Rolfhelm Vassally
sábado, 25 de febrero de 2012
El mp3 de...
Rolfhelm Vassally
martes, 8 de febrero de 2011
222
Empezando en silencio, como un ligero ritual que pretende resumir la eternidad. Y ahí, en los pequeños momentos cotidianos, emular a los grandes artistas de la meditación trascendental.
Con el rock clásico en los oídos y la cara del público en el recuerdo, Mark, vagaba por las calles. Había estado un rato en uno de los bares habituales. No suyo, sino de cierto colega suyo, dado a la herboristería. Su colega era sin duda un tío raro, pero no tanto como lo eran otros clientes del garito, como el yonki ese del rostro familiar, o el tipejo de la careta, que afortunadamente no estaban, pero sin duda, estarían al caer. Sin duda, un mal sitio, pero un fumeta del calibre de su colega prefería sin duda los lugares “peculiares” como el Blackson's, justo a juego con su adulterada percepción.
Mark caminó a lo largo de las calles hasta una parada de bus, donde cogió una linea de largo recorrido. Una que lo subiría hasta lo alto de la placa, en uno de los principales distritos.
El trayecto siempre era algo fascinante de ver, y más aún para alguien que había empezado con los psicoactivos a hora tan temprana, o tarde, para los asiduos al té de las 5.
Disfrutó del trayecto igual que se disfruta de una especie de video juego antiguo: Una secuencia de fases con desplazamiento lateral cuyo fondo va alterándose a medida que se avanza en él.
Se subió en medio de contenedores sin recoger y asfalto desconchado y bajó sobre pavimentos de piedra traída de “aquienleimportadonde”, de primera calidad, y caminó entre trajeados y escorts de lujo que practicaban su tarea de forma directa, o disimulada bajo la apariencia de un noviazgo o matrimonio con el ricachón salido de turno, pero indistintamente, con eficiencia ejemplar.
Mark miraba a un lado y a otro con desconfianza, temeroso de que cualquier guardia o soldado lo parase. Tenía que salir de las calles pronto, ante la posibilidad de una detención y registro, muy de moda con el estado de excepción. Y él no podría decir que fuese precisamente limpio.
La que si estaba limpia era su ropa: Una camiseta y un pantalón prácticamente nuevos y unas bambas impolutas, todo ello bajo una nueva chupa de cuero, todos ellos trofeos de la imponente recaudación de su concierto y premio de la guerra de bandas organizada por la Tower of Arrogance. Todo ello con no otro fin que disuadir a los agentes del orden de la idea de que el era un simple tirado o un camello, fuera de su lugar. Intentaba parecer al menos el vástago rebelde de alguien importante, o al menos que lo dudasen el tiempo suficiente para poder escapar.
Maravillado por el bonito espectáculo de filas de farolas con todas y cada una de ellas en perfecto funcionamiento, o el lujo de plazas y jardines cuyo cuidado se mantenía a diario con experta pulcritud, acabó por alcanzar la puerta que estaba buscando, y con ella, el timbre que había venido a pulsar: El ático.
Al salir del ascensor, ya lo estaban esperando. Era una bonita imagen, pero también era una dura verdad. Daphne era muy guapa, había que reconocerlo, pero Mark no estaba dispuesto a cambiar de acera por una cara bonita y un culo de infarto, y menos aún sabiendo lo que había bajo esos pantalones.
- Hola. - Lo saludó ella, con una sonrisa ligeramente forzada, mientras salía a darle dos besos.
- Hola, ¿Y Rolf?
- Está en el salón. ¡Trajiste cervezas! ¡Gracias!
- Si, y algo para picar, además de lo otro... Lo acordado...
- Ya... Oye, Mark... Quería preguntarte...
- ¿Sabes algo de Han? - La voz de Rolf los interrumpió desde la puerta. Tras él vagaba Henton, el gigantesco novio de la dueña de la Tower. Tenía algunos moratones en la cara y los brazos, pero ese tío era luchador profesional. Y por su postura de orgullo y agresividad, parecía estar del tipo de humor que tiene alguien con mucha testosterona y ganas de celebrar algo.
- No sé a vosotros, pero todas las veces que yo he llamado, me ha cogido el teléfono.
- ¿Y? - Preguntó Daphne.
- Y no ha dicho una sola palabra. Puso el manos libres y me dejó oír como tocaba la guitarra, hasta que me cansé y colgué.
- Igual que a nosotros. - Dijo Rolf. - Le he llamado cada día, y está claro que no quiere hablar. Por lo visto, su lado competitivo salió encendido del concierto.
- Espero que sea eso... - Mark se levantó y se acercó a él, dejando que lo guiasen hasta un pequeño salón, en el que todos los sofás y sillones estaban orientados hacia una tele de plasma tan grande que podría ser usada como mesa.
- Malcolm tampoco me quiere decir nada. ¿Y a vosotros? - Rolf acompañó el comentario con una mirada furtiva a su amiga, solo para verla ruborizarse un poco. Una pequeña maldad.
Mark depositó ante ellos entonces una bolsa llena de hierba de la mejor calidad, encargada con días de antelación y conseguida tras una dura negociación por el precio. Tenía sus propias plantas, como buen fumeta que se preciase, pero visto el cometa en el cielo, no tenía demasiadas esperanzas de que llegase a verlas creciditas. Depositó también algunos picadores, papel de liar y tabaco, y tomó la iniciativa, preparando el primer porro de la noche mientras aparecían en la pantalla los típicos anuncios antipiratería de Shin-Ra. A la altura de los créditos iniciales, él ya tenía un buen ejemplar psicoactivo en la mano, listo para “experimentar el visionado de un film ilógico, humorístico y bizarro”: El ataque del adamantaimai gigante. Se llevó su obra a los labios, encendió el mechero, y...
Era una explosión. No. No una explosión, era una colisión. ¡No! ¡Un derrumbamiento! ¡Era todo eso junto! Parecía que un trueno hubiese destrozado media ciudad. No un trueno normal, sino algo de tamaño descomunal. Los gritos alertando de la caída del meteorito llenaron las calles de la placa superior, pero los habitantes de Midgar estaban equivocados: Era algo muy distinto.
Desde el balcón, Megan y Henton habían sido los primeros en verlo. Al ser los más sobrios, llegaron antes, pero al instante desearon no haberlo hecho. Confundidos y turbados, intentaban dar crédito a lo que tenían ante sus ojos.
- ¡Apartaos! - Gritó Rolf, mientras se hacía un hueco entre ellos. Olvidando toda precaución, alzó su rifle Farsight y usó la mira. - ¡Joder!
Bajo la placa, en una pequeña redada que había desmontado otra de esas estúpidas sectas apocalípticas, Mashi miraba con fastidio como Seranzolo y Gerstchen alardeaban mientras transmitían el comunicado al sargento Van Zackal. A su lado, Harlan e Yvette lo acompañaban en su resignación. Svetlana había sido atacada con un cuchillo, y los enfermeros de la ambulancia estaban dándole un par de puntos de sutura en el brazo. Así era siempre el reparto: Unos las cicatrices y otros las medallas.
- Acostúmbrate... - Le dijo Yvette, alardeando un poco de su experiencia con los veteranos.
Mashi iba a responder. Iba a decir que era lo que esperaba, o que era la misma mierda desde otro lado, pero sin embargo, no pudo. Un estruendo arrollador lo dejó sin habla y le hizo saltar a cubierto, arrastrando a sus compañeros en el impulso. Los tres cayeron dentro del portal de un supermercado cerrado, convertido en templo del supremo lo-que-fuese. A Harlan le pilló por sorpresa la fuerza que fue capaz de desplegar ese muchachito rubio de mechas verdes y violáceas y lentillas doradas, pero su principal preocupación era otra: ¿Qué había sido eso? ¿Una explosión? ¿Un derrumbamiento? ¿Habría caído otra placa? ¿Cómo era posible que ellos no supiesen nada?
