lunes, 12 de enero de 2009

152.

El ambiente en el Edificio Shin-Ra era tenso esa mañana: el hallazgo del turco apaleado en las escaleras de servicio había conmocionado a los trabajadores: desde la encargada de la limpieza que había encontrado su cuerpo moribundo a los altos mandos de varios departamentos. “Es como si le hubiera atropellado un Rey Bégimo” declaraba la mujer, respaldada por los gestos de asentimiento de los pocos que habían visto el desconfigurado cuerpo de Creedan Dravo.
A medida que transcurrían los minutos la expectación y susto iniciales se habían convertido en un sentimiento de confrontación y sospecha palpable. Habían empezado a correr rumores sobre el posible agresor: algunos aventuraban que era una bestia desarrollada por el Departamento Científico que se había escapado; otros, más lógicos, señalaban a los propios miembros de Turk.
Mordekai Jacobi, que a penas había podido dormir unas pocas horas esa noche, estaba de un humor de perros. No sólo le habían interrumpido una exquisita cena de sociedad en la que esperaba sorprender a una señorita que recordaba a las vedettes de hacía unas cuantas décadas, sino que ahora debía hacerse cargo de dos investigaciones que podían acabar en un juicio interno.
Perfecto, simplemente perfecto. Maldita manera de empezar un día. No tardó mucho en recibir sobre su mesa el primer informe médico sobre el estado de Dravo: un abanico de huesos rotos o que directamente habían desaparecido, contusiones salvajes, los pulmones perforados y la columna prácticamente pulverizada. El maldito niñato parecía haber querido echar un pulso contra una apisonadora, con las dañinas consecuencias que esto conlleva.
Sabía que esto era una vendetta por la velada de la noche anterior, lo que no sabía era por parte de quién. Varios rostros se dibujaron en su mente, aunque para su disgusto debió desecharlos, las evidencias no apuntaban a un hombre cualquiera.




El mundo parecía difuminarse en las alturas del piso 67 del Edificio Shin-Ra, hogar del Departamento Científico.
Pocas veces un SOLDADO tenía la oportunidad de encontrarse en los pisos superiores de la estructura, y una de esas pocas veces era el momento en que uno se convertía en SOLDADO propiamente dicho.
De no hallarse en estado de excepción las pruebas para el tratamiento con Mako serían mucho más estrictas y rigurosas. Los científicos debían asegurarse de que los miembros no saldrían perjudicados de ninguna manera, después de todo el Mako era una sustancia potencialmente peligrosa: demasiada exposición podría resultar en un estado vegetal permanente, o incluso la muerte. Por lo general se descartaban la gran mayoría de candidatos y sólo uno de cada diez SOLDADO manifestaba alguna reacción adversa, generalmente leve, aunque suficiente para no permitirle ascender. En cambio, en esta época de crisis el Departamento de Seguridad Pública insistió en engrosar las filas de su comando de élite fuera como fuera, así que muchos candidatos que en circunstancias normales hubieran sido rechazados estaban siendo sometidos ahora al tratamiento.
El 1ª Clase Deemer Arsen esperaba en el pasillo. El del hermano menor de su mejor amigo era uno de los escuadrones escogidos para convertirse en la nueva élite. En ausencia de Ike, que debía acudir primero a una cita con el psicólogo de la unidad y luego a una sesión de rehabilitación, él se encargaría de estar allí para ver al joven Ainsley Lebven convertido en SOLDADO. En realidad ya había solicitado tenerlo a su cargo, era lo menos que podía hacer.
Un matiz de inmerecida culpa por lo que le había sucedido Ike en Junon le hizo jurarse que cuidaría del novato como si fuera su propio hermano.
- No tienes buena cara – saludó el moreno de extraña cresta en cuanto salió del ascensor.
Dee le miró y su, hasta hacía unos segundos, cara de póker se desvaneció. Dos hoyuelos se formaron en sus mejillas al sonreír, así como varias arruguillas en las comisuras de los ojos.
- ¿Quieres otra dosis de Mako, Alban?
- No gracias, después de la jaqueca que tuve la primera vez prefiero no seguir dándole al vicio – bromeó, acercándose a el otro hombre y apoyándose contra una ventana.
- Eso es normal, es como si te hubieras sacado cinco diplomaturas en dos días El cerebrín se te queda hecho mierda de pavo.
El 2ª Clase sonrió ante la comparación. Se volvió hacia la ventana para contemplar cómo la gélida bruma envolvía la placa superior.
- Me han dicho que ya no estaremos en el mismo equipo – encaró nuevamente al veterano, no había reproche en sus palabras, después de todo los cambios de miembros eran frecuentes.
- Quiero hacerme cargo del crío –señaló la puerta del laboratorio con la cabeza.
- ¿El hermano de Lebven?
Arsen asintió.
- No está preparado para ser SOLDADO, no creo que ni lo estuviera para ser PM, así que al menos espero poder hacerle las cosas más fáciles.
- Esto no está bien – Alban se apoyó en el alfeizar interior, algo molesto- Están preparando a esos chicos para ser carne de cañón, seguro que algunos ni saldrán de ese laboratorio sobre sus propios pies.
Deemer permaneció con los brazos cruzados sobre su pecho. Aunque compartía opinión con su joven colega sabía cómo funcionaban las cosas en Shin-Ra, después de todo llevaba muchos años trabajando para ellos. Era inútil ser un idealista. Alban era joven y aún creía en valores íntegros e incorruptibles. Aunque con el tiempo aprendería, o eso esperaba, que sus ideales no se ajustaban a la realidad que exigía su mundo.





Estaba cansado. Respirar le agrietaba la garganta. Perlas de sudor rodaban sobre su enrojecida frente y caían al impoluto suelo blanco. Le dolían todas las articulaciones. Los músculos se entumecían si permanecía más de un segundo quieto, y sin embargo moverse le parecía un esfuerzo sobrehumano.
El cansancio, la rabia, la impotencia y la frustración le llenaban los ojos de lágrimas, que ardían pero no caían. Los nudillos estaban pelados, hinchados y ensangrentados. Probablemente tuviera uno o varios dedos de los pies rotos. Las palmas le quemaban, la piel parecía cuero sin curtir, empezaba a despellejarse a causa del intenso calor del rayo.
Lanzó una mirada furiosa al hombre que se hallaban unos metros más allá, él también estaba algo magullado y sin embargo mantenía un porte digno y sólido.
- No sirves para nada – escupió con su grave y rasposa voz, los oscuros ojos se entrecerraron con desprecio – Niñato de mierda, eres escoria.
Un buen luchador nunca dejaba que las palabras afectasen a su estado de ánimo ni a su determinación. Un buen luchador mantenía la calma y estudiaba a su adversario. Un buen luchador nunca iba de frente contra alguien superior a él en altura y peso… Pero él no era un buen luchador. Él no conocía la calma ni la medida. Él era salvaje como un lobo acorralado e impredecible como un relámpago.
Se abalanzó contra las piernas de la mole que se postraba frente a él, esquivando malamente una patada que le rozó las costillas. Lanzó un fuerte puñetazo a la rodilla de la pierna que aún estaba en alto y una patada baja al tobillo de la que se afianzaba firmemente en el suelo; no logró derribarlo pero sí romper su centro de gravedad, haciendo trastabillar al siniestro hombre y aprovechando esos escasos segundos de baja guardia para acometer una segunda embestida. Invocó al rayo una vez más, que reventó con su calor las ampollas de las palmas mas un fuerte golpe en la mandíbula interrumpió el conjuro y lanzó al chico a un lado.
El hombre vio a su adversario rodar en el suelo, manchando su pálida camiseta de sangre. Se incorporó ligeramente para escupir otra poca.
- No sólo no sirves para nada sino que encima eres idiota – aunque sus palabras y su actitud estaban impregnadas de un inconmensurable desprecio, el leve temblor en su rodilla le recordaba que si alguien como él estaba aquí era por algo, y que el niñato de mierda no era tan inútil como se emperraba en hacérselo saber – Con esa estrategia de gatito enfadado no vas a llegar a ninguna parte.
Avanzó unos pasos. La respiración jadeante y la postura encorvada del chico le decían que no podía más y un ataque sorpresa ahora parecía del todo descartado. Aún así se acercaba con precaución, ya se conocía aquel truco tan común de hacerse el muerto –abatido en este caso- para luego lanzar un último ataque.
- Ya es suficiente por hoy – dijo una voz distorsionada por un comunicador – Nº2, vuelve.
El chico se levantó, no sin esfuerzo, dejando un camino de gotas de sangre allí por donde pisaba. Alcanzó la puerta metálica que hasta un momento había estado sellada y ahora se abría al pasar bajo el escáner de luz azul. Se paró en el umbral y se volvió para lanzar una última mirada a la mole que aún permanecía en el centro de la sala, ahora visiblemente más relajado. Éste le devolvió la misma mirada, teñida por el orgullo y el desdén.
- Espero que volvamos jugar otro día – dijo con retintín.
A penas vio la navaja que silbó a su lado y cortó su oreja izquierda, chocando finalmente contra el fondo de la sala blanca y marcando un punto rojo de sangre en la pared. Se volvió para verla, atónito, el chico no llevaba armas, no lo tenía permitido, en cambio él se permitía el lujo de llevar unas cuantas hojas escondidas por si las cosas se ponían demasiado feas.
- Zorro hijo de puta… como te atrape…





Habían transcurrido sólo un par de horas desde el descubrimiento del accidente en las escaleras de servicio y se habían abierto varios hilos de investigación: la Unidad 3 de Turk, que estaba bajo el mando inmediato de Tseng, o en su ausencia de Heidegger mismo, se encargaría de investigar a los propios miembros de Turk, una medida que Mordekai Jacobi aprobaba sólo a medias: por un lado se lavaría las manos si alguno de sus odiados veteranos resultaba estar en el ajo, por otro sus niños predilectos también podrían ser expedientados por mala conducta… y ese era el mal menor.
Ordenó a varias de las unidades a su mando investigar e interrogar a los testigos del “incidente” en la Tower of Arrogance, incluyendo al servicio y a la propietaria.
Él mismo se encargaría del 3º hilo aunque no por gusto, pero sabía que Seguridad no dejaría a nadie más investigar otro departamento bajo esas circunstancias, aún menos a su departamento más valorado.




La luz de la puerta mecánica cambió de rojo a azul, anunciando que la seguridad había sido levantada y por tanto, que el tratamiento de Mako había finalizado.
Uno a uno los nuevos SOLDADO salieron del laboratorio, prácticamente como si hubieran sido lobotomizados. Sólo seis de los diez chicos que habían entrado salieron, el resto permanecieron bajo observación por “reacciones adversas” al tratamiento.
Ainsley Lebven, ahora SOLDADO de 3ª, salió el penúltimo, aturdido. La plateada y difusa luz del corredor fue suficiente para levantarle un terrible dolor de cabeza.
- Ley – le llamó una voz conocida- Ley, ¿te encuentras bien? – la pregunta parecía absurda teniendo en cuenta que uno no se encontraba bien después de ese tratamiento, pero a lo que el tipo se refería era un “¿Sigues siendo persona?”
El novato volvió sus ojos de recién adquirido brillo espectral hacia su interlocutor, caminaba tambaleándose, casi como si hubiera estado una semana en el festival de la cerveza de Kalm.
- Dee…
- Sí chico, estamos aquí – Deemer lanzó una mirada de soslayo a Alban, que se acercó visiblemente preocupado, aunque el veterano sonreía ligeramente.
- Ser SOLDADO es horrible… es la peor resaca de mi vida.
Dee rió y Alban se relajó, si podía permitirse el lujo de bromear con la situación entonces no era nada grave.
- ¿Tendría yo esta pinta cuando salí del tratamiento? – preguntó el 2ª Clase, casi de forma retórica.
- Tú y todos – rió Arsen- Pero esto no lo enseñan en los videos promocionales para unirse a SOLDADO.

El piso 49 se encontraba prácticamente abarrotado de chicos tambaleantes. Varios 3ª Clase con más experiencia y algunos de 2ª se encontraban allí para aconsejar y dar apoyo moral a sus nuevos compañeros. El único de 1ª en este momento era Deemer Arsen, que sabía que pronto el director del departamento vendría y daría lo que venía siendo su típico discurso de bienvenida, luego los chicos podrían tomarse el día libre y empezar a recomponer sus cerebros… los próximos días serían especialmente duros para ellos ya que comprobarían como sus nuevos conocimientos adquiridos potenciaban cada una de sus habilidades… y probablemente los accidentes se sucederían uno tras otro.
Alban contemplaba a esos chavales, no mucho más jóvenes, quizá incluso de su misma edad, vagar de un lado a otro. Algunos empezaban a salir de ese estado atorado mientras que otros parecían sombras de lo que pudieron haber sido. Seguramente muchos habían elegido la carrera militar para financiar sus estudios y no esperaban jamás ser aceptados como miembros aptos para el grupo de élite.
Se sentía en cierta medida culpable por sentir aversión a esos nuevos compañeros, pensaba que era demasiado soberbio no considerarlos suficientemente buenos o preparados sin conocerlos, pero sabía que no era culpa de ellos si no de Shin-Ra, que los había lanzado a esta peligrosa carrera sin haberlos entrenado correctamente.
El PHP vibró en el bolsillo de su pantalón, por su duración y frecuencia debía ser un mensaje. Al levantar la tapa pudo leer “Director” en el remite.


El puesto de Director de SOLDADO era prácticamente el de una marioneta. Desde hacía tiempo era el propio Heidegger, el cabeza del Departamento de Seguridad Pública, quien se ocupaba de dirigir a la unidad de élite, aunque relegaba varias de sus funciones al veterano Yuri Kischner, que había combatido en Wutai y Corel y quien ahora debía comerse el marrón que se le venía encima y tenía forma de Jefe en funciones de Turk.
Alban se encontró con la puerta del despacho abierto de par en par. Su sorpresa creció cuando encontró allí a Alma Farish, Gwendal Storm y Roberto Pino, exactamente los las mismas personas que habían sido convocadas durante la noche para solventar los disturbios en la Tower of Arrogance.
De pie, junto al escritorio circular, cerca de donde se encontraba sentado el director Kischner estaba aquel chupatintas pretencioso que respondía al nombre de Mordekai Jacobi, acompañado de tres de sus chicos, los tres bien altos y fuertes. No servían para impresionar a ninguno de los presentes pero sí para infundir una falsa sensación de seguridad al líder.
- Aquí los tiene, Mordekai – dijo el director, sin demasiada delicadeza. Se sentía insultado tan sólo por la idea de una mínima sospecha contra su grupo.
- Presumo que ya se han enterado de la terrible agresión que uno de mis agentes sufrió esta madrugada.
- Dicen que un bégimo encolerizado se lo encontró bajando las escaleras – la capitana fue quien se pronunció, aunque su rostro seguía totalmente impasible.
- Todos sabemos que no hay bégimos en Midgar, y menos aún en las escaleras de servicio de este edificio – una sonrisa falsa recorrió el rostro de Jacobi- Sin embargo, sí hay gente con la fuerza suficiente en este mismo lugar que tendrían la posibilidad de acometer tan despreciable acto.
- ¿Qué insinúas, Mordekai? – inquirió Kischner, haciendo pública una pregunta que todos se formulaban aunque ya suponían la respuesta.
- No insinúo nada… Yuri – el turco lanzó una rápida mirada a la placa sobre el escritorio antes de tutear al director- Como comprenderás debemos investigar a todos los que estuvieron allí, SOLDADO incluido, sobre todo cuando estamos ante hombres… y mujeres – lanzó una mirada aguda a la capitana- que pueden enfrentarse a zoloms en singular combate.
El tono petulante y los falsos y comprometedores halagos no hacían más que acrecentar la ya plantada semilla de la hostilidad hacia ese hombre. Por no mencionar ese detalle que suponía una acusación de agresión.
- ¿Qué motivo teníamos alguno de nosotros para apalear a ese tío? – Alban saltó, indignado.
- No es necesario enfadarse, muchacho – otra vez ese tono condescendiente – Esto es mera formalidad.
- Al chico no le falta razón, Mordekai – el director seguía sentado en su silla, impasible, con las manos cruzadas frente a su rectangular rostro – SOLDADO no se toma la justicia por su mano. Están entrenados para proteger los intereses de Shin-Ra, y en esos intereses se incluye tu departamento. Si no me equivoco, gracias a estos hombres tus chicos salieron ayer de esa discoteca sin un solo rasguño. Es muy feo insultarles ahora con tus sospechas paranoides.
- Por favor, caballeros… y dama, no hagamos de esto una montaña, simplemente queremos zanjar esta cuestión enseguida para poder enfocar la investigación por un mejor camino – El turco se movía por la habitación haciendo gestos grandilocuentes y pomposos - Si no tienen nada que esconder no les importará responder a unas sencillas preguntas. ¿Verdad?






- ¿Estás despierto?
Rolf parecía un muerto en el sofá, no se movía y su respiración era tan leve que parecía que no respiraba en absoluto. Fue un gruñido el que despertó la curiosidad del anfitrión, que se acercó para mover ligeramente ese cuerpo inerte.
La falta de respuesta y un leve murmullo gutural fueron los indicadores de que el tirador aún se hallaba inmerso en los brazos de Morfeo, algo que alivió a Paris, que en breves se veía participe de una de esas conversaciones en las que alguien acaba llorando y el otro tiene que animarlo. No sabía lo que era perder un amigo pero sí lo que era perder a alguien… y aún así no se veía capaz de dar aliento a nadie en esa situación. Pensaba que lo mejor era desahogarse y no recibir demasiados “lo sientos” ya que éstos no hacían más que empeorar el ánimo aunque fuesen dichos con la mejor intención.
Volvió a su habitación y se tiró sobre la cama, con los pies colgando fuera del colchón. Observó el techo de escayola que tan bien conocía. El corazón le empezó a latir con fuerza cuando en ese momento de sosiego había vuelto a él el recuerdo del sueño de esta extraña noche. Sueño que no era un sueño si no uno de sus muchas enterradas memorias que a veces se empeñaban en resurgir y recordarle quién era.
- Nº 2… - dijo para sí. Esas palabras le trajeron a la mente imágenes que ahora parecían muy lejanas, casi como de otra vida totalmente ajena a la suya.
Se incorporó y quedó sentado al borde de la cama, a través de la puerta abierta podía ver la cabeza de Rolf sobre el reposabrazos del sofá. Si hace diez años le hubieran dicho que alguna vez llegaría a esta situación habría sorprendido a todos soltando una caracajada. Y sin embargo, haciendo repaso, había conseguido sin saber exactamente cómo todo cuanto había rechazado antes. No podía evitar sentir un creciente sentimiento de culpa y aflicción por haber perdido esa conexión con su pasado, responsable de todo lo que hacía en su presente y que ahora parecía perder sentido poco a poco.
Se levantó y caminó hasta el baño, encarándose por primera vez al espejo que había estado allí desde que pisó ese apartamento por primera vez y al que sin embargo nunca prestaba atención. Se deshizo de la camiseta gastada que usaba para dormir y miró el reflejo que le mostraba tal cual era.
Seguía allí. Sabía que seguiría allí pero verlo, observarlo, fue como despertarse con el dolor de un golpe. En el pectoral izquierdo, sobre el corazón, con letras rectangulares y sencillas, como las impresas en los números de serie.

SHIN-RA
-----------
BALANCE #02





- ¡Hijo de puta! – Pino quiso golpear una taquilla, pero Alban le detuvo antes de que les cayera una bronca por daños contra el mobiliario.
- Tranqui, Rober, no le des más motivos a ese relamido para investigarnos.
- ¡Prácticamente nos ha cargado al muerto!
- Aún no está muerto – puntualizó Gwendal, el más taimado de los tres.
- ¡Calla! “Las lesiones apuntan a una fuerza superior a la normal, similar a la de un 3ª o incluso un 2ª Clase” –repitió las palabras del turco que se encargó de su interrogatorio, un tipo alto con facciones del área de Cosmo – Te juro que me hubiera gustado partirle la cara a ese piel roja.
- No tienen pruebas en nuestra contra – Alban mantenía una postura firme y comedida, pero no parecía tan despreocupado como Gwendal Storm – Una acusación en falso a SOLDADO dañaría las relaciones entre nuestros departamentos.
- Más de lo que ya lo están… - apostilló nuevamente Storm.
La puerta del ascensor se abrió. La capitana mostraba esa impenetrable máscara en la que se había convertido su rostro desde que fue llamada nuevamente a SOLDADO en activo. Se dirigió a su pequeña tropa, que parecía ansiosa por saber si había alguna nueva.
- Confío en que nadie haya tenido nada que ver – la sentencia bien parecía una amenaza.
- No creo que ninguno de nosotros sea tan estúpido como para darle una paliza a un turco en el edificio – Alban habló por todos, ligeramente indignado.
- Ni siquiera teníamos un puto motivo, aunque ahora mismo de buena gana le partía las piernas a más de uno, por gilipollas – bramó Pino.
- ¿Aún prestaremos declaración por el asesinato del tipo de la discoteca? – preguntó Storm, con su siempre sosegado tono.
- Por supuesto. No me extrañaría que toda esta molestia fuera una cortina de humo para enterrar esa investigación… o al menos aparcarla lo suficiente para que nos olvidemos de ella hasta que haya concluido.
- ¿Entonces qué hacemos? – preguntó Pino, cruzando los bronceados brazos sobre el pecho.
- No permitir que nos dejen fuera, hay una pequeña posibilidad que esas estrellas del pop disfrazadas de agentes se queden sin trabajo y haremos todo lo posible para que ocurra. Sé que muchos turcos decentes y la familia del fallecido esperan que así sea.





- ¿Izzy? ¿Cómo estás? Lo sé, yo también. ¿Y Henton? – hubo una pausa bastante larga-Ah, bueno, me alegra oír eso. No creo que ese maldito hijo de perra vuelva a comer sólido en su puta vida. Claro, sin problema. No te preocupes, yo me encargo. Claro. Si necesitas cualquier cosa… Por supuesto. Te quiero, preciosa. Hasta luego.

Rolf corrió la tapa de su PHP y volvió a arrebujarse en la manta. Le gustaría volver a dormir pero la llamada le había desvelado completamente. Había sido una noche terriblemente siniestra. El estrés emocional al que se había sometido era tal que tenía la sensación de que no se recuperaría en días. Recordaba todo como si hubiera pasado hacía una semana y no tan solo unas horas atrás. ¡Ni tan siquiera hacía un día!
El mundo parecía hoy un lugar más vacío sin Darren y sólo pensar en ello hacía brotar en él un profundo sentimiento de melancolía y desazón.
Miró a su alrededor, al principio le costó reconocer la estancia, aunque el hermetismo y el racionalismo de su decoración le recordó que era la casa de Paris. Buscó al susodicho pero no parecía estar en ningún lugar a la vista, probablemente siguiese durmiendo. De haber sido otro día hubiera aprovechado esa situación para espantarlo, pero hoy no estaba de humor para atormentar a su ingenuo amigo.
Se levantó y vagó por el salón hasta la ventana cerca de la cocina, encontrándose con un paisaje desolador, al menos en comparación con el que estaba acostumbrado: Mercado Muro, oscuro y viciado, iluminado tan sólo por las luces piloto de la placa y los neones de los innumerables comercios, uno de los mejores ejemplos de supervivencia en condiciones adversas. En cierto modo esta visión le parecía un fiel reflejo de su mundo interior en estos momentos.
Apoyó la cabeza en el cristal, dejando que el frío entrase en su cuerpo y entumeciera aquellos sentimientos. De pronto reparó en la puerta a su lado, presumía que sería otra habitación, pero si así era no entendía por qué su anfitrión no se la había ofrecido; no es que le disgustase dormir en el sofá porque tampoco era la primera vez, pero le intrigaba. Miró a su alrededor por precaución y giró el pomo.
Un azote cálido le recibió con un fino olor a rosa. En comparación con el resto de la casa aquella habitación era un mundo totalmente distinto: las paredes estaban recubiertas de papel pintado con arabescos en color beige y blanco, decoradas con máscaras de madera, abanicos y piezas de gasa. Había adornos sobre la mesita de noche y en la estantería y el edredón de la cama estaba estampado de flores. Todo estaba ordenado pero una fina capa de polvo parecía cubrirlo todo, como si aquella estancia hubiera sido abandonada hacía ya tiempo.
Dio un par de pasos hacia el interior, intrigado por aquella insólita estancia dentro de un mundo en el que las formas rectas y el blanco eran el denominador común. Un gatito de porcelana parecía saludarle con una pata en alto desde la cómoda, a su lado una bola de nieve con un evocador paisaje de Íciclos. La agitó, dando vida a aquella esfera cristalina que parecía haber sido congelada en el tiempo. Posó ahora su mirada en la estantería, donde una fotografía empañada por el polvo dejaba entrever dos figuras gemelas. Se aproximó con cuidado, como si se encontrase en unas antiguas ruinas de incalculable valor, y alargó una mano para limpiar el cristal de irregular forma cuando algo le embistió por un lado y aprisionó su brazo, retorciéndolo contra su espalda. El fuerte golpe contra la pared lo aturdió unos segundos.
- ¡¿Paris?! – Exclamó, tratando de captar su figura por el rabillo del ojo - ¿¡Qué cojones…!?
Notó el como los tendones de la mano que lo sujetaba empezaban a tensarse, aumentando la presión poco a poco, tanto que empezó a sentir cómo las venas se hinchaban. La respiración a su espalda era profunda y sonora, casi como la de una bestia. Se empezaba a preguntar si realmente aquel era su amigo o no.
- Paris, lo siento… no quería – trato de volver el rostro pero el antebrazo de éste aprisionó su cuello contra el empapelado, casi podía oír el pulso acelerado que corría por el cuerpo de su captor. Le costaba respirar, su nuez estaba prácticamente aplastada.
Tragó aire como pudo, produciendo un silbido.
- Paris, por favor… no puedo respirar.
Notó una nueva presión a su espalda, y sintió como el cabello del chico rozaba su cabeza. Casi agónico oyó su respiración entrecortada, como si le costase trabajo inspirar.
Y en un momento la presión la liberó, notó que su camisa tiraba de él y le arrancaba del sitio. Todo fue tan repentino que no se dio cuenta que estaba fuera de la habitación hasta que oyó un portazo a la espalda y un sonoro golpe después.
Recobró el aliento, si había estado adormilado antes ahora se sentía totalmente despierto. La adrenalina provocada por el miedo se extendía por cada vaso sanguíneo.
No supo que hacer, en realidad ni siquiera un pensamiento cruzó su mente, sus ojos veían pero no procesaban la información.
- Lo siento – oyó la voz del chico tras la puerta, ligeramente ronca, pero no temblaba – Dame un momento, por favor.
Aunque no hubiera querido dárselo, los pies de Rolf no hicieron amago de moverse del sitio. Se echó una mano al pecho, tratando así de tranquilizar a un corazón que parecía haber corrido una maratón.
Oyó el gemido de la puerta tras de sí. Se volvió sin saber muy bien por qué, quizá para esperar una explicación o para asegurarse que quien salía era Paris y no un doppelganger maligno. El chico cerraba la puerta en el momento en el que Rolf posó la vista en él, descubriéndolo vestido únicamente con unos pantalones holgados que usaba de pijama.
- Lo siento – se volvió a disculpar. Su voz volvió a ser tal como solía ser – Era la habitación de Katterinna… nadie entra ahí desde hace…
Paris observó la expresión de Rolf mientras la mueca que pretendió ser conciliadora se desdibujaba en su rostro. El tirador abrió sus ojos verdes como si tuviera frente de sí a la misma parca. Siguió el recorrido de su mirada y fue lento a la hora de llevarse la mano al pecho.
- ¡JO-DER! – exclamó de pronto el moreno.
Se abalanzó sobre la mesa del salón y cogió su PHP para luego salir despedido por la puerta de entrada.
Paris se sorprendió casi más de su velocidad que de su reacción.
- ¡Rolf! – le llamó en vano, antes de correr tras de él.


