domingo, 1 de junio de 2008

121

McColder se abrigó bajo los cartones húmedos y revisó con esperanza renovada sus apuntes e informes catalogados con obsesivo cuidado. Al deslizar los papeles, de la carpeta cayó al suelo de hormigón un inadvertido recorte de prensa. La criaturilla tras una caja que acechaba el brillo del papel satinado corrió con sus cuatro patas y recogió cuidadosamente el artículo con su boca de incisivos afilados. Dio inmediatamente media vuelta, retornando al discreto agujero del que había salido. La ratonera, acogedoramente iluminada con un par de velitas de cumpleaños dispuestas en dos extremos, estaba decorada con un gusto exquisito para tratarse del hogar de un bicho tan pequeño: un sofá bastante modesto lo formaban media docena de bolsitas de té –con una doble función, ya que daban la comodidad de un lecho firme y otorgaban un aroma muy agradable al dulce nido-, al lado estaba el sillón de madera en miniatura cogido de una casa de muñecas quemada tirada en una papelera, en frente brillaba la mesita hecha con un cristal de lupa apoyado sobre cuatro tuercas relucientes, y en un rincón, para refrescar la laringe, un bebedero tubular con sistema parecido al de un biberón que se lo había vendido un hámster muy tacaño del Mercado Muro por cinco frambuesas y doce anacardos –un timo, pero era éso o beber de los charcos-. Apartado del cuarto de estar por una mampara de cartón decorada con la mascota de una marca de cereales –muy pop-, se situaba el baño, donde una lata de sardinas hacía de bañera junto a un surtidor cilíndrico de jabón líquido con aroma a limón. Las necesidades se hacían sentándose sobre la boquilla de una botella de vino que disimulaba la entrada de un estrecho desagüe que daba al alcantarillado, unos metros más abajo. La estancia separada por tablillas de madera agujereada era la despensa, donde se amontonaban velas de repuesto y provisiones (frutos secos y silvestres, unos cuantos caramelos y un dedal lleno de miel), y se guardaba lo más impresionante del almacén, un termo de dieciocho centímetros que proporcionaba agua caliente cuando apetecía un baño relajante. Para servirse de él sin ahogarse en el intento sólo tenía que arrastrar la bañera de aluminio hasta la base del cilindro, destaponar un agujerillo tirando de un trozo de esparadrapo, dejar que el incoloro chorro cálido llenara la lata hasta rebosar y colocar de nuevo la tela para evitar fugas innecesarias. Cuando el agua se terminaba, una pareja de jerbos rellenaban el envase en la cafetería de al lado a cambio de media docena de pistachos. En fin, el animalillo se abrigó con una elegante bata robada a una muñeca desmembrada del vertedero y se echó sobre las bolsitas de té a estudiar su reciente adquisición escrita. Finalmente podía aprender de una lectura que entrara por la puerta, mas cuando leyó la primera línea se dio cuenta de que no comprendía ni una sola palabra.
- Mince! Qu'est-ce qu'il est fascinant, ce langage!- admiró el ratón.
Había quedado totalmente fascinado con el nuevo idioma y se propuso hacer una visita a la biblioteca durante los próximos diez días para estudiar los diccionarios que le ayudaran a traducir ese extraño dialecto. Mañana a primera hora prepararía el hatillo con lo imprescindible y marcharía hacia la estación de tren más cercana con el papelillo bien doblado dentro de su bolsa de viaje. Por ahora tomaría un refrigerio y echaría una buena siesta bajo la mirada estudiosa del ente invisible cuyos ojos etéreos carentes de iris observaban el comportamiento de la curiosa alimaña peluda. El aura del espíritu se iluminó de delicia cuando el mamífero se tumbó graciosamente sobre el montón de saquitos de hierbas que improvisaban su cama. Las criaturas que habitaban el planeta eran curiosísimas hasta puntos inimaginables para un ser metafísicamente dudoso que era capaz de sentir cada fracción de los innumerables puntos que dura un segundo como la eternidad elevada al infinito. Pero no nos vayamos a conceptos inalcanzables e inconcebibles y digamos que el vigilante siguió observando al animalillo durante unos minutos hasta que notó que era reclamado. Apuró su esencia hacia el lugar donde lo habían invocado, dejando atrás al roedor que dormitaba plácidamente.

El espacio no era más que una corriente muy estrecha de aromas, colores, luz, música y ruido alrededor del halo espiritual, el cual navegaba por las diferentes esferas de la existencia para atajar hacia su destino. Quizás se quedaría un rato a observar los eventos de la urbe tumultuosa a través de la que buceaba. Las primeras sensaciones fueron poco agradables: huesos y carne corrompiéndose bajo el asfalto, fosas comunes donde reposaban los muertos y un lago costroso de sangre negruzca que reunía todas las edades y especies. Entre la goma de los neumáticos que agrietaban la tierra, cerca de las tripas de gato que bañaban la acera de mierda y tenias, frente a los casquillos de bala que decoraban cada esquina y por debajo de las mentes oscuras de políticos enfermos, acabó de bruces bajo la luz blanca y mística que iluminaba un círculo de flores que brotaban tímidamente rodeadas de madera podrida y tierra ácida. Ya era extraño que el sol lograra alimentar con su energía a las plantas, bastante maltratadas por las poluciones de una ciudad que escupía, expiraba y defecaba veneno negro. Las azucenas, de un pálido color púrpura, parecían llorar la muerte lenta de la madre tierra con su postura decaída. Los tulipanes amarillos gritaban pidiendo agua con los extremos secos de sus pétalos. Los agapantos tenían las umbelas casi deshechas y agonizaban. Las margaritas, los dientes de león, las lilas y las campanillas, glorias de la mañana, se empujaban unos a otros para captar los rayos solares. El alma que oteaba la miseria floral no podía permitir semejante pobreza vegetal. Se acercó a las raíces y las acarició con todo el cariño de su esencia e hizo que escarbaran hasta donde la tierra aún estaba rica. Las enredaderas de las paredes revivieron y escalaron hasta el tejado, derrumbándolo y creando más fuentes de luz para las plantas que se aglutinaban más abajo. Las auras agradecidas que rodeaban las corolas brillaban como esferas ardientes llenas de aceite multicolor. El fantasma prosiguió su camino por el río de tuberías, tornillos y goma que lo llevaba fuera de la iglesia ruinosa, cuyas cristaleras iluminaban el vertedero de metal y óxido que la cercaba.
La próxima parada fue muy breve. Sobre la coronilla de una mujer madura flotaban nubes negras de tormenta y se oía, como el murmullo de la marejada, un por qué continuamente. Ella derramaba lágrimas, totalmente callada, sentada en un sofá que había perdido casi todo su relleno y se hundía sobre sí mismo con el mínimo peso. El vapor de luto entraba por las fosas nasales y volvía a salir cuando exhalaba y por cada lágrima que derramaba. Más palabras humeantes e imágenes fugaces salían de su cabeza a empujones torpes. Tasca mugrienta. A sangre fría. Sábanas ensangrentadas cubriendo el bulto de la cabeza. Bilirrubina y hemoglobina pintando el suelo de naranja oscuro. Impacto de bala y sesos en la pared. Palmadas en la espalda. Gritos de rabia y dolor. La ropa de Mónica guardada en el armario. La cama de su hija sin hacer, para siempre. La imagen del ataúd de roble empujándola hacia atrás. Palmadas en los hombros. Un teléfono que no suena. Suficiente. Salió del cráneo de la mujer, ya era un espectáculo demasiado patético para seguir indagando. Había que continuar contra el oleaje de chatarra, desperdicios, césped artificial, tubos de escape y bidones carbonizados, farolas y muros de ladrillos que rompía contra él.

Casi cuando estaba a punto de llegar a la puerta de un motel destartalado, el canto de las ranas llamó su atención hacia una realidad aparte dentro del tornado de deshechos de la metrópolis. La esfera, separada de la otra dimensión por una barrera de juncos, albergaba una ciénaga de aguas opacas que reflejaban los cipreses que cubrían por completo el cielo con su melancólica reverencia. El espíritu se sintió de nuevo rodeado de la flora que en tiempos inmemoriales le había dado a luz entre aligátores y musgo. Sin embargo, notó el aura luminosa pero al mismo tiempo lúgubre de una figura humana, con pecho desnudo de piel negra cubierto por su pelo atado en múltiples y finas trenzas del mismo color oscuro y su frac de color pardo a juego con los pantalones. Los pies descalzos pisaban el agua de cristal sin hundirse y desfilaban despreocupadamente hacia el ente, que iba adquiriendo forma antropomórfica sirviéndose de carrizos, cañas y algas que emergían de las aguas estancadas. El gigante verde bajó la mirada hacia el hombre que le sonreía. Los ojos del humano brillaban como fuegos fatuos de cementerio.
- Cuánto tiempo, mon père marécageux –saludó.
La criatura permaneció impasible y exhaló, como la gran selva que hace respirar al planeta:
- Hana-Garu –inhaló-. No veo una sola arruga... en tu rostro, teniendo en cuenta que la Luna ya se ha escondido... trescientas nueve noches desde... nuestro último encuentro.
- Te confundes – sacudió la cabeza, sorprendido de que un dios evidenciara su falta de clarividencia-. Sí, me llaman Hana-Garu, pero soy el hijo del houngan que viste hace veinte años.
El dios del pantano rascó pensativamente lo que podría ser su barbilla, haciendo que trozos de musgo se le desprendieran y cayeran al agua.
- Te recuerdo – dijo el ser divino-. El día que naciste... tu padre, emocionado... por su primera semilla, nos cantó una oda deliciosa sobre... la cuna y la tumba. En agradecimiento planté... un sauce en vuestro jardín.
- Un sauce tan viejo como yo –añadió el brujo, socarrón-. La primera y última vez que te vi fue cuando tenía once años. Espantaste a aquellos leñadores del bayou –hizo una pausa y bajó la mirada-. Luego desapareciste junto con la ciénaga. ¿A dónde fuiste?
- La Madre Gaia decidió... que debía servir al hombre. Encerró mi alma en una piedra.
- Pues la Mère puede irse al pedo –le espetó Hana-Garu-. Gracias a su decisión el bosque quedó a merced de las madereras y no duró ni dos meses, incluyendo el puto sauce. Nos largamos, mis padres, la abuela y mis tres hermanos, con una buena patada en el culo cada uno. Acabamos en Midgar, donde mi abuela, primero, murió extrañando el aire fresco y, dos años más tarde, la siguió mi padre, enfermo de asco por la ciudad. Yo me adapté como pude y acabé trabajando para los corruptos que me jodieron la vida talando árboles y secando pantanos. No veo la gracia de la Furcia Madre por ningún lado.
La criatura vegetal miraba las libélulas que se posaban sobre sus hombros, sin decir nada. Cogió aire y los paleópteros alzaron el vuelo.
- El sauce... –comenzó- sigue en su sitio. Si tú vives, él también.
Harlan alzó despectivamente una ceja. La criatura volvió a hablar:
- La Madre nos asigna un rol a cada uno... y, a veces, tiene que asumir... sacrificios para... mantener un equilibrio.
- O sea que el fin justifica los medios, ¿no? –dedujo el humano.
- Realmente... Ella opina que es al revés.
Harlan calló un instante, pensando en eso último. No le cuadró muy bien esa inversión de términos.
- Los espíritus protectores no escucháis cuando se os habla –respondió al fin.
- No estamos aquí sólo para servir... a los que hablan –aclaró el otro-. Hay demasiadas cosas en juego.
- Y me lo dices tú, que vives atado al cabrón que te encontró atrapado en una roca –el hombre de color miró desafiante a los ojos bulbosos del gigante.
La mano nudosa de la criatura se cerró en un puño que temblaba de ira. Alrededor de sus pies comenzaba a enroscarse fuertemente una hiedra venenosa que serpenteaba rápidamente hacia sus rodillas.
- No... soy esclavo de nadie – musitó el monstruoso ser.
El houngan retrocedió un par de pasos.
- ¿Quién es el mago? –preguntó desde una distancia segura-. Tiene que ser un tipo muy experimentado para invocarte.
- Se hace llamar John... Alexander. Y he... de acudir a su llamada –dio media vuelta.
Hana-Garu saltó tras él y lo agarró de un antebrazo cubierto de hojas.
- No me decepciones otra vez, fantôme du marais.
El espíritu se desprendió de su cuerpo vegetal, que cayó precipitadamente al agua salpicando los pies de Harlan. El sacerdote vudú sostenía una flor lila, una Iris laevigata, aún conservando un gesto perplejo que había adoptado para retener al fantasma del pantano.