- ¡Seranzolo! ¿Qué dice Van Zackal? - Preguntó Yvette. - ¿Qué mierda está pasando?
- ¡Dice que espere!
El idiota no estaba bien preparado. Kurtz había hecho lo que podía, pero el novato tardó en fijarse en que él era el único que no había corrido a ponerse a resguardo. Se sintió desnudo, solo, de pie, en medio de la calle mientras una nube de polvo se acercaba a gran velocidad desde el norte. Cuando llegó al soportal en el que se había resguardado su compañero, su traje estaba gris, sus ojos rojos, y no dejaba de toser. Gerstschen no tardó un segundo en arrancarle el PHS y empezar a pegar voces.
- ¡Esperando instrucciones! - Gritó. - ¡Sargento, por favor! ¿Qué está pasando? - Tras unos segundos de incertidumbre, respondió una voz distinta. Tosió dos veces para aclararse la garganta, y encontró la forma de hablar con firmeza, pese a un ligero temblor en la voz.
- Pongan a todas las unidades en activo. Repito: Todas las unidades en activo. Entramos en código rojo. El presidente está haciendo los preparativos para convertir el estado de excepción en un estado de sitio. - Dijo el capitán Jacobi.
Jonás olía el rico sabor de las especias. En Wutai no había término medio con la comida: O delicado sushi cortado con esmero o platos picantes solo apto para los estómagos más preparados. Su novia era más dedicada a los segundos, aunque últimamente rebajaba la receta, por miedo a que tanto picante pudiese hacer daño al bebé.
Acababa de cruzar la puerta y soltar la correa de Etsu, que corrió a saludar a su ama a la espera de que algún trozo de carne le animase la dieta. Jonás oyó como Aang lo recibía con mimos en su idioma natal, mientras él colgaba el abrigo y buscaba las zapatillas por el salón. Descalzo y cómodo, caminó despacio hacia la cocina. Estaba a punto de asomarse por la puerta cuando el mundo tembló como si fuese a romperse. No había durado lo suficiente para ser un terremoto, pero su intensidad solo hallaba comparación en la memoria del turco con el día en que la placa se derrumbó sobre el sector siete.
Asustado, cogió el PHS. Mientras buscaba en la agenda, corrió a la cocina.
- ¡Aang! ¡Aang! ¿Estás bien? - Cuando cruzó la puerta, vio que su hermosa y ágil novia se las había arreglado para mantener el equilibrio, la compostura y las ollas aún sobre el fuego. Etsu parecía asustado, pero se interponía entre ella y la puerta. El turco sonrió, un poco más tranquilo.
- ¿Jonás? ¿Que ha sido eso, Jonás? - Su mirada era suplicante, y evidenciaba que la mujer que había dirigido soldados, esta vez estaba asustada por el delicado ser que llevaba en el vientre.
- Lo averiguaré. - Dijo con seguridad.
Devolvió su atención al PHS, pero mientras buscaba el número, se encontró con la sorpresa de que este lo llamó a él. Entró apresuradamente en la habitación y entrecerró la puerta, mirando por la rendija, antes de responder a la llamada.
- Hace mucho que no hablamos... - Dijo el turco al coger. Su rostro tenía la seriedad que muchos hombres habían visto antes de tener que pelear por su vida.
- Señor mío, déjese de poses, se lo ruego. - Respondió la voz al otro lado del teléfono. Inconfundible, tanto por su timbre agudo e inseguro como por su habla refinada. - Esto es... Es totalmente inaudito.
- ¿Qué mierdas ha pasado? ¿Meteorito? ¿Terroristas? ¿Han volado un reactor?
- Le... No soy capaz de explicárselo. Le estoy enviando una imagen. Véala y haga lo que crea conveniente.
Kurtz empezó a rebuscar entre el menú del PHS. Sabía que no tenía porqué cortar la llamada, pero la cobertura bajo la placa tenía algunas pérdidas. El PHS del trabajo lo sorprendió rompiendo a sonar en ese momento, reforzando su idea de que esto era grave, pero el turco esperó. Mantuvo sus ojos fijos en la pantalla y en segundos obtuvo su respuesta. La primera imagen era un mapa de Midgar, con un punto rojo marcando la zona del incidente. Calculó que, si era bajo la placa, podría llegar en menos de quince minutos, dependiendo de las calles. Si fuese sobre la placa, tendría suerte si tardaba menos de una hora. El PHS de Shin-Ra seguía sonando, indiferente e implacable. Lo descolgó y se lo llevó al oído sin apartar los ojos de la pantalla de su propio comunicador. Al oído le llegaba la cháchara asustada de una de las telefonistas, instándole a que se personase en el edificio Shin-Ra tan rápido como fuese posible. Sin embargo, en ese momento, llegó la imagen.
Era un puto muñeco. Un muñeco feísimo, mal hecho y grande como una montaña. Un bicho de formas poligonales, con pies desproporcionadamente grandes y sin dedos. Sus brazos eran como columnas de forma extraña, cuadriculada, y su cara no tenía facciones. Solo dos enormes ojos azules y un horrendo peinado amarillo en punta. Vestía con lo que parecía ser un uniforme de SOLDADO.
- ¿Es una puta broma? - Dijo a Fixer, intentando mantener el tono de voz bajo. - ¿Quieres tocarme los cojones?
- Su “puta broma” ha devastado tres edificios y está causando serios daños a la estructura superior del sector 1, agente. - Respondió con seguridad el hombre al otro lado de la línea. - Soy incapaz de impedirlo, pero confío en sus habilidades para lograrlo.
Kurtz colgó. Abrió el armario de par en par mientras apretaba los dientes, intentando negar una realidad incapaz de ser mínimamente cabal. Dio aviso al departamento de Investigación de que iría directo al lugar del incidente y colgó el PHS de la compañía. Cuando volvió a la cocina, más que un turco parecía un soldado, cubierto de kevlar y armado hasta los dientes.
- Jonás... - Suplicó Aang. Su novio negó con la cabeza.
- Creo que puedo morir de una forma jodidamente absurda... Pero voy a intentar volver, ¿vale? - Dijo mientras la besaba. - ¡Como sea!
- ¡No digas eso, Jonás! - El grito llegó cuando él ya se había dado la vuelta, y sintió como sus pies se paralizaban.
- Yo... - Dijo, buscando una forma honesta de tranquilizarla. - Ten las llaves del coche a mano, y prepara rápido algo para llevar...nos. Cuando vuelva, nos vamos de vacaciones. - Kurtz quitó los palillos, y tomó un bocado de los tallarines udon picantes con pollo, antes de salir corriendo. Ella asintió entre lágrimas, y aún cuando los pasos de su amado se alejaban por las escaleras del edificio, ella seguía sin apartar la vista de la puerta.
El enorme monstruo cuadriculado se encogió. Con la punta de sus brazos, acabados en una especie de muñones cuadrados, se frotó la cara, cerrando esos grandes y grotescos ojos azules, que eran sus únicos rasgos faciales. Rookery había usado un Gunger, pero sus disparos, aunque precisos, no habían sido suficientes para derribar al monstruo.
- ¿Harlan?
- Presente, Rook. Ya lo veo: No cae.
- No, amigo. Espero que tú puedas hacer algo. ¿Alguna noticia de Kurtz, o Svetlana?
- Nada. Yvette en camino, Mashi también desaparecido, y Peres y StDivoir atascados en los suburbios del seis.
- Jo-Puto-Der. - Dijo para sí el francotirador, mientras introducía un nuevo cargador en el rifle. Estaba seguro de no haber fallado ninguno: Todos en la cabeza, de los cuales, cinco habían impactado en la pupila, pero el engendro ese respondía como si la amenaza no fuese más que un mosquito. No quedaba otra que insistir, y ver que se lograba.
