sábado, 18 de abril de 2009
166
Hoy había tenido lugar el primero de los conciertos, y Han tenía que reconocer que lo había disfrutado como un enano: Sulphur Nightdream eran un grupo de Faust Metal poco conocido, pero a pesar de no ser el género favorito del piloto, por su preferencia por la estética sobre la calidad, estos tenían mucho cuidado de ambas, logrando un sonido genial con una puesta en escena atroz. Le dolía admitirlo, pero los suyos se la habían jugado al aceptar a Helmut, y para que el público no se riese en su cara ya podían sonar como la ira de los cielos.
Helmut se había marchado antes de que acabase el anterior concierto, contento, ansioso de saltar al escenario que fuese y luciendo un corte de pelo nuevo, lo poco que se pudiese hacer para disimular esas entradas y esas pintas de cuarentón sosainas. Había dicho que su mujer detestaba esa imagen, pero bueno. Megan, por su parte, parecía decepcionada por la poca presencia de la batería en el Faust Metal, y como siempre, se le iba la conversación hacia la nueva combinación de derribo y luxación que había desarrollado esa misma semana, mientras miraba de reojo a los seguratas del local, desafiándolos. Mark estaba hasta los huevos de oír hablar de centros de gravedad, barridos y articulaciones, tanto como lo estaba de oír de cigüeñales, cilindradas y sistemas de tracción, y se sorprendió al ver a Han más atento a la música que a su boletín semanal con la actualidad del motor en Midgar. Lo que el bajista y vocalista ignoraba era que el piloto estaba bajo un constante esfuerzo de voluntad por no hablar del “pájaro”, y de su búsqueda del carburador definitivo, o sus experimentos con turbocompresores (y todos los problemas derivados de la necesidad de un intercooler sin poder modificar la apariencia del coche para hacer una toma de aire sobre el capó).
Eso había sido dos horas atrás, y ahora estaba solo Han, en lo que le habían mostrado como “La corte”. En esos momentos, el piloto compartía estancia con lo más selecto y variopinto de la Tower of Arrogance: Junto a Isabella estaba Keith Malcolm, su propio hermano, ocupando un amplio sofá, con los pies sobre una pequeña mesilla, mientras bebían cócteles y fumaban marihuana. Al lado, en un sillón, estaba él, con una cerveza, un porro y la mirada perdida, haciendo cábalas sobre su situación con un hemisferio cerebral, mientras que el otro seguía con los carburadores. Rolf estaba en el sillón de al lado, con Daphne sentada en su reposabrazos, jugando con los guantes de conducir de Han, que le parecían muy sexys. Finalmente, Keith, el jefe de seguridad, jugaba al billar tras él contra un joven con rasgos de wutai llamado Ukio, simpático, pero poco dado a hablar de sí mismo. Supo por Rolf que era campeón de noseque torneo privado que hacían los ricos.
Han no pudo evitar pensar que Darren, el hombre que murió en su coche, era un habitual de estas fiestas, al igual que el periodista, demasiado molido como para salir de casa, o su hermano el luchador, cuya ausencia había sido muy acusada en el local, desde hacía ya semanas.
- Han, es la primera vez que vienes aquí, ¿verdad?
- ¿Uh? – La anfitriona lo pilló distraído. – Si, la primera… - Dijo estirándose para ofrecer de fumar al tirador. – Mola. Muy agradable.
- Gracias… - Sonrió Isabella. Aunque miraba hacia él, su cuerpo apuntaba hacia Malcolm, con lo que el piloto dedujo que habían estado hablando de él. – Puedes venir cuando quieras, y que sepas que aquí nunca volverás a pagar las consumiciones.
- Mola… - El piloto apuró su cerveza. - ¡Tres más! – Rió. – Nah, en serio, gracias. Muy generoso…
- Acéptalo y calla. – Exigió, contrariada por su costumbre a ser obedecida. – Es para agradecerte que salvaras a Kazuro… Y que lo intentases con Darren. – Su humor se ensombreció, mientras el piloto intentaba explicar a Keith que lo de las tres cervezas era broma. Cuando este vio el cambio de tono, buscó apoyo en su hermano y alzó su bebida.
- Por Darren. – Brindó Malcolm, y todos lo siguieron, zanjando el tema.
Vasos se alzaron y tragos se dieron, en medio de un silencio lóbrego y solemne, en el que la música llenó la estancia. Luego, poco a poco, todo volvió a la normalidad: El entrechocar de las bolas volvió, junto con las maldiciones de Keith, mientras rascaba su barba de tres días, pues ya debía al duelista un par de billetes. Malcolm distrajo hábilmente a Isabella, mariconeando un poco y hablando de algún tema banal, como las pintas del famosillo de turno que se dejó ver, o alguna sugerencia para que vistiese la propietaria el sábado siguiente.
- Por el héroe del día. – Rolf entrechocó su vaso con la botella del piloto, sacándolo de su ensimismamiento. – Un gil por lo que estés pensando, “hombre alado”. – Han sonrió la broma, mirando de reojo a Daphne, que se sonrojaba levemente al verse descubierta.
- Anda que…
- ¡Era demasiado bueno como para no contarlo! – Se justificó. – Tenías que verte, de pie en el capó del otro, gritándole en medio de gente que salía de sus coches para partiros la cara por la que habíais liado. Parecías un loco.
- ¿Y tú que tal tenías la adrenalina después de la carrerita, amable persona? – Preguntó sarcástico el piloto, haciéndola sonrojarse de nuevo, aunque no precisamente por la adrenalina.
- La tenía como todos. – La salvó Rolf, antes de dar un nuevo trago a su coctel, recordando su propia experiencia, sobre todo sus intentos por luchar contra el miedo gritándole su compañero de asiento, el principito. Han rompió a reír, dejando al tirador desconcertado. - ¿Qué pasa?
- ¿Qué era exactamente esa cosa que yo tenía como todos, Rolf? – Preguntaba con sarcasmo Daphne, mientras daba punzadas con el índice al tirador en el vientre, bajando poco a poco hacia su ingle. – Exactamente, ¿Qué era esa cosa que yo “la tenía”?
- No le des vueltas, es más común de lo que parece: El miedo produce adrenalina, y esta hace que el corazón bombee a toda hostia, de modo que la sangre… Ya sabes.
- Ya se…
- Y si es un inconveniente, siempre te queda la cirugía. – Dijo mientras llevaba de nuevo su cerveza a los labios.
- No es tan fácil… Hay muchas cosas, para empezar, que no me apetece ser completamente estéril.
- Tampoco serás completamente mujer… Aunque claro. Eso nunca lo serás… O sí, depende de quien lo mire. – Respondió el piloto.
- Al igual que tú produzco testosterona y siento la necesidad de esparcir mi semilla, Han. Así que nada. Además, es más lucrativo tenerla. – Han no respondía. No quería responder. Daphne lo miraba, esperando un “¿Por qué?”, un mínimo gesto de curiosidad, pero en su cerebro solo existían una botella de cerveza y un carburador a medio planificar.
- No habrás vuelto a trabajar, ¿verdad? – Preguntó Rolf - ¿No habrás vuelto a la calle?
- No, pero si: Dadas mis… “Particulares dotes”, digamos… Me han ofrecido un lucrativo contrato como actriz.
- Apuesto a que no de melodramas. – Bromeó el piloto.
- Bueno, no me los dan con argumento, aunque me gustaría, pero me pagan la hostia. – Sonrió. – Incluso tuve una discusión con Kazuro porque no quería dejar que yo pagase la factura de hospital, pero se lo debía: Me acogió en su casa.
- ¿Y no tendrás problemas por dejarte ver? – Rolf había dejado su vaso en la mesa, y estaba fumando hierba mientras se dejaba hundir en el mullido sillón.
- Lo pensé, pero la verdad: Si nos encontraron antes, nos encontrarán como sea. Al menos, no soy un lastre en casa, ni una mantenida.
- ¡Por tu nuevo trabajo! – Brindó Han.
- ¡Ya te digo! – Daphne esperó a que Rolf se sirviese algo más, eligiendo esta vez un tinto suave y uniéndose al brindis. – Hoy me lo hice con dos tías: Una rubia y una morena.
- Te odio. – Murmuró el piloto, cuyo rostro era la viva imagen de la envidia. – ¡Dos tías a la vez, quien me diera…!
- ¿Nunca te has tirado a dos a la vez? – Preguntó el tirador, carcajeándose.
- Tienen que ser mujeres, estimado moñas. – Bufó Han. – Te dejo los robustianos peludos a ti.
- Hombres, mujeres, robustianos… ¡Lo que sea! – Respondió, echando sal a la herida. - ¡Vamos! ¡No es tan difícil!
- Disculpe su señoría, pero he estado muy poco últimamente por el país de la pansexualidad desvergonzada… -Dijo fingiendo enfado. - ¡Pero estoy dispuesto a superar tu record!
- ¡Cuando quieras! – Respondió el tirador. – Cuatro hombres, cinco mujeres y tres transexuales, una de ellas con veintisiete centímetros de “eje de transmisión”. – La jerga mecánica fue el adorno definitivo. – Ya sabes, lo típico para los de tracción trasera.
- Eres una puta. – Han remarcó cada palabra con un gesto de horror. - ¿Y no había perros? ¿Caballos? ¿Molboles?
- Hmmmm ¡Tentáculos! – Se sumó Daphne a la broma.
- Joder, paso, gracias. Soy un hombre de grandes apetitos, pero al que se le ocurre solo una connotación para “tracción trasera”. – Dijo, bebiendo su cerveza para intentar barrer con alcohol la horrible imagen mental. – ¡Joder, veintisiete putos centímetros! – Exclamó en voz baja, admitiendo su derrota y preguntándose quien calzaría semejante monstruosidad, cuando giró la cabeza y vio a Rolf sonriendo con una cara de cabrón impecable, mientras señalaba a Daphne, la cual alzaba su mano con fingida inocencia, como una colegiala. - ¡Hostia puta!
El cuartel de Turk a esas horas de la noche era un lugar movido, como siempre. A los tarados parecía gustarles poco el sol, así que la montaban siempre al anochecer. Los muy cabrones encontraban el crepúsculo romántico y simbólico, ideal para sus cagadas: Prenderse fuego, prender fuego a otros, buscar usos poco bonitos de materias de lo más diverso o el clásico rifle de caza barato en una ventana elevada. Hijos de puta todos ellos, sin duda, sin embargo lo que escamaba a Svetlana era el joven inspector que los había mandado llamar: Una mujer había sido llevada a comisaría desde su vehículo, un monovolumen familiar bastante machacado que circulaba sobre la placa. Un agente la detuvo para indicarle que no podía circular con un retrovisor rojo, y la cosa había acabado allí, tres horas después, con once agentes PS en traumatología, con lesiones de diversa consideración. Nunca se debe subestimar la ira de un ama de casa.
- ¿Voy yo? – Mashi apenas había levantado la mirada de su PDA para dirigirse a sus compañeros. Asumía que como novato le tocaban los trabajos engorrosos, como el interrogatorio de un ama de casa y madre, que había provocado la necesidad de una docena de hombres para lograr reducirla.
- ¿Qué nos va a contar? ¿Qué los niños son un coñazo? ¿Qué llevar el coche al taller un engorro y que no puede quedarse sin él porque lo necesita para llevar a los chavales? ¿Qué el tráfico hoy en día cabrea a cualquiera? – Svetlana realmente la comprendía, y no se veía capaz de culpar a una mujer por hacer aquello que ella misma había deseado tantas veces. Sin embargo, Kurtz estaba ocupado organizando patrullas de PS, y esa mujer devoraría a Mashi en cuanto pusiese un pie en la sala de interrogatorios. Tendría que ocuparse ella.
- Todos tienen siempre una excusa, tú misma me lo dijiste.
- Si, pero la verdad es que esta tiene una muy cierta… - Suspiró, mirando a la mujer de rizos castaños y ojos claros que permanecía imperturbable en la silla, con las manos esposadas a la superficie de sólido y frío acero de la mesa. La sala estaba a oscuras, lo justo para que las pupilas de la mujer se dilatasen y cualquier fuente de luz se hiciese algo más que molesta. – Vamos a darle tiempo a que se ablande un poco.
- ¿Cuánto lleva ahí? ¿Dos horas? Sin comer, ni beber, ni hablar…
- Exigió llamar a su abogado. – Puntualizó la turco.
- ¿Y que le dijisteis? – La curiosidad hizo que el novato apartase su atención de los comentarios de su blog, la mayoría de ellos amenazas de muerte, de Montes y Van Zackal probablemente. ¡Más trolleo que es la guerra!
- Lo de siempre: Que cuando se comporte de un modo civilizado, podrá llamar. – El novato sonrió levemente. Turk tenía la mala costumbre de hacérselo pasar muy mal a la gente en los interrogatorios. Esta vez no podían excederse, ya que era un caso que cualquier juez consideraría una pérdida de tiempo, enajenación temporal o algo así. De todos modos, un interrogatorio del Departamento de Investigación era algo sagrado, y había unos mínimos que cumplir. ¡Que se suavizase!
Aún tuvieron tiempo, Katsumashi y Svetlana, de recorrer un par de plantas, atendiendo a otros recién llegados, asustados ante sus uniformes, replanteándose si no se habrían metido en un lío mucho más gordo de lo que había parecido en un principio. Mesías vestidos con sábanas sucias, drogadictos, chulos… Los chulos eran los favoritos de Svetlana: Ella conocía todos los trucos que estos hacían para intimidar a las prostitutas, y siempre encontraba tiempo para empapar un azucarillo en coñac y dejarlo secar en sus caras, mientras se iba a por un café. Cuando volvía, el licor había endurecido el azúcar, y sus esquinas eran afiladas como cuchillas. Perfecto para colocar entre los dedos y abofetear a alguien, rajándole las mejillas. Pocos fueron los proxenetas que creyeron que no se atrevería a hacerlo, pero la mayoría de ellos demostraron ser mucho más sabios. No se lleva ese uniforme durante tanto si se tienen escrúpulos a la hora de herir o mutilar a otros. Se hace y no se pregunta sobre ello.