El ente invisible volvió a sumergirse en el mar alquitranado de la ciudad. Buscando bajo edificios ruinosos y yonquis tirados por los suelos localizó de nuevo la puerta de la habitación de motel y la atravesó. El cuartucho estaba en semipenumbra, teniendo como único foco de luz una lamparilla sobre la mesilla de noche, donde también reposaba un cenicero rebosante de colillas y tabaco quemado. El ambiente estaba suficientemente cargado como para alterar el aura del espíritu, que buscaba una fuente donde manifestarse. Al otro extremo del cubículo sintió un halo que languidecía rogando una mísera gota de agua y un poco de luz. El ectoplasma informe penetró en la planta moribunda encerrada en un tiesto minúsculo que se le hacia pequeño a medida que revivía su fotosíntesis y la hacía crecer para adoptar una forma más parecida a la de un homínido que a la de un ser humano pleno.
- Un cactus –rió-. Muy típico... de una persona tan irresponsable.
- Llegas tarde –le reprochó una voz ebria desde la oscuridad.
La lamparilla voló torpemente e iluminó al hombre en ropa interior que la sostenía para hacerse ver postrado en la cama. John Alexander aguantaba entre los labios sonrientes el enésimo cigarrillo del día y su mano izquierda jugueteaba con una fulgurante esfera cristalina de color rojizo. A sus pies había una botella de güisqui vacía y varias cajetillas de tabaco. El mago rascó su barba desastrada y dio otra calada.
- Te quedan bien los pinchos –expulsó el humo azulado entre dientes.
La planta con apariencia de gorila espinoso, ofendida por el vicio insano del fumador, respondió aspirando por su boca el aire viciado de la habitación y exhaló oxígeno con ligero olor a pino. Alexander aplaudió, asombrado por el truco.
- ¿Qué es tan... urgente? –inquirió el cactus mutante.
El ex detective, sin rechazar a su cómoda postura, rebuscó debajo de la almohada un objeto que la luz eléctrica no pudo revelar. Le tendió el artefacto a la mano simiesca del espíritu vegetal, que la recogió con la escasa delicadeza que le permitían sus púas. Alexander volvió a desparramarse sobre el colchón, aplastó la cabeza del pitillo contra el cenicero y se tapó con las escasas sábanas.
- Un detalle del que me había olvidado.

Chez Necrópolis estaba grabado en la lápida marmórea que yacía rota en el rellano del modesto edificio de viviendas. Noche de Satén había dado un portazo tremendo el día que corrió tras John Alexander tres horas después de que éste hubiera cogido un tren con destino al Sector 5. Por supuesto, Noche no tuvo ningún interés en recoger los restos de la placa, ni tampoco su compañera de piso, que se negaba a “limpiar la mierda de otro”. A la izquierda del mármol roto descansaba el felpudo que daba la bienvenida a casa y decía, en letras negras sobre un fondo amarillo: No traspasar. Se disparará a los intrusos. El humor retorcido era la especialidad de las chicas, en ese momento ociando sobre el sofá. Noche acaparaba más de la mitad del asiento con su postura fetal de autocompasión y Lucita apartaba los pies abrigados por calcetines multicolores de la otra para que no los apoyara sobre sus muslos. Noche, también llamada Maggie cuando no estaba especialmente borde, llevaba hoy un inusual modelito compuesto de un top escotado y un pantalón vaquero, ambas prendas de negro, sin duda. Lucita, en cambio, lucía un jersey verde oscuro de cuello alto con unos pantalones pirata que sólo llevaba dentro de casa -siempre alegaba que no le gustaba enseñar sus elegantes piernas curvadas alegando que parecía las patas de un pollo raquítico-. Noche suspiró sonoramente, para que su amiga y gran parte de los vecinos supieran de su sufrimiento.
- Son todos unos cabrones – se lamentó, haciendo que su voz temblara inocentemente.
- Todos los hombres, sí – la respaldó su amiga, que intentaba leer uno de los libros de la épica saga vampírica que coleccionaba su compañera.
- Para ellos somos como... – volvió a quejarse, dejando que Lucita terminara la frase.
- Kleenex. De ensuciar y tirar –recitó, enfrascada en la lectura.
Noche clavó su mirada en un punto indeterminado del reproductor de vídeo que tenía enfrente, dentro de la pequeña estructura de tubos metálicos que también sostenía un televisor de 17 pulgadas. Sus ojos se clavaron en el botón de play, buscando una respuesta filosófica a su problema. Y encontró la solución al recordar una alternativa.
- ¡Lo tengo! –bramó, incorporándose de un salto sobre la alfombra que cubría el suelo enmoquetado-. ¡Ya basta de vegetar! ¡A los dioses pongo por testigo de que mi potorro no volverá a pasar hambre!
Lucita se llevó una mano al rostro y subió sus gafas a la altura de la frente para frotarse los ojos.
- Por favor, no vuelvas a berrear esa gilipollez en tu vida –suplicó, hastiada-. ¿Has decidido ir a pedirle sal y un poco de sexo salvaje y sin compromisos al rubiales cachondo que es nuestro vecino?
- Nah –contestó con cierto desprecio forzado y agitando la mano en gesto de rechazo-, hace tiempo que no lo he visto salir de casa y, siendo tan guapo, es difícil que no sea gay –admitidos sus pesimistas prejuicios, miró de reojo a su amiga-. Estoy pensando en algo más disponible.
Lucita se colocó las gafas y vio de lleno la cara de Maggie, peligrosamente cerca de la suya, y el abundante escote que parecía brillar sensualmente un poco más abajo.
- ¿En qué coño estás pensando? –exigió saber, apartando progresivamente su nariz de la de su camarada.
- En el tuyo –admitió, seductoramente, ganando terreno frente a los labios que tenía delante-. ¿Cuál si no?
Sus pálidos dedos de uñas pintadas de negro acariciaron el pelo liso y suave de Lucita hasta colocarse estratégicamente en la nuca, tirando de ella hacia sí. Noche de Satén cerró los ojos y notó el refrescante aliento de chicle de menta -robado de la tienda de sol a sol- sobre sus labios de carmín escarlata. Lucita, que posaba una mano decidida por encima del pecho de la gótica, le estrelló el lomo del libro de bolsillo contra la mejilla derecha y la empujó con la mano que posara sobre su esternón, para enfriarle definitivamente los ánimos.
- ¿De qué vas, puta chiflada? –chilló frotando nerviosamente las lentes de sus gafas con su jersey.
Maggie, despatarrada en el suelo, no daba crédito a lo que veía.
- ¿Pero tú no eras bollera?
Lucita se levantó, indignada por completo, poniendo el brazo en jarra y señalando dramáticamente su busto con la palma de la mano.
- ¿Qué cojones te hizo pensar éso? –gritó, tartamudeando la palabra ‘cojones’-. ¿Me has visto alguna vez con una mujer?
- Tampoco te he visto con un hombre –argumentó Noche, incorporándose y frotándose las magulladas nalgas.
- Y como dos y dos son cinco, entonces soy lesbiana –suspiró guturalmente, llevándose a la frenteel dorso de la mano que agarraba el libro-, cosa que tú tampoco eres.
- ¡Eso está por ver! –señaló con un dedo firme a la otra muchacha-. He tomado la decisión de no volver a acostarme con hombres nunca jamás.
- Claro, nunca se te ocurriría pensar en el celibato –dedujo irónicamente-, ya que no puedes vivir sin compartir fluidos corporales con alguien. Pero, ¿por qué yo?
Noche rió nerviosamente, intentando escupir la respuesta.
- No es que me gustes, pero por algo se empieza y –se encogió de hombros, señalando lo evidente- estás buena.
Lucita tiró el volumen sobre vampiros polígamos de dudosa sexualidad sobre un cojín del sofá y respiró hondo, con tal de no empezar a repartir bofetones. Pensó un rato y junto las manos, como rezando, y aplaudió sonoramente cuando se le ocurrió una idea.
- Mira –empezó-, está más que claro que no duraré ni una semana más en el trabajo y no pienso aguantar ni un día más en ese local donde los cacahuetes cuestan lo que el oro. Así que haremos esto: el sábado nos iremos de marcha como nunca hemos ido en mucho tiempo y cogeremos la cogorza del siglo, no sin antes engancharnos a unos mozos bien plantados y enrollarnos con ellos para acabar con este complejo de gatas en celo...
La voz de Lucita acabó en un susurro. Estaba pasmada mirando el alféizar de la ventana. Maggie, totalmente emocionada con el plan propuesto, advirtió la expresión asombrada de la chica y miró en la misma dirección, sin llegar a ver nada inusual aparte de la maceta que contenía las Venus atrapamoscas de las que tan orgullosa se sentía. Al fin cayó en la cuenta de la visión de Lucita.
- ¿Qué ves? –preguntó, completamente fascinada-. ¿Son los muertos otra vez?
La vidente buscó las palabras con las describir el fenómeno.
- Es –no encontraba apelativos para algo así- como una momia enorme vendada con lianas y raíces. Es todo verde y nudoso. Lleva algo en la mano. Me ha visto. Sus ojos son como rosas en flor. Me enseña la palma de la mano. Tiene una... ¿pelota de ping-pong? No. No es éso. Ahora la estruja cerrando el puño. Se ha dado media vuelta y espolvorea algo brillante sobre tu planta carnívora. Vuelve a mirarme. Te está señalando.
El silencio cayó como plomo líquido sobre el salón, dejando que pudiera oír el zumbido que emitía la nevera en la cocina.
- Se ha ido – remató Lucita, con los ojos como platos-. Ha sido acojonante, como ver crecer una planta, pero al revés.
Ambas siguieron petrificadas en su sitio. Saltaron y chillaron cuando la maceta de arcilla de la ventana se rompió escandalosamente por su base, dejando ver unas raíces pálidas y gruesas. Las mozas se abrazaron, acongojadas por los movimientos violentos que realizaban las trampas de la atrapamoscas al abrir y cerrar sus fauces. Un gritito débil y agudo salió de una de las bocas de la planta, cuyo tallo comenzó a alzarse sobre los demás a un ritmo cardíaco. A medida que iba creciendo, las mandíbulas verdes se cerraron hasta devorarse a sí mismas y formar un lóbulo redondo y pálido que engordaba monstruosamente. Cuando alcanzó un tamaño anormalmente grande para una planta tan pequeña, el lóbulo se rasgó en su punto más alto, formando una cruz de hojas y vomitando cinco enormes pétalos blancos que se abrieron tranquilamente hasta descubrir una esfera pulida de un color verde. La bola se precipitó al suelo emitiendo un tintineo al chocar.
Lucita y Noche de Satén esperaron a que pasara algo más, pero ni la flor ni la piedra esférica hicieron el más mínimo movimiento. Se despegaron temblando de miedo. Lucita dio el primer paso hacia la ventana, seguida por Noche, dispuesta a usar a su amiga de escudo humano si hiciera falta. Rodearon la pelota cristalina, que emitía un fulgor tímido, llamando la atención de las jóvenes. Noche se atrevió a dar un feble golpe de dedo a la esfera, haciéndola rodar por el piso. Las muchachas retrocedieron a trompicones, empujándose por salvar la vida. Pero no sucedió nada.
- Somos gilipollas –observó Lucita, gateando con decisión hacia la piedra.
Agarró el objeto, cuyo diámetro no era más grande que la palma de su mano. La piedra, en manos de la muchacha, iluminaba la cara embobada de Lucita y Noche, que se había reunido con su compañera cuando vio que ya no existía riesgo alguno.
- Mierda –susurró la más entendida del tema ocultista-. Es puta Materia.

viernes, 30 de mayo de 2008

Paris 8D

Aleh, otro dibujete pal saco, esta vez en plan rollo experimental, sin boceto previo ni na, ahí tal cual saliese y Paris sigue estando hermosete hermosete, tiene una expresión extraña el joío, está serio pero parece que sonríe. En fin, hecho en un rato pa desestresar.
Parece que le ha crecido el pelo desde la última vez que lo dibujé, no?