Harlan lo veía avanzar desde una azotea. A cada paso, el suelo temblaba, mientras el monstruo se abría paso a través de la placa. Avanzaba como un borracho en una exposición de maquetas, reventando todo a su paso como si no se diese cuenta. El turco-sacerdote no estaba en medio de su camino, pero si lo suficientemente cerca de él como para sentir las sacudidas. Su punto de ataque no iba a recibir al monstruo de lleno si este conservaba su actual trayectoria, pero no podía saber con seguridad si alguno de los edificios derribados caería hacia el suyo. Las tareas de evacuación eran una lucha contra el caos. Los turcos novatos habían resultado ser útiles con su carismática imagen juvenil para atraer a la gente e inspirarla para que estuviese tranquila. Van Zackal estaba haciendo un buen trabajo, pero la orden de retirarse de Grim no llegó antes de que disparase a un par de civiles por quedarse rezagados. Ahora mismo, eso era problema del departamento legal.
Tomando su cadena de materia, Harlan empezó una oración a todos los Loa presentes y favorables, que serían bien pocos, mientras intentaba ganar tiempo para el equipo de asalto. Demasiados fondos dedicados a mantener la apariencia de estabilidad de Shin-Ra a lo largo del mundo, demasiados destinados a cazar a Sephiroth. Hoy, Midgar parecía una ciudad sin rival, en la cima del mundo, pero pronto olvida uno que en un mundo donde la fuerza de la naturaleza se manifiesta en la forma de magia y criaturas extraordinarias, uno nunca debe olvidar su propia pequeñez ante el planeta.
Y Shin-Ra había creído durante muchos años que el planeta era su campo de juegos y su despensa inagotable.
Cuando sintió la energía llenándole, lanzó la descarga. La primera orden era intentar derribarlo. Si no se lograba, habría que intentar desviarlo fuera de la ciudad, o al menos, lejos del sector cero, y secundariamente de las vías de evacuación.
Mientas el cielo se oscurecía y el relámpago se preparaba para caer sobre el monstruo, Harlan Inagerr se alegró más que nunca de ser sacerdote: No necesitaba dejar de conjurar para rezar todo lo que supiese.
Desde el retrovisor, Larry StDivoir pudo ver como su compañera maldecía una y otra vez, sin embargo él no pudo hacer nada más que seguir con su tarea: Llevar la sirena a todo volumen y abrir paso con su coche, ayudado por una escolta de la división motorizada de SOLDADO. Los refugiados se desplazaban en camiones confiscados, autobuses urbanos y trenes, intentando evacuar la ciudad. Mientras tanto, a los de los suburbios se les pedía que permaneciesen en sus casas para evitar colapsar las salidas. Larry sabía que pocos o ninguno estarían obedeciendo esas órdenes, y que muchos ya se habrían abierto camino fuera de la ciudad.
- ¡Chaval, baja ahora mismo!
Dentro del taller, mientras ambos corrían hacia la puerta, compartían una idea acerca de lo que podía estar sucediendo, y una plegaria por que no fuese cierto.
Evidentemente, no estaban preparados para lo que vieron.
El Fenrir blanco se detuvo con un derrape. Han dejó el motor en marcha con la caja de cambios en punto muerto, cruzándose con Mark, mientras Megan pasaba hacia el asiento trasero.
- ¡No veo ningún control! ¡Ni barrera! - Gritó Han.
- No creyeron que nadie estaría tan loco como para ir contra tal monstruo.
- ¡En la carretera de ascenso a la placa si que lo había!
- Pues si lo ves, haz lo mismo: Crúzalo. Da igual como.
El Cavalier cruzó entre tanques estacionados y vehículos de artillería móvil. El traqueteo era especialmente intenso, y el asfalto desgarrado por el paso de las orugas dificultaba la tracción, pero el peor obstáculo era el humo. Una nube de polvo, pólvora quemada y estruendo parecía cubrir el mundo, imposibilitando la visión a más de algunos metros. Al fondo, solo una silueta sobre el gris: El monstruo.
- Rolf, si te queda algo por decir, suéltalo ahora, o calla para siempre.
- No me dejes morir como un puto gilip...
- ¡Tres! - Le interrumpió el piloto. - Dos, uno...
Un volantazo y un tirón a la palanca del freno de mano y el coche se revolvió, mientras su piloto hundía el pie derecho en el acelerador. Con las ruedas traseras bloqueadas, el coche empezó a rotar sobre sí mismo, perdido el agarre sobre el asfalto destrozado. Apenas un segundo después, el maletero estaba orientado hacia el monstruo, sin dejar de girar. Sobre ese maletero había un rifle de francotirador del calibre 50, cargado con algo especial.
- ¡Desde el corazón del infierno, yo te apuñalo! - Gritó Rolf desde la parte trasera, tumbándose en el asiento. Apoyó los pies en la puerta y agarró tan fuerte como pudo el cinturón de seguridad del lado contrario. Han ya había retomado la maniobra en cuanto oyó el disparo, y su acelerón le costó a su amigo un par de serias magulladuras. Hundió el pedal de nuevo, completando el giro de trescientos sesenta grados y aceleró hacia el lado izquierdo del monstruo, rompiendo otra vez el agarre sobre el asfalto con el freno y rodeándolo mientras derrapaba, para cerrar el radio todo lo posible.
Kurtz intentaba que no le viesen sonreír sus compañeros en el helicóptero. Ese maldito coche infernal había vuelto a nacer, y esos dos hijos de puta habían tenido una idea mejor que todo el aparato militar de Shin-Ra junto. El coche estaba rodeando el monstruo, y con ayuda de unos prismáticos, pudo ver como estaban enrollando una especie de cable alrededor de sus pies. Dieron tres, cuatro, cinco vueltas, antes de que el rollo de cable de metal saliese disparado del maletero arrancando la tapa, y se alejaron del lugar dejando un rastro de humo y un rugido de victoria.
- ¡Todo tuyo, Kurtz! ¡Dispuesto y con lacito, como una puta virgen!
Los tripulantes del helicóptero vieron al turco recobrar su sonrisa lobuna, mientras guardaba su PHS y se acercaba la radio a la cara.
- ¡Aquí Fuego Vengador, a todas las unidades! ¡Fuego! ¡Fuego, maldita sea! ¡Tiradselo todo y hacedlo ya!
La tormenta volvió a encenderse. Como el infierno desatado, centenares de lanzadores de hechizos vaciaban todo su éter en descargas flamígeras, gélidas y eléctricas sobre el monstruo, mientras munición de todos los calibres existentes era disparada contra él. Las llamas y el humo lo cegaban todo a lo largo de manzanas a la redonda, mientras que destellos irregulares surcaban la nube caótica, y un estruendo de pólvora estallando y plomo surcando el aire para impactar contra lo desconocido ensordecía el ambiente. Durante varios minutos, que parecieron eternos, la ciudad lanzó toda su ira y su fuerza contra el invasor. Miles de militares, SOLDADO, turcos e incluso milicianos civiles arrojaron toda la furia de que les quedaba hasta agotar el último cartucho. El último hechizo. El último ápice de esperanza.
Cuando el polvo se despejó de nuevo, se oía aún el sonido de la munición y los cascotes cayendo al asfalto. Las lecturas infrarrojas y térmicas se volvían locas, sin embargo había una certeza, vista en cuanto el humo empezó a disolverse. La criatura seguía en pie. Se tambaleaba, e intentaba continuar su avance, entre los sonoros chasquidos de un cable de acero a punto de romperse. No mostraba heridas, no había sangre visible, pese a que le había caído encima todo lo que la ciudad podía dar.
