sábado, 22 de junio de 2013

225

Hace unas semanas, en la zona VIP de la Tower of Arrogance, los Rooftop Ravens acababan de dar su impresionante primer concierto ante un público entregado, y ahora la fiesta posterior estaba en pleno descontrol. Helmutt ya se había ido con su familia, pero el resto del grupo disfrutaban de su juventud y popularidad en una fiesta de la que eran los protagonistas. Marc, el bajista y vocalista entretenía a cuatro mujeres, mientras que Megan, la batera, hablaba de artes marciales con dos hombres del personal de seguridad.


- Y dime... ¿Cómo es ver las miradas de las fans desde ahí arriba, guitarrista?

Han sonrió. Tomó su vaso y dio un trago lento, ganando tiempo para dar una respuesta interesante. La despampanante rubia que compartía su mesa le dedicaba retorcidas miradas con sus atractivos ojos azules, y había posicionado muy bien su top. Con una ojeada al objetivo, el guitarrista decidió ser humilde.

- Bueno... Helmutt fue más espectacular, y Marc es el frontman...
- Pero tú eres el solista oscuro y misterioso, que solo da un paso al frente para clavarnos al suelo con su música. - La chica sabía halagar, había que reconocerlo... - Además, Helmutt ya se ha ido con su familia, y Marc está ocupado con esa banda de grupies.
- No sabía que tuviesemos grupies. ¿Eres grupie nuestra?
- La verdad es que para muchos soy una musa, pero nunca una grupie. - "Ya, claro..." pensó Han. "Miss rubiaza impresionante". El whisky se le había subido, acostumbrado como estaba a la cerveza, y la barra libre no había ayudado. Toda su concentración estaba fija en mantener su compostura. No podía hacer el ridículo, o todo el éxito del concierto se iría a la mierda.

- ¡Te he preguntado que es lo que te inspira! - Dijo ella alzando la voz y bajando la mirada. La de su interlocutor se había desviado ligeramente.
- Perdona... Es cansancio, y bueno...
- Si, de levantar el vaso.
- ¡Eh!
- No te preocupes, no soy tu madre. - Rió ella al ver que Han se ofendía. - ¿Cuanto tiempo lleváis preparando esto?
- Unos meses, desde que Helmutt entró en el grupo, pero en realidad... Sueñas con esto toda la vida, ya sabes.
- Si. Tiene que ser genial.
- Lo es, en serio. - Ella sonrió al ver a Han algo más espabilado. - Estás ahí, y la gente te menosprecia, pero entonces, ven lo que eres, y lo que has llegado a ser con esfuerzo, y eres un dios. Y lo mejor es la incredulidad.
- ¿La incredulidad?
- Si... Ahora mismo ni yo me lo acabo de creer, es decir, vas a conciertos y ves a los músicos tocando, triunfando, y tienes la sensación de que son dioses, y ves que están ahí, pasándoselo bien, tocando para ti y llevándote a otro nivel. Y entonces de repente, eres tú el que tiene que mirar hacia abajo y ver todas esas caras emocionadas por lo que tú estás haciendo... Es genial. No hay palabras.

- Realmente no las hay. - Dijo una tercera voz, tomando asiento en la mesa y robándole a Han su copa, que mató de un solo trago.
- ¡Rolf! ¡Búscate tu propia bebida! ¡Y tu propio entretenimiento!
- Claro que si, ídolo de masas. - Dijo el tirador con sorna, sin dejar de mirar a la chica. - ¿Ya habéis tenido el placer de conoceros?
- No, solo hablábamos. - Dijo ella, inquieta.
- Oye, Rolf, borracho de los cojones. Vete a tomar por culo. ¡En serio! ¿Cómo es que no te están violando en los urinarios ahora mismo? - Dijo Han, entre la broma y el incordio.
- ¿No? Oh, permíteme entonces... - Rolf lo ignoró.
- No es necesario. - Insistió ella.
- Han, guitarrista, vividor, estrella del rock y yonki de la adrenalina, te presento a Yvette, novia de nuestro amigo el príncipe rubio. Yvette, te presento a Han, guitarrista, etcétera, etcétera, etcétera...

Han palideció. Memorias no deseadas se agolparon en su frente, despejando la neblina del alcohol. Memorias, y oscuras posibilidades, que convergían sobre una idea muy clara. Alzó sus cejas con gesto de resignación y se levantó.

- Un placer... Si me disculpas.
- Pero ¿qué? - Dijo ella, echando hacia atrás su silla, preparándose para levantarse.
- Me tengo que ir.

Cuando Yvette se giró, buscando furiosa a ese Rolf que los había interrumpido, este ya estaba escabulléndose entre la multitud, y no quería montar un escándalo. Sin embargo, Han ahora mismo caminaba torpemente hacia la barra. Ofendida por el trato recibido, fue a por él.

- ¿A donde crees que vas, estrella del rock? - Dijo tomándolo del brazo a medio camino.
- A donde quiera, supongo que tengo ese derecho.
- ¿No me vas a dar ninguna explicación?
- Deberías habérmela dado tú, pero está todo dicho. Preferiría no hablar más contigo, ni con tu novio.
- ¿Por qué? ¿Tienes miedo? - Han lo tenía. Tenía miedo de lo que era Paris, y de lo que era capaz de hacer. Había oído de Rolf como se convirtió en una especie de bestia inhumana y le atacó, y después de como acabó el grupo, no quería morir apuñalado en un callejón oscuro. Que lo fuese a reconocer delante de ella, era otra cosa.
- No me asusto fácilmente.
- No, pero huyes enseguida. - Han sonrió con cinismo durante unos segundos, pensando seriamente en lo que iba a hacer. - ¡Eres un maricón!
- Mira, pedazo de puta... Me voy a ir. ¿Y tú vete a que te la clave tu novio, vale? - Dijo encarándola enfurecido. Ella le dio un leve empujón.
- Dímelo en la calle. ¡Maricón!




En cuanto llegaron al callejón, Han se giró para encararla, pero ella ya estaba preparada. El primer puñetazo le cayó en la cara casi por sorpresa. Retrocedió cubriéndose, pero ella no quiso seguir con el ataque. Prefirió provocarle.
Han decidió que ese sería su error fatal. Lanzó dos puñetazos, y el segundo se quedó corto, como él esperaba. En cuanto ella retrocedió para esquivarlo, Han le lanzó una patada al estómago, que ella encajó mejor que nadie lo había hecho antes. Agarró su pie y aguantando el dolor lo lanzó hacia un lado, desequilibrándolo. Entonces le dio un empujón contra la pared y se puso a su espalda, presionando un codo contra su nuca y castigándole el hígado a puñetazos. Han intentó darle un codazo, pero ella pateó la parte de atrás de su rodilla, y mientras él maldecía, lo agarró del pelo y estampó su cara contra la pared. Han recibió algunos golpes antes de ser capaz de interponer su brazo. Entonces ella, sin soltarlo, de un tirón lo lanzó contra el suelo de espaldas.
Aún estaba aturdido por el golpe en su nuca cuando sintió la bota de ella apoyarse en su cara y dar un tirón de su brazo, inmovilizando el codo y retorciéndole los dedos.

- ¿Quieres saber ya hasta donde llegará tu carrera musical, gilipollas? ¿Quieres una sorpresa?
- ¡Zorra! - Escupió Han, intentando liberarse. Aturdido por el alcohol y los golpes, apenas fue capaz de moverse, y solo logró que ella incrementase la presión de su bota contra su cara.
- No aprendes, ¿eh? Entonces lo mejor va a ser que tengas unos meses para pensártelo antes de volver a cagarla.

- ¡Alto! - La voz vino de las sombras del callejón. Han no era capaz de distinguir quien hablaba, el dolor daba latigazos en su brazo, y sentía palpitaciones en las sienes, mientras que el pavimento se le clavaba en la cara.

- ¡Asunto de TURK, vete a tomar por culo!
- No estoy de humor para eso. - En ese momento, Han reconoció la voz. Entre el dolor, la humillación y la rabia, no fue capaz de decir nada. - Y no voy a dejar que le hagas daño a mi hermano, Yvette.
- ¡Mal! ¡Escucha, tu hermano...!
- ¡Silencio! ¡No pienso hablar contigo hasta que le sueltes!

Yvette obedeció avergonzada. En cuanto fue capaz, Han intentó apartarla de un empujón, pero ella ya había previsto esa jugada y se había apartado. Mirándolos a ambos enfurecido, con el dolor aún presente, le costaba reprimir las ganas de saltar otra vez a por ella. Acababa de ser apaleado por una rubita, y le había salvado su hermano el homosexual. La situación no podía ser más humillante. Gritándo de rabia, pateó los contenedores de basura.

- Con esos si que puedes... - Dijo Yvette con desprecio. Han se giró y el odio ardía en su mirada. Ella le ignoró, pero bajó la mirada ante la reprimenda silenciosa que le dedicó Malcolm.
- Han... Tienes la cara deshecha. - Dijo el barman, tendiéndole un paño. Han lo tiró al suelo de un golpe y empezó a caminar hacia el fondo del callejón. - ¡Han! - Gritó de nuevo. En medio de la oscuridad se le oyó buscar algo en los bolsillos y las llaves de un coche cayeron a los pies de Malcolm.
- ¿Tienes dinero para un taxi?
- ¡Que te den por culo! ¡No quiero un puto taxi!


- No deberías dejar que te hable así. - Dijo Yvette, cuando el músico se hubo ido.
- Silencio. - Dijo Malcolm dándole la espalda y empezando a caminar.
- Pero... Él me... - Ella se lanzó tras él.
- ¡Silencio! - Malcolm alzó la voz con autoridad pero sin gritar. - Primero, es mi hermano, y como me hable es problema nuestro, no tuyo, y segundo: Os veo discutir, vengo y te encuentro dándole una paliza y destrozando su noche de gloria, ¡amenazando con romperle los dedos!
- Si me escuchas...
- Hoy no, Yvette. Él es mi hermano, y no hablaré contigo hasta haberlo hecho con él. Y puede que entonces no vuelva a hablar contigo.
- No es justo.
- No. No has sido justa...
- ¡¿Yo?!
- Una agente de TURK dándole una paliza a un borracho en un callejón. Un borracho que, pese a lo borde que pueda ser, es mi hermano. Adios, Yvette. Debo volver al trabajo, por favor, no agredas a ninguno más de mis seres queridos. Al menos, hoy no.

Incrédula, Yvette vio como su amigo le daba la espalda y echaba a andar. No entendía que había pasado, ni por qué se habían torcido las cosas cuando ese cabrón extraño mencionó a Paris. ¿Sabían algo que ella ignoraba? Lo único que sabía era que no había tenido noticias suyas en un mes.





Han llevaba semanas encerrado en la misma vida. De casa al taller, y del taller a casa, matando los ratos libres con la guitarra o con la cabeza metida bajo el capó del Fenrir. El taller estaba sin nada interesante que hacer, trabajos habituales de mantenimiento, o algo de chapa, a la espera de que el nuevo motor de Supreme llegase, para instalarlo en el coche del nuevo.
Y el nuevo era todo un personaje. Un ex-convicto, actualmente en libertad provisional, que había sido aceptado en un programa de reinserción social por trabajo. Remache recibía una buena cantidad al mes por darle empleo, de la que salía su sueldo, y este absorbía cualquier dato sobre mecánica con la ansiedad de un niño pequeño ante un juego. Por lo visto, había entrado en la cárcel siendo un adolescente, por un tema de bandas, y había cometido más delitos estando dentro. Tras quince años, un puto amante de los muscle cars daba el callo como un condenado de nueve de la mañana a siete de la tarde, a cambio de un salario miserable y un plus decentillo bajo mano. Remache siempre había defendido que un trabajo digno merece un salario acorde.

A Han no le importaría lo más mínimo si ese ex-presidiario no se llamase Simón Kurtz.

La primera vez que los vio juntos fue espeluznante. El mayor de los Kurtz, con su ojo izquierdo cubierto de cicatrices y su pelo castaño oscuro rebelde, con el aspecto impoluto de su traje, y el menor, más fibroso, con el pelo negro y engominado hacia atrás. Se le hacía especialmente estremecedor, ya que era como ver al turco sin cicatrices y sin que el ejército y el servicio hubiesen enderezado su vida. Sin embargo, el joven Kurtz no tardó en caer bien. A pesar de que no le gustasen los coches de verdad.

- Solo una semana más... - Dijo, mientras marcaba el día en el calendario. - Una semana, y tendré un motor de verdad.
- Ejem... - Han exageró la tos a sus espaldas. - Tendrás un ladrillo.
- Ya llegó el mariquita con sus turbos, sus intercoolers y sus zarandajas. ¡Un v8 es lo que necesitas!
- Mira, cabrón, ¿por qué no te subes a mi seis cilindros en línea, doble turbo, tracción cuatro por cuatro y sistema de suspensión ATTESA E-TS y aprendes lo que es ir en coche?
- ¡Por que le quitarían la condicional! - Interrumpió Remache. - ¡A currar!
- ¡Estamos currando, viejo! ¡Estoy supervisando un cambio de aceite! - Gritó Han. Remache se acercó y los vio a ambos bajo el elevador, que contenía el utilitario con el que estaban trabajando.
- ¡Lleva aquí casi una puta semana! ¿Le has pedido ayuda? - Simón negó con la cabeza, mientras cogía el cubo lleno con el aceite usado. - ¿Ves? ¡No te ha pedido ayuda para una tarea rutinaria cuando lleva casi una semana aquí, no es subnormal! ¡Así que tú estás haciendo el vago!
- ¿Me ocupo del pick up de allí?
- No, es de Henderson, y prometí a ese hijo de puta que no volverías a tocar su coche, así que me tengo que ocupar yo. Enséñale a cambiar los filtros, y donde se tira el aceite usado para reciclaje.


Simón iba muy atento, mirando hacia todos lados, antes de preguntar en voz baja.
- ¿Qué le hiciste a Henderson?
- Dijo que mi coupé deportivo de quinientos caballos era un coche de nena, comparado con su paleto-movil, así que conecté su radio a una entrada USB oculta tras la consola. Estropeé todos los controles, de modo que una vez la encendiese, no la pudiese apagar.
- ¿Qué es un USB? - Han lo miró sorprendido. Luego hizo un gesto de asentimiento y respondió.
- Es un tipo de conexión informática. Puedes conectar el móvil, o discos duros pequeños, y cosas así.
- Tengo que meterme con los ordenadores. ¡Hacéis virguerías con ellos!
- No hables así. Parece que tengas sesenta años.
- ¿Por que no tengo ni puta idea de informática?
- Nadie dice "virguerías". - Simón sonrió al oír esto. - El caso: El USB estaba conectado a un mini disco duro de esos que te dije, que son más pequeños que un dedo, y solo tenía una canción: Una de una diva pop que les encanta a los gays. A todo volumen. ¡Y no podía quitarla!

- ¡Menos risas, colegialas! - Oyeron a Remache protestar desde el otro lado del taller. Han hizo un gesto quitándole importancia, mientras le indicaba donde se encontraban los filtros.

- El caso es que el gordo cabrón de Henderson volvió hecho una furia.
- ¿Y se lo arreglaste?
- No me quedaba otra. Tuve que volver a conectar los controles de la radio, y Remache me obligó a hacerlo fuera de horario de trabajo, para que aprendiese. La radio funciona normal, puede reprodicir CDs, pero no le quité el USB, que sigue escondido. Cada vez que me toca los cojones, le sigo por la calle, y le pongo pop de princesitas con un mando a distancia.







- Bájalo despacio. - Dijo Han mientras supervisaba al nuevo utilizando los controles de la grúa. - Bien, para.
- Dame eso, chaval. - Remache tomó el mando de las manos de Simón. - ¡Tira p'allá!
- ¡Estaba teniendo cuidado! - Protestó este.
- Tienes que ayudarme a colocarlo. Este pedazo de mierda mal fundido pesa mil cojones.


Cuando finalmente el motor estuvo en su sitio, Simón no cabía en sí de gozo. Sentado al volante del muscle car clásico, disfrutaba acariciando el volante de cuero gastado por el uso. Miraba los retrovisores, y todos los compartimentos del vehículo, como un niño con juguetes nuevos.

- Simón, tío. Vente, tenemos que sacarlo.
- ¿Qué? - Preguntó desencajado. - ¿Por qué?
- ¿Sabes qué coche es este?
- Shin-Ra Supreme Fastback Mach I del 73.
- Edición SCS. - Concluyó Han. - El original montaba un motor Blackbeast experimental, con un par de niveles insensatos. Si ha aguantado tanto es por que tu hermano no desactivó demasiado el limitador, y luego utilizaba un motor diesel, que van a revoluciones bajas. Si vamos a meterle este V8 de cuatro coma seis litros, vamos a tener que reforzar el chasis o al segundo mes irás dejando piezas atrás.
- ¿Cuanto va a tardar?
- Dos semanas. - Remache cortó por lo sano, mientras se alejaba al oír el teléfono del taller. - Tres. Hay que ver como está eso.

El sueño de Simón volvía a alejarse y se quedó decaído en el asiento del conductor, mientras Han accionaba el mando con el que la grúa volvía a retirar el motor del vehículo.

- Dos semanas. - Dijo Han en voz baja, mirando a sus espaldas. - Menos si le echamos horas. - Simón sonrió, pero al instante su gesto se congeló.
- No es necesario.
- ¿Tienes algo mejor que hacer?
- Tengo que cuidar de Aang, y a veces pasear al perro... - Dijo con tono evasivo. En su situación, desconfiar de los favores no era extraño.
- Bueno... Un día nos podemos poner con este, y al siguiente con mi Fenrir.
- ¿Qué le quieres hacer? ¿No es un supercoche, con su super motor turbo, y su cuatro por cuatro?
- Necesita un intercooler nuevo, y voy a ver si esta noche lo consigo. El viejo tiene fugas, así que los turbos no dan la presión suficiente. - Simón quedó pensativo unos instantes.
- ¿Un trato?
- Un trato. - Afirmó Han. - Por cierto, ¿ya tienes el carné de conducir?
- ¡Que va, aún tengo el teórico en un mes!
- Putos Kurtz impacientes...

El PHS de Han interrumpió la conversación con el sonido propio de un mensaje de texto. En silencio, echó un ojo a la pantalla, mientras Simón volvía al trabajo. Su respuesta fue breve:

"Ok. Nos vemos allí".







