martes, 8 de febrero de 2011

222


Empezando en silencio, como un ligero ritual que pretende resumir la eternidad. Y ahí, en los pequeños momentos cotidianos, emular a los grandes artistas de la meditación trascendental.
Con el rock clásico en los oídos y la cara del público en el recuerdo, Mark, vagaba por las calles. Había estado un rato en uno de los bares habituales. No suyo, sino de cierto colega suyo, dado a la herboristería. Su colega era sin duda un tío raro, pero no tanto como lo eran otros clientes del garito, como el yonki ese del rostro familiar, o el tipejo de la careta, que afortunadamente no estaban, pero sin duda, estarían al caer. Sin duda, un mal sitio, pero un fumeta del calibre de su colega prefería sin duda los lugares “peculiares” como el Blackson's, justo a juego con su adulterada percepción.

Mark caminó a lo largo de las calles hasta una parada de bus, donde cogió una linea de largo recorrido. Una que lo subiría hasta lo alto de la placa, en uno de los principales distritos.
El trayecto siempre era algo fascinante de ver, y más aún para alguien que había empezado con los psicoactivos a hora tan temprana, o tarde, para los asiduos al té de las 5.
Disfrutó del trayecto igual que se disfruta de una especie de video juego antiguo: Una secuencia de fases con desplazamiento lateral cuyo fondo va alterándose a medida que se avanza en él.
Se subió en medio de contenedores sin recoger y asfalto desconchado y bajó sobre pavimentos de piedra traída de “aquienleimportadonde”, de primera calidad, y caminó entre trajeados y escorts de lujo que practicaban su tarea de forma directa, o disimulada bajo la apariencia de un noviazgo o matrimonio con el ricachón salido de turno, pero indistintamente, con eficiencia ejemplar.
Mark miraba a un lado y a otro con desconfianza, temeroso de que cualquier guardia o soldado lo parase. Tenía que salir de las calles pronto, ante la posibilidad de una detención y registro, muy de moda con el estado de excepción. Y él no podría decir que fuese precisamente limpio.
La que si estaba limpia era su ropa: Una camiseta y un pantalón prácticamente nuevos y unas bambas impolutas, todo ello bajo una nueva chupa de cuero, todos ellos trofeos de la imponente recaudación de su concierto y premio de la guerra de bandas organizada por la Tower of Arrogance. Todo ello con no otro fin que disuadir a los agentes del orden de la idea de que el era un simple tirado o un camello, fuera de su lugar. Intentaba parecer al menos el vástago rebelde de alguien importante, o al menos que lo dudasen el tiempo suficiente para poder escapar.

Maravillado por el bonito espectáculo de filas de farolas con todas y cada una de ellas en perfecto funcionamiento, o el lujo de plazas y jardines cuyo cuidado se mantenía a diario con experta pulcritud, acabó por alcanzar la puerta que estaba buscando, y con ella, el timbre que había venido a pulsar: El ático.


Al salir del ascensor, ya lo estaban esperando. Era una bonita imagen, pero también era una dura verdad. Daphne era muy guapa, había que reconocerlo, pero Mark no estaba dispuesto a cambiar de acera por una cara bonita y un culo de infarto, y menos aún sabiendo lo que había bajo esos pantalones.

- Hola. - Lo saludó ella, con una sonrisa ligeramente forzada, mientras salía a darle dos besos.
- Hola, ¿Y Rolf?
- Está en el salón. ¡Trajiste cervezas! ¡Gracias!
- Si, y algo para picar, además de lo otro... Lo acordado...
- Ya... Oye, Mark... Quería preguntarte...
- ¿Sabes algo de Han? - La voz de Rolf los interrumpió desde la puerta. Tras él vagaba Henton, el gigantesco novio de la dueña de la Tower. Tenía algunos moratones en la cara y los brazos, pero ese tío era luchador profesional. Y por su postura de orgullo y agresividad, parecía estar del tipo de humor que tiene alguien con mucha testosterona y ganas de celebrar algo.

Rolf vestía una camiseta holgada de manga larga, un pantalón de hilo, e iba descalzo sobre el suelo de moqueta, al igual que sus amigos. Henton vestía un pantalón de chandal y una camiseta sin mangas, y Daphne llevaba medias largas de lana, un short y una camiseta de los Rooftop Ravens. Por detrás pasaba Megan, en su imagen habitual de ropa deportiva. Probablemente habría estado charlando de peleas y cosas de machos con Henton, y probablemente él habría aprendido un par de cosas nuevas.

Mark entró, dejando la bolsa que traía en manos de la transexual, y se sentó en el taburete que el anfitrión tenía en la entrada para descalzarse. Al dejar sus bambas en el mueble que había al lado de la puerta, alzó la vista y respondió.

- No sé a vosotros, pero todas las veces que yo he llamado, me ha cogido el teléfono.
- ¿Y? - Preguntó Daphne.
- Y no ha dicho una sola palabra. Puso el manos libres y me dejó oír como tocaba la guitarra, hasta que me cansé y colgué.
- Igual que a nosotros. - Dijo Rolf. - Le he llamado cada día, y está claro que no quiere hablar. Por lo visto, su lado competitivo salió encendido del concierto.
- Espero que sea eso... - Mark se levantó y se acercó a él, dejando que lo guiasen hasta un pequeño salón, en el que todos los sofás y sillones estaban orientados hacia una tele de plasma tan grande que podría ser usada como mesa.
- Malcolm tampoco me quiere decir nada. ¿Y a vosotros? - Rolf acompañó el comentario con una mirada furtiva a su amiga, solo para verla ruborizarse un poco. Una pequeña maldad.
- Bueeeno... - Sentenció el anfitrión al ocupar su rincón en uno de los sofás. - Sois libres de ocupar vuestro lugar en esta mi pequeña morada. - No pudo evitar sentirse extraño al ver a Henton, sin saberlo, ocupar el sillón favorito de Han.

Mark depositó ante ellos entonces una bolsa llena de hierba de la mejor calidad, encargada con días de antelación y conseguida tras una dura negociación por el precio. Tenía sus propias plantas, como buen fumeta que se preciase, pero visto el cometa en el cielo, no tenía demasiadas esperanzas de que llegase a verlas creciditas. Depositó también algunos picadores, papel de liar y tabaco, y tomó la iniciativa, preparando el primer porro de la noche mientras aparecían en la pantalla los típicos anuncios antipiratería de Shin-Ra. A la altura de los créditos iniciales, él ya tenía un buen ejemplar psicoactivo en la mano, listo para “experimentar el visionado de un film ilógico, humorístico y bizarro”: El ataque del adamantaimai gigante. Se llevó su obra a los labios, encendió el mechero, y...



Era una explosión. No. No una explosión, era una colisión. ¡No! ¡Un derrumbamiento! ¡Era todo eso junto! Parecía que un trueno hubiese destrozado media ciudad. No un trueno normal, sino algo de tamaño descomunal. Los gritos alertando de la caída del meteorito llenaron las calles de la placa superior, pero los habitantes de Midgar estaban equivocados: Era algo muy distinto.
Desde el balcón, Megan y Henton habían sido los primeros en verlo. Al ser los más sobrios, llegaron antes, pero al instante desearon no haberlo hecho. Confundidos y turbados, intentaban dar crédito a lo que tenían ante sus ojos.

- ¡Apartaos! - Gritó Rolf, mientras se hacía un hueco entre ellos. Olvidando toda precaución, alzó su rifle Farsight y usó la mira. - ¡Joder!



Bajo la placa, en una pequeña redada que había desmontado otra de esas estúpidas sectas apocalípticas, Mashi miraba con fastidio como Seranzolo y Gerstchen alardeaban mientras transmitían el comunicado al sargento Van Zackal. A su lado, Harlan e Yvette lo acompañaban en su resignación. Svetlana había sido atacada con un cuchillo, y los enfermeros de la ambulancia estaban dándole un par de puntos de sutura en el brazo. Así era siempre el reparto: Unos las cicatrices y otros las medallas.

- Acostúmbrate... - Le dijo Yvette, alardeando un poco de su experiencia con los veteranos.

Mashi iba a responder. Iba a decir que era lo que esperaba, o que era la misma mierda desde otro lado, pero sin embargo, no pudo. Un estruendo arrollador lo dejó sin habla y le hizo saltar a cubierto, arrastrando a sus compañeros en el impulso. Los tres cayeron dentro del portal de un supermercado cerrado, convertido en templo del supremo lo-que-fuese. A Harlan le pilló por sorpresa la fuerza que fue capaz de desplegar ese muchachito rubio de mechas verdes y violáceas y lentillas doradas, pero su principal preocupación era otra: ¿Qué había sido eso? ¿Una explosión? ¿Un derrumbamiento? ¿Habría caído otra placa? ¿Cómo era posible que ellos no supiesen nada?

- ¡Seranzolo! ¿Qué dice Van Zackal? - Preguntó Yvette. - ¿Qué mierda está pasando?
- ¡Dice que espere!

El idiota no estaba bien preparado. Kurtz había hecho lo que podía, pero el novato tardó en fijarse en que él era el único que no había corrido a ponerse a resguardo. Se sintió desnudo, solo, de pie, en medio de la calle mientras una nube de polvo se acercaba a gran velocidad desde el norte. Cuando llegó al soportal en el que se había resguardado su compañero, su traje estaba gris, sus ojos rojos, y no dejaba de toser. Gerstschen no tardó un segundo en arrancarle el PHS y empezar a pegar voces.

- ¡Esperando instrucciones! - Gritó. - ¡Sargento, por favor! ¿Qué está pasando? - Tras unos segundos de incertidumbre, respondió una voz distinta. Tosió dos veces para aclararse la garganta, y encontró la forma de hablar con firmeza, pese a un ligero temblor en la voz.
- Pongan a todas las unidades en activo. Repito: Todas las unidades en activo. Entramos en código rojo. El presidente está haciendo los preparativos para convertir el estado de excepción en un estado de sitio. - Dijo el capitán Jacobi.



Jonás olía el rico sabor de las especias. En Wutai no había término medio con la comida: O delicado sushi cortado con esmero o platos picantes solo apto para los estómagos más preparados. Su novia era más dedicada a los segundos, aunque últimamente rebajaba la receta, por miedo a que tanto picante pudiese hacer daño al bebé.
Acababa de cruzar la puerta y soltar la correa de Etsu, que corrió a saludar a su ama a la espera de que algún trozo de carne le animase la dieta. Jonás oyó como Aang lo recibía con mimos en su idioma natal, mientras él colgaba el abrigo y buscaba las zapatillas por el salón. Descalzo y cómodo, caminó despacio hacia la cocina. Estaba a punto de asomarse por la puerta cuando el mundo tembló como si fuese a romperse. No había durado lo suficiente para ser un terremoto, pero su intensidad solo hallaba comparación en la memoria del turco con el día en que la placa se derrumbó sobre el sector siete.
Asustado, cogió el PHS. Mientras buscaba en la agenda, corrió a la cocina.

- ¡Aang! ¡Aang! ¿Estás bien? - Cuando cruzó la puerta, vio que su hermosa y ágil novia se las había arreglado para mantener el equilibrio, la compostura y las ollas aún sobre el fuego. Etsu parecía asustado, pero se interponía entre ella y la puerta. El turco sonrió, un poco más tranquilo.
- ¿Jonás? ¿Que ha sido eso, Jonás? - Su mirada era suplicante, y evidenciaba que la mujer que había dirigido soldados, esta vez estaba asustada por el delicado ser que llevaba en el vientre.
- Lo averiguaré. - Dijo con seguridad.

Devolvió su atención al PHS, pero mientras buscaba el número, se encontró con la sorpresa de que este lo llamó a él. Entró apresuradamente en la habitación y entrecerró la puerta, mirando por la rendija, antes de responder a la llamada.

- Hace mucho que no hablamos... - Dijo el turco al coger. Su rostro tenía la seriedad que muchos hombres habían visto antes de tener que pelear por su vida.
- Señor mío, déjese de poses, se lo ruego. - Respondió la voz al otro lado del teléfono. Inconfundible, tanto por su timbre agudo e inseguro como por su habla refinada. - Esto es... Es totalmente inaudito.
- ¿Qué mierdas ha pasado? ¿Meteorito? ¿Terroristas? ¿Han volado un reactor?
- Le... No soy capaz de explicárselo. Le estoy enviando una imagen. Véala y haga lo que crea conveniente.

Kurtz empezó a rebuscar entre el menú del PHS. Sabía que no tenía porqué cortar la llamada, pero la cobertura bajo la placa tenía algunas pérdidas. El PHS del trabajo lo sorprendió rompiendo a sonar en ese momento, reforzando su idea de que esto era grave, pero el turco esperó. Mantuvo sus ojos fijos en la pantalla y en segundos obtuvo su respuesta. La primera imagen era un mapa de Midgar, con un punto rojo marcando la zona del incidente. Calculó que, si era bajo la placa, podría llegar en menos de quince minutos, dependiendo de las calles. Si fuese sobre la placa, tendría suerte si tardaba menos de una hora. El PHS de Shin-Ra seguía sonando, indiferente e implacable. Lo descolgó y se lo llevó al oído sin apartar los ojos de la pantalla de su propio comunicador. Al oído le llegaba la cháchara asustada de una de las telefonistas, instándole a que se personase en el edificio Shin-Ra tan rápido como fuese posible. Sin embargo, en ese momento, llegó la imagen.
Era un puto muñeco. Un muñeco feísimo, mal hecho y grande como una montaña. Un bicho de formas poligonales, con pies desproporcionadamente grandes y sin dedos. Sus brazos eran como columnas de forma extraña, cuadriculada, y su cara no tenía facciones. Solo dos enormes ojos azules y un horrendo peinado amarillo en punta. Vestía con lo que parecía ser un uniforme de SOLDADO.

- ¿Es una puta broma? - Dijo a Fixer, intentando mantener el tono de voz bajo. - ¿Quieres tocarme los cojones?
- Su “puta broma” ha devastado tres edificios y está causando serios daños a la estructura superior del sector 1, agente. - Respondió con seguridad el hombre al otro lado de la línea. - Soy incapaz de impedirlo, pero confío en sus habilidades para lograrlo.

Kurtz colgó. Abrió el armario de par en par mientras apretaba los dientes, intentando negar una realidad incapaz de ser mínimamente cabal. Dio aviso al departamento de Investigación de que iría directo al lugar del incidente y colgó el PHS de la compañía. Cuando volvió a la cocina, más que un turco parecía un soldado, cubierto de kevlar y armado hasta los dientes.

- Jonás... - Suplicó Aang. Su novio negó con la cabeza.
- Creo que puedo morir de una forma jodidamente absurda... Pero voy a intentar volver, ¿vale? - Dijo mientras la besaba. - ¡Como sea!
- ¡No digas eso, Jonás! - El grito llegó cuando él ya se había dado la vuelta, y sintió como sus pies se paralizaban.
- Yo... - Dijo, buscando una forma honesta de tranquilizarla. - Ten las llaves del coche a mano, y prepara rápido algo para llevar...nos. Cuando vuelva, nos vamos de vacaciones. - Kurtz quitó los palillos, y tomó un bocado de los tallarines udon picantes con pollo, antes de salir corriendo. Ella asintió entre lágrimas, y aún cuando los pasos de su amado se alejaban por las escaleras del edificio, ella seguía sin apartar la vista de la puerta.




El enorme monstruo cuadriculado se encogió. Con la punta de sus brazos, acabados en una especie de muñones cuadrados, se frotó la cara, cerrando esos grandes y grotescos ojos azules, que eran sus únicos rasgos faciales. Rookery había usado un Gunger, pero sus disparos, aunque precisos, no habían sido suficientes para derribar al monstruo.

- ¿Harlan?
- Presente, Rook. Ya lo veo: No cae.
- No, amigo. Espero que tú puedas hacer algo. ¿Alguna noticia de Kurtz, o Svetlana?
- Nada. Yvette en camino, Mashi también desaparecido, y Peres y StDivoir atascados en los suburbios del seis.
- Jo-Puto-Der. - Dijo para sí el francotirador, mientras introducía un nuevo cargador en el rifle. Estaba seguro de no haber fallado ninguno: Todos en la cabeza, de los cuales, cinco habían impactado en la pupila, pero el engendro ese respondía como si la amenaza no fuese más que un mosquito. No quedaba otra que insistir, y ver que se lograba.



