martes, 11 de marzo de 2008
109.
- Demos una vuelta alrededor, cada uno por su lado. Nos encontraremos delante del sitio con Har y la niña. – Dijo él, llevándose la mano al puro que estaba fumando en esos momentos, mientras con la otra sostenía su rifle de asalto.
Ella ya empuñaba sus dos subfusiles abiertamente, y al igual que él, llevaba gafas oscuras para proteger sus ojos de la luz del amanecer, cansados tras una noche entera de servicio en las calles de Midgar. Como respuesta, ella asintió y se alejó poco a poco de él, buscando calles traseras por las que sus objetivos podrían encontrar una salida.
Él, por su parte, siguió caminando en dirección al edificio, de frente, mirando de reojo al ascendente sol, solo visible durante esos breves momentos en los que el astro aún no había alcanzado la parte superior de la ciudad, momento en el que sería inmediatamente sustituido por los neones que plagaban el techo de la placa.
Poco a poco sus pasos fueron cada vez más lentos, hasta que se detuvo ante la entrada de un pequeño bar, vacío y abandonado, como casi la mitad de los edificios de esas calles. Allí, dio una profunda calada a su puro, mientras contemplaba en silencio la ruinosa mole de siete pisos donde había quedado con sus compañeros. Estos no estaban a la vista, y supuso que Svetlana ya los habría advertido para que asegurasen la zona.
- Bonita mañana, sargento. – Murmuró con una sonrisa que retorció sus cicatrices.
- ¿Qué tiene de especial? – Preguntó una voz áspera y malhumorada desde el bar.
Se trataba de un indigente de unos cuarenta años. Sin embargo, con los estragos hechos en su rostro por la intemperie, era imposible estar seguro. El poco pelo que le quedaba era de un color gris polvoriento, y se cubría la cabeza con un raído gorro de lana. Su condición de oficial militar se reconocía en los galones de la increíblemente gastada guerrera que vestía por encima de otro abrigo. El hombre estaba sentado en una de las oxidadas sillas del bar que había traído hasta la puerta para ver amanecer.
- No siempre te encuentras a un veterano, y menos aún de la primera... – Dijo Scar, sin girarse hacia el soldado.
- ¿Veterano? Tu nombre y graduación, hijo. – Exigió saber.
- Soldado de primera clase Jonás Kurtz, señor. De la 288 de aerotransportados.
- ¿Kurtz? – Preguntó intrigado. – ¿“Scar” Kurtz?
- El mismo, señor. Disculpe que no le salude...
- No hace falta, hijo. Supe lo tuyo. Ascendido a teniente por méritos de guerra y degradado por tus peleas... Justo igual que yo. Te creía más viejo...
- ¿Tu? – Jonás se giró hacia el hombre, levantando su ceja izquierda, haciendo que las cicatrices se retorciesen.
- Sargento Nigel Drax, de la primera de infantería. ¡El uno rojo y grande, nada menos! – Exclamó ufano.
- El uno rojo y fiambre... – Sonrió el turco, mientras revolvía en su chaqueta, sacando un puro y su mechero de gasolina y ofreciéndole el cigarro al oficial. – Se ve que os jodieron bien en la ofensiva del Tet. ¡Y Nigel Drax, nada menos!
- No lo suficiente, chaval. La primera vive mientras viva uno solo de sus soldados. Donde si nos jodieron de verdad fue al volver a casa: Ni un puto desfile, ni putos honores... Apenas una pensión de mierda que me permite comer caliente medio mes. – Dijo mientras aceptaba el puro. – Gracias hijo... De Corel nada menos... Hacía muchos años que no fumaba nada tan bueno.
- Siempre es un placer, para un camarada... Aunque sea de infantería. – Respondió Kurtz. – Nigel Drax, quien me lo iba a decir...
- ¿Te suena mi nombre acaso? – Preguntó curioso el sargento, sin apartar los ojos de su cigarro.
- La última noche antes de pirarme de Wutai, en Hanado, tenía un cabreo de cojones. Faltaban seis horas para que me mandasen a casa, licenciado con deshonor, y estaba medio borracho, pegándome contra tres de infantería. En cuanto le rompí una pierna a uno de ellos, los otros se rajaron y se lo llevaron, pero aún recuerdo como ese desgraciado gritaba “¡si estuviese aquí el sargento Drax te ibas a enterar, hijo de mala madre!”. Me acuerdo porque me hizo gracia eso de “hijo de mala madre”. Les lancé una botella y volví a lo mío.
- ¿Y ya está?
- Bueno... También les dije que me habría encantado darle de hostias a ese sargento, y que le rompería las dos piernas por el precio de una.
- Ahora si que coincide con lo que me habían dicho a mi. – Sonrió satisfecho el indigente. – Yo también me quedé con las ganas de ponerte la mano encima, chico. Lástima de pelea, ¿eh?
- ¡Joder si no! ¡Las malas lenguas dicen que eras el mejor con el cuchillo de toda la infantería! – Respondió Kurtz, acompañando sus palabras de una profunda calada al cigarro. En esos momentos lamentaba seriamente no tener un par de cervezas, y su petaca estaba más vacía que la vida sexual de un leproso.
- ¿Y las buenas? – Preguntó intrigado el sargento
- Esas decían que era yo.
- Por cierto, hijo... ¿Esto es dmz? Veo que llevas la de toda la vida, aunque también le has hecho un par de ajustes. – Indicó señalando al fusil de Kurtz.
- La MFA1, con un cargador bien pulido, el cañón de la A2 y unos engranajes un poco mejores. No se encasquilla y no requiere tanto mantenimiento... Pero no. Va a haber algo de rock’n’roll en breve.
- Suerte, soldado. Si Wutai no pudo contigo...
- ¿No vas a irte? Te aseguro que va a haber tiros si o si. – Scar sonreía ante los huevos que le estaba echando el veterano oficial.
- ¿De mi bar? ¡Que se haya arruinado no significa que lo vaya a dejar, soldado! – Jonás rompió a reír, mientras se quitaba las gafas de sol y las guardaba. - ¡Y menos aún ahora que llegan esas hienas de laboratorio!
Kurtz vio como tras él, por el medio de la calle y dejando de lado cualquier posibilidad de actuar disimuladamente, una tanqueta avanzaba calle abajo haciendo un ruido de mil demonios. No pudo contenerse las ganas de escupir al suelo con desprecio, acompañado de Nigel Drax.
- ¡Odio los soldados! – Exclamó en voz baja, mientras preparaba el fusil.
- ¡El infierno se lleve a esos hijos de puta de laboratorio! –
- El infierno los tendrá, sargento. Un grupo renegado de ellos son la pieza del día...
Todo aquel que hubiese empuñado un rifle de asalto y luchado en el barro en Wutai odiaba a los soldados. Los habían reservado para la toma de las ciudades, dejando a la infantería las zonas rurales: Lo más difícil, sangriento y caótico. Eso si: Ellos siempre estaban para llevarse la gloria en el momento final. Un único soldado de primera clase era capaz de llevarse a un centenar de enemigos por delante, pero para llegar a esa batalla final habían caído doscientos cincuenta compañeros por el camino. Lo peor de todo fue que para ellos si hubo desfile glorioso y retiro dorado.
La tanqueta avanzó a lo largo de toda la calle, hasta detenerse ante el portal del gran edificio en ruinas, el objetivo de esta operación. Allí deberían dar caza a un grupo de soldados que había desertado del cuerpo, cometiendo varios asesinatos. En ese edificio abandonado, vivían casi medio centenar de familias indigentes, formando una comuna. Si lograban camuflarse entre ellos, esta misión iba a ser una puta trampa. Cuando se hubo detenido, dos PM rasos bajaron para asegurar la zona, con movimientos exagerados, gritando el aviso de “despejado” tan alto que al presidente Rufus en la cima de la ciudad le quedó bien clara la situación en ese sector. Tras ellos bajaron un hombre y una mujer, endiabladamente parecidos: Esbeltos, fibrosos y altivos. Su piel era de un tono marrón bastante oscuro. Ella tenía el pelo recogido en una larga trenza que había enrollado a su cuello. Del extremo de esta, pendía un colgante con la forma de un extraño símbolo. Scar dedujo que estaba afilado, por la forma en la que reflejaba la luz. Demasiado ostentoso para alguien tan fiel al uniforme. Él tenía un corte de pelo cuartelario. Al llegar, bien pertrechados con sus respectivas armaduras reglamentarias, desenvainaron sus espadas estandar del grupo Soldado, con unas cuantas materias engarzadas a lo largo del canto de la hoja. El último en bajar era un hombre alto y ancho de hombros, pero muy delgado. Sus músculos se marcaban en sus brazos, indiferente al frío amanecer de los suburbios. Llevaba el pelo recogido en una coleta larga, muy tensa, y el rostro lucía algunas cicatrices en las mejillas sobre una piel parda tan curtida que parecía haberse criado a la intemperie. A la cintura le colgaban dos machetes Kukri, anchos y afilados, con el siniestro relucir verde de la materia en la empuñadura.
- Voy a saludar a la caballería, sarge. ¿Quieres que les de algún recado de tu parte?
- Si, chaval. ¡Diles a esos hijos de la gran puta que me cago en su padre, si es que saben quien es!
Se acercó despacio, sin dejar de mirar fijamente a los soldados mientras fumaba, desafiándolos. A su costado pendía su fusil, cuya culata y bayoneta habían matado a incontables enemigos en refriegas nocturnas a lo largo de la selva. Además, iba bien surtido de granadas, y tenía además dos Aegis Cort y el cuchillo táctico. Entre eso, el kevlar y la materia, venía dispuesto a tomar él solo lo que hiciese falta, pero con la cabeza suficiente de no anunciar su llegada. Antes de que pudiese aproximarse a ellos, dispuesto a golpear a alguien unas cuantas veces, Svetlana se interpuso ante él, mientras Harlan se dirigía al grupo recién llegado apoyando tranquilamente su escopeta en el hombro, mientras les dedicaba una de sus características sonrisas anchas.
- ¿Sois la caballería? No recuerdo que solicitásemos apoyo... – Saludó mirando de reojo a Yvette y Svetlana bajo sus gafas oscuras, asegurándose de que Scar no la liaba.
- Soy el soldado de primera Adir Washairi, y estos son la soldado de primera Idra Washairi y el soldado de primera Nathaniel Jonze. – Respondió el de pelo corto, poniéndose firme. Parecía molesto por el hecho de que no le correspondiesen al saludo. – Tomamos el mando de esta operación. Su misión consistirá en apoyarnos.
- Me temo que no, soldado. Ordenes directas del presidente. – Respondió Harlan, quitándose las gafas mientras clavaba sus ojos en el soldado. – ¿Tienen alguna orden de algún oficial de más rango que les autorice?
- Estamos aquí por su seguridad, agente...
- Inagerr. Estos son la agente Bruscia, la agente Varastlova y el agente Kurtz.
- Un placer. – Respondió Adir con sus disciplinados modales.
- ¡Ja! – Todos se volvieron hacia Kurtz, que lucía una obscena sonrisa, desafiando a cualquiera a decirle algo. Tan solo el más mínimo comentario.
- Como ustedes prefieran, pero ahí dentro hay un grupo de cinco agentes de soldado. Dos de ellos de primera clase. Con la aparición del cometa, parecen haberse vuelto locos, y en su deserción han acabado con la vida de aproximadamente cuarenta personas en un solo día. ¡Uno! ¿Cuales creen que son sus probabilidades de sobrevivir? – Svetlana estuvo atenta a atajar cualquier comentario de Kurtz antes de que llegase a producirse.
- ¡Nosotros habríamos preferido entrar despacio, por sorpresa y confiando en que algunos estuviesen durmiendo. Su tanqueta y sus pregoneros han sido de gran ayuda, soldado de primera!
Adir iba a responder algo, pero su hermana lo contuvo, indicándole con un leve asentimiento que mejor harían entrando y dejasen atrás a esos seres inferiores. Mientras, Jonze avanzaba hacia las puertas del edificio, desenvainando sus machetes. Todo esto sucedía ante la mirada despectiva de los cuatro agentes de Turk.
- Jonás... – Dijo Harlan. – Gracias por haber sido tan educado. – Yvette miró con sorpresa a su compañero ante esa afirmación, antes de reírse.
- Al menos la cosa no llegó a las manos.
- Primero el trabajo... – Respondió Scar amartillando su arma. – Luego el placer.
- ¿Haces los honores? – Preguntó Svetlana. Jonás asintió.
- Puerta trasera, y vamos los cuatro juntos, despacio. Har y yo delante. Yvette de apoyo y Sveta cierra. Calladitos y pillamos a los que intenten escapar de esos tres.
Con el rostro cubierto de sangre caliente, Yvette temblaba, tan pálida que Harlan llegó a preocuparse por ella. Kurtz mientras registraba el cadáver, guardando a buen recaudo las materias que pudiesen obtener de él.