Había días en que era mejor no despertarse, algo te decía que lo mejor era dormir hasta que la noche cayese de nuevo. Y hoy era uno de esos días.
Rolf buscaba entre sus contactos, sin saber muy bien a quién llamar ni qué iba a decir. Al pisar el descansillo del 2º había llegado a la “k” y Kurtz parecía el más indicado… o no. El maldito Jonás era turco. ¿Qué cojones pasaba aquí?
- ¡Rolf!
El susodicho se volvió a tiempo para ver como el motivo de su huída bajaba los escalones de seis en seis. Sintió la urgencia de echar a correr nuevamente, pero la mano de Paris apresó su muñeca antes de alcanzar el siguiente tramo de escalera.
- Por favor – la súplica le impactó lo suficiente para no intentar huir, pero seguía sintiendo una terrible desconfianza hacia el que, hasta hacía diez minutos, consideraba un amigo- Déjame explicarte.
- ¿Explicarme? ¿Explicarme qué, Paris? ¡Eres uno de ellos!
Un súbito arranque de rabia, provocado por la sensación de traición se apoderó del tirador, que trató recuperar su mano, aunque sus intentos fueron fútiles. El agarre no era agresivo, pero tampoco le daba opción a irse.
- No, no lo soy. Deja que…

Si alguna vez había habido un momento peor para una intromisión… era ése en concreto. La puerta que tenían a su lado se abrió lanzando un quejido lastimero, que fue prontamente remplazado por un chillido que competiría con los agudos de las mandrágoras. Ambos hombres miraron a la silueta que se plantó en el umbral, generando en ambos sendas muecas de horror.
- ¡Agh! ¡No me lo puedo creer! ¡Zorra! –chilló Deryn al ver al moreno de los ojos verdes - ¿Qué haces aquí? ¿Mmh?
El excéntrico vecino estaba bajo el dintel, con los brazos cruzados sobre su escuálido pecho mal tapado por la bata de color rosa palo.
Ahogó un chillido al ver quien se encontraba al otro lado del brazo de su odiado Némesis: ni más ni menos que su ángel vespertino, el efebo rubio que le había robado el corazón, la criatura más perfecta de la creación, el regalo de los dioses a este mundo horrendo… PARCIALMENTE DESNUDO. Deryn regodeó su vista en el fibroso torso, deseando tocarlo, tan ensimismado en su visión que no recayó en el objeto de discusión de la extraña pareja. Paris reaccionó tirando del brazo del moreno y cubriéndose tras él, dejando visible la cabeza tras su hombro.
- ¿Deryn “la loca”? – murmuró Rolf, incapaz de creerse lo bizarro y surrealista del cuadro. No sabía si reír, llorar o tirarse por las escaleras.
- ¡Loca tu padre! – espetó el aludido, arrebujándose en su albornoz de imitación de seda - ¿Qué haces con éste? – se dirigió ahora a su ángel, exigiéndole explicaciones que no le eran debidas.
- Rolf, por favor – Paris se dirigió nuevamente al tirador, quien notó un tono de súplica que no supo si era por la necesidad de explicarle lo que fuera que quería explicarle o por huir de aquella extraña situación.
- Vale.
El tirador volvió sobre sus pasos, por fin el agarre sobre su mano cedió. Meneó la cabeza incrédulo y farfulló algo por lo bajini. Tras él, Paris parecía aliviado.
- ¡Eh! ¡EH! – chilló Deryn, con esa voz de flauta desafinada suya, profundamente indignado por el vacío absoluto al que se había visto sometido - ¡Zorra desgraciada! ¡Es mío! ¿¡Has entendido!?






- Entiendo…
- No te pediría esto si no fuese importante.
- No te preocupes, aún mantengo algunas amistades dentro de Turk.
Deemer se apoyaba contra la pared fuera de la sala de entrenamiento, que en esta ocasión hacía las veces de salón de conferencias. Frente a él Alma se mostraba ligeramente intranquila.
- Gracias.
- No tienes por qué darlas. ¿Qué te pasa? – preguntó finalmente el hombre, que notaba como la crispación deformaba las siempre impasibles facciones de la capitana.
- Nada – mintió, abriendo demasiado los ojos.
Dee esperó, sin decir nada. Lanzando un vistazo al interior de la sala a través de los cristales azules.
- Un Arma está atacando Mideel – confesó finalmente. Se apoyó en la pared frente a su interlocutor.
- Joder… no dan respiro.
- No es Arma quien me preocupa.
- Pues si no es Arma no sé qué más puede preocuparte, ya hemos visto lo que pueden llegar a hacer esos monstruos – Dee frunció el ceño, con el recuerdo de Junon aún reciente en la memoria.
- Weisz es de Mideel. Nos destinan allí. Temo que no pueda soportarlo.
El veterano dejó traslucir una sonrisa triste. La generala, aunque siempre se mostraba dura e impasible, seguía comportándose como una madre con todos sus subordinados. Quizá por eso era tan fiera en la batalla, como una madre loba defendiendo su camada.
- ¿Por qué sonríes así? – cuestionó ella, contrariada.
- No, por nada.
- Qué mal mientes, Dee – le increpó, aunque ahora sonreía, tras descifrar los pensamientos de su compañero.

La puerta mecánica se abrió unos metros más allá, los pasos se sucedieron rápidamente, en una carrera. Un chico salió despedido en dirección al ascensor, donde fue interceptado por los dos veteranos.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Alma, reteniendo al chaval que parecía terriblemente nervioso.
- E-es Danny, le-le ha dado algo, un chungo rarísimo. Ha caído al suelo y-y-y… ha empezado a murmurar cosas raras, se le ha ido la olla. El director me manda a buscar al equipo médico.
- Ve, date prisa.
El joven 3ª Clase tomo el ascensor en el momento en que ambos veteranos corrían a la sala de entrenamiento, donde vieron a varios chicos alrededor del tal Danny, que yacía en brazos del director Kischner.
- Reunión… debo…ir…
El joven tenía los ojos desorbitados y parecía que su mente estaba en otro mundo.
Kischner lanzó una mirada a Alma. Ambos lo habían visto antes pero pensaban que se había acabado.
Deemer buscó a Ley Lebven con la mirada y se alegró de encontrarlo aún sobre sus dos piernas y en sus cabales. Puso una mano sobre su hombro y el chico reaccionó.
- ¡Dee! ¿Qué coño le pasa?
- Una reacción adversa al mako – “creo” apostilló en su mente. La verdad es que ése no era un efecto que había visto en los tratamientos con mako.
Pero le recordó algo, un compañero que había sido asesinado. Alguna noche lo había oído hablar dormido, diciendo cosas similares.
Por fin el equipo médico irrumpió en la sala e hicieron el primer reconocimiento al catatónico niño, que seguía farfullando.
Dee se acercó a Alma, quien se hizo a un lado para dejar espacio a los sanitarios para trabajar. El director Kischner daba instrucciones al resto de chicos de ir a sus barracones y descansar, restándole importancia al incidente.
- Alma… esto lo he visto antes.
- Soren Brannan – la capitana se adelantó al veterano, quien se limitó a asentir.
Sí, Soren era el último a quien había conocido que padeciese ese extraño trastorno. Connor había mencionado algo del Proyecto Reunión, pero este chico no tenía nada que ver con eso, había seguido el mismo tratamiento que el resto de SOLDADOs comunes, el mismo al que ella, Arsen, Lebven y todos los demás se habían sometido.
Ella mintió al joven Brannan cuando le dijo que era algo que todos los SOLDADO padecían, no quería que pensara que estaba solo en eso y esperaba infundirle esperanza. Pero ¿Y si en realidad no le había mentido pero ella no lo sabía?
Notó cómo algo en su interior empezaba a resquebrajarse. Su fe había sido traicionada de más formas de las que podía contar.






- ¡Ya me estás dando un buen motivo para no pensar que eres un puto traidor infiltrado! – bramó Rolf, interponiendo entre él y el acusado una distancia de un par de metros.
- Probablemente he asesinado más shinras que tú – se defendió el chico al otro lado, que empezaba a perder la paciencia.
- ¿Y? ¡Scar también! – el tirador hizo un aspaviento y su voz adquirió un tono agudo.
- Y sin embargo no desconfías de él – acusó el justiciero.
- ¡Por que no tiene un puto tatuaje que lo clasifica como un… proyecto o lo que sea de Shin-Ra, joder! – Rolf señaló la marca en el pectoral del rubio.
Éste frunció el ceño, incómodo. Tras una breve pero intensa mirada entre ambos relajó los tensos hombros.
- Ésto –se llevó la mano al pecho, sin saber muy bien si indicaba u ocultaba el tatuaje- es por algo que ellos nos hicieron.
- ¿Nos? ¿Quién… - Rolf se detuvo cuando la respuesta vino como una centella a su mente, aunque fue Paris quien la hizo audible.
- Katterinna.

A la mente del francotirador vino el recuerdo del día en el que “el fantasma de Midgar” había venido a reclutarlo, con una idea disparatada y sin dar nada a cambio. “Mi hermana está muerta por culpa de esos corruptos” habían sido las palabras exactas que le hicieron empezar a considerar aquel descabellado trato.
Rolf lanzó una mirada indescifrable a Paris, aún separados por la distancia que medía el sofá de largo. Se llevó una mano a la sien, como si procesar todos los pensamientos que corrían fugaces por sus neuronas le costara un terrible trabajo. Arrastró los pies y se dejó caer en el butacón, dónde aún podría seguir encarando al justiciero.
No hubo más que silencio el minuto siguiente.
- ¿Piensas que si hubiera querido matarte no lo habría hecho ya? – espetó Paris, impacientándose por la falta de respuesta, positiva o negativa, de su interlocutor – Te he tenido a mi merced todo el tiempo. ¡Has dormido en mi sofá! ¡Nada me impedía rajarte la garganta y enterrarte sin que nadie moviese una ceja! – el chico hizo un aspaviento y señaló la habitación de Katterinna- ¡Antes bien pude partirte el cuello y no lo hice!
- ¿¡Quién habla de matar!? – saltó Rolf, contagiado por el aura hostil que se había impuesto en el pequeño salón – ¡Podrías estar investigándonos, ser un doble espía o yo qué cojones sé! – se desplomó nuevamente sobre el sillón, masajeándose la frente con el índice y el pulgar.
Paris se irguió cuan largo era. Los haces de neón verde que se colaban por la ventana esculpieron oscuras sombras y mortecinas luces sobre su pálida piel y dotaron a sus ojos metálicos de un brillo siniestro.
- Soy un asesino. Créeme, si trabajara para Shin-Ra él único motivo por el que jamás llegaríamos a conocernos sería matarte.
Rolf escudriñó al tipo, que se le antojó una persona totalmente diferente a la que conocía. Encontró en sus palabras un alegato de inocencia y una extraña confesión. Paris nunca usaba las palabras “asesino” o “asesinar” para referirse a él o a sus actos, ya que consideraba que lo que hacía era pura y merecida justicia, y sin embargo ahora no había ni pestañeado al pronunciar esa odiada acepción.
- Mira… yo ya no sé qué pensar… ni siquiera sé si quiero pensar en absoluto.
El cansancio, el estrés y todo lo sucedido en las últimas veinticuatro horas cayeron sobre Rolfhelm como una losa. Quería golpear algo, o beberse una botella entera de tequila, o llorar hasta hartarse, o simplemente dormir, pero fuera lo que fuera sentía la urgencia de evadirse de su vida
– Estoy harto y estoy cansado, joder. Un buen amigo mío ha muerto esta noche delante de mis putas narices y otro ha intentado matarme ¿Pero qué cojones pasa hoy? ¿¡Qué mierda le he hecho yo al karma, hostia!?
Finalmente la copa de refinado cristal se desbordó. Había luchado por contenerlo todo en su sitio pero ya no podía más. Enterró la cabeza entre las temblorosas manos, ocultándole al mundo el dolor y tratando de dejarlo dentro de sí mismo. La respiración era espasmódica, sorbía el aire más que respirarlo. Sus músculos convulsionaban, incontrolables. De vez en cuando se pasaba el dorso debajo de la nariz. Le dolían tremendamente las sienes y le hormigueaban los párpados. Sus pulmones parecían haber encogido de pronto, obligándole a respirar más deprisa. Los oídos le pitaban, las extremidades le pesaban. Y las lágrimas caían.

Paris no supo cómo reaccionar. Aunque había esperado ese momento no esperaba que las cosas hubieran tomado este siniestro cariz. Consideraba que acercarse podría provocar una reacción hostil por parte del afligido, pero no hacer nada tampoco le parecía la mejor opción. Tomó la manta del sofá y avanzó hasta Rolf para echársela sobre los hombros, aunque no reaccionó. Luego se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el lateral del butacón.
- Siento lo de tu amigo… y siento todo lo que ha pasado – se disculpó honestamente, casi en un susurro.
No recibió respuesta, pero tampoco le importó. Ni tan siquiera sabía si Rolf le había escuchado.

Pasó un rato largo hasta que el afligido hombre dejó de temblar y decidió buscar un pañuelo en el bolsillo de su caro pantalón. La escasa luz solar que llegaba desde el exterior del sector rebotaba y se reflejaba en los edificios, brindando un paisaje ligeramente menos opresivo de Mercado Muro.
- Lo sé – dijo finalmente Rolf, con voz nasal, antes de sonarse – Supongo que a todos nos salpica la mierda.
Extendió un brazo fuera del butacón, alcanzando la cabeza del chico y alborotando los dorados mechones.
- Mira, me da igual quién o qué seas… pero como no me meta algo en el buche me va a dar algo.
Paris rió, aliviado y entrando por fin en un estado más relajado.
- Entonces… - se incorporó poco a poco, se le había quedado el culo dormido- Vamos a desayunar, te invito.
El dandi alzó una ceja oscura sobre sus enrojecidos ojos verdes, con una sonrisa demasiado afectada para lograr el efecto chulesco que pretendía.
- Te advierto que soy de gustos caros.
- Haré lo que pueda.
El joven había emprendido el camino hasta su cuarto cuando Rolf volvió a pronunciarse desde el sofá.
- ¡Y ponte algo de ropa de una vez o alegaré incitación!





- ¡Farish! – el alarido del 2ª Clase Alban Weisz resonó en los pasillos del piso 49, deteniendo en seco a la capitana.
- No estamos en el campo, Weisz. – recriminó- ¿Qué ocurre?
El muchacho llegó a su altura con el ceño fruncido y los labios apretados por la crispación.
- ¿Por qué me has dejado fuera? – trató de contenerse y mantener el respeto por su superior.
- Serás de más ayuda aquí – argumentó ella, restándole importancia al asunto, ya dispuesta a seguir su camino.
- ¡Y una mierda! – el chico se adelantó a la veterana y le cortó el paso.
La proximidad entre ambos era tan estrecha que Alma podía observar las más mínimas imperfecciones de la piel del mozo. Sin embargo no perdió la compostura ni se dejó amedrentar. No es que un cachorro le fuese a meter miedo a estas alturas de la vida.
- Alban, escúchame. – el tono de ella era conciliador pero determinado.
- ¡No! ¡Es mí pueblo! ¿Crees que es justo que me quede aquí mientras Arma arrasa Mideel?
- Weisz, no creo que sea conveniente para ti que estés allí.
- Ya, y estar en ascuas aquí será mucho mejor – replicó él con sorna.
La capitana respiró hondo y encaró los ojos color musgo de su subordinado.
- Has estado en Junon, sabes de lo que esos monstruos son capaces.
- Sí, lo…
- Calla y escúchame. Junon es una ciudad militar, estaba preparada hasta los dientes para enfrentarse a cualquier cosa. Y ya has visto el recuento de bajas y de víctimas. ¿Qué crees que pasará en Mideel que es una población totalmente pacífica? ¿Eh? Probablemente quede arrasada. Nuestra misión no es destruir a Arma sino evacuar a la ciudadanía. ¿Crees que vas a soportar eso? ¿La impotencia y la frustración?
Alban apartó la mirada, temblando de ira. La capitana alzó el rostro, esperando la próxima reacción del chico, porque conocía a los tipos como él y sabía que no se conformaría con la decisión.
- Quiero ser yo quien saque a mi familia de allí – dijo finalmente, adquiriendo un porte regio y haciendo alarde una voluntad inamovible – Aunque me sienta impotente y frustrado. Quiero hacer algo por mi pueblo, por pequeño que sea – su voz ganó un tono casi suplicante.
Alma sonrió, desconcertando al novicio, apoyó una mano en su hombro y siguió su camino.
- ¿Entonces qué? – preguntó él, que no supo cómo interpretar aquel extraño giro.
- ¡Ay de ti como llegues tarde al embarque!





El local había abierto no hacía mucho tiempo antes, quizá sólo un par de meses, pero ya se había convertido en uno de los sitios favoritos de los habitantes del Sector 6.
Aunque las cucarachas eran casi tan grandes como los donuts, al menos estos últimos estaban de vicio, lo que impulsó a Paris a elegir ese local pese a su aversión a la suciedad. De hecho había roto su rutina de aseo diario para solidarizarse con Rolf.
No habían hablado mucho desde que dejaron el piso, un par de frases de poca relevancia.
Rolf mojaba su rosquilla de relleno de fresa en el capuccino, ensimismado. Mareó el café un rato, sin terminar de llevarse el bollo a la boca. Observó a su acompañante cortar su dónut con cuchillo y tenedor.
- Paris.
El aludido alzó la vista y encaró los ojos verdes que le miraban fijamente.
-Dime.
El tirador cortó la conexión visual para entretenerse otra vez con su café. El rubio esperó, cercenando otra porción sin demasiado interés, sabía que más tarde o más temprano Rolf terminaría por preguntar.



- ¿Se lo vas a contar a los demás?

domingo, 11 de enero de 2009

Encuesta 1

Yief Vanistroff

Joven de veintisiete años, metro setenta y cuatro, complexión normal, nacido en Modeoheim.
El físico de Yief se puede distinguir en dos etapas: cuando vivía sobre la placa y cuando deambulaba pidiendo limosna.
En la primera siempre llevaba el pelo, hasta el cuello más o menos, hacia atrás con gomina. Sus ojos eran marrones, algo común, pero más de una chica se había quedado engatusada con ellos; Para leer se ponía gafas. Su nariz era pequeña, con una mínima pronunciación del puente. Sus labios, de un tono rosado fuerte, se abrían poco al reírse. Como buen hijo de hombre rico, la ortodoncia le facilitó una dentadura perfecta. Tiene hecho un agujero en la oreja izquierda, pero su temporada de llevar un arete de plata ya pasó.
En la segunda, al vivir en la calle y perdido en el abismo de las drogas, su aspecto desmejoró mucho. El pelo parecía brillar con luz propia debido a lo sucio que estaba, además de mal cortado y alborotado. Tenía una pequeña cicatriz en el comienzo de la nariz y sus fosas casi siempre estaban ensangrentadas. Los labios corrían la misma suerte y estaban secos y despellejados. Una camiseta de tirantes, unos pantalones deshilachados y unas botas con agujero en el pie derecho era lo que llevaba puesto todos los días. Los antebrazos estaban machacados de tanta jeringuilla.

Queriendo volver a como era antes, busca a un hombre llamado Richard Blackhole, el aparente motivo de toda su desgracia. Para ello se apoya en otra chica que vive en la calle, Szieska, pero luego resulta ser una persona totalmente distinta.

Personalidad: De pequeño era bastante tímido, algo que ha estado con él durante toda su vida. Sólo tenía un amigo, Wolt, aparte de su hermano Björn, que le tenía en un pedestal. Su ambiente en casa siempre era tenso y se sentía cohibido por su padre. Cuando al fin vivió solo, se volvió una persona huraña y reservada; sólo pensaba en los negocios. Cuando se ve viviendo en la calle comienza a odiar todo y a todos, piensa que todos son despreciables. Aunque nunca tiene la fuerza suficiente como para ser un tipo duro. Antes le gustaba el jazz, pero lo único que oye ahora en la calle es la música electrónica de las discotecas.
Inspiración: Es muy parecido al protagonista del manga Homunculus, pero lo de que sea vagabundo es secundario, Yief iba a ser así desde un principio.



Lucille Kingston

Mujer de veinticinco años, metro sesenta y belleza arrobadora, nacida en Midgar.
Melena oscura, con algún rizo, hasta la altura del esternón. Escasa frente y unas delgadas cejas. Sus ojos son de un azul oscuro, que parece mezclarse con pequeñas motas negras en el iris. Una pequeña nariz y unos labios rosa pálido.
No se sabe casi nada de ella y la única vez que le preguntaron no quiso hablar del tema, pero un día conoció a Yief y tomaron un par de cervezas juntos. Parece estar decidida a ayudarle y su relación cada vez es más sólida.

Personalidad: Amable por naturaleza, daría su mano para ayudar a quienes quiere. Tiene una personalidad muy calmada, busca la sencillez y se ríe con los chistes malos. Le gusta el color morado y escucha música soul para relajarse, así como los lugares en penumbra. La gusta saber cómo funciona todo, aunque al explicárselo no lo entienda, y se suele empeñar en una cosa hasta que lo logra.

Inspiración: Tal vez se pueda dar un aire a Sadayo Suzumura, de Gantz, pero no tiene una referencia clara.


Richard Blackhole

Hombre de edad desconocida, metro sesenta y ocho.
Cabeza afeitada salvo por la horizontal de las orejas. Cejas pobladas y unos ojos pequeños, de un negro intenso. Una nariz grande y unas cuantas pecas a los lados. Su labio inferior es ligeramente más grande y abre mucho la boca al hablar. Pesa cien kilos y el llevar tirantes le hace parecer un jefe de gaceta. Tiene un negocio de cuestionable legalidad y curiosos y abundantes beneficios.
No se sabe nada de él, pero parece saberlo todo de Yief y le tiene continuamente controlado.

Personalidad: Le gusta la buena vida, alguien que le abanique y un buen puro. Si hace falta pagar dinero a alguien para que le traigan un vaso de agua lo hace. Persona extraña, de voz grave e ironía por todos sus poros. Hace cuatro comidas al día y duerme diez horas. Le gusta la decoración cargada y los espacios con grandes ventanas, así como una enorme pecera con extraños ejemplares. Pero lo que le encanta por encima de todo es manipular a la gente que le interesa como puras marionetas, aunque sea simplemente para pasar el rato.

Inspiración: Andaría a caballo entre Kimping y el Tío Phil.

Edit: Foto encontrada que podría asemejarse perfectamente:

sábado, 10 de enero de 2009

151

Rompió un beso que sabía a licor y brillo de labios cuando notó que le faltaba el oxígeno. La muchacha que tenía acorralada contra la pared de cerámica negra había entrado con su propio carnet; aunque era tan joven que podría llamarlo “papá” sin parecer exagerada. Tenía una risa estúpida y finalizaba las frases con una terminación ascendente. Clónica en cuanto a estilismo al resto de sus amigas, niñatas que sólo se diferencian por el color del pelo, no tenían nada que aportar salvó un cuerpo caliente de fácil acceso.

Tías como esas eran presas tan sencillas de obtener que quitaban sentido a toda esa cacería que era la seducción. Su precio eran una o dos copas, una cazadora guapa que aparentara cierto nivel adquisitivo y una actitud chulesca. Había escogido a esta porque... ¿Por qué era? A sí, porque se había sentado en su regazo con una minifalda indecentemente corta. Para lo que necesitaba en ese momento era más que suficiente. Un polvo rápido en los baños y de vuelta a la pista de baile.

La presa en cuestión sumergió las manos bajo su camiseta, más por formalidad que por verdadero interés. Movía las manos de forma poco hábil, sin saber muy bien si utilizar las uñas o no. Sólo detuvo los dedos en la cremallera quirúrgica por la sorpresa de lo inesperado.

–¿Qué te pasó? –preguntó con voz aflautada por el alcohol.
–Me rajaron –contestó, sincerándose a medias.
–¡Vaya...! –sus labios dibujaron una sonrisa blanqueada artificialmente.

Podrías haber preguntado por las del hombro y tendría una historia más interesante que contarte, y no que un cirujano estuvo cortando aquí y allá para extirpar un tumor, pensó Leroy. Pero ella parecía contenta con esa respuesta.

–¿Eres un chico malo? –dijo con voz melosa.
–No sabes cuanto –respondió con un susurro grave.

¡No tienes ni puta idea!, pensaba mientras ella fantaseaba con lo que podría contarle a sus amigas. Dominar lo suficiente para dejar que te quiten tu arma en la entrada, como un buen ciudadano, y no por ello quedarte desarmado. Sólo era un ejemplo de todo lo malo –lo peligroso –que era.

La chica intentó besarle de nuevo y él intentó deshacerse de sus dedos torpes, que lo distraían más que nada. Asió sus enjoyadas muñecas, inmovilizando sus manos con suavidad, y empezó a besarle el cuello y el escote. Le hacía cosquillas, su risa era una prueba de ello. Siguió descendiendo, alejándose del origen de ese ruido molesto, hasta que apoyó las rodillas en un suelo que olía a desinfectante. Limpio, pero no brillante, no se reflejaba casi nada en él.

