jueves, 5 de agosto de 2010

219

La copa sonó con un agudo "clinc" cuando la posó sobre la mesa de cristal. Ya había vaciado la mitad de su contenido, para intentar animarse. No tuvo demasiado éxito. Elliot estaba alicaído desde el día anterior. El científico seguía con la mirada vacía el movimiento de los rayos de sol que se colaban por los agujeros de la persiana. Era lo que llevaba haciendo desde que se había levantado, a las ocho. Marie ya se había ido a trabajar. Ahora el reloj de la sala marcaba las diez y veinte y le daba el compás a sus dedos nerviosos, que tamborileaban sobre su pierna. La televisión estaba encendida, y daban un programa llamado "de variedades", a pesar de que siempre salían más o menos los mismos personajes vendiendo su vida ante las cámaras. Y lo peor era que realmente les pagaban. Curiosamente, ese día habían aparcado los temas que envolvían a los habituales bufones e invitados, y en su lugar estaban hablando sobre un incidente ocurrido en el Midgar Ring. Por lo visto, algún desaprensivo había ido recorriendo la carretera circular que rodeaba Midgar con un coche de gran cilindrada y armando un ruido impresionante; impresionante para cualquier vehículo que no esté dotado de al menos cinco motores y un remolque lleno de los monstruos más ruidosos del continente. Los PMs estaban puestos en el asunto buscando el vehículo en cuestión y a su conductor, al que le iban a caer varias denuncias por desorden público y conducción temeraria. Al terminar eso, que debía ser lo único de relativo interés, volvieron a salir el presentador, los colaboradores y los invitados, hablando del tema con tanta autoridad y sapiencia como hablaría un fabricante de espadas de Wutai de los entresijos de una escopeta.

-Como si el desorden público no estuviera en el menú del día en los tiempos que corren... - masculló antes de apagar el televisor. Ya estaba bastante atontado, no necesitaba matar más neuronas. Elliot se levantó del sofá con un suspiro mientras trataba de organizar un poco su destartalada cabeza. El día anterior había logrado por fin reunir coraje para hablar con Marie acerca de su despido. Le había costado mucho empezar, pero como suele ocurrir con las cosas que resultan difíciles de tratar, una vez que comenzó no pudo parar. Le contó todo: la reunión inesperada con Leman, la charla con la desabrida jefa, la noticia del despido y la causa del mismo. Todo ello regado con la frustración de no haber tenido ocasión de desarrollar su proyecto personal, y carecer de apoyo para esa iniciativa en el laboratorio. Al final se había dejado llevar por el pesimismo, aduciendo que según Leman era casi seguro que no volvieran a contratarlo en el mismo puesto, al menos mientras el cañón siguiera siendo necesario, y quién sabe lo que pasaría cuando no lo fuera. Eso contando con que Meteorito fuera destruido; de no ser así, todo daba igual, ya no tendrían más de lo que preocuparse. En ese punto Marie le detuvo. Al principio, ella le había escuchado con tranquilidad, pero cuando terminó, lo primero que hizo fue darle la mayor colleja que jamás le habían dado, ni siquiera en el instituto. Elliot fue a quejarse, pero se encontró con el rostro furibundo de Marie.

- ¡Idiota! ¡Me has tenido preocupada! Sabía que algo te rondaba la cabeza, que por algo estabas tan callado. Llamé a Sigurd, pero no me quiso decir nada. ¿Por qué no me lo has contado primero? ¿Pensabas que te iba a reprochar algo o qué? ¡Si te hubieran echado por hacer el vago en el laboratorio, todavía! Elliot, pensaba que me conocías mejor, o al menos lo bastante como para saber que tu despido no va a hacer que te eche nada en cara.

En ese punto, Marie enmudeció y se sentó frente a él, pero no le miró a los ojos. Elliot bajó la cabeza; se dio cuenta de que sus amigos tenían razón y había sido una estupidez retrasar tanto la noticia. Se preguntaba qué estaría pasando por la morena cabeza de su esposa. No tuvo que esperar demasiado para saberlo. Ella se irguió, le miró a los ojos y Elliot vio en ellos una tormenta muy peligrosa que se dirigía hacia él. Marie tenía demasiada deformación profesional como redactora de una revista como para permitirse usar palabras malsonantes, aun en casa, pero el tono de voz ponía de manifiesto su ira tanto como la colleja.

- Lo que más me molesta - dijo como si masticara las palabras - es que me hayas engañado al contarme esa milonga de la "reducción de jornada". Sabes que detesto las mentiras, y más en temas importantes. Llevabas trabajando ahí bastante tiempo, y era la posibilidad de hacer tu proyecto realidad. Si te habían despedido, debiste habérmelo contado en el momento. ¡Qué más da que fuera culpa del cañón, de Arma o del Meteorito! ¡No me importa si ha sido porque te pillaron robando material de oficina - en este punto, Elliot tragó saliva visiblemente afectado. Marie no pareció notarlo o no le dio igual - o porque insultaras a Leman a la cara! Eso no me importa, siempre que me lo digas. Entre los dos podemos encontrar una solución, pero parece que no quieres que te ayuden. Entiendo que es algo que te ha alterado mucho, pero ¡es que nos afecta a ambos, no sólo a ti! ¡Aún no entiendo por qué te lo callaste!

- ¡Porque llevo meses dándote la espalda por trabajar en ese proyecto! ¡Meses que has tenido que aguantarme el mal humor y que no te prestara la menor atención! Has estado soportándome todo ese tiempo para al final no tener resultados. No quería que supieras que todo eso ha sido para nada. ¡No quería que me vieras como un fracasado! - estalló Elliot finalmente.

Marie estaba enfadada, pero eso era temporal. Lo peor para la redactora era la decepción. Había confiado siempre en su esposo, y nunca habían tenido secretos. Es decir, nunca hasta el momento en que él había traicionado su confianza. El hecho de sentirse engañada tardaría mucho más en desaparecer que el enfado. En cuanto a Elliot, acababa de pronunciar la palabra que llevaba rehuyendo toda la vida mientras buscaba la oportunidad de eludirla definitivamente. Su proyecto personal habría sido la manera de conseguirlo, de alzarse por encima de esa implacable perseguidora. Pero esa taimada palabra, "fracaso", le había alcanzado al fin, y había llegado más allá del ámbito laboral.

Esa misma noche ambos cenaron sin intercambiar una sola palabra. Marie acabó la primera, y se fue directa al dormitorio. Elliot aún se quedó un rato en la cocina, terminando una cerveza que se le iba haciendo cada vez más amarga. Cuando fue a la habitación, Marie estaba echada de espaldas. Él se desvistió y se tumbó a su lado. Ella ni siquiera se movió, pero Elliot creyó escucharla sollozar un par de veces. Aquella era la primera discusión de todo su matrimonio. Antes de que el sueño se llevara sus preocupaciones temporalmente, alcanzó a susurrar un "lo siento".

***

Los PMs habían armado un buen revuelo al salir. De hecho, tendrían que haber salido la noche anterior, pero eran pocos los que estaban de servicio entonces, y el área a cubrir (el Midgar Ring) era demasiado extensa sólo para ellos, de manera que tuvieron que esperar al día siguiente para poder movilizar a más personal e para investigar a fondo. Aquello distrajo un poco su pensamiento de lo que le iba a tocar afrontar en breve.

El segunda clase repasó mentalmente lo ocurrido hacía unos días. Recordó la misión donde se suponía que debía mantenerse al margen y dar apoyo estratégico. Al principio había hecho lo que se suponía que debía hacer; órdenes del director (aquel mismo director al que lanzaría sin remordimientos a una orgía de boms sólo para ver si sus cenizas cabían en una caja de cerillas). Aquello pronto se convirtió en una partida de ajedrez donde el rey enemigo, en vez de escapar cuando le hacían jaque, se dedicaba a comerse sistemáticamente las piezas que le amenazaban. Literalmente. Al final, cansado de tanto baile de lucecitas en aquel panel, encerrado en aquella furgoneta al margen de toda la zona acordonada, Susurro decidió tomar cartas personalmente. No fue complicado dirigir al monstruo hacia su posición. Una vez fue avistado, los de su unidad tuvieron que prepararse para lo que se avecinaba, y nadie se quejó cuando él se unió a la refriega. Sabía que el director le montaría el pollo con su voz chillona, pero se encargaría de eso en su momento. Y se encargó, sí. Disgustado, apartó de su mente la charla con su superior. En cambio, prefirió rememorar la pelea con el monstruo.

Aquel bicho se había cargado a casi toda su unidad. Más aún, había acabado con la de Mallet, y al propio Mallet primero le había dejado manco (un poco como él se había sentido durante el combate por su brazo roto) y luego lo había matado. Según el informe, le había aplastado la cabeza con esas mismas mandíbulas que veía chasquear ante él. No habría necesitado ningún incentivo para combatir contra un monstruo; para eso eran creados los SOLDADO, entre otras cosas. Pero tenía realmente un par de motivos para luchar. Uno de ellos implicaba a Mallet, que era de los pocos con los que se llevaba medianamente bien; otro era él mismo. Había oído una vez a uno de los veteranos hablando sobre lo que eran. "Un SOLDADO es un guerrero pensado para vencer. Si un monstruo mata a un SOLDADO, éste muere, sin más. En caso de que el SOLDADO sobreviva, significará que ha tenido la oportunidad de vencer y no la ha aprovechado, o de lo contrario habría muerto." Y consideraba que tener la oportunidad de vencer y desaprovecharla, por el motivo que fuese, era una derrota inadmisible.

Susurro no compartía del todo su punto de vista, y se había dicho que aquel veterano tenía una mente un poco cuadriculada. De todos modos, era cierto que enfrentarse a un enemigo y ser derrotado de alguna manera que no le dejase medio muerto le corroía. Le daba la impresión de no haberse esforzado lo suficiente. Y no se había sometido a un proceso del que algunos salían rebotados, en un trabajo donde se arriesgaba la vida enfrentándose a engendros de pesadilla y rarezas de la fauna, sólo para hacerse la víctima. Con esos dos acicates en mente, había salido de aquella furgoneta listo para dejarse la piel alrededor del cuello del monstruo y asfixiarle con ella.

La bestia había salido del laberinto mezcla de desguace y vertedero. Era imposible confundirlo con otro: cuerpo negro, seis extremidades, escamas negras recubriendo su lomo y cabeza y piel correosa en las patas. La cola de hueso con forma de lanza, la cabeza cónica con sus pequeños ojos depredadores y su aterrador cuerno de marfil se unían a sus garras para formar un conjunto de armas formidables. El monstruo hizo lo propio cuando vio lo que tenía delante. El furgón era un obstáculo, y lo primero que hizo fue girar su grotesca cabeza hacia otro lado en su búsqueda de una vía de escape. Además, junto al vehículo estaban algunos SOLDADO de tercera clase y unos cuantos PMs, que le habían visto venir y preparaban la ofensiva. Los de seguridad ya habían empezado a disparar sus armas. Las balas llovían certeramente sobre la dura cabeza del monstruo, que soltó un chillido estridente. Algunas se encajaron ligeramente en su cuerpo, pero otras rebotaron inofensivas. Las materias de los agentes de SOLDADO, al ser simples escoltas, eran más de tipo independiente, comando y algo de apoyo, y no servían para el combate a distancia. Por tanto, se colocaron delante de los de seguridad con las espadas a punto. Su superior inmediato era el propio Susurro, y al no recibir ninguna orden suya, no tenían muy claro qué hacer, de modo que se limitaron a prepararse y mantener sus posiciones. El segunda clase, por su parte, había salido de donde el director pretendía encajonarlo durante la misión y se había puesto en marcha.

Lo primero fue una generosa ración de Piro+ directamente contra la criatura. Para declarar intenciones. El fuego rugió en dirección a la cabeza astada, que al ver el fuego trató de esquivarlo. Tuvo suerte, y la mayor parte del ardiente proyectil pasó inofensivo a su lado, aunque la piel correosa de las zonas carentes de escamas siseó. El olor a piel chamuscada se sumó al propio hedor del ser. Con un chirrido, dio media vuelta y trató de escabullirse. No muy lejos de allí aguardaba la unidad E-3, que antes había obligado al monstruo a dirigirse hacia el furgón.

- ¡E-3, cortadle el paso!

Los agentes se permitieron un momento de duda. No era poca cosa parar los pies de un bicho como aquel, que sería capaz de ensartar a cualquiera de ellos con su cuerno frontal o de mandarlos por los aires sin muchas complicaciones. Sin embargo, habían reconocido en la voz de Susurro la de quien les había estado mandando instrucciones minutos antes, y se rehicieron a tiempo. El astuto engendro iba de frente, hasta que reparó en que le estaban esperando. Rápido como el pensamiento, dio un salto formidable para una criatura de su tamaño y trepó por un montón de chatarra. Pocos segundos despues se dejaron de escuchar sus rápidas pisadas. Los SOLDADO le perdieron de vista. Susurro murmuró una maldición. Era justo lo que quería evitar. Si se separaban o se despistaban un sólo momento, estaban jodidos. Susurro se volvió. Cerca de la furgoneta, se encontraba el técnico que le habían asignado para ayudarle a manejar los aparatos de seguimiento.

