domingo, 5 de julio de 2009

180.

- Dioses, Yief… Ahh… Estás tan… Fogoso… Ah, ah, aahh.

Lucille seguía retorciéndose sobre las sábanas. Estaba excitada, demasiado para haberse recuperado hace tan poco, y seguía disfrutando después de cinco minutos de descanso. Por su parte, Yief no le había dado tregua, y tras unos intensos momentos abrazados juntos, besándose como si no existiera nada más, habían comenzado a desnudarse salvajemente, ejecutando un sensual vals que hacía rato había dejado agotadas las reservas de preservativos que él había bajado a comprar.

- Vuelve a la cama, nene – Lucille rogó arrastrándose sobre las sedas que habían caído de su cuerpo, dejando al descubierto sus redondos y grandes pechos. Cada vez que movía una pierna, se apreciaba el vello púbico oscuro y rizado vislumbrando entre sus caderas anchas, que remarcaban en su piel; sus muslos estaban enrojecidos por el contacto con las manos firmes del norteño, que tan agresivamente la había tomado tantas veces – Quiero que repitas eso de los cinco seguidos, mañana bajo a por pastillas a la farmacia.

- Tengo que irme, pequeña – se abrochó la camisa y, mientras se ponía el gorro de lana, bajó hasta besar los labios de su novia, apenas un ligero roce, pero que ella aprovechó para quitarle el gorro de la cabeza y ponérselo sobre la suya, adoptando una postura juguetona de coqueteo que consistía en sentarse con las piernas abiertas y las plantas de los pies juntas mientras se mordisqueaba el dedo índice de la mano derecha, mientras con la zurda bordeaba el erecto pezón del pecho siniestro. Yief no se lo pensó, y con su mano derecha agarró la nuca de la mujer para arrastrarla hasta sus labios, empujando su lengua dentro de su boca y lamiendo la otra lengua, mientras con la mano izquierda fue recorriendo el camino que iba desde sus senos y pasaba por su ombligo hasta el bosque de negros rizos, donde su mano se internó en la húmeda oquedad hasta acariciar el clítoris. Cuando separó sus labios de los de ella, se llevó el dedo corazón a la lengua y, chupándolo, puso una cara pícara y pronunció: Volveré, te lo prometo.

Cerró la puerta, y casi al instante volvió a entrar, con semblante aún más serio.

- Por cierto, vístete. Es posible que se pasen por aquí dos tipos vestidos de negro que digan que van a protegerte y que vienen de mi parte; deberías hacer una maleta con lo imprescindible. Cuando esto acabe, te prometo que volveremos aquí y follaremos hasta el Día del Juicio.

- Yief, me estás asustan… - su novio cerró la puerta, sin darle tiempo a acabar - …do.

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Hacía frío. Había mucho viento, que esquivaba los edificios y recorría las calles de la zona superior de la ciudad como un alma en pena que aullaba en las solitarias noches. Yief se encogió dentro de su abrigo, aún recordando el calor que había sentido cuando apoyó su cabeza entre los pechos de Lucille. Aunque su mente también recordaba hechos anteriores, hechos que había desencadenado la milagrosa recuperación de Lucille.

--

- Puedo daros información. Puedo daros lo que queréis, pero a cambio quiero una serie de favores.

- Usted dirá, señor Vanisstroff – la voz era áspera, casi artificial.

- En primer lugar, protección. Para mí y para Lucille, mientras se lleva a cabo la operación. No quiero someterla a ningún riesgo.

- Bien. Puede estar seguro de que Lucille estará segura mientras usted nos lleva hasta Tombside.

--

Había pactado con Turk. Había traicionado al hombre más buscado de la ciudad. Había entregado al hombre que le golpeó y maltrató. Había dado a las autoridades a una persona que le ayudaba, que confiaba en él y le sacaba de apuros. Había traicionado, entregado, dado a las autoridades, a un amigo.

Y había protegido a Lucille.

No necesitaba nada más.

Lucille era, en ese momento, todo para él: su mundo, su universo, su alfa y su omega. Era su reina, su diosa desnuda de enormes pechos y tierno coño que esperaba sobre la cama a que él volviera a follarla cinco veces seguidas. ¿Era eso amor? Yief no había conseguido una vida fácil, y sus desvaríos relacionados con las drogas, el dormir en la calle, las brutales palizas que su padre le había propinado tanto a él como a su hermano, la muerte de su amigo de la infancia… Si en algo de eso había amor, entonces Blackhole era la prostituta más ninfómana y juvenil que existía sobre la faz de Gaia.

Olía a humedad y salitre, como si los vientos marítimos se hubieran desplazado kilómetros para recompensar a Yief por lo que iba a hacer. Recompensar, o quizás castigar. La única vez que Yief había podido ver el mar fue cuando aún vivían en el área de Iciclos, en Modeoheim, y los grandes bloques de hielo blanco tapaban el inmenso azul, que destacaba en el horizonte como una línea fina de contorno en un dibujo de paisaje invernal. Ni siquiera pudo verlo durante el viaje en barco, pues el inmenso mareo le impedía moverse de su camarote; era eso o vomitar hasta quedarse completamente seco, echando bilis, saliva, sangre, ácidos y cualquier otro líquido que existiera en su cuerpo: si se hubiera movido, estaba convencido de que se pondría a cagar por la boca. No pudo ver el océano, y cuando desembarcaron lo hicieron en un coche de cristales tintados de asientos muy amplios. Su posición en el centro del mullido sillón le impedía moverse, bajo la severa mirada de un padre más preocupado por ascender en una empresa para la que ni tan siquiera trabajaba en ese momento que en querer a su hijo. Pero no todo en ese viaje fue castigo: Björn iba a su izquierda, y él sí que podía ver el mar, quizás como recompensa por los sucesos que el futuro le iba a deparar.