–¿Qué haces?
–Vamos a probar a qué sabes – la frase fue un siseo ronco.
–¿Uh?

Ni su mente era un prodigio de la sagacidad ni el alcohol ayudaba. Las manos de Leroy se introdujeron bajo ese pedazo de tela minúsculo que llevaba alrededor de la cintura para retirar una prenda de lencería provocativa. Habría sido un juego sugerente si dicha prenda no hubiera enredado en uno de sus tacones de aguja. Pero ya daba igual. Lo único que deseaba era terminar rápido los preliminares para poder follársela de una vez y largase a buscar una presa mejor.

Si es que... ¿En qué estaría pensando cuando había propuesto a esa chica en concreto ir a un lugar más íntimo? En todo lo íntimo que eran los baños de un local saturado de gente, donde todo lo que podía esconderte de las miradas ajenas eran unos paneles de pladur. Y gracias que ahora no había nadie ocupando el cubículo de al lado. Se había dejado engañar por unos tacones de ocho centímetros... Se la iba a tirar en lugar de darle puerta sólo por la pérdida de tiempo y energía que había supuesto llevarla hasta allí. Eso, y una suerte de orgullo mal entendido.

Ella parecía encantada, mucho más que él, echando la cabeza hacia atrás y enredando los dedos en los rizos de su primer ligue de la noche. Algo en la reacción de su cuerpo mostraba que no estaba acostumbrada a esos placeres. Su suerte no solía llevarla hacia amantes tan atentos como él. Leroy notó la caricia de su muslo contra la mejilla cuando se movió, intentando conseguir una postura más cómoda contra la pared.

–No está nada mal… –más que una afirmación fue un gemido articulado.

Gemía, había algo en ese sonido que parecía fingido –¿estaba intentando ser sexy? –, pero la forma en que se aferraba a su cabello mostraba cierta ansiedad. Era la clase de chicas que prenden como la yesca, podría llevarla al orgasmo un par de veces en una hora y no tendría ningún mérito. Aunque le reportaría una buena publicidad entre sus amigas.

–¡Mmmmm… Dekk…!
–¿Qué?

Comprendió que había metido la pata cuando Leroy se alejó de ella, apoyándose en el otro extremo del pequeño cubículo. Los ojos de ella, desenfocados por la borrachera y la excitación, se encontraron con una mirada fija y desafiante. La chica sonrió nerviosa mientras él se ponía en pie.

–Oye guapa, ¿no tendrás un novio por casualidad? –preguntó él, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
–Uh, no…
–Entonces, ¿te gusta algún chico? ¿Un tal Dekk…?
–No, claro que no…
–¿Y con quién coño fantaseabas? –había una amenaza sutil en su forma de hablar, aun sonriendo.
–Era... ¡No te lo tomes en serio, cielo! Sólo para darle un poco de… emoción… ya sabes.

Sonreía y le besaba la mandíbula, en sentido ascendente desde la barbilla. A pesar de la diferencia de altura consiguió atraparle el lóbulo de la oreja izquierda y se lo mordisqueó. Exhibiendo que sabía hacer dos cosas a la vez, libró a su hombre del cinturón y la cremallera de los pantalones. En esta área parecía más experta, seguramente se había pasado la adolescencia haciéndole pajas a un novio del instituto. La rapidez sus movimientos descubría cierta urgencia en ser perdonada por papá.

Leroy se mostraba inalterable a todo ese cariño tan repentinamente recibido. ¿Quién se había creído que era esa niñata para tener la mente en otro sitio mientras le hacía un favor? Él ya atesoraba muchas muescas en el revólver antes de que esa muchachita clónica naciera. Pero en lugar de disfrutar del toque experto de un hombre de verdad, fantaseaba con Dekk, fuera quien fuese. Ahora era él quien tenía la mente en otro lugar, un lugar mucho menos placentero que la imaginación de ella llamado orgullo herido.

–Quién es Dekk –preguntó de nuevo.
–¿Te has puesto celoso? –hablaba con voz suave y melosa para ocultar un nerviosismo creciente –Vamos Sean, no seas así…
–Sebastian.

La chica tragó saliva mientras los ojos oscuros de Sebastian la taladraban. Errar el nombre de un amante dos veces en diez minutos –y encima, dos nombres distintos –era una metedura de pata digna de premio. No sabía que decir ni hacer para salir del atolladero. Leroy cogió la cara de la muchacha con ambas manos, obligándola a no apartar la mirada.

Entonces, sonrió. Una sonrisa cómica, enseñando todos los dientes. La tensión que se había ido acumulando por segundos en el cuerpo de ella se liberó, y también sonrió, incluso rió ante lo que ahora le parecía una broma. Sin dejar de sonreír, Leroy acercó la cara de la chica a la suya, rozando sus labios entreabiertos...

Y le estrelló la cabeza contra la pared de cerámica que tenía a la espalda.

El sonido fue sordo, extrañamente hueco, y no resonó en los baños vacios. La chica no había tenido tiempo a gritar, sorprendida por el golpe, y ahora ponía los ojos en blanco. Leroy la soltó, dejando que el cuerpo semiinconsciente resbalara hasta el suelo. En el lugar del impacto había una mancha pegajosa, rojiza, que no dejaba ver la diminuta telaraña de la cerámica esquirlada

Inspiró. Expiró. Miró a la chica aturdida en el suelo y sonrió. Sin espacio suficiente para ganar potencia con la trayectoria no podía haberle roto el cráneo, y aun así había sido un buen golpe. Aquel ataque repentino había liberado una gran dosis de adrenalina y testosterona en su torrente sanguíneo, su cuerpo respondía positivamente a las hormonas. Leroy chasqueó la lengua.

–Háztelo mirar, nena –replicó a la muchacha agredida –, porque si me pone más caliente pegarte que follarte es que tienes un problema.




Estaba cansado y aburrido. Más cansado que aburrido, y también más impaciente que nada, con un nivel de impaciencia que rallaba la saturación mental. Se masajeó las sienes, dando golpecitos con las yemas de los dedos, intentando aliviar la presión interna del cráneo. Dio un rápido vistazo a su alrededor, buscando un asiento: una butaca, una silla de despacho, un taburete plegable... lo que fuera por tal de no mantener la vertical por más tiempo. Pero el mobiliario más indicado para reposar eran las camillas médicas.

Airo se apoyó en una, demasiado alta para su gusto, y resiguió los cantos metálicos. Esquinas perfectas de noventa grados, en acero inoxidable, planchas de una sola pieza. La superficie rallada por la limpieza con productos agresivos devolvía un reflejo turbio, muy acorde con su presente estado mental. Golpeó la superficie con los nudillos, arrancando un sonido de percusión.

–Parecen cómodas, ¿a que sí? ¿Quieres tumbarte?

Terence Wallis, más conocido como Stork por su larga nariz, entró en la sala del forense con la bata ondeando a su espalda. Se colocó las gafas y se apartó el pelo castaño de la cara mientras se dirigía a su viejo amigo y camello ocasional.

–Van muy bien para los problemas de espalda –dijo palmeando la camilla.
–Problemas de espalda es lo que tendré si duermo en una habitación fría sobre una camilla de acero.
–¡Vamos! Mis pacientes nunca se quejan. Aunque ya están muertos cuando llegan.

Stork hizo un gesto de cómico televisivo, levantando las manos y adelantando un pie. Para ser forense tenía un sentido del humor de lo más macabro.

–Vamos, no están tan mal. Confieso que alguna vez me he echado una siesta en ellas.
–Me estas tomando el pelo – dijo alzando una ceja canosa.
–Es lo que tiene cuando una empresa rácana hace tres turnos de ocho horas en lugar de cuatro de seis. La gente del turno de noche acaba aburrida y hasta los huevos, y al final cualquier lugar es bueno para un sueñecito.
–Y yo que creía haber dormido en sitios raros...
–Pues quizás te interesaría saber que estas camillas también se usan para actividades... llamémosle lúdico-esportivas – Airo le dedicó una mirada mezcla de sorpresa y desprecio –. Una vez tuve una novia gótica, de esas que les molan los cementerios y van de negro de arriba abajo. Te imaginas, ¿no? Bueno, pues una noche que tenía guardia me la traje aquí porque le hacía ilusión ver como era una sala forense por dentro. La cosa es que entre autopsias y muestras de tejido nos pusimos tontos...
–Eres un gilipollas, ¿lo sabías? –siseó el viejo por encima del relato.
–¡... y de la emoción nos carguemos una camilla! Bueno, no se rompió, sino que se soltó el regulador y se bajó por un lado. Y era una camilla un poco vieja, ya había pasado lo suyo... El caso es que me caí y al intentar no darme una ostia contra el suelo puse el brazo de tal manera que me rompí el codo. ¡Tres meses de baja laboral con un brazo inmovilizado! Fue memorable...

El forense miró hacia arriba, entre la luz fluorescente y la juntura del panelado que formaba el falso techo, intentando atrapar el recuerdo. Airo chasqueó los dedos para llamar de nuevo su atención.

–Centrémonos, si vu plait, que hoy no tengo mi mejor día y quiero marcharme a casa.
–Vale, vale –murmuró, entregándole una carpeta azul –. Aquí tienes el kit de suplantación de identidad.

Airo abrió la carpeta y observó toda la documentación: partida de nacimiento, historial médico, documentos de identidad, pasaporte, cuentas bancarias, registros de propiedad –un piso y una plaza de garaje en un rascacielos del sector 6, sobre la placa –, tarjetas de visita, vida laboral, copias de llaves... todo lo necesario para ser Paul Smith a ojos de la ley.

–¿Esto es todo? –preguntó el viejo sin levantar la vista del material.
–¿¡Cómo que si es todo!? –exclamó melodramático –¿¡No te parece suficiente!?
–¿Y las huellas dactilares? ¿Y las muestras de ADN? ¿Y las firmas?

Stork se alejó refunfuñado, medio en serio medio en broma, y trajo una caja metálica. La apoyó sobre la camilla para ir dejando su contenido sobre la superficie metálica, como un vendedor de la teletienda.

–He aquí como de una simple tarjeta –enseñó la tarjeta plastificada de las huellas dactilares –hemos conseguido un objeto muy útil –exhibió lo que parecían unos guantes de fregar de color rosado – Guantes con las huellas dactilares. Para dejarlas en un vaso, un libro... ¡Estampe su huella donde quiera y nadie podrá decir que no estuvo allí!
–De pequeño veías mucho programas de venta por catálogo –señaló el oriental.
–Siempre quise los cuchillos que cortaban un clavo y después un tomate.
–Joder... reconozco que es un trasto útil. Muy útil, de hecho –el forense esperaba un halago dando palmitas y se lo concedió –. Vale, me has impresionado caballerete.
–Pues aun hay más. En la oferta de hoy se adjuntan una firma electrónica válida en todos los bancos, empresas, sucursales y demás oficina donde sea requerida.
–¿Y si me la piden de puño y letra?
–Sellos, al uso de tu país –Airo hizo una mueca que no supo interpretar –. Es una especie de ex libris. Aquí son raros; pero legalmente válidos. Aprender a falsificar una firma manuscrita es algo que tendrás que hacer tú. En todo caso tengo un pequeño estudio grafológico de la letra de este tío. Caligrafía, direccionalidad, presión del trazo... con esto y práctica nadie notará la diferencia.
–Gracias, ya me las apañaré –cerró los ojos y se masajeó las sienes de nuevo–¿Y lo del escáner de retina? ¿Lo has solucionado?
–Lo siento, aun no. Es muy jodido, ¿sabes? No se soluciona con unas lentillas, no es tan fácil. Pero sí tengo un molde de su dentadura.
–¿Y eso de qué me sirve?
–No sé, para dejar un mordisco en un bistec, o en la rueda de un coche... nunca se sabe. ¡Ah, y tengo algo que te gustará...!

Stork sacó de la caja unos papeles con sellos oficiales y la firma de Smith. Eran fotocopias compulsadas, seguramente porque el original se había conseguido escaneando la firma.

–Estos son permisos para hacer operaciones en nombre de Paul Smith. Cualquier cosa: recoger mensajes, sacar dinero del banco, firmar documentos... es una carta en la que él te da permiso para que vayas a hacer estas operaciones en su lugar. Se usan cuando alguien está saturado de compromisos y no puede ir a todos a la vez.
–¿Y esto es normal? Quiero decir, si es un documento muy común o...
–Las grandes empresas los usan constantemente. De hecho, tienen uno o más trabajadores que se encargan exclusivamente en suplirlos para estas cosas. Los famosos recaderos que van y vienen de las oficinas de empleo y seguridad social, esos son... Para hacerlo presentas una solicitud que pone la fecha, el lugar y lo que debe hacer este recadero y se adjuntan dos fotocopias del carnet de identidad: la del interesado y la del recadero.
–¿Y cada vez que quiera ir a algún sitio tengo que variar el texto?
–Tengo la plantilla en un pendrive. La enchufas en el ordenador y cambias lo que quieras.
–Stork, hijo... yo no tengo ordenador.

En eso no había caído. El forense se quedó viendo la unidad de almacenamiento como si sólo fuera un trozo de plástico con un microchip inútil. Tanto desarrollo tecnológico para nada.

–Yo...
–No te preocupes, le diré a mi... socio que se encargue – le costó bastante pronunciar esa palabra –. Además, no tienen lógica que yo me encargue de sus asuntos, si no nos conocemos de nada.
–Pero tienes carrera. Economía e idiomas. Podrías decir que eres su secretario.
–¡Ja, para lo que me sirve aquí, que no esta reconocida! Además, las secretarias de verdad son jovencitas con falda y yo no tengo edad para lucirlas.

El forense se cogió la mandíbula con la mano derecha mientras se sujetaba el codo con la izquierda. Estuvo un rato moviendo la diestra ante su boca, presionando la cara plana de las uñas –recortadas y limpias por normativa laboral – contra sus labios. Era su postura de pensar, cada vez que le daba vueltas a un problema lo hacía. Según él, era la evolución de su antiguo vicio de mordisquearse las uñas. Sigo teniendo una obsesión con estas placas córneas de queratina endurecida, pero ya no es gastronómica, le había contado.

Stork y su sentido del humor... A veces resultaba bastante espeso, como un jarabe tan denso que cuesta sacar la cuchara de él. Demasiado espeso incluso para el viejo, que presumía de haberse relacionado con gente muy rara. La hierba le robaba las palabras y lo convertía en un hombre silencioso, algo que prefería a su particular humorismo. No era un mal tipo, pero joder... oírle hablar resultaba cansado. Conseguía que le doliera la cabeza...

...y que se le nublara la vista...

...y que le dieran náuseas...

...y que le temblaran las piernas...

–¿Oye, estás bien? ¿Airo? ¡Ey!, ¿me oyes?

Quizás era el efecto del fluorescente sobre la piel cetrina, pero Stork se veía bastante pálido. Miraba al oriental por encima de las gafas, aun sosteniéndolo con un brazo delgado que marcaba la única diferencia entre una verticalidad inestable y un golpe contra el enlosado. Sin ningún asiento a mano ni fuerza suficiente para cargar con él, apoyó a Airo contra pared para que se deslizara con suavidad hasta el suelo.

–Ya.. te he dicho... que no tengo mi... mejor día –más que hablar, masticó las palabras.
–Pues espera a estar en la consulta del médico para ponerte enfermo. Yo no trato con pacientes vivos.

Estuvo a punto de decirle que era su horrible sentido del humor lo que le enfermaba; pero se contuvo porque, si abría la boca una vez más, vomitaría la cena que no había tomado.




Mojó el pincel en el carmín líquido y resiguió el labio superior y el inferior sin llegar a las comisuras. Con el meñique retocó parte de la zona central, asegurándose que el maquillaje se extendía correctamente, y observó como los focos del baño arrancaban destellos rojizos sobre la película carmesí. Sonrió para ver el contraste del rojo sobre el blanco de su dentadura, sobre el blanco de su tez pálida.

Perfecto.

Pestañeó rápido, como el aleteo de una mariposa. Ojos oscuros y cabello azabache. Vestido negro y peep toes con suela roja, cinturón del mismo tono carmín que sus labios. Uñas en color burdeos, respetando la luna del nacimiento con un suave tono pastel, al estilo de los años cuarenta. Una orquilla con rubíes apartando la onda del flequillo. Sólo le faltaba un lunar en la mejilla para ser igual que las pin ups de la época.

Perfecta.

Sacó el móvil de la cartera, un capricho caro y tecnológicamente difícil de entender. El manual era mucho más grande que el teléfono en sí, y no se lo había leído por la pereza de ver tanta letra pequeña junta.

El número del jefe era el 0 en la marcación rápida.

Al primer intento el teléfono sonó hasta dar un tono de interferencia. No le extrañó, era la política del “si es importante ya volverán a llamar.” Le lanzó un beso a su reflejo mientras llamaba de nuevo. Otra vez se cortó la comunicación.

¿Reintentar?

Pulsó sí y paseó la mano derecha por el lavamanos, de mármol negro veteado en blanco. La combinación con el gres rosado de las paredes y los grifos dorados quedaba elegante, habría pecado de barroca si no fuera por la total ausencia de adornos.

Un insulto ronco demostró vida inteligente al otro lado de la línea.

–¿Qué coño quieres, Cherry?
–Buenas noches, jefe. ¿Interrumpo algo?

Se escuchó un sonido, una mezcla de siseo, gruñido y suspiro que dejaba patente el estado de impaciencia y hartura del interlocutor. A ella le gustaba ese sonido, le parecía seductor. Encontraba que un hombre enfadado, –siempre y cuando no estuviera enfadado con ella– era atractivo. Debía ser toda la carga de testosterona en vena que llevaban en ese instante, que los hacía ver más masculinos.

–¿¡Qué!? –azuzó el interlocutor.
–¿Puedes hablar ahora? –al otro lado del teléfono se oía un rumor de agua, un chapoteo.
–¿Qué-coño-quieres? –la traducción era no, y ya puede ser importante lo que tengas que decirme o lo lamentarás. A Cherry se le daban bien este tipo de interpretaciones.
–Bueno, nada en especial es sólo qué... Jacobi acaba de abandonar la fiesta a todo correr.

Dejó caer la información lentamente, como azúcar glass sobre una galleta, espolvoreando. El nuevo tono conciliador de su jefe mostraba que era una noticia digna la interrupción.

–¿Y a qué se debe?
–Algunos de sus subordinados más jóvenes han armado una gorda en un local.
–Así que la basura nueva está dando problemas... –paladeó al apodo que había dado a los Turcos noveles –¿Y que ha sido exactamente...?
–Bueno, esto último no lo he oído muy bien; pero al parecer se han visto envueltos en un tiroteo. No conozco los detalles... cuando Jacobi marchaba ha dicho algo de “atrincherados en un lavabo como ratas.”

Una carcajada resonó por el auricular. Algo en ese sonido gritaba ¡Victoria! El jefe recobró un poco la compostura y preguntó.

–¿No tienes más detalles para mí?
–Créeme, ha sido muy repentino... un guardaespaldas se ha acercado a la mesa donde estaba conversando con mi cliente, con una copa en la mano y el puro en los labios, y le a susurrado algo al oído. Qué le ha dicho exactamente no lo he podido escuchar, pero se ha puesto blanco como la cera y se le ha caído el puro en el regazo. Casi se incendia los pantalones –hubo otra carcajada –. Se ha disculpado demasiado deprisa, parecía muy nervioso.... ¡A sí! Han dejado caer que el follón ha sido en el Tower of Arrogance. –de pronto cierta duda asomó en la voz de ella – ¿Dónde estás?
–Relájate preciosa, estoy muy lejos de ese lugar.

Cherry calibró el tono jovial con el que hablaba su jefe, y un sonido gutural se sumó al chapoteo que se oía de fondo.

–¿Dónde estás? –aun con las mismas palabras, la pregunta era diferente.
–Por ahí, haciendo ruta por así decirlo.
–¿Y quien te acompaña? –atacó ante la evasiva.
–Bueno... creía que era una mujer pero veo que aun ha de madurar bastante para llegar a serlo.

Su voz había bajado hasta adoptar un matiz de insatisfacción y desprecio; y Cheery sabía que había dicho esto último mirando fijamente a su desafortunada acompañante. Eran unos cuantos años toreando el carácter exigente del jefe, algo había aprendido en ese tiempo.

–Bueno, querida –dijo el interlocutor dirigiéndose de nuevo a Cherry –, será mejor que regreses al lado de tu acompañante e intentes descubrir más cosas sobre este divertido incidente de los Turquitos.
–Ya sabes que la información tiene un precio –matizó.
–No te preocupes, te pagaré bien.
–¡Estupendo!, porque ¿sabes?, hay un bolso que necesito para seguir viviendo.
–Tomo nota. Ahora regresa con tu acompañante.
–¡Ok!
–Espero que jugar a los espías no te haga descuidar tu trabajo.
–¡Por favor! ¿Por quién me tomas? –su tono de ofensa era bastante realista.
–Está bien, está bien. Venga, regresa a la fiesta y divertíos. Los dos.

La orden subliminal no pasó inadvertida para Cherry, que colgó el teléfono tras una breve despedida y se evaluó frente el espejo antes de salir del baño.

En otro baño, ante otro espejo, Leroy se guardó el móvil en el bolsillo y se resiguió la perilla con dos dedos antes de dirigirse a su tercera conquista, arrodillada frente al retrete. La satisfacción experimentada por las alentadoras noticias se diluyó rápidamente, como un medicamento amargo en agua, regresando a la realidad del baño de cerámica negra.

–La chica con la que estaba hablando es una mujer de verdad, no una niñata que se no es capaz de chuparla sin vomitar.

La chica se pasó una mano temblorosa por la cara, extendiéndose el maquillaje. Parecía bastante disgustada; pero estaba tan borracha que seguramente mañana no se acordaría de lo sucedido.

–¿Y tú eras quién presumía de “mujer fatal”? ¿Tú y tus amiguitas? Pues vaya una panda de zorras de segunda fila que estáis hechas... No servís ni para hacerle una paja a un camionero en un callejón –bufó, cabreado –. Dile de mi parte a tu amiga la indecisa que no puede ir de calientapollas por la vida. No le he metido dos ostias porque soy un caballero, pero no tendrá tanta suerte la próxima vez. O se abre de piernas, o más le vale quedarse en casita. Y también va por ti. Y por todas.

Ella no dio muestras de haber captado el mensaje. Simplemente palmeó la pared en busca del papel higiénico y tiró casi sin fuerza, aplicándoselo libremente por la cara mientras sollozaba. Leroy le dio una patada a la puerta del cubículo, obteniendo un breve instante de silencio con ello. La noche estaba resultando repugnante, en pocas palabras.

Todas las mujeres, sobre todo los proyectos de mujeres que visitaban ese local, eran un desperdicio de espacio. Se supone que quería divertirse, no desear romperle la boca contra el inodoro. Esta idea paseó por su mente: estaba en la postura idónea para fracturarle la mandíbula. Podría ser una accidente de una muchacha que no aguantaba el alcohol. Un desafortunado accidente, y alguien acabaría en el hospital.

Movió los dedos uno a uno, crispando los nudillos y flexionando los tendones, a espadas de la chica. Se acercó a ella, que seguía sin girarse, ensuciando el papel con los restos de rimel que no había conseguido limpiarse. Un portazo hizo que la muchacha se girará mientras él se incorporaba como un muñeco de resorte.

Un chaval había entrado tambaleándose en los lavabos, tropezado con sus pies y cayéndose cuan largo era, provocando las risas de sus compañeros. Los tres parecían muy perjudicados por otras substancias que no eran el alcohol. El que se había caído se medio incorporó, mirándolo fijamente. Aun controlaba lo suficiente para hacerse cargo de la situación.

–¡Perdona tío...! – farfulló entre una risita descontrolada – ¡Vosotros seguid, seguid, como si yo no estuviera!

El recién llegado sorbió la última palabra y a gatas se acercó al cubículo de al lado. Sus compañeros se tambaleaban en la entrada, incapaces de dar un paso más sin caer rodando.

¡Mierda!, pensaba. Estaba enfadado, cabreado, y tenía que pagarlo contra alguien o estallaría. Pero a través de toda la rabia aun podía asomar un rastro de inteligencia que le advertía lo poco conveniente que era iniciar una pelea con tres colgados o pegar una muchacha con testigos, por muy drogados que fueran. No, este no era el lugar ni el momento.

Salió del baño como una exhalación, empujando a los chavales que seguían riéndose en el marco de la puerta y sin dedicar un último insulto a la cría que no lo recordaría al día siguiente.




El agua empezaba a hervir, borboteando en la pequeña cazuela. Apagó el fuego y la retiró del fogón, vertiendo las hojas secas. Berta removió un par de veces la infusión antes de taparla y dejarla reposar unos minutos.

Abrió un armario de la cocina para buscar una taza. En el interior se cobijaba una vajilla para una sola persona: un vaso, un plato, un cuenco... una historia solitaria. Se puso de puntillas para alcanzar una taza grande sin asa, de estilo oriental. Siempre le habían gustado esas tazas, con pintura esmeril en verde y marrón negruzco. Como elemento ornamental le resultaban bonitas, pero no eran muy útiles para su gusto. Al menos ella no sabía muy bien como cogerlas sin quemarse, acostumbrada a sostenerlas por el asa.

Encontró una bandeja de madera sin barnizar y colocó la taza antes de filtrar la infusión en ella. El color resultante no le convencía, y el olor intenso prometía un sabor amargo. Estuvo a punto de buscar algo para endulzarla aunque no estaba muy segura de que aquella mezcla herbal admitiera azúcar. Al final llevó la bandeja al salón y la dejó sobre una mesa baja.

–Gracias –murmuró Airo incorporando medio cuerpo y apoyando el peso sobre la mesa.
–¿Qué tal te encuentras?
–Psé... me molesta más la humillación que el dolor en sí.

Berta dejó escapar un bufido mientras negaba con la cabeza. Según ella, se conocían lo suficiente para no sentir vergüenza en según que situaciones. No era la primera vez que alguien había recogido a Airo de la calle y lo había arrastrado hasta casa, argumentando había sufrido un ataque o algo similar. Tampoco era la primera vez que lo hacía tumbarse en el suelo y levantar las piernas, ofreciendo la escasa comodidad de un cojín y una manta; ni era la primera vez que le impedía descolgar el teléfono cuando intentaba llamar a un médico. Imaginaba que era una mezcla de miedo y ego lo que le impedía poner los pies en un hospital. Tampoco es que ella le insistiera mucho en este aspecto, porque en el fondo le gustaba jugar a ser enfermera. Le hacía sentirse útil, necesaria, algo que casi nunca había experimentado. Mientras su vecino siguiera enfermo, necesitaría de sus cuidados en los malos momentos.