La noche caía sobre Midgar. Los neones de los suburbios, siempre encendidos, relucían con más fuerza, y sus parpadeos se hacían notables. El ambiente en el sector 3 estaba cargado con el rugido de motores y el sonido de música electrónica.
Han avanzó con su Fenrir, atraído por el olor a gasolina y goma quemada. Circuló hasta un polígono industrial abandonado, donde se hallaba el cadáver de la única factoría mecánica que hizo frente a Shin-Ra en Midgar: Khron. Algunos de sus vehículos aún se ven por las calles de la ciudad, pero hará aproximadamente una década, la fábrica cerró sus puertas definitivamente. Se habló de sabotaje, y las cuentas de la empresa tuvieron serios problemas fiscales. Mucho se dijo, pero siempre en voz baja.
Hoy, queda una nave industrial con restos de una cadena de montaje y dos edificios de aparcamiento de cinco plantas de altura: Uno para los vehículos de los trabajadores, y otro para la producción a la espera de su venta y exportación.

En lo alto de ambas plantas se veían luces, y el ruido de coches a toda velocidad atronaba hasta unos cien metros de distancia, sin embargo, la carencia de vecinos en el pequeño polígono industrial, así como el adecuado untamiento de ciertas manos evitaba problemas de tipo policial.
Antes de acceder, Han fue detenido por un par de hombres, ambos bastante corpulentos, que controlaban una barrera. Uno de ellos era de piel negra, con brazos fuertes como prensas hidráulicas, que exhibía con su camiseta sin mangas. El otro era blanco. Llevaba una camisa abierta, con mangas cortas, dejando visibles los tatuajes que cubrían la mitad superior de su cuerpo.

- ¿Pase?
- ¡Soy yo, joder!
- Y yo también soy yo. ¿Pase? - Dijo el negro sin inmutarse. Han bufó de frustración. Por lo visto, su leyenda no había sobrevivido a su ausencia. Tomó su PHS y buscó el mensaje con su invitación, mostrándoselo a los de seguridad. El mensaje contenía un código QR que estos procedieron a leer con otro PHS, en cuya pantalla apareció la respuesta. - ¿Han "la muerte"? ¡Hostia, así que ese es "yo"!
- Ya solo "Han". - Dijo con cierto alivio.
- ¡Déjale entrar! - Dijo el negro a su compañero, que estaba dentro de la garita, navegando por la red con un portátil.
- Dos minutos. Están a punto de salir.


Se oyó una jauría de gritos procedente de una de las torres, acompañada del ruido de varios motores. Han apagó el suyo y se bajó del coche para verlo mejor. Pudo ver como las luces de ambos se movían trazando espirales, mientras descendían del aparcamiento de operarios. Una de ellas utilizaba faros azules de Xenon, lo que le hizo bufar. Siempre creyó en la mecánica por encima de la estética, sin embargo, este era un truco sucio habitual en los malos perdedores. Un juego de luces muy deslumbrantes para intentar forzar un error de su oponente. Ambos coches aparecieron de repente, saliendo del aparcamiento y cruzando el patio, para entrar en la nave principal. Su ruido sonó distorsionado por el amortiguado eco del edificio, mientras corrían esquivando maquinaria. "Ya han de estar a punto de salir", pensó el piloto, viendo como, efectivamente, atravesaban la puerta situada al otro lado de la nave. Este era el momento en que pasarían ante la entrada. El que iba delante conducía un Shin-Ra Supreme e intentaba ganar distancia, pero su oponente le acosaba, pegándose a su parte trasera y buscando aprovechar todo el rebufo. De vez en cuando, asomaba a uno u otro lado, poniendo nervioso a su rival con el destello de sus faros delanteros. A Han le llamó especialmente la atención su coche: Un Waisser 9001. Un pequeño constructor de Junon los hacía a mano con un equipo de expertos. A Han le encantaba su motor Boxer, pero no era fan de situarlo detrás del eje trasero. Demasiado esfuerzo para compensar el peso, que se podía dedicar a mejorar el rendimiento.

- Está igualado. - Dijo el negro. - Pero los Supreme son muy potentes.

Han prefirió callarse. Waisser no te vende un coche para que su reputación quede por los suelos cuando mueras en la primera curva. Es un desembolso importante, además, y aunque no sean especialmente mejores que el nuevo Fenrir, que ya no se llama así, sino GTR a secas, sigue siendo una obra maestra de competición. Arrancó el coche mientras le levantaban la barrera, y al pasar oyó como el negro maldecía. El Supreme acababa de ser adelantado.


Entró, camino del segundo bloque de aparcamientos, allí donde se encontraba la meta. Muchos de los viejos Khron se encontraban allí, oxidándose. Muchos habían sido robados, o él mismo había acudido para despiezarlos o llevárselos. Ahora, apenas quedaba material aprovechable. Apenas viejas carcasas, sin ruedas ni motor, utilizados para delimitar el trazado del circuito. Otro miembro de la organización lo llevó por un carril paralelo a las vías hacia la azotea. Allí estaba la fiesta. Había dos rampas para ir de un piso a otro, de menos de cinco metros de ancho. Muy pocos elegían adelantar ahí, y muchos menos lo lograban con éxito o mucho menos con seguridad.
Cuando llegó arriba, decidió aparcar fuera de la multitud y acercarse caminando.

Han no había completado el día de su gran concierto de muy buen humor y llevaba esas dos semanas rehuyendo a la gente. Iba a trabajar, pero Remache, Simón y Bessie eran los únicos con los que mantenía contacto. A veces respondía a algún mensaje de texto, para que sus amigos supiesen que seguía vivo, o su grupo que no dejaba la guitarra de lado, pero prefería alejarse. Se sentía derrotado, pisoteado, y sin confianza para subirse a un escenario, así que decidió que siempre le quedaba conducir, pero bueno... Cuando tuviese un coche.

La azotea era una fiesta brutal. Música electrónica, motores y chicas guapas por doquier, al menos, dos de las cosas que más gustaban al piloto. Avanzó curioseando motores y cuerpos, reconociendo a pilotos de su época y viendo caras nuevas, y sobre todo, en que se movían estas caras nuevas. Disfrutaba de las acompañantes, y saludó a sus viejos compañeros, los Devil Drivers, viendo que sin su tiránico liderazgo, un par de ellos se habían especializado en carreras de diez segundos en línea recta. Sonriendo, se encogió de hombros y se despidió para ir a saludar a su anfitrión.

- ¡Hola, Mac! - Dijo acercándose.

Bruce McAllister era conocido en gran parte del mundillo de las carreras, y en el mundo bajo la placa en general. Intentó ser piloto, pero nunca de gran talento. También quiso ser luchador de foso, jugador de baloncesto callejero, corredor profesional e incluso se planteó ser jinete de chocobo. Nunca tuvo gran éxito en ninguno de estos mundos, pero si en algo vinculado a todos ellos: Las apuestas.
Asentado en una afición que satisfacía tanto a su necesidad de competición como a su codicia, se había convertido en uno de los mejores organizadores de eventos de Midgar, siempre visible con dinero de por medio, y con una hoja de antecedentes limpia como una patena. Su mejor inversión, diría él.
Mac se acercó a Han. Esta vez lucía su color pelirrojo natural, corto y de punta, con largas y bien recortadas patillas. Sus ojos eran grises, mostrando su ascendencia norteña, pero iba bien bronceado. Vestía un traje caro, de color crema, y una camiseta de color azul marino, lista para ser levantada mostrando abdominales.

- ¡Hijo de la gran puta! ¡Vuelves a la vida! - Respondió el organizador dándole un abrazo. - Daz estuvo corriendo con tu coche, pero se rumorea que lo perdió corriendo contra alguien mejor.
- Pocos son mejores que él. - El piloto se quiso hacer el tonto, pero su vanidad lo traicionó con una sonrisa.
- Entiendo... ¿Donde se habrá metido esa zorra?
- ¿Ya estas con zorras otra vez?
- ¿Conoces a alguna que no lo sea?
- Ninguna lo será tanto como la que te rompa la cara y te rocíe con spray de pimienta.





Cogió aire. Los ojos le escocían, y la garganta se le había secado de repente, sintiendo un gran malestar. Llevó las manos a su nariz y notó sangre.

- ¡Hija de puta, te juro que vas a...! - No pudo acabar: La agarraron de los pelos y estamparon su cara contra una columna.
- ¿Voy a qué, Susan? - Preguntó. Iba a añadir algo más, pero recordó lo que había aprendido. Pateó a la turca en el suelo y se sentó encima, cacheándola. Encontró su pistola en la parte interior de la chaqueta, y bajo la otra solapa, la porra electrificada. - Mucho mejor así.
- ¡Puta! - El grito de Susan Soto le costó dos puñetazos más que le quitaron de la cabeza la idea de levantarse. Alzó las manos para cubrirse y notó algo metálico en su muñeca. Vio entre lágrimas como las esposas se cerraban e intentó apartar la otra mano, pero al hacerlo, recibió otro golpe en la cara, esta vez con su propia porra.



- ¿Qué vas a hacer conmigo? - Esposada, cegada y tumbada en el suelo, Susan Soto estaba a merced de su agresora. Pensaba en lo que le haría a esa zorra, sin duda, y no sería agradable. Pensaba si moriría aquí mismo. - ¡Soy de Turk, sabes lo que puede pasarte!
- ¿Y quien va a saber que fui yo?
- ¡Mis amigos lo sospecharán!
- ¿Y qué dirán cuando les pregunten por mi móvil? ¿Que la agente de Turk a la que drogamos, agredimos, casi violamos y abandonamos desnuda en una zona transcurrida quiso vengarse? Ni Van Zackal ni Grim harán eso por ti.
- ¡Te matarán!
- No me cogerán desprevenida, cariño. - Rió la agresora, mientras se sentaba sobre el vientre de su víctima de nuevo. Sujetó la cadena de las esposas, cargando su peso contra el suelo e inmovilizando los brazos de su presa sobre la cabeza de esta. - No como yo te cogí a ti.
- ¡Hija de... Ah!

Fue una exclamación breve, pero intensa. Los ojos de Susan, enrojecidos, se abrieron de par en par, y el miedo desfiguraba su cara más aún que su nariz rota. Tenía una navaja, una navaja fea y negra, de estilo militar, a cinco centímetros de su cara. Tras ella, veía dos ojos azules mirándola fijamente, y una sonrisa despiadada.

- ¡No me mates! ¡Por favor!
- Eso era exáctamente lo que quería oír. - Respondió Yvette. - Tranquila... no voy a matarte. - Y diciendo esto, clavó la punta de la navaja en la cara interior del brazo de Susan. Esta gritó, e Yvette sacó la hoja inmediatamente. - Pero voy a hacerte daño.

Dicho esto, se acercó a las manos de su presa e hizo un corte poco profundo en una de ellas. Lo justo para que dejase cicatriz. Se levantó y sujetó las manos de su compañera con el pie, reteniéndola contra el suelo.

- Y ahora... - Apoyó la hoja en el pecho de Susan, justo sobre su esternón. Agarró su vestido y lo rajó con un solo corte vertical. - Voy a ser mejor persona que tú, no voy a tocar tu chaqueta. Solo tendrás que dar explicaciones por haber perdido tus armas, y si no me gusta lo que dices... - Puso la punta del cuchillo a escasos centímetros de los ojos de Susan. - Sabré que no me puedo fiar de tí.






- Tío, Han, ¡necesito alguna zorra al lado para presentar esto! Es una cuestión de imagen, entiéndelo.
- Una tía, Mac. ¡Aprende sinónimos, joder!
- ¡Lo que quieras! Date una vuelta, saluda a la gente y mira lo que hay. Yo me busco una zor... Una tía y a montar el evento especial.




Han pasó la siguiente media hora paseando entre coches modificados de muy diversas maneras. Algunos pensando en la estética, otros en el rendimiento. Modificaciones hechas con más o menos dinero. Incluso le hizo gracia ver algún Shin-Ra Cavalier entre los que habían venido, sin embargo, estaba intrigado por ese Waisser 9001. Estaba distraído buscándolo, cuando oyó como lo llamaban. Una mujer, de rasgos wutáicos. Guapa, con un mechón de color azul eléctrico y otro violáceo, muy juntos. Un bonito efecto, pero lo que más le llamó la atención fue el resto de su vestuario. Llevaba una camiseta holgada, con un ligero escote, unos leggins de vinilo negros, y calzaba deportivos de suela fina. Las mujeres que vienen a acompañar no van calzadas para correr.

- ¿Han "La Muerte"?
- Han a secas. - Respondió él. - Coche nuevo, vida nueva.
- Un Fenrir blanco, ya lo vi. R32. Tu viejo coche era un R34.
- Ya ves... - Dijo él. - No tiene tanta apariencia, y quizás me gusta más así.
- ¿Blanco? - Rió ella. - Es mucho cambio. ¿Eres confidente de la pasma, o algo así? - Preguntó mientras empezaba a caminar, guiando a Han.
- Vida nueva, pero no tanto. Antes era la imagen, la leyenda, la apariencia... Ahora simplemente quiero correr, pero cuando haya acabado de montarlo, así que hoy no va a ser.
- Bueno, no te buscaba para eso.

En ese momento, ella giró el rostro, mirando hacia algo o alguien que estaba detrás de Han. Al darse la vuelta, el piloto se encontró con un desconocido y una cara conocida. Se alarmó al instante, pero intentó no reflejarlo, mientras cerraba el puño alrededor de su navaja multiusos e intentaba abrirla.

- Han...
- Daz...
- Te presento a mi hermana: Hariko Zutsume. - Han se sintió estúpido: Dazzul. Daigo Zutsume, el hombre que intentó acabar con el Pájaro al volante de La Muerte. El piloto que Turk usó para darles caza. Se maldijo a si mismo por no haber previsto que iría a un evento como este.
- Un placer... - Dijo, mientras ella le daba un beso en la mejilla.
- Este es Imir. Es mecánico. ¿Por qué no te tomas una birra con nosotros? Te doy mi palabra de que no correrás peligro.
- ¿Solo estáis vosotros tres? - Han seguía desconfiando. Hariko los miraba a ambos extrañada, mientras que el extraño mecánico, un tío rubio, de metro ochenta, con el pelo largo y desgreñado, pasaba de lo que sucedía a su alrededor.
- Han, por favor. Tienes mi palabra. - El piloto asintió. Los padres de Daz habían venido de Wutai años antes de la guerra, y él se había educado con una idea muy clara acerca de la disciplina y la propia palabra.

Dazzul se fue quedando atrás, mientras mostraba sus nuevos coches al piloto. Dos Shin-Ra Predator, modelo X, de color negro metalizado, con reflejos azul eléctrico. Él mismo llevaba un mechón teñido del mismo tono azul, igual que su hermana. Estaba intentando crear una especie de escudería, con un color propio y una marca reconocible. Hariko e Imir se fueron a ver a dos oponentes menores que se preparaban para competir.

- Escucha, Han. He roto relaciones con... Esa gente. Me consideran un inútil, aunque les dí un par de buenas capturas. No quieren que se sepa que un civil estuvo involucrado, así que me dieron algún dinero y un portazo. Reparar La Muerte era demasiado caro, aunque se lo quedaron, junto con algunas lecciones rápidas sobre conducción. Compré estos dos Predator X, y mi hermana, que apunta maneras, se unió a mi. Imir apenas lleva unas semanas en la ciudad, y no conoce a nadie. De no ser así, nadie habría querido estar conmigo.
- Saben quien fue tu aliado.
- No exáctamente, pero llegué con ese coche, me fui de chulo, y gané carreras. La gente no quería competir conmigo, y los Red Ifreets ya no quieren saber de mi, pero es importante que sepas una cosa.
- ¿Lo qué? - Preguntó Han, extrañado.
- Que no te guardo rencor.
- ¿Rencor? - Dijo Han, incrédulo. - Perdona, colega, pero lo que yo recuerdo es que intentaste echarnos de la carretera a hostias, en medio de una black op para asesinar a un periodista incómodo.
- Eh... Vale, Han. Lo siento. Solo sabía que se lo querían llevar. Me habían dicho que le iban a dar un susto, o algo así. Me pagaban mucho y me dieron un Blackbeast. ¡Y por cierto! ¡Tú también tenías uno! ¡Algo tuviste que hacer para obtenerlo! - Han lo miró unos segundos en silencio.
- Bueno... No lo has dicho como una pregunta, así que no voy a responder. Mejor olvidarnos del tema.
- Te lo agradezco. - Dijo Dazzul, sintiéndose más tranquilo.
- Bueno... ¿Solo querías saludar?
- No. He conducido el que creí que era el mejor coche del mundo y he perdido. Estoy empezando con un nuevo equipo, y quiero al mecánico que preparó el que de verdad era el mejor coche del mundo.
- Primero, soy ingeniero mecánico, no mecánico a secas. Y segundo, Daz... Hemos sido rivales demasiado tiempo. - Su rival asintió, pero mostró una cierta tristeza. No le gustaba, pero lo entendía. - No enemigos, claro. Si vienes por el taller, les echaré un vistazo y a ver que puedo hacer junto con tu colega Imir.
- Gracias, Han.
- No hay de que. Yo mismo tengo un coche nuevo, un Fenrir, ya te diría Hariko, y aún lo estoy montando. Tu dinero me vendrá muy bien.
- Ningún problema. - Asintió de nuevo Dazzul. - Pero... Tengo que ganarme ese dinero. ¿Podrías hablar con Mac? No quiere ni verme, y me gustaría que Hariko corriese. Tú aún tienes buena reputación, si se lo pides... - Han asintió. Los Giles de Dazzul sonaban como su intercooler nuevo, y quizás hasta unos discos de freno ventilados. La culata nueva y el doble embrague cerámico ya serían palabras mayores, pero quizás con tiempo...