Sacudió la cabeza, y aspiró el gélido aire salado. Era probable que esa fuera la última vez que respirase un aire tan limpio, antes de coger el tren que bajaba a los suburbios. Los hombres de negro habían rechazado la posibilidad de capturarle bajo cielo abierto, en un lugar tan importante como eran los sectores superiores. “Si debe hacerse, que sea donde menos daño se cause. Que mueran las ratas, no las personas.”

El aire del vagón era salado, pero diferente: estaba viciado, cargado de sudor y caliente, tan espeso que uno podía cortarlo. Cada paso que Yief daba sobre sus zapatos negros se clavaba en el suelo, como si de losas de cemento y hierro oscurecido se tratasen. Se sentó en un asiento de plástico amarillento a medio romper y hundió las manos en la cabeza; ni se dio cuenta de que no se realizó ningún control de seguridad. No se podía creer que estuviera a punto de entregar al hombre más buscado. Los recuerdos volvían otra vez a la mente.

--

- ¿Cuál es su nombre?

- Yief – vaciló – Yief Vanisstroff.

- ¿Profesión?

- Ninguna. Perdí mi trabajo hace mucho tiempo.

- Bueno, si nos ofreces algo interesante podemos solucionarlo – esta vez habló una mujer, pero no podía ver su cara, pues una cortina de sombras le tapaba los ojos. Antes de entrar, le habían lanzado un hechizo de ceguera, como “medida de seguridad”.

- Puedo daros información. Puedo daros lo que queréis, pero a cambio quiero una serie de favores.

- Usted dirá, señor Vanisstroff – la voz era áspera, casi artificial.

- En primer lugar, protección. Para mí y para Lucille, mientras se lleva a cabo la operación. No quiero someterla a ningún riesgo.

- Bien. . Puede estar seguro de que Lucille estará segura mientras usted nos lleva hasta Tombside.

- También yo quiero información. Algo… No, todo lo relacionado con cierta persona.

- Cuando cumplas tu parte del trato, tendrás en tu buzón el dossier completo de dicha persona sí podemos dártelo. Ya nos dirás de quién se trata.

- Y por último… Me gustaría que se me liberase de cargos por lo que me vi obligado a hacer para Tombside. Tuve que espiar a una chica que trabajaba para ustedes –aunque no podía ver, Yief notó cierto movimiento por encima de la mesa – y me vi obligado a ocultar unos cadáveres en una obra, junto a un tipo que trabajaba con él. Un tal Carl Loco o algo así.

- ¿Carl Loc O’toole?

--

Hacía dos semanas que había confabulado con los turcos, y hacía una y media los periódicos habían desvelado una operación que se había llevado a cabo y había desvelado un verdadero cementerio dentro de una construcción paralizada. Diez cadáveres enterrados entre hormigón y arena, y Yief conocía bien a uno de ellos. Jack. Wolt Dawson.

El sector 6 parecía desierto, en comparación con el bullicio de gente que se agolpaba en las chabolas y se peleaba por conseguir un mendrugo de pan duro. La grava se movía cuando pisaba, y no corría nada de viento. Se respiraba suciedad. Los grises edificios a duras penas podían mantenerse en pie, y sin embargo se erguían orgullosos, arrogantes ante lo que Yief estaba a punto de hacer, pero a la vez derrumbados por la misma acción del norteño.

Enfrente, le esperaba su objetivo, y el terror le invadió cuando rememoró de nuevo el contrato con los oscuros.

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- ¿Cuál es su nombre?

- Yief – vaciló – Yief Vanisstroff.

- ¿Profesión?

- Ninguna. Perdí mi trabajo hace mucho tiempo.

- Bueno, si nos ofreces algo interesante podemos solucionarlo – esta vez habló una mujer, pero no podía ver su cara, pues una cortina de sombras le tapaba los ojos. Antes de entrar, le habían lanzado un hechizo de ceguera, como “medida de seguridad”.

- Puedo daros información. Puedo daros lo que queréis, pero a cambio quiero una serie de favores.

- Usted dirá, señor Vanisstroff – la voz era áspera, casi artificial.

- En primer lugar, protección. Para mí y para Lucille, mientras se lleva a cabo la operación. No quiero someterla a ningún riesgo.

- Bien. . Puede estar seguro de que Lucille estará segura mientras usted nos lleva hasta Tombside.

- También yo quiero información. Algo… No, todo lo relacionado con cierta persona.

- Cuando cumplas tu parte del trato, tendrás en tu buzón el dossier completo de dicha persona sí podemos dártelo. Ya nos dirás de quién se trata.

- Y por último… Me gustaría que se me liberase de cargos por lo que me vi obligado a hacer para Tombside. Tuve que espiar a una chica que trabajaba para ustedes –aunque no podía ver, Yief notó cierto movimiento por encima de la mesa – y me vi obligado a ocultar unos cadáveres en una obra, junto a un tipo que trabajaba con él. Un tal Carl Loco o algo así.

- ¿Carl Loc O’toole?

- Sí, ése mismo. Alto, pelo castaño en media melena y barba, arrugas, y mascarilla blanca – había ganado algo más de seguridad en sí mismo, pero pronto se vio otra vez convertido en un manojo de nervios.

- O’toole murió hace meses, en un incendio. Encontramos su cadáver apuñalado y carbonizado en un local que regentaba.

