martes, 26 de mayo de 2009

173

    Elliot Rigar salió del centro comercial, malhumorado. Por un momento, pareció a punto de ir a increpar a uno de los guardias de seguridad que esperaban junto a la puerta el desalojo del centro comercial, sin más motivos que no tener otra cosa en la que descargar el estrés. Afortunadamente para él, su autocontrol se impuso. No tenía realmente ánimos (ni cuerpo) para enfrentarse con el guardia.
    No era suficiente con un día duro de trabajo, con una tarde libre, ahora desperdiciada, que había conseguido a base de hipotecar varias horas de la semana siguiente; no bastaba con tener una jefa intransigente y carente de creatividad, y con unos compañeros ruines incapaces de echarle una mano en determinados casos. No, no lo era. Además de eso, tenía que llamar su mujer para cancelar la cita que tenían. Dicha llamada no la hizo ni antes de las siete ni justo a esa hora (eso sería demasiado para su concepto de la puntualidad), sino que esperó hasta las ocho y cuarto antes de confirmar el plantón. Y ahora, además, adelantaban el cierre del centro. ¡Lo que se decía una tarde perfecta!
    Las causas de su estado de ánimo no eran tanto su trabajo o la ausencia de Marie como cosas que rondaban en el filo de su pensamiento. Asuntos que por ahora no quería tener en mente, porque sabía que se sentiría peor. No le gustaba nada que Marie se quedara hasta tarde en la oficina. De haber sucedido meses antes, quizás no habría importado. Elliot ya tenía quien la supliera cuando visitaba a su madre o cuando el trabajo se le acumulaba. Sin embargo, en esta ocasión no se acordó de amante alguna. Quería a Marie, pero su cuerpo le pedía movimiento, un movimiento que su esposa no siempre tenía tiempo o ganas para dar. Era por eso que de cuando en cuando se buscaba a alguien que le consolase brevemente en el sentido físico. Pero para Elliot, realmente Marie era un alma gemela y nunca se le habría pasado por la cabeza abandonarla o causarle algún mal, aunque sus ganas de sexo le impulsaran a echar una canita al aire ocasionalmente.
    De un tiempo a esta parte, sin embargo, ya no buscaba compañía cuando ella estaba ausente. De hecho, salvo la noche de los jueves, momento en el que salía con algunos viejos amigos de la facultad, los momentos fuera del trabajo en los que se encontraba solo los pasaba en casa. Los asuntos que entraban y salían de su pensamiento periódicamente le mantenían en vilo. Tenía pánico a permanecer en la calle, donde podía ser visto con suma facilidad por cualquiera, pero sobre todo por esa persona. ¿Quién lo sabía? ¿Cómo lo había averiguado? No era algo tan fácil de hacer, pero por más que le daba vueltas, no conseguía avanzar nada en sus pesquisas.
    Elliot era científico, un verdadero visionario en el campo del uso de la energía mako, atrapado, para su desgracia, en un puesto que no reconocía sus méritos ni explotaba su talento. No había ninguna vacante mejor por encima de su puesto que necesitara ser cubierta, por lo que le habían asignado a un departamentucho de poca monta, encargado del refinamiento de la materia imperfecta. Cada vez que pensaba en el sueldo y las oportunidades de reconocimiento de los técnicos que trabajaban asignados a SOLDADO o al departamento de Desarrollo de Armas, y sus casi ilimitados recursos para la creación y mejora de materia, la bilis se le subía hasta la boca por los celos y la frustración. Tenía un proyecto que podría revolucionar la creación de materia, pero por lo visto no conocería más que el fondo de su cajón. Y como si eso no fuera bastante, hacía poco más de tres semanas que un mensaje anónimo había llegado a sus manos para convertir su vida en algo aún peor.

    Llegó de la mano de un muchachito, cerca de la estación del sector 2. El chico le había entregado un sobre cerrado sin remitente alguno, y no había tardado precisamente mucho en desaparecer por los callejones. Elliot abrió el sobre, y lo primero que sacó, completamente confundido, fue un billete de a diez guiles. Le pareció algo completamente extraño. Quizá el mensaje no fuera para él. Luego sacó un papel doblado. Aquella misiva despejó sus dudas sobre que él era el destinatario, y a un tiempo, le llenó de miedo.

