Aquellos primeros minutos de la mañana se habían convertido ya en una tradición. Después de tantos años durmiendo en cualquier esquina de los suburbios, una de las cosas que más adoraba era la luz del sol que entraba lentamente, casi sumiso, por las rendijas de la persiana. Y eran esas finas láminas de luz las que luego se dispersaban y escalaban la altura de la cama, avanzaban cada pliego en las sábanas a igual velocidad y terminaban impactando en mi adormilada cara. Era mi despertador particular, pero nada más abrir un ojo con pereza, ya sabía lo siguiente que iba a hacer.
A mi lado dormía Lucille, siempre de costado, con el oscuro pelo totalmente revuelto y echa un ovillo, agarrando y llevándose para si en sueños gran parte de las sábanas.
Yo había cogido por costumbre despertar en cuanto la luz me daba de lleno, me incorporaba con el máximo cuidado y el mínimo ruido y me quedaba sentado con las piernas cruzadas frente a ella. La franja luminosa avanzaba lentamente en diagonal a lo largo de la cama a medida que pasaban los minutos. A los diez minutos de levantarme estaba a la altura de los muslos y Lucille ladeó la cabeza sólo para protestar en algún tipo de sueño incómodo y absorberse más aún en las sábanas. Al cuarto de hora ya había descendido las caderas y parecía moverse al ritmo de una respiración tranquila y relajada, a la vez que la parecía transformar en un magnífico regalo envuelto en un lazo luminoso.
Durante todo ese ritual no hacía más que preguntarme qué coño hacía yo allí, que pintaba yo en una casa como esa, con una mujer como ella. No me lo merecía, no merecía nada de lo que había allí, no estaba alcance de mis manos, era demasiado perfecto para ser verdad.
La luz se acercó a su cuello y pareció molesta por el picor del calor, pero no llegó a despertarse. Su camiseta añil llena de agujeros quedó bañada por un tono amarillento. Me acerqué con sumo cuidado y la aparté un mechón que cubría su cara. Lucille pareció despegar los labios y mostrar apenas los paletos, giró bruscamente y se quedó de nuevo dormida, pero mirando al techo.
En fin, yo no dejaba de ser un vagabundo, ¿no? Mi vida había sido una auténtica mierda y encontré dentro de la miseria un tipo de miseria que al menos me otorgaba una dosis de evasión de la realidad; la cocaína. Daba asco, era un yonqui y nada me aseguraba que al día siguiente pudiese seguir con vida. Sin embargo aparece ella un día y me lo da todo a cambio de nada, le ofrece la mano a un drogadicto desconocido y se va con él a tomar una cerveza. Realmente había una parte de mí que no paraba de preguntarse qué había hecho para merecer algo tan bueno. Y era esa parte la que también me repetía sin cesar que ahora tampoco mi vida perfecta; es más, ahora mi vida era más complicada que intentar parar el Meteorito con un guante de cocina. Ser excómplice involuntario de un psicópata y estar amenazado de muerte por un desconocido no ayudaban a que por las mañanas me pudiese tomar un café tranquilamente con ella.
Me quedé observando cómo a cada segundo la luz avanzaba un milímetro por su nariz imperfecta hasta llegar a sus ojos cerrados con pestañas oscuras. Entonces la respiración se tornó menos letárgica y su brazo izquierdo se movió con pereza. Yo me incliné sobre ella y tapé con mi espalda el chorro de luz solar, arrugó la nariz y abrió los ojos con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿No te cansas de hacer todas las mañanas lo mismo?-me preguntó con voz ronca.
-Ni pretendo dejar de hacerlo... Buenos días-la besé cuando aún ella se estaba quitando las legañas y salté de la cama para ir a preparar café.
-Yief…
-Dime- le grité desde la cocina. Ella se había acercado al lavabo y ahora se secaba la cara con una pequeña toalla azul.
-Hoy se muda finalmente Alex… Le dije que comeríamos en su casa para despedirnos.
Es cierto, Alex… Aquél simpático vecino que se le daba bien eso de pintar cuadros se había convertido un día en el exnovio vengativo de Lucille y en el asesino a sueldo que se cargó a Blackhole en otro. Ya le amenazó mi Rhino de que no volviese a acercarse a Lucille o la cosa saldría bastante mal, pero nunca pensé que a los dos días del suceso anunciaría su marcha del edificio, para irse a vivir con su novia Iris. La verdad es que ese cambio me pilló de improviso, no me esperaba una respuesta tan tajante, pero agradecía que cortase con ello de raíz.
-¿Es necesario?- pregunté con un tono desenfadado.
-Yief… Hazlo por mí. No sé que habrá pasado entre vosotros últimamente, pero Alex es mi amigo y es el último día que le veo.
-Está bien, está bien…-venga Yief, aguanta unas horas y ya no volverás a verle el pelo a ese artista que tal vez haya escrito (o dibujado) tu sentencia de muerte.
Lazarus acababa de salir de su clase de grabado con las manos apestando a aguarrás y con las uñas manchadas de una tinta azul que se negaba a desaparecer. Llevaba una camiseta negra llena de salpicaduras de todos los colores y unos vaqueros tiznados de carboncillo, como si el hecho de estar estudiando la carrera de artes conllevase ir siempre hecho una mierda. A un lado llevaba una bandolera negra llena de bolsillos y del interior de la camiseta salían dos auriculares con el cable retorcido. Se los ajustó en los oídos y comenzó a caminar hacia su cafetería favorita a ritmo de blues. Pidió su habitual bocadillo y un refresco y se sentó en una de las sillas de plástico que hacían de terraza.
La verdad es que no se quejaba con lo que la vida le estaba ofreciendo. Había hecho unos cuantos amigos en clase, sacaba buenas notas y había llegado a caer bien a varios profesores, hasta el punto de recomendarle y presentarle a grandes artistas de la talla de Alexandre Da Silva. Sus únicos sacrificios consistían en no dormir en cuanto le mandasen algún trabajo y descubrir que dibujar todos los días personas desnudas no era tan emocionante.
En esos momentos estaba dando los últimos mordiscos a su bocadillo cuando algo le hizo atragantarse con las migas. Según la definición, algo pintoresco es algo que merece ser pintado, y lo que había frente a Lazarus lo era sin duda alguna. Abrió la bandolera rápidamente y sacó un bloc tamaño folio junto con un lapicero dentro de las anillas.
Un hombre se había sentado en la mesa de enfrente con un vaso largo de cerveza en su mano derecha, observando cada movimiento que ocurría en ambas aceras. Lazarus se puso manos a la obra, a juzgar por los tragos que le daba a la cerveza, tenía poco tiempo para realizar el apunte.
Dibujó primero unas líneas para guiarse y situarlo en el papel. Pronto tuvo un círculo irregular que, con u par de líneas más, formaron una calavera de perfil. Insinuó el cuello y siguió los hombros de una americana negra impoluta. Olvidó de momento la parte superior y trazó rápidamente unas piernas cruzadas y unos mocasines brillantes, con tal de obtener un dibujo lo más completo posible. Poco a poco había conseguido un trazo propio, en el que no utilizaba curvas, sino diversas líneas rectas que engañaban al ojo y conseguían un dinamismo y un estilo peculiar.
Justo en el momento en el que se disponía a definir aquella corbata roja y blanca, el inconsciente modelo se giró bruscamente y el lápiz de Lazarus cayó al suelo del susto. El dibujante intentó disimular como podía, se puso a hurgar en sus bolsillos hasta sacar el reproductor de música y comenzó a pasar canciones con tal de que pasasen los segundos. Con la cabeza agachada alzó las cejas un momento pero enseguida volvió a bajar la mirada al darse cuenta de que aquél enmascarado tan extraño había girado la silla y le observaba atentamente. Ahora se sentía avergonzado y nervioso, girando el cuello continuamente para cruzarse siempre con la mirada de esos ojos negros por un instante. ¿Acaso le estaba retando? Esa repulsiva máscara parecía sonreír con socarronería, como si estuviese esperando a cualquiera que fuese la reacción de Lazarus.
Justo cuando el joven parecía dispuesto a recoger todo y largarse, el enmascarado se levantó con un gruñido y se acercó hasta su mesa, girando con una mano el bloc de dibujo y contemplando su obra.
-¿Eres Lazarus no?- le preguntó ofreciéndole la mano libre.
-¿Le conozco?- preguntó el dibujante totalmente intimidado. De pie, aquél hombre era mucho más imponente.
-No, pero yo a usted sí. Llámame Arguish.
Sin que Lazarus pudiese añadir nada, Arguish le dio la espalda y volvió a por su cerveza en la mesa de al lado, para bebérsela de un trago y arrastrar su silla hasta su él de nuevo.
-Me gusta, tienes talento… ¿Puedo quedarme el dibujo?
-S-sí…
-Verás, tengo bastante prisa así que iré directo al grano. Tengo entendido que dentro de tus capacidades también está la de escribir.
-P-pero…
-Y que tienes una novela a medias.
-¿Cómo sabe tanto de mí si yo no le he visto en mi vida?
-Digamos… Que es una de las ventajas de mi trabajo. El caso es que estoy muy interesado en que continúes esa novela.
-Pero apenas tengo tiempo, pronto empezaré los exámenes y…
-Te pagaría por ello. ¿Estarías dispuesto a ello?
-Hmm… Sí, pero la cosa es que…
-Perfecto, cuento contigo, no te preocupes, cuando quiera verte te encontraré.
Y sin apenas darle tiempo a abrir de nuevo la boca, Arguish dobló el dibujo un par de veces, se lo metió en un bolsillo de la americana y se largó con largas zancadas.
Lucille me rodeó la cintura por detrás y me besó en una mejilla poniéndose de puntillas para después llamar al timbre de Alex.
-Sé bueno- fue lo único que la dio tiempo a decir antes de que la puerta se abriese.
Nos dio la bienvenida una chica guapísima de pelo castaño, recogido habilidosamente en un pañuelo de color azul, que a la vez hacía juego con sus ojos. Llevaba una camiseta roja debajo de un peto vaquero que acababa en los muslos y unas medias negras con las que andar descalza por la casa. Enseguida cogió a Lucille de la mano y tiró de ella con una sonrisa espléndida. Yo atravesé el umbral y me quedé quieto, con las manos en los bolsillos y observando lo poco que quedaba de piso. Ahora no era más que un local de cien metros cuadrados al que le quedaba una pila de cajas junto a una columna y cuatro caballetes de pintura apoyados en otra. Al otro lado habían reservado una pequeña mesa de madera y habían improvisado unas sillas de camping
-Lo siento mucho chicos, pero los de la mudanza han venido hace un par de horas y han querido llevarse todo de golpe…-se excusó la chica del pelo abarcando el piso entero con un gesto de brazos- ¿Os gusta la comida china?
-Iris no lo hagas tan obvio, que vamos a quedar fatal con los invitados…- En ese momento surgió Alex desde un punto en el que una columna me impedía verle. Estaba atareado moviendo unos lienzos y le brillaba la frente de sudor- Ya es bastante deprimente comer en un piso vacío como para llamar a un sitio de comida rápida…
Alex se acercó primero a Lucille y la dio un sincero abrazo, después se acercó hasta mí y me ofreció un apretón de manos, pero la sonrisa que me mostraba no pegaba con la tensión que afloraba en su mirada.
-Me encantan los rollitos de primavera, no importa en absoluto- añadí al darle unas palmadas en el hombro. Por Lucille me portaría como un santo, pero me aseguré de que Alex se percatase de mi mirada de pocos amigos.
-¡Entonces hecho! Ven Lucille, vamos a elegir qué pedir- dijo Iris cogiendo un teléfono móvil y un panfleto de propaganda del restaurante más cercano.
Entonces Alex me invitó a que le siguiera con una mano para enseñarme una serie de cuadros que tenía apoyados al lado de los caballetes, pero en cuanto le seguí vi que su intención no era alardear de su arte. Él disimulaba alzando uno de los cuadros por sus bastidores y yo ponía cara de interesado, pero mientras las chicas hablaban por teléfono con el encargado del restaurante, nosotros teníamos una conversación totalmente distinta.
-¿Sirve de algo pedirte perdón ahora?- preguntó mirándome de reojo.
-Para nada, me has condenado a muerte y lo peor es que no sé por quién.
-Yo no.
-¿Qué?- elevé el tono de voz más de lo que quise y Lucille desvió la mirada hacia nosotros durante un instante- ¿Cómo te atreves a decir eso?
-No me malinterpretes, sé que no merezco tu perdón, pero yo no sabía nada de esto. Acudí en tu ayuda porque yo también quería rescatar a Lucille, pero para nada sabía que Lambb tenía encargado matar a Blackhole, así que cuando me dormí con la morfina…
-Distinta personalidad, mismo asesino.
-Lo sé, por eso ha sido idea mía mudarme. A Lambb se la suda mientras pueda seguir a su rollo, pero lo mínimo que puedo hacer es alejarme de vosotros… ¿Lucille sabe algo?
-Nada.
-Bien, es mejor así.
La conversación quedó zanjada, no tenía ni ganas ni paciencia para darle más vueltas al asunto. A partir de ese momento, aquella tarde se convertiría en una agradable velada y yo me esmeraría en conseguirlo, por Lucille.
Me acerqué hasta donde se encontraban las chicas, riéndose del acento del que las había atendido al otro lado del teléfono, y rodeé a ambas por la cintura, dando un beso en la mejilla a Lucille.
-Dejemos que los de la mudanza terminen su trabajo a gusto, comeremos en nuestro piso.
-Oh, no importa Yief, en serio…
-De verdad, vuestro suelo parece muy cómodo… Pero algo me dice que estaremos mas a gusto en el sofá del piso de arriba.
Sólo hicieron falta un par de bromas más para que Iris no se sintiese incómoda con la proposición y pronto el repartidor estuvo apretando con insistencia el botón del timbre. Antes de bajar los cuatro en el ascensor, Lucille me dio un tirón en la manga de la camisa y me regaló un fugaz abrazo, señal de que estaba encantada de mi amabilidad con Alex e Iris.
Con nuestras ocho manos ocupadas agarrando los envases de tallarines y molbol agridulce, la jovial Iris demostró que se podía dar al botón del ascensor con la nariz y Alex, por su parte, que se podía meter el cambio de un billete de diez guiles en el bolsillo del pantalón con dos movimientos de cintura.
Y realmente la reunión no dio para más. Fueron dos horas en las que charlamos de tonterías, cantamos alguna canción pasada de moda y nos reímos de algún chiste de mal gusto, momento en el que a Lucille la cambió la cara y necesitó ir corriendo al baño, situación que sólo sirvió para reírnos aún más, hasta que pudimos oír sus arcadas y nos preocupamos.
Fue el momento en el que los de la mudanza llamaron al teléfono de Alex y llegó el momento de la despedida.
-Hasta otra chicos, espero volver a veros alguna vez- les dije cordialmente, aún sabiendo que eso no ocurriría nunca más.
-¡Por su puesto! Nos llamaremos de vez en cuando y volveremos a comer morrrrbol aggggridulce- Bromeó de nuevo Iris con el acento del dependiente con esa risa tan inocente- ¡Hasta luego Lucille, recupérate!- gritó para que ella la escuchase desde el baño.
Alex se acercó hasta tenerle a escasos centímetros y me dio unas palmadas en la espalda, susurrándome unas palabras con tono melancólico.
-Lo siento por todo, despídete de Lucille por mi…
Y así, con un último sonido del cerrojo, nuestra casa quedó en silencio, bañada por unos tonos ambarinos que danzaban a través de las ventanas, anunciando un atardecer cárdeno. Lucille salió del baño con un gran suspiro y se sentó sobre el cuero blanco del sofá.
-¿Estás bien?
-Por favor, siéntate comigo…
Yo obedecí tras tirar lo que había sobrado de comida a la basura, sentándome a su lado y rodeándola con un brazo.
-¿Tan mal te ha sentado esa salsa?- bromeé en voz baja, arrepintiéndome a cada letra que salía de mi boca; siempre solía elegir malos momentos para bromear…
-No hables, solo… Sigue abrazándome.
Y así estuvimos cinco, diez, veinte minutos. Ella apoyó su cabeza sobre mi hombro y cerró los ojos, aún con el rostro pálido. Yo, por mi parte, permanecí totalmente callado, acariciando su piel con los nudillos, hasta que decidió incorporarse y mirarme directamente con unos ojos a punto de desbordarse.
-Prométeme que no habrá más psicópatas.
-Cariño… ¿A qué viene esto?
-¡Prométemelo!
Algo no iba bien, eso estaba claro, pero yo también era muy torpe para aquello. Sabía que había un problema, pero no conseguía enlazar ninguna de las señales que me guiaban hasta él.
-Está bien, te lo prometo… Pero eso ya lo hablamos, todo aquello es cosa del pasado, nunca más volverá a ocurrir algo…
-Prométeme que no habrá más asesinos, que no habrá más traficantes, que no habrá más mafiosos que busquen tu muerte…- En ese momento fue cuando el mar contenido en sus párpados decidió desbordarse, provocando una tempestad en su piel tersa, como si un diluvio arrasase los finos surcos de un desierto. Su nuez subía y bajaba rápidamente a cada suspiro descontrolado, a cada entrecortado sollozo propio de un niño pequeño. Yo intenté secar sus ojos con el dedo pulgar y ella se abalanzó sobre mi cuello- No más droga, no más pistolas, no más desapariciones, no más turcos, no más nada…
-Está bien, está bien- la dije con un ligero tono de alarma. La cogí por los brazos y la aparté el pelo de la cara- Pero dime qué es lo que ocurre.
-No quiero que te pase nada malo Yief, yo sería incapaz de seguir sin ti. Eras tú el que no tenía nada y vivía en la calle, pero tú me diste todo… Todo. Y con todas las cosas que han pasado… Sólo de pensar que cualquier día alguien te puede disparar…
-Eh, eh… Yo estaré contigo siempre, te quiero demasiado como para ir por ahí jugándome la vida…
Ella hizo una larga pausa, intentando controlar sus sollozos, intentando asimilar lo que la acababa de decir. Una bombilla se iluminó en mi cabeza, aunque parpadeó un par de veces y volvió a apagarse.
-Yief… Tengo algo que contarte…
-Dime- la bombilla volvió a intentar encenderse.
-La salsa picante no me ha sentado mal… Es la salsa picante, el café de por la mañana, un trozo de pescado…
-¿Quieres que llame a un médico?- la bombilla realmente lo estaba intentando, pero con mi dura mollera no había manera de que se encendiese. De hecho, Lucille soltó un pequeño bufido burlón, riéndose de mi velocidad de reacción.
-Yief… hace dos semanas no le di importancia, pero la cosa no ha cambiado… Tengo naúseas al despertarme, me cansó más que antes… - las lágrimas volvieron a caer, pero más lentas, rodeando las pequeñas curvas que ahora formaban sus carrillos, en forma de tímida sonrisa- Yief… Creo que estoy embarazada.
miércoles, 14 de julio de 2010
martes, 22 de junio de 2010
216
Era un bar sucio y grasiento, frecuentado por tarados, maleantes y gente rara a rabiar. “Todos tenían una historia”, había pensado años atrás, como joven y ambicioso periodista, viendo la fauna de este bar suburbial. Años más tarde, pocas de esas historias se desviaban demasiado de “los extraterrestres me introdujeron sondas rectales para averiguar el secreto de los fetos cetra morados, pero por supuesto, ¡no les dije nada! ¡Me comí todas las pruebas! ¡Y las sondas también!”. Con el tiempo, había llegado a echar de menos a uno de los parroquianos habituales más típicos de la escena matutina: Richard Blackhole.
Grayson echó una carga extra de su manoseada petaca en el café, con un par de plegarias. Una por el viejo “Blackie”, esté donde esté, porque aquí nadie desaparece así por las buenas, y la otra para que la hermosa dama fortuna aleje a la policía de tráfico de su viaje de vuelta a la redacción.
El bar le gustaba, de eso no había duda. Era una referencia en su vida, de inicios idealistas y energías incombustibles, las mismas sin duda que le habían proporcionado el apodo de “Bahamut”, antes por su meteórico ascenso, ahora por su dracónico mandato en las oficinas del Midgar Lights.
- Gray… ¿Seguro que no quieres que te cambie ese doble expreso por una infusión, o algo? Se te huele el estrés a millas.
- Ya, bueno… Es lo que tiene tener por primera vez en muchos años un periodista estrella.
- ¿Tomberi? Es cojonudo… Me hizo gracia su entrada sobre videojuegos, comparando la realidad con una extraña aventura con zombis y científicos locos.
- Si, bueno… La coña es que no se porqué, desde que salió del anonimato, tengo a miles de niñatos, algunos con la licenciatura, otros la tienen a medias y hasta uno o dos conspiranoides tarados. Mira esto… - El editor tomó una pila de legajos de su cartera y la depositó sobre su mesa con el sonido de un trueno. – Doscientos currículos, listos para pasar por la criba.
- Jooooder. ¡Pero tranquilo! ¡Eso significa que va bien el negocio! – Exclamó el camarero.
Grayson asintió, dando un sorbo al café. Arrugó el gesto en cuanto lo probó, señal sin duda de que se le había ido un poco la mano. Bueno… Tampoco importaba tanto.
Jules Letterier miraba una y otra vez a su reloj, comparando su hora con la del reloj de pared que coronaba la redacción y con la de cualquier otro visible. Con un margen de un minuto de diferencia, culpa sin duda de aquellos relojes que había encontrado en cubículos privados y otras estancias de empleados. Todos los relojes públicos de la redacción dependían del propio Letterier, y todos y cada uno de ellos estaban a la hora perfecta según el canal de noticias oficial de Shin-Ra. El mundo se movía, a una velocidad de rotación pasmosa, y en una redacción nada era tan importante como tener la noticia lista al segundo de haberse producido.
Sentado en su mesa, el periodista repasaba uno por uno los currículos de los nuevos aspirantes al Midgar Lights, desechando inmediatamente aquellos que ni siquiera habían tenido en cuenta acompañar su presentación con uno o dos artículos de muestra. Otros estaban en medio de la carrera, y como casi siempre, se creían nuevos hitos del periodismo aún por descubrir, infravalorados por profesores anquilosados en un modo de pensar prehistórico.
Bajo sus implacables manos, la perfecta pila de papeles se iba reduciendo en tres ramas al instante: Candidatos, que podían recibir en breve alguna llamada para una entrevista, o cubrir algo pequeño; futuribles, a los que a lo mejor se llamaba en un futuro, probablemente cuando acabasen la carrera; y la tercera categoría, era la papelera. Todo ello, realizado en el perfecto orden matemático que distinguía el lugar de trabajo de Jules “el robot” Letterier. Con el tiempo, los artículos se volvían repetitivos, y las presentaciones también. Algunos eran extraños, ofreciéndose a escribir desde el anonimato, como si pretendiesen ser nuevos King Tomberi. Algunos de estos últimos incluso habían logrado llamar su atención.
Sin embargo, Tomberi solo había uno, y en ese momento se encontraba de pie, apoyado de espaldas a la máquina de café, con un vaso vacío en una mano y una moneda apoyada en su frente, horizontal. La mirada perdida, el tiempo perdido… Y era su maldito periodista estrella.
Jules se sobresaltó. La rabia le había hecho apretar un bolígrafo de plástico hasta reventarlo, y se había clavado las astillas en la mano. Molesto consigo mismo por su pérdida de autocontrol, Jules corrió a tomar un pañuelo de papel para evitar que la sangre manchase su impoluto lugar de trabajo. Corrió al baño, y allí se limpió la herida. En su camino, se cruzó con la máquina de café, y con ese niñato apoyado en ella como si fuese un murciélago, que se interesó por su herida, con una cortés pregunta que se vio llena de vacía educación. Letterier respondió con un gruñido y una mirada de desprecio, sin detenerse.
Caprice vio la escena y dejó de escribir la entrevista que estaba preparando para ir por su bolso. Allí cogió algo de calderilla, operación que le habría durado menos, de no ser por los segundos que se tomó para comprobar que tenía ahí su pistola, y que esta estaba cargada.
Caminó hacia su pareja, que seguía buscando musas entre las humedades del techo y lo apartó para servirse un café de máquina.