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- Yief – el tono de Tombside no era tan amistoso como otras veces, como si el frío que el nombrado sentía se hubiera introducido por los poros del asesino – Tenemos que hablar. Demos una vuelta y tomemos algo.

- No – el hombre, vestido de vagabundo, se negó firmemente, como nunca se había atrevido a hacer frente a aquel tipo – Hablaremos aquí, no pienso moverme.

- ¿Te ocurre algo? Te noto frío y cambiado, como si fuésemos… enemigos.

- No, no ocurre nada – mintió Yief – Bueno, sí que ocurre. Lucille ya ha despertado. Sigue en el hospital, pero parece que se recuperará en breve.

- Me alegro – Frank también mentía, se podía ver en sus ojos esmeraldas – Pero creo que no es eso lo que te preocupa, si no me equivoco. Dime, Yief Vanisstroff, - el aludido le miró fijamente a las pupilas felinas - , ¿Recuerdas cómo nos conocimos?

- No podría olvidarlo.

--

La bola amarilla se resbaló de sus manos y cayó en el bolsillo del pantalón, algo le había asustado. Esa mentalidad, esa barahúnda de bizarros pensamientos…Sólo podían ser de una persona. Alzó la cabeza y le vio.

-Tú…

No podía creerlo. Estaba frente al archiconocido Frank Tombside. Blooder. El hombre de los asesinatos sangrientos. El hijo de puta que se cargó a tantos turcos el día en que planearon encerrarle y huyó para contarlo. Si alguien no había oído hablar de él en la ciudad, sin duda debía ser ciego, sordo y gilipollas.

Si aquellos pensamientos no pertenecían al mencionado, entonces Yief podía ser perfectamente una bailarina erótica. Volvió a insistir, y le llamó de nuevo.

- Eh, tú. ¡Tú, el del abrigo rojo! – el aludido se giró, con cara de perro con malas pulgas. Sin duda, no esperaba que nadie le molestase, pero allí estaba: un tipo molestándole.

- ¿Qué coño quieres, tullidito? – se notaba, tanto por voz como por palabras, que obviamente el norteño no había hablado con la mejor persona.

- Hola. Verás, querría que me ayudaras con un tipo – Yief mostró una amplia sonrisa, tanto como le permitieron los calmantes.

- ¿Qué te has pensado, que soy el que limpia la basura, o tu niñera? Largo de aquí si no quieres salir con el culo ardiendo como un reactor de Mako.

- Pensé que podría pagarte… - se acercó al tipo de la gabardina roja, y le susurró con picardía – Verás, sé que eres Frank Tombside, que planeas un nuevo golpe y que tienes cerca una de tus bases de operaciones.

Lo siguiente que Yief recordó, fue aquella mezcla de vómito con gusanos morados que resultaban de mezclar fideos enlatados y vino de cartón de marca desconocida.

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No podía olvidarlo.

- Sí, lo recuerdo. Fui muy estúpido al llamarte de aquella manera, pero quería cargarme a Blackhole de una vez por todas –Yief sonrió, aunque fue una risa breve y sin ganas – Lo bueno, es que conocerte me quitó la idea de que yo podía ser Tombside.

- ¿Creías que eras yo? ¿Tú? – Frank parecía a punto de reírse de Yief.

- ¡Eh!, tú no sabes lo que es despertarte y verte manchado de sangre, recordando haber matado a la mujer a la que amabas.

- Bueno, así exactamente, con esas palabras… Pues no.

- A lo que iba. El caso es que, cuando te conocí, empecé a pensar que tú y yo pudimos habernos cruzado antes de nuestro “primer” encuentro. Cuando mataste a Szieska.

Yief parecía esperar una respuesta del asesino, quien solamente encogió los hombros.

- ¿No recuerdas a Szieska? – Yief no sabía que pensar, casi estaba a punto de pegarle un puñetazo.

- No llevo una lista de las personas con las que trabajo. Y menos me acuerdo de unos nombres que raramente tengo el gusto de preguntar. Además, podría no haber sido yo el Tombside que se cargó a tu querida.

- No sé… - Yief comenzaba a dudar, tanto de sí mismo como del asesino.

- Además, - puntualizó – no creo que nadie te hubiera dejado vivir habiendo presenciado eso. Yo al menos no te hubiera dejado, bastante con que se me escapase uno.

- Eso significa… - Yief temblaba, temeroso de decirlo.

- Sí. Tú mataste a Szieska.

Yief estaba a punto de vomitar. Tenía la vista borrosa, como si todo diera vueltas y a la vez hubieran encendido todas las luces. Respiraba bocanadas de aire, apoyado contra sus rodillas. Respiró profundamente, e intentó relajarse. “Yief, vamos, ya barajaste esa posibilidad” se dijo a sí mismo. Cuando por fin recobró la compostura, se sentía aún indispuesto para hablar, así que Frank se adelantó y lo hizo él:

- Yief. Hay algo que quiero que sepas – el tono era aún más serio y oscuro – No he sido completamente sincero contigo, al igual que sé que tú no lo has sido conmigo.

- Qu… ¿Qué quieres decir? – casi le costaba hablar, reprimiendo una arcada.

- ¿Recuerdas cuando te interrogué? – su compañero asintió – Bien. Cuando te hice preguntas, me fijé en que tenías una mano metida en el bolsillo. Acertabas todas las preguntas, y por eso te paralicé. Después, cuando fuimos a casa de la chica… Verás, estaba espiándote con una cámara.

- ¡Por eso sabías lo que había ocurrido, sin haber estado allí! – Yief no había caído en ello hasta ese momento, y todo el mareo se fue de golpe. Aquella conversación estaba tomando un cariz que no le gustaba nada.