Conozco tus secretos.

    Esta sola frase hizo que primero esbozara una mueca de incredulidad. Luego, cuando se dio cuenta de lo que podía significar, casi se cayó contra la persona sentada a su derecha. Afortunadamente, el hombre, un tipo gordo trajeado, lo atribuyó a un movimiento repentino del tren, y no a una flojera de rodillas. Elliot tragó saliva varias veces. ¿Qué era aquello? ¿Una broma? ¿Una jugarreta de sus compañeros de trabajo? ¿Sería una especie de venganza por parte de su mujer, que quizá había descubierto sus engaños?
    Arrugó el papel y lo guardó. Una vez en el trabajo, en el piso 34 del edificio Shinra, se dirigió a su laboratorio. Colgó el abrigo en la entrada del mismo, dejó sus documentos sobre la mesa en la que reposaba su Terminal, pero no se sentó. En lugar de eso fue al servicio, sin acordarse de ponerse la bata blanca que era propia de su profesión ni dejar encendido el pequeño reactor donde pulían las imperfecciones de la materia defectuosa. Ni tan siquiera escuchó la frase seca de la señorita Leman, su “relamida jefa”, recordándole que se pusiera la bata para deambular por el laboratorio. Ésta, al reparar en su cara sudorosa y pálida, pensó que quizá le vendría bien despejarse antes de ponerse con su trabajo, y que la reprimenda podía esperar.
    Una vez en el servicio, Elliot dio el grifo y se lavó las manos y la cara. Se miró varias veces al espejo. No parecía que hubiera nada anormal, además de la palidez, que empezaba a remitir. Notó que tenía la boca algo seca, pero no bebió. Lentamente, esperando que fuera un mal sueño, metió la mano en el bolsillo del pantalón. De nuevo notó la suave superficie del papel. Con movimientos pausados, entró en una de las “pequeñas salas del trono”, como él las llamaba, y cerró la puerta. Una vez sentado sacó el papel y lo abrió. Sus ojos pasearon inquietos por las letras, pequeñas y retorcidas, pero no por ello ilegibles y carentes de una cierta regularidad.

Conozco tus secretos. Todos, tanto en tu trabajo como en tu propio dormitorio. Sí, aún recuerdo a esa furcia pelirroja del pub Nubes del sector 4, y el discurso de tu relamida jefa sobre tu proyecto de modificación alterna de la materia y lo que luego pensaste decirle sin atreverte a ello. ¿Pero sabes lo que más recuerdo? El olor a perfume caro de tu esposa, esa atractiva mujer morena de largas pestañas y aún más largas piernas que trabaja de redactora en el sector 3.

    Empezó a sudar copiosamente. Aquello tenía toda la pinta de ser la clásica nota que un psicópata enviaría a alguien a quien está espiando de continuo, con a saber qué intenciones malsanas. Intentó relajarse. Seguramente era una broma. Tenía que serlo. La carta aún seguía. Miró alternativamente hacia la carta y hacia el techo, y cuando logró reunir algo de valor, siguió leyendo.

Todos tus asuntos podrían salir a la luz. Claro que, entonces, esto no sería bueno para ti, ni provechoso para mí. A estas alturas te habrás dado cuenta de que si el contenido de esta carta se revela, o si intentas acudir a alguien para que te ayude, me daré cuenta al momento. ¿Te importa tu trabajo, aun cuando no puedas ascender hasta donde quieres llegar? ¿La vida de tu esposa, tan atareada en su oficina? ¿Tu propia vida? Creo que ambos sabemos la respuesta, de modo que nos saltaremos la retórica.

    Ahora estaba claro. Un chantaje. Chantaje, extorsión, amenaza, tanto da la palabra que usara. El desconocido quería algo a cambio de su silencio, y en caso de que divulgar los secretos no bastara para amedrentarle, recurriría a la fuerza. Los argumentos del autor de la carta eran lo bastante buenos como para que Elliot perdiera las ganas de hacerse el valiente o de intentar saber quién era. Sus ojos continuaron moviéndose de izquierda a derecha, casi febriles.