- ¡Sigue vivo! - Exclamó Nikopoulos, mientras Treyan gritaba de terror y se lanzaba por la puerta lateral del helicóptero. Kurtz no hizo nada por impedírselo. Suficiente hacía por intentar no hacer él lo mismo. A su alrededor, Diastraefen, Weisz y Nikopoulos lo miraban esperando cualquier tipo de instrucción, algunos con más entereza que otros. Paris se acercó a su espalda.
- Olvídate de ellos. Haz lo que te pedí.
Kurtz asintió. Cerró los ojos dos segundos, y cuando los abrió tenía su Aegis Cort en la mano.
- Muy bien, tripulantes, esto es lo que vamos a hacer. - Mientras hablaba, tomó asiento en la cabina, junto al piloto, y sujetó la palanca de dirección. - Vosotros os vais.
- No tenemos ningún miedo. - Respondió Diastraefen.
- ¡Asunto clasificado de Turk! ¡No tenéis competencia aquí! ¡Si no abandonáis la zona, abriré fuego contra vosotros!
Los tripulantes, confusos, se miraron entre ellos, pero Weisz, ofendido, fue el primero en actuar.
- Haced lo que os dé la gana, me uniré al primer equipo Vigía que encuentre. - Diastraefen no dijo nada, pero saltó a la vez que su compañero. Nikopoulos fue el último, y se detuvo al ir a recoger su foto familiar.
- ¿Sabe, señor? A mí me ha dado suerte.
- Tengo la mía propia. Gracias, Nikopoulos. - Respondió Kurtz, guardando su pistola y sacando su navaja, para sujetarla con los dientes.
- Gracias otra vez, señor.
Cuando el asustado piloto hubo saltado, Paris tomó el asiento que este había dejado libre, mientras su antiguo compañero empezaba a encaminar el helicóptero contra el monstruo.
- No sabía que podías pilotar uno de estos. ¿Lo aprendiste haciendo guerra sucia? - Miró con sorna al hombre, con la navaja en la boca, listo para saltar como un filibustero en un abordaje en el mar de Corel. - No respondas, ya veo que estás ocupado... - Kurtz se quitó la navaja de la boca y la clavó sobre el cuadro de mandos, enfurecido.
- ¿Qué mierda quieres, puto niño mutante de los cojones? - Paris soltó una risita al oír eso. Encaró a Scar y apartó ligeramente sus gafas de sol, mostrando su antinatural mirada, con esas pupilas felinas y afiladas.
- No es bueno ofender a los "niños mutantes", agente Scar Kurtz. Somos malas personas por naturaleza. A menudo, mucha gente inocente acaba herida.
- ¡Pues mátame y pilota tú esta mierda! No sabes, ¿eh? ¡Jódete! ¡Haber estado luchando en guerras sucias! ¡Así tendrías las habilidades necesarias para salvar esta mierda de ciudad! - El asesino se tornó serio. Sin embargo, se relajó al instante.
- Aún estás a tiempo de hacer como ellos, Jonás.
- ¿Y tú que harás? ¿Saltar doscientos putos metros?
- Yo me las arreglaré. Igual que antes de conocerte, igual que hago ahora.
- ¡Que te jodan! - Gritó el turco. - ¡Ya te di de hostias una vez, apuesto a que ahora puedo destrozar a ese pedazo de mierda colosal más y mejor que tú!
Paris quiso replicar, noquearlo y tirarlo en paracaídas, pero listo como estaba para saltar en el último segundo, no se había sujetado al asiento, y en cuanto el turco aceleró el motor hasta el extremo e inclinó el helicóptero contra la cara de la criatura, tuvo que destinar toda su atención a sujetarse y prepararse. Mientras tanto, Kurtz, con una mano en los mandos y la otra en el borde de la puerta, que había arrancado a patadas, hacía repaso mental de lo que llevaba encima, notando su peso, tal y como estaba acostumbrado: Su pistola, dos cargadores adicionales, cuatro granadas y algunas piezas de materia. Sin embargo, ninguna de esas cosas le pesó tanto como su cartera, con la foto de Aang en ella.
- ¡COME MIERDAAAA!
El golpe resonó en todo el lugar. El dolor le quemó en la cara, pero se disipó en seguida. Aturdido, se frotó la cara y miró a su alrededor.
- ¡Mark! ¡Mark! ¿Estás con nosotros?
- ¿Eh? - Fue todo lo que pudo responder. Megan estaba inclinada sobre él, lo que le daba una gran panorámica de su camiseta, sin embargo, Mark apenas era consciente de que estaba sucediendo. Miró a su alrededor y sus gestos delataron su esfuerzo por reconocer las caras que lo rodeaban. - ¿Y Han? ¿Donde está? - Miró a Rolf. - No está con...
- Han está consigo mismo, y lo sabes, idiota. - Respondió Rolf despectivamente, mirando hacia Daphne que había apartado la mirada, con preocupación.
- Mark, ¿estás bien? Te quedaste flipado viendo el primer trailer. - Megan se preguntó si no debería darle otra bofetada, pero notó como una especie de fuerza natural la apartaba de su amigo.
- Déjame a mi. - Dijo Henton.
- ¡Oh, joder no! - Gritó Mark, pero su amigo al acercar la mano, lo único que le hizo fue tomar el porro que este sostenía. Lo miró fijamente, como intentando reconocerlo, y dio una calada.
- Pues si... Es fuerte. - Dijo, y volvió a su asiento, donde se apropió de las palomitas.
jueves, 2 de diciembre de 2010
221
A beber. Esa parecía ser la solución, el único propósito para el que el alcohol había sido creado. Daba igual el aroma, los reflejos que desparramaba el líquido sobre la barra o el suave, pero intenso y delicioso sabor que desprendía aquél licor de hierbas; una parte de mi disfrutaba a cada trago y la otra decía “emborráchate ya”. Y eso me avergonzaba aún más. Había dejado a Lucille sola en casa, prometiéndola volver en un rato, mintiéndola al decir que ya no había peligro alguno… No, las cosas no podían seguir así… Ahora ya no era sólo ella, también era la pequeña criatura que estaba cobrando vida en su interior. Me lo hizo prometer, me suplicó que no hubiese más peligro a nuestro alrededor… ¿En qué me convierte eso? ¿Qué imagen tiene de mí que me tiene que decir entre sollozos que quiere tener una vida tranquila?
Una chispa se había encendido detrás de mi cabeza, pero por suerte la rueda del mechero parecía averiada. Era una chispa pequeña, minúscula, pero terriblemente dolorosa: “Si yo me evaporase… ¿Tendría Lucille una vida mejor? No… ¡No! Y mucho menos ahora. Me sentía enormemente feliz de aquella noticia, no paraba de imaginarme como sería aquél bebé, nuestro bebé, al nacer. Si heredaría ese azul océano en los ojos de su madre, la vagancia del padre…Tomé otro trago del licor de hierbas, amargo y rasposo al darme cuenta de que los hielos se habían derretido hace tiempo. Llevaba ya tres horas con pasos vagabundos, yendo de un bar a otro y pidiendo siempre lo mismo. Ahora me encontraba en un local elegante, con asientos de cuero y una luz dorada que hacía brillar todas las botellas que decoraban el interior de la barra, cada una con un licor distinto. El Blackson’s era un bar elegante para estar bajo la placa y el camarero parecía ser todo un entendido en bebidas espirituosas; de hecho, aquél licor de hierbas estaba hecho, según me dijo, con un tipo de planta ya extinta, arrasada y quemada en Wutai por los soldados de Shin-Ra. En ese momento entró alguien mascando con bastante ruido un caramelo y comentando el último rumor de las calle para que todos los presentes se enteraran.