Además, en lo más profundo reconocía que era esta enfermedad lo que le daba confianza. Airo era un hombre mayor y tullido, bastante frágil. Alguien que no podía hacerle daño porque no tenía la fuerza suficiente para ello. Un hombre sano y fornido le habría generado intranquilidad, y aunque su vecino había demostrado tener genio, sabía que se cansaba rápido. Era, según sus cánones, un hombre bastante inofensivo. Lejos quedaban las fantasías de juventud de encontrar un gallardo caballero que la protegiera: había aprendido que los hombres usaban la fuerza contra ella, y prefería un amigo débil que un posible enemigo fuerte.

Observó como su vecino cogía la taza con dos manos, una bajo la base y otras alrededor del cuerpo, y respiraba sobre la humeante infusión. Un deje de irritación exigía no recibir lástima. Poseía un gran orgullo, a pesar de los golpes de la vida, la baja posición social y la salud mermada. Seguramente, de haber vivido una situación más favorable, se parecería a su ex marido.

–Estás muy pensativa –murmuró Airo por encima del vapor de agua.
–¡Ah, mn...! –Berta atrapó uno de sus cortos mechones –Pensaba... ¿estás bien?
–Bueno, mi estómago parece haber vuelto a su posición habitual. Stork conduce muy mal. Él dice que tiene el GPS mal configurado, yo digo que no tiene ni puta idea de adonde va –sorbió un poco de infusión –. Son formas distintas de decir lo mismo.
–¿Quién era ese hombre? ¿Stork has dicho que se llamaba?
–Es un mote. Y es un conocido habitual. Ya sabes que a los viejos nos gusta sentarnos en los bancos y charlar con quien sea.

Berta ignoró esta mentira flagrante y fingió estar conforme con la respuesta. Si algo había aprendido de su antigua pareja y Leroy reafirmaba es que cuando un hombre mentía a una mujer es porque la protegía algo que podía hacerle daño. En la ignorancia estás más segura, solía decirle su ex mientras le acariciaba la mejilla. No había pasado por alto los trapicheos de su vecino y las conversas a media voz que tenían con personas claramente afectadas por el síndrome de abstinencia. Se suponía que Airo cultivaba, no comerciaba; pero en los últimos tiempos eso sólo se suponía. Y desde hacía unos días se había vuelto aun más hermético de lo habitual.

El silencio había vuelto a adueñarse del salón de Airo. No había sofás ni butacas, sino un suelo enmoquetado con algunos cojines haciendo las veces de asiento. Alguna vez le había contado que le gustaría poner un tatami, como en un antiguo hogar; pero resultaba demasiado caro para su economía. No le incomodaba ese silencio, pensaba ella mientras acariciaba la moqueta de color oscuro. Había pocas personas con la que podía compartir un tiempo sin conversas por el simple placer de la compañía mutua. Airo era una de ellas, con su especial don de simplemente estar allí para escuchar o acompañar, sin ningún contacto que la perturbara.

–Gracias por... todo en general –musitó él, mirando la taza medio vacía.
–No pasa nada, hombre –replicó, quitándole importancia con un gesto de la mano –. Ya sabes que estoy ahí para lo que necesites.
–Me gustaría compensarte.
–No es necesario. Con que seas un buen vecino me conformo.
–De que sirve un buen vecino que no puede ayudarte a subir la compra o al que puedas llamar cuando creas que se ha colado un ladrón –esa frase tuvo un regusto amargo, como la infusión que intentaba beberse.
–¡Por favor, ya soy mayorcita! –espetó con una sonrisa –¡No necesito un padre que me proteja!

No había mala intención en las palabras de su vecina, sino todo lo contrario; pero a Airo le sentaron igual que un insulto. Sabía que difícilmente podía protegerla, ni ahora ni cuando había sido necesario. Pasó la lengua por los dos molares que le faltaban, recuerdo de cuando años atrás había intentado alejar a su entonces marido durante una violenta pelea. Eso le dolía bastante, por él y por ella. Si hubiera sido más fuerte quizás hubiera podido partirle la cara a aquel capullo, y le hubiera ahorrado unos cuantos años de sufrimiento a Berta. Pero la verdad es que resultaba viejo e inútil, y sólo la astucia le había permitido sobrevivir tantos años en una jungla donde se comían a los más débiles.

La oscuridad y el silencio del piso invitaban a la reflexión, casi a la depresión; pero la puerta tembló sobre sus goznes al ser abierta bruscamente. Berta se puso en pie, cogiendo inconscientemente la bandeja a modo de escudo. Leroy hizo girar la llave maestra con la diestra mientras ingresaba en el pequeño piso. Airo notó una oleada de hostilidad que lo puso en guardia, como ver las orejas gachas de un tigre entre la maleza: estaba de muy mal humor y venía a cobrase algo para compensarlo. Cuando el recién llegado habló, un matiz amenazador se deslizó entre sus palabras.

–¡Hola viejo! Te veo... fatal –se giró a Berta con un tono menos amable –¿Qué coño haces aquí que no estás trabajando?
–Eso tendría que preguntártelo yo – amenazó Airo, alejándose de la mesa.
–¿A qué vienes tan tarde? –preguntó Berta, animada por la réplica de su vecino.
–Yo, tratar cosas importantes. Tú... follando no, desde luego, porque a este no se le levanta. A no ser que sepa darle un uso alternativo al bastón.

Airo se mordió el labio inferior, notando como la rabia y la vergüenza teñían su cara de rojo. Al menos Berta no se había girado a mirarle, escondiéndose tras la bandeja sin barnizar. El casero miró su reloj de maquinaria de cuarzo mientras se acercaba a los inquilinos. Eran casi las cuatro de la madrugada

–A estás horas – dijo mientras la cogía del brazo y la arrastraba hacía la puerta–, deberías estar al teléfono diciéndole cositas guarras a unos cuantos pervertidos sexuales. Tengo cosas que tratar con tu vecino.
–Airo no se encuentra bien –dijo ella, abrazando la bandeja.
–Me importa una mierda. Largo de aquí.
–Lárgate tú, Leroy –el viejo había alcanzado el bastón y se había puesto en pie con dificultad –. Estas no son horas de molestar a la gente honrada.
–¡Ja! –rió sarcástico – ¿Dónde ves tú a al gente honrada?
–No me encuentro bien. Lo que sea que tengas que decirme puede esperar a mañana.
–Ya es mañana –indicó, levantando la muñeca donde tenía el reloj.
–¡Pero Leroy...! –imploró ella con ademán conciliador.
–Escúchame atentamente porque sólo lo diré una vez –advirtió con un tono siniestro –. Vengo del sector 1, y estoy muy cabreado con todo lo referente al género femenino. Ya le he estrellado la cabeza contra la pared a una idiota y he estado a punto de abofetear a otra que “se lo ha pensado mejor” cuando estaba a punto de metérsela. A la tercera no le he hecho nada porque total, aun debe estar vomitando. Apúntalo, el alcohol y el semen no son una buena mezcla; pero creo que ya lo sabías.

Berta lo miró ofendida, desafiante, y él respondió al desafió asiendo con más fuerza su brazo. Notó que empezaba a entumecérsele por la falta de riego y le golpeó la mano para librarse de la tenaza.

–Venga, dame una razón para pegarte –la retó, zarandeándola.
–No voy a consentir semejante espectáculo en mi casa – advirtió el viejo, acercándose a un paso horriblemente lento.
–Te recuerdo que es mí casa, y tú –señaló al oriental –eres un inquilino que debería agradecerme el techo que le proporciono. Y tú –zarandeó a Berta de nuevo –, deberías estar al teléfono a la de ya si no quieres tener más problemas.
–¿Y por eso tienes que pagar tu mala ostia con nosotros? Si tienes problemas con las mujeres son culpa tuya, no nuestra –le espetó la rubia.

Esa era la razón que Leroy esperaba. Sin mediar palabra, le golpeó en la cara con el puño cerrado. Ella, anticipándose a sus movimientos tras años de maltrato, se había cubierto con la bandeja; pero sólo sirvió para golpearse con la madera y enfadarlo más. Forcejeó con su inquilina, intentado quitarle el improvisado escudo, impidiendo que se escabullera presionando aun más el brazo con el que la agarraba. La desesperación le daban fuerzas a ella, la necesaria para que el casero se viera obligado a usar las dos manos para quitarle la bandeja.

El reflejo condicionado hizo que, en cuanto se vio libre y desarmada, se agachara en el suelo y se cubriera la cabeza con los brazos. Creía que no volvería a experimentar ese pánico tan conocido que venía justo antes de sentir el dolor de los golpes, ese instinto tan básico de la supervivencia que le hacía gritar y huir; actos que en la mayoría de los casos se quedaban en meros intentos.

El miedo parecía dilatar el tiempo, convirtiendo los segundos en minutos, hasta que se dio cuenta que su lento transcurrir no era una alucinación. No sintió el contacto furioso de los puños contra su piel porque no la estaban pegando. No estaba pasando nada.

Aun acurrucada contra el marco de la puerta, Berta separó lentamente los brazos para comprobar qué fuerza sobrenatural había cambiado el curso de los hechos. A sus pies, encogido en posición fetal, Leroy gemía y respiraba con dificultad. Tenía los ojos húmedos, y parecía que iba a vomitar de dolor. Airo lo miraba desde la altura, dando golpecitos con el bastón a la moqueta.

–Ahora sabes lo que siento yo muchos días –escupió el oriental.
–¿Qu-ué le has hecho? –acertó a preguntar Berta.
–Un sólo golpe. En la ingle. Si lo he hecho bien, le dolerá la pierna durante varios días. Si lo he hecho muy bien, se quedará impotente.
–¡Oh...! –estaba demasiado aturdida par añadir nada más.
–Lo importante no es golpear, sino hacerlo en el lugar correcto –dijo mientras movía el bastón como un taco de billar, representando el certero ataque.

Sería la vista en contrapicado que le ofrecía el estar sentada en el suelo; pero durante unos segundos Airo le pareció imponente. Él se mesó la barba con la mano libre y después se la ofreció para que se pusiera en pie. Berta observó a su jefe de nuevo y se permitió una sonrisa burlona. Aun exaltada por lo que acababa de ocurrir, se sentía cada vez más segura ante la indefensión de Leroy.

–Escúchame atentamente porque sólo lo diré una vez –parafraseó Airo –, si tenemos que convivir o trabajar juntos, tendrás que respetar algunas normas. Al parecer tu padre no supo educarte y no me extraña, porque imagino que no sabes ni quien es, así que tendré que hacerlo yo.

“Lo más importante es lo que no puedes hacer. No puedes presentarte en casa de los demás a la hora que te parezca, no puedes amenazar a vecinos e invitados, y básicamente, no puedes hacer lo que te salga de las pelotas. ¿Ha quedado claro?”

Leroy no contestó, simplemente dejó escapar una exhalación que sonó pesada y lenta.

–Creo que no está muy convencido –opinó ella, envalentonada por cómo se habían desarrollado los acontecimientos.
–Entonces deberíamos ponerle un castigo, para que aprenda –Airo bufó y miró a Berta –. Quizás prefieras irte.
–¿Qué vas a hacer?
–No será agradable –advirtió.
–Quiero... quiero verlo – Berta se retorció las mangas del jersey.

El oriental supuso que quería venganza, venganza por los hombres en general y no este en particular; el mismo tipo que venganza que buscaba Leroy y que tan mal le había salido. Airo inspiro y se regaló parte de la admiración y el agradecimiento que había en la mirada de su vecina. Era algo reconfortante y casi olvidado, como el recuerdo de un sabor dulce paladeado durante la infancia.

–No será nada original, pero muy efectivo, créeme. A mí me lo hicieron una vez y me convenció bastante. Y que conste –advirtió al casero –que te lo hago a ti porque sé que tienes el dinero suficiente para arreglártelo. No vamos a destrozar tu cara bonita de forma permanente.

Berta no apartó la mirada, no pestañeó siquiera cuando vio que el bastón dibujaba una trayectoria curvada de derecha a izquierda, pasando por la cara del proxeneta. La sangre brillo unos segundos en el suelo antes de ser absorbida por la moqueta. Leroy parecía demasiado aturdido para acusar el golpe, aunque dejó escapar un sonido indescifrable entre saliva y sangre.

Airo volvió al punto de origen para repetir el golpe.

–Hasta que le arranquemos dos dientes –miró a Berta –. ¿Te parece bien?

Ella asintió, mientras en su mente se cruzó la imagen de su ex marido y de todos los hombres que habría querido ver así; y una mezcla de mala conciencia y alivio se expandieron en su interior. En el fondo seguía siendo una inmadura, seguía queriendo alguien fuerte que la protegiera, aunque el tiempo lo pusiera en su contra.

jueves, 8 de enero de 2009

Nuevo juego: Encuestas.

Azoteas me ha traído momentos geniales, y algunos un tanto agridulces, y no he podido en meses quitarme de la cabeza uno en especial: Fue cuando llegamos a los 100 capítulos, y yo arramblé con todas las categorías, menos una con las que más contaba: Mejor personaje.
Había preparado mi caballo ganador para el evento, un turco, lo cual suponía una profesión con estilo y glamour, aderezados con un toque personal de violencia irascible y cinismo. Una balanza cuidadosamente equilibrada entre aspectos positivos y negativos: Un defensor con un lanzallamas, por así decirlo. Fiel a sus amigos hasta las últimas consecuencias, fuerte y honesto, a la vez que amargado, cínico y hostil al mundo en general. Un personaje con un pasado oscuro y y un presente que parecía encaminado hacia un rayo de esperanza, especialmente con la nueva sorpresa de una posible y futura paternida. Ese rayo se volvió amargas cenizas en su paladar, cuando la mujer amada, presa del terror y las pesadillas del pasado lo abandona.


Y voy y pierdo contra un niñato fashion que aparece en mil ilustraciones como el famoso que acapara portadas de revistas, tiene movimientos ninjo-guayses, es un tarado mental y un inadaptado social. Feeeeerpecto.


De todos modos, detrás de cada personaje, cada uno ha puesto su esfuerzo, su ilusión y sus ganas... Y la verdad, llevo ya cosa de año y pico rallando con lo mismo. Debería callarme. De hecho, esta es la segunda vez que escribo esto, ya que la primera me fui de listo y fui ofensivo (mis disculpas, Noiry). Además, dadas mis conspiraciones para crear escenas como los asaltos del Equipo A (apodo que le hemos puesto al grupo del ex militar tarao, el chico ninja, el francotirador hedonista y el loco de los motores), o con el romance violento querido por todos entre el chico ninja y la brutipija rubia violenta, se que el personaje de Paris tiene bastante más profundidad de la que aparenta.

La cuestión que me dio la idea es que en esa votación, también recibieron votos otros de mis personajes, como Rolf o Kowalsky, cosa que en ningún momento se me había pasado por la cabeza (con Kowalsky un poco, pero Rolf es absolutamente, de todos mis personajes, el más plano, aunque en esa época Henton era igual de plano que él).
En fin... Perdón por el desvarío. Últimamente estoy poco dado a escribir y lo necesitaba para desentumecerme. Este es el juego en cuestión: Hacer una votación para ver de cada participante, cual es su personaje más popular.

Iremos por turnos, uno cada semana. Quien quiera participar, cuando le toque deberá escribir una breve descripción de cada uno de los personajes que quiera presentar a la encuesta, que serán tantos como os de la gana, y añadir algunos datos aparte, como en que se inspiró o mierdas así.

Los votos se postearán como comentarios, y deberán ir acompañados de una opinión (las opiniones ayudan mucho a desarrollar personajes).

La madrugada de domingo a lunes se postea en una entrada la lista y descripción de los personajes, que cada autor deberá postear el mismo a las 12 de la noche o enviarlo al email de Noiry, el de Azoteas o el mío para que lo subamos con tiempo.

Se votará a lo largo de toda la semana, y el domingo por la noche se verá que personaje gana.

El autor entonces deberá postear un comentario en esa misma entrada comentando un detalle desconocido, pasado, presente o futuro del personaje ganador. Si ganan varios, pues se postean uno de cada personaje (¡COMO NOS GUSTA EL MORBO!)


Con tres personas a favor, empezamos este mismo domingo, y el primero que se lo pida, empieza (si no, pues pringo yo, como siempre).


Espero vuestras respuestas. (Huelga decir que, aunque "obligatorio" es una palabra un tanto fea para el tono de colegueo que usamos siempre en azoteas, esto no es un relato que comentas si quieres, y se agradecerá la participación).


Ukio

jueves, 11 de diciembre de 2008

150

Entre los suburbios, en un garaje del sector cuatro, una linterna recorría metódicamente cada pieza del motor de un Shin-Ra Alraun, de color rojo desgastado. Era un modelo un tanto antiguo, pero su diseño seguía siendo igual de bonito. Tracción delantera y una potencia respetable para un coche tan ligero, que lo convertía en una pequeña centella carmesí. Tras cerciorarse de que cada juntura, cada pieza y cada anclaje estaba en su sitio, el joven que manejaba la linterna cerró el capó con cuidado, haciendo el menor ruido posible.

- ¿Entonces, te lo quedas? – Preguntó Han mientras se limpiaba las manos con un trapo. Su interlocutor era un hombre lampiño con su mismo tono de moreno, salvo que su melena era lisa más larga y cuidada. También se diferenciaban ligeramente en los rasgos de la cara, pero donde más se notaba era en el estilo al vestir. Han iba un poco desarrapado, con una vieja camiseta de un grupo de heavy metal (opinaba que las camisetas “heavys” no envejecían, sino que adquirían pedigrí), mientras que el otro vestía una camisa de seda, un abrigo largo y unos pantalones de cuero negro, dando un toque extraño, pero elegante.
- No se, Han... ¿Seguro que tu no lo quieres?
- O te lo quedas tú o se lo vendo a otro, y la verdad... Es un buen coche, entra en las curvas con mucha seguridad y si no te pesa el pie, no consumirá demasiado.
- ¿Qué arreglos le has hecho? – Preguntó curioseando el interior.
- Frenos de disco a las cuatro ruedas, reforzar el freno de mano... – Han recibió una mirada de reproche: Conociéndolo, no era difícil saber que esa anodina palanca era el camino más directo hacia los derrapes más temerarios. En respuesta se limitó a encogerse de hombros y sonreír. – y suspensiones nuevas. Las llantas las conseguí en un desguace a muy buen precio, cambié filtros, aceite y limpié válvulas.
- ¿Cuánto me vas a pedir por él? – Han se frotó con los nudillos la corta barba, en la esquina derecha de la mandíbula.
- Llévatelo. Me das el viejo y estamos en paz.
- ¡Han, no me jodas!
- ¡No me jodas tú a mí, Malcolm! Eres mi puto hermano. Si digo que te lo lleves, llévatelo.

El camarero sostuvo la mirada del mecánico un buen rato, pero acabó por ceder y aceptar el favor que se le estaba haciendo. Era muy improbable que se lo fuesen a cobrar más tarde. Asintió, y cogió al vuelo las llaves cuando el otro se las lanzó.
Mientras Han se encaminaba hacia el fondo del garaje, donde cogería su cazadora, Malcolm seguía escrutándolo fijamente, hasta que finalmente acabó por hablar.

- ¿Qué sucede?
- ¿Eh? – Un buen camarero sabe reconocer cuando alguien se hace el loco, pero un camarero de los mejores sabe cuando debe insistir y cuando no.
- Han... Me has hablado del Alraun tantas veces que creí que ahora que tenías uno ibas a darle caña hasta que explotase, pero acabas de prepararlo y me lo regalas, como quien abandona un periódico viejo. ¿Qué coño pasa?
- Sigue siendo un buen coche...
- Pero no es el Fenrir. – Han sonrió al ver lo acertado que estuvo Malcolm. No solo eran hermanos: Eran mellizos. Gemelos no idénticos, al haber sido fecundado el óvulo después de haberse dividido. Malcolm le dio una palmada en el hombro. – Podrías ganar a muchos Fenrir con este pequeñín...
- No has acertado. – Dijo el mecánico, haciendo que su hermano se sobresaltase. Era muy raro equivocarse a la hora de interpretar los sentimientos de su hermano. – El Fenrir ya no es nada... – Han dudó unos instantes, cerrando los ojos, antes de encarar a Malcolm. – Nunca, y es el “nunca” más importante de toda tu vida, hables a nadie de esto. ¿Vale?
- Lo juro.


Han dio unos pasos hacia el fondo del taller, abriendo una puerta que daba a los garajes. Allí al fondo había una figura cubierta con una lona, que reflejó ser otro coche al encender la luz. Malcolm avanzó hacia él mientras Han cerraba la puerta con llave. Retiró la tela y contempló el vehículo, extrañado.

- ¿Un Cavalier? Creía que tú odiabas los coches familiares de lujo.
- Este no sirve para pasear familias. – Respondió mientras retiraba un ladrillo de la pared. Tras él sacó un juego de llaves y abrió el coche con el mando a distancia. - Ábrelo.

Sospechando en silencio, Malcolm tiró de la palanca que soltaba el capó. Buscó a tientas el resorte y levantó la placa de fibra de carbono, antes soltar una blasfemia. Han caminó hacia su lado, tranquilo, intentando disimular el orgullo, mientras encendía de nuevo su linterna.

- La leyenda existe: El Blackbeast... – Llevado por su sentido de lo teatral, el piloto dejó la palabra en el aire. A pesar de haber sido poco más que un susurro, sus sílabas resonaban como el eco de un trueno.
- El Blackbeast... – Repitió el camarero. - ¿Cómo? ¿Dónde?
- Montándolo yo, con ayuda del viejo “Remache”. De donde saque todo, solo te diré que lo “encontré”.
- Entiendo... – “Remache” era el apodo del sesentón dueño del taller en el que Han había aprendido todo lo que sabía, desde la más tierna infancia. Lo llamaban así por que había aprendido mecánica con tanques, en el ejército, y había abandonado la vida militara causa de una herida en el pecho, que le obligaba a usar marcapasos. En resumen: Habían tenido que “arreglarlo”.
- ¿Y esto es lo que te jode? – Dijo Malcolm cuando al fin logró apartar la vista de la bestial maquinaria, irguiéndose y mirando a su hermano, que seguía mirando cada pieza, deslizando las yemas de los dedos con el afecto de un padre. – Has logrado lo que querías. Malcolm siguió repasando todo el motor: Desde el filtro hasta los carburadores, pasando al sistema de encendido eléctrico.
- Seis litros, Mal... Diez cilindros alimentados por dos carburadores dobles. No tiene turbo ni puta falta que le hace, con un sistema de aspiración tan perfecto que en treinta años apenas ha habido nada que poner a punto. Ni siquiera podría decirte que potencia tiene... ¿Sabes a cuantas “vueltas” lo he puesto?
- Mmm... Diez mil. – Respondió Malcolm, conocedor de la jerga en la que se referían a las revoluciones del motor.
- Quince. Y aún no llega al corte.
- Has aprendido a volar, Han. – El camarero, abrumado, tomó del hombro a su hermano, abrazándolo. Se sentía contento y orgulloso por que este lograse uno de sus mayores objetivos en la vida. Tenía un coche capaz de humillar cualquier deportivo de última generación, y de muchas de las siguientes. – Es invencible...
- Dulce pájaro de libertad... – Prosiguió casi absorto. – Este no es el Fenrir. No hay competición, salvo con uno mismo. Nada se puede medir contigo, al volante de este hijo de puta.
- ¿Pero? – Insistió el camarero.
- Pero... – Dijo mientras se disponía a cerrar el capó, no sin una última mirada. – Tengo miedo. – Susurró. – No de conducirlo. Es decir... Si que me acojona. ¡Me acojona la hostia! ¡Es como una puta caída libre! ¡Es tanta adrenalina que sientes que el corazón te va a explotar, pero que mientras el coche siga yendo a tope, no mueres! No... – Sonrió, pero su rostro evidenciaba tristeza. – Lo que realmente me asusta, Mal, es que es mi puta obra maestra. Estoy orgulloso, aunque no pueda conducirlo salvo para casos especiales. No puedo competir con él, ya que ni siquiera sería competir, sino abusar. – Suspiró, apartando la mano del capó y se volvió para no enfrentarse a la imagen de la bestia. – Tengo miedo de haber llegado a mi límite.
- ¿Tu límite? – Insistió Malcolm, incrédulo.
- Mi límite, tío. El fin del camino. Tengo veinticuatro años y he ayudado a diseñar y construir el turismo más rápido de la ciudad... Quizás del mundo.
- ¿Y eso es malo? ¡Significa que tu ganas! ¡HPC motors, como siempre has soñado! – Han sonrió, e incluso se ruborizó un poco. Por acostumbrado que estuvieses, Malcolm siempre encontraba la forma de sacarle los colores a todo el mundo.
- Eso no podría ser: El motor pertenece a Shin-Ra, no lo diseñé yo... Pero eso no importa: He perdido contra mí mismo, y aún acabo de empezar. ¿No lo entiendes? – Su hermano lo miraba, confundido. – Tengo miedo de no poder hacer nada mejor... Nada que ni siquiera sea tan bueno como esto, el resto de mi puta vida.
- Entiendo... - Ahora, el camarero asintió. Volvió a apoyar la mano en el hombro de Han. Luego se volvió y entró en el coche, contemplando cada detalle del interior. Eran una chapuza: Salvo los asientos y el volante, todo aquello superfluo había sido desmontado o incluso simplemente arrancado. Se podía ver el hueco donde debería estar la pantalla del GPS, y una parte del suelo sin alfombra delataba un desaparecido reposabrazos. – Y... ¿Cuánto dices que pilla este pequeño? – Han sonrió ante la pulla, igual que lo haría justo antes de saltar a una pelea.
- Doce segundos. – Respondió sentándose al volante.
- ¿Cero a cien?
- No. Cero a cien en tres y medio. Doce segundos y gritarás como una colegiala.






Paris no pudo evitar fijarse en la niña. Simplemente era demasiado para él. Había visto miles de veces a adolescentes de quince o dieciséis años intentar colarle carnés falsos o camelárselo para que les sirviese alcohol, y lo había reconocido mil y una veces. Sin embargo, esta vez era ya increíble. ¿Cuántos años tendría? ¿Diez? ¿Doce como mucho? ¡Joder! ¡Y con ese maquillaje! Por suerte, el Supreme de Kurtz paró a recogerlo.

