival lo esperaba con el rifle preparado, pero el nauseabundo olor de la sangre y los sesos esparcidos a lo largo de metro y medio de distancia, más allá del cuerpo, fueron toda la confirmación que necesitó. Guardó su pistola y registró su equipo, reconociendo al instante el rifle modelo Marksman 70. Una reliquia, fabricada artesanalmente con pericia y devoción, y mantenida casi con mimo. Con sus manos enfundadas en sus guantes de motero, Rolf lo sostuvo, y pudo sentir como su perfecto equilibrado pedía inmediatamente ser utilizado. Como experto en ese tipo de armas, se reconoció impresionado por el arma, su perfección y sus acabados, pero entonces recordó el otro motivo que lo había llevado hasta ahí. Lo primero: Buscar la mochila de este hombre. No esperaba encontrar una tarjeta de identificación, pero si la apuesta. Ningún asesino se iba a jugar la vida por nada, de modo que nadie acudía a un desafío de este estilo sin veinticinco mil en efectivo en billetes usados no consecutivos. Mucho dinero, pero si eras lo suficientemente bueno para meterte en este tipo de desafíos, no tendrías problema en conseguir la cuota.
Intrigado, se acercó al cadáver y cogió del cuello el colgante que sostenía la chapa de identificación. Normalmente los soldados llevaban siempre dos, pero paradójicamente este hombre solo tenía una. La cogió y la examinó de cerca. Tenía una serie de marcas, como si le hubiesen intentado hacer agujeros con un cuchillo, marcando puntos en el metal con un extraño patrón. Al otro lado había inscrita una única palabra: Pastor. El sonido de las sirenas aproximándose lo trajo de nuevo a la realidad, y a la imperiosa necesidad de salir cagando hostias. Arrancó de un tirón la placa, preguntándose luego por qué lo había hecho. Encogiéndose de hombros, la guardó en un bolsillo de su camisa y corrió hacia las escaleras, no sin antes volver a mirar con pena esa maravilla de rifle, lamentando no poder llevárselo.
Acababa de volarle la cabeza a un tarado por un buen fajo de billetes, llevándose un extraño colgante y dejando un cadáver, una joya armamentística y muchas preguntas sin respuesta, en su cerebro cada vez más embotado por los estimulantes. Esforzándose por centrarse en lo evidente, Rolf subió a su moto y desapareció en la noche que empezaba su reinado.

7 comentarios:

Astaroth dijo...

A falta de ser acabado, diré: o es mi impresión, o veo referencias a Eastwood en Gran Torino, en lo que respecta a los novatos (Kaluta-Cagarruta, y Thao-Atontao).

También me ha gustado esa referencia a la primera aparición de Paris con el cadáver del congelador.

Y bueno, acabré de comentar cuando sea finalizado.

Valent dijo...

Gran Torino? Yo creo que la referencia es a "El sargento de hierro"

Ukio sensei dijo...

Punto para Valgarv. Era un homenaje obligatorio.

¿Como os llamais? Profill! Ramone! Vercetti!
Muy bien, Profiláctico! Cojones! Mariconetti! A correr todo el mundo.

Astaroth dijo...

No he visto "El sargento de hierro", pero en Gran Torino vuelve a hacer lo mismo.

Ukio sensei dijo...

Lo se, pero en el Sargento de Hierro las sobradas también son geniales. Deberías verla.

- Me gradué en Harvard y luego en West Point. ¿En que universidad se graduó usted, Sargento Harlway?
- En el cerro de la muerte

Valent dijo...

- Harlwat! Levantese!

- Con el debido respeto, señor. Se me estan empezando a hinchar las pelotas

Noiry dijo...

Ya puedes meterle un buen repaso porque hay pifias pa parar un tren.
Tengo aún muchos relatos por leer para pillar toda la movida, pero como no me da tiempo a leerlos todos para escribir leo este y ya apañaré algo. (De todos modos, he metido el resto en un archivo de texto en la NDS para leerlos de noche.