- ¡Vuelve dentro! ¡Infórmanos de sus movimientos si aparece de nuevo en pantalla! Estamos fuera del área acordonada. Si no quieres que abandone el perímetro, ¡haz lo que te digo!

El técnico no titubeó. A fin de cuentas, no era militar, y no le hacía demasiada gracia quedarse fuera del acogedor interior del furgón. Susurro carecía de comunicador, así que con pasos largos se reunió con los SOLDADO de E-3. El cabo estaba intranquilo. Manoseaba continuamente la empuñadura del arma, y miró preocupado el brazo en cabestrillo de Susurro. Quizá creía que no estaba capacitado para luchar. Susurro lo advirtió y su expresión se endureció.

- No hay rastro de ese cabrón. Lo mejor es que nos separemos y...

- Separarnos equivale a meternos en su boca con una manzana en la nuestra - repuso el segunda clase serenamente, mirando ceñudo al cabo.

- Entonces podemos intentar emboscarle cuando salga de...

- Eso funciona cuando sabes dónde está tu enemigo y él no sabe dónde estás tú. Es ese hijo de puta el que intenta emboscarnos a nosotros. Un cebo tampoco funcionaría, es demasiado rápido - dijo negando con la cabeza. Ya habían caído unos cuantos precisamente por dispersarse para buscarle, y ya había comprobado que aun estando como cebo toda una unidad, el monstruo se limitaba a atacar por la espalda a cualquiera de ellos y luego desaparecer. Desde luego, el muy cabrón sabía aprovechar el elemento sorpresa mejor que un asesino profesional. El cabo se encogió de hombros.

- Si al menos no fuera capaz de esconderse despues de atacar... - masculló uno de los soldados rasos. Susurro se le quedó mirando. Los demás se apartaron un poco de su compañero, temiendo que el normalmente sereno y taciturno SOLDADO de pronto pudiera convertirse en un avatar de Heidegger. Susurro dio un par de pasos y se colocó frente al SOLDADO.

- ¿Nombre?

El tímido tercera clase tragó saliva visiblemente nervioso.

- Álex Cove, sargento, digo señor...

Con deliberada lentitud, Susurro levantó el brazo derecho y lo posó sobre el hombro del tercera clase.

- Acabas de darme una idea. Usa tu trasto y llama al tipo del furgón. Dile que ordene a E-4 unirse a nosotros. Que se retiren los demás. De esa manera sólo tendrá un grupo al que hincar el diente.

Tal como había ordenado, las unidades E-1 y 5 se retiraron más allá del perímetro designado para la misión, cerca del equipo médico donde se encontraban los SOLDADO heridos de E-2. Pronto la unidad E-4 se reunió con ellos entre las pilas de metal y desperdicios. Cuando llegaron, Susurro les puso al corriente del plan. Los agentes escucharon con atención. Lo expuesto no les parecía menos desesperado o abocado al fracaso que los movimientos anteriores, pero podía funcionar. Tenían que confiar en que Susurro conociera bien al enemigo, y afortunadamente, ese era el caso. Durante unos minutos, el segunda clase mantuvo una conversación con el técnico de la furgoneta. Cuando consiguió la información que necesitaba, se ajustó la espada y fue a reunirse con los demás.

- Bien, el punto clave es ese - dijo señalando un gran montón de chatarra, formado por una gran máquina medio destrozada.

- ¿Está seguro de que es buena idea, señor? Es decir, antes ya intentamos conducirle a una trampa, y no es que diera resultado.

- Sí, estoy seguro. No le gusta enfrentarse abiertamente. Colocad vuestra materia como os he indicado. Ven, Cove. La idea es tuya y tendrás parte activa.

Susurro sacó su espada y quitó de ella una materia de fulgor verdoso y una que brillaba afablemente y se las dio. A cambio, tomó un par de las materias independientes de Álex. Al hacer el intercambio, el tercera vio sus dientes destacando durante apenas un segundo en una mueca feroz. La sonrisa se fue como vino, dejando al guerrero con la incertidumbre de haberla visto. Cuando todo estuvo dispuesto, los SOLDADO tomaron posiciones según el plan y esperaron.

***

El grupo de agentes avanzó cautelosamente por uno de los desfiladeros entre los restos de la ciudad. Iban con las espadas desenvainadas, atentos a la menor señal de peligro. Olían a metal, a sudor y a materia. Iban muy juntos, como si temieran un ataque. Hacían bien en temer. El brillo azulado de aquellos iris no les llamó la atención desde el interior de la pila de hierro retorcido. Ya no olía a los demás. Estaban solos. La criatura se relamió. Uno a uno, todos caerían. Con un quedo gruñido, se impregnó del mal contenido olor del miedo. Estaban ya cerca de su escondrijo. No habría que esperar mucho.

La unidad E-4 avanzaba de forma lenta, pero firme. No se molestaban en moverse con sigilo; no era parte de su misión. El nerviosismo aumentaba. Llevaban unos minutos de caminar entre los restos, y aún no habían visto ni oído nada que no fueran sus propias pisadas. Presa de un súbito temblor que se esforzó en dominar, uno de ellos se retrasó ligeramente. Apenas un par de pasos. Ese fue el momento. En una explosión de piezas de maquinaria, desperdicios y tornillos, emergió una cabeza negra seguida de dos par de garras aceradas. Las afiladas zarpas se dispararon en dirección al SOLDADO rezagado, que apenas tuvo tiempo de levantar la espada. Habría muerto si una violenta descarga eléctrica no hubiera frenado en seco las intenciones asesinas del monstruo. Ahora al descubierto y con un grupo enemigo delante, la criatura salió completamente de su escondite y echó a correr velozmente en dirección opuesta a la que llevaban. Tras un recodo, los SOLDADO lo perdieron de vista nuevamente, y la criatura saltó dispuesta a zambullirse nuevamente en la seguridad de los desechos. Los metales y restos no supusieron gran obstáculo para su fuerza y sus cuatro garras, así que pronto estuvo bajo lo que en tiempos debió haber sido un viejo panel inferior de la placa, alrededor de la cual se habían desplomado varios cascotes. Lo hizo sin problemas, pero justo cuando se estaba acomodando para esperar de nuevo a sus víctimas, un dolor agudo y un brillo azulado le hicieron aullar de dolor y sorpresa.

Y es que desde uno de los montones de chatarra, uno de los escoltas de Susurro, equipado con materia Electro, había saltado sobre la estructura derribada. Clavando la hoja en el metal, canalizó el poder de la magia por toda la superficie metálica. Un destello azulado se generó en el punto donde la espada había entrado, y se expandió por todo el panel, hasta alcanzar al monstruo. Con un estremecedor chillido, abandonó la estructura con la misma velocidad con que había atacado antes. El SOLDADO se tambaleó, pero consiguió mantener el equilibrio a tiempo. Sus compañeros se reunieron con él. La criatura, al verse de nuevo descubierta, huyó buscando un nuevo lugar desde donde poder emboscarlos. Ese comportamiento, astuto e instintivo, siempre le había dado resultado, pero no esta vez. Cada vez se refugiaba, no tardaba mucho en tener que abandonar la seguridad del amasijo de hierro, presa del dolor y con las escamas chamuscadas. Lo intentó tres veces más, y al ver que era imposible, trató de escapar. Sus patas estaban entumecidas por las descargas, y le costaba poner tierra de por medio.

Su huida se vio cortada por los agentes de E-4, que venía por una "cañada" lateral formada por escombros. Los tercera clase tuvieron tiempo de alcanzar con sus espadas las desprevenidas patas delanteras. La criatura aulló y retrocedió. Las materias brillaron y un par de bolas de fuego se estrellaron cerca de sus patas traseras. Pero el entumecimiento había pasado ya, y era demasiado rápido para ellos. Pronto fue capaz de dejarlos atrás. Agobiado, el ser buscó con sus ojos rasgados un lugar seguro donde ocultarse. A apenas cien metros, divisó un enorme montón de metal: se trataba de los restos de una vieja maquinaria. Estaba rodeada de estructuras caídas, que quizá fueran grúas cuando estaban en pie. Por un momento, algo brilló en la vieja máquina, pero no pudo distinguir de qué se trataba. Por si acaso, el astuto monstruo se acercó con cautela, bordeando los escombros de alrededor, para no ser visto. Escuchó gritos tras él. Los humanos se acercaban. Acosado, dio un gran salto y se metió entre los hierros de las grúas.

Un nuevo grito hizo que se volviera a medias. Por encima de él había otro SOLDADO. Álex Cove, al igual que los otros, no le atacó a él. Su espada, vibrando con la electricidad contenida, se descargó en el metal, y a través de éste llegó hasta las garras aferradas a la estructura. Una nueva oleada de dolor le invadió, más intenso que antes. Su primer impulso fue revolverse y arrancarle la cabeza de una dentellada al autor de su sufrimiento. Al dar media vuelta, se fijó en que detrás de él, venían el resto de sus compañeros blandiendo sus armas. Sabiendo que un ataque frontal podía acabar en más daño, optó por huir. La única manera posible de hacerlo ahora era subir hasta la gran máquina oxidada. Aguantando el dolor, la bestia trepó hasta situarse por encima de la grúa. Álex seguía electrizando el metal, y la duda ensombreció su rostro cuando vio que aquella monstruosidad, sobreponiéndose a los aguijonazos de la electricidad, seguía moviéndose. A pesar del temor que empezaba a hacer mella en él, aguantó y mantuvo el contacto de la espada electrificada con la grúa. La criatura, chillando, se preparó para encaramarse al industrio descompuesto, que aguardaba con la promesa de una vía de escape a un salto de distancia. Los poderosos músculos de las patas traseras le impulsaron en el aire.

Y de nuevo el mismo brillo de antes. En el mismo lugar hacia el que saltaba. El fulgor era verdoso y se reflejaba en la hoja de otra espada y en unos ojos azules colmados de despiadada frialdad. Ya era demasiado tarde para corregir la trayectoria, demasiado tarde para escapar. Sus garras delanteras ya estaban arañando el fuselaje de la máquina, y sus ojos se abrieron como platos, dejando las pupilas reducidas a estrechas rendijas a causa de la luz. En ellos se reflejó la cara, ceñuda y sonriente, de Susurro. El SOLDADO apuntaba con su espada directamente hacia el monstruo. Incapaz de detener su avance, el monstruo se encontró con la espada y parte del brazo de su oponente prácticamente dentro de su boca. Pero no tuvo tiempo de cerrarla. Sólo pudo dejar escapar un gemido chirriante, cortado bruscamente por las palabras del SOLDADO.

- Mallet te espera, hijo de puta.

La espada alcanzó una luminosidad rojiza cuando la materia Piro+ se activó, y una explosión sacudió el metal abollado de la maquinaria. La cabeza de la criatura estalló, arrojando pedazos de hueso y sesos. El fuego siguió su recorrido a través de las entrañas de la bestia y explotó en su interior. Susurro alcanzó a cubrirse detrás del panel tras el que se había escondido en espera de que llegase el momento adecuado. Había esperado demasiado para estar seguro, y se había chamuscado un poco. Desde abajo, Álex contemplaba la explosión, y tuvo el buen sentido de apartarse cuando cayeron los despojos del monstruo. Desde su aventajada posición, el segunda clase vio cómo el cadáver abrasado chocaba contra los tubos de la grúa y éstos se doblaban bajo su peso. Sus ojos no reflejaban ya nada, y únicamente le dedicaron una mirada fría e indiferente.

- Dale recuerdos mientras él y sus chicos te masacran en el infierno.

Despues de aquello, se reunió los demás; le vitoreaban. Él lo tomó con indiferencia, aunque no le resultó sencillo evitar contagiarse de parte del entusiasmo de los demás. Estaba algo cansado. No había sido demasiado duro, a fin de cuentas; al menos no para él, que sólo tenía alguna quemadura. Los tercera clase lo habían pasado bastante mal, como podían dar fe los heridos de E-2. Pero aún quedaba lo peor. Mientras los PMs se quedaban para limpiar la zona y un grupo del departamento científico llegaba como una manada de chacales para hacerse con la carcasa abrasada del monstruo, les llegaron órdenes de arriba. El director quería verle en su despacho. De inmediato.

***

El director había recibido una desagradable sorpresa en los comentarios que habían llegado a sus oídos. El técnico que manipulaba los detectores del transporte le había contado la manera de trabajar de Susurro. Inicialmente correcta, pero cuando le contó que había tratado de atraer al monstruo (con éxito) hacia el borde del área vigilada, el director torció el gesto. Y cuando el técnico le refirió la intervención del segunda clase, su cara se tornó roja, congestionada por la ira. Había sido eso lo que le había impulsado a llamar a los grupos destinados a esa misión al completo. Estaba decidido a que la desobediencia no quedara sin consecuencias.

