lunes, 1 de febrero de 2010

201

Ya me estaba vistiendo cuando el sol apenas se dignaba a romper la barrera del horizonte con una fina explosión que convertiría la noche en un espectáculo cárdeno. No había conseguido dormir, aunque tampoco me esforcé en intentarlo. Sábanas viejas, frías, amarillas, una almohada hueca en el centro, un colchón que se hundió en cuanto me apoyé un poco… ¿Qué te pasó padre? Esa no era la cama de alguien que vino a Midgar a hacer fortuna y hacer feliz a su familia, esas eran las sábanas con las que saliste de Costa del Sol y que te arropaban ajenas al mundo exterior.

Sí, mi padre era carpintero, un oficio humilde que elevaba a su máxima categoría esforzándose como ninguno, sin ganar dinero como todos. En su monotonía preparaba marcos de puertas, grandes tablas, en su artesanía hacía cosas como el reloj de arena que ahora reposaba encima del televisor.

Llegó una guerra y él se fue con ella, arrancándole lo que yo más apreciaba, su gusto por la vida cómoda, sencilla, sin preocupaciones, su buen humor. Volvió con el rostro hundido por algo más que la delgadez, extrañamente silencioso y sin ganas de crear sus pequeñas maravillas de madera. ¿Qué te pasó allí? Decía mi madre por la tarde cuando los tres nos sentábamos frente al televisor. No me preguntes por ello, jamás. Contestaba él con una fiera chispa de locura en los ojos.

Luego, un día, cuando yo cumplía diecisiete, se marchó.

Y ahora, sus únicas palabras después de aquél día, me venían a través de una carta que apareció en lugar de su cuerpo aplastado.

Me puse una camiseta negra, que ya me quedaba pequeña dos años atrás, y el abrigo para salir a la calle antes que el amanecer, cruzando las húmedas paredes del piso sin girar el cuello, sin dirigir la mirada a ningún objeto, sin querer ver la carta que reposaba junto al reloj de arena.

Era una costumbre de mi padre, todavía me acuerdo perfectamente, comprar el periódico a primera hora y leerle tranquilamente en su bar de siempre, tomando un café.

Nada más salir del portal, busqué con la mirada el bar más cercano, del que mi padre se habría convertido seguramente en parroquiano. La luz artificial a través de dos grandes cristales todavía llamaba la atención en la penumbra de las calles, reclamandoa los madrugadores en el preludio del amanecer.

Ese tenía que ser, en la acera de enfrente, haciendo esquina a escasos metros. Crucé la carretera con el cuello hundido en el abrigo y empujé la destartalada puerta, de dos sucias piezas de cristal.

-Buenos días- me dijo el dueño, que todavía estaba bajando taburetes de la barra- ¿Qué te pongo?

-Un café con leche- le contesté sentándome en uno que yo mismo bajé. La verdad es que agradecí esa cortesía de reglamento, esas pequeñas frases que todo camarero debería recitar siempre, esa simpatía que, aunque falsa, me hizo sentirme más a gusto.

-Vas a tener que esperar unos minutos…La máquina es una antigualla y aún no se ha calentado lo suficiente.

Así que esperé los minutos de rigor, observando cómo aquél hombre con delantal negro, delgado y con perilla oscura ejercía su rutina con un ánimo estoico, aunque la mitad de las sillas estuviesen cojas y dos bombillas fundidas. Él seguía adelante, pasando la bayeta por las tres mesas que había pegadas al cristal, con pegajosos círculos de refrescos. Supongo que te terminas acostumbrando, pensaba mientras le miraba, será concienciarse de que te podría ir peor, de que podrías haber acabado aplastado bajo el sector siete como mi padre…

El café llegó humeando, con una cucharilla y un sobre de azúcar. Me echó un chorro de leche y le pagué.

-Gracias- él se dio la vuelta y metió las monedas en la caja registradora.

-No me suena tu cara…-me dijo apoyando los brazos en la barra- ¿Eres nuevo en esta pocilga?

-Se podría decir que no soy ni nuevo- tenía ganas de hablar con alguien, de dejar de pensar en mis tormentos pasados y presentes, así que entablé conversación con él – Vine ayer mismo desde Costa del Sol…

-Joder, casi nada… ¿Y cómo es que has venido? Con el calorcillo que hace allí…

-Mi padre murió y…

-¡Oh, lo siento!

-No pasa nada, el caso es que…

En ese momento se abrió la puerta y los dos miramos hacia esa dirección, contemplando a un gran hombre trajeado, silbando totalmente risueño una canción.

-Buenos días Richard- Saludó el dueño. Por lo visto era un cliente habitual.

-Sí, porque no… Aunque como sea verdad lo que dicen, tened preparado un bote de pastillas para el dolor de cabeza- el nuevo cliente se sentó a mi lado y cogió el periódico alzando las cejas.

El camarero debió ver mi gesto de confusión y rió con suavidad, dándome la espalda de nuevo y apretando un interruptor junto a la cafetera; Ya entraba suficiente luz en el local y las bombillas eran innecesarias.

-Lo que Richard quiere decir es que se rumorea que hoy van a colgar ese maldito cañón gigante.

Joder se rumorea dice! Mira- y enseñó un artículo del Midgar Lights con una imponente fotografía panorámica de los andamiajes- Como se caiga ese jodido tubo nos vamos a reír todos de lo que pasó en el sector siete…

Esa frase sentenció la conversación, un comentario que sólo pareció afectarnos al camarero y a mí, detalle que percibió el tal Richard y agachó la cabeza enfrascándose en la lectura del periódico.

Claro, como no, no hacía falta más que verle, un hombre dentro de semejante traje no podía vivir bajo la placa… Y esa gordura, desde luego que no se correspondía con los sueldos que se repartían allí abajo. Ya me había jodido la buena mañana, la buena impresión de aquél bar, humilde, siempre ajetreado. La gente sobre la placa no debería bajar para fardar de su fortuna, de lo fácil que es la vida para ellos, de todo lo encima que están de nosotros. Esas ideas me pasaban por la cabeza entre sorbos de café amargo, yo, que llevaba día y medio en Midgar.

-Perdona…- continuó el dueño del bar secando un vaso con un trapo.

-Oh, sí…- disimulé dando otro trago de café. Claro que sabía que aquél jodido adinerado me había cortado la conversación- Es que mi padre vivía por aquí y tenía la costumbre de tomar un café a primera hora, a lo mejor le conocías…

-Pues a estas horas sólo vienen dos personas, el que tienes aquí…

-Richard Blackhole- se autopresentó ofreciéndome la mano. Yo acepte el saludo por educación.

-…Y Callisto. Pero hace mucho que no viene ya por aquí.

- Es cierto- añadió Richard- ese cabrón solía quitarme el Lights de las manos.

-¿Con barba y una cicatriz en el tabique nasal?- pregunté esforzándome en imaginar su cara, más envejecida y chupada que la última vez que la vi.

Entonces recordé aquella descuidada cicatriz en su nariz, un día en el que yo apenas tendría seis años, un día de sol y cielo azul, sin nubes que distrajeran la atención de un monótono tapiz. Mi padre cogía una piedra lisa y la lanzaba con fuerza. Botaba una, dos, tres, cuatro… A veces incluso perdía la cuenta totalmente concentrado en el vasto mar. Estaba ofuscado, enfadado, cabreado de que a mí no me saliera, pero tan lleno de orgullo y admiración hacia él y su risa inocente que no me cansaba de intentarlo. Encontré la piedra perfecta, plana como ninguna. Empecé a dar vueltas sobre mí mismo, como si la fuerza me ayudase a hacer que rebotase diez, cien, mil veces sobre el agua. Ya me estaba mareando, no calculé el momento de lanzarla y el resto de la historia culminó en el hospital con dos puntos y una aterradora aguja de antitetánica que inyectó todo mi sentimiento de culpa en las napias de Maximilian White. No pude evitar reírme levemente allí, en el bar.

-Ese mismo.

¡Pero eso no hace más que enrevesar las cosas! Grité para mis adentros. Un padre que muere sin cadáver y que encima se ponía el sobrenombre de Callisto… Y para colmo estaba esa dichosa carta…

-Bueno, ponme un whiscazo- dijo Richard golpeando la barra con la palma de la mano. Ese “whiscazo” fue respondido con una “propinaza”- ¡Va, qué coño, pon una ronda! Total, no sé cómo va a acabar el día…

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-No podrían haber cambiado un poco las cosas no…

Me entretenía resoplando y formando vaho en la ventanilla, con el codo apoyado en el reposabrazos y una mejilla pegada al frío cristal.

-¿Qué dices ahora?- gruñótoole sin mover un solo músculo en su asiento de conductor, dirigiéndome una mirada iracunda a si acompañante, en los asientos traseros- ¡Y quita los pies de ahí joder!

-Es verdad, lo siento, que te puedo pegar la putitis

De las escasas veces que había coincidido con O’toole, Yief ya había sacado la conclusión de que nunca le tragaría, que nunca nos llevaríamos bien. Claro, él es un putero, camello y coleguilla de Tombside y yo no soy nada.

Sólo quería salir de la cárcel, lavar mi cara, tanto la pública como la física, consolidar de una puta vez la cómoda vida que todavía no había podido saborear. Una tarde tranquila de domingo, música de fondo… O tal vez una película. Lucille y yo tumbados en el sofá, abrazados, sin una muestra más grande de amor que el permanecer callados, grabando ese pequeño y simple recuerdo en nuestra mente…

Pero claro, era salir de la cárcel y saber que Blackhole tenía a Lucille, que me había ofrecido ir a recuperarla yo mismo, que todavía tenía ganas de seguir jodiéndome la vida, mis sueños de una tarde de un domingo cualquiera. ¡Por no hablar del otro tema! También era salir de la cárcel y saber que una jodida caja negra, escondida vete tú a saber dónde, me ligaba todavía a una gilipollez de enormes dimensiones, a un accidente y un pensamiento en voz alta en las puertas de un hospital, que picó el hormigón de la carretera que era mi destino y construyó un looping para acabar ayudando al peor homicida de la historia de Midgar.

A lo primero ya me había concienciado, voy a por Blackhole, le pregunto un par de cosas, me lo cargo y vuelvo a casa con Lucille como un héroe de videojuegos, a sentarme en el sofá y ver una película.

Pero tenía que estar mi novio, como dijo el turco idiota que me quitó las esposas, el colega hipocondríaco de Tombside para darme la bienvenida y ordenarme entrar en el coche porque “tenía órdenes secretas”.

-Que estoy hasta los cojones, eso digo… Además,- dije quitando los pies del la imitación de cuero- ¿Tú no tenías un coche más grande que éste?

-Mira, mientras tú has estado en tu nidito de amor con barrotes fuera han pasado cosas. Cosas que me ponen de mala hostia como lo de mi antiguo coche.

-Vale, vale, ya capto el mensaje- eché los brazos sobre el respaldo del copiloto- Tuerce en la siguiente calle a la izquierda.

toole se rió bajo la ridícula mascarilla, golpeando el claxon con el puño y llamando la atención de los transeúntes del sector 5, con una luz matinal que llevaba poco tiempo sobre el cielo.

-Esto no es un puto taxi chaval. Si he ido a recogerte es porque tienes cosas que hacer y…

-No- le interrumpí yo- ya te dije que primero tengo un asunto pendiente, así que tuerce a la izquierda en la siguiente calle.

El putero se giró en el asiento y me miró con una cara que parecía estallar de un momento a otro, pero sin apartar la mirada del semáforo con su bombilla roja aún encendida.

-Mira, tú y yo sabemos que nos caemos como el culo, pero no estás en condiciones de exigir nada y menos aquí dentro, que es mi coche.

-Ah, que ese es el problema, entonces tranquilo.

Realmente no puedo decir que no estuviese disfrutando con aquello, era cierto morbo que me gustaba, cabrear de esa manera a un tío más grande que yo, a un proxeneta que se la sudaba todo pero que había desarrollado una habilidad increíble para esquivar los ácaros que flotan en el aire.

Dicho aquello abrí la puerta y salí del coche, di unas palmadas al capó de su Shinra Levrikon y avancé a pasos cortos hasta alcanzar el paso de cebra que había a unos metros. Poco tardé en oír la puerta del coche abrirse y el ligero pero totalmente reconocible sonido de una pistola apuntándome. Situación peligrosa, sí, pero yo sonreía de espaldas a él, porque había actuado tal y como yo pensaba.

-¡Me cago en la puta, ahora por mis cojones vas a entrar en el coche y vas a ir donde yo te diga!

-Te repito que antes tengo que hacer una cosa, ¿qué mas te dará…?- su Rhino me apuntaba al pecho, pero era simplemente eso, un cañón amenazante- Entra y déjame en paz un rato, el semáforo ya se ha puesto verde.

En efecto, la luz había cambiado de color y el Levrikon de O’toole estaba desocupado, formando un atasco bastante considerable y una orquesta improvisada de cláxones de diferentes tonos.

-¿Te crees que por haber intimado con…- se mordió la lengua en el último momento, consciente de lo que aquél nombre acarreaba en la sociedad- y tener una jodida cajita negra te hace que los demás no te puedan tocar el pelo? Pues estás muy equivocado, entrá de una puta vez o la primera bala irá a la garganta.

-¿Recuerdas lo que me dijiste al salir de los calabozos?- asalté de nuevo- “No te puedo matar de momento, de momento…”

Me di media vuelta y me despedí agitando la mano, sólo para oír cómo el gatillo de una pistola era apretado una vez, otra, pero sin salir bala alguna. O´toole, con cara de gilipollas, aulló con un cabreo monumental.

-Dejar la pistola en el asiento del copiloto no ha sido una de tus mejores ideas, ni siquiera te has dado cuenta de que te he quitado la munición cuando me he echado hacia delante. Así que ahora sí, señores, Yief se marcha… Y no intentes seguirme o la primera bala irá a la garganta gracias a la pistola que me regalaste antes.

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Alexandre esperaba en las calles del sector 5, sentado sobre el respaldo de un banco de madera y escuchando su grupo de punk de Wutai a través de unos grandes auriculares que le amortiguaban del ruido; unos pantalones vaqueros desgastados con un par de rotos y una camiseta blanca ajustada.