- Haré una trampa. – Propuso, quitando la anilla a una granada de fragmentación y dejándola bajo el cadáver, de modo que este mantuviese el seguro bien firme. Le costó varios intentos y unas cuantas manchas de sangre el colocarlo bien, ya que la ráfaga de 5,56 que le había soltado Yvette a bocajarro había despedazado la mayor parte del cuerpo de ese pobre gilipollas.
El soldado al que acababan de cazar estaba tirado en las escaleras del edificio, entre manchas de sangre, restos de casquería, casquillos y cascotes. Kurtz iba en cabeza cuando se lo cruzó. El soldado, enajenado, frenético y babeante, enarboló su inmensa espada, cargando contra él. La hoja se deslizaba a lo largo de la pared, derribando el viejo y podrido muro a su paso, con un estrépito increíble. Acabado el sigilo, Scar se apartó saltando hacia las escaleras que subían y parapetándose tras ellas, mientras gritaba un aviso para que Harlan, ya situado, le disparase a bocajarro con su escopeta Bonfire. El soldado aún se movía, gritando incoherencias que sonaban como “enoa” o “jenoa”. Cuando la materia empezó a relucir y el poder mako se concentraba, listo para propulsarse de cualquier forma letal, Yvette rugió, vaciando el cargador sobre él. 30 balas de calibre 5,56 despedazaron al pobre loco, salpicando la pared de detrás con pedazos de su cuerpo y balas que lo atravesaron.
- ¿Todo bien, niña? – El mundo volvió a tomar forma a los ojos de Yvette, apareciendo algo más que el cadáver que acababa de despedazar. A su lado pudo ver como era Svetlana quien la sacudía suavemente para sacarla de su abstracción. - ¿Todo bien?
- Eh... Si.
- ¿Primer fiambre, cerecita? – Preguntó Kurtz con sorna, mientras se limpiaba la sangre de las manos contra las paredes. No era un hombre escrupuloso, pero si lo suficientemente cauto como para dejar que su rifle le resbalara de las manos.
- ¡Jonás! ¡Métete por el culo ese argot de soldado de Wutai! ¡La niña es de fiar, ha servido conmigo!
- Para mi sigue siendo una JN. – Dijo, mientras volvía a calarse al hombro el fusil. – ¡Mierda de estado de excepción! ¡Autorizan materia pero no lanzagranadas! – Dijo mientras aseguraba su bayoneta. – Nuestro amigo irreconocible nos ha regalado hielo, prisa y cura. – Se las tendió a Yvette mientras hablaba – y son tuyas por derecho de botín, JNN.
Yvette las miró, recelosa. Estaban cubiertas de sangre. Tragó saliva y las cogió, limpiándolas. Aguantando la mirada al veterano, las acopló a su peto de kevlar con una sonrisa retorcida.
- Gracias. – Dijo, dando por concluída toda discusión. Esperaba algún tipo de respuesta, pero no la obtuvo. El veterano retomó su puesto de hombre en punta.
- Vamos a darnos prisa: Estos mamones saben que estamos aquí, y no quiero que nos encuentren parados. Estamos en su terreno. ¡Vamos!
Los tres agentes siguieron a Scar por los pasillos de las viviendas abandonadas. Las puertas tenían precintos rotos. Algunas habían sido arrancadas de sus goznes, probablemente para usarlas como leña. Las viviendas estaban llenas de basura, mantas raídas y un asfixiante polvo gris que cubría cada partícula de oxígeno, volviendo el ambiente irrespirable. Era como ceniza, pero más pegajosa... Más sucia y podrida, se introducía por la nariz al respirar y se pegaba al interior de las fosas como si fuese petróleo. Ni un alma poblaba esos pasillos, cuyas paredes ennegrecidas formaban sombras inquietantes a la luz del amanecer.
Siguieron avanzando, hasta que finalmente, Kurtz, desde su posición de hombre en punta, alzó una mano para dar aviso de que se detuviesen. Como un solo hombre, la pequeña escuadrilla frenó en seco, tomando posiciones tras la mejor cobertura disponible. Kurtz tomó su fusíl, desplazando silenciosamente el selector hacia modo de fuego automático: Rock and Roll. Un gesto a Svetlana e Yvette hizo que ambas se acercasen, posicionándose para abrir fuego donde les indicasen. A Harlan se le ordenó cubrir la retaguardia: Si Kurtz se había tomado la molestia de montar una trampa con un cadáver, era porque temían la posibilidad de ser perseguidos. Los ojos de las dos agentes siguieron la dirección indicada por Scar hacia una pared a medio derruir, cubierta de escombros. Este mientras se preparaba tomando una Aegis Cort, mientras colocaba en silencio el fusil en el suelo: No tendría las dos manos disponibles para emplear la MF22.
Atendieron a los dedos de Kurtz, mientras se preparaba para dar la señal: Tres... Dos... Uno...
Al unísono, Yvette y Svetlana derramaron una lluvia de balas en la pila de escombros, destrozándola y desplazándolos. Tras ella salió fugazmente una sombra: Uno de los soldados que habían ido a cazar se lanzó a la desesperada para situarse tras una columna próxima: Sólida cobertura de hormigón y la promesa de una breve seguridad. Sin embargo, su astuto rival ya había tenido en cuenta esa posibilidad, pero no lo supo hasta que fue demasiado tarde. Pudo ver con claridad el rápido destello de la materia, cuyo ataque contaba con esquivar. Por desgracia, él nunca fue el objetivo directo del ataque: El conjuro de “terra” hizo venirse abajo la columna y una parte del techo. El breve instante en el que se detuvo para corregir su trayectoria le costó dos impactos de bala en el torso y unos cuantos más, disparados por una nueve milímetros, siendo el más grave un impacto en el tobillo que lo derribó impidiéndole apartarse cuando cientos de kilos de hormigón se desplomaron sobre él.
- ¡Madre! – Apenas llegó a exclamar el segundo Soldado, cuyo papel en la emboscada era saltar desde detrás del grupo. Por desgracia, Harlan estaba preparado y lo recibió con una rápida lluvia de perdigones. Aunque la armadura se llevó la peor parte, con su compañero cazado, seguir no tenía sentido. El soldado lanzó un tajo con su enorme hoja que hizo que el turco tuviese que saltar hacia atrás para esquivarlo. Aprovechando esos segundos extra, el soldado se dio a la fuga por el mismo pasillo por el que los turcos habían llegado.
- ¡Yo me ocupo! – Dijo Svetlana, arrojándose tras él.
Apenas estuvo a un segundo de ser destrozada por un relámpago mágico que su presa descargó a lo largo de las destrozadas estancias del edificio. Logró echarse al suelo a tiempo, pero no se libró de la desagradable sensación de quemazón en la espalda, al haber pasado el rayo a escasos centímetros de esta. El olor a ozono se mezclaba con el del polvo, haciendo aún más irrespirable el ambiente. Sin embargo, no podía permitir que eso la frenase. Tras ella oyó pasos y vio a Inagerr, acompañándola a la caza del soldado a la fuga.
- ¿Aún quieres cobrar tu pieza? – Dijo esta, mientras se levantaba, retomando la persecución. Al llegar a la puerta principal de la vivienda que estaban atravesando, se detuvieron, arrojando una piedra a través de esta. Nada sucedió.
Los turcos aprenden a prepararse para lo peor. No están para tratar con drogadictos o chulos, sino con verdaderos asesinos del crimen organizado, grupos terroristas o paramilitares, sin olvidar los más exquisitos psicópatas. Por eso, cuando el soldado los emboscó no les pilló de sorpresa. Incapaz de usar su enorme espadón en un espacio tan pequeño, el soldado empleó un cuchillo táctico, más manejable en esas situaciones. Su filo llegó a rozar dos veces el peto de kevlar de Harlan, que se preguntó que habría sido de él de no llevarlo. Sus enormes manos negras agarraron firmemente al soldado, intentando contenerlo, pero su fuerza sobrehumana, aumentada artificialmente gracias al tratamiento de exposición al Mako, le convertía en un rival inalcanzable. El soldado se reía, sacudiendo a Harlan como si fuese un muñeco.
- ¿Quieres conocer a la madre, pequeñin? – Decía el hombre. Tenía los ojos muy pequeños, como de roedor, y el pelo corto y despeinado. Se había cubierto el rostro con el polvo que impregnaba el edificio, a modo de siniestro maquillaje. - ¿Crees que se interesaría en un gusano como tu? – Mientras hablaba, sacudiendo al corpulento agente con una sola mano, lo amenazaba con el cuchillo, haciendo cortes superficiales en su rostro y lanzando pequeñas punzadas contra su pecho.
- ¡Yo si que te voy a presentar a una madre, mamonazo! – Exclamó Harlan.
Tras el soldado, Svettlana se había acercado en silencio. Por lo visto el muy idiota debía de haberla olvidado, ya que no llegó a notar su presencia hasta que la hoja de su cuchillo táctico le hubo cortado los tendones de la parte trasera de la rodilla. En ese pequeño segundo, mientas el desquiciado soldado se intentó volver para lanzar un tajo, Harlan afirmó su agarre, lanzando a su enemigo hacia el lado opuesto del pasillo. Rodaron confusamente hasta caer con una mezcla entre crujido y chapoteo nauseabundo sobre el despedazado cadáver de la primera víctima del escuadrón de Turk.
- ¡Guuusaaaanoooo! – Gritó el soldado, deslizando su cuchillo sobre el cuello del turco, pero se encontró con una sonrisa inquietante e inesperada. Un hechizo de barrera impedía a su cuchillo alcanzar a su rival, que seguía reteniéndolo contra el cadáver de su compañero. Cuando comprendió lo que sucedía, las esquirlas de fragmentación de la trampa ya habían volado a través de su cuerpo.
En el otro extremo del edificio, Yvette murmuraba obscenos juramentos, mientras buscaba sin éxito algún clip de munición. Los había agotado. “Ráfagas cortas y precisas” la había estado puteando Harlan, y Kurtz había sido mucho más cruel. Ahora que había quedado probado que tenía razón, la novata se esperaba la peor reprimenda posible.
- ¡Eh! – Le oyó llamarla. Un escalofrío recorrió su columna vertebral, en anticipación. Al girarse vio que le tendía dos clips en una mano y su fusil en la otra.
- ¿Qué quieres que haga con el arma? – preguntó confundida.
- Cargar con ella. Yo iré a pistola y cuchillo, y seguiré en punta. Así podré buscarme la vida cuerpo a cuerpo. Si te estorba, la dejas caer y punto. – Respondió con un susurro ronco. Con el ruido que estaban haciendo Harlan y Svetlana para perseguir al soldado, tenían una posibilidad de irrumpir por sorpresa a por el restante. Ignoraban que sería del pequeño destacamento de soldados que habían venido a quitarles la misión, pero tampoco les importaban.
Solo quedaba un camino, y estaba marcado a mano sobre la cubierta del oscuro polvo que llenaba el edificio. Una flecha blanca y sucia al lado de unas escaleras: Una señal improvisada lista para atraer a los cazadores o a las presas. Fuese cual fuese, no tardaría en verse.
Subieron el tramo de escaleras en el mayor silencio posible, evitando pisar un pequeño riachuelo rojo y espeso que caía por los escalones. Ambos sabían que era sangre y lo evitaban, ella por asco y él para no dejar huellas que le delatasen. Una vez arriba, antes de cruzar la puerta de la pequeña buhardilla de salida de las escaleras, se encontraron a la soldado de primera Idra Washairi. Silenciosa y solenme cuando la conocieron, esta vez emitía entrecortados gemidos de dolor. Su cuerpo estaba cubierto con su propia sangre y entrañas, clavada al suelo con su propia espada. Tan dantesco espectáculo hizo a la novata sufrir arcadas que contuvo de mala manera. Kurtz se acercó a ella, mirándola fijamente.
- Adir... muerto... Jonze... Jonze... No se... Yo...
- Te ha partido la columna en dos, destrozado un pulmón y el diafragma. No tienes salvación. ¿Quieres acabar?
- Bala... Por... Favor...
- No puedo... – Susurró Kurtz. – Nos delatará. Lo siento.
El cuchillo táctico entró por el hombro de la soldado, directo hacia el interior de su caja torácica. Para asegurarse de alcanzar el corazón, el turco lo clavó hasta la empuñadura. La soldado aguantó estóicamente el medio segundo apenas que duró su ejecución, sin gritar. Sin embargo, antes de que Kurtz hubiese acabado de clavar la hoja, ella ya había muerto.