- ¡Pero si a ti el que te gusta es el de cafetera! ¿Por qué compras este?
- ¿Qué opinas de Letterier? – Preguntó esta, ignorando la pregunta.
- ¿Robbie el robot? No es mal tipo, no te preocupes, y siempre ha sido un borde.
- Desde luego no le caes bien.
- Nadie le cae bien. – Dijo Kowalsky, con la mirada nuevamente perdida, esta vez orientada hacia el pasillo que daba a los baños. - ¿Quieres decir que le caigo especialmente mal? – Caprice asintió. – Entiendo… Lo suficientemente mal para… - Nuevo asentimiento, mientras se llevaba el vaso a los labios.
- ¡Dios! ¡Esto es asqueroso! ¿Cómo puedes beberlo? – Kowalsky se encogió de hombros, tomó el vaso y le dio un sorbo, sin que le cambiase el gesto.
- Por que este café tan malo significa que no estoy en las oficinas de Pollard. – Ambos compartieron una sonrisa cómplice, pero breve. - ¿En que has pensado?
Jules abrió el botiquín del baño, que él mismo se preocupaba de tener lleno al principio de cada semana. Entre maldiciones, tomó gasas y alcohol para desinfectar su herida y vendarla, con la ayuda de algo de esparadrapo. Se miró fijamente, y su aspecto parecía trastornado. Su cabello corto, rizo y rubio, con ese bucle rebelde que siempre se le caía sobre la frente… Sus gafas de buena marca, aunque un poco anticuadas, y su impecable nudo de corbata. Su única licencia a un aspecto más relajado de trabajador era arremangarse la camisa, pero eso era para evitar manchas de tinta. Su rostro era, como siempre, saludable y pulcro, fruto de unos horarios de sueño controlados, una vida sana y ejercicio regular.
Cuando volvió a la sala de redacción su aspecto era más sosegado. Kowalsky estaba sentado en su escritorio, haciendo malabares con un lápiz mientras miraba la pantalla de su ordenador, probablemente cubierta por una hoja en blanco. En ese momento, Grayson cruzaba las puertas. Ni siquiera había esperado a llegar a su despacho para desabotonarse el chaleco, y su panza ya desbordaba el cinturón como siempre. Letterier caminó tras él para entrar a la vez en el despacho del redactor jefe, cuya placa tenía la forma del dragón de leyenda del que había salido su apodo. “Tranquilo, Jules… Te harán una igual con un robot cuando tengas despacho”, le había dicho ese día. Jules quiso matarlo, pero se conformó con responder con una fría sonrisa, mientras mentalmente se recordaba que él no era un gordaco borracho y torpe.
- ¿Como va el repaso de candidatos? – Preguntó, evidenciando que él no había mirado nada.
- Fácil. Ya solo quedan unos treinta.
- Bien… - Dijo mientras se desplomaba en la silla. – ¿El día de mañana? ¿Alguna última conclusión acerca de la instalación del cañón? ¿Ideas apocalíptico-chungas sobre el cohete fallido? ¿Tenéis la última conferencia de prensa del presidente Rufus?
- Riedell se ocupó. Tenemos comentarios de los vecinos dañados por la instalación y gracias a un pequeño favor, hemos logrado un borrador con la estimación de daños y las ayudas que van a destinar.
- ¿Y las van a dar al final?
- Probablemente no, pero tenemos que publicarlo: Ese es el favor. – Grayson gruñó.
- ¿Algo más?
- Deportes, algo de sociedad, la guía de la tele… Pan y circo en su mayoría. Y sucesos. Muchos sucesos, como siempre.
- Elige los que sean importantes o jugosos, ya sabes… - Grayson dio un último trago a su petaca antes de desterrarla al fondo de un cajón. Letterier sabía de esta no saldría de ahí hasta el final del día. Luego cogió aire y se abofeteó la cara con ambas manos a la vez. Era su pequeño ritual, como una especie de deportista supersticioso antes de saltar al terreno de juego. Ahora era Bahamut, y ahora era cuando a Jules le caía bien.
El día transcurrió, y como siempre, media hora antes del cierre de la redacción en un día sin noticias sorpresa de última hora, solo quedaban Bahamut, charlando con el jefe de imprenta para preparar el borrador definitivo. Letterier preparaba con celo el trabajo para el día siguiente, mientras de vez en cuando alzaba la vista sobre sus gafas de montura metálica, mirando con desprecio a Kowalsky, que aún no había acabado su maldita columna. Él mismo tenía que escribir una columna de redacción, analizar varios artículos sobre política, repasar, corregir, maquetar… ¿Y ese maldito “genio” haragán no había escrito una maldita columna?
Su rabia le hacía mascullar, pero su profesionalidad lo volcaba en su trabajo con una concentración propia de un maestro de la meditación. El periódico de cada mañana era su mantra, y él estaba dispuesto a llevarlo a rajatabla. Los pasos de Grayson lo llevaron de nuevo a su despacho, donde probablemente se echaría una siesta mientras esperaba a que el chico maravilla hiciese su magia segundos antes de que sonase la bocina. Letterier mataba el tiempo repasando páginas web de prensa de otras ciudades, ya que aunque no estaba obligado, él no abandonaría la redacción hasta el cierre.
Iba a curiosear Gold Saucer, cuando algo frío y cilíndrico lo sorprendió al apoyarse en su nuca. Se preguntó ultrajado que clase de broma era esta, pero cuando hizo ademán de levantarse, un fuerte empujón lo disuadió de intentar nada brusco.
- Es una pistola, Letterier. Tengo una Matryona PMM apuntándote a la nuca, y te juro que como no tengas cuidado la voy a usar. – Jules levantó la vista, y vio como Kowalsky, con cierto gesto de fastidio, miró hacia ambos lados y fue hacia ellos.
- ¿A que viene esto, Riedell?
- Yo hago las preguntas. Ahora, quiero que entres a revisar tu cuenta bancaria, Jules. No quiero trucos.
- ¿Qué es esto? ¿Vas a robarme? ¿Es eso? Esto no os puede salir bien…
- Mira, Letterier… - Él pudo oír la voz de la periodista a pocos centímetros de su nuca, susurrante. – Puedo comprobar si de verdad eres lo que creo que eres para no cometer ningún error, o puedo asegurarme de que no lo seas. La diferencia está simplemente en apretar un dedo. – Notó que le temblaba la voz, pero la pistola seguía ahí, de modo que acabó por ceder. Accedió a su cuenta del banco privado de Shin-Ra, siguiendo las indicaciones de su subordinada. Le mostró su activo, que apenas llegaba a los tres millares de giles tras años de ahorro e hipoteca, y esta pareció confundida.
- ¿Seguro que es tu única cuenta?
- La única. – Confirmó él, mientras Kowalsky llegaba.
- Coge tus cosas, vas a acompañarme a dar un paseo hasta el lavabo de señoras.
El subjefe de redacción caminaba entre ambos, con Kowalsky abriendo la marcha. Letterier aprovechó el viaje para buscar el bulto de un arma similar entre sus ropas. Lo encontró bajo la chaqueta, en uno de sus bolsillos interiores. Sonrió con cinismo y entró en el lavabo de señoras, mientras sentía como fríos sudores empezaban a cubrir su cuerpo.
Llegaron y Caprice lo encañonó, mientras Kowalsky lo cacheaba. Una pluma estilográfica, llames, cartera… Nada raro. Revisaron su móvil, preguntando por cada número de la agenda. Jules no entendía nada, pero no se puede discutir con las pistolas, ni con las mujeres incomprensiblemente furiosas que las empuñan. Tras unos minutos de registro, Letterier pudo volver a ponerse su traje y recoger su material, pero esta sin duda no la dejaría pasar. Había llegado su turno de recibir explicaciones.
- Verá, Letterier… Ni siquiera sé por donde empezar… - Dijo ella, mientras organizaba sus ideas.
- ¡Empiecen por decirme por qué diantres se han creído con el derecho a traerme aquí y registrarme a punta de pistola! ¡Y no se atrevan a omitir nada! ¡Como tenga la sensación de que lo hacen los denunciaré sin dudarlo!
- Nosotros… - Empezó a decir Caprice, antes de ser interrumpida por Kowalsky, que se encontraba serio y decidido.
- Temíamos que usted estuviese a sueldo de un importante enemigo mío para hacernos daño.
- ¿Woodrow S. Pollard Jr?
- Supongo que lo de la grapadora no se olvida… - Confirmó Kowalsky. – ¿Recuerda mi baja por un atropello? Pues lo que me atropelló fue un matón.
- Entiendo… Pero no, señores Kowalsky y Riedell. Yo no prostituyo la santidad de mi trabajo con el periodismo por sobresueldos mafiosos. Lo que usted tenga con ese hombre más le vale que no llegue a poner en peligro a nadie de esta redacción o le prometo que usted y yo tendremos más que palabras. – Dijo encarándolos a ambos. Se había olvidado totalmente de las armas de fuego, y no veía a pistoleros en ellos, sino a subalternos que habían perdido el norte y necesitaban un correctivo importante.
- Lo siento, señor Letterier…
- ¿Ahora me llama “señor”, Riedell?
- Entiéndalo… Usted siempre ha parecido odiar a Kazuro.
- Despreciar.
- ¿Qué? – Preguntaron ambos al unísono.
- Despreciar, señorita Riedell. Es lo que sucede cuando se tiene a alguien en una estima muy pobre y sin embargo, no se le da la importancia suficiente a esa persona para odiarla. El señor Kowalsky amarga mis días, es cierto, pero la verdad es que no entiendo como los demás trabajadores – dijo resaltando esa palabra -, y por ello me refiero a perfectos trabajadores del periodismo, pueden soportarlo. Usted llega a la redacción y se dedica a pasear, charlar, tomar cafés o jugar a jueguecitos por la red hasta que se le ocurre alguna idea tonta sobre la que escribir… Y lo cierto es que lo hace increíblemente bien, pero lo que hace usted no es periodismo. Usted escribe un blog cuya tirada cubre todo Midgar, pero he de reconocer que es un blog muy popular…
- Oiga, no tiene derecho… - Empezó Caprice, antes de ser interrumpida.
- ¡Oiga usted!
- ¡No! ¡Óigame usted! – Insistió la periodista furiosa. – ¡Este hombrecillo al que ve aquí, cuyo aspecto y persona me llegaron a ser repulsivos, ha logrado con eso que usted llama blog, tocar mi alma, haciendo que quisiese dedicarme al periodismo más puro posible! ¡Este hombre me ha convertido en una devota de la información profesional, objetiva e inmediata, de la que usted tanto alardea! ¡He renunciado a ser la puta cara de las noticias por darle a la tecla en un diario de los suburbios por los escritos del maldito King Tomberi, y al igual que yo, media ciudad se ha visto conmovida por él, así que haga el favor de tener un poco de respeto!
- El maldito factor humano, ¿eh? – Preguntó con sorna.
- ¿Qué quiere decir, Letterier? – Preguntó ella. Kowalsky miraba en silencio, aún ruborizado.
- Lo que quiero decir es que este niño maravilla llega, se pasa el día sin dar palo para luego, al finalizar la jornada, encontrarse con que ha vuelto a ser tocado por las musas y alrededor de los kioscos, los madrugadores esperarán por su maldita columna poética. ¡Yo mismo escribo varios artículos al día, y al igual que yo, muchos otros colaboradores! ¡Estamos aquí, como hormiguitas anónimas, desgranando la noticia! ¡Nos pegamos con la actualidad, nadamos en redes de mentiras de los de arriba y seguimos al pie del cañón! ¡Somos malditos soldados con un teclado y mucha vista! ¡Pero no! ¡Hay que leer poesía urbana midgariana en prosa, para que nos toque el alma y nos haga felices! ¿Dónde está la información? ¿Dónde está la objetividad? ¡¿Dónde está el maldito periodismo, joder?!
Caprice y Kowalsky lo miraban en silencio. Ni uno ni otro había encontrado la forma de negar su argumento, ni la encontraría: Era cierto. Kowalsky antes cubría alguna que otra noticia, con artículos rechazados por Pollard, pero desde su desenmascaramiento, no había vuelto a hacerlo: Era un escritor cojonudo, pero no estaba siendo un periodista. Había hecho falta un subjefe de redacción colérico, con un traje a medio vestir y con todo el rostro congestionado por la ira, despeinado por sus furiosos aspavientos y coronado con una mirada capaz de derretir el hormigón.
En ese momento, un grito procedente del despacho de Bahamut les indicó que solo quedaban cinco minutos para el “maldito” cierre de redacción, acompañado de una pequeña mención que simplemente servía para remarcar su prisa o hacer llorar a sacerdotes, dependiendo del contexto en que fuese usada.
- ¡Váyanse de aquí! – Dijo Letterier, recobrando el tono relajado y serio.
- Lo siento… - Dijo Kowalsky mientras abría la puerta.
- Yo… Señor Letterier… Robbie… - Dijo Caprice, haciendo que una de las cejas del subjefe se alzase con furia, y que su novio casi se pusiese así. Caprice no entendía nada.
- Fuera de aquí… Ya. – Susurró.
Pudo oír como en el pasillo Kowalsky, aún horrorizado, corregía a Caprice “¡Se llama Jules! ¡Y odia lo de Robbie el Robot!”. Negó con la cabeza y puso los ojos en blanco, mientras pensaba en lo estúpida que era muchas veces alguna gente. “Otra entrega fuera de tiempo…”, pensó, “pero entrega al fin y al cabo, y aún desde el hospital nos siguieron llegando sus columnas”. Finalmente acabó por suspirar, arreglar su aspecto y salir del baño. Que vayan armados, que estén paranoicos, que jueguen a seducirse en horas de trabajo o que hagan lo que quieran, mientras cumplan con su trabajo y no ultrajen la sacrosanta redacción.
Al día siguiente, Jules se encontró con su jefe en el ascensor. Grayson tenía el habitual aspecto desastrado, necesitado de café para entrar en plena actividad laboral, mientras que Letterier mantenía su aspecto pulcro habitual.
Grayson, sin embargo, estaba extrañamente alegre. Jules no preguntó por ello, pero el viejo Bahamut le tendió un ejemplar del Lights del día.
- ¡Lee a Kowalsky! – Insistió.
La historia la escriben los vencedores. Este es un principio básico que cualquiera puede reconocer, pero emocionándonos en celebrarla, no debemos olvidar el esfuerzo de aquellos que la han hecho posible.
Vencer es siempre un evento, y como también nos recuerda la sabiduría popular, todo el mundo quiere a los vencedores. Yo creo que no es cierto: Lo que queremos es unirnos a ellos para ser vencedores nosotros también. Apuntarnos el tanto, de uno u otro modo. Por ello, celebramos victorias de nuestro equipo, nuestra familia, o cualquier otro vencedor al que podamos llamar “nuestro”.
La pregunta es: ¿Es esto justo? Sin duda no, pero esto no tiene por que ser malo. Muchos vencen no para sí, sino para otros, y para obtener el reconocimiento de estos. Otros simplemente han luchado a lo largo de todo el camino, para encontrarse ahora con que en su ascenso a la cima, miles de ciudadanos de a pié corren a apuntarse el tanto. Esto siempre es injusto, a todos los niveles. Cuando has alcanzado la cima del monte Nibel, puede que mucha gente te aplauda, y se enorgullezca por haber crecido en el mismo barrio que tú, pero tu triunfo es egoísta, y tú sabes que es tuyo porque tú eres el único que ha visto el mundo desde la cumbre.
¿Qué sucede, sin embargo, cuando la victoria, tú victoria, ha servido para que sean otros los que vean la cumbre?
A vosotros os quiero dedicar el día de hoy, anónimos vencedores del día a día, y que con esta columna, la gente os vea como lo que sois. Vosotros, que hacéis funcionar el mundo, logrando una victoria en el trabajo del día a día, luchando en más frentes de los que ningún héroe de SOLDADO se las ha tenido que ver en la vida…
Porque vosotros dejáis claro que, aunque seamos ciudadanos de a pié, en infantería también hay héroes. Tened un gran día.
Kazuro “King Tomberi” Kowalsky.
- ¿Lo has visto? ¡El chico me ha dedicado la columna! – Presumía Bahamut. - ¡Ah, siempre te lo dije! ¡Es un gran chaval! ¡Muy trabajador!
Letterier no dijo nada a Bahamut, viéndolo tan animado y decidido a entrar en la redacción a devorar el mundo. Hoy, Grayson daría una lección de labor periodística a mucha gente gracias a la inyección de moral que había recibido. Letterier, simplemente, se limitó a sonreír y seguirle.
Grayson echó una carga extra de su manoseada petaca en el café, con un par de plegarias. Una por el viejo “Blackie”, esté donde esté, porque aquí nadie desaparece así por las buenas, y la otra para que la hermosa dama fortuna aleje a la policía de tráfico de su viaje de vuelta a la redacción.
El bar le gustaba, de eso no había duda. Era una referencia en su vida, de inicios idealistas y energías incombustibles, las mismas sin duda que le habían proporcionado el apodo de “Bahamut”, antes por su meteórico ascenso, ahora por su dracónico mandato en las oficinas del Midgar Lights.
- Gray… ¿Seguro que no quieres que te cambie ese doble expreso por una infusión, o algo? Se te huele el estrés a millas.
- Ya, bueno… Es lo que tiene tener por primera vez en muchos años un periodista estrella.
- ¿Tomberi? Es cojonudo… Me hizo gracia su entrada sobre videojuegos, comparando la realidad con una extraña aventura con zombis y científicos locos.
- Si, bueno… La coña es que no se porqué, desde que salió del anonimato, tengo a miles de niñatos, algunos con la licenciatura, otros la tienen a medias y hasta uno o dos conspiranoides tarados. Mira esto… - El editor tomó una pila de legajos de su cartera y la depositó sobre su mesa con el sonido de un trueno. – Doscientos currículos, listos para pasar por la criba.
- Jooooder. ¡Pero tranquilo! ¡Eso significa que va bien el negocio! – Exclamó el camarero.
Grayson asintió, dando un sorbo al café. Arrugó el gesto en cuanto lo probó, señal sin duda de que se le había ido un poco la mano. Bueno… Tampoco importaba tanto.
Jules Letterier miraba una y otra vez a su reloj, comparando su hora con la del reloj de pared que coronaba la redacción y con la de cualquier otro visible. Con un margen de un minuto de diferencia, culpa sin duda de aquellos relojes que había encontrado en cubículos privados y otras estancias de empleados. Todos los relojes públicos de la redacción dependían del propio Letterier, y todos y cada uno de ellos estaban a la hora perfecta según el canal de noticias oficial de Shin-Ra. El mundo se movía, a una velocidad de rotación pasmosa, y en una redacción nada era tan importante como tener la noticia lista al segundo de haberse producido.
Sentado en su mesa, el periodista repasaba uno por uno los currículos de los nuevos aspirantes al Midgar Lights, desechando inmediatamente aquellos que ni siquiera habían tenido en cuenta acompañar su presentación con uno o dos artículos de muestra. Otros estaban en medio de la carrera, y como casi siempre, se creían nuevos hitos del periodismo aún por descubrir, infravalorados por profesores anquilosados en un modo de pensar prehistórico.
Bajo sus implacables manos, la perfecta pila de papeles se iba reduciendo en tres ramas al instante: Candidatos, que podían recibir en breve alguna llamada para una entrevista, o cubrir algo pequeño; futuribles, a los que a lo mejor se llamaba en un futuro, probablemente cuando acabasen la carrera; y la tercera categoría, era la papelera. Todo ello, realizado en el perfecto orden matemático que distinguía el lugar de trabajo de Jules “el robot” Letterier. Con el tiempo, los artículos se volvían repetitivos, y las presentaciones también. Algunos eran extraños, ofreciéndose a escribir desde el anonimato, como si pretendiesen ser nuevos King Tomberi. Algunos de estos últimos incluso habían logrado llamar su atención.
Sin embargo, Tomberi solo había uno, y en ese momento se encontraba de pie, apoyado de espaldas a la máquina de café, con un vaso vacío en una mano y una moneda apoyada en su frente, horizontal. La mirada perdida, el tiempo perdido… Y era su maldito periodista estrella.
Jules se sobresaltó. La rabia le había hecho apretar un bolígrafo de plástico hasta reventarlo, y se había clavado las astillas en la mano. Molesto consigo mismo por su pérdida de autocontrol, Jules corrió a tomar un pañuelo de papel para evitar que la sangre manchase su impoluto lugar de trabajo. Corrió al baño, y allí se limpió la herida. En su camino, se cruzó con la máquina de café, y con ese niñato apoyado en ella como si fuese un murciélago, que se interesó por su herida, con una cortés pregunta que se vio llena de vacía educación. Letterier respondió con un gruñido y una mirada de desprecio, sin detenerse.
Caprice vio la escena y dejó de escribir la entrevista que estaba preparando para ir por su bolso. Allí cogió algo de calderilla, operación que le habría durado menos, de no ser por los segundos que se tomó para comprobar que tenía ahí su pistola, y que esta estaba cargada.
Caminó hacia su pareja, que seguía buscando musas entre las humedades del techo y lo apartó para servirse un café de máquina.
- ¡Pero si a ti el que te gusta es el de cafetera! ¿Por qué compras este?
- ¿Qué opinas de Letterier? – Preguntó esta, ignorando la pregunta.
- ¿Robbie el robot? No es mal tipo, no te preocupes, y siempre ha sido un borde.
- Desde luego no le caes bien.
- Nadie le cae bien. – Dijo Kowalsky, con la mirada nuevamente perdida, esta vez orientada hacia el pasillo que daba a los baños. - ¿Quieres decir que le caigo especialmente mal? – Caprice asintió. – Entiendo… Lo suficientemente mal para… - Nuevo asentimiento, mientras se llevaba el vaso a los labios.
- ¡Dios! ¡Esto es asqueroso! ¿Cómo puedes beberlo? – Kowalsky se encogió de hombros, tomó el vaso y le dio un sorbo, sin que le cambiase el gesto.
- Por que este café tan malo significa que no estoy en las oficinas de Pollard. – Ambos compartieron una sonrisa cómplice, pero breve. - ¿En que has pensado?
Jules abrió el botiquín del baño, que él mismo se preocupaba de tener lleno al principio de cada semana. Entre maldiciones, tomó gasas y alcohol para desinfectar su herida y vendarla, con la ayuda de algo de esparadrapo. Se miró fijamente, y su aspecto parecía trastornado. Su cabello corto, rizo y rubio, con ese bucle rebelde que siempre se le caía sobre la frente… Sus gafas de buena marca, aunque un poco anticuadas, y su impecable nudo de corbata. Su única licencia a un aspecto más relajado de trabajador era arremangarse la camisa, pero eso era para evitar manchas de tinta. Su rostro era, como siempre, saludable y pulcro, fruto de unos horarios de sueño controlados, una vida sana y ejercicio regular.
Cuando volvió a la sala de redacción su aspecto era más sosegado. Kowalsky estaba sentado en su escritorio, haciendo malabares con un lápiz mientras miraba la pantalla de su ordenador, probablemente cubierta por una hoja en blanco. En ese momento, Grayson cruzaba las puertas. Ni siquiera había esperado a llegar a su despacho para desabotonarse el chaleco, y su panza ya desbordaba el cinturón como siempre. Letterier caminó tras él para entrar a la vez en el despacho del redactor jefe, cuya placa tenía la forma del dragón de leyenda del que había salido su apodo. “Tranquilo, Jules… Te harán una igual con un robot cuando tengas despacho”, le había dicho ese día. Jules quiso matarlo, pero se conformó con responder con una fría sonrisa, mientras mentalmente se recordaba que él no era un gordaco borracho y torpe.
- ¿Como va el repaso de candidatos? – Preguntó, evidenciando que él no había mirado nada.
- Fácil. Ya solo quedan unos treinta.
- Bien… - Dijo mientras se desplomaba en la silla. – ¿El día de mañana? ¿Alguna última conclusión acerca de la instalación del cañón? ¿Ideas apocalíptico-chungas sobre el cohete fallido? ¿Tenéis la última conferencia de prensa del presidente Rufus?