Movía de manera inquieta la pierna derecha al ritmo de la música, pero de un modo instintivo, alejado y ausente del fuerte sonido de la batería. Estaba claro que se encontraba nervioso, que lo que iba a ocurrir aquella noche sería complicado y además no estaba convencido del todo.

Sacó de uno de los bolsillos un sobre de su marca favorita de tabaco y con la habilidad que le habían dado los años de fumador se lió un cigarrillo en cuestión de segundos. Sacó un bolígrafo del otro bolsillo y escribió en el papel “Por Lucille” para prenderlo y exhalar una larga bocanada de humo. Justo apareció Yief a paso rápido por una calle paralela, haciéndole señas con la mano. Alex bajó del banco con un brinco y se echó los auriculares al cuello, esperando a que el otro cruzase un paso de cebra.

-Ya estoy aquí- dijo Yief a secas, con aire distraído, como si no estuviese frente al hombre que causó sus días de reclusión- ¿Vamos?

Alexandre no contestó, pasó a su lado y abrió su coche con el mando a distancia. Era un vehículo antiguo pero elegante, con un diseño aerodinámico y redondeado, con un color cenizo y apagado. Ambos entraron y el pintor puso en marcha el motor, con un sonido limpio y potente.

-Dos manzanas más y ya estaremos allí, no queda muy lejos… Me gusta tu coche- añadió Yief contemplando la tapicería de color blanco- No entiendo mucho de coches y nunca me han gustado pero este tiene algo especial ¿De donde lo sacaste?

-Lo siento pero no lo entiendo…- Suspiró Alex- Todavía no me fío de ti y el hecho de que trabajemos juntos…

-Hombre, yo no lo llamaría trabajar.

-¡Déjame acabar! Digo que los dos queremos salvar a Lucille, así que sería estúpido que me estuvieses mintiendo, pero por mi culpa Turk te cogió y hoy llegas como si nada hubiera pasado y fuésemos amigos de toda la vida… ¡No me cabe en la cabeza!

-Digamos que hay cosas en mi vida que quiero tomármelas de otra manera, con vistas al futuro. Pienso que todo esto se va a resolver, que volveré a estar con Lucille mañana y que tú te convertirás en un buen amigo y vecino. Tal vez sea una manera de engañarme a mí mismo, pero me da igual.

Un breve silencio indicó que Alex trataba de comprenderlo, que era un argumento pobre pero con cierto sentido, pero que aún así no le entraba en la cabeza. Se encogió de brazos en señal de resignación y continuó con la conversación anterior.

-Este coche ya lo tenía mi padre cuando yo era pequeño y por aquél entonces ya tenía piezas de otros vehículos más antiguos. Lo único que he hecho yo es cambiarlo por dentro, un lavado de cara al motor, a la suspensión… Esas cosas, ya sabes. Pero si quieres saber su nombre, yo a veces le llamo Revolver.

-Revolver…- repitió Yief como si le envolviese un halo de misterio- Dime una cosa- prosiguió sacándose la Rhino del pantalón- ¿Esta pistola es buena?

Esto es una broma, pensaba Alexandre, esto tiene que ser una broma. No llegaba a alcanzar cómo un hombre como él había acabado ayudando a Tombside, sin tener idea alguna de armas, ni de vehículos, ni de…

-Es bastante potente, pero tal vez algo pesada, sin contar que pierde toda la gracia que puede llegar a tener un revolver- explicó señalando a su par de Archer&Grossman que descansaban en los asientos traseros, cargados, relucientes, dentro de las fundas de un cinturón y con destellos propios de la materia que había encajada cerca de los tambores.

-Revolver…-repitió por segunda vez Yief.

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Satisfecho con el espectáculo televisivo que había sido la ejecución de Frank Tombside, Samuel se acercó a la barra del bar y pidió el segundo vaso de vermouth, por mucho que él dijese que llevaba siete. El camarero le atendió pasados diez minutos, totalmente ajetreado y con la frente sudada. Se lo sirvió con mala leche y le cobró de más.

-Hijo de puta, ya verás como te pille por la calle…- dijo en un tono de voz que solo él podía oír.

Se dio media vuelta y apoyó los codos en la barra, observando el panorama del bar. Lazarus y Axel hablando de sus típicas chorradas y de lo mucho que le estaba gustando al antiguo forense la carrera de bellas artes, un grupo de muchachas adolescentes que estaban dejando el suelo asqueroso y lleno de servilletas mojadas, un viejo que iba de vinos hasta arriba y se presentaba a las chicas de la servilletas… Una noche de alcohol en un bar que tenía por costumbre ser tranquilo. Salvo ese día, que cualquier persona con algo de dinero estaba dispuesta a gastarlo en una copa mientras vitoreaban las chispas que recorrían el cuerpo del homicida.

Entonces se dio cuenta de que el que estaba a su lado, con los brazos sobre la barra y la cabeza hundida, o se había dormido o había perdido en conocimiento. Su copa estaba llena de agua, lo que antes fueron hielos y un último trago de whiskey. Samuel le zarandeó pero no obtuvo respuesta así que decidió consultar al camarero.

-¿Y a éste que le pasa?

-Pobre chico, me da pena- dijo el dueño del bar con un gesto condescendiente, consciente de que tenía que hacer algo con él- Vino ayer desde Costa del Sol y ha perdido a su padre… Ha venido esta mañana prontísimo, se ha ido a comer a su casa y ha vuelto hasta ahora…No se cuánto ha bebido ya, pero…

-¡Bah, yo ya llevo doce de estos!

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De todas las cosas que había visto en mi vida, esa sin duda era de las más extrañas. Aparcamos cerca de la gran casa de Blackhole, blanca, proporcionada, de un estilo totalmente calculado y racional que le daba una presencia imponente y horizontal. Todas las casas de ese lugar eran grandes y ostentosas y se dejaban unos metros de distancia entre ellas, como si mantuviesen una tregua secreta sobre el grado de riqueza de cada dueño. La casa de Blackhole tendría unos trescientos metros cuadrados incluyendo el pequeño jardín que rodeaba al edificio, de tres plantas de altura. Y ese fue el primer sentimiento de inseguridad, esa sensación que se tiene en ciertas ocasiones cuando algo no va como hubieras planeado. Yo esperaba algo de vigilancia, dos hombres en la puerta o algo así, pero no había absolutamente nadie.

Pero eso no fue lo que me dejó alucinado sino lo que hizo Alex antes de salir del coche. Primero sacó de la guantera un pequeño estuche de cuero y calculó una dosis mínima de somnífero en una jeringuilla.

-Es una mezcla muy diluída, así que no creo que dure más de diez minutos- me explicó antes de inyectarse el líquido en el cuello, directo al riego sanguíneo- Cuando pasen diez minutos intenta despertarme.

Y en efecto pronto perdió el conocimiento, con la cabeza echada hacia delante y los brazos sin fuerza. Yo seguía allí sentado, como un gilipollas, y cuando pasaron los diez minutos que me propuso, empecé a zarandearle y a darle pequeñas bofetadas en la cara. Se despertó a los doce minutos llevándose la mano al cuello, allí donde se había pinchado, me miró enarcando una ceja y me ofreció la mano.

-Tu debes ser Yief- me dijo con un semblante algo más serio, propio de alguien que sabe mantener las distancias en todo momento- Lambb Schnapps, Alex ya me ha contado todo este embrollo, así que hagámoslo cuanto antes.

Nada más acabar de hablar, se partió de risa al ver mi desconcierto; desde luego mi cara tenía que ser de chiste, pero en aquél momento me sentía el objeto de una broma sin sentido e inoportuna.

-Ya veo…- dijo él girando medio cuerpo y cogiendo el cinturón con los revólveres- Siempre me toca explicarlo a mí.

Entonces me explicó lo de su trastorno, algo tan raro e increíble que aún todavía me resulta de locos, aunque lo haya consultado en libros. “trastorno de identidad disociativo” me dijo de un tirón, dos personalidades independientes en un mismo sujeto. Ya desde el principio se notaban grandes diferencias en cuanto a su carácter. Lambb lo llevaba bien, disfrutaba contándolo y más aún viendo las reacciones de la gente, pero Alexandre lo mantenía como un secreto, como algo que no aportaba ningún bien y solamente tocaba los cojones. Y eso me llevó a otra duda. Si Lucille estuvo saliendo con él, sabría algo o sólo conocería a una parte… Y si era así a qué parte…

Eso nos llevo otros diez minutos y cuando yo ya iba a abrir la puerta del copiloto, echó mano del estuche de cuero de nuevo y sacó una minúscula bolsita de plástico atada con una goma. La desató con cuidado y esnifó el fino polvo blanco de su interior.

-Anfetaminas- aclaró él con cierto cargo de conciencia- Lo hago cuatro veces contadas, cuando algún encargo es realmente importante- que esa era otra, resulta que Lambb era un asesino a sueldo que poca gente conocía, el solicitante con sospechosos contactos y la víctima- No puedo permitirme caer dormido de cansancio o inconsciente o algo así… Ese inútil de Alexandre es el que cuida mis pistolas, pero no tiene lo que hay que tener para usarlas.

Así que después de aquél disparatado capítulo, los dos salimos del coche. Yo portando la Rhino, temblando de arriba abajo pero decidido, y Alexandre, o Lambb mejor dicho, con sus dos Archer&Grossman y los sentidos alerta a causa de la droga.

Llegamos hasta la tapia sin problemas, nadie a esas horas deambulaba por las calles y menos aquél tipo de gente, que se sentían tranquilos en la reconfortante seguridad de sus casas. Primero me aupó Lambb para que alcanzase el borde del muro y luego yo le ayudé ofreciéndole una mano desde arriba. Saltamos al oscuro jardín, sin ningún tipo de luz adornándolo salvo en una pequeña y lejana fuente que había dejado de soltar su chorro a través de la boca de una pétrea quimera.

-Sin luces, sin seguridad… Esto no me gusta- dijo el asesino con una pistola en cada mano y con las dos cuchillas fuera de su compartimento.

Eso no era más que afirmar lo obvio y sobre todo cuando, avanzando casi a ciegas, nos topamos con una ventana en el lado oeste, abierta con unos cortinajes blancos.

-Me ha dejado el camino hecho…- pensé en voz alta. Pero entonces me fijé en un ligero detalle, en algo que, si no me equivocaba, podría darme algo de ventaja- Pero a ti no te espera, piensa que voy a venir sólo… Escóndete y ve cerca de mí.

-De acuerdo- aceptó él- Estás yendo a la boca del lobo, ten cuidado… Yo mientras intentaré buscar a Lucille.

Apenas tuvimos que levantar un poco las piernas para cruzar la ventana y ya estuvimos dentro. Nos vimos dentro de un austero baño, en el que solamente había un lavabo y una bañera. Abrí la puerta con extremo cuidado, intentando hacer el mínimo ruido, y nos adentramos en el interior de la verdadera cueva, un amplio pasillo con alfombra roja que daba a todas las habitaciones de la planta baja. Todas, cinco en cada pared y una sola con la puerta entreabierta, con la luz de una chimenea arrojando una enorme sombra y una suave melodía de una caja de música de fondo. Era como seguir un camino de migas y el panadero ya me había descubierto.

-Adelante Yief, te prometo que no te voy a hacer nada… Si tú tampoco haces nada.

Resoplé decepcionado, decepcionado por todo el tinglado que había montado para llegar hasta Blackhole a hurtadillas, para cogerle desprevenido en su propia casa, pese a que fue él el que me ofreció el envite cuando me visitó en el calabozo. Así que me guardé la pistola en la parte de atrás del pantalón, dije a Lambb con gestos que permaneciese escondido y decidí entrar a charlar con el cabronazo de Richard Blackhole.

Era una biblioteca enorme, grandiosa, con aspecto gótico que hacía que las llamas de la chimenea se reflejasen en los gigantescos ventanales. Justo en el centro estaba él, sentado en una de las dos sillas de terciopelo y moviendo papeles de un sitio para otro de una mesa baja de mármol.

-Siéntate-dijo con un acento extraño, con poca pronunciación.

-¿Estás borracho?- y ahí estaba yo, el momento esperado de mi cara a cara con Blackhole y haciéndole tal pregunta.

-¿Y qué si lo estoy? Siéntate joder.

Yo obedecí, lleno de una falsa valentía, de un sentimiento de superioridad al contemplar a un Richard aparentemente agotado, cansado, hastiado, borracho. Obedecí, me senté y le miré a los ojos.

-¿Dónde está Lucille?

-¡A la mierda tu Lucille! Ahora ella estará durmiendo tranquilamente a tomar por el culo de aquí… ¿Todavía no te has dado cuenta? ¿Tan ciego eres? Bueno claro, nunca has sido capaz de ver las cosas como son en realidad.

-¿A qué te refieres?- pregunté con un nerviosismo totalmente nuevo, como si hubiese algo oculto en todo aquello, algo secreto.

-Toma, antes de empezar con lo importante, esto es tuyo- me dijo sacando de su bolsillo una caja negra. La Caja, pensé ahogando un grito de sorpresa. Un asunto menos del que preocuparse. La guardé en el bolsillo del pantalón y miré a Blackhole, que también me ofrecía un taco de papeles- ¿Sabes qué son esos informes?

Yo miré las hojas llenas de números, balances y letras pequeñas sin entender nada. Entonces vi en la esquina superior derecha un logotipo inconfundible, tres curvas formando un volante, la fábrica de coches de Blackhole, la misma que antes perteneciera a mi padre.

-Las cuentas de la empresa que nos quitaste- le dije yo con un odio bullente.

-Fíjate en la fecha- me señaló con el dedo índice mientras se bebía media copa de whiskey. En efecto, la fecha cuadraba a los tiempos en los que mi padre seguía vivo y manejaba la empresa- Y Ahora fíjate en las ganancias.

Observé las hojas grapadas varias veces, tiempo que Richard aprovechó para cargarse otro vaso hasta arriba y dar un trago largo.

-¿Y bien? Espera, no me digas nada, déjame adivinarlo. Tú pensabas que tu padre estaba forrado, que siempre le había ido bien en los negocios, pero en esos papeles no hay ganancias ¿verdad? Hay un coladero descomunal y el dinero se desparrama en vete tú a saber donde. Tu padre se arruinaba Yief…

-Pero…- balbuceé yo sin comprenderlo.