Yo me disponía a sacar la cartera para pagar la copa y marcharme de una vez, pero una mano fría y ruda me lo impidió antes de añadir:
-Déjalo chico, a ésta te invito yo, además… Jack, saca esa maldita botella tuya que tanto amas y ponle un chupito al señor Vanisstroff.
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-¡No corras tanto Lucille!
-Déjala mujer… Ahora mismo se debe sentir la muchacha más feliz de todo Midgar.
luz de un atardecer explosivo se colaba entre las hojas de unos ciruelos e incidían en el resbaladizo metal de los toboganes del parque, arrojando sinuosos reflejos en la arena. El sol, totalmente flamígero, se hundía rápidamente en la línea del horizonte, transformando loas voluptuosas nubes en un incendio aéreo.
Una niña, enfundada en un pequeño abrigo de rugosa tela gris y falda marrón sobre unos leotardos oscuros, subía y bajaba del mismo tobogán una y otra vez, el más alto de todo el parque. Su cara se transformaba en una mueca de absoluta felicidad cuando su pequeño cuerpo se deslizaba hasta abajo, para segundos después, volver a levantarse con una aguda risa y subir las escaleras de nuevo. Sus oscuros mechones oscuros se escapaban del dominio del gorro de lana marrón que cubría su cabeza y se alborotaban a cada caída, mientras que sus ojos chisporroteaban de diversión con un azul eléctrico. No quedaba nadie más en aquél parque, salvo aquella niña y sus padres; los demás chicos se habían marchado refunfuñando, exigiendo a sus padres más diversión a cambio de acallar sus llantos. Incluso un par de niños se habían ganado un moratón en la espinilla por parte de Lucille, que reclamaba aquél alto tobogán como su bastión personal. Sus padres observaban a la pequeña, él enlazando una mano en la cintura de ella y ella apoyando la cabeza sobre su hombro. Se sentían contagiados de la sonrisa de su hija, disfrutaban de su felicidad igual o incluso más que ella, adorando su sonrisa infantil e inocente desde un segundo plano. Su madre, tapándose la boca con una bufanda color caqui, siempre miraba las rápidas y desacompasadas piernas de su hija con ansiedad, temiendo que se tropezase y que aquella velada acabase con una sesión de lloros desconsolados y una tirita en la rodilla. Su padre Robert, sin embargo, la observaba absorto en su propio placer, adorando, bendiciendo y alabando a todos los dioses posibles por otorgarle semejante regalo. De él había heredado Lucille sus ojos del color del océano y esas pestañas oscuras, mientras que el revoltoso pelo oscuro era cosa de Saioa, su madre. Ambos eran incapaces de negarla nada cuando sonreía de ese modo, así que ella seguía subiendo y bajando, subiendo y bajando… Mientras el cielo incendiario de hace un momento se convertía en un espectáculo cárdeno.
-Está bien-cedió Saioa dándole un codazo a su marido- Pero tú te encargas de bañarla esta noche.
-Serás tonta, si sabes que eso me encanta- contestó él con una amplia sonrisa- Además, hoy va a dormir como una reina. ¡Pequeñaja, venga que nos tenemos que ir!
-¡Una más papá, sólo una más!
-¿Robert Kingston?
La armonía de aquella escena se evaporizó en un momento cuando cuatro hombres trajeados hicieron su aparición en el parque. Todos con el semblante serio menos uno, que parecía resguardarse detrás de los dos más altos con una sonrisa precavida; guardaespaldas. La voz provenía del hombre más bajo de los tres, que permanecía en actitud desenfadada pero autoritaria, con las manos en los bolsillos y el humo de un cigarro entre sus labios. Se sacó una de las manos y tiró la colilla al suelo.
-¿Puede acompañarme un momento? Sólo será un segundo…
Robert abrazó a su mujer más fuerte en señal de protección y echó un vistazo a su pequeña, que permanecía callada y quieta como una piedra sobre el tobogán.
-¿Y con quién tengo el placer de hablar?- preguntó desconfiado.
-Miezko Vanisstroff, tranquilo, no somos turcos ni nada parecido… Sólo quiero hablar de… Negocios con usted.
-¿Y por qué debería fijarse un hombre como usted en mi pequeño taller de mecánica?
-Si me concede unos minutos… -contestó el trajeado, señalando un shin-Ra supreme al otro lado del parque, con una puerta abierta y el motor en marcha.
Se prolongó un silencio incómodo. Robert no daría su brazo a torcer tan fácilmente, aquello era lo más sospechoso que le había ocurrido en toda su vida. EL tal Miezko se aclaró la garganta y añadió:
-Será mejor…- dirigió una mirada a la pequeña Lucille a propósito y deshizo la pausa- para todos si viene conmigo un momento.
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Soplé aquél resplandor verde que ardía en el borde del vaso y me bebí el licor. Tenía una textura melosa, pero parecía deslizarse por mi garganta a toda velocidad. Sabía a menta suave de las montañas de Corel, al agua de los cocos de Costa del Sol, a frutas silvestres, vainilla, a hierba mojada… Y sobre todo a un fuego que parecía acariciarte la lengua y dejártela dormida. Su calor bajaba hasta el estómago, pero no con la fuerza del alcohol, si no de una manera reconfortante.
-Vaya…- llegué a balbucear; todavía sentía cosquillas en toda mi boca.
Observé al camarero, Jack, que ponía el tapón a la botella con fuerza y la volvía a colocar en la estantería, mientras dejaba salir de su boca un reguero de amenazas e insultos.
-Juro por mis muertos que ésta es la última… ¿Me oyes Arguish? ¡La última! Ni aunque te quites esa jodida máscara te pienso volver a dar.
Mientras, el objeto de su rabia estiraba la rendija de la máscara con un dedo y dejaba caer el líquido verdoso sobre sus labios, secos y con llagas.
-Ah… ¿Increíble verdad?- dijo con un gran suspiro, apartándose un par de gotas que habían caído en el látex color hueso- En teoría nos estamos bebiendo a nuestros antepasados, pero… ¡Qué demonios, así sirven para algo! No creo que ellos nos ayuden a parar al meteorito.
Tal vez fuese por aquél chupito, pero sentía que podía confiar en aquél desconocido. Con aquél traje, aquella máscara macabra… Eran motivos de peso para salir corriendo, pero por algún motivo que desconocía, me sentía a gusto con él.Se sacó un chupachups del bolsillo de la americana y pidió un ron añejo de las playas de Costa del Sol.
-¿De qué me conoces?- me atreví a preguntar.
-Yief, has aparecido en las televisiones de todo Midgar… Es cierto que la mitad de gente no te reconocería por la calle y la otra mitad te escupiría, pero yo me creo lo que dijiste en el juicio, ese tal Tombside no se fijaría en alguien como tú sin ningún motivo.
Ya lo creo… Toda esa historia comenzó estando en el lugar equivocado, leyendo los pensamientos equivocados. Quien me mandaría a mí tener una materia rota tan peculiar… No recuerdo en qué momento ni en qué lugar la perdí, pero tampoco la echaba de menos, no había hecho más que traerme problemas. Tras agitar el ron, el borde del vaso desapareció entre los labios de Arguish. Yo todavía tenía el licor de hierbas, pero los hielos no eran más que dos barcazas a la deriva en un mar aguachinado.
-¿Conocías a Blackhole verdad?
Ni siquiera sé por qué se me ocurrió aquello, era una locura. Si resultaba ser un sicario de mi padre o algo por el estilo, ya me podía dar por muerto. Sin embargo, él se dedicó a soltar una pequeña risa y mirarme fijamente a través de esas cuencas, tan negras como la muerte que representaban.
-Vendo tornillos a mucha gente Yief, pero tranquilo, he venido a hablar contigo, ha sido una casualidad que nos encontremos.
-No me has respondido- le insistí.