Kurtz indicó a Yvette que lo siguiera preparada, mientras él avanzaba despacio, pegado a la pared de la buhardilla. Al rodearla pudieron ver al soldado Nathaniel Jonze, peleando con fiereza contra un hombre siniestro y extraño. Vestía su uniforme de soldado, que había cubierto con una capa negra hecha con harapos, y había cubierto toda su piel con el extraño y ceniciento polvo negro. Erguido y ensangrentado, lanzaba tajos salvajes sobre su rival, que los esquivaba con fluidez a pesar de su gran tamaño, encontrando huecos con los que lanzar fugaces ataques con sus machetes. Solo conseguía causar heridas superficiales, pero las aprovechaba para acosar a su enemigo, aproximándolo hacia el extremo del edificio. También Jonze habría sufrido una o dos heridas moderadas, una de ellas en el brazo izquierdo, y el reguero de sangre que le caía hasta el puño salpicaba cada vez que lanzaba un tajo.
Su enemigo sin embargo, aunque trastornado, no era ningún novato. Un luchador de mismo rango y categoría, en una pelea totalmente igualada y aún no decidida. Los Washairi habían muerto a sus manos, probablemente: Idra estaba más allá del dolor y la miseria y del cadáver de Adir eran visibles sus piernas y el brazo derecho, aún empuñando su espada, en uno de los extremos de la azotea. Había un tercer cadáver, probablemente el quinto soldado del grupo, que había sido destripado con un arma corta. Probablemente el punto fuese para Jonze.
- Lo ha visto... – Sentenció el turco más veterano a su compañera. – Estate atenta. – Yvette asintió en silencio, preparando su arma.
En ese momento, el soldado loco encontró su ataque: Un tajo lanzado con todas sus fuerzas desde su derecha, potente, pero fácil de ver venir. Jonze acababa de fallar un ataque con lo que no sería capaz de esquivarlo. Asumiendo que era la única forma de salvarse, interpuso su machete izquierdo, apoyándose con el otro brazo para contener toda la fuerza del impacto. Aún así salió despedido, pero esos segundos no pudieron ser aprovechados por su rival, que también hubo de recuperar el equilibrio. Recuperados volvieron a cruzar aceros, pero el loco fue más listo: Se limitó a interponer su espadón sobre su flanco izquierdo, como si de un escudo se tratase, mientras su mano abierta, cubierta por un oscuro resplandor, avanzaba por el otro lado. El brazo izquierdo de Jonze, entumecido por la pérdida de sangre, no fue capaz de detener el ataque a tiempo, y esta vez si le alcanzó la cabeza. El soldado intentó separarse, a pesar de que lo tenían agarrado, y forcejeó. Afirmó su agarre y lanzó un rodillazo contra el vientre de su rival, que solo logró arrancarle una carcajada. El loco le lanzó una serie de puñetazos a la cabeza y todos alcanzaron su objetivo. Cegado por el hechizo de su enemigo, el soldado forcejeaba por librarse, mientras encajaba un golpe tras otro, hasta que finalmente logró apoyar la hoja de uno de sus machetes en el hombro de su adversario. Tras esto, de un tirón, hizo que el filo se deslizase abriéndole una brecha desde la clavícula hasta la cadera.
- ¡Maldita sea! – Exclamó Kurtz. – ¡Locura! ¡Este imbécil se ha enajenado a sí mismo!
- ¿Qué mierda hacemos?
- Seguir apartados.
Jonze sonreía, quizás por el efecto del hechizo, mientras sus golpes descontrolados y a ciegas abrían un tajo tras otro en el torso del loco, que tironeaba intentando liberarse. A la desesperada, fue con un cabezazo, con el que logró liberarse y ganar tiempo para un hechizo de cura. Sin embargo, al despejarse el hechizo, el brillo verde de la materia activa seguía iluminando sus manos.
- ¡Al suelo! – Gritó el veterano, sin embargo, su compañera ya se había parapetado. - ¡Al suelo, maldita sea!
Sus palabras dejaron de oírse cuando algo pareció llevarse todo el oxígeno del lugar: Un torrente de llamas surgió de sus manos, haciendo recular a Jonze, que no logró apartarse de todo. A la desesperada cruzó los brazos ante su cara en una posición defensiva. El loco gritaba carcajadas, mientras las llamas crepitaban. El olor a carne quemada era atroz, y el fuego parecía una especie de líquido etéreo que obedecía los pasos de un macabro baile de destrucción. Ignorando cuanto aguantaría Jonze antes de verse consumido, Kurtz buscó un blanco al que disparar. Lo encontró en la mano derecha del loco, contra el que abrió fuego con su pistola.
El loco miró confuso lo que segundos antes había sido su mano. Ahora no era sino un amasijo de carne, huesos y tendones ensangrentados que colgaba inerte al extremo de su brazo. Unos cuantos dedos estaban en el suelo, tirados alrededor de la empuñadura de su espada. Presa del shock y el pánico, las ansias de supervivencia se crecieron sobre su apetito por la masacre, y sus pupilas dilatadas vieron al turco cargando contra él. Decidido a sobrevivir por encima de todo y de todos, el loco saltó por el borde de la azotea, cayendo varios metros más abajo sobre una avejentada escalera de incendios, desde la que volvió a saltar para aterrizar sobre el pavimento. Kurtz disparaba desde el extremo, pero tras dos disparos no demasiado certeros gritó con frustración cuando un chasquido del percutor anunció que el cargador estaba vacío. Lo dejó caer, sin pararse a recargar y saltó sobre la escalera de incendios. Tardó mas en reponerse del impacto, y empezó a bajar las escaleras de dos en dos, mientras palpaba en busca de más munición.
Cuando llegó abajo, el loco estaba demasiado lejos para dispararle con un arma corta con ciertas garantías de que impactase, pero aún así, Scar no lo pensó: Se lanzó a correr tras él mientras abría fuego, casi a la desesperada, sin embargo, el soldado era demasiado rápido. Corría zigzagueando, buscando la cobertura de las farolas y los contenedores de basura que no habían sido vaciados en meses.
Jadeando, el loco podía oír a su perseguidor corriendo tras él entre blasfemias y maldiciones, y notaba las balas silbando a ambos lados de su cabeza. Si aún no había sido alcanzado había sido por pura suerte, así que mejor no detenerse. Jenova le necesitaba, y él debía preparar al mundo para su venida. Esas malditas cucarachas humanas deberían saber lo que les espera a los enemigos de la madre, y él sería quien se lo mostrase, igual que se lo mostró con sus llamas de purificación a esos patéticos PM que se interpusieron en su camino segundos atrás. ¡Él! ¡Estaba dispuesto a superar al mismísimo Sephirot si era necesario!
Concentrado en sus pensamientos y en el silbido de las balas, no vio al objeto metálico que surgió a su derecha para impactar sonoramente contra su cabeza. Nigel Drax, sargento de la Primera de infantería siempre había odiado a esos putos soldados. Él era incapaz de hacer esfuerzos sin padecer un infierno de dolor debido a la metralla que tenía incrustada en la espalda, y sin embargo la pensión no le había llegado para nada, mientras que esos hijos de puta vivían a cuerpo de rey y eran venerados como héroes. Ese silletazo contenía la rabia y amargura de años viviendo al borde del arrollo, lanzados en una serie de golpes. Cuando Kurtz llegó, el soldado yacía inerte, pero Nigel lloraba de rabia mientas seguía lanzando golpes contra su cuerpo sin vida.
- ¡Esta es por Tom! ¡Esta por Rogers! ¡Esta por Dancoeur! ¡Esta por la puta provincia de Hanado! ¡Esta por la caída de Hasu! ¡Esta por el Tet! ¡Nosotros ganamos la guerra, hijos de puta! ¡Nosotros moríamos y vosotros solo estabais ahí para el último ataque y llevaros la gloria! – Mientras tanto, el antiguo aerotransportado se limitaba a contemplar en silencio. A ese pobre loco le tocaba pagar, ocho años después del fin de la guerra. Si hay algo cierto, es que la vida da vueltas, y en una de ellas siempre encontrará la forma de hacer que pagues.
En lo alto del edificio, los turcos ya se habían reagrupado todos menos Scar, aunque este ya había confirmado el final de la operación por radio. Ahí arriba, Harlan atendía con materia las heridas del soldado, aunque las quemaduras en sus brazos eran muy graves. Las manos habían salido bien paradas al menos, y parecía que no había perdido la movilidad, aunque la piel de sus antebrazos había ardido completamente. El olor a carne quemada era nauseabundo, y a pesar de haberlo conseguido, la novata no dejaba de hacerse preguntas. Lo peor era que sus compañeros si parecían saber lo que estaba pasando. Era como si un aura de fatalidad los rodease. Como si supiesen que alguien había muerto y no quisiesen decírselo. Entonces se dio cuenta: Este edificio se suponía habitado por una comuna de indigentes de tamaño medio: Aproximadamente medio centenar de familias habían hecho de este edificio su hogar refugio, y convivían en él cooperando para sobrevivir al día a día con los escasos medios de los que podían disponer. Esas personas no habían aparecido, y sin embargo en su lugar había aparecido un sitio vacío y cubierto de un polvo negro desagradable que parecía adherirse al interior de los pulmones al respirar. Yvette se insultó a si misma. ¡Debería haberse dado cuenta antes! ¡Ni siquiera lo llegó a ver cuando contempló como el loco lanzaba ese torrente de llamas contra el soldado! Era tan simple... ¿Cómo no pudo verlo? ¿Cómo no reconoció las cenizas?
- Unidad 12 a cuartel. Repito. Unidad 12 a cuartel. Objetivo cumplido, manden una ambulancia. Tenemos cuatro bajas y un herido, repito: Cuatro bajas y un herido. Hemos sobrevivido los cuatro turcos y el soldado de primera Nathaniel Jonze.
- ... – Yvette no llegó a oír que le dijeron por radio a su compañera. La estática se lo impedía. Miró a Harlan, en busca de una explicación pero este se había envuelto la cadena de plata en la que llevaba la materia alrededor del brazo izquierdo y parecía rezar.
- Si. – Respondió Svetlana. – Hemos encontrado los habitantes del edificio... O lo que ha quedado de ellos. No hay supervivientes.
108. EVENTO ESPECIAL
Recordé lo que había pasado pocas horas antes. Es curioso, pero en aquel momento toda mi vida pasó por delante de mis ojos. Seguramente la aparición del Meteorito tuvo algo que ver. Tal vez no era más que el presagio de mi muerte. Quién sabe. La cuestión es que sobreviví milagrosamente… Aunque el precio por mi salvación fue demasiado alto. Ahora me encontraba delante del televisor de un bar. Un pequeño incendio había comenzado un par de horas atrás en el Sector 2, a no más de un kilómetro de allí, justo en el lugar donde había quedado con Lydia. Se había retrasado diez minutos, algo poco habitual en ella. En condiciones normales, habríamos estado bastante lejos de allí cuando ocurrió el incidente. Simplemente decidí esperarla. A pesar de la aparición del Meteorito, decidimos no anular nuestra cita. Poco podíamos hacer nosotros. Seguramente había gente mucho más preparada elaborando un plan que salvaría el planeta del impacto de aquella inmensa bola de fuego. Shinra, los Turcos, SOLDADO… Seguro que ellos podían hacer algo, reparando de esta manera el daño que me habían causado durante toda mi vida. En cualquier caso, eso era algo que no dependía de nosotros. “¿Por qué preocuparse de algo que no está en nuestras manos?” me dijo Lydia cuando el Meteorito apareció. “Si el planeta es destruido, al menos habremos vivido plenamente nuestras últimas horas. Si conseguimos salvarnos, tendremos un bonito recuerdo de nuestra cita”. Siempre me gustó el optimismo y la alegría que constantemente mostraba Lydia en cada una de sus palabras.
Recordé mi pueblo natal mientras la esperaba. Una pequeña aldea de pescadores que se encontraba en la costa oeste del continente. De manera similar a Midgar, una enorme placa construida por Shinra se alzaba por encima de la pequeña aldea. Sobre ella construyeron una gran ciudad que recibió el nombre de Junon, por lo que el pequeño pueblo donde nací pasó a llamarse Bajo Junon. Era en aquella inmensa ciudad donde residía el vicepresidente de Shinra, Rufus, hasta que la reciente y repentina muerte de su padre lo convirtió en Presidente y se trasladó a Midgar. También se encontraba allí el cuartel general de casi todos los miembros de SOLDADO de 2ª clase. Es curioso, pero siendo el lugar más cercano al lugar donde nací, posiblemente Junon fue el único lugar que nunca llegué a visitar. Siempre recordé esos primeros años de mi vida con tristeza, una época en la que miraba al cielo y sólo veía metal.
Recordé la Costa del Sol, donde mis padres y yo solíamos pasar nuestras vacaciones. Para alguien que residía en Junon –o más concretamente en Bajo Junon-, la Costa del Sol era un lugar al que era muy fácil acceder. Se encontraba en la costa este del continente occidental, por lo que un simple barco bastaba para llegar hasta allí recorriendo las tranquilas aguas del mar interior. Fue allí donde conocí a Lydia cuando todavía éramos unos niños. Solíamos jugar la playa hasta caer muertos de cansancio, y pronto nos hicimos grandes amigos. A veces, simplemente nos sentábamos para mirar el sol, el mar, los peces, las gaviotas… Y siempre terminábamos mirando al cielo. A los dos nos apasionaba la naturaleza y el propio planeta en el que vivíamos. Sin embargo, nos veíamos obligados a separarnos cada vez que terminaban las vacaciones, puesto que ambos teníamos que regresar a nuestro lugar de residencia habitual para, once meses después, volver a reencontrarnos allí.