Esto va así: si haces lo que te digo, todo irá bien para ti. No me importa tu vida tanto como para divulgarla porque sí, de modo que mientras que nos llevemos bien, no tendrás ningún problema. Pero intenta dar a conocer esto, pedir ayuda o contratar a algún necio agente de seguridad, y lo perderás todo. Basta con que cumplas con lo que te diga. No me importa el tiempo que tardes en conseguir aquello que te pida, pero si mi paciencia alcanza su límite, tendré que llamarte la atención. Dentro de poco, te diré lo que espero de ti. Hasta entonces, ya hablaremos, Elliot Rigar."

    La carta carecía de firma.

    Y desde aquel momento había dejado de tener amantes. Su trabajo era igual de agobiante, pero hasta la señorita Leman se dio cuenta del cambio de actitud de su subordinado, de brillante pero rebelde a completamente sumiso, como si de pronto hubiera desaparecido toda su iniciativa. Sus salidas nocturnas se vieron limitadas a los jueves, cuando quedaba, como siempre, con su vieja hermandad universitaria, y a alguna cita ocasional con su esposa, como la que había mantenido aquella misma tarde. O mejor dicho, como la que habría mantenido, de no ser por su trabajo. Desde la llegada de aquella carta maldita, Elliot siempre estaba preocupado por los retrasos de Marie, y sentía un alivio exagerado cuando escuchaba su voz disculpándose por llegar tarde, o comentando el estado de su madre. Así y todo, aún no sabía nada del autor de la carta.
    Malhumorado y desganado para hacer cualquier cosa que no fuera sentarse, beber y tratar de considerarlo todo una pesadilla, Elliot se dirigió a la estación. No había traído el coche por mera paranoia. Hacía tiempo que no lo usaba, y consideraba que era mejor mantenerlo así. Con un poco de suerte, su guardián de secretos particular no sabría de su existencia. Era demasiado esperar, quizá, pero no le importaba.
    Estaba esperando en el andén cuando le pareció sentir algo. Se removió inquieto. Le pareció que algo en el interior de su ropa le había causado un escalofrío. Miró de reojo. Por todas partes había gente. Algunos iban para su casa desde el trabajo; otros eran clientes del centro comercial que, como él, habían visto frustrado su plan para la noche. Otros eran simples ciudadanos, algunas señoras cargadas con un par de bolsas de la compra, adolescentes con pintas de pandilleros y algún que otro vagabundo taciturno con la nariz enrojecida como efecto secundario de sus dosis de olvido bañado en alcohol.
    Seguía en su espalda esa gota de sudor frío. Echó un vistazo discretamente a su alrededor. No había nada especialmente sospe… Un momento… Sí. Sí que lo había. Acababa de volver la mirada, como si la cosa no fuera con él. Un tipo bajo, con barba de varios días y pelo desaliñado. Llevaba una chaqueta de piel bastante raída, unos vaqueros sucios y una pequeña gorra calada hasta las cejas, dejando la mitad de su cara en sombras. Elliot fingió no haberlo visto. Una casualidad, una sensación propia de su miedo. Estaba exagerando. Habían pasado ya tres semanas sin una sola noticia de su espía particular. Llegó el tren, y con su llegada desaparecieron parte de sus temores.
    Volvieron a no tardar, cuando el presunto mendigo se sentó casi frente a él, dos asientos más a la derecha. Junto a él, había ahora otro, resguardado con una gabardina y tan lleno de harapos que no se podía ver prácticamente nada de su cuerpo. La gente se apartó para dejarle paso cuando avanzó hacia el asiento renqueando. Se sentó pesadamente, con un gruñido. Una capucha cubría su rostro.