- ¡Han! ¡Aquí estás! - Gritó Mac, yendo hacia él. - ¡Tengo una carrera final cojonuda!
- ¿Ah si? Yo también tengo algo que proponerte.
- Tú primero, colega. - Dijo mientras se guardaba las gafas de sol en la chaqueta.
- Por cierto, ¿no decías que necesitabas una tía cerca?
- ¡Tengo una cojonuda, mejor que la anterior! - Exclamó con una sonrisa pícara. - La otra era de Corel, y tenía ese toque exótico, pero esta es un diez.
- Eres incorregible... Bueno: Tengo una amiga que quiere correr. Tiene un Predator X, de unos doscientos ochenta, trescientos caballos. ¿Tienes rival?
- Para ese nivel si, pero un X... ¿No será la que va con Dazzul?
- Mac... ¿Me vas a hacer la putada? - Preguntó Han. No tenía nada para conseguir que el promotor cediese, salvo su propia reputación, aunque no le apetecía recurrir a ella a la ligera. Este se lo pensó unos segundos.
- Sin problema. - Respondió. Sin embargo, parecía mucho más alegre de lo que era de esperar. No había llegado hasta ahí dejando de lado la cautela. - ¿Te cuento ahora cual es el evento estelar? - Han asintió. - Pues verás... Hay un tío local que se ha estado creciendo bastante los últimos meses. Lleva un Fenrir GTR de los nuevos, y lo usa bien.
- Eso es mucha potencia...
- Y va a correr contigo. - Han se sobresaltó al oír esto. No temía competir, pero...
- No puedo, Mac. No tengo coche para vérmelas con eso, y me niego a hacerle de sparring para que crezca a mi costa.
- ¡Ah, venga! ¿No puedes correr con un coche prestado?
- Mac... ¡Eso es aún peor!
- ¿Ni siquiera con el mio? - La voz llegó desde fuera de la conversación. Una voz femenina y segura de si misma.
- ¡Hey! - Dijo Mac atendiendo a la recién llegada. - ¡Aquí está mi belleza de diez!

Han estaba paralizado. Era el maldito día de las sorpresas desagradables. Caminando lentamente hacia él, con unas botas por encima de la rodilla, unos shorts y un top de látex turquesa ajustado, el pelo suelto y una bien aplicada sombra de ojos de un tono más oscuro y azulado que el top, a medio camino entre este y el azul de sus ojos, estaba la razón de que se hubiese pasado las últimas semanas recluido: Yvette.

- Hola, guapo... ¿Este es el piloto legendario? - Dijo contoneándose en un tono meloso, mientras se colgaba al cuello del promotor y le daba un beso en la mejilla.
- Si, cariño... ¿Le confiarías tu coche? ¿Es bueno?
- Bueno... No está modificado, pero es muy rápido.
- ¿Y que coche es? - Preguntó el promotor.
- Ehh... Uno rojo. Lo tengo en el primer piso.
- ¡Yo me piro de aquí! - Exclamó Han, dándose media vuelta. Entonces oyó jurar al promotor y antes de que pudiese hacer nada, este ya estaba tirando de él.


Cinco minutos después, Han estaba en el ascensor blasfemando para sí. Mac estaba al lado opuesto, mientras que Yvette, tras pulsar el botón del piso correspondiente, se colocó entre ambos. No hubo un viaje en ascensor más incómodo en toda la vida del piloto. Mientras, ella iba describiendo su coche.

- Es un deportivo, de esos con el motor detrás. Y es un motor enoooorme.
- ¿En linea o en uve? - Preguntó Mac, disfrutando de la "ignorancia" de su ligue.
- ¿El motor? No sé, es cuadrado, como todos... - Respondió ella, en su papel. - No es descapotable. ¡Me encantaría que fuese descapotable!

Las puertas se abrieron y se encontraron en una planta casi vacía. Ni siquiera se habían molestado en encender más de un par de luces, teniendo en cuenta que allí solo aparcarían los que no tuviesen reputación suficiente para estar en la planta superior. Han se temió lo peor. Estaban en un sitio sin testigos, y conociendo a la turca, es muy posible que fuese armada. Mac se comería las primeras hostias, y él probablemente fuese su presa. Por suerte, reconocía la planta y sabía donde encontrar su propio coche en ella, y lo que era más importante: La Aegis Cort que guardaba en la guantera.

Sin embargo, se olvidó de eso al instante. Ni siquiera oyó a Mac exclamar "Hostia, un Cavalli!". Completamente en trance, Han avanzó hacia el vehículo con pasos lentos y aturdidos, ajeno a todo lo que sucediese a su alrededor.
Anonadado, deslizó su mano por el capó, caminando hacia el techo y posándolo sobre la tapa del habitáculo del motor, en la parte trasera. Estaba frío, pero inconscientemente sintió un gran poder emanando de allí.

- ¡Increíble! ¡Un Cavalli GTS de los años ochenta! - Exclamó Mac. - Eres una chica divertida, ¿lo sabías?
- Soy una caja de sorpresas. - A Yvette se le escapó el tono de furcia por un momento, por uno un tanto más malévolo.
- No... - Interrumpió Han. - No es un GTS. Tiene el cuerpo más ancho, y no tiene las tomas de aire del capó en  plástico negro, así que tampoco es un 208 turbo. - Se dio media vuelta y miró a Mac como si le estuviese avisando de la presencia de un asesino con ellos. - Es un GTO
- ¡Un GTO! ¿Estás de broma? ¡Pero si...!

Han se alejó y se quedó unos segundos mirando al vacío. Su dilema era enorme. Por un lado, una persona a la que detestaba con rabia. Por otro, su sueño de la infancia. La máquina que le metió en vena la pasión por el motor. Probablemente, nunca más en su vida tuviese la ocasión de estar cerca de uno de estos. Sintió asco de sí mismo. Y más que iba a sentir, pero sería más tarde.

- ¿Y dices que puedo conducir esto?
- Bueno... Si Mac dice que eres tan buen piloto... - Parecía empezar a dudar, pero Han veía tras la facha de estupidez las ganas maliciosas de hacerle suplicar.
- ¡Es Han "La Muerte"! ¡Hará que esto corra más rápido de lo que se imaginaron nunca sus creadores!
- Entonces déjanos, Mac. - Dijo ella, encarándose al piloto. - Tenemos que negociar.


Cuando el promotor se hubo ido, Han recordó con quién acababa de quedar a solas. Su mano volvió al bolsillo donde guardaba la navaja, y rompió el hechizo del poderoso automóvil para encararse con la turca.

- Ahora no está tu hermano para salvarte...
- Me cago en tu puta madre. - Masculló el piloto entre dientes. - ¿Qué mierda haces aquí?
- Tranquilo. La verdad es que no esperaba encontrarme contigo...
- ¿No? ¡La turca que me dio la paliza de mi vida, aparece en un lugar cerrado al que solo se puede acceder con invitación con el coche de mis sueños! ¿No es raro?
- No hace falta invitación si eres guapa y te camelas a alguno que la tenga. Segundo, es el coche de mi padre. Dejó de conducirlo por que se volvió a la vida familiar y yo simplemente me lo quedé. No tiene que ver contigo.

Han dio una vuelta alrededor del coche. Pudo ver los pequeños arañazos en la chapa, y el óxido bajo alguno de ellos. Esta belleza había tenido la desgracia de ser usado como coche de a diario por alguien que no apreciaba lo que tenía, y eso hizo que su odio se intensificase.

- No tienes puta idea de lo que es, ¿verdad? - Ella lo miró en silencio. - ¡Es el último puto sueño de Cavalli de participar en las carreras de Supercoches de Midgar, antes de que los incidentes de las centrales Mako en Nibelheim y Corel acabasen con los eventos de motor para siempre! ¡Es un puto sueño que ha muerto antes de nacer! ¡Es el heredero exiliado de una estirpe de velocistas!
- Y es el coche de tus sueños. - Concluyó ella. Han se giró, y su rostro mostraba evidente desesperación.
- ¿Por qué me haces esto? - Eso le hizo sonreír.
- Oh... Me encanta cuando suplicáis. - Sonrió despacio. Luego empezó a caminar en círculos alrededor del piloto, disfrutando como este se giraba, con cuidado y temor de no tenerla fuera de su vista. - No te acuerdas, ¿verdad? La primera vez estabas a otra cosa y la segunda simplemente borracho y desbordado por tu ego.
- ¿Qué quieres decir?
- Fuiste muy borde conmigo aquella vez, diciendo que mi Shin-Ra Supreme era una mierda, mientras te llevaba para que tu grupo tocase y Kurtz le pidiese a su novia que volviese con él. - Han hizo memoria.
- El Supreme es una mierda y punto.
- Pues ahora, demuéstrame lo bien que conduces.
- ¿Y si choco?
- Yo correré con los gastos, pero no creo que te atrevas a chocar. - Su mirada se volvió gélida. No quedaba nada de la "tontuela" que fingía ser para Mac. Han se pensó bastante su siguiente frase.
- ¿Y el dinero de las apuestas?
- Yo lo cubro. Te llevas el cincuenta por ciento.
- Vale. - Suspiró, mirando al coche. El verdadero motivo por el que no había salido corriendo aún.
- Aún no te decidas, hay una última condición. - Han la miró en silencio, rabiando por dentro al ver como ella disfrutaba con esto. Ella prosiguió, tras hacerle esperar unos segundos. - Yo voy contigo.

Han la miró unos segundos, con aire distante. Quiso oponerse, lo quiso con todas sus fuerzas. Quiso que su odio fuese más fuerte que su pasión, que su orgullo fuese superior a su anhelo. Sin embargo, su alma ansiaba esta experiencia más que nada. Y aunque tuviese sentado al propio Rufus Shinra en el asiento de copiloto, sabía que entonces, y aún ahora mismo, en su mundo solo existirían dos: El coche y él.

- Lo que quieras. - Dijo girándose, sin darle importancia en absoluto. - Esto va a necesitar trabajo. - Han tomó su PHS y encontró al fondo de la agenda el número de Dazzul. Lo llamó al instante, ignorando las preguntas de Yvette sobre ese supuesto trabajo.


Al rato estaban en la misma planta Dazzul e Imir. Hariko estaba preparándose por su cuenta para correr. Mac acababa de llegar, y había hecho un claro gesto de desagrado al ver a Daz y a su mecánico.

- ¿Y ellos?
- Necesito equipo, Mac. - Dijo Han. - Necesito dos gatos hidráulicos decentes, herramientas y recambios.
- ¿Recambios? - Preguntó Yvette. - ¿Piezas?
- ¿Quieres correr? Vale. Corremos. Pero si quieres ya no solo ganar, sino que el coche viva para llevarte a casa vas a tener que hacer una pequeña inversión.
- ¿Que necesitas, Parker?
- Un juego de neumáticos. Blandos, deportivos, pero no slicks. Aceite de competición y exactamente... Treinta litros de gasolina, alto octanaje, y una máquina de aire a presión.
- ¿Algo más? - Preguntó con sorna el promotor. - ¿Una mamada?
- No te estoy pidiendo bielas, filtros ni un puto eje de transmisión. Y me comprometo a tener el coche preparado para... Tres cuartos de hora, desde que lo tenga todo.
- ¿Cuanto me va a costar? - Preguntó Yvette.
- Los neumáticos mil doscientos... El resto, cien giles más.

La rubia se quedó mirando al piloto fijamente unos segundos, pero acabó por ceder. Al fin y al cabo, era su propio coche el que recibiría una puesta a punto. Ahora, habría que ver si este no era un bocazas. Ante el bombardeo de tecnicismos sobre el modelo de las ruedas, el tipo de aceite y la revisión y teorías sobre desmontado de la culata para hacer modificaciones milimétricas, decidió que no tenía paciencia ni ganas y que mejor se iba a dar un paseo por el lugar.

Le llamó la atención el mundillo. Algunos se fijaban en ella, e incluso intentaban atraerla, exhibiendo sus coches como las plumas de algún pavo real. Mucho ruido, música reproducida por amplificadores enormes, y entonces recordaba las palabras de Kurtz. Estética. Conoces realmente a alguien cuando lo ves obligado a decidir entre estética y efectividad. Vio que los grandes juerguistas tenían coches vistosos, con luces y música, y solían estar alrededor de su vehículo, atendiendo a mirones y chicas, mientras que los pilotos estaban más aislados, con la cabeza hundida bajo el capó. Muchos también atraían público, sin embargo, muy lejos de la atracción que causaban los más fiesteros.
La diferencia esencial se veía cuando corrían. Allí simplemente competían en dos ligas distintas. Tras un cuarto de hora de inmersión en el mundo de la gasolina, la goma quemada y los egos desmesurados, decidió volver.
Al llegar, el espectáculo era aterrador. Al coche le faltaban dos ruedas, la tapa del motor y varias piezas estaban desperdigadas sobre una lona, y la pintura estaba manchada de aceite. Acabó por meter la cabeza junto a la de Han.

- ¿Que haces con mi coche?
- Rutina... Limpiar un poco los conductos de salida del intercooler. Me gustaría poder bajar la culata un par de milímetros para mejorar la compresión, pero no da tiempo. La correa de distribución está bastante gastada, yo diría que le quedan menos de cinco mil kilómetros. El aceite y los filtros no están mal, pero es un aceite normal. Esto funciona con muchas revoluciones, así que mejor algo que esté preparado para ello.
- Vale, doctor. ¿Vivirá?
- Ganará. - Yvette estaba un tanto frustrada: El miedo y la incomodidad se habían desvanecido, dispersados por un aura de concentración. - Lo has tratado como el culo, pero ganará.
- ¿Qué? ¡No lo he tratado mal! Vale, tiene algunos roces, pero soy cuidadosa y nunca lo golpeo.
- Has vaciado el depósito de gasolina algunas veces, hemos tenido que limpiar la bomba además de cebarla. Además, usas este coche a diario.
- ¿Y qué? - Preguntó ella, sabiendo la trampa de la pregunta.
- Esto no es un medio de transporte, es un competidor. ¡Es como usar un caballo de carreras para tirar de un carro!
- ¡Mi coche, mi propiedad, y lo convertiré en una jardinera si me da la gana! - Yvette lo separó de un tirón del motor que Han ya estaba acabando de montar.
- Hablo en serio. Este motor funciona a un rendimiento muy superior al que sería seguro usar en una carretera normal. ¡Es un lanzallamas! ¡Lanza un maldito chorro de fuego por el tubo de escape cada vez que sueltas el acelerador para cambiar de marcha! No puedes usar marchas altas, o los límites de velocidad urbanos se van a la mierda. Y si abusas de las marchas cortas, el motor funcionará a más revoluciones de lo debido. Si este fuese un vehículo diesel, las piezas se habrían dilatado de más y habría gripado. ¿Entiendes? - Yvette lo miró durante unos segundos. Odiaba que le dijesen lo que tenía que hacer. Por encima de todo, odiaba que le dijesen lo que tenía que hacer cuando tenían razón. Aún así, no quiso salir de sus trece.
- Tu problema es ganar. - Ahora fue Han el que la miró en silencio.
- Te has manchado. - Dijo él, volviendo a su trabajo con el motor.
- ¿Qué? ¿Donde? - Preguntó Yvette confundida. Han se giró, la miró y pasó su dedo pringado de grasa por su nariz.
- Aquí.
- ¡Diez minutos para presentaros en la linea de salida! - La voz de Mac salvó a Han de recibir otra paliza.


Dazzul acababa de colocar las ruedas. Las había frotado ligeramente con una lija fina para librarse de la película protectora que tienen los neumáticos nuevos. Se le pasó un paño rápido al coche, y finalmente, Han giró la llave del contacto. El motor rugió como si estuviese troceando acero, con un sonido gutural y profundo. Con ansia, como si cada vez que Han soltaba el acelerador se sintiese frustrado.
Dio un par de vueltas rápidas por el aparcamiento medio vacío, intentando hacerse con el radio de giro y el peso. Conducía pocos coches de motor central, y nunca uno tan bien equilibrado. Se detuvo y esperó a que Yvette se montase. Al hacerlo, esta lo veía sonreír. Lo que más le llamó la atención era que no se trataba de las sonrisas salvajes de Kurtz o maníacas de Grim. No era la sonrisa de un depredador. No daba la misma imagen que cuando estaba entrando en escena para aquel concierto. Esta vez, simplemente, sonreía. Era un hombre feliz y confiado.


Detuvieron el coche al lado de un GTR. El nuevo modelo, veinte años posterior al que había traído a Han hasta aquí. Un hombre jóven, rubio de ojos claros, lo miraba con una sonrisa voraz mientras Mac esperaba para presentarlos. En cuanto Han se bajó, le tendió la mano.

- Un placer... Ah, ¿vas con compañía? - Dijo al ver a Yvette.
- El coche es suyo, simplemente me deja conducir. - Respondió Han, encogiéndose de hombros.
- Ya... Oye, lo siento. Quiero que sepas que esto no me gusta.
- ¿Qué? - Han estaba confundido. - ¿Lo qué? - Preguntó marcando cada sílaba.
- Bueno, ya sabes... Yo soy una estrella ascendente, y vienes tú, con un coche que ni siquiera es el tuyo... Muchas veces estas cosas se... Decoran.
- ¿Decorado? - Preguntó Han. - Perdona, ¿crees que soy un puto decorado?
- No. - Dijo el oponente con respeto. - Eres Han "La Muerte". Y me habría encantado competir contra ti.
- ¡Estás a punto de competir contra mi! No lo entiendes... ¿Ves este coche? El tuyo se hizo para la velocidad, este para la competición. - Han lo encaraba muy de cerca, haciéndole retroceder a él y a su equipo. - ¡Soy Han, tengo el coche de mis sueños, el coche que me metió el motor en la sangre, y tú, eres el desgraciado que se va a enfrentar hoy a eso! Lo siento por ti, pero esta será mi oportunidad de llevar este GTO, y créeme... ¡Te vas a enfrentar a todo lo que sé hacer! ¡A todo lo que tengo! ¡A todo lo que soy! - Han se giró hacia Mac. - ¿Como están las apuestas?
- Uno coma tres contra uno a su favor.
- ¡Apuesto el R32!
- Y yo diez mil giles. - Se giraron a mirar a Yvette. - ¿Puedes cubrirlo? - Mac asintió sorprendido.
- Haz lo que creas... - Dijo el oponente dándose media vuelta para ocupar su lugar. Han lo retuvo.
- Y no olvides esto: Ya no soy "La Muerte". Ahora soy mejor.


Yvette lo miraba fascinada. Metió un CD en la radio y escuchó despacio como el Rock'n'Roll llenaba el aire, mientras que la aguja del cuentarrevoluciones alcanzaba las ocho mil revoluciones. El embrague estaba hundido hasta el fondo, y Han tensaba los labios, enseñando los dientes cada vez que pisaba el acelerador. Ante ellos, la mayoría de los vehículos, el de Mac incluido, partieron. Les esperarían en la meta. Eso significaba que en cuestión de minutos empezaría todo. Estaban a una señal de radio de distancia.