Recordé la ciudad de Wutai, el lugar donde mi familia se fue a vivir después de que las contaminadas aguas de Junon hicieran imposible ganarse la vida pescando, la actividad que mi padre había llevado a cabo durante toda su vida. Una vez más, volvíamos a estar rodeados de naturaleza. Una vida sencilla y apacible, justo lo que deseábamos. Contaba por aquel entonces con diez años, y aún recuerdo la decepción que me llevé al saber que no volveríamos a ir a la Costa del Sol de vacaciones, lo que significaría que tal vez no volvería a ver a Lydia. Sin embargo, no pasaron ni cinco meses cuando volví coincidir con ella. Casualidad o destino, su familia había decidido ir de vacaciones a Wutai a partir de ese año. Cambiamos las playas por los bosques, el mar por la montaña, y las gaviotas por los gatos que abarrotaban el lugar, pera la mayor parte de nuestro tiempo lo seguíamos compartiendo admirando la naturaleza. Y como ya era habitual, siempre terminábamos mirando al cielo. Lydia y yo nos prometimos que todos los años nos reencontraríamos allí en el mes de agosto, pasara lo que pasara. Y que si por alguna razón alguno de los dos no podía acudir, lo haría al año siguiente hasta que ambos pudiéramos coincidir. Desgraciadamente, dos años después de mudarnos allí, Shinra comenzó una guerra con Wutai, por lo que mi padre decidió que era necesario buscar un nuevo hogar. Esto hizo que me viera obligado a romper mi promesa, aunque decidí regresar en cuanto terminara el conflicto. Mi madre me intentó consolar diciéndome que tampoco Lydia podría volver a Wutai debido la guerra, por lo que de poco serviría que regresara.
Recordé Banora, la ciudad a la que nos fuimos a vivir tras dejar Wutai. Una pequeña aldea situada en una de las islas meridionales, un lugar apenas conocido si no fuera por las famosas bobozanas, una fruta que sólo podía encontrarse allí. Volvimos a tener una vida apacible durante ocho años. Ocho años que se me hicieron eternos, pensando cada día en la gran amiga que había dejado atrás. Pensando en mi promesa ocho veces incumplida. Y todos los días miraba al cielo con la esperanza de que ella estuviera haciendo lo mismo en ese momento. Pensando que allí arriba se cruzaban nuestras miradas. No lo supe hasta algún tiempo después, pero Lydia se encontraba más cerca de lo que pensaba, hasta el punto de que podría haberla visitado fácilmente si hubiera sabido dónde se encontraba el pueblo donde vivía. Aquellos ocho interminables años pasaron muy lentamente para mí, viendo cómo la guerra entre Wutai y Shinra nunca terminaba. Y una vez más, la tragedia llegó al lugar donde residía. El día en el que cumplí 21 años, el ejército de un tal Génesis atacó el lugar, acabando con la vida de casi todos los aldeanos. Fue entonces cuando mi padre murió, aunque mi madre y yo logramos escapar de allí milagrosamente.
Recordé Gongaga, la aldea a la que nos fuimos a vivir después del desastre de Banora. Muy poco memorias conservo de aquel lugar, del que sólo tengo malos recuerdos. Nunca tuve amigos allí, y el recuerdo de Lydia me atormentaba constantemente. El cielo era mi único consuelo, el lugar donde nuestras miradas convergían cada día. Mi madre cayó enferma al poco tiempo de llegar allí, pero se mantuvo relativamente estable durante las siguientes semanas. Sin embargo, la tragedia volvió a hacer acto de presencia, tal y como había ocurrido en todos los lugares anteriores. El Reactor Mako que allí se encontraba explotó, causando la muerte de numerosos aldeanos, incluida mi madre. Todos los fallecidos fueron enterrados en un pequeño cementerio situado en la propia aldea, o más bien en lo que quedaba de ella, pero nunca volvería a ver la tumba de mi madre. Ese mismo día llegó un rayo de esperanza a mi maltrecha vida. Después de diez años, la guerra entre Wutai y Shinra había llegado a su fin.
Recordé de nuevo Wutai, donde regresé en agosto de ese mismo año, después de seis meses de solitario viaje. Y allí estaba ella, mirando el cielo en el mismo lugar donde solíamos sentarnos durante horas disfrutando de nuestra mutua compañía. Pero ahora no era una niña, era la mujer más bella que había visto nunca. Me acerqué y me senté a su lado, sin decir nada. Ella bajó la mirada del cielo, me observó fijamente, y una dulce lágrima surgió de su ojo derecho y empezó a recorrer su mejilla. “¡Sabía que cumplirías nuestra promesa!” dijo, tras lo cual nos abrazamos, prometiéndonos que nunca nos volveríamos a separar.
Recordé la Posada del Carámbano, una pequeña aldea situada en el continente septentrional que, debido a su duro clima, estaba cubierta de nieve de manera permanente. Los dos decidimos ir allí para volver a disfrutar de la naturaleza, ahora que Wutai había sido invadida por Shinra y no era más que un lugar turístico donde se agolpaban incontables visitantes de tierras lejanas. Fue poco tiempo, pero aquella fue una de las mejores épocas de mi vida. Dejamos atrás las playas, el mar, los ríos y los bosques, pero a cambio teníamos la nieve, algo al menos igual de bello que todo lo que habíamos dejado atrás. Aún recuerdo el momento en el que surgió nuestro primer beso, justo después de haber presenciado en el cielo ese bello fenómeno conocido como la aurora boreal. Pero como si mi destino estuviera unido a Shinra, varios soldados aparecieron allí poco después, pues se preparaban para realizar un ataque contra una base enemiga. Lydia y yo decidimos abandonar aquel lugar, y fuimos en busca de la aldea más remota que pudimos encontrar.
Recordé Nibelheim, una pequeña aldea prácticamente desconocida para el resto del planeta. Un lugar tranquilo donde Lydia y yo podríamos haber pasado en paz el resto de nuestras vidas. Rápidamente hicimos amistad con una jovencita llamada Tifa, con la que solíamos pasar gran parte de nuestro tiempo. Sin embargo, el destino volvió a jugarnos una mala pasada. En un momento dado, dos miembros de SOLDADO llegaron al pueblo para cumplir una de sus misiones. Uno de ellos era Sefirot, héroe de la guerra de Wutai y SOLDADO legendario. El otro era Zack Fair, un joven originario de Gongaga. Algunos días después, la locura invadió a Sefirot, que incendió la aldea y mató a muchos de sus aldeanos. El caos hizo que me separara accidentalmente de Lydia. Aunque la busqué desesperadamente, no logré dar con ella. Debido al humo que penetraba en mi sistema respiratorio acabé desmayándome. Ignoro que pasó después, pero aparentemente alguien me llevó a las afueras del pueblo, salvándome la vida. No supe que había sido de Lydia o de Tifa, y cuando regresé a Nibelheim, lo único que encontré fueron los restos carbonizados de la aldea. Durante horas estuve buscando a Lydia, hasta que empezaron a llegar soldados de Shinra y Turcos, lo que me obligó a abandonar el lugar. Antes de marcharme, miré el cielo de Nilbeheim por última vez, y entonces supe que estaba viva en algún lugar, mirando aquel mismo cielo. Sin saber dónde dirigirme, mis pasos me llevaron al norte, muy lejos de allí.
Recordé aquel cohete que se suponía iba a ser el primer viaje tripulado a al espacio. Allí no había nada más, pero los ingenieros y trabajadores del lugar me dieron comida y un lugar donde cobijarme. Durante los días siguientes, miré con asombro aquel gigantesco artefacto. Estoy seguro de que a Lydia le habría gustado verlo. Un medio de transporte capaz de llevarnos a aquel cielo que mirábamos juntos cada día. Decidí quedarme allí los siguientes meses, ayudando a aquellos hombres a cumplir lo que también se había convertido en un sueño para mí, la posibilidad de viajar hasta el cielo. Por desgracia, el destino volvió a demostrar que no tenía piedad. Un sabotaje, o tal vez un error humano, obligó a anular el lanzamiento justo en el momento en el que debía producirse el despegue. Mi sueño, el sueño de todos aquellos hombres, se había desvanecido para siempre. El Departamento de Investigación Espacial fue disuelto, y muchos de los trabajadores que habían participado en el proyecto decidieron quedarse a vivir allí y construyeron una aldea. Éste fue el origen de Ciudad Cohete. Sin embargo, yo me marché con dos de mis compañeros, que decidieron regresar a su aldea natal.
Recordé Corel, el pueblo minero al que llegué junto a mis dos compañeros tras el fallido lanzamiento del cohete. Sin embargo, el destino siguió castigándome a los pocos días de llegar. El Reactor Mako del Monte Corel explotó. Shinra culpó a los aldeanos, por lo que decidieron incendiar el pueblo como represalia. Mucha gente murió, y la mayor parte de los supervivientes decidieron trasladarse al norte, donde construyeron Corel del Norte. Yo, completamente abatido, decidí quedarme a vivir entre los restos del pueblo carbonizado. No quise con los demás para que no compartir con ellos mi fatal destino, o tal vez mi mala suerte, quién sabe. Toda la zona circundante se convirtió en un desierto, pero aún me quedaba el cielo. Mi esperanza. Sin embargo, como si de una broma pesada se tratara, empezaron a construir un enorme parque de atracciones llamado Gold Saucer sobre lo que antiguamente fue Corel. Una vez más, el cielo volvía a serme esquivo, como lo fue en Junon durante mi infancia. Decidido a no perder lo único que me quedaba, abandoné aquel lugar, sin saber muy bien adónde dirigirme. Pensé en qué lugar podría encontrarse Lydia si aún se encontraba viva. Pensé en todo aquello que los dos amábamos: la naturaleza, el planeta, el cielo… Y entonces supe dónde se podía encontrar.
Recordé Cañón Cosmo, un famoso lugar donde solían reunirse los expertos en el ciclo de vida del planeta, situado en plena naturaleza y caracterizado por su enorme observatorio, claramente visible incluso a kilómetros de distancia. Qué mejor lugar que aquél para observar el cielo. Y allí estaba de nuevo, mirando aquel cielo estrellado frente a la Flama de Cosmo, la llama eterna que nunca se apagaba. Lydia había pensado exactamente lo mismo que yo, y se había dirigido hasta allí sabiendo que sería el lugar donde nos reencontraríamos. Siempre tuvo la esperanza de que nos volveríamos a ver, haciendo gala de ese optimismo que tanto la caracterizaba. Durante tres años, el destino decidió darme una tregua. Lydia y yo empezamos a trabajar como ayudantes de Bugenhagen, el más importante estudioso sobre la vida del planeta y el propietario del observatorio. Gracias a él, llegamos a amar la naturaleza, el planeta y las estrellas del cielo incluso más de lo que ya lo hacíamos. También hicimos amistad con su “nieto” Nanaki, uno de los últimos supervivientes de la raza de Cañón Cosmo. Sin embargo, tres años después de nuestra llegada, Nanaki fue secuestrado por los Turcos. Poco después, Lydia me pidió que volviéramos a su aldea natal.
Recordé Mideel, el pueblo donde nació Lydia y vivió toda su infancia y adolescencia. El lugar estaba situado en una isla del sur, la misma donde se encontraba Banora. Durante aquellos largos años en los que Lydia y yo estuvimos separados, en realidad nos encontrábamos a unos cuantos kilómetros de distancia. Una vez más, maldije mi mala suerte. Sin embargo, al fin teníamos un lugar donde podíamos vivir tranquilos… hasta que pasó aquello. Un día, mientras mirábamos el cielo, vimos llegar aquella enorme criatura alada. Más tarde supimos que se llamaba Arma Última, pero poco importaba su nombre. Aquel monstruo destruyó Mideel, dejando apenas un puñado de supervivientes. Ya quedaban pocos lugares seguros en el mundo, y temía marcharme a una nueva ciudad sabiendo que la destrucción me seguía a dondequiera que iba. Fue Lydia la que de nuevo me animó y me dio fuerzas, por lo que decidimos dirigirnos al norte. Durante nuestro viaje, visitamos Fuerte Cóndor, la Mina de Mitrilo, la Granja de Chocobos y Kalm, hasta que finalmente llegamos a nuestro destino.