- Sí. Te he observado, Yief. ¿Puedes recordar qué dijiste cuando te hice la última pregunta? – clavó en el sus ojos verdes.

- Sí: que podía serte útil con mi habilidad.

- Bueno, pues seguía pensando en la chica de la heladería. Estaba intentando que leyeras que ella era mi novia. Así que, llegados a este punto… ¿Por qué no me das esa materia que guardas con tanto recelo y acabamos rápido con esto?

Yief hubiera echado a correr, si no hubiera sido por el disparo que se clavó en su hombro. En esos momentos, las sirenas de cinco coches patrullas comenzaron alocadamente a sonar, y una ráfaga de disparos de ametralladora comenzó a levantar la grava del suelo. Poco parecía importar a Turk que su gancho estuviese allí: quizás pensasen, maquinó Yief, que si él desaparecía se ahorraban su parte del trato.

Sin pensárselo dos veces, Tombside agarró a Yief por el abrigo y lo lanzó contra una ruinosa puerta de madera de un edificio cercano, ayudado por la materia de Golpe Mortal. Voló unos cuantos metros, al tiempo que veía como una bala se acercaba peligrosamente al lugar donde estaba la cabeza del asesino. Como si la trayectoria se hubiese ralentizado repentinamente, vio la estela de la bala, al tiempo que su espalda quebraba la astillada madera. Cayó dentro, entre trozos carcomidos, y entonces se desmayó, sin darse cuenta de que en su bolsillo había una pequeña caja que antes no estaba.

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La bala avanzaba despacio, y Frank podía verla en el aire, suspendida en una trayectoria entre la que se encontraba su frente. La bala estaba detenida, inmóvil, y el asesino la miraba fijamente. Debía correr ahora que había dejado a salvo, o lo había intentado, a su compañero el vagabundo, antes de que el efecto del Muro se desvaneciese ante tal tiroteo. Lo suyo no eran las armas de fuego, sino las armas cuerpo a cuerpo, y eso era lo único que en ese momento tenía a mano. Echó a correr por una calle contigua mientras sacaba su cuchillo táctico, en cuyo mango habían colocado un refuerzo de hierro para los nudillos. Todas las calles parecían cortadas, incluso los callejones más pequeños tenían algún agente de SOLDADO o Turk acechando. Un piroclasto chocó contra la parte superior de su barrera, debilitándola considerablemente. Caminaba casi a ciegas, sin saber a dónde ir, cercado en un mar de magias, calibres, e incluso parecía que alguien estaba arrojando piedras desde alguna azotea.

Se dirigió a un callejón sin salida, donde un grupo de tres personas disparaba con un enorme BLG P-60 y dos MF 22. Perfecto, pensó, pues si había sólo tres personas y eran simples PMs la cosa no se complicaría tanto como podría haberse complicado si hubiera algún SOLDADO. Con un rápido movimiento, clavó la hoja en el cuello de uno, destrozó el casco de otro con un Golpe Mortal, y quemó al último, que corrió en llamas inútilmente hasta caer a la entrada del callejón, prendiendo un montón de basura que había.

La pared del fondo era alta pero quebradiza, y la materia hizo el resto del trabajo. Una lluvia de polvo y escombros cayó sobre su cabeza, protegida bajo los brazos. El abrigo negro ahora era de un tono gris lavado, e incluso el pelo había adquirido una tonalidad canosa.

Tenía que llegar al coche. Detrás de él había cerca de cincuenta personas, entre operativos de Turk y SOLDADOS; y a eso había que sumar refuerzos y los coches patrulla que había rondando las calles. El balance se había saldado con tres muertos por el momento, y parecía que habría muchos más si no conseguía dar esquinazo a la marabunta que le seguía.

Una furgoneta se lanzó a la carrera, hasta igualar su velocidad, y la puerta lateral se movió, desvelando a un hombre y una mujer en su interior. La mujer hablaba a través de un micrófono, mientras el hombre grababa con una cámara apoyada al hombro. Reporteros.

Y le enfocaban directamente a la cara.

Frank hizo acopio de sus energías, y lanzó una bola de fuego dentro de la furgoneta, rezando para que no estuvieran emitiendo en directo. La explosión le lanzó volando tres metros, y le chamuscó parte de la ropa. La bola de fuego rodante que era el vehículo continuaba rodando, e iba perdiendo trozos de metal ardiente por el camino, y parecía no frenar su avance en la recta calle, la más larga del sector. A la derecha desde su posición, Tombside pudo ver una pequeña plazoleta desde la que adentrarse en una maraña de calles donde evadirse. Estaba casi seguro de que habían cerrado todas las salidas del sector 6, pero de seguro no habían taponado los escombros que reinaban en el antiguo sector 7.

La marea de azules se agolpaba a través del destrozo de la pared, como hormigas celestes que afloraban de la boca de su madriguera en busca de un alimento prohibido de tan peligroso que era, pero cuya sabor era una recompensa demasiado dulce como para negarse a salir en su búsqueda para alimentar a la gran reina, que era la corporación energética ShinRa. Las ráfagas de disparos no cesaban, y a medida que los invertebrados azules se acababan, algunos negros comenzaron a salir; eran las hormigas aladas, los guerreros del enjambre. Y junto a la metralla, llovió fuego y azuzaron los truenos, y se unieron las hormigas de cinco cabezas y terribles garras venenosas: SOLDADO.