- Este es el plan. - Dijo el piloto. - ¡No hay plan! No conozco los tiempos de este coche en el circuito, no conozco la reacción, así que dejaremos esta canción puesta y a lo que salga. - Yvette estaba confundida. No entendía a que venía lo de la música. - Su cero a cien es mejor que el mío por casi dos segundos, suponiendo que haya eliminado el limitador electrónico de su motor, cosa que probablemente habrá hecho, por lo tanto, empezaremos persiguiendo. Buscaré el rebufo, así que no te preocupes si me acerco.
- ¿Si te acercas a qué?
- ¡Cinturones!


Una joven belleza se plantó en medio de ambos coches. Levantó ligeramente su minifalda y con las dos manos, en un movimiento lento y deliberado retiró un delicado tanga violeta de encaje. La falda apenas cubrió todo el acto, cayendo después como un telón a las tentaciones. Levantó el brazo, exhibiendo la prenda como si de un trofeo se tratase y lo dejó caer.
En cuanto hubo tocado el suelo, ambos coches se lanzaron a toda velocidad. A cuatrocientos metros ante ellos, una curva de ciento ochenta grados marcaba la bajada al piso. No sería lo suficientemente ancha para ambos deportivos. El GTR tomaba la delantera poco a poco, pero Han atacaba el acelerador con ferocidad. Veía como el otro coche ganaba distancia, centímetro a centímetro, ni siquiera lo suficiente para cerrar el paso. Yvette iba a gritar. La barrera de hormigón se acercaba a toda velocidad y Han no tenía las de ganar, pero no parecía que fuese a ceder. Yvette gritó. El bloque estaba ahí, con la presencia de un final prematuro. Recordaba las bendiciones de Samedí. Recordaba su tarea pendiente, y sin embargo, ahora mismo todos sus pensamientos estaban bloqueados por el miedo.
En el último segundo, Han pisó el embrague y redujo una marcha. El doble turbo rugió, mientras el coche daba un volantazo y se situaba a menos de diez centímetros de su oponente. Tomaron la curva cuesta abajo pegados el uno al otro, y siguieron en esa posición mientras seguían una ruta trazada por conos. Avanzaban en línea recta contra el siguiente descenso, y Han se asomaba varias veces a los lados de su oponente, forzando la transmisión con bruscas bajadas de marcha a cada vez. ¡Mas potencia! ¡Esa era la única consigna!
Su adversario intentaba cerrarle el paso, pero el Cavalli galopaba con la fuerza de una tempestad. En la siguiente bajada, la maniobra era la misma. Esta vez, el tramo a lo largo del piso era sinuoso y estaba lleno de curvas, marcadas por los mismos conos y los coches de los espectadores. El GTR y el Cavalli atacaban cada curva apoyándose en todos sus vértices, utilizando hasta el último newton de las fuerzas G que producían. Toda la ganancia de la potencia superior del GTR se perdía en cada curva al ver su piloto como la bestia roja trazaba cada curva con una precisión superior a la suya.
En ocasiones, el Cavalli se veía obligado a corregir la trazada. Esos eran los puntos que esperaba. Sin embargo, él mismo estuvo a punto de caer en un error al atender demasiado al retrovisor. Pagó caro ese fallo, perdiendo su ventaja. La siguiente bajada daría a la planta baja, y seguía con su perseguidor clavado a sus talones, aún más próximo que su propia sombra.

- Hazlo... - Murmuró Han.

La curva de la bajada estaba ahí, y el GTR, con tracción a las cuatro ruedas, pesaba seiscientos kilos más que su adversario. Eso le suponía una clara desventaja, pero a cambio, tenía ciento treinta caballos más de potencia, con la ayuda de los sistemas electrónicos de tracción y estabilidad, comparada con la lucha de su adversario por controlar toda esa potencia en crudo.

- Hazlo.

Entraron a toda velocidad. Esta vez se saltarían el primer piso del garaje en su descenso, haciendo una espiral completa. En la entrada, el GTR redujo intentando generar inercia para lanzarse en cuanto saliesen de la bajada. El Cavalli GTO rompió el agarre, y su oponente creyó que ahí acababa todo, sin embargo, al hacerlo, vio como un contravolanteo rápido y un acelerón le hicieron meter el morro del coche entre el GTR y el muro. El peso del GTR y su potencia superior lo lanzaban contra el exterior de la curva, mientras que la técnica del acelerador de su oponente le daba un punto de ataque desde el interior.

- ¡Hazlo!

Desesperado, el piloto del GTR accionó un botón oculto en la cara interna de su volante. Un inyector electrónico introdujo un chorro de óxido nitroso en la mezcla de carburante, y de su tubo de escape empezaron a surgir destellos azules a medida que el motor se sobrerrevolucionaba. El acelerón fue tan súbito que al llegar al final de la curva, su velocímetro se estaba disparando. Lo último que vio antes de encarar la recta fue como "La Muerte" sonreía al volante de su viejo supercoche.

- ¡Si! - Rápido como una exhalación, Han hundió el acelerador hasta el fondo, cambiando de marcha en fracciones de segundo mientras tomaba el rebufo de su rival ahora que el óxido nitroso apenas empezaba a hacer efecto. Al pegarse a su rival, producía un túnel de viento, liberándole de la resistencia del aire, a la vez que mejoraba también el efecto aerodinámico de su rival.
Ambos tomaron la recta que iba desde un piso al otro acelerando como demonios. El velocímetro estaba en los doscientos veinte y subiendo, sin embargo, el GTR, pese a ganar ventaja poco a poco, no lograba dejar atrás a su rival. La distancia entre ellos aumentaba: Cinco, diez, doce metros, pero el final de la recta se acercaba a toda velocidad, y la aguja ya había superado los doscientos setenta kilómetros por hora.
El piloto del GTR alternaba miradas entre el velocímetro y la primera curva de subida: Una espiral de dos pisos de altura. La pared exterior, pintada en blanco y con adhesivos fosforescentes se iluminaba como una señal de alarma, mientras el infierno rugía tras él. Clavó freno con la intención de sobrevivir a la curva, temblando por el subidón de adrenalina, y cuando fue consciente, fue sobrepasado por el destello rojo de los faros traseros del Cavalli.
Los faros del GTO eran escamoteables, lo cual suponía un perjuicio a la aerodinámica del vehículo. Han simplemente renunció a ellos, utilizando los de su oponente y su propia memoria. Retrasó hasta el último segundo la frenada y al entrar volvió a romper el agarre, trazando la curva como un espectacular derrape sobre las cuatro ruedas, con el volante orientado hacia el lado contrario de la curva y el acelerador a fondo. Con esta maniobra bloqueó a su oponente cualquier posibilidad de adelantamiento.

Yvette estaba paralizada. Las distancias se hacían nada, y las paredes y columnas de hormigón pasaban a centímetros de su cuerpo sin que el vehículo las tocase. Tenía la sensación de haberse vuelto etérea. El miedo presionaba su estómago, y le producía la sensación de que su cuerpo estuviese a punto de volverse del revés. Sus oídos, atronados por el rugido del motor y del doble turbo, la confundían, mareando su sentido del equilibrio con un vaivén frenético. Nunca, desde que tomó por primera vez este coche y su anterior propietario la advirtió de cual era su velocidad máxima, concibió tal velocidad. Nunca concibió tal precisión.
A la vez que todos sus órganos y sentidos le gritaban que detuviese esa locura, sentía su cuerpo como si le fuese ajeno. Se sentía como un fantasma, siendo arrastrada por la realidad fuera de control. Nunca había vivido esta sensación. Pese a que su estómago iba a explotar, sus pulmones iban a colapsarse y su corazón latía como si el fin del mundo estuviese pasando ahora mismo, sentía una vitalidad y un ansia desbordantes. Su pulso se aceleró de júbilo y miedo, mientras veía el muro interior de la subida a través del parabrisas, y el coche de su adversario por su ventanilla lateral derecha.
No le importaba. El cometa auguraba un destino fatídico, y con esa situación, una locura era ahorrar para una jubilación. Lo que ella estaba haciendo ahora mismo era simplemente vivir.

La curva acabó, y siguió un tramo de curvas. El piloto del GTR supuso que su rival se concentraría ahora en una conducción defensiva, en el último tramo antes de la subida final. Sin embargo, Han rompió sus expectativas. Salió de la curva acelerando, buscando ese punto de capacidad que los creadores de su coche no habían sido capaces de ver. Atacaba cada curva con agresividad y abandono, arañando cada milésima de segundo, buscando la mayor velocidad punta posible en un insensato intento por romper las leyes de la física.
Fue en ese momento cuando su moral se rompió. Jonathan Cranston descubrió la extraña realidad presente en la mente de su rival: Ni su coche ni él estaban allí, compitiendo. Una vez el Cavalli hubo ganado la delantera, solo estaban Han y el circuito. Hombre y máquina hechos uno se exploraban en un ejercicio descontrolado por romper sus propios límites.


Cuando el Cavalli llegó a la meta, los presentes no salían de su asombro. Nadie activaba el óxido nitroso en una carrera de circuito, y menos aún en este, un garaje, lleno de obstáculos que supondrían una muerte inmediata al menor error. Cuando Han se bajó del coche, aún oía como los vigías de la planta baja intentaban describir el adelantamiento. La pasión y la habilidad habían vencido a la tecnología. El nuevo GTR había llegado como un mito, aplastando rivales más allá de la habilidad de sus pilotos, sin embargo, en esta ocasión había sido derrotado.





Todo había terminado. En la mente de Yvette, el recuerdo de la reciente experiencia se agolpaba contra la realidad que estaba percibiendo en ese preciso momento. Sus órganos internos se estabilizaban poco a poco, y el vértigo ya había desaparecido. Había sido brutal.
Se acercó a Han. Había dejado al coche enfriar unos minutos, había llenado el depósito, arrancado el motor y disfrutaba viéndolo ronronear al ralentí.

- Hola... - Dijo Yvette torpemente. - No deberías hacer eso, tengo la correa de distribución casi gastada.
- El ralentí apenas la fuerza, y simplemente no puedo resistirme a esto. Es una delicia de sonido.
- ¿Qué te dijo el otro piloto?
- Nada... Simplemente que nunca había esperado encontrarse a nadie así. - Han la miró y rió. - Nadie tan loco.
- Lo tenías todo controlado, ¿verdad? - El piloto puso una sonrisa incómoda y se encogió de hombros. -¿verdad?
- Bueno... Con algunos coches que he conducido mucho podría hacer esto casi sin mirar, y me sé de memoria las especificaciones técnicas del GTO, pero...
- ¿Pero?
- ¡Joder, era la primera vez que conducía uno de estos! ¡Dame un respiro! - Rió al ver el gesto de horror de la turca.
- Entonces... ¿Ha sido suerte?
- Ha sido técnica, intuición y experiencia. Y si, algo de suerte. - Yvette bufó.
- Una vez más, estoy viva de milagro.

Se produjo un silencio incómodo. Ella necesitó agarrarse al techo del coche y posó su cabeza sobre sus propias manos. Respiraba profundamente. Han la contempló unos segundos, y nuevamente, el sonido del motor recuperó su hechizo mesmerizante y atrajo su mirada. Suspiró, ocupó el asiento del piloto y lo apagó. Se levantó y tendió las llaves a Yvette.

- No te odio. - Dijo simplemente. - Ya no. - Ella levantó la vista, aún apoyada, y alzó una ceja con gesto sarcástico.
- Vaya, ¡gracias! ¿Eso es todo?
- No es poco... Después de nuestro anterior encuentro, estuve encerrado, tocando, trabajando y deseando poder borrarte de la existencia solo con mi odio. Sin embargo, me has dado esto... - Señaló al coche, anonadado, como si lo estuviese viendo por primera vez.
- Es una maravilla... - Le concedió ella. Había tenido ese coche cinco años, y sin embargo ahora era algo totalmente nuevo ante sus ojos.
- ¿Sabes? Si me dejasen elegir entre follarme a las cincuenta, ¡no! A las cien tías más buenas de Midgar cuando quisiese el resto de mi vida, o lo que he tenido hoy, elegiría el coche once de cada diez veces. - Han se acercó a ella, apoyó la mano en su mejilla y le dio un beso en la frente. - Y tú me lo has dado.


Yvette, sonrojada y sorprendida, lo miró marchar. De repente, recordó algo importante, pero fue demasiado tarde. Han ya se encontraba hablando con el piloto que les había ayudado a preparar el coche, mientras subían al Fenrir blanco y se iban a otro piso.






Han bajó del bus. Un par de ancianos se apartaron encantados para dejarle pasar. Con su melena mal peinada, sus enormes ojeras y su barba de tres días, tenía un aspecto terrible. Tras correr el viernes, el sábado estuvo lo suficientemente animado para asistir al ensayo y demostrar que no había abandonado la guitarra durante este tiempo. El domingo había dormido la resaca, celebrando que ya había podido encargar las piezas que le faltaban para acabar de preparar su coche. Era lunes... Y si bien, los lunes eran terribles, este, con un ligero dolor de cabeza y sequedad de garganta, con el estómago medio del revés, caminó un par de manzanas hacia el taller de Remache. Bessie lo olió y corrió a saludarlo, y antes de que pudiese doblar la esquina, Simón lo esperaba, limpiándose la grasa de las manos con un trapo.

- ¡Tío! - Exclamó Han. - ¡Ya pude encargar las piezas para acabar el Fenrir!
- Si, ya... Conseguiste el dinero. - Respondió este con gesto sarcástico.
- ¿Qué pasa?
- ¡La que habrás liado! - Exclamó el nuevo, girándose y acompañándole hacia el taller.

Al entrar, vieron a Remache, todo reverencias y atenciones, tratar a un cliente como solo trata a los que han venido a dejarse mucho dinero. Y esos normalmente son pocos. Han recordó a Dazzul, aunque le extrañó que apareciese a estas horas, y se acercó para saludar, cuando Bessie volvió junto a su dueño y este se encaró con Han.

- ¡Aquí está nuestro experto en ingeniería mecánica! - Han sospechó que se había pasado con el alcohol ese sábado. Remache hablando así de él solo podía ser delirium tremens.
- Si, ya tuve el placer de conocerlo. - Al pasar del exterior mañanero, cerca de translúcida pared de plexiglás, y con los tubos fluorescentes de la placa eternamente iluminados, el paso del exterior al interior producía unos instantes de ceguera, debido a la falta de costumbre de las pupilas. - Fue muy preciso acerca de que mantenimiento le vendría bien a mi coche, y quiero que sea él y solo él quien se ocupe. - Han entró y frotó rápidamente sus párpados mientras reconocía al fondo ese Cavalli GTO que lo había enamorado. - El dinero, como ya dije, no es problema.


Han estaba intentando asumir la noticia: Su cerebro empezaba a producir alucinaciones por la mala vida y la falta de sueño. Si. Eso. Seguro que era eso. ¿Que le había dado Mark para fumar? Porque, a su modo de ver, el daño cerebral era una posibilidad más agradable a que lo que veía fuese cierto.
Se agarró a Simón intentando superar su confusión para poder afrontar los hechos.

- ¡Han! ¡Nos va a dar una provisión de veinte mil giles para ponerle ese cochazo a punto!
- Ah, si... ¡Qué buena noticia!
- ¿No te alegra?
- Dímelo tú, señor ex-convicto en libertad condicional. ¿Quieres ver regularmente a una turca?
- Bah, seguro que conoce a mi hermano.
- ¿Y tu hermano se lleva bien con los turcos jóvenes y chulitos? - Preguntó Han, consciente de que Yvette no pertenecía a ese grupo indeseable.
- No sé. - Respondió Simón. Entonces Remache se alejó a buscar los papeles al taller, dejándo a la clienta sola un segundo. - ¡Eh, perdona! ¿Eres turca?
- ¡Eres sutil, Simón! ¡Eres ninja! ¡Eres tan ninja que hasta ahora no me había dado cuenta de lo ninja que eras!
- Eh... Si. ¿Por? - Preguntó ella con el gesto inconsciente de acercar las manos a la pistolera que llevaba en la cadera, mirando extrañada a la cara del que había preguntado.
- No conocerás a mi hermano...
- ¿Hermano? - Interrumpió Yvette. - Disculpa un segundo.

Yvette se acercó a Simón. Con una mano le revolvió un poco el pelo, que acostumbraba a llevar engominado y peinado hacia atrás, y con la otra le tapó el ojo izquierdo. Simón respondió con una sonrisa lobuna, marca de la casa de la familia Kurtz, y los ojos de la turca se abrieron como platos.

- ¡Kurtz! - Rió. - ¡¿Eres otro maldito Kurtz?! ¡Nunca supe que tuviese hermanos!
- Somos tres, él es el mayor, y luego está nuestra hermana pequeña. Simón Kurtz, a su servicio. - Dijo inclinándose levemente.
- Ohhh... ¡Joder! ¿Puedo sacarte una foto? - Preguntó, tomando el PHS. - Tengo que veros a los dos para creérmelo.
- Bueno, si él no habla de la familia, igual no le gusta... Por no ponernos en peligro y eso. - Yvette hizo caso omiso. Se puso a su lado y sacó una foto de ambos.
- ¡Se la voy a enviar!

Han aprovechó el momento de distracción para acercarse a su compañero.

- ¡Maldito traidor! - Murmuró entre dientes.
- Han... He estado entre rejas la mitad de mi vida. - Dijo Simón mirándolo a los ojos. - Si no hablaba con una mujer que no fuese la novia de mi hermano o mi hermana, tú entrarías en mi lista. - Concluyó con un guiño. - Además, es maja. No sé que tienes con ella. - Han se pensó la respuesta un par de segundos.
- ¡Es una...! - No pudo acabar.
- ¡Ya me ha respondido, llamándome de todo! - Dijo riendo. - Tu hermano es un gran tío, pero a veces es divertido hacerle rabiar un poco. ¡Por cierto, soy Yvette!
- Encant...
- ¡Tú! ¡Nuevo! ¡Deja de charlar, tienes que seguir montando el motor de prácticas! - Gritó Remache. Luego suavizó el tono. - La señorita quiere hacer consultas a nuestro ingeniero. - Dijo guiñando un ojo a Han, haciéndole con ello sentir náuseas.


- No te alegras de verme. - Dijo ella, suspicaz.
- No mucho...
- No era una pregunta. - Interrumpió Yvette. - ¿Podemos caminar un rato? - Han se resistió unos segundos, pero acabó por ceder.