    La pareja de vagabundos y Elliot estaban separados únicamente el pasillo y la gente que en él había. Conforme se movían los pasajeros, el científico intentaba atisbar más detalles. Se dio cuenta de que el segundo mendigo parecía hacer lo mismo, mientras que el primero miraba por encima de Rigar el desfilar de los edificios de la placa. En la siguiente parada, el segundo mendigo se bajó cojeando, mientras que su acompañante desde la estación seguía mirando al vacío.
    Rigar se bajó en su parada. Unos cuantos viajeros más se apearon con él, pero no se atrevió a volverse para comprobar si el vagabundo le seguía. Enfiló su calle por un atajo cuesta arriba y empezó a caminar con garbo. El miedo pareció incrementar no sólo su rapidez, sino también sus sentidos. Detrás de él, alguien caminaba. Parecía seguir su mismo ritmo. La sangre en sus venas se aceleró cuando emprendió un trote rápido. Los pasos de detrás lo imitaron. Ya fuera de sí, echó a correr y torció a la derecha por una calleja plagada de basura y contenedores. Siguió corriendo. Casi parecía que detrás de él hubiera un bom a punto de estallar, y no paró hasta que pasó lo que tenía que pasar. No había salida. Se dejó caer de rodillas, completamente exhausto. Hacía poco que no tenía las pisadas machacando sus oídos como el repicar de un tambor a todo volumen. Poco a poco se calmó, y permitió que el aire escapara de sus pulmones con un suspiro.
    -Oiga… se… ¿se encuentra bien?-dijo una voz desconocida.
    La voz a sus espaldas le hizo volverse con tanta rapidez que a poco no perdió el equilibrio. Como había temido, se trataba del mendigo. Tenía demasiado miedo como para darse cuenta, pero el hombre le miraba con lo que parecía genuina preocupación. Dio dos pasos hacia él, pero Elliot retrocedió como pudo, ensuciándose los pantalones y las manos en su afán.
    -Perdone si le he asustado… pero me han dado esto para usted. No estaba seguro de si era la persona correcta, y por eso le seguí. Me dijeron que era importante y que usted me daría diez guiles si se lo traía. Iba a dárselo al salir del tren, pero…
    Ahí estaba, justo en su mano, como la otra vez, justo como la otra maldita vez. Un sobre en blanco. Elliot se levantó trabajosamente. Empezaba a ver aquello como algo irreal, tanto que daba igual o no que fuese en su contra; mañana despertaría y nada sería real. Ya ni siquiera sentía el sudor, el cansancio o el miedo. Con una expresión que sólo podía tildarse de seriedad completamente normal, miró en su cartera en busca de los diez guiles. Se le pasó por la cabeza no pagar, por si aquel tipo se estaba aprovechando de él y de su desgraciada situación.     Luego lo recordó: junto con la primera carta habían llegado diez guiles. Podrían llamarle paranoico, pero si aquello era una casualidad, él era un minero de Kalm. Sacó un billete de diez (ni siquiera sabía si sería el mismo, pero lo dudaba), cogió la carta y se volvió a casa con aire completamente ausente sin mediar palabra con el mendigo. Poco más tarde, Marie le preguntaría dónde había estado y por qué había tardado tanto, y él se habría desplomado en la cama, diciendo que le habían atracado para robarle diez guiles.