Desde su despacho escuchó un gran alboroto cuando entraron los agentes. Muchos vitoreaban y aplaudían el plan del sargento insubordinado. A juzgar por lo que escuchaba, tomar una medida contra la desobediencia de Diastraefen podía resultar en una insubordinación mayor... si lo hacía en público. El director se rascó la incipiente calva extrañado; no recordaba que fuera tan popular. De hecho, siempre había creído lo contrario. Decidido a acabar con el jolgorio, salió del despacho. Al verlo, las unidades bajo el mando de Diastraefen y el propio sargento formaron ante el director. Todos estaban firmes, con la mirada hacia adelante y los hombros erguidos. La mirada y la cara enrojecida del director rebosaban indignación mal contenida. Susurro se hallaba a un lado, adelantado un par de pasos y en idéntica posición.

- Descansen - masculló. Con un gesto, hizo una seña al segunda clase y se dirigió hacia su despacho. Una vez en su interior, se sentó en su castigado sillón y le miró ceñudamente. Cuando habló, lo hizo entre dientes, como si masticara las palabras.

- ¡Esto es el colmo de la irresponsabilidad! ¡Desobedeció una orden directa! ¡Le dije claramente que no podía intervenir!

- No lo hice por gusto, señor. El enemigo amenazó con atacar la furgoneta. ¿Debería haberme quedado de brazos cruzados, en el interior, mientras el objetivo nos pasaba por encima y escapaba de la zona, señor?

- ¡No me venga con esas! El técnico asignado a su unidad me lo ha contado todo. ¡Debió dejar que sus escoltas se encargaran de él! - barbotó el Contable (apodo que le dedicaban los agentes a sus espaldas).

- Con el debido respeto señor, eso habría sido una locura. Los escoltas que iban conmigo carecían de materia de largo alcance. Y eran escasos. Lanzar a unos tercera clase contra una criatura así sin ninguna clase de apoyo es mandarles a la muerte. Fue por eso que decidí intervenir, señor.

El director pareció estar a punto de decir algo, pero casi se atragantó. Era como si las palabras se le atropellaran en la garganta. Cuando se recuperó de su indigestión de ira, estrechó los ojos y se enjugó el sudor con un pañuelo blanco. No podía permitirse tener a Diastraefen suspendido de empleo; él mismo había repetido varias veces que no contaban con muchos agentes con experiencia. No obstante, estaba decidido a no dejarle marchar sin aplicarle un correctivo por su falta de disciplina.

- Tiene suerte de que la misión haya sido un éxito y de que no haya resultado herido - empezó a decir -. Ya le avisé: no tenemos muchos efectivos ahora mismo, y de segunda clase menos aún; no quiero arriesgarlos cuando el trabajo puede ser hecho asignado a los tercera clase. Y de hecho...

- De hecho, tiene razón, señor - cortó bruscamente Susurro.

El director estuvo a punto de atragantarse de nuevo, y sus cejas subieron cómicamente en su cara como si intentaran ser un patético remedo de pelo en sus entradas. Susurro le alargó una hoja escrita por él.

- Aquí tiene el informe, señor - dijo tranquilamente -. Realmente es un borrador, dado que no he tenido tiempo de hacerlo como es debido. Como podrá comprobar, al final sólo hicieron falta dos unidades bien coordinadas y yo mismo. No era necesario haber enviado tantos agentes.

El director la arrancó el papel de la mano y leyó rápidamente el informe. Estaba bastante claro para haber sido hecho de prisa y corriendo. Casi al final, miró a Susurro con incredulidad; luego frunció el ceño de nuevo y terminó la lectura. Sus labios se fruncieron mientras depositaba de malas maneras el informe sobre su mesa. Estaba claro que había actuado de manera correcta, pero la desobediencia no pensaba pasársela por alto a pesar de haber conseguido su objetivo. Y encima, haberlo conseguido con menos efectivos de lo prescrito por su superior. Miró con ira a Diastraefen: no había nada que pudiera hacer despues de aquello.

- No crea que esto va a quedar así. Su insubordinación y desobediencia irán a parar a su expediente. Y no creo que al señor Heidegger le haga gracia ver que cuenta con rebeldes entre sus agentes. Si no es capaz de cumplir las órdenes, me aseguraré de que le saquen del servicio activo.

- Sí, señor - repuso suavemente Susurro. En su interior, estaba contento. Que aquel gordo tomase las medidas que creyera oportunas. Había sido modificado para ser un SOLDADO y eso sería. Y en el peor de los casos, ¿qué iba a hacer? ¿Despedirle? Él mismo había admitido andar corto de personal. A una seña del malcarado director, abandonó el despacho y se reunió con los tercera clase. Al ver su gesto neutro, pensaron que le había caído una reprimenda severa. Susurro se acercó a donde estaba Álex Cove. El SOLDADO le miraba sin saber bien qué hacer. Sin una palabra, Susurro le devolvió sus materias independientes. Todos bajaron la cabeza, dando por hecho que eso significaba lo peor. El director había ganado aquella baza. Luego, con un papirotazo, Susurro cogió de la espada de Cove sus materias Electro y Salto y se las guardó. Los agentes se animaron de nuevo.

- Gracias, Cove. Me harán falta.


El siguiente día que tuvieron de permiso no hablaron de otra cosa que de la patada que Susurro debía haber dado al amor propio del Contable.

viernes, 30 de julio de 2010

218

Han tenía un buen día. Un día cojonudo, de hecho, de esos en los que la ilusión y el optimismo convergen en un torrente de energía positiva con la que encarar un gran momento vital. Malcolm vio impresionado como su hermano estaba despierto cuando él llegó a casa, una hora después de amanecer, y compartieron un desayuno.
Charlaron durante media hora, compartiendo risas, zumo y cereales, y cuando su hermano se hubo ido a dormir, no sin antes desearle suerte, Han cogió y sus llaves y se subió al coche. El recorrido lo conocía perfectamente, pues aun no siendo un viaje diario, si que lo hacía varias veces al mes. Y esta, posiblemente, sería la última vez que se viese obligado a hacerlo. El alivio sumado a la ilusión y el optimismo.
Han nunca había hecho este viaje acompañado. Siempre le ha gustado hablar, y no le importa hablar de sí mismo, pero tampoco le gusta contar cosas importantes. Le gusta esa sensación, ya que así se siente como un hombre que oculta un gran secreto a la luz del día, a la vista de todos.

Han es estudiante de la escuela superior de ingeniería de Midgar, en la especialidad de ingeniería mecánica. Remache le ha enseñado muchas cosas, pero sin el conocimiento otorgado por la formación no habría podido comprender, y por ende, conducir, los coches tal y como lo hace. Es aquello que le ha permitido volar.


A primera hora de la mañana, tras un trayecto fugaz a lo largo de la ciudad, en el que casi incrusta su deportivo en un camión de mudanzas, Han se presentó frente al tablón de anuncios principal, encontrándoselo extrañamente vacío. Encogiéndose de hombros e incapaz de quebrantar su buen humor, recorrió pausadamente la facultad, mirando distraídamente anuncios, orlas o cualquier otra cosa que colgase de las paredes.

El edificio le gustaba, aunque nunca fuese alguien interesado en la arquitectura. Simplemente era bonito: Un edificio de estilo falso moderno, algo construido hace décadas, con la intención de que pareciese genial y futurista que ahora mismo evidenciaba ser anticuado. Exactamente igual que muchos de sus coches favoritos.
Una hora después, desde la cafetería, mientras disfrutaba del relajado placer de leer la prensa, a la luz del claro sol que inundaba el local desde las ventanas, vio a uno de los conserjes colgar un anuncio en el tablón que había estado vigilando. Lleno de ilusión, se levantó dejando un puñado de monedas al azar en la mesa y corrió hacia su destino. Sonrió, repasó los nombres y notas y…

- ¡Me cago en su puto dios! ¡Voy a follármelo con una puta sierra de calar!

Releyó la nota una y otra vez, asegurándose de que correspondía a su nombre. Incapaz de dar crédito se dio la vuelta, frotándose los ojos mientras algunos compañeros de clases a las que él no asistía, y por lo tanto, no conocía, intentaban abrirse paso para ver sus notas, mirándolo con miedo o desconfianza. Se volvió, pero el mensaje escrito en el papel era el mismo:

Han Parker Cliff. Notable.


- ¿Si?
- ¿Malcolm? – El camarero miró el número que aparecía en su PHS, pero no lograba reconocerlo y era evidente que la agenda del teléfono tampoco.
- Si. ¿Quién eres? La voz me es familiar…
- Soy Rolf. – A Malcolm se le atragantaron varios insultos. Sucedió porque intentaban salir todos a la vez. Finalmente hubo un ganador.
- ¿Cabroputochupapollas? ¡Que cojones le echas para llamarme!
- ¿Algún nuevo motivo para que te portes como un subnormal conmigo, escanciador?
- ¡Tu rubio maricón lleva meses sin hablar con mi amiga! ¡Lo niega, pero está destrozada! ¡Él y tú tenéis una deuda que saldar!
- Malcolm, negué toda responsabilidad sobre él, e incluso aconsejé un distanciamiento prudencial.
- ¡A ella no le puedes decir que hacer! – Protestó el camarero nuevamente.
- Inténtalo. – Rolf se detuvo a suspirar, recordando a su antiguo compañero y las complicadas circunstancias de la disolución del grupo. – Te he llamado para otra cosa: Sé que hoy le dan a tu hermano la nota de su proyecto de fin de carrera.
- Vaya, ¿te lo ha dicho? Suele ser bastante reservado con el tema. Solo se lo dice a sus mejores amigos.
- Tú lo has dicho. – Insistió Rolf, pillando a su rival en su propia lógica. – Le tengo preparado un regalo para esta noche y necesito tu ayuda.


Han tuvo que comer en la facultad. Las revisiones no serían hasta la tarde, y él se negaba a volver a subir a su coche sin una explicación. Durante la hora de la comida, la gente de las mesas contiguas se negaba a mirarlo tan siquiera, por miedo a que lo considerase un desafío. Su lenguaje corporal exudaba ira y un aura de odio intenso era casi tangible alrededor de su persona. Más que masticar la comida, la torturaba, mientras repasaba mentalmente el diseño de carburador que había entregado en su proyecto, intentando buscar fallos que enturbiasen su absoluta perfección.
Como un fantasma vengativo, recorrió los pasillos de la facultad con el ceño fruncido, mientras la gente se apartaba a su paso con temor. Ese hijo de la gran puta había tenido la enorme amabilidad de poner las revisiones a las siete de la tarde, probablemente para que fuese la menor cantidad de gente posible. Han había esperado ante la puerta del despacho desde las cinco. A las seis y cuarto, su reproductor mp3 murió, y la batería del PHS no estaba como para gastarla para entretenerse. En hosco silencio, esperó su turno de ser atendido, mientras el resto de sus compañeros, que también esperaban su turno para la revisión, lo miraban de reojo, visiblemente colérico.

- Pueden pasar de uno en uno para la revisión de sus proyectos.

El profesor no llegó a cerrar la puerta, antes de que Han la retuviese para entrar. Miró atrás y vio con desdén como el típico alumno con pintas de macarra parecía decepcionado porque su ridículo proyecto no habría aprobado.

- Pase. Deje que cuelgue la chaqueta y dígame su nombre.
- Han Parker Cliff. – Respondió este, secamente. El profesor, un cincuentón prepotente, llamado Maragnani, que se tomaba muy a mal no ser tratado por su título de doctor, rebuscó con desgana entre una pila de proyectos encuadernados, separando uno de factura y presentación cuidada, pero sin destacar a simple vista.
- Parker… Pocos tienen la desfachatez de venir a la revisión con un notable, y menos aún con su trabajo. ¿Qué nota quiere por esto? ¿Un sobresaliente?
- Quiero una matrícula de honor. – Dijo con fría calma. Maragnani respondió con un bufido, conteniendo una carcajada, que luego se tornó en un gesto mucho más serio.
- ¿Es consciente de lo que dice? ¿Esto? ¿Una matrícula de honor? – Han asintió.
- No veo por que no la merezco. Es funcional y perfecto.
- ¡Es un carburador, señor Parker! ¡Un carburador! ¿Ha oído hablar de los motores de inyección? – Preguntó con sorna, pero el alumno lo miró impasible. – Hace casi veinte años que es el único método usado en la automoción. ¡Y me dice usted que su carburador, un vestigio del pasado, es perfecto! Abusa usted de mi generosidad, señor Parker. He revisado sus cálculos, su “teórico motor” en el que lo aplica, un v10 de combustible, de gran cilindrada y con capacidad para quemar combustible a una velocidad atroz. ¡En la época de los motores de bajo consumo crea un depredador de carreras! ¿Le parece serio?
- Me parece plenamente en serio.
- Mire… Un carburador, que además depende de un motor utópico… ¿Sabe que? Me ha convencido. – El alma de Han se alzó en vilo. ¿Realmente no sería el doctor Maragnani tan cabrón como lo pintaban? – Le bajo la nota a un aprobado.