- ¡Un puto fin de semana! - Exclamó cuando estuvieron un poco alejados, en la explanada en la que Han daba lecciones a Daphne. - ¡Un puto fin de semana y ya me has rastreado! ¿Por qué? ¡Creía que estábamos en paz!
- Mmmmsi. - Respondió Yvette, buscando las palabras. - Mira, mi coche te encanta, y te morías por trastear en él y ponerlo a punto...
- Y tú eres tan generosa que me estabas esperando el lunes aquí, llegando antes que yo.
- Tengo que entrar a trabajar, era la hora que mejor me venía. - Mintió malamente.
- Esto es un soborno, ¿verdad?
- ¿Qué? - La pregunta hizo suspirar a Han.
- Me traes el coche de mis sueños para que juegue, pones una gran cantidad de pasta en manos de mi jefe para que no diga nada, y ¿qué sacas a cambio?
- Lo primero, ¡que pongas el coche a punto! - Han iba a responder de forma sarcástica. - ¡Hablo en serio! Es el coche que usaba mi padre, antes de que mi abuelo y mi tío muriesen y tuviese que convertirse en un empresario serio. Es mi principal recuerdo de que en el fondo es una persona bohemia y divertida. ¡Es sagrado para mi! - Han sintió respeto. Amar un coche, fuese por el motivo que fuese, era algo que no podía pasar por alto.
- ¿Lo segundo? - Preguntó buscando la trampa.
- Lo segundo es... Esto va a ser difícil.
- Has llegado hasta aquí. Ahora, acaba.
- Tu hermano. - Dijo Yvette. - Malcolm es uno de mis mejores amigos, sino el mejor. Vivo con mucha presión en el trabajo, tengo miedo de volverme una especie de loca violenta. - Vio el efecto de sus palabras en la cara del hombre al que había dado una paliza semanas atrás. - Lo siento, Han. Lo siento mucho. No me tomo bien lo que pasó con... Mi ex. Confié en él como no había confiado en nadie, y simplemente un día desapareció. Ni siquiera respondió a los mensajes.
- No te lo tomes a mal... Pero es mejor así. - Yvette iba a responder pero entonces entendió por la mirada del piloto, que este sabía más de lo que parecía. Recordó cuando aquel hombre guapo le mencionó a Paris y Han quiso desentenderse de ella de golpe. - Si quieres saber más, que te lo diga el hermano de Simón. Yo prefiero, ya sabes... Tener esa puerta cerrada.
- Bueno. - Concluyó. - Dijiste que estabas en paz conmigo, pero necesito a Malcolm en mi vida. Puedes usar mi coche lo que quieras. ¡Incluso sería capaz de regalártelo!, pero... Dile que me perdone. Si ve que tú me has perdonado...

Han sonrió. Suspiró y se frotó la barba con los nudillos, como solía hacer de forma casi inconsciente.

- Nunca podría quedármelo, no podría mantenerlo bien, ni sentiría que fuese mío o que me lo hubiese merecido. - Yvette se sorprendió al oír esto. - Nah, lo único que quiero es que si mi hermano te perdona, lo trates bien.
- Trato hech...
- ¡Y conducir el GTO de vez en cuando!

jueves, 2 de mayo de 2013

Diario de... Gerald McColder



Mi nombre es Gerald, pero nadie me conoce por ese nombre. Ni siquiera por Jerry.

Todo comenzó hace años, demasiados, cuando era joven. Intenté ingresar en la división de investigación de ShinRa, los Turcos, la sección de élite que secretamente realizaba todo lo que la compañía no quería que saliese a la luz.
Y fallé.
Fracasé mientras realizábamos un ejercicio, una pequeña simulación de una acción conjunta entre SOLDADO y Turk, preparación para la guerra que estábamos librando para conquistar el mundo. Cometí el mayor error de mi vida, y mis compañeros decidieron vengarse de mí: me encerraron dentro de un armario atado con cinta y sin más compañía que la de una granada de humo. Pasé días allí, sin poder respirar, hasta que uno de mis superiores me encontró; pero mi piel y mis pulmones ya no volvieron a ser los mismos. Meses de injertos, colirios y oxígeno me apartaron del servicio activo.

Así me gané mi apodo.

Me llaman “Blastskin”, el blastodermo.
No soy más que un viejo decrépito, que se dedica a investigar para sobrevivir en esta ciudad. Hace tiempo, intenté alejarme de todo, irme de este sitio, pero tiene algo que te atrapa y no te deja escapar. Tras un breve periodo en un pequeño pueblo de Mideel, volví, y comencé mi carrera como detective privado. Descubrí que no era malo en este negocio: llegué a convertirme en uno de los mejores.

Llegué a ser tan bueno que fue contratado por los mismos que me repudiaron.

Turk me contrató para rastrear y encontrar a un asesino en serie que acababa de surgir de lo más profundo de la ciudad, pero que ya se había hecho con un nombre: Frank Tombside, “Blooder” según la prensa por su firma sangrienta.
Seguí su patrón y poco a poco le cercamos. Le teníamos apresado. Pero escapó, disfrazado del mismo turco al que dejo lisiado. El mismo turco que me dejó encerrado en aquel mueble.

Tras aquello, caí en desgracia. Perdí todo lo que me quedaba, convertido en poco más que un vagabundo, recibiendo limosnas hasta que fui recogido por un joven que conocí durante mi estancia en Mideel. Alguien a quien yo consideraba parte de mi familia, a quien le confiaba mis pensamientos, que me ayudó a seguir adelante.

Que resultó ser quien perseguía.

Intenté protegerle. Salvar a mi sobrino. Y para ello tuve que matar, ocultar pruebas. Pero le cogieron y le ejecutaron. Ahora, no sé qué hacer con mi vida.

Al fondo del abismo, sigue habiendo caída.

sábado, 27 de abril de 2013

224.


Las cuatro de la madrugada era una hora más que razonable para que Jack dejase la verja a media altura y colocase el palo de la fregona frente a la puerta cual paladín protector; y más aún cuando su licencia sólo le permitía abrir hasta la una.

Frente al cuadro de interruptores que reposaba junto a la máquina registradora, el dueño del Blackson’s fue pasando los dedos con calma mientras iba barriendo el local con la mirada. La luz de los baños, apagada. Las lámparas de la zona de las mesas, apagadas. Los focos que colgaban en la calle resaltando la fachada del bar, apagados. Tan sólo quedaban las bombillas que iluminaban la barra, reluciente y aún con restos de agua y jabón.

Ya sólo le quedaba el momento más doloroso de los seis últimos meses, noche tras noche: abrir la caja registradora y contar las ganancias del día. Sabía de sobra lo que se iba a encontrar al apretar el botón de la máquina, pero anticiparse a las bajas cifras no hacía que la decepción disminuyese.
Ya no sabía si achacar semejante declive al estado de excepción, si es que su bar había perdido el renombre que tanto le costó alcanzar hace ya unos años, o si simplemente se hacía mayor y ya no aguantaba tanta tontería. Ahora el único cliente asiduo que le hacía disfrutar de su trabajo era aquél esperpéntico Arguish y no tenía intención de dejar de aparentar que ese hombre disfrazado le traía más problemas que alegrías. En su cabeza tenía el momento más reciente, cuando le dejó la marca de los dedos a aquél joven que tuvo la desfachatez de mancillar un licor de primera con un refresco… No puedo evitar formar una sonrisa al acordarse de la anécdota.

Avanzó dos pasos y retrocedió después otros tres, cuando su lado más escrupuloso le obligó a coger la bayeta una última vez y raspar la huella que un vaso había dejado en la barra, frente al grifo de cerveza; después de observar detenidamente el reflejo impoluto que proyectaba la luz sobre la madera barnizada, se dio por satisfecho y volvió a dejar la bayeta en su sitio. Entonces recordó que no quedaban suficientes batidos de chocolate en la cámara y tendría que…

   -Venga Jack, déjate de tonterías- se dijo en voz alta, refugiado en la intimidad del silencio.

Llegó a la caja y dejó escapar el temido suspiro de profunda decepción.
Cincuenta guiles. Cincuenta míseros guiles fruto de casi doce horas de trabajo, tan tediosas y desesperantes que no valía la pena el esfuerzo, teniendo en cuenta que sólo habían entrado diez personas aquél día en el local… Una pequeña gota de sudor afloró en su cada vez más amplia frente y resbaló hasta alcanzar su ceja derecha.

   -Joder, si sólo con pagar al distribuidor este mes ya me he dejado seiscientos…

Por no hablar de los gastos de luz y agua, para después con lo que restase, intentar sacar para comida… Dos o tres meses así y el Blackson’s no tendría más remedio que cerrar sus puertas.
Jack podía sentir que se le escapaban las fuerzas para seguir adelante, para intentar sacar a flote un bar que iba a la deriva, cada vez más alejado de la costa. No consideraba la opción de quedarse en la calle, llevaba 30 años tras la barra, no sabía hacer otra cosa que no fuese servir copas; y además a sus cincuenta años…

Cogió aire, se enfadó consigo mismo y con el mundo, cerró la caja registradora de un empujón y se acercó a su estantería más preciada. Ahí, junto a una ginebra de una abadía oculta en las montañas de Modeoheim, y un licor con extracto del veneno de la cuchilla de un tomberi, reposaba aquella botella que, dadas las circunstancias y a estas alturas, tenía más valor que el propio bar en sí. Sacó un vaso del lavavajillas, agarró la botella por el cuello e iluminó tan sólo una de las mesas para poder sentarse tranquilamente en ella; Silla balanceándose, los pies puestos en la mesa y el primer trago de licor de un solo trago.

Aunque fuese una solución pasajera, ya podía notar cómo los problemas se esfumaban, se diluían en una suave, débil y gentil vorágine de placentero descanso. El cosquilleo del mako hecho alcohol empezaba en la garganta y se dispersaba por todo el cuerpo como si de un fractal se tratase; curvas sinuosas, ramificaciones microscópicas dispersándose por todo su flujo sanguíneo hasta llegar al cerebro, sumiéndolo en un momentáneo letargo.

Jack tembló con un repentino escalofrío y cerró los ojos por un momento. Tenía tantos recuerdos en aquél bar… Incluso con los ojos cerrados podía crear un mapa mental de dónde estaba absolutamente todo. Nada más entrar, en la hoja de la puerta ya había un raspón astillado, del segundo día de apertura del local, cuando limpió tanto el cristal que un hombre se pensó que estaba abierta. Tras la máquina tragaperras, parte del enchufe tenía una mancha negra y una zona de plástico derretido, cuando un borracho intentó hacer trampas metiendo la mano donde no debía. Junto al grifo de cerveza rubia había una marca en la barra, imperceptible para los demás, pero imborrable para Jack. Una pequeña muesca en la madera del mismo día que compró el local y lo celebró con su primera mujer, una diosa de melena dorada procedente del norte más alta que él; ella acabó con una rodilla lesionada y un polvo a medias. Un poco más allá, junto al grifo de cerveza tostada, otra muesca similar con su segunda mujer, oriunda de Costa del Sol con un carácter tan intenso que le costó un punto de sutura en la coronilla y un trío a medias.

Sin embargo ahora se sentía estancado, hastiado… Desde luego treinta años habían dado para infinidad de anécdotas, pero desde hacía demasiado tiempo sentía que subía la verja del bar todos los días sin ganas, sólo para aguantar de pie un tiempo que a él le parecían siglos. La única y última vez que se volvió a sentir vivo otra vez fue cuando se hizo con esta botella mágica, en aquella escapada de fin de semana improvisada hace ya tantos años. Si tan sólo pudiese permitirse volver a hacer algo así… Echarse la mochila al hombro, salir de Midgar sin una ruta fija, encontrarse pueblos abandonados, intentar volver a ver a aquella chica del bosque…

   -¡Qué ganas de jubilarme joder…!-maldijo mirando a la bombilla del techo.

Entonces, cuando se disponía a rellenar el vaso de nuevo y dar el último y placentero trago, se pudo oír cómo la fregona y el cubo de la entrada se caían estrepitosamente; a Jack no le importó tanto aquél sonido como el del agua esparciéndose por el suelo recién fregado a conciencia.

   -¡Pero es que no veis que está cerrado hostias!- gritó con verdadero mal humor sin llegar a ver al culpable de la broma.

Pero pasados unos segundos pudo percibir una respiración desacompasada, fuerte y aguda, pese a que en la puerta no había nadie. Con el instinto del oficio, la experiencia de un balazo en el brazo derecho y el amargo recuerdo de la caja registradora reventada en dos ocasiones, se incorporó para llegar corriendo tras la barra y sacar el libro de reclamaciones en forma de bate de madera. Enarbolándolo por encima de sus hombros, se quedó en el sitio buscando con la mirada al ladrón.

   -Me has pillado en un mal día, así que no te aconsejo que intentes nada- avisó con los efectos vigorizantes del alcohol todavía presentes- Si no quieres probar a qué sabe este barniz, vete por donde has venido.

Pero nada, no ocurría absolutamente nada, tan sólo seguía ahí esa respiración costosa acompañada de ligeros resuellos. Con pequeños pasos, Jack se acercó al cuadro de luces y, sin apartar la vista de la entrada, encendió varias bombillas para poder ver algo. En cuanto se acercó un poco más…

   -¡La puta en technicolor! ¿Arguish?- exclamó con un tono tan agudo que le sonó extraño a sus propios oídos.
   -Joder Jack- susurró el aludido tirado en el suelo- ¿Cómo dejas esto en medio? La gente se puede tropezar….

Justo en el umbral de la puerta, caído de mala manera y rodeado de un charco de agua sucia y jabón, el enmascarado hablaba con un lado de la cara pegado al suelo. Jack dejó rápidamente el bate en la barra y salió para ayudar a su parroquiano preferido; no sin cierta dificultad, consiguió echárselo en un hombro y levantarlo con impulso. Fue entonces, cuando Arguish dejó caer el peso de su cabeza sobre el hombro de Jack y éste notó algo rojo y viscoso en el pecho de su camisa. Entonces fue consciente de en qué condiciones se encontraba el sicario. A la luz cenital de la entrada, dibujaba unos macabros destellos ahí donde todavía le quedaba máscara y unas sombras siniestras de tono escarlata ahí donde se le abría la carne; su cara no dejaba de gotear sangre y la piel del cuero cabelludo desprendía un desagradable olor a pelo y plástico quemado.

   -¿Pero qué cojones has hecho, intentar volar el edificio Shin-Ra?- verdaderamente alarmado por el estado de salud de su amigo, no podía evitar dejar de mirar aquél ojo azul descubierto, brillante y con la pupila completamente dilatada.
   -Ya ni puede uno dar un paseo por la calle sin que te disparen un lanzamisiles en la cara, que vergüenza…-murmuró el herido con un hilo de sangre y saliva colgando del mentón.
   -¿¿Qué??- Otra vez con aquél tono agudo fuera de lugar.

   -Nada, olvídalo, si te lo contase tendría que matarte…- bromeó Arguish quitándose aquél hilo con la manga del traje- déjame descansar en esa silla un momento y tráeme lo más fuerte que tengas tabernero.

Dando traspiés y cojeando de una pierna, Jack consiguió llevarle hasta la silla donde antes había estado sentado él. Le dejó ahí, con los hombros caídos y el cuerpo echado hacia delante, y se acercó un momento a su colección de botellas para coger un aguardiente de Bom.

Desde ahí Arguish daba verdadero miedo. Su pierna derecha tenía el pantalón destrozado y la herida que supuraba en el muslo haría desmayarse a cualquiera con pavor a las heridas abiertas. Su camisa apenas tenía rastros de tejido blanco, estaba prácticamente empapada en rojo. Su máscara… O mejor dicho, lo que quedaba de ella, era lo que realmente asustaba; tan sólo quedaba la parte que se ajustaba al cuello, la cual ascendía para tapar su oreja izquierda, cubrir toda la parte posterior del cráneo y seguir por arriba hasta llegar al círculo negro que tapaba el ojo izquierdo. Lo demás eran jirones de látex unidos entre sí, tapando finas líneas de la cara y parte de la nariz. Aún así, Jack no conseguía definir un rostro identificable, sólo podía quedarse con aquél ojo azul que parpadeaba con gotas de sudor.
Se frotó la cara y los ojos y volvió con un vaso y la botella de aguardiente.

   -Pero si estás para el arrastre Arguish, tienes que ir a un hospital a que te curen esas heridas o algo.
   -¿Me ves a mí con cara de ir a un hospital Jack?- le reprochó al barman con tono irónico-No… Ya dejé que me operaron de fimosis cuando era un crío, no pienso dejarles que me quiten nada más…
   -¿Que estas operado de fim…?- pero se calló a tiempo de terminar, sin saber si aquello había sido una broma o había dicho la verdad.

Que Arguish mantuviese ese humor peculiar era una buena señal, pero se encontraba más sombrío, más… ¿Preocupado? Le podía faltar una ceja, pero sus gestos transmitían un nerviosismo alarmante.

   -Joder Arguish, que yo sólo soy un puto camarero ¿Cómo me metes en este lío? No… No puedes quedarte aquí, si alguien te ha visto entrar…
   -Sólo será un momento Jack, sólo… Sólo necesito descansar un momento. Tomar algo de aire y me largo.
   -¿Pero qué pasa si viene alguien a preguntar? ¡Como venga Turk me la lías pero bien!
   -Ay joder… Me vas a dar tú más dolor de cabeza que ese misil de antes…
   -¿Misil? ¿MISIL? ¡Ay la virgen! Si ya lo dicen todas las madres, no te juntes con extraños.

Entonces antes de que Jack pudiese seguir agitando los brazos y jurando a los cielos, Arguish le pilló de improviso y le agarró de una muñeca. El barman se esperaba cualquier cosa, cualquier tontería, menos esa mirada. Podía sentir la mano de Arguish temblando sobre la suya, podía ver su mandíbula tensa por el dolor y aquel ojo clavándose fijamente en los suyos, buscando algo más que un lugar donde esconderse de madrugada.

   -Mira Jack, yo no llamo amigo a nadie pero… He acabado peor parado de lo que pensaba…- le costaba completar una frase, hablaba entrecortado, pero mantenía la mirada fija en los ojos de Jack- No sabía dónde ir y entonces pensé… Jack, tú me conoces ¿Quién crees que me tomaría en serio? No sé, me divierto hablando contigo… Sólo te pido eso, una noche… Déjame quedarme aquí esta noche y te juro que mañana me largo.

Ahí le pilló con la guardia baja, eso fue jugar sucio, con esa torpe explicación por parte de Arguish, Jack tenía ya un motivo al que agarrarse para seguir adelante con el Blackson’s, un pequeño empujón para mandarlo todo a la mierda y colgar el cartel de SE VENDE. Le costó poco decidirse, pese a que ese charco oscuro cada vez más grande a los pies del enmascarado estaba desafiando su obsesión por la limpieza hasta límites insospechados.