Recordé nuestra llegada a Midgar, donde una vez más el cielo me volvía a estar vedado. Los suburbios de Midgar estaban cubiertos por una enorme placa, donde residían los empleados y ejecutivos de Shinra. Incapaces de vivir en un lugar sin cielo, Lydia y yo nos dirigimos a la zona superior de la placa. Afortunadamente, ambos encontramos trabajo rápidamente, ella como cuidadora de ancianos y yo en la construcción. Esto nos obligó a vivir relativamente lejos el uno del otro, pero quedábamos a menudo para mirar el cielo y recordar viejos tiempos. Y fue en uno de esos días cuando vimos aquella bola de fuego, un Meteorito que se dirigía hacia el planeta amenazando con destruirlo. Pero Lydia no dejó que aquello nos afectara. Pensé que una vez más había llevado la mala suerte conmigo, pero ella intentó convencerme de que no era así. De cualquier manera, decidí hacerle caso. El Meteorito no dependía de nosotros, por lo que había que aprovechar los siguientes días tanto si resultaban ser los últimos como si no lo eran.
Recordé de nuevo lo ocurrido dos horas antes. Tras un pequeño retraso, Lydia llegó al lugar de la cita, llevando con ella un regalo. Un muñeco moguri para celebrar el sexto aniversario de nuestro primer beso en la Posada del Carámbano, el motivo por el que se había retrasado esos diez minutos. Miramos al cielo para agradecer al destino que aún estuviéramos juntos a pesar de todo lo que había ocurrido. Y entonces la vi, una pequeña bola de fuego que se acercaba hasta nosotros. Lydia reaccionó rápidamente y logró empujarme salvándome la vida. Sin embargo, no pudo retirarse a tiempo, lo que significó su muerte. Las ondas producidas por el impacto también me alcanzaron a mí, dejándome malherido. Un incendio empezó justo entonces como consecuencia de lo ocurrido, momento en el que me desmayé.
Recordé el momento en que desperté hacía apenas media hora. Alguien me había salvado del incendio y me había llevado hasta un bar cercano al lugar del incidente. El televisor que había allí explicaba que la causa del incendio había sido un pequeño pedrusco del tamaño de un puño que se había desprendido del Meteorito. Aprovechando la inercia de propio Meteorito y su menor masa, la piedra había aumentado su velocidad hasta llegar al planeta, como un pequeño preludio del impacto principal que ocurriría varios días después si nadie lo evitaba. Saqué entonces el muñeco moguri que me había regalado Lydia dos horas antes. Era yo el que había visto pasar toda mi vida ante mis ojos. Era yo quien debía morir. Sin embargo, fue Lydia la que se convirtió en la última víctima de mi fatal destino.
sábado, 16 de febrero de 2008
107. EVENTO ESPECIAL
El rugido confuso de guitarras marcaba el final del concierto tras el muro de azulejos sucios.
- Todas sois unas mentirosas.
La mamada había quedado brutalmente interrumpida por el tintineo de las cadenas plateadas golpeando graciosamente el cañón de la pistola. Frente al arma, sentada sobre la tapa del retrete, había una chica regordeta que rodeaba la verga del tirador con sus dedos rechonchos. ‘Grim’, observando a través del marco borroso que había proporcionado el alcohol a su vista, podía distinguir, tras el punto de mira, la desenfocada figura de la muchacha, embutida en una camiseta de tiras muy escotada a juego con una minifalda negra y unas medias de lana a rayas, y la mirada asombrada y dudosa que lo escrutaba con ojos muy abiertos. Detrás de la puerta del excusado se oía a dos mujeres jóvenes conversando sobre la sombra de ojos y sus efectos de atracción sobre los machos incautos, aparte del estruendo y vocerío que hacía temblar el Highlandern Cavern desde su interior. Jim ‘Grim’ Garrison amartilló la pistola disfrutando del característico sonido de cerradura.
- Cómetela –observó la reacción torpe de la joven-. La pipa, idiota.
Ante la presencia de un calibre 45 siempre sobran las palabras y las vacilaciones, por desgracia las últimas son inevitables. Primero miró a ‘Grim’, luego a la boca del cañón, de nuevo a uno y otra vez a la otra. Un golpe de culata en la mejilla la animó a saborear la plata que bañaba la corredera de la Marcus 32. Vio cómo bajo el flequillo teñido el Turk se entrecerraban unos ojos ansiosos y sibilinos. Dirigió su mirada hacia el arma e imaginó diez planos diferentes de su propio cráneo reventando bajo la fuerza de una bala. Sus ojos comenzaron a lagrimar en dos ríos salados de abundante caudal que se llevaron por delante el maquillaje negro que marcaba más sus ojeras. Sus labios, también a juego con su oscuro atuendo, temblaban en un intento de abrir la boca. Su mano derecha soltó suavemente, con cuidado de cirujano, el falo de ‘Grim’, que no bajó de su erección, y tocó con la punta de los dedos la muñeca del trajeado. Se lamió los labios, reconoció el gusto del carmín y mordió el frío metal de la automática. Cerró los ojos y rezó por volver a abrirlos. Con mucho miedo notó cómo el cañón se deslizaba entre sus incisivos hasta que sintió la presión abultada del punto de mira en el paladar, provocándole una arcada que sacudió toda su garganta. Frotó con su lengua parte de los grabados de fábrica “HK MS32 MGSFCOM Cal. 45” y bañó con su saliva la boca del cañón. El calor de sus lágrimas comenzaba a quemarle alas mejillas. Empezó a describir un movimiento de vaivén que hizo que sus muelas chocaran un par de veces contra el duro armazón del cañón. Profirió como pudo un llanto que escapó sonoramente y sacó el arma de su boca. Sólo se le ocurrió besar el dedo que rodeaba el gatillo.
- ¿Por qué te tomas la libertad de detenerte? –inquirió él, que ya liberaba su brazo escayolado del cabestrillo que lo rodeaba-. Creéis que no doy la talla y sin embargo cedéis sumisamente ante la envergadura de un revólver. Sois unas furcias arrogantes que sólo pretenden mantener la vagina rellena con lo más enhiesto y grueso que tenéis a mano. Y luego nos ridiculizáis por puro entretenimiento, para celarnos. Ahora vais a recibir una lección de modestia a base de fuego y plomo. ¡Venga! ¡Chúpala como si fuera un polo, joder!
Fuera de sí, Jim introdujo la pistola tan violentamente en la boca de su víctima que casi hizo saltar uno de sus premolares. Se deleitó al ver cómo brotaba un hilillo de sangre y baba por la comisura de los carnosos labios. Acto seguido agarró su pene erecto con la mano vendada y comenzó a masturbarse evitando las rozaduras con el apósito. Miró a la chica realizar entre lágrimas y sollozos su morbosa labor y se excitó insanamente. Su raciocinio escapaba del éxtasis provocado por la presión, el movimiento y la calidez que hinchaba su miembro viril. Bajó la mirada y creyó ver la cabellera rubia de Yvette, cuyas puntas doradas rozaban sus genitales produciendo unas cosquillas que semejaban punzadas eléctricas quemando amorosamente sus nervios. El índice comenzaba a retorcerse sobre el gatillo empapado en sangre escarlata. El cénit orgásmico no tardo en apoderarse del cuerpo de ‘Grim’, que eyaculó en el opaco pelo negro de la muchacha. Dejó caer el brazo derecho, retirando su arma de la cavidad oral de la fémina.
- ¡Bang! –rió.
El joven trajeado empujó la puerta del escusado con la espalda. Las dos amigas que parloteaban frente al espejo se sorprendieron ante la oscura elegancia ceñida del Turk, presencia que, dado el uso poco ortodoxo de los baños que realizaban las parejitas más atrevidas, aun era difícil de ignorar. ‘Grim’, ebrio como estaba, oteó con el ojo izquierdo -aquel que su peinado de canas pintadas no cubría- el par de molestas gallinas presumidas, que ya habían advertido la bragueta abierta y la culata que asomaba por encima de la cintura del pantalón en una especie de saludo amenazador.
- Largaos –susurró el matón.
No hizo falta repetirlo; las aludidas supieron leer los labios gracias al miedo que casi las hizo añicos por dentro. Apuraron el paso hacia la puerta y cerraron ésta con fuerza. El ruido procedente del local remitió, ya se podía oír claramente el desconsolado y agudo llorar de la moza que permanecía sentada en el inodoro. Garrison, volviendo en sí tras el portazo, se remangó frente al lavadero y abrió el grifo. Las tuberías chillaron al mismo tiempo que un grito gutural a modo de llanto escapaba por la garganta afónica de la muchacha, que en su triste ostracismo forzoso ignoraba la escrupulosa forma en que el pistolero se frotaba tanto la mano sana como los dedos de la escayolada. Éste se volvió y avanzó sacudiendo la diestra mojada hacia la cara de ella, empapada en lágrimas y rímel corrido. La boca del grifo seguía expulsando agua acompañada del chirriar oxidado de una instalación deficiente de la fontanería. La suela del zapato de lona negra se clavó en el rostro femenino. La pobre niña intentó sacarse a ciegas la bota de la cara lanzando manotazos y profiriendo aullidos patéticos que llegaron a irritar enormemente al agresor. La angustia y la confusión que la poseyeron en forma de dolor, ceguera y ensordecedor chillar de tuberías no le permitieron ver a Garrison que, a sus ojos apenas videntes, parecía realizar un extraño ejercicio de manos tras la sucia cobertura de su pie. Al fin se vio liberada del suplicio y gritó, ahogada en lágrimas:
- ¡Déjame! ¡Déjame en paz, sádico hijo de puta!
- Faltaría más.
El punto y final lo puso el cañonazo silenciado por el supresor de la automática adornada con cadenas y calaveras metálicas. Se disparó una bala directa al estómago, el cual terminó reventando entre bilis y hemoglobina. La respiración de la chica fue interrumpida por el vómito de vísceras ensangrentadas, que salpicaron la pernera derecha de ‘Grim’. Un segundo proyectil callado terminó con la agonía ardiente de la ajusticiada atravesando su globo ocular y destrozando el interior del cráneo, cuyos sesos acabaron en los sucios azulejos de la pared y en parte de la cisterna. El asesino se deleitó al oler el familiar perfume de la pólvora, giró sobre sus talones y paseó fúnebremente hasta ponerse frente al espejo. Silbó entre dientes una nota de sorpresa. Ante su propio reflejo observó con detenimiento su flaco cuerpo vestido con una camisa a cuadros, engalanada por una corbata roja y un pañuelo blanco a modo de cabestrillo, y una americana desabrochada no muy apretada, dada la lesión del brazo. Apoyó la pistola en el borde de la pila y cerró la llave de paso del grifo. Observó, embelesado por el alcohol, su cara, algo pálida, y se enamoró de ella porque era hermosa, frágil y sólo para él y nadie más. Se relamía lascivamente el diminuto aro que atravesaba su fino labio inferior cuando reparó en sus ojos verdes, profundos como un pantano. Se hundió, por así decirlo, en sí mismo y besó su propio espectro invertido.
- ¡Mierda! –el clímax fue rasgado violentamente por el intenso hedor de heces proveniente del cadáver-. Se acabó lo que se daba.
El oscuro charco de sangre ganaba terreno paulatinamente, acercándose al caro calzado del Turk, que se arregló el flequillo a su gusto, recogió su Hogard & Kent del 45 modificada y abandonó el servicio de señoras.
La multitud reunida en Highlander Cavern dejaba paso al personaje de negro, quien dejaba tras de sí un camino de miedo cercado por la gente intimidada ante el centelleo de su arma. Jim ‘Grim’ llegó a la mesa donde sus compañeros de armas: Carlos Montes y Dirk van Zackal, tan vendados como él, acompañados de las dos chicas Jennifer ‘Jelly’ Jellicos, la rubia despampanante, y Susan Soto, la morena esbelta. Van Zackal alzó su media pinta en señal de saludo al recién llegado y éste simuló un tropezón para caer encima de ‘Jelly’ y tocar las dos insignias que hacían honor a su nombre. Ambos se besaron larga y lascivamente. ‘Grim’ apoyó con cierta fuerza la punta del silenciador sobre el sugestivo pubis de la chica, quien dejó escapar un gemido que se perdió en el interior de la boca de su don Juan. Al fin sus labios se despegaron dejando inapreciables hilillos de saliva entre ellos. ‘Grim’ dejó el arma sobre la mesa, llamando la atención de sus camaradas.
- Vamos a por la última ronda –anunció para todos sin dejar de mirar a los ojos azules de la Turk rubia-. ¡Y esta vez invito yo!
Todos vitorearon y aplaudieron como monos ebrios al orgulloso Garrison al tiempo que éste iba hacia la barra acompañado de Jellicos, aferrada a su cuello con pretensión de montar a caballito. Ella brincó y rodeó con sus piernas el abdomen flaco de Grim, quien sonrió al sentir la presión afrodisíaca de los abundantes pechos escondidos bajo el top de cuero blanco de la chica.
- ¿Qué tal te ha ido en el baño con Mónica, cielo? –inquirió ella, acercando la boca a la oreja de su amante-. Estaba como loca por conocerte.