Un par de lecciones sobre como tratar de la forma adecuada a la gente adecuada después, Kurtz salió de la sala de organización, con la sonrisa jactanciosa que le proporcionaba saber que por mucho poder que tuviese Jacobi a la hora de negarle ascensos, no eran pocos los oficiales, tenientes y sargentos sobre todo, que buscaban su consejo antes de tomar decisiones.
- Toma. – Svetlana le ofreció el expediente de la conductora furiosa a Kurtz.
- ¿Scar? ¿No es un poco excesivo? Es decir… ¡Solo es una mujer furiosa!
- Yo no puedo culparla, tú no puedes intimidarla, pero algo hay que hacer… - Dijo la veterana encogiéndose de hombros.
Mashi no alcanzaba a entender como esa mujer podía dejar que una persona con la que simpatizaba pasase por el mal trago de estar esposada a una silla, indefensa, bajo el interrogatorio del “caracortada”. Ni él mismo quería verse en la situación, fuese por un asesinato, un altercado con el tráfico o el simple hurto de un cromo. Jonás, por su parte, se limitó a recoger el dossier que su compañera le ofrecía, hojearlo y sonreír.
Realmente lo odiaba: No había nada que fuese más sagrado para Yvette que el pequeño ritual de llegar a casa, descalzarse y desconectar del trabajo con una hamburguesa doble especial, un refresco y una bolsa de patatas de una hamburguesería cercana al cuartel. Era lo más sagrado, una vez por semana, antes de su día libre, antes de prepararse para salir de juerga, antes de nada. Nunca dudaba en saltarse los semáforos, pasos de peatones o señales de stop que hiciese falta, con tal de llegar con su cena caliente y darse el gustazo, y que el diablo se llevase las calorías y las ensaladas, solo una vez por semana, cuando tuvo que llegar ese salido gilipollas y timbrar a su puerta.
Agitando la mano para aliviar un poco el dolor de sus nudillos enrojecidos, avanzaba con zancadas rápidas hacia el salón de casa. Allí le esperaba su sillón, mullido y cómodo, con respaldo abatible y reposapiés; su tele, con su abono a televisión digital, y su canal de acción, con el estreno de la semana ya empezado; y su cena.
Saltó sobre el respaldo, desplomándose pesadamente sobre el sillón, mientras sus manos se abalanzaban sobre la preciada combinación de carne de chocobo, beicon, huevo frito, tomate, cebolla, lechuga y una segunda rodaja de carne, encerrada entre pan crujiente y tostadito.
- ¡Wark! – Murmuró, relamiéndose. Podía sentir su aroma inundando sus fosas nasales, y su boca salivando en anticipación cuando el timbre de la puerta volvió a frustrarlo todo. – ¡Waaaa…! ¡Su puta madre en monociclo!
Dio un mordisco rápido, tomándose unos segundos para paladearlo, antes de levantarse para ir a abrir. Más le valía a ese soplapollas no buscar más, porque lo iba a encontrar y por triplicado. Volvieron a llamar, esta vez con más insistencia.
- ¡Ya va! ¡Ya va! – Gruñó mientras abría la puerta, intentando ignorar que tenía la pistola en una pequeña mesa, a medio metro de distancia. - ¿Quién es usted y que coño quiere?
- - Vaya genio… Verá, venía a preguntarle por Frank Tombside y…
Tres palabras pasaron por la mente de Yvette, al oír por segunda vez ese nombre: ¡Su puta madre! No las llegó a decir, eligiendo otro modo para responder, de modo que al contrario de muchas cosas que había aprendido de su padre, y de acuerdo con muchas otras que había aprendido de Kurtz, dejó que su respuesta saliese de lo más hondo de su ser. Era lo que tenía la violencia: No solo resolvía problemas, sino que además lo hacía de un modo rápido y simple.
- Y tú tranquilo, pajarito, que no te escapas. – Dijo a su presa, mientras subía el volumen de la tele para ayudar a evitarle otra hostia al siguiente que timbrase esa noche. Luego se vestiría y se prepararía para salir. Soto le había retirado la palabra, pero había mantenido el contacto con sus amigas de la universidad, aunque la dejase colgada en segundo por lo que en principio parecía una idea absurda, sobre acabar uniformada en un traje negro, con corbata a juego. Tocaba noche de chicas.
Le Renard Blanc: Un local tranquilo donde escuchar música relajada y beber algo suave. Han insistió en ser capaz de conducir, y cumplió sus amenazas, de modo que los tres llegaron a su destino, el sector 4 de la placa, sin incidente alguno. Aún así, Rolf y Daphne se pasaron todo el trayecto agarrados a todo lo posible, mientras la camioneta del taller en el que Han trabajaba surcaba las calles casi respetando los límites de velocidad, con tranquilidad, aunque con heavy metal. Sus nervios se crispaban cada vez que el piloto estiraba el brazo para cambiar de canción.
En el pub, entre los cómodos muebles de madera y la música con rock clásico. Han entró sacudiendo la cabeza junto a Daphne, mientras Rolf se quedaba atrás atendiendo a su PHS. Llevaba más de hora y media atendiendo a llamadas y mensajes de texto, y empezaba a ser exasperante. Se unieron al tirador cuando al fin colgó y se sentaron en torno a una mesa donde había un grupo de personas.
- Han, estos son Jules, Frida, Devon, Gilles y Anouk.
- Encantado… - Respondió el piloto, saludándolos de uno en uno, mientras Rolf analizaba las distintas expresiones con las que sus conocidos lo acogían. Algo no acababa de ir bien, y Daphne lo notó.
- ¿Qué tal la noche? – Preguntó ella, buscando una forma de romper el hielo.
- Joven… - Respondió el hombre esbelto, de gafas de pasta y perilla afeitada al milímetro que habían presentado como Devon.
La conversación tuvo cierta fluidez, y Rolf descubrió la verdadera dedicación de Han, cosa que nunca había preguntado. Era estudiante de ingeniería mecánica, y se pagaba la carrera trabajando en ese taller. La situación se enfrió al principio, ya que los motores eran algo un tanto tosco, machista y chovinista para el grupo de intelectuales cínicos con los que Rolf se entretenía de vez en cuando, sin embargo el piloto no tardó en contagiar su entusiasmo por los demás. El momento clave surgió cuando Gilles dijo aquello de “¿Qué más da un coche que otro? Un volante, cuatro ruedas…”, y el tirador pudo ver como la ceja de Han se alzó tanto que casi se le escapa de la cabeza. Luego, con un hábil giro del destino, Annouk suspiró un “¡Hombres!...” que permitió al piloto sacar un nuevo argumento, afirmando que uno de sus rivales de más nivel y con el coche mejor preparado era mujer.
Con su invitado entretenido, Daphne aprovechó para preguntar al tirador una duda que lo había reconcomido desde su estancia en el hospital con Kowalsky.
- ¿Qué opinas de Caprice? – Dijo con una sonrisa que invitaba al cotilleo más vil.
- Una belleza. – Respondió el tirador, dando un sorbo a su vaso con la mirada ausente. – Me alegro muchísimo de que Kazuro tuviese suerte, no te imaginas cuanto. Se lo merece. Ese tío se lo merece todo.
- ¿Si? – La respuesta la había sorprendido, quedando patente cierta incredulidad.
- ¿Qué pasa?
- No se… Parecías distante. Frío, ya sabes… – El tirador se giró levemente, y la miró a los ojos. Sus iris verdes parecieron oscurecerse, mientras parecía medirla con la mirada. Sin apartar los ojos dio un nuevo trago a su vaso, lento y meditabundo, seguido de un suspiro. Daphne sonrió. Conocía lo suficiente al tirador como para saber que eso normalmente significaba que confiaría en ella.
- ¿Kowalsky te contó alguna vez como fue su primera pelea? – Preguntó, bajando la voz.
- Nunca. Siempre supuse que era el tipo de persona que las evitaba.
- Pues esta la empezó él, y la acabó. – Rolf tuvo una pausa, teatro puro y duro que su amiga iba a interrumpir preguntando, pero él se adelantó con su respuesta. – Contra mí.
- ¡¿Qué?! – Levantó la voz, llamando la atención de toda la mesa.
- Que ya estrenaron la película sobre el cantante del grupo que está sonando. – Respondió Jules, creyendo que la pregunta se refería a su comentario. – Estamos pensando en ir a verla.
- Si no es la semana que viene no puedo. – Rolf recibió algunos asentimientos en respuesta, y se giró de nuevo hacia Daphne, como aislando su conversación, de modo que el resto del grupo siguió con la suya. – Bueno, lo que oíste.
- Pero… ¿Por qué? Henton y tú sois sus mejores amigos.
- Porque entonces no lo era. ¡A veces pareces tonta!
- ¡Tú siempre lo pareces!
- ¡Y tú solo dejas de parecerlo para serlo de verdad! – La cortó. - ¿Quieres oír la historia o no?
- ¡Si, si! – Exclamó, mirando hacia el tirador, intrigada.
- Éramos compañeros de habitación, en la residencia. Yo había querido ir a esa en lugar de ir a una pija porque sabía que ahí me divertiría más. Kowalsky estaba en tercero, o cuarto… No me acuerdo bien, y yo en primero de Empresariales. El caso es que nuestro amigo estaba enconado con una tía. Enamorado, hasta el culo y más allá, desde hacía dos años. Una compañera casta, pura y estudiosa, de belleza perfecta a sus ojos.
- ¿Estaba buena?
- Un siete… Kowalsky y yo no éramos demasiado amigos, pero teníamos un buen margen de tolerancia mutua: Él desaparecía cuando yo me llevaba a alguien para follar y yo no las liaba en el cuarto o alrededores cuando él tuviese un examen en diez días o menos. Un trato justo y cómodo para los dos.
- ¿De verdad follabas con Kazuro en la habitación? ¿Incluso con tíos?
- Bueno, entonces mis gustos estaban aún por descubrir, de modo que solo tías, pero sí.
- ¿Y él como se lo tomaba?
- Bueno… Es frustrante follar poco, pero él tenía un propósito mayor en la vida. Un fin elevado. – Dijo con un nuevo trago.
- La tía esta… - Daphne obtuvo un asentimiento.
- El caso es que fuera de nuestra tolerancia, y ciertas charlas insustanciales en torno a la tele o algún peta, aunque Kazuro casi nunca fumaba, no teníamos trato. Él me había hablado de ella mil veces, pero yo nunca le di demasiada importancia.
- Me lo veo venir… - La transexual puso cara de circunstancias, recriminando a Rolf su acción.
- No es difícil verlo: Kowalsky llegó, abrió la puerta, oyó gemidos como tantas otras veces y se la encontró bajo mi cuerpo sudoroso, gimiendo como la perra en celo que era en realidad.
- ¡Anda ya!
- ¡En serio! ¡Casi logro un trío con ella y una amiga suya, pero la amiga se rajó!
- Joooder… De todos modos tu te mantienes, es decir, no se… Creo que podrías con Kowalsky.
- Ya… Pero en el suelo, tras la primera hostia, vi su cara y me di cuenta de lo que acababa de hacer. Me dijo que me esperaba en el jardín de detrás en cinco minutos, y allí me dejé dar una paliza que me dolió más por dentro que por fuera.
- ¡Que cabrón fuiste! – Ella bebió la mitad de su bebida, sintiéndose bastante decepcionada con su amigo. - ¿Y como es que te perdonó?
- Eso fue gracioso: Yo estaba en el suelo, cubriéndome la cara y recibiendo patadas. No se lo digas, pero el torpón de Kazuro ni siquiera sabía apuntar a donde dolía, y eso que yo no hacía nada por defenderme. El caso es que baja ella, en ropa interior, toda sudada y despeinada, para a Kowalsky y dice “¡No os peleéis por mí! Si queréis, ¡podemos hacer un trío!” – Daphne tuvo que esforzarse por retener su bebida.
- Kazuro es demasiado inteligente para estar con una tiparraca así. – En el fondo de su ser, deseaba que Rolf confirmase esa afirmación. El Kowalsky que había conocido se habría dejado cortar los huevos por Caprice.
- La mandó a tomar por culo corriendo. – Rio el tirador. – Luego quiso intentar seguir pegándome, pero yo estaba descojonándome de risa en el suelo, y acabó por ayudarme a levantarme. Le pedí perdón, una birra, y la semana siguiente un regalo de compensación: Me ligué a unas gemelas y me salté la regla de no interrumpir a diez días de los exámenes, pero no le importó.
- Una para ti, una para mí, ¿no?
- Y luego cambiam…
- ¡Anda ya! – Devon alzó la voz. - ¿Cuánto tiempo vamos a estar escuchando payasadas sobre música vieja y comercial, coches o demás bazofia para mongoles?
- ¡Ni una palabra a Caprice de esto! – Susurró el tirador, antes de prestar atención a lo que sucedía con el resto del grupo.
- ¿Comercial? ¿Acaso el mestizo de mujer y cachalote que tú escuchas regala sus discos? ¿Acaso no es millonaria?
- ¡No hace mierdas mainstream!
- Mira, listillo… No tienes puta idea, si crees que el rock y el heavy son mainstream. ¿O acaso lo escuchas mucho en la radiofórmula?
- ¡No escucho la radiofórmula, pero se ve que tú si! – Gritó Devon, sujetando sus gafas. Han alzó las cejas.
- ¡Oigh, miradme todos! ¡Soy el hombre del mañana!