-Y eso es lo único que saldrá de mi boca. No te lo tomes a mal hombre,- me dijo dándome una palmada en el hombro.- Esta máscara oculta algo más que un bello rostro.
-Debería estar loco para confiar en ti…
-Lo mismo podría decir yo, le acabo de invitar a un chupito al cómplice del mayor psicópata de Midgar.
No se por qué me dio por reír, pero me atraganté con el licor y se me llenaron los ojos de lágrimas. Resultaba irónico, pero era cierto. Me imagino que mis días de ciudadano ejemplar quedaban demasiado lejos de mis expectativas. Ya ni un hombre enmascarado con una calavera se podía sentir a salvo a mi lado. Él también se rió, mientras se oía el chasquido del caramelo contra sus dientes; mascó los trozos con sabor a fresa y se dejó el palo de plástico en la boca. Tal vez era parte de su juego, pero que comiese tantos dulces contrarrestaba con el negro de las cuencas pintadas, que traslucían con tanta sutileza que apenas se veían sus verdaderos ojos.
-Vamos a dar una vuelta Yief- me ofreció él terminando su copa de ron tostado- Nos marchamos Jack, gracias de nuevo por compartir tu tesoro.
-¡Iros a tomar por el culo!- gritó él con medio cuerpo sumergido en una de las cámaras bajo la barra. Se incorporó con las manos llenas de refrescos de naranja y frunció el ceño a verlos- ¿Es que todavía seguís aquí? ¡Iros de una puta vez!
Mercado Muro bullía de actividad, pero sólo donde abundaban las tiendas de armas y prostíbulos. Por donde nosotros caminábamos se podía sentir hasta el frío del asfalto y la soledad de las casas abandonadas. Incluso de vez en cuando descubría ventanas con la luz encendida que eran engullidas por la oscuridad y escondidas tras persianas. Un perro comenzó a ladrar en las sombras de algún callejón, pero un siniestro golpe hueco y metálico convirtió sus quejas en gimoteos lastimeros.
Arguish caminaba con las manos en los bolsillos, mascando un nuevo chupachups y acompañado de un continuo y extraño tintineo metálico; a cada paso que daba, algo sonaba en sus bolsillos.
-Dime una cosa Yief, si de dos gemelos sin nombre uno te dice la verdad y el otro te miente… ¿A quién creerías?
-¿Es un acertijo?
-No lo creo… Si el que te miente te dice que es verdad que miente, la mentira se convierte en verdad; y si el que te dice la verdad quiere mentirte, te va a visar de ello porque es incapaz de no ser sincero.
-¿Entonces no hay solución?
-La mentira se convierte en verdad y la verdad en mentira. El don de la palabra es tan maleable que no te puedes fiar de nadie, esta ciudad está demasiado podrida para ello.
-No creo que todo el mundo sea así…- era una excusa sin argumentos, pero me negaba a pensar de manera tan drástica.
-Claro que no, pero el tamiz de esa criba es increíblemente fino, sólo un par de piedras grandes se quedan sobre la rejilla. Incluso convendría hacer un destilado posterior y quedarse solamente con la mejor sustancia…
-¿Entonces estamos hablando de encontrar tu alma gemela?
-No tanto como eso, cosas así sólo ocurren en los cuentos. Pero si tienes que confiar tus secretos, que sea a una sola persona, la más adecuada. Tú, por ejemplo, llegaste a confiar en la seguridad que seguro te ofrecía Tombside y mira lo que te ocurrió. Y me apuesto una caja de caramelos a que Tombside también llego a confiar en ti, pero tú te chivaste a los hombres de negro.
Me avergoncé como un niño pequeño al que regañan por esconder comida que no le gusta, y eso me sentía como una patada en el culo. ¿Acaso debía sentir vergüenza por aquello? No, aquello ya no era un colegio si no una mole de edificios grises en los que en cada esquina acechaba la muerte, Midgar me debería agradecer eternamente lo que hice…
Mientras tanto seguía sonando ese extraño tintineo. Incliné el cuerpo hacia delante y observé que Arguish jugueteaba con algo bajo el bolsillo derecho, pero no tenía la menor idea de lo que podía ser… ¿Las llaves tal vez? No… Era un sonido distinto.
-¿Recuerdas un videojuego de hace tiempo…- prosiguió él- En el que una pequeña bola cogía toda la mierda que veía mientras iba rodando, haciéndose cada vez más grande?
-Me alegra saber que tuviste infancia, eso te hace más humano bajo la máscara.
-¡Cuando quieras echamos una partida!- me desafió. Incluso juraría que le vi una sonrisa burlona bajo el látex- ¿Pero no crees que ocurre lo mismo con los secretos y las mentiras?
-Se agrandan y se agrandan…
-Solo que todas y cada una tienen una pizca de pólvora en su interior y es cuestión de tiempo que la bola recoja una mecha y una cerilla entre tanta mierda.
La noche era fría y oscura en esas calles, pero cada comentario salido de la boca de Arguish arrojaba una mancha más de tinta negra. Me estaba tiñendo la conciencia de negro y encharcando la cabeza de resentimiento.Pero aún así me sentaban como un empujón, como una bofetada que me devolvía a la realidad, las cosas no podían seguir así, tenía razón.
-Está bien- dije en alto- Ya es hora de que Lucille conozca la verdad.
-Así que Lucille eh…- se burló dándome un codazo- Me la tendrás que presentar algún día- sacó su PHS con dificultad del bolsillo de la americana y toqueteó algunos botones- Me has caído mejor de lo que pensaba Yief, dame tu teléfono y te…
La verdad es que ninguno de los dos nos dimos cuenta, pero de repente Arguish e chocó contra una mole de músculos y soltó un suspiro de sorpresa. Frente a nosotros se alzaba un hombre de casi dos metros, con el pecho al descubierto y un chaleco de cuero negro que se ceñía a sus enormes hombros como si las costuras estuviesen a punto de estallar. Lo mismo ocurría con los pantalones, de cuero también, pero con un estampado que imitaba la piel de cocodrilo. Además llevaba la cabeza rapada, arrojando brillos de la farola más cercana en su piel tostada, y unas gafas de sol de montura fina. Sus brazos eran como mi cabeza y su espalda podría quedar encajada en un callejón estrecho.
-Disculpe caballero, no le he visto- se excusó Arguish recomponiéndose del encontronazo.
-Así que tú eres el Hombre Calavera- contestó el corpulento sin miramientos.
-¿Nos conocemos?- preguntó Arguish extrañado. La verdad es que ni siquiera había reparado en mí.
-Estas calles ven muchas cosas y dicen más aún. Y cuando cuatro de los míos desaparecen sin dejar rastro, los rumores me dirigen hacia un extraño hombre en mascarado que por lo visto tiene un amigo imaginario…- sus palabras eran pasadas y lentas y, a juzgar por su pronunciación y su ceceo, nadie le había enseñado a hablar en condiciones.
Arguish se rascó la coronilla y al momento chascó los dedos en señal de aprobación.
-¿Edd el Malhablado verdad?- Arguish se giró hacia mí y señaló al grandullón con el dedo pulgar- El líder de una pandilla bastante cañera y ruidosa por estas calles, Shin-Ra ha puesto precio a su cabeza para que los PH’s se entretengan un poco… Sí que te tengo que caer mal para que te dejes ver así.
-¡Uno de ellos era mi hermano hijo de puta!
Un bloque de cemento musculazo voló a mi lado e impactó en Arguish. No me dio tiempo a ver nada, pero del impacto se le despegaron los pies del suelo y cayó de espaldas, frotándose el antebrazo con una risa siniestra; había bloqueado el golpe.
-Vaya…- dijo Arguish incorporándose- Veo que no tienes paciencia. Entonces comencemos, Yief, no interfieras.