    Miles se guardó el billete, temiendo que algo tan normal como la corriente del callejón pudiera arrebatárselo. El hombre metió las manos en los bolsillos y subió calle arriba hasta llegar a un viejo inmueble en ruinas. El edificio debía haber sido derribado hacía ya una semana, pero una carta enviada al encargado de Obras Públicas del sector 2 había bastado para retrasar un tiempo la demolición. Miles abrió la puerta de la planta baja y subió los peldaños chirriantes de madera. En el cuarto piso había una puerta abierta. La sala a la que daba estaba velada por la oscuridad. Se golpeó la cadera contra una mesita casi invisible.
    -¿Señor…? ¿Está usted aquí…? Soy yo, Miles…
    -Acércate, Miles, y no hagas tanto ruido. Se supone que este sitio está abandonado - respondió alguien en el interior.
    La luz de la luna entraba en aquel momento por la ventana, y dibujaba con perfecta definición una sombra en el suelo. La sombra era arrojada por un bulto de telas que se levantó de la silla y cojeó sin mucho ruido hasta colocarse fuera de la luz. Se había descalzado, dejando a un lado un par de botas altas viejas, pasadas de moda. La capucha tapaba todavía la cara del segundo mendigo del tren. Cuando se apartó, el brillo lunar se reflejó en un arma, una Gunger, que reposaba apoyada contra la pared opuesta. En su cañón parecían haber soldado una pieza metálica que describía una ligera curva terminada en punta. Podría haber pasado por una bayoneta, de no ser porque estaba unida perpendicularmente al cañón.
    -Ya, lo siento… Verá, yo venía a por mi… pago. Ya sabe, entregué el mensaje, tal como me dijo, y también me dio los diez guiles… pero ya sabe, falta eso…
    -Ahh, sí… Tu droga, ¿verdad?
    Un brillo que no era sólo el producido por la luna destelló en la mirada de Miles.
    -Sí, mi parte. Mi parte, la convenida… Si he terminado y me la da, me iré, señor, y…
    -No tengo tu droga, Miles. No hay droga aquí - cortó el otro. Fue algo tan repentino que Miles quedó callado durante unos segundos. Balbuceó algo incoherente antes de retomar el control de su lengua.
    -Pero… pero usted me prometió que…
    -Lo sé, lo sé, Miles. Te engañé.
    Una expresión de incredulidad alteró las facciones de Miles; facciones que poco a poco se fueron contrayendo en un rictus de furia, acrecentada por el mono. Su cara casi se desfiguró por la ira. Con un gesto nervioso, y también veloz, sacó de un bolsillo una navaja automática. Su respiración se aceleró, al igual que un tic en el párpado. El otro mendigo no se movió de su sitio. Seguía de pie, en la esquina, fuera de la luz.
    -Me está engañando, claro que me engaña. Todos me engañan, todos dicen que no tienen… Pero seguro que sí que tienes… ¡Tienes que llevar algo encima! ¡Dámelo! ¡Dámelo o… o… te mataré, y luego me lo quedaré!
    El vagabundo avanzó hacia el yonqui con un paso firme y lento. Sus zancadas le llevaron de nuevo a la zona iluminada, que ocupó creando una sombra ominosa. Miles retrocedió un poco, y al hacerlo, tiró la Gunger, metiendo bastante ruido. El arma de su oponente estaba ahí, en el suelo, pero Miles no atacó aún. Algo le llamó la atención en el andar antes renqueante, en las manos, ahora visibles, de aquel individuo. Las manos no eran del todo manos, ni tampoco tenía pies. Aquello sólo podía describirse como garras, o zarpas; en definitiva, las extremidades de un animal o un monstruo.
    El yonqui no hizo demasiado caso de eso. Estaba ya demasiado lanzado como para detenerse. Quería su dosis y la quería ya. Quizá juzgó que su vista le engañaba, como tantas otras veces. El vagabundo encapuchado se dio la vuelta y quedó mirando hacia la ventana. Sus manos… garras… lo que fueran, se levantaron al tiempo que la tela que le cubría subía al encoger sus hombros, en lo que podía interpretarse como un vago ademán de disculpa. Fue entonces cuando Miles perdió el control y atacó, con la navaja por delante. Un ruido de piel desgarrándose y sangre fluyendo llegó a sus oídos, y creyó que había alcanzado a aquel listillo.
    No había sido así. Estaba demasiado lejos como para haberle herido. Pero Miles… Miles notó un gran dolor en su vientre. Algo sumamente afilado se había incrustado en él, algo afilado que salía de debajo de los harapos de su adversario. Algo parecido a una cola escamosa y cubierta de espinas se había alojado violentamente en su estómago, y ahora se retorcía ligeramente. Los ojos de Miles, dolorido y sorprendido, se abrieron como platos. El mendigo se giró, y con ello la cola espinada dejó un reguero de gotitas de sangre. La capucha estaba ahora echada hacia atrás. Miles enmudeció de horror. El rostro que vio alguna vez fue humano, sin duda, pero estaba terriblemente deformado, mutado. El hueso había crecido formando protuberancias que asomaban en su barbilla y mandíbula. Dos pequeños cuernos que se curvaban hacia atrás, casi pegados al cráneo, salían casi desde donde se habrían hallado sus cejas, ahora una línea de cerdas duras y negras. Por suerte para Miles, no vivió lo suficiente como para verse atormentado o enloquecido por lo que acababa de contemplar. El mendigo se despojó de sus andrajos y se estiró en todo su corrupto esplendor antes de acercar sus ojos azulados de pupila rasgada a la cara del pobre drogadicto. La voz del falso mendigo llegó suavemente a sus oídos, antes de transformarse en un gruñido gutural.
    -Pobre, pobre Miles. Te han engañado otra vez…