Algo explotó en el interior del piloto: Una furia sin precedentes, combinada con el ansia de resolverlo todo a hostias inmediatamente. Sin embargo, cuando estaba a punto de levantarse, sintió un escalofrío en el pecho, justo donde Rolf le había apoyado una navaja días atrás. “Antes de actuar, piensa en lo que puedes perder”: Si se atrevía a tocar al ilustre catedrático Inazio Maragnani, su carrera como ingeniero habría muerto antes de empezar.
Sin embargo, el piloto no era famoso por su falta de voluntad. Apretó los dientes y clavó sus pupilas en las de su profesor, que había alzado la barbilla, esperando su respuesta con gesto de desafío.

- Tendré esa matrícula de honor. Esta noche.
- ¿Y que va a hacer? ¿Secuestrarme? – Se burló el catedrático, intentando que su creciente temor no trascendiese sus formas. Han cogió aire y respondió con toda la educación que le fue posible.
- Le invito a comprobar esta misma noche las capacidades de ese carburador.
- ¿Qué quiere decir?
- Quiero decir que sé que funciona porque lo he construido. Esta noche a las nueve. – Dijo mientras se levantaba.
Inazio Maragnani no podía quitarse de la cabeza esa última mirada que le había dedicado al cerrar la puerta, mientras pronunciaba su siniestra despedida: Pasaré a recogerle.



Eran las nueve y cuarto, y el catedrático Maragnani ya se hallaba más relajado. Estaba en uno de los bares más elegantes del sector dos, el Gentlemen’s, mientras disfrutaba de un gin tonic y de la conversación de algunos de sus amigos, todos ellos venidos de su elevado estrato social.
El local no era precisamente ningún agujero de chusma: Decorado con maderas nobles, los camareros uniformados de punta en blanco servían cócteles y cigarros de las marcas más selectas del mercado. Sus aperitivos tenían una gran reputación entre los mejores círculos culturales, más aficionados a un toque clásico pero sin renunciar a la inventiva experimental de algunos de los mejores cocineros de Midgar. Muy pocos de sus clientes no iban de traje, y los que no, vestían ropa de sport, relajada sin ser del todo informal. El Gentlemen’s era, sin duda, el lugar donde los hombres poderosos de la ciudad disfrutaban de un relajado Vermouth a la salida del trabajo, antes de volver al infierno de sus esposas florero viejas y amargadas.

Inazio Maragnani no alcanzaba a ponerse cómodo: Sus amigos habían ocupado un sitio, cerca de la esquina del local, frente a un enorme Bengal disecado y a un viejo reloj de pared. Como fue el último en llegar, tomó el último asiento libre, y la blanca esfera del carillón lo contemplaba como un cíclope amenazador. Acercarse a las nueve fue inquietante. Pasarlas tantos minutos y que no haya sucedido nada aún era un canto a la paranoia. Probablemente ese alumno se haya pensado mejor las cosas, pero… Hay mucho loco suelto con esto del cometa.

- ¿Qué te pasa, Naz? No se te ve cómodo… - Preguntó uno de sus colegas. - ¿Acaso no te gusta la idea de unas buenas vacaciones?
- Pete, sabes que mis billetes para Gold Saucer han sido comprados hace meses. – Bromeó el catedrático. – Tengo unas ganas de dejar Midgar… ¡Que le caiga el meteorito encima de una maldita vez y se lleve a todo por delante! ¡A los alumnos idiotas, a los turcos, a los alborotadores y a la propia Shin-Ra al infierno con él! – Maragnani levantó la vista, más relajado por su bravata, y al hacerlo vio que sus colegas habían palidecido.
- Naz…
- ¿Qué os pasa? ¿Sahayid? ¿Pete? ¿Sergei? Parece que hayáis visto…
- Señor Inazio Maragnani, según tengo entendido… - Interrumpió una voz grave a sus espaldas. El catedrático entendió la reacción de sus compañeros. El reloj de pared tenía una cubierta de cristal en la que mostraba el péndulo y algunos mecanismos. En ella podía ver con bastante nitidez el reflejo de un traje negro a sus espaldas.
- Doctor… - Alcanzó a decir con voz trémula. – Soy el doctor Inazio Maragnani.
- Acompáñeme. – Dijo el turco con indiferencia.



El aterrorizado catedrático recorrió las calles de la ciudad, alejándose cada vez más del Sector 0, camino de los bordes de la placa superior. Allí se alzaba la autopista, y el llamado Midgar Ring: un anillo de carreteras, actualmente en obras por la caída del Sector 7. Llevaba mucho tiempo cerrado al público, y los últimos rumores apostaban a que Shin-Ra estaba adaptándolo como circuito de competición, reabriéndolo para uno de sus antiguos usos, en busca de la típica estrategia de “panem et circenses”.

Durante todo el viaje, el turco lo llevó sentado en el asiento de copiloto de un potente Shin-Ra Supreme oficial, acompañado del rugido de un motor que era incapaz de callar los potentes latidos de su maltrecho y asustado corazón. Cuando Ya se veía el horizonte entre los edificios, coronado por los últimos rayos de la puesta de sol. El turco, cuyo lado derecho le quedaba a la vista, ahorrándole la imagen de su desfigurado lado izquierdo, mal oculto por unas gafas de sol, lo miró de reojo. Maragnani se dio cuenta del gesto y lo miró a su vez. Entonces el turco empezó a hablar.

- Muy bien, doc, estas son las condiciones: El motor es propiedad de Shin-Ra, y el coche es alto secreto. Usted no investigará ni revelará la existencia del motor ni del coche a nadie. Así mismo, tampoco podrá pilotar el coche ni realizar ningún tipo de estudio o control informático del estado del motor. – El Supreme iba reduciendo su velocidad, y el turco se había quitado las gafas de sol, ya más un incordio que un alivio, con la oscuridad ya reinante. Luego lo miró, y en sus ojos y sonrisa había una promesa de violencia expeditiva y de una tumba anónima en las llanuras, más allá de la ciudad. – Sé que tiene usted los planos de ese carburador. Mañana quiero un mensaje del señor Parker Cliff confirmando su devolución. Si descubro que ese carburador sale a la luz, y no lo ha sacado su inventor, tomaré medidas. ¿He sido claro?

Maragnani solo pudo apretar las piernas y asentir.



Al detenerse el coche, se encontraron al alumno, tirando unos guantes de látex manchados de gasolina y aceite de motor. Un último vistazo repasó todas las piezas de mecánica del “Pájaro”, la monstruosidad mecánica que había surcado la ciudad como un relámpago a ritmo de heavy metal, sembrando el caos circulatorio a su paso. En palabras de su piloto, con ese coche había volado, y ninguno de sus pasajeros iba a discutírselo.
Cerró el capó con gesto meditado y rodeó el vehículo, limpiando algunos últimos restos de polvo y comprobando la presión de los neumáticos con unos ligeros apretones. Acto seguido, tomó un par de mitones de cuero de uno de sus bolsillos, calándoselos en las manos con el lento y meditado gesto de un villano que dispone la máquina de tortura mientras sus secuaces le traen al héroe. Sonrió, animado por esa idea, y abrió la puerta del copiloto a su profesor.


- Buenas noches, doctor Maragnani. – Lo invitó con una sonrisa, antes de ocupar el puesto de piloto. – Está usted a punto de subirse al mejor coche del mundo.




Unas cuantas horas y una orgía lésbica más tarde, tres hermosas mujeres compartían un cómodo y amplio sofá con un hombre. Las mujeres eran todas exuberantes, y a la vez variadas. Todas llevaban cómodas camisetas viejas, a las que la gente caracteriza como “de dormir”. Sin embargo, sus atavíos también variaban bajo estas prendas: La primera mujer, de rasgos orientales y belleza delicada con un toque malévolo, había optado por brillante lencería de látex negro. La segunda, rubia de perfectos y pálidos matices, había preferido el encaje. La última era una pelirroja ardiente, con una sonrisa traviesa y unos ojos grises fulgurantes, cuyos gustos se inclinaban más por el cuero.

En medio de esas tres bellezas, había un hombre. Un hombre delgado y atlético, que se cuidaba y tenía unos abdominales realmente envidiables, a juego con una musculatura marcada pero no exagerada. También era atractivo, ya que acostumbraba a cuidar su imagen. El hombre, además, era homosexual, de modo que lo único que había podido ofrecerles a sus invitadas eran unos margaritas cojonudos y una serie entretenida para ver, mientras se lamentaba por su estúpido hermano ausente: ¿Dónde cojones se habrá metido Han?

miércoles, 14 de julio de 2010

217

Aquellos primeros minutos de la mañana se habían convertido ya en una tradición. Después de tantos años durmiendo en cualquier esquina de los suburbios, una de las cosas que más adoraba era la luz del sol que entraba lentamente, casi sumiso, por las rendijas de la persiana. Y eran esas finas láminas de luz las que luego se dispersaban y escalaban la altura de la cama, avanzaban cada pliego en las sábanas a igual velocidad y terminaban impactando en mi adormilada cara. Era mi despertador particular, pero nada más abrir un ojo con pereza, ya sabía lo siguiente que iba a hacer.
A mi lado dormía Lucille, siempre de costado, con el oscuro pelo totalmente revuelto y echa un ovillo, agarrando y llevándose para si en sueños gran parte de las sábanas.
Yo había cogido por costumbre despertar en cuanto la luz me daba de lleno, me incorporaba con el máximo cuidado y el mínimo ruido y me quedaba sentado con las piernas cruzadas frente a ella. La franja luminosa avanzaba lentamente en diagonal a lo largo de la cama a medida que pasaban los minutos. A los diez minutos de levantarme estaba a la altura de los muslos y Lucille ladeó la cabeza sólo para protestar en algún tipo de sueño incómodo y absorberse más aún en las sábanas. Al cuarto de hora ya había descendido las caderas y parecía moverse al ritmo de una respiración tranquila y relajada, a la vez que la parecía transformar en un magnífico regalo envuelto en un lazo luminoso.
Durante todo ese ritual no hacía más que preguntarme qué coño hacía yo allí, que pintaba yo en una casa como esa, con una mujer como ella. No me lo merecía, no merecía nada de lo que había allí, no estaba alcance de mis manos, era demasiado perfecto para ser verdad.
La luz se acercó a su cuello y pareció molesta por el picor del calor, pero no llegó a despertarse. Su camiseta añil llena de agujeros quedó bañada por un tono amarillento. Me acerqué con sumo cuidado y la aparté un mechón que cubría su cara. Lucille pareció despegar los labios y mostrar apenas los paletos, giró bruscamente y se quedó de nuevo dormida, pero mirando al techo.
En fin, yo no dejaba de ser un vagabundo, ¿no? Mi vida había sido una auténtica mierda y encontré dentro de la miseria un tipo de miseria que al menos me otorgaba una dosis de evasión de la realidad; la cocaína. Daba asco, era un yonqui y nada me aseguraba que al día siguiente pudiese seguir con vida. Sin embargo aparece ella un día y me lo da todo a cambio de nada, le ofrece la mano a un drogadicto desconocido y se va con él a tomar una cerveza. Realmente había una parte de mí que no paraba de preguntarse qué había hecho para merecer algo tan bueno. Y era esa parte la que también me repetía sin cesar que ahora tampoco mi vida perfecta; es más, ahora mi vida era más complicada que intentar parar el Meteorito con un guante de cocina. Ser excómplice involuntario de un psicópata y estar amenazado de muerte por un desconocido no ayudaban a que por las mañanas me pudiese tomar un café tranquilamente con ella.
Me quedé observando cómo a cada segundo la luz avanzaba un milímetro por su nariz imperfecta hasta llegar a sus ojos cerrados con pestañas oscuras. Entonces la respiración se tornó menos letárgica y su brazo izquierdo se movió con pereza. Yo me incliné sobre ella y tapé con mi espalda el chorro de luz solar, arrugó la nariz y abrió los ojos con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿No te cansas de hacer todas las mañanas lo mismo?-me preguntó con voz ronca.
-Ni pretendo dejar de hacerlo... Buenos días-la besé cuando aún ella se estaba quitando las legañas y salté de la cama para ir a preparar café.
-Yief…
-Dime- le grité desde la cocina. Ella se había acercado al lavabo y ahora se secaba la cara con una pequeña toalla azul.
-Hoy se muda finalmente Alex… Le dije que comeríamos en su casa para despedirnos.

Es cierto, Alex… Aquél simpático vecino que se le daba bien eso de pintar cuadros se había convertido un día en el exnovio vengativo de Lucille y en el asesino a sueldo que se cargó a Blackhole en otro. Ya le amenazó mi Rhino de que no volviese a acercarse a Lucille o la cosa saldría bastante mal, pero nunca pensé que a los dos días del suceso anunciaría su marcha del edificio, para irse a vivir con su novia Iris. La verdad es que ese cambio me pilló de improviso, no me esperaba una respuesta tan tajante, pero agradecía que cortase con ello de raíz.

-¿Es necesario?- pregunté con un tono desenfadado.
-Yief… Hazlo por mí. No sé que habrá pasado entre vosotros últimamente, pero Alex es mi amigo y es el último día que le veo.
-Está bien, está bien…-venga Yief, aguanta unas horas y ya no volverás a verle el pelo a ese artista que tal vez haya escrito (o dibujado) tu sentencia de muerte.