Yo me aparté instintivamente y Arguish metió las manos en los bolsillos de pantalón. Eso era lo que tintineaba al ritmo de sus pasos, un juego de puños americanos, de un dorado desgastado y llenos de muescas, seguramente por culpa de algún diente de peleas anteriores. El Hombre Calavera se ajustó las armas en cada mano y se desabrochó el botón de la americana.
-¡Te voy a matar hijo de puta!- gritó el Malhablado.
Volvió a atacar él en primer lugar, pero esta vez Arguish estaba preparado. Esquivó el puñetazo girando su cuerpo hacia la izquierda y aprovechó la inercia para lanzar su puño al codo son flexionar de su adversario. Sonó un extraño crujido y el brazo del otro hombre pareció doblarse hacia el lado que no debía. El metal del puño americano hizo vibrar todos sus huesos hasta la clavícula con un agudo dolor y le durmió de codo para abajo.
-¡Hijo de puta!- gritó sacudiéndose el brazo.
-Renueva tus insultos, si te oyese mi madre ya te habrías meado en los pantalones.
El combate comenzó de nuevo y Arguish concentró todo el giro de la cadera en su mano derecha. Su contrincante dio un paso hacia atrás, un segundo antes de que aquellos nudillos metálicos consiguieran darle la vuelta al cuello, y después se abalanzó hacia Arguish aprisionándole en un abrazo de granito. El aire se le escapaba a cada gruñido y los pulmones se encogían bajo las costillas oprimidas. Arguish pataleaba con las piernas colgando pero no conseguía nada y justo cuando Edd el Malhablado soltaba una apresurada risa de victoria, el enmascarado cogió impulso con la cabeza y ambos cráneos chocaron con un estruendo.
Arguish cayó mareado hincando una rodilla en el suelo y con un bulto hinchándose en la frente. El otro corrió peor suerte y de la ceja izquierda manaba sangre en abundancia, obligándole a cerrar el ojo.
-Parece que te he infravalorado- dijo Arguish jadeando- esos brazos tuyos son peores que un torno hidráulico.
-¡Pienso hacer que esa calavera sangre por dentro!
Arguish parecía mareado mientras sus pulmones volvían a funcionar a pleno rendimiento y Edd el malhablado no dejaba de apartarse regueros de sangre y sudor de la cara, pero la pelea había ascendido a un ritmo frenético. Los puños de Arguish eran destellos dorados que chocaban contra los antebrazos de su enemigo, ablandando el hormigón que parecía correr por sus venas. También intentaba golpear de nuevo la brecha de la frente, pero la adrenalina aumentó los reflejos del grandullón. En una ocasión llegó a acertarle y el tejido se desgarró más aún, mostrando grasa y hueso bajo la carne al descubierto. En respuesta, Eddie usó el mismo truco y golpeó el chichón, que tampoco resistió la tensión de la piel y comenzó a extender una mancha oscura bajo el látex, cayendo por la nariz. El Malhablado aprovechó la conmoción y hundió una rodilla en el estómago de Arguish, el cual se dobló en el momento menos oportuno, cuando un puñetazo voló y le impactó en la boca. Cayó al suelo de rodillas y se arrancó con los dedos parte de la máscara, allí donde estaba dibujada la dentadura, para vomitar una mezcla de lo último que se había llevado a la boca y sangre. En ese momento daba realmente miedo, con el látex desgarrado y un tornillo de titanio allí donde debería haber un paleto, el cual había salido disparado con el último golpe. Sus arcadas eran aparatosas y se atragantaba con la sangre. Yo estaba a punto de interferir y ayudarle, convencido de que el tal Edd iba a rematarle, pero le vi echarse precipitadamente hacia atrás, alzando la mano hacia un edificio lejano.
-¡Ahora! ¡Ahora maldita sea!- gritó a la vez que empezaba a correr.
Entonces se encendió una pequeña mota de luz roja en el pecho de Arguish, temblorosa y oscilante. Algo sonó en una ventana, un sonido fuerte seguido de un silbido y lo último que recuerdo antes de que todo se volviese negro fue una columna de humo volando hacia nosotros, volando hacia donde había estado la luz roja del pecho de Arguish, para después explotar .
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-Bueno, bueno, bueno, que tenemos aquí ¿cómo te llamas pequeña?
Lucille se escondió tras la piernas de su madre instintivamente, agarrando con fuerza la tela desgastada de los pantalones vaqueros. Sus ojos azules relucían con el brillo de la desconfianza y parecían a punto de descargar sus lágrimas a la más mínima señal. Aquél hombre era grande, olía raro y sonreía siempre, se parecía demasiado a la gente mala que aparecía en los cuentos de su padre.
-No seas tímida pequeña- insistió el hombre malo agachándose para mirarla a la misma altura.
Lentamente se fue incorporando, observando la esbelta figura de Saioa, abrigada con una chaqueta de lana gris y la bufanda color caqui, hasta que se topó con sus ojos. Aquellos ojos eran dos círculos pardos emanando furia y cautela a partes iguales. Además, aquél atardecer sangrante arrojaba destellos dorados que les dotaban de una belleza arrebatadora.
-Richard Blackhole, encantado de conoceros a las dos, no me puedo resistir a dos rostros tan bellos como los vuestros- dijo ofreciéndole la mano a Saioa.
Ella aceptó el saludo de mala gana y se subió la bufanda un poco más, esperando que aquél hombre no captase el rubor que le ascendía por las mejillas.
-Mi marido es un buen hombre, no ha hecho nada malo. Podemos vivir sobre la placa a duras penas y…
-Tranquila- la cortó acercándose más a ella y cogiéndola una mano con suavidad- Sé que Robert es un buen hombre…
Blackhole hizo una pausa y soltó un largo suspiro. Saioa sentía la angustia en el pecho y no podía frenarla. Sólo quería abandonar aquél lugar, quería llegar a casa, acostar a su hija y ver una película abrazada a Robert.
El rostro de aquél hombre cambió repentinamente y la sonrisa le desapareció por completo. Sus ojos eran oscuros pero en aquél momento parecieron apagarse un poco más. Parecía… ¿triste? “No, no le creas” pensó Saioa.
-Que Turk te de por el culo y te guste Vanisstroff… Yo me derrumbo cuando una mujer lo pasa mal... Escucha Saioa, no tienes por qué tener miedo, a Robert no le pasará nada, lo prometo, no son más que… Tonterías de negocios, ya sabes.
El silencio se hizo inevitable, largo e incómodo, a la espera de que aquél coche volviese lo antes posible. Richard Blackhole daba pasos cortos, siguiendo con la suela de los zapatos una de las líneas del adoquinado, mientras que Saioa permanecía quieta, con la mirada fija en la calle por donde había desaparecido su marido. Ajena a todo, Lucille decidió sentarse en el suelo y sumergirse en sus fantasías, acompañada por la charla imaginaria que le daban dos hormigas que corrían por el suelo.
-¿Cómo te llamas pequeña?- preguntó el hombre. Parecía incapaz de estar cinco minutos sin hablar y eso la estaba sacando de quicio a Saioa.
Lucille alzó la cabeza un instante, justo cuando acababa de aplastar una de las hormigas con la palma de la mano, miró a Blackhole y volvió a su coloquio con los insectos.
-Tenéis una hija preciosa- dijo de nuevo, haciendo como que no se fijaba en la mirada fulminante de su madre- Pero esa cosa que tiene detrás de la oreja no tiene que ser nada cómoda…
Ambas se quedaron extrañadas y se miraron al unísono. Lucille se llevo una de sus pequeñas manos a la cabeza y se rascó por debajo del gorro, pero no sintió nada extraño, así que miro a Blackhole con unos ojos tan llenos de inocencia como de frustración.