   -¡Está bien, está bien! Puedes quedarte, pero hay que hacer algo con esas heridas Arguish- le dijo acercándose- Pero yo no tengo ni idea de curar esto, primero habrá que quitarte esa máscara para ver si…
   -Si me quitase la máscara tendría que matarte Jack.
   -Si, ya, ya se me yo esa…
   -No Jack, esta vez lo digo en serio- le dijo volviendo a cambiar a esa mirada inquietante, hierática.
   -¡Pues ya me dirás que hacemos!

Antes de que pudiese añadir nada más, Arguish cogió la botella de aguardiente, desenroscó el tapón con los dientes y dejó caer el líquido transparente, primero en la herida de la pierna y después sobre su cabeza. Después echó un gran trago y dejó que se le escurriese el vidrio de entre las manos, para caer y hacerse añicos frente a Jack.

   -¡La madre que te parió!-gritó el dueño dando un salto instintivo hacia atrás.

La enorme gradación de ese extraño aguardiente hizo efecto inmediato y Arguish cerró los puños haciéndose daño con las uñas, profiriendo algún que otro gruñido cuando perdía fuerza y dejaba de apretar los dientes. Esas heridas no tenían para nada buena pinta, pero cuando toda esa espuma blanca salió desinfectando la zona, quedó patente que eso era un hervidero de bacterias. Arguish permaneció en el sitio, temblando de arriba abajo, cerrando los ojos con todas sus fuerzas. Cuando todo aquél pus desapareció, se levantó a duras penas y se dejó caer de espaldas sobre la mesa, con las rodillas dobladas justo en el borde.

   -Gracias Jack- dijo camino de la inconsciencia- Ya puedes recoger todo esto…



Cinco horas después, la alarma del PHS de Jack les dio un susto a ambos, despertándoles al mismo tiempo con la estridente melodía de inicio de las noticias de la mañana.

            “Las autoridades confirman que el fuego ya ha sido controlado y que todavía no se ha encontrado origen o culpable, pero las pruebas apuntan a que aquél almacén pertenecía a toda una red de tráfico de....”

Arguish se levantó con el cuerpo totalmente entumecido y dolorido. Se llevó una mano a la pierna herida y para su sorpresa se encontró con que estaba vendada. Se llevó por instinto la otra mano a la cabeza y se topó con otra venda, sujeta con unas tiras de esparadrapo.

   -No sé si lo que he hecho estará bien- bromeó Jack desde la otra punta del bar, dejando una manta en la silla sobre la que había dormitado, le dolía la espalda horrores y tenía unas ojeras bien marcadas- pero al menos así dejabas de mancharme el bar de sangre.
   -Gracias de nuevo Jack- le respondió con, lo que le pareció a Jack, una sonrisa muy sincera- Y ahora…- anunció incorporándose con un quejido- Lo prometido es deuda, me voy.
   -Eso, lárgate cabrón, en vaya líos que me metes…

Ahora su cojera era mucho más pronunciada y el cansancio era como una losa, pero al menos ya no estaba tan pálido y se encontraba más lúcido . Antes de marcharse, se dio la vuelta una vez más y miró a Jack de perfil, desde su lado izquierdo, el que aún conservaba gran parte de la máscara.

   -¿Y lo que te diviertes qué?

sábado, 6 de abril de 2013

223.

-          Hola, mierdecilla. Te vienes conmigo, pequeño hijo de puta, te guste o no.

Lo que en esos instantes le hubiera gustado a Yief era que aquel matón estuviese tirado en el suelo con la cara machada por sus puños, pero ese plan tenía dos problemas. El primero era que Yief no estaba en su mejor condición física, después de que Arguish hubiera recibido el impacto de un misil Flauros M9A1 mientras él corría para auxiliarle. Y aunque hubiera estado en plena forma y hubiera entrenado durante años, existía un segundo inconveniente: resulta difícil pegar a alguien cuando éste te apunta directamente entre los ojos con una Rhino calibre .50AE mientras sostiene una sonrisa siniestra. Todo eso sumado resultaba acojonante para el norteño.
Acababa de volver a casa de Lucille, y nada más cerrar la puerta, alguien había llamado. Pensando que era Arguish, que le había seguido, abrió sin detenerse a mirar. Mala idea. Los reflejos plateados de la pistola que brillaban en el pulido metal tras los cuales un largo brazo envuelto en un abrigo negro fue lo primero que vio tras el golpe en la cara con la pistola. El pelo castaño claro que caía por los hombros, rozándolos, tapando ligeramente la fruncida frente bajo la cual unos ojos marrones le miraban con una furia casi asesina. Si las miradas matasen, no sólo hubiera caído Yief: también estarían muertos los pájaros de la pintura que tenía a sus espaldas.

El detalle más siniestro, el que más nervioso le ponía, era la mascarilla blanca, pálida como una hoja de papel recién fabricada, como el hueso al sol.

-          ¡Qué bien! Has venido para llevarme al baile de fin de curso, y me has traído flores. – espetó Yief, de forma desganada. Se encontraba agotado y dolorido.
-          Escucha, marica – dio un paso al frente, obligando a Yief a retroceder otro hasta golpear la pequeña pintura, que quedó descolgada y sujeta por la presión de su espalda. La bota del visitante resonó en el parqué, de una forma seca y apagada. Avanzaba con el brazo tenso, tembloroso mientras sujetaba los dos kilogramos de metal con una sola mano. Por su parte, el hombre de Modeoheim había optado por poner sus brazos frente a su pecho, con las manos levantadas como se mostraba en numerosas escenas de películas que veía con Lucille en sus ciclos de cine, acurrucados en el sofá bajo una manta mientras devoraban palomitas. Se mostró rendido ante un hombre con mayor potencia de fuego que exhibía esta a escasos centímetros de su nariz. – Me has tocado los cojones, y me estás jodiendo. Mucho. Cada vez que iba a buscarte, te escapabas. Mira lo que me ha tocado hacer. No se caga donde se come. Y mucho menos se caga donde yo como.
-          ¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacerme? ¿Me vas a disparar? – Yief no se creía que esas palabras estuvieran saliendo de su boca. No sabía de dónde estaba sacando ese valor, no parecía propio.
-          Créeme, me cuesta mucho no dispararte. Me dan ganas de pintar ese cuadro de pájaros tan feo que tienes detrás con tus sesos. Me encantaría volarte la puta cabeza, gilipollas.
-          Sí, pero no puedes dispararme. Coño, soy lo más necesario de tu puta vida. Tu as en la manga, tu agua en el desierto. La panacea, el puto maná celestial. Soy – bajó los brazos y sacó a relucir una sonrisa burlona, socarrona, acorde con su acento – tu jodido seguro para que tu cabeza siga teniendo una melena que cuelgue sobre tus hombres. Me necesitas, a mí y a mi cajita mágica.
-          Tienes razón, no voy a matarte – bajó el arma, mientras que bajo la máscara de quirófano se adivinó una sonrisa diabólica – porque te necesito. Me eres útil, no creas que te protege la justicia, el miedo al castigo divino o Tombside. Pero la tierna Lucille no nos es necesaria. Y tu hijo nonato tampoco. – hizo un gesto con el brazo de la pistola en dirección al dormitorio, desde el que llegaba una suave melodía del crepitar de las gotas de agua unido al tarareo de la joven mientras se duchaba.

Yief tragó saliva, y la expresión de su rostro cambió por completo. De la seguridad más completa, unida a la socarronería absoluta e incluso el desprecio, a la preocupación extrema, el miedo y los nervios. Su cabeza daba vueltas, sintiéndose como si toda la placa se hubiera derrumbado sobre sus hombros con todo su peso y la fuerza de la caída le hubiera desmoralizado por completo. ¿Cómo había averiguado ese bastardo que Lucille estaba embarazada? Si él mismo acababa de enterarse. ¿Le habían seguido, vigilado?

-          ¡Sorpresa! ¿No te lo esperabas, eh? Pues espera, que ése no es el plato gordo. – Su sonrisa se volvió más macabra todavía, incluso las comisuras de sus labios asomaron por los laterales de su protección higiénica - ¿Lo has pillado? Gordo como la vaca marina que era tu amigo Richard Blackhole. ¿O era el amigo de papá? Una pena que antes de hablar de él la palmase…

El rostro de Yief se congestionó. Le daban nauseas terribles, y hubiera vaciado el contenido de su estómago allí mismo si éste contuviera algo. Las palabras del traficante se clavaban en él como un puñal. El cabrón que le encañonaba sabía cosas que únicamente conocían él, Lucille y el vecino pintor bipolar. ¿Acaso había sido traicionado por el asesino que a veces regaba las plantas de su novia?

-          Bueno, señorita, ahora tienes dos opciones: – Carl volvió a encañonarle, con la cabeza ligeramente ladeada – Puedes venirte conmigo a pasar un buen rato y acabar rápido con toda esta gilipollez, o puedes verme mientras me follo a tu chica antes de dejar que cinco puteros inflados a viagra para diceratops la empalen al mismo tiempo. Incluso mientras está muerta, la gente con esa mierda metida en el cuerpo sólo piensan en meterla. Podría sacarle el bebé para que lo vieras, para que presencies tu descendencia muerta estrellarse contra la pared. Quizás luego, después de eso, te eche encima a los chicos de negro: tu amigo el gordo tenía amigos en las altas esferas, y no dudarían en freírte en la silla eléctrica. Tú decides.

El norteño apretó los puños con rabia, lleno de ira, clavándose los dedos en la palma de su mano mientras sentía sus uñas en la carne, sin importarle el dolor. Odiaba a ese tipo con todo su ser, y si pudiera, se abalanzaría sobre él para obligarle a tragarse su mascarilla. Pero no podía. No le quedaba más remedio que obedecer, al menos durante un tiempo. Tragó saliva de una forma ruidosa, asintiendo torpemente con la cabeza, muy despacio. Sudaba, y se notaba pesado.

-          Bravo, chico. – Carl hizo ademán de aplaudirle, moviendo la mano libre para hacer como que golpeaba el puño que sostenía la pistola, sin dejar de apuntarle – Ahora coge el regalo y demos una vuelta en el auto de papá.

Yief tenía que reconocerlo: O’Toole había jugado bien sus cartas. Había movido todas las piezas del tablero y le tenía arrinconado sin posibilidad de juego. Había destruido su propia torre para salvar a su reina, pero ahora corría peligro. Su lado del tablero estaba lleno de fichas enemigas, cercándolo hasta ahogarlo, consumiéndolo como si fuera un pequeño islote blanco en un océano de aguas negras. Tenía que conceder este asalto para intentar ganar el combate.
Seguido por la pistola y el hombre que la empuñaba, cogió la pequeña caja que se ocultaba tras los libros de la estantería.

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Notaba el brazo pesado, tembloroso. Se le estaba cansando, pero no podía dar síntomas de debilidad, no podía bajarlo o perdería toda su ventaja. Lo tenía tan rígido que podía sentir el incesante hormigueo recorriendo el dedo que tenía apoyado contra el gatillo. “Contrólate, joder” se dijo a sí mismo, obligándose a mantener su posición. “Pronto acabará todo. Pronto podrás tomarte una cerveza fría, en un lugar limpio, sin gérmenes.” No le gustaba aquella casa. Sabía que el tipo se había instalado con la tal Lucille, y cometió el error de pensar que por ser mujer sería limpia y ordenada. Pero aquello estaba desordenado, y había polvo en las estanterías. No se sentía a gusto desde que Big Hole le dijo que propenso a contraer infecciones después de su improvisada cirugía, se había vuelto meticuloso, remilgado, siempre preocupado por ácaros y enfermedades. Echaba de menos su bazo.

El hombre al que apuntaba con su arma estaba rebuscando tras unos libros pertenecientes a una colección por fascículos. Un lugar poco apropiado para algo tan importante. Se estaba tomando su tiempo para coger la caja hermética, poniendo nervioso a Carl. “Lo guarda tras la estantería como en una película mala con pasadizos secretos. No había sitio más seguro para un material tan importante.” O eso pensaba él.
Desconocía el contenido de la caja. Realmente no lo desconocía, el problema era que no alcanzaba a comprenderlo por completo. Pero era su obligación recogerla y custodiarla hasta que llegase el momento. “Si me ocurre algo, lo que sea, quiero que cojas esto y lo escondas todo lo que sea posible a cualquier precio. Si eso que me ocurre es que muero, tienes que llevárselo a cierta persona.” Eso fue lo que Tombside le había dicho hacía tiempo; tanto, que parecía que habían pasado tres años desde la última vez que se habían visto. Cuando adquirieron confianza por ambas partes, el asesino le había deslizado un papel arrugado y doblado de forma apresura en el bolsillo de su largo abrigo mientras salían de aquella cervecería que tanto le gustaba al traficante. Sin embargo, el recipiente de misterioso contenido lo conservó dentro de su gabardina roja.

“Y ahora se lo ha dado a este mamón.” Se lo había entregado a un desconocido que encontró en la calle, a un tirado que simplemente pasaba por allí y llamó su atención. “¿Y yo qué? ¡Salvé tu vida, cabrón desagradecido!” Podía haberle dejado allí tirado. Se sentía utilizado, como si fuese una marioneta, un juguete que un niño caprichoso había usado y que luego había dejado tirado y olvidado por un muñeco que otro estaba cogiendo. Era el protagonista de una obra eclipsado por un secundario que acaparaba los aplausos. Eso le cabreaba. Y la dirección y la persona que debía recibir la caja no ayudaban a mermar esa sensación.

O’Toole no dejaba de apuntarle en ningún momento. Había estado pendiente del norteño desde hacía bastante tiempo; le había seguido de cerca incluso cuando aquel tipo de la máscara le sacó del Blackson’s y habían sido disparado con misiles. Se tensó todavía más cuando este cogió un cofre de madera similar a un joyero y extraía del interior el ansiado trofeo.

-          Vamos, - el proxeneta hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta – tenemos cosas que hacer.

Carl se giró mientras Yief avanzaba.

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 Había subido en el asiento del conductor a petición de su captor, sin que éste dejase de amenazarle con su pistola. Vigilado desde el asiento trasero del Ranish Bom de aquel tipo con pinta de heavy trasnochado, Yief buscaba y daba vueltas a miles de hipotéticos planes de huida: desde entregar a las autoridades al cómplice del famoso “Blooder”, hasta una pelea en un oscuro almacén que acaba incendiado mientras los huesos de Carl ardían junto con la dichosa caja negra, no sin antes pasar por estrellar aquella cafetera y dejar al traficante irreconocible en comparación con un cadáver de gurami masticado y escupido por un Zolom.
Pero ninguna de esas opciones era válida: le tenían bien cogido por las pelotas, y poco a poco se las iban retorciendo más. Y bien pensado, se lo merecía: había encabronado a ese hombre, había jugado con él, y se había cabreado. Una tarea más, una cosa más, y estaría libre. Podría alejarse de todos esos líos con mafiosos, traficantes, asesinos y empresarios cabrones. Quería darle una buena vida a su futuro vástago, proteger a Lucille. Empezaba a estar harto de los líos con Tombside y O’Toole, de Blackhole y su padre. Ya no estaba seguro de si quería saber la verdad. “Podría mudarme con Lucille, salir de esta ciudad e irnos lejos. Podríamos volver a las costas nevadas de Iciclos. Modeoheim ahora está desierta, podríamos establecernos allí y refundar la ciudad. O irnos a Gold Saucer. Seguro que al bebé le gustan las luces de colores, y a Lucille montar en las atracciones. Yo podría jugar a las máquinas y sacar dinero. O podríamos irnos a la granja de chocobos de Kalm. Me gustaría ver nacer a un pequeño chocobo. Podría crecer junto a mi hijo”. Pero, en el fondo, Yief sabía que estaba siendo idealista. No sabía cómo iba a acabar esa historia, pero auguraba que nada bien.

Estaba jodido, muy jodido. Era posible que no sobreviviese.

“Lo siento, Lucille. Siento que tengas que sufrir tanto por mi culpa. Un poco más, nena, sólo un poco más. Si pudiera, te daría todo lo que te mereces, pero no tengo esa carta en mi manga”. Baraja de nuevo, haz trampas, fue lo que pensó que diría su antiguo yo, aquel empresario en la cima del poder que firmaba papeles, asistía a reuniones, esnifaba y follaba. ¿Qué más necesitaba? Era un buen súbdito para su padre, haciendo lo que le pedían, sin meterse en asuntos ajenos. Siendo el perfecto hijo de puta pijo y arrogante.

-          ¿Y a dónde nos dirigimos? – seguía las vagas instrucciones de Carl, que se limitaba a indicarle una dirección u otra, sin hablar más de lo debido - ¿Me llevas de compras?
-          Algo así, bonita. A la derecha.
-          No es por meterme donde no me llaman, pero hay una cosa que me pregunto. ¿Se puede saber cómo un tipo que trafica con putas y drogas, que debería estar podrido de dinero negro, tiene como medio de transporte un Bom del 97? Y ni siquiera es un coche que esté en buen estado, parece que lo hayas sacado del desguace. – miró por el retrovisor, y al ver el gesto del ocupante trasero supo que había dado en el clavo, o que al menos se había aproximado mucho – Siendo como eres, esperaba… no sé, un Supreme, o un Cavalier.
-          ¿Siendo como soy? – hizo esa pregunta extrañado, imitando un burlón gesto de sentirse ofendido - ¿Y cómo soy?
-          Un chulo de los cojones arrogante.
-          ¡Vaya, me lo dijo el marica vagabundo! Sigue recto y coge la salida M-14 en cuanto la veas.

Durante un buen rato, se hizo el silencio dentro del coche. El sonido de las ruedas girando sobre el asfalto y el ruido del motor eran los únicos que conversaron durante unos eternos minutos. Hasta que O’Toole rompió el silencio.

-          Este coche es provisional, hasta que llegue ese Cavalier que tanto pregonas. Tenía un Vendetta, pero nuestro amigo común lo dejó irreconocible, junto con los discos de música que llevaba dentro. Este modelo utiliza cintas, aunque ese casete ni siquiera funciona. Sal ahora, la M-14.

Volvió a hacerse el silencio. Esta vez, la conversación de asfalto y motor estaba presidida por la fuerte combustión del último, denotando una vez más el ruinoso estado del coche.