- Riedell se ocupó. Tenemos comentarios de los vecinos dañados por la instalación y gracias a un pequeño favor, hemos logrado un borrador con la estimación de daños y las ayudas que van a destinar.
- ¿Y las van a dar al final?
- Probablemente no, pero tenemos que publicarlo: Ese es el favor. – Grayson gruñó.
- ¿Algo más?
- Deportes, algo de sociedad, la guía de la tele… Pan y circo en su mayoría. Y sucesos. Muchos sucesos, como siempre.
- Elige los que sean importantes o jugosos, ya sabes… - Grayson dio un último trago a su petaca antes de desterrarla al fondo de un cajón. Letterier sabía de esta no saldría de ahí hasta el final del día. Luego cogió aire y se abofeteó la cara con ambas manos a la vez. Era su pequeño ritual, como una especie de deportista supersticioso antes de saltar al terreno de juego. Ahora era Bahamut, y ahora era cuando a Jules le caía bien.
El día transcurrió, y como siempre, media hora antes del cierre de la redacción en un día sin noticias sorpresa de última hora, solo quedaban Bahamut, charlando con el jefe de imprenta para preparar el borrador definitivo. Letterier preparaba con celo el trabajo para el día siguiente, mientras de vez en cuando alzaba la vista sobre sus gafas de montura metálica, mirando con desprecio a Kowalsky, que aún no había acabado su maldita columna. Él mismo tenía que escribir una columna de redacción, analizar varios artículos sobre política, repasar, corregir, maquetar… ¿Y ese maldito “genio” haragán no había escrito una maldita columna?
Su rabia le hacía mascullar, pero su profesionalidad lo volcaba en su trabajo con una concentración propia de un maestro de la meditación. El periódico de cada mañana era su mantra, y él estaba dispuesto a llevarlo a rajatabla. Los pasos de Grayson lo llevaron de nuevo a su despacho, donde probablemente se echaría una siesta mientras esperaba a que el chico maravilla hiciese su magia segundos antes de que sonase la bocina. Letterier mataba el tiempo repasando páginas web de prensa de otras ciudades, ya que aunque no estaba obligado, él no abandonaría la redacción hasta el cierre.
Iba a curiosear Gold Saucer, cuando algo frío y cilíndrico lo sorprendió al apoyarse en su nuca. Se preguntó ultrajado que clase de broma era esta, pero cuando hizo ademán de levantarse, un fuerte empujón lo disuadió de intentar nada brusco.
- Es una pistola, Letterier. Tengo una Matryona PMM apuntándote a la nuca, y te juro que como no tengas cuidado la voy a usar. – Jules levantó la vista, y vio como Kowalsky, con cierto gesto de fastidio, miró hacia ambos lados y fue hacia ellos.
- ¿A que viene esto, Riedell?
- Yo hago las preguntas. Ahora, quiero que entres a revisar tu cuenta bancaria, Jules. No quiero trucos.
- ¿Qué es esto? ¿Vas a robarme? ¿Es eso? Esto no os puede salir bien…
- Mira, Letterier… - Él pudo oír la voz de la periodista a pocos centímetros de su nuca, susurrante. – Puedo comprobar si de verdad eres lo que creo que eres para no cometer ningún error, o puedo asegurarme de que no lo seas. La diferencia está simplemente en apretar un dedo. – Notó que le temblaba la voz, pero la pistola seguía ahí, de modo que acabó por ceder. Accedió a su cuenta del banco privado de Shin-Ra, siguiendo las indicaciones de su subordinada. Le mostró su activo, que apenas llegaba a los tres millares de giles tras años de ahorro e hipoteca, y esta pareció confundida.
- ¿Seguro que es tu única cuenta?
- La única. – Confirmó él, mientras Kowalsky llegaba.
- Coge tus cosas, vas a acompañarme a dar un paseo hasta el lavabo de señoras.
El subjefe de redacción caminaba entre ambos, con Kowalsky abriendo la marcha. Letterier aprovechó el viaje para buscar el bulto de un arma similar entre sus ropas. Lo encontró bajo la chaqueta, en uno de sus bolsillos interiores. Sonrió con cinismo y entró en el lavabo de señoras, mientras sentía como fríos sudores empezaban a cubrir su cuerpo.
Llegaron y Caprice lo encañonó, mientras Kowalsky lo cacheaba. Una pluma estilográfica, llames, cartera… Nada raro. Revisaron su móvil, preguntando por cada número de la agenda. Jules no entendía nada, pero no se puede discutir con las pistolas, ni con las mujeres incomprensiblemente furiosas que las empuñan. Tras unos minutos de registro, Letterier pudo volver a ponerse su traje y recoger su material, pero esta sin duda no la dejaría pasar. Había llegado su turno de recibir explicaciones.
- Verá, Letterier… Ni siquiera sé por donde empezar… - Dijo ella, mientras organizaba sus ideas.
- ¡Empiecen por decirme por qué diantres se han creído con el derecho a traerme aquí y registrarme a punta de pistola! ¡Y no se atrevan a omitir nada! ¡Como tenga la sensación de que lo hacen los denunciaré sin dudarlo!
- Nosotros… - Empezó a decir Caprice, antes de ser interrumpida por Kowalsky, que se encontraba serio y decidido.
- Temíamos que usted estuviese a sueldo de un importante enemigo mío para hacernos daño.
- ¿Woodrow S. Pollard Jr?
- Supongo que lo de la grapadora no se olvida… - Confirmó Kowalsky. – ¿Recuerda mi baja por un atropello? Pues lo que me atropelló fue un matón.
- Entiendo… Pero no, señores Kowalsky y Riedell. Yo no prostituyo la santidad de mi trabajo con el periodismo por sobresueldos mafiosos. Lo que usted tenga con ese hombre más le vale que no llegue a poner en peligro a nadie de esta redacción o le prometo que usted y yo tendremos más que palabras. – Dijo encarándolos a ambos. Se había olvidado totalmente de las armas de fuego, y no veía a pistoleros en ellos, sino a subalternos que habían perdido el norte y necesitaban un correctivo importante.
- Lo siento, señor Letterier…
- ¿Ahora me llama “señor”, Riedell?
- Entiéndalo… Usted siempre ha parecido odiar a Kazuro.
- Despreciar.
- ¿Qué? – Preguntaron ambos al unísono.
- Despreciar, señorita Riedell. Es lo que sucede cuando se tiene a alguien en una estima muy pobre y sin embargo, no se le da la importancia suficiente a esa persona para odiarla. El señor Kowalsky amarga mis días, es cierto, pero la verdad es que no entiendo como los demás trabajadores – dijo resaltando esa palabra -, y por ello me refiero a perfectos trabajadores del periodismo, pueden soportarlo. Usted llega a la redacción y se dedica a pasear, charlar, tomar cafés o jugar a jueguecitos por la red hasta que se le ocurre alguna idea tonta sobre la que escribir… Y lo cierto es que lo hace increíblemente bien, pero lo que hace usted no es periodismo. Usted escribe un blog cuya tirada cubre todo Midgar, pero he de reconocer que es un blog muy popular…
- Oiga, no tiene derecho… - Empezó Caprice, antes de ser interrumpida.
- ¡Oiga usted!
- ¡No! ¡Óigame usted! – Insistió la periodista furiosa. – ¡Este hombrecillo al que ve aquí, cuyo aspecto y persona me llegaron a ser repulsivos, ha logrado con eso que usted llama blog, tocar mi alma, haciendo que quisiese dedicarme al periodismo más puro posible! ¡Este hombre me ha convertido en una devota de la información profesional, objetiva e inmediata, de la que usted tanto alardea! ¡He renunciado a ser la puta cara de las noticias por darle a la tecla en un diario de los suburbios por los escritos del maldito King Tomberi, y al igual que yo, media ciudad se ha visto conmovida por él, así que haga el favor de tener un poco de respeto!
- El maldito factor humano, ¿eh? – Preguntó con sorna.
- ¿Qué quiere decir, Letterier? – Preguntó ella. Kowalsky miraba en silencio, aún ruborizado.
- Lo que quiero decir es que este niño maravilla llega, se pasa el día sin dar palo para luego, al finalizar la jornada, encontrarse con que ha vuelto a ser tocado por las musas y alrededor de los kioscos, los madrugadores esperarán por su maldita columna poética. ¡Yo mismo escribo varios artículos al día, y al igual que yo, muchos otros colaboradores! ¡Estamos aquí, como hormiguitas anónimas, desgranando la noticia! ¡Nos pegamos con la actualidad, nadamos en redes de mentiras de los de arriba y seguimos al pie del cañón! ¡Somos malditos soldados con un teclado y mucha vista! ¡Pero no! ¡Hay que leer poesía urbana midgariana en prosa, para que nos toque el alma y nos haga felices! ¿Dónde está la información? ¿Dónde está la objetividad? ¡¿Dónde está el maldito periodismo, joder?!
Caprice y Kowalsky lo miraban en silencio. Ni uno ni otro había encontrado la forma de negar su argumento, ni la encontraría: Era cierto. Kowalsky antes cubría alguna que otra noticia, con artículos rechazados por Pollard, pero desde su desenmascaramiento, no había vuelto a hacerlo: Era un escritor cojonudo, pero no estaba siendo un periodista. Había hecho falta un subjefe de redacción colérico, con un traje a medio vestir y con todo el rostro congestionado por la ira, despeinado por sus furiosos aspavientos y coronado con una mirada capaz de derretir el hormigón.
En ese momento, un grito procedente del despacho de Bahamut les indicó que solo quedaban cinco minutos para el “maldito” cierre de redacción, acompañado de una pequeña mención que simplemente servía para remarcar su prisa o hacer llorar a sacerdotes, dependiendo del contexto en que fuese usada.
- ¡Váyanse de aquí! – Dijo Letterier, recobrando el tono relajado y serio.
- Lo siento… - Dijo Kowalsky mientras abría la puerta.
- Yo… Señor Letterier… Robbie… - Dijo Caprice, haciendo que una de las cejas del subjefe se alzase con furia, y que su novio casi se pusiese así. Caprice no entendía nada.
- Fuera de aquí… Ya. – Susurró.
Pudo oír como en el pasillo Kowalsky, aún horrorizado, corregía a Caprice “¡Se llama Jules! ¡Y odia lo de Robbie el Robot!”. Negó con la cabeza y puso los ojos en blanco, mientras pensaba en lo estúpida que era muchas veces alguna gente. “Otra entrega fuera de tiempo…”, pensó, “pero entrega al fin y al cabo, y aún desde el hospital nos siguieron llegando sus columnas”. Finalmente acabó por suspirar, arreglar su aspecto y salir del baño. Que vayan armados, que estén paranoicos, que jueguen a seducirse en horas de trabajo o que hagan lo que quieran, mientras cumplan con su trabajo y no ultrajen la sacrosanta redacción.
Al día siguiente, Jules se encontró con su jefe en el ascensor. Grayson tenía el habitual aspecto desastrado, necesitado de café para entrar en plena actividad laboral, mientras que Letterier mantenía su aspecto pulcro habitual.
Grayson, sin embargo, estaba extrañamente alegre. Jules no preguntó por ello, pero el viejo Bahamut le tendió un ejemplar del Lights del día.
- ¡Lee a Kowalsky! – Insistió.
La historia la escriben los vencedores. Este es un principio básico que cualquiera puede reconocer, pero emocionándonos en celebrarla, no debemos olvidar el esfuerzo de aquellos que la han hecho posible.
Vencer es siempre un evento, y como también nos recuerda la sabiduría popular, todo el mundo quiere a los vencedores. Yo creo que no es cierto: Lo que queremos es unirnos a ellos para ser vencedores nosotros también. Apuntarnos el tanto, de uno u otro modo. Por ello, celebramos victorias de nuestro equipo, nuestra familia, o cualquier otro vencedor al que podamos llamar “nuestro”.
La pregunta es: ¿Es esto justo? Sin duda no, pero esto no tiene por que ser malo. Muchos vencen no para sí, sino para otros, y para obtener el reconocimiento de estos. Otros simplemente han luchado a lo largo de todo el camino, para encontrarse ahora con que en su ascenso a la cima, miles de ciudadanos de a pié corren a apuntarse el tanto. Esto siempre es injusto, a todos los niveles. Cuando has alcanzado la cima del monte Nibel, puede que mucha gente te aplauda, y se enorgullezca por haber crecido en el mismo barrio que tú, pero tu triunfo es egoísta, y tú sabes que es tuyo porque tú eres el único que ha visto el mundo desde la cumbre.
¿Qué sucede, sin embargo, cuando la victoria, tú victoria, ha servido para que sean otros los que vean la cumbre?
A vosotros os quiero dedicar el día de hoy, anónimos vencedores del día a día, y que con esta columna, la gente os vea como lo que sois. Vosotros, que hacéis funcionar el mundo, logrando una victoria en el trabajo del día a día, luchando en más frentes de los que ningún héroe de SOLDADO se las ha tenido que ver en la vida…
Porque vosotros dejáis claro que, aunque seamos ciudadanos de a pié, en infantería también hay héroes. Tened un gran día.
Kazuro “King Tomberi” Kowalsky.
- ¿Lo has visto? ¡El chico me ha dedicado la columna! – Presumía Bahamut. - ¡Ah, siempre te lo dije! ¡Es un gran chaval! ¡Muy trabajador!
Letterier no dijo nada a Bahamut, viéndolo tan animado y decidido a entrar en la redacción a devorar el mundo. Hoy, Grayson daría una lección de labor periodística a mucha gente gracias a la inyección de moral que había recibido. Letterier, simplemente, se limitó a sonreír y seguirle.
miércoles, 9 de junio de 2010
215
Mi vida parecía tornarse más deprimente a la par que emocionante. Me encontraba tumbado en mi destartalada cama, repasando uno a uno los pequeños pasos que había dado en esta asquerosa ciudad. ¿Por qué vine aquí? Cierto, así empezó todo, con un piso embargado y un padre sepultado. Pero eso sonaba demasiado sencillo. No, la cosa tenía que enredarse, tenían que regalarme un ataúd vacío en el sentido completo de la palabra; sin cadáver, sin un padre del que despedirse por última vez, sin la oportunidad de dormir tranquilo. ¿Siguiente paso? Emborracharme hasta perder el conocimiento. Ya sabía de sobra que esa no era la solución a los problemas, tenía experiencia sobre ello, pero creo que tenía la ligera esperanza de morir alcoholizado, sin preocuparme de dónde estaba mi padre ni de si a mi también me meterían en un ataúd o no.
Aún así desperté en mi casa sin saber cómo, con un garabato en una mano que aseguraba darme explicaciones. Y claro, eso me dio esperanzas de que tal vez pudiera zanjar el asunto de una vez por todas. ¿Cuál es mi sorpresa cuando llega la hora de conocer al susodicho informador? Que es un hombre con una máscara macabra que come caramelos continuamente y está como una regadera… Totalmente absurdo.
Cuando me invitó a entrar en su casa fue extraño. Se trataba de un pequeño edificio a las afueras de Mercado Muro, totalmente destartalado y mohoso. El exterior parecía algo más elegante, con una capa de pintura blanca ensombrecida por los años y una puerta bien asegurada, pero el interior parecía decir a gritos “¡Me voy a caer encima de ti!”. La entrada se iluminaba gracias a una parpadeante bombilla que colgaba del techo, sujeta a unos cables con cinta aislante. Las paredes, mohosas y con el yeso mordido por los ratones, parecían brillar con un color de alcantarilla y soltar vapores de otro planeta. Arguish, que así se llamaba el dueño del “hogar” me invitó con la mano a que le siguiera y así llegué a lo que se supone, era el salón.
-Perdona que esto esté tan asqueroso, pero es que mi compañero nunca se digna a limpiar… ¡No, no me vengas ahora con esas! Tienes tiempo de sobra, lo que pasa es que eres un… Bah, déjalo es inútil hablar contigo.
Genial, definitivamente estaba como una jodida regadera. Yo lo estaba pasando realmente mal, todo parecía sacado de una película de terror. Una bombilla, idéntica a la de la entrada, lanzaba sombras sobre esa máscara de látex y me ponía los pelos de punta. De no ser porque podía verle el cuello rojizo entre la máscara y la camisa, seguramente hubiese salido corriendo.
-¿Pero tú vives aquí?- Me fue inevitable hacerle la pregunta, no encajaba que alguien así, con un traje que valía más que los ahorros que yo tenía, viviese en tal basurero.
-¡No hombre! Éste es… Uno de mis lugares de trabajo- esa pausa no sonó nada bien- Tengo otras en el Sector 5 y en el 3, además mi casa está sobre esa galleta metálica, en el apacible sector 5. De todas formas ya te puedo decir que… Dado mi trabajo, puede que todo lo que te este diciendo sea mentira, que parte de ello sea verdad y la otra parte una farsa o que incluso todo sea verdad. Harías bien en no fiarte de mis palabras, lo hago de forma inconsciente. Aún así, prometí ayudarte con ese pequeño problemilla con Callisto y de eso sí que puedes fiarte.
-Pero… ¿Entonces en qué trabajas?
-Vendo tornillos.
Pareció totalmente complacido con tal respuesta así que yo me hice el despistado y anduve con pasos torpes por el salón. Tan sólo había un sofá orejero con un sucio tapizado rojo y una chimenea mugrienta de piedra ennegrecida. En eso consistía la habitación, salvo por las cajas; cajas por todos lados, apiladas en las esquinas, tiradas por el suelo… Arguish se llevó la mano al pecho y sacó una pitillera, pero soltó una maldición al ver que ésta estaba vacía.
-No pasa nada… Debe haber más por aquí… Piensa Arguish, piensa… ¡Ahora no me toques los cojones, que esto es serio! Ah, ya sé.
Se acercó a la caja más próxima a la chimenea, sacó un tarro lleno de chupachups y empezó a colocar uno a uno en la pitillera.
-Lo bueno… De este vicio- explicó con un exagerado esfuerzo al levantar un brazo y volver a guardarse la pequeña metálica- Es que ya no me queda ningún diente sano- y lo intentó demostrar introduciendo el dedo índice por la pequeña hendidura de la máscara y golpeándose uno de los paletos- Todos son prótesis de la más alta calidad. ¡Y doy gracias al cielo que no soy diabético!
Él se rió con fuerza, yo le seguí con un resoplido fingido.
-Bueno basta de tonterías. Si te digo la verdad, aquél día ibas peor que borracho y no vocalizabas en absoluto. Conseguí entenderte que vivías justo al lado del bar y te llevé como pude a casa. Fue entonces cuando distinguí la letra de Callisto en una carta que había sobre el televisor. Perdona por meter mis narices donde no me llaman, pero su contenido está intacto, sólo vi su firma en el dorso del sobre.
-¿De qué conocías a mi padre? –le dije sin rodeos. No quería estar más tiempo en un lugar como ese, en el que las paredes parecían tener vida propia y exudar moho.
-Bueno… Es complicado… Digamos que él me ayudaba a vender tornillos. Lo conocí cuando vino a esta ciudad y no… Oh perdona, tengo que contestar la llamada.
En efecto, a la segunda vibración en uno de los bolsillos del pantalón, comenzó a sonar una suave melodía, una de estás que vienen incluidas con el teléfono. Al tercer timbre lo copio y me dio la espalda para hablar.
-Dime… ¿Tiene que ser ahora? Es que ando algo ocupado… Entiendo. Si no hay más remedio estaré allí en media hora.-colgó la llamada y volvió a mirarme de frente con esa horrible cara de calavera.- Lo siento Max, nos tendremos que ver en otra ocasión, tengo que acudir a una reunión importante.
-No pasa nada- mentí yo, no me gustaba la idea de haber ido para nada- Ya nos veremos en otra ocasión…
-Mañana. A las diez, en el Blackson’s. Está por aquí cerca, no tiene perdida- dicho esto pasó a mi lado con grandes zancadas y abrió la puerta apresuradamente- Me voy, cierra la puerta cuando salga Huragis.
-¿Cuándo salga quién?- le dije sin entender nada. Él se dio la vuelta y pareció meditar sus anteriores palabras.
-Da igual, no importa. Nos vemos mañana.
Eso ocurrió hace dos días. Al siguiente, tras dar tres vueltas frente al bar sin conseguir verle y dar una cuarta, entré en aquél local en penumbra lleno de botellas extrañas y esperé a que Arguish apareciera. El dueño pareció fijarse en mi preocupación la enésima vez que dirigí la mirada a la puerta dando un trago de mi refresco.
-¿Espera a alguien?-Me preguntó para conseguir algo de conversación; el bar estaba cerrado y por lo que parecía, era algo habitual por la mañana.
-Lo cierto es que sí, pero tengo albergo pocas esperanzas de que venga- disimulé con una sonrisa- Es que apenas le conozco y es… Bastante extraño.
-¡La leche! Me apuesto una copa de lo que quieras a que estás esperando a Arguish.
-¿Cómo lo sabes?- pregunté incrédulo.
-Porque es lo más extraño que pisa por aquí… Y que yo sepa, por suerte, sólo hay uno como él.-bromeó llevándose un trapo mojado al hombro- Pero debo decirte que es posible que no venga, a veces desaparece durante un par de días, una semana… Pero sí, por lo general viene a tomarse algo aquí todas las mañanas.
Eché un rápido vistazo al reloj de mí muñeca; las diez y media. Algo me decía que no iba a aparecer. Pensé rápidamente en qué hacer, saqué un bolígrafo de plástico de mi sudadera de hace tres años y cogí una servilleta de papel de la barra.
-Aquí está mi número- le informé al camarero- ¿Si Arguish aparece por aquí podría avisarme?
-Eso está hecho, vaya a aprovechar la mañana con algo, que ya le llamaré cuando Arguish se digne a pasear su máscara por aquí.
Mentira, no aproveché la mañana, volví a recluirme en casa, tirado en las amarillentas sábanas, esperando a que en cualquier momento sonase el teléfono.
Pero fue al día siguiente cuando decidí enfrentarme a la verdad y abrir aquella fatídica carta. Me levanté de la cama de un salto, como si lo hubiese decidido ya en sueños y separé el pegamento de la solapa con facilidad. Tal vez fue porque esperaba algún mensaje oculto, alguna verdad que sólo yo podría entender al descifrar aquellas palabras, algo más allá del papel, pero lo que decía me desanimó completamente.
Max… ¿Te acuerdas de aquella vez que te enfadaste conmigo porque no te compraba una golosina? Tú no parabas de llorar y te cogí de los brazos. Te dije “¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres volar?” Paraste de llorar al instante, intentando comprender lo que había dicho, intentando ver de qué manera podía hacerse posible aquello, intentando hacer real aquella ilusión de que yo era el mejor del mundo. Volví a repetírtelo: “¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres volar?” Te quitaste las lágrimas con dos manotazos y asentiste de la manera más torpe posible. No era una regañina, no quería enseñarte que todo en esta vida no se puede tener. No, yo te lo decía totalmente en serio, haría que volases, haría lo posible para que fueses feliz en todo momento, haría lo imposible para lo imposible. Te lo repetí una última vez: “¿Qué quieres que te diga?” qué quieres que te diga, dímelo, te diré lo que me pidas, lo que sea. “¿Quieres volar?” ¿Quieres hablar con los perros, quieres ser gigante, quieres tocar una estrella? Yo lo conseguiré, haré todo lo posible para ello. Esta última vez no dudaste, gritaste tan fuerte que sí que toda la calle se quedó mirándonos y me estrujaste el cuello con tus manitas de seis años. Al día siguiente estábamos en mi taller, los dos llenos de energía, montando la cabina de un avión de madera, un avión que no conseguiría volar según las leyes de la física, pero que nos haría felices a los dos.