- Bastante bien–hincó los codos en la barra, buscando la atención del camarero-. La muy zote era la típica zagala totalmente obcecada en perder la virginidad antes de la mayoría de edad. ¡Qué chiquillada!
- ¿Sabe soplar? –mordió la oreja de ‘Grim’, acentuando más el doble sentido de la expresión.
- No puedo quejarme –admitió con siniestra modestia antes de que Liam le atendiera-. Pide tú las bebidas, que los nubarrones de mi cabeza no me permiten pensar con plena claridad.
Obedeció la aludida a la verborrea de su compañero y, desde la altura que le proporcionaba su ecuestre posición, enumeró de memoria las cuatro filas de cinco chupitos que deseaba. “Tequila, piruleta...”; a partir del segundo elemento de la lista recitada se perdió Garrison en sus propios pensamientos cuando vio que a su lado se encontraba Larry St. Divoir, compañero de oficio y nada más, que lo saludaba con un desganado gesto de cabeza y recogía dos botellas de cerveza fría para luego perderse de visto entre un montón de caras desconocidas. Unos toquecitos tímidos en su frente lo avisaron de que la bandeja con los vasitos ya estaba servida sobre la barra. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que vio a Divoir? El regente masculló algo que el cerebro de ‘Grim’ asimiló a medias: El trajeado sacó su cartera, unida a su cinturón por una cadena de hierro, y pagó los veinte giles. ‘Jelly’, aún montada, se propuso llevar la bandeja sobre la cabeza de su montura. Así, haciendo equilibrios y riéndose a pecho partido, acabaron por llegar a la mesa con los demás. La chica desmontó de Garrison, a quien le había vuelto parte de la lucidez.
- ¿Dónde han quedado el limón y el salero? –preguntó, algo exaltado, Montes.
- ¿Para qué quieres todo eso? –la inexperiencia de Susan quedo bien plasmada en cinco palabras.
- Para acompañar el puto tequila, hombre –a Carlos le ofendía la ignorancia etílica de la gente-. Bueno, ya da lo mismo.
Terminadas las quejas, los cinco Turk fueron sirviéndose de sus respectivos vasos de licor. ‘Grim’ empezó por las mezclas más suaves y coloridas, dejando el tequila para el final. Creyó oír a van Zackal advirtiéndole de que debía bajar el ritmo, pero desde el segundo trago, cuando el ardor en e estómago comenzaba a ser bastante notorio, Garrison ya no estaba para atender a razones. Observó el cilindro de cristal que contenía el tequila. Pensó en el insípido deglutir de ese licor barato, la desagradable quemazón de combustible secando húmedamente las paredes de su garganta y, en el peor de los casos, la posterior vomitona, lo que significaba el duro adiós a su querida borrachera. Todo por culpa de la negligencia del camarero. Cogió la pistola que descansaba sobre la mesa de madera, dio la espalda a sus atónitos compañeros y se dirigió dando empujones hacia la barra. Sin saber muy bien lo que hacía, impulsado por una molestia hinchada por un orgullo ridículo, su cuerpo no pesaba y los brazos parecían tan ligeros que escapaban a su control. Ya nada tenía sentido: la precaución, la amabilidad, la educación, la modestia, la conformidad, los gestos de aquél o de otro, los gritos, el miedo, la sangre ajena... Todo a tomar por el culo. La música que era un murmullo de cataratas y la destrucción llamaba a la puerta de la razón. El arma en su mano derecha era una pluma con la que plasmar lo que él creía en algo tangible.
Lo único que podría recordar de aquel corto lapso sería la cara de un camarero al que había agarrado y sacudido, los ojos de gacela cazada de Liam bajo el cañón, la elegante y transparente silueta de una botella de vodka que fulguraba con luz propia en el estante y sus propias palabras:
- Como compensación quiero ese puñetero bebedizo, o juro que los de la funeraria tendrán que recogerte con una fregona.
Seguido de un montón de imágenes borrosas y caleidoscópicas (las letras Dranoff grabadas en vidrio, sus jóvenes amistades corriendo hacia la salida y humo saliendo del orificio del silenciador) vio a pocos metros de él a Dawssen Peres, imponente y fumador, clavando sus ojos glaucos directamente en su alma. ‘Grim’ rió entre dientes y dedicó al Turk veterano su dedo corazón de la mano izquierda, que notaba dolorida y oprimida por la escayola. Firmada así su sentencia de muerte, salió del bar con litro y medio de vodka bajo el brazo armado.
A unos quinientos metros del Highlander, Montes, Soto y van Zackal, vigilantes, fumaban a la entrada de un callejón, dentro de éste, recostado contra la pared, ‘Grim’ carcajeaba escandalosamente frente a la acongojada Jellicos.
- Creo que voy a mear –balbució Garrison, y acto seguido se introdujo aún más en la oscuridad del callejón dejando su pistola y la botella a cargo de la chica.
- ¿Ya se ha calmado? –preguntó Susan desde la esquina.
- Acaba de irse a hacer pis –informó ‘Jelly’.
El móvil de Montes pitó y respondió con voz forzada a la llamada, parecía proceder del despacho del Mismísimo. La cara atenta y algo desencajada de Carlos profetizaba una tormenta diplomática de las gordas. Hablaba rápido y en voz baja, lo que insinuaba el carácter confidencial de la conversación. Van Zackal y Susan oían sin escuchar, se temían lo peor después de la aventura del bar, donde ‘Grim’ había disparado al dueño del local en un pie. Montes asentía por última vez y colgó.
- A ver... –asimiló lentamente el torrente de información y órdenes, cogió aire y se dispuso a resumirlo a sus dos compañeros-. Eran órdenes directas del trono: Parece ser que Sephiroth ha invocado un pedrusco enorme y... eh, va a estrellarse en Midgar. Esto... Por ahora no se sabe con seguridad cuándo va a caer. Dijo algo sobre el statu quo, un toque de queda y mano dura. Quiere que todos los Turk nos reunamos en el edificio ShinRa en menos de media hora.
Lo hubiera seguido un plomizo silencio de no ser por el salpicar de los orines de ‘Grim’ al fondo del callejón. Los tres miraron a la placa superior, en un intento inútil por confirmar la existencia del meteorito. Jellicos había escuchado toda la conversación y se asustó al ver a ‘Grim’ saliendo de las tinieblas. El trajeado conservaba una sonrisa dibujada en su cara. Rodeó los hombros de la rubia con el brazo izquierdo. Ella cayó inmediatamente en la cuenta.
- ¿Qué has hecho con tus vendas? –le dijo.
- Me molestaba horripilantemente y me la quité-explicó.
Se besaron.
- ¿Ya estás mejor?
- Sí, acabo de evacuar casi todo.
‘Jelly’ pensó por un momento en el meteorito, en la incertidumbre de una muerte inminente. Si lo decía Rufus no podía ser una broma. Temió la soledad, no poder aprovechar sus últimos días abrigada por el calor varonil. Su cuerpo le pedía a gritos huir con él y vivir.
- ¿Me quieres, Jim? –lo miró con ojos humedecidos.
- Ya sabes que yo os amo a todas, Jenny.
Y selló lo dicho con un último ósculo.
Cuando los cinco hombres de negro se fueron calle abajo y ya se desdibujaban sus figuras en las tinieblas urbanas, un vagabundo empapado salía a toda prisa del callejón que momentos antes vigilaban los matones, su mano agarraba lo que parecía ser un cilindro de escayola cortado longitudinalmente. Lanzó el objeto hacia donde habían ido los jóvenes Turk y gritó:
- ¡Cacho cabrones!
martes, 12 de febrero de 2008
Aclaraciones de ambientación


Interrumpo la lista de relatos para poner algo en lo que me he fijado, viendo la película Final Fantasy VII Advent Children: Last Order.
Los soldados de Shinra, los PM, famosos por morir de 10 en 10 y tener el poderoso rango de "incordio" entre los status de enemigos videojueguiles, llevan fusiles M16A1.
Su nombre "oficial" en Azoteas es MF22 (MF Significa Military Firestriker). Así que ya sabéis.
PD: También hablé en la extensión del relato 101 del Shinra Cavalier, el cual no es otro que el Lexus IS o Toyota Altezza.
Hala, pasadlo bien. Nos leemos.
domingo, 3 de febrero de 2008
106. EVENTO ESPECIAL
No había arrancado una sola hoja del calendario que se encontraba al lado de su ventana desde la muerte de su hija. Ni siquiera había permitido al delincuente de su nieto hacerlo. Para él todos los días eran la misma rutina, y eso le hacía sentirse cómodo y seguro.
Se oyó un ruido de llaves seguido de un portazo. Su nieto Rick había entrado en casa.
- Habrá venido borracho – pensó para sí mismo.
Nunca se había llevado bien con él, y su comportamiento había empeorado bastante en los últimos años. Sin embargo, era lo que le separaba de la soledad absoluta, y en cierto modo le recordaba a la excelente relación que tiempo atrás había compartido con su hija.
- He comprado comida – dijo Rick con voz apagada. – Ordénala como quieras, yo me voy con mis amigos.
Al menos había tenido el detalle de hacer la compra antes de meterse en problemas. John Blackmore le hizo un gesto con la cabeza en señal de que le había escuchado y volvió a observar por la ventana.
El joven dejó su chaqueta y su gorro encima de la mesa de la cocina y sacó una pizza precongelada de una de las bolsas que había traído. La dejó unos cinco minutos al microondas mientras hablaba por teléfono móvil con alguno de sus amigos.
A Blackmore le molestaba esa forma de hablar. Esa forma despreocupada y entusiasta de hablar. Se levantó de su mecedora y encendió la radio
<< Sin embargo, el director del departamento astronómico de ShinRa, Boris Oldfield, ha comunicado públicamente que es nula la probabilidad de que el meteorito choque contra la Tierra. Pudo explicarnos en una detallada entrevista que pasaría a unos 40.000 kilómetros de la Tierra y que posteriormente desviaría su órbita, "no chocará contra la Tierra", nos aseguró el experto. Pero sigamos con el debate… >>
¿Un meteorito? Sí, había oído algo al respecto hacía unas horas en la misma cadena, pero realmente no era algo que le preocupase. Para él era un problema lejano, mucho menos influyente que ese desconocido mundo exterior.
El microondas empezó a pitar. Su nieto sacó la humeante pizza del microondas y la dividió por la mitad. Siempre le dejaba una parte, pero a él no le gustaba la pizza, así que terminaba tirándola.
- Me voy – anunció Rick una vez hubo terminado su trozo, y miró cómo su abuelo se volvía a sentar en la mecedora junto a la ventana.
Le irritaba ese comportamiento, pero le habían educado para ser amable con él. Sin embargo no era más que otro mueble de la casa: no aportaba conversación, ni afecto, ni dinero. Por su culpa tenía que pasar la mayor parte del día fuera de casa, si quería escapar de aquella presencia triste y gris.
Bajó las escaleras de su bloque y se dirigió a un grupo de jóvenes reunidos en círculo en la acera opuesta, en frente del Highlander.
- ¡Hola, tío! – gritaron varios al verle.
Había unas dieciséis personas en aquel grupo, cada uno con uno o más vasos de litro en sus manos o apoyados en el suelo.
- ¡Por el meteorito! – brindaron con guasa otras personas más mayores a su lado.
- ¿Cómo pueden tomárselo a broma? – preguntó un joven del grupo de Rick.
- Toma, bebe – le interrumpió otro ofreciéndole violentamente su vaso. – Y cállate.
Esto era muy diferente al ambiente de su hogar, y eso era algo que agradecía. Entró al local a por una bebida junto con unas amigas y pudo notar el humo en los ojos, mientras sus oídos y corazón retumbaron al son de los altavoces. Se acercó a la barra y pidió un litro de cerveza. Apenas le quedaba dinero para el resto de mes, pero esa noche no importaba.
105. EVENTO ESPECIAL
Todo empezó en la Higland Tabern, durante el grandioso concierto. Hasta el momento, la joven se había dedicado a disfrutar de la música mientras saboreaba un zumo de Nuez Kupó. Su abuelo era capaz de jurar que seguramente estaba trazando en su cabecita los próximos planes de asesinato y escogiendo a las víctimas. No estaba lejos de la verdad, hasta que a Victoria le dio por ojear el lugar.
Y una escena captó su atención.
Dos heavys melenudos, con chupas de cuero y garimbas en mano, reían con grandes carcajadas mientras se soltaban puyas criminales, acompañados por una chica alta de largo cabello oscuro y mismo estilo de ropa, que no hacía más que brincar junto a ellos y fingir atacarlos, o simplemente los abrazaba con espontaneidad.
En uno de sus ataque fingidos al más alto, éste se lo devolvió, y ambos empezaron un... ¿combate? No se podía definir así, teniendo en cuenta que el greñudo no tardó ni un minuto en perchar a la chica por el cuello y semi-inmovilizarla, mientras ella se revolvía como un gato furioso. Ambos ejecutaron diferentes llaves y movimientos de lucha, aunque el hombre siempre llevaba las de ganar.