-Déjame seguir a mí por favor- continuó con una pronunciación cada vez peor- Pensarás también que fui yo quién mató a tu padre, de hecho todas las miradas se dirigían hacia mi cuando ocurrió. Y entonces… ¿Qué interés tendría yo en cargarme a tu padre y quedarme con una fábrica que se iba a pique?-fui a decir algo, pero de nuevo me interrumpió- Muy sencillo Yief, yo no maté a tu padre… Imagínate, doscientos puestos de trabajo, todos ganando un sueldo decente y no se enteraron hasta dos meses después de declararse en bancarrota que su dinero se había esfumado en pagar las deudas de su jefe. Eso hace a doscientas personas en sospechosos del crimen.

-¿Pero como que en deudas? –no entendía nada, me encontraba hundido en el sofá orejero, pálido y desconcertado.

Sí…deudas. Deudas que nadie entiende. Tu padre hacía inversiones de lo más disparatadas y nunca hacía caso a ninguno de los socios, entre los que me incluyo. Inversiones disparatadas que acababan en números que no existían, en la apertura de cuentas bancarias en las que aparentemente no se ingresaba nada, en la incorporación de subcontratas… Estaba claro Yief, tu padre era un jodido corrupto y se le fue todo de las manos.

Hizo una breve pausa, intencionada, para saborear la victoria aplastante de su superioridad, de dar a conocer que él lo sabía todo sobre mi padre, que yo estaba justo donde él quería. Sacó un vaso de un pequeño cajón bajo la mesa y sirvió whiskey para mí.

-Bebe, lo vas a necesitar, esto no es lo gordo- hice caso sin apenas prestar atención al ofrecimiento, necesitaba el sabor del alcohol, el tacto ardiente bajando por mi garganta para deshacerme de la incredulidad- Bien, sigo… No quiero que te pase nada Yief, ha llegado un momento en el que eres importante para mí, por muy extraño que esto te parezca. Reconozco que soy un hijo de puta, un hombre que usa su dinero para vivir bien y aplastar a los que no lo tienen para reírme de ellos. Por consiguiente, soy igual de cabronazo a la hora de ayudar. Si no te has dado cuenta, hoy es el día en el que tu padre murió, hace ya doce años. Hace doce años que murió para unos pocos, sin rastro del desafortunado incidente, sin cadáver, con la única y escueta noticia de que se había lanzado al gélido mar del norte, sin poder vivir con el peso de las deudas. Eso fue lo que nos contaron a los más cercanos, a los únicos… Hace doce años y doce son las cartas que me han llegado desde entonces un día como este…

Ya sólo faltaba eso, el último mal trago, la última retorcida noticia, la que daría mil vueltas a todo lo anterior. Doce sobres en la mesa, con doce trozos de papel y veinticuatro fotos, dos en cada uno, una de una panorámica de la fábrica de coches y otra de un retrato mío de cuando era pequeño.

Cogí uno de los papeles con la mano temblando descontroladamente y eché un vistazo.

-Devuélvemelo, MV- eso es lo que decían todos y cada uno de los papeles. MV, Mieszko Vanisstroff.

Yief, le hice una promesa a tu madre- sería mucho más tarde, con la sensación de estar viendo una película , cuando recordaría que en ese momento Richard Blackhole estaba llorando sin control- Yo la quería mucho, la quería más de lo que tu padre la quiso jamás. Por eso cuando Mieszko desapareció la dije que la ayudaría, que cuidaría de ti. Entonces empezaron a llegar estas cartas, todos los años. ¡Y yo tenía miedo de ti! De que realmente tu padre no estuviera muerto y quisiese algo de ti. ¡Maldita sea, ese hombre era un monstruo con sus hijos! Mira lo que le hizo a tu hermano… ¿Lo comprendes ahora Yief? Por eso me quedé impedí que heredases la empresa, la saqué a flote como pude, por eso te dejé tirado en la calle, siempre con vigilancia, siempre con pequeñas ayudas, por eso hice que te metiesen en el calabozo enseguida. Cuando vivías en la calle estabas protegido, eras un mendigo anónimo, pero por culpa de ese asesino saliste en todas las televisiones. Te metí en la cárcel porque allí estarías seguro.¿El fin justifica los medios... No?

Una nueva pausa, esta vez inconsciente, en la que Richard se secó las lágrimas. Fue a beber más whiskey, pero se le resbaló el vaso y estalló en pequeños fragmentos de cristal, dejando una mancha oscura sobre la alfombra roja.

-Por eso estoy borracho ahora, porque estoy hasta los cojones, porque ya no puedo más con esto, porque te he hecho pasar de todo sin pensar realmente si esas putadas eran necesarias, sino solamente en tu anonimato costase lo que costase. Al fin y al cabo soy un cobarde, ya no puedo protegerte más, la responsabilidad me pesa ya demasiado y ni siquiera sé más para poderte ayudar. No sé dónde fue a parar el dinero que gastó tu padre, quién ese el jodido chalado que me manda estas cartas o si sólamente es una broma de mal gusto, no sé si tu padre está vivo o no y no sé por qué quieren encontrarte…

Yo estaba en otro mundo, en un mundo feliz lleno de colorines, en el que todo lo que me había contado Blackhole nunca había ocurrido, en el que yo me sentaba en el sofá con Lucille un domingo para ver una película. Frente a mí tenía a un hombre destrozado, debilitado, borracho, gordo, calvo… En un momento se me olvidó todo lo que sufrí por su culpa, en un momento sentí la más absoluta compasión por él, en un momento quise levantarme y abrazarle, decirle que ahora que ya lo sabía todo daríamos con el hijo de puta que le mandaba esas cartas y se acabaría todo. Todas esas cosas, sensaciones, totalmente contrarias, diferentes, paradójicas a todo lo que sentía antes hacia aquella persona. Todo hubiese sido perfecto, los dos trabajando juntos, recopilando información, hallando la verdad, ya me lo estaba imaginando, como dos detectives de película.

Pero no, estas cosas funcionan así, cuando un giro comienza, la inercia le hace dar otros dos o tres, hasta que vuelve a su posición original, pero totalmente desordenado e invertido. Y como estas cosas funcionan así, entró Lambb con sus dos revólveres, los goznes de la puerta restallaron, el fuego de la chimemea onduló y los humeantes cargadores se vaciaron sobre Richard Blackhole, doce balas sobre su pecho, como las doce amenazas que colmaban la baja mesa de mármol.

jueves, 21 de enero de 2010

Evento: 200 relatos

Lo primero, muchas gracias a todos por vuestra participación. Sois vosotros los que con vuestro empeño, perseverancia, imaginación y habilidad, habéis dado vida a Azoteas hasta convertirla en lo que creo que ha de ser, si no el mejor, uno de los fanfics de más calidad que hay en la red.

Por otra parte, en los ya tres o cuatro años que llevamos en esto, hemos tenido cambios de plantilla: Nuevas incorporaciones, abandonos... Sin embargo, la puerta sigue abierta, pues las reglas son inflexibles en ese punto y así es como queremos que sea.


Otro punto que agradeceros es vuestra participación a la hora de leer y comentar relatos. Vuestras críticas siempre han sido constructivas, hasta el punto de no haber tenido nunca que moderarlas, y vuestra participación ha servido para animarnos a muchos a sentarnos frente al teclado una vez más.

De modo que Azoteas de Midgar alcanza su relato 200, que coincide con la instalación del cañón de Mako en el edificio Shin-Ra, y como siempre, toca votar. Estas son las categorías.

- Mejor escritor
- Mejor personaje
- Mejor relato (y subcategorías)
- Mejor relato dramático
- Mejor relato de terror
- Mejor relato cómico
- Mejor relato extraño
- Mejor relato de acción
- Mejor trama (secuencia de relatos con varios personajes que hace un solo escritor)
- Mejor One Shot

Los votos se harán en los comentarios, poniendo el número de cada uno relato votado y su autor (y quizás una descripción de que pasaba en ese relato, para recordárnoslo).


Una vez más, gracias por vuestra participación y que gane el mejor. Espero seguir contando con todos vosotros.


Ukio.

martes, 19 de enero de 2010

200.

- ¡Joder, mamá, te he dicho mil veces que llames a la puerta!
- Lo siento, cielo, sólo quería colocar tu ropa interior en los cajones – Dora Sanks entró con una gran pila de camisetas blancas de tirantes y calzoncillos de colores que abarcaban todos los colores posibles. Entró golpeando con el muslo la puerta, que se abrió de par en par mientras la mujer, que rondaba los cincuenta, dejaba en un cajón medio abierto toda la colada. – Veo que por fin me haces caso y utilizas pañuelos de papel, no sabes lo molesto que es ver esas manchas blancuzcas que acartonan todo.
- ¡Me cago hasta en la puta de oros! Largo de aquí, mamá.
- Espera que coloque un poco tu cuarto. Parece que por aquí haya pasado un tornado. – Dora empezó a recoger cajas de videojuegos del suelo e insertó dentro los correspondientes discos, puso las revistas en las estanterías y dejó en un rincón un juego de pesas que no había sido tocado nunca, salvo para ser robado del gimnasio del barrio. Después, se acercó a la pantalla del ordenador, mientras su hijo escondía sus partes bajo la chaqueta del chándal – No sabía que te gustase ver a dos mujeres comiendo helado. Porque es helado, ¿verdad?
- ¡Joder, joder y joder, mamá! ¡Déjame tranquilo!

Su madre salió riéndose, y Samuel volvió a concentrarse en lo suyo. Le encantaba ver aquel video e imaginarse que estaba allí, con ellas. Por supuesto, suponiendo que aquella cosa era chocolate y nada más.

El ligero sonido traqueteante de fondo comenzó a ascender en potencia, hasta convertirse en un molesto ruido que le impedía concentrarse. Cuando le resultó imposible subir más el volumen, se fijo en que la tenía como un gusano y salió a encarar a su madre.

- ¡Me cago en la puta de oros! ¡Quita la puta aspiradora, mamá!
- Cielo, no tengo puesta la aspiradora. ¿Qué tienes puesto tú para que haya tanto ruido?
- Mamá, no creo que necesites ser un genio para adivinar que si he preguntado es porque no tengo ni idea de qué coño es.


Y así, la ciudad que nunca dormía se despertó.

Para muchos, siempre era de noche, pero en aquel momento los reflejos del amanecer eran más débiles que nunca bajo el siniestro brillo de Meteorito. Sin embargo, sobre la Placa la gente veía cómo los destellos dorados rebotaban sobre la superficie lisa del gran cilindro metálico, mientras era elevado por grúas y helicópteros. Poco a poco, el cañón fue elevándose desde las afueras de la ciudad, ascendiendo primero diez metros, después veinte, luego cincuenta. Los fuertes cables de acero trenzado parecían resistir el peso de la estructura, aunque la tensión ejercida amenazaba con partirlos de un momento a otro. Cien metros, ciento cincuenta. La grúas, inmensas y sujetas bajo bloques de hormigón y férreos cimientos comenzaron a combarse bajo las miles de toneladas de poder bélico. Doscientos metros. Fue entonces cuando el primero de los cables se partió, y los alambres de acero austenítico recubierto de molibdeno restallaron en el aire como si fuese el látigo de una cruel deidad, burlándose de los seres humanos que pretendían lograr una hazaña imposible. A los doscientos cincuenta, la grúa situada en el borde externo de la ciudad empezó a doblarse. William Grace, capataz de construcción de aquella zona y encargado de manejar el titánico brazo de hierro tuvo que soltar el enganche al cilindro para evitar que cediese la estructura, pero fue demasiado tarde. Tanto Bill como otros cinco operarios cayeron junto con su maquinaria. Casi arañando la cara exterior de la pared que separaba la ciudad del resto del mundo, descendieron cada vez más rápido, gritando, descendiendo cincuenta, cien, doscientos, trescientos metros, hasta convertirse en un cadáver de hierro con entrañas de carne y sangre junto a la puerta de bienvenida a la ciudad.

Trescientos metros.

Entonces, otras dos gruesas cuerdas de acero niquelado se rompieron, restallando en el aire como bífidas lenguas. Una de esas lenguas cayó sobre otra de las grúas, rompiendo el cristal que protegía al ocupante y matándolo al instante; ahora no era más que un cadáver con los brazos llenos de cortes y diminutos vidrios, mientras que su cara era pura pulpa y arañazos bajos el cable de diez centímetros de diámetro.
El otro cable fue a parar sobre una carretera que por fortuna estaba despejada, pero destrozó el pavimento e hizo que trozos de asfalto cayeran sobre un bloque de edificios situados en el sector cinco.

Trescientos cincuenta metros, cuando uno de los gigantescos vehículos aéreos tuvo que cesar su empeño. Cuatrocientos metros. El objetivo ya estaba cerca, pero lo complicado no había sido levantarlo.

A los cuatrocientos cincuenta metros, dejó de ascender. Sobre las cabezas de la gente flotaba un enorme cilindro cuya longitud era similar al diámetro de la ciudad. La gente estaba aterrada ante la posibilidad de que en cualquier momento los cables volvieran a ceder y aplastasen sus cuerpos, sus hogares, su vida.
Las inmensas estructuras comenzaron a girar sobre su propio eje al tiempo que los helicópteros empezaban a desplazarse. Susan Trade miraba, desde el pequeño balcón de su octavo piso del sector 3 como proyectaba su ancha sombra envolviendo en un halo de oscuridad hasta donde su vista alcanzaba. Su rosada bata de algodón se tiñó de un color amoratado a la altura de la ingle cuando el cañón pasó por encima.


Bajo la placa, todo era desconcierto. ¿Qué era aquel ruido? ¿De dónde procedía? Nadie tenía forma de saberlo, pero todo el mundo se temía lo peor: había llegado Meteorito, alarmas de evacuación, el ataque de un monstruo como el que atacó Junon o Mideel. El caos empezaba a estallar en los barrios marginales.

Por fin, el grandioso cilindro de miles de toneladas se situó encima de miles de andamios que recubrían un soporte de hierro y acero. Por encima sólo se alzaba el edificio ShinRa, que observaba con desprecio al cañón usando sus ojos de cristal. Yo he llegado más alto, decía el edificio, y por mí murieron cientos o miles de personas. Tú estás bajo mi mando, eres mío.