- ¿Pero tú quien coño te has creído que eres, melenas? Vienes aquí, y nos dices que estudias sobre motores, te ganas la vida montando máquinas contaminantes que ocupan un cojón de espacio y son imprácticas, y que escuchas música famosa por sus fans violentos, sucios y gañanes. ¡Comparado contigo soy el puto hombre del mañana! Viajo en bici, de modo que respeto el medio ambiente. Escucho música alternativa e independiente, que tiene un mensaje. ¡Mensaje! ¿Te suena? – Gesticuló de forma vehemente. – Nada de “oh, soy tan duro con mi cuero y mis pinchos, que las viejas gritan de pánico”. Veo cine independiente, y participo en montones de actividades culturales: Exposiciones, coloquios… Y escribo poesía. ¡Po-e-sí-a! ¿Te suena? La rosa es roja, la violeta azul…
Han asintió, muy despacio, con los brazos cruzados. Los separó, apoyando las palmas en la esquina de la mesa, y en un gesto brusco, se levantó. Antes de que nadie pudiese reaccionar, el piloto estaba encarando a Devon, sentado frente a él, a escasos centímetros de su cara. Sonreía ferozmente, mientras el autoproclamado poeta lo miraba fijamente, conteniendo un ligero temblor y desafiándolo a que le agrediese y con ello le diese la razón.
- ¿Me permites? – Preguntó tomando su cajeta de tabaco, sin esperar respuesta. – Gracias.
- A ver que va a hacer… - Susurró Rolf, mientras Daphne seguía jugando con los guantes de conducir, atenta a la escena.
- Bien. Uno: El heavy metal, aunque tenga letras con ese tema, y aunque hagamos pogos, sudemos, gritemos y hagamos cuernos mientras sacudimos melenas, tiene a muchos músicos de calidad. Los mejores, diría yo, y personalmente me parece mucho más parecido que una ricachona de Icicle que cuando canta parece que imite a una ballena en celo, y que además, es fea como el culo de un Begimo. Dos: Me la come que seas un comenabos ciclista, de esos que por ser alternativos y guayses te miran con altivez mientras tragan monóxido de carbono en cada semáforo como putas. Y tercero… No se si sabes conducir o no, pero no tienes puta idea de lo que es pilotar un coche.
- Y seguro que me lo vas a decir, estimado primate.
- Por supuesto, gafapasta de mierda: Hay dos tipos de vehículos. Un coche y un medio de transporte. Los segundos tienen motor, ruedas, y lo que les pides es que te lleven del punto A al B en el menor tiempo posible, con la menor cantidad de penurias posible y al menor coste posible. – Dijo mientras daba vueltas a la cajetilla entre sus dedos. – Por otra parte, un coche es una combinación de motor, suspensión, tracción y demás componentes mecánicos a la espera de que alguien saque de él todo lo que pueda dar. Conducir de verdad, pilotar, es hundir el acelerador en las rectas y sentir como las revoluciones hacen temblar tu cuerpo, y como la adrenalina se te dispara. Pero claro… Cualquier mongólico con un utilitario tuneado sabe pisar un pedal. Sin embargo, conducir de verdad es algo más que eso: Es forzar el límite, es apurar cada curva, entrar fuerte en cada tramo de recta… Compites contra el circuito, y contra ti mismo. Avanzas, aceleras todo lo posible, mirando la carretera sin perder de vista el velocímetro y el cuentarrevoluciones, marcando una trazada para forzar las curvas y convertirlas en rectas, hasta que llegas a una pronunciada, y ahí es donde entra la verdadera habilidad. – Empezó a mover la cajetilla por la mesa, imitando a un coche de juguete con el que representar la escena. – Has tenido una recta larga, de trescientos metros, y el motor está cerca de cinco mil vueltas, en quinta. Debes ir a cosa de ciento ochenta, ciento noventa, y toca atacar la curva. Frenas levemente, mientras reduces a tercera y giras el volante hacia el exterior levemente, ¡para una vez dentro de la curva contravolantear bruscamente! El coche pega una sacudida y se ladea, mientras sientes como si tu estómago fuese suspendido en el aire por el miedo y la adrenalina que este produce. Estas derrapando y ves ante ti la pared interior de la curva, de modo que vuelves a contravolantear hacia el exterior y pisas a intervalos cortos el acelerador, para asegurarte de que no te vas, mientras el coche redirige toda esa inercia y se coloca, saliendo disparado a cien por hora. Todo eso dura segundo y medio, pero ahí estás tú (bueno, tú no. Alguien con cojones, ya sabes…), enfrentando el miedo y la necesidad de frenar al ansia, el valor y las ganas de vencer a toda costa.
El piloto paró un segundo, disfrutando de la atención, entre la mirada de incredulidad que le dedicaba su oponente. A su lado, Rolf y Daphne confirmaron que no es que fuese así, sino que era mucho más intenso todavía.
- Poesía, ¿eh? ¡A ver que te parece esta!: La rosa es roja, la violeta azul. Yo puedo volar, ¿que mierda haces tú?
- ¡Hago cultura!
- ¡No me hagas reír, payaso! En mi último concierto tuve a todo el público de la Tower of Arrogance – Han omitió que no habían ido expresamente por el concierto, pero si habían atendido a él. - ¿Cuántos fueron a tu lectura de poesía? – Los murmullos llenaron la mesa, y la sangre de Devon corrió hacia su cara, mientras ese “gañán impertinente” lo retaba con la mirada a que intentase algo más.
- ¿Cómo se llama tu grupo? Igual te vi…
- Joder, fueron geniales, aunque un poco heavys de más.
- Yo me lo perdí. ¿Cuándo vuelves a tocar?
- ¿Estaréis en la batalla de bandas?
- Voy a la barra. – La cara del poeta era la de alguien a quien le hubiesen cambiado el vaso por uno del peor vinagre existente. Prefería lamerse las heridas en privado.
- ¡Me encanta este bastardo! – Susurró Rolf al oído de Daphne. – Podría pasarme toda la noche viendo como le mete a Devon su mierda gafapasta alternativa por el culo, lástima que tengamos planes para nuestro amigo…
La puerta de la sala de interrogatorios se abrió a sus espaldas, mientras la mujer esposada miraba fijamente al espejo que tenía a su derecha, pensando en los falsos espejos de las salas de interrogatorio, en las películas y en las series de televisión, y en los dos agentes que habría allí grabando todo y esperando una confesión por las agresiones que había causado. Era cierto que se había enfurecido, pero motivos no le faltaban, y eso también era cierto. La verdad es que ese PM podía haber sido mucho más educado de lo que fue, y referirse a ella con esas palabras, delante de sus hijos… ¡Joder que no!
- Brianna Patterson… - Sonó una voz grave al abrirse la puerta. – Treinta y tres años, casada, dos hijos, sangre tipo AB, número de la seguridad social tal tal tal tal… - El turco que entró tenía el pelo revuelto, leyendo lo que ponía en una carpeta que llevaba en la izquierda, mientras que en la derecha llevaba dos vasos de café, de los de llevar, de cartón con tapa, y una caja de donuts sujeta bajo el brazo.
- Me alegro de que mi interrogador sepa leer. ¿Ha recibido una educación completa o también abreviaron la parte de los modales? – Lo oyó reírse, mientras pasaba a su izquierda, dejando los cafés y los donuts sobre la mesa, cerca de ella, pero lejos de su alcance, por las esposas.
- Me temo que no hubo tiempo para modales donde yo aprendí. – Dijo el turco. – Y la verdad, sé que usted hace un uso selectivo de ellos: Tres cargos por amenazas y catorce por agresión.
- Solo le pegué a diez… Uno más o menos. – Dijo preocupada, mientras el hombre se sentaba en la esquina de la mesa, hojeando el dossier mientras le daba la espalda. Su soberbia la puso de los nervios, pero era capaz de superar cosas mucho peores que un interrogatorio de Turk por patear a cuatro blandengues.
- Todos los tipos uniformados parecen iguales, ¿no es así? – Lo oyó reír entre dientes. – Le pegó a diecinueve agentes de seguridad de Shin-Ra, lo que pasa es que cinco de ellos aún siguen inconscientes y no han podido ratificar los cargos, pero estos se presentarán de oficio, probablemente.
- ¿Yo? ¿Un ama de casa? Agente… ¿Está insinuando que yo sola he noqueado a cinco soldados y apaleado a otros catorce?
- Yo no insinúo nada, señora. Leo y le comento los hechos. Tenemos declaraciones firmadas, testigos… - El hombre se giró levemente, y ella pudo ver como la miraba de reojo. Su ojo derecho era brillante, y sus labios estaban curvados con cinismo.
- ¿Para qué me retienen entonces? – Preguntó ella, empezando a estar exasperada.
- Para que confiese, y así agilice el juicio. Estamos en un estado de excepción, podríamos tirarla en un calabozo una semana, olvidarnos de usted y a los diez días acordarnos, sacarla y no recordar por que la metimos en un principio, de modo que no habría sanciones… Pero tampoco disfrutaría de la experiencia.
- ¿Me está dando a elegir? Agente… - Él la ignoró, negándose a decirle su nombre.
- No, Brianna. Ya he elegido yo por usted. ¿Esta es la primera vez que está en una sala de interrogatorios?
- Si. – Dijo ella. – Oiga, Agente… - Siguió ignorándola. - ¿Dónde está mi abogado?
- ¿Para qué quiere un abogado?
- ¡Tengo derecho a un abogado, maldita sea! – Gritó, y Kurtz tuvo que reconocer que para ser el grito de un ama de casa esposada a una mesa e indefensa, había fuerza.
- Estamos en estado de excepción, Brianna.
- Señora Patterson, si no le importa… - Su voz se volvió súbitamente gélida.
- Brianna… El estado de excepción nos permite desnudarla, inspeccionarla, interrogarla, retenerla, y aclara que – a partir de aquí remarcó cada palabra – concederle o no su derecho a un abogado y a que esté presente durante el interrogatorio es potestativo, por nuestra parte. – Dejó que el impacto de la noticia se asentase un poco antes de seguir hablando. – Pero tranquila, no lo necesitará.
- ¿Qué no lo necesitaré? ¡Solo he sacudido un poco a unos cuantos guardias!
- Señora, ha dejado fuera de combate a casi un pelotón de soldados rasos PM, entrenados para responder a situaciones de violencia armada, y lo hizo con sus manos desnudas, antes de sacarle a uno la porra y liar una buena. ¿Debo entender que si tuviese usted una paleta de pescado Shin-Ra SA estaría ahora mismo llamando a familias para darles el pésame?
- Deme usted la paleta de pescado, agente… Y a ver que tal reacciona su familia a la noticia. – El turco aceptó el envite. Sacó las llaves de las esposas de su bolsillo y las dejó sobre la mesa, al alcance de la detenida.
- Como veas, Brianna… - Pasó al tuteo mientras la oía abrir la cerradura. Se dio media vuelta y ocupó su silla, mientras cogía un café y la caja de los donuts. – Pero si no recuerdas mal, yo te he pateado catorce veces, y tú a mí solo dos.
- ¡Jonás! – Suspiró ella, sorprendida.
Han no daba crédito. Simplemente no daba crédito en absoluto al espectáculo que desfilaba ante sus ojos: Annouk, la mujer rubia de gafas de montura metálica que había conocido en Le Renard Blanc, dos vodkas después y algunos minutos de conversación se hallaba ahora ante él, vestida únicamente con medias y ligueros de color azul marino, que completaban su conjunto de tanga y sostén del mismo color, con adornos en un tono de azul más claro. Junto a ella había una mujer de piel del color del chocolate, espectacular, llamada Pearl, que había optado por el color crema en su lencería, mismas piezas y diseño similar, y una mujer de rasgos de Wutai de belleza equiparada a sus compañeras, llamada Mariko, cuya opción de color había sido el verde esmeralda, precioso, por cierto.
Han estaba siendo desnudado por las tres, sentado cómodamente en el sofá de la casa del tirador, mientras a escasos metros, Rolf participaba en una escena semejante, pero siendo tres hombres los que se ocupaban de una mujer, a la vez que de sí mismos. Daphne, por su parte, estaba al otro lado repartiendo sus atenciones entre un hombre y una mujer, de modo que si: Esto era una puta orgía. Y hablando de Daphne, Han ya se había asegurado de que ninguna de las suyas no fuese lo que parecía ser en un principio, quedando claro que todas eran tías, y estaban increíblemente buenas, y lo más importante: Lo estaban acelerando más de lo que el Blackbeast lo había acelerado nunca.
Dedicó sus últimos minutos de cordura a repasar mentalmente las dos copas que había tomado en el último pub, hasta estar finalmente seguro de que nadie le había echado nada en la bebida y estaba flipando. Bueno, ciertamente estaba flipando, pero lo hacía en la vida real y no solo en su imaginación.
Una hora y media… Lo tuvieron una maldita hora y media provocándole, retrasando y acelerando, forzando en cada momento e intercalando provocación y abandono, y él respondió del mismo modo, dándoles el mismo juego a las tres, a la vez que se lo daban entre ellas. Era putamente increíble. A su alrededor, la gente iba y venía, deshaciendo y volviendo a formar grupos, y follando como animales, como si esto fuese una puta orgía romana, pero él seguía con sus tres acompañantes, entregando todos sus sentidos al placer. Era simplemente increíble. Cada una de ellas tenía un estilo, un modo de actuar, muy experto, muy desigual entre sí, y jodidamente placentero. Annouk era metódica, recorriendo cada milímetro de la piel del piloto con lengua, dedos, pezones… Sus sinapsis parecían a punto de reventar de placer. Pearl era brutal. Su boca era más asidua a usar los dientes que los labios, y sus movimientos eran espasmódicos y salvajes, convirtiendo la cópula en una pugna por el control, por el dominio. Mariko era suave, y quizás incluso tímida. Se sonrojaba muy fácilmente, y daba mucho morbo verla así, pero también poco a poco se iba desinhibiéndose, convirtiéndose en una bestia capaz de rivalizar con Pearl, aunque ambas perdían el control ante la habilidad de Annouk… No podían rivalizar entre ellas, sin acabar las tres cayendo rendidas, de modo que su táctica más común era unirse contra el extraño: Han.
- ¿No tienes más condones? – Preguntó el piloto al tirador.