Aquí no hay aviones hijo, aquí es imposible ser feliz… No se ni por qué escribo esta carta si jamás vas a poder verla, si no hace más que reafirmar que mi tumba está entre este humo repugnante y cemento vomitivo. Es imposible, lo he intentado, lo he intentado mil veces, pero escupo sobre esta ciudad. ¿Realmente la habrá? ¿Habrá gente sin corromper en este estercolero? Doy vueltas por el barrio, por los sectores, busco a personas que quieran malgastar algo de tiempo con un viejo como yo, que quieran volar como lo hicimos tú y yo. Lo que pasa es que aquí no hay personas, hay tarjetas de crédito. No hay personas, hay coches de alta gama para los ricos y triciclos de plástico corrompido para los pobres. No hay personas, hay bañeras de dos metros, televisores con home cinema, hay móviles de última generación, sillones de marca que realmente valen una mierda… Pero tampoco hay personas, sino un chute de heroína, un polvo a diez guiles, una Archer&Grossman dentro de la boca de alguien… Soñaba contigo con que ese avión iba a volar, pero ¿acaso es más difícil soñar con que aún exista gente civilizada? Ah… Ya lo entiendo… Claro… Es que esto en lo que vivo es lo que llaman civilización… Civilización, desarrollo, modernización… ¡AVANCE! Matemos nuestros sentimientos, aniquilemos nuestra intimidad, mutilemos nuestros recuerdos. Quiero que me despierte una máquina a que lo haga alguien a mi lado, quiero que unas ruedas me lleven a la vuelta de la esquina en vez de andar, quiero que los rascacielos me tapen el cielo porque tan sólo veo un amasijo de hierro… Con lo que me gustan a mí las nubes. ¿Te acuerdas Max? Éramos capaces de estar tardes enteras observando cómo se iba desarrollando una gran masa de nubes hasta ver cómo descargaba en forma de tormenta.
¿En qué momento se me ocurrió marcharme de nuestro hogar? ¿EN QUÉ MOMENTO?
¡Maldita sea! Yo quería lo mejor para vosotros, soporté el dolor de mi corazón al marcharme, soporté aquél dolor de dejaros porque sabía que era lo mejor. Ahora quiero volver joder… Quiero abrazaros… No puedo ni recordar cuántos años tienes ahora………..er ese avión de nuevo y charlar contig……………………………..Quiero volver……………….QUIE……..VER.
Era imposible leer lo último, las lágrimas de mi padre lo habían borrado y ahora las mías ayudaban que se emborronase más. Cada letra me llevaba a otra parte, me trasladaba a un rincón oscuro donde veía a mi padre cansado, triste, amargado, melancólico, desesperado, hastiado… Mi corazón se partía al leer como se había partido el suyo. Volví a llorar como hace unos días, al venir a este repugnante humo y a este vomitivo cemento, como bien sabía mi padre. Me hice un ovillo y lloré como aquél niño pequeño que quería una golosina, solo que ahora era un llanto distinto. Ahora no había avión que valiese ni padre que me consolase.
Y eso era lo que realmente me jodía, lo que me mataba por dentro, que no había padre por ningún lado. No había un padre al que abrazar aunque tuviese gusanos comiéndoselo o no quedasen más que huesos.
De repente sonó el teléfono. No dejé ni terminar de sonar el primer toque.
-¿Sí?
-¿Maximilian White?- una nueva punzada de dolor, sólo llamaban así a mi padre.
-Max, si no te importa.
-Eh… Vale Max, Arguish está aquí, dice que se disculpa por el plantón de ayer.
-Dile que no se mueva, que voy enseguida.
Colgué y salí de casa escopetado sin haberme duchado y secándome las lágrimas con la manga del chándal. En efecto, cuando llegué al Blackson’s con la lengua fuera y apoyándome en el marco de la puerta, Arguish se tomaba su último trago y se despedía del camarero.
-Vamos, ya sé donde está enterrado tu padre.
No podía ser cierto. ¿Así de fácil? ¿Cómo lo había conseguido tan rápido? ¡Si Midgar es gigantesco! Le seguí el paso como pude, a veces corriendo y a veces andando todo lo rápido que me dejaban las piernas. Era un hombre enorme y sus zancadas eran casi como dos pasos míos.
-¿A dónde vamos?-pregunté entre resoplidos.
-Al cementerio de trenes-me contestó en su faceta más pragmática, como si malgastar más aire fuese totalmente innecesario.
Llegamos a dicho lugar en menos de media hora y las piernas se quejaban dándome incómodos pinchazos. Arguish miraba concienzudamente de lado a lado, como si supiese el lugar exacto del cadáver de mi padre. Yo le seguía totalmente mudo, sólo pensaba en ver al fin la cara de Maximilian White, el auténtico Maximilian White y no yo, después de tantos años.
Arguish torció un par de veces a la izquierda, después me hizo atravesar un vagón volcado totalmente lleno de óxido, para después pedirme silencio absoluto porque rondaban por la zona una cuadrilla de buscatesoros. Todo era demasiado tenso y excitante, aunque también me deprimía pensar en cómo cojones había acabado mi padre en un lugar así. Cien metros por un raíl destrozado, otros cincuenta enzarzados en un laberinto de vagones en los que yo perdí el sentido de la orientación totalmente, hasta llegar a un claro en el bosque, por llamarlo de alguna manera, en el que tres vagones formaban un triángulo irregular. La tierra allí era seca y polvorienta, prácticamente roca, y el aire estaba muy cargado.
Arguish paró en seco y se rascó la cabeza con el dedo índice. Después dio media vuelta y me miró a través de esas falsas cuencas negras.
-Esto… No sé cómo decírtelo, pero se han vuelto a llevar a tu padre.
Aún así desperté en mi casa sin saber cómo, con un garabato en una mano que aseguraba darme explicaciones. Y claro, eso me dio esperanzas de que tal vez pudiera zanjar el asunto de una vez por todas. ¿Cuál es mi sorpresa cuando llega la hora de conocer al susodicho informador? Que es un hombre con una máscara macabra que come caramelos continuamente y está como una regadera… Totalmente absurdo.
Cuando me invitó a entrar en su casa fue extraño. Se trataba de un pequeño edificio a las afueras de Mercado Muro, totalmente destartalado y mohoso. El exterior parecía algo más elegante, con una capa de pintura blanca ensombrecida por los años y una puerta bien asegurada, pero el interior parecía decir a gritos “¡Me voy a caer encima de ti!”. La entrada se iluminaba gracias a una parpadeante bombilla que colgaba del techo, sujeta a unos cables con cinta aislante. Las paredes, mohosas y con el yeso mordido por los ratones, parecían brillar con un color de alcantarilla y soltar vapores de otro planeta. Arguish, que así se llamaba el dueño del “hogar” me invitó con la mano a que le siguiera y así llegué a lo que se supone, era el salón.
-Perdona que esto esté tan asqueroso, pero es que mi compañero nunca se digna a limpiar… ¡No, no me vengas ahora con esas! Tienes tiempo de sobra, lo que pasa es que eres un… Bah, déjalo es inútil hablar contigo.
Genial, definitivamente estaba como una jodida regadera. Yo lo estaba pasando realmente mal, todo parecía sacado de una película de terror. Una bombilla, idéntica a la de la entrada, lanzaba sombras sobre esa máscara de látex y me ponía los pelos de punta. De no ser porque podía verle el cuello rojizo entre la máscara y la camisa, seguramente hubiese salido corriendo.
-¿Pero tú vives aquí?- Me fue inevitable hacerle la pregunta, no encajaba que alguien así, con un traje que valía más que los ahorros que yo tenía, viviese en tal basurero.
-¡No hombre! Éste es… Uno de mis lugares de trabajo- esa pausa no sonó nada bien- Tengo otras en el Sector 5 y en el 3, además mi casa está sobre esa galleta metálica, en el apacible sector 5. De todas formas ya te puedo decir que… Dado mi trabajo, puede que todo lo que te este diciendo sea mentira, que parte de ello sea verdad y la otra parte una farsa o que incluso todo sea verdad. Harías bien en no fiarte de mis palabras, lo hago de forma inconsciente. Aún así, prometí ayudarte con ese pequeño problemilla con Callisto y de eso sí que puedes fiarte.
-Pero… ¿Entonces en qué trabajas?
-Vendo tornillos.
Pareció totalmente complacido con tal respuesta así que yo me hice el despistado y anduve con pasos torpes por el salón. Tan sólo había un sofá orejero con un sucio tapizado rojo y una chimenea mugrienta de piedra ennegrecida. En eso consistía la habitación, salvo por las cajas; cajas por todos lados, apiladas en las esquinas, tiradas por el suelo… Arguish se llevó la mano al pecho y sacó una pitillera, pero soltó una maldición al ver que ésta estaba vacía.
-No pasa nada… Debe haber más por aquí… Piensa Arguish, piensa… ¡Ahora no me toques los cojones, que esto es serio! Ah, ya sé.
Se acercó a la caja más próxima a la chimenea, sacó un tarro lleno de chupachups y empezó a colocar uno a uno en la pitillera.
-Lo bueno… De este vicio- explicó con un exagerado esfuerzo al levantar un brazo y volver a guardarse la pequeña metálica- Es que ya no me queda ningún diente sano- y lo intentó demostrar introduciendo el dedo índice por la pequeña hendidura de la máscara y golpeándose uno de los paletos- Todos son prótesis de la más alta calidad. ¡Y doy gracias al cielo que no soy diabético!
Él se rió con fuerza, yo le seguí con un resoplido fingido.
-Bueno basta de tonterías. Si te digo la verdad, aquél día ibas peor que borracho y no vocalizabas en absoluto. Conseguí entenderte que vivías justo al lado del bar y te llevé como pude a casa. Fue entonces cuando distinguí la letra de Callisto en una carta que había sobre el televisor. Perdona por meter mis narices donde no me llaman, pero su contenido está intacto, sólo vi su firma en el dorso del sobre.
-¿De qué conocías a mi padre? –le dije sin rodeos. No quería estar más tiempo en un lugar como ese, en el que las paredes parecían tener vida propia y exudar moho.
-Bueno… Es complicado… Digamos que él me ayudaba a vender tornillos. Lo conocí cuando vino a esta ciudad y no… Oh perdona, tengo que contestar la llamada.
En efecto, a la segunda vibración en uno de los bolsillos del pantalón, comenzó a sonar una suave melodía, una de estás que vienen incluidas con el teléfono. Al tercer timbre lo copio y me dio la espalda para hablar.
-Dime… ¿Tiene que ser ahora? Es que ando algo ocupado… Entiendo. Si no hay más remedio estaré allí en media hora.-colgó la llamada y volvió a mirarme de frente con esa horrible cara de calavera.- Lo siento Max, nos tendremos que ver en otra ocasión, tengo que acudir a una reunión importante.
-No pasa nada- mentí yo, no me gustaba la idea de haber ido para nada- Ya nos veremos en otra ocasión…
-Mañana. A las diez, en el Blackson’s. Está por aquí cerca, no tiene perdida- dicho esto pasó a mi lado con grandes zancadas y abrió la puerta apresuradamente- Me voy, cierra la puerta cuando salga Huragis.
-¿Cuándo salga quién?- le dije sin entender nada. Él se dio la vuelta y pareció meditar sus anteriores palabras.
-Da igual, no importa. Nos vemos mañana.
Eso ocurrió hace dos días. Al siguiente, tras dar tres vueltas frente al bar sin conseguir verle y dar una cuarta, entré en aquél local en penumbra lleno de botellas extrañas y esperé a que Arguish apareciera. El dueño pareció fijarse en mi preocupación la enésima vez que dirigí la mirada a la puerta dando un trago de mi refresco.
-¿Espera a alguien?-Me preguntó para conseguir algo de conversación; el bar estaba cerrado y por lo que parecía, era algo habitual por la mañana.
-Lo cierto es que sí, pero tengo albergo pocas esperanzas de que venga- disimulé con una sonrisa- Es que apenas le conozco y es… Bastante extraño.
-¡La leche! Me apuesto una copa de lo que quieras a que estás esperando a Arguish.
-¿Cómo lo sabes?- pregunté incrédulo.
-Porque es lo más extraño que pisa por aquí… Y que yo sepa, por suerte, sólo hay uno como él.-bromeó llevándose un trapo mojado al hombro- Pero debo decirte que es posible que no venga, a veces desaparece durante un par de días, una semana… Pero sí, por lo general viene a tomarse algo aquí todas las mañanas.
Eché un rápido vistazo al reloj de mí muñeca; las diez y media. Algo me decía que no iba a aparecer. Pensé rápidamente en qué hacer, saqué un bolígrafo de plástico de mi sudadera de hace tres años y cogí una servilleta de papel de la barra.
-Aquí está mi número- le informé al camarero- ¿Si Arguish aparece por aquí podría avisarme?
-Eso está hecho, vaya a aprovechar la mañana con algo, que ya le llamaré cuando Arguish se digne a pasear su máscara por aquí.
Mentira, no aproveché la mañana, volví a recluirme en casa, tirado en las amarillentas sábanas, esperando a que en cualquier momento sonase el teléfono.
Pero fue al día siguiente cuando decidí enfrentarme a la verdad y abrir aquella fatídica carta. Me levanté de la cama de un salto, como si lo hubiese decidido ya en sueños y separé el pegamento de la solapa con facilidad. Tal vez fue porque esperaba algún mensaje oculto, alguna verdad que sólo yo podría entender al descifrar aquellas palabras, algo más allá del papel, pero lo que decía me desanimó completamente.
Max… ¿Te acuerdas de aquella vez que te enfadaste conmigo porque no te compraba una golosina? Tú no parabas de llorar y te cogí de los brazos. Te dije “¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres volar?” Paraste de llorar al instante, intentando comprender lo que había dicho, intentando ver de qué manera podía hacerse posible aquello, intentando hacer real aquella ilusión de que yo era el mejor del mundo. Volví a repetírtelo: “¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres volar?” Te quitaste las lágrimas con dos manotazos y asentiste de la manera más torpe posible. No era una regañina, no quería enseñarte que todo en esta vida no se puede tener. No, yo te lo decía totalmente en serio, haría que volases, haría lo posible para que fueses feliz en todo momento, haría lo imposible para lo imposible. Te lo repetí una última vez: “¿Qué quieres que te diga?” qué quieres que te diga, dímelo, te diré lo que me pidas, lo que sea. “¿Quieres volar?” ¿Quieres hablar con los perros, quieres ser gigante, quieres tocar una estrella? Yo lo conseguiré, haré todo lo posible para ello. Esta última vez no dudaste, gritaste tan fuerte que sí que toda la calle se quedó mirándonos y me estrujaste el cuello con tus manitas de seis años. Al día siguiente estábamos en mi taller, los dos llenos de energía, montando la cabina de un avión de madera, un avión que no conseguiría volar según las leyes de la física, pero que nos haría felices a los dos.
Aquí no hay aviones hijo, aquí es imposible ser feliz… No se ni por qué escribo esta carta si jamás vas a poder verla, si no hace más que reafirmar que mi tumba está entre este humo repugnante y cemento vomitivo. Es imposible, lo he intentado, lo he intentado mil veces, pero escupo sobre esta ciudad. ¿Realmente la habrá? ¿Habrá gente sin corromper en este estercolero? Doy vueltas por el barrio, por los sectores, busco a personas que quieran malgastar algo de tiempo con un viejo como yo, que quieran volar como lo hicimos tú y yo. Lo que pasa es que aquí no hay personas, hay tarjetas de crédito. No hay personas, hay coches de alta gama para los ricos y triciclos de plástico corrompido para los pobres. No hay personas, hay bañeras de dos metros, televisores con home cinema, hay móviles de última generación, sillones de marca que realmente valen una mierda… Pero tampoco hay personas, sino un chute de heroína, un polvo a diez guiles, una Archer&Grossman dentro de la boca de alguien… Soñaba contigo con que ese avión iba a volar, pero ¿acaso es más difícil soñar con que aún exista gente civilizada? Ah… Ya lo entiendo… Claro… Es que esto en lo que vivo es lo que llaman civilización… Civilización, desarrollo, modernización… ¡AVANCE! Matemos nuestros sentimientos, aniquilemos nuestra intimidad, mutilemos nuestros recuerdos. Quiero que me despierte una máquina a que lo haga alguien a mi lado, quiero que unas ruedas me lleven a la vuelta de la esquina en vez de andar, quiero que los rascacielos me tapen el cielo porque tan sólo veo un amasijo de hierro… Con lo que me gustan a mí las nubes. ¿Te acuerdas Max? Éramos capaces de estar tardes enteras observando cómo se iba desarrollando una gran masa de nubes hasta ver cómo descargaba en forma de tormenta.
¿En qué momento se me ocurrió marcharme de nuestro hogar? ¿EN QUÉ MOMENTO?
¡Maldita sea! Yo quería lo mejor para vosotros, soporté el dolor de mi corazón al marcharme, soporté aquél dolor de dejaros porque sabía que era lo mejor. Ahora quiero volver joder… Quiero abrazaros… No puedo ni recordar cuántos años tienes ahora………..er ese avión de nuevo y charlar contig……………………………..Quiero volver……………….QUIE……..VER.
Era imposible leer lo último, las lágrimas de mi padre lo habían borrado y ahora las mías ayudaban que se emborronase más. Cada letra me llevaba a otra parte, me trasladaba a un rincón oscuro donde veía a mi padre cansado, triste, amargado, melancólico, desesperado, hastiado… Mi corazón se partía al leer como se había partido el suyo. Volví a llorar como hace unos días, al venir a este repugnante humo y a este vomitivo cemento, como bien sabía mi padre. Me hice un ovillo y lloré como aquél niño pequeño que quería una golosina, solo que ahora era un llanto distinto. Ahora no había avión que valiese ni padre que me consolase.
Y eso era lo que realmente me jodía, lo que me mataba por dentro, que no había padre por ningún lado. No había un padre al que abrazar aunque tuviese gusanos comiéndoselo o no quedasen más que huesos.
De repente sonó el teléfono. No dejé ni terminar de sonar el primer toque.
-¿Sí?
-¿Maximilian White?- una nueva punzada de dolor, sólo llamaban así a mi padre.
-Max, si no te importa.
-Eh… Vale Max, Arguish está aquí, dice que se disculpa por el plantón de ayer.
-Dile que no se mueva, que voy enseguida.
Colgué y salí de casa escopetado sin haberme duchado y secándome las lágrimas con la manga del chándal. En efecto, cuando llegué al Blackson’s con la lengua fuera y apoyándome en el marco de la puerta, Arguish se tomaba su último trago y se despedía del camarero.
-Vamos, ya sé donde está enterrado tu padre.
No podía ser cierto. ¿Así de fácil? ¿Cómo lo había conseguido tan rápido? ¡Si Midgar es gigantesco! Le seguí el paso como pude, a veces corriendo y a veces andando todo lo rápido que me dejaban las piernas. Era un hombre enorme y sus zancadas eran casi como dos pasos míos.
-¿A dónde vamos?-pregunté entre resoplidos.
-Al cementerio de trenes-me contestó en su faceta más pragmática, como si malgastar más aire fuese totalmente innecesario.
Llegamos a dicho lugar en menos de media hora y las piernas se quejaban dándome incómodos pinchazos. Arguish miraba concienzudamente de lado a lado, como si supiese el lugar exacto del cadáver de mi padre. Yo le seguía totalmente mudo, sólo pensaba en ver al fin la cara de Maximilian White, el auténtico Maximilian White y no yo, después de tantos años.
Arguish torció un par de veces a la izquierda, después me hizo atravesar un vagón volcado totalmente lleno de óxido, para después pedirme silencio absoluto porque rondaban por la zona una cuadrilla de buscatesoros. Todo era demasiado tenso y excitante, aunque también me deprimía pensar en cómo cojones había acabado mi padre en un lugar así. Cien metros por un raíl destrozado, otros cincuenta enzarzados en un laberinto de vagones en los que yo perdí el sentido de la orientación totalmente, hasta llegar a un claro en el bosque, por llamarlo de alguna manera, en el que tres vagones formaban un triángulo irregular. La tierra allí era seca y polvorienta, prácticamente roca, y el aire estaba muy cargado.
Arguish paró en seco y se rascó la cabeza con el dedo índice. Después dio media vuelta y me miró a través de esas falsas cuencas negras.
-Esto… No sé cómo decírtelo, pero se han vuelto a llevar a tu padre.
martes, 25 de mayo de 2010
214
El joven Tepec no hizo ni un ruido. Su respiración se redujo al mínimo, en un esfuerzo por controlar sus latidos, justo igual que le había enseñado su tío Ron. Piensa en un número alto. El número más alto que se te venga a la mente, y empieza a contar hacia atrás. Quinientos… Cuatrocientos noventa y nueve… Cuatrocientos noventa y ocho…
Un contenedor de basura se interponía entre su refugio, la entrada de uno de los túneles de ventilación de las alcantarillas, y el peligro, representado por un loco violento armado con un palo de golf y el hombre al que este había llamado “agente”. “Tepec, si no te ven, no habrá chance de que te vuelen la chola”. El viejo tío Ron sabía como escapar de los problemas. Por eso había llegado hasta la avanzada edad de treinta y cuatro años.
Se fueron, y Tepec pudo salir de su escondrijo. Entre los callejones, una rata más no llamaría la atención en los suburbios. Ver al crío corriendo por el sector uno, aún en los suburbios, sería todo un impacto para los vecinos, pero en este sector nadie vería con ojos extraños al hijo de unos inmigrantes corelianos.
Su familia llevaba ya muchas generaciones viviendo en Midgar. Es sabido que esta es de sobra una de las ciudades más antiguas del mundo, por no decir la que más. Sus cimientos de hormigón hunden sus garras en la tierra donde antes muchas otras edificaciones se alzaron antes de esta megalítica monstruosidad gris. Todas estas culturas, todos estos habitantes vieron como sus viviendas eran sepultadas por una cúpula que les cambiaría el sol por neón. Vieron como barrios enteros eran borrados para construir los soportes sobre los que se alzaría el vergel de las clases pudientes. Sin embargo, aquello que quedó abajo no fue olvidado.
Tepec había cumplido los quince años esta semana, lo que le daba derecho a convertirse en un huaquero, igual que lo habían sido antes su padre y su abuelo, y que lo era su tío. Así se llamaba en la zona de Corel y Costa del Sol a los saqueadores de ruinas: Hombres valientes y astutos, listos para burlar peligros, tan mundanos como las trampas o los derrumbamientos, y tan temibles como las maldiciones de los muertos, cuyo descanso eterno estaban perturbando.
Catorce años atrás, Tehuan, el padre de Tepec, no había vuelto. A los pocos meses, a su tío ya todo el mundo lo llamaba Ron, hasta dejar atrás su verdadero nombre. Había que protegerse, y los muertos nunca olvidaban nada. Tehuan murió aplastado por un derrumbamiento cuando dejaban atrás un cementerio de más de mil años de antigüedad. Otros compañeros de la expedición tampoco llegaron a ver la luz, sucumbiendo en su huída. Los dos últimos en morir, lo hicieron cuando ya habían vuelto a la civilización: Cayeron enfermos y sus cuerpos se vieron consumidos por la maldición. Debilitados y macilentos, antes de que la muerte les diese reposo, llegaron a tal extremo de delgadez que parecían esqueletos. Solo uno vivió para contarlo: el astuto tío Ron. Nadie lo ha vuelto a llamar por su verdadero nombre, por miedo a que los muertos lo encuentren.
Nervioso por empezar su aventura cuanto antes, Tepec llegó a casa. Allí le esperaba su madre, una mujer regordeta, de rasgos achaparrados, llenando un termo de café mientras le insistía una y otra vez a Ron para que usase sus mañas para proteger a su hijo. Tepec era lo único que le había quedado del amor de su vida. Era su único hijo y no quería perderlo. Al fondo de su chabola, una casa desocupada de la que se apropiaron aún cuando el cabeza de familia vivía, la abuela paterna del nuevo huaquero ultimaba las puntadas de un jersey de lana, en cuyas mangas había cosido sendos bolsillos ocultos. En uno había guardado una estampa de una santa de Corel, para que velase por su vida. En otro, un par de monedas viejas, para que si el cuerpo de su nieto quedaba perdido en las entrañas de la tierra, aún insepulto, pudiese pagar al barquero y llegar al otro mundo.
- ¿Qué hubo, man? ¿Ya estas listo? ¡Claro que sí! ¡Mírate! ¡Ya eres más alto que yo! – Saludó el tío Ron a su sobrino, revolviéndole su espesa mata de pelo con los dedos. Escupió en el fregadero de la cocina y volvió a introducirse un puñadito de tabaco de mascar en la boca. - ¿Quieres?