Lentamente, grúas de hierro y helicópteros de combate empezaron a bajar. La gente comenzó a respirar aliviada, incluso algunos lo celebraban. Vítores a Rufus, cánticos a dioses y otras formas de alegría se manifestaron en el aire cuando apenas faltaban veinte metros para acoplar definitivamente el cañón.
Soltaron los anclajes, las grúas dejaron de ejercer su fuerza, y el cañón descendió vertiginoso sobre la plataforma de sujeción. La precipitada caída sobre el andamiaje hizo que parte de este cayera sobre calles, edificios, coches, y arruinó el negocio de Ted Knukers, que a falta de tres meses para jubilarse, había visto como su pequeña pescadería era arrasada por meteoros de madera y metal. Mientras el mundo lo celebraba, un hombre arrugado de piel tostada lloraba arrodillado en el suelo.

Mientras miles de técnicos ocupaban sus puestos, haciendo llover chispas sobre la urbe mientras soldaban, o mientras algunos comenzaban a reparar desperfectos ocasionados en la maquinaria. Pero, por encima de todo, se alzó una voz:

- ¡No os relajéis! ¡Aún queda mucho por mover! ¡Empezad con los condensadores de mako!

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El club conocido como Antro de Chora estaba bastante vacío aquel día. El ruido de las obras era insoportable, y eso hacía que los clientes prefiriesen estar en sus casas que disfrutando de los exóticos bailes que ofrecían las estupendas bailarinas de Wutai, o los sensuales masajes de las chicas de Corel.

Un par de parroquianos habituales estaban disfrutando del baile en la barra de una recién llegada de diecinueve años, rubia de melena lisa y carnosos labios rojos. La joven había decidido obtener beneficio extra y se había quitado la parte superior de su conjunto, mostrando un par de pechos poco abultados, pero que en su pequeño cuerpo se hacían inmensos. Hasta el momento, había conseguido que aquella pareja de viejos verdes le lanzasen un buen fajo de billetes mientras babeaban.

Además del hombre calvo peinado con cortinilla y el de la incipiente papada triple, había otros dos hombres en cabinas privadas. En la número cuatro acababa de entrar un hombre, que cerró la puerta tras de sí e introdujo una moneda en la ranura, levantando la opaca barrera metálica que impedía ver a la mujer que se encontraba tras el cristal.
La mujer era ya mayor, podría decirse que una anciana para esa profesión, pero se conservaba muy bien: a pesar de rondar los cuarenta años, su piel estaba tersa y su vientre liso. Por los hombros caía una melena llena de rizos y ondulaciones, de un brillante color carbón a juego con sus ojos. Llevaba un conjunto de dos piezas de color rojo carmesí, imitación de cuero, y un largo fular negro de plumas que se extendía por los brazos y por la zona posterior del cuello.

Pero, al contrario que cualquiera de las bailarinas de Puño, dueño del local, no bailaba. Estaba sentada sobre los mullidos cojines de pluma, fijándose en el hombre de casi cincuenta años que esperaba, paciente. Tenía el rostro surcado de arrugas, y el pelo encanecido.

- ¿Qué, a pasarlo bien, Jerry?
- No soy de esa clase de pervertido que se pajea viendo como su hermana se desnuda, María – McColder se pasó una mano por el pelo, alisándolo – Vengo a lo de siempre.
- Ya lo sé, estúpido. Sólo quieres ver a tu hermana cuando tienes que desahogarte. ¿Qué coño pasa?
- ¿No lo sabes? Debes ser la única que no vea la tele en esta mierda de ciudad

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La sala era, de suelo a techo, de madera. O de algún plástico que imitaba la madera. Y estaba abarrotada de gente. Cámaras de televisión que monitorizaban toda la actividad del juzgado, curiosos que habían conseguido colarse para asistir a la sesión, vigilantes de seguridad, un abogado defensor recién salido de la facultad y el más experimentado de los fiscales. El novato, con traje azul y pelo de punta, sudaba a chorros, mientras que el fiscal, trajeado de color carmesí y con un pañuelo al cuello como si de una burla al letrado se tratase. El juez era totalmente opuesto a ambos, su edad ya era más cercana a los setenta que a los sesenta, y contrarrestaba la lisa calva con una espesa barba en tonos blancos y negros, no exenta de grises profundos. Tenía un rostro severo con un ceño marcadamente fruncido, lleno de arrugas que le aportaban sabiduría.

El público asistente hablaba organizando un alboroto digno de una plaza de mercado, que unos secos martillazos con la maza de madera silenciaron. Todo el mundo se puso en pie mientras el venerable juez iniciaba la sesión.

- Nos encontramos en el último aplazamiento del juicio con Edward Lambert, alias Frank Tombside. Hoy será el último día del juicio, donde por fin se decida el veredicto del acusado. ¿Está preparada la acusación, señor Bladeworth?
- Sí, señoría.
- Señor Gryphoon, ¿está preparada la defensa?
- L… lo está, señoría – el abogado sudaba a chorros, y en su cara se podían ver las ojeras marcadas.
- Bien, en ese caso, procederemos a entablar contacto con el acusado. Dado que hoy, bajo petición del gobierno, estamos televisando esta sesión, el acusado permanece bajo arresto en una celda de contención especial custodiada por Turk, y conectaremos con él gracias a una cámara integrada. Procedamos con la conexión.

La pantalla en cuestión era un sistema bastante extraño y novedoso, era circular y rodeaba una caja que conectaba en tres puntos diferentes con el panel. Estaba situada en pleno centro de la sala, curiosamente encendida mostrando la extraña niebla blanca y negra que sólo aparecía en las pocas televisiones que alguien podía permitirse en los suburbios. Al poco, la imagen se hizo nítida.
Presentaba un cuarto oscuro, donde una figura ataviada con una camisa de fuerza blanca situada en las sombras caminaba de un lado para otro sin detenerse.

- Que el acusado haga el favor de acercarse a la cámara, por favor.

Al oír esas palabras, el acusado se quedó inmóvil, respiró fuertemente y se acercó. Poco a poco, los rasgos de la cara se fueron haciendo más visibles, hasta que por fin se distinguió el biselado mentón cubierto de una fina barba de guerrilla de varios días, la nariz hinchada y el pelo revuelto largo y sucio cayendo sobre uno de los ojos. En un movimiento de cuello, el pelo se apartó lo suficiente como para ver un par de párpados de un tono violáceo. No había duda: habían pegado una paliza, o varias, a Blooder, el asesino sanguinario. Posiblemente hubieran sido los miembros de Turk, dado que habían intentado disimular las marcas con un poco de maquillaje barato y una iluminación insuficiente para causar “buena impresión” durante el juicio.
Un ojo de color dorado, similar a una moneda, asomó en la parte derecha de la cara. El rostro se repetía tres veces alrededor de la pantalla, apuntando una vez a su abogado, otra al acusador y una más al magistrado. Algunas personas se estiraron en los bancos para ver mejor, mientras otras se agolparon hasta casi abalanzarse encima del pobre defensor. Nadie se atrevió a hacer lo mismo en los bancos del fiscal, conocedores del carácter del mismo. “Esto ya no es un juicio, es un circo mediático” pensó Bladeworth.

- Que el acusado se presente, para que conste en acta.
- Detenido número 15834, Edward Lambert. – escupió en el suelo – También conocido como Frank Tombside, alias Blooder. – un fino hilo que mezclaba sangre con saliva corrió por la comisura del labio y se perdió en el bosque de pelos negros que tenía ahora por barba.

“Está hecho una piltrafa, y más muerto que vivo. Dará igual el resultado del juicio, su futuro está decidido”

- Bien, recapitulemos lo acontecido hasta ahora – dijo el juez, que estaba haciendo gala de su mejor actuación hasta el momento. – En las pasadas sesiones se debatió, sin mucho éxito debido a los numerosos aplazamientos – dirigió una fría mirada al abogado, que volvió a gotear en torno a las axilas – si el hombre que teníamos aquí era el conocido como Frank Tombside, y las condiciones de ese nombre.
- Señoría – dijo el fiscal, seguro de sí mismo y en una pose extraña, que consistía en curvar el cuerpo ligeramente hacia atrás y levantar una mano al frente -. No creo que debamos seguir con esto mucho más tiempo.
- ¿Cómo dice? – sobreactuando, el juez puso una cara de asombro que consistía en elevar las cejas y abrir exageradamente la boca en forma de o.
- Señoría, da igual que este hombre sea o no el citado asesino. Lo que está claro – sonrió – es que fue descubierto en el lugar de los hechos, rodeado por varias patrullas de Turk y de SOLDADO que estaban siendo atacadas por este individuo. Atacó, mató y mutiló a varias, e incluso se sabe que su abrigo apareció hace meses en el sistema de alcantarillado envolviendo a un agente de Turk con un puesto importante. ¿Me está diciendo que además de las condiciones especiales que le rodean, es coincidencia que dicho agente apareciera muerto en extrañas circunstancias el mismo día de su detención? Señoría, este hombre es culpable. No necesitamos de ningún nombre o seudónimo para llegar a esa conclusión. – hizo una reverencia y finalizó.
- ¿Algo que alegar, señor Gryphoon?
- Umm… bueno, verá… yo, quiero decir, esto… - nervioso, manoteó una serie de papeles que salieron volando, causando risas entre los asistentes. Salvo en el juez, cuya avinagrada cara no hizo más que acentuarse. – Debemos considerar… la opción de que mi cliente sufre… diversos, glups, trastornos basados en la múltiple personalidad, delirio paranoico y otras afecciones que han podido ser confirmados por el personal especialista tanto de Turk como de SOLDADO.
- ¡Ah, sí! La supuesta doble personalidad que hace que sus ojos se conviertan en los de alguien diferente, esos ojos verdes. Esos que todavía nadie ha conseguido ver. – Bladeworth lanzó un rápido vistazo a la pantalla, para ver como en la dorada moneda que le observaba atisbaba una pequeña brizna de hierba.
- ¡Basta! No permitiré infantiles puyas en mi sala. Señor fiscal, llame a su primer testigo.
- Como desee, señoría. – Hizo una reverencia – Que pase el testigo, nombre clave “Cosmos” –dijo al levantarse, hablando con un guardia cercano que se acercó a la puerta y llamó al testigo.

Una impresionante chica rubia, alta y de dotes majestuosas entró en la sala, ataviada con su uniforme: el traje negro. “Está todo el pescado vendido”, pensó el fiscal cuando entró en la sala. “Ni siquiera tendré que jugar mis cartas secretas”

- Nombre y profesión, señorita – dijo el juez, mirando a la chica que se colocó en el estrado, justo a su lado.
- Agente Yvette Marie Giulianna Louise de Castellanera e Bruscia. Miembro activo de Turk, como es evidente – su voz era despectiva y furiosa, y no conseguía apartar la mirada de la pantalla.
- Orden, por favor. Bien, relate todo aquello relacionado con el caso.
- Hace meses tuvimos una redada. No puedo precisar el día, debido a que toda la información de aquella operación está clasificada. Sólo puedo citar los datos que se revelaron a las fuentes de información: veinte muertos, y dos heridos: uno fue el agente Jack Kened, y la otra víctima fui yo. Salí mejor parada, seguramente porque me dio por muerta. Lo siguiente que recuerdo fue la cama del hospital.
- Bien. Continúe, por favor.
- Mucho tiempo después, un tipo bastante extraño se presentó en mi casa. Me hizo preguntas, algunas sobre Tombside, pero cuando empezó a tocarse le golpeé y le cerré la puerta. Horas más tarde, otro joven vino por lo mismo, y ya no tuve tanta paciencia. Lo extraño era que ese joven no me sonaba en principio, pero durante la última incursión de Turk, con colaboración del primer joven que fue a visitarme, pude ver de nuevo al acusado. Sus ojos no me engañaron esa vez: el era Tombside. Agredió a varios de mis compañeros, a civiles y emprendió la fuga. Poco después le encontramos tirado en un solar.
- Y ahí me golpeaste, puta arpía.
- ¡Orden! ¡No toleraré ese lenguaje!
- Poco después, un único disparo procedente de un edificio cercano acertó al acusado en el hombro, alojando la bala cerca del omóplato. Se extrajo la bala de urgencia, a pesar de que su vida no corría peligro. Según nuestra investigación, o era un mensaje o bien el tirador tenía poca experiencia, quizás mal pulso.
- A propósito – el hombre de la camisa de fuerza se recogió un poco más en la sombra -, esto me tira un poco y me duele la herida. ¿Nadie puede desabrocharme una correa al menos?
- ¡Silencio! – el juez sobreactuó en demasía la falta de paciencia, provocando la risa de unos pocos, bochorno en el acusador y miedo en el abogado, que parecía a punto de morir deshidratado por el continuo goteo de sus glándulas sudoríparas. – Si nadie tiene nada más que preguntar, procederemos a escuchar el alegato del siguiente testigo
- Sí, señoría – Viejo cabrón, pensó el fiscal mientras pasaba la mano por el grisáceo pelo, no has permitido que nadie interrogue a este. Así sólo vamos a tardar más. – “Caos”

Esta vez, pasó un hombre algo más mayor, posiblemente sacaría quince años a la joven. Tenía el pelo moreno y corto, el pecho amplio y cara de aspecto chulesco. Otro agente.