    En el breve plazo de unos días el edificio sería demolido al fin, y con él, el cadáver desmembrado de Miles se convertiría en restos y despojos. Si alguien lo encontraba, sin duda alguna lo achacaría al ataque de un monstruo, un hecho a veces frecuente en los suburbios, aunque muy esporádico en la placa. Quizá hasta movilizasen a los agentes de seguridad. En la acera de enfrente, una calle más abajo, Elliot apagaba las luces para ir a dormir mientras la luz de la luna se reflejaba en el cañón de un arma parcialmente oculta en un montón de telas y harapos que caminaba cojeando en dirección a la estación.

6 comentarios:

Astaroth dijo...

¿Cuál es el enlace con Rokhsa? Igual me lo he saltado.

No ha estado mal para ser la primera vez, aunque peca de haber presentado a la criatura demasiado pronto. Yo creo que hubiera estado bien no haber desvelado tanto de su forma en el primer relato.

Una pena, Miles me caía bien.

Skeith dijo...

Teóricamente, el enlace es el momento de salir del centro comercial, y lo retomo desde que cierran y sale la gente... claro que me hice algo de lío. Ahora que vuelvo a leer la parte de Rokhsa, podría haberlo enlazado desde otro sitio y no habría quedado tan forzado.

La criatura tenía que estar. A fin de cuentas, es el personaje que pretendía usar como principal. Problema: dado su aspecto lo tiene difícil para interactuar con el resto de los mortales, así que tuve que pensarme un "intermediario" (de ahí que no mencione siquiera el aspecto de Elliot, no más allá de cómo va vestido). Aunque lo más seguro es que desarrolle también a Elliot como otro personaje principal, viendo que lo voy a usar bastante y que en un principio da más juego.

Si hace falta un arreglo por el enlace, teóricamente tengo de tiempo hasta mañana, por la extensión. Y perdona por la prisa (te pones a escribir, no paras, lo terminas del tirón y zas), no me fijé en que por el tag decías que estabas enfermo. De haberlo sabido no habría posteado tan pronto.

Astaroth dijo...

Nada, tranquilo. Ya estaba mejor cuando colgastes el relato, y justo cuando acabé los exámenes.

Skeith dijo...

Es bueno saberlo ^^.

Por cierto que tienes razón con lo de no haber desvelado tanto de la forma que tiene el personaje. Con la cola seguramente habría bastado...

Y si no importa que lo cambie ahora, creo que puedo hacer un enlace mejor. Siempre que no sirva la referencia a lo del centro comercial, claro, pero tengo una alternativa si hace falta.

Ukio sensei dijo...

Coincido con Astaroth: Has patinado con el enlace del centro comercial ya que tenemos casi un triple enlace: Yo metí el centro comercial, Meph lo usó, Rokhsa lo usó (pero fue específicamente a por escenas del turno de Meph), y contigo va la cuarta. Es un enlace válido, pero es forzado.

En cuanto a lo del bicho, ya es una cuestión de opiniones. Quizás sí limitarse a la cola y ser MUY gráfico con la expresión de horror de Miles.

Solo me queda puntuar que a veces haces frases demasiado largas, yéndote a florituras que putean un poco el ritmo (en la presentación de Elliot) y que quizás no deberías describir al bicho como "El vagabundo", ya que al estarse pegando con otro vagabundo, Miles, la cosa se queda algo confusa. "El Ser" o "La criatura" serían los que habría usado yo.

Ukio sensei dijo...

Pero vamos... Aprueba y con holgura.