Harlan lo veía avanzar desde una azotea. A cada paso, el suelo temblaba, mientras el monstruo se abría paso a través de la placa. Avanzaba como un borracho en una exposición de maquetas, reventando todo a su paso como si no se diese cuenta. El turco-sacerdote no estaba en medio de su camino, pero si lo suficientemente cerca de él como para sentir las sacudidas. Su punto de ataque no iba a recibir al monstruo de lleno si este conservaba su actual trayectoria, pero no podía saber con seguridad si alguno de los edificios derribados caería hacia el suyo. Las tareas de evacuación eran una lucha contra el caos. Los turcos novatos habían resultado ser útiles con su carismática imagen juvenil para atraer a la gente e inspirarla para que estuviese tranquila. Van Zackal estaba haciendo un buen trabajo, pero la orden de retirarse de Grim no llegó antes de que disparase a un par de civiles por quedarse rezagados. Ahora mismo, eso era problema del departamento legal.
Tomando su cadena de materia, Harlan empezó una oración a todos los Loa presentes y favorables, que serían bien pocos, mientras intentaba ganar tiempo para el equipo de asalto. Demasiados fondos dedicados a mantener la apariencia de estabilidad de Shin-Ra a lo largo del mundo, demasiados destinados a cazar a Sephiroth. Hoy, Midgar parecía una ciudad sin rival, en la cima del mundo, pero pronto olvida uno que en un mundo donde la fuerza de la naturaleza se manifiesta en la forma de magia y criaturas extraordinarias, uno nunca debe olvidar su propia pequeñez ante el planeta.
Y Shin-Ra había creído durante muchos años que el planeta era su campo de juegos y su despensa inagotable.

Cuando sintió la energía llenándole, lanzó la descarga. La primera orden era intentar derribarlo. Si no se lograba, habría que intentar desviarlo fuera de la ciudad, o al menos, lejos del sector cero, y secundariamente de las vías de evacuación.
Mientas el cielo se oscurecía y el relámpago se preparaba para caer sobre el monstruo, Harlan Inagerr se alegró más que nunca de ser sacerdote: No necesitaba dejar de conjurar para rezar todo lo que supiese.

El PHS de Rolf estuvo sonando unos segundos antes de que tanto él como sus amigos se percatasen de ello. Daphne lo oyó primero y corrió a cogerlo, al ver que era Han. Rolf le dedicó una mirada desde la ventana, pero luego retomó la tarea de abrir fuego contra el gigante con su gran rifle de francotirador.

- ¡Han!
- ¿Daphne? Dile al marica que estoy en camino. Estaré ahí en menos de quince minutos. - Su interlocutor hablaba a gritos, por encima del ruido del motor y de la música a todo volumen.
- ¿Desde los suburbios? ¡¿Cómo?!
- No hay tráfico, están todos concentrados en huir, no en ir a la placa. Dile que tenga las llaves del "Pájaro" y el rifle grande. Necesitaremos material extra.
- ¿Que material extra?
- Toma nota...


Por el pasillo del piso sesenta y siete, Kurtz avanzaba en hosco silencio. Había dejado su chaqueta en el vestuario junto con su chaleco táctico, cambiándolo por un traje de kevlar que incluía mangas y un portaequipo de combate, llamado "peco" en sus tiempos. Granadas, materia y finalmente, el lanzagranadas MF203 para acoplar al cañón de su MF22. Perfecto. Tenía que reunirse en el hangar en cinco minutos con un destacamento selecto, sacado tanto de SOLDADO como de la 90 de Fuerzas Especiales. Los despreciaba a todos, pero alguien con buen sentido había decidido ponerlo a él al mando. Mientras se vestía, habían seleccionado para él a un piloto, un artillero y un par de expertos en materia para redondear el asunto, y un helicóptero Garuda para transportarlos a todos, junto con algunos lanzamisiles modelo STGR.
Sin embargo, como buen veterano, se detuvo un minuto antes de lanzarse a por todas, nada más y nada menos que para entrar en los urinarios. Ningún soldado que se precie entra en liza con las vejigas llenas. Uno está dispuesto a la muerte, pero no a la vergüenza de que su última sensación sea una combinación de dolor y pérdida de control de sus músculos inferiores a medida que se debilita, ni a que encuentren su cadáver en ese estado. Deslizó la bragueta y dio comienzo al que sería su último minuto de relax cuando una voz a su espalda estropeó sus planes.

- No te gires, agente "Scar" Kurtz.
- Es más cómodo que ya no uses mi nombre de pila. - Por medio de los pulidos espejos del baño de ejecutivos, el turco pudo reconocer vagamente la silueta que había a sus espaldas: Alta, vestida de negro y con un brillo áureo en la cabeza. Suficientes pistas para evocar al único hombre con la pericia necesaria para traspasar la seguridad del edificio Shin-Ra sin ser descubierto.
- Me alegro de que no sea una situación tan violenta. - Dijo el intruso. - Sigue con lo tuyo, no te diré que no voy armado, pero no estoy empuñando nada.
- ¿Qué pretendes?
- Ayudar. Llámame "agente lo que quieras", pero quiero que me lleves hasta eso.
- ¿Y después?
- Después ya no seré asunto tuyo.

El turco asintió. Un segundo después, no sin cierto nerviosismo, pudo despachar sus asuntos. Ni siquiera se giró a mirar a su perseguidor. De refilón vio que llevaba traje y tenía el pelo recogido en una coleta, con unas grandes gafas de sol para disimular sus rasgos. Sus pasos a su lado a lo largo del pasillo que llevaba al hangar eran suficiente prueba de su presencia.
Al llegar ya había varios hombres esperándoles, mientras revisaban su materia y equipo.

- Muy bien, nenas. Nosotros seis somos el último recurso de la ciudad: Los mejores de los mejores.
- ¿Quien es él? - Preguntó uno de los SOLDADO.
- El agente Baka. ¿Alguna pregunta?
- Si... - Se adelantó el otro SOLDADO.
- ¡A callar! - Interrumpió Kurtz. - Soy el agente Kurtz y estoy al mando. Si no me equivoco, vosotros dos sois los especialistas en materia - Dijo refiriéndose a los SOLDADO, cuyos rostros le eran familiares. - Tú el piloto y tú por descarte el artillero. ¿Nombres?
- Soldado de primera Diastraefen.
- Soldado de segunda Weisz.
- Cabo Treyan, de la 90.
- Teniente Nikopoulos de la 288 aerotransportada.
- ¿Un segunda? - Kurtz miró su hoja de servicios en el informe. - Vienes recomendado, ¿eh? A ver si es verdad que eres el más listo de la clase. - Al turco le gustó que asintiese en lugar de decir ninguna gilipollez. - El plan es simple: Vamos a sobrevolarlo, tirarle encima todo lo que tengamos y encabezar el ataque. Cuando acaben de sacar civiles, se nos unirán más helicópteros, así que entonces habrá que tener cuidado con el tráfico y el fuego amigo. Hasta entonces, tenemos carta blanca para usar toda la artillería que tengamos. Ahora si. ¿Preguntas?
- ¿Es una misión de las que se vuelve? - Preguntó Treyan.
- Es una misión de las que, o se hace, o mueren millones. - El turco pudo ver asentimientos entre su equipo, a los que el artillero acabó por unirse. - ¿Es todo? Bien: Cables amarrados, paracaídas preparados y tenéis cinco segundos para recordar por que cojones estáis aquí hoy. - "O por quien"...


- ¡Puta furgoneta! - Svetlana no paraba de maldecir su torpe vehículo, lleno de civiles aterrorizados. El pánico se había extendido como las llamas en polvorín, y los gritos casi le impedían oírse pensar. Acabó por sacar uno de sus subfusiles por la ventanilla y lanzar una ráfaga al aire.
Desde el retrovisor, Larry StDivoir pudo ver como su compañera maldecía una y otra vez, sin embargo él no pudo hacer nada más que seguir con su tarea: Llevar la sirena a todo volumen y abrir paso con su coche, ayudado por una escolta de la división motorizada de SOLDADO. Los refugiados se desplazaban en camiones confiscados, autobuses urbanos y trenes, intentando evacuar la ciudad. Mientras tanto, a los de los suburbios se les pedía que permaneciesen en sus casas para evitar colapsar las salidas. Larry sabía que pocos o ninguno estarían obedeciendo esas órdenes, y que muchos ya se habrían abierto camino fuera de la ciudad.
- Chaval, ¿cómo va lo tuyo?
- Tenemos medio barrio detrás, y vamos más o menos bien. ¿Y tú, viejuno?
- Un convoy de cinco autobuses. - Respondió Dawssen. - Con esto ya casi tenemos despejado el sector uno. El problema vendrá con los suburbios. - Al oír eso, Larry no pudo evitar dedicar una mirada de compasión a Svetlana, que parecía haber logrado algo de tranquilidad.
- Mejor hacerlo bien, y prepararse para lo peor.


- ¡Chaval, baja ahora mismo!

De las escaleras del piso superior bajó un silencio hosco, que nació al morir una canción interrumpida. Se oía el zumbido del amplificador de fondo, junto a los pequeños ruiditos cotidianos de las cosas al ser colocadas en su sitio, y de los pasos bajando la escalera. Ojeroso y macilento, Han apareció en el piso inferior.

- ¡Joder, chaval! Deberías dormir un poco...
- No tengo sueño.
- Bueno... Escucha. - Dijo Remache, mientras señalaba hacia su camioneta con un gesto de la cabeza. - ¿Recuerdas que ayer venía un tío nuevo?
- Si... El que viene con el servicio de reintegración social.
- Eres mayorcito, ya no tienes por que temer al hombre del saco. - Lo interrumpió el viejo. Han miró sobre la espalda de este y pudo ver como el aludido levantaba la cabeza, mirándolos de reojo. - Oye, está bien que toques, pero tienes que trabajar un rato. Me voy a por un motor para ese Supreme en el que está trabajando... Échale un cable.
- Vale.

Han se acercó a la nevera y abrió un refresco, mientras esperaba a que la camioneta abandonase el taller para bajar un poco la persiana metálica. Luego se dio media vuelta y caminó hacia el novato y el coche.

- Hola. - Le dijo este, viéndolo venir. Le esperaba con ambas manos apoyadas al borde del hueco del motor, mirando despectivamente su contenido. - Así que tú eres Han. - Dijo con una sonrisa inquietante.
- Sip... ¿Te gustan los muscle cars?
- Son lo puto mejor.

El nuevo levantó la vista. Tenía los ojos marrones, con un toque levemente rojizo en el iris, como una chispa de agresividad en su interior, bien contenida. El pelo moreno estaba engominado hacia atrás, y llegaba hasta la mitad del cuello, pero lo más característico eran sus dientes: Cuando sonreía se le veían unos incisivos y colmillos pronunciados, como una especie de animal. Estaba tranquilo, pero había algo en ese coche que le cabreaba y le hacía dar esa impresión. El piloto había visto esos rasgos en otra parte...

- Perdona, ¿decías? - Dijo Han, volviendo a la realidad. Se acordó de que iba a ofrecerle un refresco, pero cuando se dio cuenta, el nuevo ya estaba bebiendo de él. ¿Tanto lo había perturbado esa cara? ¿A quien se parecía?
- Este motor: Me encanta el Supreme. Es mi deportivo favorito, ¿sabes? Un motor capaz de volar un edificio, y unas lineas que muestran dominio... Control. La fuerza para hacer lo que quieras y la majestuosidad para no necesitarlo, ¿sabes? Esa es la palabra: Majestuoso.

Han alzó una ceja y lo miró con detenimiento. Sabía que se iba a encontrar al mirar bajo ese capó, sabía al milímetro cada cable y cada soldadura, y joder: Aquello había sido una obra maestra de ingeniería.

- Un motor v6 de dos litros y medio. Mucha mejor relación potencia-cilindrada que el antiguo, mejor consumo y una respuesta decente, para mover un coche de ese peso.
- ¿Decente? ¡Joder, míralo! ¡Es una birria!
- Es el respetable motor de doscientos cuatro caballos de un Shin-Ra Cavalier. Si te quejas por ese, entonces no quiero ser yo quien te aguante cuando nos pasemos los días reparando utilitarios, monovolúmenes familiares o furgonetas con más años que la propia historia de la automoción.
- Cierto... Es un motor cojonudo, lo reconozco. Pero no es un motor de muscle car. No tiene la fuerza, el corazón, ni el sonido... Y yo quiero, cuando conduzco, experimentarlo, ¿sabes? Quiero la sensación, la adrenalina y el poder. Este coche es para mí, ¿sabes? Un regalo. Y quiero ese sonido para mi coche. - Han sonrió. “Lo que llega a ver uno...”, pensó para sí, despectivo de alguien que viese en un coche algo que no fuese una máquina capaz de romper la realidad, pero respetuoso de alguien con esa pasión por conducir.
- ¿Le das rápido?
- Aún acabo de apuntarme a la autoescuela... Pero he soñado con esto durante muchos años... - Dijo alargando las palabras.
- ¡Vamos a por ello! - Exclamó el piloto, dejando sobre el armario de herramientas su refresco y tendiéndole la mano al nuevo. - Soy Han.
- Yo soy Sim...


El taller tembló. Segundos después, cuando las luces dejaron de parpadear, y el polvo empezó a asentarse en el ambiente, empezaron los gritos de pánico en las calles. Midgar estaba entregada al caos, y sus habitantes empezaban la pelea contra algo que nunca habían esperado.
Dentro del taller, mientras ambos corrían hacia la puerta, compartían una idea acerca de lo que podía estar sucediendo, y una plegaria por que no fuese cierto.
Evidentemente, no estaban preparados para lo que vieron.




- ¡Joder! ¿Tú no sabías forzar puertas?
- ¡Lo siento, señorito! ¡Los pasos de coloso me estresan!
- Apartaos...
Varios golpes y un horrible crujido después, Henton les apartaba los restos de lo que antes había sido la puerta de aluminio de una ferretería. La alarma sonaba de forma estridente y continua, pero no parecía que nadie fuese a molestarse en acudir a interrumpirlos.
- Muy bien. - Dijo Mark. - Henton gana.
- ¿Recuerdas lo que nos dijo? - Preguntó Rolf, abriéndose paso hasta la trastienda.
- Si. Después de esto, aún tendremos que ir a buscar una tienda de deportes un poco grande.
- Localicé un par de ellas antes de que se cayese la red pública. Vete al coche y vigila, Henton y yo buscaremos por aquí.

Mark se apartó, mirando a su alrededor por la costumbre de esperar a los PM cuando oía alguna alarma, a la Policía, o si había mala suerte, cabrones uniformados en negro. Si había un día en el que fuese posible que pasasen por alto su infracción por tener asuntos más graves, sin duda solo podía ser ese, pero siempre era mejor pasarse de prudente. Sacó el PHS, vio que aún había cobertura y aprovechó para volver a llamar a Han, para estar seguro de que realmente había salido de su aislamiento.

- Hola, Mark. - Respondió su amigo tras pocos tonos.
- Hola, tío. Primera parada lista, queda la segunda.
- Bien, cuando esté, tráete a la peña, coges el Fenrir, incrustas ahí a todos los que quepan y sales pitando. El marica y yo nos vamos de caza.
- Vosotros sabréis lo que hacéis. - Mark no pudo evitar pensar que en condiciones normales se burlaría de su amigo al reconocer que él y alguien de sexualidad poco escrupulosa como Rolf se "iban juntos de caza". No era el momento, pero... - ¿Cazaréis de tu tipo o del tuyo?
- Mira, Mark... A veces pareces tonto.
- Joder, Han... Es por relajar el ambiente.
- Vamos a por un mostrenco grande como un rascacielos, con una polla que ha de medir varios pisos. ¡Claramente, su tipo, tío! - Mark se permitió reír un momento.
- ¡Y luego dicen que no tienes sentido del humor! - Rió, encendiendo un cigarrillo. Necesitó varios intentos. Aún entre carcajadas no le había dejado de temblar el pulso. - ¿Te queda mucho?
- Yo estoy preparado, y al "Pájaro" ya le queda poco.