Lazarus acababa de salir de su clase de grabado con las manos apestando a aguarrás y con las uñas manchadas de una tinta azul que se negaba a desaparecer. Llevaba una camiseta negra llena de salpicaduras de todos los colores y unos vaqueros tiznados de carboncillo, como si el hecho de estar estudiando la carrera de artes conllevase ir siempre hecho una mierda. A un lado llevaba una bandolera negra llena de bolsillos y del interior de la camiseta salían dos auriculares con el cable retorcido. Se los ajustó en los oídos y comenzó a caminar hacia su cafetería favorita a ritmo de blues. Pidió su habitual bocadillo y un refresco y se sentó en una de las sillas de plástico que hacían de terraza.
La verdad es que no se quejaba con lo que la vida le estaba ofreciendo. Había hecho unos cuantos amigos en clase, sacaba buenas notas y había llegado a caer bien a varios profesores, hasta el punto de recomendarle y presentarle a grandes artistas de la talla de Alexandre Da Silva. Sus únicos sacrificios consistían en no dormir en cuanto le mandasen algún trabajo y descubrir que dibujar todos los días personas desnudas no era tan emocionante.
En esos momentos estaba dando los últimos mordiscos a su bocadillo cuando algo le hizo atragantarse con las migas. Según la definición, algo pintoresco es algo que merece ser pintado, y lo que había frente a Lazarus lo era sin duda alguna. Abrió la bandolera rápidamente y sacó un bloc tamaño folio junto con un lapicero dentro de las anillas.
Un hombre se había sentado en la mesa de enfrente con un vaso largo de cerveza en su mano derecha, observando cada movimiento que ocurría en ambas aceras. Lazarus se puso manos a la obra, a juzgar por los tragos que le daba a la cerveza, tenía poco tiempo para realizar el apunte.
Dibujó primero unas líneas para guiarse y situarlo en el papel. Pronto tuvo un círculo irregular que, con u par de líneas más, formaron una calavera de perfil. Insinuó el cuello y siguió los hombros de una americana negra impoluta. Olvidó de momento la parte superior y trazó rápidamente unas piernas cruzadas y unos mocasines brillantes, con tal de obtener un dibujo lo más completo posible. Poco a poco había conseguido un trazo propio, en el que no utilizaba curvas, sino diversas líneas rectas que engañaban al ojo y conseguían un dinamismo y un estilo peculiar.
Justo en el momento en el que se disponía a definir aquella corbata roja y blanca, el inconsciente modelo se giró bruscamente y el lápiz de Lazarus cayó al suelo del susto. El dibujante intentó disimular como podía, se puso a hurgar en sus bolsillos hasta sacar el reproductor de música y comenzó a pasar canciones con tal de que pasasen los segundos. Con la cabeza agachada alzó las cejas un momento pero enseguida volvió a bajar la mirada al darse cuenta de que aquél enmascarado tan extraño había girado la silla y le observaba atentamente. Ahora se sentía avergonzado y nervioso, girando el cuello continuamente para cruzarse siempre con la mirada de esos ojos negros por un instante. ¿Acaso le estaba retando? Esa repulsiva máscara parecía sonreír con socarronería, como si estuviese esperando a cualquiera que fuese la reacción de Lazarus.
Justo cuando el joven parecía dispuesto a recoger todo y largarse, el enmascarado se levantó con un gruñido y se acercó hasta su mesa, girando con una mano el bloc de dibujo y contemplando su obra.

-¿Eres Lazarus no?- le preguntó ofreciéndole la mano libre.
-¿Le conozco?- preguntó el dibujante totalmente intimidado. De pie, aquél hombre era mucho más imponente.
-No, pero yo a usted sí. Llámame Arguish.

Sin que Lazarus pudiese añadir nada, Arguish le dio la espalda y volvió a por su cerveza en la mesa de al lado, para bebérsela de un trago y arrastrar su silla hasta su él de nuevo.

-Me gusta, tienes talento… ¿Puedo quedarme el dibujo?
-S-sí…
-Verás, tengo bastante prisa así que iré directo al grano. Tengo entendido que dentro de tus capacidades también está la de escribir.
-P-pero…
-Y que tienes una novela a medias.
-¿Cómo sabe tanto de mí si yo no le he visto en mi vida?
-Digamos… Que es una de las ventajas de mi trabajo. El caso es que estoy muy interesado en que continúes esa novela.
-Pero apenas tengo tiempo, pronto empezaré los exámenes y…
-Te pagaría por ello. ¿Estarías dispuesto a ello?
-Hmm… Sí, pero la cosa es que…
-Perfecto, cuento contigo, no te preocupes, cuando quiera verte te encontraré.

Y sin apenas darle tiempo a abrir de nuevo la boca, Arguish dobló el dibujo un par de veces, se lo metió en un bolsillo de la americana y se largó con largas zancadas.



Lucille me rodeó la cintura por detrás y me besó en una mejilla poniéndose de puntillas para después llamar al timbre de Alex.

-Sé bueno- fue lo único que la dio tiempo a decir antes de que la puerta se abriese.

Nos dio la bienvenida una chica guapísima de pelo castaño, recogido habilidosamente en un pañuelo de color azul, que a la vez hacía juego con sus ojos. Llevaba una camiseta roja debajo de un peto vaquero que acababa en los muslos y unas medias negras con las que andar descalza por la casa. Enseguida cogió a Lucille de la mano y tiró de ella con una sonrisa espléndida. Yo atravesé el umbral y me quedé quieto, con las manos en los bolsillos y observando lo poco que quedaba de piso. Ahora no era más que un local de cien metros cuadrados al que le quedaba una pila de cajas junto a una columna y cuatro caballetes de pintura apoyados en otra. Al otro lado habían reservado una pequeña mesa de madera y habían improvisado unas sillas de camping

-Lo siento mucho chicos, pero los de la mudanza han venido hace un par de horas y han querido llevarse todo de golpe…-se excusó la chica del pelo abarcando el piso entero con un gesto de brazos- ¿Os gusta la comida china?
-Iris no lo hagas tan obvio, que vamos a quedar fatal con los invitados…- En ese momento surgió Alex desde un punto en el que una columna me impedía verle. Estaba atareado moviendo unos lienzos y le brillaba la frente de sudor- Ya es bastante deprimente comer en un piso vacío como para llamar a un sitio de comida rápida…

Alex se acercó primero a Lucille y la dio un sincero abrazo, después se acercó hasta mí y me ofreció un apretón de manos, pero la sonrisa que me mostraba no pegaba con la tensión que afloraba en su mirada.
-Me encantan los rollitos de primavera, no importa en absoluto- añadí al darle unas palmadas en el hombro. Por Lucille me portaría como un santo, pero me aseguré de que Alex se percatase de mi mirada de pocos amigos.
-¡Entonces hecho! Ven Lucille, vamos a elegir qué pedir- dijo Iris cogiendo un teléfono móvil y un panfleto de propaganda del restaurante más cercano.

Entonces Alex me invitó a que le siguiera con una mano para enseñarme una serie de cuadros que tenía apoyados al lado de los caballetes, pero en cuanto le seguí vi que su intención no era alardear de su arte. Él disimulaba alzando uno de los cuadros por sus bastidores y yo ponía cara de interesado, pero mientras las chicas hablaban por teléfono con el encargado del restaurante, nosotros teníamos una conversación totalmente distinta.

-¿Sirve de algo pedirte perdón ahora?- preguntó mirándome de reojo.
-Para nada, me has condenado a muerte y lo peor es que no sé por quién.
-Yo no.
-¿Qué?- elevé el tono de voz más de lo que quise y Lucille desvió la mirada hacia nosotros durante un instante- ¿Cómo te atreves a decir eso?
-No me malinterpretes, sé que no merezco tu perdón, pero yo no sabía nada de esto. Acudí en tu ayuda porque yo también quería rescatar a Lucille, pero para nada sabía que Lambb tenía encargado matar a Blackhole, así que cuando me dormí con la morfina…
-Distinta personalidad, mismo asesino.
-Lo sé, por eso ha sido idea mía mudarme. A Lambb se la suda mientras pueda seguir a su rollo, pero lo mínimo que puedo hacer es alejarme de vosotros… ¿Lucille sabe algo?
-Nada.
-Bien, es mejor así.

La conversación quedó zanjada, no tenía ni ganas ni paciencia para darle más vueltas al asunto. A partir de ese momento, aquella tarde se convertiría en una agradable velada y yo me esmeraría en conseguirlo, por Lucille.
Me acerqué hasta donde se encontraban las chicas, riéndose del acento del que las había atendido al otro lado del teléfono, y rodeé a ambas por la cintura, dando un beso en la mejilla a Lucille.

-Dejemos que los de la mudanza terminen su trabajo a gusto, comeremos en nuestro piso.
-Oh, no importa Yief, en serio…
-De verdad, vuestro suelo parece muy cómodo… Pero algo me dice que estaremos mas a gusto en el sofá del piso de arriba.

Sólo hicieron falta un par de bromas más para que Iris no se sintiese incómoda con la proposición y pronto el repartidor estuvo apretando con insistencia el botón del timbre. Antes de bajar los cuatro en el ascensor, Lucille me dio un tirón en la manga de la camisa y me regaló un fugaz abrazo, señal de que estaba encantada de mi amabilidad con Alex e Iris.
Con nuestras ocho manos ocupadas agarrando los envases de tallarines y molbol agridulce, la jovial Iris demostró que se podía dar al botón del ascensor con la nariz y Alex, por su parte, que se podía meter el cambio de un billete de diez guiles en el bolsillo del pantalón con dos movimientos de cintura.
Y realmente la reunión no dio para más. Fueron dos horas en las que charlamos de tonterías, cantamos alguna canción pasada de moda y nos reímos de algún chiste de mal gusto, momento en el que a Lucille la cambió la cara y necesitó ir corriendo al baño, situación que sólo sirvió para reírnos aún más, hasta que pudimos oír sus arcadas y nos preocupamos.
Fue el momento en el que los de la mudanza llamaron al teléfono de Alex y llegó el momento de la despedida.

-Hasta otra chicos, espero volver a veros alguna vez- les dije cordialmente, aún sabiendo que eso no ocurriría nunca más.
-¡Por su puesto! Nos llamaremos de vez en cuando y volveremos a comer morrrrbol aggggridulce- Bromeó de nuevo Iris con el acento del dependiente con esa risa tan inocente- ¡Hasta luego Lucille, recupérate!- gritó para que ella la escuchase desde el baño.
Alex se acercó hasta tenerle a escasos centímetros y me dio unas palmadas en la espalda, susurrándome unas palabras con tono melancólico.

-Lo siento por todo, despídete de Lucille por mi…

Y así, con un último sonido del cerrojo, nuestra casa quedó en silencio, bañada por unos tonos ambarinos que danzaban a través de las ventanas, anunciando un atardecer cárdeno. Lucille salió del baño con un gran suspiro y se sentó sobre el cuero blanco del sofá.

-¿Estás bien?
-Por favor, siéntate comigo…

Yo obedecí tras tirar lo que había sobrado de comida a la basura, sentándome a su lado y rodeándola con un brazo.
-¿Tan mal te ha sentado esa salsa?- bromeé en voz baja, arrepintiéndome a cada letra que salía de mi boca; siempre solía elegir malos momentos para bromear…
-No hables, solo… Sigue abrazándome.

Y así estuvimos cinco, diez, veinte minutos. Ella apoyó su cabeza sobre mi hombro y cerró los ojos, aún con el rostro pálido. Yo, por mi parte, permanecí totalmente callado, acariciando su piel con los nudillos, hasta que decidió incorporarse y mirarme directamente con unos ojos a punto de desbordarse.
-Prométeme que no habrá más psicópatas.
-Cariño… ¿A qué viene esto?
-¡Prométemelo!

Algo no iba bien, eso estaba claro, pero yo también era muy torpe para aquello. Sabía que había un problema, pero no conseguía enlazar ninguna de las señales que me guiaban hasta él.

-Está bien, te lo prometo… Pero eso ya lo hablamos, todo aquello es cosa del pasado, nunca más volverá a ocurrir algo…
-Prométeme que no habrá más asesinos, que no habrá más traficantes, que no habrá más mafiosos que busquen tu muerte…- En ese momento fue cuando el mar contenido en sus párpados decidió desbordarse, provocando una tempestad en su piel tersa, como si un diluvio arrasase los finos surcos de un desierto. Su nuez subía y bajaba rápidamente a cada suspiro descontrolado, a cada entrecortado sollozo propio de un niño pequeño. Yo intenté secar sus ojos con el dedo pulgar y ella se abalanzó sobre mi cuello- No más droga, no más pistolas, no más desapariciones, no más turcos, no más nada…
-Está bien, está bien- la dije con un ligero tono de alarma. La cogí por los brazos y la aparté el pelo de la cara- Pero dime qué es lo que ocurre.
-No quiero que te pase nada malo Yief, yo sería incapaz de seguir sin ti. Eras tú el que no tenía nada y vivía en la calle, pero tú me diste todo… Todo. Y con todas las cosas que han pasado… Sólo de pensar que cualquier día alguien te puede disparar…
-Eh, eh… Yo estaré contigo siempre, te quiero demasiado como para ir por ahí jugándome la vida…

Ella hizo una larga pausa, intentando controlar sus sollozos, intentando asimilar lo que la acababa de decir. Una bombilla se iluminó en mi cabeza, aunque parpadeó un par de veces y volvió a apagarse.