- Nombre y profesión, por favor.
- Michael Wallace, agente de Turk.
- Proceda a contar su versión de los hechos – pidió el fiscal.
- Bien. Yo participé en la detención del acusado. Y pude ver los ojos verdes de los que se habla. Tenían el brillo del mako, igual que los Soldados. Pero en ninguno de los registros hemos encontrado que Edward Lambert, Frank Tombside ni nadie con el ADN del acusado hubiera pasado por el proceso.
- ¿Entonces se ha demostrado que el acusado posee un nivel de mako en sus células equivalente al de un miembro de SOLDADO? – el abogado dejó a todos impactados, parecía resurgir de sus cenizas como un fénix.
- Los resultados del análisis aún no han podido ser obtenidos, no es una prueba que se realice en cinco minutos. Se precisa de meses para encontrar los retazos del mako en el cuerpo de un anfitrión mediante un análisis de fluidos, la prueba más fácil de realizar es la de los ojos.
- Bien. No haré más preguntas. – se había vuelto a acobardar.
- Me gustaría mostrar una prueba a su señoría – el fiscal levantó un papel sobre su cabeza – Es la prueba clasificada bajo el nombre clave “Artema” – “La prueba definitiva, el nombre no podría haber sido mejor puesto” – La confesión escrita y firmada del testigo con nombre codificado “Omega”, Yief Vanisstroff. Se puede leer claramente, y cito textualmente: “Ese hombre me obligó a actuar bajo sus órdenes, a riesgo de matarme. Me amenazó a mí, y a mi actual pareja. Me obligó a espiar, y estuve a punto de asesinar bajo su yugo por miedo. Por suerte, no tuve que hacerlo, pero estuvo a punto de matarme por no hacerlo.” Como pueden ver, las pruebas son concisas y claras: ¡Este hombre es culpable, y merece un castigo ejemplar acorde con sus crímenes!
- ¡Un momento! – gritó, golpeando la mesa el abogado, de nuevo renacido - ¿Y ese testigo, dónde se encuentra?
- Está retenido por sus actos. Tenemos la grabación donde realiza y firma esta confesión, pero hicimos un trato con él considerando que fue instigado por el acusado a realizar sus fechorías, y no fue bajo motivación propia. – el abogado volvió a sudar chorros.
- Bien. Pónganse todos en pie.

La sala entera se puso en pie.

- Edward Lambert, has sido acusado por delitos varios y reiterados de homicidio, asesinato, robo, tortura, extorsión, chantaje, violación, y una lista que continúa mostrando crímenes y agravantes. En vista de las pruebas, declaro que definitivamente eres el asesino conocido como Frank Tombside, y por tanto te condeno a morir en un plazo de una semana, a las 21:00 horas del próximo miércoles por electrocución en la silla eléctrica. Que Dios se apiade de tu alma.

La conexión se cortó y las pantallas se apagaron. Bletf Gryphoon deseó que Dios se apiadase de su puesto, en su primer caso había conseguido que su protegido fuera condenado a muerte. El martillazo casi hizo que todos los esfínteres de su cuerpo abrieran a la vez.

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- Jerry – dijo María a la salida del club, ya vestida y cubierta con un largo abrigo negro – No sé si lo sabes, pero el “honorable” juez Gropius lleva viniendo una semana seguida y cogiendo a las mejores chicas. Por ahí se dice que después del juicio recibió una buena compensación por ello. Sí conseguimos una confesión grabada, podemos apelar y…
- María, no lo entiendes. ¡No he venido para liberarle! Simplemente no quiero estar frente a una pantalla en estos momentos. El juicio se celebró hace justo una semana. Le van a ejecutar justo ahora.

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Yief estiró los pies y los brazos nada más salir de su pequeña celda. Había estado encerrado semanas, y sentir de nuevo la brisa, aunque fuera pestilente y desagradable en aquella prisión infestada de mierda y piojos le había devuelto a la vida. Incluso durante el tiempo que estuvo detenido rememoró con melancolía su etapa en el arroyo, cuando no tenía nada.

- Vanisstroff – dijo el carcelero – Tienes suerte de haber sido declarado inocente, porque a tu amiguito le espera la silla – hizo un gesto con la mano, como si bajase una palanca fantasma. -. Y si no hubieran pagado una fuerte suma para que nos alejemos de ti, ten por seguro que en estos momentos estaríamos pegados a tu culo para vigilarte. Al menor descuido te la meteríamos todos a la vez, y aquí no tenemos vaselina. Enchironaríamos tu polla en menos que canta un gallo.
- Me alegra escuchar piropos por las mañanas.
- Que te jodan y no te guste. Con el puño. Ha venido tu novio a recogerte.
- ¿Quién? – no esperaba a nadie, a menos que hubiese venido el hijo de puta de Richard.
- Un tal Thomas Daniels. Un puto estirado con pinta de heavy viejo. Ve a que te lleve a recoger flores, ya no creo que tengas tiempo de llegar a la ejecución de tu puta.

Un heavy estirado y viejo. Sólo uno encajaba con esa descripción.

- ¡Hijo de puta! – empotró a Carl contra la valla en cuanto estuvieron fuera, sujetando su largo abrigo con ambas manos – Llevo semanas encerrado, y no has dado la cara, todos te dan por muerto. ¡Y ahora vienes a acabar el trabajo!

La Rhyno que se posó bajo su barbilla le impidió decir más.

- Mira, putita. No me caes bien, pero sigo órdenes. De momento no puedo matarte. De momento. Así que supongo que hasta que reciba nuevas órdenes o me salga de los huevos si todo sale mal, soy tu niñera. Ponme en peligro de nuevo con esos movimientos estúpidos y te vuelo los huevos hasta que dentro de la bolsa sólo queden casquillos. ¿Entendido? – Yief asintió – Bravo por tu cerebro. Toma – le tendió una Rhyno similar a la que le apuntaba, bajando el arma tan solo unos centímetros pero aún encañonándole. - ¿Tienes la caja?
- Por supuesto – no podía confesar que la había perdido, podía ser su único seguro en esos momentos. Tampoco tenía la materia, la había escondido en la derruida casa cuando Tombside le empujó, justo antes de desmayarse. Había hecho bien, pues todos los cuerpos de seguridad habían ido a buscarle. – Pero no he podido abrirla.
- Acabarás haciéndolo. Hasta entonces, tenemos asuntos pendientes.
- Sí – comprobó el cargador, y volvió a desplazarlo hasta su posición. Tengo un asunto pendiente. Con Richard Blackhole.

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- ¡Joder, mamá, te digo que me voy! ¡Que he quedado con mis amigos para ver cómo matan al cabrón ese en público! ¡Si me lo pierdo, ten por seguro que te mato!
- Cariño, antes límpiate, no vayas a manchar de nuevo los calzoncillos.
- ¡Si papá aún viviese, ten por seguro que no te haría ni puto caso, me cago en la puta de oros!

Su hijo desapareció tras un portazo.

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- Ha llegado la hora de ir a su trono, majestad – En el nivel cinco de Black Down, la pareja de Turk pasó entre celdas de máxima seguridad hasta llegar a la del prisionero número 15834. Unos ojos verdes asomaron por la pequeña ranura.
- Genial, supongo que vosotros me coronaréis.
- Ya nos hubiera gustado, pero los honores de la ejecución son para Jack Kened. Hijo. Mutilaste a su padre, ¿recuerdas?
- ¿Cuál de todos? – los turcos rieron.
- ¡Qué cabrón, cómo se regodea! Hubo muchas quejas por eso. Todos querían darte el chispazo. Incluso uno propuso plantar el cañón encima de tu cabeza. Pero ya sabes, tenemos órdenes…

La aguja entró limpia en el cuello del asesino, sin que este viera nada, y sus ojos se cerraron poco a poco. No supo en que momento alguien entró en la celda ni se acercó a él, pero lo último que pudo ver fueron los zapatos negros.

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- María, tengo ganas de ir un día a tu casa. No veo a mi cuñado ni a mis dos sobrinos desde que estos aún podían colarse bajo mis piernas. ¿Qué tal están?
- Bueno… John sigue como siempre, insistiendo en que debo cambiar de vida. El pequeño Alex ya se ha convertido en todo un hombre, está preparándose para entrar en Turk. Y Rachel está acabando la carrera de Fisioterapia, estamos pidiendo préstamos para abrir su propio centro de masajes.
- Turk… - María supo entonces que había hundido un poco más el puñal, y cambió de tema.
- ¿Y tú, cuándo me presentarás a la señora de McColder, mi cuñada?
- María, ya sabes que eso no va a ocurrir por mi parte. Como mucho, te podría presentar a tu cuñado, si tuviera un hombre esperándome en casa.

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La gente ovacionó dentro de la taberna. El joven, que a duras penas sobrepasaba la veintena, dejó de gritar en la silla. Sangraba por la nariz, aunque sus rasgos no podían verse bajo la máscara de cuero que le cubría gran parte del rostro. Por todas partes habían puesto pantallas gigantes para ver la ejecución, pero Samuel había elegido verla mientras se tomaba un par de cervezas heladas. Al principio le impactó ver al joven de pelo corto, con menos años que él, pero en cuanto la primera descarga de miles de voltios recorrió su espina dorsal animó como el que más.

- Señoras y señores, los médicos determinan que aún sigue vivo. Procedemos con la segunda descarga.

El pitido de la gente silbando, como si de una carrera de chocobos se tratase, dejó sordo a Samuel. Había prometido no enfadarse aquel día, pero tuvo que girarse cuando alguien derramó cerveza en su hombro. Se perdió cómo la electricidad atravesaba la columna del joven, que comenzó a gritar de nuevo en un aterrador y desgarrado espasmo, violento al principio y luego en forma de convulsión más relajada, hasta que la corriente cesó al tiempo que el condenado cerraba los ojos, que poco a poco se hacían más opacos.

- Habitantes de Midgar. Frank Tombside, el asesino, acaba de fallecer según nuestros médicos. ¡Volvemos a estar a salvo!
- ¡Que se joda el cacho hijo de puta! – dijo Samuel mientras terminaba de atizar a un pobre señor de sesenta años.

martes, 22 de diciembre de 2009

199

Un espeluznante crujido se abrió paso por encima de los gritos de ánimo del público, transformándolos en exclamaciones de júbilo o insultos malsonantes dependiendo de por quién hubiera apostado cada uno. Valeriy Schatkov, el nuevo luchador tan prometedor al que muchos llamaban “El señor del foso” antes incluso de que participara en un solo combate legal, acababa de transformar el cráneo de su rival en un complejo rompecabezas tridimensional de un rodillazo contra la verja metálica de la jaula. Las muertes en el Foso ya apenas causaban una sombra del estupor de antaño, cuando pocas personas conocían el local; ahora prácticamente eran rutinarias, y la gente se mostraba más preocupada por los pocos guiles que habían ganado o perdido que por el cadáver que ahora mismo derramaba sangre por todos los orificios de su cara mientras los secuaces de Iván Quouhong lo arrastraban. La parte del público afortunada en el juego acudía entusiasmada a cobrar sus apuestas, mientras que algunos derrotados perdedores apuraban el licor de sus vasos preguntándose como iban a explicarles a sus esposas o familiares que habían perdido gran parte de sus ahorros en apenas diez minutos.

- Te lo juro, tío, cada vez me gusta menos este sitio.
- En serio, ¿qué te hicieron en ese interrogatorio, Johan? No pareces el mismo desde entonces. - Nadie que no se acercara lo suficiente como para observar sus ojos diría que eran miembros de SOLDADO; vestían de paisano, cada uno en su estilo. Johan lucía unos vaqueros desgastados por los años junto a una camisa negra con motivos blancos de formas onduladas y unas deportivas oscuras con punta roja. Daithi, por su parte, vestía con esa sobriedad que siempre le caracterizaba: Traje gris hecho a medida, camisa amarilla clara con el último botón desabrochado y zapatos de ejecutivo.
- Ya te lo he dicho, Dai... no me hicieron nada. - Dio un generoso trago a su whiskey mientras hacía un ligero gesto con la mano, indicando que iba a continuar. – Fueron unos auténticos hijos de puta. Me tuvieron cinco jodidas horas esperando para después hacerme cuatro preguntas sobre cosas que no les importaban una puta mierda, como si mi grupo sanguíneo o mi domicilio se correspondían con los de mi ficha. Esos cabrones hasta me preguntaron con una sonrisa si estaba contento con mi labor al servicio de Shin-Ra y si consideraba atractivo al Presidente... - Hasta el mejor de los amigos habría soltado una carcajada a esta altura, pero Daithi no se caracterizaba precisamente por su sentido del humor. – Fue un aviso claro y rotundo: Te tenemos vigilado, sabemos lo que piensas y no necesitamos decirte lo que pasará si volvemos a ver una actitud similar. No, no es el interrogatorio lo que se me pasa por la cabeza.
- ¿Tan fuerte te dio esa chica? - Esos ojos verdes podían leer el alma. No resultaba difícil entender por qué Daithi no tenía muchos amigos. Esa presencia constantemente firme, la tez morena, casi roja, el pelo negro cayéndole por los lados hasta los hombros, totalmente liso y cortado al milímetro... todo en él era símbolo de pulcritud, de seriedad, de estricta perfección. Y sin embargo Johan no podía imaginar un amigo mejor. Ambos eran lo que el otro no, y como si de dos piezas de un puzzle se trataran, habían vivido complementándose y apoyándose el uno en el otro durante casi quince años.
- Como una jodida bola de demolición, macho...

Y era cierto. Desde el momento en el que Eve entró en su vida, lo hizo para quedarse. No había conseguido dormir ni dos horas seguidas desde entonces, preguntándose constantemente qué le estarían haciendo; consciente de que ella estaba en una prisión con un destino más que negro. Lo peor de todo era que, por mucho que se devanase los sesos, no se le ocurría manera alguna de ir a verla, no hablemos ya de ayudarla.

Desde el momento en el que entró por primera vez al edificio ShinRa después del interrogatorio cada uno de sus movimientos había estado controlado hasta el mas mínimo detalle. Su superior, el sargento Grey, no le quitaba el ojo de encima ni por un segundo, sin apenas molestarse en disimularlo. Ser un miembro de SOLDADO era más que un contrato: era un modo de vida. Desde el momento en el que alguien se comprometía a ser sometido a los tratamientos de Mako, era consciente de que nunca volvería a cambiar de trabajo o tendría retiro alguno; quien se convierte en SOLDADO, muere como tal. Johan era consciente de ello, al igual que de lo que les sucedía a aquellos que en algún momento se arrepentían... Nadie hablaba de ello, pocos se atrevían a mencionarlo, pero ningún SOLDADO con dos dedos de frente se jugaría el cuello a que todos los compañeros que se mandaba asesinar por la locura del Mako realmente la sufrieran. Tal acto, al cual se vería sometido si mostraba signo alguno de acercamiento hacia Eve, era conocido con el siniestro nombre de “La caza”.