-          ¿Se puede saber por qué tienes esa obsesión conmigo? Sólo soy una mierda que se cruzó con el tipo equivocado en el momento equivocado. Él se aprovechó de mí, me ha utilizado, y ahora ya no está. Entregué a ese tipo, sí, pero era él o yo. Tú no sabes de lo que era capaz…
-          ¿Qué no sé de qué era capaz? – Carl rió sarcásticamente – Era su puta mano derecha, chaval. Y no me refiero a la de hacerse pajas. Sin mí, Tombside no hubiera podido realizar varios de sus golpes. Le he ayudado a deshacerse de cadáveres, a conseguir información, e incluso robamos un banco los dos solos. Seguro que viste algo de eso en las noticias.
-          Creo que leí algo en un periódico. ¿Un millón de guiles?
-          Redondeando, sí. – carraspeó, aclarándose la garganta, relajando el brazo del arma hasta apoyarlo sobre su pierna pero sin dejar de apuntar al asiento del conductor – Así que no me digas que no sé de lo que era capaz. Sé muy bien, mejor que nadie, qué era lo que hacía, lo que pensaba. Lo que tenía planeado. Gira aquí a la izquierda y ve hasta el final. Estamos llegando.

El tono con el que el traficante habló no admitía discusión. Yief había tocado una fibra sensible, aunque no sabía bien qué podía haber sido.
La dirección a la que Carl le había dirigido era un almacén de los suburbios, en el sector 6, situado de forma colindante con el desaparecido sector 7 y los escombros que la caída de la placa había dejado. No se trataba de un edificio particularmente grande, pero sí de uno especialmente oculto a la vista pública, junto con otros almacenes y algún descampado. El suelo de la zona era de tierra batida y arena, y una densa nube de polvo parecía dominar el ambiente. Un lugar poco apropiado para un hipocondríaco de gérmenes, infecciones y bacterias. El paisaje estaba dominado por bloques de hormigón envejecidos y oxidadas placas metálicas, y el almacén al que le había llevado Carl no era una excepción. Sobre una pequeña puerta metálica lacada en color verde estaba pintado el número 35 con spray de color rojo, a un tamaño considerable.

-          Hemos llegado. Ahora vamos a entrar ahí, me vas a ayudar con unos asuntos, me darás la caja, y habremos acabado para siempre.
-          ¿Asuntos de Tombside?
-          No. – dijo Carl Loc O’Toole de forma tajante – Asuntos míos.

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El interior del almacén era oscuro, aunque lucía un aspecto bastante pulcro para encontrarse en una de las zonas más pobres de la ciudad. Era de un tono intermedio entre la crema y el color terroso del suelo del exterior, y bastante más amplio de lo que parecía por fuera. Estaba lleno de altas estanterías metálicas llenas de cajas de cartón, con anotaciones de números y letras siguiendo un código de ordenación estricto.

Recorrieron una larga procesión de estanterías y cajas, hasta llegar casi al fondo, donde habían despejado una amplia zona para situar, en el centro de ese círculo, un pequeño recinto estéril cubierto de plástico, con potentes focos exteriores que iluminaban el habitáculo. En su interior, dos borrosas figuras se movían alrededor de lo que parecía ser, en opinión de Yief, una caja grisácea. Parecía que estaban examinando la caja, con determinación. Aquellas blancas y para nada definidas criaturas tras la pared de plástico se movían poco a poco, lentamente, y sólo de cintura para arriba; parecía que sus pies estaban pegados al suelo.

-          ¿Ingenieros nucleares creando una bomba? – dijo Yief con sarcasmo - ¿Estás construyendo un explosivo para volar la ciudad y cumplir la última voluntad de nuestro amigo?
-          Qué gracioso. – Carl se lo dijo con desprecio, como si estuviese aburrido – No te preocupes, ahora mismo entraremos, en cuanto mis chicos acaben.

No tardó mucho en romperse la monotonía de la espera. En una silla de ruedas mecánica bastante estrafalaria, apareció sentado un hombre mayor que desconocía. Al menos, era extraño para Yief, pero no para Carl: ese hombre de sesenta y pocos años, con unas gafas redondas, cinta en la frente, largo pelo liso y plateado y semblante aburrido era el hombre que le había criado. Llevaba una manta de cuadros azules y rojos con líneas negras cubriéndole las piernas, aunque unas zapatillas deportivas de tobillo alto de color negro con goma blanca. Tenía las mejillas ligeramente hinchadas, y una perfilada perilla que, en contraste con su hijo, no se unía con las patillas mediante delgadas y finas líneas.

Carl sabía que no hablaba, pero inició una conversación que más bien parecía un monólogo:

-          ¿Qué tal, padre? ¿Cómo te encuentras? ¿Bien? – dejó de apuntar a Yief y se acercó a la silla, acuclillándose, aunque siempre atento a su cautivo – He hablado con Jimmy Zarcone, ese jefecillo gordo de la familia Petrullio, los que dirigen el asunto en el sector 2. Hemos negociado un acuerdo, un pequeño intercambio: les podemos ofrecer 200 kilos de cocaína para distribuir en ese sector, y los derechos del sector 3 en cuanto contribuyamos a acabar con los Bonpensiero, a cambio de ofrecernos la red de distribución de los sectores 4 al 6 y un lote de chicas procedentes de Wutai, pero ellos se quedan las que quieran como “gumar”. Sólo son 5 chicas: una para el jefe, otras tres para los capitanes, y una para el sobrino de Zarcone. Parece que perdemos dinero con la operación, pero es un buen trato; nos quitan de en medio a una de las 8 familias de Midgar.

El padre permaneció impasible, mirando al frente. No contestó, no se movió. Carl sabía que no lo haría, que parecería que ni pestañeaba. Aún así, agachado, apoyando su brazo sobre la silla mientras apuntaba sin prestar atención a Yief. Carl no estaba seguro de si su padre le hacía caso, de si le escuchaba, pero no le importaba demasiado: le reconfortaba contarle cosas, hablarle con ese tono calmado que rara vez mostraba, y estaba seguro de que verle allí animaba a su padre. Desde hacía años, aquel hombre no se movía de esa silla, aparecía cuando menos lo esperaba uno y desaparecía con la misma facilidad. Aquellas conversaciones que le daba eran como hablarle a una pared, pero en el fondo Carl sentía que servían para algo.

O’Toole se levantó, y se volvió hacia Yief, apuntándole nuevamente con su Rhino.

-          Sal a dar una vuelta, padre. La zona de los almacenes es tranquila y segura, nadie te molestará. Podrás tomar algo de aire, seguro que llevas tiempo encerrado aquí.

Con su rostro pétreo, movió la palanquita de control y se movió, al frente, dirigiéndose hacia la puerta. Carl Loc O’Toole vio a su padre perderse en la oscuridad del almacén, mientras él y Yief (quien se había girado para ver al hombre de la silla de ruedas salir de allí) observaban. En cuanto la puerta metálica se cerró y oyeron el ruido, ambos cruzaron nuevamente la mirada, solo que esta vez Carl volvió a su habitual tono de mandato.

-          Mi pobre padre… Gracias a él soy todo lo que soy, me acogió, me enseñó, me dio un oficio. Siendo muy joven ya me introdujo en este mundo, me llevaba con él y me mostraba cómo era lo que iba a encontrar en el futuro. Me dio mi primer encargo: fue pasar unos simples gramos, una muestra para una de las grandes Familias, pero la cosa se torció… La milicia apareció y empezaron a llover las balas. Me salvé de los tiros porque era pequeño y pude esconderme tras unos barriles metálicos del bar en el que esos tipos realizaban sus trapicheos. Aquello fue una carnicería. ¿Alguna vez has visto esas películas en las que la acción se detiene, todo va tan despacio que casi puedes esquivar las balas? Para mí, aquella experiencia fue igual: todo iba despacio, a cámara lenta, podía ver la estela de los disparos, las gotas de sangre fluir del cuerpo recién impactado de un gordo de Gongaga, los destellos de una materia Rayo antes de que el olor a carne quemada invadiera el pequeño espacio. Y sin embargo, no podía moverme. Estaba paralizado, aterrado y fascinado. No cerré los ojos, no pestañeé ni un momento, ni siquiera cuando me empezaron a escocer por la sequedad. Lo que vi… Me transformó. La sangre mezclada con los licores, la pólvora y el humo formando una densa nube, y los cadáveres de los milicianos y los mafiosos… Ricos y pobres, todos tuvieron una muerte horrible, sin que a nadie le importase, hundidos en la mierda, los fluidos corporales, quemándose sin compasión. Entonces lo comprendí: da igual cómo vivas, al final la muerte es horrible para todos. Así que, en definitiva, poco importa que seas un cabrón, un corderito, un lobo ricachón, un muerto de hambre, un yonki, una puta. La vida es lo único que tienes, así que mejor que vivas a lo grande sin importarte nada más. Esa es mi filosofía. Y aquí es donde entras tú, – hizo un gesto extraño con la mano, como si intentase señalarle con la mano que sujetaba la pistola – pequeña ramera. Vamos a ver qué se esconde tras la cortina número uno.

Ambos se acercaron al pequeño habitáculo de plástico. Las difusas sombras del interior comenzaron a hacerse más visibles a medida que se acercaron, y la traslúcida pared dejó entrever a dos hombres vestidos completamente de blanco, salvo en la mitad superior de la cara, en donde se podía distinguir que esa parte del rostro estaba al descubierto. Operaban alrededor de una camilla metálica, en donde había algo que desde fuera era inidentificable, parecía cubierto por una especie de sábana o manta verde, junto al que una caja blanca con tapa abombada de color rojo. Carl ya sabía lo que iban a encontrar dentro, pero estaba seguro de que el hombre al que apuntaba no alcanzaba a imaginar lo que iba a ver. O por lo menos, no intuía toda la verdad.

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Una bofetada de calor sacudió la cara del norteño. Aunque llevaba años, más de la mitad de su vida, viviendo en Midgar y se había acostumbrando al microclima propio de esa ciudad, en el fondo tenía la sangre fría y no soportaba bien las temperaturas cálidas.

No tenía la sangre tan fría como pensaba en cuanto entró.

Una tremenda arcada le sobrevino. Las blancas figuras eran dos hombres con trajes de plástico que les cubrían por completo a excepción de los ojos, mientras que sobre la mesilla portátil de acero reposaba lo que parecía ser el cuerpo de una mujer cubierta por una sábana quirúrgica, con la apertura cuadrada centrada en el pecho y vientre. Por la tersura de la piel y el color, debía tratarse de una chica de Costa del Sol o Corel, muy joven. Lo que hizo que el estómago de Yief se revolviera fue ver las tetas rajadas de la mujer mientras uno de los encapuchados extraía un implante ayudado por una especie de garfio que abría los músculos pectorales de la joven. Y el hecho de ver cómo el otro metía una mano en el abdomen de la joven con un bisturí para extraer lo que parecía ser un riñón (o esa impresión le dio a Yief) no ayudó a mitigar esa sensación.

Le daban terribles nauseas, pero no apartó la mirada. Era a la vez un espectáculo grotesco y fascinante. Aunque, en opinión de Yief, y si le daban a escoger, ganaba la parte grotesca y asquerosa. “Dioses ¿En qué puto lío me he metido?” fue lo que pensó. Miró a Carl, y vio que sonreía mientras cogía el implante recién sacado de la bandeja metálica en la que lo habían depositado usando la mano libre, la izquierda. Sonreía.

-          ¿Ves este color? – el contenido, sumado al exterior cubierto de sangre, tenía un color terroso, achocolatado, pero bastante claro y traslúcido, dejando pasar la potente luz de los focos exteriores a través del viscoso líquido – Debería ser transparente… Pero esto no es silicona. Heroína. Traída desde Corel, un ingenioso sistema para traer mercancía y chicas al mismo tiempo.

Volvió a dejar la bolsa de droga en la bandeja, y poco segundos después el encapuchado dejó el segundo postizo, para después rociar el contenido con agua a presión, limpiándolos. El otro hombre de blanco comenzó a extraer el órgano que parecía un riñón, y lo colocó en lo que al principio parecía una caja de abombada tapa roja, que finalmente resultó ser una nevera portátil que una marca de refrescos había regalado hacía tiempo como campaña de publicidad. Acto seguido, volvió a introducir las manos en el cuerpo de la muchacha.

-          La chica nos llegó con algo de fiebre, y mientras veníamos hacia aquí se desmayó. Comenzó a respirar fuerte, a sudar mucho. Mis chicos dicen que es posible que sea sepsis, que haya tenido algún problema mientras los de Corel le ponían los implantes. – Había seriedad en su rostro, pero Yief estaba seguro de que no había pena alguna – Cuando llegamos aquí, prácticamente no había forma de salvarla sin ir a un hospital que, como comprenderás, no iba a dejarla entrar sin hacer preguntas y numerosas revisiones. Lo que ves aquí es su cadáver. Estamos sacando de ella todo lo que sea posible aprovechar en el mercado negro; ya tenemos compradores para uno de sus riñones y el hígado. Sí, ahora también trafico con órganos.
-          ¿Y por qué no le arrancas el bazo y te lo coses? – dijo Yief burlón, sin saber bien por qué lo hacía – Así dejarías de lado esa ridícula mascarilla.
-          Muy gracioso, -arrugó el ceño, dejando de apuntarle con su pistola – chavalote. Ni drogado cogería nada de esta tía para trasplantármelo. ¿No acabo de decir que tiene sepsis y fiebre? Y no, no es lo que te piensas. No vamos a robarte tus riñones y dejarte tirado en una cuneta.

Yief suspiró de alivio, aunque sólo para sus adentros. En el fondo seguía muy nervioso, sin saber qué hacía allí exactamente. Empezaba a pensar que todo este asunto no tenía que ver sólo con la caja.

-          No, no, te necesito para un fin más productivo. Lo primero de todo, quiero la caja.
-          Ni hablar – espetó Yief, aferrándola fuertemente desde el exterior del apretado bolsillo de su abrigo. La caja, aunque pequeña, era lo suficientemente grande como para caber a duras penas y haciendo bastante presión en el interior de su destrozada prenda.
-          ¿Todo el tiempo queriendo deshacerte de ella y ahora no quieres soltarla? No me toques los cojones. Te lo voy a repetir: no se come donde se caga, ni se caga donde se come, ni sobre todo cagas donde yo como. Dame la caja.
-          Quiero que me expliques primero de qué coño va todo esto. Que me digas el por qué de esta caja, qué tiene que ver conmigo. ¡Me lo merezco, hostia!
-          Tienes razón, te mereces una hostia – Carl abofeteó en la cara a Yief, dejándole una mancha de sangre procedente del implante que había cogido con la mano izquierda - ¿Quieres explicaciones? Bien, te las voy a dar para que dejes de darme el coñazo. ¿Te han contado la historia de los Tombside? ¿Qué no son uno, que son varios? Muy bien, – Yief había asentido, con la mejilla enrojecida del rubor y la diluida sangre -  ya tienes medio camino hecho. Esa caja contiene algo muy importante para Frank, para el último, el que tú y yo conocemos. Tiene todo el esfuerzo que ha estado haciendo estos últimos años, contiene algo que simplemente es vital para todo lo que ha planeado. Supongo que será un arma, o información importante. Se podría decir que si le llegan a encontrar con eso, su ejecución hubiera sido inmediata, sin juicio, y a ti te hubiera ocurrido lo mismo.
-          ¿Me estás diciendo…? – Yief no podía creerlo.
-          Sí: Frank Tombside, “Blooder”, el asesino en serie de Midgar, te salvó la vida. Irónico, viniendo de quien viene. El caso es que el próximo Tombside tiene que tener esa caja.
-          ¿Vas a ser tú el próximo Tombside? ¿Vas a traer terror a las calles, vas a asesinar a personas, a quemar y arrasar? – Yief no soltaba la caja, aferraba el bolsillo con tanta fuerza que empezaba a dolerle. No le parecía buena idea soltar esa caja.
-          No te interesa quién vaya a ser el próximo Tombside. Lo único que te interesa – volvió a apuntarle con  la pistola – es darme esa caja de una maldita vez.

El espacio dentro del habitáculo de paredes de plástico no era demasiado grande, pero aún así no estaban apretados, había suficiente espacio para ellos dos, la pareja de trabajadores de O’Toole extrayendo implantes y órganos, y el cadáver de la mula. Yief quiso dar un paso atrás, pero el ruido que hizo el plástico le instó a no moverse demasiado. Temía que si tropezaba no se volvería a levantar.

-          ¡Ah, sí! Te preguntarás el por qué de estar aquí, ese “plan más productivo” que te tengo preparado. Verás, Tombside te tenía por alguien importante, te tenía bajo su amparo y protección. Pero ahora él no está. Y con todo esto del estado de excepción, el cadáver de una chica a la que le faltan sus órganos y toda esta mierda levantarían muchas sospechas. Sería algo muy contraproducente para mí. Necesito un chivo expiatorio. Y nadie mejor que el cómplice de un famoso asesino, que mata a una puta y se come sus órganos, que es un drogadicto, traidor, hijo de puta asqueroso. Además te odio. – Bajo la mascarilla, volvió a adivinarse esa sádica sonrisa – No es nada personal Yief. Pero si lo piensas bien, en realidad sí que lo es. Vete al infierno, hijo de puta.

Por suerte para Yief, el espacio era lo bastante grande como para no estar apretados, pero era lo suficientemente pequeño como para estar a distancia de su brazo. Y tenía los sucesos con Arguish demasiado recientes.
Otra de las ventajas es que Yief tenía una pequeña materia escondida en el pequeño baúl por si se daba el caso de que tuviera que defenderse en asuntos relacionados con Tombside o la caja. Al principio le pareció una idea tonta, pero ahora se alegró profundamente de contar con esa materia amarilla.

-          ¿Sabes que las costillas tienen un nombre mucho más potente? – saboreó las palabras, como si le hubieran dado fuerza - ¡Arcos viscerales!