- ¿No tienes miedo de deshidratarte? – Bromeó este en respuesta. – Anda, vente… Deja que los demás puedan disfrutar de esas tres, que te tocaron casi las cuatro mejores.
- ¿Cuál es la cuarta? – Preguntó Han, mostrando su curiosidad con una sonrisa pícara.
- Daphne. – Algo se desinfló en la moral del piloto, y su sonrisa se tornó una mueca. – Ven a la sala contigua.
- Rolf, sabes que… - Empezó a decir incómodo.
- De sobra. Esto es personal, pero no sexual. Además, nos hemos ganado un descanso. -
Han, desnudo, siguió a Rolf hasta una pequeña sala cuya pared era toda una vidriera, desde la que se podían contemplar los más altos edificios de la megalópolis que era Midgar. Allí había un sofá un poco más pequeño, dispuesto en ángulo y orientado hacia la ventana, desde el que se podía gozar de una vista envidiable del panorama urbano. Han sintió mucha envidia, imaginándose como sería vivir sobre la placa, con sus amaneceres, anocheceres y noches tan estrelladas como esta.
- Bonita vista, ¿Eh? – Comentó el tirador mientras encendía una televisión de pantalla plana de quince pulgadas y una consola.
- ¿Teniendo esta vista montas aquí una tele? – El piloto casi parecía ofendido por la idea.
- Es la de la cocina. La verdad es que he querido buscarte las cosquillas con esto desde que te conocí en la… Lo del sector cero.
- ¿Y qué vas a hacer? – Preguntó Han, mientras tomaba el mando que Rolf le ofrecía.
- Quitarte aquello que es tuyo. – Respondió con una mirada amenazante el tirador, mientras encendía la televisión con el mando a distancia y la pantalla del menú inicial de un conocido videojuego de coches aparecía en pantalla.
- ¡Hay que tener cojones! – Exclamó el piloto. - ¿Me sacas de una puta orgía para retarme a un videojuego?
- ¿Qué pasa? ¿Tú no los tienes? – Lo retó Rolf. – Están a la vista, pero parece que de un segundo a otro vayan a ir a hacerle compañía a tu nuez. – Han lo miró con lo que parecía auténtico odio.
- ¡Siéntate! – Bramó ocupando su lugar. – ¡Porque te vas a comer la hostia que tus padres no te supieron dar a tiempo!
- Jo… ¿Así que no tienes una foto? – Preguntaba Tina, decepcionada.
- Lo siento pero no. – Respondió Yvette.
- ¡¿Cómo cojones puedes venir a hablarnos de tu novio perfecto y no traer una foto?! – Úrsula parecía exasperada.
- Tanto como perfecto… - La mirada de la turca se perdió entre las luces del techo.
- Es rubio, guapo, atlético, ojos azules, detallista… - Enumeró Heather, citando las mismas características que unos pocos minutos antes había enumerado la propia Yvette.
- Si, pero… - La turca pareció dudar unos instantes, antes de responder con seguridad. – Le falta soltarse. Necesita tener más seguridad, y dejarse llevar un poco. Al acabar la noche es divertido y encantador, pero al principio es como una tortuga, y te revienta esperar a que salga del cascarón.
- Caparazón. – Corrigió Úrsula, ajustando sus gafas.
- Gracias, empollona.
Yvette tan solo había pasado un par de años en la universidad, pero conservaba las amigas que allí había hecho, algunas de las cuales las conservaba desde el instituto. Úrsula había sido la gótica de su instituto, de la que se hizo amiga cuando decidió abandonar el equipo de animadoras, en el que Heather era su compañera. Fue la única que no solo no dejó de hablarle, sino que además la buscaba para hablar con ella y se esforzaba por mantener su amistad. A Tina la conoció en el campus. Estudiante de un curso avanzado a la que Yvette quitó el título de estudiante femenina más juerguista.
Ahora Tina era abogada, Úrsula era profesora interina, puesto que había alcanzado en un tiempo record, mientras preparaba el doctorado, y Heather seguía tirándose a la estrella deportiva de turno, aún en tercero de carrera, situación fuertemente argumentada con un “Porque yo lo valgo”.
Las cuatro tomaban chupitos en el Doors of Heaven, leyendo el mensaje que había sido pintado de modo borroso en la pared, tras las botellas. Era un mural, pero estaba cubierto por fragmentos de cristal pulidos de distintas formas, de modo que los caracteres parecían incluso defragmentarse a veces, quedando una sensación de vacío incómodo en el lector. Era prácticamente imposible de descifrar, y en cuanto Úrsula se dio por vencida, Heather hizo su movimiento.
- Cuando las puertas de la percepción se abran, el otro mundo será accesible a los hombres, y todo el conocimiento que ello conlleva. – Citó.
- ¿Cómo coño? – Exclamó Tina.
- Me tiré al dueño hace tres semanas y me lo dijo.
- ¡Que puta eres! – Exclamó Yvette
- ¡Mira quien fue a hablar!
- Yo no soy ninguna puta. – Dijo la turca, con una pose que mostraba seguridad y fuerza. – ¡Soy una diosa!
- Ya, claro… - Bufó Heather.
- Dejad esa mierda… ¡Venga, vamos a la pista! – Exclamó Tina, tirando de ellas.
- Si, va a ser genial ver el primer día en el que Yvette sale pero no liga.
- ¡Aún no me lo creo! ¡Turco! – Exclamó Brianna, ya por vigésimo cuarta vez. - ¿No te cansaste de ser un cabrón?
- Si, pero no lo supe hasta que llevaba un par de años con este uniforme. – Respondió Kurtz. – Tuve un compañero muy bueno, y aprendí mucho de él. Murió en el dos mil uno.
- Lo siento.
- Ya… - Suspiró el turco. - ¿Y tú? ¡Ama de casa! Una mamá, con sus nenes, su monovolumen y su delantal de “reina de la casa”. La familia que tanto has querido…
- La familia que tanto quise tener… - Suspiró ella, en su tercer café. – Que jóvenes éramos, y que poco pintábamos en esa mierda de selva.
- Aprendimos mucho.
- Por eso estábamos en esa unidad, Jonás: Por que aprendimos lo que teníamos que hacer antes que nadie, y lo aprendimos mejor que nadie.
- Si… Tu marido, Josh, ¿lo sabe?
- ¿Qué estuve en la unidad? No, solo que serví en Wutai. Así es más fácil, y comprende que siga haciendo defensa personal, aunque tenga la “torpeza” necesaria para nunca pasar de cinturón naranja. Por cierto… ¿Y tú? ¿Ligas mucho?
- Con mi cara…
- Ya, me acuerdo: Dieciséis cicatrices, por dieciséis días encerrado en el cuartel del general Tenkazu…
- Una por cada día que me negué a responder, hasta que me sacasteis de allí.
- Más las tres de la mina en Lha Shau. – Comentó, acariciándolas. – Parece que hay alguna más.
- Alguna… - Respondió Kurtz, acordándose de la última que había sufrido, peleando contra Paris en aquel reactor. – Pero a mi novia no le importa.
- Novia… - Saboreó la palabra, a medio camino entre la alegría y los celos. – Ahí quería llegar. ¿Cómo es tu novia, Jonás?
- Se llama Aang, y es de Wutai. – Respondió, desviando la mirada mientras Brianna gritaba de sorpresa.
- ¡No me lo puedo creer! ¡Jonás! ¡Nos follamos a su puto país! ¿Qué haces con una de Wutai? – El turco se encogió de hombros, tan simple como eso, como diciendo “Simplemente estamos”. – ¡Hay que joderse, manda huevos!
- Me habían dicho que le partiste la cara al primer guardia por soltar tacos.
- ¡Deja que me desahogue! ¿Vale? Ni te imaginas lo estresante que es aguantarse las ganas por los niños.
- Me tocará en breve. – Dijo el turco, matando su café.
Ambos estaban en el garaje del edificio, paseando entre los coches. Kurtz había avisado a Svetlana de que era conocida suya, y se iría con alguna reprimenda… Privilegios de ser turco. Ella suspiró, preguntándose que relación tendría su compañero con esa mujer, pero finalmente decidió dejarlo correr e irse a tomar algo con el novato, mientras rompía el informe a medio escribir y lo tiraba a la basura.
- Aang está embarazada. Ha ido a… Encontrarse a sí misma, y le ha impactado bastante saber que fui parte de la unidad. Volverá antes del parto, supongo.
- Debe de ser muy duro…
- Si, lo es. – Confesó. – Pero bueno… Con la coña del meteorito y el estado de excepción es fácil enfrascarse en el trabajo y no pensar.
- Ojalá yo tuviese el valor de decirle a Josh lo que hice… - Suspiró. – Por cierto, ¿recibiste la carta?
- ¿Qué carta?
- Recibí una carta certificada, del presidente Rufus, a nombre de Galatea, mi nombre de guerra. Me solicitaba que permaneciese atenta a una posible incorporación de emergencia.
- A mi no me llegó nada, pero bueno: Yo soy turco, de modo que sigo “incorporado”.
- Espero que no me llamen… - Suspiró de nuevo. – No sabría como decírselo a mi familia.
- Ya…
El silencio se volvió incómodo, como si ambos estuviesen a punto de decir algo y ninguno de ellos acabase de decidirse. Kurtz cambiaba el peso de un pie a otro de forma poco disimulada a cada paso, y Brianna no acababa de ser capaz de decir nada, aunque a veces levantaba la cabeza, quedándose a punto.
- ¿Aún tienes la marca? – Preguntó finalmente el turco.
- Si… ¿Quieres verla? – Jonás asintió.
Se paró, detrás de una columna y tras mirar a ambos lados, Brianna soltó los tres primeros botones de su blusa, mostrando el sujetador, y en la cara interna de uno de su pecho izquierdo, una marca rojiza, redonda, de carne que había sufrido los primeros síntomas de necrosis a causa de la mordedura de una víbora en Wutai. A la mente de ambos acudieron recuerdos, de cómo él acudió antes que nadie. Ella acababa de sacarlo del cuartel del general Tenkazu y estaban ocultos en la selva, esperando a ser recogidos. Tenían tiempo, y Kurtz se bañó en el río, disfrutando del alivio para su cuerpo deshidratado y machacado por los métodos de tortura del ejército de Wutai. Brianna iba a sumergirse, antes quiso dejar sus cosas junto a un árbol y no vio a la víbora, camuflada por su piel. Ambos recordaban como él succionó el veneno de la herida, y la ayudó a aguantar mientras llegaba el rescate. Muchas noches, Brianna recordaría esa escena, compartiendo cama con su marido, ya dormido. Como aquel hombre había tomado su mano y acunado su cabeza, mientras accedía a sus ruegos diciéndole su verdadero nombre, Jonás, para que ella pudiese llamarlo. En la unidad no había nombres propios, solo nombres en clave, y esa excepción fue su secreto, su contacto. Solo de conocer sus respectivos nombres, se sentían más libres, como si corriesen desnudos por un jardín, rodeados de sus compañeros, presos en los compartimentos estancos de sus pasamontañas y su anonimato. Su relación fue creciendo, y llegó a un plano mucho más físico en suites de hotel del territorio conquistado por Shin-Ra, pero con la guerra su relación se distanció, al tener cada uno un proyecto personal incompatible.
Finalmente, el volvió a mirarla a los ojos, y reemprendió el paso. Ella cerró de nuevo su blusa y se situó a su lado, caminando al mismo ritmo.
- Me alegro de que tuvieses tu familia. – Dijo Kurtz, sonriendo levemente.
- Y yo me alegro de que te decidieses a tener la tuya. – Respondió Brianna. – Y espero que Aang vuelva pronto y no le pase nada malo.
- Es dura… - Kurtz buscó una foto en su cartera. - ¡Es la Tigresa dorada! ¡El sargento zurdo!
- ¡No me jodas!
- ¡En serio! ¡Yo tampoco me lo crea! El caso es que…
El eco de su voz se fue alejando, mientras caminaban hacia la salida del garaje, donde llamarían a un taxi, con la promesa de intercambiar números de teléfono y quedar algún día, cuando hubiese vuelto Aang.
- ¿Qué hacéis? – Daphne apareció sobre el sofá, cubierta de sudor y con el pelo rubio y rosa revuelto, pareciendo una especie de león gay.
- Aquí, viciando… - Respondió Han, girándose hacia ella. - ¿Te apuntas, a rey de la pista?
- ¡Vale! – Exclamó con un encogimiento de hombros y se sentó al lado de Han. Al hacerlo, sus piernas se separaron, luciendo una cadena plateada que colgaba suelta de su cintura, creando un efecto muy sexy. Igual de atractivas eran sus botas de color negro brillante, muy ajustadas, con diez centímetros de tacón, pero lucía también algo más. Han aprovechó el momento crítico para volver a atender a la pantalla unos instantes, asegurando una curva. – Voy contra el que gane, ¿no? Por cierto, tu coche mola.
- Seh… - Dijo, volviendo a mirar cuando se hubo sentado, aunque para su pesar tuvo que admitir que era imposible no fijarse. Han agradeció el hecho de que Daphne tuviese tetas, y el poderoso atractivo que estas suponían. - El Predator está muy bien, cuatro por cuatro y con una muy buena distribución de peso. Apuras las curvas de puta madre.
- Han… No te va a comer. – Bufó la transexual.
- Ni yo a ella. – Dijo mirándola a los ojos muy fijamente, para no desanimarse. – Pero manda huevos… Y algo más, de paso.
- Bueno… Tú tampoco has salido poco favorecido.
- Ya, pero no hay color. – Suspiró el piloto. Era como ver una herida abierta, con huesos rotos, músculos desgarrados y sangre: No era agradable, pero no podías apartar la mirada. Una neurona en su cerebro mencionó “ingles de costa del sol”, mientras que otras cinco le exigieron silencio, y otras muchas más suplicaban atender al Predator.