PD: blood makes things look hotter lalala~

viernes, 23 de mayo de 2008

120.

El mendigo alzó la vista ante el trajeado hombre que le miraba con compasión. Llevaba allí todo el día, sentado entre cartones y pidiendo una escasa limosna que apenas alcanzaba para pagar un cartón del vino más pésimo que pudiera comprarse en una tienducha de barrio.

Un pequeño reloj de pulsera resonó en la muñeca del mendigo. Levantando la manga del sucio abrigo, dejó ver una belleza de oro antigua valorada en varios miles de guiles. El encorvado y mugriento vagabundo se rascó la barba negra de varios días, y se apartó hasta un par de contenedores en la sombra del alto edificio del suburbio. El largo abrigo raído tenía varios agujeros, a través de los cuales se podían ver los destrozados pantalones negros y la desvaída y grisácea camisa. En las punteras de los zapatos asomaban unos pequeños dedos, bastante limpios y de uñas cuidadas y arregladas, cosa que sorprendía pues con semejante roto en el calzado era algo milagroso que aún conservase los dedos intactos, ya fuera por las pandillas de gamberros o por las ratas hambrientas. El harapiento lanzó un último berrido animal, y comenzó a sonreír. Se refugió tras los contenedores, y comenzó a desvestirse.

Al cabo de unos minutos, una figura totalmente opuesta salía del mismo lugar: era un hombre mejor trajeado que el anterior, con el pelo antes revuelto ahora mejor peinado aunque todavía sucio. Llevaba una vestimenta similar a un frac, con unos mocasines de cuero negro brillantes y lustrosos. Era la apariencia de un alto ejecutivo en la dirección de Shin-ra: eso sí, un ejecutivo algo descuidado en su imagen, debido al pelo y barba mal recortados y sucios.

Junto a su antiguo puesto de petición de dinero, había un bar bastante limpio para la zona en la que se encontraba, donde unas cuantas personas bebían algunos cafés, los menos tomaban pequeños vasos de cerveza, y un hombre se encontraba tirado en la barra del bar, junto a una botella de cristalina ginebra. El empresario se acercó a ese hombre:

- Muchas gracias por permitirme cumplir mi sueño. ¡Siempre había querido sentir lo que se siente siendo pobre! – tenía un fuerte acento sureño, pero a la vez era seguro y denotaba confianza en sí mismo – Aquí tiene: lo que he conseguido recaudar durante el día, y un cheque al portador de 1500 guiles, para que se los gaste en lo que más le apetezca. ¡Gracias de nuevo!
- A mí… A mí déjeme… Déjeme en paz, oiga… - dijo arrancando el papel de las manos del sonriente millonario el ebrio hombre, que apestaba fuertemente a sudor y a alcohol, y tenía un ligero deje en las palabras, a causa de la bebida - Puede usted… Puede ir largándose con viento ¡hip! fresco, con sus millones y sus putas de lujo, y con sus… Con sus manías de pobre ricachón.
- Gracias de nuevo – repitió el altivo hombre, sin perder un ápice de su singular sonrisa ni torcer su gesto – Y recuerde: los millonarios pobres son raros, pero los pobres que valen millones son más raros todavía.

Dicho eso, el hombre con el traje negro se dio la vuelta, y desapareció entre los cristales de la puerta del establecimiento, en el cual quedaron aquellos que bebían café, los pocos que tomaban cervezas, y el único que se servía ginebra: el antiguo investigador Gerald McColder.

Un historial casi impecable, donde sólo existía una mancha: Tombside. El gran asunto pendiente, el gran fallo que nunca debió cometer: permitirle burlarse de él.
El alcohol de su sangre dejó libres sus sentimientos, y se puso a gritar como un loco, lanzando la botella contra una televisión que daba noticias de los últimos actos de Turk en la ciudad. Varias personas chillaron, y otras tantas se acercaron para detenerle, recibiendo como tal una salva de golpes circulares mal dirigidos, acompañados de berridos y revolcones por el suelo. Dos hombres fornidos que habían estado bebiendo en un rincón le cogieron por los brazos y le lanzaron contra el polvo de la calle, donde apareció un charquito mezcla de sangre y saliva.

Lloró. En una extraña mezcolanza de embriaguez y pesadumbre, motivada por los recuerdos y la mente nublada, las lágrimas brotaron de sus ojos marrones, escurriéndose por sus arrugadas mejillas y perdiéndose en su recortada perilla. A medida que su mente se despejaba, comenzó a vivir su historia…

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Su mente se remontó veinticinco en el pasado, cuando solamente era un mozalbete de apenas 22 que acababa de ingresar en los preparatorios para Turk, queriendo imitar a aquellos grandes hombres y mujeres de los que tantos otros habían hablado: Warren McCluskey, Sarah Lindley, o Igor Krakoyief.
Su imagen distaba mucho de ser aquel viejo de pelo revuelto y canoso, perilla y numerosas arrugas, siempre tapado por camisa y chaqueta bien abrochada: en aquel verano de 1982 era un joven de pelo largo hasta la base del cuello y moreno, con la piel tersa y los ojos marrones llenos de vitalidad, sin ese párpado que caía ligeramente sobre el ojo derecho. Siempre bien afeitado, en ese momento estaba tirado encima de la cama de su apartamento, con la camisa blanca desabrochada y con un tatuaje de letras procedentes de Wutai en el abdomen: era su marca distintiva, aquella seña que distingue a cada Turco del resto de miembros de la división. La habitación era todo el recinto que componía su pequeño piso alquilado, donde en ese momento se escuchaba música, una extraña mezcla de blues, rock y funk, al tiempo que daba pequeñas caladas a un cigarro liado que se consumía poco a poco en un mar de humo. De fondo se oían los gritos de los vecinos, quejándose por el ruido, aunque Gerald hacía caso omiso: tres años de entrenamiento para SOLDADO habían servido para aprender a concentrar los sentidos y alejar de ellos lo indeseable.

Dos suaves golpes en la envejecida puerta rompieron la calma. Cerrada por un cerrojo de cadena y una llave mal colocada en la cerradura, parecía que de un momento a otro iba a caerse por su propio peso. Bajando de la cama, movió la llave y abrió la puerta sin quitar el cierre superior, de manera que la cadena permitía abrirla lo suficiente como para que el humo escapase de su habitación para llegar al pasillo, donde se mezcló con el aroma a comidas y el polvo de las obras que embadurnaba el sector por completo.

En el exterior, otro joven compañero de la misma promoción esperaba, bien estirado: de veintitrés años, aspecto impoluto y bien cuidado, con un pañuelo blanco en la solapa de la chaqueta negra y el pelo cortado y bien peinado, aquel tipo había pasado el tiempo en una tropa de adiestramiento especial de desactivación de bombas, traspasándose a Turk al haber salvado a dos compañeros ineptos de morir por cortar un cable equivocado. Su nombre: Antonio Chandler, hijo de ejecutivos importantes y un niño de papá que necesitaba que se la mamaran suavemente y con servilleta de seda.

- Tenemos que presentarnos en el Cuartel Central, dentro de una hora, agente McColder – soltó el recién llegado con una pedantería innata, digna de los miembros más destacados de la sociedad. Su tono era neutral e impasible, sin poder definirse entre grave o agudo.
- Pues llámame dentro de 45 minutos. Ahora, sí me dejas, volveré a encerrarme con mi querida novia: doña marihuana. Y quizás me monte un trío con ella y una señora botella de ginebra, así que mejor ven cuando queden cinco minutos. Ya atropellaremos a una vieja para llegar a tiempo.
- Me temo que no va a ser posible: tenemos que ir cuanto antes para ingresar nuestros nombres dentro de la Residencia de Aprendizaje de Turk.
- Grrr… En fin, otro día será, muñeca. Vamos, maldito bicho raro embutido en traje de asesino – dijo cogiendo la chaqueta negra que descansaba sobre la única silla de la habitación y quitando la cadena.

Abajo en la calle, dos gigantescas excavadoras sacaban arena de la acera de enfrente, justo donde se iba a construir en un futuro próximo un bonito cine porno. Les esperaba una limusina negra, donde un hombre vestido con gorra y traje bonito les abrió la puerta antes de introducirse a conducir el coche. “El coche del papaíto de este chupapollas”, pensó Gerald, que rápidamente se lanzó a por la botella de licor que descansaba en el lateral. Relamiéndose, prestó más atención a su vaso de whisky de única destilería que a su compañero de viaje.

Una vez el coche se hubo detenido y los dos nuevos Turcos salieron del vehículo, pudieron ver un enorme edificio de la placa superior, situado en el centro de la ciudad: el Edificio Shin-ra.

Aunque la simple visión de su altura impresionaba, Jerry solamente quería entrar allí y salir cuanto antes para comenzar a repartir golpes y disparos. Andando a gran velocidad, marchó hacia la puerta.

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- Os he llamado a todos, pequeñas ratas de cloaca, porque mañana mismo vamos a hacer una pequeña incursión en las montañas cercanas a Kalm, de manera que os entrenéis. Y cuando digo entrenaros, putos bastardos, quiero decir prepararos para el mundo de Turk, en el que protegeréis y serviréis: ¿Queda claro, desgraciados comemierdas de mamá? – el instructor que gritaba era un viejo decrépito, cuyo único pelo crecía en las numerosas verrugas que cubrían su cabeza.
- ¡Señor, sí, señor! – dijo una oleada de hombres uniformados con el típico traje negro y la blanca camisa, aunque cada uno con una marca que lo hacía único.

Los cincuenta hombres uniformados fueron conducidos a uno de los cinco camiones que había, donde subieron a tropel y que apenas tuvieron la amabilidad de esperar a que el último de ellos se hubiera subido para arrancar. Durante medio día de viaje en el cual no se respetó ni la velocidad establecida ni nada que existiera en el camino, nadie dijo una sola palabra: todos miraban al suelo, examinaban a sus compañeros, y un imbécil que parecía vestido para la primera comunión se limpiaba los zapatos con un pañuelo de seda similar al que llevaba en la solapa de la abrochada chaqueta, cosa increíble para el tórrido sol que quemaba a los ocupantes de la parte trasera del vehículo, a pesar de encontrarse bajo la sombra de la lona.
Una vez llegaron, todos volvieron a bajar de la misma manera que subieron: empujados por los instructores. Más de uno y más de dos era golpeado cuando los superiores descubrían algún imperfecto en el traje a causa del viaje: éste era su distintivo, y tenían que conservarlo como conservaban la piel. Y hasta que se ganaran el suyo propio, ese atuendo de aprendiz debía ser como si de su miembro viril se tratara.

Uno a uno, cada miembro del primer año de instrucción recibía una mochila que ocupaba bastante, además de un golpe en la nuca con la palma de la mano y un grito de advertencia, además de ser una orden:

- ¡Vete al puto barracón ahora mismo y cámbiate, nenaza! Tienes diez minutos para ponerte el traje de campaña y preparar tu equipo, porque si no lo haces te vamos a atar a las duchas con el culo en pompa, dispuestos a dejártelo tan grande que podrás meter la cabeza en él. ¡Y deja tu puto traje bien colocado, mierdaseca!

A los diez minutos acordados, cuarenta y ocho de los cincuenta ya estaban preparados, con un traje de camuflaje militar, botas y la mochila a la espalda, mientras que los dos restantes eran conducidos desnudos a una caseta apartada, donde se encontraban unas duchas.

