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jueves, 2 de mayo de 2013

Diario de... Gerald McColder



Mi nombre es Gerald, pero nadie me conoce por ese nombre. Ni siquiera por Jerry.

Todo comenzó hace años, demasiados, cuando era joven. Intenté ingresar en la división de investigación de ShinRa, los Turcos, la sección de élite que secretamente realizaba todo lo que la compañía no quería que saliese a la luz.
Y fallé.
Fracasé mientras realizábamos un ejercicio, una pequeña simulación de una acción conjunta entre SOLDADO y Turk, preparación para la guerra que estábamos librando para conquistar el mundo. Cometí el mayor error de mi vida, y mis compañeros decidieron vengarse de mí: me encerraron dentro de un armario atado con cinta y sin más compañía que la de una granada de humo. Pasé días allí, sin poder respirar, hasta que uno de mis superiores me encontró; pero mi piel y mis pulmones ya no volvieron a ser los mismos. Meses de injertos, colirios y oxígeno me apartaron del servicio activo.

Así me gané mi apodo.

Me llaman “Blastskin”, el blastodermo.
No soy más que un viejo decrépito, que se dedica a investigar para sobrevivir en esta ciudad. Hace tiempo, intenté alejarme de todo, irme de este sitio, pero tiene algo que te atrapa y no te deja escapar. Tras un breve periodo en un pequeño pueblo de Mideel, volví, y comencé mi carrera como detective privado. Descubrí que no era malo en este negocio: llegué a convertirme en uno de los mejores.

Llegué a ser tan bueno que fue contratado por los mismos que me repudiaron.

Turk me contrató para rastrear y encontrar a un asesino en serie que acababa de surgir de lo más profundo de la ciudad, pero que ya se había hecho con un nombre: Frank Tombside, “Blooder” según la prensa por su firma sangrienta.
Seguí su patrón y poco a poco le cercamos. Le teníamos apresado. Pero escapó, disfrazado del mismo turco al que dejo lisiado. El mismo turco que me dejó encerrado en aquel mueble.

Tras aquello, caí en desgracia. Perdí todo lo que me quedaba, convertido en poco más que un vagabundo, recibiendo limosnas hasta que fui recogido por un joven que conocí durante mi estancia en Mideel. Alguien a quien yo consideraba parte de mi familia, a quien le confiaba mis pensamientos, que me ayudó a seguir adelante.

Que resultó ser quien perseguía.

Intenté protegerle. Salvar a mi sobrino. Y para ello tuve que matar, ocultar pruebas. Pero le cogieron y le ejecutaron. Ahora, no sé qué hacer con mi vida.

Al fondo del abismo, sigue habiendo caída.

jueves, 26 de julio de 2012

Diario de... Han Parker Cliff


Soy Han.
Han, “La Muerte”.
Me han dado ese apodo por ser el perseguidor más duro de todo Midgar.
Partimos de una premisa simple: Dos tíos con gran ego tienen coches rápidos, pero solo uno puede ser el mejor, así que compiten.
A veces, salen a la vez y el ganador es el primero en llegar a la meta. Cuando el circuito es demasiado difícil para eso, uno será el escapista, y otro será el cazador.
Y nunca es un circuito. Siempre es una carretera. Un tramo secundario, medio abandonado y mal conservado, oculto en lo más hondo de la placa.
Y siempre es difícil.
Yo persigo, o más bien, perseguía.
He hecho una pequeña fortuna en estas pequeñas apuestas, despojando a mis oponentes de su dinero y sus coches. Obligándolos a volver a casa a pie, llenos de rabia y sensación de derrota. He gastado una gran fortuna en perfeccionar mi propio coche.
Hasta que lo vendí, voluntariamente. Solo para conseguir las piezas del coche definitivo.
Muchas veces me he sentido como el guitarrista más rápido de Midgar, pero sé que no lo soy. Igual que sé que si soy el piloto más rápido de Midgar.
No importa el tipo de vehículo: Nadie ha sido capaz de atrapar al pájaro.
Cuando persigo, siempre recuerdo mi infancia. Recuerdo correr contra un amigo y perder. Ambos imaginábamos una situación que nos motivase a correr más y nos lanzábamos, cruzando la calle a la carrera, tan rápido como nuestras piernas y pulmones nos dejasen.
Siempre perdía. Me preguntó en que pensaba y le dije que me imaginaba perseguido por un lobo. El lobo más grande, oscuro, violento, terrible y hambriento que pudiera haber existido nunca, y viene a por mí.
Mi amigo se rió.
“Yo me lo imagino siendo yo el lobo”.
Mi amigo murió a los veintiuno, atropellado por un coche. Lo echo mucho de menos.
Yo era el lobo.
Por encima del miedo que te ataca en cada curva, en cada luz en el carril contrario, en cada cambio de rasante o en cada tramo sin visibilidad, existen fuerzas más fuertes que dominan a ese miedo. La ambición, la ira, el orgullo... El Hambre.
Ahora soy escapista.
Mi coche ya no es la muerte. Es el Pájaro. El Pájaro plateado de libertad.
Y nada puede atraparme. Me siento más vivo que nunca.
Sé que hay un lobo detrás de mí, pero no puede cogerme, y cada segundo... Cada paso sobre ese bosque imaginario, cubierto de nieve medio derretida, oscuro y lleno de negros árboles, es la plenitud de la vida misma.

En los últimos meses de mi vida, he colaborado con una célula terrorista. He encarado experimentos de Shin-Ra. Experimentos humanos. “Experimentos” a los que habré llamado alguna vez “amigo”.
He facilitado la huida de gente que ha cometido auténticas masacres. He causado el caos entre mis perseguidores, he provocado accidentes, y, simplemente, ignoro que habrá sido de la gente implicada. Si son civiles, lo siento. Pero no miro atrás.

No soy una buena persona, ni una mala persona. Simplemente soy rápido. Y solo tengo una vida.

Y la vida, es esa cosa que empieza a partir de las tres mil quinientas revoluciones por minuto y acaba con la muerte.