- ¡¿Te importaría dejar de hablar de la polla de Daphne mientras me humillas y mirar a la puta pantalla?! ¡Lo haces aún peor! – Gritó Rolf, aunque al resto de la gente de la casa pareció importarle aún menos que a Han y Daphne.
- Bah… Media vuelta y fuera.
- ¡Aún no has ganado! – Exclamó el tirador, segundos antes de ver con impotencia como el coche del piloto lo doblaba una segunda vez.
Las partidas se sucedieron en todas las modalidades que el videojuego permitió, para mayor frustración de Rolf. Han era consciente de que debería sentirse raro, jugando a la consola en pelotas, junto con Lo peor era que Daphne se estaba divirtiendo, pese a las palizas que recibía, y Han pasaba el mando después de haberle ganado a ambos, justo después de la carrera contra ella, de modo que ella tenía el consuelo de tener cierta continuidad con un mando en las manos. ¡Y lo peor era que mejoraba bastante rápido! Jugaron unas cuantas carreras, hasta que Daphne propuso cambiar el videojuego por un RPG de tres jugadores, pero Han declinó la oferta al oír que Daphne quería llevar a la sacerdotisa. Dijo que “encontraba enormemente perturbador verla llevar a un personaje que despachaba a los enemigos golpeándolos con su porra”. Rolf propuso parar un rato, aprovechando la interrupción.
- Han… Nos conocemos poco, y solo tenemos confianza mutua de un modo profesional, así que te extrañará que te haya traído a casa, a participar en una orgía.
- Bastante… - Comentó, cogiendo su copa de vino, de la que acababa de beber Daphne, y llenándola. - ¡Pero no me quejo!
- No… - Rió el tirador.
- ¡No, ya! ¡Te han asignado a las mejores! – Daphne le dio unas palmadas en la rodilla, con la mano cubierta con una especie de guantes de látex, largos hasta el codo pero con los dedos descubiertos.
- ¿Asignado? – Han tenía la sensación de que igual la transexual había patinado, hablando de más.
- Han. Hace un par de noches le has salvado la vida a un muy buen amigo mío. Kowalsky es una de las personas más importantes de mi vida, de las pocas que me conocen como soy junto con Henton y Daphne aquí presente.
- No hace falta que…
- Déjame acabar. Como habrás visto tengo amigos y líos por doquier, pero poca gente sabe más de mí, y tú incluso ya sabes más que mucha gente. – Añadió bajando la voz. Han asintió, recordando como se había ganado ese ático el tirador. – Tengo pocos amigos de verdad, pero cada uno es precioso para mí, y quiero que sepas que por Kowalsky te estoy enormemente agradecido y que puedes contar con mi amistad.
- La de los dos. Kowalsky también es mi mejor amigo. – Se unió Daphne.
- Gracias gente… - Dijo el piloto, alzando su copa en un brindis. – Y muchas gracias por haberme ayudado a cumplir uno de mis sueños.
- No hay de qué. Agradéceselo a Daphne, que con la conversación de orgías me dio la idea.
- ¿Has montado todo esto en una hora? Eres un genio, tío…
- Gracias. – Respondió, amagando una reverencia.
- Yo incluso te lo agradecería de forma mucho más personal, si quisieses. – Propuso Daphne, deslizando su índice por el pecho de Han
- Ya, y seguro que Rolf también… - Han lucía una sonrisa forzada. – Pero no, gracias. Paso.
- No tienes por que perder virginidades que no quieres.
- ¡Ni con ella ni conmigo! – Se unió el tirador.
- No, ¿vale? Simplemente no me apetece.
- Tranquiiiiilo… - Daphne retiró el dedo, cerrando el tema con un beso amistoso en el hombro izquierdo del piloto, que era lo único que le quedaba a la altura. Rompió a reir, mirando los coches en la pantalla. - Joder, Rolf. Tenías que verlo, de pie encima del capó del otro coche. - Se levantó para imitarlo. - ¡Yo puedo volar, y tú no porque no tienes huevos!
- Anda que... Mi mayor victoria automovilística, en la competición más desigual que me he encontrado nunca y llegas tú y lo reduces a un grito de triunfo haciendo el hostia.
- Joder, es que con todos los coches ahí alrededor, destrozados... - Se excusó Daphne. - ¡Pero moló la hostia!
- ¡Venga, al tema! ¡Que de esta te gano! - La animosidad de Rolf había despertado de nuevo, con la conversación de coches.
- Han… Jugaría contigo toda la noche, pero… Otra noche. Me acabo de fijar que ahí atrás la tía que estaba contigo, Annouk y la que estaba con Daphne que no usó strapon están jugando y parecen un poco solas.
- ¡Cobarde!
- Vicioso. – Corrigió. - Y no creo que tú puedas echarme nada en cara por ello.
- ¡Voy contigo! – Saltó Daphne, levantando la mano como una colegiala.
- Esto…
- Los dos tendremos diversión sin tener que interactuar directamente.
- ¡Interactuar no me importa, pero de follar nada! ¡Necesito sentarme para conducir!
- No te preocuuuupes… ¡Heteros! – Exclamó
A sus espaldas, Rolf preparaba el juego para vérselas contra la máquina en el mayor nivel de dificultad, preparando su venganza.
Yvette empezaba a estar mareada. El alcohol parecía habérsele subido extrañamente rápido. Ella no era una borracha de campeonato, pero dos copas estaba muy por debajo de su media. Sus amigas se reían y disfrutaban, hablando con chicos, riendo y bailando, reinando en su pequeño hueco de la pista. La noche avanzaba, y sus rodillas lo hacían a un ritmo distinto del de su cabeza. En un momento dado, sus amigas propusieron ir al baño, y el hecho de cruzar la discoteca se convirtió en una experiencia psicodélica, abriéndose paso entre gente que bailaba a ritmo desacompasado, confuso y errático. Algunos, moviéndose muy despacio, parecían dejar una estela a su paso. Entró al baño la última, lavándose la cara mientras sus amigas se retocaban el maquillaje. El suyo quedó ligeramente descompuesto, pero en su confusión apenas le dio importancia. Estaba saliendo cuando oyó una voz familiar, que no acababa de reconocer. Una tía, que decía ser amiga suya la retuvo.
- Vamos a la pista, para no dejar sola a Heather, que está con ese chico.
- Vale… - Dijo la amiga. – Luego la acompaño yo.
Cuando se hubieron ido, Soto sacó la placa y la porra del bolso, extendiéndola con un gesto amenazador, sugiriendo con un ademán de cabeza a todas las presentes que se evaporasen cuanto antes. Empujó a Yvette, derribándola, y tras unos confusos minutos, mientras la turca se levantaba con dificultad, la puerta se volvió a abrir, entrando por ella Montes y van Zackal.
- Pareces muy perjudicada, preciosa… - Sugirió Dekk, alzándola por la barbilla. - No te habrá echado nadie nada en el vaso, ¿verdad? ¿Quizás mientras estabas en la barra, charlando?
- ¡Hijo de puta! – Aulló ella, intentando acertar en su borroso rostro con el puño, pero sus movimientos eran torpes y débiles, como si estuviese debajo del agua.
- ¿Qué modales son esos? – Preguntó Soto, derribándola de otro empujón.
- Tres para una chica indefensa… Hijos de puta. – Insultó con todas las fuerzas que pudo reunir, pocas a juzgar por unas risas que apenas pudo oír. - ¿Quién va primero?
- Por favor… - Suplicó van Zackal. – No nos lo pongas tan fácil.
- ¿Tú? – Yvette intentó lanzar otro par de puñetazos, sin ser consciente de que el borrón azulado que era el turco en realidad estaba a dos metros de distancia.
- Yo. - Saltó ansioso Montes, dándole un par de puñetazos flojos en la cara y el torso, para putearla, antes de lanzar una fuerte patada contra su estómago que la dobló por la mitad. Yvette sintió arcadas, y pugnó por contener el vómito, mientras su adversario la obligaba a levantarse por los pelos, mientras deslizaba la otra mano por sus tetas, estrujando una de ellas. - ¡Oh! – Exclamó mientras detenía un puñetazo con su mano izquierda, y de un empujón apartaba un rodillazo que en ningún modo alcanzaría su entrepierna. De una sacudida, su muñeca libre quedó al alcance del luchador, que la prendió, inmovilizando sus brazos. Tenía un comentario jactancioso listo para ser usado cuando la frente de Yvette hizo diana violentamente en su nariz. Montes la soltó de golpe, tambaleándose mientras retrocedía. - ¡Puta! – Gritó. - ¡Te arrepentirás de esto!
La oleada de golpes que lo siguió fue totalmente desmedida: Un revés contra su pómulo derecho la lanzó de cabeza contra la pared que separaba dos cabinas de wáter, seguida de una patada en el pecho que la dejó en el suelo, jadeando desorientada. Entonces montes la agarró del pelo y del vestido y la arrastró por el inmundo suelo del baño hasta la pared del fondo, batiendo su cabeza contra los azulejos. Aferró su cuello y la levantó, aplastándola contra la pared con un placaje y cargando el peso sobre su hombro para inmovilizarla, mientras descargaba un puñetazo tras otro sobre su estómago. Solo se detuvo cuando sintió en el cuerpo de la turca los espasmos que precedían a otra arcada. Se alejó varios pasos, hasta ver junto a sus compañeros como Yvette caía en posición fetal, vomitando descontroladamente.
Escupiendo bilis y sangre, entre fuertes toses y lágrimas, no pudo ver como van Zackal la alzaba delicadamente, sentándola sobre la piedra que sostenía los lavabos.
- ¡Lávate, puta cerda! – Exclamó suavemente, mientras abría un grifo y lanzaba la cabeza de la turca contra la superficie metálica del lavabo. – Mejor, ¿no? – Sonrió, tendiéndola boca arriba y apartándole los cabellos empapados del rostro. – Pero tu vestido ha quedado hecho mierda. – Con un inmisericorde tirón, rasgó la prenda desde su escote hasta la cintura, sacando una navaja de punta curva para cortar el sujetador. – Así… - Retrocedió hasta donde estaban sus compañeros. – Me ha gustado lo del vestido, debería convertirlo en una especie de sello.
Sus carcajadas se perdieron por la puerta, mientras Yvette, entre lágrimas, cerraba los restos destrozados de su vestido, intentando taparse y arrastrarse hasta la puerta.
- Agotador… - Bufó Han, desplomándose sobre el sofá. Casi todos los participantes se habían ido ya, a sus casas o a dormir a alguna de las habitaciones, mientras el piloto se había quedado a charlar con Daphne y Rolf, que aún seguía dándole caña a la consola. Daphne sirvió vino, mientras tomaba asiento.
- Si, pero genial. – Exclamó ella, aguantando las ganas de provocarlo por no haber querido experimentar.
- Sin duda… Rolf, avísame para el siguiente.
- Primero tendré mi venganza… - Dijo mientras dejaba el mando sobre la mesa. – Pero por hoy me llega. ¿Bien entonces? Me alegro. – Dijo brindando.
- ¡Y aquí concluye otra reunión del club del pene! – Puteó Daphne, encantada de avasallar.
- ¿Para la foto nos ponemos del más alto al más bajo o de mayor a menor? – Han siguió la broma.
- No se… ¿Qué podemos hacer? – Rolf estaba viendo a Daphne coger el rpg, decidida.
- ¿Viciar? – Preguntó ella.
- Eso ya lo hemos estado haciendo toda la noche. – Rió el piloto.
- A mi me vale… ¿Nos vestimos?
- ¿Levantarse, ir por la ropa, buscarla y vestirse a media luz? – Preguntó la transexual. – Paso.
- La vagancia me hace estar de acuerdo con la señorita.
- Bueno, pero subiré el termostato. Vosotros habéis estado follando como perros en celo, pero yo he estado quieto y me ha pillado algo de frío.
- ¿Jugamos entonces? – Daphne ya había abierto la caja.
- Jugaaaamos… - Aceptó el piloto.
- Iré a hacer palomitas… - Murmuró Rolf, levantándose camino de la cocina. A sus espaldas oyó a Daphne exclamar “¡Pero me pido a la sacerdotisa!”
A tientas y a tumbos, Yvette avanzó a lo largo del Doors of Heaven, con los brazos cruzados sobre su malogrado vestido, camino de la puerta. La droga no era muy fuerte, por su experiencia parecía ketamina. Se sentía mareada, pesada, y el sabor del vómito persistía en su boca. Se fue en silencio, pues no quería que sus amigas la viesen así. No tenía el coche, los turcos le habían vaciado la cartera, ticket del guardarropa incluido, para que no pudiese coger un taxi, y aún así habría que llamar y esperar, ya que no había ninguna parada de taxis en los suburbios que tuviese alguno a estas horas. De todos modos, esos hijos de puta se habían llevado también su PHS, dejándola completamente tirada. La gente iba tan pasada que ni siquiera se paraba a mirarla, e Yvette lo agradeció. Por la hora que era, ya no habría cola en la entrada, y los porteros estaban ocupados por una pelea que había en esa acera, de modo que pudo deslizarse sin ser vista, decidida a perderse en las sombras sin saber muy bien hacia donde ir. Fue entonces cuando unas manos la agarraron de los hombros fuertemente, arrastrándola hasta un callejón y tapándole la boca.
El pánico se sobrepuso, mientras luchaba por soltarse. Intentaba por todos los medios asegurarse de donde estaba su captor, del que solo veía una cabeza amorfa por la extraña silueta de lo que parecía un sombrero de cowboy. Las manos la soltaron, quedando una tapándole la boca para que no gritase, mientras la otra extendía sobre su pecho su propio abrigo. Yvette se cerró en él, buscando frenéticamente la cremallera y echándose a llorar, mientras se deslizaba por la pared, hasta caer postrada en el suelo, entre sollozos. Entonces algo luminoso llamó su atención. Era un PHS encendido.
- ¿A quien llamo?