- ¡Fuego vengador! ¡Fuego vengador! ¡Aquí Vigía uno! ¿Me copia?
- Hola, Har. - Respondió Kurtz. - ¡A todos los Vigías, aquí Fuego Vengador! Descansen. Repito la orden: Descansen, consigan Eter y reposiciónense. Tenemos unos cuantos helicópteros de seguridad para espantar a este pedazo de mierda colosal. Le vamos a meter tanto plomo encima que su peso hundirá la placa.
- Recibido, cabronazo. ¡Jódelo como tú sabes! - Confirmó Harlan haciendo gestos al helicóptero, antes de coger la radio para concretar un punto de retirada.


La llegada del improvisado escuadrón de ataque aéreo fue como una tempestad: Misiles y munición de alto calibre empezó a llover sobre el monstruo con la intensidad del granizo. El fuego logró que el siguiente paso que daba fuese más lento... Más lento... Cada vez más lento... Hasta que llegó la orden de lanzar misiles, su enorme superficie se vio cubierta de humo y llamas por unos segundos.

- Sobrevoladlo en círculos, pero no quiero ver a ninguno al alcance de ese cabrón. ¿Ha quedado claro? Si nos pilla va a parecer que nos han violado, masticado y vomitado, y no necesariamente por ese orden.
- Señor, ¿es necesario emplear ese lenguaje? - Preguntó una voz insegura desde el otro lado de la radio. - Ya me siento bastante estresado con la situación. - Kurtz había olvidado que no solo hablaba con soldados, sino también con los operarios que manejaban los helicópteros no tripulados. Gruñó antes de confirmar su orden.
- Contened el fuego. Vamos a ver lo que queda de él, tenemos que salvar la ciudad, no destruirla nosotros.

Mientras volaban, el polvo se mantenía. Centenares de cristales habían saltado y sumado a los edificios derruidos a su paso, el monstruo prácticamente caminaba dentro de lo que ya no parecía una nube, sino una tormenta de arena. Muchos pilotos se quejaron de la visibilidad, buscando mayor altitud para proteger las tomas de refrigeración de sus helicópteros. El aire olía a pólvora quemada y los segundos parecían eternizarse. Hasta las aspas de las hélices se ralentizaban, mientras todas las miradas estaban concentradas en el hueco que antes había ocupado el monstruo. Aún con la visibilidad turbia, un ruido metálico empezó a atronarles. Primero poco a poco, como un fuerte golpe contra el suelo por parte de un objeto pequeño. Luego otro, y otro, y finalmente los golpes sucedían a millares.

- ¿Qué mierda? - Preguntó el piloto, Nikopoulos.
- Que me jodan con un puto misil Bahamut... - Juró Kurtz. - ¡Son las putas balas!

Ciertamente: Miles de balas estaban cayendo desde la piel y la ropa de la criatura, contra la que habían quedado aplastadas para, perdida la fuerza del disparo, caer inertes sobre el pavimento, como un granizo que sonaba a fatalidad e impotencia. Su intensidad varió mientras la criatura se sacudía de encima la munición que pudiese quedarle y empezó a caminar de nuevo.

- No tenemos tiempo. - Al lado del oído del turco a cargo, sonó la voz de aquel al que había anunciado como su compañero. Sus pelos se tornaron escarpias al ver con que facilidad se había deslizado tras su espalda sin que tan siquiera se hubiese dado cuenta. - Haz lo que te pedí y acércame a él. - El hombre al mando asintió.
- Piloto, acércate a su cabeza. ¡Ten cuidado! Espera cualquier cosa: Manotazos, rayos láser en los ojos, aliento de fuego... Las cosas están muy lejos de ser lógicas. El resto, preparad un fogonazo de materia, cualquier cosa menos hielo, y después una lluvia de balas, para cubrir al agente Baka.
- ¿Qué pretende hacer, señor? - Preguntó el tal Diastraefen. Su voz apenas se oía por encima del ruido del helicóptero. Paris lo miró de reojo y no respondió, y Kurtz se interpuso.
- Diastraefen, lo tuyo es el rayo. Apunta a los ojos, para cegarlo. Y tú, Weisz, usa fuego. Algo amplio, una cortina que no le deje ver. Treyan...
- Tengo mucha cinta de munición, señor.

Mientras, en la cabina, Nikopoulos no daba crédito a lo que estaba oyendo. Miró hacia los controles situados sobre el parabrisas, donde siempre llevaba una fotografía de su familia. Sabía que estaban lejos de la zona de desastre, pero no por ello se relajaba. Los oía y creía que estaban locos, pero él estaba tan desesperado como ellos. Una idea le rondaba por la cabeza, y pese a que se lo negase a sí mismo, no quería alejarla del todo.



El Fenrir blanco se detuvo con un derrape. Han dejó el motor en marcha con la caja de cambios en punto muerto, cruzándose con Mark, mientras Megan pasaba hacia el asiento trasero.
- Han... - Lo llamó Daphne, sin decidirse a entrar.
- No te pares. - Respondió el piloto. No fue frío, en su rostro se veía la preocupación. Se notaba que estaba a punto de convertirse en el hombre que los había sacado de aquel hospital. Parecía ya tanto tiempo atrás... - Nos vemos en unas horas.
- Me alegro de verte, Han. - Dijo ella, guiñándole un ojo incapaz de sonreír con total sinceridad. Ocupó su sitio en la parte trasera.
- ¿Realmente ese va a ser más rápido que este? - Preguntó Mark confundido, viendo el cupé deportivo que era el Fenrir y el sedán de alta gama que era el otro.
- Este es el mejor coche del mundo, Mark. - Respondió el piloto mientras abría la puerta y contemplaba el interior. Sonrió tristemente. - Henton, haz el favor y rompe la luna trasera desde dentro.

Cuando hubo acabado, ocupó su lugar en el asiento de copiloto del Fenrir, mientras Rolf se acomodaba en la parte trasera del otro coche. Mientras el deportivo blanco arrancaba, Han se sentó al volante, calándose los guantes.

- El Cavalier... - Dijo Rolf. - El mejor coche del mundo, ¿eh?
- Lo he construido yo, ¿no? - Respondió Han, acariciando el volante en dirección hacia la ranura para la llave. - El Pájaro plateado de libertad.



El helicóptero estaba cada vez más cerca. El monstruo se desplazaba entre los edificios, sembrando caos y devastación a su paso, y Nikopoulos, el piloto, evadía los cascotes y las columnas de humo caliente con pericia y pulso firme. Al fondo se veían explosiones de coches aplastados, camiones, depósitos de calefacción o conductos de gas y agua. El asfalto se resquebrajaba, y Nikopoulos se preguntaba cuanto podría resistir la placa. No estaba seguro de que Midgar pudiese sobrevivir a un segundo desastre, tan próximo al primero.

En medio del ruido del motor y las aspas y la elevada tensión, el sonido del PHS de Kurtz rompió el silencio. Al ir a apagarlo, miró antes la pantalla, con miedo de que fuese su hermano, quien había quedado a cargo del resto de la familia, Aang incluida. Sin embargo, no pudo evitar la sorpresa al ver al viejo comando desquiciado que lo había llevado a jugarse el cuello por un ideal.

- ¿Qué cojones queréis? No. Ya lo veo: ¿Qué cojones vais a hacer?
- Cuanto tiempo sin hablar contigo, querido. ¿Quieres que dé saludos a Han? - Se mofó Rolf al otro lado del PHS-
- ¿Y tú, quieres que yo se los dé a Paris? - Susurró, mirando de reojo al joven asesino, que permanecía inmutable, asomado a la puerta lateral del helicóptero, junto al artillero. - No preguntes y responde: ¿Qué vais a hacer?
- Vamos a derribarlo, confía en nosotros.
- Yo me fío, pero no me hago responsable. ¿Necesitáis apoyo?
- Dos minutos de "alto el fuego" serían de agradecer, Kurtz. Vamos a tener que acercarnos.
- ¿Cuándo? - Pudo oír al otro lado del teléfono como repetían la pregunta al conductor, y este respondía a gritos, entre el sonido atronador del heavy metal a volumen alto.
- Llegamos en tres minutos, en seis nos habremos ido.

Jonás colgó. Guardó el PHS despacio, con cuidado de que quedase bien afianzado en su bolsillo, y acercó la radio a su cara. Era una maniobra desquiciada, pero era una situación desquiciada. Pulsó el botón de emitir.
- Aquí "Scar" Kurtz desde Vigía uno. Preparados para un alto el fuego a mi señal. Listos para reabrir el fuego con toda la potencia posible al siguiente aviso.



A medida que se aproximaban a la gran avenida donde se desarrollaba la acción, el ruido y el caos se impusieron sobre la música. Rotores de helicópteros, tanques y demás maquinaria bélica luchaban contra un titán salido de la nada que devastaba la ciudad a su paso, con movimientos erráticos y extraños. El coche redujo su velocidad, pero siguió deslizándose entre los socavones dejados por derrumbes, sobre el asfalto destrozado por las orugas de los tanques. El conductor apretaba los dientes inconscientemente, mientras viraba el volante con una mano, y la otra realizaba rápidos viajes desde este hacia la palanca de marchas, y viceversa. En la parte trasera, el tirador esperaba con su rifle listo. Tenía los ojos cerrados y descansaba sobre la bandeja que cubría el maletero, dentro de lo permitido por el traqueteo y los volantazos.
A la vista de la criatura, se encontraron con que el horror era superior a sus espectativas. Gritos de pánico se hacían audibles al aproximarse, entre el sonido de la maquinaria bélica, mientras que los furgones oficiales evacuaban a la población tan rápido como eran capaces de hacerlo. Estos mismos furgones les daban las luces de emergencia o pitidos de claxon para hacerles desistir. Eran sin duda la imagen de la locura, avanzando a ciento veinte entre transportes blindados y camiones de refugiados que huían del caos.

- ¡No veo ningún control! ¡Ni barrera! - Gritó Han.
- No creyeron que nadie estaría tan loco como para ir contra tal monstruo.
- ¡En la carretera de ascenso a la placa si que lo había!
- Pues si lo ves, haz lo mismo: Crúzalo. Da igual como.

El Cavalier cruzó entre tanques estacionados y vehículos de artillería móvil. El traqueteo era especialmente intenso, y el asfalto desgarrado por el paso de las orugas dificultaba la tracción, pero el peor obstáculo era el humo. Una nube de polvo, pólvora quemada y estruendo parecía cubrir el mundo, imposibilitando la visión a más de algunos metros. Al fondo, solo una silueta sobre el gris: El monstruo. 

- ¿Puedes pasar entre sus piernas? - Preguntó Rolf, aún sin mirar hacia delante.
- ¡Ni de puta broma! Además, me haría dar más brusco el giro. Mejor tomar esa curva de forma abierta.
- Acércate más desde el sur. Es más alto que la nube de polvo, intentemos que el sol lo deslumbre.

Una leve corrección del sentido de la marcha les puso en el mejor ángulo de ataque posible, listos para el siguiente paso. Mientras el Cavalier surcaba los cada vez más escasos metros que lo separaban de su objetivo, este inició un nuevo paso. Lento, y torpe, que provocó que al concentrar su peso en el pie de apoyo, el asfalto se resquebrajase bajo su carga. El pie izquierdo del monstruo se levantaba, y daba la impresión de que esa rodilla se estaba flexionando de forma casi mecánica, con movimientos cuadriculados y forzados.
Han bajó una marcha y pisó a fondo, haciendo que el ruido del motor despegase, mientras que desde detrás el olor a humo se intensificaba. La vibración del interior del vehículo era un desafío para su chasis de mitrilio, y la dura suspensión deportiva no era de ninguna ayuda.

- Rolf, si te queda algo por decir, suéltalo ahora, o calla para siempre.
- No me dejes morir como un puto gilip...
- ¡Tres! - Le interrumpió el piloto. - Dos, uno...

Un volantazo y un tirón a la palanca del freno de mano y el coche se revolvió, mientras su piloto hundía el pie derecho en el acelerador. Con las ruedas traseras bloqueadas, el coche empezó a rotar sobre sí mismo, perdido el agarre sobre el asfalto destrozado. Apenas un segundo después, el maletero estaba orientado hacia el monstruo, sin dejar de girar. Sobre ese maletero había un rifle de francotirador del calibre 50, cargado con algo especial.

- ¡Desde el corazón del infierno, yo te apuñalo! - Gritó Rolf desde la parte trasera, tumbándose en el asiento. Apoyó los pies en la puerta y agarró tan fuerte como pudo el cinturón de seguridad del lado contrario. Han ya había retomado la maniobra en cuanto oyó el disparo, y su acelerón le costó a su amigo un par de serias magulladuras. Hundió el pedal de nuevo, completando el giro de trescientos sesenta grados y aceleró hacia el lado izquierdo del monstruo, rompiendo otra vez el agarre sobre el asfalto con el freno y rodeándolo mientras derrapaba, para cerrar el radio todo lo posible.


Kurtz intentaba que no le viesen sonreír sus compañeros en el helicóptero. Ese maldito coche infernal había vuelto a nacer, y esos dos hijos de puta habían tenido una idea mejor que todo el aparato militar de Shin-Ra junto. El coche estaba rodeando el monstruo, y con ayuda de unos prismáticos, pudo ver como estaban enrollando una especie de cable alrededor de sus pies. Dieron tres, cuatro, cinco vueltas, antes de que el rollo de cable de metal saliese disparado del maletero arrancando la tapa, y se alejaron del lugar dejando un rastro de humo y un rugido de victoria.


- ¡Todo tuyo, Kurtz! ¡Dispuesto y con lacito, como una puta virgen!

Los tripulantes del helicóptero vieron al turco recobrar su sonrisa lobuna, mientras guardaba su PHS y se acercaba la radio a la cara.
- ¡Aquí Fuego Vengador, a todas las unidades! ¡Fuego! ¡Fuego, maldita sea! ¡Tiradselo todo y hacedlo ya!



La tormenta volvió a encenderse. Como el infierno desatado, centenares de lanzadores de hechizos vaciaban todo su éter en descargas flamígeras, gélidas y eléctricas sobre el monstruo, mientras munición de todos los calibres existentes era disparada contra él. Las llamas y el humo lo cegaban todo a lo largo de manzanas a la redonda, mientras que destellos irregulares surcaban la nube caótica, y un estruendo de pólvora estallando y plomo surcando el aire para impactar contra lo desconocido ensordecía el ambiente. Durante varios minutos, que parecieron eternos, la ciudad lanzó toda su ira y su fuerza contra el invasor. Miles de militares, SOLDADO, turcos e incluso milicianos civiles arrojaron toda la furia de que les quedaba hasta agotar el último cartucho. El último hechizo. El último ápice de esperanza.

Cuando el polvo se despejó de nuevo, se oía aún el sonido de la munición y los cascotes cayendo al asfalto. Las lecturas infrarrojas y térmicas se volvían locas, sin embargo había una certeza, vista en cuanto el humo empezó a disolverse. La criatura seguía en pie. Se tambaleaba, e intentaba continuar su avance, entre los sonoros chasquidos de un cable de acero a punto de romperse. No mostraba heridas, no había sangre visible, pese a que le había caído encima todo lo que la ciudad podía dar.

- ¡Sigue vivo! - Exclamó Nikopoulos, mientras Treyan gritaba de terror y se lanzaba por la puerta lateral del helicóptero. Kurtz no hizo nada por impedírselo. Suficiente hacía por intentar no hacer él lo mismo. A su alrededor, Diastraefen, Weisz y Nikopoulos lo miraban esperando cualquier tipo de instrucción, algunos con más entereza que otros. Paris se acercó a su espalda.
- Olvídate de ellos. Haz lo que te pedí.

Kurtz asintió. Cerró los ojos dos segundos, y cuando los abrió tenía su Aegis Cort en la mano.