- No, gracias, tío… - Dijo con un acento menos marcado que el de su pariente, mientras sacaba tímidamente una cajetilla de tabaco y se introducía un cigarrillo entre los labios.
- ¡Orale, Tepec! ¿Y ahora tú también con el fumeque?
- Déjalo, Rosita, déjalo… Ya es un hombre. ¿A que sí, Tepec? – El joven asintió, conteniendo un arranque de tos. – Ya sabes que tu tío Ron siempre te trae un regalo, ¿no? – El joven asintió. – ¡Pues eso se acabó! – El joven no encajó bien la noticia, pero su tío sonreía. – ¡Ahora eres todo un chavón, y ya tienes que procurarte tú mismo la platita para ir por la vida como un hombre! ¡No puedes dejar que tu mamacita esté toda la vida limpiando casas de la gente rica para vivir! ¿O te paga ella el tabaco?
- No… Ahorro.
- ¿De dónde sale la plata para pagar eso, Tepec? - Su madre señalaba a la cajetilla de tabaco, de nombre escrito en caracteres orientales. Tabaco barato, comprado a un tendero de wutai, pero no así el mechero, que estaba fabricado en plata, con incrustaciones de marfil.
- Lo encontré… - Su madre no parecía convencida con sus excusas. – ¡Es la verdad! ¿Crees que lo robé? ¡Mira! – Levantó la cabeza, ofendido. - ¿Ves algún fierro? – Su madre lo rodeó, buscando algún revolver o cuchillo, pero no lo encontró. No acabó de estar satisfecha, pero cedió ante la insistente mirada de su cuñado.
- ¿Dónde te cuelas tú a buscar esos tesoritos, chavón?
- En las oficinas del ferrocarril. – Confesó el joven. – Están las cosas que la gente pierde, y ahí estaba el microondas.
- ¿Ves, Rosita? – Sonrió el tío. – Tu hijo ya apunta maneras de hombre, mirando por su familia.
La discusión no duró mucho más, pero cuando todo acabó, las dos mujeres veían como los huaqueros se iban, envalentonados por unos chupitos de aguardiente. A lo lejos se oía a Ron, contando las hazañas del difunto Tehuan. Sin embargo, lo único que se oía en la vivienda era a la anciana, murmurando con evidente descontento.
Con el tardío apagado de las luces de la placa, que sumían a los suburbios en un batiburrillo de pequeños neones comerciales de vistosos colores, un grupo de gente de aspecto extraño y diverso se reunió en la taberna Quetzalcoatl, en el sector seis. Allí esperarían tomando café reforzado con aguardiente a la hora de cierre del servicio de trenes para caminar hasta la estación de la zona despejada del Sector 7 y adentrarse en los viejos túneles ferroviarios.
Avergonzado, Tepec caminaba intentando mantener el paso de los demás huaqueros. Si iba igual de rápido que ellos, sus pisadas se oían resonar por todo el túnel. Si iba en silencio, lo dejaban atrás en cuestión de segundos. Su tío iba en la parte frontal de la columna, mirando hacia atrás de vez en cuando y dedicándole una sonrisa al joven Tepec para animarlo. Los recovecos por los que caminaban habían sido abandonados décadas atrás. Los raíles seguían allí, oxidados y negruzcos, mientras que los travesaños lucían mohosos y podridos. Ratas grandes como perros huían de la luz de las linternas, pero sus ojillos eran visibles en la oscuridad, observándolos como extraños invasores. Tepec no lograba ir cómodo. Acostumbraba a hacer sus pequeños allanamientos sin más equipo que una navaja multiusos, linterna y a veces una palanqueta o unos metros de cuerda. Ahora tenía que llevar casco, pico, una vara de hierro de dos metros, que según le habían enseñado, servía para horadar la tierra, en busca de bultos de cuerpos o algún otro objeto a desenterrar, y lo que más le había sorprendido: A escondidas, cuando se hubieron alejado unos cuantos metros de su casa, el tío Ron le había entregado un viejo revolver envuelto en un paño. “Por precaución”, fue todo lo que le dijo al respecto.
Se adentraban metro a metro, deslizándose y deteniéndose cada vez que aparecía alguna sombra sospechosa. Algunas veces pequeños destellos los sorprendieron, y más aún sorprendieron a Tepec: Nunca habría esperado ver aquellas cosas en semejante lugar: Viejo cableado de un bunker de guerra lleno de cadáveres con uniforme militar, ya despojados de sus medallas y posesiones de valor años atrás, un viejo altavoz de algún sistema de túneles que nadie se había acordado de apagar, que emitía música antiquísima interrumpida por un ocasional aviso que repetía como un mantra: En estos momentos, el servicio se encuentra suspendido por reformas. Rogamos, disculpen las molestias. Les recordamos que en caso de que vean aparecer un Bahamut, el gobierno les aconseja huir hacia el refugio más próximo. El gobierno no se hace responsable de los daños sufridos por desatender este consejo”. Nadie sabía lo que significaba ese mensaje.
Tepec llegó a pasar bastante miedo cuando, después de algo más de una hora de camino, todos se detuvieron. El camino pasaba junto a un canal. Todos se sumergieron en él y volvieron a salir, reemprendiendo la marcha. Tras unos minutos más de camino, el tío Ron le mostró a su sobrino el motivo de su baño:
- Mira, chavón. – Le señaló con la linterna. - ¿Lo viste? – Ante los ojos del joven huaquero se mostraba una criatura extraña, y nunca antes vista ni imaginada. Era como una especie de sierpe, como un lagarto cuyas patas eran demasiado pequeñas y casi inútiles, y que avanzaba serpenteando con su cuerpo alargado y sinuoso, de un inquietante color blanco lechoso. Era enorme, larga como un autobús, y sus fauces eran tan grandes que podrían arrancarle la cabeza de un bocado.
- Es enorme… - Susurró Tepec.
- Es una blancota. – Explicó su tío. – Comen carne y aunque son ciegas tienen muy buen olfato.
- ¡Por eso nos metimos en el agua! – Su tío asintió.
- No le apuntes con la linterna mucho rato o notará el calor de la luz y se pondrá alerta. Son muy sensibles.
- ¿Y qué vamos a hacer, tío? ¿Hay chance de rodearla?
- No. – Dijo un hombre extraño detrás de Tepec. Rubio, de ojos azules, pálido y amenazador. Lo llamaban “el Waingro”, y era conocido por ser de pocas palabras y menos dudas. Tenía un hacha en la mano y aunque su rostro apenas era visible en la oscuridad, el tono de su voz dejaba claro que su gesto era de determinación. – Silencio todo el mundo.
El rubio avanzó y con él iba otro hombre. Tepec no lo reconoció en la oscuridad. Sus pasos eran apenas audibles, y sus siluetas se perdieron de su vista en cuestión de segundos. Iban muy despacio, y mientras avanzaban, el resto de la expedición contenía el aliento a la espera. Les esperaba el sonido seco del hachazo. Había una linterna encendida, pero estaba apuntando contra el suelo para no dar luz directa que pudiese advertir a la monstruosa sierpe.
Entonces, un grito les hizo estremecerse a todos, seguido del sonido de un disparo. Corrieron a asomarse, armas en mano y lo que vieron detuvo a bastantes de ellos, sobrecogidos por el terror.
Tepec reconoció entonces al hombre que había seguido al Waingro: Era Oliveira. Un huaquero apenas cuatro años mayor que él. Era muy popular en su barrio, porque tenía una moto, y su novia era la más guapa de todo el vecindario. Oliveira iba cubriendo las espaldas del Waingro: Contra las blancotas, el mejor sistema era que el más veterano le atacase a la nuca mientras que otro se sentaba sobre su lomo y le golpeaba para evitar que huyese o se pudiese enroscar para atacar. Sin embargo esos extraños seres eran más listos de lo esperado, y el que vieron era solo el señuelo. Otra blancota más grande había alcanzado a Oliveira en el pecho y lo zarandeaba como un muñeco de trapo, mientras que una tercera desaparecía a lo lejos con una de las piernas del joven huaquero. El Waingro, preparado por años de enfrentarse a lo desconocido, no dudó en echar mano de una escopeta recortada y vaciar los dos cañones sobre la sierpe que los había atraído para poder concentrarse en luchar contra el ejemplar mayor que estaba destrozando a su compañero. Con la llegada del grupo las linternas recorrieron toda la sala, y acabaron con las dos sierpes restantes a tiros.
Tepec estaba paralizado viendo el cadáver de Oliveira, al que el Waingro lo había mirado unos segundos, planteándose dar uso a una materia de “cura”, pero decidió ser compasivo y lo remató con bastante poca delicadeza de un hachazo en la frente. A sus espaldas, los demás huaqueros recargaban sus armas a toda velocidad mientras discutían por donde seguir su camino. El tío Ron, al ver a su sobrino atontado, lo despejó de un tortazo.
- ¡Vamos chavón! ¡Como te quedes quieto te doy una golpiza que no te vuelves a detener en la vida! – Tepec se giró, pero en lugar de mirar a su tío, tenía la mirada perdida a espaldas del viejo Ron.
- Tío, ¿Dónde está Blasquez? – Preguntó el joven, señalando al grupo. Ron se giró, alarmado. En medio del pelotón de huaqueros, aún en tensión por el tiroteo, había un hueco en el que nadie había reparado aún. De él se iba un rastro de sangre que se perdía en una de las anchas grietas de la pared.
- ¡La concha que lo…! – Gritó. Tomó una de las botellas de barro que llevaba en su mochila y le arrancó el tapón, metiéndole un pañuelo por el orificio. Le prendió fuego y lo lanzó contra el lado de la estancia por el que se habían llevado a Blasquez y a la pierna de Oliveira. Luego revolver en mano, se encaminó hacia la dirección contraria, dando orden de seguirle. Ya solo había cuatro pares de pasos a sus espaldas.
Los corredores lóbregos y húmedos seguían, y el grupo de huaqueros continuó su avance. Su ánimo se había ensombrecido, pero no así su determinación. Todas las historias acerca de una tumba olvidada seguían frescas en sus mentes, y su intención era llevarse todo lo posible y desaparecer para no volver a mencionar nunca más este lugar. Esos dos desdichados sabían a que habían venido.
Burlando otras amenazas subterráneas, llegaron hasta un pozo sin fondo visible. Allí Ron les obligó a detenerse y sacar algo de sus respectivas mochilas.
- Hay que dejar algo para llevarse algo. – Explicó el viejo huaquero. – Debes pagar un tributo voluntario o la tierra se lo llevará todo por la fuerza.
Y así, uno por uno, tomaron alguna prenda de sus mochilas y la arrojaron a ese pozo, cuyo fondo no era visible a la luz de las linternas. Tanto si el valor de lo arrojado era monetario o personal, todos pagaron su precio. A la tierra no le importaba cuanto valiese lo que le dabas, sino cuanto importaba para uno mismo, y cada quien bien debía elegir su tributo. Si la tierra lo considerase insuficiente él mismo debería pagar las consecuencias.
Cuando le tocó a Tepec, pensó en su mechero de plata y marfil. Funcionaba igual que cualquier otro encendedor de plástico barato, pero le concedía un cierto estatus que lo ponía por encima de los demás chavales de su barrio. Sin embargo ya no era un chaval, era un huaquero, y un simple encendedor no valía tanto como lo que pudiese sacar de esta gruta. Tepec vio al mechero desaparecer entre las sombras. En pocos segundos salió del alcance de su linterna, pero por más que esperó nunca lo oyó caer contra el fondo. Su tío lo tomó del hombro y lo apremió a seguir.
- Dime, tío Ron. – Preguntó el novato. - ¿Qué vamos a buscar? ¿Una sucursal de banco? ¿Una oficina de Shin-ra?
- ¿Bancos? No, chavón… Esto es de mucho antes de que hubiese bancos. – Rió el veterano. – Ni bancos, ni Shin-ra, ni otras yararás por el estilo.
- ¿Entonces qué? ¿Qué vamos a…?
La respuesta vino por si sola: Un par de recodos descendiendo una gruta llevaron a Tepec a una sala distinta, abierta y tan grande que no era capaz de ver el techo. Las paredes ya no eran de roca excavada, ni de cemento, sino de mampostería. Piedras talladas una por una y unidas entre sí con mortero, tan antiguo y desgastado que daba la impresión de que podía venirse abajo en cualquier momento. También anunciaban esa posibilidad un par de rocas, caídas desde las insondables alturas. Aunque destrozadas, se reconocía al mismo estilo de rocas talladas que componían toda la muralla de la estancia. Tenían el peso suficiente para destrozar a cualquiera que tuviese la desdicha de ser alcanzado por una de ellas. Sin embargo, mientras los demás apuraban el paso entre contenidas exclamaciones, Tepec no pudo sino detenerse a contemplar aquello que tan grande sala contenía.
Era un extraño edificio, de construcción piramidal escalonada. Apenas tenía tres
pisos, pero todos ellos estaban hechos de roca primorosamente tallada y cubierta de relieves, muchos de los cuales Tepec solo había visto en algunas de las piezas que había visto de niño, cuando los huaqueros buscaban auténticos lugares sagrados abandonados, y no cualquier lugar que tuviese algo vendible o trocable por aguardiente.
Todo ello tenía un aura de misticismo sobrecogedor que hizo al joven sentirse minúsculo e insignificante. Muchos años atrás, mucho antes de la energía Mako y de los intereses empresariales, desde lo alto de ese pináculo algún extraño sacerdote contemplaría las estrellas, o recitaría algún extraño cántico ritual.
- Aquí se sacrificaban personas, Tepec. – Comentó el tío Ron. – Sé respetuoso, pero no olvides que vinimos a buscar.
Los huaqueros avanzaron a lo largo de las escaleras que subían por la cara frontal de la pirámide, hasta una puerta situada en lo alto, cuyas jambas tenían a cada lado una serpiente en relieve. Una sostenía el sol en sus fauces, y la otra la luna. Al cruzarlas, Tepec sintió algo frío en su pecho, tan terrorífico que no se atrevió a compartirlo con su tío, que caminaba tan solo un par de pasos a sus espaldas, cerrando la expedición.
Al frente de la marcha, se habían detenido a contemplar el hoyo de los restos de una escalera de caracol. El Waingro, decidido e impasible, ya estaba preparando una soga para descender. Los otros tres, un hombre enjuto y moreno llamado Gruschov, otro larguirucho y delgado llamado Sangchiao y el propio Tepec miraban indecisos al tío Ron, que supervisaba en silencio el nudo que el Waingro dejó en una de las estatuas, con forma de extraño felino. Junto a ella había una con forma de sierpe y una última con forma de ave.
- El jaguar significa que aquí hay un guerrero, la serpiente que también era sacerdote, y el pájaro que su familia era muy próspera. Podemos sacar mucho, pero debemos darnos prisa si no queremos que el fantasma se despierte. – Los demás asintieron.
El Waingro empezó el descenso, con el hacha colgando de la muñeca por una correa, sosteniendo su linterna con los dientes. Tras él iban Sangchiao y Tepec. Ron y Gruschov se quedaron arriba, guardando la cuerda y asegurando la huída.
El descenso fue largo, tanto que Tepec supuso que estarían unos cinco o seis metros por debajo del nivel de la estancia exterior. El Waingro los esperaba, y dejó caer una bengala para marcar el lugar. Una vez hubieron bajado todos, emprendieron el camino a lo largo de un pasillo, estrecho y sinuoso, cubierto de relieves. El olor a humedad y a moho era difícil de soportar, y todos llevaban el rostro cubierto con un pañuelo empapado en alcohol. El corredor giraba varias veces, hasta un tramo amplio, con baldosas de piedra lisas, separadas con líneas doradas entre ellas. El Waingro se detuvo a examinarlas, y Tepec se agachó junto a él, mientras Sangchiao seguía avanzando despacio, con paso cuidadoso.
De repente, el escuálido huaquero se detuvo en su posición anticipada. Su linterna había enfocado un gran relieve al fondo, señalizando una gran serpiente que miraba hacia el frente, como si pretendiese amenazar a los intrusos. El Waingro gruñó y Tepec entendió que algo no iba bien. Empezó a caminar esforzándose por seguir exactamente los mismos pasos que había dado Sangchiao, pero entonces se oyó un crujido: Una de las baldosas, mucho más fina que las demás se había roto bajo el pie del huaquero. Tepec miraba paralizado su cara de horror mientras lo veía arrojarse hacia un lado. En ese momento sintió un fuerte golpe: Era el Waingro, que lo había golpeado con el canto del hacha para derribarlo. Algo cruzó el aire sobre sus cabezas, emitiendo un desagradable silbido. Tepec se acurrucó a cuatro patas como si fuese una tortuga, y entonces oyó como algo caía desde el techo y golpeaba el suelo.
El joven huaquero abrió los ojos y se lo encontró cubierto de dardos, uno por cada baldosa. No había sentido pinchazo alguno, así que miró a su alrededor. El Waingro, tras golpearlo, había corrido a refugiarse en la entrada de la sala. Uno de sus pies había quedado fuera y el dardo se había clavado en la suela de su bota, librándose por los pelos. Cuando Tepec se giró hacia Sangchiao, se lo encontró de pie: Varios dardos lo habían alcanzado, en la mano, en el hombro y en una pierna. Se arrancó el de la mano y vio con horror como la zona alrededor de la herida se volvía de color azul, extendiéndose rápidamente. Mientras se miraba la mano, gritando cada vez de forma más entrecortada, a medida que sus pulmones se paralizaban, la infección de su hombro empezó a ascender por su cuello, alcanzándole la cabeza. Tosió y de su boca empezaron a surgir espumarajos negruzcos. Sangchiao se desplomó, demasiado débil incluso para llevarse las manos al cuello e intentar respirar. En apenas segundos, era ya un cadáver azul, víctima de violentos espasmos.
Tepec gritó. Empezó a palparse, temeroso de haber sido alcanzado el también. No se creía que no le hubiesen dado, y sentía extraños dolores por todo el cuerpo, creyéndose ya envenado. El Waingro caminó hacia él y lo derribó de una brutal bofetada.
- Tienes uno clavado en la mochila. Si te hubiese dado ya estarías como él. – Dijo, obligándolo a tranquilizarse. Tepec guardó silencio, prefiriendo no provocar al corpulento veterano a que le atizase otra vez, ya que no recordaba golpiza alguna en su vida que hubiese dolido tanto como ese golpe. Asintió, sin abrir la boca, y se puso en pie. – Sígueme y cállate.
Llegaron al fin del pasillo, y ante ellos se alzaba un sarcófago puesto en pie. Estaba tallado en piedra, imitando la figura que el cadáver había debido tener en vida. En una mano empuñaba un ornamentado sable de bronce, y en la otra un cetro enjoyado, y toda su superficie estaba cubierta de oro y piedras preciosas.
- Espera aquí. – Dijo el Waingro, y caminó cuidadosamente hasta llegar al sarcófago.
Sus pasos habían sido calculados, evitando pisar en sitios sospechosos, o tocar nada. Al llegar ante la majestuosa figura, se detuvo. Tepec lo observó en silencio, casi aguantando la respiración. El Waingro permanecía quieto, como si estuviese observando una y otra vez el sarcófago. No se movió en minutos. Tepec no le quitaba el ojo de encima, inquieto, esperando a que lo abriese o a que le indicase que podía acercarse.
Ni una cosa ni otra sucedió. De repente, una mano espectral apareció en medio de la espalda del Waingro, como si lo hubiese atravesado. La mano avanzó, y tras él apareció el resto del rey sacerdote. Era un ser majestuoso y terrible, cubierto de collares y brazaletes de oro, vistiendo una túnica brillante, tachonada en oro y jade, y una capa de piel de jaguar. Sobre su cabeza lucía una corona, decorada con oro, esmeraldas, plumas y materia. A través de su translúcida figura, Tepec pudo ver como el cuerpo del poderoso Huaquero se secaba y caía al suelo convertido en un pequeño montón de cenizas. El joven saqueador empezó a correr, perseguido por un aullido de ultratumba.
En la entrada de la pirámide, Gruschov seguía vivo, pero no por mucho tiempo. El viejo y astuto tío Ron le había soplado, espolvoreándole un polvo que lo paralizó. En ese momento, sacó un extraño cuchillo de obsidiana y se lo clavó en el pecho. Eso había sido minutos atrás. Ahora mismo, Gruschov, que no era capaz de entender porque seguía vivo, estaba viendo como el líder de la expedición se había pintado la cara con su sangre y alzaba en una mano su corazón, mientras que con la otra sostenía la daga empapada de sangre. Lo más horrible era que el corazón aún seguía latiendo.
- ¡Oh, Tlaloctiz, sumo señor de la noche! ¡Vuelvo como cada siete años, y traigo conmigo el sacrificio que reclamas! ¡Te ruego, mi señor, que por esta vida que te entrego, olvides mi pecado, mi castigo y mi nombre, y que este no sea pronunciado! ¡Una vez más, Tlaloctiz, te entrego sangre de mi propia sangre!
- Sangre de su sangre… - Dijo el espectro con voz temblorosa y profunda. Tepec lo observaba, paralizado por el terror e indefenso. – Si, hijo de hombre, reconozco el olor de tu sangre, pues ya lo he probado en el pasado. Me fue ofrecida por aquel que juró lealtad eterna y tributo en almas a cambio de su miserable vida. Me ocultó su nombre, para que no pudiese reclamar su alma y me suplicó por su cuerpo, para que no pudiese torturar su carne… Intruso… Infiel…
- Mi… Tío… - Susurró Tepec, postrado boca arriba, intentando huir arrastrándose. Sobre su cabeza podía ver el hueco por el que había descendido, y bajo sus manos sentía la cuerda, cortada e inerte al fondo de la cripta. – Mi tío Ron.
- Ah, hijo del hombre… Has sido traído como esclavo al sacrificio, pero conoces la identidad de quien va a entregarte… ¿Qué significa tu captor para ti?
- No… - Dijo Tepec, haciendo acopio de valor. – El tío Ron no ha podido…
- Conozco tu nombre, Tepec, que me habías sido prometido, hijo de Tehuan, quien me fue entregado hace catorce años a cambio de la propia salvación. ¡Piensa ahora! Sabes quién te ha sacrificado, igual que sabes quién sacrificó a tu padre hace catorce años. ¡¿Quién te traicionó, Tepec, hijo de Tehuan?!
- ¡No! ¡Tío Ron! – Gritó el joven huaquero, entendiendo entonces el apodo por el que se conocía supersticiosamente a su tío, y el motivo por el que él tanto había insistido en que no se pronunciase su verdadero nombre. - ¡Athumoc!
El tío Ron, había guardado su daga, y huía llevándose todo objeto de valor que pudo sacarle a Gruschov. Se hacía una idea del valor de los tesoros que habría en la tumba, pero sabía que la propia vida era suficiente botín para estas expediciones. Bajaba las escaleras saltando los escalones a grandes zancadas y en pocos segundos se encontraba ya corriendo hacia el túnel de la entrada. Se introdujo en él y buscó a tientas su linterna. Cuando la hubo encendido, vio para su horror que algo había cambiado: No era capaz de vislumbrar el final del túnel, y todo parecía acabar en una gran roca, como si el pasadizo nunca hubiese existido. Se abalanzó sobre ella y empezó a arañarla, consciente de que mientras era retenido ahí, unos pasos que no emitían sonido alguno pero que si retumbaban en el interior de su cabeza estaban cada vez más cerca. El maligno rey Tlaloctiz, que había desafiado al Señor de la Muerte y de algún modo vencido, no necesitaba caminar para darle caza, pero encontraba un cruel divertimento en su pánico.
- ¡No puede salir del territorio sagrado! – Repetía una y otra vez Ron. - ¡No puede, o el Señor de la Muerte lo reclamará!
- Oh, pero tú nunca bajaste a mi tumba, ¿verdad? – Respondió una voz en su cabeza. – Las marcas del territorio sagrado cubren mucho terreno, y aunque no pueda sobrepasar sus fronteras, si puedo recorrer su interior, ¿y sabes qué? Dentro de ellas, mi poder es absoluto.