Veinte minutos después, Yvette seguía sollozando. A su lado, Malcolm conducía su coche hacia su propia casa, consciente de que ahora ella no debería estar sola. El camarero sentía como las lágrimas afloraban en sus propios ojos, fruto de la rabia y la indignación, y las enjuagaba con una mano que su amiga tomó luego, apretándola con fuerza. No podía estar sola, y agradecía mucho tener al lado a Malcolm. Se sentía herida, tremendamente herida. No podía decir a nadie que había bajado la guardia y le habían hecho eso. No a Paris, no a Svetlana, y sobre todo no a Harlan ni a Kurtz. Era la peor sensación que recordaba haber tenido nunca, con la debilidad, la impotencia, la vejación y el orgullo dolido… Se culpaba a sí misma por ser débil, y lloraba de rabia por ello, intentando no pensar que esa debilidad la hacía merecerse lo que le acababa de suceder. Se esforzaba por no pensarlo, pero había elegido bando en una guerra, había bajado la guardia y era tan difícil no culparse...
Dolido, Malcolm volvió a pasar su mano por el cabello de ella, aún empapado del agua sucia del fondo de los baños, enjuagando sus lágrimas que se secaban en su mejilla, acabando de destrozar su maquillaje.
martes, 7 de abril de 2009
165.
“Reúnete conmigo en el bar a la entrada del Sector 6 en 30 minutos”
Sudaba, y mucho. Un par de gotas quedaron colgando de los pelillos que comenzaban a florecer en su mentón, para pesadamente caer sobre su viejo abrigo marrón. Sacudió la cabeza para eliminar los goterones más grandes y despejar la cabeza de esos pensamientos. Deseaba correr, pues sabía lo que dentro esperaba, pero a la vez también sabía que era inevitable. Tres personas salieron del local, y no pudo sino ponerse más nervioso: estupendo, pensó entre temblores, si me matan al menos no lo verán un canijo bigotudo, un pijo con mechas y… otro tipo sin características que destacar.
Atravesó la puerta de madera pintada de un tono verde desvaído, y se encontró con un bonito pub construido con madera y algún elemento metálico que servía para unir piezas. “Un lugar espléndido. Lástima que esté en el lugar donde está”. En una pared estaban colocadas unas mesas de maderas separadas por unos paneles de roble que a su vez servían de asiento, mientras que en la barra había unos altos taburetes con reposabrazos que hacían frente a una colección de diferentes botellas de licores y cervezas variopintas, de todas las clases, tamaños y sabores. El individuo, desde la puerta, lanzó un vistazo de lado a lado de la taberna, buscando al hombre que había enviado el mensaje. En las mesas simples con sillas estaba el encargado del bar, recogiendo los vasos del trío que acababa de abandonar el establecimiento.
- ¡Aquí, ven a sentarte!
Desde el penúltimo de los cubículos de madera, una mano se alzó para indicarle que se acercara. Lentamente, debido a sus muletas, se acercó a la mesa, donde aquel hombre le esperaba. Si no porque hacía poco tiempo que había ido al baño (y por baño quería decir que había orinado detrás de un coche), sus pantalones habrían comenzado a oscurecer desde su bragueta hasta los pies, formando un charquito amarillento en las tablas del suelo. Sentía miedo por lo que fuera a ocurrir.
- Siéntate, Yief. ¡Ponme otra, Jeff! – dijo levantando un botellín de cristal verde que contenía unas escasas gotas de cerveza en dirección a un tabernero que asintió con la cabeza. Volvió a mirar otra vez a su acompañante - ¿Tú que quieres? – Yief negó con la cabeza – Venga, no seas soso. Jeff, ponle otra de las mismas.
- ¿Qué es lo que querías? – el vagabundo temblaba con cada palabra que pronunciaba. Cada letra, cada pausa, cada espacio entre palabra se le hizo una eternidad inacabable. Los latidos de su corazón eran irregulares durante esos millones de microsegundos que se volvían lustros en la mente del zarrapastroso hombre; tan pronto parecía parado como golpeaba fuerte en su pecho intentando escapar en un incesante repique de tambor que no frenaba. Su rostro debía mostrar su estado, porque el hombre que tenía enfrentado se preocupó por él.
- ¿Estás bien? No tienes buena cara.
- Aquí tienes, Frank. Tu amigo no tiene buen aspecto, ¿se encuentra bien? – Frank asintió, y el dueño del pub se marchó tras la barra. Yief, aún sin recobrarse, miró de nuevo al frete, sorprendido
- ¿Sabe quién eres? ¿Es uno de tus ayudantes? – el tono que tenía no dejaba de mostrar su agotado ritmo cardíaco.
- ¿Qué te hace pensar eso? Ni que fuera el único ser de la ciudad, de los suburbios o incluso de este sector que se llama Frank – parecía a punto de echarse a reír, divertido ante la situación.
Cogió su botellín lleno y lo chocó suavemente contra el otro, más cercano a Yief, brindando antes de alzarlo y pegar un ligero trago que acabo en un suave suspiro de gustoso placer acompañada de un “qué fresquita” que dejó anonadado al hombre con muletas. ¿Cómo era posible, se dijo a sí mismo, que aquel hombre que se sentaba enfrente suyo y se atrancaba la garganta con cerveza y cacahuetes de un platillo de revuelto del que separaba el maíz fuera a la vez un peligroso criminal del que nadie sabía nada salvo su nombre y su marca?
Sorbió un poco de cerveza para intentar tranquilizarse, dejando que el líquido dorado cayese con su suave sabor amargo por su garganta, refrescándole ligeramente. Su corazón se relajó un poco, pero aún seguía nervioso. Necesitaba algo más para tranquilizarse, pero desde el fatídico día no tenía ninguna bolsa con su preciado polvo blanco.
- Yief…
Casi se quebró un diente con el respingo que dio, teniendo la mala suerte de que en ese instante tenía el cristal verdoso apoyado contra los labios. Dejó el botellín y se llevó la mano a los doloridos incisivos, que en ese momento parecían estar a punto de salirse de viaje fuera de la boca. Apretó ligeramente para evitar que siguieran bailando, y se giró, aún con el brazo apoyado sobre la dentadura. El espectáculo parecía divertir a su compañero, porque en esos momentos trataba de disimular el atisbo de una carcajada. ¿Qué clase de psicópata era ése? Yief siempre le había imaginado como alguien frío, calculador, que únicamente pensaba en matar. Alguien oscuro, no un tipo que se partía con chorradas y bebía cerveza por la mañana; un tipo que hablaba con la gente, tenía amigos y se recreaba de maneras normales.
- Yief, quizás yo no pueda leer la mente, pero no es algo que necesite para saber que estás nervioso. Relájate, ¿quieres? Lo que te voy a pedir requiere tranquilidad – Yief asintió, y exhaló fuertemente, fingiendo que se relajaba – Bien. Necesito que me digas una cosa acerca de tu habilidad. ¿Podrías averiguar cuántas personas se encuentran en una zona si utilizas tu habilidad?
“¿De qué puñetas me estará hablando? Será mejor contestar”
- Nunca lo he intentado, pero no creo que sea difícil. Cuando leo las mentes no escucho las voces propias de las personas, sino un reflejo de las mismas, algo distorsionado que se asemeja. Si separo los reflejos podría decirte cuantas personas hay en una determinada área.
- ¿Y localizar su posición? – Yief negó – De acuerdo, era demasiado pedir. Vale, te explico. Primero vamos a pasar por un piso para cambiarte de ropa, y luego iremos al sector 3 a una misión. No pongas esa cara, no vamos a por nadie… si no es necesario. Lo que tienes que hacer es fingir un papel y hacer unas preguntas, y mientras exploras un poco lo que diga con tu “abracadabra”. Fácil y rápido, no tienes que hacer nada complicado.
Frank se levantó, y Yief cogió sus muletas para salir. Sorbió el resto de cerveza de un trago mientras el asesino pagaba al dependiente, que le despidió con un cantado “Hasta mañana, señor West”. Esto extraño mucho a Yief, quien a la salida preguntó por ese detalle.
- No esperarás que le diga quién soy – puso acento burlesco y una cara ridícula – Hola, me llamo Frank Tombside, y voy por ahí pegando tajos, ponme una cerveza.
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Después de un buen paseo, que se alargó en buena medida por la cojera de Yief y la bronca de Frank, motivada por “te di una materia para que la usaras”, llegaron a un bloque de edificios de piedra gris, con yeso roto en placas amenazando con cubrir de polvo blanco las cabezas de los transeúntes de tal forma que suerte se tenía si no se acababa manchando. En el tercero de los siete edificios, la singular pareja entró en un pequeño portal con puerta de color bronce dorado, y que según Yief era de latón sucio, y subió al primer piso, en la puerta J. No era un hogar muy amplio, pero la carencia de muebles o enseres hacía que el espacio pareciese mayor de lo que realmente era. Las paredes eran blancas y estaban cubiertas de un gotelé muy pronunciado, de forma que se formaban unos amplios picos en las paredes que se clavaban en la carne y arañaban la piel si uno tenía el descuido de acercarse demasiado mientras caminaba, como comprobó el norteño al avanzar por un pasillo particularmente estrecho. “Si esto ha sido idea del diseñador, que me diga quien ha sido para no contratarle”. Bastante tenía con que le había curado a la fuerza los huesos de las piernas para que pudiera caminar al menos correctamente, alegando que luego ya tendría ocasión de poder partírselas de nuevo.
- Aquí tienes el baño – abrió una puerta, y mostró una habitación cubierta con azulejos oscuros con espirales albinas adornando las paredes. Un espejo, un lavabo, una simple estantería llena de frascos, cuchillas de afeitar y algún otro instrumental de aseo – Aféitate bien, arréglate el pelo y dúchate. En la habitación que está al lado tienes la ropa que necesitas.
Se apartó el gorro de la cabeza, y dejó caer sus ropas pesadamente sobre el suelo. No había tenido valor suficiente para quedarse con aquellas ropas nuevas, así que había vuelto a colocarse sus ropas viejas y dormir en la calle. Todo era culpa suya, así que pensó que debía recibir castigo por su propia mano.
Se agarró los lacios mechones de pelo grasiento con la mano izquierda, mientras que con la derecha blandía tranquilamente unas largas tijeras metálicas que más podrían haber pasado por instrumentos de cocina o de pescadería. Yief se tomó su tiempo en recortar ligeramente las puntas, para después pasar a eliminar todo el espesor que se había acumulado sobre sus ojos. Acto seguido cogió un bote de espuma de afeitar y se la aplicó, masajeando la cara; el tacto era suave y le gustaba notar como el músculo se movía bajo sus manos, distorsionando sus facciones mientras el gel azulado se convertía en una crema blanca refrescante. Pasó la mano por encima de la maquina eléctrica, pero desestimó esa posibilidad y recogió la cuchilla, pues prefería sentir la presión de la cuchilla sobre la carne en un intento de sentirse poderoso, de poder derrotar a un enemigo utilizando el metálico filo, aunque simplemente se tratase del pelo de la barba.
Se dio una larga ducha, y se quito de la piel el polvo y el sudor, insistiendo fervientemente en lavar y cepillar el cabello.
En la habitación de al lado le esperaba su nueva ropa: brillantes zapatos negros, pantalones del color del ébano, chaqueta a juego y camisa blanca. Uniforme de turco. ¿Qué planeaba Tombside?
- Vaya, te has tomado tu tiempo – dijo cuando salió, mientras iba abrochándose el último botón de la camisa. Puso tono burlón – Mira tú que guapo vas. Toma, tu acreditación. Agente Jack Kened, de Servicios Internos.
Frank se había vestido igual que él, e incluso llevaba otra placa, con el nombre Henry Courder resaltando en grandes letras negras. Le abrió la puerta y ambos salieron al rellano, donde una señora mayor subía con la compra dentro de un carrito de cuadros crema y ocre. La señora se dio prisa en entrar nada más ver sendas figuras trajeadas, y Tombside lanzó una mirada fulminante contra la puerta. ¿Parte de su actuación, o parte de su faceta siniestra? El joven Vanisstroff no pudo responderse a su propia pregunta.
Cinco minutos después, habían entrado en un amplio automóvil, y otros diez después estaban de camino a la placa superior.
- Bueno, te explico: lo que tienes que hacer es muy simple, entras y haces unas preguntas. Qué sabe de mí, informe médico de su incidente… Cosas de esas. Tienes todos los detalles en esa carpeta de ahí.
- ¿Solamente eso? ¿Por qué tengo que ir yo?
- Veamos… ¿Vas tú porque quizás a mí me puede reconocer? Y a eso suma que yo te lo mando. No me mires así, Yief - apartó los ojos un segundo de la carretera, mientras el semáforo permanecía en rojo – Tú ya sabías cuando te dejé por ahí que te tocaría obedecer. Y respondiendo a tu primera pregunta… Tienes premio si le lees un poco la mente a la chica.
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Al cabo de un buen rato aparcaron en el Sector 3 sobre la placa, frente a un edificio de elegante aspecto. Yief releyó la última línea del informe (“¿De dónde saca este tío estas cosas?”) y se bajó del vehículo.
- Y no lo olvide, agente Kened: escuche bien lo que tenga que decir y averigüe con quién está en la casa.
Ding, dong.
La puerta del ático se abrió y Yief se quedó de piedra. El objetivo de aquella misión, la persona a la que debía interrogar, la única que había estado lo suficientemente cerca del psicópata y había sobrevivido, y posiblemente un futuro cadáver si Yief investigaba algo comprometedor… era una joven rubia, con menos años incluso que él, y un cuerpo mucho más espectacular que el de la convaleciente Lucille. Tenía un busto espléndido, y unas caderas que no desmerecían, además de unos carnosos y rosados labios y una larga cabellera rubia. Llevaba el pantalón de tela negra propio de su oficio, junto con la blanca camisa de seda a medio abotonar, con lo que la mente de Yief se dejó caer por aquel escote tan generoso que desapareció entre hilos.
- ¿Sí? – dioses, pensó el falso turco, hasta su voz es un regalo - ¿Quería usted algo?