- Bien, nenitas, estas dos señoritas ya van a comprobar cómo las gastamos en Turk cuando se desobedece. ¡Ahora mismo vamos a atenderos, cariñitos: id calentando para recibir! Mientras tanto, vosotros iréis con cuatro instructores más a aquellas montañas de allí, esas que tienen mucha vegetación y rocas. El objetivo es simple: debéis sobrevivir durante tres días, protegiendo al objetivo que hemos asignado en cada grupo, hasta un total de doce. El líder del escuadrón es quien debéis proteger, siguiendo sus órdenes. Trataos con dureza, pues los instructores que os capturen no solo os lo harán pasar mal, sino que os traerán aquí para la ronda de castigo. Tenéis equipamiento suficiente en las mochilas, aunque es inevitable que muera alguno en estas misiones: siempre algún tonto se emociona demasiado, o no cumple con el objetivo. ¡Así es Turk, sí no sois los mejores ya podéis largaros con viento fresco a las duchas y luego a casita, a comerle el coño al perro! ¡Ale, a la puta carrera!

En ese momento, cuarenta y ocho personas marchaban a las montañas.

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- ¡Que no, Jerry, que por ahí van a descubrirnos!
- ¡Te digo que no, cojones, que esa zona está más abandonada! Es un puto llano, está al descubierto y es de piedra. ¿Quién cojones va a esperar que nadie vaya allí?
- Yo creo que no tienes razón, McColder. Seguro que alguien ha pensado en eso y nos está esperando – dijo con su tono pedante Chandler, que en ese momento estaba bien oculto entre la maleza, disimulando mucho mejor que el resto de sus compañeros.
- ¿Podéis decirme quién va a estar allí? Dime, tú esperarías que un grupo se exponga en el lugar más evidente de la Tierra, ¿no es así?
- No, yo no, pero… - dijo el cuarto compañero, con cara de alelado: parecía un milagro que hubiera sido capaz de ingresar en Turk.
- ¡Pues ya está! Además, me designaron como jefe de grupo, y yo mando. ¡Cojones!

Todos hicieron caso de un Gerald pintado por completo con tonos verdes oscuros y negros, con la camisa también desabrochada igual que siempre. Lentamente, y con mucho cuidado, se encaminaron hasta la zona que delimitaba el espeso bosque lleno de helechos y maleza con un campo de piedras grises, despejado de vegetación y bajo un cielo cubierto de nubes que anunciaban tormenta.

Justo en el límite, una voz grave y aspirada habló desde la nada:

- Vaya, vaya. Parece que tengo aquí a unos pajaritos que quieren una ración de dolor y sodomía.
- ¿Pero cómo cojo…? – preguntó visiblemente enfadado Jerry, apuntando con su machete en diversas direcciones de manera muy rápida. Estaba bastante nervioso.
- ¿En serio creías que no pensaríamos que nadie vendría aquí? Sabíamos que alguien lo iba a hacer, pensando que nadie se expondría. Y por eso pusimos a los más idiotas como líderes de grupo. Ahora, si tenéis la amabilidad de seguirnos.

Al instante, una punzada eléctrica dejaba inconscientes a los cuatro integrantes del grupo, que cayeron sobre las rocas del suelo.

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- Bien, señoritas. Este año ha estado muy bien: sólo han muerto diez personas, y únicamente treinta capturados, además de los dos gilipollas del inicio que han sido expulsados. Nenitas, creo que va siendo hora de volver a casita a que mamá os ponga pomada en el culete.

La gente estaba agotada, y se la veía visiblemente enfadada o cansada de todo aquello. La mayoría habían sido capturados por culpa de sus acciones, aunque tres de ellos estaban particularmente mal, acumulando una ira irrefrenable contra un único blanco: Gerald McColder, quien les había conducido a la captura y posterior humillación. No dijeron ni una sola palabra, pero la triada sabía que aquello no iba a quedar sin castigo.

El regreso fue igual que el viaje de ida: las mismas prisas, que esta vez sí que dejaron a alguno en el camino, el silencio sepulcral, los golpes por el respeto al traje. Poco a poco, los cansados instruidos se dirigieron al Edificio Shin-ra con paso lento y quejumbroso, dispuestos a dormir plácidamente en sus nuevas camas durante los próximos años. O durante los próximos días si no lograban aguantar los primeros embistes.

Ya de noche, la suave luz de la iluminación ocultaba la radiación de las estrellas, o lo hubiera hecho si estas hubieran podido brillar sin verse impedidas por el denso humo de los reactores. Pero en las habitaciones destinadas al descanso de los futuros miembros de Turk, la oscuridad era total. Casi todos los reclutas dormían en absoluto silencio, junto con el otro símbolo que distingue a un miembro artificial: la porra.
Jerry dormía a pierna suelta, mucho más relajado tras haberse fumado un buen cigarro de los suyos junto con un par de vasos de ginebra. Únicamente llevaba el pantalón del traje, mostrando su cuerpo magullado por las palizas de castigo que recibieron por haber sido capturados. De pronto notó un tirón en el brazo, y abrió un ojo lentamente para ver como un Chandler, igual de impecable que siempre exceptuando un ojo morado que afeaba su pulcra imagen, le tapaba la boca con un pañuelo empapado mientras que con la mano libre le pegaba un puñetazo en el estómago. Los otros dos compañeros también estaban allí, sujetándole de pies y manos; el que parecía tonto tenía su porra en el brazo derecho.

El pañuelo debía tener cloroformo o una sustancia similar, porque se desmayó en cuestión de unos segundos.

Cuando despertó, intentó mover los brazos para desperezarse, llevándose una gran sorpresa cuando vio que estos estaban pegados a su cuerpo con cinta adhesiva. Tampoco podía hablar, pues tenía una bola sujeta con correas dentro de la boca, similar a los instrumentos de sadomasoquismo que utilizaban con los dominados. Estaba de pie en un armario metálico, probablemente en algún armario de conserje, y sujeto por los dos compañeros de armas. El tercero, Chandler, estaba frente a él, con un rollo de cinta y con algo negro en la mano.

- Vaya. Veo que has despertado justo a tiempo para ver cómo nos tomamos aquella orden que nos distes. Por tu maldita culpa, perdimos. Por tu culpa, hemos llegado a ser humillado y vejados por miembros de Turk, que algún día se reirán por esto cuando nos vean. Vamos a ser mierda si seguimos contigo. Así que mejor será que vayamos deshaciéndonos de ti. Te dejo un regalito, saboréalo – sonrió mientras levantaba aquella cosa negra: era una granada de mano.

Con una velocidad increíble, lanzó un puñetazo en la cara de Gerald, usando la otra mano para levantarle la cara y volver a pegarle otro puñetazo, en el lado opuesto. Los tres a la vez comenzaron a pegarle patadas y puñetazos, mientras él no podía más que lanzar gritos ahogados por el plástico del instrumento que tenía entre los dientes. Cuando se hubieron cansado, el recluta que parecía tonto le empujó fuerte contra el armario mientras Chandler quitaba la anilla de la granda. Con un sonoro “pásalo bien”, se despidió al tiempo que cerraba la taquilla con pasmosa velocidad, justo después de lanzar el explosivo a sus pies.

Jerry temblaba. Pasaron tres segundos, y todos sus poros sudaban al tiempo que sus piernas dejaban de responder, sin poder moverse debido a la estrechez del lugar y a la cinta que le sujetaba fuertemente. Cuatro segundos, sus dientes se apretaban fuertemente contra el acero. Cinco segundos. Jerry cerró fuertemente los ojos y esperó el fin.

La granada comenzó a lanzar un humo que enseguida llenó la reducida estancia, dejándole sin visión y ahogándole en cierto modo. Gas lacrimógeno. Sin poder aguantar la presión, y mareado por la vista llorosa, se desmayó nuevamente.

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- Parece que ha sido un milagro el que le encontrásemos en aquella taquilla del piso 31. No entiendo como alguien puede haberle hecho algo así.
- Turk siempre ha sido así: o eliminas, o te eliminan. Sólo los mejores prevalecen.
- Pues Turk se ha acabado para él, Teniente. Hemos tenido que realizarle suficientes injertos de piel, y el menor golpe le causará un dolor terrible. Aquella cinta que le retiramos estaba adherida a su piel, casi unida. Está igual que si hubiera tenido una explosión en la propia epidermis.
- ¿Una explosión, dice? Quiero que archiven pronto esto, y que envíen a ese “blastodermo” a su casa. Nunca podrá volver a Turk.

Tras la cortina del hospital que separaba las camillas, escuchando la conversación del médico y de su teniente, un sedado Gerald McColder dejó escapar dos lágrimas silenciosas que rodaron por sus mejillas.

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Igual que hace veinticinco años, ahora estaba tirado y dejando caer lágrimas, mezcla de rabia, de impotencia y de tristeza. Primero Chandler, luego Tombside. Turk había originado sus problemas, ya en dos ocasiones.

Ahora era un investigador sin licencia, pero con buenas dotes de deducción. Tenía que adelantarles, fuese de la manera que fuese, y a cualquier precio. Se levantó, y se dirigió a sus cartones, aquellos que eran su nuevo hogar después del embargo que la Asociación Bancaria de Shin-ra le había realizado. Entre aquellos desperdicios, había una carpeta.

Ahora era el momento de comenzar la verdadera caza.

domingo, 18 de mayo de 2008

119.

El joven sonrió, una vez llegado a su destino.


- Por fin...- silabeó lentamente.- Por fin estoy bajo la placa.-




Echó hacia atrás su cabello negro azabache, largo hasta debajo de los hombros y de aire rebelde, y con sus chipeantes ojos verdes examinó el lugar, entre divertido y curioso. Encendió un cigarrillo con un zippo plateado, aspiró el humo embriagante y lo soltó poco a poco, saboreándolo con sactisfacción.


Caminando por las calles, el joven llamaba la atención. Tendría alrededor de veintidós años y vestía con ropa demasiado limpia para proceder de debajo de la placa. Seguramente era un foráneo.


Un niño se cruzó por delante suyo, cojeando levemente y con una figurita de barro. Una tortuga, por lo que se vislumbraba.


Alex sacudió la cabeza, apesumbrado. No le parecía justo como vivían aquellas personas... y él no era el más indicado para hablar.


"Noble y digno hijo de la familia De Castro e Andrade..." bah!!!! Su padre podía machacar lo que quisiera con esa estupidez anticuada, pero él no pensaba seguir sus pasos... que lo hiciera su queridísimo hermano Ascanius. Él, Alexandross Rui, se la refanfinflaba y mucho.


- Si no mal recuerdo...- masculló examinando un tosco mapa.- El pub estaba por Mercado Muro. Debería empezar a investigar por ahí.-


Guardó de nuevo el mapa en un bolsillo interior de su cazadora vaquera y dirigió sus pasos al populoso barrio de aquel sector. Mercado Muro, el sitio donde podías conseguir práticamente cualquier sustancia legal (y ilegal) que quisieras. Y donde Alex también podría conseguir lo que quería. La sonrisa en su atractiva cara se hizo más amplia.


Mientras caminaba, algunas miradas se dirigieron a su figura. Algunas, jovencitas y/o prostitutas (ambas cosas no estaban reñidas, y menos allí) suspiraban por el guapo mozo, con aquellos vaqueros azul oscuro que marcaban su figura, la camiseta negra y la cazadora, las fuertes botas New Stone y los cinturones de placas. Otras, ladronzuelos que calibraban una posible víctima, aunque por el cuerpo delgado pero musculoso que lucía y por la Dessert Falcon que colgaba de uno de sus costados, decidían que no merecía la pena el riesgo. Y otras, muy pocas, evaluaban en silencio a un nuevo posible rival.