Pero no era eso lo que había captado la atención de Victoria, si no el sencillo hecho de que, mientras todo aquello ocurría, la chica estaba sonriendo con ganas.
¿Dónde estaba la lógica? ¡Le había retorcido un brazo y la había aplastado contra el suelo! ¿Cómo podía reírse tan alegremente y a los dos segundos darle un abrazo de oso a su atacante, aderezado con un "Myuuuuuuuuuuuuuuuu..." mimoso? Se fijó más en la joven morena. No debía tener más de 19 años, cuando sus acompañantes tenían pinta de haber pasado los 22. Y allí estaban los tres, tan amigos.
Esa escena se grabó en la mente de Victoria. Y con ella bailándole por la cabeza, su expresión pensativa, se levantó de manera casi inconsciente y salió del local. Su abuelo no la detuvo, algo en su actitud le incitó a no hacerlo. Y ahora estaba allí, preguntándose algo que ni siquiera sabía lo que era.
¿Qué le pasaba? Ella nunca quiso amigos. Cuando fue consciente de lo que era, cuando sus síntomas se hicieron evidentes, entendió que jamás podría tener una vida normal, ni unas amistades normales, y por tanto se resignó. No hizo nada por cambiar una situación que hasta le convenía, pues hacía más fácil su trabajo. Pero ahora...
Al ver a aquellos tres amigos, algo se había removido en su interior. Recordó las palabras de su madre.
"Tú nunca crecerás más físicamente, hija mía. Serás una niña hasta tu muerte. Este es el resultado por el cual tu padre y yo fuimos tan torturados."
Sacudió la cabeza, pero la voz de Maya Renlen siguió retumbando.
"Si la gente descubre lo que eres, te rechazarán y te harán daño. No debes confiar en nadie. Todo lo que es diferente asusta a la gente, y lo que a la gente le asusta, la gente lo destruye. Y tú eres diferente, hija mía".
- Lo sé...- eran las primeras palabras que pronunciaba desde que salió de la Higland.- Lo sé, maldita sea, claro que lo sé, lo compruebo cada mañana cuando m veo al espejo...- su andar se detuvo, sus puños se apretaron.- Pero por qué...¡¿por qué no puedo ser como ellos?!- dejó escapar a la nada, revelando lo que realmente le dolía.
Porque cuando vio a aquellos chicos, por un fracción de segundo, quiso ser una de ellos.
- Madre... ¿realmente no puedo tener amigos? ¿Gente en la que confiar?- una lágrima rabiosa recorrió su mejilla izquierda.- ¿No puedo tener una vida normal, aunque sea sólo por unos instantes?-
Alzó la cabeza.
Frente a ella, el escaparate de cristal de una tienda de ultramarinos-licorería le devolvió su reflejo. Lentamente, extendió una mano para tocarlo, como si aquello fuese otra persona y no su imagen. Delineó con cuidado su cara y sus rasgos, deteniéndose levemente en sus ojos.
Niña. Adulta. Atrapada entre ambas realidades, nunca jamás podría ser normal. Pero podía encontrar personas que la aceptasen... ¿no? Suspiró, apoyando la frente contra el cristal. ¿Qué era lo que realmente quería? ¿Qué era aquél extraño vacío al que no conseguía dar nombre?
- ¡Ups! Disculpe, jovencita, pero ya hemos cerrado hace rato.- se excusó un hombre maduro de tranquilos ojos castaños que salía del local acompañado por dos jóvenes cuyo parecido facial permitían suponer un parentesco cercano. Seguramente un padre y sus dos hijos. Vic clavó en ellos su mirada errática como si no los viera realmente.
- ¿Eh?-
- Es que la vi junto al cristal, como mirando a ver si estábamos abiertos...- explicó el hombre. Su voz era serena y amable.- ¿Deseaba algo?-
- No... no realmente...- fue la vaga respuesta.
- Papá, tenemos que ir pronto o estará cerrado para cuando lleguemos.- protestó uno de los chavales, aparentemente l más joven, al tiempo que agarraba la manga de la chaqueta del señor.
- Cálmate, hermanito.- rió el otro.- Con la fiesta que va a haber, aún llegaremos a tiempo de escuchar un par de canciones.-
El joven puso morritos de niño enfadado, pero luego sonrió y le sacó la lengua al mayor.
Vic los miró con ojos vidriosos, ahí estaba otra vez esa punzada en su interior que no conseguía ignorar.
- Usted disculpe, señorita, pero hemos de irnos. ¡Adiós!- se despidió el hombre. Sus hijos hicieron gestos de despedida con las manos y luego los tres juntos continuaron camino.
Victoria avanzó unos pasos y se encaramó a un muro, sentándose a buscar aquello que se le escapaba. Hundió la cabeza entre las manos, agitada y confusa.
De un bar cercano llegaban voces apagadas y el sonido de un televisor barato, que en aquellos momentos daba noticias de última hora. Por pura curiosidad inconsciente, la joven tricolor prestó oído a lo que el presentador decía.
<<... la expectativa de un comunicado de Shin-Ra. Los expertos han estimado que se trata de un objeto de grandes dimensiones debido a su tamaño y distancia y que su trayectoria es de impacto. Ya se han registrado los primeros ataques de histeria en zonas de población elevada y…>
Eso definitivamente llamó su atención. Como guiada por un impulso irresistible, echó a correr, sus ojos no veían el camino pero su cuerpo lo conocía. No fue consciente de como entró en su "casa" (si así podía llamársele), ni de cuando encendió el televisor, pero el cuanto aparecieron las imágenes lo vio perfectamente. Aquella enorme cosa se acercaba al planeta.
Se le acababa el tiempo.
Su venganza no estaba completa, y era su prioridad, o lo había sido hasta hace unas horas. Pero ahora...
Aún podía hacer algo. Aún podía llenar su vacío, si dejaba su obsesión de lado.
Con ojos fijos, siguió mirando a Meteorito.
¿La venganza... o la redención?
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Cerca ya de la higland Tabern, Eisuke y sus hijos, Segu y Shindo, conversaban animadamente.
- Esa chica de antes...- murmuró Eisuke.- Creo haberla visto antes por Mercado Muro.-
- Tenía un pelo muy raro.- opinó Shindo.- Me parece que un día vino a encargar un licor especial a la tienda, de parte de su abuelo.-
- ¿Y cómo es que no lo recuerdo?- funricó el ceño su padre.
- Ese día estabas entregando un recado, se lo pidió a mamá.-
- Era muy guapa...- murmuró Segu, que hasta entomces había permanecido en silencio.
- ¿Ehhhhhhhhhhh? ¡A Segu le gusta, a Segu le gusta!- se burló Shindo.
Su hermano no respodnió a las provocaciones, pero el rubor se insinuó en sus mejillas.
Y así, entre un hijo ruborizado y uno jocoso, entró Eisuke en la Higland Tabern.
104. EVENTO ESPECIAL
Vestía una cazadora negra y sencilla, con la cual hacia el gesto de abrigarse de un frio inexistente, en busca de una protección contra los pensamientos que no dejaban de acompañarla desde aquella noche. Aang caminaba despacio rumbo al modesto hotel en el que se alojaba desde entonces, no estaba situado en una zona muy recomendable, pero con el escaso dinero que se llevó en la maleta, no podía permitirse mucho mas. Había sido una estúpida por pensar que ir a la reinauguración del Highlander iba a alejarle temporalmente de su pena, ahí no había encontrado sino multitud de detalles que le hacían acordarse de Jonás. Había visto a Harlan, y a Rolf de refilón, e incluso le pareció distinguir la melena rubia de Paris entre la aglomeración de personas. Sumida de nuevo en la espiral del recuerdo de sus sueños, se había visto incapaz de poder seguir en el local, no fuera que el mismo Jonás se presentara allí, sería muy violento volver a verle tan pronto… El decía haberla comprendido perfectamente, pero Aang sabía el dolor que le habían causado las palabras que le había dicho esa noche. No haberle visto en el pub significaba también que lo más probable fuera que se hubiera encerrado en casa, incapaz de levantar cabeza… La imagen en su cabeza de su amado sumido en una total miseria hacía que el mundo se le viniese encima, que le dieran ganas de correr hacia su casa y estar entre sus brazos para animarle, pero no podía, aún no podía, y ella lo sabía. Absorta en sus pensamientos, fue incapaz de distinguir el obstáculo delante de sus pies y tropezó.
Exclamó un improperio en su lengua natal, no se había hecho daño pero de no tener reflejos más que decentes de podría haber roto algo. Tras erguirse hasta recuperar la posición vertical, se giró en busca de aquello con lo que había tropezado.
Lo primero que pensó es que le habían puesto la zancadilla, pero enseguida se dio cuenta de que estaba inerte. Aang habia tropezado con la pierna de un individuo que estaba apoyado contra la pared, con dicha pierna extendida y la otra recogida. No pudo determinar a simple vista si estaba dormido, inconsciente o muerto, vestía una camisa negra a rayas blancas verticales, parecería elegante si no fuera porque el nudo de la corbata estaba desecho y en una posición bastante poco ortodoxa, como una pañoleta de boy-scout. Tenía el pelo largo y marrón oscuro, el cual le tapaba el rostro, impidiendo así determinar su estado, los pantalones color beige se le habían remangado, enseñando unos calcetines oscuros tapados por unos zapatos de punta redonda marrones, a la derecha de su cuerpo, se encontraban unas gafas muy finas que tenían el cristal derecho roto. Aang dudó si debía decir o hacer algo, el hombre debía rondar los veintitantos años y estaba famélico, sin embargo la ropa que llevaba no era la de un pordiosero en absoluto, y era demasiado joven para ser un ricachón que se había arruinado súbitamente. No parecía un mal chico. Siguió observándolo un par de minutos, no se movía.
Aang sentía cierta pena por el chico, impidiéndole seguir su camino como si aquello que había encontrado no fuera más que un adoquín que sobresalía un poco o algún trasto que alguien había arrojado a la calle. Decidió hacer lo que un ciudadano decente haría, llamar a la policía y que vinieran a ocuparse de él, estuviera vivo, muerto o entre los dos estados. Rebuscó entre su bolso y sacó un móvil que ya debía tener sus tres años de vida, y tecleó el siete del número 704, el de atención rápida de la policía de Midgar. No pudo llegar al cero, le interrumpió un hilo de voz
- N… gas… or… - Apenas era audible, había levantado la cabeza unos cuantos centímetros, aunque seguía enteramente tapada por el pelo.
Aang volvió a dudar, pero finalmente se inclinó hacia el
- ¿Cómo dices?
- Que no hagas eso… Por favor.
La idea de que el individuo no quisiera que llamase a la policía no era muy atrayente, la pena que sentía por él comenzó a disiparse poco a poco, optó por zanjar rápido el asunto.
- Mira, no sé quién eres ni que has hecho para estar hecho un trapo en medio de la calle con esos harapos tan caros ¿Hai? Si has tenido una noche de excesos a espaldas de tu pareja o algo peor me trae sin cuidado, voy a llamar a alguien que te recoja de aquí antes de que te pase algo peor, los órganos de mendigos a los que nadie echará de menos están a la orden del día en el mercado negro.
El tipo reaccionó de forma extraña, primero pareció enfurecerse ligeramente, lo que hizo a Aang retirarse un paso más hacia atrás, pero inmediatamente pasó a gimotear, levantando la cabeza y apoyándola contra la pared, de modo que el pelo cayó hacia atrás, revelando unos ojos grises y unas facciones muy afiladas. Aang pudo observar, aparte de sus facciones, un hilo de sangre desde el nacimiento de su cabello hasta las comisuras de su boca. Entre sollozos, el hombre que tenía delante se derrumbó, volcando en ella todo aquello que tanto tiempo llevaba callado.
- ¡Yo no quería!, ¿Vale? Yo no quería convertirme en un instrumento de cabronazos del más alto calibre. ¡Yo solo quería recuperar aquello que solo pude disfrutar dos años! ¡Una vida! ¡Todo es una puta mierda cuando sabes que llevas viviendo un sucedáneo de existencia toda tu vida! – Gimoteaba mientras gritaba, Aang pudo ver sinceridad en sus ojos, que apenas veían entre la miopía y las lágrimas que brotaban - ¡Un año! ¡Me dijeron nada más que un año de ser aquello que detestaba para salvarla! ¡Ni siquiera esperaba que siguiese conmigo! ¡Cómo iba a seguir conmigo! ¿¡Sabes lo que es amar a alguien y ser la causa de su sufrimiento!? ¿Sabes...