- Muy bien, tripulantes, esto es lo que vamos a hacer. - Mientras hablaba, tomó asiento en la cabina, junto al piloto, y sujetó la palanca de dirección. - Vosotros os vais.
- No tenemos ningún miedo. - Respondió Diastraefen.
- ¡Asunto clasificado de Turk! ¡No tenéis competencia aquí! ¡Si no abandonáis la zona, abriré fuego contra vosotros!

Los tripulantes, confusos, se miraron entre ellos, pero Weisz, ofendido, fue el primero en actuar.

- Haced lo que os dé la gana, me uniré al primer equipo Vigía que encuentre. - Diastraefen no dijo nada, pero saltó a la vez que su compañero. Nikopoulos fue el último, y se detuvo al ir a recoger su foto familiar.
- ¿Sabe, señor? A mí me ha dado suerte.
- Tengo la mía propia. Gracias, Nikopoulos. - Respondió Kurtz, guardando su pistola y sacando su navaja, para sujetarla con los dientes.
- Gracias otra vez, señor.


Cuando el asustado piloto hubo saltado, Paris tomó el asiento que este había dejado libre, mientras su antiguo compañero empezaba a encaminar el helicóptero contra el monstruo.

- No sabía que podías pilotar uno de estos. ¿Lo aprendiste haciendo guerra sucia? - Miró con sorna al hombre, con la navaja en la boca, listo para saltar como un filibustero en un abordaje en el mar de Corel. - No respondas, ya veo que estás ocupado... - Kurtz se quitó la navaja de la boca y la clavó sobre el cuadro de mandos, enfurecido.
- ¿Qué mierda quieres, puto niño mutante de los cojones? - Paris soltó una risita al oír eso. Encaró a Scar y apartó ligeramente sus gafas de sol, mostrando su antinatural mirada, con esas pupilas felinas y afiladas.
- No es bueno ofender a los "niños mutantes", agente Scar Kurtz. Somos malas personas por naturaleza. A menudo, mucha gente inocente acaba herida.
- ¡Pues mátame y pilota tú esta mierda! No sabes, ¿eh? ¡Jódete! ¡Haber estado luchando en guerras sucias! ¡Así tendrías las habilidades necesarias para salvar esta mierda de ciudad! - El asesino se tornó serio. Sin embargo, se relajó al instante.
- Aún estás a tiempo de hacer como ellos, Jonás.
- ¿Y tú que harás? ¿Saltar doscientos putos metros?
- Yo me las arreglaré. Igual que antes de conocerte, igual que hago ahora.
- ¡Que te jodan! - Gritó el turco. - ¡Ya te di de hostias una vez, apuesto a que ahora puedo destrozar a ese pedazo de mierda colosal más y mejor que tú!

Paris quiso replicar, noquearlo y tirarlo en paracaídas, pero listo como estaba para saltar en el último segundo, no se había sujetado al asiento, y en cuanto el turco aceleró el motor hasta el extremo e inclinó el helicóptero contra la cara de la criatura, tuvo que destinar toda su atención a sujetarse y prepararse. Mientras tanto, Kurtz, con una mano en los mandos y la otra en el borde de la puerta, que había arrancado a patadas, hacía repaso mental de lo que llevaba encima, notando su peso, tal y como estaba acostumbrado: Su pistola, dos cargadores adicionales, cuatro granadas y algunas piezas de materia. Sin embargo, ninguna de esas cosas le pesó tanto como su cartera, con la foto de Aang en ella.

- ¡COME MIERDAAAA!





El golpe resonó en todo el lugar. El dolor le quemó en la cara, pero se disipó en seguida. Aturdido, se frotó la cara y miró a su alrededor.

- ¡Mark! ¡Mark! ¿Estás con nosotros?
- ¿Eh? - Fue todo lo que pudo responder. Megan estaba inclinada sobre él, lo que le daba una gran panorámica de su camiseta, sin embargo, Mark apenas era consciente de que estaba sucediendo. Miró a su alrededor y sus gestos delataron su esfuerzo por reconocer las caras que lo rodeaban. - ¿Y Han? ¿Donde está? - Miró a Rolf. - No está con...
- Han está consigo mismo, y lo sabes, idiota. - Respondió Rolf despectivamente, mirando hacia Daphne que había apartado la mirada, con preocupación.


- Mark, ¿estás bien? Te quedaste flipado viendo el primer trailer. - Megan se preguntó si no debería darle otra bofetada, pero notó como una especie de fuerza natural la apartaba de su amigo.
- Déjame a mi. - Dijo Henton.
- ¡Oh, joder no! - Gritó Mark, pero su amigo al acercar la mano, lo único que le hizo fue tomar el porro que este sostenía. Lo miró fijamente, como intentando reconocerlo, y dio una calada.
- Pues si... Es fuerte. - Dijo, y volvió a su asiento, donde se apropió de las palomitas. 

jueves, 2 de diciembre de 2010

221

¿Dónde ir cuando no haces más que comerte la cabeza?
A beber. Esa parecía ser la solución, el único propósito para el que el alcohol había sido creado. Daba igual el aroma, los reflejos que desparramaba el líquido sobre la barra o el suave, pero intenso y delicioso sabor que desprendía aquél licor de hierbas; una parte de mi disfrutaba a cada trago y la otra decía “emborráchate ya”. Y eso me avergonzaba aún más. Había dejado a Lucille sola en casa, prometiéndola volver en un rato, mintiéndola al decir que ya no había peligro alguno… No, las cosas no podían seguir así… Ahora ya no era sólo ella, también era la pequeña criatura que estaba cobrando vida en su interior. Me lo hizo prometer, me suplicó que no hubiese más peligro a nuestro alrededor… ¿En qué me convierte eso? ¿Qué imagen tiene de mí que me tiene que decir entre sollozos que quiere tener una vida tranquila?
Una chispa se había encendido detrás de mi cabeza, pero por suerte la rueda del mechero parecía averiada. Era una chispa pequeña, minúscula, pero terriblemente dolorosa: “Si yo me evaporase… ¿Tendría Lucille una vida mejor? No… ¡No! Y mucho menos ahora. Me sentía enormemente feliz de aquella noticia, no paraba de imaginarme como sería aquél bebé, nuestro bebé, al nacer. Si heredaría ese azul océano en los ojos de su madre, la vagancia del padre…Tomé otro trago del licor de hierbas, amargo y rasposo al darme cuenta de que los hielos se habían derretido hace tiempo. Llevaba ya tres horas con pasos vagabundos, yendo de un bar a otro y pidiendo siempre lo mismo. Ahora me encontraba en un local elegante, con asientos de cuero y una luz dorada que hacía brillar todas las botellas que decoraban el interior de la barra, cada una con un licor distinto. El Blackson’s era un bar elegante para estar bajo la placa y el camarero parecía ser todo un entendido en bebidas espirituosas; de hecho, aquél licor de hierbas estaba hecho, según me dijo, con un tipo de planta ya extinta, arrasada y quemada en Wutai por los soldados de Shin-Ra. En ese momento entró alguien mascando con bastante ruido un caramelo y comentando el último rumor de las calle para que todos los presentes se enteraran.
Yo me disponía a sacar la cartera para pagar la copa y marcharme de una vez, pero una mano fría y ruda me lo impidió antes de añadir:

-Déjalo chico, a ésta te invito yo, además… Jack, saca esa maldita botella tuya que tanto amas y ponle un chupito al señor Vanisstroff.


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-¡No corras tanto Lucille!
-Déjala mujer… Ahora mismo se debe sentir la muchacha más feliz de todo Midgar.

luz de un atardecer explosivo se colaba entre las hojas de unos ciruelos e incidían en el resbaladizo metal de los toboganes del parque, arrojando sinuosos reflejos en la arena. El sol, totalmente flamígero, se hundía rápidamente en la línea del horizonte, transformando loas voluptuosas nubes en un incendio aéreo.
Una niña, enfundada en un pequeño abrigo de rugosa tela gris y falda marrón sobre unos leotardos oscuros, subía y bajaba del mismo tobogán una y otra vez, el más alto de todo el parque. Su cara se transformaba en una mueca de absoluta felicidad cuando su pequeño cuerpo se deslizaba hasta abajo, para segundos después, volver a levantarse con una aguda risa y subir las escaleras de nuevo. Sus oscuros mechones oscuros se escapaban del dominio del gorro de lana marrón que cubría su cabeza y se alborotaban a cada caída, mientras que sus ojos chisporroteaban de diversión con un azul eléctrico. No quedaba nadie más en aquél parque, salvo aquella niña y sus padres; los demás chicos se habían marchado refunfuñando, exigiendo a sus padres más diversión a cambio de acallar sus llantos. Incluso un par de niños se habían ganado un moratón en la espinilla por parte de Lucille, que reclamaba aquél alto tobogán como su bastión personal. Sus padres observaban a la pequeña, él enlazando una mano en la cintura de ella y ella apoyando la cabeza sobre su hombro. Se sentían contagiados de la sonrisa de su hija, disfrutaban de su felicidad igual o incluso más que ella, adorando su sonrisa infantil e inocente desde un segundo plano. Su madre, tapándose la boca con una bufanda color caqui, siempre miraba las rápidas y desacompasadas piernas de su hija con ansiedad, temiendo que se tropezase y que aquella velada acabase con una sesión de lloros desconsolados y una tirita en la rodilla. Su padre Robert, sin embargo, la observaba absorto en su propio placer, adorando, bendiciendo y alabando a todos los dioses posibles por otorgarle semejante regalo. De él había heredado Lucille sus ojos del color del océano y esas pestañas oscuras, mientras que el revoltoso pelo oscuro era cosa de Saioa, su madre. Ambos eran incapaces de negarla nada cuando sonreía de ese modo, así que ella seguía subiendo y bajando, subiendo y bajando… Mientras el cielo incendiario de hace un momento se convertía en un espectáculo cárdeno.

-Está bien-cedió Saioa dándole un codazo a su marido- Pero tú te encargas de bañarla esta noche.
-Serás tonta, si sabes que eso me encanta- contestó él con una amplia sonrisa- Además, hoy va a dormir como una reina. ¡Pequeñaja, venga que nos tenemos que ir!
-¡Una más papá, sólo una más!
-¿Robert Kingston?

La armonía de aquella escena se evaporizó en un momento cuando cuatro hombres trajeados hicieron su aparición en el parque. Todos con el semblante serio menos uno, que parecía resguardarse detrás de los dos más altos con una sonrisa precavida; guardaespaldas. La voz provenía del hombre más bajo de los tres, que permanecía en actitud desenfadada pero autoritaria, con las manos en los bolsillos y el humo de un cigarro entre sus labios. Se sacó una de las manos y tiró la colilla al suelo.

-¿Puede acompañarme un momento? Sólo será un segundo…

Robert abrazó a su mujer más fuerte en señal de protección y echó un vistazo a su pequeña, que permanecía callada y quieta como una piedra sobre el tobogán.

-¿Y con quién tengo el placer de hablar?- preguntó desconfiado.
-Miezko Vanisstroff, tranquilo, no somos turcos ni nada parecido… Sólo quiero hablar de… Negocios con usted.
-¿Y por qué debería fijarse un hombre como usted en mi pequeño taller de mecánica?
-Si me concede unos minutos… -contestó el trajeado, señalando un shin-Ra supreme al otro lado del parque, con una puerta abierta y el motor en marcha.

Se prolongó un silencio incómodo. Robert no daría su brazo a torcer tan fácilmente, aquello era lo más sospechoso que le había ocurrido en toda su vida. EL tal Miezko se aclaró la garganta y añadió:

-Será mejor…- dirigió una mirada a la pequeña Lucille a propósito y deshizo la pausa- para todos si viene conmigo un momento.


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Soplé aquél resplandor verde que ardía en el borde del vaso y me bebí el licor. Tenía una textura melosa, pero parecía deslizarse por mi garganta a toda velocidad. Sabía a menta suave de las montañas de Corel, al agua de los cocos de Costa del Sol, a frutas silvestres, vainilla, a hierba mojada… Y sobre todo a un fuego que parecía acariciarte la lengua y dejártela dormida. Su calor bajaba hasta el estómago, pero no con la fuerza del alcohol, si no de una manera reconfortante.

-Vaya…- llegué a balbucear; todavía sentía cosquillas en toda mi boca.

Observé al camarero, Jack, que ponía el tapón a la botella con fuerza y la volvía a colocar en la estantería, mientras dejaba salir de su boca un reguero de amenazas e insultos.

-Juro por mis muertos que ésta es la última… ¿Me oyes Arguish? ¡La última! Ni aunque te quites esa jodida máscara te pienso volver a dar.

Mientras, el objeto de su rabia estiraba la rendija de la máscara con un dedo y dejaba caer el líquido verdoso sobre sus labios, secos y con llagas.

-Ah… ¿Increíble verdad?- dijo con un gran suspiro, apartándose un par de gotas que habían caído en el látex color hueso- En teoría nos estamos bebiendo a nuestros antepasados, pero… ¡Qué demonios, así sirven para algo! No creo que ellos nos ayuden a parar al meteorito.

Tal vez fuese por aquél chupito, pero sentía que podía confiar en aquél desconocido. Con aquél traje, aquella máscara macabra… Eran motivos de peso para salir corriendo, pero por algún motivo que desconocía, me sentía a gusto con él.Se sacó un chupachups del bolsillo de la americana y pidió un ron añejo de las playas de Costa del Sol.

-¿De qué me conoces?- me atreví a preguntar.
-Yief, has aparecido en las televisiones de todo Midgar… Es cierto que la mitad de gente no te reconocería por la calle y la otra mitad te escupiría, pero yo me creo lo que dijiste en el juicio, ese tal Tombside no se fijaría en alguien como tú sin ningún motivo.

Ya lo creo… Toda esa historia comenzó estando en el lugar equivocado, leyendo los pensamientos equivocados. Quien me mandaría a mí tener una materia rota tan peculiar… No recuerdo en qué momento ni en qué lugar la perdí, pero tampoco la echaba de menos, no había hecho más que traerme problemas. Tras agitar el ron, el borde del vaso desapareció entre los labios de Arguish. Yo todavía tenía el licor de hierbas, pero los hielos no eran más que dos barcazas a la deriva en un mar aguachinado.

-¿Conocías a Blackhole verdad?

Ni siquiera sé por qué se me ocurrió aquello, era una locura. Si resultaba ser un sicario de mi padre o algo por el estilo, ya me podía dar por muerto. Sin embargo, él se dedicó a soltar una pequeña risa y mirarme fijamente a través de esas cuencas, tan negras como la muerte que representaban.

-Vendo tornillos a mucha gente Yief, pero tranquilo, he venido a hablar contigo, ha sido una casualidad que nos encontremos.
-No me has respondido- le insistí.
-Y eso es lo único que saldrá de mi boca. No te lo tomes a mal hombre,- me dijo dándome una palmada en el hombro.- Esta máscara oculta algo más que un bello rostro.
-Debería estar loco para confiar en ti…
-Lo mismo podría decir yo, le acabo de invitar a un chupito al cómplice del mayor psicópata de Midgar.

No se por qué me dio por reír, pero me atraganté con el licor y se me llenaron los ojos de lágrimas. Resultaba irónico, pero era cierto. Me imagino que mis días de ciudadano ejemplar quedaban demasiado lejos de mis expectativas. Ya ni un hombre enmascarado con una calavera se podía sentir a salvo a mi lado. Él también se rió, mientras se oía el chasquido del caramelo contra sus dientes; mascó los trozos con sabor a fresa y se dejó el palo de plástico en la boca. Tal vez era parte de su juego, pero que comiese tantos dulces contrarrestaba con el negro de las cuencas pintadas, que traslucían con tanta sutileza que apenas se veían sus verdaderos ojos.

-Vamos a dar una vuelta Yief- me ofreció él terminando su copa de ron tostado- Nos marchamos Jack, gracias de nuevo por compartir tu tesoro.
-¡Iros a tomar por el culo!- gritó él con medio cuerpo sumergido en una de las cámaras bajo la barra. Se incorporó con las manos llenas de refrescos de naranja y frunció el ceño a verlos- ¿Es que todavía seguís aquí? ¡Iros de una puta vez!