En ese momento, el muro que había cubierto su salida cobró vida y se abalanzó sobre Ron, empujándolo de nuevo hacia la cámara que contenía la tumba. Incapaz de resistirse, el huaquero se volvió y vio la figura de su sobrino, vestido con los ropajes reales, esperándole con una maligna sonrisa en el rostro. En sus ojos relucía una luz verdosa y al hablar su voz parecía salir de las paredes, del suelo y del aire mismo.
- ¡Mi señor! – Suplicó Ron - ¡He cumplido mi parte!
- Puedo hacer muchos pactos, mortal, y no me importa tu conveniencia al respecto. ¡Sobre todo si lo que intentas es encubrir un crimen contra mí!
- ¡No! ¡Soy inocente! ¡Tepec, díselo! ¡Dile que tu viejo tío Ron es inocente!
- ¡Un nombre falso no borrará tus pecados, Athumoc!
El cuerpo poseído de Tepec empezó a iluminarse con resplandor de ultratumba, y su brillo del color del jade inundó la estancia, cubriendo el grito de desesperación del condenado, hasta hacerlo desaparecer por completo.
Un contenedor de basura se interponía entre su refugio, la entrada de uno de los túneles de ventilación de las alcantarillas, y el peligro, representado por un loco violento armado con un palo de golf y el hombre al que este había llamado “agente”. “Tepec, si no te ven, no habrá chance de que te vuelen la chola”. El viejo tío Ron sabía como escapar de los problemas. Por eso había llegado hasta la avanzada edad de treinta y cuatro años.
Se fueron, y Tepec pudo salir de su escondrijo. Entre los callejones, una rata más no llamaría la atención en los suburbios. Ver al crío corriendo por el sector uno, aún en los suburbios, sería todo un impacto para los vecinos, pero en este sector nadie vería con ojos extraños al hijo de unos inmigrantes corelianos.
Su familia llevaba ya muchas generaciones viviendo en Midgar. Es sabido que esta es de sobra una de las ciudades más antiguas del mundo, por no decir la que más. Sus cimientos de hormigón hunden sus garras en la tierra donde antes muchas otras edificaciones se alzaron antes de esta megalítica monstruosidad gris. Todas estas culturas, todos estos habitantes vieron como sus viviendas eran sepultadas por una cúpula que les cambiaría el sol por neón. Vieron como barrios enteros eran borrados para construir los soportes sobre los que se alzaría el vergel de las clases pudientes. Sin embargo, aquello que quedó abajo no fue olvidado.
Tepec había cumplido los quince años esta semana, lo que le daba derecho a convertirse en un huaquero, igual que lo habían sido antes su padre y su abuelo, y que lo era su tío. Así se llamaba en la zona de Corel y Costa del Sol a los saqueadores de ruinas: Hombres valientes y astutos, listos para burlar peligros, tan mundanos como las trampas o los derrumbamientos, y tan temibles como las maldiciones de los muertos, cuyo descanso eterno estaban perturbando.
Catorce años atrás, Tehuan, el padre de Tepec, no había vuelto. A los pocos meses, a su tío ya todo el mundo lo llamaba Ron, hasta dejar atrás su verdadero nombre. Había que protegerse, y los muertos nunca olvidaban nada. Tehuan murió aplastado por un derrumbamiento cuando dejaban atrás un cementerio de más de mil años de antigüedad. Otros compañeros de la expedición tampoco llegaron a ver la luz, sucumbiendo en su huída. Los dos últimos en morir, lo hicieron cuando ya habían vuelto a la civilización: Cayeron enfermos y sus cuerpos se vieron consumidos por la maldición. Debilitados y macilentos, antes de que la muerte les diese reposo, llegaron a tal extremo de delgadez que parecían esqueletos. Solo uno vivió para contarlo: el astuto tío Ron. Nadie lo ha vuelto a llamar por su verdadero nombre, por miedo a que los muertos lo encuentren.
Nervioso por empezar su aventura cuanto antes, Tepec llegó a casa. Allí le esperaba su madre, una mujer regordeta, de rasgos achaparrados, llenando un termo de café mientras le insistía una y otra vez a Ron para que usase sus mañas para proteger a su hijo. Tepec era lo único que le había quedado del amor de su vida. Era su único hijo y no quería perderlo. Al fondo de su chabola, una casa desocupada de la que se apropiaron aún cuando el cabeza de familia vivía, la abuela paterna del nuevo huaquero ultimaba las puntadas de un jersey de lana, en cuyas mangas había cosido sendos bolsillos ocultos. En uno había guardado una estampa de una santa de Corel, para que velase por su vida. En otro, un par de monedas viejas, para que si el cuerpo de su nieto quedaba perdido en las entrañas de la tierra, aún insepulto, pudiese pagar al barquero y llegar al otro mundo.
- ¿Qué hubo, man? ¿Ya estas listo? ¡Claro que sí! ¡Mírate! ¡Ya eres más alto que yo! – Saludó el tío Ron a su sobrino, revolviéndole su espesa mata de pelo con los dedos. Escupió en el fregadero de la cocina y volvió a introducirse un puñadito de tabaco de mascar en la boca. - ¿Quieres?
- No, gracias, tío… - Dijo con un acento menos marcado que el de su pariente, mientras sacaba tímidamente una cajetilla de tabaco y se introducía un cigarrillo entre los labios.
- ¡Orale, Tepec! ¿Y ahora tú también con el fumeque?
- Déjalo, Rosita, déjalo… Ya es un hombre. ¿A que sí, Tepec? – El joven asintió, conteniendo un arranque de tos. – Ya sabes que tu tío Ron siempre te trae un regalo, ¿no? – El joven asintió. – ¡Pues eso se acabó! – El joven no encajó bien la noticia, pero su tío sonreía. – ¡Ahora eres todo un chavón, y ya tienes que procurarte tú mismo la platita para ir por la vida como un hombre! ¡No puedes dejar que tu mamacita esté toda la vida limpiando casas de la gente rica para vivir! ¿O te paga ella el tabaco?
- No… Ahorro.
- ¿De dónde sale la plata para pagar eso, Tepec? - Su madre señalaba a la cajetilla de tabaco, de nombre escrito en caracteres orientales. Tabaco barato, comprado a un tendero de wutai, pero no así el mechero, que estaba fabricado en plata, con incrustaciones de marfil.
- Lo encontré… - Su madre no parecía convencida con sus excusas. – ¡Es la verdad! ¿Crees que lo robé? ¡Mira! – Levantó la cabeza, ofendido. - ¿Ves algún fierro? – Su madre lo rodeó, buscando algún revolver o cuchillo, pero no lo encontró. No acabó de estar satisfecha, pero cedió ante la insistente mirada de su cuñado.
- ¿Dónde te cuelas tú a buscar esos tesoritos, chavón?
- En las oficinas del ferrocarril. – Confesó el joven. – Están las cosas que la gente pierde, y ahí estaba el microondas.
- ¿Ves, Rosita? – Sonrió el tío. – Tu hijo ya apunta maneras de hombre, mirando por su familia.
La discusión no duró mucho más, pero cuando todo acabó, las dos mujeres veían como los huaqueros se iban, envalentonados por unos chupitos de aguardiente. A lo lejos se oía a Ron, contando las hazañas del difunto Tehuan. Sin embargo, lo único que se oía en la vivienda era a la anciana, murmurando con evidente descontento.
Con el tardío apagado de las luces de la placa, que sumían a los suburbios en un batiburrillo de pequeños neones comerciales de vistosos colores, un grupo de gente de aspecto extraño y diverso se reunió en la taberna Quetzalcoatl, en el sector seis. Allí esperarían tomando café reforzado con aguardiente a la hora de cierre del servicio de trenes para caminar hasta la estación de la zona despejada del Sector 7 y adentrarse en los viejos túneles ferroviarios.
Avergonzado, Tepec caminaba intentando mantener el paso de los demás huaqueros. Si iba igual de rápido que ellos, sus pisadas se oían resonar por todo el túnel. Si iba en silencio, lo dejaban atrás en cuestión de segundos. Su tío iba en la parte frontal de la columna, mirando hacia atrás de vez en cuando y dedicándole una sonrisa al joven Tepec para animarlo. Los recovecos por los que caminaban habían sido abandonados décadas atrás. Los raíles seguían allí, oxidados y negruzcos, mientras que los travesaños lucían mohosos y podridos. Ratas grandes como perros huían de la luz de las linternas, pero sus ojillos eran visibles en la oscuridad, observándolos como extraños invasores. Tepec no lograba ir cómodo. Acostumbraba a hacer sus pequeños allanamientos sin más equipo que una navaja multiusos, linterna y a veces una palanqueta o unos metros de cuerda. Ahora tenía que llevar casco, pico, una vara de hierro de dos metros, que según le habían enseñado, servía para horadar la tierra, en busca de bultos de cuerpos o algún otro objeto a desenterrar, y lo que más le había sorprendido: A escondidas, cuando se hubieron alejado unos cuantos metros de su casa, el tío Ron le había entregado un viejo revolver envuelto en un paño. “Por precaución”, fue todo lo que le dijo al respecto.
Se adentraban metro a metro, deslizándose y deteniéndose cada vez que aparecía alguna sombra sospechosa. Algunas veces pequeños destellos los sorprendieron, y más aún sorprendieron a Tepec: Nunca habría esperado ver aquellas cosas en semejante lugar: Viejo cableado de un bunker de guerra lleno de cadáveres con uniforme militar, ya despojados de sus medallas y posesiones de valor años atrás, un viejo altavoz de algún sistema de túneles que nadie se había acordado de apagar, que emitía música antiquísima interrumpida por un ocasional aviso que repetía como un mantra: En estos momentos, el servicio se encuentra suspendido por reformas. Rogamos, disculpen las molestias. Les recordamos que en caso de que vean aparecer un Bahamut, el gobierno les aconseja huir hacia el refugio más próximo. El gobierno no se hace responsable de los daños sufridos por desatender este consejo”. Nadie sabía lo que significaba ese mensaje.
Tepec llegó a pasar bastante miedo cuando, después de algo más de una hora de camino, todos se detuvieron. El camino pasaba junto a un canal. Todos se sumergieron en él y volvieron a salir, reemprendiendo la marcha. Tras unos minutos más de camino, el tío Ron le mostró a su sobrino el motivo de su baño:
- Mira, chavón. – Le señaló con la linterna. - ¿Lo viste? – Ante los ojos del joven huaquero se mostraba una criatura extraña, y nunca antes vista ni imaginada. Era como una especie de sierpe, como un lagarto cuyas patas eran demasiado pequeñas y casi inútiles, y que avanzaba serpenteando con su cuerpo alargado y sinuoso, de un inquietante color blanco lechoso. Era enorme, larga como un autobús, y sus fauces eran tan grandes que podrían arrancarle la cabeza de un bocado.
- Es enorme… - Susurró Tepec.
- Es una blancota. – Explicó su tío. – Comen carne y aunque son ciegas tienen muy buen olfato.
- ¡Por eso nos metimos en el agua! – Su tío asintió.
- No le apuntes con la linterna mucho rato o notará el calor de la luz y se pondrá alerta. Son muy sensibles.
- ¿Y qué vamos a hacer, tío? ¿Hay chance de rodearla?
- No. – Dijo un hombre extraño detrás de Tepec. Rubio, de ojos azules, pálido y amenazador. Lo llamaban “el Waingro”, y era conocido por ser de pocas palabras y menos dudas. Tenía un hacha en la mano y aunque su rostro apenas era visible en la oscuridad, el tono de su voz dejaba claro que su gesto era de determinación. – Silencio todo el mundo.
El rubio avanzó y con él iba otro hombre. Tepec no lo reconoció en la oscuridad. Sus pasos eran apenas audibles, y sus siluetas se perdieron de su vista en cuestión de segundos. Iban muy despacio, y mientras avanzaban, el resto de la expedición contenía el aliento a la espera. Les esperaba el sonido seco del hachazo. Había una linterna encendida, pero estaba apuntando contra el suelo para no dar luz directa que pudiese advertir a la monstruosa sierpe.
Entonces, un grito les hizo estremecerse a todos, seguido del sonido de un disparo. Corrieron a asomarse, armas en mano y lo que vieron detuvo a bastantes de ellos, sobrecogidos por el terror.
Tepec reconoció entonces al hombre que había seguido al Waingro: Era Oliveira. Un huaquero apenas cuatro años mayor que él. Era muy popular en su barrio, porque tenía una moto, y su novia era la más guapa de todo el vecindario. Oliveira iba cubriendo las espaldas del Waingro: Contra las blancotas, el mejor sistema era que el más veterano le atacase a la nuca mientras que otro se sentaba sobre su lomo y le golpeaba para evitar que huyese o se pudiese enroscar para atacar. Sin embargo esos extraños seres eran más listos de lo esperado, y el que vieron era solo el señuelo. Otra blancota más grande había alcanzado a Oliveira en el pecho y lo zarandeaba como un muñeco de trapo, mientras que una tercera desaparecía a lo lejos con una de las piernas del joven huaquero. El Waingro, preparado por años de enfrentarse a lo desconocido, no dudó en echar mano de una escopeta recortada y vaciar los dos cañones sobre la sierpe que los había atraído para poder concentrarse en luchar contra el ejemplar mayor que estaba destrozando a su compañero. Con la llegada del grupo las linternas recorrieron toda la sala, y acabaron con las dos sierpes restantes a tiros.
Tepec estaba paralizado viendo el cadáver de Oliveira, al que el Waingro lo había mirado unos segundos, planteándose dar uso a una materia de “cura”, pero decidió ser compasivo y lo remató con bastante poca delicadeza de un hachazo en la frente. A sus espaldas, los demás huaqueros recargaban sus armas a toda velocidad mientras discutían por donde seguir su camino. El tío Ron, al ver a su sobrino atontado, lo despejó de un tortazo.
- ¡Vamos chavón! ¡Como te quedes quieto te doy una golpiza que no te vuelves a detener en la vida! – Tepec se giró, pero en lugar de mirar a su tío, tenía la mirada perdida a espaldas del viejo Ron.
- Tío, ¿Dónde está Blasquez? – Preguntó el joven, señalando al grupo. Ron se giró, alarmado. En medio del pelotón de huaqueros, aún en tensión por el tiroteo, había un hueco en el que nadie había reparado aún. De él se iba un rastro de sangre que se perdía en una de las anchas grietas de la pared.
- ¡La concha que lo…! – Gritó. Tomó una de las botellas de barro que llevaba en su mochila y le arrancó el tapón, metiéndole un pañuelo por el orificio. Le prendió fuego y lo lanzó contra el lado de la estancia por el que se habían llevado a Blasquez y a la pierna de Oliveira. Luego revolver en mano, se encaminó hacia la dirección contraria, dando orden de seguirle. Ya solo había cuatro pares de pasos a sus espaldas.
Los corredores lóbregos y húmedos seguían, y el grupo de huaqueros continuó su avance. Su ánimo se había ensombrecido, pero no así su determinación. Todas las historias acerca de una tumba olvidada seguían frescas en sus mentes, y su intención era llevarse todo lo posible y desaparecer para no volver a mencionar nunca más este lugar. Esos dos desdichados sabían a que habían venido.
Burlando otras amenazas subterráneas, llegaron hasta un pozo sin fondo visible. Allí Ron les obligó a detenerse y sacar algo de sus respectivas mochilas.
- Hay que dejar algo para llevarse algo. – Explicó el viejo huaquero. – Debes pagar un tributo voluntario o la tierra se lo llevará todo por la fuerza.
Y así, uno por uno, tomaron alguna prenda de sus mochilas y la arrojaron a ese pozo, cuyo fondo no era visible a la luz de las linternas. Tanto si el valor de lo arrojado era monetario o personal, todos pagaron su precio. A la tierra no le importaba cuanto valiese lo que le dabas, sino cuanto importaba para uno mismo, y cada quien bien debía elegir su tributo. Si la tierra lo considerase insuficiente él mismo debería pagar las consecuencias.
Cuando le tocó a Tepec, pensó en su mechero de plata y marfil. Funcionaba igual que cualquier otro encendedor de plástico barato, pero le concedía un cierto estatus que lo ponía por encima de los demás chavales de su barrio. Sin embargo ya no era un chaval, era un huaquero, y un simple encendedor no valía tanto como lo que pudiese sacar de esta gruta. Tepec vio al mechero desaparecer entre las sombras. En pocos segundos salió del alcance de su linterna, pero por más que esperó nunca lo oyó caer contra el fondo. Su tío lo tomó del hombro y lo apremió a seguir.
- Dime, tío Ron. – Preguntó el novato. - ¿Qué vamos a buscar? ¿Una sucursal de banco? ¿Una oficina de Shin-ra?
- ¿Bancos? No, chavón… Esto es de mucho antes de que hubiese bancos. – Rió el veterano. – Ni bancos, ni Shin-ra, ni otras yararás por el estilo.
- ¿Entonces qué? ¿Qué vamos a…?
La respuesta vino por si sola: Un par de recodos descendiendo una gruta llevaron a Tepec a una sala distinta, abierta y tan grande que no era capaz de ver el techo. Las paredes ya no eran de roca excavada, ni de cemento, sino de mampostería. Piedras talladas una por una y unidas entre sí con mortero, tan antiguo y desgastado que daba la impresión de que podía venirse abajo en cualquier momento. También anunciaban esa posibilidad un par de rocas, caídas desde las insondables alturas. Aunque destrozadas, se reconocía al mismo estilo de rocas talladas que componían toda la muralla de la estancia. Tenían el peso suficiente para destrozar a cualquiera que tuviese la desdicha de ser alcanzado por una de ellas. Sin embargo, mientras los demás apuraban el paso entre contenidas exclamaciones, Tepec no pudo sino detenerse a contemplar aquello que tan grande sala contenía.
Era un extraño edificio, de construcción piramidal escalonada. Apenas tenía tres
pisos, pero todos ellos estaban hechos de roca primorosamente tallada y cubierta de relieves, muchos de los cuales Tepec solo había visto en algunas de las piezas que había visto de niño, cuando los huaqueros buscaban auténticos lugares sagrados abandonados, y no cualquier lugar que tuviese algo vendible o trocable por aguardiente.
Todo ello tenía un aura de misticismo sobrecogedor que hizo al joven sentirse minúsculo e insignificante. Muchos años atrás, mucho antes de la energía Mako y de los intereses empresariales, desde lo alto de ese pináculo algún extraño sacerdote contemplaría las estrellas, o recitaría algún extraño cántico ritual.
- Aquí se sacrificaban personas, Tepec. – Comentó el tío Ron. – Sé respetuoso, pero no olvides que vinimos a buscar.
Los huaqueros avanzaron a lo largo de las escaleras que subían por la cara frontal de la pirámide, hasta una puerta situada en lo alto, cuyas jambas tenían a cada lado una serpiente en relieve. Una sostenía el sol en sus fauces, y la otra la luna. Al cruzarlas, Tepec sintió algo frío en su pecho, tan terrorífico que no se atrevió a compartirlo con su tío, que caminaba tan solo un par de pasos a sus espaldas, cerrando la expedición.
Al frente de la marcha, se habían detenido a contemplar el hoyo de los restos de una escalera de caracol. El Waingro, decidido e impasible, ya estaba preparando una soga para descender. Los otros tres, un hombre enjuto y moreno llamado Gruschov, otro larguirucho y delgado llamado Sangchiao y el propio Tepec miraban indecisos al tío Ron, que supervisaba en silencio el nudo que el Waingro dejó en una de las estatuas, con forma de extraño felino. Junto a ella había una con forma de sierpe y una última con forma de ave.
- El jaguar significa que aquí hay un guerrero, la serpiente que también era sacerdote, y el pájaro que su familia era muy próspera. Podemos sacar mucho, pero debemos darnos prisa si no queremos que el fantasma se despierte. – Los demás asintieron.
El Waingro empezó el descenso, con el hacha colgando de la muñeca por una correa, sosteniendo su linterna con los dientes. Tras él iban Sangchiao y Tepec. Ron y Gruschov se quedaron arriba, guardando la cuerda y asegurando la huída.
El descenso fue largo, tanto que Tepec supuso que estarían unos cinco o seis metros por debajo del nivel de la estancia exterior. El Waingro los esperaba, y dejó caer una bengala para marcar el lugar. Una vez hubieron bajado todos, emprendieron el camino a lo largo de un pasillo, estrecho y sinuoso, cubierto de relieves. El olor a humedad y a moho era difícil de soportar, y todos llevaban el rostro cubierto con un pañuelo empapado en alcohol. El corredor giraba varias veces, hasta un tramo amplio, con baldosas de piedra lisas, separadas con líneas doradas entre ellas. El Waingro se detuvo a examinarlas, y Tepec se agachó junto a él, mientras Sangchiao seguía avanzando despacio, con paso cuidadoso.
De repente, el escuálido huaquero se detuvo en su posición anticipada. Su linterna había enfocado un gran relieve al fondo, señalizando una gran serpiente que miraba hacia el frente, como si pretendiese amenazar a los intrusos. El Waingro gruñó y Tepec entendió que algo no iba bien. Empezó a caminar esforzándose por seguir exactamente los mismos pasos que había dado Sangchiao, pero entonces se oyó un crujido: Una de las baldosas, mucho más fina que las demás se había roto bajo el pie del huaquero. Tepec miraba paralizado su cara de horror mientras lo veía arrojarse hacia un lado. En ese momento sintió un fuerte golpe: Era el Waingro, que lo había golpeado con el canto del hacha para derribarlo. Algo cruzó el aire sobre sus cabezas, emitiendo un desagradable silbido. Tepec se acurrucó a cuatro patas como si fuese una tortuga, y entonces oyó como algo caía desde el techo y golpeaba el suelo.
El joven huaquero abrió los ojos y se lo encontró cubierto de dardos, uno por cada baldosa. No había sentido pinchazo alguno, así que miró a su alrededor. El Waingro, tras golpearlo, había corrido a refugiarse en la entrada de la sala. Uno de sus pies había quedado fuera y el dardo se había clavado en la suela de su bota, librándose por los pelos. Cuando Tepec se giró hacia Sangchiao, se lo encontró de pie: Varios dardos lo habían alcanzado, en la mano, en el hombro y en una pierna. Se arrancó el de la mano y vio con horror como la zona alrededor de la herida se volvía de color azul, extendiéndose rápidamente. Mientras se miraba la mano, gritando cada vez de forma más entrecortada, a medida que sus pulmones se paralizaban, la infección de su hombro empezó a ascender por su cuello, alcanzándole la cabeza. Tosió y de su boca empezaron a surgir espumarajos negruzcos. Sangchiao se desplomó, demasiado débil incluso para llevarse las manos al cuello e intentar respirar. En apenas segundos, era ya un cadáver azul, víctima de violentos espasmos.
Tepec gritó. Empezó a palparse, temeroso de haber sido alcanzado el también. No se creía que no le hubiesen dado, y sentía extraños dolores por todo el cuerpo, creyéndose ya envenado. El Waingro caminó hacia él y lo derribó de una brutal bofetada.
- Tienes uno clavado en la mochila. Si te hubiese dado ya estarías como él. – Dijo, obligándolo a tranquilizarse. Tepec guardó silencio, prefiriendo no provocar al corpulento veterano a que le atizase otra vez, ya que no recordaba golpiza alguna en su vida que hubiese dolido tanto como ese golpe. Asintió, sin abrir la boca, y se puso en pie. – Sígueme y cállate.
Llegaron al fin del pasillo, y ante ellos se alzaba un sarcófago puesto en pie. Estaba tallado en piedra, imitando la figura que el cadáver había debido tener en vida. En una mano empuñaba un ornamentado sable de bronce, y en la otra un cetro enjoyado, y toda su superficie estaba cubierta de oro y piedras preciosas.
- Espera aquí. – Dijo el Waingro, y caminó cuidadosamente hasta llegar al sarcófago.
Sus pasos habían sido calculados, evitando pisar en sitios sospechosos, o tocar nada. Al llegar ante la majestuosa figura, se detuvo. Tepec lo observó en silencio, casi aguantando la respiración. El Waingro permanecía quieto, como si estuviese observando una y otra vez el sarcófago. No se movió en minutos. Tepec no le quitaba el ojo de encima, inquieto, esperando a que lo abriese o a que le indicase que podía acercarse.