Estaba trastornado, gesticulaba con dificultad y parecía que iba a perder el conocimiento cada vez que hacia una pausa para respirar, siguió exclamando un montón de cosas sin mucho sentido hasta que rompió a llorar finalmente. Aang observó la herida de su cabeza, parecía grave, en un agitar de su pelo había visto otra en el cuello con una pinta similar, estaba dejando un reguero de sangre en el muro donde se apoyaba y el chico no parecía que fuera a desfallecer hasta que muriese desangrado.
Sin embargo, sus lamentos no habían sonado en vano para sus oídos, Aang tenía cierta empatía, que desarrollaba especialmente con los animales, era una de las razones por las que estudió veterinaria. Sin embargo también tenía su cabida para seres de su misma especie, y no pudo sino contemplar enfrente suyo un reflejo de si misma a los límites de su propia desdicha. Claro que sabía lo que es amar a alguien y ser la causa de su sufrimiento… No hacía ni diez minutos que ese pensamiento invadía su cabeza, señor Sherlock. Lo de ser un instrumento de cabronazos ya le recordaba mas a Jonás… Pero al menos él había sabido seguir su propia justicia, parecía ser que a este pobre desdichado, se la habían impuesto. Pensó rápidamente, estaba decidida a no dejarlo aquí, pero con semejantes alaridos no tardaría en venir algún curioso, y en esos barrios los curiosos no eran precisamente hermanitas de caridad. La idea de entregarlo a la policía ya no le parecía tan obvia, sus razones tendría para que no quisiera que viniesen, es posible que esas heridas se las hicieran ellos. Mientras pensaba el sujeto se iba calmando, quizás por la debilidad que le causaba el estar desangrándose poco a poco. Aang tenía conocimientos de medicina, ¿Y si...?
- A ver, chico tonto, ¿Dónde vives?
El joven la miró con sus ojos grises, tan claros que parecían estar vacíos, y sin apartar la mirada, negó hacia los lados torpemente.
- Vaaale… Interpretaré eso como un “En este momento mi casa no está disponible, ha sido quemada o me matarán si voy ahí”. Está bien, escúchame atentamente porque no lo repetiré: Las heridas de tu cabeza y tu cuello pintan muy mal, y me he replanteado lo de llamar a la policía, tampoco yo les tengo demasiada simpatía. Así que vamos a hacer esto, vas a venir conmigo, voy a curarte eso como buenamente pueda, y cuando puedas razonar adecuadamente me dirás qué coño es todo ese embrollo de tu amada y demás tonterías, ¿Me has entendido?
El tipo parpadeó incrédulo, no terminaba de creerse lo que acababa de oír, ahora, en completo silencio entre los dos, solo se podía percibir la radio que un vecino había encendido un par de minutos atrás, entre sus llantos.
<<... no obstante, ShinRa afirma que la trayectoria del asteroide indica que pasará fuera de la orbita del planeta. ¡Sea como sea, parece qe vamos a tener un fantástico escenario celeste por una temporada! Te devuelvo la conexión Mike, simplemente…>
-¡Ah! Y que sepas que a la mínima que vea que intentas hacer el tonto más de lo debido te meteré un tiro. Estoy cansada de pirados por esta noche, pero si prometes ser un chico bueno haré un esfuerzo. ¿Hai? – Aang le sonrió, en cierto modo ver a alguien más hecho mierda que ella le había aliviado. Rebuscó entre su bolso en busca de un pañuelo – Ten, póntelo en la herida del cuello y mantenla prieta hasta que lleguemos, eso calmará un poco la hemorragia. Pero… ¡Date prisa! ¿O acaso tu amor es ahora esa pared?
Reaccionó. Con un gesto de incredulidad cogió el pañuelo que le había ofrecido con la mano izquierda y se lo puso en el cuello, con una ligera mueca de dolor.
- Euh... Si- No encontraba las palabras, Aang no se lo tuvo en cuenta - Gracias...
Se incorporó lentamente como mejor pudo, una vez erguido, se palpó la cara, notando que le faltaba algo, pues hacia tiempo que no veia con claridad mas allá de veinte centímetros.
- Creo que esto es tuyo – Dijo Aang tendiéndole las gafas. – El cristal derecho está roto, lamnetablemente. Por cierto, no me has dicho tu nombre.
Pero Érissen no acertó a decir su nombre en ese momento, de hecho, no acertó a encontrar ninguna palabra en el resto de la noche, y su rostro mantuvo un gesto de sorpresa durante un buen rato. Pues en el momento en el que se puso las gafas, con su ojo izquierdo pudo apreciar perfectamente que la mujer que le estaba salvando la vida era aquella que, de no haber sido por los acontecimientos recientes, él habría asesinado.
103. EVENTO ESPECIAL
Al abrir la portezuela y salir, sintió como sus pulmones se despejaban y sus ojos volvían a ver claramente una vez más. Edward era un chico de pueblo, y no estaba acostumbrado a los lugares cerrados y llenos de tabaco y gente. Cuando su vista se despejó, cosa que no podía decir de sus oídos, vio una calle despejada por completo, salvando a una mujer que atendía a un hombre tirado en la calle. Edward no prestó atención, y miró hacia la bóveda celeste artificial.
La luz artificial de los neones iluminó su cara y dibujó en el suelo su silueta, mientras el pensaba con los ojos cerrados. Ahora mismo, había sido encontrado por los turcos y encerrado (y posteriormente liberado, sin saber cómo); se encontraba prácticamente sin dinero, al haber sido confiscada la herencia que su amigo Steven le había dejado al morir prematuramente, y también había perdido dos de sus materias durante el ataque de Turk. Tan solo le quedaba una, oculta en una pequeña cajita de su apartamento; pero esto no era suficiente. Con sus escasos ahorros, tendría que comprar, al menos, otra materia.
Siempre le atormentaban los recuerdos, y los hechos actuales no tenían un aspecto de mejora en su vida: su maestro había muerto defendiendo Corel, tan solo unos años atrás, durante la rebelión. Steve también había muerto, aquejado de una terrible enfermedad que le consumió y le destrozó; había perdido a Ylsiv, su inseparable compañera, la única persona a la que había querido con tanta fuerza como para embarcarle en aquella misión suicida. Por si fuera poco, ahora parecía que su espectro se había levantado de la tumba, y se había introducido en el cuerpo de una doctora.
La vida no le pintaba muy bien, y por ello había decidido relajarse un poco bebiendo en el primer lugar que pudiera. La bebida y la euforia se habían adueñado de su cuerpo, y junto con un compañero que había conocido en el bar, un joven de 17 años, había comenzado a beber y pelear en una demostración de lucha.
Lamentablemente, la pelea acabó cuando Edward había lanzado un barrido para desequilibrar a su oponente y había impactado con una camarera que acabó cubierta de cerveza y vodka por toda la camiseta, marcando sus abultados pechos y provocando un sonoro espectáculo de berridos e insinuaciones por parte de los varones que antes observaban la pelea y ahora observaban el negro sujetador de la chica. Por fortuna, la camarera también llevaba unas cuantas copas encima de aquellas que le habían volcado, y alegre corrió a cambiarse de camiseta. Dejando a su compañero de combate mientras este vaciaba una jarra de cerveza fría, Edward se escabulló.
No tenía muchas ganas de fiesta, y se marchó a un tranquilo bar donde preparaban un famoso cóctel. No recordaba el nombre del bar ni de la bebida, pero un par de personas amables dirigieron sus pasos indicándole la dirección y los datos que necesitaba para llegar al mencionado pub. Poco a poco, llego a la zona del Sector 6 donde se encontraba dicho lugar.
La zona estaba muy silenciosa, parecía que el mundo entero había enmudecido repentinamente: únicamente se escuchaba el sonido de una televisión que daba las noticias.
<<… aún no han confirmado nada. La población está a la expectativa de un comunicado de Shin-Ra. Los expertos han estimado que se trata de un objeto de grandes dimensiones debido a su tamaño, aún no han desvelado nada acerca de su trayectoria por lo que les informaremos a medida que se sepa más.Ya se han registrado los primeros ataques de histeria en zonas de…>>
No necesitó escuchar más, quería comprobar qué era aquello. Echó a correr, tanto como le permitían sus piernas y sus músculos ahogados en alcohol, en dirección al siguiente sector. O al menos, a aquello que antes fue un sector: las ruinas del Sector 7. Desde la caída de la placa, y siempre que ninguna banda lo impedía con un enfrentamiento, se podía vislumbrar el cielo. Aunque la terrible iluminación artificial de los focos y la capa de nubes tóxicas no permitían ver las estrellas en todo su esplendor, siempre se podía admirar a los pequeños puntos que dejaban los más grandes luceros.
Los escombros amontonados de los edificios caídos delineaban una macabra silueta que reflejaba muerte y pobreza, pero esta vez una tenue aura rojiza envolvía todo, llenándolo de magia y belleza. Edward se acercó un poco más, allí donde la placa no le impedía ver. Al instante, sintió emoción y terror.
Una gran estrella de color rojo y violeta surcaba el cielo, era un gigantesco punto que a la vez asustaba y causaba eufórica alegría.
- Por fin te he encontrado – murmuró sin poder apartar la vista, con una sonrisa en sus labios – “Arma de los Ancianos”.
Surcando el cielo, cinco puntos fugaces atravesaron la figura que llenaba el cielo y se desperdigaron por el mundo.
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“Yo soy aquel a quien vosotros llamáis Blooder. Yo soy quien libra una batalla, la batalla contra el mundo, dispuesto a sumirle bajo mi yugo gracias al poder que ejerce el terror. Tal es el terror que causo en vosotros, población de Midgar, que incluso los cielos se han venido abajo, y hoy una nueva estrella ha surgido para anunciar que yo soy aquel que subyugará a toda la basura de este mundo. El propio mundo es su basura, las gentes corrompen, queman, roban y destruyen todo cuanto tienen a su alcance. Yo limpiaré todo es, y para ello, comenzaré por causar tal miedo en este mundo, usando la corrupción, el fuego, el robo y la destrucción. Yo seré vuestro soberano, bañado en la sangre de miles de inocentes, bebiendo los fluidos de los recién nacidos. Yo soy Blooder, y a la vez soy vuestro asesino.
Yo te reto, ciudad de Midgar. Yo te reto, Rufus, a ti y a tu maldita compañía. Yo os reto, miembros de SOLDADO, que habéis creado a las mayores escorias del mundo. Yo os reto, departamento de Turk, que os paseáis con vuestra opulencia matando y riendo de vuestra barbarie.
También os desafío a vosotros dos, “Fantasmita” e “Inexistente”, asesinos que encabezan la lista; os desafío a encontrarnos y desangrarnos mutuamente hasta que solo uno sobreviva.
A todos vosotros, os reto. Hoy comienza la batalla que decidirá al mayor asesino del mundo. Ése seré yo, Frank Tombside”
- Esas son las confesiones dejadas en la nota del psicópata conocido por el nombre de Blooder. Según las opiniones de esta cadena, el asesino planea una especie de juego macabro con las autoridades competentes de nuestra querida ciudad, e incluso podríamos aventurar a que juega con la propia ciudad. Según comentarios del propio alcalde de la ciudad, el ilustrísimo Domino, se está…
Jerry apagó la televisión: ya había visto demasiado. Enfurecido, golpeó la percha que sostenía su largo abrigo, rompiendo el cristal que servía para reflejar su imagen. “Ese gilipollas de Pollard Jr. … No solo ha permitido difundir esa nota que encontramos, sino que encima se ha atrevido a cambiar parte del mensaje para aterrorizar a la población. ¡Así Tombside será quien gane esta guerra!”
Furioso consigo mismo, volvió a coger las fotos que reposaban sobre una abultada carpeta marrón llena de documentos. Las fotos mostraban el cuerpo sin vida del miembro de SOLDADO de 2ª clase Jonhson, totalmente despedazado y cubierto de sangre. Inexplicablemente, el asesino era capaz de medirse con algunos de los luchadores mejor cualificados por el ejército de Shin-ra.
El detective comenzó a mirar nuevamente las fotos. De pronto, percibió algo anómalo que no había visto antes:
- ¡Eso es! – gritó el canoso personaje, ganándose unos cuantos golpes en la pared por parte de los vecinos más educados, y unos bonitos elogios a su madre por parte de los vecinos más normales – Tombside ha dejado una pista; al parecer el “soldadito” no lo hizo tan mal después de todo.
Convencido de su logro, cogió un viejo PHS y marcó el número de uno de los principales dirigentes de Turk. Antes de que el teléfono fuera descolgado al otro lado de la línea, McColder lanzó un vistazo al espejo hecho añicos. Frente a él, se reflejaban miles de viejos de pelo gris y torso desnudo, cubierto por completo de marcas. El original admiró esas cicatrices, producto de numerosos injertos y que le habían costado su plaza entre la élite de Turk, pero que le habían dado el sobrenombre de “Blastskin”. Lanzó una última mirada a su destrozado cuerpo, y volvió su atención al aparato que emitía una estruendosa voz que volvía a mentar cosas sobre su madre.