Mercado Muro bullía de actividad, pero sólo donde abundaban las tiendas de armas y prostíbulos. Por donde nosotros caminábamos se podía sentir hasta el frío del asfalto y la soledad de las casas abandonadas. Incluso de vez en cuando descubría ventanas con la luz encendida que eran engullidas por la oscuridad y escondidas tras persianas. Un perro comenzó a ladrar en las sombras de algún callejón, pero un siniestro golpe hueco y metálico convirtió sus quejas en gimoteos lastimeros.

Arguish caminaba con las manos en los bolsillos, mascando un nuevo chupachups y acompañado de un continuo y extraño tintineo metálico; a cada paso que daba, algo sonaba en sus bolsillos.

-Dime una cosa Yief, si de dos gemelos sin nombre uno te dice la verdad y el otro te miente… ¿A quién creerías?

-¿Es un acertijo?

-No lo creo… Si el que te miente te dice que es verdad que miente, la mentira se convierte en verdad; y si el que te dice la verdad quiere mentirte, te va a visar de ello porque es incapaz de no ser sincero.

-¿Entonces no hay solución?

-La mentira se convierte en verdad y la verdad en mentira. El don de la palabra es tan maleable que no te puedes fiar de nadie, esta ciudad está demasiado podrida para ello.

-No creo que todo el mundo sea así…- era una excusa sin argumentos, pero me negaba a pensar de manera tan drástica.

-Claro que no, pero el tamiz de esa criba es increíblemente fino, sólo un par de piedras grandes se quedan sobre la rejilla. Incluso convendría hacer un destilado posterior y quedarse solamente con la mejor sustancia…

-¿Entonces estamos hablando de encontrar tu alma gemela?

-No tanto como eso, cosas así sólo ocurren en los cuentos. Pero si tienes que confiar tus secretos, que sea a una sola persona, la más adecuada. Tú, por ejemplo, llegaste a confiar en la seguridad que seguro te ofrecía Tombside y mira lo que te ocurrió. Y me apuesto una caja de caramelos a que Tombside también llego a confiar en ti, pero tú te chivaste a los hombres de negro.

Me avergoncé como un niño pequeño al que regañan por esconder comida que no le gusta, y eso me sentía como una patada en el culo. ¿Acaso debía sentir vergüenza por aquello? No, aquello ya no era un colegio si no una mole de edificios grises en los que en cada esquina acechaba la muerte, Midgar me debería agradecer eternamente lo que hice…

Mientras tanto seguía sonando ese extraño tintineo. Incliné el cuerpo hacia delante y observé que Arguish jugueteaba con algo bajo el bolsillo derecho, pero no tenía la menor idea de lo que podía ser… ¿Las llaves tal vez? No… Era un sonido distinto.

-¿Recuerdas un videojuego de hace tiempo…- prosiguió él- En el que una pequeña bola cogía toda la mierda que veía mientras iba rodando, haciéndose cada vez más grande?

-Me alegra saber que tuviste infancia, eso te hace más humano bajo la máscara.

-¡Cuando quieras echamos una partida!- me desafió. Incluso juraría que le vi una sonrisa burlona bajo el látex- ¿Pero no crees que ocurre lo mismo con los secretos y las mentiras?

-Se agrandan y se agrandan…

-Solo que todas y cada una tienen una pizca de pólvora en su interior y es cuestión de tiempo que la bola recoja una mecha y una cerilla entre tanta mierda.

La noche era fría y oscura en esas calles, pero cada comentario salido de la boca de Arguish arrojaba una mancha más de tinta negra. Me estaba tiñendo la conciencia de negro y encharcando la cabeza de resentimiento.
Pero aún así me sentaban como un empujón, como una bofetada que me devolvía a la realidad, las cosas no podían seguir así, tenía razón.

-Está bien- dije en alto- Ya es hora de que Lucille conozca la verdad.
-Así que Lucille eh…- se burló dándome un codazo- Me la tendrás que presentar algún día- sacó su PHS con dificultad del bolsillo de la americana y toqueteó algunos botones- Me has caído mejor de lo que pensaba Yief, dame tu teléfono y te…

La verdad es que ninguno de los dos nos dimos cuenta, pero de repente Arguish e chocó contra una mole de músculos y soltó un suspiro de sorpresa. Frente a nosotros se alzaba un hombre de casi dos metros, con el pecho al descubierto y un chaleco de cuero negro que se ceñía a sus enormes hombros como si las costuras estuviesen a punto de estallar. Lo mismo ocurría con los pantalones, de cuero también, pero con un estampado que imitaba la piel de cocodrilo. Además llevaba la cabeza rapada, arrojando brillos de la farola más cercana en su piel tostada, y unas gafas de sol de montura fina. Sus brazos eran como mi cabeza y su espalda podría quedar encajada en un callejón estrecho.

-Disculpe caballero, no le he visto- se excusó Arguish recomponiéndose del encontronazo.
-Así que tú eres el Hombre Calavera- contestó el corpulento sin miramientos.
-¿Nos conocemos?- preguntó Arguish extrañado. La verdad es que ni siquiera había reparado en mí.
-Estas calles ven muchas cosas y dicen más aún. Y cuando cuatro de los míos desaparecen sin dejar rastro, los rumores me dirigen hacia un extraño hombre en mascarado que por lo visto tiene un amigo imaginario…- sus palabras eran pasadas y lentas y, a juzgar por su pronunciación y su ceceo, nadie le había enseñado a hablar en condiciones.

Arguish se rascó la coronilla y al momento chascó los dedos en señal de aprobación.

-¿Edd el Malhablado verdad?- Arguish se giró hacia mí y señaló al grandullón con el dedo pulgar- El líder de una pandilla bastante cañera y ruidosa por estas calles, Shin-Ra ha puesto precio a su cabeza para que los PH’s se entretengan un poco… Sí que te tengo que caer mal para que te dejes ver así.
-¡Uno de ellos era mi hermano hijo de puta!

Un bloque de cemento musculazo voló a mi lado e impactó en Arguish. No me dio tiempo a ver nada, pero del impacto se le despegaron los pies del suelo y cayó de espaldas, frotándose el antebrazo con una risa siniestra; había bloqueado el golpe.

-Vaya…- dijo Arguish incorporándose- Veo que no tienes paciencia. Entonces comencemos, Yief, no interfieras.

Yo me aparté instintivamente y Arguish metió las manos en los bolsillos de pantalón. Eso era lo que tintineaba al ritmo de sus pasos, un juego de puños americanos, de un dorado desgastado y llenos de muescas, seguramente por culpa de algún diente de peleas anteriores. El Hombre Calavera se ajustó las armas en cada mano y se desabrochó el botón de la americana.

-¡Te voy a matar hijo de puta!- gritó el Malhablado.

Volvió a atacar él en primer lugar, pero esta vez Arguish estaba preparado. Esquivó el puñetazo girando su cuerpo hacia la izquierda y aprovechó la inercia para lanzar su puño al codo son flexionar de su adversario. Sonó un extraño crujido y el brazo del otro hombre pareció doblarse hacia el lado que no debía. El metal del puño americano hizo vibrar todos sus huesos hasta la clavícula con un agudo dolor y le durmió de codo para abajo.

-¡Hijo de puta!- gritó sacudiéndose el brazo.
-Renueva tus insultos, si te oyese mi madre ya te habrías meado en los pantalones.

El combate comenzó de nuevo y Arguish concentró todo el giro de la cadera en su mano derecha. Su contrincante dio un paso hacia atrás, un segundo antes de que aquellos nudillos metálicos consiguieran darle la vuelta al cuello, y después se abalanzó hacia Arguish aprisionándole en un abrazo de granito. El aire se le escapaba a cada gruñido y los pulmones se encogían bajo las costillas oprimidas. Arguish pataleaba con las piernas colgando pero no conseguía nada y justo cuando Edd el Malhablado soltaba una apresurada risa de victoria, el enmascarado cogió impulso con la cabeza y ambos cráneos chocaron con un estruendo.
Arguish cayó mareado hincando una rodilla en el suelo y con un bulto hinchándose en la frente. El otro corrió peor suerte y de la ceja izquierda manaba sangre en abundancia, obligándole a cerrar el ojo.

-Parece que te he infravalorado- dijo Arguish jadeando- esos brazos tuyos son peores que un torno hidráulico.
-¡Pienso hacer que esa calavera sangre por dentro!

Arguish parecía mareado mientras sus pulmones volvían a funcionar a pleno rendimiento y Edd el malhablado no dejaba de apartarse regueros de sangre y sudor de la cara, pero la pelea había ascendido a un ritmo frenético. Los puños de Arguish eran destellos dorados que chocaban contra los antebrazos de su enemigo, ablandando el hormigón que parecía correr por sus venas. También intentaba golpear de nuevo la brecha de la frente, pero la adrenalina aumentó los reflejos del grandullón. En una ocasión llegó a acertarle y el tejido se desgarró más aún, mostrando grasa y hueso bajo la carne al descubierto. En respuesta, Eddie usó el mismo truco y golpeó el chichón, que tampoco resistió la tensión de la piel y comenzó a extender una mancha oscura bajo el látex, cayendo por la nariz. El Malhablado aprovechó la conmoción y hundió una rodilla en el estómago de Arguish, el cual se dobló en el momento menos oportuno, cuando un puñetazo voló y le impactó en la boca. Cayó al suelo de rodillas y se arrancó con los dedos parte de la máscara, allí donde estaba dibujada la dentadura, para vomitar una mezcla de lo último que se había llevado a la boca y sangre. En ese momento daba realmente miedo, con el látex desgarrado y un tornillo de titanio allí donde debería haber un paleto, el cual había salido disparado con el último golpe. Sus arcadas eran aparatosas y se atragantaba con la sangre. Yo estaba a punto de interferir y ayudarle, convencido de que el tal Edd iba a rematarle, pero le vi echarse precipitadamente hacia atrás, alzando la mano hacia un edificio lejano.
-¡Ahora! ¡Ahora maldita sea!- gritó a la vez que empezaba a correr.
Entonces se encendió una pequeña mota de luz roja en el pecho de Arguish, temblorosa y oscilante. Algo sonó en una ventana, un sonido fuerte seguido de un silbido y lo último que recuerdo antes de que todo se volviese negro fue una columna de humo volando hacia nosotros, volando hacia donde había estado la luz roja del pecho de Arguish, para después explotar .


--------------


-Bueno, bueno, bueno, que tenemos aquí ¿cómo te llamas pequeña?

Lucille se escondió tras la piernas de su madre instintivamente, agarrando con fuerza la tela desgastada de los pantalones vaqueros. Sus ojos azules relucían con el brillo de la desconfianza y parecían a punto de descargar sus lágrimas a la más mínima señal. Aquél hombre era grande, olía raro y sonreía siempre, se parecía demasiado a la gente mala que aparecía en los cuentos de su padre.

-No seas tímida pequeña- insistió el hombre malo agachándose para mirarla a la misma altura.

Lentamente se fue incorporando, observando la esbelta figura de Saioa, abrigada con una chaqueta de lana gris y la bufanda color caqui, hasta que se topó con sus ojos. Aquellos ojos eran dos círculos pardos emanando furia y cautela a partes iguales. Además, aquél atardecer sangrante arrojaba destellos dorados que les dotaban de una belleza arrebatadora.

-Richard Blackhole, encantado de conoceros a las dos, no me puedo resistir a dos rostros tan bellos como los vuestros- dijo ofreciéndole la mano a Saioa.

Ella aceptó el saludo de mala gana y se subió la bufanda un poco más, esperando que aquél hombre no captase el rubor que le ascendía por las mejillas.

-Mi marido es un buen hombre, no ha hecho nada malo. Podemos vivir sobre la placa a duras penas y…

-Tranquila- la cortó acercándose más a ella y cogiéndola una mano con suavidad- Sé que Robert es un buen hombre…

Blackhole hizo una pausa y soltó un largo suspiro. Saioa sentía la angustia en el pecho y no podía frenarla. Sólo quería abandonar aquél lugar, quería llegar a casa, acostar a su hija y ver una película abrazada a Robert.

El rostro de aquél hombre cambió repentinamente y la sonrisa le desapareció por completo. Sus ojos eran oscuros pero en aquél momento parecieron apagarse un poco más. Parecía… ¿triste? “No, no le creas” pensó Saioa.

-Que Turk te de por el culo y te guste Vanisstroff… Yo me derrumbo cuando una mujer lo pasa mal... Escucha Saioa, no tienes por qué tener miedo, a Robert no le pasará nada, lo prometo, no son más que… Tonterías de negocios, ya sabes.

El silencio se hizo inevitable, largo e incómodo, a la espera de que aquél coche volviese lo antes posible. Richard Blackhole daba pasos cortos, siguiendo con la suela de los zapatos una de las líneas del adoquinado, mientras que Saioa permanecía quieta, con la mirada fija en la calle por donde había desaparecido su marido. Ajena a todo, Lucille decidió sentarse en el suelo y sumergirse en sus fantasías, acompañada por la charla imaginaria que le daban dos hormigas que corrían por el suelo.

-¿Cómo te llamas pequeña?- preguntó el hombre. Parecía incapaz de estar cinco minutos sin hablar y eso la estaba sacando de quicio a Saioa.

Lucille alzó la cabeza un instante, justo cuando acababa de aplastar una de las hormigas con la palma de la mano, miró a Blackhole y volvió a su coloquio con los insectos.

-Tenéis una hija preciosa- dijo de nuevo, haciendo como que no se fijaba en la mirada fulminante de su madre- Pero esa cosa que tiene detrás de la oreja no tiene que ser nada cómoda…

Ambas se quedaron extrañadas y se miraron al unísono. Lucille se llevo una de sus pequeñas manos a la cabeza y se rascó por debajo del gorro, pero no sintió nada extraño, así que miro a Blackhole con unos ojos tan llenos de inocencia como de frustración.

-No, no, en la otra oreja- Lucille obedeció y se llevó las manos a la otra oreja, pero allí tampoco había nada- déjame que te eche una mano.

Y de repente, con un movimiento fugaz, Richard Blackhole pasó sus dedos por un mechón de aquél pelo tan liso y los retiró con la misma velocidad, pero agarrando una piruleta. La chiquilla abrió la boca de par en par, llevándose las manos a la oreja de nuevo, intentando agarrar algo invisible. Ella no había notado nada bajo su gorro en toda la tarde, estaba convencida de que si hubiese tenido una piruleta, se la hubiese comido hace mucho tiempo. Pero sin embargo ahí estaba, el hombre malo, con el dulce entre los dedos.

-¿Ves como si tenías algo? Toma, disfrútala, que para eso la llevabas escondida- dijo él ofreciéndosela.

Justo en ese momento se pudo escuchar el roce de las ruedas sobre el asfalto y el rugir silencioso de un motor. El Shin-Ra Supreme aparcó con suavidad a diez metros de distancia y Robert abrió la puerta un instante después, con un semblante totalmente inexpresivo. El señor Mieszko se movió en el interior del asiento para cerrar la puerta de nuevo y cruzó una mirada con Richard Blackhole. Había sido una mirada fugaz, casi imperceptible, pero Saioa se dio cuenta, esos ojos coincidieron para transmitir un mensaje que sólo ellos entendían.

Entonces Blackhole se dio la vuelta y agarró la mano de Saioa con las dos suyas, con una mueca triste en sus labios y sus ojos oscuros medio cerrados.

-Una hija encantadora… Espero verla crecer.


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El humo se iba dispersando poco a poco, justo cuando yo recuperaba la consciencia. El suelo estaba totalmente negro, con una mancha de hollín que se esparcía como una estrella, y los hierbajos que crecían entre los deteriorados adoquines chisporroteaban hasta consumirse.

Me sentía totalmente mareado y notaba como me ardía el costado, seguramente habría caído contra el bordillo y las costillas se habían llevado la peor parte. De pronto caí en la cuenta y busqué a Arguish con la mirada.

Me lo encontré tres metros más atrás, resoplando con fuerza. Una miríada de hexágonos relucían frente a él con multitud de colores, apagándose poco a poco, lentamente, mientras el intenso brillo que surgía de un bolsillo interior de su americana perdía su poder. “¿Eso ha sido Materia?” pensé inseguro.