No dejaban de hostigarle con metal, fuego y roca. Tombside estaba casi acorralado, y no tenía más opción que adentrarse en la pequeña plaza de su derecha. Pero antes debía detener a la manada de depredadores que le seguía. Concentró las energías en la materia Sismo, y levantó una pequeña barrera en la carretera, que no detendría por mucho tiempo a tanta gente, pero sin duda les retrasaría e impediría usar los coches patrulla en ese sentido, teniendo que dar un gran rodeo a través de múltiples calles de cerradas curvas.

Dobló la esquina, se ocultó en un pequeño recodo que hacía un pequeño contrafuerte que sujetaba un edificio que estaba a punto de caerse. Justo en ese momento, algo impactó justo a su lado.

miércoles, 1 de julio de 2009

179.

Alexandre Da Silva se sentó en el sofá de su casa y colocó una pequeña bolsa de plástico en la baja mesa de cristal, con varias revistas y diversos mandos a distancia.

Cogió uno fino de color gris y encendió el reproductor de música que reposaba en la estantería más cercana, de tres alturas.

Comenzó a sonar una pieza de cuatro violines y dos contrabajos en allegro.

En su sofá de cuero sintético color crema, parecía mirar extrañado la bolsa de plástico, como si fuese algo ajeno a él. La cogió con el índice y el pulgar y resopló.

-Será cabrón. Lo ha vuelto a hacer.

Pero lo que estaba hecho, no se podía deshacer. Así que se rascó la nuca y dejó la bolsita llena de tabaco de liar en su posición inicial.

Un cabrón con suerte se decía a si mismo a menudo, por lo menos en parte. Sus excéntricas obras de arte se vendían por cuantiosas sumas de menudo y siempre a los cuatro ricachones que adoraban su estilo.

Eso le había otorgado cierta fama, chicas y un piso en las “siempre a cielo abierto” calles del sector 6. Tampoco se lo tenía creído, pero exprimía al máximo los privilegios que le otorgaba ser adinerado.

Con un gran suspiro que rebosaba vagancia, se levantó y subió tres escaleras de madera que separaban el salón del estudio; botes de pintura, multitud de tarros con pinceles de la mejor calidad y varios lienzos, unos a medias y otros tapados con grandes telas manchadas de pintura.

Sentía un agotamiento mortal y no entendía por qué( o tal vez sí) A sus trenita y tres años poseía un cuerpo atlético pero no hacía nada por mantenerlo. Ver mucha televisión, asistir a fiestas y comer todo tipo de exquisiteces…Pintar cuadros no es que quemase muchas calorías. Y aún así siempre mantenía el tipo.

Un mentón firme soportaba el peso de una trenza hecha con su perilla, diez centímetros de pelo rizado que acababa en dos pequeñas gomas, una verde y otra roja; el resto de su mandíbula permanecía siempre afeitada con meticulosidad. Un golpe con la bicicleta de pequeño le había desviado ligeramente el tabique nasal y ahora se le marcaba más en la parte izquierda. Otra fina coleta trenzada le salía de la nuca y llegaba a la altura del esternón. El resto de la cabeza, rapada al cero, iba la mayor parte del tiempo cubierto de un gorro de lana verde, a juego con sus ojos de un verde cenizo.

-Poco tiempo, poco tiempo-gruñó retirando la tela de un lienzo de 100x70, cosa que le puso de más mala hostia todavía-¡Joder! Otra vez me has pintado parte del cuadro. ¿Es que yo nunca tengo autoridad en esta casa?

Siempre le hacían lo mismo, incluso un día probó a esconder una pequeña obra en A3 bajo su cama y a la mañana siguiente alguien había dibujado parte de un paisaje marino.

Exasperado, cogió el lienzo y se dirigió al caballete para descubrir un post-it en la pata más larga.

“Utiliza más colores mamón, que no tienes ni idea.”

Arrancó el papel amarillento y lo hizo trizas en un segundo. Estaba hasta los cojones de que le dijesen lo que tenía que hacer. ¡Se supone que el artista era él!

De su interior parecieron rugir las fauces de un bégimo al darse cuenta de que aquella nota anónima tenía razón.

Llamaron a la puerta con tres golpes en la robusta madera, suaves pero precipitados.

-Hoy va a ser un día muy largo- pensó mientras se dirigía a recibir a quien fuese. Si era alguien vendiendo libros de dietas milagrosas o “ adoremos al meteorito” le estamparía la puerta en las narices con placer.

Cuando fue a agarrar el pomo, el sonido de una llave introduciéndose en el cerrojo le dejó confuso

-¿Lucille?-preguntó alzando una ceja al ver a su vecina-¿Cuándo te di yo una llave de mi casa?

-La última vez que tus cuadros se incendiaron misteriosamente. Me la diste por si estabas en alguna fiesta y volvía a pasar- Alexandre se encogió de hombros- Da igual.

-¿Y tú dónde has estado? No te veo desde hace dos semanas por lo menos.

-Ya tomaremos un café y nos ponemos al día- Alexandre se dio cuenta de que sólo iba vestida con un albornoz azul- ¿Tienes condones?

El artista abrió los ojos como platos y se quedó indefenso ante tal pregunta. Instantes después el cabreo que arrastraba le formuló una respuesta inteligente.

-¡Si no tengo tiempo ni para follar!

-Vale señor vecino pintor borde- se quejó ella pensando en otro asunto que la esperaba dos pisos más arriba, en forma de novio, impaciente y empalmado- tendré que bajar a la farmacia antes de que a Yief se le corte el rollo.

-¿Con que Yief eh?- dijo él con sorna. Pero las puertas del ascensor ya se estaban cerrando- Siento no tener lo que buscas.