- Hola... – Dijo mientras tomaba asiento y se quitaba los guantes. Kurtz reparó en ellos, de cuero, con refuerzos en nudillos. – Rolf me está enseñando a ir en moto, y con este tiempo, si llevas las manos a la fresca, se te congelan en nada. – El turco sonrió.
- Así que ahora eres motero... – Dijo tranquilo. Paris lo miraba fijamente, observando intrigado los moratones de su rostro y las heridas de sus nudillos.
- Si... – A Jonás y a cualquiera con capacidad de percibir lo evidente les habría llamado la atención. – Eeeeeh...
- Escupe. – Dijo arrancando, con una sonrisa de resignación.
- Tu... Cara...
- ¡Ja! Mi cara, mi torso, mi hombro izquierdo, mis rodillas...
- ¿Y el otro como quedó?
- Jodido, muy jodido, te lo aseguro... – Se estaba incorporando al tráfico, con aire ausente, mientras podía notar por el rabillo del ojo toda la atención de su copiloto, que seguía la mancha morada de su mandíbula y los movimientos que hacía mientras hablaba. – Pero me ganó.
- ¡¿Qué?! – Esa afirmación habría congelado el tiempo: ¿Jonás? ¿Jonás “Scar” “Yo estoy rajado pero alguien tendrá que llevarse tus restos con una escoba y un recogedor” Kurtz? - ¿Derrotado?
- Bueno... Fue un empate.
- ¡No fue un empate, Kurtz! ¡Si lo fuese, ni siquiera habrías admitido la posibilidad de haber encajado un solo golpe más de los que diste!
- ¡Fue un empate! – Insistió el turco, mientras maldecía entre dientes y aporreaba el claxon. – Interrumpieron el combate antes de que ninguno de los dos saliese herido de gravedad.
- ¿Contra quien luchabas? – Preguntó, mirando de nuevo a la carretera y agarrándose al pequeño asidero que había sobre la puerta. Era la primera vez que subía a un coche desde aquella fuga, y aún sentía cierta aprensión.
- Un luchador profesional, joven, gigantesco y fuerte como una manada de bégimos.
- Suena duro... ¿Cómo estabais cuando interrumpieron?
- Él tenía un codo y una rodilla jodidos, y también había encajado un par de buenos golpes, y yo me había comido un puñetazo inmenso justo encima de la oreja que me había dejado como el badajo de una puta campana, aparte de algunas otras hostias de menor consideración.
- Suena igualado...
- Si, pero a su manager no le interesaba que le rompiesen al soldadito. Solo querían que lo pusiese a prueba.
- ¿Y que opinas? – Poco a poco, Paris se iba acostumbrando, al ver que, aunque Kurtz no respetaba los límites de velocidad, si lo hacía con los de la física.
- Es un monstruo, y le gusta serlo. No es cruel, ni busca abusar, simplemente lucha de la mejor forma que sabe. Siempre y a cualquier precio. Es tosco, y se nota que ha aprendido a pelear de forma autodidacta, puliendo después con algo de judo y moai thai, sin embargo, es duro como un trailer de nueve ejes hecho de piedra maciza. No se habría rendido ni ante un dios enfurecido, y pude sentir que disfrutó de cada segundo que duraron las hostias, como un niño jugando al mejor juego de su vida. – Miró a Paris, y vio como este lo contemplaba de reojo, con la boca cerrada. Esperaba a que continuase, atento al tráfico. El turco vio que se fijaba especialmente en las señales.
- ¡Sigue de una vez! – Acabó por insistir. - ¿Por qué dices que perdiste?
- Muy simple: Yo peleo mejor que él, pero él es mucho más duro. – Dudó un segundo sobre lo que acababa de decir. – No en el sentido de “valiente”...
- ¿Fuerte?
- Sólido. Sabe donde golpear y como hacer mucho daño, sabe como cubrirse y guardar sus fuerzas para atacar mejor y lanzar fintas y amagos para que su adversario baje la guardia. Es un luchador, en el sentido más puro de la palabra: El combate lo es todo para él. Es como se siente pleno. Yo no soy así.
- ¿No? – A Paris le extrañó enormemente esa afirmación de alguien tan exaltado y violento como Jonás. – Pues mira que te gusta saltar a la gresca...
- Ya, pero no es lo mismo. Para mi, hay dos tipos de hostias: Las de risas en un bar, o contra algún idiota que me haya estado buscando, o las que son por deber. Soy un broncas o un soldado, no un luchador. Para mí, la pelea en sí es un medio. Para ese hombre, la pelea es un fin por si mismo.
- Entiendo...
- Ni te lo imaginas: Pelear es pegarle a alguien hasta que su mente no es capaz de seguir, o su cuerpo dice basta. El cuerpo de ese hombre podría ser atropellado por un meteorito y pedir un segundo asalto, y su mente no se va a rendir. Él no quiere ganar el combate: Solo quiere combatir. No puedes ganar contra alguien así sin matarlo.

Scar no tenía más que decir al respecto, y ahora que ya había asumido que el viaje en coche no se iba a convertir en otra ruta suicida, Paris se permitió a sí mismo apoyar la cabeza en el cristal de la ventanilla, perdiendo su mirada entre el deteriorado paisaje del sector seis.

- ¿A dónde vamos? ¿No íbamos a tu casa, a ver un combate por la tele?
- Si, pero antes quiero pillar la cena. No me puedo creer que vivas en el sector seis y no hayas oído hablar de los kebabs de Hakeem.
- Nunca he probado ningún kebab. Eso de tener la carne ahí fuera, varios días...
- Confía en mí, bastardete.

Con pocas maniobras aparcó el coche al lado de una plaza. El viejo Supreme tenía cerraduras manuales, no como esos mandos a distancia. Mientras Scar cerraba, Paris pensó que ese coche definía mucho su personalidad: Era viejo y tosco, pero potente. Funcionaba a la perfección, estaba cuidado con esmero y aunque lo “maltrataba” dándole caña de vez en cuando, lo trataba mejor que a sí mismo. En ese momento, Kurtz encendía uno de sus puros, sin saber que, inconscientemente, estaba dando la razón a su compañero. Había coches nuevos, más cómodos, prácticos, con menor consumo y mejores prestaciones, pero a Kurtz le gustaba ese, y no lo sacarías de ahí ni a garrotazos. Eso se aplicaba a todo: Jonás era del tipo de personas que arreglaría algo quinientas veces, antes de que se le llegase a pasar por la cabeza tirarlo y comprar algo nuevo.

- ¿Vienes o no? – Preguntó el turco, haciéndole apurar el paso para alcanzarlo.
- ¿Dónde queda?
- Aún hay que andar un rato por un par de callejones. – Paris se limitó a asentir con aire distraído, mientras se adaptaba a su paso. - ¿Pasa algo?
- Yo... – Paris estaba buscando la forma de decir algo, pero no parecía encontrar el modo. - ¿Querías hablar conmigo por eso? ¿Lo de la pelea?
- Bueno... Por la pelea y todo un poco... Sveta tiene críos que cuidar, y Harlan y Dawssen están siempre de servicio cuando yo estoy libre, así que casi nunca coincido con ellos.
- Así que... ¿Querías hablar con un... amigo? – Preguntó, recordando su conversación con Yvette, poco antes del concierto.
- Si… - Sonrió incómodo y lo miró a los ojos, con franqueza. –Si a su señoría no le incomoda...
- No, no... – Se apresuró a responder, intentando adaptarse a la situación.
- Además, creo que eres el más indicado para esto: Eres el único de mis colegas con el que he llegado a luchar a muerte. – Paris no pudo evitar sonreír, mientras se acariciaba la cicatriz del pómulo. – Aunque sigo teniendo la impresión de que preferirías vértelas conmigo otra vez, antes que tener que interactuar socialmente con otro ser humano.
- ¿Ahora que se que no eres invencible? ¡Prepárate!
- No es una buena idea, listillo: Este era mi barrio. – Paris estuvo a punto de seguir con las puyas, hasta que se dio cuenta de lo que acababa de oír.
- ¿Este estercolero?
- Un barrio obrero. Te buscabas unos amigos, y te dedicabas a hacer el cabestro por las calles para matar el rato. Le tocabas el culo a las tías, te peleabas, mangabas algo, te emborrachabas... Lo típico.
- ¿Y cuanto tiempo viviste así?
- Hasta los diecisiete... – Dijo, dejando la respuesta colgada.

De repente, algo llamó la atención del asesino. Se giró y vio como una pareja de matones, con idénticas pañoletas, lo que los identificaba como miembros de una banda de delincuentes juveniles, acosaba a su víctima. Esta era un chaval de apenas doce años de edad, al que habían arrinconado en uno de los callejones que salían de la plaza. Miraba al suelo, con la vana esperanza de que lo dejasen en paz y se largasen. Casi por inercia, Paris se disponía a intervenir, y ya había empezado a caminar hacia ellos.

- Déjame a mí, me vendrá bien. – Lo detuvo Kurtz, sujetándolo del hombro y encaminándose él. Paris se quedó inmóvil.


- ¡Vamos, pedazo de mierda! ¡Dame tu puto dinero ahora mismo o te mato! ¡Veng...! – Un pie hizo impacto en sus costillas, haciéndole chocar con su compañero, derribándolo. Una mano, firme como la garra de una bestia, lo sostuvo, para que luego una segunda mano lo cogiese de la nuca y estampase su cara en la pared contra la que habían atrapado al chaval al que atracaban.
- ¡Tú! – Bramó Kurtz al crío. - ¿Qué mierda haces? ¿No sabes defenderte?
- Yo... Son dos, y son mayores... – Dijo sin atreverse a alzar la mirada.
- ¡Pues aprende a pelear! ¿Me oyes? – No levantó la cabeza, buscando una salida entre sus pies, de los que no apartaba la mirada excepto para dirigirla a las gastadas deportivas de su salvador. – Maldita sea... – Blasfemó el turco, arreándole una sonora bofetada con el canto de la mano. El impacto de sus pesados nudillos casi lo derriba, pero logró mantener el equilibrio con un paso en el último segundo. El crío alzo al fin la cabeza, mirando con rabia al turco, que sonrió de forma agresiva. – Así me gusta... Anda, lárgate y aprende.

El chaval hizo caso. Mientras se iba, miraba hacia atrás, y en sus ojos había una promesa de venganza... Algún día. Kurtz le sonrió con orgullo, mientras se despedía de él. Luego se giró hacia el pandillero que aún estaba consciente, que acababa de ponerse en pie.

- Te crees muy duro, ¿eh viejo? – Dijo, mientras rebuscaba en un bolsillo interior de su cazadora. – ¡A ver si eres duro ahora, maricón de mierda! – Al decir esto, su mano reapareció con una navaja.
- ¡Oh, si! ¡Perfecto! – En la cara del turco se veía la expresión de felicidad que habría puesto cualquier hombre ante la perspectiva de tener sexo con su estrella porno favorita. El tono ya era de por si intimidante, pero al girarse hacia él, el matón vio como el rostro que se giraba y le sonreía tenía su mitad izquierda cubierta de cicatrices, y en la mano derecha del turco había aparecido una navaja táctica.
- ¡Mierda!
- ¡Eh! – Gritó Kurtz, congelando en el acto al pandillero, justo cuando se disponía a salir corriendo. – El pincho se queda aquí.
- ¡No me jodas, tío! – Kurtz volteó su navaja con un rápido malabarismo, sosteniéndola ahora por la hoja, listo para lanzarla.
- Dámela, o te daré yo la mía.
- ¡Toma, joder! ¡Tómala! – Tendió el arma y se la ofreció, cerrada. Kurtz se hizo con ella rápidamente, y cerró su propia arma.
- Y ahora, ¡pilla a tu novio y sal de mi vista ahora, maricón!

Paris vio como se acercaba, sonriendo con orgullo mientras comprobaba su nueva arma. La abría y se entretenía lanzando un par de amagos al aire. Se la mostró cuando llegó junto a él.

- Hoja de pico de halcón, para rajar mejor, y una anilla en la base para enganchar el meñique y que no puedan desarmarte... No está mal. Nosotros preferíamos la clásica navaja de estilete, o la de mariposa. – Paris recordó el estilete con el que Kurtz le había hecho frente, tanto tiempo atrás, en el sótano de aquel reactor.
- La gente se moderniza. Prefieren rajar que ir a por órganos internos.
- Es lógico. Con una de estas puedes matar igualmente, pero si lo que quieres es joder bien a alguien, te va a ser más fácil pegarle un buen par de tajos. Las otras sirven para apuñalar, pero no cortan demasiado bien.
- Tiempos modernos, abuelete...
- Primero un motor diesel a mi coche, luego me dan de hostias y ahora mi navaja es una reliquia.
- También escuchas grupos bastante antiguos, y no es que vistas muy a la moda.
- ¡Tu tampoco, niñato!
- ¿Y como sabes que no voy a la moda? – Lo picó de nuevo el joven. – No estarás viéndote con Rolf, ¿verdad?
- Nah... – Rió el turco. – Pero deberías ver al pimpollín que me han asignado. Es como una puta cría de canario. – Durante todo el tiempo que estuvieron hablando, Kurtz estuvo jugando con la navaja, haciéndola girar con el anillo o sopesando la posibilidad de golpear con él. – Pensaba dársela a tu rubia, pero nah...
- ¿Mi que? – El chaval, que iba a sufrir para aprender a no reflejar sorpresa de forma tan evidente, se sonrojó ante la expresión de sarcasmo con la que lo miraba el turco. – Ah... Yvette.
- No hombre... Rufus Shin-Ra.
- ¿Ruf...? ¡Vete a la mierda! – Jonás se carcajeó un buen rato ante la ingenuidad de su amigo, mientras esperaba la respuesta. – ¿Y eso? - Como única respuesta, Scar apoyó la hoja contra la pared, que se partió en dos con un mínimo de presión. - Ah...
- Putas navajas de "todo a un gil"... - Dijo mientras las tiraba. - De todos modos, estas sirven muy bien. Deberías comprarle una, pero decente.
- ¿Tu crees?
- Si se la doy yo, la guardará. Si se la das tú, la tendrá como un tesoro.
- ¡Anda ya! ¡No te quedes conmigo! – Paris seguía rojo como un semáforo, pero Kurtz dio el tema por zanjado.
- En fin... Vamos a por el papeo, que aún llegaremos tarde, y el combate es en pago por visión.






Las vendas le apretaban los nudillos, pero se los protegerían. Era una sensación totalmente nueva: Por un lado, se sentía limitado, ya que tanto la tela como el guante acolchado limitarían sus golpes y el impacto que causarían en su rival. Eso era algo totalmente novedoso y opuesto a su costumbre de sentir como los huesos se astillaban contra sus puños. Por otro, era un poco como que te cuidasen: Sentir que eras valioso, y que no podían permitir que te lesionases por nada del mundo. Delante de él, su novia discutía a gritos con su manager, por el derecho que tenían uno u otro a estar presentes. Dados las muchas particulares de esta novia y este manager en concreto, las cuales no venían ahora al caso, cada uno se había traído cinco matones, ya que habían acordado que traer más sería como un acto de hostilidad. Por lo tanto, demostraban su buena voluntad hacia el otro caminando acompañados de cinco gorilas trajeados y equipados con armas de fuego y chalecos antibalas. Henton se preguntó si de algún modo serían conscientes de lo graciosos que resultaban.
Decidió finalmente ignorarlos y llamar a uno de los sparring, que tomó un par de guantes de entrenamiento que parecían cojines y le ayudó a calentar un poco. Se llamaba Tomgha, aunque la gente lo llamaba Tommy, y desde el principio había conectado bastante con Henton. También combatía, aunque en una liga normal, con una categoría de peso muy inferior. Como muestra de su aprecio, Henton siempre se controlaba más de lo normal con él.

- ¿Repaso? – Preguntó solícito. Henton gruñó una especie de asentimiento, mientras intentaba combinar golpes con sus cuatro extremidades sin perder el control de la respiración. - ¿Cómo se llama?
- Gilberto Cruzeiro, un metro noventa y ocho de alto, ciento seis kilos de peso. – Farfulló. Respiración: Tomar aire por la nariz, expulsarlo por la boca a cada golpe. Mantener el ritmo. Imponer el ritmo.
- ¿Cuáles son sus marcas? – Lanzó un par de golpes en respuesta, pero vio que el combatiente estaba bien atento.
- Dieciséis victorias, diez de ellas por K.O. Cuatro derrotas.
- ¿Y en la liga privada?
- Tres combates, tres victorias. – Henton estuvo a punto de añadir que habían sido por K.O., pero recordó que en la liga privada solo habías ganado cuando el oponente no era capaz de levantarse. Sonaba intimidante, pero con su pasado en el foso, prácticamente esa era la historia de su vida: Dos entran y a uno lo acaban sacando a rastras.
- ¿Qué sabe hacer bien?
- Usa muchos barridos, hay que atajar con patadas bajas. Usa el codo y va a por la cara cuando el árbitro no mira. Juega sucio.
- ¿Y tu? ¿Qué sabes hacer bien?
- ¡Destrozar! – Interrumpió Quouhong. - ¡Aniquilar! ¡Destruir! ¡Matar! – Tommy estuvo a punto de detenerse, pero Henton seguía, ignorando al mafioso. Este se limitó a continuar hablando como si el luchador se hubiese puesto firme ante él. – Me gusta que estés tan motivado: ¡Cuando destroces a ese monigote, tu entrada en liga privada ya será segura!
- No le dejarán entrar: Le tendrán demasiado miedo. ¿Verdad, Henton? – Isabella se acercó a él, abriéndose paso entre los gorilas del mafioso. El luchador paró unos segundos y le dio un beso en la mejilla, seguido de un suave puñetazo afectuoso.
- ¿Falta mucho? – Preguntó el luchador, haciendo caso omiso de la eterna competición entre ambos.
- Dieciocho minutos. – Respondió Iván, preciso. – Quieres salir ya, ¿no es así?
- Querría estar ya luchando.




- ¡Snrffffjoderrr! ¡No ha habido mierda tan buena en años! – Exclamó el joven turco, vestido de paisano, mientras pasaba a sus amigos la pequeña caja de diseño para tarjetas de visita, en cuya superficie pulida y reflectante se jactaba de hacer las mejores rayas de toda la unidad.
- Dekk, wey, como se nota que nunca eres amarreta para el perico. – Respondió su compañero, Montes, mientras introducía un billete de cien giles enrollado en su nariz.
- Tengo un paladar delicado... – Respondió el aludido, asintiendo con solemnidad.
- Y un tabique exquisito. – Siguió la broma otro de los turcos, un hombre alto y delgado, de extremidades muy largas, al que llamaban simplemente “Tex”. Cuando fue su turno, se llevó a la cara la caja, en lugar de agacharse, todo fuese por no quitarse el sombrero de cowboy.
- En cualquier caso, la salud es lo primero. – Culminó Van Zackal, que retocaba ante el gran espejo su peinado de formas afiladas y color azul eléctrico (en cinco tonos distintos: Como hubiese un apagón en el local, mucha gente lo confundiría con la salida de emergencia). – Grimmy, ¿tu no vas a tomar?

El aludido no fue consciente de que lo llamaban. Hubieron de insistir, e incluso buscarlo. Tras recorrer el aseo, lo encontraron sentado en uno de los váteres, con la mirada perdida. Van Zackal se adentró en el cubículo en el que estaba, tendiéndole con gran rimbombancia su dosis.

- Señor Garrison, hay una llamada para usted: Son los bardos, que lo invocan a la gloria, a través de la senda nevada. – Dijo con una sonrisa y una reverencia.

Jim lo miró como si se lo hubiese encontrado por primera vez en su vida, durante apenas unos segundos. Se tomó unos cuantos más para estudiar atentamente las dos hileras de polvo blanco que había sobre la caja, ubicadas paralelamente sobre su reflejo, como si fuesen lágrimas nevadas que caían desde sus ojos. Finalmente ató todos los cabos y tomó el billete enrollado que su compañero le ofrecía con la otra mano, y en silencio, hizo desaparecer con un gesto una de las rayas.

- Poco comunicativos estamos hoy, señoría. – Dekk siguió la broma, aunque Grim no quisiese participar en ella.
- Si quieres, te comunico yo que me toca. – El que habló esta vez respondía al apelativo de Creedan Dravo. Era un hombre corpulento y malencarado, con el cabello engominado hacia atrás, largo hasta los hombros. Siempre vestía con trajes oscuros y guantes de cuero aunque estuviese en el interior, y prácticamente podría decirse que era la antítesis de su compañero de patrulla, el relajado “Tex”. Tras hacer valer su turno, Dravo fue al espejo a reajustar su corbata, sujeta con precisión milimétrica por medio de un caro y elegante alfiler.

Una serie de porrazos, violentos y bruscos, sorprendieron al grupo, llevando sus atenciones a la entrada del baño, que Montes contenía apoyado en ella.

- ¡Filhos de puta! ¡Abrid! – Todos rieron al oír el grito. A Soto siempre le salía la mulata de Corel que era en realidad para dos cosas: Insultar y follar.
- Disculpe, mi lady, por no haberla tenido en cuenta, pero este es el vestuario de caballeros.
- ¿Entonces que hacéis vosotras ahí dentro? – Logró arrancar unas carcajadas del interior, pero la puerta no se movió ni un ápice.
- Un uso... Digamos, “alternativo”, de las instalaciones sanitarias. – Respondió el turco, pasando una mano por su pelo azulado, mientras se miraba de reojo en el espejo.
- ¿A quien se la estás chupando, Dekk? – Las carcajadas se renovaron, desafiando al turco a que respondiese.
- Dejadla pasar... – Murmuró en voz baja. La puerta se abrió, mostrando a la mujer de oscura piel llevando un vestido tan ceñido que parecía habérselo puesto antes de la pubertad y crecido dentro. Van Zackal esperó a que entrase para responder. - ¡Ahora es cuando empiezan las mamadas! – La mujer devolvió el golpe de forma contundente, ayudada por una Blackraven cargada.
- ¿Si? Pues empieza mamando esto, enfiado no cu. – Dekk sonrió, con la respuesta preparada en una bolsa de plástico hermética que abría con relamida parsimonia. Ella empuñaba la pistola horizontalmente, de modo que le fue fácil extender una raya de cocaína el doble de larga de lo habitual a lo largo del cañón.
- Te invito a que lo chupes tú. – Dijo mientras apuntaba hacia ella con un billete enrollado y hacía el amago de disparar.


Al salir de los servicios, ocuparon sus localidades en primera fila de la zona VIP de la Tower of Arrogance, cortesía de su inmediato superior, Mordekai Jacobi. A un metro escaso del cuadrilátero, cuando el combate empezase, en poco más de diez minutos deberían tener cuidado de no verse salpicados por la sangre.
Cuando llegaron, Carlos Montes no pudo evitar darle una colleja al que ocupaba una de las sillas de los extremos, justo al lado del poste. Intimidó con la mirada a los ocupantes de la silla contigua, una pareja de empresarios cuarentones, para sentarse al lado del hombre con el que quería hablar.

- ¿Qué pasa, Mashi, wey? ¿Ya no te gusta ponerte con tus amigos?
- He decidido dejar esa mierda... – Respondió el turco, visiblemente incómodo, mientras guardaba una PDA en la que había estado escribiendo.
- Entiendo que estés puteado, vato. Eres mi amigo y te apoyo. – Pasó un brazo sobre los hombros del joven turco, que pesaba veinte kilos menos que él, con su correspondiente diferencia de tamaño. El apretón con el que lo sujetaba iba un poco más allá de la amistad. – Mira... Ese caracortada es un loco peligroso, wey. ¡Te lo digo yo! Debes andarte con ojito, no más. Tengo miedo de que te la juegue.
- ¿Me la juegue?
- ¡Si, vato! ¡Ese chingón ha sido largado del ejército por matar a compañeros en peleas! ¡Disparó a Grim en el brazo! Puede usar el estado de excepción para volarte la chola y decir que has caído en cumplimiento del deber. – Montes pegó su frente a la sien de Mashi mientras hablaba, y acompañó su advertencia imitando el cañón de un arma con los dedos y pasándoselos por delante de la cara. - ¡Bang!
- No puede... No estamos solos él y yo.
- ¿Tu crees que esa puta vieja va a decir algo, wey? ¡Se pondrá de su lado! ¡Es de los suyos, wey!
- Y yo soy de los vuestros... – Concluyó Yotoomaru, separándose un poco para mirar a los ojos a su compañero. – Lo capto.
- Así me gusta, wey. Eres mi sangre, ¿vale? – Dijo mientas se golpeaba el pecho con el puño. – La próxima vez que vayamos al baño vente, aunque no tomes nada. ¡Participa de las risas! – Le dijo, mientras le guiñaba un ojo. – Eres del grupo.






- ¿Corte de pelo? – Preguntó Rolf, mientras saludaba al conductor entre los pasillos que había en medio de un centenar de sillas desplegadas en la zona vip de la Tower of Arrogance. Sus melenas parecían algo más cortas, a ojos del asesino. Estaba acostumbrado a memorizar un rostro y no olvidarlo, por lo menos, no antes de apretar el gatillo.
- ¿Uh? – Preguntó Han, volviéndose. – Ah, ¿qué tal? ¿Vienes a ver la pelea?
- Si, Henton es uno de mis mejores amigos desde hace ya unos cuantos años. Había que venir a apoyarlo.
- ¿Trajiste una escoba? – El tirador lo miró como si le hablase de civilizaciones perdidas en el espacio exterior, hasta que vio el chiste.
- No, pero el entrenador de ese tal Cruceiro habrá sido previsor. – Rió. – A lo mejor hasta trajo pegamento. En fin... ¿Y tu? ¿Vienes a ver el combate también?
- No. Viene a amenizar la fiesta, pero no la tuya. – Dijo una voz con tono gélido y cortante, ayudada de una mano crispada que sujetaba a Rolf a escasos centímetros de la yugular. Al girarse, ambos pudieron ver claramente como Malcolm Parker Cliff lucía su expresión más terrorífica. – Dime... ¿Eso de ir a por mi hermano es una especie de retorcido plan para tocarme los cojones?
- Tu... ¿Hermano? – Rolf estaba anonadado, contemplado boquiabierto como el camarero lo encaraba, personificando la justa ira divina, mientras el mecánico sonreía sin poder evitarlo.
- Si: Mi hermano. Gemelo, además.
- Mellizo. – Corrigió Han. – El óvulo se divide antes de la fecundación. Por eso soy más guapo que él.
- ¡Tú! – Malcolm esta vez encaraba a su hermano. - ¿Ahora te pones a joder?
- ¡Pero es que sí que lo es! – Intervino el tirador, carcajeándose.
- ¡Tú! ¡Vosotros! – Malcolm estaba anonadado. – Ya os conocíais... Hijoputas... – Han conservaba su sonrisa, pero las carcajadas de Rolf eran mucho menos discretas.
- Me da que tu sabes algo de esto que yo no. – Al oír a su hermano decir esto, a la mente de Malcolm vinieron miles de comentarios y habladurías oídas tras la barra acerca de increíbles alardes de perfección y perversión sexual.
- Un par de tonterías... – Dijo al fin. – Nada importante. ¿Y tu que relación tienes con este?
- De coches, como todas... – Se encogió de hombros, quitándole importancia. – Os dejo, así te cuenta. – Tomó los hombros de sus interlocutores, juntándolos, mientras estos intercambiaban miradas hostiles.