Ajeno en apariencia a todo aquello, aunque siempre con un ojo alerta, alex llegó a Mercado Muro y buscó su objetivo. No era difícil: a aquellas horas, el Club saucer tenía todas sus luces encendidas en el cartel de neones con un brillante chocobo y la música se filtraba por la puerta y las ventanas.


Una risa escapó por la garganta del joven.


- Por fin... ya estamos más cerca el uno del otro...- susurró, con los ojos brillándole de emoción, llamas esmeraldas rodeando pupilas de azabache.


sin dudarlo más, entró. Un par de mesas estaban ocupadas por lo que parecían paisanos habituales, un otra más discreta una pareja intercambiaba besos e hipócritas palabras melosas. Tras la barra, el mayor aunque robusto todavía dueño del local secaba unos vasos, y una niña de pelo tricolor, salía de la trastiendo llevando una caja de cervezas que dejó junto al hombre de pelo gris acero.


Sentándose en una mesa vacía, Alex se relajó y juntó las manos, apoyando su barbilla en ellas.


- Comienza la caza... "No Existence".- rió el joven agente de los servicios "extraoficiales" de SHINRA.

viernes, 16 de mayo de 2008

Cómo participar

Si quieres unirte a Azoteas de Midgar y participar en los relatos debes seguir las siguientes pautas.

1. Debes tener una cuenta e-mail de Gmail y facilitársela a alguno de los administradores (Ukio Sensei o Noiry) para que puedan invitarte y ser miembro del blog. Los miembros pueden crear entradas.
Si no tienes cuenta Gmail debes facilitar otro e-mail al que podamos enviar la invitación para unirte a Gmail. Luego sólo debes seguir el proceso anterior.

2. Revisa tu correo y acepta la invitación, entonces serás miembro del blog.

3. Loggeate en blogger con tu cuenta Gmail y verás que tienes más opciones en la barra superior de la página.

4. Para poder participar debes pedir turno usando el TagBoard situado en la barra derecha. En ese momento se te añadirá a la lista de turnos. Debes estar pendiente de cuando te toca, recuerda que participas por libre voluntad así que tu turno es tu responsabilidad.
Consulta la sección NORMAS para más información sobre los turnos.

5. Una vez toque tu turno dirígete a la barra superior de blog.


En la opción "Nueva entrada" se abrirá un nuevo interfaz en el que podrás copiar tu relato.
Puedes añadir efectos de texto usando el interfaz o mediante edición html.
Recuerda usar las etiquetas para que las entradas sean fácilmente encontrables. La mayoría de las etiquetas ya están creadas, sólo tienes que clickear sobre el texto "mostrar todo" y seleccionar las necesarias.

sábado, 10 de mayo de 2008

118.

Una pandilla de chavales comenzó a correr cuando un enfurecido redactor salió del envejecido edificio y lanzó cuatro blasfemias acompañadas de tres insultos. Asustados, el joven grupo, cuyo componente más adulto no aparentaba más de diez años, decidió emprender una huida por las calles del sector, hasta que las piernas dejaron de responderles. Jadeantes y apoyados sobre sus rodillas, los cinco chicos decidieron descansar y tomar el aire en una calle poco transitada, donde podrían reírse un rato y comentar nuevas trastadas que hacer a los vendedores de caramelos de la zona.

Tras unas pocas bocanadas de aire, un pecoso rubiales comenzó a carcajearse; los demás miraron atentamente al tiempo que respiraban fuertemente:

- ¡Sabía que llamar a gritos a ese viejo loco sería divertido!- tenía una voz aguda y chillona, similar a la de una rata; su constitución física tampoco ayudaba mucho a mejorar esa imagen- Deberíamos hacerlo más a menudo, creo que podríamos aprender algo de los insultos que nos ha lanzado y…

- Creo… que no… nos llamaba… nada a nos... a nosotros – dijo entrecortadamente un chaval moreno, bastante bien trazado, con el pelo algo largo y con unas ropas mejores que las de sus compañeros – Me pareció oír algo sobre unos redactores, o las madres de…

- ¡Te he dicho millones de veces que no me interrumpas! – profirió con chillidos la mezcolanza de niño y rata, asomando sus grandes dientes bajo su afilada nariz, mientras levantaba un amenazador puño con uñas que hacían de símil de unas garras- Voy a cumplir trece años, y por tanto soy el mayor, y por tanto el jefe, y por tanto a quien debéis hacer caso, y por tanto tenéis que dejarme acabar. ¡No me interrumpas!

- Perdona, Micky – se disculpó el muchacho bello, apartándose el flequillo de los ojos. Bajo el flequillo, situado en su lado derecho de la frente, se podía apreciar una gran marca redonda, como si una parte del hueso hubiese desaparecido y sólo la piel recubriera esa parte del cráneo, justificando el largo pelo que tenía.

- Que no vuelva a ocurrir, y eso va por todos,- bajo sus ojillos de roedor, sus facciones se relajaron un poco – porque no me gustaría tener que pegaros.

Cuando todo el grupo se hubo recuperado del agotamiento, uno de ellos, que llevaba una gorra beisbolera calada sobre un pelo pajizo muy mal cortado que no desentonaba con el sucio aspecto de la redonda cara, se giró sobresaltado y chilló furiosamente:

- ¡Nos hemos ido a otro sector! –dijo con una voz aguda y femenina: era una chica, aunque su aspecto era más parecido al de un joven de su edad - ¡Estamos en el sector 5! ¡Estamos en el…

Nuevamente, la pequeña ratilla volvió a hacer alarde de madurez, a pesar de su aspecto infantil y esmirriado, envalentonándose y dando a su voz un aire profundo y esotérico que quedo ahogado cuando lanzó sus primeros sonidos de roedor:

- Dicen que en este sector vive una sombra que se dedica a matar gente, y que luego deja los cadáveres en callejones como estos.

- Es-es-estas inten-intentan-intentan-dodo asustar-tarnos, ¿Nono ess así? –dijo el cuarto chaval, de pelo rizado más abultado en los laterales que en la parte superior de la cabeza y con un tono bastante apagado de color, confiriéndole un aspecto similar al de un payaso, opinión reforzada con el tinte rojo de la nariz congestionada y la pálida cara. Tartamudeaba siempre, y tenía un tono de voz algo enfermizo y debilitado – Nu-nunca he oí-i-ido hab-hablar de fafafan-tasmas…

- ¿Acaso yo os mentiría? Es en serio: según dicen, es un fantasma bastante lastimero y horrible, de un aspecto que da miedo, y que deja a los muertos en callejones, y que nunca se le ve, y que si le ves te mata, y que si te mata se come tu alma y que vas al infierno, y que luego te tira en la basura, y que…

- ¡Cállate, Micky! ¿No ves que asustas al pobre Desmond? – dijo la niña apuntando con su dedo índice al niño payaso, que temblaba y se veía al borde de las lágrimas, con la cara de un color rosado por el miedo contenido – Desde luego, parece mentira que seas el mayor…

- ¡Jajaja, pues seguro que en este sitio hay un cadáver, y seguro que está al fondo del callejón! – Cogió de la mano al asustado chico, y le arrastro por el sucio lugar.

Apestaba a basura y humedad, pero a pesar de ello el chiquillo continuaba arrastrando al otro, seguido de los otros tres que le gritaban y le pedían a gritos que se detuviese, dos de ellos más rápido que el pequeño de la cuadrilla. Cuando llegó al final, se detuvo, y soltó al chaval, que sin poder contenerse más, se orinó encima y comenzó una retahíla de sollozos y gritos parecidos a los de un becerro sufriendo al ser degollado.

- ¡Mira lo que has hecho! ¡Era la única ropa que le quedaba, y tú has hecho que se mee en ella! –le grito visiblemente enfadada el falso chico, hecha una furia - ¡Eres tonto, Micky! ¡Eres tonto!

- ¿Y si hay un muerto de verdad? – dijo el chico del largo flequillo, que había vuelto a colocar para taparse su hueco craneal – Seguramente este en…

De pronto, unas bolsas que se apoyaban contra el muro se desprendieron del montón acumulado cuando el joven del pelo largo y oscuro las movió, y entre ellos apareció un oscuro brazo. Parecía que la piel colgaba a tiras, y solamente quedaban unas pocas hebras de musculatura. Los tendones, similares a cables metálicos, aún permanecían tensos.

El chico, asustado, dio un bote hacia detrás cuando la basura cayó, armando un buen escándalo. Todos estaban aterrados, cuando de pronto una puerta lateral de un viejo edificio se abrió. De su interior, una figura muy oscura, horrible y lastimera, que era casi imposible de ver bien, salió y comenzó a dar voces, de forma bastante ronca:

- ¡Eh, vosotros! – dijo dando un paso al frente

- ¡Es el fantasma! –gritaron a coro todos, visiblemente asustados y con algún que otro sollozo de refuerzo, al tiempo que un desagradable olor a heces comenzó a flotar en el ambiente, procedente del miedoso chico que anteriormente se había evacuado la vejiga en sus pantalones.

Comenzaron a correr todos, chillando como presas asustadas ante su cazador. A través de las perneras del corto pantalón, una masa líquida y marrón iba cayendo, manchando tanto el suelo como las piernas y zapatillas de su dueño, ambas bastante sucias antes de la defecación.

Uno de los jóvenes, el más pequeño y lento, no se fijó en que la masa de comida ya digerida y ácidos había caído al suelo, y se resbaló con una mancha especialmente grande, cayendo al suelo de lado. Por el lado de la fortuna, no había caído sobre los excrementos que desperdigaba su compañero; pero por parte de la desgracia, su pierna ahora mismo estaba dividida en dos grandes trozos, separados por la rodilla y a una distancia de medio metro cada uno. Bajo su gorro de lana negra, el chico comenzó a lagrimear y a respirar difícilmente cuando vio a la sombra acercarse.

Sin poder aguantar la presión mucho más, se desmayó.

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El muchacho se despertó con mucho calor, a pesar de sus ropas cortas. Estaba apoyado en un envejecido sofá orejero, junto a un horno a través de cuya puerta se veían unas flamantes llamas anaranjadas. Una fina manta de color verde oscuro le tapaba desde las piernas hasta el pecho, asfixiándole bajo esa alta temperatura. Se destapó, y bajando del gran sillón, se dispuso a mirar la estancia, cuando de pronto cayó de bruces al suelo sin poder remediarlo: le faltaba su pierna derecha, desde la rodilla.

Era el interior de un edificio bastante antiguo, derruido en algunas zonas que permitían ver los neones de la placa. Varias vigas atravesaban la estructura, sobre un suelo de grisáceo cemento y paredes de ladrillo. El joven se asustó cuando, de pronto, vio algunas cadenas en cuyos extremos reposaban fragmentos de cuerpos: brazos, algún torso, un par de piernas… Sobre una mesa, varios instrumentos muy raros descansaban, manchados algunos de un líquido oscuro y viscoso.

Una puerta se abrió de golpe, y la oscura figura apareció tras ella. Tenía la cara muy negra, y la apariencia de ésta y de sus manos era similar a la de una piedra. Su pelo también era muy oscuro, y en ese momento no se podría decir que fuera largo, sino más bien alto: tenía una masa capilar que ascendía un buen trecho. Los ojos eran muy redondos y vidriosos, según la expectativa del chico, y bastante grandes, que reflejaban la expresión de terror del asustado niño que se arrastraba por el suelo. Balbuceó unas pocas palabras:

- Nnnnno... No te acerques, fafafafaaantasmaa… No te comas mi alma –estaba visiblemente asustado, y ya sentía como sus ojos comenzaban a acumular gotas. Se mordió un reseco labio, y se preparó para lo peor.

- Eh, chico ¿Estás bien? – dijo la figura con voz hosca y grave, como si se tratase de un retumbo. Se llevó las manos a los ojos, y se quitó unas gafas de protección: donde antes habían estado unos artificiales ojos de monstruo, ahora quedaban dos círculos de piel que no estaban llenos de hollín – Te has dado un buen golpe antes, e incluso se te ha roto la pierna ortopédica que llevabas. Ahora mismo te estaba haciendo un par de apaños, para que puedas largarte cuanto antes.