Volvió a su trabajo con una pequeña sonrisa dibujada en los labios y observó el cuadro durante unos minutos. Sobre un fondo púrpura la imagen en escorzo de un hombre se las ingeniaba para salir de un agujero. El espectador veía la escena desde algún punto sobre él, pero también era capaz de mirar su rostro. No parecía haber agujero alguno dibujado, sino que simplemente en algún momento el lienzo engullía las piernas del sujeto. Eran colores vivos y saturados allí y allá, pero la cara del atrapado tenía una mueca macabra. Con una mano se hundía el dedo anular en el ojo izquierdo y con la otra daba más expresividad al mudo grito que emitía su amplia boca.

Comenzó a hacer diversas mezclas en una pequeña paleta, siempre sacando colores saturados. Con una brocha hizo rápidos trazos alrededor de la cintura con un azul intenso, como si estuviese ahogándose en un río. Sin esperar a que se sacase, volvió a repetir el proceso una y otra vez con otros colores. Con un rojo borgoña bastante aguado hizo fugaces salpicaduras y dejó que varias gotas cayesen en vertical sobre la tela. Después vino el amarillo con manchas asemejándose a hierba y terminó con pequeños matices de naranja y un par de contornos blancos. Ahora daba la impresión de que aquél hombre en plano aberrante escapaba de una tumba compuesta de infinidad de colores.

De fondo sonaba un terceto de viento cuando llamaron de nuevo al timbre. Una voz al otro lado de la puerta anunció que traía algo.

-Paquete para el señor Lambb Schnapps.

-Se ha equivoc…-El artista se quedó en blanco unos segundos, se miró las manos y dejó los pinceles en un tarro con agua-Enseguida voy.

Se lavó las manos de manera rápida y abrió la puerta. Frente a él, un hombre con un uniforme caqui de una empresa de reparto esperaba impaciente con una caja de cartón en sus manos. Era igual de alto que de ancho y sudaba hasta debajo de su gran mostacho.

-Ya era hora, llevo toda la semana esperándolo-dijo Alexandre cogiendo la caja.

Al repartidor se le hincharon los carillos pero se contuvo en el último momento, ofreciéndole una carpeta para que firmara.

-Firme aquí, el pago se hará por transferencia bancaria.

-Pienso comprobar si me habéis cobrado de más-era una broma pero el repartidor bufó y casi incrustó el botón del ascensor.

-Jodidos bohemios, que gilipollas son todos- se oía mientras el ascensor descendía hasta la planta baja.

Alexandre(o Lambb según figuraba en la caja) llevó el paquete hasta la mesita de cristal y lo abrió como un niño abre los regalos de su cumpleaños. Antes de retirar todo el papel de embalaje cogió el mando a distancia de la música y cambió a un grupo punk con acento de Wutai.

-Cuantas veces le tendré que decir que no me gusta la música clásica.

Sacó todo el papel arrugado de la caja y contempló lo que le aguardaba en su interior: Un juego de dos Archer&Grossman de cañón largo en perfecto estado dispuestas a ser cargadas y probadas.

Cerró los dedos en torno a una de ellas e imitó el cargado del tambor. Los contrapesos a lo largo del cañón la hacían perfectamente equilibrada y el triple cierre funcionaba a las mil maravillas. Se notaba el paso de los años en el metal, pero su eficiencia se mantenía como el primer día: El tambor giraba con fluidez, la espuela del percutor retrocedía sin dificultad.

-Menuda joya-dijo en voz alta. Además, en el estrecho tramo metálico entre el gatillo y el tambor había dos ranuras de materia.- ¿Qué es este botón?

Ciertamente, en la parte más baja de la empuñadora había un botón de plástico del tamaño de una lenteja. Lo apretó y acto seguido bajó una cuchilla por una finísima línea hecha en la culata. El pintor se quedó mudo de admiración.

-Este tal Samuel G. Almond es un auténtico genio-dijo leyendo la tarjeta de visita que el creador de las pistolas había colado dentro de la caja-¡Una cuchilla en la culata! Esto se merece un descanso.

Abrió la bolsa llena de tabaco de liar y se sacó del bolsillo del pantalón el papel para fumárselo. Por lo visto sólo fumaba eso, porque poseía una habilidad pasmosa para liar cigarros; se pasaba el tabaco de una mano a otra y cuando te querías dar cuenta ya estaba sellando el papel con saliva.

Antes de prenderlo con el mechero, cogió un bolígrafo y dibujó un monigote a lo largo del papel.

-Bang! Bang!-decía riéndose tumbado en el sofá mientras fumaba y se acariciaba la perilla. Pronto se quedó dormido.

-Tíos, tíos.

Los aludidos se dieron media vuelta y vieron a Samuel con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Qué pasa ahora?-dijo Lazarus con voz cansada. Lo único que quería después de salir de la morgue era tomarse una caña en una buena terraza.

-¿Os acordáis de esas pistolas que os enseñé cuando éramos pequeños en mi casa?-Axel se encogió de hombros-Sí joder, esas que mi padre heredó del suyo-Esta vez Lazarus asintió, pero tampoco sabía de qué hablaba-¡Pues preparaos para una noche de alcohol y putas porque las he vendido por un porrón de dinero!

Llamaron al timbre de nuevo. Estaba siendo un día bastante concurrido.

El pintor despertó de un psicodélico sueño de tumbas arco iris y abrió los ojos un par de veces.

-¿Quién es?-dijo con voz ronca pero potente, para que el visitante lo oyera.

-Busco a un hombre.

-Pues depende de a quién busques…-dijo aún sin levantarse del sofá-Yo vivo sólo.

-A mí me habían dicho que sois dos.

Eso si que le desconcertó. Metió la bolsa de tabaco bajo un cojín y se acercó a la puerta.