- ¡Hola enano! – Exclamaba Paris, saludando al supremo señor del sillón de casa de Kurtz, regente tiránico de cada centímetro de su imperio, desde las patas de madera hasta el último muelle o el último centímetro de tela. El aludido sacó la lengua para saludar a ese raro humano que siempre quería jugar con él, deferencia que su señoría canina, Etsu, le concedía de buena gana. – Ya veo que no vas a salir de la trinchera, ¿eh?
- ¿Este? ¡Este me ha expropiado el sofá! – Dijo el turco, mientras colgaba el abrigo. - ¿Qué bebes?
- Un refresco, gracias. – Respondió Paris tomando asiento, mientras abría el envoltorio de su cena, intentando no pringarse con la mezcla de salsas. Visto el tacto húmedo del papel de plata, decidió empezar por atarse el pelo en una coleta.
- Zumo de cebada. – Jonás llegó con un par de latas de cerveza, entregando una a su invitado, que lo miraba sonriendo cínicamente. – Es eso, vodka o agua del grifo.
- Habrá que resignarse, pero es bueno saber que no te han cortado el agua.
- Paris... Pequeñín... ¿Tu sabes lo que cobra un turco, ya sin el plus de peligrosidad que supone el estado de excepción?
- Sorpréndeme.
- Por decirlo de forma educada, pequeño Paris, suponiendo que sueldo de un camarero es el salario mínimo, con un diez por ciento hacia arriba por horarios chungos, nocturnidad y mierdas varias, propinas y demases... Gano en un mes lo que tú en seis.
- ¿Y por que vives bajo la placa entonces, con un coche viejo y un mobiliario de hace diez años?
- Porque es mi barrio, es mi coche y es mi casa.
- Eso no me responde... – Igual Paris estaba un poco envalentonado por la confianza, pero no se esperaba la mirada suspicaz que le dedicó su amigo, mientras bebía de forma deliberadamente lenta. La palabra precisa, según pensó Paris, era “deliberar”, y Paris nunca pensaba sobre nada que no fuese a llevar a cabo. Finalmente, el turco acabó por sonreír.
- Tu también te callas mucho, y no pareces precisamente un lector de revistas de decoración de interiores. – Paris tuvo que asentir. No era su tema de conversación favorito, pero él mismo se había metido en la boca del lobo.
- Mi casa es solo el sitio donde estoy cuando no trabajo o... Hago lo que debo. Para mí no significa mucho más.
- Mi casa es el único rincón de la ciudad donde no soy un turco ni un veterano. Soy demasiado pintoresco y agresivo para la gente civilizada de arriba. Poca gente ha entrado aquí: Del grupo solo tú, y del trabajo Har, Sveta, Dawssen y Don... Y Don está muerto. En resumen: Eso es... Bueno, y Aang. – Kurtz había dicho el nombre. Por primera vez en semanas, había admitido que ella no estaba ahí. Paris se agarró a esa oportunidad.
- ¿Qué fue de ella?
- Aclarar ideas. – Respondió el turco, con la mirada ausente. – Luchamos en lados opuestos de una guerra, y por suerte o desgracia, yo lo hice particularmente bien. Maté a uno de sus conocidos en la guerra, lo sé. A eso, súmale todos aquellos seres queridos, conocidos o vecinos a los que habré rajado sin saberlo.
- Es increíble. – Dijo Paris, mirando anonadado a su amigo. Este lo miró con gesto de indiferencia por encima de su cerveza. - ¿Cómo puedes decir eso sin inmutarte?
- ¿Cambiaría algo si me inmutase? ¿Quién eres tú para hablar de mis muertes y de lo que mi conciencia tenga que decir al respecto?
- Las mías tienen un motivo superior. – Su mirada era fría, acusadora.
- Seguro que eso los hace felices... – Bufó el turco. – Niño, en esta vida hacemos una cosa continuamente: Tomar decisiones. Cuando tomas una decisión, lo haces en un momento concreto por unos motivos concretos. Ves eso, decides y actúas en consecuencia, y lo haces porque para ti esos motivos son los más válidos, y esa decisión es la más acertada. – Tomó un largo sorbo, aplastando la lata al final y yendo a por otra para dar tiempo al joven a que recapacitase. – Lo bueno de ser un hijo de puta, es que vives para recordar siempre las hijoputeces que has hecho.
- ¿Y Aang? – Paris se agarró al último argumento que le quedaba.
- Aang prometió que volvería. – Encendió un puro, con aire relajado, antes de que su expresión se volviese siniestra y sus cicatrices pareciesen relucir. – Y yo rajaré, quemaré y mataré diez veces más de lo que ya he hecho por esa promesa, si fuese necesario. – Paris tuvo que admitir para sí que su amigo había logrado asustarle, sin embargo, si lo pensaba un momento, lo único que movía a Kurtz era un amor, intenso y salvaje. Esa mujer le importaba más que nada en esta vida. En sus ojos oscuros había la determinación de prender fuego al mundo, si fuese necesario. Respetaba ese sentimiento... Esa necesidad de sentirse completo. Recogió su cerveza y la hizo chocar con la de su amigo, que lo miró extrañado.
- Mujeres... – Brindó. – A ver cuando cenamos los cuatro... – Kurtz sonrió al fin, haciéndole sentirse aliviado. – Me gustaría que Aang estuviese aquí: Sabe más de mujeres que tú y yo juntos. – Jonás frunció el entrecejo, pero no dejó de sonreír.
- ¡Tu que sabrás! Lo que ligaba yo cuando era pandillero...
- ¿Y por que lo dejaste?
- No lo dejé: Me arrestaron y me dieron a elegir: Al ejército o al trullo. – Bebió de nuevo. – De los Centinelas de la calle tercera, al doscientos ochenta y ocho de aerotransportados: ¡Lluvia de fuego! – Jaleó el lema de su unidad. – Y ahora ah... ¡Hijo de puta! – Paris se sobresaltó al ver a Jonás encenderse de semejante forma. Parecía que acabase de ver al diablo en persona. Preguntándose que estaría pasando, se giró hacia la tele.

... Y su oponente, en su primer combate, con dos metros trece de estatura y ciento dieciséis kilos de peso, de la escuela Quouhong de lucha, ¡Henton Jackson!

- ¡Es el! ¡Maldita sea! – Gritó el turco, buscando el teléfono. Todo lo que se interpuso en su camino acabó tirado en el suelo. Cuando al final lo encontró marcó un número de la agenda apresuradamente. - ¡Tú! ¡Gordo! ¡Soy Kurtz! ¡Tres mil por Jackson, en la pelea de la Tower!... ¡Bien! – Colgó, y miró a Paris con una sonrisa maliciosa. – Ese pobre hijo de puta de Cruzeiro no sabe la que le va a caer encima: Ese tío, Henton, es el que me partió la cara a mí.






Todo era fiesta en la torre: Henton saludaba a centenares de tipejos trajeados, uno tras otro, mientras desfilaban ante él. Todo eran sonrisas, cigarros y copas de whiskey con más años que sus propias amantes. Él prácticamente saludaba por mera inercia, mientras los veía amagar golpes o alabar su tamaño o virilidad. Era como un ritual entre hombres: Bufones que manejaban fortunas ganadas con el sudor de otros. Hablaban de reyertas entre gilipollas que habían llegado a las manos, quitándose la chaqueta para hacer el payaso, fingiendo que sabían de que iba sangrar. Esos cachos de mierda hablaban de los combates que habían visto... ¡Visto! ¡En un ring! Para Henton, eso podría ser pelear, pero no era vivir. Iván había prometido que en dos semanas estaría partiéndose la cara en la liga privada.
Isabella estaba a su lado, vestida como una auténtica señorita. No había podido evitar que su apellido saliese a la luz, cosa que la desagradaba, pero al menos era para bien: Para los foráneos, era una Sciorra. Para su familia, una díscola, que volvería tarde o temprano al redil. Sin embargo, para su tío Anselmo, líder familiar, ella era igualmente orgullosa y díscola, pero era inteligente, y era la mente más brillante de su generación familiar. Este éxito no le pasaría desapercibido.


En ese momento, un estallido destrozó el ambiente festivo. Los más acostumbrados supieron en seguida que era un tiro, y el resto no tardaron en deducirlo. Todo el mundo se puso a cubierto en segundos, mientras miraban a su alrededor, en medio del tronar de tres disparos más. Henton, en la habitación aparte usada como sala de prensa, se puso tenso, apretando fuertemente los puños. Iván supo sus intenciones como si se le hubiesen ocurrido a él, y con un gesto ordenó a sus matones que lo rodeasen.

- No te vas de aquí, chico... – Masculló entre dientes, acercándosele al oído. – Eres demasiado valioso.
- Jódete, Iván.
- Jódete tu, Henton. – Dijo Isabella. – Pero no sales de aquí. Los chicos y yo nos hacemos cargo.

En pocos segundos había aparecido a su lado Keith, uno de sus matones, ofreciéndole un chaleco de kevlar y un subfusil Coldsting. Él mismo llevaba otro igual. Armas ligeras y rápidas. No era necesario ser un experto para manejarlas, ya que vaciaban un cargador en pocos segundos. Apuntas, más o menos hacia donde esté el objetivo, aprietas el gatillo y la ráfaga despedazará todo lo que haya en esos dos metros.


Apenas unos minutos antes de eso, Mashi se encontraba anonadado, sentado en la taza de un vater, con la mirada perdida y el bloc de notas de la PDA abierto, en blanco: El combate había acabado tan solo media hora atrás y todo había sucedido punto por punto como le había dicho Svetlana: Abusaban. Estaban total y absolutamente descontrolados. Eran adolescentes malcriados, iconos de la moda con demasiado poder y nadie a quien responder de sus actos. Habían sido los que más habían gritado durante el combate, con los correspondientes paseos hasta el cuarto de baño entre asalto y asalto. Primero, entre Dravo y Tex echaron a patadas a un tío de uno de los váteres, arrojándolo al pasillo con los pantalones a la altura de las rodillas. Como pequeña muestra de consideración, antes de que el pequeño comando fashion de la muerte convirtiese sus asuntos privados en públicos, Dekk le incrustó un rollo de papel higiénico en la boca. Risas, cocaína, más risas, otro asalto. Al final del combate, Carlos imitó la secuencia de golpes que tumbó a Cruzeiro, en carnes de un absoluto desconocido. ¿Qué pasó?
Nada.
Nunca hay consecuencias. Nadie les dice nada, nadie levanta la voz. La sala estaba llena de empresarios, políticos, militares, ejecutivos... Nadie tose. Nadie se levanta. Nadie se pronuncia. Nadie se queja... Les importa, no cometamos el error de creer que no. Seguro que no les gusta ver como un atajo de veinteañeros la emprende a hostias contra cualquiera, por los motivos más inverosímiles.
La fiesta aún acababa de empezar, y las cosas solo se estaban calentando: Susan tenía a Tex agarrado entre las piernas y le susurraba obscenidades en el aseo que habían convertido en su cuartel, mientras que Carlos gritaba una y otra vez que quería “ir a presentar sus respetos al campeón”. Mashi no lo vio capaz de durar dos minutos contra semejante animal, pero con toda esa mierda en el cerebro, ¿quien sabe? Grim, por increíble que pareciese, estaba sentado en su mundo, cosa extraña para el que era, con mucho, el más feroz del grupo. Sin embargo, era de esperar que esto solo fuese algo meramente temporal, anticipo de una erupción aún más descontrolada y destructiva.
Dekk se había traído dos de las azafatas, con el bikini y un par de carteles de esos de “primer asalto”. Ellas sonreían, solicitas y sumisas... No vaya a ser que las cosas se jodiesen y los amables caballeros se pusiesen violentos. Además, eran estrellas mediáticas: La fama y la gloria a una noche de sexo de distancia.
Por último, Dravo, con el turuto aún colgando de la nariz, practicaba. Si bien Carlos era el mejor repartiendo hostias, Dravo se jactaba de tener más horas en la galería de tiro que muchos de la unidad, veteranos incluidos. Siempre el mismo ritual: La mirada fija en el cristal, en su propio reflejo. La chaqueta abierta, su pelo negro y cubierto de gomina ligeramente crispado y desarreglado, una media sonrisa en los labios y el pulso firme. Escupió, vio como el salivazo caía lentamente, y en cuanto tocó la pileta, sus manos fueron más rápidas que la vista, sacando la pistola y tirando de la regleta.
En ese momento, un hombre, no de los que trabajaban en el local, ya que no iba trajeado, pero si de los habituales, ya que todo el grupo recordaba haberlo visto más de una vez, abrió la puerta del servicio. La abrió de un empujón, rápido y brusco, haciéndola chocar contra la pared. Fue todo un sobresalto, especialmente para un grupo de siete jóvenes salvajes y dos azafatas, casi todos ellos con las percepciones alteradas por una serie de pequeñas hileras blancas.
Por casualidades de la vida, Dravo en ese preciso momento tenía una pistola en la mano, de cuya regleta acababa de pegar un tirón, colocando una bala de 9 mm punta hueca en la recámara.
Por casualidades de la vida, Creedan Dravo era el único miembro de los llamados “turcos jóvenes” que usaba el arma reglamentaria, una Aegis Cort: Cargador de diecisiete balas, retroceso corto, alta velocidad de disparo y sin seguro





- Eres un viejo idiota... – Bufó Paris, con desprecio. Jonás y él estaban en el pequeño balcón del salón de casa de Kurtz, con un par de birras. Kurtz fumaba, mientras Paris daba buena cuenta de los aperitivos que habían sobrado. – Vas por la puta vida partiendo caras, y en cuanto te encuentras con un luchador profesional, grande como un tanque y que sabe luchar con cabeza, y no logras noquearlo, “¡oh! ¡Soy un viejo decrépito e inútil!”
- Aún te vas a llevar unas hostias... – Ninguna amenaza es en serio cuando te estás riendo así, pero el teléfono lo interrumpió antes de que pudiese añadir una exageración. – Voy a ver quien es. Luego vendré y te pegaré con el teléfono.
- Estoy temblando tanto del miedo que acabaré por caerme del balcón.
- ¡La gravedad será más piadosa que yo! – Gritó el turco desde el interior, Paris podía oírlo todo, con las puertas dobles del balcón abiertas de par en par. - ¿Si? Rolf, ¿qué tal? ¿Cómo es que llamas aq...? ¡¿Qué?! ¡Mierda, voy para ahí! – Antes de que hubiese colgado el teléfono, el asesino ya se alzaba erguido a su lado, esperando instrucciones.
- ¿Rolf? – Preguntó, dando pie a que el turco lo pusiese al corriente.
- Los novatos de Turk se han atrincherado en el baño y han empezado a tiros. Hay un herido, muy grave. Han lo llevará al hospital. ¿Trajiste la Starlight?
- Joder, no iba a venir con una pistola solo para ver una pelea en la tele.
- Pero el pincho si que lo trajiste, ¿a que si? – Paris no apartó la mirada, pero su silencio le daba la razón a Jonás. – Bien... Vale.

El turco caminó hacia la puerta de la entrada, de la que descolgó un chaleco de kevlar y una pistolera, que arrojó a su amigo. Paris tomó la Aegis Cort al vuelo, comprobando como le habían indicado si estaba cargada. Se la guardó en el pantalón, y tomó un par de cargadores de los bolsillos que tenía la propia pistolera

- ¿Tú que vas a llevar? – Preguntó ya preparad.

El turco acababa de ajustar los cierres de velcro y se estaba guardando las llaves del coche en el bolsillo. En silencio, se quedó pensativo, con la mano tendida hacia el subfusil MF22 que reposaba perfectamente montado y dispuesto, sobre la superficie del mueble más próximo a la puerta de casa, pero cambió de idea. Dio media vuelta y se adentró en su habitación, sentándose sobre la cama que llevaba semanas deshecha, ante una cómoda de madera. Sobre ella, había una foto, en la que salía él mismo, al lado de Svetlana y Dawssen. Harlan estaba irreconocible, con las trenzas sueltas y mucho más largas, e incluso él mismo, con una mirada joven, altiva y llena de desprecio y orgullo. En medio de todos ellos, había una figura: Un hombre de unos cuarenta años, de aspecto casi paternal, con el cabello castaño bastante encanecido. La mano derecha de ese hombre estaba apoyada en su hombro joven, rebelde y vengativo, un gesto de confianza que en esa época, el joven y salvaje “Scar” no habría permitido a nadie. Sin embargo, antes se arrancaría la mano a mordiscos que alzarla contra Donald Krauser.

- Don, amigo mío... Es por una buena causa. – Dijo mientras abría el cajón.

En él, dentro de una caja de madera, sacó un autorevolver Griffon. Cañón de seis pulgadas, tambor con capacidad para seis proyectiles calibre 454 Casull. Inclinó el cañón hacia delante, mostrando el tambor vacío, que procedió a cargar en cuestión de segundos, y luego se llevó la caja de munición, que metió en un bolsillo de la cazadora.

- ¡Nos vamos!




Había siete pistolas listas para entrar en acción en el interior del cuarto de baño, que cuando Dekk terminó de esposar a las dos azafatas (a saber por que bizarro motivo llevaba encima dos juegos de esposas) sacó y amartilló su segunda Giordanno, con lo que fueron ocho. Tex esperaba tranquilo, medio parapetado en uno de los cubículos, mientras que a Montes había que pararlo para evitar se saltase al pasillo, abriéndose paso a balazos. Mashi estimaba que llegaría a recorrer unos treinta centímetros antes de caer frito, más el metro ochenta que cubriría su cadáver si cayese hacia delante, serían más de dos metros, en total.
Apenas dos minutos antes, Susan había pegado el oído a la puerta, escuchando como los de seguridad se llevaban al herido, mientras murmuraban que era el hermano de alguien. La cosa pintaba mal. Luego, cuando se hubo ido toda la marabunta de espectadores, el sonido más común fue el de los de seguridad tomando posiciones. Susurraban, y no se podía entender lo que decían, pero parecía que Isabella, la mismísima propietaria de la Tower of Arrogance estaba al cargo de la situación.
Como siempre, en situaciones de tensión, el grupo entero asumía un papel secundario, a las órdenes de Grim. Siempre había sido el más salvaje y el más osado, pero también el más astuto, lo que los había sacado airosos de unas cuantas ocasiones. Una vez más, el joven turco se ponía al frente. Tras acicalarse un par de segundos, preparó su Darkraven, y se sentó sobre la encimera de piedra en la que estaban los lavabos, mirando fijamente a la puerta, mientras se masajeaba la sien con la mano izquierda.

- Señor Dravo, he de decirle que nos ha metido usted en un marrón exquisito. – Dijo, alzando la pistola con ambas manos y apoyando el cañón en la frente. – Lástima que su cuerpo no sea de las mismas reducidas dimensiones que sus sesos como para salir por el conducto de ventilación y llamar a la caballería.
- ¡Lo siento, joder! ¡Mierda! ¡Años entrenando para estar listo para disparar al instante y ahora voy y la cago! – Gritaba frustrado el aludido.
- Por desgracia tu puntería es demasiado preciosa como para echarte a los leones, Creedan. – Insistió el líder, mirándolo con su ojo descubierto, cosa que le hacía sudar. – Susan, querida... ¿Has llamado a Jacobi?
- Está en una cena benéfica. Le han dado el recado y dijo que nos manda apoyo en seguida.
- Entonces es fácil lo que vamos a hacer: Nos vamos a quedar aquí y esperar a la caballería. Supongo que no tendré que recordarle a nadie que tendrá que atender mis... Quejas... Como deje de vigilar la entrada antes de que eso suceda.




- Esto es jodido... – Dijo Keith, agazapado junto a su jefa. Era un hombre de estatura normal, y algo fondón, pero ancho de hombros y fuerte. Alguien más preocupado de cuanto podía levantar, que de cuanto tiempo aguantaría corriendo en una cinta elíptica. Además, esas mierdas siempre le hacían toser, y eso, para un fumador empedernido como él era especialmente desagradable. – Según el registro de invitaciones, son siete, y tienen a dos de las chicas dentro. Sabemos que una pistola la tienen, probablemente más, y para colmo, al entrar sacaron placas para evitar el cacheo.
- ¿Maderos? – Preguntó Izzy, sin dejar de vigilar la puerta del servicio de caballeros.
- Ojalá, jefa: Perros de traje negro. – Dijo, dando otra calada a su cigarrillo. – Ya sabe como va esto: Si los matas, Turk acabará contigo.
- ¡Me da igual, joder! – Exclamó entre susurros, mientras contenía una maldición. – Rolf dice que ha llamado a alguien que nos puede ayudar. La cosa se pondrá jodida en un par de minutos, cuando Henton se pregunte por que nadie pone a su hermano a salvo.
- ¡Pero si lo estamos haciendo! ¡El gay y su hermano salieron hace un rato con él hacia el hospital!
- Lo se, Keith. El problema, es que Henton, la siguiente pregunta que hará será por qué hay que llevarlo al hospital, y luego se acabarán las preguntas.
- ¡Joder!




- ¡Aparta, gilipollas! – Gritaron a uno de los porteros, plantándole una placa en la cara.
- ¡El local está cerrado! ¡Para quien sea! -

Los porteros estaban cerrando filas, al lado de lo que parecía una silla de ruedas volcada y cubierta de sangre, y Scar estaba armado y cabreado. Para que se líe, prácticamente no hace falta nada más. Prácticamente es como lanzar un coctel molotov a un polvorín, así que Paris decidió atraparlo al vuelo antes de que los fuegos artificiales reventasen ambos locales: El polvorín metafórico y la torre.

- Nos ha llamado Rolf. – Exclamó, mientras agarraba a Kurtz. – Dijo que era peligroso.
- ¡Joder si lo es! ¡Una panda de los vuestros se han cargado a Darren y se han atrincherado en el baño, con dos de las chicas! – Exclamó uno de los porteros, mientras le abría paso.
- ¿Cuántos son? ¿Qué armas tienen? – Preguntó el turco, concentrado en el caso.
- Siete, y tienen dos tías con ellas, de rehenes. Sabemos que tienen por lo menos un arma de fuego.
- ¿No los cacheasteis?
- ¿A un turco? ¿Con la mierda del estado de excepción? ¡Es buscarse la puta ruina!
- Vale... Subimos. – Mientras avanzaba, Kurtz sacó su PHS y empezó a escribir un mensaje.




Shosuro Ukio se había esforzado por no llamar la atención, pero permanecía cerca por si pudiese hacer algo para ayudar. Junto a él estaba Rolf, el tío que Isabella le había presentado aquella vez en el Foso. Sabía que cualquier gesto que hiciese de más podría comprometer a su familia y meterlo en un buen lío pero las cosas claras: Tenía pocos amigos en Midgar. Colegas, más bien, pero aún así los apreciaba. Uno de ellos estaba sentado frente a él ahora mismo, cerca de la habitación que se había adaptado para usarla de vestuarios, consultando su reloj una y otra vez. Rolf era algo creído y arrogante, pero un buen hombre en el fondo. Se hacía querer. Henton estaba al otro lado de la puerta en la que se había apoyado, sin saber que estaba pasando y rodeado por completo por los matones de su mecenas, Iván Quouhong; un luchador convertido en mafioso con su retiro. Daphne había salido y estaba a salvo, junto con las azafatas, en la escalera de servicio. El más jodido de todos era Darren, el hermano mayor de Henton, al que el camarero y su hermano el guitarrista llevaban ahora al hospital en coche.
Al luchador le iba a costar encajar la noticia. Ni siquiera alcanzaban a imaginarse cuanto, pero aunque era con el que Ukio más había congeniado, Rolf lo conocía desde mucho antes. El tirador había sido claro en su previsión: Decir que Henton se pondría violento era como decir que...
Antes de que el duelista pudiese pensar un símil adecuado, un impacto al otro lado de la pared, un metro a su izquierda, hizo temblar toda la estructura, seguido de un grito salvaje.

- ¡¿Dónde cojones está mi hermano?! – Sonó como el rugido de una bestia que tuviese por lo menos cuatro veces el tamaño de un humano. Rolf palideció, y uno de los de seguridad, que había venido a avisarle de algo también.
- Yo se lo diré a Izzy. – Dijo Ukio. – Tú vete a hacer lo que tengas y que él se quede aquí.
- ¿Y que hago? – Preguntó el aterrado motero, que de repente se movía como si el traje fuese mucho más barato de lo que era en realidad y le estuviese picando como un ejército de ladillas. Probablemente todo lo que estaba sudando ayudaría a agravar la sensación.
- Esperar. – Dijo Rolf, mientras ambos se iban. – Si esa puerta se abre por cualquier motivo y no es Iván o cualquiera de los suyos, gritar. – Atrás se quedó el motero, con gesto de desesperación, mientas maldecía su propia suerte.



Sal tú solo. Nadie te va a hacer nada. Estoy aquí para asegurarme de ello.

Mashi leyó una vez más el mensaje de texto, la quinta, nada menos, y acabó por decidirse. Abandonó su incómodo asiento, sobre la tapa de uno de los retretes, tomó su revolver por el cañón, y miró a Grim.