-Yief… Tengo algo que contarte…
-Dime- la bombilla volvió a intentar encenderse.
-La salsa picante no me ha sentado mal… Es la salsa picante, el café de por la mañana, un trozo de pescado…
-¿Quieres que llame a un médico?- la bombilla realmente lo estaba intentando, pero con mi dura mollera no había manera de que se encendiese. De hecho, Lucille soltó un pequeño bufido burlón, riéndose de mi velocidad de reacción.
-Yief… hace dos semanas no le di importancia, pero la cosa no ha cambiado… Tengo naúseas al despertarme, me cansó más que antes… - las lágrimas volvieron a caer, pero más lentas, rodeando las pequeñas curvas que ahora formaban sus carrillos, en forma de tímida sonrisa- Yief… Creo que estoy embarazada.

martes, 22 de junio de 2010

216

Era un bar sucio y grasiento, frecuentado por tarados, maleantes y gente rara a rabiar. “Todos tenían una historia”, había pensado años atrás, como joven y ambicioso periodista, viendo la fauna de este bar suburbial. Años más tarde, pocas de esas historias se desviaban demasiado de “los extraterrestres me introdujeron sondas rectales para averiguar el secreto de los fetos cetra morados, pero por supuesto, ¡no les dije nada! ¡Me comí todas las pruebas! ¡Y las sondas también!”. Con el tiempo, había llegado a echar de menos a uno de los parroquianos habituales más típicos de la escena matutina: Richard Blackhole.

Grayson echó una carga extra de su manoseada petaca en el café, con un par de plegarias. Una por el viejo “Blackie”, esté donde esté, porque aquí nadie desaparece así por las buenas, y la otra para que la hermosa dama fortuna aleje a la policía de tráfico de su viaje de vuelta a la redacción.

El bar le gustaba, de eso no había duda. Era una referencia en su vida, de inicios idealistas y energías incombustibles, las mismas sin duda que le habían proporcionado el apodo de “Bahamut”, antes por su meteórico ascenso, ahora por su dracónico mandato en las oficinas del Midgar Lights.

- Gray… ¿Seguro que no quieres que te cambie ese doble expreso por una infusión, o algo? Se te huele el estrés a millas.
- Ya, bueno… Es lo que tiene tener por primera vez en muchos años un periodista estrella.
- ¿Tomberi? Es cojonudo… Me hizo gracia su entrada sobre videojuegos, comparando la realidad con una extraña aventura con zombis y científicos locos.
- Si, bueno… La coña es que no se porqué, desde que salió del anonimato, tengo a miles de niñatos, algunos con la licenciatura, otros la tienen a medias y hasta uno o dos conspiranoides tarados. Mira esto… - El editor tomó una pila de legajos de su cartera y la depositó sobre su mesa con el sonido de un trueno. – Doscientos currículos, listos para pasar por la criba.
- Jooooder. ¡Pero tranquilo! ¡Eso significa que va bien el negocio! – Exclamó el camarero.
Grayson asintió, dando un sorbo al café. Arrugó el gesto en cuanto lo probó, señal sin duda de que se le había ido un poco la mano. Bueno… Tampoco importaba tanto.


Jules Letterier miraba una y otra vez a su reloj, comparando su hora con la del reloj de pared que coronaba la redacción y con la de cualquier otro visible. Con un margen de un minuto de diferencia, culpa sin duda de aquellos relojes que había encontrado en cubículos privados y otras estancias de empleados. Todos los relojes públicos de la redacción dependían del propio Letterier, y todos y cada uno de ellos estaban a la hora perfecta según el canal de noticias oficial de Shin-Ra. El mundo se movía, a una velocidad de rotación pasmosa, y en una redacción nada era tan importante como tener la noticia lista al segundo de haberse producido.
Sentado en su mesa, el periodista repasaba uno por uno los currículos de los nuevos aspirantes al Midgar Lights, desechando inmediatamente aquellos que ni siquiera habían tenido en cuenta acompañar su presentación con uno o dos artículos de muestra. Otros estaban en medio de la carrera, y como casi siempre, se creían nuevos hitos del periodismo aún por descubrir, infravalorados por profesores anquilosados en un modo de pensar prehistórico.

Bajo sus implacables manos, la perfecta pila de papeles se iba reduciendo en tres ramas al instante: Candidatos, que podían recibir en breve alguna llamada para una entrevista, o cubrir algo pequeño; futuribles, a los que a lo mejor se llamaba en un futuro, probablemente cuando acabasen la carrera; y la tercera categoría, era la papelera. Todo ello, realizado en el perfecto orden matemático que distinguía el lugar de trabajo de Jules “el robot” Letterier. Con el tiempo, los artículos se volvían repetitivos, y las presentaciones también. Algunos eran extraños, ofreciéndose a escribir desde el anonimato, como si pretendiesen ser nuevos King Tomberi. Algunos de estos últimos incluso habían logrado llamar su atención.
Sin embargo, Tomberi solo había uno, y en ese momento se encontraba de pie, apoyado de espaldas a la máquina de café, con un vaso vacío en una mano y una moneda apoyada en su frente, horizontal. La mirada perdida, el tiempo perdido… Y era su maldito periodista estrella.

Jules se sobresaltó. La rabia le había hecho apretar un bolígrafo de plástico hasta reventarlo, y se había clavado las astillas en la mano. Molesto consigo mismo por su pérdida de autocontrol, Jules corrió a tomar un pañuelo de papel para evitar que la sangre manchase su impoluto lugar de trabajo. Corrió al baño, y allí se limpió la herida. En su camino, se cruzó con la máquina de café, y con ese niñato apoyado en ella como si fuese un murciélago, que se interesó por su herida, con una cortés pregunta que se vio llena de vacía educación. Letterier respondió con un gruñido y una mirada de desprecio, sin detenerse.


Caprice vio la escena y dejó de escribir la entrevista que estaba preparando para ir por su bolso. Allí cogió algo de calderilla, operación que le habría durado menos, de no ser por los segundos que se tomó para comprobar que tenía ahí su pistola, y que esta estaba cargada.
Caminó hacia su pareja, que seguía buscando musas entre las humedades del techo y lo apartó para servirse un café de máquina.

- ¡Pero si a ti el que te gusta es el de cafetera! ¿Por qué compras este?
- ¿Qué opinas de Letterier? – Preguntó esta, ignorando la pregunta.
- ¿Robbie el robot? No es mal tipo, no te preocupes, y siempre ha sido un borde.
- Desde luego no le caes bien.
- Nadie le cae bien. – Dijo Kowalsky, con la mirada nuevamente perdida, esta vez orientada hacia el pasillo que daba a los baños. - ¿Quieres decir que le caigo especialmente mal? – Caprice asintió. – Entiendo… Lo suficientemente mal para… - Nuevo asentimiento, mientras se llevaba el vaso a los labios.
- ¡Dios! ¡Esto es asqueroso! ¿Cómo puedes beberlo? – Kowalsky se encogió de hombros, tomó el vaso y le dio un sorbo, sin que le cambiase el gesto.
- Por que este café tan malo significa que no estoy en las oficinas de Pollard. – Ambos compartieron una sonrisa cómplice, pero breve. - ¿En que has pensado?


Jules abrió el botiquín del baño, que él mismo se preocupaba de tener lleno al principio de cada semana. Entre maldiciones, tomó gasas y alcohol para desinfectar su herida y vendarla, con la ayuda de algo de esparadrapo. Se miró fijamente, y su aspecto parecía trastornado. Su cabello corto, rizo y rubio, con ese bucle rebelde que siempre se le caía sobre la frente… Sus gafas de buena marca, aunque un poco anticuadas, y su impecable nudo de corbata. Su única licencia a un aspecto más relajado de trabajador era arremangarse la camisa, pero eso era para evitar manchas de tinta. Su rostro era, como siempre, saludable y pulcro, fruto de unos horarios de sueño controlados, una vida sana y ejercicio regular.


Cuando volvió a la sala de redacción su aspecto era más sosegado. Kowalsky estaba sentado en su escritorio, haciendo malabares con un lápiz mientras miraba la pantalla de su ordenador, probablemente cubierta por una hoja en blanco. En ese momento, Grayson cruzaba las puertas. Ni siquiera había esperado a llegar a su despacho para desabotonarse el chaleco, y su panza ya desbordaba el cinturón como siempre. Letterier caminó tras él para entrar a la vez en el despacho del redactor jefe, cuya placa tenía la forma del dragón de leyenda del que había salido su apodo. “Tranquilo, Jules… Te harán una igual con un robot cuando tengas despacho”, le había dicho ese día. Jules quiso matarlo, pero se conformó con responder con una fría sonrisa, mientras mentalmente se recordaba que él no era un gordaco borracho y torpe.

- ¿Como va el repaso de candidatos? – Preguntó, evidenciando que él no había mirado nada.
- Fácil. Ya solo quedan unos treinta.
- Bien… - Dijo mientras se desplomaba en la silla. – ¿El día de mañana? ¿Alguna última conclusión acerca de la instalación del cañón? ¿Ideas apocalíptico-chungas sobre el cohete fallido? ¿Tenéis la última conferencia de prensa del presidente Rufus?
- Riedell se ocupó. Tenemos comentarios de los vecinos dañados por la instalación y gracias a un pequeño favor, hemos logrado un borrador con la estimación de daños y las ayudas que van a destinar.
- ¿Y las van a dar al final?
- Probablemente no, pero tenemos que publicarlo: Ese es el favor. – Grayson gruñó.
- ¿Algo más?
- Deportes, algo de sociedad, la guía de la tele… Pan y circo en su mayoría. Y sucesos. Muchos sucesos, como siempre.
- Elige los que sean importantes o jugosos, ya sabes… - Grayson dio un último trago a su petaca antes de desterrarla al fondo de un cajón. Letterier sabía de esta no saldría de ahí hasta el final del día. Luego cogió aire y se abofeteó la cara con ambas manos a la vez. Era su pequeño ritual, como una especie de deportista supersticioso antes de saltar al terreno de juego. Ahora era Bahamut, y ahora era cuando a Jules le caía bien.



El día transcurrió, y como siempre, media hora antes del cierre de la redacción en un día sin noticias sorpresa de última hora, solo quedaban Bahamut, charlando con el jefe de imprenta para preparar el borrador definitivo. Letterier preparaba con celo el trabajo para el día siguiente, mientras de vez en cuando alzaba la vista sobre sus gafas de montura metálica, mirando con desprecio a Kowalsky, que aún no había acabado su maldita columna. Él mismo tenía que escribir una columna de redacción, analizar varios artículos sobre política, repasar, corregir, maquetar… ¿Y ese maldito “genio” haragán no había escrito una maldita columna?

Su rabia le hacía mascullar, pero su profesionalidad lo volcaba en su trabajo con una concentración propia de un maestro de la meditación. El periódico de cada mañana era su mantra, y él estaba dispuesto a llevarlo a rajatabla. Los pasos de Grayson lo llevaron de nuevo a su despacho, donde probablemente se echaría una siesta mientras esperaba a que el chico maravilla hiciese su magia segundos antes de que sonase la bocina. Letterier mataba el tiempo repasando páginas web de prensa de otras ciudades, ya que aunque no estaba obligado, él no abandonaría la redacción hasta el cierre.
Iba a curiosear Gold Saucer, cuando algo frío y cilíndrico lo sorprendió al apoyarse en su nuca. Se preguntó ultrajado que clase de broma era esta, pero cuando hizo ademán de levantarse, un fuerte empujón lo disuadió de intentar nada brusco.

- Es una pistola, Letterier. Tengo una Matryona PMM apuntándote a la nuca, y te juro que como no tengas cuidado la voy a usar. – Jules levantó la vista, y vio como Kowalsky, con cierto gesto de fastidio, miró hacia ambos lados y fue hacia ellos.
- ¿A que viene esto, Riedell?
- Yo hago las preguntas. Ahora, quiero que entres a revisar tu cuenta bancaria, Jules. No quiero trucos.
- ¿Qué es esto? ¿Vas a robarme? ¿Es eso? Esto no os puede salir bien…
- Mira, Letterier… - Él pudo oír la voz de la periodista a pocos centímetros de su nuca, susurrante. – Puedo comprobar si de verdad eres lo que creo que eres para no cometer ningún error, o puedo asegurarme de que no lo seas. La diferencia está simplemente en apretar un dedo. – Notó que le temblaba la voz, pero la pistola seguía ahí, de modo que acabó por ceder. Accedió a su cuenta del banco privado de Shin-Ra, siguiendo las indicaciones de su subordinada. Le mostró su activo, que apenas llegaba a los tres millares de giles tras años de ahorro e hipoteca, y esta pareció confundida.
- ¿Seguro que es tu única cuenta?
- La única. – Confirmó él, mientras Kowalsky llegaba.
- Coge tus cosas, vas a acompañarme a dar un paseo hasta el lavabo de señoras.