- Gr..gracias...gracias, señor fantasma.

- Deja de llamarme así, mocoso. La gente puede llegar a ser muy malhablada, y tú vas en camino.

Se alejó hasta una pila de ladrillo bastante grande, y sumergió las manos y la cara. Poco a poco, la arcilla que le había dado un aspecto pedregoso se desprendió, y la ceniza que le cubría dejó a la vista una piel bronceada y envejecida. El pelo por fin se bajo, y dio lugar a una melenilla que alcanzaba la altura del amplio mentón. En su barbilla, una larga y espesa perilla chorreaba, a lo que el respondió agitándose como un perro abandonado en la lluvia. Lo más curioso eran sus ojos, de un profundo y vivo azul celeste, aunque la mirada de cualquiera de perdía en la cicatriz, semejante a una grieta de la tierra árida, que recorría su ojo derecho.

Se quitó las pesadas ropas, y únicamente se quedó con unas botas negras de cuero, un pantalón negro también y un chaleco azul con numerosos bolsillos, dejando a la vista una musculatura algo escasa y un poco cargada de hombros. Se volvió hacia el niño, y le lanzó una serie de miradas seguidas de preguntas:

- ¿Cómo te llamas?

- Me llamo Timmy. Timmy Proudneck – el pequeño se mostraba más relajado, y pronto dio rienda suelta a su curiosidad -¿Y tú?

- ¡Oye, que yo hago las preguntas! Me puedes llamar Ixidor Bryce. ¿Dónde están tus padres?

- Mi papá me abandonó al nacer, porque me consideraba escoria. Mi mamá murió, porque yo estaba enfermo y me dio su “mélula”. Fue hace un par de semanas, y como el médico me dio unas cosas muy raras, “quiminosequé”, aún no me ha crecido el pelo – dijo descubriendo su cabeza calva, volviendo a ponerse de nuevo el gorro rápidamente.

- Ya veo –dijo como si no le importara demasiado- ¿Dónde vives?

- Antes tenía una casa muy, muy grande, arriba en el cielo; pero luego cuando mamá se murió unos señores con corbata y peinado de ir a ver a la familia se la quedaron, y yo me vine abajo. Ahora vivo en un bar donde las señoras bailando desnudas – dijo riéndose por lo bajo, divertido ante la situación – y trabajo allí llevando copas a señores que se tocan en el gusanito.

- ¡Bueno, vale ya! – le dijo apuntando a su cara con su mano izquierda, a la cual le faltaban la mitad de dos dedos. El muchacho miró extrañado y a la vez atraído, y sin contenerse preguntó.

- ¡Te faltan dos dedos! ¿Qué te ha pasado?

- Me los comió una tortuga en Wutai.

- ¿Qué es una tortuga?- Timmy otra vez estaba temblando, pues se imaginaba a las tortugas como enormes lagartos que tenían dos cabezas y que chillaban mucho, mientras que sus garras arrancabas los árboles del suelo.

- ¿Nunca has visto una maldita tortuga? – preguntó con un tono ligeramente enfadado Ixidor.

Acercándose a una mesa, cogió un cacho de arcilla húmeda y comenzó a moldearla. Poco a poco, la silueta del reptil con caparazón fue apareciendo; incluso las líneas de la concha estaban bien hechas. Cuando ya estuvo lista, la acercó al horno, y le enseñó la figurita al menor:

- Mira, esto es una tortuga. Puedes quedártela.

- Vaya, no sabía que las tortugas de barro pudieran comer dedos…

- ¡Eso no me comió los dedos, fue una tortuga de verdad la que lo hizo!

- No sabía que los fantasmas supieran hacer estas cosas tan bonitas… - dijo con un tono indiferente que provocó la ira de Ixidor.

- ¡Qué no soy un fantasma, carajo! ¡Soy un tío normal!

- ¿Y por qué tienes muertos en el techo?

- ¿Eso? ¿Lo dices por lo que vistes fuera?– volvió a la mesa y cogió un brazo. A la luz que desprendía el fuego, el joven pudo ver cómo el brazo estaba hecho de hierro. Era un brazo artificial, de una calidad bastante elevada. Sorprendido, Timmy usó su condición de niño curioso, y retomó el tema de nuevo.

- ¡Cuéntame tu aventura con la tortuga!

- ¿Pero que te piensas, que soy tu niñera o qué? – exclamó Ixidor; pero al ver la cara de enfurruñado que puso el niño, se rindió y comenzó el relato – Estaba en una misión en Wutai, perdido en la selva, cuando… ¡No me interrumpas!- dijo a voces al ver que Timmy daba saltitos sobre la butaca, abriendo ya la boca para preguntar – Estaba perdido en la selva, en unas maniobras de supervivencia cuando llegué a un oasis… A un lago, para que lo entiendas. Llevaba días sin comer, y cuando llegué vi a dos tortugas. Primero iba a comerme a una, pero era dócil e indefensa, y dejé que se marchara. Pero a la segunda me pegó un mordisco enorme en la mano…

- ¿Y qué hiciste? – preguntó excitado Timmy, con los ojos muy abiertos.

- ¡Le pegué en el caparazón hasta que se rompió y se murió! – Timmy hizo un gesto de asco, e Ixidor siguió – Se formó una pasta rosada, mezclando su carne con la sangre de los dos, y me la comí. Estaba muy buena…

- Qué asco… - dijo Timmy sacando la lengua y arrugando la nariz.

- ¿Oye, tú no deberías irte a tu casa… Digo, a tu bar de señoras desnudas?

Ixidor se dirigió a la mesa, y le trajo la pierna ortopédica. Tenía un par de remaches de metal, que servían para sujetar bien la pieza y evitar que quebrara más. Cuando el joven se la hubo puesto, el anciano le acompañó hasta la puerta; aunque Timmy no parecía dispuesto a marcharse:

- ¿Puedo venir otro día a que me cuentes más historias de tortugas?

- ¿Qué te has creído, niño descarado? – volvió a enfurecerse Ixidor, pero al cabo de unos segundos dijo con semblante agotado – Haz lo que quieras, pero no te prometo nada…

- ¡Gracias!

Desde el interior del callejón, Ixidor podía ver cómo Timmy se marchaba feliz, con su tortuga de arcilla en la mano. Aquel chico iba a darle quebraderos de cabeza, estaba seguro.

miércoles, 7 de mayo de 2008

117.

Desde el bus, Caprice miraba incómoda a su alrededor. No había sino miseria por todos lados, en los sectores más bajos de los suburbios. No era precisamente rica, pero tenía la ventaja de que su padre, propietario de una constructora, le había dado la educación propia de su clase, media acomodada, y un piso en el sector 6 de la placa superior, bajo el cielo, donde el humo apestoso de coches destartalados y hogueras donde los indigentes se reunían para ahuyentar el frío quedaba lejos. No era precisamente una niña pija... Por lo menos, no del todo. Asustada y nerviosa, sus ojos archivaban cada imagen, obligándose a atender y aprender todo lo posible sobre aquellas personas, ya que estos eran aquellos sobre los que quería escribir. Había pasado tantos años en su vida de lofts y clubs que ahora el mundo real abofeteaba sus retinas en cada calle.

Tenía bien a mano en el bolsillo de su abrigo el spray de defensa, listo para ser empleado al menor indicio de amenaza. En el fondo de su bolso, había un arrugado periódico de unos cuantos días atrás. Había cruzado esas calles, donde los jóvenes se drogaban para olvidar sus miserias, o recorrían sitios tan sórdidos como ese siniestro mercado muro. Incluso en algunas zonas de los sectores más miserables, las casas eran de madera. Habría sido más rápido e indoloro un viaje en taxi, pero eso supondría exponerse a ser secuestrada por esos falsos taxistas que daban caza a presas desprevenidas para organizar secuestros express. Por suerte, a medida que el bus avanzaba, su mente se consolaba con que le quedaba poco tiempo ahí abajo, entre miserias y ruinas. En su confianza, no estaba preparada para la mala pasada que le jugó el transporte público. En el sector 3, entre grandes edificios, vetustos y sin embargo conservados gracias al esfuerzo de los que los habitan, que no les queda otra que organizarse y costear ellos mismos las reparaciones pertinentes. A lo largo de varias calles, transitó a pie, con la mano cerrada como una garra en torno a su única defensa. Un paseo de media hora se convirtió en una temible travesía por un infierno, entre hombres de mirada aviesa que parecían violadores, mujeres que la miraban con desconfianza, y niños... A su mente venían escenas de películas donde los niños alertaban a los criminales de la presencia de víctimas a las que asaltar. Sin embargo, no podría estar tranquila hasta que lo hubiese visto con sus propios ojos. Finalmente, pudo encontrar el edificio que buscaba: Una edificación de nada menos que quince pisos, orgullo del Midgar del siglo pasado. Allí un portero avanzado en edad le franqueó la entrada con una cálida sonrisa hizo que se tranquilizase. Le deseó buenos días con una voz profunda, y llamó al ascensor para ella. Un par de guiles de propina alimentaron esa sonrisa, pero Caprice los pagó con gusto. Era la primera vez que se sentía tranquila desde que entro en el tren que descendía hasta los suburbios, y eso no tenía precio para ella.

Cuando abandonó el ascensor en el piso indicado, se vio sumergida por un hervidero de actividad que le hizo sentirse apabullada. La redacción del Midgar Lights, comparada con la del canal de noticias de la televisión oficial de Shin-Ra, era mil veces más frenética. Reporteros de todas las edades y aspectos corrían de un lado a otro, decididos a contrastar debidamente cada noticia, cada mínima reseña que fuese a ser impresa. A un periodicucho de segunda como este le era muy difícil mantenerse a flote, con lo que cada impresión debería ser compensada o las pérdidas lo ahogarían. Sin embargo, se mantenía fiel a los principios de honestidad y veracidad con los que el periódico se había fundado. Casi nadie lo compraba arriba, ya que su venganza al olvido al que lo sometió la ciudad fue dejar de informar sobre su zona principal. Casi todos los artículos reflejaban sucesos o noticias que concernían principalmente a los suburbios, dándole a estos la imagen de una ciudad aislada. Como si fuese un mundo dentro de otro mundo, más pequeño, pero más puro y honesto. Ella lo compraba desde que decidió tomarse en serio la facultad, cuatro años y pico atrás. Estaba a punto de cumplir 20, y decidió cambiar sus ídolos pop por otros que le pudiesen parecer más reales. Quería admirar a alguien por su forma de escribir, de expresarse y de encandilar a la gente. Buscaba alguien que la inspirase para ser la periodista que quería ser. Había elegido esta carrera para presentar el canal musical de Shin-Ra, pero tenía curiosidad por ver como sería el “periodismo de verdad”. Entonces lo encontró: King Tomberi. El misterio del anonimato combinado con unos artículos de opinión que llamaban a la reflexión intentando no imponer a nadie criterio alguno, salvo la obligación de formarse un criterio propio. Su admiración por este misterioso escritor le hizo seguir cada día el periódico, preocupándose como si de uno de sus parientes se tratase, cuando aquel cuyos escritos la encandilaban faltó tres días seguidos a su cita, la noche que el Cometa apareció en el cielo. Sin embargo, aunque la espera fue dolorosa por el miedo y la incertidumbre que lo provoca, la reaparición de este escritor fue aún más dura para ella.

De repente, un hombre de mediana edad, vestido con una camisa blanca decorada con manchas de sudor, arremangada hasta los codos y cubierta con un desabotonado chaleco se interpuso ante ella.

- Perdona, guapa... ¿Puedo ayudarte en algo?
- Si, verá... Soy licenciada en periodismo, y busco trabajo...