Ni una cosa ni otra sucedió. De repente, una mano espectral apareció en medio de la espalda del Waingro, como si lo hubiese atravesado. La mano avanzó, y tras él apareció el resto del rey sacerdote. Era un ser majestuoso y terrible, cubierto de collares y brazaletes de oro, vistiendo una túnica brillante, tachonada en oro y jade, y una capa de piel de jaguar. Sobre su cabeza lucía una corona, decorada con oro, esmeraldas, plumas y materia. A través de su translúcida figura, Tepec pudo ver como el cuerpo del poderoso Huaquero se secaba y caía al suelo convertido en un pequeño montón de cenizas. El joven saqueador empezó a correr, perseguido por un aullido de ultratumba.
En la entrada de la pirámide, Gruschov seguía vivo, pero no por mucho tiempo. El viejo y astuto tío Ron le había soplado, espolvoreándole un polvo que lo paralizó. En ese momento, sacó un extraño cuchillo de obsidiana y se lo clavó en el pecho. Eso había sido minutos atrás. Ahora mismo, Gruschov, que no era capaz de entender porque seguía vivo, estaba viendo como el líder de la expedición se había pintado la cara con su sangre y alzaba en una mano su corazón, mientras que con la otra sostenía la daga empapada de sangre. Lo más horrible era que el corazón aún seguía latiendo.
- ¡Oh, Tlaloctiz, sumo señor de la noche! ¡Vuelvo como cada siete años, y traigo conmigo el sacrificio que reclamas! ¡Te ruego, mi señor, que por esta vida que te entrego, olvides mi pecado, mi castigo y mi nombre, y que este no sea pronunciado! ¡Una vez más, Tlaloctiz, te entrego sangre de mi propia sangre!
- Sangre de su sangre… - Dijo el espectro con voz temblorosa y profunda. Tepec lo observaba, paralizado por el terror e indefenso. – Si, hijo de hombre, reconozco el olor de tu sangre, pues ya lo he probado en el pasado. Me fue ofrecida por aquel que juró lealtad eterna y tributo en almas a cambio de su miserable vida. Me ocultó su nombre, para que no pudiese reclamar su alma y me suplicó por su cuerpo, para que no pudiese torturar su carne… Intruso… Infiel…
- Mi… Tío… - Susurró Tepec, postrado boca arriba, intentando huir arrastrándose. Sobre su cabeza podía ver el hueco por el que había descendido, y bajo sus manos sentía la cuerda, cortada e inerte al fondo de la cripta. – Mi tío Ron.
- Ah, hijo del hombre… Has sido traído como esclavo al sacrificio, pero conoces la identidad de quien va a entregarte… ¿Qué significa tu captor para ti?
- No… - Dijo Tepec, haciendo acopio de valor. – El tío Ron no ha podido…
- Conozco tu nombre, Tepec, que me habías sido prometido, hijo de Tehuan, quien me fue entregado hace catorce años a cambio de la propia salvación. ¡Piensa ahora! Sabes quién te ha sacrificado, igual que sabes quién sacrificó a tu padre hace catorce años. ¡¿Quién te traicionó, Tepec, hijo de Tehuan?!
- ¡No! ¡Tío Ron! – Gritó el joven huaquero, entendiendo entonces el apodo por el que se conocía supersticiosamente a su tío, y el motivo por el que él tanto había insistido en que no se pronunciase su verdadero nombre. - ¡Athumoc!
El tío Ron, había guardado su daga, y huía llevándose todo objeto de valor que pudo sacarle a Gruschov. Se hacía una idea del valor de los tesoros que habría en la tumba, pero sabía que la propia vida era suficiente botín para estas expediciones. Bajaba las escaleras saltando los escalones a grandes zancadas y en pocos segundos se encontraba ya corriendo hacia el túnel de la entrada. Se introdujo en él y buscó a tientas su linterna. Cuando la hubo encendido, vio para su horror que algo había cambiado: No era capaz de vislumbrar el final del túnel, y todo parecía acabar en una gran roca, como si el pasadizo nunca hubiese existido. Se abalanzó sobre ella y empezó a arañarla, consciente de que mientras era retenido ahí, unos pasos que no emitían sonido alguno pero que si retumbaban en el interior de su cabeza estaban cada vez más cerca. El maligno rey Tlaloctiz, que había desafiado al Señor de la Muerte y de algún modo vencido, no necesitaba caminar para darle caza, pero encontraba un cruel divertimento en su pánico.
- ¡No puede salir del territorio sagrado! – Repetía una y otra vez Ron. - ¡No puede, o el Señor de la Muerte lo reclamará!
- Oh, pero tú nunca bajaste a mi tumba, ¿verdad? – Respondió una voz en su cabeza. – Las marcas del territorio sagrado cubren mucho terreno, y aunque no pueda sobrepasar sus fronteras, si puedo recorrer su interior, ¿y sabes qué? Dentro de ellas, mi poder es absoluto.
En ese momento, el muro que había cubierto su salida cobró vida y se abalanzó sobre Ron, empujándolo de nuevo hacia la cámara que contenía la tumba. Incapaz de resistirse, el huaquero se volvió y vio la figura de su sobrino, vestido con los ropajes reales, esperándole con una maligna sonrisa en el rostro. En sus ojos relucía una luz verdosa y al hablar su voz parecía salir de las paredes, del suelo y del aire mismo.
- ¡Mi señor! – Suplicó Ron - ¡He cumplido mi parte!
- Puedo hacer muchos pactos, mortal, y no me importa tu conveniencia al respecto. ¡Sobre todo si lo que intentas es encubrir un crimen contra mí!
- ¡No! ¡Soy inocente! ¡Tepec, díselo! ¡Dile que tu viejo tío Ron es inocente!
- ¡Un nombre falso no borrará tus pecados, Athumoc!
El cuerpo poseído de Tepec empezó a iluminarse con resplandor de ultratumba, y su brillo del color del jade inundó la estancia, cubriendo el grito de desesperación del condenado, hasta hacerlo desaparecer por completo.
martes, 11 de mayo de 2010
213 (Incompleto)
El ruido del tren lo despertó. Abrió lo ojos y contemplo la habitación mientras se daba cuenta de que se habían olvidado de apagar la minicadena, continuando con la recopilación de viejos temas de stoner rock. Las notas fluían en cascada a través de la habitación mientras el vocalista iniciaba un misterioso canto chamánico.
"¿Que me está tratando de decir?"
El enigma zumbó como un abejorro mientras le daba una calada al pitillo. El alquitrán sabia a rutina. La misma sensación diciendo "Una y otra vez más volvemos a estar en el punto de partida. El cigarro encontró reposo mientras el se relajaba en el colchón, bocarriba, mirando como manchas de humedad comenzaban a surgir en en techo. No quería girar la cabeza, no quería verla. Prefería estar así, aguardando a que la princesa despertase, teniéndole a él dentro del cambio de visión. Se llevo la cabeza a la nuca, secuestró el Grial de su reino, y volvió a darle una calada.Una mano comenzó explorar el vello de sus pectorales. Una ráfaga de dulce y ardiente frescura se restregaba contra el. Tal y como esperaba, sintió posarse sus ojos en el sin necesidad de abrir los ojos. Sonrió. Satisfacción. El placer de acertar una vez mas.
- ¿Que tal, león? - ella iba agarrando diversos mechones del vello de su pecho mientras enunciaba la pregunta. Su sonrisa se amplió. Abrió los ojos y con un giro rompió el hechizo. La verdad, se le reveló a su vista: Era fogosa y tranquila a la vez, la inocencia que denotaba su cara se veía traicionada por su mirada astuta.
- Tu compañía ya me hace sentirme mucho mejor de lo que ya me sentiría solo – las palabras iban saliendo con un leve toque de seguridad y autoafirmación. Buscó el despertador a la vez que sonreía tranquilamente. Ella aprecio aceptar sumisamente ese ligero desdén. -Vaya, que tarde es. ¿No tenias turno hoy a primera hora?
- Si, como tu – respondió con infantil malicia. El se sento, apoyando la espalda en la pared, adoptando una pose de concentración.
- Creo que va siendo hora de movernos, o ya podremos tirarnos cuanto queramos en la cama todo lo que resta del día..
La gorra le encantaba. El aire marcial que exudaba tenia la guinda en el águila imperial posándose firmemente en la esvastica. Se puso los guantes lentamente, y cerro los puños, sintiendo como el cuero se estiraba. Volvió a repetir la misma operación varias veces, hasta darse por satisfecho. Busco el espejo de cuerpo entero de su habitación. Le gustaba lo que veía reflejado: Un bastardo de mirada cruel enfundado en un hermoso conjunto formado por la susodicha gorra, una camiseta de un viejo grupo heavy, enfundada dentro de un chaleco de cuero marrón; finalizado en un pantalón unas botas de cuero, ambas negras. Era el uniforme de guerrero. Un dragón de ardiente rabia surcaba el interior de su psique. Sentía ganas de mas. Dolor, destrucción y más dolor.
El palo de golf semejaba un cetro de sus manos. Su caminar y el ritmo de sus pasos trasmitían un incesante mensaje a todo el que el lo cruzase: "Esto es una cloaca y voy a incendiarla". La inmensa mole del cañón se recortaba a la lejanía, recordandole la oleada de terror que trataba de retener su silueta. Comenzó a cavilar, buscando algo con lo que matar el resto del día(era mediodía). El paisaje le resultaba cautivador. Podía vislumbrar en cada gesto de la gente como se trataba de retener el horror y pánico que trataban de aflorar. Una canción se reproducía en su mente.
"La decadencia esta servida..."
La creación se unió en un todo. Interior y exterior. Realidad e imaginación. Midgar entera se convirtió en un videoclip de rutilantes escenas mostrando un mundo marchito y degenerado a punto de sucumbir. El fin de tan largo invierno pronto iba a ser celebrado con un espectacular carnaval. Y el no se lo pensaba perder. El halo lleno de repugnancia del vagabundo corto sus reflexiones. Era asqueroso. ¿Quien se creía ese apestoso borracho para meterse en la película?. En un rápido movimiento, alzo el palo y lo convirtió en un destello metálico que impacto en su rostro. El mendigo callo de rodillas mientras de su boca comenzaba a manar sangre y dientes. Pensaba "Eso ya esta mejor", cuando la vibración del móvil se convirtió en una nueva interrupción. Rebusco tranquilamente en el bolsillo hasta hallarlo. La pantalla avisaba de un nuevo mensaje. Lo miró.
"Pub, tomamos unas rondas y vemos el partido. Después al Korova a maquinar como pasar la noche"
Devolvió el móvil a su lugar rápidamente, pero con suavidad. Ya tenia algo que hacer. Enfilo el camino hacia el lugar de encuentro con la misma fría calma que llevaba. Una sonrisa de malévola ilusión surcaba su cara. Enfiló el pasó de cebra sin fijarse en el semáforo en verde, tan absorto se hallaba en sus meditaciones que todo lo era ajeno. Hasta que una voz fuerte y chillona lo devolvió sus pies a la tierra.
- ¡Has agredido a un viejo! - El generador de tan potente voz era una mole de ciento veinte quilos de peso, una buena parte de ella concentrada en su voluminosa panza. Tenía el pelo cortado a cepillo y la delgada barba no lograba ocultar un eterno mohín de mala leche. Incluso las gafas de sol eran incapaces de contener el torrente de ira aflorando de su mirada.
- ¿Me habla a mi, caballero? - El muchacho, confiado y altanero, contemplaba con diversión a ese paleto pueblerino, con su ridicula camiseta a cuadros y esos pantalones cortos que mostraban unas piernas fofas y palidas.
- Si, tu, chaval. ¿Quien coño te crees que eres, maldito niñato? No me jugué el cuello en Wutai para ver a cabrones como tu pateando a la gente. - Aquello se estaba poniendo interesante: El gordo quería pelea. No vendría mal un precalentamiento antes de la noche. Adopto una pose de inmensa chulería a la par que se iba acercando. No pudo evitar una sorpresa cuando, de forma lenta y calmada, se dibujo una sonrisa en su cara.
- ¿Y que piensa hacer, señor? - Vocalizaba lenta y sibilinamente, como una cobra acercandose a su presa. - ¿Pegarme un par de azotes y llevarme ante mi progenitores para decirles que soy un niño muy malo.
- Será que no me calientes chaval, estas agotando tu credito. Estas muy cerca de conocer el dolor. - La pistola apareció en su mano derecha, de metal frio y duro, remarcando la naturaleza asesina y brutal de ese objeto. Pero no fue la pistola lo que evaporó toda su confianza y lo sumió en la duda y el miedo. Las siglas enmarcadas en la placa, que sostenia en la zurda, surcaron su mirada escupiendo, como balas de cañón, el mesaje duro, frio y brutal de su oficio: T.U.R.K.
Efectivamente, la ha cagado.
- Vas a conocer el dolor si dejas de portarte, ¡como un puto gilipollas! ¿Me has entendido, capullo? – Las malas pulgas, lejos de irse, punzaban su cuerpo, mantiendo constante la furia.
- Si..vale, señor agente, mantengamos la calma – Intentaba denotar calma, el miedo apenás se notaba, bajo su sonrisa. Podía salir bien de esta. – Seguro que podemos llegar a entendernos. ¿Sabes quien soy yo?
- Ya lo creo – Esa sonrisa, era mala seña. Muy mala señal. -Tu y yo vamos a realizar un viaje. Estaba en mi día libre, pero con alguien como tu, vale la pena dedicarle unas horas más a mi trabajo.
- Así que lo tienes en una celda, aguardando un interrogatorio. Muy bien, Walker, de puta madre. ¿Ahora me puedes explicar que cojones vas a hacer con el?
La bolera no estaba llena, como de costumbre. No había sido un mal lanzamiento. Ocho de un golpe, los otros dos en el siguiente. Hoy estaba de racha. Tomo asiento, y recogió la copa para darle un trago. Un coreliano blanco, como siempre, y en buen momento. No había sido ayer un buen día precisamente. Walker estaba sentado frente a el, y detrás suya, Bouzas.
El trió estaba compuesto tres figuras completamente distintas. El primero, el que acababa de hablar. Un hombre de complexión fuerte y algo musculosa, de melena y bigote con perilla rubias; vestido con una vieja camiseta de un antiguo grupo de rock psicodélico. Otro, de complexión delgada, una declinante mata de oscuro cabello que intentaba ocultar inútilmente, con una camisa de botones blanca y unos pantalones negros que remarcaban su delgadez. El último, Walker, es nuestro turco protagonista de la escena anterior. Se hallaban allí reunidos, como cada domingo por la noche.
- Evidentemente, voy a darle un pequeño escarmiento. A estos mocosos malencarados hay que meterlos en cintura antes de que sea tarde. - Se reclinó, mientras su escuálido compañero se levantaba para efectuar su turno, para ponerse más cómodo, mientras sostenía su cerveza. - Además, teniendo en cuenta su vestimenta nada barata, es evidente que su familia tiene un patrimonio, o sea, clase acomodada, lo cual significa que asustandolo un poco quizá nos den algo a cambio de sacarlo lo antes posible.
- ¿Pero que cojones me estás diciendo? ¿Es que no te puedes quedar tranquilo ni en tu puto dia de descanso? Joder, Walker, es solo un puto niñato que se dedica a hacer el vándalo. El mundo se está yendo al carajo, ¿ y no tienes nada mejor que ponerte a detener a putos niñatos que se dedican a hacer el vándalo? - Se sentía desconcertado y confuso. Llevaba una mala racha, y ahora su amigo le venia con toda esa mierda. Tomo otro trago, intentando expulsar las sensaciones negativas que lo invadían
- Jeff, ¿Te has parado a pensar en toda la gente a la que habrá hecho daño ese pequeño sinvergüenza? - Se agacho hacia delante, acercándose su cara a la suya, con el objetivo de remarcar sus gestos. - Está claro que tiene que hay que bajarle los humos. Shinra está demasiado ocupada con todo este cirio del meteorito y el cañón. Ahora mismo, tienen tantos asuntos entre manos, que les da absolutamente igual el destino del chaval. Como si lo ejecutamos y tiramos el cuerpo a un triturador de comida.
- Precisamente por eso, Walker – Iba a ser su último intento de razonar con el - ¿No crees, tal y como están las circunstancias deberíamos estar en lo que hay que estar, centrarnos en cosas más urgente?
- ¡Eso mismo decía mi sargento! - El nuevo aumento en decibelios acababa de indicar el fracaso. - ¡Y al final le voló una pierna un puto mocoso de ojos rasgados que trabajaba de limpiabotas! ¡Decenas de compañeros muertos por no estar atentos en todo! ¡Era como estar asediado, pero con el enemigo dentro de la fortaleza! -
- Bueno, vale, lo que tu digas. Que te den por el culo, tio. - Encendió un pitillo. Estaba harto de todo esto, el trabajo, ella y Walker. El tercer acompañante había vuelto a su asiento, con ganas de participar en la conversación
- ¿A quien has detenido, Walker?
- ¡Bouzas, no estás en tu elemento! - Bouzas se calló, intentando ubicarse en la conversación.- Cambiando de tema, ¿que tal te fue con tu amiguita pelirroja? - Walker tenía un defecto a parte de ser como un burro tirando como un arado, terco y sordo a todo. Además era incapaz de interpretar el lenguaje corporal de los demás. Jeff se llevo una mano a la cara y se masajeo los parpados con los dedos. Inspiró aire. Ya se sentía algo mejor.
- Fatal tio. Empiezo la mañana con ella, toda cariñosa y calientapollas, y termino en un puto restaurante vegetariano escuchando soplapolleces acerca de qué busca en una pareja. Por lo menos podía haberme invitado, ya que me dejaba... Ni siquiera esperó al final, lo dijo nada más empezar a comer. Allí nos veías a los dos: Rumiando como vacas nuestras ensaladas en un silencio sepulcral evitando mirarnos.
- Las mujeres de hoy en día son todas unas arpías – Walker, se llevó la birra a la boca – ¡Ni siquiera mi esposa es capaz de mantener un compromiso!
- Margaret no tiene nada que ver con en maldito tema. Esa tia simplemente se tiro el puto rollo conmigo para dejarme claro que aquello solo fui alguien con quien follar una temporada. - Si no te importa, voy a lanzar la bola que es mi turno.
"¿Que me está tratando de decir?"
El enigma zumbó como un abejorro mientras le daba una calada al pitillo. El alquitrán sabia a rutina. La misma sensación diciendo "Una y otra vez más volvemos a estar en el punto de partida. El cigarro encontró reposo mientras el se relajaba en el colchón, bocarriba, mirando como manchas de humedad comenzaban a surgir en en techo. No quería girar la cabeza, no quería verla. Prefería estar así, aguardando a que la princesa despertase, teniéndole a él dentro del cambio de visión. Se llevo la cabeza a la nuca, secuestró el Grial de su reino, y volvió a darle una calada.Una mano comenzó explorar el vello de sus pectorales. Una ráfaga de dulce y ardiente frescura se restregaba contra el. Tal y como esperaba, sintió posarse sus ojos en el sin necesidad de abrir los ojos. Sonrió. Satisfacción. El placer de acertar una vez mas.
- ¿Que tal, león? - ella iba agarrando diversos mechones del vello de su pecho mientras enunciaba la pregunta. Su sonrisa se amplió. Abrió los ojos y con un giro rompió el hechizo. La verdad, se le reveló a su vista: Era fogosa y tranquila a la vez, la inocencia que denotaba su cara se veía traicionada por su mirada astuta.
- Tu compañía ya me hace sentirme mucho mejor de lo que ya me sentiría solo – las palabras iban saliendo con un leve toque de seguridad y autoafirmación. Buscó el despertador a la vez que sonreía tranquilamente. Ella aprecio aceptar sumisamente ese ligero desdén. -Vaya, que tarde es. ¿No tenias turno hoy a primera hora?
- Si, como tu – respondió con infantil malicia. El se sento, apoyando la espalda en la pared, adoptando una pose de concentración.
- Creo que va siendo hora de movernos, o ya podremos tirarnos cuanto queramos en la cama todo lo que resta del día..
La gorra le encantaba. El aire marcial que exudaba tenia la guinda en el águila imperial posándose firmemente en la esvastica. Se puso los guantes lentamente, y cerro los puños, sintiendo como el cuero se estiraba. Volvió a repetir la misma operación varias veces, hasta darse por satisfecho. Busco el espejo de cuerpo entero de su habitación. Le gustaba lo que veía reflejado: Un bastardo de mirada cruel enfundado en un hermoso conjunto formado por la susodicha gorra, una camiseta de un viejo grupo heavy, enfundada dentro de un chaleco de cuero marrón; finalizado en un pantalón unas botas de cuero, ambas negras. Era el uniforme de guerrero. Un dragón de ardiente rabia surcaba el interior de su psique. Sentía ganas de mas. Dolor, destrucción y más dolor.
El palo de golf semejaba un cetro de sus manos. Su caminar y el ritmo de sus pasos trasmitían un incesante mensaje a todo el que el lo cruzase: "Esto es una cloaca y voy a incendiarla". La inmensa mole del cañón se recortaba a la lejanía, recordandole la oleada de terror que trataba de retener su silueta. Comenzó a cavilar, buscando algo con lo que matar el resto del día(era mediodía). El paisaje le resultaba cautivador. Podía vislumbrar en cada gesto de la gente como se trataba de retener el horror y pánico que trataban de aflorar. Una canción se reproducía en su mente.
"La decadencia esta servida..."
La creación se unió en un todo. Interior y exterior. Realidad e imaginación. Midgar entera se convirtió en un videoclip de rutilantes escenas mostrando un mundo marchito y degenerado a punto de sucumbir. El fin de tan largo invierno pronto iba a ser celebrado con un espectacular carnaval. Y el no se lo pensaba perder. El halo lleno de repugnancia del vagabundo corto sus reflexiones. Era asqueroso. ¿Quien se creía ese apestoso borracho para meterse en la película?. En un rápido movimiento, alzo el palo y lo convirtió en un destello metálico que impacto en su rostro. El mendigo callo de rodillas mientras de su boca comenzaba a manar sangre y dientes. Pensaba "Eso ya esta mejor", cuando la vibración del móvil se convirtió en una nueva interrupción. Rebusco tranquilamente en el bolsillo hasta hallarlo. La pantalla avisaba de un nuevo mensaje. Lo miró.
"Pub, tomamos unas rondas y vemos el partido. Después al Korova a maquinar como pasar la noche"
Devolvió el móvil a su lugar rápidamente, pero con suavidad. Ya tenia algo que hacer. Enfilo el camino hacia el lugar de encuentro con la misma fría calma que llevaba. Una sonrisa de malévola ilusión surcaba su cara. Enfiló el pasó de cebra sin fijarse en el semáforo en verde, tan absorto se hallaba en sus meditaciones que todo lo era ajeno. Hasta que una voz fuerte y chillona lo devolvió sus pies a la tierra.
- ¡Has agredido a un viejo! - El generador de tan potente voz era una mole de ciento veinte quilos de peso, una buena parte de ella concentrada en su voluminosa panza. Tenía el pelo cortado a cepillo y la delgada barba no lograba ocultar un eterno mohín de mala leche. Incluso las gafas de sol eran incapaces de contener el torrente de ira aflorando de su mirada.
- ¿Me habla a mi, caballero? - El muchacho, confiado y altanero, contemplaba con diversión a ese paleto pueblerino, con su ridicula camiseta a cuadros y esos pantalones cortos que mostraban unas piernas fofas y palidas.
- Si, tu, chaval. ¿Quien coño te crees que eres, maldito niñato? No me jugué el cuello en Wutai para ver a cabrones como tu pateando a la gente. - Aquello se estaba poniendo interesante: El gordo quería pelea. No vendría mal un precalentamiento antes de la noche. Adopto una pose de inmensa chulería a la par que se iba acercando. No pudo evitar una sorpresa cuando, de forma lenta y calmada, se dibujo una sonrisa en su cara.
- ¿Y que piensa hacer, señor? - Vocalizaba lenta y sibilinamente, como una cobra acercandose a su presa. - ¿Pegarme un par de azotes y llevarme ante mi progenitores para decirles que soy un niño muy malo.