-¿De qué me conoce?-todavía no estaba dispuesto a abrir la puerta, pero acercó sigilosamente un ojo a la mirilla; era una mujer- ¿Sabe en qué trabajo?

-He oído cosas buenas de su arte. Que usted pinta cuadros-Alexandre suspiró, pero fue demasiado pronto para dejar de desconfiar-Y que en sus tiempos libres hace ciertos trabajos.

-Pues yo soy el artista, no el que hace “ciertos trabajos”.

-No se enfade y ábrame la puerta-dije ella con tono sugerente-Se que ahora mismo es usted Alexandre Da Silva.

Para ser una jodida desconocida ya sabía más que su madre. La única manera de aclarar el tema era hablar con aquella mujer.

-Gracias-dijo atravesando el umbral sin dirigirle la mirada y sentándose en el sofá de cuero.

La mirilla de la puerta le había dado una visión distorsionada y totalmente distinta de ella. Tal vez fuesen de la misma edad, tirando más hacia los veinte que hacia los treinta.

Una melena de color castaño recogida con un pañuelo de seda roja le dejaba al aire una nuca esbelta y pálida. Sus ojos abundaban en pestañas, pero aún así llevaba rimel para acentuarlo más y resaltar unos iris del color del océano. Una nariz pequeña y ligeramente empolvada y unos labios con un pequeño aro de titanio a la izquierda.

De vestir llevaba una vaporosa blusa blanca acompañada de un largo collar de ligeras piezas de madera y azabache y unas medias negras en las piernas. Sus pasos sonaban mudos por la fina suela de las manoletinas que calzaba.

-¿Y tú eres?-preguntó apoyando las manos en el respaldo del sofá.

-Tu novia-dijo ella explotando una pompa de su chicle-Siéntate anda, y te lo explicaré.

Él obedeció totalmente intrigado “No me importaría que fuese mi novia” pensó.

-Yo salgo con Lambb y el otro día me contó vuestro pequeño secreto. Tenía ganas de conocer al que me roba a mi chico varias horas al día.

-Espera un momento-dijo él con tono seco y cortante.

Alexandre se acercó a una pila donde limpiaba los pinceles y las paletas y se lavó la cara un par de veces; luego sacó un bote de pastillas de un cajón bajo el grifo y se tomó una.

Volvió a sentarse junto a ella.

-Para los dolores de cabeza ¿Verdad?-preguntó ella señalando el cajón de las pastillas- Lambb me dijo que os tomáis como seis al día.

-Joder, ¿Pero hace cuánto que estáis saliendo?

-Dos meses. Lo que pasa es que nunca has coincidido conmigo. ¿Cómo decís que se llama lo que os pasa?

-Trastorno de identidad disociativo-las palabras le salían solas. Le habían acompañado desde los catorce años.

-Debe ser jodido-Alexandre no sabía si lo decía para quedar bien o si de verdad estaba preocupada por él. Por él o por Lambb.

-Mucho, pero es lo que me da de comer.

-¿A qué te refieres?- esta vez su pregunta cambió de tono y parecía más entusiasmada por saber la respuesta.

-Lambb siempre acaba mis cuadros-Alexandre suspiró- Me revienta que lo haga, pero si no fuese por él no vendería ni uno. ¿Sabes a qué se dedica él? Hostias, si no me has dicho cómo te llamas.

A ella se le escapó una carcajada.

-Iris Bank.

-Iris…Me gusta. Por eso has dicho antes lo de “ciertos trabajos” ¿Sabes quien de los dos es el que cuida y perfecciona sus armas?

A la joven le costó pillarlo, pero de nuevo se rió, esta vez de perplejidad.

-¿El pistolero pinta y el pintor dispara?

-Algo así.

Esta vez los dos rieron hasta que el sonido quedo ahogado por el silencio de la casa. Sólo se escuchaba un ligero rasgueo en el reproductor de música que indicaba que el disco había acabado.

-Eres majo-continuó ella mirándole a los ojos-Sois algo distintos, tal vez seas más tímido, pero me has caído muy bien. Se me hace demasiado extraño hablar ahora contigo y luego follar contigo también, aunque seas otro.

-¿Pero tú y Lambb…?

-así de veces-a la mente de Alexandre vino un día en el que otro post-it colgaba de una brocha con el mensaje de “Yo que tú no cogería eso”- Y tómatelo como un cumplido porque Lambb es un hacha.

-Será hijo de puta-murmuró sin que Iris le oyese-Yo llevo casi tres meses sin follar.

-¿Decías?

-No, nada-En la perversa mente del artista ya pasaba la idea de hacerse pasar por Lambb algún día. No, yo no soy así.

-Entonces no es esquizofrenia ni nada de eso?

-No tiene nada que ver. La esquizofrenia distorsiona la realidad y la confunde. Nosotros tenemos plena conciencia de lo que hacemos, sólo que unas veces es Lambb y otras yo.

-Como si fueseis dos personas en un cuerpo.

-Exacto. Pero uno no se acuerda de lo que ha hecho el otro, es una especie de amnesia.

-Lambb tiene un truco. Dice que cuando le entra sueño es que vas a aparecer tú.

-Gracias, lo tendré en cuenta.

Los dos se quedaron en silencio. Iris contemplaba los lienzos destapados alzando el cuello por encima del sofá y Alexandre pellizcaba el cuero sin saber qué decir. En un momento dado, ella advirtió la caja de cartón.

-¿Qué es eso?

-Pues si te digo la verdad, lo habrá traído Lambb, porque yo me he despertado ahora.

Iris se levantó y hundió la mano en la caja, sacando una de las Archer&Grossman.