- ¿Y qué piensas hacer al respecto? Te conozco lo suficiente como para saber que no te quedarás cruzado de brazos.
- No tengo ni puta idea, ahora mismo me tienen cogido por los huevos. Pero algo haré. Alguna manera encontraré, tenlo por seguro.
- ¿No crees que estás yendo un poco lejos con todo esto Johan? No es un jugueteo inocuo lo que estás haciendo... - Giró un par de veces los hielos de su vaso de bourbon a medio llenar y esperó a que se detuvieran del todo para beber un corto trago y continuar. – te estás jugando la vida.
- ¿Qué vida me voy a jugar, Dai? Yo no tengo ninguna vida ahora mismo. Pertenezco a ShinRa, vivo por ShinRa, mato por ShinRa y, más que probablemente, moriré por ShinRa. Si mañana el excelentísimo y divino Sargento Grey decide que tengo que despedazar a una docena de mendigos porque amenazan el orden social, no me quedará más remedio; si mañana la generala decide que hay que ir a por el Arma que se avista de vez en cuando bajo el mar uniformados con manguitos de piscina y gafas de buceo, tendré que hacerlo; si mañana a Rufus se le ocurre destruir el Meteorito a base de lanzar al espacio efectivos de SOLDADO en un tirachinas gigante para que se lo carguen a espadazos, yo seré el primero al que lancen... Yo no nací para esto, debí haberme quedado en PM. Ahí la vida era la misma mierda, pero al menos tenía la ilusión de poder jubilarme algún día.
- La verdad, no se que decirte. Los dos hemos sido adiestrados igual, Johan, y durante todo el tiempo que compartimos instrucción tuve claro que te gustaba este trabajo. ¿Es que los años te han vuelto cada vez mas agrio y cascarrabias?
- Tío, llamame idiota, pero cuando me apunté a las oposiciones para PM fue para... yo que sé, luchar por el bien, la justicia y la puta paz mundial, ¿sabes? Esos valores de Miss Universo me duraron hasta la tercera busca y captura de presuntos terroristas armados, ¿los recuerdas? Eran una familia activistas de GAIA, el grupo ecologista, que habían creado y repartido panfletos reclamando compensaciones económicas para las familias obreras cuyos padres, abuelos y maridos murieron durante la construcción de los reactores. Y digo murieron en el mejor de los casos; la sobreexposición al Mako les hizo verdaderas atrocidades. No volví a saber nada de ellos. Desde ese momento todo se convirtió en un trabajo, en un trabajo de mierda en el que me jugaba y ganaba la vida acabando con gente que, en la mayoría de los casos, era inocente. He arrestado, detenido o matado a muchísimas más personas que atentaban contra los intereses de Shinra que aquellas que realmente atentaban contra la ciudadanía. Años después, aquí me tienes. Soy la misma basura que antes solo que ahora resulto muchísimo más útil para la compañía que un simple PM.
- Sigue sin ser peor que otros trabajos. - La mirada de Daithi raramente se apartaba de los ojos de aquel con el que estaba hablando, ya que lo consideraba una falta de respeto, pero una voz metálica procedente del megáfono, que anunciaba el inicio de otro combate, distrajo su atención y sus retinas hacia la gigantesca jaula metálica que hacía a la vez de ring. - Además, no sé qué tiene que ver todo esto con que deje de gustarte el que ha sido tu antro favorito durante toda tu vida. ¿Qué será lo próximo? ¿Decir que el whiskey es veneno y que vas a dejarlo?
- Eso nunca, y lo sabes. - Johan sonrió levemente, apurando los restos de su vaso ante el recordatorio al que su amigo le había sometido. - Lo de que el foso me gusta cada vez menos tiene su lógica: Desde que Henton Jackson pasó a la liga privada, ya no puedo apostar sobre seguro; y yo odio perder. - Dijo a la vez que convertía en pedazos un boleto con el nombre del difunto luchador.




Los haces de luz en constante movimiento provocados por los faros del coche asustaron al par de gatos que rondaban el cubo de la basura, alejándolos de su propósito inicial durante el breve tiempo que este permaneció alumbrado. Como un fantasma solitario, el vehículo se desplazaba sin impedimento alguno sobre la placa por el extrarradio del sector 6. Midgar nunca dormía del todo, pero conforme más se alejaba uno del edificio ShinRa, el cual dominaba en altura y posición a toda la urbe, más tranquilos se volvían los barrios, siempre que se tratara de la placa superior, claro está.

El coche finalmente se detuvo ante un edificio cuyo conductor conocía bien: Un apartamento de nueve plantas situado prácticamente en el borde de la ciudad. El piloto, tras apagar el motor, abandonó el coche no sin antes recoger una bolsa de mano del maletero, la cual profirió un sonido metálico al asirse, evidenciando así su contenido. La puerta de la casa estaba abierta; “Él ya está aquí”, pensó mientras atravesaba la hilera de buzones tras el umbral, uno de los cuales observó fugazmente a modo de comprobación innecesaria.

El ascenso por las escaleras se le antojó más largo de lo que hubiera deseado. Nueve pisos son demasiados como para tener el ascensor estropeado, y la mala fortuna hacía que justo esa vez tuviera que subir hasta la azotea. Dedicó el tiempo que tardó en ascender el centenar y pico de escaleras en mantener la mente lo mas despejada posible; después de todo, la situación exigía mucha frialdad. Finalmente, se encontró ante la puerta que daba a la azotea. Durante medio minuto, reflexionó acerca de si lo mejor era dar media vuelta y no volver a saber del tema, o atravesar esa puerta y afrontarlo de una vez por todas, con el resultado que fuera. Al final pudo más la resolución de encarar el destino y, aferrando la bolsa con fuerza, abrió la puerta metálica.

Pese a estar preparado para ello, su corazón palpitó con fuerza cuando vio la figura frente a el. Estaba dándole la espalda, apoyado en el borde del muro de un metro de altura que delimitaba la azotea, separándola del vacío. Los mechones de su pelo caían sobre una chaqueta de traje azul marino, formando algunas ondas dentro de su rigurosa rectitud. Su pose era despreocupada, como resignada a que este momento debía llegar tarde o temprano. Sin embargo, lo que más acaparó la atención del hombre que acababa de atravesar la puerta fue la culata de la Aegis Cort que asomaba por el cinturón del hombre. Tras unos cuantos segundos de silencio, éste finalmente habló.

- Así que finalmente has decidido acudir... - Su voz denotaba cansancio, arrastraba las palabras como si cadú una requiriera de un gran esfuerzo para ser pronunciada.
- Sí. - Fue tajante. No podía demostrar debilidad, esto exigía una actitud totalmente rígida y tenaz.
- ¿Sabes que aun estás a tiempo de dar media vuelta y seguir con tu vida, no? Ya te echaste atrás una vez, no pasaría nada si volviese a suceder.
- Sí, pero no voy a hacerlo.

El sujeto se giró, mostrando su rostro. Unas gafas de aspecto frágil aumentaban considerablemente unos ojos grises que se clavaron en los suyos. Era bastante más joven que el y apenas había cambiado físicamente desde la última vez que se vieron, pero esa mirada, su actitud, sus palabras... evidenciaban un cambio exponencialmente mayor a nivel interno.

- Después de lo que va a suceder esta noche, no va a haber marcha atrás, piénsalo una última vez si quieres, Roy.
- Basta de tonterías, Érissen. - Su voz sonó gélida. La bolsa volvió a emitir el mismo sonido metálico cuando la abrió para empuñar su contenido. - Acabemos con esto de una vez.




Las patrullas nocturnas por las ruinas del sector 7 se habían convertido en rutina desde hacía ya varias semanas. Muchos SOLDADO enloquecidos habían hecho guarida ahí, según los informes del departamento de investigación, y lo cierto es que no podían haber escogido un sitio mejor. Con un sector enteramente urbanizado reducido a ruinas, debajo de cualquier cascote se escondía una trampilla que daba al antiguo sótano de algún bar, una escalera a la caldera de gas de cualquier domicilio o un hueco lo suficientemente amplio como para ser usado a modo de escondrijo. La labor era un auténtico coñazo, haciendo batidas en grupos pequeños a la luz de la luna y de Meteorito, levantando cada trozo de muro que se encontrara uno por delante durante horas y horas. Para colmo a Johan, después del interrogatorio de Turk, le habían encomendado el peor grupo que podía imaginar: el Sargento Grey y sus dos fieles lameculos, Christian Nimasso y Gabriel Brunetti; dos perfectos inútiles que no sabían ni por donde agarrar su espada, pero que se pegaban a su superior como si de dos granos en su rabadilla se trataran, lo cual parecía agradar sumamente al susodicho Sargento. Johan los consideraba basura y ellos hacían lo propio con él, especialmente desde que le partiera la nariz a Nimasso cuando éste intentó atacarle por la espalda, lo cual le acarreó la jornada extra de vigilancia en la que conoció a Eve.

-¡Nada por aquí, mi Sargento! - Exclamó el susodicho, con su nariz torcida oculta bajo el casco, orgullosísimo de no haber encontrado absolutamente nada.
-¡Sigan buscando, soldados! ¡Nuestros antiguos compañeros pueden estar en cualquier lugar! ¡Necesitamos acabar con su sufrimiento!

“Sí, sobre todo con el suyo”, pensó Johan con amargura. No entendía el extraordinario respeto con el que se pretendía eliminar a los SOLDADO que habían perdido el juicio. A los primera clase incluso se les celebraba funerales por todo lo alto, llamándoles “héroes de Midgar” y emitiéndolos por todas las cadenas oficiales de ShinRa. No quería ni imaginar lo que debía sentir alguien al ver que un psicópata con el seso fundido por el Mako había desmembrado a toda su familia para después ser vitoreado y tratado como un glorioso defensor de la ciudad. Levantó un pesado bloque de hormigón para encontrar lo que había sido algún tipo de mueble de madera, convertido ahora en un montón de astillas.

La patrulla estaba resultando tan sumamente aburrida y agotadora como siempre. Los brazos le dolían tras llevar horas y horas moviendo ruinas, y la compañía no hacía mucho más agradable la labor. Cuando las hacía junto a Daithi al menos tenía con quien conversar y resultaban mucho más amenas, ahora tenía que escuchar a ese par de inútiles alabando cada cinco minutos el ingenio del Sargento, el cual, en opinión de Johan, era similar al de algunos moluscos de Costa del Sol. Finalmente, encontró frente a él el límite del sector, lo que significaba que ya habían llegado al final de su batida. Suspiró con alivio.

- Bien, soldados, parece que no ha habido suerte. Volvamos al punto de partida, pero mantengan los ojos bien abiertos, alguno de ustedes podría haber olvidado comprobar algún sitio. – Dijo dedicándole una mirada sin ningún tipo de discreción.
-¡Usted siempre tan precavido, Sargento! - Exclamó Gabriel con un tono de admiración que hizo que Johan deseara que el Meteorito cayera inmediatamente sobre su sien.
- Son los años de experiencia, Brunetti - Su pecho se hinchó como si de un palomo antropomórfico se tratase. – ¡Andando! Yo me adelantaré para asegurarme de que el resto de grupos van llegando, no vaya a haber algún problema. ¡No dejen un solo hueco sin revisar! Y usted, Jeriel... - Volvió a mirarle, esta vez con un gesto amenazador. – Como me entere de que ha vuelto a demostrar una actitud rebelde con sus compañeros, me aseguraré de que sea encerrado en el calabozo, ¿entendido?
- Entendido, “Sargento”. - El tono irónico no fue captado por el susodicho, el cual giró sobre sus talones y se marchó a buen ritmo.

Los dos SOLDADO empezaron a charlar mientras volvían hacia el punto de partida acerca de sus más que seguras probabilidades de ascender a segunda clase de forma inmediata, despreocupándose totalmente de revisar los laterales del camino que habían seguido en la redada. Johan realizaba alguna comprobación de vez en cuando, absorto en sus propios pensamientos, ligeramente rezagado para escuchar lo menos posible al par de idiotas que tenía delante. Pensaba, para no variar, en Eve. Se le había ocurrido la posibilidad de pedirle a Daithi que le entregara un mensaje, el problema era que no sabía qué decirle exactamente. “Hola, soy el que te detuvo e hizo que te metieran en esta celda de la que dudosamente saldrás con vida. Quería saber qué tal estabas.” Con solo pensarlo le daban ganas de golpearse la cabeza contra alguno de los cascotes. ¿Cómo coño podía estar obsesionado con una mujer a la que había jodido la vida? La voz de Nimasso le arrancó de sus pensamientos.

- ¡Eh! ¡Vosotros! ¿Qué coño hacéis aquí?
- ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Sólo estábamos buscando! ¡AY!
- ¡No! ¡No! ¡Suelta a Tim! ¡Por favor!

Johan aceleró el paso, en dirección a los SOLDADO. Ese pedazo de hijo de puta había agarrado por el cuello de la camisa a un niño que no pasaría de los doce años, alzándolo a la altura de sus ojos mientras una niña aún menor lloraba cogiéndole del zapato.

- ¿Conque buscando, eh? ¿Se puede saber el qué? - Gabriel encontraba ciertamente divertida la situación, no les harían daño, por supuesto, pero podrían divertirse un rato tras un día de duro trabajo.
- ¡Su... su muñeca! - Dijo el infante mientras señalaba con un brazo tembloroso a la niña, la cual se trataba seguramente de su hermana. - Por aquí estaba nuestra casa. ¡Por favor suélteme!
- ¿Su muñeca? ¿Más de un año después del derrumbe del sector? ¿Pretendes que nos creamos eso?
- ¡Vinimos esta mañana y la perdí! ¡Venimos mucho a este sitio! ¡Por favor! ¡Por favor! - Las lágrimas de la niña manaban sin parar de sus ojos, mezcla de miedo y preocupación por su hermano.
- ¿Qué coño se supone que estás haciendo, Christian?

La sonrisa desapareció de la cara de los dos SOLDADO. Bajo los cascos Johan intuyó dos miradas de odio hacia su persona, sumadas al gesto de desprecio que se podía percibir en la parte sin cubrir del yelmo. Los niños lo miraron sin dejar de temblar, con el terror marcado en su rostro y lágrimas de desesperación.