- Será que no me calientes chaval, estas agotando tu credito. Estas muy cerca de conocer el dolor. - La pistola apareció en su mano derecha, de metal frio y duro, remarcando la naturaleza asesina y brutal de ese objeto. Pero no fue la pistola lo que evaporó toda su confianza y lo sumió en la duda y el miedo. Las siglas enmarcadas en la placa, que sostenia en la zurda, surcaron su mirada escupiendo, como balas de cañón, el mesaje duro, frio y brutal de su oficio: T.U.R.K.
Efectivamente, la ha cagado.
- Vas a conocer el dolor si dejas de portarte, ¡como un puto gilipollas! ¿Me has entendido, capullo? – Las malas pulgas, lejos de irse, punzaban su cuerpo, mantiendo constante la furia.
- Si..vale, señor agente, mantengamos la calma – Intentaba denotar calma, el miedo apenás se notaba, bajo su sonrisa. Podía salir bien de esta. – Seguro que podemos llegar a entendernos. ¿Sabes quien soy yo?
- Ya lo creo – Esa sonrisa, era mala seña. Muy mala señal. -Tu y yo vamos a realizar un viaje. Estaba en mi día libre, pero con alguien como tu, vale la pena dedicarle unas horas más a mi trabajo.
- Así que lo tienes en una celda, aguardando un interrogatorio. Muy bien, Walker, de puta madre. ¿Ahora me puedes explicar que cojones vas a hacer con el?
La bolera no estaba llena, como de costumbre. No había sido un mal lanzamiento. Ocho de un golpe, los otros dos en el siguiente. Hoy estaba de racha. Tomo asiento, y recogió la copa para darle un trago. Un coreliano blanco, como siempre, y en buen momento. No había sido ayer un buen día precisamente. Walker estaba sentado frente a el, y detrás suya, Bouzas.
El trió estaba compuesto tres figuras completamente distintas. El primero, el que acababa de hablar. Un hombre de complexión fuerte y algo musculosa, de melena y bigote con perilla rubias; vestido con una vieja camiseta de un antiguo grupo de rock psicodélico. Otro, de complexión delgada, una declinante mata de oscuro cabello que intentaba ocultar inútilmente, con una camisa de botones blanca y unos pantalones negros que remarcaban su delgadez. El último, Walker, es nuestro turco protagonista de la escena anterior. Se hallaban allí reunidos, como cada domingo por la noche.
- Evidentemente, voy a darle un pequeño escarmiento. A estos mocosos malencarados hay que meterlos en cintura antes de que sea tarde. - Se reclinó, mientras su escuálido compañero se levantaba para efectuar su turno, para ponerse más cómodo, mientras sostenía su cerveza. - Además, teniendo en cuenta su vestimenta nada barata, es evidente que su familia tiene un patrimonio, o sea, clase acomodada, lo cual significa que asustandolo un poco quizá nos den algo a cambio de sacarlo lo antes posible.
- ¿Pero que cojones me estás diciendo? ¿Es que no te puedes quedar tranquilo ni en tu puto dia de descanso? Joder, Walker, es solo un puto niñato que se dedica a hacer el vándalo. El mundo se está yendo al carajo, ¿ y no tienes nada mejor que ponerte a detener a putos niñatos que se dedican a hacer el vándalo? - Se sentía desconcertado y confuso. Llevaba una mala racha, y ahora su amigo le venia con toda esa mierda. Tomo otro trago, intentando expulsar las sensaciones negativas que lo invadían
- Jeff, ¿Te has parado a pensar en toda la gente a la que habrá hecho daño ese pequeño sinvergüenza? - Se agacho hacia delante, acercándose su cara a la suya, con el objetivo de remarcar sus gestos. - Está claro que tiene que hay que bajarle los humos. Shinra está demasiado ocupada con todo este cirio del meteorito y el cañón. Ahora mismo, tienen tantos asuntos entre manos, que les da absolutamente igual el destino del chaval. Como si lo ejecutamos y tiramos el cuerpo a un triturador de comida.
- Precisamente por eso, Walker – Iba a ser su último intento de razonar con el - ¿No crees, tal y como están las circunstancias deberíamos estar en lo que hay que estar, centrarnos en cosas más urgente?
- ¡Eso mismo decía mi sargento! - El nuevo aumento en decibelios acababa de indicar el fracaso. - ¡Y al final le voló una pierna un puto mocoso de ojos rasgados que trabajaba de limpiabotas! ¡Decenas de compañeros muertos por no estar atentos en todo! ¡Era como estar asediado, pero con el enemigo dentro de la fortaleza! -
- Bueno, vale, lo que tu digas. Que te den por el culo, tio. - Encendió un pitillo. Estaba harto de todo esto, el trabajo, ella y Walker. El tercer acompañante había vuelto a su asiento, con ganas de participar en la conversación
- ¿A quien has detenido, Walker?
- ¡Bouzas, no estás en tu elemento! - Bouzas se calló, intentando ubicarse en la conversación.- Cambiando de tema, ¿que tal te fue con tu amiguita pelirroja? - Walker tenía un defecto a parte de ser como un burro tirando como un arado, terco y sordo a todo. Además era incapaz de interpretar el lenguaje corporal de los demás. Jeff se llevo una mano a la cara y se masajeo los parpados con los dedos. Inspiró aire. Ya se sentía algo mejor.
- Fatal tio. Empiezo la mañana con ella, toda cariñosa y calientapollas, y termino en un puto restaurante vegetariano escuchando soplapolleces acerca de qué busca en una pareja. Por lo menos podía haberme invitado, ya que me dejaba... Ni siquiera esperó al final, lo dijo nada más empezar a comer. Allí nos veías a los dos: Rumiando como vacas nuestras ensaladas en un silencio sepulcral evitando mirarnos.
- Las mujeres de hoy en día son todas unas arpías – Walker, se llevó la birra a la boca – ¡Ni siquiera mi esposa es capaz de mantener un compromiso!
- Margaret no tiene nada que ver con en maldito tema. Esa tia simplemente se tiro el puto rollo conmigo para dejarme claro que aquello solo fui alguien con quien follar una temporada. - Si no te importa, voy a lanzar la bola que es mi turno.
lunes, 3 de mayo de 2010
212 (incompleto)
Se filtraba una pálida luz azulada por el ligero resquicio de la ventana, producto resultante del brillo de una luna que distaba mucho de ser llena y por el suave parpadeo celeste del neón situado junto a la ventana. Todo tenía una tonalidad negra o gris en enorme contraste, proyectando oscuras sombras y reflejando luces en los muebles, en los objetos, en la lisa piel de la chica que se encontraba sobre la cama.
Un fino rocío de sudor bañaba su piel desnuda, lanzando ligeros destellos cuando la luz incidía directamente sobre las perlas acuosas a través de las diminutas rendijas que dejaba la persiana. La suave cabellera cobriza caía sobre los hombros en forma de ondas similares a las de las olas del mar, bailando al ritmo de los tenues balanceos de la mujer, cuyos leves gemidos se acompasaban con el movimiento de sus caderas. Su respiración, profunda y penetrante era lo único que cortaba el silencio de la noche.
La gran mano de su acompañante le había atrapado uno de sus pechos, el izquierdo, mientras que la otra se había apoderado de la humedad que tenía entre las piernas; el hombre se hallaba tumbado bajo ella, con las rodillas de su compañera pegadas a sus flancos y apretando ligeramente. Retiró el dedo índice de la cara interna de sus muslos para introducir dos, lo que supuso una explosiva sorpresa llena de placer para ella. Echó su cuerpo hacia delante y acarició el vello en el torso de él, mientras pasaba la fina punta de su lengua por el lateral de su cuello hasta lamer el lóbulo de su oreja, recreándose en la redondez y suavidad hasta finalizar con un suave mordisco.
Se irguió en todo su esplendor y extrajo la mano que se introducía en su coño para, con la otra, agarrar el erecto miembro con fuerza e introducírselo en la boca, realizando un rítmico movimiento mientras rodeaba la morada cabeza con la saliva que escapaba de su lengua. La sacó hasta llegar a la punta y dio un ligero mordisquito, para volver a lamer. Tras varios bamboleos con el cuello, la sacó de su cavidad bucal y se apresuró a llevar la polla hasta sus chorreantes muslos, para deleite de ambos. Los gemidos se pronunciaron más, y comenzaron a aumentar su intensidad a medida que la velocidad del coito aceleraba.
El grito anunció el clímax, y la mujer cesó sus movimientos para tumbarse sobre el pecho de su compañero. Estaba exhausta, agotada, y jadeaba fuertemente, como un animal que hubiera perseguido a su presa incansable durante eternas distancias hasta, por fin, recrearse en el cansancio sobre el cadáver de su víctima. Arañó suavemente con sus uñas en el pecho sobre el que se apoyaba, mientras escuchaba la fuerte respiración del torso que subía y bajaba, mientras escuchaba el latir del corazón.
- ¿Sabes que tiene un ritmo demasiado irregular? Esos latidos no son normales. – intentaba no hacer demasiado ruido, temerosa de romper el encanto y extasiada por el agotamiento físico – A veces va rápido, y otros va más lento.
- ¿En serio? – pasó la enorme mano por la espesa melena negra corta, y rodeó con un musculoso brazo a su compañera, atrayéndola hacia sí mismo y besándola ligeramente – Será que tengo arritmias. Igual me muero.
- Idiota… - acarició el pezón izquierdo, y lo mordió, haciendo que su compañero de cama diese un respingo.
- Eh, podrías tratarme mejor. ¿Acaso no te apetece que haya una segunda?
- Preferiría que me follases durante mucho más tiempo. Ojalá no tuvieras que irte.
- Seguro que si estamos todos los días dale-que-te-pego tu novio va a acabar pillándonos – acarició el pecho de la chica, y apretó el derecho – Además, mañana van a venir a buscarme pronto, salimos a mediodía para Wutai. ¿No te doy pena? ¿Acaso no merezco una compensación? – puso una sonrisa picaresca, y se sorprendió cuando la mano de la chica le retiró el condón y le introdujo el miembro, todavía mojado, en el empapado coño.
- Anda, calla y córrete dentro, que ya le echaré la culpa a mi novio, Sargento.
----
El hollín llenaba los pulmones mientras que las brasas quemaban la piel alrededor de las fosas nasales cada vez que alguien respiraba. Las explosiones cada vez eran más frecuentes y cercanas, y levantaban más trozos de tierra y vegetación. Las criaturas de la jungla avanzaban en una dirección mientras que los humanos lo hacían en la contraria, acercándose al llameante NAPALM y a las minas antipersona. El cielo tenía un tono rojizo, casi granate, cubierto de grandes nubes de espeso humo del mismo color que el carbón que comenzaba a arder, a través del cual apenas conseguía filtrarse una luz amarillenta producto de los últimos rayos de sol de aquella tierra alejada de toda civilización moderna. Una ráfaga de disparos atravesó la selva de forma aleatoria, alcanzando a dos hombres: uno tuvo suerte de ser golpeado en el pecho, en una zona cubierta por el chaleco, al contrario que su compañero, que recibió el cálido beso del proyectil en pleno cuello, regando con sangre la alta maleza.
La unidad había contado con cincuenta hombres en sus mejores tiempos, pero en aquellos momentos el número se había reducido a la quinta parte. Se movían por aquella salvaje tierra con cada vez más dificultad, debido a las numerosas trampas que los habitantes locales habían colocado para defender el pequeño poblado. El suelo se hundió a tres metros de distancia, tragándose a un hombre que fue devorado por afilados dientes de bambú que atravesaron carne y tela con la fuerza de un gigante. La compañía estaba siendo diezmada por el ataque enemigo, y los que no lo hacían bajo las balas o sobre estacas de madera ocultas eran asesinados por fuertes fiebres producto de la malaria.
El cielo se tornó negro de forma que era similar a una gota de tinta que había caído en el agua formando ondas y sinuosas figuras, para poco después quebrarse como si se tratase de fino cristal roto a martillazos. Un ave inmensa, de color dorado y envuelta en nubes eléctricas surcó el cielo en dirección al poblado, lanzando un chillido que se asemejaba a un trueno atravesando el aire en medio de una noche aparentemente tranquila. Un relámpago atravesó como una lanza el cielo, y de pronto una hondonada de rayos cayó en la misma zona, devastando el poblado en una gigantesca explosión. La descomunal ave chilló de nuevo, y se perdió entre las nubes, que retomaron el color ceniciento en un infinito naranja.
- ¿Quién cojones ha usado esa puta materia de invocación? – Gritó el militar con el rango más alto, que iba en cabeza y en esos momentos atendía al hombre que había sido disparado en el pecho - ¡No he dado la puta orden! ¡No he dado ninguna puta orden de ataque!
- ¡Con su permiso, Sargento, pero nos atacaban! ¡Las putas últimas frases del Coronel decían que matásemos a los puto amarillos!
- ¡No me toques los cojones, Torpe! – avanzó hacia él, y le golpeó con la culata del fusil en el estómago, mientras propinaba una fuerte patada a la mano que aún poseía un mortecino brillo carmesí - ¡El puto Coronal está muerto, te puedes meter sus frases por el culo! ¡Te someteré a un consejo de guerra!
--
- Sargento Ixidor Bryce, sabe qué hace aquí, ¿verdad? – un hombre corpulento y calvo le miraba con una penetrante mirada.
- Sí, señor.
- ¿Se da cuenta de que sus cargos son demasiado graves, y que al ser reportado a Midgar pasará toda la vida en una prisión militar, si no es condenado a muerte por crímenes de guerra?
--
El pequeño de la granja había vuelto a meterse en problemas. Había golpeado a uno de los criadores y lo había atacado con la horca clavando esta en el brazo derecho. Los chocobos se habían agitado ante la visión de la sangre brotando, y habían salido corriendo del establo, agitados. El chico había tenido que responder personalmente ante su abuelo, y ahora se encontraba allí, frente a su madre, cubierto de arañazos y envuelto en polvo, con el pelo revuelto lleno de plumas amarillentas y la parte izquierda de la cara enrojecida y con el labio sangrando.
- ¿Y todo eso te lo ha hecho Saltador? – preguntó su madre mientras le aplicaba un desinfectante barato en la herida del labio partido, cada vez más hinchado, a la vez que le interrogaba sobre el suceso.
- No, eso me lo hizo el abuelo cuando se enteró de que tuve una pelea. Si no hubiera venido corriendo me hubiera seguido pegando. El abuelo me odia.
- ¿Por qué dices eso, hijo? Tu abuelo no te odia. – su madre comenzó a quitarle del pelo plumas, mientras frotaba con un paño húmedo el rostro de su hijo, limpiando la suciedad que se había agarrado en la cara de este.
- Todos lo dicen. Por eso me he pegado. Dicen que soy un bastardo, y que mi padre te violó, mamá. Que por eso el abuelo no me quiere, y tienen razón.
- Hijo… Tienes doce años, creo que ya eres suficientemente mayor para saber la verdad. Yo quería a tu padre, y de hecho quise casarme con él cuando supe lo de mi embarazo. Pero a tu abuelo no le gustaba la idea de casar a su única hija con un pobre mozo de cuadras que doblaba la edad a su hija. Me recuerdas mucho a tu padre, eres su vivo retrato, Ixidor.
--
Ixidor despertó. Se había quedado dormido sentado en el tren, y varias veces había pasado ya su parada. No recordaba nada de lo que había soñado, pero sentía que no había sido nada agradable, dejándole una mala sensación además de un humor bastante agrio.
Un fino rocío de sudor bañaba su piel desnuda, lanzando ligeros destellos cuando la luz incidía directamente sobre las perlas acuosas a través de las diminutas rendijas que dejaba la persiana. La suave cabellera cobriza caía sobre los hombros en forma de ondas similares a las de las olas del mar, bailando al ritmo de los tenues balanceos de la mujer, cuyos leves gemidos se acompasaban con el movimiento de sus caderas. Su respiración, profunda y penetrante era lo único que cortaba el silencio de la noche.
La gran mano de su acompañante le había atrapado uno de sus pechos, el izquierdo, mientras que la otra se había apoderado de la humedad que tenía entre las piernas; el hombre se hallaba tumbado bajo ella, con las rodillas de su compañera pegadas a sus flancos y apretando ligeramente. Retiró el dedo índice de la cara interna de sus muslos para introducir dos, lo que supuso una explosiva sorpresa llena de placer para ella. Echó su cuerpo hacia delante y acarició el vello en el torso de él, mientras pasaba la fina punta de su lengua por el lateral de su cuello hasta lamer el lóbulo de su oreja, recreándose en la redondez y suavidad hasta finalizar con un suave mordisco.
Se irguió en todo su esplendor y extrajo la mano que se introducía en su coño para, con la otra, agarrar el erecto miembro con fuerza e introducírselo en la boca, realizando un rítmico movimiento mientras rodeaba la morada cabeza con la saliva que escapaba de su lengua. La sacó hasta llegar a la punta y dio un ligero mordisquito, para volver a lamer. Tras varios bamboleos con el cuello, la sacó de su cavidad bucal y se apresuró a llevar la polla hasta sus chorreantes muslos, para deleite de ambos. Los gemidos se pronunciaron más, y comenzaron a aumentar su intensidad a medida que la velocidad del coito aceleraba.
El grito anunció el clímax, y la mujer cesó sus movimientos para tumbarse sobre el pecho de su compañero. Estaba exhausta, agotada, y jadeaba fuertemente, como un animal que hubiera perseguido a su presa incansable durante eternas distancias hasta, por fin, recrearse en el cansancio sobre el cadáver de su víctima. Arañó suavemente con sus uñas en el pecho sobre el que se apoyaba, mientras escuchaba la fuerte respiración del torso que subía y bajaba, mientras escuchaba el latir del corazón.
- ¿Sabes que tiene un ritmo demasiado irregular? Esos latidos no son normales. – intentaba no hacer demasiado ruido, temerosa de romper el encanto y extasiada por el agotamiento físico – A veces va rápido, y otros va más lento.
- ¿En serio? – pasó la enorme mano por la espesa melena negra corta, y rodeó con un musculoso brazo a su compañera, atrayéndola hacia sí mismo y besándola ligeramente – Será que tengo arritmias. Igual me muero.
- Idiota… - acarició el pezón izquierdo, y lo mordió, haciendo que su compañero de cama diese un respingo.
- Eh, podrías tratarme mejor. ¿Acaso no te apetece que haya una segunda?
- Preferiría que me follases durante mucho más tiempo. Ojalá no tuvieras que irte.
- Seguro que si estamos todos los días dale-que-te-pego tu novio va a acabar pillándonos – acarició el pecho de la chica, y apretó el derecho – Además, mañana van a venir a buscarme pronto, salimos a mediodía para Wutai. ¿No te doy pena? ¿Acaso no merezco una compensación? – puso una sonrisa picaresca, y se sorprendió cuando la mano de la chica le retiró el condón y le introdujo el miembro, todavía mojado, en el empapado coño.
- Anda, calla y córrete dentro, que ya le echaré la culpa a mi novio, Sargento.
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El hollín llenaba los pulmones mientras que las brasas quemaban la piel alrededor de las fosas nasales cada vez que alguien respiraba. Las explosiones cada vez eran más frecuentes y cercanas, y levantaban más trozos de tierra y vegetación. Las criaturas de la jungla avanzaban en una dirección mientras que los humanos lo hacían en la contraria, acercándose al llameante NAPALM y a las minas antipersona. El cielo tenía un tono rojizo, casi granate, cubierto de grandes nubes de espeso humo del mismo color que el carbón que comenzaba a arder, a través del cual apenas conseguía filtrarse una luz amarillenta producto de los últimos rayos de sol de aquella tierra alejada de toda civilización moderna. Una ráfaga de disparos atravesó la selva de forma aleatoria, alcanzando a dos hombres: uno tuvo suerte de ser golpeado en el pecho, en una zona cubierta por el chaleco, al contrario que su compañero, que recibió el cálido beso del proyectil en pleno cuello, regando con sangre la alta maleza.
La unidad había contado con cincuenta hombres en sus mejores tiempos, pero en aquellos momentos el número se había reducido a la quinta parte. Se movían por aquella salvaje tierra con cada vez más dificultad, debido a las numerosas trampas que los habitantes locales habían colocado para defender el pequeño poblado. El suelo se hundió a tres metros de distancia, tragándose a un hombre que fue devorado por afilados dientes de bambú que atravesaron carne y tela con la fuerza de un gigante. La compañía estaba siendo diezmada por el ataque enemigo, y los que no lo hacían bajo las balas o sobre estacas de madera ocultas eran asesinados por fuertes fiebres producto de la malaria.
El cielo se tornó negro de forma que era similar a una gota de tinta que había caído en el agua formando ondas y sinuosas figuras, para poco después quebrarse como si se tratase de fino cristal roto a martillazos. Un ave inmensa, de color dorado y envuelta en nubes eléctricas surcó el cielo en dirección al poblado, lanzando un chillido que se asemejaba a un trueno atravesando el aire en medio de una noche aparentemente tranquila. Un relámpago atravesó como una lanza el cielo, y de pronto una hondonada de rayos cayó en la misma zona, devastando el poblado en una gigantesca explosión. La descomunal ave chilló de nuevo, y se perdió entre las nubes, que retomaron el color ceniciento en un infinito naranja.
- ¿Quién cojones ha usado esa puta materia de invocación? – Gritó el militar con el rango más alto, que iba en cabeza y en esos momentos atendía al hombre que había sido disparado en el pecho - ¡No he dado la puta orden! ¡No he dado ninguna puta orden de ataque!
- ¡Con su permiso, Sargento, pero nos atacaban! ¡Las putas últimas frases del Coronel decían que matásemos a los puto amarillos!
- ¡No me toques los cojones, Torpe! – avanzó hacia él, y le golpeó con la culata del fusil en el estómago, mientras propinaba una fuerte patada a la mano que aún poseía un mortecino brillo carmesí - ¡El puto Coronal está muerto, te puedes meter sus frases por el culo! ¡Te someteré a un consejo de guerra!
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- Sargento Ixidor Bryce, sabe qué hace aquí, ¿verdad? – un hombre corpulento y calvo le miraba con una penetrante mirada.
- Sí, señor.
- ¿Se da cuenta de que sus cargos son demasiado graves, y que al ser reportado a Midgar pasará toda la vida en una prisión militar, si no es condenado a muerte por crímenes de guerra?
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El pequeño de la granja había vuelto a meterse en problemas. Había golpeado a uno de los criadores y lo había atacado con la horca clavando esta en el brazo derecho. Los chocobos se habían agitado ante la visión de la sangre brotando, y habían salido corriendo del establo, agitados. El chico había tenido que responder personalmente ante su abuelo, y ahora se encontraba allí, frente a su madre, cubierto de arañazos y envuelto en polvo, con el pelo revuelto lleno de plumas amarillentas y la parte izquierda de la cara enrojecida y con el labio sangrando.
- ¿Y todo eso te lo ha hecho Saltador? – preguntó su madre mientras le aplicaba un desinfectante barato en la herida del labio partido, cada vez más hinchado, a la vez que le interrogaba sobre el suceso.
- No, eso me lo hizo el abuelo cuando se enteró de que tuve una pelea. Si no hubiera venido corriendo me hubiera seguido pegando. El abuelo me odia.
- ¿Por qué dices eso, hijo? Tu abuelo no te odia. – su madre comenzó a quitarle del pelo plumas, mientras frotaba con un paño húmedo el rostro de su hijo, limpiando la suciedad que se había agarrado en la cara de este.
- Todos lo dicen. Por eso me he pegado. Dicen que soy un bastardo, y que mi padre te violó, mamá. Que por eso el abuelo no me quiere, y tienen razón.
- Hijo… Tienes doce años, creo que ya eres suficientemente mayor para saber la verdad. Yo quería a tu padre, y de hecho quise casarme con él cuando supe lo de mi embarazo. Pero a tu abuelo no le gustaba la idea de casar a su única hija con un pobre mozo de cuadras que doblaba la edad a su hija. Me recuerdas mucho a tu padre, eres su vivo retrato, Ixidor.
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Ixidor despertó. Se había quedado dormido sentado en el tren, y varias veces había pasado ya su parada. No recordaba nada de lo que había soñado, pero sentía que no había sido nada agradable, dejándole una mala sensación además de un humor bastante agrio.
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