- Voy a salir. – Dijo, intentando controlar el tono de voz. – Intentaré arreglar esta mierda. – El sombrío líder lanzó una breve y siniestra carcajada en respuesta, pero el resto no se lo tomaron tan bien.
- ¡¿Estás loco?! – Gritó Susan, agarrándolo de la solapa. La otra la agarró Creedan.
- No, claro que no lo está. ¡Va a vendernos! – Gritó mientras le ponía el cañón de la Aegis delante de la cara. El pestazo a pólvora quemada era insufrible.
- Mashi, wey... ¿Qué vas a hacer? – Carlitos quiso ser la voz de la razón, interponiéndose entre el turco y sus exaltados compañeros.
- Voy a explicarles que fue un accidente. – Dijo, sin apartar la mirada de la velada amenaza que contenían las pupilas de Montes, listo para reducirlo a la menor sospecha. - Luego llegará la caballería, fingiremos una detención, lamentaremos mucho el incidente y fuera.
- Eso va a pasar de todos modos... – Murmuró Tex, con su habitual tono distante.
- ¿Y que caballería va a venir? ¿Eh? Te recuerdo que la dueña del garito tiene un apellido de peso. Como vengan un pelotón de soldaditos azules, los freirán y enterrarán el caso bajo una montaña de papeles legales.
- ¡Si ellos empiezan a disparar, nosotros salimos y los jodemos! – Exclamó Dravo. – Una trayectoria de fuego cruzado perfecta.
- Eso si no nos han reventado antes. – Argumentó Yotoomaru. – Los guardias de seguridad de estas familias suelen tener juguetes de lo mejor, y no me extrañaría que uno o dos de estos macarras lo fuesen, sacasen algo un poco pesado y empezasen a reventarnos a través de la puerta.
- Tenemos a las zorras. – Dekk se agarraba al argumento a la desesperada, mientras preparaba otra tanda de coca, probablemente “para despejar las ideas”.
- Que si las fríen, lo arreglarán con otra montaña de papeles legales. ¡Estamos en las mismas! – Se encogió de hombros, para insistir en que no había otra salida.
- ¡Ve! – Voceó Grim desde el fondo. – En el peor de los casos, al menos sabremos si tienen armas normales o automáticas. – Susan fue la que más rió el chiste, solícita, cosa que hizo muy poca gracia a Katsumashi.




Han surcaba las calles como un alma huyendo del infierno. Esta vez no había puesto música, ya que no se movería por ningún tramo predefinido. Malcolm, a su lado, había dedicado medio segundo a decidir que su hermano no le había mentido cuando le comentó las capacidades del Shin-Ra Alraun que había preparado. Sin embargo, el resto del tiempo lo dedicaba a la más importante tarea de presionar las heridas de Darren para contener la hemorragia. Había encajado tres impactos de bala, no a mucha distancia, y estaba inconsciente. La sangre empapaba su camisa, y la gabardina que el propio Malcolm había colocado sobre los asientos. En el silencio, solo eran audibles los tarareos de Han, el rugir del motor y la incesante sirena de policía que les perseguía. El tráfico era pesado, pero se apartaban al oír los avisos de los perseguidores.
Han odiaba conducir así. No sabía que le podía venir, no sabía que esperarse, y tenía que mantener sus reflejos al límite en todo momento. Su mente se concentraba en seguir algún riff de guitarra machacón y en la propia carretera, pero no era capaz de quitarse de la cabeza una idea: Con el estado de excepción las leyes del juego habían cambiado y temía que los perseguidores se cansasen de sus evasivas y la emprendiesen a tiros contra su coche. Esta vez no tenía al Blackbeast para que lo llevase al límite de la barrera del sonido a su destino. Miró de reojo a su hermano, y vio en la preocupación de su rostro un claro reflejo del estado de Darren.
Finalmente, tomó una decisión.

- Agárrate, Mal. Voy a parar.
- ¿Qué? – Malcolm no entendía a su hermano. En el momento en que más se necesitaba su pericia al volante, iba a detenerse.
- ¡Se lógico! ¡Esto es lo más cerca del hospital que vamos a llegar! – Gritó, mientras reducía marchas y ponía las luces de emergencia. – Con el estado de excepción pueden liarse a tiros con nosotros, y no puedo perderlos sin tener que callejear antes. No podemos perder ese tiempo: Son la pasma, tienen que llevarlo al puto hospital.
- Si, pero tu y yo la cagamos. – El coche se estaba deteniendo con toda la suavidad con la que un turismo podía bajar de doscientos a cero en apenas diez o quince metros. Han intentaba ser todo lo suave posible para no agravar el estado de Darren.
- ¿Qué íbamos a hacer? ¿Tirarlo en una camilla y poner tierra por medio? – Puso el coche en punto muerto, y se tomó medio segundo para enmarañarle el pelo a su hermano, mientras se soltaba el cinturón de seguridad. – No te muevas, ¿vale? No hasta que ellos te digan que lo hagas.
- Gracias, Han.
- ¡Bah! – Dijo el piloto, mientras abría la puerta y saltaba al suelo, estirando con las manos en la nuca, dejando claro por su postura que no iba a oponer resistencia. Se la jugó demasiado rápido y estuvo a punto de tener que arrepentirse cuando un par de balas pasaron silbando sobre su cabeza y espalda, pero tuvo suerte. - ¡Tenemos un herido de bala! ¡Una ambulancia, por favor! ¡Llevadlo al hospital!




Mashi intentaba permanecer tranquilo. Miró la hora: Faltaban dos minutos para medianoche, lo cual no importaba nada, pero ganó tiempo para volver a intentar ajustar su ritmo cardíaco, sin éxito. Cerró el puño, lo alzó hasta la altura de su cabeza y golpeó la puerta una vez. Luego tres veces más, seguidas. Giró el pomo y tiro de ella, despacio.

- Voy a salir. – Dijo todo lo alto y claro que pudo, con la suerte de que su voz no lo traicionó.
- ¡Muestra las manos! – Respondió una voz femenina. Mashi se aseguró de poner el seguro al revolver y lo guardó en la pistolera, cerrando la tira de velcro que la sujetaba. Estiró las manos, ambas vacías, hasta que fueron visibles para el cerco de moteros.
- ¿Está bien? ¿Puedo salir? – Preguntó, mientras Dekk, hasta las cejas de polvo blanco, hacía el amago de pegarle un empujón desde atrás, desatando unas cuantas carcajadas. En el pasillo, Isabella miraba con desconfianza a los hombres que habían acudido a la llamada de Rolf. El mayor se había identificado como agente de Turk, y a la antigua motera no le había caído nunca en gracia la autoridad. Si pretendían arreglar eso, no habría podido elegir un día peor. Ese hombre la miraba fijamente, con los brazos cruzados sobre el pecho. El escrutinio de ese ojo cubierto de cicatrices la hacía sentirse muy incómoda, por no hablar de los golpes y gritos que se oían, procedentes del vestuario de Henton.
- ¡Sal! – Acabó por ordenar.


Katsumashi salió, caminando despacio y con las manos en alto. Miró al grupo de vigilantes, que se acercaban a él apuntándole con subfusiles indicándole que diese un par de pasos hacia ellos y parase, allí donde no pudiesen verlo desde la puerta. Dos de los vigilantes lo cachearon a conciencia, y no tardaron en encontrar su revolver en la pistolera que pendía bajo su axila. Uno de ellos, iba a gritar algo, pero la firme garra del “Caracortada” se lo impidió.

- Yo me hago cargo... – Indicó con un ademán que no daba lugar a discusión. Abrió el cierre, cogió el arma y vio que esta estaba cargada, asegurada y no olía a pólvora, lo que exoneraba a su compañero de la culpa. – Él no disparó. – Dijo mientas guardaba de nuevo el revolver en su funda y tiraba del brazo de Yotoomaru, haciendo que bajase las manos.

El joven turco caminó junto al veterano, que solo se detuvo para decirle algo por lo bajo a un chaval rubio al que no reconoció. De no encontrarse ensordecido por los latidos de su propio corazón, Mashi habría podido oír el mensaje. Kurtz lo sentó en una de las sillas de primera fila y tomó para sí uno de los taburetes en los que sentaban a los contendientes entre asalto y asalto, plantándose frente a él. La propietaria del local, una atractiva mujer pocos años mayor que él, eligió una butaca a un metro de distancia, y se acomodó con el Coldsting apoyado en el regazo, apuntándole.


- Que alguien le traiga una copa... – Dijo Kurtz.
- Bourbon, por favor. – Un hombre de ojos verdes, bien vestido, fue a por ella en seguida, mientras que la propietaria seguía clavando su mirada en él. Desde algún lugar que no era capaz de concretar, a sus espaldas se oían fuertes golpes, rugidos, y gritos de dolor.
- Habla, pollo... O te volaremos la cresta. – Dijo la dueña.
- Él no disparó. – Intervino el veterano en su defensa.
- ¿Cómo coño lo sabes?
- Su pistola no ha sido disparada, y sus manos tampoco huelen a pólvora. – Ella hizo una mueca de desprecio, pero asintió. Sin embargo, su arma no se movió ni un milímetro.
- ¡Confiesa, Mashi, cabrón! ¡No vamos a pringar por ti! - Gritó una voz desde los lavabos, haciendo que el joven turco palideciese. Isabella levantó el subfusil y apuntó a Katsumashi. Kurtz levantó un revolver inmenso y apuntó a Isabella, y todo el mundo en general se puso muy tenso. Especialmente Mashi.
- ¿No te acabo de explicar por que no ha sido él? – Dijo el veterano. Isabella se las había visto pocas veces en estas situaciones, y no tardó en deducir que el hombre que la tenía encañonada las llevaba mejor, probablemente debido a la práctica. Levantó su arma, puso el seguro y la volvió a colocar en su regazo, apuntando al cuadrilátero vacío. El turco sonrió, no jactándose, sino mostrando tranquilidad. Guardó su arma. – Gracias. – Luego se giró hacia su compañero, que seguía temblando, pero esta vez, por el color de su cara, era patente que la causa era la rabia.
- Me... Me... – Tartamudeó, incrédulo.
- Te acaban de vender. – Dijo con calma el veterano.
- Kurtz... – El chaval lo miró, con gesto desvalido. Sus amigos no eran sus amigos, y le acababan de golpear en toda la cara con esa noticia.


Un hombre salió de los vestuarios, escupiendo sangre y dientes rotos. Sabían que era uno de los secuaces de Quouhong por que no era ni el propio Quouhong ni era Henton, y más personas no había allí. De no ser por eso, su cara estaba tan magullada y sus ropas tan destrozadas que no habrían podido reconocerlo. Junto a él salió otro, en un estado un poco menos lastimero, arrastrando fuera a un compañero inconsciente. Tras dejarlo tirado en el suelo del pasillo, volvió a entrar.

- ¿Quién ha dicho eso, chaval? – Preguntó el turco. – Venga, Yotoomaru: Te han vendido. ¿Qué te queda? – La primera respuesta del joven fue bufar con sarcasmo: Era la primera vez que alguien pronunciaba su apellido bien a la primera.
- Creedan Dravo. – Dijo. – El que va siempre con el pelo engominado hacia atrás, como si fuese relamido. – Se quedó un rato en silencio, con la mirada perdida, y luego volvió a posarla en los ojos de su compañero. – Él disparó.
- ¿Solo él? – Preguntó Kurtz, y el chaval respondió con un asentimiento.
- Iban todos de mierda hasta arriba. Farlopa. ¡Yo no me he metido nada, podéis hacerme las pruebas que queráis! – Se defendió. – El combate había terminado hacía unos minutos y estábamos en el baño haciendo el gilipollas, mientras... Mientras Van Zackal preparaba más rayas. – Se frotó los párpados, con el índice y el pulgar de la misma mano. – Dekk se había traído un par de tías, Susan intentaba volver a tirarse a Tex, Grim estaba apalancado, como las últimas semanas, y Montes buscaba pelea. Dravo estaba haciendo esa tontería que hace siempre, de desenfundar y apuntar rápido, delante del espejo, y tenía la pistola en la mano cuando alguien abrió la puerta. Se sobresaltó y disparó sin pensar.
- ¿Y tú donde estabas? – Preguntó Isabella.
- Yo estaba sentado en un retrete, escribiendo un par de cosas. – Dijo, mostrando su PDA. - Cuando reaccioné solo me dio tiempo a ver la puerta cerrada, con un par de agujeros, y una mancha de sangre.
- ¡Un momento! – Interrumpió la propietaria. - ¡Soldado!

La palabra fue un mazazo para todos, especialmente para Mashi, que afectado por su traición lo había olvidado. Isabella apretó contra su mejilla el micrófono de su comunicador y empezó a dar órdenes a los de seguridad, mientras que Kurtz se levantó y pateó el taburete, con frustración.

- ¡Llévate al chaval! – Gritó a Rolf mientras señalaba hacia Paris. El nombre de la unidad de elite del ejército de Shin-Ra había traído a los tres el recuerdo de una mujer rubia armada con una lanza. – ¡Sácalo de aquí ahora!



Desde su asiento, en la parte trasera del coche patrulla, Han veía a la ambulancia alejarse, y con el cada vez más lejano sonido de la sirena, se maldecía a sí mismo. Se culpaba por todo: Por no haber podido llevar a Darren hasta el hospital, por no haber pedido ayuda a la pasma antes... Ahora estaba esposado, y le esperaba una larga y desagradable conversación en la que iba a tener que dar muchas explicaciones acerca de que hacía recorriendo la ciudad a doscientos por hora con un herido de bala en el asiento trasero. Se culpaba por Malcolm, que iba sentado a su lado e iba a compartir su suerte, y este podía ver toda esa culpabilidad reflejada en su rostro.
Malcolm, simplemente se limitaba a apoyar su palma sobre la rodilla de Han. Sabía que, al menos, había hecho todo lo posible.



Rolf guió a Paris a toda prisa hacia una puerta metálica. La abrió y en su interior se mostró una escena brutal: Henton, el luchador que había ganado el combate, hacía honor a la reputación que Kurtz le atribuía, golpeando él solo a cuatro secuaces, que lo único que podían hacer era intentar esquivar sus acometidas. A juzgar por la sangre que goteaba de sus nudillos, codos y demás partes de su cuerpo que había usado para golpear, llevaba un buen rato repartiendo dolor, pero no parecía cansado en absoluto, y seguía gritando y machacando como si nada. Un hombre con uno de los ojos tenía el iris totalmente blanco, con algunos golpes en la cara y el torso, que llevaba descubierto, se asomó.

- ¿Cómo va todo, Vassaly? – Preguntó a Rolf.
- Jodido. Viene Soldado. ¿Te importa si el rubiales se esconde aquí?
- ¿Sabes pelear, chico? – Preguntó el tuerto, mostrando una sonrisa con un par de dientes ensangrentados.
- ¡Como un demonio! – Exclamó el tirador empujándolo dentro y cerrando la puerta tras él.

Bien: Ahora mismo, Paris, que había estado burlándose, aunque solo un poco, de la frustración de Kurtz por haber tenido un combate igualado que decía que nunca podría ganar, contra un luchador profesional de ciento dieciséis kilos de peso llamado Henton Jackson, se encontraba ante el propio Henton Jackson. Kurtz le había dicho que lo que le hacía más fuerte era su ansia por combatir: No buscaba el resultado del combate, sino que disfrutaba de cada segundo que durase la pelea, dando lo mejor de sí en cada golpe. Era astuto, sabía elegir los golpes y amagar, y también era bastante hábil usando las presas. Por desgracia, el hombre que tenía delante ahora mismo no era ningún luchador experto y controlado, sino una bestia salvaje e incansable. Si bien había relajado sus gritos, los golpes seguían con la misma intensidad que siempre. Lo único que decaía, poco a poco eran sus oponentes, y el último con la fuerza suficiente para permanecer en pie estaba ahora mismo retenido contra la pared, mientras una rodilla del tamaño de un melón le impactaba en la boca del estómago.

- Chaval, nos toca. – Dijo Iván. Había pasado el brazo sobre sus hombros y le estaba hablando al oído, sin dejar de mirar al luchador de reojo. – Cada uno por un lado. Cuídate con su derecha, es muy rápido, y como te coja con un barrido te ha jodido y bien. Tiene el codo y la rodilla de la derecha jodidos así que si puedes, tira de ahí, pero no me lo lesiones, ¿eh? ¡Un luchador como este solo aparece cada cincuenta años! - Paris podía sentir su aliento, e incluso su saliva, probablemente ensangrentada, cayéndole en el pelo y la oreja. Nunca había soportado demasiado bien la proximidad de otro ser humano, y menos aún de esa forma, pero esta vez no le daba importancia simplemente por que no era capaz de pensar en ello. No con Henton mirándole.

La vida de Paris pasó ante sus ojos, deteniéndose en sus dibujos animados favoritos. Los veía en casa de Alayna, después de que acabase esa serie tan ñoña que veía su hermana, en la que dos músicos con el pelo de colores horteras y muy poco masculinos competían por el amor de una tía. En la serie de Paris, dos ejércitos de robots luchaban, unos defendiendo a la humanidad y otros contra ella. Los robots eran geniales, y además se transformaban en vehículos o aviones. A veces, algunos se unían y formaban un robot gigantesco.
Mientras avanzaba hacia él, Paris se preguntó que cinco tanques se habían unido para montarlo.




La capitana Alma Farish entró en primer lugar en la sala donde estaba el cuadrilátero, seguida de tres de sus hombres (Esa era la palabra mágica: Hombres. La rubia salvaje no estaba, lo que hizo que Kurtz albergase esperanzas de que algún tiro le hubiese dado, y la tuviese fuera de circulación algún tiempo). Era la única que no iba empuñando su respectiva arma, ya que había decidido empezar por hablar. Todo su grupo refulgía, por el hechizo de barrera que habían lanzado sobre sí mismos, y a una orden suya se colocaron ágiles como el rayo entre el grupo de seguridad y la entrada de los lavabos.

- ¿Quién está al mando aquí? – Preguntó con sequedad. Era una instructora, una capitana de Soldado, y si unos cuantos payasos de Turk no eran capaces de ser personas, se merecían toda la mierda que les pudiese caer encima, y no que la llamasen a ella para resolver estas gilipolleces.
- Yo... – Dijo un hombre alto y atlético, adelantándose a una mujer armada con un subfusil. Fue hacia ella y se irguió con un saludo militar. – Agente Kurtz, unidad doce, Turk.
- Los turcos no saludan así. – Dijo al hombre que le dedicaba una mirada neutra: La forma más extendida de desprecio a lo largo de toda la cadena de mando militar.
- Acompáñeme, Kurtz... Y vosotros, asegurad la situación. ¡Que no salga nadie del baño hasta que vuelva, y que nadie entre! – Sus hombres asintieron, mientras ella señalaba hacia la fuente indeterminada de varios golpes. - ¿Qué es eso?
- Señora, aquí ha habido un combate. – Respondió Kurtz señalando al ring vacío. – Tras él, un grupo de agentes de Turk disparó por accidente a un hombre, que resultó ser el hermano de uno de los luchadores. Ahora mismo, el luchador está descargando su rabia contra unos cuantos sparrings en los vestuarios.
- ¡Weisz, compruébalo! Si es cierto, déjalo estar y vuelve a la posición. – Dijo, mientas se encaminaba al fondo de la sala haciendo un gesto a Kurtz para que la siguiese.

Mashi, viéndolo desde lejos, dio un largo trago a su bourbon triple. Luego dejó el vaso en el asiento que estaba a su vera: El pulso le temblaba horriblemente, y el tintineo de los hielos lo ponía aún más nervioso. Vio como la propietaria tomaba el vaso, y acababa con su contenido de un solo trago. Luego se fue, mientras el hombre de ojos verdes, que ya venía con tres vasos más, bien llenos, y la botella para ahorrarse viajes. Para cuando el Soldado que había respondido a la orden de su oficial volvió confirmando lo que había dicho Kurtz, el vaso del improvisado camarero ya se estaba volviendo a llenar.


- Como iba diciendo... Kurtz. ¿Qué experiencia tiene?
- Wutai. – La forma más simple de decir “Me cago en ti y en toda tu gente”, perfeccionada a lo largo de los años por la infantería hacia los soldados.
- Entiendo... – Dijo ella. – Usted también es conocido en nuestras filas: Nos sentó muy mal que enviasen a otros a dar caza a los nuestros como si fuesen animales.
- ¿Animales, señora? – Preguntó el turco, dando a entender que la categoría de “animal” era algo que esa escoria tendría que esforzarse por merecer.
- Eran hombres que lucharon por Midgar, por traer la paz a un mundo caótico y brutal. Preparados, entregados y sacrificados por un motivo que nunca llegaron a comprender. Eran...
- Señora... – Interrumpió con un tono que cada vez era peor. De no estar apartados del resto de la sala, Alma se vería obligada a tomar medidas. – Mis disculpas por interrumpirla, y por tomarme la libertad de hablar claro, pero en Turk nos referimos a matar a miembros idos de Soldado como “cazar locos”. – Alma no movió ni un párpado. Conocía el nombre que los turcos le habían dado, y la ofendía sumamente, pero se negó a darle la satisfacción de mostrarse afectada. – La última vez, acabamos en una comuna de indigentes cuyas paredes, suelos y techos estaban cubiertas de cenizas humanas, y le estoy hablando de una comunidad de al menos cincuenta individuos, masacrados a manos de cuatro de esas alimañas. – Su ceño estaba cada vez más fruncido, y los tendones de su cuello se iban tensando por la cólera contenida. – Así que si me dice que eran “hombres buenos”, tal acto de cinismo me impedirá controlarme y respetar como es debido la cadena de mando. – Alma lo miró con gesto inexpresivo durante unos segundos.
- Probablemente me haya llevado una impresión equivocada, Kurtz, pero casi parece que busque usted pelea.
- En absoluto. – Respondió él. – Solo me muestro dispuesto a cooperar de la forma más eficiente posible. – Alma repasaba mentalmente la lista de Soldado “cazados” por este tipejo: Cinco segundas, tres primeras y unos cuantos terceras... Nunca en combate cara a cara, por supuesto: En el fondo era un humano normal, pero un humano normal muy listo.
- Perfecto. Entonces estará tan interesado como yo en zanjar este asunto de forma rápida y eficiente.




- ¡Vámonos! – Ordenó Isabella a los suyos, con una sensación de amargor que le invadía la boca. – Guardad la artillería e id a casa. Keith, tú ayúdame a cerrar. –

Respondieron con leves protestas, pero era evidente que en el fondo se sentían aliviados: Eran simples ex pandilleros, aunque muy bien equipados. Sin embargo, ante ellos tenían gente de Turk y de Soldado. Simplemente, no había nada que hacer, e Isabella lo sabía. Ya les haría la vida imposible a esos hijos de puta por otro camino, pero no tirando a la basura las vidas de sus chicos. Nunca más.
Los tres soldados permanecieron inmóviles, con férrea disciplina, a pesar del cambio de tornas. Ahora solo la propietaria del local los miraba, pero ya no con furia. De hecho, ni siquiera los miraba a ellos, sino a la mancha de sangre que Darren había dejado en el suelo, a la entrada del baño. Un hombre de rasgos orientales se acercó a ella, tendiéndole un teléfono, mientras hablaba con ella un par de segundos.





- Hola, Izzy... – Dijo una voz abatida al otro lado del aparato. – Soy Mal.
- ¡Dime! – Respondió con el corazón en un puño.
- Estoy en el cuartel, y solo puedo hacer esta llamada. Se han llevado a Han para interrogarlo. – La voz del camarero sonaba quebrada
- ¿Qué pasó? ¿Cómo os pillaron?
- Han decidió que si teníamos que dar vueltas para perder a la pasma sacrificaríamos un tiempo precioso, así que enfiló hacia el hospital, se acercó todo lo que pudo y se entregó para que los de azul se hicieran cargo de Darren y llamasen a una ambulancia. – Se detuvo, unos segundos, y en ese momento Isabella pudo oírlo sollozar.




Paris, aunque se negase a reconocerlo, admiraba un rasgo de Kurtz especialmente: Su astucia. El turco tenía una firme creencia que “forzar un poco las reglas” solo es “jugar sucio” cuando puedes ganar sin necesidad de ello y aún así lo haces. Sin embargo, cuando la situación lo exige, no es “jugar sucio”. Simplemente es ser pragmático, sensato, maximizar los recursos disponibles y, en resumen: Jugar duro.
Había recorrido todo el vestuario para esquivar los golpes del coloso, paredes incluidas, y aún así, el mastodonte era mucho más rápido de lo que uno habría pensado a simple vista, lo que le había costado algunos que otros desagradables encontronazos con la muy contundente anatomía del luchador. Esos guantes acolchados reglamentarios eran muy de agradecer, aunque el resultado sería el equivalente a atar una almohada al parachoques de un trailer antes del atropello. En resumen: Una situación muy exigente.
En lo referido a recursos, varios minutos de saltos, acrobacias y golpes que lo proyectaron contra las paredes acabaron por mostrar que la voluntad de la divina providencia era que Paris estuviese precisamente ahora junto a una silla plegable de aluminio y plástico.
¿Y quien era él para quejarse?
Paris veía pocas películas y sabía que eran ficción. No era ningún experto en el tema de “en cuantos pedazos se rompe una silla cuando impacta contra un luchador furioso de más de cien kilos”. En ninguno de los casos se habría esperado que el mueble cayese en tantos pedazos. Prácticamente, Henton había desatomizado la silla con una especie de “cabezazo pasivo”, tan fuerte que incluso Paris sintió un leve entumecimiento en las manos a causa del impacto. También manaba algo de sangre de una pequeña herida en la coronilla del luchador, lo típico cuando se dan cabezazos al mobiliario. El problema fue después, cuando se volvió, y él, Henton, el luchador. Si. Él. Ese mismo. Dos metros trece, ciento dieciséis kilos. Si. Ese. El grande. El del cuerpo ensangrentado y magullado que golpea como un buldózer. Ese. Ese. Él.
Lo estaba mirando. A Paris.
Lo estaba mirando muy fijamente, con un gesto de furia muy marcado. Agarró a Quouhong sin mirar, cubriendo su cabeza con una sola de esas manazas, y lo lanzó contra la pared, mientras empezaba a rugir de forma gutural y desagradable. Paris se preparó para tener una buena historia que contar a Kurtz, cuando de repente la puerta se abrió, batiendo contra la pared. En ella apareció la propietaria de la Tower of Arrogance, con el rostro totalmente enrojecido y los ojos empapados en lágrimas.

- ¡Ha muerto! – Exclamó, y solo con esa frase, Henton se cayó de culo. Tan simple como eso, como si se le acabasen las pilas: Se cayó sentado, con la cara entre las manos, y la mujer corrió hacia él y lo abrazó. – ¡Darren llegó muerto al hospital! – Gimió.

Henton, tan agresivo como estaba tan solo medio minuto atrás, se había desplomado. Estaba agotado, magullado, y toda esa ira que lo mantenía en pie acababa de desvanecerse con el impacto de la noticia. El hombre tuerto dio un par de pasos y palmeó el hombro del luchador, para luego sacar fuera uno de sus matones inconscientes. El resto serían perfectamente capaces de abandonar la sala por su propio pie, aunque difícilmente se sostenían sobre ellos. Luego miró hacia Paris y le indicó con un ademán que lo siguiese. Paris salió, e Iván salió tras él, cerrando la puerta a su espalda para dejar en paz a la pareja con su dolor.