- Ejem… Sí, sí… - titubeó y vaciló, intentando recordar los detalles del informe – ¿Yvette Marie Giulianna Louise de Castellanera e “Brusca”?
- Bruscia. Le recomiendo recordarlo para un posible encuentro futuro – la exuberante muchacha le reprendió, y los colores subieron a sus demacradas mejillas.
- Perdone. Soy el agente Jack Kened, de los Servicios Internos de Turk. Si me permite, me gustaría realizarle unas preguntas…
- Oiga – interrumpió la joven – Ya dije todo lo que podía sobre mi compañero Creedan Dravo, así que si no le importa volveré adent…
- ¡Espere, no cierre! Quiero decir, que no es para hablar de eso, sino de usted.
- ¿De mí?
- Sí. ¿No es cierto que usted sobrevivió a un ataque de manos del conocido Frank Tombside?
Silencio. Durante un tiempo lo bastante largo como para que al hombre de Modeoheim le empezasen a caer sudores fríos por la espalda mientras sus rodillas temblaban ligera e imperceptiblemente y lo bastante corto como para evitar que saliese corriendo.
- Sí. ¿Por qué no se está realizando este interrogatorio en el cuartel general, como es lo habitual?
- Eso es algo que yo no sé, pero que seguro podrá preguntar a nuestros superiores. Sigamos – “Ni siquiera me invita a entrar y sentarme, la muy…” - ¿Recuerda usted algo del ataque? Cualquier detalle sobre Tombside, o algo que no haya dicho a sus superiores…
- No, ya dije que nos habían enviado allí a realizar una detención, y que formé un grupo con otros dos turcos, mayores que yo, a los que no conocía de nada. Uno de ellos cayó delante de mis ojos, y lo siguiente que recuerdo es que estaba tirada en el suelo. Me habían agarrado del brazo, y me dolía el pecho.
Yief estiró la mano a lo largo del bolsillo, hasta que sus dedos rozaron el pequeño fragmento de esfera gualda. En ese instante, Yief contó que en ese edificio habría unas nueve personas.
“Oh, sí, nena, como vas a gozar”
“Mierda, necesito más coca… Joder, ¿Dónde la he dejado? Jodermierdagrandeputa”
“¿Cuándo coño vas a acabar? Si no sabes meterla, deja de intentarlo”
“El brillo del mako en aquellos iris. No es algo que se pueda olvidar”
“¡Puto niño de los cojones! ¡Ha usado un billete de cien para hacer avioncitos!”
“Oh, sí, oh sí… ¡Vamos, nena, cabalga!”
“Y cuando el joven y valeroso guerrero empuñó la espada, nada tuvo que temer, pues los poderes de la luz le abordaron y…”
“Nunca podré olvidar aquellos ojos verdes ¿QUÉ COÑO ESTÁ HACIENDO?”
“Joder, podría pedirle que usara la lengua, a ver si así me pone. O por lo menos, me libro de su cara de gilipollas”
“Control ene, control ce, ahora aplico un filtro de desenfoque y duplico la capa y… Mierda, control zeta”
“Las flamas que salían de las fauces del dragón de ébano se tornaban azuladas…”
“Veamos, si aplico un degradado de azul a blanco… Mierda, control zeta”
“¡Hijo de puta!”
Lo siguiente que Yief recordó fue que la conexión telepática se había esfumado, y de pronto había sentido como cinco férreos y a la vez suaves dedos se estampaban con fuerza sobre su mejilla izquierda. Perfecto si lo combinábamos con sus otras lesiones y heridas aún si curar, dado que su compañero de misión sólo le había regenerado las piernas.
- ¡Hijo de puta! – Cerró la puerta delante de sus narices - ¡Ten por seguro que te rajaré y rellenaré de plomo a la próxima que te vea, palillero de mierda, y si eres de Turk ten por seguro que no querrás volver nunca al trabajo!
¿Pero qué coño…? De pronto Yief cayó en la cuenta… Había cerrado los ojos, respiraba con intensidad, tenía la mano en el bolsillo. Todas las piezas encajaban.
De vuelta al coche, el hombre conocido como Frank Tombside le esperaba apoyado en la puerta del coche, sin poder contener la risa y con la corbata desanudada.
- Bien hecho, Yiefito. No ha sido la mejor actuación del mundo, pero desde luego ha sido una buena comedia – y acto seguido comenzó a carcajearse, ahogando sus siguientes palabras - ¿Realmente te la estabas machacando?
- ¡Que voy a estar machacan…! Espera, ¡estabas viéndome!
- Sí, y debo decir que no me arrepiento de ello ¡Ja, ja, ja! – apenas si lograba articular dos palabras seguidas.
- ¡Hijo de puta! – parecía haber olvidado con quien hablaba, pero desde luego esa no era la prioridad del norteño en ese momento – No había pasado más vergüenza en toda mi vida, joder. ¿Qué coño se supone que estabas haciendo? – apartó de un empujón a su compañero, y se metió en el coche cerrando con un portazo.
- ¡Eh, que quien se ha metido en ese embrollo ha sido usted! Yo me he limitado a mirar – dejó escapar una risita, y tuvo que apartar la mirada cuando Yief le amenazó con ojos fulminantes, como diciendo eso de “si las miradas matasen…” – Bueno, tranquilízate. No vas a volver a verla. – arrancó el motor, y se puso en camino por la carretera en dirección a la autopista que bajaba a los suburbios.
- ¿Vas a cargártela? – “Joder, que está buena”
- Bueno, eso dependerá. ¿Has hecho los deberes? – Yief no tomó esto como una pregunta, y comenzó a relatar todo lo sucedido.
- Básicamente, creo que se refería a ti en esa frase acerca de los ojos. Creo que esa en la que nombraba a la madre iba dirigida a mí – y al instante Yief se arrepintió de volver a mencionarlo, pues Frank reprimió de nuevo la mueca de diversión.
- Está bien, no te preocupes – giró hacia él sus ojos esmeralda, y le dedicó una sonrisa – Te invito a un helado.
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Ding dong
- ¡Ya va, ya va! – abrió la puerta - ¿Quién es usted y qué coño quiere?
- Vaya genio… Verá, venía a preguntarle por Frank Tombside y
El golpe en la nariz le tumbó al suelo, y le dejó sangrando de las fosas nasales. También tenía un corte en el pómulo, producto de una singular sortija, anillo o lo que fuese. No sabía si lo que le había cortado era una calavera con fuego en los ojos o un corazoncito. Edward no podía asegurarlo, porque todo le daba vueltas.
- ¡No sé qué coño querréis tú y tu amigo Jack Kened, pero podéis iros a tomar por el culo ambos antes de que os meta la porra reglamentaria por la punta! ¿Entendido?
Volvió a pegar un portazo, y nada más supo de ella el hombre tendido en el suelo.
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- Espera, ¿me estás diciendo que no sabes qué sitio es este?
- ¿Cómo quieres que lo sepa? Por si no lo recuerda, muy señor mío, estaba en la calle hasta hace muy poco.
Estaban en una cafetería con dos pisos, uno dedicado a los fumadores y otro libre de humos, de colores grises y blancos y con mullidos asientos bastante amplios de color negro, situado en pleno centro del Sector 5 sobre la placa. Tenían un amplio expositor con incontables tarrinas de helados de diferentes sabores y colores: plátano, galletas, crema, azules, verdes, limas, vainilla, y un extenso etcétera. Al lado, en una barra tres camareras servían cafés y helados a una vertiginosa velocidad debido al gran volumen de clientes que tenían. Un camarero que rondaría la cincuentena estaba dando órdenes al grupo de chicas, mientras él mismo quemaba en un vaso licor para preparar una variante de café.
- ¡Pero me leíste la mente! – Frank parecía querer gritarle, pero la heladería estaba atestada de padres con niños pequeños, adolescentes con sus parejas y un trío de particulares ancianos que lo único que hacían era beber su tacita de café rehogada con un chorro particularmente generoso de coñac. Un par de goterones de su helado de frambuesa silvestre cayó sobre la mesa, y se apresuró a limpiarlo con una servilleta de papel. Yief, por su parte, se había pedido un helado de menta con trocitos de chocolate, y se hubiera pedido algunas bolas más de extraños sabores si no hubiera querido abusar de la cartera del asesino.
- Leer la mente implica oír lo que piensas, no ver los dibujitos que se forman en tu cerebro.
- Pues vaya… - parecía decepcionado.
Pasaron un pequeño rato en silencio, aguardando a que una pareja que fervientemente se manoseaba por debajo de la mesa contigua decidiese que había llegado el momento de marcharse. Cuando los dos jóvenes se hubieron largado, Frank le lanzó unas llaves sobre la mesa.
- Toma. Son las llaves del piso en el que hemos estado. Tu nuevo piso. Ahora vives allí.
- ¿Qué? Pero… ¿Por qué? – Yief se acordó del piso donde había comenzado a vivir con Lucille.
- Bueno, estás en la calle, Yief Vanisstroff. Y no creo que tengas el arrojo suficiente para vivir en casa de tu amiga, esa tal Lucille que se encuentra en coma. Y tampoco vas a volver a Modeoheim, ¿me equivoco? – Miró con sus musgosos irises a un sorprendido Yief, que parecía querer balbucir algo – No eres el único que sabe leer la mente. O las noticias de internet, no recuerdo qué era.
- ¿Me has investigado? – no cabía en sí de asombro. Quería gritar, saltarle a la cara y rompérsela, abrirle en canal. Hacerle sufrir, herirle como él le había herido. Conocía a ese hombre personalmente no hacía más de un mes o unas semanas, pero este ya le había traicionado en diversas ocasiones. “Cuidado, Yief, te las estás viendo con un psicópata”
- Venga, no te enfades. ¿Tú no sabías cosas sobre mí? No me dirás que yo soy un personaje anónimo y tú un tipo que ha estado escondido debajo de las piedras todo este tiempo.
- Sí… Digo no… Quiero decir, yo sé sobre ti, pero…
- Está bien, te contaré una historia antes de que te vayas a dormir –durante aquella interrupción parecía divertido ante su símil, y esbozó una amplia sonrisa – No quiero que me interrumpas, porque voy a abreviar bastante y no quiero perderme.
- ¿Qué me vas a contar? Soy mayorcito para cuentos.
- La historia de los Tombside. Venga, dime que eres mayorcito ahora que sabes que no es el cuento de “La lechera”. Todo empezó con un primer Tombside: aquel era un tipo un tanto, para que negarlo, gilipollas. Era un subnormal tarado que pensaba que la simbología religiosa podía ser “aterradora e impactante” – hizo gestos de comillas con los dedos, que crujieron convergiendo en un sonido que molestó mucho a Yief – y tras lo de esos dos niños sobre el ying y el yang fue rápidamente sustituido por otro. No sé cómo se libraron del primero, pero luego vino un tipo, al que seguramente conozcas porque su caso fue el primero en ser descubierto. La chica que fue violada, matada y después vuelta a violar junto a los dos cadáveres en llamas. Muchos coincidieron en que era un genio, y que eso fue algo genial dentro de su ambiente macabro, pero tampoco duró nada, porque el primer Tombside volvió y le quitó de en medio, y nunca más se supo de él. ¿Muerto, quizás, o simplemente desaparecido? Puede que encerrado, pero no lo sé. Eso te lo podría contestar el primer Tombside, pero volvió a ser remplazado por su continua manía de darle a todo un trasfondo religioso, para que la gente creyese que se enfrentaba a un “justiciero divino” o polladas de esas. Unos cuantos asesinatos más a manos de unos tipos que eran decentes: sustituidos por razones que no sabría decirte, alguno creo que se cansó de todo eso, y ¡PAM!
- ¿Llegamos a ti? – pregunto Yief, quien se veía desbordado por la cantidad de información que estaba recibiendo. “¿Cómo es que nadie escucha lo que estamos hablando?”
- No. Llegamos al gilipollas de los gilipollas, al “bobotonto”, a un inepto que ni hecho a propósito, un tipo que creía que cargarse a todo bicho viviente que tuviera un mínimo reconocimiento en la ciudad, de manera que iniciase una espiral, sería algo estupendo. Incluso trazó un plano de víctimas, siguiendo un dibujo casual que habían formado los anteriores crímenes.
Cogió una servilleta, y sacó un bolígrafo negro de la chaqueta. Con paciencia, dibujó un círculo, y lo dividió en ocho partes iguales. Después, numeró a cada una, del uno al ocho, y sobre ellas trazó una serie de puntos, de manera que una sonrisa y un par de ojos salieron a la luz.
- Gilipolleces de un gilipollas. Creo que tuvo un par de golpes buenos, pero eso no le disculpa de hacer múltiples cagadas: perder víctimas de manera tonta, dejarse ver por un borracho, cargarse a un tipo en su casa a plena luz del día y en la placa, por si fuera poco. De hecho, ese fue el Tombside a quien pillaron en la redada, y que escapó por poco. Dejó una buena estela de destrucción y muerte, pero era un chapucero de mierda y no servía para nada, y no se volvió a saber nada de él.
- ¿Y eso? ¿Desapareció sin más?
- Ni más lejos de la realidad – negó Tombside
- ¿Entonces? ¿Se murió?
- No. Le maté yo.
jueves, 2 de abril de 2009
164.
Lazarus dio gracias a los dioses por hacer callar a aquel locutor. De la radio ahora salía una melodía, una guitarra eléctrica con largas distorsiones y extensos martilleos; era una mezcla de notas místicas y melodías estratosféricas.
Se encontraba frente al espejo del cuarto de baño, con el pantalón de pijama y una camiseta de algodón.
Una luz azulada colgaba del extremo superior del armario. El mueble le devolvía la mirada, dividiendo su cara en dos donde se unían las aristas de las puertas. Cuando se compró aquel armario le pareció estupendo que sus puertas tuviesen espejos, pero en cuanto vio que el agua del grifo salpicaba, entendió que eran un asco.