- ¡Ponte la maldita corbata! ¡He elegido la que mejor te queda! – Decía una mujer rubia, sentada en la mesa de un pequeño cubículo, mientras luchaba por completar un doble nudo.
- ¡Venga ya! ¡Odio las corbatas! ¡No quiero parecer un estirado como ese maldito...!
- ¡Kowalsky! – Gritó Grayson, el editor. Su índice le señalaba, con la mano firme de un macho lomo plateado. Su tupido vello corporal era visible en sus antebrazos, así como asomando bajo el abierto cuello de su camisa. Su corbata, bien aflojada, pendía sacudiéndose de un lado a otro, y su chaleco gris marengo estaba suelto, dejando libre la panza propia de un hombre de su edad. – ¿Aun no has resuelto esa puta mierda de la foto? Tu y tu mierda de salir del anonimato... ¡Ahora tenemos que imprimir una foto más en cada ejemplar!
- ¿Qué pasa? – Lo encaró Daphne. - ¿Tienes miedo de que ahora que es famoso te quite las novias?
- No, cariño. Solo de tener que sumar a estas las lectoras defraudadas ahora que saben quien es King Tomberi... ¡No voy a tener tiempo para satisfacer a tantas mujeres! – Su rubia oponente no pudo reprimir una carcajada ante esa respuesta.

- ¡Es él! – Caprice era incapaz de dar crédito a sus oídos. ¡Era imposible! ¡Kowalsky es un hombre tosco, rudo, bajito, desagradable y cínico, mientras que King Tomberi es elegante, irónico, culto y con estilo! ¡No pueden ser la misma persona! ¡Sin embargo ahí está, para hacerse la foto oficial! Se quedó bloqueada, sin saber que hacer, oculta tras la pared del cubículo, mientras los demás seguían bromeando.

- ¿Aún no te la has puesto bien? - Bramó Daphne, cargando hacia el joven periodista.
- ¡Joder, que hombruna eres, mujer! - Murmuró el editor, sorprendido.
- Gracias.
- Por cierto, Kowalsky. Tienes visita... – Se despidió Grayson, llevándose consigo a esa belleza rubia que Caprice había visto acompañando a su detestado compañero de redacción. Esta se volvió unos segundos para acabar de colocar la maldita corbata.
- ¿Gracias? - Preguntó Kowalsky antes de que se fuese. - ¡Te acaba de llamar "hombruna"!
- Si, pero también me ha llamado "mujer".


Entonces para su sorpresa, dos personas, de distintas edades pero aspecto parecido se abrieron paso a través de la redacción, entrando en el cubículo. El primero en entrar y notoriamente el mayor, vestía impecablemente, con un elegante abrigo de buena sastrería, bajo el que llevaba un traje de la mejor confección. Su figura era esbelta y atlética a pesar de su avanzada edad, y su blanca cabellera estaba peinada hacia atrás, mostrando sobriedad y estilo. El más joven llevaba un atuendo parecido, con la diferencia de que su peinado era más actual, y su cabello era castaño claro. El estilo de su ropa era más moderno. Su traje negro habría hecho fácil a cualquiera describirlo como un ejecutivo agresivo. Ambos, como era de esperar, iban acompañados de los gorilas corporativos de rigor. Dos, y tan grandes que no habían podido pasar a la vez por las amplias puertas dobles de la redacción.


- Woodrow Sebastian Pollard e hijo... – Comentó Kowalsky mientras su semblante se ensombrecía. - ¿A que debo el honor?
- El honor es nuestro. – Dijo el Pollard Sr. – No todos los días descubre uno entre sus filas alguien cuyos artículos sean presentables a un premio periodístico. – Los halagos dedicados por su padre hicieron que junior se resintiese en su silla, pero logró mantener la compostura.
- ¿Y que pretenden hacer ustedes con ese escritor? – Inquirió alzando una ceja.
- Promocionarlo, evidentemente. – El anciano aristócrata miraba a su alrededor mientras hablaba. – Siempre en el marco de un medio con la tirada que tal hombre merece.
- Es curioso como se diferencia lo que merecemos de lo que deseamos, señor... – Kowalsky seguía tanteando al que era su patrón. – ¿Por qué iba yo a desear trabajar para usted?
- Señor Kowalsky... Usted ya trabaja para mi. La diferencia está en que sus condiciones de trabajo podrían mejorar sustancialmente si usted quisiese. – Kowalsky miró a su alrededor. Grayson estaba espiando desde el pasillo, visiblemente preocupado. Mientras tanto, Daphne negaba con la cabeza en silencio. Sin embargo, el periodista mantuvo su expresión inmutable.
- Bueno... Mi salario ya es bastante más que generoso...
- Asociado a una condición laboral de “putilla traecafes”, y le ruego me disculpe por esa grosería. – El viejo era muy listo, conservando una calma absoluta, mientras que junior cada vez sudaba más. – Espero que sus aspiraciones vayan más allá de eso.
- Mis aspiraciones son, evidentemente, más elevadas, pero como no he nacido rico, necesito el dinero. Al fin y al cabo, soy un hombre con responsabilidades.
- Un alquiler, una tarjeta de transporte público y una persona a su cargo. No se que relación hay por medio, ni me importa lo más mínimo... Mi familia no se relaciona con ese tipo de gente. – Desde atrás, Daphne pensó que el viejo era un poco inconsciente. Incluso estuvo tentada de decirle como habían sido las cosas en realidad. Sin embargo Kazuro pudo ver perfectamente como los iris de color verde grisáceo del anciano se clavaban fijamente en su hijo. Tuvo muy claro que había cosas con las que el anciano magnate no jugaba, y una de ellas era la imagen de su familia.
- Usted propone esto como si fuese un nuevo trabajo... Bien pagado, con un cargo de renombre...
- Casa, coche... Pero como entenderá, esos trabajos exigen exclusividad.
- ¡Oh! ¿Y podré tener tarjetas de visita nuevas? – Preguntó con una cara de inocencia que haría conmoverse a un reo de muerte. – Algo sofisticado y elegante, como unas Van de Rauter...
- ¡Esto ya es inadmisible, puta! – Gritó junior, definitivamente fuera de sus casillas. – ¡Padre, puedo tolerar que quieras que trabaje para ti, y que porque sea un creativo no lo quieras amenazar, pero nos está...! – Ni lo vio venir. Kazuro se puso en pie, pegando un tirón de la corbata del joven y arrogante hijo de puta, con su mano izquierda, lo cual era lógico, ya que Kowalsky era diestro. Su otra mano había agarrado firmemente una vieja grapadora de oficina, de esas con muchos resortes y un pomo para golpear, y se la estaba estampando en la mejilla en ese preciso momento.
- ¿Inadmisible? – Le gritó a la cara, obligándole a encararle a tirones de la cara prenda que permanecía mal atada a su camisa. Pollard jr miraba con desesperación a su padre, pero ni este ni los brutales matones corporativos que los acompañaban movieron un mísero dedo. - Sin embargo, Kowalsky llamó su atención con más golpes. – ¡¿Inadmisible?! ¡Claro que es inadmisible, aborto de rata criada entre algodones! ¡Es tu puta biografía! ¡Tu eres el aficionado a las prostitutas transexuales! ¡Tu eres el que ordenó el asesinato de una cuando te vi con ella! ¡Tu eres el que me ha insultado cada día en la oficina, primero humillándome y después de que quisiese vengarme mediante chantaje, pisoteándome como a una cucaracha! ¡Tu eres el causante de que me diese a la bebida! ¡Tu ordenaste a tus matones que me golpeasen hasta dejarme hecho mierda, me humillaste en la oficina y me insultaste hasta convertirme en el puto hazmerreír! ¡No puedo volver a mirar a nadie de esa puta redacción a la cara desde entonces! ¡Especialmente...! – La rabia lo estaba sobrepasando, pero logró cerrar la boca a tiempo... Durante un segundo. - ¡Te jodes si no te gusta, pero no te que da otra que callarte y escuchar! ¡¿Ha quedado claro?! – Kowalsky decidió hacer más notoria la falta de opciones de su jefe empujando su cabeza contra la mesa y grapándole la corbata sobre la superficie de madera. El golpe debió afectar a su tabique nasal.
- ¡Estás muerto, Kowalsky! – Clamó furioso. - ¡Que alguien me quite esta mierda! ¡Juro que te mataré, hijo de puta!
- No te atrevas a moverte, Woodrow. – Los ojos de Pollard sr se entrecerraron en finas rendijas amenazantes, y sus palabras silenciaron a su hijo con la firmeza implacable de una maldición.
- ¡Padre! – Murmuró entre dientes el ofendido. - ¡¿Cómo puedes tolerar que nos haga esto?!
- Si alguien insulta mi familia, maldito putero sodomita... – Dijo el anciano sin mirarle ni mucho menos alterar su tono ni una octava. – Me aseguro de que recibe su castigo. Espero que te sirva de lección.

Grayson miraba la escena aterrado. Los matones habían echado a todas las personas de la redacción, menos a Daphne y a él. No solo iba a perder a su mejor escritor, sino que por presenciar esa escena se estaba ganando un enemigo poderoso. Daphne por su parte emitía gritos de júbilo, animando a Kowalsky a atizarle otra vez más. Sin que lo supiesen las siete personas que estaban en ese cubículo, Caprice se mantenía oculta bajo la mesa del cubículo vecino, cada vez más abrumada.

- Señor Kowalsky. Esta es mi oferta, y no podrá negar su generosidad. Un piso en la placa superior, sector tres, un Shin-Ra Cavalier, un despacho propio, un cargo en el canal y un sueldo mensual de cinco mil guiles netos. Eso sin tener en cuenta su futura columna en los suplementos dominicales del Diario de Midgar, cuyo estipendio será discutido aparte. – Dijo sin alzar una ceja, como quien da calderilla a un indigente. – Como gesto de generosidad hacia su especial situación, estoy dispuesto a despedir a toda la redacción del canal 4 de noticias, solo para asegurar su comodidad como trabajor. A cambio solo tiene que aceptar una renovación de contrato.
- Con la pertinente cláusula de exclusividad...
- Evidentemente. Al margen de su trabajo podrá emprender todos los proyectos que desee, pero siempre con nosotros. Dígame usted, entonces: ¿Se atreverá a salir de este cuchitril siendo el señor Kazuro Kowalsky, periodista de gran reputación, o prefiere seguir siendo King Tomberi, ídolo de minorías.
- Señor Grayson... – Dijo Kowalsky, buscando al redactor tras los matones. – ¿Tiene alguna contraoferta?
- ¿Qué? – El pobre redactor no daba crédito a sus oídos. ¿Acaso Kazuro creía que él podría superar algo así o simplemente se había vuelto loco?
- Por favor, señor Grayson – Dijo Pollard sr. – Me tengo por uno de los más firmes defensores del libre mercado. Le ruego que tome asiento y pronuncie su oferta.
- Yo... – Dijo sentándose mientras miraba con recelo al guardaespaldas que le estaba ofreciendo su silla. – Kazuro. Siempre te he tratado con respeto, y espero que valores eso. – Grayson era famoso por rugir como Bahamut embravecido en cuanto se entraba en la última hora antes del cierre de edición, y por proferir juramentos que harían sonrojarse avergonzados a los luchadores del Foso. Sin embargo, Kowalsky asintió. En el fondo respetaba a los que trabajaban para él y nunca hacía oídos sordos a las peticiones de adelantos de sueldo o días libres para sus subordinados. Por lo menos aquellos que él sabía que tenían cargas familiares o deberes parecidos. – Mi mejor oferta es un sueldo de ochocientos cincuenta al mes y un pase de prensa cuando quieras ver algún espectáculo.
- Es una oferta generosa para un medio con su tirada, lo reconozco. – Murmuró Pollard sr. – Señor Kowalsky, espero su decisión.


Kazuro permaneció quieto, con aire pensativo. Su decisión estaba claramente tomada de antemano: Había esperado durante años por una oportunidad así y ahora estaba paladeando cada segundo. Todo el esfuerzo de esos días, desde el periódico del instituto hasta la facultad, seguido de los días escribiendo para el Midgar Lights mientras entregaba un currículo tras otro a las oficinas de periódicos como el Diario de Midgar, o el Independiente. Su momento había llegado al fin, y este era el momento de su victoria definitiva. Mantuvo el semblante inescrutable y procedió a cobrar su premio.