-No, no, en la otra oreja- Lucille obedeció y se llevó las manos a la otra oreja, pero allí tampoco había nada- déjame que te eche una mano.
Y de repente, con un movimiento fugaz, Richard Blackhole pasó sus dedos por un mechón de aquél pelo tan liso y los retiró con la misma velocidad, pero agarrando una piruleta. La chiquilla abrió la boca de par en par, llevándose las manos a la oreja de nuevo, intentando agarrar algo invisible. Ella no había notado nada bajo su gorro en toda la tarde, estaba convencida de que si hubiese tenido una piruleta, se la hubiese comido hace mucho tiempo. Pero sin embargo ahí estaba, el hombre malo, con el dulce entre los dedos.
-¿Ves como si tenías algo? Toma, disfrútala, que para eso la llevabas escondida- dijo él ofreciéndosela.
Justo en ese momento se pudo escuchar el roce de las ruedas sobre el asfalto y el rugir silencioso de un motor. El Shin-Ra Supreme aparcó con suavidad a diez metros de distancia y Robert abrió la puerta un instante después, con un semblante totalmente inexpresivo. El señor Mieszko se movió en el interior del asiento para cerrar la puerta de nuevo y cruzó una mirada con Richard Blackhole. Había sido una mirada fugaz, casi imperceptible, pero Saioa se dio cuenta, esos ojos coincidieron para transmitir un mensaje que sólo ellos entendían.
Entonces Blackhole se dio la vuelta y agarró la mano de Saioa con las dos suyas, con una mueca triste en sus labios y sus ojos oscuros medio cerrados.
-Una hija encantadora… Espero verla crecer.
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El humo se iba dispersando poco a poco, justo cuando yo recuperaba la consciencia. El suelo estaba totalmente negro, con una mancha de hollín que se esparcía como una estrella, y los hierbajos que crecían entre los deteriorados adoquines chisporroteaban hasta consumirse.
Me sentía totalmente mareado y notaba como me ardía el costado, seguramente habría caído contra el bordillo y las costillas se habían llevado la peor parte. De pronto caí en la cuenta y busqué a Arguish con la mirada.
Me lo encontré tres metros más atrás, resoplando con fuerza. Una miríada de hexágonos relucían frente a él con multitud de colores, apagándose poco a poco, lentamente, mientras el intenso brillo que surgía de un bolsillo interior de su americana perdía su poder. “¿Eso ha sido Materia?” pensé inseguro.
Sólo cuando aquella luz desapareció por completo me di realmente cuenta del estado en el que se encontraba Arguish. Parte del pantalón había ardido y su muslo derecho estaba al descubierto, mostrando una fea quemadura, de color rosáceo, sangrante y con pus. Además, parte de su máscara también se había incinerado, dejando esta vez a la vista todo su ojo izquierdo y parte del pómulo; el látex se le había pegado al cuero cabelludo al derretirse y le faltaba una ceja.
Resollaba con una sonrisa en su resentida boca; la encía seguía sangrando ahí donde faltaba la prótesis dental y el labio superior se le había hinchado.
-¡Un jodido Flauros M9A1!- gritó con sorna señalando con el dedo índice hacia la ventana de donde había surgido aquella serpiente de humo- ¡Ese puto bestia me ha querido volar por los aires con un jodido Flauros M9A1!
A lo lejos, en el edificio abandonado de enfrente, un hombre soltaba una lista de maldiciones y se quitaba del hombro un lanzacohetes humeante para depositarlo en el suelo. Ahora entendía la exagerada incredulidad de Arguish, nos habían intentado matar con un lanzacohetes, ni más ni menos… ¿Pero cómo habíamos conseguido sobrevivir a eso? Estaba claro que Arguish había salido peor parado, pero lo normal es que nuestros sesos estuviesen en una acera y el resto de órganos desparramados por la carretera. Entonces caí en la cuenta, eso de antes debía ser una Materia barrera.
Entonces una cabeza quiso aparecer por un callejón cercano, morena, rapada, con gafas de sol y una brecha en la ceja, para enterarse de lo que había sucedido. Al vernos a los dos de pie, su cara se descompuso y echó a correr calle abajo.
-¡En eso si que has sido listo, correr es lo mejor que puedes hacer!- gritó Arguish mientras el Malhablado huía- Da la casualidad de que ese Flauros es un modelo de un solo uso, así que como no tengas un puto hangar lleno de misiles en esa puta casa, eso significa que ya no tienes nada más para lanzarme.
Edd el Malhablado seguía corriendo tan rápido como podía y su figura se hacía cada vez más pequeña a medida que se alejaba. Yo estaba agotado y la explosión me había dejado medio sordo, pero no entendía por qué Arguish continuaba allí parado. ¿Acaso había llegado al límite? Entonces hurgó dentro de su americana (¿cuántos bolsillos tenía este hombre?) y sacó una pitillera, esta vez de un color dorado similar al de sus puños americanos e igual de rayada y cogió un cigarrillo.
-A tomar por el culo, ya estoy hasta los cojones… -dijo llevándose el cigarro a los labios- Terminaré esto y cada uno se ira a su casa.
Un nuevo brillo, esta vez verde, iluminó el rostro de Arguish. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba corriendo a una velocidad impresionante. Cada paso que daba Edd eran dos de Arguish. El líder de la pandilla, viendo que su rival se acercaba, apretó el ritmo y giró en una de las calles perpendiculares.
Hasta allí pude ver yo.
Una farola en aquella calle arrojaba dos alargadas y difusas sombras sobre la pared de un hostal destartalado. Parecían fundirse en una sola y separarse continuamente, hasta que un grito desgarrador acabó con la danza. Una de las sombras desapareció y la otra se fue haciendo cada vez más pequeña, cada vez más pequeña, hasta que Arguish apareció por la esquina con paso lento y cojeando. Cuando llegó hasta mi posición, tenía las manos tan llenas de sangre que los puños americanos ni siquiera destellaban con sus brillos dorados. Su único ojo visible, de un verde intenso se cerraba con el sólo peso del párpado.
Todavía seguía teniendo aquél cigarro en los labios, así que lo cogió, con cuidado para mancharlo lo menos posible de sangre, le quitó el papel blanco y se comió el chocolate de su interior.
-Yief…- me dijo con la mirada perdida- ¿Sabes que las costillas tienen un nombre mucho más potente? Arcos viscerales…- saboreó la palabra a la vez que el chocolate y añadió- Yo estoy agotado Yief, mañana será otro día.
domingo, 28 de noviembre de 2010
El mp3 de...

Traficante de drogas y mujeres es la mejor manera de calificarle. Se ha pasado los últimos años dedicado a sus turbios asuntos, y desde que un día conoció a Tombside ha ido cada vez evolucionando su comportamiento hasta convertirse en un ser agresivo y reservado, preocupado por sí mismo. Cada vez se preocupa más por su salud.
En cuanto a sus gustos musicales, le gustan las canciones de sonidos potentes y fuertes, agresivas, procendentes del Trash Metal y del Death Metal, aunque no negará nada con un buen sonido. Double Nature es la canción para viajar en el coche y relajarse, eliminar los agobios de la circulación de camino a casa.
01. Raining Blood - Slayer
02. Hangar 18 - Megadeth
03. Cowboys from Hell - Pantera
04. Take This Life - In Flames
05. Indestructible - Disturbed
06. Heretic Anthem - Slipknot
07. Double Nature - Mustasch
08. Morphogenesis - Scar Symmetry
09. Master of Puppets - Metallica
10. Biggest & The Best - Clawfinger
11. Dragula - Rob Zombie
12. Twilight of the Thunder God - Amon Amarth
13. Rex Regi Rebellis - Turisas
14. Go into the Water - Dethklok
15. Replica - Fear Factory