El subjefe de redacción caminaba entre ambos, con Kowalsky abriendo la marcha. Letterier aprovechó el viaje para buscar el bulto de un arma similar entre sus ropas. Lo encontró bajo la chaqueta, en uno de sus bolsillos interiores. Sonrió con cinismo y entró en el lavabo de señoras, mientras sentía como fríos sudores empezaban a cubrir su cuerpo.

Llegaron y Caprice lo encañonó, mientras Kowalsky lo cacheaba. Una pluma estilográfica, llames, cartera… Nada raro. Revisaron su móvil, preguntando por cada número de la agenda. Jules no entendía nada, pero no se puede discutir con las pistolas, ni con las mujeres incomprensiblemente furiosas que las empuñan. Tras unos minutos de registro, Letterier pudo volver a ponerse su traje y recoger su material, pero esta sin duda no la dejaría pasar. Había llegado su turno de recibir explicaciones.

- Verá, Letterier… Ni siquiera sé por donde empezar… - Dijo ella, mientras organizaba sus ideas.
- ¡Empiecen por decirme por qué diantres se han creído con el derecho a traerme aquí y registrarme a punta de pistola! ¡Y no se atrevan a omitir nada! ¡Como tenga la sensación de que lo hacen los denunciaré sin dudarlo!
- Nosotros… - Empezó a decir Caprice, antes de ser interrumpida por Kowalsky, que se encontraba serio y decidido.
- Temíamos que usted estuviese a sueldo de un importante enemigo mío para hacernos daño.
- ¿Woodrow S. Pollard Jr?
- Supongo que lo de la grapadora no se olvida… - Confirmó Kowalsky. – ¿Recuerda mi baja por un atropello? Pues lo que me atropelló fue un matón.
- Entiendo… Pero no, señores Kowalsky y Riedell. Yo no prostituyo la santidad de mi trabajo con el periodismo por sobresueldos mafiosos. Lo que usted tenga con ese hombre más le vale que no llegue a poner en peligro a nadie de esta redacción o le prometo que usted y yo tendremos más que palabras. – Dijo encarándolos a ambos. Se había olvidado totalmente de las armas de fuego, y no veía a pistoleros en ellos, sino a subalternos que habían perdido el norte y necesitaban un correctivo importante.
- Lo siento, señor Letterier…
- ¿Ahora me llama “señor”, Riedell?
- Entiéndalo… Usted siempre ha parecido odiar a Kazuro.
- Despreciar.
- ¿Qué? – Preguntaron ambos al unísono.
- Despreciar, señorita Riedell. Es lo que sucede cuando se tiene a alguien en una estima muy pobre y sin embargo, no se le da la importancia suficiente a esa persona para odiarla. El señor Kowalsky amarga mis días, es cierto, pero la verdad es que no entiendo como los demás trabajadores – dijo resaltando esa palabra -, y por ello me refiero a perfectos trabajadores del periodismo, pueden soportarlo. Usted llega a la redacción y se dedica a pasear, charlar, tomar cafés o jugar a jueguecitos por la red hasta que se le ocurre alguna idea tonta sobre la que escribir… Y lo cierto es que lo hace increíblemente bien, pero lo que hace usted no es periodismo. Usted escribe un blog cuya tirada cubre todo Midgar, pero he de reconocer que es un blog muy popular…
- Oiga, no tiene derecho… - Empezó Caprice, antes de ser interrumpida.
- ¡Oiga usted!
- ¡No! ¡Óigame usted! – Insistió la periodista furiosa. – ¡Este hombrecillo al que ve aquí, cuyo aspecto y persona me llegaron a ser repulsivos, ha logrado con eso que usted llama blog, tocar mi alma, haciendo que quisiese dedicarme al periodismo más puro posible! ¡Este hombre me ha convertido en una devota de la información profesional, objetiva e inmediata, de la que usted tanto alardea! ¡He renunciado a ser la puta cara de las noticias por darle a la tecla en un diario de los suburbios por los escritos del maldito King Tomberi, y al igual que yo, media ciudad se ha visto conmovida por él, así que haga el favor de tener un poco de respeto!
- El maldito factor humano, ¿eh? – Preguntó con sorna.
- ¿Qué quiere decir, Letterier? – Preguntó ella. Kowalsky miraba en silencio, aún ruborizado.
- Lo que quiero decir es que este niño maravilla llega, se pasa el día sin dar palo para luego, al finalizar la jornada, encontrarse con que ha vuelto a ser tocado por las musas y alrededor de los kioscos, los madrugadores esperarán por su maldita columna poética. ¡Yo mismo escribo varios artículos al día, y al igual que yo, muchos otros colaboradores! ¡Estamos aquí, como hormiguitas anónimas, desgranando la noticia! ¡Nos pegamos con la actualidad, nadamos en redes de mentiras de los de arriba y seguimos al pie del cañón! ¡Somos malditos soldados con un teclado y mucha vista! ¡Pero no! ¡Hay que leer poesía urbana midgariana en prosa, para que nos toque el alma y nos haga felices! ¿Dónde está la información? ¿Dónde está la objetividad? ¡¿Dónde está el maldito periodismo, joder?!

Caprice y Kowalsky lo miraban en silencio. Ni uno ni otro había encontrado la forma de negar su argumento, ni la encontraría: Era cierto. Kowalsky antes cubría alguna que otra noticia, con artículos rechazados por Pollard, pero desde su desenmascaramiento, no había vuelto a hacerlo: Era un escritor cojonudo, pero no estaba siendo un periodista. Había hecho falta un subjefe de redacción colérico, con un traje a medio vestir y con todo el rostro congestionado por la ira, despeinado por sus furiosos aspavientos y coronado con una mirada capaz de derretir el hormigón.
En ese momento, un grito procedente del despacho de Bahamut les indicó que solo quedaban cinco minutos para el “maldito” cierre de redacción, acompañado de una pequeña mención que simplemente servía para remarcar su prisa o hacer llorar a sacerdotes, dependiendo del contexto en que fuese usada.

- ¡Váyanse de aquí! – Dijo Letterier, recobrando el tono relajado y serio.
- Lo siento… - Dijo Kowalsky mientras abría la puerta.
- Yo… Señor Letterier… Robbie… - Dijo Caprice, haciendo que una de las cejas del subjefe se alzase con furia, y que su novio casi se pusiese así. Caprice no entendía nada.
- Fuera de aquí… Ya. – Susurró.

Pudo oír como en el pasillo Kowalsky, aún horrorizado, corregía a Caprice “¡Se llama Jules! ¡Y odia lo de Robbie el Robot!”. Negó con la cabeza y puso los ojos en blanco, mientras pensaba en lo estúpida que era muchas veces alguna gente. “Otra entrega fuera de tiempo…”, pensó, “pero entrega al fin y al cabo, y aún desde el hospital nos siguieron llegando sus columnas”. Finalmente acabó por suspirar, arreglar su aspecto y salir del baño. Que vayan armados, que estén paranoicos, que jueguen a seducirse en horas de trabajo o que hagan lo que quieran, mientras cumplan con su trabajo y no ultrajen la sacrosanta redacción.




Al día siguiente, Jules se encontró con su jefe en el ascensor. Grayson tenía el habitual aspecto desastrado, necesitado de café para entrar en plena actividad laboral, mientras que Letterier mantenía su aspecto pulcro habitual.
Grayson, sin embargo, estaba extrañamente alegre. Jules no preguntó por ello, pero el viejo Bahamut le tendió un ejemplar del Lights del día.

- ¡Lee a Kowalsky! – Insistió.

La historia la escriben los vencedores. Este es un principio básico que cualquiera puede reconocer, pero emocionándonos en celebrarla, no debemos olvidar el esfuerzo de aquellos que la han hecho posible.

Vencer es siempre un evento, y como también nos recuerda la sabiduría popular, todo el mundo quiere a los vencedores. Yo creo que no es cierto: Lo que queremos es unirnos a ellos para ser vencedores nosotros también. Apuntarnos el tanto, de uno u otro modo. Por ello, celebramos victorias de nuestro equipo, nuestra familia, o cualquier otro vencedor al que podamos llamar “nuestro”.

La pregunta es: ¿Es esto justo? Sin duda no, pero esto no tiene por que ser malo. Muchos vencen no para sí, sino para otros, y para obtener el reconocimiento de estos. Otros simplemente han luchado a lo largo de todo el camino, para encontrarse ahora con que en su ascenso a la cima, miles de ciudadanos de a pié corren a apuntarse el tanto. Esto siempre es injusto, a todos los niveles. Cuando has alcanzado la cima del monte Nibel, puede que mucha gente te aplauda, y se enorgullezca por haber crecido en el mismo barrio que tú, pero tu triunfo es egoísta, y tú sabes que es tuyo porque tú eres el único que ha visto el mundo desde la cumbre.

¿Qué sucede, sin embargo, cuando la victoria, tú victoria, ha servido para que sean otros los que vean la cumbre?

A vosotros os quiero dedicar el día de hoy, anónimos vencedores del día a día, y que con esta columna, la gente os vea como lo que sois. Vosotros, que hacéis funcionar el mundo, logrando una victoria en el trabajo del día a día, luchando en más frentes de los que ningún héroe de SOLDADO se las ha tenido que ver en la vida…
Porque vosotros dejáis claro que, aunque seamos ciudadanos de a pié, en infantería también hay héroes. Tened un gran día.

Kazuro “King Tomberi” Kowalsky.



- ¿Lo has visto? ¡El chico me ha dedicado la columna! – Presumía Bahamut. - ¡Ah, siempre te lo dije! ¡Es un gran chaval! ¡Muy trabajador!

Letterier no dijo nada a Bahamut, viéndolo tan animado y decidido a entrar en la redacción a devorar el mundo. Hoy, Grayson daría una lección de labor periodística a mucha gente gracias a la inyección de moral que había recibido. Letterier, simplemente, se limitó a sonreír y seguirle.

miércoles, 9 de junio de 2010

215

Mi vida parecía tornarse más deprimente a la par que emocionante. Me encontraba tumbado en mi destartalada cama, repasando uno a uno los pequeños pasos que había dado en esta asquerosa ciudad. ¿Por qué vine aquí? Cierto, así empezó todo, con un piso embargado y un padre sepultado. Pero eso sonaba demasiado sencillo. No, la cosa tenía que enredarse, tenían que regalarme un ataúd vacío en el sentido completo de la palabra; sin cadáver, sin un padre del que despedirse por última vez, sin la oportunidad de dormir tranquilo. ¿Siguiente paso? Emborracharme hasta perder el conocimiento. Ya sabía de sobra que esa no era la solución a los problemas, tenía experiencia sobre ello, pero creo que tenía la ligera esperanza de morir alcoholizado, sin preocuparme de dónde estaba mi padre ni de si a mi también me meterían en un ataúd o no.
Aún así desperté en mi casa sin saber cómo, con un garabato en una mano que aseguraba darme explicaciones. Y claro, eso me dio esperanzas de que tal vez pudiera zanjar el asunto de una vez por todas. ¿Cuál es mi sorpresa cuando llega la hora de conocer al susodicho informador? Que es un hombre con una máscara macabra que come caramelos continuamente y está como una regadera… Totalmente absurdo.
Cuando me invitó a entrar en su casa fue extraño. Se trataba de un pequeño edificio a las afueras de Mercado Muro, totalmente destartalado y mohoso. El exterior parecía algo más elegante, con una capa de pintura blanca ensombrecida por los años y una puerta bien asegurada, pero el interior parecía decir a gritos “¡Me voy a caer encima de ti!”. La entrada se iluminaba gracias a una parpadeante bombilla que colgaba del techo, sujeta a unos cables con cinta aislante. Las paredes, mohosas y con el yeso mordido por los ratones, parecían brillar con un color de alcantarilla y soltar vapores de otro planeta. Arguish, que así se llamaba el dueño del “hogar” me invitó con la mano a que le siguiera y así llegué a lo que se supone, era el salón.

-Perdona que esto esté tan asqueroso, pero es que mi compañero nunca se digna a limpiar… ¡No, no me vengas ahora con esas! Tienes tiempo de sobra, lo que pasa es que eres un… Bah, déjalo es inútil hablar contigo.

Genial, definitivamente estaba como una jodida regadera. Yo lo estaba pasando realmente mal, todo parecía sacado de una película de terror. Una bombilla, idéntica a la de la entrada, lanzaba sombras sobre esa máscara de látex y me ponía los pelos de punta. De no ser porque podía verle el cuello rojizo entre la máscara y la camisa, seguramente hubiese salido corriendo.