-Vaaaya, parecen piezas de museo.

Alexandre quería ver lo que había dentro, pero ella se había puesto delante, de tal manera que le tapaba la vista. Sin embargo no se quejó, sino que se quedó sin aliento.

La blusa, con cierta transparencia, era sugerente, dejaba ver un sujetador de líneas horizontales de varios colores. Hasta ahí bien, ya era bastante sugerente, pero las medias que llevaba podían verse acabar por encima de la mitad del muslo y a no ser que llevase un tanga tan apretado que se le hubiese metido por el culo, no llevaba nada ahí abajo.

Fue entonces cuando ella se sentó en el hueco que hacían las piernas de Alexandre en el sofá y giró el cuello.

-¿Son buenas?-dijo ella enseñándole la pistola.

-E-eso… Parece-tartamudeó notando que la sangre bajaba a otro sitio.

Ella se levantó de nuevo y buscó entre el papel de embalaje.

-Oh, si hay otra- y se sentó de nuevo frente a él, más cerca que antes.

La blusa rozó el bulto que se estaba formando en la bragueta del artista e Iris, de espaldas a él, alzó el cuello sabiendo lo que había tocado. No dio ningún gritito ni giró el cuerpo para darle una bofetada o algo similar, sino que dejó las pistolas en su embalaje y se quitó el pañuelo de la cabeza.

-¡Qué cojones, a esto no se lo puede llamar cuernos!

Alexandre llevaba razón, no llevaba bragas. A una velocidad vertiginosa le bajó la cremallera y le quitó los pantalones de un tirón, para subirse la blusa y cabalgar en él durante una hora hora.

-¡La hostia! Eres mejor aún que Lambb.

Ahora estaban sobre un bajo taburete, dentro del laberinto de lienzos y caballetes, donde se había llevado a cabo la escena final. Seguían los dos desnudos, Iris sentada de lado sobre los muslos de él. La ventana estaba abierta y Alexandre ahora disfrutaba con el frío aire de la calle que rozaba su cuerpo sudado.

-¿Se lo vas a decir?

-Ya veré…-dijo con un risa aguda.

-Pues si lo que me has dicho es verdad, prepárate, porque estoy molido.

Tampoco hizo falta mucho tiempo para comprobarlo. Cuando en un momento se frotó los ojos para secarse el sudor, volvió a abrirlos y dio un grito.

Los primeros instantes se asustó e Iris, aún sentada sobre él, no sabía qué decir. Entonces Lambb comenzó a reírse de manera descontrolada hasta que ella se levantó y el cayó al suelo entarimado desternillándose.

-Jaja, puto Alex, poco a poco va aprendiendo de mí-Miró a Iris, desnuda y con cierto miedo en el cuerpo-Ven aquí preciosa, esperó que el cabrón haya estado a la altura de las circunstancias.

La chica corrió hacia él y ambos se besaron como sólo lo saben hacer dos enamorados.

-¿Esto cuenta como triángulo amoroso?-bromeó yendo a por su bolsa de tabaco escondida. Lió uno y escribió en él “Por el cabrón de mi alter ego”. Iris había recogido su ropa y se estaba vistiendo.

Sonó el teléfono.

A esa casa sólo se llamaba cuando alguien necesitaba los servicios del pistolero y eso le cabreó a Lambb.

-¿Sí? Si, soy yo. De ocho mil no bajo. De acuerdo. Sector 3. Sí, envíame una foto al PHS.

Colgó y segundos después su PHS, junto a los mandos a distancia, recibió un mensaje.

-¿Trabajo?

-Así es canija-le dijo el en tono cariñoso. Por otra parte estaba excitado, iba a usar por primera vez las nuevas pistolas. Dos fundas a cada lado de la cadera, un par de esferas brillantes y su gorro de lana, no necesitaba más- Y espérame despierta porque el próximo polvo te lo echaré yo.

Y allí se quedó Iris, en el silencio de una casa que no era la suya, esperando a que su novio volviese de arriesgar su vida y le echase un polvo.

Calles del sector 3 por la noche. No debía ser un trabajo difícil, simplemente que el dueño de un restaurante se negaba a pagar los tres meses atrasados a una mafia. Eran pocos e inexpertos, por eso no se atrevían a hacerlo ellos y contrataron los servicios del pistolero. Esta vez no era necesario matar, con una bala en cada rodilla le dijeron que valdría.

Su moto esperaba en una calle paralela a la del restaurante y atajaría por el callejón correspondiente si algo salía mal, pero cada vez que intentaba acercarse a la puerta trasera del restaurante había algún camarero tirando basura o echándose un cigarro.

Entre que le estaba entrando sueño y quería acabar cuanto antes para volver a casa, decidió coger la manera rápida. Noquear a un camarero, cogerle la ropa y colarse en la pequeña habitación en la que llevaba las cuentas el dueño. Se adentró en una zona oscura y sacó las pequeñas esferas brillantes como esmeraldas. Una en cada pistola, materia mutis.

No le dio tiempo, o mejor dicho no hizo falta.

Una ráfaga anónima barrió la calle y atravesó la carne de más de un individuo. El pistolero se parapetó en la esquina del callejón. A él no le engañaban, eso era munición de rifle y seguramente de algún duelo. Había oído hablar de ellos, pero nunca le había interesado ese mundillo.

Una de esas balas acabó en la cabeza del dueño, que salió para ver que pasaba.

El tirador anónimo dejó de disparar y el restaurante

Lambb se encogió de hombros.

-Diré que le maté yo-pero le jodía que muriese gente que estuviese fuera del contrato- Ahora vámonos a follar.