Sólo cuando aquella luz desapareció por completo me di realmente cuenta del estado en el que se encontraba Arguish. Parte del pantalón había ardido y su muslo derecho estaba al descubierto, mostrando una fea quemadura, de color rosáceo, sangrante y con pus. Además, parte de su máscara también se había incinerado, dejando esta vez a la vista todo su ojo izquierdo y parte del pómulo; el látex se le había pegado al cuero cabelludo al derretirse y le faltaba una ceja.

Resollaba con una sonrisa en su resentida boca; la encía seguía sangrando ahí donde faltaba la prótesis dental y el labio superior se le había hinchado.

-¡Un jodido Flauros M9A1!- gritó con sorna señalando con el dedo índice hacia la ventana de donde había surgido aquella serpiente de humo- ¡Ese puto bestia me ha querido volar por los aires con un jodido Flauros M9A1!

A lo lejos, en el edificio abandonado de enfrente, un hombre soltaba una lista de maldiciones y se quitaba del hombro un lanzacohetes humeante para depositarlo en el suelo. Ahora entendía la exagerada incredulidad de Arguish, nos habían intentado matar con un lanzacohetes, ni más ni menos… ¿Pero cómo habíamos conseguido sobrevivir a eso? Estaba claro que Arguish había salido peor parado, pero lo normal es que nuestros sesos estuviesen en una acera y el resto de órganos desparramados por la carretera. Entonces caí en la cuenta, eso de antes debía ser una Materia barrera.

Entonces una cabeza quiso aparecer por un callejón cercano, morena, rapada, con gafas de sol y una brecha en la ceja, para enterarse de lo que había sucedido. Al vernos a los dos de pie, su cara se descompuso y echó a correr calle abajo.

-¡En eso si que has sido listo, correr es lo mejor que puedes hacer!- gritó Arguish mientras el Malhablado huía- Da la casualidad de que ese Flauros es un modelo de un solo uso, así que como no tengas un puto hangar lleno de misiles en esa puta casa, eso significa que ya no tienes nada más para lanzarme.

Edd el Malhablado seguía corriendo tan rápido como podía y su figura se hacía cada vez más pequeña a medida que se alejaba. Yo estaba agotado y la explosión me había dejado medio sordo, pero no entendía por qué Arguish continuaba allí parado. ¿Acaso había llegado al límite? Entonces hurgó dentro de su americana (¿cuántos bolsillos tenía este hombre?) y sacó una pitillera, esta vez de un color dorado similar al de sus puños americanos e igual de rayada y cogió un cigarrillo.

-A tomar por el culo, ya estoy hasta los cojones… -dijo llevándose el cigarro a los labios- Terminaré esto y cada uno se ira a su casa.

Un nuevo brillo, esta vez verde, iluminó el rostro de Arguish. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba corriendo a una velocidad impresionante. Cada paso que daba Edd eran dos de Arguish. El líder de la pandilla, viendo que su rival se acercaba, apretó el ritmo y giró en una de las calles perpendiculares.

Hasta allí pude ver yo.

Una farola en aquella calle arrojaba dos alargadas y difusas sombras sobre la pared de un hostal destartalado. Parecían fundirse en una sola y separarse continuamente, hasta que un grito desgarrador acabó con la danza. Una de las sombras desapareció y la otra se fue haciendo cada vez más pequeña, cada vez más pequeña, hasta que Arguish apareció por la esquina con paso lento y cojeando. Cuando llegó hasta mi posición, tenía las manos tan llenas de sangre que los puños americanos ni siquiera destellaban con sus brillos dorados. Su único ojo visible, de un verde intenso se cerraba con el sólo peso del párpado.

Todavía seguía teniendo aquél cigarro en los labios, así que lo cogió, con cuidado para mancharlo lo menos posible de sangre, le quitó el papel blanco y se comió el chocolate de su interior.

-Yief…- me dijo con la mirada perdida- ¿Sabes que las costillas tienen un nombre mucho más potente? Arcos viscerales…- saboreó la palabra a la vez que el chocolate y añadió- Yo estoy agotado Yief, mañana será otro día.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El mp3 de...

Carl Loc O'toole:


Traficante de drogas y mujeres es la mejor manera de calificarle. Se ha pasado los últimos años dedicado a sus turbios asuntos, y desde que un día conoció a Tombside ha ido cada vez evolucionando su comportamiento hasta convertirse en un ser agresivo y reservado, preocupado por sí mismo. Cada vez se preocupa más por su salud.

En cuanto a sus gustos musicales, le gustan las canciones de sonidos potentes y fuertes, agresivas, procendentes del Trash Metal y del Death Metal, aunque no negará nada con un buen sonido. Double Nature es la canción para viajar en el coche y relajarse, eliminar los agobios de la circulación de camino a casa.

01. Raining Blood - Slayer
02. Hangar 18 - Megadeth
03. Cowboys from Hell - Pantera
04. Take This Life - In Flames
05. Indestructible - Disturbed
06. Heretic Anthem - Slipknot
07. Double Nature - Mustasch
08. Morphogenesis - Scar Symmetry
09. Master of Puppets - Metallica
10. Biggest & The Best - Clawfinger
11. Dragula - Rob Zombie
12. Twilight of the Thunder God - Amon Amarth
13. Rex Regi Rebellis - Turisas
14. Go into the Water - Dethklok
15. Replica - Fear Factory

lunes, 15 de noviembre de 2010

220

La vaina era de madera, preciosa: Cerezo, lacado en los tonos rojos del amanecer. Al extremo superior tenía un reborde en cobre rojizo que completaba el conjunto. Delicioso. Ese mismo reborde rozaba con la hoja del tanto que esa vaina contenía, emitiendo un suave y lento roce.
La puerta se abrió de golpe, chocando duramente contra la pared y el estruendo hizo sobresaltarse al aún medio dormido prisionero. Dos hombres uniformados entraron en tropel y lo levantaron por la fuerza, solo para que uno de ellos recibiese un cabezazo en la boca que le hizo perder varios dientes. El sargento, un hombre de metro setenta, casi tan ancho como alto, entró en la celda. Llevaba la guerrera abierta y su cuerpo estaba cubierto de un vello hirsuto, al igual que el de su cabeza y patillas mal rapadas. Mientras el prisionero forcejeaba para librarse del otro guardia, el sargento lo agarró del hombro, lo giró de un brusco tirón y le atizó en la cara con un poderoso gancho. El prisionero cayó rodando sobre el suelo cubierto de paja empapada, hasta detenerse contra la pared. Abrió los ojos, miró hacia su agresor y sonrió.
- Buenos días, camarera… ¿Cuál es el desayuno del día?
El sargento no respondió. Solo se hizo a un lado, con el tanto presente en su mano derecha. A su espalda apareció un joven oficial. Un hombre de cuerpo fibroso, con la musculatura de un atleta, que vestía un uniforme impoluto del ejército de Wutai. Su gesto era la disciplina militar personificada, con el mentón alzado y la vista firme al frente. Desde luego, no sonreía, y el prisionero tampoco.


Kurtz llegó con una retorcida sonrisa en los labios. Nada como la satisfacción del sonido de las broncas y los rumores de pifias procedente de las dependencias de SOLDADO. Todas esas consideraciones acerca del disfrute del mal ajeno le importaban tres cojones, comparado con el disfrute de ver como los heroicos niños bonitos de Midgar las pasaban putas por culpa de los mismos mandos que cambiaron las vidas de centenares de soldados de infantería por el impacto propagandístico de ver a los impresionantes cuerpos de élite de Shin-Ra saliendo en la foto.
El turco no podía evitar sentir una cierta comprensión con ese tipejo de nombre impronunciable y reputación blindada que había organizado una partida de caza para dar caña a un bichejo en los suburbios. Un monstruo que podía aniquilar a decenas de civiles, cazado al coste de no pocas vidas, y eso que ellos eran la fuerza de choque.
- Hola… - Mashi apareció de la nada, husmeando y buscando ver las manos de su compañero. Sus horribles lentillas de color rosa hicieron a Jonás fruncir el gesto, y daban un efecto raro a su pelo, teñido de gris con mechones púrpura. ¿Has oído? Los niños guays andan a palos porque por lo visto ellos también tienen un cabrón malencarado que sabe montar emboscadas…
- ¿Yotoomaru?
- ¿Sí? – El chaval levantó la vista, con curiosidad e inocencia. El cambio, desde su anterior rubio con brillos áureos y sus ojos de color azul eléctrico eran notorios. - ¿Ahora te me pones formal?
- Agente Katsumashi, si quiere dejo de ser formal y le suelto una patada en los huevos… Porque con esas pintas de moñas…
- Habló el coletillas… - Respondió este entrecerrando los ojos y levantando la vista para buscar los de Kurtz, que sintió un nuevo escalofrío ante ese efecto bizarro. – El coletillas al que le tocaba hoy pasarse por el Fatso a por los cafés.
Kurtz sonrió. Apoyó sus manos sobre los hombros del niñato, mirándolo con cierto orgullo al ver como su confianza se iba sobreponiendo al miedo inicial que el veterano inspiraba. Mashi le sonreía, con ese matiz de duda: ¿Lo siguiente sería compartir una pose de compenetración masculina o esquivar un golpe? Kurtz, sin embargo, le hizo dar media vuelta y le pasó un brazo sobre los hombros, hablándole con familiaridad.
- ¿Ves ese pasillo? Sigue por ahí y dobla hacia la izquierda y encontrarás la sala de recreo. ¿Sabes llegar? – Mashi lo miró con desagrado, como si su compañero lo estuviese tomando por tonto. Este, sin embargo, lo miraba con una sonrisa de vendedor de coches usados poco honesto.
- Sé donde está la sala de recreo, gracias… - Respondió con gesto borde, y el veterano asintió.
- Bien: Ahí es donde están los cafés. – Cuando la cabeza de Mashi se giró hacia la sala, la palma de Kurtz impactó en su cuello causando un gran eco en todo el pasillo. - ¡Corre para que no se te enfríe! – Gritó antes de encaminarse hacia la sala de recreo.

Sveta venía desde el otro lado del pasillo, charlando con Harlan. Ella acababa de entrar, y se iría en pocos minutos de patrulla con su nuevo y horrible gotiquillo visualero galáctico. Har e Yvette, sin embargo, llevaban ya varias horas de patrulla, y tras el descanso para el informe del día, volverían a salir a la calle unas cuantas horas más. En el estado de excepción, la única excepción era tener un solo día libre a la semana.
Sveta y Har llegaron antes y se adentraron en la sala de recreo. Katsumashi avanzaba hacia confiado, pero su compañero dijo algo que lo incomodó.
- Que raro…
- ¿Qué pasa, Kurtz?
- No han dicho hola, y no me creo que a estas horas, la sala de recreo esté vacía. – Mashi frunció el entrecejo. Tampoco oyó nada negativo, como imprecaciones o juramentos, pero sabía que Svetlana Varastlova y Harlan Inagerr no acostumbraban a ladrar antes de morder, salvo que lo considerasen que un caso especial merecía una advertencia previa.
Al volverse vieron el motivo: Harlan y Sveta seguían cerca de la puerta, envueltos en un silencio amenazante. Sus cuerpos no hacían ningún movimiento hostil, pero sus ojos estaban clavados al fondo de la sala, y sus caras transmitían un mensaje muy poco amistoso.
Entraron, y entonces el motivo se volvió evidente. Allí estaban: Dos de las modelos locuelas y uno de los sicofantes que aún no habían aprendido a no cerrar los ojos al apretar el gatillo estaban riéndole las gracias a tres de los “líderes del nuevo mundo”: Sobre una silla, con los pies calzados en zapatos de diseño, Susan Soto reía con gesto lánguido. Montes estaba como siempre, sentado sobre el mueble lateral, al lado del mini bar. La sorpresa fue ver a Gerstschen a su lado, como uno más. Se ve que el chaval había sabido aprender de Kurtz a dar hostias como uno de los mejores y luego aprender de Van Zackal a medrar en la empresa. Él sentado y sus compañeros de promoción de pié. Eso lo decía todo.
Sin embargo, no estaban mirando a las paredes, sino que hacían dos cosas en ese preciso momento. La primera, reírle las gracias al líder de turno: El sargento van Zackal. Erguido, con su conocida cresta azul, su tatuaje sobre la ceja izquierda y su sonrisa viperina. Además de eso, estaban bebiendo café y comiendo donuts.
- ¿Querían algo?
- Habíamos venido por nuestros cafés, señor. – Respondió Svetlana en tono glacial. – Estaban en una bolsa como esa. – Indicó, señalando hacia una destrozada bolsa del Happy Fatso’s, que estaba tirada en el suelo. Paradójicamente, Francis, el simpático camarero y propietario también conocido como “Fatso”, tenía la costumbre de aprenderse los gustos de sus clientes, y tenía los pedidos listos para la hora adecuada. Cada vaso con una marca de un determinado color para un determinado cliente, desde el rosa de Yvette, hasta el púrpura de Mashi, el negro de Har, el azul de Sveta y el rojo de Kurtz. No era casualidad que ese mismo vaso de cartón con un asterisco rojo, lleno de un café doble cargado con leche y azúcar estuviese en la mano de van Zackal.
- Oh, vaya… Phinogg nos había dicho que eran del catering y los cogimos. – Respondió el sargento, negando una merecida disculpa.
- Finolis… ¿Es eso cierto? – Sus compañeras rieron nerviosas, y Gerstschen sonreía levemente incómodo. Ninguno quería que Kurtz sacase apodos delante de sus nuevos amigos. El sicofante, por otra parte, sonreía deseando que lo tragase la tierra en ese preciso momento.
- Finolis… ¡Ja! – Escupió una voz con socarronería desde la puerta.
Jim “Grim” Garrison, con una majestuosa entrada triunfal, entró en la sala. Sus andares siniestros hicieron a algunos de los novatos echarse contra la superficie sólida más próxima, haciendo todo lo posible por pasar desapercibidos. Este miró alrededor, sonriendo con agresiva lascivia y contemplando tanto los gestos de miedo mal oculto de los más bisoños, al gesto incómodo de sus compañeros de promoción para acabar con los desafiantes gestos de desprecio de la vieja guardia.
Saboreando el goloso placer de ser el centro de atención, caminó hasta encarar a Finolis, que palideció ante su escrutinio. Grim se irguió y apoyó sus manos en las caderas, echando hacia atrás su chaqueta en un modo en el que su Blackraven quedaba a la vista en su funda bajo la axila.
- ¡Fuera de ahí, Finolis! ¿No querrás que te tenga que violar para abrirme paso hasta la nevera, verdad? – Su víctima retrocedió dando tumbos para acabar trastabillando y cayendo de culo sobre los restos de la bolsa del Fatso’s. – Muuuuy bien…
Grim abrió la nevera en la que Phinogg había estado apoyado, sacó una petaca con un post-it donde habían escrito “No tocar” y luego lo habían regado con algunas gotitas de un líquido rojo no determinado. Kurtz decía que probablemente sería laca de uñas.
- Tenemos informe de reunión en cinco minutos. – Intervino van Zackal, severo.
- Nunca trabajo antes de mi primera mamada del día. – Dijo mientras se encaminaba hacia la puerta, antes de dar un trago a la petaca y exhalar fuertemente. – Dime, aerotransportado… - Se dirigió hacia Kurtz. - ¿La absenta de las ocho a.m. es comparable al napalm por la mañana? – Luego se giró hacia sus antiguos amigos. – ¿O es el café robado lo que sabe a victoria?
Un silencio incómodo quedó flotando en el aire, como la nube de pólvora posterior a un tiroteo. Estaba claro que la jugadita de los cafés había sido una pequeña y calculada invasión territorial: Joder, pero sin llegar al punto de justificar una respuesta agresiva. Algo para quedar guay delante de los novatos y del público. Sin embargo, Grim sigue siendo un factor hostil y descontrolado. El grupo prefirió desmarcarse de él y así no verse envuelto en la espiral de locura, violencia y sexo con daños colaterales en la que se había convertido la vida social y profesional del agente Garrison. Van Zackal vio la oportunidad y el cabronazo de Mordekai no dudó en aceptar su postulado, especialmente después del cristo que se montó en la Tower. Si Grim seguía sintiéndose fuerte, era capaz de organizar una intifada para vengar a Dravo, cuando lo que necesitaban era alguien sutil, y capaz de abrirse paso sin destacar.
Dekk, aún incómodo por la interrupción de su antiguo amigo, hizo un gesto a Soto, que tomó a una de las “modelos” y salió tras él. Como sargento designado por Jacobi, tener controlado al incontrolable era una de sus tareas. Luego miró a Kurtz, su antiguo compañero de rango, ahora degradado de nuevo a agente, que parecía estar a punto de empezar a aplaudir. Haciendo acopio de dignidad, mientras su grupo abandonaba la sala, se retrasó para sacar un billete de cincuenta giles de su cartera y dejándolo sobre la mesa. “Los cafés de toda una semana, pringaos… Porque por mucho que os riais, el que tiene sueldo de sargento sigo siendo yo”.