- Vaya, ¿así que ahora me llamas por mi nombre, Jeriel? - La voz denotaba asco y rabia a partes iguales. – creía que por lo general te dirigías a mí por otro apodo.
- Nunca en horas de servicio, y esto no tiene nada que ver con eso. - Intentó no parecer amenazador, no mientras el crío siguiera colgando de la mano de ese imbécil. - ¿Qué ha hecho ese niño para que lo estés amenazando delante de su hermana?
- Verás Jeriel... - El idiota número dos tomó la palabra. Johan reconocía que no llegaba al nivel de idiotez de su compañero, pero eso seguía sin convertir su presencia en algo más deseable que una desagradable mancha de orín en la taza de un váter. – Chris y yo sólo nos preguntábamos qué hacían dos niños a estas horas de la noche en un lugar como este. - Exhibió la más falsa de las sonrisas mientras posaba su mano sobre la cabeza de la niña, paralizada por el terror, y le revolvía ligeramente el pelo. – Nos preocupábamos por su seguridad, bien sabes que esta zona no es precisamente segura... Espero que puedas entenderlo.
- ¿Y para “preocuparos por su seguridad” le tenéis que alzar del suelo de esa forma? ¿Por qué no les dejáis ir y tenemos la fiesta en paz? ¿O necesito informar a vuestro ídolo, el excelentísimo Sargento Grey, de lo que está ocurriendo? - Dijo mientras señalaba el walkie que colgaba de su cintura.

Se produjo un silencio tenso. Hasta la niña intentó contener sus sollozos lo máximo que pudo. Johan tuvo miedo por un momento de que el desgraciado que sostenía al chaval pudiera llegar a hacerle daño solo por el hecho de que eso le jodería. Tras unos cuantos segundos de tensión, Nimasso dejó al niño en el suelo y lo soltó. Éste cogió a su hermana de la mano inmediatamente y salió corriendo junto a ella hacia la entrada del sector, no sin antes dedicarle un sincero “gracias” con las pocas ganas que le quedaban de decir algo. Tras comprobar que tomaban la dirección correcta, y consciente de que los otros dos SOLDADO se habían quitado el casco y le miraban con desprecio, echó a andar hacia el lugar de encuentro, decidido a no darle al Sargento Grey la excusa que ansiaba para encerrarle.

- Vaya, ¿así que ahora quieres ser el nuevo superhéroe de los niños, Jeriel? - Dijo Nimasso con sorna.
- Vamos Chris, déjalo, no merece la pena.
- Eso, deja de tocar los cojones, anda. - Johan no quería entrar al juego, pero nunca le otorgaría la última palabra a alguno de esas dos babosas con los que compartía uniforme. – Te estabas pasando tres pueblos con el crío y punto. Dejémoslo estar.
- ¿Y desde cuando te importan los críos, eh? - No iba a dejarlo estar, ese imbécil sólo podía ver que el tipo que le había partido la nariz le había plantado cara, obligándole a hacer algo que no quería. - Si no haces otra cosa que no sea apostar, beber e irte de putas, lo sabe todo el escuadrón. Eres la vergüenza de SOLDADO, no sé cómo no te han echado ya...
- Porque hago lo que debo en lugar de aterrorizar críos para sentirme más realizado. - “Y porque puedo partirte la cara mientras hago las tres cosas a la vez”, pensó sin decirlo, para no llevar la discusión adonde no debía. - Ahora seguid hablando de vuestras putas cosas y dejadme en paz.
- Seguro que tú te sientes muy realizado haciéndote amiguito de esa chusma, te encuentras mejor entre iguales. - Escupió con desprecio al suelo, sonriendo después al ver que Johan se había parado. Gabriel soltó una risita ante el comentario de su amigo. – Reconócelo, Jeriel, llevas ese uniforme porque te tocó la lotería, pero no eres un SOLDADO de verdad, se nota en tus ojos, y en tu puta vida ascenderás a segunda.
- Mira, pedazo de mierda... - Johan se giró, caminando rápidamente hacia Nimasso, el cual no dio un paso atrás pero sí vaciló de forma casi imperceptible. Se puso frente a él antes de continuar hablando, a escasos veinte centímetros de su nariz torcida. Johan era ligeramente más alto, pero eso no pareció intimidar al SOLDADO. – Esa es la jodida diferencia entre tú y yo. A mi me la pelan vuestras putas conversaciones sobre cuándo ascenderéis a segundas y vuestros patéticos peloteos a Grey para ganaros su recomendación. Para mí esto es mi trabajo, ¿entiendes, escoria? - el otro no respondió, simplemente mantuvo la mirada y el gesto de estar oliendo mierda. - Llego, entreno, hago mi jornada, entreno otra vez y me piro a mi puta casa. Vosotros soñáis con llegar a ser héroes reconocidos de esta ciudad y a tener fuerza como para poder partir nueces a pestañazos, pero en el fondo no queréis ser SOLDADO, solo ansiáis el jodido título. Masacraríais a doscientos niños comos los de antes por una puta subida de rango.
- ¿Te crees mejor que nosotros? ¿Quién te da derecho a juz..?
- Me importáis una puta mierda, Maricomasso – La vena del cuello del susodicho comenzó a hincharse cuando éste escuchó su apodo. – Sólo espero el mismo trato de vosotros. Así que dejad de hincharme las gónadas y vámonos al punto de encuentro de una puta vez. Así, con suerte, en dos horas estaremos cada uno en nuestras respectivas casas y vosotros podréis pajearos pensando en el Sargento, ¿vale?
- Maldito hijo de puta...

Gabriel contuvo a su compañero, el cual ya se había llevado la mano a la empuñadura de la espada. Johan había traspasado el límite, y lo sabía, pero le importaba una mierda. Se dio media vuelta y caminó, cuidándose de estar atento a lo que decían esos dos imbéciles. Nimasso ya le había atacado por detrás una vez, y ahora llevaba un arma. Gabriel parecía poder contenerle diciéndole cosas como “es chusma” y “no merece la pena”. Todo podría haber acabado ahí, pero no, ese subnormal tuvo que abrir la boca una vez más, diciendo una de las pocas cosas que podrían haberle afectado realmente.

- Sí, tienes razón... - Jadeó ligeramente, conteniendo su enfado. – Además, no durará mucho: es carne de caza.

Johan se detuvo una vez más, pero esta vez no tenía una respuesta ingeniosa ni una réplica amenazante a punto de salir de sus labios, sino más bien pura bilis hecha palabras. No se giró, sólo intentó calmarse a la vez que escuchaba la risa amarga de Nimasso, al que Gabriel había chistado para que se callase, pero sin mucho éxito. Lo sabían, los dos, y tenía que saber cómo. Por suerte para él, el muy idiota siguió hablando.

- ¿Sorprendido, Jeriel? - Exhibía una sonrisa triunfal, como si finalmente hubiera atacado donde le dolía de verdad. – No todos tenemos una relación tan pésima con Turk como tú. En cuanto el Sargento Grey nos dijo que le ayudáramos a vigilarte de cerca en las patrullas y le informáramos de cualquier movimiento extraño le pregunté a un amigo mío del departamento administrativo. ¿Conque salvando niñitas, eh? - La risa se incrementó, resonando en gran parte del sector a la vez que Johan se giraba, con un gesto claramente hostil. Por primera vez no se encontraba con la indiferencia del SOLDADO ante sus palabras, y eso le hacía sentirse pletórico. - ¿Esperabas echar un polvo sin pagar por una vez en tu vida? ¡Qué ser más pateti...

La frase del SOLDADO acabó en un sonido gutural bastante desagradable. Su esófago acababa de ser atravesado por una espada reglamentaria como la que él mismo empuñaba. Había tratado de esquivarlo, pero se quedó en el intento, quedando su cuello seccionado casi en su totalidad. Con una última mirada a su asesino, se desplomó. Lo último que sus oídos escucharían jamás era la voz de Gabriel, la cual gritaba al Walkie-Talkie mientras este se echaba hacia atrás agarrando la espada.

- ¡NOS ATACAN! ¡NOS ATACAN! ¡Patrulla 1 solicita refuerzos! - Su cara reflejaba el shock, pero supo reaccionar al ataque del asesino de su compañero, el cual le lanzó un tajo horizontal que bloqueó con su arma por un pelo.

Johan corría en dirección al atacante, desenfundando su espada mientras echaba una mirada rápida al cadáver del SOLDADO que él mismo había pensado en asesinar de pura rabia; por lo visto se le adelantó el hombre que luchaba en estos momentos contra su otro compañero. Había salido de entre los escombros a una velocidad endemoniada, quizás suponiendo que habían descubierto su escondrijo al haberse quedado la patrulla delante de él tanto tiempo. Vestía un uniforme de segunda clase ajado y desgarrado, y su mirada reflejaba la locura del Mako. Su pelo, alborotado y cayéndole por todos los lados, se agitaba como si estuviera cabeceando en medio de un concierto de heavy metal cada vez que asestaba un golpe contra Gabriel, el cual se cubría como buenamente podía. Finalmente llegó hasta los dos, lanzando un golpe vertical al enloquecido rival, el cual supo apartarse a tiempo. Los encaró a los dos con una expresión facial que intimidaría a cualquier ser racional, lanzando enseguida un chorro de llamas que les obligó a echarse cada uno hacia un lado distinto para poder esquivarlo, separándose. Sin pensárselo dos veces, Johan tomó la iniciativa lanzándose el hechizo de prisa sobre sí mismo, igualando así la velocidad antinatural del segunda clase y abalanzándose sobre él. Los tajos se sucedían constantemente. El SOLDADO enajenado poseía una fuerza y una velocidad muy superior al racional, pero este poseía un cerebro que no se había fundido por la locura verde, lo que sumado a estar en superioridad numérica, le daba clara ventaja. Los ataques del segunda clase eran brutales y el cuerpo de Johan temblaba cada vez que tenía que bloquear uno, pero si seguía manteniendo este ritmo su rival no podría esquivar el ataque de Gabriel, el cual se estaba retrasando bastante, cabía decir. Tres segundos después, la ausencia de su compañero ya resultaba preocupante, y a los cinco se esperó lo peor.

- ¡¿Gabriel?! - Gritó mientras continuaba deteniendo golpes, los cuales cada vez se acercaban más a su piel sudada. - ¡GABRIEL! ¡¿Estás vivo maldita sea?!
- ¡Eso intento joder!

Se permitió mirar hacia atrás durante medio segundo para observar lo que atentaba contra la vida del SOLDADO. Un tercera clase con el uniforme en un estado similar al del rival de Johan había surgido del mismo refugio que él y luchaba fieramente contra su compañero. Se encontraba sólo, sólo contra un enemigo claramente superior a él en todo aspecto físico, de modo que ya podía encontrar una manera de acabar con él, y rápido, porque a ese paso no iba a poder aguantar hasta que llegaran los refuerzos. Los brazos, ya doloridos por la labor de búsqueda previa a la batalla, se le antojaban ahora dos extremidades agarrotadas que a cada golpe que bloqueaba sentía cada vez menos. El efecto de la materia se acabaría dentro de poco, y entonces dejaría de tener posibilidad alguna contra la velocidad del segunda clase, aunque este también mostraba algún signo de fatiga. Las espadas se entrechocaron una vez más, quedándose en el sitio. Un duelo de fuerza se produjo mientras los dos contrincantes se miraban fijamente y apretaban los dientes intentando ganar unos centímetros hacia la cara del rival. Sendas gemelas de acero empezaron a avanzar hacia él, a la vez que el enajenado adversario exhibía una sonrisa triunfal. Johan había forzado esta situación, sabía que sólo tenía una oportunidad, y la aprovechó.

Rotando sobre sus talones, Johan soltó la espada con su mano derecha, manteniéndola únicamente con la siniestra; esto provocó que su rival se abalanzara sobre él, o más bien donde antes estaba él. Consumiendo los últimos segundos de su hechizo de prisa, giró a una velocidad endiablada a la vez que sacaba un cuchillo de combate Cold Ratio de su funda en la parte trasera del pantalón y con un rápido movimiento cambiaba la posición de la empuñadura para asirlo con el filo hacia abajo. Utilizando el cuerpo como eje de giro, asestó una puñalada brutal todavía de espaldas en la nuca del segunda clase, el cual había continuado hacia adelante, sorprendido por el movimiento de su contrincante. Los 16 milímetros de hoja atravesaron piel, músculo, hueso y cervical superficial, acabando con la vida del enloquecido SOLDADO al instante, el cual mantuvo su expresión de sorpresa hasta que el suelo golpeó su frente, ocultando su rostro con su caída. Johan cayó al suelo, sentándose como buenamente pudo; estaba totalmente exhausto. Había gastado toda la energía vital que le quedaba en exprimir al máximo la materia prisa para poder hacer todos los movimientos a la velocidad necesaria, y ahora los brazos le colgaban, prácticamente inertes, demolidos por el esfuerzo.

- ¡Hijo de puta! ¡Vuelve aquí!

El otro SOLDADO enajenado, al ver a su compañero caer, había decidido poner pies en polvorosa y escabullirse en el laberinto de escombros que formaba el sector. Gabriel había intentado perseguirlo unos segundos, pero el otro era mucho más rápido y enseguida lo perdió de vista. Lanzó un grito de rabia destrozó un saliente de hormigón de un espadazo lleno de ira. Dejó la espada clavada ahí y se dirigió al cadáver de su amigo, el cual reposaba sobre un enorme charco de sangre; sus ojos, antaño con el brillo del Mako, parecían haberse apagado, quedando su mirada vacía de todo rastro de vida. Las lágrimas empezaron a agruparse en sus ojos, dejándose caer de rodillas ante el cuerpo de su compañero. Le cerró los párpados y contuvo el llanto, no así la ira, la cual desfogó en un grito.

- ¡Esto es por tu culpa! ¡Por tu puta culpa!
- ¿Pero qué coño dices? - Johan no daba crédito a lo que decía su compañero. Comprendía que la muerte de su amigo pudiera cabrearle sumamente, pero de ahí a acusarle...
- ¡Si no le hubieras provocado...! ¡Si no hubieras mantenido esa puta actitud de chulo de mierda y te hubieras callado la boca...! - La voz acongojada se tornó en desprecio y furia, encarando le con el rostro compungido. - ¡Él seguiría vivo!
- ¿Has perdido la jodida cabeza o qué? No se si te das cuenta de que esto – Dió una fuerte patada al cuerpo sin vida del segunda clase. – es el puto cadáver del loco que lo ha matado. ¿Y ves esto? - Sacó el cuchillo de su nuca, lo que produjo un ruido húmedo. – Es con lo que lo he matado. De nada, por cierto.