-¿Pero tú vives aquí?- Me fue inevitable hacerle la pregunta, no encajaba que alguien así, con un traje que valía más que los ahorros que yo tenía, viviese en tal basurero.
-¡No hombre! Éste es… Uno de mis lugares de trabajo- esa pausa no sonó nada bien- Tengo otras en el Sector 5 y en el 3, además mi casa está sobre esa galleta metálica, en el apacible sector 5. De todas formas ya te puedo decir que… Dado mi trabajo, puede que todo lo que te este diciendo sea mentira, que parte de ello sea verdad y la otra parte una farsa o que incluso todo sea verdad. Harías bien en no fiarte de mis palabras, lo hago de forma inconsciente. Aún así, prometí ayudarte con ese pequeño problemilla con Callisto y de eso sí que puedes fiarte.
-Pero… ¿Entonces en qué trabajas?
-Vendo tornillos.

Pareció totalmente complacido con tal respuesta así que yo me hice el despistado y anduve con pasos torpes por el salón. Tan sólo había un sofá orejero con un sucio tapizado rojo y una chimenea mugrienta de piedra ennegrecida. En eso consistía la habitación, salvo por las cajas; cajas por todos lados, apiladas en las esquinas, tiradas por el suelo… Arguish se llevó la mano al pecho y sacó una pitillera, pero soltó una maldición al ver que ésta estaba vacía.

-No pasa nada… Debe haber más por aquí… Piensa Arguish, piensa… ¡Ahora no me toques los cojones, que esto es serio! Ah, ya sé.

Se acercó a la caja más próxima a la chimenea, sacó un tarro lleno de chupachups y empezó a colocar uno a uno en la pitillera.

-Lo bueno… De este vicio- explicó con un exagerado esfuerzo al levantar un brazo y volver a guardarse la pequeña metálica- Es que ya no me queda ningún diente sano- y lo intentó demostrar introduciendo el dedo índice por la pequeña hendidura de la máscara y golpeándose uno de los paletos- Todos son prótesis de la más alta calidad. ¡Y doy gracias al cielo que no soy diabético!

Él se rió con fuerza, yo le seguí con un resoplido fingido.

-Bueno basta de tonterías. Si te digo la verdad, aquél día ibas peor que borracho y no vocalizabas en absoluto. Conseguí entenderte que vivías justo al lado del bar y te llevé como pude a casa. Fue entonces cuando distinguí la letra de Callisto en una carta que había sobre el televisor. Perdona por meter mis narices donde no me llaman, pero su contenido está intacto, sólo vi su firma en el dorso del sobre.

-¿De qué conocías a mi padre? –le dije sin rodeos. No quería estar más tiempo en un lugar como ese, en el que las paredes parecían tener vida propia y exudar moho.
-Bueno… Es complicado… Digamos que él me ayudaba a vender tornillos. Lo conocí cuando vino a esta ciudad y no… Oh perdona, tengo que contestar la llamada.

En efecto, a la segunda vibración en uno de los bolsillos del pantalón, comenzó a sonar una suave melodía, una de estás que vienen incluidas con el teléfono. Al tercer timbre lo copio y me dio la espalda para hablar.

-Dime… ¿Tiene que ser ahora? Es que ando algo ocupado… Entiendo. Si no hay más remedio estaré allí en media hora.-colgó la llamada y volvió a mirarme de frente con esa horrible cara de calavera.- Lo siento Max, nos tendremos que ver en otra ocasión, tengo que acudir a una reunión importante.
-No pasa nada- mentí yo, no me gustaba la idea de haber ido para nada- Ya nos veremos en otra ocasión…
-Mañana. A las diez, en el Blackson’s. Está por aquí cerca, no tiene perdida- dicho esto pasó a mi lado con grandes zancadas y abrió la puerta apresuradamente- Me voy, cierra la puerta cuando salga Huragis.
-¿Cuándo salga quién?- le dije sin entender nada. Él se dio la vuelta y pareció meditar sus anteriores palabras.
-Da igual, no importa. Nos vemos mañana.


Eso ocurrió hace dos días. Al siguiente, tras dar tres vueltas frente al bar sin conseguir verle y dar una cuarta, entré en aquél local en penumbra lleno de botellas extrañas y esperé a que Arguish apareciera. El dueño pareció fijarse en mi preocupación la enésima vez que dirigí la mirada a la puerta dando un trago de mi refresco.

-¿Espera a alguien?-Me preguntó para conseguir algo de conversación; el bar estaba cerrado y por lo que parecía, era algo habitual por la mañana.
-Lo cierto es que sí, pero tengo albergo pocas esperanzas de que venga- disimulé con una sonrisa- Es que apenas le conozco y es… Bastante extraño.
-¡La leche! Me apuesto una copa de lo que quieras a que estás esperando a Arguish.
-¿Cómo lo sabes?- pregunté incrédulo.
-Porque es lo más extraño que pisa por aquí… Y que yo sepa, por suerte, sólo hay uno como él.-bromeó llevándose un trapo mojado al hombro- Pero debo decirte que es posible que no venga, a veces desaparece durante un par de días, una semana… Pero sí, por lo general viene a tomarse algo aquí todas las mañanas.

Eché un rápido vistazo al reloj de mí muñeca; las diez y media. Algo me decía que no iba a aparecer. Pensé rápidamente en qué hacer, saqué un bolígrafo de plástico de mi sudadera de hace tres años y cogí una servilleta de papel de la barra.

-Aquí está mi número- le informé al camarero- ¿Si Arguish aparece por aquí podría avisarme?
-Eso está hecho, vaya a aprovechar la mañana con algo, que ya le llamaré cuando Arguish se digne a pasear su máscara por aquí.

Mentira, no aproveché la mañana, volví a recluirme en casa, tirado en las amarillentas sábanas, esperando a que en cualquier momento sonase el teléfono.
Pero fue al día siguiente cuando decidí enfrentarme a la verdad y abrir aquella fatídica carta. Me levanté de la cama de un salto, como si lo hubiese decidido ya en sueños y separé el pegamento de la solapa con facilidad. Tal vez fue porque esperaba algún mensaje oculto, alguna verdad que sólo yo podría entender al descifrar aquellas palabras, algo más allá del papel, pero lo que decía me desanimó completamente.


Max… ¿Te acuerdas de aquella vez que te enfadaste conmigo porque no te compraba una golosina? Tú no parabas de llorar y te cogí de los brazos. Te dije “¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres volar?” Paraste de llorar al instante, intentando comprender lo que había dicho, intentando ver de qué manera podía hacerse posible aquello, intentando hacer real aquella ilusión de que yo era el mejor del mundo. Volví a repetírtelo: “¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres volar?” Te quitaste las lágrimas con dos manotazos y asentiste de la manera más torpe posible. No era una regañina, no quería enseñarte que todo en esta vida no se puede tener. No, yo te lo decía totalmente en serio, haría que volases, haría lo posible para que fueses feliz en todo momento, haría lo imposible para lo imposible. Te lo repetí una última vez: “¿Qué quieres que te diga?” qué quieres que te diga, dímelo, te diré lo que me pidas, lo que sea. “¿Quieres volar?” ¿Quieres hablar con los perros, quieres ser gigante, quieres tocar una estrella? Yo lo conseguiré, haré todo lo posible para ello. Esta última vez no dudaste, gritaste tan fuerte que sí que toda la calle se quedó mirándonos y me estrujaste el cuello con tus manitas de seis años. Al día siguiente estábamos en mi taller, los dos llenos de energía, montando la cabina de un avión de madera, un avión que no conseguiría volar según las leyes de la física, pero que nos haría felices a los dos.
Aquí no hay aviones hijo, aquí es imposible ser feliz… No se ni por qué escribo esta carta si jamás vas a poder verla, si no hace más que reafirmar que mi tumba está entre este humo repugnante y cemento vomitivo. Es imposible, lo he intentado, lo he intentado mil veces, pero escupo sobre esta ciudad. ¿Realmente la habrá? ¿Habrá gente sin corromper en este estercolero? Doy vueltas por el barrio, por los sectores, busco a personas que quieran malgastar algo de tiempo con un viejo como yo, que quieran volar como lo hicimos tú y yo. Lo que pasa es que aquí no hay personas, hay tarjetas de crédito. No hay personas, hay coches de alta gama para los ricos y triciclos de plástico corrompido para los pobres. No hay personas, hay bañeras de dos metros, televisores con home cinema, hay móviles de última generación, sillones de marca que realmente valen una mierda… Pero tampoco hay personas, sino un chute de heroína, un polvo a diez guiles, una Archer&Grossman dentro de la boca de alguien… Soñaba contigo con que ese avión iba a volar, pero ¿acaso es más difícil soñar con que aún exista gente civilizada? Ah… Ya lo entiendo… Claro… Es que esto en lo que vivo es lo que llaman civilización… Civilización, desarrollo, modernización… ¡AVANCE! Matemos nuestros sentimientos, aniquilemos nuestra intimidad, mutilemos nuestros recuerdos. Quiero que me despierte una máquina a que lo haga alguien a mi lado, quiero que unas ruedas me lleven a la vuelta de la esquina en vez de andar, quiero que los rascacielos me tapen el cielo porque tan sólo veo un amasijo de hierro… Con lo que me gustan a mí las nubes. ¿Te acuerdas Max? Éramos capaces de estar tardes enteras observando cómo se iba desarrollando una gran masa de nubes hasta ver cómo descargaba en forma de tormenta.
¿En qué momento se me ocurrió marcharme de nuestro hogar? ¿EN QUÉ MOMENTO?
¡Maldita sea! Yo quería lo mejor para vosotros, soporté el dolor de mi corazón al marcharme, soporté aquél dolor de dejaros porque sabía que era lo mejor. Ahora quiero volver joder… Quiero abrazaros… No puedo ni recordar cuántos años tienes ahora………..er ese avión de nuevo y charlar contig……………………………..Quiero volver……………….QUIE……..VER.


Era imposible leer lo último, las lágrimas de mi padre lo habían borrado y ahora las mías ayudaban que se emborronase más. Cada letra me llevaba a otra parte, me trasladaba a un rincón oscuro donde veía a mi padre cansado, triste, amargado, melancólico, desesperado, hastiado… Mi corazón se partía al leer como se había partido el suyo. Volví a llorar como hace unos días, al venir a este repugnante humo y a este vomitivo cemento, como bien sabía mi padre. Me hice un ovillo y lloré como aquél niño pequeño que quería una golosina, solo que ahora era un llanto distinto. Ahora no había avión que valiese ni padre que me consolase.
Y eso era lo que realmente me jodía, lo que me mataba por dentro, que no había padre por ningún lado. No había un padre al que abrazar aunque tuviese gusanos comiéndoselo o no quedasen más que huesos.
De repente sonó el teléfono. No dejé ni terminar de sonar el primer toque.

-¿Sí?
-¿Maximilian White?- una nueva punzada de dolor, sólo llamaban así a mi padre.
-Max, si no te importa.
-Eh… Vale Max, Arguish está aquí, dice que se disculpa por el plantón de ayer.
-Dile que no se mueva, que voy enseguida.

Colgué y salí de casa escopetado sin haberme duchado y secándome las lágrimas con la manga del chándal. En efecto, cuando llegué al Blackson’s con la lengua fuera y apoyándome en el marco de la puerta, Arguish se tomaba su último trago y se despedía del camarero.

-Vamos, ya sé donde está enterrado tu padre.

No podía ser cierto. ¿Así de fácil? ¿Cómo lo había conseguido tan rápido? ¡Si Midgar es gigantesco! Le seguí el paso como pude, a veces corriendo y a veces andando todo lo rápido que me dejaban las piernas. Era un hombre enorme y sus zancadas eran casi como dos pasos míos.

-¿A dónde vamos?-pregunté entre resoplidos.
-Al cementerio de trenes-me contestó en su faceta más pragmática, como si malgastar más aire fuese totalmente innecesario.

Llegamos a dicho lugar en menos de media hora y las piernas se quejaban dándome incómodos pinchazos. Arguish miraba concienzudamente de lado a lado, como si supiese el lugar exacto del cadáver de mi padre. Yo le seguía totalmente mudo, sólo pensaba en ver al fin la cara de Maximilian White, el auténtico Maximilian White y no yo, después de tantos años.
Arguish torció un par de veces a la izquierda, después me hizo atravesar un vagón volcado totalmente lleno de óxido, para después pedirme silencio absoluto porque rondaban por la zona una cuadrilla de buscatesoros. Todo era demasiado tenso y excitante, aunque también me deprimía pensar en cómo cojones había acabado mi padre en un lugar así. Cien metros por un raíl destrozado, otros cincuenta enzarzados en un laberinto de vagones en los que yo perdí el sentido de la orientación totalmente, hasta llegar a un claro en el bosque, por llamarlo de alguna manera, en el que tres vagones formaban un triángulo irregular. La tierra allí era seca y polvorienta, prácticamente roca, y el aire estaba muy cargado.
Arguish paró en seco y se rascó la cabeza con el dedo índice. Después dio media vuelta y me miró a través de esas falsas cuencas negras.

-Esto… No sé cómo decírtelo, pero se han vuelto a llevar a tu padre.