- Última oportunidad: Nombre, rango, unidad y ubicación.
No hubo respuesta, ni ulteriores amenazas. El sargento hizo un último esfuerzo, pero solo sirvió para salpicarse algo más de sangre en los nudillos. En medio de su andanada, el oficial superior, un coronel, lo detuvo. Lo apartó con un leve gesto y apoyó el filo del cuchillo sobre el rostro del prisionero.

Una explosión rompió el silencio. Pudo reconocer, aún en la distancia el tipo de carga y el impacto de la metralla en las paredes. Un sonido agradable, de metralla afilada. No esas toscas bolas de acero que usan los de wutai. Podía oír los gritos y las explosiones. Podía oír el caos y la muerte, y le relajaba. Música para sus oídos. No estaba seguro si sería un allegro triunfal o un canto del cisne, pero música, sin duda.
Seguía con los ojos cerrados. Atado a una argolla en la pared, no podía arriesgarse a que la sangre le entrase en los ojos y lo cegase, así que solo podía escuchar y esperar. La puerta estalló contra la pared, nuevamente.
- ¡Rápido! ¡Nombre, rango, unidad y ubicación!
- ¡Cállate y haz lo que has venido a hacer! – Respondió el prisionero, sin girarse ni mirar.
- ¡He dicho que…!
- Ya sé lo que has dicho, Galatea, pero corta la broma: Aparte de haber reconocido tu voz, por mucho que la cambies, mis guardias habrían abierto la puerta usando una llave, no reventando las bisagras a tiros.
- Me acabas de costar cincuenta giles, cabrón… - Respondió la tal Galatea. Una mujer difícil de describir para cualquier observador, ya que iba cubierta con un uniforme negro, del mismo color que su chaleco táctico, sus protectores de brazos y piernas y que su pasamontañas.
- ¿Y eso por…?
- Por mí. – La grave voz del segundo rescatador, de igual indumentaria, inundó la estancia, mientras el caos seguía desatándose a su alrededor.
- Santo… Eso hace reforzar algunas teorías… - Dijo, mientras a sus cegadas su compañero se acercaba, con un gran revolver negro mate en una mano y un cuchillo en la otra.



Van Zackal fue quien se ocupó de la exposición a la hora de dar el informe del día. Algo cada vez más habitual: Jacobi delegaba esa parte en su nueva mano derecha. Su enlace con el músculo de la organización veía su autoridad reforzada con estas pequeñas sesiones, y sin saberlo, se convertía en la cara que daba a la vieja guardia las órdenes de las misiones jodidas. El nuevo enemigo, al menos, para los que se creyesen que él decidía las guardias.
Los SOLDADO acaban de anotarse un tanto gordo, sin embargo, otro tarado del cometa con mako en las venas lleva semanas aterrorizando el sector seis. Asaltos rápidos a tiendas veinticuatro horas con robo de suministros: Comida, alcohol y armas. Era ilegal venderlas sin licencia, y más aún con los severos controles del estado de excepción, pero los vecinos de los suburbios se sentían inseguros y creaban una demanda dispuesta a pagar mucho por algo que creían que les daría seguridad. Un PM había logrado infiltrarse, y sus informes indicaban que su líder era un soldado de segunda, lejos del poder desatado por muchos primeras con los que se las habían visto, pero dotado con una mente táctica genial a la vez que perturbada, que había organizado a unos cuantos seguidores en una guerrilla a la espera de su líder, Sephirot. Su retorno a Midgar a lomos del cometa, como montura mitológica de la perdición, con el que castigaría el mal y la corrupción de este mundo, cuyos pecados están ya muy lejos de cualquier tipo de redención.

El plan había sido organizado con prisas, pero con mano firme y ojo experto: El PM tenía órdenes de buscar cualquier agujero en el que meterse hasta que los fuegos artificiales hubiesen acabado. Mientras tanto, un asalto con armas pesadas por parte de Turk con apoyo de un pelotón de infantería, aniquilaría al objetivo y a todos sus seguidores sin distinción. Cuatro equipos se harían cargo del asalto: Alfa, Bravo, Charlie y Omega. Alfa era el equipo principal, liderado por el agente “Scar” Kurtz, cuya misión era lanzar un ataque frontal en cuanto Charlie les diese el aviso de que el camino estaba despejado. Bravo, con el agente Montes al frente, lanzaría un asalto secundario desde la retaguardia para crear caos y hacer cundir el pánico. Charlie estaba formado por tiradores expertos, bajo el mando de Rookery, y su misión consistiría en abatir a los guardias de forma silenciosa y apoyar durante la refriega. Por último, Omega, liderado por el propio sargento van Zackal, estaba compuesto por expertos en el uso de materia, y su cometido era, en caso de encontrar mayores dificultades, asegurar el objetivo de la misión por medio de una gran descarga mágica.



- Muy bien, chavales, esta es la peli: Vamos a coger todo eso que hemos aprendido acerca de armas de fuego, despliegue táctico, disparar al centro de gravedad del cuerpo o el tipo de herida que produce nuestra munición, y lo vamos a aplicar sobre civiles. Muchos de ellos tienen poca o ninguna experiencia de combate, algunos no saben que pintan ahí, y muchos de ellos se irían si creyesen que pueden. Puede que hace una semana, aún conservasen su antiguo empleo, conduciendo autobuses, enseñando mates a los críos o perdonándole un par de monedas a las viejecitas que iban a su panadería a comprar el pan. ¿Jode? ¡Pues es lo que hay! ¡Hoy trabajáis para el departamento de investigación de Shin-Ra! ¡Llevamos armas de guerra, kevlar, y tenemos permiso para el uso a discreción de fuerza letal! ¡Ese es el trabajo!
Kurtz permanecía apoyado contra la puerta del camión de transporte de tropas que llevaba a su equipo. Con él iban Sveta, Mashi y el agente que le había sido asignado como compañero desde una semana antes: Maravloi. Junto a ellos iban un teniente de PM, con su cantoso uniforme rojo, y un par de sargentos, para hacer de enlace con la tropa.
- Bien. Ahora que todos habéis tragado la noticia de abrir fuego contra civiles, es cuando os cuento las malas noticias: Esto no va a ser fácil ni limpio. Muchos de esos tarados de secta abrirán los ojos cuando tengan dos balas dentro y estén agonizando. Vamos a abrir fuego entre gritos y súplicas, y no vamos a hacer caso de ninguna. Son un ejército de corderos, pero el lobo que hay al frente es un hijo de puta de primer nivel, de modo que sin concesiones. “Elige mejor a tus amigos la próxima vez”, “más suerte en tu próxima vida” y toda esa mierda… - Su rostro parecía ensombrecido ante la idea de cómo iban a ser los siguientes minutos. No quedaba nada del brutal regocijo del instructor al que “Mariflori” había conocido, pero la determinación sigue ahí. – El problema principal es su líder: Lars Rozmann, soldado de primera, capaz de despacharnos a todos en un solo segundo de despiste. El objetivo es decapitar al grupo cuanto antes. Si os dan pena los civiles, id a por él y a lo mejor se rendirán sin ofrecer resistencia cuando haya caído. Y tened por segura una cosa: Van Zackal ha dicho cinco, pero no confío en que retrase el bombardeo mágico más de tres minutos. Y no solo eso: Probablemente sea después de ese bombardeo cuando el equipo bravo entre a apoyarnos. – Kurtz guardó silencio. Miró alrededor y vio rostros serios y graves. Todos ellos rodeados de gestos de baja confianza: Miradas caídas, manos ocultas en bolsillos, armas interpuestas tapando el pecho… Kurtz sonrió. – Menos mal que me he rodeado de los mejores para esto. – Todas esas miradas caídas se centraron en él, pero seguía sin haber confianza en esas caras. - ¿Qué pasa? ¿No lo sois? ¿Por qué? ¿Es porque no sois tan guapos como Van Zackal? ¡Tú, Richardson! ¡A ti te he visto derribar a tres terroristas a culatazos! ¡A ti, Carballo, te vi entrar en una casa en llamas y salir con una niña y un perrito, y lo hiciste tan rápido que ni tuvimos tiempo a sacar el cronómetro! ¡Y tú, Kogazukai! ¿Eres tú ese Kogazukai que se dice que entró en un veinticuatro horas sin armas y logró que se rindiesen tres atracadores con automáticas?... ¿Y yo?... ¿Quién soy yo? – Esos ojos se iluminaron, y se rodearon de sonrisas sarcásticas.
- ¡Un hijo de puta imposible de tumbar! – Dijo una voz
- ¡Eh! – Se mostró ofendido. - ¡Mi madre es una santa! ¡Y además, si la tuviese aquí, podría resolver esa misión sin vuestra ayuda, panda de nenas! ¡Vamos! ¡Quedaré mal delante de mi madre si se entera de que necesito un equipo para un loco y una panda de civiles, pero a la mierda! ¡Yo soy imposible de tumbar, y vosotros venís conmigo!



Un profesional nunca dispara un arma sin comprobar que está cargada y bien mantenida… Siempre que tenga tiempo para asegurarse. Un MF22 exige además un cuidado exquisito. Han sido necesarios muchos encasquillamientos en combate para sacar la nueva versión, que además su unidad usaba como experimental.
- Ya sabes lo que toca, Tigre: Hay que recuperar tu arma como sea. – Dijo Santo. – Te hemos traído un KRG y un par de granadas. Maza-patatas de Icicle.
- Ya sabes lo que pienso de esas cajitas de canicas… - Respondió el prisionero, tanteando la posibilidad de obtener minas de fragmentación.
- Estás debilitado por tu cautiverio, Tigre… - Intervino Galatea, cautelosa. – Y tu cara…
- No necesitabas las rayas para creerte tu apodo, campeón. – Dijo Santo, antes de una nueva carcajada. – Pero la chica tiene razón: No estás en plena forma, y si te cazan, que no sea con más armas características.
Tigre los miró, incómodo. Tenía que reconocer que estaba debilitado por la pérdida de sueño, la tortura y las malas condiciones de su encarcelamiento, pero no era un buen perdedor. Si lo fuese, no estaría en esa selva de mierda.
- ¿Cómo es que no habéis venido a silenciarme? – Preguntó, mirándolos a los ojos, incómodo al encontrarse medio desnudo, frente a dos soldados de élite completamente equipados y a los que nunca había visto la cara. Ahora sentía que ellos tenían ventaja sobre él. Discretamente, uno de los puños de Tigre estaba cerrado a su espalda, y su otra mano empuñaba firmemente el rifle KRG.
- Las órdenes eran que si podías andar, mejor no tener que entrenar a otro. – Respondió Galatea. Su mirada era franca, y Santo tampoco hizo movimiento sospechoso alguno.
- Y la misión principal te va a encantar… - Anunció Santo. – Hemos venido a rajar a Tenkazu.

El general Tenkazu Soichiro es uno de los militares más brillantes de Wutai. Sus estrategias lograron frenar el avance de Shin-Ra muchas veces, y muchas veces solo lograron pasar sus defensas con ayuda de SOLDADO, o de la noventa y nueve fantasma. Está reconocido como un héroe de la nación, y ha servido durante más de veinte años. Tenkazu Takezawa, su hijo, es Coronel, y lleva una guarnición de medio tamaño en la zona norte del país. Es un experto en artes marciales, extremadamente disciplinado y fanático defensor del orgullo patrio de Wutai, y eso que apenas cuenta treinta años.
Tigre sonrió. Se colgó la bandolera con las granadas, amartilló una vez más su rifle y caló bien la bayoneta.



Rookery parecía totalmente inerte. Incluso los leves movimientos torácicos de su respiración eran difíciles de percibir. Ni siquiera su característica sonrisa inquietante era visible, en medio de tanta concentración. Satisfecho, bajó la tapa de su mirilla y acercó la boca a la radio.
- Tengo al alto. ¿Vosotros? – Una serie de asentimientos le dieron la respuesta. – Bien. Jefe Alfa. ¿Qué tal le va al pelotón de los pendencieros?
- Espero la orden, como todos… - Dijo una voz cansada en la radio.
- Se te ve que te vendría bien un cigarro. – Rookery volvió a abrir su mira telescópica y buscó a su compañero, asomado a la parte trasera del furgón. – ¡Y no estás fumando!
- Necesito los pulmones. En media hora, todo estará listo y disfrutaré de un maravilloso puro coreliano y de una llamada por teléfono a una tía buena.
- No te sobrará alguno de esos maravillosos puros corelianos, ¿verdad? – Preguntó Rookery.
- Solo para los amigos. – Rió Kurtz. – Asumo que este canal es seguro. ¿Tus chicos saben las instrucciones?
- Las saben. Todas.
- Perfecto.

Se iluminó un piloto en la radio y todos cambiaron al canal principal. Allí la voz de Van Zackal se oía clara y diáfana. El sargento al mando estaba sentado en un mirador, en lo alto de una nave abandonada desde la que se veía el antiguo edificio de viviendas que el tal Rozmann usaba como cuartel general. Unos cuantos metros más alto, en los andamios que rodeaban uno de los pilares que sustentan la placa, Rookery y el equipo Charlie de tiradores esperaban.
Los hombres del equipo Alfa, disfrazados de albañiles, se agolpaban alrededor de una furgoneta de comida rápida en cuyo interior, un siniestro veterano se preparaba junto con algunos hombres para encabezar el asalto. Bravo estaba en camino para asaltar desde el tejado, desembarcados desde helicópteros. Eso lo había dejado claro: Primero llegarían las explosiones, luego Bravo.
Todos los equipos dieron su confirmación al oficial al mando, mientras este repasaba sus planos. Con todo seguro, Van Zackal se acercó la radio a la boca, pulsó el botón y habló alto y claro.
- Bien: A mi señal.
En ese momento, los “albañiles” empezaron a sacar armas de gran calibre mientras la furgoneta se abalanzaba contra la puerta principal de la guarida de Rozmann. Medio segundo antes de eso, los guardias de las ventanas caían abatidos por los certeros disparos del equipo Charlie.