Se miraron fijamente, después Gabriel miró al cuerpo. Pareció calmarse, resignándose al hecho de que no podría vengarle de ningún modo. Su mirada se desvió al cuchillo que empuñaba el causante de su muerte.

- ¿Qué hacías con un arma no reglamentaria?
- ¿Has luchado alguna vez en callejones estrechos con ese armatoste que has dejado clavado ahí, Brunetti? - Tras pensárselo unos segundos, negó. Johan se subió la parte superior del uniforme, enseñando una cicatriz en el lateral. – Yo una vez, en mi primera semana como SOLDADO. Tres ladrones de poca monta me hicieron esto porque no era capaz de moverme con la espada. Ellos quedaron mucho peor, desde luego, pero desde entonces no voy a ninguna parte sin el cuchillo. ShinRa quiere a soldados con espadas grandes que digan “Somos la hostia de fuertes, molamos un huevo y tenemos la polla enorme”, pero yo prefiero sobrevivir, gracias.

Se formó un silencio entre los dos. Gabriel volvió a mirar el cadáver de su compañero, entonando una oración en voz baja. Johan quería hablar con él, pero consideró que era una falta de respeto interrumpir unas plegarias, de modo que registró el fiambre del segunda clase en busca de las materias y otras armas. Encontró fuego y golpe mortal, pero lo que más le sorprendió fue la muñeca de trapo que encontró dentro de su uniforme. Suspiró aliviado al pensar lo que hubiera ocurrido si no hubieran estado ahí para ahuyentar a los chavales. La columna de SOLDADO se empezó a divisar a unos 500 metros, tenía que darse prisa en hablar con su compañero, el cual ya había acabado de orar por su amigo.

- Gabriel, escucha, sé que te caigo como una mierda...
- ¡Qué va! ¡Con la de cosas bonitas que me dices!
- … pero necesito saber si eso que dijo Maric... digoooo Christian lo sabe alguien más en la unidad.
- A mi me lo contó en privado – se encogió de hombros – no creo que lo comentara con más gente, prácticamente solo hablaba conmigo.
- Ahá... - Suspiró aliviado, con que lo supieran los superiores ya resultaba un impedimento suficiente, necesitaba saber exactamente quién podía sospechar de sus actos para poder actuar algún día sin margen de error. - ¿Me harás el favor de no contárselo a nadie? Prometo dejar los insultos.
- Por mí como si te dan por el culo. No se a quién coño podría importarle que estés en el punto de mira.
- Gracias.

Johan se dejó caer en el suelo del todo, mirando el cielo estrellado que podía percibirse entre la zona de la placa del sector 6 y el 8. Sólo deseaba llegar a casa, quitarse su uniforme, tirarse en la cama y dormir; con un poco de suerte, soñaría con ella.





- Érissen, ¿me juras que todo es cierto? - La explicación acababa de concluir, y Roy apenas podía dar crédito a lo que había escuchado. Ni por asomo se esperaba algo así.
- Hasta el último detalle, llegados a este punto no tendría sentido ocultarte nada.
- La situación en la que está es... es un marrón muy grande.
- Es más que un marrón, Roy, es lo único que me queda en mi vida.
- Oh vamos, no digas eso. Tendrías que haber contactado antes conmigo; después de todo, soy tu hermano.

Una iluminación pálida y rojiza, producto de la mezcla de la luz desprendida por Meteorito con la del astro lunar, iluminaba la azotea. Los dos hermanos se hallaban apoyados contra el muro que la delimitaba, cada uno con una cerveza en la mano; dos latas vacías reposaban frente a ellos, y todavía quedaban un par más en la bolsa que había traído el mayor. Érissen suspiró ligeramente antes de reanudar la conversación. Llevaba mucho tiempo deseando dar este paso y le molestaba tener que perder todo el tiempo dando explicaciones, aunque comprendía perfectamente la necesidad de estas. Miró a los ojos de Roy, ligeramente más oscuros que los suyos, pues él poseía una vista perfecta, a diferencia del pronunciadísimo astigmatismo del hermano menor.

- No era tan sencillo. Mientras estuve chantajeado ellos me exigieron perder todo tipo de contacto con familia y amigos. Estaba sólo en esa empresa, y así fue como la afronté, mientras conservaba la esperanza de que al final todo saldría bien. - Dio un breve trago a la cerveza antes de continuar hablando. – Estaba ciego, ahora puedo verlo. Era obvio que jamás soltarían a Sarah con vida, quizás ni siquiera seguía viva mientras yo asesinaba una vez tras otra. Cuando finalmente caí en la cuenta de lo que había hecho en vano, ya habían pasado casi tres meses desde que Aang me rescató. Tenía miedo de hablar contigo, de contártelo todo y que supieras lo que había hecho. Pero sobre todo, tenía miedo de implicarte a ti y a tu familia en esto; y eso me sigue preocupando, Roy.
- No te preocupes por eso. Este piso es de Ernie, un antiguo compañero de trabajo y gran amigo mío. Le dije que iba a traer a mi hijo a observar la luna con su telescopio y él dejó la puerta abierta antes de irse a dormir. Tiene la suerte de vivir en una de las zonas más tranquilas de la ciudad. - Apuró el último sorbo de su lata, para después depositarla junto a las otras. - Nadie sabe que estamos aquí.
- Bueno... El caso es que no veía el momento de hablar contigo. Me repelía la idea de que no creyeras mi historia y pensaras que me había metido en un lío con las drogas o algo así, o que directamente no quisieras saber nada de mí después de tanto tiempo. Y de hecho, no me equivoqué mucho, no acudiste la primera vez que te lo pedí.
- ¿Tienes idea de cuánto tiempo quise saber algo sobre ti? No cogías mis llamadas, te habías cambiado de domicilio y en tu universidad sólo me dijeron que habías dimitido de tu puesto de becario sin excusa alguna. Cuando papá y mamá murieron en la caída del sector 7 ni siquiera acudiste al funeral o diste una sola señal. Y para colmo, meses después llega un señor a mi casa enseñándome fotos de un edificio totalmente carbonizado y un cuerpo en las mismas condiciones al que habían identificado como mi hermano el día anterior. ¿Qué creés que pensé cuando me encontré tu mensaje en el buzón? Sólo se me ocurrió que fuera una broma, pero ni siquiera sabía de quién. Sólo cuando vi tu foto la segunda vez que intentaste contactar conmigo creí realmente que podías seguir vivo.
- Siento no haber ido al funeral de nuestros padres... La noticia me llegó cuando aún seguía asesinando gente, y sólo podía pensar en Sarah. Acudir al entierro o ponerme en contacto contigo la hubiera puesto en peligro, y era incapaz de correr ese riesgo. ¿Acudió mucha gente?
- No demasiada, trajeron a la abuela desde Kalm pero la pobre ya no concibe la realidad bien. Creo que ni siquiera llegó a entender que era su hija la que estaba siendo enterrada.
- Vaya... - No sabía qué decir, todo lo que no tuviera que ver con la situación en la que estaba metido parecía haber ocurrido hace miles de años.
- Siento muchísimo lo de Sarah, Érissen – Roy cayó en la cuenta de que todavía no se lo había dicho, centrado en la incógnita de cómo él seguía vivo. – Era una chica fantástica, siempre tan amable y jovial. Amelia se llevaba de maravilla con ella, te aseguro que lo lamentará también.
- Gracias. - No le agradaba hablar del tema, pero era la primera vez que podía desahogarse con alguien, y no podría encontrar nadie con el que tuviera tanta confianza como con su hermano, de modo que se obligó a sacar las palabras que no había podido compartir aún. - La última noche que la vi, ¿sabes? Antes de que... de que se la llevaran. - La voz hizo un amago de quebrarse, pero continuó en su tono habitual. – al dormirnos juntos, abrazados... supe que me casaría con ella, supe que jamás podría amar a una mujer igual, que nunca valoraría a alguien tanto. Ella era el eje de mi vida, y me lo arrebataron, Roy. No tenía la culpa de nada; buscaban alguien que disparara y yo sabía hacerlo, pero ella no tenía nada que ver en todo esto.
- Y tú tampoco, Érissen. - Roy depositó la mano sobre el hombro de su hermano menor, apretándolo ligeramente. – A veces las cosas ocurren sin que nadie pueda hacer nada. Pero tú has conseguido otra oportunidad, no la desperdicies. Puedes irte a otra ciudad, donde no te encuentren, tienes el poder de reconstruir tu vida si quieres.
- Pero no quiero. No quiero irme, no quiero seguir huyendo agradeciendo que siga con vida, como si Sarah sólo hubiera sido eso para mí. ¡Sé lo que vas a decir! - Exclamó, cortando la replica de su hermano. – Sé que ella hubiese preferido que yo viviera feliz y siguiera con mi vida... pero no puedo, ni quiero, y algo en mí me dice que tampoco debo. Voy a encontrarles Roy, voy a descubrir quién son, qué hacen y qué querían conseguir, y después me voy a vengar. Me da igual si muero sin conseguirlo, lo único que lamentaré es no haber conseguido cargarme a más de los suyos por el camino. Me da igual lo que pienses, me da igual lo que opines o que me juzgues. Piensa lo que pasaría si te quitaran a Amelia y a Phelan, y hasta donde serías capaz de llegar por ellos; y piensa cómo reaccionarías si después de hacer todo por ellos descubrieras que te han utilizado y jamás fueras a volver a verlos. No es que no quiera seguir con una vida nueva, Roy, es que ésta es mi vida. Ellos me convirtieron en un asesino, y eso es lo que soy, y pienso actuar en consecuencia.

Roy miró a los ojos de su hermano, gemelos a los suyos salvo por la tonalidad, más apagada y fría. Vio una determinación incapaz de derribar con palabras, promesas o actos, y sintió una profunda lástima. Lástima por el hecho de que esa mirada, antaño tan inocente y llena de ilusión, fuera capaz de expresar ahora tanta ira, tanto odio, tanto dolor. Recordó sus infancias en Kalm, jugando a ser científicos que descubrían reveladores inventos hechos con piedras, madera y barro. Recordó cuando le ayudaba a estudiar su carrera, hallando en él una capacidad de aprendizaje que le hizo envidiar su talento. Recordó el día en que observó la imagen de lo que creía su cadáver, y la angustia que le envolvió sabiendo que, de toda la familia unida y feliz que habían sido, sólo quedaba él. Ahora contemplaba los ojos del hermano que hasta hace dos días había considerado fallecido, y en cierto modo, comprendió que algo en él sí que había muerto realmente; algo que no volvería jamás, por mucho que lo intentara. Se resignó a ello, aceptando el presente que tenía ante él de la única forma que podía hacerlo. Se metió la mano dentro de la camisa, sacando un sobre.

- Toma, aquí hay 5000 guiles. No es mucho, pero te dará para iniciar tu venganza, vendetta o como quieras llamarlo con algo más que esa pistola que tienes en el trasero.
- ¡Roy! No puedo aceptarlo... – Érissen se sorprendió. Esperaba un sermón de hermano mayor, una reprimenda, unas palabras de ánimo... cualquier cosa menos esto. – Tienes una familia a la que mantener, y sé que te has quedado sin trabajo.
- La razón por la que me he quedado sin trabajo es que acabamos un proyecto planeado para siete personas entre dos: Ernie y yo; y antes muertos que repetir esa hazaña. Nos han pagado muy bien y encontraré otro curro. Además, Amelia aporta mucho con su trabajo de profesora. No hay excusas, Érissen; cógelo.

- Érissen titubeó, cierto era que hasta ahora había vivido del escaso dinero de Aang y aún no había planeado como apañárselas para empezar su búsqueda. Esto le resolvería muchos problemas. Miró a su hermano, después miró el sobre, y finalmente cedió.

- Gracias Roy... de verdad. - Dijo mientras cogía el sobre, guardándolo dentro de su chaqueta. Él le sonrió, y Érissen cayó en la cuenta. - ¿Cómo es qué llevas 5000 guiles en efectivo en un sobre?
- Verás, en cuanto supe que realmente estabas vivo comprendí que sólo había una razón para querer contactar conmigo: necesitabas ayuda, y no tenías a nadie más. Era eso o te habías vuelto un psicópata fratricida, lo cual no creía, aunque he de reconocer que me acojoné bastante cuando vi la pistola. - Roy se rió ante la mirada atónita del otro. – Soy tu hermano mayor, Érissen, llevo toda la vida ayudándote y seguiré haciéndolo mientras me dejes. - Esta vez fue él quien cortó la réplica de su hermano - ¡No hay más que hablar! No es cuestión de lo que deba o no deba hacer, es cuestión de lo que quiero.

Ambos se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro. Érissen no tenía palabras para agradecer la actitud de su hermano, y ansiaba el día en el que pudiera devolver los favores, tanto a él como a Aang.

- Qué, ¿nos tomamos la última? Se van a calentar.
- Sí, genial.

Ambos se incorporaron, y mientras Roy iba en busca de las dos últimas cervezas, Érissen contempló las vistas desde la azotea. El edificio ShinRa se podía apreciar en toda su majestuosidad desde esa posición, dominando equidistantemente cada punto de la ciudad; era el constante recordatorio de a quién debía cada ciudadano de Midgar su luz, su comida, su casa... o la ausencia de ellas. Una enorme estructura de metal partía de la torre, e incluso desde el extremo de la ciudad se podía contemplar el colosal cañón que reposaba en el suelo, ya ensamblado y listo para ser colocado en su sitio próximamente. Un arma colosal, que Érissen suponía que se utilizaría como última esperanza para detener la gigantesca mole de roca y llamas que parecía dispuesta a impactar contra el mundo que conocía. Observó a Meteorito y se descubrió a si mismo sin inquietudes, sin miedo. No eran sólo palabras; le daba igual morir, le daba igual si ese gigantesco astro arrasaba todo Midgar. Le daba igual todo mientras él pudiera cobrarse su venganza. Una gota de lluvia cayó sobre su frente mientras continuaba observando el rojo caos, y no pudo evitar pensar en voz alta a la vez que su hermano le pasaba la última lata.

- Se avecina una tormenta...