- ¿Y ahora que? – Preguntó confundido el rubio.
- Mejor quedarse aquí. – Dijo el mafioso, viendo como Keith les hacía gestos disimulados para que fuesen discretos y no saliesen del pasillo de acceso a los vestuarios. – A lo mejor nos necesitan.
- Vale... – Paris se apoyó, a la espera de que la adrenalina decidiese volver a los niveles normales.
- Por cierto, chaval... ¿Cómo te llamas? – El rubio lo miró con desconfianza. – No he visto a nadie tan ágil. Eres mucho mejor luchador de lo que creía.
- Gracias... – Respondió quedamente. – Soy Paris.
- Mi nombre es Iván Quouhong. – Dijo el tuerto, mientras volvía a vestir una horrible camisa y una chaqueta, de la que sacó una caja de tarjetas de visita, ofreciendo una al asesino. – Si te apetece sacar algún dinero con eso, pásate por aquí, ¿vale? Ahora, si me disculpas, voy a ver que ha quedado de mi gente.

Se despidió en silencio y lo vio marcharse. Siguiendo en la misma dirección, Paris vio a Rolf, sentado en el suelo, contra la pared, llorando en silencio con una botella en la mano. No supo muy bien que hacer, pero cuando los ojos verdes del tirador se cruzaron con los suyos vio que no podía huir, con lo que fue a sentarse a su lado.


- Ehh... – Dijo Keith, sin saber muy bien como dirigirse al tío ese, mientras el tío raro de las cicatrices y la jefa de Soldado se acercaban desde el fondo de la sala.
- Ukio. – Respondió el duelista. – Yo me haré cargo de todo.
- Si, señor Ukio. – Keith tenía la mano apoyada en el auricular, para darle a entender que había noticias de la puerta. – Acaba de llegar un tipejo con pintas de importante.
- Que dé su nombre y pase... Acabemos de una vez. – Dijo mientras guardaba su teléfono móvil. A su lado se acercaron el turco desfigurado y la oficial de Soldado, y aprovechó para llamar su atención. – Disculpen. Soy Shosuro Ukio. Hemos recibido la noticia de que nuestro amigo Darren ni siquiera ha llegado con vida al hospital, así que, mientras la señorita Sciorra acompaña a su hermano, yo me haré cargo de esto. ¿Algún problema?
- Ninguno... Permítame ofrecerle mis condolencias. – Respondió la militar con un leve asentimiento de cabeza. El turco, por su parte, le tendió la mano en silencio. Cuando hubo acabado, la militar prosiguió. – ¿Es oficial la retirada de la seguridad del local?
- Absolutamente. Ahora mismo pretenden irse a sus casas, menos los que deban ayudar a cerrar. – Indicó. A Kurtz lo descolocaba un poco el cambio de tono, de la rebeldía agresiva de la mujer a la complacencia de este hombre, tranquilo pero no por ello débil. Tenía algo... Igual que Henton. Terminó por suponer que, con su amigo muerto, y el golpe que esto suponía, no les interesaba hacer el gilipollas, y menos con Soldado aquí. Por amargo que parezca, la sensatez a veces debe imponerse.
- Perfecto. – Respondió fríamente la oficial. – Weisz, quédate aquí. Vosotros dos, entráis ahí y sacáis a las azafatas. Los críos que esperen. – Obedecieron al instante, mientras se oían protestas por parte de los turcos, tensos, atrapados y encocados. Alma contemplaba fijamente la operación, y a su lado, Kurtz deseaba para sí mismo una resistencia mínima, una excusa para entrar a hostias. Fue entonces cuando unos gritos desde las escaleras los sobresaltaron.

Mordekai Jacobi, con su habitual peinado de estilo clásico, su nariz ganchuda y sus labios finos, prestos para una mueca desagradable. Vestía un caro esmoquin y traía la pajarita colgando, desatada. Con él había dos armarios de traje negro, gafas de sol y manos próximas a la solapa, enguantadas en cuero. Los putos ricos y su seguridad privada... Así cualquiera pasa un estado de excepción.
Llegó haciendo aspavientos furiosos y pegando gritos, de forma despectiva e insultante. Ukio entrecerró los ojos con desagrado, Alma permaneció inmutable, y Kurtz se crispó totalmente, con ganas de mandarlo todo a la mierda, y como lo hiciese iba a estar claro quien se comería el primer tiro.

- ¡¿Se puede saber a que viene tanto alboroto?! – Gritó. – ¡Ni se imaginan las molestias que han causado, y seguro que todo ha sido por una perogrullada! – Esta vez, los ojos del hombre de rasgos orientales y maneras educadas se abrieron de par en par, con odio. La forma más clara de decirle a alguien lo idiota que es sin abrir la boca si quiera. Alma intervino inteligentemente, antes de que la cosa fuese a más.
- ¿Es usted el que ha movilizado mi unidad para cubrirle el culo a un grupejo de estrellas del pop drogados y descontrolados, para que no los linchasen por haber matado a una persona?
- ¿Qué han matado a alguien? – Ese “alguien” era sumamente despectivo. – ¿Iba armado, o algo? – La pregunta incluía una esperanza ilusa por una respuesta afirmativa.
- ¡Si! ¡Con una silla de ruedas! – Exclamó Kurtz con una ironía que el aturdido oficial tardó en atrapar. - Los chicos de balística estarán echándole un ojo ahora mismo, seguro que coincide con el arma homicida de los últimos veintisiete asesinatos sin resolver. ¡Unos genios, sus pequeños hijos de puta!
- ¿Tienen pruebas? – Preguntó inmediatamente. Su prepotencia se había transformado en una trinchera defensiva, y sus desagradables labios estaban apretados, formando una mueca repulsiva. - ¿Algún testigo? – Kurtz sonrió con malicia, y señaló con el pulgar hacia Mashi, que miraba la escena con gesto triste, pero decidido. Alma por su parte, le indicó a las dos azafatas que lloraban aterrorizadas, mientras uno de los suyos les quitaba las esposas rompiéndolas mediante simple fuerza bruta.
- Yotoomaru Katsumashi... – Dijo con desagrado. En ese momento, por tercera o cuarta vez en los dos minutos que llevaban hablando, Kurtz deseó sacar la navaja y abrirlo desde la garganta hasta la ingle. Jacobi miraba al joven grupo como si este hubiese traicionado a su grupo, cuando fueron los demás los que decidieron usarlo como chivo expiatorio.
- Entre otros... – Dijo Alma. Ese “otros” significaba “gente que iba a quedar bajo la protección de Soldado, y que ni en broma iba a poder meter baza para librar a su pequeño ejército de estrellitos de esta.
- Entiendo... – Dijo mientras sopesaba sus posibilidades. – Bien. Listo entonces. Que salgan de ahí y vayan todos al cuartel. Katsumashi también. Usted, Kurtz, puede irse a casa. Ni siquiera está de servicio esta noche.
- ¡Oh, pero presentaré declaración, por supuesto! – Respondió en voz alta, aunque su jefe lo ignoró y siguió hablando como si nada.
- Supongo, señorita...
- Farish. Capitana Farish. – Corrigió ella con desagrado: Un oficial que ni siquiera sabe reconocer galones.
- Capitana... Supongo que se hará cargo de que el artículo diecisiete, apartado cuatro de la ley de estado de excepción ordena que Turk, dado su carácter especial, realiza sus propios juicios internos.
- Por hechos realizados en acto de servicio. – Corrigió Kurtz.
- ¡No sea estúpido, agente! – Séptima llamada a la histerectomía sin anestesia para Jacobi. – ¡En estado de excepción siempre se está de servicio!
- Entonces no podrá negar que, en calidad de agente de servicio, preste declaración. – Sonrisa triunfal. “Jódete y piérdete o sigue dándome motivos, a ver como acabamos todos”.
- Lo comprendo, capitán Jacobi. – Dijo Alma, echando en cara que ella SI conocía a los oficiales importantes de las demás agencias. – Supongo que nos llamará para presentar declaración también.
- Eh... Claro, claro... – Dijo con la mirada perdida. – Ahora, si me disculpan, voy a sacar de ahí a los chicos. Les espera el primer rapapolvo de la noche. – Iba a irse, con toda su impertinencia y pomposidad, a través de los otros tres, cuando de repente el silencioso duelista lo sujetó discreta pero firmemente por el codo. - ¿Qué hace? – Espetó Jacobi. - ¿Quién es usted?
- Shosuro Ukio, representante del Trust empresarial Shosuro, y para esta ocasión también tengo el honor de hablar por Isabella, de la casa Sciorra. – Jacobi volvió a palidecer. Enemigos poderosos se había ido a buscar esta noche.
- Las casas Shosuro y Sciorra nunca brillaron por su amistad. – Se limitó a responder.
- Ni tampoco por llevarse bien con la casa Jacobi. – Respondió el duelista tranquilo. – Nuestro ambiente familiar no ha impedido que como practicantes de esgrima, la señorita Isabella y yo hayamos encontrado un motivo para cultivar cierta afinidad. Además, ambos estamos hoy afectados por la pérdida de nuestro querido amigo Darren Jackson. – Dijo entrecerrando los ojos de nuevo. – Solo quería asegurarme de que también recibimos aviso para que los procuradores de nuestras respectivas familias puedan presentar nuestras demandas, civiles y penales, contra ese grupo de drogadictos energúmenos. – Dijo su boca. Sus ojos dijeron “o si no te mataré personalmente”.



Ante miradas de impotencia, jactándose de su suerte con gestos de desprecio, seis de los turcos se fueron acompañando a su líder y los dos gorilas de este. Lo hicieron caminando por su propio pie, a través de la puerta principal y no sin antes tomarse un par de minutos para acicalarse ante el espejo de los servicios. Todo esto realizado del modo más insultante posible. Paris lo vio, mientras Rolf se apoyaba en su hombro y compartía con él historias de cuando Darren podía andar y era luchador de foso. Ukio los ignoraba, mientras hacía un par de llamadas desde su PHS, antes de ir a dar el pésame a Rolf, Izzy y Henton y despedirse.
El luchador y su novia permanecieron tumbados en silencio en el suelo del vestuario, ajenos a todo cuanto sucedía a su alrededor. Keith era perfectamente capaz de cerrar el local él solo, y Ukio ya les había confirmado que todo había acabado.
Keith se cambió el traje por unos vaqueros gastados y una sudadera, y tomó una fregona él mismo para ayudar a los de limpieza. Era la mejor forma de no pensar. Ya solo quedaba personal de mantenimiento en el edificio.
Mashi, por último, vio como Kurtz salía del pasillo de los vestuarios y le indicaba que lo acompañase. También vio como se llevaba al joven rubio, y al de ojos verdes, alegando que a uno tenía que acercarlo a casa y al otro probablemente también, dado que había estado bebiendo toda la noche. Incluso el propio Mashi se sentía un poco aturdido por el alcohol y la conmoción.
Se subieron a un viejo Shin-Ra Supreme, negro, que llamó la atención del joven turco, y avanzaron a través de calles vacías, iluminadas por luces de neón, hasta el Mercado Muro, donde ambos tripulantes se bajaron, y el rubio ayudó al otro a caminar. Luego Kurtz encaminó su coche hacia el sector cero de la ciudad: Edificio Shin-Ra, cuartel general.

- Me he fijado en el arma que usas, chaval... Me extraña bastante.
- ¿La Archer? – Dijo el joven turco, agradeciendo algo de conversación amable.
- Si. No es un arma “fashion”, no tiene niquelados, grabados ni mariconaditas, no tiene ningún calibre especial, ni fuego automático ni nada.
- Tiene historia... – Respondió con un poco de vergüenza. – Pero no es nada del otro mundo. – Kurtz apartó su cazadora, mostrando su propio revolver.
- ¿Historia por historia? ¿Te hace? – El chaval miró intrigado la extraña forma de las cachas del revolver, de gastada caoba, y asintió.
- Era de mi padre, un policía de barrio de hace la hostia. Tiene ahora cincuenta y nueve años y lleva cuatro retirado. Mi madre me pidió que llevase yo su pistola: En treinta y siete años de servicio no la tuvo que disparar ni una sola vez, y mi madre quiere que mi vida también sea así de tranquila. – Kurtz sabía que no lo iba a ser. No lo sería para nadie que tuviese que ir con él de patrulla. No mientras Jacobi asignase las misiones y siguiese queriendo verlo muerto. Para Scar, la única forma posible en la que Jacobi podría dejar de querer matarlo era habiendo muerto cualquiera de los dos. Sin embargo, prefirió no decirle nada de momento.
- Sería muy buen policía... – Respondió en lugar de eso. – Daría mucho miedo.
- En realidad no, es un hombre barrigudo y bonachón. Pero bueno... – Sonrió el joven. – Eso es todo. – No dijo nada, pero produjo un silencio muy elocuente y lleno de curiosidad.
- Este arma era del primer compañero que tuve en Turk, y también la disparaba muy poco. – No apartó los ojos de la carretera, pero pudo sentir los ojos de Mashi fijos en él, bajo sus lentillas de color azul eléctrico. – Odiaba las armas automáticas, porque decía que despedazaban a quien pillaban, y que lo menos que merecía una madre era poder enterrar a su hijo con el ataúd abierto. – Mashi recordó que el rubio le había entregado algo negro al veterano, y que cuando impidieron un atraco el otro día, Kurtz llevaba una Aegis Cort reglamentaria. Supuso que rara vez cogía el revolver, pero esta vez lo había usado para prestar a su amigo la semiautomática.
- No lo usas mucho... – Dijo, intentando que la conversación no cayese en un silencio tenso.
- No. – Respondió sin mirarle. Silencio tenso en camino.

Durante unos cuantos minutos, Mashi se quedó buscando un tema de conversación. La música era rock añejo, y aunque le sonaba, no lo conocía. El coche era cómodo, pero tampoco sabía de motores ni de nada para preguntar por él. No había dicho nada de que ese “primer compañero” se retirase, así que o le había regalado el arma, o estaba muerto. El único tema de conversación que se le ocurría una y otra vez se lo había dicho Svetlana días atrás en la calle, delante de un supermercado: Los jóvenes cagan, y alguien tiene que arreglar el estropicio.

- Lo siento... – Dijo al fin, rindiéndose ante las exigencias de su conciencia. – Lo siento muchísimo.
- ¿Lo que, Katsumashi? – Preguntó Scar, con aire distraído, sin dejar de mirar a la carretera. Mashi se esforzaba por contener lágrimas de rabia.
- Todo: Svetlana me lo dijo, y no quise creerlo del todo, pero ahora ya no lo puedo negar: Somos criminales.
- ¿Criminales? – Esta vez si se giró un segundo a mirarle, parado en un semáforo. Era extraño que alguien se parase en un semáforo en rojo, de noche, sin ningún otro coche por las calles y con una placa de Turk que le libera de pagar multas de tráfico. – ¿Tú hiciste algo?
- No... Pero permití que otros lo hiciesen, cuando mi cometido como turco es defender la ley.
- ¿Cuántas veces? – Era una pregunta muy maliciosa, pero Mashi comprendió que debería habérsela hecho a sí mismo mucho tiempo atrás. Lo pensó, le dio mil vueltas en tan solo dos segundos, pero aún así no logró sino odiarse más.
- No soy capaz de acordarme. – Dijo al fin. – ¡Lo siento, joder! ¡Lo lamento muchísimo! ¡Odiaba toda vuestra parafernalia del puño de hierro terrorífico y represivo, y me sumergí en el rollo vistoso y popular de los novatos, para acabar siendo un criminal más, con el patrocinio de Turk!
- Nosotros defendemos la ley, Mashi. Lo hacemos a cualquier precio. – El coche seguía parado, aún con el semáforo ya en verde, y Kurtz lo miraba fijamente. – Y si tú no lo haces, o te vuelves con los figurines o prescindiremos de ti.
- ¿Qué quieres decir? – Scar no lo respondió. Solo lo miró fijamente, confirmándole que quería decir justo lo que Katsumashi estaba pensando en ese preciso momento. – Joder...
- Joder... – Dijo, arrancando con el semáforo ya en ámbar. – Mejor espabilar, ¿no?
- Ya... – El silencio ya no era tenso. Ahora era casi acogedor. La amenaza seguía flotando en el ambiente, pero Mashi temía que fuese peor seguir la conversación. Lástima que ya fuese tarde.
- ¿Y que vas a hacer, pequeño Mashi? – Preguntó Kurtz, mientras aceleraba, dejando cada vez más y más atrás el límite de velocidad urbana.
- ¿Yo?
- Si, Mashi. Nos han jodido, nos han herido y se han reído en nuestra puta cara. A mi me han faltado al respeto, han hecho daño a amigos de mis amigos, y a ti te han vendido como si fueses un puto pollo asado. – Conducía con ademán muy tranquilo, a más de cien kilómetros por hora. El edificio Shin-Ra era visible al fondo.
- ¿Vamos a hacer algo al respecto? – Preguntó, un poco asustado, pero más de su compañero que de la idea de devolver el golpe.
- No lo se, pequeño Mashi. No puedo decirte nada si no estas con nosotros.
- ¡Estoy con vosotros!
- ¿Ah, si?
- ¡Lo juro! – Exclamó. – Joder, haré lo que sea.
- ¿Lo juras sobre el revolver de tu viejo? – Preguntó Kurtz. – ¿Por tus manos? ¿Por tu vida?
- ¡Lo juro! – Insistió.
- Como nos jodas, te quitaré los tres. ¿Ha quedado claro, pequeño Mashi?
- Cristalino. – En medio del terror, oculto por esas llamativas lentillas, había un pequeño chispazo de ganas de bronca. Nadie mejor que Jonás para ver esas cosas, y nadie mejor para avivarlas.
- Estamos haciendo algo, pequeño Mashi. Estamos en ello, confía en mi.





- No harán nada... – Decía despectivamente Dravo, en el piso setenta del edificio Shin-Ra. - ¡No pueden hacer nada! ¡Soy un turco, desde hace casi dos años! ¡Dos putos años, joder! ¡Soy de los más veteranos de este grupo!
- Si hay algo que no nos gusta en este grupo... – Respondió Dekk con sorna. – Son los veteranos, Creedan.
- ¡Come mierda, Van Zackal!
- No se que decirte, amigo... – Intervino Tex, con su habitual parsimonia. – Kurtz está muy loco. Ya viste lo que nos contó Mashi.
- ¡No me hables de ese cabrón, wey! – Exclamaba montes furioso, golpeando la pared. – ¡Se ha vendido! ¡Nos ha dejado y se ha ido con los viejos, como esa zorra de Yvette! – De repente, Grim alzó la cabeza.
- ¿Y? – Preguntó el líder, apartando su blanco flequillo de un bufido. - ¿Pasa algo? – Insistió, mientras los demás se apartaban a su paso. El simplemente se detuvo y se agachó un poco para mirar a la cara a Montes, antes de seguir hablando, muy despacio. – Te acabo de plantear un interrogante, Carlitos.
- Grim... – Dijo despacio, inseguro. – Ya sabes... Esos hijos de puta siguen ahí, tocándonos los cojones mientras nos escondemos detrás de Jacobi en lugar de hacer nada.
- No tengas tanta prisa, Carlitos, hay que ser más reflexivo. ¿O acaso has olvidado a donde lleva no estar preparado para posibles imprevistos? – Mientras le hablaba, Grim flexionaba su brazo lentamente, recordándole su fractura, y también, en parte, culpándolo. Luego se giró hacia van Zackal, antes de retomar la charla sin dirigirse a nadie en concreto. – Tenemos el estado de excepción. Las ocasiones lloverán por si solas. Hoy habríais podido iniciar un tiroteo aprovechando la ventaja de que estuviese Soldado de nuestro lado, y una bala perdida pudo haber... Nunca lo quisiera yo... Acabado con el Caracortada.
- ¿Y lo dices ahora? – Intervino Dravo, con su brusquedad habitual. Grim hizo una mueca de exagerada molestia por la interrupción.
- ¡Cállate, pequeño bastardo de una vil ramera, o te callaré yo! Fuiste tu quien desató esta pequeña cadena de inconvenientes, ¿recuerdas? – Tras las incisivas pupilas de Garrison había un montón de asentimientos del resto del grupo.
- ¡Grim! – Esta vez fue Soto la que interrumpió. - ¡Mira ahí!

Como era de esperar, todos miraron. Ahí era un punto fuera de la sala de juntas donde se encontraban, al otro lado de un cristal y de un estor de placas de madera de color negro que proporcionaba discreción a la estancia. Ahí había gente: Siete personas, en concreto, todos del grupo de los veteranos, aunque no todos de la edad que los caracterizaba. Todos ellos con chalecos de kevlar, y, con las excepciones de Scar y Katsumashi, todos con fusiles encima. Si hubiese que usar una sola palabra para describirlos, esta era “todos”: Svetlana, Dawssen, Larry, Yvette, Kurtz, Katsumashi y Harlan. Todos. Todos presentes, todos armados y todos con cara de muy mala hostia.

- ¡Hay que sacar a Dravo de aquí! – Exclamó van Zackal. La única reacción de Grim fue sacar su Blackraven, pero Tex contuvo su mano, y permaneció impasible mientras este le miraba.
- Esta no la podemos ganar, Jim...
- ¡Ya hemos ganado, joder! – Grito Dravo, tenso como la cuerda de un violín. - ¡No pueden tocarnos! ¡Si lo hacen los juzgarán!
- ¡Si lo hacen, nosotros estaremos muertos, idiota! – Lo abofeteó Montes, esforzándose por no alzar la voz. Creedan lo miró con odio, pero ni siquiera se irguió.
- Te diré lo que vas a hacer, idiota. – Dekk tiró de él para encararlo, y se aseguró de echarle el aliento sílaba por sílaba en toda la cara mientras lo insultaba. – ¿Me entiendes, idiota? ¡Bien! Estamos aquí reunidos, para celebrar que es posible que una panda de psicópatas nacidos antes de la televisión y los reactores Mako quieren cortarnos los cojones, idiota. ¿Y sabes por que? ¡Por tu culpa, idiota! – Lo empujó, haciéndole tropezar con una silla y caer, con gran estruendo. Todos miraron hacia fuera, temiendo una reacción por parte del comando de la muerte que los esperaba bloqueando el único acceso a hacia los ascensores, pero estos no se movieron.
- ¡Joder wey, ten cuidado! – Dekk asintió a su amigo y siguió hablando.
- Idiota... – Pausa para arreglarse el pelo con la mano. – Vas a levantarte, salir a cuatro patas por la puerta del otro lado de la habitación, arrastrarte sin que te vean hacia las escaleras de servicio y bajar setenta pisos. ¿Y sabes por que, idiota? Porque quieres vivir, y como la vuelvas a cagar, te volaré el culo yo mismo. ¿Alguna pregunta? – El aterrorizado turco negó con la cabeza. – ¡Pues entonces dale caña!



- ¿Alguno de vosotros ve al gilipollas de Dravo ahí dentro? – Preguntó Kurtz. Recibió un coro de respuestas negativas. – Entonces esto es cosa hecha. Señores, nuestro primer acto de guerra, con el que equilibramos la balanza. – Sacó una petaca y dio un largo trago de ella. – ¿Alguien brinda?





Creedan Dravo llevaba por lo menos cuarenta o cincuenta pisos. Había perdido la cuenta en seguida, ante la monotonía de los escalones embaldosados. Se había metido demasiada coca en el cuerpo en las últimas tres o cuatro, o cinco horas. Ni siquiera lo sabía. Su corazón latía a mil por hora, y la tensión y el miedo no ayudaban a aguantar el ejercicio físico. Ya se había detenido dos veces, pero cada vez que lo hacía lo atropellaba siempre el mismo temor: ¿Y si se han dado cuenta y lo están siguiendo? Entre la paranoia y la taquicardia, el propio retumbar de sus latidos le impedía oír pasos, o incluso le había hecho creer oír pasos varias ocasiones. “¡A la mierda!”, pensó, “¡mejor largarse y rápido!”. Solo miraba a los escalones y solo pensaba en el pasamanos, cuando de repente, una luz se encendió frente a él, cegándolo.

- Es él. – Dijo una voz femenina. Dravo no pudo responder. Algo le golpeó antes. A juzgar por la fuerza del impacto, habría sido por lo menos un tren desbocado.

Quiso gritar, pero una manaza le tapó la boca y apretó tan fuerte que le rompió un par de dientes. Lo estampó contra la pared, y le soltó la cara, encadenando una serie de puñetazos en su abdomen que lo dejó sin aire. Los pulmones le ardían, y había podido sentir como sus costillas se crujían, e incluso, rezaba por que no, un asqueroso sonido líquido en algún lugar de sus entrañas. Esas manos inmensas lo agarraron de nuevo, por la cabeza, y lo levantaron muy alto, como si fuese un muñeco de trapo. Afianzaron la sujeción en su nuca y lo estamparon de frente contra la pared. Quiso interponer sus manos para frenar el impacto, e incluso lo hizo, pero solo sirvió para añadir a la lista de chasquidos desagradables uno muy doloroso en su codo. Costillas, tripas y codo izquierdo. La linterna seguía fija en su cara, cegándolo, pero tampoco estaba en situación de ver mucho: Una mano, áspera como si estuviese hecha con ladrillos, sostenía su cabeza contra la pared, tan fuerte que sus pies colgaban a pocos centímetros del suelo. De repente, fue como si el tiempo se parase. El dolor era increíble, pero la serie de golpes se había detenido. Intentaba hablar pero lo único que su pecho podía emitir era dolor, y estaba aturdido y entumecido por la paliza que estaba recibiendo. Entonces se dio cuenta de por que su agresor se había detenido.
Simplemente, para tomar impulso.
Algo que debería ser, por lo menos, una bola de demolición de cuatro toneladas se estrelló contra su espalda, justo en la columna, detrás del diafragma, tan fuerte que pudo sentir la presión en la cara interna de su esternón. No eran chasquidos, ni crujidos. Fue el ruido más brutal y terrible que Creedan Dravo había oído en su vida, húmedo y muy sonoro. Algo se había roto ahí atrás, sin duda. Algo precioso e irreparable. Lo separaron de la pared, o al menos eso notó en la cara, mientras colgaba casi inerte, casi inconsciente.
Sintió ingravidez, y alcanzó a sentir también un primer impacto. No sabía que lo habían tirado por las escaleras, y que había volado varios metros antes de caer sobre los últimos cinco escalones y rodar por ellos, ni que la voz femenina de la linterna le propinó un par de patadas en la boca, antes de irse.
No sintió nada.