El odio era el único motor que movía el cuerpo magullado y maltratado de Tigre. Acostumbrado a las privaciones y entrenado para resistir la tortura, se esforzó para subir al piso superior de la vieja casa colonial que presidía el pueblo: Sin duda, ese era el cuartel general. Muros de sólida piedra, tres pisos, balcones tan sólidos como sus paredes, ideales para apostar una guarnición… Tigre agradecía tener un fusil KRG. Su característico sonido le permitía confundirse con los defensores. Mientras ninguno de sus compañeros le disparase por la espalda, todo iría bien.
Trepó hasta uno de los balcones, quedando oculto bajo la plataforma de este. Silencioso como un animal nocturno, se deslizó hasta una repisa, desde la que aniquiló a los centinelas desde la retaguardia.
Como operativo veterano, Tigre sabía exactamente que era lo siguiente que tenía que hacer: Uno de los guardias recibió un solo disparo en la sien. El otro fue acribillado hasta que cayó del balcón. Los gritos atraerían a alguien, pero uno de los fiambres seguía quieto, apoyado contra la barandilla y con su fusil colgando del hombro. Un joven oficial, probablemente un cabo, entró a la carrera. Probablemente habría visto que el centinela no estaba disparando y se acercó a ver si estaba herido. No sería raro, ya que el guardia no respondía a sus órdenes. El cabo había estado cerca en todo momento y no oyó ruido alguno distinto al esperado sonido de fusil KRG. En cuanto se asomó, sintió una serie de impactos candentes en la espalda, lacerando su carne y destrozando sus órganos internos, y lo que más le confundía, lo que más le dolía no entender, era el sonido que acompañaba a esos disparos: Un fusil KRG de Wutai.
Tigre entró en la casa en medio de la oscuridad. Unos pasos siguiendo los gritos y encontró una sala de mando, en uno de los antiguos salones de aquella vieja casona. Allí varios oficiales discutían la forma de repeler el ataque, entre ellos, el brutal sargento encargado de darle los buenos días cada mañana. En ese momento, Tigre agradeció la forma cilíndrica de las “machaca patatas”. La hizo rodar hasta colocarla bajo la mesa. Fue increíble la velocidad a la que reaccionó el sargento: Nada más oler el fulminante de la granada a punto de fundirse, agarró a dos de los presentes y los interpuso, usándolos de escudo humano. Cuando el humo se asentó, el sargento estaba tirado en el suelo, rodeado de cadáveres despedazados por las bolitas de metralla y las astillas que habían saltado de la destrozada mesa. Tigre entró, antes de que el maldito sargento pudiese sacar su arma.
- Si eres hombre, maldito gaijin, te enfrentarás a mí de igual a igual.
Tigre abrió fuego sin dudarlo, sin parpadear tan siquiera. Disparó una corta ráfaga en el estómago de su enemigo haciéndolo caer en una lenta agonía. El sargento gruñó, intentando sujetarse las heridas, y en ese momento recibió una patada en la cara.
- Has tenido diecisiete días para serlo tú, mientras yo estaba atado.

Tenkazu estaba sentado sobre sus talones, en el suelo, en la posición que en Wutai se llama seiza. Una katana, que a juzgar por la seda de su empuñadura, y el lacado de su saya, debía ser de una calidad excelente, estaba posada a su izquierda, y su propietario sostenía el wakizashi, apuntando a su torso desnudo.
- El prisionero, ¿eh? – Sonrió con amargura. – A mí no lograrás capturarme, Gaijin. – Tigre lo miró en silencio. Posó el fusil en el suelo y sacó un cuchillo.
- No he venido a ello.
Tenkazu parecía sorprendido, pero al instante entendió el mensaje: Volvió a guardar el wakizashi y se levantó, sosteniendo la katana envainada apoyada contra su cadera izquierda, como si la llevase colgando de la cintura. Miró a los ojos a su enemigo y, sin apartar la mirada, le dedicó una reverencia. Tigre inclinó la cabeza en respuesta. Echó el torso hacia delante y avanzó hacia él.



Tenkazu combinaba de forma brutal el karate y el kenjutsu. Tigre intentaba acercarse hasta el extremo en que la katana fuese más un impedimento entorpecedor que un arma homicida, pero en ese momento siempre salía despedido por una carga con el hombro, o se alejaba trastabillando a causa de un barrido. Al cuarto intento, el pie del oficial de Wutai encontró su talón y su espalda cayó al suelo, rodando primero hacia atrás hasta quedar boca abajo. Cuando creyó que era su oportunidad de levantarse, con las palmas apoyadas en el frío suelo de tierra comprimida, a medio incorporar, se dejó caer de nuevo, sintiendo como el golpe volvía a abrir las heridas de su rostro. De haberse quedado inmóvil habría perdido la cabeza.
Tigre vio un segundo ataque, vertical y descendiente y rodó, para luego abalanzarse sobre Tenkazu, derribándolo. Rodaron en el suelo, en un brutal forcejeo: La fría fuerza de la disciplina enfrentada a la incandescente llama de la locura. Tigre logró ponerse sobre él, pero la zurda de Tenkazu lanzó un puñetazo sobre su pómulo derecho antes de que lograse lanzar la puñalada mortal, y aprovechó esos segundos para colar la hoja de su katana entre ambos. La mano izquierda de Tenkazu buscaba el encrespado cabello de la nuca de su enemigo para arrastrarlo hacia la muerte contra su hoja, pero Tigre se había agarrado firmemente a su codo, empujándolo y apartando la amenaza de ese mortal filo wutaico.
Enzarzados en ese empate, Tenkazu sentía que su cuerpo, no afectado por maltratos y privaciones, ganaría en cuestión de tiempo, pero la mente de Tigre era un hervidero de ira y astucia. Con la sangre de las heridas de su rostro chorreando por su cara, aspiró una bocanada y la escupió a los ojos de su oponente, momento en el que este cambió su postura intentando defenderse, y la hoja de la katana volvió a interponerse con una fuerza inusitada. Sin embargo, Tigre ya no estaba ahí, pero antes de irse se acordó de hundir su rodilla entre las piernas de su enemigo.
Tras unos segundos de reposo, todo había vuelto al estado inicial: Ambos contendientes erguidos, cada uno en la postura inicial. Tigre había cambiado la orientación de su hoja, que esta vez asomaba hacia el exterior de su puño, pegada a su antebrazo, y Tenkazu había alzado su katana, en una posición vertical, con la pierna izquierda adelantada, y la empuñadura a la altura de la cabeza.
- Tonbo… La libélula. – Dijo Tigre.
- Veo que no eres un gaijin inculto… Y aunque tu forma de luchar sea infame e impráctica, tu corazón es valiente y agresivo.
- Demasiados movimientos innecesarios, ¿eh?
- Soy uno de los últimos descendientes de la más pura casta de guerreros que ha pisado este planeta, gaijin. – Dijo Tenkazu, ignorando las pullas de su oponente. – Tú eres un patán tosco e innoble, pero un guerrero ejemplar. Quiero disculparme por mi trato hacia ti. Ha sido impropio de un guerrero.
- La guerra es muy puta… ¿O qué te crees que he estado haciendo yo desde que me liberé? – Tigre intentaba que su tono fuese sarcástico. Intentaba insultar toda aquella nobleza que el coronel enemigo representaba, pero simplemente no era capaz: Dos hombres dispuestos a ganar y nada más, con el abismo insondable de luchar en bandos distintos. Nacidos en extremos opuestos del mundo, crecidos en mundos tan distintos como el día y la noche, no eran más que dos caras del mismo guerrero.
- Gracias por entenderlo.
Tenkazu gritó. Tigre gritó. Ambos cruzaron a la carrera los escasos metros que los separaban, el primero lanzando la katana en un arco descendente, y el segundo empuñando el cuchillo con ambas manos, listo para hundirlo.
En el último segundo, medio paso antes del último encontronazo, Tigre se desvió medio paso hacia su derecha. Con un potente movimiento de cadera, usando todos los músculos de su torso, giró hacia su izquierda, y sus manos chocaron con las de su oponente, desviando su golpe y apartando su arma. La afilada punta de la bayoneta esperaba al oficial de Wutai, hundiéndose profundamente en su pecho.
Era un hecho seguro que esa bayoneta había alcanzado el corazón del joven coronel Tenkazu Takezawa. Tigre seguía asiendo firmemente esa empuñadura, consciente de que su enemigo, mortalmente herido, se desangraría en segundos en cuanto retirase su arma de la herida.
Tenkazu lo miraba a los ojos. Su rostro estaba imbuido de la serenidad más absoluta.
- ¿Cómo se llama el hombre que me ha vencido? – Suplicó como última merced. Tigre cerró los ojos unos instantes. Su rostro seguía sangrando, y le ardía como mil demonios. Su cuerpo estaba totalmente agarrotado y entumecido, tras los días de privaciones sufridos y el desgaste de este último esfuerzo. Finalmente, los abrió y acercó el rostro al oído de su adversario. Habló durante un par de segundos y luego se apartó. Tenkazu sonrió despacio. - Un buen hombre para guardar mi daisho y el recuerdo de cómo he luchado y encarado mi final.
Tigre asintió. Asió con ambas manos la bayoneta y la arrancó de un solo tirón. Un chorro de sangre salió tras la hoja, y siguió brotando a cada latido. Tenkazu volvió a adoptar la posición Seiza, cerró los ojos, e irguiéndose, respiró profundamente dos veces, sumiéndose en un profundo trance meditativo. No llegó a respirar una tercera vez.



- ¡Objetivo caído! ¡Repito! ¡Objetivo caído! ¡Loco uno baja confirmada! ¡Abortar equipo Omega! ¡Que Bravo venga y nos ayude a pacificar el terreno! – La voz de Kurtz sonó alta y clara en el canal abierto de la radio. El líder Charlie lanzó un breve grito de júbilo, y desde Bravo solo había silencio.
- Aquí líder Omega: Si es un truco para entorpecer el curso de la operación, ha sido una mala decisión.
- Coja el phs, Sargento…
Cuando van Zackal oyó eso sintió al mencionado aparato vibrando en el interior de su chaqueta, no fue consciente de lo apretadas que estaban sus mandíbulas. A su lado, Gerstschen, cubriendo a su líder con su carabina, había descuidado su cometido, impresionado por el cambio de gesto del oficial. En su mano había un phs de última generación del que van Zackal no era capaz de apartar la mirada. La imagen de la pantalla era Lars Rozmann, inmovilizado por la combinación de un conjuro de hielo y otro que había alzado varias esquirlas de roca desde el suelo, marca de la casa de Kurtz. Con las piernas clavadas al suelo y su espada adherida a la pared, consumida por un bloque de hielo que alcanzaba hasta su muñeca, fue acribillado a tiros por media unidad Alfa.
- Se han anticipado… No han podido tener tiempo de hacerlo de otra forma. – Entendió, y al hacerlo, su ceño fruncido se agravó aún más. – Rookery no vio ninguna amenaza, simplemente se pusieron de acuerdo para ganar tiempo… - La mirada de Gerstchen iba desde el edificio cuyo interior estaba acabando de ser tomado por el equipo Alfa, de menor número que el enemigo y enfrentado a un hombre capaz de destrozar individualmente a cualquiera de sus componentes, “Scar” incluido. Ese cabrón no solo era ingenioso para los apodos. Mientras Gerstschen estaba distraído analizando los méritos del mentor al que había dado la espalda, la voz de su superior a su espalda lo sorprendió. – Bravo, entra y acaba. Vámonos cuanto antes.



Tigre estaba paralizado. Un chaval joven, un soldado enemigo al que el ataque había pillado con una chica en medio de la selva, no era más que eso, y ahora, ni siquiera eso: Tigre lo había oído venir, saltó tras él y lo degolló de oreja a oreja. Una baja más y a seguir adelante. El brutal momento en el que quitar algo tan individual e irrepetible como una vida se vuelve mecánico y monótono, como caminar o respirar.
El rostro de Tigre seguía siendo el mismo: Cansancio, hastío y ganas de una cama y una comida dignas de tal nombre. Huía sin dignarse siquiera a mirar al hombre que agonizaba a su espalda. A escuchar su último aliento y cerrar sus ojos. Ese deber quedó para la mujer que había aceptado, a regañadientes, ir con él al bosque.



La puerta se abrió con el crujido habitual. La luz del rellano inundó el recibidor del viejo edificio. Kurtz dio un par de pasos al interior y esperó a que Etsu caminase hacia él para pedirle ese paseo que siempre ansiaba tanto, pero Etsu no vino. Al principio, se sintió extrañado, pero entonces una sonrisa le llenó el rostro. Abrió la puerta del salón y allí estaba el perro: Fuera de su sillón imperial, tirado en el sofá de al lado, con la cabeza apoyada en el regazo de Aang. Estaba claro que el animal conocía el significado de su desarrollado vientre, y quería darle calor. Su alteza canina ni siquiera parpadeó cuando su dueño le usurpó el trono.
Jonás llevaba unos segundos sentados, antes de ver la katana y el wakizashi apoyados en la mesita del salón. Ambos lacados a juego, maravillosamente conservados y cuidados con esmero durante años. Podría decirse que durante generaciones incluso: Una herencia familiar, símbolo de nobleza en Wutai, y extrañamente guardados en el armario de un hombre de dudoso historial al otro lado del mundo.

- La tele está al otro lado. – Murmuró Aang, sin cruzar su mirada con la de su novio, que la observaba fijamente.
- He visto mucha tele estos meses, pero a ti no tanto.
- Hai, eso es cierto. Sin embargo, este programa acabará en diez minutos. – Respondió ella, aún resistiéndose. – Pero a mí me verás el resto de tu vida. – Kurtz sonrió. Solo con esa frase había ganado todas las apuestas del mundo. Incómodo, jugó un rato con su trenza, sin poder apartar la mirada del vientre de su novia.
- ¿No deberíamos ir a hacer compras para esos?
- Hoy no, Jonás. Hoy descansas, ¿hai? – Dijo ella levantándose pesadamente, y rechazando la oferta de Kurtz de ayudarla. – Corbata fuera, chaqueta fuera y botas fuera. Hoy has vuelto a salvar la ciudad, ¿hai?
- Bueno… - Reconoció el turco. – Si. Y a sobrevivir a una nueva intentona de matarme por parte del cabrón de van Zackal. La verdad es que el enano ese, Katsumashi, fue el que me ayudó a lograrlo: El cabrón sabe hacer virguerías con la materia. Solo había visto a Har y a algunos en la noventa y nueve tirando magia de esa potencia. Rook hizo lo que tenía que hacer por su parte, y todo funcionó como una máquina perfecta.
- Sigues siendo un militar, Jonás Kurtz. – Dijo ella mientras se sentaba sobre las rodillas de su novio. – Una perfecta máquina de matar y amar.
- Esas reflexiones vienen por... ¿Eso? - Preguntó Jonás, desviando su mirada hacia las armas.
- El daisho de Tenkazu.
- Lo reconoces...
- Evidentemente. - Respondió Aang. - Tú mataste al hombre que quería pedir mi mano esa noche. No lo amaba, pero... Bueno, era la guerra. Reconocería estas armas en cualquier lado. Pertenecieron a su familia durante generaciones. Estoy segura de que podrían cortar una roca... Y ahora las tienes tú.
- ¿Crees que las robé?
- No, Jonás. Tú eras un prisionero que había sido torturado durante días, la parte instintiva y animal de tu cerebro sabría perfectamente que lo importante era vivir para curarse, comer, dormir y reponer fuerzas. No habrías perdido tiempo en buscar algo que robar y que te entorpeciese. - Sonrió mientras sacaba el arma de su vaina. Dedicó unos segundos a ver sus ojos oscuros reflejados en la hoja y luego la guardó. Antes de envainar el último centímetro, pasó su meñique por el filo, cortándose y manchando de sangre la hoja. Kurtz se sobresaltó, levantándose del sillón, listo para correr a socorrer a su novia, pero la tranquilidad de esta lo detuvo, confundiéndolo. - La hoja no debe salir si no va a probar sangre, ¿hai?. - Dijo de forma sensual, antes de chupar su dedo. - Tenkazu te pidió que guardases tú sus armas. - Jonás asintió.
- Compartí sus últimos momentos. - De reojo, Jonás miraba a su mujer, esperando ese gesto de entendimiento: Estaba reconociendo haber matado al oficial wutaico.
- Una máquina de matar y amar...
- Soy un tío que entra, ficha y se muere de ganas de salir a casa con su mujercita. Lo único que al menos, no me aburro en el tajo.
- ¿Y en la cama?


Etsu hundió la cabeza… Aang no veía los dibujos, cosa que le frustraba ya que no le veía la gracia a los concursos, pero empezaba a temerse en serio que lo iba a tener difícil para conservar esos paseos en cuanto su amo llegaba de trabajar. De hecho, por el estruendo que llegaba desde el dormitorio, parecía que el amo siguiese trabajando. Asomó el hocico por la puerta, pero se retiró enseguida, entendiendo que a él también le molestaba mucho que le viniesen a molestar mientras comía, de modo que, a falta de más posibilidades, tomó el mando con los dientes y se tiró a su trono a reinar sobre los viejos tablones del parqué mientras pisoteaba el mando, buscando esos dibujos tan violentos que tanta gracia le hacían.