La materia Golpe de Duende brilló dentro del apretado bolsillo, bajo la cajita negra. Su puño impactó con fuerza en el costado del traficante, por debajo de sus costillas. Carl soltó un gritó al mismo tiempo que soltaba la pistola, doblándose de rodillas mientras se sujetaba ahí donde le habían golpeado. Los dos cirujanos, que estaban observando la escena sin desatender sus obligaciones, comenzaron un ataque contra Yief, quien no se había quedado quieto y había empezado a dar marcha atrás en busca de una salida. Bisturí en mano, el primero se acercó, intentando apuñalarle de forma torpe y directa, sin la precisión que caracterizaba a su profesión. Lo manejaba como si fuera una navaja en una pelea de bares, lo que le hizo pensar que realmente ese tipo no debía ser lo que aparentaba. Por suerte para él, había estado en numerosas refriegas durante su etapa de mendicidad, y sabía cómo desenvolverse en aquella situación. Esquivó la primera estocada, lateral, encogiendo el estómago y echando ligeramente el cuerpo ligeramente hacia atrás, y volvió a lanzarse hacia atrás cuando la cuchillada volvió, evitando el tajazo pero enredándose con los plásticos que servían como pared. Yief no tuvo más remedio que echarse hacia atrás lo más rápido que pudo mientras que con sus manos hacía numerosos gestos para quitarse de encima aquel estorbo.

El aire fresco del exterior de la cúpula de plástico le alivió inmensamente. Aunque los focos seguían funcionando y hacía muchísimo calor, la sensación de salir de aquel invernadero fue de lo más placentero. Respiró de forma intensa y profunda, refrescando sus pulmones. El matón con el bisturí salió corriendo, amenazante con el instrumental, acompañado por el otro cirujano, algo más bajo y rechoncho que él, que se quitó los guantes y apretó los puños. En el interior, la masa negra que representaba a Carl seguía tirada en el suelo, inmóvil. Así que se centró en ellos en lugar de salir corriendo: si el del bisturí le alcanzaba, podía darse por muerto, aunque fuera sólo por un pequeño corte. Corría el riesgo de una infección puerperal, producto de la carne muerta en contacto con su torrente sanguíneo.
En cuanto al de los puños, parecía un tipo duro, mejor sería no correr riesgos.

El primero en lanzarse a por él fue el que iba armado. Directo, de frente, al tiempo que lanzaba un grito, de forma aún más torpe y precipitada que sus ataques anteriores. Esperó a que estuviera a una distancia corta y se ladeó a su izquierda, teniendo abierto el costado derecho del atacante, que recibió un duro golpe seguido de una patada, potenciadas por la materia oculta. A pesar de haberle dado fuerte, el tipo no se rindió, y continuó intentando acuchillar a Yief, que no hacía otra cosa más que esquivar hacia atrás e intentar golpear a la menor oportunidad, cuando dejaba al descubierto algún punto. Mientras tanto, el tipo de los puños al descubierto seguía inmóvil, quieto, como si no quisiera intervenir.

El golpe final lo recibió en el hígado, justo después de un puñetazo que impactó en su oído derecho. Yief sudaba bastante, los focos irradiaban un calor sofocante, alimentando de luz el interior del improvisado quirófano. El asalto contra es cirujano matón no había durado más de dos minutos, pero se le había alargado bajo la pesadez del sopor. Hacía tanto calor que parecía que el plástico se estaba derritiendo.

En realidad, el plástico sí que se estaba derritiendo.

La figura negra se había puesto en pie, momentos antes de que una bola de fuego impactase contra el gordito cirujano, que se había quedado de brazos cruzados mientras contemplaba como su compañero caía al suelo, acribillado a puñetazos. Las llamas habían fundido y agujereado una de las paredes de plástico, ennegreciendo los bordes por los que la flama había salido disparada. En el interior, la negra silueta se movió, y el calor se hizo más patente. Yief sentía deseos de quitarse el pesado abrigo, pero sabía que llevaba una carga demasiado valiosa en él como para dejársela quitar con tanta facilidad. Era un seguro de vida por si algo salía mal.

Carl atravesó el plástico derretido, y Yief observó su semblante. Las mangas de su largo abrigo se habían quemado de forma irregular hasta la altura de los codos, dejando al descubierto los largos antebrazos del traficante. Llevaba el abrigo más abierto de lo normal, y en el lugar donde le habían golpeado la camiseta se veía chamuscada y manchada de sangre, dejando entrever por los agujeros una rojiza y amarillenta cicatriz, producto de la operación que le dejó sin parte del bazo, amén de otros órganos.
El detalle que más llamó la atención de Yief fue la expresión de Carl Loc O’Toole. Estaba serio, rabioso, con el ceño fruncido. Pero lo más importante era que no llevaba la mascarilla.
Bajo ella se escondía una perilla unida a un bigote, recortados para dar forma pero voluminosos, y en su boca los dientes apretados, a juego con los puños encendidos. Encendidos de forma literal, pues el fuego parecía formarse a su alrededor, emanar de sus poros.


Carl estaba cabreado.

Yief salió corriendo justo cuando su agresor lanzó una bola de fuego, que impactó estruendosamente contra la primera estantería de una larga hilera. Muchas de las cajas de cartón se desintegraron, quedando reducidas a cenizas, y unas pocas saltaron por lo aires, encendidas, desparramando su contenido: papeles que ardían, piezas metálicas, y objetos que no había visto en su vida y que no sabría para que servían. Tampoco se detuvo a mirar, corrió a esconderse tras la tercera hilera de estanterías, al tiempo que esquivaba llamaradas de fuego y violentas olas de calor. Tenía que ir en sentido zigzagueante para evitar ser pasto de las llamas, no podía exponerse a correr. Carl estaba furioso, y parecía que ya poco le importaba todo: la pequeña habitación de plástico estaba completamente fundida y quemada, junto con su contenido. El olor de la carne chamuscada emanando del cadáver de la chica se mezcló con el del secuaz fornido, junto a la esencia de caramelo derretido que Yief identifico como heroína quemada. La iluminación de los focos habían desaparecido, bien porque habían caído presas del arranque de ira de O’Toole y estaban calcinadas, o bien porque se habían precipitado contra el suelo, rompiéndose. La iluminación de la enorme sala procedía de los diversos fuegos encendidos, repartidos entre las cajas, estanterías derribadas, y el fuego que emanaba de los brazos del narcotraficante y proxeneta.

“Tengo que salir de aquí. Robar su coche, recoger a Lucille y largarnos a Junon por la vía rápida. Si nos quedamos aquí, este tipo nos mata”. En los breves segundos que se tomo para respirar, fue todo lo que le dio tiempo a pensar. El impacto del fuego contra la estantería que le protegía le empujó violentamente, y las seguidas acometidas le dejaron bajo un amasijo de hierros, cartón y materiales diversos. Una de las cajas contenía líquidos, que empaparon a Yief, quien no tuvo más remedio que hacer acopio de todas sus fuerzas unidas a la materia del bolsillo de su abrigo mojado en algo que, por el olor, contenía alcohol, arrojando la estantería lo más lejos que pudo para, después, quitarse rápidamente parte de la ropa: si realmente era alcohol lo que contenían aquellas botellas, no quería arriesgarse a arder. Se quedó únicamente con su camisa y su ropa interior, desprendiéndose incluso de su característico gorro. Por suerte para él, la estantería había obligado a Carl a desplazarse, haciendo que este dejase su acoso durante unos momentos. Fue entonces cuando Yief se fijó en que el fuego de sus puños había aumentado, desvaneciendo la totalidad de las mangas y costados del abrigo, así como de la camiseta que había debajo. Unos jirones negros eran todo lo que quedaba de la prenda superior, a modo de capa, mientras que de la inferior se había revelado una camiseta negra en la que cuatro caras, en blanco y negro, aparecían realizando diferentes gestos. Sin embargo, la piel permanecía igual, una piel ligeramente tostada, bronceada, con una fibrosa musculatura que era imposible de adivinar bajo las numerosas capas de ropa que acostumbraba a llevar.
Puede que fuera cosa de la luz del fuego, pero la impresión que daba a ojos del vagabundo fue que todo el pelo del cuerpo de O’Toole se había aclarado, se había vuelto más rubio, de un color brillante que parecía irradiar luz propia. “Seguro que el calor me está afectando. Tengo que salir de aquí”.

Era más fácil pensarlo que decirlo. Arrojar aquel amasijo de hierros que había sido una estantería había hecho que su atacante comenzase a moverse, lentamente, pero sin cesar en sus ataques ígneos. Cubierto por otra estantería, la bola de fuego a una altura considerable, dejando caer sobre él numerosas cajas, que esparcieron su contenido. Algo golpeó su cabeza, como si hubieran dejado caer una piedra. Una pequeña esfera amarilla rodó por el suelo, junto con otra verde y una rosada. Lo que llamó la atención de Yief fue que aquella materia le resultaba familiar: el cristal de mako condensado estaba rajado, como si de una veta se tratase.
No podía creerlo; aquella materia había llegado a él en un incendio, y el fuego se la había devuelto. No recordaba bien cuándo la había perdido, si fue durante el ataque de Turk contra Tombside, o bien durante el asalto contra la casa de Blackhole. Cuando quiso darse cuenta, aquella materia no estaba, había desaparecido. Y ahora había vuelto.

Aquella materia era el origen de todos los problemas que había tenido con el asesino y su perro faldero.

No le dio tiempo a pensar mucho más, una nueva ráfaga de bolas de fuego impactó, haciendo que llovieran sobre él más trozos de cartón ardiendo. Recogió las tres materias y se encomendó a cualquier deidad presente para poder salir vivo de allí.
Si quería escapar, tenía que llegar a la puerta por la que habían entrado, la única forma de escape posible. Ya había una buena parte del almacén que se había incendiado, y el fuego ascendía con rapidez. El avance de Carl parecía alentar a las llamas a crecer, como si avanzasen tras él. No le quedaba otra opción que no fuera la de arriesgarse.

Comenzó a correr por ese pasillo, y cuando llegó al cruce intentó utilizar a ciegas la materia mágica. Un rayo salió disparado justo enfrente de él, e impactó contra una estantería, derribándola, que por desgracia estaba bastante alejada del agresor. Por el suelo rodaron un par de Rhinos, un revólver que Yief no conocía, varios cartuchos de escopeta y un cargador. Mierda. Al menos ya sabía qué materia tenía entre manos, pensó Yief, quien tuvo que saltar y tirarse al suelo para evitar un nuevo ataque. En cuanto cayó al suelo, se levantó y avanzó a cuatro patas torpemente hasta levantarse y echar a correr, dispuesto a probar qué hacía aquella materia independiente.
En el siguiente cruce que encontró, volvió a ver a su agresor, que estaba preparado para lanzarle una inmensa bola de fuego, igual de ancha que la mitad de una de las estanterías metálicas. La esfera rosada brilló en conjunción con la esfera verde, y el relámpago volvió a aparecer. Sólo que esta vez, el rayo se bifurcó, e impactó en tres estanterías diferentes, en el hombro de Carl y en la espalda del secuaz que estaba tirado en el suelo. Ni siquiera recordaba que aquel tipejo no estaba muerto. La sacudida eléctrica hizo que comenzara a gritar y revolverse, mientras que el traje blanco se había prendido en el punto de la espalda en el que le había golpeado el relámpago, rondando para intentar extinguir el fuego. El llameante hombre resolvió el problema de su subordinado: le arrojó una llamarada que hizo que prendiera todo su cuerpo. Los chillidos se hicieron insoportables hasta que cesaron, poco después de dejar de moverse. Carl ni siquiera se inmutó al matar a aquel hombre: tras eso, continuó atacando a Yief con la misma rabia, la misma expresión furiosa en el rostro. Poco a poco, las llamaradas iban aumentando su velocidad, al tiempo que el incendio de la parte trasera del almacén comenzaba a descontrolarse.

Una materia que afectaba a todo. Ese era el poder de la materia independiente: hacer que el resto de magias impactaran en todo lo posible. Por desgracia para él, parecía que el impacto del rayo en el hombro no le había surtido demasiado efecto más allá de, simplemente, empujarle y magullarle ligeramente. Y para más desgracia, el impacto en el secuaz había desencadenado la muerte de este, aunque de forma indirecta. Yief no se sentía como un asesino, pero ya era la tercera persona que moría por su culpa en los últimos meses. Debía acabar con todo aquello.

Sentía que no tenía más remedio que forzarse a leer la mente de su rival.

La pequeña esfera amarilla brilló desde el bolsillo de su camisa. Las voces impactaron en su cerebro como un torrente contra las rocas, haciendo presión. Intentó focalizar, centrarse únicamente en su adversario, pero era imposible. Eran demasiadas las voces que le llegaban. Sentía que su cabeza iba a estallar, que nunca había sentido tantos pensamientos al mismo tiempo. Eran centenas. Millares.

“Perdóname”
“Te quiero”
“Hijo de puta”
“Juntos hasta el final”
“Yo a ti también”
“No… por favor”
“¡Perdónale, no es más que un crío!”
“¡Vas a matarle, por Dios!”
“Ahora sois libres, Black Candy”
“Mierda, era el azul”

Yief dejó de usar la materia. Arrojó con todas sus fuerzas la pequeña esfera rosa, que afectaba a todos los objetivos, y volvió a intentarlo, pero el barullo de voces era el mismo. Allí estaban los miles de pensamientos, simplemente había dejado de escuchar los últimos pensamientos del secuaz, quien había agonizado pensando en el dolor de las quemaduras. No sabía bien qué ocurría con su materia Sentir, parecía que no funcionaba igual. Lo único que le quedaba era el ataque puro y duro.

Carl se había acercado a él, demasiado, mientras estaba tirado en el suelo sujetándose la cabeza, intentando no volverse loco.

-          Debiste darme la caja cuando te lo pedí, Yief. – Era la primera vez que lo llamaba por su nombre – Todo hubiera sido más fácil y menos doloroso. Ahora sólo te queda ver cómo las llamas te derriten los ojos.

Se encontraba cerca, bastante cerca. Podía sentir el calor que desprendían sus puños, y sin embargo, Carl no sudaba ni un ápice.

-          Veo que has encontrado tu pequeña materia. Frank me hizo recogerla, aunque no sé qué tiene de especial. Nunca he sido partidario del uso de materia, me parece algo fantasioso, artificial. Aunque reconozco que, a veces, resulta muy útil.
-          Tú… Encontraste la materia. – Se encontraba cansado, muy cansado, por el esfuerzo realizado con la materia de lectura de mentes.
-          Claro. Soy putamente omnisciente. Soy como un puto Dios. La jodida deidad del fuego. – La voz de Carl sonaba más grave, distorsionada, diferente. “Me vuelvo loco”, pensó el hombre del suelo.
-          ¡Pues permite que presente mis respetos!

Yief lanzó un rayo, utilizando cada gota de energía que tenia en impactar con ese relámpago mágico. Sólo tenía una oportunidad, y si fallaba todo sería en balde.

El grito resonó en el almacén como suena la erupción de un volcán. Yief no tenía ninguna práctica, ninguna experiencia con el uso de materia mágica, y menos con una desconocida. Pero a una distancia de apenas 3 metros y medio, le resultaba difícil no dar, o incluso rozar, en la zona de la cicatriz de Carl Loc O’Toole. Algo había sacado en claro de cuando golpeó allí, y es que parecía ser el punto débil de aquel tipo duro. La corriente eléctrica sacudió y encendió aquella cicatriz, recorriendo el cuerpo entero del traficante. Arqueando la espalda, tensando las articulaciones, cayó al suelo, derribando en su caída numerosas cajas que se prendieron al contacto con sus puños. Aunque agotado, Yief se levantó, y haciendo acopio de todas sus fuerzas agarró la estantería hasta volcarla sobre aquel sujeto indeseable, haciendo que todos los cartones y sus contenidos comenzasen a arder sobre él. Poco a poco, se dirigió hacia la puerta entre toses y con los ojos llorosos por el humo.

Al alcanzar la puerta, lanzó una mirada hacia atrás. Un infierno se estaba desarrollando en aquel almacén, las llamas lamían las envejecidas paredes y consumían todo lo que encontraban a su paso. Lo último que vio Yief antes de cerrar la puerta fue como las llamas tumbaban estanterías como si fuera un dominó sobre el lugar donde había dejado el cuerpo de O’Toole. En cuanto las llamas lo cubrieron, cerró.

Ya eran cuatro personas.

Cogió aire, y gritó con todas las fuerzas que le quedaban, que eran pocas. Estaba rabioso, dolorido, sucio. Pero aliviado. Se había acabado.
Se había deshecho de toda su relación con Frank Tombside y su legado. El único cómplice que quedaba del asesino era él mismo, y todas las pruebas de su implicación con él se encontraban dentro de aquel edificio en llamas. Algunos de los cristales que coronaban la parte superior de las paredes se rompieron, como afirmando sus pensamientos.
Se había acabado. No quedaba nada que pudiese volver para recordarle ese pasado.

El ruido del motorcillo de la silla de ruedas le sacó de sus pensamientos. El padre de Carl había aparecido doblando una esquina de otro almacén, con su expresión apática y aburrida. “Mierda” pensó Yief, pero estaba agotado y medio desnudo. Aunque resultase ridículo acabar así, le daba igual que un hombre hastiado, paralítico, acabase de alguna forma con él, que estaba destrozado y vestía exclusivamente con zapatillas, calzoncillos y camisa.
El hombre se puso a su altura, junto a él, y giró la silla para mirar el almacén ardiendo donde el cadáver de su hijo y sucesor se convertía en cenizas.

Lo siguiente que hizo fue girase hacia Yief. Le miró a los ojos, y se levantó de la silla, sacudiéndose las rodillas. Se dio la vuelta y desapareció por la misma esquina que vino.

Yief suspiró, y se carcajeó. Parecía que por fin iban a irle las cosas bien. Tendría que volver al piso de Lucille caminando medio desnudo, puesto que sus llaves, el móvil prestado, todo, estaba en la cazadora que ahora ardía en el interior. Lo único que le quedaba era…

Metió la mano en el bolsillo de su camisa. Allí estaba, el origen de todo ese embrollo: aquella materia rota, amarillenta, que parecía mirarle desde una pupila rajada. Todo empezó con eso. Todo lo malo. Todo lo bueno. Si no hubiera conseguido aquello, jamás hubiera conocido a Tombside. Ni a Lucille. Blackhole seguiría vivo, y él odiándole por lo que le hizo, mientras mendigaba e intentaba subsistir. Aquella materia le había dado cosas, y quitado otras. Casi le había costado la vida en varias ocasiones, y también había puesto en peligro a Lucille. Pero gracias a esa cristalina esfera iba a ser padre.

Cerró la mano alrededor de la materia, apretando fuertemente, sintiéndola contra su dolorida carne. Una pequeña alcantarilla a sus pies podía librarle de todo aquello. Pero quizás prefería continuarlo.
Como un antiguo emperador de una civilización perdida, giró su puño y abrió la mano, dictando la sentencia.