- James Grayson... – Murmuró despacio. – Me conociste hace ya once años y me ofreciste un trabajo para una pequeña columna que se ganó a pulso ser publicada diariamente en la primera página de los artículos de opinión. ¿Y usted, señor Pollard? ¿Cuándo me conoció?
- En persona ahora mismo. Sin embargo, podríamos decir que le conocí cuando di el visto bueno a su contratación tres años atrás. Ayer, alguien del departamento de personal vino a verme para comunicarme que teníamos al célebre King Tomberi en nómina.
- Señor Pollard... Creí que sabría quien era yo, pero veo que ni siquiera se ha fijado. – Dijo Kowalsky, mientras sacaba unas tijeras de uno de los cajones y liberaba al idiota del hijo de su jefe para que dejase de sangrar sobre su mesa. – Hace seis años me licencié en periodismo por la UCM, la Universidad Central de Midgar. ¿Sabe cual fue mi nota? ¡Fui el segundo de mi promoción! – Grayson se inclinó hacia delante, para no perder detalle, pero los ojos verdes de Pollard sr se abrieron como platos. Como hombre inteligente que era, lo estaba viendo venir. – Y como ya sabrá, el número uno fue Woodrow Sebastian Pollard junior, aquí presente. – Sentenció el joven periodista, arrancando una mueca al que había sido su compañero de clase. – Pero claro... Se lo ganó en base a sus estudios, sino me equivoco... Siempre con esas fiestas de fraternidad y esos exámenes entregados en blanco. Fue un digno rival, y sus notas siempre empataban a las mías... Menos en la última. El último examen de la carrera fue Ética de la información, y era una de mis asignaturas favoritas. Incluso el profesor que la impartía, Rossembach, llegó a ser considerado por mí como un amigo personal. Mi nota fue un nueve coma ocho, y cuando fui a la revisión del examen, a preguntar ultrajado el motivo de que no tuviese el diez que claramente merecía y que no había recibido, Rossembach ni siquiera pudo mirarme a los ojos. Me entregó un examen escrito de su puño y letra y firmado a mi nombre con los fallos necesarios para asegurarme un buen puesto en la graduación... Pero no el que merecía. Luego su hijo me contrató al reconocer mi nombre como el eterno pringao de la carrera, y el resto de la historia ya la sabe.
- ¿Cree que soborné a su profesor para que diese preferencia a mi hijo?
- Lo sobornó, lo chantajeó, lo amenazó... ¡No me importa! – Se produjo un silencio tenso, mientras Kowalsky sacaba un documento mecanografiado y firmado que entregó con serena seriedad al anciano magnate. – Simplemente me robó algo que era mío para dárselo a alguien que claramente no lo ha merecido nunca. Ahora, si me disculpa, debo pedirle que acepte este papel con mi solicitud de baja voluntaria y abandone este cubículo. Tengo trabajo pendiente. No se preocupe por mi presencia en el trabajo los quince días que quedan. Estaré allí.
- No se preocupe, señor Kowalsky... Tómeselos libres...


El anciano potentado se fue de la oficina, pero lo hizo con la fuerza, la serenidad y la elegancia que caracterizaron a una antigua aristocracia ahora pervertida. Su dignidad no menguó ni un ápice ante la derrota, y su frente se mantuvo siempre bien alta. Su hijo se limitó a mostrar como los hijos no siempre son lo que los padres querrían.


- ¡Estoy orgullosa de ti! – Daphne saltó sobre la mesa, abrazándose a su amigo hasta los límites del estrangulamiento, mientras que este intentaba mantener la calma. Ambos eran conscientes de que no se habían librado de jr, sino que lo habían convertido en un enemigo seguro, pero ese no era motivo para no celebrar esta pequeña victoria.
- Kazuro... – Dijo Grayson, aún medio paralizado por la impresión. – No se que decir...
- ¿Qué? – La cara de poker del periodista volvió a desvanecerse, mostrando ahora perplejidad. - ¡Falta poco más de media hora para el cierre, casi toda la redacción está en el bar, ¿y tu no sabes que decir?! – Ni siquiera tuvo tiempo de decirle que le había dejado la columna del día sobre la mesa de su despacho.
- ¡Mierda!...


Bahamut volvió a tomar el control de la situación, abalanzándose pasillo adelante hacia sus incautas presas, que estaban a punto de arder en las llamas de su ira. Mientras tanto, Daphne se sentó sobre las rodillas de Kowalsky, besándolo en la frente.

- Joder, Kowa... ¡Si yo hubiese nacido mujer entonces no tendrías excusa para no ser mío!
- Anda bájate... Que estoy... – Para su perplejidad, el día acabó de la forma menos lógica o previsible para él. Aún temblaba tras encarar a un hombre con el poder y la influencia de Pollard sr, pero llevaba años esperando ese encuentro. Sin embargo, para el encuentro que más ansiaba no lo estaba en absoluto. Por la esquina de la mampara que separaba el cubículo, el hermoso rostro de Caprice Riedell, enmarcado en una cabellera que los ángeles querrían para sí asomaba tímidamente. - ...Ocupado.

Kowalsky cayó mudo. En su estado de Shock, solo podía mirarla en silencio, mientras que ella permanecía asustada, escondida como una niña tras la mampara. Daphne vio su oportunidad de devolver a su protector el trato recibido, ya que si no hacía ella algo, nadie lo haría.

- Caprice Riedell, supongo... – Dijo mientras la sacaba de su escondrijo y la traía hacia la mesa cogida del brazo. – Soy Daphne, la compañera de piso de Kazuro. ¿Me permites tu abrigo?
- Yo... – Ella miraba con pánico como esa mujer tan extraña, de voz muy ligeramente ronca se llevaba la prenda, con el spray de defensa en el bolsillo, dejándola indefensa ante ese... ¿Genio? ¿Psicópata?
- Muchas gracias...

Colgó la prenda de un perchero y le ofreció una silla para sentarse y luego, ¡se fue! Caprice se quedó sola durante treinta interminables segundos ante ese hombre bajito y desgarbado, con su pelo despeinado por el arranque de furia anterior. Su mano agarraba con fuerza una grapadora ensangrentada, y había una corbata grapada sobre la mesa, en medio de un charco de sangre sobre el que también había un diente roto y unas tijeras. Entonces llegó esa chica de nuevo.

- Agua... – Kowalsky permanecía petrificado, sin hacer movimiento alguno. También había traído otro vaso para la invitada, pero la respuesta de esta fue la misma. - ¡Agua! – Siguió sin obtener resultado alguno. - ¡Agua! – Gritó arrojándole el líquido a la cara. Ahora si reaccionó, sacudiendo la cara, como si acabase de despertar. Rápido como el viento, tomó el otro vaso y lo engulló de un solo trago. – Traeré más... – Se limitó a decir Daphne.
- ¿Hay té? – Preguntó Caprice, aún confundida.
- ¡Té para la señorita Riedell! – Exclamó Kowalsky, servicial. – Y para mí café, por favor. – Daphne se fue con una sonrisa en los labios, dejándolo solo ante la oportunidad que tanto había deseado. – Yo... Puedo saber que le trae a esta oficina, señorita Riedell.
- Yo, eh... Verá... – Dijo ella con dificultad.
- Con perdón por sonar arrogante, pero... A usted le gustan mis artículos, ¿no es así?
- Si, pero no. – Dijo ella, aliviada por que se hubiese roto el hielo. – Los artículos de King Tomberi siempre me encandilaron, pero usted... Su comportamiento fue tan brutal y descortés... – Kowalsky sintió inmediatamente la necesidad de contraatacar.
- ¡Sin embargo usted me amenazó con un arma defensiva cuando fui a pedirle disculpas!
- ¡Eso fue porque usted, la primera vez que se dirigió a mi tras años de trabajar en la misma oficina, lo hizo llamándome de todo! ¡Me hizo sentirme como si fuese basura!
- ¡Es cierto, pero porque no sabía que era usted!
- ¡Ah, claro! ¡Porque a la rubia cachonda de la oficina se le dicen cosas soeces, pero de otro estilo! ¿No? ¡Y al resto se los trata como a mierda!
- ¡No! ¡Porque el resto no valen la cagada de un perro, mientras que usted...! – Kowalsky volvió a quedarse en blanco... Callado por no atreverse a decir lo que realmente sentía.
- ¿Yo que? – Preguntó ella, preocupada, pero a la vez, intrigada. - ¿Qué pasa conmigo? – Insistió. Con un asentimiento, Kowalsky se predispuso a ceder.
- Yo he estado jodidamente enamorado de usted como un estúpido colegial desde que la vi por primera vez. Nunca me atreví a decirle nada, ya que supuse que tendría pareja, o algo así, ya que usted es increíblemente guapa, e inteligente, pero esa idea no logró hacerme desistir de mis sentimientos. – Mientras hablaba, sentía que se veía a si mismo desde fuera, como si su propia voluntad no fuese capaz de detenerle en este momento. – He lamentado cada noche cada sílaba de cada palabra que le dije, pero temí ofrecerle mis disculpas por miedo a enfurecerla más. De hecho, no contaba con llegar a tener nunca una oportunidad como esta de hablar con usted, pero... Algo dentro de mí... Algo que nunca desistió, seguía aferrándose a la esperanza.
- No se que decir... – Confesó ella, mirándole a los ojos confundida. – He creído desde entonces que usted era una especie de ogro misógino, y sin embargo, he estado enamorada desde hace años de sus artículos, de su profundidad y de los sentimientos que estos embargaban y la razón que contenían. He estado en desacuerdo con algunos de ellos, y recuerdo su misiva de respuesta, respetuosa y educada.
- Supongo que mi cara de monstruo no es asociable a su idílico príncipe escritor... – Bufó el periodista, sintiéndose abatido.
- Lo siento, pero no... No estoy segura de lo que siento ahora mismo. – Dijo ella levantándose. – Incluso siento el impulso de dejar de leer sus columnas para arrancarlo de mi vida. – Kowalsky acusó ese golpe como si hubiese sido arrojado desde lo alto del edificio Shin-Ra. Sintió que el aire le faltaba en los pulmones, y el pulso le empezaba a temblar, pero entonces, cuando ella estaba a punto de desaparecer de su vista, quemó su último cartucho.
- Que extraña combinación de licores ha ingerido este humilde periodista para tratar ahora este tema, polifacético, extraño y controvertido… Tan… Abstracto. – Recitó de memoria. No sabía si había tenido éxito o no, pero ella se había detenido. Estaba de espaldas, y Kazuro no podía ver la lágrima conmovida que se deslizaba por su mejilla. – Sigue siendo tan cierto como cuando lo escribí, Caprice... Es el único de mis artículos que soy capaz de recitar de memoria. – Admitió con una mirada triste, mientras ella se volvía. - Quizás porque en cada palabra veo su rostro...


Ella se volvió en silencio.



Daphne bufó una maldición con fastidio. Había hurgado por media redacción buscando la jodida máquina de café, y las jodidas bolsitas de té, para luego pelearse con un microondas más viejo que el papel de las paredes. ¡Y todo eso para llegar con un café recalentado y un té barato a un cubículo vacío! Los dejó sobre la mesa y fue a por su abrigo, para coger su phs. Mientras tanto, a su alrededor, todo el personal de la redacción reocupaba sus puestos como ovejas volviendo al redil, perseguidas por un dragón.

- ¿Rolf? ¡Vaya, ya estás despierto! - Paró un segundo para escuchar las protestas procedentes del otro lado de la línea. - Anda, ponte algo y ven a buscarme, que te tengo que contar tantas cosas... - Más protestas. - ¡Vago de mierda! ¡Ya se que solo pasó un día, pero más te vale venir ahora mismo o te vas a tener que conformar con el puto palo de la escoba! ¿Ha quedado claro? ¿Que no tiene que? ¿Agujero? ¡Ven aquí, o sino...!