Tenía el pelo mojado, recién salido de la ducha, y los oscuros mechones se le pegaban hasta la altura de las cejas. Sus ojos parduscos permanecían bien abiertos, mirando al espejo, y su nariz de anchas aletas respiraba profundamente.
Comenzó a extenderse espuma por la barba de cinco días mientras tarareaba la canción de la radio. Se le cayó el tapón del bote de espuma y a la que fue a agacharse a recogerlo, se llevó un golpe directo en la frente cortesía de la esquina del armario.
-¡Mierda, joder!- gritó mientras un bulto comenzaba a crecer sobre su ojo izquierdo.
Se miró el chichón, se echó un poco de agua y siguió con su afeitado, mientras notaba un incesante palpitar en la frente. Pasó la cuchilla por los labios primero, la lavó, comenzó con la mandíbula izquierda y hundió el filo varios milímetros sin darse cuenta.
-¡Hostiaputa!- gritó de nuevo mientras la espuma se teñía de rojo bajo su oreja-¿Esto es una bromaaaaAAAGGHH!-chilló por tercera vez cuando al hablar se mordió la lengua.
La radio se encendió a la hora programada y una distorsionada melodía arrancó el erótico sueño del que disfrutaba el subconsciente de Absalon Lubbtown. Con un pie en el mundo onírico, balbuceó algo incomprensible y apagó el la radio de un puñetazo, intentando recuperar el sueño y acabar con esa rubia despampanante que cabalgaba sobre él.
Media hora más tarde, sin conseguir dormir, miró el reloj y salió de la cama de un salto; ya llegaba tarde a su cita. Corrió al servicio y se lavó la cara; su pelo rubio con mechas azules quedaba estupendo por la noche y con un kilo de gomina, pero ahora era una marabunta dicromática. Sus ojos azules reflejaban resaca y sus labios rosados la mezcla pastosa de todo lo que había bebido.
Rápidamente, se puso un pantalón vaquero con agujeros en las piernas, una camiseta negra con manchas de pintura azul y salió corriendo dando un gran portazo.
-¿Qué mierda es esta?-dijo Samuel cuando el programa de radio dejó sonar una larga canción. Se fue hasta el ordenador de su habitación y puso a reproducir una pieza de música electrónica en la que el cacareo de un gallo era el protagonista- ¡Esto si que es bueno, joder!
Miró el reloj y se sentó frente al monitor.
-Aún tengo tiempo.
Comenzó a ver un video de su página favorita y pronto se bajó los pantalones para empezar su ritual erótico-festivo. Mientras su actriz preferida se la chupaba a un monje disfrazado, Samuel se imaginaba con la vecina del cuarto.
-Sam, cariño, te traigo la…-dijo una voz femenina entrando súbitamente en la habitación-¡Uhhh, lo siento Sam! No he visto nada!
-¡Mamá!-gritó él sin saber cómo reaccionar-¡Te he dicho que si la puerta está cerrada no entres!
-¡Lo siento, lo siento!- dijo al otro lado de la puerta, mientras se alejaba para seguir con sus labores- Pero contrólate, que un día tus calzoncillos van a poder andar sólos…-añadió con ganas de dejarle en ridículo.
Samuel, totalmente abochornado y con un cabreo monumental, volvió a mirar el reloj con la mano libre y decidió mentalmente-Ya que he empezado, lo termino, cuando acabe me voy.
Era ya casi mediodía cuando Lazarus abrió la puerta del austero bar. Era un local del sector 6, pequeño pero recargado de cosas sin sentido colgadas en las paredes; había dos mesas y una barra de tres metros, en la que el dueño, rechoncho y calvo, secaba los vasos con un paño.
-Ya era hora-dijo Samuel desde la mesa más alejada.
Lazarus se pidió una cerveza y se sentó con sus dos compañeros.
-Vaya Samuel…No te había reconocido-y sorbió la espuma de la cerveza.
-¿Qué pasa, no te gusta mi bigote?-dijo sonando casi como una amenaza.
Pero Lazarus llevaba razón, desde la última vez que vio a su amigo había cambiado bastante. Se había dejado el pelo largo y lo llevaba hacia atrás con excesiva gomina, dejando unas incipientes entradas y un par de arrugas en la frente. Sus cejas pobladas hacían una mínima sombra a unos ojos verdes alicaídos y bajo su nariz aguileña ahora crecía un fino bigote, dividido en dos por el centro y pegado al labio superior. Además llevaba una cazadora de cuero que le hacía parecer un chulo o algo parecido.
-Me gusta pero… no sé, es que te veo más viejo.
-Y yo a ti más gilipollas-protestó salpicando babas al hablar-Además, parece que te han dado una paliza.
A todas las heridas anteriores producidas en la odisea de afeitarse, ahora se le sumaba un corte en el labio y un ojo morado.
-A la que venía hacia aquí había un atasco de cojones. Encima un loco con la moto ha pasado por la acera y he tenido que saltar para que no me atropellase… Pero al saltar, había una farola y…
-Tú y tu inseparable mala suerte-añadió Absalon, que todavía no había hablado. Ambos amigos se dieron la mano.
-Bah, eso son mariconadas, Axel-bufó Samuel bebiéndose lo que le quedaba de cerveza-Voy a pedirme algo más fuerte.
Las escuálidas piernas de Samuel se levantaron y con su metro sesenta de altura éste se dirigió a la barra para pedir.
-¿Soy yo o ha encogido?-bromeó Lazarus. La estatura de Samuel siempre había sido objeto de burla en la escuela.
-No sé-dijo Axel entre risas-pero si sigue bebiendo así le veremos hacer lo de la nariz…¿Te acuerdas?
-¡Cómo no, jaja!
En sus días de alcohólica adolescencia, a Samuel le fascinaban los chupitos y cuando ya sudaba alcohol, solía terminar echando el líquido por la nariz al atragantarse; y casi siempre solían ser de esos chupitos que se cortan si los dejas unos segundos de más. La crema de whiskey goteando por su nariz era un espectáculo digno de admiración… o de aversión.
-¿De qué os reís cabrones?-susurró como si intentase intimidarles.
-Nada, poniéndonos al día-mintió Absalon-Le decía que estoy trabajando de estilista.
Poco le faltó a Samuel echar la segunda cerveza por la nariz, pero por culpa de la risa, para después añadir su típica frase de:
-Mariconadas.
-Pues yo he acabado de forense-siguió Lazarus con la conversación-Estudié para curar a los vivos y ahora disecciono muertos… ¿Mola, eh?
-¿Pero tú no querías ser escritor?
-¿Bromeas? Es mi sueño, pero como tal, es imposible. Claro que escribo en mis tiempos libres, pero no me imagino vendiendo ejemplares…Además, lo último no me convence, ya sabes: el trabajo de forense me absorbe y no hago otra cosa que no sea meter humor negro.
-Querrás decir humor muerto-interrumpió Samuel, aunque sólo él se rió-Pues yo estoy en Marketing-intentaba hacerse el interesante-No es una empresa muy conocida, pero dicen que mis ideas son innovadoras. Por ejemplo, escuchad- y comenzó a recitar como si estuviese vendiendo su producto-Yo, como hombre realista y seguro en mi mismo que soy, quiero entrar en la ducha y no cerrar los ojos.¿Por qué un estúpido jabón nos prohíbe contemplar la realidad?¡ Yo quiero lavarme la cabeza con los ojos abiertos y por eso quiero un jabón que no haga que te piquen los ojos!
Lazarus y Axel se miraron fijamente, después miraron a Samuel, que parecía exaltado, e intentando no reírse, el jóven de pelo azul eléctrico le explicó:
-Pero Samuel, aunque el jabón no pique, si te entra agua en los ojos, también molesta.
El canijo miró al techo intentando reflexionar y finalmente golpeó la mesa con excesiva fuerza.
-¡Mierdajoderhostiaputaahg!
Hubo un largo silencio. El camarero les miraba mal desde la barra esperando echarles en cuanto diesen otro puñetazo en su querida mesa barnizada y dos moscas bailaban alrededor de una lámpara de verdosa luz tenue.
Entonces Lazarus frunció el ceño e intentó encajar las piezas que se le habían desordenado en su mente durante un instante.
-Esto yo ya lo he vivido.
-Pff, el forense se ha vuelto majareta…¿metiste la chorra en un cadáver esquizofrénico?-recién acabada la segunda cerveza, Samuel se estaba volviendo un poco impertinente con sus bromas. Un cuerpo tan pequeño no soportaba mucho alcohol.
-No, lo digo en serio. Ésta situación la he tenido ya.
-No bromees con esas cosas que me las creo-murmuró Absalon-Leí hace poco en un libro que sólo usamos el diez por ciento del cerebro.
-Espera-dijo súbitamente Samuel, que estaba absorto en sus pensamientos-¿Qué es lo que has dicho?
-Que sólo usamos el…
-No, antes.
-Que lo leí en un libro.
-¡Eso es!- y tras el grito de victoria, se sacó una pequeña libreta del pantalón-Aquí está, lo escribí ayer.
-A ver, trae aquí-y Samuel le arrancó la libreta de las manos-“Tres amigos van a un…Un accidente de coche…Uno de ellos se había dejado bigote…” ¡Bah, mariconadas, Lazarus!
-¿Ah, sí? Pues entonces escribiré que tú le entras a una en la discoteca y al final resulta que es travesti.
-Ten por seguro que si pasa, iré a tu casa con un cuchillo de los de rebanar begimos y te haré sentar sobre él.
-Claro, ahora no te hace tanta gracia.
Tras otro largo silencio, Axel reinició la conversación.
-No te comas la cabeza, hoy en día la ciencia te puede decir cuanta probabilidad hay que de que hayas escrito algo que te va a ocurrir, ha sido pura coincidencia.
-¿Y si esto no es ciencia?-cuestionó el ofuscado Lazarus.
-A tomar por el culo, si vais a empezar con vuestras estúpidas conversaciones metafísicas, voy a necesitar más alcohol-Y Samuel fue de nuevo a la barra, pero para pedir una copa de algo fuerte.
-Pero señor, ni siquiera es la hora de comer-dijo el camarero, que simplemente no quería tener que cargar con un borracho.
-¿Quién es el que te va a dar los guiles? Sírveme, joder- apoyó un codo en la barra y observó a sus amigos agitando los brazos.
-Yo ya no se qué creer, la gente está muy loca por culpa de esa piedra en el cielo, la cantidad de vagabundos profetizando el fin del mundo se ha disparado. La gente está angustiada.
-Y por eso recurren a lo sencillo, Midgar es una cloaca de prostitutas, crimen y desigualdad y por eso una fuerza superior nos va a castigar con una piedra enorme. Ni siquiera sabemos que pasará cuando choque, tal vez se desintegre y ya está.
-¿Y no crees que si eso pasa habrá sido algún tipo de dios?
-Al igual que ha pasado con tu novela, hay una mínima posibilidad de que ocurra, pero no será gracias a un dios. Yo tuve un tío que trabajó como ascensorista en Shinra. Veinte años subiendo y bajando, preguntando el piso y apretando un botón dentro de apenas un metro cuadrado. Cuando se jubiló me confesó que él tenía claustrofobia desde que era pequeño. Veinte años trabajando de ascensorista. Él me decía que cuando se cerraban las puertas empezaba a sudar y se ponía muy nervioso, pero sabía que segundos más tarde, se volverían a abrir y le mostrarían el destino requerido. “Mi último ascensor va a ser al sótano, y como ese no se va a volver a abrir, quiero que sea de dos por dos” puso literalmente en su testamento.
-¿Y qué quieres decir con eso?
-Pues que si lo único que ves al otro lado de las puertas es incertidumbre y oscuridad, querrás que el ascensor no pare nunca y que tu acompañante sea un dios.
El que ahora era estilista, siempre hacía eso, dejarte con cierto hormigueo e incitándote a la reflexión, siempre pegándote con la realidad en las narices.
-Vale chicos, lo del jabón no es buena idea, pero esta os va a provocar un orgasmo-dijo Samuel con mala pronunciación-La he fabricado yo mismo.
Dejó la copa en la mesa y, de pie, se quitó la cazadora para mostrar una funda de pistola en el cinturón. Era una funda extraña, por la parte delantera tenía la forma de una pistola corriente, pero el cuero se curvaba y dejaba otro hueco en forma de cuña por atrás. Samuel sacó la pistola, una Aegis Cort chamuscada, con extremo cuidado y la depositó en la mesa. Lazarus y Axel no sabían como responder a eso.
-Os presento la primera pistola con cuchilla incorporada-dijo totalmente ilusionado- Se agarra como otra cualquiera, pero en la base del cargador he fundido metal y después he pegado un filo de cuchillo táctico. ¡Es perfecta; que quieres disparar, pues disparas sus diecisiete balas, que tu enemigo está a corta distancia, pues usas la cuchilla!
Lazarus se rascó la nuca y Absalon se miró las zapatillas.
-¿Qué me decís? Esto se lo vendo a Shinra y me hago rico.
-Sam, si has fundido el cuchillo al cargador… ¿Qué pasará cuando se acaben las balas?
Tras unos segundos de predecible silencio, la cara de Samuel se puso roja y lanzó su copa contra la pared.
-¡Joder, joder!¡Me cago en la puta hostia que parió a padre! ¡Me cago en todo lo que se menea, en Kalm, en los putos chocobos negros, en la madre que lo parió, joder!¡Y encima cada vez que la sacó de la funda me corto!-Y enseñó varios cortes en el costado, en diversas direcciones.
-Lo siento, ya nos vamos-se disculpó Lazarus al camarero.
Algunas cosas no habían cambiado, después de unos cuantos años, seguían dejando los bares de la misma forma.
A las tres de la mañana, el teléfono de Lazarus sonó varias veces. Desperezándose, lo descolgó y se sentó en la cama.
-¿Sí?
-Lazarus… ¿Tú eras forense no? No iré a por ti con un cuchillo de matar begimos, pero me tienes que ayudar con una cosa…La, digo, le he matado.